¿Al Cielo Por Los Diez Mandamientos Capítulo 4 El by kennedyandstahl

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									              ¿Al Cielo Por Los Diez Mandamientos?
                            Capítulo 4
                          El Inmaculado
    Éste es el tercer punto: no sólo debe conocer los Diez Mandamientos, y cumplirlos,
sino que además debe cumplirlos desde su infancia hasta su muerte, y los debe cumplir
absolutamente todos, de forma perfecta, porque si no es así, usted no es cumplidor sino
transgresor de la Ley. Olvídese de las comparaciones con los demás, porque Dios
considera a los demás igualmente culpables como a usted. El mal de muchos no le va a
ayudar.
    ¿Dónde nos deja esta situación? Quizás usted, de alguna manera, no puede creer que
el asunto sea tan estricto y tajante. Probablemente le habrán dicho mucho que “Dios es
amor”, que tiene misericordia y compasión, y quizás esto le haya creado un concepto de
un Dios que comprende que no damos la talla, pero nos dejará entrar en el Paraíso al final,
porque nadie es perfecto. Pero si cree esto, se ha engañado. Quizás no quiere creer que
Dios quiera enviarle al infierno, ni que se lo merezca, pero ahora debe admitir que la
pretensión de cumplir los Diez Mandamientos es al menos un error grave, y tal vez una
estupidez de primera (lo digo sin ánimo de insultar a nadie). Pero es más. Los Diez
Mandamientos le condenan como culpable y hacedor de maldad. Dios los emplea para
demostrarnos lo que Él sabe, pero que nosotros NO QUEREMOS creer, y nos cuesta duro
trabajo creer, que no somos básicamente buenos, sino malos, y necesitados de una gran
obra de Su poder y gracia para salvarnos. La Ley de Dios da testimonio en contra de
nosotros, nos pilla en todos los lados, y deja expuesto lo que escondemos en el corazón y
no queremos que nadie vea. Es la forma en que Dios, como médico, nos enseña los
resultados del análisis, para decirnos cuán grave es nuestro problema y nuestra necesidad
de Su intervención.
    El Salmo 5:5-7 dice: “Pues no eres tú Dios que se agrade del impío, ni será tu huésped
el perverso. No pueden los insensatos estar ante tus ojos; odias a todos los obradores de
iniquidad. Das a la perdición al mentiroso; al sanguinario, al fraudulento, los abomina Dios”
(Nácar-Colunga). Salmo 7:12 dice: “Dios es justo Juez; cada día nos amenaza con su ira”
(Nácar-Colunga). Sea cual sea su opinión de sí mismo, o la opinión de las demás perso-
nas, que usted puede haberles convencido que es bueno, según la Palabra de Dios, usted
es un pecador culpable, y Dios es juez justo. Usted tiene un corazón malo, pero Dios es
bueno, Dios, y nadie más. Usted tiene maldad en su corazón, y ha hecho maldad, pero
Dios no se complace en la maldad. Comparado con Dios, usted es malo, no bueno, y el
malo no habitará junto a Él.
    Ha procurado guardar los Diez Mandamientos, pero lo único que ha conseguido con
ello es demostrar que no los guarda, y que no es bueno. Puede que esto a usted le frustre,
pero es así el diseño divino de la Ley. Según Romanos 3:19-20, la Ley de Dios no sirve
para justificar a nadie, sino: “para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el
juicio de Dios; ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de
él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado”. Sólo para esto sirven los
Diez Mandamientos, no como escalera para llegar al cielo, sino como mazo de juez para
pronunciar su culpa y necesidad del perdón divino. La Ley es para convencerle a usted de
que es un pecador condenado, para hacerle conocer, digamos, en colores vivos, el


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pecado en su vida. Su misión y propósito es hacerle ver que cuando la Biblia dice: “por
cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios”, es un retrato suyo
(Romanos 3:23). Esto es difícil de admitir, sobre todo, para personas religiosas y
practicantes de su religión, porque la religión hace al hombre creerse bueno, mejor que
otros, cuando la Ley de Dios enseña todo lo contrario.
