-¿Aló

Document Sample
-¿Aló Powered By Docstoc
					         El día que Mickey Gómez cumplió nueve años mataron a un carnicero a la
salida del cine que quedaba enfrente de su casa por una razón bien estúpida. Mickey
había estado jugando desde hacía un buen rato con un chiquillo desconocido que tenía
costras en los brazos, construyendo barquitos de papel y poniéndolos a navegar en el
agua estancada que cubría las dos aceras. Y cuando se formó el alboroto estaban
luchando en medio de la calle, revolcándose y corriendo con el agua por encima de la
rodilla, recogiendo los palitos que flotaban sin hundirse desde dos esquinas más abajo y
usándolos como pistolas, rifles, puñales, espadas, y lanzas, de acuerdo con la forma y el
tamaño de cada uno.

        La discusión, al parecer, se había formado dentro del cine, y se habían venido
volando puñete desde el gallinero hasta la calle. Lo que pasó fue que el carnicero, harto
ya de tanto manosear carne de oscura procedencia y ansioso de un rato de solaz y
esparcimiento, se metió a ver un doble programa prohibido para menores que se
insinuaba prometedor. Entró a tiempo para ver el final de CORRETEANDO HASTA
EL CATRE en el que el protagonista al fin alcanzaba a la protagonista en el susodicho
catre, y la gente suspiró aliviada, pero, ¡Oh, milagro!, el catre no soportó el doble peso y
se rompió, dando por concluida la película y el carnicero, así como todo el mundo,
claro, tuvo luego que tragarse el noticiero, los avances de la próxima semana/next
week/próximamente en esta sala, los dibujos animados que exigía el público a gritos, so
pena de destruir el cine, y por fin, entre música de orquestas piratas, empezó EL
PECADO MÁS GRANDE DEL MUNDO. Era en blanco y negro, del año de la
picazón y trataba sobre la sífilis y demás enfermedades guarras: tres defectos que
empezaron a decepcionarlo, a él, que había pagado su entrada con el fin de ver un
montón de mujeres en pelotas: torció la boca con asco cuando apareció un perro con un
tubo en la barriga dizque en un laboratorio de principios de siglo y una enfermera
opulenta revestida hasta los pies y recogiendo tubos de ensayo y quemando varitas y
luego otro perro y una campanita que sonaba cuando el perro cogía un hueso y luego un
círculo grandote, que ocupaba toda la pantalla, todo negro, con un tirabuzón que se
movía brillante y que el locutor decía espiroqueta, y otra vez el perro y se quemó la
película de lo vieja que era y entonces se encendieron las luces entre la rechifla general,
momento que aprovechó el carnicero para quitarse la camisa y dejarla sobre el asiento
de al lado. Luego colocó concienzudamente los pies sobre el respaldo de la butaca de
adelante y cuando se apagaron las luces sintió la cucaracha merodeando en los
alrededores de su brazo. La espantó lo mejor que pudo y comprobó, con relativo placer,
que ahora era una mujer la que estaba en la pantalla y que según todos los indicios se
trataba de una Sifilítica Famosa que vivía en la selva africana y que al parecer se estaba
muriendo, por lo que su testimonio era algo menos que póstumo. El carnicero tuvo que
revolverse en su asiento, aburrido. La mujer estaba desnuda hasta la cintura, como si
esa hubiera sido la vía de contagio, y era un tanto gorda, lo que no impedía (favorecía,
más bien) que sus pechos cayeran por los costados hasta la cama ahora que estaba
acostada boca arriba (otra cosa llega a ser si estuviera acostada boca abajo). Había
también dos salvajes y todo con ella, mal vestidos, con lanzas y una cara de palúdicos
que no se las quitaba nadie y que sin duda estaban ahí atraídos por la fama de Sifilítica
Famosa de la dueña de esa voz cavernosa, treponometácea, que contaba a duras penas
su historia, triste, patética, llena de aleccionadora humanidad: había sido seducida a los
15 (quince) años e inducida a la prostitución por un mal hombre a los 16 (dieciséis) en
París (¿dónde, si no?) y luego fue detenida junto con Irma la Douce y metida entre rejas
una vez por el Inspector Maigret; había estado metida en una banda de traficantes de
niños ecuatorianos y todo había sido por causa de la sífilis, que hace que uno cometa
locuras, y luego, mientras colocaba una bomba en Nairobi la descubrieron y la metieron
presa, pero como también la prisión era leprosería, los leprosos pidieron que la sacaran
y entonces le dijeron que dónde quería ir y dijo que a la selva y allí estaba, esperando
que llegara la muerte, tosía y retosía y jadeaba y siguió jadeando todavía un rato más
después de haber terminado de hablar mientras el supuesto corresponsal moralizaba
usando a la señora como caballito de batalla. Luego, otra vez, y sin venir a cuento,
apareció el perro bendito en el laboratorio con el tubo en la barriga por el que caían unas
gotitas en un frasco como los que hay en las farmacias antiguas. Entonces apareció una
mujer joven, pero fea y con los ojos vendados, que se subió la falda enseñando una llaga
en la ingle que era bien desagradable y menos mal que la película se cortó de lo puro
vieja que era y se saltaba escenas que resultaban inconexas, incoherentes,
incomprensibles, pero luego apareció un soldado irlandés, con cara de depravado como
todos los soldados irlandeses, pálido como todos los irlandeses y con cara de borracho
como todos los irlandeses, que decía, mirando con los ojos idos de lo puro depravados y
en posición de firmes, que él era sifilítico (de lo cual no se avergonzaba, pensaría el
carnicero) porque había tenido contactos (¿?) con una francesa en tiempos de ocupación
cuando la guerra franco—prusiana. El carnicero debió pensar que hasta los perros ésos
debían ser franceses y que con tal de no pasar por Francia, zona endémica sifilítica, se
mantenía uno libre de tan aparatosa enfermedad. Y ya, ahora sí, ahora empezaba a
enfadarse en serio, porque el irlandés con cara de depravado se bajó los pantalones para
enseñar una llaga similar a la de la mujer fez con los ojos vendados, porque si él se
metió al cine fue para ver mujeres, no perros, y menos aún soldados irlandeses de la
guerra franco—prusiana, y ahora la voz del fondo (muy bien podría ser Ricardo
Montalbán) decía algo de salvar sanos y de vainas con mercurio (planeta, mertiolate o
mercuriocromo, parece que pensó el carnicero) y había una fila larga de sifilíticos a la
puerta de un dispensario bien runcho y bien maltratado, que más bien se parecía a los de
la Liga Anti—tuberculosa, que no encontraban siquiera un caso de tisis porque no
tenían ni enfermeras (que no iban por miedo a que se les pegara) y en los que los
enfermos tenían que llevar su propia vacuna antituberculosa (que vendía de estraperlo
un judío en la botica de al lado). En ese momento, mientras aparecía la fila de sifilíticos
en el dispensario, fue que llegó el otro tipo y quería que quitara los pies del asiento de
adelante para que pudiera pasar y sentarse más al centro. El carnicero parece que le dijo
que teniendo todo el fóquin cine tenía que venir precisamente a esta fila, ¡qué Güevo!,
así que no bajaba ningún pie de ninguna parte y que se fuera para otro lado. El tipo
como que le dijo que, o quitaba los pies, o se los quitaba él, así de sencillo, y el
carnicero le dijo que como le pusiera un dedo encima, uno solo, le partía la vida en dos.
Y la discusión cedió rápidamente a las manos. La gente, definitivamente aburrida con
la película (estaban en África mostrando que el pian o frambesia era una enfermedad
venérea que se adquiría por picadura de mosquito) empezó a animar a los discutientes y
a silbar y a pedir a gritos que prendieran las luces (so pena de destruir el cine) y fue
cuando el tipo y el carnicero parece que se agarraron a nudo limpio en el borde de la
escalera, pin pan pin pan pin pan pin pan pin pan pin (pian) y la gente gritando y
silbando y tirando cigarrillos desde la galería pero la película seguía rodando (ahora era
la clamidia oculogenitalis que, como su nombre lo indica, se pega en lugares obvios) y
el tipo se engrapó con el carnicero y fueron rodando hasta el balconcito ése que hay en
los gallineros de los cines, mientras que el bombero, que siempre está en la sala porque
entre gratis con el pretexto de mantener el orden, se echaba a un lado para que no la
cogieran con él y pin pan pin pan pin pan pin pan pin pan pin pan pun pan pin pan pian
pán fueron bajando ahora la otra escalera, la que llega a donde está la que recoge las
entradas, volando puñete como nadie parecía creer, salpicando de sangre y dientes a
medio mundo, pin pan pin pan pin pan pin pan pin pan pin pan pin pan pin pan, hasta
que llegaron a la entrada, pero todavía quedaba otra escalera más, la que da a la calle.
Bien sabido es que en (casi) todos los cines existe una escalera a la entrada con el fin de
mantener el desnivel necesario para que uno pueda ver su película sin obstáculos de
ninguna clase y, de paso, la empresa constructora se ahorra el tener que excavar hasta
llegar a la profundidad necesaria. Como había llovido hacía ya casi una semana, la
escalera estaba inundada en sus cinco primeros escalones, y entonces la gerencia del
cine había puesto unas tablas para que los clientes salieran del establecimiento sin
mojarse, aunque luego quedaban encharcados hasta la rodilla porque ambas aceras
estaban totalmente anegadas, pero a la gerencia del cine eso le tenía sin cuidado, pues a
partir del último escalón (o sea, en la acera propiamente dicha) eso ya era asunto del
ministerio de obras públicas. El chiquillo desconocido que tenía costras en los brazos se
acercó a la acera a ver el final del combate y tuvo que quitarse cuando el carnicero
resbaló, rodó, pegó contra el borde de la acera y se desnucó, tiñendo de rojo y dientes el
agua achocolatada que ahora se esparcía en ondas concéntricas. Y si no se hubiera
muerto del golpe se hubiera ahogado, decían los entendidos en asesinatos accidentales,
mientras Mickey Gómez parpadeaba atónito, sentado en la mitad de la calle con el agua
hasta los sobacos, salpicado ahora por el chapuzón postrero del industrial en carnes. El
gerente del cine salió presuroso y desesperado, pidiéndole a la gente que se estaba
aglomerando que por favor, por lo que más quisieran, que movieran el cadáver para allá,
para el lado de la cantina, que él no quería problemas con la ley, pero la gente se
limitaba a ver y decir pobrecito, tan bueno que era, Dios lo tenga en su gloria. Y
Mickey ahí, aterrado, sin poderse mover, hipando miserablemente y desviando con la
mano un ratón inflado que casi choca con él y que venía flotando quién sabe desde
dónde y desde cuándo. Pero nadie recogía el cuerpo inerte del carnicero: las viejas lo
más que hacían era arremangarse las faldas moradas y acercarse a mirar detenidamente
para comprobar si realmente estaba muerto o si sólo era el cuadro. Pero nadie, ni un
carnicero, puede permanecer tanto tiempo bajo el agua con la boca abierta sin morirse.
Y cuando una de las viejas, con tantas arrugas que no se sabía dónde tenía la boca,
ratificó el diagnóstico, el tipo que se había fajado con él en el cine hizo mutis per il foro
porque él no tenía la culpa de nada (yo no sé nada, yo llegué ahora mismo, si algo pasó
yo no estaba aquí)) y no quería verse metido en líos. Y mientras el gerente seguía
vociferando y rogando a gritos que se llevaran eso de ahí, la gente seguía
aglomerándose en silencio, como siempre, callados, resignados, envidiando sin hablar al
ex—carnicero. Aquel mismo día, mientras celebraban la fiestecita en familia con
kool—aid y un dulce de almendra inmenso, Terencio Gómez le dijo que no somos
nadie, ¿ves?, que lo mismo te puedes morir que seguir viviendo, que a la gente le da
igual, por eso es espabilarlos y hacerlos, obligarlos a tomarte en cuenta, ¿entiendes?
Que no se le olvidara nunca. Y Terencio Gómez siguió mirando a ninguna parte con
sus cuencas vacías infectadas mientras sus hijos cantaban jápi berdei tu yú, jápi bérdei
tu yú, jápi bérdei miguelito, jápi bérdei tu yyyyyyúúúúúú.

        Naturalmente que Mickey Gómez no lo habría de olvidar jamás. La impresión
había sido excesiva para sus nueve recién añitos. Y estuvo dos o tres noches, tal vez
más, sin dormir, hipando contra la pared porque si miraba al centro del cuarto veía la
figura del carnicero superpuesta en la figura de su padre dormido y sentía una especie
de escalofrío, como cuando le daban esos violentos ataques de pulmonía. Y soñaba
peor, porque la gente decía que el carnicero tenía tratos (íntimos, se entiende) con una
tipa de ésas que son medio brujas y te echan la macalusia si te portas mal con ellas o te
quitan los fluidos si te portas bien y eres un men legal: lo que equivalía a una maldición
eterna, per ommia seculo seculorum, para el tipo de la pelea, que se había escapado por
el callejón de atrás del cine y nadie lo había vuelto a ver más nunca. Y esos asuntos de
brujerías y malandrias le daban siempre miedo porque eran cosas que no podía
explicarle Terencio Gómez.

