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Cartas a un joven periodista

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					Cartas a un joven periodista

Y un epílogo para adolescentes


Juan Luis Cebrián
A Teresa, periodiista
Entrega en mano

Madrid, sep tiembre de 2003

Querido lector (o lectora, claro).
Este breve epistolario responde a un en cargo de la edi torial que ini cial-
mente lo publicó en 1977, deseosa según me di jeron de abrir una co lec-
ción del género. De modo que la ini cial estructura y di mensiones del li -
bro vinieron tam bién indicadas de antemano, facilitando y constriñendo a
un tiempo mi tarea de autor. Si acep té enseguida la sugerencia de poner-
me a ella fue por que me resultaba muy grata. El intento, no sé si lo grado,
de transmitir a las nue vas generaciones algo de la ex periencia propia y
de los conocimientos y dudas que he po dido acumular a lo lar go de mi
trayectoria profesional me sedujo desde el principio.
El libro, en su pri mera versión, tuvo una buena andadura y ha servido de
texto en Universidades de Chi le, Argentina y Colombia, y de manual de
uso en el País Vas co. Espero que es ta edición corregida y ampliada me-
rezca todavía mayor aceptación.
“Escribir cartas significa desnudarse ante los fantasmas, que lo es peran
ávidamente”, decía Kafka a su amada Milena Jarenska. Ya he uti lizado
en otras ocasiones esta cita a la ho ra de comentar la im portancia del gé-
nero en la his toria de la li teratura. Cual quiera sabe, por lo de más, que
sólo hay un co rreo más pasional, exacerbado y ardiente que el del co ra-
zón: el de la po lítica.
La aparición del teléfono y su ex tensión casi universal amenazaron du-
rante un tiem po la supervivencia del método epistolar, que se re cupera
ahora espectacularmente gracias al co rreo electrónico. Ésta es una de las
contribuciones de la ci bercultura a la mejora de nues tra calidad de vi da.
Mis envíos a Ho norio no fueron escritos, sin em bargo, para ser trans por-
tados por In ternet, sino para sufrir todavía el romántico destino que im-
pone un franqueo y un matasellos. Podrás comprender, por lo de más, que
el tal Honorio es un per sonaje inexistente, y ni si quiera es un personaje
como tal, pues de liberadamente he hui do de la ten tación de imaginarlo y,
mucho más, de des cribirlo. Se trata sólo de un pretexto, de un nom bre
del que poder col gar algunas reflexiones que yo mismo hago sobre mi vi -
da y mi trabajo.
De modo que al co rregir las pruebas me he sen tido como el protagonista
de Niebla de Unamuno, convertido en personaje y autor al mismo tiem-
po, y enfrentado conmigo en ambas personalidades. Me gus taría que de
mi narración de ese con flicto latente en todo ser humano, de las con tra-
dicciones inevitables entre lo que so mos o lo que pa recemos y lo que de -
seamos ser o parecer, se derivara algún provecho para alguien. Por lo de-
más, toda carta sin res puesta es una car ta inacabada, de mo do que cual-
quier reacción a és ta sería bienvenida.
Cordialmente,
J UAN L UIS C EBRIÁN
3 de junio

Querido amigo:
¡Qué extraño es lla mar amigo a alguien a quien ni si quiera conoce-
mos!
Entre el co rreo de ayer, com puesto en su mayoría por folletos pu-
blicitarios, ofertas a domicilio y co municaciones del banco, me en-
contré con tu rue go que, a de cir verdad, no es si no uno más de los
muchos que re cibo a dia rio, y que acostumbro a res ponder de ma-
nera mecánica, por mor de la edu cación y quizá, también, del de-
seo de mantener viva mi ima gen. O sea que to davía me pre gunto
qué es lo que me con dujo a separar tu escrito del res to de la co -
rrespondencia, y qué me empuja en realidad a emplear dos horas
de mi vida en con testarte, robándolas al sue ño o a la familia, o a
mi propio divagar sin ha cer nada. Se guramente tu so licitud ha lle -
gado en el momento oportuno, haciéndome las pre guntas que yo
mismo me hago desde hace ya mu cho tiempo o in citándome a una
reflexión que es taba necesitando y de la que me per mitían huir el
ajetreo dia rio y la abundancia de com promisos con el mundo exte-
rior. Sea co mo sea, aquí es toy fren te al ordenador, pergeñando
unas líneas so bre la pantalla. Y éste es un acto ya de por sí pro vo-
cativo para quien como yo, en tusiasta del gé nero epistolar en tan to
que vehículo amatorio o conspirativo, imagina que las car tas deben
de estar siem pre escritas del pu ño y letra del re mitente, mojando la
pluma en lá grimas o en sangre, pe ro nunca sujetas a los im pulsos
electrónicos del ciberespacio.
Reconozco, también, que me ha en cantado el to no que empleas en
tu billete, entre descarado y tímido, y que mi ya po co impresiona-
ble sentido de la vanidad se vio ha lagado no tanto por lo s escuetos
elogios que me de dicas como por las abundantes críticas que se
desprenden del conjunto. Tengo edad suficiente como para no de-
sear engañarme a mí mismo y los re proches aje nos no me condu-
cen a la que ja sino a la du da.
De modo que, al ca bo, tú puedes ser un buen pre texto —quizá na-
da más que eso, y no te me en fades— para que al es cribirte me
escriba a mí mis mo y reflexionemos juntos sobre una pro fesión que
ha llenado toda mi exis tencia, a la que he dedicado más tiempo
que a nin guna otra cosa en esta vida, y que me ha pro porcionado
cuantas satisfacciones quie ras ima ginar, a cam bio só lo de dedicar-
me a ella con la ve neración de un fiel y la re signación de un escla-
vo.
Dices que te gus taría ser pe riodista, pero que no sa bes si tie nes
verdadera vo cación. Me nuda palabreja. Cuan do yo iba al co legio,
en la dé cada de los cin cuenta, la vo cación y su significado eran al-
go sobre lo que los curas nos ha cían meditar casi a dia rio. “Vo ca-
ción, del la tín vox, vocis, o sea, voz. Tener vocación es sentirse lla-
mado por algo. La vo cación es una predisposición, una voz in te-
rior, una atrac ción...”. La Vo cación au téntica, que se es cribía con
mayúscula, era una lla mada de Dios, una ape lación pa ra ponerse a
su servicio. Por cier to, esta necesidad de institucionalizar las doc -
trinas a ba se del empleo de versales en la tipografía también la
sintieron los co munistas que lo graron, a pesar de es tar prohibido,
que su partido fuera el Partido a secas, costumbre imitada, por lo
demás, por to dos aque llos que han es tado contra la exis tencia de
cualquier otra formación política que no fuera la su ya. Allí don de
se prohíben los partidos, el Partido se ve ensalzado.
Pero volviendo a mi cuen to, también se admitía que uno podía te-
ner otro gé nero de vo caciones y eran, sobre todo, las ac tividades
relacionadas con las cien cias del es píritu las que im plicaban ese
tipo de lla mada. De esta manera se sentía algún tipo de vocación
por ser abo gado, escritor, o has ta ingeniero, aun que resultaba im-
probable que na die confesara tener vocación de ta xista o de con-
ductor de au tobús. Sí, en cam bio, la de pi loto de avio nes o de co-
ches de ca rreras, con lo que lo de la vo cación ad quiría unos tin tes
clasistas, a ca ballo entre la excelencia del intelecto y la del di nero.
En cualquier ca so, sospechábamos que muchas de es tas vocacio-
nes —en cuyas modalidades difícilmente cabían los oficios de la
clase obre ra o algunos de con tenido judaizante, como el comercio
y los ne gocios— no eran verdaderas llamadas, sino que se debían
a sim ples con dicionamientos familiares o culturales, a los ambien-
tes que uno vi vía, o a ciertas habilidades naturales. Servían bien,
por eso mismo, para dejar claro que la Vocación au téntica, la única
y verdadera, era aque lla en la que Dios se ma nifestaba solicitándo-
te tus servicios.
