Gustavo Adolfo Bécquer - Rimas by hammidaasif1980

VIEWS: 1 PAGES: 75

									                Introducción

                  Sinfónica




     Por los tenebrosos rincones de mi cerebro
acurrucados y desnudos duermen los
extravagantes hijos de mi fantasí a esperando en
silencio que el Arte los vista de la palabra para
poder presentarse decentes en la escena del
mundo.
      Fecunda, como el lecho de amor de la
Miseria y parecida a esos padres que engendran
más hijos de los que pueden alimentar, mi Musa
concibe y pare en el misterioso santuario de la
cabeza, poblándola de creaciones sin número a
las cuales ni mi actividad ni todos los años que
me restan de vida serí an suficientes a dar forma.
      Y aquí dentro, desnudos y deformes,
revueltos y barajados en indescriptible confusión,
los siento a veces agitarse y vivir con una vida
oscura y extraña, semejante a la de esas mirí adas
de gé rmenes que hierven y se estremecen en una
eterna incubación dentro de las entrañas de la
tierra, sin encontrar fuerzas bastantes para salir
a la superficie y convertirse al beso del sol en
flores y frutos.
       Conmigo van, destinados a morir
conmigo, sin que de ellos quede otro rastro que el
que deja un sueño de la media noche que a la
mañana no puede recordarse. En algunas
ocasiones y ante esa idea terrible se subleva en
ellos el instinto de la vida y, agitándose en
terrible aunque silencioso tumulto, buscan en
tropel por donde salir a la luz, de las tinieblas en
que viven.¡Pero, ¡ay!, que entre el mundo de la
idea y el de la forma existe un abismo que sólo
puede salvar la palabra y la palabra tí mida y
perezosa se niega a secundar sus esfuerzos!
Mudos, sombrí os e impotentes, después de la
inútil lucha vuelven a caer en su antiguo
marasmo. Tal caen inertes en los surcos de las
sendas, si cae el viento, las hojas amarillas que
levantó el remolino.
       Estas sediciones de los rebeldes hijos de
la imaginación explican algunas de mis fiebres:
ellas son la causa desconocida para la Ciencia
de mis exaltaciones y mis abatimientos. Y así ,
aunque mal, vengo viviendo hasta aquí : paseando
por entre la indiferente multitud esta silenciosa
tempestad de mi cabeza. Así vengo viviendo;
pero todas las cosas tienen un té rmino y a é stas
hay que ponerles punto.
        El Insomnio y la Fantasí a siguen y
siguen procreando en monstruoso maridaje. Sus
creaciones apretadas ya, como las raquí ticas
plantas de un vivero, pugnan por dilatar su
fantástica existencia disputándose los átomos de
la memoria como el escaso jugo de una tierra
esté ril. Necesario es abrir paso a las aguas
profundas, que acabarán por romper el dique,
diariamente aumentadas por un manantial vivo.
       ¡Andad, pues!; andad y vivid con la
única vida que puedo daros. Mi inteligencia os
nutrirá lo suficiente para que seáis palpables.
Os vestirá, aunque sea de harapos, lo bastante
para que no avergüence vuestra desnudez. Yo
quisiera forjar para cada uno de vosotros una
maravillosa estofa tejida de frases exquisitas en
las que os pudierais envolver con orgullo como
en un manto de púrpura. Yo quisiera poder
cincelar la forma que ha de conteneros como se
cincela el vaso de oro que ha de guardar un
preciado perfume. ¡Mas es imposible!
       No obstante necesito descansar: necesito,
del mismo modo que se sangra el cuerpo por
cuyas hinchadas venas se precipita la sangre con
pletórico empuje, desahogar el cerebro
insuficiente a contener tantos absurdos.
      Quedad pues consignados aquí , como la
estela nebulosa que señala el paso de un
desconocido cometa, como los átomos dispersos
de un mundo en embrión que avienta por el aire
la muerte antes que su Creador haya podido
pronunciar el fiat lux que separa la claridad de
las sombras.
      No quiero que en mis noches sin sueño
volváis a pasar por delante de mis ojos en
extravagante procesión pidié ndome con gestos y
contorsiones que os saque a la vida de la realidad
del limbo en que viví s semejantes a fantasmas
sin consistencia. No quiero que, al romperse
este arpa vieja y cascada ya, se pierdan a la vez
que el instrumento las ignoradas notas que
contení a. Deseo ocuparme un poco de mundo que
me rodea pudiendo, una vez vací o, apartar los
ojos de este otro mundo que llevo dentro dela
cabeza. El sentido común que es la barrera de
los sueños comienza a flaquear y las gentes de
diversos campos se mezclan y confunden. Me
cuesta trabajo saber qué cosas he soñado y cuáles
me han sucedido: mis afectos se reparten entre
fantasmas de la imaginación y personajes reales;
mi memoria clasifica revueltos nombres y fechas
de mujeres y dí as que han muerto o han pasado
con los de dí as y mujeres que no han existido
sino en mi mente. Preciso es acabar arrojándoos
de la cabeza de una vez para siempre.
      Si morir es dormir, quiero dormir en paz
en la noche de la Muerte sin que vengáis a ser
mi pesadilla maldicié ndome por haberos
condenado a la nada antes de haber nacido. Id
pues al mundo a cuyo contacto fuisteis
engendrados y quedad en é l como el eco que
encontraron en un alma que pasó por la tierra,
sus alegrí as y sus dolores, sus esperanzas y sus
luchas.
       Tal vez muy pronto tendré que hacer la
maleta gran viaje: de una hora a otra puede
desligarse el espí ritu de la materia para
remontarse a regiones más puras. No quiero
cuando esto suceda llevar conmigo como el
abigarrado equipaje de un saltimbanqui el tesoro
de oropeles y guiñapos que ha ido acumulando la
fantasí a en los desvanes del cerebro.
RIMA I

          Yo sé un himno gigante y extraño
          que anuncia en la noche del alma una
aurora,
          y estas páginas son de este himno
          cadencias que el aire dilata en la sombras.

          Yo quisiera escribirlo, del hombre
          domando el rebelde, mezquino idioma,
          con palabras que fuesen a un tiempo
          suspiros y risas, colores y notas.

       Pero en vano es luchar; que no hay cifra
       capaz de encerrarlo, y apenas, ¡oh
hermosa!
       pudiera al oído, contártelo a solas.


RIMA II

          Saeta que voladora
          cruza, arrojada al azar,
          sin adivinarse dónde
          temblando se clavará;

          hoja del árbol seca
          arrebata el vendaval,
          sin que nadie acierte el surco
          donde a caer volverá;

          gigante ola que el viento
          riza y empuja en el mar,
          y rueda y pasa, y no sabe
          qué playa buscando va;
           luz que en los cercos temblorosos
           brilla, próxima a expirar,
           ignorándose cuál de ellos
           el último brillará;

           eso soy yo, que al acaso
           cruzo el mundo, sin pensar
           de dónde vengo, ni a dónde
           mis pasos me llevarán.


RIMA III

Sacudimiento extraño
que agita las ideas,
como huracán que empuja
las olas en tropel;

murmullo que en el alma
se eleva y va creciendo
como volcán que sordo
anuncia que va a arder;

deformes siluetas
de seres imposibles;
paisajes que aparecen
como un través de un tul;

colores que fundiéndose
remedan en el aire
los átomos del Iris
que nadan en la luz

ideas sin palabras
palabras sin sentido;
cadencias que no tienen
ni ritmo ni compás;

memorias y deseos
de cosas que no existen;
accesos de alegría
impulsos de llorar;

actividad nerviosa
que no halla en qué emplearse;
sin rienda que lo guíe
caballo volador;

locura que el espíritu
exalta y enardece
embriaguez divina
del genio creador...
¡Tal es la inspiración!

gigante voz que el caos
ordena en el cerebro,
y entre las sombras hace
la luz aparecer;

brillante rienda de oro
que poderosa enfrena
de la exaltada mente
el volador corcel;

hilo de luz que en hace
lo pensamientos ata;
sol que las nubes rompe
y toca en el cenit;
inteligente mano
que en un collar de perlas
consigue las indóciles
palabras reunir;

armonioso ritmo
que con cadencia y número
las fugitivas notas
encierra en el compás;

cincel que el bloque muerde
la estatua moldeando
y la belleza plástica
añade a la ideal;

atmósfera en que giran
con orden las ideas,
cual átomos que agrupa
recóndita atracción;

raudal en cuyas ondas
su sed la fiebre apaga;
oasis que al espíritu
devuelve con vigor...
¡Tal es nuestra razón!