         Al carnicero lo recogieron los bomberos tres o cuatro días después, cuando ya
nadie se acordaba de él y cuando vinieron a achicar el agua estancada con sus
mangueras impermeables, gordas y largas. Según dicen, fue la señora Lutecia quien
indicó a los beneméritos que ahí, enfrente del cine, junto a aquel desagüe ocluido con
basura, había un occiso (como diría Perry Mason), y siguió tan campante con su canasta
de jazmines rumbo al centro, a neutralizar tanto olor a gasolina con el tenue efluvio de
las plantas robadas por su hijo, el que empeño una oreja. También se dice (nadie lo
sabe a ciencia cierta) que el bombero que lo recogió se hizo después bien rico porque la
mujer del carnicero le puso una vela a San Judas Tadeo, el abogado de lo imposible, y
éste lo protegió durante toda su vida. Y se comenta que los integrantes del carro—
bomba aborrecieron desde aquel mismo día la carne y los cines y procuraban esquivar
esa esquina, dentro de lo posible, cada vez que llovía y tenían que ir a remover la
enorme masa líquida. Por eso a veces no venían (decían) y el agua subía, sube, hasta el
nivel angustioso y el señor de la tintorería de abajo tenía que cerrar el establecimiento
por miedo a que las máquinas de lavar se llenaran de agua sucia y en vez de limpiar
empuercaran la ropa ajena. El maestro Rodoaldo, que vivía dos puertas más allá, le
decía a Mickey Gómez, en una de sus interminables charlas asomados al balcón, que
aquí sí que estaban en una Venecia chica, que esto era lo que en verdad debía llamarse
Venezuela. El maestro Rodoaldo, medio brazileiro y muy culto, era tenido por cueco,
pero por lo menos con él Mickey aprendía más que con su maestra, a la que se le
olvidaba a veces el nombre del Primer Gran Ilustre Presidente y Prócer Magnífico con
Título de Padre Póstumo de nuestra Inmensa (sic) y Sumamente Libre Patria Tendida
Sobre Tremendo Istmo y Nación Sobrecogedora del Mundo y Corazón del Universo. Y
allí, en el balcón sentado sobre una caja de manzanas vacías, Mickey vio cuando
levantaron al carnicero entre tres bomberos vestidos de rojo, como mimetismo laboral
(el que dizque se hizo rico lo levantó por la cabeza) y lo dejaban sobre la casi seca
acera. Y le pareció la escena, así de pronto, como cuando las hormigas arrastran a su
ciudad subterránea los restos de una cucaracha o de un grillo (muerto). Varias personas,
(él había contado ya ocho en el rato que llevaba ahí) habían tropezado con el cuerpo del
ex—carnicero, pero habían continuado sin inmutarse, posiblemente creyendo que era
algún otro montículo de basura, a la que por otra parte ya estaban acostumbrados de
tanto vivir con ella. Y menos mal que aparecieron los bomberos, por casualidad (nadie
se había atrevido a llamar por temor a pagar los platos rotos en un asunto que ni les iba
ni les venía) porque si no, uyuyuy, en cuanto empezara a podrirse, la hediontina iba a
ser tal que no se iba a poder pasar por ahí, como el día que se trancó la ballena en la
bahía de Limón: una ballena (algunos dicen que más bien era un cachalote, pero a falta
de pruebas objetivas, nos quedamos con la opinión más generalizada) que, al parecer,
venía siguiendo un barco que, según cuentan, echaba burda de despojos, y que se trancó
ahí fuera, en la bahía, cuando el barco empezó a cruzar el canal y que, no pudiendo girar
y salir por la boca del rompeolas, se murió de hambre poco después. El olor que
despidió fue de padre y muy señormío e impregnó todos los edificios, además de dejar
el mar teñido de un asqueroso color sepia. Algunos documentos hablan de que en
Colombia o por esos lados hubo lugares en que permaneció más tiempo de lo normal en
estos casos y que sólo cambiaba de olor (se tornaba en gardenias o rosas, depende del
documento) cuando se moriría una persona: son, naturalmente testimonios subjetivos
que bien vale archivar para después calibrarlos en su justa medida.

        Mickey nunca relacionó, pero posiblemente algo tuviera que ver, porque una
semana después del levantamiento del cadáver subió el casero a cobrar y se encontró
con que el maestro Rodoaldo había desaparecido con todas sus pertenencias, debiéndole
seis meses, y lo que es peor: sin avisar. Nadie supo decirle dónde estaba y si estaba
vivo o si estaba muerto o estaba preso o qué. Ni siquiera el ministerio de Instrucción
Pública. Mickey se acercó con su hipo cruel a cuestas a la puerta del cuartito, del que
emanaba un ligero olor, a pies enjaulados y ropa averaguada, que tiraba de espaldas.
Sólo había dejado un ábaco desteñido y dos calcetines que parecían masticados, uno
verde y uno amarillo, detrás de la puerta. Nada más. Ni las telas metálicas, ni las
telarañas que adornaban los rincones. Lo que se dice nada. Y el casero empezó a
indagar si alguien lo había visto mudarse, pero todos contestaban negando, no, no se
habían enterado (y lo cierto, aunque ilógico, es que era verdad), el tal Rodoaldo era bien
maleducado, además de ñorro: no fue capaz ni de decir adiós siquiera. La señora que
era carterista y se burlaba de Mickey lo señaló al paso como compinche del maestro,
que era medio brasileiro, y el casero, por si acaso, le explotó en la cara dos bofetones,
para que soltara la lengua, pero el chiquillo lo miraba entre sorprendido y asustado,
hipando y recibiendo otra serie de once bofetones, estúpidamente, sin moverse,
inmarcesiblemente aculillado. Pero no iba a llorar para no darle el gusto a la vecina que
era carterista. Ni tampoco iba a decirle nada al casero porque sinceramente no lo sabía:
no había visto al maestro en días (debió ser cuando se mudó) y consideraba que era una
traición a su confianza el irse y dejarlo ahí, recibiendo otros once bofetones por
cómplice. Y odió de la manera al tal Rodoaldo, que dizque que era medio brasileiro,
que si llega a saber dónde estaba lo sapea. Pero primero se cansó el casero de arrearle
garnatadas que Mickey de aguantar, estoico, incluso poniendo la otra mejilla y todo.
Entonces la señora que era carterista le pasó un palo largo y Mickey lo cogió por el
centro, volando un mameyazo para donde se encontraba la barriga del casero, pero éste
lo chifió dando un paso atrás, a lo Ismael Laguna, y fichó con los ojos a la carterista:
por algo lo llamaban El Computador (y no sólo porque se la pasaba computa por la
mañana, computa por la tarde y computa por la noche): porque te ponía el ojo y no te
olvidaba jamás: encima recordaba, que era lo peor. Saltó de dos en dos los peldaños de
la derruida escalera y arremangándose los pantalones cruzó la acera hasta llegar a su
automóvil último modelo, se montó más rápido que enseguida y arrancó ruidosamente,
salpicando a medio mundo y perdiéndose al doblar la esquina con una curva de ésas
patentadas por Elliot Ness. Mickey Gómez dejó el palo en el suelo y se fue a su casa,
saltando hípicamente, sintiendo a sus espaldas las carcajadas y las veladas alusiones a
su amistad con el maestro. Pero quien ríe de último ríe mejor y por más tiempo, dice el
refrán, ¿no? Así que Mickey soltó una carcajada con más ganas todavía cuando los dos
policías pusieron en la calle a la señora que era carterista por incumplimiento de
contrato y por más que ella gritara y chillara y pataleara y porfiara que no tenía ningún
contrato los dos policías la sentaron en la acera encargando al conductor del
radiopatrulla de su vigilancia y subiendo y volviendo a bajar con toda la ropa y se la
pusieron al lado y luego bajaron las carteras que fabricaba la señora que era carterista y
las echaron encima de un camisón solitario, diciendo noséqué de industria ilegal con
fines exclusivos de evasión de impuestos a lo Al Capone y volvieron a subir y a bajar
con sus pailas y vasos de real y adornos de diez centavos comprados en Almacén Fong
y todo se lo dejaron en la acera. Luego subieron por última vez y trancaron la puerta
con doce candados YALE y una cinta adhesiva donde se decía claramente y en tres
idiomas que el Poder Judicial, que emanaba del Pueblo (así, con mayúscula),
sentenciaba a (el nombre de la vecina), de profesión carterista, a dejar, en el plazo más
breve posible, la vivienda subarrendada a (el nombre del casero: Clodoveo Vigil
Ansola), con fecha de un año antes, firma y rúbrica del Señor Juez del Circuito, Lic. E.
Valdés. Y para colmo de males, en cuanto se fue el radiopatrulla apareció el guardia de
a pie (conocido por todos como el que siempre se perdía cuando había peleas) y dijo
que no podía quedarse ahí, zanganeando, porque obstaculizaba el tránsito normal por la
acera, que terminara de recoger sus chunches y que dejara libre la vía pública, que eso
no era ningún ropero. Y Mickey se reía hiposo desde arriba de la escalera, llorando de
la risa, porque se le había hecho Justicia, a él por lo menos, que era lo que contaba.
Entonces apareció el Alacrán, el carro blindado de la policía construido en forma de
celda, y se llevaron a la señora que era carterista por actos indecorosos en la vía pública,
dejándole todos sus enseres como botín de buitres, ahí, regados en la acera, en la puerta
de la tintorería y enfrente del cine donde mataron al carnicero por una razón bien
estúpida del día que Mickey Gómez cumplió nueve años. Y cuando se la llevaban pudo
ver, desde las rejas de la puerta, la boca carcajeante de Mickey Gómez en el balcón,
cayéndose casi de la risa y gritando que el que la hace la paga.
¿Aló?

Aló, ¿Chela?


Sí, soy yo. ¿Quién?


Quiubo, mani, dichosos los oídos


Ahí, pues, ya tú sabes. Que te llamaba para contarte la última


¿Sí? ¿Y cuál es?


Adivina.


Lo del beibi shower de Carmencita, ¿right?


Nop.


Lo de la prima de tu marido, ¿a qué sí?


nop


Lo de la pelea de Pikuki Fernández, ¿frío?


Congelada.


Ay, pues entonces me lo tiene que decir tú.


Que Noni, la de Fefo,          ¿sabes cuál es?


Esa que dice que no se compra carro nuevo porque el que tiene le camina chévere, ¿no?


Esa misma. Bueno, pues, te digo que la pillaron ayer in fraganti.
¿In fraganti? ¿Y haciendo qué?


¿Cómo ―y haciendo qué‖? La pillaron en el fuácata.


¡No me digas!


Como lo oyes, mijita. Y con el jardinero, nada menos,              ése que parece que

nació con la ropa que lleva puesta y que, según creo (no me hagas caso) no se quita ni

para el fuácata.


Vaya, con la cara de mosquita muerta que tiene la muy


Para que veas que las apariencias engañan, y eso que parece que no rompe un plato.


¿Y qué dijo Fefo cuando lo supo?


Imagínate que los cazó el mismo.


¡Aya la máquina!


Y ahora que ya cruzó el Cabo de Buena Esperanza, va la mujer y le prende candela.


Con lo bueno que es, pobre tipo.


Y lo mejor del asunto es que fue de día y con sol.


¿El fuácata?


El fuácata.


Fuiu.
Así mismito. Y en el jardín de atrás de la casa, ni más ni menos, justo donde tienen la

barbacoa,


¿Entre los?


Ahí mismito, mani, fíjate, pues, los ecológicos, los amantes de la naturaleza.


¡Qué ocurrencia!


Sí. Y me dijo Alicia la de (ejem) ya tú sabes, que al parecer éste no era el único que

andaba en el fuácata con Noni.


Oye, cuidado, no le hagas caso a ésa sabelotodo porque es bien bochinchosa.


Yo no le hago ningún caso: sólo me limito a repetir lo que ella dice, como ella sabe un

rato largo de eso…


A propósito, Tata, y perdona la indiscreción


Estás perdonada.


Pero ¿ Alicia sigue con              (ejem)?


Ay,     si te contara.


No me digas que…


Uy, cuando se destape ese tamal...


¿Tan fea está la cosa?


Si te contara…
Cuenta            cuenta.


¿No hay moros en la costa?


Qué va, el consorte debe andar por ahí metiendo la nariz en los excusados ajenos.


Tú si que eres.


Oye, de verdad: con lo bien que estaba quitándole las alergias al poco de neurasténicas

ésas, ¿qué tenía que hacer metiéndose a ministro? Y de Sanidad nada menos, por si

fuera poco.


¿Y eso no se le quita?


Qué va, manita, ya lo he dejado por imposible: no se le quita ni oliendo potreros, fíjate.


Qué lastima, mija, ojalá se arregle todo.


Gracias.


Bueno, atiende, que es una tremenda bomba.


Ah sí,        échame el cuento.


Pues que resulta que Alicia parece que está de buena esperanza.


Como el Cabo de Fefo.


Peor. Y de tres meses y pico.


Debe andar desesperada.
Ah, yo no sé cómo andará, porque yo estuve los otros días en su casa y no me dijo nada

ni me pareció nerviosa ni nada.


Es que la procesión va por dentro.


Debe ser, porque para enterarme yo, tuvo que venir a decírmelo la querida de ya tú

sabes.


¿Sí?


Uf, si eso lo sabe todo el mundo, ¿ tú en qué país vives?


A lo mejor en Bosnia.


Ja ja ja, a lo mejor: pues escucha: según esta (ejem) fuente de información, pues como

su marido no                  para que contarte.


Sigue, mani, que me matas de la curiosidad.


Nada extraño:   que como su marido parece que no,       pues imagínate el panorama.


¡Horror!


El arroz con mango y tutifruti.


Ni Peyton Place.


Ni Peyton Place. Así que ella no puede ni siquiera decirle que es suyo.


Es que ni aunque su marido.
No, ni así, ja ja ja ja, qué ocurrente eres, manita, pero yo se lo dije, no te creas: ¿qué

tienes tú que hacer metida con el chombo ése, ah?


¿Y qué te contesto?


Que a cada cual su propio infierno.


Bien hecho: eso te pasa por andar metiéndote en la vida ajena.


Hey, cuidadito, que yo no tengo nada en contra suya por ser moreno. Él es muy buena

gente y, además, se codea con tú ya me entiendes y es muy educado y tiene mucha plata

y todo. Pero de ahí a meterse con él, sobre todo teniendo un marido cagaleche, oye, hay

que echar un pie.


Es que del dicho al hecho va mucho trecho.


No te creas. Ahora, que cuando se destape la olla, más de uno va a salir salpicado.


¡No me digas!


Uf           si te contara.


Cuenta              cuenta.


¿Tú te arrecuerdas de la Santurce? La mediana


La que dizque que se fue para Europa, ¿no?


Ecolecuá. Pues agárrate, mija, porque me dijeron las malas lenguas (ya tú sabes a quién

me refiero), que dizque que tuvo un aborto y casi se muere. Y eso que lo tuvo en

Inglaterra, donde eso es más común que sacarse una muela.
¿Y? ¿Qué dice de eso, este, (ejem)?


Uy, mani, si tú no estás en nada.


Es que con todo este ajetreo no tengo tiempo.


Pues el (lo) que abortó no era suyo, ni mucho menos. ¿No ves que ese tipo batea pál

otro equipo? El globo era de (ejem) ya tú sabes, el de Alicia.


Conque educado y buena gente y todo, ¿eh?


Para que veas, aunque este (digamos) desliz no le quita mi simpatía, no creas.


¿No, eh?


Oye, no vayas a pensar mal.


El que se rasca es porque le pica.


Ya te dije que no tenía nada en contra suya por ser moreno y lo sostengo.


Bueno, lo olvidamos, ¿oquey?


Oquey.


Sigue, pues.


