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CUANDO DIOS CALLA - Defenders of

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CUANDO DIOS CALLA - Defenders of Powered By Docstoc
					                        QUE HACER CUANDO DIOS CALLA
                                (Por: Revdo. Raúl Marrero, DD)


      INTRODUCCION


       Dios tiene varias formas de hablar. El habla por su Palabra escrita y por medio
de su creación; por medio de profetas; por medio de maestros y predicadores. El habla
también internamente a la mente y al corazón de los hombres. Algunos pensadores
infieren que Dios habló todo lo que tenía que hablar por medio de la inspiración que dio
a los escritores de Las Sagradas Escrituras y que ya no tiene algo más que añadir.
Para esta clase de pensadores, si alguien quiere “oír” la voz de Dios tiene que recurrir
únicamente a la Biblia. Por otro lado, tenemos los pensadores que aseguran que Dios
sigue hablando. Estos son los que dicen: “Dios me habló,” refiriéndose a algún mensaje
que escucharon o un libro que leyeron o una voz interna. Inclusive, algunos aseguran
que han escuchado audiblemente la voz de Dios. Como sea, gran número de nosotros
los humanos estamos seguros que Dios habla. Eso nos hace sentir bien afortunados.
Somos la gente más feliz cuando Dios nos habla, cuando nos bendice, cuando se
acuerda de nosotros. No obstante, sabemos también que Dios calla, y a veces en el
tiempo que menos esperamos. La soberanía de Dios tiene mucho que ver hasta
cuando y hasta dónde Dios habla o hace silencio. El que entiende un poco de la
soberanía de Dios tiene mejor oportunidad de entender porqué Dios calla.

              El propósito de este libro es ofrecer un sencillo enfoque al gran dilema
que confrontamos los humanos frente a la voluntad de Dios. Esta es una invitación a
procurar entender aunque sea someramente, la soberanía de Dios. Estoy abordando el
tema desde un punto de vista práctico, más que teológico. Mi propósito es de hacer un
énfasis en la realidad de que a Dios no se consigue por control remoto, y que a Dios no
se manipula a nuestro antojo. Muy a pesar de las mucha ofertas que se hacen a
nombre de Dios, él no opera en la forma instantánea a que estamos acostumbrados a
recibir las cosas, ni hace las cosas como nosotros esperamos, ni mucho menos en el
tiempo que esperamos. Ciertamente Dios habla, pero también sabe callar. Como Dios
no siempre responde como nosotros demandamos o esperamos, lo mejor es entonces
aprender qué hacer en momentos o en situaciones cuando Dios hace silencio.

            Esta presentación no es una apología que conteste al gran tema de la
soberanía de Dios. No pretendo embelesarme en una presentación sofisticada con un
enfoque demasiado idealista. Eso queda para los filósofos y para los grandes
pensadores de las Sagradas Escrituras. Aún así, la soberanía de Dios es un tema tan
complicado que ningún teólogo o filósofo puede dar una respuesta completa a todas las
preguntas que la gente hace acerca Dios. Cuando tratamos de examinar el trato de
Dios con nosotros, siempre nos vamos a encontrar con esa característica insondable
de nuestro Creador, que hace lo que quiere, a la hora que Él quiere, con el que Él
quiere.
             El intento principal del libro es proporcionar algunos consejos de cómo
hacer, o no hacer cuando aparentemente Dios está en silencio o no está obrando, pues
es en la prudencia y en la discreción propia de Dios donde los hombres más se
aturden. La mayoría de los humanos y aún nosotros los creyentes no sabemos cómo
actuar cuando no vemos a Dios obrar en los asuntos humanos. Algunos nos
confundimos, otro nos rebelamos, y a otros nos sobrecoge la duda. Otros,
desdichadamente sufren daños irreparables cuando llegan hasta el extremo de proferir
maldición, convirtiéndose así en réprobos espirituales.

              Cuando observamos el acelerado deterioro de la raza humana,
especialmente el deterioro de la familia, nos preguntamos si Dios todavía habla y si en
realidad puede estar en control de todos los asuntos humanos. La criminalidad
desenfrenada, la falta de respeto a la propiedad privada, la depravación moral, los
grandes desfalcos de las compañías bancarias, las grandes compañías yéndose a la
bancarrota para defraudar al gobierno y para tomarse del dinero de los menos
afortunados; las diversas enfermedades mortales, tales como el cáncer, la diabetes, las
complicaciones del corazón, la enfermedad de los pulmones, el hígado y muchas otras
enfermedades, parecen indicar que es el diablo quien está en control de la agenda
humana, y no Dios. En esto se cumple aceleradamente lo que dice Pablo: “Mas los
malos hombres irán de mal en peor, engañando y siendo engañados.” (2Timoteo
3:13).

              Vivimos en una generación sedienta por conocer el futuro. La gente busca
solución a todas sus inquietudes y demanda una respuesta a todas sus interrogativas.
Esto es así, especialmente en esta generación que experimenta los máximos adelantos
en la comunicación. Los medios y sistemas de comunicaciones, tales como el sistema
de cable, televisión internacional, el sistema del “Internet” y el texto escrito, se han
convertido en el "pan nuestro de cada día". Los noticieros mundiales no pierden
tiempo en traernos a todo color todo lo que sucede en el más remoto rincón del globo
terráqueo y fuera del globo. Los programas de la televisión que más dinero produce
son los aquellos donde se entrevistan y se exponen los casos más insólitos. Mientras
más repugnancia muestren, más audiencia logran. A estos modernos medios técnicos
le siguen los supuestos astrólogos, los síquicos, los adivinos, los espiritistas, los
parapsicólogos, y hasta las brujas. Hoy más que nunca la gente quiere saber qué
tienen que decir las estrellas; cuál será el próximo número de la lotería, y hasta lo que
sucederá en el "más allá.” A esto se le añaden las supuestas apariciones que se
reportan de los OVNIS, (Objetos Voladores No Identificados) En fin, la gente quiere
saber.

              En el año 1997, corrió la noticia de un grupo de 39 fanáticos que vivían en
la hacienda que ellos habían bautizado como “Puertas del Cielo” (Heavens Gates), en
forma ritual cometieron suicidio supuestamente como preparación para ser raptados
por una nave hacia otro planeta. Para ellos, el Cometa “Hale-Bopp” que apareció en el
espacio durante el mes de marzo no era otra cosa sino una nave enviada por Dios para
levantarlos de esta tierra. Efectivamente algunos astrónomos pudieron observar que
detrás del cometa “Hale-Bopp” le seguía una luz bien tenue. Para los fanáticos de la
llamada “Puerta del Cielo” no vino a ser otra cosa que una puerta hacia el mismo
infierno. Todo, porque la humanidad siempre está buscando algo nuevo, incluyendo el
suicidio. De manera que desde los que consultan a los psíquicos, hasta los que
esperan irse a otro mundo o a otra galaxia en un OVNI, el hombre busca soluciones,
--el hombre quiere escapar.

              Como la humanidad quiere saber más del futuro y quiere escapar,
Satanás se asegura de proveerle todo lo que quieran saber, aunque al final terminen
más ignorantes, más confundidos y cometiendo suicidios en masa. Los adelantos de
la tecnología, la aceleración de la revolución industrial, los medios ultra-veloces de la
transportación, están siendo muy efectivos en la confusión mundial de las masas.
Mientras más sabemos, más nos confundimos. Podemos decir que hoy tenemos toda
una enciclopedia universal de información con apretar un botón del aparato de control
remoto. Lamentablemente, junto con el progreso tecnológico y los adelantados medios
de comunicación, la sociedad se corrompe a pasos más acelerados.

               Ante toda la modernidad tecnológica, nosotros los que hemos sido
afectados por todos los adelantos de la llamada civilización, podemos sentirnos más
afortunados que aquellos que viven en culturas y en sociedades que aún no disfrutan
de estos llamados adelantos. No obstante, debemos sentirnos bien infortunados por lo
mucho que esto nos está afectando en nuestra relación con el único Dios verdadero y
quien es la fuente de toda sabiduría. La vida moderna tácitamente nos está "educando"
en nuestra relación horizontal con los demás, pero a costo de una pobre relación
vertical con lo divino y lo espiritual. Nos hemos acostumbrado tanto a que se nos diga
todo lo que está sucediendo a nuestro alrededor, que hemos incluido a Dios en nuestro
sistema de control remoto. La tecnología y la ciencia moderna se proponen hacer de
Dios no solamente un objeto que pueda ser manipulado sino usurpar la posición de
autoridad. Como vamos, parece que el se propone traer a Dios al servicio nuestro en
vez de nosotros ponernos al servicio de él.

        El nuevo milenio que hemos iniciado heredará a muchas familias desintegradas
y en perpetua desmoralización. Las fuerzas demoníacas se imponen cada vez más
sobre la frágil entidad de la familia. Usted y yo sabemos que si se destruye esta divina
institución, se destruye el puntal más fundamental del género humano. El hombre
presuntamente “cultivado” e “instruido” insiste en hacernos creer que nuestra herencia
desciende de una especie inferior, y que somos productos de una evolución. La verdad
de como están las cosas, y como se comporta gran parte de la sociedad, tal parece
que nos dirigimos en repliegue hacia la vida selvática. Si continuamos como vamos; si
Dios no tiene el control o nunca tuvo control, o ha perdido su poder soberano, y si Dios
no es el originario de la raza humana, yo creo que los mismos orangutanes de la selva
finalmente se avergonzarán de su progenie.

            Todas y cada una de las posteridades de estos últimos dos milenios, ha
tenido su porcentaje de hijos rebeldes, contumaces, desobedientes, maldicientes y
desenfrenados sexuales, pero ninguna se asemeja a esta generación que ha entrado al
nuevo milenio. Aún después de dos mil años de la llegada de las “buenas nuevas” del
evangelio, continuamos una raza: “que siguiendo la carne, andan en
concupiscencia e inmundicia, y desprecian el señorío, atrevidos y contumaces
que no temen decir mal de las potestades superiores, mientras que ni aun los
ángeles, que son mayores en fuerza y en poder, no pronuncian juicio de
maldición contra ellas delante del Señor. Pero éstos, hablando mal de cosas que
no entienden, como animales irracionales, nacidos para presa y destrucción,
perecerán en su propia perdición, recibiendo el galardón de su injusticia, ya que
tienen por delicia gozar de los deleites cada día,” (2 Pedro 2:10-13).

      La Palabra de Dios sigue siendo relevante y tal parece que estas palabras del
apóstol las escribiera a esta generación presente. Esta confesión de Pedro es una
exhortación en cápsula de lo que estamos viviendo actualmente. Estas palabras
apostólicas pueden muy bien servir para ocupar la primera plana de los medios
comunicativos actuales.

             No sé por qué se está haciendo cada vez más difícil aceptar la soberanía
de Dios sobre el curso de la raza humana, cuando la Biblia prácticamente es todo un
tratado deponente y descriptivo de su señorío. Desde Génesis hasta Apocalipsis se
define diáfanamente la soberanía de Dios, operando a pesar de la ingenuidad que el
hombre y la mujer tienen para escoger.

               Cuando es asunto de definir la soberanía de Dios, los grandes
pensadores de las Sagradas Escrituras están divididos principalmente en dos escuelas
de pensamientos teológicos. Una de estas escuelas es la presentación teológica de
Juan Calvino que supone a Dios como un ser inmutable y soberano que planeó con
anterioridad todo acontecimiento humano, incluyendo a aquellos que fueron
predestinados desde la eternidad para heredar vida eterna o para heredar condenación
eterna. La otra escuela de pensamiento es la teología del Holandés Jacobo Arminio,
que a diferencia de Calvino defendió la teología de que Dios creó al hombre con libre
albedrío, y que por lo tanto, el hombre es un agente participante en el plan de
redención, y con un llamado a responder a Dios o revelarse contra él. Estas dos
escuelas de pensamientos tienen sus raíces bien fundadas en las Sagradas Escrituras.
Por más de cinco siglos, el pueblo de Dios ha estado expuesto a estas dos formas de
interpretación. Para los efectos de mi presentación, considero que ambas formas de
interpretación son necesarias para el balance teológico. No hay necesidad de
enfrascarse en grandes debates sobre cuál de ellas es la más correcta. El asunto es
que no importa qué escuela de pensamiento hayamos adoptado, la realidad del
silencio o la inactividad de Dios nos afecta tanto a unos como a otros.

             Reitero que esta presentación no procura explicar estos conceptos
Calvinistas o Arminianistas, pues considero que eso es tarea para los grandes
pensadores y para los reconocidos teólogos. Yo no me considero teólogo ni un
profundo pensador. Lo que comparto es mi manera de pensar como un simple pastor
que soy. Esto es lo que pienso en cuanto a la gran interrogante del porqué Dios no
hace las cosas cuando más esperamos de Él. Al hacer esta presentación, procuro
mantenerme dentro de las Sagradas Escrituras. No es mi propósito filosofar o presentar
una profunda apología. Simplemente quiero compartir la forma de yo analizar la
voluntad y la soberanía de Dios, particularmente cuando se trata de entender porqué
Dios actúa o no actúa en determinados momentos.

             Si Dios hace o no hace, tiene que ver con su posición como Dios
soberano y con nuestra aparente capacidad de la libre voluntad o el libre albedrío. Mi
argumento principal en este ensayo es que si Dios no actúa en determinado momento,
es porque nos corresponde a nosotros actuar, o no actuar, conforme a la situación que
se presenta. Tanto a nosotros los cristianos como los impíos y los inconversos, nos
invaden los mismos interrogantes. Entendemos que Dios desde la eternidad es
soberano como para determinar todo lo que debe de acontecer al hombre, incluyendo
su libertad para escoger. Dios es totalmente soberano en el sentido de todo lo que
ocurre, y esto sin dejar que el hombre mantenga su libertad para escoger. Si
aceptamos que Dios es un ser omnipresente, entendemos que Él ve lo que sucede al
momento y lo puede ver igualmente lo que sucederá en el futuro. Lo que Dios ve, lo
conoce también. Lo que Él sabe eso mismo determina. Por lo tanto, Dios sabe
determinantemente y a la vez determina a sabiendas que nosotros escojamos
libremente.

              Todo esto de la soberanía de Dios y el libre albedrío del hombre es un
misterio. Un misterio es algo que no necesariamente es contrario a la razón, pero
trasciende la razón. Sin embargo, mi polémica es que en la gran mayoría de las veces,
algunas cosas suceden o no suceden por la falta de coordinación, cooperación, y
comunión entre Dios y nosotros. Realmente, nosotros no somos tan libres como
parece, aunque Dios nos haya concedido el libre albedrío, porque cada decisión que
tomamos por insignificante que parezca, es influida por innumerables variantes.

              Para facilitar el desenlace de mi presentación, permítame decir que Dios
usa su voluntad en tres diferentes formas, mirándolo desde el punto de vista bíblico.
Estoy de acuerdo en la explicación de algunos teólogos que presentan a Dios obrando
en una voluntad prescriptiva o absoluta; en una voluntad permisiva, y en una voluntad
providencial. Observemos brevemente cómo se manifiesta esta voluntad. Tomemos por
ejemplo y como punto de partida, al patriarca Abraham, aunque más luego dedico todo
un capítulo a este gran personaje. Como manera de introducción, yo diría que Dios usó
de su voluntad prescriptiva cuando le prometió a Abraham y a su descendencia la tierra
de Canaán por herencia. (Génesis 12). Él les ordenó a que habitaran la tierra y que la
reclamaran. En esa voluntad prescriptiva Dios no quería que ellos descendieran a
Egipto. Pero una vez que descendieron Dios se dispone a usar su voluntad permisiva.
En la voluntad prescriptiva Dios deseaba lo mejor para ellos. De su voluntad
prescriptiva se desprende su amor y deseo de hacer bien. Vemos sin embargo, más
adelante a Dios usando la voluntad permisiva con Abraham y permite que éste
descienda a Egipto. En esta segunda expresión de su voluntad podemos decir que El
permite que ocurra lo inesperado. Abraham falló en mantenerse en la voluntad
prescriptiva y por causa de la escasés de alimento, decidió descender a Egipto, en
busca de alimento. Dios permitió que hiciera el viaje, aunque violara la voluntad
prescriptiva. Finalmente, Dios usa de su voluntad providencial y obró para que saliera
ileso del viaje. Se cumplió en Abraham entonces, lo que dijo el profeta Hoseas, “De
Egipto llamé a mi hijo” (Oseas 11:1).

        Tomando también un ejemplo sencillo del Nuevo Testamento, vemos a
Jesucristo usando de estas mismas formas de la Deidad para expresar su voluntad. Se
trata cuando Pedro caminó sobre las aguas. Cuando Pedro pidió ir donde Cristo, se
manifiestó la voluntad prescriptiva de Cristo cuando dijo: ¡Ven! Pedro comienza a
caminar, pero en cuestión de segundos se hundió en las aguas. En su voluntad
permisiva Cristo permitió que se hundiera, tragara agua, y gritara con desesperación,
siendo que Pedro había tornado su mirada hacia las gigantezcas olas y la había
apartado del Señor. El Señor inmediatamente recurre a su voluntad providencial y
camina hacia Pedro, extendiéndole las manos. Sabemos que el Señor no le dijo que
caminara para luego dejarlo hundir. No obstante, ya había provisto su manera de
intervenir a favor de su hombre. Algo semejante sucedió más adelante con el mismo
Pedro cuando negó al Maestro. La voluntad prescriptiva de Dios era que Pedro no lo
negara. La voluntad permisiva de Dios fue permitir que Pedro fuera “zarandeado como
a trigo.” La voluntad providencial del Señor fue ir en busca de Pedro, restaurarlo en el
cuerpo de discípulos y constituirlo pastor de la iglesia.

             Tanto en el caso de Abraham como en caso de Pedro, notamos que Dios,
en la voluntad permisiva, permite que vengan males. En el caso de Abraham permitió
que llegara el hambre y que descendiera a Egipto y luego permitió que naciera un hijo
fuera de la voluntad divina. En el caso de Pedro permitió que se hundiera
momentáneamente, y luego permitió que negara al Señor con maldisión. Gloria a Dios
que en ambos casos la voluntad providencial de nuestro Dios fue más fuerte que el
fracaso temporal de sus dos maravillosos hijos.

              Como la vida de Abraham es tan profunda, he dedicado todo un capítulo
para tratar de explicar lo que Abraham debió hacer o no hacer con el aparente silencio
de Dios. Todos los relatos bíblicos que procuro usar arrojan cierta luz en cuanto a
estas aparentes formas de Dios mostrar su voluntad. Tengo que decir que son
aparentes, porque al final de cuentas, solo podemos especular cuál es el verdadero
pensamiento de Dios. “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni
vuestros caminos mis caminos, dice Jehová.” (Isaías 55:8).

              Si has tomado este libro en tus manos es porque de alguna forma te
identificas con el tema, o tienes curiosidad por saber cómo será mi presentación. Esta
es una presentación sencilla dentro del contexto bíblico. El título lo dice todo, "Qué
hacer cuando Dios calla.” La respuesta a esta interrogativa puede ser bien sencilla para
algunos. Para otros, esto puede ser un gran dilema.

             El problema de la gente con Dios, incluyendo a los que nos movemos en
la comunidad de creyentes, es que nos turbamos particularmente cuando no vemos a
Dios actuar. Somos la gente más feliz del mundo cuando vemos a Dios obrando a
nuestro favor, pero nos confundimos y a veces nos rebelamos cuando sucede lo
contrario. Como hemos aprendido lo bueno que ha sido con los hombres, no sabemos
cómo responder cuando aparentemente no lo es. La tendencia nuestra, muy humana
por cierto, es rápidamente exigir respuesta de Dios. Como sabemos que Dios lo sabe
todo, pensamos que Él nos debe una respuesta a nuestras interrogativas. Y si Dios, por
causa de su soberanía, o por causa de nuestra sordera y ceguera espiritual, decide no
responder, la confusión se añade al dolor o a la urgencia por la cual estemos
atravesando.

              Los hospitales del mundo están atestados de enfermos. Cada vez que se
construye un nuevo hospital, hay más pacientes para internarse, que las camas que se
prepararon. De igual manera sucede con las cárceles; mientras más se construyen,
más delincuentes hay haciendo cola para entrar. Las plagas y enfermedades crónicas
cada vez se apoderan de más vidas. El cáncer, la diabetes, las enfermedades del
corazón y del cerebro se aumentan descontroladamente. La violencia sigue
reclamando personas inocentes, La gran tragedia que estremeció al mundo entero el
11 de septiembre de 2001 en la ciudad de Nueva York nos deja totalmente perplejos
preguntándonos ¿dónde está Dios ante estas desgracias humanas? Todo fue una
matanza a nombre de una religión y de un dios que se ha hecho enemigo de la libertad
política y social que disfrutan los norteamericanos. Lo real es que entre toda esa
gama de maldad se encuentra atrapada la gente buena de Dios. Los temerosos de
Dios tenemos que transitar las mismas calles que los rebeldes y los perversos.
Vivimos en una densa nube de tinieblas que amenaza con hacer desaparecer nuestra
seguridad familiar, social, moral, personal, y sobre todo, amenaza con opacar nuestra
vida espiritual. ¿Cómo vamos a sobrevivir en medio de tanta calamidad si tampoco
podemos entender dónde está Dios ante todo esto?

             Estoy confiando en el Señor que este sencillo despliegue de pensamiento
traerá beneficio a algunos de los lectores. Creo que puede servir de iluminación a
alguien para salir de duda o de confusión respecto al compromiso de Dios con él o ella
y con los que los rodean. Sin ser fatalistas, podemos decir que estamos propensos a
cualquier desgracia inesperada, no importa lo seguros nos sintamos. Tú y yo todavía
estamos propensos al dolor y a la angustia. La Utopía nuestra todavía no se ha
completado. Tú y yo todavía tenemos los pies puestos en las arenas movedizas de una
sociedad que se deteriora aceleradamente. Para esto lo que nos conviene es aprender
qué hablar cuando Dios está en silencio, y qué hacer cuando Dios no responde como
esperamos.

       La mayoría de los capítulos se enfocan en personajes sobresalientes de las
Escrituras. Estos capítulos analizan mi punto de vista en cuanto a lo que Dios no hizo
por ellos, y cómo ellos debieron actuar ante el silencio de Dios. Cada uno de estos
ejemplos muestra una forma peculiar de Dios obrar o no obrar. Entre los personajes
incluyo también a Jesucristo en su ministerio terrenal, pues nuestro Señor por treinta y
tres años fue todo hombre y como tal, “aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió
obediencia,” (Hebreos 5:8).

      Es preciso recalcar que la soberanía de Dios es un concepto que abarca tanto a
creyentes como a incrédulos. Se entiende que los incrédulos, en la mayoría de los
casos, no saben qué hacer cuando Dios no responde a sus demandas, y por eso
recurren a las imágenes, a los adivinos, y a los síquicos. Cuando el impío y el incrédulo
quieren la respuesta de algo, le vende el alma al mismo diablo con tal de adquirir lo que
desea. El hombre quiere soluciones inmediatas a sus necesidades aunque pase el
resto de su vida pagando por ellas. Por eso tenemos tantos charlatanes que
mercadean con los ignorantes que prefieren que se les lea la mano, se les lea las
cartas; se les le diga lo que dice la “bola de cristal,” antes de leer y procurar entender lo
que dice la Santa Palabra de Dios. Ante todo esto, nosotros, los creyentes tenemos
una responsabilidad diferente, y se nos ha dado la oportunidad para ser modelos para
el resto de la humanidad. Si somos creyentes, tenemos un compromiso mayor. El
mundo debe ver que nosotros sabemos cómo conducirnos cuando aparentemente Dios
no está obrando. A nosotros no nos debe confundir cuando Dios calla. Su silencio es
parte fundamental de su soberanía. Por eso el profeta Habacuc dijo enfáticamente:
“Mas Jehová está en su santo templo; calle delante de él toda la tierra” (Habacuc 2:20).




       CAPITULO 1 - ¿QUÉ ES EL HOMBRE?

              Dios es soberano sobre la raza humana y sobre la raza angelical. Antes
de que existiera la raza humana, ya los ángeles habían tenido su experiencia con la
soberanía de Dios. El reino de ellos fue sacudido cuando Dios mostró su señorío y
echó de su presencia a millares de ellos, condenándolos a las oscuridades eternas.
Empero, somos nosotros los humanos quienes topamos con su soberanía. Los
ángeles (por soberanía de Dios), han sido confinados a una vida muy estricta, y aunque
ellos tienen poderes sobrehumanos, Dios limitó sus capacidades creativas. Los ángeles
pueden volar, pero ni siquiera pueden construir un avión de papel, y mucho menos una
nave espacial. Un solo ángel tiene más fuerza que tal vez miles de humanos, pero
ninguno de ellos tiene facultad para crear o engendrar a otro ángel. Los ángeles viven
en un cielo libre de maldad y protegidos de cualquier invasión, mientras que nosotros,
vivimos en un reino expuesto a la maldad y la injusticia. Dios se glorifica en nosotros en
una profundidad mayor que la de los ángeles. El trato con nosotros es muy particular al
de los ángeles por cuanto nosotros, (aunque seamos pocos), podemos servir y honrar
al gran Dios de los Ejércitos Celestiales en medio de tanta confusión. Los ángeles no
tienen la opción de pecar, --nosotros sí. Ellos ya no tienen libre albedrío, --creo que
nosotros aún poseemos algo de ese libre albedrío. Por ahora nos conformamos con ser
“un poco menor que los ángeles, pero al final los mismos ángeles se maravillarán de la
gloria que ha de ser manifestada a los hombres.

             Pero, ¿qué es el hombre? El Salmista David, inspirado por el Espíritu
Santo exclamó: “Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la Luna y las estrellas que
tú fundaste, digo: „¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del
hombre para que lo visites? Le haz hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste
de gloria y de honra. Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste
debajo de sus pies; ovejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo, las
aves de los cielos, y los peces del mar; todo cuanto pasa por los senderos del mar.
¡Oh, Jehová, Señor nuestro, cuán grande es tu nombre en toda la tierra!” ( Salmo
8:3-9).

               El Salmista escribió esto cuando apenas el hombre se estaba señoreando
del mundo de su tiempo. Si el Salmista tuviera que escribir ahora que hemos entrado al
tercer milenio de esta dispensación, no tendría palabras para expresar lo que el
hombre ha alcanzado. Ciertamente el hombre se ha enseñoreado de todo; aves, peces,
reptiles, fieras, del espacio, de los sistemas de reproducción, de los materiales de
construcción, y de todos los recursos que la tierra puede producir.

       Pero, ¿qué es el hombre en comparación a todo el vasto universo? Como
asunto de comparación decimos que si el sol tuviera un diámetro de dos pies; el
planeta Mercurio fuera del tamaño de una semilla de mostaza; Venus fuera del tamaño
de un grano de pimienta, Saturno fuera del tamaño de una bola de golf; Júpiter fuera
del tamaño de una naranja, la tierra sería más o menos del tamaño de un fríjol verde. Si
esto es así, ¿de qué tamaño podemos comparar al ser humano? ¿Será el hombre tan
pequeño o aún más diminuto que un grano de arena?

       Alguien dijo que el hombre es la mayor paradoja y no se equivocó. El hombre es
realmente una paradoja por cuanto tiene la facultad de escoger el bien, y con ello
honrar a su Creador, mas tiene la facultad de hacer mal y deshonrar al Dios que lo creó
a su imagen y semejanza. Tampoco se equivocó el que dijo que el hombre es el más
complicado rompecabezas. Las ciencias humanas no descansan tratando de descifrar
el origen, la construcción genética que lo forma y el futuro del hombre. Sea un
rompecabezas, sea una gran paradoja, el hombre sigue siendo la obra más excelente
de toda la creación de Dios. Como es su obra más perfecta, Él, como Creador, no está
enojado porque el hombre sabe mucho, sino porque sabe mucho sin querer saber más
de su origen divino.

       Hasta hace un par de siglos atrás el hombre usó la leña para producir energía.
Esto fue hasta que descubrió que la tierra ya tenía almacenado suficiente carbón para
toda la energía que necesitara. Con la energía de este carbón el hombre logró hacer
grandes embarcaciones que lo ayudaron a cruzar océanos en mucho menos tiempo
que los antiguos barcos de vela. Luego, el hombre descubrió que también la tierra tenía
almacenados millones de millones de pozos y lagos subterráneos de combustibles
mucho más eficientes que el carbón. Desde entonces, ni el hombre, ni la tierra han sido
los mismos. Ahora el hombre no reposa buscando nuevos horizontes. Ya el hombre se
cansó de descubrir tierra y mares, plantó pié en la Luna y procura plantar pie en otros
planetas.

       La pregunta continúa. ¿Qué es el hombre, que en menos de dos siglos ha
adquirido lo que no adquirió por casi seis mil años? ¿Qué es el hombre que en menos
de cien años se bajó de una carreta halada por caballos para volar una nave a una
velocidad de más de 1500 millas por hora? Hasta hace poco más de cien años, el
hombre vivía limitado al caballo, el camello, y alguno que otro cuadrúpedo para
moverse de un lugar a otro en tierra seca, pero mientras cabalgaba pensaba en cómo
crear un medio de transportación más cómodo. De allí se metió al laboratorio y salió
manejando una extraña máquina que llamó bicicleta, hasta que se cansó de las dos
llantas. De allí se metió al garaje y salió manejando otra maquina de cuatro llantas la
cual llamó automóvil, hasta que se cansó de las cuatro llantas. Cuando se cansó de
moverse en cuatro llantas, se fue nuevamente al laboratorio, y de allí salió con otra loca
invención llamada aeroplano. Desde entonces el hombre ha echado alas y no detiene
su vuelo hacia lo infinito. Toda esta conquista de las distancias el hombre lo ha
alcanzado prácticamente en menos de un siglo. ¿Qué es el hombre, que en tan poco
tiempo ha puesto su pie fuera del globo terráqueo? ¿Qué es el hombre que en tan poco
tiempo ha conquistado todas las barreras de comunicación y del tiempo? ¿Qué es el
hombre, que se propone descubrir los secretos de la vida y se propone conquistar la
misma muerte?

        ¿Qué es el hombre que procura desafiar hasta la fuerza de gravedad? Mientras
yo escribo este libro, hay científicos que actualmente han logrado hacer suspender en
el vacío una rana y una cucaracha. Este es el comienzo de la conquista de la fuerza de
gravedad, aquí en la superficie de la tierra. Lo que se supone fuera territorio de Dios, el
hombre lo ha convertido en su campo de experimentos. Estos científicos que quieren
conquistar la fuerza de gravedad, están seguros que lograrán construir unas bóvedas o
cilindros electromagnéticos donde podrán suspender a una persona en el aire con el
propósito de atender casos médicos tales como quemaduras en el cuerpo, etc. No, no
se trata de un truco mágico del circo, sino de laboratorios donde el hombre se entrega
a conquistar lo imposible y a desafiar las leyes de la naturaleza.

        El hombre se dirige aceleradamente por las autopistas de información, o como
se conoce en inglés “the informational superhighways.” Según algunos observadores,
el volumen de información humana se tomó unos cuatro mil años para duplicarse por
primera vez; esto es, desde Adán hasta Cristo. Luego, se tomó desde Cristo hasta el
año 1750 para duplicarse nuevamente. La información se duplicó en el 1900; luego en
el 1950; y luego en el 1960. Desde entonces, la información coleccionada se duplica
de cada dos a tres años. Se cree que actualmente se necesitan unas veinte millas de
tablillas cada año para acumular la nueva información que se recibe en la biblioteca del
Congreso de los Estados Unidos. No obstante, esta misma información que está
almacenada en la biblioteca del Congreso, actualmente se puede almacenar en el
espacio de un maletín (briefcase), gracias a la invención de los microprocesadores
“microchips” de las computadoras. Se dice también que la capacidad de una actual
computadora de casa (home computer), en los años treinta costaría unos treinta
millones de dólares. ¿Qué es el hombre para que esté dando estos gigantescos
pasos de tecnología?

      Cuando yo era adolescente en los años sesenta, escuché a un pastor y a mi
padre argumentar sobre los adelantos humanos. Eran los años cuando los americanos
y los rusos estaban compitiendo por la órbita de la tierra. Mi padre, quien era
prácticamente un analfabeto discrepaba abiertamente con el pastor de su iglesia, pues
éste había predicado un mensaje que el hombre jamás pondría los pies sobre la luna,
como se proponía. Mi papá, aunque no tenía muchas palabras para expresar su
argumento, le aseguraba al pastor que el hombre no solamente iba a poner sus pies en
la luna, sino que llegaría más allá de la luna. El pastor pensaba que eso era demasiado
mucho atrevimiento para el hombre. Aunque este pastor, a diferencia de mi padre,
tenía mucho conocimiento y podía estar al tanto de los adelantos humanos, dudaba
que Dios le permitiera al hombre poner bandera en las estrellas. Según el pastor, el
hombre estaba jugando y experimentando con el territorio de Dios, y si lo hacía iba a
provocar los juicios de Dios sobre la tierra. Como ya hemos visto, mi padre, aunque
no sabía leer, salió ser más acertado en su argumento. Todo lo que mi padre
argumentaba era que Dios hizo al hombre con esas capacidades, y que a menos que
Dios lo interrumpiera, el hombre seguiría conquistando lo imposible.

        A principios del año 1997, el mundo entero fue sorprendido por las noticias de un
científico doctor, que logró hacer la primera copia exacta “clone” de una oveja. El doctor
logró inseminar una oveja y hacer nacer una oveja idéntica a la madre oveja. En otras
palabras, el doctor hizo las veces de Dios e hizo nacer una oveja exactamente como la
planeó. El mundo entero quedó fascinado con la noticia. Durante todo el año la gente
de todo nivel de educación comenzó a hacer conjeturas y prestar argumentos a favor y
en contra de este maravilloso resultado. Tanto educadores como políticos y aun
ministros de renombre prestaron sus argumentos, unos a favor, otros en contra. Una
vez más el argumento en contra era que el hombre se estaba instalando en el territorio
de Dios. El argumento a favor era que el hombre nuevamente había dado un paso más
en el mundo de lo imposible. Cuando se entrevistó a este intrépido científico y doctor
sobre cuál era su propósito primordial de hacer este experimento, él respondió que lo
hacía con la mejor intención de ayudar a la raza humana. Lo que más puso a la gente a
escuchar en las orillas de las sillas (por lo menos esa fue mi reacción), fue cuando se le
preguntó al doctor si su experimento se podía hacer en con ser humano, a lo que él, sin
titubeos, en lo afirmativo. Como la noticia corrió como pólvora, y aunque este
experimento ocurrió en Holanda, inmediatamente el Presidente de los Estados Unidos
se movió a promover una ley que por lo menos en los Estados Unidos se detuviera de
inmediato que este experimento se hiciera con seres humanos. Actualmente hay
doctores atrevidos aun aquí en los Estados Unidos que confiesan públicamente que
pueden “clonificar” a un ser humano. Y si el gobierno lo prohíbe, son capaces de irse a
cualquier otro país que acceda a los experimentos. Actualmente, el intento de duplicar
o “clonificar” a un ser humano se está experimentando en Inglaterra, y en muchos
lugares. ¿Qué es el hombre que se dispone a duplicarse asimismo sin el uso normal
del engendro como lo originó Dios? ¿Le permitirá Dios que se construya tan semejante
Babel?

       Mientras el mundo debatía sobre este gran alcance científico, el doctor
silenciosamente regresó a su laboratorio y para sorpresa del mundo, y en el intervalo
de menos de un año el atrevido galeno formó la segunda copia de otra oveja, excepto
que esta vez la oveja llevaría genes humanos. Esta vez la noticia no alcanzó tanta
conmoción como la primera. En menos de un año la gente se dio por entendida que el
hombre tiene la capacidad de crear seres humanos en el laboratorio. Una vez más el
hombre ha dado un gran salto en terreno que una vez se suponía pertenecía solamente
a Dios. Cuando entrevistaron nuevamente al doctor acerca de este segundo
experimento, él atestiguó que su nuevo alcance era para eventualmente crear animales
que lleven órganos y genes humanos, que luego se pudieran implantar en personas
que lo necesitaran. En otras palabras su meta es hacer una fábrica o industria de
animales copiados que puedan producir órganos humanos. Imagínese usted el
potencial de una granja de ovejas criadas con corazones, o pulmones, o hígados, o
páncreas, que pueden ser transplantados en los seres humanos.

       Además de los descubrimientos del doctor, otros doctores y científicos se están
dando a la tarea de controlar el nacimiento de nuevas criaturas a tal manera que los
futuros padres puedan de antemano encargar a su criatura a su gusto, incluyendo el
sexo. Dentro de un futuro bien cercano el hombre (si Dios se lo permite), tendrá total
control de la natalidad y las nuevas criaturas podrán ser encargadas como se encarga
cualquier otro producto. ¿Será esto obra de Dios? ¿Cuál será la opinión de Dios acerca
de este alcance de la sabiduría humana? Antes se suponía que le correspondía
solamente a Dios decidir si una criatura nacía varón o mujer. Ya no, pues el hombre ha
descubierto cómo hacerlo en el laboratorio.

        Dios ha estado tratando con el hombre acerca de sus intentos de grandeza. Aún
cuando el hombre apenas podía usar pedernales e instrumentos hechos de madera y
piedras, no se detuvieron para hacer monumentos de fama. La construcción de la torre
de Babel fue el primer intento del hombre de crear sus propios medios de seguridad.
Leamos sobre este suceso histórico bíblico y la reacción de Dios: “Tenía entonces toda
la tierra una sola lengua y unas mismas palabras. Y aconteció que cuando salieron de
oriente, hallaron una llanura en la tierra de Sinar, y se establecieron allí. Y se dijeron
unos a otros: Vamos, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego. Y les sirvió en lugar de
piedra, y el asfalto en lugar de mezcla. Y dijeron: Vamos, edifiquemos una ciudad y una
torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéramos esparcidos
sobre la faz de la tierra. Y descendió Jehová para ver la ciudad y la torre que edificaban
los hijos de los hombres. Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno, y todos éstos tienen
un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y nadie les hará desistir de lo que han
pensado hacer,” (Génesis 11:1-6). Si esta fue la expresión de Dios hace algunos miles
de años atrás, ¿cuál será su opinión en este momento de la historia?

        Indiscutiblemente, después de cuatro mil años, Dios sigue teniendo el mismo
pensamiento acerca del potencial humano. Si nada detenía al hombre en aquel
entonces, nada lo detendrá ahora que entramos al tercer milenio después de Cristo.
Dios conoce el potencial del hombre por cuanto lo creó así. Antes del hombre pecar;
antes del hombre esconderse de Dios; antes del hombre asumir su propio destino, Dios
lo había hecho con el potencial de hacer lo que se proponga. Dios le dio al hombre la
viabilidad de alcanzar su máximo propósito desde antes que éste supiera pecar. La
creatividad del hombre es original. El hombre no se hizo inteligente porque pecó. Él no
adquirió su potencial por haberse escapado de Dios. La capacidad del hombre no es de
la naturaleza caída, sino de la naturaleza divina. La capacidad innata del hombre no es
producto directo del pecado. No creo que era el propósito de Dios dejar al hombre en
completa ignorancia científica para mantenerlo santo y puro. El error capital del hombre
estuvo, y aún está en usar sus capacidades independientemente de Dios. El pecado no
estuvo en hacerse inteligente, sino en hacerse inteligente sin el consenso de Dios. El
hombre sigue caído y fuera de la voluntad de Dios, no porque se ha dado a descubrir lo
imposible, sino porque no ha invitado a Dios en sus proyectos.

        ¿Hasta dónde llegará el hombre con sus adelantos científicos? ¿Cuándo será
que Dios los confundirá nuevamente como hizo con la torre de Babel? El propósito del
hombre es subir a la cúspide del cielo, como pensó hace cuatro mil años atrás. Al igual
que cuando el hombre quiso hacer la torre con buenas intenciones, asimismo seguirá
descubriendo mundos y desafiando las barreras del tiempo y la distancia. Lentamente
el hombre quiere controlar su destino, quiere alargar sus días de vida aquí en la tierra;
quiere detener el tiempo si le fuera posible; quiere remontarse al espacio y plantar
bandera en otros mundos. El hombre se prepara para hacer su nido en las estrellas
olvidándose que el Dios que lo creó con todo este potencial, también ha de demostrar
su soberanía. El hombre no ha tomado en serio las palabras del salmista cuando
escribió: “¿Adónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si
subieres a los cielos, allí estás tú. Si en el Seol (las profundidades de la tierra), hiciere
mi estrado, he aquí allí tú estás. Si tomares las alas del alba, y habitare en el extremo
del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra. Si dijere: ciertamente las
tinieblas me cubrirán; aun la noche resplandecerá alrededor de mí. Aun las tinieblas no
encubren de ti, y la noche resplandece como el día. Lo mismo te son las tinieblas que
la luz,” (Salmo 139:7-12). El hombre no lo sabe, pero Dios está esperando que éste
se canse de inventar y de viajar. El hombre no sabe que uno más alto que él está
observando desde el planeta Cielo, y que está midiendo cada uno de los movimientos
que éste hace. No importa dónde se remonte; no importa dónde haga su nido, de allí lo
bajará Dios. Mientras tanto, el hombre sigue su travesía hacia lo desconocido. Dios no
está preocupado en los inventos del hombre, pues ya se ha propuesto encontrarse con
el hombre al otro lado del laboratorio.

       Estos adelantos del hombre lo ubica en una situación comprometedora con Dios.
Mientras el hombre más aprende a resolver lo difícil y lo imposible, menos piensa que
puede depender de una mente divina. Esto hace que las personas y aún los creyentes
que anhelan tener una relación y una continua comunión con Dios, confundan su forma
de mostrar su soberanía. Esto también hace que el hombre continúe actuando con una
mente individualista y egocéntrica. La familia humana está entrando en una “Nueva
Era” donde el hombre se ha convertido en su propio Dios, convirtiéndose así en el
“capitán de su propia alma,” y el programador de su propio destino. Mientras más
descubre el hombre de sí mismo, menos descubre de Dios; mientras más descubre en
el laboratorio, menos descubre de la Palabra de Dios; mientras más alcanza de su
propia mano, menos alcanza de la mano de Dios. Y esto, --hasta que Dios quiera.

      Además del problema del hombre querer ser su propio dios, y de considerarse
dueño de su propio destino, el hombre tiene el gran dilema de aceptar su naturaleza
pecaminosa y reconocer que: “por cuantos todos pecaron, todos están destituidos de la
gloria de Dios.” (Romanos 3:23). Se necesitarían muchos libros para describir todo lo
que la Palabra de Dios describe como pecado, pero no se puede hablar de la
soberanía de Dios sin hablar del efecto que el pecado ejerce en el razonamiento
humano. Este escape de la realidad del pecado también afecta grandemente la forma
en que Dios muestra su señorío. La rebelión del hombre en contra de las leyes divinas,
la Biblia lo llama pecado. Lamentablemente, el hombre se ha hecho de religiones y
filosofías que pretenden esconder el pecado con toda clase de disfraces. Por ejemplo,
el sociólogo lo llama retraso cultural, el siquiatra pretende llamarlo conducta emocional,
el filósofo lo describe más o menos como un pensamiento irracional, los humanistas
buscan definirlo como una debilidad humana, los criminalistas lo llaman una conducta
antisocial, y así por el estilo. Lo que la Biblia llama un corazón perverso, la teoría de
Sigmund Freud prefiere llamarlo el “id.” Aun las religiones orientales quieren hacernos
creer que el pecado no es otra cosa sino “una ilusión de la mente.” Para muchas
filosofías religiosas el diablo no existe, Por lo tanto, tampoco puede existir el pecado.
Según algunas filosofías, el pecado es la tendencia gradual del hombre desarrollar su
conciencia moral. Como el hombre, según ellos es un ser en evolución, esa bruta
conducta que lo distingue es parte de su progreso a la perfección. Según la teoría de la
evolución, el hombre está supuesto a mejorar mientras evoluciona de ser un mono de
la selva hasta alcanzar la postura perfecta. Eso, mis queridos lectores, complica la
forma en que Dios obra su voluntad.

