Esta es Alejandrina transformada

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					                                  Capítulo 11
                 Esta es mi Alejandrina transformada en Cristo

Para resucitar en Cristo

¡Grande debe ser nuestro Dios que, para admitir una criatura en la contemplación
de Sí mismo, exige de ella purificaciones tan profundas y dolorosas!

Recordemos como esta purificación es doble: la purificación de la parte inferior del
alma como parte del cuerpo, lo que acontece en la noche oscura de los sentidos;
después la purificación de la parte superior del alma, esto es, el espíritu que tiene
sus operaciones propias, como inteligencia y voluntad y es lo que sucede en la
noche oscura del espíritu. La gracia de Dios no destruye la naturaleza, pero la
purifica y la afina, hace como el agua que excava el lecho por donde pasa y se
apropia de todo aquello que encuentra.

Varias veces Alejandrina explica este proceso, habla del espíritu que se separa del
alma, (Heb. IV, 12) basta recordar aquello que ella sintió y refirió el 15 de agosto
de 1944, cuando Jesús la asaltó como un ladrón, llevándose consigo aquella
porción de vida que era la vida de su dolor, esto es, de la parte inferior del alma y
del cuerpo.

Nos habla de eso otras veces, como el 28-12-1945 y el 4-1-1946, con una alusión
explícita a su resurrección en Cristo. Estas son sus palabras: "Parece que mis días
finalizaran en la tierra, que perdí toda la vida humana; fue el día 24 que comencé a
sentirme así, es esta separación, este estado del alma con mis tinieblas, con esta
negra ceguera, que me hace sentir que todas las almas y todo el mundo viven en
las mismas tinieblas y en la misma ceguera de espíritu. No sé lo que es,
desapareció y yo me quedé. Esta vida que perdí fue a resucitar no sé a dónde,
pero continúa con una sed ardiente de salvar al mundo; siento que del lugar a
donde fui a resucitar viene una unión para la tierra, una unión para el dolor que da
fuerza al mismo dolor, le hace compañía en la tierra. No comprendo: se fue y se
quedó, se fueron los días y continúan.

De un momento para otro no sé lo que sucedió, pero me parece que fue un soplo,
lleno de luz, soltó de mí el vuelo, voló para lo alto, fue gozar y yo me quedé en la
ceguera y en la muerte".

Este espíritu (parte superior del alma) ya purificado y lleno de luz, vivía una vida
superior, el 24-10-1944, contemplaba la parte sensible y la veía espiritualizada.
Alejandrina, maestra y artista en sus comparaciones, la describe así:

"La sangre continúa descendiendo de lo alto: cae sobre aquello que ya está limpio
(habla de los sentidos ya en cenizas y deshechos) No hay nada más que lavar.

Oh mi Dios, ¿cómo puedo hablar de una cosa que no existe? Yo no soy nada;
hablaré del dolor, dolor que no es mío, del dolor que no me pertenece; lo veo
ahora andar a rastras, me recuerda una serpiente, de las que lanzan el veneno.
Veo este dolor envuelto en lodo caer para un lado y para otro. Esta vida que era
de dolor, vive más en lo alto, la dejó para no volver; vive allá en la cima, muy en lo
alto, mirando al dolor acá abajo y lo mira con compasión.

Esta vida que vive allá en la cima es una vida como aquella de que hablé en el día
de la Asunción, no sé explicar mejor mis sentimientos".

Con el mismo realismo, desde 1945 en adelante, Alejandrina describe el despojo y
la purificación de la parte inferior del alma, después de que ella vive una vida
nueva, toda celeste. Transcribimos algunos pedazos. También esta parte tiene
que ser preparada para poder ir hasta Dios:

"A ciertas horas, mi espíritu va como vagando por los aires, siempre entre
tinieblas... quiere subir, subir, llegar al Cielo, pero no lo ve, no lo encuentra, ya no
existe" (14-11-1944)

"En mí no hay nada que me pueda dar alegría: todo aquello que es bello y
poderoso para mí es dolor, de mi pequeño lecho puedo admirar la grandeza del
Creador, observo desde la ventana los árboles cubiertos de flores, ¡Qué belleza!
Después su candor se transforma en oscuridad en mi alma, todos los pétalos son
como una saeta que se ensarta en mi corazón... ¿Qué hacer? Aceptar lo que
viene de Ti, de tu voluntad, Señor, voy para la muerte con la mirada fija en tu cruz"
(1-3-1945)

"Todo lo que escribo sucede en una región que me era desconocida; pasaron dos
horas y me parece encontrarme en otra región, pero tengo la impresión de que
nada me ha sucedido y lo que yo no quiero es engañar... La presencia de las
personas íntimas que yo tanto amo (cuando digo que amo a alguien, me parece
mentirme a mi misma) esto me causa horror, siento que es el Señor que me oculta
los fines que me unen a estas personas, siento miedo de ellas, pero al mismo
tiempo me parece que ya no vivo en la tierra, sino en una región distinta y
desconocida.

Cuantas veces digo: "¡Estoy en el mundo! entonces ¿qué vida es ésta? Si en el
pasado sentí ansias por el Cielo, en estos últimos días su vehemencia no se
puede explicar y tal vez me consuma".

¿Jesús, cuando llegará mi gran día? ¿Cuándo te veré cómo eres?
¿Cielo, cuanto te veré?

En estos deseos y ansias, me parece salir de mi misma y pedir amor a Jesús. No
le pido el Cielo, para no faltar a aquello que prometí, pero ¡cómo es grande mi
sacrificio! me arranqué de todo aquello que es la tierra, Jesús, ya no tengo querer,
quiero tu santa voluntad y poseerte enteramente.
Todo aquello que hago, todo aquello que pienso, es todo por Jesús y por su gloria:
no tiene como fin el premio.
Quiero ser sólo aquello que Jesús quiere, no quiero sobrepasar un solo paso la
perfección que Él quiere de mí" (13 y 18-7-1945). El fuego devorador de Dios la
había herido, la había incendiado y con la destrucción de aquello que es de la
tierra, la deja con nuevos deseos para realizarse, con nuevas ansias de amor;
arrancada de todo cuanto es terreno y lanzada en un plano de vida totalmente
superior, Alejandrina se siente suspendida, sin nada de que agarrarse, en una
búsqueda incesante de amor que sólo Él la puede hacer sobrevivir y la puede
saciar. De hecho, hace meses que Alejandrina no se cansaba de repetir: Oh
Jesús, se existiesen fábricas que inventaran el amor y me fuera posible
transformar el mundo entero en fábricas: es esto lo que yo querría hacer" (17-10-
1944).

