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Tercer tiempo

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  • pg 1
									 Tercer tiempo
La amistad. El desatino
      del destino
                 Selección musical número 3

        Contraportada                        Portada




Camino al Sur:
1. “Wa yeal” (Antonia Font)          2. BSO de “La vida secreta de las
                                     palabras” “Hoe There´ssomeone”
                                     (Anthony and the Jonsons)
3.   “Siete    planchas”   (Dhira-   4. “Tu recuerdo y yo” (Lila Down)
Amparanoia)
5. “Batiscafo” (Antonia Font)        6. “To tango tis nefelis” (Haris
                                     Alexiou)
7. “Familia” (Dhira)                 8. “Mi niña Lola” (Concha Buika)
9. “Vida tras vida” (Dhira)          10. “Samson” (Regina Spektor)
11. “Agua de Rosas” (Lila Down)      12.    “Hommage        a   Tonton”
                                     (Orquesta BaoBab)
13. “Il n’y a pas d’amour heureux“   14. “Dée moo wóor” (Orquesta
(Youssou N’Dour)                     BaoBab)
15. “Lleva Me el Compas” (The        16. “Como un silencio” (The Gipsy
Gipsy Kings)                         Kings)
17. “Flamencos en el Aire” (The      18. “Mi fandango” (The Gipsy
Gipsy Kings)                         Kings)


                                        Mon Vizoso (Julio 2006)
                       Capítulo 1

       Cuando Albert escuchó la voz de Fernando en el
arcaico teléfono de su casa, experimentó una emoción de
esas que provocan la descarada algarabía en un niño y rubor
en el adulto. Necesitó incluso controlarse para no
manifestar esa desmesurada alegría que consideraba
impropia a su edad para un encuentro de amigos; ni siquiera
dejaría de sentirse ridículo si se tratase de la más
reciente concubina o de una antigua novia.
       Ese tipo de sensaciones le perturbaban porque
sucedían inesperadamente, rompiendo la indolencia
sentimental donde le habían sumergido sus 44 años, un
divorcio,   incontables    historias   de    amor,    ahora
metamorfoseadas en posos de gratas sensaciones, y
algunas afianzadas amistades heredadas del pasado; con
éstas se volvía a ver muy de cuando en cuando, en
inevitables rituales como el que ahora se avecinaba. Claro
que también estaban sus actuales colegas de trabajo o
diversión y vigentes amantes con quienes mantenía
esporádicas aventuras sexuales. Pero, al igual que con los
nuevos compañeros, ninguno de eses apareamientos había
bastado para iniciar una relación sentimental. Mantenía con
todos ellos, esa recíproca camaradería de “aquí te
encuentro y aquí nos hablamos, nos solazamos o nos
deseamos”; sin compromisos, sin necesidad de quedar para
nuevos encuentros o programadas juergas.
       Últimamente incluso le deprimían profundamente las
rutinarias tardes adormecidas con partidas de ajedrez o
dominó y las visitas a determinados bares para compartir
aperitivo con gente de todos los días, desmenuzando al
tiempo cualquier noticia de actualidad. También rechazaba


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las noches de copas en el pub de siempre; retomando una y
otra vez las discusiones o exposiciones de teorías que, por
antiguas y desgastadas, únicamente se podían conservar en
las mentes a base de alcohólica maceración.
       Esa renuncia y desidia no obedecían a la creencia de
que fuese menos interesante la gente conocida en los
últimos años, ni tampoco a suponerle un atractivo menor al
demostrado por aquellos otros amigos de antaño. La causa
seguramente radicaba en su edad, el tiempo le había vuelto
agnóstico y temeroso en las relaciones sentimentales;
dudaba, desde los inicios, de su duración y de la falsa
intensidad con que comenzaban las pasiones y lo imposible
que se antojaba luego mantenerlas.
       Sin embargo, lo más molesto en esa inesperada
emoción era la opinión forjada por su desmesurada
capacidad de autocrítica, debida en gran parte a
deformación profesional. Pues fue ella quien le hizo
suponer que la causa podría estar en la ausencia de
contacto físico con otros seres humanos, provocada por el
aislamiento donde estuviera sumergido en los últimos diez
meses; casi un año dedicando su tiempo a conversar con mil
ordenadores y a realizar aquel nuevo trabajo.
       Estaba licenciado en sociología y psicología, pero
podía haberlo hecho en ciencias exactas o en medicina. La
razón de sus estudios universitarios, más que a una
vocación, obedeciera a la presión familiar para que
adquiriese una formación académica. Quizás por eso, en
cuanto los hubo finalizado, se relajó varios años escudado
en los títulos obtenidos; desechando, cada vez más,
cualquier atisbo de afición hacia esas materias. Así,
huyendo de la posibilidad de enmohecerse en un gabinete
profesional, disimuló su adicción al tiempo libre
desempeñando trabajos llevaderos y que nada tenían en


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común con la formación cursada. Primero dirigió algunas
inversiones de su adinerado padre, hasta percatarse de la
incompatibilidad existente entre el cariño paternal y la
marcha de las finanzas; poniendo así fin, para alegría de su
madre, a las continuas disputas profesionales que alteraban
sus relaciones personales. A partir de entonces utilizó su
patrimonio para establecer un sinfín de variopintos
negocios.
        Construyó, con su delirio y la ilusión de otros tres
aventureros, una minicentral hidráulica en una orografía
más propia para reportajes de alpinismo; episodio que costó
la vida a uno de aquellos compañeros. Fundó una cadena de
locomotoras para asado y venta de castañas en la calle,
distribuyéndolas por varias ciudades de Centro Europa. Con
la misma empresa, recolectó para su comercialización todo
tipo de caparazones, conchas o restos de corales que el
mar depositaba en las playas y montó talleres donde se
confeccionaban, con ellos, aderezos característicos de las
religiones católica, mahometana e hindú; destinando su
venta a peregrinos y romeros. Más tarde ampliaría el
negocio a símbolos de tribus urbanas y otros fenómenos
sociales de moda; mercadeando con ellos en conciertos o
todo tipo de eventos.
        La última etapa mercantil, intentando ser fiel a sus
ideas vanguardistas, se centró en el naturismo y la
ecología; invirtiendo en la adquisición y preparado de
terrenos para cultivos orgánicos, realizando plantaciones
de bosques autóctonos, construyendo una estación
biológica y, finalmente, dedicándose a la rehabilitación de
aldeas abandonadas para transformarlas en centros
turísticos o aulas de naturaleza.
        A estos pueblos acudían los visitantes con el
propósito de contemplar como se desarrollaba la vida


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durante los siglos pasados, mucho antes de la irrupción de
la revolución industrial; desde el discurrir de una jornada
sin luz eléctrica, hasta la realización de las labores
agrícolas o artesanales a base de herramientas, sin la
ayuda de la maquinaria. Al mismo tiempo se instruía al
excursionista impartiéndole lecciones sobre el respeto y
cariño al medio ambiente. Él mismo había colaborado con el
adiestramiento a los monitores del primero de aquellos
parques rurales, haciendo constante hincapié en la
importancia de destacar cada acontecimiento natural, le
pareciese o no interesante al guía; desde la caída de una
hoja en otoño, el nido de un pájaro, la yema del fruto
silvestre o el ir y devenir de los miembros de un
hormiguero, hasta extraordinarias revelaciones como la
hembra de Mantis Religiosa depositando su espumosa
ooteca en una rama.
        –Debéis documentaros sobre todo fenómeno que
observéis- les había repetido una y otra vez -así podréis
aprovechar cada una de esas visiones que os dije para
instruir a nuestros visitantes. Cuando contempléis un vulgar
hormiguero, les explicareis el sistema social de las
hormigas, tan o mejor organizado que el de los humanos,
apasionándoles con historias sobre sus rebaños de pulgones
y las estrategias para apoderarse de larvas de otras
especies con el fin de convertirlas en sus esclavas. Si
andáis despiertos y tenéis un poco de suerte os
tropezareis con la Mantis; aprovechad entonces para
desmontar de sus mentes el tópico sobre la crueldad de las
hembras de esta especie, aclaradles que sólo devoran al
macho tras la eyaculación cuando éste no es lo suficiente
hábil para evitar el fatal mordisco. De esa forma
entenderán que no se trata de una absurda crueldad, sino
de un sistema para mejorar la raza, y habréis contribuido a


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reforzar la tan necesaria comunión entre humanos y
naturaleza. Ilustraros a través de nuestros cursos y seréis
capaces de detectar a ese gusano que llamamos
procesionaria; entonces podréis impresionar al público
contándoles el porqué de esa curiosa forma de caminar uno
tras otros tocándose el trasero. Puesto que, aunque no os
lo parezca, para el habitante de una gran ciudad esa
información es un apreciado descubrimiento y quedará en
su mente tras su regreso a la urbe. Pero tampoco os
quedéis callados si os preguntan sobre algo de lo que nunca
se os instruyó. ¡Eso daría muy mala imagen de nuestro
servicio!. En ese caso echadle un poco de imaginación. ¡No
os preocupéis!, la mayoría de los visitantes creen que la
lengua de una mariposa es únicamente el título de una
película.
        Tiempo después, en una visita realizada de incógnito
a aquella reconvertida aldea, pudo escuchar como uno de
los guías hiciera caso de sus recomendaciones ya que, luego
de detener con ceremoniosa alerta al grupo de turistas, se
deleitaba explicándoles:
        -Esta fila de orugas que pueden contemplar, no es
otra cosa sino el increíble fenómeno conocido como la
procesionaria, un conjunto de larvas de lepidópteros del
género Thaumetopoea, caminando en fila con la cabeza de
una tocando con la parte posterior de la que le precede.
Observen como descienden por el tronco de ese pino para
alcanzar la tierra caldeada con la entrada de la primavera.
Después se enterrarán para crisalidar dentro de un capullo.
        Luego de dar esa clase de biología, el guía se
incorporó y procediendo a continuar el recorrido, les
advirtió:
        -¡Tengan cuidado, “fait atençion”, “danger”!,
procuren no pisar las orugas, no sólo porque destruirían a


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unos futuros insectos, sino porque si las tocan les
producirán irritaciones.
       Pensaba ya felicitar y recomendar a aquel esmerado
empleado por haber seguido su primer consejo, cuando le
sorprendió demostrándole que también asimilara su
segunda enseñanza: la de la imaginación como sustituta del
conocimiento. Todo lo dicho hasta entonces, incluso el
nombre del género de las larvas, le era conocido a Albert
desde niño; Lo había aprendido en los largos paseos que
solía dar con su maestro, un hombre genial capaz de
pararse ante una gota de rocío y hacer vislumbrar al
alumno la vida reflejada en el vientre de esa minúscula
porción de agua. Pero cuando un visitante preguntó, por
simple curiosidad, el porqué del contacto de las cabezas de
aquellas orugas con los traseros de sus congéneres, el guía
hizo un nuevo alarde de sus conocimientos zoológicos y, a la
vez, de un cuidado despliegue imaginativo.
       -Les he dicho antes que tuviesen cuidado porque al
tocarles producen una intensa irritación en la piel. Pues
bien, esa inflamación es debida a una sustancia urticaria
que impregna sus pelos y para producir ese veneno
necesitan estar continuamente oliendo y saboreando las
heces de los otros- Luego, antes de que la comitiva se
pusiese en marcha, atajó la posibilidad de que alguien
formulase una nueva pregunta sobre el tema, llamando la
atención de los turistas con un nuevo fenómeno -¡Vaya,
estamos de suerte! Observen esa pequeña criatura apoyada
en aquella rama, se trata del Chorlito Carambolo. Y digo
que somos afortunados, pues este pájaro habita en las
zonas nórdicas y sólo atraviesa nuestra península…
       Cada vez que el bueno de Albert contaba aquella
historia, entre las risas de los que escuchaban se podía



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apreciar, en el contenido de su conclusión, la profunda
admiración despertada por aquel muchacho.
        -Sin duda, ese joven debería cobrar un sueldo igual
al del director de la empresa; porque teníais que ver la
cara de credulidad del turista cuando escuchó lo de
saborear y oler las mierdas.
        Pero todas aquellas aventuras mercantiles fueron
abandonadas; una tras otra morían en la desidia antes de
dar paso a la siguiente y no siempre por resultar ruinosas.
        De hecho la central eléctrica acabó produciendo
energía suficiente para hacerla rentable y fue adquirida
por una multinacional, compra que hizo provechosa la
inversión.
        En cuanto al holding de ensueño dio suculentas
ganancias con las máquinas de las castañas y se hundió
estrepitosamente con la comercialización de aderezos para
comunidades religiosas y tribus urbanas. Aun así no fue por
ser un mal negocio, ya que sí produjo pequeños beneficios
en los bolsillos de la mayoría de miembros del comercial
ejército ambulante generado; singulares batallones
compuestos por seres de todo tipo o condición, que
vendieron la mercancía pero no reintegraron nunca su valor
a los suministradores.
        Los negocios verdes, como los definía su padre,
fueron caso aparte; aquellos terrenos destinados a cultivos
orgánicos, así como las plantaciones de bosques autóctonos,
dejaron para el futuro las dudas sobre su rentabilidad y la
reconversión de aldeas abandonadas en centros turísticos
se encontró con la burocracia romana, todavía imperante en
Europa. Al final, con algunas pérdidas económicas, acabaron
siendo adquiridas por la administración pública, quien
continuó gestionándolas; pero, a pesar de ello, constituyó la
alegría de la familia pues, por cuestiones del azar, acercó a


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Albert a personas de reconocido prestigio de la izquierda
política, por aquel entonces recién aupada al poder. Eses
regidores vieron provechosas sus ideas y le ofrecieron
varios cargos de confianza como el que actualmente
desempeñaba, dirigiendo un gabinete para la acción y
desarrollo de estudios sociológicos; departamento que, con
grave desacierto, bautizaron en Internet mediante las
conocidas siglas de GADES, planteando un gran numero de
enredos al confundirlo con el restaurante de Barcelona, el
conservatorio de danza, la propia fundación Antonio Gades
o una página web divulgativa de estatuas, acueductos y
otros elementos arquitectónicos de la ciudad de Cádiz.
        No fue pues, la mala rentabilidad, causa del
abandono de sus negocios; sino el hecho de que todas las
ideas surgiesen de deseos, agradables reuniones con
amigos o sueños juveniles almacenados. Cada proyecto se
llenaba de romanticismo convirtiéndose en una ambición
personal y, como cualquier otra pasión, éstas se iban ajando
conforme alcanzaban sus logros. Sólo llamaban su atención
aquellos planes que, por su dificultad u originalidad,
semejaban tener un atisbo de viabilidad frente a la opinión
contraria de cualquier otro hombre de negocios;
únicamente eses proyectos y alguna inédita idea que
ofreciese soluciones a necesidades creadas por otras
actividades comerciales o sociales, despertaban sus ansias
mercantiles.
        De esa forma, mientras descansaba del agotamiento
y estrés por los avatares de la central energética, estando
de camping con unos amigos se generó una tertulia sobre la
incomodidad de dormir directamente en el suelo, lo
engorroso del transporte de las colchonetas hinchables y
otras incomodidades del camping. Tras esa charla surgió el
diseño de tiendas automontables, con suelo inflable y


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cremalleras silenciosas; artilugio que, luego de probarse y
promocionarse mediante su utilización en un viaje realizado
por investigadores del CESIC a África, llegó a fabricarse
comercializándose bajo el término utilizado por el hijo
putativo de los manganí para levantar a sus amigos,
“ankawua”. De esa expedición formaba parte su amigo
Fernando, en calidad de biólogo y estudioso de ciertos
mamíferos insectívoros; en realidad había sido él quien le
propusiera utilizarlas, pues necesitaban estar varios días
acampados en la selva, trabajando largas horas y en
condiciones precarias, por lo que cualquier mejora
encaminada a paliar las incomodidades constituía una ayuda
para el equipo. Durante una de esas noches mágicas en las
que estuvieron tanteando el invento, mientras los cantos de
los nativos se mezclaban con los efluvios de ciertas
sustancias estimulantes, Albert comentó a su amigo: -Bien;
esto de las carpas con suelos acolchados funciona, el
sistema de anclaje no perdió en seguridad, su peso apenas
se incrementó en unos pocos gramos, se monta en un
tiempo record y el material parece apropiado en cuanto a
resistencia, comodidad o silencio. Con el video y el
reportaje fotográfico de este viaje, no será difícil vender
el paquete a cualquier comercial para olvidarnos del asunto.
Me gustaría dejar de dedicarme a estas chorradas e
invertir en algo realmente grande.
       Así, de una segunda acampada germinó un segundo
negocio; en realidad no se pudo calificar como tal, ya que
constituyó el único gran fracaso de su etapa mercantil.
Junto con Fernando diseñó e intentó crear una macro
estación biológica marítima, emanada de otra original idea
surgida tras aquellas conversaciones en plena selva. Se
trataba de una gran construcción que, anclada en pleno
mediterráneo, albergaría laboratorios cuya utilización


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estaría repartida entre investigadores del estado y de
empresas privadas; de esa forma su aportación al bien
público, mediante la cesión gratuita de parte de las
instalaciones y del derecho a compartir descubrimientos
con otros investigadores privados, favorecía la concesión
de permisos para semejante enclave y, al mismo tiempo, el
alquiler o venta de laboratorios a compañías de las ramas
farmacéutica o química, reportarían los beneficios. No sólo
se encargó un estudio de viabilidad, sino que se obtuvieron
los permisos iniciales y se llegó a comenzar su construcción
en tierra, hasta convertirse en una obra faraónica de muy
difícil ejecución y que sobrepasó la disponibilidad
económica.
        Sin embargo, a Albert aquella experiencia le había
aportado grandes satisfacciones personales y una férrea
amistad con Fernando; fueran meses repletos de días y
horas durante las cuales ambos hubieron de enfrentarse a
continuos problemas novedosos e insospechados.




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                        Capítulo 2

        El sonido del timbre del portero automático
sorprendió a Albert enfrascado en su trabajo; desde la
llamada de su amigo todavía seguía intentando refugiarse
del conato de vergüenza detectado por su ego.
        Observando aquel invariable rostro en la pantalla del
visor, se dio cuenta de que no había comprobado si tenía en
casa algún licor o un buen café para agasajar a la anunciada
visita. El pequeño monitor parecía haber rescatado una
imagen guardada en su electrónica retina desde hacía casi
dos años; la misma calva pronunciada, las intrínsecas
payasadas y aquel brillo negro de su mirada… un eterno y
permanente flujo de húmedas sensaciones que indicaba e
invitaba a la sonrisa.
        Pulsó el interruptor de apertura sin responder
siquiera a las bromas que Fernando balbucía, apoyado sobre
el marco del portal, en fingida somnolencia. Dejó también
abierta la puerta del piso y se dirigió hacia el aparador de
la sala para ver si la señora de la limpieza repusiera sus
bebidas habituales; recordando, de camino, la inclinación de
Fernando por su particular brebaje casero. Como aquel
edificio no disponía de ascensor, todavía tuvo tiempo de
poner algo de música para animar el silencio de la casa,
antes de embarazarse en una ruidosa búsqueda de loza y
botellas.
        -¿Puedo entrar o hay alguna dama desnuda a quien,
los pobres humanos como yo, no debemos visionar sus
ocultas bellezas?... ¡Ahh!... ¡Tenemos aquí al usurpador de
voluntades, al rescatador de sensaciones dormidas;
alquimista de sentimientos que goza amalgamando
melancolías, juveniles deseos y caducos sueños en probetas


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de alcoba o de diván! ¡Dichosos vosotros los psicólogos;
seres mimados de la sociedad a quienes se les permite
hondonar en corazones foráneos, desenterrando penas y
despedazando ilusiones sin tener que sufrir la inquisición
de conciencias propias o ajenas!.
        Se saludaron, luego de que Fernando cerrase la
puerta de la vivienda y cogiese una de las dos copas vacías
que el anfitrión traía en sus manos; lo hicieron con un
cariñoso abrazo en pleno pasillo, disipando las reticencias
de Albert hacia sus propios sentimientos.
        -Ya me dijo tu hermana que los jerifaltes de la
política te habían encargado estudiar a las quinceañeras en
los conciertos- continuó socarrón mientras miraba, con
descarada y sardónica expresión, el desierto cáliz de su
mano.
        - Ven, te llenaré ese vaso para que no me tomes por
un mal amigo. Pero deja de importunar, bastantes disgustos
me costó esa historia.
        - ¡No…! si ya me explicaron tus desventuras. Pero, a
quien se le puede ocurrir dejarte suelto entre cientos de
jovencitas y artistas de buen ver.
        Una mirada de Albert, que fluctuaba entre la feroz
amenaza y la solícita súplica, interrumpió sus chanzas.
        -Vale, te lo contaré para que calles y no colabores
con ese río de insidias que han estado a punto de acabar
con mi carrera administrativa.
        -Me encargaron un estudio sociológico sobre
posibles influencias del fenómeno “fan” en la formación de
la personalidad. Esa fiebre que parece asolar a la población
en general; porque no son sólo los típicos impúberes y las
mocitas quienes asisten, se desmayan, lloran, sufren y se
derriten en esos conciertos donde actúan “sex symbols” de
repentina y fugaz facturación. En ellos te encuentras


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desde niñas de 8 años, agitando sus bracitos en busca del
halo de sus ídolos, hasta sus papás y mamás que olvidando
su función preceptora se pierden boquiabiertos en las
insinuantes formas de aquellos o aquellas artistas.
        -Bueno… Quizás, no sea exacto el término, pues en
lugar de artistas son ellos el propio arte. Luego de
escuchar sus canciones y contemplar la puesta en escena o
el despliegue de medios, uno se da cuenta de que esas
seudo estrellas son un elemento más de una gran
parafernalia mercantil y su única virtud la constituye el
hecho de haber sido el fruto de un esmerado trabajo
fisonómico o anatómico realizado por la naturaleza o, si lo
prefieres, por sus progenitores.
        -Es cierto que de entre todos los espectadores
destaca el paroxismo de las jóvenes de 12 a 17 años,
auténtico delirio que impresiona cuando lo observas de
cerca; sin embargo, se me antoja más preocupante esa
simbiosis donde parecen agruparse, bajo los mismos
síntomas de fiebre sexual, niños, adultos, ancianos y
adolescentes. Fíjate que digo simbiosis y no parasitismo o
simple reunión; pues no sólo se congregan, sino también se
favorecen mutuamente al saciar juntos su común deseo
libidinoso.
        - Pero...., ¿hubo o no una aventura con esa menor?-
insistió en su impertinencia Fernando, protegido por la
incuestionable amistad.
        -No- respondió sonriendo -Tuve esa aventura, como
tú dices; pero fue con una de las coristas y tenía más de
dieciocho años.
        -¿En un camerino?.
        -Sí, claro; camerinos, caravanas de artistas, grandes
almacenes donde se presentaban discos, entregas de
premios, estudios de televisión… No fueron las actuaciones


                             17
en directo mi único campo de trabajo, a pesar de que si fue
donde peor lo pasé, pues no te imaginas los números que me
vi obligado a hacer para sobrevivir y pasar lo más
desapercibido posible en las primeras filas de aquellos
conciertos.
        -Si, me contó Ana lo de prestarte a los sobrinos
para que hicieses de niñero.
        - Ya... Claro. Bueno, eso fue más bien un favor
recíproco; pero me vino bien al principio para evitar las
inquisidoras miradas que me dirigían los padres aupados a
su masculino papel protector. Aunque esto sólo acontecía
hasta el instante de apagarse la luces y salir al escenario
las primeras piernas desnudas; momento en el que aquellos
guardianes sufrían aletargantes pasmos y una repentina
dejadez de funciones. Me observaban con el rabillo de su
cobardía, intentando disimularla en la complicidad de otras
miradas adultas, buscando con molesto descaro la
confirmación a la imagen de pervertido fijada, sin
miramiento alguno, en sus cerebros tras verme allí, pegado
a las vallas, en primera fila y junto a sus retoñas.
        -Sin embargo, después hube de aprender a evitar
las conversaciones e inapetentes aproximaciones de
desahuciadas madres, más asiduas que sus maridos,
quienes, reticentes a su condición de desposadas, hacían un
póstumo intento para aproximarse a la correría. Con el
tiempo, cuando vi claro el plan de trabajo, pude infiltrar
colaboradores y ya fue más fácil; aun así los seguimientos
de las sesiones de captura de autógrafos requirieron de
sucios trucos, como el de hacerse pasar por periodista o
programador cultural. Precisamente fue en una de esas
sesiones cuando, ya sabes, mezclé el trabajo con mis
lujuriosas aficiones.