Muchos adolescentes de aque lla épo ca aguardábamos expectantes
el momento de semejante revelación, destinada sólo a unas cuan-
tas almas selectas, y desconocíamos o pre teríamos el he cho de
que los se minarios estuvieran lle nos de segundones acosados por
la necesidad y el ham bre, o de hi jos del pe cado que pre tendían
purgar con su sa cerdocio las culpas de sus pro genitores. Yo tu ve
la felicidad inmensa —o al menos así lo creí en tonces— de saber-
me elegido entre los ele gidos, de sen tir aque lla voz bron ca y tea-
tral surgir de mis entrañas y con ducirme hacia los vo tos sacerdota-
les.
Duró poco, pe ro conllevó algunas ventajas. En pri mer lugar, el con-
vencimiento de que tenía Vocación me permitió discutir tranquila-
mente con mis pro fesores y pa dres so bre mis otras vo caciones me-
nores, que eran ali mentadas y cultivadas por mí con ma yor em peño
y menor solemnidad. Entre ellas es taba, con to da nitidez, la de di-
cación al pe riodismo. No era de extrañar. Mi pa dre era pe riodista,
nada vocacional, por cierto, sino fruto de la ca sualidad, pues había
estudiado medicina como mi abuelo, y entró a tra bajar en una re-
dacción sólo co mo medio urgente para ganarse el pan en los años
azarosos de la pos guerra. Lue go la vida le con dujo por esos de rro-
teros, hasta el pun to de que ocu pó im portantes puestos pro fesio-
nales y em presariales en el mundo de la pren sa, de forma que yo
nací, como quien di ce, entre ro tativas y hasta donde me alcanza la
memoria siem pre he sabido que en mi casa al lu gar de trabajo no
se le lla maba fábrica, escuela, oficina o ministerio, sino periódico.
He vivido durante tantos años aque lla experiencia an tes de mi
emancipación, y la he re petido durante tantos otros des pués de la
misma, que todavía hoy digo que acu do al pe riódico cuando me en-
camino a las flamantes oficinas del grupo de empresas que dirijo.
Si me detengo, im púdicamente, en contarte estos de talles es para
explicarte que mis creen cias en la vo cación son más que re lativas.
No cabe duda de que exis ten unas facultades innatas en cada per-
sona que le ayu dan a hacer me jor tal o cual co sa. También es cier-
to que casi to do se puede aprender, aunque la mejor edu cación del
mundo no sustituye al ta lento. Pe ro la decisión de de dicarse profe-
sionalmente a algo en concreto depende tanto de las ha bilidades
naturales como de las circunstancias que a uno le ro dean. O sea
que no me ven gas con ga rambainas de si tie nes o no vocación de
periodista. Pre gúntate mejor si eres curioso, im pertinente, si te in -
teresa lo que te ro dea, si quie res ave riguar el porqué de las co sas.
Entonces no sé si ten drás vocación pero al me nos tie nes, en prin -
cipio, algunas de las aptitudes necesarias.
Porque en rea lidad, ¿qué es ser pe riodista? Un adagio británico re-
sume semejante destino en el de sa lir a la ca lle, ver lo que pa sa y
contarlo a los de más. O sea que pe riodista es cualquier ciu dadano
que quie ra ha cer eso y no se ne cesitan ni títulos ni ho nores para
llevarlo a cabo. Al fin y a la pos tre, co mo dicen los ita lianos, se es
periodista porque “tra bajar es peor”.
Una de las con diciones primeras es la curiosidad. Los fi lósofos lla-
maban a esto capacidad de asombro, e implica una cierta ingenui-
dad de espíritu, un amor a lo nuevo, un estar dispuesto a dejarse
sorprender ca da mañana. En esa ca pacidad de asombro reside el
fundamento del co nocer y por eso la ru tina es el peor ene migo de
la sabiduría. Lo bueno de los pe riodistas, de los pe riodistas a se -
cas, es que se in teresan por to do, se enamoran de to do, se arre ba-
tan por to do y pa ra todo. Su oficio es destripar los he chos para
sintetizarlos lue go. ¿Has meditado alguna vez en el as pecto que
ofrece la primera página de un dia rio? Es un mosaico irre gular en
el que se mezclan las últimas noticias de la po lítica con el partido
del domingo y los crímenes pasionales. De trás de ca da uno de
esos relatos hay un periodista que los es cribe, pero tam bién hay
otro que los va lora, que tie ne la sen sibilidad de sopesar objetos
tan diferentes y buscar las mo tivaciones comunes que le lle van a
depositar todos esos hechos en la pri mera página: aque llas que se
refieren al in terés del lector. O sea que un pe riodista necesita ejer-
citar el pre vio de seo de conocer, y en eso se ase meja a los filóso-
fos, pero igualmente ha de sentir la ne cesidad de contar las co sas,
y en eso se pa rece a los ju glares. Su pasión no se sa tisface sólo
en la sa biduría pro pia, sino también en la cu riosidad ajena, que ha
de interpretar y que no siem pre coin cide con sus in tereses, sus
ideales o sus pro pios criterios.
Mauro Muñiz, un antiguo colega y excelente novelista, con el que
tuve la sa tisfacción de colaborar en Televisión Española, me espe-
tó en cierta ocasión su entendimiento de este asun to: “Convéncete,
sólo hay dos clases de periodistas. Los que escriben bien y los que
no”.
Enseguida me apunté a la teo ría (que sin em bargo me sonaba a in-
justa), pro bablemente porque en mi arro gancia pen saba que yo era
de los primeros. Ahora que me es per mitido dudar de mis pro pias
cualidades, y de las de los de más, ya sé que hay mu chas cla ses
de periodistas co mo las hay de pu tas —¿no las cla sificó Cela en
izas, ra bizas y co lipoterras?—. Hay periodistas que es criben, otros
que corrigen lo que ellos han es crito, periodistas que ha blan por la
radio, o quie nes están detrás de una cámara de fotos o son opera-
dores de te levisión. Hay pe riodistas que se pasan las ho ras muer-
tas tras una me sa de despacho, se leccionando cables de agencia,
y los que no pa ran de visitar co misarías. Algunos ro ban documen-
tos, o re galan bombones a las se cretarias de los fun cionarios, y las
seducen para que trai cionen al je fe. Hay pe riodistas que se ti ran
en paracaídas so bre lugares en con flicto, otros que or ganizan
cuestaciones hu manitarias, y no faltan los de dicados a hacer so-
ciología, estadística o prospectiva. No son pocos los que se en ca-
raman a la tri buna de la po lítica o al púlpito de su pro pia religión,
periodistas diputados, periodistas ministros, pe riodistas predicado-
res, periodistas detectives, periodistas oficinistas, pe riodistas lis-
tos y ton tos, ignorantes y cultos, honestos y corruptos, periodistas
que prefieren crear la no ticia a en contrarla, o los que apues tan por
protagonizarla ellos, periodistas que quie ren ser aca démicos y
otros que go zan con ser pu tos, no velistas, actores, ricos, podero-
sos, bohemios... ¿Qué es co mún a todos ellos? Te lo re pito, her-
mano, la cu riosidad, la maldita curiosidad por saber lo que hay de -
trás de las puer tas, debajo de las al fombras, den tro de los ca jones
o en el in terior de las ca mas. O sea que no me pre guntes nunca
más si tie nes vo cación, pre gúntate a ti mis mo si te in teresa averi-
guar, cuán to miedo tienes a saber, a descubrir, a co nocer, a in ves-
tigar, a hablar y, en ocasiones, a ca llar. Mírate al espejo y respon-
de: ¿es pa ra ti eso más im portante que nada? ¿Más que el di nero,
la familia, la sa lud y la tran quilidad? ¿Disfrutas mirando? Entonces
eres un pe riodista.
Ser curioso es, por lo de más, una especie de maldición. Implica no
decir que no a na da en prin cipio, con lo que te lla marán oportunis-
ta, y sa ber de cir que no a cual quier co sa en cualquier mo mento,
con lo que te til darán de conflictivo y sospechoso. Ca mus lo expli-
ca con cla ridad: el hombre rebelde es aquel que sa be decir no, pe -
ro en el mo mento mismo de expresar su negación se pregunta so-
bre la certeza y la duda que la envuelven. Ser cu rioso es cuestio-
narse la vida, in terrogar sin pau sa, sin pie dad, sin te mores.