Pero el efecto de este amor transformante produce en ella una nueva elevación,
que alarga siempre más y más su corazón:

"Se cambió el escenario de mis tinieblas -escribe Alejandrina-; hasta ahora me
fundía en ellas, en ellas caminaba, pero siempre en terreno duro, ahora, mi Jesús,
son mares, universos de ellos, pero mares sin fondo y yo no sé nadar.

Me hundo en ellos, quiera o no quiera, pero tengo que caminar siempre, siempre
para adelante, voy buceando como pez que no puede nadar, como avecitas sin
vuelo, que al suelo tienen que caer; camino en esta horrorosa oscuridad del
espíritu, como una niña tímida que no puede, ni sabe andar" (16-10-1945).

Nada más sufre todo esto, debe escribir:

"Siento que la verdadera muerte, que yo quiero llamar vida, se aproxima, siento
que las espadas de fuego, espadas de amor vienen a darme esos cortes en el
momento final.

Estas espadas vienen de Jesús, este amor viene también de Él, este último
momento causado por esas espadas será de amor" (25-10-1945). "Sufro una cosa
que ya sufrí hace varios años: ser devorada lentamente, pero hay una diferencia:
en aquellos tiempos era comido el cuerpo por animales y por pájaros, en cuanto
ahora es comida mi alma y cuesta más, mucho más". (17-9-54) Pero, este amor
que purificó el alma, al mismo tiempo la transforma, la vuelve deiforme, es como
una planta que la acción divina arrancó de un terreno divino, donde una nueva
selva la hace vivir de una vida celeste y divina.

Nuestro Dios es un fuego que devora

Todos nosotros fuimos transplantados de un terreno de muerte para un terreno de
vida; pero, para que el transplante no sea fatal, Dios usó con nosotros de aquella
misma diligencia que el jardinero usa con las plantas tiernas: fuimos transportados
con una porción de tierra; para hacernos completamente celeste, este resto de
tierra debe poco a poco desaparecer hasta que nuestras raíces se sumerjan
únicamente en terreno divino y toda nuestra vida, apoyada por un alimento todo
celeste, se transforme en vida divina. Pocas son las almas que se robustecen a
punto de consentirle al jardinero divino esta admirable operación.

Alejandrina fue de este número. Jesús podrá afirmarlo el 20-5-1955: "¡No tienes
vida, porque la vida que vives es mía!". Primero le había dicho: "Vive, hija mía,
vive mi vida divina, estás sobre la tierra, pero ya no eres de la tierra" (8-4-1955) Y
ella misma siente que ya no puede vivir acá abajo, porque así se explica: "Este
infinito sólo puede vivir en el Infinito" (1-4-1955).

La transformación sublime fue completada por el amor de aquel Dios que es fuego
devorador y divinizante, según la expresión de San Pablo; de aquel amor con el
que le decía a Alejandrina: "¿Quieres ver como te quemo?"; que ya en 1942 le
confiaba: "Jesús transforma en amor el alma que ama" (11-9-1942); “Dios es
grande y hace grandes sus obras” (19-6-1942) e irrumpe en ella y le grita
victoriosamente: "¡Fuego, fuego, fuego de Jesús! ¡Pureza y candor de corazón!
¡Jesús quiere reposar en los corazones puros! ¡Jesús quiere reposar en las almas
vírgenes!" (18-9-1942). Jesús habla en estos términos de aquella posesión
absoluta conquistada por el Amor Eterno: "Uniendo mi corazón a su Divino
Corazón, lo abrió para recibirme toda, diciéndome: "Hija mía, corazón con
Corazón, amor con Amor, para ser ambos abrasados en un sólo fuego divino" (5-
9-1942).

El primer viernes del mes de octubre de 1954, la obra divina de Jesús en el alma
de Alejandrina llegaba a su término, aquella criatura, abrasada por Dios, ahora
incandescente, esperaba la orden suprema para arrancarse de la tierra y extender
su llama sobre todo el mundo, es que el Señor no enciende una lámpara para
colocarla bajo el lecho.

Y Jesús habló a Alejandrina: "Ven, hija mía, estoy contigo, contigo está el Cielo en
todo su poder".

En aquel momento, dice Alejandrina, que salió de la Llaga de su Divino Corazón
una onda de fuego muy grande, con rayos tan luminosos que se extendían a todo;
poco después, de toda su llaga divina salieron rayos, que fueron a traspasarme las
manos y los pies, también de su Cabeza Sacratísima se comunicó a mi cabeza un
sol que me atravesó el cerebro. Jesús hablando de la primera onda de fuego y
después de los rayos que salían de su Divino Corazón, dice en tono de orden:
"Hija mía, como Santa Margarita María, yo quiero que tu incendies el mundo con
este amor, ahora apagado en el corazón de los hombres".

Como en otro momento sobre el altar de los sacrificios (Levit, IX, 24), el fuego que
venía del Señor para consumar el sacrifico por los pecadores y los holocaustos,
así se tiene la sensación de que lo mismo estaba sucediendo a la víctima de
Balasar.
Alejandrina le preguntó a Jesús: "¿Cómo, oh Señor, trabajar en este sentido, si tu
amor no es aceptado ni siquiera cuando lo ofreces Tú mismo? ¿Cómo es que los
hombres lo recibirán de mí?".

"¡Cómo a tu dolor, cómo a tu dolor, hija mía! Solamente así, las almas se mantiene
agarradas a las fibras de tu alma y después se dejarán incendiar los corazones, se
dejarán incendiar en mi amor".

Jesús en los últimos días puede decirle a este serafín de amor y de martirio:

"Lanza a las playas, sobre los casinos y sobre los cines, sobre todas las ciudades
provocadoras y pecaminosas, tus redes ensangrentadas, tus redes de tormentos
indecibles y sin igual... ¡Oh, la tierra dentro de poco recibirá del Cielo lluvias, rocío
celeste mandados por ti! ¡Tu misión!... ¡Tu misión continuará en el Paraíso,
continuará triunfante!

Lanza tus redes, lanza tus redes, lanza tus redes a los sacerdotes, a los
sacerdotes, a los sacerdotes!...".

Su Eminencia el Cardenal Patriarca, que no le eran desconocidos muchos escritos
de Alejandrina, le explicaba al Padre Salesiano su parecer sobre la Crucificada de
Balasar: "¡Es un serafín que se consume de amor!".

Y porque Alejandrina tenía la mirada, el alma y toda su vida iluminada,
incandescente, podía terminar sus días acá abajo sonriendo y exclamando con
una voz que era toda luz: "¡Qué esplendor! ¡Qué luz... Qué luz... Desaparecieron
las tinieblas!...".
Y la llama encendida en Balasar nunca más se apagó y... por cierto nunca más se
apagará.