                            18
       -Árbol que nace torcido ni el huracán lo endereza,
antes le arranca la vida, decía mi abuelo. Por eso, como tú y
yo nacimos con más curvas que una higuera o un mangle,
pues… Ya sabes, o nos matan o donde veamos algo
realmente sabroso nos sentamos a comer.
       Fernando continuaba con sus chanzas mientras
contemplaba el hermoso color del licor donde macerara la
cereza que acababa de servirse
       -¿Lo hiciste tu?... ¡De tu propia cosecha…! ¡Cinco
años! ¡Humm!.
       No esperaba respuestas, había leído la etiqueta de
la botella escrita a mano y degustaba la exquisitez del
líquido derramado en su paladar tras dar el primer
mordisco al empapado fruto. Se paseaba por la estancia
principal de aquella casa, un gran salón dividido en dos
cuerpos por un arco de piedra que hacía las veces de
separador y lugar de paso.
       Era una sala excesivamente grande y de señorial
altura, como el resto de las dependencias. El lujoso piso se
ubicaba en la última planta de un edificio situado en el
Paseo de Gracia, entre la Casa Milá y la Casa Batlló, muy
cerca de esta última; tanto que, desde sus ventanas y
sobre las copas de los árboles, se podía ver sobresalir el
gigantesco pez de coloreadas escamas cerámicas haciendo
de vertiginoso tejado.
       Empezaba a oscurecer cuando Fernando abrió la
puerta del balcón. Lo hacía siempre que venía; guiado por
una suerte de instinto iniciaba su meticulosa ronda con las
magníficas vistas exteriores, para recorrer luego toda la
casa en silencio, deteniéndose en los mismos detalles de
siempre. Para Albert, a quien aquella costumbre no pasaba
desapercibida, ese ritual le traía a la memoria la
parafernalia de los animales cuando defienden sus


                             19
dominios; incluso había comprobado que, tras finalizar la
inspección, su amigo parecía tener siempre unas olvidadas
ganas de orinar, como si pretendiese marcar territorio con
sus excreciones.
       Las últimas luces del crepúsculo todavía arrancaban
destellos de los añadidos que adornaban la techumbre,
extraordinariamente bellos y variados.
       -¿Te fijaste alguna vez en el remate del tejado?, es
una cruz de formas vegetales- Fernando se apoyaba en la
barandilla labrada sobre hierro forjado sin dejar de
contemplar la cubierta del monumental edificio, hablando
de espaldas a su anfitrión
       -Es curioso que un hombre a quien la Iglesia Católica
tuvo en las puertas de la beatificación, dejase impresas en
muchas de sus obras detalles más próximos a la masonería
que a su propia religión; me refiero a esas cruces y a las
representaciones de signos zodiacales, e incluso a otros
elementos relacionados con el arte de la alquimia como la
casa huevo o la salamandra del Parc Güell.
       Albert no respondió, se recreaba en silencio con
aquella demostración de profunda admiración hacia el
barrio de su infancia y su vivienda que, enclavada entre las
dos surrealistas edificaciones de Gaudí, constituía
asimismo una reliquia del modernismo barcelonés. Incluso
poseía detalles, posiblemente copiados al propio genio,
como las rejillas del sistema de ventilación donde se había
detenido ahora Fernando ocupándose de abrir y cerrar una
a una todas las hojas de madera de aquella celosía, como si
su meticulosa revisión incluyese la comprobación del estado
y funcionamiento de cada artilugio.
       A pesar de su antigüedad, el piso había sido
reformado y acondicionado con todas las comodidades; sin
que ninguna de ellas distorsionase o enturbiase su valor y


                            20
tipología. Una codiciada pieza para cualquier inmobiliaria o
adinerado comprador; tanto que Albert estuvo tentado en
varias ocasiones a vender, instigado por las suculentas
ofertas que recibía. Pero, a pesar de ello, se resistió
siempre a ese asedio comercial; al principio ante la
posibilidad de disgustar a su madre y luego, desde su
reciente muerte, por el cariño y fuente de recuerdos que
albergaba.
        De toda la vivienda lo más llamativo era una
ostentosa sala dividida por un tabique, interrumpido, a
modo de puerta, por un arco a través del que se filtraban
ahora extraños destellos de luz, reflejos de oscilante
intensidad y brillo que llamaron la atención del visitante. En
la primera parte de la estancia había dos sofás con su
correspondiente mesa de cristal, un aparato de música, una
chimenea flanqueada por dos orejeros, la televisión y un
aparador de bebidas acristalado con auténticas y añejas
vidrieras.
        Fernando no sólo conocía al dedillo la mansión, sino
que además la tomaba como su propia residencia en cada
desplazamiento a Barcelona; pero, hasta donde podía
recordar, la segunda pieza del salón era un acogedor rincón
amueblado con bajas banquetas destinadas a hacer de
mesas y enormes cojines dignos de un califa. Sobre ellos
acostumbraba a disfrutar, mimetizado con la penumbra y
jugando a ser “Haroun El Poussah”, de la música emitida por
un discreto equipo que, sin embargo, había sido trasladado
ahora al primer módulo.
        Así pues intrigado con aquellos reflejos, que
parecían proceder de varios televisores encendidos, y
frunciendo levemente el ceño mientras miraba a su amigo
en tácito interrogatorio, se dirigió hacia la cimbra de
piedra. Tras aquel arco, cuidadosamente instalados sobre


                             21
una mesa expresamente confeccionada al efecto, se
alineaban a lo largo de dos paredes, cinco ordenadores con
sus correspondientes pantallas de las que procedían los
cambiantes reflejos. Bajo ese tablero se ocultaban otros
tantos asientos, utilizados durante las sesiones en que
había operado en compañía, y dos sillas provistas de ruedas
para trasladarse de teclado en teclado.
       En una de ellas se sentó Fernando, inmerso en la más
inesperada sorpresa. Por todos, no sólo por él, era conocido
el profundo desprecio de Albert hacia la informática
familiar. Pero, precisamente ellos dos, habían sostenido
frecuentes discusiones sobre la utilidad de ciertos enseres
domésticos modernos, entre quienes incluían al móvil y a los
ordenadores personales; elementos que para uno eran
necesarios y para el otro simples necesidades creadas sin
las cuales la vida no sólo era posible, sino que resultaba
mucho más sencilla.
       -¡Asombroso!, si me lo cuentan no lo creo. Realmente
eres desconcertante, siempre mortificándome por mi
inseparable portátil y ahora has llenado tu casa del último
grito en informática; cinco potentes “Pcs” totalmente
equipados, cámara web, micrófono, altavoces...-. El recién
llegado describía uno a uno, con la familiaridad del
entendido, los componentes que iba descubriendo -…Un
escáner, impresora, red local, seguramente la mejor
conexión a internet....- continuaba enumerando mientras
recorría con la vista las paredes más lejanas de la estancia.
       Albert se sentó en el otro sillón con una copa de
güisqui jugando a enredarse entre los dedos y, sin aguardar
pregunta alguna, comenzó a explicar
       -Todos listos para que podamos conversar en chats
al mismo tiempo mis colaboradores y yo. Tienes ante ti,
activadas, un abanico de posibilidades; éste, por ejemplo,


                             22
enlaza con el servidor de IRC mediante un práctico
programa- dijo señalando el más próximo a ellos -con ese
otro, en cambio, realicé la conexión a través de una página
web, algo mucho menos práctico pero que asegura más el
anonimato; aquél, como puedes ver…- continuó mientras se
desplazaba hacia el tercero -tiene activado el Netmeeting,
para tener vídeo conferencias…
        Ante la especial atención demostrada por su amigo
hacia la pantalla de la primera de las computadoras, se
apresuró a explicar -supongo que habrás oído hablar de
Internet Relay Chat, un sistema de conversación multi-
usuario a través del cual contactan un sinfín de personas.
Pues bien, esas redes IRC conectan a varios servidores,
programas diseñados para transferir y compartir datos,
cada uno de los cuales contienen una serie de salas en las
que mantienen contacto un número variable de asiduos,
como yo. De esa forma todos los clientes de cada una de
esas aplicaciones informáticas pueden localizarse entre si y
hablar pública o privadamente. Existen algunas que superan
los 15.000 usuarios en cualquier momento, como Efnet;
pero para realizar mis tareas no es necesario conocer nada
de esto, me limito a utilizar pequeñas salas que ofrezcan
estabilidad y posibilidad de contactar, en grupos
reducidos, con españoles.
        Fernando, sin dejar de escuchar, se había
apoderado del “mouse” de uno de los ordenadores y
desplegaba menús de forma instintiva, con ese
atrevimiento desdeñoso del miedo a la ignorancia que
parece acompañar a la gente familiarizada con la
informática. Albert, decidido a hacer de guía en aquella
repentina incursión, le relataba las funciones y
posibilidades ofrecidas por cada opción de los listados que
iba extendiendo.


                            23
       -Este es uno de esos programas de los que antes te
hablaba, con él puedes buscar a un usuario conocido o
recibir el aviso de su conexión a cualquier red, entrar en la
sala donde se encuentra y charlar pública o privadamente
con él; o bien solicitar una conversación en DCC, con
conexión directa de ordenador a ordenador. Con ese
comando almacenas las conversaciones y esos otros son
iconos de expresiones.
       -¡Selecciona esa!- exclamaba entusiasmado cada vez
que se iluminaba un símbolo -Con el “ignore” dejas de
recibir información de los pedantes o maleducados, el
“whois” te sirve para obtener información sobre un usuario,
incluso alguna que él no te facilita.
       -¿Por ejemplo?- le interrumpió Fernando.
       -Por ejemplo saber si alguien está hablando en
privado o no; te contaré una anécdota relacionada con eso-
dijo Albert cambiándose ahora a la pantalla contigua que
mostraba, en una de sus esquinas, un cuadro desplegado
donde se sucedían continuamente frases de unos cuantos
charladores. Estas locuciones humanas se alternaban con
mensajes del propio sistema indicando la entrada o salida
de algunos usuarios, la expulsión de otros o el nuevo estado
de quienes iniciaban o remataban un período de ausencia
temporal.
       La conversación, en cuya lectura se detuvieron
ambos un largo rato, lejos de parecer frívola o insulsa tenia
la familiaridad de la tertulia en una taberna rural; ese
doméstico bisbiseo capaz de atraer con más intensidad al
foráneo que al habitual. Fernando sintió la misma sensación
de excluido que habría notado si visitase uno de esos
locales en un pueblo desconocido.
       -Mira ese nombre, “Tormento”, es un alias o como se
dice en el argot, un nick. Comparte esta sala con otros


                             24
diez usuarios; bueno… aproximadamente porque, como
puedes percibir, entran y salen continuamente. ¿Lo ves?.
Bien. Se trata de una chica salmantina que, por razones
personales, se esconde en esta sala y mantiene
conversaciones privadas con ese otro nick “Dural”. Podría
abrir una estancia nueva para ellos dos o usar otras
fórmulas; pero, con el fin de pasar más desapercibida,
utiliza este sistema. Lo sospeché porque eran los únicos de
la sala que casi nunca participaban en las conversaciones
del cuadro general, el que ven todos los participantes de la
sala. Ese hecho no indica nada por sí sólo, pues se pueden
tener varios chats abiertos y estar hablando únicamente
en uno de ellos; pero llamó mi atención e, investigando,
descubrí otras circunstancias que me hicieron sospechar. A
través de la simple observación advertí como los dos solían
entrar a las mismas horas y tras irse uno de ellos, el otro
tardaba poco en desconectarse. Luego indagué y comprobé
que no estaban conectados a otras salas, esto lo hice
mediante una búsqueda de sus nicks. Para corroborar mi
presunción utilicé esa función que mencioné antes,
observa…- le dijo mientras activaba el botón del “Whois”;
-…aquí te pone el número de bits recibidos y enviados; si
realizo esta comprobación varias veces en intervalos
cortos de tiempo y esas cifras aumentan, deduzco que el
usuario está conversando. Así verifiqué mi teoría, pues
ambos mantenían frecuencias continuas de escritura,
alternadas entre ellos, cuyo contenido no se reflejaba en
ninguna pantalla. Es decir, supuse que tenían abierto un
privado al cual, de ahí su nombre, solo tienen acceso ellos
dos. Luego, cuando alcancé un grado suficiente de
confianza con ella, me lo confirmó. Utiliza este método
para que no la controlen, ni desde la red ni desde su propia
casa. Está casada y mantiene un idilio con el tal Dural.


                            25
Mediante el sistema del privado se entiende con su amante
en completa intimidad; pero, a la vez, dejando abiertas ésa
pantalla y la de conversación general, puede disimular en
presencia de su marido, minimizando la primera y fingiendo
conversar amigablemente con todos los usuarios.
       Durante un buen rato, Albert continuó explicando el
resto de las posibilidades que el programa ofrecía, como
las de abrir una nueva sala, cambiar de alias o enviar
archivos. También le habló sobre técnicas de ataque y
defensa para adueñarse de los canales o expulsar a alguien.
               -O sea que ahora te dedicas a chatear con
cinco ordenadores a la vez, ¿quién me iba a decir que te
engancharías      en esto?. ¿Cuanto tiempo llevas aquí
encerrado?.
       Fernando se había apartado bruscamente del
ordenador mediante un impulso de sus pies, haciendo rodar
aquella silla hasta una hermosa rinconera de madera
labrada, donde dejara depositada la dorada copa de licor.
       -Prácticamente un año- Contestó Albert.
       -Pero no se trata de una aptitud mía ante la vida. Es
un nuevo estudio, en el que estoy trabajando ahora; mira...
       Se levantó de su asiento, abrió un cajón y extrajo,
arrojando sobre la mesa, un voluminoso montón de
documentación.
       -Listados con direcciones de correo electrónico, un
cuidado dossier referente a cada una de las personas con
las que conecté, agenda de direcciones y teléfonos,
reportaje fotográfico de una gran parte de ellos,
encuestas, estudios, primeras conclusiones...
       -Pero... ¿Esto es real?- interrumpió Fernando -o se
reduce a una gran montaña de mentiras donde todo el
mundo dibuja a un ser inexistente, fruto de su enfermiza
imaginación y frustrados deseos.


                            26
       Albert esbozó una irónica mueca -Es normal que lo
pienses, pero es tan real como la vida misma; es más, forma
parte de la era moderna, guste o no. Claro que hay muchos
farsantes, paranoicos, retraídos, engreídos, piltrafillas,
pasados de página e iluminados. Los mismos a quienes
puedes encontrar en cualquier calle pero, a menos que
hablemos de menores o de personas extremadamente
inocentes, su representación es fácilmente desmontable.
De que te vale engañar sobre si eres rubio o moreno, alto,
gordo, robusto o enclenque; si al final, para avanzar en una
relación, necesitas mandar fotos, mantener conexiones
audiovisuales y, en última instancia, establecer un contacto
personal. Por lo demás, la edad, la belleza, la profesión y la
posición social, son cosas que en la amistad o en el amor
adquieren valores caprichosos y ambiguos; además, las
mejores relaciones relegan a un segundo plano esos
parámetros. Hay mentira, y mucha, en los relatos que cada
uno hace de su interior, sus sentimientos, su carácter y de
sus virtudes o defectos. La misma ficción de esa careta
bajo quien nos presentamos en lugares donde no se nos
conoce bien; la pegajosa añagaza que desprende la boca de
cualquier chica cuando intenta impresionarte y también las
quimeras enarboladas por tu lengua al intentar conquistar
su noche. Son desvaríos idénticos a aquellos que tú,
ayudado por el alcohol, has repetido a tantos y tantas
desconocidos; el yo del trabajo, tan distinto al yo de la
pandilla de amigos o al de la vida hogareña. Unas veces
semejan ser invenciones pronunciadas a conciencia, otras
parecen delirios y ensueños que llevásemos olvidados en
nuestro interior, ansiosos por proclamar su existencia.
       -Entonces… ¿No crees que sea un potencial foco de
timos, engaños y delincuencia?- interrumpió nuevamente
Fernando entusiasmado ahora con la conversación.


                             27
        -Obviamente sí. Pero no más que cualquier otro
medio de contacto. Hay un probable riesgo en una cita a
ciegas o en el apego hacia una persona de quien no conoces
ni el pasado ni el entorno; confianzas y afectos que, con
una rapidez e intensidad realmente inquietantes, se
afianzan en los corazones tras haber mantenido unas pocas
sesiones de conversación diaria. Yo mismo conozco algún
caso con timo incluido y un sinfín de frustraciones e
historias desagradables acontecidas cuando los contactos
se hicieron personales. No niego, incluso, la existencia de
algunos riesgos añadidos, como el excesivo protagonismo de
la palabra escrita, la rapidez y fluidez de los contactos, el
descontrol moral que puede crecer bajo el anonimato, o la
debilidad de nuestras defensas sentimentales ante
acontecimientos precipitados y desconocidos. Sí los hay;
pero todos ellos pueden darse, juntos o separados, en
cualquier otro tipo de relación. Por otra parte, contra esas
contingencias     negativas     podría    encontrar      otras
aparentemente beneficiosas, como la ausencia de la
engañosa primera impresión, casi siempre postergada aquí,
y la clara percepción del nivel cultural desde el inicio de las
conversaciones. Además; una normal desconfianza,
inherente al medio que utilizas, y el largo camino necesario
para alcanzar el primer contacto físico, te vuelven menos
vulnerable que en otros encuentros no virtuales.
        Fernando dejó resbalar ceremoniosamente de entre
sus labios, el hueso de la última cereza ingerida. Luego lo
cogió con dos dedos depositándolo, junto a los tres
anteriores, en un caparazón de centollo que hacía las veces
de cenicero. Lo había estado haciendo rodar un largo rato
por todos los rincones de la boca, limando con lengua y
dientes cualquier resquicio de carne. Miró la copa, ya vacía,
y se incorporó para llenarla.


                              28
        -Esas cerezas, aunque simulan inofensivas, pueden
hacerte perder el sentido- Ahora el socarrón era Albert,
vivificado por una conversación amena, luego de convivir
con tanto silencio entre aquellas paredes, y envalentonado,
como no, por la copa de güisqui que se había tomado.
        -Lo sé, precisamente por eso ralentizo su consumo
utilizando largos ratos sus pepitas como placebo. Pero…
Volviendo a nuestra conversación.
        Fernando gritaba ahora desde la otra parte de la
sala
        -Pensaba en la abundancia de fraudes, dado el
conflictivo tipo de público habitual en los chats; bueno....
perdón...- rectificó inmediatamente al ver el inquisidor
rostro de su amigo que se había levantado tras él -quiero
decir, se les supone gente con problemas para mantener
relaciones cotidianas y normales. En fin, quizás me esté
explicando mal.
        La cara de Albert, nada halagadora, hizo callar a
Fernando.
        -No, no te preocupes, tus pensamientos son una de
esas sentencias pronunciadas por masas convencidas de su
derecho a manifestar opiniones gratuitas e injustificables;
algo que conocimos de nuestros propios padres cuando
jóvenes. Son la consecuencia de un profundo desprecio del
sistema social hacia esta nueva forma de comunicación.
¡Pero, coño!, tú no eres un borrego cualquiera; tú eres un
investigador descreído y sin adulterar todavía por la
incuestionabilidad de las verdades.
        Albert, viendo reflejada en el rostro de su amigo
una incisiva ironía, se percató de su encarnizamiento e
intentó suavizar su repentina reprimenda.
        -Prueba a hacer de abogado de oficio- continuó más
sosegado -y encontrarás muchas similitudes con aquellos


                            29
ataques     a     cualquier    indicio    de    progresismo,
librepensamiento, anarquismo, feminismo, movimientos
musicales o literarios e incluso a las ideas del propio
Galileo. Sólo es otra de esas imágenes tópicas que los
grandes sistemas sociales, ya sean gubernamentales,
religiosos o híbridos como la mayoría, crean para
defenderse de conductas innovadoras y no controladas que
triunfan públicamente. Exactamente lo mismo que hicieron
con la historia de tu querido Gaüdi. Esa aureola de
intachable beato, extendida como un manto integrador
para tapar su juventud y su madurez; épocas de su vida
bastante más próximas a ambientes de ateos,
librepensadores, masones, aficionados al espiritismo y
anarquistas, que a cofrades o catequistas. Por cierto,
tienes un artículo muy bueno sobre eso en aquella revista,
léelo.
        Se habían cambiado de sitio aprovechando           el
momento de servirse las copas. Albert puso música y
Fernando fue a la estantería donde estaba la revista
recomendada. Cuando volvió al sofá donde su amigo ya se
instalara, no traía en la mano el artículo sobre Gaüdí. En su
lugar había cogido un legajo encanutillado y forrado con
pastas de cartón, en cuya portada rezaba el título que
había llamado su atención, <<avance del estudio sobre los
usuarios del nuevo hábito de Interrelación denominado
“chateo”. Costumbres, características, afinidades y
comportamientos>>.
        -Mejor me leo esto para documentarme y no hablar
como un borrego.
        Fernando se defendía ahora de la bronca recibida y
saboreaba una nueva cereza, tan impregnada de
aguardiente que le había hecho saltar las lágrimas.



                             30
        -Eso que dices sobre Gaüdí no lo sabía y explica mis
incógnitas; pero, si me permites insistir nuevamente, tu
trabajo me parece más próximo a la psiquiatría que a la
psicología. ¿No figuran entre tus conclusiones los motivos
impulsores del uso del Chat?.. Bien- continuó tras el
silencioso asentimiento -¿Y no están relacionados, en un
gran porcentaje de usuarios, con inusuales incapacidades
para relacionarse de otra forma con seres humanos?
        Por supuesto que Albert no compartía semejante
pensamiento, al menos en toda su extensión, no obstante ya
había decidido suavizar su tono y su encarnizada defensa
de los “chateros”; sabía perfectamente lo que estaba
cavilando su compañero y, aquel indicio de ironía detectado
hacía un instante en el rostro de Fernando, se mostraba
ahora claramente en la mordacidad de sus palabras. Le
conocía bien; había comprobado, en las incursiones
conjuntas por los antros nocturnos donde gustaban de
prolongar sus conversaciones de madrugada, lo despiadado
e hiriente que podía ser jugando a catalogar, en prejuicios,
a los elementos curiosos que ocupaban mesas o compartían
barra con ellos.
        -Es cierto- Respondió guiado por esa decisión.
        -Dejando al margen a quienes entran por curiosidad,
y confieso son una minoría, la presencia de un gran número
de usuarios se debe a ese hecho. Pero el tener dificultades
con la comunicación obedece a multitud de motivos como
vivir en grandes ciudades, la soledad de la emigración, la
edad y también, como supongo insinúas, a defectos físicos,
fealdad, problemas psíquicos o simple timidez. De hecho en
el mismo proyecto trabaja un equipo de psiquiatría. Pero lo
hace en otra línea completamente distinta y, desde luego,
con otro tipo de usuarios. En algún momento yo mismo
tengo detectado individuos que presentaban patologías


                            31
propias de enfermedades mentales concretas; en esos
casos mi labor se limita a facilitar su rastro a los
coordinadores del programa y descartar a esa persona de
mi estudio. Aún así, confieso que en contadas ocasiones lo
hice.
        Fernando no pudo evitar la risa al escuchar a Albert
y observar su cara. Sabía de la poca simpatía de su amigo
hacia los psiquiatras; abiertamente en privado y a calladas
públicamente, solía decir que cuando ponían a alguien en
manos de uno de ellos, era como si lo hubiesen entregado a
un carnicero de mentes. Según afirmaba con auténtica fe,
elucubraban y experimentaban con terapias agresivas en lo
más sagrado del hombre, el subconsciente. Por otra parte
su listón de la frontera entre la locura y el discernimiento
estaba altísimo; no consideraba la normalidad de la mayoría
como un canon o modelo a seguir. Es más, suponía en la
excesiva proximidad a esa cordura, un síntoma de poca
inteligencia.
        -Conociéndote has enviado, a lo sumo, una o dos
personas a ese equipo- aclaró intentando disculpar la
insolente carcajada que interrumpiera la profesional
explicación -Además, quizás tengas razón y únicamente se
trata de otro medio de comunicación, como el teléfono o el
correo.
        -En eso sí te equivocas- respondió Albert -Creo que
la denominación de chateo se ajusta más a su acepción
española de tomar chatos en un bar, que a la originaria
inglesa tanto en su traducción de conferenciar como en la
de charlar. Pues no se trata de entrevistas con personas
para tratar temas concretos o de especial relevancia, a
pesar de existir salas específicamente temáticas. Ni
tampoco de hablar dos o más personas sobre temas sin
importancia, en exceso o sin sustancia, definición de


                            32
charlar según la Real Academia de la Lengua, que
efectivamente sucede a menudo pero sin constituir por ello
el motor de este tipo de comunicación. Porque en el chat no
sólo se conversa; también se indaga en los desconocidos, se
flirtea, se comparten risas y cervezas virtuales, se enreda
con cualquier juego de mesa, se mantienen auténticos
idilios en privado, se riñe, se discute, se cuentan chismes
en público o se preocupan por los habituales. De su uso
surgen        auténticas       amistades,       infidelidades,
enamoramientos, desengaños y un sinfín de sensaciones que
componen los estímulos de las relaciones humanas; porque,
al igual que ocurre en un bar de barrio, ciertas salas de
conversación se erigen en los auténticos substitutos de los
centros sociales, de toda la vida inoperantes en el seno de
nuestra cultura. En analogía con las cantinas, el Chat crea
un ambiente de camaradería entre los habituales del mismo
local virtual; un compañerismo que incluso incluye al simple,
al amargado o al borracho de turno.
         -Si lees el informe de mi estudio verás que ese
mundo no es como tú imaginas. Uno de los parámetros
utilizado en mi trabajo para clasificar la población, como es
lógico, fue la edad. Pues bien, la relación de los individuos
con el medio es completamente distinta según estudies a
jóvenes, niños o adultos; tanto que existen salas cuya
denominación es “más de 20”, “más de 30”, “más de 40”...
En cuanto entras dos o tres veces en ellas, adviertes
tratos diferenciados y patrones de comportamiento
específicos de cada edad. ¡Curioso!, si te paras a pensar
que cualquiera puede acceder fingiendo una edad que no
tiene; aunque lógico, pues aguantarías poco tiempo en una
reunión de imberbes y tu conversación desentonaría por
mucho que la encubrieses. Un hombre es un hombre y un
joven otra cosa muy distinta. Pero volviendo al tema, he


                             33
apreciado entre los adultos, como tú y yo, una enorme
dificultad para alternar, emparejarse o conseguir
mantener relaciones íntimas, aún siendo ésta la causa
principal de su uso del chat. Por el contrario, en los jóvenes
la utilización de internet no obedece necesariamente a esa
necesidad y es, cada día más, una forma cómoda, poco
engorrosa, lícita, desvergonzada, en ocasiones gratuita y,
sobre todo, habitual para relacionarse; pues no olvidemos
que se puede utilizar incluso desde un elemento tan
familiar para ellos como es el móvil.
        La noche se filtraba ya por todos los rincones de la
ciudad y el cuco del antiguo reloj de pared salió diez veces
de su nido interrumpiendo la charla magistral de Albert.
Fernando apuntó cuidadosamente con el dedo al pájaro de
madera en cada una de sus salidas, como si le fuese a
disparar. Luego leyó en voz alta la página que tenía abierta
sobre la mesa.
        -Como en cualquier otro tipo de relación humana, el
comportamiento de los sujetos con edades comprendidas
entre los 30 y los 50 años, a la hora de expresar sus
sentimientos o de creer en los de los otros, es mucho más
prudente que el de los jóvenes. Así, a pesar de apreciar en
ese colectivo una necesidad más perentoria de sensaciones
sociales, no desnudan sus intenciones tan fácilmente,
exageran menos en las mentiras, se convierten en asiduos
de algunas salas y posponen los encuentros a contactos o
referencias previas. Por el contrario, en aquellos espacios
de reunión cuya clientela ronda los 25 años o menos, la
desfachatez, las quedadas, los ligues y la desinhibición, son
tan patentes que te hacen sentir tan incómodo como si
entrases en una discoteca de adolescentes. Se mueven sin
el lastre de los miedos y tabúes, con los que el tiempo va
formando una costra entorno a nuestras mentes y


                             34
abortando, o disimulando, nuestros comportamientos. Pero,
al igual que ocurría en los otros parámetros analizados
anteriormente, a cualquier edad el “chat” engancha,
seduce, encandila y se convierte en una forma de relación
necesaria, tan o más adictiva que otras como los bares, los
gimnasios o las salidas nocturnas.
        Cerró el libro estirándose con un gesto de
crucifixión; se levantó del vicioso sofá y, dando por
finalizada la conversación, preguntó de nuevo:
        -¿Cuanto tiempo hace que no te pierdes entre golfos
de carne y hueso? ¿Cuantos meses llevas sin extraviar la
mente en las sinuosas formas de una camarera de reales
perfiles, sin cruzar una mirada descarada con una persona
desconocida, sin oír vociferar en un antro o escuchar un
halago y sin notar el calor de cuerpos apiñados?. No se a ti,
pero a tu amigo le apetece más recrear sus oídos con los
parabienes de nuestras antiguas colegas, que seguir
perdiendo el tiempo elucubrando sobre esas virtuales
víctimas.
        -Vale, entiendo- dijo Albert levantándose a su vez y
dispuesto a acompañar a su amigo por las calles de
Barcelona -Entretanto apago los ordenadores, puedes
recoger las copas y colocar tus maletas; pero te advierto
que me parece mayor pérdida de tiempo el haber empleado
seis años de una vida en estudiar insignificantes roedores.
        -¿Roedores?- replicó Fernando desde el pasillo.
        -¡Está bien..., perdón! comedores de insectos, o lo
que sean tus musarañas- refunfuñó Albert mientras se
desconectaba de las salas de chat. Lo hacía con especial
destreza y rapidez, plasmando sobre las pantallas mensajes
estandarizados de despedida.




