PREGUNTAS CLAVES by fjzhangxiaoquan

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									                          LA PASTORAL DE LOS ENFERMOS
                                                   Y
                                     PREGUNTAS CLAVES


     En esta edición de los Especiales abordaremos un tema de capital importancia y de
consecuencias insospechadas.

      Vamos a desarrollar este tema en dos partes: En primer término desarrollaremos La Pastoral
de los Enfermos, y luego trataremos de responder de la mejor manera posible a una serie de
Preguntas que muchos se formulan.

      En cuanto a la Pastoral de los Enfermos, su cuidado espiritual y la solicitud de la Iglesia para
con ellos exigen que sigamos al que sufre una enfermedad a lo largo de las diversas fases de su mal.


      Esta atención implica:

                               1º) la visita de los enfermos en general,

                               2º) los enfermos graves,

                               3º) los últimos días y los últimos momentos.


      Respecto de las Preguntas claves que muchos se plantean, consideraremos las siguientes:

            ¿Está preparado el hombre moderno para estar enfermo y para morir?
            ¿Se muere mejor hoy en día?
            ¿Cuál debe ser la actitud del médico frente al enfermo incurable?
            ¿Qué la aconsejaría usted, como sacerdote, a los médicos sobre este punto?
            ¿Qué información debe recibir el enfermo?
            ¿Ante un enfermo incurable, qué papel le asigna a la familia del paciente?
            ¿Cuál es la actitud del anciano al ingresar en un Centro para Ancianos?
            ¿Cómo debe ser acompañado el anciano durante su estadía en la residencia?
            ¿Cómo reacciona el niño ante la muerte?
            ¿Cómo enseñar a los niños a integrar la muerte en su vida?



                     1º.- LA VISITA A LOS ENFERMOS EN GENERAL

      Muy a menudo pensamos que el cuidado espiritual de los enfermos empieza cuando el estado
del paciente comienza a ser grave o inquietante. Es un error que hay que combatir; la visita a los
enfermos, lejos de tener por objetivo exclusivo la preparación para los últimos Sacramentos, implica
ante todo la santificación de ese estado y la cristiana integración de los enfermos a la comunidad de
fe, de culto y de caridad que deben conformar los feligreses católicos de su entorno.

       Los sacerdotes están legítimamente impedidos de asegurar personalmente esta atención; por
lo tanto, es una obligación de los fieles colaborar en este apostolado.

       Sin olvidar la ocasional ayuda material y/o económica, hay que tener en vista ante todo el bien
espiritual del enfermo: consolarlo; exhortarlo a soportar con paciencia su enfermedad, a
considerarla como una ocasión para expiar sus culpas pasadas y santificar su vida presente;
recrearlo cristianamente; aconsejarle la recepción de los Sacramentos de la Confesión y de la
Eucaristía, así como el uso de los Sacramentales, etc.

      Los ancianos requieren una atención especial; esto será estudiado en un capítulo aparte.

      Los niños que sufren una enfermedad larga o incurable merecen un cuidado particular,
además de asegurar su formación religiosa y la recepción de los Sacramentos. Veremos también
esto.

      Las exhortaciones a los enfermos deben adaptarse conforme a la edad, a la cultura religiosa, al
estado físico, etc.; pero siempre deben inspirarse en la auténtica teología, que incluye la
enfermedad, el sufrimiento y la muerte.

       El sufrimiento no formaba parte del plan primitivo de Dios. El hombre fue creado en estado
de felicidad; pero la caída del primer hombre cambió radicalmente aquel estado y el hombre pasó de
la felicidad al infortunio, en el cual el sufrimiento tiene una parte importantísima.

      Según esto, el origen del sufrimiento no se explica sólo por razones de orden natural; la causa
última y definitiva de su existencia hay que verla en el hecho trascendente de que el hombre ofendió
gravemente a Dios. Es el pecado el que introdujo en el mundo los males que afligen al hombre.

      Dentro de los sufrimientos que el hombre tiene que soportar, ocupa un puesto especial la
enfermedad. En efecto, ella no es algo que esté fuera del hombre, como contra la cual hay que
luchar a una cierta distancia; no, ella afecta al mismo ser del hombre, el cual la lleva sobre sí como
algo que le esta adherido.

      Puesto que el sufrimiento tiene su origen en el pecado, la postura de Dios respecto a aquél es
análoga a la que adopta respecto a éste: remediarlo.

       Sin embargo, Jesucristo asumió el sufrimiento como medio de redención de los hombres,
como instrumento para liberarlos del pecado y de la opresión del demonio, y como vía para
restituirlos a la plena amistad con Dios.

      Dios quiere remediar el pecado valiéndose de las consecuencias del pecado, es decir, del
sufrimiento, para que de este modo sea más patente la derrota del diablo: el sufrimiento purifica las
almas, porque las hace pasar por donde pasó el pecado y devora todas las reliquias de las faltas
cometidas.
      Es cierto que los planes de Dios sobre el sufrimiento son demasiado grandiosos para que los
podamos comprender con nuestra inteligencia; sólo en el cielo entenderemos el papel del
sufrimiento en nuestra vida personal, familiar y social.

       Por parte de Jesucristo, nuestros sufrimientos ya están aceptados y son redentores; por nuestra
parte, ellos serán redentores solamente cuando estén aceptados y vividos con caridad.

      Además, el sufrimiento nos configura con Cristo y nos santifica, pues la santidad no consiste
en otra cosa que esa configuración con Cristo. Es precisamente la imitación de Cristo el primer
motivo que exige al hombre aceptar el sufrimiento.

     Pero el cuerpo probado, y quizás abatido por la enfermedad, al ser imagen expresiva de la
muerte de Jesús, lo será también de su resurrección.

      El sufrimiento desprende de las cosas de la tierra, expía y paga la deuda de los pecados; es un
medio seguro y rápido de santificación, método eficaz de apostolado y pararrayos de la justicia
divina.