       Alquilen dijo una vez que un psiquiatra (quien se supone sepa explicar los
orígenes de la conducta humana), era semejante a un obrero de minas de carbón;
porque el psiquiatra se profundiza en lo recóndito y lo oscuro en su investigación del
psíquico; se queda en esas profundidades todo el tiempo que desee (mientras el cliente
tenga dinero para pagarle), pero cuando sale de las profundidades, está más sucio que
cuando entró. Se pregunta usted, ¿por qué teniendo tantas filosofías y ciencias
humanas que trabajan con la conducta humana, no pueden detener al hombre de su
desenfrenada carrera hacia el abismo? Un leve vistazo a la Palabra de Dios es
suficiente para entender porqué Dios hace o no hace: “He aquí que no se ha cortado la
mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír, pero vuestras
iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han
hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír,” (Isaías 59:1-2).

        ¿Qué es el hombre, sino un inteligente, progresista, intrépido, atrevido y rebelde
pecador, capaz de hacer su propio camino hacia las profundidades de las tinieblas?
¿Qué es el hombre, sino un ser inteligente, hecho a imagen y semejanza de Dios, pero
con una mentalidad de avestruz, que aunque es el ave mayor en su clase, esconde su
cabeza en la arena para ocultar su miedo? ¿Qué es el hombre que como el pavo real
exhibe su bello plumaje para luego ver cómo se le cae el moco frente a sus mismas
narices? ¿Qué es el hombre que como el mono, mete su mano en la cueva para
agarrar el plátano, y prefiere ser atrapado que soltar la fruta? Si no existiera un infierno,
el hombre crearía uno; y si no existiera un diablo, el hombre estaría aprendiendo como
ser uno. Con esa realidad trata Dios en su deseo de mostrar su propósito eterno. Si no
existiera el pecado, los disfraces jamás podrán ocultar la verdadera identidad.
        Los próximos capítulos del libro nos llevarán a examinar brevemente cómo Dios
actuó o no actuó con algunos de los protagonistas más destacados en las páginas de
la Biblia. Comenzaremos con el caso de Adán y terminaremos compartiendo algo de
cómo trató Dios el Padre a su Hijo Jesucristo. Como el Verbo se hizo carne y habitó
con nosotros habiendo tomado condición de hombre, podemos hablar de la voluntad y
la soberanía de Dios aun en el trato con su Unigénito Hijo. Las experiencias de ellos
son las experiencias nuestras. Lo que ellos experimentaron lo estamos experimentado
nosotros cada día. Ellos fueron varones que actuaron diferente ante el trato de Dios
con ellos. Algunos pagaron serias consecuencias por no haber entendido el propósito
de Dios con ellos. Los errores que ellos cometieron son nuestra amonestación para que
nosotros no cometamos los mismos. Cada uno de estos ejemplos son principios
básicos de los cuales debemos de aprender, si queremos entender aunque sea
someramente cómo Dios hace o no hace. Ojalá que mientras observamos estos
modelos aprendamos algo más sobre qué hacer cuando Dios no está haciendo y
cuando está en silencio.
CAPITULO 2 - UNA SERPIENTE EN EL JARDIN

        Es irónico, pero podemos decir que la gran interrogativa del hombre hacia Dios
comenzó en un bello y perfecto lugar conocido como el jardín del Edén. A diferencia de
la teoría de la evolución, donde presenta al hombre evolucionando de un estado bruto y
un cavernícola, la Biblia lo presenta viviendo en un encantador y perfecto jardín. Según
el relato bíblico en el libro de Génesis, este lugar estaba en medio de un río que se
dividía en cuatro partes para regar todo el huerto. Pensemos por un momento en la
belleza y equilibrio ambiental de aquel paraje. ¿Nos podemos imaginar lo tranquilo y
feliz que vivían los animales del campo, las aves y los peces? ¿Nos podemos imaginar
el clima perfecto que se disfrutaba en ese lugar? Ciertamente la familia humana tuvo un
incomparable comienzo. Podemos decir confiadamente que Dios fue muy justo con el
hombre desde el principio, y que Dios no plantó a la familia humana en un lugar
incompleto, sino repleto de recursos.

              Si se puede aceptar el relato de Génesis y el mensaje que aprendemos
de Adán y Eva, tenemos mucho qué aprender acerca de este gran dilema de la vida.
Algunos supuestos eruditos pretenden descartar el relato de la primera pareja como
algo histórico. Ellos quieren asegurarnos que todo este asunto de Adán y Eva es
solamente una analogía y un mito, y que nunca existió una primera pareja como tal.
Aunque así fuera, tenemos ante nosotros un valioso mensaje de la soberanía de Dios
que no puede ser descartado. Sea mito, sea real, el mensaje es el mismo. La
enseñanza que se desprende de esta exposición es tan práctica hoy como fue miles de
años atrás. Yo parto de la premisa en que el lector acepta el relato de Génesis como el
comienzo histórico de la familia, y que lo que aconteció alrededor de Adán y Eva
continúa siendo un ejemplo de relevancia para la raza humana.

               Si el hombre acepta creer en la teoría de la evolución y prefiere creer que
desciende de una especie inferior, entonces Dios nada tiene que ver con los asuntos
de la vida. En la teoría de la evolución no puede existir valor alguno en las enseñanzas
de la Biblia. Si el relato de Génesis es un mito, todo lo demás que la Biblia revela sería
totalmente inservible para ayudar al desarrollo del hombre. Si el hombre es un
agnóstico que duda que Dios esté envuelto en los asuntos de la familia humana,
tampoco se beneficiará la exposición bíblica. Solamente si el hombre todavía reconoce
que su vida es producto de la creación de Dios, aunque tenga dificultades para
entender, tiene que aceptar que tiene un Dios creador que está muy involucrado en su
diario vivir.

             Ahora bien, partiendo desde esa premisa, debemos de meditar
brevemente sobre lo que sucedió con aquella pareja tan interesante que consideramos
nuestros padres. Aún cuando el relato de Adán y Eva fuese un mito, el Dios de la
historia no lo es. La historia humana no es un mito ni un sueño. No, mis queridos
lectores, la vida no es un sueño. Si la vida fuera un sueño, estuviéramos viviendo una
eterna pesadilla.

              Los cristianos vivimos aferrados a la autenticidad de este relato de la
primera pareja descrita en el libro de Génesis. Aún la gran mayoría de los impíos
reciben este relato como un principio divino y auténtico. Para nosotros los cristianos no
existe otro comienzo más exacto. La moderna y controversial teoría de hacernos
pensar que nuestros antepasados evolucionaron desde la selva, deja más preguntas
que contestar que el relato bíblico que encontramos en las Sagradas Escrituras. Se
necesita más fe para creer lo que Charles Darwin intentó probar que el simple relato
que tenemos en Génesis. Es cierto que algunos humanos se comportan como
animales irracionales, pero la conducta torcida de algunos no niega la realidad que
somos el producto de una mano creadora. De la forma que algunos humanos se
comportan, no creo que los monos de la selva estarían muy satisfechos en
reconocerlos como sus descendientes. Eso, sin embargo, no invalida la realidad del
comienzo de Dios con el hombre.

                Aceptar el testimonio de Adán y Eva como el principio del trato de Dios
con la raza humana, nos ubica en una posición comprometedora. Pues nuestra
tendencia es interrogar a Dios el porqué no hace ciertas cosas que esperamos de él o
porqué permite que le pasen cosas malas a la gente buena. Habitualmente cuando
sucede algo malo a una persona mala decimos que es castigo de Dios. No tenemos
problemas en aceptar que Dios es muy justo y que castiga o permite que algo malo le
pase a una persona mala. Nuestra confusión, sin embargo, está en querer saber
porqué Dios permite que le pasen cosas malas a la gente buena e inocente. Nuestra
interrogativa es querer saber dónde o qué está haciendo Dios cuando algo malo e
inesperado nos sucede. No es tan fácil contestar porqué Dios permite que llegue un
cáncer mortal a una buena madre, mientras personas perversas y criminales viven una
vida de salud perfecta. Salomón dijo: “Justo hay que perece por su justicia, y hay impío
que por su maldad alarga sus días. Todo acontece de la misma manera a todos; un
mismo suceso ocurre al justo y al impío; al bueno, al limpio y al no limpio; al que
sacrifica, y al que no sacrifica; como al bueno, así al que peca; al que jura, como al que
teme el juramento. Me volví y vi debajo del sol, que no es de los ligeros la carrera, ni la
guerra de los fuertes, ni aun de los sabios el pan, ni de los prudentes las riquezas, ni de
los elocuentes el favor; sino que tiempo y ocasión acontecen a todos. Porque el
hombre tampoco conoce su tiempo; como los peces que son presos en la mala red, y
como las aves que se enredan en lazo, así son enlazados los hijos de los hombres en
tiempo malo, cuando cae de repente sobre ellos.” (Eclesiastés 9:11-12). Eso fue lo que
Salomón vio debajo del sol más dos mil quinientos años atrás. Esta es la triste
realidad, mi querido lector. El predicador la llamó, “vanidad de vanidades.”

             Yo no puedo imaginar cómo piensa un ateo en cuanto a las injusticias de
la vida, pues supuestamente, Dios no está en su pensamiento. No tengo una idea
como piensa un seguidor de la llamada «ciencia cristiana», que no cree en la existencia
de un ente malvado revelado en las Escrituras como el diablo o Satanás. Tampoco
tengo una idea cómo actúa un agnóstico que ha llegado a la conclusión que aunque
exista un Dios, éste no tiene nada que ver con nuestro diario vivir y con nuestro futuro.
Tanto el ateo como al agnóstico están libres de culpar a Dios por las cosas malas que
le suceden a la gente buena. Pero la mayoría de nosotros hemos creído en la
existencia de un Dios Divino, Eterno, Todopoderoso y muy envuelto en nuestra vida
diaria. Nosotros los que creemos en Dios, no podemos evadir el gran dilema de porqué
Dios hace o deja de hacer.

             Si queremos analizar porqué Dios no hace como esperamos,
reconsideremos brevemente lo que sucedió en el jardín del Edén. Debemos de
detenernos y tratar de entender porqué Dios no advirtió a Adán y a Eva de la
estratagema, la invasión y la intervención de un ser malvado que trastornaría todo el
programa de nuestros primeros padres. El que no puede entender esto, no tiene otro
recurso sino de dudar de su obra o de negar a Dios por completo

              Consideremos primeramente el hecho de que Dios le entrega al hombre
un lugar con todos los recursos. Dios ordena la formación de este particular planeta
llamado Tierra; lo hermosea de todos los encantos que lo distingue; lo abastece de
recursos, y luego le da autoridad absoluta al hombre sobre toda esta excelente
creación. Esto es, Adán tenía señorío sobre las bestias del campo, las aves del
espacio, y los peces del mar. Por lo tanto, se puede entender que Adán tenía poderes
sobrenaturales para comunicar y tener señorío sobre todos los seres que Dios había
puesto en la creación. No obstante, nos confrontamos con el gran dilema de que muy a
pesar de todo ese señorío que la pareja habría de ejercer, había una criatura que no
reconocía tal señorío. Esa siniestra criatura conocida como la serpiente, se movía en
medio de todo aquel medioambiente que había sido hecho a la perfección. En medio de
aquel exuberante jardín se paseaba por entre los árboles una aciaga figura que no
pertenecía allí. La presencia de este intruso ser iba a tomar una parte muy significante
en todo lo que sucediera alrededor del huerto, y desde luego, el mundo entero.

              Se necesitaría toda la ciencia del mundo y aún no se podría descifrar qué
había en la mente de Dios en permitir entrar al jardín a tan intrusa y destructiva figura.
Humanamente hablando, no existe forma de entender porqué Dios permitió una cosa
semejante. Como no podemos sondear la mente de Dios, solamente podemos
preguntar, y esto, sin esperar mucha respuesta. ¿A quién se le ocurre planear un
comienzo como tal? Solamente a un Dios soberano que hace lo que quiere con el que
quiere, y a la hora que quiere, puede formalizar un plan como éste. Aunque no nos
guste la idea, allí estaba la serpiente en medio del mejor ambiente que jamás se haya
conocido en la tierra. Lo peor, (si me permiten la palabra), es que Dios no advirtió a la
pareja. Las instrucciones fueron sencillas: “De todo árbol que está en el huerto podéis
comer mas del árbol que está en medio del huerto, no comerás, porque el día que de él
comiereis moriréis,” (Génesis 2:16-17).

             Observemos que Jehová Dios no le informó de aquella intrusa que se
movía alrededor del jardín. Consideremos, además, que Jehová puso a la disposición
de la pareja todos los recursos necesarios, como ya hemos mencionado. Inclusive,
Dios los había creado con características físicas totalmente perfectas y con todas las
habilidades posibles para beneficiarse de toda la creación. Si esto es así, entonces
para los efectos de Dios la pareja no tenía necesidad de información adicional. Para los
efectos, Dios no tenía ni que presentarse más en el Jardín y podía dejar que la pareja
se desarrollara por ellos mismos y que mantuvieran su señorío. En cuanto a Dios se
refería, la presencia de Satanás en el huerto de Edén no significaba problema alguno,
por cuanto Dios los había establecidos con todo lo que podían necesitar. Se supone
que la presencia y la astucia de la serpiente no se podía medir con las habilidades y los
recursos que tenía la pareja. Cabe decir que la presencia de aquel ser, por astuto que
fuera, jamás pudiera afectar el señorío y la paz de la primera pareja. Para los efectos
de Dios, Satanás ya había sido destronado y desalojado de todo el reinado celestial.

             Se supone que la presencia del adversario en nada afectaría a Adán y a
Eva, por cuanto la pareja había sido puesta en la mejor de las condiciones. Hasta ese
momento Satanás en nada tenía que intervenir con la nueva creación de Dios. Todavía
él no se había declarado rey y señor de la tierra y de la raza humana. No era que Adán
y Eva habían invadido el terreno de Satanás. Era de entender que Satanás nada
tuviera que hacer en el huerto, y aunque llegara como un intruso, se esperaba que
saliera huyendo ante la autoridad y el señorío de Adán. Era de esperar que Satanás no
fuera contrincante para el hombre, por cuanto Dios lo había declarado derrotado.
Desdichadamente no fue así. De nada sirvieron los recursos del huerto.

              Hasta el momento de ocupar el huerto, Satanás solo podía llegar con un
plan, y era estorbar la relación de Adán con Dios. Satanás estaba percatado de todos
los recursos que tenía la pareja. Él no podía apelar a necesidades de la pareja pues no
habían necesidades. Una cosa, sin embargo, sabía la serpiente --que el señorío y la
posición de Adán y Eva en el huerto era una posición relativa. Es decir, que la
autoridad de Adán no era automática ni absoluta sino empírica. La posición de Adán
con Dios no era la de un autómata o la de un sujeto bajo los efectos de una hipnosis.
Satanás entendió que la relación de autoridad de Adán solamente se podía mantener a
través de un proceso y una experiencia. Por lo tanto, esta autoridad era vulnerable. La
autoridad era sensitiva por cuanto dependía de una relación progresiva. Mientras se
mantuviera esa relación, el hombre en nada tenía que preocuparse de las artimañas de
la serpiente. Esa relación funcionaría como una protección contra todo lo que pudiera
planear la serpiente. Esa relación debió no solamente servir como una protección sino
como la manera ininterrumpida de mantener la relación.

       Usemos una analogía de la vida moderna. Cuando una criatura viene al mundo,
se da por seguro que nace perfecto, aunque sea un ser pequeño y frágil. Todos su
órganos, aunque son normales, son bien diminutos. Por eso, aunque la criatura nazca
perfecta, por ser tan delicada, depende el cien por cien de los demás. Los doctores
proceden a vacunar a la criatura como forma preventiva contra posibles enfermedades.
Si la criatura recién nacida no recibe esta forma de prevención, los resultados pueden
ser mortales. En el caso de Adán, sin embargo, Dios lo hizo fuerte, completo, y
podemos decir que le dio poderes sobrenaturales. En otras palabras, Dios le puso
todas las "vacunas" necesarias, además de darle todos los recursos necesarios. Por
eso Adán no se cansaba, no se enfermaba, ni siquiera tenía que ponerse ropas, y pudo
haber vivido físicamente para siempre. Todo esto tenía Adán antes que apareciera la
serpiente. En cuanto a Dios se refería, el hombre estaba bien equipado para
contrarrestar toda acechanza, toda tentación y todo ataque. Todo lo que Adán tenía
que hacer era mantener y perfeccionar su relación. Adán en nada tenía que
preocuparse de la existencia de un diablo, mientras mantuviera un conocimiento y una
disciplina estrechamente relacionado con su Creador. La seguridad total de Adán
dependía no tanto de cuantas habilidades y cuanta autoridad tenía en relación con el
medioambiente, sino de cuanta relación mantenía con su Dios. Satanás jamás tendría
acceso a Adán y a Eva, aunque tuviera acceso a todo lo demás. Pero la serpiente era
astuta más que todos los animales del huerto. Su malévola intención estaba en romper
la relación del Creador con su criatura. Satanás estudió bien a la pareja. Él sabía que
no podía medirse con el hombre en cuanto a señorío y poder. El no podía mover un
dedo para afectar el huerto, porque Adán era quien tenía el señorío de todo lo creado
alrededor de él. Satanás no podía afectar en ninguna forma el ciclo perfecto del jardín.
Por lo tanto, apeló a la única parte vulnerable de la pareja, que era su relación con el
Creador. Esta era la parte vulnerable, por cuanto esta parte correspondía al hombre y
no a Dios. El hombre había sido creado con todo el potencial de mantenerse perfecto y
sin caída. Pero, como ya hemos dicho, la relación de Adán no era automática. La
relación venía a través de un proceso. Satanás pudo descubrir que aunque Dios había
hecho al hombre perfecto, su perfección no incluía una relación instintiva. Ciertamente
el hombre fue hecho perfecto, pero no fue hecho maduro. El hombre fue hecho
inocente de maldad, pero no fue hecho santificado. El hombre fue hecho con poderes
sobrenaturales, pero no fue hecho un hombre espiritual. Tanto su espiritualidad como
su santificación dependían de su vínculo con la fuente divina. Podemos decir que Dios
hizo a Adán ilimitado en su autoridad y postura horizontal. Pero no fue así en cuanto a
su posición vertical. El hombre pudo vivir como rey y señor de todo lo que correspondía
en cuanto a sus funciones perpendiculares, pero su victoria y su perfección en su
relación vertical quedó expuesta a cambios. Satanás no tenía nada absolutamente
cómo entremeterse con el hombre si primero no afectaba su sujeción ante Dios.

       La serpiente no logró su inventiva porque vio al hombre débil en su posición
como señor de la creación. Él logró su incursión al descubrir la frágil actitud hacia su
Creador. Una cosa sabía la astuta serpiente, y era que Dios podía hacer al hombre
indefectible en todas formas. Satanás también entendió que la mano creadora de Dios
no era hacer un fantoche del hombre. La idea de un “robot” no fue lo que el Padre se
propuso hacer con esta maravillosa creación humana. El hombre era la obra soberana
y voluntaria de Dios. Aún así, en su soberanía, Dios quiso hacer al hombre con una
capacidad progresiva relacional. Podemos decir que el hombre no cayó de su
consagración sino que nunca subió a la cúspide de su alcance divino. Los poderes que
le fueron dados al hombre como señor de la creación pudieron ser eternos. No había
límite de tiempo o espacio en cuanto a aquella autoridad que se le extendió. Pero no
era así con su carácter de santidad. La astuta serpiente codiciaba el hecho de que Dios
le hubiera puesto en tal señorío. Su envidia ardía al entender lo que se proponía hacer
Dios con esta nueva creación. Se turbaba el espíritu de este tenebroso ser al observar
que Dios comenzaba una nueva familia y en unas circunstancias tan congénitas.

              Considerando entonces, que la vida victoriosa de Adán y Eva era
relacional, tenemos que entender la posición que ejercía este descomunal enemigo.
Podemos deducir que esta antigua serpiente ejercía (y aún ejerce), una posición
determinante para la raza humana y especialmente para aquellos que servimos a Dios.
La Palabra de Dios nos asegura que Satanás está ya condenado al juicio eterno. Esto
da a entender que por mucho que este terrible enemigo procure nuestra destrucción,
nunca podrá paralizar indefinidamente la obra de Dios. No hay forma que Satanás
termine victorioso. Su fin ya está determinado y Dios seguirá siendo Rey y Señor del
universo. Dios siempre logrará una familia de seres humanos perfeccionados. El plan
eterno de Dios jamás podrá ser impedido, no importa cuanta estrategia quiera usar el
enemigo.

              Si podemos aceptar esa verdad bíblica y eterna, podemos entender mejor
la forma en que Dios actúa o deja de actuar. Desde antes que el diablo pudiera
intervenir en los asuntos del hombre, ya había establecido que su aparición en el
drama humano tenía un solo propósito; servir como instrumento de advertencia. Dios
no tenía que informarle a Adán de la presencia de la serpiente en el huerto. El deber de
Adán y Eva no era de cuidarse de la serpiente, sino obedecer al pié de la letra las
órdenes recibidas. Las instrucciones fueron estas: “De todo árbol del huerto de Edén
podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y el mal no comerás; porque el día
que de él comiereis, ciertamente morirás,” (Génesis 2:16-17). Notemos que el
mandamiento no era que se cuidasen de la serpiente, sino que obedeciera. El
mandamiento no era que obedecieran porque la serpiente estaba ahí, sino que
obedecieran incondicionalmente. Esto revela una gran verdad acerca de Dios y la
realidad del adversario el diablo. Dios no quiere que nuestra obediencia sea por causa
del enemigo. Dios no quiere que se le sirva en defensa o como escape de tener que
servir al enemigo. Adán no conocía el bien o el mal, y tampoco lo necesitaba. Adán ni
siquiera necesitaba conocer el bien, porque conocer el bien es relativo al mal. El bien
sólo se conoce en base del mal. No existe el bien a menos que exista un mal para
compararse. Aquel árbol entonces representaba la única advertencia que Adán
necesitaba. Todo lo que él necesitaba era mantener su comunión con su Creador.

              Usemos un ejemplo bien sencillo de la vida diaria. Digamos que un
camión de bomberos va hacia una emergencia. La autoridad que tiene es de ir rápido y
sin detenerse. El conductor no tiene que preocuparse de las señales de tráfico, por
cuanto la orden es clara y determinante. El camión pasa una intersección con un
semáforo que le puede dar la señal roja de detenerse, o la señal verde de continuar. El
conductor del camión de bomberos no tiene que ser advertido que en la intersección
alguien lo va a interceptar. Tampoco tiene que fijarse si la luz está verde o roja. Él tiene
la autoridad de seguir hacia delante sin importarle los obstáculos. En el Edén se
aprecia algo semejante. Dios le dijo a Adán y a Eva que manejaran sus vidas derechas
sin detenerse y que no se preocuparan de la intersección donde estaba el semáforo del
bien y del mal. Ellos tenían el permiso para seguir hacia delante, y llevarse a la
serpiente enredada si ésta se interponía. Dios no tenía que decirle a Adán y a Eva que
se iban a encontrar con otro conductor en la intersección o que algo los desviaría. Las
instrucciones fueron precisamente a que siguieran por la carretera que ya se le había
indicado. Quiero decir, Dios no le puso el árbol para que desobedecieran sino todo lo
contrario. Dios los puso para que sobrepasaran la intersección donde estaba el árbol
del bien y del mal. El árbol no estaba para hacerlos titubear. En su carrera hacia la
perfección se iban a encontrar con la luz del bien y la luz del mal. La autoridad, sin
embargo, los capacitaba para seguir sin importarle uno u otro. Desdichadamente ellos
se detuvieron frente al árbol; se detuvieron frente a la señal que les había sido puesta,
desobedeciendo las instrucciones.

              De esta experiencia del Edén sacamos una importante lección de porqué
Dios no nos dice las cosas. Puede haber cuatro razones principales porqué Dios no
nos hace saber algo. Primero, porque Él es soberano, y como tal hace lo que quiere,
con el que quiere, a la hora que quiere. Segundo, porque nosotros no estamos
preparados para saber lo que queremos. Tercero, porque no nos merecemos saber lo
que deseamos. Cuarto, porque el saber algo en particular de Dios puede ser un plan de
tiempo. La confusión nuestra está en no entender cuál de estas cuatro razones
estamos siendo tratados por Dios. En el caso de Adán, Dios no le advirtió de la
presencia y las intenciones de la serpiente. ¿Cuál de estas razones usó Dios para no
hacerlo? Siendo que esta decisión de Dios ha sido la que más consecuencias ha traído
a la raza humana, es de pensar que Dios usó por lo menos dos razones de las que
hemos mencionado. Definitivamente Dios no le informó a Adán amparado en su sola
potestad. Segundo, Dios no le indicó la presencia del enemigo porque tanto Adán como
Lucifer eran instrumentos en un plan fufuro de Dios. El hombre no había hecho nada
malo como para no merecerse el aviso, por lo tanto no fue informado porque no se lo
merecía. No fue que Dios no le avisó porque estaba molesto con Adán. En cuanto a
estar preparado para recibir el aviso, el hombre no podría estar mejor preparado que en
otro momento de su creación. Esto nos debe llevar a aceptar la soberanía de Dios en
cuanto a hacer o no hacer las cosas cuando nosotros se las pedimos o las esperamos.

       La pregunta es: ¿Qué podemos hacer nosotros ante esa soberanía de Dios en
no manifestarnos algunas cosas? O, ¿qué podemos nosotros hacer ante los planes
particulares y secretos de Dios? Consideremos lo que yo creo que Adán y Eva
debieron hacer. Primero que nada, Adán y Eva tenían suficiente información en la cual
podían actuar. Dios le dijo que en medio del huerto estaba el árbol del bien y del mal y
contenía algo que se llamaba muerte. Estos dos conceptos eran desconocidos para la
pareja, pues no eran parte de sus características. Estos avisos debieron de ser
suficientes para la pareja sobrepasar cualquier obstáculo. Adán y Eva podían actuar
contra la amenaza que se encerraba en aquel misterioso árbol. Luego, ellos pudieron
indagar más de parte de Dios acerca de aquellos latentes peligros. Pudieron también
relacionar que si Dios había puesto aquel árbol con aquellas características, era porque
el medioambiente no era del todo perfecto. Tuvieron la oportunidad de indagar qué
faltaba espiritualmente e internamente en ellos por la cual Dios permitió el árbol.
Además, la pareja pudo construir alguna forma de señal que les indicara si algo o
alguien extraño salía del árbol. Finalmente, la pareja tenía la capacidad de escoger
entre las diferentes posibilidades.

       ¿Cómo sabemos que la pareja había sido hecha con facultades para analizar
todas estas cosas? Lo sabemos sencillamente por la forma que reaccionaron al
momento que Satanás entrevistó a Eva. Tanto Dios como Satanás, sabían que la
pareja tenía estas facultades. La advertencia y la presencia del árbol daban claramente
a entender que la pareja tenía facultades para decidir. Hasta ese momento de la
creación el hombre podía actuar sobre todo lo que sucedía a su alrededor sin
desobedecer. El pecado de ellos no fue usar su libre albedrío, sino usar su libre
albedrío contra la voluntad prescriptiva de Dios. Satanás dependía totalmente de esta
facultad de la pareja. Además de esto, Satanás no tenía poderes o autoridad para
invadir por la fuerza. Su invasión en el jardín del Edén podía ser solamente en base de
la oportunidad que le extendiera la pareja. La serpiente no alcanzó su propósito
porque era más sabia que Adán, sino porque Adán tenía la facultad para decidir.
Deducimos entonces, que toda la responsabilidad de aquel drama del Edén cae sobre
la primera pareja. Ni siquiera podemos culpar al enemigo en su totalidad de este
desastre en la familia humana. Aunque la excusa de la pareja fue echarle la culpa a la
serpiente, ésta operó en base de la oportunidad que le extendió, primeramente la mujer
y luego el varón indirectamente. Es cierto que la serpiente era la más astuta de todos
los animales del campo, pero esto nunca debió hacerla más astuta que el hombre. Su
astucia dependió enteramente por la falta de obediencia del hombre.

       La actitud de obediencia era el secreto de todo este dilema del principio.
Obediencia fue lo que faltó en el Edén. El desastre del Edén no es la culpa de un diablo
astuto que pudo más que Dios. Toda la armonía y la victoria del jardín del Edén
dependían de este sencillo, pero importantísimo concepto de la obediencia. La caída
del hombre no es el resultado de un Dios que planeó su derrota desde antes de crearlo,
sino de una criatura que pudo usar propiamente su libre voluntad. La caída de la pareja
no fue el producto de una obra incompleta, sino el resultado de una criatura
insubordinada. Dios no hizo al hombre de voluntad libre para verlo caer en derrota.
Pero la sabiduría de Dios no permitía hacer una criatura sin la voluntad libre para
escoger. La obediencia solamente se puede alcanzar en un ser con facultades para
escoger. Desdichadamente, el hombre escogió para su propia derrota.

       Entendemos pues, que el compromiso del Edén reposaba sobre Adán y Eva. El
secreto del Edén, y, por consiguiente, la victoria de la familia humana, reposaba en la
forma que la pareja respondiera ante la propuesta de Satanás. Es claro que Dios no
hizo todo lo que el hombre presuntamente necesitaba. La presencia inadvertida de la
serpiente depositaba gran responsabilidad sobre Adán y Eva. Era el deber de ellos de
crecer en sabiduría y en conocimiento sobre la obediencia que Dios esperaba.

       Era evidente que Adán y Eva tenían capacidad para discernir. El hecho de que
Eva puso atención y pudo valorizar la oferta de Satanás nos muestra que tenían gran
facultad para tomar decisiones. Dichas facultades los responsabilizaba a discernir el
«espíritu» que los tentaba. El error mayor no fue solamente en escuchar la oferta de
Satanás, sino en no saber responder.
       Sabemos que Dios, además de permitir la nefanda presencia de la serpiente, no
salió en defensa de la mujer contra la instigación inicial. Sabemos, además, que Dios
optó por darle espacio a la pareja para que éstos arboraran como señores de la tierra.
De aquí observamos que de inmediato el enemigo comenzó su ataque en un momento
en que aparentemente Eva estaba sola. No podemos explicar porqué Eva no estaba
junto a Adán en el diálogo con la serpiente. Por lo menos sabemos que no estaban
separados por algo malo, porque hasta ese momento de sus vidas, la pareja está en
estado de inocencia y sin problemas. No era que Eva vivía aparte y en un lugar
separada de su compañero. Sin embargo, el enemigo capitalizó en este aparente
descuido. Para Satanás, éste fue el momento más oportuno. La astucia satánica sabía
que habría más vulnerabilidad en la mujer, si podía sorprenderla sola. Esto indica que
la serpiente se tomó su tiempo esperando la oportunidad de encontrar sola a la
inocente mujer. Eva no sabía que había una astuta serpiente siguiendo sus pasos.
Pero en nada debió de haber sido dañada la pareja si ella hubiera salido en busca de
su compañero en el primer instante que escuchó la voz. Eva incurrió en un error capital
al atender a una voz extraña cuando su compañero no estaba presente. Escuchar la
voz desconocida y ver a aquella figura desconocida debió ser suficiente para ella tomar
una acción defensiva. En vez de tomar la ofensiva inmediatamente contra aquel
intruso, ella accede a responder. Desde el primer instante que Eva usó su sentido
auditivo para atender a una voz que no era la de su compañero o la de su Creador,
Satanás encontró terreno para sembrar la destrucción. Note que Satanás no usó
poderes o alguna forma de intimidación. Notemos que Satanás no llegó reclamando
derechos o tratando de probar alguna clase de autoridad. Él no podía llegar con
amenazas o con bravuconerías, porque él no tenía ninguna clase de poder
sobrenatural contra la pareja. El enemigo simple y llanamente tomó provecho de la
mujer que no supo actuar.

       Si podemos aprender del error de Adán y Eva, tenemos que aceptar que
tenemos la facultad de actuar cuando Dios no está actuando. Dios no actuó en el caso
de Eva porque era el momento de Eva actuar. Dios no actuó en el momento que Eva
llevó la oferta a su compañero, porque era el momento de Adán actuar. Podemos
entonces deducir que es perfectamente propio actuar cuando Dios no lo hace. En
efecto, Dios espera que nosotros hagamos cuando Él no está haciendo. Esto nos
lleva a concluir que no podemos preguntar a Dios porqué no obra en algunos casos y
nos deja pasar por el dolor y la prueba, cuando la responsabilidad es nuestra. Sabemos
que Dios no siempre actúa así, y sabemos también que estamos expuestos cuando Él
no hace. En el clásico ejemplo de Adán y Eva, era evidente que la decisión de echar a
Satanás del huerto y enviarlo al abismo, no era tarea de Dios sino de la pareja que
había puesto como señores y mayordomos de la tierra.

       ¿Qué aprendemos del error de nuestros padres en el Edén? En primer lugar,
aprendemos que estar solos y sin el asesoramiento de otras personas que Dios nos ha
permitido tener a nuestro lado, es darle una invitación al fracaso y a la decepción.
Segundo, aprendemos que muchas de las cosas negativas que nos suceden son
porque no queremos vivir en compañerismo con personas o recursos que se nos ha
ofrecido. Querer vivir una vida independiente donde no se busca el sabio consejo de
los demás, muchas veces acarrea dolor y decepción. Gran número de familias vive
infelices y carecen de recursos porque no pueden vivir unidas. Innumerables personas,
incluyendo creyentes, viven vidas solitarias porque rechazan el consejo y el
asesoramiento de otros. Millones de vidas jóvenes por ejemplo, son cortadas de la
tierra por no querer acatar y buscar el consejo de los ancianos. Mientras sigamos
escogiendo una vida independiente y haciendo decisiones sin buscar el consejo
necesario no podemos esperar que Dios actúe a nuestro favor. Dios rechaza actuar en
ambientes de familias donde el varón toma serias decisiones independientemente de
su compañera, o viceversa. Muchas veces Dios no hace lo que esperamos porque
nosotros actuamos primero. Mientras eso sucede, su mano se detiene. Mientras
nosotros escogemos a nuestro antojo Dios se exime de responder.

      Observemos los errores que cometió Eva.

        1- Inclinó su oído a una voz que traía un mensaje extraño.
        2- En el momento de la oferta, pensó en ella misma como persona
independiente.
        3- Tomó decisiones ella sola que involucraban a su compañero, sin haber
consultado con él.
        4- Aceptó la insinuación que su Creador la estaba engañando, sin buscar una
aclaración justa.
        5- Usurpó la autoridad de su compañero además de menospreciar la autoridad
máxima.
        6- Decidió esconderse, antes que ser confrontada.
        7- Optó por usar una excusa necia antes que admitir error.
        8- Sirvió de portavoz a la serpiente.
        9- Se atrevió a pensar que Dios no tenía que meterse en sus planes.
        10- Se atrevió a creer que había otra fuente de sabiduría fuera de su Creador.
        Todas estas razones señalan que ella actuó no solamente en un espíritu
independiente sino también en rebelión. Aunque la oferta parecía muy apropiada y
atractiva, su deber fue buscar el consejo de su creador. Como ella tomó decisiones por
sí misma, Dios prefirió no intervenir.

      Los errores de Adán son similares.

       1- Aunque no oyó la voz de la serpiente directamente, puso atención a la voz
cauterizada de su compañera quien sirvió de portavoz y promotora de una decisión en
contra de las órdenes ya establecidas.
       2- Atendió a la oferta de su compañera sin consultar con su Creador y Jefe.
       3- No indagó cuidadosamente de dónde su compañera obtuvo su información.
       4- Prefirió esconderse antes que responder.
       5- Usó de excusa necia para justificar su error.
       6- Se atrevió a pensar que se podía esconder de su Creador.
       7- Se atrevió a usar de sus propios recursos (hojas de higuera), para cubrir su
desnudez.
      8- Consideró que había otra fuente de poder y conocimiento fuera de Dios.

       En cada uno de estos errores de la pareja hubo la oportunidad no sólo de actuar
en autoridad y señorío contra el Diablo, sino de buscar el consejo de Dios. Ellos
decidieron actuar en cosas que no procedían del corazón de Dios y en cosas que no
tenían que actuar. Ellos decidieron hacer lo que supuestamente Dios no había hecho.
En otras palabras, usaron la facultad del libre albedrío diametralmente opuesto a Dios.
En todos estos errores hubo la oportunidad de hacer, aunque Dios no les estuviera
hablando. Satanás era un intruso y como tal pudo ser echado fuera de todos aquellos
contornos.

       Aplicando este ejemplo a nosotros encontramos que nuestro mayor problema de
sujeción y espiritualidad está en que la mayoría de las veces nos ponemos de parte del
enemigo para alcanzar lo que deseamos. Tal vez no hacemos las cosas
conscientemente y en rebelión abierta, pero nos dejamos usar como instrumentos de
rebelión. El consejo apropiado es que cuando sintamos o veamos que Dios no está
actuando como esperamos, cuidémonos de irnos tras las ofertas y las contrataciones
del enemigo. Cuando Dios no está obrando, la presencia del enemigo se puede hacer
más directa. Cuando Dios está en silencio la voz del enemigo se puede ser más
audible. Cuando lo que nosotros queremos es más fuerte que nuestra sumisión a Dios,
corremos el peligro de poner a Dios en segundo lugar para conseguir aquello que
queremos y valiéndonos de otras fuentes.

       Dios es muy misericordioso y muy justo a la vez. Cuando nosotros actuamos por
medios de otras fuentes, Él muchas veces lo pasa por alto. Su longanimidad lo hace
actuar así. Sin embargo, no debemos estar objetando porqué Dios no hace tal o cual
cosa, cuando somos nosotros los que obramos nuestros propios estropicios. En el caso
de Adán y Eva, Dios optó por dejarlos tomar la decisión desacertada por cuanto ellos
aparentemente habían descubierto otra fuente de sabiduría. La omnipresencia y la
omnisciencia de Dios le permitía observar aquel encuentro de la serpiente con sus
tiernas criaturas, y permitir que ellos hicieran sus propias dictámenes. En todo esto
prevalecía su supremacía de haber hecho al hombre con el potencial de escoger.

       Aquí encontramos nuevamente las diferentes formas de manifestarse la voluntad
de Dios. Su voluntad descriptiva para la primera pareja era que se enseñorearan de la
nueva creación que tenían frente a ellos. La voluntad permisiva fue permitir que
Satanás invadiera el territorio del hombre, y darle la facultad de decidir. Su voluntad
providencial era emanciparlo eventualmente de su caída. Deducimos entonces que
Dios no hizo con Adán y Eva, por cuanto era tarea de ellos actuar. Como ellos
adoptaron por recibir de otro inicio de sabiduría que no era original, Dios no actuó. Este
es un meritorio ejemplo donde podemos vislumbrar esta razón del porqué Dios hace o
no hace algo.

      De la misma manera que Dios no actuó en protección de la pareja, así hace con
nosotros cuando nos conducimos semejantemente. Esto nos enseña que mientras
nosotros nos aferremos a otras fuentes de sabiduría que no sea la divina, corremos el
peligro que Dios se desatienda de nosotros. Mientras más queremos saber y hacer
nosotros en aquellas áreas que incumben a Dios, menos veremos la mano de Dios
actuando. Mientras más recursos nosotros tenemos a nuestra disposición menos Dios
interviene. Mientras más nosotros intentamos proteger o asegurar nuestro futuro,
nuestra comodidad y nuestra felicidad, menos debemos de esperar que Dios actúe.

       Recordemos que la presencia o la ausencia de Satanás en el huerto, no
dependía de Dios, sino de Adán y Eva. Ellos no podían hacer nada para evitar la
presencia sutil de la serpiente. Aun así, ellos tenían todo el poder para reprenderlo y
echarlo del huerto. De la misma manera que Dios no nos está diciendo a cada
segundo sobre la presencia o las tentativas del enemigo, tampoco tenía que hacerlo
con la pareja. Las instrucciones para nosotros son tan claras como lo fue para ellos:
“Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros” (Santiago 4:7) Satanás
sigue existiendo, y aparentemente con los mismos poderes contra el hombre. Su
presencia, sin embargo, nada significa para aquéllos que viven en completo
acatamiento y comunión con Dios. Sin negar la realidad de que nuestro adversario, el
Diablo es un descomunal enemigo, toda su influencia en nuestro diario vivir depende
de nosotros. El solamente puede ocupar el espacio que nosotros dejamos abierto. No
podemos ignorar sus maquinaciones, por cuanto él es un adversario que nos observa
día y noche. Recordemos que su contubernio es detener la obra de Dios en nosotros.
Hasta el momento que él sea apresado y echado al castigo eterno, su función depende
grandemente de nosotros. Él no ha dejado de ser una astuta serpiente. Nosotros no
podemos ser menos astutos que él. Jesucristo mismo nos aconsejó a ser astutos
como la serpiente. Esto es, si a la vez somos mansos como palomas. Dios espera ver
ese balance en nosotros, y es tarea nuestra.
CAPITULO 3      - SOBERANIA Y FE

       Uno de los personajes más interesantes y más significantes del Antiguo
Testamento es el patriarca Abraham. Todo lo que ocurrió en la vida de Abraham es un
glorioso mensaje del trato de Dios con los seres humanos. Si Adán nos sirvió de
modelo de cómo el ser humano responde a Dios en el aspecto secular, Abraham es el
modelo clásico de lo que hace Dios para manifestar su plan de salvación a los seres
humanos. Es modelo también del ser humano que responde a Dios desde el punto de
vista de fe. Abraham es considerado como el padre de la fe y como el amigo de Dios.
Su vida fue dirigida por una serie de acontecimientos que lo llevaron a una progresiva
relación con Dios. Podemos decir que la vida de Abraham es un ejemplo bien definido
respecto al trato de Dios con nosotros, especialmente en el aspecto de cuando Dios
hace o no hace.

       Antes de Abraham conocer a Dios, su vida era la de un residente normal y
corriente de su tiempo y de su tierra. Él creció en la populosa tierra de Mesopotamia.
Durante esos siglos esas tierras eran fértiles. El río Éufrates regaba aquellas tierras y
había abundancia de todo. Cuatrocientos siglos antes que naciera Abraham, la tierra
entera había pasada por el gran juicio del diluvio. Lo que nos da a entender que
Abraham salía de un enclave y de una familia próspera. El relato deja por entendido
también que parte de su cultura era adorar imágenes hechas de piedras y de madera.
Abraham era un adorador de ídolos, y vivía en una sociedad idólatra. Su vida religiosa
normal era postrarse ante alguna imagen favorita y creer que hablaba con un dios.
Abraham no estaba buscando de Dios; nadie le hablaba de Dios; ni tampoco pensaba
que los dioses pudieran hablar audiblemente. En todo esto él es un ejemplo vivo de la
forma que viven muchos seres humanos aun después de más de cuatro milenios. De la
misma forma que había muchos dioses en el tiempo de Abraham, así también es hoy
día. Como Dios llamó a Abraham, así también sigue llamando a las criaturas de en
medio de la idolatría. Si complicado es conocer la voluntad de Dios, mucho más
complicado es cuando hay otros dioses de por medio. La gente quiere oír la voz de
Dios junto con las demás voces, y eso detiene el propósito de Dios. Dios quería que
Abraham dejase su tierra, su parentela, y sus dioses.

       Un día, Abraham escuchó una extraña voz que le dijo: “Abraham, sal de tu tierra
y de tu parentela, y vete a la tierra que yo te mostraré.” Eso fue todo lo que escuchó.
Él no escuchó rayos y centellas, no vio luces, ni tuvo visiones o sueños. Él no escuchó
el mensaje por algún profeta o sabio de su tiempo. Nadie le trajo el mensaje de
arrepentimiento. Llanamente escuchó una voz de mando que le ordenaba a tomar una
decisión. La voz fue tan peculiar, que Abraham no fue a indagar cuál de las imágenes
le había hablado. Algo le decía que aquella voz que le hablaba a su ser interior, nada
tenía que ver con las imágenes a las cuales él acostumbraba arrodillarse.

