la educación de la voluntad
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LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD 1 .- ¿Educar la voluntad? Nadie presume de ser poco inteligente. En cambio, muchos presumen de tener poca voluntad, de modo que educar la voluntad puede parecerles una tarea innecesaria o insignificante. Y, sin embargo, la voluntad juega un gran papel en la vida de los seres humanos. O mejor debería jugar un gran papel. Porque el hombre está radicalmente orientado, como todo ser, “hacia el tipo de actividad que le compete” (ANTONIO MILLAN PUELLES. Léxico filosófico. De. Rialp. Madrid. 1984.Pág. 617). En efecto, los seres creados “Es elicito el apetito que se esta dando en un ser cuando este queda atraído por algo de lo cual tiene algún conocimiento” Luego, es una tensión que presupone el conocimiento de aquello a lo que se dirige, presupone apetito o tendencia natural, por otra parte y por otra. Conocimiento. Este conocimiento puede ser sólo sensitivo o también intelectivo. O sólo intelectivo. Esto último es propio de los ángeles. En los hombres el apetito elicito se llama voluntad humana, que “consiste en una tensión operativa que se actualiza o descarga si la facultad humana de entender se encuentra en actividad” (Ibidem. Pág. 618). Y esta voluntad es susceptible de educación. Educar la voluntad humana consiste en cultivarla, con el fin de incrementarla, o crecer en voluntad. Esto es tener no poca, sino. No una voluntad débil, sino fuerte como espolón de acero. No mala, sino buena voluntad. No una voluntad enferma (todo lo que la aleje del bien, al que naturalmente tiende, la enferma toda fuga de la realidad –droga e ideología- la enferma), sino voluntad sana. No una voluntad enana, sino una voluntad crecida, cultivada, a la altura de las posibilidades de cada persona humana. No una voluntad esclava, sino libre –capaz de asumir e integrar los sentimientos, por ejemplo-. 2 .- Rica en facetas educativas Ya se ve que la educación de la voluntad es más rica en facetas de lo que en principio pudiéramos sospechar. En primer lugar, toda la educación de la inteligencia redunda en beneficio de la que nos ocupa, porque “El objeto de la volición es un bien intelectivamente representado” (Ibidem. Pág. 619). Luego enseñar a pensar, enseñar a informarse, enseñar a realimentar el propio pensamiento con la mejor información , enseñar a estudiar, forma parte de este previo a la educación de la voluntad. Pero no sólo el conocimiento intelectivo influye en la voluntad humana. Influye también el conocer sensitivo y el apetito sensible. Influyen los actos del apetito sensible que son el deseo y el temor, el gozo y la tristeza, la esperanza y la desesperación, la audacia y la ira. Pero todo ello ha de pasar por nuestra inteligencia y nuestro autodominio. He aquí otro aspecto de la educación de la voluntad, que tiene mucho que ver con la superación de nuestras ignorancias, de nuestras perezas, de nuestras cobardías, de nuestros miedos. También supone -al menos, en la tercera infancia o edad escolar- la formación de hábitos buenos –orden, puntualidad, laboriosidad, sinceridad, valentía, generosidad, etc.Entender y querer: dos facultades o potencias operativas diferentes “pero la distinción entre el entendimiento y la voluntad resulta perfectamente compatible con la existencia de un principio común a ambos, el espíritu, del cual son energías o poderes activos” (Ibidem. Pág. 622). Es pues la voluntad humana una “subenergía” operativa. Luego, enseñar a hacer, forma parte de educación de la voluntad. Lo cual supone, por una parte, tener posibilidades de hacer, saber hacer, querer hacer, aspirar a hacer, decidir hacer, decidir lo que se va hacer y hacerlo: y por la otra, tener la oportunidad de hacer, poder hacer, tener algo que hacer, tener el encargo a la responsabilidad de hacerlo. Para que este hacer, esté a la altura de la racionalidad humana ha de ser un hacer pensado, documentado, decidido. El querer hacer una voluntad libre se actualiza en la decisión de. Luego enseñar a decidir –y en general, enseñar a vivir mejor la propia libertad responsable- forma parte de la educación de la voluntad. Pero toda decisión supone un querer. Elijo o acepto libremente en función de lo que quiero, y que este querer no es ya sólo de voluntad, sino querer de amor. Y el amor es voluntad, y algo más que voluntad. Y su lugar es el corazón. Pero yo no voy a hablar hoy de corazón. Una voluntad fuerte supone la educación de la fortaleza. Nuevas generaciones de hombres y mujeres fuertes. Enseñar a acometer y a resistir. Hoy cuando la contaminación debilita la resistencia, el aguante. La fortaleza podemos considerarla como una virtud –que es el desarrollo óptimo de una tendencia natural- y como don. Hay personas con mucha voluntad, pero desnaturalizada o degenerada. Para hacer el mal. Y la voluntad por naturaleza, tiende al bien. Educar es ir a favor, no en contra de la naturaleza. III .- Cualificar el querer y el hacer Por otra parte, buena voluntad parece ser disposición de querer y hacer el bien. Educar es cualificar ese querer y ese hacer. Purificar esa voluntad. Descontaminarla de motivos torcidos o menos rectos, o menos nobles o menos elevados. Es también rectificar las intenciones. Y ello requiere un corazón puro. Educar la voluntad supone prever sus enfermedades. Entre ellas se suele citar la abulia, el atolondramiento, la dispersión, la indecisión, la pasividad, la inconstancia, etc. Educar la voluntad es también curarlas. Pero hay otras enfermedades ocasionadas hoy por evasiones de la realidad: droga, activismo ideológico, etc. A veces, problemas muy difíciles de resolver. Por eso, toda previsión es poca. La voluntad se ejercita en las voluntades. Por eso, un exceso de facilidades en lo material perjudica su educación. O al menos no la propicia. El materialismo hedonista que nos rodea, que nos invade, no la facilita. Todo ello debe ser considerado, hoy, en familias originales. He dicho “querer hacer”. Pero como el querer supone el conocer, y el hacer humano, ha de ser un hacer pensado, documentado, querer conocer, querer saber, forma parte de la educación de la voluntad. “lo que entonces queremos no consiste en lo conocido, sino en la actividad de conocerlo”. Esta es la buena voluntad, la voluntad fuerte del buen estudiante. Ello requiere descubrir el sentido del estudio –y del trabajo en general-. Es decir, ese acto de la persona que responde a la captación intelectiva de uno o más valores. Hemos visto cómo diversos elementos o factores repercuten o influyen, aunque no decisivamente, en la voluntad. Especialmente, el entendimiento. Pero también “la voluntad mueve al entendimiento aplicándolo a la actividad. Esta influencia es directa. También es directa la eficacia de la voluntad sobre la imaginación”. Luego, la educación de la voluntad contribuirá a la buena costumbre de pensar, de pensar bien, de pensar verdaderamente. Porque “las reflexiones son actos del entendimiento, pero la decisión de efectuarlas pertenecen a la voluntad”. Y también contribuirán a la educación de la imaginación ,asunto verdaderamente descuidado incluso en las mejores familias, en las familias más sensibles a su dimensión educativa. Por todo ello, animaría a los primeros responsables de las familias a poner su mejor esfuerzo, su mejor empeño, su mejor voluntad en la educación de la voluntad. Y, por lo tanto, en la educación del corazón.