A tus veintipocos años —¿me de jas imaginarte?, si alguna vez
contestas dime algo más sobre ti— estas cosas te so narán vacías
o, por lo me nos, tó picas. El tiempo te ha de enseñar que vivir es
someterse a una erosión con tinua, a una corrupción permanente, a
un deterioro im parable de nues tra pro pia curiosidad. La edad nos
hace sucumbir al mie do y defendernos de él. Gra cias a ella so mos
más brillantes en la mentira, eso sí, y más pru dentes en su admi-
nistración. Por eso no qui siera perder esta oportunidad que has
dado para escapar de mi cinismo. ¿Tienes vocación?, in sisto. ¿La
tengo yo? ¡Ah, qué pre gunta memorable para cualquiera que ra ye
la sesentena! ¿Por qué no te pre guntas mejor si tie nes ganas? Es
donde reside todo el misterio pro bable de tu otra in terrogación.
Hay cosas que se sien ten en el hígado, y otras en el rec to. El co ra-
zón palpita ahí mucho más que ba jo las costillas, y pensar con el
cerebro ha sido siempre el re curso socorrido de los me diocres. Te
lo digo yo, que amo el ra cionalismo, hasta donde pueda amarse
nada que ten ga ese nombre, y que to da mi vida he ren dido tributo
a la Ilustración. Esto es co mo en el arte y co mo en la vi da: sin vís -
ceras no hay na da. La vo cación de be parecerse, en tonces, a un
dolor de estómago, a un cierto mareo o a un orgasmo. O sea que
son ganas. Su pongo que tú las tie nes, caramba, y de pa so has
vuelto a hacérmelas sentir a mí.
Bien, me parece que me he enrollado más de la cuen ta con todo
esto y no sé si fi nalmente te va a ser de al guna utilidad. Consuéla-
te pensando que cuando menos ha servido para la propia purga de
mi corazón y que, con eso, has he cho la bue na obra del día. No sé
si te animarás a contestarme, no te lo estoy pidiendo. Me divierte
la idea de que lo ha gas, de que me discutas, aunque no voy a su -
frir un pe lo si nues tra correspondencia termina aquí mis mo, en su
comienzo. Eso sí, pídeme cuantas opiniones te pa rezca, pero no
aguardes de mí nunca un con sejo. No lo he de dar, no va ya a ser
que se te ocu rra seguirlo.
Tu amigo,



15 de julio

Querido Honorio:
No debes avergonzarte de tu nombre, aunque reconozco que des-
de el pun to de vis ta del marketing no es el me jor pa ra triunfar. Bue-
no, cámbiatelo que tampoco pasa nada. ¿Quie res ejemplos en la
historia? Larra firmaba como Fígaro —y no te nía un mal patroními-
co—, Leopoldo Alas fue Clarín y Azorín debió pen sar que con lo de
José Martínez no se iba muy le jos. O sea que no es só lo de coris-
tas y folclóricas esta afición al mo te y es tan poco lo que tenemos
en la vida que por lo me nos debemos aspirar a po der lla marnos co -
mo nos dé la ga na. Por lo de más Ho norio compromete demasiado
cuando se va a ejer cer la pro fesión de la plu ma y ya han caído en
desuso los duelos a primera san gre entre los pu blicistas (aho ra
son a muerte).
Bromas aparte, agradezco tu respuesta —mucho más rá pida de lo
que esperaba— aunque me des corazona ver que no me he ex plica-
do bien. Si te ha blo de las ga nas que tengas, ¿có mo me vie nes tú
con esas dis quisiciones sobre el título, el carné y el rim bombante
debate sobre el ac ceso a la pro fesión? Si me es tás tomando el pe-
lo, no me gus ta y si no, me gus ta menos: puedo pensar que no
eres ni la mitad de lis to de lo que apa rentabas en tu pri mer envío y
que andas tan preo cupado como tus congéneres por un em pleo se-
guro, cosa que comprendo pero para la que no ten go respuestas.
Yo no te ha blaba de una manera de ganarse la vida, sino de una
forma de contemplar las co sas que, de paso, puede ser un medio
de buscar los garbanzos. No, no me ma linterpretes. De acuer do
con que el pa ro juvenil es un pro blema angustioso —¿sabes que
soy padre de seis hijos y que sus es peranzas de vivir de mi heren-
cia son ine xistentes?—. Lo que su cede es que yo no es toy ahora
para esa cla se de debates y menos contigo, que no sé ni quién
eres, ni de dón de vienes ni hacia dón de vas, co mo dice el bolero, y
pese a que te pedía datos sobre ti só lo me aportas una dirección y
un nombre que te sonroja. Yo en cam bio soy un per sonaje público,
tengo cien tos, miles de artículos escritos, me re conocen por la ca-
lle, me in sultan en los pe riódicos de la com petencia… estoy en
abierta desventaja y todavía me pre gunto qué ca rajo me pasa para
que siga cayendo en la ten tación de enhebrar este diálogo que
hasta ahora só lo es monólogo, o si no me estaré extralimitando al
tomar por con fidente a un sim ple re comendado de un ami go lejano
que un día su girió a alguien que me escribiera pidiendo consejo. Y
consejos, te re pito una y mil ve ces, yo no doy.
Pero vamos al fondo de la cues tión. ¿Que si has de ma tricularte en
una Facultad de Ciencias de la In formación? Mira, haz lo que quie -
ras. Lo que te ase guro es que el pe riodismo es cualquier cosa me-
nos una cien cia. Éste es un te ma, sin embargo, so bre el que han
corrido litros de tin ta, y los que co rrerán. Tiene desde luego su im-
portancia, porque de cómo se re suelva la pre paración de nuestros
futuros periodistas dependerá la ca lidad de nuestra pren sa y nues-
tros medios de comunicación en el futuro. Pero desde el prin cipio
el debate ha estado trucado por los in tereses particulares y las ma-
niobras de unos po cos. Pen saba, por lo demás, que mi posición
era bien conocida, pues he tenido oportunidad de exponerla cien -
tos de ve ces y, en su día, lle vé una batalla desde los pe riódicos y
desde las asociaciones de la prensa contra el sis tema de forma-
ción de pe riodistas implantado en este país, que me pa rece a un
tiempo ridículo y oneroso para la so ciedad. Has de sa ber que en el
origen de to do estaban las am biciones de dos ilus tres pro fesiona-
les de nuestro gre mio, ambos exitosos en su ca rrera, pero huérfa-
nos de títulos aca démicos. Quizá aspiraban, de la manera en que
incluyeron el pe riodismo entre las ca rreras universitarias, a re cibir
dignidades de es te género —incluso uno lle gó en su día a su gerir
la creación de una aca demia de periodistas—. El pro blema es que
nosotros tenemos más de ru fianes que de doctores, y por muchos
años. La cues tión no está en dignificarnos, sino en cómo ser me jo-
res, en apren der más, en pre pararnos, en decir menos tonterías.
Se trata de que nuestra imprudencia sea fruto de nuestra pasión,
pero no de nues tra ignorancia. Pe ro, en fin, como me parece que
pese a lo mu cho que me he des gañitado sobre estos temas mis gri-
tos no han lle gado a tus ore jas te vuelvo a re sumir su cintamente lo
que pien so.
El periodista es por naturaleza un ge neralista, pero un pe riodismo
de calidad, exigente y riguroso en la descripción de los hechos,
necesita de un buen nú mero de especialistas —en eco nomía, en
ciencia, en sa lud, en le yes— capaces de entender lo que sucede y
de narrárselo a los demás. Por otra par te existen algunas técnicas
y normas específicas de la pro fesión —cómo conseguir una noticia,
cómo constatar las fuentes, cómo redactar un re portaje, cómo utili-
zar las nue vas tecnologías, etcétera— cuyo conocimiento es bási-
co a la ho ra de ejercerla. O sea que hay co sas que se tienen que
aprender y el lu gar lógico para hacerlo es la universidad. Si eso se
debe hacer a tra vés de una ca rrera de cin co años o de tres, si han
de realizarse licenciaturas de se gundo ciclo, o es pre ferible lle var
a cabo maestrías para los ya egre sados, son co sas discutibles.