       No sabemos qué tiempo se tomó Abraham para obedecer la voz de Dios.
Tampoco sabemos cuántas veces Dios tuvo que hablarle dándole la orden de salida.
No sabemos cuánto tuvo que luchar Abraham para poder desprenderse de su familia,
exceptuando a su esposa Sarai, su padre Taré y su sobrino Lot. Dios había llamado a
Abraham en tierra de Ur de los Caldeos, pero la primera parte de su jornada lo llevó
solamente hasta la ciudad de Harán. No obstante, el llamado era hacia las tierras de
Canaán. Abraham había sido llamado por Dios desde la ciudad de Ur, pero no pudo
salir de esa ciudad hasta que su Padre murió en Harán a la edad de doscientos cinco
años.

       Un corto vistazo al libro de Génesis nos muestra que este libro es en realidad el
libro de los comienzos. En el espacio de 12 capítulos se registra el comienzo de la
creación; el comienzo de la primera familia; la primera desobediencia; la primera
promesa o profecía; el primer asesinato; el primer rapto, y el primer juicio divino, el
primer rascacielos (la torre de Babel) y la primera señal que Dios puede matar con
fuego. El llamamiento de Abraham es también un nuevo acto del comienzo de Dios.
Es el comienzo del llamamiento de Dios a una persona, que va a comenzar a vivir una
vida de dependencia y de fe en un Dios invisible. El llamamiento de Abraham marca
una página en que Dios vuelve a tratar con sus criaturas.

       Después del diluvio, la familia humana se volvió a corromper. No habían pasado
cinco o seis generaciones cuando los descendientes de Noé y sus hijos, ya se habían
olvidado del Dios que había enviado juicio sobre la tierra. Los hombres volvieron a
hacer lo malo delante de Dios, olvidándose por completo de cómo Dios había
derramado su ira sobre la humanidad. Los descendientes de Noé fueron salvos de una
generación perversa para luego ellos mismos convertirse en pecadores empedernidos.
Con el llamamiento de Abraham, se abre una nueva oportunidad para la familia
humana.

        Ya desde estos comienzos del testimonio de Abraham se vislumbra una
importante lección, pues Dios escogió una familia de entre todas las familias de la
poblada ciudad de Mesopotamia, y de esa familia llamó particularmente a una sola
persona. El plan de Dios no era para los descendientes de Ur. Tampoco el llamado
era para la familia de Abraham, sino para Abraham y su esposa. Dios no estaba
buscando hablarle a una familia sino a un hombre. Dios buscaba a un solo hombre. En
el libro de Isaías capítulo cuarenta leemos: “Mirad a Abraham, vuestro padre y a Sara
que os dio a luz; porque cuando era más que uno solo lo llamé y lo bendije y lo
multipliqué.” (Isaías 51:2). Esto es así, porque los llamamientos de Dios son
individuales. Dios siempre ha procurado tratar personalmente con cada criatura.
Aunque sus milagros y prodigios siempre han alcanzado a multitudes, todo es en base
de su trato con una persona individual. Por ejemplo, Él salvó al pueblo de Israel de
mano de los Egipcios, pero lo hizo en cumplimiento a la promesa que le hiciera a
Abraham. Cada vez que Él hacía algo con el pueblo era como consecuencia de su trato
con alguien en particular. Ya cuando entramos al ministerio del Nuevo Testamento,
encontramos que el Señor Jesucristo ha estado construyendo su reino, una persona a
la vez.

       Observemos que el padre y el sobrino de Abraham compartieron parte de la
jornada de Abraham, pero ninguno de ellos era parte de la promesa. Su padre estuvo
envuelto en la primera parte de la jornada, y su sobrino compartió casi todo el resto de
la jornada con Abraham; pero a ninguno de ellos Dios le dio llamamiento personal.
Ellos fueron alcanzados en base del llamado hecho a Abraham. Es evidente que al
principio del llamamiento, Abraham dependía en cierta forma de su padre. Parece ser
que su cultura y formación familiar lo obligaba a seguir las decisiones de su padre,
aunque ya estaba casado y bastante entrado en edad. Pudo haber sucedido también
que Abraham mismo no quiso dar un paso fuera de Harán, y dejar a su padre
desprovisto y viviendo en tierra extraña. Abraham tenía el llamado de Dios, pero el
tiempo de obedecer a ese llamado tuvo que esperar más de veinte años. Es decir, que,
Dios tuvo que esperar hasta que Taré no fuera un factor de atraso en la vida de su hijo.

       Sabemos que Dios en su soberanía podía asegurarse que el padre de Abraham
no interviniera. Sin embargo, ésta no es la forma de Dios actuar. Ya aquí comenzamos
a ver que lo que Dios hace o no hace depende muchas veces del medio ambiente que
nos rodea. Dios sabe que ninguno de nosotros vivimos en una bóveda aislada del
resto del mundo. Por esta razón es que el trato y el llamado de Dios, aunque particular,
afectan a muchas otras personas. Dios es soberano, y como tal puede hacer lo que
quiere, con el que quiere, a la hora que quiere, y esto sin tener que considerar a nadie
más. Sin embargo, no es así como Dios obra todo el tiempo. Esta particularidad de
Dios se deja ver claramente en la vida de nuestro protagonista.

        Sabemos que algunos se turban al considerar esta característica de Dios.
Algunos podrían considerar este llamado a Abraham como un acto de favoritismo. Lo
que nunca podríamos saber es a cuántos Dios trató de inquietar a que lo buscaran y le
sirvieran, pero los demás prefirieron postrarse a otros dioses. Todas aquellas
generaciones que antecedieron a Abraham supieron de los juicios de Dios. El recuerdo
del diluvio tenía que haber estado aún en las mentes de los contemporáneos de
Abraham. Abraham no estaba respondiendo a un Dios desconocido en su totalidad.

       Directa o indirectamente la decisión de Abraham obró para que Taré y Lot
salieran junto con Abraham hacia la ciudad de Harán. Abraham no había obedecido
fielmente la voz de Dios que le indicaba a dejar a su tierra y a su parentela, pero había
obedecido suficientemente como para dejarle saber a los suyos que él no iba a
postrarse más a otros dioses y tampoco iba a permanecer en su tierra natal. Es de
entender que su estadía en la tierra de Harán fue un pequeño paso de fe, sabiendo que
el llamado era hacia una tierra desconocida. En el llamamiento inicial Dios no le dijo
hacia dónde Abraham tenía que salir. Tampoco Dios no le prohibió que se estableciera
por un tiempo en Harán. Por lo tanto, su estadía en Harán vino a ser parte del trato de
Dios. Ese aparente atraso en la travesía de Abraham es una demostración de la forma
de Dios hacer o no hacer con los que él llama. Dios no se opuso a que Abraham se
detuviera en Harán, por cuanto esto también era parte de su programa. El llamado de
Dios a Abraham fue claro, pero su soberanía incluía dejar a que su siervo tomara
decisiones. Dios sabía que su siervo se iba a detener. Dios sabía que su escogido iba a
obedecer paulatinamente. Nada de eso, sin embargo, detuvo el llamado de Dios. Dios
sabía que algunos familiares iban a intervenir en el progreso espiritual de Abraham,
pero el llamado seguiría siendo el mismo. Aunque su llamado era para que Abraham
obedeciera al pié de la letra, Dios establece un trato longánime. Se aprecia una
evidencia de que Dios, en su omnipotencia puede hacer que nosotros obedezcamos a
su mandato sin dar lugar a excusas o atrasos, pero sus misericordias y su carácter de
Padre lo lleva a esperar en nosotros.

       Cuando Dios llama, él sabe que tiene que hacerlo teniendo en cuenta la
capacidad que nos dio para escoger. Como nos hizo agentes libres desde nuestro
comienzo, todo plan divino y eterno tiene que hacerlo por medio de este plan. Sin
dudas Dios estaba dispuesto a bendecir a Abraham sin que tuviera que pasar por
tantos años de espera y de atrasos. Dios estaba preparado para llevar a Abraham en
alas de poder y llevarlo directamente hasta la misma tierra de Canaán, pero el varón no
había salido solo. El escogido de Dios llevaba consigo a personas que se aferraban a
él y no querían ver partir a su pariente. El aventurero Caldeo; el ex ciudadano de Ur,
estaba comprometido familiar, económica y socialmente a seres queridos que le
atrasaban el paso. Abraham había tomado la decisión más importante hasta ese
momento de su vida. Él se movía en dirección correcta, aunque con pasos lentos.
Abraham emprendió su jornada hacia aquella distante promesa; pero arrastrando
compromisos y ligaduras familiares que lo hacían desviarse del camino. Los pasos del
varón de Dios eran semejantes a los del dromedario del desierto que tuerce el camino;
pero yendo en la dirección correcta. El nuevo viajero de Dios no había tomado la
brecha más corta hacia la promesa, pero su brújula espiritual indicaba el horizonte
correcto.

       Cuando Dios ordenó a Abraham que saliera de su tierra y de su parentela,
conocía los obstáculos que podían atrasarlo. Dios sabía que su futuro patriarca no iba a
salir en completa obediencia. Aún así, lo llamó. Esto es así porque Dios no llama ni
trata con el hombre sabiendo que éste va a responder en perfecta obediencia, sino
sabiendo que su gracia y divina providencia harán su obra completa. Dios no hizo el
llamado sabiendo que su futuro “amigo” y padre de multitudes, iba a responder sin
titubear. No obstante, su propósito no se detuvo. La gracia de Dios fue suficiente para
obrar en cada pisada de su hombre.

       Dios no intervino cuando Abraham salió hacia la tierra prometida arrastrando
consigo a personas que atrasarían su jornada. Por lo que nos lleva entender que Dios
se iba a glorificar en la vida de Abraham con o sin parientes. La atadura de Abraham
con su padre (voluntaria o involuntariamente), atrasó la bendición por más de quince
años, pero no podemos olvidar que Dios no tiene problemas con el factor tiempo.
Entendemos que Dios no tiene que medir el tiempo, por cuanto su poder infinito lo
capacita para vivir en un eterno presente. Si él vive en un eterno presente donde no
hay noche ni día, podemos especular que en su dominio no existe el futuro. Por lo
menos, no existe el futuro como nosotros lo conocemos. Si para Dios mil años es como
un día de los nuestros, como dice Pedro en su segunda carta, podemos deducir que el
factor tiempo no es lo que limita a Dios. Dios no se acuesta preocupado qué va a
suceder con nosotros al otro día o el próximo año. Todo lo que va suceder y lo que está
sucediendo con nosotros está en su conocimiento al mismo momento. Naturalmente,
como nosotros sí vivimos en un mundo que se mide por tiempo y espacio, Dios tiene
que obrar con ese factor. La soberanía y la omnipotencia de Dios tienen que obrar no
solamente considerando los parámetros de nuestro mundo, sino que también tiene que
limitar su capacidad para obrar esa soberanía. Dios es soberano -es también un Dios
de gracia. Por ser un Dios de gracia, su carácter y su justicia lo lleva a obrar en esa
maravillosa característica que lo distingue. Recuerde que la gracia de Dios es esa
capacidad de hacer algo por y con nosotros en su puro afecto y sin exigir nada a
cambio. Por ejemplo, Dios no envió a su Hijo Jesucristo al mundo porque el mundo lo
pedía. Ni siquiera su pueblo escogido estaba preparado para recibir ese regalo de Dios.
La divina gracia de Dios lo llevó a tomar esa decisión.

       Hasta ahora he tratado de presentar la razón porqué Dios no actuó sobre las
primeras decisiones de Abraham, tratando de mirarlo desde el punto de vista de Dios y
desde el punto de vista de Abraham. Hago énfasis sobre este detalle porque la realidad
que vivió Abraham es la realidad nuestra. El mismo Dios que marcó los pasos de
Abraham es el mismo Dios que marca los nuestros. Lo que no hizo con Abraham,
tampoco hará con nosotros. Básicamente, su modo de operar o no operar no ha
cambiado. La misma gracia que Dios usó para con Abraham, es la misma gracia que
nos ha alcanzado a nosotros. Dios esperó por su siervo más de cuatro mil años atrás
y de la misma forma espera por nosotros. De la misma manera que la parentela de
Abraham se interpuso en su jornada a la tierra de la bendición, así también sucede con
nosotros. Independientemente de lo bueno o lo malo que sean nuestros allegados,
nuestra parentela ejerce un factor muy determinante. Toda nuestra trayectoria en la
vida es afectada por nuestros seres queridos y aun por los que no son tan queridos. El
mismo Señor dijo: “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e
hijos y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi
discípulo,” (Lucas 14: 25). Entendemos que el Señor no hizo una inferencia directa en
el sentido original de la palabra, por cuanto sería una contradicción en sus enseñanzas
y la doctrina apostólica. No podemos deducir que el señorío de Cristo promoviera odio
y desprecio a los familiares. Sin embargo, éste es uno de los principios básicos de la
vida cristiana y del verdadero discipulado. Al final de cuentas Cristo tiene que tener el
señorío de nuestras vidas. El Señor no toma control de nuestras vidas deshaciéndose
de nuestros familiares y parientes. No fue así con Abraham, tampoco es así con
nosotros.

       Regresando al principio de la jornada de Abraham, encontramos que Abraham
permaneció en Harán hasta que murió su padre. Aún así, él continúa su travesía
llevando consigo a su sobrino. El compromiso con su padre había terminado, pero su
parentela lo sigue aún. Él desconocía que más adelante esta decisión iba a repercutir
negativamente.
       “Y se fue Abram* (pues así se llamaba antes de que su nombre fuera
cambiado por Abraham), como Jehová le dijo; y Lot fue con él. Y era Abram de
setenta y cinco años cuando salió de Harán. Tomó, pues, a Sarai su mujer, y a
Lot hijo de su hermano, y todos sus bienes que habían ganado y las personas
que habían adquirido en Harán, y salieron para ir a tierra de Canaán; y a tierra de
Canaán llegaron,” (Génesis 12:4-5)

        La primera parte de la jornada de Abraham, atrasó brevemente el propósito
divino, pero no salió mal del todo. Al salir de Harán él llevaba recursos financieros
además de un puñado de empleados o siervos que emprendieron la jornada con él
hacia tierras extrañas. Aunque Dios tal vez no estaba de acuerdo en que Abraham se
detuviera tantos años en Harán, eso no impidió enviar una medida de su bendición.
Dios es así. Él siempre está dispuesto a hacer su parte aunque nosotros no hayamos
obedecido fielmente. Aunque Dios no nos puede entregar en las manos todo lo que ha
dispuesto para nosotros, su provisión siempre aparece. Muchas veces no entendemos
esto y no consideramos que Dios haya estado envuelto en pequeñas bendiciones.
Tomamos decisiones aparentemente insignificantes ignorando que Dios esté envuelto
en ellas. Todo nuestro diario vivir está compuesto de pequeñas decisiones que
hacemos hasta inconscientemente. Nuestra rutina diaria se compone exactamente de
pequeños sucesos que se van acumulando uno a uno. Todos estos pequeños sucesos
pueden parecer insignificantes para nosotros. En la mayoría de los casos ni se nos
ocurre pensar que Dios pueda estar envuelto. No obstante, esos sucesos
insignificantes afectan positivamente o negativamente la voluntad de Dios para
nosotros.

              Parecía que Abraham iba a llegar sin más contratiempos a la tierra
prometida. Se registra claramente que una vez salió de Harán, Abraham comenzó a
hacer altares a Jehová y a invocar su nombre. El hombre de Dios estaba dando unas
señales claras que su relación con Dios mejoraba. Era de esperarse que la promesa de
Dios estaba a pocos pasos de adquirirse. Abraham salió bendecido y parecía que las
cosas irían de bueno en mejor, pero no fue así. La jornada hacia la promesa estaba
por tomar un curso inesperado. Observe como dice: “Hubo entonces hambre en la
tierra, y descendió Abram a Egipto para morar allá; porque era grande el hambre
en la tierra,” (Génesis 12:10) ¿Cómo es esto? ¿Hambre en la tierra prometida? ¿No
hay algo de extraño en todo esto? ¿Cómo es que Abraham llegara precisamente en
tiempos de hambre? ¿Cuál era el intento de Dios? ¿Planeó Dios esa hambre?
Podemos hacernos todas las preguntas que queramos, pero ninguna de ellas nos
darán la respuesta cabal. Este acontecimiento en la vida de Abraham parece
contraproducente. No debe de aparecer un relato como éste, cuando se trata de un
llamado tan genuino como el de Abraham.

        Aparentemente algo estaba mal en esta segunda etapa del testimonio de
Abraham. Obviamente Dios no le advirtió a Abraham que esto iba a suceder. Abraham
no esperaba una sorpresa como ésta, mucho menos ahora que apenas ha entrado a la
tierra prometida. No era de esperar que el varón de Dios estuviera suficiente maduro
espiritualmente y en sabiduría. El hombre acababa de llegar y no estaba preparado
para una sorpresa como ésta. Abraham provenía de tierra de abundancia. Abraham
traía mujeres y niños consigo, y lo menos que esperaba era encontrar una tierra seca y
sin frutos. Lo menos que había pensado Abraham era que tenía que descender a
tierra de extraños. De momento, el Dios que lo había sacado de su tierra y de su
parentela aparentemente se le había olvidado ese pequeño detalle. De momento, el
hombre de Dios se ve en difícil encrucijada. Su único recurso fue descender.

        Desde el punto de vista práctico, salir para Egipto no era del todo una mala idea.
El sentido común y el instinto de supervivencia le indicaban que esa era la idea más
apropiada. Él no salió de la tierra de sus padres para dejarse morir de hambre en una
tierra lejana y extraña. Como Dios no le daba nuevas instrucciones, lo mejor era
descender a donde había alimento y albergue. A la verdad que nadie necesita oír la voz
de Dios para hacer lo que el sentido común le indica. Cuando es asunto de sobrevivir, y
cuando el hambre impera, las capacidades para decidir son menos exigentes.
Recordemos el caso del avión estrellado con el grupo de seminaristas católicos que
hace algunos años atrás se estrelló en las montañas de los Andes. Llegó el momento
que los sobrevivientes optaron por cortar pedazos de carne de los cuerpos de los que
habían muerto, como único recurso para sobrevivir. El hambre y el frío los forzaba al
canibalismo, antes que dejarse morir. En aquel momento no había tiempo para debatir
si la decisión era inhumana. Aquel grupo de supervivientes echó a un lado todo
concepto de teología para poder echar en el vientre una leve cantidad de energía y
proteína. Esto es así porque cuando es asunto de combatir el hambre, se pierden los
escrúpulos. Abraham no solamente tenía que llenar su estómago, sino también el de
los demás. Él se sentía responsable de aquel grupo de personas que lo seguían y por
lo tanto era su deber actuar en favor de ellos. Todas estas cosas influyeron en su
descenso.

      Vale la pena preguntar, ¿hasta dónde era la voluntad de Dios que Abraham
descendiera a Egipto? ¿Hasta dónde sabemos si aquella sequía y hambre en Canaán
eran parte del plan de Dios? ¿Quería Dios ver a Abraham descender a Egipto, tierra de
paganos e idólatras?

       Nuevamente nos encontramos con preguntas que no se pueden contestar tan
fácilmente, siendo que estamos tratando de razonar el porqué Dios no hace cuando
más esperamos que haga. No era de esperarse que Abraham se encontrara con un
problema tan serio como el de una sequía y un hambre en la tierra de la promesa, pero
así sucedió. Por consiguiente, el propósito de Dios tuvo que ser pospuesto otra vez.
Sabemos que Dios no es tomado por sorpresa con los fenómenos que afectan la
naturaleza. Sabemos que Dios estaba al tanto de todo lo que estaba sucediendo
alrededor de su hombre. Aunque Dios no fuera el responsable directamente de aquella
hambre que había descendido sobre Canaán, su voluntad tiene que dar lugar a la
decisión de su hijo Abraham. Podemos decir que Dios dio a Abraham la libertad para
escoger. Abraham quedó con el dilema de escoger quedarse en Canaán y esperar en
que el Dios que lo había llamado tomara control de la situación, o en descender a
Egipto y arreglárselas por él mismo. Cualquiera que fuera la decisión, Dios había
optado por no intervenir. En otras palabras, Dios decidió no hacer. Hago énfasis en que
Dios siempre toma la decisión. Aun cuando él no hace algo, esa es su decisión. La
experiencia que iba a pasar Abraham en Egipto, era parte del plan no interventivo de
Dios. Abraham descendió a Egipto y Dios decidió no actuar. De allí en adelante Dios
iba a cuidar de Abraham, pero dejándolo a que él obrara por sí mismo. Reconocemos
que hasta este momento Abraham ya había crecido levemente en cuanto a su
disposición de obedecer. Ya había salido de Harán hacia la tierra de Canaán, y también
llegó a Canaán e hizo altares al Dios invisible que lo había llamado. Esta era una señal
evidente de su agradecimiento y de su crecimiento espiritual. Lamentablemente, no
había crecido lo suficiente como para la próxima prueba que le esperaba. La magnitud
de su obediencia hasta aquel momento no era suficiente.

       Cuando Abraham descendió a Egipto, no podía pensar que el Dios que lo había
llamado estuviera al tanto del asunto. Por lo tanto, él tenía que sobrevivir, usando la
forma que mejor le convenía. Evidentemente Abraham desconocía la cultura y la
forma de vida de los Egipcios. Tampoco podía esconderse entre ellos, pues su físico y
su lenguaje lo delataba. Además, él no había llegado solo. Eso hacía que su llegada a
Egipto fuera abiertamente. El mismo Faraón estaba enterado de la llegada de los
extranjeros. La llegada del patriarca a Egipto no fue secreta. Su llegada fue tan
marcada que lo llevó directamente a la casa del gobierno.

        Hasta ese momento en la vida de Abraham, éste no había considerado la
belleza y la atracción física de su querida Sarai. Al llegar a Egipto, Abraham pudo
comparar que su esposa era aún una mujer atractiva. Era evidente que Sarai era tan
atractiva y tan diferente a las Egipcias, que el mismo Faraón puso sus ojos sobre ella y
la quiso tomar por mujer. Realmente Abraham estaba en un gran aprieto. Esta fue la
oportunidad que aprovechó Abraham para no solamente salvar su “pellejo,” sino
también beneficiarse de la abundancia de la tierra. Más que defender la hombría,
Abraham quería salvar su vida. El asunto era de vida o muerte, pero él no podía luchar
por la fuerza, sino con la astucia. Además, hasta ese momento Abraham desconocía
hasta qué punto Sarai estaba incluida en la promesa. Hasta ese momento Dios no
había indicado que el propósito del llamamiento incluía procrear hijos con su esposa.
Desdichadamente de todo lo que Abraham iba arrastrando hacia Egipto, lo más valioso
y lo más atractivo ante los ojos del Faraón era la hermosura de aquella extranjera.

       Jamás era de pensarse que Abraham hiciera creer a Faraón que Sarai era su
hermana. Aunque sí había cierta verdad en la estrategia (pues Sarai era su
hermanastra), se manifestó un gran fallo en el carácter de Abraham. Con este acto,
Abraham revelaba lo mucho que necesitaba crecer como hombre de Dios. Negar a su
esposa indicaba que él estaba dispuesto a sobrevivir aunque fuera sin su amada
compañera. Todo parece indicar que hasta ese entonces, Abraham no estaba
considerando a Sarai en toda esta aventura de su vida. Hasta ese momento de su vida
él no había considerado a su fiel compañera desde el punto de vista de su persona.
Parece que hasta este momento no había fijado bien los ojos en que tenía una mujer
importante y atractiva. Aunque el relato bíblico la pone como una mujer de mucha
edad, comparativamente Sarai para ese entonces demostraba algunos 35 a 40 años de
nuestro tiempo. En esos años la gente duraba hasta los doscientos años, por lo que
podemos deducir que Sarai era comparativamente joven. Aun Abraham a los 100 años
de edad, podía considerarse como hombre en los cincuenta o en los sesenta de los
años actuales. Obviamente Sarai era un modelo de mujer. Los príncipes de Egipto
rápidamente fijaron sus ojos en la bella mujer que acababa de arribar a la ciudad.
Faraón fue el primero que no tardó en tratar de conquistarla y hacerla una de sus
esposas. Evidentemente este fue un acto de pura cobardía. Aun cuando su formación
cultural y familiar le permitiera esa libertad, no deja de ser un acto cobarde en cualquier
cultura.

        La decisión de Abraham provocó que el propósito final de Dios tuviera que
esperar, por lo menos hasta que su siervo pasara por otra amarga y vergonzosa
lección en su vida. Al ver a Abraham conducirse de esa forma, podemos entender
mejor la forma en que Dios estaba conduciendo esta relación. Dios no estaba obrando
a favor de Abraham para así dejarlo demostrar la debilidad de su carácter. Dios sabe
que su siervo ha procurado obedecer, pero también sabe que su carácter inmaduro
está de por medio. Esto haría que la voluntad absoluta de Dios no pudiera ser
manifestada. Durante ese período de tiempo en la vida de Abraham, solamente la
voluntad permisiva de Dios podía obrar. Más adelante Dios tiene que obrar en su
voluntad providencial sacándolo del enredo. Irónicamente, este percance y este fallo de
hombría se repitió en el largo y doloroso entrenamiento que tuvo que someterse
nuestro gran padre de la fe. La primera experiencia no fue suficiente. Todavía Abraham
no había considerado el valor de su amada compañera. Evidentemente Abraham no
había madurado con la experiencia que sufrió en Egipto, y Dios permitió que volviera a
fallar. De manera que Sara se ve negada una vez más por su esposo ante los ojos de
Abimelec, rey de Gerar.

       De esta forma, Dios no obró con Abraham. Es importante enfatizar una vez más
que Dios no actuó en favor de su criatura, porque tuviera placer en lo que le sucedía a
su siervo. Dios no se negó a obrar porque estaba enojado con su varón o porque se
había olvidado de su siervo, ni tampoco se detuvo de obrar porque no pudiera hacerlo.
Simplemente era tiempo de Abraham decidir por sí mismo, aunque decidiera mal y para
su propia vergüenza. Recuerde que cuando nosotros estamos haciendo decisiones,
muy seguramente Dios no está tomando las suyas. Como ya sabemos, Egipto es lugar
simbólico de todo lugar o toda situación contraria a la voluntad absoluta de Dios. Ir a
Egipto era descender de la voluntad de Dios. Bajar a Egipto para Abraham era
abandonar la tierra de la promesa.

      Esta experiencia tan amarga de Abraham es una demostración clara de cual es
la tendencia nuestra, y cómo hacemos nuestras decisiones cuando Dios no está
haciendo o hablando. Primero, se aprende que cuando el lugar que Dios quiere que
estemos, no nos satisface y no nos provee las necesidades básicas de la vida,
cualquier otro lugar es más atractivo. Como en Canaán había hambre, en Egipto había
abundancia. Abraham estaba asimilando el problema desde el punto de vista humano.
Lo más humano era salir hacia donde había provisión. Segundo, como en Canaán
Dios mantuvo silencio, lo más práctico es usar el sentido común y tomar una decisión,
aunque sea descendiendo y un tanto inmoral. Tercero, como Dios no indicó
directamente a Abraham que no descendiera a Egipto, era de pensar que tampoco
estaba en desacuerdo a que hiciera el viaje. Abraham simplemente sacó los boletos de
viaje y Dios no se interpuso. Cuarto, al descender a Egipto sin instrucciones directas de
Dios le dio la prerrogativa a Abraham de hacer lo insólito con tal de sobrevivir. Quinto,
todo plan directo de Dios tenía que ponerse a un lado por un tiempo. Sexto, ahora es
Dios quien tiene que esperar.

        Notemos lo mucho que nosotros nos parecemos a nuestro padre Abraham en
este aspecto de descender. ¿No hacemos nosotros igual en muchas de las
encrucijadas de nuestra vida cristiana? ¿No es la tendencia humana de tomar el
camino menos complicado? ¿No es la tendencia nuestra orarle a Dios después de
haber sacado los boletos para movernos de una ciudad a otra o de un país a otro?
Dios sabe que todos nosotros somos nómadas en la vida. Dios conoce que nuestros
instintos siempre nos llevan a “echar un pié” cada vez que nos encontramos con
dificultades. Él sabe también que por lo regular echamos un pié en dirección contraria.

        Desde el punto de vista práctico, la idea de descender a Egipto no era mal del
todo. Egipto era el lugar más accesible a Canaán. Dios no estaba en oposición directa
contra la idea. No era que Abraham salió enojado o rebelde contra Dios porque no le
advirtió lo de la sequía en Canaán. Ni siquiera podemos decir que Abraham salió de
Canaán porque estaba dudando del Dios que lo había llamado. El simplemente salió
porque Dios no le dijo otra cosa. Abraham no descendió en desobediencia directa sino
que descendió como consecuencia de su ignorancia y de su falta de madurez.
Abraham no pecó por descender a Egipto, aunque sí pecó cuando negó a su esposa.
Abraham no iba en busca de servir a otros dioses. Su salida hacia Egipto fue una
reacción humana, normal, de sentido común, y sobre todo, de sentido de preservación.
No había nada anormal en la decisión de Abraham, excepto que no era la voluntad
absoluta de Dios. Ya Dios le había dicho que bendeciría al que lo bendijera y que
maldeciría al que lo maldijera, pero Abraham no tenía tiempo para asimilar el
significado de tales promesas. El miedo, el hambre y la duda eran más fuertes que lo
que había escuchado de un Dios invisible. Por ser así, él tendría que someterse a las
consecuencias.

       Tenemos que tener en consideración que la narración no da lugar para analizar
con profundidad el drama y el sentimiento humano que envolvía a Abraham. Este
limitado relato nos presenta las movidas geográficas del aventurero de Dios, pero no
nos ofrece las palpitaciones de su alma; nos relata las personas que se movían
alrededor de Abraham, pero no nos habla de las noches solitarias que él tuvo que
padecer solo con sus pensamientos y sus pesadillas. La breve historia nos habla de
sequía y hambre en Canaán, pero no nos presenta las veces que Abraham miró hacia
el cielo esperando escuchar una vez más la voz de Dios, o por lo menos ver caer
alguna lluvia del cielo. El relato nos dice que Abraham descendió de Canaán a Egipto,
pero no nos proporciona los momentos de nerviosismo que padeció al tener que entrar
a tierra de extraños para depender de ellos. Abraham descendió con siervos y
parientes que no solamente desconocían la tierra de Egipto, sino que desconocían
también qué estaba pasando entre Abraham y el Dios que lo había mandado a salir de
la comodidad de su casa y de la protección de su parentela. La historia no nos dice de
las veces que Abraham miró retrospectivamente hacia su casa y hacia la parentela que
había dejado. La historia tampoco nos dice hasta dónde él luchó contra aquella
maligna idea. No nos podemos imaginar el drama de sentimiento, angustia y lloro entre
Abraham y Sarai cuando éste le hace la propuesta. “Te ruego que digas que eres mi
hermana.” ¡Oh, cuánto crédito se merece nuestra hermana Sarai por la forma tan
sumisa con que se comportó! Ella estaba dispuesta a proteger a su esposo y señor.
Ella no pidió derechos de igualdad, pues para ella lo más importante era preservar a su
señor. Ella pudo gritar a Faraón que todo aquello era una farsa. Sin embargo, prefirió
someterse a tal humillación y proteger a su compañero. Ante todo esto, la decisión de
sobrevivir a costo de perder a su compañera marcaba el colmo de su inmadurez y
desespero.

       Dios, por el contrario, estaba preparando su plan de rescate. Abraham había
fallado miserablemente contra su amada Sarai, pero Dios no estaba dispuesto a
abandonar a ninguno de ellos. Tanto Abraham como Sarai eran importantes en el
propósito divino de Dios. Como Dios fue quien comenzó aquel pacto, él tenía la “ultima
palabra” de lo que estaba aconteciendo. Maravillosamente Dios salió al rescate de
Sarai. Faraón no pudo disfrutar de la compañía de la bella Sarai, porque Dios se
interpuso. ¡Oh, qué maravillosa es la voluntad providencial de Dios! Abraham no se
merecía que Dios tomara tal cuidado, pero Dios no podía actuar en base del fallo de su
hombre, sino en base de su inescrutable bondad. ¡Oh, qué insondable es la
misericordia de Dios!. No en vano el Salmista cantó que las misericordias de Dios eran
nuevas cada mañana. Eso fue precisamente lo que hizo Dios con Abraham y Sarai,
--los miró con nuevas misericordias. Ante este fallo de Abraham Dios no había dicho
nada, pero su mano de protección no se había cortado. Es que Dios es así. El no habla
mucho porque su mano habla por él. No se tomó mucho tiempo para Faraón
comprender que estaba interrumpiendo el divino plan de Dios. Faraón no conocía a
Dios ni el plan divino que había en Abraham, pero con conocerlos a ellos era suficiente.

             Abraham salió de aquella odisea ganando más que perdiendo. Faraón le
había provisto de muchos bienes en cambio de retener a su “hermana.” Dios había
dejado una puerta de escape para sus siervos. Aunque Faraón en cierta manera era
inocente en su intento de retener a Sarai, Dios no lo miró así. Inocente o culpable,
cuando Dios tiene que intervenir, nadie se puede escapar. Cuando es asunto de Dios
cumplir su propósito con uno de sus hijos, todo el que se oponga directa o
indirectamente tendrá que sufrir la mano de justicia de Dios. Dios intervino no porque
Faraón fuera culpable, sino porque su propósito divino incluía una Sarai que no podía
ser manchada. Si Sarai quedaba en Egipto vendría a ser una más entre las muchas
mujeres de Faraón y su vientre nunca sería abierto para venir a ser la madre de una
generación escogida y de un pueblo peculiar. Eso la pondría eventualmente en una
posición de desventaja delante de las demás esposas de Faraón. Su vida terminaría en
ruinas, aunque viviera en la abundancia del palacio. Eso era intolerable para Dios. Dios
tuvo que hacer por Sarai lo que Abraham no estaba dispuesto a hacer. La idea de
descender a Egipto fue mala y Dios estaba dispuesto a dejar que su hombre decidiera
por sí mismo, pero nunca a cambio de trastornar o eliminar el propósito eterno de Dios.
¡Oh, qué gran lección aprendió Abraham al ver a Dios tomando control de la situación!
¡Qué maravilloso es Dios que sale en defensa de nosotros sus hijos aun cuando le
fallamos tan miserablemente! Abraham se merecía ser reprobado de aquel
llamamiento. La demostración de su doble cobardía tratando de sobrevivir en Egipto
era suficiente como para Dios desentenderse de él. No obstante, Dios quiso salir a su
rescate. Oh, la mano justiciera de Dios que sale en defensa y quita de encima de
nosotros las malignas garras del enemigo. ¿No es maravilloso saber que cuando más
fracasados nos sentimos más cerca está Dios? Ninguno de nosotros podría contar de
las muchas ocasiones que Dios ha intervenido en nuestra defensa aun sin nosotros
saberlo. No podríamos contar lo mucho que ha intervenido Dios librándonos de los
planes satánicos. Dios envió plagas sobre la casa de Faraón, y Abraham ni se podía
imaginar que era la mano de Dios obrando.

        “Y Abraham era riquísimo en ganado, en plata, y en oro. También Lot, que
andaba con Abraham, tenía ovejas, vacas, y tiendas. Y la tierra no era suficiente para
que habitasen juntos, pues sus posesiones eran muchas, y no podían morar en un
mismo lugar. Y hubo contienda entre los pastores del ganado de Abraham y los
pastores del ganado de Lot. Entonces Abraham dijo a Lot: No haya altercado entre
nosotros dos, entre mis pastores y los tuyos, porque somos hermanos. ¿No está la
tierra delante de ti? Yo te ruego que te apartes de mí. Si fueres a la mano izquierda, yo
iré a la derecha; y si tú a la derecha, yo iré a la izquierda. Y alzó Lot sus ojos y vio toda
la llanura del Jordán, que toda era de riego, como el Huerto de Jehová, como la tierra
de Egipto en la dirección de Zoar antes que destruyese Jehová a Sodoma Y Gomorra,”
(Génesis 13: 2-10).

       No se había establecido bien Abraham en Canaán después de su regreso de
Egipto, cuando lo encontramos en otra de sus encrucijadas. Su pariente Lot estaba
por definirse. Dios lo había bendecido financieramente como resultado de la relación
con Abraham, pero llegó el momento en que Lot dio las señales claras que su relación
con el Dios de Abraham no eran compatibles. Sin duda alguna Lot estaba recibiendo
muchos beneficios y en cierta forma había desarrollado cierta relación favorable con
Dios. Dios nunca quiso deshacerse de él ni tampoco le pidió a Abraham que se
deshiciera de él. Hasta este momento de la historia Lot era considerado como un
varón, emprendedor, trabajador, y de buena moral. Él no se había hecho de riquezas
por escamoteo o por engaño. Como trabajaba fuerte, Dios lo quiso prosperar. Al llegar
el momento de decidir naturalmente, Lot escogió como lo que era, --un hombre de
negocios. Eso, sin embargo, no era lo que Dios estaba buscando en Abraham. El no
escogió a Abraham para hacerlo un multimillonario ni un gran hombre de negocios, sino
para hacerlo su amigo, su patriarca, y sobre todo hacerlo un hombre de fe. Lot escogió
bien según su futuro y el propósito de su vida. Cuando se hizo ciudadano de Sodoma y
Gomorra, la gente lo admiraba por sus habilidades para hacer riquezas. Cuando llegó a
Sodoma ya él se había dado a conocer como un gran hacendado. Muy probablemente
fue el hombre más admirado y cotizado de todas aquellas ciudades. De seguro que
tenía la mansión más lujosa de la ciudad. De una cosa no se daba cuenta Lot, y fue
que mientras más se alejaba de Abraham, asimismo se alejaba de la gracia de Dios.
En cuanto a sabiduría administrativa se refería, Abraham hizo una mala decisión. De
seguro que sus empleados se molestaron seriamente con él al dejar que Lot escogiera
las mejores tierras. Aparentemente Abraham no había usado prudencia y no estaba
demostrando capacidades de liderato y mayordomía cuando dejó que su sobrino
escogiera las mejores tierras, pero el hombre de Dios iba creciendo en gracia y en fe.

       Una vez más acá vemos a Dios trazando el itinerario divino hacia Abraham. Dios
dejó que Abraham escogiera aunque lo hiciera mal. Esta era una decisión en que Dios
no le importaba si un hombre salía en desventaja. Después de la experiencia en Egipto,
Abraham había adelantado en la confianza de que sus bienes estaban mejor
guardados si era Dios quien los preservaba. Ya para este tiempo Abraham había
aprendido que Dios sabía tomar control de las circunstancias. En Egipto él no estaba
seguro de las cosas, ahora no le importaba si perdía o ganaba.

        La diferencia entre Lot y Abraham es la misma diferencia que existe entre los
llamados de Dios de hoy y aquellos que simplemente se benefician de aquellos
hombres y mujeres que Dios llama. Podemos decir que Lot tenía cierta relación con
Dios. Por lo menos no sabemos que Lot estuviera adorando a otros dioses ni tampoco
se registra que haya mostrado rebelión contra Dios en alguna forma. No se dice que
Lot era ladrón o que estuviera engañando a Abraham en alguna forma. Las riquezas
que Lot había adquirido eran tan justas como las que había adquirido Abraham.
Cuando se menciona a Lot en el Nuevo Testamento, se dice que el hombre era justo, y
aunque no podía hacer mucho contra la maldad que crecía en Sodoma y Gomorra, él
no se inmiscuía en el desenfreno de aquella sociedad. Se dice que él afligía cada día
su vida viendo la maldad de sus compueblanos. La situación de Lot, sin embargo, era
más complicada de lo que parecía, pues Lot solamente estaba relacionado con el Dios
de su tío Abraham. Lo poco que Lot sabía, y el poco de temor que tenía hacia Dios era
por la influencia y por el testimonio que estaba viendo en su tío. En realidad Lot seguía
a Dios por referencia y no por iluminación o por llamamiento directo. El relato dice que
Lot “andaba” con Abraham, pero no dice que Lot andaba con Dios. Lot desconocía que
aquella prosperidad que tenía en las manos venía como resultado de las promesas no
hechas a él personalmente sino por la promesa hecha a su tío Abraham. Dios le había
dicho a Abraham, “bendeciré a los que te bendijeren y a los que te maldijeren
maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra,” Génesis 12:3.

       En el momento en que se decidió la separación, no había mucha diferencia entre
estos dos varones. Ambos eran ricos y ambos se sentían responsables por sus
posesiones. Ambos eran buenos administradores y ambos sabían cuál era el mejor
negocio desde el punto de vista práctico. En el momento de decidir, Lot hizo lo que
cualquier buen administrador o hacendado haría. Él escogió la mejor oferta. No había
nada de malo en eso juzgándolo desde el punto de vista humano y económico. La
diferencia entre ambos, sin embargo, era como del cielo a la tierra. Lot escogió por sí
mismo mientras que Dios escogió por Abraham. Lot escogió lo que sus ojos físicos le
indicaban, Abraham escogió lo que los ojos de Dios ya habían escogido de antemano.
Lot ignoraba que el llamado de Abraham no era para hacerlo un hombre rico. Si bien,
esas eran las “añadiduras” de lo que en realidad Dios tenía por herencia para su amigo
Abraham. La meta de Lot era aumentar sus bienes y prosperar y acomodarse en la
amplia y fértil tierra que se extendía hacia las ciudades de Sodoma y Gomorra. El
relato dice que aquellas tierras eran como el huerto del Edén. La meta de Abraham ya
había sido trazada por Dios, y ésta incluía toda la tierra y todas las generaciones.

       Como Abraham estaba aprendiendo a qué hacer y qué no hacer, su decisión de
no decidir fue la decisión que Dios había señalado para él. Abraham no fue a consultar
a Dios para la decisión. Dios no le dijo a Abraham cuál terreno iba a tomar para su
hacienda. Simplemente Abraham no decidió, y, por consiguiente, dejó que Dios
decidiera por él. ¿Se da usted cuenta de la importancia de esta palabra? ¿Nota la
diferencia entre la decisión de Abraham al descender a Egipto y la decisión que tomó
acerca de su sobrino? En la primera, él decidió descender a Egipto y Dios se detuvo en
obrar su voluntad. En la segunda, Abraham se detuvo de obrar por sí mismo y Dios
logró su voluntad. ¿Puede usted notar el enlace entre Dios y sus hijos? ¿No es acaso
ésta la continua experiencia nuestra? Infinitas veces pensamos que estamos
actuando por nosotros mismos, cuando en realidad estamos cumpliendo el deseo de
Dios. Infinitas veces decidimos no hacer tal o cual cosa y para la opinión humana
somos considerados como ignorantes o como cobardes, cuando realmente lo que ha
sucedido es que la voluntad de Dios ha originado la decisión. Muchas veces hemos
dicho NO a ofertas muy agradables que se nos han presentado, y luego nos sentimos
medio frustrados por no haber tomado ventaja de lo que se nos ofrecía. Aquello que
parecía una excelente oportunidad se nos escapa de las manos. Algunos de nosotros
hasta nos lamentamos por no haber tomado cierta decisión en algún momento de
nuestra vida. Se nos escapa razonar que al no decidir favorablemente para nosotros
en ese preciso momento, fue la actitud correcta delante de Dios. Muchos de nosotros
pasamos por ese dilema, de no querer tomar nuestra propia iniciativa. Pocas veces nos
convencemos o nos enteramos que nuestra actitud de no actuar era precisamente lo
que Dios esperaba que hiciéramos.