Con ambas siempre en lucha
y de ambas vencedor
tan sólo el genio puede
a un yugo atar las dos.


RIMA IV

No digáis que agotado su tesoro,
de asuntos falta, enmudeció la lira:
Podrá no haber poetas; pero siempre
     habrá poesía.

  Mientras las ondas de la luz al beso
palpiten encendidas;
mientras el sol las desgarradas nubes
     de fuego y oro vista;

mientras el aire en su regazo lleve
    perfumes y armonías;
mientras haya en el mundo primavera,
    ¡habrá poesía!

   Mientras la ciencia a descubrir no alcance
     las fuentes de la vida,
Y en el mar o en el cielo haya un abismo
     que al cálculo resista;

mientras la humanidad siempre avanzando,
    no sepa a dó camina;
mientras haya un misterio para el hombre,
    ¡habrá poesía!

  Mientras sintamos que se alegra el alma
    sin que los labios rían;
mientras se llora sin que el llanto acuda
    a nublar la pupila;

mientras el corazón y la cabeza
    batallando prosigan;
mientras haya esperanzas y recuerdos,
    ¡Habrá poesía!

  Mientras haya unos ojos que reflejen
    los ojos que los miran;
mientras responda el labio suspirando
    al labio que suspira;

mientras sentirse puedan en un beso
    dos almas confundidas;
mientras exista una mujer hermosa,
    ¡Habrá poesía!


RIMA V

Espíritu sin nombre,
indefinible esencia,
yo vivo con la vida
sin formas de la idea.

Yo nado en el vacío
del sol tiemblo en la hoguera
palpito entre las sombras
y floto con las nieblas.

Yo soy el fleco de oro
de la lejana estrella,
yo soy de la alta luna
la luz tibia y serena.

Yo soy la ardiente nube
que en el ocaso ondea;
yo soy del astro errante
la luminosa estela.

Yo soy nieve en las cumbre,
soy fuego en las arenas,
azul onda en los mares
y espuma en las riberas.

En el laúd soy nota,
perfume en la violeta,
fugas llama en las tumbas
y en las ruinas hiedra.

Yo atrueno en el torrente,
y silbo en la centella
y ciego en el relámpago
y rujo en la tormenta.

Yo río en los alcores
susurro en la alta hierba,
suspiro en la onda pura
y lloro en la hoja seca.

Yo ondulo con los átomos
del el humo que se eleva
y al cielo lento sube
en espiral inmensa.

Yo en los dorados hilos
que los insectos cuelgan
me mezclo entre los árboles
en la ardorosa siesta.

Yo corro tras las ninfas
que en la corriente fresca
del cristalino arrollo
desnudas juguetean.

Yo en bosque de corales,
que alfombran blancas perlas,
persigo en el océano
las náyades ligeras.

Yo, en las cavernas cóncavas,
do el sol nunca penetra,
mezclándome a los nomos
contemplo sus riquezas.

Yo busco de los siglos
las ya borradas huellas,
y sé de esos imperios
de que ni el nombre queda.

Yo sigo en raudo vértigo
los mundos que voltean,
y mi pupila abarca
la creación entera.

Yo sé de esas regiones
a do rumor no llega,
y donde los informes astros
de vida y soplo esperan.

Yo soy sobre el abismo
el puente que atraviesa;
yo soy la ignota escala
que el cielo une a la tierra.

Yo soy el invisible
anillo que sujeta
el mundo de la forma
al mundo de la idea.

Yo, en fin, soy el espíritu,
desconocida esencia,
perfume misterioso
de que es vaso el poeta.


RIMA VI

 Como la brisa que la sangre orea
 sobre el oscuro campo de batalla,
 cargada de perfumes y armonías
 en el silencio de la noche vaga;

 símbolo del dolor y la ternura,
 del bardo inglés en el horrible drama,
 la dulce Ofelia, la razón perdida
 cogiendo flores y cantando pasa.


RIMA VII

 Del salón en el ángulo oscuro,
 de su dueño tal vez olvidada,
 silenciosa y cubierta de polvo
    veíase el arpa.

 ¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas
 como el pájaro duerme en la rama
 esperando la mano de nieve
   que sabe arrancarlas!

 ¡Ay! -pensé-, ¡Cuántas veces el genio
 así duerme en el fondo del alma,
 y una voz, como Lázaro, espera
    que le diga: “Levántate y anda”!

RIMA VIII
Cuando miro el azul horizonte
   perderse a lo lejos
a través de una gasa de polvo
   dorado e inquieto,
me parece posible arrancarme
   del mísero suelo,
y flotar con la niebla dorada
   en átomos leves
   cual ella deshecho.

Cuando miro de noche en el fondo
  obscuro del cielo
las estrellas temblar, como ardientes
  pupilas de fuego,
me parece posible a do brillan
   subir en un vuelo,
y anegarme en su luz, y con ella
   en lumbre encendido
   fundirme en un beso

En el mar en la duda en que bogo
   ni aún se lo que creo:
¡Sin embargo, estas ansias me dicen
   que yo llevo algo
   divino aquí dentro

RIMA IX

 Besa el aura que gime blandamente
 las leves ondas que jugando riza
 el sol besa a la nube de occidente
 y de púrpura y oro la matiza.
 la llama en derredor del tronco ardiente
 por besar a otra llama se desliza.
 y hasta el sauce inclinándose a su peso
 al río que lo besa, vuelve un beso.

RIMA IX

 Los invisibles átomos del aire
 en derredor palpitan y se inflaman
 el cielo se deshace en rayos de oro
 la tierra se estremece alborozada
 Oigo flotando en olas de armonía
 rumor de besos y batir de alas,
 mis párpados se cierran...¿Qué sucede?
 ¿Dime?... ¡Silencio!... ¿Es el amor que pasa?


RIMA XI

- Yo soy ardiente, yo soy morena,
  yo soy el símbolo de la pasión;
  de ansia de goces mi alma está llena;
  ¿a mí me buscas? -No es a ti; no

     - Mi frente es pálida; mis trenzas de oro
       puedo brindarte dichas sin fin;
       yo de ternura guardo un tesoro;
       ¿a mí me llamas? -No; no es a ti.

           - Yo soy un sueño, un imposible,
             vano fantasma de niebla y luz;
             soy incorpórea, soy intangible;
             no puedo amarte. -¡Oh, ven; ven tú!


RIMA XII
Porque son niña, tus ojos
verdes como el mar, te quejas;
verdes los tienen las náyades,
verdes los tuvo Minerva,
y verdes son las pupilas
de las huris del profeta.


El verde es gala y ornato
del bosque en la primavera;
entre sus siete colores
brillante el Iris lo ostenta.
Las esmeraldas son verdes,
verde el color del que espera,
y las ondas del océano,
y el laurel de los poetas.


Es tu mejilla temprana
rosa de escarcha cubierta
en que el carmín de los pétalos
se ve a través de las perlas
  Y, sin embargo,
  sé que te quejas,
  porque tus ojos
  crees que la afean:
  pues no lo creas;
que parecen tus pupilas,
húmedas, verdes e inquietas,
tempranas hojas de almendro,
que al soplo del aire
tiemblan.

Es tu boca de rubíes
purpúrea granada abierta,
que en el estío convida
a apagar la sed en ella.


  Y, sin embargo,
  sé que te quejas,
  porque tus ojos
  crees que la afean:
  pues, no lo creas
que parecen, si enojada
tus pupilas centellean,
las olas del mar que rompen
en las cantábricas peñas.
Es tu frente que corona
crespo el oro en ancha trenza,
nevada cumbre en que el día
su postrera luz refleja.


  Y, sin embargo,
  sé que te quejas,
  porque tus ojos
  crees que la afean:
  pues, no lo creas
Que, entre las rubias pestañas,
junto a las sienes, semejan
broches de esmeralda y oro,
que un blanco armiño sujetan.