                             35
                         Capítulo 3

        Durante la obligada comprobación de que en la
vivienda todas las luces quedaban apagadas, Albert recordó
algo y volviendo sobre sus pasos abrió un falso cajetín de
madera en cuyo interior colgaban varios grupos de llaves.
En realidad no era más que un marco con puerta, tas el cual
se ocultaba una zona de pared donde había clavado
pequeñas alcayatas. Cerró la engañosa puertezuela y
extendió uno de aquellos juegos a Fernando.
        -Toma, la del portal y la de casa. Es posible que esta
noche uno de esos susurros femeninos te nuble la razón y
decidas deshacerte de mí.
        -Mi pequeño ignorante- respondió jocosamente su
amigo mientras descendían por las señoriales escaleras del
edificio -pierdes facultades, ya no sabes indagar en las
mentes de quienes tienes físicamente ante ti. Tengo mucha
más necesidad sicológica de platicar contigo que de
escuchar elogios de bellas mujeres; sufro un mayor
imperativo biológico de tomarme una docena de cervezas,
que de desahogo sexual y, además, como he comprobado tu
desconocimiento sobre mis simpáticos animales, creo que
volveré a torturarte esta madrugada con unas cuantas
sesiones de diapositivas.
        -No, ¡por Dios!, ¡más fotos de tus Marcopolianos
viajes, no!- Albert braceaba y gritaba desde el portal del
edificio, asustando a los pocos transeúntes que pasaban
por la acera intentando evitar sus exagerados aspavientos
y los inesperados giros con los que se movía en ansiosa
búsqueda de la luz verde de un taxi libre.
        -Pues entonces atiende bien. Mis musgaños o
musarañas pertenecen a la familia de los sorícidos, quienes


                             37
a su vez se incluyen en el grupo de los mamíferos
insectívoros. Mira si son importantes, que los primeros
eutéridos pobladores de la tierra pertenecían a este grupo
y, a pesar de los cambios climáticos o geológicos, estos
débiles animalitos subsistieron; mientras que los grandes
reptiles o sus propios parientes, los megaterios y
mastodontes, sucumbieron desapareciendo tras la lucha
por su existencia.
         -¡Vaya!, tenía entendido que mis amigos, los
ornitorrincos, eran los mamíferos más antiguos- Habían
logrado detener un taxi y Albert aguardaba, con la puerta
abierta, a que su amigo subiese; embarazosamente
atrapado entre la parsimonia de éste y la mirada
inquisidora del impaciente chofer.
        -Carrer Joan Riera. Nou Barris- inquirió Fernando
en su particular catalán; erigiéndose ahora como oriundo
anfitrión y sentándose, sin ninguna consideración, sobre el
asiento de cuero de la parte de atrás del, celosamente
cuidado, Mercedes Benz; lo hizo adrede, en un gesto de
poco aprecio y desconfianza hacia el taxista.
        -Cierto, pero yo te hablo de mamíferos propiamente
dichos. Tus entrañables ornitorrínquidos, pertenecen al
orden de los monotremas, a quien sólo se les puede
considerar como un primer boceto de esa clase de
vertebrados; ya que, como bien sabes, ponen huevos y a
pesar de amamantar a sus crías, lo hacen mediante pelos
por no disponer de pechos externos. Además poseen rasgos
que los asemejan a las aves o a los reptiles, como el pico,
los espolones de las patas traseras o su poca capacidad
para regular la temperatura.
        -Mira tú por donde, mi animal preferido no es más
que un híbrido, un descastado, un pobre ser a medio
formar.


                            38
       -¡Normal!, como sino habría conseguido tu atención y
tu    cariño-    respondió    burlón   Fernando.     Estaba
resarciéndose de la magistral charla que había recibido
tras su permanencia en la casa. El coche circulaba ahora a
considerable velocidad por la Ronda de Dalt y aquellas altas
paredes de la circunvalación substituían a los neones y
farolas de las calles.
       -Te instruiré para que no sigas pecando de inculto:
Dentro de la familia de los sorícidos se encuadra una gran
variedad     de especies extendidas por todo el globo
terráqueo; desde el musgaño enano o la musaraña de cola
cuadrada, conocidas en casi todos los países de Europa,
hasta la diminuta Scutisorex Congicus que vengo de
estudiar en el Congo y que cuenta, entre sus numerosas
particularidades, con un caparazón tan fuerte como para
sostener mi peso sin inmutarse. Incluso hay algunas que
viven en el agua, como la Neomys fodiens, gran nadadora
capaz de perseguir y matar ranas y peces mayores que ella.
       Aquel tema le resultaba siempre apasionante y solía
abocarle a interminables conferencias como ésta, cuyo fin
sólo parecía asomarse a medida que se acercaban a su
destino.
       -Conozco diminutos musgaños de tierra a quienes, a
pesar de tener como principal alimento los insectos, vi
destripar una lagartija de gran tamaño. Pero, aparte de
musarañas, también me dedico a estudiar a otros
insectívoros raros como el Tenrec de Madagascar o el
Almiquí de Cuba; claro que son países todavía inaccesibles
para el presupuesto de mi departamento. En cuanto a su
importancia en la cadena del sistema biológico, no creo
necesario explicarte la relación causa efecto existente
entre la merma de sus poblaciones y el incremento de las
nubes de insectos; pero te diré algo que ignoras…


                            39
       El taxi se detuvo oportunamente. Albert abrió
apresuradamente una de sus puertas; se sentía abrumado
por el calor de la tormentosa noche y anhelaba huir de la
fastidiosa lección que estaba soportando. Además, el
incontestable gesto de Fernando le persuadió a
abandonarlo dejándole a él pagar el importe de la carrera
mientras reprochaba al conductor el haber utilizado ese
recorrido. Sobre la acera, de espaldas al coche, escuchaba
la reprimenda al tiempo que ingería bocanadas del
bochornoso aire y contemplaba el cielo ennegrecido por
donde surcaban amenazadores nubarrones. Posiblemente
el recorrido había sido el idóneo, sobre todo por el denso
tráfico de esa hora, de hecho a Albert le pareciera
correcto el precio del viaje; no obstante decidió no
intervenir. Compartía con su amigo esa añeja manía a los
taxistas heredada de su juventud, época en la que la
mayoría de ellos eran chivatos de la policía o, cuando
menos, obsesivos fisgones y personas de inmovilistas
creencias.
       Por otra parte, desde que escuchara a Fernando
pronunciar en el coche la dirección, estaba intrigado; no
entendía el porqué de aquella, cuando menos, sorprendente
elección. Había escogido el sitio más distante del Paseo de
Gracia que se le podía ocurrir para ir a cenar algo. No
recordaba haber frecuentado con su amigo por aquellos
parajes; siempre se movían por bares más conocidos, sin
salir de su propio distrito o en otros más céntricos, como
Eixample, Diagonal o Ciutat Vella. Sin embargo esa
razonable duda, sufría ahora un espasmo ante la sospecha
de un recuerdo que parecía vislumbrarse en su mente,
surgiendo entre la niebla de los recuerdos aparcados.
       -O el vino sangrado de las invisibles vides colgadas
de las farolas, es de mucha mejor calidad que el de


                            40
costumbre, o has descubierto una especialidad culinaria en
un restaurante de esta zona. Pero, si ninguna de estas dos
opciones es la correcta, como me temo, recién comenzamos
nuestra privada andanza con una cita; ¡oh, mi señor Don
Quijote!. Y, o mucho me equivoco, o aqueste distrito que
veo no es otro que el de nuestra señora Dulcinea.
        La bruma se había disipado ya por completo, en el
cerebro de Albert. No muy lejos de allí vivía el gran amor
de facultad de su amigo; la novia del pasado, la amiga del
pretérito y la amante ocasional del presente
        -Espero- continuó -que no me hayas reservado el
papel de despistar a su marido.
        -¡Pero... Serás cabrito!, sólo quedé con ella para
saludarnos, sabe que estoy aquí y sería hacerle un feo no
visitarla.
        Cruzaron la calle enzarzados en símiles pugilísticos y
traspasaron la puerta de la moderna tasca con los últimos
crochets. En una esquina de la barra, jugando a vencer la
ansiedad con un envoltorio de azúcar, estaba aquella mujer.
Se llamaba Alicia, era sensiblemente más joven que ellos
dos y, a pesar de eso, el primer pensamiento de Albert fue
sobre los efectos del paso del tiempo. La recordaba
bastante más lozana; no de cara, ya que la sonrisa que les
dirigió al verlos embelleció su rostro, pero el matrimonio la
había influenciado como sucede con la mayoría de las
mujeres. Quizás fuese la forma de vestir de ahora, más
elegante y menos desenfadada; puede que se debiese a su
pelo recogido o, posiblemente, la culpa residiese en la
pérdida de esa inocencia que todavía unge a las solteras
cuando suponen la forma de ser de un hombre, dormidas en
la afabilidad de los halagos de su aún solícito novio.
        En cualquier caso, los dos o tres años discurridos
desde el último encuentro no habían logrado borrar de ella


                             41
el atractivo que conquistara en su día a Fernando. Nunca
fuera una mujer de espectacular físico, ni tampoco de
ensoñadoras facciones. Pero todo en ella, mejor o peor
creado, guardaba sintonía con la sonrisa y la mirada
sugestiva que la caracterizaban; rodeándola de una
telaraña donde solían enredarse, involuntariamente, las
miradas y los deseos masculinos.
        El primero en saludarla fue Albert, lo hizo con un
sincero abrazo y dos estandarizados besos; luego se
disculpó ante la inoportunidad de unas imperiosas ganas por
visitar los lavabos y desapareció tras la puerta situada al
fondo del local, dejándolos solos.
        Cuando regresó, ambos habían dispuesto de
suficiente tiempo para hablar de sus personales asuntos y
era ahora Alicia quien comentaba, burlona, el encuentro
amistoso de los dos hombres y sus intenciones de
trasnochar.
        -¡Vaya, vaya, vaya!... Mis dos Kokinos dispuestos a
faenar con artes amatorias en un mar lleno de hembras
hambrientas.
        -¡No es mala la comparación, no señor!- respondió
Albert tras una sonora carcajada. Él también había leído el
libro de Gerard Burell y conocía la historia de aquel
marinero que pescaba sepias utilizando la debilidad pasional
del género masculino de eses cefalópodos. Incluso lo
intentara alguna vez, atando con un cordel a una jibia para
capturar a los machos que, según la teoría, se extasiaban
en sus cariños abrazos y no acertaban a soltarse de su
pareja cuando eran izados a borde del barco; de hecho le
parecía tan factible, que achacara sus fracasos a no haber
sabido elegir como cebo una hembra suficientemente
atractiva.



                            42
       -¡Que miedo me da abandonaros juntos en una noche
calurosa como esta! Me pregunto quien hará de cebo y
quien de Kokino; porque vosotros dos no sabéis
vagabundear sin capturar presas y en esta ciudad, a falta
de musarañas o peces, no se me ocurren otras piezas más
que inocentes corazones femeninos o débiles mentes, sin
duda apetecibles manjares para vuestros compenetrados
egos.
       Fernando aprovechó el tono desenfadado de su
amiga para espantar los restos de tensión, todavía
presentes tras el encuentro, adoptando un aire de
solemnidad.
       -Se lo dije antes a Albert y te lo repito a ti ahora.
Esta noche sólo podría aparearme con deidades; tampoco
sería capaz de perseguir otro anhelo que no fuese la
inalcanzable sombra de Dafne, ni de disfrutar de más lívido
que la de los ángeles, ni de anhelar otro orgasmo que el
asexuado. Porque pocos mortales somos conocedores de
ese oscuro placer. Yo lo aprendí de unas hechiceras, allá en
mi juventud, mientras me llevaban de viaje en sus rituales
ungiéndome con mágicas pomadas; mezcolanzas de beleño,
belladona y estramonio. Desde entonces puedo disfrutarlo
al saborear una mirada perdida en la madrugada de una
trasnochada amistad, guardando con silencio el imberbe
sueño de un rorro, alcanzando la cumbre en una escarpada
montaña, perdiéndome bajo el río de adrenalina de un
descenso en piragua, aferrándome al frenesí de la lucha
contra una lubina, extasiándome con los incontables azules
de los atardeceres del invierno atlántico, convulsionando en
el baño sagrado de la ardentía una noche de otoñal verano...
       -¿La ardentía?- interrumpió Alicia que, sin perder
detalle, escuchaba sonriente el discurso.



                            43
        -Sí- respondió Albert, simulando un brindis por la
proclama de su amigo.
        -Es un fenómeno alucinante. Junto con la aurora
boreal de Finlandia, un tornado que me sorprendió en una
ocasión en Kansas y el espejismo de trazos luminosos del
halocline que observé buceando en los cenotes de Akumal,
constituye esa bolsa de recuerdos guardados en mi retina
para reponer, cerrando los ojos, en mis sesiones privadas
de cine. Nosotros dos la vimos una madrugada de pesca en
la playa del Rostro, un estupendo arenal del norte de
Galicia, y fue precioso. También se llama ardora, de hecho
allí se conoce con ese nombre. Primero fue en la arena,
íbamos caminando cuando surgieron de nuestros pies miles
de diminutas luces que se extinguían inmediatamente; nos
agachábamos y cogiendo puñados de destellos los
esparcíamos, durante décimas de segundo, por el aire. Pero
lo mejor vino luego, porque en el agua pasaba lo mismo.
Nadamos desnudos, desplazando con todo el cuerpo
inagotables aureolas de luminosidades; era como si la
fantasía se hiciese realidad. Recuerdo que salí del agua con
todos los pelos de punta y no era por el frío; bueno, con los
pelos y con algo más- Sonrió con picardía mirando a su
amigo -Verdaderamente creo que tienes razón, esas
sensaciones despiertan en los humanos un placer cercano a
la excitación genital; algo casi imposible de conseguir con
otros erotismos asexuales, como el del poder, el del dinero
o el del triunfo.
        -Pero ¿qué es?- Alicia estaba entusiasmada con la
descripción y la pasión reflejada en la cara de Albert.
        -¿Quién produce eso?
        Los dos miraron inquisitivamente a Fernando,
reconociéndole como entendido y aguardando su respuesta.



                             44
        -No estoy del todo seguro, pero creo que es
plancton. De hecho este fenómeno está relacionado con una
antigua arte de pesca; pues, tras esas luces se desplazan
grandes bancos de sardinas.
        Finalizada la explicación se sumergieron en una
nostálgica conversación en torno a sus pasadas
expediciones de pesca.
        Quien, hasta hacía poco tiempo, había sido el
verdadero aficionado a este deporte era Albert. Desde
muy pequeño recorriera con su padre las orillas de los
pequeños ríos; hurgando con su caña bajo las ramas de los
árboles, aprendiera a depositar un saltamontes sobre la
calmada superficie de una poza con la pericia necesaria
para imitar la natural casualidad, simulando la caída del
insecto al agua luego de dar un mal paso sobre una hoja.
Ese germen quedó en su alma y, ya de adulto, invirtió parte
de sus vacaciones en excursiones organizadas en las que,
además de numerosos rincones de España, visitara otros
lugares tan dispares como África, el norte de Europa o
Canadá. Sus últimas aventuras en este deporte
consistieron en expediciones programadas por él mismo
que, sin querer, especiaba con sutiles toques de
improvisación y aventura. Eran viajes al cantábrico de
Asturias, a la costa gallega o al Atlántico portugués y
solían durar de 15 a 20 días. Todo ese tiempo se batía, en
desigual duelo, con doradas, rayas, rodaballos, sargos y
especialmente robalizas. Convertía el automóvil en su
caparazón y desaparecía de Barcelona armado con lo
imprescindible. Los útiles de pesca, su sillita de plástico, la
parrilla plegable heredada de su padre, camisetas, ropa de
agua, la mantita de su infancia y los guantes para las
noches frías, la gorra con visera, una ligera tienda de
montaña, su termo, la cafetera y un cuerno de toro


                              45
convertido en botella de licor café. En realidad no era tan
poca cosa; solo el material de pesca se componía de una
extensa y voluminosa mercancía. A sus cuatro cañas, dos de
cebo natural y dos preparadas para trabajar con reclamos
artificiales, había que añadir un sinfín de trastos; los
carretes, tubos para mantenerlas derechas sobre la arena
o entre las rocas, bobinas de sedal, agujas de enhebrar
carnada, linternas, navajas y, sobre todo, aquel par de
maletines repletos de los más variados objetos. Eran dos
valijas especiales divididas en muchos compartimentos,
donde encajaban perfectamente otras tantas cajitas llenas
de llamativos artilugios; anzuelos de todos los tamaños,
boyas, plomos clasificados por peso, engarces, aparejos
montados, abalorios, gusanos de luz y una extensa gama de
señuelos como rapalas, chivos, cucharillas o vistosas
angulas de goma. Algunos de ellos los había comprado, pero
la mayoría estaban confeccionados por él mismo en tardes
de invierno. Ese pasatiempo le proporcionaba un sedante
placer, casi tan grato como las propias faenas de pesca.
Solía hacerlo sentado ante la chimenea de su salón,
dejando pasar las horas mientras fundía plomo, moldeaba
silicona, montaba trampas de varias líneas separadas por
abalorios y remataba señuelos con elementos tan dispares
como pelo de cabra, diminutos brillantes o láminas
metálicas.
        En cuanto a esas jornadas, discurrían en las batidas
playas de mar abierto elegidas para la ocasión. Por las
noches se dedicaba a contemplar los cielos y las luces del
mar, sin perder de vista mucho rato los gusanos luminosos
atados a las puntas de las cañas. Escudriñaba sus
movimientos, en busca de un indicio que presagiase la
mordida de un pez en alguna de las carnadas depositadas
en la agitada arena de los inundados fondos marinos;


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elucubrando sobre si la comida elegida habría sido la pata
de calamar, el gusano o la navaja que colgaba del tercer
anzuelo. En las horas más tardías de la madrugada, si el
cielo estaba despejado, cabeceaba en su silla, adormilado
en el regazo del rosario que sus dedos rezaban, como
cuando era un niño, con las borlas de los flecos de aquella
manta bajo la que se pertrechaba. Así, entre paganos
padrenuestros, repasos de constelaciones, descubrimientos
de satélites artificiales y adormecimientos, le sorprendían
alguna vez las primeras luces del alba. Si, por el contrario,
la noche amenazaba lluvia o simplemente rocío, se retiraba
a la tienda de campaña para vigilar desde allí sus aparejos,
investigar las luces del mar y saborear el duermevela
consentido.
        En los amaneceres y atardeceres, solía desplazarse
a pequeñas calas o acantilados cercanos en busca de
atractivas piezas de lubina. Para ello lanzaba
incansablemente los llamativos señuelos sobre las crestas
de las olas. Luego recogía sedal tanteando, en cada vuelta
de la manivela, la profundidad, la dirección de la corriente
o la presencia de algas y rocas. Era un trabajo intenso,
agotador e incluso peligroso, del que a menudo se volvía sin
una sola pieza. Cualquier inocente observador podría creer
que estaba ante la visión de un auténtico enajenado; un
solitario loco enfrentado al océano, difuminado entre la
espuma de las olas que batían bajo sus pies, arrojando
desde una roca un objeto metálico contra la inmensidad del
mar abierto, sin extraer otra cosa que el propio metal
lanzado. Sin embargo, cuando aquel absurdo se detenía
bruscamente, tensando tanza, caña, brazos y nervios,
entonces el sin dios tornaba en frenesí; la sangre del
pescador y el carrete circulaban a toda velocidad en dos
sentidos, el animal tirando para huir de la costa y la mano


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de Albert intentando aproximar a su presa, las arterias
proyectando flujo desde el corazón y las venas
devolviéndoselo.
        El resto de las mañanas y tardes los empleaba en
prepararse comidas, reparar el sueño perdido, reponer
aparejos, buscar carnada o en conversar, cuando compartía
aventura con alguien.
        En dos de esos viajes le acompañó Fernando. Sin ser
de los más prolíficos en cuanto al número de capturas, sí
resultaron provechosos para ambos y en especial para
Albert. A través de su amigo descubrió un sinfín de
acontecimientos naturales; el parto de un macho de
caballito de mar tras haberse encargado de incubar en su
vientre las huevas, la mortal belleza de una anémona
engullendo un calamar, aquellos diminutos seres
unicelulares, los infusorios, que contemplaban con una lupa
mediante tinción de unas gotas de agua atrapadas entre
dos cristales... De él recibía, además, interesantes
lecciones de zoología; disciplinas como Carcinología,
Malacología o Ictiología asomaban tímidamente en aquellas
clases, y peces, moluscos, crustáceos, celentéreos o
esponjas competían en las disertaciones de Fernando, un
biólogo investido de una inusual capacidad para revelar
sugestivas aventuras en cualquier poza abandonada entre
las rocas por la marea.
        -Fíjate en el erizo- Comentaba durante la
retrasmisión de una, según sus propias palabras, feroz
pelea entre la aparentemente inofensiva estrella de mar y
un pertrechado erizo -De nada le van a servir ni sus púas,
ni sus resistentes dientes, ni sus pedicelarios. La estrella
le ataca abrazándolo y él, en lugar de defenderse con sus
pinchos, los aparta para clavarle esas microscópicas pinzas
impregnadas de veneno.


                            48
       -¿Ves?- Añadía luego, en una segunda visita al
escenario de la contienda -Ahora la estrella se separa con
el dolor, pero con ella se lleva clavados en su piel parte de
los pedicelarios y volverá al ataque hasta dejar sin armas al
erizo.
       Ya en la tercera inspección realizada a la charca,
ante el evidente desenlace de la batalla que le daba la
razón, matizaba -Observa; la estrella ha expulsado su
estómago por la boca y rodea el cuerpo del erizo, lo ha
inmovilizado paralizando sus músculos con corrosivos jugos.
Luego irá destruyendo las partes blandas y mañana sólo
quedará el caparazón.
       También Albert sorprendía en ocasiones a su
compañero mostrándole singularidades de la naturaleza,
como la capacidad de las pulgas de arena para devorar un
libro en una noche, los efectos de la nicotina en ciertos
cebos, sus grandes conocimientos sobre costumbres de
algunos peces y extrañas comuniones que mantenía con
ciertos cetáceos.
       De eses lances y episodios era Fernando quien
hablaba ahora, deleitándose con aquellos recuerdos.
       -Sabes, Alicia, el suceso que más me impresionó
ocurrió justo en una puesta de sol. Intentaba, vociferando
entre el bramido de las olas, hacerme oír por Albert que
estaba subido a una roca cercana; cuando conseguí llamar
su atención me hizo gestos indicándome que me acercase
en silencio y furtivamente. Me aproximé despacio por la
parte de atrás de la peña, esperando ver algún pájaro o
animal terrestre que pudiese asustar con mi presencia.
Pero al asomarme quedé paralizado, mimetizado con las
lapas a través de mi espalda, intentando acallar los latidos
del corazón que competían en mi cerebro con el ruido de
los batientes. Luego, tras ese inicial acaloramiento, me


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sumí en la magia de la comunión con la naturaleza, con una
intensidad que nunca antes había sentido, ni siguiera
durante mis viajes por la selva...
        - ¡Vamos!, ¿ni enseñando a bailar una sardana a una
tribu de pigmeos?- Interrumpió sonriente Alicia.
        -No, ni con las ronquidos de las brujas rojas del
Congo- continuó Fernando ninguneando la burla -Allí, a
pocos metros de Albert, casi varado entre dos fondos de
arena y medio flotando bajo las olas que se estrellaban
contra la playa, un delfín clavaba la mirada de su redondo
ojo negro en él. Los dos pudimos ver, en aquel brillante
botón de azabache, la inconfundible curiosidad de la
inteligencia y la ternura de un ser profundamente sensible.
Luego creímos escuchar uno de esos sonidos de cetáceo,
que a la fuerza guardan relación con el raciocinio, y se fue
aprovechando la flotabilidad de una cresta del fuerte
oleaje.
        El camarero, que también se había quedado
escuchando el relato, retiró por fin el plato de las tapas.
Una mirada de preocupación a las manecillas de su reloj,
apenas disimulada por Alicia, finalizó la conversación. Se
hiciera tarde y ella debía volver a casa. Pagó Albert,
conminándoles a adelantarse y salir mientras visitaba de
nuevo el servicio.
        Cuando les alcanzó en la acera, el sofoco de la cálida
noche y los efectos de la apasionada despedida sonrojaran
los rostros de los pertinaces amantes. Albert se fundió en
un placentero abrazo con su amiga, convertido en
encubridor de la complicidad del momento y contagiado por
su seducción. Recibió a cambio un caluroso beso en su seca
mejilla y el agradecimiento en un susurro -O tu vejiga no
funciona muy bien, lo que me preocuparía, o se ha vuelto
amable con nosotros dos.