Ustedes son templos de Dios (I Cor., III, 16)

"¡Qué fuego en mi corazón! ¡Me quema tanto! ¡Parece destruirlo!" (12-4-1945).
Llagada por el amor hasta convertirse ella misma en una llaga, Alejandrina, como
toda alma contemplativa es curada por el mismo amor y transformada en Dios. Lo
dijo Jesús a Alejandrina: "Este fuego que sientes en ti es el fuego de mi amor... es
la medicina divina".

El primer síntoma de esta transformación en Cristo, que todo cristiano tiene
obligación de copiar en sí, nos la revela Alejandrina, cuando afirma que siente su
alma transformada en habitación de la Santísima Trinidad.

Durante varios años, escuchó esta consoladora verdad repetida por el propio
Jesús, que la llamaba "palacio, tabernáculo, paraíso de la Trinidad Divina".
También el 22 de julio de 1955, en un período de densas tinieblas y de las
tentaciones más desalentadoras contra la fe, Jesús le afirma: "Desde tu bautismo,
poseías en ti este Cielo Divino (SS Trinidad) aunque no lo sientas". De hecho,
Alejandrina pasó períodos en lucha, en que vivió en éxtasis esta realidad.

Al Director Salesiano le decía: "Me satisfago completamente en el Gloria Patri, no
puedo concentrarme demasiado en este pensamiento, porque desaparecería y el
corazón no lo soportaría".

Lo siguiente es del 24-10-1944 y nos da la descripción de la lluvia de sangre que
cae para lavar aquello que ya está limpio, para enseñarnos que solamente
después de una purificación profunda, puede ser posible un gozo íntimo de la
presencia de Dios en nosotros: "Quiero sufrir, quiero reparar por aquellos que
están pecando. Pasaban así las horas y yo entraba en mí para hablar con las
Personas Divinas de mi alma, siento tantas veces dentro de mí su realeza divina,
siento al Espíritu Santo en su trono, en el trono de mi corazón, entre el Padre y el
Hijo, y, sobre ellos, bate sus alas blancas, como para recordarme y decirme que
están presentes. Ilumíname con su amor, dame efusiones de su fuego divino...
¡Oh, si todas las almas conocieran y sintieran en sí mismas la presencia del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo!".

Durante una lucha contra el demonio, Alejandrina procuraba entrar en sí, "lo más
íntimamente posible y así besar al Padre, al hijo y al Espíritu Santo, rico tesoro
que poseo". "Entre las ansias de amor y el dolor amargo de mis culpas -escribe en
4-11-1944- el Divino Espíritu Santo batió las alas en la parte más íntima de mi
alma, trató conmigo como los pájaros a sus hijitos, que están en el nido, con su
pico de fuego divino, alimentó mi corazón y después lo introdujo dentro de mis
labios y alimentó todo mi ser. Sentí nueva vida, podía amar y servir a mi Jesús;
estos momentos son breves, vuelvo casi inmediatamente a mi cruz, quedo casi sin
vida".
El 11 de enero de 1946 habla de las actividades del Espíritu Divino en ella: "De
noche, en el Huerto, sentí en el corazón las esposas que, poco después me
habían de encadenar. ¡Qué agonía y qué ansiedad, que viniera del Cielo quien me
consolara! Hoy, después de llegar al Calvario, sentía dentro de mí quien puede
observar y ver todos los caminos de aquel recorrido, regados en sangre; sirvió
esto para aumentar mi dolor: tanta sangre derramada y tanta ingratitud en
recompensa, veía al mundo huir de aquella Sangre, yo quería salvarlo y no podía
de otra forma. ¡Si pudiera ser visto este dolor, si fuera comprendida aquella
agonía, cuantas almas se salvarían! El corazón se deshacía en amor y Alguien
tomaba ese amor y lo desparramaba por el mundo: un soplo, como si fuese viento,
lo llevaba para todas partes; de mis ojos, de mis labios, de todo mi cuerpo
sacaban no se qué, que también se desparramaba, y yo en la cruz, despedazada
de dolor, agonizaba en el abandono, en la ceguera, en la muerte".

Esta llama de amor, que es el Espíritu de su Esposo, Alejandrina la sintió muchas
veces como brisa fresca y dulce que inundaba toda su alma de un bálsamo y
suavidad celestes. Y es así como describe la acción de la Blanca Paloma en su
corazón:
"El sábado, día 8, víspera del Espíritu Santo, sentía revolotear alrededor mío y a
veces posarse sobre mi cabeza una paloma blanca y oía su sonido, como si fuese
un bando de ellas cortando el aire; digo blanca, no porque los ojos de mi cuerpo la
vieran, pero la vieron, repetidas veces, los ojos de mi alma. El domingo, día de la
Fiesta del Espíritu Santo, esa misma Paloma se posó sobre mí, me rodeó, batió
las alas, hasta que entró en mi corazón y, dentro de él, me hizo recordar las
golondrinas presurosas, cansadas, al componer sus nidos. Componía, componía,
embellecía, perfeccionaba, una y otra vez, yo no sentía vida, me sentía
completamente muerta, de vez en cuando, esa Palomita, metía en mis labios el
piquito, o lo enterraba en mi corazón, como si me fuera a dar alimento. En verdad,
cuando ella así lo hacía, yo sentía que daba vida a mi muerte, inmediatamente, el
día siguiente y los otros días, está ella en su nido, pero ahora no revolotea, no lo
abandona; está descansando con la cabecita debajo del ala y de vez en cuando,
da señales de que está moviendo sus patitas o extendiendo sus alas blancas,
dejando cubierto con ellas el nido de mi corazón; hace esto con toda la dulzura y
amor, parece que está presa y bien atada en el nido. Estas prisiones y ataduras
son como rayos dorados; siento su vida, pero no me alegro con eso, presa a estas
ataduras, voy llevando la cruz y trillando mis tristes caminos" (del diario de 17-6-
1946).
En el trabajo operado en el alma por esta unión divina, está presente toda la
Trinidad, el Padre Eterno, como afirma San Juan de la Cruz, se muestra al alma
en figura de una Mano, Mano que toca blandamente, piadosamente, porque si
apretase, destruiría al mundo".

Alejandrina habla muchas veces de las operaciones de la Primera Persona de la
Trinidad Augusta y frecuentemente alude a esa poderosa y piadosa Mano. "El
Padre Eterno me dio una Cruz, la colocó entre mis brazos. Jesús me dice:
"Acéptala por nuestro amor".

El Divino Espíritu Santo, en forma de Paloma, infunde sobre mi cabeza una luz,
como si se encendiera una lámpara eléctrica. Jesús me dice nuevamente: "Acepta
el don del Espíritu Santo, es luz que te hará ver y comprender todo".

Pocos días después de esta entrega de la cruz, que anuncia la Pasión íntima,
Alejandrina dicta estas palabras: "Ven, ven, Esposa de mi Hijo, camina, ten valor".
Y mi alma ve abrirse dos brazos para recibirla y levantar mi cuerpo de tan grave
abatimiento, ayudándolo a caminar; esta voz y estos brazos venían de lo alto, fue
una invitación y un auxilio del Cielo, que me atrajo mucho más, esta voz y estos
brazos eran del Padre Eterno, mi alma. lo ve".