RIMA XIII

      Tu pupila es azul, y cuando ríes,
      su claridad suave me recuerda
      el trémulo fulgor de la mañana
      que en el mar se refleja.

      Tu pupila es azul, y cuando lloras,
      las transparentes lágrimas en ella
      se me figuran gotas de rocío
      sobre una violeta.

      Tu pupila es azul, y si en su fondo
     como un punto de luz radia una idea
     me parece, en el cielo de la tarde,
     ¡una perdida estrella!

RIMA XIV

 Te vi un punto, y, flotando ante mis ojos,
 la imagen de tus ojos se quedó,
 como la mancha obscura, orlada en el fuego,
 que flota y ciega si se mira al sol.

 Adondequiera que la vista fijo,
 torno a ver tus pupilas llamear;
 mas no te encuentro a ti; que es tu mirada:
 unos ojos, los tuyos, nada más.

 De mi alcoba en el ángulo los miro
 desasidos fantásticos lucir;
 cuando duermo los siento que se ciernen
 de par en par abiertos sobre mí.

 Yo sé que hay fuegos faustos que en la noche
 llevan al caminante a perecer:
 yo me siento arrastrado por mis ojos
 pero a donde me arrastran, no lo sé.


RIMA XV

 Cendal flotante de leve bruma,
 rizada cinta de blanca espuma,
         rumor sonoro
         de arpa de oro,
 beso del aura, onda de luz,
         eso eres tú.
 Tú, sombra aérea que cuantas veces
 voy a tocarte, te desvaneces
 como la llama, como el sonido,
 como la niebla, como un gemido
         del lago azul.

 En mar sin playas onda sonante,
 en el vacío cometa errante,
         largo lamento.

 Del ronco viento,
 ansia perpetua de algo mejor,
 Eso soy yo.

 ¡Yo, que a tus ojos, en mi agonía
 los ojos vuelvo de noche y día
 yo, que incansable como demente
 tras una sombra, tras la hija ardiente
         de una visión!

RIMA XVI

Si al mecer las azules campanillas
  de tu balcón,
crees que suspirando pasa el viento
  murmurador,
sabe que, oculto entre las verdes hojas,
  suspiro yo.

Si al resonar confuso a tus espaldas
  vago rumor,
crees que por tu nombre te ha llamado
  lejana voz,
sabe que, entre las sombras que te cercan
  te llamo yo.

Si se turba medroso en la alta noche
  tu corazón,
al sentir en tus labios un aliento
  abrasador,
sabe que, aunque invisible, al lado tuyo
  respiro yo.




RIMA XVII

         Hoy la tierra y los cielos me sonríen;
         hoy llega al fondo de mi alma el sol;
         hoy la he visto.., la he visto y me ha
mirado...
            ¡Hoy creo en Dios!

RIMA XVIII

Fatigada del baile,
encendido el color, breve el aliento,
  apoyada en mi brazo,
del salón se detuvo en un extremo

  Entre la leve gasa
que levantaba el palpitante seno,
una flor se mecía
en compasado y dulce movimiento.

  Como cuna de nácar
que empuja al mar y que acaricia el céfiro
  tal vez allí dormía
al soplo de sus labios entreabiertos.

  ¡Oh! ¡Quién así, pensaba,
dejar pudiera deslizarse el tiempo!
  ¡Oh, si las flores duermen,
  qué dulcísimo sueño!

RIMA XIX

        Cuando sobre el pecho inclinas
        la melancólica frente,
        una azucena tronchada
        me preces.

        Porque al darte la pureza,
        de que es símbolo celeste,
        como a ella te hizo Dios
        de oro y de nieve.

RIMA XX

        Sabe, si alguna vez tus labios rojos
        quema invisible atmósfera abrasada,
        que al alma que hablar puede con los ojos,
        también puede besar con la mirada.

RIMA XXI

        ¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
        en mi pupila tu pupila azul.
        ¿Que es poesía?, Y tú me lo preguntas?
         Poesía... eres tú.

RIMA XXII
       ¿Cómo vive esa rosa que has prendido
          junto a tu corazón?
       Nunca hasta ahora contemple en la tierra
         sobre el volcán la flor.

RIMA XXIII

   Por una mirada, un mundo,
   por una sonrisa, un cielo,
   por un beso... ¡yo no sé
   que te diera por un beso!



RIMA XXIV

     Dos rojas lenguas de fuego
     que a un mismo tronco enlazadas
     se aproximan, y al besarse
     forman una sola llama.

     Dos notas que del laúd
     a un tiempo la mano arranca,
     y en el espacio se encuentran
     y armoniosas se abrazan.

     Dos olas que vienen juntas
     a morir sobre una playa
     y que al romper se coronan
     con un penacho de plata.

     Dos jirones de vapor
     que del lago se levantan,
     y al reunirse en el cielo
     forman una nube blanca.
    Dos ideas que al par brotan,
    dos besos que a un tiempo estallan,
    dos ecos que se confunden,
    eso son nuestras dos almas.

RIMA XXV

 Cuando en la noche te envuelven
 las alas de tul del sueño
 y tus tendidas pestañas
 semejan arcos de ébano,
 por escuchar los latidos
 de tu corazón inquieto
 y reclinar tu dormida
 cabeza sobre mi pecho,
    diera, alma mía,
    cuanto poseo,
    la luz, el aire
    y el pensamiento!

 Cuanto se clavan tus ojos
 en un invisible objeto
 y tus labios ilumina
 de una sonrisa el reflejo,
 por leer sobre tu frente
 el callado pensamiento
 que pasa como la nube
 del mar sobre el ancho espejo,
    diera, alma mía,
    cuanto deseo,
    la fama, el oro,
    la gloria, el genio!

 Cuanto enmudece tu lengua
  y se apresura tu aliento
  y tus mejillas se encienden
  y entornas tus ojos negros,
  por ver entre sus pestañas
  brillar con húmedo fuego
  la ardiente chispa que brota
  del volcán de los deseos,
     diera, alma mía,
     por cuanto espero,
     la fe, el espíritu,
     la tierra, el cielo.



RIMA XXVI

        Voy contra mi interés al confesarlo;
            no obstante, amada mía,
        pienso cual tú que una oda solo es buena
        de un billete del banco al dorso escrita.
        No faltará algún necio que al oírlo
        se haga cruces y diga:
        Mujer al fin del siglo diez y nueve
        material y prosaica... ¡Boberías!
        ¡Voces que hacen correr cuatro poetas
        que en invierno se embozan con la lira!
        ¡Ladridos de los perros a la luna!
        Tú sabes y yo se que en esta vida,
        con genio es muy contado el que la escribe,
        y con oro cualquiera hace poesía.


RIMA XXVII

  Despierta, tiemblo al mirarte:
dormida, me atrevo a verte;
por eso, alma de mi alma,
yo velo cuando tú duermes.

Despierta, ríes y al reír tus labios
   inquietos me parecen
relámpagos de grana que serpean
   sobre un cielo de nieve.

Dormida, los extremos de tu boca
  pliega sonrisa leve,
suave como el rastro luminoso
  que deja en sol que muere.
  “Duerme!”

Despierta miras y al mirar tus ojos
  húmedos resplandecen,
como la onda azul en cuya cresta
  chispeando el sol hiere.

Al través de tus párpados, dormida;
   tranquilo fulgor vierten
cual derrama de luz templado rayo
   lámpara transparente.
   “Duerme!”

Despierta hablas, y al hablar vibrantes
   tus palabras parecen
lluvia de perlas que en dorada copa
   se derrama a torrentes.

Dormida, en el murmullo de tu aliento
  acompasado y tenue,
escucho yo un poema que mi alma
  enamorada entiende.
    “Duerme!”

  Sobre el corazón la mano
  me he puesto porque no suene
  su latido y en la noche
  turbe la calma solemne:

  De tu balcón las persianas
  cerré ya porque no entre
  el resplandor enojoso
  de la aurora y te despierte.
     “Duerme!”

RIMA XXVIII

     Cuando entre la sombra oscura
     perdida una voz murmura
     turbando su triste calma,
     si en el fondo de mi alma
     la oigo dulce resonar,
     dime: ¿es que el viento en sus giros
     se queja, o que tus suspiros
     me hablan de amor al pasar?