      Debemos tomar y hacer tomar las resoluciones de intentar descubrir el papel que el
sufrimiento tiene en los planes de Dios, reflexionar con frecuencia en las ventajas del sufrimiento,
recordar que es una escuela de santificación, intentar considerarlo como una gracia y un signo de
predilección divina.



                                 2º.- LOS ENFERMOS GRAVES

      Además de lo ya visto, otro problema se plantea: la recepción de los últimos Sacramentos.

      Esto implica la Extremaunción, el Santo Viático y la Bendición Apostólica.


                                         La Extremaunción

      El principio fundamental a guardar es el de administrar este Sacramento suficientemente
temprano. La gracia espiritual que confiere supone que el enfermo esté todavía con plena
conciencia y que sea capaz de realizar actos de fe, de esperanza y de caridad. Por lo tanto, desde el
momento en que se puede administrar este Sacramento, hay que hacerlo.

      Recordar la advertencia del Catecismo Romano:

       “Pecan gravísimamente los que suelen creer momento oportuno para dar la Extremaunción
al enfermo aquel en que, perdida ya toda esperanza de vida, comienza a perder la inteligencia y la
sensación. Porque es clarísimo que, para recibir la riquísima gracia del Sacramento, sirve
muchísimo que el enfermo sea ungido con el sagrado óleo cuando se hallan en él aún sanas su
inteligencia y sensibilidad, y es capaz de mostrar su fe y sus sentimientos piadosos”.
       Hemos dicho que el efecto principal de la Extremaunción es el fortalecimiento y el alivio
espiritual del enfermo grave. Por lo tanto, será durante todo el curso de su estado de gravedad que el
extremisado podrá soportar y santificar sus sufrimientos, rechazar las tentaciones, cumplir con
mejores disposiciones los sacrificios y los deberes de su estado. Si se difiere la administración, se
puede hacer perder al enfermo una inmensa riqueza de méritos y la ascensión espiritual, con la
consiguiente pérdida de mayor gloria por la eternidad.

      No olvidemos, tampoco, que otro efecto del Sacramento es la curación corporal, si es para
bien del alma. Si se espera a que la enfermedad llegue a un punto en que la curación sea imposible,
salvo una intervención milagrosa de Dios, es necesario afirmar que es evidente que la eficacia del
Sacramento será impedida. Tal persona —quizás— estaría todavía con vida y tal otra —tal vez—
hubiese recibido dos, tres y más veces la Extremaunción, si se les hubiera administrado antes este
Sacramento.

      Es necesario instruir a los fieles sobre este Sacramento; es necesario organizar un Servicio de
Información de Enfermos. Hay tantos “servis”, que legítimamente podemos crear el S.I.E.

       Además, es necesario disponer convenientemente al enfermo. Las gracias que confiere no son
las mismas para todos: ellas están en proporción con las disposiciones del sujeto en el momento de
la recepción.

      Las disposiciones mínimas, pero suficientes son:

                    * Un cierto grado de fe. Podría existir una cierta mentalidad supersticiosa.
      Hay que evitar el “curanderismo”.

                  * Un mínimo de recta intención. Hacer siempre referencia a un
      Sacramento y a sus efectos.

                    * El estado de gracia.
      Las disposiciones deseables hay que tenerlas siempre en cuenta y no olvidar que, si bien
muchos enfermos no tienen más que un mínimo de vida cristiana, otros, al contrario, esperan mucho
del sacerdote y de este Sacramento.

     Hay que preparar a los buenos cristianos para que aprovechen plenamente las gracias de la
Extremaunción.

      Estas disposiciones deseables son:

                   * Una fe profunda e intensa. El enfermo debe creer en el valor espiritual
      de esta medicina celestial, considerada en el marco de la vida cristiana y en sus diversos
      efectos.

                   * Una intención recta y pura. Querer perfectamente el fin próximo y el fin
      último del Sacramento.
      Respecto del fin próximo, hay que explicarle los efectos de la Extremaunción, la necesidad de
una contrición intensa y la aceptación generosa de su estado de enfermo.

     La pureza de intención no obliga, de ninguna manera, a dejar de lado el deseo de alivio
corporal e incluso la salud, puesto que son efectos propios del Sacramento. Pero hay que hacer
comprender que son secundarios y condicionales.

      Respecto del fin último, todo buen cristiano que va a recibir la Extremaunción, debe
considerar la perspectiva y posibilidad de la muerte. Es necesario y conveniente avivar en el
enfermo la fe en la Resurrección.

      La eventualidad de la muerte y, por lo mismo, del juicio y del deseo de purificarse lo más
posible antes de comparecer ante el Supremo Juez, excitarán una contrición intensa, y la eficacia de
los Sacramentos de la Penitencia y de la Extremaunción serán tanto mayores.

      No olvidar la posibilidad de una buena confesión general.

      Hay que tener la santa audacia de proponer los últimos Sacramentos al enfermo, incluso si
alguien quiere detener al sacerdote bajo pretexto de que el enfermo se va a asustar o agravar.

      Recordar las obligaciones particulares:

                  * Pecan mortalmente los que impiden al enfermo recibir la
      Extremaunción o lo permiten solamente cuando ha perdido los sentidos.

                    * Todos los que tienen obligación de velar por los intereses espirituales
      del enfermo, deben advertirle a tiempo para que reciba los Sacramentos.

                    * El médico no debe engañar a su paciente respecto de la gravedad de su
      estado; antes bien, está obligado bajo pena de pecado mortal, a advertirle del peligro, si
      esta advertencia le parece necesaria para asegurar el bien espiritual del enfermo o el
      bien temporal importante de otras personas.


      Es necesario destruir los prejuicios corrientes:

                    * Se va a asustar, se va a emocionar, se sentirá perdido...
      Respuesta: cuando se trata de consultar a un especialista o a un médico eminente, o de
emprender tratamientos sofisticados, etc., no se teme asustar o emocionar al enfermo. E incluso con
esta posibilidad, es preferible esto a verse privado de los Sacramentos y, por lo mismo, la
posibilidad del Infierno o de un largo Purgatorio.