Probablemente son buenos todos los métodos en tanto que funcio-
nen y ma los si no logran sus ob jetivos, que son los de con tar con
una mano de obra intelectual su ficientemente culta y pre parada. Mi
preocupación porque la universidad se preo cupe del periodismo,
de investigarlo, en señarlo, apoyarlo y desarrollarlo viene de antaño
y no por ca sualidad me empeñé en contribuir a es te proceso, per-
sonalmente, con la ayu da de la re dacción y la em presa de El País y
de los pro fesores y el rec torado de la Uni versidad Autónoma de
Madrid. Pe ro lo que no pue do admitir es que exis tan requisitos pre-
vios —sean éstos títulos académicos, carnés sin dicales o gre mia-
les o cualquier otro ti po de permiso para ejercer la pro fesión—.
Cuantas más ba rreras se pre tendan establecer a este respecto
más sufrirá la libertad de expresión, derecho básico de todos los
ciudadanos en el que se sus tenta toda nuestra actividad profesio-
nal. Me pa rece discernir que en los tiem pos que co rren este debate
ha quedado vie jo —obsoleto, co mo ahora se dice— y que ya to do
el mundo acepta más o menos los principios so bre los que me aca -
bo de pro nunciar: que es pre cisa una buena formación, de ran go
universitario pre feriblemente, y que no debe exigirse ninguna titu-
lación como requisito para ser pe riodista. Señal de que va mos en-
trando en razones. Hace años el de cano de la es cuela de periodis-
mo de la Universidad de Co lumbia, que había de dicado su vida a la
enseñanza de la profesión, se echa ba las ma nos a la ca beza cuan-
do le in formaba de las pre tensiones de algunos co legas españoles
de establecer la titulación como medida indispensable para el ac-
ceso a la prác tica del periodismo. “No me gus taría vivir para con-
templar una abe rración semejante”, confesaba ante una nutrida
asamblea internacional de editores y directores de dia rios. Lo más
lamentable es que, una vez que la dis cusión no se plan tea en es-
tos términos, no exis te debate alguno sobre la ca lidad de la en se-
ñanza del pe riodismo en nuestro país ni so bre la forma de orien tar
los estudios. De modo que la Fa cultad de Cien cias de la Informa-
ción de la Com plutense, en Ma drid, esconde bajo su pomposo
nombre una debilidad congénita respecto a las mi siones que de be-
ría cumplir y un ati borramiento de alumnos que ob tendrán el título,
desde luego, pe ro poco más. Y, di cho sea de paso, de poco les
servirá también.
La polémica histórica a la que an tes hacía referencia ha tenido,
pues, con secuencias funestas y aun que algunas empresas han he-
cho empeños por arri mar sus fuerzas a las de uni versidades y con -
tribuir de hecho a la formación de futuros pro fesionales, la confu-
sión reinante es mucha.
Yo te re comiendo, Honorio, que ni te cam bies el nom bre ni te ma-
tricules necesariamente en una facultad de ese gé nero —tampoco
estoy radicalmente en contra—. Estudia economía, o le yes, o cien -
cias políticas, o in formática, hazte experto en humanidades, y lue -
go aprende el oficio de in formar. Espero, eso sí, que no te fallen
las tripas ni la rabia y que no ten gas tampoco demasiada prisa por
llegar, que es otra de las en fermedades de algunos de nuestros jó -
venes. Mira si no lo que les pa só a los del PP, una y otra vez en
una y otra elec ción, que no aca baban de aga rrar el po der como era
debido porque se les veía más el an sia que la in teligencia. Oja lá
que ahora se tran quilicen por fin. La vi da me ha enseñado que el
futuro es de quien sa be esperar, con tal de que no se duer ma ha-
ciéndolo. No te duer mas tú, entonces. Si quie res ser pe riodista de
los buenos tie nes que aprender a leer un ba lance, pe ro también a
ubicar en el ma pa los nuevos países de Europa del Es te. Necesitas
una cultura su ficiente y un in terés grande por to do lo que suceda:
o sea, puntos de re ferencia, criterios, métodos de in vestigación.
Nada mejor que la universidad para enseñar todo eso, sobre todo
si te acercas a ella con áni mo multidisciplinar y no con ín fulas de
burócrata. No se es pe riodista por oposición, sino por méritos, y
está bien que si ga sucediendo así, si que remos que no se joda de
modo definitivo nuestra profesión.
Espero haberte aclarado algunas dudas, y quizá pro vocado algu-
nas más. No de jes de in terrogarte, de pre guntar a los de más. No te
dé vergüenza re conocer tu ignorancia si tratas de acu mular sabe-
res. El pe riodista no es un pro fesor ni un sacerdote, es sólo un
contador de his torias, un moderno juglar, co mo Mark Twain de cía,
y hasta un bufón si es pre ciso. Tra baja por eso pa ra las gen tes de
palacio, pero está fuera de él, por lo que no de be aspirar a títulos
ni honores, en tre otras cosas porque lo que bus ca son las ver dade-
ras residencias del poder. Siem pre me ha impresionado la ima gen
de Quevedo —periodista a su modo, y en su tiem po— escondiendo
bajo la servilleta del con de duque el memorial de agra vios que dio
con sus hue sos en la cár cel de León, hoy con vertida en parador de
turismo. “No ca llaré, por más que con el de do silencio avises, o
amenaces muerte. ¿No ha de ha ber un espíritu va liente? ¿Siem pre
se ha de sen tir lo que se di ce? ¿Nun ca se ha de decir lo que se
siente?”. Dilo tú, Honorio, sé fiel a la má xima y ad ministra silencios
y palabras sin otra re gla que la de la ver dad y la del bien pú blico,
sin más limitación que el res peto a la libertad y el de recho de los
otros. No con tribuyas entonces a alzar barreras diferentes o más
elevadas que és tas. Hablar es un pri vilegio de to do ciudadano li-
bre, no de una cas ta social o profesional constituida por periodis-
tas, ostentadores de un carnet o de un di ploma. La libertad de ex-
presión no es nues tra, sino de nuestros lectores. Bastante es que
sepamos administrarla con pru dencia, sin za fiedad, sin mie do.
Respecto a las cuestiones personales, Ho norio, permíteme que hu -
ya apresuradamente. No só lo dices poco sobre ti, sino que encima
preguntas de masiado sobre mí mis mo. No estoy que riendo estable-
cer una amis tad contigo, sino un diálogo. No con virtamos esto en
la consulta del psicoanalista, aun si en oca siones puede llegar a
parecerlo. Só lo trato de ayu darte en la elec ción, de ahu yentar de ti
los fantasmas del pre juicio, ino culados por tan tos maestros de la
insidia como nos ro dean. Por di ferencia a tantos otros pienso que
el periodismo es la mejor profesión del mundo, a con dición de no
abandonarla ja más. Eso, y só lo eso, es lo que quie ro que apren-
das.
Te abraza,




5 de septiembre

Querido amigo:
Perdona si el ve rano ha in terrum pido mis en víos —ya he visto que
no los tu yos—. A mis años el ma yor placer con siste en holgar a
modo y espero que sabrás disculpar el re traso en con testarte y los
silencios pre vios.
Estos días atrás ha brás leído una historia que es pero te habrá im-
presionado, co mo a mí. Te la re fresco, por si aca so, pues de cual -
quier mo do me sirve para iniciar este diálogo en un te ma que me
parece im portante.
María tiene 23 años y aca ba de ser condenada a la cárcel. Su de li-
to: viajar a Portugal desde su pueblo de Galicia pa ra someterse a
un aborto. La ley española es muy es tricta en estas materias y el
caso de Ma ría no está protegido por ninguna de las cir cunstancias
que la permitirían haber interrum pido su embarazo le galmente en
nuestro país. Otras chi cas padecieron ya an teriormente un calvario
semejante, y no pa rece que las co sas vayan a cam biar mucho en
un futuro próximo. Pero ya se sa be que las pe nas nunca vienen so-
las. María tuvo que sumar al trau ma de su decisión, nun ca fácil y
nunca agradable, a las dificultades para procurarse los gastos del
viaje y de su in tervención quirúrgica, el de la de tención, pro ceso y
condena por los jueces. Aho ra, tras la sentencia, una pena mayor
le ha acae cido: el desprecio de sus familiares y amigos, de muchos
de sus con vecinos, que se han en terado de lo su cedido por la te le-
visión. En este ca so fue la cadena estatal, a tra vés de su telediario
de mayor audiencia, la que sin nin gún reparo dio nombre y ape lli-
dos de la pro tagonista de los hechos, y aun su di rección, o casi,
pues señaló la pe queña aldea de Ga licia de la que era oriun da.
