BAJO LAS BOMBAS Crónicas de la invasión a Irak

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					     BAJO LAS BOMBAS
Crónicas de la invasión a Irak




         Gustavo Sierra
        Corresponsal de Clarín
Capítulo 1
NOS DIERON...
EL ATAQUE AL PALESTINE

Esta vez, era con nosotros. Las bombas habían caído a dos kilómetros, mil metros, trescientos met-
ros. Ahora, era sobre nuestra cabeza.
El golpe me tiró contra la pared del pasillo. Comencé a escuchar gritos. Nos habían dado.
Los corresponsales de guerra estamos preparados para ver el paso de la muerte a nuestro al-
rededor. La muerte de ellos, de las víctimas. De los otros. Estamos acostumbrados a hablar de
las madres y los niños alcanzados por la explosión. Conocemos de sobra lo que es una matanza
de civiles. Las podemos describir con el horror en el estómago, con enorme angustia. Pero unas
horas más tarde otra historia surge, y luego otra más, y la angustia pasa. Un poco de alcohol, unos
amigos, algunos días en alguna capital europea, el beso de tu mujer, el abrazo de tus hijos, y el
espanto se adormece. O por lo menos se disuelve en el cuerpo.
Sin embargo, no estamos preparados para soportar nuestra propia muerte, la de los amigos, la
del compinche, la del compañero. La caída de uno de los nuestros puede ser la antesala de nues-
tra propia caída. Si “se la dieron al de al lado”, ¿por qué no “me la van a dar a mí”? Entonces la
muerte te pisa los talones. Está ahí. Se pasea entre nosotros y nos recuerda que ninguno está
exento de ser atrapado por ella.
Cuando los periodistas decidimos cubrir una guerra sabemos el riesgo que implica. Sabemos que
podríamos regresar en una bolsa de plástico. Les mentimos a nuestras mujeres y a nuestros hijos.
Les decimos que está todo bien, que no pasa nada, que no crean en todo lo que leen, escuchan
o ven en la pantalla del televisor. Les decimos a nuestros editores que tenemos grandes planes de
evacuación, que estamos protegidos por todas las fuerzas en conflicto, que el Nuncio Apostólico
nos prometió refugio y hasta hacernos beatos en la próxima repartija de santidad del Papa. Les
mentimos y nos mentimos. Y en el fondo, dentro de cada uno de nosotros, en nuestras entrañas,
llevamos la firme convicción de que no nos va a pasar nada. Si realmente pensáramos que podría-
mos morir, no estaríamos ahí. O estaríamos inmovilizados, con ese miedo que espanta y que te
pega al piso. Pude ver a compañeros tan asustados que se sentaban en un sillón y no se movían
de ahí en todo el día, como si las bombas tuvieran un selector particular para no caer en ese medio
metro cuadrado que eligieron para refugiarse hasta que puedan ser evacuados. Los otros, la may-
oría, estamos seguros de que no nos va a pasar nada. Nos sentimos como una especie de “ninja”
que se predispone psicológicamente para vencer. Nosotros vamos a vivir para contarla.