      Por otra parte, para evitar todo susto y emoción, basta con explicar bien el verdadero sentido y
los efectos del Sacramento. No es la Extremaunción lo que hace morir; y ella asegura las gracias
que confieren un apreciable alivio al alma y al cuerpo.
                  * Es necesario asegurar la libertad del enfermo y esperar que él pida por sí
      mismo los Sacramentos...

      Respuesta: sin lugar a dudas, si el enfermo rechaza con plena advertencia y pleno
consentimiento la administración, no es posible hacerlo. Pero por lo general los enfermos se
someten a su entorno en todo lo referente a su cuerpo... y también a su alma. ¡Es necesario tomar
una decisión en su lugar! De hecho, ¡se la toma para tantas otras cosas!


                                  La administración del Viático

      La Extremaunción tiene por finalidad la fortificación espiritual y corporal del enfermo. Sin
olvidar ni excluir el fin último, ella se administra ante todo en vistas de la enfermedad grave. El
Viático se refiere directamente a la muerte.

      En ese momento de paso supremo la Iglesia quiere asegurar a sus hijos la Comunión del
Cuerpo y Sangre del Señor para proporcionarles el remedio de la inmortalidad y la prenda de la vida
eterna.

     El Viático no es una Comunión como las otras: es el Sacramento del viaje hacia Nuestro
Señor.


                                     La Bendición Apostólica

      Puede darse esta Bendición a aquellos que pueden recibir la Extremaunción.

      El Ritual aclara que generalmente es impartida después de la recepción de los Sacramentos de
la Penitencia, Eucaristía y Extremaunción.

      Dos condiciones esenciales se requieren de parte del enfermo:

               a) pronunciar, si es posible, el Santo Nombre de Jesús;

                b) aceptar con resignación todos los dolores de la enfermedad y de la muerte
         en expiación de los pecados, y someterse enteramente a la voluntad de Dios. Sugerir,
         si el caso le permite, ofrecer el sacrificio de su vida.

      La indulgencia opera con retardo: su eficacia permanece suspendida, por decir así, hasta el
momento de la muerte. Por lo tanto, puede borrar la pena de los pecados cometidos luego de su
recepción.


                          3º.- LOS ÚLTIMOS DÍAS Y MOMENTOS

      Las reacciones y los sentimientos del moribundo difieren, según esté angustiado o animado, si
es creyente o no, etc. Cada moribundo es un caso particular y no existen recetas estereotipadas para
ayudarle en ese momento.
     Lo que espera siempre de nosotros es nuestra presencia, atención y afecto.

      Una actitud primordial es la de acercarse al moribundo con la idea de que quizá —y sin
quizá— tiene algo que decir. Por eso hay que tratar de captar el mínimo gesto, la mínima expresión
o palabra, procurando interpretarlos lo mejor posible.

      No debemos llegar ante él con la única intención de imponernos mediante un discurso sobre
el valor del sufrimiento, las maravillas del cielo, los castigos del infierno o la necesidad de los
Sacramentos; y todo esto para tener tranquila la conciencia... No somos nosotros quienes debemos
asegurarnos; es al moribundo a quien hay que ayudar.

      Asistir al moribundo creyente consiste esencialmente en ayudarle a realizar actos de fe, de
esperanza, de caridad y de contrición.

     Además se exhortará al enfermo:

                   * a perdonar a todos aquellos que le han ofendido,

                   * a pedir perdón a aquellos que ofendió,
                   * a soportar pacientemente los sufrimientos y las contrariedades de su
     enfermedad, por la gloria de Dios y en expiación de sus faltas,

                   * a rezar de tanto en tanto por medio de invocaciones cortas, luminosas y
     enfervorizantes (jaculatorias).

      Muchos moribundos pierden su lucidez, prolongándose su fallecimiento de horas a días. Ya
no hay posibilidad de comunicación, aun cuando todavía el moribundo pueda a veces entendernos,
sin poder reaccionar. Entonces no nos resta sino orar en nombre del enfermo, encomendarlo a Dios.

     Las últimas oraciones que reza la Iglesia sobre sus hijos moribundos son las Oraciones de los
Agonizantes.

     Estas oraciones, emotivas y solemnes, tienen más eficacia que toda otra oración privada. Es
conveniente que sean recitadas por el sacerdote. En caso de ausencia, cualquiera de los asistentes
puede y debe recitarlas.

    En el último capítulo consagrado al cuidado espiritual de los enfermos, el Ritual describe la
muerte cristiana en términos emocionantes por su realismo y sobriedad:

               a) Los asistentes al último suspiro, deben ponerse de rodillas. Es a ellos, sobre todo,
         a quienes corresponde insistir en la oración.

              b) El moribundo, si es capaz, debe murmurar aún los Santos Nombres de Jesús,
         María y José.

              c) Que el sacerdote (en su defecto un asistente), si el moribundo no es capaz,
         pronuncie estos Santos Nombres y las jaculatorias, especialmente:
              “Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía. Jesús, José y María,
       asistidme en mi última agonía. Jesús, José y María, haced que muera en vuestra
       compañía. Jesús, José y María, haced que descanse en paz el alma mía”.




                                    PREGUNTAS CLAVES

            ¿Está preparado el hombre moderno para estar enfermo y para morir?

     Para que la respuesta sea suficientemente esclarecedora, estimo que la pregunta tendría que
formularse de otro modo:

      ¿Está preparado el hombre moderno para estar enfermo y para morir bien?

      El adverbio tiene aquí una gran importancia. Para morir bien es necesario tener una noción
clara del hecho de la muerte y, en definitiva, de lo que es el hombre y cuál es el sentido de la vida:
la muerte tiene que constituir algo que dé significado a la vida humana, y no que le robe su sentido.

       Por lo tanto, hay que decir que el hombre estará mejor o peor preparado para estar enfermo o
para morir, conforme a su concepción y sentido de la vida, de lo que es él mismo y cuál es su
finalidad.