Ninguna ley de pro tección a la in timidad o a la vi da privada puede
evitar la pu blicidad de unos hechos so metidos an te un tribunal en
audiencia pública como es de rigor. Nadie podrá perseguir pe nal o
civilmente a los pe riodistas de Televisión Española por la aporta-
ción de esos da tos. Pero ellos se rán responsables de una in famia
tan gran de, al menos, como la cometida por quie nes han enviado a
la cárcel a la chi ca.
Ya estoy oyen do tus pro testas: el de ber de in formar, y el derecho a
saber de los ciu dadanos, hacen ine vitable la publicación de cosas
así, que no se pue den silenciar pe se al la mentable hecho de que
dañen derechos particulares. Yo mis mo te he es crito ya sobre la
obligación de los periodistas de publicar las no ticias, caiga quien
caiga, pese a quien pese. Aunque quizá no me ha ya explicado
bien. Quizá no ha ya definido suficientemente que ese “cai ga quien
caiga” se re fiere mayormente, ine vitablemente, a los se ñores del
poder —y a las da mas que lo ocu pen, por su puesto— pero no pue-
de de nin guna manera aplicarse a ciu dadanos in defensos, y mu cho
menos cuando su dignidad se ha vis to conculcada por la apli cación
de leyes tan po co humanitarias y tan cínicas como las que envían
a las mu jeres a la cár cel por so meterse libremente a un aborto.
No hay de recho ilimitado, ni que pue da ejercerse irresponsable-
mente, es decir, sin res ponder ante nadie por su pro pio uso. No
existe razón nin guna, ni desde la ética, ni desde una in terpretación
racional de los prin cipios pro fesionales, que jus tifique indicar los
datos personales de Ma ría en un pro grama de gran au diencia, so -
metiéndola así al vi lipendio social. Na die se beneficia de ello, ni si -
quiera la cu riosidad del espectador, como no sea la mor bosa de los
propios con vecinos de la culpable —y en este ca so, también y so -
bre todo, víctima— de los he chos. No hay ejem plaridad social en la
práctica de comunicar esos de talles, no se añaden con ellos mo ti-
vos de in terés, no se iluminan mejor las circunstancias del ca so.
Es pura bazofia informativa, pu ra agresión inú til a una per sona ya
maltratada por la vi da que ve, así, sumarse a sus pe nalidades la
de sentirse señalada con el de do y quién sa be si la de dis crimina-
ciones ulteriores, en su familia, en su tra bajo, entre sus amigos, en
su ambiente. Su in timidad, invadida y vio lada primero por la nor-
mas legales, ha sido violada e in vadida después por los me dios de
comunicación. Y na da menos que por el de ma yor au diencia en el
país que es, a su vez, de ti tularidad pública y que pier de millones
de euros al año, sin que ni un so lo maravedí se pon ga al servicio o
en la in vestigación del com portamiento moral de sus re dactores.
¿Existe una ve jación mayor ima ginable?
Pero el ca so de Ma ría no es algo aislado; responde más bien a un
clima exasperante de cinismo moral que se ha ins talado entre mu-
chos periodistas. Al amparo de las grandes declaraciones sobre la
libertad de expresión, o acerca del de recho a in formar, no son po-
cas las prác ticas de periodismo sensacionalista, mendaz e in jurio-
so que se em plean con el úni co objetivo de ven der más, ganar más
audiencia y, en de finitiva, triunfar a costa de la des gracia aje na.
Nada nuevo ba jo el sol. Des de que la prensa existe el amarillismo
ha hecho mella en la so ciedad, y ésta ha tenido que aprender a de-
fenderse de los em baucadores, de los char latanes, de los so fistas
y de los men tecatos que disfrutan del in menso privilegio, y el preo-
cupante poder, de publicar una co lumna o de babear an te un mi-
crófono.
No, no pien ses que me excedo en los calificativos. Tú mismo pue-
des contemplar lo que pa sa a tu alrededor. Periódicos que se di cen
respetables, que pretenden describir el mundo del siglo venidero y
el abecé de la con vivencia, radios que viven al am paro de institu-
ciones supuestamente dignas de aprecio, re presentantes de va lo-
res divinos y eternos, se de dican a la in juria sistemática, a la de-
formación persistente de la rea lidad, a la des calificación de sus
competidores co merciales o de sus ad versarios po líticos, mediante
los métodos más abyectos. De modo que si los obis pos españoles
pretendieran aplicar al comportamiento de las ra dios que adminis-
tran una mínima parte de la doc trina que pre dican en pas torales
sobre los me dios de comunicación, ve rían con des concierto, aun-
que no sé si con amargura, que son ellos los pri meros pecadores,
y que difícilmente pueden servir de ejemplo o ser creíbles en su
prédica. Claro que el motivo de la laxitud de que ha cen gala no
puede ser otro que el eco nómico: el rosario en familia, a tra vés de
las ondas, es menos rentable que la in juria, la demagogia y la fa-
cundia de los char latanes. Tú mis mo puedes ver la di famación con-
vertida en noticia y la excrecencia mental dignificada como colum-
na de opinión en algunas publicaciones. No me preguntes por qué
se permite esto. La motivación es siempre la mis ma y siempre ruin:
vanidad, dinero, envidia, ven ganza... pasiones bajas de pequeños
miserables que han inun dado el mun do de los medios. Supongo
que pensarás que si me expreso tan acre mente es porque yo mis-
mo he sido víctima de estas prácticas y que mis pro pias e in confe-
sables pasiones me in clinan a utilizar métodos similares. En rea li-
dad he tenido ocasión muchas ve ces de denunciar en pú blico tal
estado de co sas, y lo he he cho, sometiéndome a una llu via de im-
properios de mis pro pios com pañeros de oficio, que me exi gían
pruebas y nom bres porque, acostumbrados como están a ser los
jueces del uni verso, no pueden soportar que alguien quie ra simple-
mente contribuir a la re flexión mo ral colectiva de to da una pro fe-
sión y no acu sar con el de do a nadie, ni mucho menos vilipendiar
honras aje nas. Pero el fenómeno está ahí, y le jos de dis minuir em -
peora. La so ciedad se sien te a un tiempo amedrentada y halagada
por esos ma nejos, que algo deben de tener que ver con el sa doma-
soquismo, pues en gran par te los pa decen los mismos que los ejer -
cen, y su fren y dis frutan a un tiem po con ellos. Por un la do, las
gentes se sien ten rehenes de los ti tulares de los pe riódicos, pero a
la vez nu merosos centros de po der no dudan en servirse de los
mismos para conseguir sus fines.
En España algo cambió cuando algunos aven tureros de las finan-
zas, cuya catadura moral ha que dado felizmente al des cubierto,
decidieron tomar por asal to el mundo de los me dios de comunica-
ción. No dudaron en comprar em presas, publicaciones, periodis-
tas... Em plearon detectives en la ob tención de no ticias, trans gre-
dieron las normas más ele mentales de la éti ca o de la deon tología
profesional, in vadieron derechos ajenos, adularon, so bornaron,
amenazaron, espiaron... Un nue vo terrorismo, el periodístico, tomó
carta de naturaleza entre nosotros. Y, como en todo terrorismo, la
confusión ha sido y es su arma preferida: la mezcla de medias ver-
dades con mentiras gigantes, el amparo de la ne cedad en nombre
de la libertad de prensa, y el de la in famia en el de la de mocracia.
Sus efectos han sido igualmente devastadores: ha des cendido la
calidad de los medios de co municación, y no tablemente la de las
televisiones; se ha enrarecido el clima social de con vivencia; se ha
envilecido la vida política y se ha pu teado en ge neral el concepto
de diálogo, mien tras aca bábamos con cual quier idea de to lerancia.