Pues que resulta que él mismo, de su bolsillo (no usó siquiera una partida oficial), le

pagó el viaje y el hospital y todo, pero era para que no le armara el revulú por estos

predios, ya sabes. Y tan lejos, pudiendo hacerlo aquí mismo.


Así no tiene gracia, mai lov, mientras más lejos, mas se pasea y menos se sospecha.
Ajó, Tata, tú sí que estás enterada de todo.


Es que una no tiene otra cosa que hacer más que averiguar la vida ajena.


Ah, oye: ¿qué es de la vida de tu marido?


Puf, sigue tan sinvergüenza como siempre: me llamó ayer desde Mayami. Dice que tal

vez venga mañana, no es seguro, ya sabes tú cómo son estas cosas, pero el asunto que

iba a arreglar marcha sobre ruedas.


Chévere, mija. ¿Y en qué anda ahora?


Ni sé, mani, como cambia todos los días…


Oye, no te quejes, que por lo menos no te aburres.


No, no me quejo, no. Lo que pasa es que hay días en que no se le ve la cara, pero en

parte está bien, ¿no crees?


Sí, naturalmente que sí, manita. El basurero de mi marido hace lo mismo: a veces se

pierde por semanas enteras y luego viene con el cuento que dizque andaba en el interior

capando flebotomos y cosas así, para que veas. Antes me desesperaba, pero ahora, ya

no le hago ni caso.


¿Todavía están en el tercer asalto, pues?


Todavía, y eso hasta que se le quite de la cabeza esa tontería de ser ministro.


Déjalo en su onda, todos tenemos defectos.
No, si yo comprendo que nunca viene mal un cargo de ésos, sobre todo viniendo de un

ambiente como en el que él se crió, pero ni tanto ni tan calvo. Además, si no me lo

tomara en serio, pasa, oye.


Es que no todas las personas son iguales. Para no ir más lejos, yo a Tomi tenía que

regañarlo para que tomara el ministerio un poquito más en serio.


Es que mi marido tiene menos vista que el tuyo.


No, mija, es que Tomi es un vago que ni mandado a hacer de encargo.


Por eso digo que tiene más vista que el limpiacloacas del mío. Yo se lo dije, Mike, coge

otro ministerio, el de Bienestar Popular no está mal, y encima te regalan leche de ésa

que sobró de la Alianza para el Progreso y que luego puedes usarla para tu campaña en

las próximas elecciones. Pero él no, él tenía que ser de Sanidad. Imagínate. A veces

cuando llega de sus infectorrerías viene que apesta a viruela, de verdad. Y eso que su

obligación es sólo firmar papeles y ya. Pero qué va, mani, él tiene que ponerse botas de

caucho y chocarle la mano a los cholos y andar a caballo por el monte.


No exageres, mujer.


No exagero nada—nada. Pero no se lo cuentes a nadie, ¿eh?


Pierde cuidado, mani.


No lo hagas, plís, que me muero de vergüenza. Ya tú sabes cómo soy para ciertas

cosas.


Y, además, en tu situación.
Claro. Además, eso.


Bueno, mani, te dejo: sólo te llamaba para eso.


Chao, mija, y gracias por las primicias.


Ah, oye:


¿Sí?


¿Vas a ir a casa de Alicia esta tarde?


No sé, ¿por?


Es que nos vamos a reunir allí para comentar lo de la Noni y a lo mejor te interesa, no

vaya a ser que luego se pongan a hablar de ti, ya sabes.


Sí, más vale prevenir que tener que lamentar, como diría el doctor Cloaca.


?????


Mike.


Ah.


Hasta entonces, pues.


Hasta lueguito, mija.


Arrivederchi…


¡Click!
¡Click!
“Que se haga entonces la voluntad de Ich

o de ellos, diría yo, si limpiándonos es

cuando en realidad nos ensuciamos‖.


(Saúl Torres: Marcha forzada)


                                           “No importa se me trato de tú o de él,

                                           todos nosotros nos queremos, y en verdad,

                                           no somos la misma persona‖.


                                           (Justo Arroyo: Dedos)
       MacCallister se acercó ceremonioso, doblando el espinazo hasta tocar el suelo

con la frente. Don Saturnino, enjoyado hasta en los dedos de los pies, levantó las cejas

pesadas y lo miró displicente. Hasta las palmeras que invadían el patio parecían hacer

un marco vegetal a su descanso: parecía una tortuga regada en ese pedazo de playa,

podría pensar MacCallister uniformado de mayordomo de novelas policíacas, cuando

erguía el tronco filiforme hasta quedar en una estúpida actitud militar. Don Saturnino

era gordo, obeso, más bien, y transpiraba dólares, repatingado en la silla de tomar el sol,

frente a un gintonic con ginebra inglesa, bajo una sombrilla enorme, inmensa, sobre un

pedazo de tierra que estaba junto al mar y que era suyo junto con el pedazo de mar.

MacCallister era flaco como una lanza y no se podía dar (no se daba) el lujo de sudar,

aunque se estuviera asando debajo de la camisa blanca inmaculada almidonada, dentro

de los pantalones ajustados y el saco negro con chaleco de dieciocho botones dorados.

Don Saturnino, céreo, miraba los ojos blancos del negro desde detrás de unos lentes

negros que escondían sus ojos amarillentos de Whisky y bacanales. Acercó una mano

fofa, regordeta, pálida, como de muñeca de caucho, a la mesita en la que reposaba el

gintonic, recogió unos manises y se los llevó despreocupadamente a la boca. Entonces

fue que MacCallister supo que podía hablar: ―el doctor Gómez quiere verlo. Señor‖, y

permaneció estático un momento, mientras Don Saturnino medía las palabras, las

calibraba, escogía la respuesta más neutral, menos comprometida, más insípida,

transparente, inodora. Trago lentamente, chasqueó afectadamente la lengua y dijo,

ahuecando la voz para darle ese peculiar acento internacional:


       Está bien. Dile que pase.


        McCallister dobló el espinazo hasta tocar el suelo con la frente, se incorporó

como movido por un resorte y dio media vuelta en su actitud estúpidamente militar.
Don Saturnino bebió sin ruido un sorbo minúsculo de la bebida amarga y refrescante,

mientras el criado se dirigía al chalet con paso marcial y atlético, como un gimnasta

que se acaba de caer de las barras, debió pensar Don Saturnino, todavía paladeando la

auténtica ginebra y la auténtica agua tónica, traída expresamente de colonias orientales

para mantener la exquisitez de su paladar. Bajó un brazo regordete, blanco, y acarició a

su lado al gato siamés, importado hacia un mes de Siam, que dormía acurrucado junto a

su silla, en espera de una señal para incorporarse y sentarse en esa clásica postura de

gato siamés de porcelana, lo que hizo en cuanto entró al jardín el sirviente, que ahora

abría la puerta enmarcada en wolframio para ofrecer el paso a un mulato acholado que

se movía como amarrado, como un muñeco mecánico, casi como un engranaje a base de

ruedas dentadas. Indiscutiblemente se encontraba fuera de su ambiente, consideró

fofamente Don Saturnino. Vestido de blanco perla, su piel resaltaba híbrida, brillante,

amoratada, el lacio cabello peinado hacia atrás, el hipo eterno e impertinente. El doctor

Gómez llegó hasta donde estaba Don Saturnino, dejando atrás a MacCallister, que se

inclinaba obsequiosamente, como un resorte.


       Siéntese, doctor.


       El doctor Gómez sonrió al momento de ocupar el asiento, que parecía estarlo

esperando desde toda la vida, son sillas anatómicas, pensó mientras Don Saturnino le

indicaba al especie de mayordomo que trajera algo de beber para el doctor, que

seguramente estaría sediento.


       ¿No es cierto, doctor?


       El doctor Gómez cruzó las piernas maquinalmente y se arrepintió al instante de

haberlo hecho. Don Saturnino parecía observarlo desde todos los ángulos posibles,
pensó el médico, carraspeando a medias, hipando, más bien tragando saliva. El otro

depositó sobre una de sus rodillas la mano edematosa, pálida, y levantó la ceja, como un

guardabarreras: MacCallister apareció con la bandeja y dejó sobre la mesita un enorme,

increíblemente enorme, vaso de agua con mucho hielo. El doctor Gómez comprendió al

paso la indirecta y empezó a sudar sin proponérselo, hípico, cortado, distónico.


       Mucho calor, ¿eh doctor?


        Don Saturnino vestía de tropical: camisa de enormes flores rojas y exóticas
sobre fondo amarillo, pantalones bermudas de color azul marino deep, chancletas
playeras de cuero de foca virgen, lentes oscuros, y un extraño gorrito de náilon
verdeacua. Sobre la mesa, un paquete de cigarrillos turcos con su racioncita de opio,
uno de cigarrillos cubanos con la cajetilla roja y otro de cigarrillos (auténticamente
americanos) gringos con una subdosis de marihuana y el letrerito hipócrita SMOKE
MAY BE DANGEROUS FOR YOUR HEALTH. El doctos Gómez se sintió como un
hámster y pensó que no sabía cómo iba a hacer para quitarse esa vista fofa de encima, y
optó por escudriñar la suela de los zapatos blanco perla, que le parecieron, así, por las
buenas, sucios, bastos y groseros. La voz, gangosamente internacional, como la de una
telefonistas, lo sacó de sus cavilaciones socioeconómicas.

       Y bien, mi querido doctor, ¿qué brisa lo trae por aquí?


       El doctor Gómez comprendió: era el tono. Sí: se pueden decir carameladas con

tono agrio y suenan mal: se puede insultar a cualquiera con tono de libélulas

demacradas de trasnochar romántico y suena a música celestial, incluso hasta dan las

gracias. Era el tono, no las palabras, que de por sí, son neutras, blancas, vírgenes, era la

forma de hablar, la entonación, el acento, la distorsión semántica, que concretamente, en

Don Saturnino, era la voz habituada a mandar a la mierda a los mismísimos jerarcas de

la ITT o de la Coca—Cola. El doctor Gómez se sintió avergonzado de su poco mundo

(sólo conocía éste), como si de repente todo, hasta el ministerio, le quedara ancho, como

si fuera culpable de tener la piel con tonalidades barrocas. Don Saturnino derramaba

sobre él su mirada vidriosamente lechosa, despectiva, vertical, panorámica.
        Pues verá el doctor Gómez intentó rascarse la cabeza con aire de fingida

familiaridad, de fingida indiferencia, como quitándole trascendencia al asunto, como

haciendo el payaso, como chismorreando trivialidades superficiales, se trata de su

fábrica de alfombras…


        Don Saturnino sorbió su gintónic casi con deleite, enviando a través de sus

lentes oscuros una mirada de interés relativo:


       ¿De verdad, doctor?


Sí, es que… Don Saturnino ni pensaba siquiera en compadecer al doctor Gómez por su

cortedad, como había creído el médico cuando empezó a sudar a golpes, hipando,

empapando la camisa blanca, cuando se encontró con la mirada tasajeante y fija del

gordo, obeso, más bien, que ahora paladeaba concentrando el sabor a mejunjes

indostanos y alambiques del Commonwealth. El doctor Gómez sintió que era preferible

hablar preciso castizo y conciso, todo, claro, mal y pronto, acabar, levantarse, atravesar

el jardín, la casa enmarcada en


tungsteno, el porche, subir al bólido y decirle a Chucunaque que lo llevara otra vez a su

despacho en el ministerio. Este calor extraño de ese pedazo de playa lo estaba más que

fatigando… resulta que las pieles que usa para fabricar las alfombras provienen de

animales enfermos.


        Siguió paladeando el gintónic de una manera que el doctor Gómez le pareció

internacionalmente pedante. Miró entonces al cielo y encogió los labios abultados,

carnosos, como preocupado. No lo estaba, se convenció el doctor Gómez: esto, a Don

Saturnino, ni la tos, pero por si acaso, para completar el cuadro, lo vio dejar escapar un

soplidito neutro, sin matices, sin gaitas.
       Vaya, pues, esto sí que es un problema, ¿no cree?


        El doctor Gómez asintió con la cabeza, tímidamente, parpadeando un poco al

sentir sobre sus ojos indios el destello de los anillos que adornaban los dedos podálicos,

regordetes, fofos, pálidos. Levantó la vista resuelto y se encaró con los lentes oscuros.

Era extraño sentirse reflejado en los cristales impersonales: parecía estar hablando

consigo mismo, ¿o no?


       Sobre todo para la salud pública.


        Don Saturnino arqueó las cejas pesadas, pletóricas, sin mover otro músculo

más. Parecía pensar. Siempre parecía pensar, hubiera explicado MacCallister si

hubiera estado presente: hasta en los momentos más extraños parecía pensar: hasta

entonces. Don Saturnino devolvió las cejas pesadas a su sitio, comprensivo: bajo la

vista una fracción de instante.


       Lo entiendo.


        Era por eso, tuvo que confesar el doctor Gómez, que había venido a rogarle,

sonrió sin saber si era condescendiendo o pretendiendo estimular la simpatía oculta de

Don Saturnino o si era que algo en todo esto le hacía gracia, a rogarle que por favor, si

no era mucha la molestia, que suspendiera la fabricación hasta tanto no se lograra

erradicar la epidemia. Don Saturnino debió parpadear, pensó el doctor Gómez, un poco

más seguro de sí. Le fastidiaba esa ambigüedad de reacciones, para qué negarlo, pero a

veces a veces podía ayudarlo a sobrellevar algún apuro, con eso de desorientar al

interlocutor. Don Saturnino acercó sus labios enormes al vaso de gintónic, sorbió un

poco y repitió la acción de paladear el trago. El doctor Gómez pensó que tal vez era una

forma de combatir la angustia: sorbía gintónic como a otros le da por sodomizar
cangrejos, por arañar cristales, por morder esquinas o por coleccionar cáscaras de pipa.

Manías, pensó el médico, manías de rico. Qué se le iba a hacer. Iba a volver a sonreír

cuando la voz monótona, isoeléctrica, silabeante, llenó casi por completo el pedazo de

playa:


         ¿Y está usted seguro de que se trata en serio de una epidemia, doctor?


         Lo estamos.


         ¿Lo estamos? ¿Quiénes? Si me hace el favor…


         El Ministerio de Sanidad.


         Otra vez pareció pensar, aunque lo cierto es que todo estaba pensado hacía ya

tiempo, dedujo el doctor Gómez, descruzando una pierna y cruzando la otra.


         ¿Sabe que ésa es una acusación muy grave?


         ¿Cuál?


         La de atentar contra la Salud Pública.


         El doctor Gómez captó la onda: a buen entendedor, con ninguna palabra basta.

