democracia y cultura ambiental by richardqt

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									Democracia participativa, cultura ambiental y desarrollo sustentable.
ponencia que presenta Mario Rechy Montiel del Centro de Estudios Estratégicos S.C. en la Mesa Redonda para celebrar el DÍA DE LA TIERRA 22 de abril de 2002. Los foros que hoy en día llenan los eventos académicos y oficiales bordan o merodean la cuestión de la sustentabilidad. Pero, precisamente, está ausente del discurso en circulación el conjunto de relaciones que existen o deben existir entre la sustentabilidad, la democracia y la cultura. La idea generalizada sobre lo que es la sustentabilidad es la de que debemos conservar para las generaciones futuras los recursos a los que nosotros tenemos acceso. Como idea es correcta. Sin embargo, como ustedes saben, entre una idea y una concepción hay distancia. Como también la hay entre idea y teoría; que es casi la misma distancia que existe entre pensamiento común o cotidiano y ciencia. Si de lo que se trata es de crear corriente de opinión es correcto tomar una idea y difundirla, porque eso ayuda a los que hacen algo más que campañas mediáticas. Pero si de lo que se trata es de trazar la estrategia de desarrollo de una empresa, de una comunidad, de un país, o de una generación, entonces una idea es completamente insuficiente e ineficaz. Y cuando decimos que el tema del desarrollo sustentable se ha vuelto un lugar común, queremos decir que los mercadólogos, los jilgueros de discursos de grillos, y los manipuladores de la opinión pública, han reducido el asunto a las medidas que dictaría el sentido común para que no se mochen muchos árboles o no se maten las ballenas. Por fortuna para la ciencia y para el género humano, el desarrollo sustentable no es asunto que puedan resolver nuestros encantadores del día. Pero, si el tema es mucho más importante, y si se requiere un esfuerzo del conocimiento, la conceptuación y la ciencia para definirlo y esclarecer sus tareas, parecería entonces difícil o, cuando menos contradictorio, plantearse una cultura de la sustentabilidad. Entendiendo por cultura un conjunto de concepciones y de prácticas sociales. Y de la misma manera parecería, de primera vista, que el carácter participativo que titula esta ponencia y esta mesa, serían asunto difícil, pues las masas, de las que quisiéramos conseguir lo participativo, no actúan con conciencia

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científica, sino precisamente a partir de unas cuantas ideas, y movidos por una de dos razones, o por problemas concretos que les afectan, o por señales que les lanzan los mercadólogos, los grillos o los empresarios. ¿Cómo resolver la contradicción.? El género humano siempre ha procedido cosificando el pensamiento. Es decir, según un proceso largo en que, al ir resolviendo problemas, aplica o utiliza recursos científicos y tecnológicos, y luego los convierte en una práctica irreflexiva pero capaz de repetir el logro cuantas veces sea necesario. Los primeros que realizan la tarea son los pioneros encargados de seleccionar los recursos tecnológicos más adecuados, y de guiarse por el conocimiento científico que existe hasta ese momento. Al resolver el problema llevan una bitácora de investigación, o una guía de Murdock o una ruta crítica en proceso de verificación; formulan hipótesis sobre las causas del problema y sobre las formas de superarlo, e incluso llegan a establecer los elementos básicos que definen una cuestión, aislando el fenómeno del torrente infinito de particularidades que no son fundamentales en el caso que se trata. Esa práctica social, que es el camino de la ciencia, se convierte en modelos teóricos, que son lo que permite el acceso al conocimiento condensado, sin necesidad de repasar todo el camino de la investigación y verificación, y que ustedes ven de continuo en sus lecciones. Pero más allá de esos modelos, en el momento en que se trata de un ejercicio social, la instrucción y la capacitación se encargan de trasmitir el manejo instrumental de las soluciones. Por citar dos ejemplos: Ningún encargado de dar mantenimiento a un sistema de elevadores conoce las leyes de las poleas, ni necesita haber descifrado la relación entre el peso del elevador y la fuerza del motor que jala los cables a través de determinadas poleas. Probablemente tampoco sabe qué relación guarda el voltaje con la potencia del motor, según el número de vueltas que da el cable dentro de la bobina, dependiendo del grueso de ese cable y del tamaño de los imanes. No. Nada de esto se le enseña. El sabe que debe ver que la cadena esté en buen estado, que todo el sistema esté bien engrasado, que el motor no muestre fricción en los carbones o en los baleros, que las poleas estén girando con holgura, etc., etc. Quienes saben cómo y por qué funciona el elevador son los ingenieros. Pero no todos los que ponen en operación y los mantienen en operación tienen que ser ingenieros.