      Toda época histórica comporta un perfil cultural en el cual se destaca el concepto del hombre
como resultado del complejo interactuar de factores espirituales y sociales. De ese concepto de
hombre, de ese arquetipo o modelo, depende en último término lo que una sociedad y cada
individuo piensan de la vida humana y de la muerte.

      La preparación del individuo para la muerte radica en lo que él mismo piense de ella, y esto se
ve condicionado, en gran medida, por lo que piensa la sociedad en la cual vive.

      Ahora bien, la visión materialista y antropocéntrica de la sociedad moderna, prepara muy bien
al hombre exclusivamente para vivir, y para vivir del modo más confortable y fácil posible,
evitando cualquier planteamiento sobre lo que pasará al término de esa vida.

      Esta visión hace que el hombre viva esta vida como un fin en sí misma, y no como un tránsito
hacia una vida superior y definitiva.

      Por eso la enfermedad mortal y la muerte se presentan como algo que viene a poner término a
las esperanzas; y de allí nacen la angustia y la desesperación.

      Por todo esto, el hombre moderno está mal preparado para morir bien; es más, está dispuesto
para mal morir.
                                   ¿Se muere mejor hoy en día?

      Ya lo hemos visto, existe un cambio de actitud ante la vida y la muerte.

       Esto lleva a una secularización de la muerte, a una concepción puramente naturalista, que, en
definitiva, conduce a que no se viva la propia muerte; se desperdicia un momento muy importante
de la vida.

     El sentido de la vida, condicionado y animado por los logros o las promesas del progreso
galopante, intenta encerrarse cada vez más dentro de unas perspectivas intraterrenas.

       Actualmente, gracias a los progresos de la ciencia, la creencia religiosa en la inmortalidad del
alma se debilita y tiende, por triste paradoja, a ser sustituida en la opinión común por la convicción
en la inmortalidad del cuerpo.

      De ahí resulta que el «arte de bien morir» haya perdido, como forma de vida, su actualidad.
Sometidos al juego de las «evasiones» y con las perspectivas de las realidades espirituales
olvidadas, muchos tienden a «hacer» su muerte pasivamente.

      Según las encuestas, la muerte consciente, orientada hacia la preparación de la otra vida, no es
considerada una buena muerte: la gente prefiere morir repentinamente, sin darse cuenta... a esto
llaman «una buena muerte»...

      Si bien la vida y la muerte del hombre no han cambiado en lo que tienen de esencial, sí hubo
y hay grandes e importantes cambios en lo que se refiere al vivir y al morir, es decir, al cómo:

                     * Situación: casa, hospital, terapia intensiva. Un 80% de los
      fallecimientos en los países avanzados tiene lugar en el hospital. Antes se nacía y se
      moría en casa, en el seno de la familia; hoy ambos acontecimientos fundamentales de la
      vida se realizan en el ambiente neutro, anónimo y deshumanizado de los hospitales,
      contando con la excusa de una mejor asistencia y escondiendo una egoísta comodidad
      de la familia, sobre todo en el caso de los enfermos desahuciados.

      La muerte ha cambiado de escenario. Pocos son, hoy en día, los que mueren en su casa, en su
cama y con su gente. La presencia y el rol de la familia han sido sustituidos por un ambiente y unas
personas extraños.

                    * Tiempo: más corto, más largo (los avances técnicos influyen ello y
      crean una frontera indeterminada entre la vida y la muerte.

                    * Modo: podemos afirmar que cada vez quedan menos agonizantes. Los
      avances logrados en el tratamiento y medicación han conseguido liberar al enfermo de
      sus dolores; pero, en contrapartida, le privan de su conciencia. De tal modo que el
      tránsito entre la vida y la muerte es vivido más por los que le rodean que por el mismo
      enfermo.
       El «luchar hasta la muerte», verdadera obsesión de la medicina actual, ha creado ambientes y
situaciones en los que la técnica reduce al moribundo a un deshumanizado aislamiento. La medicina
ha usurpado el lugar de la familia, quedando los médicos y las enfermeras en ese término medio de
ser ajenos y a la vez los únicos junto al enfermo en su última vivencia.

      Está claro que hoy en nuestros hospitales se sabe hacer medicina, buena medicina técnica;
pero quizá —o sin quizá— la muerte no forma parte de la actual filosofía médica... Se la toma más
bien como un accidente, sufrido, con mayor o menor resignación, por una ciencia encaminada sobre
todo a devolver la salud.

      Ciertamente la experiencia del morir tiene hoy una coloración diferente, cuya máxima
característica consiste en que al moribundo le sea arrebatada su muerte: el contexto ambiente no
sólo se ha secularizado, sino que se ha «desnaturalizado».

       Para que el hombre pueda, simplemente, vivir su propia muerte, es necesario que le sean
restituidas una serie de condiciones (teológicas, filosóficas, culturales y sociales) que la hagan más
natural y más sobrenatural.

      Mientras tanto, el hombre seguirá, a pesar de todo, muriendo... pero con una mala muerte...




             ¿Cuál debe ser la actitud del médico frente al enfermo incurable?
          ¿Qué la aconsejaría usted, como sacerdote, a los médicos sobre este punto?

      Si el médico no tiene convicciones claras y firmes sobre el sentido de la vida y de la muerte,
si no encuentra un sentido a la muerte, su reacción será de impotencia, de frustración, de miedo de
enfrentarse a la muerte, de poner un “biombo de rutina” para no pensar en ella. Esta actitud lleva
consigo un inconsciente alejarse del enfermo incurable.

       Al contrario, si su postura ante la muerte es trascendente, espiritual, religiosa, el médico será
para su paciente portador de fortaleza y de esperanza y sabrá prepararle paulatinamente para que
asuma su propia muerte como un acto más de su vida; el último, sí, pero un acto vital: le ayudará a
vivir su muerte.

       A pesar de los incesantes avances de la tecnología y de los progresos de los tratamientos
intensivos, el médico debe reconocer, con humildad, que, a pesar de sus esfuerzos, de sus
conocimientos y de la tecnología puesta a su servicio, la enfermedad prosigue su desarrollo hasta la
crisis final, y el hombre debe enfrentarse, tarde o temprano, con la muerte.