Se estaba metiendo en camisa de once varas, solo, por su cuenta y riesgo, cogiendo al

tigre por los cojones, metiendo la lengua bajo la rueda de un tractor. Don Saturnino

supo que el doctor Gómez había captado la onda. Todo era ahora cuestión de tiempo.

Entonces trajo de su repertorio de caras un rostro internacionalmente agradable.


         ¿Y cómo se enteraron ustedes, digo, el Ministerio de Sanidad, de esta, digamos,

como dice usted, epidemia?
       Se han dado muchos casos de los que esperábamos.


       Y, naturalmente, pensó, digo, pensaron, que mis pieles, con las que fabrico, mis

alfombras, provienen de animales enfermos.


       Lo hemos comprobado.


        Es decir ahora empleaba un tono, una distorsión semántica, extremadamente

suave, como amenazando, que esto que dice usted aquí lo puede someter a

consideración de un tribunal.


        El doctor Gómez comprendió la ruta que seguía la conversación. Pareció

pensar, imitando a Don Saturnino en su mirar al cielo lánguidamente: las palmeras

estaban ahí, quietas, no había nubes, el sol estaba ahí, quieto, el cielo estaba ahí, azul,

quieto, todo estaba en su sitio, pensó, menos él: pareció de pronto llegar a una

conclusión:


       Sí.


       Entonces el blanco lo miró divertido, adelantando la boca y levantando una ceja

espesa: el negro acudió presto, inclinándose hasta tocar el suelo con la frente: el mulato

acholado se vio reflejado en los dos espejos negros, las cartas están echadas, pensó, que

sea lo que Dios quiera. El gato siamés volvió a acurrucarse junto al pie fofo,

MacCallister recogió el vaso de agua y Don Saturnino sonrió neutro, como un Mono

Liso, y cató el gintónic. Luego miró paladeando al negro vestido de mayordomo.


       ¿Cuánto tiempo nos ha honrado el doctor con su visita, Mac?
          Diecisiete   minutos,   quince   segundos,   Señor.   MacCallister    guardó

eficientemente el cronómetro que había sacado del chaleco de 18 botones. Don

Saturnino pareció juguetear con su reloj de pulsera. Volvió a sonreír, mirando al

médico pausadamente.


        Encantado, doctor. Vuelva cuando quiera.


        El doctor Gómez apretó los dientes contrariado. Don Saturnino recogió unos

cuantos manises y los dejó caer uno a uno sobre su garganta. MacCallister miró al

mulato acholado vestido de blanco desplazado: ―por aquí, doctor‖. El doctor Gómez se

levantó de un salto, giró en redondo y enfiló rumbo al chalet: ―por aquí, doctor‖,

MacCallister señaló la puerta que conducía al depósito de agua. El doctor Gómez pasó

entonces de la humillación a la indignación, o al revés: por lo menos no lo supo en ese

momento. Siguió al mayordomo más allá de la Casa, después de unos matojos

cobardes, y luego tuvo que cruzar una cerca de alambre de púas, rompiéndose el

pantalón blanco perla en el intento. Después de un breve forcejeo con la cerca, estuvo

al otro lado.


        Por favor llamó a MacCallister cuando éste se disponía a regresar a la Casa. El

negro volvió sobre sus pasos, mirándolo con infinito despreció. El doctor Gómez trago

saliva hipando, tratando de recobrar compostura.


        ¿Sí?


        ¿Qué operación es esa del cronómetro y el reloj?


        MacCallister lo miró extrañado, al menos eso parecía. Pareció pensar, medir el

alcance de su respuesta, todo se pega, pensó el doctor Gómez.
        Era para atrasar el reloj.


        ¿Y con qué fin?


        Es decir el doctor Gómez no sabía ya qué pensar, que yo jamás he estado en esta

Casa.


        Exacto, doctor.


        El doctor Gómez parpadeó incrédulo. ¿Dónde se había visto cosa semejante?

MacCallister giró nuevamente con aire castrense. Cuando dio dos pasos atléticos, el

doctor Gómez volvió a llamarlo, sacudiéndose las briznas de adormidera que se le

habían pegado en los pantalones. El especie de mayordomo regresó contrariado.


        ¿Qué le pasa, doctor? ¿No piensa irse?


        El doctor Gómez consideró que con ésta ya había agotado el stock de

sudoraciones. Se llevó una mano a la nuca, hipando inmisericorde, y torció un poco la

nuca. MacCallister estaba visiblemente impaciente. El doctor Gómez se encaró con él,

nervioso, casi casi suplicante.


        ¿Qué significa todo esto?


        MacCallister sonrió, como perdonándole la vida: ―significa, doctor, que el Amo

(el doctor Gómez no supo a ciencia cierta sí dijo Amo o si dijo Boss) no pretende darle

ninguna importancia a su visita. Es como si nunca se hubiera efectuado, ¿comprende?

Significa que no va a tomar ninguna medida contra usted por su impertinencia de hoy.

Significa que con todo y el hipo le ha caído usted bien. Y ahora lárguese y no

complique más las cosas‖.
       El doctor Gómez llegó a la calle corriendo, escapando del bulldog que insistía en

quedarse con sus pantalones blancos, jironeados y encharcados desde su paso por los

alrededores desde su paso por los alrededores del depósito de agua de la Casa. Su

automóvil estaba ahí, enfrente, no frente a la puerta del Chalet. Comprobó que el motor

estaba encendido cuando llegó a él hecho un estropajo: el aire acondicionado estaba

también en High. Pero Chucunaque, el chofer, no aparecía por ningún lado. El Señor

Ministro de Sanidad, doctor Miguel Gómez MD, se sentó al volante, cómo le dolían los

pies, y respiró profundamente. Miró por el espejo retrovisor, nada, enfiló por la calle

que bien podría ser carretera, rumbo a su residencia, no podía llegar al Ministerio con

esa facha, pensando en que tal vez todo esto era una pesadilla de ésas que le daban

cuando se hartaba de leon—pan—mein o un sueño de esos extraños que duran horas y

horas y parecen incluso llevar una continuidad. A lo mejor era eso. Ojalá lo fuera.
―cuando seas mayor padre y entiendas que

las cosas son así de sencillas.‖


(Bertalicia Peralta)
Frenó bruscamente y el Chrysler se detuvo con un chillido histérico. Menos mal que no

fue nada más que el susto, pobre muchacho. Pero lo llevaría al hospital por si acaso,

uno nunca sabe lo que puede haber pasado. Y mientras esquivaba autos en la Avenida

Balboa se maldecía por no seguir los consejos del tipo ése que olía tan mal y que papi

quería que le enseñara a manejar. Detrás de una pelota siempre viene un chiquillo.

Ahora ese chiquillo, menos mal que sólo fue el susto, iba a su lado, como tragado por

los asientos enormes. Detrás, su padre (sería) amarraba las cejas en un gesto que quería

ser adusto, pero que ella, a través del espejo retrovisor, comprendió que era admiración

deglutida, orgullo tragado: disimulo, en fin. Se detuvo frente a un semáforo,

golpeteando nerviosamente el volante con los dedos largos y finos, como alambres, y

las uñas teñidas de verde—ilusión.


       Con el rabillo del ojo, volvió a repasar al chiquillo para comprobar si de verdad

no estaba herido, si no tenía ningún hueso roto y él, por ese orgullo que tal vez le

transmitiera su padre (si era el señor que iba duro en el asiento de atrás), trataba de

negar olímpicamente. Quiso oír música, pero se contuvo: era de mal gusto llegar a la

Sala de Urgencia del hospital con el radio a todo volumen, como quien llega a una

fiesta. Quiso ofrecerle un cigarrillo al hombre, pero deshecho la idea: a lo mejor

pensaba que lo estaba comprando, sobornando qué sé yo. Desistió también de fumar

ella: a lo mejor pensaría que lo estaba discriminando. Puso el drive y aceleró, que lata

nadie le había dicho que se metiera por ahí, por esas calles extrañas, casi sin luz, llenas

de agua y basuras, hediondas a desperdicios humanos. Pero ella no, ella tenía que

meterse por esos sitios sórdidos y escalofriantes: terca que era. La gente le había dado

miedo, negros por el sol, las mescolanzas raciales y la suciedad, desdentados,

desgreñados, desinflados, ¿de dónde habrían salido? Las cantinas dejaban escapar un

asqueroso olor a cerveza digerida, encostrada en el suelo, las aceras desnutridas llenas
de alimentos de hacía más de una semana, ¿era posible que esta gente comiera? La

nausea fue indescriptible, pero menos mal que el susto y el miedo de haber atropellado

aun crío se la atenuaban un poco. Pero los ojos. ¡Qué ojos! Destilaban odio, gota a

gota, un odio ancestral, desde antes del Tiempo, un odio genético, casi se atrevió a

pensar. Miró a través del espejo los ojos del hombre: se habían dulcificado, pensó,

incluso habían destellos brillantes en ellos. Los del muchacho se clavaban nerviosos e

insistentes en sus senos, sólo cubiertos por la blusa transparente. ¿Cuándo llegaban al

hospital, Dios mío? Y ésa era la gente que frecuentaba su hermano. Es que aunque

haya necesidad de hacerlo conviene dosificar las relaciones, decía papi, oliendo a

lavanda inglesa y fumando cigarrillos turcos. Y tenía razón. Pero lo que más la

sorprendía, más aún que el odio que destilaban los ojos, era la resignación esa increíble:

nadie había gritado, nadie se había puesto histérico, nadie había gesticulado

desesperadamente: todos se acercaron casi con calma, midiendo (y contando) los

pasos. Algunos llegaron hasta donde creían que debían llegar y no se acercaron más,

observando con sus ojos incrustados en el rostro estéril el desarrollo de la acción, pero

desde afuera, como espectadores pobres que han sido invitados por caridad. Los que

hablaron (este hombre que iba en el asiento de atrás y una mujer toda despelucada)

debieron ser familiares suyos, porque como el niño no había dicho nada y el hombre

permanecía callado, sin preguntarle siquiera si se sentía bien, tuvo ella que ir tejiendo y

relacionando parentescos. Había perdido los nervios, eso era verdad, para qué negarlo,

de qué iba a servir, pero también había que comprender que era la primera vez en su

vida que atropellada a un pobre. Bajó tres centímetros la ventanilla para dejar escapar

un poco del denso olor a ropa re—usada, y oyó como se repatingaba el hombre en el

asiento de atrás. La calle desprendía reflejos mojados, cegadores, espejismos, dicen, del
calor que hacía. Ella sintió que se le secaban los labios e intentó humedecerlos con la

punta de la lengua, pero en eso llegaban al hospital.


        Al detener el Chrysler, el hombre y el niño siguieron la inercia, se movieron

hacia delante como continuando el viaje. Ella trató de sonreírle al chiquillo mientras

descendía del carrazo y no lo logró, sorprendiendo entonces al hombre con los ojos

escuálidos pegados en sus pantalones de cuadros.


        Sosteniendo al muchacho por un hombro, como si fuera su hermana mayor, lo

condujo hasta la Sala de Urgencia, reafirmando la identidad de sus caderas imponentes

y llevándose tras ella suspiros críticos y ansias devoradas.
Quiero agradecer a los señores Pirvinio

Gómez, Romilar Castro, Befenio Sánchez

y a la señorita Hiata Perkins por haberme

brindado gratuitamente y sin compromisos

de ninguna clase, su biblioteca particular.

Asimismo,      quiero      extender      mi

agradecimiento al Departamento de Orden

Público del Servicio de Investigación

Criminal en particular, y a todas aquellas

personas que tuvieron la buena fe de

permitirme hurgar en su pasado, no

siempre digno de encomio, para que ciertas

lagunas fundamentales fueran rellenadas.


                               EL AUTOR
El excelentísimo señor ministro de Sanidad, doctor Miguel Gómez MD, profesor

honoris causa de la Universidad autónoma de Frenkel, miembro permanente del Comité

de Expertos de la asociación Americana de Anquilostomiasis, Socio Fundador de la

Liga pro defensa de la Pelagra, Presidente vitalicio de la Mancomunidad de Ulcerosos

Ilustres, Consejero a Título Previo de la Comisión Internacional para la Erradicación de

las Enfermedades Mentales, Miembro interino con carácter permanente del Comité de

Expertos en Ornitosis y Psitacosis, Director Nacional de Cibernética termorreguladora y

descendiente directo de Federico II de Hohenstaufen (siempre augusto, siempre

victorioso, Emperador de los Romanos y Rey de Jerusalén, tres veces excomulgado,

pederasta, mujeriego y místico), nació en una ratonera.


       Bueno, no exactamente en una ratonera, puesto que en ese tipo de lugar sólo

pueden proliferar seres anormales como Garbancito de la Mancha o Pulgarcito (tal vez

Gulliver o Alicia, la del país de las maravillas), sino que el lugar que escogió la señora

Nacha para dar a luz era frecuentado por esos seres extraños, vivarachos y destructivos.

Por esa época, Terencio Gómez, recién despedido de los muelles por resistirse a hablar

inglés, había quedado ciego un día que se lavó la cara con jabón germicida. Y tenían

que ir viviendo como buenamente pudieran, pese a su interdicha ascendencia,

durmiendo en los callejones arropados por el aroma de los tinacos hediondos a

despecho, a veces en las afueras de la ciudad que muere sola, donde el sol caía de firme

haciendo brotar las moscas y donde la noche caía también de firme, como una

liberación parcial, arrastrando bajo sus negros refajos el ruido ya familiar de roedores y

enamorados; a veces dormían junto al desagüe general de aguas negras, arrullados por

el correr de los residuos urbanos en el interior de los inmensos uréteres de cemento. Y

de día, otra vez el suplicio, otra vez la señora Nacha arrastrando la barriga grandota e
incómoda por las calles, guiando a su marido con las cuencas vacías, porque Terencio

Gómez tuvo la vista infectada y ahora no tenía ni ojos.


       Eran unos días patéticos, unos días terriblemente días, como diría Moravia. Y

cuando llovía no buscaban refugio, rogando que el agua del cielo les viniera como una

liberación, cogerse una pulmonía y acabar de una vez, finish. Y así seguían, día tras

día, en procesión, primero la barriga, después la señora Nacha y al final, a la rastra,

Terencio Gómez, hechos unos harapos, convertidos ellos mismos en jirones,

desarrapados, surrapastrosos, patirrajados, para estimular la caridad ajena, como manda

la Santa Madre Iglesia: pero creían caminar sobre fango de infieles en esta ciudad que

dolía, oyendo gruñir sus estómagos de ociosidad, oxidados por la falta de uso,

atrofiados. A veces (más o menos una vez al mes), la señora Nacha se encontraba algo

por ahí para ganarse una platita y dejaba a Terencio Gómez sentado en una esquina con

una lata vacía a sus pies, volviendo luego y encontrándolo contento por haber recogido

algo y comprobar después que la lata estaba llena de platillos de coca—cola, aplastados

para que dieran la sensación de monedas.