     Cuando el sol en mi ventana
     rojo brilla a la mañana
     y mi amor tu sombra evoca,
     si en mi boca de otra boca
     sentir creo la impresión,
     dime: ¿es que ciego deliro,
     o que un beso en un suspiro
     me envía tu corazón?

     Y en el luminoso día
     y en la alta noche sombría,
     si en todo cuanto rodea
     al alma que te desea
     te creo sentir y ver,
     dime: ¿es que toco y respiro
     soñando, o que en un suspiro
     me das tu aliento a beber?

RIMA XXIX

 Sobre la falda tenía
  el libro abierto,
 en mi mejilla tocaban
    sus rizos negros:
 no veíamos las letras
      ninguno, creo,
 mas guardábamos entrambos
      hondo silencio.

 ¿Cuánto duró? Ni aun entonces
      pude saberlo;
 sólo se que no se oía
      más que el aliento,
 que apresurado escapaba
      del labio seco.
 Sólo sé que nos volvimos
 los dos a un tiempo
 y nuestros ojos se hallaron
   y sonó un beso.

 Creación de Dante era el libro,
     era su Infierno.

 Cuando a él bajamos los ojos
    yo dije trémulo:
 ¿Comprendes ya que un poema
      cabe en un verso?
 Y ella respondió encendida:
       ¡Ya lo comprendo!

RIMA XXX

  Asomaba a sus ojos una lágrima
  y a mis labios una frase de perdón...
  habló el orgullo y se enjugó su llanto,
  y la frase en mis labios expiró.

  Yo voy por un camino, ella por otro;
  pero al pensar en nuestro mutuo amor,
  yo digo aún: "¿Por que callé aquél día?"
  y ella dirá. "¿Por qué no lloré yo?"

RIMA XXXI

        Nuestra pasión fue un trágico sainete
            en cuya absurda fábula
        lo cómico y lo grave confundidos
           risas y llanto arrancan.

        Pero fue lo peor de aquella historia
           que al fin de la jornada
        a ella tocaron lágrimas y risas
           y a mí, sólo las lágrimas.

RIMA XXXII

        Pasaba arrolladora en su hermosura
            y el paso le dejé,
        ni aun mirarla me volví, y no obstante
            algo en mi oído murmuró “Esa es”.
        ¿Quién reunió la tarde a la mañana?
           Lo ignoro; sólo sé
        que en una breve noche de verano
         se unieron los crepúsculos y ... “fue”.

RIMA XXXIII

  Es cuestión de palabras, y, no obstante,
    ni tú ni yo jamás,
  después de lo pasado, convendremos
    en quién la culpa está.

  ¡Lástima que el amor un diccionario
    no tenga dónde hallar
  cuando el orgullo es simplemente orgullo
     y cuando es dignidad!

RIMA XXXIV

Cruza callada y son sus movimientos
  silenciosa armonía;
suenan sus pasos, y al sonar recuerdan
del himno alado la cadencia rítmica.

Los entreabre, aquellos ojos
  tan claros como el día,
y la tierra y el cielo, cuando abarcan,
arden con nueva luz en sus pupilas.

Ríe, y su carcajada tiene notas
   del agua fugitiva;
llora, y es cada lágrima un poema
   de ternura infinita.

Ella tiene la luz, tiene el perfume,
  el color y la línea,
la forma, engendradora de deseos,
la expresión, fuente eterna de poesía.

¿Que es estúpida?... ¡Bah!, mientras, callando
  guarde obscuro el enigma,
siempre valdrá, a mi ver, lo que ella calla
más que lo que cualquiera otra me lo diga.




RIMA XXXV

  No me admiró tu olvido! Aunque de un día,
  me admiró tu cariño mucho más;
  porque lo que hay en mí que vale algo
  eso... ¡ni lo pudiste sospechar!.

RIMA XXXVI

  Si de nuestros agravios en un libro
     se escribiese la historia,
  y se borrase en nuestras almas cuanto
     se borrase en sus hojas;

  Te quiero tanto aún: dejó en mi pecho
    tu amor huellas tan hondas,
  que sólo con que tú borrases una,
    ¡las borraba yo todas!

RIMA XXXVII
 Antes que tú me moriré: escondido
      en las entrañas ya
 el hierro llevo con que abrió tu mano
      la ancha herida mortal.

 Antes que tú me moriré: y mi espíritu,
     en su empeño tenaz,
 sentándose a las puertas de la muerte,
     allí te esperará.

 Con las horas los días, con los días
      los años volarán,
 y a aquella puerta llamarás al cabo...
      ¿Quién deja de llamar?

 Entonces que tu culpa y tus despojos
     la tierra guardará,
 lavándote en las ondas de la muerte
     como en otro Jordán.

 Allí, donde el murmullo de la vida
       temblando a morir va,
 como la ola que a la playa viene
       silenciosa a expirar.

 Allí donde el sepulcro que se cierra
      abre una eternidad...
 ¡ Todo lo que los dos hemos callado
       lo tenemos que hablar !

RIMA XXXVIII

  Los suspiros son aire y van al aire!
  Las lágrimas son agua y van al mar!
  Dime, mujer, cuando el amor se olvida
    ¿sabes tú adónde va?


RIMA XXXIX

Lo que el salvaje que con torpe mano
hace de un tronco a su capricho un dios,
y luego ante su obra se arrodilla,
     eso hicimos tu y yo.

Dimos formas reales a un fantasma,
de la mente ridícula invención,
y hecho el ídolo ya, sacrificamos
     en su altar nuestro amor.

RIMA XL

 Su mano entre mis manos,
 sus ojos en mis ojos,
 la amorosa cabeza
 apoyada en mi hombro,

 ¡Dios sabe cuántas veces,
 con paso perezoso,
 hemos vagado juntos
 bajo los altos olmos
 que de su casa prestan
 misterio y sombra al pórtico!
 Y ayer... un año apenas,
 pasando como un soplo
 con qué exquisita gracia
 con qué admirable aplomo,
 me dijo al presentarnos
 un amigo oficioso:
 “Creo que alguna parte
 he visto a usted” ¡Ah, bobos
 que sois de los salones
 comadres de buen tono,
 y andáis por allí a caza
 de galantes embrollos.
 ¡Qué historía habéis perdido!
 ¡Qué manjar tan sabroso!
 para ser devorado
 “soto voce” en un corro,
 detrás de abanico
 de plumas de oro!

 ¡Discreta y casta luna,
 copudos y altos olmos,
 paredes de su casa,
 umbrales de su pórtico,
 callad, y que en secreto
 no salga con vosotros!
 Callad; que por mi parte
 lo he vivido todo:
 y ella..., ella..., ¡no hay máscara
 semejante a su rostro!

RIMA XLI

     Tú eras el huracán y yo la alta
     torre que desafía su poder:
     ¡tenías que estrellarte o que abatirme!
         ¡No pudo ser!

     Tú eras el océano y yo la enhiesta
     roca que firme aguarda su vaivén:
     ¡tenías que romperte o que arrancarme! ...
        ¡No pudo ser!
     Hermosa tú, yo altivo; acostumbrados
     uno a arrollar, el otro a no ceder:
     la senda estrecha, inevitable el choque ...
         ¡No pudo ser!

RIMA XLII

     Cuando me lo contaron sentí el frío
     de una hoja de acero en las entrañas,
     me apoyé contra el muro, y un instante
     la conciencia perdí de donde estaba.

     Cayó sobre mi espíritu la noche,
     en ira y en piedad se anegó el alma,
     ¡Y se me revelo por qué se llora,
     Y comprendí una vez por qué se mata!

     Pasó la nube de dolor..., con pena
     logré balbucear breves palabras...
     ¿Quién me dio la noticia?... Un fiel amigo
     ¡Me hacia un gran favor!... Le di las gracias.

RIMA XLIII

     Dejé la luz a un lado, y en el borde
     de la revuelta cama me senté,
     Mudo, sombrío, la pupila inmóvil
        clavada en la pared.

     ¿Qué tiempo estuve así? No sé: al dejarme
     la embriaguez horrible de dolor,
     expiraba la luz y en mis balcones
         reía el sol.

     Ni sé tampoco en tan terribles horas
     en qué pensaba o que pasó por mí;
     solo recuerdo que lloré y maldije,
     y que en aquella noche envejecí.