       Seguramente Abraham pensó que aquella decisión era suya, ignorando que la
decisión que él tomó venía de la mente de Dios. Yo me puedo imaginar a Dios
observando cuál iba a ser la reacción de Abraham. Si Abraham actuaba en su propio
favor, Dios tendría que posponer el momento de mostrarle toda la tierra que iba a
heredar. No hizo nada más que Abraham decidir perder en el negocio, cuando Dios
ya lo estaba invitando a subir al monte y allí revelarle su eterno propósito. ¡Qué
provechoso es perder delante de la opinión pública, si con Dios estamos ganando! ¿No
es acaso éste uno de los principios fundamentales de la vida cristiana? El mismo Señor
expresó en muchas ocasiones que el que no estaba dispuesto a perderlo todo, no
podía ser su discípulo, ni podía permanecer en el reino. El apóstol Pablo también
confesó: “Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida
por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la
excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido
todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo,” (Filipenses 3:7-8). Concluimos
entonces, que Lot ganó para su propia destrucción mientras que Abraham perdió para
su propia bendición, y Dios salió glorificado.

      La trayectoria de Abraham, el amigo de Dios, se extendió por muchos más años
de los que él esperaba. La experiencia en Egipto y la separación de su sobrino
apenas abría la senda del largo camino de fe que el siervo de Dios tenía que
experimentar. Las verdaderas promesas de Dios parecía que nunca llegarían. Abraham
vivía cómodo. Sus riquezas se iban aumentando. Era respetado en y fuera de las
tierras de Canaán, especialmente después que libertó a Lot de sus secuestradores.
(Lea capítulo catorce). Abraham veía la mano protectora de Dios en muchas áreas de
su vida, pero no se sentía conforme. El varón de Dios sabía que Dios no lo había
llamado simplemente para hacerlo rico y poderoso. Algo faltaba en la vida de Abraham
y Dios mantenía silencio. “Después de estas cosas (la victoria que tuvo en la guerra
que dirigió para libertar a su sobrino y a otros reyes), vino palabra de Jehová a
Abraham en visión, diciendo: No temas, yo soy tu escudo y tu galardón será
sobremanera grande,“ (Génesis 15:1). Aparentemente Abraham no se impresionó con
estas palabras tan alentadoras y que le prometían tanta seguridad. La reacción de
Abraham fue directa hacia el verdadero problema. “Señor Jehová, que me darás,
siendo así que ando sin hijo…” Como queriendo decir: “Yo sé que tú eres mi escudo,
y sé también que me vas a dar más galardones de los que me haz dado, pero eso
no es lo que anhela mi corazón. Usted sabe mi Dios, que mi problema mayor es
que no tengo un heredero, y usted no me ha dicho qué va hacer al respecto.
Gracias por lo de los galardones y su protección como mi escudo, pero yo
necesito saber qué usted va a hacer para que yo tenga un hijo.” Como era una
conversación entre “amigos,” Jehová le responde más o menos de esta manera: “No,
mi amigo, tu heredero no será un esclavo nacido en tu casa, sino un hijo tuyo
será el que te heredará. Ven afuera de tu casa que quiero mostrarte algo. ¿Ves
ese conglomerado de estrellas en el espació? ¿Crees que las puedas contar?

      Me imagino a Abraham respondiendo: “Mi Señor, sí veo que son muchas y
todas resplandecen en la noche, pero no creo que podría contarlas. ¿Porqué me
pregunta si las puedo contar?” Jehová amigablemente le responde: “Porque así
como ves la inmensidad de estrellas en el espacio que no puedes contar, así será
tu descendencia. Eso es lo que voy a hacer contigo, mi querido amigo.”

         La Biblia dice: “Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia,” (Génesis 15:6).
¡Oh, la profundidad de la gracia de Dios! ¡Oh, la profundidad del amor de Dios! ¿Quién
lo puede entender? Abraham creyó, y eso fue suficiente para el gran Dios de los cielos.
Toda la santísima justicia de Dios se conformó con el simple creer de aquel frágil varón.
¿Haz creído tú igual que Abraham? ¿Conoces tú al Dios de toda gracia que conoció
Abraham? ¿Crees tú en Dios como creyó su amigo Abraham? ¿Vives tú bajo la gracia
redentora del Señor? Mi querido lector, Dios no tiene que estar haciendo muchas cosas
para ti. Si solamente tuvieras su gracia llenando todo tu ser, tienes de tu parte toda la
justicia del trono eterno. ¡Tú eres bendecido! ¡Tú eres lleno de gracia! El Dios
Todopoderoso es tu amigo. ¿Lo crees?

       Se tomaría todo un libro para poder presentar toda la enseñanza que se
desprende del ejemplo de Abraham respecto a lo que Dios hace o no hace. Los
sucesos que continuaron en la vida de Abraham y de su amada esposa Sarai, están
llenos de enseñanzas muy necesarias en cuanto a la soberanía de Dios y la libre
voluntad de los seres humanos. Abraham volvió a fallar en su peregrinación de fe.
Tanto Abraham como Sara interrumpieron y cambiaron para siempre el propósito
original de Dios. Sin embargo, al final de su trayectoria tanto Abraham como Dios,
salieron victoriosos.

       Por otro lado, Dios continuó mostrando silencio y permitiendo que su hombre
tomara decisiones, aunque éstas detuvieran el propósito eterno. Aún después que le
prometió a Abraham que tendría un hijo nacido en su casa, se tomó unos quince años
antes que se cumpliese la promesa. Después que aquella maravillosa conversación
Abraham y Sarai tomaron su futuro en sus propias manos, y como resultado vino
Ismael, el hijo de Agar, la sirvienta egipcia. Al principio parecía una excelente idea.
Abraham se sentía satisfecho viendo a su hijo Ismael. El no lo miraba como el hijo de
su sierva, sino como su futuro heredero. Cuando Jehová se le apareció otra vez y le
reiteró que Sarai concebiría de él, Abraham no vaciló en contestarle, diciendo: “¿A
hombre de cien años ha de nacer hijo? ¿Y Sara, ya de noventa años, ha de concebir?
Como queriendo decir: “Cuando tenía 85 años que me prometiste el hijo yo no dudé,
¿pero ahora que estoy tan avanzado en edad insistes en que vamos a tener un hijo?”
Al principio de la promesa del hijo Abraham había doble esperanza en que aquella
promesa se cumpliría. Estaba la esperanza de que Dios haría su parte, más la
esperanza de que todavía tenía fuerzas varoniles como para procrear a una criatura.
Esta vez Abraham quería estar seguro de que Dios le iba a permitir recibir fuerzas
humanas para engendrar a una criatura. Por eso pregunta si Dios aún estaba dispuesto
a hacer que se cumpliera la promesa. Como dice Pablo: “Él creyó en esperanza contra
esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había
dicho: Así será tu descendencia. Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo que
estaba ya como muerto (siendo de casi sien años), o la esterilidad de la matriz de
Sarai. Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció
en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para
hacer todo lo que había prometido,” (Romanos 4: 18-21).

       Si el error de Abraham descender a Egipto fue grave, mucho más grave fue
cuando accedió a tener un hijo de su sirvienta. Esta vez su error acarrearía serias
consecuencias para el resto de la vida de él y de sus descendientes. Hasta el día de
hoy, los descendientes de Abraham pagan un gran precio por el error del patriarca. Con
todo y eso, Dios no echó hacia atrás su propósito. Esto nos muestra que cuando Dios
se dispone a hacer algo en cuanto a su propósito divino, nuestros errores no
necesariamente anulan su propósito. Dios hace su plan entendiendo que nosotros lo
podemos atrasar. Dios puede llevar a cabo su propósito aunque tenga que adaptarse a
nuestros errores. Dios podía desentenderse de Abraham en el momento que él y Sarai
decidieron tener un heredero de la sirvienta y también pudo abandonar su propósito
cuando su siervo descendió a Egipto, pero no fue así. A fin de cuentas, Dios no lo
había llamado esperando que su siervo no cometiera errores. Esto es así porque Dios
siempre ha querido ser así con aquellos que responden a su llamado. Cristo también
dijo que él no venía en busca de justos sino de pecadores. Él no vino a buscar a los
sanos sino a los enfermos. Dios espera nuestra obediencia perfecta, pero está
preparado para obrar aun cuando no alcanzamos su deseo. En una ocasión le dijo a
Abraham: “yo soy el Dios Todopoderoso; camina delante de mí y sé perfecto.”
Sabemos que Abraham procuró cumplir con aquel deseo divino, mas nunca lo pudo
hacer una realidad total. De igual manera nos sucede a nosotros los que hemos
recibido el llamamiento de Dios. Nosotros sabemos que sin santidad nadie verá al
Señor. Quisiéramos vivir en un fiel cumplimiento de esa demanda. La realidad, sin
embargo, nos muestra otra cosa. Nuestra esperanza, al igual que Abraham, es que
Dios podrá hacer su voluntad final en nosotros muy a pesar de nuestros fracasos.
Abraham terminó siendo el amigo de Dios, no porque caminó en completa obediencia,
sino porque Dios fue paciente con él. También Abraham vino a ser el eslabón humano
entre Dios y la multitud de hijos que saldrían de sus lomos. De los descendientes de
aquél varón se formó la familia en la cual Emmanuel (Dios con nosotros), haría su
morada terrenal. De la simiente de Abraham vino el Cristo maravilloso, para así
bendecir a todas las familias de la tierra. Gloria a Dios por Abraham, aunque falló
tantas veces. Gloria a Dios por Cristo; quien cumplió el deseo que nuestro padre
terrenal no pudo cumplir. El amigo de Dios falló muchas veces, especialmente cuando
Dios se detuvo en actuar. En cambio, su Hijo Jesucristo cumplió el eterno y completo
propósito. Como humanos, fuimos bendecidos en Abraham, y como nuevas criaturas, y
miembros de la familia divina, fuimos bendecidos hasta la eternidad.

       Ciertamente Dios no siempre actúa favorablemente cuando nosotros creemos o
esperamos. Eso, sin embargo, no cambia su propósito. Dios ha mantenido silencio en
muchas ocasiones cuando más esperábamos que nos hablara. No obstante, su gracia
es suficiente para cubrir su silencio. ¡Oh, si yo pudiera quedarme quieto y dejar que
Dios sea glorificado aun en su silencio! ¡Oh, si yo pudiera amar a Dios cuando no me
habla, de la misma forma que lo amo cuando me responde! ¿No es acaso él conmigo
de la misma forma? Yo sé que él me ama, aun cuando yo no le hablo ni busco su
presencia. Yo sé que él me ama aun cuando hago las cosas a mi manera. Él es digno
de ser adorado aun en su silencio. ¡Oh, si yo pudiera abrir mi boca para bendecir a
Dios aun cuando él no esté actuando a mi favor! Prefiero el silencio de Dios, que
escuchar la voz de los necios, o la voz de mi propio razonamiento. Prefiero que Dios
calle ante mi problema, si con ello voy a entrar en una mejor relación con él. ¡A su
nombre, Gloria!
       caCAPITULO 4 - SOBERANIA Y PRUEBA

        Uno de los libros más misteriosos de la Biblia (y tal vez el menos leído), es el
libro de Job. Es un libro misterioso e interesante a la vez. Lo primero que nos
sorprende es que se desconoce quién fue el autor, aunque se le acredita a Moisés.
Algunos estudiantes de las Escrituras aseguran que este es el libro más antiguo de la
Biblia, y que si lo escribió Moisés, lo escribió antes de escribir el Pentateuco, y tiene
que haber sido a través de manuscritos que le fueron entregados. Algunos piensan que
es obra de Salomón debido al arte poético con que se escribió. Otros escritores
piensan que el autor es Elihú uno de los amigos de Job. Se puede pensar que el autor
fue Job mismo, usando la tercera persona. Tampoco está claro cuando sucedió esta
controversial historia. El libro es misterioso principalmente por la forma que da inicio a
esta odisea tan deprimente. Se trata de un varón de Dios que se encuentra entre la
batalla de Dios y Satanás. Es como si Dios y el diablo se provocaran a una guerra,
excepto que el campo de batalla es la vida de un varón justo y piadoso.

        Algunos supuestos eruditos han querido inferir que este libro, por contener un
relato tan controversial, es una parábola (ilustración), y no una historia real. A la verdad
que no debemos culpar a los que piensan que este relato es ficticio. Desde el punto de
vista humano, es prácticamente imposible pensar que haya existido un Job de carne y
hueso. Sin embargo, no es tan difícil aceptar que es una historia real, debido a que se
señalan nombres personales y ciudades reales. Por ejemplo, el libro menciona a los
Caldeos, quienes son los egipcios. También menciona ciudades que estaban ubicadas
en territorio de Arabia. El libro menciona a Adán, pero no menciona a ninguno de los
patriarcas ni algo que tenga que ver con los judíos o con el Pentateuco. No se
menciona en nada a Moisés, por lo que puede ser una evidencia que fue el autor. Es
evidente que esta historia se desarrolló antes de Abraham, y quién sabe si antes que
Noé. Otros estudiantes consideran que la tierra de Uz es la misma tierra de Ur de
donde vino Abraham, y que los amigos de Job son descendientes de las familias de
Abraham.
        Pongo en relieve estas observaciones acerca del libro porque la historia que
relata levanta muchas preguntas en cuanto a la intervención divina ante los ataques de
Satanás y las desdichas humanas. Nosotros servimos al mismo Dios que servía Job. Y
como Job, queremos ser responsables ante un Dios que nos rodea de bendiciones. Si
esta historia se remonta a los tiempos antes del diluvio, nos muestra que las artimañas
de la serpiente que invadió el jardín del Edén estaban muy activas en su conspiración
con interrumpir la bendición de Dios sobre sus hijos.

       Hablar o argumentar sobre esta experiencia de Job, no es un tema cómodo. En
mi opinión el libro contiene un tema muy controversial que estremece tanto a fieles
como a infieles. Dentro de esta obra literaria se encuentra un testimonio inigualable. No
es fácil tratar de explicar cómo el Dios tierno y amoroso que nosotros conocemos en
las Sagradas Escrituras, quiera probar a uno de sus fieles, de la manera que probó a
este distinguido varón. Quien quiera que haya sido el autor de este libro, obviamente no
le interesaba mucho cuál fuera la opinión o el concepto que se tenía de Dios.
Simplemente presenta a un Dios que se da a la «apuesta» contra su enemigo el diablo,
a costo del martirio de un hombre supuestamente justo. El libro presenta repetidas
veces a Dios como el «Omnipotente» y como el «Todopoderoso». Tal parece que el
propósito del libro era declarar la soberanía de Dios, que hace lo que quiere, cuando
quiere, y con el que quiere. Job es un fiel prototipo de todo esto.

        Se puede decir que el libro de Job es una de las formas de responder a la gran
interrogante de porqué le pasan cosas malas a la gente buena. Esta historia es toda
una gran paradoja en cuanto al testimonio que tenemos de Dios. El testimonio de Job
es todo un drama sociológico social y espiritual de un varón de Dios que
inesperadamente es sacudido de su medio ambiente. Su ambiente familiar es
arrancado sorpresivamente y sin mucha oportunidad para actuar. Sus finanzas
desaparecen de un día para otro. Sus seres queridos son arrancados de su cuidado sin
que éste pudiera intervenir. Todos los recursos que tenía a su disposición de nada le
sirvieron. Su aparente vida de buen hombre y de padre ejemplar se esfumó. En fin, su
vida diaria se derrumba de la noche a la mañana. Todo esto hace que su testimonio
sea un modelo ejemplar, aun para el mundo de hoy. Este libro no solamente es una
rica obra literaria, sino un profundo testimonio del trato de Dios con el hombre.

       En este relato podemos observar por lo menos cinco ámbitos que dan una leve
idea porqué Dios hace o no hace. Primero, encontramos en los primeros dos capítulos
que no todos los casos de pruebas en el ser humano vienen como resultado de
pecados. Se observa bien claro en el comienzo que la prueba de Job no era como
consecuencia de pecados morales o sociales. El varón era irreprensible, por lo menos
horizontalmente. Su prueba no venía como resultado de la desobediencia. Segundo, el
relato nos enseña lo errado que podemos estar en deducir que la prueba de nuestra fe
tiene siempre el interés de sacarnos de algún error que no necesariamente es pecado.
Job no fue probado porque estaba errado. Tercero, la historia nos prueba que sí
existen personas justas que sufren sin aparente razón. Evidentemente Job es prototipo
de hombres y mujeres de Dios que inesperadamente tienen que sufrir una amarga y
prolongada prueba. La paciencia de los santos aún está propensa a las pruebas del
enemigo.     Continúan las batallas espirituales entre la voluntad de Dios y la
intervención satánica en la vida de hombres y mujeres fieles. Aún quedan justos cuya
fe tiene que ser probada hasta lo máximo. Cuarto, el libro nos ayuda en alguna forma a
examinar lo serio de una prueba y cómo podríamos resistir sin llagar a enloquecer y
ceder ante el azote

       Finalmente, esta historia nos ubica en la realidad teológica que el sufrimiento de
los seres humanos tiene que ver con el gobierno del cielo. En otras palabras, hay
propósitos celestiales en toda prueba y en toda obra que Dios hace o no hace. El gran
problema de sufrir inmerecidamente y saber que Dios está envuelto en una forma u
otra, siempre será nuestro debate moral y social. La forma de Dios obrar o no obrar
sobrepasa nuestro entendimiento. Precisamente porque siempre estamos mirando los
asuntos de esta vida desde una perspectiva terrenal y horizontal, nos encontramos con
tantas preguntas.

       Casi los cuarenta y dos capítulos del libro tratan de los argumentos entre Job y
sus supuestos amigos. Los amigos procuraban probar que la culpa de todo lo que
estaba aconteciendo la tenía Job, mientras que Job luchaba por no echar la culpa a
Dios. Todos los argumentos giran alrededor de lo que ellos pensaban que Dios podía
hacer o dejar de hacer. En otras palabras, el libro trata cómo Dios obra en sus
cualidades de Omnipotente. La pregunta que haríamos sería la siguiente: ¿Por qué
Dios no le advirtió a Job la verdadera razón de aquella prueba? ¿Por qué no le dijo que
todo aquel sufrimiento y toda aquella confusión eran idea y obra del diablo?

       Es interesante notar que ni Job ni sus amigos mencionaron a Satanás
directamente. En todo el discurso no se oyó un solo argumento que culpara a Satanás
por la desgracia de Job. Es el autor quien menciona y relaciona a Satanás al principio
de la historia y luego no se oye mencionar más. Parecía que ni Job ni sus amigos
conocían la obra del enemigo. Tal parece que solamente el autor tenía el conocimiento
verdadero por la que vino aquella prueba en la vida de Job.

        Si alguien quiere culpar a Dios por las desgracias humanas, con recordar la
historia de Job es suficiente. Este personaje ha venido a ser sinónimo del sufrimiento,
No es el relato de la vida de una persona mala que merece castigo, sino de una
persona supuestamente justa que no se merece tal desdicha. El libro también nos
demuestra que la agenda diabólica es tan vieja como la serpiente misma.

       En este libro se relaciona la caída y el sufrimiento directamente a Satanás. En el
comienzo de la historia no se indica que Job estuviera cosechando el castigo de alguna
maldad. Simplemente, a Satanás le tiró disgustó en gran manera que Job fuera tan
favorecido por el Todopoderoso. Sus palabras a Dios contra Job fueron: “¿Acaso teme
Job a Dios de balde? ¿No le has cercado alrededor de él y a su casa y a todo lo que
tiene? Al trabajo de sus manos has dado bendición; por tanto, sus bienes han
aumentado sobre la tierra. Pero extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene, y
verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia,” (Job 1:9)
       Como ya hemos mencionado, este libro es tal vez el más antiguo de las
Escrituras. Observemos, sin embargo, que el ataque satánico contra la soberanía de
Dios y su trato con los hombres, sigue siendo el mismo. Hoy más que nunca la gente
se pregunta porqué si hay un Dios, permite tanta infelicidad y miseria en su creación.
La acusación del adversario fue con doble intento. Primeramente, su plan era de
torturar a Job hasta que maldijera a Dios. Luego, su intento de pretender probar a Dios
y a los hombres que la relación entre ellos no era por amor sino por conveniencia.

       De aquí se desprende una lección muy importante. Pues es evidente que la
bendición de Dios es molestia y tortura para el desechado ángel, Lucifer. La bendición
de Dios en nosotros significa maldición para el adversario. Lo que nos hace feliz en
Dios, es tortura para este ser que ya está destinado para el castigo del fuego eterno.

        Esta historia es una prueba de la fragilidad del hombre, incluyendo nosotros los
creyentes. Esta es una situación donde el hombre poco puede hacer para evitar la
envidia y la venganza que hierve en el espíritu de este malvado personaje. El hombre,
por mejor que se porte, no puede evitar la profunda ira y molestia que recibe el
enemigo cuando Dios nos favorece. Venir a ser un preferido de Dios significa que
Satanás nos pondrá en su lista de ataque. Ser amigo de Dios significa ser enemigo de
Satanás. Ser enemigo de Satanás es invitarlo a la batalla. La felicidad nuestra es
infelicidad y tortura para este ángel caído. No importa lo bien que nos conduzcamos, la
bendición de Dios es un reto a nuestro peor contrincante. Cuando Dios nos bendice
con bienes y con salud, junto con esa bendición viene el riesgo del ataque. Los
humanos siempre estamos expuestos a las artimañas del adversario el Diablo, pero
cuando estamos siendo bendecidos, la adversidad es más profunda y más peligrosa.

      Lo que hace más complicado este asunto es que Dios no detiene su bendición,
aunque el diablo ruja de ira. Por más airado que se ponga Satanás, no puede impedir
la bendición y el favor de Dios. Si Dios fuera a detenerse en bendecirnos cada vez que
Satanás se molesta y se aira, nunca enviaría su bendición.

       Aquí encontramos otra lección. Esta es, que las bendiciones de Dios no son
dadas en una bóveda de seguridad. La bendición y la protección de Dios no es una
condición garantizada contra interferencias. Las bendiciones y la protección de Dios no
eliminan la posibilidad de que algo negativo suceda.

       Desde el punto de vista del adversario, Job representaba una derrota para las
fuerzas de maldad. Era natural que el diablo estuviera molesto. La vida de testimonio
de Job hizo a Satanás pedir audiencia en los lugares celestiales. Su testimonio hizo
que los «hijos de Dios», entre los cuales estaba Satanás, tuvieran que hacer una
reunión extraordinaria. La vida de abundancia y de salud de este antiguo y distinguido
varón, quitaban el sueño de este maligno espíritu. Job era una espina clavada en la piel
de la antigua serpiente.

      En la primera reunión, el Adversario salió dispuesto a probar su teoría. Como él
no tenía capacidad para predecir el futuro, ni sabía con anterioridad cómo realmente
Job iba a reaccionar, solamente podía incurrir en el experimento. Él bajó desde los
lugares celestiales convencido que Job sucumbiría ante la pérdida total de sus bienes y
la trágica muerte de sus hijos. ¡Cuál fue su primera decepción al observar la calma y la
serenidad de este varón! Hasta este instante Job no conoce mucho acerca de la
voluntad prescriptiva, permisiva y providencial de Dios que mencionamos
anteriormente. Reconoce, sin embargo, que todas aquellas posesiones realmente
pertenecían a Dios y no a él. Por eso pudo exclamar: “Jehová dio, Jehová quitó; sea el
nombre de Jehová bendito,” (Job 1:21). No crea que Job tenía conocimiento como para
contestar de otra manera.

       En la segunda reunión Satanás lleva toda su furia para argumentar una vez más
contra Dios. Esta vez su argumento era que la serenidad y la paciencia de Job eran
solamente porque evaluaba su salud y no le convenía maldecir a Dios por las pérdidas.
Según la mente del adversario, Job no maldijo a Dios porque lo amaba y lo
reverenciaba sino porque amaba mucho la salud que todavía poseía. Éste salió de allí
determinado a dar el ataque mortal al indefenso varón de Dios.

       Aunque Dios no obró en defensa de Job para que no perdiera sus pertenencias,
y tampoco actuó en defensa para que no perdiera sus hijos, Satanás no estaba
conforme. Dios había probado al enemigo su equivocación en cuanto a la fidelidad de
Job frente a las pérdidas. Pero la ira satánica no se detenía solo con quitar propiedades
o seres queridos. De aquí aprendemos que Satanás no mete su mano simplemente
para quitarnos las cosas. Su estrategia es hacernos maldecir o revelarnos contra Dios.
Si la mano maligna nos quita las bendiciones con que Dios nos ha rodeado, su
propósito final es que actuemos, y esto, en contra de Dios. Él no se conforma con
hacernos sufrir por la pérdida de algo o alguien. Su plan es que nos revelemos,
maldigamos, y finalmente neguemos a Dios. La estrategia perversa de nuestro
adversario no es solamente que perdamos algo, o que suframos alguna desgracia, sino
que perdamos a Dios. Él sabe que si perdemos a Dios, lo perdemos todo. A Satanás lo
mismo le da darnos que quitarnos, con tal de sacarnos de nuestra amistad con Dios.
Nada satisface más al enemigo de nuestras almas, que vernos alejados, enojados y
revelados contra nuestro Padre celestial.

        Observemos que en el caso de Adán y Eva que discutimos anteriormente, la
estrategia satánica fue entregarle recursos a la pareja para que éstos no dependieran
de Dios. La nefanda estrategia fue abrirle los ojos y el entendimiento a la primera
pareja, para que ya no tuvieran que depender más del Creador. En el caso de Job, sin
embargo, la estrategia de Satanás fue quitarle todo lo que pudiera relacionarlo con
Dios. Por eso, al ver que Job bendijo a Dios y adoró en el momento de las pérdidas, no
se conformó sino que regresó a tocarle su salud. Estas fueron sus palabras: “Piel por
piel, todo lo que el hombre tiene dará por su vida. Pero extiende ahora tu mano y toca
su hueso y su carne, y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia,” (Job 2:4).

      Notemos algo interesante aquí. Dios conocía cómo Job iba a responder, pero
Satanás no lo sabía. La orden de Dios de permitir que la mano malvada de Satanás
tocara la salud del siervo Job vino como resultado de ese conocimiento de Dios.
Cuando Satanás mete su mano, lo hace en forma de prueba, o en forma de
experimento, por cuanto él no conoce nuestro futuro personal. Dios, por otro lado,
aunque sí conoce cuál puede ser nuestro futuro, tiene que dejarnos pasar por la
experiencia de la libre voluntad. Por habernos hecho con la facultad de la libre
voluntad, él permite que nosotros obremos en lo que será nuestro futuro. En otras
palabras, Dios opera junto con nosotros en nuestro futuro.

       Volviendo al caso de Job, podemos decir que Dios actuó en fe cuando le
extendió el permiso a Satanás. El trato de Dios de no actuar a favor de Job era parte de
su forma de mantener y mejorar la relación. Dios sabía que Job era un varón ejemplar.
Job, sin embargo, no sabía hasta dónde él era el varón de Dios, hasta que pasara por
la mano del enemigo. En esta experiencia de Job, no solamente el enemigo iba a ser
puesto en vergüenza, sino que tanto Job como Dios iban a mejorar su relación el uno
para el otro. Como dije anteriormente, Satanás no sabía lo que había en Job, por eso le
hace la solicitud a Dios. Job tampoco sabía la magnitud de su fidelidad a Dios hasta
que fue sometido a esta odisea. Si podemos entender esto, entendemos mejor porqué
Dios no actuó inmediatamente en su caso y porqué tampoco actúa en nuestros casos
cuando lo pedimos. Si podemos entender este concepto, podemos también entender
que la mano de Satanás contra Job era indirectamente la mano de Dios.

              “Entonces le dijo la mujer: „¿Aún retienes tu integridad?‟ ¡Maldice a Dios,
y muérete!‟” (Job 2:9). Cuando suceden cosas malas a personas indefensas o
inocentes, todas las relaciones de familia, parientes y amigos están expuestas a
reaccionar de diferentes formas. Lamentablemente, en la mayoría de los casos estos
amigos o parientes se levantan contra la persona afectada o contra Dios mismo. Si
triste es para una persona pasar por una prueba en que Dios no actúa, más triste es
cuando los que rodean se vuelven jueces y abogados. A veces las personas que
menos esperamos que reaccionen negativamente son las que nos sorprenden. La
persona herida tiene que confrontar la crítica o las interrogaciones de los que quieren
saber la razón de todo. Es en el momento del luto o la desgracia donde se identifican
verdaderamente quienes son nuestros hermanos y nuestros amigos. Es en el momento
del dolor y el lamento donde sabemos no solamente de qué estamos hecho, sino de
qué están hechos nuestros parientes y amigos. Es en el momento de la adversidad
donde sabemos si los que nos rodean nos amaban verdaderamente o solamente
amaban nuestras posesiones. Es en el momento de la angustia y de la pérdida que una
persona sabe la verdadera opinión que tienen los que lo rodean.

       En el suceso de Job, las palabras de frustración y de rebelión de su distinguida
esposa son la evidencia clara que ella no vivía en la misma fe y en la misma integridad
de su esposo. Sus palabras evidencian que ella no conocía realmente a su esposo,
mucho menos al Dios que su esposo servía. Ella solo conocía lo que Dios daba. Ella
conocía de posesiones, de posiciones, y de salud. Su relación con Dios era en base de
las bendiciones que la rodeaban. Job tampoco conocía en su totalidad a su amada
compañera. ¡Cuál sería su sorpresa al escucharla hablar! Por eso la censuró
diciéndole: “Como suele hablar cualquiera de las mujeres fatuas, has hablado.” Esta
inesperada prueba reveló ideas y pensamientos latentes en el alma y el espíritu de la
esposa de Job. Indiscutiblemente, la infeliz esposa de Job, no conocía al Dios de su
esposo.

        El ejemplo de la esposa de Job es análogo de la gran realidad en que vivimos.
Ella no solamente estaba alarmada por las pérdidas inesperadas y por el luto de haber
perdido a sus hijos, sino también al contemplar el espíritu calmado y la sencillez de su
compañero. Ella se revela no solamente por lo que acababa de perder sino también
porqué su esposo estaba actuando como si nada hubiera pasado. Lo que le sucedió a
quien yo llamaría la distinguida hermana “Joba”, no era fácil para aceptar,
considerándolo desde el punto de vista humano. Ella ve cómo de un día para otro su
saludable y acaudalada familia han sido aparentemente abandonadas por su Dios. La
amargura de esta supuesta mujer de Dios la lleva a pensar que su inteligente esposo
no debía quedar callado ante un Dios que presuntamente no había actuado con la
misma integridad con que Job le servía. Esta dama esperaba que Job reclamara sus
derechos y que tomara la iniciativa de rebelión. Ella esperaba que su esposo se sintiera
como ella se sentía. La frustrada compañera de nuestro hermano Job se asombra al
ver la calidad de integridad que este varón poseía.

        Seamos sinceros. ¿No piensa usted que una experiencia así en estos tiempos
enviaría a la persona más cuerda al manicomio o al suicidio? Por razones más
triviales se suicida la gente en estos tiempos. Para los efectos humanos la conducta
de nuestra hermana “Joba” es normal. Un psiquiatra o un psicólogo determinaría a
“Joba” como una persona normal que reacciona ante una situación anormal. ¿No era
acaso anormal lo que estaba sucediendo? Maldecir y descargar la ira es la reacción
más normal para alguien que de momento «se le cae la casa encima.» ¿No es acaso
normal gritar de coraje cuando un ladrón se mete y saquea toda una propiedad? ¿No
hemos sabido de casos donde una mujer prefiere morir de manos de un ladrón que
dejarse robar la cartera? ¿No hemos nosotros actuado histéricamente cuando un
ladrón nos vandaliza un automóvil? Ciertamente la esposa de Job actuó normal en
cuanto a la expectativa humana se refiere. Actuar normal, sin embargo, no es la
conducta que debe caracterizar a la gente de Dios.

       Así como nos sorprende escuchar de la esposa de Job esta expresión
destructiva, así nos sorprende la mucha gente que pensamos que viven cerca de Dios.
De esta actitud indócil de la compañera de Job, aprendemos la gran lección, que vivir o
estar cerca a un varón o varona de Dios, no es garantía que los que nos rodean van a
entender el trato de Dios. Esto es verdad aun en los hogares del pueblo de Dios. Que
en un hogar haya un padre ejemplar o una madre consagrada a Dios no garantiza en
absoluto que sus hijos crezcan y se comporten de la misma forma. Es una gran
realidad que muchos criminales han salido de padres temerosos de Dios. En las
ciudades modernas y adelantadas encontramos que una inmensa cantidad de familias
que sufren la desdicha de tener hijos sediciosos. Especialmente en este país de Norte
América donde se da tanta libertad a los derechos humanos, la juventud y la
adolescencia tienden a ser más sublevados, por cuanto se le ha quitado a los padres y
a la justicia la autoridad de establecer estrictas disciplinas. Los sistemas judiciales de
nuestras grandes ciudades viven decepcionados ante la impotencia que tienen para
corregir tanta delincuencia juvenil. La experiencia de Job es la experiencia de la gran
mayoría de nosotros.

       No solamente salen hijos perversos de padres ejemplares. Tenemos también el
gran problema de la destrucción de familias por causa del divorcio. Varones
despiadados destruyen sus hogares por causa de los vicios y la inmoralidad. Millones
de criaturas inocentes viven víctimas del divorcio. El egoísmo y la falta de moralidad
destruyen a pasos agigantados la gran institución de la familia.

       El mal testimonio de nuestra hermana “Joba” frente a su compañero y frente a
Dios nos enseña también a estar preparados por si nos llegara una situación
semejante. Su reacción es el resultado de desconocer los planes de Dios. Su rebelión
es resultado de no saber qué hacer cuando Dios no hace. Su reacción es también el
resultado de no tener una experiencia personal con Dios. “Joba” solamente conocía del
Dios de su esposo. Por eso expresó airadamente: “maldice a tu Dios y muérete”. Job
fue íntegro y se comportó como tal. Sin embargo, eso no garantizaba que su
compañera se condujera igual. Esto es así por cuanto la relación más importante
entre Dios y el hombre es la relación individual. Si no sabemos qué hacer o no hacer
cuando Dios mantiene silencio, tampoco podemos esperar que las relaciones y
reacciones de los nuestros sean positivas. Esto nos enseña que cuando Dios no hace
como esperamos, debemos de estar preparados para las reacciones de personas o
parientes más cercanos. Cuando Dios no hace, los que nos rodean casi siempre
manifiestan su rebelión. Nunca llegaremos a entender cómo los demás evalúan nuestro
servicio hasta que pasamos por situaciones adversas e inesperadas. Nuestro
adversario el diablo tiene esto bien sabido. Su estrategia no es contra nosotros
solamente. Cuando él piensa en crear un mal contra nosotros, su plan incluye a los que
nos rodean.

       “Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente,
anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe, sabiendo que
los mismos padecimientos se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el
mundo,” (1Pedro 5:8-9). Esta exhortación del apóstol Pedro advierte claramente sobre
la astucia de Satanás. Este enemigo no es un león rugiente como pretende, pero sus
maquinaciones no se pueden tomar livianamente. Su plan de encontrar y devorar es
más de lo que anticipamos muchas veces. Lo peor de toda esta maligna estrategia es
que nuestro adversario hace sus planes junto con los planes de Dios. Él sale como un
león rugiente buscando arremeter sobre su presa. Él hace su plan de ataque sabiendo
que su víctima está pasando por un momento de fragilidad. El enemigo sabe que
cuando Dios no está interviniendo a nuestro favor, nuestra fragilidad humana tiende a
llevarnos a la rebelión y al desespero. El apóstol reafirma, además, que los planes
devoradores de Satanás son causa directa de los padecimientos y las pruebas de los
hermanos en todo el mundo. Dando a entender que las garras de un león receloso van
a la par con el trato de Dios con sus criaturas. Ciertamente los padecimientos que se
van cumpliendo en nuestro diario vivir, muestran la realidad de nuestra vulnerabilidad
ante las artimañas de nuestro incansable enemigo.
       Si entendemos algo de los perversos planes de maldad, podemos actuar mejor
ante el trato de Dios. Detrás de toda situación adversa, se encuentra un enemigo
tomando toda la ventaja que pueda o que se le permita. La realidad por la que pasó
Job y su familia es un solo ejemplo de los millones de padecimientos que se sufre en
todo el mundo. La ira y la envidia de Satanás contra Job es la misma a la que estamos
expuestos continuamente.

              Dios trata con nosotros de muchas maneras. Algunas veces su trato es
simple y sin muchas complicaciones. Otras veces su trato no es otra cosa sino la
prueba de nuestra integridad. En el caso de Job, es evidente que su integridad estaba
en juego. Naturalmente, la integridad no se puede probar mejor hasta que llegue la
adversidad. Integridad sin adversidad no tiene calidad. Nadie es íntegro a lo máximo a
menos que pase a lo máximo por la adversidad. Si el trato de Dios con uno de sus
hijos es en busca de una prueba de integridad, las experiencias y los padecimientos
son inevitables. La prueba de nuestra integridad hace que Dios no actúe. Job era
íntegro. Por lo tanto, su prueba tenía que ser severa.

       Cuando alguien está pasando por una prueba difícil, los que le rodean entran en
comentarios y en razonamientos, tratando de encontrar la causa de las cosas. Job tuvo
que confrontar la prueba en medio de amigos que procuraban ayudarlo a entender la
razón de aquel inesperado infortunio. Elifaz parece ser el más anciano de los tres
amigos de Job. Su argumento se caracteriza por su cortesía y por su caballerosidad. Él
muestra cierta sensibilidad ante la miseria de su buen amigo. Su presentación es de
admirar, pues él expresa su punto de vista en forma cuidadosa y condescendiente.
Bildad, el segundo amigo, es más argumentativo. A este amigo le gusta el debate, y
está convencido de que está correcto en su argumento. Él tiene cosas que decir a su
sufrido compañero. El tercer amigo es Zophar, quien presenta un carácter lacónico,
rudo y terco. Éste quería decirle la verdad a su dolorido amigo, aunque le doliera más
de lo que estaba. Su punto de vista es directo y sin mucha misericordia. El cuarto
amigo, Eliú, era el más joven de los cuatro, y, por consiguiente, el de menos
experiencia en los asuntos de la vida. Aun así él también tenía algo que opinar. Cuando
alguien sufre sin aparentes razones, las razones humanas se sobran.

       Estos cuatro caracteres en el diálogo de Job son prototipos de la forma en que
los humanos reaccionan cuando se encuentran con personas que sufren. Los cuatro
amigos de Job pensaban que en sus argumentos podían contestarle el porqué de sus
sufrimientos. Esto es así porque nosotros los humanos queremos saber la razón de
todo. El ser humano cree que puede contestar todas las interrogativas de la vida. Sus
razonamientos eran ortodoxos y fundamentalistas en la teología de su tiempo. Ellos
pensaban que tenían todas las respuestas. Estos amigos ignoraban que el fin de toda
prueba es llevar al sufrido frente a Aquél que todo lo sabe. En las Lamentaciones de
Jeremías él expresó lo siguiente: “Bueno le es al hombre llevar el yugo desde su
juventud. Que se siente solo y calle, porque es Dios quien se lo impuso. Ponga
su boca en el polvo, por si aún hay esperanza; Dé la mejilla al que le hiere, y sea
colmado de afrentas. Porque el Señor no desecha para siempre. Antes si aflige,
también se compadece según la multitud de sus misericordias.“ (Lamentaciones
3:27-32).

        Si es difícil soportar una prueba inesperada, más difícil es tener que responder a
aquellos que nos preguntan. Ciertamente es difícil mantenernos fieles cuando Dios no
está respondiendo a nuestro favor. Se hace más difícil aún cuando no tenemos
respuesta para aquellos que quieren saber, o pretender saber. Lo mejor que podemos
hacer cuando Dios no está obrando es cuidarnos de las opiniones y de las razones
humanas. Cuando el hombre no entiende el proceso divino, su tendencia casi siempre
es rebelarse. Si no se rebela contra Dios, se rebela contra la persona sufrida. Notemos
que en el caso de Job, su esposa se revela contra ambos. Ella se aira tanto contra Dios
por no actuar a tiempo, y se revela contra su compañero por pretender seguir siendo
fiel. Satanás no estaba logrando mucho terreno contra Job directamente, pero estaba
ganando terreno indirectamente por medio de ella y de sus amigos. Aparentemente Job
ignoraba las maquinaciones del enemigo y desconocía cómo éste estaba influyendo a
su esposa y a sus compañeros. En sus amigos, Job encontró con quien quejarse y con
quien justificarse. La respuesta y la actitud de su esposa lo llevan al desespero y
pronunciar palabras de descontento. No había acabado bien de darle la reprimenda a
su esposa cuando lo oímos diciendo: “Perezca el día que yo nací, y la noche que se
dijo: „Varón es concebido.‟ ¿Porqué no morí en la matriz, expiré al salir del vientre?”
(Job 3:3,11).

        Al momento de Job tener que responder a sus compañeros, se abre la
oportunidad para expresar amarguras. Los argumentos de defensa de Job lo llevan a
formar malas opiniones de su Dios. No solamente sus argumentos rebelaban un
espíritu de justicia propia sino también acusar a Dios por permitir injusticias. En una
ocasión expresó: “Desde la ciudad gimen los moribundos, y claman las almas de los
heridos de muerte, pero Dios no atiende a su oración,” (Job 24:12).

        Si queremos salir victoriosos frente a la prueba, tenemos que fortificar nuestra fe
y nuestra confianza en el Dios a quién servimos. Mientras más conozcamos su forma
de obrar o no obrar, menos contratiempo tenemos. Además, tenemos que ejercer
mucho cuidado de cómo nos tratan y cómo tratamos a los seres queridos que nos
rodean. Lo que digamos frente a ellos puede acarrear peores consecuencias. El trato
de Dios cuando uno de sus hijos sufre, lleva el propósito de que su nombre sea
glorificado. La soberanía de Dios tiene que prevalecer, si es que vamos a honrarlo a lo
máximo. Padecer de una enfermedad o una situación adversa puede ser benéfica
solamente cuando Dios completa su propósito.

        Si los capítulos iniciales fueron impresionantes, más impresionante es el último
capítulo. En los primeros capítulos encontramos a Satanás llevando a la bancarrota la
fortuna de Job y luego fustigándole el cuerpo con una maligna sarna; pero al final de la
historia Satanás no aparece por ningún lado. En las últimas palabras de la historia,
solo se escuchan a Dios y al siervo Job. Ni siquiera a los amigos de Job se les dio la
oportunidad de opinar. “Respondió Job a Jehová, y dijo: “Yo conozco que todo lo
puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti. ¿Quién es el que oscurece el
consejo sin entendimiento? Por tanto, yo hablaba lo que no entendía. Cosas
demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía. De oídas te había oído, mas
ahora mis ojos te ven. Por tanto, me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza,”
(Job 42: 1-6).

       “De oídas te había oído”, expresó Job al final de su gran prueba. Como
queriendo decir: “Antes que me dejaras pasar por esta desgracia, yo pensaba que te
conocía verdaderamente. Yo te servía, hacía sacrificios en tus altares, daba ofrendas y
ayudaba a los menesterosos, tenía una vida recta delante de ti y de los demás, y sabía
que todo lo que poseía provenía de ti. Yo glorifiqué tu nombre al principio cuando lo
estaba perdiendo todo. Yo pensaba que tenía sabiduría y me defendí con grandes
argumentos delante de mis amigos. En fin, yo estaba plenamente convencido de que te
conocía; pero, ¡cuán equivocado estaba! Me doy cuenta ahora que vivía engañado y
que mi relación contigo era muy superficial. Dios mío, he pasado por toda esta odisea
para venir a despertar a la realidad. Por lo tanto, me arrepiento de haber hablado tantas
palabras sin sentido. Me miro introspectivamente y me aborrezco a mí mismo por haber
sido tan necio. Saber que solamente te conocía de oídas, me hace entender que vivía
bien fuera de tu presencia. Es porque ahora mis ojos te ven, Señor. Ahora sé quién
eres de verdad. Ahora entiendo que eres mucho más de lo que pensaba y creía.
Señor, yo oía de ti, pero no te conocía. Ahora me admiro de tu misericordia, y de que
me castigaste menos de lo que merecía. Señor, me aborrezco por haber sido tan ciego.
Por lo tanto, voluntariamente me echaré polvo y ceniza sobre esta sarna que cubre
toda mi piel. Ya no me importa más el dolor ni el sufrimiento. Ya no me interesa si
tengo o no tengo riquezas materiales. Me conformo con saber que ahora mis ojos te
ven.”