    Es como si usted tuviera un cáncer maligno, que representa su pecado, que le conduce
a la muerte, y un pariente, que representa la religión, no le quisiera decir que tiene cáncer,
porque es muy duro y desagradable, y puede deprimirle. Así que, su pariente le dice: “es
un virus” o “tiene bronquitis” o “tiene úlceras” cuando en realidad es cáncer y va a morir.
Pero engañado, usted va al médico y toma sus pastillas, que no pueden quitar el cáncer, y
cada día está más cerca de la muerte, pensando que no es nada grave. La religión le dice
que es bueno, quizás un poquito malo, pero que no es nada grave, y si sigue practicando
los sacramentos todo le irá bien. Al que cree esto, ¡cuán difícil le es darse cuenta del
cáncer, del pecado, que tiene! Por un lado, porque no se lo dicen los más allegados, y por
otro lado, porque él mismo no quiere saberlo. Pero entra la Ley de Dios, y es cómo si viese
los resultados del análisis que el médico guarda en su consultorio, y ahí dice la verdad,
porque los Diez Mandamientos demuestran que usted es malo, es pecador y va a morir.
Créase a aquellos que le dicen que es bueno o no tan malo, si quiere, pero recuerde, es
mentira, le están engañando.
    La realidad es que usted es un pecador condenado ante el tribunal de Dios. Siendo
que es así, bien podría preguntar por qué Dios no le ha fulminado ya en ira santa y justa.
No es porque a Dios no le importen sus pecados, sino porque Dios, en Su misericordia y
amor, quiere salvarle de esta condición terrible. ¿Qué quiere hacer? Quiere limpiarle de
todos sus pecados, perdonarle de todos ellos, declararle justo, y darle una vida nueva y
eterna, con una naturaleza nueva. ¿Cómo puede ser? Precisamente porque Dios, además
de ser santo y justo, es clemente y misericordioso, y ama a Sus criaturas, ¡y éstas son
buenas nuevas! Debido a este gran amor de Dios, y Su gracia (no nuestros méritos) existe
una forma de salir del embrollo, de salvarle a usted de la condenación eterna que merece
como pecador. Y es aquí donde aparece una palabra que a lo mejor ha oído mucho pero
entendido poco: “evangelio”.
    Los religiosos y los que han sido educados desde pequeños en la religión, han oído
muchas veces la palabra “evangelio”, pero pocos saben qué es. ¿Qué es el evangelio?
No es la Biblia, ni los cuatro evangelios, ni que Dios es amor. Es algo mucho más preciso
que todo esto. “Evangelio” viene de una palabra griega, y significa simplemente “buenas
noticias”. El evangelio es la buena nueva para el pecador, para todos aquellos que se
reconocen culpables ante Dios. El problema es, si uno no se ve tan malo, que quizás sea
el problema de usted, entonces el evangelio no le parece tan maravilloso. Por eso, Dios
prepara nuestro corazón con la Ley, para que cada uno vea lo malo que es. Al que
reconoce su naturaleza pecaminosa, y ve que el pecado mora en su corazón y sale en sus
hechos, y desea ser perdonado y estar en paz con Dios, ¡no hay nada como el evangelio!
    Llevamos largo camino en este libro, demostrando a través del espejo de la Palabra de
Dios, que en usted no mora el bien. La consecuencia es, que merece el juicio de Dios.