       Y así, mes tras mes, la barriga grandota e incómoda fue creciendo hasta que no

puedo más y se reventó. Y así, en estas circunstancias, fue que nació Mickey Gómez.

Cuentan las malas lenguas que su nombre proviene de ahí, de haber tenido como primer

compañero a un mus musculus, que todavía Terencio Gómez tuvo el humor de ponerle

Mickey, como el ratón ése de las cómicas. La señora Nacha, cuando se encontró en el

trance inminente, dolor va y dolor viene, buscó el lugar más seguro que podía divisar

por los contornos. Y entró, arrastrando impaciente a Terencio Gómez, que se tropezaba

torpemente, maldiciendo, cayéndose a causa de los despojos inverosímiles que habían

dejado sus antiguos ocupantes (temporales, transitorios o permanentes) en aquella
chocita abandonada hasta por la ira de Dios. Y allí, con la ex—vista dirigida al infinito,

Terencio Gómez oyó chirriar a sus pies unos dientes voraces y oyó chillar a sus espaldas

eses cuerpo que se partía en dos, sentado con las manos en el regazo, inútil, asqueado.

Y después de un rato que le pareció que ni empezaba ni terminaba jamás, oyó llorar al

niño, sintió el corazón en la boca, el consabido sabor salado, y lloró, pero como no tenía

ojos no le salieron lágrimas, cuantimás un moqueo estúpido. ―Se llamará Miguel, como

el ratón ese de las cómicas‖, dicen las malas lenguas que dijo mientras buscaba, con los

dedos acostumbrados a la luz, el bulto casi informe, sucio, que desde hoy debería

proteger del ataque de las alimañas, de todas las alimañas habidas y por haber.


       Podemos asegurar, con el margen de error que se puede permitir un observador

indirecto, que los primeros días de Mickey Gómez fueron relativamente felices: tenía

dos tetas enormes como lobos para él solito, tenía los labios babosos de ese señor que

no lo miraba, y además tenía entretenimiento completo con las carreras de ratas y los

amoríos de los murciélagos. Hasta que un día el cielo se pintó de gris, tosió (o algo

parecido) y se despepitó sobre su frente mulata, acholada y olímpica, dejándolo lleno de

un líquido frío y triste (sin olor, ni sabor ni color), que se diferenciaba con mucho del

chorrito ése que se le deslizaba hasta la rabadilla y que despertaba gritos de angustia por

parte de esa señora que le decía cositas raras y pendejaditas cuando quería que se

durmiera. Para ese entonces, cuando descubrió que también el agua caía del cielo, ya

tenía el hipo ése perenne y para entonces ya hacia bobaditas para disimularlo. Eso al

menos es el testimonio de la señora Nacha. Fue por aquellos días, cree recordar, que

Terencio Gómez comprendió la imperiosa necesidad de una vivienda estable al abrigo

de la furia de los elementos y cayó en un estado de profunda depresión que hacía más

agobiante su carga, siendo así que estaba embarazada por segunda vez: Terencio

Gómez retiró de su vida el apetito (lo cual, en su situación financiera, era una
bendición), pero tampoco quería dormir ni quería que su mujer se fuera y lo dejara solo

con el niño, ni quería que se quedara ahí viendo al chiquillo morirse de hambre, ni

quería moverse ni tampoco quería quedarse ahí. Y saltaba eléctrico cuando Mickey

gritaba porque lo había mordido algo asqueroso que todavía no acertaba a llamar por su

nombre: entonces decía, con voz patética y trepidante, que como padre debía velar por

su hijo (patria potestad), pero al querer levantarse para espantar a lo que fuera tropezaba

( a lo mejor con una botella de flit abandonada desde tiempo inmemorial) y se asustaba,

volviéndose a sentar, temblando, llamando a Nacha con voz aterrada y desesperante. Y

la señora Nacha, que tenía los dos cojones bien puestos, decidió un buen día que el

asunto éste no se podía quedar así. Porque no le daba la gana. Punto. Y al domingo

siguiente se ganó la lotería.


       Había tenido que luchar casi con Terencio Gómez para poder salir de la chabola,

pero al fin lo logró y lo primero que hizo fue comprarse unos billetes de lotería. El

principio pudiera pensarse que le resultaría harto difícil comprar nada, puesto que su

situación económica era en exceso deficitaria, precaria, más bien: Terencio Gómez y su

mujer estaban en la más pura lípidia. Pero como el hambre es el motor de las grandes

obras y el cerebro de Eutanasia Quintero funcionaba como recién engrasado, pronto

descubrió, mientras buscaba, elegía y escogía, una rata gordita para el almuerzo, que el

camino que partía desde detrás de la choza daba a un claro entre los yerbazales, donde

cada noche llegó a sorprender cuatro o cinco parejas haciendo el amor (por decirlo de la

manera más fina): amenazándolos con un bate de béisbol que había encontrado junto a

la carretera, los fue saqueando noche tras noche hasta crear una leyenda que todavía hoy

persiste. Así las cosas, no tardó mucho en reunir unos exiguos ahorros, que no podía

gastar porque Terencio Gómez se ponía histérico nada más oír que sus pasos se alejaban

en dirección a la ciudad. Porque Terencio Gómez temía que su mujer lo abandonara
ahí, rodeado de ratones desalmados y mosquitos incansables, rozado a veces por moles

frías y babosas y silabeantes, serenateado por croares asquerosos, llovido de lágrimas

sosas y, sobre todo, incapaz de poner las cosas en su sitio. Las cosas habían llegado

hasta el extremo de que aunque Nacha le jurara y le porfiara por las noches, a oscuras, a

solas con su intimidad, cuando ninguno de los tres veían nada y sólo respiraban

ardientes sus epidermis fundidas, que no lo iba a dejar, papacito, porque lo quería

mucho, Terencio Gómez no se fiaba un ápice de sus palabras. Y cuando ella de verdad

lo dejó, años después, comprendió que lo había situado bien (económicamente

hablando) como una compensación, como una indemnización, como quien paga una

deuda. Pero todavía faltaba mucho para que se dieran las circunstancias que acabarían

con su matrimonio de facto y Terencio Gómez, reducido por la fuerza decidida de su

mujer, la oyó irse desde su cajeta de galletas vacía, donde pasaba las horas muertas

sentado, y la oyó volver con unas michas de pan y un cartón de leche y unos cigarrillos.

La señora Nacha se guardó bien de no decirle nada acerca del billete de lotería para que

no se enfadara y se hundiera dos o tres metros más en su ya profunda melancolía. Hasta

el domingo, cuando vio los números premiados y supo que se había acabado la mala

racha y que la suerte empezaba a sonreirle.


       Terencio Gómez aceptó el hecho consumado a regañadientes y se fue a vivir casi

arrastrado al cuartito, con más y más desconfianza hacia su mujer, sobre todo por la

forma en que imaginaba había logrado sacarlos de aquel conato de pantano, y maldecía

a aquel sinvergüenza que dijo que el fin justifica los medios. La señora Nacha alquiló

un cuartito en una casa de la época colonial: un bello edificio colonial, hecho de madera

traída del Darién en tiempos de la colonia y que salía en casi todas las postales porque

era el único caserón colonial que sobrevivió a las lluvias que habían caído desde los

tiempos de la colonia. Y pese a que las tabas estaban parchadas con trozos carcomidos
de madera de diversas épocas, a que sólo había un baño para los cientos y pico de

familias inquilinas, y a que casi no se podía dormir entre los gritos de las vecinas y los

ruidos de los escalones cuando la gente subía, la señora Nacha no se quiso mudar. Ni

pensarlo. No. No iba a quemar todos los cartuchos como esos tipos que salen de la

prisión después de no ver una mujer en años. No. Ni pensarlo.


       En ese caserón nació Lucrecia, débil, pálida, amarillenta, como una biblia

medieval. Y en ese caserón nacieron, además de Quecha, Leida (cabello encrespado

como olas del Caribe encendido), Cachimbo (frente apoteósica y dientes separados),

Mariana (paticurva y flaquita, verdecita: la llamaba ―marciana‖), Pachulo (bonitito y

amaneradito) y Tomé. Para cuando nació Quecha, débil, paliducha, amarillenta como

un papiro egipcio, Mickey ya decía papá y mamá, mordía carne pero todavía se hacía

pipí sin poderse contener. Y tampoco, por mucho que hiciera, se le quitaba el hipo ése

perenne y bendito. Una de las vecinas, que era carterista, decía que Mickey iba a ser

aficionado a las carreras de caballos, y todas las demás vecinas, ociosas todas, feas

todas, reían todas con esa sutil alusión a su hípica cuando iban a ver cómo la vecina

fabricaba carteras para ganarse un dinerito extra: un camarón. Y reían alto, tan alto y

tan groseramente, que Mickey no tuvo más remedio que odiarlas, pero a ratos,

alternando su odio con sentimientos isoeléctricos, entre las que le parecían más o menos

brujas cada día. Porque aquellas mujeres estaban siempre riéndose de él, sino era por

una cosa era por otra: que si el saltito escuálido para disimular el hipo, que si el chichón

debajo de la barbilla, que si la frente que parecía un aeropuerto de moscas, que si la raya

ocre en el pañal, que si usaba pañal todavía y tan grande que era, porque Mickey Gómez

usó pañal hasta los seis años, y se refugiaba en/junto a la falda materna, debajo de la

barriga enorme que parecía eterna, que se desinflaba a medias, sólo a medias, para

volverse a inflar, mientras la señora Nacha freía unas tajadas de plátano y el bisteccito
con cebolla y arroz blanco y ponía en el plato las lechuguitas semilavadas con el agua

más pura del mundo. Cada desinfle de la barriga enorme de su mamá coincidía con la

aparición de algún hermanito, por lo que Mickey empezó a tratar de comprender aquel

misterio ancestral: otra vez está preñada la señora Nacha, decían las vecinas cuando

bajaban a bochinchear junto al lavadero, parece una fábrica de hacer chiquillos. Y

Mickey quería asociar lo oído con los bollos preñaos, que tenían carne de puerco y de

gallina adentro, pero no, su mamá no tenía ni puercos ni gallinas (en el sentido

zoológico de la palabra), sólo hermanitos, con secuencia sonoramente musical: Quecha,

Leida, Cachimbo, Mariana, Pachulo y Tomé. La señora Nacha dejó de inflarse y

desinflarse cuando Mickey contaba con diez años, pero ya entonces vivían en un

edificio llamado Multifamiliar, que era lo mismo que el caserón colonial sólo que de

cemento, aplastado y con menos chinches.
Aló.


Aló, ¿Noni?


¿Quién habla?


¿Noni?


Sí, ¿quién habla?


¿Yo?


¿Y quién es yo?


¿Tanto hace que no me oyes la voz, que no la reconoces?


¡Hombe, Tata!


Vaya, menos mal.


Hola quiubo qué tal.


Ahí, pues, ya sabes. Como hace una semana que no sé de ti, pues me dije, digo, a ver

que le pasa a Noni, si está muerta o presa o qué.


Pues, mija, siento decirte que estoy vivita y coleando.


¿Y que´?


Co—le—an—do. No vayas a pensar mal.


que acertaré.
Ja ja ja ja. Tata, tú siempre tan chistosa, desde cuando el club, ¿te arrecuerdas?


Sí, hombe, cómo no: qué tiempos aquellos, ¿no?


¿Sabes cuánto?


Ni lo digas, que los teléfonos oyen.


Desde que Bebi, ¿te arrecuerdas? Dizque que, ejem, este, rompió, perdona, a Maribel,

¿no?


Sí, que el pobre Charlie se quedó destrampao para siempre.


Lo cual no fue impedimento para que Alicia cargara con él al tálamo nupcial, no te

creas.


Ah, oye: ¿y supiste lo de Alicia, no?


¿No te lo dije yo antes, pues?


Fíjate que cuando me lo contaron estuve tentada a llamarte, porque tú lo habías dizque

profetizado.


Se veía venir.


No te quites importancia, que tienes una vista de águila, te digo.


¿Y quién te lo contó?


Débora.


¿ ¡Débora! ? ¿Qué Débora? ¿La de?
Esa misma.


¿Y qué es su vida?


Puf. Está feísima de lo gorda que está.


¡No me digas!


Sí, mujer, sí: los trajes parecen que le quedan como a los buzos: ¿tú nunca has visto un

buzo?


Sí, a veces.


Bueno, pues, así mismito le quedan. Con decirte que parece de ésos chorizos

españoles…


Ajó.


Lo que te digo.


Pues, mira: hace como tres siglos que no sé de su vida.


Pues ella me dijo que te vio en la Sears hace cosa de dos semanas.


Ah sí, se me olvidaba: y quedó en llamarme, ¿eso no te lo dijo?


No, eso no.


La muy.


pero no te pongas brava por eso, micielo, que no vas a adelantar nada.


Yo lo que me pregunto es cómo hizo ella para enterarse de lo de Alicia.
A mí me dijo que se lo dijiste tú.


¿YO? ¿Esta loca? ¿Cómo se lo voy a haber dicho yo si cuando yo la vi no lo sabía ni

Alicia?


Ah, yo no sé.


Cuando la vea, le


Shhhh, Tata, tranquila, que después va y te sale una úlcera por pendejadas y te tie


Yo si hay algo que no me aguanto es que me tengan en boca ajena, de verdad.


¡Que casualidad! Lo mismo me dijo Chela el otro día, cuando me llamó por lo de la

Santurce, la mediana, ya sabes, aquella pelá fulita estúpida de la noche que, ¿te

arrecuerdas?


¡Cómo se me va a olvidar! ¿y qué fue lo que le pasó a la fulita ésa?


Que parece que anda puteando por ahí por Europa.


¡No me digas!


Sí te digo. Me lo dijo Chela, que dice que lo sacó de fuentes fidedignas, tú habla con

ella.


¿Y qué más, pues?


¿Pues? Nada, que andaba por Inglaterra, o Suiza, no recuerdo bien, metida a cualquier

cosa, drogándose y case se muere y todo.


¿Se muere? ¿Y por qué?
Yo qué sé: parece ser que por una hemorragia por no sé que lío de pantalones.


¿Y, ejem. , el hacha del asunto?