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       -Mi vejiga funciona perfectamente- apenas tuvo
tiempo de balbucir Albert. Pero ya no pudo ver la
complaciente sonrisa, sólo su espalda y aquel saludo con la
mano que les dirigió antes de desvanecerse tras la cercana
esquina.
       Caminaron en silencio a lo largo de la acera en
sentido opuesto al tomado por su amiga y sin ningún rumbo.
Su errático deambular no buscaba nada; simplemente
enfilaban avenidas o se desviaban en cruces por calles más
estrechas, empapados de ese bochorno predecesor de la
tormenta o el huracán y conscientes de que debían
abandonar el barrio en coche. Al fin Fernando decidió
romper el adormecimiento del ensueño, sacudiendo con una
palmada su emoción y la de su amigo. Luego, inventándose
una burlesca mueca dijo -¿Cuánto tiempo llevabas sin
percibir el bálsamo de un beso de cariño?. Yo mucho.
       Albert, le miró de reojo, quizás con envidia y
posiblemente con reproche, pero convencido de no estar
autorizado para juzgar. Aún así se permitió sermonearle
cuando se disponían a subir a un nuevo taxi -No estoy
seguro del porqué ni del cómo, pero algún castigo tendrá
que conllevar el delito de no robar un alma tan hermosa
cuando Cupido la pone a tu alcance.
       -Si no te importa dirijo yo ahora la expedición para
no acabar de copas en Argentona- añadió tras el
intencionado silencio de Fernando y antes de encomendar
al taxista, olvidando adrede el “si us plau”, -Carrer de
València.
       Sin mucho tiempo para paladear, pues se acercaba la
medianoche, bebieron unos vinos y cenaron frugalmente en
Eixample. Luego, de nuevo a otro taxi; ahora sí, aunque en
castellano, con más educación
       -Carassa, por favor.


                            51
       Se dejaban arrastrar, más calmados, hacia la noche
de copas en la Citat Vella; durante una hora habían
permanecido casi en silencio, dándose mutuamente un
respiro, hasta que en uno de aquellos bares, algunos
supervivientes de los naufragios de antiguas pandillas,
convertidos por el arte de las ausencias prolongadas en
nuevos amigos, reclamaron escandalosamente su presencia
y se encargaron de frivolizar la noche.
       El hecho de que ambos llevasen mucho tiempo sin
aparecer por esos ambientes motivó a los habituales,
conocidos o no, a solicitar su atención y ofrecerles
desinteresadamente conversación u oídos. De esa forma
rondaron un buen rato de grupo en grupo, acompañados de
cambiantes anfitriones, navegando sobre los besos de las
presentaciones, varando en la complicidad de las palabras,
que debido al barullo reinante era preciso pronunciar a
escasos centímetros de los oídos, y atracando, finalmente,
en diferentes rincones del mismo local, amarrados a
veladas caricias y contactos corporales propios de los
aforos saturados.
       Se reencontraron igual que se habían separado, sin
intención alguna; aferrados, bajo la inconsciencia del
alcohol y de las sombras, a sendas mujeres que, para
mejorar la combinación, parecían gozar de amistad entre
ellas y disponían de un coche. Así pudieron continuar su
periplo por pubs y discotecas sin necesidad de más taxis,
deteniéndose alguna que otra vez en rincones oscuros de
calles o carreteras, bajo la disculpa de dejarse invitar a
una dosis de cocaína oculta en las fosas nasales o en el
paladar de las chicas. Tanto Fernando como Albert no
ingerían esas sustancias desde hacía mucho tiempo; aún
siendo antaño más que habituales en los ambientes de sus
noches de juventud, ni por entonces fue una droga que les


                           52
entusiasmase en demasía. Por el contrario siempre habían
encontrado en ella, más que otra cosa, un buen motivo para
practicar juegos inesperados y eróticos en el interior de
los vehículos o en los servicios de los bares, pirateando el
interés de enviciadas mujeres ante la recelosa mirada de
sus parejas.
        Hacía un buen rato que amaneciera cuando
abandonaron la especie de antro donde tomaran su última
copa.
        Tras declinar la invitación de sus imprevistas
parejas para finalizar la juerga en sus lechos, Albert les
solicito que les acercasen a su casa. Fernando asistía, con
la complicidad del silencio, a la retahíla de indicaciones que
su amigo iba dando a la embriagada conductora, hasta
mandarle detener en un improvisado aparcamiento próximo
al Carrer d’Olot. Una prolongada serie de besos y
tocamientos sirvió, junto con el intercambio de números
telefónicos, de despedida. Tras ella abandonaron el
vehículo percibiendo en sus rostros el aire puro de la
mañana, por fortuna algo más fresco que el de la noche
anterior.
        Sin necesidad de hablarlo antes, ambos conocían la
mejor forma de finalizar sus correrías –¡El Parc Güell,
quina millor opció que el Parc Güell!- recitaron al unísono
una vieja letanía pronunciada, posiblemente, en más de
cincuenta ocasiones y que les llevaba en silencio, una vez
más, hacia su entrada; zigzagueando, trastabillando incluso
bajo los aún presentes efectos del alcohol ingerido.
        Hacía apenas unos minutos que lo abrieran y ningún
visitante merodeaba todavía por su interior. Sólo se
cruzaron con el personal de los diferentes servicios y tres
músicos instalando sus instrumentos para dar su habitual
concierto de Jazz. Aquellos rostros de amanecer a


                             53
desgana, que contrastaban con su oficio, fueron el último
entorpecimiento a su soledad compartida; estaban cerca de
la entrada, bajo los porches de los viaductos concebidos
para esparcimiento de los vecinos de la urbanización,
disimulados entre los inclinados y retorcidos pilares que
conferían a aquellos soportales un aspecto de caverna.
Luego subieron por las retorcidas escaleras a la parte
superior de la singular pasarela y tomaron el camino que
conduce al mirador. A partir de entonces ninguna otra voz
interfirió el placer de escuchar los sonidos del bosque y de
sus zapatos pisando la tierra y la hojarasca. Ya en la cima,
se sentaron en el muro de piedra y contemplaron un buen
rato el despertar de la ciudad en una perezosa mañana de
fin de semana.
        Transcurriera más de una hora cuando asomaron por
el sendero los primeros visitantes. Unos auténticos
turistas japoneses, con agresivo tono de voz, las cámaras y
su intrigante e impertérrita sonrisa. Fernando fue el
primero en incorporarse y comenzar a caminar, en parte
por la llegada de compañía y en parte porque un denso
nubarrón anunciaba una tormenta. Albert le siguió sin
demasiada prisa, rompiendo al mismo tiempo el prolongado
silencio.
        -Hace unas semanas estuve pensando en los nativos
de aquella tribu de pigmeos del Congo.
        - Los Bambuti?
        -Sí, me apeteció mucho volver, perderme en aquella
aldea de la selva, bañarme de nuevo en el río Ituri, alcanzar
otra vez ese orgasmo divino del que hablabas antes,
embadurnado con preparados alucinógenos, ilustrado por
los colores de los atardeceres; arrastrándome, tras los
cantos de aquellas aves, hacia la comunión con la vida. Pensé
incluso en llamarte y proponértelo. Además tengo cierta


                             54
sensación de culpabilidad por no haber vuelto para intentar
ayudarles con algo.
        -El hombre blanco, lo único que puede hacer por las
civilizaciones ocultas en la selva, es vigilar a los de su raza
para evitar que intervengan en la vida de los indígenas. Es
decir no urdir, concebir o innovar nada. Ni siquiera
necesitan nuestra ayuda, tienen sus propias medicinas y
sus medios de supervivencia les han valido durante siglos.
Por increíble que te parezca, existen todavía tribus a
donde ningún blanco llegó. No hace mucho leí un artículo
sobre una asociación brasileña defensora de las culturas
indígenas y se negaban a facilitar la localización de algunas
de ellas.
        -Seguramente tienes razón, no podemos integrarnos
en la selva sin destruirla; nuestra sociedad rompió, al
concebir sus ciudades, los nexos de unión entre el hombre
y la naturaleza.
        En ese momento el psicólogo detuvo su intervención,
como si se hubiese sorprendido ante su propio pensamiento.
Luego, tras un breve silencio, continuó
        -¿Sabes una cosa?, todos eses errores sociales se
deben a que los genios y los sabios no sintonizan con el
pensar de las gentes de su tiempo; normalmente se
adelantan. Sucede entonces que casi nadie les hace caso
hasta transcurridas varias generaciones, provocando el
abocamiento al desastre del conjunto de la colectividad.
        Comenzaba a lloviznar y Albert apuraba el paso
mientras continuaba explicando la repentina relación de
causa efecto que parecía tener desconcertado a su amigo.
        -Lo digo por Gaudí. Lo que más me gusta de él es su
clara visión sobre la necesidad de humanizar la convivencia
moderna en el hábitat urbano, tanto en esta urbanización
como en edificios de comunidades vecinales del estilo de la


                              55
Casa Botines de León, o la propia Pedrera aquí. No me
refiero únicamente a los garajes comunitarios, los visores
de las puertas y otras innovaciones de sus construcciones;
hablo también de la importancia que concedía a los lugares
de utilización común. El derroche de medios en los salones
de las juntas de reuniones, la belleza de las terrazas y
lugares de esparcimiento, el recuerdo de la procedencia del
hombre imitando a la naturaleza en cada piedra y en cada
columna de los viaductos         por donde pasamos antes.
Cuestiones a las que no se le dio importancia en la creación
de las ciudades, ni siquiera de las urbanizaciones más
lujosas.
        -Bien nos vendrían ahora esos soportales para
guarecernos- interrumpió Fernando. Las primeras gotas se
habían convertido de golpe en un aguacero y su paso
apurado, en carrera para intentar huir de una segura
mojadura.
        Bajo la apresurada indicación de Albert tomaron un
sendero que internándose en el bosque, simulaba ser un
perfecto atajo para volver a la zona de la entrada; sin
embargo, por un error de orientación, aquel camino les
condujo fuera de los muros del parque. Aunque convencidos
de su despiste, continuaron descendiendo a la carrera por
la calle empedrada hasta alcanzar el primer chalet.
        -¡Vaya!, interesante tu atajo- reprochó Fernando a
su amigo mientras intentaba secarse la cabeza con las
mangas del jersey -Bien, al menos sabrás como se llama
este barrio.
        -Pues no, no tengo ni idea. Pero de poco te valdría ya
que tampoco tenemos un móvil para llamar un taxi. Sin duda
nos hemos salido del parque; lo mejor será quedarse aquí,
esperar el amaine de este temporal y regresar de nuevo al
punto de partida.


                             56
        Se habían guarecido de la lluvia bajo el alero del
garaje de una casa y allí permanecieron, acurrucados en el
suelo, todo el tiempo que duró el diluvio. Comenzaba a
escampar cuando Albert sacó su enésimo tema de
conversación para no quedarse dormido entre la resaca y la
humedad.
        -¡Oye!, es curioso, después de tanto tiempo sin
vernos no me has hablado de ninguna aventura con
desconocidas mujeres. ¿No te habrás retirado de asuntos
de faldas?.
        Esta vez Fernando respondió, rompiendo así el largo
silencio mantenido durante los improvisados monólogos de
su amigo.
        -Ya ves que no, hace apenas unas horas me has visto
besar a una.
         -No me refiero a eso, te estoy hablando de
auténticas pasiones, esas en las que tú sueles sumergirte
creyéndote enamorado; no de fornicaciones de esquina o
sucedáneos de amor como el de hoy.
        -Creyéndome enamorado..., ¡que jodido!- Fernando se
había quitado el jersey y lo usaba definitivamente de toalla
para secarse el pelo -¡Que duro te marcas el camino de la
vida con tu fanático agnosticismo. Incrédulo de toda
religión, filosofía, creencia o sentimiento; renegando de
cualquier posibilidad de infalibilidad en tus relaciones y en
tus emociones. Pues sí, ya ves, yo continúo creyendo que
ese hormigueo compañero de ciertos besos o la fijación de
un deseo entre ceja y ceja, guardan relación con el amor;
como también el disfrute de tu presencia me parece
emparentado con la amistad. Por eso sigo buscando algo
más fuerte y duradero que la pasión, una especie de ADN
capacitado para interactivar con el mío.



                             57
       Albert cabeceaba descaradamente dejándose llevar
por la modorra.
       -De hecho, para ayudarte a espabilar, te contaré
algo. No hace mucho tiempo, conocí a una mujer de quien
creo seguir enganchado o “enamorado”, como tú dices, y
que, claro, sólo continúa en mi pensamiento; porque como
todo buen querer, se ha vuelto imposible.
       -No se trata de tener más o menos fe, sino de ser o
no ser un sentimentaloide- Albert se había incorporado
para comprobar la dirección del viento y escudriñar el cielo
en busca de un claro que se aproximase a ellos. Luego miró
con interés a su amigo y le animó a narrar su última
aventura amorosa.
       -Pero… Sigamos con ese nuevo desamor, me
interesa.
       -Sucedió hace casi un año, volvía de Estados Unidos,
de uno de esos viajes que poseen la cualidad de
ensombrecerte el alma con dudas sobre tu papel en la
sociedad. En fin, una historia en la que la burocracia me
había robado dos semanas de mi vida, arrojando a la basura
la posibilidad de una vivencia interesante. Pero… Mira por
donde, subido a aquel avión y a no sé que barbaridad de
pies de altura, sucedió algo interesante. Yo intentaba
digerir el fracaso, sumergido en un infructuoso afán por
procesar datos sobre mis trabajos de campo en mi portátil;
elaborando o borrando una y otra vez gráficos,
completamente aislado del resto del pasaje mediante unos
auriculares. Si mal no recuerdo, me distrajo un profundo
dolor de cuello y un tema de la banda sonora de la serie Los
Soprano que reproducía mi MP3, The Captain. Dejé en el
asiento de al lado el ordenador, me quité los cascos de
música y me abandoné a nostálgicos pensamientos avivados



                            58
por la letra de esa canción. Fue entonces cuando sentí esa
sensación instintiva de que alguien te mira, ¿sabes?
       -Sí, la conozco- interrumpió Albert -Y.... ¿allí estaba
ella?.
       -Al otro lado del pasillo, en la fila posterior a la mía.
Me miraba fijamente, con familiaridad, como si lo llevase
haciendo desde el inicio de la travesía. Le sostuve la
mirada; todavía adormecido, perdido entre la fatiga visual
y mi miopía, sorprendido por su interés hacia mí. Luego,
temeroso de estarme equivocando, acerté a dedicarle la
estúpida sonrisa del recién despertado y a levantar el vaso
de plástico para elaborar un desatinado brindis.
       -Realmente desafortunado. ¡Brindar con un
recipiente de poliestireno!. Cualquier libro de caballería o
tratado de amores te desaconsejaría consagrar el inicio de
una relación con semejante acto- Albert ironizaba mientras
mascullaba maldiciones contra la impertinente tormenta.
       -¿Era guapa?
       -Endiabladamente bonita. Tras mi lamentable saludo
me volví a enfrascar en el ordenador, maldiciendo la penosa
reacción que había tenido y recordando su rostro. Porque,
puedes creerme, no tenía desperdicio… Dorado, con un
tenue moreno donde se reflejaban destellos de la rubia y
prolongada melena, adornado con unos labios acorazonados,
la nariz ligeramente respingada y aquella mirada, tan azul,
tan tierna… Cuanto más inmortalizaba su cara en mi mente,
más renegada de las facinerosas vacilaciones e
inseguridades a quienes culpaba de no haber entablado una
conversación. Permanecí largo rato observando la gráfica
que tenía en pantalla; sin hacer ningún cambio, imaginando
estrategias, maquinando sobre la conveniencia de
levantarme con cualquier disculpa y aproximarme a ella.
Sacudiéndome la ensoñación y defraudado por el desenlace


                              59
de la batalla que sostenían mis indecisiones contra mis
planes, cerré el ordenador cubriéndolo con su funda de piel
para guardarlo de forma definitiva en el maletín. Entonces
sucedió lo que sólo ocurre en las novelas o en las películas;
allí, ante mi, todavía más hermosa que en la primera visión,
estaba aquella mujer de sonriente mirada y sugerente
sonrisa. Un vestido verde oliva de vaporosa tela que
parecía, y de hecho lo era, confeccionado ex profeso para
ella, ofrecía, a la altura de mis ojos, la imagen de dos
magistrales perniles fruto del capricho de un artesano
ceramista de ilusiones o alquimista de tesoros, en cualquier
caso un genio creador. Aquellas piernas, mostradas hasta el
muslo, se adivinaban luego orbitando bajo el ceñido vestido
para convertirse en cadera, cintura, senos…
        -¡Sacré Coeur- bromeó abiertamente Albert -¿Y que
rayos hacía esa maravilla ante tu asiento?
        La voz de Fernando se iba embadurnando de
melancolía conforme avanzaba en su relato.
        -Pues… básicamente presentarse. Se llamaba Jane,
hija de padre americano y madre española. Me dijo si podía
sentarse a mi lado, en el sitio vacío. Se interesó por mis
gráficos, preguntó sobre mi profesión, indagó en mi vida
privada y degustó, atraída, mis respuestas. Durante el
resto de la travesía su voz trastornó mi cerebro con aquel
interrogatorio y, a la vez, ella pareció sentirse a gusto
experimentando mi encandilamiento; vamos, que acabamos
seduciéndonos y entregándonos a un capricho del sino.
        Amainaba ligeramente la lluvia y un claro, tan
inminente como breve, invitaba a prepararse para salir de
aquel lugar. Sin embargo ninguno de los dos hizo el más leve
gesto de abandonar el abrigo, uno intrigado con el
desenlace y el otro entregado al vómito de un secreto
largamente almacenado.


                             60
        -El caso es que el destino volvió a sonreírme aquella
tarde y al llegar al aeropuerto de Madrid, donde Jane
debía tomar otro avión, nos enteramos de la suspensión del
vuelo; hubo de pernoctar allí y, claro, ya no me separé de
ella. Buscamos juntos el hotel, la invité a cenar y nos
confesamos cuanto quedaba por relatar de nuestras vidas;
me contó que era diseñadora de ropa en la empresa de su
propio padre, una importante firma americana de modas.
También dijo estar prometida y que pensaba casarse; más
tarde confesaría sus dudas sobre ello y no sentirse en
absoluto enamorada, pero eso ocurrió luego de que
hiciésemos el amor. Esa noche reímos hasta la saciedad,
nos besamos y terminamos durmiendo la madrugada en su
habitación.
       -¿Dónde surgió entonces el inconveniente?, indagó
Albert mucho más atento ya a la leve llovizna que, poco a
poco, reemplazaba al persistente chubasco.
       -Los problemas fueron muchos, comenzando por las
contriciones y dudas que le invadieron en la resaca del
amoroso festejo. Pero lo peor fue mi estúpido
romanticismo y la maldita rosa de pitiminí.
       -¡Por todos los Dioses, ese rosal es mi planta
preferida!, ¿cómo pudo causarte un mal tan grande un ser
tan delicado?.
       -Algo parecido me dijo ella esa noche, que ese era
su flor favorita y al mediodía, en tanto se arreglaba y
duchaba, con la disculpa de realizar unas compras recorrí
las floristerías de la zona. Subido a un autobús me
sorprendí engullido por uno de esos caóticos atascos de
ciudad y cuando volví se había ido al aeropuerto. Dejó una
nota en recepción diciendo que me esperaba allí. Corrí, pero
fue inútil; cuando llegué ya se había ido el avión, ni un
teléfono, ni una dirección, nada. La busqué durante un mes


                             61
llamando a firmas de modas; primero de Valencia, adonde
se dirigía, luego a aquellas de EE.UU cuyo nombre creía
haber escuchado. Puse un montón de conferencias
preguntando por una tal Jane directiva y diseñadora de
aquellas firmas, diciendo que se había olvidado un regalo en
el avión. Alguna de las personas con quienes hablé se debían
partir de risa; me daban sus desalentadoras respuestas
con sorna, seguramente imaginándose el tipo de encuentro
y la clase de regalo olvidado.
        Albert se aventuró unos pasos fuera del improvisado
refugio, dando claras muestras de disponerse a caminar.
        -Será mejor que aprovechemos este claro para salir
de aquí.
        Parado en el borde de la acera miraba a su amigo
con paródica consternación y, antes de arriesgarse a
reemprender la marcha bajo las finas gotas que todavía
caían, decidió consolarlo.
        -Desde luego esa mañana te acompañó la mala
suerte, no me extraña que quedases colgado de tan excelsa
mujer e hicieses esas tonterías; siendo tan hermosa debió
dolerte perderla de una forma tan estúpida.
        -No creas, esas llamadas no fueron las únicas
tonterías que hice- respondió Fernando, arropándose para
salir y vagamente avergonzado al percibir un irónico
fruncimiento de ceño en la frente de Albert -Probé a
localizarla de todas las maneras, incluso mediante las más
absurdas y peregrinas ideas. Intenté conseguir sus
apellidos a través de las listas de embarque y llegué a
poner un anuncio en el periódico, del que todavía conservo
un recorte.
        Luego, como si intentase solapar su reciente
confesión, imitó a su compañero de abrigo, abandonó el



                            62
alero del garaje y comenzó a subir la cuesta en dirección al
parque.
        -¡Aguarda!- Dijo entonces Albert, cogiéndolo por el
brazo y parándolo en seco. ¿Dijiste que se iba a Valencia?.
        -¿Eh? Sí, efectivamente, iba a Valencia. ¿Por qué lo
preguntas?.
        -Curiosidad, por un momento creí haber oído contar
antes esta historia.
        -Ya… Eso puede deberse al “déjà vu”, la paramnesia
como seguramente tú le llamarás, o bien a otro fenómeno,
la senilitud que diría yo- Le respondió Fernando apurando el
paso y obligándolo a desechar su extasiado estancamiento.