La mañana del 8 de abril de 2003 en que el cañón de un tanque Abrams de la Tercera División del
Ejército de Estados Unidos apuntó hacia el hotel Palestine de Bagdad, se rompió el paraguas pro-
tector que hasta ese momento creíamos tener los doscientos o más periodistas de todo el mundo
que nos habíamos quedado para contar el horror de la invasión a Irak. En ese momento todos
fuimos vulnerables. Los que se habían quedado inmovilizados en el sillón y los que nos creíamos
invencibles. En ese segundo todos fuimos mortales.
Esa mañana tuvimos la primera aproximación de los marines estadounidenses. Hacía ya tres días
que las fuerzas del ejército de ocupación se encontraban en las puertas de Bagdad. El día anterior,
una columna de tanques había entrado hasta el corazón mismo de la Ciudad Prohibida de Saddam
Hussein -una verdadera ciudad dentro de la gran ciudad de casi diez kilómetros a la redonda que
encierra el Palacio de la República y decenas de otros edificios y palacios- pero, esta vez, estaba
en el puente de Al Jumhuriya apuntando hacia la margen oriental del río Tigris. Podíamos verlos y
escuchar el bramido de sus disparos contra los muyaidines extranjeros que resistían desde el edi-
ficio del ministerio de Deportes, el feudo de Uday Hussein, el hijo mayor de Saddam. La batalla
llevaba ya horas. Era la media mañana y todos nos sentíamos muy cansados. Nos acostamos a
las dos o tres de la mañana y poco después de las seis los cañonazos nos despertaron. Habíamos
seguido todo lo que ocurría desde nuestra “suite” 1602/03 del hotel Palestine. Allí vivíamos los tres
compadres mexicanos de Televisa, Ferdinando Pellegrini, de la radio de la RAI de Italia, Olga Rodrí-
guez de Radio Ser de España, “el camello” Yasser, chofer de Televisa, y yo. Pero para “los grandes
acontecimientos” siempre estaban allí los dos equipos de Antena 3 de España (Mapi, Marta, Quiño,
Fernando, Carlos y Javier), el de Telecinco (José y Jon), el de TVN de Chile (Santiago y Rafael), y
en forma rotativa los de TV3 de Cataluña, Telecinco de Italia, agencia EFE, Ángeles Espinoza de
El País, Mónica Prieto de El Mundo, Antonio Baquero de El Periódico de Cataluña, los de Cadena
Sur de Andalucía, “el comandante” Pedrinho de la televisión portuguesa, y otros que llegaban a
tomarse una cerveza cuando ya habían terminado los bombardeos más o menos a las dos de la
mañana.
Recuerdo que el día del ataque estaba presente todo el “elenco estable”, más un conjunto de “ar-
tistas invitados” entre los que se encontraban Gabriela de Telecinco de Milán y Giovanni Porzio de
la revista Panorama de Italia. En medio del ruido provocado por los cañonazos, andábamos como
locos por un cable de teléfono satelital que se había roto y buscábamos la manera de arreglarlo
mientras esperábamos que la señal de conexión mejorara. Cada vez que los americanos bombarde-
aban la señal del satélite se debilitaba tanto que me era imposible realizar una llamada. El supues-
to era que los estadounidenses creaban una especie de paraguas en torno del satélite para impedir
que la defensa iraquí pudiera detectar las maniobras de los aviones.
Llevábamos ya cuatro horas siguiendo la batalla que se desarrollaba en la margen occidental del
Tigris. Una columna de tanques estadounidenses atacaba el cuartel central de la Guardia Repub-
licana Especial de Saddam Hussein en lo que aparecía como una pequeña playa de arena y barro
en la que se ocultaba un verdadero arsenal de misiles y municiones de las fuerzas iraquíes. Lo
supimos porque vimos cómo se producían varias explosiones que terminaban en verdaderos fuegos
artificiales con bolas de fuego alzándose en todas las direcciones. Ante el avance, unos milicianos
comenzaron la retirada por la orilla del río hacia el lado del puente, que ya estaba tomado por otra
columna de tanques americanos. Dos de los iraquíes se tiraron al Tigris. Una acción sumamente
arriesgada ya que las aguas de este río no sólo arrastran la contaminación de varias ciudades sino
que están plagadas de serpientes. Intentamos ver si llegaban a la otra orilla, pero desaparecieron
por detrás de una islita de juncos.
Cada cañonazo nos penetraba el pecho como una lanza. La onda expansiva infla los pantalones al
punto de creer que los va a arrancar. El estómago se hunde sintiendo que se te pega a la espalda.
Los bombardeos de los aviones se escuchaban más lejos, pero sonaban contundentes. Supongo
que habrían tirado alguna de esas bombas “antibunker” porque a pesar de percibir el sonido a una
distancia de varios kilómetros, el edificio del hotel tembló como una hoja de papel. Los periodistas
de guerra intentamos disimular estas sensaciones. Apenas basta con un “ésa fue fuerte” o “¡ah,
mierda!” o “¡a la puta!” para expresar el momento.
A media mañana alguno deja el café para pasar a la cerveza. Increíblemente en estas circunstan-
cias el alcohol parece no emborrachar. La adrenalina ejerce sus efectos por encima de todo. Al-
gunos “compadres” parecen esponjas. Hay días que “toman” sin parar y, sin embargo, en ningún
momento se quiebran. Al contrario, trabajan mejor que nunca.
Recuerdo que la discusión de esa mañana era si nos íbamos a refugiar a la embajada de Cuba o
a la del Vaticano. Eran las dos únicas representaciones diplomáticas abiertas y con su embajador
en funciones. El embajador cubano había venido a vernos casi todos los días para saber sobre “la
suerte de los latinos” junto a su segundo, el inefable Reinaldo, un morocho grandote con una risa
de dientes blancos. Y nos deleitaba con sus análisis típicamente castristas. “Esto va para largo.
Aquí la resistencia va a ser de hierro. Van a luchar casa por casa. A los marines les va a ser impo-
sible entrar en la mayoría de los barrios de Bagdad. La resistencia popular va a ser infranqueable”,
afirmaba. Y Reinaldo acotaba un “aquí va a caer de rodillas el imperialismo”. Ferdinando Filone, el
Nuncio Apostólico, era mucho más recatado al comentar sus percepciones, aunque coincidía con
su colega cubano en que la resistencia podría durar meses -más tarde supimos que no duró ni dos
días-. Ambos estaban muy preocupados por nuestra insistencia en refugiarnos en sus oficinas en el
caso de que se produjera una situación de anarquía que hiciera peligrar nuestras vidas. La sola idea
de aguantar a más de treinta hombres y mujeres ansiosos en sus casas, los ponía muy nerviosos.
“No les puedo cerrar las puertas de la nunciatura, por supuesto, pero entiendan que esto debe ser
una cosa temporaria, de unos días, después tendríamos que encontrar otra solución”, nos decía el
Nuncio.
Entre los latinos ganó la posición de ir a la embajada de Cuba, le gustara o no al embajador. Y creo
que a este hombre amable e inteligente, la idea de tenernos ahí todo el día charlando y tomando
café, en el fondo, le era grata. Al menos le mataríamos el aburrimiento. La posición a favor de Cuba
en detrimento del Vaticano fue ganada por los europeos. Los latinoamericanos, que somos menos
románticos para estos casos, pensábamos que el Vaticano seguía siendo infinitamente más poder-
oso que el régimen de la pequeña isla caribeña. Pero había que acatar la decisión de la mayoría.
Un día en que percibimos que pronto estaríamos “en manos de Allah”, decidimos juntar cincuenta
dólares por cabeza y comprar comida para tener una reserva en la embajada cubana. Jorge Pliego,
el camarógrafo mexicano, se ofreció a hacer la compra junto al “camello” Yasser, su chofer. Como
en Bagdad no hay grandes supermercados y sólo quedaban abiertos algunos pequeños almacenes,
se pasaron el día buscando latas de todo lo que se puede enlatar en el mundo y decenas de botel-
las de agua mineral. Regresaron al hotel con la compra porque se habían perdido. No encontraron
la embajada que estaba en un barrio alejado, más allá de Karrada. Mi compadre Eduardo Salazar
y yo tomamos la posta. Nos fuimos con todo el cargamento hasta la sede diplomática, todavía
custodiada por unos soldados iraquíes. Cuando llegamos, el embajador estaba de gira, visitando a
otros periodistas y familiares de diplomáticos. Era probable que en ese mismo momento estuviera
en el hotel, sentado en nuestra “suite”. Reinaldo se sorprendió al vernos y cuando le referimos lo
que traíamos se puso serio. “De ninguna manera, chico. Es como si yo fuera a tu casa porque tú
me invitas a cenar y te llevo la comida. No puede ser. Aquí no tienen que traer nada. Ésta es la
casa de Cuba y si ustedes se tienen que venir, aquí tendremos todo para atenderlos.” No le impor-
taron nuestros argumentos: que éramos más de treinta, que necesitaríamos mucha comida, que no
teníamos ni idea de cuánto podría durar la anarquía, que era una manera de prevenir una situación
difícil, que ya lo teníamos ahí y que no nos podíamos volver al hotel con semejante cantidad de co-
sas. Nos tuvimos que volver con el cargamento. Incluidas las dos bolsas enormes de arroz basmati
que sugerí comprar porque en la embajada podíamos cocinar. La imitación de Reinaldo rechazando
nuestra reserva alimenticia fue el show de esa noche.
Aquella mañana del 8 de abril, a Jorge Pliego -que tenía su cámara grabando el accionar de los
dos tanques estadounidenses en el puente desde el balcón del piso 16 del Palestine- se le estaba
por terminar su tape. Se dirigió veloz hacia la habitación y le gritó a su compañero Alejandro que le
buscara un cassette virgen. Olga Rodríguez, la corresponsal de Cadena Ser de España, estaba en
el mismo balcón mirando lo que sucedía antes de terminar de escribir el informe que relataría dos
minutos más tarde por la radio. En ese momento, sonó el teléfono. Dio media vuelta para tomar
el auricular pero ya no pudo escuchar más. Uno de los tanques Abrams que estaba en el puente
había disparado una carga dispersa que había dado de lleno en los pisos 14, 15 y 16 del Palestine.
¡Boooooooooommmmmm! El estruendo sonó tremendo. Seco. Preciso. La onda expansiva hizo vi-
brar el piso de tal forma que pensé que todo se derrumbaba. Las ventanas se sacudían y los vidrios
parecían doblarse. Caminé desde el living a la habitación opuesta al ataque y el impacto me arrojó
sobre la pared del pasillo. Escuché el bramido del cañonazo, el booooommmmmm seco y alaridos.
Mis compañeros gritaban “¡Nos dieron, nos dieron, nos dieron!”. Lo escuché, lo imaginé o lo pensé.
“¡Hay que bajar! ¡Abajo, abajo, abajo!”, exclamaban. Dudé por un instante. Miré la computadora
y el teléfono satelital. Si algo tenía que salvar era eso. Pero iba a ser imposible, me llevaría varios