               En cuanto a los amigos de Job, no se quedaron sin la reprimenda. Ellos
también vivían errados en muchas cosas. Dios los censuró aun después que ellos
hablaron tantas cosas tratando de justificar a Dios delante de Job. Evidentemente
Dios no fue impresionado por la mucha defensa que se escuchó de estos amigos de
Job. Una vez que Dios oyó a Job expresar aquellas palabras de arrepentimiento y de
revelación, procedió a censurarlos diciendo: “Ahora pues, tomaos siete becerros y siete
carneros, e id a mi siervo Job, y ofreced holocausto por vosotros, y mi siervo Job orará
por vosotros; porque de cierto a él atenderé para no trataros afrentosamente, por
cuanto no habéis hablado de mí con rectitud, como mi siervo Job,” (Job 42:8-9). ¿No es
maravilloso observar a Dios exonerando y justificando a su siervo? ¿Cómo es posible
que Dios ni siquiera manifestara haber encontrado fallas en las muchas palabras
necias que salieron de su siervo? Esta forma de Dios hablar en defensa de su siervo
Job, es realmente maravillosa. ¡Cuán insondable es la benignidad de Dios! Los amigos
de Job habían hablado bien de Dios. Sin embargo, lo más sabio de ellos era
insignificante para Dios. Más que estar impresionado, Dios estaba molesto con ellos,
pues Dios no los envió ni a defenderlo a él ni a censurar a su siervo.

             Así es Dios, mi querido lector. Cuando es asunto de su opinión y su trato
con sus siervos, Dios siempre tiene una palabra de defensa para ellos. Aquí se
cumplen las palabras que habló Dios al profeta Jeremías cuando le dijo: “El que
conspirare contra ti, lo hará sin mí, y el que contra ti se levantare, delante de ti caerá,”
Lo que Dios no hizo por Job cuando él más lo esperaba, salió a descubrir su gran amor
y paciencia. Lo que Dios no hizo por Job salió a descubrir en Job lo poco que conocía a
su Dios.

       Es cierto que al principio de la historia encontramos la conspiración satánica. Es
cierto que detrás de toda prueba se pueden esconder las manos del maligno. Tenemos
que aceptar que todavía Satanás tiene acceso para llegar frente al trono de gracia con
sus acusaciones. Apocalipsis 12:10 dice: “Ahora ha venido la salvación, el poder, y el
reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el
acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y
noche.” Dando a entender que la obra de Satanás de ir a acusar continuará hasta el
momento que se establezca el reino eterno. En el caso de Job, sin embargo, su derrota
fue clara y definida. Una ventaja tiene el enemigo contra nosotros, y es que conoce
cuando nosotros no andamos en obediencia al Señor. Él tratará de capitalizar contra
nosotros mientras sepa que no conocemos al Señor como debiéramos. Lo hizo con
Job. Él no intentó contra Job porque sabía que éste era un hombre materialista, sino
porque podía discernir que Job no conocía a Dios con toda la revelación necesaria.

              En el testimonio de Job al igual que en los testimonios de Adán y de
Abraham, encontramos a Dios manifestando sus formas de obrar su voluntad. La
voluntad prescriptiva de Dios era que Job se mantuviera quieto y probara así delante
del enemigo lo que Dios testificaba de él. Las palabras de Dios delante de Satanás
fueron estas: “¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la
tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal? (Job 2:3). En su
voluntad permisiva, Dios le dio audiencia a Satanás para que llegara al trono y
presentara su acusación, y le extendió la autoridad para que pusiera su mano contra él.
En la voluntad providencial, Dios estuvo dispuesto a pasar por alto la poca visión de su
siervo y lo restauró con una vida mucho más excelente que la anterior. Al final de la
historia, una vez más Dios salió glorificado; una vez más Satanás fue puesto en
vergüenza; los amigos de Job recibieron su reprimenda, y Job salió más bendecido que
nunca. Así es Dios.

        Hermano, si Dios probó a Job te puede probar a ti y a mí, pero puedes estar
seguro que como sacó victorioso a Job nos puede sacar a nosotros de las inesperadas
pruebas. En Job se cumplen vívidamente las palabras del apóstol Santiago cuando
escribió: “Bienaventurado el varón que soporta la tentación, porque cuando haya
resistido la prueba, recibirá la corona de la vida, que Dios ha prometido a los que le
aman,” (Santiago 1:12). Y hablando del mismo Job escribió lo siguiente: “Hermanos
míos, tomad como ejemplo de aflicción y de paciencia a los profetas que hablaron a
nombre del Señor. He aquí, tenemos por bienaventurados a los que sufren. Habéis
oído de la paciencia de Job, y habéis visto el fin del Señor, que el Señor es muy
misericordioso y compasivo,” (Santiago 5: 10-11).
      CAPITULO 5 - SOBERANIA Y FIDELIDAD

       “Palabra de Jehová que le vino (a Jeremías), en los días de Josías, hijo de
Amón, rey de Judá, en el año decimotercero de su reinado. Le vino también en
días de Joacím hijo de Josías, rey de Judá, hasta el fin del año undécimo de
Sedequías hijo de Josías, rey de Judá, hasta la cautividad en el mes quinto,”
(Jeremías 1:2-3). “Porque he aquí que yo convoco a todas las familias de los
reinos del norte, dice Jehová; y vendrán, y pondrá cada uno su campamento a la
entrada de las puertas de Jerusalén, y junto a todos sus muros en derredor, y
contra todas las ciudades de Judá. Y a causa de su maldad, proferiré mis juicios
contra los que me dejaron, e incensaron a dioses extraños, y la obra de sus
manos adoraron,” (Jeremías 1:15-16).Porque dos males ha hecho mi pueblo: Me
dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que
no retienen agua,” (Jeremías 2:13). “Aunque le laves con lejía, y amontones jabón
sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí, dijo Jehová,”
(Jeremías 2:2). Jeremías profetizó por más de veintitrés años, pero el pueblo no lo
quiso escuchar. El gobierno quiso callarlo, y lo torturaron metiéndolo en cisternas
llenas de toda clase de desperdicios. (Jeremías 38:6). Todo fue en vano. “En el
noveno año del rey Sedequías, rey de Judá, en el mes décimo, vino
Nabucodonosor rey de Babilonia con todo su ejército contra Jerusalén, y la
sitiaron. Y en el año undécimo de Sedequías, en el mes cuarto, a los nueve días
del mes se abrió brecha en el muro de la ciudad,” (Jeremías 39:1-2)

       El testimonio de los jóvenes Hebreos, Sadrac, Mesac, Abed-Nego, y Daniel,
quienes fueron llevados cautivos a Babilonia, es un testimonio significativo en cuanto a
lo que Dios hace o deja de hacer. Estos jóvenes fueron llevados en contra de su
voluntad para servir a un gobierno opresor. Estos distinguidos varones de Israel nada
pudieron hacer para librarse de la invasión que sufrió el pueblo de Israel en manos de
los babilonios. Ellos vinieron a ser víctimas del deterioro político y moral del pueblo de
Dios. El imperio de Israel lentamente fue decayendo de la cúspide de grandeza y
poderío, para nunca más levantarse como potencia política mundial. Por más de dos
mil quinientos años Israel no pudo lograr una autonomía. De hecho, no fue sino hasta
el año 1948 que Israel pudo lograr un gobierno propio. El rey David había llevado al
pueblo Hebreo a una victoria total, y todos los pueblos le temían al poder y la grandeza
de los Israelitas. Cuando Salomón tomó el reinado, todo lo que hacía era colectar los
impuestos de todas las naciones y pueblos conquistados. Se dice que en el reinado de
Salomón el oro prácticamente perdió su valor. Había dinero y riquezas por doquier.
Desde el reinado de Salomón cuando Israel prácticamente había subyugado a todos
los enemigos, tanto el rey como el pueblo comenzaron en un decaimiento social,
familiar, moral, económicamente, y sobre todo, comenzaron a caer espiritualmente. El
poderío de Israel no duró por muchos años, y cuando el pueblo menos lo esperaba, ya
habían sido invadidos por los iraquíes. Profetas, tales como Jeremías y otros más,
profetizaron por largos años la inminente caída del gobierno. Algunos de estos profetas
fueron vejados, encarcelados y torturados por estar profetizando palabras de derrota.
De manera que no solo el gobierno se había corrompido, sino que también se burlaban
y maltrataban a los siervos de Dios. Los viejos, los veteranos y los líderes de Israel se
comieron las uvas de la abundancia, pero los jóvenes vinieron a sufrir la dentera. Por
eso, estos magníficos y temerosos jóvenes, pasaron por el cedazo de la prueba.

              Quiero añadir en una nota de ironía, que la Babilonia de aquel entonces
estaba en el mismo territorio que está la actual República de Iraq. Ya sabemos que
estos enemigos de Israel han resurgido de las arenas del desierto político que
enfrentamos actualmente, y han renovado su odio y deseo de destruir la nación
escogida de Dios. Esto no es de extrañarlo, siendo que Israel una vez más en la
historia resucitó de la ignominia y de los abusos políticos y raciales. No obstante, la
nación de Israel está nuevamente rodeada de enemigos, incluyendo a la República de
Iraq. Más de quinientos millones de árabes rodean a Israel. Todos ellos, directa o
indirectamente procuran destruir esta diminuta nación. ¿Estará Israel al borde de una
nueva invasión? ¿Podrán los políticos mundiales influir en la paz entre los Israelíes y
los palestinos? ¿Cuando comenzará la “Gran Tribulación” que se ha profetizado?

        Los jóvenes Hebreos, Sadrac, Mesac, Abed-Nego, y Daniel les tocó vivir esos
años de opresión que ya describimos brevemente. Miles de jóvenes y soldados fueron
aniquilados y otros fueron a servir al gobierno opresor. Si bien, estos jóvenes fueron
más afortunados que los demás por cuanto ellos representaban la realeza y la alta
educación de Israel. Nabucodonosor dio órdenes que se librara la vida de ellos y que
no se les pusieran en la cárcel. El rey ordenó también que los llevaran a vivir
directamente en el palacio. A través de estos jóvenes el gobierno quería enseñar el
lenguaje y la cultura de los Caldeos, y muy seguramente el rey también estaba
interesado en aprender la lengua y la cultura de los judíos. Ciertamente esta fue una
magnífica maniobra política del rey invasor. Él quería sacar provecho de todo lo que los
Judíos sabían en asuntos de progreso. Seguramente él quería saber cómo esta nación
salió de ser una nación de esclavos para venir a ser una poderosa nación,
especialmente en las finanzas. Pienso que el rey también quería saber de la formación
religiosa que tenían y a qué Dios servían. La historia no registra cuántos de estos
varones israelitas fueron separados con este mismo propósito. Tampoco sabemos
cuantos murieron al rechazar cooperar con las órdenes del rey, o cuantos finalmente
cedieron a las demandas de humillarse para adorar a la imagen. Sin embargo, lo que
sabemos de estos cuatro jóvenes héroes es más que suficiente como para dar
gracias a Dios por esta gran lección acerca de qué hacer o no hacer cuando Dios no
responde como esperamos.

              Estos jóvenes Hebreos no escogieron llegar allí, y eran inocentes de que
los reyes y legisladores del pueblo habían abandonado el culto a Dios. Estos brillantes
jóvenes no tenían culpa de que los hombres y ministros de Dios se habían apartado de
sus deberes espirituales. Aunque eran jóvenes altamente inteligentes en comparación
con el resto de la sociedad, no tuvieron otra alternativa que servir al gobierno invasor.
En estas circunstancias, Dios iba a trabajar con el futuro y las vidas de ellos.

              Dios nada podía hacer en cuando a la condición general de su pueblo. La
desobediencia de ellos como pueblo colectivo, provocó a que Dios se desatendiera de
ellos. No era la voluntad absoluta de Dios que su pueblo escogido aquí en la tierra se
comportara tan infiel después de haber alcanzado la fama y la prosperidad.
Nuevamente Dios tiene que obrar en su voluntad permisiva. Por lo tanto, aunque era el
pueblo escogido Dios tendría que dejarlos caer en la derrota.

       A diferencia de al principio cuando Dios llevó al pueblo por el desierto, para
probarlos como mencionamos anteriormente, esta vez no es para probarlos sino para
dejarlos pasar por la vejación y la humillación de manos de las naciones enemigas.
Jamás hubiera querido Dios que el pueblo que Él llamó “la niña de sus ojos”, “su
especial tesoro,” la descendencia de su amigo Abraham, su gente peculiar de entre
todas las razas de la tierra, tuviera que pasar por más de veinticinco siglos de opresión.

        Dios se limitó asimismo en su trato con toda la nación, pero ahora su voluntad y
su mano se extienden hacia aquellos distinguidos jóvenes que no se revelaron contra
Él por haber abandonado al pueblo. Al contrario, estos jóvenes entraron al cautiverio
bajo una profunda convicción y temor a Dios. Ellos estaban presos políticamente, pero
sus corazones estaban firmes en servir al Dios de Israel. Ellos entendieron que Israel
había fallado, pero no el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Ellos vieron cómo el pueblo y
muchos de sus líderes abandonaron a Dios en tiempos de abundancia y de seguridad
política. Pero no dudaban del Dios de todos los tiempos. Tal vez Daniel y los demás
compañeros no esperaban que Dios se acordara de ellos ni los tuviera en cuenta. De
seguro que ellos llegaron al cautiverio lamentándose de cómo iban a vivir fielmente a
Dios en tierra de extraños. Ellos habían visto con sus propios ojos cómo pasaron a filo
de espada a los nobles de Israel y aun a los hijos. Ellos habían experimentados en vivo
cómo la presencia de Dios se había apartado de Israel. ¿Qué quedaría para ellos en
tierra de paganos? ¿Cómo podían ellos esperar que Dios, estando tan airado con su
pueblo, pudiera tratar con ellos personalmente? No obstante, ellos tenían sus
corazones dispuestos para mantenerse fieles al Señor. Además, el mismo Jeremías
exhortó a la nación entera a que se sometiera al gobierno, para que no les fuera peor.
Jeremías les explicó que el cautiverio había sido permitido por Dios, por causa de su
infidelidad de ellos. Los jóvenes entraron al cautiverio considerando que lo mejor era
servir a la nación conquistadora de la mejor forma que pudieran, excepto negar a Dios.

       Una vez más me llama la atención lo significante de la soberanía de Dios en
cuanto a estos jóvenes. Había muchos jóvenes en Israel que fueron preservados por
el gobierno invasor, pero de entre todos ellos, sólo a éstos se mencionan directamente.
¿No sería que desde antes del pueblo caer en el cautiverio, ya Dios había puesto los
ojos en estos cuatro jóvenes particularmente desde antes de la invasión? ¿No sería
que fue Dios mismo quien obró para que sus vidas fueran preservadas? Si así fuera,
¿cuál sería el propósito?

       Al llegar el momento de la prueba Daniel, Ananías, Misael, y Azarías, fueron
presentados ante el rey. “Y dijo el rey a Aspenaz, jefe de los eunucos, que trajese de
los hijos de Israel, del linaje real, de los príncipes, muchachos en quien no hubiere
tacha alguna, de buen parecer, enseñados en toda sabiduría y de buen entendimiento,
e idóneos para estar en el palacio del rey; y que se le enseñase las letras y la lengua
de los Caldeos,” (Daniel 1:4). El primer capítulo del libro de Daniel relata las primeras
experiencias que pasaron, y durante los primeros años, todo parecía indicar que les iba
a ir muy bien a los jóvenes hebreos. Durante el segundo año Dios les dio más sabiduría
de la que ya tenían, especialmente a Daniel, quien logró salvar la vida de todos los
sabios, después de dar la interpretación al sueño de Nabucodonosor. Daniel, fue
ascendido a la posición de gobernador.

        Ya en el segundo año del reino de Nabucodonosor, las cosas comenzaron a
cambiar, cuando el rey se le ocurrió la idea de erigir una estatua para que sus súbitos
se postraran ante ella. Hasta ese momento los jóvenes hebreos servían en sus
obligaciones sin mayores contratiempos. Todo iba bien en la tierra de cautiverio, hasta
el día que se les quiso obligar a que se postraran ante la imagen. Inmediatamente que
llegó la noticia al rey que estos varones no habían acatado la orden, se dieron las
órdenes de enviar a los jóvenes al horno de fuego. Tenían que postrarse o morir en el
horno de fuego. En esta ocasión, ni la posición de gobernador que ejercía Daniel podía
impedir la amenaza que corrían Sadrac, Mesac, y Abed-Nego. “Y Habló
Nabucodonosor y les dijo: ¿Es verdad, Sadrac, Mesac, Y Abed-Nego, que vosotros no
honráis a mi dios ni adoráis la estatua de oro que he levantado? Porque si no la
adorareis, en la misma seréis echados en medio de un horno de fuego ardiendo; ¿y
qué dios será aquel que os libre de mis manos?” (Daniel 3:14) Los jóvenes contestaron
sin titubear: “No es necesario que te respondamos sobre este asunto. He aquí nuestro
Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh
rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco
adoraremos la estatua que has levantado,” (Daniel 4:16-17).

       Esta declaración de los jóvenes hebreos es de profunda trascendencia, no
solamente por la valentía de ellos, sino por el contenido de las palabras. Primero,
¿cómo es que estos jóvenes esperaban que Dios respaldara tal determinación? ¿Cómo
podían ellos esperar algo de un Dios enojado con la nación entera, y quien los había
entregado en manos de los enemigos, quisiera respaldar a tres insignificantes
criaturas? Si Dios, en su enojo entregó el pueblo entero a esta suerte, ¿qué garantía
había de que se acordara de ellos? ¿De dónde ellos habían sacado tal confianza
después de haber presenciado la matanza que hubo, cuando los invasores pasaron a
filo de espada a todos los príncipes y a los nobles, y a los hijos de los nobles?
Considerándolo desde el punto de vista superficial y humano, estos jóvenes no estaban
actuando tan sabiamente como se supone que fueran. Se trataba de salvar sus vidas.
Ellos estaban bien emplazados con el gobierno. El gobierno hasta ese momento los
había tratado muy bien. Tenían tanto que ganar además de salvar sus vidas. Además,
fue Dios mismo quien levantó a Nabucodonosor para que fustigara a Israel. ¿Cómo es
que ellos recurren a tal peroración? Bien simple. Ellos estaban hablando desde el punto
de vista de su relación íntima con Dios. Quiero decir, su declaración ante el rey fue
basada en la posición espiritual y la verticalidad que ellos habían adoptado ante Dios,
independiente- mente de lo que Dios había permitido.

      Notemos que la confesión de ellos contiene dos partes. Una de ellas declaraba
que Dios los iba a librar; la otra parte declaraba que si la primera parte fallaba, ellos
estaban dispuestos a la muerte. ¡Qué interesante! Estos jóvenes estaban definidos
ante Dios, y, por consiguiente, estaban definidos frente a sus enemigos. ! ¡Qué
excitante es este testimonio! En otras palabras, ellos se habían hecho la promesa de
servir a Dios independientemente de lo que Dios opinara, hiciera o dejara de hacer por
ellos. !Qué acto de fidelidad tan impresionante! Esto se llama temor reverente. Ellos
habían visto lo que Dios es capaz de permitir cuando su nombre no es honrado. Aun
así, la confesión y la revelación que tenían de su Dios no había mermado. Ellos
estaban en el exilio; servían a un pueblo pagano; pero su fe y su revelación había
madurado en vez de menguar. La desgracia que Dios había permitido a todo el
pueblo, en vez de hacer que estos jóvenes se revelaran o dudaran del Dios de Israel,
los llevó a fortalecer más sus vidas espirituales.

       El rey Nabucodonosor había amenazado a estos tres jóvenes con quitarles las
vidas si no se postraban ante la imagen o si se negaban a adorar al dios de los
Caldeos. Ellos decidieron que era mejor dar sus vidas y ser consumidos por el fuego
que negar fidelidad a Dios. Para ellos, el nombre y el testimonio del Dios de Israel era
de más valor que sus propias vidas. Entiéndase que a estos jóvenes Dios no les habló
ni por sueño, ni por visión, ni por boca de algún profeta. Ellos estaban honrando a Dios
en la simple esperanza de que tal vez Dios no se hubiera desatendido de ellos, como lo
había hecho con los demás. Lo maravilloso de este testimonio es que aun cuando Dios
se hubiera desatendido de ellos, sus corazones estaban firmes en lo que creían.

       Nosotros estamos conscientes de que mucha gente está dispuesta a dar la vida
por lo que cree. La historia humana está saturada de los muchos héroes que han dado
sus vidas defendiendo la patria o sus filosofías políticas. Algunos inclusive, han dado
sus vidas por un ser amado. Otros han entregado sus vidas para salvar la vida de
otros. El ser humano tiene esa capacidad. El ser humano también es capaz de dar la
vida por sus dioses. Mirándolo desde este punto de vista comparativo, y considerando
este acto desde la perspectiva humana, lo que hicieron Sadrac, Mesac, y Abed-Nego,
no es un acto heroico tan superlativo que digamos. Aun en la sociedad moderna que
vivimos, muchas personas siguen entregando sus vidas en defensa de sus ideales y de
sus religiones. Lo superlativo de esta historia es que Dios había manifestado su ira
contra su pueblo y que él mismo había permitido toda aquella vergonzosa derrota de su
nación escogida. Lo superlativo de este contraste es ver cómo funciona la soberanía y
la voluntad de Dios delante de sus hijos y delante de los demás. Dios mostró
claramente su enojo contra su pueblo y contra sus ministros, pero no contra aquellos
siervos suyos en el exilio. Dios había apartado sus ojos de su pueblo en general,
mientras que su mirada de compasión se extendía hacia cuatro fieles almas. La gloria
de Jehová se había apartado de su pueblo. Su gracia, sin embargo, se fue tras
aquellos idóneos varones.

       Cuando los varones le hablaron al rey tan atrevidamente, sus mentes no
estaban aseguradas en que Dios los iba a librar. Sin embargo, eso no los detenía de
sus propósitos. Ellos tenían en cuenta que Dios a lo mejor no estaba escuchando,
pero nada era más fuerte que sus convicciones. Para ellos, era inmaterial si Dios los
libraba o no. En aquellos momentos críticos de sus vidas, lo que contaba era el pacto
de fidelidad que se habían forjado en sus corazones. En el momento de la verdad, el
importante era Dios y no ellos. En aquel juego de la vida, sus vidas no eran más
valiosas que el testimonio que sentían dar acerca del Dios de Israel. Aunque Dios
aparentemente se había cruzado de manos, el temor, la reverencia y la fidelidad de
ellos era firme. ¡Oh, mis queridos lectores, cuán significativo es ser fiel a Dios! Yo
mismo quedo en total convicción mientras escribo acerca de esto. ¿Estaríamos
dispuestos a permitir que se cumpla en nosotros el llamado a ser fiel hasta la muerte?
¿Podríamos nosotros dar la vida literalmente sin ver a Dios librarnos? ¿Nos
arriesgaríamos nosotros a ser fieles a Dios, aunque éste no responda? Dios es así,
mis queridos hermanos. Al igual que los jóvenes hebreos, Dios puede, pero no tiene
que librarnos de morir en una forma drástica e inesperada, o de morir en manos de
gente perversa. En un acto maravilloso de la gracia divina, aquellos ejemplares jóvenes
fueron librados del horno de fuego. Aún más, ellos fueron librados en el mismo fuego.
De una forma maravillosa y casi imposible de creerlo, Dios no impidió que fueran
echados. Simplemente esperó por ellos en el fuego. Ciertamente Dios estaba
interesado en aquellos siervos. Tanto así fue, que decidió hacerles una visita personal.
¡Qué relevancia tiene este ejemplo de fidelidad! ¡Cuán insondable es la soberanía de
Dios! Aquí vemos a Dios desatendido de su pueblo, sin desatender a cuatro solitarios
siervos. Dios no estaba tan dispuesto por resolver el problema de los muchos de su
pueblo, mientras que a la vez estaba en reunión especial con solo tres de ellos. Era
que aquí se estaba manifestando el principio divino que donde están dos o tres
reunidos en el nombre del Señor, ahí está él en medio de ellos. Los jóvenes Hebreos
no conocían al Hijo de Dios como se conoce en el Nuevo Pacto. Sin embargo, el Señor
del Nuevo Pacto los conocía desde antes de ellos entrar en cautiverio.

       Queridos, ya tenemos bien claro que el Señor no tiene que hacer las cosas
como esperamos, sin dejar de estar presente en nuestros problemas. Los jóvenes
hebreos jamás hubieran pensado que la presencia del Señor estaría con ellos en el
mismo horno de fuego. Cuando ellos hablaron que Dios los libraría, no era porque
esperaban tener semejante experiencia. Al igual que estos jóvenes, a muchos hijos de
Dios les ha tocado entrar por diferentes “hornos de fuego.”

        Al igual que a aquellos varones, para muchos creyentes y para muchas
personas buenas, las llamas de fuego de las pruebas y de las desdichas han sido
calentadas “siete veces” más de lo acostumbrado. A algunos les ha tocado vivir lo
inesperado, como el perder inesperadamente un ser querido. Otros, ni siquiera han
sido librados del martirio y de muertes trágicas. Por encima de todo esto, Dios puede
estar consciente y presente en cada una de esas situaciones. Dios puede manifestar su
presencia en medio de la tormenta; en medio del fuego; en medio de la tragedia y la
enfermedad. La pregunta es: ¿Podemos nosotros reconocer su presencia y su
soberanía y aceptar su trato sin importar los resultados?

        Más adelante en la historia de estos exiliados de Dios, el profeta Daniel le tocó
vivir un momento similar cuando fue echado en el foso de los leones. Dios no lo libró
del foso, sino que lo libró en el foso. Antes que Daniel fuera echado, ya el Señor había
hecho otra visita inesperada. ¡Gloria a Dios! Antes que llegara Daniel, el "León de la
Tribu de Judá” había tomado control de los demás leones. Aquellos leones del foso
rugían como ruge el diablo con sus amenazas. No obstante, nada pueden hacer los
rugientes leones de la vida, cuando el Señor ha manifestado su presencia.

        Te pregunto, querido lector, ¿estás experimentando la presencia de Dios en
medio del problema? ¿Estás viendo a Dios en medio del luto y la soledad? ¿Estás
viendo tú al Hijo de Dios en medio de esa grande prueba que estás pasando? ¿Estás
escuchando el rugido victorioso del “León de la Tribu de Judá?” Tal vez Dios no te haya
dicho que te va a librar de los fosos y de los hornos. Dios no te haya dicho que te va a
librar del exilio de tus familiares y amigos. A lo mejor Dios no te ha dicho que vas a ser
rodeados de mundanos y de enemigos de Dios. Tal vez te encuentres en tierras
extrañas, y alejado totalmente de los seres queridos. A lo mejor la “Babilonia” del
mundo moderno te ha encerrado en callejones sin salidas. Pero… ¿estás viendo a
Dios? ¿Puedes percibir su presencia? Dios es así. Está donde nadie lo espera; y no
está donde se supone que esté. Así es el Dios que tú y yo servimos. Así funciona su
soberanía y su gracia. Así funciona su voluntad.

        Me parece justo injertar aquí un pensamiento acerca de la experiencia que tuvo
el profeta Elías con respecto a que si Dios está o no está. Cuando él andaba huyendo
de Jesabel, el miedo y la depresión lo llevaron al desierto; tanto que el relato dice que
el profeta deseaba morir o que Dios lo matara. El profeta se estaba quejando de que
todos lo habían abandonado, y que ya no había más gente de Dios en toda aquella
comarca. El deprimido y paranoico profeta creía que Dios lo había abandonado,
permitiendo que Jesabel procurara su muerte. Este gran profeta de fuego que degolló a
los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal, y pidió fuego del cielo para quemar a
cientos de soldados, sale huyendo de sus compromisos como profeta de Dios. De
repente, frente a Elías se desenlaza un temblor de tierra que estremeció violentamente
al profeta. Éste pensó inmediatamente que Dios le venía a visitar, pero para su
sorpresa, se dio cuenta de que Jehová no estaba en el temblor. Luego se desató un
viento recio en forma de tornado que arrancaba los árboles de raíz, pero allí tampoco
estaba la presencia de Dios. Finalmente, el profeta fue acariciado por una suave brisa
que acariciaba suavemente su rostro. Fue en esa ocasión que el gran profeta de fuego
percibió que Dios estaba con él. Elías necesitaba esa experiencia, a fin de entender
que Dios puede estar en el lugar menos esperado, y su divina presencia se puede
manifestar en las circunstancias más extrañas. Elías era de una sola opinión acerca
de cómo Dios manifestaba su presencia. Él necesitaba saber que Dios puede estar en
el lugar y se puede manifestar en la forma que menos esperamos. Elías era un hombre
espiritual y un hombre verdaderamente ungido. Sin embargo, mal interpretaba la
soberanía y la gracia de Dios.

       Otro gran varón que mal interpretó la soberanía y la gracia de Dios fue Jonás, el
profeta que viajó gratis dentro de un gran pez. Jonás conocía el poder de Dios, y
como Elías, tenía una misión que cumplir. No obstante, cuando le indicó que fuera a
predicar el mensaje de salvación a toda una ciudad de paganos pervertido, rechazó
rotundamente. Se necesitó una terrible experiencia para entender la soberanía y la
gracia de Dios. Él discutió con Dios y actuó en una forma bien prejuiciada. Inclusive, él
pretendía decirle a Dios cómo tenía que hacer las cosas para luego aprender que Dios
es un Dios de misericordia y un Dios impredecible. Al igual que Elías, Jonás tenía una
sola opinión acerca de Dios. Por tres días este hombre de Dios causó un gran susto a
unos pobres pescadores y vino a ser tremendo dolor de barriga para una pobre ballena.
Luego espantó a los ciudadanos de Nínive con su mensaje seco y sin amor y los hizo
pasar hambre a grandes y pequeños. Todo porque no quería entender la soberanía y la
gracia de Dios. De hecho, él sí sabía que Dios era un Dios de misericordia. Aún así, él
pretendía cambiar la mente y las características de Dios. No funcionó. Dios sabía más.
Dios sabía dónde estar y qué hacer no importando lo que sus hombres piensen de él.
Dios es grande, de verdad.

       Cuando los jóvenes fueron echados al horno, ellos no anticipaban que la
presencia mística del Señor les estuviera esperando dentro de aquel horno ardiente.
Cuando Daniel fue echado en el foso de los leones, tampoco sabía que Dios ya había
descendido a calmar a los hambrientos leones. Estos varones tenían sus corazones
firmes en Dios, independientemente de cómo Dios actuara. ¿No es esto maravilloso?
La revelación que estos varones tenían no dependía de si Dios estaba o si Dios hacía.
Ellos tenían bien claro cuál era la soberanía de Dios. Ellos habían visto rotundamente
cómo Dios había actuado contra la nación entera. Ellos entendían que Dios hace lo que
él quiere, con el que él quiere, en el lugar que él quiere, a la hora que él quiere. La
presencia y la mano protectora de Dios se manifestó magníficamente para testimonio
delante de los enemigos. Jehová seguiría siendo el Dios de ellos, no importaba lo que
Dios hiciera. Si los libraba, bien; si no los libraba, bien también. La disposición de ellos
era servir a Dios en tierra de cautiverio. Ellos no pedían ni buscaban que Dios los
sacara de Babilonia por cuanto el lugar no era lo importante, ni aún sus propias vidas.

        Cuando a la mayoría de los Israelitas que estaban en el exilio se les pedía que
cantasen las famosas canciones de Israel, éstos se negaban a responder. Observe
cómo lee el Salmo 137: “Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos, y aun
llorábamos, acordándonos de Sión. Sobre los sauces en medio de ella colgamos
nuestras arpas. Y los que nos habían llevados cautivos, nos pedían que cantásemos; y
los que nos habían desolado nos pedían alegría, diciendo: „Cantadnos algunos de los
cánticos de Sión‟. ¿Cómo cantaremos cántico de Jehová en tierra de extraños? Si me
olvidare de ti, oh Jerusalén, pierda mi diestra su destreza. Mi lengua se pegue a mi
paladar, si de ti me olvidare; si no enalteciese a Jerusalén como preferente asunto de
mi alegría.” Ésta era la actitud de los demás que habían sido llevados cautivos. Ellos
maldecían diariamente a la nación entera que los derrotó. Ellos deseaban que Dios
hiciera estragos con los enemigos. No así Daniel, Sadrac, Mesac, y Abed-Nego.
Políticamente ellos estaban en opresión y no eran libres, pero sus almas eran libres
aun en tierra de enemigos. Ellos habitaban en tierra extraña, pero no eran extraños al
Dios de Israel. Ellos actuaron diferente porque conocían Dios. Ellos habían conocido
que Dios era digno de ser honrado aun cuando estuviera enojado y no quisiera
escuchar. Ellos salieron victoriosos porque supieron qué hacer cuando Dios estaba en
silencio.
      CAPITULO 6 - SOBERANIA Y GRACIA

      De todos los hombres y mujeres que Dios usó en la Biblia, el apóstol Pablo es el
que más me inspira. Moisés fue tal vez el varón más brillante del Antiguo Testamento,
no solamente por las victorias que lo llevaron a ser el caudillo de Israel, sino por la
unción y la habilidad que tuvo para escribir esos cinco magníficos libros del Pentateuco.
El Rey David también fue un varón de renombre por su valentía y por su inspiración
para escribir canciones, que hasta el día de hoy nos inspiran. Y como estos dos, hubo
docenas de hombres y mujeres más que fueron poderosos instrumentos en las manos
de Dios. De todos ellos yo recibo inspiración y motivación para continuar mi vida de
creyente y como predicador de la Palabra. No obstante nadie me bendice más (además
de Cristo, naturalmente), que la vida, la dedicación, y más que nada, la revelación de
Saulo el de Tarzo.

               Pablo no fue un caudillo libertador como lo fue Moisés. Tampoco Pablo
fue un valiente guerrero o un inspirado poeta como lo fue David. Pablo nunca mandó a
pedir fuego del cielo como hizo el profeta Elías; no fue rico y acaudalado como fue
Abraham o Salomón; no tuvo posiciones políticas o liderato secular como la tuvo José
en Egipto, como fue Daniel en el reinado Persa o como Isaías en el gobierno de Israel.
Pablo no hacía temblar a los enemigos como lo hacía Sansón, y tampoco derribó
murallas o quemó ciudades; pero ningún otro varón de Dios ha sido de tanta bendición
al pueblo de Dios. Por casi dos mil años las epístolas paulinas han sido la columna
central que ha sostenido la casa de Dios. Sin la revelación que recibió el apóstol de
los gentiles, la iglesia del Señor jamás habría sobrevivido. Ni los escritos de Moisés, ni
la sabiduría de Salomón, ni las inspiradas canciones del Salmista David, hubieran
sostenido la iglesia de esta dispensación. Me atrevo a decir con toda confianza que
Cristo engendró la iglesia, pero fue Pablo quien cuidó de ella en sus años de infancia.
Fue él quien principalmente la alimentó y la fortaleció para que sobre viviera todas las
adversidades que le habrían de venir.

               Más que un líder y apóstol, Pablo era como una tierna y dedicada madre
espiritual. Él en realidad fue como una nodriza para la iglesia. Note esta expresión de
Pablo: “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea
formado en vosotros, quisiera estar con vosotros ahora mismo y cambiar de tono, pues
estoy perplejo de vosotros,” (Gálatas 4:19-20). Note, además, cómo Pablo habló de su
llamamiento y de los demás apóstoles: “Porque nunca usamos de palabras lisonjeras,
como sabéis, ni encubrimos avaricia; Dios nos es testigo; ni buscamos gloria de los
hombres; ni de vosotros, ni de otros, aunque podíamos seros carga como apóstoles de
Cristo. Antes fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura a
sus propios hijos. Tan grande es nuestro afecto por vosotros, que hubiéramos querido
entregaros no solo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas; porque
habéis llegado a ser muy queridos,” (1Tesalonicenses 2:5-8). Él también escribió
diciendo: “Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto
puse el fundamento, y otro edifica encima, pero cada uno mire como sobreedifica.
Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es
Jesucristo,” (1Corintios 3:10-11). Ciertamente Pablo era un varón ungido por el
Espíritu Santo y en su ministerio se manifestaban prácticamente todos los dones del
Espíritu, pero lo más que lo distinguió fue que vino a ser realmente como una madre;
como una nodriza; como un ayo (tutor), y como un perito arquitecto de la iglesia.

       Hago esta leve presentación identificando el calibre de ministro que era Pablo,
para ahora hablar brevemente lo que Dios no hizo por él. Sabemos que este varón
tenía una excelente comunión con el Padre, con el Hijo, y con el Espíritu Santo.
Sabemos que era un varón ungido de pies a cabeza. Sabemos que Pablo recibía
respuestas a sus oraciones. No obstante, un día Dios no quiso contestar su llamada.
Leamos: “Ciertamente no me conviene gloriarme; pero vendré a las visiones y a las
revelaciones del Señor. Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años, (si en
el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el
tercer cielo. Y conozco al tal hombre (si en el cuerpo, o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios
lo sabe), que fue arrebatado al paraíso donde oyó palabras inefables que no le es dado
al hombre expresar. De tal hombre me gloriaré; pero de mí mismo, en nada me
gloriaré, sino en mis debilidades. Sin embargo, si quisiera gloriarme, no sería
insensato, porque diría la verdad; pero lo dejo, para que nadie piense de mí más de lo
que en mí ve, u oye de mí. Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase
desmedidamente, me fue dado un aguijón en la carne, un mensajero de Satanás que
me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; respecto a lo cual tres veces he
pedido al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia, porque mi poder
se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis
debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo,” (2Corintios 12:1-9).

       Este testimonio de Pablo me asombra. Siempre que lo leo me deja estupefacto,
porque no es un testimonio común. No es un testimonio común de la forma que Pablo
explica su experiencia. Él comienza diciendo que conocía a un hombre que había
experimentado una experiencia tan sobrenatural, que no sabía si había sido una
experiencia real o una visión. “Conozco a un hombre que fue al tercer cielo”, dice él
como si eso de ir al tercer cielo era asunto normal. Eso nada más me asombra,
pensando en el calibre de revelación y la posición espiritual que este eminente apóstol
poseía. Me maravillo también de que en ese misterioso “viaje” al tercer cielo y al
paraíso el oyó palabras inefables que no le son dadas al hombre para expresar. Yo no
sé de usted, pero a mí me asombra saber que Pablo recibió revelaciones que nunca
pudo compartir con la iglesia. En la carta a los Hebreos (pues yo creo que Pablo es el
autor de este libro), él se lamentó diciendo: “Porque debiendo ser ya maestros,
después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son
los rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis
necesidad de leche, y no de alimento sólido.” (Hebreos 5:12-13). Lamentablemente, el
atraso espiritual de aquellos primeros creyentes nos afectó a todos, pues Pablo no
pudo poner por escrito todo lo que había recibido. “Hablamos sabiduría entre los que
han alcanzado madurez, y sabiduría no de este mundo,” escribió Pablo a los Corintios.
(1Corintios 2:6).

      Si interesante fue la experiencia de las revelaciones, más interesante es lo que
aquellas revelaciones ocasionaron en la vida del apóstol. “Y para que la grandeza de
las revelaciones no me exaltase descomedidamente, me fue dado un aguijón en la
carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca
sobremanera.” (2Corintios 12:2-7). ¿Cómo podemos explicar la soberanía de Dios en
este caso? ¿Cómo es que Dios lleva al apóstol al tercer cielo y al Paraíso, le da
revelaciones que no le eran dadas al ningún otro ser humano, y luego le envía detrás a
un mensajero que lo abofetee? Y esto, no por medio de un mensajero bueno de los
millones que tiene a su disposición, sino un mensajero miembro de las huestes
satánicas. ¿Tan comprometedoras fueron esas palabras que oyó en el tercer cielo?

       Se hace difícil hacer un cuadro de cómo funcionaba este mensajero en la vida
diaria de Pablo, puesto que era un mensajero enviado exclusivamente para fustigar al
apóstol en su carne. Era en la carne de Pablo que el mensajero hacía de las suyas. Yo
deduzco que Pablo inicialmente trató de echar fuera al aguijón de la misma manera que
echaba fuera los demás demonios. Tiendo a pensar que pasó gran tiempo ignorando o
reprendiendo aquella fuerza demoníaca que le hacía la vida imposible. Luego, cuando
no vio resultados, hizo las tres oraciones al Señor. ¿Se puede imaginar la intensidad de
estas tres oraciones? Muy seguramente fueron tres etapas agonizantes del apóstol
pidiendo ayuda al Señor, pero la solución nunca llegó. No fue hasta la tercera vez que
Pablo oró que el Señor le responde: “Bástate mi gracia.” En las primeras dos
oraciones, obviamente el Señor no quiso tomar acción, por cuanto el propósito inicial
no era librarlo de aquel mensajero. Solamente en la insistencia de Pablo en la tercera
vez, es que el Señor le da la verdadera razón de todo.

       ¡No! No fue por desobediencia o por falta de fe o por ignorancia o porque no se
lo merecía, que el Señor no respondió a su deseo. Sabemos que el apóstol tenía una
poderosa fe, además de ser un varón lleno del Espíritu. Desde el momento de su
conversión, su vida fue un testimonio vivo de lo que es vivir por fe. Tampoco el Señor
rechazó contestar a la petición de su corazón porque su hombre fuera ignorante o
inmaduro, por todo lo ya que establecimos su calibre espiritual como para recibir
revelaciones indescriptibles. Si alguien merecía estar libre de ser abofeteado por un
mensajero de las tinieblas, era el apóstol Pablo, considerando la magnitud de su
ministerio entre los gentiles. Aun así, plugo al Señor no contestar su petición.

       Si podemos entender aunque sea superficialmente porqué el Señor no contestó
el deseo de su apóstol, tenemos que mirar una vez más desde la perspectiva de Dios.
Desde el punto de vista nuestro y desde el punto de vista de Pablo, él se merecía ser
librado de aquel aguijón. Desde el punto de vista de Dios, no librarlo del aguijón era lo
mejor para Pablo. En otras palabras, Dios se podía glorificar mejor en Pablo no
contestando su petición, que reprendiendo al mensajero de Satanás. Hubiera sido
muy favorable que Pablo no tuviera tal aguijón, pero no era lo que más agradaba al
Señor. Tal vez por eso el Señor no respondió de inmediato. La voluntad del Señor no
era librarlo, sino manifestar su gracia por encima de aquella situación. Dios podía
manifestar su gracia al contestar la petición, pero su gracia no hubiera sido perfecta. Es
como si el Señor le contestara de esta manera: “Mi siervo, no te conviene que te
libre de ese invasor, porque de hacerlo mi poder no va a ser perfecto.” Quiero
que entiendas Pablo, que mi trato contigo es muy peculiar. Tú tienes una relación
especial conmigo que no la tienen otros. En el caso tuyo, yo me regocijo más en
ti viéndote victorioso por encima de ese mensajero que te envié, que sacándotelo
de encima.” Me imagino a Pablo contestando: Ah, bueno, si el asunto es así,
olvídate de mi petición. ¡Que me abofetee ese demonio cuando quiera! Si esto es
asunto de tú gloriarte más en mí, que sigan las bofetadas. Si el poder tuyo va a
reposar sobre mí en una forma mayor, no me hagas caso a mi capricho. Es más,
te prometo que de ahora en adelante, en vez de quejarme lo que voy a hacer es
gloriarme más en mis debilidades, en las persecuciones y en las angustias. De
ahora en adelante estaré más pendiente al poder tuyo perfeccionándose en mi
vida, que pelear contra ese mensajero para que no me abofetee más.” No
sabemos cuánto tiempo y cuántas veces aquel mensajero estuvo abofeteando al
apóstol, pero me atrevo a pensar que Pablo tuvo que haber terminado bien “cariduro”
frente a aquel extraño mensajero.

