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AQU- Bienvenido a la Parroquia d

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AQU- Bienvenido a la Parroquia d Powered By Docstoc
					PRESENTACIÓN
        La liturgia, acción de todo el pueblo de Dios, es cumbre y fuente de la vida cristiana.
        Pide de todos una participación plena, consciente y activa, cada uno según su función en
la Iglesia y en el pueblo de Dios.
        Ofrecemos esta serie de catequesis litúrgicas para la formación del pueblo de Dios. Han
sido fruto de un largo trabajo en equipo, aún perfectible. Pueden usarse para una breve
introducción a todo el pueblo antes de la Misa dominical o para las reuniones semanales del
equipo de liturgia o de los acólitos o simplemente para una lectura personal o grupal instructiva.
Puede seguirse el orden propuesto o seleccionarse según las necesidades.
        Las primeras catequesis son una introducción general a la liturgia, insistiendo sobre todo
en los signos sensibles más relevantes que la constituyen. Después presentamos una serie de
catequesis sobre la Celebración Eucarística; las primeras acerca de su sentido y las siguientes son
una explicación de cada uno de sus momentos.
        Nos reducimos a presentar lo esencial que conviene que sepa el pueblo.
        En una lectura de tres minutos éste puede recibir una instrucción y una exhortación que le
ayude a vivir mejor sus celebraciones. Las preguntas que aparecen al final de cada tema
sintetizan lo principal, para grabarlo en los oyentes, o discutirlo entre los participantes si se trata
de un grupo pequeño.
        Así, esperamos contribuir a que la liturgia sea verdaderamente la expresión de la fe viva
de nuestras comunidades y su impulso más fuerte para construir el Reino de Dios. Que el Señor
bendiga este trabajo, a quien lo ofrecemos por manos de María, nuestra Madre.

1. ¿QUÉ ES LA LITURGIA?
        Vamos a iniciar una serie de instrucciones breves acerca de la liturgia. Pero la primera
pregunta que se nos viene a la mente es precisamente esta: ¿Y qué es la liturgia? A ella vamos a
responder el día de hoy.
        La palabra liturgia viene del griego y significa acción pública, servicio público del pueblo
y para el pueblo. Pero ha llegado hasta nosotros para denominar en general el culto oficial de la
Iglesia Católica, sus celebraciones.
DEFINICIONES DE LA LITURGIA
      Son acciones sagradas que dirigimos a Dios en nombre de la comunidad y que al
       dirigirlas, Dios nos santifica.
      Es el ejercicio del sacerdocio de Cristo en su Iglesia, mediante signos sensibles con los
       que el hombre da gloria a Dios y se santifica en comunidad.
      Es el conjunto de signos sensibles y eficaces del culto de la Iglesia y para santificación de
       los fieles.
EXPLIQUEMOS PALABRA POR PALABRA
        Liturgia es el culto oficial y público de la Iglesia. Los actos litúrgicos son: la santa Misa,
el Oficio Divino y los Sacramentos.
Ejercicio: Significa vida, proceso, cambio, movimiento, adaptación al aquí y ahora de la Iglesia
en el caminar de la historia.
Sacerdocio de Cristo: Cristo es el sacerdote por que se ofrece para salvarnos, enseñarnos,
guiarnos, santificándonos desde el bautismo, nos inserta en su Iglesia, cuerpo místico y nos hace
participar del sacerdocio común. Por eso en las celebraciones hay un presidente oficial de la
Iglesia que es el sacerdocio jerárquico y con él todos celebramos.

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Iglesia: Comunidad de creyentes, nuevo pueblo de Dios, que marcha hacia Dios. En este
peregrinar, unos ya lograron llegar a la meta, están en el cielo, es la Iglesia triunfante. Otros se
purifican para entrar en la gloria, es la Iglesia purgante. Y los que aquí tratamos de vivir el
Evangelio, de conocer, amar y ser fieles a nuestro compromiso cristiano, formamos la Iglesia que
lucha, la Iglesia militante.
Signos sensibles: Son las cosas que integran la liturgia: la Palabra, la Escritura, el canto, los
ornamentos, los colores, el tiempo, el agua, el aceite, flores, posturas, etc. todo esto coincide en
ser sensible y revelar algo espiritual, invisible.
        Dar gloria a Dios y santificarnos: Son la finalidad, la razón por la que celebramos nuestra
vida y nuestra fe.
        Reconocemos a Dios como nuestro Padre, Creador y Dueño, por eso lo adoramos;
Descubrimos que El con amor nos colma de bendiciones y regalos y por eso le damos gracias.
        Nos reconocemos pecadores, sabemos que hemos fallado de pensamiento, palabra, hechos
y omisión. Por eso queremos paz, salud, trabajo, amistad, libertad y otros tantos bienes que sólo
El nos puede alcanzar.
        Al relacionarnos así con Dios en la liturgia nos santificamos pues nos unimos al que es
toda santidad.
        Por lo tanto debemos esforzamos por atender, entender y profundizar en nuestras
celebraciones litúrgicas, aportando nuestra participación activa y consciente, ayudando a otros a
lograrlo.
        Procuremos formar la comunidad, hacer todo el esfuerzo por integramos, venciendo el
individualismo, la comodidad y el orgullo; busquemos el bien común, no el personal, ya que la
liturgia son acciones sagradas que dirigimos a Dios y por esos medios Dios nos santifica y
nosotros le damos gloria.
PREGUNTA: ¿Qué es liturgia? Es el ejercicio de Cristo en su Iglesia, a través de signos sensibles
con los que el hombre da gloria a Dios y se santifica en comunidad.

2. ELEMENTOS CONSTITUTIVOS DE LA SAGRADA LITURGIA
SON SIETE LOS ELEMENTOS CONSTITUTIVOS DE LA SAGRADA LITURGIA
 1. La Sagrada Escritura que actualiza la revelación, es la fuente que cimenta la Liturgia, pues
    es la Palabra que convoca y constituye a la comunidad y al que la preside.
 2. Las Lecturas eclesiásticas de los documentos de los Santos Padres, que la Iglesia ha
    reconocido como recopiladores de la tradición y sus enseñanzas de gran valor y actualidad.
    Los Santos Padres son escritores y maestros que vivieron en los cuatro primeros siglos de la
    Iglesia, unos griegos y otros latinos, y son eco de la enseñanza de los apóstoles (actas de los
    mártires, lecturas de los doctores de la Iglesia, o sea los maestros de la Iglesia y los Papas).
 3. El canto, en primer lugar los salmos, luego los himnos y por último los cantos populares.
    Hay como canto clásico el gregoriano, la polifonía, los coros y participación de instrumentos
    de cuerda.
 4. Oraciones: 1º de penitencia y arrepentimiento, 2º de acción de gracias, 3º de alabanza y
    adoración, 4º de petición (oración colecta, oración de la comunidad eclesial), 5º oraciones
    letánicas, preces y oraciones de los fieles, 6º bendiciones y aclamaciones.
 5. Ritos, o sea, maneras de ejecutar las celebraciones: la Santa Misa, los Sacramentos, el Oficio
    Divino. El Ritual se ha reservado al servicio de la Pastoral y en él encontramos signos,
    símbolos, gestos y actitudes.
 6. Objetos y lugares: agua, pan, vino, aceite, luz, etc. lugar: el templo, con sus diferentes
    lugares para acciones concretas.
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  7. Ornamentos y vasos sagrados: sotana, alba, estola, casulla, etc. vasos sagrados: cáliz, copón,
     patena, palia, custodia, etc.
PREGUNTA: ¿Cuántos son los elementos de la Sagrada Liturgia? Son siete, la Sagrada Escritura,
los documentos de los Santos Padres, los cantos, las oraciones, los ritos, los objetos sagrados y
lugares, los ornamentos y los vasos sagrados.

3. LA ASAMBLEA LITÚRGICA
          Al reunimos en la celebración, formamos la asamblea: Comunidad de creyentes. Jesús nos
dice: “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, ahí estoy en medio de ellos” (Mt. 18, 20).
          El Vaticano II (S.C. 26 y 27) nos dice: las acciones litúrgicas no son acciones privadas,
sino celebraciones de la Iglesia, que es el Sacramento de Unidad, es decir, pueblo Santo
congregado y ordenado bajo la dirección de los Obispos. La comunidad reunida es el primer
signo litúrgico.
          Por eso las acciones litúrgicas pertenecen a todo el Cuerpo la Iglesia, lo manifiestan y los
implican; pero cada uno de los miembros de este Cuerpo recibe el influjo diverso según la
diversidad de órdenes, funciones y participación actual.
          La celebración comunitaria, .con 'asistencia y participación activa de los fieles hay que
preferirla a una celebración individual y privada.
LOS ELEMENTOS DE LA “ASAMBLEA LITÚRGICA” SON:
  1º. Dios convoca a su pueblo: Ex. 19, 24
  2º. La asamblea tiene la presencia del Señor. Mt. 18, 15-20. Los cristianos deben ser capaces de
        reconocer al Señor en sus signos y de vivir su presencia.
  3º. Palabra de Dios: Siempre la asamblea escucha y acoge en la alabanza y oración la Palabra de
        Dios y le da una respuesta.
  4º. Sacrificio de la Nueva Alianza: Jesús, centro de la asamblea para pensar y vivir como El.
  5º Compromiso con el pueblo. Ya que todo en la Iglesia se funda en el Bautismo y la Eucaristía.
          En cada asamblea local se hace visible la Iglesia y está presente la Iglesia universal.
          La "asamblea local" tiene siempre una preocupación misionera; la cual es antropológica,
cristológica, kerigmática, eclesiológica y escatológica.
   a) Antropológica: Pretende salvar y renovar a toda persona.
   b) Cristológica: Busca hacer que Cristo reine en nosotros para así difundir su Reino.
   e) Kerigmática: Con la vida y palabra, anuncia su Evangelio.
   d) Eclesiológica: Intenta ir construyendo la asamblea, la comunidad, la familia, el pueblo de
          Dios.
   e) Escatológica: Tiende a promover, progresar, luchar por la justicia, o a preparar la venida del
          Reino de Dios.
TEOLOGÍA DE LA "ASAMBLEA LITÚRGICA"
- Tiene la presencia de Cristo y su gracia.
- Manifiesta a la Iglesia, es reunión de su pueblo (S.C. 41).
- Es fraternidad en la diversidad:
      • Reúne lo que estaba disperso.
      • Renuncia al sectarismo; pobres y ricos, santos y pecadores, fariseos y publicanos, sabios e
           ignorantes.
- Favorece la unidad por esto el rito de paz se introdujo muy pronto en todas partes.
- Hace presente a los ausentes, en relación a la catolicidad.
- Es orgánica, donde la personalidad de cada miembro hace la armonía del conjunto.
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- Es signo del cielo. Anuncia el tiempo futuro. San Juan nos presenta al cielo como una:
“Asamblea litúrgica en la Celebración”.
PREGUNTA: ¿Qué se requiere para que haya una Asamblea Eucarística? Una comunidad de
creyentes que nos reunimos en el nombre del Señor para celebrar la Nueva Alianza en Cristo.

4. LA IGLESIA COMUNIDAD SACERDOTAL
        La Constitución Dogmática sobre la renovación litúrgica del Vaticano II, nos recuerda:
"Con solícito cuidado la Iglesia procura que los cristianos no asistan a la celebración eucarística
como extraños y mudos espectadores, sino que aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la
hostia inmaculada, no solo por las manos del sacerdote sino juntamente con él" (S.C. 48)" Y en el
Decreto sobre el Ministerio Sacerdotal el mismo Vaticano II insta a los Sacerdotes "enseñen a los
fieles al ofrecer al Padre en el Sacrificio de la Misa, la Víctima divina y a ofrecer la propia vida
juntamente, con ella" (P.O. 5).
        Antes de alimentamos con la Carne y la Sangre de Cristo, hemos de compartir con El su
sacrificio: con su vida, ofrecer también la nuestra a Dios.
        Por eso, todos participamos del sacerdocio real de Cristo. Los sacerdotes de su sacerdocio
ministerial, por el Sacramento del Orden Sagrado, que los configura con Cristo cabeza; los laicos
por el Bautismo, reciben también una participación real del Sacerdocio de Cristo, por su
sacerdocio común.
        Hagamos de la celebración eucarística el centro de nuestra vida. Por Cristo y con Cristo
ofrezcamos a Dios: nuestros trabajos; luchas, angustias, alegrías, éxitos, etc.
        El sacrificio se ofrece, pero antes se vive. Nuestra inmolación ha de llevarnos a una
constante y continua purificación de todo pecado en nuestra vida, para que nuestra ofrenda filial
al Padre sea cada vez más parecida a aquella de su Unigénito: digna, agradable, perfecta. Los que
comparten con Cristo su sacrificio, buscan la Palabra de Dios, para entenderla y practicarla.
        Si todos los cristianos participamos en el Sacrificio Eucarístico "consciente, piadosa y
activamente" como nos sugiere el Concilio Vaticano II, habría en el mundo menos egoísmo e
injusticias, esclavitud y luchas; habría más fraternidad, justicia, libertad y paz.
        A la ofrenda infinitamente santa y perfecta de Cristo, unamos el pobre e imperfecto don
de nuestra vida al Padre Celestial. Recordemos las sencillas y prácticas palabras de la imitación
de Cristo: "Dolores, penas, trabajos, tribulaciones no faltan; lo que falta es que nosotros
asociemos nuestras penalidades al sacrificio eucarístico. Todos esos trabajos apenas tendrían
algún valor, al vincularse al Sacrificio de Cristo, se convierten en actos sacrificiales; en actos del
mismo Cristo, que les comunica sus propios merecimientos" (Cfr. Im. 4, 8-9 y LG 6, 48).
        Compartir con Cristo su sacrificio es la mejor preparación para unimos a El, después de la
Santa Comunión.
PREGUNTA: ¿Por qué es la Iglesia una Comunidad Sacerdotal? Porque todos participamos del
sacerdocio de Cristo para ofrecer nuestra vida como sacrificio unido al de Cristo, cada uno según
la participación de ese sacerdocio.

5. LA ORACIÓN COMUNITARIA ES MÁS EXCELENTE QUE LA ORACIÓN PRIVADA
       ¿Qué es, lo que hace que, ante el corazón de Dios, nuestra oración sea más poderosa
cuando es comunitaria que cuando es privada?
       Para poder comprender bien este tema es necesario aclarar que oración PERSONAL y
oración COMUNITARIA no son dos cosas opuestas. Aún más, no hay verdadera oración
comunitaria si no hay oración personal.
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         Llamamos aquí oración privada no sólo a la oración hecha en forma casi egoísta, sin tener
en cuenta a los demás, en donde cada uno de los que estamos aquí pide por sí mismo; sino
también a la oración que no está unida a los demás, ya interior, ya exteriormente.
         En cambio, oración comunitaria es la oración que hacemos cuando, pidiendo en nombre
de Cristo, tenemos en cuenta los intereses de los demás, es decir, cuando pedimos no Sólo por
nosotros mismos, sino también por los demás y con los demás.
         El valor de la oración hecha comunitariamente radica, como en su motivo principal, en la
promesa de Cristo citada por el Concilio y la Constitución de liturgia: "Donde están dos o tres
congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt. 18, 20), y no basta estar unidos
materialmente bajo el mismo techo de la Iglesia. Hay que estar unidos espiritualmente con las
mismas intenciones. Cristo mismo lo dice en el versículo anterior a la frase citada: "Si
conviniereis en pedir", es decir, si nos ponemos de acuerdo en pedir la misma cosa. Aún de que
las mismas posturas del cuerpo están expresando nuestra oración comunitaria.
PREGUNTA: ¿Por qué es mejor la oración comunitaria a la oración privada ante los ojos de Dios?
Porque en nombre de Cristo pedimos por los intereses de los demás, no sólo por nosotros
mismos, recordando la promesa de Cristo: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre,
allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18, 20).

6. CARACTERÍSTICAS DE UNA CELEBRACIÓN
        En nuestra vida tenemos muchas celebraciones, pero ¿qué es celebrar?
        Es conmemorar, es festejar, hacer solemnemente una ceremonia, es alegrarse, es verificar
un encuentro. Toda celebración tiene las siguientes características: Convocación, Fiesta, Motivo,
Comunidad, Rito y Compromiso.
Hablemos de cada una.
CONVOCAR: es invitar, o citar a un gran número de personas a un determinado lugar (Dios
convoca a su pueblo: Ex. 19, 24).
FIESTA: Es hacer algo diferente a lo ordinario, con aportaciones de todos, pero sin fines de
ganancia, con alegría y regocijo, como signo de libertad.
MOTIVO: Se trata de "un hecho" personal o acontecimiento, de una causa o razón, nunca de una
idea abstracta, que provoca fiesta.
COMUNIDAD: Es una realidad conocida, amada, vivida, engendra una común unidad; comunidad
diferenciada: hay quien invita e invitados; unos participan de una forma, otros de otra. Pero todos
sienten la acción como propia.
RITOS: Son una práctica social saludos, gestos, palabras que se hacen de costumbre. (Una fiesta
sin "ritos", no es una fiesta, vivimos de "ritos", y con "ritos"). Los ritos más ordinarios son los
siguientes: un local que se adorna. Vestiduras: regionales o festivas. Palabras: saludos,
bienvenidas, felicitaciones, brindis, etc. Música y cantos: no debe faltar en una fiesta, canciones,
música de fondo; Comida y bebida: ellos expresan el motivo de unidad y de fiesta, todos comen
de los mismos alimentos, contribuyen a que se forme la comunidad.
COMPROMISO: es una obligación que se contrae de corresponder a los favores y atenciones
recibidas.
PREGUNTAS: ¿Cuáles son las características de una celebración? Las características son:
Convocación, fiesta, motivo, comunidad, ritos y compromiso.
¿Qué celebramos en la Santa Misa? Celebramos la obra de Cristo y nuestra propia salvación.

7. SENTIDO DE LAS POSTURAS
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        Cada persona es un ser dotado de alma y cuerpo. Estos dos elementos nos sirven para
comunicarnos con los demás, de manera que cuando pronunciamos algunas palabras, éstas van
acompañadas de nuestras actitudes corporales.
        Por ejemplo: Un niño levanta los brazos: para ir al encuentro del papá; esta actitud de
levantar los brazos indica lo que en el interior experimenta el niño: alegría.
        Para que nuestra comunicación con Dios sea auténtica y plena, tiene que suceder algo
parecido; es decir, o se necesita que oremos no sólo de palabra o pensamiento, sino también con
nuestro cuerpo.
        Las posturas son también signo comunitario, pues toda la asamblea se une en una misma
postura para expresar una misma actitud de oración.
        La liturgia no eso una acción privada sino una celebración del pueblo de Dios y una forma
de indicar que todo el pueblo está unido en oración activa, es realizando unos o movimientos del
cuerpo que los igualen a todos.
        Por eso no es conveniente que cada uno siga la postura que le dicte su propia devoción;
puesto que esta participando de una oración comunitaria, donde está primero lo comunitario que
lo personal y seguir el propio gusto al margen de la comunidad, sería como despreciarla.
PREGUNTAS: ¿Por qué las posturas son una forma de oración? Porque el cuerpo es parte de la
persona y debe asociarse en su comunicación con Dios; y porque nuestro culto debe ser también
público y social.
¿Por qué las posturas son un signo comunitario? Porque nos unen a todos en una misma
expresión de fe y oración comunitaria.

8. ESTAR DE RODILLAS Y SENTADOS EN LA LITURGIA
       El estar de rodillas indica humildad y pequeñez al reconocer la grandeza de Dios.
       Es también una postura usada en la Biblia para pedir perdón, hacer penitencia o súplica.
(Mc. 1, 40).
       Es preciso darle a este acto un significado del cual seamos conscientes: Al arrodillamos
adoramos a Dios (Jn. 1, 38) m agradecemos (Lc. 17, 16) suplicamos (Mt. 18, 26) y le pedimos
perdón, e inclinamos a la vez nuestro corazón reconociendo que. "El es el Soberano y Dios
nuestro".
       Vamos a participar en el Sacrificio de la Santa Misa; Cristo viene a salvarnos. Tomemos
una actitud reverencial a la Consagración arrodillándonos y reconozcamos de esta manera la
grandeza de todo un Dios a quien adoramos.
       La actitud de rodillas es el uso tradicional de la Iglesia, es preferentemente la actitud de la
oración individual y de la oración comunitaria penitencial. Aunque nos inspire mucha devoción,
cuando la liturgia nos pida otra postura, adoptémosla, pues cada postura es significativa.
       Sentados es otra postura corporal de los fieles. Nos sentamos para escuchar las lecturas
que preceden al Evangelio y en la Homilía, y también en el transcurso del sagrado silencio que se
hace después de la comunión para dar gracias.
       El sentarse significa meditación concentración, tranquilidad y autoridad. Es una
oportunidad para entrar en intimidad.
       María y José encontraron a Jesús "sentado en medio de los maestros, escuchándolos y
preguntándoles..." (Lc. 2, 26).
       También en otros lugares de la Biblia encontramos el sentarse, como un descanso de
recogimiento para el que enseña y para los que escuchan. La Liturgia necesita la presencia
comunitaria de un pueblo dispuesto a escuchar y a meditar. La deseada participación de la liturgia
"plena, consciente y activa", es ante todo la que se realiza en el interior del alma. El hombre
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moderno vive en el peligro de una progresiva despersonificación, de superficialidad que le
impiden el crecimiento a la verdadera madurez cristiana.
        Sentados delante de Jesús, los fieles puede captar "los misterios del Reino de los cielos",
abrirse, concentrarse, librarse de las distracciones, para que lo sembrado tenga raíces. En el
mundo moderno hay mucha prisa y nerviosismo. Ocupamos calma y la expresamos sentados.
        Sabemos que María estaba sentada a los pies del Señor escuchando su palabra, mientras
su hermana Martha estaba atareada en muchos quehaceres. "María ha elegido la parte buena, que
no le será quitada" (Lc. 10, 42).
PREGUNTAS: ¿Por qué nos ponemos de rodillas? En señal de adoración y penitencia. Nos
arrodillamos para adorar a Dios, para agradecerle, para suplicarle y para pedirle perdón,
reconociendo que Él es el Soberano Señor y Dios nuestro.
¿Para qué es la postura de sentarse durante algunas de las partes de la Santa Misa? Para escuchar
cómoda y atentamente la Palabra de Dios, meditarla, asumirla y luego vivirla.

9. ESTAR DE PIE EN LA LITURGIA
        El estar de pie es una actitud litúrgica con mucho sentido.
        Los primeros cristianos tomaron esta postura como signo de unión a la Resurrección de
Jesús, el cordero degollado que está de pié en el trono. También expresa respeto, disponibilidad,
atención y la dignidad de ser libre.
        La posición de pie es una expresión de Santa Libertad de los hijos de Dios, adquirida por
el bautismo. Cristo nos levantó (Lc. 22, 20) y con su gracia nos libró del pecado y de la muerte; ya
no somos esclavos, delante de Dios estamos llenos de respeto, pero confiados; participamos de la
dignidad de los hijos de Dios. Lo tratamos de tú a tú. Somos además un pueblo sacerdotal, y la
postura del Sacerdote que ofrece es de pie. Somos el pueblo de soldados de Cristo, y la postura
del soldado es "firmes", o sea de pie, dispuesto a acatar órdenes.
        Al escuchar la Buena Nueva, el Evangelio, de pie nos proponemos seguir a Cristo hasta el
calvario. Allí estuvo María, de pie junto a la cruz.
        Hermanos, con esto podemos darnos cuenta por qué la Iglesia quiere que oremos de pie,
el Yo confieso; el Gloria, el Credo, el Santo, el, Padrenuestro y muchas otras oraciones de la
Misa. Casi la postura general de la celebración es de        pié.
        Nos toca a nosotros ser conscientes de esto cuando rezamos. Mientras más pecadores
seamos, más tendremos, al orar de pie, qué hacer acto de fe en la bondad y el poder de Dios que
nos levanta. No estamos, caídos, sino que somos resucitados con Cristo.
PREGUNTAS: ¿Por qué oramos de pie? Como una expresión de Santa libertad de hijos de Dios,
adquirida por el bautismo. Ya no somos esclavos, Cristo nos levantó y con su gracia nos libró del
pecado y de la muerte.
¿En qué momento debemos orar de pie? Durante el Yo confieso, el Gloria, el Padre Nuestro y
muchas oraciones de la Misa.

10. EL QUE AMA CANTA
       Hermanos: Cuántas veces nos reunimos en familia en torno del papá, de la mamá y
cantamos.
       Cuántas veces nos reunimos con los amigos para pasar unos momentos alegres y
cantamos. Cantar es una expresión de alegría, cantar, es una expresión de amor. Y es que si se
ama, se canta.


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        Se, está alegre y se canta, cuando se está con una persona querida. Para todos nosotros el
papá, la mamá, los amigos son personas queridas ya ellos cantamos espontáneamente cuando nos
reunimos.
        Somos familia de Dios y hemos acudido a esta reunión en torno de nuestro Padre para
manifestarle nuestro amor, para expresarle de alguna manera, que nosotros sus hijos esta os
alegres: estamos aquí para cantar, porque el que ama, el que está alegre, canta y el que canta, ora
dos veces, ya que pone en juego su exterior, su interior, y su unidad con los demás.
        Cantemos, ya que el canto es un elemento importante en la liturgia, es la forma original de
la alabanza divina; ya San Pablo exhortaba a los primeros cristianos a entonar, unos con otros,
salmos, himnos y cánticos espirituales (Ef. 5, 19; Col. 3, 16).
        Hermanos, tomemos una actitud: En el Sacrificio que participemos hagamos de nuestro
canto una alabanza de amor, de alegría, por habernos llamado el Padre a participar del Banquete
de su gran familia.
        Recordemos siempre que con nuestro canto sagrado damos gloria a Dios y efectuamos
nuestra santificación. El canto no adorna nuestra oración, sino que es en sí mismo una forma
excelente de oración.
PREGUNTA: ¿Por qué debemos cantar durante la Santa Misa? Para dar gloria a Dios y para nuestra
santificación. Hagamos de nuestro canto una alabanza de amor y de alegría, por habernos
llamado el Padre a participar del Banquete de su gran familia.

11. EL SILENCIO EN LA LITURGIA
        Una acción litúrgica importante es el silencio sagrado. La instrucción general del Misal
Romano explica:
        “También, como parte de la celebración, ha de guardarse silencio sagrado. La finalidad de
este silencio depende del momento en que se observe durante la Misa; por ejemplo, en el acto
penitencial y después de una invitación a orar, los presentes se concentran en sí mismos: al
terminar la lectura o la homilía, reflexionan brevemente sobre lo que han oído; después de la
comunión alaban a Dios con su corazón y oran” (Núm. 23).
        “Por eso el silencio es parte de la celebración” (Núm. 22).
        En el “Directorio para Misas con niños” se lee una observación, que igualmente sirve para
los adultos: “Téngase muy en cuenta que las acciones externas pueden quedar infructuosas, y
hasta llegar a ser nocivas, si no favorecen la participación interna de los niños”.
        En el silencio de la noche Dios habla a Samuel, a Abraham, a Jesús. Es el mismo Dios
que quiere hablar con nosotros en la Santa Misa, por eso debemos prepararnos para que Dios
pueda hablarnos al santuario de nuestra alma. Mientras nosotros platicamos, Dios no nos puede
hablar. Y platicamos mucho, demasiado; hay gente que platica hasta en el templo. La locuacidad
y las habladurías son una de las causas por las que el hombre se hace sordo a la voz de Dios.
        El silencio que la Iglesia pide es ante todo un don del Espíritu Santo; que nos conduce a la
fructuosa participación de la Santa Misa. Se ha interpretado el silencio como signo del Espíritu
Santo.
        La vida de Cristo empezó en el silencio de Nochebuena, alcanzó su punto culminante en
el silencio del Huerto de los olivos y terminó en casi total silencio de la Santa Cruz.
        En el silencio de un corazón bien dispuesto de verdad, la Palabra se hace de nuevo carne y
pone su morada entre nosotros. No es un silencio pasivo, de quien no tiene nada que decir, sino
un silencio activo, de interiorización profunda.


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PREGUNTA: ¿Por qué debemos guardar silencio en algunas partes de la Santa Misa? Porque el
silencio nos dispone a reflexionar y asimilar la Palabra de Dios, y, a imitación de María
Santísima, guardaría en nuestro corazón y aflorarla en actos.

12. EL CAMINAR EN LA LITURGIA Y LA POSTURA DE BRAZOS Y MANOS
        Caminar de un lugar a otro, unidos como cristianos, expresa la actitud de un pueblo que se
dirige a la tierra prometida. Indica también el caminar de la Iglesia hacia la perfección del Reino
de Dios (Mc. 15, 20).
        El caminar durante la liturgia no es correr, ni vagar; es el paso digno del hombre libre,
consagrado para el culto divino desde el bautismo, que camina organizadamente en comunión
con los demás.
        Con el caminar buscamos nuestro desarrollo total y el de la comunidad, como expresión
de la verdad y de que somos libres. No se trata de "hacer fila", sino de realizar un signo de la
Iglesia peregrina.
        Hacemos procesiones de alabanza, de ofrendas y para recibir la Santa Comunión. Pero en
cada procesión lo decisivo es la fidelidad: comprometernos a ir avanzando a la meta de nuestra
vida.
        El acercarse al Altar de la Nueva y Eterna Alianza en la Sangre de Cristo, siempre debe
ser un signo de fidelidad, como el beso que el sacerdote da al altar después de su entrada.
POSTURA DE BRAZOS Y MANOS
        Los brazos y manos se convierten en símbolos de oración y de expresión interior al
comunicarnos con Dios.
        Los brazos abiertos y elevados: son símbolo de un ser que tiende hacia Dios. (Sal 62, 5).
Puede significar petición, alabanza, gratitud y expresa el deseo de abrazar lo infinito. Las palmas
de las manos hacia arriba y levantadas es signo de esperanza en Dios. Como el niño que espera
ser alzado por su padre. Las manos unidas (palma con palma o los dedos entrelazados) indican
una actitud de recogimiento, meditación, paz. Los brazos cruzados indican atención, disposición,
obediencia.
        Estas posturas pueden ayudamos a intensificar nuestra actitud interior hacia Dios; a
alimentar, robustecer y expresar nuestra fe; pero el alimento esencial del culto tiene que ser
interno. Efectivamente, es necesario vivir en Cristo, consagrarse completamente a El, para El,
con El y por El, para que se de gloria al Padre.
PREGUNTAS: ¿Qué significado tiene el caminar en procesión para recibir la Santa Comunión? Que
somos peregrinos, que vamos de paso en este mundo hacia la Jerusalén Celestial.
¿Qué expresan nuestros brazos y manos en la liturgia? Petición, alabanza, gratitud y deseo de lo
infinito.

13. LOS COLORES EN LA LITURGIA
       En la liturgia también se usa el color, como un signo, que provoca sentimientos y evoca
experiencias.
       En los primeros años de la Iglesia, no había norma alguna que marcara el color de las
vestiduras propias para la liturgia. Los celebrantes podían usar vestiduras de cualquier color.
       En el siglo IX, al establecerse el "Uniforme litúrgico", se señaló también su color y poco
después se vio en el color de las vestiduras sagradas un determinado significado.
       Los colores de la liturgia son ricos en simbolismos, expresan la vivencia de la Iglesia o
Pueblo de Dios, de manera que, cuando observamos los colores de las vestiduras del Sacerdote y
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en el ornato de la Iglesia, podemos imaginar cuál es el carácter de la celebración que se tiene en
la liturgia.
Veamos el simbolismo de algunos Colores:
BLANCO: Según San Jerónimo, el blanco era el color que usaban los judíos para realizar los
sacrificios. Este color simboliza la luz, la inocencia y la alegría. La Iglesia en la liturgia usa este
color para celebrar las fiestas de los Santos no mártires; la Resurrección del Señor; Navidad;
Epifanía, etc.
ROJO: Es el color más parecido a la sangre y al fuego, además es el que mejor simboliza el
incendio de la caridad o el heroísmo del sacrificio y amor.
         La Iglesia lo usa para la fiesta dé la Santa Cruz, conmemoración de los Santos Mártires y
Pentecostés.
VERDE: Es el emblema de la esperanza, de la frescura y lozanía del alma. Este color se usa
normalmente en los domingos y días de feria del tiempo ordinario.
MORADO: Este color simboliza la penitencia, la humildad y la espera. Es el color que invita al
retiro y recogimiento.          .
         Es usado principalmente en las 4 semanas que preparan la Navidad. (Adviento) y
Cuaresma.
AZUL: Se usa en las fiestas de la Inmaculada. Ocasionalmente se usa el color azul en fiestas y
misas en honor de la Santísima Virgen María.
         También son usados ocasionalmente los colores dorado y plateado en sustitución del
blanco en la Liturgia.
PREGUNTA: ¿Qué expresan los colores en la Liturgia? La vivencia de la Iglesia o Pueblo de Dios
en un tiempo litúrgico o una fiesta, y el carácter de la celebración; alegría, penitencia, etc.

14. SENTIDO DE LAS VESTIDURAS LITÚRGICAS
        Cuando nosotros asistimos a una celebración litúrgica, nos llama la atención la forma de
vestir del sacerdote y quizá los preguntarnos ¿Qué significado tiene esa vestimenta que usa el
sacerdote?
        Las vestiduras son el distintivo del oficio que desempeña en la asamblea. Así usan
diferentes vestiduras el acólito, el diácono, el sacerdote y el Sr. Obispo.
        Al parecer el origen dela vestidura litúrgica se encuentra en el antiguo traje civil greco-
romano. En la Iglesia primitiva las vestiduras litúrgicas no se distinguían del traje civil; pero
fueron variando poco a poco en cuanto a la forma del vestido civil, porque el celebrante
normalmente se esmeraba en usar los vestidos mejores para la liturgia. Esta separación se
constata claramente a finales del siglo VI. En el siglo VII las vestiduras litúrgicas se usaban
solamente mientras duraba la celebración cristiana; después de la celebración, el sacerdote podía
vestir como toda la gente, quedando definitivamente separados el traje civil y el traje o vestido
litúrgico. La razón: que en las celebraciones se entra en otra dimensión.
        Se puede decir que del siglo XIII las vestiduras sagradas conservan casi todas ellas la
forma que tienen hoy.
PREGUNTA: ¿Qué sentido tienen las vestiduras? Son una señal de distinción de la persona que
tiene una función específica dentro de la comunidad y son un símbolo de que el sacerdote es el
signo vivo de Cristo, que convoca y reúne.
En las siguientes catequesis analizaremos las principales vestiduras sagradas para entender en
mayor claridad su origen y su uso.

15. CATEQUESIS LITÚRGICA SOBRE EL ALBA
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         El sacerdote que preside la Santa Misa va revestido en primer lugar de una túnica blanca
que lo cubre desde el cuello hasta los talones.
         Recuerda la vestidura bautismal, que nos incorpora al culto de la Iglesia. El sacerdote es
ante todo cristiano, pues el alba es la vestidura común de todos los ministros de la celebración Al
igual que todos los demás cristianos, al revestirse de blanco revisa su vida para ver si su
compromiso bautismal de vivir en gracia y ser apóstol lo acredita para celebrar la Eucaristía en
nombre de la Iglesia.
         El alba recuerda también el vestido de Cristo en la transfiguración, que se volvieron
blancos como la nieve en una irradiación de gloria. Cuando el sacerdote va a subir al monte del
encuentro con Dios, pasa a otro plano de existencia, se realiza una transfiguración. El cielo baja a
la tierra y la tierra entra en el cielo. Por eso San Juan en el Apocalipsis vio a todos los justos que
en las pruebas habían seguido al Cordero con una vestidura blanca, lavada con la Sangre del
Cordero.
         Esa túnica blanca larga se llama alba, por el color blanco, ya que en latín blanco se dice
“albus”. Buen símbolo para expresar la pureza e inocencia requeridas para celebrar el Santo
Sacrificio. Simboliza la dignidad regia de los cristianos, pueblo sacerdotal. Representa el culto de
la Iglesia ya transfigurada, que participa en las Bodas eternas del cielo.
         Si acaso el alba no alcanza a cubrir el cuello, antes de revestirla el sacerdote se pone un
cuadro de tela blanca con una cinta a cada extremo que se cruza delante del pecho y se ata a la
cintura, para cubrirse el cuello. Tiene la finalidad práctica de cubrir el cuello para que se vean
bien, y proteger las demás vestiduras para que no se ensucien.
         Si ocupa el alba ceñirse a la cintura, se pone el sacerdote un cordón largo con unas borlas
en el extremo, y a este instrumento se le llama Cíngulo. Su función es evitar que el alba toque el
suelo y sea muy amplia. Pero se le han dado varios simbolismos: la cuerda con que ataron al
Señor y que representa las nuevas ataduras con que Cristo continúa hoy Padeciendo; el cíngulo de
castidad y pureza que ciñe al hombre de Dios con que fue ceñido Santo Tomás de Aquino
después de que venció la tentación de la mujer que metieron sus hermanos a su celda para, que
desistiera de irse al convento.
         Si el sacerdote va a celebrar en representación de todos, es bueno revisar nuestra vida para
ver si hemos venido a celebrar la Eucaristía de una manera digna, es decir; Si traemos el vestido
de fiesta, o venimos manchados o desnudos. Y que el Señor nos ofrezca su Sangre para
purificarnos con la Penitencia.
PREGUNTAS: ¿Qué es el alba? Es una túnica blanca que usa el sacerdote en la Celebración
Eucarística.
¿Qué simboliza el alba? La pureza e inocencia requeridos para celebrar el Santo Sacrificio.
Representa el culto de la Iglesia ya transfigurada, que participa de las Bodas eternas del cielo.

16. CATEQUESIS LITÚRGICA SOBRE LA ESTOLA Y LA CASULLA
         Sobre el alba, el sacerdote se coloca al cuello una banda de tela del color del día, cuyos
bordes caen por la parte de adelante a cada lado. Es el signo distintivo del sacerdote, y al
principio simbolizaba la oveja perdida que llevaba sobre sus hombros para restituirla al redil.
Después, el yugo de la cruz que se llevaba cargando, uniendo así el propio sacrificio al de Cristo.
Es signo de autoridad, al simbolizar la vestidura de Cristo; el poder que ha dado a sus ministros
en la tierra.
         Los diáconos la llevan cruzada del hombro izquierdo al flanco derecho, sobre el alba. De
hecho, la estola fue tomada del uso romano como prenda de servicio en el siglo IV. Para los
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diáconos era la insignia del servicio, mientras que para los senadores era prenda honorífica.
Representa el yugo de Cristo y la paciencia para desempeñar su servicio.
        A esa franja de tela se le llama estola. Es el distintivo propio de los ministros que
pertenecen a la jerarquía de la Iglesia. Representa su servicio en la comunidad.
        Y cubriendo las anteriores vestiduras, el sacerdote se coloca la casulla, un manto amplio
como un gran gabán. El nombre de la casulla quiere decir: casita. Cristo cubre ampliamente a su
Iglesia como una casita, como una gallina cubre a sus polluelos. Es símbolo de la investidura de
Cristo y es el distintivo de quien está presidiendo la Eucaristía.
        Era un manto de gran tamaño usado por los romanos para protegerse de la lluvia y las
inclemencias del tiempo. En el año 382, se comenzó a usar por los sacerdotes y obispos como
vestidura de elegancia. Fue pasando por numerosos cambios y transformaciones, pero siempre
como una vestidura propiamente sacerdotal. Puede llevar adornos, o estar desprovista de ellos. Se
le ha relacionado con la caridad que debe cubrir al sacerdote cuando va a celebrar la Eucaristía.
        Vamos al altar con el sacerdote, dejemos que la gracia capital de Cristo nos cubra y
envuelva, para decir: "En Dios vivimos, nos movemos y somos".
PREGUNTAS: ¿Qué simboliza la estola? Es signo de autoridad, al simbolizar la vestidura de Cristo
y el poder que ha dado a sus ministros en la tierra.
¿Qué es la casulla? Es un manto amplio como gabán. El nombre de casulla quiere decir casita. Es
símbolo de la investidura de Cristo y el distintivo de quien está presidiendo la Eucaristía.

17. VESTIDURAS PARA LA BENDICIÓN EUCARÍSTICA
      Cuando se expone el Santísimo Sacramento, se usan dos vestiduras que el día de hoy
veremos: la capa pluvial y el humeral o paño de hombros.
LA CAPA PLUVIAL
        Su nombre: capa "pluvialis", indica el uso que tenía, es decir, era un impermeable que
protegía de la lluvia.
        Se usaba en el siglo VI pero no en la liturgia.
        Se convirtió en vestidura estrictamente litúrgica hasta el siglo XVI, aunque anteriormente
ya la usaba el sacerdote en las celebraciones cristianas.
        Hoy, la capa pluvial, es parecida a la casulla, abierta por delante como si fuera un manto.
Normalmente se usa en las procesiones y en otras ceremonias como el rezo de la liturgia de las
Horas (Oración oficial de la Iglesia).
PAÑO DE HOMBROS (humeral)
        Es un rectángulo más grande que el amito y no lleva cordones. Se utiliza sobre la para o
casulla que viste al sacerdote durante las procesiones, bendición con el Santísimo Sacramento o
cuando se quiere trasladar a otro sitio para cubrir las manos al tocarlas.
        En cuanto a su origen, parece que se trata de una derivación del amito.
PREGUNTAS: ¿Cuándo se usa la capa pluvial? Normalmente se usa en las procesiones y en otras
ceremonias como el rezo de la Liturgia de las Horas.
¿Cuándo se usa el palo de hombros o “humeral”? en las procesiones con el Santísimo Sacramento
o cuando se quiere trasladar el Copón de hostias consagradas a otro sitio para cubrir las manos al
tocarlas.

18. EL INCIENSO
El incienso puede usarse en cualquier celebración, en varios de sus momentos:
- Durante la procesión de entrada.
- Al comienzo de la Santa Misa solemne se inciensa el altar.
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- En la procesión y proclamación del Evangelio.
- En el ofertorio para incensar los dones, el altar, el presidente y la asamblea cristiana.
- En la ostensión del pan consagrado y el cáliz después de la consagración.
a) Llevar incienso en la procesión de entrada e incensar el altar que va a ser el centro de la
celebración eucarística, indica el respeto, la veneración al lugar, a las personas y al altar; y la
alegría de una fiesta sagrada que empieza perfumando el ambiente y purificándolo.
b) La incensación del Evangelio se inicia al principio del siglo XI como señal de honor, de
respeto y atención hacia Aquél cuyas palabras vamos a escuchar, que son vivas y actuales para
nosotros hoy.
c) El uso del incienso en el ofertorio ya se menciona en el siglo IX para significar la donación,
entrega de la Iglesia que como oblación sube ante el trono de Dios como el humo del incienso; en
este momento “también el celebrante y el pueblo pueden ser incensados” y significa como un
reconocimiento de la presencia de Cristo en el presidente y en la asamblea que es el nuevo pueblo
de Dios, cuerpo místico de Cristo. Pero sobre todo simboliza la integración, la unidad, el conjunto
presidente y asamblea, acción de Cristo.
        Junto con el pan y el vino ofrecidos sobre el altar y que son incensados, también el
presidente se ofrece a sí mismo, y con toda la comunidad, y así se convierten ellos mismos, no
solo el pan y el vino, en ofrenda y sacrificios unidos e incorporados al sacrificio de Cristo. Cristo
nos envuelve a todos en su Sacrificio, como el humo que parte del altar.
d) Finalmente se usa el incienso en la consagración, en el momento en que se eleva la Hostia y el
Cáliz. Se empezó a hacer a partir del siglo XIII como adoración, acto de fe, de reconocimiento de
la presencia real de Cristo en la Eucaristía, por eso se usa el incienso también al exponer el
Santísimo.
        En varias celebraciones se quema incienso en la liturgia cristiana católica como: En la
consagración del altar, en la liturgia de las Horas, en las exequias de difuntos, en las bendiciones
solemnes. Es signo de alabanza, de honor y de purificación.
PREGUNTA: ¿Qué es el incienso y en qué momentos se emplea en la liturgia? El incienso es la
goma-resina que se quema y da un olor aromático y se puede emplear en la procesión de entrada,
en la proclamación del Evangelio, en la presentación de dones y en la consagración.

19. CATEQUESIS LITÚRGICA SOBRE EL ALTAR
        El centro de nuestra Iglesia es el altar, lugar donde se inmola Cristo y mesa del banquete
eucarístico. Pero el altar es símbolo de Cristo, nuestro verdadero altar es Cristo inmolado por
quien se ofrecen nuestras súplicas a Dios.
        Las religiones antiguas tenías sus altares para sus dioses. Los consideraban lugar de
ofrenda, de sacrificio, del fuego y del aroma; lo creían trono de Dios, mesa, y hogar de Dios,
tumba de Dios, lecho de Dios, lugar de asilo donde los hombres se refugian en Dios.
        Los primeros cristianos dieron poca importancia al altar por sí mismo, pues sabían que su
ofrenda era santa por sí misma, ya que se trataba del mismo Cristo, y era esa ofrenda la que
santificaba el altar. Así, Cristo es nuestra víctima, nuestro sacerdote y nuestro altar.
        Los primeros altares cristianos son meros soportes de madera que se colocaban en el
momento adecuado, o triclinios romanos. Cuando se acentuó la idea de la Eucaristía como
sacrificio, fue adquiriendo carácter fijo y estructura sólida. Se hicieron de plomo porque Cristo es
la piedra angular, y sobre Él está la verdadera escala de Jacob. Bajo el altar, como dice el
Apocalipsis, se fueron sepultando cuerpos de mártires, y después se haría una cavidad en la parte
inferior del altar para el sepulcro. Se colocaba sobre el altar el ciborio, una especie de baldaquín
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con cúpula y columnas, que simbolizaba la acción del Espíritu Santo. A todo el conjunto se le
llamaba altar.
        Pronto se fue adornando con materiales preciosos, pero únicamente se colocaban sobre él
los elementos estrictamente eucarísticos. En la Edad Media se aumentaron los gestos de
veneración al altar como símbolo de Cristo: incensación, besos, inclinaciones, genuflexiones, y la
postración del viernes santo. El mantel con que se cubría se fue viendo como el sudario o síndone
en que era envuelto el Cuerpo de Cristo. Todavía se conservaba un solo altar, pero ya sin ciborio.
        A llegar la Edad barroca, el altar se pegó a la pared del fondo y era sólo una parte de tono,
el retablo ricamente adornado, con lo cual perdió su papel central y significativo. Y se
multiplicaron los altares en la misma iglesia, por lo que ya no se podía decir: tenemos un único
altar.
        Si al pasar frente al altar hacemos una reverencia, si el sacerdote lo besa, y si se trata de
que no se le convierta en taburete para colocar tantas cosas nos vengan en gana, es porque
reconocemos que es símbolo de Cristo altar, y que contiene la ofrenda de nosotros mismos con
Cristo.
PREGUNTAS: ¿Qué es el altar? Es el lugar donde se inmola Cristo y mesa del banquete eucarístico,
Nuestro verdadero altar es Cristo inmolado, por quien se ofrecen nuestras súplicas a Dios.
¿Por qué veneramos el altar? Porque reconocemos que es símbolo de Cristo altar, y que contiene
la ofrenda de nosotros mismos en Cristo.

20. CATEQUESIS LITÚRGICA SOBRE EL AMBÓN Y LA SEDE
La Palabra de Dios tiene un lugar propio en el templo desde el cual se proclama No es un mueble,
sino un espacio digno, que es el altar de la Palabra de Dios, el monumento de la Palabra y el lugar
desde el cual Dios habla a su pueblo. Por eso se ha de cuidar su dignidad. Hablemos ahora algo
sobre el ambón.
        Su origen fue la necesidad de tener lugares elevados solemnes desde donde todos
pudieran oír a quien proclamaba el mensaje. El primer ambón fue el estrado desde donde el
sacerdote Esdras en el regreso de Babilonia, promulgó la Ley a los israelitas de Jerusalén.
        En las sinagogas judías había, y hay todavía, un pupitre en el centro elevado, desde el cual
los rabinos judíos leen y comentan la Escritura. Cristo subió a este lugar en su visita a la sinagoga
de Nazaret. Los primeros cristianos siguieron el uso de la sinagoga.
        Con el tiempo, el ambón adquirió proporciones gigantescas. Tenían adornos muy
significativos, que recordaban la tumba vacía de Cristo. En efecto, la tumba vacía el domingo de
resurrección fue el primer ambón, pues ahí vino el ángel a decirles a las mujeres que había
resucitado, y el mensaje central de la Palabra de Dios es que Cristo ha resucitado, ése fue el
núcleo que luego se fue desarrollando. Pero en la época barroca cayeron en desuso todos esos
ambones y fueron destruidos, quedando algunos púlpitos para los sermones solamente.
        El Concilio Vaticano II quiso que nuevamente se diera importancia a la Palabra de Dios, y
que tuviera en las iglesias un lugar propio, pero todavía no tenemos conciencia clara de las cosas.
El ambón se reserva a la Palabra de Dios, y ha de tratarse con el mismo respeto como se trata el
altar. No es lugar para dar avisos, hacer comentarios o cantar, son sólo para leer y comentar la
Palabra de Dios. No es una tribuna o un pódium de los salones de fiestas y conferencias. Es un
lugar sagrado, donde Dios habla a su pueblo. Es para que desde ahí se lea vivamente la Palabra
de Dios, no desde otros sitios menos dignos.
LA SEDE
       También deben tener las iglesias un sitio desde el cual se preside la celebración,
generalmente en un lugar visible que favorezca la comunicación con el pueblo, consistente en una
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tarima y la sede presidencial. No debe ser tan solo una silla, que puede cambiarse a cualquier
sitio, sino un lugar estable desde el cual ordinariamente se preside la celebración. Es el lugar que
ocupa el sacerdote que preside la celebración, y donde pueden acompañarlo dos ministros. Ni
debe parecer trono, pero tampoco mera silla de espera. Es lugar de honor. De hecho, la sede del
obispo ninguno la ocupa sino él; la sede del Papa tampoco, ni siquiera su vicario en Roma
(incluso hubo un tiempo en la historia en que había pena de muerte para quien osara ocupar
indebidamente esa sede). Reconocemos la presencia de Cristo en el presidente de la celebración,
y en la sede, el trono del cielo desde el cual preside a la derecha del Padre.
PREGUNTA: ¿Qué es el ambón? Es el lugar reservado para proclamar la Palabra de Dios, y ha de
tratarse con el mismo respeto con que se trata el altar. No es un lugar para dar avisos, hacer
comentarios o cantar, son solo para leer y comentar la Palabra de Dios.

21. LA MISA COMO SACRIFICIO
        En la cruz, el Señor ofreció su vida sacrificio único y comunitario al Padre. La ofreció
para obtenernos el perdón de los pecados y la amistad divina.
        La ofreció voluntariamente entre grandes penas y sufrimientos. La ofreció hasta la muerte.
Su sacrificio es irrepetible. Fue ofrecido una vez y para siempre.
        El Señor no vuelve a sufrir ni a morir. Pero el mismo sacrificio se perpetúa a través de los
tiempos hasta la consumación del mundo, en la celebración eucarística. Ahora el Señor se ofrece
como resucitado y vencedor de la muerte, jubilosa y gloriosamente. Porque ahí lo celebró en su
última cena.
        Su sacrificio es real y verdadero como aquel del calvario: el pan y vino consagrados son
su Cuerpo inmolado y su Sangre derramada en sacrificio al Padre.
        En el Calvario, el Señor ofreció su vida solo. Ahora la ofrece con nosotros, como
sacerdote eterno al servicio de todos los redimidos que forman su Iglesia.
        Así su sacrificio es también el sacrificio de la Iglesia. Sacrificio perfecto, grato a Dios,
sacrificio único y comunitario.
        Este es el sacrificio de la Nueva y Eterna Alianza entre Dios y su pueblo, máximo acto de
piedad, por el cual los hijos de Dios, damos gracias al Padre por la creación, la redención y la
santificación.
PREGUNTA: ¿Por qué la Santa Misa es un sacrificio? Porque Cristo en su cena celebró su propio
sacrificio de obediencia filial al Padre y de servicio a los hombres hasta la muerte de Cruz.
Nosotros en la Eucaristía hacemos presente la Cena del Señor.

22. LA MISA COMO BANQUETE
        El antiguo pueblo de Israel cada año celebraba su Pascua. La fiesta era para recordar su
liberación de la esclavitud egipcia. La pascua judía era símbolo y figura de nuestra Pascua
cristiana. Tenía como signo central la Cena Pascual.
        También en nuestra historia de Nuevo Pueblo de Dios, hay un acontecimiento libertador
inolvidable. Es la redención: Por la pasión, muerte y gloriosa resurrección del Señor, hemos
pasado de la esclavitud del pecado y de la muerte eterna a la luminosa libertad de hijos de Dios y
a la salvación eterna. Y también hay una fiesta grande, un divino banquete, para conmemorar tan
inefable acontecimiento.
        Es la Eucaristía: bajo el signo del pan y del vino consagrados, Cristo el Cordero de Dios
que con su muerte nos ha dado vida, se entrega en cuerpo, sangre, alma y divinidad, como divino
alimento de la misma vida que nos ha dado. La Eucaristía es nuestro banquete pascual. Un
banquete verdadero. Celebramos la realidad de la Redención con una comida real. Recordemos
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las palabras de Jesús: “En realidad mi carne es verdadera bebida” (Jn. 6, 55). El pan y el vino
consagrados que comemos y bebemos son el signo que en verdad participamos a un banquete.
        Un banquete que nos transforma en hijos de Dios, en otro Cristo, según sus mismas
palabras: “El que come mi carne y bebe mi sangre en mí vive y yo en él” (Jn. 6, 56). La comunión
sacramental digna y frecuente nos aleja del pecado y nos conduce a la plena madurez de hijos de
Dios.
PREGUNTA: ¿Por qué decimos que la Misa es un Banquete? Porque tiene presente la última cena
de Jesús con sus apóstoles, y el pan y el vino consagrados que comemos y bebemos son signo de
que en verdad participamos de un Banquete Divino, que nos transforma en hijos de Dios y en
otro Cristo, según sus mismas palabras: “El que come mi carne y bebe mi sangre en mí vive y yo
en él” (Jn. 6, 56).

23. LA MISA COMO MEMORIAL DE LA CENA DEL SEÑOR
        El Señor en la cena del Jueves Santo instituyó el Sacramento de la Eucaristía, haciendo
real y verdaderamente factible alimentarnos con su Carne y con su Sangre. Y mandó que la
Iglesia lo perpetuara, a través de los tiempos, como memorial de su última Cena, al decir a los
apóstoles: "Haced esto en memoria mía" (1 Cor. 11, 26), es decir que siguieran reuniéndose en su
nombre y haciendo presente toda su obra mediante la consagración del pan y del vino para
convertirlos en su Cuerpo y su Sangre y entregarlos a sus discípulos como comida y bebida de
salvación.
        Es también un encuentro lleno de amor, ya que acudimos al encuentro eucarístico porque
amamos a Jesús y "obras son amores, y no buenas razones". Cristo viene a nuestro encuentro en
un rito sagrado y nos encontramos con Él bajo el signo de una comida.
        Cristo celebra su vena ahora con nosotros, como antaño la celebró con sus apóstoles y les
mandó seguirla celebrando. Ahora actúa por el ministerio de sus sacerdotes. Así toda la
celebración eucarística es el memorial de la Última Cena del Señor. La recuerda y la hace
presente, para que nosotros los que no pudimos estar allá, participemos aquí y ahora de sus frutos.
PREGUNTA: ¿La Santa Misa es también un memorial? Sí, porque Jesucristo en la cena del Jueves
Santo instituyó la Eucaristía y mandó a su Iglesia que lo perpetuara a través de los tiempos, al
decir a los apóstoles “Haced esto en conmemoración mía” (1 Cor. 11, 26).

24. EN LA SANTA MISA NOS OFRECEMOS A CRISTO
        Hermanos: Por el Bautismo, nosotros somos sacerdotes.
        San Pedro nos dice en su primera carta (2, 5): "Ustedes son piedras vivas que forman el
edificio de un templo espiritual y de un sacerdocio santo destinado a ofrecer sacrificios
espirituales agradables a Dios por Jesucristo".
        Tenemos, pues; todos los cristianos que asistir a la Santa Misa dándonos cuenta que
venimos a ejercer un oficio: venimos a ofrecer un sacrificio; ¿A quién va dirigido nuestro
ofrecimiento? A DIOS PADRE.
        La santa Misa no la ofrecemos a los santos, ni a los difuntos.
        Podemos ciertamente ofrecer la Santa Misa a Dios Padre pidiéndole por nuestros difuntos;
por nuestras intenciones o las de nuestros amigos, etc. Podemos también ofrecerla pidiéndole que
se muestre bondadoso a través de algún santo y que ese santo sea más conocido y amado por eso
a veces decimos que vamos a ofrecer la Misa en honor de tal santo o de María Santísima.
        Y ¿qué es lo que debemos ofrecer a Dios Padre en la Santa Misa? Ante todo, el sacrificio
de su Hijo Divino. La Constitución de la Sagrada Liturgia en el número 48 pide a todos los
                                                                                                      16
cristianos que ofrezcan la Hostia Inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente
con él.
        ¿En qué momento tenemos que realizar este ofrecimiento de Jesucristo al Padre? En la
Consagración y en los momentos siguientes, ya que es hasta entonces cuando está Cristo
presente, como Víctima bajo las apariencias del pan y del vino.
        Por esto, el ofertorio propiamente dicho no es después del Evangelio, sino después de la
Consagración. Teniendo en cuenta lo que acabamos de escuchar, ofrezcámosle a Dios Padre, en
esta Misa, la vida entera de Cristo, su Encarnación, su Pasión, su Muerte, su Resurrección, su
Ascensión; la oración continua que hace por nosotros en el cielo y la alabanza perfecta que
tributa a su Padre. Cristo se ha entregado a su Iglesia para que pueda ésta tener algo digno que
darle al Padre. Todos nosotros que unidos formamos la Iglesia, decimos “Amén”, que quiere
decir: "Sí", cuando el sacerdote, levantando la hostia y el Cáliz que contienen a Cristo, los ofrece
a Dios en señal de honor y gloria.
PREGUNTAS: ¿A qué venimos a Misa? A ofrecer nuestro sacrificio junto con el de Cristo.
¿A quién va dirigido nuestro ofrecimiento? A Dios Padre, no a los santos ni a los difuntos.
Podemos ofrecer la misa a Dios Padre pidiéndole por nuestros difuntos, por nuestros amigos, etc.
¿En qué momento tenemos que realizar este ofrecimiento de Jesús al Padre? En la consagración y
en los momentos siguientes porque solamente hasta entonces Cristo está presente como víctima,
bajo la apariencia del pan y el vino.

25. EN LA SANTA MISA NOS OFRECEMOS JUNTAMENTE CON CRISTO
        Hermanos: Cristo nuestro Señor, como ya lo habían hecho en la antigüedad los profetas,
reprendió severamente a los que ofrecían sacrificios de animales en honor a Dios sin ofrecerle
juntamente una vida de caridad y de justicia.
        ¡Cuántas veces nosotros podemos también ahora, hacer de la Santa Misa un sacrificio
farisaico que no es agradable a Dios; si al ofrecer el cuerpo de Cristo, no nos ofrecemos nosotros
mismos y una vida Cristiana vivida o al menos nuestro arrepentimiento y el propósito de
comportarnos conforme a la voluntad de Dios!
        La Constitución de la Sagrada Liturgia del Vaticano II nos dice en el n. 48 que los
cristianos “aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la Hostia inmaculada”.
        Cristo no nos quitó nuestra responsabilidad, no quiere que lo dejemos solo, sino que nos
ofrezcamos también con Él.
        Como dijo Pío XII en la encíclica Mediator Dei: “para que la oblación, en la que en este
sacrificio ofrecen la Víctima divina al Padre Celestial tenga su pleno efecto (es decir, para que
sea realmente agradable al Padre la Misa a la que participamos), es necesaria todavía otra cosa, a
saber: QUE SE INMOLEN A SI MISMO COMO VÍCTIMAS.
        En la Santa Misa venimos, pues, a hacer una oblación, un ofrecimiento, es decir, a dar
algo a Dios, evidentemente de los mismos dones que Él nos ha dado, como son nuestra libertad y
nuestra persona; no sólo venimos a recibir.
        Esto lo enseña abiertamente el Concilio Vaticano II en el n. 34 dela Constitución sobre la
Iglesia: que en la celebración de la Eucaristía ofrezcamos con gran piedad a Dios Padre con la
oblación del cuerpo del Señor, todas nuestras obras, preces y proyectos apostólicos, la vida
conyugal y familiar; el trabajo cotidiano, el descanso del alma y del cuerpo e incluso las
molestias de la vida, pues si se realizan en el Espíritu se sufren pacientemente, se convierten en
hostias espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo (1 Pe. 2, 5).
PREGUNTAS: ¿Qué debemos ofrecer en la Santa Misa? ofrezcamos a Dios Padre, en esta Santa
Misa, después de la Consagración, junto con lo que Cristo ha hecho por nosotros, todo lo que
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nosotros hayamos hecho por Dios o nuestros propósitos de una vida mejor y toda nuestra persona
entera.
¿Solamente debemos ofrecer a Dios Padre a Cristo su Hijo en la Santa Misa? No, debemos
aprender a ofrecernos a nosotros mismos junto con Cristo a Dios Padre. En nuestro trabajo
cotidiano, nuestros trabajos apostólicos, el descanso, las alegrías y molestias, pues si se sufre
pacientemente, se convierte en hostias espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo.

26. CATEQUESIS LITÚRGICA SOBRE EL DOMINGO CRISTIANO
        Cada domingo los cristianos nos reunimos para celebrar la Santa Misa como fiesta de
resurrección. Dice el Concilio Vaticano II: “La Iglesia, por una tradición apostólica que trae
origen en el mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días en
el día que es llamado con mucha razón “día del Señor” o domingo. En este día los fieles deben
reunirse a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la
pasión, la resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios que los hizo renacer a la
viva esperanza por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. Por eso el domingo es la
fiesta primordial de los cristianos, que deben presentarse e inculcarse en la piedad de los fieles,
de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo. No se le anteponga otras
solemnidades, a no ser que sean de veras de mucha importancia, puesto que el domingo es el
fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico” (Constitución sobre la sagrada liturgia 106).
        El Señor dio a su Iglesia el domingo como fuente de salvación. Era la única fiesta que
celebraban los primeros cristianos. Por eso en el S. II surgió un problema en Asia Menor, porque
ellos celebraban además una fiesta anual de Pascua y creían que le restaba sacramentalidad al
domingo. En la sociedad civil era día de trabajo, y por eso los cristianos se reunían la noche del
sábado al domingo, para pasar en vigilia de oración la noche y celebrar la Eucaristía al rayar el
alba. Cuando el cristianismo se hizo la religión oficial del imperio romano, el domingo se dejó
libre de trabajo para que pudieran cumplir con la obligación de la Misa. Era la única celebración
para cada comunidad parroquial o diocesana, de duración casi toda la mañana, centralizando ahí
todas las actividades de la Iglesia.
        Ahora notamos una crisis del domingo. Disminuye la asistencia a Misa y muchas personas
lo convierten de día de paseo, de diversión, de vicio, de encuentros convencionales, de trabajos
rezagados y de evasiones ociosas y hasta pecaminosas. Las industrias tienen turnos ordinarios de
trabajo y los comerciantes es el día que más aprovechan para el trabajo. Se ha perdido la noción
de que es el día del Señor, día de la Resurrección, día de la Eucaristía y de la comunidad. Más
que un día que nos salva lo vemos como un día que hay qué salvar. Hemos perdido el sentido de
fiesta. Se le empalman muchas jornadas y fiestas que le quitan su sentido. Algunos se contentan
con una Misa televisada, perdiendo la noción de una comunidad en fiesta.
        Pero si procuramos asistir a Misa el domingo es porque sentimos la necesidad de convivir
con el mejor de nuestros amigos, que en un domingo resucitó y Él mismo se preparó una fiesta
para celebrar este gran evento de su vida y nos invitó personalmente a acompañarlo. Traemos la
vida de la semana que termina como una ofrenda, y la vida de la semana que inicia como una
súplica de bendición. Ayudamos a la comunidad a que cobre sentido de identidad y realice ritos
sociales que afiancen sus convicciones. Los cristianos seguimos teniendo el domingo como eje
central de nuestra vida.
PREGUNTA: ¿Qué es el domingo para los cristianos? Es el día del Señor, día de la Resurrección.
Es convivir con el mejor de los amigos que en domingo resucitó y Él mismo se preparó una fiesta
y nos invitó personalmente a acompañarlo.
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27. LA MISA DOMINICAL EN SÁBADO
         Hermanos: Cuando una familia va a tener una fiesta, un día de campo un banquete, todos
los de la casa comienzan anticipadamente los preparativos: se arreglan en su persona, en sus
vestidos, disponen su ánimo desde ese momento ya hay fiesta, hay ambiente de alegría…
         Pues bien, así ha sido siempre la tradición o costumbre de la Iglesia: celebra los días de
fiesta desde la tarde anterior. Esta tarde que precede a la fiesta se ha llamado “víspera”, y la
Iglesia quiere que desde la víspera de las fiestas, preparemos los ánimos, transformemos nuestro
semblante, nos sumerjamos ya en el espíritu y en la alegría de la fiesta.
         El domingo es nuestra fiesta semanal; día en que los cristianos celebramos la Pascua, día
primero de la semana en que conmemoramos el comienzo de la nueva creación inaugurada por
Cristo día de la resurrección del Señor; y la Iglesia considera la tarde del sábado como víspera,
como preparación del domingo.
         Siendo, pues, que ya se ha iniciado la fiesta, la Iglesia ha permitido a sus hijos que en vez
de que participen a la Santa Misa en pleno día domingo en el centro mismo de la fiesta, lo pueden
hacer al comienzo de la fiesta, es decir, en la tarde del sábado.
         Es claro que no se está celebrando el sábado, sino el domingo, y por eso la Misa, tiene
lecturas y oraciones propias del domingo correspondiente, tiene homilía obligatoria y se puede
comulgar en esa Misa, aunque se haya comulgado el mismo sábado por la mañana.
         Cualquier motivó justo nos permite aprovechar esa facultad que nos da la Iglesia, pero
debemos ser conscientes de que estamos celebrando el domingo y que la Santa Misa es, o debe
ser, el corazón y centro de nuestra fiesta pascual semanal.
PREGUNTA: ¿Es válida la misa del sábado por la dominical? Sí, la Iglesia ha permitido que en vez
de que participen en la Santa Misa en pleno domingo que es la fiesta del Señor, lo puedan hacer
al comienzo de la fiesta, es decir, el sábado por la tarde.

28. EL MISAL NUEVO: UN INTENTO DE DOBLE FINALIDAD
        A partir de la Pascua del año de 1990 comenzó a ser obligatorio el uso del nuevo Misal,
que tiene algunos elementos nuevos. Sobre todo, el rito de la Misa se unificó para que todos los
países de habla castellana celebremos la Eucaristía con las mismas palabras. Veamos en este día
el por qué de un cambio en el Misal.
        En primer lugar, la liturgia no puede cambiar al capricho de algunas personas. Porque es
la oración de Cristo y de la Iglesia, a través de signos, que nos salva. Si es oración de Cristo, se
trata de una herencia de fe que nos ha dejado, y que debemos conservar. Si es una oración de la
iglesia, debe mantenerse la unidad con las comunidades de todo el mundo y todo tiempo. No
podríamos crear una liturgia a nuestro modo, sin tomar en cuenta a Cristo y a la Iglesia.
        Hay elementos que no pueden cambiar, porque comprometerían los lazos que se
relacionan con Cristo y con la Iglesia. Pero hay otros que van cambiando para que la celebración
sea expresión propia de cada comunidad. Después del Concilio Vaticano II se buscó que la
Liturgia se adaptara a los distintos pueblos, sobre todo en cuestión de idioma. Pero como las
lenguas van evolucionando, es preciso seguir revisando, para que expresen rectamente la fe y
mantengan la unidad de la Iglesia.
        La Iglesia castellana es más complicada, por ser la más extendida y también la que más
variaciones y particularismos tiene, según las varias regiones. Pero se vio la conveniencia de
unificar el rito, por fidelidad a Cristo y a la Iglesia. En primer lugar era necesario expresar nuestra
fe en Cristo con iguales fórmulas, pues lo que se ora se cree. En segundo lugar, era necesario
estar en manifiesta unidad con las demás comunidades cristianas. Y esto no se podía, porque se
usaban muchas versiones distintas en castellano, no todas aprobadas.
                                                                                                          19
        Con el Nuevo Misal se garantiza que expresemos correctamente lo que creemos, pues
estamos en unidad con todos los países latinoamericanos y que así se puede robustecer nuestra
fidelidad a Cristo y a la Iglesia. Veamos las fórmulas de saludo que trae el Nuevo Misal, para
tiempo ordinario:
   El Señor, que dirige nuestros corazones para que amemos a Dios, esté con todos vosotros.
   La paz, la caridad y la fe, de parte de Dios Padre y de Jesucristo el Señor, esté con todos
       vosotros.
   El Dios de la esperanza, que por la acción del Espíritu Santo nos colma con su alegría y con
       su paz, permanezca siempre con todos vosotros.
Y la respuesta puede ser:
   Y con tu espíritu
   Bendito seas por siempre, Señor.
   Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo.
NOVEDADES DEL NUEVO MISAL
        Nos hemos ido acostumbrando a escuchar algunas nuevas expresiones, así como también
a decir algunas formas que varían un poco en lo que recitamos todos, sobre todo el Gloria y el
Credo. Tomémoslo con buena voluntad, con el espíritu de unirnos a todas las comunidades del
habla castellana. Hoy recordaremos las variantes más notables.
        El Gloria dice así: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el
Señor. Por tu inmensa gloria te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos y te damos
gracias, Señor Dios rey celestial…”. Si observamos, no se fija en que tengamos buena voluntad,
sino en la benevolencia del Señor: “a los hombres que ama el Señor”; y se pone en primer
término la gloria del Señor, que es lo que provoca en nosotros todas esas actitudes. Repitámoslo
todos juntos para aprenderlo…
        El credo tiene dos cambios: en lugar de “consustancial al Padre”, que algunos decían que
sonaba a laboratorio químico, hoy se dice: “de la misma naturaleza que el Padre”. En lugar de
decir: “bajo el poder de Poncio Pilato”, ya que Pilato era mero procurador imperial, ahora dice:
“padeció en tiempo de Poncio Pilato”. Son sólo dos cambios, pero ocupamos aprenderlo todos,
porque son pocas las personas que saben la fórmula de fe.
        Siguen las mismas respuestas a la consagración, pero ahora cada una tiene una
introducción diferente, que dará la pauta para la exclamación. Veámoslas:
        Cuando el sacerdote dice: “Este es el Sacramento de nuestra fe”, o “misterio de fe”, se
responde la más usual: “Anunciamos tu muerte y proclamamos tu resurrección, ven, Señor
Jesús”. Cuando el sacerdote dice: “Aclamad el Misterio de nuestra Redención”, se responde a una
sola voz: “Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz anunciamos tu muerte,
Señor, hasta que vuelvas”. Cuando el sacerdote dice: “Cristo se entregó por nosotros”, el pueblo
responde a una voz: “Por tu cruz y resurrección nos has salvado, Señor”. Vamos ensayando estas
formas para que motiven nuestra participación.
PREGUNTA: ¿Qué novedades tiene el nuevo Misal? Algunas variantes en el “GLORIA”, el
“CREDO” y el “PADRE NUESTRO”; una introducción después de la consagración y un aumento de
formularios para el acto penitencial y la oración eucarística.

29. RITOS INICIALES DE LA MISA
        Apertura: La estructura actual de la Misa tiene dos partes principales: Liturgia de la
Palabra y Liturgia de la Eucaristía.
        Vaticano II dice: "Las dos partes de que consta la Misa, a saber: la Liturgia de la Palabra y
la Liturgia Eucarística, están tan íntimamente unidas, que constituyen un solo acto del culto".
                                                                                                        20
        Los ritos de apertura los podemos considerar como una pequeña parte preparatoria, cuya
finalidad es "hacer que los fieles reunidos constituyan una comunidad y se dispongan a oír como
conviene la Palabra de Dios y a celebrar dignamente la Eucaristía" (O.G.M.R. 24).
        Sobre los ritos esenciales que son como las vértebras de la celebración, aparecen los ritos
complementarios. Iremos estudiando uno por uno estos ritos.
EL CANTO DE ENTRADA
        El canto de entrada (o en su lugar la antífona de entrada) tiene como finalidad iniciar la
celebración. Es la primicia de este misterio de amor y de fe. Una vez reunido el pueblo; se entona
el canto de entrada y al cantar, la comunidad se constituye en asamblea, se congrega como pueblo
santo, es espíritu de oración y de unidad.
        Mientras tanto, el sacerdote y demás ministros se dirigen al Altar, en procesión de entrada
(que puede ser sencilla o solemne según la celebración) y que nos recuerda que somos un pueblo
peregrino que vamos hacia el encuentro del Señor.
        Nos reunimos, pues, en tomo a la mesa del Señor, en asamblea para participar juntos en
solemne acto de culto a Dios Padre. Jesús está con nosotros, con Él vamos a celebrar el memorial
de la última cena.
        Además de la fe debemos tener la disposición que el Señor pidió a los apóstoles en la
Cena del Jueves Santo: Humildad y amor fraterno.
PREGUNTA: ¿Para qué es la antífona o canto de entrada en la Misa? Para crear y favorecer el
clima de unanimidad y de comunión en nuestra comunidad de creyentes.

30. VENERACIÓN DEL ALTAR Y SIGNACIÓN
BESO AL ALTAR
         El altar es la figura de Cristo, centro de la Iglesia, centro de la acción de gracias en torno
al cual se reúne el pueblo cristiano. Por eso el sacerdote besa con respeto el altar, como señal de
amor, por ser también el lugar donde el Señor se inmola (y señal de respeto a las reliquias de los
Santos, contenidas en él, si hay). De ese modo el sacerdote en nombre de todos nosotros, saluda
al altar.
         Después, el sacerdote hace sobre sí el signo dela cruz, que los asistentes deben expresar
igualmente.
         El sacerdote; al hacer el signo de la cruz, dice estas palabras consignadas literalmente en
el Evangelio: "En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo" (Mt. 28); para indicar
que renueva la memoria del sacrificio de Cristo, que evangeliza y honra a la Santísima Trinidad.
Evoca la profesión de fe bautismal y la signación. Esta invocación de la adorable Trinidad es la
dedicatoria de la obra magnífica que va a tener lugar entre Dios y los hombres. Como dice San
Cipriano: "Somos la comunidad reunida en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo".
         Alabamos al Padre a quien nos dirigimos. En nombre del Hijo que nos da la muestra más
grande de su amor, y al cual ofrecemos. En el nombre del Espíritu Santo que nos aplica el precio
de las gracias más preciosas y por quien ofrecemos, esto es, por el espíritu de caridad y de amor.
         El pueblo responde “amén”, que significa: Esto es así, como lo hemos expresado. Es una
unión de fe y una ratificación de creencia, tanto al final del Credo como después del signo de la
Cruz. También significa: estoy de acuerdo, sí, que así sea, así acepto; cuando se dice al fin de las
oraciones.
PREGUNTAS: ¿Por qué el sacerdote besa el altar? Como señal de amor y por respeto al lugar en
que Cristo se inmola.
¿Para qué se hace el signo de la Cruz? Para principiar una acción tan grande como es el Santo
Sacrificio y dedicar la oblación a Dios Padre, que ha enviado a su Hijo; a Dios Hijo, que se ha
                                                                                                          21
entregado a la muerte por nosotros y a Dios Espíritu Santo, cuyo soplo divino mueve nuestras
almas hacia el amor eterno.

31. EL SALUDO Y SUS FORMAS
        Por medio del saludo, el sacerdote manifiesta a la asamblea reunida, la presencia del
Señor y establece la unión entre la asamblea y el que preside.
        El sacerdote saluda con una de las fórmulas propuestas en el Misal (a elección del
mismo). Las primeras son:
1ª. Fórmula: “La gracia y la paz de Dios, nuestro Padre y de Jesucristo el Señor; esté con
vosotros".
2ª. Fórmula: "El Señor esté con vosotros".
3ª. Fórmula: "Gracia y paz a vosotros de parte de Dios y del Señor Jesucristo".
        La respuesta más común es: "Y con tu espíritu", recordando el Espíritu derramado sobre
los 70 ancianos colaboradores de Moisés. En los saludos, no puede el Señor, por boca del
sacerdote, desear nada mejor a los hombres de todo el mundo, a quienes la asamblea representa:
gracia divina, amor divino, unión fraterna entre todos los cristianos y todos los humanos, paz y
caridad.
        Nos reunimos no como extraños, sino como hermanos en Cristo. Quien preside, con el
saludo en nombre del Señor Jesús, expresa su comunión con los fieles, manifiesta la presencia del
mismo Señor y sus dones mesiánicos en la Iglesia. Nos deseamos gracia y paz. El saludo conlleva
el signo de nuestra fe bautismal al SANTIGUARNOS con la señal de la Cruz y es nuestra
proclamación en el misterio de la Trinidad y de la Redención.
        Evoca la promesa de Dios a todos los que llama a una misión: “Yo estaré contigo”. Así lo
dijo a Moisés, a los Jueces, a David, a María. Así lo dijo Jesús a los Apóstoles y a la Iglesia. No
es un saludo ordinario, es una profesión de fe en la presencia del Señor.
PREGUNTA: ¿Qué manifiesta el sacerdote a través del saludo al inicio de la Santa Misa?
Manifiesta a la asamblea reunida, la presencia del Señor y su comunión con los fieles.

32. “EL SEÑOR ESTÉ CON VOSOTROS”
       La comunidad cristiana reunida en asamblea es saludada por el presidente (celebrante)
con sus brazos extendidos con amplitud. Es un gesto de unidad: gesto hacia fuera y hacia dentro;
es un gesto lleno de equilibrio, tratando de hacer más consciente la unidad entre todos al mismo
tiempo que el sacerdote pronuncia estas palabras:
EL SEÑOR ESTÉ CON VOSOTROS
       La comunidad, de pie, en actitud de profundo respeto, animada por un solo corazón,
devuelve cortésmente el saludo. Una fórmula sencilla con la que contestamos a los distintos
saludos durante la celebración del Misterio Pascual:
Y CON TU ESPÍRITU
       ¿Cuál es el significado profundo de esta expresión tan sencilla, tan familiar, tan
acogedora?
NUESTRO DIOS ES EL “DIOS CON NOSOTROS”
       La fórmula “El Señor esté con vosotros” se repite hasta ocho veces en la Misa. Es
frecuente en las acciones y plegarias litúrgicas. Tiene su ascendencia y su explicación en el
vocabulario del Antiguo Testamento: nos recuerda el gran tema de la alianza de Dios con los
hombres. Una breve ojeada a nuestra Historia Sagrada nos permitirá desentrañar y comprender el
sentido de esta fórmula:
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        Dios con Isaac. Dios con Jacob. Dios con Moisés. Dios con David. Dios con Jeroboan.
Dios con Jeremías. Dios con cada uno de sus elegidos, no tanto como un don personal, como una
presencia en el alma del escogido, sino como un sacramento y señal de su presencia en la
comunidad de la Alianza. Dios en todos sus elegidos porque permanece fiel a su alianza. “Yo
estoy contigo” se lee en las teofanías de Bersebá y Betel.
DIOS CON MARIA
        La presencia del Señor en su pueblo cobra mayor profundidad al alborear los tiempos
nuevos cuando Gabriel, portador de noticias definitivas, anuncia a la joven de Nazaret el
cumplimiento de los planes del Señor; el Señor va a cumplir plenamente la afianza; para ello, está
María, la agraciada.
DIOS CON JESÚS
        En Jesús el misterio de la presencia divina alcanza su máximo: "Tú, Padre, estás en Mí y
Yo estoy en Ti". Y a esta unidad son llamados los discípulos y todos aquellos que crean por la
fuerza de su palabra.
DIOS CON LA IGLESIA
        Jesús está con nosotros para siempre amándonos y manifestando su amor ante el mundo
que no cree: Esta es la presencia del Señor en el gran misterio eucarístico. "Yo estaré con
vosotros todos los días hasta el fin del mundo".
        En la Asamblea litúrgica, el Señor está presente: presente como maestro y profeta por su
palabra; presente como sacerdote y víctima por su sacrificio; presente como rey y señor para
someter todas: las cosas al amor. Y así Cristo nos une al Padre, nos hace cosa suya, cumpliéndose
los designios de tener un solo pueblo.
EL SEÑOR CON NOSOTROS POR SU PALABRA
        “Cristo está presente en su Palabra, pues cuando se lee en la Iglesia, la Escritura es Él
quien habla” (CSL 7). Jesucristo es “la Palabra de Dios entre nosotros”. La eterna Palabra de
nuestro Padre que en la Liturgia de la Palabra nos comunica los planes divinos. Antes de la
culminación de las lecturas, al Evangelio se da el saludo: El Señor esté con vosotros. Este deseo
se cumplirá en la medida en que aceptemos y profesemos nuestra fe en la “Buena Noticia” que es
Cristo Jesús.
PREGUNTA: ¿Cuál es el significado de la expresión: “El Señor esté con vosotros”? Que Dios está
en cada uno de sus elegidos, no como un don personal, sino como sacramento y señal de su
presencia en la comunidad de la alianza.

33. EL ACTO PENITENCIAL
        Vamos a participar en un sacrificio puro y santo, como es el de Cristo. También nuestra
vida, que ofrecemos a Dios con la de Cristo, ha de ser limpia de pecado.
        Por eso el sacerdote y los fieles, reconociéndonos pecadores, pedimos perdón de nuestras
culpas. Así el ACTO PENITENCIAL, trata de suscitar sentimientos de conversión, humildad y de
reconciliación fraterna, para entrar con un corazón purificado a la oración, a la escucha de la
Palabra de Dios y a la celebración de los Misterios. Reconocemos nuestras faltas de amor a Dios
y a los hermanos; buscamos superar lo que nos divide: odios, envidias, orgullo.
        Hay tres formas de acto penitencial, precedidas por una admonición y un espacio de
silencio para propiciar el arrepentimiento.
        La primera es una recitación comunitaria del “Yo confieso…” la dicen el celebrante y los
fieles.
        La segunda esta constituida por el diálogo entre el sacerdote y la asamblea en que se
invoca la misericordia del Señor.
                                                                                                     23
Sacerdote: Señor, ten misericordia de nosotros. Pueblo: Porque hemos pecado contra Ti
Sacerdote: Muéstranos, Señor, tu misericordia. Pueblo: Y danos tu salvación.
Sacerdote: Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos
lleve a la vida eterna.
Pueblo: Amén.
        La tercera tiene súplicas con la respuesta: Ten piedad.
Sacerdote: Tú que has sido enviado a sanar a los' corazones afligidos, Señor, ten piedad.
Pueblo: Señor, ten piedad.
Sacerdote: Tú que has venido a llamar a los pecadores: Cristo ten piedad.
Pueblo: Cristo ten piedad.
Sacerdote: Tú que estás sentado a la derecha del Padre para interceder por nosotros: Señor ten
Piedad.
Pueblo: Señor, ten piedad.
        Pueden variar estas súplicas, que llamamos “tropos”. Cuando se emplea la tercera forma
no se dice el Kyrie, sino se continúa con el Gloria, si lo prescriben las normas.
KYRIES O SEÑOR TEN PIEDAD
        El “Señor ten piedad de nosotros” (conocido con el nombre de Kyries) son una nueva
aclamación a Cristo, Señor del Universo y por ello imploramos con insistencia la infinita
misericordia divina. Se originaron de una porra a Cristo emperador; o de una respuesta a las
letanías de entrada; se rezan o se cantan después del acto penitencial sino se usa la tercera forma.
PREGUNTAS: ¿Para qué es el acto penitencial? Para reconocer nuestras faltas de amor a Dios y a
los hermanos y con humildad pedirle perdón. Para suscitar sentimientos de conversión, de
humildad y de reconciliación fraterna, para entrar con un corazón purificado a la oración.
¿Qué pedimos en los Kyries o Señor ten piedad? Imploramos con insistencia la infinita
misericordia divina.