                            63
                        Capítulo 4

       La resaca se resistía una y o otra vez al tenue y
persistente rayo de luz filtrado, desde hacía ya muchas
horas, por la rendija de la persiana entornada. Fondeado
sobre la frontera del sueño, había escuchado en varias
ocasiones el canto del cuco en la sala o el sonido del
teléfono; ambos lejanos y ajenos a su profundo cansancio,
sin referencias alguna a posibles obligaciones.
       Debido a ello, cuando abrió por primera vez sus
párpados hacía ya rato que despertara y durante cada uno
de esos duermevelas, intercalados en aquel descanso
mental, había ido tomando conciencia de todo. Primero de
su propia identidad, luego de la ubicación geográfica y
finalmente de la cama, ese lecho tantas veces añorado. En
una de aquellas interrupciones del sueño, el reloj de pared
tomó el relevo de la última conferencia telefónica y le hizo
meditar sobre el espacio temporal. Así, preguntándose que
hora sería, acabó destinando su menguado esfuerzo mental
a realizar un deslavazado repaso de la noche anterior. Fue
precisamente ese reconocimiento el causante de la decisión
que le hizo recobrar definitivamente la conciencia; de
pronto sonó una alarma en su cerebro mientras recordaba,
entre una avalancha de confusas conversaciones, la
confesión del amor perdido realizada a su amigo.
       Con torpeza cogió una muda en la maleta y salió de la
habitación. No era sólo aquel malestar por todo lo ingerido
quien arrastraba a Fernando, furtivamente y con cara de
pocos amigos, hacia el cuarto de baño. También estaba el
hecho de que fuese domingo; los odiaba, mejor dicho, los
despreciaba. Únicamente podía disfrutarlos en su propia



                            65
casa, en soledad, sin compromisos ni amenazas de visitas;
tal como sucediera durante sus años de universitario.
       Todos aquellos domingos de joven estudiante, salvo
raras e incordiantes excepciones, habían sido utilizados o
desperdiciados para descansar. Luego de acostarse de
madrugada, como en esta ocasión, no solía despertarse
hasta bien entrada la tarde. Entonces, sin más aseo que el
imprescindible y más bien arropado que vestido, bajaba a
un bar cercano a su piso.
       Era una cervecería montada por un emigrante
catalán retornado de Alemania, en un gran local de la Vía
Laietana. La mitad del bajo estaba decorada con una
especie de reproducción, en pequeñas dimensiones, de la
fachada típica de cualquier casa de campo edificada en la
comarca germana donde había vivido. Comunicaba esta
parte, mediante una puerta de cristal, con una
hamburguesería a la que también se accedía directamente
desde la calle Manresa; en ella, un nutrido grupo de
hombres se alineaban sobre los taburetes de la barra para
ver los partidos de fútbol, vociferando los lances
interesantes con sus bocas llenas de comida. Por el
contrario, el local destinado a cervecería era un lugar
tranquilo, con música suave y poca clientela; de hecho, a
aquellas horas, apenas solía coincidir con algunas parejas
de jovencitos. Sobre la zona reservada a los camareros, se
había diseñado una diminuta entreplanta que hacía las
veces de almacén de mercancías y a donde se subía
mediante una escalerilla de madera que, pegada a la pared
del fondo, pasaba desapercibida entre los estantes
repletos de botellas, jarras de porcelana y pequeñas
barricas. El frontal de aquel desván que coronaba el
mostrador, se componía de pequeñas ventanas parecidas a
las cancelitas de las casas de muñecas y acristaladas con


                           66
auténticas vidrieras donde se representaban los escudos
de la mayoría de los länders alemanes; todavía podía
recitar, en cualquier orden alfabético, los nombres de
aquellos estados: “Thüringen, Schleswig-Holstein, Sachsen-
Anhalt, Saarland…”. Incluso recordaba muchos de los
“muebles” incluidos en esos escudos: Las figuras de
animales rampantes, como el oso de Berlín o los leones de
Hessen y Thüringen, el águila frontal de alas extendidas y
cola esparcida de Brandenburg, las tres torres del castillo
de Hamburg…
       De joven se había aficionado a la heráldica. No sólo
a la española, también conocía características de muchas
otras, incluso de alguna tan distante a las europeas como la
japonesa; pero disfrutaba especialmente con la francesa,
por la recargada composición artística de sus escudos, la
rusa llena de inusuales estampas y la alemana, donde
proliferaban los vistosos dragones. Porque, de todos los
elementos integrantes de la heráldica, quien más le atraía
eran esos objetos de los “muebles” situados generalmente
en la parte central de los escudos que, eso sí, sin tocar
nunca los bordes, representaban animales, vegetales, seres
humanos, objetos artificiales o figuras ficticias como
Arpías, Basiliscos, Grifos, Hidras o Pegasos. También
conocía el significado de casi todos; la magnanimidad y
bizarría del águila bicéfala, el ánimo ante la adversidad del
ciervo, el sacrificio del cordero, la audacia del cuervo, la
majestuosidad y fortaleza del elefante, la vigilancia y la
tenacidad del gallo, la prudencia ante el peligro de la garza,
el arrojo e intrepidez del jabalí, la fidelidad del lebrel con
cadena al cuello, los pensamientos elevados del ciprés, la
prudencia de la morera, la nobleza del pino, la paz del olivo,
la generosidad de la mano abierta, la sabiduría ilustrada
del agua, la mansedumbre del aire, la firmeza de la tierra…


                             67
        Fueron esos conocimientos quienes le permitieron
entablar amistad con el dueño del negocio; un personaje
que se vestía, arreglaba el mostacho y abrillantaba la calva,
a la usanza de los habitantes de aquellas tierras germanas
e incluso adoptaba poses de los personajes representados
en los numerosos cuadros y espejos que colgaban de las
paredes del bar anunciando cervezas. Era tal su
empecinamiento en el cambio de personalidad que también
se había hecho con una barriga igual a la de los taberneros
de los retratos, prominencia contenida a duras penas por
los vistosos tirantes. Pero su fanatismo alcanzara el cenit
cuando regresó de Alemania renegando de su nombre de
pila, Carlos, y respondiendo únicamente al apelativo de Karl.
Todo esto, unido a un acento concienzudamente adoptado,
le hacía parecer un alemán afincado en Cataluña en lugar de
un catalán emigrado a Alemania.
        Pocos eran los clientes, y también contadas las
ocasiones, que tenían el privilegio de compartir mesa con el
mesonero. Cuando así sucedía y la compañía le resultaba
meritoria, solía beber sin mesura, hablar por los codos y
acabar por ponerse romántico, suspirando por una mujer de
quien únicamente una vez dijo su nombre a Fernando.
Entonces, ebrio de cerveza y nostalgia, entonaba con aire
marcial su canción preferida:

                      Vor der Kaserne
                    Vor dem großen Tor
                    Stand eine Laterne
                 Und steht sie noch davor
             So woll´n wir uns da wieder seh´n
             Bei der Laterne wollen wir steh´n




                             68
        También entonces, quienes tenían la suerte y        el
privilegio de compartir aquellos instantes, se unían        al
frenesí de la bebida y coreaban con énfasis, llegado        el
momento, lo único que habían aprendido a pronunciar,        el
estribillo:
                 Wie einst Lili Marlennnnnn
                 Wie einst Lili Marlennnnnn
        Eran, sin duda alguna, las noches ideales para visitar
el local.
        Fernando solía conversar con aquel hombre mientras
daba cuenta de un par de sabrosos bocadillos que
acompañaba con varias pintas de cerveza. Luego volvía
sigilosamente a su guarida y una vez allí se metía de nuevo
en la cama, aguardando el lunes, agazapado tras la
inconsciencia del sueño o de un libro.
        Ahora, recién duchado, aunque se encontraba mucho
mejor echaba de menos la taberna. No porque se sintiese a
disgusto en el piso pues, como de costumbre, un sinfín de
acogedores detalles afloraban sobre mobiliarias macetas
repartidas por el interior de aquel cuarto de baño. Cada
cosa parecía guardar el mismo orden que cuando vivía la
senyora Engracia, la madre de Albert, una auténtica “dona
de bé”; las toallas y el albornoz de invitados colgados en el
perchero árbol, diseño de Michael Young y Katrin
Petursdottir según rezaba en su base, las encimeras de
cristal luciendo un surtido de jaboneras con paquetes sin
estrenar, el armario de luna del siglo XIX lleno de vasos,
cepillos de dientes envueltos en plástico, sobres de champú
y útiles de afeitado todavía empaquetados, la esquinera de
madera ocultando cremas de zapato, cepillos de ropa y
enseres de limpieza. Todo, incluso la pulcritud, lo convertía
en la envidia de cualquier aseo del más lujoso hotel.



                             69
       Pero su mente se empecinaba una y otra vez en huir
hacia aquellas charlas con las que anestesiaba las tardes de
domingo, sin duda extrañando la ausencia de realidades que
las llenaban. Durante esas conversaciones con su amigo
mesonero, recibiera auténticas lecciones sobre la cerveza.
Comenzaba el ritual cuando Fernando quería experimentar
sabores y pedía consejos a los que Karl respondía con
esmerados discursos.
       -Mira, de los Países Bajos tengo dos holandesas,
tipo Premiun o Trappense, y unas cuantas de Bélgica como
ésta aromatizada al ron, la blanca de trigo y fermentación
alta o aquella otra con cereza tipo Lambic... También las
tienes británicas, irlandesas, escocesas e incluso checas.
En cuanto a las alemanas te recomiendo esta de clase
Weissbier, es cerveza de trigo sin filtrar...
       -Tú pide la que quieras, por rara que sea- le había
dicho en una ocasión, dejándose llevar por su obsesionante
afición -¿Te cuento un secreto?... ¡Pero no debes revelarlo
jamás!, ¿OK?- Y sin esperar respuesta continuó -Tengo
guardada, no aquí claro, la mayor reliquia para un
coleccionista de bebidas; una vasija que contiene el
auténtico Sikaru, el brebaje elaborado por los Sumerios
con su cebada en la antigua Mesopotamia. ¡La primera
cerveza del Mundo!. Fue robada en unas excavaciones-
Susurrara en bajito y poniendo cara de loco -Y también
poseo la tablilla de arcilla con el himno que cantaban a dos
de sus diosas, Ninurta y Ninkasi. ¡Créetelo…- dijo
atenuando todavía más el tono de voz -…su letra contiene la
receta utilizada para elaborar la mejor de ellas, el Sikaru
Restu!
       Poco o nada tenía que ver aquella liturgia de
recomendaciones con la poción degustada a la postre por
Fernando. Al final de todos los consejos, siempre le


                            70
acababa poniendo una que se le ocurría de pronto y no
guardaba relación alguna con las nombradas. Él, por su
parte, convencido de haber aprendido la lección, intentara
exhibir sus conocimientos al saborear las bebidas.
       -Exquisita esta belga tostada. ¿Tipo abadía, no?
       -¡Un Gottes willen!, ésta es una Erdinger Pikantus,
importada directamente de Alemania- clamara Kart,
disgustado ante aquella ignorancia.
       Abrumado por su falta de conocimientos y entre
tanto galimatías de nombres, familias o tipos de cerveza,
Fernando, en lugar de recordar las clasificaciones,
aprendió a pedir sus tres o cuatro preferidas basándose en
sus peculiaridades; pues, a pesar de no estar exento de
riesgos el describirlas, era cuando menos más entretenido.
Así, gracias a las buenas lecciones del tabernero, se
establecía una entrañable comunión entre cervecero y
cliente cada vez que Fernando solicitaba sus pintas. Por
ejemplo, a su favorita de la mayoría de los domingos la
reclamaba así:
       -Karl, ponme esa negra alemana de trigo, color
caramelo oscuro y sabor dulce y suave.
       En cambio, cuando deseaba una de mayor graduación
para matar amarguras, refunfuñaba:
       -Tráeme esa belga roja de triple fermentación que
despierta a un muerto.
       Si por el contrario aquel fin de semana había
quedado herido por Cupido, intentaba bañar los recuerdos
en nostalgia y en una pinta que pedía así:
       -Hoy necesito la belga de denso aroma; esa que,
según tú, es afrodisíaca.
       Todavía emulaba aquellos interesantes diálogos, al
fin y al cabo los únicos que recordaba haber mantenido
durante cerca de 300 domingos, y al tabernero, el


                           71
exclusivo ser con quien conversara en esa incalculable
retahíla de minutos, cuando percibió el eco de un
movimiento de tripas resonando en el vacío de su
estómago, reclamando comida.
        Albert había escuchado los ruidos procedentes del
aseo y, por segunda vez en ese día, colocó sobre el mantel
la jarra de zumo, el frutero con piña incluida, una fuente
llena de jamón, mermeladas, mantequillas, pan… la leche y
una cafetera que despertó con su olor el adormecimiento
del tardío amanecer. Luego se enfrascó otra vez en la
pantalla de un ordenador con una nueva taza de café entre
sus manos. Repasaba líneas y líneas de conversaciones
guardadas en ficheros convenientemente clasificados por
nombres y fechas, deteniéndose convenientemente en
algunas de ellas y pasando un veloz vistazo sobre las otras.
        Fernando lo observó un instante, masculló un
“buenos días” y se fue al cuerpo principal de la sala para
dar cuenta del reparador almuerzo. Luego recogió la mesa,
eligió algo de música, se cepilló los dientes y regresó.
        -Puedes hablarme, sólo estoy intentando buscar una
conversación- dijo Albert sin perder de vista la pantalla.
        -¡Pasen y vean, señores!, si al final trabajar para la
administración no va a resultar tan llevadero como yo
pensaba. ¡No se descansa ni los domingos!.
        Albert leía ahora atentamente la página donde había
detenido su búsqueda. Repasaba velozmente los renglones
de una conversación mantenida hacía más de seis meses.
Sonrió con satisfacción y muestras de cansancio, luego se
volvió hacia su amigo disculpándose -Perdona, no te estaba
atendiendo, ¿que decías?.
        -No importa, puedes seguir con tu laberinto de
sentimientos; de todas formas no tengo demasiadas ganas
de conversar, creo que ya hablé excesivamente ayer,


                             72
desnudando mis aventuras y dejando en pelotas mi fracaso
amoroso- Se lamentó irónicamente Fernando.
        -El mal no está en la desnudez, sino en el malestar
reavivado al hurgar en esa puñetera úlcera que se te hizo
en el corazón. Pero, bien mirado… Quizás no fue una
estupidez tu desahogo, ni tampoco todo este tiempo que
dediqué a revisar el contenido de estos ficheros; yo
encontré lo buscado y tu… ¡Quien sabe!, puede que algún día
la localices a ella. En cualquier caso se me ocurre una buena
idea para aletargar nuestros desasosiegos, te invito al cine;
si me das un minuto para enviar un e-mail y guardar este
archivo estaré listo.
        Mientras lo decía abrió un programa de correo
electrónico y, ante la mirada de su amigo, escribió: <<hola
bonita, ¿como estás?. Necesito hablar contigo, si puedes
entra esta noche. Un besote de tu amigo Albert>>. Luego
escribió       en       la     casilla    de      direcciones:
<<lucinda@mixmail.com>>, accionó el icono de “enviar”,
esperó unos segundos, cerró todas las ventanas y, tras
apagar el ordenador, abandonaron juntos la casa.
        Así, de mutuo acuerdo, acomodaron sus cuerpos en
sendas butacas y adormecieron sus mentes en una dulce
historia de gitanos errantes, malvados hombres de
negocios y bienaventurados justicieros americanos. La
película no era gran cosa; pero la fotografía, los paisajes y
la dulzura con que se trataba la cruda realidad del
marginado, la convirtieron en el bálsamo perfecto. Al salir
del cine los ánimos se habían distraído y sus estómagos
asentado lo suficiente como para abrírsele el apetito.
        En una aséptica cafetería de Gracia, cercana a las
multisalas recién abandonadas, repusieron fuerzas con
sendos sándwich y refrescos. Saboreando el café, que
daba por concluida su prorrogada merienda, surgió entre


                             73
ellos una conversación en torno a la lucha contra las
injusticias. Fue entonces cuando Fernando le recordó con
mordacidad a su compañero, las épocas donde todavía se
aventuraban en acciones revolucionarias.
        -Claro; ahora, entre ser funcionario y llevar doce
meses sin casi salir de casa, no querrás saber nada de lucha
social, incluso habrás perdido el contacto con la gente de la
C.N.T.
        -Cierto- respondió Albert esbozando una sonrisa y
disponiéndose a abonar la cuenta -Pero eso tampoco se lo
podemos achacar a lo de Internet, aunque te pese. Primero
porque hace un lustro que la vida y los fracasos de
nuestras batallas han ido haciendo callo en nuestros
espíritus, alejándonos a ambos de los compromisos
revolucionarios, y segundo porque durante este tiempo he
conocido a través de la red más activismo que en todos mis
años de asociacionismo anarco sindicalista.
        Tras salir a la calle decidieron tácitamente dar un
largo paseo que Albert aprovechó para describir la,
aparentemente inagotable, fuente de ciberactivismo
existente en el espacio virtual.
        -Hay muchas formas de agitación revolucionaria en
la red. De hecho se viene utilizando por zapatistas,
movimientos contraculturales, agrupaciones marginales de
artistas, colectivos libertarios, asociaciones ecologistas, el
movimiento antiglobalización y cualquier otro tipo de
postura de rebeldía que puedas conocer.
        -Ya… Pero, ¿qué grado de efectividad tiene esa
postura combativa a través de un ordenador?- inquirió
escéptico Fernando.
        -En algunos casos tanto o más que la de la realidad,
lo que no es mucho; de hecho la insubordinación cibernética



                             74
ha adoptado todas las formas de la lucha callejera y en
algunas obtiene mayores logros.
       Entusiasmado por su amplio conocimiento de la
materia, le fue desglosando todas las modalidades de
sedición revolucionaria; eso sí, entre debate y debate que
cada una de ellas iban generando.
       -Mira. En primer lugar está la utilización del medio
como canal de propaganda y forma de concienciación.
       Y comenzó un juicio en torno a ese, nuevo, poderoso
e interactivo, medio de comunicación. Un litigio sobre las
ventajas o detrimentos de páginas Web y foros de
discusión frente a las asambleas, carteles o panfletos
callejeros; de cómo, mientras los primeros alcanzaban a un
mayor número de población sin limitación de distancias, los
tradicionales ganaban en eficiencia en cuanto que no
reducían su influencia a personas interesadas por el tema y
accedían a cualquier ciudadano, sorprendiéndole desde una
pared en su desprevenido paseo y obligándole a enterarse.
       -Luego está la “infoguerra”…- Continuó en su
exposición de modalidades -…A través de la cual se
denuncian actuaciones delictivas de estados o grupos
poderosos.
       Parados ante la luz roja de un semáforo, Albert se
perdía ahora en historias sobre el Comandante Marcos,
contando como éste había asegurado la supervivencia de su
Movimiento Zapatista con la utilización de la guerra de
información para denunciar los abusos del gobierno
mexicano. Por su parte, Fernando ponía seriamente en duda
los medios e intenciones finales del Comandante.
       Cuando decidieron hacer un alto en una sugerente
terraza con el fin de dar un respiro a sus piernas y tomar
el segundo café, ya se había internado en el tema de la
“desobediencia civil electrónica”.


                            75
        -Es una adaptación virtual de la clásica
“desobediencia civil pacifista”. ¿Oíste hablar de las
sentadas virtuales?.
        La cara de asombro de Fernando le eximió de
aguardar respuesta y Albert continuó explicándole como, a
través de determinado software, se podía facilitar el
“reload” constante de una página web elegida, hasta
conseguir bloquearla e impedir el acceso a ella de otros
usuarios.
        -Para que lo entiendas. Las sentadas virtuales
consisten en llamamientos realizados desde colectivos con
el fin de que, el mayor número de personas posible, utilicen
un programa informático específico, como por ejemplo el
“Floodnet”, que facilita la solicitud constante de
información a una página elegida. Si ese número de
personas que responde a la llamada es suficiente, se logra
el bloqueo total del sitio web.
        Todavía no les habían servido las consumiciones y
Albert ya se aventuraba por los escabrosos terrenos de la
radicalidad poniendo al día a su amigo en las tácticas de
acción directa electrónica, destinadas a sabotear el
funcionamiento      real de     las   corporaciones-estado.
Dejándose llevar por su habitual entusiasmo de
conversador empedernido, se lanzó de lleno al activismo
hacker      politizado    hasta   verse    inoportunamente
interrumpido por la pregunta de Fernando. Le fastidió
porque se la formuló justo cuando estaba completamente
embebido en una necesaria aclaración sobre las diferencias
existentes entre las actuaciones agresivas, cuya finalidad
era la de destruir, bloquear o sabotear los flujos de
información de esas corporaciones, y aquellas otras, de
índole más pacífico, orientadas a facilitar al máximo el
libre acceso de usuarios a la documentación confidencial de


                            76
cualquier organismo, fundación, patronato, sociedad o
empresa sospechosa de connivencia capitalista o
maquinación en contra de la humanidad.
        -Vale, ya veo, el campo es amplio; pero… ¿Se
consiguieron algunos logros importantes?.
        -Depende de lo que tu consideres meritorio o no-
continuó Albert -Están las conquistas revolucionarias
zapatistas, el pirateo y distribución gratuita de cualquier
programa, la constante destrucción de barreras de acceso
para impedir la privacidad de la red, la propaganda y
concienciación, el trabajo de apoyo en las concentraciones
antiglobalización, el activismo de la Asociación contra la
pornografía infantil, diversas O.N.G. y grupos no legales
como Agujeronegro o los Cibercentinelas que rastrean
redes P2P en busca de intrecambio pornográfico y
descubren, denuncian, se infiltran o atacan directamente
las comunidades y foros de contenido pedófilo.
        -No me parecen inútiles o estériles las acciones
realizadas por colectivos como Electronic Disturbance
Theater o Critical Art Ensamble, fomentadores de la
acción directa y artífices de auténticas armas preparadas
para conseguir el boqueo de “websites” a través de esas
sentadas virtuales que te mencioné; ocurrió, por ejemplo,
con la bolsa de Frankfurt, la red del Pentágono u otros
ataques ejecutados contra “páginas web”, como la que
anunciaba la muñeca Barbie. También se crean “sitios
simulados”; uno de ellos se infiltró durante la campaña
electoral en la página de George Bus, con el fin de
desenmascarar los perfiles más duros de la ideología
reaccionaria defendida por ese sórdido personaje.
        -Entiendo tu escepticismo...- remarcó al observar la
excasa ilusión que sus historias despertaban en Fernando -
...Pero, para mí, el avance crucial, en lo concerniente a la


                            77
defensa de la libertad individual, que marcará un antes y un
después de la aparición de Internet, es esa lucha continua
contra la privatización del arte y del conocimiento, esa
facilidad que concede la red para obtener y difundir, a
espaldas de la censura, cogniciones o simples pensamientos
a cualquier rincón y persona. Pero si prefieres sucesos más
tangibles, tienes los ataques contra los principales
servidores y buscadores o aquellos otros dirigidos a
poderosas empresas, que tanto proliferan últimamente.
Son acciones desprovistas de mensaje implícito, pues ni
siquiera se reivindica su autoría, pero consiguen auténticos
destrozos o bloqueos en el sistema económico-social. Sin
embargo, el caso que quizás te ayude a comprender mejor
el potencial de estas formas de lucha ocurrió ya hace unos
años, fue el de “Etoys”. ¿Lo conoces?.
       -No- Respondió Fernando levantándose de la mesa.
Miraba el reloj comprobando como, inmerso en la audiencia
de la disertación, se les había hecho tarde. A pesar de
estar caminando sin rumbo fijo durante todo el tiempo,
aquella cafetería no se encontraba muy lejos de su casa. En
el corto trayecto que les separaba del edificio, Albert
contó a su amigo la historia.
       -“Etoys”, una compañía de venta de juguetes por
Internet, demandó al grupo de artistas suizos “Etoy”,
porque consideraba que el parecido entre ambos nombres
generaba confusión y perjudicaba a su negocio; tal como
afirmaban, muchos padres se dirigían por error a esa
dirección buscando juguetes y en su lugar descubrían arte
violento o pornográfico; ¡ya ves que escándalo!. Sabiendo
que el grupo artístico había llegado a Internet con dos años
de antelación, la Compañía intentó inútilmente comprarles
el dominio a base de ofertas que los artistas rechazaban
una y otra vez. Contratando a los más importantes estudios


                            78
de abogados de EE.UU. lograron, contra toda lógica, que un
juez fallase a favor de la empresa e impidiese a “Etoy”
seguir usando su nombre. Ante eso, toda la comunidad
artística de la Red emprendió una campaña para salvar al
grupo suizo; las continuas denuncias colaboraron en su
desprestigio y la organización de "sentadas virtuales"
bloqueó los servidores de la multinacional. Además, a
través de acciones simuladas, que a mí se me escapan,
actuaron en las pizarras de los mercados de valores donde
figuraba la empresa, provocando la caída de sus acciones.
Finalmente “Etoys” retiró su demanda; pero era tarde,
habían perdido cientos de millones en costes judiciales y
sus activos se desplomaron en la bolsa provocándole la
quiebra económica.
        -Una vez más David venció a Goliat- Fernando
profundizaba con su frase en el discurso y con su mano en
el bolsillo, en un estéril esfuerzo por encontrar el juego de
llaves con el que abrir el portal del edificio.
        -Sí, ya ves como a través del activismo de red se
puede conseguir que unos humildes seres logren
enfrentarse con éxito a un gigante- matizó Albert
mostrándole su llavero e inquiriendo, mordaz, el cese de
aquella infructuosa búsqueda.
        -Creo recordar que las tuyas quedaban sobre la
mesa cuando salimos.
        Nada más entrar en la casa, Albert encendió uno de
los ordenadores, activó un programa, tecleó la clave y se
desplegó una ventana. Observaba la lista que indicaba la
conexión o ausencia de usuarios conocidos y escuchaba con
curiosidad el trajinar de Fernando en la cocina, abriendo
puertas de lacenas, cerrando el lavavajillas, hurgando en el
cajón de los cubiertos, tirando con el salvamanteles
metálico. Sonrió; hacía poco tiempo que la señora


                             79
encargada de adecentar semanalmente el piso, le había
pedido permiso para modificar el orden de la cocina
basándose en cuestiones de una lógica tan aplastante que, a
pesar de su normal reticencia a los cambios, se vio obligado
a acceder.
       -¡Coño!, pierdo memoria. Me volví loco para
encontrar las cosas- Fernando traía ocupadas ambas manos
en preocupante equilibrio inestable. Sobre la palma de la
derecha, bailaba una inquietante órbita la bandeja con dos
vasos de zumo de naranja, la cubitera con hielo y una
botella de vodka; con la izquierda sostenía el tablero de
ajedrez, la caja de las fichas y el reloj de juego.
       -Nada me repugnaría más que amargarte una tarde
de domingo con otra derrota- Presumió Albert avalado por
su favorable estadística de victorias.
       -Confío en que al menos tu soledad te haya impedido
practicar. ¿O también se juega al ajedrez en la red?-
       -Al ajedrez, dominó, tute, póker, pocha, mus,
bakgamon, damas o lo que tú quieras; incluso a los solitarios
en red o al Trivial. Precisamente en una sala destinada a
este último juego de mesa, sufrí la inevitable novatada y
pegué el gran patinazo en el terreno de las relaciones
humanas a través de la red; fue tan abrumador y
bochornoso que ni siquiera consta referencia alguna sobre
él entre mis datos.
       -Caramba, carambita… Eso sí parece interesante, el
cazador cazado, el camello de las creencias embriagado por
un espejismo. ¿Fue una historia de amor?.
       Fernando procedía a colocar sus piezas sobre el
tablero, sin dejar de observar con inquisidora intriga a su
contrincante de juego.