En una hojita escrita a lápiz por Alejandrina, probablemente en 1946, leemos: "Yo
era un sostén frágil, a mi alrededor estaba el mar, sentía en la cabeza una Mano.
Abracé la cruz. Castaña que revienta, Bomba que explota, una fuerza vencedora,
dolor que todo intenta destruir".

El motivo de esta habitación divina en el alma es formar en ella el Cristo perfecto.
Alejandrina nos describe el proceso de su transformación en Jesús con aquellos
fenómenos que encontramos en la biografía de los contemplativos. Agregamos
aquí algunos.
El 3 de julio de 1944, Jesús le entrega el Corazón: "De la Llaga del Divino Corazón
salía una enorme llama dorada, que podía incendiar y destruir el mundo. "Recoge,
hija mía, en ti mi Divino Corazón...".No sé como el Corazón de mi Jesús se funde
en mí, se pierde en mí y yo en Él... ¡Qué transformación en mi alma!".

El 14-9-1945, Jesús se derrama en el corazón de Alejandrina: “Jesús abrió su
Divino Corazón y abrió también el mío; despejó todo lo que contenía y se lo dio
todo al mío, sellando después mi corazón".

El 11-5-45, Jesús cambia su Corazón con el corazón de Alejandrina: "Acepta,
Hijita amada, mi Divino Corazón, consuélalo, cúrale tan profunda llaga. Dame el
tuyo para confortarlo y para darle vida. Jesús hizo el cambio y me sentí otra. Ahora
sí, mi Jesús, no soy yo, Tu Divino Corazón me llenó, me dio todo... Si yo supiera
amarte, si yo supiera servirte, En cuanto yo decía esto a Jesús, se hizo médico de
mi corazón; inyectó su ternura, lo llenó de su amor e hizo de nuevo el cambio: me
dio el mío y le entregué el suyo".

No sólo del Corazón, de toda la Persona de Jesús, Alejandrina recibe nueva vida,
vida divina. Jesús le dice ese mismo año: "Recibe también de mis labios mi
dulzura, mi ternura, todo aquello que es mío". Describiendo la Pasión íntima de su
Señor, cuando ya se sentía transformada en Cristo, escribe así: "Mi mirada
continúa no siendo mía, se fija llena de ternura sobre un corazón y sobre el otro y
dejan penetrar por estas miradas llenas de dulzura, de ternura y de amor...
Tendría tanto que decir sobre este punto. ¿Qué es esto, mi Jesús? Es siempre mi
cruz".

Alejandrina más de una vez sintió que Jesús le tomaba el corazón y lo amasaba
con el suyo, se sentía tomada y ser un todo único con su Amado. "Jesús hacía de
mi corazón y del Suyo una misma masa... no era mi corazón ni el de Él, estaban
en dos uno solo" (20-5-1955).

En 3-3-1945, Jesús se le aparece y le dice: "¡Quiero, hija mía, dilatarte el corazón,
quiero volverlo grande, grande como la humanidad, grande como mi divino amor!".
En el período de ayuno, son muchas las veces que el Señor la alimenta con su
Sangre y el 7 de junio de 1955, Jesús le comunica la abundancia de su amor para
Ella y para los que Ella quisiera. "Con este don de Jesús, mi corazón se dilató, era
una sala infinita, iluminada con la luz de Jesús. Sentí que mi vida era la de Él, que
su Sangre escurría en mí como agua que brota de las rocas".

Sobre estas transformaciones en la Persona divina, se transcribe una parte de una
carta dirigida al Director Salesiano: "He sentido muchas veces trabajar a Jesús
dentro de mí, retocando con todo cuidado mi cuerpo, algunas veces desempeñó el
oficio de pintor, pero, con qué arte y perfección trabajaba. Se retrataba en mí, yo
era toda Él; Jesús era la forma y de mi cuerpo hacía otra forma que unía en una
sola.
Con el Espíritu Santo sucedió lo mismo, mi corazón y mi alma son otra paloma. Él
me alimenta y a Él me asemejo. No sé el tiempo en que principié a sentir esto,
¿sería un tiempo en que no escribí? Aún ahora, una y otra vez, siento eso, pero
sin alivio, como mi cuerpo no vive, Jesús no trabaja en mí, esto es lo que siento"
(26-6-1945).

"Mi banquete está pronto: vienen las nupcias"

Cuando el alma se siente una habitación de la Santísima Trinidad, cuando
experimenta en sí misma tal transformación, como si fuera tornada deiforme y está
gozando un cielo anticipado, está pronta para el Matrimonio Místico con el Esposo
Divino. (1)

Entre sus dolores indecibles, cuantas veces tiene la impresión de que la bóveda
del cielo desciende sobre ella y la hace gritar: "¡Qué bello! ¡Qué bello! ¡Qué luz!
¡Qué luz!" (30-3-1945)
Y cuantas veces escribe: "Mi alma gozó por un tiempo la vida del cielo, el gozo del
alma que posee a su Dios y tuve la visión de una mansión de almas que gozaban
la misma vida divina, todas embebidas en el amor de Jesús...
¿Qué es mi sufrir para tanto gozo?" (27-9-1946). Precisamente en el período en
que, en sus escritos, aparecen frases que hacen suponer en ella el don de la
perseverancia en la gracia. (2) Un ejemplo entre muchos: "¿No ves que estoy en
ti? ¿No soy impecable? ¿No ves que estoy transformado en ti? y en esta
transformación no puedes ofenderme..." (20-4-1945). Todo nos afirma que
Alejandrina está pronta para las nupcias con el Cordero divino.

El 18 de julio de 1945, el Director Salesiano, se encontraba en misión en el Miño y
se dirigió a Balasar para darle la Comunión a Alejandrina, que estaba privada de
ella por ausencia del Reverendo Abad.

Aprovechó esta visita para pedir algunas explicaciones sobre los escritos de los
meses anteriores, meses en que le tenían prohibida toda visita a Balasar. Además
de otras cosas,le pidió a Alejandrina que le describiera el éxtasis y la visión del 1
de diciembre de 1944, en que Jesús le había dicho esta frase que no se
encontraba en ningún coloquio antecedente: "Oh, si el mundo conociera esta vida
de amor, esta unión conyugal con el alma virgen, con el alma que escoge para ser
su esposa".