34. EL “GLORIA” Y LA “ORACIÓN COLECTA”
        El Gloria es un canto de alegría. Es uno de los himnos cristianos más antiguos: proviene
del siglo II. Es una gran doxología: La Iglesia reunida en el Espíritu Santo, alaba al Padre y
suplica al Hijo como Cordero y Mediador. Se inicia con el canto bíblico de los ángeles en Belén.
Se aclama al Señor, como Rey celestial y Padre omnipotente. Se exalta a Jesucristo como Hijo
único, Señor y Dios. Y se concluye con una vigorosa profesión trinitaria.
        Se hace en las solemnidades y fiestas y en algunas peculiares celebraciones.
ORACIÓN COLECTA
        La oración llamada “colecta” es la oración que constituye a la asamblea en comunidad
orante. Por medio de ella, el presidente recoge y sintetiza los pensamientos y los sentimientos del
pueblo de Dios, y los dirige hacia el Señor en un ambiente de fe. Con ella se concluyen los ritos
iniciales.
        Se inicia con una invitación a orar, seguida de un silencio que ayuda a los participantes a
ser conscientes de la presencia de Dios y a formular con la mente sus peticiones personales.
        Luego el sacerdote pide a Dios Padre por medio de Jesucristo y en el Espíritu Santo,
algunas gracias especiales para todos en consonancia con la solemnidad, fiesta o memorial,
sacramento o Misa votiva. Y la comunidad rubrica con un Amén claro y solemne cuando el
presidente ha profesado y pedido en la colecta. El pueblo responde Amén, que significa esto es
así, como lo hemos expresado. Es una unión de fe y una ratificación de creencia, tanto al final del
Credo como después del signo de la Cruz. También significa: Estoy de acuerdo, sí, que así sea,
así acepto, cuando se dice al fin de las oraciones.
                                                                                                       24
PREGUNTAS: ¿Qué es el Gloria? El Gloria es un canto de alegría en el que se alaba al Padre, se
exalta a Jesucristo como Hijo único, Señor y Dios. Se concluye con una profesión trinitaria.
¿Qué es la oración colecta? Es la oración en la que el sacerdote recoge y sintetiza los
pensamientos y los sentimientos del pueblo de Dios y los dirige al Señor en un ambiente de fe.

35. LITURGIA DE LA PALABRA
        Terminando el rito de introducción llegamos a la primera parte llamada LITURGIA DE LA
PALABRA, que es un diálogo de amor entre Dios y su pueblo y se desarrolla en los distintos
momentos de esta parte.
        Se llama Liturgia de la Palabra, porque en ella escuchamos y meditamos la Palabra de
Dios, que es la Revelación del misterio de Dios. La Palabra de Dios, que engendrada, encarnada,
es el Hijo, Cristo… la Palabra de Dios que proclamada congrega a la Iglesia… la Palabra de
Dios, es una Persona que hay que acoger… la Palabra de Dios, es una presencia que hay que
contemplar… la Palabra de Dios es una interrogación que exige una respuesta… la Palabra de
Dios es un Banquete, que nos alimenta y fortifica…
        La Liturgia de la Palabra tiene la intención de fomentar la unión tan estrecha que existe
entre el anuncio y la escucha de la Palabra de Dios, con el Misterio eucarístico, que es su
realización.
        Al escuchar la Palabra de Dios comprendemos que las maravillas que se nos anuncian
tienen su culmen en el misterio pascual: que es la muerte y resurrección de Cristo cuyo memorial
celebramos en la Santa Misa. Y cuyo Cuerpo recibimos real y verdaderamente en la comunión.
Así nos nutrimos del Pan de vida, tanto en la mesa de la Palabra de Dios como en el Cuerpo de
Cristo.
        Tú, ¿Qué dificultades encuentras al escuchar la Palabra de Dios?... ¿Sientes en verdad que
estás escuchando y acogiendo a una persona: al HIJO DE DIOS?... ¿Haz tenido la experiencia de
responderle con tu conducta a Él, que te interroga?...
PREGUNTA: ¿A qué se le llama Liturgia de la Palabra? Al diálogo de amor entre Dios y su pueblo.
Dios nos habla a través de las lecturas, nosotros escuchamos, las meditamos y tratamos de darle
una respuesta.

36. DIOS NOS HABLA
        En la Liturgia de la Palabra, Dios nos habla y nosotros le respondemos, es decir, se
entabla entonces un diálogo de amor entre Dios y nosotros.
        La Liturgia de la Palabra en la Misa, es la celebración completa y solemne, que en la
Palabra de Dios se presenta, se proclama, se celebra y se vive como un acontecimiento actual de
la Historia de la salvación.
        Actualiza la fuerza de Dios, que revela y que salva; es un DIÁLOGO DE INTENSIDAD
CRECIENTE, entre el Señor que habla y su pueblo que le responde. Toda la asamblea participa
escuchando con atención y respeto, tratando de vivir su fe y su obediencia, dando diversas
respuestas hasta llegar a la recitación solemne y firme de la profesión de fe –el Credo– y a las
peticiones humildes de la oración de los fieles.
        Esta Palabra de Dios que es viva, actual, eficaz y dinámica, llega hasta nosotros, penetra y
transforma nuestra vida, si la aceptamos con un corazón dispuesto. Di Dios nos habla a través de
las lecturas bíblicas, en la Liturgia de la Palabra, nosotros expresamos nuestra respuesta a esa
Palabra de Dios con el Salmo Responsorial, el Aleluya, el Credo o profesión de fe y por medio de
la Oración de los fieles.
                                                                                                       25
        ¿Cómo es tu participación en la Liturgia de la Palabra?... ¿Participas escuchando con
atención y respeto?... ¿Tomas parte activa en cada aclamación, canto o respuesta?... ¿Has dejado
transformar tu vida aceptando la Palabra con un corazón dispuesto?...
PREGUNTAS: ¿Cómo nos habla Dios? Dios nos habla a través de las lecturas bíblicas y esta
Palabra de Dios es viva, actual, eficaz y dinámica, llega hasta nosotros y transforma nuestra vida
si la aceptamos con un corazón dispuesto.
¿Cómo le expresamos nuestra respuesta a la Palabra de Dios, en la Santa Misa? Con el Salmo
Responsorial, el Aleluya, el Credo o Profesión de fe y por medio de la Oración de los fieles.

37. LAS LECTURAS
        En las lecturas, se dispone la mesa de la Palabra de Dios, a los fieles y se les abren los
tesoros bíblicos. Como según la tradición, el leer estos textos no es un oficio del que preside, sino
un ministerio, un servicio a la asamblea, proclamados por un lector (incluso el Evangelio, cuando
hay diácono, a éste le toca proclamarlo).
        La primera lectura nos narra lo que Dios hizo por su pueblo antes de la venida de Jesús.
La segunda lectura, nos presenta la acción salvadora de Cristo en la vida de la Iglesia naciente.
        Todo bautizado que sepa leer, ha de prestar este servicio a la asamblea de proclamar la
Palabra de Dios, en la primera o segunda lectura. Conviene que prepare la lectura preleyendo
para una mejor proclamación, ya que la lectura tiene que ser más orante que mecánica o
impersonal; debe ser pausada siguiendo la puntuación, incluso estará cortada por algunos
silencios cuando lo exija la comprensión del texto.
        El lector que proclama las lecturas, NUNCA TIENE QUE DECIR: “primera lectura o segunda
lectura o salmo responsorial”, ni debe leer la introducción que los libros litúrgicos indican con
letra roja. Se inicia la lectura con voz clara y pausada, vocalizando bien, diciendo LECTURA DEL
LIBRO… O LECTURA DE LA CARTA… recuerde que le presta su voz a Dios para hablarle a su
pueblo.
        La Asamblea, escucha con atención, SENTADOS en sus bancas; la postura de sentados, es
de meditación, de reflexión para profundizar el mensaje. No es postura para dormirse, ni para
estar volteando a todas partes.
PREGUNTAS: ¿Qué nos narran las dos primeras lecturas? La primera lectura nos narra lo que Dios
hizo por su pueblo, antes de la venida de Jesús. La segunda nos presenta la acción salvadora de
Cristo.
38. SALMO RESPONSORIAL
        Terminada la primera lectura, le sigue el SALMO RESPONSORIAL, que es parte integrante
de la Liturgia de la Palabra. El salmo, sirve de meditación a los fieles, y para suscitar o despertar
algún sentimiento de amor, de confianza…, para establecer el diálogo entre el Señor y su pueblo.
        Por eso lo debe proclamar el salmista, que es una persona distinta al lector, desde el
ambón o desde otro sitio oportuno. Va proclamando los versos y toda la asamblea participa con
su respuesta.
        El carácter meditativo del salmo ayuda a profundizar el tema de las lecturas y puede ser
de penitencia, de alabanza o de súplica. Por eso no conviene cambiarlo por cualquier canto de
meditación.
        ¡Qué importante es la participación de toda la asamblea en el salmo responsorial!... por
eso es necesario que las palabras que tienen que repetir el pueblo, las pronuncie el salmista, clara
y pausadamente para que puedan ser entendidas y meditadas por todos y sea la manifestación de
una respuesta que compromete ante la Palabra de Dios: “Señor, Tú tienes palabras de vida
eterna”.
                                                                                                        26
       Que nuestra actitud al participar en esta parte de la Liturgia de la Palabra, que es el salmo
responsorial, despierte en nosotros sentimientos de amor y de confianza a Aquel que nos habla y
le respondamos en ese diálogo iniciado por Él, comprometiéndonos cada día y en cada
celebración.
PREGUNTA: ¿Qué es el salmo responsorial? Es un himno que ayuda a profundizar el tema de la
primera lectura, despertando un sentimiento de amor y confianza en Dios y estableciendo un
diálogo entre el Señor y su pueblo. Puede ser de penitencia, de alabanza o de súplica.

39. ALELUYA
         Antes del Evangelio, la asamblea, puesta de pie, prorrumpe en una aclamación de alegría
al Señor. Es el canto del ALELUYA, que se entona en todos los tiempos fuera de la cuaresma.
         Esta aclamación gozosa y festiva, va acompañada del verso de aclamación antes del
Evangelio y con alegría anticipa su temática. La postura de pie de la asamblea, es signo de
respeto ante el Señor que llega, es decir, al Señor que se hace presente en medio de su pueblo
bajo el signo de la Palabra.
         Mientras se entona el canto del Aleluya, la procesión del Evangeliario, es acompañada del
altar al ambón, con incienso y ciriales.
         En tiempo de cuaresma, se suple el canto del Aleluya por una aclamación de alabanza a
Cristo nuestro Redentor: “Honor y gloria a Ti, Señor Jesús”. Este momento sirve de preparación
inmediata a la proclamación del Evangelio, donde Cristo se hace presente.
         Que nuestra postura de pie, sea correcta, casi en un firmes de respeto al Señor Jesús que
llega. Que no sea para recargarnos en las paredes o columnas del templo o detenernos en las
bancas. Que nuestro ánimo gozoso se manifieste en una voz alegre al entonar el Aleluya del
Señor que ya viene a hablarnos personalmente.
PREGUNTA: ¿Qué es el Aleluya? Es una aclamación de alegría gozosa y festiva que acompaña un
verso antes del Evangelio y con alegría anticipa su temática.

40. EL ALELUYA PASCUAL
        El tiempo pascual, es decir, los 50 días que siguen después de la fiesta de la Resurrección
de Cristo nuestro Señor, se distinguen, entre otras muchas cosas, por la importancia que tiene el
canto del Aleluya.
        Aleluya es una exclamación hebrea que se compone de dos palabras: “Hallelu” que quiere
decir “alabad” y “Yah” que es abreviación del Yavé el nombre de Dios. Aleluya, pues, quiere
decir “alabad a Dios”.
        Sin embargo aleluya es una palabra que tiene un significado tan rico que no ha sido
traducida a ningún otro idioma. El aleluya es el canto nuevo que solo pueden cantar los que han
nacido, por la muerte y resurrección de Cristo, a la vida nueva de los hijos de Dios.
        El aleluya es un canto de triunfo, de victoria: Cristo y los que creen en Él han vencido a la
muerte, a la tristeza y al pecado. El aleluya es un himno de alabanza a la grandeza y poder de
Dios.
        San Juan en el Apocalipsis nos dice que “una muchedumbre numerosa en el cielo canta:
aleluya, salud, gloria, honor y poder a nuestro Dios, porque verdaderos y justos son sus juicios,
porque ha juzgado al corruptor de la tierra, porque ha establecido su reino el Señor, Dios
todopoderoso” (Ap. 19, 6.7.9).
        El aleluya es una exclamación de admiración, mezcla de estupor y alabanza, ante las obras
de Dios. Este sentimiento es propio sobre todo, de los salmos aleluyásticos. Será también el grito
eterno de los santos al contemplar a Dios cara a cara y ver sus maravillas.
                                                                                                        27
        En la antigüedad se entonaban entrañables cantos de despedida al aleluya antes de la
cuaresma y se esperaba con anhelo su retorno en la Pascua.
        El aleluya es el canto del cristiano: Antiguamente “era una melodía familiar, penetraba
todo el quehacer diario de los fieles; el labrador lo cantaba tras el arado, el pastor entre el rebaño,
el navegante junto al remo. El aleluya arrullaba al niño en la cuna; el hermano se servía de él para
saludar a su hermano, el guerrero entraba en la batalla con él en los labios, y los muertos eran
llevados a su última morada entre los acordes el aleluya” (Cfr. “Nuestra Pascua”, Cristianismo y
hombre actual 35 pág. 241).
PREGUNTAS: ¿Qué es el aleluya pascual? Es el canto de triunfo, de la victoria de Cristo sobre la
muerte y el pecado. Es un himno de alabanza a la grandeza y poder de Dios.
¿Cómo debemos cantar el aleluya pascual? Es necesario, hermanos, que cantemos con júbilo y
recemos solemnemente el aleluya. Que ninguno de nosotros deje de rezarlo, despertemos en
nuestro corazón los sentimientos de triunfo, victoria, alabanza, admiración, alegría que el aleluya
lleva consigo.

41. EVANGELIO
        En el Evangelio, Jesús mismo nos anuncia la Buena Noticia de la salvación que nos ha
traído. Hacemos la señal de la cruz al Evangelio, para afirmar que somos cristianos y queremos
recibir las enseñanzas de Cristo.
        El Evangelio es el punto culminante de toda la Liturgia de la Palabra; debe proclamarse
con la máxima solemnidad. Al terminar la proclamación del Evangelio, saludamos a la Palabra
con una aclamación especial (no es como en las anteriores lecturas: “Palabra de Dios” a lo que la
asamblea responde: “Te alabamos, Señor”); ahora en el Evangelio, para destacar la especial
presencia de Cristo en esta lectura, se presenta el Evangeliario, elevándolo un poco sobre el
ambón y se dice: PALABRA DEL SEÑOR, a lo que la asamblea responde: “GLORIA A TI, SEÑOR
JESÚS”.
        Este momento se destaca con especial solemnidad no solo porque nos signamos al inicio
de la proclamación, sino también porque el diácono o sacerdote veneran la Palabra de Cristo en el
Evangelio con un ósculo; al besar el libro está significando el amor y respeto que tributamos a
nuestro Señor; además con la incensación del libro y el acompañamiento de los ciriales. Ojalá y
se pudiera usar siempre el incienso.
        La postura misma de pié con que la asamblea recibe el evangeliario y escucha la
proclamación del Santo Evangelio, indica el respeto del pueblo de Dios, hacia Cristo que se hace
presente.
PREGUNTA: ¿Qué es el Evangelio? Es el punto culminante de la Liturgia de la Palabra en la que
Jesús mismo anuncia la Buena Noticia de la salvación que nos ha traído.

42. LA HOMILÍA
        La homilía explica el contenido de la Palabra de Dios. La gente le llama a la homilía: "El
sermón del padre". La homilía es la actualización del mensaje de la Palabra de Dios, sirve para
concretizar aquí y ahora la enseñanza de la Sagrada Escritura en esta parte de la Misa, que se
llama "Liturgia de la Palabra".
        La homilía es parte integrante de la liturgia de la Palabra; es muy recomendable que todos
los días, no sólo los domingos y grandes fiestas, se tenga la explicación de la Palabra de Dios,
pues sirve para alimentar la vida cristiana de la comunidad.
        Toda homilía bien preparada y bien predicada, lleva el método que ya conocemos de VER,
JUZGAR Y ACTUAR: partir de la realidad, de la experiencia de la vida de la comunidad (es el ver);
                                                                                                          28
luego viene la iluminación: (elemento exegético), que es la interpretación del mensaje del texto
que se ha proclamado; le sigue el actuar: el compromiso de vida (elemento vital) que es la
aplicación del mensaje a la vida de la comunidad y de cada uno de los que la integran. Siempre
en la homilía se ha de hacer referencia a la celebración litúrgica en la que se está participando
(elemento litúrgico) para no desencarnar lo que se predica, de lo que se celebra, como si fuera
algo ajeno a ella.
        En la homilía, el sacerdote o diácono que la predica, ha de usar un lenguaje inteligible
para su auditorio, debe ser sencillo, vivo y concreto. Se hace desde la sede, se destaca el carácter
jerárquico y presidencial de este ministerio de la predicación; si se hace desde el ambón, se
expresa la conexión con la Palabra de Dios que se acaba de leer.
PREGUNTA: ¿Para qué es la homilía? Para concretizar aquí y ahora la enseñanza de la Palabra de
Dios o Sagrada Escritura, que alimenta la vida cristiana de la comunidad. Debe ser sencilla, viva
y concreta.

43. EL CREDO O PROFESIÓN DE FE
       El credo o profesión de fe es una respuesta a la Palabra de Dios dentro de la Misa. La fe
requiere ser confesada, proclamada en público; en medio de la asamblea y del mundo.
       Esta respuesta a la Palabra de Dios, es una forma privilegiada de comunión, de común
unión con todos los hermanos que participan de la misma fe, diseminados por todo el mundo. El
credo viene a ser una síntesis, un resumen de las verdades que debemos creer; y es una síntesis
también de la Historia de nuestra Salvación, en un marco trinitario, es decir, destacando nuestra
fe en un solo Dios verdadero que se manifiesta en tres personas distintas. Evoca el bautismo.
       Recitado el Credo por todo el pueblo de Dios (sacerdotes y fieles) todos los domingos y
celebraciones de especial importancia, viene a ser el asentimiento y su respuesta inmediata a la
Palabra de Dios escuchada en las lecturas y homilía; es un traer a la memoria la regla de su fe,
antes de empezar la celebración propiamente eucarística.
       Además, el Credo, tiene un gran valor de tradición, que expresa la unidad de la Iglesia en
la misma fe a través de los siglos y del espacio.
PREGUNTA: ¿Qué es el Credo? Es una respuesta a la Palabra de Dios, es un resumen de las
verdades que debemos creer y una síntesis de la Historia de nuestra Salvación.

44. LA ORACIÓN UNIVERSAL U ORACIÓN DE LOS FIELES
        La oración universal u oración de los fieles también es una respuesta a la Palabra de Dios,
integra a la asamblea en la iglesia universal y es ejercicio del sacerdocio bautismal o sacerdocio
común de los fieles.
        En la oración de los fieles, se ora por la Iglesia y por el mundo. Es un momento en que se
hace presente también a los miembros de la comunidad que no pueden participar en la
celebración.
        La oración de los fieles se ordena partiendo de las necesidades de la Iglesia y del mundo,
a las necesidades políticas y sociales, hasta llegar a las intenciones particulares de la comunidad
local (Cfr. 1 Tim. 2, 1-4).
        La asamblea, expresa sus súplicas con una invocación que se repite después de cada una
de las intenciones o con la oración en silencio. Se sugiere se tenga cierta consonancia con la
explicación dada en la homilía.
        Para evitar la rutina, es bueno, variar las respuestas de la asamblea y también cantarla a
veces. Al sacerdote que preside le corresponde iniciar la oración de los fieles y concluirla con la
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oración final, sin embargo es el diácono o un lector (sin excluir a las mujeres) a quien le
corresponde recitar las intenciones.
        Debemos participar activamente en las invocaciones que se repiten después de cada
petición. Orar no sólo por nosotros mismos sino por los ausentes que no han podido venir a la
celebración.
PREGUNTA: ¿A qué llamamos Oración universal de los fieles? A la oración litánica que se hace
teniendo en cuenta las necesidades de la Iglesia, del mundo, la política y sociedad, hasta llegar a
las intenciones particulares de la comunidad local. Es también una respuesta a la Palabra de Dios.

45. LA LITURGIA EUCARÍSTICA
        La presentación de los dones comprende tres elementos: presentación del pan, del vino y
de las personas.
        El Papa Juan Pablo II recomienda darle todo su valor como rito sacrificial inicial y
subrayar su importancia como expresión del sacerdocio común de los fieles.
        En el Misal se presentan varias posibilidades en cuanto a la manera de recitar las
oraciones (en secreto, en voz baja, en voz alta).
        En el momento de la preparación de los dones, hay varios gestos simbólicos que nos
quieren guiar a la comprensión del sentido de la acción litúrgica eucarística que va a comenzar. Si
hasta ahora han sido el ambón y la sede los focos de atención de la comunidad, desde este
momento lo es el altar.
        Se presenta el pan y el vino que van a ser materia del sacramento: el pan con apariencia de
alimento en cantidad suficiente para que comulgue toda la asamblea, el vino a ser posible
preparado en el cáliz.
        Se puede hacer una solemne procesión de dones, llevando el corporal, velas, pan, vino,
agua, flores, desde la credencia al Altar y en ciertas ocasiones de la nave de la Iglesia al Altar.
Compartiendo lo que somos y tenemos como un signo de fraternidad, de entrega personal con
Cristo al Padre. Mientras no se presentan los dones, se canta algo adaptado y que todos los
presentes podamos participar.
        Con el pan hacemos presente el trabajo y la constancia de los hombres que cultivan la
tierra y la providencia amorosa de nuestro Dios que nos da siempre lo necesario como Padre
bueno. Queremos expresar integración, unidad, esfuerzo, lucha y esperanzas.
        Con el vino desde antiguo se simbolizó la vida, la sangre; es además necesario en las
fiestas como señal de alegría, de banquete y abundancia. Aún en tiempos de Cristo, se empleó el
vino como remedio y en Cristo el vino tiene significado de entrega, de donación, de muerte y
resurrección.
PREGUNTAS: ¿Qué elementos comprende la presentación de los dones? Comprenden tres
elementos: la presentación del pan, del vino y de las personas.
¿Qué significado tienen nuestros dones? El pan significa el trabajo de los hombres; el vino
simboliza la vida y la alegría. En Cristo, el vino tiene significado de entrega, de donación, de
muerte y resurrección. Las personas se ofrecen como hostias vivas, agradables al Padre y así
ejercitan su sacerdocio bautismal.

46. PROCESIÓN DE DONES
       ¿Qué sentido tiene la procesión de dones al altar?
       1º Convertirnos todos en un nuevo pueblo en marcha hacia Dios: la asamblea litúrgica es
el nuevo pueblo en marcha hacia Dios (que aceptamos personalmente la invitación); se hace
                                                                                                      30
presente para vibrar en la fraternidad, en la unidad y los esfuerzos por la conversión, la difusión
de los valores del Reino y la convicción de celebrar la vida y la fe en la acción litúrgica.
        “No podemos vivir sin la asamblea del Señor”, decían en el año 304 los cristianos de
Abitinia martirizados por haberse reunido a pesar de estar prohibido. “Por temor a que le falte un
miembro al cuerpo de Cristo”.
        2º Participar en el desarrollo de la historia en el plan Divino de la salvación: la unidad
llevada a cabo por Cristo, no es ni uniformidad ni segregación; es reunión de los hombres y
gentes con sus originalidades, gustos, temores y esperanzas, con diferentes ideas pero con un solo
Señor, una sola fe y un solo bautismo. Respetándose, ayudándose, actuando cada uno con su
propia conciencia de aportar, de querer construir un camino que lleve a Dios, con los valores del
Evangelio. Queriendo responder aquí y ahora en forma activa a los retos de nuestra fe.
        3º Un movimiento dinámico organizado: ha sido siempre un uso antiguo en la iglesia, el
que los fieles ofrezcan lo necesario para el culto Divino y sobre todo el pan y el vino que son la
materia del sacrificio, se presentan además: cera, despensas y monedas o limosnas.
        Mientras el ministro prepara el altar, en forma organizada se recoge la oblación de la
comunidad que junto con las ofrendas se llevan al altar, manifestando lo invisible en lo visible.
        4º La propia vida que se compromete a lograr un desarrollo integral: estamos creados a
imagen y semejanza de Dios y con capacidad de perfección, por eso al entrar libre y consciente a
una asamblea, participar en una procesión, significa que soy persona en buenas relaciones
conmigo mismo y con los demás, con Dios a quien le quiero regalar mi ser con mis facultades y
con el universo al llevar un don de la naturaleza que quiero admirar y respetar.
PREGUNTA: ¿Qué sentido tiene la procesión en la liturgia? Significa que somos un pueblo nuevo
que marcha hacia Dios. Significa que participamos en el desarrollo de la historia, en el plan de
salvación. La procesión de dones es un movimiento dinámico y organizado y nuestra propia vida
comprometida en un desarrollo integral.

47. DONES / COLECTA
         En la Misa se hace colecta, que no es lo mismo que pedir limosna. La colecta es la
expresión de comunión de personas capaces de poner efectivamente en común lo que somos y
poseemos, para repartir conforme a las necesidades de la comunidad. La presentación de las
ofrendas no puede reducirse a un simple traslado más o menos solemne del pan, vino, agua, flores
al altar. Significa que nos damos nosotros mismos.
         El simple hecho de hacer la colecta no educa a los fieles para dar a su vida ordinaria la
dimensión sacrificial (Rom. 12, 1-21; 1 Cor. 11, 20ss; Ef. 4, 28). Si Dios nos ha dado ¿Por qué no
darle algo a cambio? ¿Por qué no redimir del mal el dinero aportando algo para el culto y los
pobres, y de esa manera liberarnos de la codicia?
         Hay que reconocer que echar en las ofrendas monedas sin valor, es una mala costumbre y
una burla. El rito de la colecta tiene un sentido profundamente evangélico de acción de gracias
por los dones recibidos, de fe y de confianza en la Providencia.
         Es un signo de que quiero darme y simbólicamente me quedo en la ofrenda que aporto,
ella me represente ¿Esto es lo que valgo?
PREGUNTA: ¿Cuál es el sentido de nuestra ofrenda? Que ponemos en común lo que poseemos
para repartirlo conforme a las necesidades de la comunidad. De acción de gracias por los dones
recibidos, de fe y de confianza en la Providencia.

48. BENDICIÓN DE AGUA Y VINO MEZCLADOS
                                                                                                      31
        El sacerdote toma el cáliz con la mano izquierda, recibe la vinajera con vino y sirve en él;
después tomando la vinajera con agua, derrama una gota en el cáliz para mezclarla con el vino. El
uso de mezclar un poco de agua al vino de la consagración no es de institución divina, no está
marcado en el Evangelio, pero se funda en la tradición en que Cristo consagró en la última cena
la copa pascual en la que según el ritual judío, había vino y agua, de esto fueron testigos los
Apóstoles y los Santos Padres de la Iglesia en particular San Justino (que sólo separó de San Juan
Apóstol por algunos años) y dice el apologista “Se ofrece al que preside la asamblea pan y una
copa con vino de uva templado con agua”.
        Lo que los Santos Padres encontraron como significado de la mezcla del agua y el vino:
        1º. Dice San Cirilo, para expresar que el pueblo fiel representado por el agua, se une con
Cristo representado en el vino que se fusiona y se identifica. Las gotas de agua mezcladas con el
vino representan la naturaleza humana unida en Cristo a su naturaleza Divina y el celebrante dice
en secreto: Qué así como el agua se mezcla con el vino, participemos de la divinidad de Aquel
que quiso compartir nuestra humanidad.
        2º. Para representar la sangre y el agua que salieron del costado de Cristo crucificado. Nos
unimos íntimamente a Él para la Eucaristía, para celebrar su sacrificio. Nosotros mismos, nuestra
vida entera, se convierte así unida a Cristo simbólicamente en este pequeño gesto.
        Es un recordatorio de que todos queremos que esta celebración se transforme en verdad en
“Un solo cuerpo y en un solo Espíritu con Cristo, y que juntamente con Él, haga de nosotros
“víctimas vivas para tu alabanza y nos ofrecemos también con Él”.
PREGUNTAS: ¿En qué se funda la costumbre de mezclar agua en el cáliz con el vino? En la
tradición en que Cristo consagró en la última cena la copa pascual en la que según el ritual judío
había vino y agua.
¿Qué significado tiene esta mezcla? La sangre y el agua que salieron de Cristo crucificado. La
participación de la Iglesia en la divinidad de Cristo.

49. EL LAVABO
        LAVARSE LAS MANOS: no es un rito de los más importantes de la Santa Misa, pero es un
gesto breve con mucho significado. Vamos a ver tres puntos:
1º. La validez de un símbolo universal: lavarse con agua es un lenguaje que nació en la liturgia
romana, es más bien una costumbre oriental bíblica que está extendida por nuestras culturas y
religiones en las celebraciones de algún rito sagrado. En Japón es costumbre muy extendida en
los templos budistas o sintoístas, hay fuentes y cisternas situadas a la entrada del recinto sagrado,
donde los fieles se lavan para pedir una mayor pureza interior y manifestar el respeto que sienten
ante la acción sagrada. Igual en las mezquitas musulmanas.
        En la Sagrada Biblia se pone énfasis en el gesto ritual de la limpieza; el libro del levítico
14–16 estableció minuciosamente varios modos de purificación con el agua; y Cristo habló de
estas abluciones (Mc. 7) porque veía el peligro de que los judíos se contentaran sólo con el signo
exterior sin llegar a la conversión interior.
2º. ¿Gesto práctico o simbólico?: es un signo más bien simbólico que práctico o necesario, pues
el celebrante no se ensucia sus manos al tomar los dones del ofertorio, por lo que en este signo no
hay preocupación de higiene sino más profunda y simbólica, aunque su origen sí fue por razones
prácticas.
3º. La pureza interior: el sacerdote se lava las manos para expresar el deseo de purificar lo
interior. San Cirilo de Jerusalén en el siglo IV dice en sus catequesis de la Eucaristía “El lavarse
es símbolo de que conviene que nos limpiemos de todos los pecados e iniquidades. Porque las
manos son símbolo del obrar, al lavarlas manifestamos la pureza e integridad de las obras”. No
                                                                                                        32
has oído al Salmista descubriendo este misterio dice: “Lavaré entre los inocentes mis      manos y
rodearé tu altar Señor”. Así, al lavarnos las manos es señal de que nos arrepentimos       de todos
nuestros pecados.
PREGUNTA: ¿Cuál es el significado de lavarse las manos en la Santa Misa? Pedir una         limpieza
interior. También es señal de que nos arrepentimos de los pecados que contienen             nuestras
ofrendas.

50. INVITACIÓN A ORAR Y RESPUESTAS DE LA ASAMBLEA
        Al terminar los ritos de presentación de dones, el Sacerdote invita a orar. Con esta
invitación a orar y la respuesta de la asamblea termina el movimiento ritual de la presentación de
los dones, introduciendo la plegaria Eucarística por medio de la oración sobre las ofrendas.
        El sacerdote, en el centro del altar, extiende y junta las manos diciendo. “Oremos
hermanos para que este sacrificio mío y de ustedes sea agradable a Dios Padre Todopoderoso”.
Invita a los hermanos porque la asamblea de los presentes somos hijos de Dios, hermanos de
Jesucristo y miembros de la Iglesia; por eso el sacrificio de Cristo por los hombres es nuestro
sacrificio; y el sacrificio, el dolor de los humanos es el sacrificio de Cristo. Por eso sentados y
despacio contestamos a la invitación del celebrante: “El Señor reciba de tus manos este sacrificio,
para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su Santa Iglesia”.
        Para participar del sacrificio de Cristo, nosotros no somos sólo la asamblea presente; ahí
está la Iglesia triunfante: los Ángeles y los Santos, todos los que son justos y ya están gozando de
Dios. Está presente también la Iglesia universal que continúa luchando por difundir, defender y
profesar la fe y el amor en el mundo entero. Y también están participando de los frutos del
sacrificio todas las almas que se purifican en el purgatorio y se hermosean para entrar en la gloria
de Dios. Por eso el celebrante y fieles somos signo y testimonio de unidad en Cristo.
        Contestamos sentados porque es signo de que somos discípulos de Cristo y queremos
aprender de Él, hablar con Él y no tenemos prisa. Hasta después de responder unánimemente a
esta invitación nos ponemos de pie para la oración sobre las ofrendas, que reza el celebrante
pidiendo: Que se convierta en el pan y el vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo; y que a nosotros
nos transforme por su gracia en la semejanza de Dios hecho hombre. Porque es necesario para el
sacrificio que haya cambio o destrucción de la materia ofrecida, por eso debemos convertirnos,
que es la destrucción de nuestro egoísmo.
PREGUNTAS: ¿Qué significa la invitación a orar que nos hace el celebrante? Unirnos todos al
sacrificio de Cristo que se ofrece al Padre.
¿Cómo debemos contestar toda la asamblea? Permanecer sentados hasta terminar nuestra
contestación y hacerlo unánimemente.

51. PLEGARIA EUCARÍSTICA
       Introducción: la oración más importante de toda la celebración es la plegaria Eucarística.
Es una oración larga, muy rica en contenido, con varias partes, unas variables y otras invariables.
Tenemos a escoger 4 plegarias eucarísticas y algunas más en el apéndice.
       En el corazón de esta plegaria, Cristo realiza la consagración. Las partes generales de la
Plegaria Eucarística son:
1. PREFACIO O ACCIÓN DE GRACIAS: En esta parte el sacerdote “en nombre de todo el pueblo
   santo, glorifica a Dios Padre y le da gracias por todas las obras de la salvación o por alguno de
   sus aspectos particulares, según las variantes del día o del tiempo”. Contiene las ideas
   principales de las fiestas.
                                                                                                       33
El prefacio se abre con un diálogo entusiasta entre el sacerdote y la asamblea. Con sus motivos de
acción de gracias, imprime el tono de júbilo y de agradecido entusiasmo que debe acompañar a la
celebración. El sacerdote invita a la asamblea a dar gracias al Señor y concluye invitando a los
coros angélicos a unirse a esta alabanza.
2. SANTO: con el “Santus” que es el final del Prefacio, se une la Iglesia triunfante con la
   militante, en esta forma: “Santo, Santo, Santo es el Señor Dios del Universo. Llenos están los
   cielos y la tierra de tu Gloria. ¡Hosanna en el cielo! Bendito el que viene en nombre del Señor
   ¡Hosanna en el cielo!
        La primera parte del texto es un eco de lo que Isaías (6, 3) oyó cantar en el cielo a los
serafines mientras el templo temblaba por la presencia de Dios. Lo demás se agregó entre los
siglos VI y VII para las ocasiones solemnes. Por proclamar el Poder y la Majestad de Dios, se le
ha llamado “Himno de la Victoria”; por referirse a Dios Uno y Trino, los griegos lo llamaron
“Trisagio” (tres veces santo); por ser himno de la milicia angélica, muchos lo denominan “himno
seráfico”. Cantado hoy entusiastamente por la asamblea litúrgica, suena a himno triunfal.
        Es uno de los cánticos más importantes de la celebración eucarística, que nunca debería
faltar.
PREGUNTAS: ¿Qué es el Prefacio? Es la acción de gracias a Dios Padre por la obra de la salvación
o por alguno de sus aspectos particulares, que introduce la oración Eucarística, contiene las ideas
principales de las fiestas.
¿Qué es el santo? Es el himno a Dios uno y Trino. Es un eco de lo que Isaías oyó cantar en el
cielo mientras el templo temblaba. Y une a la Iglesia triunfante con la militante.

52. PLEGARIA: EPÍCLESIS O INVOCACIÓN
3. EPÍCLESIS O INVOCACIÓN: es una invocación del poder divino, y en especial del Espíritu Santo,
   sobre los dones del pan y el vino que han ofrecido los hombres para que se conviertan en el
   Cuerpo y la Sangre de Cristo.
        Después de la Consagración hay una segunda epíclesis que pide que por la participación
del Cuerpo y Sangre de Cristo los cristianos formen un solo cuerpo.
        Son cuatro las plegarias: veamos una por una:
La 2ª y 3ª Plegaria entran de inmediato en la epíclesis, tras una brevísima invocación
intercesional en estos términos: 2ª: “Santifica estos dones con la efusión de tu Espíritu, de manera
que sean para nosotros Cuerpo y Sangre de Jesucristo Nuestro Señor. La 3ª dice: “Por eso, Señor,
te suplicamos que santifiques por el mismo Espíritu estos dones que hemos separado para Ti, de
manera que sean Cuerpo y Sangre de Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro, que nos mandó
celebrar estos misterios”.
        La 2ª Plegaria es clarísima. La ha precedido esta transición: “Santo eres, en verdad, Señor,
fuente de toda Santidad”. Esta última expresión viene de la liturgia hispana. El texto de la tercera
es una ampliación de la 2ª, reforzando el poder santificador del Padre por el mismo Espíritu, y
con una alusión al mandato del Señor de perpetuar su Memorial.
        La 3ª Plegaria es una ampliación de la 2ª, reforzando el poder santificador del Padre por el
mismo Espíritu, y con una alusión al mandato del Señor de perpetuar su Memorial.
        La 4ª Plegaria. Después de un preciso compendio de la historia de la salvación y de
decirnos entre otras consoladoras verdades: “Cuando por desobediencia perdió el hombre tu
amistad, oh Padre, no le abandonaste al poder de la muerte (eterna)”, formula esta epíclesis: “Que
este mismo Espíritu santifique, Señor, estas ofrendas, para que sean Cuerpo y Sangre de
Jesucristo Nuestro Señor, y así celebramos el gran Misterio que nos dejó como Alianza eterna”.
                                                                                                       34
         La 1ª o Canon Romano hace el tránsito mediante cuatro preces de intercesión, a las cuales
redujo San Gregorio Magno las numerosas que encontró.
    I. (A Ti, pues), intercede por toda la iglesia, nombrando al Papa y a los Obispos de cada
      diócesis y a “todos aquellos que, fieles a la Verdad, promueven la fe católica y apostólica”.
      Entrando aquí por lo tanto, Obispos, sacerdotes, diáconos, clérigos, religiosos (as) y los
      laicos, sobre todo de acción apostólica, o que en sus trabajos ordinarios y sufrimientos ponen
      una intención misionera.
   II. (“Memento”) por todos los hombres, en especial por los que encargan la Misa, y a los
      fieles que pueden incluir sus propias intenciones.
 III. (“Reunidos en comunión”) invocación y súplica a la Santísima Virgen, a todos los
      apóstoles y a los doce mártires primitivos y a todos los santos en general.
 IV. (“Acepta, pues”) concluyendo con la epíclesis en esta forma: “Bendice y acepta, Oh
      Padre, esta ofrenda haciéndola espiritual, para que sea Cuerpo y Sangre de tu Hijo amado,
      Jesucristo Nuestro Señor”.
Es, pues, este tránsito hacia la Consagración, particularmente rico y universalista. La expresión:
“haciéndola espiritual” puede referirse a la acción del Espíritu Santo, a modo de “epíclesis”.
PREGUNTAS: ¿Qué es la epíclesis? Es una invocación del poder divino y en especial del Espíritu
Santo, sobre los dones del pan y el vino que han ofrecido los hombres, para que se conviertan en
el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
¿Qué se pide en la segunda epíclesis después de la Consagración? Se pide que por la
participación del Cuerpo y la Sangre de Cristo, los cristianos formen un solo cuerpo.

53. NARRACIÓN DE LA “INSTITUCIÓN” DE LA EUCARISTÍA
        Llegamos a la parte central de la Plegaria Eucarística, corazón de toda la celebración: La
narración de la Institución de la Eucaristía. Con las palabras y gestos de Cristo se representa la
Última Cena en la que Cristo dio a los apóstoles, en forma de comida y bebida su Cuerpo y
Sangre y el encargo de perpetuar este Misterio.
        El Jueves Santo, al atardecer y antes de entregarse Jesús a sus enemigos para la Pasión,
tuvo lugar en el Cenáculo de Jerusalén, la Eucaristía. Con ella extremó el Señor su amor a los
hombres, antes de volver a su Padre. Allí murió mística y veladamente ante los Doce, antes de
morir a la vista de todos en la Cruz. “Muriendo destruyó la muerte” y Él quedó vivo y glorioso en
el Misterio Eucarístico. ¡Misterio de fe, misterio de amor infinito! Todos los días, en la Misa, se
relata la Institución en las “plegarias eucarísticas” en términos iguales, únicamente difieren en los
detalles secundarios, las cuatro plegarias. La base común son los evangelistas, y San Pablo.
Uniendo las tres primeras y más parecidas tenemos el siguiente relato: JESUCRISTO, LA VÍSPERA
DE SU PASIÓN (1) CUANDO IBA A SER ENTREGADO A SU PASIÓN, VOLUNTARIAMENTE ACEPTADA (II)
LA NOCHE EN QUE IBA A SER ENTREGADO (III); TOMÓ PAN (II Y III) EN SUS SANTAS Y VENERABLES
MANOS (I) Y ELEVANDO SUS OJOS AL CIELO, HACIA TI, DIOS PADRE SUYO TODOPODEROSO (I)
DANDO GRACIAS, TE BENDIJO, LO PARTIÓ, LO DIO A SUS DISCÍPULOS Y DIJO (I, II Y III).
        La IV: PORQUE ÉL MISMO, LLEGADA LA NOCHE EN QUE HABÍA DE SER GLORIFICADO POR TI,
PADRE SANTO, HABIENDO AMADO A LOS SUYOS QUE ESTABAN EN EL MUNDO, LOS AMÓ HASTA EL
EXTREMO Y MIENTRAS CENABA CON SUS DISCÍPULOS, TOMÓ PAN, TE BENDIJO, LO PARTIÓ Y SE LOS
DIO DICIENDO…
        De las cuatro, la primera es la más descriptiva, familiar e íntima. La cuarta refleja el relato
del Evangelio de San Juan: traduce la preocupación de Jesús, en aquel momento de despedida, de
glorificar a su Padre y su derroche de amor para con todos los hombres. Luego de esta
                                                                                                          35
descripción del final de la Cena, sigue lo esencial: la realización de la Eucaristía mediante la
doble CONSAGRACIÓN del pan y el vino.
LAS DOS CONSAGRACIONES:
1ª. El sacerdote al consagrar el pan va a reproducir con las palabras mismas de Jesucristo y con
sus mismos gestos, el “hecho” de la Institución, recordándolo en oración al Padre celestial, para
que realice aquí y ahora su obra de salvación.
        El sacerdote, representante ministerial de Cristo, habla y obra en primera persona, con el
pan en sus manos y un poco inclinado dice: “Tomad y comed todos de Él, porque Ésto ES MI
CUERPO que será entregado por ustedes”. Muestra la Hostia consagrada al pueblo, la venera con
una genuflexión y prosigue la segunda consagración.
2ª. La Consagración del Cáliz. Con el Cáliz en sus dos manos dice el sacerdote, también
inclinado: “Tomad y bebed todos de Él, porque ÉSTE ES EL CALIZ DE MI SANGRE, SANGRE DE LA
ALIANZA NUEVA Y ETERNA, que será derramada por vosotros y por muchos, para el perdón de los
pecados. HACED ESTO EN MEMORIA MÍA.
        Muestra el Cáliz consagrado al pueblo, lo adora con una genuflexión.
ACLAMACIÓN: el sacerdote anuncia lo hecho con ambas consagraciones, diciendo a la asamblea:
“Este es el Misterio de la fe”, o bien: “Este es el Sacramento de nuestra fe”. La asamblea
corresponde con esta aclamación: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección ¡Ven,
Señor Jesús!
        Si el sacerdote dice: “Cristo se entregó por nosotros”, la respuesta es: “Por tu Cruz y
Resurrección nos has salvado, Señor”.
        Las aclamaciones han sido introducidas por la reforma del Vaticano II, para avivar la fe
de la Iglesia en el sacrosanto “Misterio de nuestra Fe”, que el sacerdote celebrante proclama en
alto, y para también esperar con renovadas ansias el “Reino venidero”, Reino ya presente en lo
íntimo de cada bautizado que vive en gracia de Dios y que la Iglesia también lo constituye.
PREGUNTA: ¿Qué se hace en la narración de la Institución de la Eucaristía? Con las palabras y
gestos de Cristo se representa la Última Cena en la que Cristo dio a los apóstoles, en forma de
comida y bebida su Cuerpo y su Sangre y el encargo de perpetuar este misterio.

54. “MEMORIAL” (ANÁMNESIS) Y OBLACIÓN
        Otra parte de la Plegaria Eucarística es el Memorial y Oblación después de la
Consagración. El Pan de Vida (o Cuerpo de Cristo) y el Vino de Salvación (su Sangre Redentora)
que están sobre el Altar es Cristo mismo, realmente presente: Es la Víctima Divina. Recordamos
la cena en que Cristo se ofreció ritualmente, y ofrecemos su único sacrificio, reproducido para
nosotros.
        De ella la Iglesia hace ahora al Padre Eterno la solemne Oblación y perenne Memorial o
“Anámnesis”, que actualiza el pasado (y no sólo lo recuerda, nos lo hace presente). Enseguida se
pide al Padre Eterno dirija su mirada serena y bondadosa sobre esa ofrenda y haga que traiga la
paz al mundo y confirme a la Iglesia, peregrina en la tierra, en la fe y en la caridad.
        Las tres anáforas nuevas piden la unión de la Iglesia, de todos los miembros del Cuerpo
Místico de Cristo; es decir, el fruto principal de la Eucaristía. La unidad de la Iglesia. Se pretende
que los fieles no sólo ofrezcan la Hostia Inmaculada, sino que aprendan a ofrecerse a sí mismos,
y que de día en día perfeccionen, por la mediación de Cristo, la unidad con Dios y entre sí, de
modo que se realice aquello de “Dios todo en todos”.
PREGUNTAS: ¿A qué hora se tiene la Oblación u Ofrenda? Después de la consagración, cuando se
ofrece a Cristo.
¿Qué se pide en la Oblación de la Plegaria Eucarística? Se pide la unidad de la Iglesia.
                                                                                                         36
55. LOS “MEMENTOS” (DE VIVOS Y DIFUNTOS)
        La celebración es de toda la Iglesia celeste y terrena en Cristo. Por eso hay en la Plegaria
Eucarística una petición por todos los vivos y difuntos, y se pide la intercesión de la Virgen y de
los Santos ante el Padre Celestial, concretamente: para que reúna entorno suyo a sus hijos
dispersos por el mundo y para que el Espíritu Santo los congregue en la unidad y todos tengan
parte en la plenitud de su Reino.
        Entre los vivos se nombra expresamente al Papa, a los Obispos diocesanos y auxiliares y a
todo el clero, y a todo el pueblo redimido por Dios; y un detalle consolador: a aquellos que
buscan a Dios con sincero corazón. Y esto sólo Dios, a quien el “memento” se dirige, puede
saberlo, como Juez divino. De ahí que los puede haber aún fuera de la Iglesia y que la Misa,
donde por todos se ora, bien celebrada y participada, es un prodigioso y continuo misionar y
salvar multitudes.
        Cosecha salvada y preciosa de la Iglesia son “los que murieron en la paz de Cristo”. La
liturgia los coloca entre los fieles difuntos. Para ellos se pide “misericordia y la luz eterna”.
        Tenemos pues asociados a la Misa: la Iglesia triunfante (del cielo), la purificante (del
purgatorio) y la militante (en la tierra). Para las tres tiene “Su brazo de justicia y de paz” la
Augusta Trinidad, en este Misterio redentor centrado en Dios Trino y Uno y reflejándolo por
antonomasia. Y un detalle interesante: “Todos hemos de glorificar a Dios, junto con la creación”.
PREGUNTA: ¿Por quién se pide en los “mementos” de vivos y difuntos? Se pide al Padre Celestial
que por la intercesión de la Santísima Virgen y de los Santos, reúna en torno suyo a sus hijos
dispersos por el mundo, para que el Espíritu Santo los congregue en la unidad y todos tengan la
plenitud de su Reino.

56. DOXOLOGÍA
        Terminan las anáforas o plegarias eucarísticas cuando el sacerdote eleva la Hostia y el
Cáliz, hace una alabanza diciendo: “Por Cristo, con Él y en Él, a Ti, Dios Padre Omnipotente en
la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”.
        El sacerdote la reza o canta, levantando entre tanto, con ambas manos y separadamente, el
Cáliz y la Patena con las sagradas especies. La afirmación de CRISTO MEDIADOR es rotunda. Todo
nos viene por Él, Él todo lo hizo por disposición misericordiosísima del Padre, y con el Espíritu
Santo. Y todo sucede así hasta la consumación de los siglos.
        Esta glorificación a la Santísima Trinidad acentúa el fin de la Misa de dar gloria al Padre
en la unidad del Espíritu Santo mediante el sacrificio de Jesucristo.
        Se concluye la doxología con la aclamación del pueblo que confirma y ratifica su
participación en esta glorificación de Dios, respondiendo “amén”. Es el amén más solemne de
toda la Celebración que siempre debería ser cantado, y aún podría repetirse varias veces. Es la
forma de manifestar nuestra aceptación de la obra de Cristo que en esta oración hizo presente su
Cena Sacrificial.
PREGUNTA: ¿Qué es la doxología? Es una alabanza con la que se termina la Plegaria Eucarística
cuando el sacerdote eleva la Hostia y el Cáliz diciendo: “Por Cristo, con Él y en Él, a Ti, Dios
Padre Omnipotente en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los
siglos”.

57. RITOS DE LA COMUNIÓN
       La misa es un sacrificio, pero es también una comida. Para que la Muerte y Resurrección
de Cristo pase a nuestras vidas, nos da su Cuerpo en alimento y en bebida su Sangre. Le
                                                                                                       37
comemos a Él, pero Él nos asimila a su Vida y nos incorpora a su Cuerpo. Por eso, al terminar la
Oración Eucarística, inician los ritos para prepararnos a la Comunión y se llaman Ritos de la
Comunión.
        Nos preparamos en primer lugar recitando la oración que Jesús nos enseñó y que contiene
todas las actitudes de cualquier oración cristiana. Y es que no tendríamos una oración digna de
acompañar el Sacrificio de Cristo, si Él mismo no nos la hubiera proporcionado. En ella pedimos
el pan de cada día, que es el alimento del cuerpo, pero también la Eucaristía, como alimento del
viajero.
        El Padre nuestro está seguido por una oración que desarrolla la última frase del Padre
Nuestro, y por eso se llama: “embolismo”. Es una continuación del Padre Nuestro, que termina
con la aclamación de todo el pueblo diciendo: “Tuyo es el Reino, tuyo el poder y la gloria por
siempre Señor”.
        Enseguida vienen los ritos de la paz. El primero de ellos es una oración presidencial,
donde el sacerdote recuerda la visita de Jesús a sus apóstoles el día de la resurrección, el
sacerdote desea la paz a todos. Y, en ciertas ocasiones en que lo considera conveniente y
significativo, invita a todos a que se manifiesten la paz con un saludo.
        Después viene el rito de la fracción del pan, que nos recuerda que un solo Cristo se hace
muchas partes para que los que somos muchos nos hagamos un solo Cuerpo en Cristo. Este rito
está acompañado del canto “Cordero de Dios”. A la fracción del pan sigue como consecuencia la
inmixtión de una pequeña partícula del Pan consagrado en el Cáliz.
        Y así pasamos luego la comunión propiamente dicha, que inicia con una monición del
sacerdote donde invita a acercarse y una respuesta evangélica de los fieles; luego, la procesión de
la comunión y la acción de gracias. Mientras tanto, se purifican los vasos sagrados, de preferencia
en la credencia. Y los ritos de la comunión terminan con la “oración después de la comunión”, en
la que se recogen los sentimientos de los comulgantes y se trata de proyectar la vida hacia fuera
de la celebración.
        Como vemos, la comunión no es un acto aislado, sino forma parte de toda la celebración.
Es el acto de consumar la Víctima del Sacrificio. Y forma parte de todo un complejo de ritos que
nos disponen a vivir comunitariamente la unión con Cristo. Si una persona trata de vivir cada
momento de la celebración, no se queja de que no le den oportunidad de prepararse para la
comunión, pues hay una digna preparación comunitaria, fruto de largos siglos de experiencia.
PREGUNTAS: ¿Es la comunión un acto aislado? No, porque es parte de una celebración, consiste
en consumir la víctima que se inmoló en el altar y tiene una preparación en la misma celebración.
¿Cuáles son los ritos de comunión? El Padre Nuestro, los ritos de la Paz, la fracción del pan e
inmixtión, la procesión de comunión y la oración después de la comunión.

58. EL PADRE NUESTRO
        Cristo se ha ofrecido como holocausto al Padre, ahora se ofrece como alimento de vida a
todos sus hermanos. Nos espera el divino banquete. De nuestros corazones brota
espontáneamente la oración al Padre, que el mismo Jesús nos ha enseñado: el Padre Nuestro. Es
la oración de la caridad y la unión fraternal. En ella pedimos a Dios Padre que nos de el pan
cotidiano, que es el Cuerpo de Cristo, e imploramos que nos limpie de todos nuestros pecados, de
nuestras ausencias de amor, para poder acercarnos confiados, uno junto a otro, a su mesa familiar.
        Él con su amor grande y misericordioso es quien crea esta unión entre nosotros. Por eso
mirando al hombre que cruza la calle a mi lado, puedo decirle: “Tú eres mi hermano”.
        “Líbranos, Señor, de todos los males. Esta es la última petición del Padre Nuestro; es la
más interesante, por eso insiste en ella la Iglesia con fervor. El sacerdote se apoya como
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mediador sobre lo que tanto importa a las necesidades del pueblo: la paz abundante, la paz
interior que viene de los méritos de un Dios Crucificado y que no le puede arrebatar al cristiano
fiel ni las turbaciones del mundo, ni las penas de la vida. Y el pueblo concluye con la doxología
“Tuyo es el Reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor”.
PREGUNTA: ¿Qué es el Padre Nuestro? Es la oración muy hermosa dirigida al Padre y que el
mismo Jesús nos ha enseñado. Es la oración de la caridad y de la unión fraternal, en la que
pedimos a Dios Padre que nos de el pan cotidiano, que es el Cuerpo de Cristo, que nos limpie de
nuestros pecados y nos da la paz.

59. RITO DE LA PAZ
        En el rito de la paz, las manos se enlazan o se realiza el gesto afectuoso del abrazo. Es el
saludo del hermano que ofrece su amistad al hermano. Se crea así una íntima amistad aunada con
el Espíritu de Cristo, que es el Espíritu de filiación y fraternidad.
        No cabe duda que es un momento emocionante este brindis de amistad eclesial delante de
Cristo Sacramentado, que con su Sacrificio en la Cruz reconcilió y en cada Misa reconcilia a los
hombres con su Padre Celestial.
        La paz que ofrecemos y aceptamos encierra un serio compromiso con los demás, no es
sólo manifestarla, es compromiso de construirla, pues ¿Cómo podemos llamar a Dios Padre
Nuestro y cerramos al que hemos llamado hermano?
        El momento de darnos la paz es el momento de expresar nuestro compromiso por la paz.
Pero es también la ocasión de reconciliarnos con nuestros hermanos. Pues Cristo dijo: “Si al ir a
presentar tu ofrenda te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, primero ve a reconciliarte
con tu hermano, luego ven a presentar tu ofrenda”.
PREGUNTAS: ¿Qué manifestamos en el rito de la paz? Nuestra amistad al hermano, nuestro
compromiso por la paz que nos da la oportunidad de reconciliarnos con el hermano.
¿Siempre se dan la paz los fieles? No, sólo cuando el sacerdote los invita a hacerlo, pues es fácil
que el gesto pierda su sentido por la rutina.

60. FRACCIÓN DEL PAN
        La fracción consiste en partir tanto las Hostias grandes sacerdotales, como también las
hubiera fraccionables para los fieles. Deja el sacerdote una parte menor para mezclarla con la
Sangre Eucarística del Cáliz, que significaría su Resurrección gloriosa, unidos, Cuerpo, Alma y
Divinidad en la gloria del Padre. Es decir el Misterio Pascual total. Es un gesto importante que le
dio nombre a la celebración en las comunidades primitivas.
        Partir un pan es multiplicarlo para todos; repartirlo es distribuirlo generosamente sin
cálculos; compartir el pan es acoger a los amigos en la intimidad de la mesa familiar haciéndolos
partícipes de las propias ilusiones, alegrías y esperanzas. También Cristo parte su Pan, lo
multiplica, lo distribuye a manos llenas, comparte su mesa con vosotros porque quiere que
tengamos la plenitud de su Vida; nos hace partícipes de sus esperanzas y compromisos: que todos
seamos hermanos, hijos de su Padre, incluyendo a los ausentes y a los que no piensan como
nosotros.
COMUNIÓN
        Primeramente el sacerdote invita al pueblo, mostrándole la Sagrada Forma, a comulgar
con él, con estas palabras: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos
los invitados a la Cena del Señor”. Y decimos todos, a una voz, considerándonos indignos de
recibir este don celestial: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya
bastará para sanarme”. Esta respuesta se dice permaneciendo todos de pié. Una vez que hayan
                                                                                                       39
terminado, los que van a comulgar hacen genuflexión en su lugar y se encaminan a hacer la
procesión.
        Comulga entonces el sacerdote celebrante, bajo ambas especies y en las Misas
Concelebradas todos los que le acompañan, mientras tanto los fieles meditan estas palabras con
que acaban de ser invitados a comulgar: ¡Dichosos los llamados a esta cena! Los llamados en este
momento, son todos los presentes. Y, teniendo las disposiciones necesarias, todos deberíamos de
comulgar; si no es posible al menos espiritualmente, con la intención de disponernos lo más
pronto posible.
        La Eucaristía ha sido instituida bajo el signo sacramental de una comida: Una comida
necesaria si queremos salvarnos. Según las palabras del Maestro Divino: “Si no comiereis la
carne del Hijo del Hombre y no bebiereis su Sangre, no tendréis vida en vosotros. Quien me
come vivirá él también en mi y Yo lo resucitaré en el último día” (Jn. 6, 53-57).
        Al darnos la Hostia, el sacerdote nos indica lo que vamos a recibir y en lo que nos vamos
a convertir más profundamente: “Cuerpo de Cristo”. Con el “Amén” cada comulgante expresa su
fe en la verdadera Eucaristía, su gratitud, su adoración y su compromiso.
        A continuación de la comunión, hay un momento de silencio, introducido por la
renovación litúrgica conciliar. Es para iniciar con él la acción de gracias, en comunidad eclesial,
sacerdotes y fieles.
PREGUNTAS: ¿Qué significado tiene la fracción del Pan en la Eucaristía? Que Cristo comparte con
nosotros la plenitud de su vida, para que todos seamos hermanos, hijos de Dios Padre.
¿Qué es la comunión? Es la unión de Cristo con nosotros al recibirlo bajo el signo sacramental de
una comida muy necesaria si queremos salvarnos, ya que Jesús nos dijo: “si no comieres la carne
del Hijo del Hombre y no bebiereis su Sangre, no tendréis vida en vosotros. Quien me come
vivirá él también de Mí y Yo lo resucitaré en el último día”.

61. CORDERO DE DIOS
        Mientras se efectúa la fracción del Pan y se mezcla con la Sangre, se canta la invocación
del Cordero de Dios, o se dice en voz alta. Esta invocación puede repetirse tantas cuantas veces
sea necesario para acompañar la fracción del Pan, la última vez se concluye con las palabras
“Dadnos la paz”…
        El título de Cordero de Dios fue aplicado a Jesús por San Juan Bautista (Jn. 1, 36) al
presentarlo a sus discípulos, al mismo se refiere San Juan Evangelista en el apocalipsis (5, 6-13;
7, 14; 12, 3-8) y en su evangelio (19, 33). Recuerda el cordero pascual, en la liberación de la
esclavitud, cuya sangre libró a los primogénitos de la muerte. Recuerda también al chivo
expiatorio de la fiesta de purificación que se llevaba al desierto los pecados del pueblo.
        El Cordero de los sacrificios israelíticos les quitaba algunas faltas legales. Cristo es
nuestro Cordero, sacrificado y glorioso en cuyas llagas hemos sido curados.
        El Cordero de Dios quita el pecado (en singular y constantemente) de todos los hombres,
con alcance universal en el tiempo y en el espacio. Cristo nuestra Pascua, ha sido inmolado.
PREGUNTA: ¿Qué invocamos en el canto del Cordero de Dios? Invocamos a Cristo nuestra pascua
que ha sido inmolado, para que nos conceda el perdón de nuestros pecados y la paz.

62. PROCESIÓN DE LA COMUNIÓN Y LA COMUNIÓN DE PIE
        Hermanos: somos viajeros en este mundo. Ya San Pablo veía a los cristianos como
extranjeros y peregrinos. (1 Pe. 2, 11). También el Concilio Vaticano II ha querido llamar a la
Iglesia con el nombre de la “Iglesia de los peregrinos” (LG. 50).
                                                                                                      40
        El camino que tenemos que recorrer para llegar a la casa de Dios es largo y penoso. Y así
como un caminante que tiene que tomar alimento para resistir y no desfallecer a medio camino,
así el cristiano que peregrina hacia el paraíso sólo podrá llegar allá con la ayuda de Cristo. Por
eso Cristo Nuestro Señor se quedó en forma de pan, el Pan que nos da energías para continuar
nuestro camino hacia el cielo.
        Cuando se nos invita a comulgar en procesión, es, pues, para recordarnos estas verdades;
todos vamos, juntos, de camino y Cristo es nuestra fuerza. No es una fila, sino una procesión.
        Comulgamos de pié (la Comisión Episcopal de Liturgia de México da al Celebrante esta
autorización n. 47). No debemos pensar que es por simple comodidad. Al comulgar de pié
debemos recordar que la Sagrada Comunión es el alimento de un viaje que no debe tener paradas.
Dios ordenó a los israelitas comer el Cordero pascual de prisa, ceñida la cintura, calzados los pies
y con el bastón en la mano, es decir, listos para el viaje. Pero la razón principal es recordar que
Cristo es nuestro CAMINO hacia el Padre, que es compañero fiel que nos llevará al cielo, que es el
MEDIADOR para llegar y estar en la presencia del Padre Celestial. Que el comulgar de pié no sea
obstáculo para nuestra devoción, antes al contrario, una ayuda. Que nuestras manos y nuestro
modo de caminar indiquen nuestros sentimientos de respeto y confianza a la vez ante la grandeza
y bondad de Dios a quien nos dirigimos.
        Hermanos: demos, pues, un sentido a nuestras acciones litúrgicas y recordemos que las
reformas litúrgicas no consisten principalmente en cambiar el modo de hacer las cosas, sino en
darles un contenido, es decir, en cambiar nuestra mentalidad que muchas veces nos lleva a hacer
las cosas sin saber qué hacíamos o por qué.
PREGUNTAS: ¿Qué significado tiene la procesión de la comunión? Que somos viajeros en este
mundo, que todos juntos vamos de camino, y que Cristo es nuestra fuerza.
¿Por qué comulgamos de pié? Para recordar que Cristo es nuestro Camino hacia el Padre, que es
el compañero fiel y mediador para llegar y estar en la presencia del Padre Celestial.

63. EL “AMÉN” DE LA COMUNIÓN COMO ACTO DE FE Y DE DESEO
        Hermanos: un “Sí” en el matrimonio, une para siempre la vida de dos jóvenes que se
aman. Un “Sí” sella el destino de una existencia. Con un “Sí” afirmamos la veracidad de un
hecho. Un “Sí” indica firmeza y decisión. Un “Sí” expresa nuestra seguridad o nuestro deseo.
        “Amén” es una palabra hebrea que se parece a nuestro “Sí”. No se puede traducir por una
sola palabra que sería empobrecerlo. Cambia el significado según la circunstancia. Como nuestro
“Sí”, el “Amén” está condicionado a las palabras que se hayan dicho antes.
        Así tenemos, por ejemplo, que el sacerdote, antes de darnos la Sagrada Comunión, nos
presenta el Pan consagrado, diciéndonos: “El Cuerpo de Cristo” y nosotros respondemos
“Amén”.
        Con este Amén decimos: Sí, creo; creo que Nuestro Señor está ante mí con toda la fuerza
de su resurrección, aunque se me presenta en forma de alimento, bajo las apariencias de un
pedazo de pan. Este amén quiere decir “así es”, no “así sea”.
        Con este amén decimos “Sí” quiero; quiero recibir a Cristo, tengo para Él abierto de par
en par mi corazón.
        Con este amén, uno mi vida a la de Cristo, y con Él, a la de mis hermanos los hombres, y
los acepto como compañeros de camino.
        El amén de la Comunión es un acto de fe, una aceptación de Cristo y de todo lo que es
para nosotros y de todo lo que al recibirlo nos exige. Es un deseo vehemente de que venga a
nosotros como sostén y fuerza, porque sin Él nada podemos.
                                                                                                       41
       Hermanos: de ahora en adelante, respondamos “amén” con voz clara y llena de fe,
conscientes de lo que decimos, “sin avergonzarnos, como dice San Pablo, porque sabemos a
Quién nos hemos confiado”.
PREGUNTA: ¿Qué expresamos en el amén de la comunión? Con el amén hacemos un acto de fe
cuando decimos: “Sí creo que Cristo Nuestro Señor está ante mí con toda la fuerza de su
resurrección”. Sí quiero recibirlo y aceptar a mis hermanos.

64. COMUNIÓN BAJO LAS DOS ESPECIES
        La comunión de los fieles es, de ordinario, solamente con la Hostia, pero en
circunstancias señaladas pueden comulgar bajo las dos especies. Entre las dos no existe
diferencia sustancial, de modo que, juntas o separadas son verdadera comunión. Pero sí hay un
significado más rico en la comunión bajo las dos especies.
        El Concilio Vaticano II, sin embargo, en ciertas condiciones que le toca aplicar al Obispo,
permite la práctica de la Comunión bajo las dos especies a los fieles. No es una innovación, sino
el retorno a una práctica de la iglesia primitiva, que expresaba más clara la práctica de Cristo y el
signo de banquete con comida y bebida.
        El pan suplía al Cordero Pascual que recordaba la liberación de Egipto; el vino evocaba la
Alianza. Al comulgar bajo las dos especies expresamos más claramente nuestra unión en la
liberación de Cristo y en la comunión con Él, con los hermanos y con el mundo. El vino
consagrado expresa la Alianza y el compromiso de derramar la vida por los demás.
        Debemos superar la costumbre en contra, tanto en lo referente al pan eucarístico como a la
comunión bajo las dos especies; tendremos que superar decididamente toda inercia mental y todo
hábito que vaya en contra de esta claridad expresiva del signo sacramental.
        Para la Comunión bajo las dos especies habría que ir aprovechando las más significativas
ocasiones: Pascua, Jueves Santo, Primeras Comuniones, Confirmaciones, etc.
        Hay dos modelos clásicos: la intinción (mojando el pan en el vino) y el beber en el cáliz,
modo que puede parecer poco práctico pero el más significativo: todos bebemos del mismo cáliz.
PREGUNTA: ¿Qué diferencia hay entre la comunión con la Hostia o bajo las dos especies? Entre
las dos no hay diferencia sustancial, juntas o separadas es una verdadera comunión, pero bajo las
dos especies queda más claro el signo realizado por Cristo y se recalca más la participación en la
Nueva Alianza sellada con la Sangre de Cristo.

65. COMUNIÓN EN LA MANO
         Durante muchos siglos los fieles comulgaron, lo mismo que los pecadores, bajo las dos
especies del pan y del vino. Siempre comulgaban después del sacerdote celebrante. Se acercaban
al altar mientras coreaban el salmo elegido para el acto.
         Comulgaban todos de pie, actitud que consideraban de sumo respeto. Los hombres
recibían el Cuerpo del Señor, bajo la especie de pan, en la mano derecha reposando sobre la
izquierda, y descubierta. Las mujeres sobre un paño limpio llamado “dominical”. En ambos casos
les decía el sacerdote: Corpus Christi, “el Cuerpo de Cristo” y los fieles respondían: Amén, o sea
“así creo”, “lo acepto”, equivalente a una profesión de fe en la presencia real y salvadora del
Señor, y a un compromiso de formar parte del Cuerpo Místico de Cristo con mayor conciencia.
Seguía la comunión del cáliz, directo del vaso sagrado o por medio de un canutillo de metal a
modo de sifón, al acercarse, decía el ministro: Sanguis Christi, “la Sangre de Cristo” y los fieles
respondían: Amén, o sea “así es”, “lo creo”, “lo acepto”, me comprometo a derramarme en
servicio de los demás.
                                                                                                        42
        Este modo de administrarse a los fieles la comunión en su propia mano, data de muy
antiguo. Lo describen detalladamente las célebres “catequesis mistagógicas” atribuidas a San
Cirilo de Jerusalén, muerto en 386, y a todos los escritos contemporáneos.
        Sin duda que en el sistema éste de comulgar los fieles influyó el empleo del pan
fermentado, en lugar del ácimo. Y también el que, por aquellos siglos, eran menos numerosas las
comuniones.
        Actualmente el Papa confió la consideración y resolución de cambiar el rito tradicional al
de la comunión en la mano, a las Conferencias Episcopales de los países interesados, con el deber
de informar a la Santa Sede y de atenerse, finalmente, a las normas que de ella recibieran. Así se
hizo, y ya existen reglas para esos casos. Hay algunas Diócesis en México donde así se
acostumbra.
PREGUNTA: ¿Cómo se recibe la comunión en la mano? Se extiende la mano izquierda, con la
palma hacia arriba, hacia el sacerdote, sosteniéndola debajo con la mano derecha; el sacerdote
presenta el Pan Eucarístico y lo deposita sobre la mano; con la mano derecha el fiel lo lleva a la
boca y lo consume ante el sacerdote.

66. MINISTROS EXTRAORDINARIOS DE LA COMUNIÓN
        La escasez de ministros puede existir cualquier día, “por ser muy grande la asistencia de
fieles comulgantes o por encontrarse el celebrante impedido por alguna dificultad especial”. Eso
dentro de la Misa. Fuera de ella, puede ocurrir para Viático a enfermos en peligro de muerte, o
para enfermos permanentes o de hospitales, clínicas o por ser muy grande el número de enfermos
estar muy distantes unos de otros.
        En estos casos, los Obispos diocesanos tienen facultad “para permitir a personas idóneas,
elegidas individualmente como ministros extraordinarios” para dicha administración. Facultado
por el Obispo, puede un sacerdote, en caso de verdadera necesidad, designar la persona idónea
para administrarla. En la designación de la persona ha de observarse este orden: “Lector, alumno
del Seminario Mayor, religioso o religiosa, catequista, fiel varón o mujer”.
        En los Oratorios de comunidades religiosas, se comprende que corresponde administrar la
comunión al propio Superior o Superiora.
        A los elegidos para este oficio se les pide “distinguirse por su vida cristiana, su fe y
buenas costumbres y por su devoción a la Sagrada Eucaristía”. De ninguna manera “ha de
designarse para ello a uno que pueda causar sorpresa a los fieles”. Pero distribuir la Comunión no
es un honor ni un mérito, sino un servicio y un don de Dios. Se conceda a los que ya administran
el Cuerpo Místico de Cristo con alguna acción pastoral, como consecuencia. No sería justo que
los fieles se retiren del Sacramento sólo por administrarlo un hermano más cercano a su vida que
no tiene el orden sagrado.
        En nuestra Diócesis se ha empezado a sentir la necesidad de este ministerio laical y
algunas parroquias ya cuentan con Ministros Extraordinarios de la Comunión.
PREGUNTA: ¿Quiénes pueden ser ministros extraordinarios de la Comunión? Los alumnos del
Seminario Mayor, los religiosos y religiosas, los catequistas y los hombres y mujeres que se han
distinguido por su fe, sus buenas costumbres, su servicio a la comunidad y su amor a la
Eucaristía.

67. RITOS DE DESPEDIDA
RITO FINAL O CONCLUSIVO
       Este rito final consta de dos partes:
 a) EL SALUDO FINAL:
                                                                                                     43
        Puede ocurrir que el sacerdote, por sí o por otro ministro suyo, tenga que decir algo a la
  asamblea, antes de saludarla, bendecirla y despedirla. En este caso, lo hace en este preciso
  momento. Los avisos tienen aquí su lugar propio. Y en seguida saluda a la asamblea con el
  consabido: “El Señor esté con vosotros” al que responde el pueblo: “Y con tu Espíritu. Y el
  sacerdote bendice a la asamblea diciendo: “La bendición de Dios Todopoderoso Padre, Hijo y
  Espíritu Santo descienda sobre vosotros”. El pueblo responde: “Amén”. Es su último amén,
  frecuentemente repetido durante la Misa, adhiriéndose y confirmando los hechos y dichos del
  sacerdote, como representante de Cristo y de presidente de la asamblea litúrgica. Al recibir la
  bendición, no está mandado que hagan los fieles la señal de la cruz (la traza en el aire el
  sacerdote al bendecirlos), pero sí inclinan reverentemente la cabeza, agradecidos a Dios, que es
  propiamente quien la imparte invisiblemente.
  b) LA DESPEDIDA:
        En la Misa con diácono, éste despide al pueblo, con “Podéis ir en paz” y otro fórmula
parecida. El beso de despedida al altar, por el sacerdote, corresponde al saludo inicial. Ambos son
signos reverenciales, juntamente con la incensación del principio, a la vez que expresan el respeto
y veneración agradecidos a Cristo, a quien el Altar representa, inculca a los fieles la devoción al
mismo, en todo tiempo, como ara del Santo Sacrificio. Por eso al altar se le hace reverencia
profunda siempre al pasar frente a él.
        La respuesta del pueblo: “Demos gracias a Dios”, es la forma corriente de alabar a Dios
en las celebraciones litúrgicas, al terminarlas. En la Misa este rito conclusivo, a la vez que recalca
la acción de gracias, de la que es expresión máxima de la Gran Acción Eucarística que se acaba
de realizar en el Altar, suena a invitación encarecedora de todos los participantes, a convertir su
quehacer diario en un sacrificio meritorio ofrecido a Dios Creador, Dador de todo bien y así
contribuir a que su Reino se extienda a todo el mundo: Reino de Verdad y de Vida, de Santidad y
Gracia, de Justicia, de Amor y de Paz.
        Si queremos medir la autenticidad de nuestra participación en la Santa Misa.
Preguntémonos sinceramente si “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los
hombres de nuestro tiempo”, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez nuestros
gozos, nuestras tristezas y angustias.
        Preguntémonos si caminamos juntos en una marcha ascendente, humanizante y
liberadora; la marcha de la Pascua con Cristo. Sólo así nuestra celebración es auténtica.
PREGUNTA: ¿Qué es el rito final y conclusivo de la Santa Misa? El saludo, bendición y despedida
del sacerdote a la asamblea y la invitación para que vayamos en paz a trabajar en la extensión del
Reino de Dios a través de nuestro diario quehacer.

68. ACCIÓN DE GRACIAS DESPUÉS DE LA MISA
       Pide la Iglesia y la conciencia misma, que después de la Comunión se de a Dios por ella la
debida acción de gracias. Por breves momentos, ya se ha guardado un silencio dentro de la misma
Misa para hacerlo en privado, y se le ha sellado comunitariamente con la Oración sacerdotal de la
Postcomunión.
       Pero lo que ahora se recomienda es continuar en el templo unos momentos más,
íntimamente unidos el comulgante y el Divino Maestro para entregarse a Él en dulcísimo y
saludable coloquio. En circunstancias, una acción de gracias comunitaria, de grupos de
comulgantes determinados, con algún salmo o cántico bíblico dialogado, puede ser hasta una
predicación para tantos católicos tibios que, aún no faltando nunca a Misa, rara vez comulgan. En
todo caso es bueno advertir que el “Podéis ir en paz” de despedida, no es una orden para que el
templo quede inmediatamente desierto y no les deje unos minutos más para conversar con el
                                                                                                         44
Señor, que acaban de recibir. Sobretodo cuando no se dejó tiempop para ello dentro de la
celebración, o cuando ésta se ha desarrollado con tanta rapidez que no ha permitido entrar en
atmósfera de intimidad con el Señor, o cuando el día traerá tantos quehaceres que tal vez sea el
único momento de calma para estar con el Señor.
PREGUNTA: ¿Para qué la acción de gracias personal después de la Misa? Para unirse más
íntimamente con Cristo en una charla amigable. Para conversar con Él de nuestro diario
acontecer: sobre nuestros planes e ilusiones, nuestras penas y tristezas, etc.

69. RIQUEZA DEL NUEVO MISAL
RITOS INICIALES Y LITURGIA DE LA PALABRA
         Después de 25 años de experiencias de celebrar la misa en nuestra lengua y con
participación, se veía la necesidad de enriquecer, variar y aumentar algunas fórmulas. Veamos
algunos enriquecimientos:
  a) En sus ritos iniciales:
         Para el tiempo ordinario tiene 6 formas de saludo y una para cada uno de los demás
tiempos litúrgicos. Tienen inspiración bíblica y se presentan a manera de ejemplo, pues la Biblia
y las circunstancias presentan más oportunidades.
         Propone, a modo de ejemplo, textos de introducción para cada una de las formas del acto
penitencial, también de inspiración bíblica. Así, trae 3 textos para la primera forma, 2 para la
segunda y 2 para la tercera. Además para esta tercera forma trae 6 series de invocaciones o tropos
para el tiempo ordinario y 3 para cada uno de los demás tiempos litúrgicos. La respuesta ya no es
“Señor, ten piedad de nosotros”, “Cristo, ten piedad de nosotros”, sino simplemente: “Señor, ten
piedad”, “Cristo, ten piedad”.
         Las Misas de domingo pueden tener el rito de la aspersión del agua bendita en memoria
del Bautismo y de la Pascua, y dicho rito ha sido enriquecido con otras dos fórmulas de bendición
del agua.
  b) En la Liturgia de la Palabra
         No trae cambios significativos. Sólo que al final del Evangelio, además de la aclamación
“Gloria a Ti, Señor Jesús”, permite otras respuestas cantadas, como son:
   Tu Palabra, Señor, es la verdad y tu ley nuestra libertad.
   Tu Palabra, Señor, es lámpara que alumbra nuestros pasos.
   Tu Palabra, Señor, permanece por los siglos.
         Además del Credo que recitamos, procedente de los Concilios de Nicea y de
Constantinopla, presenta también el símbolo de los Apóstoles, que se recitaba antes, ligado al
bautismo y a la catequesis. De este modo, al profesar la fe, permanecen estos 2 venerables textos
en el uso de la comunidad.
  c) La Liturgia Eucarística
         En la liturgia eucarística repetimos los mismos gestos de Jesús en la última cena, de la
  institución del Memorial de su obra:
   Jesús tomó pan: la Iglesia coloca los dones en el altar en la preparación de las ofrendas.
   Jesús pronunció la bendición: la Iglesia dice la oración Eucarística, en la cual se realiza la
     consagración y la ofrenda.
   Jesús partió el pan y lo repartió: la iglesia celebra los ritos de la comunión.
Veamos los variantes y enriquecimientos de estos pasos:



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   En la preparación de los dones: como el “orad hermanos” es una monición, acepta
     adaptaciones. El Misal nos presenta 3 textos como ejemplo, dejando la misma terminación
     para favorecer la respuesta, la postura es sentados todavía.
   En la Oración Eucarística: en este campo de mayor enriquecimiento. Añade 16 prefacios
     (introducción de acción de gracias), entre los que destacan los de los sacramentos. Así, son
     70 los prefacios de uso frecuente que están juntos en un solo bloque: y suman 106 con los
     que están dispersos en todo el Misal. Así, agradecemos al Señor por motivos nuevos y con
     conceptos nuevos, más acordes con nuestra situación y nuestra vida. Porque queremos que el
     Sacrificio de Cristo asuma nuestra existencia concreta.
        En el cuerpo de las 4 oraciones Eucarísticas trae algunas partes variables para algunas
circunstancias, o embolismos, evocando el Misterio celebrado o el momento especial de la
comunidad celebrante. Por ejemplo: para el domingo, los distintos tiempos litúrgicos y los
Sacramentos. Ya la liturgia romana tenía este uso desde muy antiguo.
        En el apéndice presenta otras 9 anáforas o plegarias Eucarísticas, a saber: la anáfora Suiza
con sus 4 variantes, la 2 de reconciliación y la 3 de misas con niños.
PREGUNTA: ¿Cuáles son las riquezas del nuevo misal? Aumenta las moniciones, los prefacios, las
oraciones eucarísticas, los tropos para el acto penitencial y las oraciones colectas para las fiestas
de la Virgen María.

70. EL MISTERIO PASCUAL
        Jesús se nos entrega con su muerte en la cruz y su resurrección: es Jesús en su Misterio
Pascual, o sea, el paso de la muerte a la vida; Cristo en su sacrificio y su victoria sobre el mal y la
muerte. En la Eucaristía Jesús nos da su cuerpo entregado y su Sangre derramada; pero es Jesús
resucitado quien nos reúne para hacernos partícipes de su sacrificio de la cruz. Por eso lo
celebramos con aire de fiesta.
        Llamamos “misterio pascual” al hecho de que de la muerte surgió la vida. La muerte de
Jesús en la cruz tuvo como resultado su resurrección. Jesús pasa de la muerte a la vida y se
convierte en esta forma fuente de vida eterna para nosotros, que celebramos esa muerte y
resurrección en cada Eucaristía. No se puede celebrar y hacer presente sólo la muerte sin la
resurrección; ni solo la resurrección sin la muerte. Por eso la primera aclamación después de la
consagración dice: “anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven Señor Jesús”.
        Celebramos el Misterio Pascual una vez al año, en el Triduo Pascual (de la Misa de la
Cena del Señor del Jueves Santo hasta el Domingo de resurrección, teniendo como celebración
cumbre la Vigilia Pascual). Es la fiesta más importante del año. Conmemora el acontecimiento
que salvó al mundo: su victoria sobre el mal y la muerte.
        Clavado en la cruz el viernes santo, depositado en el sepulcro para probar lo más hondo
de la experiencia humana, Jesús se apareció vivo a sus discípulos la mañana del domingo. Con
dificultades, pero los discípulos no tuvieron más remedio que rendirse a la experiencia.
        La resurrección no es un mero final feliz de la tragedia del calvario, como una
compensación que el Padre concede a Jesús después de su sacrificio. Si Jesús resucitó es porque
murió con una total fidelidad al amor de Dios y al amor por nosotros, llevándonos en sí ante
Dios. Su victoria se convierte en nuestra victoria. Unidos a Él somos liberados del pecado y
vivimos ya la vida eterna que Él ha conquistado para nosotros.
        Cada año, participamos, pues, de una manera real, activa y actual, en Cristo que pasa de la
muerte a la vida. Y lo que cada año se celebra en la Pascua, se celebra también cada domingo, en
la Misa y en cada Misa. Dios pone así su obra entre nosotros. Celebrar la Pascua es unirnos a
                                                                                                          46
Cristo para seguirle por amor a Dios y a nuestros hermanos; es decir “sí” al amor hasta el fin con
Jesús y con Él.
PREGUNTA: ¿A qué llamamos Misterio Pascual? Al hecho de que de la muerte surgió la vida. La
muerte de Jesús en la cruz tuvo como resultado su resurrección. Jesús pasa de la muerte a la vida
y se convierte en esta forma en fuente de vida eterna para nosotros.

71. BIBLIOGRAFÍA
1. MALDAZABAL, Liturgia y vida, Guadalajara, 1987.
2. AZCÁRATE A., La Flor de la Liturgia Renovada, 10ª Edición, Clarentina, Buenos Aires,
        1984.
3. DE LA ISLA E., Tratado de la Santa Liturgia, Editorial Jus, México, 1949.
4. ESTRADA Gratecat E., Explicación dogmática, histórica y literal de la Misa, Xalapa, 1978.
5. RAMÍREZ Jasso A., Iniciación a la Vida Litúrgica, 2ª Edición, Paulinas, México, 1974.
6. SEDEC, Yo estoy con ustedes, Guadalajara, 1982.
7. TAPIA Méndez A., ¿Qué es la Misa?, Ediciones Al Voleo, Monterrey, 1982.
8. VACA Zenil A., ¡Ven, “Te invito a conocer mi saca”!, Clavería, México, 1985.
9. HAVERS G.M., Levantemos el corazón. Explicación de la Santa Misa para jóvenes y adultos,
        Promesa, México, 1987.
10. JARAMILLO D., Palabra y pan. El minuto de Dios, Bogotá, 1978.
11. BRAGA C., El Misterio Eucarístico en la comunidad cristiana parroquial, México, 1976.
12. Comisión Diocesana de Liturgia, Fichas de pastoral litúrgica II. Santa Misa, Mimeógrafo,
        Aguascalientes, sin fecha.
13. JUNGMANN J.A., El sacrificio de la Misa, Ed. Católica, Madrid, 4a, 1963.
14. MARTIMORT A.G., El Ordo Missae de Pablo VI, en: IBID, La Iglesia en oración.
        Introducción a la liturgia. Nueva edición actualizada y aumentada, Herder, Barcelona,
        1987.
15. Congregación para el culto divino, Ordenación general del Misal Romano: Documentos
        introductorios del Misal.
16. IBIDEM, directorio de Misas con niños.