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Lo que sí puede convertirse en algo peligroso es poner a un encargado de mantenimiento a construir elevadores. Y no necesito describir a ustedes lo que puede pasar si con un conocimiento superficial se realizan cosas complejas. Sin embargo, el obrero colectivo, el que trabaja acorde con un plan, un diseño, y según una experiencia científica, no sabe estrictamente todos los detalles por los cuales un elevador es de una determinada manera, pero sí sabe que si se apega a determinados parámetros y normas, puede producir elevadores en serie. Este obrero colectivo aprende sobre la marcha cuáles son las especificaciones que se requieren de resistencia, de durabilidad, de torsión, de dureza o flexibilidad, y puede sobre la marcha hacer mejoras, añadidos, correcciones, que reduzcan los riesgos, los tiempos de fabricación o los costos, y que representen tal vez operaciones más sencillas o más versátiles. Este obrero colectivo que fabrica elevadores es capaz de ser autogestor de su proceso de trabajo. Tomemos ahora un ejemplo completamente distinto por el género de la tarea: un campesino. Un campesino sabe, por experiencia que la semilla que conviene a su terreno es una semilla x. Sabe también que antes de sembrar tiene que realizar una serie de tareas preparatorias. Entre ellas la de airear y aflojar la tierra, o la de surcar para que las plantas se sostengan, y para que sw alineen y pueda él trabajar entre ellas. Sabe luego que existe una correlación y dependencia entre ciertos fenómenos climatológicos y las tareas que realiza. No puede sembrar si no están cercanas las lluvias, ni puede dejar tampoco que se inunde su terreno una vez que ha sembrado, porque se puede taponar la semilla. Luego sabe que conviene agregar fertilizante, y realizar una serie de labores como el deshierbe y el arrejuntado de tierra. En fin, que su práctica es producto de la experiencia. Aunque originalmente, o en algún punto que representó un cambio tecnológico y científico, él dejó de juntar la semilla de la cosecha anterior y empezó a comprarla. Así como dejó de usar la yunta y aprendió a usar el tractor o a pagar por la maquila de la máquina. Etc. Etc. Sin embargo, detrás de ese modelo de actividad agrícola están los ingenieros agrónomos. Y detrás de los agrónomos está la investigación científica, los campos experimentales, los laboratorios de suelos, etc., etc. Pues en el caso de ambos, tanto del campesino como del que realiza mantenimiento de elevadores, existen prácticas cosificadas. No saben exactamente por qué lo hacen así, pero saben que así deben hacerlo.

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Imaginen ahora ustedes que llega un vendedor de elevadores y empieza a tirar un rollo sobre que compren cables de la marca que él representa, y les dice que el color del cable revela su mayor durabilidad, y que su torsión es más picuda. Y que estos sujetos encargados del mantenimiento decidan sustituir lo que estaba probado por las baratijas que les promueven. O en el caso campesino, supongamos, como de hecho ocurre, que llega un charlatán que les dice que la nueva semilla r15 tiene un crecimiento precoz y que resiste sequía y plagas porque ya trae su propio insecticida integrado en los genes. Y que el campesino sustituye efectivamente la semilla que viene usando hace unos cuarenta años, por esa nueva maravilla. Creo que no necesito decirles cómo empiezan entonces a comportarse los elevadores y los granos o cultivos. Volvamos ahora a nuestro objeto de análisis, y preguntémonos quienes y de qué manera deben definir el desarrollo sustentable. Creen ustedes que debe ser el Sr. Carlos Flores que es el encargado de planeación en la presidencia de la república, y que introdujo el término en el Plan Nacional de Desarrollo? Tendrá el Sr. Flores el antecedente, el conocimiento científico de la sustentabilidad? O se trata de un técnico equiparable al que da mantenimiento de los elevadores? Esta es una pregunta crucial, pues precisamente depende de cómo se defina el desarrollo sustentable, e indirectamente de quiénes lo definan, el que efectivamente estemos haciendo algo orientado hacia él o que estemos descomponiendo elevadores y produciendo veneno alimentario en lugar de granos. ¿Quiénes han formulado los modelos de la sustentabilidad? Y con qué criterios o a partir de qué problemática? Por ejemplo, en estados unidos existen varias propuestas muy bien formuladas para establecer políticas públicas de sustentabilidad. Y cuando digo que están muy bien definidas quiero decir que están muy claras, muy sencillitas, muy sistematizadas, muy coherentemente expuestas, y muy secuenciadas en los procedimientos o medidas que proponen. Pero todas tienen dos cosas en común: en primer lugar están empeñadas en imputar un valor de mercado a los daños o externalidades de una actividad, cualquiera que esta sea. Algo así como a tasar el costo de lo que contamina o jode al medio ambiente. Y en segundo lugar, todas estas metodologías están empeñadas en que ese daño se traduzca en un cobro o impuesto que vaya a parar a la administración para que ésta se encargue de corregir o remediar lo que otros jodieron.