Merece ser separado de Dios en tormentos por toda la eternidad, en el lago de fuego,
porque es malo de corazón. Pero a esto voy, que la buena noticia es una sorpresa; es algo
que Dios no estaba obligado a hacer, pero quiso hacerlo: que Cristo murió en la cruz por
sus pecados. Él hizo Suya la culpa de todos nosotros, de todos nuestros pecados, incluso
los suyos, y fue juzgado en la cruz como Sustituto. Pagó con Su sangre, derramando Su

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vida inmaculada, en lugar de usted, porque es lo que demanda la Ley de Dios: “El alma
que pecare, esa morirá” (Ezequiel 18:4). Jesucristo, como Dios Hijo, fue capaz de ofrecer
Su propio cuerpo así: “una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados” (Hebreos
10:12). Cuidado, que no se puede continuar ofreciendo a este Cristo en “el sacrificio de la
Misa”, de forma misteriosa e incruenta, porque fue un sacrificio perfecto y completo. El
sacrificio fue consumado, y esto fue declarado en voz alta por el Señor Jesucristo, cuando
gritó en la cruz: “¡Consumado es!” (S. Juan 19:30). ¡Atención! No dijo “comenzado es”,
porque no fue el comienzo de un sacrificio, sino “consumado es”, fíjese en la diferencia.
Por eso la Misa (palabra que no está en el Nuevo Testamento) no pertenece a los
verdaderos cristianos apostólicos, porque contradice el evangelio y el testimonio de la
Palabra de Dios. Es un sacrificio (declarado así por dogma católico-romano, que falsifica y
despista a los hombres de la obra que Jesucristo terminó en la cruz hace casi 2.000 años.
Seamos honestos, y fijemos la atención en esta frase: “habiendo obtenido eterna
redención” (Hebreos 9:12), que no habla de nada “en proceso” sino de algo terminado y
obtenido. También vemos la misma verdad en éstas: “una sola vez” (Hebreos 9:28), “una
vez para siempre” (Hebreos 10:10), “una vez para siempre un solo sacrificio” (Hebreos
10:12), “con una sola ofrenda hizo perfectos” (Hebreos 10:14). Ahora considera estas citas
del Catecismo De La Iglesia Católica:
        “Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el
   sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta
   su vuelta, el sacrificio de la cruz...” (pág. 305, sección 1323).
        “Santo Sacrificio, porque actualiza el único sacrificio de Cristo Salvador e
   incluye la ofrenda de la Iglesia; o también santo sacrificio de la misa...” (pág. 307,
   sección 1330).
    En la Sagrada Biblia Dios habla de un sacrificio hecho, cumplido, consumado, y la
Iglesia habla de otro sacrificio, no en la cruz, sino uno que es perpetuo y necesario para la
salvación. Son dos evangelios distintos, porque uno dice “hecho” y el otro dice “haced”.
Uno dice “consumado es” y el otro dice “comenzado es”. La Biblia no admite ningún
concepto de Cristo sufriendo todavía en una actitud de oblación, como dice la Iglesia
Católica Romana en uno de sus textos escolares, sino insiste que la obra de la cruz fue
terminada: “una sola vez”. Cuando habla del beneficio de aquel sacrifico, dice: “hizo per-
fectos para siempre a los santificados”, y éste es el evangelio, la buena nueva de Dios,
que lo que Cristo hizo vale y es completo; no hay que ir ganando el cielo poco a poco a
base de sacramentos y méritos. No hay que pagar, no hay que hacer e intentar para ganar
algo. Dios no pide al hombre lo que no puede hacer. Le enseña que necesita un Salvador,
y le invita a confiar en Aquel que hizo TODA la obra de salvación en la cruz, y la terminó,
“una sola vez para siempre”. ¡Gloria a Dios, la obra de sustitución y expiación de todos
nuestros pecados, ya está hecha y consumada! ¡Éstas noticias sí que son buenas!
    Eso es exactamente lo que aconteció cuando Jesucristo murió en la cruz. Él no era
ninguna víctima débil, sino el Dios Todopoderoso, que se humilló en amor, y se ofreció
como sustituto, voluntariamente, por usted. Estaba dispuesto a amarle y a morir en su
lugar de modo que no tuviera que sufrir la condena eterna que merece como pecador
culpable. Usted ha demostrado ser transgresor de la Ley, culpable y digno de muerte.