        Tal vez el lector se esté preguntando qué clase de aguijón era éste que
abofeteaba al gran apóstol. Los disertadores de las Escrituras no se han puesto de
acuerdo sobre quién o qué era este mensajero. Existen por lo menos tres posibilidades
para explicar la presencia de este aguijón. Tenemos primeramente el argumento de
que este mensajero era una enfermedad incurable en la vista conocida como oftalmia.
Presuntamente esta enfermedad hacía que le supuraran los ojos, a tal manera que los
que lo veían sentían repugnancia. Aparentemente esta enfermedad se hacía más
visible cuando Pablo menos la esperaba, y por eso era como una bofetada inesperada.
Un argumento a favor de esta explicación se encuentra en la carta a los Gálatas donde
Pablo confiesa que los hermanos estaban dispuestos a entregarle los ojos. (Gálatas
4:15). ¿Porqué los ojos y no los oídos o las manos o los pies? Este argumento tiene
cierta credibilidad. Si Pablo sufría verdaderamente de una enfermedad en la vista, se
puede entender porqué anhelaba ser librado de aquel aguijón.

       La segunda explicación sobre este aguijón se trata de una supuesta mujer que
enamoraba al apóstol. Como éste no le hacía caso, ya que tenía el don de continencia,
la mujer de vez en cuando se le aparecía y lo sorprendía con una bofetada para
provocarlo. ¿Qué usted cree? El problema con este segundo razonamiento es que
presenta a Pablo con una debilidad en cuanto a su relación con el sexo opuesto. Yo no
veo que exista evidencia alguna que revele que Pablo tuviera problemas en este
aspecto. Tengo problemas para aceptar que Pablo tuviera tal debilidad por cuanto el
poder de Dios no se podía perfeccionar en una debilidad como tal. Si Pablo tenía el don
de continencia, en realidad una mujer no significaba mucha amenaza. Si la presencia
de dicha mujer lo debilitaba, entonces se entiende que Pablo no tenía el don de
continencia. Si este mensajero era una mujer, tendría que ser una mujer mundana
totalmente o una mujer que pretendía ser creyente. Si era una hermana en la fe soltera,
no veo que eso la convierta en un mensajero de Satanás. Yo descarto esta explicación.

       La tercera posibilidad era que a Pablo lo fustigaba un demonio en su espíritu y
en su mente. Este mensajero se manifestaba cada vez que Pablo quería hablar de las
revelaciones. En otras palabras, este mensajero invisible tenía la tarea de poner en
“jaque” a Pablo, a fin de que no se gloriara por las revelaciones más de lo permitido.
Note que Pablo dice que el mensajero lo abofeteaba para que no se gloriara
descomedidamente. El problema para aceptar este análisis es que presuntamente el
mensajero se manifestaba directamente en la carne de Pablo.

       Así fue el Señor con el gran apóstol Pablo. No importando qué o quién era ese
aguijón, él tuvo que vivir expuesto a sus bofetadas. La Pregunta es, ¿será así también
con algunos de nosotros? ¿En cuántos de nosotros se estará perfeccionando el poder
de Dios por medio de una debilidad o de un aguijón? ¿Cuántos de nosotros estarán
luchando contra un mensajero como luchó Pablo? Si el Señor no le respondió a Pablo
como éste deseaba, ¿cómo es que nosotros a veces demandamos tanto de Dios?
¿Puede usted ver porqué el Señor no actúa ni responde como queremos?

       ¿Cuál fue la actitud de Pablo cuando no recibió la respuesta que esperaba?
¿Siguió él ayunando, orando y afligiendo su alma por el problema que lo atormentaba?
¿Se fue él a buscar que alguien le reprendiera aquel intruso demonio? No, Pablo
simplemente aprendió a vivir victorioso por encima de su situación. Pablo aprendió que
la gracia y el poder de Dios se manifiestan aun en medio de las debilidades. Esta es
una importante lección respecto a la soberanía de Dios. Una vez más Dios muestra que
puede obrar por “senderos misteriosos.” ¿Qué más misterioso que este ejemplo de
Pablo? ¿Cómo es que Dios pueda valerse de un mensajero de las tinieblas para
perfeccionar su poder en nosotros? ¿Cómo es que Dios puede obrar de esta manera
con un varón con el calibre espiritual de Pablo? Si esto fue así con el apóstol de los
gentiles; con el hombre de más revelación en las Escrituras; con el hombre que tenía
los “nueve dones” del Espíritu y que “subió al tercer cielo, ¿cómo será con nosotros?

       A Pablo, el Señor le dijo: “Bástate mi gracia.” ¿Y qué nos dirá a ti y a mí? ¿Qué
medida de gracia tenemos nosotros? ¿Será la gracia que tenemos suficiente como
para no recibir algo de Dios, y seguir siendo creyentes victoriosos? Tal vez lo que tú y
yo necesitamos, en vez de que nos libre de tal o cuál problema o nos sane de tal o cual
achaque en el cuerpo, es crecer en gracia y en el poder del Señor. El poder del Señor
creció en la debilidad de Pablo. ¿Se podrá también con nosotros?

              “Por lo cual por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en
necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy
fuerte,” (2Corintios 12:10). ¡Qué diferente era Pablo a la mayoría de los creyentes de
hoy! Muchos creyentes de hoy no quieren sufrir; no quieren sentir dolor; quieren una
corona de oro en el cielo sin cargar primero la cruz de espinas; quieren herencia en la
eternidad sin primero pasar por un Calvario; quieren seguir a un Cristo sin cruz; quieren
volar en alas del Espíritu, cuando aún no saben caminar en el Espíritu; pretenden
caminar en una supuesta súper fe para mover montañas, cuando todavía no tienen una
fe para mover un pié en la vida victoriosa; quieren vivir para Dios, sin primero morir
para sí mismos; quieren las añadiduras sin primero buscar el reino de Dios y su justicia;
quieren vivir en superabundancia, cuando todavía no han aprendido a dar lo que
tienen; quieren cosechar, sin primero sembrar; quieren unción sin oración; quieren. Mis
queridos hermanos, esto no puede ser así.
        ¡No! Dios no tiene que conceder la petición de tu corazón cuando primero quiere
glorificar y perfeccionar su gracia en ti. Cristo tuvo nombre sobre todo nombre cuando
hubo acabado la obra del Padre. Abraham se convirtió en el Padre de la fe y padre de
naciones cuando se cansó de ayudar a Dios. Job recibió más riquezas y mejor familia
cuando comenzó a ver a Dios. Los jóvenes Hebreos vieron al Hijo de Dios cuando
fueron echados al horno. El profeta Isaías vio al Dios Alto y Sublime, cuando se murió
el buen rey Uzías. Esteban, el diácono lleno del Espíritu Santo de la iglesia primitiva,
vio los cielos abiertos cuando fue cruelmente apedreado. Recuerda que la gracia no es
solamente para salvar y dar capacidades espirituales, sino también para sostener en
los momentos de silencio de Dios. Dios puede callar, pero no su gracia. Dios no tiene
que contestar, pero su gracia no puede faltar. El poder de la gracia no es solamente
Dios dando, sino Dios negándose a dar. Es cierto que el mensajero que abofeteaba a
Pablo era de Satanás, pero lo que hacía estaba bajo el control del poder del Señor.
Cuando está la gracia en todo su poder, hasta el mismo diablo tiene que rendirle
cuenta a Dios. El mismo Dios que le dio permiso a Satanás para probar al siervo Job,
fue el mismo Dios que le envió un mensajero guapetón a Pablo.

      ¡Qué experiencia tan peculiar fue esta de Pablo! Dios, usando a un demonio,
para engrandecerse en su apóstol. ¡Qué maravillosa es la palabra de Dios!

       Permítame usar mi imaginación para explicar cómo yo visualizaría a este
mensajero de Satanás rindiéndole informe al Señor:
       “Oye, demonio dientú, ¿qué haz estado haciendo con mi siervo Pablo?
       “Bueno, usted me indicó que le diera de bofetadas, lo cual no me he detenido en
hacerlo. No hace nada más que abrir la boca para opinar de las revelaciones que usted
le ha mostrado, y ahí estoy yo descargándole una buena cachetada. Me encanta este
trabajo,” dijo el mensajero descaradamente.
       “Y…¿cómo lo haz visto últimamente?”, preguntó Dios curiosamente.
       “A decir verdad, mi Señor… parece que las bofetadas nada le hacen. Él todo lo
que hace es poner la otra mejilla para que le vuelva a pegar. A la verdad que yo
entiendo qué clase de fidelidad tiene ese siervo suyo.”
       “Pues yo sí lo entiendo y lo conozco bien. ¿Porqué crees que le he revelado
cosas que no he revelado a otros humanos? Y para que sepas, con cada bofetada
que tú le proporcionas, mi poder y mi gracia se perfeccionan en él.
       “Entonces, ¿tengo permiso para seguir cayéndole arriba?, Preguntó el malvado
mensajero, mientras enseñaba sus mellas.
       “Tú harás hasta que yo te diga, y no te atrevas a hacer algo contra él sin mi
consentimiento, ¿entiendes?”
       “Como usted mande, jefe. Aquí estoy para lo que me necesite.”

       Sabemos que ese mensajero de Satanás siguió siendo demonio aún después
de esta tarea especial que se le otorgó. En cambio, Pablo no fue el mismo, sino que
creció de gracia en gracia. El mensajero castigaba al apóstol, pero el poder de Dios se
incrementaba. Lo que era malo y doloroso, fortalecía el testimonio del hombre de Dios.
Las bofetadas manifestaban la debilidad, mientras que a la vez perfeccionaban el poder
y la gracia de Dios. ¿Quién entiende esto? ¿Quién es suficiente? Por eso el apóstol
pudo confesar confiadamente: “De aquí en adelante, nadie me cause molestia; porque
yo traigo en mi cuerpo las marcas de nuestro Señor Jesús.” (Gálatas 6:17). ¡No! No
fueron las marcas de las bofetadas las que llevaba Pablo en su cuerpo, sino las marcas
de un Cristo poderoso que lo había marcado por vida.



CAPITULO 7 - SOBERANIA Y OBEDIENCIA



               Quiero abordar en este capítulo con profunda reverencia y temor,
considerando el insondable tema de la deidad de Dios. No soy un teólogo como para
poder desarrollar a profundidad esta insondable enseñanza de la relación de nuestro
Señor Jesucristo con el Padre celestial. Como ya advertí anteriormente, esta
presentación no pretende ser una disertación teológica. El tema de la deidad de Dios, y
las funciones de las tres divinas personas funcionando trinitariamente es, y seguirá
siendo el misterio mayor que el hombre haya tratado de descifrar. Adicionalmente, el
misterio de un Dios encarnado ha sido siempre tropezadero para el razonamiento
humano. Por eso tenemos innumerables religiones y filosofías que rechazan aceptar a
Cristo como Dios. Es más aceptable al pensamiento humano aceptar que Jesucristo
fue un gran profeta, un excelente maestro, o el mejor modelo humano que ha pisado la
tierra, que confesarlo como la segunda persona de la Trinidad. Reinos e imperios
mundiales fueron creados, y otros destruidos por causa de esta confesión. Desde el
nacimiento del Mesías, la historia humana está manchada de sangre. En una parte de
la historia se derramó mucha sangre por aquellos que amparados en un fanatismo
religioso, se dieron a la tarea de defender por la fuerza la divinidad de Cristo. En la otra
parte de la historia se derramó sangre en el intento de desarraigar a Cristo de las
memorias de la historia humana. Tanto los defensores de la fe cristiana, como los
enemigos de ésta, han sido participantes de grandes injusticias humanas. La iglesia
romana, por ejemplo, por muchos siglos fue culpable de infundir terror a muchas
naciones en su intento de “cristianizar” a muchas culturas. Aunque el intento y el motivo
eran propios, los medios que usaron fueron totalmente inaceptables. Por otro lado, ya
usted conoce la destrucción y el atraso político, social y económico que causó la
filosofía comunista, socialista, atea y anticristiana que invadió el mundo en este siglo
pasado. El intento de eliminar a Cristo y a Dios de la conciencia humana, solo sirvió
para el exterminio de pueblos y naciones. No obstante, los enemigos de Dios y los
incrédulos no han podido opacar aquella luz que alumbró al mundo desde el humilde
pesebre de Belén. Cristo es Dios, y seguirá siendo Dios, eternamente y para siempre.
Ni el extremismo del romanismo en los siglos pasados, ni el despotismo del comunismo
de este último siglo, han podido detener el progreso del evangelio.

      Ahora bien, cuando se habla de cotejar la interrogación de porqué Dios hace o
no hace, la relación entre Cristo hombre y su Padre Celestial nos puede servir de un
magnífico ejemplo. En el momento que la Segunda Persona de la Deidad tomó forma
de hombre, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo cambiaron la relación posicional que
tenían desde la eternidad. Leamos parte de la oración intercesora de Cristo: “Padre, la
hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti; como le
has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste. Y
esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a
quien has enviado. Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste
que hiciese. Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve
contigo antes que el mundo fuese.” (Juan 17: 1-5). Estas palabras de Cristo
demuestran cuál era su posición terrenal una vez que se encarnó. En otras palabras,
todos los días que Cristo habitó en la tierra; desde el momento que el Espíritu Santo
hizo sombra sobre el cuerpo de María, hasta el momento de su crucifixión y muerte,
Cristo fue todo hombre. Casi todos los milagros, prodigios, y señales; en fin, toda
aquella autoridad que ejercía sobre la naturaleza, todo aquel poder que imponía sobre
las fuerzas espirituales de las tinieblas, lo hizo como “el hijo del hombre.” Los treinta y
tres años humanos que vivió en la tierra los pasó bajo el sometimiento de las
limitaciones humanas. Aun cuando vino a tomar cuerpo humano prefirió comenzar
como comienzan todos los humanos. El Espíritu Santo tuvo que buscar una doncella
pura y temerosa de Dios que llevara a la divina criatura en su vientre por los nueve
meses acostumbrados. Cuando la Deidad planeó este objetivo de rescate a la raza
humana, tomó una familia insignificante de una aldea pobre y sencilla. José y María
eran tan vulnerables y tan limitados que se vieron obligados a huir a la tierra de Egipto,
protegiendo la divina criatura que había nacido. Una vulnerable pareja, servía de
protección al Dios que había venido al mundo. No podemos ignorar que los ángeles
tenían cierto control que todo lo que estaba sucediendo, y estaban preparados apara
actuar en el momento necesario. Sin embargo, nada podía hacerse que no llevara el
ingrediente humano. Vemos entonces, que desde el primer segundo que el Espíritu
Santo hizo sombra sobre María, ya Dios el Padre estaba limitando su mano.

               Si yo entiendo un poco sobre la función de la trinidad de Dios, entiendo
que estas tres divinas personas tienen la capacidad de pensar individualmente. Quiero
decir, que tanto el Padre, como el Hijo, como el Espíritu Santo, pueden valerse de
voluntades separadas. En mi concepto, eso es lo que hace la Deidad tan magnífica, y a
la vez tan difícil de aceptar en el pensamiento humano. Que tres divinos seres puedan
funcionar como un solo Dios, y que sus voluntades puedan estar tan perfectamente
coordinadas, es demasiada profundidad para la mente humana. Los sabios y los
entendidos de esta tierra no pueden sondear tal profundidad. Pablo fue muy certero
cuando escribió: “Pero, el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de
Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir
espiritualmente,” (1Corintios 2:14). A muchos pensadores se le ha hecho más fácil
poner a Cristo en un plano menor que aceptar su posición en la Deidad. No es tan fácil
aceptar que Cristo fuera todo hombre sin dejar de ser todo Dios. En esto estriban
muchas religiones y filosofías mundiales anticristianas. Los llamados “Testigos de
Jehová, la llamada iglesia Ciencia Cristiana, los Budistas, los Hindúes, los
Musulmanes, la iglesia “Unificación” (Unification Church), el Judaísmo actual, y aun
docenas de religiones mundiales, rechazan categóricamente la Deidad de Cristo. Para
mí, sin embargo, es bien fácil descifrar lo que Cristo es, pues yo lo reduzco a estas
palabras: Cristo es todo lo que la Palabra de Dios dice que es, o no es nada de lo que
pretendió ser.” Si Cristo no es todo lo que habló de sí mismo, y si todo lo que los
apóstoles escribieron de él no es la verdad divina, hemos caído en el fraude mayor de
la historia. Cristo es todo lo que se escribió de él, o es el mentiroso más crónico que
jamás haya existido. Jesucristo afirmó que él era la Luz del mundo; el Camino; la
Verdad; la Vida; el Agua de Vida; el Pan del Cielo; la Puerta; el Libertador; el Mesías; el
Ungido; Él dijo claramente que tenía autoridad para perdonar pecados; para salvar o
para condenar, y muchas otras confesiones que solo pertenecían al Jehová del Antiguo
Testamento. Si él es todo esto, no sé porqué algunos pretenden, aceptarlo a como un
dios con letra pequeña y un Cristo a medias. No tiene sentido aceptar a Cristo como un
buen ejemplo, o como un gran maestro, o como un poderoso profeta. Él era todo eso,
además de ser todo Dios. Cristo no era mucho Dios y un poco de hombre; tampoco era
mucho hombre con un poco de característica divina, sino todo hombre y todo Dios.

             La gran dificultad está en tratar de entender a Dios humanado; limitado a
los parámetros de la raza humana, y expuesto a los percances que todo ser humano
puede experimentar. La confusión está en poder asimilar a Dios obrando como un ser
limitado. No podemos entender porqué la Deidad toma la decisión de poner este plan
de rescate en tiempos tan difíciles. El razonamiento humano no puede asimilar porqué
el Rey de los Ejércitos celestiales vino en una época tan complicada. Para eso se
necesita una revelación completa del divino y complicado plan de redención.

       Cuando leemos algunas de las profecías que se hicieron acerca del nacimiento
del portentoso niño Rey, encontramos que este plan de Dios visitar a la familia humana
fue premeditadamente planeado. La Deidad no fue tomada por sorpresa cuando se vio
envuelta en dejar nacer al niño Dios en la época menos recomendada. Aún así, el plan
divino no podía detenerse. Dios el Padre sabía que estaría administrando este proyecto
redentivo en el riesgo de que sus instrumentos no dieran el grado de prueba. Cuando el
ángel visitó a María y a su comprometido José, tenía bien claro la fragilidad de éstos.
Los primeros instrumentos humanos que participaron en el proyecto divino eran tan
sensitivos como todos los demás. José y María eran jóvenes comunes de su tiempo.
De José sabemos que éste no tenía nada de particularidad. De María, sabemos que ya
estaba “desposada” o comprometida para casarse, lo que indica que era una doncella
normal y corriente. Si estaba desposada era porque estaba enamorada. Si estaba
enamorada era porque tenía sentimientos puramente humanos. Naturalmente, ella era
también una doncella “llena de gracia”, y con un corazón dócil y sano. Después del
nacimiento de Jesús, María vino a ser madre de siete hijos más, lo que también indica
que vivía una vida normal como ama de casa y como esposa. Los evangelios no
relatan que la presencia de Jesús, mientras crecía a una edad de adulto, pusiera a
aquella familia en una posición de prominencia. Es obvio que durante los años de
formación física, el Hijo de Dios no iba a ejercer alguna clase de virtud o poderes
sobresalientes. A excepción de cuando lo vemos disputando con los maestros en la
sinagoga a la edad de 12 años, no sabemos que Jesús ejerciera una autoridad o
influencia que lo hiciera diferente a los demás hermanos menores. Algunos pensadores
ubican a Cristo con un oficio de carpintero, pues siendo el hijo mayor muy
probablemente aprendió el oficio del padre. También se cree que José murió antes que
Jesús creciera a la edad de adulto, por lo no que se menciona a José como parte de la
familia, en el momento que Jesús comenzó su ministerio. Es evidente que Jesucristo
vino a ser parte de una familia normal, y por cierto una familia limitada en recursos. La
aldea donde nació era de gente pobre. La ciudad donde se crió también era de gente
marginada económicamente. La vida política y social de su tiempo no tenía
representación alguna. En otras palabras, la Trinidad decidió que viniera la segunda
divina persona a la tierra en las peores circunstancias. Inclusive, María concibió del
Espíritu Santo precisamente cuando los gobernadores de Roma decidieron hacer un
censo en el pueblo Judío, y dos años después, el Rey Herodes ordenó una matanza de
niños Judíos, al verse burlado por los tres sabios que vinieron en busca del niño Rey.
Realmente dos mil años atrás no había nada favorable que pudiera contribuir en una
forma positiva la llegada de Emmanuel. Éste, sin embargo, era el plan divino de
redención.           En otras palabras, en el plan más excelente que jamás la raza
humana haya conocido, Dios el Padre se dispuso a no hacer como se esperaba, y esta
vez, la misma Deidad iba a ser afectada.

       En todo lo que Dios había hecho por el hombre y con el hombre, no había un
plan más comprometedor que éste de enviar a su Unigénito Hijo a vivir como hombre.
Esta vez las tres divinas personas iban a separar sus voluntades, a tal manera que la
voluntad del Padre iba a ser paralela a la del Hijo y la del Espíritu Santo. Una vez la
segunda persona de la Trinidad se hace hombre, incluía el tener una mente humana
junto con una mente divina. En otras palabras, Jesucristo, aunque era Dios, tenía que
pensar como humano. De otra manera no sería en todo semejante al hombre.

        Si decimos que Jesucristo era todo hombre, naturalmente, pensaba como
hombre. La victoria de Cristo no estaba en no pensar como pensaban los humanos
sino de sujetar esa voluntad y ese pensamiento humano al pensamiento y a la voluntad
del Padre. Los evangelios indican claramente que Cristo creció normalmente como
todos los demás niños. Véase Lucas 2:40. Jesús lloró, Juan 11:35, se entristeció
Mateo 26:37, tuvo hambre física Lucas 4:2, le daba sueño físico Lucas 8:23, vivió en
pobreza Lucas 9:58, tenía un cuerpo físico natural Lucas 24:39, le dio cansancio Juan
4:6. Jesús tuvo ocasiones que gritó; muchas veces se excitó; se admiró; comía donde
le invitaban, tomaba vino en las comidas, y tenía una vida social. Pablo escribe de él
diciendo: “El cual siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a
qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho a
semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo ,
haciéndose obediente hasta la muerte, muerte de cruz.”(Filipenses 2:6-8). “Porque ya
conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre,
siendo rico, para que nosotros por su pobreza fueseis enriquecidos.“ (2 Corintios 8:9).
Éstos, y muchos versículos más indican claramente que Jesús pensaba como un
humano. Por lo tanto, su mente y su voluntad eran separadas del Padre de la misma
forma que estaba separado de su estado de gloria. En la oración intercesora,
Jesucristo pedía regresar la gloria que tenía antes de haber tomado la gloria de los
humanos.

      Habiendo aclarado este concepto, especulemos brevemente ahora algunos de
los aspectos en que Dios no hizo por su Unigénito Hijo, además de dejarlo entrar al
mundo como una criatura cualquiera. Si Dios el Padre no hizo por su Hijo muchas
cosas que en nuestro concepto debió hacer, es porque necesitamos una lección más
acerca de la soberanía de Dios. Aunque esta vez no se trata de Adán, ni de Abraham,
ni de Job, aún así, tenemos una gloriosa demostración de la insondable soberanía y
voluntad de Dios. Dejo aclarado y hago énfasis que aquí solamente podemos
especular, siendo que estamos tratando un concepto tan santo. No es mi intención
mencionar todas las áreas que el Padre en su sola potestad no intervino a favor de su
Hijo Amado en quien tenía tanto contentamiento.

        Es interesante observar que el Dios Padre no le permitió que Jesús comenzara
su ministerio hasta que tuvo una edad madura. ¿Porqué el Señor no comenzó su
ministerio más temprano en su edad? ¿Porqué no comenzar a la edad joven, y así
sacar más provecho de su ministerio? En el Antiguo Pacto Jehová ungió a David por
Rey de Israel cuando éste era prácticamente un adolescente. ¿Porqué el Padre no
ungió al Mesías antes de los treinta? Bueno, en mi simple especulación, solamente
puedo considerar que Dios el Padre, prefirió adoptar y adaptarse al ambiente ministerial
y religioso de esa época. Obviamente el Padre quiso que Cristo completara la edad que
el sistema eclesiástico exigía y cumplir los treinta años para así poder ser aceptado
como un rabino y tener audiencia en la sinagoga.

        Una vez Él cumplió los treinta años, llegó un día de reposo a la sinagoga, leyó
una porción de las Escrituras, y se declaró el Ungido. Leamos: “Vino a Nazaret, donde
se había criado; en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y
se levantó a leer. Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló
el lugar donde estaba escrito: El Espíritu de Jehová está sobre mí, por cuanto me ha
ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar los quebrantados
de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a
los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor. Y enrollando el libro, lo dio al
ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a
decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros,” (Lucas 4:16-21).
Notemos que esa profecía no podía cumplirse hasta que Cristo cumpliera los treinta
años. De otra manera, Cristo no podría pararse en la sinagoga delante de los líderes
religiosos. Aún así, los oficiales de la sinagoga echaron a Cristo fuera de la ciudad y
querían tirarlo por un despeñadero. ¿Qué le parece? Aún cuando ya tenía la edad
suficiente como para ser un maestro de la sinagoga, por poco no lo dejan comenzar su
ministerio. ¿Sabía eso el Padre? ¡Absolutamente! Dios prefirió esperar, sabiendo cuál
sería el rechazo. Esto es lo maravilloso de la mente de Dios. Él muchas veces procura
obrar dentro del contexto y agenda humana aun cuando dicha agenda esté
equivocada. ¿Quién entiende esto? ¡Oh, la insondable sabiduría de Dios! ¡Cómo él
procura una y otra vez de obrar con el hombre! Dios es así.

      De tal manera, que si el Padre esperó por fechas y por momentos específicos
para poner en acción su plan de redención, así hace en todos sus planes con
nosotros. Notemos que aun cuando se trataba de su relación con su Unigénito Hijo, y
aun cuando se trataba del proyecto más significante en su divino itinerario, no por eso
se adelantó o cambió su dinámica. Si esto es así, ¿cómo es que a veces nosotros
queremos ponerle tiempo a Dios? A nosotros se nos hace difícil entender que por más
bien que estemos haciendo delante de Dios, eso no indica que él va a obrar como
esperamos. Ningún humano jamás se había acercado ni se acercará, por lo menos en
esta vida, al ejemplo de Cristo. No creo que el Padre Celestial haya estado más cerca
de un mortal como lo estuvo con el Señor. En una ocasión la voz del Padre se dejó oír
cuando expresó: “éste es mi Hijo amado, en quien tengo contentamiento.” No obstante,
el trato con su amado Hijo en nada habría de diferir.

        Jesucristo tenía que esperar cumplir los treinta años para declararse el Ungido
en sometimiento a la voluntad del Padre. Cristo estaba preparado para declararse el
Ungido en cualquier momento de su vida, pero lo importante era la agenda del Padre.
Jesucristo pudo haber leído aquella profecía de Isaías cuando tenía veinte o veinticinco
años de edad, pero no hubiera tenido el énfasis y la importancia si lo hacía fuera del
contexto de la sinagoga y de los líderes de aquel momento. Cristo vino a cumplir toda
justicia, y esto involucraba someterse en cierta forma al sistema religioso de su nación.
Jesucristo tenía que venir a lo suyo y a los suyos. Esto es, él tenía que manifestarse a
la nación de Israel. Por lo tanto el mejor lugar y el mejor tiempo incluían aquella
sinagoga donde él entró y aquella tarde específica que leyó la profecía. Cuando llegó
ese preciso momento, fue cuando Cristo expresó, “hoy se ha cumplido esta Escritura
delante de vosotros.” Cualquier otro tiempo y lugar estaría fuera de la absoluta voluntad
del Padre.

      ¡Qué magnífica forma ésta de Dios obrar! ¡Cuán importante es someterse al
tiempo y al espacio de Dios!

       Una vez más encontramos a Dios envuelto en el tiempo y en el espacio del
hombre. No solamente eso, sino que comienza su plan de redención sabiendo el
rechazo que habría desde el mismo momento que su Hijo abriera su boca. Aun cuando
Dios sometió su plan en consonancia y en aceptación con la rutina religiosa de aquella
generación, la voluntad del Padre y del Hijo del Hombre era UNA en cuanto a tiempo y
lugar. Dios no obró porque encontró obediencia en el pueblo, sino muy a pesar del
rechazo. Para Dios, el rechazo que su pueblo no iba a impedir que se llevara el plan de
redención. Dios obró como dijo el famoso escritor Charles Dickens: “Era el mejor de los
tiempos; era el peor de los tiempos.” Aun así, era el tiempo de Dios. Esto nos enseña
que el peor tiempo para nosotros puede ser el mejor tiempo para Dios y el mejor tiempo
para nosotros puede ser el peor tiempo para Dios. Recuerde el caso de Sara y
Abraham cuando decidieron “ayudar” a Dios y usar a la sierva Hagar para los
propósitos de adquirir un heredero. Todo parecía ser el mejor plan, en el mejor tiempo
para los patriarcas, pero era el peor tiempo para Dios. En aquel caso particular Dios no
actuó y el resultado produjo serias consecuencias.

       En mi opinión, este principio de Dios ejercer su voluntad aun con un ente tan
perfecto como lo era el Hijo del Hombre, nos sirve para comparar cómo es afectada la
vida cotidiana en esta tierra, especialmente en nosotros los creyentes. Nadie está
exento de esta experiencia. Cada momento de nuestras vidas estamos batallando con
este asunto de actuar por nosotros mismos o de esperar en Dios. Un breve examen
introspectivo de cada una de nuestras “pequeñas” decisiones en la vida, nos revela que
todas ellas contienen los ingredientes del tiempo y el lugar de Dios. La gran mayoría
de las veces nosotros actuamos por nosotros mismos. Esto es, no contamos con Dios
sobre el asunto. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, estamos
corriendo el peligro de estar actuando fuera del tiempo y el lugar de Dios. Cuando
Jesús decidió identificarse como el Mesías, no era asunto de relación entre Hijo y
Padre. Sin embargo, los demás factores tales como: la sinagoga, las tradiciones, los
sacerdotes, los escribas, en fin, todo la historia del pueblo Judío, afectaron todo el
medioambiente para el ministerio mesiánico del Señor. Lo inexplicable de esto es que
Dios el Padre y el Hijo Unigénito tenían que tener esto en mente al momento de realizar
el plan que se habían propuesto desde la eternidad. Y así sucede en todas nuestras
funciones humanas. Innumerables factores afectan nuestra relación espiritual, unas
para bien, otras para mal. La obra que Dios quiere hacer en nosotros tiene en
consideración todos esos factores variables.

        Muchas veces los factores son impuestos sobre nosotros sin que podamos
evitarlo. Otras veces esos factores los hemos cultivados nosotros mismos. Tomemos la
decisión de un empleo, por ejemplo. Un creyente fiel y dedicado a Dios le toca el
momento de decidir por un trabajo que le ofrece mejor salario y mejores beneficios para
su familia. Desde el punto de vista administrativo, y como un buen proveedor, la
decisión es correcta. En su mente y en su corazón no está el desobedecer a Dios,
excepto que la posición en el trabajo lo va alejando lentamente de sus deberes
espirituales. Una vez se tomó la decisión de tomar el nuevo empleo, Dios tiene que
comenzar a actuar alrededor de esa nueva situación. Ante esa situación Dios puede
hacer dos cosas: estorbarle el nuevo empleo y hacerlo regresar a sus convicciones
originales o permitirle continuar una relación incompleta. Y de esta misma manera
sucede con cada decisión que se toma. En otras palabras, Dios obra su voluntad en
conformidad a las variantes nuestras. Esto, en ninguna forma afecta la soberanía de
Dios, por todo lo no que es el hombre quien controla a Dios, sino que Dios opera con
un agente cambiante. Dios puede imponer su soberanía en todas y cada una de
nuestras decisiones, por pequeñas que estas sean. En efecto, la mayoría de las veces
Él aplica su soberanía absoluta, pero por causa de Él haber dado un libre escoger a su
criatura, esa facultad soberana lo lleva a actuar diferente. La soberanía de Dios le
permite actuar diferente en todos los casos. Él puede permitir que suceda algo a un
creyente mientras que no permite que le suceda lo mismo a otro creyente. Esto es la
realidad que sufrimos constantemente. Por eso usted puede ver que un creyente da un
testimonio de que Dios le sanó de cierta enfermedad, mientras que otro que padece de
la misma enfermedad, no se sana, y se va a la eternidad sin ser sanado. Tanto el que
se sana como el que no se sana son afectados por diferentes circunstancias y, por
consiguiente, reciben diferentes respuestas de Dios. Cuando estas cosas estén
sucediendo a nuestro alrededor, cada uno de nosotros nos movemos en diferentes
variables. De la misma manera que Dios envió a su Hijo en circunstancias especiales,
asimismo ejerce su voluntad sobre nosotros.

      Dios es el mismo ayer, hoy y por los siglos, pero nosotros cambiamos a cada
segundo. Podríamos decir que Dios es como el sol. La relación que existe entre el sol y
la tierra, es semejante a la relación Dios y sus hijos. Aunque esta no es una analogía
aplicable del todo, es una leve idea de lo que quiero explicar. Hasta donde sabemos, el
sol no se mueve de su lugar y es siempre el mismo sol, irradiando la misma energía
todo el tiempo. La tierra, como no está plasmada en una sola posición estática, recibe
diferente grados de energía del sol. El sol no es culpable de que la tierra tenga partes
heladas. Las temperaturas templadas en algunas partes de la tierra, no existen por
caprichos o preferencia del sol. El sol no sale hoy y mañana no. En realidad el sol
nunca sale por la mañana ni se esconde por la noche. La noche en realidad no existe
por sí misma. Noche y oscuridad es la ausencia del sol. Son las densas nubes las que
ocultan su presencia. Son las vueltas de la tierra las que hacen llegar la oscura noche.
Cuando el sol no está alumbrando para algún lugar de la tierra es porque la tierra en
cierto sentido le ha dado la espalda. El sol solamente puede dar su energía en
conformidad con la conducta de la tierra. Dios está en una posición inmutable; su
energía es todopoderosa. Él tiene poder para penetrar al más recóndito lugar. Viene el
día cuando Dios hará una tierra diferente. En efecto, en la nueva tierra que Dios ha
reservado para la eternidad, no existirá la noche. La nueva tierra será estable y siempre
estará de cara a la luz que emane del trono de Dios. “Y no habrá más noche; y no
tienen necesidad de luz de lámpara, ni de luz de sol, porque Dios el Señor los
iluminará; y reinarán por los siglos de los siglos,” (Apocalipsis 22:5). En el momento
de la eternidad y de nuestro reinado con Él, Dios en realidad no va a cambiar. Nosotros
somos los que estaremos en una posición diferente. Dios no va ser más Dios de lo que
es ahora. La eternidad no es Dios arreglando nuestro mundo sino nosotros entrando a
su mundo de luz eterna. Mientras tanto, nosotros, al igual que la tierra, seguimos dando
vueltas en nuestros propios ejes. Cada decisión nuestra es entonces, como una
diminuta movida nuestra de la perfecta voluntad de Dios. Una leve desviación nuestra
produce una gran carencia de la luz divina. Una insignificante decisión nuestra en algún
punto de nuestra vida puede cambiar totalmente el trato de Dios. Dios sabe esto por
cuanto él nos creó así. En su absoluta soberanía él quiso darnos la prerrogativa de
poder movernos de nuestro lugar. Dios no dejó de ser soberano cuando nos dio el libre
albedrío. Su labor divina es entonces, tratar con nosotros a pesar de nuestra
inconstancia.

       En el ministerio terrenal de nuestro Señor Jesucristo se pueden ver muchos
momentos en que Cristo tomó decisiones que revelaban su posición ante el Padre. El
Señor continuamente era confrontado por los líderes religiosos cuando lo oían hablar
de cómo él y el Padre Celestial obraban. Estos líderes se turbaban a tal manera que
procuraban prenderlo y hacerlo callar. Cuando menos ellos lo esperaban, Jesús venía
con expresiones tales como: “Porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo
igualmente”, “Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo
tener vida en sí mismo”, “Porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del Padre”, “mi
Padre hasta ahora trabaja y yo trabajo”, “el Padre que me envió da testimonio de mí”,
“nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hago. “Porque el
que me envió conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo
que le agrada.” “Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a
tomar.” En una ocasión él dijo: “Yo y el Padre una cosa somos,” y los que lo oyeron
tomaron piedras para apedrearlo. Él entonces les responde: “Muchas buenas obras os
he mostrado de mi Padre, ¿por cuál de ellas me apedreáis,? (Juan 10:30-32). De
manera que Jesús constantemente procuraba explicar su misión y su posición en la
Deidad. Todo fue hasta el día que fue arrestado.

        Presuntamente Jesucristo fue arrestado en las primeras horas del viernes. En
el calendario judío, sin embargo, el viernes comenzaba lo que para nosotros es jueves
a las 6:00 de la tarde. Lo que indica que en el tiempo de unas 18 horas, desde que
Jesús tomó la cena con los discípulos, pasó por la agonía en el huerto, el arresto, el
juicio, y la condena. En el lapso de unas pocas horas todas aquellas confesiones y toda
aquella relación continua que tenía con el Padre, iban a ser probadas hasta lo máximo.

        La agonía de Cristo en el huerto de Getsemaní es un cuadro de profunda
enseñanza en este aspecto de la soberanía divina. Las oraciones de Cristo hasta
aquella tétrica noche, fueron en una perfecta correlación y comunión. No obstante, esta
plegaria de agonía, fue totalmente diferente. Leamos: “Vinieron, pues, a un lugar que
se llama Getsemaní, y dijo a los discípulos: “Sentaos aquí entre tanto que yo oro. Y
tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan, y comenzó a entristecerse y a angustiarse. Y
les dijo: „Mi alma está muy triste, hasta la muerte, quedaos aquí y velad.‟ Yéndose un
poco adelante, se postró en tierra, y oró que si fuera posible, pasase de él aquella hora.
Y decía: „Abba Padre (Padre mío), todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí
esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú,‟” (Marcos 14:32-36).

       Al leer este testimonio, nos damos cuenta inmediatamente que algo singular
estaba pasando esa noche, pues cuando Cristo oraba, él habitualmente daba gracias al
Padre por lo que iba a hacer, sin tener que incurrir en largas oraciones. En esta ocasión
se nota la diferencia. Lo vemos orando por un rato, levantándose de la oración y
volviendo a orar, en estela que la oración no estaba completa. El evangelio de Mateo
se registra que el Señor solicitó de los discípulos que se quedaran cerca, y que velaran
y oraran con él. Esa no era la forma usual de Cristo. Hasta este momento de su
ministerio, no se había registrado que el Señor pidiera ayuda en la oración. Léase
Mateo. 26:38. Esa noche Jesucristo oró tres veces por lo mismo. Esta era una
evidencia clara que algo andaba mal. Desde aquella tenebrosa noche, Jesucristo
hombre comenzó a padecer una sensación diferente. Oró la primera vez, pero su alma
continuaba en angustia; va hacia donde los discípulos y los encuentra cabeceando.
Para los discípulos todo estaba normal. Ellos estaban descansando en la confianza de
siempre, pero no el Señor. El Maestro se fue y oró la segunda vez, buscando la
respuesta del Padre, y tampoco recibió consolación o respuesta alguna; vuelve donde
los discípulos, y estos están roncando plácidamente. Regresó nuevamente el Señor a
la oración por tercera vez, “diciendo las mismas palabras.” Esa noche imborrable, el
Amado Hijo oraba, pero ni el divino Padre, ni el Espíritu Santo respondían. Esa noche,
por primera vez, Jesús agonizaba en oración, mas su Padre celestial estaba callado.
Decididamente algo andaba mal. El relato de Lucas dice que un ángel vino y estuvo
con él “para fortalecerle,” pero éste tampoco traía respuesta del trono. Muy
probablemente, ni el mismo ángel conocía lo que realmente estaba pasando esa noche
entre el Padre y el Hijo. El ángel no había venido con una respuesta para el Señor. La
presencia del ángel indicaba claramente que Jesús no estaba del todo solo. No fue que
esta oración fue interrumpida por las fuerzas demoníacas, como le sucedió al profeta
Daniel. No era que el diablo estaba interceptando la oración o la meditación como en el
caso de la tentación. Simplemente, el Padre estaba en silencio. Todo lo que estaba
sucediendo eran instrucciones que procedían del mismo trono.

       El lugar que el Señor escogió para orar esa noche no era desconocido. El Señor
y los discípulos habían frecuentado y habían orado muchas veces a las orillas del
fresco y cristalino torrente del Cedrón. En aquel mismo lugar, y muy probablemente en
las primeras horas de aquella misma noche, el Maestro hizo la sabia y gloriosa oración
intercesora que registra el evangelio de San Juan en el capítulo diecisiete. El lugar era
tan placentero que los discípulos mismos no pudieron resistirse al sueño. Además, el
día había sido arduo, y la cena que habían tenido con el Señor parece que había sido
bien suculenta. Aun cuando el Señor les había advertido del peligro que se acercaba,
los discípulos no sintieron preocupación alguna. Solamente Cristo agonizaba mientras
ellos dormían. Los discípulos descansaban confiados con la presencia del Señor en el
Huerto, pero no el Señor mismo.

        El amanecer del viernes sorprendió a los discípulos durmiendo. Cristo empero,
esperaba el inminente arresto. El silencio del Padre durante toda la noche era la
inequívoca señal de que el Hijo del Hombre tenía que tomar “la copa.” Toda la noche
él pidió al Padre que si era posible, cambiara el plan de redención. Jesús sabía que su
voluntad y su capacidad de escoger como hombre eran diferentes a la voluntad del
Padre. En esos momentos Cristo pensaba como todo hombre. Ya él presentía el
maltrato físico a la que iba a ser expuesto. Su alma se angustiaba en un sentimiento
humano. Su espíritu buscaba la comunión con su amado Padre. Y Dios el Padre no
contestaba.

         El silencio del Padre se extendió durante toda esa noche y gran parte del día
viernes. El Maestro se preparó entonces para que, “como cordero ser llevado al
matadero”, y se cumpliera en él todo lo que los profetas habían predicho. La copa iba
a ser amarga. Los malhechores Judíos, los oficiales, los romanos, y aun los líderes
religiosos, se preparaban para hacer escarnio del Hijo del Hombre. En la hora más
difícil, Dios el Padre no respondió a la súplica de su amado Hijo.

        Esto nos lleva a considerar la magnitud y el misterio que se encierra en la
soberanía de Dios. No es difícil entender porqué Dios no hizo con Adán, con
Abraham, con Job, y con los otros ejemplos que he presentado. Pero, que Dios no
haya hecho algo por su Hijo Amado, es un asunto que nos pone a meditar
reverentemente respecto al trato de Dios. Que el Hijo del Hombre no haya podido
alcanzar audiencia con el Padre amante, es algo fuera del alcance de nuestra facultad
analítica. Usted y yo sabemos que no había una sola falla en Cristo que afectara la
comunión con el trono. Sabemos que él vivía en perfecta voluntad del Padre. Jesucristo
siempre dio testimonio de cómo él y el Padre se trataban entre sí en todos los asuntos
de su ministerio terrenal. Nada de esto, sin embargo, impidió el silencio del Padre. En
esta ocasión y en este ejemplo, y a diferencia de los demás hijos de Dios, no había
razones previas que causaran este trato tan peculiar del Padre. En cuanto a Cristo se
refería, éste no había cometido falta alguna que llevara a Dios el Padre a no actuar.
“Aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca; con todo eso, quiso Dios
quebrantarlo, sujetándole a padecimiento,” (Isaías 53:9-10). Tan simple, como tan
claro, “Jehová quiso quebrantarlo.”