       Dentro del contexto de los progresos tecnológicos, el médico y la enfermera, por lo general,
no están preparados para enfrentar la muerte. Se les enseña toda clase de teorías y medios para
devolver la salud, para atender al enfermo y hacerle más llevadera su enfermedad; pero cuando todo
esto falla... sólo queda lo que a cada cual se le ocurre.

     Se habla mucho del arte de vivir y del arte de curar, pero se silencia todo lo referente al arte
de morir. El médico convirtió la muerte en un tabú que no se debe nombrar.
      El médico como por mecanismo mental inconsciente, por lo general rechaza al moribundo:

         - sea porque le recuerda su propia necesidad de morir,

         - sea porque piensa que constituye un fracaso profesional o un posible error de
             diagnóstico o tratamiento,

         - sea por falta de tiempo, que se puede emplear en otros pacientes. Hay mucho que hacer
             y se carece de tiempo para sentarse al lado del enfermo, sólo y exclusivamente para
             estar con él.

      Ante el difícil arte de acompañar al moribundo, el médico y la enfermera sienten una cierta
impotencia cuya única salida inconsciente es recurrir al amparo de los mecanismos de defensa, que
se expresan así: «que venga la familia», «que pase alguien», «que venga el sacerdote y le diga
algo»..., y, sobre todo, mucha actividad: sueros, oxígeno, sondas, etc.

       Ante el enfermo incurable el médico debe recordar que estar sano o enfermo, vivir o morir,
son acontecimientos humanos en los cuales intervienen aspectos corporales, anímicos, sociales y
religiosos. La intervención médica sería altamente ineficaz si se ordenase únicamente a lo corporal,
desentendiéndose de los otros aspectos del ser humano.

      Por eso, el médico:

                    * debe aliviar el dolor y calmar la ansiedad y la angustia, disminuyendo
      las molestias del paciente,

                     * nunca debe practicar la eutanasia activa y directa. Todo ser humano
      recibe el derecho a la vida inmediatamente de Dios. Por eso, no hay ningún hombre,
      ninguna autoridad humana, ninguna ciencia, ninguna indicación médica, eugenésica,
      social, económica o moral que pueda dar un título jurídico válido para una disposición
      que mire a la destrucción de la vida del inocente, bien sea como fin, bien como medio
      para otro fin,

                    * puede aplicar los medios extraordinarios, pero administrados con
      sentido común, en vistas a la obtención de una vida razonable y digna, sin obstinarse en
      una terapia encarnizada, mal entendida, sin esperanzas de mejoría o recuperación del
      paciente y sin resultado positivo en su haber, y que puede incluso arruinar o deshacer
      una familia.

     El médico debe reconocer cuándo cesa la obligación de mantener la vida de una persona y
cuándo comienza el deber de asistirle a su muerte.

      Tarea del médico ha sido siempre atender la vida, garantizar la salud, evitar o distanciar la
muerte. Las posibilidades técnicas de la moderna medicina en orden a defender la vida, a
prolongarla incluso, a mantenerla en niveles de situación casi sólo vegetativa, exige un análisis
moral que determine los límites de la asistencia sanitaria a enfermos moribundos.
       En efecto, ¿hasta qué extremo es lícito conservar la vida del hombre por procedimientos
artificiales? La posibilidad de prolongar artificialmente la vida implica irremediablemente la
pregunta acerca del posible derecho del hombre a su muerte natural.

      Cada ser humano tiene el derecho y el deber de asumir su propia muerte y hacer de ella un
acto realmente humano, con todo lo que ello implica; es más, hacer que ella sea cristiana.

      Así como nadie, ni siquiera el mismo enfermo, tiene derecho de acortar ese proceso de
desfallecimiento que conduce a la muerte, de la misma manera todo hombre tiene derecho a morir
cuando le ha llegado su hora. Nadie debe prolongar el desfallecimiento, salvo si con ello se sirve a
determinados valores, de orden individual o social, natural o sobrenatural.

      No merece el nombre de asistencia médica el prolongar la vida de un ser humano cuando esto
constituye una mera experimentación.

      La muerte forma parte de la vida; es su límite propio, su frontera natural, como lo es por el
otro extremo el nacimiento.

       La muerte y el morir no coinciden: la muerte significa un fin; el morir es el camino que el
hombre tiene que recorrer en su última fase de la vida hasta la muerte. El morir es siempre una parte
de la vida, más corta o más larga. La asistencia que se presta a un moribundo es siempre una ayuda
vital a una parte, la más difícil, de la vida.

       Si la vida humana tiene un límite natural e ineludible, como es la muerte, hoy se plantea a la
ética de la medicina el solucionar sabia y cristianamente el morirse del hombre. También es respetar
la vida el dejar morir en paz al que tiene que morir. Todo hombre, repetimos, tiene derecho a vivir
cristianamente su propia muerte. No hay persona ni institución alguna llamada a apropiarse de la
muerte de otro hombre.

      Este derecho descarta tanto un acortamiento como una prolongación antinaturales. No todo lo
que el médico puede hacer técnicamente será siempre lícito.

     ¿En qué medida respetan ese derecho las instituciones, ya sea el hospital, ya sea el Estado, los
equipos de asistencia sanitaria, las familias?

      Dos errores a evitar:

                   * Estar tan absorbidos por los aspectos médicos relacionados con el
      moribundo, que olvidemos los aspectos éticos, morales.

                   * Estar tan penetrados de los aspectos morales, que nos olvidemos del
      moribundo y de lo que podemos hacer por él como ser humano.

       La cuestión fundamental es: ¿qué puedo hacer, qué me está permitido y qué debo hacer por
este ser humano moribundo?

    No se trata de eutanasia; ni positiva (porque el médico no acelera la muerte del paciente de un
modo positivo), ni negativa (porque no priva al enfermo de los cuidados normales y ordinarios, sino
de los extraordinarios, los cuales, más que prolongar razonablemente la vida, parecen un intento
desesperado —a veces cruel e inhumano— de prolongar el morir).