Todo muy español.
No quiero ser in justo en mi dia triba. Tengo que re conocer que hay
algunos de esos delincuentes de la plu ma que la uti lizan con des-
treza, y aun con un de terminado tributo al arte. Pe ro exonerarles
de sus de litos por ese sim ple hecho sería como perdonar a un atra -
cador por la lim pieza con la que co mete su ro bo. Tampoco te quie-
ro ocultar que me preo cupa la nada soterrada admiración con la
que en definitiva parece que te re fieres a ellos en tu úl tima carta.
Te equivocas, te equi vocas. Es po sible que, por des gracia, algunos
de estos embaucadores hayan lo grado crear es cuela y que cunda
su ejem plo entre las nuevas generaciones de pro fesionales, pero
no me gusta verte mezclado en la es tela de sus cor tesanos. Du do
de si, en efec to, podrás finalmente aprender algo de mi experien-
cia, aun que está demostrado que na die nunca ha lo grado servirse
de una cosa así. Estoy dispuesto a concederte que mu chos de
ellos son in cluso buenos periodistas: tie nen la cu riosidad, el empe-
ño, la pa sión y el escepticismo necesarios pa ra dedicarse al oficio.
Pero les falla su convicción de ciu dadanos. No dis cernir entre sus
habilidades y las desviaciones nocivas a las que las han apli cado
sería como pre miar a los mé dicos na zis por la ca lidad científica de
sus experimentos con vidas humanas o animar a expertos arquitec-
tos a especular con el sue lo. Las normas morales no pueden con-
templarse de manera ajena y diferente a las re glas de pro fesión.
Es más: estas últimas son también normas morales pro piamente di-
chas, o al menos deontológicas —lo digo así a fin de no me terme
en discusiones de altura para las que no estoy pre parado ni te han
de interesar mu cho en este tran co.
Muchos de es tos colegas nuestros —permíteme que te homologue
ya en la pro fesión, pues tu so lo empeño de pertenecer a ella te in-
corpora a su elenco— muchos co legas, digo, tien den a mirarse al
espejo como a su pro pio ombligo, con vencidos de que es tán lla ma-
dos a la más gran de misión que imaginarse pueda. En realidad no
tienen vocación de periodistas, sino de sacerdotes, de políticos o
de jueces. No quie ren contar las co sas, sino explicar su concep-
ción del mun do —lo que ya es com petir con los filósofos—. No les
gusta ser na rradores sino ensayistas. Pero es tal la hip nosis popu-
lar y co lectiva que lo gran pro ducir a través de la ma gia de la te levi-
sión o del olor de la tin ta impresa que ellos mis mos acaban consi-
derándose una es pecie de pe queños Mesías cu ya misión en esta
tierra es sa grada e ina lienable, o sea, in capaz de ser en comenda-
da a otro. Una vez que se han con vencido de ello ab dican del mun-
do de la ló gica y del ra ciocinio, del universo de la du da y la com -
plejidad real, pa ra encaramarse a la tribuna blan diendo una espa-
da flamígera dispuestos a establecer el orden sagrado de la liber-
tad de expresión: ésa que ellos mis mos definen, ellos so los esta-
blecen, únicamente ellos administran, y con la que da rán en la ca -
beza al prójimo si éste se resiste a someterse a sus dic tados. Esa
actitud que exi ge una total transparencia en to dos los ac tos de los
hombres, sus ceptibles de ser so metidos en cualquier ca so y mo-
mento a la in vestigación pública y unilateral de la prensa o el res to
de los me dios, tie ne mucho que ver con el to talitarismo. En Esta-
dos Unidos se re serva para los actores de la vida pública y eviden-
cia el puritanismo originario de aque lla sociedad. Pero en nuestro
país se aplica con pro fusión y ca si sin límites a cualquier ciu dada-
no que no se aven ga a los dic tados del pe riodista purificador. De
modo que se pa rece en mucho a una moderna Inquisición que, co-
mo la antigua, se ejer ce en nombre de la verdad, del bien co mún y
de los sa grados principios.
Bueno, amigo mío, creo que por hoy me he des pachado bien, y no
acostumbro a hacerlo con frecuencia. Lo único que no qui siera es
que atribuyeras mis jui cios, tan apa sionados como pretendas pero
no por eso me nos ajustados a la realidad, que no los atri buyas —
digo— a motivaciones espúreas o re yertas personales, sino a una
sincera preocupación por la lim pieza de nuestro oficio. Son dema-
siados los que quie ren ejercer el sa cerdocio de la plu ma, y yo pre -
fiero quedarme en carpintero de la misma. Espero no ha berte abu-
rrido demasiado y quizá haya, en cambio, con tribuido conveniente-
mente a tu desconcierto. De éste sacarás mejor pro vecho que de
todas tus certezas, por lo me nos si verdaderamente es al periodis-
mo a lo que te pre tendes dedicar.
Te abraza, co mo antes,




12 de octubre
Día de la His panidad
Querido Honorio:
Ya sabía yo que no te iba a con vencer con mi pa sional envío del
mes pasado y com prendo tus de mandas de rigor, a mí que tan to lo
predico. O sea que aquí estoy dispuesto a cumplir la pe nitencia
que me exiges, y hablarte del ho nor, a ti, que eres na da menos
que Honorio, y que como bien sa bes, y dijo Calderón, “el honor es
patrimonio del alma y el alma, sólo es de Dios”. Por que tienes ra-
zón en so licitarme clarificaciones sobre mi última carta y un argu-
mentario un po co más sólido que el de mi irri tación. Pienso ade-
más que sien do hoy el Día de la Ra za, resulta ésta una fecha ade-
cuada para algunas disquisiciones que mucho tie nen que ver con
ella.
Verdaderamente sólo los españoles podríamos haber osado legis-
lar, como lo hemos hecho, sobre el acervo espiritual de cada indi-
viduo. He te nido ocasión de reflexionar cien tos de ve ces acerca de
esta singular con dición del hom bre hispano que es ca paz de so me-
ter a la le gislación positiva y arbitrio judicial no só lo los métodos
de reparación del honor perdido, sino la determinación de cuándo
éste se ha ya visto ofendido, da ñado o manchado por la actividad
de un tercero. De finir el con cepto de honor que ca da cual —tú, yo
mismo— tenga in corporado a su pro pia concepción de la exis tencia
es, por otro la do, misión nada fácil de coronar, y sien do el ho nor
de por sí sub jetivo y mutable en sus acepciones, se gún los tiem-
pos, las personas y las circunstancias en que se enar bole, creo
que hubiera sido mejor eludir la palabra a la hora de pro mulgar las
leyes sobre el libelo de la de mocracia española. No fue así: con lo
que contamos es con una pom posa ley de “Pro tección civil del de -
recho al honor, a la in timidad personal y familiar y a la pro pia ima-
gen”. Y creo que la in clusión del ho nor entre esos bie nes jurídica-
mente protegidos puede generar no po cos defectos de in terpreta-
ción y su gerir las suficientes an bigüedades como para que la mi-
sión real de los tri bunales, que es la de administrar la jus ticia, que-
de finalmente sólo depositada en los per sonales, y siem pre discuti-
bles, criterios de los jue ces antes que en una in terpretación riguro-
sa y ade cuada de lo le gislado.
De modo que eliminado el pro blema de definir nuestro honor —lo
siento, Honorio— y las circunstancias en que se ve agre dido pue-
des, pues, bu cear un poco en los con ceptos de vida privada e inti-
midad, manejados con frecuencia de forma confusa y aleatoria.