Ni sé: Chela me dijo que a ella le dijeron que a ti te habían dicho que el tipo había

cogido una partida oficial y le había pagado el viaje.


¡Coño que mentira! Yo no sabía nada de esto: la Chela es otra bochinchosa infame.


tranquilízate, mija


Es que me saca de quicio la gente así, oye.


No le des color a las hormigas negras.


¿Así que yo? ¿Qué a mí me? Pero si yo (sob) no sabía nada de esta pelá, Noni, (sob) si

tú sabes que a mi no me cae bien, que me cae peor que un dolor de estómago oyendo a

Sandro.


Me consta. Desde cuando aquello, ¿no?


Sí, desde entonces. Por mi madre que no se lo perdono.


Pues Chela me dijo eso mismito, créeme.


Mira, te voy a ser franca: yo sí sabía que andaba por Europa, salió en el periódico y

todo, y como que estuvo en Londres, pero de ahí a, no, Tata, plís, si a mí la vida de ésa

tipa ni me va ni me viene.


Oye, a lo mejor es que no entendí lo que me dijo, ey.


A lo mejor, pero, plís dime la verdad, tú, no me juegues muerto.
No, mai cháild, yo nunca distorsiono testimonios.


Ajó.


¿Qué?


Hablas mejor que un Magistrado de la Suprema.


Gracias, mái diér.




Oye, Tata, dime algo, tú.




¿Qué te pasa, ey? ¿Te sientes mal?


No: estaba encendiendo un cigarrillo.


La última persona que supe que fumaba hablando por teléfono fue Mike Gómez.


A propósito: ¿sigue nuestro flamante limpiacloacas con Maribel?


¿Qué Maribel?


¿Cómo ―¿¡qué Maribel!?‖? Tu inch, ¿cuál va a ser?


Ah, ¿y es que anda con la (melotrago) ésa?


¡Hombe! Desde hace un bonchao de tiempo.


No ( ) lo sabía.
Pues, mija, no sé en qué planeta vives para que no lo sepas. Si lo sabe todo el mundo y

parte del extranjero.


Te voy a ser sincera:


Díme, díme


Yo no sé de Mike desde cuando la fiesta aquella en casa de Brigitte.


¿Tanto?


Sí, más o menos.


Pues éstos andan en el fuácata desde antes.


¿Antes?


Jjjjuuuuuuuuuu.


Conque sí, ¿no? ¿Y Chela no lo sabe?


¡Cómo lo va a saber, qué cosas se te ocurren! A ella, lo que no sea Bebi Rodríguez no

está en nada.


Oye,


¿Sí?


¿No te has puesto a pensar que


Bebi con Chela y Mike con Maribel?


Ajó, qué jébi eres.
Deductiva, ey, deductiva.


Con lo mal que me cae el creído ése, te digo.


Por ahí dicen que dizque tú lo


Yo nada, ey.


Bueno, bueno, no te pongas así tú ahora.


Es pórsia.


?????


Por si acaso.


Ah.


No, ahora en serio: el Bebi ése me cae más mal, te digo: se cree la mamá de Tarzán o

quéseyó.


Pero por ahí dicen que


¡Por ahí pueden decir misa!


Oquey, tabién, Noni, era un vacilón.


Ah, bueno: siendo así…


Parece que la ( ) noticia no te ha, este, gustado del todo.


¿Y por qué?
No sé, no sé, no sé.


Ey, cuidadito con lo que piensas.


No pienso, ¡Ey!


¿Qué?


Ahora que lo pienso: ¿vas a casa de Chela hoy? Al juego de canasta, digo.


Creo que sí, no sé, ¿por?


Es que yo no voy a poder porque tengo que ir al Club de Madres de Niños

Aprovechados, ¿me sigues?


Sí.


Así que no quisiera que me destrozaran con la lengua las bochinchosas ésas.


¿Y por eso fue que me llamaste?


No, mija, cómo se te ocurre.


Es que aquí el que no corre, vuela.


Yo no, mani: tú me conoces.


Oquey, pues. Paz.


Así que pensé, que si no te es mucha molestia, luego te llamo.


y yo te cuento la vaina.
No he dicho eso, que conste.


Bueno, para eso somos amigas entrañables.


¡Qué jébi eres, Noni!


Tánquiú berimoch, mái dier.


¿A las ocho?


Mejor cuando termine la novela de las ocho y media, que la de las nueve es malísima.


Tienes razón, y no se acaba nunca.


Es más larga que un día sin pan.


Oquey, pues.


Hasta lueguito, micielo.


¡Click!


¡Click!
       Cuando salió de la ducha se encerró en su despacho, con instrucciones precisas

de que no lo molestaran bajo ningún motivo. Sentado en el sillón giratorio encendió un

cigarrillo, aspiró a pleno pulmón y exhaló una bocanada de humo azul gris. ―Significa,

doctor, que el Amo (¿o era el Boss?) no pretende darle ninguna importancia a su

visita‖. ¡Habráse visto! Ninguna importancia: eso sí que tenía gracia. Animales

enfermos, personas enfermas, personas enfermas, animales enfermos. Y Don Saturnino

sentado en su pedazo de playa, tomándose un gintónic y borrando el tiempo. Así de

sencillo. Si no fuera porque lo había vivido no lo hubiera creído. Hay cosas así de

raras: habiendo comprobado que los terrenos de Don Saturnino son campos malditos,

que las vacas con las que fabrica pieles de oso están no sólo contaminadas sino más

infectadas que un variólico, que a causa de esto comprar sus pieles equivale a enfermar

invariablemente y todavía tiene la cara de preguntar si yo estoy dispuesto a someterlo a

consideración de un tribunal: o yo estoy loco o don saturnino me está jugando vivo.

¡Ninguna importancia a su visita! Sonó el timbre del teléfono y Miguel oyó los pasos

de la empleada que se dirigía a contestar, no, el Señor Ministro no estaba. No, no sabía

si iría a volver a la hora de cenar. Sí, le daría el recado tan pronto llegara. Adiós, Señor

Ministro. Mike Gómez encendió el televisor que estaba junto a la puerta del despacho:

otra novela venezolana: apagó el televisor. ―Significa que no va a tomar ninguna

medida contra usted por su impertinencia de hoy‖. O sea, que la visita mía, la que no

tiene ninguna importancia, es una impertinencia. ¡Lo que faltaba! Y no va a tomar

ninguna medida contra mí. Otra vez el teléfono y otra vez los pasos montunos a través

de la estancia: no, el Señor Ministro no se encontraba, no, lo sentía en el alma pero no

sabría decir cuando volvería. ¿Qué lo llamara? Muy bien, Señor Gerente, así lo haría

saber. Lo malo, o lo bueno, uno nunca sabe, de Don Saturnino es que nunca precisaba

padrinos: nadie podía recomendarlo para nada porqué él estaba por encima de todos los
padrinos: hasta los Superpadrinos le debían algún favor. ―Significa que con todo y el

hipo le ha caído usted bien‖ ¡Vaya no estaba del todo mal! ¡Y con el hipo y todo!

Miguel Gómez, Mike, para los amigos, aplastó la colilla en el cenicero. Se recostó y

puso los pies sobre el escritorio, como los ejecutivos de las películas gringas. La

sirvienta levantaba otra vez el auricular, no, el Señor Ministro no se encontraba, no.

¿De parte? Ah, perdone, Señor Presidente, no le había reconocido la voz. ¿Qué quería

que le dijera al Señor Ministro cuando volviera, Señor Presidente? Sería un placer,

Señor Presidente. Oh, gracias, Señor Presidente, pierda cuidado. Señor Presidente. Sí,

Señor Presidente, tan pronto volviera se lo diría. Ay, el Señor Presidente era muy

amable. Mike sonrió a medias y levantó el auricular que tenía más a mano, tapando con

la mano para que no se percibiera ni el más leve hálito.


De verdad te lo digo, chiquita.


Lo dirá usted en relajo, Señor Presidente.


Así que ya sabes, ¿oquey?


Gracias, Señor Presidente.


Y no se te olvide decirle lo que te dije al sátiro ése.


Pierda cuidado, Señor Presidente, tan pronto vuelva le transmitiré su mensaje.


Adiosito, pues.


Adiós, Señor Presidente.


El doctor Gómez colgó el teléfono, hipando miserablemente. Un día de éstos tenía que
decidirse e ir donde Yamtovanni a ver si le quitaba esa anomalía congénita. Total, por
una hora al día, tirado en un sofá hablando tontería, qué iba a perder. Además, ¿no
dizque su tiempo no valía un carajo? ¿Entonces? Miró el reloj: había que quitarle
dieciocho minutos al día. La verdad es que el asunto no le hacia ni pizca de gracia. Y
el sirviente. Este se había tomado en serio lo de las jerarquías insolutas. Encima
echándose faroles con todo un Señor Ministro. Inconcebible. ―Para borrar del tiempo
su visita, doctor‖. Negro servil: chombo. No: chombo, no: este espécimen hablaba
bien el español. Chacal: Tabaqui: eso está mejor. Mike hipo cruelmente: nada que
hacer, mana, le había dicho. Bebi Rodríguez antesdeayer, en tres días te puedes
levantar; además, yo mismo te opero. No, había respondido, medio en broma, medio en
serio, hipando miserablemente: prefiero mi hipo a tu cuchillo. Bebi Rodríguez,
Cirujano Experimentado por la Universidad de Palencia y Ginecólogo Auténtico de la
Universidad de Toledo, que no creía en la placenta porque jamás la había visto, no tuvo
más remedio que echarse a reír: eres la mamá, Mike, te lo digo de corazón. Bajó los
pies del escritorio y se levantó. ―¿Qué maneras son ésas de tratar a todo un Señor
Ministro? ¿Qué chanchullo se tendría el fofo Don Saturnino con el escuálido criado?
Miguel Gómez MD sonrió malicioso. Pero eso no le quitaba gravedad al asunto.
Encima me trajo un vaso de agua, como si yo fuera, quéseyó, un comemierda. Con todo
y lo que le había costado llegar a ser Titular de la Cartera de Sanidad, por lo menos se
merecía algo de respeto. ―¿Qué brisa lo trae por aquí?‖ Mi visita es más o menos Lo
Que El Viento Se Llevó. ¡Manda güevo! Un automóvil entraba en el garaje haciendo
chirriar las llantas. Debía ser Marcela: no quería entender que esas entradas a lo
Fitipaldi le crispaban los nervios. Tal vez era que pensaba que dándole un susto le
quitaría el hipo, uno nunca sabe. A lo mejor vendría del biuti parlor o del self—
service. A lo mejor no era ni ella. Así que si yo podía someter lo de los animales
enfermos a consideración de un tribunal. ¿Y qué tribunal me va a juzgar a mí como no
sea la Corte Suprema? Y encima, porque le digo que sí, se echa a reír como si fuera una
chiquillada lo que estoy haciendo. Apretó los puños mulatos y acholados, apretó la
boca híbrida, hipó. Y después saltar por los yerbazales aquellos, el alambre de púas, el
perro ése más feo que la sarna: todo parecía planeado para hacerlo sentirse como los
papeles higiénicos que vendía (¿o distribuía?) el Señor Sixto, el papá de Mela, a la que
no había vuelto a ver. No deberían estar en el país. Se había sentido como el papel de
excusado, el papel que cumple su cometido sacrificando su condición de higiénico. El
no era ni toilet papel: no había ni logrado que Don Saturnino retirase del mercado sus
pieles y dejó por los suelos su condición de Señor Ministro de Sanidad. Oyó otra vez
ringar el teléfono, deja, oyó decir a Marcela. Sí. Tenía las mismas letras que Carmela:
sólo variaba la posición de la C y de la M. Hipó. ¿Aló? Sí, soy yo, ¿quién? Seguro
que era una de las bochinchosas de tres por cuatro que siempre andaban viendo como
disecaban la vida ajena.

Encendió otro cigarrillo, aspiró lentamente y echó el humo por la nariz: eres una plasta
de mierda, Mickey Gómez. Como te aleles pronto no vas a poder decir ni esta boca es
mía. Puso los pies otra vez sobre el escritorio y dejó la mente en blanco, mientras se iba
consumiendo la ceniza del cigarrillo auténticamente americano, como se consumen las
vidas de los seres humanos, lenta e inexorablemente.
Frente al caserón colonial donde vivían ―los‖ Gómez (como diría cualquier crónica
empalagosa de ésas de sociedad), quedaba un cine (donde mataron a un carnicero por
una razón bien estúpida), y debajo estaba una tintorería bien pirata que era de un
asturiano. Lo demás, todo lo demás, eran callejones, callejones y más callejones: nadie
pensaría que alrededor de una casa pudieran haber tantos callejones como los que había,
casi siempre inundados y llenos de cucarachas resistentes a los insecticidas, en torno a
la enorme masa de madera plagada de puertas y ventanas forradas con telas metálicas
rotas. La mitad de los inquilinos trabajaba en la Zona y la otra mitad debía el alquiler:
los que trabajaban en la Panama Canal Zone no le debían al casero y negreaban a los
demás porque no se podían dar el ¿lujo? De pagar los cinco balboas (mejor hablar de
dólares, ¿no?) que les costaba el cuartito en donde metían, con un arte inimitable, y
extraordinaria capacidad sintética, una cama para siete, una mesa redonda con un mantel
de bolitas rojas, un aparador rodeado por una urna de cristal, una estufita de querosín,
un refrigerador, un aparato de radio para oír la emisora SCN—radio ( 1), un armario con
maderas de cajas de manzanas unidas por un palo de escoba y con un techo fabricado
por las lonas de las tiendas de campaña yanquis cuando lo del fuego famoso aquel del
40, cuatro sillas y encima tenían espacio para bailar calipsos de doble sentido o
canciones de Peñaranda (según su origen) cuando organizaban alguna fiestecita. Para
cuando Mickey Gómez dejó de usar pañales, las maderas se retorcían cada vez que
llovía: y eso que la Casa, posiblemente por ser de interés turístico nacional (no hay que
perder de vista que era el último y único caserón colonial entre tanta casa bruja), no
podía ser pintada: Terminantemente Prohibido por Orden de la Sanidad. Don
Clodoveo Vigil Ansola, casero orgánico y funcional, decía que era para que no se
perdiera la acción del insecticida ése con que habían bañado la casa hacía diez años y
dizque era para ahuyentar (o matar, vaya usted a saber) a chinches y demás fauna
artrópoda. No ahuyentaron nada, ni mataron nada, justo es decirlo, pero sí se
intoxicaron ocho chiquillos que pasaron y tocaron la pared con un dedo y horas después
(dos incluso se lavaron las manos) se metieron el dedo a la boca. Como es lógico, el
insecticida en cuestión era gringo: tanta eficacia en matar niños panameños no podía
provenir de ningún otro país ( 2). Pero lo cierto es que cuando nació Pachulo, amanerado
y bonitito desde la cuna, la casa era (es) un hervidero de moscas, hormigas y cucarachas
y no sorprendía encontrar un bicho de ésos en la comida (sobre todo si era guacho) o
una mosca verde con destellos rojos, del tamaño de un puño como convidado de piedra:
firme y sólido. Pachulo nació en la casa porque cuando la señora Nacha, que ya podía
pagarse el cupo, fue al hospital, no había ninguna cama disponible: todas estaban
ocupadas para las dos mujeres que permiten las circunstancias y, claro, como no se
podían poner tres mujeres por dar a luz e la misma cama, la señora Nacha tuvo que
volverse pisada al caserón colonial, justo en el momento en que Pachulo, amanerado y
bonitito, estaba a punto de pegar el salto a este mundo. Mickey celebró el feliz
acontecimiento hipando: al fin tenían mayoría los masculinos en esa casa, frente a las
masculonas, como decía Terencio Gómez los días que estaba en vena de aciertos. Pero
de todas maneras, la que mandaba era Eutanasia Quintero, que no lo dudara nadie, y la
secundaba Lucrecia Gómez, su lugarteniente, pálida y amarillenta como una biblia
medieval.