RIMA XLIV

  Como en un libro abierto
  leo de tus pupilas en el fondo;
     ¿a qué fingir el labio
  risas que se desmienten con los ojos?

  ¡Llora! No te avergüences
  de confesar que me quisiste un poco.
     ¡Llora! Nadie nos mira!
  Ya ves: soy un hombre... ¡y también lloro!

RIMA XLV

     En la clave del arco ruinoso
     cuyas piedras el tiempo enrojeció,
     obra de un cincel rudo campeaba
        el gótico blasón.

     Penacho de su yelmo de granito,
     la yedra que colgaba en derredor
     daba sombra al escudo en que una mano
         tenía un corazón.

     A contemplarle en la desierta plaza
        nos paramos los dos:
     Y, “ése, me dijo, es el cabal emblema
         de mi constante amor”.

     ¡Ay!, y es verdad lo que me dijo entonces:
        Verdad que el corazón
     lo llevará en la mano..., en cualquier parte....
         pero en el pecho, no.

RIMA XLVI

 Tu aliento es el aliento de las flores,
 tu voz es de los cisnes la armonía;
 es tu mirada el esplendor del día,
 y el color de la rosa es tu color.
 Tú prestas nueva vida y esperanza
 a un corazón para el amor ya muerto:
 tú creces de mi vida en el desierto
 como crece en un páramo la flor.

RIMA XLVII

 Yo me he asomado a las profundas simas
   de la tierra y del cielo
 y les he visto el fin con los ojos
   o con el pensamiento.

 Mas, ¡ay! de un corazón llegué al abismo,
   y me incliné por verlo,
 y mi alma y mis ojos se turbaron:
 ¡tan hondo era y tan negro!


RIMA XLVIII

  Alguna vez la encuentro por el mundo
     y pasa junto a mí:
  y pasa sonriéndose y yo digo
     ¿Cómo puede reír?

  Luego asoma a mi labio otra sonrisa
     máscara del dolor,
  y entonces pienso: “¡Acaso ella se ríe,
     como me río yo!”

RIMA ILIX

     ¿A qué me lo decís? Lo sé: es mudable,
     es altanera y vana y caprichosa:
     antes que el sentimiento de su alma
     brotará el agua de la estéril roca.

     Sé que en su corazón, nido de sierpes,
     no hay una fibra que al amor responda;
     que es una estatua inanimada...; pero...
        ¡es tan hermosa!

RIMA L

  De lo poco de vida que me resta
  diera con gusto los mejores años,
     por saber lo que a otros
  de mí has hablado.

  Y esta vida mortal... y de la eterna
  lo que me toque, si me toca algo,
     por saber lo que a solas
  de mí has pensado.

RIMA LI

   Olas gigantes que os rompéis bramando
   en las playas desiertas y remotas,
   envuelto entre la sábana de espumas,
     ¡llevadme con vosotras!
   Ráfagas de huracán que arrebatáis
   del alto bosque las marchitas hojas,
   arrastrado en el ciego torbellino,
      ¡llevadme con vosotras!

   Nubes de tempestad que rompe el rayo
   y en fuego encienden las sangrientas orlas,
   arrebatado entre la niebla oscura,
      ¡llevadme con vosotras!

   Llevadme por piedad a donde el vértigo
   con la razón me arranque la memoria.
   ¡Por piedad!, ¡tengo miedo de quedarme
      con mi dolor a solas!

RIMA LII

     Volverán las oscuras golondrinas
     en tu balcón sus nidos a colgar,
     y otra vez con el ala a sus cristales
        jugando llamarán.

     Pero aquellas que el vuelo refrenaban
     tu hermosura y mi dicha a contemplar,
     aquellas que aprendieron nuestros nombres,
        ésas... ¡no volverán!

     Volverán las tupidas madreselvas
     de tu jardín las tapias a escalar
     y otra vez a la tarde aún más hermosas
        sus flores se abrirán.

     Pero aquellas cuajadas de rocío
     cuyas gotas mirábamos temblar
     y caer como lágrimas del día....
         ésas... ¡no volverán!

      Volverán del amor en tus oídos
      las palabras ardientes a sonar,
      tu corazón de su profundo sueño
          tal vez despertará.

      Pero mudo y absorto y de rodillas,
      como se adora a Dios ante su altar,
      como yo te he querido..., desengáñate,
        ¡así no te querrán!



RIMA LIII

  Cuando volvemos las fugaces horas
    del pasado a evocar,
  temblando brilla en sus pestañas negras
    una lágrima pronta a resbalar.

  Y al fin resbala y cae como gota
    del rocío al pensar
  que cual hoy por ayer, por hoy mañana
    volveremos los dos a suspirar.

RIMA LIV

 Entre el discorde estruendo de la orgía
     acarició mi oído,
  como nota de lejana música,
     el eco de un suspiro.

 El eco de un suspiro que conozco,
 formado de un aliento que he bebido,
 perfume de una flor que oculta crece
   en un claustro sombrío.

 Mi adorada de un día, cariñosa,
 “¿en qué piensas ?”, me dijo:
 “En nada...” “¿En nada, y lloras?” “Es que tengo
 alegre la tristeza y triste el vino”.

RIMA LV

 Hoy como ayer, mañana como hoy
     ¡y siempre igual!
 Un cielo gris, un horizonte eterno
     y andar..., andar.

 Moviéndose a compás como una estúpida
      máquina, el corazón;
 la torpe inteligencia del cerebro
      dormida en un rincón.

 El alma, que ambiciona un paraíso,
      buscándole sin fe;
 fatiga sin objeto, ola que rueda
      ignorando por qué.

 Voz que incesante con el mismo tono
     canta el mismo cantar;
 gota de agua monótona que cae,
     y cae sin cesar.

 Así van deslizándose los días
     unos de otros en pos,
 hoy lo mismo que ayer..., y todos ellos
     sin goce ni dolor.
 ¡Ay!, ¡a veces me acuerdo suspirando
      del antiguo sufrir...
 Amargo es el dolor; ¡pero siquiera
      padecer es vivir!

RIMA LVI

  ¿Quieres que de ese néctar delicioso
    no te amargue la hez?
  pues aspírale, acércale a tus labios
    y déjale después.

  ¿Quieres que conservemos una dulce
    memoria de este amor?
  Pues amémonos hoy mucho y mañana
    digámonos ¡adiós!

RIMA LVII

     Yo sé cuál el objeto
     de tus suspiros es;
     yo conozco la causa de tu dulce
     secreta languidez.
     ¿Te ríes?... Algún día
     sabrás, niña, por qué:
     tú lo sabes apenas
         y yo lo sé.

     Yo sé cuando tu sueñas,
     y lo que en sueños ves;
     como en un libro puedo lo que callas
     en tu frente leer.
     ¿Te ríes?... Algún día
     sabrás, niña, por qué:
     tú lo sabes apenas
     y yo lo sé.

     Yo sé por qué sonríes
     y lloras a la vez.
     yo penetro en los senos misteriosos
     de tu alma de mujer.
     ¿Te ríes?... Algún día
     sabrás, niña, por qué:
     mientras tu sientes mucho y nada sabes,
     yo que no siento ya, todo lo sé.


RIMA LVIII

     Al ver mis horas de fiebre
     e insomnio lentas pasar,
     a la orilla de mi lecho,
         ¿quién se sentará?

     Cuando la trémula mano
     tienda próximo a expirar
     buscando una mano amiga,
         ¿quién la estrechará?

     Cuando la muerte vidríe
     de mis ojos el cristal,
     mis párpados aún abiertos,
        ¿quién los cerrará?

     Cuando la campana suene
     (si suena en mi funeral),
     una oración al oírla,
         ¿quién murmurará?
     Cuando mis pálidos restos
     oprima la tierra ya,
     sobre la olvidada fosa.
        ¿quién vendar a llorar?

     ¿Quién en fin al otro día,
     cuando el sol vuelva a brillar,
     de que pasé por el mundo,
        ¿quién se acordará?




RIMA LIX

     Me ha herido recatándose en las sombras,
     sellando con un beso su traición.
     Los brazos me echó al cuello y por la espalda
     me partió a sangre fría el corazón.