       Si esto fue así con Jesucristo en la noche de pasión, ¿qué queda para nosotros?
¿Qué garantía hay para nosotros que Dios no quiera hacer lo mismo? ¿Estará Dios
actuando similarmente con nosotros? Sabemos que el pecado, la desobediencia y la
rebelión impiden que Dios actúe a nuestro favor. Pero, ¿será posible que Dios no nos
quiera responder en algunas de nuestras agonías, aun cuando no hayamos
desobedecido o deshonrando su nombre en la más mínima forma? Si esto fue así con
Jesucristo, ¿podemos entonces aceptar que Dios tiene la soberanía de no contestar
nuestras peticiones?

       Cuando analizábamos la caída de Adán, observamos que éste, aunque
inocente, no había madurado en su carácter espiritual. Cuando hablábamos de
Abraham entendimos que tuvo muchos fracasos por tratar de “ayudar” a Dios. Cuando
presentamos el caso de Job, miramos que éste “solo de oídas” conocía a Dios. Cuando
considerábamos el caso de los jóvenes Hebreos, entendimos que estos estaban
sufriendo los resultados de toda una nación rebelde. Cuando hablamos de Cristo, sin
embargo, ninguna falta encontramos. Como se expresó Pilato cuando dijo: “Me habéis
presentado a éste como un hombre que perturba el pueblo; pero habiéndole
interrogado yo delante de vosotros, no he hallado en este hombre delito alguno de
aquellos de que le acusáis,” (Lucas 23:14). En otras palabras, legal y judicialmente,
Jesús nunca fue hallado culpable de delito alguno. La corte no tenía cargos formales en
su contra. El Señor, aun como hombre, no había fallado ni verticalmente delante de
Dios, ni horizontalmente delante de los demás. El padre, sin embargo, no respondió a
su oración. Esto es así porque Dios no siempre guarda silencio por causa de nuestras
faltas. Dios no tiene que percibir pecado para dejar de actuar. En otras palabras, la
soberanía de Dios incluye el no actuar o no contestar nuestras peticiones,
independientemente si estamos bien o mal con Él. Nuestra tendencia se caracteriza en
pensar que si Dios no responde a nuestro clamor, es porque le hemos fallado. También
tendemos a pensar que siempre que Él no responde es debido a que no tenemos fe
suficiente. No obstante, la experiencia de Cristo en Getsemaní nos muestra diferente.

       Aunque ciertamente nuestra poca fe puede ser un obstáculo para recibir
respuesta de Dios, esta no es la forma absoluta de Dios actuar o no actuar. No fue la
falta de fe la que privó al Padre de enviar respuesta a Jesucristo. Para ilustrar un poco
esto, tomemos el caso de la resurrección de Lázaro. ¿Tenía fe Lázaro, o sus
hermanas, o sus amigos? Ciertamente no había fe en ninguno de ellos, pero esto no
impidió el milagro. Ese milagro Cristo lo había proyectado sin la necesidad de que
alguien tuviera fe. Lo que nos lleva a entender que Dios puede actuar cuando hay fe o
aun cuando no hay fe. Aunque él busca que haya fe, esa no es su única forma de
contestar.
       La oración de Cristo en Getsemaní fue para que Dios el Padre no le permitiera
pasar por aquella humillación que los enemigos iban a descargar sobre su cuerpo
físico. Él no buscaba evadir su parte en la obra de redención. Siendo parte de la
Deidad misma, él y el Padre podían desarrollar cualquier otro plan de reconciliación
que no incluyera el maltrato al cuerpo físico del Maestro. El Señor sabía también que
el Padre, como primera persona de la Trinidad era (y es), absolutamente soberano para
cambiar cualquier plan en cualquier momento. Bajo este raciocinio, él se sintió en
completa confianza de orar pidiendo un cambio del propósito original. Digo esto, porque
de otra manera, la oración de Cristo hubiera sido sin sentido. El Señor no podía hacer
una oración como tal, si la soberanía absoluta del Padre no permitía un cambio de
pensamiento. Su agonía en el huerto hubiera sido un acto ficticio y un drama
emocional, a menos que entendamos que sí existía la posibilidad del Padre en cambiar
su designio.

       Cuando el Hijo del hombre estaba suspendido de la cruz, nuevamente lo
encontramos hablando con el Padre. De las siete expresiones que él peroró desde la
cruz, tres fueron dirigidas al Padre. La primera oración fue pidiendo al Padre que
perdonara a los malhechores, por cuanto éstos no sabían lo que estaban haciendo. La
segunda súplica, sin embargo, vuelve a tener un matiz inquietante. El grito de Cristo de:
“Dios mío, Dios mío, ¿porqué me haz desamparado,”? vuelve a poner al Señor en una
posición como la de la noche anterior. Aun más, en esta ocasión el Señor ni siquiera
lo pudo llamar Padre mío, sino Dios mío. Esta era una clara indicación de que el
silencio del Padre continuaba aun cuando su Unigénito agonizaba en la cruz. ¡Oh, Dios
mío, cuán terrible es tu silencio! ¡Oh, Señor cómo sufrimos cuando tú no respondes! Y
pensar que es parte de tu propósito con nosotros nos confunde más. Nos confunde
Señor, que el dolor y el sufrimiento puede ser parte de tu sabio propósito.

       Las primeras palabras agonizantes del Señor desde la cruz dieron clara
evidencia del amor perdonador del Señor para los malhechores, y por ende, para el
mundo entero. La segunda expresión del Señor hacia el Padre, revelaba la profunda
realidad de la Trinidad en el divino plan de redención. En el preciso momento de esta
segunda expresión, todo el pecado de la humanidad había sido puesto sobre las
espaldas del divino Salvador. Él lo sabía, y allí experimentó cuán desamparado se ve el
ser humano cuando Dios no responde. Allí, no solamente se revelaba la soberanía de
Dios en medio del dolor, sino también la terrible separación que hace el pecado. Pero,
¡qué sabía y maravillosa es su tercera expresión al Padre! Gloria a Dios por la tercera
expresión que Cristo dirigió al Padre: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu.”
El alma del Señor no fue consolada en toda aquella pasión. Su cuerpo fue lacerado y
escarnecido. Sus compañeros de ministerio lo habían abandonado. Su espíritu, sin
embargo, todavía seguía siendo del Padre. Satanás oprimía su mente; los alguaciles y
los líderes religiosos laceraron sus espaldas, pero su espíritu pertenecía al Padre. El
padre no contestó su petición, pero estaba dispuesto a recibir su espíritu. Así también,
mi querido lector, puede ser contigo y conmigo.

       “PARE DE SUFRIR.” Ese es el lema de una llamada Iglesia Universal que está
invadiendo muchas comunidades latinas. Ese el tema de una iglesia que
presuntamente predica el mismo Cristo que nosotros predicamos, y que usa la misma
Biblia que nosotros usamos. ¿Cómo le cae este letrero? ¿Cree usted que al creyente
se le ha dado autoridad contra todo sufrimiento? ¿Cree usted en realidad que se puede
parar de sufrir en esta vida terrenal? Sin embargo, así nos quieren hacer creer algunos
predicadores modernos. ¿Habrá algún creyente en este tiempo que tenga mejor
relación con Dios que la tuvo Cristo en su ministerio terrenal? Cristo sufrió, aun cuando
no hubo pecado en él. ¿Cómo es que podemos ser embaucados en una falacia como
tal? Yo veo ese letrero casi todos los días al pasar por una calle en la ciudad donde
resido. ¿Y sabe qué? Sufro de solamente pensar que pueda haber tantos ignorantes
yéndose tras ese letrero.

        Mi querido lector, ¿estás sufriendo por alguna causa? ¿Te sientes que estás
suspendido o suspendida en una cruz invisible de problemas y enfermedades?
¿Sientes los clavos del atropello y de las vicisitudes de la vida? ¿Sientes que Dios no
te escucha? ¿Piensas que Dios no está viendo el maltrato que estás sufriendo?
Entonces, tienes varias alternativas para actuar. Una alternativa sería ir detrás de los
agoreros, los astrólogos, los síquicos, y las imágenes religiosas, como hace multitud de
personas. Si no quieres leer la Palabra que te muestra la soberanía de Dios, dirígete
entonces a que te lean el horóscopo y te lean las manos. A lo mejor uno de ellos te da
el número de la Lotería y ya dejas de sufrir. La otra alternativa es seguir detrás de esos
predicadores ambulantes y de esos grupos que predican un evangelio sin cruz. Para
tu “beneficio” o para tu perdición, existen predicadores de un evangelio donde ya no
hay que “tomar la cruz cada día”, como enseñó el Maestro. De todas maneras, Cristo
se hizo pobre para hacernos rico, ¿no es así? A lo mejor resuelves tus problemas si te
vas detrás de un evangelio de superabundancia y prosperidad económica y terminas
financieramente independiente. A fin de cuentas, “el dinero sirve para todo.” De no ir
tras estas alternativas la mejor solución es entonces, dejar que Dios haga como él
quiera a la hora que él quiera. La mejor alternativa es aprender del silencio de Dios. La
mejor actuación es entender que la cruz y el sufrimiento pueden ser parte de la gran
victoria que nos espera. Así habló Pablo acerca de Cristo: “Nada hagáis por contienda
o por vanagloria; antes bien con toda humildad, estimando cada uno a los demás como
superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyos propio, sino cada cual
también por lo de los otros. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo en Cristo
Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó ser igual a Dios como cosa a qué
aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante
a los hombres; y estando en condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose
obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo
sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús
se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra, y
toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria del Dios Padre,”
(Filipenses 2: 3-11). La alternativa más excelente es mirar nuevamente al Calvario y
aprender del divino Maestro. Mantén el curso de una vida sujeta al Padre celestial. ¡No
te rindas¡

       Antes de la segunda persona de la Trinidad encarnar, él no tenía un nombre
definido. Ni siquiera podemos decir que él se identificaba como Hijo. No obstante,
cuando él conquista la muerte y asciende al trono para sentarse a la diestra del Padre,
esta vez, lleva un nombre. No solamente eso, sino que también lleva la figura de un ser
humano. Cuando lleguemos a la eternidad, no sabemos si veremos al Padre en toda su
gloria. Tampoco sabemos hasta dónde se ha de manifestar la persona del Espíritu
Santo. Sabemos, sin embargo, que uno de ellos tiene figura humana y que responde a
un nombre humano. El mismo nombre “Jehová” usado en el Antiguo Pacto es un
derivado de las consonantes “Jhwh” y era la pronunciación más cercana que los
antiguos podían usar. Antes de llamarse Jehová, los antepasados lo llamaban el “Dios
que no tiene nombre.” Una vez Jesucristo ascendió, por lo menos una de las tres
divinas personas tiene nombre propio, -- un nombre propio ante quien toda rodilla se
doblará. Jesucristo será el mismo que es hoy y el mismo que fue ayer. Sin dejar de
ser un cuerpo divino y glorificado, su cuerpo es todo humano. Él comerá pan y tomará
del fruto de la vida literalmente con nosotros aquí en la tierra. Él se sentará
visiblemente en un trono aquí en la tierra durante su reinado Milenial. Él todavía lleva
las marcas de sus pies y sus manos horadadas. Todo esto fue parte del producto de
aquel oscuro fin de semana de la pasión, muerte, y resurrección de nuestro Salvador.

       La pregunta es: Si Dios mantuvo silencio con su Unigénito Hijo, en las
circunstancias más difíciles de su vida encarnada, ¿cómo será con nosotros? ¿Cuántas
veces pasaremos nosotros por pruebas, donde Dios no quiera hablar o actuar? ¿Cómo
vamos a saber si Dios se glorificará en medio de nuestras adversidades? Ninguno de
nosotros cree ser mayor o más importante que el Señor, pero a veces pretendemos
que Dios haga mejor con nosotros que como hizo con su Unigénito Hijo. No tiene
sentido esperar que Dios se mueva a nuestro favor cuando él ha escogido dejarnos
pasar por la prueba. Esto no quiere decir que no vayamos al Padre en oración, pero sí
debemos ir en el mismo espíritu que fue Jesucristo. “Padre, si quieres, pasa de mí esta
copa, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya,” (Lucas 22:42). La oración fue para
pedir la opción al Padre que impidiera el sufrimiento físico, pero nunca en base del
deseo personal de Cristo, sino en la absoluta soberanía del Padre. Lo interesante de
esto es saber que Dios el Padre sí tenía una opción. De otra manera el Señor nunca
hubiera hecho la súplica.

       “Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro, tan grande nube de
testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con
paciencia la carrera que tenemos por delante. Puestos los ojos en Jesús, el autor y
consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz,
menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad a
aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro
ánimo no se canse hasta desmayar,” (Hebreos 12:1-3). Esta porción de las Escrituras
añade un excelente balance al concepto de la cruz de Cristo. Aquella agonía del
Getsemaní y la injusticia del Calvario al parecer todo era amargura, tristeza y dolor. En
aquella experiencia no se veía nada que tuviera que ver con gozo. En la humanidad de
Cristo, no se podía reflejar gozo alguno. Pablo, sin embargo, recibió la revelación de
que en el espíritu de Cristo había un gozo en hacer la voluntad del Padre.

      El gozo puesto delante de Cristo no fue manifestado en el momento del dolor y
el escarnio. Cristo no se gozó porque fue librado del sacrificio, sino porque pudo
agradar al Padre. Dios el Padre manifestó su gozo en haber enviado a su Unigénito
para que tomara condición de hombre. Ese gozo del Padre fue el gozo puesto delante
del Señor que le permitió padecer la cruz.

       Hay un gozo superlativo en los creyentes que como Cristo, saben aceptar las
adversidades. Pablo y Silas estaban cantando gozosamente en la cárcel, cuando
tenían sentencia de muerte al otro día. Los apóstoles salieron de la presencia ante el
concilio gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del
Nombre. El profeta Habacuc escribió diciendo: “ Aunque la higuera no florezca, ni en
las vides haya frutos. Aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den
mantenimiento; las ovejas sean quitadas de la manada, y no haya vacas en los
corrales; con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación,”
(Habacuc 3:17-18)



      CAPITULO 8 -- SOBERANIA Y HEROISMO

              Adicionalmente a los varones que he mencionado en los capítulos
anteriores, hubieron otros hombres y mujeres de Dios que aunque se distinguieron por
su heroísmo, no por eso dejaron de tener sus momentos donde aparentemente Dios no
hacía por ellos. Uno de los capítulos que más me ministra en cuanto a los hombres de
fe es el capítulo once del libro a Los Hebreos. Este es un capítulo del Nuevo
Testamento que muchos predicadores lo identificamos como el Salón de la Fama (Hall
Of Fame), de hombres y mujeres de fe. Naturalmente, el escritor solamente podía
escribir de los héroes que se distinguieron durante la dispensación del Antiguo
Testamento. Después de éstos, a la “Galería de la Fama” de los hombres y mujeres de
fe se ha añadido gran número de héroes más que se han destacado por sus hazañas
de fe. Según el mundo del entretenimiento secular tiene sus Galerías de jugadores y
atletas que se distinguieron en sus deportes, así también tiene la iglesia una galería
invisible de héroes que marcaron la historia con sus hazañas de fe.

               El escritor de este capítulo once a Los Hebreos comienza su lista
naturalmente con el testimonio de Abel. Hasta donde sabemos, Abel no hizo proezas;
no mató a enemigos con su espada; no hizo milagros; no se destacó en algún liderato
específico, pero está primero en la lista de los héroes de fe. Se destaca de él una
característica sobresaliente que lo lleva a ser reconocido como un héroe de fe. El
escritor dice: “Por la fe Abel ofrendó a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo
cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y
muerto aún habla por ella,” (Hebreos11:4). En otras palabras, Abel está en la Galería
de la Fama por probar ser un excelente ofrendador. Tan así es que después de más de
cinco mil años, Abel sigue siendo un modelo para aquellos que ofrendan y dan con
excelencia para la obra de Dios. No obstante, Abel sufrió una muerte violenta de manos
de su propio hermano. Su forma de servir a Dios; su forma de ofrendar y de adorar, fue
la causa que llevó a su hermano a odiarlo hasta la muerte.
              Ahora bien, ¿porqué Dios no le advirtió a Abel de la conspiración que
tenía su hermano? Dios sabía que Caín procuraba matarlo. ¿Qué detuvo a Dios de
impedir este primer asesinato? Yo no puedo contestar por Dios sabiendo que Él hace lo
quiere, con el que quiere, a la hora que quiere. Solamente me atrevo a conjeturar que
Dios se iba a glorificar más de esta manera, aunque parecía la menos justa. Abel murió
por ofrendar a Dios. Abel murió en su temprana edad porque la voluntad perfecta de
Dios era que su testimonio siguiera hablando de su héroe por todas las generaciones.
Abel no fue un héroe porque venció a su enemigo, sino porque venció en su fe. Abel, a
lo mejor no sabía lo que era fe, y tampoco sabía que su nombre sería el primero en la
Galería de la Fama de los hombres de fe. El simplemente ofrendó en conformidad a la
honra y el honor que debía a su Dios. Abel trajo lo mejor de su fruto al altar de Dios, y
con eso fue suficiente para entrar a la fama de fe.

              Este caso de Abel habla muy claramente sobre lo comprometedor que es
tratar de analizar la soberanía de Dios. Si alguien merecía vivir, era Abel, por cuanto él
fue el primer varón nacido de carne en mostrar que Dios se merecía el mejor servicio y
la mejor ofrenda. Plugo a Dios en su soberanía permitir que su vida fuera cortada a una
edad joven, a fin de establecer el testimonio y el precedente de la fe. Abel fue el primer
ser humano que tenía fe como para servir y traer ofrendas a un Dios invisible.
Amparado en esa fe, Abel sacrificó víctimas y derramó sangre en agradecimiento al
Dios invisible. Dios permitió que este verdadero adorador terminara su vida a
temprana edad, pues no todos los hombres y las mujeres de Dios tienen garantizada
una vida prolongada.

             Casos como estos se repiten en el pueblo de Dios. Abel no es el único
caso donde Dios permite que la vida de una inocente criatura suya sea cortada
inesperadamente. Desde nuestro punto de vista, esta forma de Dios gloriarse no es
muy aceptada. Como nuestros pensamientos y nuestros caminos no son los de Dios,
se nos hace difícil entender esta forma de Dios establecer su soberanía, pero como en
el caso de Abel, había un propósito eterno. Abel no lo sabía, pero su relación como un
verdadero adorador obró en Dios que su testimonio fuera de trascendencia histórica y
eterna. Dios vio en la vida de Abel el ejemplo clave de lo que un ser humano
agradecido puede hacer en su servicio a Dios. La ofrenda de Abel era una ofrenda
voluntaria. Quiero decir, Dios no había establecido ninguna ley de ofrendas como lo
hizo con el pueblo de Israel. Abel no ofrendó “más excelente sacrificio” porque se le
enseñó, sino porque tenía una relación genuina con su Dios. Este testimonio de Abel
tiene que haber honrado a Dios de tal manera que Dios prefirió tomarlo consigo,
aunque ello costara la vida tierna de su siervo. El nombre de Abel está en la Galería de
la Fama como hemos dicho, pero Abel mismo está en el corazón de Dios. Por toda una
eternidad él será reconocido como el primer adorador que sirvió en espíritu y en
verdad. Los que adoran a Dios en espíritu y en verdad son los que llaman la atención
de Dios. Desde Abel hasta el día de hoy Dios sigue buscando verdaderos adoradores,
pero Abel marcó el comienzo de la lista.

             No nos extrañemos cuando inesperadamente se corta la vida de un fiel
siervo o sierva de Dios. No nos extrañemos cuando Dios permite que una de sus
amadas criaturas parta de esta tierra en la flor de la vida. No nos dejemos confundir
cuando aparentemente Dios permite que la desgracia toque la puerta de unos de sus
hijos. Así es Dios, pues no se tardará el momento en la eternidad cuando Dios revele lo
que él quiso hacer por su sola y soberana potestad. Si sabemos que Dios tiene muchos
hijos e hijas que como Abel, adoran en Espíritu y en verdad, sabemos también que no
a todos Dios les permite que vivan una vida larga de años aquí en la tierra. Ser un fiel
adorador no nos garantiza una vida libre de tropiezos. Al contrario, como en el caso de
Abel, su hermano Caín lo odió hasta la muerte precisamente por la forma que éste
honraba a Dios. Es de entender que si los verdaderos adoradores son especiales ante
los ojos de Dios, por consiguiente, se convierten en puntos de ataques del enemigo.
Podemos estar seguros que seguiremos teniendo casos como el de Abel entre
nosotros. No se ha terminado la lista de los héroes de fe que se distinguen por su
servicio a Dios, y que parten a la eternidad cuando menos lo esperamos. No podemos
esperar que todos los fieles hombres y mujeres de Dios que adoran en un espíritu de
total entrega, puedan vivir muchos días aquí en la tierra, como se lo merecen. De
alguna manera, en algún lugar del mundo, hay un Abel que paga con su vida por ser un
adorador y un ofrendador. La verdadera bendición no está en que Dios no dé muchos
días aquí en la tierra por ser fieles servidores. El verdadero testimonio está en que
después que partamos de esta vida, dejemos atrás un testimonio que hable por
nosotros. Nosotros necesitamos tener más creyentes que se distingan, no porque Dios
les da a disfrutar de una vida prolongada aquí en la tierra, sino porque aunque vivan
vidas cortas, sus testimonios siguen hablando por ellos.

               El segundo héroe de fe que menciona el capítulo once a Los Hebreos es
Enoc. Este varón de Dios en realidad es un enigma en la historia de la Biblia, quien
aún después de más de cinco mil años, no ha visto muerte. En el caso de Abel, Dios
quiso llevárselo, aunque fue por un medio triste y doloroso. En el caso de Enoc, Dios se
lo lleva directamente a la eternidad cuando apenas éste estaba comenzando su vida.
Presuntamente Enoc tenía trescientos cincuenta años cuando fue raptado. Aunque
parece muchos años, esa cantidad de años representaban más o menos una tercera
parte de los años que se podía vivir en esa dispensación. Adán vivió 960 años y
Matusalén, el hijo de Enoc, vivió 969 años. Por lo que deducimos que Enoc en realidad
vivió el equivalente de unos 30 o 33 años en comparación a los años actuales. Lo
misterioso y a la vez maravilloso de este caso es que Dios en su soberanía decide
raptar a este varón sin permitir que vea muerte. Lo más interesante es que todo lo que
se dice de este varón es que caminó con Dios, y Dios se lo llevó vivo. En otras
palabras, en alguna parte del reino celestial, vive un ser humano que para los efectos
de la historia humana, tiene más de cuatro mil años de edad. Todo lo que Dios hizo
fue ponerlo en un lugar donde el tiempo y el espacio no ejerce función alguna. En mi
opinión Enoc está tan joven hoy, como cuando se fue de viaje con Dios. Pero, más
interesante que los años que pueda tener, es observar que este varón no se distinguió
en proezas, o trabajos o en algo que lo distinguiera en alguna forma superlativa. De
Abel se dice que ofreció “más excelente sacrificio,” pero de éste se dice que
simplemente caminó con Dios. Gloria a Dios que en la eternidad entenderemos mejor
porqué Dios hizo o permitió tal o cuál cosa, porque este testimonio de Enoc en verdad
nos deja perplejos. ¿Enoc caminó con Dios y Dios lo raptó? ¿Qué clase de caminar era
éste que movió a Dios a llevárselo vivo? ¿No han habido millones de hombres y
mujeres que caminaron y otros que aún caminamos con Dios como caminó Enoc y
ningún otro (con excepción de Elías), hemos sido raptado? ¿Era él el único que
caminaba con Dios en aquella generación? No sabemos las respuestas a estas
preguntas, por cuanto este testimonio de Enoc no se ajusta a nuestra teología
escatológica. Dios simplemente se llevó a su hombre sin dejarnos muchas
explicaciones. Bástenos entender que el mismo Dios que se llevó Enoc a una edad
temprana, es el mismo que luego le da 969 años a su hijo Matusalén. Bástenos
también saber que el mismo Dios que se llevó a Enoc para que no viera muerte, es el
mismo que pronto se llevará a todo un pueblo de fieles que han caminado como
caminó Enoc. Pronto habrá un rapto para todo creyente que, no importando cuántos
años tenga caminando con Dios, será hallado digno de escapar hacia el reino de los
cielos. Yo por eso quisiera que el rapto de la iglesia suceda mientras estoy vivo. Será
una gloriosa experiencia ver este cuerpo ser transformado y levantar alas como las
águilas. Enoc no sabía que Dios lo iba a raptar, pero tuvo la gracia de caminar con Dios
todos los días que le tocó vivir entre los humanos. Nosotros, por el contrario, tenemos
la bienaventurada promesa que, “en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la
final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos en Cristo serán resucitados
incorruptibles, y nosotros seremos transformados,” (1Corintios 15:52). No, Enoc no
sabía de estas promesas ni que en el cielo se afinan trompetas que pronto sonarán por
toda la tierra, pero fue un héroe en su caminar. No, Enoc no sabía lo que era fe, pero la
certeza y la convicción de su Dios lo hizo todo un héroe. No podemos afirmar que Enoc
conocía mucho de Dios como conocemos nosotros, pero lo poco que conocía fue
suficiente como para un día salir de paseo con Dios y no regresar más.

        El rapto de Enoc es otro gran ejemplo de que Dios hace lo quiere con el que Él
quiere. He aquí un varón que entró a la Galería de la Fama de los Héroes de fe porque
caminó correctamente con Dios. En su caso, sin embargo, Dios actuó diferente que con
los demás que hemos caminado en fe. Todos los que caminamos con Dios vivimos con
la esperanza de ser raptados vivos. Nosotros los que hemos caminado en este camino
de fe siempre estamos orando al Señor que nos tenga por dignos de escapar de los
juicios que han de caer sobre los moradores de la tierra. No obstante, si no estamos
vivos en el momento del levantamiento de la iglesia, queremos tener testimonio de
haber caminado con Dios. El ejemplo de Enoc nos enseña que se van con Dios los que
caminan con Dios. Caminarán con Dios en la calle de oro los que caminaron con él en
estos caminos de barro. Dios no espera que seamos grandes líderes como sí espera
que caminemos con él correctamente. Nadie caminará con Dios en la eternidad, si no
caminó con él aquí.

      Dios le dijo a Abraham: “Yo soy el Dios Todopoderoso; camina delante de mí y
sé perfecto.” Luego, el Salmista escribió diciendo: “Los caminos de Dios son rectos,
que convierten el alma.” Y finalmente Jesucristo dijo: “Yo soy el Camino.” De manera
que, aunque después de más de cuatro milenios todavía tenemos algunos caminado
con Dios, excepto Enoc y Elías, los demás tenemos que seguir caminando rectamente
aunque no veamos un rapto en vida como lo vieron ellos. Una cosa sí es necesaria, y
es que seremos raptados los que caminemos como raptados. Dios no se llevó a Enoc
para que caminara rectamente en el cielo, sino porque caminaba rectamente aquí en la
tierra.

        De manera entonces que Enoc está en la Galería de la fama, porque los pocos
años que Dios le permitió vivir, los pasó caminando con Dios. Nosotros, al igual que
Enoc nos corresponde caminar con Dios siguiendo el mismo ejemplo, aunque Dios
haya escogido en su soberanía dejarnos disfrutar de muchos años de vida aquí en la
tierra. De todas maneras, Dios se glorifica tanto en llevarse a alguno de nosotros a
edad temprana, como así también se glorifica si nos permite vivir por largos días.
Precisamente Matusalén, el hijo de Enoc, ha sido el ser humano que más vivió aquí en
la tierra. Dios se glorificó tanto en uno como en otro. Abraham murió de 120 años
mientras que se llevó al mártir Estevan en una edad relativamente joven. A Moisés
también Dios le permitió vivir por ciento veinte años, y después se encargó él mismo de
enterrarlo, mientras que a Juan el Bautista Dios permitió que cortaran su cabeza
cuando apenas tenía unos treinta años de edad. En todos estos casos está la
soberanía de Dios. Yo no entiendo la soberanía de Dios que permite que la vida de
algunos sea cortada a temprana edad mientras que a otros les permite vivir largos días.
Yo no creo que ni aún los más encumbrados teólogos de la historia han entendido
esto, y mucho menos los teólogos contemporáneos, pero tanto ellos como nosotros
tienen que aceptarla. ¿Porqué Dios dejó vivir 969 años a Matusalén, mientras que el
diácono Esteban fue apedreado a tan temprana edad? Esa es la prerrogativa de un
Dios que hace lo quiere con el que él quiere, a la hora que quiere.

        Al igual que Abel y Enoc, el mártir Esteban también entraron a la Galería de la
Fama. El no vino a ser un héroe por sus grandes hazañas. Esteban no hizo milagros ni
resucitó muertos. Simplemente era un diácono lleno del Espíritu Santo y lleno de fe que
se atrevió a predicar un mensaje de exhortación. El no predicó muchos mensajes, no
viajó por el mundo predicando; no recibió profundas revelaciones; pero estuvo
dispuesto a morir por lo que predicaba. Al igual que en los casos de Abel y de Enoc, él
jamás pensó que su vida iba a ser cortada de la tierra inesperadamente. No obstante,
el testimonio de estos tres fue marcado para que luego sus nombres adornaran la
Galería de la Fama de los hombres de Fe.

       No, mis queridos lectores. Dios no necesariamente tiene que darnos a vivir
largos días en la tierra. No pensemos que por ser hijos de Dios nos merecemos una
vida abundante de años y salud. Él puede escoger cualquier otra manera de hacernos
llegar a su Pasillo de la Fama. Dios es glorificado cuando unge a algunos de sus hijos
o hijas con poderosos ministerios. Dios es glorificado cuando permite que algunos de
sus criaturas disfruten de largos días. Dios también se glorifica con aquellos que muy
a pesar de la corta vida que les toca vivir, son un testimonio de heroísmo espiritual. El
secreto entonces, no es vivir mucho, sino vivir bien. El secreto no es vivir muchos días
para tener un testimonio, sino de tener un testimonio aunque los días sean acortados.

      Mientras seguimos leyendo el capítulo once a los Hebreos encontramos cómo
otros hombres y mujeres se destacaron y fueron reconocidos como héroes de fe.
Algunos de ellos hicieron grandes proezas, como Noé, Abraham, Moisés, y muchos
otros más “que por fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas,
taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada,
sacaron fuerzas de la debilidad, se hicieron fuertes en batallas, pusieron fuga a
ejércitos extranjeros, y las mujeres recibieron sus muertos mediante resurrección.”
(Hebreos 11:33-35).Todos éstos llenan un salón en la Galería de fama de fe por lo que
alcanzaron para Dios y para su pueblo. No obstante, tenemos otro salón en la Galería
de unos héroes muy peculiares, que entraron a la fama de fe, no porque alcanzaron
sino por lo que no alcanzaron. Esta es la forma que el escritor los describe: “Pero otros
fueron atormentados no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección.
Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron
apedreados (ahí estaba Esteban), aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de
espada, anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras (como
Elías y Juan el Bautista), pobres, angustiados, maltratados, de los cuales el mundo no
era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas, y por las cavernas
de la tierra. Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no
recibieron lo prometido,” (Hebreos 11:36-39).

       Una mirada cuidadosa a esta segunda lista de los héroes de la fe, nos hace
pensar cuidadosamente, por cuanto este segundo salón de la Galería divina es tan
grande o tal vez mayor que el primer salón. En este salón se encuentran la gran
mayoría de aquellos que han partido con un poderoso testimonio, no por sus
galanterías, sino por la nobleza que mantuvieron aun cuando no alcanzaron lo que se
proponían. Estos no fueron héroes porque viraron el mundo al revés, sino porque el
mundo los viró al revés a ellos. Estos no abrieron cárceles, sino murieron en ellas. Los
de esta lista no taparon boca de leones, sino que prefirieron ser devorados por ellos,
antes de negar su fe. Estos no alcanzaron testimonio porque alcanzaron grandes
bendiciones materiales de Dios, sino porque la soberanía de Dios escogió que fueran
pobres. Estos no fueron héroes de fe porque vistieron ropas finas y se relacionaban
con los reyes de la tierra, sino porque prefirieron vestirse con pieles de camellos, de
cabras y de ovejas. Los héroes de esta lista prefirieron recibir azotes, antes que
defender sus derechos. En esta lista están los que como Esteban, han muerto y aún
siguen muriendo por predicar el evangelio. Aquí están los que como Juan el Bautista,
pierden la cabeza por predicar contra el pecado. Aquí están todos aquellos que
partieron de esta tierra en dolor, en angustia, en gemidos, en torturas. Estos murieron
amordazados, clavados en maderos, guillotinados, quemados como antorchas
humanas, desmembrados, ahorcados, tiroteados por escuadras de fusiles. Ciertamente
que el mundo no era digno de ellos, pero sí eran digno de estar en la Galería de los
héroes de fe.

       La Galería de los héroes de fe no se ha completado aún. Todavía hay espacio
para poner unos pocos nombres más. Todavía el Señor no ha terminado la lista de
aquellos que han de alcanzar un testimonio vivo por toda la eternidad, no por lo que
hicieron, sino por lo que padecieron. Por lo tanto, no nos extrañemos si alguno de
nosotros, o algún ser querido parte de esta vida cuando menos lo esperamos. Ojalá
que Dios nos extienda su gracia y nos haga instrumentos poderosos y duraderos aquí
en la tierra. Ojalá que todos alcancemos testimonio por las grandes obras que
podamos hacer para la gloria de Dios. Pero si no fuera así, ojalá que nuestro testimonio
no sea menos. El compromiso de alcanzar un buen testimonio no es solamente para
los que logran hacer mucho para Dios, sino para los que también hacemos cosas
aparentemente insignificantes. ¡Ojalá que Dios nos dé poder para tapar boca de
leones! ¡Ojalá que también nos dé poder para morir alabando a Dios aunque caigamos
en las garras de las fieras! ¡Ojalá podamos mantenernos fieles a Dios
independientemente si nos libra o no del horno de fuego! ¡Ojalá que nosotros, al igual
que Pablo y Silas, quienes cantaban felizmente en el calabozo cuando tenían sentencia
de muerte, podamos tener el mismo espíritu y el mismo agradecimiento!

        Los creyentes que vivimos en el continente americano podemos hablar de
superabundancia. No creo que en toda la historia del mundo haya habido un país tan
bendecido como los Estados Unidos. En ningún otro país del mundo la comunidad
cristiana ha sido tan favorecida. Esta abundancia de bienes materiales ha causado la
proliferación de muchos ministerios que promueven una doctrina de superabundancia.
Es bien fácil predicar de un evangelio de prosperidad económica y de superabundancia
en esta parte del mundo. Sin embargo, la mayoría de nosotros se nos olvida que la
libertad y la abundancia que disfrutamos costó la sangre de muchos mártires del
evangelio. La libertad nuestra fue comprada con sangre desde sus comienzos. Como
resultado de la sangre inocente que se vertió en la cruz del Calvario, y continuando con
la sangre de grandes hombres y mujeres que menospreciaron sus vidas hasta la
muerte con tal de no negar al Señor, hoy disfrutamos de las buenas nuevas de este
glorioso evangelio. Si hoy caminamos por caminos de rosas, fue porque alguien quitó
las espinas y los abrojos pagando con sus propias vidas. La historia de la iglesia está
salpicada con la sangre de hombres y mujeres que rehusaron el rescate; que
prefirieron el dolor; que no estimaron sus propias vidas a fin de proveer un mejor
evangelio para nosotros. Aunque todavía existen países y gobiernos que persiguen a
los creyentes aunque la mayor parte del mundo disfruta de libertad de culto. Esa
libertad de religión y esa libertad de culto que disfrutamos es producto de aquellos que
no la tuvieron. Somos libres porque alguien prefirió ser esclavo. Ahora somos visibles
porque muchos héroes de fe se hicieron invisibles. Nosotros vivimos en el evangelio
porque estos preciosos mártires murieron por él. Cuando aquellas familias de
peregrinos que dejaron atrás a muchas familias, arribaron en el “Mayflower”, también
tuvieron que abandonar muchas comodidades. Aquel insignificante número de familias
jamás pensaba cuál iba a ser la trayectoria de aquella peregrinación. Ellos salieron en
busca de un nuevo lugar donde adorar con libertad, pero muchos de ellos no llegaron.
Y los que llegaron tuvieron que pagar un gran precio para poder sobrevivir y establecer
las comunas. Lejos estaba de ellos pensar que aquella loca decisión era el precedente
para establecer esta poderosa nación americana.

       Si nosotros pensáramos más en la trayectoria y el precio que pagaron muchos
fieles del evangelio, seríamos más agradecidos. Hoy, la mayoría de los creyentes
somos mal agradecidos, nos mostramos bien exigentes, y no queremos pensar en el
dolor y el sacrificio. Hoy, exigimos de Dios que nos rodee de comodidades; queremos
que del cielo se nos envíen toda clase de bendiciones, y lo que es peor, pensamos
que Dios no es otra cosa, sino una fuente de abastecimiento. Antes mirábamos al cielo
buscando el rostro de Dios. Ahora nos hemos confundido creyendo que el cielo es un
almacén de abastecimientos. Antes llorábamos ante Dios nuestros pecados; ahora
lloramos delante de Dios para que nos siga supliendo “las añadiduras.” Hoy, muchos
creyentes quieren las añadiduras primero, y luego el reino, si les sobra el tiempo.

        “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder
sea de Dios , y no de nosotros, que estamos atribulados en todo, mas no angustiados;
en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados,
pero no destruidos; llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús,
para que también la vida de Jesús se manifieste en nosotros,” (2 Corintios 4:7-10).
Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento se compara a los
creyentes como vasos de barro. Esta comparación revela la fragilidad y la propensidad
del hombre a ser quebrantado. Como es el barro de frágil así somos nosotros. Empero,
el apóstol no limita su pensamiento a que somos frágiles como el barro, sino que
somos vasos de barro llevando un valioso tesoro dentro. !Qué contraste! ¡Qué
magnífica forma de comparar la relación de humano con lo divino! Desde el punto de
vista humano, no hay sabiduría en poner algo costoso en un recipiente de barro. Los
tesoros usualmente se ponen en “caja fuerte”, en recipientes de metal, o en los bancos
donde están bien protegidos. Pero no Dios. Solamente a Dios se le ocurre poner su
tesoro en vasos de barro. Solamente Dios puede poner su naturaleza divina y la
riqueza de su gracia en vasos tan frágiles como nosotros --- “para que la excelencia del
poder sean suyos y no nuestra.” Nosotros, por el contrario, no solamente queremos
tener un tesoro dentro de nosotros, sino también queremos sentirnos que estamos
hechos de acero. Queremos que Dios nos haga ricos y que también nos haga a prueba
de golpes y que nada nos dañe. Somos así por cuanto se nos olvida que la excelencia
y la riqueza le pertenecen a Dios. Al egoísmo humano no le gusta ser como el barro. La
filosofía humanista no le interesa tener el tesoro de Dios dentro, sino que pretende
hacer que el vaso sea de oro, aunque el contenido sea pura fantasía. Por eso nos
superamos, competimos, y nos adornamos con aquellas cosas fantásticas que nos
hacen brillar como el oro. Pero como alguien dijo: “no todo lo que brilla es oro.”

         Cuando pensamos en que somos importantes e imprescindibles se nos hace
difícil aceptar las cosas negativas de la vida. Pablo nos describió como vasos de barro
no simplemente para indicar lo frágil que somos, sino para indicar la soberanía de Dios
para hacer de nosotros lo que quiera. Si nosotros somos como vasos de barro, es
porque Dios es el alfarero. Como él es alfarero, puede quebrarnos y hacer vasos
nuevos cuantas veces quiera. Además, él es quien pone su tesoro en nosotros,
indicando que somos y estamos a su disposición. Él puede quebrarnos cuantas veces
quiera, y hacer de nosotros vasos nuevos. No es el vaso el que le da órdenes al
alfarero. Por eso el profeta Isaías escribió diciendo: “¡Hay del que pleitea con su
Hacedor! ¡el tiesto con los tiestos de la tierra! ¿Dirá el barro al que lo labra: ¿Qué
haces?; o tu obra: ¿No tienes manos,? (Isaías 45: 9). “Ahora pues, Jehová, tú eres
nuestro padre; nosotros somos barro, y tú el que nos formaste; así que obra de tus
manos somos todos nosotros,” (Isaías 64:8). “Palabra del Jehová que vino a Jeremías
diciendo: Levántate y vete a casa del alfarero, y allí te haré oír mis palabras. Y
descendí a casa del alfarero, y he aquí que él trabajaba sobre la rueda. Y la vasija de
barro que él hacía se echó a perder en su mano; y volvió y la hizo otra vasija, según le
pareció mejor hacerla. Entonces vino a mí palabra de Jehová, diciendo: ¿No podré yo
hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel? dice Jehová. He aquí que
como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mis manos, oh casa de
Israel,” (Jeremías 18: 1-6).

       Es inevitable que por ser semejantes al barro vamos a experimentar
quebraduras y roturas. Por ser barros vamos a ser atribulados, derribados,
angustiados, perseguidos, pisoteados. El hecho de que Dios sea el alfarero de nuestras
vidas no nos garantiza que vamos a estar libres de los quebrantamientos. Dios, como
alfarero, quiere gloriarse en nosotros, y una de sus formas de hacerlo es dejando que
como barro blando de vez en cuando nos deslicemos de su mesa y de sus manos.
Cuando el profeta Jeremías fue a la casa del alfarero, él se sorprendió que el barro con
que estaba haciendo la vasija se había echado a perder, pero el alfarero volvió a
levantarla del suelo y la llevó nuevamente a la rueda. Así funciona la soberanía de Dios
en nosotros. Dios se enaltece en nosotros no solamente cuando somos poderosos y
fuertes, sino cuando somos tan frágiles como el barro. La presencia de Dios es el
mayor tesoro que jamás el ser humano puede tener en su interior. Nada llena las
vasijas humanas como la llena la gracia y la voluntad de Dios dentro de ellas. Ni la
fama, ni el dinero, ni los más elevados alcances de la ciencia y la sabiduría humana se
puede comparar a la presencia de Dios morando en el hombre y la mujer.

       Queda pues, de parte nuestra aceptar que no todos sus hijos han sido llamados
a ser super cristianos o super santos. Queda de nosotros entender que no fuimos
hechos a prueba de golpes. Queda de nosotros asimilar la gran verdad que no todos
los héroes de fe alcanzan sus metas y su buen testimonio de la misma manera. El
profeta Daniel tapó bocas de leones. El rey David desgarraba la boca de las fieras y
degolló al gigante. Elías pedía fuego del cielo para consumir a sus enemigos. Moisés
hizo que la tierra se abriese y se tragase vivo a sus opositores. Con la sombra de
Pedro se sanaban los enfermos. Pablo y Silas cantando coros hicieron temblar la tierra
e hicieron abrir las puertas de la cárcel. Ciertamente ellos fueron grandes hombres de
fe, que alcanzaron gran testimonio, pero junto a ellos están los Abel, los Esteban, los
Juan Bautistas, y los cientos de miles de mártires que no recibieron rescate de sus
vidas. ¿Te sientes frágil como un pedazo de barro? Ten confianza, porque el divino
Alfarero no te dejará hasta haga de ti una vasija perfecta, fuerte y eterna. Si te sientes
atribulado en todo, ten confianza, porque Dios te dará la fuerza para que la tribulación
no te angustie hasta lo sumo. Si te encuentras en apuros, Dios te asegura que no
llegarás hasta la desesperación. ¿Te sientes perseguido? Nunca estarás desamparado
si conoces quién es el que te sostiene. Si te sientes que el enemigo te ha derribado, la
poderosa mano de Dios te asegura que no serás destruido. Todas esas adversidades
te dicen que eres de barro, pero también te dicen que estás en las manos del Alfarero.
Aunque no brilles mucho por fuera, no olvides que el brillo y el valioso tesoro están
dentro. Cuando te sientas frágil como el barro; cuando te sientas inservible, recuerda
que la Biblia dice que lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de
Dios es más fuerte que los hombres. “Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no
sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que
lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo
escogió Dios para avergonzar a lo fuerte, y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió
Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su
presencia,” (1Corintios 1:27-29).