minutos desarmarlos y recoger los cables. Empecé a correr detrás de los otros. Vi a Mapi y a Marta,
las productoras de Antena 3 que corrían tomadas de la mano. Los escalones pasaban de largo sin
que tuviera la sensación de que los estaba bajando. Cuando pasamos por el piso 14 vi a Ferdi-
nando Pellegrini gritando en italiano algo que no le entendí. Sólo recuerdo una mancha de sangre
en su pantalón, pero no parecía estar herido. Creí que nos decía que no bajáramos, que era más
peligroso. Ferdinando tiene encima varias guerras y siempre nos daba consejos de qué hacer y qué
no hacer. Como un idiota pensé que era una de sus advertencias de cabeza dura italiano. Me es-
taba avisando que José Couso, el cámara de Telecinco de España estaba mal herido. Que le habían
dado de pleno. Que no había tenido la suerte de Jorge de que se le terminara el tape. Que no
había tenido sed, ni ganas de orinar, ni un llamado telefónico. Y que estaba ahí, grabando, como
siempre, con precisión de ebanista. Los que venían atrás me empujaron y Ferdinando se metió
nuevamente en el pasillo que daba a la habitación 1402/03, donde el cañonazo había impactado
con toda su furia. La metralla le destrozó la pierna a José. Ferdinando que estaba adentro de la
habitación cayó por el impacto, pero se levantó y logró entrarlo hacia el cuarto. Creía que el balcón
se caía. Vio que José tenía la pierna abierta y el fémur expuesto. Comprobó, por suerte, que la vena
aorta no había sido alcanzada y corrió a buscar ayuda. Jon, el corresponsal y amigo íntimo de José,
se quedó auxiliándolo. Entonces entró Rafael, el chileno, con su cámara filmando hasta que des-
cubrió que le habían dado a uno de los nuestros. Entre los tres, lograron subirlo a la cama, y con
el colchón lo arrastraron hasta el ascensor. Dicen que José no se quejaba. Sólo pedía que le le-
vantaran la cabeza. Creo haber escuchado que quería que le confirmaran si le habían destrozado la
pierna. No supe lo que le había pasado a José hasta que lo vi, dieciséis pisos más abajo, cuando lo
subían en un auto y lo llevaban al hospital. Ferdinando me había pedido ayuda y yo no lo entendí.
Cuando logramos bajar y abrir una puerta de emergencia que estaba medio trabada, caminamos
hasta el estacionamiento entre medio de decenas de cámaras de nuestros colegas que querían
saber lo que había sucedido. Me alejé unos cuantos metros y miré hacia arriba. El edificio estaba
en pie. Durante los minutos que duró la bajada, una a una transcurrían en mi mente las imágenes
del 11 de septiembre: las Torres Gemelas de Nueva York cayendo y toda la gente corriendo por
las calles. El documental de los franceses en el que se veía a los que lograron escapar envueltos
en una nube de polvo. Los bomberos gritando. Esa foto de la mujer negra empolvada de blanco
desconcertada entre los escombros.
Cuando se alejó el auto con Couso y la otra víctima, el ucraniano Taras Protsyuk de la agencia
Reuter´s, me quebré. Lloré. Probablemente era la culpa. Por qué a ellos y no a mí. Es el primer
sentimiento que les brota a los sobrevivientes de las tragedias. Levanté la mirada, mientras cam-
inaba hasta la parte trasera del edificio para observar los daños y desde dónde había venido el
golpe, y me encontré envuelto en una nube de cámaras y colegas que querían que les contara lo
que había pasado. Con la voz entrecortada y en un inglés que me brotaba claro como nunca, traté
de explicar lo sucedido. La pregunta recurrente era ¿de dónde vino el ataque? En ese momento no
lo sabía. Lo resumí así: “Fue un ataque asesino venga de donde venga”. De cerca me escuchaba
uno de los tantos agentes del régimen que controlaban cada uno de nuestros movimientos. Apenas
vio que los colegas se alejaban se acercó a increparme. “¿Por qué no les decís que los asesinos
son los marines estadounidenses?”, gritaba amenazándome. También se acercó Udai, el jefe de los
agentes. Le dije que si el ataque hubiera venido de sus filas, que hiciera todo lo posible para de-
tener a los atacantes. Se lo dije en voz baja. A él, que me parecía un tipo más o menos inteligente,
aunque siniestro. Usó la escena para su provecho. Empezó a gritarme. Me dijo que yo estaba
defendiendo a los asesinos estadounidenses, que era un cobarde porque no me atrevía a denunciar
la agresión infame de Washington, que era un desagradecido porque había sido un “invitado” del
gobierno iraquí durante más de un mes y que ahora no me atrevía a expresar públicamente quién
nos había atacado. Me salvó un colega alemán, un veterano periodista que me tomó del brazo y me
sacó de escena. “No digas nada. Te van a usar y hasta te podrían matar”, me dijo y me llevó hacia
una puerta del costado.
No tenía idea de quién nos había disparado. Recién una hora más tarde alguien me dijo que el
camarógrafo de France 3 había filmado el momento en que el tanque estadounidense disparaba
hacia el hotel. Poco después llegó el mea culpa del Pentágono. ¿Por qué lo habían hecho? Pen-
sar que era una acción para intimidarnos es una estupidez. Por entonces, luego de veinte días de
bombardeos, después de haber soportado la censura iraquí y las presiones de nuestros gobiernos
para que dejáramos Bagdad, no había nada que pudiera intimidar a los periodistas concentrados en
el Palestine. Esa misma mañana, habían sido atacadas las oficinas de la cadena de televisión en
árabe Al Yazzera y habían matado al reportero Tareq Ayyoub y herido de gravedad a su camarógrafo.
Una amenaza más que suficiente para alguien que está dispuesto a dejar su puesto. A nosotros,
a esa altura de los acontecimientos, ya no nos intimidarían ni los disparos de toda una división de
Abrams. Tras varios días de reflexión, llegué a la conclusión de que el cañonazo pudo haber sido
una maniobra de distracción con la sola intención de crear confusión mientras se negociaba una
rendición no escrita de las tropas de la Guardia Republicana. En ese momento se estaba disolvi-
endo el régimen y, cinco o seis horas más tarde, habían desaparecido casi todos los jerarcas. Los
agentes que estaban en el Palestine se esfumaron alrededor de las cuatro de la tarde de ese día.
Y las tropas de élite de la dictadura saddamista que nunca podían atreverse a dejar las armas sin
esperar un inmediato fusilamiento de parte de los fanáticos generales que sostuvieron a Saddam
Hussein por veinticuatro años, ahora, simplemente se desvanecían entre la población civil. Tres días
después, cuando pude entrar a la Ciudad Prohibida de Saddam, en el corazón de Bagdad, vi dece-
nas de uniformes tirados en las trincheras. Una señal clara de que los milicianos se habían sacado
las ropas delatoras y habían escapado, algo que al estar rodeado por las fuerzas de la primera
potencia del mundo, sólo se puede lograr si se hubiera llegado a algún acuerdo para huir.
Subí al piso 16 y había un silencio total. La puerta del 1603 había sido forzada. La empujé y un
vaho a plástico quemado me invadió. Entré en la habitación que había sido atacada y vi el despar-
ramo de los vidrios de las ventanas. El balcón estaba lleno de agua y espuma de un extinguidor.
Alguien había apagado el incendio. La cámara de Jorge Pliego estaba tirada, agarrada aún al trí-
pode, toda chamuscada. Las paredes del balcón estaban agujereadas por las esquirlas. Había agu-
jeros también en la pared interior, del lado norte. La antena del teléfono satelital de Olga Rodríguez
estaba destrozada. Una parte de la alfombra estaba quemada. Cuando me di vuelta, un hombre
me miraba con los ojos llenos de lágrimas. Era Jousit Asier, el chofer iraquí de la cadena británica
Sky News. Me abrazó y me dijo que pensaba que yo estaba muerto. Con Jousit, un hombre de unos
cincuenta años y rostro sensible, nos habíamos conocido unos días antes. Ocupaba una habitación
vecina a la nuestra y al pasar, un mediodía, estaba recibiendo un plato de comida, de un delivery
que vaya a saber dónde lo había conseguido. Me tentó el olor y le dije en broma que tenía que con-
vidar. Tres minutos después me estaba golpeando la puerta para darme la mitad de su comida. Nos
hicimos amigos de inmediato. Yousit nos había salvado. Desde su cuarto vio cómo se empezaba a
prender fuego la cámara de Jorge y con la ayuda de su hijo entraron a la habitación para apagar el
incendio que ya había alcanzado la alfombra y una cortina. Lo pudieron apagar a fuerza de baldazos
y un extinguidor medio vacío que encontraron en el pasillo.
Cuando conseguí reponerme de lo sucedido llamé a Buenos Aires. Primero a casa, a Gaby y a las
chicas. Después a mi editor, Marcelo Cantelmi. Luego a radio Mitre, a Magdalena Ruiz Guiñazú y a
Néstor Ibarra para que todos supieran que estaba bien, que había sobrevivido.
Pero me faltaba lo peor. Tenía que saber el estado de salud del gallego Couso. Habíamos estado
juntos la noche anterior riéndonos de los chistes malos que se cuentan entre los corresponsales
de guerra. Siempre con una sonrisa que le levantaba un poco las comisuras de los labios y que
le daban un aspecto de payaso bueno. Chiquito, pura fibra, todo el tiempo junto a Jon Sistiaga,
su amigo y reportero. Lo recuerdo, sobre todo, con esos ojos pícaros y brillantes mostrando una
buena botella de whisky que traía oculta bajo el brazo. Cuando venía José había fiesta. Nos alegra-
ba la vida entre tanta angustia.
Ahora lo tenía que ver desde una ventana del quirófano mientras el doctor Faisal Haba intentaba re-
vivirlo. Le habían amputado la pierna. Fue la única manera para que sobreviviera. Pero ahora estaba
entrando en su tercer paro cardíaco. Jon miraba moviendo la cabeza como un pájaro desesperado.
Jorge lloraba y creo que golpeaba una pared con su pierna. Antonio Baquero se arrodilló y empezó
a rezar. Mapi Muñoz abrazaba a Jon. Había dos o tres compañeros más, pero no los recuerdo en su
posición en ese momento. Yo miré por la ventana por última vez y vi que el doctor Haba se alejaba
transpirado. Las enfermeras se levantaban lentamente. Y José quedaba ahí sólo, lleno de tubos,
hinchado por la operación y todas las maniobras para reavivarlo. Haba salió, le dijo a Jon que lo
sentía mucho y que no había podido hacer más. Él también se puso a llorar. Le fuimos dando un
abrazo de a uno y nos acercamos al quirófano para darle el último adiós a nuestro amigo. Había
muerto el gallego José Couso. La guerra se había llevado a uno de los nuestros. Nosotros que es-
tamos entrenados en ver el paso del dolor ajeno, esta vez lo teníamos en el cuerpo, en el alma. La
muerte había llegado demasiado cerca. La guerra nos hundía apretándonos los hombros.