     Y ella impávida sigue su camino,
     feliz, risueña, impávida, ¿y por qué?
     porque no brota sangre de la herida...
       ¡porque el muerto esta en pie!

RIMA LX

  Como se arranca el hierro de una herida
  su amor de las entrañas me arranqué,
  aunque sentí al hacerlo que la vida
    me arrancaba con él!

  Del altar que le alcé en el alma mía
  la Voluntad su imagen arrojó,
  y la luz de la fe que en ella ardía
    ante el ara desierta se apagó.

  Aún turbando en la noche el firme empeño
  vive en la idea la visión tenaz...
  ¡Cuándo podré dormir con ese sueño
    en que acaba el soñar!

RIMA LXI

     Este armazón de huesos y pellejo
     de pasear una cabeza loca
     cansado se halla al fin, y no lo extraño;
     pues, aunque es la verdad que no soy viejo,

     de la parte de vida que me toca
     en la vida del mundo, por mi daño
     he hecho un uso tal, que juraría
     que he condensado un siglo en cada día.

     Así, aunque ahora muriera,
     no podría decir que no he vivido;
     que el sayo, al parecer nuevo por fuera,
     conozco que por dentro ha envejecido.

     Ha envejecido, sí, ¡pese a mi estrella!,
     harto lo dice ya mi afán doliente;
     que hay dolor que al pasar su horrible huella
     graba en el corazón, si no en la frente.

RIMA LXII

   Primero es un albor trémulo y vago,
   raya de inquieta luz que corta el mar;
   luego chispea y crece y se difunde
   en ardiente explosión de claridad.

   La brilladora lumbre es la alegría;
   la temerosa sombra es el pesar;
   ¡Ay!, en la oscura noche de mi alma,
       ¿cuándo amanecerá?

RIMA LXIII

 Como enjambre de abejas irritadas,
 de un obscuro rincón de la memoria
 salen a perseguirnos los recuerdos
 de las pasadas horas.

 Yo los quiero ahuyentar. ¡Esfuerzo tan inútil!
 Me rodean, me acosan,
 y unos tras otros a clavarme vienen
 el agudo aguijón que el alma encona.

RIMA LXIV

     Como guarda el avaro su tesoro,
         guardaba mi dolor;
     le quería probar que hay algo eterno
     a la que eterno me juró su amor.

     Mas hoy le llamo en vano y oigo al tiempo
        que le agotó, decir:
     “¡Ah, barro miserable, eternamente
        no podrás ni aun sufrir!

RIMA LXV

     Llegó la noche y no encontré un asilo,
        ¡y tuve sed...!, mis lágrimas bebí;
     ¡y tuve hambre! ¡Los hinchados ojos
         cerré para morir!

     ¡Estaba en un desierto! Aunque a mi oído
     de las turbas llegaba el ronco hervir,
     yo era huérfano y pobre... ¡El mundo estaba
     desierto... para mí!

RIMA LXVI

    ¿De dónde vengo...? El más horrible y áspero
       de los senderos busca:
    Las huellas de unos pies ensangrentados
       sobre la roca dura,
    los despojos de un alma hecha jirones
       en las zarzas agudas,
       te dirán el camino
       que conduce a mi cuna.

     ¿A donde voy? El más sombrío y triste
        de los páramos cruza,
     valle de eternas nieves y de eternas
        melancólicas brumas.

     En donde esté una piedra solitaria
        sin inscripción alguna,
        donde habite el olvido,
        allí estará mi tumba.

RIMA LXVII

     ¡Qué hermoso es ver el día
     coronado de fuego levantarse,
         y a su beso de lumbre
     brillar las olas y encenderse el aire!
     ¡Qué hermoso es tras la lluvia
     del triste otoño en la azulada tarde,
         de las húmedas flores
     el perfume beber hasta saciarse!

     ¡Qué hermoso es cuando en copos
     la blanca nieve silenciosa cae,
         de las inquietas llamas
     ver las rojizas lenguas agitarse!

     ¡Qué hermoso es cuando hay sueño
     dormir bien... y roncar como un sochantre...
     y comer... y engordar... y qué desgracia
        que esto solo no baste!

RIMA LXVIII

  No sé lo que he soñado
      en la noche pasada;
  triste muy triste debió ser el sueño,
  pues despierto la angustia me duraba.

  Noté al incorporarme
     húmeda la almohada,
  y por primera vez sentí al notarlo
  de un amargo placer henchirse el alma.

  Triste cosa es el sueño
     que llanto nos arranca,
  mas tengo en mi tristeza una alegría...
  sé que aún me quedan lágrimas.

RIMA LXIX
    Al brillar un relámpago nacemos
    y aún dura su fulgor cuando morimos;
       tan corto es el vivir.

    La gloria y el amor tras que corremos
    sombras de un sueño son que perseguimos:
       ¡Despertar es morir!

RIMA LXX

    ¡Cuántas veces al pie de las musgosas
        paredes que la guardan,
    oí la esquila que al mediar la noche
        a los maitines llama!

    ¡Cuántas veces trazo mi silueta
       la luna plateada,
    junto a la del ciprés que de su huerto
       se asoma por las tapias!

    Cuando en sombras la iglesia se envolvía,
       de su ojiva calada,
    ¡cuántas veces temblar sobre los vidrios
       vi el fulgor de la lámpara!

    Aunque el viento en los ángulos oscuros
       de la torre silbara,
    del coro entre las voces percibía
       su voz vibrante y clara.

    En las noches de invierno, si un medroso
        por la desierta plaza
    se atrevía a cruzar, al divisarme,
        el paso aceleraba.

     Y no faltó una vieja que en el torno
        dijese a la mañana
     que de algún sacristán muerto en pecado
        era yo el alma.

     A oscuras conocía los rincones
        del atrio y la portada;
     de mis pies las ortigas que allí crecen
        las huellas tal vez guardan.

     Los búhos, que espantados me seguían
         con sus ojos de llamas,
     llegaron a mirarme con el tiempo
         como a un buen camarada.

     A mi lado sin miedo los reptiles
        se movían a rastras;
     ¡hasta los mudos santos de granito
        creo que me saludaban!

RIMA LXXI

     No dormía; vagaba en ese limbo
     en que cambian de forma los objetos,
     misteriosos espacios que separan
        la vigilia del sueño.

     Las ideas que en ronda silenciosa
     daban vueltas en torno a mi cerebro,
     poco a poco en su danza se movían
        con un compás más lento.
     De la luz que entra al alma por los ojos
     los párpados velaban el reflejo;
     pero otra luz el mundo de visiones
        alumbraba por dentro.

     En este punto resonó en mi oído
     un rumor semejante al que en el templo
     vaga confuso al terminar los fieles
        con un amén sus rezos.

     Y oí como una voz delgada y triste
     que por mi nombre me llamo a lo lejos,
     y sentí olor de cirios apagados,
        de humedad y de incienso.

       .......................................

     Pasó la noche, y del olvido en brazos
     caí, cual piedra, en su profundo seno.
     No obstante al despertar exclamé: “¡Alguno
     que yo quería ha muerto!”

RIMA LXXII

                    Primera voz

     Las ondas tienen vaga armonía,
     Las violetas suave olor,
     brumas de plata la noche fría,
        luz y oro el día;
        yo algo mejor:
        ¡yo tengo Amor!

        Segunda voz
      Aura de aplausos, nube rabiosa,
      ola de envidia que besa el pie.
      isla de sueños donde reposa
          el alma ansiosa.
          ¡dulce embriaguez
          la Gloria es!

         Tercera voz

      Ascua encendida es el tesoro,
      sombra que huye la vanidad,
      todo es mentira: la gloria, el oro.
         Lo que yo adoro
         sólo es verdad:
         ¡la Libertad!

      Así los barqueros pasaban cantando
         la eterna canción,
      y al golpe del remo saltaba la espuma
         y heríala el sol.

      “¿Te embarcas?”, gritaban, y yo sonriendo
          les dije al pasar:
      “ha tiempo lo hice, por cierto que aun tengo
      la ropa en la playa tendida a secar.

RIMA LXXIII

Cerraron sus ojos
que aún tenía abiertos,
taparon su cara
con un blanco lienzo,
y unos sollozando,
otros en silencio,
de la triste alcoba
todos se salieron.