      En tales casos el médico no mata, no hace morir, sino que deja morir, es decir, deja que el mal
siga su curso inexorable e imparable, sin quererse oponer a él con todos los medios posibles, sino
tratando de hacer la única cosa útil y razonable que en tales circunstancias queda por hacer: usar de
todos los medios que hacen a la muerte menos penosa y espiritualmente más digna y meritoria.

      Si la muerte, en cuanto límite, forma parte de la vida, el médico está obligado a respetar ese
límite, sin pretender forzarlo. Respetar el inexorable límite mortal del hombre, ayudarlo a afrontarlo
y a asumirlo con serenidad, fe, esperanza y caridad, será el último servicio a la vida del hombre.

    Particularmente las llamadas Salas de Reanimación o de Terapia Intensiva deben ser
humanizadas, cristianizadas.

      Este tecnificado ambiente produce una grave repercusión psíquica y somática sobre los
pacientes, e incluso sobre el mismo personal de guardia.

      Esto exige:

                       * que no se admitan enfermos terminales, sin probabilidades de
      recuperación.

                       * que se extreme la ayuda espiritual y afectiva (sacerdote, familiares,
      amigos, etc.).

       La estructura organizativa hospitalaria debería proveer a que, especialmente en los momentos
críticos de urgencia, además de atender las necesidades médico-asistenciales, haya quien se ocupe
de manera particular en serenar y tranquilizar al paciente.




                             ¿Qué información debe recibir el enfermo?

      Frente a un enfermo que se le confía y que está próximo a morir, para el médico no resulta
nada fácil anunciar la gravedad de un pronóstico. Muchos factores intervienen aquí: reconocer la
impotencia de la medicina, no querer romper la esperanza del paciente y de la familia, abordar una
labor delicada que exige condiciones de un diálogo serio, etc.

      El enfermo debe ser informado de su estado, incluso de la probabilidad de su muerte próxima.
Falta saber por quién y de qué modo debe ser informado.

      En cuanto al quién, parece normal y lógico que sea la persona que goza de mayor confianza
por parte del paciente y que esté en condiciones más favorables para ayudarle a superar sus
eventuales reacciones negativas iniciales y prestarle asistencia conveniente a lo largo del proceso
que lo conducirá a la muerte.
      En cuanto al modo de dar la información, el problema se hace más difícil. La asistencia
pastoral al enfermo incurable y la información de su estado debe comenzar según aquella fase en la
que se encuentre:

                        1: Ignorancia
                        2: Duda
                         aquí se sitúa la comunicación o descubrimiento
                        3: Negación implícita
                        4: Rechazo explícito
                        5: Rebelión
                        6: Tratos con el destino
                        7: Depresión
                        8: Resignación
                        9: Aceptación
                        10: Conformidad

      Cuando el paciente grave comienza a pasar de la duda a la negación implícita de su gravedad,
ese es el punto de partida del diálogo de explicitación de la verdad, en el que el enfermo debe tener
una participación muy activa.

     Las reacciones del paciente ante la noticia se desdoblarán en fases diferentes y sucesivas,
pasando de la negación al aislamiento, a la rebelión, a la depresión, a la aceptación y a la esperanza.

      El interlocutor no podrá abandonarlo en ninguna de estas fases, sino que deberá asumir
correctamente la situación, con amor, inteligencia, paciencia, delicadeza y disponibilidad de ayuda,
siempre consciente de que el agente principal será el propio paciente.

      Algunos enfermos no están seguros de la gravedad de su estado; es más, rechazan la idea de
que la muerte sea el final obligado de su enfermedad y se aferran a la menor manifestación de
esperanza. Debemos ayudarles con mucha prudencia y delicadeza, a fin de estimularlos a modificar
su actitud.

     Otros sí que saben que se están acercando a la muerte. Entre éstos, están los que no quieren
reconocer en su fuero interno lo que saben o, por el momento, no tienen el valor de ir más lejos.
Hay que esperar la posibilidad de dialogar en un clima de franqueza y serenidad.

       Hay otros que, sabiendo, prefieren guardar su secreto, sea por delicadeza hacia su entorno,
sea para no apenar a su familia, sea porque piensan que ellos lo saben pero quieren esconder la
verdad y no quieren decepcionarlos. Hay que ser discretos y prudentes con ellos, pero es necesario
hallar el modo de hablar para que compartan ese secreto, lo cual les ayudará mucho.

      Algunos no quieren saber que van a morir. Pero siempre se puede y se debe decir la verdad.
La verdad «brutal» es insostenible, pero la experiencia prueba que, si se deja lugar a la esperanza, si
está cargada de consideración y respeto, la verdad siempre se puede decir. Nada hay peor que las
conspiraciones del silencio o las mentiras torpes, y la soledad en que se confina al enfermo, que
raramente está engañado y ya no puede, a fin de cuentas, confiarse a nadie. En esta situación él se
encuentra acorralado, especialmente con su familia, con el juego de no-decir, de las medias
verdades.
      Otros sí quieren saber y desean que se les diga la verdad sobre su estado. Al médico le toca
comprender que ha llegado el momento de hablar sin rodeos, incluso si para ello son necesarias
varias entrevistas o conversaciones.

     Están los que se rebelan. Están tristes y profundamente atormentados; su sufrimiento moral
es muy grande y surgen preguntas en su espíritu: ¿por qué?... A veces se niegan a mirar de frente la
gravedad de su situación. Si se la explican la entienden, pero sólo aparentemente, sin creérsela de
verdad.

      El hombre es un ser frágil, sobre todo ante la llegada de la muerte. Por lo tanto, debemos ser
reservados cuando nos encontramos con gente así; saber medir la esperanza que queda de una
posible mejoría, de un plazo que permita a todos gozar de una presencia un poco más prolongada.
Hagámosle sentir que no tenemos ninguna prisa por dejarle.