La misma expresión, con otras particularidades que tienen su importancia, había
sido dicho por Jesús a su Alejandrina, el 29-12-1944, "Hija mía, ángel de la tierra,
flor delicada, flor cándida del Paraíso, ven a recibir una prueba de mi desposorio
contigo, de mi unión conyugal". "En este momento -explicó Alejandrina- Jesús
tomó mi mano, me la besó, la acarició y me estrechó dulcemente junto a Sí, quedé
como si nadara en un mar de gozo, en un mar de amor. "Recibe una efusión de
mil divino Amor, recíbelo, porque es tu vida y tú eres vida de las almas. (3)
Entre el Director y Alejandrina se suscita este coloquio:
--En sus escritos, encuentro que Jesús usa estas palabras "Unión conyugal",
¿recuerda?
--Recuerdo muy bien.
--¿Podría decirme lo que vio durante el éxtasis?

Alejandrina empieza a hablar y el Director Salesiano toma nota:
--Fue el viernes, quedé junto a Jesús, que me extendió su Mano divina, su Mano
derecha cogió la mía y me puso su Mano izquierda en el hombro.

Delante de nosotros había una copa como sucede en los matrimonios y escuché
como una bendición de nupcias que descendía de lo Alto...

Estaba por encima el Espíritu Santo y quien nos unió fue el Padre Eterno, estaba
también presente la Madre del Cielo".

En la exposición sencilla de Alejandrina están las condiciones para constatar la
realización en ella del más alto estado de unión que puede llegar una criatura
humana: celebración y contrato hecho delante de la Trinidad Augusta de Quien
gozará, habitualmente, en la conversación familiar. (4)

Algunos años después, como se ve en sus escritos, es confirmado este
acontecimiento tan importante en la vida de los místicos, Alejandrina escribe:

"En la noche del 14 al 15, viene al encuentro de mi martirio, para suavizar mi dolor,
una linda visión de la SS. Trinidad; era un trono riquísimo, encima el Divino
Espíritu Santo en forma de paloma dejaba caer sobre el Padre y el Hijo que, más
abajo, al lado uno del otro, estaban sentados, una lluvia de rayos dorados; poco
después, delante del Padre Eterno, un alma quedo arrodillada en señal de
reverencia, unió una mano a la mano de Jesús que el Padre Eterno selló, todo
estaba iluminado, parecía el Cielo, era luz celeste. Desaparecieron las tres Divinas
Personas y el alma quedó por algún tiempo en la misma posición, sumergida en el
mismo amor" (del diario de 25-4-1947)

Jesús, el 30-3-1945) le dice a Alejandrina: "Es una señal de que, aunque
escondido, siempre habito en ti, observa, desciendo del Cielo sobre tï... Desciende
sobre mí la bóveda del cielo: ¡Qué lindo, qué lindo!, vale la pena, mi Jesús, sufrir, y
sufrir todo, para poseer el Cielo".

Llena de este amor, de que goza tantas veces con una pasión intensa, un día se
traba entre ella y su Amado este diálogo: "Tengo el corazón cansado, Jesús!".
"¡Cansado de amor, hijita!". "Cansado de poseer Tu Amor, de su grandeza, pero
no de amarte, porque no te amo nada. Bien sabes que de mí sólo tengo miseria.
Es tu amor que veo en mí".

"Pero amas, hija mía, amas mi Divino Corazón hasta que no puedes amar más.
Estás cansada de amor; el amor también consume" (25-5-1945).
Entre las pruebas y los dolores a que la somete su inmolación, muchas veces
como la Beata Ángela de Foligno, (5) Alejandrina se ve a sí misma en la Trinidad o
la Trinidad Santa se lo hace sentir.

El 13-7-1945 escribe: "Sentí como si la bóveda del cielo se posara sobre mi pecho
y comencé a sentir dentro de mi pecho un calor que lo irradiaba todo... Sentía en
mí la presencia de la Santísima Trinidad, de la querida Madrecita...

Oía un coro que entonaba himnos armoniosos; me arrebató el corazón y me
prendió más, no era de la tierra, vivía una vida que no era de ella, era como si en
ella no estuviese.

El coro se hacía oír cada vez más y comprendí que cantaban: ¡Gloria, gloria,
honra y amor! ¡Gloria, gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo!

¡Gloria, gloria, honra y amor a la Madre de Dios -Hija y Esposa de la Trinidad
Augusta!- ¡Gloria siempre a Ti, nuestro Dios y Señor!...
El calor iba abrasando siempre mi pecho" (13-7-1945)

El 25-12-1953, durante un éxtasis al que asistieron unas cincuenta personas y que
fue grabado, Alejandrina es consolada en su tremendo martirio, por el gozo de la
Trinidad Augusta que la llena de luz, la bendice, la encarga de transmitir una
bendición al Pontífice "bienamado" y a varias otras personas.

El cuartito de los Costa parecía transformado en un Cielo que arrancó lágrimas a
todos los presentes, era el éxtasis que se iniciaba, como si fuera el éxtasis de un
adiós, el período más doloroso de la víctima de Balasar, el arranque decisivo de la
tierra, para elevarse finalmente para el Cielo y sumergirse en Dios. Alejandrina,
inundada por la luz eterna como nunca, soltó este grito irreprimible: "¡Oh Padre, oh
Padre! ¡Oh Hijo, oh Hijo! ¡Oh Espíritu Santo! ¡Oh Virgen querida, Oh Madrecita
querida! ¡Oh Madre querida! ¡Oh Padre, Oh Hijo, Oh Espíritu Santo! ¡Oh Madre
querida, ya no soporto tanto peso!".

Después de diez días de misterioso trabajo divino, en el sentido de transformar a
Alejandrina, a través de la contemplación de la luminosa tiniebla, hasta convertirla
en el reflejo de Dios y en un solo espíritu con Él, imagen viva del Verbo, ella oye
del Eterno Padre esta palabra que sella el perfeccionamiento de la obra
completada en ella:

"Esta es nuestra hija bienamada, en quien fue puesta nuestra mirada.
Esta es nuestra hija bienamada, siempre asistida por el Espíritu Santo.
Esta es nuestra víctima primogénita; la primera en la reparación, en el heroísmo,
en la generosidad, la loca de amor, por Nosotros y por las almas" (4-3-1955).

Los síntomas sensibles de la vida divina en Alejandrina
A un superior del P. Pinho, el Director Salesiano escribía, el 25-7-1944, con la
esperanza de obtener un apoyo para la causa:

"Me parece que si yo tuviera que pintar las bondades y la misión de Alejandrina, la
habría representado como Jesús, el Buen Pastor, que se encuentra en el retablo
del altar mayor de la iglesia de Balasar. Y, si tuviera que dar una explicación de
sus arrebatos y éxtasis, no usaría, en verdad, la frase común "dones que el Cielo
da a quien quiere", pero volvería mías las palabras de S. Juan de la Cruz, a quien
le preguntaban el modo en que una persona puede llegar a los éxtasis:
"Renunciando a su propia voluntad -respondía el santo- y haciendo la voluntad de
Dios, porque el éxtasis no resiste a quien obedece, esto es, a quien se sale de su
querer, y, así aliviado, se absorbe en Dios".