Mientras la pri mera parece referirse a la esfera no so cial en la que
se desenvuelve la existencia del hombre y de su familia —lo que,
parodiando a los ingleses, podríamos denominar co mo aquello que
sucede dentro de los límites de la va lla de nuestro jardín—, la in ti-
midad implica alu siones a la personalidad del in dividuo, a su pro -
pia valoración moral, a su libertad de pensamiento, a su in tegridad
intelectual. En tre la intimidad y la vida privada podríamos situar la
“propia imagen”, entendiendo ésta como la imagen que de uno mis -
mo tiene el en torno, o sea la re putación o la hon ra, en sentido am-
plio. Fren te a la conciencia sobre la condición mo ral de cada per-
sona, estas nuevas definiciones apelan a un orden social no escri-
to, a una con sideración de los de más acerca de uno mis mo, a un
reconocimiento ajeno basado en va lores y criterios co munes a un
colectivo. Naturalmente es inú til su poner la ine xistencia de com-
partimentos estancos claramente diferenciados a la ho ra de discer-
nir las diversas acepciones. Pero estarás de acuer do conmigo en
que la ley tie ne que ga rantizar ab soluto respeto a la in timidad y vi-
da privada de los individuos, sin po sibilidad de ningún tipo de in je-
rencias, ni siquiera orien tativas, en cuanto a los com portamientos
que de ella se de riven, mien tras no le sionen derechos ajenos; y ha
de defender igualmente la re putación, buen nombre e imagen de
esos mismos in dividuos. En la pro tección de los derechos persona-
les se ve en carnada la libertad de pensamiento y con ciencia, así
como la religiosa —al margen de los derechos cívicos de la liber-
tad de culto— y también encuentran ahí su anclaje otras normas
constitucionales, como la in violabilidad de la co rrespondencia, de
las comunicaciones y del do micilio. (He de acla rarte, no obstante,
que la con sideración de la pro pia ima gen por la ley de pro tección
del honor no res ponde, sin em bargo, a esa idea de re putación, si-
no al exclusivo uso o re producción de la ima gen física —la fotogra-
fía, o el ví deo— de un in dividuo).
Para mí está meridianamente cla ro que todo el universo jurídico de
protección de los derechos in dividuales permanece, en España, su-
mido en una cier ta ambigüedad conceptual e intelectual. Y ello es
tanto más gra ve cuanto que es fre cuente que cho que con otros de -
rechos igualmente reconocidos en la Cons titución y con la pro tec-
ción de otros bie nes de naturaleza jurídica. Me es toy refiriendo a
la libertad de in formación y al empleo generalizado de los medios
de comunicación de masas en las so ciedades modernas.
Convendrás con migo en que exis te la impresión de que el ciu dada-
no se encuentra indefenso ante una invasión ina propiada de sus
derechos individuales por parte de la prensa y los me dios electró-
nicos. Si bien aqué llos están protegidos teóricamente por la ley, de
ordinario no re ciben el amparo suficiente de los tri bunales. No de -
seo insistir más en la extensión de las prác ticas difamatorias,
cuando no cla ramente injuriosas y ca lumniosas, en algunos perió-
dicos como método de desacreditar al contrario, sea és te opositor
político, com petidor comercial o simplemente alguien ob jeto de las
fobias personales del autor. Los abo gados y los jue ces se debaten
siempre en la du da de si re currir a pro cedimientos penales o a ins -
tancias civiles a la hora de re clamar y sentenciar con tra los abusos
que se co meten. La ju risprudencia del Cons titucional, aunque ha
ido creando una doctrina suficientemente amplia y pormenorizada,
maneja todavía mal la co honestación de estos de rechos individua-
les con el de in formación, so bre el que se ba sa en gran medida el
ordenamiento social y po lítico de la de mocracia. El re sultado final
de todo ello con duce al arbitrismo. Aunque cada vez es más cla ro
el marco teórico en el que los pe riodistas y sus em presas pueden
desempeñar su función profesional con ga rantías ju rídicas, los ciu -
dadanos no se sienten seguros de que va yan a ser am parados por
los jueces cuando sus de rechos sean vulnerados mediante el abu-
so de los me dios de comunicación.
Supongo que nos hallamos ante un conflicto sin so lución conocida,
o al menos sin so lución general. Por eso, lo esen cial hoy es bus car
métodos y prác ticas capaces de satisfacer cuan to antes las de-
mandas concretas.
En realidad lo que en este terreno sucede parece co rresponder a
una nueva mo da vigente en nuestro país se gún la cual todo o casi
todo vale a la ho ra de hacer pre valecer las posiciones particulares
de cada uno, máxime si se su pone que éstas representan la ver-
dad, la de cencia o la jus ticia. La su posición de que el fin jus tifica
los medios parece asumida glo balmente por los líderes y agentes
sociales, sean políticos, periodistas o jueces. La libertad de in for-
mación se ha con vertido en una es pecie de pa tente de corso para
muchos de los que vi ven profesionalmente de ella; la pri sión pre -
ventiva adquiere, en algunas manifestaciones, perfiles de tortura
psicológica o de in terrogatorio ve jatorio y con tinuado a fin de que
declaren los sos pechosos; la lu cha contra el terrorismo o el narco-
tráfico empuja a los go bernantes a emplear métodos dudosos, am-
parados en la bondad social del fin que se per sigue. Aña damos a
todo ello la va nidad de las personas, el gus to por apa recer en los
medios de co municación, la ne cesidad de manipularlos cara a las
elecciones, la irres ponsabilidad de algunos jueces y la lentitud to-
davía legendaria de nuestra Ad ministración de Jus ticia para com-
poner un cua dro expresionista de una si tuación en la que mu cha
gente es in sultada o calumniada en los periódicos con ab soluta im-
punidad.
Muchos de esos atro pellos se co meten en in fracción del pro pio Có-
digo Penal, que ti pifica suficientemente las in jurias y ca lumnias
con publicidad. Pero no va le de nada. Socialmente resulta inadmi-
sible la con dena a penas de privación de libertad por de litos de
opinión. Es cé lebre el ca so de Jo sé María García, con denado en
firme a la cárcel por reiteradas injurias y que ob tuvo el indulto del
Gobierno, sometido éste a una cam paña de opinión de descomuna-
les proporciones. No es de extrañar: la opinión pública considera, y
con razón, que la manera de co rregir las in fracciones de los pe rio-
distas no puede ser en viándolos a un calabozo y que la reparación
a la que tie nen derecho los dam nificados no encuentra satisfacción
alguna en ello. La so lución de sus tituir las pe nas de prisión por las
de inhabilitación profesional no parece mucho mejor y me temo
que, en la prác tica, resultará igualmente inoperante. En mi opi nión,
querido Honorio, el re curso a los tri bunales ante una agresión in-
justificada de los medios debe operar en la vía civil, y las sancio-
nes han de ser eco nómicas, en forma prio ritaria de in demnización
al ofendido. Ésta es la prác tica habitual en las de mocracias de
nuestro entorno y, pro bablemente, la mejor manera de poner coto a
las desviaciones y trans gresiones de la pren sa.
Algunos sugieren que la res puesta a estas cuestiones podría estar
en la ela boración de le yes y pro cedimientos especiales, o aun en
la creación de tri bunales especializados. Mi convicción personal es
que el marco le gislativo actual se ría suficiente si exis tieran jueces
dispuestos a aplicarlo sin triquiñuelas y si hu biera ce leridad en los
procedimientos. Si que remos ga rantizar la no exis tencia de una
censura encubierta, el respeto al juez natural y a las nor mas pro-
cedimentales y le gales comunes a cualquier otra ac tividad me pa-
rece condición in dispensable en la re presión de los de litos cometi-
dos a tra vés de la prensa —entendida ésta en su acep ción amplia
de “medios de comunicación”—. Cualquier tipo de legislación espe-
cífica o de pro tección sin gular ame naza con con vertirse en una li-
mitación aún ma yor.
Por otra parte, pien so que cuan do el Estado protege la in tromisión
ilegítima en la in timidad y la vida privada de los ciu dadanos es por-
que existe una in tromisión legítima, una limitación, en definitiva, al
derecho a la vi da privada que, como todo derecho, no puede ser
absoluto. La le gitimidad de dicha in vasión pue de ve nir motivada
por dos ra zones esenciales: el in terés público o el pro pio consenti-
miento del otro.
El interés público es algo consustancial a la libertad de expresión.