La infancia de Miguel Gómez (Mickey, como el ratón ése de las cómicas) puede
decirse, sin temor a caer en ridículas equivocaciones, que tanto deslucen, transcurrió
entre ladrones, prostitutas y obreros no cualificados. La señora Nacha había instalado
un puesto de verduras en el mercado y todo el peso de la familia recaía sobre los
hombros de Terencio Gómez que, en su minusvalidez, había delegado tal función en
Quecha, un año menor que Mickey pero con un carácter a toda prueba, pese a ser
escuálida, amarillenta y papirácea. Los hijos de Terencio Gómez, a la vista de los
resultados, eran multicolores, decían las malas lenguas, preocupadas más por la viga en
el ojo ajeno que por la pinga en el culo propio. Y, claro, él, con eses rictus incipiente en
la boca, iba masticando su malhumor, carcomiéndose por el morbo de los celos,
enconchándose como un cangrejo, jaiba, nécora o galápago. Cada día recibía en el
lecho a su mujer más fríamente y se le acercaba menos, aunque a la señora Nacha eso la
tenía sin cuidado: mejor todavía, porque si la seguía tratando con el ardor de los
primeros tiempos, la prole iba a terminar por dilatar las paredes: ya iban cuatro y eran
demasiados, sobre todo teniendo a Marianita, la pobre, y a Mickey con hipo (bueno,
decía ella, era sólo cuando ser molestaba por algo) y que encima usaba pañal, porque
Mickey Gómez usó pañal hasta los seis años, cuando un día unos ociosos de por ahí por
el barrio, que no tenían nada mejor que hacer, le quitaron los pantalones para ver si era
verdad y fueron de puerta en puerta llamando a todas las pelaítas para que le vieran el
pipicito y se rieran de él porque no usaba calzoncillo como los pe—gigante y el club de
los güebolargos.

Después de un rato, cuando la hilaridad general cambió de polo de atracción, Mickey
subió a su casa con un redoble de hipo que no se lo creía ni él, llorando a mantas y
llamando a su mamá desde la escalera. La guacuca que se parecía a la mona Chita le
preguntó que Guá jápin buai? Y él le contestó rabioso que Nótin maám y siguió hacia
su casa, con el pañal sobre el hombro y los pantalones a media rodilla. Terencio Gómez
dijo que de acuerdo, que estaba bien, que ya había llegado su hora, que desde mañana,
si Dios quería y el tiempo no lo impedía, iba a usar calzoncillos como los hombres. Así
que Quecha, a la sazón con cinco añitos recién cumplidos el día de San Cosme y San
Damián, tuvo que ir furtivamente, tan pronto oscureció, a la casa del checo que
fabricaba aceite de coco y, una vez allí, sustrajo del tendedero un par de calzoncillos
jockey, del tamaño más pequeño para que no le quedara como una bolsa.

Durante esos años, mientras usaba pañal, Mickey intentó hacer la revolución por su
cuenta, pero Quecha había nacido con la rara habilidad de sabérselas todas: un
parasicólogo cualquiera farsante de ésos habría dicho que ella era la reencarnación
(comprobada, dirían los farsantes esotéricos budistas) del lobo del cuento de la
Caperucita, que tenía respuesta para todo lo que le preguntaran. Y así, por ejemplo,
cuando él iba a sapiarla por haberle robado (con fines inconfesables) un kótex a la
vecina que era carterista, ella ya lo había sapiado por estar rascabucheando a la tipa ésa
medio achinada que era rabicolorá, comunistoide, remamagüebo y del ampolato, así que
su vida era un solo martirio con esa hermanita suya que ridiculizaba al sexo fuerte: era,
incluso, una crack jugando bolsita, que es con una media (o calcetín, da igual) llena de
arroz y que se hace subir con el empeine (como la Bolsa, de allí su nombre) y el que lo
haga más veces sin que se le caiga gana: deporte éste en el que Mickey fallaba y que le
produjo una hernia a Sinoreja, que era hijo de la señora Lutecia y que robaba jazmines.
Además, cuando jugaba dizque lucha libre, Quecha venía y se ponía una máscara hecha
con una camiseta rota y les caía a llaves y demás artilugios por el estilo, erigiéndose
siempre en campeona, sin que ninguno de los pelaítos de por ahí por la casa pudiera
hacer nada para evitarlo. Y una vez que jugaban cocinaíto fue ella la que medio violó a
su parejo. Así, pensaba Mickey, que con Cachimbo y Pachulo podrían contrarrestar,
neutralizar y estropear la influencia de Lucrecia, pues Mariana, siempre verdecita por
eso que tuvo de pequeña, no contaba, y a Leida esas cosas, esos conflictos políticos de
mediano nivel, le daban exactamente igual. Pero Quecha, hecha una dictadora, no le
daba chance de ser el caudillo, por lo menos hasta que le entró a nudo en los lavaderos y
la noquió, destronándola, un día que ella se puso a ningunearlo enfrente de todo el
mundo: ―Hasta aquí llegó mi amor‖, cuentan los observadores que dijo y le cayó a
piñazos hasta que vino la señora Nacha, al oír los gritos, y le cayó a puñete a él y se lo
llevó para la casa, donde lo castigó por tres emanas a no salir de ahí a ver cómo los
pelaos grandes fumaban la yerba. Y desde aquel día, contaba con siete años y pico, fue
el cacique de la tribu en pequeño que era su familia y entonces, aunque la señora Nacha
quisiera delegar sus funciones en Terencio Gómez para que éste, por inercia, se las
pasara a Quecha, ella, por miedo, dejaba que Mickey hiciera y deshiciera como le diera
la gana. Fue, pensó Mickey, años después, una victoria diplomática digna de tener en
cuenta.

Y un buen día, ni llovía ni nada, ni hacía sol ni nada por el estilo, a Leida la pillaron

haciendo cositas con un pelaíto que tenía nueve años, no hablaba, no tenía dientes y su

mamá se lo había regalado a una señora que se ganaba la vida friendo tripita. Los

encontró el consorte de la vecina que se parecía a la mona Chita cuando venía de

trabajar en la Zona, y la paliza que le dio la señora Nacha fue increíble, pues si no le

rompió todos los huesos poco le faltó. Desde entonces la chiquilla, de cabellos crespos

y colorados, permaneció en casa, leyendo los figurines que se robaba Quecha en casa de

la Call—girl (por decirlo de alguna manera) que vivía abajo, junto a los tinacos, y

mirando desde el balcón las peleas, discusiones pendejas y bochinches que se sucedían

en el patio interior del edificio. Ni el Diablo Cojuelo se hubiera enterado de la cantidad

de situaciones ridículas y grotescas que Leida llegó a sorprender desde su Torre de

Marfil, que era como ella llamaba a su cajón particular, donde había montado su

observatorio particular. Cachimbo le decía, cuando la veía allí, vidajeneando como el

enamorado de la Osa Mayor, que parecía de la CIA, je je, o de cualquier servicio de

espías (MI5, je je, DENI, je je, KGB, je je, Dieuxiéme bureau), je je, y empezó a

llamarla 007—Matajari, je je, hasta que un día Leida le hecho picante en la sopa de

agua de lluvia y se rió todo lo que quiso al ver que Cachimbo, je je, con todo y sus

dientes separados, je je, se tomaba con cada cucharada de sopa un sorbo del agua más

pura del mundo, porque la señora Nacha decía que había que aprovecharlo todo y que
no se podía botar la comida porque en Africa había gente que no comía (en América

también y eso se le olvidó) y ellos que tenían no podían botarla porque era un pecado.


A Cachimbo le decían Cachimbo porque tenía la frente tan amplia como el culo de una
cachimba, y no por otra cosa. Lo único malo que tenía era que siempre quería hacerse
el payaso, como Yóni Samuelson. Y se creía, esto desde muy pequeño, que tenía
excesivas dosis de salsa: todo se debía a los mimos que le propinó la señora Nacha
cuando le dio fiebre amarilla por estarse bañando en la playita sin permiso. Cachimbo
se había ido detrás del gremio de los tipos ésos de allá atrás a Big Iron (ellos decían
bigáyan) dizque a ver cómo era que Cheo nadaba más lejos y más rápido que nadie y,
sin quererlo, se fue metiendo en el agua, pero no en Bigáyan, porque estaba muy hondo,
sino en la playita, frente a la Caja de Ahorros y la torre de microondas, cuando todo eso
eran viviendas brujas y no dependencias de la Zona Libre. Él tendría dos o tres años, a
lo sumo, y cuando el Caribe le llegó a la rabadilla casi se lo lleva una ola. Y si no llega
a ser por uno de los pescadores que andaba por ahí dizque negociando con un chinito, se
ahoga. Porque los tipos del gremio de los de allá atrás estaban todos en el agua,
demostrando que ellos nadaban más y mejor que Cheo, que se había desinflado a las
doce brazadas.

Lo que le pasa al buai es que le falta el quenque.


Desde que no se da su baño de yerba está friquiao.


Entonces fue, insiste la señora Nacha, que a Cachimbo le dio la fiebre amarilla, porque
no hizo caso y se fue a bañar al mar y ahí fue donde se le pegó. Y como tuvo que
tenerlo contento y que no se pusiera bravo porque le dijo el médico que la mente
noséqué y la mente nosécuánto, y no quería que se le pusiera peor, lo mimaron más de
la cuenta y le celebraron tanto las agüevazones que desde entonces él se cría, como
Cacique, el que sodomizó a Adonisa, que si uno se reía de sus bobadas era porque
realmente hacían gracia, pero lo cierto es que, igual a Cacique, se estaba buscando una
nariz sin hueco, porque el que no tiene padre en la casa lo encuentra en la calle.

Algunos dicen que fue por esos días, no es muy seguro, que se mudó al caserón colonial
el maestro Rodoaldo, del que se comentaba que bateaba para el otro equipo, el de la
acera de enfrente (no la del cine, se entiende): era un señor medio adulto, carabalí y
macrogloso, por más señas, que gustaba de mostrar a todo el mundo la erudición que
efectivamente poseía, así que rápidamente, en menos que negó Simón Pedro, su círculo
social quedó reducido a Mickey Gómez, ávido de conocimientos, y a un par de
voltiados que querían incluir a Mickey en la lista de los de su gremio. Pero a Mickey,
lo que no fuera aprender algo, cualquier cosa menos lo que pudiera convertirlo en un
iniciado en aberraciones, era suficiente, lo de demás, lo (digamos) extracurricular, lo
tenía sin cuidado. Y como el tal Rodoaldo era dizque medio maestro, pues a veces le
pedía que plís le enseñara a leer algo, aunque fueran los paquines ésos imperialistas y
superracistas de Superan, ése imponente que no se atrevía a cogerse a Luisa Lane, con
lo buena que estaba y cuya máxima aspiración en la vida era un superpolvo con esa
pinga de acero. El maestro prefería Batman, el pederasta de la amistad íntima con
Robin (encima, nombre de pájaro), porque decía que entre el desdoblamiento de la
personalidad y la pederastia, Batman era un murciélago (animal que vuela, aunque
tenga todas las vocales) interesante. Acuamán ya era un degenerado, con su zoofilia (el
maestro decía bestialismo). Pero Marvila (Wonder Woman) le daba un poco de asco,
por estar tan buena y andar en shorts y ser tan exhibicionista que hasta tenía un avión
transparente, pese a ser oriunda de la Isla de Lesbos, porque desacredita la especie. El
maestro Rodoaldo, en realidad, lo que pasaba es que estaba totalmente desengañado de
la vida y cuando Mickey lo veía ahí, sentado sobre una cajeta bastante grande de
galletas Pascual, solo, señalado por las mujeres, piropeado por los hombres y
despreciado por ambos sexos, se acercaba dizque a hacerle compañía un rato y a
preguntarle cosas con un mapa plegable de esos que regalaban en las estaciones de
servicio ESSO y a quedarse boquiabierto con lo que le contaba el maestro, que sabía el
buco de cosas. Y un buen, o mal, día, cuando ya Pachulo empezaba a caminar,
ondeando las caderitas, el maestro Rodoaldo le dijo a Mickey que su hermanito iba para
arriba: él entendió que era que el día de mañana iba a ser ministro o cantante famosos o
campeón del mundo de los ligeros, máxima aspiración de todo muchacho cuerdo,
aunque el maestro lo que quería decir es que Pachulo sería volador, que iría para el éter,
 pero el cerebro de Mickey no estaba aún lo suficientemente evolucionado
(encefalización progresiva, diría Cruz Hernández) para comprender esas complejas
alusiones y sutilmente esotéricas. Terencio Gómez, en principio, se irritó por el
comentario, pero, al fin y al cabo, como no creía que Pachulo fuese hijo suyo, lo dejó
pasar: agua que no has de beber, dijo, déjala correr. Pero le dijo a Mickey, con toda la
seriedad que imponían las circunstancias, que cada vez que un maricón habla, hay que
buscarle doce o, mejor aún, trece sentidos a sus palabras: al resto de las personas
bastaba con buscarle tres o cuatro. Que no se le olvidara nunca, ¿Me oíste?, nunca.
Mickey, por su parte, no se lo contó a la señora Nacha por temor a promover una batalla
campal, pues desde que las cosas le iban viento en popa, Eutanasia Quintero se estaba
inclinando peligrosamente a la rambulería: Cómo se nota que no tiene que rogar para
vivir, decían las bochinchosas cuando bajaban a chismorrear junto al lavadero. Aunque
no era nada raro: la rambulería y la patanería son símbolos de la nacionalidad
panameña: el panameño es el latinoamericano más grosero que existe, mientras no se
demuestre lo contrario: Claro, dirían los demás latinoamericanos como tienen alquilado
(o impuesto) el ejército más poderoso (sic) de la tierra en su raja… Así que Mickey
consideró que mejor dejar las aguas quietas, que en boca cerrada no entran moscas:
Terencio Gómez estuvo de acuerdo con él, y le dijo, con más orgullo que buen sentido,
que se estaba haciendo hombre.