Alejandrina mostró prácticamente, de modo elocuente, a que punto había llegado,
no sólo en la conformidad, pero sobretodo en la sustitución de su propia voluntad
por la misma voluntad de Dios, y esto tanto en el modo de pensar como en el de
actuar".

En el cuaderno de nuestras observaciones, hechos en los coloquios con
Alejandrina, encontramos lo siguiente, escrito en septiembre de 1944:

Encontré en ella un sentimiento tan profundo de su propia nada y de su indignidad,
que sólo puede explicarse con una vida de intimidad con Dios, Ser purísimo y
perfectísimo, el cual descubre manchas hasta en sus ángeles.

Afirmo que no sé a que cosa agarrarme para absolverla. Lo hago solamente y
siempre bajo condición, recurriendo al "cuanto puedo y tu precisas" de la fórmula
sacramental.

Me aconsejé sobre esto con el Padre Pinho y me dice que no encontró nunca en
Alejandrina materia de pecado grave y que no puede decir con seguridad haber
encontrado materia de pecado venial deliberado.

Después de estas observaciones, hablan los hechos. En el otoño de 1944, un
sacerdote que bien poco percibía de mística y bien poco conocía a Alejandrina, al
terminar un coloquio con ella, se levantó para bendecirla y darle la mano a besar,
lo que aun hoy nuestra gente buena, acostumbra pedir a los sacerdotes con tanto
respeto y fe, al retirar la mano, mientras dirigía una palabra de coraje a
Alejandrina, sobre aquella almohada blanca no ve más a la doliente, en su lugar
ve el rostro dolorido del propio Jesús.

"No fue impresión pasajera -aseguraba el sacerdote- fue verdadera visión que
duró algunos minutos". Quedó atónito, lleno de indecible conmoción, no sabía que
decir, sintió un nudo en la garganta y con su mirada siempre fija sobre aquella
almohada donde el dolor parecía personificado sobre el Rostro del Hijo de Dios,
hasta que reapareció la sonrisa angelical de Alejandrina. El sacerdote partió pero
con la impresión de quien se alejaba de un poderoso imán.
Ya que se encontró solo -confesaba después- lloró con fuertes suspiros y gemidos
para desahogar la indescriptible y dulcísima impresión, a la que se unió un
arrepentimiento sentido, casi violento, de sus pecados.

Recortamos de los escritos de Alejandrina los primeros síntomas de esta vida que
no le pertenece y que el Señor le afirma ser vida divina, se remontan al período de
aquel hecho atestiguado por el sacerdote, época en que Alejandrina sentía
muchas veces su espíritu como una cosa que quería apartarse de ella.

"Mi corazón ya hace varios días que siente sobre sí un grande asalto" (7-10-1944)
y siente "que no es mi corazón el que sufre, parece que el dolor no es suyo" (18-
10-1944) "y que vive de lo alto, muy alto" (24-10-1944). Jesús en aquel período le
afirma: "No sientes vida, no sientes cuerpo para sufrir. ¿Qué importa?

Te ofrezco muchas veces como víctima, tienes razón, tú no vives, soy Yo el que
vivo. Es mi vida divina. ¡Oh, como te enriquezco!" (20-10-1944).
Al mismo tiempo, Alejandrina se siente "unida al amor que le quema el pecho sin
poderse separar... pero abrasada por el fuego divino se siente fuerte para sufrir, y
concluye: "Jesús es fuerza y vida de todo mi ser" (10-11-1944).

Nuestro Señor, pocos días después, le dice: "Acepta mi Corazón... entrelazado
con el tuyo, formarán lazos, cadenas de oro, fuertes prisiones para prender a los
pecadores...". De esto -escribe Alejandrina- Jesús se calla y yo me siento en
verdad transformada en Él" 16-11-1944)

Días después (21-11-1944), Alejandrina siente salir de ella ondas de fuego, fuego
incendiario, y, después del matrimonio espiritual, recibe la entrega del mundo.
Desde entonces, vive plenamente la transformación en Dios, a través de la vida y
de la pasión mística de Cristo, que es la imagen de Dios". (II Cor. 4, 6) Este
proceso lo enseña S. Pablo en la epístola a los Corintios: "Aquel Dios que dice: De
las tinieblas brillará la luz, Eso mismo resplandeció en nuestros corazones para
que hiciéramos brillar el conocimiento de la gloria de Dios en la cara de Jesucristo
( II Cor. IV, 4, 4) Siempre traemos en nuestro cuerpo la muerte de Jesús, a fin de
que también la vida de Jesús sea manifestada en nuestros cuerpos, porque
nosotros que vivimos, somos continuamente entregados a la muerte por amor de
Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal”
(II Cor. 4; 10-11)

Cuando Alejandrina siente esta manifestación de Cristo en su carne mortal, lo
revela en dos pasajes de sus escritos, que transcribimos:

“Hace días que siento en mis ojos una mirada que no me pertenece... Esta mirada
es tierna, tiene dulzuras, tiene encantos, tiene amor... esta mirada tiene prisiones,
penetra en todo, esta mirada da luz: es como el espejo en el que todo se refleja, al
cual nada se le puede esconder, esta mirada es como una bola que a todos
alcanza.
Esta mirada ve para dentro y para afuera, ve tanto con los ojos abiertos como
cerrados: ve todo, todo y no sé que tiene que atrae, siento que esta atracción
viene al encuentro de mi corazón y con qué dulzura lo abro para recibir todo lo que
ella quiera dar.

Esta mirada tiene llaves que cierran: son llaves que sirven para el corazón, son
llaves que cierran lo que atraen estas miradas.

Dios mío, no sé explicar mejor mis sentimientos, no sé acabar lo que pasa dentro
de mí.

Me desahogo en el amor, la bondad y el cariño, ¡qué riqueza siento en mí! Nada
de esto me pertenece, pero mío es el dolor que motivan estos sentimientos, ¡temo
y tiemblo! Jesús mío, no permitas que todo eso nazca de mí, sino de Ti. Acepta
toda mi agonía, siento como si todo esto fuera escrito con sangre sacada de mi
corazón” (15-5-1945) (8)

Pero no sólo su mirada es mirada divina, su transformación es más profunda y
total; así habla, confusa y admirada, en su diario de la semana siguiente: “La
sonrisa que tiene los labios, tampoco es mía, me parece una sonrisa que tiene
brazos para abrazar eternamente y bálsamo para curar todas las llagas; no sé lo
que pasa en todo mi cuerpo, lo que está en él no me pertenece, estas ataduras,
ternuras, prisiones, dulzuras y amor no tienen que ver conmigo, nada tienen que
atribuirse a mí: este cuerpo no es mío, esta vida no es mía.