      Vigilar y rezar..., esto es lo que pidió Jesús a sus discípulos en el Jardín de los Olivos cuando
se acercaba la muerte y Él estaba triste, con pavor y tedio. Esto es lo que necesita todo hombre que
va a morir y siente el peso de la fragilidad de su naturaleza.

       El que está cerca de la muerte necesita una presencia comprensiva y serena, que pueda
expresarse con palabras, con miradas, con gestos y, a veces, con silencios; presencia que le permita
sentirse unido al mundo de los vivos y le prepare, al mismo tiempo, a entrar en la otra vida. Se
necesita una gran delicadeza para que esta presencia le aporte algo.

     Están los que asumen su situación. A éstos hay que dedicarles una especial atención para
ayudarles a santificar su estado y consagrar sus últimos días con verdadero espíritu cristiano.

      Sea lo que sea, estemos frente a tal o cual caso, no hay derecho de robarle la muerte a un
enfermo, y hay un momento en que la verdad debe ser dicha, se la pida o no, se la quiera o no, se la
acepte o no.

     La experiencia prueba que una conversación cálida, con el corazón en la mano, aporta
siempre al enfermo una gran serenidad.




            ¿Ante un enfermo incurable, qué papel asigna a la familia del paciente?

      Por lo que respecta a las Terapias Intensivas: ¿hasta qué punto la presencia de la familia,
alejada tras un despliegue gigantesco de esterilidad y organización, es un asunto favorable?

      Pensamos que es la expresión palpable y dolorosa de la primacía que la atención técnica ha
adquirido sobre la dimensión humana de los enfermos.

      Todo está dispuesto para el bien del somático enfermo; pero existen tantos reglamentos y
burocracias, tantos cables y sondas, que todo, en definitiva, contribuye a descuidar la dimensión
humana del paciente: éste necesita ser confortado y animado; sin embargo, está rodeado de
extraños.
      Por la influencia natural que ejerce sobre el paciente, es casi imposible ayudar global y
eficazmente al moribundo sin la colaboración de la familia. Su comportamiento, positivo o
negativo, repercutirá en el paciente y consiguientemente en la asistencia espiritual.

      Toca a los familiares, más que a cualquier otra persona, prestar respaldo espiritual, como
corresponde a ellos compartir gran parte de sus problemas íntimos.

       Los familiares, ante la muerte de un pariente, atraviesan por las mismas fases de adaptación
que el paciente, aunque de manera menos chocante. En este momento también ellos necesitan apoyo
espiritual.

      Cuando hayan asumido la realidad y recuperado la serenidad, podrán proporcionar al enfermo
la ayuda que necesita y crear un ambiente favorable para una muerte tranquila.

      En la fase final del proceso hay un momento en el que el moribundo se desliga del mundo
exterior y entra en un estado de soledad.

       Las personas más allegadas se retiran y esperan el desenlace, pues juzgan que ya no tienen
nada que hacer. En realidad, sin embargo, el moribundo todavía necesita de su presencia; aguarda
las últimas expresiones de amor.

      Las personas que tengan la fortaleza y el temple para darle el último adiós, aunque silencioso,
percibirán que la muerte es más natural de lo que se piensa, y se prepararán más fácilmente para
enfrentarse a la propia.




            ¿Cuál es la actitud del anciano al ingresar en un Centro para ancianos?

      Para un anciano, la entrada en un hospicio, asilo, residencia o geriátrico implica casi siempre
un trastorno debido a las necesarias rupturas:

                    * con el ambiente habitual de vida (casa, muebles, espacio conocido),
                    * con la familia, con los amigos, con los vecinos,

                    * con una cierta independencia (desde ahora quedará sometido al
      reglamento del instituto que se ocupará de él), etc.

      Estas rupturas, sinónimos de despojo, se le presentan como signos que preanuncian la ruptura
o el despojo final, la muerte.

      La certeza de morir es percibida por el anciano desde el momento en que franquea la puerta
de la residencia. Esta percepción es mucho más viva y profunda que la de otros ancianos que
envejecen y mueren en sus casas.
      Ingresar en uno de estos centros significa el final de una existencia normal dentro de la
sociedad, y la entrada en la última etapa de la vida, en la espera de la muerte. Y esto le será
recordado cada vez que tenga noticia de la muerte de un pensionista.

       Esta perspectiva de la muerte, a la entrada o durante la estadía en la residencia, va
acompañada de sentimientos diversos, según el temperamento, el carácter, la formación cultural y
religiosa:

                   * Sentimiento de indiferencia: «Era normal que un día sucediera» «A
      todos nos toca» «Yo ya soy demasiado viejo»...

      Esta indiferencia puede ser una prueba de insensibilidad; pero aparece más bien como un
comportamiento realista («Ya que la muerte es inevitable... ¡nada de ilusiones!»); e incluso una
actitud optimista («La muerte es un paso a otra vida»).

                   * Sentimiento de temor: no necesariamente ligado a la muerte, sino a todo
      aquello que la debe preceder (sufrimientos físicos, sufrimientos morales [soledad,
      degradaciones], larga agonía).

     Este sentimiento de miedo puede acentuarse en las personas escrupulosas (el pecado, el juicio
de Dios, el infierno, etc. pueden ser motivo de tentaciones contra la esperanza).

      En general, en la persona anciana la muerte no es objeto de una angustia excesiva: los
psiquiatras afirman que la muerte no obsesiona al anciano, salvo en el caso de que también en el
pasado le tuviera miedo.

                   * Sentimiento de alivio: experimentado especialmente por personas que
      han sufrido mucho en su vida o ante una enfermedad o dolencia que se alarga. La
      muerte, entonces, puede ser deseada y esperada como el final de los sufrimientos.

                   * Sentimiento de serenidad: ante el deber cumplido, encomendando a la
      misericordia de Dios las faltas cometidas y ofreciéndole toda su existencia.