LA INVESTIGACIÓN
DEL ATAQUE

El ataque al Palestine seguramente seguirá siendo por mucho tiempo objeto de investigación y es-
tudio por parte de gobiernos, periodistas, abogados y militares.
Mientras estaba en Bagdad creía que la acción había sido producto de la infinita estupidez humana
que siempre tiene una mayor concentración porcentual entre los hombres de armas. Pero, tras
conocerse las informaciones de que en el momento mismo del ataque se estaban realizando nego-
ciaciones muy concretas para lograr la “evaporación” de los soldados de la Guardia Republicana Es-
pecial -que debían estar defendiendo esa zona del corazón de Bagdad- sin entrar en combate, me
inclino a pensar que se trató de una “maniobra de distracción”. El Committee to Protect Journalists
(CPJ), una de las organizaciones más prestigiosas del mundo de defensa del derecho a informar
realizó una investigación en la que se proporcionan detalles muy precisos del ataque y que aportan
datos que podrían llevar, no sólo al esclarecimiento del hecho, sino a un castigo ejemplar de los
culpables. El siguiente es el informe elaborado por Joel Campagna, el coordinador general del pro-
grama del CPJ y responsable por Medio Oriente y el Norte de África, y Rhonda Roumani, la asesora
del CPJ en investigaciones para el Programa para Medio Oriente y el Norte de África:

Una investigación del Comité para la Protección de Periodistas (CPJ, por sus siglas en inglés) -sobre
la base de entrevistas a una docena de periodistas que se encontraban en el lugar de los sucesos,
incluyendo a dos periodistas que estaban acreditados por el Pentágono para trasladarse junto a
las tropas americanas (embedded) y monitorearon las conversaciones radiales militares antes y
después del bombardeo- sugiere que aunque el ataque a los periodistas no haya sido intencional, sí
era evitable. CPJ ha verificado que tanto los oficiales del Pentágono como los comandantes que se
encontraban en Bagdad, estaban informados sobre la ubicación de los corresponsales en el hotel
Palestine y no deseaban convertirlo en el blanco de un bombardero. De todas formas, estos oficia-
les de alto rango, aparentemente fallaron en transmitirle dicha orden al comandante del tanque que
abrió fuego contra el hotel. Fotos encargadas por el CPJ, que fueron tomadas en el puente desde
donde se disparó el cañonazo, muestran que los diecisiete pisos del hotel Palestine eran muy
distinguibles en el cielo de Bagdad. Junto al cercano hotel Sheraton, el Palestine era uno de los
edificios más altos de la ciudad. Sobre la base de la información que contiene este informe, el CPJ
insta al Pentágono a llevar a cabo una minuciosa investigación pública sobre el bombardeo al hotel
Palestine. Dicha investigación es necesaria no sólo para determinar las causas de este incidente,
sino para asegurarse de que no se repita un episodio de esta naturaleza en el futuro.