¡Todo lo contrario en cuánto a Jesucristo! ¡La única vida inmaculada, perfecta, el único que
no mereció la muerte, y aquella vida santa, perfecta y hermosa, la flor del cielo, fue
clavada en la cruz y derramada allí para que personas como usted y un servidor
pudiéramos ser perdonados! Pero hace falta una relación personal con Él, y es posible.


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Este mismo Jesucristo resucitó de la tumba, y vive hoy, pues no se ha quedado como un
dato o una ficha en la historia. ¡Él vive, y está sentado a la diestra del Padre en la gloria!
Está preparado para salvar a todo aquel que confía en Él, es decir, que deposita su
confianza en Él como su Sustituto, y obtiene en Él, perdón de TODOS sus pecados, y vida
nueva y eterna. Quienes creen así en el Señor Jesucristo, ejerciendo personalmente fe en
Él, son perdonados sin importar cuántos hayan sido sus pecados. Escuchemos las
palabras de Cristo: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (S. Marcos 2:17). Si
usted se cree justo o bueno, contradice la Ley de Dios y la Palabra de Cristo. ¿Por qué
Cristo no vino a llamar a justos? ¡Precisamente porque no hay ninguno! Romanos 3:10-12
dice: “No hay justo, ni aun uno... no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno”. Así
que, Cristo no llama a un grupo de personas que no existe (los justos), sino a todo ser
humano: “a pecadores”.
    Si se ve pecador, puede ser salvo hoy, si se arrepiente de sus pecados y confía en el
Señor Jesucristo. Por medio del Señor Jesús, recibirá perdón de todos los pecados, pero
TODOS, no a plazos sino de golpe: los pasados, los presentes y los futuros. Los que
confían en Él como su Sustituto, pueden decir: “Cristo nos redimió de la maldición de la
ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en
un madero),” (Gálatas 3:13).
    ¿Ha comprendido las buenas nuevas, el evangelio? Si lo comprende, ¡no podrá por
menos que decir conmigo que éstas son noticias maravillosas, en sobremanera buenas!
De hecho, acostumbrados por la religión a pensar en ser perdonados y limpiados “poco a
poco”, a base de sacramentos y buenas obras, el verdadero evangelio de salvación por la
gracia por la fe, SIN OBRAS, suena como algo increíble, como demasiado bueno o fácil.
¡Pero son buenas nuevas, no buenas recetas o buenos contratos! No hacemos equipo con
el Salvador, aportando nuestro granito de arena a Su gran obra de salvación. Él terminó la
obra y lo anunció a gritos desde la cruz. Se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas,
dice la Biblia: “habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí
mismo” (Hebreos 1:3). Ya no se ofrece, ya no es sacrificado, ya no sufre, sino descansa a
la diestra del Padre, y espera que usted deje de confiar en sí mismo, sus obras, sus
méritos, o su religión, y deposite toda su confianza en Aquel que hizo toda la obra de
salvación. Para que usted sea salvo, Jesucristo no espera sus obras, sino su fe. Así que,
arrepiéntase de sus pecados, de sus obras, de su religión y falsa confianza en cosas que
no salvan y no tienen mérito, y CREA total y únicamente en el Señor Jesucristo. ¡Sólo así
podrá ser salvo!