Todo esto pasa en mis tinieblas, si supiera mostrar todo esto para bien de las
almas y gloria de mi Jesús... dejaba de ser víctima, ya no sufría” (17-5-1945)

El 1 de septiembre de ese año, Jesús le dice: “En tu cuerpo está Cristo: en tu
mirada, en tu sonrisa está Cristo” Y en el mismo éxtasis: “Tú eres la fuente y yo el
agua que corre en ella, que lava y purifica”.

“Mientras Jesús decía esto –explica Alejandrina- sentí como si Él quitara todas las
venas de su Cuerpo y las colocara en el mío, todo lo mío era de otro, sentía correr
en mí una sangre que no me pertenecía, una vida que no era mía”.

Viene a nuestra mente el pasaje de San Juan, dice Jesús a la Samaritana: “El
agua que yo le de se vuelve fuente de agua viva, que manará hasta la vida eterna”
(Juan, IV, 14), según esta misteriosa promesa, el alma, transformada por la gracia,
se vuelve una verdadera fuente distribuidora de la vida que es el amor divino, en la
que tantas almas encontraron purificación y riquezas divinas. Jesús le dice a
Alejandrina, el 5-10-1945: “En la fuente de tu corazón está plantada una fina flor
de amor, deja que ellas (las almas) vengan todas a ti...”.

“Yo no sufro sino en ti”
Antes de proseguir transcribiendo cualquier escrito de Alejandrina sobre este
asunto, debemos observar que, años antes y hasta 1942, los sufrimientos de la
Pasión duraban tres horas, tenían un día y un orden preestablecido, desde el
Huerto hasta el Calvario; hoy, no, -así le explica al P. Humberto- el temor por estos
dolores lo tengo casi siempre, pero sufro sólo en ciertos días, el miércoles, jueves
o viernes, son sufrimientos de alguno de los pormenores de la Pasión de Jesús”
(9)

Es necesario saber que el mismo hecho del Divino Paciente, sufrido en tiempos
diferentes, es sufrido y descrito con trazos distintos: nunca fue sentido por
Alejandrina de la misma forma, de esto resulta la ampliación panorámica de los
dolores de Jesús; observamos que la sustitución de Cristo en ella es de tal modo
perfecta, que muchas veces, con la mayor espontaneidad y naturalidad,
Alejandrina usa en sus escritos, sin notarlo, el género masculino en vez del
femenino.

El objetivo que Dios se propone al formar estas almas y al llevarlas a participar tan
a lo vivo de su Pasión divina, nos lo explican eminentes Doctores y Maestros del
Espíritu, el P. Weiss indica este objetivo doble: “En su Providencia misericordiosa,
Dios manda sus santos para juzgar al mundo y recordarle su deber, para sacarlo
de su vida corrupta y, en particular en su época, para que esos santos sean
medios de salvación; son estos los fines que el Médico de las naciones se
propone al escogerlos” (10)

Es por estos motivos que Dios le muestra a sus santos los grandes males de la
Iglesia, la necesidad de expiación, los delitos, los sacrilegios, los cismas en el
Cuerpo Místico y el rigor de la expiación que fue pedida al Salvador; los elegidos,
elevados de este modo a participar verdaderamente en Su agonía y pasión,
prolongan a través de los siglos el sacrificio del Calvario.

“¡Pobre tierra, el día que le faltaran estas almas!” –exclama Santa Catarina de
Génova- Qué el Señor nos dé el espíritu de revelación para conocerlas, amarlas y
para saber apreciar las grandezas y las magnificencias que Él se digna depositar
en estos siervos fieles. (11) ¡Bendita luz! ¡Bendito llamado de Dios!

Es lo que encontramos en esta frase de Alejandrina: “Cuando tus labios se
mueven para hablar, soy Yo, quien los muevo y hablo en ti”, le dice Jesús (8-7-
1945). Y el 2 de mayo de 1945, día del Espíritu Santo, escribe: “El Señor duplicó la
ternura de mi mirada, antes yo veía a las almas, las escogía, iba a su encuentro,
las atraía, las prendía a mí con los dulces vínculos que tengo en mi corazón,
ahora, tú las conectas aún más. Dios mío, guardar esta riqueza que me pertenece
en medio de mi miseria.
¡Quién soy yo, qué soy yo! ¡Oh Jesús, qué horror!”

¡Benditos sufrimientos qué aplacan y purifican!
Cuantas veces Alejandrina hablará de este complemento que da a su carne
aquello que falta en los sufrimientos de Cristo a favor de Su cuerpo, que es la
Iglesia (Coloss. I, 24). Sirva esta cita de Alejandrina: “Todavía la cabeza es una
llaga viva, los dolores, en el interior de ella, pasaban al otro Cuerpo” (16-1-1946)

Para responder de una vez y para siempre a quienes se escandalicen de que
nuestro Dios, que parece no conocer otra forma de mostrarse, sino llagado y
siempre triste, transcribimos lo escrito por Alejandrina el 27 de septiembre de
1946:

”Sentí en los labios la esponja y vi al lado una aguda lanza; después de esto,
Jesús cerró los ojos y expiró dentro de mí e inmediatamente esa lanza le abrió el
pecho y el Corazón.

Vi caer de su Corazón una gotas de sangre y por último agua clarísima, quedé por
algún tiempo como si estuviera muerta junto con Jesús; con el Corazón abierto me
habló, lleno de vida: “Hija mía, estoy aquí con mi Divino Corazón abierto por los
pecadores, abierto con las maldades del mundo. Es tuyo, tienes en él tu morada,
vivo en ti y tú vives en Mí.

Entra y trae contigo a la humanidad que es tuya, que te confié, sólo Yo conozco el
peligro en que está, las trampas que le preparan... amada hija mía, ¡Cuanta
maldad!

Mi Divino Corazón no tiene como en el Calvario, un solo soldado que lo abra, que
le clave la lanza, ahora son millones y millones de pecadores que así me hieren;
sufre, sufre, repara; repara y sufre por amor, es Jesús, tu Esposo quien te lo pide”.

“Jesús mío, yo no sé sufrir, ni reparar y nada valen mis sufrimientos, por tu amor y
al verte siempre herido, esto es ciertamente por mis maldades”.

“Tranquila, me muestro así, para hacerte comprender... el mundo me crucifica
continuamente, pero no soy Yo el que sufro.

Revísteme de ti, es Cristo en ti, soy Yo y tu corazón que es abierto por la lanza, es
tu cabeza que es coronada de espinas, son tus pies y manos llagados, eres la
víctima inmolada, la víctima del Rey Divino, te crié para el dolor, para la
reparación, te crié e hice de ti un instrumento de salvación para las almas. Yo sólo
sufro en ti, mi víctima querida.