        Que Dios haya querido escoger lo débil, lo vil, lo necio y le menospreciado, es
parte de su soberanía. Como la excelencia y el poder son de Él, esa excelencia lo lleva
a poner su tesoro en vasos frágiles. El razonamiento humano no puede asimilar esta
prerrogativa de Dios. Nuestra forma de pensar tropieza tratando de asimilar como Dios
puede poner su tesoro en vasos tan frágiles como nosotros. Como juzgamos según las
apariencias, fallamos en ver las riquezas de Dios en nuestras vidas. Nosotros ponemos
tanto valor en el recipiente que se nos olvida que lo importante es el contenido. Pablo
dijo: “Porque sabemos que nuestra morada terrestre, este tabernáculo se deshiciere,
tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos,” (2
Corintios 5:1).

       De manera que, este vaso de barro no solamente es frágil, sino también
temporero. El alfarero nos hizo con barro que se deshace con el uso. No hay nada de
duradero en este tabernáculo de Dios llamado el cuerpo humano. Esta es una morada
temporera. Dios la hizo para que envejeciera, se gastara, y se desgarrara como una
tienda de carpa. ¿Ha visto usted las tiendas de carpas parchadas por todas partes? Así
es nuestra vida terrenal, excepto que los que hemos creído las promesas de Dios,
hemos creído que él nos ha asegurado una segunda morada; un segundo tabernáculo
no hecho de manos. La primera morada es hecha de barro, terrenal, temporera. La
segunda morada es hecha con material eterno que jamás podrá ser destruida. ¿Vamos
a seguir poniendo nuestra esperanza en el vaso, o en el contenido? ¿Vamos a seguir
reclamando de Dios que nos cuide, que nos sane, que nos proteja, y que no permita
que nada nos dañe, como si nunca fuéramos a salir de este escriño humano? Ojalá
que podamos decir mejor como dijo el apóstol: “por cuanto soy débil, entonces soy
fuerte.” ¡Que Dios nos ayude!




      CAPITULO 9 - SOBERANIA PRACTICA



              Hemos hablado de lo que Dios no hizo por Adán, por Abraham, por Job,
por Jesucristo, por Pablo y los demás. Todos ellos tuvieron la oportunidad de actuar
frente al silencio de Dios. Menos Adán, los demás aprendieron a responder y a
entender a Dios. Las experiencias que éstos confrontaron los llevó a nuevas
dimensiones con Dios. Hablemos ahora de lo que Dios no hace por nosotros, los que
vivimos el momento actual. En los capítulos anteriores yo enfoqué la soberanía de
Dios desde el punto de vista de las experiencias de personajes bíblicos. Todos los
ejemplos presentaban situaciones diferentes. En todos ellos Dios no actuó como se
esperaba. Dios no libró a Adán de la intrusa serpiente; Tampoco libró a Abraham de
hacer graves errores; no libró al siervo Job de las desgracias que le llegaron; no libró a
los varones hebreos del edicto del rey; no le quitó el “aguijón” a Pablo, ni aún al mismo
Jesucristo lo libró del Calvario. En todos ellos Dios mostró su soberanía y su voluntad
providencial. En todos ellos Dios se glorificó.

        Como se glorificó Dios en los personajes bíblicos que he descrito así se
glorificará en nosotros aun cuando aparentemente no haga como esperamos. Muchos
creyentes y no creyentes pasamos por la misteriosa, y a veces triste experiencia de no
ver la mano providencial de Dios a tiempo. Aquellos que no entienden la forma de Dios
obrar su soberanía, terminan frustrados emocional y espiritualmente. A otros le
sobrecogen las dudas a tal manera que no pueden evitar de manifestar su enojo contra
Dios. Yo, personalmente jamás me pude imaginar que escribiría este último capítulo
envuelto en lágrimas y con mi alma y mi espíritu angustiada hasta lo sumo. Confieso
ante mis lectores que jamás pensé encontrarme escribiendo desde el otro lado de la
soberanía de Dios. Hasta aquí, todo este tratado era el producto de lo que consideraba
mi punto de vista respecto a la soberanía y al silencio de Dios. Hasta este momento
que completo este último capitulo, conocía teorética mente acerca de la magnífica y a
veces misteriosa voluntad de Dios. No obstante, y con dolor lo digo, creo que he
entrado en una nueva dimensión, en una inolvidable experiencia que perdurará en mí
por el resto de mis días aquí en la tierra. Ya no tendré que escribir o hablar o predicar
teorética mente acerca de este tan controversial tema, pues he tenido la congruencia
de experimentar el silencio de Dios en su más alto concepto desde mi punto de vista
personal. Se trata de la partida de mi amada hija, Elis Ana (Lissie), quien partió para
estar con el Señor a la edad de 28 años de edad.

       Sabemos que no todos los ateos son altos conocedores de las ciencias
humanas, ni son todos ateos aquellos que todo lo tienen que probar por medio de
experimentos y el microscopio. Se dice que cuando uno de los astronautas Rusos llegó
a la órbita de la luna, se burló diciendo que no había visto a Dios por ninguna parte.
Esa fue la expresión de un ateo empapado de ciencia y carente de Dios. Por el
contrario, cuando el astronauta americano hizo lo mismo, y puso los pies sobre la Luna,
exclamó: “Los cielos cuentan la gloria de Dios.” Esas fueron las palabras de un
encumbrado en las ciencias y temeroso de Dios a la vez. No existen muchos ateos de
laboratorios. La mayoría de los ateos se encuentran en el conglomerado de gente
normal y corriente. Aquellos no creen en Dios porque no pueden probar su existencia;
estos otros no creen porque Dios “les falló” según ellos.

              En el año 1996, ocurrió un terrible y penoso accidente en una de las
súper carreteras en las afueras de la inmensa ciudad de Chicago. Un pastor iba
manejando su camioneta. Con él iba su esposa y sus cuatro hijos. En el momento del
accidente la superficie de la carretera estaba seca; el tráfico no estaba congestionado y
el pastor iba conduciendo a una velocidad normal. Inesperadamente, un camión de
caja abierta que iba delante de ellos, se le desprendió una pieza de hierro puntiaguda.
El pastor no pudo evitar pasar por encima de la pieza, que al pasar por debajo de la
camioneta, perforó el tanque de combustible. Hubo una explosión, y tres de los niños
murieron quemados. El resto de la familia terminó en el hospital con serias
quemaduras. Todo esto ocurrió en cuestión de segundos. Un viaje placentero de una
familia temerosa de Dios, que regresaba de la iglesia, fue la noticia de toda esa
semana. El pastor fue muy entendido y en todas las entrevistas y reportajes, él solo
daba gracias a Dios por lo que había acontecido. Los críticos no tardaron en preguntar
dónde estaba Dios en aquel preciso momento. ¿Se había quedado Dios en la iglesia?
¿Estaba Dios mirando esta terrible desgracia? Cuando suceden estas desgracias
inesperadas, los incrédulos que no tienen temor a Dios, se aprovechan para blasfemar
su nombre. A los cristianos débiles espiritualmente, se le va al suelo la poca fe que
poseen y se queda en ellos la gran pregunta, ¿dónde estaba Dios?

        En el Estado de Kentucky, un joven sin más ni menos, descargó un revolver
sobre un grupo de jóvenes que se habían agrupado para hacer un círculo de oración.
Por motivos inexplicables este joven sintió el instinto malvado de callar a aquellos raros
e indefensos estudiantes. La noticia causó gran conmoción en la comunidad de
creyentes alrededor de toda la nación. Millones eran impactados por la reacción de
amor y de perdón que confesaban los padres de aquellos jóvenes que murieron
probando que eran estudiantes temerosos de Dios. La mente del joven que haló el
gatillo había sido trastornada por películas que promueven lo diabólico. Sea en la
populosa ciudad de Chicago, infestada de pandillas, o en una pacífica ciudad, la
realidad es la misma.

       Muchas veces escuché a mi padre decir: “Es un peligro estar vivo.” Este
dicho me parecía chistoso, pero ya no es un chiste. Sean cristianos o inconversos; sea
campo o ciudad; sea frío o caliente; haya riqueza o pobreza, la violencia y las malditas
plagas no respetan territorio ni clase social. Casi siempre que hay un fuego, o una
desgracia donde mueren niños o personas indefensas, lo primero que la gente
pregunta es dónde estaban los padres o quién era responsable de esas personas. Esa
es la reacción normal de la gente, pues los niños, especialmente, están para ser
cuidados. De esta misma manera preguntan cuando suceden cosas a personas
indefensas, y de alguna forma piensan que Dios debió intervenir. A mí personalmente,
se me hace bien difícil encontrar palabras consoladoras cuando personas o familias
pasan por una desgracia inesperada. Usualmente yo paso la mano por la cabeza o
por la espalda de la persona o personas (si tengo la confianza), y llorar con ellos. En mi
carrera de pastor, he vivido este cuadro muchas veces. Mientras levantábamos la obra
en Boston, una familia de seis niños con su madre pereció en un fuego. Este accidente
también ocupó las noticias de “última hora.” En una noche de puro invierno y en
cuestión de minutos, nuestra congregación perdió una de las familias más bellas y más
tiernas. El niño menor tenía menos de un año de edad. La madre era maestra de la
escuela dominical. Solamente el padre de la familia sobrevivió porque se tiró de un
tercer piso, quebrándose todo su cuerpo. No puedo olvidar el cuadro en la funeraria, -
siete cuerpos vestidos de blancos. Aunque era puro invierno, cientos de creyentes y
personas curiosas hacían fila para entrar a ver aquel trágico cuadro. No había palabras
que consolaran, --solamente lágrimas y siete cajas fúnebres de diferentes tamaños.

       Apenas yo tenía cuatro años de edad, pero conservo memorias cuando partió
con el Señor una de mis hermanas, a la edad de dieciocho años. No se borra de mi
mente el lloro de mis padres, mis hermanos mayores y los vecinos. Venía gente de
todos lugares para consolar a la familia. Todos ellos se preguntaban por qué “Santito”,
había muerto a tan temprana edad y porqué si ella era tan temerosa de Dios no fue
sanada de la terrible enfermedad de la tuberculosis. Dicen mis padres que ella era
como un ángel desde que nació y que era toda una dulzura de carácter. El nombre
“Santito” le servía muy bien. No obstante la maldita plaga de la tuberculosis terminó con
Santito cuando estaba en la flor de la vida.

               Unos años atrás, mi muy apreciada concuñada María, partió con el Señor
a la edad de 43 años, víctima de un cáncer en sus senos. Después de un par de años
de lucha contra esa plaga infernal ella sucumbió a la enfermedad. María servía
fielmente al Señor; era una esposa idónea y una madre ejemplar. Lo más difícil era
que tanto su esposo como sus hijos confiaban que Dios la iba a sanar de ese azote. Mi
cuñado Jorge quedó desbastado. Aún en este momento que escribo, él está luchando
con la soledad y el espacio que quedó cuando María se le fue a una mejor vida. Los
dos hijos, ya en la edad de adolescentes, quedaron medio confundidos. María merecía
vivir. Cuando recibimos la noticia dos años atrás que a María se le había descubierto
un cáncer, nos apenamos en gran manera, porque ella era muy querida en nuestra
familia. Ella era servidora, sencilla, amable, y sobre todo, gran amiga. Su esposo Jorge
confesaba continuamente que Dios la iba a sanar. Nosotros orábamos constantemente
por su recuperación. Pedíamos a Dios que le concediera a María muchos años más.
Ninguno de nosotros quería pensar que Dios quisiera llevarse a María a una edad tan
temprana. Otras personas y hermanos en la fe aseguraban que ella se levantaría de la
enfermedad, pero no fue así. Los días finales de María fueron agonizantes para su
cuerpo, pero según cuenta su esposo, su lecho fue en una profunda paz. Plugo a Dios
llevarse a María muy a pesar de nuestras oraciones.


        Hace apenas unos meses, mientras re-escribo este ultimo capitulo, recibí la
llamada que mi amado cuñado, Revdo. Severo partió con el Señor después de 22 anos
de enfermedad y a la edad de 74 años. Severo, en los años de su fuerza, era un
hombre fornido, de alta estatura. Antes de su conversión su oficio era de marino
mercante. Severo se convirtió de una vida de perdición para venir a ser pastor y
fundador de una dinámica iglesia. En esa iglesia creció nuestra familia y allí
participamos por muchos años. Él fue quien toleró y cuidó pastoralmente en los años
de mi vida de niño y de adolescente. Recuerdo vívidamente cómo él se esforzaba
para levantar una congregación y construir un templo al Señor en el centro del pueblo,
mientras trabajaba secularmente para sostener su familia. Cuando pienso en Severo,
me da profundo sentimiento de tristeza al pensar cómo luchó contra las adversidades,
especialmente la falta de finanzas tanto en su casa como en la iglesia. Muchos años de
su vida tuvo que hacer trabajos manuales y de fábricas para sostener a la familia,
mientras que atendía la congregación. Severo era el carpintero, el plomero, el pintor, y
chofer de la iglesia, además de ser un elocuente predicador y un gran maestro de la
Palabra. Severo fue también un varón muy respetado en el ministerio. Él no tuvo
estudios avanzados, pero poseía un vocabulario muy elevado. Dolorosamente, 22 anos
atrás, cuando Severo ya había alcanzado las metas de levantar una congregación
estable, de construir un templo, y de ver sus tres hijos educarse en la universidad,
inesperadamente sufrió un derrame cerebral y quedó afectado de su lado izquierdo. De
ahí en adelante Severo no fue el mismo.

       Todos sus compañeros de ministerio, su familia inmediata, y el resto de la
familia, quedamos con la gran interrogación de, ¿porqué a Severo? Severo merecía
estar saludable y fuerte para poder continuar su trayectoria de ministro. Él merecía
tener toda su fuerza física para poder pasear y jugar en el parque con los nietos que
empezaban a llegar. Una numerosa congregación dependía de su ministerio. Sus hijos
todavía necesitaban fortaleza y cuidado pastoral, pero un inesperado azote a su cuerpo
interrumpió la vida y la vida de los que lo rodeaban. Allí se acortaron gran parte de sus
años ministeriales. Por la gracia de Dios Severo por algunos años pudo seguir
compartiendo la Palabra y dando palabras de consejo, pero nunca recibió completa
salud para su cuerpo, aunque él esperaba el milagro todos los días. Solamente Dios
sabe. Después de 22 anos de su incapacidad física

              El asunto de que Dios obre para que algunos se sanen y otros no, y que
intervenga o no en las desgracias que sorprende a algunas de sus criaturas, es y
siempre ha sido motivo de mucha interrogativa. Aquellos que están convencidos de que
es la voluntad de Dios que todos su hijos sean sanados de todas sus enfermedades,
son los más decepcionados cuando no sucede como ellos esperan. Cuando alguien no
se sana, muchas veces la culpa se le atribuye a la poca fe; otros la atribuyen a algún
pecado de desobediencia, o a la obra directa de Satanás. También se culpa de que no
haya creyentes o ministros ungidos con el don de sanidad. Las personas, (y aun
creyentes), que no creen en la sanidad divina, tienen doble dificultad, por cuanto en
ellos no hay ni fe ni esperanzas de sanidad.

       En mi vida de creyente y ministro, yo he visto a los que el Señor sana
milagrosamente. He visto también a los que el Señor no sana. Yo he estado cerca de
grandes milagros obrados en personas paralíticas y diversas enfermedades han sido
sanadas. Mi hogar ha sido bendecido varias veces por la milagrosa mano de Dios. Por
ejemplo, Yurisán, mi hija mayor fue librada de morir cuando apenas tenía meses de
nacida. El Señor obró un milagro en “Yuri” cuando apenas tenía cuatro meses de edad.
Ella agonizó por varios días en el “Chelsea Naval Hospital” en las afueras de Boston.
Los doctores no encontraban solución, cuando sin ellos saber cómo, Yuri comenzó a
recuperar. Ellos admitieron que la niña sanó milagrosamente.

      Afortunadamente desde mi niñez crecí creyendo en la sanidad divina. En efecto,
yo puedo testificar que mi vida es producto de un milagro. Según cuentan mis padres,
yo estaba para morir a la edad de un año. Vivíamos en un campo bien remoto en el
pueblo de Manatí, ciudad costera al norte de Puerto Rico. Llegó el momento en mi
enfermedad que mi padre salió conmigo en brazos caminando a pie, una distancia que
se tomaba más de dos horas. El no creía que iba a llegar al hospital conmigo vivo. En
el camino al hospital, mi tía Virginia (hermana de mi madre), observó a la distancia a mi
padre y le hizo señas de que se desviara y entrara en su casa. Mi padre le contó hacia
dónde se dirigía y lo preocupado que estaba de que yo muriera antes de llegar al
hospital. Ella, como era una mujer de oración y una mujer llena de fe, le dijo: “Pon al
niño aquí en el sofá y vamos a orar juntos.” Ambos hicieron la oración de fe, y mi tía
dijo a mi padre: “Si quieres, lo puedes llevar al hospital para que lo confirmes, o si
quieres, te puedes regresar a tu casa, pues el niño está sano.” Según el
testimonio de mi padre, en ese momento él no notó alguna mejoría, y mi cuerpo seguía
ardiendo en fiebre, pero le respondió a mi tía: “Si tú dices que está sano, yo voy a
regresar a casa.” Así lo hizo, y regresó a casa en un acto de fe. Para la gloria de
Dios lo digo, pasaron más de cincuenta años sin yo tener que ser hospitalizado por
alguna enfermedad. Ciertamente yo soy producto de un milagro de sanidad divina y fui
bendecido por personas que se atrevieron a hablar y a actuar en fe. Por lo cual vivo
profundamente agradecido de la bondad y de la soberanía de Dios. Como asunto
irónico, les comparto que aquella ungida tía que Dios usó para preservar mi vida,
algunos años más tarde partió con el Señor, víctima de la diabetes. La tía Virginia era
una misionera y profetisa; oraba por los enfermos y se sanaban, tenía el don de
discernimiento de espíritus, pero para ella no hubo sanidad. Mis queridos lectores, es la
realidad que se vive.

       Ahora bien, esto que he compartido acerca de mí y de personas cerca de mi, en
nada se asemeja a la prueba mas dolorosa de los que realmente es la soberanía de
Dios. Confieso con profundo dolor y lágrimas que ni yo ni mi esposa ni mis dos hijas
mayores ni mi yerno, ni los demás familiares, ni las personas envueltas en nuestro
ministerio estábamos preparados para recibir la cortante, la determinante demostración
de la soberanía de Dios.

      Se trata de la partida inesperada de mi amada hija Lissie añ la edad de 28 años.
Lo más desconcertante es que todo sucedió cuando precisamente yo estaba
terminando este manuscrito.

        Ahora que mi tierna hija menor “Lissie” se nos adelantó en su viaje a lo infinito,
procuro entender lo que significa “tener los días contados.” Digo esto porque en dos
ocasiones anteriores, Lissie batalló entre la vida y la muerte, y en las primeras dos
ocasiones el Señor nos la devolvió. La primera vez sucedió cuando ella apenas era una
niña de siete años y sufrió un ataque de a apendicitis. Los doctores tuvieron dificultad
para dar con la enfermedad y por poco muere antes de ser operada. Unos años
después cuando Lissie apenas entraba a la adolescencia, nuevamente el Señor la libró
de la muerte cuando fue atacada por un microscópico y terrible virus en el hígado.
Nuevamente Elis estuvo en cuidado intensivo por varios días. Los doctores se
desesperaban por diagnosticar la enfermedad. En ese tiempo viviamos en la ciudad de
Miami y la níña fue atendida en el “Jackson Memorial” que en aquellos años era
cotizado como uno de los mejores hospitales en el mundo. Los médicos ya estaban
decididos a hacer una operación exploratoria, pero no aseguraban que la niña resistiera
la intervención quirúrgica porque la niñ estaba sumamente débil. Por otro lado, yo me
oponía vehementemente a una operación explorativa, además que esperaba por una
restauración milagrosa. A los pocos días Dios iluminó a una joven doctora que dio con
el germen en el hígado. Dios obró a través de aquella doctora que creía en la
intervención divina además de sus conocimientos médicos. Nuevamente Lissie nos
hizo vivir unos días en desespero, en agonía en interrogativas y en constante oración.
En esta segunda prueba yo me desesperé a tal modo que una noche me fui detrás de
mi casa, y a todo grito exclamé: “Dios mío, ¿Qué es esto? ¿Qué te propones hacer?
¿Te vas a llevar a mi hija sin dejarme saber porqué? Señor, ella es inocente. Si
estás airado con nosotros por alguna razón, por favor llévame a mí y deja que
ella viva.” Después que me cansé de gritar, entré otra vez a la casa sin sentir nada.
Ahora, cada vez que recuerdo esta necedad, y doy gracias a Dios porque no me estaba
escuchando aquella noche que le pedía que me quitara la vida a mi a cambio por la de
mi hijita. Y si me escuchó, no me hizo caso. No obstante, los años “prestados” de
nuestra tierna Lissie se iban acortando sin nosotros saberlo.

       Todo sucedió inesperadamente, sin avisos. Fue un triste lunes del mes de
agosto del año 2003 cuando nos llegó la llamada. Lissie acababa de hablar por teléfono
con su esposo Larry, y regresaba a su casa después de hacer una visita a una familia.
Pero ella nunca entró más a su casa. Algo sucedió con ella mientras manejaba y
apenas cuando trataba de estacionar su vehículo, sufrió una convulsión. Una vecina
notó que algo le sucedía a Lissie y llamó a la ambulancia. A los pocos minutos todos
ibamos desesperados hacia el hospital Gotlieb, localizado al oeste de Chicago. Desde
alli comenzaron los gritos, el corre y corre, las llamadas, la confusión, los gritos en el
pasillo del hospital, las llamadas a todas las ciudades donde Lissie tenia familia, a los
pastores e iglesias en y fuera de Chicago, y a todos los de la comunidad de fe que la
conocía. Pero Lissie no despertaba. Recuerdo que ese primer día una enfermera llegó
hasta uno de los cuartos de espera y trató de consolarnos y a la vez nos exhortaba a
que no dudáramos del poder sanador de Dios. Ella nos aseguraba que Lissie iba a salir
bien, que no había nada de peligro. Por unos momentos pensábamos que la enfermera
tenía más fe que nosotros. Pero Lissie no mejoraba. A los dos días de estar
prácticamente inconsciente, los doctores recomendaron trasladarla al hospital Loyola
que estaba bien cerca. Como el hospital Loyola posee una gran credibilidad, todos
pensábamos que era lo mejor. Los próximos cuatro días el hospital Loyola no podía
contener el influjo de personas que llegaban a todas horas y de todos los lugares.
Algunos tomaron días en sus trabajos para hacer vigilias en el los salones de espera.
Como Lissie era tan conocida y tan querida, teníamos que controlar las visitas a fin de
dar oportunidad a los que llegaban de diferentes estados. En el hospital hicimos ruedas
de oración, hicimos oraciones de guerra espiritual, repudiábamos a todo grito a la
enfermedad, intercedíamos por los doctores para que Dios les diera sabiduría, pero
Lissie no despertaba. Llegó el momento cuando ya no sabíamos qué clase de oración
hacer. No sabíamos si peleársela al diablo o entregarla en manos del Señor. Un día
creíamos que se levantaba, otro día sucumbíamos en lloro y lamento. Todo fue en
vano, mis queridos lectores. Nosotros creíamos una cosa, pero Dios estaba
determinando a hacer otra. Nosotros le gritábamos a Dios que nos la devolviera, pero
Dios estaba haciendo su reclamo.
       Lo más triste de este testimonio es que por todos esos días que Lissie estaba
postrada nos llegaban palabras de profecías, de sueños, de visiones indicando que
Lissie se levantaría. Era que ninguno de nosotros pensaba que Dios quisiera llevarse a
Lissie. Esto no podía sucederle a mi dulce Lissie; una joven esposa, una madre, una
predicadora, una pastora que apenas comenzaba a desarrollar su llamado y sus
talentos. Ninguno podía aceptar que el Señor permitiera que la familia Marrero y la
familia Pérez pasaran por semejante dolor. Si bien, todas las palabras y opiniones que
aquellos que se allegaban eran positivas. Nadie se atrevía a pensar que la vida y el
ministerio de Lissie, iba a ser cortado tan temprano y tan de repente.

       Yo, particularmente, pasé semanas en silencio, sin poder orar, sin saber qué
decirle a Dios, sin atreverme a pensar que Dios había hecho unos planes con Lissie y
nunca se lo mostró a su esposo, ni a nosotros sus padres, ni ningún otro de los
familiares y ministros que llegaron o que llamaron. Recuerdo un de las tardes cuando
en gran agonía yo le hablaba a Dios diciéndole: Señor. “Me espanta tu soberanía.
Dios mío, me confunde tu forma de obrar tu voluntad.” Amados, por Lissie oraron
hombres poderosos en la oración, oraron hombres y mujeres de fe, intercedieron
ministros que han visto a Dios obrar milagrosamente. Pero Lissie no regresó a su casa,
ni a su iglesia ni a su ministerio. Lissie nunca se pudo despedir, mucho menos describir
qué le sucedió. Aún la utopsia falló en declarar una condición específica.

              Como han notado, les he compartido de situaciones que han sucedido
alrededor de mi vida. Yo podría llenar todo un libro, contando de las experiencias
positivas y negativas que han sucedido a mi alrededor. Muchos casos han pasado en
mi trayectoria de ministro que me han hecho preguntarle a Dios, ¿porqué? En algunos
casos he recibido alguna que otra respuesta, pero en la mayoría de los casos me
quedo sin entender.

              “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a
bien, esto es, a los que conforme a su propósito han sido llamados.” (Romanos
8:28). Esta es una poderosa promesa de la Palabra de Dios; es a la vez un versículo de
mucha controversia. Algunos pueden usar esta confesión para provecho y reciben la
respuesta de Dios. Otros se confunden usando la misma confesión. Esta es una
porción de las Escrituras que solo se puede usar por revelación. Este no es un
versículo para repetirlo como una fórmula o como un amuleto. Los que repiten
versículos de la Biblia sin tener revelación de lo que están confesando, bien pocas
veces se benefician de esta confesión. No todos los creyentes pueden decir que todo
ha obrado para bien de ellos. Los incrédulos tampoco pueden confesar francamente
que todo obra para bien, por cuanto ellos no pueden decir abiertamente que aman a
Dios y tampoco han respondido al llamado de Dios. Yo conozco muchos que andan
descarriados de los caminos del Señor y viven en rebelión contra Dios porque algo
malo sucedió en sus vidas cuando ellos menos lo esperaban, y aparentemente no
vieron la mano de Dios. Conozco también personas que después de haber leído, haber
memorizado, y aun haber enseñado este versículo, se han revelado contra Dios porque
se sienten que él les defraudó. Muchos creyentes aman a Dios. Pero, ¿lo amarán
suficientemente como para esperar que aun las cosas malas le obren para bien? Se
necesita revelación de lo alto para poder ver a Dios obrando para nuestro bien,
mientras que permite que no sucedan cosas malas.

               Carlos Marx, unos de los pensadores del siglo pasado que sembró las
raíces de la filosofía atea, socialista y comunista, no fue un ateo toda su vida. Carlos
fue un dinámico joven predicador de una iglesia cristiana de Viena, en Austria. Aún
más, Carlos era un líder entre los jóvenes de su tiempo y escritor de un par de libros.
Estoy seguro que Carlos Marx leyó este versículo muchas veces, pero de nada le
sirvió. Algo terrible sucedió en su vida que lo trastornó para siempre. ¡Y pensar que esa
filosofía atea que dio como resultado los gobiernos ateos, vino de la mente de alguien
que pasó muchos años de su niñez y de su juventud en una iglesia cristiana! Carlos
Marx murió como mueren todos los ateos, y partió a la eternidad sin Dios, sin fe y sin
esperanza. La filosofía comunista y socialista que él ayudó a fomentar, en menos de
cincuenta años ha perdido casi toda su influencia en el mundo y lentamente también se
está extinguiendo, No obstante, Dios sigue sentado en su trono, y su Hijo Jesucristo
sigue siendo el mismo ayer, hoy y por los siglos.

              ¿Qué debemos hacer entonces, cuando algo malo nos sucede?Cómo
vamos a actuar en el momento de una mala noticia? ¿Cómo se podrá cumplir esta
promesa de Romanos 8 en nosotros? Primero, se necesita haber respondido al
llamado de Dios. Luego, tenemos que fomentar una relación de amor genuino y
perenne con el Señor. Y luego, tenemos que fortalecernos en la realidad de que aun a
los que aman a Dios y han sido llamados, le pueden suceder cosas malas. El apóstol
Pablo no solo tuvo la inspiración de escribir la gloriosa declaración de que “a los que
aman a Dios todas las cosas obran a bien,” sino que también incluyó una lista de las
cosas malas que pueden suceder a cualquier creyente en cualquier momento y a la
hora que menos espera. Leamos: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?
¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?
Como está escrito: „Por causa de ti somos muerto todo el tiempo; somos contados
como ovejas de matadero.‟ Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores
por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la
vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni
ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús
Señor nuestro,” ( Romanos 8:35-39).

            ¿Amas tú al Señor? ¿Has respondido al llamado de él? Entonces,
prepárate para cuando aparezca inesperadamente tribulación, angustia, persecución,
hambre, desnudez, peligro, espada, diablos, demonios, frustraciones, infidelidad, robos,
abandono, y todo lo demás que pueda ocurrir. Recuerda, además, que, la promesa no
es que el Señor va a librarte de que estas cosas malas te sucedan, sino que saldrás
vencedor o vencedora cuando pases por alguna de ellas.

            Ciertamente es casi incomprensible aceptar la soberanía de Dios cuando
nos suceden cosas malas. No es fácil aceptar que un Padre afectuoso como es nuestro
Dios, quiera obrar su voluntad en nosotros por medio de malas experiencias.
Evidentemente los pensamientos nuestros no son los pensamientos de Dios. Nuestra
inclinación es pensar que la correspondencia de amor entre Dios y nosotros, es una
garantía para escudarnos de que nos ocurran cosas malas. Aunque el siervo Job tuvo
gran dificultad para entender el propósito de Dios en sus desgracias, sus palabras
fueron muy acertadas cuando confrontó a su esposa diciéndole: “¿Qué? ¿Recibiremos
de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?” En el caso de Job, se sabe que el mal
venía directamente de Satanás en su intento de que el siervo de Dios maldijera a su
Creador. Esta vez, Pablo no menciona a Satanás, pero se entiende que sus malvadas
garras no se detienen para nada. Inclusive, en la lista él incluye principados y
potestades, indicando que entre las cosas que obran a bien, se puede encontrar la obra
directa del enemigo.

              Mientras avanzamos en el tiempo, nos damos cuenta cómo
enfermedades mortales se multiplican y arrastran a millones a la eternidad, unos para
vida eterna, otros para condenación eterna. Tome por ejemplo la enfermedad del SIDA.
Originalmente se pensaba que el Síndrome de Deficiencia de Inmunología Adquirida se
iba a confinar a los desviados sexuales. Hoy, esta mortífera plaga está arrastrando a
madres, y niños inocentes cuya enfermedad les fue trasmitida. La ciencia médica está
seriamente preocupada, por cuanto se les ha hecho imposible descubrir alguna
medicina que detenga esta acecina plaga. Por otro lado, algunas enfermedades
mortales que supuestamente estaban bajo control, están reapareciendo en diferentes
partes del mundo. No hay que ser pesimista para creer que vienen días peores.
Tampoco hay que ser profeta para entender que los hombres irán de mal en peor. Las
profecías de Apocalipsis revelan que seguirán apareciendo enfermedades incurables
que atormentarán a los seres humanos. Esto significa que más creyentes caerán
víctimas de enfermedades mortales. Será inevitable que muchos creyentes sean
víctimas de la maldad y la violencia que arropa a muchas ciudades. A algunos, Dios les
permitirá que sean sanados milagrosamente. A otros, la soberanía de Dios les permitirá
que sean sanados por la intervención de medicinas y de manos de sabios doctores,
pero otros sucumbirán ante las plagas. Dios no lo permita, pero puede que alguien
bien cerca de ti o de mí; alguien que amamos mucho; alguien que según nuestro
criterio merece vivir y que tiene toda una vida por delante, sea impactado por una
enfermedad, una desgracia o una muerte inesperada. Para eso necesitamos qué
hacer, por si Dios decide mantener silencio. Ojalá que la gracia de Dios nos cubra de
tal manera que sepamos en quién y a quién hemos creído. Necesitamos fortalecernos
en la revelación de Romanos 8:28. Es necesario aferrarnos con toda fuerza de esas
promesas y de todas aquellas promesas que nos preparan, no para no sufrir, sino para
ser más que vencedores por medio de aquel que nos amó.

             ¿Ha leído usted últimamente el libro de Eclesiastés? La palabra
Eclesiastés no solamente significaba “predicador”, sino uno que convocaba a otros
para predicarles. Podemos decir que el libro de Eclesiastés fue una colección de
discursos pronunciados en un seminario o teatro. Los tres libros de Salomón muestran
tres etapas de su vida. El libro de Cantares es producto de cuando vivía en una
relación bien íntima con Dios. En aquellos años Dios ocupaba mucho la mente y el
corazón de Salomón. Fueron los años que Salomón pensaba de Dios como piensa una
doncella que vive locamente enamorada de su amado; como una novia pensaba de su
novio. El libro de Proverbios obviamente es producto de una mente ligada entre lo
espiritual y lo secular. En Proverbios se ve una excelente correlación entre la sabiduría
de los hombres sujeta a la sabiduría divina. El libro de Eclesiastés, sin embargo,
muestra el tiempo en que Salomón vivió un período de desvío espiritual, y muy
probablemente durante sus años de anciano. El propósito general de Eclesiastés es de
manifestar la vanidad, la fealdad y la realidad de la vida aquí en la tierra. Eclesiastés es
el sabio y poético estilo de lamentarse de la injusticia y la triste comedia que vive el ser
humano.

            “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene
su obra: Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de
arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y
tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y
tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo
de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de
perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de
coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar; tiempo de amar y tiempo de
aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz,” (Eclesiastés 3:1-8). Estas
palabras resumen el pensamiento de Salomón en su discurso: “Todo tiene su
tiempo.”

       Después de más de tres milenios que escribió el “predicador,” la realidad nos
dice que todo tiene su tiempo. Nosotros no queremos admitir que esta gran verdad es
parte de nuestra realidad. Por eso queremos vivir y no pensar que vamos a morir;
queremos tener, pero no queremos perder; queremos que se nos ame, pero no
queremos amar; queremos salud, pero no estamos dispuestos a sufrir dolor; queremos
que se nos perdone, pero no queremos perdonar; queremos ser servidos, pero no
queremos servir; queremos ser reconocidos, pero no queremos reconocer; queremos
que se nos honre, pero no queremos honrar; queremos reír, pero no queremos llorar;
queremos que Dios nos bendiga las veinticuatro horas del día, pero no lo queremos
bendecir de la misma manera; queremos que Dios nos oiga, pero no queremos oír su
Palabra; queremos el evangelio, pero no queremos la cruz. Después de tres mil años
se nos sigue olvidando que “todo tiene su tiempo.” Tal parece que las exhortaciones de
Salomón no nos hacen efecto. Él nos habló claramente sobre la opresión de los pobres
y la perversión del derecho y la justicia. Él exhortó diciendo: “En el día del bien goza del
bien; y en el día de la adversidad considera. Dios hizo tanto lo uno como lo otro,”
(Eclesiastés 7:14) “Todo acontece de la misma manera a todos; un mismo
suceso ocurre al justo y al impío; al bueno, al limpio y al no limpio; al que
sacrifica, y al que no sacrifica; como al bueno, así también al que peca; al que
jura, como al que teme el juramento,” (Eclesiastés 9:2). Estas fueron reflexiones
dadas por “el Predicador” hace más de treinta siglos, pero es como si él estuviera
observando nuestro presente. Cada vez suceden más cosas a los justos como si
fueran injustos. “Procuró el Predicador hallar palabras agradables, y escribir
rectamente palabras de verdad.” (Eclesiastés 12:10).

       Si esta fue la experiencia del sabio Salomón en su generación, ¿qué queda para
nuestra generación? ¿De qué sirve adormecer a la gente prometiéndole días mejores
cuando la Palabra es clara? ¿Acaso el libro de Las Revelaciones nos promete una
Utopía? ¿De dónde se nos ocurre presentar un evangelio y una vida cristiana de
prosperidad y comodidad terrenal y de una vida de sobre abundancia cuando al mismo
tiempo en alguna parte del globo hay millones de seres que mueren de hambre y de
frío? ¿Acaso los santos apóstoles, quienes eran varones llenos del Espíritu Santo,
nos prometieron un cielo aquí en la tierra? No fue Salomón el único que se quejó de las
desavenencias de la vida. Santiago escribió: “Tened también vosotros paciencia, y
afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca. Hermanos no
os quejéis unos contra otros, para que no seáis condenados; he aquí, el juez está
delante de la puerta. Hermanos míos, tomad como ejemplo de aflicción y de
paciencia a los profetas que hablaron a nombre del Señor. He aquí, tenemos por
bienaventurados a los que sufren. Habéis oído de la paciencia de Job, y habéis
visto el fin del Señor, que él es muy misericordioso y compasivo.” (Santiago
5:8-11). Obviamente Salomón escribió estos discursos en momentos cuando pasaba
por muchas decepciones. Él era un hijo de Dios multimillonario que se cansó de vivir en
sobre abundancia. Salomón también se dio cuenta que si no arreglaba su vida con
Dios, terminaría el más miserable de todos sus contemporáneos. Al final del discurso,
el sabio Salomón dio el mejor de sus consejos diciendo: “El fin de todo el discurso es
este: „Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo el
hombre.‟” (Eclesiastés 12:13).

       No solamente Salomón se lamentó de las desavenencias que ocurren a los hijos
de Dios. Jeremías también se lamentó en gran manera al notar cómo Dios permite que
venga la adversidad. Por eso escribió diciendo: “Yo soy el hombre que ha visto
aflicción bajo el látigo de su enojo. Me guió y me llevó en tinieblas y no en luz.
Ciertamente contra mí volvió y revolvió su mano todo el día. Hizo envejecer mi
carne y mi piel; quebrantó mis huesos; edificó baluartes contra mí, y me rodeó de
amarguras y de trabajo. Me dejó en la oscuridad, como los ya muertos de mucho
tiempo,” (Lamentaciones 3:1-6). “Bueno es esperar en silencio la salvación de
Jehová. Bueno le es al hombre llevar el yugo desde su juventud. Que se siente
solo y calle, porque es Dios quien se lo impuso. Ponga su boca en el polvo, por si
aún hay esperanza; Dé la mejilla al que hiere y sea colmado de afrenta,”
(Lamentaciones 3:26-27). Estas no parecen ser palabras muy positivas. ¿Cómo es que
un profeta de Dios quiera expresar unas palabras tan pesadas? No obstante, este era
el sentir genuino de aquel gran varón de Dios cuando vio a su pueblo caer bajo la
esclavitud de Babilonia. Jeremías vivió la realidad de un Dios que permitió que la
desgracia llegara a toda una nación. Él vio con sus propios ojos cuando Dios se
desatiende de los suyos. En el caso de Israel, fue el pueblo quien provocó a Dios a que
lo abandonara y los dejara a la merced de los enemigos. Fueron muchos los niños,
madres, jóvenes, y ancianos indefensos e inocentes que fueron pasados a filo de
espada. Allí pagaron justos por pecadores.

      Jeremías se lamentó. No obstante él conocía bien que Dios no desecha para
siempre. Por eso escribió diciendo: “Porque el Señor no desecha para siempre.
Antes, si aflige, también se compadece según la multitud de sus misericordias.
Porque no aflige ni entristece voluntariamente a los hijos de los hombres. ¿Quién
será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del
Altísimo no sale lo bueno y lo malo? ¿Por qué se lamenta el hombre viviente?
“Laméntese el hombre en su pecado.” (Lamentaciones 3: 31-39).

        En esta confesión de Jeremías hay una palabra muy clave. Es la palabra,
“voluntariamente.” Esta palabra da a entender que una forma de Dios mostrar su
voluntad es actuando contra su propia voluntad. En otras palabras, la voluntad de Dios
inicialmente no era que el pueblo pasara por la esclavitud. Como éste se reveló contra
la forma voluntaria de Dios, entonces tiene que acatarse a que Dios actúe en contra de
su voluntad. El apóstol Pablo abundó en este pensamiento cuando escribió: “Hijo mío,
no menosprecies las disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido
por él. Porque el señor al que ama disciplina, y azota a cualquiera que recibe por
hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque, ¿qué hijo es
aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de los
cuales todos habéis sido participantes, entonces sois bastardos y no hijos,”
(Hebreos 12:5-8).

        Dios no es un padre injusto, que castiga o envía disciplina caprichosamente con
el simple propósito de mostrar su carácter severo y estricto. Si decimos que Dios es
amor, tenemos que entender que Dios se compadece, y que tiene sentimientos
afectuosos. Dios no es una máquina o un autómata como tampoco lo somos nosotros.
Si el hombre tiene capacidades para amar y ser afectuoso, es porque Dios es así.
Ahora bien, como padre, Dios ha incluido la disciplina que nos relaciona como hijos. La
reprensión que viene de lo alto, ya sea como trato directo de Dios o como trato
indirecto usando una tercera persona u otros medios, es una señal muy poderosa que
somos de su casa, y que somos genuinos. Prefiero saber que Dios me disciplina
porque me ha recibido como a hijo, que salir ileso de todas las circunstancias de la vida
y partir a la eternidad siendo un bastardo espiritual. “Que me castigue el justo,” dijo el
profeta, “será un excelente bálsamo.”

        Yo quiero comparar a Dios como un hombre bien fuerte físicamente y
musculoso, que sostiene con sus fuertes brazos a su criatura de ocho o diez meses de
nacido, mientras éste (o ésta), da los primeros pasos de su vida. El fornido padre ve a
su tierna criatura como tropieza con sus mismos pies, entiende que la criatura va a
fallar en sus primeros intentos, sabe que la tierna criatura se va a golpear y va a llorar
de dolor. El padre sabe que la criatura, le va a mirar que aun en el desespero y el dolor,
observa que el padre vuelve y lo levanta lo pone nuevamente a caminar, para verlo
caer una vez más. Llega el momento que la frustrada criatura no quisiera ni que el
padre lo ayude más. El padre, por otro lado, sabe también que esa vulnerable
criatura es su hijo, y como tal, su propósito es que su hijo (o hija), pueda algún día
permanecer firme sobre sus pies. Usando esta analogía, encontramos nuevamente las
tres formas básicas de Dios mostrar su voluntad. En su voluntad absoluta el padre no
quiere que su hijo pase por el dolor y que tenga que pasar por disciplina, pues como ya
hemos dicho, él no castiga voluntariamente. En la voluntad permisiva, el padre tiene
que ver a la criatura caer y recibir golpes una y otra vez. En su voluntad providencial el
padre tiene sus fuertes brazos extendidos para tomar a su criatura una y otra vez.
¿Qué padre o qué madre impide que su criatura pase por ese leve tiempo de
entrenamiento? ¿Qué padre (o madre), que ama a su hijo no “madruga a castigar” a
disciplinarlos? ¿Queremos nosotros demandar de Dios que nos ame como lo ha
prometido, sin esperar la corrección? Un día ya no tropezaremos más. Llega el día en
que caminaremos a la par con Dios. Un día seremos fuertes como él. Llegará el día
que no habrá más disciplina, sino un gozo inefable y eterno. ¡A su nombre, gloria!

				
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posted:6/3/2011
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