72. ORACIÓN DEL EQUIPO LITÚRGICO
Señor, te damos gracias por llamarnos a prestar un servicio a nuestra comunidad cristiana.
La liturgia es un momento privilegiado de comunión y participación.
Ayúdanos a darle su verdadera dimensión de cumbre y fuente de la actividad de nuestros niveles
de Iglesia: la familia, el grupo de reflexión, el barrio o colonia, la parroquia, el decanato y la
diócesis.
Ayúdanos a descubrir la fuerza de los signos y su teología.
Ayúdanos a evitar las arbitrariedades en las celebraciones, a través de nuestra formación
consciente y activa.
Que preparemos y realicemos con esmero la liturgia de los sacramentos, las fiestas patronales, las
grandes festividades y los santuarios.
Que respetamos el patrimonio religioso auténtico y promovamos la creatividad artística adecuada
a las nuevas formas litúrgicas.
Que aprovechemos la función catequética y evangelizadora de cada celebración, sin desvirtuar su
carácter de acción simbólica de salvación en Cristo.
Que hagamos de cada asamblea orante un sacramento de Cristo orante, y que la celebración sea
oración, ocasión de oración y escuela de oración.
                                                                                                     47
Que recuperemos los valores evangelizadores de la piedad popular en sus diversas
manifestaciones personales y masivas, para atender los vacíos que llenan las sectas.
Que nos esmeremos de tal manera en realizar las celebraciones, que merezcan transmitirse por
radio o televisión, para evangelizar a un mayor número de personas.
Y que de esta manera nos preparemos a participar para siempre en la gran celebración del cielo
por toda la eternidad.

                             CURSO BÁSICO DE LITURGIA
                              INTRODUCCIÓN GENERAL
1. Prólogo
        Entendemos por Pastoral “el servicio salvífico de la Iglesia, que se fundamenta en la
voluntad universal de Dios”. Dios mismo encarga a la Iglesia y realiza en ella este servicio como
continuación de la obra Pascual-Escatológica de Cristo por medio del Espíritu Santo y lo realiza
en consonancia con cada situación y de cara al Reino de Dios. La acción salvadora de Dios en
Cristo, se da en términos concretos de espacio tiempo; es historia, visible y comunitaria, la
llamamos Iglesia. Su cometido no es crear la salvación, sino transmitirla.
        Cristo es en el Espíritu, el mediador del amor universal de Dios a los hombres; es la
Cabeza de la que fluye la salvación y toda gracia. La estructura ec1esial es el principio primario
de la pastoral. Jesucristo es el PASTOR (Jn 10; Pe 5, 4).
        Por el Espíritu Santo la acción del Señor Jesús (histórico, glorificado) se hace presente
como gracia. Así se realiza y existe la Iglesia. La Iglesia tiene conciencia de ser sacramento,
signo, mediadora, medio de salvación en el que actúa Cristo. Su fuerza de acción pastoral es una
sola; la Cabeza juntamente con el Cuerpo. De la jerarquía brota, como de una fuente el derecho
de la capacitación para la pastoral (SC 41). El Papa tiene la plenitud de la potestad pastoral (Mt
16,16. 18ss; Jn 21. 25) que en él, es universal. Como sucesor de los Apóstoles el Obispo es ante
todo el misionero y pastor de la Diócesis. Guía, anima y coordina el servicio a la fe que realizan
los presbíteros.
        Por los sacramentos de iniciación cristiana los laicos son sujetos de la pastoral, en
subordinación con la jerarquía. Los laicos participan como sacerdotes, profetas y reyes en la
acción salvífica del Señor, de tal manera que, dadas las circunstancias actuales de nuestro tiempo,
la pastoral sin laicos sería esencialmente deficiente.
        El Vaticano II, a través de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, afirmó que la liturgia
“es el culto público íntegro ejercido por el cuerpo místico de Jesucristo, la obra por la que Dios
es perfectamente glorificado y los hombres santificados, en donde signos sensibles significan y
cada uno a su manera realiza la santificación de los hombres” (SC 10).
        Evidentemente, el fin de la liturgia es dar culto a Dios (SC 59). Pero junto a la
glorificación de Dios se da en la liturgia la “santificación de los hombres en Cristo” (SC 10). Es
un doble movimiento de la liturgia: el que transmite de los hombres el don de Dios y el que
revierte a Dios el amor de los hombres salvados, claramente formulado por el Vaticano II. Por lo
tanto, la liturgia es de naturaleza pastoral, puesto que pone en obra la acción de Jesucristo.
        Sin embargo, la liturgia no agota toda la actividad de la Iglesia (SC 9); la acción pastoral
es más amplia que el ejercicio del culto sagrado. Pero podemos afirmar que la pastoral litúrgica
es aquella acción pastoral realizada hoy por el pueblo de Dios con el objeto de edificar el cuerpo
de Cristo, mediante las acciones eclesiales del culto cristiano, teniendo en cuenta la situación
real de los hombres.
                                                                                                        48
        La constitución sobre la Sagrada Liturgia afirma que “para que los hombres puedan
llegar a la liturgia es necesario que antes sean llamados a la fe ya la conversión” (SC 9). Con
razón el Documento de Santo Domingo nos dice: “… desde la situación generalizada de muchos
bautizados en América Latina, que no dieron su adhesión personal a Jesucristo por su
conversión primera, se impone, en el ministerio profético de la Iglesia, de modo prioritario y
fundamental, la proclamación vigorosa del anuncio de Jesús muerto y resucitado (kerigma), raíz
de toda evangelización y principio de toda cultura cristiana” (cf. Juan Pablo II, Discurso
Inaugural, 25). “Este ministerio profético de la Iglesia comprende también la catequesis que,
actualizando incesantemente la revelación amorosa de Dios manifestada en Jesucristo, lleva a la
fe inicial a su madurez y educa el verdadero discípulo de Jesucristo” (cf. CT 19). “Ella debe
nutrirse de la Palabra de Dios leída e interpretada en la Iglesia y celebrada en la comunidad
para que al escudriñar el Misterio de Cristo ayude a presentarlo como Buena Nueva en las
situaciones históricas de nuestros pueblos”.
        Podemos hablar, entonces de un antes de la liturgia. Su finalidad es despertar la fe,
desentrañar el sentido de Dios y revelar el significado cristiano del proyecto humano. Así como
también podemos hablar de un después de la liturgia: es toda la vida cristiana como ejercicio
continuo de la caridad. Lo que ha sido vivido en la celebración, que es la caridad de Cristo, debe
ser vivido en cada uno de los hombres y de las comunidades. Consta asimismo de dos tiempos: el
tiempo de la comunidad -hacia adentro- o servicio de la caridad. Su objetivo es hacer crecer a la
comunidad entera. Devela el Misterio de la comunión y revela la paternidad de Dios y poder
confrontarla en todos los problemas del proceso humano histórico, con objeto de construir una
nueva fraternidad. “La práctica de las pequeñas comunidades pastoralmente bien asistidas
constituye un buen medio para aprender a vivir la fe en estrecha comunión con la vida y con
proyección misionera” (SC 48).
        El tiempo de servicio al mundo o servicio de la caridad -hacia fuera- revela el misterio
de la edificación del reino fuera de las fronteras de la Iglesia, a través de una sociedad más
humana, a saber, más justa y libre. El ministerio litúrgico, pues, anuncia lo que la liturgia realiza,
la cual a su vez, inspira lo que la caridad obra, ya que la liturgia es “la cumbre a la cual tiende la
actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente donde mana toda su fuerza” (SC 10).
        La liturgia nos pide una estructura de mediación que nos garantice un verdadero proceso
de maduración en la fe; le podemos llamar Plan Diocesano y Parroquial de Pastoral, que
favorezca a nivel personal y comunitario un replanteamiento de nuestra fe (kerygma) y una
enseñanza gradual, sistemática y progresiva (catequesis) que nos disponga a vivir nuestra liturgia
como lo desea la Iglesia.

               En la liturgia hay un principio: formación y después, participación.

2. La importancia primaria de la liturgia en la vida de la Iglesia
        La Constitución de la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, en los números 5 y 6
presenta la mediación de la misión de Cristo en la obra de la salvación, que es continuada por la
Iglesia y se realiza en la liturgia. El Padre envía a su Hijo a anunciar y a realizar la salvación, es
decir, a celebrar el Misterio Pascual: Cristo fue enviado por el Padre y Él envió a los Apóstoles.
En Jesucristo el Misterio Pascual se realizó en forma histórica, porque su Muerte y Resurrección
fueron un Acontecimiento Histórico en la Iglesia. Es un hecho histórico que se realiza a través de
los signos.
        En SC 7 se habla ya de la liturgia como actualización, como presencia del Misterio
                                                                                                         49
Pascual de Cristo. Cristo está presente en la Iglesia: especialmente en el Sacrificio de la Misa,
está presente en la fuerza de los Sacramentos, está presente en su Palabra, y está presente cuando
la Iglesia suplica y canta salmos en la Liturgia de las Horas. La liturgia actualiza el Misterio
Pascual porque lo hace presente cuando la Iglesia suplica y canta salmos. La liturgia actualiza el
Misterio Pascual porque lo hace presente mediante sus acciones litúrgicas.
        En SC 8, se habla de la liturgia como anuncio de la plenitud del Misterio Pascual. No
sólo es aquel hecho que realizó Cristo y que la Iglesia actualiza en los signos de la liturgia, es
decir, no sólo tiene una referencia al pasado, al hecho histórico del pasado, no sólo se hace
presente en el hic et nunc de la liturgia, sino que, además, tiene un aspecto futuro, al final de los
tiempos de la Parusía. La liturgia no sólo recuerda los hechos pasados y los actualiza en el
presente, sino que anticipa el porvenir, el futuro. Anuncia. En el pasado tenemos el Cristo
histórico, en el presente el Cristo sacramental y místico y, además, en el futuro la Parusía.
        La SC en los números del 5 al 8, nos da una visión de lo que es la liturgia: la misión que
trae Cristo del Padre y que comunica a la Iglesia. Cristo realiza su acción pascual de Muerte y
Resurrección, acción pascual que la Iglesia actualiza en los signos de la Liturgia. La liturgia es la
actualización de la misión salvadora que Cristo trajo del Padre. Muriendo y resucitando, la
recuerda, la actualiza, la prefigura y la anticipa.
Esquema de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia
La Constitución Sacrosanctum Concilium fue promulgada e14 de diciembre de 1963 y contiene:
Proemio, páginas de la 1 a la 4
Cap. I        Naturaleza e importancia de la Liturgia. Págs. 5-46.
Cap. II       El Misterio Eucarístico. Págs. 46-58.
Cap. III      Otros Sacramentos y los Sacramentales. Págs. 59-82.
Cap. IV       El Oficio Divino. Págs. 83-110.
Cap. V        El Año Litúrgico. Págs. 102-111.
Cap. VI       La Música Sagrada. Págs. 112-121.
Cap. VII El Arte y los Objetos Sagrados. Págs. 122-130.
Los actos del culto
        a) Litúrgicos. SC 7; CIC 834, 1; SC 34 y 35
           1. Sacramentos CIC 840; CAT 1131
           2. Liturgia de las Horas IGLH 13; CAT 1174-1178
           3. Sacramentales CJC 1166; CAT 1667; SC 60
        b) Religiosidad popular. DP 444; CAT 1674-1676; SD 36
           1. Actos de culto recomendados por el Magisterio; deben ser una completa expresión
              de la fe; v. gr.: Rosario, Vía Crucis, Ángelus, etcétera.
           2. Actos de culto popular o folklore: v. gr.: Tres caídas, peregrinaciones, procesión del
              silencio, etcétera.
La pastoral litúrgica
        La pastoral litúrgica es la acción pastoral que tiende a lograr la participación del pueblo en
los signos del culto. La SC por lo menos en ocho o diez números habla de la participación plena,
consciente y activa:
 Plena, es decir, total participación de todo el hombre; equivale a una participación interna y
   externa (SC 19), mediante las aclamaciones del pueblo, las respuestas, la salmodia, las
   antífonas, los cantos y también las acciones o gestos y posturas corporales (SC 30), pues la
   Liturgia se expresa con signos y es manifestación de la Iglesia.
 Consciente, que se dé cuenta de que y en qué participa.
  Es fruto de una educación litúrgica adecuada, basada en la catequesis. No basta tener buena
                                                                                                         50
  voluntad; no basta que los textos litúrgicos se traduzcan e incluso se adapten. Se necesita una
  iniciación litúrgica constante.
  Activa, equivale a decir participación armoniosa. La plena participación activa se obtiene
   cuando se añade también la participación sacramental. Que los sacerdotes, educadores y
   dirigentes cristianos se impregnen “totalmente del espíritu y de la fuerza de la liturgia” (SC
   17) y que lleguen a ser maestros de la misma. Esta maestría pastoral, se adquiere gradualmente
   (SC 18).
     La Pastoral Litúrgica es aquella acción que promueve la participación plena, consciente y
     activa del pueblo en la liturgia.

 3. Aspectos comunes a toda celebración

I.   Dimensión trinitaria, eclesial y antropológica
 a) Dimensión trinitaria
         El dinamismo trinitaria de la liturgia básicamente consiste en que en las celebraciones
 litúrgicas, en cada una, conforme a su propio modo, el Padre nos da a su Hijo hecho hombre: a
 Cristo. Cristo actúa en nosotros para unirnos vital mente con Él, somos hijos en el Hijo. Cristo
 nos entrega a su Padre. El Padre nos acoge en Cristo para amarnos con el mismo amor con el que
 ama a su Hijo hecho hombre, y para que nosotros lo amemos con el amor de su Hijo. Todo este
 movimiento, cada paso de él, se lleva a cabo por obra del Espíritu Santo. En la liturgia vivimos en
 comunión con la Santísima Trinidad, comunión de vida, de la vida del mismo Dios. La acción
 santificante y cultual del Sacerdocio de Jesús, que es la celebración litúrgica, supone un
 movimiento de santificación que parte de Dios Padre y llega hasta la Iglesia a través de la
 mediación de Cristo y el don de su Espíritu. A su vez, la Iglesia responde con su culto en el
 Espíritu, por Cristo, al Padre.
         El Padre: Es la fuente de la Palabra y la meta de nuestra oración. La plegaria cristiana se
 dirige siempre a Dios Padre y nos hace actualizar nuestra dimensión bautismal de hijos en
 intimidad y confianza. La Iglesia ora como Cristo invocando al Padre de quien viene todo don.
 Cristo: Cuando oramos, Cristo está presente en medio de la comunidad: es el Orante, el
 Sacerdote y nuestro Mediador. Oramos con Él y como Él. Según la espléndida expresión de san
 Agustín: “Ora por nosotros, ora en nosotros, es invocado por nosotros. Ora por nosotros como
 nuestro Mediador, ora en nosotros nuestra Cabeza, es invocado por nuestro Dios”. El Espíritu
 Santo.- La oración eclesial en el Espíritu Santo y del Espíritu. No puede darse celebración
 litúrgica sin la acción del Espíritu Santo, el cual, realizando la unidad de toda la Iglesia, nos lleva
 al Padre por medio del Hijo. El Espíritu asegura la unidad de la comunidad, ayuda en nuestra
 debilidad. El Espíritu nos lleva a una interiorización y a una adhesión vital en nuestra
 celebración, es una obediencia filial que nos hace ser a imitación de Cristo un “Amén” del Padre.
 La conciencia de esto nos suscita una apertura personal y comunitaria al Espíritu Santo, a sus
 dones y frutos, a sus exigencias de pobreza, unidad y santidad.
 b) Dimensión eclesial
         La oración litúrgica es esencialmente comunitaria y eclesial. Comunitaria en cuanto
 expresa siempre un “nosotros”, dimensión esencial de la salvación cristiana por parte de Dios que
 nos elige y salva como pueblo (LG 9). Eclesial porque es siempre celebración de todo el Cuerpo
 de Cristo. Por eso las celebraciones más recomendadas son las comunitarias. No pueden existir
 celebraciones individuales o personales.

                                                                                                           51
   c) Dimensión antropológica
           La celebración litúrgica manifiesta al hombre orante que expresa a través de las fórmulas
   y ritos la riqueza y hondura de sus sentimientos. Abarca toda la situación histórica en la que la
   Iglesia vive y se mueve. La celebración es expresión del hombre completo: cuerpo, alma,
   espíritu, sensibilidad, psicología, etcétera.

 II. Celebración del Misterio pascual
    La obra salvadora de Cristo es la redención del mundo
            Todo lo que Cristo hizo tuvo esta finalidad: Redimir a los hombres, convertirlos en hijos
    que se reconocieran amados por Dios. Por eso se hizo hombre. Por eso vivió igual en todo a
    nosotros: fue niño, joven, adulto, trabajador. Por eso anunciaba y manifestaba la bondad de su
    Padre mediante su vida. Por eso sufrió y finalmente murió para redimimos. Esta obra no estaba
    completa con su muerte. Él resucitó para una vida nueva, que ya no está sujeta a las dificultades y
    peligros de la vida de este mundo. Viviendo esta vida, fue elevado a la derecha de su Padre, en la
    gloria del cielo, y permanece en medio de nosotros.
            El núcleo de esta obra salvadora de Cristo, de la obra de la redención, es la muerte y
    resurrección, el paso de esta vida a una nueva vida, es decir, EL MISTERIO PASCUAL. San Pablo
    resumió esto en la Carta a los Filipenses 2, 6-11. Misterio Pascual viene a expresar lo mismo que
    misterio de Redención. Para CRISTO, el Misterio Pascual, es un PASO triunfal de la muerte a la
    vida. El misterio total de la Pasión, Muerte y Resurrección y Ascensión. Es el PASO = PASCUA, el
    gran suceso de La historia, el acontecimiento salvador por excelencia. Es el acto vital, dinámico,
    del Dios Poderoso, que nos salva de la muerte por la Muerte de su Hijo, y nos introduce en la
    vida por la Vida nueva de Cristo. Para NOSOTROS, el Misterio Pascual es la participación en la
    Muerte, Resurrección y Ascensión de Cristo. Se trata de que también nosotros PASEMOS, que nos
    incorporemos al tránsito pascual de Cristo. Éste es el eje de toda la historia de la salvación: que
    lo que se ha cumplido en Cristo Cabeza, se cumpla en todos sus miembros.

III.   Santificación y culto
           La celebración participa del doble movimiento de santificación y culto. La santificación es
   el movimiento descendente de comunicación de Dios al hombre en Cristo y en su Espíritu por su
   Palabra y por su Vida. El Culto es la re respuesta de movimiento ascendente del hombre hacia
   Dios hecha oración y compromiso vital. La santificación y el culto enmarcan los dos fines de la
   liturgia.

IV.   La liturgia es la fuente y el culmen
           Fuente y culmen son los dos términos que expresan el carácter central de la liturgia en la
   vida de la Iglesia (SC 10). La celebración litúrgica es tarea de toda la Iglesia, es el acto
   primordial, incluso de su dimensión apostólica. La Iglesia se realiza en la celebración litúrgica,
   momento culminante de su vida fraterna y apostólica, acción fontal de la comunidad y de su
   servicio, escuela de unidad y expresión de su fe, alma de su apostolado.

   4. Conclusiones
           * En la liturgia la Iglesia se comprende a sí misma, se alimenta en la mesa de la Palabra y
   del Pan de Vida, recobra aliento todos los días para continuar en el camino que debe conducirla a
   la alegría y a la paz de la tierra prometida. Se puede decir que la vida espiritual de la Iglesia pasa
   a través de la liturgia, en la cual los fieles encuentran la fuente siempre abundante de la gracia y
                                                                                                            52
la escuela concreta y convincente de aquellas virtudes mediante las cuales pueden dar gloria a
Dios en presencia de los hermanos.
         *En SC 14 se habla de la participación plena, consciente y activa, para la que todos los
fieles deberían ser formados con diligencia, sin embargo, no se puede esperar que esto ocurra
(subraya el texto) si antes los mismos pastores de almas no se impregnan totalmente del Espíritu
y de la fuerza de la liturgia.
         * Es necesario comenzar por la formación litúrgica del clero, y especialmente en los
jóvenes seminaristas bajo el aspecto teológico, histórico, espiritual, pastoral y jurídico. No se
olviden las Constituciones Apostólicas, los Praenotanda y las Ordenaciones Generales en los
libros litúrgicos.

                                      UNIDAD 1
                                  LOS RITOS INICIALES
1. Definición de liturgia y sus elementos
a) Definición y etimología de la palabra “liturgia”
        La palabra liturgia viene de una palabra del griego (LEITURGEUEIA), que originalmente
significa “obra o quehacer público” para indicar un servicio público del pueblo y a favor del
pueblo. En la tradición cristiana, la palabra “liturgia” significa que el pueblo de Dios toma parte
en la “obra de Dios” (Jn 17, 4). En nuestros días, esta palabra sirve para nombrar de una manera
general el culto oficial de la Iglesia católica y sus celebraciones. Por la liturgia, Cristo, nuestro
Redentor y Sumo Sacerdote, continúa en su Iglesia, con ella, la obra de nuestra redención.
En la liturgia, la Iglesia celebra principalmente el Misterio Pascual, por el que Cristo realizó la
obra de nuestra salvación. Es el Misterio de Cristo lo que la Iglesia anuncia y celebra en su
liturgia, a fin de que los fieles lo vivan y den testimonio del mismo en el mundo. “En efecto, la
liturgia, por medio de la cual se ejerce la obra de nuestra redención, sobre todo el divino
sacrificio de la Eucaristía, contribuye en sumo grado a que los fieles expresen en su vida y
manifiesten a los demás el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia”
(SC 2).
        La palabra “liturgia” en el Nuevo Testamento es empleada para designar no solamente la
celebración del culto divino (Hech 13, 2; Le 1, 23), sino también el anuncio del Evangelio (Rom
15, 16; Fil 2,24-27.30) y la caridad en acto (Rom 15, 24; 2 Cor 9, 12; Fil 2,25).
        En la celebración litúrgica, la Iglesia es servidora, a imagen de su Señor, el único
“Liturgo” (Heb 8, 2-6), del cual ella participa en su sacerdocio, es decir en el anuncio, en el culto
y en el servicio de la caridad: “Con razón se considera la liturgia como el ejercicio de la función
sacerdotal de Jesucristo. En ella, los signos sensibles significan y, cada uno a su manera,
realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo místico de Cristo, es decir, la Cabeza y sus
miembros, ejerce el culto público íntegro. En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser
obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia,
cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la
Iglesia” (SC 7).
        La Iglesia, en el Vaticano II, al reflexionar sobre ella misma y su misión en el mundo, nos
dice: “la liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la
fuente de donde mana toda su fuerza” (SC 10). La Iglesia no sólo actúa, sino que se expresa
también en la liturgia, vive de la liturgia y saca de la liturgia las fuerzas para la vida.
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  ¿Qué es la liturgia? La liturgia es el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo en su Iglesia hoy, a
  través de signos sensibles, con los que el hombre da gloria a Dios y se santifica en
  comunidad.
1. Ejercicio
         Es la palabra que implica varias ideas: vida, movimiento, cambio, adaptación. En la
acepción que necesitamos aquí, sirve para indicar la actualización del amor de Dios a favor de
nuestra Iglesia y todo lo creado.
2. Sacerdocio de Cristo
         Jesucristo es el único y eterno Sacerdote, quien, por su benevolencia, nos participa de su
sacerdocio a través del Bautismo y del sacramento del Orden. Desde el día de nuestro bautismo,
nos inserta en su Iglesia y quiere que, durante nuestra vida, ejercitemos el sacerdocio de los
bautizados o sacerdocio real, unidos y presididos por el sacerdocio del sacramento del Orden.
3. Iglesia
         La Iglesia es el nuevo pueblo de Dios peregrinante.
4. Signos sensibles
         El signo es una realidad sensible, es decir, que conozco por mis sentidos, y que me lleva a
entender otra realidad que no estoy captando por mis sentidos. Dios habla a su pueblo a través de
signos humanos para comunicarle su acción salvadora; por eso, los signos litúrgicos, son signos
sensibles: la Palabra, el canto, los ornamentos, los colores, las flores... Estas cosas son signos
humanos que, usados en la liturgia, tienen un significado de salvación y de gracia.
5. Dar gloria y santificarnos
         Con estas expresiones manifestamos los dos fines de la liturgia. Para darle gloria a Dios lo
reconocemos como nuestro Padre y lo adoramos, le pedimos perdón. Al relacionamos con Cristo
en la liturgia, nos sabemos pecadores y le pedimos perdón. Al relacionamos con Cristo en la
liturgia, nos santificamos porque nos unimos al que es todo Santo y nos regala su Espíritu.
b) Elementos constitutivos de la liturgia
 La Sagrada Escritura
    Que actualiza la Revelación, es la fuente que cimienta la liturgia, que es la Palabra que
    convoca y constituye a la comunidad y al que preside.
 Los Documentos de los Santos Padres
    Los Santos Padres son escritores y maestros que vivieron en los cuatro primeros siglos de la
    Iglesia y son eco de la enseñanza de la Iglesia, de los apóstoles. La Iglesia los ha reconocido
    como recopilado res de la tradición Y sus enseñanzas son de gran valor y actualidad.
 Cantos
    La liturgia se alimenta de los cantos, de los salmos, himnos y cantos populares. Como canto
    clásico, del gregoriano y la polifonía. Hoy se pueden cantar con cualquier instrumento, basta
    que se toquen Con dignidad, profesionalismo y espiritualidad. Nunca se aceptarán las
    parodias.
 Oraciones
    Son muy bastas y variadas. De penitencia y arrepentimiento. De acción de gracias. De
    alabanza y adoración. Comunitarias. Preces. Letíficas. Bendiciones, aclamaciones, etcétera.
 Ritos
    Son maneras de ejecutar las celebraciones aprobadas por la autoridad eclesial y empleados en
    los actos de culto. En ellos encontramos SIGNOS, GESTOS y ACTITUDES, que realizados dentro
    de una celebración litúrgica, producen lo que significan.
 Objetos y lugares
    Son muchos: agua, pan, vino, luz, aceite, etcétera... Templos, capillas, diferentes lugares para
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  las acciones litúrgicas concretas, etcétera...
 Ornamentos y vasos sagrados
  Sotana, alba, estola, casulla, cíngulo, etc. Cáliz, copón, patena, palia, custodia, purificadores,
  etc.

2. Finalidad y contenidos de los Ritos iniciales
        Este rito tiene como finalidad constituir la Asamblea, congregarla, a fin de que pueda
recibir la Palabra en espíritu de oración y disponibilidad para la conversión, condición para llegar
al rito sacramental. De este modo la Asamblea se dispone a oír convenientemente la Palabra de
Dios y a celebrar dignamente la Eucaristía (IGMR, n. 24). La unidad de los hermanos en
Asamblea deberá ir creciendo a lo largo de la Celebración, hasta culminar en la comunidad de
todos en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Entonces se constituirá el Cuerpo de Cristo. Entonces
se edificará la Iglesia, finalidad de la Eucaristía.

Contenido de los Ritos iniciales
        Son varios los sentimientos que hay que resaltar y vivir en los Ritos iniciales:
La fe en la presencia de Dios en la Asamblea: Es Dios que convoca y reúne en su Nombre. Los
Ritos iniciales deben manifestar esta fe y convertirla en vivencia. La Asamblea se constituye en
un sacramento de la presencia del Señor (Se 7).
Elemento Comunitario: Somos la Asamblea de los hijos del mismo Padre Dios que nos
reunimos convocados por Él. El origen de esta comunidad es el sacerdocio común del que
poseemos la unidad íntima que nace de la fe y de la filiación divina que nos convierte en familia.
Somos los hermanos que nos encontramos.
Sentido penitencial: El cristiano que llega a la Eucaristía debe ser ya un convertido. Pero su
conversión debe ser renovada en una constante actitud de aceptación del Evangelio frente a Dios
y a sus hermanos. Esto se realiza en los Ritos iniciales en forma individual y también
comunitaria; lo comunitario no se limita a pedir perdón en común sino que incluye también pedir
perdón a la Comunidad (el Ritual de la Penitencia, Prenotandos, n. 5).
Elementos laudativos: La alabanza es el sentimiento del creyente que al contemplar los atributos
maravillosos de Dios o sus obras magníficas, reconoce esa grandeza y la manifiesta con expresio-
nes laudativas. La oración de alabanza no es muy frecuente en el pueblo cristiano, más habituado
a la oración de petición y de acción de gracias. Los Ritos iniciales ponen a nuestro alcance una
formas laudativas: Señor, ten piedad e Himno de Gloria, que son una contemplación de la
grandeza del Señor Resucitado y de la Trinidad.
La oración personal y comunitaria: La oración es la comunicación del creyente con Dios, su
Padre. En el desenvolvimiento histórico de los ritos de la Misa se fue limitando el campo y la
posibilidad de la oración personal. La expresión de los propios sentimientos fue siendo sustituida
por fórmulas, muy ricas en contenido doctrinal, pero a veces lejanas a los sentimientos
personales. La Iglesia desea hacer hoy síntesis y nos restituye el tiempo ritual de oración
individual con el silencio, pero la enmarca en la oración oficial y de este modo la oración de cada
participante viene a ser culminada por la colecta presidencial, superando así el eventual
subjetivismo de los fieles.

        La Asamblea, así constituida en los Ritos iniciales, es el signo fundamental de la
 presencia de Cristo (SC 7).


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Recomendaciones
        El sacerdote que preside la celebración eucarística es signo y sacramento de Jesucristo
(SC 7). Colocado delante de la Asamblea ha sido constituido para “presidir en la caridad” (San
Ignacio de Antioquía). Su primera preocupación será suscitar un clima de mutua acogida en el
amor. Estará muy atento al arte de presidir: vestimenta litúrgica, recogimiento espiritual, alegría
acogedora, postura, dicción, etcétera.
        Durante los Ritos iniciales, el sacerdote preside la Asamblea desde la sede. Este lugar de
presidencia debe significar que hace las veces de Cristo-Cabeza. La IGMR, n. 271, recalca que
este lugar debe facilitar la comunicación entre el sacerdote y los fieles. No es necesario que la
sede esté siempre en el vértice de presbiterio. Durante los Ritos iniciales y la Liturgia de la
Palabra, el sacerdote está en la sede, no en el altar.

3. Los Ritos iniciales en la Eucaristía
a) El canto de entrada
         Para iniciar algún acontecimiento importante hay que hacerla bien. No se puede hacer una
presentación floja de aquel momento que es de suma importancia y se va a vivir. Cada uno de los
participantes en esta celebración formamos parte y representamos a la Iglesia de Cristo, que
camina y peregrina a la Casa del Padre con entusiasmo y gozo. El canto de entrada es, pues, muy
importante, ya que es el que da inicio a la celebración de la Misa. “El fin de este canto es abrir la
celebración, fomentar la unión de quienes se han reunido y elevar sus pensamientos a la
contemplación del Misterio Litúrgico o de la fiesta” (IGMR 25). Con él inician los Ritos iniciales
de la Eucaristía. Es la primera expresión de la fe, la unidad, el sentido de la celebración y la
alegría de hermanos, que se reencuentran entre ellos y con su Padre Dios.
¿Quién canta el canto de entrada? Aunque exista un grupo de músicos y cantantes que se han
preparado y participarán en la celebración, el CANTO DE ENTRADA DEBE SER CANTADO POR TODA
LA ASAMBLEA ahí reunida en nombre de la Iglesia Universal. Es un canto del pueblo, es un canto
de todos, pues todos vamos caminando juntos. Por eso se recomienda que todos los asistentes lo
SEPAN para que todos canten, por lo menos la parte que llamamos “el CORO”. La LABOR conecta
de todos los músicos en este momento será lograr que toda la Asamblea cante el canto de entrada.
Si lo logran estarán haciendo lo que deben hacer.
¿Cómo se canta el canto de entrada? Se debe cantar con alegría, júbilo y entusiasmo, porque
así lo requiere el momento litúrgico de la celebración que ya dio inicio.
         Ejemplo: “¡Vayamos jubilosos!” y NO en un tono o ritmo de “Vayamos jubilaaaaaaados”,
O bien, “¡Qué alegría, cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor!”, con una falta de energía
que requiere el caminar. Francamente no creo que, cantando así, lleguemos a ningún lado, o quizá
sí lleguemos, pero muy tarde, muy cansados y habiendo dejado a muchos en el camino, que
prefirieron con esas ganas no andar con nosotros. Como vemos, es preciso ser CONGRUENTES con
lo que cantamos y vivimos. Los músicos litúrgicos DEBEN ACOMPAÑAR correctamente el
momento litúrgico que se está celebrando.
¿Cómo se puede elegir el canto de entrada? Para elegir un canto de entrada, recomendamos
seis cosas:
   1. De todos los cantos que tengamos, habremos de ver los que tengan un carácter procesional y
      separarlos. Es decir, los que hablen de: caminar, peregrinar, subir, andar juntos como Iglesia,
      en unidad, que hablan de ir hacia la casa del Padre, de llegar al altar, de ponerse en marcha,
      de avanzar, de levantarse y continuar.
   2. Revisarlos para ver si tienen un toque de entusiasmo, energía y júbilo para animar y cumplir
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      con el fin de la procesión. Claro que aquí también debes revisar tu corazón, si de verdad
      sientes ese gozo y ese deseo de caminar en unidad.
   3. Ver si TODOS estos cantos ya los conoce la comunidad, para que puedan cantados todos los
      celebrantes. Y si no los canta, con honestidad aceptar que tu labor y desempeño como
      músico en la Misa anda mal.
   4. Nunca cantes solo tú o tu coro. No es concierto.
   5. Todos los cantos deberán ser de acuerdo con el Tiempo litúrgico que se esta viviendo
      (Navidad, Adviento, Pascua, Cuaresma, Tiempo Ordinario).
Nota: Si no se canta el canto de entrada, alguno de los fieles o un lector recitará la antífona que
aparece en el misal. Si esto no es posible, la recitará al menos el mismo sacerdote después del
saludo.
b) Saludo al altar (incensación)
         Una vez llegado al altar, el presidente, con los ministros concelebrantes y su equipo de
servidores -Equipo de Liturgia-, saludan con una genuflexión, si está el Santísimo Sacramento, o
simplemente Con una reverencia si no está. Los sacerdotes, también el diácono, BESAN el altar.
Éste es el saludo de veneración a Cristo Sacerdote, Altar y Víctima del Sacrificio de la Nueva
Alianza, y cuando lo hacen, lo hacen en nombre de toda la Asamblea. Después del saludo viene
la incensación del altar, a Cristo que preside la celebración y al santo patrono. Una vez hecho
esto, el altar pasa a ser centro del lugar y de la celebración. Siempre que se pase frene a él, se
hará reverencia o genuflexión si está sacramentalmente ya, Cristo.
c) Saludo a la Asamblea
         El sacerdote se dirige a la sede, en donde en nombre del Señor, va a presidir la Asamblea
Celebrante. Desde ahí hace la señal de la cruz, saluda a la Asamblea con una de las fórmulas
paulinas u otras aprobadas por el Ordinario. Ojalá se respeten los saludos establecidos, pues no
se trata de un saludo personal sino de Cristo, es un saludo oficial de la Iglesia que realiza en
nombre de Cristo. A este saludo ya se puede cambiar el vosotros por el ustedes. A continuación
se recomienda que el sacerdote que preside haga una monición introductoria de la celebración
para preparar a los fieles a la Misa del día (IGMR 11 Y 29). Ésta deberá ser muy breve, pues su
objetivo es despertar la atención de los participantes y abrirlos al mensaje de la celebración. Si no
hubo monición de entrada por parte del monitor, después de este saludo se puede hacer.
d) Rito penitencial (bendición y aspersión del agua bendita)
         Después del saludo y la monición, el sacerdote invita a un acto penitencial. Éste se realiza
cuando toda la comunidad hace su confesión general y termina con la absolución del sacerdote.
Hay cuatro fórmulas, que tienen un carácter propio:
 La primera nos invita a reconocer nuestros pecados delante de Dios y de los hermanos: Yo
   confieso... En ella pedimos la oración de toda la Iglesia, de los Santos y de la Asamblea. Se
   recomienda para días y tiempos penitenciales.
 La segunda nos hace esperar la manifestación de la misericordia de Dios y de su salvación. Es
   una expresión de confianza del hombre fiel, a partir de su conciencia de pecado y de mal. Su
   uso puede ser oportuno en las comunidades más maduras en su fe.
 La tercera, de origen oriental, nos lleva a confesar y reconocer que la misericordia de Dios es
   mayor que nuestros pecados. Cristo Señor vence con su resurrección nuestro pecado. Su uso
   sería recomendable en domingos y fiestas.
 El cuarto es el apéndice del rito del agua bendita, que también es rito penitencial y puede
   realizarse en las Misas dominicales. Signo de la fe bautismal, que después de purificamos, nos
   ha dado acceso al Banquete Pascual de la Eucaristía.
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Para este rito penitencial se recomienda:
 Un clima de silencio, de oración personal, el cual forma parte integrante de la celebración.
 Cambiar frecuentemente de fórmulas, para evitar la rutina.
 Siempre terminar con la fórmula deprecativa: Dios todopoderoso tenga misericordia de
    nosotros…
Recordemos que el acto penitencial:
 Es un sacramental, que puede suscitar la contrición perfecta.
      Nunca se equipara al sacramento de la Reconciliación, por lo tanto la Santa Sede pide que
      nunca se dé la absolución general, salvo en los casos prescritos.
 Hay perdón de los pecados veniales.
 Este rito se omite, en algunas ocasiones, cuando le precede otro rito particular: bendición de
    ramos, de las candelas, de ceniza, aspersión del agua, etcétera.
e) Kyrie o Señor, ten piedad
         Después del acto penitencial, se empieza el Señor, ten piedad, a no ser que éste haya
formado parte ya del mismo acto penitencial. Siendo un canto en el que los fieles aclaman al
Señor y piden su misericordia, regularmente deben hacerlo todos, toda la Asamblea. El Kyrie
eleison es una antigua fórmula que se utiliza para reconocer el Señorío de Jesús y reconocer
nuestra condición humana. Con esta proclama, reconocemos a Cristo como Señor resucitado
sobre la humanidad y la historia. Por eso esta aclamación no es trinitaria, sino cristológica =
Cristo, Señor de la historia. La letanía corta del Señor, ten piedad, fue tradicionalmente una
oración de alabanza a Cristo resucitado. Ha sido resucitado y hecho Señor, por lo que le pedimos
que muestre su amorosa bondad. La liturgia latina conservó esta fórmula en la lengua griega para
subrayar el sentido oriental de “Hexomológesis”, es decir, la confesión y proclamación del
Señorío de Cristo resucitado sobre la humanidad y su historia. Por eso esta aclamación no es
trinitaria, sino cristológica, dirigida a Cristo, Señor por excelencia. Tiene un sentido de grito de
petición, de entusiasmo, aunque la letra sea sencilla. No es un canto deprecatorio.
       Debe ser una expresión viva, como aclamación a Cristo Jesús implorando su misericordia.
No hacen falta muchas palabras. El Señor conoce nuestras necesidades. Él vendrá en nuestro
auxilio. El Señor, ten piedad, forma parte de los que llamamos:
LOS CANTOS ORDINARIOS de la Misa. Se canta o se recita, no hay problema.
¿Cómo se canta el Señor, ten piedad? El Señor, ten piedad puede recitarse, pero cuando se
canta se deben observar las siguientes directrices que nos ayudarán a realizar mejor la función.
 El texto debe ser una letanía CORTA. Hemos de cantar solamente el texto SEÑOR, TEN PIEDAD.
    El “de nosotros” ya no tiene caso decido, pues si lo hacemos, estamos repitiendo algo que ya
    dijimos. Si estamos pidiendo al Señor que tenga piedad, esto ya supone que es de nosotros, de
    todos nosotros, para quien le pedimos.
 El arreglo musical o coral, debe ser BREVE Y SIMPLE, a fin de no dar una importancia indebida
    a este momento. Por supuesto que no debe por ello dejar de ser bello y dulce.
 El Señor, ten piedad, es un canto que DEBEMOS animar a que la Asamblea reunida lo cante,
    que responda y aclame, que viva y goce.
 Hay que procurar que aunque sea un canto breve y aparentemente simple, NO SE DEJE de
    cantar, por lo menos en las celebraciones dominicales Y en TODAS las festividades.
f) El himno del Gloria
         Es un antiquísimo Y venerable himno con el que la Iglesia, reunida en el Espíritu Santo,
alaba al Padre y suplica al Hijo, Cordero y Mediador. Es una doxología o alabanza a Dios, fruto
de la inspiración poética de las comunidades cristianas. Como es un himno laudativo, debe de ser
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CANTADO,    sin embargo, si no es posible debe de ser recitado. Se debe cantar en los' domingos,
fuera del tiempo de Adviento y Cuaresma, en las solemnidades Y fiestas y en algunas peculiares
celebraciones. Debe respetar el texto oficial litúrgico. Composiciones “nuevas” deben presentarse
a la Comisión Diocesana de Música para ver con el Ordinario su aprobación y autorización.
g) Oración colecta
        Esta oración es del Presidente de la celebración. Recoge, sintetiza y reúne los sentimientos
que en silencio ha rezado la Asamblea. Por eso se llama colecta, porque recoge. Se sugiere que
después del Oremos... se digan las intenciones de la Misa, pues su funciones dar el sentido de
celebración del día. Es, también, una oración que se hace en nombre y a intención de toda la
Iglesia.
Obsérvese:
 Debe hacerse un silencio considerable, para formular interiormente nuestras súplicas.
 El amén, debe ser fuerte y consciente, pues indica aceptación y asentimiento.
 Las oraciones deben hacerse según el misal, no inventar otras, sin embargo, pueden hacerse
   adaptaciones conservando siempre la temática original. También se puede ampliar la fórmula
   para hacerla más accesible al pueblo. No se hagan improvisaciones.

                                     UNIDAD II
                               LITURGIA DE LA PALABRA
1. Dinamicidad de la palabra
a) La palabra
        Es la significación humana que más profundiza, destaca y quita ambigüedades. Se habla
para establecer un contacto, sin el que no se da la comunicación. La palabra ejerce su poder
comunicativo sobre todo en la información. La palabra tiene toda su fuerza cuando acompaña a
otros signos sensibles, sobre todo a los visuales, determinándolos y clarificándolos.
        En la Historia de la Salvación, que es la Historia de la comunicación salvífica de Dios que
nos quiere dar su propia vida, y de la respuesta del hombre, LA PALABRA tiene un lugar
prominente. En el centro de esta HISTORIA, está el don de la Palabra personal del PADRE que se
nos da traducida a nuestra carne ya nuestra sangre. La PALABRA se nos hace visible y palpable (1
Jn 1 y 2). Toda la Revelación está en el libro que la Iglesia reconoce, conserva y enseña como
PALABRA DE DIOS: LA BIBLIA. Nada tiene de extraño que en la liturgia, “Ejercicio del Sacerdocio
de Cristo”, el signo “palabra” en general, y singularmente, la Palabra de Dios en la Biblia,
ocupen un lugar importantísimo, pues de ella se toman las lecturas que luego se explican en la
Homilía y los Salmos que se cantan. Las Preces, Oraciones o Himnos litúrgicos están penetrados
de su espíritu, y de ella reciben su significado las acciones y los signos (SC 24).
b) Su proclamación
La Palabra de Dios es la que convoca y reúne al Pueblo de Dios. Cada celebración litúrgica es
para la Asamblea cristiana, el anuncia de la Buena Nueva de la Salvación. La proclamación de la
Palabra de Dios, lo que la introduce y explica, son signos de la celebración, exige por lo tanto,
que los ministros sean competentes: lectores y monitores.
     En toda comunicación oral debemos considerar estos factores:
 La PALABRA EMITIDA.
 La PALABRA RECIBIDA.
 La RESPUESTA o reacción causada por la PALABRA.

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         En Misa, esto se da en la Liturgia de la Palabra: “En Las lecturas, que luego desarrolla
la homilía, Dios habla a su pueblo, Le descubre el misterio de La Redención y Salvación y le
ofrece el alimento espiritual; y el mismo Cristo, por su Palabra, se hace presente en medio de los
fieles. Esta Palabra divina la hace suya el pueblo de Dios con sus cantos mostrando su adhesión
a ella con la profesión de fe; y una vez nutrido con ella, en la oración universal, hace súplicas
por las necesidades de la Iglesia entera y por la salvación de todo el mundo” (IGMR 33).
c) Las lecturas (la Palabra se da)
         No es de extrañar que la renovación iniciada por el Concilio Vaticano II pida que: “para
procurar la reforma, el progreso y la adaptación a la sagrada liturgia, haya que fomentar aquel
amor suave y vivo hacia La Sagrada Escritura que atestigua la venerable tradición de los
ritos...” (SC 24). “En Las celebraciones sagradas, debe haber lecturas de la Sagrada Escritura
más abundantes, más variadas y más apropiadas (SC 35,1), y en especial, con relación a la
Misa”. “A fin de que la mesa de la Palabra de Dios se prepare con más abundancia para los
fieles, ábranse con mayor amplitud los tesoros de la Biblia, de modo que en un periodo
determinado de años, se lean al pueblo de Dios las partes más significativas de la Sagrada
Escritura” (SC 51).
 El Evangelio de san Lucas nos cuenta cómo Jesús fue invitado a hacer la lectura y el
    comentario –homilía en la sinagoga de Nazaret– “El Espíritu del Señor está sobre mí... Esta
    Escritura que acaban de oír, se ha cumplido hoy” (4, 16-21 ). Ésta ES la finalidad de la
    homilía (del griego = plática): que la salvación proclamada en la Palabra aparezca como una
    realidad actual a esta comunidad.
La importancia de la homilía es enorme, pero su práctica es difícil. Merece lecciones y ejercicios
especiales y la asistencia del Espíritu Santo como en la oración. Más tarde hablaremos de ella.
d) El silencio (la Palabra se recibe)
         No se trata del silencio de la Asamblea que escucha o mira mientras se proclama una
LECTURA o se desarrolla una acción, sino del silencio que es también para lograr la plena
participación; forma muy difícil y poco practicada (SC 30). La IGMR, n. 23 nos habla de tiempos
y finalidades del silencio en la celebración eucarística, y la Instrucción a la Liturgia de las Horas,
201-202, nos dice que se debe hacer un silencio en determinados momentos para lograr la
plena resonancia de la voz del Espíritu Santo en los corazones Y para unir más estrechamente
la oración personal con la Palabra de Dios que acaba de ser proclamada. Habrá, pues, que
educar a la comunidad para que estos momentos sean de auténtica actividad personal.
e) Respuesta a la Palabra
 El Credo es proclamación de fe.
 La Oración o Plegaria universal.
         Toda PALABRA, al ser recibida, produce algo en quien la recibe, da una REALIDAD NUEVA,
provoca una RESPUESTA, despierta un ECO. En la celebración de la Palabra hay también una parte
que expresa esa respuesta; esta parte se llama Oración universal. No se llama Oración de los
fieles, como si se tratara de alguna oración que no es de los sacerdotes. El nombre de Oración de
los fieles es heredado de una época en que la comunidad estaba compuesta por varios “ordines” o
grupos como los “catecúmenos”, “energúmenos”, “penitentes”, que no asistían a la segunda parte
de la celebración. Cada uno de estos grupos después de hacer la Oración, eran despedidos por el
diácono. Al final sólo quedaban los fieles, es decir, los que hacían la celebración eucarística, ellos
también tenían antes de la Eucaristía su oración. Se llama Oración universal por la
universalidad de sus intenciones. Esta Oración, olvidada por los siglos, fue restituida por el
Concilio Vaticano II (SC 53). Aparece como fruto de la acción de la Palabra de Dios en los fieles
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y por lo que toca a la participación de los fieles, es el culmen de toda la LITURGIA DE LA PALABRA.

2. Finalidad e importancia
        Es la PROCLAMACIÓN de la Palabra de Dios, no es una simple lectura cualquiera. Es Dios
quien habla por medio del lector, por eso es de vital importancia. No sólo instruye al pueblo y
revela su misterio de salvación que realiza a través de la historia, sino que hace al Señor
realmente presente en medio de su pueblo (SC 7 y 33).
        El objetivo fundamental que debe procurarse en esta celebración es la conciencia de que
Dios, presente en la Asamblea, habla hoya su Pueblo. Y para esto, habría que enfatizar y poner
de relieve los elementos sacramentales de la misma celebración: la proclamación, los ministros,
el lugar, la respuesta de la Asamblea, el Leccionario, el Evangeliario, etc.
        Los documentos más recientes han dado mucha importancia y han resaltado el valor y la
grandeza de la Palabra de Dios. “Para que la Palabra de Dios realice efectivamente en los
corazones lo que suena en los oídos se requiere la acción del Espíritu Santo, cuya inspiración y
ayuda, convierte la Palabra de Dios en fundamento de acción litúrgica y en norma y ayuda de
toda la vida. Por consiguiente, la actualización del Espíritu Santo no sólo precede, acompaña y
sigue a toda acción litúrgica, sino que también va recordando, en el corazón de cada uno,
aquellas cosas que, en la Proclamación de la Palabra de Dios, son leídas para toda la Asamblea
de los fieles, y, consolidando la unidad de todos, fomenta asimismo la diversidad de carismas y
proporciona la multiplicidad de actuaciones” (Ordenación de las Lecturas de la Misa, n. 9).

3. Dios habla
a) Los lectores
        El lector es el último eslabón en la cadena transmisora. El profeta o el apóstol hablaron
hace siglos, sus palabras quedaron fijadas en el libro inspirado, otros lo han traducido y
preparado para la celebración, y ahora este lector concreto es el que las proclama a la comunidad.
En toda comunidad cristiana es necesario que haya un grupo de personas que puedan realizar más
o menos establemente el servicio de lectores cuando no exista en ella un ministro lector
instituido. Esos servidores deben resultar representativos de la comunidad, ya sean laicos o
religiosos, adultos mayores o jóvenes, hombres o mujeres. Se trata de que la comunidad pueda
escuchar y entender en las mejores condiciones posibles la Palabra de Dios, por los mejores
comunicadores de la comunidad. Comunicadores de la Palabra que hayan recibido una
preparación espiritual y técnica para realizar de la mejor manera su servicio. Ojalá que se
quitaran de una buena vez esos lectores espontáneos, ocasionales, pues lo más seguro es que
cometan errores y la liturgia no puede estar a merced de errores.
      El oficio de proclamar la Palabra de Dios, no es del presidente (IGMR 34). Al diácono le
corresponde proclamar el Evangelio. En las concelebraciones, cuando éste no exista, algún
sacerdote debe hacerlo, pero nunca el que preside y debe acercarse a pedir la bendición del
presidente pues quien preside lo hace en nombre del Obispo y así hace las veces de Cristo.
Además de la preparación técnica, cuenta mucho la actitud espiritual del lector: la persona que
lee para la comunidad no es un cartero que transmite mensajes de los que no se entera; la ha leído
antes, se ha dejado convencer y llenar de ella; la ha entendido, la ha aceptado... y luego, sólo
luego, se atreve a proclamarla a los hermanos. Este servicio es un Ministerio INSTITUIDO
reservado a los varones. Puede ser solicitado al Ordinario del lugar. Consulta a la Comisión
Diocesana de Liturgia de la diócesis para mayor información.
b) Las lecturas
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        Las lecturas bíblicas, con los cantos que se le intercalan, constituyen la parte principal de
la Liturgia de la Palabra. En ella se dispone la mesa de la Palabra de Dios a los fieles y se les
abren los tesoros bíblicos. El número de tres lecturas obedece fundamentalmente a la pedagogía
usada por Dios en su manifestación: la salvación se anuncia a través de la ley y los profetas
(lecturas del Antiguo Testamento). Cristo lleva a plenitud esta manifestación divina
(proclamación del Evangelio) y la comunidad cristiana experimenta y vive esa salvación (lectura
apostólica), sin embargo, por causa justificada, puede suprimirse alguna de ellas, pero nunca el
Evangelio (IGMR 318). Nunca se habrán de cambiar las lecturas bíblicas por otras lecturas de es-
critores sagrados, ni por los textos de los Concilios, Sínodos, etc. Sería grave abuso sustituir la
Palabra de Dios por la palabra del hombre (Instr. Inaestimabile Donum 1).
c) El salmista (Salmo responsorial)
        La finalidad del Salmo responsorial, que se realiza después de la primera lectura, es
interiorizar, prolongar, el mensaje de la misma. Con él respondemos alabando y
comprometiéndonos con Dios que nos habla. El salmo, que también es Palabra de Dios, nos
ayuda a hacer eco al mensaje contenido en la lectura. Un salmista es aquella persona, consciente
de que pertenece a la comunidad cristiana, preparada y llamada a ayudar a sus hermanos a entrar
en la dinámica amable y profunda de la salmodia, como respuesta a la lectura. Con su voz
modulada intenta dar vida al salmo y por lo tanto expresar y comunicar los sentimientos de
alegría o de dolor, de penitencia o de júbilo, de admiración o de lamento del texto.
        Es un servicio reconocido en la Iglesia, exige preparación teórica y práctica, ya que no se
trata de puramente aficionados o “porque se me facilita el canto”. La Liturgia exige preparación.
Desde el ambón o desde otro sitio más propio, el salmista proclama los versos del salmo y la
comunidad responde desde su lugar o bien sólo escucha si el salmista lo canta o lo recita solo. El
Salmo responsorial o gradual, es parte integrante de la liturgia, nunca debe de cambiarse por otro
canto aunque esté más bonito o por algún himno. Se toma del Leccionario, pues el salmo va de
acuerdo con las lecturas, ha sido cuidadosamente seleccionado y adaptado a provocar la respuesta
de la comunidad, según los tiempos del ciclo litúrgico. El salmo si no se canta, se recita.
¿Qué es un salmo?
        Los salmos constituyen uno de los libros más hermosos de la Biblia. Son poemas
religiosos compuestos por el rey David y autores israelitas, al parecer anónimos. Los salmos son
teología rezada. Son teología hecha vida, y vida hecha teología. Ellos nos enseñan no sólo a orar,
sino a orar en toda circunstancia de la vida. Ellos son divinos y humanos, porque han sido
inspirados por Dios mismo, pero a su vez encierran las facetas más reales de la existencia del
hombre. Sus estados de ánimo, sus sentimientos, su corazón.
¿Salterio, salmo y salmodia son la misma cosa?
        No, son tres palabras interesantes y relacionadas entre sí, pero no iguales. SALTERIO se le
llama a la colección de 150 salmos que aparecen en la Biblia, es decir, Salterio es el libro que
contiene los salmos. SALMO es el cántico acompañado por un instrumento musical o no, es como
si dijéramos, la letra que se va a cantar. La SALMODIA es la música, la melodía, el tono,
prácticamente la forma de cantar los salmos.
        Los salmos fueron compuestos para ser cantados, y quienes los van a cantar deben tener
plena conciencia de que están cantándole a Dios y de que deben hacerla con el corazón
agradecido. No se puede cantar a Dios con un corazón indiferente. Un salmista o quien cante un
salmo, debe hacerla con todo su ser, con su voz, con su mente, pero sobre todo, con TODO su
CORAZÓN. La práctica, el esfuerzo constante por concentramos en ello y la disciplina, son claves
fundamentales para lograrlo. Ya decía san Jerónimo: “A Dios hay que cantarle con el corazón sin
tanto teatro”.
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¿Quién puede cantar los salmos?
        Proclamar musicalmente un texto poético es tarea muy delicada. Quien quiera ser salmista
debe tener un principio: BUENA PRONUNCIACIÓN y CLARIDAD en su voz, es decir, debe tener una
buena DICCIÓN. Debe manejar muy bien la modulación de la voz y debe saber manejar un
micrófono, ya que la mayor parte de las veces, se canta los salmos haciendo un mal uso de éste.
Es muy importante que tenga BUENA VOZ, pero esto no quiere decir que cante FUERTE, sino que
su timbre sea apto para este momento tan especial de la oración cantada. Muchas personas tienen
buena voluntad para cantar los salmos, pero NO todos DEBEN hacerla, porque un salmista debe
estar preparado. La función del salmista es SOLAMENTE la de cantar el salmo. Debe ser una
persona que se sienta llamada exclusivamente a hacer esto.
       CINCO SUGERENCIAS para el ejercicio de este SERVICIO:
  1. Debe prepararse con tiempo para su intervención, mínimo ocho días antes, sin dejar nada a la
     improvisación. Nada de al “ahí se va”. Debe prepararse LEYENDO, ENSAYANDO y por encima
     de esto ORANDO y MEDITANDO el salmo que se va a entonar y descubriendo qué le dice ese
     salmo a él.
  2. Si algún músico instrumentista va acompañar al salmista, los dos DEBEN ensayar juntos con
     tiempo. Deben ponerse de acuerdo y el salmista nunca deberá permitir que un músico
     improvise alguna melodía, porque podría echar a perder toda su preparación previa.
  3. Cuando un salmista canta un salmo, debe cantarlo desde el ambón y su vista debe mantenerla
     siempre ahí, en el ambón, en una actitud de oración profunda, inspirando a los demás a orar
     también.
  4. Nunca debe decir “todos” para indicarle al pueblo que le toca cantar. Su voz y una breve
     pausa al terminar la estrofa debe hablar por si misma. Si hay un instrumento, éste puede
     ayudar a dar la entrada.
  5. La respuesta sólo la canta el pueblo, y el salmista debe permanecer en el ambón hasta que
     termine la última respuesta del pueblo. No debe retirarse antes por ningún motivo.
¿Cómo se cantan los salmos?
        Los salmos se cantan por medio de fórmulas salmódicas, es decir, por melodías
compuestas especialmente para cantar los salmos. Existen ocho tonos gregorianos simples, pero
tú mismo puedes componer tus propias fórmulas salmódicas, solamente tendrás que cuidar
siempre como requisito INDISPENSABLE, que tus melodías INSPIREN a orar a quienes canten o
escuchen y que sean FÁCILES de entonar. Se trata de que ayuden a la oración y a la participación
de todo el pueblo. Puedes continuar un estudio más profundo al respecto acudiendo a los
especialistas.
d) Aclamación antes del Evangelio (Aleluya)
        Dentro de la clasificación de cantos en la liturgia, este canto está considerado dentro del
grupo de las aclamaciones.
        La palabra ALELUYA tiene su origen en una expresión hebrea que significa ¡ALABAD A
YAHVÉH! o ¡ALABADO SEA YAHVÉH!
        El Aleluya es la alegría que canta a sí misma porque no tiene palabras para expresarse. Se
asemeja a ciertas formas de júbilo que hay en todos los pueblos, como un milagro de alegría, de
poder estar contentos. San Agustín escuchó ese cantar sin palabras en los campos y las viñas de
su país y predicó sobre ello en formas maravillosas. Es un grito de aclamación a Cristo, maestro y
Señor. Antiguamente se cantaba alargando únicamente las vocales de la palabra y haciendo
variaciones melódicas sobre ellas. En el siglo VIII se agregó un verso de alabanza tomado de un
salmo, de un texto litúrgico o bien del Evangelio. En la actualidad se le toma exclusivamente de
una frase del Evangelio para ser cantada en la parte intermedia del Aleluya. Así el Aleluya indica
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que hay que preparamos al Evangelio. Estas frases evangélicas están en el Leccionario.
        El ALELUYA debe ser cantado por toda la Asamblea, todos deben participar del gozo de
tener un encuentro con el Señor que habla. Es toda la Asamblea que se pone en marcha hacia el
Señor, aclamando con entusiasmo, dentro de un ritmo comunitario y coral. Por eso NO SE VALE
convertir el Aleluya en un canto de estructura similar a la de un salmo responsorial.
¿Cuál sería la forma ideal de cantar el Aleluya?
        Con alegría y con gozo, en una postura de pie y atención. Con una distribución del canto
de la manera siguiente: inicia un solista o un pequeño coro cantando el Aleluya, enseguida la
Asamblea contesta Aleluya, posteriormente se canta el versículo evangélico y posteriormente se
repite Aleluya. Así sería la forma ideal de cantar el Aleluya y sería sólo así verdaderamente otro
canto dentro del rito de la Palabra, la Asamblea que antes ha escuchado, meditado y sentido,
ahora aclama jubilosa al Señor. Sin embargo, si no es posible que la Asamblea sepa y ensaye el
verso intermedio, que lo cante el coro o algún solista.
¿Siempre se canta el Aleluya?
        No. Durante el tiempo litúrgico de la Cuaresma se omite la palabra Aleluya y un verso
breve de carácter aclamativo lo reemplaza. Nosotros conocemos este verso como “Honor y gloria
a ti, Señor Jesús”. Si no se canta se puede omitir (IGMR 39).
e) El Leccionario
        Es donde se encuentran las lecturas bíblicas, signo de aquella Palabra inspirada por el
Espíritu Santo, la Iglesia recibió y conserva con especial esmero, ya que este libro es, en la acción
litúrgica, signo de realidades celestiales; debe ser realmente digno, decoroso y bello (Ordenación
de las lecturas de la Misa). Vamos a cuidar la forma externa del Leccionario; hay por ahí muchos
maltratados, deshojados, sucios, etcétera, esto expresa la nula veneración a la Palabra de Dios.
“Los leccionarios que se utilizan en la celebración, por la dignidad que exige la Palabra de
Dios, no deben ser sustituidos por otros subsidios de orden pastoral, por ejemplo, hojas...”
(OLM 37).
f) El Evangeliario
        Se llama EVANGELIARIO al libro que contiene los cuatro Evangelios, distribuidos
conforme al uso en la liturgia. El libro de los Evangelios era elaborado con máximo interés, era
adornado y gozaba de una veneración superior a la de los demás leccionarios. Es, por lo tanto,
muy conveniente que también ahora, por lo menos en las catedrales y en las parroquias e iglesias
más importantes y frecuentadas, se disponga de un Evangeliario bellamente adornado, distinto a
los otros leccionarios (OLM 39). La lectura del Evangelio constituye el punto culminante de la
Liturgia de la Palabra; las demás lecturas preparan a la Asamblea reunida para la lectura
evangélica (OLM 13).
        El Evangeliario sí puede tener una pequeña procesión, con cirios e incienso, dentro de la
Asamblea (OLM 1; Actualidad Litúrgica 150, p. 8). Lo ideal es que sea llevado, por el diácono u
otro ministro, desde la procesión de entrada, cerrado, hasta el altar, para que desde ahí se traslade
solemnemente al ambón. Debe usarse por lo menos en las Misas de domingo, en las ordenaciones
de diáconos, presbíteros y obispos, cuando se erige un nuevo párroco, como signo de su nuevo
ministerio, y en Misas solemnes. El Pueblo de Dios se reúne mediante la Palabra de Dios vivo,
que con todo derecho hay que buscar en los labios de los sacerdotes (PO 4; LG 26). La Iglesia
crece y se edifica por la Palabra y por la obra de la salvación que se actualiza en el sacrificio y los
sacramentos (LG 26). Con la asistencia del Espíritu Santo, esta Palabra es acogida y meditada,
interpretada con fidelidad y transmitida en la Iglesia a través de toda la variedad de funciones y
ministerios eclesiales que Cristo mismo ha querido y el Espíritu Santo dirige con sus dones.
        Pero hay en la Iglesia un lugar privilegiado donde la Palabra salvadora suena con una
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particular eficacia: es la Liturgia en la que Dios habla a su pueblo, Cristo sigue anunciando el
Evangelio, y el pueblo responde a Dios con el canto y la oración (SC 33).

 “La lectura del Evangelio constituye el punto culminante de la Liturgia de la Palabra; las
 demás lecturas preparan a la Asamblea reunida para esta lectura evangélica” (OLM 13).

g) El ambón
        Es el lugar específico desde donde se proclama la Palabra de Dios o todo lo que tenga que
ver con ella. Su lugar debe ser el más apropiado: visible y en relación con el altar. Fijo, elevado,
no portátil, muy noble, de modo que corresponda a la dignidad que exige la Palabra de Dios y
que ayude a la audición y atención de los fieles (OLM 32). Proporcionado al altar y a la sede, de
buen tamaño, con tal de que el lector pueda ser visto por la Asamblea mientras ejerce su servicio,
y al mismo tiempo, recuerde con claridad a los fieles que en la Misa se les prepara la doble mesa
de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo.
¿Qué se puede hacer desde el ambón?
        Todas las LECTURAS BÍBLICAS, el Salmo responsorial, la homilía, la Profesión de fe y la
Oración universal (IGMR 272). También: el Pregón pascual y las antífonas de la Misa.

4. El pueblo responde
          La Palabra de Dios es un diálogo entre Dios y su Pueblo, de aquí la importancia de la
participación de la Asamblea en respuesta a Dios que se comunica y se manifiesta a través de su
Palabra. Estas respuestas se concretan en el salmo, en las aclamaciones antes y después de las
lecturas, en las posturas físicas y la atención respectiva que se debe mantener, en el Credo y la
Plegaria universal. Si estos signos los hacemos bien y en conciencia, se puede hablar de una
buena celebración por parte de los fieles.
          Toda PALABRA, al ser recibida, produce algo en quien la recibe, da una REALIDAD NUEVA,
provoca una RESPUESTA, despierta un ECO.
a) La homilía
          La IGMR 41-42, nos dice que la homilía es parte de la Liturgia de la Palabra y que es muy
recomendada, pues es necesaria para alimentar la vida cristiana. Conviene que sea una
explicación, o de algún aspecto particular de las lecturas de la Sagrada Escritura, teniendo
siempre presente el misterio que se celebra y las particulares necesidades de la Asamblea. Obliga
la homilía: los domingos y fiestas de precepto dentro de las Misas, en los tiempos fuertes del
ciclo litúrgico, cuando haya numerosa asistencia de fieles, como en los funerales y fiestas. Hoy,
la liturgia lo presenta como una exigencia con carácter de obligatoriedad, por el enorme bien que
se hace a la Asamblea; sólo se omite por una causa muy justificada.
     Definición: Es el acto por el que el presidente de una celebración, toma la palabra,
      ordinariamente después de las lecturas bíblicas, para expresar el mensaje con más claridad a
      la comunidad y provocar así una respuesta a Dios en su Palabra, manifestada en una
      conducta más cristiana en su convivencia con los demás.
     Su importancia: Es de una importancia vital en la fe y en el proceso de maduración
      cristiana de una persona. Por medio de la homilía se puede sensibilizar a toda una comunidad
      y ayudarle a que digiera y saboree mejor la Palabra de Dios. Es importante también, como
      medio de evangelización, aunque no es propiamente su fin la catequesis. Ayuda a proclamar
      la actualización de la Palabra de Dios, a encarnarla, y poder así suscitar una conversión desde
      el interior.
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     Su preparación: Remota. Consistiría en una lectura una semana o algunos días antes de la
     celebración. Aquí sacaríamos las ideas más importantes. Podemos ir familiarizándonos con
     la Palabra de Dios, todavía sin profundizar mucho. Sentarse a meditarla y hacerla nuestra.
     Próxima. Por lo menos un día antes, o momentos antes de la celebración, dar dos pasos: 1)
     Ver qué me dice la Palabra de Dios: tener un encuentro personal y sacar las ideas personales,
     fruto de una meditación y asimilación de encuentro con Dios. 2) Documentarse: esto es,
     ayudarse de libros para iluminar más la reflexión, poder juntar las ideas y plasmarlas por
     escrito. El momento. También es' muy importante este paso, ya que es el espacio de
     ejecución de la homilía, que con seguridad y sin titubeos se explicita. Aquí algo vital sucede:
     la asistencia del Espíritu Santo, que hace la mejor parte, pues es Él el que toca el corazón de
     la gente y hace que responda a la Palabra de Dios. Posthomilia. Es continuar en conexión
     con las ideas los siguientes días, como un rumiar la Palabra.
Pasos de una homilía: Son los pasos lógicos y ordinarios que se dan para lograr estructurar la
hornilla. No es recomendado hacer más pasos, pues la homilía debe ser breve, concreta y clara:
     Partir de la realidad. Si se hace por medio de un ejemplo concreto que ilumine e introduzca
     la homilía, mucho mejor, como puede ser un caso de la vida real. Su finalidad es provocar el
     interés de la comunidad y conectada,
     La Palabra de Dios. Con ideas ya preparadas, meditadas y bien ordenadas se expone el
     mensaje central de la Palabra de Dios, que siempre responde a nuestras necesidades. La
     Palabra ilumina y revela la voluntad de Dios.
     Respuesta. Con claridad, sencillez y caridad fraterna, utilizando el NOSOTROS, se busca una
     respuesta: primero personal y después en comunidad.
Elementos a cuidar en la homilía:
     Que el homileta pueda ser visto por la Asamblea y viceversa.
     Excelente sonorización del lugar.
     Vocalización.
     Ilación de ideas. Poner bien las premisas y conclusiones sin tantas vueltas o cantinflear.
     Que la expresión de su rostro sea convincente e inspire seguridad.
     Coherencia, elemento más importante de la homilía. Lo digo, lo exijo, porque lo demuestro
     en el servicio.
b) Profesión de fe. El Credo
        Es la profesión de la fe de la Iglesia, es una respuesta a la Palabra de Dios. Tiene un valor
de tradición que expresa la unidad de la Iglesia en la misma fe. Por lo tanto, en los domingos y
solemnidades en que está prescrito, debemos de utilizar una de las fórmulas propuestas por el
misal, en conciencia de que es la fe proclamada por la Iglesia en todo el mundo (IGMR 43 Y 44).
Hay ocasiones en que se quisiera suplir el Credo por un canto que diga algo sobre el tema de la
fe, esto es un gran error que debemos combatir a toda costa. Nunca se reemplaza la Profesión de
fe por otra cosa y si se canta, que se cante todo el texto como está. Sin embargo, en las Misas con
niños, puede adaptarse, con algunas interpretaciones populares, pero muy adecuadas y estudiadas
a conciencia por el celebrante (Dir. Misas con Niños 31 y Musicam Sacram 55).
        El Misal romano, nos presenta solamente dos formas: el Niceno-constantinopolitano y el
llamado “de los Apóstoles”, que es más breve, pero nunca habla de la forma responsorial como se
hace en los bautismos, aunque algunos autores se opongan. Es la mejor manera de responder a
nuestra fe y ojalá utilicemos el más largo, pues es todo un símbolo expresivo de una comunidad
viva.
        Si la gente no lo sabe, que de hecho ya es lamentable, puede ayudárseles con una hojita
que se les proporcione al inicio de la Misa. Como el Credo expresa una actitud de la comunidad
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ante la Palabra proclamada y meditada, puede caber esta proclamación de nuestra fe ec1esial, aun
en los días en que no está prescrito.
c) La Oración universal
        La Oración universal, ejerce un oficio sacerdotal de súplica por todos los hombres, de
aquí su nombre de universal; por consiguiente evítese toda petición personal o individual. La
Oración universal, DEBE DECIRSE SIEMPRE (IGMR 45). “La Plegaria universal es parte integrante
de la celebración y convendrá hacerla en TODAS LAS MISAS CON PARTICIPACIÓN DEL PUEBLO”, es
decir, en todas las Misas, pues no es una parte opcional, sino que constituye una parte
fundamental de la Liturgia de la Palabra, en donde se elevan súplicas por la santa Iglesia, por los
gobernantes, por todos los necesitados, por todos los hombres y la salvación del mundo. El orden
de estas intenciones será generalmente:
    1. Por las necesidades de la Iglesia.
    2. Por los gobernantes y por la salvación del mundo.
    3. Por los oprimidos bajo determinadas dificultades.
    4. Por la comunidad local.
        Sin embargo, en alguna celebración particular como en la confirmación, matrimonio o
funerales, el orden de las intenciones puede amoldarse mejor a la ocasión. La Oración universal,
como su nombre lo indica, es de carácter netamente ec1esial, partiendo de las necesidades
actuales y de toda la Iglesia universal, por lo tanto es contraproducente que se hagan de un folleto
ya elaborado, con preces formuladas, éstas se presentan siempre como sugerencias. Es preciso
educar a los fieles a fin de que con espontaneidad la Asamblea exprese los verdaderos intereses y
necesidades de la Iglesia, de la humanidad y la comunidad local conforme a las circunstancias
vividas y a la luz del mensaje anunciado. Falta mucho para que nuestra oración refleje la
esperanza cristiana: no basta con proponer a Dios nuestra solución personal.
        La Oración la inicia el presidente y las peticiones pueden realizarlas, primero el diácono,
el lector, el acólito o en su defecto cualquier laico de la Asamblea o por el mismo presidente en
último caso (OLM 30). Mientras que toda la Asamblea de pie, en gesto sacerdotal participa en la
oración diciendo o cantando una frase u oración invariable, o bien haciendo un momento de
silencio (IGMR 47). Es conveniente que los pastores busquen la manera de conocer las
necesidades de la comunidad a fin de incluirlas oportunamente en la Oración de los fieles. En
caso de Asambleas poco numerosas, no se tiene que repetir a cada petición la respuesta común,
sino que al final, después de haberse formulado todas, se hará una sola repetición.
 Para evitar la rutina, es bueno variar la respuesta de la Asamblea, y también cantar a veces.
 Las intercesiones de Laudes y Vísperas, pueden ser buen modelo.
                                        UNIDAD III
                    UNIDAD III LITURGIA DE LA EUCARISTÍA
        En la Última Cena, Cristo instituyó el sacrificio y banquete pascual, por el que hace
continuamente presente en la Iglesia el sacrificio de la cruz. Cuando el sacerdote que representa a
Cristo, el Señor, lleva a cabo lo que el Señor mismo realizó y confió a sus discípulos para que lo
hicieran en memoria suya. Cristo tomó en sus manos el pan y el cáliz, dio gracias, lo partió y lo
dio a sus discípulos, y dijo: “Tomad, comed, bebed: esto es mi Cuerpo, éste es el cáliz de mi
Sangre. Haced esto en conmemoración mía”. La Iglesia ha ordenado toda la celebración de la
Liturgia eucarística según estas mismas partes, con las Palabras y Acciones de Cristo (IGMR 48).
        Con estas palabras iniciamos la unidad III, que es de las más importantes por su
profundidad y su teología tan sublime. Nos deja en una situación de contemplación en la fe, que
                                                                                                       67
sólo de rodillas y cabizbajos podemos entender. Es el encuentro personal con Cristo, cara a cara
con la Divinidad, hombre y Dios frente a frente, una sola ofrenda, Cristo que se hace sacrificio y
con Él, nosotros al Padre por el Espíritu Santo.

1. Presentación de dones
a) Los ritos
        La Liturgia de la Eucaristía inicia con la PRESENTACIÓN DE DONES. Los fieles presentan el
pan y el vino que posteriormente se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Aquí se
pueden añadir otras ofrendas materiales (simbólicamente representadas) que puedan servir para
ayuda de los pobres. Ordinariamente se reducen a dinero. Hay que buscar que se note en la
celebración el cambio ritual de la Liturgia de la Palabra a la Liturgia de la Eucaristía. Hasta ahora
el centro de la celebración era el ambón y la sede. Ahora, el altar está completamente libre de
cualquier objeto, pues no se ha tenido ahí ningún rito. Hasta ahora se colocan: el corporal, el
misal y las ofrendas, mismas que pueden ser puestas por el acólito o en su defecto el ministro
extraordinario de la Comunión.
b) El canto que acompaña a las ofrendas
        Durante mucho tiempo, hemos empleado mal el lenguaje al hablar de “canto de
Ofertorio”. Este momento litúrgico trata de la PRESENTACIÓN DE DONES. Hasta este momento son
sólo dones los que el pueblo congregado presenta al Señor para ser ellos, más tarde, el Cuerpo y
la Sangre del Señor. Hasta este momento no hay Víctima que ofrecer al Padre. Estamos solamen-
te preparando los dones, así Cristo lo hizo. No pierdas de vista que en este momento tu propia
vida la puedes entregar al Señor, tus sueños, tus anhelos, tus problemas y también tus miserias,
porque cuanto más valioso sea nuestro obsequio, más expresará nuestro amor.
¿Qué función tiene este canto?
        Este canto está colocado entre la Liturgia de la Palabra y la Plegaria eucarística. Es el
momento menos intenso de la celebración y es una especie de “respiro” para toda la Asamblea.
Es una pausa en el camino de la celebración que nos DEBE permitir interiorizar la Palabra
escuchada y preparamos para la Plegaria eucarística.
¿Cómo se canta?
        No necesariamente este momento debe ser cantado. Existen TRES POSIBILIDADES
musicales que se pueden tomar en cuenta para esta parte de la celebración:
  1) La primera posibilidad es hacerla todo en SILENCIO o con MUSICA DE FONDO, dándole un
     reposo al alma y a nuestros sentidos. Deberá cuidarse entonces que las piezas interpretadas
     por el instrumento NO ESTORBEN, no roben esa paz que debe existir.
  2) La segunda posibilidad es EL CANTO. Aquí hay que señalar que los cantos que se elijan para
     este momento de la Misa los DEBEMOS REVISAR a conciencia en su letra y en su música. Ellos
     NO DEBEN insistir en el aspecto de ofertorio, sino en el aspecto de donación o entrega o bien
     de alegría por sabemos hermanos reunidos en torno a Cristo o también pueden ser cantos que
     prolonguen el contenido entregado por Dios en la Palabra o el que se está viviendo en
     determinado tiempo litúrgico. Se recomienda que sus arreglos musicales sean suaves y bellos
     para que ayuden a destacar ese momento de reposo del que ya hablamos. Este canto puede
     ser interpretado ÚNICAMENTE por el coro, dándole así el mismo sentido que la música de
     fondo o puede ser cantado POR TODA LA ASAMBLEA, lo cual no se debería hacer muy a
     menudo, ya que la obliga a estar activa y la Asamblea debe tener ese momento de reposo del
     que ya comentamos. No debemos de utilizar cantos que repitan el contenido de la oración
     universal o cantos que no tengan nada que ofrecer.
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  3) La tercera posibilidad es recitar en VOZ ALTA las plegarias de presentación de dones y que el
     pueblo CONTESTE lo que le toca responder en ese momento: “Bendito seas por siempre,
     Señor”. Ello EVIDENTEMENTE no se tiene que hacer nunca cuando hay música de fondo y
     mucho menos si se está cantando.
        Cualquier posibilidad que elijas para este momento, recuerda que NO DEBE alargarse más
allá del tiempo que se tiene destinado para ello. Tienes que estar muy al pendiente y observando
con mucho cuidado el ritmo que el celebrante lleva en la preparación de los dones, para que no
termines antes o después que el presidente de la celebración, sino juntamente con él.
c) Preparación de los dones
        El misal presenta varias posibilidades en cuanto a la manera de recitar las oraciones de la
presentación de dones: en voz baja, en voz alta, con o sin aclamaciones de los fieles. De
preferencia deben de decirse en secreto. Al mezclar el agua y el vino, el sacerdote o diácono no
hacen ninguna bendición sobre el agua. La oración que acompaña este rito debe de ser en voz
baja: “El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha
querido compartir nuestra condición humana”. No se debe hacer una elevación de las
ofrendas, sino una simple presentación del pan y del vino, POR SEPARADO, no juntos. Estas
oraciones de ofrendas deben hacerse en voz baja o en silencio simplemente: “El celebrante
pronuncia en ocasiones oraciones presidenciales, y en otras, hace oraciones a título personal
para poder cumplir su ministerio con mayor atención y piedad” (IGMR 13); ordinariamente estas
oraciones vienen en letra cursiva. Cuando se proclaman en voz alta, rompen con la armonía del
conjunto y sobrecargan la estructura de la liturgia. Ejemplo: “Acepta, Señor, nuestro corazón
contrito...”, la oración que acompaña al lavatorio de las manos, etcétera.
Son oraciones personales, no presidenciales
        La purificación en el rito de lavatorio es significativa. Hay que lavarse las manos, no
mojar las puntitas de los dedos. Es un sacramental. Aunque de hecho antes de iniciar la
celebración el sacerdote ha hecho ya su deseo de purificación. Así es que preparemos fuentes de
buen tamaño yagua suficiente que plasmen bien este signo. Después de cada oración presidencial,
el sacerdote no debe de concluir con el AMÉN, pues ES DEL PUEBLO. Incensar las ofrendas destaca
el signo del pan y del vino. Significa que la oblación de la Iglesia y su oración suben como
incienso a la presencia de Dios.
Algunos consejos
 Junto con la ofrenda cultual, llevar otros elementos que sean signo de solidaridad con los
   pobres.
 La ofrenda del dinero debería ir junto con la cultual, aunque casi es imposible.
 Hay que catequizar más sobre estos gestos de las ofrendas.
        NO son “limosna”, sino OFRENDA. Es incorporar el fruto de nuestro trabajo para que sea
asumido por Dios como sacramento de salvación. Es la Koinonia o comunión de hermanos (1
Cor 11,20-22). Fe, confianza y acción de gracias a la Providencia Divina.
 Parte de estas ofrendas se destina para el mantenimiento del culto, para los oferentes, etcétera.
   Se recomienda informar periódicamente a los fieles acerca del empleo y destino del dinero.