       Sea como fuere, si bien el anciano tiene conciencia de su muerte, e incluso a veces habla de
ella, resulta raro que este tema sea evocado por él, y cuando lo hace, existe siempre como un
desfasaje entre lo que dice y lo que vive en profundidad: ante la muerte queda una cierta intimidad,
un cierto pudor, algo que no se revela a cualquiera.




         ¿Cómo debe ser acompañado el anciano durante su estadía en la residencia?

     Si bien el anciano que vive en un instituto tiene presente la idea de la muerte, sin embargo no
imagina una muerte próxima.

      Por otra parte, surgen otros dos fenómenos:
                  * por un lado el anciano, por múltiples razones y especialmente en los
      hombres, difícilmente entra en comunión y, de este modo, corre el riesgo de
      encaminarse más rápidamente hacia el desánimo y la muerte;

                      * por otro lado todo hombre, también el anciano, desea vivir,
      desarrollarse, perfeccionarse, llegar a la plenitud. El anciano en una residencia se siente
      inútil, y esto lo desanima.

      Por esto es muy importante que los responsables de la residencia hagan todo lo posible:

                    - para evitar un ambiente lúgubre,

                    - para ayudar al anciano a vivir lo mejor posible (material y
      espiritualmente) la última etapa de su existencia,

                    - para permitirle obrar, crear, expresarse, servir, amar,
                    - para proponerle una asistencia religiosa.
      Por muy reducida que esté una persona anciana a causa de la miseria física o moral, debemos
permitirle vivir lo mejor posible y hacerle comprender que no está de sobra, que no sólo no es una
carga, sino que su vida y lo poco o mucho que le queda de ella es muy útil.

      Debemos darle razones para que viva en completa paz y seguridad, y, por qué no, con alegría.

       De este modo se encaminará hacia la muerte con menos aprensión: rodeado, confortado,
visitado, respetado, puede tener una cierta seguridad de encontrarse así en el momento de su muerte.




                             ¿Cómo reacciona el niño ante la muerte?

      Si los mayores no intentan abordar el problema, conocerlo, y, por lo tanto, no lo comprenden,
¿lo entenderán los niños?...

      El niño entre 8 y 10 años (edad en que comienza a distinguir y separar conceptos más
abstractos), si bien no se turba cuando se le habla de la muerte, sin embargo le produce extrañeza,
aunque es capaz de comprender lo que significa, en la medida que los mayores no le disimulen el
sentido.

      Ante todo, los niños distinguen la muerte, se dan cuenta del sentido que tiene como distinto
del vivir.
      Sin embargo, no tienen una imagen de la muerte en sí, ni como concepto ni como experiencia
que les afecte, sino que predomina una imagen meramente externa, asociada a las cosas que rodean
la muerte y que no influyen en su persona (cama, cajón, cruz, velas, cementerio, tumba, etc.), por lo
general intentando «hermosear» el hecho, en el sentido de supervivencia corporal.

       Los sentimientos que predominan ante la pregunta «¿Cómo te figuras la muerte?» son la
tristeza, el miedo y el acudir a la religión.

       Los niños manifiestan su desagrado porque el tema es desagradable en su cultura y no por
experiencia. La muerte, para ellos, es un nombre que pertenece al vocabulario de las palabras
terroríficas: diablo, infierno, brujas, cuco, etc.

      El niño vive en esta sociedad que oculta la muerte y él va creciendo ajeno a esta realidad. Por
eso sus sentimientos van más por el lado de la tristeza y el miedo que por el de la aceptación a
integración en su vida.

      Y porque es desagradable, en general los niños no desean saber que van a morir, quieren
morir en casa (protegidos) y no en el hospital.

      Pero hay gran diferencia entre los niños de ciudad y los niños de campo. Estos últimos tienen
más experiencia con la naturaleza y con la muerte (desean saber, y prefieren morir en casa; la
técnica, lo desconocido y las personas ajenas les asustan).

      Ante el hecho inevitable de que hay que morir, entonces se desea una muerte suave, pacífica,
sin dolor, como un sueño, a una edad avanzada, rodeada de quienes pueden hacerla más llevadera.




                  ¿Cómo enseñar a los niños a integrar la muerte en su vida?

                    * Hemos de enseñar primero a los adultos a superar sus propios temores.

                    * Hay que acentuar el sentido de la vida. Una explicación cristiana de la
      muerte es, de hecho, una explicación del sentido cristiano de la vida.

     El aprendizaje sobre la muerte debe concluir en la enseñanza de que hay una vida eterna
después de la muerte (que implica la resurrección de la carne), y en la victoria sobre el error y
engaño tan difundido de que «después de la muerte no hay nada».

      Las respuestas que se den al niño deben arrancar de la vida: desde la vida que comienza
ahora, que se desarrolla, se plenifica y se continuará luego.

      Existe una continuidad entre nuestra vida de ANTES y nuestra vida de DESPUES de la
muerte (utilizar las parábolas del grano de trigo y del grano de mostaza: «Si el grano de trigo no cae
en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, llevará mucho fruto». «El Reino de los Cielos es
semejante e un grano de mostaza que toma uno y lo siembra en el campo. Y, con ser la más
pequeña de todas las semillas, cuando ha crecido es la más grande de todas las hortalizas y las
aves del cielo vienen a anidar en sus ramas»).

                   * Hacer nota la diferencia entre la vida simplemente vegetativa o animal y
     la vida racional. No desaprovechar las ocasiones que puedan hacer más inteligibles el
     hecho; acudir el método de «ver y palpar», ya que la experiencia es esencial para
     comprender y es la base de todas las nociones que podamos darle al niño sobre el morir.

                   * Cuando el niño formula preguntas sobre la muerte, en el fondo está
     pidiendo seguridad y confianza. Por lo tanto hay que colmar esas necesidades,
     procurando darle a entender la verdad y enseñarle a aceptarla.

                   * Situándose en el nivel de comprensión del niño y evitando provocar en
     él la confusión, es indispensable:

                   - No tratar de engañarlo.
                   - Dar respuestas simples y directas a sus preguntas.

                   - Permitir que asista a los funerales.

								
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