La luz que en un vaso
ardía en el suelo,
al muro arrojaba
la sombra del lecho,
y entre aquella sombra
veíase a intérvalos
dibujarse rígida
la forma del cuerpo.

Despertaba el día
y a su albor primero
con sus mil ruidos
despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
de vida y misterio,
de luz y tinieblas,
yo pensé un momento:
“¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!”

De la casa, en hombros,
lleváronla al templo,
y en una capilla
dejaron el féretro.
Allí rodearon
sus pálidos restos
de amarillas velas
y de paños negros.

Al dar de las ánimas
el toque postrero,
acabó una vieja
sus últimos rezos,
cruzó la ancha nave,
las puertas gimieron
y el santo recinto
quedóse desierto.

De un reloj se oía
compasado el péndulo
y de algunos cirios
el chisporroteo.
Tan medroso y triste,
tan oscuro y yerto
todo se encontraba
que pensé un momento:
“¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!”

De la alta campana
  la lengua de hierro
  le dio volteando
  su adiós lastimero.
  El luto en las ropas,
  amigos y deudos
  cruzaron en fila,
  formando el cortejo.

  Del último asilo,
  oscuro y estrecho,
  abrió la piqueta
  el nicho a un extremo;
  allí la acostaron,
  tapiáronla luego,
  y con un saludo
  despidióse el duelo.
La piqueta al hombro
el sepulturero,
cantando entre dientes,
se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
el sol se había puesto:
perdido en las sombras
yo pensé un momento:
“¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!”

En las largas noches
del helado invierno,
cuando las maderas
crujir hace el viento
y azota los vidrios
el fuerte aguacero,
de la pobre niña
a veces me acuerdo.

Allí cae la lluvia
con un son eterno;
allí la combate
el soplo del cierzo.
Del húmedo muro
tendida en el hueco,
¡acaso de frío
se hielan los huesos...!

........................

¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es, sin espíritu,
podredumbre y cieno?
 ¡No sé; pero hay algo
 que explicar no puedo,
 que al par nos infunde
 repugnancia y duelo,
 a dejar tan tristes,
 tan solos los muertos.

RIMA LXXIV

    Las ropas desceñidas,
    desnudas las espadas,
    en el dintel de oro de la puerta
    dos ángeles velaban.

    Me aproximé a los hierros
    que defienden la entrada,
    y de las dobles rejas en el fondo
       la vi confusa y blanca.

      La vi como la imagen
      que en un ensueño pasa,
    como un rayo de luz tenue y difuso
      que entre tinieblas nada.

    Me sentí de un ardiente
       deseo llena el alma;
    ¡como atrae un abismo, aquel misterio
       hacía si me arrastraba!

       Mas, ¡ay!, que de los ángeles
       parecían decirme las miradas:
    “¡El umbral de esta puerta
    sólo Dios lo traspasa!”

RIMA LXXV
    ¿Será verdad que cuando toca el sueño
    con sus dedos de rosa nuestros ojos,
    de la cárcel que habita huye el espíritu
       en vuelo presuroso?

    ¿Será verdad que, huésped de las nieblas,
    de la brisa nocturna al tenue soplo,
    alado sube a la región vacía
       a encontrarse con otros?

    ¿Y allí desnudo de la humana forma,
    allí los lazos terrenales rotos,
    breves horas habita de la idea
        el mundo silencioso?

    ¿Y ríe y llora y aborrece y ama
    y guarda un rastro del dolor y el gozo,
    semejante al que deja cuando cruza
       el cielo un meteoro?

    ¡Yo no sé si ese mundo de visiones
    vive fuera o va dentro de nosotros:
    lo que sé es que conozco a muchas gentes
        a quienes no conozco!

RIMA LXXVI

         En la imponente nave
        del templo bizantino,
    vi la gótica tumba a la indecisa
    luz que temblaba en los pintados vidrios.

       Las manos sobre el pecho,
   y en las manos un libro,
una mujer hermosa reposaba
sobre la urna del cincel prodigio.

   Del cuerpo abandonado
   al dulce peso hundido,
cual si de blanda pluma y raso fuera
se plegaba su lecho de granito.

   De la sonrisa última
   el resplandor divino
guardaba el rostro, como el cielo guarda
del sol que muere el rayo fugitivo.

   Del cabezal de piedra
   sentados en el filo,
dos ángeles, el dedo sobre el labio,
imponían silencio en el recinto.

   No parecía muerta;
   de los arcos macizos
parecía dormir en la penumbra
y que en sueños veía el paraíso.

   Me acerqué de la nave
   al ángulo sombrío,
con el callado paso que se llega
junto a la cuna donde duerme un niño.

   La contemplé un momento
   y aquel resplandor tibio,
aquel lecho de piedra que ofrecía
próximo al muro otro lugar vacío.

   En el alma avivaron
         la sed de lo infinito,
     el ansia de esa vida de la muerte,
     para la que un instante son los siglos...

      .........................................

        Cansado del combate
        en que luchando vivo,
     alguna vez me acuerdo con envidia
     de aquel rincón oscuro y escondido.

        De aquella muda y pálida
        mujer me acuerdo y digo:
     “¡Oh, qué amor tan callado el de la muerte!
     ¡Qué sueño el del sepulcro tan tranquilo!”

RIMA LXXVII

  Es un sueño la vida,
  pero un sueño febril que dura un punto;
    Cuando de él se despierta,
  se ve que todo es vanidad y humo...
    ¡Ojalá fuera un sueño
    muy largo y muy profundo,
    un sueño que durara hasta la muerte!...
  Yo soñaría con mi amor y el tuyo.

RIMA LXXVIII

  Podrá nublarse el sol eternamente;
  podrá secarse en un instante el mar;
  podrá romperse el eje de la tierra
    como un débil cristal.

  ¡Todo sucederá! Podrá la muerte
 cubrirme con su fúnebre crespón;
 pero jamás en mí podrá apagarse
   la llama de tu amor.

RIMA LXXIX

    Mi vida es un erial,
    flor que toco se deshoja;
    que en mi camino fatal
    alguien va sembrando el mal
    para que yo lo recoja.


RIMA LXXX

      Patriarcas que fuiste la semilla
      del árbol de la fe en siglos remotos:
      al vencedor divino de la muerte,
               rogadle por nosotros.

      Profetas que rasgasteis inspirados
      del porvenir el velo misterioso:
      al que sacó la luz de las tinieblas,
               rogadle por nosotros.

      Almas cándidas, Santos Inocentes
      que aumentáis de los ángeles el coro:
      al que llamo a los niños a su lado,
                rogadle por nosotros.

      Apóstoles que echasteis por el mundo
      del la Iglesia el cimiento poderoso:
      al que es de verdad depositario,
                rogadle por nosotros.
       Mártires que ganasteis vuestra palma
       en la arena del circo, en sangre rojo:
       al que os dio fortaleza en los combates,
                rogadle por nosotros.

       Vírgenes semejantes a azucenas,
       que el venado vistió de nieve y oro:
       al que es fuente de la vida hermosura,
                rogadle por nosotros.

       Monjes que de la vida en el combate
       pedisteis paz al claustro silencioso:
       al que es iris de calma en las tormentas,
                rogadle por nosotros.

       Doctores cuyas plumas nos legaron
       de virtud y saber rico tesoro:
       al que es raudal de ciencia inextinguible,
                rogadle por nosotros.

       Soldados del ejercito de Cristo
       santas y santos todos:
       rogadle que perdone nuestras culpas
           a Aquel que vive y reina entre vosotros.

RIMA LXXXI

  Dices que tienes corazón, y solo
  lo dices porque sientes sus latidos;
  eso no es corazón... es una máquina
  que al compás que se mueve hace ruido.

RIMA LXXXII
     Fingiendo realidades
     con sombra vana,
     delante del deseo
     va la esperanza.
     y sus mentiras
     como el Fénix, renacen
     de sus cenizas.

RIMA LXXXIII

     Una mujer me ha envenenado el alma,
     otra mujer me ha envenenado el cuerpo;
     ninguna de las dos vino a buscarme,
     yo de ninguna de las dos me quejo.