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La cultura que se desprende de ese modelo es “paga por lo que depredas y destruyes o te chingas”, y “no te hagas responsable de sus consecuencias o remedios, pues esa es tarea de la administración pública”. La participación ciudadana puede, en ese caso, llegar a ser un comité ciudadano que vea que todo el que contamine pague, y que el gobierno siembre lo necesario para reponer lo que se excedió, o que limpie lo que los particulares empuercaron. Hay quienes entienden así la sustentabilidad, la cultura de la sustentabilidad y la participación ciudadana. Pero ustedes saben, sin necesidad que haya yo empezado mi descalificación, que quienes piensan y proceden así se están haciendo pendejos solos. Y aquí, compañeros, toda esta sociedad se está también haciendo pendeja. Pero tratemos de conceptuar esa pendejés. Aunque tenemos una Secretaría de estado que vela por los recursos naturales y el medio ambiente, el gobierno funciona como si esa tarea sólo le correspondiera a la Semarnat. El resto de las Secretarías, se piensa, tiene otras responsabilidades. Es decir, como si la sustentabilidad fuera un tema, problema o asunto de algunos, y no de todos. Y como si la práctica o el remedio a la crisis ambiental, fuera una tarea posible desde una parte seccionada del quehacer institucional. La Semarnat ha formulado la Ley del Equilibrio Ecológico... pero esta ley no puede sobreponerse a la práctica o rutina que se sigue para formular, año con año, los Criterios de política económica; y menos aún puede tener una jerarquía mayor que los planes de expansión de la bolsa de valores, o que los diseños de la Comisión Nacional Bancaria. Y no lo digo de chiste. La Profepa está obligada a ver que se cumpla con la ley, y particularmente, que se detenga la deforestación. Pero la Profepa no define los criterios de rentabilidad de la actividad. Así como la ley del equilibrio no toca los criterios monetaristas de las finanzas públicas, o como no se refiere a la ficción que vive la sociedad contemporánea sobre la creación de valor de corto plazo y la destrucción de valor futuro. Es más, en la metodología de proyectos, que es lo que define dónde puede invertirse para hacer negocio, crecer, o resolver problemas, no existen criterios ambientales. Entonces no exagero en que toda esta sociedad se está haciendo pendeja. Pues de lo que se trata es de replantearse lo que puede ser la economía, lo que debe ser el desarrollo, y lo que necesita cambiarse como criterio de rentabilidad, de oportunidad, de productividad y de oportunidad.