TRÁFICO RADIAL

Chris Tomlinson, un periodista de la Associated Press (AP) que estaba acreditado por el Pentágono
para trasladarse junto a una compañía de infantería, la 3rd Infantry Division’s 4th Battalion 64th
Armor Regiment, arribó a Bagdad el 7 de abril luego de un viaje de dos semanas y media desde
Kuwait. Desde la madrugada de ese día, y durante treinta y seis horas, el batallón se enfrentó con
las fuerzas saddamistas.
El 8 de abril, el batallón continuó su avance hacia el corazón de Bagdad, enfrentando una férrea
resistencia por parte de las fuerzas contrarias. Tomlinson permaneció durante el día dentro de un
centro de comando americano establecido impromptu en el Palacio Republicano de Saddam Hus-
sein, en la orilla oeste del río Tigris. Tan sólo manipulando una perilla de una radio militar, Tomlin-
son podía escuchar las comunicaciones que se establecían dentro de la unidad militar en la que se
encontraba, como así la frecuencia en la que se transmitían las operaciones tácticas del batallón.
Esto le permitió escuchar las conversaciones entre el comandante de la compañía del tanque, capi-
tán Philip Wolford con sus superiores.
Alrededor del mediodía del 8 de abril, un combate intenso resurgió en la orilla oeste del Tigris, cer-
ca del puente de Al-Jumhuriya. Los periodistas, que se encontraban en los balcones del Palestine,
ubicado en la otra orilla del Tigris, observaron un contrataque significativo por parte de las fuerzas
iraquíes, armadas con armas ligeras y granadas propulsadas por cohetes. El ataque continuó du-
rante varias horas y, según Tomlinson, francotiradores ubicados en edificios altos apuntaron a los
tanques, por lo cual eventualmente fueron heridos levemente dos miembros del batallón de Wol-
ford. El enfrentamiento se tornó tan intenso que los comandantes de las fuerzas estadounidenses
instaron a que se efectuaran ataques aéreos a varios edificios en la orilla oeste del Tigris a fin de
debilitar las posiciones iraquíes.
De acuerdo con los informes de la prensa murieron docenas de iraquíes. Para el final de la maña-
na, las fuerzas americanas comenzaron a enfocar su atención en el otro lado del puente de Al-Jum-
huriya. Esa misma mañana, cerca de donde estaban ocurriendo los enfrentamientos del lado oeste
del puente, un misil aire-tierra estadounidense impactó en la oficina del canal de noticias Al-Jazeera
de Qatar, matando al corresponsal Tareq Ayyoub e hiriendo a su camarógrafo. Éste es un incidente
que el CPJ continúa investigando.
Durante la mañana, Tomlinson escuchó comunicaciones radiales entre las unidades de la compañía
con los oficiales en el campo de batalla y sus comandantes. En cierto momento, las fuerzas ameri-
canas recuperaron una radio iraquí y comenzaron a monitorear las conversaciones dentro de las
fuerzas iraquíes. Un árabe-parlante, oficial de inteligencia americano, determinó que un “observa-
dor” iraquí estaba dirigiendo a las tropas que estaban enfrentándose a los marines. Mientras tanto,
según Tomlinson, los tanques recibían un pesado fuego de artillería.
Cerca de media mañana, dos tanques M1A1 Abrams de la división Alpha se trasladaron hacia el
puente Al-Jumhuriya. Un video filmado por un grupo de periodistas franceses, desde el piso 14
del hotel Palestine, muestra a los tanques disparando repetidamente a un edificio que tenía varios
satélites en su techo, ubicado en la orilla este del Tigris. La torreta del tanque primero fue elevada y
luego bajada. Un tercer tanque se trasladó una corta distancia del puente. De acuerdo a Tomlinson,
que continuaba monitoreando las comunicaciones radiales, los tanques estaban buscando frené-
ticamente al “observador” iraquí.
Otro periodista estadounidense, Jules Crittenden del Boston Herald, que estaba acreditado por el
Pentágono para trasladarse junto a la Alpha Company of the 4th Battalion 64th Armor Regiment,
confirmó el relato de Tomlinson. Crittenden se acercó al lugar de la batalla en un transporte per-
sonal protegido. “Había un alto grado de preocupación porque todos estaban intentando encontrar
la ubicación del ‘observador’, es más, nosotros también lo estábamos haciendo”, describió Critten-
den. “Todos estábamos preocupados porque creíamos que íbamos a recibir un aluvión de artillería,
lo cual no queríamos que sucediera por razones obvias”.
Tomlinson, que estuvo siete años en el ejército, destacó que “la primera táctica que te enseñan cu-
ando estás manejando un tanque o eres un hombre de la infantería es que debes matar al observa-
dor de tu enemigo... ése es tu blanco primordial”. Continuó: “Si logras matar a el observador, ellos
se quedan sin nadie que les guíe las fuerzas terrestres o el fuego de artillería. Y por ende, les quitas
completamente su propósito”.
En algún momento previo al bombardeo del hotel, mientras los tanques se encontraban en el pu-
ente buscando al “observador”, el comandante de la brigada, el coronel David Perkins, se acercó a
Tomlinson y al periodista de la FOX News, Greg Kelly. (CPJ intentó contactarse con Greg Kelly, pero
las autoridades de la FOX dijeron que no estaba disponible para realizar comentarios al respecto.
De todas formas, un portavoz de la FOX le confirmó a CPJ que Perkins había tratado con Kelly.) Con
cierta desesperación Perkins explicó que las fuerzas americanas estaban bajo el fuego enemigo
proveniente de edificios que se encontraban en la orilla este del Tigris y que estaban considerando
un bombardeo aéreo. Perkins era consciente de que el hotel Palestine se encontraba en la orilla
este del río y cerca de donde provenía el fuego de los iraquíes. También era consciente de que el
hotel estaba repleto de periodistas occidentales. Tomlinson afirmó creer que todos los comandan-
tes, incluyendo al teniente coronel Philip DeCamp y hasta al capitán Wolford sabían esa información
ya que la Segunda Brigada había tomado el hotel Al-Rashid el día anterior, y comprobaron que los
periodistas se habían trasladado al hotel Palestine. Perkins tenía conocimiento de una ubicación
general -probablemente dentro de unos pocos cientos de metros, según Tomlinson- y quería la
ayuda de Tomlinson para identificar físicamente el edificio, y de esa forma asegurar que no sería un
blanco de los ataques. (También remarcó que los mapas satelitales utilizados por los militares eran
de hace aproximadamente diez años.)
Tomlinson llamó frenéticamente a la oficina de AP en Doha, Qatar, en un intento de lograr obtener
una descripción del hotel y de poder contactarse con los colegas que se hospedaban allí. Su plan
era hacer llegar un mensaje a los periodistas que se encontraban en el Palestine de que colgaran
sábanas desde sus ventanas a fin de que el edificio fuera más identificable para las fuerzas ameri-
canas. En el momento en que Tomlinson estaba intentando localizar el Palestine, ya casi cerca del
mediodía, uno de los oficiales de los tanques en el puente Al-Jumhuriya, que estaba buscando al
“observador”, envió un mensaje por radio de que había localizado a una persona con binoculares
en un edificio de la orilla este del río. Exactamente el tiempo transcurrido entre que el oficial del
tanque identificó este blanco y el momento en que se produjo el disparo no es deducible del moni-
toreo del tráfico radial de Tomlinson.
En una entrevista con el semanario francés Le Nouvel Observateur, el capitan Wolford sugirió indi-
rectamente que él había dado una orden inmediata de disparar. De todas formas, en una entrevista
con el noticiero televisivo belga RTBF, que salió al aire en mayo, Shawn Gibson, el sargento a cargo
del tanque, dijo que él había visto a una persona con binoculares y apuntando con su dedo en la
dirección del tanque, lo cual fue informado a sus comandantes y que no recibió una orden para
disparar hasta diez minutos después. Jules Crittenden, que en ese momento se encontraba con las
tropas americanas en la orilla oeste del río, recuerda que las tropas estaban discutiendo sobre el
blanco. “Supimos en ese momento que habían visto a alguien con binoculares y que estaban listos
para disparar”, afirmó la periodista. “Esto se estaba discutiendo en la radio.”
De acuerdo a Tomlinson, el disparo contra el hotel fue de lo que se denomina “armas calientes”,
es decir, un proyectil cuya intención es matar personas y no destruir edificios. Si el tanque hubiese
disparado otro tipo de proyectil, el daño al edificio hubiera sido mucho más severo.
La reacción inmediata de los comandantes americanos frente al ataque al hotel Palestine fue de
enojo y consternación. Según Tomlinson, el teniente coronel Philip DeCamp, el comandante y jefe
del capitán Wolford, comenzó a gritar en su radio: “¿Quién acaba de disparar al hotel Palestine?”.
Tomlinson escuchó a DeCamp cuando confrontaba a Wolford: “La puta madre. Acabas de disparar
al hotel Palestine”.
Tomlinson dijo que al principio Wolford no estaba seguro de haber impactado sobre el hotel. Tom-
linson continúa: “[Después de un par de minutos] Wolford dice: ‘Sí, sí. Teníamos a un observador
ahí arriba’. Y DeCamp le dice: ‘No se supone que tienes que dispararle al hotel’. Y luego transcur-
rió una breve discusión sobre qué era lo que había visto y por qué había disparado contra el hotel
porque esto era muy serio. No tenían que dispararle al hotel Palestine”. Luego, DeCamp le ordenó
a Wolford cesar los disparos y manejó su tanque hasta donde se encontraba éste, aparentemente,
para tener una discusión privada.
Luego de escuchar el intercambio de palabras, Tomlinson inmediatamente se dirigió al coronel
Perkins, el oficial comandante de DeCamp, para informarle que sus esfuerzos para localizar el hotel
Palestine y prevenir un ataque hacia el mismo, habían fracasado. “Ya sé, ya sé”, dijo Perkins. “Aca-
bo de dar la orden que bajo ninguna circunstancia se debe disparar al hotel Palestine, aun si se
está disparando desde allí, aun si hay artillería en el techo de ese edificio. Nadie tiene autorización
para dispararle nuevamente al Palestine”.