Si ésta es un bien so cial y no só lo un derecho de los in dividuos,
me parece ob vio que algunas de las li bertades o pre rrogativas per-
sonales pueden decaer en su ejer cicio a la luz de un in terés supe-
rior. La libertad de prensa lo es, en cuan to que co lumna vertebral
de la con vivencia democrática. El estado de salud de un par ticular,
o sus re laciones amorosas, com pete exclusivamente a su vida pri-
vada, pero si se tra ta de un personaje público o si de su pe ripecia
se derivan con secuencias para el co mún de la so ciedad, la pro tec-
ción de su in timidad no tie ne, a mi jui cio, ba samento suficiente.
Ésta me parece una respuesta adecuada a la in terrogante que me
planteas sobre si los per sonajes pú blicos tie nen vida privada, es
decir, so bre si son merecedores de la mis ma protección jurídica
para sus actos y comportamientos íntimos que cual quier otro ciu-
dadano. La res puesta es ob viamente que sí: por pú blico que re sul-
te nadie, sea en el universo de la po lítica, del arte o del espectá-
culo, todo el mundo aspira a una zo na reservada de su intimidad,
esa especia de “de recho a estar tran quilo”, “derecho a estar solo”
o “derecho a que le de jen a uno en paz” que re clamaban los jueces
americanos en el si glo XI X . Hace algún tiempo, por ejem plo, pudi-
mos ver unas fo tografías del Rey, pu blicadas por un se manario es-
pañol, to mando el sol des nudo en la cubierta de su bar co. Las fo-
tos no aportaban ningún elemento interesante o añadido, eran sim-
plemente curiosas o demostrativas de que los mo narcas también
se encueran, y constituían, des de ese punto de vis ta, una flagrante
intromisión en la vi da privada del ciu dadano don Juan Car los de
Borbón, inviolable como rey, pe ro violable como individuo según
parece.
Claro que la apli cación del criterio no puede ser idén tica para to-
dos. Un po lítico que se so mete a la elección de sus con ciudadanos
está obligado a una trans parencia en sus com portamientos perso-
nales superior a la de los par ticulares. En primer lu gar porque pue-
den poner de re lieve una doble moral en sus pro tagonistas, cu ya
denuncia es obli gada en bien de la so ciedad. En segundo lugar,
porque los da tos personales y familiares de un can didato deben en
toda lógica tenerse en cuenta a la ho ra del ejercicio del sufragio.
Por eso, y aun que el te ma se extrapolara y ma nipulara política-
mente hasta el ridículo, la aten ción de la pren sa so bre el ca so Le-
winsky estaba plenamente justificada.
Otra circunstancia que, a mi pa recer, delimita con bas tante clari-
dad la au sencia de privacidad de un hecho es el lu gar donde se
produzca. Si, de acuer do con la metáfora británica, la vida privada
se circunscribe a lo que ocu rre de las va llas de nues tro jardín ha-
cia dentro, nues tra intimidad dejará de ser tal una vez que tras pa-
semos el um bral de la puer ta y pisemos la ca lle. No es irre levante
esto que se ñalo. Tomar fotografías con teleobjetivo a una persona
desnuda en su ca sa o en su bar co parece una in vasión flagrante
de su in timidad. Hacerlo en una pla ya, por so litaria que sea, cuan -
do es un lu gar pú blico y no aco tado no puede merecer, a prio ri, la
misma consideración.
Una condición evidente que permite también la in tromisión en la vi-
da privada de los demás es su pro pio consentimiento. La cuestión
está en sa ber si tie ne que ser ne cesariamente explícito o puede
derivarse tácitamente de un comportamiento general. Una persona
que vende la exclusiva de su bo da a la pren sa, o que co mercia con
el relato de sus re laciones amorosas, tie ne todavía un coto reser-
vado en su in timidad, pero éste se ve forzosamente reducido por
su actitud. Quie nes trafican con su vi da privada y la de su familia
difícilmente pueden reclamar igualdad de tra to respecto a otros
ciudadanos.
Por último no olvides otra cues tión espinosa, que es la in tromisión
ilegítima en los derechos individuales a fin de ob tener informacio-
nes que en sí son va liosas, e in cluso trascendentes, para la so cie-
dad o merecen ese calificativo de in terés público. Con ocasión de
la detención de un fotógrafo español en Nue va York que había pin-
chado los te léfonos de una americana amiga del prín cipe heredero,
el reportero en cuestión se mos tró sorprendido por la du reza poli-
cial ante un he cho que era —dijo— “frecuente en España”. No ca be
duda de que la iden tificación de un posible amor de don Fe lipe re-
basa los límites de su vi da privada y afecta de lle no al derecho a
saber que los ciu dadanos tienen sobre quién puede ser su futura
reina. Pero ni aun así pue den estar justificados los mé todos que
infringen la ley pa ra obtener una in formación de es te género.
Créeme que el re curso a métodos ile gales para hacerse con in for-
maciones de in terés para la co munidad es algo me nos infrecuente
de lo que se su pone. ¿Es lícito robar documentos, comprarlos a
funcionarios pú blicos, instalar micrófonos, sobornar, pin char teléfo-
nos o rea lizar prácticas semejantes con tal de ob tener noticias cru -
ciales para el pú blico que de otra ma nera permanecerían ocultas?
No, a mi mo desto entender, pe ro nuevamente es pre ciso referirse a
la casuística y pro curar huir de una nor ma general y no siem pre
aplicable. Estoy pensando, sobre todo, en cuestiones que afectan
al terrorismo, la se guridad de los ciu dadanos o los se cretos de Es-
tado... en situaciones en que an da de por medio la de fensa de la
vida de re henes. Un análisis pormenorizado de ca da caso nos lle-
varía quizá a la conclusión de que, en oca siones, pue de estar jus-
tificada moralmente la ile galidad de determinados métodos, aunque
sea como excepción.
El Código Pe nal español pretendió sin éxito dar a luz una nue va fi-
gura, con raíces en la tradición ju rídica de nuestro país: la di fama-
ción. No en cuentro mejor definición para ella que la de los ale ma-
nes cuan do la tipifican como “difundir o afirmar un he cho idóneo
para desprestigiar o degradar ante la opinión pública a una perso-
na”. Aun que se ría loable que la re putación, o la hon ra —cuestión
muy diferente al ho nor—, tuvieran por fin una cla ra protección en
nuestras leyes, re sultaba sorprendente que fuera de tipo penal y
no estuviera con venientemente diseñada en nuestro ordenamiento
civil. Por eso es ló gico que al final decayera el proyecto. El Estado
debe velar porque la re putación de los ciu dadanos no sea denigra-
da impunemente, pero no de be convertir esa actitud en una censu-
ra añadida a la libertad de información. Para ello de bería prestarse
atención pre ferente al prin cipio de ve racidad. Creo que la exis ten-
cia de éste basta para eliminar cualquier responsabilidad de los
periodistas en la comisión de un ac to difamatorio. La re putación de
una persona puede y debe cambiar si la opi nión pública conoce ac-
tos de la mis ma que contradicen la imagen que de ella se ha bían
forjado los de más. Existe un derecho a saber de los ciu dadanos que
sólo debe ser co rrespondido por un es fuerzo de veracidad de los
periodistas.
Y he aquí el co rolario de un en vío que me parece ya in terminable
(justo castigo a tu insistencia en que te sea más ex plícito y ra cio-
nal sobre cuestiones que de berían en señarte en las au las y no
aprenderlas tú en semejante correspondencia). Mi con clusión es
que la búsqueda de la verdad, en el sentido plural y no dogmático
de la pa labra, es lo úni co que jus tifica desviaciones o trasgresio-
nes de los pe riodistas. Pero esto no sucede así siempre, y ni si-
quiera frecuentemente, en el Ma drid de nuestros días: muchos des-
precian la verdad y la hu millan en ho nor a sus pro pias e indemos-
trables te sis. Por eso, aun si acep to tu re primenda por lo que con -
sideras mi in dignación incontrolada del otro día, te rue go al menos
coincidas conmigo en que es más agra dable, e in cluso instructivo,
recibir cartas como la an terior que en gendros de la ra zón como és-
te. Los días fes tivos, el de hoy, por ejem plo, son pro picios a un
discurso pausado, que no por ello ha de re sultar más efectivo que
el que na ce de la indignación y la im paciencia. Espero en cualquier
caso haber sa tisfecho tus deseos.
Hasta muy pron to.

				
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posted:7/16/2011
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