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A todos estos temas, permítase un breve comentario, se ha dedicado el Centro de Estudios Estratégicos, a nombre del cual hoy expongo ante ustedes. Hemos formulado una metodología de proyectos sustentable, hemos avanzado en los criterios de un desarrollo que incluya las variables ambientales. Apoyados en la experiencia internacional, hemos escrito un manual de economía de las montañas –este año es el año de las montañas--, e incluso hemos colaborado con la Semarnat al escribir la Agenda Municipal para el Desarrollo Ambiental. No es desde luego suficiente ni todo lo que se requiere. Pero sí es parte de ese ejercicio científico que se replantea los conceptos y nociones básicas del desarrollo. Es necesario apercibirse que estamos viviendo lo que los científicos denominan una revolución copernicana, o como decía Kuhn, una revolución científica. Otras revoluciones científicas fueron las que el hombre vivió al transitar al neolítico, al llegar a la agricultura, con la revolución urbana, con el descubrimiento del nuevo mundo, o con la llegada de los antibióticos. El mundo parece hoy todavía impresionado por el vertiginoso cambio de la cibernética, como si esta revolución fuera la más importante de nuestros días. Probablemente se vea así, porque el interés de las grandes corporaciones está detrás de nuestros equipos de cómputo. Pero reparen ustedes en los hechos e implicaciones que tiene la revolución de la sustentabilidad. Se trata nada menos que de replantearnos el modelo de la civilización, de lo que podemos consumir y de lo que debemos conservar, independientemente de que habría muchos que quisieran transformarlo en billetes. Se trata, al mismo tiempo, de traducir esos modelos teóricos en manuales instrumentales, en cursos de capacitación, y en una generación de instrumentadores de la nueva operabilidad. Y se trata de demostrarlo sobre la marcha, porque lo peor de todo este asunto es que si no nos apuramos corremos el riesgo del colapso, es decir, de que nos chinguemos algunos de los recursos antes de haber encontrado la alternativa. No me detendré en ejemplos porque el tema de la charla es sustentabilidad, participación y democracia. Pero hay que empezar por el cuestionamiento y la crítica de todos los que desde un interés parcial o particular están trivializando lo que constituye el gran tema de nuestro tiempo. La sustentabilidad de la que hablamos y en la pensamos no es la del paisaje bonito. En Valle de Bravo, por decir algo, está una especie de parque, bautizado en términos de la ecología, y propiedad de una institución financiera. Ahí se pronuncian discursos exultantes de la naturaleza, del bosque el agua
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ay los pescaditos. Aunque para construir el parquecito hayan desgajado un cerro, desviado el curso de un río, y talado buena cantidad de árboles que estorbaban a la realización del proyecto. Pero eso sí, ahí escuchan Roberto Hernández y Oscar Espinosa Villarreal los discursos sobre los pececitos del lago y otras mamantinas. A ninguno de ellos le importa que los peces de Valle estén saturados de sustancias químicas que los han vuelto no comibles, ni que el lago esté invadido de plagas que proliferan por las externalidades de la acción humana, ni que exista un acelerado proceso de azolve. La sustentabilidad de la que hablamos y pensamos no es la del discurso con frases actuales de los políticos del día que no han leído ni ha Schumacher ni Ramírez Allier, pero sí conocen la frase de Colosio. Cuando no se comprende que la sustentabilidad no es una vocación bonita por la conservación de las plantas, ni un amor que trasciende a nuestros congéneres y llega hasta los cetáceos, en lugar de cuidar el número de los delfines que se tragan junto con el atún, les preocupa que a causa de la tasa de captura, nuestros nietos no comerán ni sardina, ni atún, ni camarón. Y que las sillas o las mesas de madera, pueden llegar a ser piezas de museo al fin de siglo, cuando sólo sea posible fabricarlas de basura reciclada de plásticos. Los militantes de la sustentabilidad se toman en serio los trastornos que ocasionan los trasgénicos y los agroquímicos, y no solamente denuncian a las trasnacionales que los venden, sino que formulan la alternativa y la instrumentan. Los militantes de la sustentabilidad, porque lo que necesitamos en estos días no son fans o simpatizantes, sino una generación comprometida, son los que van a trabajar en las escuelas, en los institutos de investigación, en los campos experimentales, en los seminarios, en los talleres y en los simposios, los modelos a generalizar sobre toda la práctica humana que tiene que ver con la producción. Se trata de cambiar el modelo de la civilización occidental que descansa sobre variables que confieren a la naturaleza la condición de materia prima inagotable, rentable, acumulable y capitalizable. Se trata de replantearse los derechos que tiene cada uno de nosotros como parte de la sociedad humana. Y de definir de manera colectiva cómo podemos reconstruir nuestra agricultura, nuestra industria, nuestras ciudades y nuestra educación. Si ustedes, jóvenes están dispuestos a la tarea se van a encontrar a los de la generación anterior que militamos en la sustentabilidad. Nosotros
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descubrimos la crisis y la estamos procesando, a ustedes toca formular, a partir de nuestra experiencia, lo que se puede componer, y de hacerlo. Y para ello, van a necesitar rigor, autogestión, democracia participativa, y coraje, pero también una fuerte dosis de utopía. Tan grande y tan fuerte como aquella que tenemos los de la generación anterior en nuestra búsqueda del socialismo, como opción de justicia y solidaridad, que hoy vemos no era posible sin unir a su sino y objetivo el de la sustentabilidad. Gracias por permitirme esta introducción a un diálogo que espero sea fructífero para todos nosotros.

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