2. La Oración eucarística
       Es el inicio, punto central y momento culminante de toda la celebración. Es una plegaria
de acción de gracias y santificación. El sacerdote invita a los fieles a levantar el corazón a Dios
y darle gracias a través de la oración que él, en nombre de toda la comunidad, va a dirigir al
Padre por medio de Jesucristo. Tiene sentido de congregar a los fieles y unirlos a Cristo en el
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reconocimiento de las grandezas de Dios y en la oblación del sacrificio. Ha recibido varios
NOMBRES a través de la historia: Oración de oblación, Acción del sacrificio y Anáfora en Oriente.
En el siglo IV recibió el nombre de Canon y finalmente todos los documentos Post-Conciliares le
han llamado Plegaria eucarística.
a) Oración sobre las ofrendas
        Una vez terminado el momento de la presentación de los dones y una vez que el sacerdote
se ha lavado las manos, diciendo en secreto la fórmula establecida, vuelve al centro del altar e
invita al pueblo a hacer oración: “Orad, hermanos, para que...” Una vez oída la respuesta del
pueblo, dice la oración sobre las ofrendas. Entonces el sacerdote empieza la Plegaria eucarística
(IGMR 107).
b) Sus principales elementos son nueve:
1) Prefacio
        Así inicia la plegaria. El prefacio es un himno de acción de gracias al Padre por habernos
dado a Jesucristo, su Hijo amado. Cristo es autor y síntesis de toda la salvación. Cada fórmula
motiva la acción de gracias de la Asamblea según el tiempo litúrgico o las circunstancias de la
celebración. A veces se agradecerá por Jesucristo nacido para nuestra salvación, otras por Cristo
resucitado, nuestra Pascua... y la Asamblea canta el SANTO, palabra que es la expresión y el
reconocimiento que el creyente hace de la grandeza y santidad de Dios.
El canto del Santo, “el Sanctus”
        El Santo, introducido a la celebración eucarística en el siglo IV en Oriente y en el siglo V
en Occidente, es una expresión de reconocimiento hacia la grandeza y la santidad de Dios. Es una
aclamación que une a la Iglesia terrestre Con la Iglesia celeste. Es el canto más antiguo y el más
importante del repertorio de cantos del Ordinario. Es una ORACIÓN compuesta, en una parte por
las palabras que el profeta Isaías oyó cantar a los serafines, y la otra parte procede de la alabanza
con la que la multitud aclamó a Jesús al entrar en Jerusalén. Es un modo de darle la BIENVENIDA a
Cristo, el cual está a punto ya de venir sobre el altar, tan pronto el sacerdote pronuncie las
palabras de la consagración. ¿No te parece extraordinario? Es también la manera de preparar el
alma a la venida del Señor hasta lo íntimo de nuestro ser.
¿Quién canta el Santo?
        Es un canto que le PERTENECE al sacerdote y al pueblo; es un canto que pertenece a la
Asamblea congregada. El coro es también parte de la Asamblea. Es en este canto donde TODOS
nos unimos al coro de los ángeles y los arcángeles para aclamar y alabar a Dios por sus bondades.
El músico litúrgico debe animar a la Asamblea a que cante, y debe RESPETAR ÍNTEGRAMENTE el
texto original del Santo, cuando se trata de elegir uno ya compuesto o que se vaya a componer
alguna melodía para él. Si hay un canto en la Misa al que debemos RESPETAR completamente y
CUIDAR de que sea respetado, ése es el Santo. Cambiar o alterar el texto Supone PRIVAR a la
Asamblea de la intervención que LE CORRESPONDE. Lo adecuado y sobre todo lo mejor que
podemos hacer ante tal oportunidad es la de UNIRNOS a las voces de los ángeles, como el Prefacio
lo señala.
¿Cómo se canta?
        Como el Santo es una ACLAMACIÓN al Señor, debe ser entonado con entusiasmo, con
alegría, con energía. Recuerda que es todo tu ser dándole alabanza a Dios. Al mismo tiempo no
pierdas de vista que es un canto celestial, que debe ser acompañado musicalmente por una
melodía bella, que invite a cantar desde lo más profundo del alma. Pero no se te olvide que es un
canto que TODOS debemos entonar y por lo tanto es un canto que debe tener una estructura
sencilla, fácil de aprender y repetir por la Asamblea.
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2) Transición a la epíclesis
        Es grande o chica, todo depende de la plegaria que se escoja. Es como una paráfrasis del
Santo anterior: “Santo eres en verdad, Señor, fuente de toda santidad...”.
3) Epíclesis
        La Iglesia, por medio de determinadas in vocaciones, implora el poder divino para que los
dones que se han ofrecido en la celebración, queden consagrados, es decir, que se conviertan en
el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y para que la hostia inmaculada que se va a recibir en la sagrada
Comunión sea para salvación de quienes la reciben. La imposición de las manos es el gesto
epiclético: “Por eso te pedimos que santifiques estos dones con la efusión del Espíritu Santo...”.
4) Narración de la Institución
        Es el momento cumbre de la plegaria. El sacerdote repite las palabras y gestos del Señor
en el momento de la Institución y muestra a la adoración de la Asamblea el Pan y el Vino
convertidos en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. “El cual, cuando iba a ser entregado (...), tomó
pan, dándote gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «TOMAD...»”. Respétense
ESTAS palabras.
5) Anámnesis
        Es otro de los elementos esenciales. Se recuerda la muerte, resurrección y ascensión de
Cristo, no como una evocación fría de hechos pasados, sino como MEMORIAL VIVIENTE, realizado
en el aquí y ahora de la Asamblea. La Eucaristía celebra y re-presenta (hace presente de nuevo) la
fuerza salvadora de esos hechos que nos alcanzaron la reconciliación con Dios. Por esa razón el
sacerdote, en nombre y representación de todo el pueblo sacerdotal, OFRECE al Padre la Víctima
como oblación agradable a Él y salvadora para los hombres. “Así pues, Padre, al celebrar ahora
el memorial de la muerte y resurrección...”.
6) Segunda epíclesis o invocación
        Se implora de nuevo la presencia del Espíritu Santo para que, por una parte, haga grata al
Padre la ofrenda de la Víctima y por otra, la acción del Espíritu une en una sola familia de
hermanos a todos los que se alimentan de esta misma Víctima. “Te pedimos humildemente que el
Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del...”.
7). Conmemoración de los santos
        La Eucaristía tiene también un contenido escatológico: su efecto salvador se nos va
aplicando en esta vida, pero tendrá su plenitud en el cielo; mirando a los santos podrá el creyente
oferente comprender el plan salvador de Dios que, a través de las vicisitudes de la vida, nos
conduce a la participación plena de la resurrección de su Hijo. “... y así, con María, la Virgen
Madre de Dios, los apóstoles y cuantos vivieron en tu amistad a través...”.
8) Intercesiones
        Toda Eucaristía se ofrece por toda la Iglesia. Por eso en la Plegaria eucarística hay unas
intercesiones explícitas: por el Papa, el obispo, la jerarquía, los oferentes ahí reunidos, los
ausentes, los difuntos. Se pide que a todos ellos alcance la salvación de Cristo que la Eucaristía
representa y actualiza. “Acuérdate, Señor, de tu Iglesia extendida por toda la tierra...”.
  La Plegaria eucarística exige que todos los presentes la escuchen con reverencia y en silencio.
  Que tomen parte en ella por medio de las aclamaciones previstas en el mismo rito. Ésa es su
  forma de participar.
9) Doxología de alabanza
        Corona la Plegaria eucarística. Es un breve himno de glorificación al Padre, al Hijo, por el
Espíritu Santo. La Asamblea da su asentimiento con la respuesta del AMÉN, con el que concluye
toda la Plegaria eucarística. “Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente...”.
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c) Las plegarias eucarísticas
I. El Canon romano
       Es la Plegaria eucarística más antigua y su composición ha sido muy paulatina. La
tenemos de una manera oficial desde el siglo IV y se tenía como la única forma de celebrar la
Misa. Su cuerpo resume la fe de los cristianos. Acentúa más el aspecto sacrificial y oblativo. Muy
recomendada para las grandes fiestas, en donde se congregan gran número de fieles, o en los
domingos.
II. Canon de Hipólito
       De principios del siglo III, se encuentra en la tradición de los Apóstoles y es un texto
romano muy antiguo.
       Se le caracteriza por ser un texto muy breve y sencillo en estilo y conceptos (hoy se peca
por el abuso de esta Plegaria). Como es un resumen de la teología de la Eucaristía, no es muy
clara en su expresión. Se recomienda en Misas con niños, aunque ya se tengan las propias, por
cierto muy bellas y que la gente disfruta con especial agrado. Tiene un prefacio propio, pero no
forma parte de su estructura, por lo tanto se puede cambiar.
III. Anáfora de Serapión
       Su corte es oriental, compuesta a mediados del siglo IV. Fácil de captar en sus partes, no
tiene prefacio propio, lo que hace posible abrimos a la gran riqueza que el misal presenta.
También es una Plegaria que se puede, usar los domingos y en las Misas de difuntos, por su
sentido cristiano que tiene sobre la muerte.
IV. Tomada de la Anáfora griega de san Basilio
       Es la más excelsa de todas, compuesta a mediados del siglo IV, de mucha difusión y casi
todas las familias litúrgicas la aceptaron. Es la más bella, pues es una narración de las
intervenciones de Dios en la historia. Tiene su prefacio propio, que habla de la creación inicial y
de la creación de los ángeles. En todo su cuerpo nos presenta un resumen de la Historia de la
Salvación.
V. Las Plegarias del Sínodo suizo (V/a; V/b; V/c; V/d)
       La Santa Sede aprobó su uso en agosto de 1974. Tienen partes invariantes en los
elementos que son esenciales de la Plegaria eucarística (Epíclesis, relato de la institución...).
Otras partes son variantes:
- V/a: Dios guía a su Iglesia. Se subraya la presencia salvadora de Dios en su pueblo, tanto en el
         Antiguo Testamento como en la Iglesia, y el carácter peregrinan te de los creyentes,
         guiados por la fuerza del Espíritu Santo.
- V/b: Jesús, nuestro camino. Es más cristológica. Alude a Cristo CAMINO al Padre. Por medio
        de Cristo se realiza la manifestación del Padre y a través de Él el hombre llega a Dios. El
        ideal de los creyentes es formar un cuerpo con Él, cuerpo que reúna en hermandad al solo
        y desamparado.
- V/c: Jesús, modelo de caridad. Cristo es la expresión del amor y la ternura del Padre Dios. El
        amor es el camino de la salvación.
- V/d: La Iglesia, camino hacia la unidad. En Cristo la Iglesia es camino de salvación. La
        Iglesia intercede por la unidad de toda la comunidad (jerarquía y fieles) y por el mundo,
        como instrumento de unidad.
VI. Las Plegarias eucarísticas de la reconciliación
       Fueron elaboradas en el año de 1975, con motivo del Año Santo, pedido por el Papa Pablo
VI, “La reconciliación de Dios con los hermanos”. Su uso se recomienda cuando las
comunidades celebran el misterio de la reconciliación. Muy recomendable para los tiempos y días
penitenciales, como la Cuaresma, Adviento y los viernes.
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VII. Las Plegarias eucarísticas para Misas con niños
        Fueron compuestas a solicitud de las Conferencias episcopales y promulgadas por el Papa
Pablo VI. Han sido compuestas para facilitar la comprensión y la participación de los niños en la
Eucaristía. Para responder a este objetivo se nos ofrecen tres Plegarias en un lenguaje simple y
sencillo. En su estructura se multiplican las aclamaciones con las que los participantes infantiles
explican su fe y su incorporación a la celebración. En estas Misas, la Conferencia episcopal
sugiere utilizar los gestos corporales y símbolos, para facilitar su participación en la celebración y
resulte más agradable y festiva para los niños. Aunque su uso sea exclusivo de niños, se puede
usar con los adultos.
d) Participación de la Asamblea en la Plegaria eucarística
        No es un rezo que deba recitar la Asamblea. Es un MEMORIAL que evoca el presidente, en
donde la Asamblea deberá participar en silencio y reverentemente. La Plegaria es propia del
presidente, ni siquiera al diácono le es permitido recitarla, por ser un ministro auxiliar. Es el
presidente de la Asamblea quien debe proclamarla, asumiendo la persona de Cristo sacerdote y
mediador. Sería empobrecer la celebración el tratar de componer nuevas Plegarias, que no están
autorizadas o cambiarles algo por iniciativa propia, basados en la santidad de “X” persona, su
capacidad teológica o intuición pastoral. Ya están las establecidas y aprobadas, que se
respeten por favor. La Asamblea debe participar asumiendo algunas formas concretas:
    Con las aclamaciones: el Santo, el Amén y la que se dice después de la consagración. El
    AMÉN, que es tan breve pero tan grande, que más que expresar una ratificación de lo que se
    sabe que es cierto, es PUBLICAR UNA SEGURIDAD, EXPRESAR LA FE, ES UNA CONVICCIÓN DE FE.
    San Agustín decía que el Amén es “afirmar el contenido de lo que creemos”.
    El silencio sagrado, que es la mejor manera de participar en este momento. No se trata de
    un silencio de pasividad o inactividad, sino de verdadera oración.
    Dar gracias a Dios Padre por la salvación en Jesucristo que se celebra en estos signos; esto
    se hace de manera especial en el prefacio.
    Alabar. La alabanza es el sentimiento de admiración del creyente ante Dios que lo salva; se
    manifiesta especialmente en el canto del Santo.
    La intercesión, que son las peticiones que se realizan dentro de la celebración, por la Iglesia
    y por los difuntos.
    Las posturas corporales, que dentro de la Plegaria tienen una doble finalidad: son un signo
    de comunidad y de unidad de la Asamblea, y expresan y fomentan la unanimidad de los
    participantes (IGMR 20). Estos gestos deben de ser real expresión de sentimientos de
    adoración, alabanza, ofrecimiento sacerdotal y petición.

3. Los ritos de Comunión
        Es el momento esperado; Jesús alimento está presente, deseoso de entrar en el corazón de
cada hombre. A esto tienden la fracción del pan y pequeños ritos preparatorios con los que se va
llevando a los fieles hasta el momento de la Comunión. Es importante no descuidar la unidad de
todos los ritos. Que no parezca un mosaico de piezas sueltas, ya que todos los ritos giran en torno
a la comunión de los fieles. Es cierto que “el sacrificio, como Pascua de Cristo, es ofrecido por
todos, pero no produce sus efectos sino en aquellos que se unen a la Pascua de Cristo por la fe y
por la caridad” (Eucharisticum Mysterium). En los ritos de Comunión, la Asamblea participa de
Cristo en plenitud, y varios signos se relacionan para cumplir con este fin, con el signo cumbre
que es la Comunión misma:

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      Padrenuestro           Signo de filiación divina
      La paz                 Signo de fraternidad
      Fracción del Pan       Signo de amor-caridad.
      Comunión               Signo de incorporación a Cristo y la Iglesia
 Con el Padrenuestro comienza la preparación inmediata al Banquete pascual y comienza el
 rito de Comunión.
a) El Padrenuestro
        El Padrenuestro es uno de los más grandes tesoros de la Iglesia primitiva. Para todos debe
ser la perla más preciada que pueden tener y que guardan en el mejor cofre, su corazón. Por eso
se le protege por todos los medios posibles para evitar cualquier manipulación, pues es la misma
Oración que Cristo nos enseñó. O simplemente por ser Palabra de Dios. Es la ORACIÓN por exce-
lencia con la que nos manifestamos como hijos del Padre y hermanos de Jesucristo. Pedimos el
perdón de nuestros pecados y el pan de cada día. Nos comprometemos con el amor al hermano y
declaramos nuestra fe.
        No siempre debe cantarse el Padrenuestro, también se recita, que es lo más ordinario, se
recomienda que se cante en las fiestas y solemnidades y en los domingos. Lo que se debe de
recordar es que si se va a cantar o recitar debe de hacerse con el corazón, sin prisa, meditando
cada palabra que vamos pronunciando, fijándonos perfectamente en lo que estamos diciendo, ya
que, como lo expresamos anteriormente, es el mismo Cristo el que nos enseña a hablar al Padre.
Es un CANTO DE LA ASAMBLEA. Le pertenece al pueblo. Debe de ser entonado o recitado por todas
las personas. Es un momento en el que no se aceptan exclusividades, adornos corales
complicados NI CAMBIOS EN EL TEXTO ORIGINAL. No se puede alterar la letra, pues Cristo es el
autor. Eso nos recuerda la monición mistagógica en la que introduce el Misal romano el
Padrenuestro: “FIELES a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos
atrevemos a decir...”. Los músicos entiendan así: FIELES a la recomendación... y siguiendo la letra
que nos dejó, nos atrevemos a CANTAR. Deben sentirse orgullosos los músicos litúrgicos porque
van a cantar la LETRA DIVINA, porque van a entonar el mismo texto que Cristo pronunció una vez.
Porque tienen la oportunidad de ponerle música a un texto que es de la propia inspiración de
Jesús.
        Reflexionando lo anterior, creemos que la manera de cantarlo, aparte de hacerla con
profesionalismo musical, debemos hacerla con el corazón, es decir, no sólo de dientes para
afuera, sino con toda el alma, junto Con todo el pueblo. Aquí se debe procurar que toda la
comunidad cante; para esto es necesario que conozca la melodía y, en caso contrario, conviene
ensayarla antes de la celebración.
b) El signo de la paz
        Con este gesto los fieles imploran la paz y la unidad para la Iglesia y para toda la familia
humana, y se expresan mutuamente la caridad, antes de participar de un mismo Pan. Como
hemos dicho, es sólo un signo, y basta que lo expresemos a una o, como máximo, dos personas.
Esto basta para expresar que queremos estar en comunión con todos los demás. La paz se pide a
Cristo, el Señor de la paz, y se desea entre los hermanos. Su contenido es profundamente humano
y evangélico. Este gesto lleva consigo un compromiso de trabajar por la paz y la unidad no sólo
en el momento del rito.
    La invitación a darse la paz la da el diácono o en su defecto otro celebrante. El gesto de la
     paz es libre: apretón de manos, abrazo, beso, etcétera, según la tradición o costumbre de la
     Asamblea.
    No es necesario decirse palabras.
                                                                                                       74
     No se confunda con un saludo ordinario, o felicitación en las bodas o aniversarios
     sacerdotales, quince años, etcétera, o condolencias en los funerales.
     Es un SIGNO DE COMUNIÓN y AMISTAD que se comparte con las personas más cercanas
     (¡dos!), pues no debemos distraemos del momento que se va a efectuar enseguida: LA
     FRACCIÓN DEL PAN.
     Se prefiere no cantar nada durante este rito, para que el saludo sea más espontáneo. Si lo
     hay, este canto nunca deberá reemplazar el canto del Cordero.
     El sacerdote debe esperar a que terminen de darse la paz para iniciar la fracción del Pan y
     poder hacer la inmixtión.
c) El Cordero de Dios
        Su función es acompañar el rito de la fracción del Pan y la inmixtión, la cual tiene un
simbolismo muy rico de unidad de toda la Iglesia en un mismo Pan compartido y en un mismo
cáliz. Esta invocación al Cordero puede repetirse cuantas veces sea necesario para acompañar la
fracción del Pan. La última vez se concluirá con las palabras: “danos la paz”. Inmediatamente
después de este momento, el sacerdote se prepara con una oración privada, para recibir con fruto
el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Los fieles hacen lo mismo, en silencio, desde su lugar.
¿Qué es el canto del Cordero de Dios?
        Es un canto SACRIFICIAL que da sentido al gesto de Jesús, que partió el pan diciendo:
“Tomad y comed... bebed todos de él”, Y que compaña la fracción del Pan. El mismo Cristo se
parte para todos en este momento de la celebración de la Eucaristía y nosotros le pedimos una vez
más que venga a nuestro corazón, que tenga piedad de nuestra debilidad y nos conceda su paz.
Es, pues, un canto litánico para acompañar la partición del pan en preparación para la Comunión.
¿Por qué a este canto se le llama también “Agnus Dei”?
        Bueno, porque Agnus Dei en latín significa Cordero de Dios. El Evangelio de Juan y el
Apocalipsis en términos latinos llaman así a Jesús. En la iconografía se llama Agnus Dei a la
figura de un cordero con una herida, con una bandera y un halo que seguramente tú ya has visto
en sagrarios, ornamentos, en el cirio pascual y en algunos otros objetos litúrgicos. Con ella se
alude a la muerte, resurrección y totalidad del sacrificio de Cristo evocado en la Eucaristía.
¿Quién canta el Cordero de Dios?
        A diferencia del “Santo, Santo, Santo es el Señor” y del “Padrenuestro”, el Agnus Dei o
Cordero de Dios NO es necesariamente un canto del pueblo y por lo tanto puede ser cantado
solamente por el coro o el solista, aunque se sugiere mejor que el pueblo DEBE cantar las
respuestas de “danos la paz” y “ten piedad de nosotros”. Hagamos caso a esta sugerencia y
procuremos que el pueblo cante esta parte que le corresponde.
¿Cómo se canta el Agnus Dei?
        El canto tiene dos partes: una que llamaremos la “INVOCACIÓN”, es decir, donde cantamos
“Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo” y la otra parte que llamaremos la
“RESPUESTA”, es decir, “ten piedad de nosotros” y “danos la paz”. Se llama respuesta porque
como ya dijimos, es la parte cantada donde RESPONDE el pueblo u otra parte del coro.
       La respuesta y la invocación podrán ser repetidas según exija la acción.
       Recuerda que NO es el momento de un lucimiento coral, sino de acompañar el momento
litúrgico que se está viviendo, aunque cante solamente el coro.
Recomendaciones para cantar el Cordero de Dios.
  1. NUNCA de los “nuncas” vayas a sustituir este canto por un canto de los llamados “cantos de
     paz”, como cantar “Hebenu Shalom Alejem” o “No, no, no basta rezar”, ya que DE NINGÚN
     MODO un canto de este tipo puede sustituir el Cordero de Dios.
  2. Comienza a cantar este canto al momento en que veas que el sacerdote TOMA el Pan para
                                                                                                    75
      partido. Exactamente ahí se debe iniciar este canto.
 El Cordero de Dios NO LO DEBES SUSTITUIR por un canto de paz.
 3.   NO tengas miedo al SILENCIO que puede acompañar el signo de dar la paz. Recuerda que el
     silencio también es música. Espera... en este momento de la paz no es necesario decir
     palabras, basta sólo con apretarnos las manos o darnos un abrazo y es mejor NO CANTAR
     NADA. No empalmes los ritos. Comienza a cantar el Agnus Dei cuando litúrgicamente es
     oportuno.
  4. NO ALTERES el texto litúrgico original cuando trates de componer una melodía para ello, ya
     que puedes hacerla; sólo procura también que tu arreglo musical y coral sea sencillo, breve y
     suave. Toma en cuenta en tu composición musical las formas de invocación y respuesta.
d) Signo de la fracción del Pan
         Este rito reproduce la acción de Cristo en la Última Cena. Cristo es el único Pan partido.
Los que comemos de un mismo Pan formamos un solo cuerpo (1 Cor 10, 17). Está mandado
dividir la hostia en varias partes y levantar sólo una de ellas. El sacerdote comulgará con una
parte solamente y distribuirá las restantes, al menos a algunos fieles (IGMR 283).
Recomendaciones
    Que comulguen con las hostias consagradas en la misma Misa (Eucharisticum Mysterium
     31).
    Aunque por razones pastorales se utilizan hostias pequeñas en las celebraciones, convendrá
     utilizar hostias grandes y fraccionarlas cuando el grupo sea poco numeroso.
e) El canto de Comunión
¿Qué es el canto de comunión?
         Es el segundo de los dos cantos llamados PROCESIONALES que existen en la Liturgia de la
Eucaristía. Es un canto que da expresión al gozo que sentimos todos por la unidad en el Cuerpo
de Cristo y a la realización del misterio que se está celebrando. Es el momento en el que nos
debemos sentir verdaderamente unidos y hermanos. Es el momento en el que todos comemos de
un mismo Pan y bebemos una misma Sangre. Es el momento en que celebramos la unidad de la
Iglesia. Esto nos da alegría y ánimo para continuar caminando.
¿Qué cantos puedo elegir para este momento de la celebración?
         En general, durante los tiempos más importantes del año eclesiástico, como lo son la
Pascua de Resurrección, Cuaresma, Navidad y Adviento, es preferible que la mayor parte de los
cantos usados en este momento sean de una naturaleza propia del tiempo litúrgico que se celebra.
Por ejemplo, en Adviento puedes entonar cantos que resalten ese tiempo de espera, que hablen de
que el Señor está cerca y pronto nacerá, de que hay que preparar el corazón para que sea hoy un
pesebre. En Pascua de Resurrección, pues, tus cantos manifestarán el gozo de la nueva vida que
nos fue alcanzada por el sacrificio de Cristo, de que Él está vivo y venció a la muerte. Tú puedes
ir haciendo la elección de tus cantos si pones atención a la letra del mismo y al tiempo o
momento litúrgico de que se trate. Para el resto del año, o lo que es lo mismo, para el Tiempo
Ordinario, pueden usarse cantos que no choquen con el carácter pascual de cada domingo.
¿Quién canta el canto de Comunión?
         Es un canto en el que el pueblo DEBE participar entonando aunque sea la parte que
llamamos del “coro”, ya que con ello se manifiesta también muy claramente esa unidad de la que
hablábamos anteriormente. Procura que esto se logre en tu comunidad. Si se dedica un tiempo
antes de que inicie la celebración para ensayar con la comunidad, ella responde muy bien y
aprende más rápido.
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¿En qué momento debe iniciar el canto de Comunión?
        Es un canto que INICIA CUANDO COMULGA EL SACERDOTE y se prolonga mientras
comulgan los fieles, hasta el momento que se juzgue oportuno. Te pregunto: ¿y cuándo es
oportuno? Muchos músicos piensan que debe estar cantándose un canto de Comunión desde que
el sacerdote comienza a repartir las hostias consagradas y debe continuar cantándose hasta que el
sacerdote termina, purifica, y se sienta a terminar de escuchar el concierto. Esto no debe ser así.
Un buen músico litúrgico sabe que el canto comienza al comulgar el sacerdote y SE DEBE
TERMINAR CUANDO TERMINAN LOS FIELES DE COMULGAR. Esto tiene la siguiente explicación: Hay
un momento después de la Comunión que es IMPORTANTÍSIMO que vivan todos los presentes en la
celebración, incluyendo a las personas del coro y a los músicos, que se llama SILENCIO SAGRADO.
Es un momento de paz interior que se manifiesta con el silencio exterior y nos ayuda a
comunicarnos íntimamente con el precioso y divino huésped que ha llegado.
        Un músico NO TIENE DERECHO a robarse este momento por un mero lucimiento personal.
Además, al ver que va terminando la fila de fieles y al existir este espacio de tiempo se presenta
la MEJOR OPORTUNIDAD para que el mismo músico también comulgue y participe del banquete,
sin quedarse fuera de la celebración plena. No te quedes fuera de este momento y deja que el
silencio haga cantar los corazones de los hijos de Dios ahí reunidos. Permite que tu comunidad
entregue también su propia composición y su propio canto.
¿La música instrumental puede usarse para este momento?
        El canto de comunión DEBE ser cantado. La música instrumental puede usarse para
ACOMPAÑAR el SILENCIO sagrado del que ya te hablé. Pero NUNCA como un concierto y ni
siquiera con volumen alto o lo que pareciera un volumen “normal”. Esta música instrumental
debe ser interpretada muy suavemente, de modo que NO INTERRUMPA a los fieles y mucho menos
les estorbe. Si se ejecuta tiene una función muy específica y ya te la dije: SOLAMENTE ACOMPAÑA,
no incomoda.
f) Oración después de la Comunión
        Una vez que se ha terminado de repartir la Sagrada Comunión y terminadas las
purificaciones, el sacerdote regresa a la sede y se observa un momento de silencio sagrado,
mientras toda la Asamblea permanece sentada. Pasado este momento que debe ser vivido
plenamente, el sacerdote de pie junto a la sede, o ante el altar hace la Oración después de la
Comunión con las manos extendidas. Todos se ponen de pie. Al final de ella, el pueblo responde:
“Amén” (IGMR 122).
                                        UNIDAD IV
                               LOS RITOS CONCLUSIVOS
        Los ritos de despedida son muy simples y breves: los avisos a la comunidad, la bendición
y la despedida. EL CANTO FINAL NO PERTENECE A LA CELEBRACIÓN.

1. A visos a la comunidad
        Los avisos, que son importantes para la vida de la comunidad centrada en la Eucaristía,
deben hacerse después de la oración presidencial que sigue a la Comunión, nunca en la
homilía o antes de la Oración después de la Comunión, ni durante el silencio sagrado. Los
da el sacerdote mismo u otro ministro, diácono o lector, procurando que sean breves. Se evitará
publicidad, propaganda o alusiones monetarias: películas, rifas, venta de artículos o comercio en
la puerta de la Iglesia. Para ello debe usarse un lugar fuera del recinto sagrado u otros medios de
comunicación: boletines, carteles, etc. Hay que ser sobrios en dar horarios y fechas en los avisos
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orales. Aunque a veces sea necesario por causa del tipo de Asamblea. Hay que evitar el peligro de
causar confusión con demasiados números y tener en cuenta que no es fácil retener de memoria
esos datos.

2. Saludo y bendición
        El misal ofrece una variedad de bendiciones más solemnes según los tiempos litúrgico s y
las fiestas. El diácono, o a falta de éste el mismo sacerdote, dice el invitatorio: “Inclínense para
recibir la bendición”, u otra fórmula semejante. Y con las manos extendidas sobre la asamblea,
el sacerdote pronuncia una triple bendición a la cual se responde: “Amén”. También puede
utilizar, extendiendo las manos, una de las 26 oraciones sobre el pueblo que existen. Estas
oraciones enriquecen el sentido de la bendición y llaman habitualmente a un compromiso de vida.
La liturgia romana las recomienda para los días penitenciales, especialmente en Cuaresma.

3. Despedida
        Saber despedirse es también un arte. Un clima más fraternal puede dar a la celebración
una terminación o un final agradable. Es preciso que la Eucaristía tenga conexión con la vida; que
salgan los participantes a la calle con un compromiso, con una esperanza, con la sensación de
haber crecido en la fraternidad y la decisión de dar testimonio en medio del mundo. La fórmula
“pueden ir en paz”, es una misión. Es conveniente que el presidente despida a la asamblea con
palabras que hagan el puente entre las verdades proclamadas y celebradas y la vida de testimonio
de los cristianos. No se trata de una homilía, sino de sintetizar en pocas palabras lo que se ha
celebrado y su implicación en la vida: Cómo vivir lo que se ha visto, experimentado y oído en la
celebración. Antes de retirarse, el sacerdote venera el altar, besándolo. Si hay un diácono,
también él besa el altar.
El canto final
        Se forma la procesión de salida. La asamblea ha sido disuelta y es bueno que esta
Asamblea manifieste su alegría y su compromiso de vivir como cristianos eucarísticos.
        El canto de salida NO forma parte de la liturgia. Nunca ha sido parte oficial del rito. Es
un canto que se le llama “Ad libitum”, es decir, en esta intervención musical, los músicos son
libres de planificar y escoger la música que proporcione un terminación apropiada a la Misa.
Aunque algunos pastoralistas quieren suprimirlo, la psicología nos indica que no sería lo
indicado, ya que “CORTAR” de esta manera la celebración no sería bueno. Éste es el momento en
el que, por ejemplo, el “A ve María” tan solicitado para el rito del matrimonio, puede ser
interpretado sin que sea antilitúrgicamente ejecutado en el momento de la presentación de dones
o peor todavía, en el momento de la consagración. Aquí puedes lucir a tu coro, tus
composiciones, tu arreglo vocal e instrumental o bien únicamente hacer uso de los instrumentos
para este momento. Aquí es donde caben los cantos de evangelización que te gustan, que
aprendiste en algún evento y quisieras interpretar. Aquí, en un ambiente de alegría y fraternidad,
CANTA para animar la fe de tus hermanos.
Otras aclamaciones
        Las aclamaciones son clamores de alegría que surgen de toda la Asamblea como
asentimientos enérgicos y significativos a la Palabra y la Acción de Dios. Son importantes porque
destacan algunos momentos más significativos de la Misa. En la celebración eucarística hay
CINCO aclamaciones que deben ser cantadas: el Aleluya; Santo, Santo, Santo es el Señor; la
aclamación conmemorativa; el gran Amén; y la doxología del Padrenuestro.
        La aclamación conmemorativa: Es el momento que conocemos como “Anunciamos tu
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muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”. Esta aclamación es propiamente una
conmemoración del sufrimiento y la glorificación del Señor, con una expresión de fe en su
venida. La variedad en el texto y en la música es deseable. El Misal romano indica las otras
variantes que existen.
        El gran amén: Después de que el sacerdote eleva la Víctima preciosa que es Cristo y
pronuncia las palabras “Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del
Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos...”, los fieles dan su
asentimiento y la hacen suya contestando vigorosamente ¡AMÉN! Hay que cantarlo SIEMPRE, es lo
deseable y es lo correcto litúrgicamente hablando.
        Doxología del Padrenuestro: Estas palabras de alabanza: “Tuyo es el reino, tuyo el poder
y la gloria, por siempre, Señor”, son apropiadamente cantadas por todos, especialmente cuando
se canta el Padrenuestro. También aquí el coro puede realzar la aclamación con armonía.

                                         UNIDAD V
                                 EL EQUIPO LITÚRGICO
1. Definición
        El equipo litúrgico no es una nueva moda, sino una necesidad real. Bien organizado, es un
instrumento de primer orden 'para garantizar, no sólo la buena marcha de las celebraciones desde
el punto de vista de la participación de los fieles, sino también desde la perspectiva de toda la
pastoral de la liturgia y de los sacramentos. Por eso el equipo litúrgico parroquial, debe tener una
presencia asegurada en el consejo parroquial, y ha de tener una relativa institucionalización. Una
buena síntesis de lo que ha de ser el equipo litúrgico nos la presenta el siguiente párrafo de la
Ordenación General del Misal:
        “La eficacia pastoral de la celebración aumentará si se sabe elegir dentro de lo que cabe
los textos apropiados, lecciones, oraciones y cantos que mejor respondan a las necesidades y a
la preparación espiritual y modo de ser de quienes participan en el culto ... El sacerdote, al
preparar la Misa, mirará más al bien espiritual de la Asamblea que a sus personales
preferencias..., es menester que, antes de la celebración, cada uno por su parte, sepa claramente
qué textos le corresponden y que nada se deja a la improvisación. En efecto, la armónica
sucesión y ejecución de los ritos contribuye muchísimo a disponer el espíritu de los fieles a la
participación eucarística”.

2. Esencia
        El Equipo que se ocupará de la preparación y animación de las celebraciones es un grupo
variado, representativo de lo que es la comunidad: agrupa a los ministros ordenados que van a
presidir las celebraciones, algunos religiosos y religiosas y, sobre todo laicos, adultos mayores y
jóvenes, casados y solteros. Este grupo no debe considerarse como dueño único de las decisiones,
aunque se va formando a partir de las personas dispuestas a colaborar y luego se va organizando
más. Debe permanecer abierto. En todo caso, si llegaran a ser muchos sus miembros, se podría
pensar en una rotación a la hora de distribuir los servicios, o en subgrupos que cuiden de los
diversos sectores y de las celebraciones especializadas, pero que a la hora de la reflexión y de la
oración formen la unidad. En concreto, un equipo está así constituido por las personas que se
hacen responsables de los varios servicios litúrgico s o al menos de su preparación y distribución.
Un equipo de liturgia que se reúne y que prepara la celebración, no es “para que salga bonito”, ni
para lucirse; la razón debe ser más profunda. La que debe dar sentido a todas las demás, es el
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deseo de servir, de ayudar a la comunidad para que pueda rezar mejor y celebrar más consciente
y profundamente su Eucaristía dominical, para que ejerza su sacerdocio bautismal que lo lleve a
vivir su compromiso.

3. Finalidad
a) Preparar bien la celebración
Su tarea inmediata es preparar los aspectos de una celebración comunitaria:
 Preparación material del lugar. Digno, bello y acogedor.
 Distribución de los espacios y asientos, tanto de la Asamblea, como de los ministros que
   actúan en el presbiterio.
 Ambientación del atrio de la Iglesia, sobre todo en los tiempos litúrgicos más fuertes y en las
   fiestas.
 La ambientación musical, cuando van llegando los fieles.
 Distribución de servicios, al menos para las Misas de los domingos y fiestas, y de ser posible
   también para cada día de la semana.
 La selección de los cantos, adaptados tanto a la comunidad como al momento concreto de la
   celebración.
 Debe ser objeto de decisión común: el lenguaje y el texto de las moniciones que se van a decir,
   la Plegaria universal, la homilía, etcétera.
 Hay celebraciones especiales: para niños, jóvenes, primeras comuniones, confirmaciones,
   bautizos, sobre las que es bueno que el grupo reflexione en común.
 De una buena reunión del grupo litúrgico depende en gran parte que luego exista la necesaria
   coordinación, evitando duplicidades y divergencias.
b) Visión a largo plazo
        Hay que descubrir aspectos que puedan mejorarse en la celebración. Para esto ayuda
mucho el saber escuchar. Dentro del grupo: unos a otros, y también a los que no forman parte del
grupo: los fieles, los jóvenes y los niños que quieran expresar sus deseos para la mejora de los
cantos, del ritmo o del ambiente. Previsión de celebraciones futuras, que todavía están lejos en el
tiempo, pero que por su importancia deben ser preparadas con esmero, principalmente las del
Triduo pascual.

4. Sus tareas
 Antes de la liturgia. Una preparación remota. Sobre la condiciones en las que se desarrollan
  las celebraciones: el espacio de la celebración, su organización, su decoración, sus instru-
  mentos, manual de cantos, etcétera. Una preparación inmediata. Depende de la capacidad y
  del número de miembros del equipo el preparar cada una de las celebraciones.
 La tarea de evaluación. Resulta importante evaluar posteriormente una celebración. Por
  ejemplo: examinar la manera como se ha tenido el rito de apertura, o bien, ¿qué percepción
  han tenido los fieles de la celebración eucarística?
 La formación permanente de sus miembros. Preparación bíblica, pastoral y litúrgica.
  Capacitación técnica. Formación espiritual.

5. Integrantes y funciones del equipo litúrgico
        Debe estar constituido por personas que se hacen responsables de los varios servicios
litúrgicos, o al menos de su preparación y distribución: Los que proclaman las lecturas.
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    Los que dirigen la oración o el canto, el organista.
    Los salmistas.
    Los encargados de las moniciones o de la Plegaria universal.
    Los ministros extraordinarios de la Comunión.
    El sacristán y los monaguillos.
    Los que atienden al servicio de acogida.
    Los encargados de la colecta y las ofrendas, etcétera.
    Que haya un equipo para cada celebración. Todos bajo la dirección del rector de la Iglesia, el
    párroco o el presidente de la misma.


6. Funciones
a) Presidir la Asamblea
         Para que se realice en la Iglesia esa Asamblea, Pueblo sacerdotal, se requiere de un
ministro ordenado, que representa a Cristo, Cabeza de su Iglesia, y que realiza la función de
presidir en su nombre la acción litúrgica celebrada bajo el aliento del Espíritu Santo, como
ofrenda agradable al Padre celestial. Pero también algunas celebraciones las puede presidir un
laico, en ausencia y a petición del sacerdote responsable de su comunidad. Cristo, único y eterno
sacerdote, participa su sacerdocio a su Iglesia por dos vías:
 Por el bautismo nos participa de su misión sacerdotal, común a todos sus seguidores:
   ordenar todas las cosas hacia Dios.
 Por el sacramento del Orden, Cristo une a algunos de los bautizados a su sacerdocio
   Capital, es decir, para que sean cabeza de su Iglesia.
         Presidir en nombre de Cristo. Presidir significa “estar sentado delante”. La razón para
que algunos, entre los bautizados, reciban el ministerio pastoral (obispo, sacerdotes), no es
solamente la organización; sino para actualizar la presencia de Cristo en la Asamblea, asegurar
la unidad de la Iglesia y la continuidad de la misión apostólica.
         Cómo presidir la Asamblea, El sacerdote es punto de unión:
    Entre las personas: Antes, durante y después de la celebración.
    Entre las partes de la celebración: El presidente ordena las diversas partes y ayuda a los
     fieles a relacionar/as entre sí, a entender su profundo significado, por ejemplo, al recoger
     las palabras del canto de entrada para la acogida o la oración penitencial.
    Entre los diferentes ministerios y servicios: El sacerdote armoniza las acciones de los
     diferentes agentes. Gracias a él, cada uno puede actuar en función “de los dones diversos
     del Espíritu”.
    Al sacerdote le corresponde animar al que es tímido, moderar al acelerado, ayudar a cada
     uno a situarse en el lugar y momento debido.
    Entre la celebración y la vida diaria: A través de sus contactos apostólicos, el sacerdote se
     preocupa de la vida de sus fieles. El conocimiento y el trato con ellos debe reflejarse en las
     moniciones de acogida.
    Entre la Asamblea particular y la Iglesia universal: Es ésta verdaderamente su función
     propia, la que ha recibido del obispo.
    Entre la Asamblea y “El que viene”: El sacerdote es el unificador que establece un vínculo
     entre las personas, entre los grupos, entre las actividades eclesiales (misión, catequesis,
     acción de caridad, etc.), entre todos y Dios. Es el primer animador o, si se quiere, “vigilante”
     activo, compartiendo así el cargo de su obispo.
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b) Animar la celebración
        Animador, guía, coordinador. La imagen en la comunidad queda mejor expresada
cuando el sacerdote asume sólo aquellas funciones estrictamente presidenciales y deja a los laicos
la realización de otras, poniéndose de acuerdo. El servicio del animador consiste en coordinar, de
acuerdo con el presidente, los varios servicios en torno a la celebración: cantos, intenciones de la
oración universal, etcétera. No las hace él o ella, sino que prepara a alguien para que las diga. No
se sobrepone al presidente, sino que, en conexión con él, se ocupa de la marcha armónica de la
celebración. Lo más importante del trabajo del animador se realiza antes de la celebración. En la
reunión de grupo y en los contactos que ha tenido con el presidente y los otros responsables, ya
ha previsto el reparto de los servicios y el modo concreto de realizar las cosas; y está bastante
seguro de que todo irá bien. Ya en la celebración, el animador podrá participar como los demás
en todo lo que se celebra: lecturas, oraciones, cantos, Comunión, etcétera.
      El monitor o comentador. Es muy importante en una celebración la persona del monitor,
pues es el que va llevando la celebración. El Misal romano habla de él de la siguiente forma:
“Entre los ministros que ejercen su oficio fuera del presbiterio está el comentarista o monitor.
Es el que hace las explicaciones para introducir a la Asamblea en la celebración y disponerla a
participar mejor”. Hay varias clases de intervenciones:
     INDICATIVAS: De posturas corporales, cómo hacer la procesión, etc.
     EXPLICATIVAS: Por ejemplo, para ambientar una lectura desde su contexto histórico y otras.
     EXHORTATIVAS: Po ejemplo, desde qué actitud espiritual podemos cantar el salmo
     responsorial.
        El cantor. La música no es algo “añadido” a la liturgia, para embellecerla o adornarla,
sino que es parte integrante de la misma celebración. El canto y la música en la liturgia viene
siendo el alma de la misma. La actuación de un promotor del canto empieza mucho antes de la
celebración. Es en gran parte tarea suya preparar bien toda la celebración y en concreto su ritmo
musical, para que todo resulte fluido y sereno. Tendrá que decidir los cantos que se van a realizar,
porque no se trata de cantar un canto cualquiera, sino el que sea el más adecuado para cada
momento determinado y para cada Misa, de acuerdo con el tema que presenta la liturgia del día
propio. Recomendamos que juntamente con él los demás miembros del equipo litúrgico, estudien
y decidan sobre qué cantos ayudan mejor a vivir la celebración. CANTOS SOLAMENTE LITÚRGICOS.
        El servicio de CANTAR como solista, o como parte de un coro, y sobre todo el salmista, es
uno de los más importantes que pueden realizar los laicos. El canto hace que se manifieste y
crezca el sentido de comunidad y de fiesta. El coro es ese grupo de cristianos que se sienten
miembros de la comunidad, y a la vez un grupo especializado en música y que realizan dentro de
la celebración un verdadero ministerio litúrgico.
        El organista. En la liturgia, no hay ningún otro instrumento que llegue tan profundamente
a la sensibilidad humana como el órgano. Crea un clima adecuado de oración que transporta a la
persona a la esfera de lo sagrado, llenándola de serenidad. Hoy, se puede utilizar cualquier
instrumento, con tal de que ayude a la participación y elevación del alma a Dios. Con el
acompañamiento instrumental, si se realiza bien, el canto adquiere mayor consistencia, seguridad
y expresividad. Las condiciones para su eficacia son evidentes: el sonido de los instrumentos no
debe cubrir las voces, ni dificultar la comprensión del texto. Otras veces el organista crea, él solo,
un espacio sonoro antes del comienzo de la celebración para ambientar a la comunidad.
c) Al servicio de la Palabra
        El lector. En toda comunidad cristiana es necesario que haya un grupo de personas que
puedan realizar más o menos establemente el ministerio de lectores, que resulten representativos
de la comunidad –laicos y religiosos, adultos mayores y jóvenes, hombres y mujeres– pero sobre
                                                                                                         82
todo se trata de que la comunidad pueda escuchar y atender en las mejores condiciones posibles
la Palabra de Dios, por los mejores comunicadores de esa comunidad. Comunicadores de la
Palabra que hayan recibido una preparación espiritual y técnica para realizar de la mejor manera
su ministerio.
        Primero oyente, luego lector. Además de la preparación técnica, cuenta mucho la actitud
espiritual del lector. La persona que lee para la comunidad no es un cartero que transmite
mensajes de los que no se entera, sino que se supone ha leído antes la Palabra y se ha dejado
convencer y llenar de ella; la ha entendido, la ha aceptado..., y luego, sólo luego, se atreve a
proclamarla a los hermanos.
        El salmista. La finalidad del salmo responsorial, después de la primera lectura, es
prolongar e interiorizar el mensaje de la misma. El salmo, que es también Palabra del mismo
Dios, nos ayuda a hacer eco al mensaje contenido en la lectura. Un salmista es aquella persona
preparada para ayudar a sus hermanos a entrar en la dinámica amable y profunda de la salmodia,
como respuesta a la lectura. Con su voz modulada intenta dar vida al salmo, y por lo tanto,
expresar y comunicar los sentimientos de alegría o de dolor, de penitencia o júbilo, de admiración
o lamento, que el texto trae y que la música seguramente contribuye a expresar.
d) El servicio del altar
        Los monaguillos. Erróneamente los llamamos “acólitos”. Los acólitos son ministros
(varones) instituidos por el obispo con un ministerio estable. Los monaguillos son aquellas
personas, por lo general niños o adolescentes, jóvenes o mayores, que ayudan al sacerdote o al
diácono en el servicio del altar. Ellos están supliendo a los acólitos instituidos. Como ayudantes
de los ministros principales, su lugar no es, como si fueran diáconos, al lado del presidente y de
cara al pueblo, sino en otro plano más discreto. Deberán tener una actitud espiritual, que descubra
las varias presencias de Cristo en la celebración, según Juan Pablo II:
 En la comunidad cristiana reunida: Deberán amar y servir a esta comunidad, que es la suya
    y en la que está presente Cristo Jesús.
 En la Palabra de Dios que se proclama: Deberán hacer esfuerzos por conocer cada vez
    mejor la Palabra bíblica de Dios y proclamarla bien, si reciben este encargo.
 En la persona del sacerdote u obispo presidente: Deberán tenerlo como a honra y realizar
    con gozo y dignidad el servicio que se les ha confiado de ayudar, en el presidente, al mismo
    Cristo.
 En el pan y el vino de la Eucaristía sobre el altar: Deberán amar la Eucaristía, acercarse con
    respeto al altar y expresar, con su modo de actuar, su fe en la presencia de Cristo en la
    Eucaristía que la comunidad celebra.
        El sacristán. Prepara las celebraciones juntamente con el maestro de ceremonias, pero
secundándolo. Aunque no tiene una intervención directa en la misma celebración, como el lector
o el director del canto, desde su plano más escondido e indirecto, el sacristán es una persona que
tiene una innegable influencia, por el mantenimiento material y la preparación inmediata de todo
lo necesario para la celebración. Si tiene una buena sensibilidad litúrgica, puede ayudar en gran
manera a que toda la acción se realice en las mejores condiciones y de acuerdo con las líneas de
la reforma litúrgica eclesial.
        Ministro extraordinario de la Comunión. Entre los servicios litúrgicos que en estos
últimos años se han ido encargando a los laicos, el que tal vez ha llamado más la atención es el de
poder distribuir la Comunión. No es una novedad absoluta. Hasta el siglo VIII tenemos
testimonios de que los laicos recibían con frecuencia la misión de llevar la Comunión a los
ausentes, enfermos o presos. Más tarde este ministerio se fue reservando poco a poco a los
                                                                                                      83
clérigos, hasta nuestros días. En 1973, la Congregación de los Sacramentos publicó la instrucción
Inmensae Caritatis, que estableció los motivos y las modalidades de la distribución de la
Comunión por laicos.
        El servicio litúrgico de distribuir la Comunión, tal como ha quedado ahora regulado,
abierto también a las mujeres, ha entrado bien en la sensibilidad del pueblo cristiano, después de
las primeras y naturales reacciones de sorpresa o incluso de oposición. Allí donde la práctica se
ha introducido con pedagogía y buena preparación, se ha convertido en una experiencia enrique-
cedora, que va educando a la comunidad en el sentido de Iglesia y Eucaristía.
Las varias funciones incluidas en este ministerio son:
 Dentro de la Misa: Ayudar al sacerdote a repartir la Comunión, cuando es grande el número
   de comulgantes y faltan otros ministros ordenados; o bien cuando se quiere dar bajo las dos
   especies.
 Fuera de la Misa: Cuando en ausencia del sacerdote hay fieles que quieren comulgar y no han
   podido asistir a Misa; llevar la Comunión a los enfermos, incluso a modo de Viático.
 Celebraciones dominicales en ausencia del sacerdote: En las que los laicos reciben el
   encargo oficial por parte del obispo de presidir la celebración de la Palabra y distribuir a sus
   hermanos la Comunión.
 Facultad de purificar los vasos sagrados: Después de la celebración, fuera del altar, en la
   credencia, una vez acabada la celebración y despedido el pueblo. Esto es propio de los
   acólitos. En algunas diócesis no les está permitido.
 La exposición del Santísimo: Sobre todo en las comunidades religiosas, masculinas y
   femeninas, en ausencia del sacerdote.
e) Para el orden de la Asamblea
        Recepcionistas-edecanes. Existe en algunos lugares el servicio de recibir a los fieles a la
puerta de la iglesia, acomodarlos en los puestos que les corresponden y ordenar las procesiones.
Este servicio litúrgico de la acogida es muy poco conocido, pero en bastantes comunidades se ha
experimentado su conveniencia. Puede ayudar a que la celebración dé comienzo con un mayor
clima de fraternidad. Un equipo de acogida puede actuar, sobre todo al principio de las
celebraciones, e integrarse con personas que conozcan a la comunidad y sean conocidas por ella.
Personas que sean aceptadas en la comunidad, de carácter amable, de sonrisa fácil, que sepan
estar “al quite” en todo momento para responder, para acomodar a las personas en el lugar que les
corresponde, haciendo la entrada en la iglesia más humana. Estos porteros podrán pensar con gozo
en las palabras que, al final, puede decirles Cristo Jesús: “Era forastero y me acogiste”.
Nota final:
Puede haber SERVICIOS, cuantas sean las necesidades de una comunidad que celebra su fe. Sólo
busquen que sean reconocidos oficialmente, dignos y bien preparados.

                                        UNIDAD VI
                     LA SACRAMENTALIDAD DE LA LITURGIA
1. Misterio y sacramento
        Misterio: Del griego mystérion. Verdad o elemento velado o secreto. Verdad que
trasciende la inteligencia o es inaccesible a ésta. En la antigüedad cristiana era sinónimo de
sacramento. Actual y litúrgicamente, puede ser un sinónimo de acción o celebración sagrada o
sacramental y en particular, de la Eucaristía. La palabra misterio servía para dos cosas:
                                                                                                      84
   a) Primeramente era un rito con el que se actualizaba un acontecimiento salvífico ocurrido en
      tiempos lejanos.
   b) Secundariamente implicaba una consagración a la divinidad.
SACRAMENTO: Es algo que sirve para santificar, es “la obra redentora de Dios” (Tertuliano), es
“un signo sagrado o signo de la gracia” (san Agustín).
         La palabra sacramento señalaba especialmente la idea de consagración. Más tarde los dos
términos coincidieron, porque en la traducción latina del Nuevo Testamento, la palabra griega
mystérion se traduce a veces por SACRAMENTUM y en otras sólo se transcribe la palabra griega a
su forma latina MYSTERIUM.

2. Los signos
        Signo es una realidad sensible, es decir, que conozco por mis sentidos, y que me lleva a
entender otra realidad que no estoy captando por mis sentidos. Los signos litúrgicos me llevan a
entender realidades de Dios. Tienen un significado de salvación y de gracia. En todo signo hay
dos aspectos que son complementarios: el significante y el significado.
        El significante es lo que capto por mis sentidos, lo que tiene relación a mi vivencia.
        El significado es la realidad a la que me conduce, diríamos lo que me deja.
En los signos litúrgicos: El significante es humano, es signo de comunicación humana; el
significado es salvífico, es portador de la gracia divina. Ejemplo: el agua. Ahí el significante que
capto por los sentidos y que es humano, me hace verla limpia o sucia, la puedo oír si está en
movimiento, la huelo si hay podredumbre, la tomo, la siento. Sé que sirve para lavar, limpiar,
bañarse, etcétera. El significado la coloca dentro del campo de la salvación. En el bautismo la
acción del baño con el agua y el cumplimiento, al mismo tiempo, de la Palabra de Dios
proclamada por el ministro, me lava del pecado y me llena de la gracia de Dios. Muero al pecado
y resucito a la gracia. Por eso el bautismo no sólo simboliza la purificación y la limpieza interior,
sino que efectivamente la produce.
 El sacramento es el signo salvífico que produce la gracia que significa.
Hay signos naturales y signos artificiales. Ejemplos: Un signo natural, las nubes negras son
signo de próxima lluvia; las señales en placas metálicas que encontramos en las carreteras son
convencionales, son signos artificiales. En la liturgia los signos son siempre naturales: la Palabra,
el canto, el agua, el vino, aceite, flores, las posturas, etcétera; usados en la liturgia tienen un
significado salvífico.

3. Los sacramentos
       Los sacramentos son signos sensibles, visibles, acciones de Cristo, tal y como lo realizó
en su vida terrena y por medio de los cuales Cristo está presente hoy en la historia de la
salvación. Jesucristo es el signo natural del Padre, porque en él se encuentra la divinidad (Jn 14,
8-11), por eso podemos decir que es Sacramento del Padre. La Iglesia es signo natural de
Jesucristo, porque es sacramento de Cristo. Contienen lo que significan, hacen presente a Cristo,
la vida de Dios, la voluntad salvífica. La Iglesia se realiza como Iglesia por medio de los siete
sacramentos que son encuentros salvíficos de cada persona con Cristo.

4. Conclusión
       *La liturgia es continuación y actualización de los misterios de Cristo, que un día
viviremos en plenitud y que ahora celebramos en los sacramentos.
                                                                                                        85
                                       UNIDAD VII
                  LA LITURGIA Y LA RELIGIOSIDAD POPULAR
        Éste es uno de los capítulos más emocionantes y polémicos en la liturgia. Se trata de
presentar paralelamente la liturgia con la religiosidad popular o mejor conocida como “religión
del pueblo”. ¿Se contradicen?, ¿cada cual camina por su lado?, ¿qué hacer cuando se ha
estudiado un poco sobre el verdadero culto a Dios y esto de frente a esta piedad popular?, ¿se
pueden conciliar o están separadas? Son algunas cuestiones que trataremos de aclarar o responder
en esta unidad.

1. Un acercamiento a ambas
        No se expondrá la definición de liturgia, pues en la primera unidad se explicó claramente;
sólo brevemente tocaré lo fundamental: si la LITURGIA es el ejercicio del sacerdocio de Cristo,
que se realiza en la Iglesia hoy, a través de los signos y con los que el hombre da gloria a Dios y
se santifica en comunidad, en consecuencia podemos decir: TODA CELEBRACIÓN LITÚRGICA ES
OBRA DE CRISTO SACERDOTE, y de su Iglesia, que es su Cuerpo. Es ACCIÓN SAGRADA POR
EXCELENCIA, cuya eficacia con el mismo título y con el mismo grado, no la iguala ninguna otra
acción de la Iglesia (SC 10). Es en la liturgia a donde confluye toda nuestra vida y de donde sale
y mana toda la fuerza que necesitamos para realizar nuestra tarea y nuestra misión de seres
humanos aquí en la tierra.
        Y por RELIGIOSIDAD POPULAR, entendemos el conjunto de hondas creencias selladas por
Dios, de las actitudes básicas que de esas convicciones derivan y las expresiones que la
manifiestan. Se trata entonces de una forma de existencia cultual que la religión adopta en un
pueblo determinado. Debemos aclarar que la religiosidad popular está expuesta a deformaciones
de la religión, es decir, a las supersticiones. Puede incluso conducir a la formación de sectas y
poner en peligro la verdadera comunidad eclesial. Pero, también tiene mucho de bueno, tiene
muchos valores, que bien orientados mediante una evangelización bien atinada y estudiada
resultaría algo grandioso.
Realidad
    Se percibe una sed grande de Dios, que sólo los pobres y más sencillos pueden conocer y
     vivir tan profundamente.
    Son muy generosos y sacrificados, y cuando se trata de manifestar su fe llegan incluso al
     heroísmo (NO son fanáticos, sino de hondas creencias, de fe muy cimentada y profunda).
    Con muchos valores, algunos muy evangélicos, como la paternidad, la honestidad, la
     constancia, apertura a la Providencia Divina, etcétera.
    Engendra actitudes interiores que raramente pueden observarse en las personas que no están
     dentro de este grupo, como la paciencia, el sentido de la cruz en la vida cotidiana, desapego,
     aceptación de los demás, devoción, etcétera.
        Así, podemos afirmar que más que religiosidad popular, es más bien piedad popular, es la
religión del pueblo (DP 458).

2. Su relación
        La liturgia es la acción sagrada por excelencia. La cumbre y la fuente de la vida hacia la
cual tiende nuestra existencia. Nos pone en contacto con Dios de una manera directa, nos hace
llegar al corazón de Dios. La religiosidad popular, siendo ya el Evangelio vivido, es el ambiente
que propicia un mejor encuentro con Dios. Al extenderse la religión del pueblo por muchos lados,
                                                                                                      86
entrando en muchos hogares y rincones de las naciones de los pueblos, permite que la presencia
del Evangelio fecunde el medio ambiente y lo que es ideal, fecunde la cultura. Es el ambiente, es
la atmósfera, que prepara el campo teniendo ya muchas semillas del Verbo, para que la acción
santificadora de la liturgia fecunde con toda su eficacia la cultura de nuestros tiempos. La
religiosidad popular capta el afecto, el sentimiento del pueblo, la vida de nuestros pueblos, la
vida, el alma.
        Sin embargo, será una labor de pedagogía pastoral el asumir, purificar, completar y
dinamizar por el Evangelio, la religión del pueblo. Para desarrollar la pedagogía de la
evangelización se pide a los agentes de evangelización que abran su corazón al Espíritu Santo y
se llenen de caridad pastoral. Exige antes que todo, amor y cercanía al pueblo, ser prudentes y
firmes, constantes y audaces para educar esa preciosa fe, algunas veces tan débil. Es necesario
conocer los símbolos, el lenguaje silencioso y el contenido de la religión del pueblo. La religión
del pueblo contiene muchos ritos. Los ritos son signos que buscan el encuentro con lo sagrado.
Hay ritos muy constantes y generales: la vela, la flor, la limosna, el beso, tocar el santo o el
manto, la plegaria, el canto, la peregrinación, el baile religioso y muchos otros más.
        La religión del pueblo llevará como fin intrínseco el encuentro con lo divino, el encuentro
con la persona, con Dios, con María o con el santo de su devoción. Se basa sobre todo en la
experiencia. Quieren experimentar en carne propia la presencia divina, quieren encontrarse con
ella quedándose en el lugar de peregrinación a donde van, a través de los exvotos, de dejar su
nombre en algún lado, quieren experimentar el “espíritu del lugar”. En el ambiente físico, que
forma parte del marco litúrgico, como es toda la ornamentación del lugar, sobre todo el ambiente
espiritual de oración, de respeto a la casa de Dios. Es en este ambiente donde se experimenta la
paz, la tranquilidad, la presencia de Dios. Ésta es la experiencia que se busca.
        Es tarea y desafío favorecer la mutua fecundación entre liturgia y piedad popular que
pueda encauzar con lucidez y prudencia los anhelos de oración y vitalidad carismática que hoy se
comprueba en nuestros países. Por otra parte la religión del pueblo, con su gran riqueza simbólica
y expresiva, puede proporcionar a la liturgia un dinamismo creador. Éste, debidamente
discernido, puede servir para encarnar más y mejor la oración universal de la Iglesia en nuestra
cultura. El encuentro buscado por la religión del pueblo, a través de los múltiples ritos, encuentra
su propósito sobre todo en los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía. Debe procurarse por
todos los medios, la participación plena, consciente y activa de los fieles al menos por los cantos
y las respuestas.
 “El orden perfecto y la belleza auténtica de la basílica más célebre y de la capilla más modesta,
 son ya una catequesis que contribuyen a abrir el espíritu y el corazón de los peregrinos o
 desgraciadamente, si es lo contrario, a resfriado” (Juan Pablo II, a los Rectores de los
 Santuarios franceses).

3. Integración de ritos y celebraciones en la liturgia
       En la pedagogía de la evangelización, los agentes, con prudencia y firmeza, educarán la fe
del pueblo y la integrarán a la liturgia. Es bueno hacer un estudio detallado observando los ritos
del lugar, ver el sentido que tiene para la gente en su contenido más profundo, purificados de
supersticiones o de elementos no cristianos, y en cuanto a los lineamientos lo permitan,
integrados en la liturgia, bien sea antes, dentro de la misma o después.
       Algunos ritos se podrán integrar antes de la Misa como por ejemplo las peregrinaciones,
procesiones, llegar hasta el santo, traer alguna vela o velas encendidas, dándole el contenido de
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encuentro con Dios. Otros ritos podrán, según lo dice la prudencia, integrarse en la Misa misma
en la procesión de ofrendas, en el canto, en las respuestas de la gente. Por ejemplo, en las
peregrinaciones se traen muchas veces flores, adornos florales, ofrendas al altar como botellas de
vino de consagrar, hostias, frutas, comestibles, veladoras; perfectamente en la procesión de
ofrendas se pueden integrar estos elementos, siendo traídos por la misma gente, de una manera
ordenada y supervisada por los encargados de la liturgia del lugar. El contenido evangélico más
profundo de estos ritos será explicado de una manera clara y pedagógica en la homilía o en el
momento que más convenga, y se acentuará en las moniciones. Lo importante es que todos estos
ritos lleguen a la profundidad del Evangelio y vayan encaminados a la persona de Dios, a la
persona de Cristo.
         Hay ritos ya integrados litúrgicamente como la aspersión de agua bendita, que nos
recuerda y revive el bautismo y sus gracias. Hay ritos y celebraciones que pueden integrarse al
finalizar la liturgia, por ejemplo, se puede organizar una pequeña peregrinación, si es que el
recinto lo permite, hacia el Santísimo, hacia la capilla del Santísimo. Pueden integrarse las
bendiciones de objetos religiosos, bendiciones de agua, bendiciones de niños, de enfermos, de
madres embarazadas, bendiciones incluso de automóviles y más allá, en vinculación con el lugar
santo, bendiciones de casa. Según las costumbres del lugar se pueden bendecir también animales
o algún otro tipo de objetos, siempre y cuando estos objetos tengan un contenido y una finalidad
definida hacia lo religioso, hacia lo santo. Estas celebraciones o bendiciones se harán según el
rito propuesto por la Iglesia. Al ser enmarcado todo lo dicho anteriormente en la liturgia, es
realizado, es centrado, es vinculado a la cumbre y a la fuente, es vinculado a Cristo mismo, a la
Eucaristía, es vinculado a Dios.
         Entonces muchos aspectos de la religiosidad popular se verán enriquecidos en su
contenido a la vez que enriquecerán la liturgia, porque así el pueblo se vuelca y participa en ella
al verse entendido, sobre todo en sus intenciones y anhelos más profundos y más altos. Aunque
en ocasiones, revueltos con otros signos u otras expresiones no católicas, no religiosas, se verán
involucrados en el acto de salvación por excelencia, a su vez que muchas de estas intenciones se
verán purificadas. Hay otros aspectos en la religiosidad popular que están cerca, pero no tan cerca
de la liturgia, como se dan en las fiestas patronales, en algunas peregrinaciones. Un aspecto en
ellas necesitado de atención es la comercialización. Según nos dice el Documento de Puebla,
número 463, es bueno purificar los lugares santos de actividades comerciales, sobre todo para
lucro personal, ponerlas en el sitio adecuado, no tanto en el lugar santo, sino fuera de él. Sin
embargo, para el peregrino, para la gente que viene en busca del encuentro, llevarse alguna
estampa, alguna imagen religiosa es muy útil y necesario, ya que le estará recordando el lugar y
las gracias del lugar, lo estará poniendo en contacto con él mismo desde su hogar, desde su lugar
de trabajo. Se trata entonces de purificar la comercialización, poniendo en su lugar lo que no sea
religioso e introduciendo o reformando la venta de estos artículos religiosos que pueden favorecer
el encuentro con Dios.
         En las fiestas patronales hay elementos que se comunican muy fácilmente con la liturgia,
donde será centrado el acontecimiento histórico. La experiencia fundamental que causa esta
fiesta, sobre todo al inicio de la liturgia y en el contexto de la misma fiesta, tiene elementos que
pueden ser involucrados muy fácilmente. Hay otros elementos que están cerca, pero que también
quieren encontrar un lugar dentro de lo sagrado: la fiesta, la kermés, los bailes populares de los
danzantes, bailes folklóricos, el castillo y otras cosas. Es bueno que los organizadores de todas
estas actividades estén siempre en contacto con el pastor, con el sacerdote del lugar, a fin de que
reciban el espíritu correspondiente, para que estas actividades favorezcan la tranquilidad, la paz y
sobre todo, favorezcan la unión que se busca de lo natural con lo sobrenatural. En nuestro país se
                                                                                                       88
da esta realidad, de juntar lo divino con lo humano, sobre todo en las fiestas patronales o fiestas
religiosas. Es muy recomendable la coordinación de los representantes eclesiásticos con los
representantes de las diversas actividades, a fin de que se logre efectivamente este encuentro y no
que la fiesta misma aparte a la gente de Dios, del ámbito religioso. Se trata entonces de integrar a
la liturgia, en la medida de lo posible, todas estas actividades purificándolas para que favorezcan
el encuentro con Dios.
         Estas fiestas son a la vez una escuela para nuestro pueblo, en la medida que ellos vean que
se pueden divertir sanamente en unión con Dios. Muy recomendable es evitar los excesos
provenientes del alcohol, incluso si se ve prudente, quitar todo tipo de alcohol de la fiesta. Esto
traerá una nueva experiencia para nuestro pueblo. Puede propiciar entonces una educación que se
puede llevar a casa y podrá ser un modelo para las fiestas familiares.
         Es muy conveniente que la gente se lleve a la casa, después de alguna fiesta, después de
alguna celebración litúrgica, no sólo algún recuerdo religioso, sino también alguna cosa concreta
para su vida, por ejemplo algún propósito como bendecir los alimentos, consagrar el día desde la
mañana, consagrarle la noche, hacer una pequeña oración, regalarle a Dios, a través de María, lo
que hayamos hecho en ese día, regalarle nuestro trabajo, rezar alguna jaculatoria concreta,
etcétera; algo que en su vida práctica la esté conectando continuamente con Dios.

4. Conclusiones
        Éstas son sólo algunas reflexiones sobre la liturgia y la religiosidad popular, no hemos
pretendido abarcar todo el tema sino solamente dar algunos impulsos al enriquecimiento de la
liturgia y de la religiosidad popular. Será un gran desafío para la creatividad de todos los agentes
de evangelización. Quisiéramos en este aspecto tener la consigna de salvar de la religiosidad
popular, todo lo que se pueda salvar, profundizarlo en su sentido religioso, re-evangelizarlo y lo
más importante llegar al corazón de la gente que anhela y busca a Dios, tratándola de comprender
y de poner en contacto con la cumbre y la fuente que es la liturgia.

                                       UNIDAD VIII
                                    EL AÑO LITÚRGICO
1. Tiempo pagano y tiempo cristiano
        Para el cristiano no hay un tiempo especialmente sagrado, ya que en todo tiempo y lugar
es justo y necesario dar gracias a Dios. Lo mismo que civil y socialmente celebramos
acontecimientos especiales, también en nuestra vida de fe celebramos anualmente los misterios
del Señor.
        La diferencia que existe entre otras celebraciones y las propias de nuestra vida cristiana,
es que en las primeras se trata de un ciclo cerrado, fijo, mientras que para el cristianismo, la
historia tiene un sentido que va evolucionando hacia su consumación. Todos los años volvemos a
celebrar los mismos misterios (aniversario), pero como los celebramos intentando vivirlos, vamos
progresando hacia el final de los tiempos.
        La historia de la salvación es la de un pueblo en marcha. Es un tiempo que va desde la
creación a la nueva creación, y este mundo nuevo se construye en el presente del hombre, día a
día y año tras año.



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2. ¿Qué celebra el año litúrgico?
        El año litúrgico desarrolla todo el misterio de Cristo, su obra salvadora en el tiempo por
medio del Misterio pascual, ya que la Pascua constituye el centro de la obra salvífica de Cristo.
Su humanidad unida a la persona del Verbo, fue instrumento de nuestra salvación. Por eso en
Cristo se ha dado la obra de la redención humana y de la perfecta glorificación de Dios.
        El Misterio pascual, debe traducirse en la vida como una respuesta de conversión. Esto se
realiza por la fe y los sacramentos de la fe, principalmente por el Bautismo y la Eucaristía. En el
año litúrgico se actualizan y experimentan en toda su perenne efectividad todos los aspectos de la
Pascua de Cristo, desde la Encamación hasta el don del Espíritu Santo, más aún, se celebra de
una manera litúrgica hasta la segunda venida de Cristo.
        Pero ¿Qué queremos decir con actualizar el Misterio Pascual? Queremos hacer presente
un hecho salvífico (acontecimiento cierto en el pasado) con toda su capacidad salvífica para ser
vivido y experimentado hoy, por medio de los signos litúrgicos, y que nos dirige hacia una
plenitud que culminará en la Parusía, la venida definitiva del Salvador.

3. Dos tiempos para celebrarlo
a) El domingo
        “La Iglesia por una tradición apostólica que trae su origen el mismo día de la
Resurrección de Cristo, celebra el Misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado
Con razón 'día del Señor o domingo'. En este día, los fieles deben reunirse a fin de que
escuchando la Palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la Pasión, la
Resurrección y la Gloria del Señor Jesús, y den gracias a Dios, que los hizo renacer a la viva
esperanza de la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, Todo esto se manifiesta en la
Eucaristía, por lo que se edifica la Iglesia”.
        La historia del domingo: Empieza Con la resurrección de Cristo, y adquiere su forma
definitiva mucho antes del Concilio de Nicea.
        El acontecimiento pascual: Fue en la mañana del primer “día de la semana” (Mt 28,1;
Mc 16, 9; Lc 24, 1; Jn 20,1). Cuando el Señor Jesús resucitó y se manifestó a los suyos. Después
de aparecerse a las santas mujeres, y luego a Pedro, se manifestó ese mismo día a los discípulos
de Emaús, que lo reconocieron en la fracción del pan (Lc 24, 35), se hizo presente en medio de
sus apóstoles reunidos. Comió con ellos (Lc 24, 41-43) y les dijo: “Como el Padre me ha
enviado, así también los envío yo, y dicho esto, sopló y les dijo: Reciban el Espíritu Santo. A
quienes perdonen los pecados, les quedarán perdonados” (Jn 20, 21-23).
        Entonces, la resurrección de Cristo, su manifestación a los suyos, el banquete mesiánico,
el don del Espíritu Santo y el envío misionero de la Iglesia, constituyen EL ACONTECIMIENTO
CENTRAL DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN, SE MARCÓ PARA SIEMPRE EL PRIMER DÍA DE LA
SEMANA. Y el domingo no será más que la celebración del Misterio de Cristo.
        El primer día de la semana: La celebración cristiana del primer día comenzó ya en la
semana siguiente a la Resurrección de Cristo. Veamos el texto de Juan 20, 26-27: “Ocho días
después, estaban otra vez sus discípulos y les dice: –Paz a ustedes–. Luego dice a Tomás, trae
aquí tu dedo y mira mis manos; trae aquí tu mano y métela en mi costado y no seas incrédulo,
sino creyente”. Cristo, con este texto, centra su atención en dos cosas: su presencia entre los
suyos y la fe, que exige de Tomás, condiciones de toda asamblea creyente. Por eso la generación
apostólica acepta inmediatamente la importancia del primer día como recuerdo y presencia del
Señor crucificado y resucitado. Pablo a los corintios, en su primera carta, hace referencia del
primer día, en la reunión semanal: “El primer día de la semana cada uno de ustedes ponga
                                                                                                      90
aparte lo que buenamente haya podido ahorrar” (1 Cor 16, 2), “Congregados el primer día de
la semana para partir el pan” (Hech 20, 6-12).
       El Día del Señor: Con el Apocalipsis (1, 10), por el año 95 (“Fui arrebatado por el
Espíritu, el día del Señor”), comienza a extenderse con este nombre, entre las Iglesias nacientes,
el término “Dominicus Dies”: Por eso el domingo es la fiesta primordial, es el día de la alegría
y de liberación del trabajo, es el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico.
b) El Triduo Pascual-Domingo de Resurrección
        Desde muy antiguo la Iglesia ha destacado un domingo entre todos: el Domingo de
Resurrección. Esta celebración es ampliada en le Triduo Pascual: Viernes Santo, Sábado Santo
y Domingo de Resurrección. En estos días se celebran tres aspectos del único Misterio pascual:
Jueves Santo, inicio del Triduo Pascual por la tarde, la institución de la Eucaristía y el
Sacerdocio, y la proclamación del mandato nuevo; el Viernes Santo, la pasión del Señor; el
Sábado, el día de la Sepultura (día alitúrgico); la Vigilia Pascual, que celebra la totalidad del
Misterio, y el Domingo de Pascua, su gloriosa Resurrección. Esta fiesta fundamental la prolonga
la Iglesia por 50 días como un solo día de fiesta e incluso como un gran domingo. Esta
cincuentena pascual se cierra con la celebración del don del Espíritu Santo, Pentecostés.

4. El Día del Señor en la Biblia
a) Primera creación
        Luz. “Dijo Dios: ¡Hágase la luz! Y se hizo la luz; hubo tarde, hubo mañana: día
primero” (Gén 1).
b) Resurrección
        “El primer día de la semana, María Magdalena acudió temprano al sepulcro... “ (Jn
20,1).
c) Manifestación del Señor resucitado a la Asamblea de discípulos
        “La tarde de aquel día, el primero de la semana... llegó Jesús y se puso en medio de
ellos” (Jn 20,19).
d) La Iglesia celebra la Eucaristía
        “A los ocho días, vino Jesús y se puso en medio de ellos” (Jn 20,26).
e) Manifiesta su amor fraterno
        “Que el primer día de la semana aparte cada uno lo que haya podido ahorrar, de modo
que no esperen mi llegada para recoger los donativos” (1 Cor 16,2).
f) Preparando el día de la vuelta del Señor
        “El día está cerca. Dejemos las obras de las tinieblas y vistámonos de las armas de la
luz” (Rom 13, 12).

5. El Misterio pascual y el año litúrgico
        El año litúrgico se ha ido constituyendo poco a poco en varios ciclos:
a) El ciclo pascual
        Tiene como centro la Vigilia Pascual; se prolonga a lo largo de 50 días que llegan hasta
Pentecostés, es decir, 7 semanas de 7 días. Como preparación, se fue formando un periodo de 40
días, la Cuaresma; al mismo tiempo, la Vigilia Pascual se planifica en tres días, el Triduo
Pascual, que a continuación dio origen al Domingo de Ramos y por consiguiente a la Semana
Santa.
b) El ciclo de Navidad
        La fiesta de Navidad, nació en el siglo IV como una manera de contrarrestar las fiestas
                                                                                                     91
paganas del solsticio de invierno. La Navidad, el 25 de diciembre, para suplir en Occidente la
celebración del nacimiento del sol naciente, con la fiesta del nacimiento de Jesucristo, “el Sol de
Justicia”. La Epifanía (del griego epiphania = manifestación) en Oriente, donde se celebraba el
solsticio el 6 de enero. El Adviento, se empezó a celebrar hacia el siglo VI, como preparación
para la Navidad. La fiesta de la Presentación (“Candelaria”) es una prolongación de las fiestas de
Navidad.
c) En todo tiempo celebramos el Misterio pascual
        Nunca debemos perder de vista la celebración de la Pascua semanal, tanto si es el primer
domingo de Adviento, como el día de la Epifanía o un domingo del tiempo Ordinario.
Celebramos siempre a Jesucristo muerto y resucitado. Cristo resucitado es el astro que ilumina
todo nuestro año y es Él el que hace brillar, a lo largo de los domingos y de las fiestas, casa una
de las facetas del misterio de la fe. Todas las fiestas del año litúrgico se celebran en las tres
dimensiones del tiempo: ayer, hoy y mañana; por ejemplo, Navidad: Cristo vino hace más de 2
mil años, viene hoy a nosotros por la Iglesia, por la conversión..., y volverá algún día.
d) A lo largo del año
        El tiempo salvífico del año litúrgico tiene una referencia esencial a la Iglesia, es para la
Iglesia. El misterio de Cristo celebrado se convierte así en la vida de la Iglesia, y la Iglesia, a su
vez, prolonga y completa el misterio de Cristo a través de los distintos tiempos litúrgicos.

6. Los tiempos litúrgicos
a) El Adviento
        Viene del latín adventus = llegada. Es un tiempo de preparación para celebrar la venida de
Cristo en sus dos momentos: su nacimiento en el tiempo y su regreso al final de los tiempos.
b) La Natividad, la Epifanía, el Bautismo de Jesús
Triple manifestación del misterio de Dios hecho hombre:
   1) La Navidad insiste más en el nacimiento humano de Cristo, en su manifestación a los
      pobres: José, María, los pastores.
   2) La Epifanía insiste más en la manifestación de Jesús como Hijo de Dios a todas las
      naciones (los magos). Es la fiesta de la universalidad de la Iglesia.
   3) El Bautismo es la manifestación de Jesús como Hijo de Dios al comienzo de su misión que
      lo llevará hasta la Pascua.
c) La Cuaresma
        En su origen, era el tiempo en que muchos cristianos ayunaban voluntariamente durante
algunos días, así se convirtió en el tiempo en que los catecúmenos se preparaban para el bautismo
y los penitentes para la reconciliación. Luego pasó a ser, para toda la Iglesia, el tiempo de la
conversión y de la meditación de la Palabra de Dios. El tiempo en que vuelven a contemplarse los
grandes símbolos del Bautismo. Es un tiempo fuerte de la Iglesia. Especie de “retiro” colectivo,
que dura cuarenta días. El número cuarenta, en la Biblia, es el tiempo de la prueba (diluvio, paso
de los hebreos y luego Jesús en el desierto), el tiempo en que el hombre puede transformarse.
Comienza con el rito de la ceniza, destinado antiguamente a los penitentes que se veían durante
algún tiempo excluidos de la Asamblea, lo mismo que Adán se vio excluido del paraíso.
d) La Semana Santa
        Comienza con el Domingo de Ramos. También aquí está presente el doble dato muerte-
resurrección. Se empieza por el triunfo de los ramos, anunciador de la Pascua, para proseguir
luego con la celebración de la pasión y terminar con la Vigilia. El Triduo Pascual, jueves, viernes
y sábado santos, forman un todo.
                                                                                                         92
 El Jueves Santo: Es el centro. La institución de la Eucaristía, Nueva Pascua, y el lavatorio de
   los pies.
 El Viernes Santo: Síntesis de dos tipos de oficios: La Pasión y la veneración triunfal de la
   Cruz.
 El Sábado Santo: Ritos del fuego y de la luz. Liturgia desarrollada de la Palabra. Liturgia
   bautismal. Liturgia eucarística.
Los cincuenta días de Pascua. Se abre entonces la semana grande, la semana de siete semanas
que conducen hasta Pentecostés.
        Pentecostés (pentecosta = cincuenta). En el Antiguo Testamento era la fiesta de la
cosecha. Según san Lucas, es el día en que nace la Iglesia bajo el poder del Espíritu y en que es
enviada al mundo.
e) El tiempo Ordinario
        Son todos los demás domingos. Debido a la movilidad del tiempo de Pascua, entre los dos
ciclos de Navidad y de Pascua se coloca un número mayor o menor de domingos. Se celebra en
ellos el Misterio pascual con diversas consideraciones de la Palabra de Dios. Los últimos se
orientan hacia la vuelta de Cristo.
f) Las fiestas ligadas al calendario civil
        Fuera del año litúrgico existe lo que se llama el santoral, es decir, las fiestas de los santos.
Son secundarias respecto a los domingos y los dos ciclos mencionados, excepto algunas que
pueden suplantar a un domingo ordinario.

                                   SIGNOS Y SÍMBOLOS
PRESENTACIÓN
        Ponemos a la disposición de todos los agentes de pastoral –sacerdotes, religiosas,
diáconos, integrantes del equipo litúrgico, ministros, catequistas...– este material de reciente
aparición: Signos y Símbolos Litúrgicos, que aborda los temas de mayor importancia en la
liturgia, los cuales vale la pena profundizar.
        Sabemos que la liturgia comporta una serie de gestos, símbolos y posturas, que conviene
conocer en su significado profundo. Por ello se recomienda confrontar las citas de la Biblia que
se indican en las notas y sobre todo expresarlas.
        En efecto, frente a la lengua hablada, analítica, sucesiva y secuencial, la comunicación
gestual es la más concentrada, sintética, sincrónica y totalizante. Su encarnación corporal es más
densa. Muchas veces el gesto se emplea cuando la palabra resulta impotente para transmitir lo
que se desea comunicar. El gesto no viene tanto a subrayar la palabra, sino a reforzarla y
condensar el silencio.
        Los gestos son ciertamente movimientos. Pero las actitudes, las posturas inmóviles son
también parte importante de la gestualidad. Concretamente la manera de estar sentados o de estar
de pie –erguidos, en posición vertical y al mismo tiempo sin rigidez, relajados pero sin descuido,
presentes a sí mismos y a los otros, despiertos, atentos, comprometidos– puede expresar mucho el
estado interior tanto del presidente como de la asamblea. Téngase en cuenta que el liturgo es ante
todo un mistagogo, es decir: alguien que actualiza el misterio de Jesucristo cuando lo celebra.
        El conocimiento de la teología litúrgica favorece la comprensión y la vivencia de las
celebraciones; el olvido o el desconocimiento de aquélla las empobrece. En consecuencia, si se
pretende celebrar adecuadamente el misterio de Cristo, es importante e incluso urgente conocer el
sentido de los gestos y las palabras que encarnan el misterio.
        En cada uno de los temas que aborda esta obra se estudian los siguientes aspectos:
                                                                                                           93
–Iniciación al comportamiento simbólico-ritual propio de la liturgia.
–Catequesis mistagógica (de signos y símbolos), o iniciación a la experiencia del misterio
cristiano celebrado en la liturgia, que transforma la existencia y se traduce en actitudes de vida.
         Estos temas de profundización, que presentamos como apoyo didáctico para las
parroquias, las escuelas y muy especialmente para los equipos litúrgicos, puede servir de base
para reflexiones, trabajos y compromisos para una mejor vida litúrgica personal y comunitaria.
Esperamos que Signos y Símbolos Litúrgicos sea un aporte práctico para todos los agentes de
pastoral y para el pueblo católico en general.
         Santa María de Guadalupe, evangelizadora, Madre y Reina de esta su República
Mexicana, es figura concreta de quien culmina toda liberación y santificación en la Iglesia. Le
entregamos este trabajo, se lo ofrecemos con amor. Que Ella nos ayude a entregar nuestro
esfuerzo a través de él, según su indicación afectuosa: Hagan lo que Él les diga. Y que nos
enseñe a abandonarnos confiadamente para cumplir su voluntad en cada momento y por medio de
la liturgia.
                                                                                 Guadalupe Pimentel

                                                  A
AGUA
        El agua para el químico es H20; para el campesino, la esperanza de una buena cosecha;
para el veraneante, frescor y bienestar; para nosotros los cristianos es un símbolo con el que Dios
ha querido purificarnos, saciar nuestra sed y hacernos renacer en el misterio de la Pascua de
Cristo.
        El agua es una realidad polivalente; sacia la sed, limpia y purifica, nos hace gustar las
delicias del baño, es fuente de vida para los campos y la vegetación, es el origen de la fuerza
hidráulica. En verdad el agua es el tesoro más preciado de nuestro planeta Tierra.
        AGUA principal del agua en las diversas culturas es el de la purificación; tanto para los
egipcios como para los judíos representa el perdón de los pecados y la santidad interior. En varios
capítulos del Levítico: se establece una serie de abluciones más o menos cultuales, que no son
para ellos únicamente cuestión de higiene, sino una purificación moral. Por boca del profeta
Ezequiel, Dios anuncia para los tiempos mesiánicos: “Los rociaré con agua pura y quedarán
purificados de todas sus manchas y de todos sus ídolos los purificaré”.
Cristo, agua viva que apaga la sed
        La sed que no sólo es material, sino que muy significativamente puede referirse a los
deseos más profundos del ser humano: felicidad, libertad, amor y verdad. “Como busca la cierva
la corriente de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío”. De esta manera, el profeta anuncia en la
misma clave: “Y sacarán agua con gozo de las fuentes de la salvación”. En Cristo Jesús se
cumple de modo pleno este signo; así lo explica durante el diálogo con la samaritana. Ésta es
conducida por el Señor a la revelación del “agua viva” que Él puede dar y que brotará en el
interior de quienes acudan a É1. “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba el que crea en mí”. “De
su seno correrán ríos de agua viva». El Apocalipsis también habla con insistencia en el tema: “El
Cordero los guiará a los manantiales del agua de la vida”; “y luego me mostró el río del agua de
vida, que brota del trono de Dios y del Cordero”.
El agua en el Bautismo
        El símbolo del agua anuncia el misterio del Bautismo, sacramento cristiano en el que los
creyentes renacen “del agua y del espíritu”. El que realiza en nosotros la renovación, la
purificación y la regeneración, es el espíritu de Cristo Jesús. El agua es el símbolo, el signo eficaz
de este misterio de gracia y de vida que Dios nos comunica en el Bautismo.
                                                                                                         94
        El origen de la vida, al igual que su conservación, tiene mucho que ver con el agua. Todo
ser viviente, también el ser humano, brota del agua como del seno materno. Pero también aparece
este elemento como una fuerza incontrolable que causa la muerte. Sabemos muy bien, y algunos
tienen la experiencia, de lo que sucede con la violencia de las aguas desatadas en una inundación.
Por eso en la simbología religiosa, sobre todo en el Bautismo, el agua nos muestra esta doble
vertiente de vida y de muerte, poniendo énfasis, naturalmente, en su aspecto más positivo como
fuente de vida:
1) En la creación del mundo, las aguas aparecieron como elemento fecundante de toda la vida
mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre ellas. Y habrá vida dondequiera que llegue la
corriente. El Bautismo cristiano es la “nueva creación”, que realiza la nueva vida en Cristo Jesús
por medio del agua y del Espíritu.
2) En el diluvio el agua es el instrumento de castigo y purificación de la humanidad pecadora y a
la vez renueva la alianza con Dios. Este relato es también una figura del Bautismo.
3) En el paso por el mar Rojo, el pueblo de Israel experimenta la liberación de su esclavitud. En
la Vigilia Pascual el que preside dice en su oración: “el mar Rojo fue imagen de la fuente
bautismal y el pueblo liberado de la esclavitud, imagen de la familia cristiana”, los bautizados,
unidos a Cristo, atraviesan la muerte hacia la vida definitiva, experimentan en sí mismo por las
aguas bautismales el Éxodo del pecado a la gracia, y de la muerte a la vida.
4) Cuando Cristo descendió en las aguas del Jordán renueva nuestra naturaleza pecadora en el
baño del nuevo nacimiento. Todos estos pasajes bíblicos y otros, como el baño de Naamán en las
aguas del Jordán que lo limpia de su lepra, son recordados en la celebración del Bautismo para
que entendamos toda la profundidad del sentido de este sacramento que nos purifica, renueva,
nos hace nacer a una nueva vida, nos incorpora al misterio de Cristo, que pasa por al muerte
para resucitar a la vida.
Los recuerdos del agua bautismal
1) El nuevo Misal ofrece modos alternativos para aspersión al comienzo de la Misa dominical.
Este gesto simbólico tiene mayor solemnidad y sentido en la Vigilia pascual, la noche bautismal
por excelencia. También se debe rociar con el agua de Pascua los hogares, para que la influencia
benéfica de la Pascua de Cristo llegue a nuestros hogares y lugares de trabajo.
2) El gesto de tomar agua bendita al entrar al templo, viene desde el siglo X hasta nuestros días.
Esto nos recuerda que somos miembros de la gran familia de Jesús, su Iglesia.
3) En el rito de la Dedicación de iglesias también se rocía con agua tanto a la asamblea reunida
como a los muros y paredes del templo.
4) En la Unción de los enfermos, al llevarles la comunión o al administrarles el Viático, se
propone la aspersión del agua. Igualmente en las Exequias.
5) En todas las bendiciones, sean de la clase que sean: personas, objetos, campos, animales, etc.,
es necesaria el agua.