LA REACCIÓN

El ataque de los Estados Unidos al hotel Palestine se convirtió rápidamente en objeto de grandes
coberturas. Sucedió durante uno de los combates más intensos entre fuerzas americanas e iraquíes
en Bagdad, y decenas de periodistas fueron testigos o se encontraban en el hotel en ese momento.
Todos estos periodistas eran víctimas de un estado de estupor y enojo ante la muerte de sus cole-
gas. Tampoco podían encontrar justificación al hecho de que un tanque americano dispare al hotel
cuya ubicación era de pleno conocimiento del Pentágono. Las organizaciones internacionales de
noticias estaban en contacto con el Departamento de Defensa para informar la ubicación de sus
corresponsales y el hotel era mencionado diariamente en las crónicas de los periodistas a nivel
mundial. Los periodistas tampoco podían explicar cómo un tanquista fracasó en notar que se tra-
taba de un edificio de 17 pisos, uno de los más altos en Bagdad, y que en ese momento había pe-
riodistas en sus balcones y hasta en su techo. Además, muchos de ellos habían estado observando
los acontecimientos de la guerra y relatándolos al mundo desde esos balcones durante las veinticu-
atro horas previas, en las cuales habían transcurrido enfrentamientos en la orilla oeste del río. El
hotel Palestine, junto al cercano hotel Sheraton, domina el paisaje; un periodista dijo que ambos
edificios eran tan fácilmente identificables como lo fueron en su momento las Torres Gemelas para
New York. Las fotografías tomadas por el CPJ desde el punto aproximado del puente Al-Jumhuriya
del cual se disparó, muestran que el Palestine y el Sheraton sobresalen en comparación con los
edificios que los rodean. Un gran cartel que dice “Hotel Palestine”, en inglés, también es discern-
ible a partir de las fotografías. Aunque no es evidente que el letrero podría ser leído sólo con la
vista humana, sí podría haber sido leído fácilmente con unos binoculares. Dado que los periodistas
tenían una visión despejada de los tanques sobre el Al-Jumhuriya asumieron que el tanque también
los vería a ellos.
Los tanques se encontraban a tres cuartos de milla del hotel (un kilómetro y medio aproximada-
mente). Los periodistas también afirmaron su sorpresa ante el hecho de que había una pausa en
los enfrentamientos en el momento en que el cañonazo fue lanzado y, además, el Palestine no se
encontraba involucrado en el enfrentamiento. Al menos algunos, posiblemente varios, periodistas
que habían estado observando la batalla desde sus balcones volvieron a sus cuartos, pensando que
la acción se había acabado. “Estuve tomando fotos toda la mañana -contó Patrick Baz, el fotógrafo
de la AFP que cubría la batalla desde su balcón del Palestine-. Había helicópteros. Una guerra ver-
daderamente de Hollywood. Estábamos observando todo y ellos nos podían ver. Desde el primer día
que llegaron al palacio [el Palacio de la República, el día anterior] hasta que dispararon... ellos nos
podían ver, de la misma forma que nosotros a ellos.”
Carolina Sinz, una periodista de la cadena televisiva Francia 3, cuyo camarógrafo filmó los tanques
sobre el puente justo antes de que abrieran fuego sobe el hotel, dijo que los bombardeos y el en-
frentamiento cesaron alrededor de las 11:20 a.m. “El enfrentamiento fue intenso desde las 6:00
a.m. hasta las 11:20, luego todo estuvo muy calmo”, explica Sinz. “Todavía estábamos filmando.
Le dije a mi camarógrafo que siguiera filmando porque nunca se puede ser demasiado precavido...
Filmamos los quince minutos antes del bombardeo, y no se escuchaba nada.” Otros periodistas
son menos precisos respecto a un supuesto silencio antes del bombardeo, remarcando que hubo
enfrentamientos intensos durante toda la mañana. Jerome Delay, un fotógrafo de la AP que se en-
contraba en el Palestine, remarcó que era muy difícil deducir si el tanque recibió o no fuego desde
la orilla este del río debido a la distancia entre el hotel y el puente. Jules Crittenden informó que
escuchó desde la radio que había hasta cuarenta milicianos de la Guardia Republicana iraquí en la
orilla este. De acuerdo a los periodistas del hotel, los tanques recibieron fuego de varios edificios
gubernamentales desde esa orilla en el período previo al bombardeo del hotel. Los videos de Sinza
muestran a los tanques disparando a varios blancos en el lado este respecto al puente. También
muestra una columna de humo proveniente de la orilla oeste -descrito por otro periodista como pro-
ducto de un ataque aéreo que se prolongó durante varios minutos antes de que el tanque elevara
su torreta y disparase contra el hotel. Explosiones de lo que aparenta ser el fuego del tanque se
pueden escuchar ocasionalmente en el audio del video.
La mayoría de los periodistas no advirtieron inmediatamente que el hotel había sido blanco de
un ataque. “Yo no reaccioné. No creí que había sido al hotel”, explica Patrick Baz. “Observé que
en el estacionamiento había un grupo de personas mirando hacia el hotel. No me di cuenta de
lo que estaba sucediendo. Vi a algunas personas correr. Pensé que el edificio de atrás había sido
impactado.” Cuando Baz notó que algunos periodistas se encontraban heridos, corrió a buscar su
botiquín de primeros auxilios. “Había personas gritando, llorando, en pánico. Vi a un hombre tirado
en su cama, lastimado”, cuenta Baz. “Recuerdo que su rostro estaba cubierto de sangre. Había un
agujero en su pierna. Había un gran agujero, pero no estaba sangrando.” El proyectil golpeó el piso
15 del balcón de la suite ocupada por la agencia de noticias Reuter’s, hiriendo fatalmente a Taras
Protsyuk, el camarógrafo de origen ucraniano, que había estado en el balcón con su cámara pre-
parada, a pesar de no estar filmando en el momento del ataque. “Taras se encontraba en el piso,
acostado sobre su espalda, inconsciente”, le dijo Delay al Times de Los Ángeles. “Su mandíbula es-
taba cerrada. Abrimos su boca para que le entrara aire a los pulmones y logramos que comenzara
a respirar nuevamente.” Protsyuk fue trasladado a un hospital de Bagdad, donde murió al llegar
debido a lesiones en su abdomen.
Paul Pasqueale, un técnico de satélites de Reuter’s que se encontraba en el balcón con Protsyuk
fue herido, al igual que otros dos reporteros de la agencia que se encontraban en otro balcón del
piso 15: el jefe de la corresponsalía del Golfo Pérsico, Samia Nakhould y el fotógrafo Faleh Kheiber.
Los escombros deterioraron el piso de abajo, en el que el camarógrao español José Couso había
estado filmando. Couso también fue trasladado a un hospital de Bagdad, debido a heridas en su
pierna y en su mandíbula. Falleció luego de ser operado.
Los periodistas que se encontraban en Bagdad en ese momento ofrecieron varias explicaciones
acerca del bombardeo del hotel: algunos lo percibieron como un incidente desafortunado causado
por un tanquista, mientras que otros lo analizaron como un acto de negligencia por parte de los
militares americanos o hasta de un intento deliberado de intimidación contra la prensa libre. Grupos
de prensa libre internacional, incluyendo el CPJ, rápidamente protestaron por el incidente.
En una carta enviada el 8 de abril al secretario de Defensa, Donald H. Rumsfeld, el CPJ remarcó
que “mientras que las fuentes en Bagdad han expresado un profundo escepticismo hacia los in-
formes de que las fuerzas americanas fueron atacadas desde el hotel Palestine y, aunque ésa
hubiese sido la situación, la evidencia sugiere que la respuesta de las fuerzas americanas fue
desproporcionada y, por ende, violatoria del derecho internacional humanitario estipulado en los
Convenios de Ginebra”. La carta instó al Pentágono a “llevar a cabo una inmediata y profunda in-
vestigación sobre este incidente y que el resultado de la misma sea de carácter público”.