Visiones del mundo que redimir

El Salvador le muestra al alma víctima, el mundo que hay que redimir, agregamos
sólo este aspecto del panorama propuesto a la mirada de Alejandrina que ve con
los ojos de Cristo. (12)
“¡Ay! ¡Cómo veo al mundo! Esta luz no deja ocultar nada, va a penetrar en lo más
íntimo y me hace penetrar también, ¡Ay, qué miseria en las almas! ¡Oh, qué lodo
que cubre los cuerpos y se extiende a toda la humanidad! ¡Qué horror, qué horror!
Oh mundo, ¡Cómo te veo! Cuanto más subo la torre, más tiene luz la luz, más el
mundo es lodo y más mi corazón se condolió de la tierra, no puedo resistir este
dolor, es tal la compasión que lo sujeta a este exilio, que parece que chisporrotea
lumbre y extiende sus rayos de amor de arriba abajo; me recuerda la compasión
de Jesús, su misericordia, su amor infinito. Quisiera decir cuanto nos ama Jesús,
quisiera mostrar su misericordia como yo la veo, tal cual la siento, pobre de mí,
que no sé decirlo “(15-3-1945)

Así como el Profeta Ezequiel, que había comparado al pecador con un hombre
con corazón de piedra, (Ezequiel, XI, 19; XXXVI, 26) profetizando que Dios se lo
sustituiría por un corazón de carne, volviendo al hombre fiel a sus preceptos
divinos, Alejandrina ve realizar este difícil trabajo a Jesús.

“Mi pecho arde, me queda el corazón, ¡qué fuego abrasador!, el edificio (13)
continúa dentro de mí, está en llamas, arde fuertemente y quema; siento de nuevo
que sobre este edificio fue colocada una roca mundial (13). Yo le pego, lo rodeo
por todos lados, tengo que hacerlo estremecer; las llamas del edificio arden debajo
y a su alrededor, el fuego no se apaga y la roca de un lado y de otro, se va
abriendo, va descarnando como haz de leña puesta en pedazos; siento el deslizar
de las piedras de la roca, pero, Dios mío, cuesta tanto, hay tanto que hacer, este
fuego no para, esta roca tiene que ser transformada en modelo y en fuego divino”
(17-4-1945)

“Arde el edifico, la altura de la roca se va acabando poco a poco, pero ¿cómo
penetrarla? Es imposible que todo lo transformen las llamas, algunos pedazos
quedan sin que el fuego los consuma; sobre la roca estoy yo, pero no soy yo, toda
la roca está regada por mis lágrimas, son lágrimas de dolor y de amargura, son
lágrimas de compasión. Y no son mías estas lágrimas, salen de mí, pero vienen
de lo alto, corren por mi cara, pero brotan de los ojos de Jesús. ¡Oh, qué lpena!
¡Tanto dolor y tanto amor perdidos!” (19-4-1945)

El 20-4-1945, en un éxtasis, Jesús le explica:

“Tienes universos de amor, universos de pureza, es con el calor de este amor que
le mundo ha de enriquecerse; es con las llamas de este edificio que tienes en ti,
que la roca ha de transformarse; la roca es el mundo, está sobre el edificio del
amor, el amor lo transforma y el fuego lo purifica; de ser roca pasará a ser oro
finísimo, los pedazos, que sientes que no fueron transformados, son aquellas
almas que no dejan penetrar en sí el fuego de mi Amor Divino, que no se
purifican”.
Otras veces, Alejandrina siente ser Jesús –luz que debe iluminar al mundo- fuente
que embriaga, que lava y purifica, pero sobre todo se siente Jesús–misericordia,
que quiere perdonar, vencer, subyugar y transformar el universo entero, sin que se
pierda ninguna alma.
Notas

(1) Cfr. Santa Teresa, Mansión, XII, cap. 2,3

(2) Aquí, resta celebrarse el matrimonio espiritual entre el alma y el Hijo de Dios, el
cual estado es, sin comparación, mucho más elevado que el desposorio espiritual,
porque es una transformación total en el Amado en el cual ambas partes ceden
mutuamente, transfiriendo una, la entera posesión de sí para la otra, con una
cierta consumación de unión amorosa, en que el alma se torna divina y Dios por
participación, cuanto es posible en esta vida. Por eso soy de parecer que nunca
acontece que el alma se encuentre en total estado sin ser confirmada en la gracia,
porque se ratifica la de de ambas partes, confirmándose la de Dios en el alma; y
por eso este es el más sublime estado a que se pueda llegar en la tierra. S. Juan
de la Cruz, Cant. Espiritual, estrofa XXXII, No.3)

(3) Es llamado matrimonio espiritual, porque, tal como entre los esposos terrenos,
no hay secretos, hay una fusión de dos vidas, la indivisibilidad de unión, la
trasmisión de la vida a nuevas criaturas, así acontece entre Dios y el alma: no
habrá más secretos que Dios no le rebele; su fusión es completa, el alma se torna
impecable de modo de no separarse más del Señor, la vida del alma así
deidificada será fecunda en el movimiento de comunicar la vida a tantas otras
almas. Todos estos pensamientos de la Teología se transparentan de estas
breves líneas de Alejandrina y explican también los títulos que Jesús usa en este
período, llamando a Alejandrina "reina de los pecadores", como Él es su Rey,
"madre de los pecadores",como Él es su Padre, "Reina del mundo", porque Él es
el Rey del mundo).

(4) Cfr. P. Arintero, La evolución mística, pag. 415; S. M. Magdalena de Pazzi,
pag. 4, cap. 16; B. Ángela de Foligno, cap. 65.

(5) Visiones, cap. 26

(6) Froget, pag, 253: “La gracia santificante es un don estable y permanente que,
recibido en la propia esencia del alma, se convierte en ella, una segunda
naturaleza de orden trascendente, un principio de vida sobrenatural, raíz de actos
meritorios”. Santo Tomás, Sent. (I, II, dist, 24, q, I. a.3)

(7) El sacerdote le contó lo sucedido al Padre Salesiano, decidido a confirmarlo
bajo juramento; un hecho semejante se lee en la vida de Santa Catalina de Ricci, y
es contado por su biógrafo, Serafín Raíz, en el II Libro, cap. XIV, pag. 84.

(8) En otra parte del libro, hablamos de este dolor inefable que sienten los místicos
al tener que hablar de las cosas divinas, también éste pasaje lo prueba
elocuentemente.

(9) Declaración hecha al Director Salesiano el 19-6-1946.
(10) Cfr. Weiss, Apol. X, conf. 24.

(11) Santa Catalina de Génova, Diálogos, Cap. 143.

(12) También Santa Matilde, Lib., spec. Gratiae, I, 1, veía a través de los ojos
divinos del Salvador.

				
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