                             80
        -Cuéntamela; esta copa y escuchar el relato de tu
gatillazo social, me ayudarán a digerir esa presunta victoria
tuya.
        -No…- respondió Albert sonriendo -No debes
preocuparte. Jugué unas cuantas veces al ajedrez cuando
lo descubrí en Internet, pero lo abandoné pronto
convencido del peligro que suponía tener un pasatiempo en
el trabajo; llevo un montón de tiempo sin mover un peón. No
obstante te contaré mi historia secreta, a ver si así dejes
de sentirte inseguro por tu desnudo sentimental de ayer.
         -Ocurrió durante el primer mes de esta aventura
cibernética; intentaba introducirme en el ambiente con
métodos suaves y a través de campos conocidos, por lo que
habitualmente dedicaba algún tiempo a visitar una conocida
página de juegos. Pero claro, en las salas de ajedrez no era
fácil encontrar conversaciones interesantes y, una vez
iniciadas las contiendas, tampoco parecía un buen plan
plantarlas cuando el contrincante resultaba ser reservado
o mudo; podía estar dos horas participando en partidas, sin
conseguir intercambiar más que una brazada de saludos.
Entonces me dediqué a otros juegos menos exigentes en
cuanto a concentración y con mayor número de
participantes; así conocí a una mujer que utilizaba el
nombre de “dulce”, respondía a la mayoría de las preguntas
del Trivial sin apenas dudar y figuraba entre las primeras
del ranking de puntos. Entabló amistad conmigo con una
rapidez que debería haberme hecho meditar. Pero, como te
dije, yo daba mis primeros pasos en la escena virtual y,
pecando de novato, tampoco fui consciente del involuntario
encaprichamiento hacia ella.
        Albert ralentizaba sus párrafos, entrecomillando
meditadas aclaraciones y atascando palabras en un cerebro
lleno de indecisiones sobre posibles movimientos de fichas.


                             81
        -Dijo ser rubia y con buen físico, aún confesando
subrepticiamente haber engordado algo últimamente.
También alardeó de su cuidada formación; declarando, eso
sí, dedicarse en la actualidad a las labores del hogar.
Aquellas frases escritas, fueron dibujando en mi mente
dulces susurros que, unidos a una foto elegida con alevosía
y de acreditada solera, despertaron los deseos
abocándome a participar en flirteos o engatusadoras
conversaciones empapadas de sensualidad. Cuando me
propuso quedar para vernos, me subí al tren sin mirar el
destino y acabamos citados en un anodino bar de barrio; lo
eligió ella por cuestiones de clandestinidad, ya que estaba
casada, pero, a buen seguro, nuestros rostros quedaron
grabados en los ojos de aquel tabernero. No había nadie
más en el lóbrego local y, aunque luego demostró ser el
marco natural para la experiencia que me aguardaba, en
cuanto entré sentí como se me hundía el alma ante la
imposibilidad de vivir allí un romance. Eran las doce del
mediodía y un penetrante olor de fogón guisando
prorrumpía desde la cocina; lo recordaré siempre, ha
quedado impregnado en los cilios de mi nariz…
        Las mejillas de Albert se sonrojaron ligeramente al
percatarse de la mirada que le dirigía su contrincante;
sufría un amenazador ataque por su flanco derecho luego
de haber perdido el control en la parte central del tablero.
        -¿Tan duro fue el desenlace de aquel encuentro?,
porque tengo la impresión de que sufres una Amaurosis
scacchística y vas a perder, como mínimo, tu primer
caballo- interrumpió Fernando apercibido del sofoco de su
amigo.
        -Sí lo fue y espero que jamás salga de tu lengua ni
una sola insinuación sobre esta historia. La chica adulta de
rubia melena, se había transformado en una señora casi


                            82
joven de oxigenados cabellos. Por otra parte, su ligera
gordura era una obesidad de alargado descuido personal
que hacía imposible adivinar un anterior físico, ya fuese
bien o mal parecido. En cuanto a la esmerada cultura quizás
fuese culinaria, porque puedo jurarte que tenía ante mis
narices a la auténtica “maruja” devoradora de telenovelas,
televisivos show y revistas de corazón. Cada minuto
compartido en aquel bar entre efluvios de serrín mojado y
abundante tufillo a perfume barato, iba confirmando mi
incapacidad para detener el empeoramiento de la situación.
Aquellos labios, embadurnados de un sangriento carmín, se
alargaban sin disimulo y con pretendida picardía hacia mi
cara, en un desmesurado alarde de chabacanería; más
abajo, sobre la mesa, unas uñas gastadas y de mal
disimulado descuido, jugaban torpemente a hacer manitas,
alcanzando a ratos mis huidizos dedos que asumían, con
angustia, las órdenes de no retroceder enviadas por el
cerebro. Si ahora riegas todo eso con relatos de malos
tratos, declaraciones amorosas equivocadas, persecución
durante días, amenazas de suicidio y un creciente
sentimiento de culpabilidad por mi imperdonable descuido,
entenderás porque todavía me tiemblan las piernas al
recordarlo.
       Albert finalizó su relato, las últimas frases habían
quedado ahogadas en la sonora carcajada de Fernando.
Imaginaba en aquella situación a su aséptico amigo, mal
criado por el exceso de estética y educación; el “pastillas
de jabón”, como le llamaban en aquella comuna hippie donde
intentaran resistir durante un mes a la suciedad y al
hambre. Se lo figuraba despertando en una pesadilla real,
descubriéndose en descarado galanteo con la ordinariez
personificada, extraviado en el más macilento antro.



                            83
        Entre ecos y resacas de esas risas, Albert
comprobó que había jugado francamente mal. Su situación
sobre el tablero era desastrosa; recordó entonces la
esperada conferencia electrónica y se volvió para observar
el monitor del ordenador.
        En la parte superior de la pantalla se había
desplegado una pequeña ventana con el encabezado:
<<Privado Lucinda-Marcovaldo>>, un par de frases escritas
en el centro: “¿estás ahí?” “¿todavía quieres hablar
conmigo?” y una tercera línea donde parecían naufragar el
símbolo de “dos puntos” y un paréntesis cerrado seguidos
de las letras xd.
        Abandonó la mesa de juego y se sentó ante el
teclado, dándole la espalda a piezas y amigo.
        -¿Y la partida?- inquirió Fernando desconcertado.
        -Te concedo la victoria, después de todo la tenía
perdida.
        -¡Por eso!, quiero darme el gustazo de ganarte-
protestó de nuevo.
        -¡Vamos!, es importante; imagínate que me llegó una
esperada visita. Ven, te interesará. Coge la otra silla.
        Fernando accedió a la petición, una descortesía
como aquella debía obedecer a algo realmente importante.
Hizo rodar el asiento y se situó también ante el monitor
donde Albert había escrito <<ya estoy, bonita, no te vi
entrar, perdona>>. Mientras esperaban una respuesta
aprovechó para leer los tres renglones que precedían al
mensaje de su amigo y preguntó:
        -¿Cuál es el significado de “XD” y esos dos puntos
con un paréntesis?
        -Son emoticonos, secuencias de caracteres ASCII
que representan emociones. Según dicen, “XD” fue
popularizado después de ser usado en South Park y, si


                            84
ladeas la cabeza hacia tu izquierda, la cruz interpreta los
ojos cerrados de un personaje riéndose fuertemente y la
“D” una carcajada. En el otro caso ocurre casi lo mismo;
simboliza una sonrisa, los puntos son los ojos y el
paréntesis la boca del dibujo. Se utilizan si no tienes a
mano los iconos de imágenes o cuando eres tan rápido con
los dedos como esta mujer. De hecho, en algunos editores
de texto como Word, si tecleas sin ninguna separación los
dos puntos y el paréntesis cerrado, saldrá dibujada en la
pantalla una cara sonriente. ¿Nunca te pasó?- respondió
Albert observando atentamente el nuevo mensaje recién
aparecido.
       <<Vaya, ya te creía dormido. ¡Muasssss!. Chico
guapo>>.
       -Y el “muasss” significa....
       -Si, ya sé… Un besazo.
       -Exacto, diez puntos. Ahora tranquilízate y confía
en mí, vas a conocer a una amiga-. Se lo decía mientras
terminaba de saludar a Lucinda con un intercambio de
guasas y jocosidades que denotaban una gran confianza y
conocimiento mutuo. Luego, ante el desconcierto de
Fernando, se inició una conversación a la que, incluso
resultándole por momentos ofensiva, atendiera en silencio,
mordiéndose la lengua y leyendo sin pestañear cada una de
las frases aparecidas tras el pseudónimo “Lucinda” o
precedidas del nick “Marcovaldo”, cuando el que escribía
era su, ya cuestionado, camarada.
<Marcovaldo>: Tengo a mi lado un amigo y quiero
presentártelo. Es más, te diré su verdadero nombre, se
llama Fernando.
<Lucinda>: Vaya, es un buen comienzo; el mío por si no se lo
dijiste es Lucía. Ya ves que poco original fui eligiendo el
nick  Espero que sea tan guapo como tú. (Nueva sonrisa).


                            85
<Marcovaldo>: Seguro. Es un rompecorazones, pero no
podrá ser para ti.
<Lucinda>:  Lástima, no doy una. Y… ¿me buscabas para
decirme eso?
<Marcovaldo>: No, quería contarte una historia que seguro
te interesará.
<Lucinda>: Ok, soy toda oídos. Pero promete una cosa,
luego le dejarás el teclado para que sea él quien decida si
le convengo o no.
<Marcovaldo>: Haré algo mejor, te invitaré a pasar un fin
de semana con los dos en Barcelona.
<Lucinda>: ¡Guauuuu!.        
<Marcovaldo>: Atiende, es una historia que me contaron
ayer. Un biólogo viaja en un avión, analizando y
recomponiendo notas en su ordenador portátil; cuando
levanta la vista se da cuenta de que una hermosa mujer se
fija en él y entablan conversación. Luego, en el aeropuerto,
se anula el enlace que ella debía tomar y él la acompaña;
pernoctan en un hotel, mantienen un emocionante idilio y,
finalmente, se separan sin haberse podido despedir. ¿Te
gusta mi historia?
        Aquel fruncimiento de ceño, que denotara el ligero
desacuerdo de Fernando cuando Albert escribió su
verdadero nombre, se transformó en una mueca de clara
desaprobación al leer su secreta aventura al mismo tiempo
que lo hacía una extraña.
<Lucinda>: Vaya, me decepcionas. No, no me gusta porque
yo te la conté con más arte hace ya mucho tiempo.
<Marcovaldo>: Ok!, ahora escucha esto. La chica se llama
Jane, se dedica al mundo de la moda y ese día llevaba un
vestido verde. Además te la puedo describir físicamente;
de tez ligeramente morena, larga melena rubia, labios con



                            86
forma de corazón, nariz roma y ojos azules. Dime, ¿es esa
tu prima?
        En ese instante los reconcomios de Fernando
sufrieron otra nueva mutación y su mirada reflejó una
amalgama de sensaciones superponiéndose a gran velocidad.
Primero fue la confusión quien se impuso a la incredulidad;
luego el deseo y la emoción se vieron taponados por dudas e
incertidumbres, sobre las que planearon inmediatamente la
esperanza y el miedo.
<Lucinda>: ¡Rayos!, ¿cómo sabes eso?
<Marcovaldo>: Sencillo, ese amigo que te acabo de
presentar es aquel hombre y esta conversación un regalo
con el que ahora mismo le estoy sorprendiendo.
<Lucinda>: ¡Como puede ser!, estás bromeando. Pero...
¡Claro!... ¡Fernando!, ese era el nombre que me dijo Jane.
<Lucinda>: ¡Dios…! Menuda sorpresa. Pregúntale que pasó,
¿por qué no volvió al hotel?
<Marcovaldo>: Fue a comprarle un regalo y se lo engulló un
atasco, lo intentó todo pero no llegó a tiempo. En fin, me
parece más conveniente que lo hablen entre ellos. ¿No
crees? Al fin y al cabo estamos desnudando la intimidad de
dos personas y una está delante.
<Lucinda>: Es verdad. Perdona chico, me dejé llevar por la
intriga; pero es normal, lo comentamos tantas veces…
Siempre barajando todas las explicaciones posibles a tu
desaparición; eso sí, al final apostamos las dos por algo
parecido a lo que me contais, nos dolía pensar que lo habías
hecho voluntariamente.
        Fernando se había repuesto ligeramente del
profundo impacto causado por aquella sorpresa y una nueva
metamorfosis ocultaba ahora todos sus estímulos bajo la
turbación y el anhelo que, cogidos de la mano, giraban
vertiginosamente en el cerebro. Se apoderó del teclado


                            87
aprovechando la conexión y el pseudónimo de su, ahora más
que nunca, amigo.
<Marcovaldo>: Soy Fernando, no te preocupes por los
cotilleos. Imagino que hablasteis muchas veces de esa
historia. A mí me pasó lo contrario, nunca la mencioné;
incluso, hace apenas un rato, estaba enfadado conmigo
mismo por habérsela revelado a mi mejor amigo. Pero… Ya
ves, gracias a eso me he llevado una enorme sorpresa. En
cualquier caso, encantado de conocerte.
<Lucinda>: Lo mismo digo; oye, supongo que querrás
conversar con Jane. ¿Te quedas con Albert?
<Marcovaldo>: Imagina, la he buscado durante meses.
Llevo deseando hablar con ella desde aquel día. Aquí estaré
esperando.
<Lucinda>: Bien, dalo por hecho. Bueno os dejo, me muero
de impaciencia por hablar con mi prima. Un besote a los
dos.
<Lucinda>: Marcovaldo, eres un cielo. ¿Te lo dije alguna
vez? No contestes, ya hablaremos tú y yo. Creo que tienes
razón en lo de la química, ¡con nosotros funciona!.
“Muasssss”.
        Con esa última frase dibujando un matiz de ternura
en lo labios de Albert, finalizó la insólita conferencia. Los
dos hombres se observaron, intercambiaron un guiño de
complicidad y disimularon la emoción que rezumaba en sus
miradas. Fue Fernando el primero en romper aquel
prolongado silencio.
        -Espero no estar ante un espejismo como el tuyo con
la mujer del Trivial. Quiero decir… supongo que no me
estaré equivocando y todos hablamos de la misma Jane.
        -O que se haya vuelto una señora gorda y
desagradable.



                             88
        -¡Nooo! gorda puede, pero perder su encanto…
¡Nunca!
        -Quien sabe… podría no ser la misma que tu
conociste; es más, existe un alto índice de probabilidad.
        -Sin embargo me extraña, se llama igual y tu amiga
pareció confirmar lo que le dijiste sobre su vestido, su
profesión, su físico...
        Albert sonrió -No me refería a eso. Claro que es tu
chica, mira lee esto.
        Exploró en el contenido del disco duro, abrió un
archivo almacenado con el nombre “Eureka” y accionó el
icono de impresión.
        -Es el fichero donde guardé esta mañana la
conversación que estuve buscando.
         Con la parsimonia de un patriarca entregando a su
sucesor el título del blasón familiar, se levantó
dirigiéndose hacia el lánguido rincón de la estancia donde
permanecía agazapada la potente láser, recogió dos folios y
se los puso sobre la mesa.
        -Dale un vistazo y luego me dices.
        Al cabo de unos minutos, los suficientes para releer
el documento al menos dos veces, levantó la cabeza.
        -¿Es o no es tu aventura esa de la que hablan ahí?
        -No cabe duda, es la misma- Respondió Fernando,
azorado por su asomo de felicidad e intentando contener la
pertinaz sonrisa bobalicona impregnada inevitablemente en
su boca.
        -Desde luego eres un auténtico genio. Tendré que
agradecerte esto toda la vida.
        -Quien sabe, quizás acabes maldiciéndome por...
        Albert detuvo su frase consciente de haber
pronunciado, en un escaso margen de tiempo, dos agoreras
sentencias del todo improcedentes en un momento tan


                            89
festivo. Por otra parte, su amigo cabalgaba ya sobre un
sueño, sin molestarse en percibir la solapada moraleja de
aquellas máximas.
        Se había hecho tarde y las emociones huían hacia la
oscuridad que se les declaraba tras las ventanas de la sala;
robustas y remozadas partían ahora a la procura de otras
almas capaces de alimentar su existencia con nuevas
descargas de frenesí. Así, privado de la rigidez de esas
agitaciones, el cuerpo de Albert se         entregaba a la
flojedad del cansancio acumulado y su dueño decidió
prepararle una reconfortante taza de leche con cacao
antes de acostarse.
        Perdido en el fortuito barrio de Madrid donde
situaba el hotel de aquella aventura, reconstruido ahora en
el éter de la barcelonesa casa, Fernando asintió a la oferta
de su amigo para compartir la cena.
        Media hora más tarde finalizaban el parco ágape
donde habían predominado, la ingestión de silenciosos
tragos de leche, las burbujas de esperanza ascendiendo
repletas de pensamientos, el crujir de los cereales rellenos
de chocolate, la lectura de la promoción de la caja de
galletas, las preguntas sin enunciado y algún que otro
comentario sobre los personajes dibujados en el paquete
de aquellas sugerentes croquetas o en torno a la
composición de su harina, procedente de una variada lista
de plantas gramíneas.
        El inesperado aviso con el que el reloj de pared
anunciara las doce de la noche, les sorprendiera a ambos
sumergidos en balsámicos esparcimientos. Fernando
insistía en documentarse sobre las sorprendentes
propiedades de aquellas semillas farináceas y su energético
relleno de chocolate; Albert acompañaba la placidez de su
amigo intentando descifrar el código de barras impreso en


                            90
el tarro de cacao. Se levantaron como si siguiesen la
sugerencia de las campanadas, deseándose las buenas
noches entre tropiezos o encuentros en pasillos y cuarto
de aseo. Luego se aislaron en sus dormitorios, uno para
soñar placidamente y el otro para velar los sueños hasta
altas horas de la madrugada.




                          91
                        Capítulo 5

        La mañana siguiente fue la preparación y línea de
salida a un prolongado maratón con días convertidos en
intensas jornadas de chateo, esperas, alegrías, juegos
amorosos e ilusiones. Antes del mediodía, Fernando había
asimilado las lecciones necesarias para establecer una
conexión y mantener, grabar, finalizar o amenizar una
conversación. Posteriormente aprendería a utilizar todas
las posibilidades del programa; pero ahora, luego de su
primera hora de clase, se sentía preparado y, ansioso, tomó
posesión del ordenador que su anfitrión le había asignado
en el rincón más coqueto y discreto de la estancia.
        -Me puse de nombre Gurdulú, ¿qué te parece?
        Siguiendo las instrucciones recibidas, procedía a
darse de alta con su primer nick.
        -Pues opino que eres un copión pero, mirándolo bien,
tú y ese personaje tenéis ciertas afinidades- bromeó
Albert -Te incluiré en mi lista de amigos y así sabré en que
sala estás.
        -¿Copiarte yo a ti? ¡Pero bueno…! ¿Quién te regaló
tu primer libro de Italo Calvino?- protestó tras escoger la
sala “Encuentros” y justo antes de alojarse en un ambiente
ajeno al mundo real de su entorno.
        Era un local virtual con pocos usuarios, la mayoría
clientes habituales y por tanto conocidos entre sí; quizás
por eso en cuanto escribió un escueto saludo en la general,
la ventana donde tenían lugar las conversaciones comunes a
todos los participantes, varios de ellos le entablaron
conversación. Durante un rato estuvo atareado en
responder a las sucesivas preguntas que, con cuidada
encuesta, le iban haciendo, así como en conversar en unos


                            93
pocos privados abiertos por participantes más atrevidos o
atrevidas. A pesar del ajetreo necesario para mantener
más de un diálogo al mismo tiempo, se fue haciendo con el
control de la situación y todavía se permitía el lujo de no
perder de vista la lista situada al margen de la pantalla,
donde aparecían y desaparecían los nombres de los
usuarios. Poco a poco fue finalizando su presentación y
finiquitando prudentemente aquellos privados que le
parecían menos interesantes; de forma que cuando su
amigo le abrió una pantalla de conexión, convirtiendo los
apenas dos metros de separación física en unos cuantos
kilómetros de cable, ya solo mantenía conversación con una
chica que se hacía llamar “serena”. Se despidió de ella
disculpándose y contestó apresuradamente al mensaje de
Albert que le anunciaba la presencia de su aguardada
amiga.
        -¿Está hablando contigo?- logró poner luego de dos
intentos frustrados en los que las letras cambiaban
caprichosamente de sitio. La agilidad de sus dedos,
conferida por la práctica en el manejo del tecleado, se
disipara con el nerviosismo.
        -Si lo está y es encantadora- plasmó en la pantalla
“Marcovaldo” -creo que la retendré un rato con alguna
disculpa.
        -¡Déjate de fastidiar y ponme con ella!- vociferó
Fernando, prescindiendo de la red y del propio ordenador.
        -Ok, ok- Respondió Albert carcajeándose ante la
desazón de su amigo -Espera un instante, le he dado tu
apodo y te va abrir un privado, pero dice que antes se va a
cambiar de nick.
        Luego se levantó de su puesto, puso un disco de
música suave y disminuyó la intensidad de la luz; su



                            94
condición de hombre detallista consideraba que aquel
encuentro merecía un marco íntimo y apropiado.
        Sin apenas conceder tiempo a la impaciencia de
Fernando, se desplegó en su pantalla una nueva ventana
cuyo solo nombre alegró su rostro y desde la que comenzó
la primera de sus innumerables conversaciones con aquella
mujer.
<Bradamante>: Hola Fernando… ¡Cuanto tiempo!.
<Gurdulú>: Hola bonita, veo que también has leído libros
del autor favorito de Albert.
 <Bradamante>: Gracias por el piropo. Lo de mi nombre…
fácil, ¿no?. Teniendo en cuenta la temática de la novela
donde aparece tu torpe escudero, no se me ocurre mayor
paradoja que transformarme en la desesperada amante de
un caballero inexistente.
<Gurdulú>: No cabe duda, una buena alegoría para nuestra
común historia. ¿No te parece?
<Bradamante>: ¡Eso!, encima con recochineo. Espero que
tengas una buena disculpa para explicarme la desaparición
de aquella mañana.
        Aunque durante el primer contacto apenas se
excedieron de las manifestaciones de alegría por volver a
encontrarse, conformándose con la narración de sus
respectivos intentos para localizarse, esa misma tarde ya
se confesaban deseos ocultos y aspiraciones pendientes
desde aquella noche. En las sucesivas conversaciones,
mantenidas durante todos los días de la semana, retomaron
el entusiasmo por su mutua fascinación. Poco a poco las
frases fueron abandonando sus miedos y reticencias,
adentrándose en expresiones cálidas que dejaban rezumar,
con un cadencioso gota a gota, los sentimientos y codicias
almacenadas tras tantos meses de añoranza. Las palabras



                           95
comenzaron entonces a exhibir, en descarada inhibición,
crecientes flirteos.
<Gurdulú>: Recibí tu foto, estás todavía más guapa que
cuando te conocí.
<Bradamante>: Pues tú no, en el retrato se te ve
envejecido.
<Gurdulú>: Normal, estuve tan triste creyendo no volver a
verte, que perdí pelo y gané arrugas.
<Bradamante>: Pero mira que saliste camelador; te lo
advierto, esta vez no me dejaré seducir tan fácilmente
como en el aeropuerto.
<Gurdulú>: ¿Seducirte yo?, pero si la embaucadora... Está
bien, soy un caballero y me callaré.
<Bradamante>: No esperaba menos. Te diré la verdad,
aunque feo y viejo  (mira ya aprendí a usar los iconos de
expresiones) no pude resistir la tentación de guardar la
foto que me enviaste.
        La duración y la frecuencia de aquellos “vis a vis”,
también fueron aumentando conforme se sucedían los
encuentros. Si cada una de las dos conversaciones del
primer lunes apenas sobrepasaran los quince minutos, la
última de las cuatro mantenidas el siguiente viernes se
estiró dos largas horas. Pero, a pesar de todo, todas ellas
resultaban insuficientes para Fernando; incluso aquella
inicial declaración de intenciones realizada por Jane,
saboreada luego con el baboso regodeo de un perturbado,
se volvía exigua e incierta en los instantes donde la
inseguridad se adueñaba de su ánimo.
<Gurdulú>: Quédate un poco más. Cuando te vas caigo al
vacío y orbito en torno al agujero negro de tu ausencia;
suspendido en un extraño éter de sensaciones, atrapado
por una cósmica compensación de fuerzas donde el



                            96
comedimiento repele y me atrae la infantil tontería del
enamoramiento.
<Bradamante>: Pues escríbeme. Me encantan tus cartas,
son preciosas, dibujas bien los sentimientos. Las escondo
en lugares seguros y las releo por las noches, cuando te
añoro tanto que tu recuerdo me roba el sueño o me desvela
el alma; aprovechando la soledad para aplicar, sobre mis
heridas, los emolientes ungüentos de sus aduladores
párrafos. ¿Sabes? No dejé de quererte desde que me
senté a tu lado en el avión.
       Cuanto más tiempo compartían más difíciles se
hacían las separaciones, estirándose las despedidas y
sobrepasando los plazos permitidos; unas veces el mimo le
invadía a ella y otras era él quien se ponía melindroso.
Cuando le ocurría eso, Fernando abandonaba el chat y se
dedicaba a enviarle amorosas epístolas a través del correo
electrónico. Cartas que, después de haberlas repasado,
imprimía y recitaba calladamente ante el televisivo
confesionario; con una vanidad inocente que, alejada de la
fatuidad, manaba de una febril ensoñación.
       “Son las once y media del único domingo de mi vida
que tiene sabor a algo, que huele y arrastra sensaciones
distintas al mero cansancio. Llevo casi 24 horas sin poder
escudriñar en la pantalla del ordenador para intentar
remozar la fragancia de tu perfume. Ese aroma atrapado
en mi cerebro desde que, desesperado en aquel aeropuerto
y mientras contemplaba la diminuta estela de tu avión, lo
retuve en la principal célula de mi memoria olfativa. Un día
entero sin leer tus susurros de pasión, un siglo sin poder
mimar tus mimos con suaves caricias de versos robados por
mi imaginación a un volcán que brama en lo más profundo de
mi alma. Pero, además, percibo como esos encuentros no
sacian ya el delirio de mis ansias por abrazar el calor de tu