LA INTERVENCIÓN DE CENTCOM

Un par de horas después del incidente, los periodistas que se encontraban en el Comando Central
de Doha, Qatar, cuestionaron sobre el ataque al brigadier general Vincent Brooks. Éste expresó sus
lamentos ante las pérdidas de vidas pero remarcó que las áreas en las cuales transcurren com-
bates son peligrosas y los militares no pueden saber dónde se encuentran los periodistas, al menos
que éstos se muevan junto a las tropas autorizadas por el Pentágono. Alegó que las “acciones de
combate” ocurrieron en el hotel Palestine y que “los informes oficiales indican que las fuerzas de
la coalición operando cerca del hotel fueron blanco de artillería proveniente del lobby del hotel y
devolvieron ese ataque”. Al ser cuestionado por un periodista sobre el porqué de los disparos a los
pisos superiores del hotel si el fuego provenía del lobby, Brooks se retractó, diciendo que “pude
haberme equivocado al precisar que el fuego provenía del lobby”. Ese mismo día, Centcom publicó
un mensaje en el que mantenía su posición original de que los comandantes presentes en el área
habían informado que sus fuerzas se encontraban bajo “fuego enemigo significativo proveniente del
hotel Palestine”. Luego, Centcom, como Brooks lo había hecho anteriormente, culpó a las fuerzas
iraquíes de conducir operaciones militares en ubicaciones en las cuales se encontraban gran núme-
ro de civiles. Los comunicados emitidos por Centcom ese día son coherentes con aquellos de los
oficiales de alto rango de la 3rd Infantry Division. El mayor general Buford Blount, el comandante
de la división, le dijo a Reuter’s que el tanque que había disparado “estaba recibiendo artillería
liviana de armas pequeñas desde el hotel”. El coronel Perkins, el comandante de brigada que habló
con Tomlinson luego del ataque, también le dijo a éste que su unidad había sido atacada desde el
frente del hotel.
Muchos periodistas que fueron testigos directos del incidente niegan completamente la afirmación
de Centcom. Aquellos que estaban monitoreando los acontecimientos desde sus balcones, que
ofrecen una visión panorámica de los alrededores, atestiguan que no hubo artillería proveniente del
hotel o de las áreas próximas al mismo. “Yo creo que es bastante imposible porque en cada piso
y en cada cuarto... aun en el techo, había periodistas y fotógrafos y ellos estaban atentos a lo que
sucedía”, cuenta la periodista de AFP Sammy Ketz, que se encontraba en el balcón del piso 15 en
el momento del ataque. Anne Garrels, una periodista de NPR y miembro del directorio de CPJ que
informó desde el Palestine durante la mayor parte del conflicto, acentúa esa tesis. “Todos nosotros
estábamos en nuestros balcones observando la batalla” afirma Garrels, que había estado en el bal-
cón todo el día, pero se encontraba en su escritorio en el momento del impacto. “Hubiéramos visto
a francotiradores en el edificio. Se pueden imaginar cuán atentos estábamos todos.” Los periodis-
tas que habían estado previamente en el techo del hotel, según Garrels, tampoco reportaron haber
percibido algún tipo de actividad relacionada con la artillería. Otros periodistas dijeron que a pesar
de ser conscientes de que las fuerzas iraquíes podían utilizar el edificio como un refugio, no se
enfrentaron a esa situación durante su estadía en Bagdad. Otros colegas descartaron la afirmación
realizada por algunos oficiales americanos sobre la existencia de un bunker iraquí cercano al hotel.
El 10 de abril, el teniente coronel Philip DeCamp, el comandante de la 4th Battalion 64th Armor
Regiment, se disculpó por el incidente en una entrevista con The Los Angeles Times y se refirió a
sí mismo como “el hombre que mató a los periodistas”. Pero, a su vez, continuó sosteniendo que
los militares iraquíes, desde bunkers instalados en la base del hotel, habían disparado contra los
tanques. Un artículo previo del mismo diario citaba al capitán Wolford, el comandante de la com-
pañía del tanque que había disparado contra el hotel, afirmando que él había dado la orden para
disparar, luego de que uno de sus hombres notara a alguien observándolos con binoculares desde
ese lugar. Wolford le dijo al diario que había recibido información de inteligencia de que había hom-
bres armados en el lobby del hotel. El Times de Los Ángeles, citando fuentes militares, dijo que en
el momento del suceso las unidades de Wolford estaban siendo atacadas desde la orilla del río en
la cual se encuentra el hotel.
Un par de días después, Wolford le dijo a Jean Paul Mari, periodista del semanario francés, Le
Nouvel Observateur, que sus unidades se habían involucrado en un enfrentamiento de varias horas
en la mañana del 8 de abril y habían recibido fuerte fuego enemigo cuando se acercaban a la orilla
izquierda del puente Al-Jumhuriya. Relató que dos de sus hombres resultaron heridos ese día y sus
tanques fueron sometidos a fuego de cohetes de varias direcciones, incluyendo el área alrededor
del Palestine. Le dijo a la revista que luego de que sus hombres vieran a un individuo portando unos
binoculares, identificado por alguien de la unidad como el “observador”, abrieron fuego. “Yo devuel-
vo fuego”, afirmó Wolford. “Sin cuestionamientos, ésa es la regla. Después de veinte minutos supe
que habíamos dado contra un hotel repleto de periodistas.” En la entrevista, Wolford sostuvo que
no tenía información proveniente del comando central de que había periodistas en ese edificio. “No
puedo imaginar por un solo momento que una información enviada desde el Comando Central de
la división no me llegara”, le dijo a la periodista del Boston Herald, Crittenden. Y agregó que el hotel
no había sido marcado en los mapas. El oficial del tanque, el sargento Shawn Gibson, luego sería
citado diciendo que él tampoco estaba informado de que el hotel estaba repleto de periodistas.
En respuesta de la carta del CPJ al secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, la portavoz del Pen-
tágono, Victoria Clarke, le escribió al director del CPJ, Joel Simon, el 14 de abril para declarar que
“las fuerzas de la coalición fueron atacadas y actuaron en defensa de sí mismas al devolver el
ataque”. Ella reconoció la responsabilidad del Pentágono de remarcar la necesidad de prudencia
en el campo de batalla, pero destacó que las organizaciones de noticias habían sido advertidas de
que Bagdad sería un lugar “particularmente peligroso” y que deberían remover a sus periodistas de
la ciudad. Un pedido del CPJ al Departamento de Defensa para entrevistar al capitán Wolford aún
sigue pendiente. CPJ también está esperando los resultados de los pedidos de liberación de docu-
mentos bajo el Acta de Libertad de Información para tener mayor claridad acerca de este hecho.