ASAMBLEA
        La asamblea es convocada y una vez que está reunida, se forma el “pueblo santo: sujeto
de la celebración, que es congregada y ordenada bajo la dirección de los obispos”.
        Constituir la asamblea litúrgica no es un hecho meramente sociológico, sino teológico.
Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento muestran la actualización de la asamblea por obra
de Dios, que quiere la salvación de todos los hombres, pero no en forma aislada, sino en
comunidad.
        En el Antiguo Testamento Dios hace la elección de determinados personajes para un
servicio específico, que está en función del pueblo: a Abraham lo elige como padre de un gran
                                                                                                     95
pueblo; lo mismo a los jueces o reyes. En la historia del Pueblo de Dios, además del hecho
mismo de ser pueblo, los momentos clave están señalados por las brillantes expresiones de las
asambleas. Así, por ejemplo, la del Sinaí, marca el momento desde el cual Israel será el pueblo de
la Alianza, el pueblo de Yahvé, la asamblea de Yahvé. Dios mismo los constituye un pueblo:
“Haré de ustedes un reino de sacerdotes y una nación santa”. Otros momentos significativos a
este respecto los encontramos en la renovación de la Alianza en Moab, en Ebal-Garizim, en la
inauguración del templo de Salomón, en la restauración del culto bajo Ezequías, al encontrar el
libro de la Alianza en los días de Josías, cuando Esdras lee la Ley a la vuelta del destierro.
        En el Nuevo Testamento, Cristo anuncia que edificará una Iglesia o Asambleas; muere
para “reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos”, En la Carta a los hebreos se
describe bellamente la asambleas. Numerosas referencias tocan la misma realidad.
        Siguiendo la línea de la Escritura, la tradición primitiva muestra la importancia de la
reunión en asamblea, como puede verse en la Didajé, en san Ignacio de Antioquia, en san
Justino... o el caso de los mártires de Abitina, víctimas de su fidelidad a la asamblea dominical.
        Constituir la asamblea es algo básico, pero no es fácil, pues se trata de algo mucho más
profundo que reunirse. Se trata de entrar en comunión y en caridad. Por eso precisamente la
asamblea es un logro tan importante y medular, pues toca la esencia de la Iglesia, que ha de
reflejar en su vida el modo de ser de la Trinidad: “Dios en tres personas que viven en comunión
total”.
        Reunirse es un acto profético que revela la presencia de Dios en la comunidad y que
anuncia sus promesas. Jesucristo, por la sangre derramada en la cruz, ha adquirido un pueblo que
le pertenece, pero a medida que el pueblo camina y cree, adquiere la dimensión total de Cristo.
En Cristo somos una sola cosa, pero a través de nuestras mismas diferencias luchamos por la
unidad y queremos ser artífices de la paz. Cristo nos reúne y nos envía, ya que “hay otras ovejas
que no están aún en su rebaño”. Nos reunimos por causa de la fe y por medio de ella.
        Muchas de nuestras celebraciones no son verdaderamente comunitarias o lo son en grado
muy pobre. A veces, para integrarse como lo pide la fe, se requiere un auténtico heroísmo. Los
creyentes somos un pueblo que camina; algunos marchan a buen paso y están muy adelantados,
hay otros que van arrastrando los pies, bien porque los ha herido la vida o porque no se les ha
enseñado a caminar bien; hay quienes caminan con entusiasmo y quienes van renegando; están
los que son firmes y los que vacilan. Un pueblo que camina, pueblo solidario tanto en la gracia
como en el pecado.
Para construir la comunidad es indispensable romper el individualismo, tanto del presidente de la
asamblea como de los miembros entre sí. El Vaticano II subraya la importancia del sentido
comunitario:
* Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia... pueblo santo
congregado...
* Siempre que sea posible, ha de preferirse la acción comunitaria a la individual y casi privada.
        Todos los fieles tienen derecho y deber de participar activamente en la celebración:
  1) Porque así lo pide la naturaleza de la liturgia
  2) Porque el Bautismo nos habilita para ello y nos lo exige.
* En las celebraciones litúrgicas... cada cual, al desempeñar su oficio, hará todo y sólo lo que le
corresponde.
* Los acólitos, lectores y comentadores... desempeñan un auténtico ministerio litúrgico.
* Ha de fomentarse lo que favorece la participación activa.
* Las rúbricas han de prever la participación de los fieles.
                                                                                                       96
        No ha de hacerse excepción de personas (todos somos miembros activos en la asamblea e
iguales ante Dios).
Para que la asamblea sea un buen signo, hay que tener en cuenta:
* El lugar de la celebración, luz, sonido, ornato, etc.
* Es conveniente que el templo sea amplio y funcional para las celebraciones.
* Los horarios se deben programar con la comunidad parroquial, de acuerdo con la vida y el
trabajo de la misma, según lo cual hay que ser puntual y más breve en la celebración entre
semana.
* La actitud del que preside es de particular importancia para hacer vibrar a la asamblea en la
celebración. Es necesario tener esto en cuenta y potenciarlo.
* El desempeño del equipo litúrgico es de carácter prioritario para que toda la asamblea se sienta
celebrante y participe.
El nuevo catecismo nos dice al respecto:
1144 Así, en la celebración de los sacramentos, toda la asamblea es liturgo, cada cual según su
función, pero en la “unidad del Espíritu” que actúa en todos. “En las celebraciones litúrgicas,
cada cual, ministro o fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y sólo aquello que le corresponde
según la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas”.
752 En el lenguaje cristiano, la palabra Iglesia designa no sólo la asamblea litúrgica, sino también
la comunidad local. Estas tres significaciones de hecho son inseparables. La Iglesia es el Pueblo
que Dios reúne en el mundo entero. La Iglesia de Dios existe en las comunidades locales y se
realiza como asamblea litúrgica, sobre todo asamblea eucarística. La Iglesia se nutre de la Palabra
y del Cuerpo de Cristo y de esta manera viene a ser ella misma Cuerpo de Cristo.
Los símbolos de la Iglesia
753 En la Sagrada Escritura encontramos multitud de imágenes y de figuras relacionadas entre sí,
mediante las cuales la revelación habla del misterio inagotable de la Iglesia. Las imágenes
tomadas del Antiguo Testamento constituyen variaciones de una idea de fondo: la del “Pueblo de
Dios”. En el Nuevo Testamento, todas estas imágenes adquieren un nuevo centro por el hecho de
que Cristo viene a ser la Cabeza de este pueblo, el cual es desde entonces su cuerpo. En torno de
este centro se agrupan imágenes “tomadas de la vida de los pastores, de la agricultura, de la
construcción, incluso de la familia y del matrimonio”.
754 “La Iglesia, en efecto, es el redil cuya puerta única y necesaria es Cristo. Es también el
rebaño cuyo pastor es el mismo Dios, como Él mismo anunció. Aunque son pastores humanos
quienes gobiernan a las ovejas, sin embargo es Cristo mismo el que sin cesar las gura y alimenta;
Él, el Buen Pastor y Cabeza de los pastores, que da su vida por las ovejas”.

AYUNO
        Uno de los aspectos que han llamado la atención a muchos historiadores de la religión, es
la visión positiva que la fe cristiana tiene del comer y del beber.
        Basta pensar que es el signo central de nuestro sacramento principal. La Eucaristía es
precisamente el comer y beber.
        La importancia que el Evangelio da al comer y al beber es característica del cristianismo.
Jesús aparece con frecuencia participando de la alegría de las comidas: en Caná, en la casa del
fariseo, de Zaqueo, de Mateo, de Lázaro... Multiplica los panes y los peces. Cuando describe el
Reino, lo hace con el lenguaje del banquete.
        Y sin embargo, también el ayuno entra en los valores y los signos expresivos de la fe
cristiana. Durante la Cuaresma, entre los varios gestos simbólicos que ayudan a la comunidad
cristiana a entrar en el camino del Misterio pascual, está el ayuno.
                                                                                                       97
Ayunar
        Algunos ayunan o se ponen a dieta para adelgazar y estar en forma. Otros, por
prescripción médica o por las exigencias de su actividad deportiva. También por sugerencia de
algunas espiritualidades orientales que buscan una concentración y un equilibrio de la persona. O
para dar a conocer –con su huelga de hambre– la decisión inquebrantable de conseguir un
objetivo o llamar la atención sobre sus reivindicaciones. Y lo más triste: muchos ayunan porque
no tienen qué comer.
        Los católicos realizamos este gesto expresivo del ayuno en algunos momentos
determinados, como es la Cuaresma, para expresar nuestra voluntad de conversión a la Pascua de
Cristo. Queremos realizarlo con alegría, sin alardes de virtud, sin buscar el aplauso y la
admiración de los demás: “Cuando ayunen, no pongan cara triste, como los hipócritas, que
desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan”.
El ayuno en la Biblia
        El ayuno está presente en la Biblia como una de las mejores formas de expresar actitudes
de fe:
a) Muchas veces significa la penitencia y la expiación por los pecados, como en el caso de los
ninivitas, que aceptaron la predicación de Jonás.
b) Otras veces, con el ayuno se pretende subrayar la intensidad de una oración o de una
intercesión; para obtener de Dios su favor, no sólo se ora, sino que se ayuna con el fin de expresar
la urgencia de la petición.
c) Un ayuno de cuarenta días –gesto de privarse del alimento unido al número simbólico– aparece
varias veces con un significado evidente de preparación a un gran acontecimiento o al inicio de
una misión comprometida.
El ayuno y sus valores
a) Con el ayuno queremos significar expresivamente que los valores materiales no son absolutos.
El ayuno nos recuerda que todo eso es bueno, pero relativo, y que lo único absoluto es Dios.
b) Pero, sobre todo, el ayuno cuaresmal es el signo sacramental de nuestra entrada en la vida de la
Pascua. Pascua es siempre “paso, tránsito, éxodo”; por lo tanto supone renuncia a lo que es
contrario al Evangelio y que siempre nos amenaza, y supone también la adhesión a un programa
de vida nuevo.
c) El ayuno nos hace más libres, nos lleva a privarnos voluntariamente de algo que desean
nuestros sentidos, es hacer una opción personal en contra de la espiral del consumismo que la
sociedad de hoy nos impone.
d) Es útil, incluso para la salud de nuestro cuerpo, como un medio de conseguir mayor equilibrio
interior en la persona, como una des intoxicación biológica, que afecta también notablemente a la
purificación psicológica y a la armonía integral de la persona. Una oración antigua (del
Sacramentario Veronense) decía claramente que el ayuno había sido instituido para la salud del
alma y del cuerpo.
e) El ayuno nos abre a los demás, ya que lo que ahorramos lo podemos destinar a las necesidades
de los hermanos.
Especialmente se ayuna:
a) En la Cuaresma, que inicia con el Miércoles de ceniza. En este tiempo se ayuna y se abstiene
de comer carne, como un signo expresivo de que comenzamos el camino de conversión hacia la
Pascua. La Cuaresma termina con el Viernes Santo, también con ayuno y abstinencia.
b) Todos los viernes del año son considerados como penitenciales y se establece el principio de
abstinencia, aunque en México se puede sustituir por obras de caridad, por la disposición a
compartir, por la oración, las buenas obras, etc.
                                                                                                       98
e) El ayuno eucarístico se observa al menos desde una hora antes de la Comunión; de él se
excluye a los enfermos y ancianos. Se pueden tomar agua y las medicinas.
        Ha sido mitigado el rigor antiguo del ayuno, pero éste sigue en pie, tanto en Cuaresma
como en el resto del año; como símbolo de unas actitudes que se consideran fundamentales en
nuestro camino de fe: la conversión, la transitoriedad de los valores materiales. El ayuno en sus
diversas formas es un signo universal que sigue siendo reconocido como válido para expresar
actitudes interiores y exteriores de compromiso con los hermanos.
        No olvides traer todos los domingos de Cuaresma el fruto de tu ayuno y de tu abstinencia;
ponlo en la mesa del amor.

                                                 C
CALLAR, ESCUCHAR, HACER SILENCIO
        Es uno de los gestos simbólicos menos entendidos Y practicados en nuestra liturgia, que
nos dice: “Para promover la participación activa, además de las repuestas, cantos y gestos,
guárdese a su tiempo el silencio sagrado”. En efecto el escuchar en silencio es un gesto simbólico
de nuestra fe interior y de nuestra verdadera participación en lo que celebramos.
        Saber escuchar: esto requiere aprendizaje, fuera y dentro de la celebración. Para poder
escuchar a los demás en la vida diaria, hay que lograr un clima de paz y serenidad huyendo a la
vez de la precipitación y de la lentitud.
        «Escucha Israel», es una actitud positiva, activa, escuchar es algo más que oír; es entender
ir asimilando lo que se oye, reconstruir interiormente el contenido del mensaje, escuchar es hacer
propio lo que se proclama.
        La liturgia nos educa a la escucha, no sólo cuando Dios, a través de los lectores, nos
transmite el mensaje de su Palabra, si no también cuando el sacerdote presidente dirige a Dios en
nombre de todos su oración, la actitud de la comunidad cristiana ministros y fieles es la de
escuchar atenta: “las lecturas de la Palabra de Dios deben de ser escuchadas por todos con
veneración”, “la plegaria Eucarística exige que todos la escuchen con reverencia y en silencio”.
Que se haga realidad para todos nosotros lo que afirma el profeta: «mañana tras mañana el Señor
despierta mi oído para escuchar”.
        El silencio en la Celebración: si en general nuestra ajetreada vida actual necesita espacios
de calma y silencio, también en la Celebración litúrgica se hecha de menos a veces un clima más
favorable de encuentro con el misterio que celebramos, no se trata evidentemente del mutismo
de uno que no quiere cantar o participar en la oración de la comunidad, refugiándose en su
interioridad.
        Como en otros campos de nuestra vida “los minutos de silencio” como manifestación de
solidaridad en el dolor, o los momentos densos de silencio en un concierto musical, también en
nuestras celebraciones el silencio puede ser una de las formas más expresivas de nuestra
participación.
        Cuando el Viernes Santo comienza el rito con la entrada silenciosa y la postración del
presidente, sin canto de entrada ni saludo, ese silencio se convierte en un signo elocuente de
respeto y homenaje al misterio celebrado ese día, que no puede superarse con palabras y música.
Cuando el Obispo impone las manos en silencio sobre la cabeza de los ordenados, sin ninguna
intervención de canto o de moniciones en ese momento, el gesto adquiere una densidad que no
necesita muchas explicaciones.
        Hay otros silencios que buscan crear una atmósfera de interiorización y de apropiación,
como después de haber acudido a comulgar con el Cuerpo y Sangre del señor. Es un silencio de
“posesión” agradecida, de alabanza interior. El Misal recomienda unos momentos de silencio
                                                                                                       99
tanto antes como después de la comunión. Son momentos en que todos son invitados a “entrar en
sí mismos y meditar la palabra y orar a Dios en su corazón” como dice el Directorio de las Misas
con niños.
        El silencio en otros momentos, nos permite un clima de meditación en lo que acabamos de
escuchar o de decir: así después de las lecturas y homilía, o después de haber recitado un salmo.
Este espacio de silencio requiere “lograr la plena resonancia de la voz del Espíritu Santo en los
corazones y unir más estrechamente la oración personal con la palabra de Dios y la voz pública
de la Iglesia”.
        Hay silencios que no pretenden otra cosa que el descanso y la espera, un ambiente de
calma y respiro, como es el momento del ofertorio.
        Habría que tener más confianza en los textos y ritos mismos, que están pensados –si se
realizan bien– para conducir suavemente a la sintonía interior. Es interesante observar que hay
ciertas oraciones y repuestas, que los mismos libros invitan a que alguna vez se sustituyan
sencillamente por unos momentos de silencio, como las respuestas a las intenciones de la oración
universal y hasta el mismo salmo responsorial.
        Otros muchos ejemplos podríamos poner en que los mismos libros litúrgicos invitan a una
discreta restricción de la palabra y la música, para favorecer la sintonía con lo celebrado. En la
Cuaresma hacemos un cierto ayuno de música, en las exequias no deberían abundar las palabras y
los ritmos musicales, el saber captar el mudo discurso de una cruz, o el mensaje gozoso de una
imagen, o la expresiva intención de una acción simbólica, es un regalo que proviene del ejercicio
del silencio y del saber escuchar.
        Si el presidente, durante las lecturas que hacen otros ministros, se entretiene buscando sus
papeles o repartiendo encargos a sus ayudantes, no favorece la actitud de fe de los demás. Si
después de la comunión se dedica a limpiar los vasos sagrados, en vez de dejarlos para después,
como sugiere el misal, poco podrá participar y fomentar el silencio.
        Hay que recordar a los ministros, equipo litúrgico, presidente, que son ellos los que más
ejemplo deben dar de actitud de escucha. El profesor B. Fischer en su tema de “interiorización en
la liturgia” refiriéndose a la adoración meditativa, decía: “hay una exigencia decisiva: el que
preside debe dar la impresión de estar penetrado de silencio y de orar el mismo y de introducir a
los participantes en la oración ahorrándose las excesivas exhortaciones. La justa proporción entre
palabra, acto, gesto, movimiento y silencio es fundamental para una buena celebración”.
        Cristo comparó la palabra a una semilla, que cae en la tierra y en secreto germina y
madura. El oído es el sentido más bombardeado en nuestra liturgia. Habría que procurar que no
se pasara la raya de la buena pedagogía: la liturgia no es una clase de catequesis, si no una
celebración, y la celebración es ante todo una comunión.
        El silencio interior del que sabe escuchar es el seno donde germina y brota al exterior la
palabra, y sólo dice palabras llenas y puede dialogar el que sabe callar y escuchar.
        Es en el silencio cuando se esta más atento y participa en lo que se dice y se hace. El
silencio es un reencuentro consigo mismo, apertura a Dios y a la comunidad con la que
celebramos; al que sabe callar y hacer silencio todo le habla, todo le resulta elocuente, el misterio
se hace accesible como encuentro en comunión.

CATEQUESIS Y LITURGIA
Relación entre liturgia y catequesis
Una comunidad cristiana se caracteriza y se define por cuatro actividades:


                                                                                                        100
1) La evangelización o anuncio del único Dios verdadero y de su enviado Jesucristo. “Para que
todos los hombres puedan llegar a la liturgia es necesario que antes sean llamados a la fe ya la
conversión”.
2) La catequesis, cuyo fin consiste en que la fe, ilustrada por la doctrina, se torne viva, explícita y
activa. “A los creyentes se les debe predicar continuamente la fe y la penitencia, y se debe
prepararlos además para los sacramentos, enseñarles a cumplir todo cuanto mandó Cristo,
estimulándolos a toda clase de obras de caridad y apostolado”.
3) La liturgia “contribuye en sumo grado a que los fieles se expresen en su vida y manifiesten a
los demás el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia”.
        “La liturgia es la cumbre a la cual tiende toda la actividad de la Iglesia... pues los trabajos
apostólicos se ordenan a que, una vez hechos hijos de Dios por la fe y el Bautismo, todos se
reúnan, alaben a Dios en medio de la Iglesia, participen en el sacrificio y coman la cena del
Señor”. Se trata aquí evidentemente de la realidad litúrgica.
4) La caridad y el compromiso transforman la realidad según el plan de Dios. “La liturgia es al
mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza”. “La liturgia robustece también
admirablemente sus fuerzas para predicar a Cristo y presenta así la Iglesia, a los que están fuera,
como signo levantado en medio de las naciones.
“... enciende y arrastra a los fieles a la apremiante caridad de Cristo”. Se trata aquí del testimonio,
de la caridad y del compromiso por el Reino de Dios. Todo esto lo apreciaremos más claramente
en el siguiente cuadro.

REINO DE DIOS = VIDA DIARIA

             1 Evangelización                                     4 Compromiso
                        Aceptada                           Comprometida

                FE                        Comunidad                          FE
                                           Cristiana
                                             viva
                        Integrada                           Celebrada

               2 Catequesis                                          3 Liturgia


Relación entre catequesis y liturgia
        La celebración litúrgica ocupa un lugar importante en el proceso de la catequesis,
entendida como camino de identificación y de profundización de la experiencia religiosa
cristiana. En este sentido se puede afirmar que la celebración forma parte de la catequesis, si bien
no se confunde ni se identifica con ella. La celebración entra en el proceso catequético por dos
motivos.
1) Por su cualidad de ser ella misma una forma de catequesis en acto y un momento privilegiado
de anuncio de la Palabra.
2) Por ser una experiencia religiosa eclesial que incorpora al ser humano en la comunidad de los
hijos de Dios, le facilita la identificación cristiana y le aporta medios de maduración en la fe.
        Catequesis y liturgia son dos realidades distintas, cada una de las cuales hace presente a su
manera el misterio de la salvación; precisamente por eso no se pueden concebir la una sin la otra,
                                                                                                          101
ni separar ambas de la globalidad de la experiencia cristiana: existe entre ellas una estrecha
relación que es necesario delimitar con claridad.
a) La catequesis prepara a una plena participación en la liturgia: para que los hombres puedan
llegar a la liturgia, “es necesario que antes sean llamados a la fe y a la conversión”. La liturgia,
por lo tanto, tiene necesidad de la tarea previa de la catequesis.
b) La liturgia es punto de referencia y fuente de la catequesis, “de donde mana toda su fuerza”, y
cumbre o punto de llegada del itinerario de fe; no hay maduración en la fe sin celebración de la
misma.
        Además la celebración litúrgica es una catequesis en acto, sobre todo si se miran las
moniciones, las lecturas, la homilía, las enseñanzas, el lenguaje de los signos y de los símbolos, el
año litúrgico, la misma experiencia celebrativa...
c) En consecuencia, entre catequesis y liturgia se dan relaciones de sinergia e interacción. Se tiene
sinergia (convergencia de fuerzas) entre catequesis y liturgia en cuanto que, actuando ambas
conjuntamente y en colaboración, potencian mutuamente sus efectos sobre la maduración cada
vez más plena de la fe del creyente. Se tiene interacción (complementación) entre catequesis y
liturgia en cuanto que actúan cada una de ellas en favor de la otra y lo que una enseña y aporta a
cada persona, lo confirma y enriquece la otra.
Diferencias entre la catequesis y la liturgia
        Los siguientes aspectos ayudarán a clarificar el carácter que distingue tanto a la catequesis
como a la liturgia, y a comprender su quehacer en la vida cristiana.
a) La catequesis es sobre todo iniciación, ilustración e instrucción. La liturgia es sobre todo
celebración, acción y fiesta.
b) En la catequesis se ilumina y se ilustra la fe. En la liturgia se expresa y se celebra esa fe.
e) En la catequesis se presenta el misterio de Cristo y se penetra en él. En la liturgia se hace
memorial y actualización del mismo.
d) La catequesis es principalmente evangelización. La liturgia es principalmente
sacramentalización.
e) En la catequesis se anuncia la Palabra de Dios. En la liturgia se realiza de modo privilegiado
esta misma Palabra.
        Establecidas estas diferencias reales, es preciso no olvidar que tanto la liturgia tiene
siempre una dimensión catequética, y la catequesis proporciona siempre un gran aporte a la
liturgia. Por todo ello hay que concluir que la liturgia y la catequesis son dos actividades
esenciales de la comunidad cristiana que no pueden vivir separadas.

CANTO
Los valores del canto en la liturgia
        En la tradición judeo-cristiana siempre ha destacado el canto sobre la música instrumental.
Sin embargo no todas las prácticas musicales de una cultura determinada están igualmente
disponibles ni son inmediatamente utilizables en la liturgia.
        No existe una música específica de la liturgia cristiana; la música sacra cristiana se
elabora en función del uso en los diversos grupos humanos. La música juega su papel más
específico cuando se pone al servicio de las funciones poéticas del lenguaje; por medio de ella la
voz humana intenta decir lo inefable.
        El canto del pueblo reunido es eminente e inalienable: se trata de una acción común, tanto
si se realiza de manera individual como por un grupo o por todos a la vez. En la elección de la
música se debe tomar en cuenta que la asamblea es lo primero; por ello, aquélla debe ser
asequible a todos y no exigir que los intérpretes posean una competencia musical especial.
                                                                                                        102
        La música desempeña en la liturgia funciones antropológicas, cohesivas para el grupo,
festivas, didácticas, lúdicas, etc. Y como expresión simbólica se convierte para el creyente en
sacramento de la realidad que se celebra; se dirige siempre a toda la persona para favorecer un
encuentro con su Dios.
        El canto y la música en la liturgia no sólo obedecen a motivaciones puramente estéticas o
culturales, sino que brotan de lo más profundo del corazón de los creyentes. Todo lo bello, noble,
artístico y humano que encierran el canto y la música, se pone al servicio de la celebración del
misterio de salvación. Sentimiento, poesía, comunión, fiesta... aparecen en la liturgia gracias al
canto y a la música; la expresión y la acción sagrada se refuerzan, la liturgia es más auténtica.
        Es absolutamente imprescindible conocer bien la funcionalidad y el sentido de cada canto
en la liturgia y el papel del canto de cada ministro en la asamblea. El canto cumple una función
ministerial.
        Los instrumentos hacen un verdadero servicio y acompañan a la asamblea que celebra y
por lo tanto facilitan el canto. Crean un ambiente sonoro y visten el espacio. Enriquecen la
celebración con una ejecución de obras significantes. Pueden y deben expresar la voz de la
asamblea. Y aportan la riqueza de un lenguaje nuevo, ya que es significativo de la novedad
radical del Evangelio.
        La música grabada no es aconsejable en la liturgia, ya que no hay nada que sustituya la
presencia de personas. Conviene seleccionarla bien y no exagerar su uso.
        El canto crea comunidad. Primeramente cantar es un gesto de todo el cuerpo y a veces la
audición es también una forma de participación. El canto en sí refuerza la unidad y el grupo que
canta es signo de solidaridad y comunión, tiene un valor aglutinante y catalizador de actitudes.
La sacramentalidad del canto puede entenderse en dos sentidos:
        1) En cuanto expresión y realización de una actitud interior.
        2) En cuanto revestimiento de la palabra, en la que resalta significaciones y matices para
que llegue más profundamente al interior de la persona.
        El equipo litúrgico, en su servicio al canto, sea director, coro, estudiantina... ha de tener en
cuenta la forma en que cada uno participa en la asamblea respecto al canto.
        La asamblea: Ocupa la nave de la Iglesia. Canta: partes diversas, desde la entrada hasta el
canto final, aclamaciones, respuestas, antífonas, salmos, estribillos, himnos, oraciones comunes,
etc. Participación: plena, consciente, activa, tanto interior como externa.
        El Presidente de la celebración: Ocupa la sede, el ambón y el altar. Canta: invitaciones a
la oración, saludos, diálogos, oraciones, Plegarias eucarísticas y bendiciones. Preside
representando a Cristo. Canta o dice las oraciones en nombre de todo el Pueblo de Dios.
        El Diácono: Ocupa el ambón y el altar. Canta: saludos y despedidas, Evangelio y
aclamaciones, respuestas a la oración de los fieles, Pregón pascual. Dirige la participación del
pueblo.
        Director del canto: Ocupa un lugar apropiado, por supuesto no debe colocarse en el
ambón. Canta: Todos los cantos de la asamblea. Dirige al coro y a la asamblea.
        Organista y músicos: Ocupan un lugar apropiado. Acompañan los cantos, inclu¬so
ejecutan partes propias.
        Coro: Ocupa un lugar especial. Canta: Todos los cantos de la asamblea. Sostiene y anima
la participación de todos.
        El salmista: Ocupa el ambón. Canta: Salmos, cantos interleccionales.
        El lector: Ocupa el ambón. Canta: Aclamaciones de las lecturas, Salmo responsorial.


                                                                                                           103
Cantos en la Celebración Eucarística
         La música tiene la finalidad de animar, ayudar a la oración, acompañar las procesiones y
los distintos movimientos para que la celebración sea realmente una fiesta, a la vez que respuesta
gozosa del pueblo que aclama al Señor.
         La música en la liturgia está en función de la celebración; cumplida su finalidad, debe
concluir. Cuando la celebración prosigue, el canto debe interrumpirse; y, por el contrario, nunca
será interrumpida la celebración para que el coro termine su canto. Esto debe ser cumplido en
cualquier parte de la celebración.
         * Los cantos deben ser preparados con referencia a las lecturas, la fiesta que se celebra y
el año litúrgico.
         * Considerar una catequesis de los mismos cantos y un ensayo general con la asamblea.
Es conveniente que el equipo litúrgico inicie los cantos durante la celebración para que la
asamblea no se desafine Y comience a tiempo.
         Entrada: Canta toda la asamblea, que puede alternar con .el coro.
         El canto nos ayuda a fomentar la unidad. Es muy recomendable iniciar una celebración
que manifieste la alegría del encuentro del pueblo reunido para celebrar a su Señor. Al llegar el
sacerdote a la sede o al terminar la incensación del altar, el canto finaliza.
         Señor, ten piedad: Invocaciones. No es elemento presidencial, sino de la asamblea. Cantan
el solista y el pueblo o el coro. Cuando el presidente proclama la forma breve, ya no se canta.
         Gloria: Canta toda la asamblea o el coro y el pueblo o solamente el coro. Se suprime en
Adviento y Cuaresma. Pertenece a la autoridad territorial decidir si pueden ser autorizados
determinados textos, aun cuando presenten algunas variantes en relación con las traducciones
litúrgicas vigentes.
         Salmo responsorial: Salmo significa "poema para ser cantado". Lo canta el salmista, el
lector o cantor y el pueblo. Hay posibilidad de escoger responsorios apropiados para que cante
toda la asamblea siempre que estén de acuerdo con la lectura y el tiempo litúrgico, para que la
Palabra penetre con mayor profundidad en el corazón de los fieles. El salmo que hay después de
la lectura, si no se canta, se recita.
         Aleluya: El término proviene del hebreo hallelu-yah; significa: "Alaben a Yahvé". En la
Misa se canta antes de la proclamación del Evangelio, y durante todos los tiempos litúrgicos,
excepto en Cuaresma. En el tiempo en que no se ha de decir el Aleluya, se puede tomar el salmo
o el verso que precede al Evangelio. Lo comienza todo el pueblo o los cantores o un solo cantor;
si el caso lo pide, se repite. El Aleluya o el verso que precede al Evangelio, si no se canta, puede
omitirse. En tiempo pascual debe ser cantado.
         Credo: todos los domingos y solemnidades se recita, se canta, se dice en forma alternada
por toda la asamblea o por el coro y el pueblo. En la celebración Eucarística, el Credo tiene
sentido de respuesta a la Palabra y de profesión de fe, antes de celebrar los sagrados misterios. En
las Misas de los niños puede emplearse con temas musicales adecuados, interpretaciones
populares aprobadas, aun cuando no concuerden plenamente con los textos litúrgicos.
         Oración de los fieles: Las invocaciones las recita el diácono o el lector y la respuesta la
canta toda la asamblea.
         En las celebraciones de los sacramentos hay invocaciones especiales. La participación en
los sacramentos y en la oración de los fieles es el acto litúrgico principal del sacerdocio
bautismal.
         Una asamblea que ha escuchado la Palabra de Dios, se siente proyectada hacia la
humanidad en su oración.
                                                                                                       104
        Canto del Ofertorio: Este canto acompaña a la procesión de presentación de las ofrendas,
se alarga hasta que los dones han sido depositados sobre el altar. Es conveniente revisar el
contenido de los cantos de este momento de la Celebración eucarística. No deben insistir en el
aspecto de ofrenda sacrificial a Dios (esta idea se desarrollará más adelante, después de la
consagración). Con el canto expresamos nuestro agradecimiento a Dios, que nos otorga toda clase
de bienes en Cristo, simbolizada en el pan y el vino, en la ofrenda pecuniaria, fruto de nuestro
esfuerzo y expresión cultual de nuestra actividad laboral, o en la ayuda para los necesitados,
concretada en ofrendas materiales. Si la antífona del ofertorio no se canta, se omite.
        Prefacio: La canta el que preside. Pretende unir al sacerdote y a la asamblea, al iniciar la
Plegaria eucarística y manifestar que si uno proclama o canta, es que todos forman uno en Cristo.
        Santo: Es cantado por toda la asamblea. El Santo siempre se debe cantar y no debe ser
cambiado por otro canto religioso. Actualmente hay paráfrasis del Santo: un lector proclama la
fórmula oficial del Santo y se alterna con la aclamación cantada.
        Aclamaciones de la Plegaria eucarística: Toda la asamblea responde al celebrante, al
unísono o polifónicamente. Al contestar o cantar con la aclamación afirmamos que celebramos
esta cena pasando de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz, de la esclavitud a la libertad, de
la dispersión a la comunión, anunciando al mundo que Jesús vive.
        Padre Nuestro: toda la asamblea lo recita o lo canta. Es señal de nuestra filiación divina y
nos prepara a la comunión.
        Saludo de paz: Puede ser cantado por toda la asamblea. Se escoge éste o el de la fracción
del pan. Concretamente, con este saludo los fieles imploran la paz y la unidad para la Iglesia y
para toda la familia humana, y se expresan mutuamente la caridad. Es la paz que Cristo nos trae.
        Fracción del pan: Los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús "al partir el pan". En la
Eucaristía volvemos a reconocer a Jesús al "partir el pan". El Cordero de Dios cantado o
pronunciado, acompaña a la fracción del pan. Este apelativo fue aplicado a Jesús por Juan
Bautista y también lo refiere san Juan en el Apocalipsis; tiene un significado profundo en relación
con el Misterio pascual de Cristo, "nuestro Cordero".
        La invocación o canto debe repetirse cuantas veces sea necesario para acompañar la
fracción del pan. Se concluye la última estrofa del canto con las palabras:
        "Danos la paz". El canto del Cordero de Dios no debe ser sustituido por un canto de paz.
Cada canto tiene su tiempo apropiado.
        Comunión: El canto de toda la asamblea acompaña la procesión de los comulgantes, que
avanzan en dos filas hacia el altar. Este gesto expresa la actitud caminante del cristiano, que, con
un hermano al lado, y cantando la alegría de sentirse hijos de Dios, come el pan, Cuerpo de Cristo
para reparar sus fuerzas y seguir avanzando en su fe, amor y esperanza.
        Despedida: Canto final, en el que participa toda la asamblea; este canto es libre en su
elección y participación. También se puede poner música o tocar el órgano. Este canto, aunque
no es parte de la liturgia, da ambiente de alegría y compromiso.
Al respecto, el CATIC nos dice:
Canto y música
1156 "La tradición musical de la Iglesia universal constituye un tesoro de valor inestimable que
sobresale entre las demás expresiones artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a
las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la liturgia solemne". La composición y
el canto de salmos inspirados, con frecuencia acompañados de instrumentos musicales, estaban
ya estrechamente ligados a las celebraciones litúrgicas de la Antigua Alianza. La Iglesia continúa
y desarrolla esta tradición: "Reciten entre ustedes salmos, himnos y cánticos inspirados; canten y
salmodien en su corazón al Señor". "El que canta ora dos veces".
                                                                                                          105
1157 El canto y la música cumplen su función de signos de una manera tanto más significativa
cuanto "más estrechamente estén vinculados a la acción litúrgica", según tres criterios
principales: la belleza expresiva de la oración, la participación unánime de la asamblea en los
momentos previstos y el carácter solemne de la celebración. Participan así de la finalidad de las
palabras y de las acciones litúrgicas: la gloria de Dios y la santificación de los fieles.
        ¡Cuánto lloré al oír los himnos y cánticos de ustedes, fuertemente conmovido por las
voces de su Iglesia, que suavemente cantaba! Entraban aquellas voces en mis oídos, y la verdad
de ustedes se derretía en mi corazón, y con esto se inflamaba el afecto de piedad, y corrían las
lágrimas, y me iba bien con ellas.
1158 La armonía de los signos (canto, música, palabras y acciones) es tanto más expresiva y
fecunda cuanto más se expresa en la riqueza cultural propia el Pueblo de Dios que celebra. Por
eso "foméntese con empeño el canto religioso popular, de modo que en los ejercicios piadosos y
sagrados y en las mismas acciones litúrgicas", conforme a las normas de la Iglesia "resuenen las
voces de los fieles". Pero "los textos destinados al canto sagrado deben estar de acuerdo con la
doctrina católica; más aún, deben tomarse principalmente de la Sagrada Escritura y de las fuentes
litúrgicas".
Decálogo del cantor
1. Todo instrumento musical es digno de participar en la liturgia, si se le toca debidamente.
2. Todo canto que se usa en la liturgia debe ser compuesto expresamente para ella.
3. El canto y la música deben estar al servicio de la palabra. Esta debe entenderse claramente.
4. Canto, música y letra deben ayudar a la comunidad a expresar su fe cantando.
5. El canto y la música son parte integrante de la celebración litúrgica, nunca motivo de adorno o
lucimiento personal.
6. Deben preferirse los cantos inspirados en los Salmos o en la Palabra de Dios a otro tipo de
cantos llamados piadosos o sentimentales.
7. El canto debe apoyar y expresar la acción litúrgica que se realiza: procesión de entrada,
presentación de ofrendas, comunión...
8. Los cantos que acompañan a una acción litúrgica: entrada, ofrendas, comunión, no deben
prolongarse más allá de estos momentos.
9. Los cantos y la música que se toquen deben estar de acuerdo con los tiempos litúrgicos que
celebra la Iglesia.
10. Deben excluirse de la acción litúrgica los cantos y la música compuestos para otros fines,
independientemente de su belleza o nobleza.

CELEBRACIÓN
Es propio del ser humano celebrar, ya que es celebrante antes que creyente. La celebración es una
realidad que no pertenece, de por sí, al ámbito religioso exclusivamente. Se celebra un
cumpleaños o un nacimiento (ámbito familiar); se celebra la independencia de un país (ámbito
político); se celebra el año nuevo o la cosecha (ámbito cósmico-agrícola); se celebra la fiesta del
gremio, de la colonia o del pueblo (ámbito socio-popular); se celebra la fiesta de la Virgen de
Guadalupe (ámbito religioso). En todas estas celebraciones se encuentran los siguientes
elementos:
a) Un grupo que celebra.
b) Se da una cierta liturgia o espacio celebrativo, que representa una verdadera ruptura con el
nivel cotidiano.


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c) Existe algo que es digno de ser celebrado y que se convierte en el verdadero motivo de la
celebración. Se puede decir que toda celebración es el resultado de la suma de los siguientes
elementos:
En el ámbito religioso estos elementos se concretan de la siguiente manera:
 Un acontecimiento              Una comunidad
                                                                          CELEBRACIÓN
 Un memorial                    Un ritual

Un acontecimiento
        En la liturgia no se celebran ideas, sino hechos de vital importancia: Pascua, Navidad…
En el año litúrgico tenemos mucho que celebrar, pues todo tiene relación importante con nuestra
vida.
        También celebramos los sacramentos y los hechos que nos suceden y nos ponen en
contacto con Dios, ya sea para agradecer, pedir, adorar, etc.
Una comunidad
        La asamblea litúrgica, una familia, un colegia, cualquier institución.
Un memorial
        Se hace presente "aquí y ahora" el acontecimiento de salvación, para renovamos,
liberamos Y potenciamos. La gran expresión por excelencia de un memorial es la Eucaristía.
Un ritual
        Toda celebración tiene sus reglas, debe ser inteligible, expresiva, funcional, digna y
sencilla.
        Hagamos ahora un ejercicio de comparación entre la celebración de la Eucaristía y una
celebración cívica, con los mismos elementos.
Eucaristía
        1) Acontecimiento:              Muerte y resurrección de Cristo.
        2) Grupo protagonista:          La comunidad eclesial.
        3) Recuerdo:                    El relato institucional que actualiza el acontecimiento.
        4) Ritual:                      Signos, comida, pan y vino.
Celebración cívica
Por ejemplo: el día de la Independencia
        1) Acontecimiento:         Independencia de México.
        2) Grupo protagonista: El pueblo mexicano.
        3) Recuerdo:               El levantamiento en armas de los insurgentes.
        4) Ritual:                 El Grito, toque de la campana, honores a la bandera, Himno
nacional.
        Convendría aplicar este mismo esquema a otras celebraciones hasta familiarizarnos con
sus elementos, ya que, cuando no se tiene muy claro qué acontecimiento se celebra o cuando no
se tiene un sentimiento de pertenencia al grupo protagonista, es muy difícil celebrar con
autenticidad.
        Es bueno tener en cuenta que, durante las celebraciones cristianas el acontecimiento
celebrado es siempre el mismo: la muerte y resurrección de Cristo. Únicamente varía el modo de
actualizarlo y, por lo tanto, los efectos y el ritual.

Celebrar es vivir lo esencial
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        Trabajar durante cuarenta o cuarenta y ocho horas a la semana es esencial para vivir y
hacer vivir a la familia, sin embargo para una persona no es lo esencial de la vida. Lo esencial es
la familia, los amigos, la felicidad, la libertad, el sentido de la vida.
        Un desequilibro en estos aspectos crea en la persona el deseo de dedicar tiempo a lo que
para ella es esencial de acuerdo con su jerarquía de valores. Lo más importante y necesario es que
dedique cierto tiempo a la celebración de los elementos valiosos; de su vida: su propia historia, su
cumpleaños; de su país: fiestas patrias, acontecimientos de la vida política; de su familia:
reuniones, éxitos, duelos; de la libertad: ejercicio de la propia vocación, aficiones, vacaciones...
La celebración es el tiempo de la acción simbólica que expresa lo esencial, lo vital (regalos,
cariño, alegría, velas que muestran la edad, brindis que expresa éxito, salud, etc.).
        Cuando se celebra hay una ruptura con lo cotidiano, ruptura que es fuertemente
simbolizada. Para la fiesta se viste distinto, se adorna, se regala, se gasta lo que se economizó en
la vida cotidiana y, sobre todo, se toma su tiempo, ya que en las actividades ordinarias, en lo
habitual no hay tiempo para nada.
        Un día dos hombres que iban de Jerusalén a Emaús acogieron en su casa a un compañero
de camino y reconocieron en Él al Señor, la fracción del pan. Desde ese día nosotros los
cristianos sabemos que el descubrimiento de la presencia del Resucitado crea la fiesta, la
celebración en el corazón de la persona.
        Asimismo, ya que es esencial para nosotros damos cuenta de que el Señor está vivo y por
eso suspendemos lo cotidiano, salimos de nuestra casa para reunimos con los hermanos, para
dedicarle tiempo al Señor y responder a su llamado, a su invitación. Al celebrar, manifestamos
que para nosotros el Señor es esencial, lo central de nuestra vida. Si tomamos el caso de un
banquete, con ocasión de una fiesta familiar o de amistad, además de alimentamos con lo que hay
en el plato exclusivamente, el participante se alimenta principalmente de afecto, de amistad, de
recuerdos. En la celebración los cristianos se arraigan en Jesucristo, se cristifican.
        Cómo se prepara una celebración Toda celebración consta de dos componentes
fundamentales: Palabra + signo
        Pertenecen al grupo de las palabras:
_ Proclamación de un texto de la Biblia.
_ Lecturas de textos no bíblicos.
_ En las zonas indígenas, en su propio idioma.
_ Homilía, comentario o testimonios.
_ Aclamación de una plegaria u oración.
_ Canto de un salmo, cántico o himno.
_ Poema, pregón o poesía.
_ Moniciones y enseñanzas.
_ Videos, diapositivas, etc.
        Corresponden al grupo de los signos:
_ Realidades simbólicas:
     • Naturales: luz, agua, flores...
     • Artificiales: altar, libros, pan, vino, etc.
     • Luz y sonido.
- Acciones simbólicas:
     • Ritos: gestos, posturas, movimientos, interacción, etc.

El procedimiento para construir la celebración es el siguiente:
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1) Establecer con claridad qué acontecimiento se celebra. Tomar conciencia del mismo. Esto se
puede conseguir de varias formas: por medio de una serie de preguntas al grupo que va a
celebrar, de una breve información, del silencio que propicie una actitud de recogimiento, etc.
2) Establecer la relación del acontecimiento celebrado con la Historia de la Salvación y con la
propia realidad del grupo que celebra. Es un paso obligado antes de seleccionar los textos
bíblicos.
3) Habilitar signos y gestos que expresen lo que se celebra y refuercen la relación entre el
acontecimiento y la propia existencia. Lo importante es que estos elementos de la fiesta sean
sencillos, fáciles de entender y muy significativos.
4) Hacer el esquema general de la celebración, cuidando mucho el equilibrio entre la palabra y el
signo, entre el silencio y el canto, entre escuchar y responder a la palabra, entre acción y
contemplación.
5) Después de la celebración, evaluar cómo se desarrolló la misma. Para alcanzar los fines de la
celebración, es preciso que ésta:
   a) Sea el punto de llegada de todo un proceso que desemboca de forma natural en la misma
       celebración.
   b) Sea convocada con una motivación y una finalidad suficientemente claras y asimiladas
       como propias.
   c) Sea protagonizada y participada por todos, tanto en su preparación como en su realización y
       revisión posterior.
   d) Sea experimentada como algo interesante para la vida y no como una obligación que hay
       que cumplir.
   e) Responda a la edad, al grado de maduración en la fe y las características particulares del
       grupo celebrante.
   f) Lleve a un compromiso personal y comunitario.
Adicionalmente, conviene que las celebraciones sacramentales:
   a) No se prodiguen excesivamente y respeten el ritmo de cada grupo.
   b) Exploten al máximo las posibilidades de creatividad y adaptación que señalan los libros
       litúrgicos.
   c) Subrayen el papel importante que tienen en la construcción de la comunidad cristiana.
   d) Sean precedidas de una catequesis litúrgica sobre el significado de los signos y de los ritos.
El nuevo Catecismo de la Iglesia Católica nos dice al respeto:
¿Cómo celebrar?
Signos y símbolos
1145 Una celebración sacramental está tejida de signos y de símbolos. Según la pedagogía divina
de la salvación, su significado tiene su raíz en la obra de la creación y en la cultura humana, se
perfila en los acontecimientos de la Antigua Alianza y se revela en plenitud en la persona y la
obra de Cristo.
1146 Signos del mundo de los hombres. En la vida humana, signos y símbolos ocupan un lugar
importante. El hombre, siendo un ser a la vez corporal y espiritual, expresa y percibe las
realidades espirituales a través de signos y símbolos materiales. Como ser social, el hombre
necesita signos y símbolos para comunicarse con los demás, mediante el lenguaje, gestos y
acciones. Lo mismo sucede en su relación con Dios.
1147 Dios habla al hombre a través de la creación visible. El cosmos material se presenta a la
inteligencia del hombre para que vea él las huellas de su Creador. La luz y la noche, el viento y el
fuego, el agua y la tierra, el árbol y los frutos hablan de Dios, simbolizan a la vez su grandeza y
su proximidad.
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1148 En cuanto criaturas, estas realidades sensibles pueden llegar a ser lugar de expresión de la
acción de Dios, que santifica a los hombres, y de la acción de los hombres, que rinden su culto a
Dios. Lo mismo sucede con los signos y símbolos de la vida social de los hombres: lavar y ungir,
partir el pan y compartir la copa pueden expresar la presencia santificante de Dios y la gratitud
del hombre hacia su Creador.
1149 Las grandes religiones de la humanidad atestiguan, a menudo de forma impresionante, este
sentido cósmico y simbólico de los ritos religiosos. La liturgia de la Iglesia presupone, integra y
santifica elementos de la creación y de la cultura humana confiriéndoles la dignidad de signos de
la gracia, de la creación nueva en Jesucristo.
1150 Signos de la alianza. El pueblo elegido recibe de Dios signos y símbolos distintivos que
marcan su vida litúrgica: no son ya solamente celebraciones de ciclos cósmicos o de
acontecimientos sociales, sino signos de la Alianza, símbolos de las grandes acciones de Dios a
favor de su pueblo. Entre estos signos litúrgicos de la Antigua Alianza se puede nombrar la
circuncisión, la unción y la consagración de los reyes y sacerdotes, la imposición de manos, los
sacrificios y sobre todo la Pascua. La Iglesia ve en estos signos una prefiguración de los
sacramentos de la Nueva Alianza.
1151 Signos asumidos por Cristo. En su predicación, el Señor Jesús se sirve con frecuencia de los
signos de la creación para dar a conocer los misterios del Reino de Dios. Realiza sus curaciones o
subraya su predicación por medio de signos materiales o gestos simbólicos. Da un sentido nuevo
a los hechos y a los signos de la Antigua Alianza, sobre todo al Éxodo y a la Pascua, porque Él
mismo es el sentido de todos esos signos.
1152 Signos sacramentales. Desde Pentecostés, el Espíritu Santo realiza la santificación a través
de los signos sacramentales de su Iglesia. Los sacramentos de la Iglesia no anulan, sino purifican
e integran toda la riqueza de los signos y de los símbolos del cosmos y de la vida social. Aún
más, cumplen los tipos y las figuras de la Antigua Alianza, significan y realizan la salvación
obrada por Cristo y prefiguran y anticipan la gloria del cielo.

CENIZA
        Hay que decir que la ceniza no nos gusta mucho. Nos recuerda los restos de una catástrofe
o de un incendio o las molestias de los fumadores... Sin embargo, en la Cuaresma la imposición
de este símbolo durante el Miércoles de ceniza, es uno de los más representativos y elocuentes.
        En la Biblia el gesto simbólico de la ceniza es uno de los más usados para expresar la
actitud de penitencia interior. Las malas noticias (la muerte de Elí, la de Saúl) las traen
mensajeros con vestidos rotos y con la cabeza cubierta de ceniza. Las calamidades se afrontan
con el mismo gesto: "Cuando Mardoqueo supo la amenaza contra su pueblo, rasgó sus vestidos y
se vistió de saco y ceniza". El ejemplo típico es el de la ciudad de Nínive ante la predicación de
Jonás: “los ninivitas creyeron en Dios, ordenaron un ayuno y se vistieron de saco... el rey se sentó
en la ceniza”
        Otras veces aparece la ceniza en la Biblia, como expresión de una plegaria intensa con la
que le pedimos a Dios que nos salve. Judit pide la liberación de su pueblo: "rostro en tierra, echó
cenizas sobre su cabeza, dejó ver el saco que tenía puesto y clamó al señor en voz alta".
Ceniza en la Cuaresma
        En los primeros siglos del cristianismo, se expresaba con este gesto el camino cuaresmal
de los penitentes: el grupo de pecadores que querían recibir la reconciliación al final de la
Cuaresma, el Jueves Santo, en el umbral de la Pascua, vestidos con hábito penitencial y con la
ceniza que ellos mismos se imponían en la cabeza, se presentaban ante la comunidad y
expresaban así su deseo de conversión.
                                                                                                       110
          En el siglo XI desapareció la institución de los penitentes como grupo. Se vio que el gesto
de la ceniza era bueno para todos y así empezó a generalizarse este rito al principio de la
Cuaresma para todos los cristianos; de esta manera toda la comunidad se reconocía pecadora. Se
conservó la fórmula clásica de la imposición: "Acuérdate de que eres polvo y en polvo te
convertirás"; pero se añadió otra: "conviértete y cree en el Evangelio". Ambas se complementan:
una recuerda la caducidad humana y la otra apunta a la actitud de conversión a Cristo y a su
Evangelio, actitud interior propia de la Cuaresma.
          Con la renovación litúrgica se organiza el rito de la imposición de la ceniza, de un modo
más expresivo y educador. Ya no se realiza al principio de la Celebración eucarística o de la
celebración de la Palabra, que es lo que da contenido y sentido al gesto simbólico de la ceniza.
          La ceniza nos recuerda lo que queda de la quema o de la corrupción de las cosas y
personas. El polvo de la tierra es el origen y el destino del hombre. Este lenguaje metafórico y a
la vez muy realista nos llena a todos de humildad (humildad viene de humus=tierra). Abraham, al
hablar y suplicar a Dios por los habitantes de Sodoma y Gomorra, se siente humilde: “En verdad
es atrevimiento mío el hablar a mi Señor, yo, que soy polvo y ceniza”. El hombre lo es todo;
como imagen de Dios y señor de la creación, posee una grandeza innegable. Pero a la vez no es
nada, si se toma en cuenta la fragilidad de la vida, su caducidad, su marcha inexorable hacia la
muerte.
          Al principio de la Cuaresma, con la ceniza se quiere expresar también la conversión; las
lecturas del día proclaman ese mensaje. También son llamadas cenizas de resurrección y cenizas
pascuales. Nos recuerdan que la vida es cruz, muerte, renuncia; pero a la vez nos aseguran la
Pascua, el dejarse invadir por la vida nueva... Como el barro con el que fue formado Adán, por el
soplo de Dios, se convierte en ser viviente, nuestro barro, por la fuerza del espíritu que resucita a
Jesús, está destinado también a la vida plena de la Pascua. De las cenizas Dios hace surgir la vida,
como el grano de trigo que se hunde en la tierra. Para celebrar la pasión, muerte y resurrección de
Cristo, hay que prepararse. A ese tiempo de preparación se le llama Cuaresma. Son cuarenta días
en los que el ser humano reconoce que ha fallado al amor de Dios, se arrepiente y busca la forma
de corregirse. La Cuaresma es tiempo de oración, de reflexión, de penitencia, de ayuno, de
reconciliación con quienes nos han ofendido...
          Y es precisamente el Miércoles de ceniza el que marca el comienzo de la Cuaresma.
En resumen, la ceniza:
  • Es signo del arrepentimiento de nuestros pecados.
  • Es inicio de un cambio, de un esfuerzo por mejorar.
  • Nos recuerda que el hombre sin Dios es polvo
  • ... y que el hombre con Dios tiene ya vida eterna.
  • Nos indica que si Cristo vivió y murió por nosotros, también nosotros debemos vivir sirviendo
a quienes nos rodean hasta entregar la vida por ellos.
  • Nos dispone a alegrarnos por la resurrección de Cristo, ya que también resucitaremos con Él.
          Si aceptas todo esto, pon un poco de ceniza en tu cabeza.
          “El Miércoles de ceniza los cristianos, al recibir la ceniza, entran en el tiempo establecido
para purificar el alma. Este signo de penitencia, legado por la tradición bíblica y conservado hasta
nuestros días por la costumbre de la Iglesia, significa la condición del hombre pecador, que
confiesa públicamente su culpa delante de Dios; y así expresa su voluntad interior de conversión,
impulsado por la esperanza de que Dios sea para él clemente y misericordioso, lento a la cólera y
rico en piedad. Con este mismo signo comienza el camino de la conversión, que llega a su meta
por la celebración del sacramento de la Penitencia en los días que anteceden a la Pascua”.
                                                                                                          111
        “Hermanos, pidamos humildemente a Dios Padre que bendiga con su gracia esta ceniza
que, en señal de penitencia, vamos a imponer sobre nuestra cabeza (capitibus nostris
imponimus)”.
        “... bendice + esta ceniza que vamos a imponer sobre nuestra cabeza... (capitibus nostris
imponi decernimus)”.
        De lo anterior se desprende que:
a) No es necesario hacer una cruz en la frente.
b) No usar sello, aplicando una pasta hecha con la ceniza.
e) No se debe aplicar a bebés, es un signo de arrepentimiento, no simplemente una bendición.
        La Cuaresma empieza con el gesto de la ceniza y termina con el agua de la noche pascual.
Ceniza al principio, agua del bautismo al final. Ambos gestos tienen una unidad dinámica. La
ceniza ensucia; el agua limpia. La ceniza habla de destrucción y muerte. El agua es la fuente de la
vida en la Vigilia Pascual.
        Esta relación se encuentra ya en el curioso rito de las cenizas de la vaca roja, totalmente
consumida por el fuego, que sirve en el Antiguo Testamento para destacar el valor de las aguas
lustrales en las que se purifica simbólicamente toda impureza.
        En la noche de Pascua también encendemos el fuego. Fuego que es luz, renovación, vida
resucitada. De las cenizas al fuego vivo. La Cuaresma empieza con cenizas y acaba con fuego y
agua. Del pesimismo de nuestra caducidad, la ceniza nos conduce a la visión pascual, de igual
modo que la cruz de Cristo, con toda su carga de muerte y fracaso, nos asegura la Pascua de la
vida nueva.

COLORES
        Los colores de la bandera de un país o de un grupo deportivo, pueden catalizar
entusiasmos insospechados.
La importancia de los colores
        En todas las culturas y en la infinidad de manifestaciones de nuestra vida de cada día,
hacemos uso de la lectura simbólica del color:
• El significado de los distintos colores en la secuencia de luces en un semáforo es comprendido
prácticamente en cualquier nación del mundo: el rojo significa peligro, debemos detenernos, el
ámbar advierte que debemos comenzar a detenernos y el verde nos avisa que podemos seguir
adelante.
• Hay colores que inspiran alegría y otros que acompañan la tristeza o el luto.
• Algunos colores denotan agresividad y fuerza, mientras que otros influyen más suavemente
sobre nuestro ánimo; lo saben muy bien los psiquiatras o los que proyectan la decoración de un
ambiente de acuerdo con su finalidad. Naturalmente, en las diversas culturas, la asociación
simbólica de cada color puede ser distinta y hasta opuesta. En Japón el luto se puede expresar con
el negro y también con el color blanco. Para nuestros hermanos indígenas el rojo se asocia con el
oriente; el azul significa la vida masculina, el mundo humanizado; el blanco, al igual que el
plateado, es el color de la muerte de la humanidad, el sacrificio, la donación y la ofrenda.
Simbolismo de los colores: lo natural y lo metafórico
        En nuestro lenguaje común, religioso y social, cuando atribuimos cierto significado a un
color (por ejemplo: el blanco representa pureza), estamos haciendo el resumen de una serie de
factores que han actuado para llegar a esa significación.
        Algunos de esos factores son naturales: si la sangre es principio de vida y su
derramamiento voluntario o donación manifiestan una gran generosidad, en determinadas
circunstancias el color rojo nos recordará la vida o el amor; el cuidado de los recursos naturales y
                                                                                                       112
del medio ambiente se simboliza frecuentemente por el verde y el azul, colores que nos recuerdan
los bosques y el cielo despejado. Otros factores, culturales, históricos o religiosos, aluden a una
situación o actitud determinada: el rojo puede significar culpa, crimen u opresión, pues hablamos
metafóricamente de que alguien tiene las manos manchadas de sangre; la libertad ansiada y la
esperanza de alcanzarla son representadas por el color que consideramos más frecuente en la
naturaleza: el verde.
El uso de los colores en la liturgia
        “La diversidad de colores en los ornamentos sagrados tiene como fin expresar con más
eficacia, aun exteriormente, tanto las características de los misterios de la fe que se celebran,
como el sentido progresivo de la vida cristiana a lo largo del año litúrgico”.
        “Por lo que toca al color de las vestiduras, obsérvese el uso tradicional. Actualmente el
Misal ofrece un abanico de colores en su distribución del año cristiano”.
Blanco
        El color blanco es alegre y sugiere la limpieza, la fiesta y la luz. En gran diversidad de
culturas el color blanco se convierte fácilmente en símbolo de inocencia (las manos puras de todo
delito), de fiesta y alegría (el atuendo blanco del Bautismo).
        El joven-ángel que aparece junto al sepulcro del Resucitado, está vestido de blanco; los
vencedores del Apocalipsis combaten y triunfan cubiertos de lino blanco y montados en caballos
blancos; la gloria de Cristo, vista en la transfiguración, es mostrada en las vestiduras blancas
como la luz.
El blanco es el color más adecuado para celebrar:
• La Navidad y la Epifanía, que es la fiesta de la Aparición del Salvador y de la Luz.
• La Pascua en toda su cincuentena: la vida nueva del Resucitado y sus consecuencias para
     nosotros.
• Las fiestas de Cristo y de la Virgen, a no ser que por su cercanía al misterio de la cruz se
     indique el uso del rojo.
• Las fiestas de ángeles y de santos que no sean mártires.
• La fiesta de Todos los Santos (1° de noviembre).
• San Juan Bautista (24 de junio).
• San Juan Evangelista (27 de diciembre).
• La Cátedra de san Pedro (22 de febrero).
• La Conversión de san Pablo (25 de enero).
        Por lo tanto, el blanco aparece como el color privilegiado de la fiesta cristiana. Es además
el color que señala el ritual de la Unción y el Viático cuando se celebra con Misa.

Negro
       Al contrario del anterior, el negro es la negación o la ausencia de luz. A pesar de que
puede comportar nobleza y elegancia, tiene también otras connotaciones. El negro recuerda
espontáneamente la oscuridad, la noche, la falta de luz; por ello, su expresividad metafórica
designa claramente la pérdida, la desgracia, la confusión y el pecado. Entre nosotros es
típicamente el color del duelo y de la tristeza.
       Durante los siglos de la Edad Media el color negro era el color del Adviento y de la
Cuaresma; en la actualidad se utiliza con mayor discreción y se reserva sólo para las exequias y
demás celebraciones de difuntos; e incluso en estas ocasiones se recomienda más el blanco.
Rojo
       El color rojo trae a nuestra imaginación el fuego y la sangre. En consecuencia, su
simbolismo puede ir muy bien en el sentido de la culpa (el que derrama sangre ajena), del peligro
                                                                                                       113
(el que indica el alto del semáforo) y también del amor (la pasión que llena el corazón). El profeta
parece identificar la situación de culpa con el rojo: “Así fueren sus pecados como la grana,
quedarán blancos como la nieve, y así fueren rojos como el carmesí, quedarán como la lana”.
El rojo es el color designado para las siguientes ocasiones:
• En la celebración del Domingo de la Pasión (Ramos) y el Viernes Santo; es la mejor
aproximación simbólica a la muerte martirial de Cristo.
• En la fiesta de Pentecostés, porque el Espíritu Santo es fuego y vida.
• Otras celebraciones de la Pasión de Cristo, como la fiesta de la Exaltación de la Cruz.
• Las fiestas de apóstoles, evangelistas y mártires, por su cercanía ejemplar y testimonial a la
Pascua de Cristo.
• La Confirmación puede celebrarse con vestiduras rojas o blancas; con lo que se indica su
relación con el misterio del Espíritu Santo o con la fiesta de una iniciación cristiana a la vida
nueva, que va avanzando hacia su plenitud.
Verde
        El color verde es el de la vegetación más viva y de ahí que se vinculen con ese color
diversos simbolismos y aproximaciones metafóricas: el color del equilibrio ecológico, de la paz,
de la serenidad, de la esperanza.
        El verde es el color del tiempo ordinario, esas treinta y cuatro semanas en las que no se
celebra un misterio concreto de Cristo, sino el conjunto de la Historia de la Salvación y, sobre
todo, el misterio semanal del domingo como Día del Señor. El verde, como color de paz, de
serenidad, de esperanza, señala el tiempo de los frutos que ese Misterio pascual de Cristo exige a
la comunidad cristiana.
Se usa también:
• En la Celebración eucarística por la unidad, celebrada el domingo dentro del octavario.
• Y en la celebración eucarística del Domund: de la propagación de la fe, en octubre.
Morado
        Con todo lo que apunta de discreción, de penitencia y a veces de dolor, el morado es el
color con el que se distingue la celebración del Adviento y de la Cuaresma, así como las
celebraciones penitenciales y las exequias cristianas.
Rosa
        El color rosa, que no cuaja en la historia de la liturgia, queda también como posible si se
usa al final del Adviento y de la Cuaresma en determinados domingos que marcan cercanía con el
tiempo siguiente. Éstos son:
• El domingo tercero de Adviento: Gaudete
• Y el domingo cuarto de Cuaresma: laetares.
        Seguramente se debe al criterio pedagógico de indicar un tiempo que llega a su punto
medio, y de adelantar de alguna manera, con un color sorprendente, con flores y música, la meta
festiva a la que se dirige.
Azul
        Desde el siglo pasado el azul es un color privilegiado para celebrar las solemnidades y
fiestas de la Virgen María, aunque en el Misal Romano no aparezca.
Dorado y plateado
        En los días más solemnes pueden emplearse ornamentos sagrados más nobles, aunque no
correspondan al color de día.
• El dorado y el plateado simbolizan gran fiesta o solemnidad.
• Las conferencias episcopales pueden hacer las adaptaciones que correspondan mejor a las
necesidades y a los modos de ser de los pueblos.
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       “En las misas rituales se emplea el color propio, blanco o festivo; en las misas por
diversas necesidades, el color propio del día o del tiempo; el color morado, si expresan índole
penitencial... y en las votivas, el color conveniente a la misa elegida o el color propio del día o del
tiempo”.

COMISIÓN DIOCESANA DE LITURGIA
        El primer documento pontificio que pide formar la Comisión Diocesana de Liturgia es el
motu proprio Tra le sollecitudini, de 1903, donde el Papa pide a los obispos instituirla. Dicho
documento fue de gran importancia para la renovación litúrgica.
        En 1924 una circular de la Secretaría de Estado instituye la Pontificia Comisión para el
Arte Sagrado en Italia y establece que comisiones análogas a ésta sean instituidas en todas las
diócesis y regiones.
        En la encíclica Mediator Dei, de 1947, se exhorta a los obispos a buscar la manera más
conveniente para que el pueblo pueda participar en la acción litúrgica, particularmente en la
celebración eucarística, y expresa el gran deseo de que, así como ya existe la comisión para el
arte y la música sagrada, así también se constituya esta comisión, para promover el apostolado
litúrgico. Y la encíclica Musicae sacrae, de 1955, y ya deja entrever algo de esta Comisión de
Liturgia.
        Pero es el Vaticano II en su Constitución Sacrosanctum Concilium, el que le da más
consistencia a esta iniciativa y la considera importantísima para desarrollar y promover la
pastoral litúrgica de la Iglesia. Le da proyección universal cuando pide que sea instituida a nivel
diocesano y nacional. También sugiere la colaboración entre las diócesis (regiones). Es
responsabilidad de la Comisión Nacional de Liturgia promover la pastoral litúrgica en todos los
sectores y en todos los aspectos, según las necesidades y prioridades que la Conferencia
Episcopal les indique. Es de desear que la Comisión Litúrgica Diocesana tenga tres secciones:
Pastoral Litúrgica, Música y Arte Litúrgico. Es importante que las tres secciones promuevan la
liturgia en todos los sectores y aspectos y se integre a religiosos(as) y laicos en general, ya sean
adultos o jóvenes.
Marco doctrinal
        Cristo, único y eterno Sacerdote, redentor del hombre a través de su Misterio pascual, está
presente en la historia y actúa en ella mediante la celebración litúrgica.
        Queremos que las celebraciones litúrgicas de nuestra Iglesia, especialmente la Eucaristía,
sean efusión de gozo pascual, fuente y expresión sacramental de auténtica comunión y
participación en la comunidad cristiana.
        Deseamos que toda persona, transformada en la celebración litúrgica por el Espíritu
Santo, sea a su vez sujeto de transformación evangélica y reconciliación fraterna en nuestra
sociedad.
        Creemos que la comunidad eclesial, que celebra públicamente el misterio de Cristo en
medio de nuestra sociedad aquejada de tantos problemas, lo proclama fuertemente como el valor
absoluto: “la primacía de Cristo en todo”.
        Si cada agente de pastoral, luego de observar la realidad (marco de realidad) la confronta
con el marco doctrinal, notará que el problema que afecta más profundamente la vida litúrgica es
precisamente la falta de formación de los agentes de pastoral en este ámbito.
        Los objetivos general que se propone esta Comisión Diocesana de Liturgia son:
incrementar la vida litúrgica (más que la liturgia misma) en todas y en cada una de las diócesis;
que por medio de la formación de los agentes se crezca en comunión y participación; que dicha
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vida litúrgica sea esperanza de transformación y reconciliación y ponga la primacía de Cristo en
todo.
Tareas de una Comisión Diocesana de Liturgia
        El texto de la primera instrucción sobre la aplicación de la Constitución de la Sagrada
Liturgia, de 1964, dice: Bajo la dirección del obispo, la Comisión Litúrgica Diocesana debe:
• Estar al corriente de la situación de la acción pastoral litúrgica en la diócesis.
• Llevar a cabo con diligencia cuanto la autoridad competente establece en materia de liturgia y
tener presentes los estudios y las actividades que se realizan en otras partes a este respecto.
• Sugerir y promover toda iniciativa de carácter práctico que pueda contribuir al progreso de la
liturgia, especialmente para ayudar a los sacerdotes que ya trabajan en la Viña del Señor.
• Sugerir en los casos particulares, o también para toda la diócesis, las oportunas y progresivas
etapas de la acción pastoral litúrgica; señalar y llamar, cuando sea necesario, a personas idóneas
que a su debido tiempo puedan ayudar a los sacerdotes en este campo y proponer los medios y
subsidios adecuados.
• cuidar que en la diócesis las iniciativas que tienden a promover la liturgia procedan de acuerdo
con las otras asociaciones y ayudándose mutuamente, de la misma manera que ha sido dicho para
la comisión instituida junto a la episcopal.
        Las siguientes son algunas de las tareas específicas para alcanzar los objetivos
mencionados:
• Aprovechar el nuevo Ordinario de la Misa, para estudiar el directorio de la pastoral litúrgica
(Eucaristía y Sacramentos) en reunión mensual del clero con el obispo.
• Formación de equipos litúrgicos parroquiales.
• Formación de ministros extraordinarios de la Comunión.
• Formación de los lectores y acólitos.
• Formación de animadores de canto e instrumentalistas.
• Preparación de la Semana Santa y demás tiempos fuertes del año litúrgico.
Posibles integrantes de la comisión de liturgia
• Un responsable de la comisión, con el apoyo del obispo o vicario general.
• Uno o varios párroco de diversas parroquias.
• Algunos representantes de catequesis.
• Ministros de la comunión.
• Representantes de equipos litúrgicos
• Representantes de comunidades religiosas
• Representantes de comunidades parroquiales.
• Representantes del canto e instrumentalistas.
• Uno o varios diáconos.
Juan Pablo II nos da, entre otras, algunas tareas referentes a la materia de este libro:
        Toda la acción litúrgica de cada sacramento tiene también un valor pedagógico; el
lenguaje de los signos es el mejor vehículo para que “el mensaje de Cristo penetre en las
conciencias de las personas y desde ahí se proyecte en el “Ethos” de un pueblo, en sus actitudes
vitales, en sus instituciones y en todas sus estructuras. Por esto las formas de la celebración
litúrgica deben ser aptas para expresar el misterio que se celebra y, a la vez, claras e inteligibles
para hombres y mujeres.
Junto a nuestros hermanos indígenas, es necesario:
• Promover una inculturación de la liturgia, acogiendo con aprecio sus símbolos, ritos y
expresiones religiosas compatibles con el claro sentido de la fe, manteniendo el valor de los
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símbolos, ritos y expresiones religiosas compatibles con el claro sentido de la fe, manteniendo el
valor de los símbolos universales y en armonía con la disciplina general de la Iglesia.
• Cuidar los signos y el lenguaje cultural que señala la presencia cristiana y permite introducir la
originalidad del mensaje evangélico en el corazón de las culturas, especialmente en el campo de
la liturgia.
         No se atiende todavía al proceso de una sana inculturación de la liturgia; esto hace que
para muchos las celebraciones sigan siendo algo ritualista y privado, de tal manera que no los
hace conscientes de la presencia transformadora de Cristo y de su Espíritu ni se traduce en un
compromiso solidario para la transformación del mundo.
         Hemos de promover una liturgia que –en total fidelidad al Espíritu, que el Concilio
Vaticano II quiso recuperar en toda su pureza– busque la adopción de las formas, signos y
acciones propias de las culturas de América Latina y el Caribe, dentro de las normas dadas por la
Iglesia.
         Necesitamos impulsar una liturgia que asuma las nuevas formas celebrativas de la fe,
propias de la cultura de los jóvenes y fomente la creatividad y la pedagogía de los signos
respetando siempre los elementos esenciales de la liturgia.

COMUNICACIÓN
        Antes de hablar de comunicación tenemos que entender lo que significa esta palabra. A lo
largo de la historia, las definiciones de los diccionarios reseñan la evolución que dicha palabra ha
tenido. En el siglo XV se define como “acción o efecto de comunicar o comunicarse”. En el siglo
XX el término comunicación se toma en un sentido más amplio: el de hacer común algo, de
modo que asistimos a un proceso continuo de comunicación siempre y en todas partes. El aire, la
luz, la gente, los anuncios comerciales, la calle… todo da cuenta de su existencia por el hecho
mismo de estar ahí y de tener sus características propias.
La comunicación humana
        Los seres humanos, además, comunicamos ideas, sentimientos, juicios de valor. Para
hacerlo contamos con un lenguaje y un medio.
        El lenguaje es un sistema de signos convencionales, es decir: aceptados por todos; signos
no necesariamente, hablados o escritos: un gesto, una manzana dejada sobre el escritorio de
alguien, el no estar donde otra persona esperaba encontrarnos, ya dicen algo de nosotros.
        El medio es el conducto que porta nuestro mensaje: la fibra óptica, las ondas sonoras, una
carta escrita...
        La profundidad de nuestras relaciones depende del grado de intimidad que hayamos
logrado establecer con los demás. Podemos transmitir simples saludos, conversar sobre el clima,
expresar opiniones personales, arriesgarnos a manifestar nuestras convicciones, expresar nuestros
afectos o, finalmente, abrir nuestra vida privada en una relación de confianza total, como en el
matrimonio o ante Dios.
Tenemos necesidad de comunicarnos porque:
o El ser humano es social por naturaleza, necesita complementarse en la compañía de otros.
o Sólo en la relación con los demás se alcanzan virtudes, conquistas y satisfacciones imposibles
de lograrse individualmente.
o El mundo está enfermo de soledad; el egoísmo aísla al ser humano.
La comunicación humana profunda supone
        Saber ser, saber amar, saber encarnarse.
        Saber vivir.
Saber ser
                                                                                                       117
        Equilibrados, dueños de nosotros mismos, con madurez afectiva.
        Actualizarnos, partir del aquí y del ahora.
        En búsqueda, sin creernos poseedores de la verdad.
        Madurez humana y cristiana y testimonio de nuestra fe en Cristo, para poder tener amor
hacia los demás.
Saber encarnarse
o Crear una línea de confianza, porque sólo ama quien se da sin dobleces, ya que el amor es el
único camino.
o Evitar dependencias o paternalismos, porque todos sabemos que la mejor ayuda que se puede
dar es dejar en libertad a los demás.
o Darse auténticamente, sin buscar intereses personales.
o Buscar siempre el bien del otro.
Saber vivir
o Caminar con el otro, entregarse auténticamente, porque no se ama teóricamente.
o Sin dogmatismos, sin imposiciones, sin estructuras, sin esquemas rígidos, sin pretender hacer
un molde a nuestra imagen y semejanza para meter ahí al otro; por el contrario, encontrar las
cualidades y los valores de los otros, acompañar-los en su realización y respetar los ritmos
personales de maduración.
Jesucristo es el gran comunicador
        Una lectura atenta del Evangelio nos descubre las actitudes comunicativas de Jesucristo,
su gran capacidad no sólo de despertar el interés de la gente, sino más aún, de atraer en tal
medida a las personas, que lo seguían día tras día sin preocuparse por el alimento para sus
cuerpos. La energía del lenguaje nos permite descubrir en Jesús a un hombre de carácter, que
apunta sin vacilaciones al objetivo. “En verdad les digo que cuando lo hicieron con alguno de
éstos, mis hermanos pequeños, lo hicieron conmigo”. Se adapta perfectamente a los intereses, a
las culturas y a las costumbres del pueblo. Evita la terminología difícil y abstracta utilizando un
lenguaje sencillo y fácil de entender, y toca los sentimientos y la imaginación de sus oyentes.
        La riqueza variada del lenguaje y de las formas con las que Cristo se comunica, nos ayuda
enormemente para nuestra acción dentro de la comunidad, ya que toda la celebración es una
estructura dialogada, es comunicación.
Comunicación en la liturgia
        Por todo lo anterior nos damos cuenta de que comunicar es hacer partícipe a otro de lo que
uno tiene o es. Algunas veces, la comunicación es muy objetiva, como cuando transmitimos
conocimientos o elementos materiales; otras veces, se dan comunicaciones más bien subjetivas y
personales, como la expresión del propio estado de ánimo, de las propias convicciones, establecer
un lazo más personal.
        En la celebración se han de dar tanto las comunicaciones de tipo objetivo: las ideas
expresadas en las lecturas, la materialidad de la audición; como también manifestaciones más
totalizantes; por ejemplo: la sintonía personal y la comunión en el misterio en el que todos nos
introducimos.
        En la celebración el comunicarse es elemento esencial. Sin comunicación no se constituye
la asamblea; es decir: el sujeto auténtico de la celebración, como ya hemos visto.
        De modo particular han de cuidar la comunicación el presidente y cuantos desempeñan
ministerios. El presidente ha de sentir y hacer sentir la realidad del sujeto colectivo del que es
cabeza visible en nombre y representación de Cristo.
        El que preside tiene por función comunicar, no aislar; poner en relación, no reducir las
relaciones; compartir, no monopolizar. La comunicación exige que el mismo que preside sea
                                                                                                      118
verdaderamente comunicativo y ponga en juego tanto la emisión del mensaje cuanto el medio de
transmisión, o la actitud de recepción. Dentro de la celebración, la comunicación implica que se
pongan en comunión todos los personajes que participan en el encuentro celebrativo: Dios-
Iglesia-sujeto, a través de la intervención del ministro. En gran parte depende del que preside que
la comunicación sea no sólo vertical: entre Dios y el hombre, sino también horizontal: entre los
participantes. Para que así sea, es preciso que el mismo presidente posibilite la participación y la
expresión en todos sus niveles; es necesario que asegure una comunicación que apunte a la
edificación de la Iglesia y del bien común. El que preside tiene que ser garantía de la verdad que
se comunica, aval de la validez de los medios de comunicación empleados (signos), y seguridad
de la eficacia de dicha comunicación respecto a los sujetos que la perciben.
        Quienes desempeñan ministerios dan un cariz de comunión a acciones específicas
particulares. Así, puede haber personas que realicen la acogida de quienes van llegando,
conocidos o nuevos; los lectores deben procurar que a través de su ministerio o servicio llegue
verdaderamente el mensaje de Dios a los destinatarios, lo cual no es fácil lograr con la calidad
necesaria; se advierte el mensaje del Trascendente, de Dios, aun en la naturalidad de la cercanía.
La comunicación es todo un arte. J. Burgaleta señala tres cualidades:
1) Relacionarse de veras, es decir: realizar la conexión.
2) Comunicarse bien, o sea: no de cualquier modo, no con violencia ni con impertinencia ni como
casualmente, sino lograr la confianza de la asamblea para que esté dispuesta a entablar el
contacto mutuo y con Dios.
3) Con belleza. La belleza conecta con el bien y está relacionada con la poesía y el simbolismo,
influye en los afectos y predispone a elevar el corazón hacia el creador.

COMUNIÓN EN LA MANO
        Durante varios siglos la comunidad cristiana mantuvo con naturalidad la costumbre de
recibir el pan eucarístico en la mano. Sobre ello existen numerosos testimonios provenientes de
diversas regiones: España, Roma, Milán, etc. Uno de ellos es el tratado sobre la idolatría, de
Tertuliano, en que se queja de que algunos, con la misma mano, puedan recibir al Señor y luego
acercarse a los ídolos; él comenta que esas manos “son dignas de ser cortadas”.
        El más famoso de los testimonios acerca de la comunión recibida en la mano, es el
documento de san Cirilo de Jerusalén, en el siglo IV, que en sus catequesis sobre la Eucaristía nos
describe cómo se acercan los cristianos a la comunión:
“Cuando te acerques a recibir el Cuerpo del Señor, no te acerques con las palmas de las manos
extendidas ni con los dedos separados, sino haciendo de tu mano izquierda como un trono para tu
derecha, donde se sentará el Rey. Con la cavidad de la mano recibe el Cuerpo de Cristo y
responde Amén”.
        Y además, durante un tiempo y en varias regiones se daba con igual espontaneidad la
costumbre de que los cristianos pudieran llevar el pan consagrado a sus casas, el domingo, para
poder comulgar ellos mismos a lo largo de la semana.
El cambio a la comunión en la boca
        Poco a poco y por diversas razones, cambió la sensibilidad del pueblo cristiano respecto al
modo de comulgar. El paso a la recepción del Cuerpo del Señor en la boca no se realiza por
decreto ni uniformemente. A lo largo de los siglos VII y VIII se consideraba que las mujeres no
recibieran la comunión en la mano directamente, sino que usaran un paño limpio sobre la misma.
Pronto se aplicó esta costumbre también a los hombres. Puede ser que en algunas partes influyera
el miedo a las profanaciones de la Eucaristía por parte de los herejes o a las prácticas
supersticiosas. Otros pensaban que la nueva forma de comulgar manifestaba mayor respeto y
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veneración a la Eucaristía. Pero sobre todo parece que la razón de la evolución fue la nueva
sensibilidad acerca del papel de los ministros ordenados: en contraste con la forma en que se
miraba a los simples fieles, se fue acentuando la valoración de los sacerdotes, a la vez que se fue
dando un alejamiento de los laicos. En Roma la nueva modalidad de la comunión en la boca
inició hacia el siglo X.
Motivos para preferir comunión en la mano
         Con ocasión de la reforma litúrgica conciliar va creciendo el deseo de que los fieles
puedan recibir la comunión en la mano; es decir: de restaurar la antigua costumbre.
         Los dos modos de recibir el Cuerpo del Señor tienen sentido, y los dos pueden expresar
igualmente nuestra comprensión y nuestro respeto al Misterio eucarístico.
         Sin embargo son varios los motivos que han llevado a muchos a preferir la comunión en
la mano. En efecto, es más común depositar lo que se ofrece en la mano que en la boca. Es más
fácil el diálogo que acompaña el gesto: “Cuerpo de Cristo”, “Amén”. No se dice mientras se tiene
que mantener la boca abierta, sino mientras se recibe en la mano.
         Nuestras manos tienen evidentemente una gran fuerza expresiva. En muchas ocasiones se
convierten en nuestro lenguaje más elocuente, junto con la mirada. Manos como signo de
actividad, de trabajo, de fraternidad. Manos que se ofrecen o que reciben. Todo ello nos habla de
unas manos que se convierten en un retrato simbólico de las actitudes interiores. Alguien afirma
que la mano es la inteligencia hecha carne.
         Acudir a la comunión con la mano abierta bien puede representar plásticamente una
actitud de humildad, de espera, de pobreza, de disponibilidad, de acogida y de confianza. Ante
Dios, nuestra postura es la del que pide y recibe confiadamente.
         Las dos manos abiertas y activas: la izquierda recibe y la derecha toma personalmente el
Cuerpo del Señor; dos manos que pueden ser signo elocuente de respeto, de acogida, de altar
personal que formamos agradecidos al Señor, que se nos da como alimento salvador.
Hay que tener en cuenta tres aspectos importantes:
         1) Vale la pena subrayar que no es lo mismo tomar la comunión con la mano que recibirla
del ministro. El recibir de manos del ministro los dones de la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre de
Cristo, expresa mucho mejor la mediación de la Iglesia. Los sacramentos no los tomamos
nosotros, sino que los recibimos de, por y en la Iglesia.
         2) El gesto es libre, una vez que el Episcopado ha decidido, es el fiel el que opta por un
modo de comulgar u otro. No es el ministro el que lo impone en un sentido ni en el otro según su
gusto o preferencia.
         3) Es necesaria una catequesis previa y adecuada. Así se entenderá mejor el significado de
la comunión dada en la mano y los fieles tendrán oportunidad de escoger con claro conocimiento
el modo de comulgar, de acuerdo con la norma diocesana.
         El gesto realizado por el Señor en la institución de la Eucaristía se expresa mejor y más
dignamente cuando se da el pan consagrado a cada fiel.
         Porque “Jesús tomó el pan, lo partió y lo dio”, y tomó el cáliz y “se lo dio”2. Por esta
razón el Ritual dice: “La sagrada comunión debe ser distribuida por un ministro competente...” y
prosigue: “La Madre Iglesia prefiere multiplicar los ministros de la comunión (sean hombres o
mujeres), que permitir se desvirtúe el gesto evangélico. Porque no se admite que los fieles tomen
por sí mismos el pan consagrado y mucho menos que lo hagan pasar de uno a otro”.