    No tiene que asistir más a Misa, ni debe hacerlo, puesto que el “Cristo” que sigue
sufriendo no representa al Cristo que: “se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas”
(Hebreos 1:3). El Santo Cristo de la Biblia ya ha obtenido redención, y la aplica a cuantos
depositan su confianza en Él. El evangelio no le dice: “Haga esto, y será salvo”, sino que
declara “hecho está” (“consumado es”). ¿Qué hay que hacer? ¡Arrepentirse y creer la
buena nueva, confiar en Aquel que lo hizo todo! El Señor Jesucristo le salvará ahora
mismo, si usted se arrepiente de sus pecados, de sus propios esfuerzos (“obras muertas”
Hebreos 9:14), su propia religión, y simplemente confía en Él que murió por usted, pagó
todo, y resucitó el tercer día. Jesucristo le dará vida nueva por su Espíritu Santo, que
vendrá a hacer Su morada en su interior cuando crea el evangelio. En este momento usted
nacerá de nuevo, por el Espíritu de Dios, como una nueva criatura en Cristo (2 Corintios
5:17). Tendrá el Espíritu Santo morando adentro, para limpiar, guiar y ayudarle como hijo
de Dios.

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     ¿Qué hará con semejantes buenas nuevas? Permítame ilustrar este punto con otra
cosa. ¿Qué haría con un buen pan? ¿Estudiarlo, o comerlo? El pan en la mesa no le hará
ningún bien, porque para el beneficio, hay que comerlo. Así es con Jesucristo, debe
recibirlo, hacerlo suyo, y esto se hace por la fe, depositando la confianza en Él. Si cree y
confía en el Señor Jesucristo, verá cómo mediante el Espíritu Santo que morará en su
interior, podrá agradar a Dios, de forma que jamás ha hecho antes. Entonces, hará el bien
no para ganar el cielo, sino como resultado de haber nacido de nuevo. Es decir, hará
buenas obras no como causa, no para tener mérito o ser aceptado, sino como efecto,
como resultado de que Dios le ha salvado y dado una vida nueva (lea cuidadosamente
Efesios 2:8-10). ¡La diferencia entre las obras para salvación y las obras por ser salvo, es
eterna!
    Pero después de todo, no piense mal de la Ley, de los Diez Mandamientos, porque a
fin de cuentas la Ley no es mala. Es perfecta, buena y santa. Lo único, que no le puede
dar poder para cumplirla, sino que solamente le puede enseñar que no es bueno, y
condenarle por ser pecador. Pero insisto que esto es bueno, porque si usted admite que
es pecador y necesitado de ayuda divina, encontrará en el Señor Jesucristo un Señor para
gobernar su vida, y un Salvador para pagar su condena, condena que pende cual espada
sobre su cabeza, hasta el momento de creer y refugiarse en Cristo. Si como pecador
condenado e incapaz de hacer bien y agradar a Dios, viene humilde y deposita su
confianza en Cristo, será declarado justo, porque Dios dice: “al que no obra, sino cree en
aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:5). Espero que
sea usted uno de los que para ser salvos, no obran, mas creen en Aquel.
    Tenga por cierto que no seguirá intentando ganarse el cielo por sus obras, ni por
ceremonias ni liturgias, ya que es del todo imposible. Considere cómo esta poesía expresa
lo que venimos diciendo:
    En cumplir los mandamientos divinos se afana
    Pero ni premio ni recompensa le mana.
    Noticias mejores el Evangelio propaga,
    ¡Poder y salvación a usted le regala!

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Bibliografía

Sagrada Biblia, versión directa de las lenguas originales por Eloino Nácar Fuster y Alberto
  Colunga Cueto, O. P., Biblioteca de Autores Cristianos, de la Editorial Católica, S.A.,
  Madrid. 1969.
Catecismo De La Iglesia Católica, Asociación de Editores Del Catecismo, Librería
  Editrice Vaticana, 1992, COEDITORES LITURGICOS ET ALII-LIBRERIA EDITRICE
  VATICANA, versión oficial en español, propiedad de la Santa Sede.
Documentos del Vaticano II, Constituciones, Decretos, Declaraciones, Biblioteca de
  Autores Cristianos, Madrid, MCMLXXIV.
La Santa Biblia, Antiguo y Nuevo Testamento, Antigua Versión de Casiodoro de Reina
  (1569) Revisada por Cipriano de Valera (1602), Otras Revisiones: 1862, 1909, 1960.
  Sociedades Bíblicas Unidas.

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