                             97
cuerpo; por recostar de nuevo mis cetrinas sienes entre
tus nacarados senos, por peinar con los ribetes de mi boca
los labios de tu sexo, por saborear tus sales, por naufragar
abrazado a la tabla de tus caderas, por yacer sobre tu
vientre ligándome a ti con un hilillo de baba que resbala de
mis labios mientras me duermo en tu placentero...”
       Apartó los tres folios mecanografiados que
componían la correspondencia de ese día. Estaba realmente
fatigado, cansado de dar vueltas y más vueltas en torno a
sus propios pensamientos, harto de permanecer encerrado
en una jaula de espera, hambriento de los gustosos deleites
anunciados en la foto que colgaba en la pared. El séptimo
día, desde el comienzo de aquella historia, era domingo y,
como ocurrió cuando la creación del mundo, tocaba
descanso. Jane no podía conectarse porque su marido
estaría con ella todo el día.
       A pesar de los iracundos arrebatos de rabia que
sentía cuando no podía tenerla cerca, era consciente de los
esfuerzos realizados por su amante para modificar
totalmente sus hábitos de vida y robarle tiempo a su
normal quehacer de antaño. Aquella mujer había urdido en
su entorno, con la entusiasta participación de su prima, una
improvisada maraña de mentiras que a ella le perturbaba.
Repentinamente decidiera acudir a clases de informática a
casa de Lucía, con quien su esposo no simpatizaba debido a
los continuos divorcios, a su repudiada afición a todo tipo
de chateos, virtuales o etílicos, y a la esporádica irrupción
de desconocidos en su vida. También varió los horarios del
gimnasio, suprimió sus clases de francés, anuló las pocas
comidas domésticas que todavía mantenía y solicitó unas
vacaciones pendientes. Todo ello en una semana, o mejor
dicho en un día; porque, desde aquel primer reencuentro, le
estalló en las entrañas el baladro de un deseo confinado a


                             98
la isla más remota de su corazón. Un grito invitándola a
abrazarse al mayor disparate de su vida.
        Fernando no sólo valoraba todos esos esfuerzos de
Jane, los atesoraba e incluso experimentaba cierto deleite
al oírselos contar. Pero al tiempo que vomitaba ese exceso
de emoción, haciendo partícipe a Albert de todos los
problemas, amenazas, deseos compartidos e incluso de sus
sentimientos más personales, se había ido desinflando y,
despejado de los efluvios de aquella borrachera,
despertaba confuso en el desasosegante estado de resaca
anímica que ahora le invadía.
        Por su parte el psicólogo reflexionaba y tomaba
notas en sus cuadernos. La abstracción científica, unida a
los efectos del aislamiento tras la inmersión en aquel
mundo virtual, habían elevado a delirio el inicial interés por
el mundo del Chat y, como consecuencia, sus conclusiones
se reflejaban en apuntes pincelados con ramalazos de
dudosa rigurosidad; acotaciones en las que también
decidiera incluir el caso de su amigo. Durante toda esa
semana, y especialmente en aquel largo día de asueto, se
había apercibido del febril estado que padecían los dos
amantes; no sólo por cuanto oía decir a Fernando, sino
también por lo que contaba Lucía y las deducciones hechas
tras las dos o tres conversaciones mantenidas con Jane.
Aquellos síntomas de ciega pasión juvenil, anacrónica y
súbita, le eran sobradamente conocidos; hasta el punto de
tener desarrollada una teoría sobre las causas que
producían esos repentinos dislates en personas con una
edad suficientemente alejada de la pubertad.
        También había puesto nombre a lo que él
consideraba una anormal perturbación y, como si se tratase
de una plaga o epidemia, la calificaba como un “Espejismo
Fulminante de la Entelequia Mediática”. En uno de aquellos


                             99
frenéticos apuntes se podía leer     “…el E. F. de la E. M.
provoca, en pacientes de edades y características muy
alejadas de los factores de riesgo, un estado de ofuscación
y ceguera que les impide dudar de cuanto creen y creer a
quienes les contradicen; imaginando la perfección en un ser
o en un dogma y rechazando cualquier distorsión externa
de esa imagen ingeniada. Así mismo, aquellos que sufren el
mal, ceden a la incitación de aventuras inconscientes e
instintivas con una irracional imprudencia que no encaja en
el carácter detectado en el individuo antes del contagio.
Todos estos síntomas coinciden bastante con las
manifestaciones propias de la adolescencia, por lo que
también los he englobado bajo la denominación de
Sintomatología de Pubescencia Virtual Trasnochada...”.
       A pesar de tener tan claro el diagnóstico, Albert no
comentó nada a su amigo. Consideró que el tratamiento
debía distanciarse de una intervención forzada y de muy
dudosa efectividad; pues, a lo sumo, con ella provocaría un
enfrentamiento semejante al generacional que suele
acaecer entre padres e hijos jóvenes. Optó, basándose en
tan excelsa consideración, por prescribir como magistral
medicina, un mayor acercamiento virtual e incluso, a modo
de terapia definitiva, un encuentro real que derrumbase los
espejismos y provocase una reacción de conciencia;
inevitable, según él, en mentes adultas.
       Poco a poco los bostezos fueron arrastrándoles
hasta entregarlos al mundo de Morfeo; uno soñando con el
mañana y el otro calculando el tiempo de convalecencia que
debería pasar su amigo tras la aplicación de su tratamiento
curativo. Así llegaron las primeras luces del lunes y con
ellas el precoz madrugar de ambos. Albert se fue a la
delegación ministerial que cada mes le ingresaba su nómina;



                           100
estaba de vacaciones pero le habían programado una
inevitable reunión.
       -Lo malo de tener libertad de horario, es que mis
jefes también tienen la facultad de disponer
eventualmente de mi tiempo libre- Se le había hecho tarde
y, apresuradamente, guardaba un sinfín de papeles en su
negro cartapacio de cuero.
       Fernando le observaba atareado en las postrimerías
del desayuno. Pensó que aquella cartera le quedaba ridícula,
pero no dijo nada; su mente volaba ya hacia tierras
valencianas. Después de siete días podía adivinar, sin temor
a equivocarse, el lugar donde estaba su amada en cada
momento y el quehacer que la ocupaba. Calculó
mentalmente cuanto tiempo le quedaba hasta el primer
rato libre de Jane y decidió acompañar a su amigo para
hacer unas compras.
       Dos horas después se sentaba frente al ordenador y
a los quince minutos mandaba su primer beso
mecanografiado, corroborado de inmediato con una
cariñosa respuesta. El cadencioso discurrir de sus primeras
frases hacía prever un nuevo día de dulces complacencias.
       Pero las grandes pasiones están expuestas a
continúas convulsiones que transforman, sin apenas
motivos, la placidez en inquietud o la palpitación en sosiego.
Y aquella mañana el exiguo ingrediente de la suspicacia,
fruto de un fermentador proceso de impaciencia, mudó los
deseos en prisas y dudas, cocinando un ácido caldo de
cultivo donde los versos sufrían una tenaz transformación
en lamentos y reproches. No se censuraban nada el uno al
otro; maldecían la fatalidad, la distancia, el destino…
Reprobaban a los dioses el tiempo perdido o se lamentaban
por la interferencia de aquel esposo al que intentaban,
inútilmente, convertir en convidado de piedra.


                             101
        Este deterioro pasional arrastró a Fernando hacia la
descortesía y le llevó a teclear frases que desdeñaban las
horas invertidas en aquellas conversaciones. Tras leer en la
pantalla las palabras alineadas bajo su pseudónimo, y sin
tiempo suficiente para arrepentirse de haberlas escrito,
se proyectó en el monitor la respuesta de Jane.
<Bradamante>: ¿Tu sabes lo que me está costando estar
estos ratos contigo?. Jo!, Fernando, esto es una locura; la
más hermosa que conocí, pero un delirio al fin y al cabo.
Acabará trastornándome esta doble vida.
<Gurdulú>: Vale, perdona, a veces me olvido que
perteneces a otra historia en la que yo no figuro; no es
fácil compartirte, ¿sabes?
<Bradamante>: No seas tonto, lo que siento hacia ti no lo
puedo compartir, porque no lo percibo con nadie más.
¡Niño!, no me lo pongas más difícil, sabes que me estoy
enamorando perdidamente de ti. Maldito seas por haberte
ido aquella mañana, una frase tuya habría bastado para
anular mi boda.
        Empujado ahora por un asomo de celos, Fernando
volvió a insistir con desafortunadas quejas.
<Gurdulú>: Es que no soporto saberte en la cama con él,
tengo la sensación de que me está robando lo más preciado
y yo, alelado, me enzarzo en una visceral pelea de
argumentos con mi mala sangre.
        El constrictivo matiz de su intervención, no
consiguió suavizar una reprobación tan arrebatadora para
una efímera ex amante, ahora recién casada. Por eso
cuando ella respondió con un “No tienes derecho a decir
eso. Ya hablaremos, debo irme. Un beso”, Fernando
comenzó a hundirse en la ciénaga abierta bajo los pies de
un estúpido, tras perderlo todo por su propia necedad, y
sólo acertó a mecanografiar un “hasta pronto”.


                            102
        Aquel “tengo que irme” repentino, tan parecido a una
disculpa para cortar la conversación, hizo saltar sus
alarmas. Examinó a desgana su actuación, repasó
confundido      las emociones de todos aquellos días y
descubrió, abochornado, el estado de delirio en que se
encontraba.
        En cuanto Albert regresó a casa, le hizo partícipe
de sus miedos, de su estado mental y de su desconcierto;
luego le pidió consejo.
        -Creo que he metido la pata y, por lo menos, la he
asustado. No se que pensar, nunca me había sentido tan
ridículamente pueril. Mi alma se ha vuelto una fábrica de
perniciosas maquinaciones y una bomba de deseos
insatisfechos. Este asunto se está saliendo de madre. ¿Qué
debo hacer?, te lo pregunto como doctor en la materia.
        -No frivolices- respondió Albert ante el tono
burlesco de la última frase pronunciada por Fernando, sin
duda para ocultar su desazón.
        -Creo saber lo que os pasa. Lo vengo observando
hace días y tus síntomas no son nuevos, están descritos en
aquel avance de mi trabajo que comenzaste a leer el primer
día; deberías volver a cogerlo. Pero tampoco te martirices
demasiado, las relaciones a través del chat suelen ser más
impulsivas que las de costumbre; es normal, porque tienen
unos componentes que las convierten en algo tan nuevo y
sorprendente como lo eran las relaciones de amistad o sexo
de tu edad juvenil. Son encuentros inesperados, que
discurren con un acelerado ritmo de progresión bajo el
aliciente del desconocimiento mutuo y que se mantienen,
ignorando las leyes del espacio, a través de un medio no
habitual.




                            103
       Date un paseo por los museos de tu admirado Gaudí;
te relajará y concederás algo de tiempo a tu ofuscado
intelecto.
       Aceptando la invitación, abandonó la casa, dejando a
Albert como dueño y señor de sus intimidades. Pero esto
no aprovechó tal oportunidad para dar rienda suelta a su
morbosidad; ni siquiera empleó mucho esfuerzo en ese
quehacer, substituyéndolo por una apetecible y necesaria
conversación con su amiga Lucía. Necesaria porque ambos
se informaron de la situación anímica de sus respectivos
protegidos, cotejando diagnóstico y tratamiento. Gustosa,
pues durante ella proliferaron risas y miramientos,
organizaron un encuentro real de los cuatro y se asentó un
atractivo coqueteo mutuo que, eximido de cualquier
obligación, resultaba placentero a las dormidas
terminaciones sensitivas del aislado psicólogo; un regustillo
exteriorizado en la sonrisa que surgió mientras releía la
última frase de la conversación todavía activa en la
pantalla.
<Lucinda>: Me excita ser tu enfermera. Por si acaso, me
llevaré una bata blanca en el viaje.
       Y en ese regodeo andaba cuando escuchó el ruido de
la cerradura anunciando el regreso de Fernando.
       -Que tal, ¿has elucubrado sobre nuestra fiebre
amorosa? ¿Tiene o no tiene remedio mi cibernética
enfermedad?.
       -Veo que te sentó bien el paseo. No te preocupes,
tengo otras cosas más importantes en que pensar, porque
tu problema es fácil de solucionar; existen remedios tan
efectivos como los calmantes y más antiguos que las
lavativas. Como primera medida escucharás su voz y verás
su rostro, quizás eso te sosiegue.



                            104
        Respondió Albert mostrándole el programa de video
conferencia activado en la pantalla de su ordenador. No
sólo se lo había instalado, también le creara una cuenta de
conexión con su nick.
        -Deberías ocupar tu asiento, estuve hablando con
Lucía y me dijo que Jane ya había salido para su casa.
        Tras enseñarle en pocos minutos como funcionaba
aquella novedosa herramienta, le dejó solo para que su
conversación tuviese la suficiente intimidad.
        La sonora y visual charla convulsionó de nuevo el
volcán de las pasiones, transformando la desazón en
placidez. Sus miradas alejaron las dudas, el sonido de las
voces deshizo los entuertos y sus risas, ahora visibles,
resguardaron de la tormenta los sentimientos. Entre un
sinfín de lisonjas, disculpas, arrumacos y virtuales caricias,
Jane dispuso de tiempo para poner al día a Fernando con la
noticia sobre la invitación de Albert.
        -No me has dicho nada del viaje, pensé que te
entusiasmaría como a mí.
        -¿Qué viaje?
        -¿No te dijeron nada esos dos?
        -Muchas cosas. Me aconsejaron, me prometieron
ayuda; son nuestros Ángeles de la Guardia.
        Libre al fin del teclado, Fernando se carcajeaba a
gusto y aquella alegría reflejaba su contagio en la imagen
del semblante de Jane.
        -Y tanto que lo son, han organizado un viaje a
Barcelona para este próximo fin de semana, ¿Qué me
dices?.
        -¿Vendréis este fin de semana? ¿En serio?
        Preso del paroxismo, buscaba conformidad en los
ralentizados gestos del femenino rostro proyectados en la
pantalla a cámara lenta e imágenes entrecortadas; leyendo


                             105
la confirmación en sus labios y lanzándose, sin esperar la
llegada del sonido, a un recital de alabanzas que terminó
por sonrojarla.
        -Es mi único deseo desde hace un año; volver a
tenerte entre mis brazos, velar tu sueño, secar con mi
beso esa lágrima de placer que prometí cobijar en tu
pómulo..-
        -Para, niño, no me estimules más; ten por seguro que
iré. Quiero recoger todos esos placeres que me llevas
prometido, pero ahora debo dejarte otra vez, es mejor
tener cuidado estos días, no quiero estropearlo.
        -¡Albeeeert!- vociferó Fernando al poco rato de
finalizar la conexión; se estaba haciendo un lío al intentar
cerrar todas las ventanas desplegadas y superpuestas.
        -¡Vaya por Dios!, seguro que confundí los
ingredientes de mi pócima; en lugar de relajado te
encuentro presa del histerismo.
        -¡Normal, como voy a estar!, vaya sorpresa me acabo
de llevar. A quien se le ocurre no contarme que van a venir
a vernos.
        -Anda, ven a comer algo- respondió Albert
ayudándole a cerrar la video conferencia -me disgustaría
que encontrasen en tu lugar a un huesudo alfeñique.
        Aquellos amantes, henchidos de deleite con las
sensaciones de su particular viaje a Itaca, embadurnaron
de confiada aguarda los siguientes días, bañados en la
aventura de la imaginación y en la quimera de una delirante
y personal “búsqueda de El dorado”. Arrullados en la vigilia
de los enamorados o en el deleite de la espera del galardón
prometido, soñaron despiertos, despabilados por el infantil
frenesí de la víspera del Día de Reyes. Cada una de esas
jornadas se endulzaba con una única y breve conversación
en la que se planeaban placeres, se ofrendaban promesas y


                            106
se saboreaba, en compañía, la agonía de aquellas
privaciones que parecían llegar a su fin.
       Así, distraídos por la inconstante duración de los
caprichosos lapsos de tiempo, abordaron ese viernes que
les aguardaba atracado en los confines del tan ansiado
encuentro. Fernando les propuso abandonar los privados
contactos con cámara web y habilitar los cuatro una nueva
sala de grupo para poder conversar juntos, ultimando
detalles del viaje.
       A los pocos segundos de acceder Albert a aquel
espacio virtual recién creado, surgió en la columna de
usuarios el nick de la amante de su amigo y en el cuadro de
diálogos su habitual saludo cariñoso, al que respondió
presuroso.
<Marcovaldo>: Buenos días, hermosa; ¿estamos solos?.
<Bradamante>: En absoluto. Cuidado con lo que dices
porque tengo a mi lado a la prima y tú eres capaz de
piropearme. Sé de tu condición cameladora y no quiero
problemas. .
<Marcovaldo>: Pues mira, seré sincero. También a mi me
tarda conocerte; a la fuerza debes ser una persona muy
interesante, a tu “novio” no le quita el sentido cualquier
mujer.
<Bradamante>: (Lucía) ¡Serás bandido!  . Estoy por
leer tu primer cumplido hacia mí desde que te conozco y ya
estás lisonjeando a Jane. Anda, dile a Fernando que entre
de una vez o acabaré sacándote las uñas .
       -¡Jefe!, dicen que entres, nos necesitan a los dos-
vociferó en exceso Albert a su amigo, situado a escasos
metros de su silla.
       Pero, en lugar de añadirse a aquella exigua lista de
participantes el pseudónimo de “Gurdulú”, apareció un
desconocido personaje con el nombre de “Ceferino-C”.


                           107
<Bradamante>: Vaya se nos coló un invitado.
<Ceferino-C>: Hola gente, soy yo, es que no me dejaba
entrar con mi nick; desde que lo registré con clave me da
problemas.
<Marcovaldo>:      ¿Y   ese     nombre?      Vaya   elección
extravagante.
<Ceferino-C>: Es Ceferino Carrión ¿Nunca oíste hablar de
él?
<Marcovaldo>: Había un Ceferino en la aldea donde
veraneaba de pequeño  No recuerdo su apellido pero no
creo que hablemos del mismo, no era un personaje tan
importante como para recordarlo tú.
<Ceferino-C>: Fijo, del que yo hablo si lo era. ¿Tampoco
conoces a Jean León?.
<Marcovaldo>: Ahh!, a ese sí; bueno..., tampoco; conozco un
excelente vino, un “merlot tinto” que lleva ese nombre.
<Bradamante>: Yo si oí hablar de él, un importante
bodeguero del Penedès.
<Ceferino-C>: Mira que lista es tu amiga.
<Marcovaldo>: Pero, ¿Qué relación hay entre Jean León y
tu nick?.
<Ceferino-C>: Es una larga historia que me oí al dueño de
una cervecería de Barcelona donde solía cobijarme cuando
era estudiante.
<Marcovaldo>: ¿El tabernero de los domingos? ¿El
alemán?... Mejor dicho, el extravagante catalán
descastado.
<Ceferino-C>: Sí; según contaba, compartía con el
personaje de mi nick, pasados afines y con cierto común
desarraigo.
<Bradamante>: (Lucía) Vaya, parece interesante; sigue.




                            108
<Ceferino Carrión>: Os lo contaré a todos cuando os invite
a un suculento almuerzo mañana. Ahora tenemos cosas más
importantes de que hablar.
<Bradamante> (Lucía): Cierto, tengo que volver pronto a
casa.
       En el transcurso de aquella conversación ultimaron
cada detalle del proyectado encuentro que tendría lugar al
día siguiente; los horarios de llegada, las coartadas, el plan
de actividades e incluso la ropa que llevarían para poder
reconocerse fácilmente.




                             109
                         Capítulo 6

        No hacía mucho tiempo que el reloj del aeropuerto
anunciara el mediodía, cuando por fin se abrieron las
puertas mecánicas en la sala de desembarcos y surgieron
sus figuras equipadas con dos ligeros bolsos de viaje. Jane
fue la primera en cruzar la roja línea divisoria pintada en el
suelo; sus delicados zapatos de tacón semejaban tener la
fragilidad del cristal y sus piernas, largamente afloradas
por la exigüidad de su vestido, hicieron honor a las
descripciones de Fernando. Lucía la seguía casi a la par,
mostrando una graciosa miopía mientras les buscaba con la
mirada; Albert no pudo evitar la tentación de compararla
con la amante de su amigo. Su cuerpo no alcanzaba las
perfecciones de Jane ni ostentaba su descarada juventud;
pero, con todo, estaba mucho mejor de lo que a él le había
parecido en las fotos y su rostro, de hermosas facciones,
poseía aquel profundo atractivo que creyera descubrir
durante las video conferencias; una emulsión entre la
sosegada lozanía de la madurez y su seductora sonrisa.
        Engorrosas e innecesarias auto presentaciones y los
lógicos abrazos de recibimiento, les enredaron lo
imprescindible en El Prat. En el aparcamiento recogieron el
vehículo de alquiler, un cuidado utilitario con olor a limpio
en el que se dirigieron a casa rompiendo hielos y miedos
con las primeras risas. Las dos mujeres tenían casi tantas
ganas de ver el alabado piso, como Albert de enseñárselo y
escuchar la retahíla de piropos que ambas le profirieron.
Durante el paseo guiado, organizado para mostrar las
curiosidades de cada dependencia, Fernando ensayaba
intencionados extravíos con su ansiada amante, dando lugar
a algún que otro apasionado beso estraperleados en


                             111
escondidos rincones. Lucía, por su parte, también
aprovechó los momentos de intimidad para intercambiar
con su amigo sugestivos vis a vis.
       Sin tiempo para mucho más, y con el apetito abierto
por aquel aperitivo, se fueron al restaurante donde Albert
había encargado una romántica mesa en el rincón más
acogedor del fuliginoso comedor.
       Jane miraba con ensimismado embelesamiento a
Fernando, quien matizaba con el camarero la elección del
menú, y escuchaba atentamente las aclaraciones sobre la
temperatura del vino escogido. Albert no pudo evitar una
leve sonrisa en la comisura de sus labios al sorprenderla en
tan particular éxtasis; fue un mohín acompañado del guiño
de una pícara mirada, que sonrojaron ligeramente a la joven
y la hicieron enrabiarse cariñosamente ante la osadía del
celestino. Con inconfundible gracia, posiblemente legada
por su ascendencia española, interrumpió la disimulada
mojiganga de Albert.
       -Estoy esperando que me cuente la aparcada
historia del tal Ceferino; por eso lo miro tanto.
       Tras el tácito asentimiento del resto de comensales,
y alternando su relato con sabrosos bocados de suculentos
productos de mar o estimulantes degluciones de destilados
caldos, Fernando les habló del desdén mutuo existente,
desde siempre, entre él y los domingos; también mencionó
sus jornadas de clausura, las clandestinas huídas a aquel
escenario germano convertido en cervecería y al
entrañable Kart, sus narcotizantes conversaciones…
       Al hacerlo, su voz se inundaba en la dulce cadencia
de los recuerdos, las miradas se daban la mano y la mesa
levitaba bajo el impulso del éter emanado por las
excelentes vibraciones que rezumaban sobre el mantel. Fue
una sucesión de entrañables y curiosas historias que


                            112
parecía no tener fin, tan extensa como el número de
domingos incluidos en una licenciatura.
       -Un día me dijo, “El hombre que más admiro en el
mundo es Jean León, yo podría ser tan importante como él,
pero la suerte me dio la espalda en el último momento”.
Claro… mi pregunta fue la misma que la vuestra, con el
agravante de que por entonces yo ni siquiera había oído
hablar de ese Merlot tinto, ni tampoco de sus bodegas; el
presupuesto de estudiante no daba para Chardonnay o
Cabernets y me conformaba con caldos nacionales más
humildes. Entre bocados y tragos de pintas me contó la
historia de ese personaje y la suya propia, ambas similares
durante gran parte de sus vidas. Tanto el uno como el otro
se habían visto obligados a emigrar en épocas en las que
corrían malos tiempos; Jean León, cántabro de nacimiento,
comenzó sus periplos recién iniciada la década de los años
cuarenta, cuando el incendio de Santander. Carlos lo había
hecho nueve años antes, con motivo de la segunda república
española; huérfano de padre promonárquico desde hacía
poco más de un año y apenas unos meses después del exilio
del rey Alfonso XIII, él y lo que quedaba de su burguesa
familia habían decidido un prudente cambio de aires. Los
dos llegaron a ser       personas ilegales o clandestinos
forzados a abandonar un país convertidos en “sin papeles”;
Jean embarcó de polizón en un puerto francés rumbo a los
Estados Unidos y mi amigo se refugió en la incipiente
Alemania Nazi. También uno y otro se beneficiaron con una
guerra, León con la de Corea que le ayudó a conseguir la
nacionalidad norteamericana y Carlos con los preámbulos
del estallido de la segunda guerra mundial.
       El relato parecía alcanzar el punto esperado por los
tres oyentes y aquél entusiasmado orador tomó un respiro
disimulado en un trago de vino antes de proseguir.