PREGUNTAS QUE PERSISTEN

La última comunicación oficial del gobierno de Estados Unidos respecto al incidente del hotel Pal-
estine fue efectuada el 21 de abril en una carta del secretario de Estado, Colin Powell, dirigida a su
homóloga española, Ana Palacio. Powell escribió que una revisión militar del incidente indica que
el tanque americano había disparado en respuesta a “fuego hostil que aparentaba provenir de una
ubicación luego identificada como el hotel Palestine”. Concluyó que “el uso de fuerza fue justificado
y la cantidad de fuerza empleada fue proporcional a la amenaza existente contra las tropas ameri-
canas”. A la semana siguiente, durante una visita a España, donde los medios locales expresaron
su enérgica protesta por la muerte de su compañero José Couso, Powell reiteró que las tropas
americanas no habían fallado, pero que el gobierno continuaría investigando el incidente.
Simplemente no existe evidencia para constatar las denuncias de los oficiales americanos sobre
el hecho de que sus fuerzas estaban devolviendo fuego hostil proveniente del hotel Palestine. Y no
es coherente con los testimonios de muchos periodistas presentes en el hotel en ese momento.
Mientras que todo indica que el fuego estaba dirigido a lo que se creyó que era un “observador”
iraquí, surgen otros interrogantes. Por ejemplo, ¿cómo es posible que el oficial del tanque observe
a una persona con binoculares, espere diez minutos para recibir autorización para disparar (según
las declaraciones de dicho oficial) y, durante ese intervalo, no note la existencia de periodistas con
cámaras y trípodes en los balcones o el cartel de tamaño considerable en inglés que decía “Hotel
Palestine”? Además, el video de Francia 3 muestra que el tanque había apuntado su torreta hacia
el hotel temprano esa mañana, antes de que ocurriera el bombardeo, indicando posiblemente que
las fuerzas americanas tuvieron la oportunidad de obtener una buena visión de los periodistas ob-
servando la situación desde sus balcones.
De acuerdo a Tomlinson, el esfuerzo realizado por el oficial del tanque para informar acerca de
la ubicación del supuesto “observador” iraquí ocurrió al mismo tiempo que el comandante de la
brigada, el coronel Perkins, estaba haciendo su mayor esfuerzo por localizar el hotel Palestine para
que éste no sea blanco de un ataque aéreo. ¿Por qué el comandante del tanque no recibió instruc-
ciones para revisar que su objetivo no fuera el hotel Palestine? Y aún antes que eso, ¿por qué las
unidades militares no fueron informadas de una gran ubicación civil en el medio del campo de
batalla? El tráfico radial monitoreado por Tomlinson, al igual que la reacción del coronel Perkins,
permiten cuestionar sobre si fueron tomadas todas las medidas posibles para evitar el bombardeo.
Claramente, el coronel Perkins estaba preocupado ante la posibilidad de que el hotel podría ser un
blanco y el teniente coronel DeCamp se enojó cuando esto sucedió. Perkins le dijo a Tomlinson que
él dio una orden para que el hotel efectivamente no fuera bombardeado bajo ninguna circunstancia.
Si éste era su objetivo, y su discusión con Tomlinson hace evidente que estaba llevando a cabo es-
fuerzos extraordinarios para que no sucediera un bombardeo por aire, ¿por qué falló en hacer llegar
una orden a través de los estratos jerárquicos para evitar el fuego proveniente del tanque?
El teniente coronel DeCamp se enojó tanto con el ataque, que le ordenó un cese al fuego a Wol-
ford y se dirigió de inmediato hasta el área donde éste se encontraba para poder tener una reunión
privada con él. ¿De qué hablaron los hombres durante su encuentro? Sólo una honesta y profunda
investigación por parte del Pentágono puede aclarar estas dudas. Finalmente, los comentarios
realizados por Wolford parecen contradecir sus propias declaraciones y las de los cuatro oficiales.
Wolford dijo, durante entrevistas con la prensa, que disparó inmediatamente, mientras que el oficial
del tanque dijo que hubo aproximadamente un retraso de diez minutos entre el momento en que
informó haber visto al “observador” iraquí y el momento en que recibió la orden para disparar. Las
declaraciones de Wolford son confusas, ya que por un lado dijo que el tanque disparó contra el
hotel porque estaba recibiendo fuego proveniente del mismo, pero por otro, afirmó que se disparó
contra un “observador” con binoculares en el techo. ¿Habrá intentado el tanque disparar a otro
lugar y falló en su objetivo? ¿Cuál de todas las versiones es la correcta? Ésta y otras preguntas sólo
pueden ser respondidas por el Pentágono, que debe proveernos de un relato público y completo de
los eventos del 8 de abril del 2003. A pesar de que el Secretario de Estado, Colin Powell, declaró
que el incidente aún se estaba investigando, no ha habido indicaciones de que una investigación
completa, profunda y pública estuviera por presentarse.