     Como el mundo es redondo, el mundo rueda.
     Si mañana, rodando, este veneno
     envenena a su vez, ¿por qué acusarme?
     ¿Puedo dar mas de lo que a mí me dieron?

RIMA LXXXIV

       A CASTA

 Tu voz es el aliento de las flores,
 tu voz es de los cisnes la armonía;
 es tu mirada el esplendor del día,
 y el color de la rosa es tu color.

 Tú prestas nueva vida y esperanza
 a un corazón para el amor ya muerto:
 tú creces de mi vida en el desierto
 como crece en un páramo la flor.
RIMA LXXXV

       A ELISA

 Para que los leas con tus ojos grises,
 para que los cantes con tu clara voz,
 para que se llenen de emoción tu pecho
       hice mis versos yo.

 Para que encuentres en tu pecho asilo
 y le des juventud, vida, calor,
 tres cosas que yo no puedo darles,
        hice mis versos yo.

 Para hacerte gozar con mi alegría,
 para que sufras tu con mi dolor,
 para que sientas palpitar mi vida,
       hice mis versos yo.

 Para poder poner antes tus plantas
 la ofrenda de mi vida y de mi amor,
 con alma, sueños rotos, risas, lágrimas
        hice mis versos yo.

RIMA LXXXVI

 Flores tronchadas, marchitas hojas
        arrastra el viento;
 en los espacios, tristes gemidos
        repite el eco.

       ..............................
  En las nieblas de los pasado,
  en las regiones del pensamiento
  gemidos tristes, marchitas galas
         son mis recuerdos.

RIMA LXXXVII
 Es el alba una sombra
        de tu sonrisa,
 y un rayo de tus ojos
        la luz del día;
        pero tu alma
 es la noche de invierno,
        negra y helada.

RIMA LXXXVIII

Errante por el mundo fui gritando:
        “La gloria ¿dónde está?”
Y una voz misteriosa contestóme:
        “Más allá... más allá...”

En pos de ella perseguí el camino
         que la voz me marcó;
halléla al fin, pero en aquel instante
         el humo se troncó.

Más el humo, formado denso velo,
        se empezó a remontar.
Y penetrando en la azulada esfera
      al cielo fue a parar.

RIMA LXXXIX

Negros fantasmas,
nubes sombrías,
huyen ante el destello
   de la luz divina.
   Esa luz santa,
niña de negros ojos,
   es la esperanza.

Al calor de sus rayos
   mi fe gigante
contra desdenes lucha
   sin amenguarse.
   en este empeño
es, si grande el martirio,
   mayor el premio.

Y si aún muestras esquiva
   alma de nieve,
si aún no me quisieras,
    yo no he de quererte:
    mi amor es roca
donde se estrellan tímidas
    del mal las olas.

RIMA XC

Yo soy el rayo, la dulce brisa,
lágrima ardiente, fresca sonrisa,
flor peregrina, rama tronchada;
yo soy quien vibra, flecha acerada.

Hay en mi esencia, como en las flores
de mil perfumes, suaves vapores,
y su fragancia fascinadora,
trastorna el alma de quien adora.
Yo mis aromas doquier prodigo
ya el más horrible dolor mitigo,
y en grato, dulce, tierno delirio
cambio el más duro, crüel martirio.

¡Ah!, yo encadeno los corazones,
más son de flores los eslabones.
          Navego por los mares,
          voy por el viento
  alejo los pesares
          del pensamiento.
          yo, en dicha o pena,
     reparto a los mortales
          con faz serena.

Poder terrible, que en mis antojos
brota sonrisas o brota enojos;
poder que abrasa un alma helada,
si airado vibro flecha acerada.

   Doy las dulces sonrisas
        a las hermosas;
   coloro sus mejillas
        de nieve y rosas;
   humedezco sus labios,
        y sus miradas
   hago prometer dichas
        no imaginadas.

   Yo hago amable el reposo,
         grato, halagüeño,
   o alejo de los seres
         el dulce sueño,
         todo a mi poderío
         rinde homenaje;
   todo a mi corona
        dan vasallaje.

   Soy amor, rey del mundo,
        niña tirana,
   ámame, y tú la reina
        serás mañana.

RIMA XCI

No has sentido en la noche,
cuando reina la sombra
una voz apagada que canta
y una inmensa tristeza que llora?

¿No sentiste en tu oído de virgen
las silentes y trágicas notas
que mis dedos de muerto arrancaban
a la lira rota?

¿No sentiste una lágrima mía
deslizarse en tu boca,
ni sentiste mi mano de nieve
estrechar a la tuya de rosa?

¿No viste entre sueños
por el aire vagar una sombra,
ni sintieron tus labios un beso
que estalló misterioso en la alcoba?

Pues yo juro por ti, vida mía,
que te vi entre mis brazos, miedosa;
que sentí tu aliento de jazmín y nardo
y tu boca pegada a mi boca.
RIMA XCII

  Apoyando mi frente calurosa
  en el frío cristal de la ventana,
  en el silencio de la oscura noche
  de su balcón mis ojos no apartaba.

  En medio de la sombra misteriosa
  su vidriera lucía iluminada,
  dejando que mi vista penetrase
  en el puro santuario de su estancia.

  Pálido como el mármol el semblante;
  la blonda cabellera destrenzada,
  acariciando sus sedosas ondas,
  sus hombros de alabastro y su garganta,
  mis ojos la veían, y mis ojos
  al verla tan hermosa, se turbaban.

  Mirábase al espejo; dulcemente
  sonreía a su bella imagen lánguida,
  y sus mudas lisonjas al espejo
  con un beso dulcísimo pagaba...

  Mas la luz se apagó; la visión pura
  desvanecióse como sombra vana,
  y dormido quedé, dándome celos
  el cristal que su boca acariciara.

RIMA XCIII

Si copia tu frente
del río cercano la pura corriente
y miras tu rostro del amor encendido,
         soy yo, que me escondo
         del agua en el fondo
y, loco de amores, a amar te convido;
soy yo, que, en tu pecho buscada morada,
envío a tus ojos mi ardiente mirada,
         mi blanca divina...
y el fuego que siento la faz te ilumina.

          Si en medio del valle
en tardo se trueca tu amor animado,
vacila tu planta, se pliega tu talle...
          soy yo, dueño amado,
          que, en no vistos lazos
de amor anhelante, te estrecho en mis brazos;
soy yo quien te teje la alfombra florida
que vuelve a tu cuerpo la fuerza de la vida;
          soy yo, que te sigo
en alas del viento soñando contigo.

          Si estando en tu lecho
escuchas acaso celeste armonía
que llena de goces tu cándido pecho,
          soy yo, vida mía...;
          soy yo, que levanto
al cielo tranquilo mi férvido canto;
soy yo, que, los aires cruzando ligero
por un ignorado, movible sendero,
          ansioso de calma,
sediento de amores, penetro en tu alma.

RIMA XCIV

        ¡Quién fuera luna,
        quién fuera brisa,
       quién fuera sol!

       ..................

       ¡Quién del crepúsculo
       fuera la hora,
       quién el instante
       de tu oración!

       ¡Quién fuera parte
       de la plegaria
       que solitaria
       mandas a Dios!

       ¡Quién fuera luna
       quién fuera brisa,
     quién fuera sol! ...

RIMA XCV

 Yo me acogí, como perdido nauta,
 a una mujer, para pedirle amor,
 y fue su amor cansancio a mis sentidos,
        hielo a mi corazón.

 Y quedé, de mi vida en la carrera,
 que un mundo de esperanza ayer pobló,
 como queda un viandante en el desierto:
       ¡A solas con Dios!

RIMA XCVI

 Para encontrar tu rostro
 miraba al cielo
 que no es bien que tu imagen
 se halle en el suelo;
 si de allí vino,
 el buscaba su origen
 no es desvarío.

RIMA XCVII

 Esas quejas del piano
 a intervalos desprendidas,
 sirenas adormecidas
 que evoca tu blanca mano,
 no esparcen al aire en vano
 el melancólico son;
 pues de la oculta mansión
 en que mi pasión se esconde,
 a cada nota responde
 un eco del corazón.

RIMA XCVIII

 Nave que surca los mares,
 y que empuja el vendaval,
 y que acaricia la espuma,
 de los hombres es la vida;
 su puerto, la eternidad.

								
To top