                           113
       -Pero la interminable relación de coincidencias
parecía no tener fin en los labios del dolido tabernero y
llegó a descubrirme los contactos que ambos habían
mantenido con gente del hampa. Del santanderino decía que
lo había hecho cuando trabajó para Frank Sinatra y para
Joe di Maggio; en cuanto a él nunca me ocultó que
sobrevivió e hizo fortuna con las bandas de
contrabandistas existentes en Alemania antes, durante y
después de la gran guerra.
       -Sigo sin ver la relación entre esos hombres y el
personaje de tu nick, el tal Ceferino-C- interrumpió Lucía.
       -Es que otra de sus características comunes, aunque
de esa mi amigo no solía hablar, era que los dos se habían
cambiado el nombre. El cántabro, que desde su nacimiento
se llamaba Ceferino Carrión, se inscribió como Jean León
cuando adquirió la nacionalidad americana y Carlos, el joven
de Sabadell, se rebautizó como Kart.
       Fernando se recreó durante unos segundos en la
cara de sorpresa de sus acompañantes, vació el contenido
de la copa con un nuevo sorbo y continuó.
       -De lo que si se vanagloriaba y donde más énfasis
ponía al intentar equipararse con el conocido viticultor,
además de la gran fortuna que lograron obtener partiendo
de cero, era de toda la gente importante con quien llegaron
alternar. En otra ocasión me comentó: “imagínate; un
Santanderino muerto de hambre y un huérfano de
Sabadell, codeándose con los políticos y personajes más
famosos de aquel entonces”. De Ceferino contaba que llegó
a tratar con las estrellas más populares; Natalie Wood,
Grace Kelly, Lana Turner, Judy Garland, Debbie Reynolds y
un sinfín de actores fueron asiduos clientes del
restaurante Scala que montó con su amigo James Dean en
Beverly Hills. Pero no se quedaba más corto al enumerar la


                            114
lista de artistas que habían desfilado por los diversos
lugares donde había trabajado de empleado o que llegara a
regentar, ya fuese como dueño, socio o encargado.
        -Porque, no os lo perdáis- recalcó en un innecesario
afán de mantener la audiencia -mi amigo afirmaba haber
iniciado sus periplos en locales tan importantes como el
café “Románico” o el cabaret “Eldorado”, justo antes de
que éste fuese clausurado, y presumía especialmente de
dos que habían sido de su propiedad. Uno era               el
“Criselefantinas”; un nightclub estrecho y oscuro, donde se
citaba un público divertido, desinhibido y promiscuo,
compuesto      esencialmente    por    mujeres     lesbianas,
travestidos y los artistas más provocadores del momento.
El otro, que constituyó su último negocio berlinés, se
llamaba irónicamente “Zelle” (celda) y fue, posiblemente,
uno de los más rezagados cabaret-clandestinos de la época
nazi. Estaba ubicado en un keller, un sótano igual a los
destinados a guarda de carbón o a la sazón también como
refugio de bombardeos, al que se accedía por unas
escaleras tras franquear tres portales y donde se
mezclaba la peor calaña de la ciudad con escritores,
revolucionarios políticos e intelectuales opositores al
régimen fascista.
        -Pues bien; aseguraba que durante toda esta etapa
mercantil entablara contacto con artistas como Claire
Waldoff, su amante Olga Von Roedor o la propia Marlene
Dietrich, un sinfín de escritores entre los que citaba a
Kästner, Bertolt Brecht o Kurt Weill, el compositor de
canciones de cabaret y revistas teatrales Friedrich
Holländer, o su tocayo y famoso cómico Karl Valentin. Pero
sucedía lo mismo cuando citaba a las personalidades
políticas que ambos habían conocido y solía afirmar: “tan
cierto es que Ceferino Carrión dio de comer y degustó sus


                            115
vinos con cinco presidentes de los Estados Unidos, como
que yo compartí conversación en las mesas de mis negocios
con el mariscal German Goering, con el jefe de la RSHA,
Ernst Kaltenbrunner, y con un montón de compinches suyos
como Alfred Rosenberg, Walter Funk o el propio Rudolf
Hess”.
       -Pero… ¿Sabes si todo eso es cierto?- preguntó
Albert.
        -Sí, claro. Luego de que me lo contase, me sentí
intrigado, investigué e incluso leí algún artículo sobre Jean
León; eso y todavía más, su vida es una auténtica novela.
        -¿Y la de tu amigo? ¿Indagaste en su historia?-
inquirió de nuevo con cierto retintín.
        -¿Porqué iba a hacerlo?- respondió contrariado
Fernando -Podía haberse confundido al narrar las andanzas
de su pretendido “gemelo”, pero es imposible que se
equivocara al contar las suyas propias.
        -¿Qué le sucedió entonces a Karl para acabar
regentando una cervecería a pesar de haber hecho tanta
fortuna?- Intervino Jane.
        -Buena pregunta-, contestó Fernando tras solicitar
la cuenta al camarero -Esa es la última coincidencia entre
dos almas parejas, la irrupción de una gran mujer en sus
vidas que, en el caso de mi amigo, provocó su
desmoronamiento. De Joan León se afirma que fue la última
persona que visitó a Marilyn Monroe el día de su
fallecimiento y eso, creo yo, debe marcar un antes y un
después en la existencia de un hombre. Esa noche le llevó la
cena de su restaurante y seguramente también fue el único
que podría haber respondido a la tan cuestionada pregunta
de si estuvo sola en aquellos instantes o acompañada. Por
su parte la historia de Karl sufrió una complicación cuando
Ferdinand Zuchgarn se cruzó en su camino. El tal Ferdinand


                            116
era un “schmuggler” capaz de traficar hasta con los
moradores de los “ghettos”; un contrabandista
acostumbrado desde siempre a una vida de riesgo y
aventura, que ya se dedicaba al comercio de objetos
robados antes del régimen nazi e hizo su particular agosto
negociando ilegalmente con los prisioneros de algunos
“lagers” y asociándose con otros especuladores judíos sin
escrúpulos, que abrieron restaurantes y confiterías de lujo
en ciertos “ghettos”. A él se le atribuía uno de los lemas
coreados asiduamente en esos desacordes y descomedidos
locales: “come, bebe, se feliz; porque mañana moriremos”.
       -Pues bien- continuó -Una noche de clandestino
desenfreno apareció por el “Zelle” ese sórdido personaje a
quien Kart conocía sobradamente. Venía acompañado de su
nueva novia, la bellísima e incipiente artista de cabaret
Helga Von Bornfeld, que intentaba abrirse camino en
aquellos difíciles tiempos para ese género artístico, con la
ayuda de su influyente pareja. Un cruce de miradas, dos o
tres gestos de acordada connivencia y el contenido
nerviosismo reflejado en el rostro de aquel hombre,
indicaron a Kart la necesidad de concederle una entrevista
en el local habilitado para almacén. En realidad, según
contaba mi amigo mesonero, se trataba de un cuarto anexo
cuyo destino distaba mucho de limitarse únicamente a
guardar la intendencia del bar; ciertamente la mercancía
permanecía acopiada en las estanterías que forraban sus
paredes, pero al final la estancia se ensanchaba hasta
convertirse en un amplio vestíbulo donde destacaban, por
su desentono, un sofá, una mesa con cinco sillas ubicada en
un rincón bajo la tenue luz de una lámpara y unas cortinas,
tras las que se ocultaba un camastro. Allí tenían lugar, de
cuando en vez, secretas reuniones, encuentros amorosos,
partidas de póquer e, incluso, escenas de venta y


                            117
transformación de sustancias estupefacientes que Kart
fingía ignorar.
        -¿Y que sucedió?- demandó intrigada Lucía.
        -Me contó que unos amigos de Ferdinand habían sido
apresados por la GESTAPO y, por ello, el contrabandista
necesitaba desaparecer de la escena pública una
temporada. Le entregó una importante suma de dinero y le
confió el cuidado de su hermosa novia durante su ausencia.
A partir de ese instante la fortuna pareció sonreírle
incluso más de lo que lo había hecho durante los últimos
años, sorprendiéndole con un cegador fogonazo y
haciéndole vivir los momentos más felices de su vida. Los
dos enamorados se dejaron llevar por un intenso
apasionamiento, sin respetar las mínimas normas de la
confidencialidad, hasta que aquel romance destrozó por
completo sus vidas. Porque a partir de ese resplandeciente
destello de ventura, la suerte se desvaneció; de la joven
nunca consiguió saber nada más y él, acabó por volverse a
España con el alma hundida, un montón de huesos rotos, una
larga lista de enemigos y el poco dinero que pudo salvar en
el último momento.
        El camarero recogía ya las últimas mesas, la
estancia en aquel local no daba para más y la calle, llena de
luz, no era el escenario idóneo para el siguiente paso de
aquel ensayado encuentro. Decidieron entonces volver al
piso de Albert.
        Allí, una pareja antes y la otra después, se fueron
dejando llevar por el contenido apasionamiento para acabar
retozando en sus respectivos aposentos.
        El día declinaba en vespertino crepúsculo y las finas
cortinas de la ventana se bastaban para procurar la
opacidad del amplio cuarto. La llama de un encendedor de
gas, irrumpió en la penumbra espabilando las sombras


                            118
reflejadas en la pared. Albert cerró los párpados y
permaneció unos segundos en silencio, intentaba reconocer
los debilitados sonidos musicales que procedían de la sala.
Notó en sus labios el suave roce de los dedos de Lucía y
aspiró    profundamente     la   bocanada     del   cigarro,
conteniéndola ansiosamente en sus pulmones, al igual que
retenía en su cerebro los placenteros instantes
disfrutados. Luego abrió los ojos, exhaló el humo y la miró;
ella llevaba un buen rato haciéndolo, entretenida con los
pelos de su pecho, hurgando con los dedos para cardar la
abundante pelambrera.
        -¿Sabes que no estás nada mal?, me pregunto cual
será tu gran defecto.
        Lo soltó de pronto, con aquella voz suave y dulce,
arrullando el silencio de la habitación y provocando el
desconcierto en la cara de su amante.
        -Sí, alguna tara tendrás que tener, ¿no?. No es
normal encontrarse a un hombre como tú en tan firme
estado de soltería. Seguramente has conocido a un gran
número de mujeres y muchas de ellas firmarían por
acompañarte al altar. Déjame adivinar..., ya se, te entra
pánico al pensar en pernoctar dos noches con la misma
persona. ¿Fue por eso que cerraste antes los ojos?
        Albert trazaba aros de humo con la última calada
del cigarro y los lanzaba hacia los haces de luz, que
interceptaban la oscuridad con radiantes autopistas por
donde deambulaban millones de partículas de polvo.
Llevaban casi cuatro horas haciendo el amor en aquella
cama; contabilizó mentalmente las veces que habían
realizado el coito e, incorporándose ligeramente sobre su
antebrazo, adoptó una postura que le situaba en un plano
superior al de Lucía.



                            119
        -Cerré los ojos para degustar mejor el momento- le
respondió entretenido ahora en acariciar la areola de sus
dilatados pezones -Tampoco soy un soltero de oro sino un
divorciado que fracasó en su intento de maridaje. Quien
sabe, quizás haya algo de verdad en tus afirmaciones sobre
mi miedo al emparejamiento.
        -En cualquier caso…- continuó luego de borrar con
una caricia de su dedo la mueca de reproche esbozada por
Lucía -eres lo suficientemente atractiva como para haber
conseguido que, a mi edad, haya logrado batir un record en
mi vida.
        -¡No me digas que te ayudé a superar una marca
personal- susurró con un mohín de burla y complacencia por
el halago -¿Y que tipo de record fue?.
        -De     duchas.    Las    he    contabilizado   antes
mentalmente, nunca había visitado cinco veces el cuarto de
baño en una tarde libidinosa; pero si para ti eso es una
nimiedad…- dijo abalanzándose sobre ella y besándola en el
cuello -tendré que esmerarme.
        -¡Detente     abducidor     humano!-    gruñó    Lucía
librándose del mordisco -tampoco yo había disfrutado
nunca de una tarde tan apasionada. Quédate ahí quietito,
sin ponerte grande; me gusta que me aplastes los pechos y
me mimes.
        Luego enmudeció; dentro de la vivienda alguien
abriera una puerta y, ahora, también percibía ella la música
procedente de la sala. Era una pegadiza salsa caribeña que
acabó contagiándoles y haciéndoles bailar sobre el lecho
una, casi imperceptible, danza del vientre.
        -¡Vaya!, esos dos también finiquitaron su desahogo-
ronroneó la exhausta amante.
        -Sí, les oigo trajinar por la casa desde hace tiempo,
será mejor que nos levantemos; tengo hambre- Albert se


                             120
sentó con un impulso en el borde de la cama, propinó un
destemplado mordisco en una de aquellas atractivas y
desnudas nalgas, sacó dos nuevas toallas del armario y
tomó del perchero uno de los albornoces.
       Una vez aseados, Fernando propuso a su amigo
elaborar una reconfortante cena y se enfrascaron en un
atareado faenar de cocina que, además, concedió a las dos
mujeres la intimidad necesaria para sus suculentos
comentarios.
       Ellos también indagaron sobre el desarrollo de sus
respectivas aventuras sexuales, pero circunscribiendo las
preguntas a la mera confirmación del éxito; como
corresponde a las timoratas limitaciones de las normas de
caballería.
       Una breve visita a la Barcelona nocturna, realizada
antes de volver a sus lechos, y el paseo de la mañana
siguiente, constituyeron todo el tiempo dedicado al
turismo. El resto de aquellas casi cuarenta horas de fin de
semana se diluyeron a vertiginosa velocidad entre
complacencias, ayes de placer y dulces resacas de
copulaciones.
       Así llegó el momento de la despedida, con sus besos
y emociones, sus promesas y propósitos, la languidez de los
ojos de Jane y la perturbadora esquivez en la mirada de
Fernando. Aquel adiós no sucedió ni antes ni después de
cuando debiera ocurrir; pues, de durar menos tiempo el
encuentro, habría colaborado en el acrecentamiento del
engañoso romance y, una mayor tardanza en la separación,
abocaría a la zozobra la entereza de un ya desengañado
amante.




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                                   Capítulo 7

        Albert se percatara de la turbación experimentada por su amigo durante
esas últimas horas compartidas con aquella mujer; es más, la repentina desilusión
encuadraba perfectamente en lo que había denominado como “Súbita Mengua del
Platónico Virtual”. Un síntoma, según él, “producto de los encuentros
transformadores de ideales en frustraciones”; pero que se agravaba, en este caso,
por ser un desencanto hacia uno mismo, convirtiéndose en “una serie de
defecaciones de inapetencias, posteriores al hartazgo de antojos”.
        Y, al margen de la patética pomposidad en sus científicas deducciones, el
psicólogo no estaba muy descaminado. Fernando sentía ahora la sensación de quien
se sorprende a si mismo cometiendo una estupidez. Necesitaba dudar de aquella
faceta personal que se había dejado llevar por un estímulo tan poco meditado;
deseaba escuchar que, durante aquellos días, fuera poseído por otro ser, un ente
capaz de manifestar los más elevados sentimientos de amor y de declarar sus
pasiones a alguien a quien ahora él ni amaba ni siquiera deseaba.
        Pero, al contrario de lo sucedido en la fase de conquista, Albert no pudo
ofrecer ningún remedio a su amigo cuando éste le contó sus cuitas; sabía
perfectamente que sólo el tiempo podría aplacar esa sensación de desasosiego y
entendía que, tras aquella historia, apenas quedarían unas cuantas cicatrices
morales; muchas o pocas, dependiendo de lo sosegada o convulsiva que fuese la
convalecencia.
        Se limitó entonces a observar como evolucionaba el paciente durante los
siguientes días. Le veía resurgir brevemente de entre la pena, en un continuo ir y
devenir de remordimientos perdidos en los senderos de una mente desconcertada;
le suponía intentando adormecer desprecios propios y buscando retazos de su
pretendida personalidad, tratando de taponar las vías de tristeza que se sucedían
en su alma, anegándola.
        Pero también sabía que al tiempo es preciso ayudarle y arroparlo con
acciones o remiendos; los cuales, aún siendo a veces meros placebos, generan en
nuestro interior estímulos y defensas de efectos curativos. Y eso Fernando no lo
hacía; por el contrario huía de su desconcierto esquivando las verdades y, lejos de
reconocer sus errores, tomaba el asunto como un juego, adoptando una postura
pueril. Casi una semana después del amoroso encuentro, continuaba sin afrontar la
realidad y todavía ocultaba sus verdaderos sentimientos a Jane, esquivando las
preguntas tras banales conversaciones e, incluso, eludiendo los contactos con
ausencias inventadas. Pero, no contento con ello, entraba en nuevas salas con otros
pseudónimos y disimulaba su herida engatusando a mujeres poseídas por la misma
ilusión que antes le había engañado a él.
        No tardaron, pues, en aparecer los primeros reproches de Albert; eran
requerimientos con aires de apremio o preguntas ligeramente insidiosas que
despertaban la sedada conciencia de Fernando, irritándolo sobremanera.




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        -Oye, hablé con Jane y la encontré dolida, desorientada; te nota extraño
desde el viaje a Barcelona, ya no le pareces el mismo. ¿No le has dicho nada
durante todos estos días?. Deberías meditar seriamente sobre tu forma de actuar.
        -No veo porque no puedo jugar a la patraña, en un reino donde la mentira y
el espejismo constituyen los pilares de una pseudo realidad. Además no te hagas el
santo, todos tenemos pecaditos…
        -Noto cierto resentimiento en esas palabras, querido compañero, y a nadie
puedes culpar de tus problemas.
        Conversaciones como ésa, les fueron induciendo a pequeños enfrentamientos
que crispaban los ánimos de uno y hurgaban lastimosamente en las heridas del otro.
Poco a poco el ambiente se fue caldeando, la convivencia rozaba la incomodidad y
Albert, molesto, decidió dar un paso más en su particular batalla.
        Era la tarde de un jueves, para los romanos el día de Júpiter, dios de la luz,
y para festejarlo el psicólogo decidió abrir los ojos de su amigo.
        Fernando charlataneaba, en la sala “encuentros” del nuevo canal que había
elegido para sus recientes andanzas, con un pequeño grupo de habituales; entre
aquellos conversadores estaba una de sus últimas conquistas con quien, a buen
seguro, estaba sosteniendo un engatusador privado.
        Utilizó un nuevo nick “Roncesvalles”, sabiéndose desconocido en aquel local
virtual, e inició su participación con un saludo anodino y una falsa presentación que,
como esperaba, su amigo ignoró fingiendo no conocerle. Durante un desesperante
intervalo de tiempo, Albert hubo de participar en intercambios de aburridas
frases que parecían buscar desesperadamente un hilo de sustancial conversación
donde engarzarse. Aguardaba pacientemente a que aquel personaje, un desconocido
Fernando oculto bajo el pseudónimo de “PacoLino”, se dejase llevar por el
endiosamiento y le abriese un flanco de debilidad; una brecha anímica donde
clavarle su afilada acometida. Poco a poco aquellas náufragas locuciones se fueron
asiendo al enésimo bote salvavidas ofrecido por alguien como tema de disertación y
se enzarzaron, en estéril discusión, entorno al tema de la emigración; con tal
fortuna que uno de los presentes manifestó opiniones de marcado matiz xenófobo.
Entonces intervino su amigo, envalentonado con el anonimato, erguido sobre una
ingeniada fanfarronería e impulsado por el ansia de exhibirse ante aquella mujer
que apenas intervenía en la discusión, quizás consciente de sus pocas luces.
<PacoLino>: ¡Vaya! Tenemos entre nosotros a un puerco racista que no sé si tan
siquiera merece nuestra atención.
<J-Zeta>: ¡Oye! Sin faltar, sólo digo que para mí no tienen los mismos derechos
los inmigrantes que mis hijos. Además, cada uno tiene su país.
<PacoLino>: Tú, por hablar así, perdiste todos los derechos que pudieses tener
sobre cualquier tierra; eres un pobre imbécil y sólo mereces desprecio.
<Roncesvalles>: Pacolino, perdona mi intromisión pero quizás estés siendo más
borde tú que él.
<PacoLino>: No me digas que compartes sus ideas, no me lo creo. Si tienes algo
contra mí me lo dices en privado, pero no lleves esta conversación hacia lo personal.




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 <Roncesvalles>: Las ideas de J-Z me parecen una estupidez, pero podría
enfrentarme a cualquiera para defender su derecho a manifestarlas; estamos en
Internet y, paradójicamente, la red es libre.
<PacoLino>: Vaya!, bonita frase, espero que no sea una amenaza.
<Roncesvalles>: No; es un reproche, porque me parece tan intolerante tu opinión
como desafortunada su afirmación. Deberías levantar esa pantalla de petulancia y
mirar que se esconde bajo ella.
<PacoLino>: ¡No hay duda! Tienes ganas de lío; creo que voy a pasar de tu sermón,
no me tienta nada escucharte.
<Roncesvalles>: ¿No te apetece o necesitas esconder los baches de tu integridad
bajo el ala?
<Delirio>: Oye, deja en paz a mi amigo, no le conoces de nada, ¿Cómo te atreves a
juzgarle?.
<Roncesvalles>: Conozco lo suficiente a ese personaje para saber que nació de la
resaca de un mal despertar; que esconde su desazón bajo una espesa niebla de
mentiras, te oculta con insensata alevosía lo que ocurrirá cuando amanezcas a su
lado tras la primera copulación y huye de una obligación con la cobardía encerrada
en el bolsillo de su desorientada alma. Siento defraudarte; pero ese ser inventado,
cuya única realidad es el pseudónimo, te está utilizando como palanca para vadear
un río y acabar cayendo en la cenagosa orilla de la miseria, despreciando las más
elementales reglas del compañerismo.
       -¿Me estás hablando de amistad?- protestó Fernando abandonando su
puesto virtual y encarándose realmente con su amigo -¡Me estás hablando de
amistad y te enfrentas a mi, poniéndome en evidencia para proteger a gente que
apenas conoces a través de un ordenador! ¿Acaso ellos son más allegados que yo?
       Albert sabía que la irritación de Fernando estaba a punto de crear un serio
enfrentamiento y decidió apaciguar la discusión -¡Vamos! Sabes de sobra que a
nosotros dos nos une algo más, lo nuestro sobrepasa esa camaradería de taberna
que mantengo con todos ellos.
       -Pues por un momento me pareció percibir otra cosa. Mejor me hago de tu
pandilla cibernética o acabaré celándome.
       Respondió el biólogo, aportando su grano de arena al intento de distensión, y
añadió con voz apesadumbrada.
       -¡Joder! Estos días he estado maldiciendo a la providencia por hacerme
soñar con algo imaginario, por abocarme a la persecución de un rayo de luna. Tienes
razón, estaba equivocado; no fue el destino quien me arrastró a este laberinto de
sensaciones, sino este engañoso y enmarañado medio de comunicación que me jugó
una mala pasada.
       -¿Sabes?- dijo Albert en tono sosegado -Siempre he creído que todo cuanto
eres, y también tus fracasos, se forjaron en su mayor parte por la casualidad; tus
aventuras, amores, profesión e incluso tus padres e hijos. Pero sobre todo ello, las
amistades son auténticas marionetas a merced de cualquier situación; porque los
amigos dependen de tu lugar de residencia, del colegio o la universidad donde
estudias, de un paseo con el perro, del trabajo, del bar que frecuentes, de los
conocidos de tus próximos o de cualquier otra contingencia. Y el chat no es otra



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cosa que una autopista abierta al destino; un puente de plata entre la vida y los
sueños, por el que se cuelan todas las oportunidades del acaso. Historias con triste
final y otras que nunca debieran acabarse, las atractivas y las desdeñables, las de
quienes buscan y las de aquellos que tropiezan sin querer. Por eso es normal que de
él, además de desengaños, agravios, entuertos o banalidades, surjan amistades tan
profundas o duraderas como las nacidas en cualquier otra cuna de relaciones y,
también es de creer, que encuentres atractivos tan fiables como los de primera
vista e, incluso, más deslumbrantes que su propia realidad.




        Con aquella conversación, alargada hasta la madrugada, finalizó la aventura
de Fernando con el chateo informático. Al día siguiente hizo de tripas corazón y
contó a Jane, entre lágrimas de arrepentido reo, el repentino desamor que le
invadiera tras su fugaz encuentro de fin de semana. Luego soportó el incómodo
trago de desengañar, sin herir, a su nueva amante cibernética y se despidió, con un
profundo alivio, de toda aquella parafernalia de teclados y pantallas.
        Por su parte, Albert tomó una decisión mientras se separaba, con un
caluroso hasta siempre de su compañero del alma. Tras cerrar la puerta apagó
todos los equipos y abrió las ventanas de la sala; era importante que entrase la
brisa y la luz del día.
        -Ocuparé cuanto resta de semana en despedirme de los más allegados- le
dolía romper con algunos de ellos, en especial Lucía, pero pensó que podrían
continuar manteniendo correspondencia -Después limpiaré los discos duros de
cualquier información o dato relacionado con el Chat; ¡las cookies!, las borraré, y el
historial de páginas visitadas también. ¡Es verdad! Los spyware, o como se llamen
esos programas furtivos, me dijo el informático que dejaba instalado un programa
para escanearlos y destruirlos. El menú desplegable de favoritos, tendré que
investigar como se elimina…
         Una vez desconectado definitivamente de aquella fiebre, guardaría todas
sus anotaciones en el minúsculo disco USB, regalo de su hermana, y mandaría
recoger todo el material informático para devolver su estatus al coqueto rincón de
la sala. Lo había decidido de pronto; disponía de material y vivencias suficientes
para escribir un tratado sobre el Chat. También necesitaba volver urgentemente al
viejo mundo, al tangible, al menos ilusorio de los dos; pero, sobre todo, acaba de
vislumbrar la conclusión final de su estudio, los párrafos que podían constituir el
corolario de su trabajo.
        Utilizando, a la vieja usanza, bolígrafo y papel, escribió:

      «Es tal el desprecio de este nuevo medio de comunicación hacia las
dimensiones espacio-temporales, que el alma se siente enervada por las ausencias y
desnuda, en su pudor, ante la inmediatez de atrevidos pensamientos plasmados
temerariamente en un archivo de la carpeta “mensajes enviados”.




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        Por un lado, parece pues inevitable que esas atractivas desvergüenzas
conviertan al Chat en la nueva y multitudinaria forma de comunicación. Por otro,
considero que todavía deberá pasar alguna década antes de poder ver como la
mente y el corazón humano logran adaptar, de forma natural y acompasada, sus
sentimientos y sensaciones al ritmo del novedoso ambiente informático.
        Mientras tanto, y quizás aún después de tal adaptación, ese arbitrario
acercamiento de distancias o alejamiento de presencias y el descrédito hacia
cualquier condicionante de temporalidad, provocan que se intercambien intimidades
y se profundice en las relaciones, con un vigor y una rapidez insostenibles fuera
del mundo virtual.
        Decidir si es buena o mala esa dislocación entre la premura e intensidad de
las relaciones cibernéticas y la lentitud o moderación de las paralelas e inevitables
realidades, no me concierne a mí.
        Adoptar medidas favorecedoras o cometer el error de intentar frenar su
avance, tampoco.
        Yo sólo digo, emulando a Galileo, “eppur si muove”».




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