CRUZ
La cruz (en latín crux y en griego staurós) es el símbolo primordial para todos los cristianos.
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        Ya antes del cristianismo se encuentra en varias culturas, como un símbolo cósmico,
porque sus dos tramos cruzados apuntan a los cuatro puntos cardinales o porque puede
representar al hombre que en pie, con los brazos extendidos, apunta, o de algún modo abarca, a la
totalidad del universo. Pero desde que Cristo murió en ella, a pesar de todo el sentido negativo
que tenía en el mundo romano –por ser el instrumento de tortura para ajusticiar a los
malhechores–, se convirtió en el símbolo por excelencia de la muerte pascual y salvadora de
Cristo. Para Pablo la cruz es como el resumen de toda la obra salvadora de Cristo.
        La cruz es el símbolo radical y primordial para los cristianos, uno de los pocos símbolos
universales, comunes a todas las confesiones. En el siglo IV la cruz se convierte poco a poco en
el símbolo predilecto para representar a Cristo y su Misterio de salvación.
        Desde el sueño del emperador Constantino (312) –“Con esta señal vencerás”–, que
precede a su victoria en el puente Milvio, y desde que fue descubierta la verdadera cruz de Cristo
en Jerusalén (326) por la madre del mismo emperador, Elena, la atención de los cristianos hacia
la cruz va aumentando. La fiesta que celebramos el 14 de septiembre se conoce ya en Oriente en
el siglo V y en Roma al menos desde el siglo VII.
        Actualmente la cruz es un símbolo que encontramos en todas partes y de muy variadas
formas. Se usa especialmente en la Eucaristía, en las procesiones, en las casas, en la pectoral de
los obispos, en el báculo del Papa, colgada en el cuello de muchas personas, al bendecir con la
mano, etc.
La señal de la cruz
        Esta cruz ilumina toda nuestra vida, nos da esperanza, nos enseña el camino, nos asegura
la victoria de Cristo a través de la renuncia a sí mismo y nos compromete a seguir el mismo estilo
de vida para llegar a la nueva existencia del Resucitado.
        Es un gesto sencillo pero lleno de significado. Esta señal de la cruz es una verdadera
confesión de nuestra fe. Dios nos ha salvado en la cruz de Cristo. Es un signo de pertenencia, de
posesión; al hacer sobre nuestra persona esta señal, es como si dijéramos: “Estoy bautizado,
pertenezco a Cristo, Él es mi Salvador, la cruz de Cristo es el origen y la razón de mi existencia
cristiana”.
        Ya en el Antiguo Testamento se hablaba de los marcados por el signo de la letra tao, en
forma de cruz y el Apocalipsis también nombra la marca que llevan los elegidos. Nosotros, los
cristianos, al trazar sobre nuestro cuerpo el signo de la cruz, declaramos que somos miembros del
nuevo pueblo, la comunidad de los seguidores de Cristo, que desde su cruz nos da la salvación.
        Un momento particularmente expresivo en que se traza la señal de la cruz sobre nuestra
persona, es el del Bautismo. Es un rito elocuente: el sacerdote, los padres y los padrinos hacen al
bautizado la señal de la cruz. Y en el caso del Bautismo de adultos el gesto es todavía más
explícito.
        También hacemos la señal de la cruz al empezar el Evangelio, esta vez en forma de triple
cruz: sobre la frente, la boca y el pecho. En rigor, el Misal- parece indicarlo sólo al lector,
diácono o sacerdote; pero es costumbre que toda la comunidad se santigüe en este momento.
        Al hacer la señal de la cruz, se debe atender a que sea bien realizada; no de prisa ni
contraída, sino una verdadera cruz, pensada, amplia, de la frente al pecho, del hombro izquierdo
al derecho.
        Notaremos que nos envuelve en cuerpo y alma, que se apodera de nosotros, nos consagra
y santifica. Porque es el signo de la totalidad y de la redención. Por la cruz todo queda
fortalecido, signado y consagrado en nosotros, por virtud de Cristo y en nombre de Dios uno y
trino.
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        La cruz en el altar El primer testimonio que habla de la cruz colocada encima del altar
durante el sacrificio es del griego Narsa (450). En Occidente se habla de la cruz por primera vez
en las procesiones estacionales o litánicas. En Roma cada región e instituto poseía la suya.
También el Papa iba precedido de su cruz. Esta cruz procesional tenía dos partes: la cruz
propiamente dicha y el asta. Al llegar al altar se descomponía y se colocaba en un soporte
adecuado. Así es como la cruz procesional vino a ser cruz de altar. Parece que todavía durante la
Edad Media se colocaba antes de la celebración de la Misa y se retiraba después. Las cruces más
antiguas no tienen crucifijo; éste aparece en el siglo XIV y en algunos lugares, más tarde.
        El Misal de san Pío V prescribía que fuese grande, visible para el celebrante y para el
pueblo y provista con la imagen del crucificado. Estas prescripciones respondían a la devoción
que los cristianos de todos los tiempos, especialmente los de los primeros siglos, sintieron hacia
la cruz y el crucifijo. Sin embargo, la cruz del altar pasaba inadvertida con mucha frecuencia,
sobre todo por sus pequeñas proporciones.
        La OGMR establece que “sobre el altar o junto a él se coloque una cruz, que sea bien
visible para la comunidad reunida”. En las iglesias grandes es conveniente usar una cruz
procesional, que se coloca en un lugar adecuado del presbiterio, próximo al altar. De este modo,
el celebrante y los fieles encuentran en la cruz un símbolo muy apropiado para actualizar el
sentido sacrificial de la Eucaristía –renovación incruenta del sacrificio de la Cruz–, el recuerdo de
la Pasión del Señor y la centralidad del Misterio pascual en la vida cristiana.
La cruz en el Viernes Santo y en las bendiciones
        La costumbre antigua de cubrir las cruces en las dos últimas semanas antes de Pascua –al
igual que las otras imágenes– se ha dejado ahora a la libre elección.
        El Viernes Santo, uno de los momentos más expresivos de la celebración de la muerte de
Cristo es la adoración de la cruz. Cada uno de los fieles pasa a venerar, normalmente con una
genuflexión y un beso, mientras se canta. Al terminar la celebración, la cruz se deja en un lugar
central, iluminada, para que los fieles puedan venerarla y orar ante ella el resto del Viernes y todo
el Sábado.
        Las cruces que van a estar en lugares públicos para la veneración, en la Iglesia o fuera, por
lo común se bendicen solemnemente; en el Ceremonial de los Obispos y en el Bendicional se
encuentran las normas y los textos para la bendición.

                                                  E
EQUIPO LITÚRGICO
        Cristo es el sumo y único sacerdote celebrante que actúa y se hace presente por medio del
signo fundamental de toda acción litúrgica.
        La asamblea celebrante es un pueblo de bautizados que ejercen su sacerdocio bautismal.
        Obispo o presbítero es el que actúa in persona Christi y preside la asamblea celebrante, en
la cual colaboran otros ministros ordenados e instituidos. Existen además los siguientes servicios:
1) Servicio del altar: diácono, ministro de la Eucaristía, acólitos jóvenes, sacristán.
2) Servicio de la Palabra: diácono, lectores (instituidos o no), salmista, monitor, animador, etc.
3) Servicio del canto: Coro, director de coro, salmista, instrumentistas, etc.
4) Servicio de la asamblea: Ministros extraordinarios de la comunión, responsables de la colecta,
de la presentación de los dones, encargados de la acogida y del orden, técnico de la luz y del
sonido. Encargado de la limpieza, de la ornamentación, responsable del periódico mural, de los
avisos y carteles; catequista para la liturgia de la Palabra con niños, quien reparte y recoge el
material: hojas, folletos, etc.
                                                                                                        122
        El equipo litúrgico se constituye con representantes de cada uno de estos cuatro servicios.
Uno de ellos asume la coordinación, planifica las celebraciones y establece esquemas para cada
una, se encarga de la formación continua de los distintos ministros, de la evaluación, etc.
Tarea del equipo litúrgico
        El equipo debe estar caracterizado por:
        1) El deseo de una colaboración fraternal en la que cada uno ocupa su puesto con sus
propias atribuciones.
        2) La preocupación por que se escuchen las voces de la asamblea. No se trata de inventar
la liturgia, sino de darle plenitud al hacerla nuestra y al darle una coherencia significativa. Esto
no es tan difícil como se cree.
        3) Una preparación remota y una preparación inmediata. Es indispensable preparar cada
una de las celebraciones; depende en parte de la capacidad y del número de los miembros del
equipo. Se trata de encontrar la forma de colorear los ritos según el misterio del día. Por ejemplo:
el día que la liturgia nos hable de nuestro bautismo, la aspersión podrá ocupar el lugar del rito
penitencial. El domingo que tenga por centro la Palabra de Dios, se hará una procesión con el
evangeliario o con el leccionario, etc. En efecto, la liturgia es hacer, y en el plano de la acción es
donde se sitúa el verdadero trabajo litúrgico.
        4) La ley del ritmo. Si la colecta o la homilía duran demasiado tiempo, la significación
global de la celebración queda falseada. El ritmo ayuda a dar sentido y coherencia a la vida, es
decir: orientación y significación.
        5) Resulta muy importante evaluar posteriormente una celebración, sobre todo en aspectos
como la preparación, los elementos que se deben reforzar y el grado en que fue alcanzado el
objetivo.
        La tarea del equipo litúrgico es la de animar y construir la asamblea: que el grupo de
creyentes reunidos tome conciencia de su identidad y llegue a ser asamblea celebrante, sujeto
protagonista de la celebración, comunidad eclesial.

                                                      FIN: Hacer comunidad, al estilo de las
                                                      primeras comunidades cristianas.



   ANIMACIÓN LITÚRGICA                                ÁMBITO: En la celebración viva.


                                                      MEDIO: Participación consciente, activa y
                                                      plena
La animación
        Una celebración significativa supone el trabajo de animación por parte de un equipo que
ayude a percibir la presencia del Resucitado y disponga a la asamblea a vivir la celebración como
una verdadera fiesta.
        Conviene darle expresividad y autenticidad a los signos mediante:
• una buena realización,
• la conducción a la comprensión y al respeto del lenguaje simbólico,
• los estímulos a la conversión y al compromiso.

La animación implica realizar las acciones dando atención y cuidado:
                                                                                                         123
• a las personas más que a las tareas, dándoles sobre todo confianza y superando los recelos;
• a los objetivos más que al mero cumplimiento;
• al conjunto orgánico, al sistema, más que a los elementos sueltos;
• a los procesos más que a las actividades puntuales;
• a las contingencias y a la flexibilidad más que a los programas y normas rígidas.
Algunos componentes de la animación
         La animación presupone una concepción antropológica y una actitud de supremo respeto a
la vida y a sus ritmos.
Animar significa:
         Que la liturgia y la oración broten a partir de la vida.
         Coadyuvar al desarrollo de la vida espiritual de cada participante aplicando medios que
faciliten el despertar de su fe.
         Estimular a cada cristiano a crecer en comunión fraterna.
         Cuidar la vida, despertar la creatividad y la fecundidad. Esto se traducirá en expresiones
llenas de vida a lo largo de las celebraciones.
         Dejar actuar, no extinguir al Espíritu Santo, que anima la Iglesia y la liturgia. Descubrir
finalmente el enfoque procesal de la celebración litúrgica y cuidar que dicho proceso vaya
realizándose efectivamente.
La planeación
         En la preparación de la celebración debe tenerse en cuenta la participación plena,
consciente y activa; la adaptación a cada asamblea: la naturaleza comunitaria de toda acción
litúrgica, que es sacramento de unidad; la didáctica y la pastoral de la celebración litúrgica.
         Por ello será necesario tener presentes las características de la asamblea concreta;
distribuir las actividades y las responsabilidades; preparar siempre a la asamblea antes de la
celebración; distinguir el tipo de celebración: Eucaristía, sacramentos, oración, ocasionales.
         En cada celebración se ha de contar con un esquema o guión general del desarrollo de la
misma. Es recomendable leer con anterioridad los textos de la celebración y consultar las
explicaciones o los comentarios sobre ellos en otras obras. Los manuales de oración pueden ser
traducidos, adaptados o compuestos.
         Aunque la homilía sólo la dice el presidente, conviene que la prepare con los puntos de
vista de otras personas. A veces puede realizarla el catequista cuando se trata de misas con niños.
         Los cantos juegan un papel importante en la liturgia, hay que elegirlos de acuerdo con la
celebración y ensayarlos anticipadamente.
         Las moniciones deben ser breves e incisivas, más existenciales que intelectuales,
discretas.

       Hay que cuidar la limpieza del local de la celebración, tenerlo adornado y mostrar
dignidad en las vestiduras y belleza en el conjunto; debe ser adecuado para proclamar la Palabra
y para la presidencia. La decoración y el adorno deben ser sencillos y festivos. Los asientos se
dispondrán de manera que favorezcan la participación.
       Los gestos y los signos no han de ejecutarse improvisadamente. Es importante contar con
el material necesario: equipo de sonido, folletos con los cantos, las oraciones y lecturas, etc.
Evaluación de la celebración
       Las siguientes cuestiones pueden servir para un análisis de la actuación de la comunidad y
del equipo litúrgico:
1. Hora, lugar y asistencia. ¿La celebración comenzó a tiempo? ¿Alguna parte de la celebración
se extendió más de lo debido? ¿Los miembros de la asamblea fueron puntuales? ¿Cuál fue el
                                                                                                       124
número aproximado y edades de los participantes (adultos, adolescentes y niños)? Es importante
tener en cuenta las características socio-religiosas y culturales.
2. ¿Se contó con el material necesario: hojitas, libros de cantos...? ¿Se usó adecuadamente?
¿Cómo fue la respuestas de la asamblea al presidente, tímida, nula, sonora, expresiva, por
compromiso?
3. ¿Cómo fue la participación en el canto, en la proclamación de la Palabra y en la celebración en
su conjunto? ¿Qué tanto se diversificaron las tareas y responsabilidades?
4. ¿Cuál fue el clima que se creó? ¿La atención de los participantes fue escasa, apenas suficiente
o buena? ¿Durante cuánto tiempo se mantuvo la atención? ¿Cuáles fueron la calidad alcanzada y
el nivel de interiorización en la proclamación de las lecturas? ¿Y en la oración común? ¿Cómo
fue la participación y qué lenguaje se usó?
5. ¿Cuáles son las funciones y cómo se desempeñaron el animador o monitor, los acólitos y los
ministros de la Eucaristía? Si no se cuenta con alguno de ellos, ¿porqué?
6. ¿Cómo se integran los instrumentos musicales en la celebración?
7. ¿Cómo es el estilo del presidente: intelectual, experimentado, conocedor, experto, sereno;
agresivo, repetidor, vulgar...? Acerca de la homilía, ¿cuáles fueron el tema, la duración, la
calidad, el grado de contacto con la realidad cotidiana y el lenguaje empleado? ¿Qué relación hay
entre las lecturas y la homilía? ¿Qué actitud tiene el presidente en el contacto con la asamblea, en
el saludo y en la despedida? ¿Cómo es la bendición final? ¿Quién da los avisos y en qué
momento?
8. ¿Se nota que los ritos y signos son sentidos o parecen solamente ejecutados? ¿Son forzados o
naturales, expresivos o estereotipados? ¿Qué signos han rodeado la proclamación del Evangelio?
¿Con qué estado de ánimo se termina la celebración: cansancio, impaciencia, alegría, entusiasmo,
aburrimiento, indiferencia?
        Algunos puntos pueden ser suprimidos o adaptados, según el caso, y se pueden agregar
otros de acuerdo con las necesidades de cada comunidad

ESCUCHAR
        El acto de escuchar –del latín auscultare– supone una disposición más activa que el mero
oír: es oír prestando atención. No sólo es una actitud humana necesaria –sin ella, no es posible el
diálogo–, sino que constituye también la actitud religiosa fundamental.
        El primero que escucha es Dios: Él oye las quejas de su pueblo en la esclavitud egipcia,
baja a salvarlo y le promete por medio de Moisés que “si ellos me gritan, yo los escucharé”. Al
pueblo de Israel se le inculca esta primera disposición ante Dios: “Escucha, Israel”, el famoso
Shema Israel, que es un buen resumen de su fe. La breve oración del joven Samuel la expresa con
elegancia:
“Habla, Señor, que tu siervo escucha”.
        También en el Nuevo Testamento la actitud de escuchar es la primera respuesta de
acogida a lo que Cristo anuncia. Los buenos oyentes merecen esta bienaventuranza. Con razón se
alaba a la Virgen María porque acogió la Palabra: “Escuchó tu Palabra y la conservó en su
corazón”.
        En la liturgia somos invitados a escuchar con atención las diversas palabras que se nos
proclaman: lecturas, oraciones, cantos, homilía, salmos... Pero sobre todo la Palabra de Dios que
las lecturas bíblicas nos transmiten.
        La introducción al Leccionario motiva y estimula esta disposición de escucha:
        “Cuando Dios comunica su palabra, espera siempre una respuesta, que es audición y
adoración”; el oyente se esfuerza, “al escuchar la palabra de Dios, por adherirse íntimamente a la
                                                                                                       125
Palabra de Dios en persona, Cristo encarnado”. Escuchar es una “audición acompañada de fe...
escuchar la Palabra de Dios con una veneración interior y exterior que los haga crecer (a los
fieles) continuamente en la vida espiritual y los introduzca cada vez más en el misterio que se
celebra”.
Saber escuchar
        Escuchar atenta y continuamente, no sólo dentro de la celebración, sino el saber escuchar
a los demás en la vida diaria, requiere aprendizaje. Hay que lograr el clima de paz y serenidad y
evitar a la vez la precipitación y la lentitud. Escucha, Israel. Es poner atención activa, escuchar es
algo más que oír; es entender, ir asimilando lo que se oye, reconstruir interiormente el contenido
del mensaje. Escuchar es hacer propio aquello que se proclama.
        La liturgia nos educa a la escucha. No solamente cuando Dios nos transmite el mensaje de
su Palabra, a través de los lectores, cuando el sacerdote que preside dirige su oración a Dios, en
nombre de la comunidad. La actitud de la comunidad cristiana –ministros y fieles– es en la
escucha atenta: “las lecturas de la Palabra de Dios deben ser escuchadas por todos con
veneración”, “la Plegaria eucarística exige que todos la escuchen con reverencia y en silencio”,
que se haga realidad para todos nosotros lo que afirma el profeta: “Mañana tras mañana el Señor
despierta mi oído para escuchar”.

ESPACIO CELEBRATIVO
        La fe, la religiosidad y la participación de una asamblea están en cierta medida
influenciadas por el marco en que se desarrolla la celebración.
Funcionalidad del espacio celebrativo
        He aquí, de acuerdo con los documentos postconciliares, los principios orientadores para
crear o adaptar el espacio celebrativo y las funciones de la arquitectura en relación con la liturgia,
desde el punto de vista de la comunicabilidad entre Dios y el hombre:
        Validez práctica para la celebración.
Espiritualidad que todo lo impregne.
        Armonía con las dimensiones esenciales de la persona.
Valor simbólico y referencia a lo trascendente.
Desde el punto de vista de la comunicabilidad dentro de la asamblea, el lugar debe posibilitar:
        - La conformación de la asamblea.
        - La percepción de:
                * la palabra,
                * el ministro que proclama,
                * los ritos y los gestos litúrgicos.
        - La presidencia y moderación de la plegaria, los movimientos y las actitudes corporales
de la asamblea.
        - La diferenciación de los ministerios y sus funciones.
        - La dirección del canto y las intervenciones del coro.
        - La distribución y la ordenación de los distintos lugares del templo.
Desde el punto de vista de las relaciones entre liturgia y vida, se debe tener en cuenta la
importancia:
        - De los ritos iniciales.
        - Del tránsito de la vida ordinaria a la celebración.
        - De los accesos a los lugares de la celebración.
Elementos que integran el espacio celebrativo
        1.      El altar.
                                                                                                         126
        2.       La sede presidencial.
        3.       El ambón.
        4.       El lugar de la asamblea.
        5.       La reserva eucarística.
        6.       El baptisterio.
        7.       El lugar de la penitencia.
        8.       La sacristía.
El altar
        El altar es la “Mesa del Señor”, el Trono de Cristo, el signo o sacramento de la mesa
festiva del Rey. En efecto, es a la mesa del Señor a la que está invitado el Pueblo de Dios a fin de
participar del, Cuerpo y Sangre de Cristo, es el centro donde converge la atención de la
comunidad en la segunda parte de la Misa, que es la liturgia de la Eucaristía.
Las características esenciales y definidas de todo altar cristiano son las siguientes:
        - Ser una mesa y parecer como tal.
        - Estar separada de la pared y dispuesta de modo que se pueda celebrar de cara al pueblo.
        - Constituir el centro de atención de toda la asamblea.
        - Ser única, dedicada sólo a Dios.
        - No tener imágenes ni reliquias sobre su superficie.
Otras características secundarias, como recomendaciones de distinta importancia, son las
siguientes:
        - Estar adherida al edificio.
        - Ser de piedra natural o por lo menos de otro material sólido y trabajado artísticamente.
        - Estar edificado sobre el sepulcro de mártires o de santos o incluir en su parte inferior
estas reliquias.
        - En las nuevas iglesias el altar debe ser único. En las antiguas, también se tratará de no
resaltar la multiplicidad de los altares, sino su unicidad. El altar está claramente orientado a Dios
en la realización de la celebración de la Eucaristía. Ya no se conciben altares “dedicados a
santos”, con imágenes encima, ni tampoco reliquias sobre el altar.
        - Conviene que haya un altar fijo en cada Iglesia, separado del ábside, para facilitar la
presidencia frente al pueblo; de preferencia de piedra natural, aunque las conferencias episcopales
pueden señalar otros materiales dignos. Los altares fijos se deben dedicar y los móviles pueden
dedicarse o bendecirse.
        - En muchas Iglesias se soluciona de momento la cuestión de la Celebración eucarística
frente al pueblo colocando un altar provisional en medio del presbiterio. Éste tiene ventajas para
el momento; pero, a pesar de que sigue siendo provisional, en algunos casos se mantiene durante
mucho tiempo. Es preciso que en tales iglesias se realice cuanto antes la construcción definitiva
del altar, según la liturgia renovada, teniendo en cuenta que debe ir encajando en un conjunto
arquitectónico que abarca además la sede y el ambón.
        - Uso correcto del altar. El que preside, en efecto, al principio de la Celebración
eucarística, tanto si se trata de una celebración dominical como ferial, venera el altar, pero nunca
se queda junto a él, sino que va a la sede. El presidente aparece por primera vez en el altar en el
momento de preparar los dones eucarísticos, para significar que lo que es propiamente la mesa se
reserva únicamente para el banquete.
        - Es importante que el altar, Trono de Cristo, nunca aparezca como el lugar par colocar los
utensilios prácticos necesarios. En cambio es posible situar alguno objetos que se desee santificar
con el contacto de la mesa santa: el cirio y In túnica de los bautizados, el crisma de la
confirmación, el hábito que se entrega los profesas, la carta de profesión o de matrimonio pueden
                                                                                                        127
adquirir importancia significativa si se colocan sobre el altar, si se toman expresivamente de él o
si se firman sobre él los documentos a los que nos hemos referido.
         - Durante la Celebración eucarística el altar deberá tener manteles más vistosos cuando se
trata de días solemnes. También se pueden poner flores esparcidas a los lados a la manera que se
hace en los convites, velas con flores o cirios decorados o pintados...
La sede presidencial
         Las primitivas comunidades cristianas se complacían contemplando a Cristo como
Maestro y Doctor y, como tal, lo representaban con frecuencia sentado en una cátedra. Así lo
vemos, por ejemplo, en el célebre mosaico de santa Prudenciana de Roma. En algunos casos
incluso la cátedra vacía u ocupada por una cruz gloriosa era suficiente para expresar
simbólicamente la fe de la Iglesia en Cristo Maestro, como es el caso del ábside de Santa María la
Mayor.
         Si la antigüedad cristiana capta y expresa con fuerza el simbolismo de la sede
presidencial, durante la Edad Media, en cambio, se va perdiendo poco a poco esta visión. Más
adelante, para suplir las cátedras aparecieron los tronos, los cuales distan mucho de reflejar el
simbolismo de la cátedra donde Cristo enseña; son más bien muebles principescos donde los
obispos asistían (no celebraban) a la liturgia celebrada por sus capellanes.
         Es de subrayar la sede episcopal sobre la sede del simple presbiterio, porque el obispo es
sacramento pleno de la presencia del Señor.
         Y sea cual fuere la importancia de los obispos o presbíteros presentes, la sede presidencial
debe ser única, porque uno solo es nuestro Padre, uno solo nuestro Maestro; porque todos somos
hermanos. No caben en la Iglesia, por lo tanto, varias sillas destacadas, ni será significativo que el
que preside tenga una silla parecida a la de los demás concelebrantes o a la de los restantes
miembros de In asamblea. Hay que tener bien claro que la silla presidencial es única en su género
y que, por lo tanto, debe aparecer muy distinta de todas las demás.
         Hay que evitar la forma de trono. Incluso para los obispos las insignias pontificias de la
sede ya no son necesarias. También hay que evitar los asientos sin respaldo, a modo de
“taburete”. Además es equivocada la opinión de que en capillas o Iglesias donde actúa un solo
sacerdote, se pueda prescindir de la sede.
         La sede necesita adornarse, como se hace con el altar, por lo menos en las fiestas
principales. Un cojín de color litúrgico, unos paños vistosos del color del tiempo, una alfombra
bonita, pueden ser adornos expresivos de la devoción de la Iglesia a Nuestro Señor.
         De hecho este lugar debe ser tal, que pueda ser distinguido totalmente por toda la
asamblea. Para ello convienen una elevación suficiente, en armonía con los ejes del edificio y en
equilibrio con los otros polos de la celebración, una iluminación eficaz y, en ciertos casos,
simbolizadora.
         Concretamente, el uso de la sede ha de manifestar la realidad teológica (afirmada en la
Constitución Conciliar sobre la liturgia y repetida en la OGMR) de que la Celebración eucarística
consta de dos partes: “la liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística”. Para evidenciar este
aspecto tan importante de la estructura de la Celebración eucarística, durante la primera parte se
usa la sede y durante la segunda, el altar. Tenemos aquí una norma sencilla y expresiva.
El ambón
         De la misma manera que la liturgia de la Palabra de nuestras asambleas cristianas se
deriva de la liturgia sinagogal, así también el ambón es una herencia recibida de Israel. En el
mismo origen de la sinagoga judía encontramos el ambón con todo su simbolismo. El libro de
Esdras nos narra una primera celebración de la palabra en la que el ambón aparece ya como algo
destacado:
                                                                                                         128
         “Esdras, el escriba, estaba de pie en el púlpito de madera que había hecho... abrió el libro
a la vista de todo el pueblo, pues se hallaba en un puesto elevado”.
         En la época cristiana, las alusiones explícitas a un lugar destacado para la proclamación de
la Palabra, las encontramos muy pronto, incluso antes de la paz de Constantino. Por ejemplo, san
Cipriano ya nos habla de un lugar (+258); en las Constituciones Apostólicas y el llamado
Concilio de Laodicea (siglo IV) se citan únicamente algunos de los documentos más antiguos.
         La historia nos presenta el ambón no como un mueble, sino como un lugar donde se
concretiza el encuentro con Jesús en su Palabra. Y los nombres usados para designar el lugar lo
expresan de manera suficientemente clara. En Oriente se llama bema: estrado, tribuna; en
Occidente, suggestum: lugar elevado, o ambón, derivado del griego anabainein: subir. El
Pontifical de Durando (siglo XIII) en la ordenación de lectores pone en labios del obispo lo
siguiente: “cuando lean, estén situados en un lugar alto de la Iglesia, de tal modo que sean oídos y
vistos por toda la asamblea.
         La constante es, pues, un lugar elevado y visible a la asamblea, que debe estar pendiente
de la Palabra que allí se proclama, para que el pueblo cristiano reconozca que esa palabra es
distinta de las demás palabras; no es palabra de hombre, es Palabra de Dios. Todo ello es lo que
quiere significar el ambón.
         El ambón debe conjugar su propia expresividad con los otros dos centros de atención en la
liturgia eucarística: el altar y la sede. Y, de ser posible, han de estar hechos de materiales iguales
o semejantes a los del altar, para significar su importancia paralela y su función análoga. Junto al
ambón también está previsto que se sitúe normalmente el cirio pascual.
         Es fácil comprender las dos principales características del ambón, lugar de la Palabra:
funcionalidad y simbolismo. Como elemento funcional, el ambón debe estar construido de tal
forma que se facilite la audición de la palabra y la visibilidad del lector. En cuanto al simbolismo,
hay que procurar, respetando la estructura del edificio, que el ambón se destaque como algo
verdaderamente importante. Sólo así los fieles irán captando aquello que afirma la Constitución
sobre la sagrada liturgia: “Cuando se lee en la iglesia la santa Escritura, es Cristo quien habla”.
         El ambón queda reservado para la proclamación de la Palabra, el pregón pascual, la
homilía y la Oración universal. En cambio, se aconseja claramente que no se digan desde allí las
moniciones, la dirección de cantos, los avisos.
- Algunas exigencias prácticas acerca del ambón
         a) Debe ser un lugar destacado. Lo exige tanto su funcionalidad como, sobre todo, su
simbolismo. No puede reducirse a un simple mueble. Mucho menos puede tolerarse la costumbre
de retirarlo cuando haya terminado la celebración. Así como el altar queda en la iglesia al
concluir la Celebración eucarística, de igual manera, el ambón permanece allí incluso fuera de las
celebraciones. Debe estar separado de la sede presidencial y no ha de estar demasiado cerca del
altar. Ha de ser fijo, visible y único.
         Se debe adornar el ambón. Su misma estructura y su equilibrada elevación con-tribuyen a
ello, la iluminación y el cirio pascual son elementos indispensables. También es conveniente en
las solemnidades recubrir el facistol de un velo vistoso del color litúrgico propio o ponerle flores
u otro adorno adecuado.
El lugar de la asamblea
         La asamblea constituye el único templo donde reside el Señor, según las muchas palabras
evangélicas: “Cuando dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos”.
De aquí la insistencia con la que en las celebraciones cristianas se repita la expresión El Señor
esté con ustedes. Y de ahí también la importancia de que el lugar de la celebración se organice de
tal forma que sea el trasunto de una verdadera reunión, no simplemente de un espectáculo.
                                                                                                         129
        En la organización el lugar de la celebración debe significar de manera clara que el templo
cristiano no es un edificio, sino la asamblea en la que se hace presente el Señor.
        “El Altísimo no habita en edificios construidos por hombres”, dice san Esteban ante el
sanedrín. Y algunos años más tarde, Pablo afirma ante el tribunal del areópago: “El Señor del
cielo y de la tierra no habita en templos construidos por hombres”. Estas dos afirmaciones
resuenan ante los respectivos tribunales: uno judío y el segundo pagano, como verdaderas
declaraciones de guerra que pretenden introducir en el mundo religioso una visión radicalmente
nueva. A esta misma visión responde el que los fieles aparezcan, tanto en los Hechos de los
apóstoles como en las cartas paulinas celebrando la fracción del pan en sus casaste.
        Subrayamos en primer lugar la afirmación de que la iglesia está destinada al servicio de la
asamblea. El lugar celebrativo, por lo tanto, no es en sí mismo un templo, sino un edificio para
que la asamblea y los que la componen se con-viertan en templo o lugar donde se hará presente el
Señor, corno bellamente se expresa en el prefacio del aniversario de la dedicación de Iglesias:
“En este lugar, Señor, te vas edificando aquel templo que somos nosotros”. Éste es el destino de
la Iglesia-edificio. Por lo tanto:
        a) “La disposición general del edificio conviene que se haga de tal manera que sea como
una imagen de la asamblea reunida”; las paredes son símbolo de la comunidad viviente, que
“lleva en sí misma una coherente y jerárquica ordenación que se expresa en la diversidad de
ministerios y de acción”.
        b) Además debe ser funcional: “apto para la celebración de las acciones litúrgicas y para
conseguir la participación activa de los fieles”. Ésta es la razón de ser de estos edificios: con su
organización de espacios y su estética, con sus cualidades de visibilidad y acústica, facilitan los
diversos movimientos, posturas y acciones litúrgicas, cuidando el lugar de los fieles y las
actividades de los diversos ministros, quienes favorecen en todo momento el desarrollo dinámico
de la celebración y la participación activa de la comunidad en la misma.
        El “lenguaje de los espacios” puede ser pedagógico para dar a cada celebración su
adecuado ritmo y su dinámica. Conviene designar un lugar adecuado para el micrófono desde el
que se dirán las moniciones, se hará la dirección del canto o se expondrán los avisos, pues no
conviene que nada de esto se pronuncie desde el ambón.
        Hay que ubicar el lugar apropiado para los cantores, los músicos y el director del coro, de
modo que puedan realizar bien su ministerio en la celebración y a la vez puedan sentirse y
aparecer como miembros vivos de una comunidad que participa activamente en toda la
celebración.
        c) El Misal enumera las cualidades estéticas y litúrgicas del edificio sagrado: la noble
sencillez y el buen gusto; la autenticidad en sus formas, es decir: sin recurrir a imitaciones o a
ficciones (de la madera, de la piedra, de las flores, de las lámparas, etc.); sin buscar el lujo y la
suntuosidad, pero sin ceder en la búsqueda de una estética noble; y finalmente la comodidad para
que estos edificios y sus espacios sean en verdad “aptos para la acción sagrada”.
        d) Las Iglesias catedrales y parroquiales deben ser solamente dedicadas y las otras al
menos bendecidas. Los fieles deben ser ayudados así a ver en su propia iglesia “un signo
espiritual de aquella Iglesia a cuya edificación y dilatación están destinados en virtud de su
profesión cristiana”.
Las celebraciones litúrgicas, por su matiz comunitario, se dividen en tres grandes grupos:
        a) Aquellas en que la asamblea es el sujeto y el beneficiario principal de la celebración
(como la Eucaristía y la Liturgia de las Horas).


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        b) Aquellas en las que la asamblea, aunque no sea ni el sujeto del sacramento ni su
destinatario principal, interviene actuando en el interior mismo de la celebración (por ejemplo, la
celebración de un bautizo o de un matrimonio).
        c) Aquellas en que el papel de la comunidad se limita a un acompañamiento lejano de
preparación o de seguimiento, entre las cuales la más significativa es sin duda la celebración de la
penitencia.
La reserva eucarística
        “El fin primero y primordial de la reserva de las sagradas especies fuera de la Misa es la
administración del viático; los fines secundarios son la distribución de la comunión y la
adoración de nuestro Señor Jesucristo presente en el Sacramento.
        Pues la reserva de las especies sagradas para los enfermos ha introducido la laudable
costumbre de adorar este manjar del cielo conservado en las Iglesias. Este culto de adoración se
basa en una razón muy sólida y firme: sobre todo porque a la fe en la presencia real del Señor le
es connatural su manifestación externa y pública”.
        El lugar de la reserva de la Eucaristía conviene en principio que sea un espacio aparte del
presbiterio: una capilla que sea idónea para la oración personal y comunitaria y la adoración del
Santísimo Sacramento. Si no puede realizarse en una capilla aparte, se puede hacer en el
presbiterio, en un lugar, tal vez no central en la línea con el altar, pero sí digno, noble, fuera del
altar donde se celebra la Eucaristía.
        El sagrario debe ser inamovible, sólido, no transparente y cerrado con las garantías
suficientes. Lo que debe rechazarse por su falta de autenticidad son las lámparas eléctricas que
imitan el movimiento de una llama. Hoy tampoco está ya prescrito el llamado conopeo o velo que
cubre el sagrario; este velo, sobre todo si se usa de color litúrgico del tiempo, puede ser
decorativo en algunos sagrarios, mientras que en otros, por razones estéticas, se aconseja no
usarlo.
El baptisterio
        Los más antiguos documentos cristianos extrabíblicos que hacen referencia a la
celebración del Bautismo ya dan a entender, uno de ellos implícitamente, otro de forma muy
explícita, que el Bautismo se celebra en un lugar distinto al de la reunión eucarística habitual. El
primero de ellos, la Didajé (alrededor del año 100), habla de que el Bautismo debe realizarse en
un lugar donde haya “agua corriente”, detalle que difícilmente puede coincidir con el lugar donde
se celebra la Eucaristía habitualmente. El segundo, la Apología I de Justino (año 163), después de
haber descrito la reunión de los fieles, dice que, llegado el momento del Bautismo, los candidatos
son conducidos “a un lugar donde hay agua”.
        En los siglos IV y V van surgiendo por todo el mundo cristiano, tanto en Oriente como en
Occidente, los grandes centros episcopales en los que siempre, junto al lugar destinado a la gran
asamblea, aparece también el baptisterio. A partir de los siglos IX y X, primero en las Iglesias
más allá de los Alpes (seguramente a causa del frío), posteriormente en Italia y en España, estos
grandes baptisterios van convirtiéndose en las pequeñas pilas bautismales, adaptadas al Bautismo
de infusión, pues por esa época comenzaba a ser reemplazado el Bautismo de inmersión,
considerado el más antiguo y de gran significación.
        La renovación litúrgica del Vaticano II pide que el espacio bautismal sea independiente.
Por eso los libros litúrgicos y los documentos eclesiales suponen que tiene un lugar propio, una
ubicación que indica expresamente el carácter de entrada y pertenencia a la comunidad cristiana
por medio de este sacramento. Igualmente el nuevo Ritual de los sacramentos indica que las
dimensiones de la pila bautismal deben hacer siempre posible el bautismo por inmersión (por
consiguiente, no es significativo un recipiente poco profundo a modo de bandeja).
                                                                                                         131
        Desde el punto de vista artístico, se recomienda que la pila bautismal sea sobria, como
requiere la sensibilidad artística de nuestros días; conviene que el recipiente sea digno: el cobre,
el acero inoxidable o incluso la cerámica pueden prestarse a una pila bautismal decorosa. Lo más
recomendable para este recipiente es un soporte artístico que incluso pueda adornarse fácilmente
con flores.
        En las comunidades campesinas o urbanas, donde la población ha construido una ermita y
no cuenta con otra parte para la celebración del bautismo, es posible colocar un recipiente móvil,
que haga las veces de pila.
        De hecho, el Ritual de los sacramentos supone tres sitios distintos para el Bautismo. Y
hay que decir que los tres poseen un significado sacramental propio. Se inicia la celebración en la
puerta de la Iglesia; de allí, padres, padrinos y demás participantes se dirigen luego al lugar
previsto (sitio habitual de la Palabra en la iglesia o capilla). Finalmente para la celebración del
sacramento se va procesionalmente al baptisterio... Con esta rúbrica el Ritual de los sacramentos
incluye una diferencia importante entre lo que se pide para el lugar de la palabra y lo que se exige
para el lugar del sacramento.
        Aunque el Ritual de los sacramentos supone como norma habitual tres lugares distintos
para hacer la celebración más expresiva, permite reducir estos tres lugares a dos o incluso a uno
como ya se mencionó, en casos muy excepcionales, por supuesto.
        Tenemos por lo menos tres motivaciones teológico-sacramentales como justificación de la
constante diferenciación que se da entre el lugar del Bautismo y el lugar de la asamblea habitual:
        a) El hecho de que el Bautismo representa un nacimiento, mientras que la Eucaristía, un
alimento.
        b) A la naturaleza de la asamblea eucarística le corresponde una sala comunitaria con una
mesa familiar; al rito bautismal, en cambio, un lugar para el nacimiento –el baptisterio– y un seno
materno –la fuente bautismal–. La imagen del baptisterio como seno materno en el que se
engendran los nuevos hijos es frecuente en la literatura tanto litúrgica como patrística.
        e) El hecho de que, tanto para la comunidad eclesial como para toda la comunidad
familiar, el nacimiento de nuevos miembros no es ni debe aparecer como realidad habitual, sino
como acción radicalmente extraordinaria. El nacimiento de un hijo no puede equipararse, bajo el
aspecto de la frecuencia, con el sentarse a la mesa para compartir el alimento y la vida familiar.
El lugar de la penitencia
        Para el sacramento de la Penitencia primitivamente sólo se usaba una sede para el
ministro. El pecador confesaba sus culpas ante el que representa a Cristo y para recibir la
absolución, se arrodillaba frente al ministro. Así aparece la celebración de este sacramento en los
más antiguos grabados del siglo XIV que han llegado hasta nosotros.
        Por los textos litúrgicos sabemos además que se acostumbraba colocar la sede del
ministro cerca del altar. Probablemente este altar estaba situado en las capillas laterales. Las
primeras sedes fijas destinadas a la penitencia que conocemos se encuentran en Pisa y pertenecen
al siglo XIV. Están colocadas en las paredes de la Iglesia, pero siempre aparecen como sedes
abiertas y nunca tienen nada que pueda parecerse a las actuales rejas.
        San Carlos Borromeo seguramente fue el primero en establecer que las sedes de la
Penitencia se cerrasen a los lados (nunca por delante, para no ocultar al ministro) y además
difundió el uso de estos confesonarios no sólo en Italia, sino también más allá de los Alpes.
        El ritual de los sacramentos de Pablo V (año 1614) es el primero en acoger estas
disposiciones y las propaga eficazmente. Pero este ritual no se usa en toda la Iglesia latina sino
hasta tiempos bastante posteriores (siglo XIX y, en algunos lugares, siglo XX). En no pocos
lugares la penitencia se celebra en una sede sin rejas hasta casi el siglo XX, como lo atestiguan
                                                                                                       132
muchos grabados de pocas más recientes. El inicio del uso de confesonarios es muy cercano a
nosotros y en algunos lugares incluso no tiene más de un siglo.
        El nuevo Código de Derecho Canónico, promulgado por Juan Pablo II, zanja finalmente
esta escabrosa cuestión de la reja introducida no hace mucho entre el ministro y el penitente. Y
hay que reconocer que lo hace de una manera equilibrada: por una parte, repite la normativa
anterior, exigiendo que en la sede de la Penitencia se coloque siempre una rejilla; pero, por otra
parte, se deja al libre uso, tanto para los hombres como para las mujeres.
        Por lo tanto, el lugar penitencial tiene su importancia en el conjunto del edificio cultual de
la comunidad cristiana. Debería ocupar un lugar discreto, pero no excesivamente separado o
secreto; iluminado, apto para la celebración de los varios elementos del sacramento: la lectura, el
diálogo y la absolución, de modo que aparezca destacada la sede del ministro presidente y
también quede resuelta dignamente la situación del penitente tanto en el momento del diálogo
como en el de la absolución sacramental realizada con la imposición de manos por parte del
presidente.
        La sede del ministro es muy importante. Por el contrario, puede ser deficiente que el
ministro aparezca como un simple hermano que dialoga con el hermano pecador. Hay que evitar,
por consiguiente, aquellas ambientaciones del lugar celebrativo de la penitencia que tiene como
fondo un pequeño despacho donde el penitente pueda desahogarse, consultar y manifestar sus
estados de ánimo, para recibir el aliento y la orientación. Aunque estas faceta s también puedan
incorporarse al sacramento, ellas no constituyen ciertamente el contenido fundamental del
sacramento.
        Además de la sede tiene importancia que el ministro aparezca revestido litúrgicamente:
aquí como en otras celebraciones, las vestiduras litúrgicas son signos sacramentales de que el
ministro ocupa el lugar de Cristo.
La sacristía
        En tiempos antiguos era frecuente que existiera en las grandes iglesias incluso más de una
sacristía. San Paulino de Nola, por ejemplo, al describir la célebre Basílica de san Félix, aludía a
que en ella había dos sacristías, colocadas ambas junto al ábside de la Iglesia, una para la
preparación de los ministros y la otra para guardar los libros litúrgicos, especialmente el
evangeliario. Esta última sacristía servía seguramente también para la custodia de los otros
objetos especialmente preciosos o venerados.
        En las basílicas romanas, en contraste, la sacristía estaba colocada no junto al ábside, sino
más bien cerca del atrio de entrada. Así se desprende claramente de las descripciones que de la
Celebración eucarística ofrecen los Ordini Romani: el celebrante con todos sus ministros en
procesión pasaban a través de todo el recinto de la Iglesia cuando iban desde la sacristía al altar.
        Parece que durante la Edad Media las pequeñas iglesias no tenían sacristía; las vestiduras
se guardaban más bien en bancos o armarios cercanos al altar. El sacerdote se revestía entonces
en uno de los lados del altar o bien en el coro. El uso de vestirse sobre el altar se conservó en
muchos lugares hasta la reforma litúrgica del Vaticano II: los obispos se revestían en el centro de
la mesa, mientras que los presbíteros lo hacían a un lado de ella.
        En cuanto a las dimensiones de la sacristía hay que decir que antiguamente se
acostumbraba que fueran muy espaciosas; sabemos, por citar un caso, que el Papa acostumbraba
recibir dignatarios en la sacristía de la antigua Basílica de san Pedro del Vaticano y que en la
célebre Basílica de Fausto se reunió el concilio de Cartago en el año 419, en el que participaron
doscientos diecisiete obispos.


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        A pesar de ello, las sacristías perdieron luego sus grandes dimensiones y se convirtieron
en simples muebles, como las ya citadas en el caso de las pequeñas iglesias medievales, o bien en
recintos propiamente dichos pero pequeños y situados cerca del presbiterio.
        En la época postridentina, san Carlos Borromeo es uno de los grandes propulsores de que
todas las iglesias cuenten con su propia sacristía en la que se guarden cuidadosamente los
utensilios de la celebración y las vestiduras de los ministros.
        - Ambientación de la sacristía Hay que decir que, a pesar de ser poco visible, la sacristía
resulta un lugar importante en orden a una buena celebración, pues está llamada a influir por lo
menos indirectamente en las actitudes de los ministros de la liturgia. Ello bajo tres aspectos:
        a) La preparación y ambientación de los ministros, sin caer en los excesos alegoristas de
la Edad Media: ¡se llegó a comparar la sacristía con el seno virginal de María, en el que el Verbo
de Dios se revistió sacerdotalmente de carne humana! Habría que recobrar para la sacristía aquel
intenso ambiente de silencio y de oración que tuvieron las sacristías en algunos monasterios
antiguos.
        b) La conservación de vestiduras y otros objetos litúrgicos. Bajo este aspecto también se
impone un mejoramiento de este ámbito en la mayoría de las iglesias. Con demasiada frecuencia
las sacristías se vienen c convirtiendo en una especie de desván donde se guardan las vestiduras
para la celebración y un conjunto de otras cosas totalmente inútiles que nunca volverán a usarse.
        c) El recibimiento eventual de alguna breve visita. Aunque la sacristía nunca debe
convertirse en un verdadero despacho para el recibimiento de visitas, frecuentemente deberá estar
también abierta al recibimiento de visitas breves o de eventuales consultas.
        Ubicación de la sacristía La historia, como hemos visto, nos da a conocer dos maneras de
situar la sacristía: la de las antiguas basílicas, junto al pórtico, y la de las iglesias medievales y
modernas, junto al ábside del altar. Éstas tienen el problema de que el ministro o los ministros
que deban actuar en la celebración hagan su aparición detrás del altar, de la misma manera en que
aparecen en el escenario los actores de las representaciones teatrales. Por lo tanto, el mejor lugar
donde se puede colocar es junto al pórtico. Es posible adaptar un pequeño cuarto para revestirse o
un mueble, ya que la historia nos habla también de pequeños armarios situados en el interior del
edificio eclesial que tienen la función de sacristía. De estos usos se puede hacer eco en la práctica
actual; eso sí, ordenándolos y sacando partido de cada una de estas posibilidades en orden a una
mejor funcionalidad.

                                                  F
FIESTA
         La fiesta tiene algo de ruptura de la vida cotidiana; es algo que resulta excepcional,
extraordinario. Popularmente fiesta significa “un día no laborable”, aquel espacio de tiempo en el
que se rompe la monotonía de la vida diaria y el ritmo agobiante del quehacer normal, y se da un
intervalo para el descanso, la serenidad, la suspensión temporal de las obligaciones. La fiesta
hace un paréntesis en la tensión diaria y de algún modo redime del desgaste de la vida diaria, por
lo que se le confiere un sentido liberador.
         La fiesta comporta un aire de gratuidad y alegría. La gratuidad es la actitud vital opuesta
al utilitarismo pragmático que suele acompañar a la mecánica de la actividad humana. Es la
capacidad de contemplación admirativa, de saber “perder el tiempo” y aceptar la vida como don y
gracia en un clima de estética y de juego. La alegría es connatural a la fiesta, con sus variadas
manifestaciones de vestuario, comida y bebida, canto, danza y hasta un cierto despilfarro,
abundancia y exceso, con lo que se acentúa precisamente la discontinuidad respecto a la vida
ordinaria.
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        Toda fiesta supone la presencia de la comunidad: una dimensión social de reunión y
encuentro entre los miembros de un grupo, sea éste familiar, social, deportivo o religioso. La
amistad, la alegría compartida y celebrada y la convivencia comunal dan a la fiesta un aire de
evidente comunicación social que rompe las barreras entre el rico y el pobre, entre el patrón y el
obrero.
        Y además, la fiesta contribuye incesantemente a una regeneración de la propia identidad
del grupo en torno de los acontecimientos que se celebran; es decir: la fiesta aviva la conciencia
de pertenecer al grupo, que se reconoce a sí mismo como tal, como comunidad fundada en unos
valores que la han constituido originalmente.
        Y todo ello se realiza con un cierto ritualismo. A la fiesta le corresponde siempre un
ritual, unas estructuras más o menos fijas, heredadas o inventadas; unos gestos, unos símbolos,
unas reglas del juego que dan a la celebración su aura de tradición y solemnidad, a la vez que de
ocurrencia espontánea.
        La fiesta está en íntima relación con el tiempo. Es celebración de un tiempo determinado,
pero con una memoria viva del pasado y una proyección de esperanza hacia el porvenir. La
dinámica festiva se funda básicamente en un acontecimiento pasado, reciente o remoto, mítico o
histórico, que es considerado por el grupo que lo rememora como constituyente.
        La fiesta se celebra siempre en clave de comunión con unos ciertos valores. No sólo
consiste en dejar de trabajar; también el jubilado, el incapacitado o el despedido dejan de trabajar,
y no están precisamente celebrando una fiesta. La fiesta hace salir de un determinado orden de
valores para internarse en otro en el que también se cree. Sólo celebra el que cree en algo y lo
hace con alguien. La fiesta es un sí a unos valores que normalmente están sólo implícitos en la
conciencia, pero que en determinadas fechas se hacen explícitos y por eso se celebran. Pueden ser
cósmicos (en torno de las estaciones del año o de los acontecimientos agrícolas), familiares,
sociales o religiosos; pero siempre son vistos por el grupo como paradigmas fundamentales.
        La fiesta hace que la comunidad se identifique con el acontecimiento y con su significado
por medio del clima creado y el ritual simbólico. La fiesta es un reencuentro de la persona
consigo misma, con los demás, con la naturaleza, con la vida. En el ámbito de lo religioso se trata
de un reencuentro con Dios y con los grandes acontecimientos de la salvación.
        La fiesta regenera las energías para el trabajo y la lucha que esperan siempre al hombre,
en cualquiera de los niveles y deseos en que el hombre expresa sus metas. Toda fiesta supone de
algún modo una victoria contra lo que no queremos: el mal está vencido, parece ser el grito de
toda fiesta, profana o religiosa; una victoria sobre la muerte o la esclavitud; a favor de la vida y
de la libertad...
La fiesta es expresión de nuestros anhelos más profundos.
        En el hombre hay muchos anhelos y esperanzas ocultas que no puede expresar en su vida
cotidiana; felicidad, plenitud, paz, proyectos que desearía realizar... Todo esto constituye el plus
de significación de su vida. Pues bien, la fiesta permite que el hombre exprese estos anhelos por
medio de la fantasía, la imaginación, la poesía y el juego.
La fiesta es la superación de la soledad.
        Nadie celebra una fiesta a solas. Celebrar es compartir, poner en común, encuentro y
comunicación espontánea con los demás, no con un cariz utilitario o mercantil, sino en un
contexto de sinceridad, amistad, espontaneidad y generosidad.
        En efecto, el Dios que nos presenta la Biblia no está lejos, sino a un lado nuestro; es el
Dios de la alegría y de la vida, el Dios del sí; no el de las prohibiciones o del castigo. Ciertamente
Dios se nos muestra en su obra cósmica, llena de maravillosa creatividad, de alegría y bendición.
Es el Dios libre y feliz, el Dios de la danza... el primero que “hace fiesta”.
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         La esencia festiva de Dios se nos ha mostrado palpablemente en Cristo Jesús: el Señor de
la vida, amante de la naturaleza, de los niños, de los valores y de todo lo humano. El que regala
de continuo la salud, la vida y el perdón; el que compara el Reino con un banquete de bodas y se
presenta a sí mismo como el novio en cuya presencia no cabe hacer ayuno. Sensible ante las
alegrías y los dolores humanos, Él habla también de los pájaros y de los lirios y alude al gozo de
la madre que da a luz, o a la satisfacción del campesino que recoge su cosecha. El Cristo libre,
soberanamente libre ante todo y ante todos; lleno de esperanza y de alegría; que quiere comunicar
plenamente su propio gozo a los suyos y se queja de que su generación no quiera participar de su
fiesta, pues ocurre como esos niños de los que Él habla, que tocan la flauta en la plaza del pueblo
y nadie quiere bailar a su son.
         Cristo siempre de buen humor, el que come y bebe con todos los que lo invitan y que
solito se invita a la casa de Zaqueo; el que convierte el agua en vino en un banquete de bodas...
         A imitación de su Fundador, la Iglesia tiene que estar al corriente en el arte de hacer
fiesta, tiene que ser una verdadera Ecclesia ludens. La queja del salmo: “¿Cómo hacer fiesta en
tierra extranjera?”, la debe resolver con una visión optimista y pascual, a pesar del dolor y la
fatiga presente en la historia. Los símbolos sacramentales que Cristo le encomendó –signos
comunicativos de los mejores valores trascendentes del Reino– no pueden ser más festivos: el
baño en agua, la unción con el “óleo de la alegría”, el pan y el vino de la comida fraterna. Y,
como clave central de toda su espiritualidad, el amor. O sea, el sí a todo lo bueno: “donde hay
amor gozoso, allí se celebra fiesta”.
         Pero, sobre todo, la clave de la fiesta cristiana es la Pascua de Jesús, el Señor. Los
cristianos centramos todo el calendario de nuestras celebraciones en el misterio de la entrega
pascual de Cristo en la cruz, el acontecimiento básico y constituyente de nuestra identidad, en el
que se realizaron de una vez para siempre la liberación, la reconciliación la nueva alianza, la
gracia y la victoria de la vida... Si toda fiesta es un sí a la vida, la Pascua de Cristo es la más
densa concentración de la vida. El cristiano lo ve todo –desde el cosmos hasta su propia historia
personal y la historia colectiva– como un despliegue de la Pascua de Cristo.
         Tomando la idea de san Atanasio, el tema de Taizé ha sido muchas veces. “Jesús
resucitado hace de la vida humana una fiesta continua”.
La celebración litúrgica de la Eucaristía como fiesta
         La gratuidad
         La celebración litúrgica es algo gratuito, in-debido, in-útil.
         No se celebra la liturgia para ganar dinero ni conquistar méritos ni ganar los favores de
Dios ni adquirir fama o prestigio...
         En la liturgia hay que saber perder el tiempo por Dios, porque se participa en ella para
afirmar el sentido desde Dios. Se está para contemplar y gozar a Dios. Para dejarse maravillar de
Dios, para dejarse entusiasmar...
         La fiesta litúrgica es un “juego gratuito”. Es, diríamos, un juego con Dios a través del
juego ritual-simbólico.
         No es que la liturgia se confunda con el juego, pero sí tiene algo que ver con él, por el
movimiento, el ritmo, la acción...
         Nada más gratuito que la fiesta litúrgica, porque en ella se celebra verdadera-mente lo
inmerecido, la bondad, la misericordia y la salvación de Dios, que supera toda medida.
La afirmación de un sentido de la vida
         Hemos dicho que la fiesta es una afirmación de la vida y de su sentido, su grandeza...


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        Pues bien, la fiesta litúrgica es la afirmación del sentido de la vida, pero desde una
perspectiva original: la fe. En la liturgia se afirma la vida, la existencia desde el sentido nuevo
que Cristo le ha dado.
        La vida es afirmada, no sólo en su presente, sino también en su ayer y en su porvenir.
        Es la posibilidad, la seguridad de que lo negativo nunca tendrá la última palabra para
nosotros.
        En la fiesta litúrgica se afirma el fundamento de todo, el origen y el final en Cristo, Señor
de todo.
        En la liturgia, el exceso, la exuberancia externa se manifiesta en la misma acción ritual, en
la solemnidad, en los cantos, en el número de participantes y en la calidad de la gente. A ello
contribuye también la exuberancia del vestido y de los atuendos de los participantes.
        Pero la exuberancia se manifiesta sobre todo en que el hombre expresa en la fiesta
litúrgica ese plus de significación trascendente de la vida, esa correspondencia a algo que no se
palpa externamente en los acontecimientos de la vida, pero que se intuye, se siente.
        Más aún, la exuberancia está en la superabundancia de la salvación, en el gozo de algo
que se nos ofrece sin medida. Es exuberancia de la vida que llevamos y de la vida que recibimos.
La libertad y la liberación
        Por participación festiva entendemos aquella que sucede desde una actitud gozosa, desde
un talante de alegría que se comunica, se expresa en sonrisas y se hace canto y fiesta en la
celebración de lo que constituye el sentido de nuestra vida, la esperanza de nuestro futuro.
        Por lo tanto, un motivo de fiesta para el hombre, es alcanzar la libertad a la que hemos
sido llamados, pues el hombre por naturaleza busca liberarse de las innumerables ataduras de los
sistemas sociales, de los convencionalismos, de sí mismo en sus egoísmos, etc.
Flores en las iglesias
        La ornamentación del altar con flores es una costumbre antiquísima en la Iglesia, pues de
ella habla ya la Tradición Apostólica (cerca del año 215).
        San Jerónimo alaba a Nepociano porque adornaba diligentemente las iglesias y san
Agustín recuerda el gesto de un cristiano que, después de haber orado ante el sepulcro de san
Esteban, llevó consigo alguna de las flores que estaban en el altar. Prudencia (siglo IV) canta
poéticamente la costumbre de adornar los sepulcros de los mártires y los altares que contenían sus
reliquias. Venancio Fortunato (siglo VI) describe en unos versos magníficos que las primeras
flores eran llevadas a las iglesias y con ellas tejían coronas para los altares.
        El Ceremonial de obispos postridentino admitió la práctica de colocar vasos con flores
encima del altar. El Ceremoniale Episcoporum vigente indica que el altar recién dedicado puede
ser adornado con flores si se juzga oportuno. Respecto a los altares ya dedicados o bendecidos,
establece la misma práctica, si bien prohíbe el ornato del altar con flores “desde el Miércoles de
ceniza hasta el canto del 'Gloria in excelsis' en la Vigilia pascual, exceptuando el domingo
Leetare (IV de Cuaresma), las solemnidades y las fiestas.
        Las flores expresan la veneración que merece el altar y el carácter festivo de la
celebración.
        Por supuesto que las flores no constituyen un elemento esencial del culto, pero sí ayudan a
dignificarlo y ennoblecerlo, ya que le dan un aspecto estético. No deja de ser curioso y
significativo que cuando se quiere solemnizar una celebración, se organiza una ofrenda de flores.
Y es que las flores, por ser las realizaciones más bellas de la tierra, se prestan como ningún otro
símbolo para expresar los sentimientos del corazón humano. De ahí que las flores, además de ser
un hermoso elemento decorativo, adquieren un valor sacramental, se utilizan como gesto en la
ofrenda de oblación y, al igual que los cirios, consumen su vida delicada y frágil al pie de los
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altares y de las imágenes, como signo de un holocausto interior y profundo. No se concibe una
celebración jubilosa sin flores en el espacio celebrativo.
        Las flores deben ser indispensablemente naturales y no de material sintético. Los papeles
de estaño y los adornos de plástico están fuera de lugar. Si no se cuenta con flores naturales es
aconsejable no utilizar otras. Si es por razones de economía que no se adorna con flores naturales,
se pueden tener macetas.
        Otro aspecto muy importante es la limpieza. Es sorprendente que se llegue a usar
recipientes que no tengan agua absolutamente limpia. El agua de los floreros debe cambiarse
todos los días. También es intolerable mantener días y días las flores marchitas. Hasta para
seleccionar el tamaño y la calidad de los recipientes se requiere de criterio, porque no todos son
apropiados para cualquier clase de flores. De tal manera, la decoración floral en las iglesias es un
arte que, como la música, la pintura, la arquitectura o la danza, exige medida, discreción,
disciplina, imaginación y creatividad.

EL FUEGO
         El lenguaje del fuego tiene ya en nuestra sensibilidad humana y social una interesante
serie de significaciones. Desde la Grecia clásica aparece junto con otros tres elementos naturales:
el aire, la tierra y el agua. Todos ellos se consideraban los constitutivos de toda la naturaleza. El
fuego es un ser misterioso, móvil, inquieto, indomable, “viviente”. Y por eso se convirtió
fácilmente en uno de los símbolos más universales de todas las culturas.
         El fuego consume, calienta, quema, purifica, es fuente de energía. Es origen de
innumerables beneficios para la humanidad. Tiene los simbolismos siguientes:
* Para expresar la presencia misma de la divinidad, invisible pero fuerte, incontrolable,
purificadora.
* Para designar los sentimientos humanos, sobre todo los fuertes, –las pasiones– que están
escondidos, pero que pueden alcanzar fuerza inaudita para bien o para mal (el amor, el odio, el
entusiasmo, el fanatismo); y en nuestra celebración: la fe, la oración, la adoración, etc.
* El fuego es también la imagen del calor familiar; el crepitar de la llama en el hogar ilumina la
vida, ahuyenta el frío en las noches de invierno, da alegría y sensación de bienestar.
En la Biblia
         a) Ante todo el fuego sirve para expresar de algún modo lo que es indecible: la presencia
misteriosa de Dios mismo en la historia humana: En el encuentro que tiene con Abraham nos
narra: “surgió en medio de las tinieblas un horno humeante y una antorcha de fuego...”. La zarza
que arde sin consumirse. En el camino de ese mismo pueblo: “iba Yahvé al frente de ellos, de día
en columna de nube, y de noche en columna de fuego”.
         b) Esta cercanía de Dios se hace sentir particularmente en el momento de los sacrificios:
Elías contra los sacerdotes del dios Baal en el Monte Carmelo: “cayó el fuego de Yahvé que
devoró el holocausto, la leña y el agua”. A Elías se le describe como fuego y su palabra abrasa
como antorcha.
         c) También es una expresión que sirve para designar el juicio de Dios, que penetra como
fuego todo ser existente y lo pone en evidencia, lo purifica o lo castiga profundamente. Fue el
juicio del fuego sobre las ciudades pecadoras de Sodoma y Gomorra. Porque con fuego Yahvé va
a juzgar. También en el Nuevo Testamento, Juan y Santiago, impetuosos, preguntan al Maestro
“¿Quieres que baje fuego del cielo y los consuma?”.
         d) Jesús dijo: “Yo soy la luz, Yo soy la vida” y en otra ocasión también usó el término
fuego para describir su misión mesiánica: “He venido a traer fuego a la tierra y cómo deseo que
arda”, El auténtico fuego que ha comunicado Jesús a la humanidad es el Espíritu Santo. Ya que el
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Bautista anuncia: “Yo los bautizo con agua, pero Ellos bautizará en el Espíritu Santo y en el
fuego”.
El sentido del fuego en nuestras celebraciones
        En la fiesta de Pentecostés recordamos el misterioso acontecimiento en Jerusalén, cuando
el Espíritu Santo descendió como una ráfaga de viento impetuoso y como unas lenguas de fuego,
sobre los discípulos de la primera comunidad cristiana.
        Éste fue el cumplimiento de otro hecho profético, cuando sobre el Monte Sinaí Yahvé
ofreció a Israel su alianza en medio de truenos, relámpagos y fuego:
        “Todo el Monte Sinaí humeaba, porque Yahvé había descendido sobre él en la forma de
fuego”.
        El fuego se convierte en el símbolo de la presencia divina, y en particular del Espíritu
Santo. A éste también se le presenta como “paloma”, siguiendo el lenguaje de Jn 1,32. Pero
ciertamente el fuego es la figura que expresa con mayor poder la fuerza renovadora y
santificadora del Espíritu de Jesús.
        En la vida humana, además de su inestimable utilidad práctica, el fuego se toma muchas
veces como lenguaje simbólico para expresar el amor, el odio, la vida y la destrucción.
En nuestras celebraciones
        a) El fuego aparece continuamente en forma de lámparas y cirios encendidos durante la
celebración o delante del sagrario. Aparte del simbolismo de la luz, entra aquí también esa
misteriosa realidad que se llama fuego. La llama que se va consumiendo lentamente mientras
alumbra, embellece, calienta dando sentido poético y familiar a la celebración.
        b) Pero es en la noche de Pascua, en la solemne Vigilia, cuando la celebración queda
enriquecida de modo más explícito con el símbolo del fuego. La hoguera que arde fuera de la
Iglesia, y de la que se enciende el cirio pascual, es un hermoso centro de atención, es símbolo de
la Luz de Cristo y “la luz brilla en las tinieblas, pero estas no la vencieron...”; es símbolo del
calor sobre el frío, de la vida sobre la muerte; misterio que proclamarán solemnemente las
lecturas y las acciones sacra mentales de la gran noche. De allí partirá la procesión con su festivo
grito: “Luz de Cristo”, o bien: “Cristo, Luz del mundo” y la luz se irá comunicando
progresivamente a cada uno de los participantes.
        c) Otra ocasión también solemne, aunque menos conocida, se da en el rito de la
dedicación de la Iglesia. Se coloca sobre el altar un brasero, se enciende el fuego y sobre él se
quema incienso. Con ese fuego y ese incienso, por primera vez en la celebración, se pasará a
incensar al pueblo, a los ministros, y a las paredes del templo dedicado, así como se procederá a
encender los cirios y las lámparas que hasta ese momento han estado apagados.

                                                 G
GESTO DE HUMILDAD
       En la celebración litúrgica se incorporan gestos que expresan la actitud interior de
humildad en los fieles: recogimiento interior, humilde adoración en la presencia de Dios, oración
intensa y recogida, humilde arrepentimiento y petición de perdón.
Los golpes de pecho
       Uno de los gestos penitenciales más tradicional es el darse golpes de pecho; así describe
Jesús al publicano. Es uno de los gestos más populares, al menos en cuanto a expresividad; es
bastante conocida la imagen de san Jerónimo golpeándose el pecho con una piedra. También lo
realizamos durante el acto penitencial al inicio de la Eucaristía; antes, el Misal hablaba de tres
golpes; ahora sólo dice: golpeándose el pecho.
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         El significado de este movimiento no necesita grandes explicaciones: golpearse el pecho
es reconocer la propia culpa, es apuntarse a sí mismo, al mundo interior, que es donde sucede el
mal, y además, manifestando que queremos cambiar, despertar, convertirnos. Si es un gesto bien
hecho y no simple rito, puede ser un elemento pedagógico de nuestra condición de pecadores, y a
la vez la expresión del dolor que sentimos por nuestros pecados y del compromiso de nuestra
lucha contra el mal; por lo tanto, tiene un lugar privilegiado en el sacramento de la
Reconciliación.
Las inclinaciones
         Inclinar la cabeza o medio cuerpo es un gesto muy común para indicar respeto y
reconocimiento de la superioridad de otro. No sólo se usa en la liturgia, sino también en la vida
social. Al pasar delante de un santuario o de la bandera nacional, o ante una autoridad, inclinar la
cabeza es un gesto universal y se entiende a hacer mucho uso de él. En nuestras celebraciones,
inclinamos la cabeza a modo de reverencia ante una imagen sagrada, ante el obispo, o al nombrar
a las tres personas de la Santísima Trinidad.
         El sacerdote hace una inclinación profunda principalmente cuando se acerca al altar al
principio y al final de la celebración. Una inclinación, sencilla, sólo con la cabeza, o profunda,
desde la cintura, es un gesto claramente expresivo de respeto, atención y veneración.
La genuflexión
         Expresa una actitud de respeto, humildad y adoración. Seguramente es un gesto heredado
de la cultura romana, como signo de respeto a las personas que constituyen la autoridad; desde el
siglo XII-XIII se convirtió en el símbolo más popular de nuestra adoración y reverencia al Señor
presente en la Eucaristía.
         En la celebración el número de genuflexiones se resume, incluso prácticamente se reduce
la “genuflexión doble” ante el Santísimo expuestos: pero sigue siendo una acción simbólica muy
clara que expresa un movimiento interior de fe y de humildad ante el Señor, y vale la pena que,
aunque se haga menos veces, se haga mejor.
         El sacerdote hace una inclinación profunda principalmente cuando se acerca al altar al
principio y al final de la celebración. Una inclinación, sencilla, sólo con la cabeza, o profunda,
desde la cintura, es un gesto claramente expresivo de respeto, atención y veneración.
Orar de rodillas
         Tampoco hace falta mucho esfuerzo para captar todo el sentido de esta postura. El que ora
de rodillas reconoce la grandeza de Dios y su propia pequeñez. Alguien afirma que nunca es más
grande el hombre que cuando está arrodillado. Y es importante que la expresión corporal de
nuestra persona, exprese las actitudes interiores de humildad, penitencia o adoración. Nos ayuda
pedagógicamente a situarnos en la actitud humilde y confiada que nos corresponde delante de
Dios. Como es la actitud de Cristo en el huerto de los olivos.
La postura de rodillas tiene varios significados:
         * Es un gesto de penitencia, de reconocimiento del propio pecado.
         * Otras veces es un gesto de adoración, sumisión, dependencia, reverencia.
         * O sencillamente, de oración concentrada e intensa.
         Es la postura que encontramos varias veces en la Biblia, cuando una persona o un grupo
quieren hacer su oración o expresan su súplica.
Postración
         Postrarse en tierra es el signo de reverencia, humildad o penitencia en su máxima
expresión. Se hace especialmente en las siguientes ocasiones:
* El Viernes Santo, el sacerdote que preside puede dar inicio a la celebración con unos momentos
de oración de rodillas, pero sigue siendo mucho más expresiva la postración total en el suelo: es
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un retrato vivo del hombre que se concentra en la oración, con humildad y con intensa fe ante el
misterio que va a celebrar.
* En las ordenaciones, durante las letanías de los santos que reza toda la comunidad, los
candidatos al sacramento se postran también en tierra, mostrando su total disponibilidad y
preparándose para recibir la gracia del espíritu.
El gesto y la actitud interior
        Como expresamos anteriormente, el lenguaje corporal dispone nuestra mente, nuestro
corazón y nuestra voluntad; nos ayuda a crear el ambiente propicio para entrar en relación
profunda de fe con el misterio de Cristo que se nos revela y que celebramos en la liturgia.

                                                 I
IMÁGENES
        Vivimos en el siglo de la imagen. Los medios de comunicación social nos han
acostumbrado a leer intuitivamente el lenguaje de la imagen, ahora electrónica. Esto afecta de
modo muy directo a la pedagogía de la educación y a los métodos de la catequesis; pero también
al lenguaje de toda celebración cristiana.
        Las imágenes Es bastante conocida la prohibición que los libros del Antiguo Testamento
establecieron acerca de las imágenes. El motivo parece claro: el pueblo de Israel, por influjo de
las culturas vecinas, muestra una tendencia muy acentuada hacia la idolatría. Esta prohibición
tiene un claro sentido de defensa contra la idolatría y de respeto ante la trascendencia absoluta de
Dios.
        En nuestra era, los siglos VII y IX son escenario de una violenta lucha entre los
defensores de las imágenes sagradas y sus opositores, a quienes se les llama iconoclastas. La
lucha concluye finalmente después de ásperas disputas, a favor de las imágenes. El Concilio II de
Nicea (año 787) expresa que las imágenes proyectan el recuerdo y deseo de los originales, y al
tributarles saludo, veneración, honor, todo ello se dirige al original.
        En el siglo XVI son los reformadores protestantes los que de nuevo muestran un rechazo
absoluto a toda clase de imagen en el culto cristiano.
Opción cristiana por la imagen
        La Iglesia hace una clara opción por la presencia de imágenes sagradas en los lugares de
culto. Frente a una cultura y religión como la judía, que concede la primacía a la palabra (al oído)
y evita cualquier imagen, el cristianismo prefiere seguir el camino de la cultura griega, que
privilegia el lenguaje de la vista: ciertamente como una síntesis que asimila la fuerza tanto de la
palabra oral o escrita como la expresividad de la imagen visual. Es una síntesis que Cristo Jesús
había encarnado en sí mismo, Él, que es la Palabra de Dios, pero a la vez “imagen visible de Dios
invisible”.
        Las imágenes juegan un papel muy apreciable para ayudarnos a entrar en el misterio
cristiano y despertar en nosotros las actitudes de respuesta y de fe. La cruz, la imagen de la
Virgen y de los santos, los retablos y los vitrales, nos transmiten un lenguaje de fe que instintiva
mente asimilamos y sobre el que vale la pena que reflexionemos. No sólo nos recuerda la
existencia de Cristo, de la Virgen María o de un santo, para informarnos de sus características,
sino que la imagen de alguna manera crea cercanía, es mediadora de una presencia, nos lleva a
una comunión, nos ayuda a la contemplación y a la meditación. Más aún, nos invita a una actitud
personal de respuesta ante la persona representada en la imagen. La imagen nos aproxima a lo
trascendental, nos gura a la comprensión y a la celebración del misterio cristiano. Se ha dicho que
una imagen es la oración hecha arte, por medio de la pintura, de la escultura. No porque ella
contenga estas actitudes, sino porque nos introduce misteriosamente en la dinámica dialogal.
                                                                                                       141
        La finalidad más profunda de la imagen es expresar la fe de la comunidad. Cumple su
misión, no meramente cuando adorna o satisface un gusto estético, por legítimo que sea, sino
cuando sirve a la celebración del misterio cristiano, cuando conduce a actitudes de fe a los que la
contemplan.
        Recordando unas orientaciones que responden a la sensibilidad actual de la Iglesia, el
Concilio Vaticano II, referente a las imágenes nos dice:
        a) Que no sea excesivo el número de las imágenes sagradas en la Iglesia. Demasiadas
imágenes de santos, pueden distraer del acontecimiento central.
        b) Que no haya en la Iglesia más de una imagen del mismo santo. No se dice
expresamente nada de las imágenes de Cristo y de María, pero el motivo parece referirse a todas;
una multiplicidad referida a la misma persona no parece equilibrada ni educa en la fe y la unidad.
        c) La calidad artística de las imágenes se busca, desde luego, con un margen de confianza
a la capacidad creativa de los artistas de nuestra época. Pero también hay que tener en cuenta la
finalidad concreta de que se trata: la celebración cristiana; precisamente porque lo que se busca
no es sólo la estética o la vanguardia artística, sino el provecho espiritual de la comunidad
cristiana.
        Además es bueno presentar a Cristo, no tanto bajo el prisma del drama sino en una clave
de serenidad, de triunfo, es decir, desde la perspectiva de Cristo glorioso y resucitado.
        Las imágenes tienen buen sentido en nuestra celebración. El ver nos ayuda a levantar
nuestro espíritu y alimentar nuestra vida de fe. De alguna manera no nos conformamos con saber
o con oír; para nosotros es algo natural y espontáneo el deseo de ver (por ejemplo, la acción
sacramental, y también las imágenes).
        Repasemos lo que el nuevo catecismo de la Iglesia nos dice al respecto de las imágenes:
Imágenes sagradas
El CATIC nos dice:
1159 La imagen sagrada, el icono litúrgico representa principalmente a Cristo. No puede
representar a Dios invisible e incomprensible; la Encarnación del Hijo de Dios inauguró una
nueva “economía” de las imágenes:
        En otro tiempo, Dios, que no tenía cuerpo ni figura, no podía de ningún modo ser
representado con una imagen. Pero ahora que se ha hecho ver en la carne y que ha vivido con los
hombres, puedo hacer una imagen de lo que he visto de Dios... con el rostro descubierto
contemplamos la gloria del Señor.
1160 La iconografía cristiana transcribe mediante la imagen el mensaje evangélico que la
Sagrada Escritura transmite mediante la palabra. Imagen y Palabra se esclarecen mutuamente.
        Para expresar brevemente nuestra profesión de fe, conservamos todas las tradiciones de la
Iglesia, escritas o no escritas, que nos han sido transmitidas sin alteración. Una de ellas es la
representación pictórica de las imágenes, que está de acuerdo con la predicación de la historia
evangélica, creyendo que, verdaderamente y no en apariencia, el Dios Verbo se hizo carne, lo
cual es tan útil y provechoso, porque las cosas que se esclarecen mutuamente tienen sin duda una
significación recíproca.
1161 Todos los signos de la celebración litúrgica hacen referencia a Cristo; también las imágenes
sagradas de la Santísima Madre de Dios y de los santos. Significan, en efecto, a Cristo que es
glorificado en ellos. Manifiestan “la nube de testigos” que continúan participando en la salvación
del mundo y a los que estamos unidos, sobre todo en la celebración sacramental. A través de sus
iconos, es el hombre “a imagen de Dios”, finalmente transfigurado “a su semejanza”, quien se
revela a nuestra fe, e incluso los ángeles, recapitulados también en Cristo:
                                                                                                      142
        Siguiendo la enseñanza divinamente inspirada de nuestros santos padres y la tradición de
la Iglesia católica (pues reconocemos ser del Espíritu Santo que habita en ella), definimos con
toda exactitud y cuidado que las venerables y san-tas imágenes, como también la imagen de la
preciosa y vivificante cruz, tanto las pintadas como las de mosaico u otro material conveniente, se
expongan en las santas iglesias de Dios, en los vasos sagrados y ornamentos, en las paredes y en
cuadros, en las casas y en los caminos; tanto las imágenes de nuestro Señor Dios y Salvador
Jesucristo, como las de nuestra Señora inmaculada la santa Madre de Dios, de los santos ángeles
y de todos los santos y justos.
1162 “La belleza y el color de las imágenes estimulan mi oración. Es una fiesta para mis ojos, del
mismo modo que el espectáculo del campo estimula mi corazón para dar gloria de Dios”. La
contemplación de las sagradas imágenes, unida a la meditación de la Palabra de Dios y al canto
de los himnos litúrgicos, forma parte de la armonía de los signos de la celebración para que el
misterio celebrado se grabe en la memoria del corazón y se exprese luego en la vida nueva de los
fieles.

IMPOSICIÓN DE MANOS
        Uno de los gestos que más constantemente encontramos en la celebración de los
sacramentos es la imposición de manos. Éste es un gesto en verdad polivalente, con la elocuente
expresividad de unas manos que se extienden sobre una persona, a ser posible con contacto físico.
Puede indicar perdón, bendición, transmisión de fuerza... Su sentido queda concretado por las
palabras que lo acompañan en cada circunstancia: “Yo te absuelvo de tus pecados”, “Envía,
Señor, tu espíritu...” etc.
        La mano ha sido siempre símbolo de la fuerza, del trabajo, de la comunicación
interpersonal: la mano de Dios que obra proezas, la mano del hombre que acoge, que pide, que
toca, que comunica... La mano que quiere expresar la transmisión de algo invisible.
        El mejor modo para captar el sentido de la imposición de manos es repasar, aunque sea
brevemente, los pasajes bíblicos del Antiguo Testamento en que este gesto es empleado, y
también su realización actual en los sacramentos.
Su sentido en el Antiguo Testamento
        En verdad este signo lo hemos heredado del lenguaje simbólico del pueblo de Israel, en el
que es muy variado el significado que se da al gesto. A veces significa bendición. Jacob bendijo
así a sus nietos Efraín y Manasés. Aarón, en su calidad de sacerdote: “alzando las manos bendijo
al pueblo”.
        Otras veces el gesto quería indicar la consagración para una tarea, la designación de una
persona para una misión: Moisés, por encargo de Yahvé, eligió a Josué como sucesor suyo y
delante de todo el pueblo “le impuso la mano”.
        Con frecuencia la imposición de las manos tenía un tono sacrificial. Se hacía el gesto, por
parte del sacerdote o de los asistentes, sobre la cabeza del animal que iba a ser sacrificado. Era
algo más que el señalar; de alguna manera se intentaba indicar que las personas se querían
identificar con el animal ofrecido a Dios.
        El gesto simbólico significaba, según las circunstancias, la invocación de los dones
divinos sobre una persona, su designación y consagración para una tarea oficial, la elección y
consagración de una ofrenda sacrificial, la comunicación de poderes y fuerzas...
La imposición de manos en el Nuevo Testamento
        En el Nuevo Testamento la acción de imponer las manos sobre la cabeza de uno, tiene
también significados distintos, según el contexto en el que se sitúe. Ante todo puede ser la
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bendición que uno transmite a otro. Cristo Jesús “abrazaba a los niños y los bendecía imponiendo
las manos sobre ellos.
        Es una expresión que muy frecuentemente va unida a la idea y a la realidad de una
curación. Jairo pide a Jesús: “mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para
que se cure y viva”.
        La expresividad del signo se prolonga en el encargo de Jesús: “los que crean... impondrán
las manos sobre los enfermos y éstos sanaran”.
        Imponer las manos sobre la cabeza de una persona significa, en otros varios pasajes,
invocar y transmitir sobre ella el don del Espíritu Santo para una misión determinada. Pablo y
Bernabé son elegidos y enviados: “después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y
los enviaron”.
La imposición de manos en nuestros sacramentos
        Actualmente todos los sacramentos incorporan, con mayor o menor centralidad, la
imposición de manos en su lenguaje simbólico. En el Bautismo, la imposición de manos puede
sustituir a la primera unción.
        En la Confirmación, por la imposición de manos sobre los confirmados, hecha por el
obispo y por los sacerdotes concelebrantes, se actualiza toda una realidad por medio del gesto
bíblico, con el que se invoca el don del Espíritu Santo de un modo muy acomodado a la
comprensión del pueblo cristiano.
        En la Eucaristía hay dos momentos en que el gesto simbólico tiene particular énfasis:
cuando en la Plegaria eucarística, invoca por primera vez al Espíritu (epíclesis), extendiendo sus
manos sobre el pan y el vino. La segunda invocación hacia el final de la misma Plegaria, esta vez
sobre la comunidad, aunque es evidente su paralelismo con la primera, no suele acompañarse del
clásico gesto. Sí, en cambio, en la bendición final cuando se quiere hacer con más solemnidad la
triple invocación sobre la asamblea; la bendición queda así subrayada por una imposición de
manos hacia ella.
        El gesto de los concelebrantes: Los presbíteros concelebrantes de la Eucaristía hacen
varias veces el gesto de la imposición de las manos:
        • En la primera epíclesis o invocación del Espíritu Santo sobre los dones, “con las manos
extendidas hacia las ofrendas”.
        • Y durante las palabras del relato referidas al pan y luego al vino, con la mano derecha
extendida hacia el pan y hacia el vino.
        C. Vagaggini defiende que la mano de los concelebrantes, en las palabras del relato, debe
adoptar una postura invocativa, epiclética, como lo realizan antes con las dos. O sea mirando
hacia abajo la palma de la mano. Así parece ser tradicionalmente, y es la única forma de
imposición de manos que se realiza en la liturgia.
        A. G. Martimort, por el contrario, opina que este gesto puede ser meramente “indicativo”
y por lo tanto con la palma hacia arriba. No cree este autor que los argumentos históricos prueben
demasiado. Un gesto viene a tener el sentido que le dan las palabras que lo acompañan, y en el
momento del relato, las palabras son indicativas: “esto es mi Cuerpo”.
        Para Vagaggini esta finalidad demostrativa es “banal”, superficial, y además es una
“novedad” en los usos litúrgicos. Y recuerda que en el primer esquema de la reforma (1964), en
la que él mismo trabaja, se afirma –aunque luego, por razón de brevedad, se omite la frase– que
esta extensión de las manos hacia el pan y el vino “es signo de santificación y consagración por la
acción del Espíritu Santo”.
        Muchos liturgistas están con Vagaggini. Un gesto tan céntrico en la Eucaristía
difícilmente puede agotar su intención en lo meramente narrativo o indicativo.
                                                                                                      144
        Desde luego no es una discusión meramente de rúbricas. Tiene un contenido teológico: se
trata de interpretar el relato de la última Cena en toda su dimensión operante y consecratoria, o
sólo como relato. Todo ello demuestra claramente la carga significativa que en nuestra
celebración puede tener, y tiene de hecho, un gesto simbólico como el de la imposición de las
manos.
        Una novedad es que también se recuperará la imposición de manos para el sacramento de
la Penitencia.
        El que la Unción de los enfermos también incluya la imposición de manos es consecuente
con todo lo que vemos en el Nuevo Testamento; la curación de los enfermos se acompaña, tanto
por parte de Cristo como de los Apóstoles, de la oración y de la imposición de manos.
        Tal vez el sacramento del Orden sacerdotal es el que le da más énfasis a la Imposición de
las manos. El obispo las impone sobre la cabeza de cada uno de los que van a recibir el
presbiterado. Luego, todavía con las manos extendidas hacia todos ellos, pronuncia la oración
consecratoria.
        También el matrimonio conoce la imposición de las manos. Después del Padre Nuestro, el
sacerdote extiende sobre los novios sus manos y dice su oración:
        “Extiende tu mano protectora sobre estos hijos tuyos...”.
        La imposición de manos nos hace reconocer que en todo momento dependemos de la
fuerza de Dios, al que invocamos humildemente. Lo que este gesto nos recuerda es la iniciativa
de Dios, sus dones continuos, la fuerza de su Espíritu Santo. Y a la vez, lo está realizando
normalmente un ministro de la comunidad, para que nos demos cuenta de que los dones de Dios
nos vienen en y por la Iglesia y ello nos educa a apreciar la mediación eclesial, su intercesión
maternal. La Iglesia es siempre el “lugar donde florece el espíritu”, la esfera que nos alcanza su
acción vivificadora.

INCIENSO
El incienso viene del Oriente
        El uso del incienso para el culto es antiquísimo, pre-cristiano. Se trata de unas resinas
variadas que dan un perfume agradable al ser quemadas, emanando un humo blanco que permea
al ambiente.
        En el templo de Jerusalén –en torno del Arca de la Alianza– era clásico el rito del
incienso. En el capítulo 30 del libro del Éxodo se establece cómo ha de ser el “altar del incienso”.
Se hacia a diario antes del sacrificio de la mañana y después en la tarde; por eso leemos que
Zacarías, padre de Juan Bautista, “oficiaba delante de Dios para quemar incienso”. La reina de
Saba, entre los regalos que ofrece a Salomón, incluye también una gran abundancia de aromas. El
profeta anuncia que en la nueva era de Jerusalén llegarán reyes de Oriente a ofrecer oro e
incienso en honor de Yahvé. El Evangelio ve cumplida la profecía en los dones que ofrecen a
Jesús los magos de Oriente: oro e incienso.
        A pesar de su historia bíblica, el incienso no entra fácilmente en el culto cristiano. En el
siglo IV este signo estaba muy asociado al culto de los dioses y del emperador, o sea, al culto
pagano e idolátrico, que era mirado con reticencia y suspicacia; su uso fue evitado en la liturgia
cristiana. Y más cuando al ofrecer incienso al emperador o a un dios pagano, aquél se convertía
en el símbolo de la apostasía (negación) de la fe cristiana, y por no caer en ella murieron muchos
cristianos mártires.
        A partir de la paz Constantina del siglo IV, a medida que desaparecía la asociación pagana
del incienso, su uso fue entrando poco a poco también en el ritual cristiano. La peregrina Eteria,
                                                                                                       145
en el mismo siglo, ya daba testimonio de su uso en Jerusalén, y en las pinturas de san Vitale, en
Ravena, del siglo VI, también se ve la figura del ministro con el incensario en la mano.
        Lo que simboliza el incienso El simbolismo que guarda el incienso es complejo: el fuego
que quema, el incienso que se consume, el humo que sube e inunda el ambiente y el perfume que
despide. Lo que el incienso significa en nuestra liturgia, está explicado en varios documentos:
        a) El incienso crea una atmósfera agradable y festiva en torno de lo que se inciensa, a la
vez que le da un aire misterioso y sagrado por la sutil impalpabilidad de su perfume y de su
humo.
        b) Expresa elegantemente el respeto y la reverencia hacia una persona o hacia un símbolo
de Cristo.
        c) Pero con mayor profundidad indica la actitud de oración y elevación de la mente hacia
Dios: “Se le dieron muchos perfumes, que representaban las oraciones” Pero con mayor
profundidad indica la actitud de oración y elevación de la mente hacia Dios: “Se le dieron
muchos perfumes, que representaban las oraciones de todos los santos... y por manos del ángel
subió delante de Dios la humareda de perfumes que representaban las oraciones de los santos”.
        d) El incienso es símbolo, sobre todo, de la actitud de ofrenda y sacrificio de los creyentes
ante Dios. Como el grano y el polvo aromático se quema en el fuego para el grato perfume, as! la
vida entera del creyente quiere consumirse en honor de Dios. El incienso une de algún modo a las
personas con los dones del altar, y sobre todo con Cristo Jesús, que se ofrece en sacrificio. En la
liturgia de las horas, el incienso durante el cántico evangélico quiere también convertir la oración
en ofrenda, en conexión con el altar y la Eucaristía. En las exequias se inciensa al difunto, dando
también un sentido de ofrenda definitiva a su muerte.
        Es el símbolo de nuestra propia vida, que quiere ser sacrificio agradable a Dios y perfume
bienhechor para los demás.
El incienso en la liturgia
        La liturgia da importancia a todos los sentidos, no sólo a la audición y a la vista. El buen
olor puede aportar también su simbolismo al misterio cristiano. El buen olor en la liturgia,
produce agrado, simboliza el “buen olor de Cristo”. Actualmente el Misal sugiere, con libertad, el
uso del incienso en el momento de la Misa.
1) En la procesión de entrada, el incensar el altar que va a ser el centro de la Celebración
eucarística, puede indicar el respeto al lugar, a las personas y al altar, o simplemente significar el
tono festivo y sagrado de la acción que empieza. Aunque prácticamente el Misal no da demasiado
relieve a este primer gesto, sino a otros.
2) La incensación del Evangelio entra a partir del siglo XI, como signo de honor y respeto hacia
Aquel cuyas palabras vamos a escuchar. El Misal explica por qué en el momento del Evangelio
se acumulan los signos de especial veneración: el lector ordenado, la postura de pie, el beso, y
otras muchas muestras de honor entre las que está el incienso.
3) El uso del incienso en el ofertorio tiene especial interés. Ya se nombra en el siglo IX. El altar y
las ofrendas de pan y vino se inciensan “para significar de este modo que la oblación de la Iglesia
y su oración suben ante el trono de Dios como el incienso”. Se pone de relieve, por lo tanto, el
sentido simbólico del gesto en una línea oferente. En este momento también el sacerdote y el
pueblo pueden ser incensados. La acción puede interpretarse como un signo de respeto hacia el
presidente que representa a Cristo, y al pueblo de Dios, que es la comunidad. Pero, sobre todo, se
pone aquí en juego otro simbolismo: las personas, el presidente y la asamblea, se integran en el
conjunto “oferente”.
4) Finalmente, en la consagración, el destino del gesto de la incensación es el Señor mismo, en el
momento en que se elevan el pan y el vino consagrados. Así se empezó a realizar a partir del
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siglo XIII. Todas las incensaciones se dirigen a los signos sacramentales de la presencia del
Señor: el altar, la cruz, el libro del Evangelio, el presidente y la asamblea. Ahora se inciensan el
pan y el vino consagrados, el signo central y eficaz del don de sí mismo de Cristo.
5) En la dedicación de las iglesias el incienso tiene un relieve particular, porque “se quema
incienso sobre el altar para significar que el sacrificio de Cristo, que se perpetúa así
sacramentalmente, sube hasta Dios como suave aroma, y también para expresar que las oraciones
de los fieles llegan agradables y propiciatorias hasta el Trono de Dios”.
        En otras celebraciones de la liturgia cristiana se quema incienso, por ejemplo en la liturgia
de las horas, durante el cántico evangélico; en las exequias se inciensa el cuerpo del difunto
mientras se canta o reza por él; en las bendiciones más solemnes se hace el gesto del incienso
hacia el edificio o el objeto bendecido.

INSIGNIAS
        Nunca hay que olvidar que todos los signos que se usan en la liturgia deben tener las
siguientes cualidades: deben ser dignos, prácticos, bellos, sencillos y limpios.
La mitra
        Originalmente era un bonete de origen persa, de forma cónica. Una banda de material
precioso la ceñía en la frente y sus dos puntas colgaban hacia atrás (ínfulas). Tomaron después la
forma actual, aunque a veces llega a tener proporciones exageradas. La llevan los obispos.
El báculo
        Primitivamente era un bastón de dignidad. Terminaba en una bola, en una cruz o en una
pequeña barra transversal. En el siglo XII se generalizaron lo terminados; ahora es en espiral o
cruz, y se les relaciona con el cayado de pastor.
        En la ordenación del Obispo se le dice: “Recibe el báculo, signo de tu ministerio de
pastor, para regir y conducir la grey de la Iglesia por medio del Espíritu Santo”.
El anillo
        Primitivamente era de uso común, adorno o devoción. El anillo suele ser, a la vez, sello de
autenticidad. Se transforma en símbolo esponsalicio. En la ordenación del Obispo se le dice:
“Recibe el anillo, signo de fidelidad e integridad en la fe, y pureza de vida, para custodiar la santa
Iglesia, Esposa de Cristo”.
El palio
        Su origen es incierto. Es una banda de lana blanca adornada con seis cruces negras. Es
una insignia especial de algunos arzobispos y se le llama palio pontificio.

                                                  L
LAVARSE LAS MANOS
        La purificación con agua como símbolo de pureza interior, es un lenguaje que no ha
nacido en la liturgia romana, sino más bien en la oriental, pero que ante todo es bíblico y además
extendido por todas las culturas y religiones: judía, musulmana, budista, africanas... todas ellas, al
igual que nosotros, entienden la validez de este gesto al empezar la oración o la celebración de un
rito sagrado.
        San Cirio decía: “las manos son como el resumen de nuestra persona”. “Manos
manchadas” o “manos limpias” son todo un símbolo de una conciencia manchada o limpia.
“Lavarse las manos” es, por lo tanto, expresión del deseo de una purificación interior. No es
extraño que el lavabo, aunque en varias formas y en momentos diversos, se encuentre en la
historia de todas las liturgias.
La pureza interior y el lavarse las manos
                                                                                                         147
         La norma más antigua y la de mayor permanencia en la liturgia pontifical, tanto en
Oriente como en Occidente, es la de lavarse las manos, después de la recepción de los dones o de
los gestos del ofertorio. No es, por lo tanto, un gesto “funcional”, motivado por la preocupación
de la higiene, sino que desde el principio su intención fue más profunda: la simbólica, y por eso
se ha conservado.
         En otros momentos, el rito en el que el Obispo o el sacerdote se lavan las manos, sí tiene
un carácter funcional, como el que observamos después de la imposición de la ceniza, de las
unciones sacramentales o el lavatorio de los pies.
         El Misal explica la razón de ser del lavado en la Eucaristía: “El sacerdote se lava las
manos; con este rito se explica el deseo de purificación interior”. El nuevo Misal ha simplificado
las palabras, ahora sólo hay un breve versículo, esta vez del salmo 50: “Lava del todo mi delito y
limpia mi pecado”. Es una oración que se dice en secreto, porque no es de las oraciones que el
sacerdote dice con toda la carga de presidencialidad. Pero indica muy claramente la intención
simbólica del lavado.
         En efecto, va a empezar la acción sagrada por excelencia: el memorial del sacrificio de
Cristo. Su ministerio de cara a Cristo y a la comunidad, a pesar de, o por ser noble y oficial, no le
hace olvidar que como persona es débil y pecador
         Va a elevar sus manos dando gracias a Dios Padre, las va a imponer sobre el pan y el vino
invocando al Espíritu Santo, va a tomar con ellas el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Es por lo tanto
un gesto coherente y expresivo el que antes, en presencia de la comunidad a la que preside, se
lave precisamente esas manos que van a ser protagonistas simbólicas de su acción.
Un gesto bien hecho
         Hay una condición para que el rito del lavado tenga un mínimo de eficacia expresiva: que
se haga bien. Lo más digno será utilizar un jarro o una jarra, una palangana o lavamanos y una
toallita, todo de proporciones discretas para que la acción sea verdadera y visible. Por ejemplo,
algo parecido a los recipientes que se suelen utilizar cuando el Obispo se lava las manos en las
ordenaciones o en las confirmaciones. El Misal nos invita a que “todas las cosas que se destinarán
al uso litúrgico se distingan por su dignidad y por su adecuación al fin a que se destinan.
         Mojar la punta de los dedos en un recipiente que parece un cenicero y secarlos con un
pañito insignificante, y no siempre limpio, no es ningún signo auténtico de purificación. Si sólo
se quiere “cumplir”, es explicable. Pero no es ésta la intención de la nueva liturgia. Los ritos
deben significar las actitudes interiores a las que ellos nos quieren educar. El Misal nos indica
que el sacerdote “se lava las manos”, “en un lado del altar”, de un modo visible al pueblo; por lo
tanto, “le sirve el agua un ministro.
         Todo ello nos motiva a un gesto hecho con sobriedad, pero significativamente bien hecho.

LAVARSE LOS PIES
        En el Jueves Santo hay un gesto lleno de expresividad y simbolismo, inteligible e
iluminador.
        Su momento oportuno es después de las lecturas y de la homilía; el que preside la
celebración toma un recipiente con agua, se arrodilla ante personas que hacen las veces de los
discípulos de Jesús, les lava uno a uno los pies y se los seca después con una toalla. Con ello hace
real y vivo el gesto de Jesús con sus discípulos en la última cena.
        Gesto sublime, ciertamente inusitado en nuestro mundo, pero con una expresiva
intensidad a las puertas de la Pascua. El Misal no obliga a hacerla, lo deja al criterio pastoral de
las comunidades.
Símbolo de la caridad servicial
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        El evangelista Juan, en su capítulo 13, nos narra la escena: el Maestro se quita el manto,
se ciñe la toalla, echa agua en una jarra y va lavando los pies a todos, a pesar de las protestas de
Pedro. Un primer sentido evidente de la conducta de Jesús es enseñar plásticamente la actitud de
servicio y humildad que deben tener los cristianos, y en especial los que ejercen la autoridad.
        Entre los judíos (y orientales en general), lavar los pies a otros es un signo de exquisita
hospitalidad. Sin llegar a ser un oficio exclusivo de esclavos, siempre supone una humilde
sumisión por parte del que realiza este gesto.
        Es clara la lección de servicialidad que Jesús les quiere dar. Él aclara que no viene para
ser servido, sino a servir. Les enseña continuamente esta misma actitud: que se amen los unos a
los otros, que no apliquen la autoridad como los reyes de la tierra, sino con espíritu de servicio, Él
mismo está en medio de ellos “como quien sirve”. La escena del lavatorio acaba con la misma
enseñanza: “también ustedes deben lavarse los pies unos a otros”. No hay que olvidar que san
Pablo, hablando de las mujeres viudas de la comunidad, nombra entre las cualidades que pueden
ser su mejor recomendación la de lavar los pies a los hermanos. Esas manos del Obispo o del
sacerdote que lavan los pies el Jueves Santo, son también los que actúan en el misterio de a
Eucaristía, pero tiene que ser también unas manos que deben saber de caridad y servicio, manos
que curan y ayudan; manos abiertas, serviciales; manos para los demás. Debemos estar de
rodillas en tierra, no sólo ante el Cristo eucarístico, sino también ante los hombres, sus miembros,
ante los pobres y los marginados, que son los preferidos de Jesús. Sólo el que sabe lavar los pies
de los demás y no se inhibe ante la necesidad del prójimo, puede tender legítimamente sus manos
hacia Dios, cantarle alabanzas y ofrecerle el sacrificio de Cristo. El lavatorio de los pies nos
prepara pedagógicamente para la Pascua. Al realizarlo, nos incorporamos a la ofrenda de sí
mismo, que hace Jesús en una actitud básica.
Sugerencias prácticas
        No hace falta que sean precisamente “doce” los apóstoles. Pero sí es interesante que en su
elección se busque de alguna manera una representatividad de lo que es la comunidad parroquial:
niños, jóvenes, ancianos, casados, religiosos, miembros de movimientos que tienen vida en la
comunidad.
        La preparación de este gesto –el lavatorio de los pies–, en todos sus detalles materiales
debe realizarse en un sitio visible y cómodo para que con sencillez y expresividad pueda ejercer
toda su profundidad e intensidad que amerita este día solemne. Hacer un gesto de paz fraterna
más expresivo que de ordinario. O bien organizar una colecta especial, con una finalidad concreta
a favor de los pobres o de otras necesidades urgentes que se aprecian en el ámbito de la
comunidad.

LEVANTACRUZ
Simbología indígena
         En las tradiciones de nuestros antepasados indígenas se encuentra el levantacruz.
Todo es doble. El número dos
         Nuestro antepasados consideraban que cada cosa que existe es doble, el mundo es cielo y
tierra, la humanidad son hombres y mujeres, el tiempo se compone de días y noches. Y hasta el
mismo cuerpo tiene dos orejas, ojos, labios, manos, etc. Por eso, para ellos, el número dos era la
base de todo.
Ropa
         Ellos usaban ropa distinta según el cargo que desempeñaban en la comunidad. Y por la
ropa, ya sea por el color o por algún adorno, principalmente el penacho de plumas, indicaba de
qué persona se trataba. Así sucede con el levantacruz, la ropa representa al difunto, que ya no
                                                                                                         149
puede estar presente visiblemente, pero que de alguna manera está simbolizado en la ceremonia
por medio de sus ropas.
Levantacruz
       Para poder entenderlo debemos recordar que todo debe ser doble. Por eso, si hay un
difunto enterrado, se tiene que volver a enterrar por segunda vez. Pero como esto no se puede
hacer con el que ya se murió, entonces se hace el segundo entierro simbolizándolo en el
levantacruz.
La muerte
       Los indígenas aseguran que la muerte es parte de la vida. Quien aún no muere, no sabe
todo lo que es su vida. Uno vive para morir, y cuando muere es para ir a vivir, para vivir con
Dios. La muerte no es un suceso de la persona únicamente; al morir, la persona da vida a Dios, le
da también vida a la comunidad, y con su muerte hasta le da vida al mundo. Ésta es la razón tan
importante de la muerte y el motivo por el cual se celebran con tanta solemnidad.
El novenario, el número tres
       El levanta cruz se hace nueve días después del entierro. Los indígenas les otorgaban a los
números el siguiente significado: el 1 es el cielo, el 2 la tierra; con esto ya existía el mundo. Y se
preguntaban: ¿Cómo pasa Dios del cielo a la tierra y cómo pasamos nosotros de la tierra al cielo?
Y concluyeron que era necesario el servicio del aire, al que representaron con el número 3 y lo
llamaron intermediador. El levanta cruz es un novenario hecho 3 veces 3 días, el novenario es
mediador, para hacer pasar al difunto al cielo mediante la oración de la comunidad.
       El intermediador se recuerda también en el sahumerio que usamos, que tiene tres patas;
además, al incensar vemos que el humo sube por el aire, y nos hace el servicio de comunicarnos
con Dios, para que nuestras oraciones y celebraciones pasen de la tierra al cielo.
La cruz
       Los antiguos establecen que el mundo tiene cuatro rincones, y que en él existen cuatro
direcciones: el oriente y el poniente, el sur y el norte, así lo ha hecho Dios. Estas cuatro
direcciones se cruzan en el centro en forma de cruz: así la cruz es el signo y el símbolo del
mundo. Los cuatro rincones se juntan en el centro y forman un cuadrado, forman como el piso de
un cuarto o de una habitación, que también es signo del mundo. El número 4 significa lo
completo, lo total; para que una cosa sea completa, necesita verse y entenderse formada por
cuatro elementos.
       Por eso el levantacruz se lleva a cabo en un cuarto, que quiere decir que pertenece al
mundo del difunto, y también se barre desde los 4 rincones y se lleva la basura al centro, con lo
que se significa que por la muerte de la persona, todo el mundo va a quedar limpio.
       La creencia narra que las cuatro direcciones forman dos caminos y dos historias: uno es el
camino de Dios, oriente y poniente: otro, el de la persona, de sur a norte. Y cada uno de estos
caminos tiene en un extremo la vida y en el otro la muerte. Dios está en el Oriente y se encuentra
con la muerte en el poniente, la vida del hombre comienza en el sur y su muerte está en el norte,
de donde viene el frío, porque cuando se muere se pone frío. Estos caminos se encuentran en el
centro de la cruz. Allí donde se cruzan sale una nueva dirección, la quinta hacia arriba, el número
5, que es irse con Dios y así se puede superar absolutamente cualquier situación. El que llega
puede agregarse a la lista de quienes endiosaron su corazón, al igual que los dioses.
       En el levantacruz todo se pone en el centro de la habitación, todo se pone en forma de
cruz o de cuadrado; quiere decir que Dios se encuentra con el difunto y él se va con Dios, porque
toda su vida se preparó para este momento. Todas las cruces y cuadros que hacemos y usamos en
el levantacruz: cruces de cal, de copal, de luz, de velitas, de papel, de tierra, todas nos están
                                                                                                         150
recordando que el trabajo del hombre en este mundo es hacerse como Dios, puesto que Dios se
hizo como hombre en nuestra historia.
        En el principio de los caminos de nuestros pueblos aparece siempre una cruz, para
recordarnos que todo nuestro caminar en este mundo es para el encuentro con Dios. Y en el techo
de las casas, para indicar que el trabajo de hacer la casa y vivir en familia, es una comunicación
directa con Dios.
La cal
        En el inicio, a los muertos se les petatiaba; es decir, se les envolvía el cuerpo en un petate
junto con algunas de sus pertenencias; hecho el bulto, era quemado para que el difunto
resplandeciera igual que el sol. El sol es un signo de Dios, por lo que se dice que el muerto se ha
endiosado. Con esta quema se afirmaba que el difunto ya tenía su segunda muerte y sólo
quedaban sus cenizas blancas. Al llegar los primeros misioneros, prohibieron la quema de los
difuntos y entonces ya no se podía petatear (quemar bien) y representar la segunda muerte. Por
esta razón se colocaba, en lugar de las cenizas blancas, la cruz de cal.
El incienso
        La brasa roja del carbón hace humo negro o gris oscuro. El color rojo era el color del sol y
de Dios, y el negro o gris oscuro era símbolo de la noche y de la muerte.
        En el levantacruz el quemar incienso significa que recordamos que Dios vivió y murió
para darle vida al mundo y al hombre. Y de la misma forma el difunto vivió para darle vida al
mundo con su trabajo, a la comunidad. Con sus hijos y con su muerte le termina de dar su vida a
Dios para que todos vivan.
        El sahumerio lo cargan más las mujeres, porque ellas son las que están más directamente
ligadas a la vida, porque todos nacemos de una mujer. En el levantacruz se inciensa cuatro veces,
cada una equivale a los cuatro rumbos del mundo. Esto tiene muchos significados, el más
importante es la cruz porque simboliza a toda la tierra. Finalmente se inciensa una quinta vez, y
con esto se dice que el difunto se va con Dios.
Las velas
        Nuestros antepasados no tenían velas, usaban ocotes, y decían que la verdad y el
conocimiento son como una luz para el camino de la vida. Al que era sabio lo llamaban “ocote-
para-los demás”. Así, el acote, la vela, la cera y las veladoras llegaron a ser los signos y símbolos
del consejo, del acompañar y comprometerse con el otro. En el levantacruz se usan las velas,
algunas se ponen en forma de cruz, con eso se está diciendo que el difunto cumplió con sus
responsabilidades y nos dio ejemplo, y a los que están ahí se les dice que se comprometen a ser
guías y luz para otros, pero la verdadera luz y guía para todos es Dios.
        Flores y cantos A los antiguos no les gustaba decir las cosas muy abstractas, como razón,
ciencia, filosofía, etc., y usaban otras palabras más bellas, más sencillas y elocuentes como: “casa
del canto”, “flor y el canto”.
        Para ellos la flor y el canto significaban la verdad, la última explicación que le podemos
encontrar a todas las cosas. La flor y el canto es el lenguaje de la tradición, que estaba toda puesta
en cantos, y cuando cantaban se ponían a danzar.
Los 4 padrinos
        Anteriormente se dijo que el mundo total está hecho de 4 rincones y de 4 direcciones. En
un libro muy antiguo, nuestros antepasados dibujaron que para levantar el cielo y ponerlo como
está ahora, Dios hizo 4 hombres y les pidió que lo ayudaran.
        Estos cuatro hombres representan a toda la humanidad. Igualmente en el levantacruz los 4
padrinos significan toda la comunidad y toda la humanidad. También significa que el muerto
vivió como hombre todo lo que tenía que vivir. Y como los padrinos van coronados de flores, en
                                                                                                         151
ellos tenemos la verdad de toda la humanidad, y como también son gente joven o niños, se quiere
significar que el principio de la vida de la humanidad está presente ante el fin de la vida del
difunto.
La comida
        Antes, a la comida le decían “nuestro sostén”, “nuestra carne y nuestros huesos”. Comer
es recibir carne y huesos, es llegar a ser hombre, comer es humanizarse.
        La comida a la que todos son invitados después de regresar del cementerio, quiere decir
que nosotros los humanos no estamos aquí para morir, sino que estamos aquí para vivir, para
alimentarnos y para hacernos más humanos. Como la última parte de la ceremonia del
levantacruz es la comida, quiere decir que la muerte no es el destino final del hombre; la finalidad
del hombre es alimentarse, vivir y humanizarse.

LIBROS DE REFERENCIA LITÚRGICA
    CIC        CÁNONES                    CONTENIDO                                  FUENTES
      198
       3
   Libro I     2            El derecho litúrgico                                 CIC 17, en 2

   Libro          204             Los fieles cristianos                          LG 9
      II
                  228-231         Los laicos y el misterio litúrgico
                                  Ministeria Quaedam
                  246-276         Vida litúrgica en los Seminarios y en
                                     los clérigos SC, OT, varias fuentes

   Libro          756             Ministerio de santificar
      III
                  762             Predicación de la Palabra                      LG 24-27; DV 24
                  767             La homilía SC 52; OGMR 42; Inter
                                     Oecum 37-38

   Libro          834             La función de santificar
      IV
                  834             Noción de liturgia                             SC 7
                  837             Las acciones litúrgicas                        SC 26-27
                  838             Autoridad litúrgica                            SC 22
   1ª Parte       840             De los sacramentos
                  840             Noción de los sacramentos                      SC 59; LG 11
                  842             Los sacramentos de iniciación                  RBN 2
                  844             Sacramentos y Ministerios                      UR 8
   Título I       849             El bautismo                                    RBN 2
                  851             Catecumenado                                   ICA 4
                  853-854         Agua y modo de bautizar                        RBN 21-22
                  856             Tiempo del Bautismo                            RBN 6
                  857-860         Lugar del Bautismo                             RBN 10; 12; 13
                  861-863         Ministro del Bautismo                          RBN 11; 12; 16
                                                                                                       152
               866           Iniciación cristiana del adulto             RICA 34; 36
               872           Padrinos                                    RBN 8
               877           Registro del Bautismo                       RBN 29
   Título      Ver los cánones referentes a la Confirmación del 879 al 896, cuya fuente es
       II         especialmente RC
   Título                    La Santísima Eucaristía
       III
               899              La Celebración eucarística                 OGMR 1; SC 7
               899              La asamblea eucarística                    OGMR 7; SC 26
               900              Ministro de la Eucaristía                  CIC 17; CN 802
               902              La concelebración                          SC 57
               906              Celebración sin pueblo                     OGMR 211
               910              Ministro de la Comunión                    RCCE 17
               911              Ministro del viático                       RUE 29
               918              Momento de la Comunión                     SC 55; RCCE 14
               924              Materia de la Eucaristía                   OGMR 281; 284
               925              Comunión bajo las dos especies             SC 55; RCCE 14
               926              Pan ácimo                                  OGMR 282
               932              Lugar de la Misa                           OGMR 253; 260
               943              Ministros de la Exposición                 RCCE 91
   Título      944              Procesiones eucarísticas                   RCCE 101-102
       III
   Título      El sacramento de la Penitencia (ver del 959 al 966). Tiene como fuente al RP
       IV
   Título      El Orden (ver del 1008 al 1010). Tiene varias fuentes
       V
   2ª Parte    1166             Los sacramentos                            SC 60
               1168-            Ministro                                   SC 79
                  1169
               1173             Liturgia de las horas                      SC 83 ss
               1174             Sujeto celebrante                          SC 96; 100
               1175             Hora de la celebración                     SC 88; 94
               1181             Exequias                                   RE 20
   Título      1186             Culto a los santos                         SC 103-104
       IV
               1188           Imágenes                                     SC 125
   3ª Parte    Lugares sagrados, cfr. Núms. 1205-1237, su fuente principal es RDIA y OGMR
                  255
   Título      1246-          El Domingo                                   SC 106
       II         1247
               1248           Santificación de las fiestas                 SC 35, 4

Documentos
1) Documentos del Vaticano II
      DV       Dei Verbum
                                                                                              153
       GS         Gaudium et Spes
       LG         Lumen Gentium
       OT         Optatam Totius
       PO         Presbyterorum Ordinis
       SC         Sacrosanctum Concilium
       UR         Unitatis Redintegratio
2) Otros documentos
       CIC 17 Código de 1917
       OGLH Ordenación General de la Liturgia de las Horas
       OGMR Ordenación General del Misal Romano
3) Rituales de sacramentos
       RBN        Ritual del Bautismo de Niños
       RC         Ritual de la Confirmación
       RCCE       Ritual de la Comunión y del Culto a la Eucaristía
       RDIA       Ritual de la Dedicación de Iglesias y Altares
       RE         Ritual de Exequias
       RICA       Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos
       RM         Ritual del Matrimonio
       RP         Ritual de la Penitencia
       RUE        Ritual de la Unción de los Enfermos
4) Libros litúrgicos: Edición típica latina
       CR         Calendarium Romanum (1969)
       DMP        Sacra Congregatio pro Cultu divino, Directorium de Missis cum pueris (1973)
       IGLH       Officium Divinum, Institutio Generalis Liturgiae Horarum (in LH, vol. 1)
       IGMR       Missale Romanum, Institutio Generalis Missalis Romani (in MR)
       ILA        Pontificale Romanum, De Institutione Lectorum et Acolytorum, admissione
               inter candidatos ad Diaconatum et Presbyterotum, de sacro coelibatu amplectendo
               (1972)
       LH         Officium divinum, Liturgia Horarum iuxta, ritum romanum (4 voll.; 1971-
               1972)
       MR         Missale Romanum (1 1970; 2 1975)
       OBAA Pontificale Romanum, Ordo Benedictionis Abbatis et abbatissae (1970)
       OBO        Pontificale Romanum, Ordo Benedicendi Oleum catechumenorum et
               infirmorum et conficendi chrisma (1970)
       OBP        Rituale Romanum, Ordo Baptismi Parvulorum (1 1969; 2 1973)
       OC         Pontificale Romanum, Ordo Confirmationis (1971)
       OCIMV Ordo Coronandi Imaginem b. Mariae Virginis (1981)
       OCV        Pontificale Romanum, Ordo consecrationis Virginum (1970)
       ODEA Pontificale Romanum, Ordo Dedicationis Ecc/esiae et Altaris (1977)
       ODPE       Pontificale Romanum, De Ordiantione Diaconi, Presbyteri et Episcopi (1968)
       OE         Rituale Romanum, Ordo Exsequiarum (1969)
       OICA       Rituale Romanum, Ordo Iniciafionis Christianae Adultorum (1 1972;
               reimpressio emendata 1974)
       OLM        Missale Romanum, Ordo Paenitentiae 1974)
       OPR        Rituale Romanum, Ordo Professionis Reilgiosae (1 1970; reimpressio emendata
               1975; priva della soprascritta “Rituale Romanum”
                                                                                                 154
       OUI       Rituale Romanum, Ordo Unctionis Infirmorum oerunque pastoralis curas
              (1972)
      SCCME Rituale Romanum, De Sacra Communione et Cultu Misterii Eucharistici extra
              missam (1973)
5) Abreviaturas litúrgicas
Grado de fiestas
(S)   Solemnidad           Misa pr., empieza vigilia anterior
(F)   Fiesta               Misa pr., GI. pref. Pr. *D *IV
(MO) Memoria obligatoria Oración Colecta pr.
(ML) Memoria libre         Misa ad libitum (facultativa)

FERIA        Misa de la feria obligatoria
Feria        misa del tiempo o ad libitum
Santos
Ap.; aps.    Apóstol (es)
Bo., Ba.     Beato (a)
d.           Doctor de la Iglesia
di.          Diácono
ev.          Evangelista
m., mrs      Mártir (es)
mVM          Memoria de la Virgen María en sábado
mj.          Monje
o.           Obispo
p.           Presbítero
Pa.          Papa
r.           Religioso (a)
S.; Ss       Santo (a); santos
v.           Virgen

Liturgia
Ad libitum   Elección de misa libre
Cr.          Credo
Gl.          Gloria
Pr.          Propio
Pref. pr.    Prefacio propio
LD           Leccionario dominical
LS           Leccionario santoral
Lect.        Lectura
Sal.         Salmo
Hm.          Hora media
Visp. sig.   Vísperas de la solemnidad siguiente
Cp.          Completas
Dom          Domingo

LITURGIA DE LA PALABRA Y LA HOMILÍA


                                                                                        155
        La palabra que se proclama no es algo propio, sino algo que nos ha comunicado
gratuitamente Dios a nosotros, su pueblo. Celebrar la Palabra en el culto litúrgico es revelar los
planes ocultos de Dios, para suscitar una fe más profunda.
        La Palabra de Dios es considerada en la liturgia como algo que sucede, como un
acontecimiento. No se celebran ideas, sino hechos. Se celebra precisamente la presencia de Dios
ante la asamblea por la comunicación de su Palabra. Lo fundamental es el hecho de que Dios
habla a su pueblo. Esto es lo que celebramos para festejarlo. La celebración de la Palabra supone,
por lo tanto, una sintonía previa: los que participan en la fiesta litúrgica saben qué es lo que va a
pasar, y precisamente por eso se reúnen.
        La celebración de la Palabra es un desafío al mundo y un acto heroico de fe, porque, a
pesar del pesimismo de la realidad que nos rodea, hay salvación y vivimos en una fiesta continua.
Para resaltar mejor la estructura del rito de la Palabra, disponemos de este modo el esquema de su
desarrollo: la liturgia de la Palabra es un diálogo entre Dios y su pueblo reunido (ver la figura
siguiente).

                                                                                  Frutos en la vida
    Palabra de Dios
                                                                                       diaria

                                        La Iglesia. Nosotros

                                   La aceptamos, la asimilamos

       El domingo, los evangelios sinópticos (que significa paralelos) se distribuyen en el tiempo
llamado “ordinario” según un plan trienal: ciclo A, Mateo: ciclo B, Marcos; ciclo C, Lucas. El
cuarto evangelio, el de san Juan, se reparte, según una tradición igualmente antigua, entre la
Cuaresma y el Tiempo pascual de los tres años. La primera lectura, así como el salmo, se escogen
siempre en función del Evangelio.

Para la segunda lectura hay dos tipos de elección.
1) En las fiestas de los tiempos especiales, se escogen también en la línea del Evangelio.
2) Pero generalmente está más en la relación del tiempo litúrgico, esto es: se puede hacer la
homilía, escogiendo la primera y el Evangelio o la segunda, que va en otra línea.

        Terminada la primera lectura, el pueblo responde a ella apropiándose de la Palabra
inspirada por Dios al salmista. Así, el texto bíblico y el salmo se iluminan mutuamente. El salmo
nos impregna del verdadero espíritu de oración. Sería empobrecer la liturgia el reemplazarlo por
cualquier otro canto religioso, ya que es un texto bíblico inspirado, mediante el cual Dios habla a
su pueblo.
        Los salmos tratan de una rica variedad de temas. La totalidad de ellos fue compuesta entre
los siglos XI y V a. C., y la tradición los atribuye a los siguientes autores: 64 a David; 1 a Moisés,
el 90; 1 a Salomón, el 72; 12 al Levita Asafar; 12 a los coreítas o hijos de Coré; 1 a Etán, el 89;
59 son anónimos o huérfanos como los llaman los israelitas. Todo ello da un total de 150. Lo
normal es que se canten, acompañados de los más diversos instrumentos.
Nota Pastoral. El salmista no debe decir: “salmo responsorial”. Tampoco hay que estar
repitiendo: “contesten todos”. Sería más conveniente introducir el salmo con una breve monición.

                                                                                                         156
         La numeración entre paréntesis de los salmos corresponde a la adoptada por san Jerónimo
para la Vulgata, en que juntó los salmos 9 y 10 en uno solo y el que originalmente era el 147 lo
dividió en dos. Ésta es la numeración usada generalmente en las versiones musicales de los
salmos y la que usa oficialmente la Iglesia católica en sus Leccionarios y en la Liturgia de las
Horas.
Las introducciones de las lecturas
         No es que sean indispensables, son un elemento auxiliar de la liturgia de la Palabra. Si se
usan bien, serán importantes, convenientes y oportunas. Sobre todo sugerentes e interesantes; han
de abrir el apetito, el gusto; son como un aperitivo.
         No deberá decirse anticipadamente el resumen de la lectura, porque se le quita el aspecto
de sorpresa. Tampoco son introducciones superficiales, rutinarias, formalistas, como si fueran
hechas por obligación. Si es así, será mejor suprimirlas.
         Las introducciones son un arte al igual que la celebración. Es el arte de provocar, suscitar,
despertar interés y simpatía; ellas deben ser breves y sencillas, partir de la óptica de los oyentes,
de lo que piensan y sienten, así como situarse en la realidad de la comunidad y en el contexto
histórico que vivimos.
         Deben tratar de introducir la Palabra mediante puntos suspensivos o signos de
interrogación. A veces pueden ser explicativas o aclaratorias, sobre todo cuando la gente tiene
dificultad para entender la lectura. Se trata de situar a la asamblea en el contexto histórico que se
describe en el texto propuesto.
         Las introducciones deben hacerse por una persona distinta al lector, para que no sean
confundidas con la lectura bíblica.
         Además de las introducciones a las lecturas, podemos contar con una serie de recursos
que, si se utilizan bien, sin duda lograrán un mejor acercamiento de la asamblea con la Palabra de
Dios.
Otros recursos
         En ocasiones, nos puede ayudar una lectura dialogada entre varios lectores. Que no baste
usar este “medio” sólo para la lectura de la pasión.
         Otro recurso interesante, teniendo en cuenta el pasaje evangélico, es la escenificación,
sobre todo cuando se trata de parábolas o relatos históricos; se pueden usar diapositivas
especialmente cuando se trata de celebraciones con niños o jóvenes ya que le da más énfasis al
mensaje que el Señor nos quiere comunicar. La lectura del Génesis, en la Vigilia pascual es una
buena posibilidad para hacer uso de este recurso y en muchos textos más, a través del año.
         El uso del diario mural con alguna frase clave del Evangelio del día, acompañada por
fotografías que tengan relación con el tema, puede ser de mucha utilidad. En la misma línea
puede utilizarse el pizarrón, rotafolio o simples frases escritas en forma de pequeños carteles. Sin
duda todo esto tiene que ser de buen gusto y sobre todo bien escrito.
Cuando se trata de resaltar la lectura del Evangelio es bueno tener en cuenta lo siguiente:
         Una pequeña procesión con el libro en alto, especialmente el primer domingo de
Adviento, que es cuando se cambia el ciclo del Año Litúrgico (uso del incienso) para dar
primacía a la Palabra.
         El beso al libro vale como señal de gratitud, adhesión y veneración. Otros recursos, con
excelentes resultados, especialmente en liturgias comunitarias juveniles son: vendarse los ojos,
como signo de ceguera, falta de claridad, de luz, de fe. Sentarse en el suelo como signo de
pobreza y humildad. Después de la lectura algunas personas van repitiendo textualmente en voz
alta las frases que les han llamado la atención.
                                                                                                         157
        Si el Evangelio tiene relación con la esclavitud, alguien permanece de pie, sosteniendo
unas cadenas, mientras se proclama la Palabra. Otro recurso y quizá para grupos más pequeños,
es que cada uno, conociendo de antemano el texto, traiga algún símbolo que tenga relación con su
vida y con el Evangelio que se va a proclamar. Esto se pone en común en el momento de la
homilía.
        También es posible hacer participar a la asamblea, haciendo que todos repitan a coro
alguna frase del Evangelio, por ejemplo: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo”, etc.
        De todos estos recursos es fundamental que tengamos presente uno de los más
importantes, que es realizar una buena lectura, de tal manera que la asamblea escuche y entienda
lo que el Señor le quiere decir a través de su Palabra.
        La sensibilidad litúrgica de parte de los animadores de la celebración, permitirá vitalizar
estos y otros recursos, con pedagogía y criterio, respetando siempre a la asamblea y llevándola a
un encuentro cada vez más cercano y profundo con Jesucristo, el gran animador de la vida y de la
historia.
La homilía
        La homilía es una proclamación de las maravillas obradas por Dios en la Historia de la
Salvación, inspirada en los textos bíblicos y de acuerdo con el misterio que se celebra y las
necesidades particulares de la asamblea concreta a la que se dirige.
        Para que haya homilía debe haber un estudio de la Biblia; es decir: examinar los
acontecimientos divinos y situarlos en el contexto salvador de la historia sagrada.
        Se leen unos textos para comenzar y apoyarnos en ellos; estos textos se enmarcan dentro
de un clima y contexto de celebración, que afectan a la comunidad local e incluso, si es necesario,
a la colectividad universal. Así es como se manifiesta la actualidad de la salvación, el mensaje
que los textos bíblicos tienen para el hombre de hoy, y cómo se pone en práctica la Palabra
escuchada.
        La homilía nunca debe hacerse desde el altar, pues hay que significar mejor su
enmarcación dentro de la liturgia de la Palabra. Su lugar más propio es la sede; desde ella,
sentado, se habla fraternalmente, se mueve uno mejor en el tono homilético, más sencillo, menos
impositivo y menos oratorio. Y también puede hacerse desde el ambón.
        La homilía dialogada es la aportación de experiencias personales, hechas por los seglares,
sobre cómo la Palabra de Dios proclamada se concreta en su vida. Esta aportación de testimonios
y valoraciones, no dispensa al que preside de la explicación e interpretación del texto sagrado,
hecha como doctor y maestro de la comunidad; o de hacer un resumen al final de las
intervenciones de los miembros de la comunidad.
        Con la homilía dialogada pierde todo su valor el argumento socio-psicológico, utilizado
por algunos, a saber: que cuando hay puro monólogo, la comunicación es estéril y se manifiesta
una autoridad que no dialoga. Al mismo tiempo se potencian los carismas proféticos del pueblo,
ejercidos en la celebración y empalmados con la práctica de las comunidades paulinas y
palestinenses.
El nuevo catecismo nos dice al respecto:
Palabras y acciones
1153 Toda celebración sacramental es un encuentro de los hijos de Dios con su Padre, en Cristo y
en el Espíritu Santo, y este encuentro se expresa como un diálogo a través de acciones y de
palabras. Ciertamente, las acciones simbólicas son ya un lenguaje, pero es preciso que la Palabra
de Dios y la respuesta de fe acompañen y vivifiquen estas acciones, a fin de que la semilla del
reino dé su fruto en la tierra buena. Las acciones litúrgicas significan lo que expresa la Palabra de
Dios: a la vez la iniciativa gratuita de Dios y la respuesta de fe de su pueblo.
                                                                                                        158
1154 La liturgia de la Palabra es parte integrante de las celebraciones sacramentales. Para nutrir
la fe de los fieles, los signos de la Palabra de Dios deben ser puestos de relieve: el libro de la
palabra (leccionario o evangeliario), su veneración (procesión, incienso, luz), el lugar de su
anuncio (ambón), su lectura audible e inteligible, la homilía del ministro, la cual prolonga su
proclamación, y las respuestas de la asamblea (aclamaciones, salmos de meditación, letanías,
confesión de fe...).
1155 La palabra y la acción litúrgica, indisociables en cuanto signos y enseñanza, lo son también
en cuanto que realizan lo que significan. El Espíritu Santo, al suscitar la fe, no solamente procura
una inteligencia de la Palabra de Dios suscitando la fe, sino que también mediante los
sacramentos realiza las “maravillas” de Dios que son anunciadas por la misma Palabra: hace
presente y comunica la obra del Padre realizada por el Hijo amado.

LITURGIA Y VIDA
        El verdadero culto de los cristianos es su propia vida, afirma san Pablo. Es decir, el culto
que pide Pablo no consiste en el ofrecimiento ritual de animales o frutos, sino toda la persona,
toda la existencia, toda la actividad humana en relación con los hombres y el mundo.
        Éste fue el culto que ofreció Cristo durante toda su vida.
        “Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí de que tu hermano tiene
quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliar con tu hermano, y
entonces vuelve a presentar tu ofrenda”. No es posible agradar a Dios con los ritos, manteniendo
una línea de conducta injusta o anodina en la vida diaria. El divorcio entre la fe y la vida diaria de
muchos debe ser considerado como uno de los más grandes errores de nuestra época.
        El verdadero culto de los cristianos, brotado de la fe y no de la religión, no son sus
celebraciones, sino sus vidas. Y esto se logra en la medida en que se vive la existencia como la
vivió Cristo y en comunión con Él. Al decir que el verdadero culto de los cristianos es su propia
existencia cotidiana, no hay que entender que la liturgia cristiana no posee ritos. La nuestra no es
una liturgia sin ritos; sino una liturgia cuyos ritos expresan un culto auténtico y sincero:

 Vida cristiana           Culto auténtico              Ritos (signos                      Liturgia
                            y sincero               expresivos de culto)                  cristiana

        En esta dimensión ascendente de la liturgia se requiere del creyente una gran coherencia
entre los ritos y la propia vida. Sólo así la liturgia cristiana, considerada en esta dimensión, será
una liturgia auténtica y un culto sincero en espíritu y en verdad.
        Toda la vida de Jesús constituyó el único culto agradable a Dios. Pero principalmente el
Misterio pascual de su bienaventurada pasión, resurrección y gloriosa ascensión. Éste es el
motivo por el que podemos afirmar que la liturgia cristiana es actualización y participación en el
Misterio pascual de Cristo, centro de la historia de la salvación.
        La doble dimensión de la liturgia cristiana está reconocida en la constitución litúrgica del
Vaticano II: toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote (dimensión descendente)
y de su cuerpo que es la Iglesia (dimensión ascendente).
        La participación es la categoría teológica, que explica la relación intrínseca entre ambas
dimensiones; la capacita el sacramento del Bautismo, y se realiza por medio de los signos (y los
ritos).


                                                                                                         159
        Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es
“sacramento de unidad”, es decir, pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección de los
obispos.
        El Pueblo de Dios es un pueblo sacerdotal, que participa en el
único sacerdocio de Cristo de dos maneras esencialmente distintas:          Por el bautismo damos
el sacerdocio común de los cristianos y el sacerdocio ministerial.              culto a Cristo
Ambos sacerdocios “se ordenan el uno para el otro, aunque cada
                                                                             Por medio de la fe, el
cual participa de forma peculiar del único sacerdocio de Cristo”. Por
                                                                              Amor, la alabanza
lo tanto, la liturgia es el culto de todo el Pueblo de Dios. El
sacerdocio común de todo el Pueblo de Dios se ejerce
                                                                            Usamos signos sensibles.
sacramentalmente en la celebración litúrgica y espiritualmente en la
                                                                              Participación plena
existencia cotidiana.
        Podemos afirmar que la liturgia cristiana es, ante todo, una
acción festiva o celebrativa, en la que se hace presente el misterio de            LITURGIA
la salvación realizado por Jesucristo, a fin de renovar y fecundar la
vida de los creyentes.
        En la liturgia cristiana, la vida de los creyentes es puesta en contacto con el misterio de
Cristo, por medio de la acción ritual de la comunidad.
        Referente al tema de la liturgia y la vida, se puede consultar NC 1091 y 1136. Y de Santo
Domingo los números 51 y 52. De este documento incluimos a continuación dos fragmentos de
los números 145 y 152, respectivamente:
Promover una liturgia viva, participativa y con proyección a la vida.
Promover una liturgia viva en la que los fieles se introduzcan al misterio.

LUZ COMO SÍMBOLO
        Durante la cincuentena pascual encendemos en todas las celebraciones el cirio pascual. Y
en otros momentos damos un lugar expresivo al símbolo de la luz.
        En nuestro año litúrgico hay una celebración cuyo comienzo es en verdad un acto
simbólico de la luz: la Vigilia pascual. El pueblo congregado en la oscuridad, ve cómo nace un
nuevo fuego (esta noche todo es nuevo) y de él se enciende el cirio pascual, símbolo de Cristo.
        El cirio tiene grabadas un “alfa” (A) y una “omega” (O), la primera y última letras del
alfabeto griego, con las que se expresa que Cristo es el principio y el fin de todo, el que abarca
todo el tiempo. El año también queda marcado en este cirio, para indicar que la Pascua es siempre
nueva, siempre eficaz: es en este año cuando Cristo nos quiere hacer partícipes de toda la fuerza
salvadora de su Misterio pascual. Y también hay un último detalle: la cruz grabada en el cirio. El
Misterio pascual supone un doble momento, el paso a través de la muerte hacia la vida. El cirio
pascual iluminará desde esta noche todas las celebraciones de la comunidad cristiana.
La luz a través del año litúrgico
        No es el único momento, a lo largo del año litúrgico, en que la luz aparece como una
categoría simbólica para expresar y celebrar el misterio de Cristo: la fiesta de Navidad y de la
Epifanía cantan la aparición de Cristo Mesías bajo está imagen de la luz, también el dos de
febrero, las velas iluminadas tienen un simbolismo evidente, según las palabras proféticas de
Simeón: ese niño es “luz para alumbrar a las naciones”.
        En el Bautismo encendemos el cirio pascual como recuerdo gráfico de que al ser
bautizados participamos en la Pascua del Señor. También en las exequias se enciende el cirio
pascual. Es un rito que da un tono pascual a este momento culminante de la vida cristiana. Esta
                                                                                                       160
persona que empezó su camino a la luz de Cristo glorioso, lo termina ahora en la misma luz. El
Bautismo lo incorporó a la Pascua y la muerte lo ha introducido definitivamente en la luz sin fin.
        Cuando celebramos la Eucaristía colocamos en el altar, o cerca de él, dos o más velas
encendidas, es una costumbre que parece haber empezado hacia el siglo XI y que de pronto se
generalizó. Tal vez se deriva de otra más antigua: acompañar la entrada del Obispo o del
presidente de la celebración, en la procesión inicial, con candelabros encendidos como signo de
respeto. También ahora si hay esta procesión, se pueden llevar los cirios durante la misma, para
dejarlos sobre el altar o en un lugar cercano. Su significado lo indica la introducción del Misal:
“como expresión de veneración o celebración festiva”. Conviene que sean candelabros sencillos y
hermosos, no demasiado altos, al grado que impidan a los fieles ver fácilmente lo que sobre el
altar se hace o se colocas.
        Después de la celebración, la lámpara encendida ante el Sagrario –otra vez la luz– nos
recordará que Cristo sigue estando ahí, como pan disponible para nosotros. A la vez nos invitará
a una oración adorante ante el Señor resucitado. Naturalmente, también en las celebraciones de
adoración, con las exposiciones de la Eucaristía, se encienden las velas correspondientes: el
Ritual del cultos dice: cuatro o seis de la usuales en la Misa.
        Símbolo tan universal y transparente como el de la luz no puede faltar prácticamente en
ninguna celebración.
        En los primeros siglos, hubo un rito significativo en la hora de las vísperas, que tenía la
luz como centro: el lucernario. Al caer la tarde las comunidades cristianas empezaban su oración
de vísperas encendiendo ritualmente las lámparas: un gesto que pudo ser debido a la necesidad
práctica, pero que muy pronto adquirió un sentido simbólico. La comunidad a la vez que
encendía y “ofrecía” las lámparas o velas, daba gracias a Dios por la luz que nos ha dado Cristo
Jesús.
        El símbolo de la luz en la liturgia nos hace presentes las realidades siguientes:
        a) En la Biblia es a Dios a quien radicalmente se aplica el lenguaje relativo a la luz. Dios
“habita en una luz inaccesible”. “Dios es luz, en Él no hay tiniebla alguna”.
        b) Y cuando hablamos de luz en la liturgia o cuando la hacemos entrar en los símbolos, es
a Cristo a quien nos referimos: “la palabra era la luz que ilumina a todo hombre”, “Yo soy la luz
del mundo: el que me sigue no caminará en oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida”. Palabras
que Jesús proclama precisamente en la fiesta de las tiendas, la fiesta de las luces en el templo de
Jerusalén.
        c) El símbolo de la luz en nuestras celebraciones se refiere en ocasiones a la vida misma
del cristiano, a sus actitudes existenciales, tanto humanas como de fe: La luz en el lenguaje
universal, es un símbolo espontáneo de la vida (dar a luz, ver la luz por vez primera, son
expresiones íntimamente ligadas al nacimiento), de la verdad (caminar a oscuras es siempre
sinónimo de ignorancia y confusión), del amor (mientras dura la llama del amor sigue viva la
relación interpersonal)...
        Las tinieblas, por el contrario, serán siempre indicativas de la soledad, del frío, de la
desorientación del error, de la esclavitud.
        La tarea que un cristiano ha recibido en esta vida no sólo es dejarse iluminar por la luz de
Cristo, sino también la de ser él mismo a su vez, luz para los demás:
        “Ustedes son la luz del mundo... brille así su luz delante de los hombres: ser luz para los
demás, repartir calor, precisamente porque nosotros hemos recibido todo eso de Cristo: de modo
que se puede decir con verdad que los cristianos son “hijos de la luz”, cosa que deben demostrar
sobre todo repartiendo amor: “quien ama a su hermano permanece en la luz”.
                                                                                                       161
        Una lámpara, una vela encendida durante las celebraciones, o en la capilla ante el
sagrario, o en nuestra habitación ante una imagen sagrada, es todo un símbolo de nuestra vida:
suavemente, con humildad pero constantemente, un cirio se va consumiendo a la vez que da calor
y luz. La existencia de un cristiano también está llamada a gastarse por los demás, dando un
testimonio de amor y verdad, o sea, de luz, consumiéndose lentamente con una luz que brota de
dentro, como una ofrenda al Señor.

LENGUAJE DE LAS MANOS
Las manos hablan
        En nuestra vida social todos llegamos a entender el lenguaje simbólico de unas manos que
se tienden para pedir, que amenazan, que mandan, que dirigen, que saludan, que se alzan con el
puño cerrado, que hacen con los dedos la “V” de la victoria, que estrechan en silencio la mano de
la persona amada, que se brindan abiertas al amigo, que ofrecen un regalo, que dibujan en el aire
una despedida. Las manos son como una prolongación de lo más íntimo del ser humano.
Representan una admirable fusión del cuerpo y del espíritu. A veces unidas a la palabra, y otras
veces sin ella, los gestos de una mano pueden expresar, con su lenguaje no verbal e intuitivo, una
idea, un sentimiento, una intención, y lo hacen con elocuencia. El gesto de una mano no sólo
subraya o indica una disposición interior, no sólo es instrumento para que otros conozcan mi
intención, mi sentimiento y mi deseo más íntimo. Es algo integrante de mi expresividad total, con
o sin palabras.
        También en la oración o en la celebración litúrgica, el lenguaje de unas manos que se
elevan al cielo o se tienden al hermano, es el discurso más expresivo que en un momento
determinado podemos pronunciar.
La mano poderosa y amiga de Dios
        Cuando la Biblia quiere simbolizar el poder creador de Dios o sus hazañas salvadoras o su
cercanía de Padre, muchas veces recurre a la metáfora de sus manos. Todo el mundo creado es
“la obra de sus manos”. Y lo es también una serie de intervenciones en la historia de la salvación:
“Yahvé nos sacó de Egipto con mano fuerte...”. Y acerca del Bautista, ya desde su niñez “la
mano del Señor estaba con él”. El poder de esa mano divina pasó a Cristo: “El Padre ama al Hijo
y ha puesto todo en su mano. “El dedo de la diestra de Dios”. Hablar así de la mano de Dios es
expresar que Dios es el que salva, el que da, el que ejerce su poder, el que siempre está cerca para
tender su mano.
Las manos del orante
        También desde nosotros hacia Dios los brazos y las manos pueden expresar muy bien
actitud interior y convertirse en símbolos de la oración.
a) Los brazos abiertos y elevados han sido desde siempre una de las posturas más típicas de la
persona orante. Son el símbolo de un espíritu vuelto hacia arriba, de todo un ser que tiende a
Dios: “toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote”. El orar en esta postura tiene un
tono expresivo no sólo de petición por sí mismo, sino de intercesión por los demás.
b) Las palmas de las manos hacia arriba son la postura que se suele encontrar en muchas
imágenes antiguas del orante. Manos abiertas, que piden, que reconocen su propia pobreza, que
esperan, que muestran su receptividad ante el don de Dios.
c) Las manos unidas por las palmas, o bien con los dedos entrelazados, denotan la actitud de
recogimiento, de la meditación y de la paz. Es el gesto de uno que se concentra en algo, que
interioriza sus sentimientos de fe. La postura de unas manos en paz, no activas, no distraídas en
otros menesteres mientras oran ante Dios.
                                                                                                       162
         Es interesante que, al menos en celebraciones de grupos o en circunstancias especialmente
festivas, las manos de la asamblea también se liberen para utilizar su lenguaje de fe: aplaudiendo,
desplegando antorchas, u otro signo en momentos muy festivos... Hacer gestos bien realizados,
reposados, en sintonía con la riqueza interior de fe: gestos dirigidos a Dios, gestos dirigidos a los
hermanos. No hagamos gestos vados, o simplemente porque así tienen que ser, sino llenos y
auténticos de una expresión interior. La liturgia también pasa por las manos. Unas manos que
dan, que ofrecen, que reciben, que muestran, que piden, que se elevan hacia Dios, que se tienden
al hermano, que trazan la señal de la cruz...
Las manos del presidente
         El que más elocuencia debe tener en sus manos, durante la celebración cristiana, es el
presidente. Su misma actitud corporal y los movimientos de sus brazos y de sus manos pueden
ayudar a todos a entrar mejor en el misterio que se celebra.
         Un presidente, de pie ante la comunidad y ante Dios, con los brazos abiertos y las manos
elevadas, proclamando la plegaria común, ofreciendo, invocando; un presidente que saluda con
sus manos y sus palabras a la comunidad reunida, que la bendice, que le da la Eucaristía; es él
mismo un signo viviente, que a la vez representa a Cristo y es punto de unión y comunicación de
toda la comunidad celebrante.
         Muchos de sus gestos no le pertenecen, no son simplemente expresiones de sus
sentimientos en ese momento, sino que están de alguna manera ritualizados, porque son signo de
un misterio –tanto descendente como ascendente– que le pertenece a toda la Iglesia. El presidente
da al rito un sentido vital, haciéndolo con elegancia, con pausa, expresividad y convicción.

                                                 M
MOVERSE
        ¿Qué formas hay de movernos litúrgicamente? Caminar, ir en procesión, desplazarse de
un lugar a otro, moverse, danzar... El caminar puede ser un símbolo expresivo de nuestra fe:
indica disponibilidad, decisión, búsqueda. Puede ser la imagen de un cristiano o, mejor, de una
comunidad que peregrina, que avanza hacia una meta importante de su fe, que sale de una
situación y quiere llegar a otra.
        Nuestra liturgia es acción, y por lo tanto pide un lenguaje más total, en el que se
conjuguen armónicamente la palabra, el canto, el gesto y también el movimiento, incluido el
movimiento rítmico y musical de la danza, que pertenece con más espontaneidad al lenguaje de la
liturgia.
La procesión (caminar con otros)
        El caminar con otros puede manifestar la voluntad común de avanzar hacia una meta.
También socialmente éste es un lenguaje cuya vigencia y expresividad vemos cada día:
manifestaciones, marchas de protesta, desfiles festivos... Naturalmente aquí nos referimos a unas
procesiones de sentido religioso: un grupo más o menos numeroso de cristianos, que caminan
unos junto a otros, de un lugar a otro, con una intención de fe. Algunas procesiones se desarrollan
fuera de la iglesia, en espacios abiertos, por las calles de la ciudad, como las procesiones de
Semana Santa, en las que el pueblo cristiano acompaña a Cristo y a su Madre en el Viacrucis, con
un tono profundo de fe pascual.
        En la procesión del Corpus se honra públicamente a Cristo en su Misterio eucarístico,
dando testimonio social de la propia fe.
        Las procesiones que acompañan las imágenes de la Virgen o de algún santo se realizan
como signo de culto y veneración que por ellos se siente. En las plegarias se invoca la ayuda de
Dios ante situaciones más o menos difíciles...
                                                                                                        163
        Éstas y otras muchas procesiones –basta recordar las de la Virgen de Guadalupe–
constituyen una vivencia de fe en la eficacia divina, una fe que es muy fácil de comprender.
En el año litúrgico
        A lo largo del año hay varias ocasiones en que se nos invita a caminar en pro-cesión
dentro de la celebración, con sentidos diferente: El 2 de febrero, con el símbolo de la luz, al
encuentro de Cristo en el templo. El Viernes Santo, para adorar la cruz. En la Vigilia pascual,
entramos desde fuera de la Iglesia, desde la oscuridad de la luz, acompañando al cirio pascual,
etc. El Domingo de Ramos es, tal vez, la muestra más evidente del gesto dinámico de una
procesión comunitaria.
En la Eucaristía
        Hay varios momentos en que todos o algunos de los protagonistas de la acción se mueven
caminando, con evidente sentido simbólico, Entramos en la Iglesia, al principio, con un
desplazamiento que podemos llamar radical, dirigiéndonos cada uno desde su punto de origen al
lugar de la comunidad: movimiento de convocatoria eclesial. Y todos salimos al final, cada uno a
sus ocupaciones, con una dispersión que tiene mucho de misión. En medio de estos dos
desplazamientos se encuentran cuatro procesiones menores con su significado propio:
        1) El presidente con los ministros avanza hacia el altar mientras la comunidad entona el
canto de entrada. Pueden llevarse cirios, la cruz, el libro de la Palabra de Dios y en las ocasiones
más solemnes, también el incienso. Con el gesto se pretende subrayar que el presidente es el
signo visible de Cristo y al que ahora recibimos con honor, y que en este momento se constituye
la comunidad para celebrar la Eucaristía. El Directorio de la Misa con niños: dice: “La entrada
procesional de los niños con el sacramento puede ayudar a que se entienda mejor que en este
momento se constituye la comunidad”.
        2) La procesión antes del Evangelio: “El que va a proclamar la Palabra evangélica avanza,
acompañado, si parece oportuno, de otros ayudantes que portan cirios e incienso; él lleva el libro
sagrado en la mano, hacia el ambón. Así se expresa más claramente la presencia de Cristo, que
anuncia la Palabra a su pueblo”.
        3) La procesión con los dones del altar: El que algunos fieles lleven procesionalmente los
dones al altar, y que el presidente y sus ayudantes los reciban al pie del presbiterio mientras se
canta o se expresa la intención de la ofrenda, puede resaltar plásticamente nuestra aportación al
Sacrificio eucarístico: el pan y el vino, las flores y otros elementos simbólicos, todo ello como
signo y ofrenda de nuestra propia vida. También la colecta económica, en ayuda de las
necesidades de la Iglesia y de los pobres.
        4) y finalmente, la procesión a la comunión, en que la comunidad acude ordenadamente,
mientras canta, a la mesa donde el Señor nos invita a participar del banquete de su Cuerpo y
Sangre. Se pone de manifiesto que el momento tiene una dimensión de fraternidad, ya que
avanzamos juntos al encuentro del Señor.
En los sacramentos
También en las celebraciones sacramentales ponemos en funcionamiento la pedagogía del
camino.
        En el Bautismo, se realiza el desplazamiento en grupo desde la puerta de la Iglesia hacia
el lugar de la Palabra, luego al baptisterio, y finalmente en torno del altar. Todos éstos son
movimientos que indican el itinerario simbólico de este misterio bautismal.
        En las profesiones religiosas y en las ordenaciones, además de la entrada solemne de los
protagonistas junto con el presidente y sus ministros, hay otro momento significativo: cuando los
candidatos dan un paso al frente, al ser llamados, y se acercan al Obispo o a su superior para el
momento central de la celebración.
                                                                                                       164
        En las exequias tiene particular sentido que el difunto sea llevado –ahora, generalmente en
auto– desde su casa hasta la Iglesia; éste es un modo expresivo de realizar el último viaje,
pasando por la Iglesia, símbolo de su camino cristiano desde el Bautismo, para llegar finalmente
al cementerio.
        En la procesión de la confirmación ante el obispo para recibir el sacramento, y en el
matrimonio con la marcha nupcial, también encontramos el signo de nuestra disposición interior.
Iglesia en marcha
        La vida cristiana es seguir a Jesús, hacer camino. Los primeros cristianos identificaron
con frecuencia la fe con el camino. Pablo hablaba de la carrera de un cristiano. Es la expresión
simbólica de un pueblo que persigue una meta y para ello se pone en camino.
        Caminan en unión, unos con otros en fraternidad, subrayando así el carácter comunitario
de su trayectoria. Con una intención: no es un paseo, es un avanzar significativo, con gran
variedad de matices, según la clase de marcha. Hacia una meta, que puede ser un santuario, una
Iglesia, el altar para la comunión: siempre un lugar simbólico del misterio cristiano.
        Actualmente disponemos de cantos que nos hablan de este caminar: Camina, Pueblo de
Dios; Somos un pueblo que camina, etc. Es una expresión de que viajamos con esperanza, con los
pies en el aquí y ahora, convencidos de la presencia de Cristo en medio de nosotros, compañero
de Camino, porque Él es Camino.
Peregrinación
        Peregrinar es algo más que caminar o viajar. Es trasladarse a una meta religiosa: un
santuario, un lugar “santo” con una intención religiosa simbólica.
        Desde las peregrinaciones del Antiguo Testamento entendemos fácilmente la carga
religiosa de este gesto: Abraham, que se traslada desde su patria hacia Canaán; Elías, que camina
por el desierto al momento del encuentro con Yahvé; el pueblo de Israel que emprende la gran
marcha desde la esclavitud hasta la tierra prometida y luego realiza cada año su peregrinación
hacia Jerusalén... todos ellos iban en busca de Dios.
        El mismo Jesús aparece como un caminante incansable. Con sus padres había conocido la
caminata de Belén a Egipto. Había peregrinado a Jerusalén al cumplir los doce años.
Principalmente en el Evangelio de Lucas, todo su programa parece reflejado en la clave de
peregrinación: su marcha, su “subida a Jerusalén”.
        Peregrinar es expresión de un pueblo en marcha, de metas soñadas y de propósitos
decididos. Los cristianos, como tantos creyentes de otras religiones, han entendido desde muy
antiguo, el valor de una peregrinación y han viajado con intención penitencial o de súplica a
Jerusalén, a Roma, y aquí en México, es obvio que vienen a la Basílica de nuestra Madre y Reina,
santa María de Guadalupe, también a san Juan de los Lagos, a Ocotlán, a Chalma, etc.
        Juan Pablo II, peregrino decidido, dijo que el estilo peregrinante es algo profundamente
enraizado en la visión cristiana de la vida y de la Iglesia.
        En verdad, el peregrino experimenta con frecuencia una evolución interior: sale de su
ritmo habitual, se toma tiempo, sufre las incomodidades del camino, rompe con algo, se abre a
horizontes nuevos, se reencuentra consigo mismo –de ser posible, ayudado por celebraciones de
oración, penitencia y Eucaristía– y orienta su vida hacia los valores que busca en la meta
propuesta. Todo ello es verdadera experiencia de fe.
        Danza y ritmo Una de las formas expresivas más antiguas y universales de los
sentimientos religiosos es la danza. Ella expresa la alegría, la fiesta, el homenaje, los valores de
un misterio... En la danza el espíritu y el cuerpo llegan a una unidad admirable.
        Gregorio Nacianceno distinguía: “el baile de David, sí”, o sea: la danza en homenaje a
Dios. Pero la danza que tiene connotaciones de erotismo: “el baile de Salomé, no”.
                                                                                                       165
        En ciertos ambientes, como en el atrio de la Basílica de Guadalupe, se expresan
sentimientos de verdadera fe. Y así también se demuestra en muchos de los intentos que se están
haciendo para enriquecer la oración cristiana con la expresión corporal y el ritmo.
        La danza puede ser vehículo de nuestros sentimientos ante el Señor y de nuestra
fraternidad festiva. “Bailar para Dios” o ante la imagen de la Virgen, escenificar un Padre
Nuestro o una parábola, acompañar con palmas un canto rítmico –hay cantos que piden
movimiento y ritmo– puede darse sobre todo en grupos juveniles, o de niños, con lo que se logra
una expresión de fe más rica.
        No se trata de buscar artificialmente expresiones de movimiento si no van a tener un clima
de celebración cristiana o no se adaptan a la sensibilidad del grupo. Pero cuando en un ambiente
nacen con relativa espontaneidad y sentido pastoral, hay que realizarlas.
        El sentido de la danza es el de celebrar desde la totalidad de nuestro ser. Nuestro cuerpo
no sólo oye, también ve y hace gestos; de igual forma tiende a moverse y a caminar, más o menos
con ritmo, expresando la alegría, la comunión y la fiesta.
        Tenemos también para nosotros la invitación del salmista: “Alaben su nombre con danzas,
cántenle con tambores y cítaras”. Deberíamos hacer nuestra la recomendación que el Directorio
para las Misas con niños hace: “Entre las acciones que se entienden como gestos, merecen
especial mención las procesiones y otras acciones que llevan consigo la participación del
cuerpo”. O la más radical de san Pablo: “Glorifiquen a Dios con su cuerpo”.

                                                  O
OBJETOS LITÚRGICOS
El cáliz
        Los primeros cristianos celebraban la Cena del Señor con una vajilla ordinaria. El cáliz
era un vaso de metal, piedra o madera, pero más ordinariamente de vidrio. Después de la paz de
Constantino hubo oportunidad de hacerlos cada vez más preciosos. Los cálices primitivos eran
ordinariamente unas copas amplias y generalmente con asas.
        Antes del Vaticano II el cáliz y la patena eran consagrados por el Obispo y en casos
especiales por un presbítero. Actualmente son bendecidos por el Obispo o por un presbítero. La
intención que se tiene al efectuar esta bendición especial, es la de destinar algunos objetos
únicamente para el uso de la Misa. Y es muy conveniente que dicha bendición sea realizada en la
Eucaristía.
        Dicho cáliz destinado para recibir la Sangre del Señor, debe tener la copa hecha de un
material que no absorba los líquidos. El pie puede hacerse de otros materiales sólidos y dignos. El
dorado que recubre el material se prescribe únicamente para evitar la oxidación, tiene una
actividad funcional, no de riqueza. La instrucción Eucharisticum Mysterium, habla de un vaso
especial para transportar la Sangre del Señor a los enfermos.
        El cáliz se debe cubrir con la palia sólo si hay verdadera necesidad funcional o higiénica.
Lo mejor será que la palia desaparezca del uso.
La patena
        Es el plato primitivo para contener el pan. Normalmente hace juego en material y estilo
con el cáliz. La patena debe ser grande, para que en ella entre el pan del celebrante y el de los
comulgantes, pues es sumamente conveniente que todos comulguen del pan consagrado en la
misma Misa a la que asisten. Ya no se precisa una patena para el sacerdote y un copón para los
fieles.
        Hoy vuelve a tener las características primitivas: un plato más o menos profundo para
contener todas las hostias de la celebración. Siempre dada su finalidad y significación, debe estar
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hecha de una materia sólida, noble e irrompible. En cuanto a su forma y estilo, debe ser
verdaderamente bella y práctica.
El copón
        Su origen es la cajita cilíndrica generalmente llamada píxide, hecha de metal, marfil, etc.,
donde se guardaba la santa reserva para llevarla a los enfermos. Esta píxide lleva a veces una tapa
cónica; por esto se la llama también “torre” (de ahí “turris eburnea”). Luego se le puso un pie y
como era una copa grande, tomó el nombre de copón.
        Por lo que toca a la forma de los vasos sagrados, corresponde al artista crearlos, según la
forma que mejor responda a las costumbres de cada región, siempre que cada vaso sea adecuado
para el uso litúrgico a que se destina. La norma anterior vale para no poner el pan en una copa
(copón). Las copas, en efecto, no se destinan nunca a los alimentos sólidos.
La custodia
        Como indica su nombre, la custodia es algo que sirve de guarda, protección y defensa de
lo que se considera de valor.
        Las custodias empezaron a idearse sobre todo a partir del siglo XIII, cuando se desarrolló
el culto a la Eucaristía, en torno de la fiesta del Corpus. A veces se pensaron en forma de
templete, para llevar al Señor Eucarístico en las procesiones. Se conservan algunas custodias de
este género de gran valor, verdaderos prodigios de la orfebrería religiosa.
        Las primeras custodias desde finales de la Edad Media tenían formas de torre. En el
barroco se hace popular la forma de sol.
        Se usa para exponer el Santísimo a la adoración, o para alguna procesión, especialmente
la de Corpus Christi. Es una pieza grande a manera de sol, como anteriormente se anotó; o de
otras formas variadas y hermosas que hoy existan. Puede ser dorada o de cualquier material
según las regiones: marfil, madera, etc., con tal de que sirvan para el uso sagrado.
        Donde se coloca la hostia se llama viril, y es de cristal cóncavo, con anillo de metal,
siempre debe estar limpia y brillante.
        La custodia conviene bendecirla. En el Bendicional de 1986 se ofrecen los textos
adecuados.

OJOS QUE MIRAN
        En la celebración litúrgica, como en la vida, los ojos juegan un papel muy importante. El
hecho mismo de mirar, de dirigir los ojos hacia un lugar, hacia una persona o una cosa, puede
tener significado y una fuerza comunicativa que añade profundidad a nuestra celebración
cristiana.
        La vista es uno de los modos más válidos de nuestra percepción de la realidad y del
acercamiento a las personas o las cosas. Los ojos son en verdad la ventana de la persona, puerta
de acceso a la intimidad, que nos permite la toma de posesión del mundo que nos rodea.
        Con la mirada nos comunicamos antes que con la voz. Por ella, lo que está lejano se hace
inmediato, se hace nuestro, entra en nosotros. Es como nuestro aparato fotográfico para recibir
imágenes y mensajes.
        Y a la vez es también nuestro modo más radical de expresión. Nuestros ojos son como el
espejo de nuestros sentimientos y emociones: afecto, enfado, resentimiento e indiferencia. Mirar
o no mirar, mirar con interés o con frialdad, son un termómetro de nuestra presencia espiritual, de
nuestra atención a las personas y a los acontecimientos, o de nuestra rutina e indiferencia. Mirada
de niño, mirada de poeta, y también mirada de fe y de oración.
Los ojos de Jesús
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        La fuerza de mirada de Jesús es uno de los aspectos que más parece haber impresionado a
sus discípulos. Los evangelios hablan con frecuencia de cómo veía él las cosas, de cómo miraba:
Jesús miraba a la muchedumbre, se fijaba en la moneda del tributo, observaba cómo echaba su
limosna la mujer pobre, dirigía sus ojos a los apóstoles, miraba fijamente al joven que quería
seguirlo, escrutaba las intenciones de sus enemigos, les dirigía una mirada llena de enfado, “ellos
callaban y él, mirándolos con ira, apenado...”, miraba a Zaqueo y apreciaba su buena voluntad...
        Parece como si Jesús pasara su vida viendo, mirando, observando, con una infinita
capacidad de admiración y profundidad en su mirada. Pero sobre todo los evangelistas se
acuerdan de sus ojos en los momentos de oración: “Tomó los cinco panes y los dos peces, y
levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición”. Incluso en uno de nuestros cantos actuales,
se dice: Tú me has mirado a los ojos.
En la liturgia
        La última reforma ha favorecido la visibilidad en toda la celebración, sobre todo con el
altar de cara al pueblo y la disposición del ambón y la sede. Pero todavía hay que hacer mucho
para que la comunicación visual llegue a funcionar como conviene.
        La mirada de fe viene ayudada y sostenida por la mirada humana: dirigir los ojos hacia el
altar, hacia el pan y el vino, o al que está proclamando la Palabra de Dios, mientras nos
disponemos en una situación de cercanía y de atención.
        La liturgia no es espectáculo en el que los presentes se contenten con ver, o con mirar lo
que otros hacen: la comunidad también ora, canta, escucha, es invitada a moverse, a acudir a la
comida eucarística; el hecho de cuidar lo visual significa sencillamente que la celebración en su
conjunto, que no es ajena a nosotros y que no estamos recluidos en nuestra interioridad, sino que
estamos cercanos a todo lo que se hace.
        En la liturgia también pedimos a Dios que nos mire: “Dirige su mirada sobre la ofrenda de
tu Iglesia”. Casi todas las veces que aparece el verbo mirar (respicere) en las oraciones del Misal,
es una súplica para que Dios nos mire, con todo lo que eso significa de cercanía y de gracia.
La mirada del presidente
        El presidente tiene un cometido particular en la celebración. Y el ministro es el que más
debe cuidar su comunicación visual con la comunidad. Por lo tanto, entre otros muchos aspectos
de su actuación, debe ver y ser visto. A veces él mismo favorece a que la asamblea celebrante vea
bien y pueda mirar la acción.
        El presidente muestra con gesto claro lo que en un determinado momento es el centro de
la atención de todos: el pan y el vino, ya en el ofertorio; pero sobre todo en el relato de la
consagración, en la alabanza final de las Plegarias eucarísticas y en el momento de la comunión.
Hace con expresividad los gestos y las acciones simbólicas: la invocación del Espíritu Santo
sobre los dones eucarísticos –con las manos extendidas–, la fracción del pan, la elevación de sus
brazos en la oración...
        Pero también él es el que mira más, el que más atento se muestra a lo que él mismo hace o
muestra, o a lo que en la dinámica de la acción sucede con importancia.
        La mirada del presidente puede ser uno de los signos de su actitud interior hacia lo que
celebra y a la comunidad a la que preside; un presidente está atento, presente, no distraído ni
ausente, no ensimismado en sus pensamientos o en sus papeles. No se trata de que se exhiba, pero
tampoco de que se inhiba de lo que se acontece. Su mirada debe estar en sintonía, mostrar aprecio
a las personas y a las acciones. Ciertamente no ha de mostrar una mirada de curiosidad, de
control, o de superficialidad. En su mirada se ha de reflejar su papel de celebrante activo y, sobre
todo, de presidente de una comunidad.
                                                  P
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PARTIR EL PAN
         La cena judía, sobre todo la pascual, comenzaba con un pequeño rito: el padre de familia
partía el pan para luego repartirlo a todos, mientras pronunciaba una oración de bendición a Dios.
         Este gesto expresaba la gratitud hacia Dios y el sentido familiar de solidaridad en el
mismo pan.
         Todavía muchos de nosotros sabemos cómo en nuestras familias el momento de partir el
pan al principio de la comida se considera como un pequeño, pero significativo rito. Como el que
se hace solemnemente cuando los novios parten el pastel de bodas y lo reparten entre los
comensales que los acompañan.
         Cristo también lo hizo en su última cena. Ninguno de los relatos se olvida de decirlo:
“tomo el pan, dijo la bendición, lo partió y se los dio. Naturalmente que desde entonces en la
Eucaristía, antes de comulgar, siempre se hace esta fracción del pan.
El Cuerpo de Cristo, partido y entregado
         La fracción del pan puede tener un sentido de referencia a la pasión de Cristo. El pan que
vamos a recibir es el Cuerpo de Cristo entregado a la muerte, el cuerpo roto hasta la última
donación en la cruz. Este sentido es el que le han dado sobre todas las liturgias orientales, se lee
en sus textos: “mi cuerpo, roto” (klomenon). Y su sangre, derramada hasta la última gota. Con el
Papa Sergio I, ya desde el siglo VII, se introdujo un canto de acompañamiento para el momento
en que el sacerdote partía el pan: el canto del “Cordero de Dios”.
         Signo de unidad fraterna En el actual Misal se explica cuál es su simbolismo: “Por la
fracción de un solo pan se manifiesta la unidad de los fieles”. Se manifestará mejor la fuerza y la
importancia del signo de la unidad de todos en un solo pan y de la caridad, por el hecho de que un
solo pan se distribuye entre hermanos. “Porque aún sien do muchos (somos un solo pan y un solo
cuerpo), pues todos participamos de este mismo pan”.
         “Como este pan estaba disperso por los montes y reunido se hizo uno, así sea reunida tu
Iglesia de los confines de la tierra en tu reino”. El gesto de la fracción del pan era el que servía en
los tiempos apostólicos para denominar la misma Eucaristía.
         Uno puede tener aquí la impresión de que se trata de un gesto demasiado breve y sencillo
como para sacarle tanto sentido espiritual. Pero si se hace bien, sin duda expresará
pedagógicamente un aspecto importante de nuestra Eucaristía, a saber: el signo de la unidad y de
la caridad en el momento en que todos acudimos a recibir el Cuerpo de Cristo. También hay que
cristalizar lo que dice el nuevo Misal: “la comunión tiene una expresión más plena por razón del
signo cuando se hace bajo las dos especies”.
         “Es cierto que (Jesús) hizo arder sus corazones, pero el gesto definitivo para que pudieran
reconocerlo vivo y resucitado de entre los muertos fue el signo concreto de partir el pan”.

PAZ (SALUDO)
       Una de las novedades más interesantes de la última reforma de la Eucaristía ha sido el
saludo de paz, con el que se prepara inmediatamente a la comunión.
       Los primeros cristianos se daban en la celebración el famoso beso de paz del que habla
san Pablo varias veces. Se hacia antes de empezar la Plegaria eucarística, siguiendo la
advertencia de Cristo cuando nos dice que antes de presentar nuestra ofrenda en el altar, debemos
reconciliarnos con el hermano. En tiempos de san Gregorio Magno el rito evolucionó y se
convirtió en un gesto de preparación inmediata a la comunión. Al gesto le sigue la invitación del
presidente: “Dense fraternalmente la paz”, y la asamblea realiza el saludo de paz.
       Dentro de esa dinámica. En la actual reforma se ha colocado el gesto de la paz
inmediatamente después del Padre Nuestro, como un eco del mismo o como señal de obediencia
                                                                                                          169
a su espíritu. Todo este conjunto nos va educando poco a poco a todos, porque no podemos ir a
comulgar con Cristo sin estar en comunión con el hermano. No podemos decir “amén” al Cuerpo
Eucarístico de Cristo, si no estamos dispuestos a decirlo también a su cuerpo eclesial.
        Éste es precisamente, el sentido que tiene en la Eucaristía el que nos demos mutuamente
la paz antes de comulgar.
        a) Se trata de la paz de Cristo: “mi paz les dejo, mi paz les doy”, el saludo y el don del
Señor que comunica a los suyos en la Eucaristía. No es una paz meramente psicológica o
humana, sino un don de Cristo resucitado.
        b) La paz es un gesto de fraternidad cristiana y eucarística. Un saludo que nos hacemos
unos a otros antes de atrevernos a acudir a la comunión: para recibir a Cristo debemos sentirnos
hermanos y aceptarnos los unos a los otros.
        e) El fruto principal de la Eucaristía es la actitud de fraternidad en Cristo, fraternidad que
nos une verdaderamente por encima de gustos, amistades e intereses; aun siendo muchos, somos
un solo pan y un solo cuerpo, ya que participamos de un mismo pan. La Eucaristía va
construyendo la fraternidad, éste es su alimento y su fermento.
        d) Es una paz universal: sea quien sea el que está a nuestro lado –un anciano, un niño, un
amigo, un desconocido– ofrecemos nuestra mano tendida y nuestra sonrisa, ya que esto es un
símbolo de cómo entendemos la paz de Cristo. Superando la barrera del grupo de amigos nos
hacemos más Universales y aprendemos la gran lección de Cristo, que se entrega a todos por
igual.
        e) Pero es una paz en construcción, nunca del todo conseguida, estará encaminada no
tanto a rubricar una paz que ya existe, sino a un programa, un compromiso, una tarea; así
expresamos nuestro deseo de trabajar por una fraternidad creciente.
Modo concreto de ejecutar el gesto
        El Misal no obliga a que en cada Eucaristía se realice el saludo de la paz, pues dice: “Si se
juzga oportuno”. Y también deja libre el modo de darse la paz: “según la costumbre de cada lugar
se manifiestan mutuamente la paz y la caridad”, y deja las Conferencias Episcopales que
establezcan “el modo más conveniente según las costumbres y el carácter de cada pueblo”.
Depende de la sensibilidad de cada pueblo el que signifiquemos la paz de un modo u otro: darse
la mano (gesto discreto, fácil, expresivo), darse un beso o un abrazo, inclinar la cabeza sonriendo,
etc. Por otro lado, no hace falta dar la paz a todos. El lenguaje de los símbolos no gana
agotándolo hasta el extremo, basta que demos el saludo a los más cercanos.

POSTURAS Y ACTITUDES DEL PRESIDENTE
        La actuación del presidente es uno de los factores que más influyen en el clima de una
celebración litúrgica. Él actúa delante de toda la comunidad, tratando de seguir, como todo el que
dirige y anima una asamblea, las normas de comunicación y en sintonía con ella. Es el signo
visible de Cristo.
        Esta sensibilidad presidencial tiene muchas manifestaciones prácticas, por ejemplo la voz.
        Hay veces que el sacerdote actúa como presidente, como en la Plegaria eucarística o en la
oración sobre las ofrendas o en la oración post-comunión. Su voz, en estas ocasiones, debe ser
pausada, clara, fácil de escuchar y comunicativa. O sea: la voz de uno que habla delante de una
comunidad en sintonía con ella.
        En otras ocasiones más secundarias, la voz del presidente no tiene por qué ser tan
solemne, por ejemplo cuando en el ofertorio presenta el pan y el vino.
        Y hay otros momentos más personales y devocionales, como la preparación al Evangelio
o a la comunión, que dice, no en voz baja ni alta, sino “en secreto”, como manda la Introducción
                                                                                                         170
al Misal. A veces sucede que un sacerdote lee el Evangelio con voz monótona, sin relieve ni
expresión, rápida y “funcional”. Y empieza a continuación “su” homilía, en la que cambia de
tono: en este momento se entiende todo y su voz se ha vuelto expresiva y cálida. Y tendría que
ser al revés: su mejor voz la debe usar para la proclamación del Evangelio.
         Hay otros aspectos de la actuación presidencial que influyen notoriamente en el clima de
sintonía y participación: sus gestos y posturas. No es indiferente que el presidente esté sentado o
de pie, que se mueva de una manera o de otra, que mire o no a la asamblea, que haga unos gestos
u otros, que presida vestido litúrgicamente o no.
         La expresión corporal puede ser todo un discurso. A lo mejor los asistentes, como por
ejemplo los niños, no comprenden alguna frase, pero lo que sí comprenden es la actitud, saben
intuitivamente por la cara o modo de estar del presidente, si ellos mismos están dirigiendo la
palabra a alguien vivo y presente o si repiten fórmulas ya estructuradas. Con unos gestos
sencillos y serenos, con una postura digna, se puede expresar el gusto por lo que se celebra. Los
gestos del que preside una Celebración eucarística deben trasparentar en todo momento
sinceridad y autenticidad, manifestar sin afectación pero con claridad, en su modo de actuar, el
respeto que merece la Eucaristía: en la serena dignidad con que la distribuye, en el diálogo con
cada fiel...
         Todo esto es una invitación urgente para que el sacerdote que preside cuide su actitud
interior, pero también su expresión corporal, con posturas dignas, no arrogantes, ni tímidas,
desmayadas o descuidadas; sino con gestos estéticos y serenos que expresen nítidamente que se
está orando, no diciendo oraciones.
         Es toda una sensibilidad presidencial en la que entra también su cuerpo, sus brazos, su
mirada, sus manos. La ley de la celebración consiste en que los signos y posturas, sobre todo del
que preside, sean la manifestación de la actitud profunda que envuelve a la comunidad cristiana.

PRESIDIR LA ASAMBLEA
Concepto de presidir
        Toda la asamblea está llamada a celebrar y animar la fiesta litúrgica. Uno solo está
llamado a presidir. El término presidir (prae-sedere) significa estar sentado adelante, señala que
es una referencia de autoridad en el grupo, y el estar sentado significa que es alguien que hace
que otros hagan, reservándose para sí sólo lo fundamental. Es el servidor de la comunidad y
cuenta con la colaboración de diversos ministros.
        Cuando se trata de laicos, el Directorio no habla de “presidente”, sino de “moderador”.
Este término es interesante desde el punto de vista del alcance de la función, puesto que
corresponde a la idea de conducir la celebración velando para el justo equilibrio de los elementos
y de los papeles de cada uno.
        En la mayor parte de estos casos, está previsto que el laico moderador recitará las
oraciones y hará los ritos previstos por los libros litúrgicos. Ejerce, pues, “una cierta forma de
presidencia”, que debe inspirarse en el sentido, en la dimensión simbólica y en las leyes de la
liturgia. Se basa en la delegación recibida a este efecto y, más radicalmente, en la responsabilidad
que es propia a todo bautizado y que se enraíza en el “sacerdocio común de los fieles”.
        El hecho de que un laico sea llamado a dirigir una asamblea litúrgica puede presentarse,
según el derecho y las disposiciones episcopales, en casos limites tales como las asambleas
dominicales, la celebración de un matrimonio, o las exequias, pero también, más habitualmente,
para la liturgia de las horas, ciertas bendiciones, vigilias, diversas celebraciones de grupos, por
ejemplo: con niños o jóvenes.
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         Se procurará, pues, por una parte, no engendrar confusión. El laico animador evitará
ocupar la sede de la presidencia o actuar en el altar como lo hace el sacerdote: reemplazará los
ritos que son propios de los ministros ordenados (salutación, bendición de la asamblea) por otras
formas que no impliquen una directa visión ministerial.
         Todo lo dicho se realiza en la celebración litúrgica. La asamblea se constituye como tal
por la presencia del presidente que representa a Cristo –Cabeza que une a los suyos–, formando
con ellos en y por el Espíritu Santo, un solo cuerpo para gloria de Dios Padre y vida del mundo.
Su misión básica es asegurar que toda la asamblea debidamente animada, celebre la liturgia.
         El Misal Romanos define la función del sacerdote en la Eucaristía: “Haciendo las veces de
Cristo, presiden la asamblea congregada...” El sacerdote es un miembro de la asamblea, cuyo
servicio consiste en significar la presencia de Cristo, “lo representa, identificándose, en la medida
de lo posible con aquel cuyo lugar ocupa simbólicamente”. Pero sigue siendo él mismo. Conserva
toda su humildad, con sus cualidades, sus carismas, su facultad de estar cerca de la asamblea... y
con sus limitaciones. En resumen presidir la oración equivale a dar el tono de interioridad,
alabanza, adoración, contemplación, meditación, etc.
         No es posible tener una buena celebración sin respetarse los unos a los otros y sin un
mínimo de acuerdo en la preparación litúrgica. “Yo soy Obispo para ustedes, soy cristiano con
ustedes” (san Agustín). El sacerdote hace que los fieles oren, que al proclamar la Palabra la
escuchen atentamente y ofrezcan la Eucaristía; pero hay una realidad mayor que nos interpela, ya
que somos bautizados: la fe, la fraternidad y la unidad que se expresa en fa oración, el canto, la
escucha, el ofrecimiento y la comunión. En ocasiones resulta que en el rito penitencial, el
sacerdote no se siente aludido. Todos escuchan la Palabra y él entretanto da recados. Cuando
quiere hacer bien todas las cosas, no debe irritarse fácilmente por las faltas de los demás; por
ejemplo: el organista ha cronometrado mal su pieza y el sacerdote lo mira hosca mente, con lo
cual comunica a la asamblea su irritación y su nerviosismo.
Estar presente
         El presidente debe, en primer lugar, estar presente. Esto no implica sólo que no tiene el
derecho de ausentarse (ni incluso durante la homilía, si ha sido confiada a otro que no sea él),
sino que, por su presencia, no solamente activa sino también interior, atenta y respetuosa, hará
tomar conciencia a todos los participantes que la celebración, en todos sus detalles, es algo
grande e importante. A través de la persona del presidente, es la presencia de Cristo la que es
significada en la Iglesia en oración.
Abrir y cerrar
         Corresponde al presidente abrir y concluir los ritos de la liturgia, bien en su totalidad
(primera salutación, bendición final), bien, si hay ocasión para ello, para cada uno de los
conjuntos de los que se compone esta totalidad (por ejemplo, los ritos de apertura, la Oración
universal, el diálogo que abre la Plegaria eucarística, la monición que invita al Padre Nuestro,
etc.). Abrir, concluir... En muchos casos, esto es suficiente para asegurar la presidencia, puesto
que muchos ritos deben ser enteramente confiados a la asamblea o a otros ministros.
         La presidencia que perdura a lo largo de toda la celebración, alcanza mayor expresión en
las intervenciones específicamente presidenciales. La más calificada sin duda, es la Oración
eucarística.
         Para que la liturgia eucarística sea debidamente “celebrada, animada y presidida” se
necesitan las actitudes siguientes:
a) Actitud de experiencia
         Para que se dé celebración, animación, y así el culto y la acción alcancen el clima de
fiesta, se requiere que la celebración sea una experiencia.
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        La celebración litúrgica requiere participantes capaces de tener una experiencia
importante, personas capaces de exponerse dejando la seguridad de lo establecido, la seguridad
de lo normativo o, mejor, que sean capaces de recrear continuamente lo establecido y lo
normativo. Sólo cuando el presidente y la asamblea están dispuestos a salir de sí, a correr el
peligro de abrirse a otros, de compartir la interioridad, la liturgia se convierte en experiencia, en
“fiesta celebrada, animada y efectivamente presidida”.
b) Actitud testimonial
        Lo anterior nos introduce en esta segunda actitud que queremos destacar. La experiencia
se refleja y se hace testimonio. La participación de la experiencia contagia, va creando un clima
que termina por arrastrar a los fieles, también a los posibles aguafiestas que hayan ido a la
celebración simplemente por cumplir. Aquí se trata de subrayar especialmente la fuerza que
tienen, no tanto las palabras, como las señales no verbales que se transmiten en una celebración.
La actitud del que preside ha de reflejar su vida interior, sus servicios apostólicos y su amor a
Cristo.
c) El estilo de la presidencia
        Hablar de “presidencia” es indicar el carácter relativo del ministro de la celebración ante
una comunidad con la que está comprometido e interesado vitalmente. Presidir es tomar la
responsabilidad global de una celebración en comunión con la asamblea, que se comprometerá
más como asamblea cuando más se comprometa el sacerdote como presidente.
        Una presidencia absolutista congela la vida de la comunidad. Cuando el presidente tiene
una postura autoritaria, se generan actitudes de resignación, tristeza, agresividad y resistencia.
        Cuando el que preside no toma su responsabilidad en la celebración a conciencia, ya sea
por temor a que la celebración resulte muy cansada para la asamblea, o por el propio tedio, el
ánimo y la disponibilidad se enfrían; los que estaban preparados para experimentar una relación
intensa con Dios y con la comunidad, se desaniman y se favorecen las actitudes de cumplir con la
asistencia por puro trámite.
        La presidencia en la Iglesia hay que tomarla como un servicio, en el que se unifican las
fuerzas de todos. El presidente liturgo debe ser un líder con capacidad de relación, de sumar
individualidades, de dar vida; solamente así los fieles tendrán conciencia de que son escuchados,
de que sus iniciativas se tienen en cuenta en lo que valen.
Presidencia y participación
        Lo más importante en la celebración es la actitud interior orante y expresiva de
Identificación con el misterio que se va a celebrar y con la función que se va a ejercer. No es
posible ayudar a los fieles a orar, si en los ministros no hay un clima de recogimiento desde la
antesala, que es la sacristía, o hasta el momento de la celebración con toda la asamblea. El rito de
la celebración para todos, pero muy especialmente para los ministros, debe empezar por lo menos
diez minutos antes del rito de entrada en el templo.
        Para el recto ejercicio de la función presidencial importa que la legislación litúrgica sea
flexible, abierta al paso del Espíritu por su Iglesia. Lo que es siempre antiguo, tiene que ser
siempre nuevo. Lo que se expresa en cauces determinados, siempre tiene la posibilidad de nuevos
cauces. Por eso la autoridad no tiene la única misión de velar por el cumplimiento de los ritos,
sino de estar atenta a los signos de los tiempos.
        Es de suma importancia que el presidente sepa conjugar, en lo tocante a las leyes de la
celebración, la obediencia, la iniciativa, y la flexibilidad. Como en el teatro o en la orquesta la
armonía y la dinámica del conjunto dependen del director, así en la celebración litúrgica el que
preside es el gran responsable.
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         No será el comentador, el coro, etc., quienes reemplazarán al presidente. Ello pide de los
obispos, presbíteros, diáconos o presidentes laicos, una preparación idónea.
No presidimos bien la Eucaristía…
… si no conocemos las rúbricas y no las hemos contrastado con la Ordenación General del Misal
Romano;
… si improvisamos sin preparación espiritual ni haber siquiera registrado los libros;
… si decimos las oraciones, los saludos, la homilía con un tono monocorde y lejano;
… si alargamos la homilía a costa de correr luego en otras partes fundamentales de la Misa como
la Plegaria eucarística;
… si el presidente lo hace todo porque no ha intentado despertar la corresponsabilidad entre los
fieles, laicos y religiosos;
… si no valoramos los ritos iniciales y en lugar de eso los hacemos rutinariamente y, lo que es
peor, comenzamos la Misa con mala cara y regañando a los fieles para que se callen o se sitúen
bien;
… si permitimos que lean espontáneos, no suscitando lectores convenientemente preparados;
… si abdicamos los presbíteros de nuestra responsabilidad como presidentes dejando totalmente
en manos de los cantores las piezas que se han de interpretar en la celebración;
… si no preparamos la homilía con la oración y el estudio;
… si nos empeñamos en decir en voz alta las oraciones que acompañan la preparación de las
ofrendas cuando se está cantando o tocando el órgano;
… si omitimos sistemáticamente el lavabo porque ni siquiera hemos intentado tener un acólito
que nos ayude en la Misa;
… si por la misma razón de no tener acólitos hemos hecho de la mesa del altar credencia, ambón,
sede, sacristía, almacén de cosas, consola de sonido electrónico...
… si siempre recitamos la Plegaria eucarística II porque es la más corta;
… si permitimos que se varíen los textos bíblico-litúrgicos del gloria, del santo y del Padre
Nuestro al servicio de la música;
… si no dejamos ni un momento de silencio a lo largo de la celebración;
… si jamás usamos las fórmulas de bendición solemne que hay en el Misal.

                                                 R
REFORMA LITÚRGICA Y CATEQUESIS
        Según el Núm. 1 de la Constitución Litúrgica del Vaticano II, la reforma litúrgica es la
respuesta a una necesidad urgente de la Iglesia, que se esfuerza por renovarse íntegramente. La
renovación de la comunidad cristiana pasa, por lo tanto, por la renovación de la liturgia.
El objetivo fundamental de la reforma
        En el Núm. 14 de la SC, queda muy claro que la finalidad principal de la reforma es la
participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas, de manera que traduzca en
la vida el Misterio pascual celebrado. Es decir, en la mentalidad del Concilio queda patente:
reformar para participar; no hay reforma auténtica sin participación.
        En la liturgia que quiere el Vaticano II nadie es espectador, todos son protagonistas; nadie
asiste, todos toman parte. Pero de tal manera que todos entren en el sentido de lo que hacen y
dicen, y puedan unirse verdaderamente a entre sí en una celebración comunitaria. La
participación activa, tan felizmente aumentada después del Concilio, no consiste sólo en la
actividad externa, sino, en primer lugar, en la participación interna y espiritual, en la
participación viva y fructuosa del Misterio pascual de Jesucristo. Naturalmente esto exige todo un
cambio de mentalidad en la comunidad cristiana, que los catequistas están llamados a favorecer.
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Para ello todo catequista aprenderá a distinguir muy bien entre:
* El espíritu (o la finalidad) de la reforma: la participación.
* La letra (o el instrumento) de la reforma: las normas litúrgicas.
        Hacer la reforma no es cumplir las normas, sino favorecer la participación fructuosa en la
liturgia, “a la que tiene derecho y obligación el pueblo cristiano”.
Las grandes líneas de acción
        Éstas son algunas decisiones prácticas del Concilio que debemos tener presentes:
a) No celebrar nada sin proclamar la Palabra de Dios, Palabra y sacramento son inseparables; la
primera explica y garantiza el significado del segundo. La Biblia es la clave de lectura en la
liturgia.
b) No celebrar sin iniciar antes en orden a entender la celebración. Sin catequesis la liturgia en un
signo indescifrable.
c) Los signos litúrgicos deben ser breves, claros y adaptados a la capacidad de los fieles y sin
necesidad de muchas explicaciones. Toda la reforma se sintetiza en restablecer el signo en su
doble valor de significación y eficacia. Si los signos no tienen significado, difícilmente serán
vehículo de participación.
d) El canto es parte necesaria e integrante de la liturgia, pertenece a la naturaleza de la
celebración y hay que darle su cabida y lugar dentro de la misma.
Los sectores de la reforma
a) Las personas: sin la renovación de las personas, no tiene sentido la reforma. A través de la
formación litúrgica, es preciso lograr un cambio de mentalidad y de actitudes.
b) Los ritos deben ser renovados en la línea de la sencillez y de la significatividad, a fin de
fomentar la participación y la autenticidad.
c) El lenguaje: por ser la palabra un elemento esencial de la liturgia y el complemento
imprescindible del signo, debe ser cada vez más clara y comprensible y no demasiado lejana a la
asamblea celebrante.
d) El lugar de la celebración responderá mucho mejor a la nueva teología de la liturgia y al
objetivo central de la reforma basada en la participación. Y para ello es indispensable la
distribución del espacio celebrativo: piénsese especialmente en el altar, la sede, el ambón, etc.
e) El tiempo: el año litúrgico situado con más claridad en su centro, la Pascua, y la celebración
del domingo como fiesta primordial.
f) La religiosidad popular y las devociones hay que orientarlas hacia la liturgia. El misterio de
Cristo celebrado en la liturgia debe estar en el centro de toda devoción de los cristianos.
En algunas partes es una reforma todavía por hacer
        A pesar de todas las buenas intenciones y de la gran generosidad que se ha puesto en el
servicio de nuestras asambleas, hay que reconocer que esta reforma de mentalidad frente al rito
está aún muy lejos de haberse generalizado, aunque ya se ha hecho bastante. Veintiocho años son
pocos en la evolución, sobre todo cuando la mayor parte de los responsables litúrgicos actuales
(sacerdotes, directores de coro, etc.), se han formado (¿etiquetado?) en otra concepción de la
liturgia. Además el giro de mentalidad es más difícil de conseguir en un terreno en el que el obrar
es más decisivo que el pensar, muchos de los que entran de buena gana en la nueva perspectiva se
dejan arrastrar sin embargo por el peso de la rutina. Se necesita mucho tiempo y mucha
constancia, creatividad y paciencia, pero eso si, una paciencia activa.

RITO
       En toda acción litúrgica existen ritos y signos. Si se otorga demasiada importancia al rito,
tendremos una liturgia ritualista.
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        Ya los profetas habían protestado contra un culto excesivamente ritual. Lo mismo Jesús
había afirmado citando al profeta Oseas: “Misericordia quiero y no sacrificios”.
        Si, por el contrario, se centra la atención principalmente en el signo, celebraremos una
liturgia significativa y expresiva. Y puesto que en la mentalidad del Concilio Vaticano II las
acciones litúrgicas aparecen como signos, no como ritos ceremoniales, no es posible comprender
en toda su profundidad el hecho litúrgico sin reflexionar seriamente sobre los signos.
        La Constitución de la Liturgia del Vaticano II, al presentar la naturaleza de la liturgia,
afirma: “En ella, los signos sensibles significan y cada uno a su manera realizan la santificación
del nombre”. Si esto es así, la liturgia debe ser significativa para aquellos que la celebran: debe
ser realizada en una lengua inteligible, clara y comprensible en los signos, adaptada a las culturas.
El Concilio añade que “es de suma importancia que los fieles comprendan fácilmente los signos
sacramentales.
        Hay dos caminos para llegar a la meta de la más perfecta comprensión del signo litúrgico
y, consecuentemente, a una liturgia significativa:
        a) Una profunda adaptación de los signos litúrgicos, lo cual es competencia de la
Congregación del Culto (a nivel de Iglesia Universal) y de la Comisión Episcopal de Liturgia (a
nivel de Conferencias Episcopales). Nos alegramos de que estos organismos cumplan
eficazmente su cometido.
        b) Una seria iniciación a ellos, lo cual nos corresponde hacerla, entre otros, a los
catequistas y agentes de pastoral. Aunque la liturgia bien celebrada es la mejor catequesis previa.
La catequesis litúrgica, tiene tres modalidades o tipos:
        “La catequesis ritual o iniciación al comportamiento simbólico-ritual propio de la liturgia.
        “La catequesis sacramental o iniciación a la sacramentalidad propia de la liturgia cristiana,
dentro de la realidad eclesial que es toda ella sacra mental.
        “La catequesis mistagógica o iniciación a la experiencia del misterio cristiano celebrado
en la liturgia, que transforma la existencia y se ha de traducir en comportamiento y actitudes de
vida.
        Se pedirá también a quien ejerza, papel del mistagogo que cuide siempre de dar a los ritos
y símbolos una buena densidad material.
        Que el agua derramada sobre el bautizado sea abundante. Que se sepa –con sólo verlo–
que el libro utilizado en el ambón es un libro precioso. Que las flores que adornan el santuario
sean naturales. Que los cirios del altar sean de cera y se vea que se van consumiendo. Que la
fracción del pan dé a pensar que Cristo ha partido y entregado su Cuerpo para que nosotros
seamos su cuerpo místico. Que el rojo de la casulla sacerdotal sea un rojo vivo para que todos
sepan y vean que Cristo, que preside la comida, ha entregado su vida hasta la última gota de su
sangre.
El rito, y la persona con referencia a lo ritual
        Ritual es una palabra que significa algo que se hace siempre o continuamente: “Cada vez
que sale del trabajo, se va a la esquina a comer un taco” (“ritualmente”).
        En sentido vulgar la palabra rito, nos da una idea de hábito, de repetitividad, En sentido
estricto podemos definir el rito en la liturgia como una acción simbólica (o un conjunto de
acciones simbólicas) que se repiten regularmente según unas formas prescritas tácita o
explícitamente.
        El rito no es exclusivo de la liturgia. De hecho, podemos decir que ya desde pequeños
hemos sido programados para desear los buenos días, para portarnos bien en la mesa, etc. Apenas
hay una asociación de personas, aparecen los ritos.
                                                                                                        176
        El hombre es un animal ritual: la pareja tiene sus pequeños ritos (costumbres) para
celebrar su amor; el grupo de compadres, que se reúnen generalmente en el mismo lugar y cuya
reunión se desarrolla según un ritual bien establecido, las fiestas patrias, el movimiento político o
juvenil, etc. La acción simbólica permite a las personas o a los grupos reconocerse mutuamente
en su identidad profunda. Es lógico que cuando aparece una buena manera de simbolizar, se la
quiere repetir. Por ejemplo, si alguien quiere entrar en determinada comunidad (el neófito, el
catecúmeno, postulante, etc.), acepta pasar por el rito, por donde pasaron los mayores del grupo,
en una palabra se deja iniciar (del latín initium, que significa: comienzo, ir, en). La iniciación es
la integración en el grupo por medio de una práctica simbólica, que sólo es posible cuando es
ritualizada.
        No es necesario pensar mucho para darse cuenta de que los hábitos rituales son
indispensables. Tan sólo dentro de un ritual puede moverse nuestra libertad. El ritual también es
una salvaguardia contra la subjetividad, el desorden y la anarquía. Sin él, la celebración moriría
víctima de las “invenciones” de los osados, entregada en manos de quienes quieren hacerse notar.
El ritual no impide el sentimiento y la afectividad, pero los canaliza, impidiendo que la
celebración se hunda en el sentimentalismo, en el afectivismo, en el romanticismo.
        “Los ritos hablan por ellos mismos, se decía. Hagámoslos, pues y dejémoslos hablar”.
        La afirmación no dejaba de tener fundamento, pero habla que entenderla. Seguramente los
ritos hablan por ellos mismos, pero hablan tantos tonos, hacia tantas direcciones y a tantos
niveles, que es necesario estar iniciados en su lenguaje para percibir sus múltiples mensajes.
        Es necesario una iniciación, aunque sea somera, para penetrar en cierto nivel de
profundidad del universo ritual y simbólico cristiano. La ayuda de una persona hábil en “hacer
hablar a los ritos” en el corazón mismo de las celebraciones es, claro está, de gran utilidad.
        Todo rito, todo símbolo se inscribe en una cultura dada; que lo afecta necesariamente. Si
una persona ignora toda esa cultura, simplemente no tendrá acceso al sentido del símbolo o del
rito.
        Para penetrar a fondo en el reino de los ritos y símbolos de una cultura dada se requiere un
buen conocimiento de esa cultura. Pensemos en el pan que cada uno de nosotros encuentra
diariamente en su mesa.
        Tanto el hombre como la mujer, el joven y el anciano captarán muy naturalmente que es
signo de vida y que sin él se muere. “No tienen un pedazo de pan”, se dice espontáneamente de la
gente que está realmente al término de sus recursos de alimento.
        Se capta que, además de signo de vida, el pan es también signo de amistad y de
fraternidad: alimentarse regularmente juntos del mismo pan hace compañerismo. Se captará que
es también signo de fiesta y de un compartir. Se comprenderá que según sea de talo cual clase,
recién hecho o duro, el pan se transforma en símbolo de riqueza o de pobreza, de abundancia o de
escasez.
        Por el contrario, sin esmerada atención, sin un mínimo de reflexión y de iniciación básica
en el lenguaje simbólico, quedarán oscuros muchos significados del pan. Sucede lo mismo con
todos los elementos que la liturgia opera en su actividad ritual y simbólica: el pan, el vino, el
agua, la cruz, el altar, el libro, etc. Es pues, necesario a menudo despertar a los ritos y símbolos –
o mejor despertar a los que los utilizan– para que sea superada una comprensión demasiado corta
de sus riquezas.
        Hay más. En efecto, un buen conocimiento del medio cultural profano en el que están
enmarcados los ritos y símbolos litúrgicos es insuficiente. Habrá que añadir una adecuada cultura
bíblica, porque el conjunto de los ritos cristianos encuentra en ella su significación última.
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        El pan de la Eucaristía es, además, el pan que Jesús multiplicó para alimentar a más de
cinco mil hombres. Es el pan de su propia vida y pan de eternidad, ofrecido a los que creen en él.
Es el pan eucarístico partido ante los Doce como señal de la vida entregada sin reticencia hasta el
extremo. Es igualmente el pan que hizo que los discípulos de Emaús descubrieran presente ante
ellos a quien creían muerto para siempre.
        Lo vemos, es imposible captar toda la riqueza simbólica del pan utilizado en la liturgia sin
un mínimum de conocimientos bíblicos.
        Los ritos y los símbolos litúrgicos no pueden entregar convenientemente sus mensajes y
ejercer eficazmente su trabajo si los participantes no han recibido una iniciación básica que la
catequesis escolar o parroquial debería normalmente dar.
        La noción del rito está además muy ligada con la idea de tradición, que quiere decir
trasmisión. Por eso en la liturgia no podemos desechar eso que Pablo llama: “La tradición
recibida del Señor”. La mayor parte de nuestros ritos sociales son herencia del pasado.
        El rito puede ser también un dispositivo cautelar instituido para delimitar cuidadosamente
las circunstancias, los tiempos, los lugares en que se mueven las personas, evitando interferencias
o confusiones entre unos y otros. Ciertas acciones se deben hacer en determinado lugar y no en
otro, en un momento específico y no después, de una manera y no de otra. El rito tiene mucho de
control, de tabú, que evita la extralimitación, el desorden. Pero también se puede interpretar como
cauce que encamina y aprovecha energías; como programa de comportamiento que confiere
forma, orden, dirección (por programa se entiende aquí un conjunto de determinaciones formales
que son señalizables y reiterables).
        Para la antropología y la sociología es claro que el hombre no puede vivir sin ritos.
Ampliando esta interpretación podemos decir que el rito es la expresión con toda la persona,
incluido especialmente el cuerpo y su entorno ecológico, de una impresión profunda, es decir: de
la profundidad última del hombre, a saber: de su finitud religada a la trascendencia.
        El rito tiene la característica de que repite los hechos primordiales de la vida del creyente,
vuelve a lo que son sus modelos dinámicos, retorna a sus orígenes, los actualiza y los hace
presentes. La representación ritual tiene el doble sentido de imitar y a la vez de presentizar, de
presencializar (re-presentar, re-actualizar). La liturgia es actualidad, no recuerdo. Por eso no es
teatro, sino misterio, celebración de los misterios. Un mismo símbolo, un mismo rito, tiene dos
sectores: de un lado repite los orígenes y del otro explora prospectivamente el porvenir. Cada
época, cada región, cada pueblo podrá vivirlos de manera diversa, según vayan cambiando la
historia y las circunstancias. Porque el significante, siendo el mismo, admite un número
incontable de significados.
        Se impone una consideración para apreciar plenamente la situación de los ritos y símbolos
litúrgicos. En efecto, hay que subrayar que no son de esas realidades de las que rápidamente se
puede agotar la riqueza cuando se reflexiona sobre ellas, al escrutar su sentido en la Escritura, al
contemplarlas ampliamente y al usarlas repetidas veces.
        Es que los ritos son realidades abiertas y no herméticas. Poseen la aptitud de introducir en
un mundo infinito: el de Dios. Jamás, desde luego, pueden ser plenas, adecuadas, y
definitivamente captadas y comprendidas. Por lo contrario, invitan a ir siempre más lejos y más
profundamente. Orientan hacia un universo ilimitado de significaciones. Ponen en comunión con
misterios insondables porque son divinos: los misterios del Cristo pascual.
        Puerta de entrada de lo humano en lo divino, puente entre Dios y nosotros, los ritos
litúrgicos son, pues, por su naturaleza, inagotables e indesgastables. Si de hecho, en la práctica
litúrgica hay desgaste y agotamiento, este desgaste y este agotamiento no pueden venir si no de
nosotros, no de los símbolos en si mismos. El símbolo de la cruz no se gasta... Nosotros podemos
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gastarnos y dormirnos ante la cruz, el pan y el vino de la eucaristía, sin embargo, ellos no pierden
jamás su sabor espiritual, son siempre ricos con toda la riqueza de Cristo resucitado. Pero
nosotros por desgaste, por abuso, por mal uso podemos ya no captar ese sabor, esa riqueza. El
rito, además de las desviaciones del ritualismo y del rubricismo, se ve simplemente amenazado
por el desgaste. En la vida ordinaria, por ejemplo, ¡cuántos saludos rutinarios! En la liturgia
cuántos gestos puramente mecánicos; basta con ver la señal de la cruz. Los ejemplos abundan, no
hay que extrañarse de ello, es humano; pero siempre hay que intentar luchar contra ese desgaste
amenazador. Ante todo hay que vivirlo desde dentro.
        En primer lugar, se le pedirá al que preside que viva él mismo lo que trata de hacer vivir a
los demás.
        Que esté con humildad y que viva su propio arrepentimiento durante el rito penitencial…
entonces le será fácil llevar a sus hermanos a esa actitud penitencial y contrita que se abre a la
misericordia divina. Que su corazón se alegre realmente cuando proclama la Oración
eucarística… así ayudará a los fieles reunidos a dar gracias. Que escuche respetuosamente en el
momento en que la Palabra de Dios es proclamada y que él mismo sea todo ojos y todo oídos…
entonces podrá favorecer en la asamblea una escucha atenta y una acogida fructuosa de la
Palabra. Que todo su cuerpo sea oración cuando ora... y los que lo vean orar orarán mejor.
        Que su ser sea silencio cuando medita... y todos se sentirán movidos a meditar con él. Que
trate con cuidado el pan y el vino que van a ser consagrados o ya han sido consagrados... y los
que se acercan a comulgar sabrán que van al encuentro de su Salvador y de su Rey.
        Según lo anterior, la creatividad en la liturgia no consiste en cambiar por cambiar, sino en
repetir, pero dentro del espíritu que acabamos de describir (que es también el espíritu que
renueva). Es ésta una norma de la liturgia cristiana que coincide con los cánones de una estética
vigente en múltiples actividades artísticas. El artista que ejecuta un concierto o interpreta un
papel dramático no cambia nada de la obra del autor que interpreta. Sin embargo su ejecución o
su interpretación puede ser completamente distinta de la de los otros artistas o de las suyas
propias realizadas en otras situaciones. Porque sabe extraer de esa plétora de riqueza de sentido
que la obra artística encierra, lo que en cada momento y lugar la inspiración le permite.
        Hay otro aspecto de la interacción del rito que es también importante desde el punto de
vista psicológico y antropológico-existencial. El rito, al ser repetido a lo largo de toda una vida,
se convierte en el hilo conductor que va enhebrando todas las experiencias pasadas y las va
unificando con el presente y con el futuro de la persona. Es remembramiento-remembranza.
Piénsese en las grandes fiestas del año, cuando todos y de todas las edades asisten a las
celebraciones. Se reviven la infancia, la juventud, la presencia de los seres queridos, muertos ya.
Al desaparecer el rito (o quedar gravemente truncada), se quiebra ese hilo conductor y la persona
se encuentra perdida, como amputada de sus raíces existenciales. Es lo que sucede a los
emigrantes. Muchos de los traumatismos de la emigración provienen de aquí.

SACRAMENTALES
       Tenemos el testimonio de la tradición apostólica de Hipólito en la cual recomienda la
bendición del óleo, el pan y la miel, etc.
       Y en la tradición litúrgica de la Época Moderna (1614), los libros litúrgicos: el Pontifical,
los Sacramentarios, etc., nos muestran el gran uso de sacramentales en la comunidad cristiana de
entonces. La historia moderna nos muestra lo mismo en el Ritual Romano, que con su rico
repertorio, se refiere a los sacramentales.


                                                                                                       179
         Los sacramentales son signos visibles religiosos, instituidos por la Iglesia, para el culto, y
contra las insidias del demonio, incrementando el bien espiritual y material de los fieles. Por lo
tanto:
         a) Se ha dicho que “son cosas y acciones” que la Iglesia utiliza para obtener gracias y
efectos, sobre todo espirituales.
         b) La definición seria: “Los sacramentales consisten en una oración de impetración de la
Iglesia, que por medio de sus ritos, pide a Dios la santificación de las personas y de las cosas”.
Por ello los sacramentos son expresión de que a Dios todo le pertenece, tanto la vida cotidiana,
como los objetos y los trabajos, y significan que Dios acoge y santifica las cosas de cada día.
         c) Los sacramentales están estrechamente unidos a la celebración de los sacramentos, en
especial con el de la Eucaristía. Y son vistos como un hacia, como una preparación y también
como una prolongación de los sacramentos en la prospectiva de poner todo al servicio de Dios: el
mundo, el trabajo, las cosas... y ser para el cristiano una ayuda y guía en su esfuerzo y en su
vocación de ser Imagen de Dios y del compromiso de la persona en el mundo y con el mundo.
         d) Entre sacramentos y sacramentales, aunque hay una semejanza dada en la realidad del
signo y en un contexto de fe orante, existente también profundas diferencias. Porque los
sacramentos han sido instituidos por Cristo y los sacramentales son instituidos y propuestos por
la Iglesia, son efectivamente acciones de la Iglesia, para santificar la humanidad.
         e) Los sacramentales tienen el efecto salvífico de profundizar y extender el Reino de Dios.
Y la Iglesia intercede a fin de que por los sacramentales, Cristo sea verdaderamente señor en la
vida de los fieles y se aumente el amor, la fe, la esperanza; para que se tengan la protección de
Dios contra las tentaciones del maligno, y las gracias particulares para realizar la voluntad del
Padre, según el propio carisma y la propia vocación; y para que todo sirva para la salvación,
según el plan providencial de Dios.
         Según la doctrina tridentina, los sacramentos son siete. En cambio, los sacramentales no
tienen límite en cuanto al número y se multiplican, según la variedad de situaciones de la
existencia humana; y además son un medio para profundizar y asimilar el Misterio pascual y para
comunicar la salvación en todas las situaciones en que la humanidad se encuentra.
         f) La Iglesia, que es (el actor) principal en la celebración de los sacramentales, quiere
cristificar a la persona, a la comunidad, al mundo. En esto aparece claramente la dimensión
trinitaria, ya que el ritual usa frecuentemente la fórmula: en el nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo, y se traza el signo de la cruz.
Tipos de sacramentales
         La división de los sacramentales es la siguiente:
1) Consagración: De las personas o de las cosas a través de una libre opción y disponibilidad de
la persona. Mediante la oración ofrece a Dios por medio de Cristo, que es el gran liturgo de la
Iglesia, las personas o las cosas para cumplir la voluntad de Dios. En esta categoría tenemos: la
bendición de un abad, la consagración de una Virgen, la profesión religiosa o monástica, etc... la
dedicación de una iglesia, de un altar, de un cáliz.
2) Bendiciones: Son oraciones de invocación sobre las personas o las cosas para obtener la
protección y la bendición divinas.
3) Exorcismos: La Iglesia, con el ejemplo de Jesús, pide la protección del Padre en el combate
contra Satanás, que obstaculiza el desarrollo de la persona humana en el plan universal de
salvación.
         El Vaticano II pidió una revisión de los ritos y también contribuyó a descubrir su riqueza.
Afirma que la actividad cotidiana de toda persona es vista esencialmente como una prolongación
de la obra del Creador y como un servicio a los hermanos, el cual es el aporte de cada persona a
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la realización del plan providencial de Dios, que llegará a su plenitud con la venida del Señor. El
Vaticano II enriquece la perspectiva de los sacramentales, comprometiendo a la persona en lo
temporal y en la búsqueda de una auténtica liberación.
        Y uno de los aspectos que la teología pone en evidencia con respecto a los sacramentales,
es la santificación del mundo, del trabajo, de las cosas, de todo lo que la persona tiene en contacto
con su vida cotidiana y en todas las situaciones en que se encuentra.
        En definitiva, los sacramentales, en la maravillosa liturgia del fin del mundo, cuando todo
sea penetrado por la luz divina, serán un himno perenne y pleno a la sabiduría creadora de Dios
Padres.

EL SACRISTÁN
Retrato de un buen sacristán.
        Felices las comunidades y parroquias que tienen un buen sacristán, o una buena
sacristana.
        Es decir: una buena persona, ante todo con cualidades humanas, que son más importantes
en ella precisamente por la estabilidad de su servicio comunitario y su cercanía a la celebración:
madurez, sentido de responsabilidad, puntualidad, espíritu de orden y diligencia; pero sobre todo
capacidad de relación humana y de trato, facilidad para trabajar en equipo. Éstas son cualidades
favorables para el sacristán. Él no es el último responsable de las cosas y de las disposiciones,
sino que tiene que saber cooperar con otros, incluidos los encargados del canto o de las
moniciones, y también con los sacerdotes que van a presidir la celebración.
        Al sacristán se le pide que sea paciente con los monaguillos, con las personas que vienen
a encargar cosas o a preguntar horarios, con los sacerdotes que no siempre dejan las cosas en
orden o como él quisiera. Es de desearse, sobre todo, que realice su trabajo con amor y con
humor, con lo que superará la imagen típica del sacristán malhumorado y áspero en el trato.
        b) Además conviene que sea una persona con cualidades técnicas: saber manejar bien los
aparatos electrónicos para la iluminación, para la megafonía; tener sensibilidad y buen gusto
artístico para la disposición del presbiterio, sus adornos, sus flores, las imágenes, etc.
        c) Un sacristán no puede actuar bien sin unos conocimientos litúrgicos, sobre todo ahora
que han cambiado las cosas radicalmente y las orientaciones se han multiplicado en los libros
litúrgicos.
        Debe conocer lo que es la celebración litúrgica, cuáles son sus momentos culminantes, su
dinámica, las características de los diversos tiempos litúrgicos y de las fiestas. Así sabrá qué
libros hacen falta, dónde se encuentran los varios textos que se pueden ir alternando, dónde están
las nuevas Plegarias eucarísticas de la Reconciliación, o las de las Misas con niños, para irlas
ofreciendo a los sacerdotes que presiden la celebración y que a veces no llegan con el tiempo
suficiente para preparar ellos mismos los libros. Un sacristán con sensibilidad litúrgica influye y
hasta se puede decir que “educa” a los sacerdotes con su buena manera de proceder.
        Esta sensibilidad litúrgica hará que un sacristán respete los momentos cruciales de la
celebración, sin traslados innecesarios y ajetreos en torno del altar. Durante las lecturas o las
oraciones presidenciales, no distrae a la comunidad con sus movimientos, sino que está quieto,
atento a la acción común.
        d) Finalmente, pertenece también al retrato de un buen sacristán la calidad de su fe
personal. Se nota enseguida si una persona que se mueve por el presbiterio, antes de la
celebración o durante la Misa, cree de verdad en aquello que sucede allí: sus movimientos
sencillos y dignos, pero siempre respetuosos (desde la preparación del altar o el encender las
velas hasta el trato con los libros o en torno del altar durante las ofendas o después de la
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comunión), indican a la comunidad que él también siente el respeto y la convicción de lo que se
está celebrando.
        El sacristán es un personaje muy visible para los asiduos a la celebración y para los
ocasionales. Para muchas personas (sobre todo en algunas exequias y bodas) la persona del
sacristán es uno de los contactos más significativos con la Iglesia; de sus cualidades humanas y
cristianas depende mucho la impresión que se lleven. Un peligro innegable de un sacristán es la
excesiva familiarización con lo sagrado, hasta el grado de ir perdiendo la sensibilidad y caer en
una cierta rutina que podría parecer –aunque no lo sea– pérdida de respeto o de conciencia de la
fe.
        Haría bien el sacristán en cuidar que esto no suceda.
Algunos de sus servicios
        El sacristán prepara las celebraciones juntamente con el maestro de ceremonias, pero
secundándolo. Debe disponer con toda diligencia los libros para la proclamación de la Palabra de
Dios y para las oraciones que hay que decir, las vestiduras y todas las demás cosas necesarias
para la celebración. Debe vigilar los toques de las campanas para las celebraciones y cuidar de
que se guarde el silencio en la sacristía.
        Por lo que toca al ornato del lugar de las celebraciones, hay que cuidar ante todo de que
haya una perfecta limpieza del piso, de las paredes y de todas las imágenes y demás objetos que
se usan o se exponen. El ornato de la Iglesia ha de ser tal que exprese el amor y la reverencia a
Dios, y que le sugiera al Pueblo de Dios el sentido propio de las fiestas y la alegría y piedad del
corazón.
Darles oportunidades de formación
        No cualquier persona vale para sacristán. No todos los que van buscando trabajo son aptos
para este servicio a la comunidad. No harán falta títulos académicos, pero si preparación y
sensibilidad humana, litúrgica y cristiana. A las cualidades que ya tengan los sacristanes, debería
la comunidad contribuir dándoles oportunidades de formación específica.
        Hay toda una sensibilidad litúrgica y espiritual, que quedaría muy favorecida si al
sacristán se le diera ocasión de asistir a algún curso intensivo o periódico de liturgia básica.
Ofrecer formación a los ministros que animan las celebraciones de una parroquia es una
“inversión” que da sus frutos para bien de todos.
        No se trata de que cumpla materialmente con mediana eficacia los trabajos
encomendados, sino que tenga conocimiento lo más profundo posible del porqué de las cosas y
del espíritu de las celebraciones a las que sirve con su trabajo.
        La suya es una verdadera vocación: ayudar a sus hermanos cristianos a orar y a celebrar
mejor. Hay que ayudarlos a ellos a que vayan sintiendo cada vez consciente y gozosamente la
nobleza de esta vocación.

SILENCIO EN LA LITURGIA
        El ruido es terrible, y a la vez trágico, constatar que nuestra civilización esté tan
acostumbrada al ruido, que a veces se nos haga pesado y cargante el silencio. Muchos jóvenes no
pueden estudiar sin el acompañamiento de la radio, que trasmite música estridente; algunas
personas no pueden estar en casa sin tener conectado el televisor. Urge desintoxicarse del ruido
paulatinamente, a través de cierta reeducación, para llegar a un equilibrio interior que desee el
silencio y polarice la atención en un solo objeto.
        El silencio, por el contrario, excluye el ruido y está en conexión con la palabra, que es lo
que anima y da valor. El silencio es signo de atención, de amistad y de bondad. Hay que
encontrar el silencio interior.
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Silencio interior
        El lugar del encuentro del alma con Dios es el silencio interior. Cuando la persona vive
dispersa y perdida en el ruido, la prisa y la vanidad, no puede encontrar a Dios. Es lo que nos
pasa frecuentemente en la celebración litúrgica. Hay que recogerse y concentrarse para caminar
hacia el silencio. Con frecuencia se ignora que el silencio es plenitud, y lo es porque es el espacio
que el hombre hace a Dios.
        Si vivimos habitualmente disipados, ¿cómo vamos a recogemos del todo en un momento
bien concreto y determinado? Si no prestamos ordinariamente atención a las personas que vemos,
¿cómo vamos a estar atentos ante Dios, a quien no vemos? El silencio material, ambiental, no es
más que la preparación del silencio interior.
El Vaticano II nos pide el silencio en la liturgia
        Nos lo pide como una exigencia vital. Y también nos invita a notar la diferencia profunda
entre el silencio individual y el silencio comunitario, como culmen de la oración. Y lo
recomienda especialmente en muchos aspectos de la liturgia. Por ejemplo, cuando el Obispo
consagrante impone las manos sobre la cabeza del elegido, en silencio. Y también dice lo mismo
para los presbíteros y diáconos. Así, en el rito penitencial, el silencio ayuda a la reflexión y
después de la lectura y homilía hay que tener un momento de silencio para la meditación; después
de la comunión favorece la oración interior de alabanza o acción de gracias. Cuando el sacerdote
invita a orar, hay que tener un momento de silencio para ponerse en la presencia de Dios. Y
cuando el sacerdote dice la Oración colecta todos expresan su oración en silencio... En fin, el
silencio está continuamente presentado como “parte esencial de toda celebración”.
El silencio en nuestra celebración
        Si en general, nuestra ajetreada vida actual necesita espacios de calma y silencio, también
en la celebración litúrgica se necesita un clima que favorezca el encuentro con el misterio que
celebramos. No se trata, evidentemente, del mutismo de uno que no quiere cantar o participar en
la oración de la comunidad, refugiándose en su interioridad.
        Como en otros campos de nuestra vida –minutos de silencio como manifestación de
solidaridad en el dolor, o los momentos densos de silencio en un concierto musical–, también en
nuestra celebración el silencio puede ser una de las formas más expresivas de nuestra
participación.
        Cuando el Viernes Santo comienza el rito con la entrada silenciosa y la postración del
presidente, sin canto de entrada ni saludo, ese silencio se convierte en un signo elocuente de
respeto y homenaje al misterio celebrado ese día, que no puede superarse con palabras y músicas.
        Hay otros silencios que buscan crear una atmósfera de interiorización y de apropiación,
como después de haber acudido a comulgar el Cuerpo y la Sangre del Señor. Es un silencio de
posesión agradecida, de alabanza interior. El Misal recomienda unos momentos de silencio tanto
antes como después de la comunión. Son momentos en que todos son invitados a “entrar en sí
mismos y meditar o alabar y orar a Dios en su corazón”, como dice el Directorio de las Misas con
niños.
        Es interesante observar que hay ciertas oraciones y respuestas, que los mismos libros
invitan a que alguna vez se sustituyan sencillamente por unos momentos de silencio. Tal es el
caso en la respuesta a las intenciones de la Oración universal, y hasta el mismo salmo
responsorial.
        Otros muchos ejemplos podríamos poner en que los mismos libros litúrgicos Invitan a una
discreta restricción de la palabra y la música, para favorecer la sintonía con lo celebrado.


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        El saber captar el discurso mudo de una cruz, o el mensaje gozoso de una imagen, o la
expresiva intención de una acción simbólica; todo esto es un regalo que proviene del ejercicio del
silencio y del saber escuchar.
        Si el presidente, durante las lecturas que hacen otros ministros, se entretiene buscando
papeles o repartiendo encargos a sus ayudantes, no favorece la actitud de fe de la asamblea. Si
después de la comunión se dedica a limpiar los vasos sagrados, en vez de dejarlos para después,
como sugiere el Misal, poco podrá participar y fomentar el silencio.
        Hay que recordar a los ministros, al equipo litúrgico y al presidente, que son ellos los que
más ejemplo deben dar de actitud de escucha. El profesor B. Fischer en su tema de
Interiorización en la Liturgia, refiriéndose a la adoración meditativa, decía: “Hay una exigencia
decisiva: el que preside debe dar la impresión de estar penetrado de silencio y de orar él mismo
para introducir a los participantes en la oración ahorrándose las expresivas exhortaciones”.
        Es en el silencio cuando se está más atento y se participa en lo que se dice y se hace. El
silencio es un reencuentro consigo mismo, apertura a Dios y a la comunidad con la que
celebramos. Al que sabe callar y guarda silencio todo le habla, todo le resulta elocuente. El
misterio se hace accesible como encuentro y comunión.
Silencio y palabra
        La liturgia es una escuela de oración teocéntrica y, por tanto, una escuela de silencio
interior. La palabra nace del silencio, porque de lo contrario sería ruido, que se sumaria a otros
ruidos, y no manifestaría ni comunicaría nada. Necesitamos del silencio para que nuestras
palabras manifiesten un contenido y transmitan un mensaje.
Momentos de silencio en la Palabra de Dios
        En una buena y responsable proclamación de los textos bíblicos hay que observar un
silencio inicial, un silencio medio y un silencio final.
        a) El silencio inicial es el que crea un clima indispensable y respetuoso, propio de las
acciones importantes. Provoca expectación y posibilita una situación psicológica propicia para
una atenta audición del mensaje revelador. Casi sistemáticamente, este silencio primero es
marginado siempre; se empieza a leer cuando todavía estamos rodeados de ruidos inevitables por
el cambio de postura en la liturgia de este momento. No se debe empezar a leer hasta que no se
haya hecho un silencio total en la iglesia. Comunicarse previamente con la asamblea a través de
una primera mirada confiada y amistosa tiene gran Importancia y es fuente de un real silencio
comunitario.
        b) Silencio medio. Cada lector tiene su propio ritmo y expresividad comunicativa. El
silencio medio es el que encuentra perfecta correspondencia entre proclamación y escucha. Estos
silencios van muy condicionados por el género literario del texto sagrado y por el ritmo personal
de palabras y silencios.
        c) El silencio final clausura la lectura, debe ser el más pleno y fecundo. Cesa la voz y las
palabras del que ha sido portavoz, para que en medio del silencio empiece a hablarnos directa e
indirectamente la Palabra de Dios. Este tiempo de silencio meditativo, que debe ser necesaria
coronación de toda lectura pública en la Iglesia, es tiempo propicio a la disponibilidad y a la
escucha interior. “Esta soledad sonora para las potencias espirituales”, dice san Juan de la Cruz.
Por su parte, Nietzsche afirma que con toda razón “el valor de los hombres debe medirse por la
cantidad de soledad (es decir, silencio) que pueden soportar”.
Tipología del silencio litúrgico
        a) Silencio de recogimiento: cuando todos son invitados a recogerse, para ponerse en la
presencia de Dios, y hacer oración en el corazón. El más específico es el de la postración del
Viernes Santo, en las ordenaciones, en las celebraciones penitenciales, en el examen de
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conciencia para tener una contrición perfecta. En muchas ocasiones la asamblea es invitada a esta
oración en silencio.
        b) Silencio de interiorización: durante las grandes oraciones presidenciales, en unión
espiritual con el sacerdote. El ejemplo típico de este silencio lo tenemos en la Palabra Eucarística;
en la oración consacratoria de las ordenaciones, en la profesión religiosa y en la consagración de
Vírgenes. Particularmente significativo es el silencio en la imposición de las manos. Ya Hipólito
decía: “Todos callan y oran en su corazón a fin de que descienda el Espíritu Santo”.
        c) Silencio meditativo: es el silencio de respuesta a la proclamación de la Palabra de Dios,
que pide meditar brevemente lo que se ha escuchado y acoger en el corazón la voz del Espíritu
Santo y lograr así una comprensión más profunda de la Palabra de Dios.
        d) Silencio de adoración: “vida escondida con Cristo en Dios”, asume la más intensa
expresión de encuentro con el Misterio eucarístico y nos prepara a recibir con fruto el Cuerpo y la
Sangre de Cristo. Silencio interior capaz de crear un clima de apertura espiritual necesaria para la
experiencia litúrgica y de ofrecer un espacio vital de profundización e interiorización.
        Darle una mayor importancia al silencio en la liturgia, es signo de una mayor maduración
celebrativa; una celebración sin silencio, cansa a la comunidad, no la edifica y no la hace crecer.
        Y concluimos con las palabras de Mons. A. Bugnini: “Queremos fieles que participen
activa, conscientemente, que oren, que vivan el misterio con la oración, con el canto, con la
acción y el compromiso, con el silencio de apertura total y de adoración. Un silencio que no es
mutismo espiritual, sino vivificante momento de gracia, en el cual calla totalmente la criatura,
para que hable el Espíritu”.

SÍMBOLOS EN LA CELEBRACIÓN LITÚRGICA
        Símbolo, por su misma etimología (sym-ballo, reunir, poner juntas dos partes de una
misma cosa, que se hallaban separadas, a modo de crucigrama) indica una eficacia unitiva,
recognoscitiva de la relación comunicativa. El símbolo establece una cierta identidad afectiva
entre la persona y una realidad profunda que no se llega a alcanzar de otra manera. El símbolo
reúne, concentra en si mismo las realidades, conteniéndolas un poco a todas ellas.
        Se requiere también un esfuerzo pastoral continuado e inteligente de parte de los
armadores de la asamblea para que todos los participantes en la liturgia sean constantemente
invitados y ayudados a sumergirse profundamente y con todo su ser en el mundo de los símbolos.
Lo que falta a veces (¿o será a menudo?) en nuestras asambleas es, tal vez, la presencia de
mistagogos, es decir, de personas que tengan el arte de darles su importancia a los ritos y de
hacerlos hablar incansablemente, de tal manera que de celebración en celebración, los creyentes
vayan de iluminación en iluminación y siempre estén mejor dispuestos a comulgar con los
misterios de Cristo.
        Las celebraciones litúrgicas no son ritos estereotipados ni acciones improvisadas: son
signos sagrados que pertenecen al mismo tiempo a la tradición de toda Iglesia y a la realidad
actual de todas y cada una de las comunidades cristianas concretas. La fidelidad a la tradición
exigirá que se respeten las leyes esenciales de cada uno de los signos litúrgicos, pero sin caer en
un automatismo rubricista. La fidelidad a la comunidad concreta comportará un esfuerzo de
adaptación y un cultivo de la espontaneidad, sin caer por ello en la arbitrariedad o el capricho.
        La celebración está hecha de símbolos. Todo su lenguaje es simbólico: lugares, personas,
palabras, objetos, canto, silencio, etc. Realiza el encuentro de Dios con la persona. Tal encuentro
exige necesariamente los elementos sensibles que la pueden favorecer o impedir. Depende de
nosotros la disposición de que tales elementos se conviertan en símbolos. El símbolo es el único
lenguaje para comunicar adecuadamente sentimientos y realidades inexplicables. La Biblia habla
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a través de imágenes simbólicas. El símbolo es el mejor medio para comunicar el mensaje de
salvación. Porque Dios se encuentra con cada uno de nosotros, de modo único, irrepetible y
original.
        La persona se reviste de ritualidad en los momentos más importantes de su vida. El rito
vivido con los hermanos es una celebración, un paréntesis en la vida cotidiana en la cual la
asamblea vive la realidad más profunda de la propia existencia. A través de los medios
perceptibles y sensibles, la persona vive la experiencia, entra en una dimensión riquísima y
profunda: nace el símbolo. El símbolo unifica, es centro de convergencia, de múltiples
significados. El símbolo revela.
        Ningún signo es por sí mismo símbolo: es la persona que lo hace, en la medida en que lo
ayuda a vivir la experiencia simbólica. El símbolo evoca, para vivir la profundidad de nuestro ser.
Y compromete a vivir intensamente la experiencia evocada.
        Necesitamos perder el tiempo y abrirnos a la contemplación de la realidad: las pequeñas
cosas diarias, los humildes objetos, para entrar en lo más profundo de nosotros mismos, la
afectividad, el recuerdo, la esperanza, la confianza, la entrega.
Cuatro funciones del símbolo
        En efecto, inspirándonos en la ciencia de la cibernética –que entre otras cosas estudia la
transmisión de señales a distancia– podemos comparar el funcionamiento de los signos litúrgicos
con el de las señales que se utilizan en las trasmisiones. En toda trasmisión hay un emisor y un
receptor. Por medio de la señal o el signo se establece una comunicación entre ellos, la cual
comporta cuatro fases, en cada una de las cuales el signo realiza una función peculiar y
especifica.
        En el plano de la representación o conocimiento, el signo realiza dos funciones: advierte,
hace caer en la cuenta de la comunicación inminente con el fin de que el receptor se ponga en
sintonía; informa, transmite contenido del mensaje, para que el receptor lo reciba y lo registre.
        En el plano de la operación, el signo también debe realizar una doble función: sujeta o
determina la respuesta del receptor en una dirección determinada pues se trata de signos
operativos que tienden no sólo a informar de cómo dirigir la acción a distancia: une, produce la
unión o la comunión total entre el emisor y el receptor, cuando éste cumple de hecho las órdenes
de aquél.
        El signo litúrgico también lleva acabo estas funciones. En primer lugar, el signo debe
advertirnos, aunque sea de manera confusa, la presencia de lo sagrado, sin determinar todavía con
toda claridad el contenido del mensaje. Una vez establecida la sintonía, comunica el mensaje. Si
el hombre capta y acepta la orden divina, entonces queda dominado o sujeto a actuar tal como
indica el mensaje. Cuando lo hace, se establece, también por medio del signo litúrgico la unión o
comunidad total.
        Un signo litúrgico –y en general toda celebración– es perfecto cuando cumple bien estas
cuatro funciones. Pero puede haber deficiencias en cualquiera de los cuatro estadios. A veces
falla el primer aspecto: no hay advertencia a lo sagrado debido a insuficiencia o mediocridad de
la celebración. Otras veces, falla la comunicación por falta de inteligibilidad. A menudo está
ausente la instancia sujetadora, ya que a pesar de la claridad del mensaje, se transmite de un
modo que no invita a la acción. Y algunas veces falla, casi siempre por falta de disposición
adecuada en el hombre, el último efecto de la unión con la acción salvadora de Dios.
        Los responsables de las Celebraciones litúrgicas deberían revisar frecuentemente el
desarrollo de las mismas, intentando descubrir dónde se sitúan los fallos más habituales para así
poderlos subsanar: esta actitud de revisión constante forma también parte del arte de celebrar.
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         Y así pasa con todos los sacramentos, y con las diversas celebraciones del año litúrgico,
cargado de gestos simbólicos con los que Cristo, la Iglesia y cada cristiano, expresan y realizan
su mutua relación de comunión.
El símbolo creador de sentido
         Con el símbolo, el sentido siempre es nuevo e ilimitado. Desde que existe la rosa, ha
servido para expresar el amor, la vida (con sus sufrimientos, ya que “no hay rosas sin espinas”),
la juventud, y más para nosotros con las rosas de la Guadalupana, éstas tienen para todo
mexicano un simbolismo muy especial de nuestra Madre y Reina: santa María de Guadalupe. El
pan simboliza todo lo que alimenta al hombre, el trabajo duro (ganarse el pan), la amistad
(compartir el pan), las dificultades de la existencia (el pan duro), etc. Con los signos, todo está
bien definido, conceptualizado. Con los símbolos todo esta abierto, desde que el hombre existe,
descubre siempre símbolos nuevos en los regalos que hace o en el pan que comparte. Nunca es
posible cuadricular un símbolo. Si alguien se empeña en ello, lo mataría. Es que a diferencia del
signo que interesa al reconocimiento, el símbolo es el lugar de reconocimiento.
         En las circunstancias cruciales (emociones fuertes, alegrías desbordantes, pena profunda)
recurrimos al símbolo, pues “no encontramos palabras para expresarlo”. Cuando la alegría o el
dolor o la compasión fraterna son imposibles de expresar, cuando la proximidad de un gran
misterio “nos corta el aliento”, ¿qué otro medio nos queda para comunicarnos con los demás? La
presencia silenciosa, desde luego ¿no es ella simbólica? Pero sobre todo el gesto simbólico.
         Ahora más intensa y plena la fuerza de relación, expresiva, presencializadora, la
pregnancia y gravidez del símbolo. Lo que acerca y hace presente no es ya el misterio
indeterminado de una revelación natural sino el misterio de Cristo. El símbolo deviene
sacramento cristiano, acción sacramental de Cristo.
         Entonces se comprende por qué la celebración cristiana, más que cualquier otra
celebración humana, se expresa por símbolos, ya que pretende significar lo totalmente otro, lo
inefable, lo indecible, el Dios invisible.
         El poeta, el artista, la liturgia no intentan ante todo entregarnos un mensaje, sino que nos
invitan a una experiencia. Nos dicen: “Déjense llevar por mi poema, por mi cuadro o por mis
ritos y penetrarán en un mundo que sus ojos no pueden ver ni su inteligencia comprender...”
Capacidad de asombro, de salir de nuestras casillas, de atreverse a hacer gestos que, vistos desde
fuera de la experiencia, pueden parecer pueriles o locos. El símbolo es una puerta abierta a la
realidad, con tal de que uno se deje llevar por él.
         Ciertamente no toda experiencia simbólica es religiosa. Pero otros pueden considerarlo
como realidad religiosa, divina, personal, no como lo inefable sino como lo innombrable.
Entonces la experiencia simbólica deviene religiosa y, por lo tanto, el símbolo se trasforma
también en signo religioso. Esto presupone evidentemente el a priori de la creencia en un Dios
personal y creador.
         El misterio es del orden de lo inefable. Por lo tanto son símbolos todas las realidades
primordiales de la naturaleza, de la creación, como la tierra (el monte, el valle, los frutos de la
tierra), el agua (el río, el mar), el fuego (la luz, el sol), el aire (el hálito, la respiración), el hombre
en la unidad de su espíritu hecho cuerpo, especialmente el rostro del hombre, el icono por
excelencia. En todas esas realidades está muy cerca la huella del Creador. Son obra suya como
más directa. Ahí la relación remitente, simbólica, está como a flor de piel.
         Aparte de las realidades naturales están las artificiales, las artesanales. Son las obras del
hombre. Éstas pueden devenir también en símbolo cuando el hombre sabe transmitir la chispa de
esa trascendencia de la que él y la naturaleza participan. Así tenemos por ejemplo, las obras de
arte; las creaciones de la arquitectura, pintura, escultura, orfebrería, cerámica, el mundo de la
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estética, son sin duda, realidades simbólicas y la estética linda siempre con la experiencia
religiosa.
Los símbolos en la celebración
         El mundo de la liturgia pertenece, no a las realidades que “terminan en logia” (teología),
sino en dramaturgía. Liturgia: es una acción, una comunicación total, donde la palabra se hace
voz, gesto, movimientos, símbolos y acción. Se trata de una doble llamada:
         1) Una invitación a la catequesis de los gestos y acciones simbólicas que utilizamos en la
liturgia actual.
         2) Una urgencia para valorar en la práctica la realización, más valorizada, clara, expresiva,
de los gestos, potenciando su lenguaje.
         a) Hay una razón antropológica en este aprecio del signo y del símbolo, El hombre está
hecho de tal manera que todo lo realiza desde su espíritu interior y desde su corporeidad, ya que
no sólo alimenta sentimientos e ideas en su interior, sino que los expresa externamente con
palabras, gestos y actitudes. Y no es que el hombre tenga sentimientos, y luego los exprese
pedagógicamente, para que los demás se enteren; sino que se puede decir que esos mismos
sentimientos no son del todo humanos, ni completos, hasta que no se expresan. Hasta que la idea
no se hace palabra, no es plenamente realidad humana. Y es que el hombre no es una dualidad,
sino una unidad: “cuerpo y espíritu” y desde su totalidad, se expresa y realiza, con palabras y
gestos.
         Así en la Celebración litúrgica, la alabanza no es plenamente ni humana ni cristiana hasta
que suena en la voz, en el canto...
         b) Por eso el simbolismo es una categoría religiosa universal. El hombre, no sólo para su
propia expresión o para su actividad social, sino también y sobre todo para su relación con la
divinidad, se sirve del lenguaje simbólico, expresado y realizado con signos y gestos corporales
de comunicación religiosa con el invisible. La dinámica de los signos religiosos funciona de
muchas maneras: sacrificios, palabras, cantos, objetos sagrados, acciones, reverencias, comidas,
fiestas, templos... etc.
         c) Para los cristianos el motivo fundamental de estos signos es el teológico. El mejor
modelo de actuación simbólica lo tenemos en el mismo Cristo Jesús, en su misma persona. Él es
el lenguaje más expresivo de Dios, que nos quiere mostrar su alianza, cercanía y perdón.
También es Cristo el lenguaje mejor de la humanidad en su respuesta a Dios, porque nuestra
alabanza y nuestra fe han quedado plasmadas en Cristo, cabeza de la nueva humanidad. Por eso
se le llama a Cristo “sacramento del encuentro con Dios”, o como dijo Pablo en su segunda carta
a los corintios: Cristo es el si más claro de Dios a los hombres y el sí también más concreto de los
hombres a Dios. Además Cristo utilizó continuamente el lenguaje de los gestos simbólicos en su
actuación salvadora. Todo símbolo comunitario tiene esencialmente raíces de tradición,
precisamente porque identifica al grupo, da color a la celebración desde su misma teología y
desde su origen: Cristo o la Iglesia primitiva, que son de por sí heredados.

                                                 T
LA IMPORTANCIA DE TOCAR
        Por el tacto experimentamos la realidad, nos acercamos a las personas y a las cosas, nos
relacionamos con ellas. El tacto es la apertura a la vida de los bebés y luego lo volverá a ser para
los ancianos y enfermos.
        La salvación que nos ofrece Jesús es la salvación total, humana, espiritual y corporal a la
vez. Es interesante ver cómo aparece en los evangelios: Jesús toca a los que quiere comunicar su
fuerza salvadora.
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        Ahora la Iglesia, con sus sacramentos, continúa esa acción de Cristo con el mismo
lenguaje de cercanía corporal. Es realmente sorprendente repasar bajo esta clave del tacto
nuestras celebraciones: el lenguaje del tocar está presente en todas ellas.
        En el Bautismo se hace la signación sobre la frente de los niños, se les unge en el pecho y
se les pone la mano sobre la cabeza, se les sumerge en el agua, se les vuelve a ungir, sobre la
cabeza se les toca con los dedos los ardas y la boca –si se hace el signo de efféta–; y en la oración
de bendición del agua el sacerdote “toca el agua con la mano derecha...”
        En la Confirmación, además de la imposición de manos, se les unge a los confirmados en
la frente con el crisma; el que lo presenta al Obispo “coloca su mano derecha sobre el hombro”
de cada uno, y al final el Obispo, al darles la paz, los saluda o los abraza.
        En la Eucaristía el ministro besa el altar, toca con sus manos el Evangelio y lo besa, e
invita a los fieles a tomar el pan y el vino diciendo: “el que quiere puede recibir el Cuerpo de
Cristo en su mano y antes de comulgar nos damos el saludo de paz”.
        En la Reconciliación el ministro coloca sus manos (o al menos la derecha) sobre la cabeza
del penitente.
        En la Unción de los enfermos, el sacerdote unge con óleo la frente y las manos del
enfermo.
        En la Ordenación sacerdotal además de la entrega de los signos propios (tocar el
leccionario o la patena, el pan y el cáliz con el vino), y de la unión de las manos, los candidatos
sienten sobre su cabeza la mano del Obispo en el momento de invocar sobre ellos la fuerza del
Espíritu Santo.
        En el matrimonio los nuevos esposos se dan el mutuo “sí” mientras se toman de las manos
como signo de entrega y fidelidad, se ponen mutuamente el anillo en el dedo, y se dan el abrazo o
el beso de paz.
        Son innumerables los momentos en que en la celebración sacramental se usa este lenguaje
del contacto físico, para manifestar la comunicación de la gracia.
        Jesús nos enseñó la síntesis, nos encomendó el lenguaje de los gestos y a la vez nos llamó
la atención sobre la prioridad de lo interior y de las actitudes de fe.

                                                U
UNCIONES
        El aceite: Si se ha elegido ya desde muy antiguo este elemento para tantas acciones
litúrgicas es porque resulta muy adecuado su simbolismo para los diversos dones de Dios y sus
efectos espirituales.
        El aceite, los óleos, los ungüentos y las pomadas tienen en nuestra vida muchas
aplicaciones y beneficios. Lo utilizamos especialmente para nuestra comida. O como combustible
en las lámparas. Pero sobre todo lo usamos por sus propiedades curativas: penetrando en la piel,
tiene evidentes cualidades terapéuticas sobre todo en los casos de quemaduras, golpes, etc. Los
deportistas saben lo que aprovecha a la fortaleza y agilidad de sus músculos. Y todos apreciamos
el uso de estos elementos en el campo cosmético. No es nada extraño que el aceite sea símbolo de
salud, de bienestar, de paz. Y que, por lo tanto, en nuestras celebraciones sacramentales quiera
expresar y ser instrumento de los dones del Espíritu Santo sobre los bautizados, confirmados, los
enfermos o los que reciben la ordenación sagrada al misterio.
Un signo bíblico
        Nuestros sacramentos han adquirido un lenguaje propio, su fuente es la Sagrada Escritura.


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a) Es considerado junto con el trigo y el vino, como símbolo de bienestar y de las bendiciones de
Dios. El aceite da suavidad y alegría. Condimenta las comidas, da belleza y frescura a nuestros
cuerpos. Por eso se le considera imagen de la paz y de la alegría.
b) Pero el aceite no sólo trae el recuerdo de la dulzura y la suavidad: también da fuerza en los
momentos en que más lo necesitamos, sean deportivos, de guerra o espirituales: “tus enemigos
perecerán, pero a mí me das la fuerza de un búfalo y me unges con aceite nuevo”.
c) Por eso se unge con él, con intención de expresar algo profundo que viene de Dios, a los que
más necesitan esa fuerza y esa salvación para la misión que se les ha encomendado: a los reyes,
los sumos sacerdotes, y los profetas.
d) Y por sentido de traslado, también se ungen los lugares y las cosas que van a servir para el
culto y que quedan de alguna manera consagrados a Yahvés. El primer gesto de esta intención
parece que fue el de Jacob, que derramó aceite en la piedra sobre la que había dormido y tendido
un sueño misterioso.
El ungido y los ungidos
        En el Nuevo Testamento el auténtico “Ungido” es Jesús de Nazaret. El nombre que más
se repite de Él es “Cristo”, que en griego significa “Ungido”, al igual que “Mesías” en hebreo. Él
es el que ha recibido la misión de ser Mesías, y por eso recibe la Unción de lo alto, el Espíritu de
Dios; “Dios a Jesús de Nazaret lo ungió con el Espíritu Santo y con poder”, para el cumplimiento
de su misión de Sacerdote, Profeta y Rey. Y en virtud de la filiación divina por el Bautismo
recibidos esta unión, los que creen en Jesús son ungidos por el Espíritu, o sea, impregnados de
sus dones de gracia, de verdad, de santidad y de fuerza: “Es Dios el que nos conforta en Cristo y
el que nos ungió, el que nos marcó con su sello y nos dio en arras al Espíritu en nuestros
corazones” (2 Co 1, 21).
Las unciones en la liturgia
Hay tres clases distintas de óleos que utilizamos en la celebración:
1) El óleo llamado de los catecúmenos, con el que se hace la primera unción del Bautismo.
2) El óleo de enfermos, con el que se unge a los que se encuentran en delicada situación de
debilidad o enfermedad.
3) El crisma, que es una mezcla de aceite y bálsamo aromáticos, y con el que se realizan las
unciones de la Confirmación y las Ordenaciones, así como también la segunda del Bautismo.
        En dos de ellos la unión es el gesto primordial: la Confirmación y la Unción de los
enfermos. En los otros dos, el Bautismo y la Ordenación, que tienen su propio gesto central (el
baño de agua y la imposición de manos respectivamente), la unción viene a ser un gesto
complementario.
        El aceite de estos óleos había sido hasta hace poco necesariamente de oliva. Pero Pablo
VI, en 1972, decidió que podía ser de otras plantas (girasol, coco, caña). Aunque no sea de oliva,
cualquier aceite vegetal puede seguir teniendo en los diversos países los mismos beneficios
simbólicos para los sacramentos cristianos.
El simbolismo de la unción en los sacramentos
a) En el Bautismo hay dos unciones. La primera antes del gesto del agua, tiene una intención de
preparación para la lucha, de fortalecimiento contra el mal. La segunda unción se hace después
del Bautismo, y tiene otra intención. Se hace con el crisma, y sobre la coronilla. Es una
consagración: “Dios te consagra con el crisma de salvación para que entres a formar parte de su
pueblo y seas para siempre miembro de Cristo, sacerdote, profeta y rey”.
b) El gesto central de la confirmación es la crismación en la frente. Se hace con el “crisma” (el
“myrón” de los orientales), aceite y bálsamo perfumado, que es consagrado por el obispo en la
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Misa crismal, éste se emplea precisamente para los tres sacramentos que “imprimen carácter”:
Bautismo, Confirmación y Ordenación.
c) En el sacramento de la Unción de los enfermos se unge la frente y las manos del enfermo,
resumen simbólico de toda la persona. Como siempre, las palabras que acompañan el gesto
indican su sentido.
d) También en las ordenaciones, se hace una unción muy significativa. Al presbítero se le ungen
las manos con el crisma, para que esas manos simbólicamente sean salvadoras, curadoras, fuertes
y suaves, a la vez manos consagradas que prolonguen visiblemente las de Cristo Jesús.
        Al obispo se le unge la cabeza, para indicar su más plena participación en el Sacerdocio
de Cristo como Pastor y guía de la comunidad.
e) Y finalmente en el rito de la dedicación de iglesias también tienen un especial relieve las
unciones. Se unge con el crisma el altar, que así se convierte en símbolo de Cristo, el cual es
llamado y es por excelencia el Ungido. Y también se ungen las paredes de la Iglesia en sus cuatro
direcciones para indicar que esta Iglesia “está dedicada toda entera y para siempre al culto
cristiano”, las paredes del edificio son el símbolo de la comunidad misma –que también se llama
Iglesia– y por eso de un modo sacramental participan, como la comunidad, de la unción de Jesús.
        Lo que dice el Ritual de los enfermos, se debería tener en cuenta también para los otros
sacramentos: “con cantidad suficiente de óleo para que aparezca visiblemente como una
verdadera unción”.

                                                     V
VESTIDURAS LITÚRGICAS
        No es indiferente el modo de vestir de una persona, para determinadas actividades y
situaciones. Es una ley cultural, que tiene su fuerza pedagógica, el llevar vestidos especiales para
determinadas ocasiones, sean éstas reuniones políticas, fiestas sociales o simplemente la
distinción de un domingo en relación con los días de trabajo. Así normalmente una novia acude a
su boda vestida como tal y no simplemente con ropa de calle.
        El vestido diferencia a las personas (autoridades, militares, jueces, distintas clases
religiosas...) y las circunstancias (luto, fiestas). Es un elemento no esencial, pero muy expresivo
en todo el complejo de las comunicaciones humanas sociales.
        No es extraño que también en la celebración cristiana el vestido tenga su importancia.
Además de obedecer a las leyes de la psicología humana o de las diferenciaciones sociales, en
este caso el vestido estará a tono con el misterio que los cristianos celebramos: por ejemplo en la
celebración del matrimonio, primera comunión, en la profesión religiosa, sobre todo en la
imposición de los diferentes hábitos de las variadas familias religiosas, etc. En el sacramento del
Bautismo, después del gesto central del agua, entre las acciones simbólicas, está también el
vestido blanco, que ayuda a entender en profundidad lo que sucede en el sacramento del
Bautismo: “revestimiento de Cristo”.
Las vestiduras litúrgicas
        Fue a partir más o menos del siglo IX cuando se sacralizó con mayor fuerza el tema de los
vestidos, buscándoles un sentido más bien alegórico, interpretando cada uno de ellos el sentido
moral (el alba indicaba la pureza, etc.) o como referencia a la Pasión de Cristo o como imitación
de los sacerdotes del Antiguo Testamento. Ya la vez se empezó a bendecir los ornamentos y a
prescribir unas oraciones para el momento de revestirlos.
        En rigor habría que decir que los actuales vestidos litúrgicos son herencia de los trajes
normales de los primeros siglos: cuando en la vida profana se veía la pedagogía expresiva que
podían tener para entender mejor el papel de los ministros y la naturaleza de la celebración.
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Actualmente es distinta la costumbre respecto a los varios ministros ordenados: diáconos,
presbíteros y Obispos.
        El sentido de que los misterios se revistan nos lo dice el Misal en su introducción: “En la
Iglesia, que es el cuerpo de Cristo, no todos los miembros desempeñan un mismo oficio. Esta
diversidad de ministros se manifiesta en el desarrollo del sagrado culto por la diversidad de las
vestiduras sagradas, que por consiguiente, deben constituir un distintivo propio del oficio que
desempeña cada ministro. Por otro lado, estas vestiduras deben contribuir al decoro de la misma
acción sagrada”.
        El que los ministros se revistan de modo especial, quiere expresar el sentido de este salto
que existe entre las otras acciones y éstas; la “ruptura” con la vida normal. Porque la Palabra que
aquí se proclama, no es la misma que las mil palabras que nos envuelven continuamente. La
comunión que tenemos con Cristo en la Eucaristía no es como una comida cualquiera entre
hermanos.
        Así como a un ministro, el vestido especial le recuerda que no actúa como persona
privada, sino como ministro de Cristo y de la Iglesia, le recuerda también que él no es “dueño de
la Eucaristía”, ni de la Palabra; que está realizando, en nombre de Cristo y de la Iglesia, una
acción que lo sobrepasa totalmente a él, y que sirve a un ministerio de comunión entre Dios y su
Pueblo.
        En una liturgia que está ya muy llena de palabras, tenemos que dejar hablar también a los
signos. Y los vestidos, aunque en el conjunto son menos trascendentales, son un elemento muy
visible y que ayuda al tono general de la celebración y a destacar la identidad de los ministros.
        Desde el Concilio se ha dado mayor libertad para que en las diversas regiones las
correspondientes Conferencias Episcopales adapten, si lo creen conveniente, las vestiduras
litúrgicas a la propia cultura y costumbres.
El alba
        De corte simplísimo, su belleza consistía en la forma de plegaria y usarla. A través del
tiempo los adornos la fueron invadiendo hasta convertirla en una especie de camisón de encajes.
Hoy volvemos a la sencillez primera. El alba es el vestido común para todos los ministros de
cualquier grado; si es necesario, se ciñe con el cíngulo a las vestiduras blancas que llevaban los
santos en el Apocalipsis. Es el traje litúrgico básico, conviene que no sea transparente. Y que le
quede a la medida, al ministro que la usa.
La estola
        Es posible que sea una transformación de la banda honorífica, llamada primitivamente
orarium.
        Actualmente los diáconos la llevan cruzada, desde el hombro izquierdo, hasta el lado
derecho de la cintura, donde se sujeta. Los presbíteros y los Obispos la llevan pendiente del
cuello y sus extremos caen sobre el pecho. En efecto, la estola es una banda de tela de diversos
tejidos y colores según el tiempo litúrgico y la fiesta que se celebra. Símbolo del poder de Cristo,
que por la ordenación recibió el sacerdote, para la Celebración de la Eucaristía y de los
Sacramentos.
La casulla
        La casulla greco-latina tiene su origen en la penula, vestidura de viaje y protección, hecha
con lana gruesa, de corte semicircular, que al coserse por delante, forma un cono. Normalmente
se llevaba recogida sobre el brazo derecho para permitir su uso. Se puso de moda y llegó a
expresar la “romanidad”. El emperador Cómodo ordenó su uso para asistir a los espectáculos. En
382 es reconocida como vestido privado para senadores. En el siglo VIII, se empieza a llamar
casulla (casita).
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        Hacía el siglo XII pierde la forma de gran manto, toma una forma elíptica y se recorta a
los lados, hasta llegar así en los XIV y XV a la forma que hoy llamamos gótica. Hubo épocas en
que las casullas parecían verdaderas catequesis, por la multitud de palabras y símbolos que se
bordaban o pintaban en ellas. Al imponerse el gusto por los bordados y telas ricas se hicieron
casullas más rígidas y pesadas, que imponían la necesidad de recortarlas todavía más hasta llegar
a la forma de una guitarra.
        La casulla es el vestido propio del sacerdote que celebra en la Misa y en otras acciones
sagradas que directamente se relacionan con ella. Para la confección, aparte de los materiales
tradicionales, pueden emplearse las fibras naturales propias de la región. En esto es mejor la
sobriedad; sencillez y elegancia. Que el tejido y la forma sean la principal preocupación al
confeccionar la casulla.
La dalmática
        Amplia túnica exterior de lujo, vestidura original de Dalmacia, en la actual Yugoslavia,
usada sobre todo en Oriente, se adoptó en Roma desde el siglo III. Parece que en el siglo V se
convierte en insignia de la orden diaconal. Todavía en el siglo VI y VII se usaba como vestidura
laica. La dalmática ha sufrido transformaciones parecidas a las de la casulla.
La capa
        Originalmente igual a la casulla, pero con capuchón, y con el paso del tiempo se abrió por
delante. Se le llama capa pluvial por el uso primitivo de defenderse con ella contra la lluvia.
        Era usada como vestidura litúrgica del siglo VI. En la liturgia se convierte en vestido de
algunas celebraciones, por ejemplo dar la bendición con el Santísimo, etc. Y entre los monjes en
hábito de coro. La capucha original se convirtió en una especie de escudo sobrecosido en la
espalda.




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