Y Mickey, con todo y la confianza que le acababa de otorgar su progenitor y que
estimaba valiosa, no alcanzaba a comprender los diálogos erótico—económicos del
poco de pelaítas de pechos novatos con pelaos primero y después, cuando ya se les
arrugaba el rostro, con borrachos, las miradas esquivas de esas mismas pelaítas de
pechos novatos una vez consumado el trueque, cuando los pelaos o los borrachos se
iban de su puerta o las dejaban regadas en un zaguán oscuro o debajo de una escalera.
El edificio era un hormiguero, no sólo por las hormigas, claro, sino por el movimiento
constante de personas a lo largo de las veinticuatro horas del día: los que iban, los que
volvían, los que traían, los que llevaban, a los que traían, a los que llevaban: ni la
aduana del puerto de Hong Kong tendría tanto tráfico a las doce del día. Luego la gente
que parecía como que fuera rabi, bien vestida y todo, subiendo a casa de cualquier tipo
que se sabía de sobra que era menso ladrón, dizque a hablar de negocios. Y más
adelante, los que volvían de los muelles, hediondos a petróleo, hediondos a aceite,
hediondos a desprecio. El maestro Rodoaldo, un día que conversaba, cosa rara, con la
tipa ésa medio achinada que era rabicolorá, comunistoide, remamagüebo y del
ampolato, decía que no era posible que los obreros del puerto de Nueva York tuvieran
todos carro y que fueran de derechas y que cuando salieran de trabajar salieran
ensacados mientras que los obreros del puerto de Cristóbal salían hechos una mierda,
caminando y con las ropas hediondas a trabajo (que, cómo acertó el Negrito del Batey,
lo hizo Dios como castigo). La tipa ésa medio achinada, que respondía por Cruzi, le
contestaba que eso era efecto de la coyuntura obsoleta y retrógrada de nuestra sociedad
pétrea estratificada capitalista y comemierda. El maestro, que dizque era medio
brasileiro, afirmó con la cabeza, secamente, y Mickey, como no entendió ni jota, se fue
para su casa, hipando contrariado. Esa noche, después de que hubieran acabaran de
terminar la sopa de agua, le preguntó a Terencio Gómez, que se rascaba con ahínco las
cuencas vacías, que era lo que le pasaba a Cruzi y Terencio Gómez, sino llega a ser por
el prurito cabrón, casi hasta sonríe. A Cruzi no le pasaba nada en absoluto, sólo que era
comunistoide (Mickey grabó en su cerebro la expresión, para cuando la comprendiera) y
mientras llegaba la tan esperada revolución tenía que andar de rabicolorá, abriéndole las
patotas ésas (Mickey se preguntó cómo sabía Terencio Gómez de esa circunstancia) a
cada gringo que se le pusiera por delante (porque los panameños la despreciaban por
comunistoide) a ver si alguno caía, picaba, lo pescaba, y se la llevaba a los Estados
Unidos: el día de la revolución volvería por sus fueros, pero primero tenía que
asegurarse de no estar muerta (de hambre) para cuando llegara Ese Día. Lo de
remamagüevo era tácito y lo del ampolato no lo entendía y, como no tenía ojos, no
podía ni buscarlo en el diccionario. Tal vez cuando Mickey fuera a la escuela y supiera
leer, a lo mejor entonces se enterarían ambos del término ése extraño.

Mickey quedó aterrado por las crudas revelaciones, pero no dijo nada. Lo que hizo fue
retirarse hipando a un rincón, con un gesto que emularía al Marqués del Corcel de
Santiago, y empezó a ojear una novela en cómics (las fotonovelas no habían aparecido
aún) que se había robado Quecha hacía una semana quién sabe dónde. Y se durmió
cuando la viuda quería que un notario le diera noséqué cosa y ella le daba noséqué cosa
a cambio. Todo igual, pensó Mickey antes de dormirse, mientras Terencio Gómez,
dirigiendo los ex—ojos al firmamento, empezaba a tararear una canción que hablaba de
amor y muerte.
La dejaron usar el Chrysler por primera vez a los catorce años, cuando todavía no se
atrevía a usar la blusa transparente sin sujetador porque el sostén le servía para
disimular lo que aún le faltaba. Fue un día en que su hermano andaba por ahí fumando
marihuana y papi quería comer huantón frito, pero no quería levantarse del sillón frente
al televisor en colores, y el chofer tenía el día libre. Entonces ella sacudió su melena
castaña y prometió no estrellar el Superluxury si la dejaba ir a comprar el huantón. La
señora Vigil la miró desde su mutismo innato, sólo roto para responder afirmativamente
a las ideas de su marido. Entonces él dijo de acuerdo y ella salió corriendo al garaje,
montó en el aparato, que tenía más botones que un avión, y gastando seis dólares de
gasolina en el arranque, se hizo dueña de la calle.

En ese entonces, cuando todavía no se atrevía a usar blusa transparente sin sujetador,
Maribel estaba enamoradísima, caída, derretida, con Bebi Rodríguez, que se parecía a
Marlon Brando. Pasaba por su casa, y por estarlo buscando con la vista casi choca
contra el Mercedes del papá de Bebi, que estaba estacionado en la calle: por casualidad
miró al frente, casi por instinto, y cuando se vio poco menos que encima giró el volante
y quedó encaramada en la otra acera, dejando dos dólares de rueda manchados en el
suelo y volvió a caer en la calle, frenando para coger un respiro. Entonces fue cuando
vio a Bebi en el porche, riéndose el muy condenado. Aceleró colorada (por el susto,
que nadie piense mal) y a través del retrovisor lo vio en la acera, lo que le dio más rabia
todavía, pero había un STOP que todavía no se atrevía a violar porque no tenía la
suficiente seguridad al volante como para torear cualquier otro carro que se le
presentará de pronto. Bebi se montó en el Mercedes y ella dejó el Chrysler quieto hasta
que el pelao estuvo junto a ella y se ofreció a llevarla, no fuera a ser que se matara en el
camino. Tímidamente, coloradamente, cambió de asiento. Bebi dejó el Mercedes
parqueado detrás y entro en el Chrysler, con esa expresión a lo Brando que la volvía
requeteloca, sonriendo como cuando el Campeón del Mundo de los pesados ve subir al
ring al trigésimo en el ránquin de las moscas, conduciendo con más estilo del necesario.
Y ella embelesada, con el corazón a mil por hora, casi sin respiración, con la vejiga
llena de pronto, moviendo las piernas y contestando estupideces, no sabiendo dónde
meterse, sintiéndose ridícula, con su melena castaña y sus casisenos, con su mirada
atemorizada, como de gacela, y sus caderas imponentes aplastadas sobre el asiento
lateral derecho frontal del Chrysler. Bebí Rodríguez se desenvolvía como pez en el
agua, con ese mechón divino que le caía sobre una ceja y ella tenía sed y se le secaban
los labios, como cada vez que se ponía nerviosa. Y no tenía por qué estarlo: conocía a
Bebi desde pequeños, cuando jugaban Compañerito Pío Pío (la garrapata la tiene tu tío)
y la mamá de Bebi (a veces también la señora Vigil) les traía chicha de tamarindo para
refrescarse y le des deba diarrea. Además, en las noches soñaba con él y las fotos de
Marlon Brando que tenía eran para ver a Bebi día y noche. Así que no debía estar
temblando ni retorciéndose las manos ni mordiéndose los labios ni contestando
chiquilladas. Bebi Rodríguez sólo era un año mayor que ella (bueno, catorce meses),
pero verlo ahí era impresionante: era todo un hombre, con el mechón así, caído sobre
una ceja, y la cara a lo Marlon Brando, y el reloj—pulsera como el que usaban los
astronautas, y el porte, el porte lo valía todo, parecía artista de cine (Marlon Brando,
concretamente) cuando levantaba una ceja, así, contrayendo la otra, se veía divino. Y la
decisión al pedir la docena de huantón frito porque ella se había quedado sin voz,
amófona (mejor dicho, afónica) y él indicó al chino, que tenían un gorro y un delantal
blancos, que le diera una docena de doce huantones fritos. A ella le hizo gracia la
puntualización (una docena de doce, qué náis) y rió por bajo, para esconder que se reía
por una estupidez.
        Otra vez en el Chrysler se sintió maravillosamente protegida con el perfil
egregio, a lo Marlon Brando. Bebi conducía chévere, con una mano, y la otra en la
ventana, como Jim Clark, interesante, bello. Y ella con esa sensación tan
agradablemente desagradable de tener como una bola en la boca del estómago y
sudando. Él la miraba de vez en cuando para cerciorarse de que estaba ahí y ella se
sentía minúscula, encogida, riéndose como una boba por cualquier gracia que en otra
persona (Teto, por ejemplo) le causaría la más atroz de las repugnancias. Pero es que
Bebi se parecía a Marlon Brando y Teto no. Además, con el sobrenombre ése de Teto
se hacía muchos juegos de palabras que eran groseras a más no poder, como le pasaba a
Aatto, que le decía Aatto—Pato por cualquier tontería. Pero, en cambio, Bebi sonaba
incluso a infantil, a niño de pecho; se volvió a ruborizar, sin saber a ciencia cierta por
qué. Y Bebi cogió otra ruta, la de la playa, en vez de irle a llevar el huantón frito a don
Clodo. Bebi detuvo el Chrysler, egregio, a lo Marlon Brando, chévere, bello, divino. Y
se quedó mirando al frente, quemando físico, deleitando a Maribel con su perfil de una
hermosura incalculable. Ella no concebía cómo la cursi de Noni decía que Bebi era
feo. ¡Pero si estaba más bueno que el pan nuestro de cada día!

         Estuvieron en silencio un par de días, creyó Maribel, totalmente desconcertada,
sin saber qué hacer: todo le parecía una estupidez maestra. Se retorcía las manos, hacía
sonar los nudillos, cruzaba y descruzaba los pies, todo ello sin levantar la vista. Y Bebi
ahí, como una estatua ecuestre, serio, sexy, seguro. En las películas ése era el momento
en que el star—boy abrazaba a la star—girl arrullados por música de violines y la besa.
Pero Bebi no parecía estar en ninguna película, pese a parecerse de una manera casi
patológica a Marlon Brando. Faltaban los violines, pensó, y trémula la voz, como un
gorrión con asma, se aventuró a preguntarle, que en qué estaba pensando. Bebi salió de
su abstracción, carraspeó y le dijo que si jugaba Héctor López a lo mejor los Yankees
ganaban la Serie Mundial. Maribel parpadeó: la había cogido fuera de base. ¿Es qué él
había estado pensando todo el tiempo en béisbol mientras ella creía que? No, hombre,
esto no valía la pena. Pero lo miró y él la miraba: bajo la vista, sonriendo por bajo,
escondiendo su timidez. Y se le pasó por la mente el pensamiento extraño de su vida:
pensó que el Chrysler era tan ancho que bien podría parecer una cama. Pero no lo
pensó como algo particular, si no que fue un pensamiento extraño, que se coló entre los
demás que la abrumaban en ese momento. Y lo exteriorizó como hubiera exteriorizado
que el sol rielaba sobre las perladas superficies plateadas del océano inmenso, para que
Bebi supiera que no sólo pensaba pendejadas sino que a veces tenía pensamientos que
se elaboraban en el subconsciente, como las personas adultas. Bebi le preguntó
entonces si ella lo que quería era irse a la cama con él y lo miró asustada: no, nada de
eso, ella no había ni siquiera pensado algo tan brutal, y le soltó un bofetón superlativo
en la carita bella, a lo Marlon Brando, y en los ojitos lindos, como los de Marlon
Brando, aparecieron una serie de gotitas que fueron cayendo lentamente. Ella abrió los
ojos, oscilando entre la admiración y el horror. Bebi la miró a través de sus lágrimas, y
le dijo, todo lo compuesto que pudo: ―te voy a violar, ¿entiendes?, pero hoy no, tal vez
un día de éstos‖, y volvió a quedarse quieto mirando al frente, con una mano en el
cachete rojo lleno de dedos, como rumiando. Ella estuvo al borde de preguntar que por
qué no la iba a violar ahora, pero lo pensó mejor: quién sabe si Bebi hubiera entonces
querido cumplir su promesa. No, suficiente había hecho ya, mejor no empeorar las
cosas.

        Después de un rato de silencio forzado, Maribel le pidió que por favor la llevara
a casa y él se negó, que se esperara a que se le pasara el dolor, que él no iba a andar
manejando y llorando. Maribel se dijo que cada vez que abría la boca era para decir una
estupidez, así que mejor se callaba y que Bebi decidiera lo que había que hacer:
violarla, esperar o marcharse. Era una situación bien ridícula. Ridiculísima. Mejor no
contárselo a Noni, que se hubiera reído todo lo que le hubiera dado la gana.

        Pasó un guardia bailando el tolete: se inclinó a mirar quién iba dentro del
Chrysler: reconoció a Maribel (sin duda, también a Bebi) y continuó su camino
tranquilamente, sin volver a mirar más para atrás, dejándolos solos con su propio
problema.
        El excelentísimo señor ministro de Sanidad, doctor Miguel Gómez MD, con
todo el protocolo apropiado al caso, bajó de su limousine negro sin mirar al chofer que
le sostenía la portezuela. Atravesó en dos atléticos pasos el porche y cruzó imponente
la puerta, abocando casi enseguida a la Sala de Parrandas, con esdrújula determinación.
Chindo Ruiz abrió los brazos receptivo, Yóni Samuelson le tendió un vaso con hielo en
cubitos redondos (Magia de la geometría, dijo) Fefo Lisardo le pasó la botella de
güisqui que empleaba como ubre. Hazme el honor de beber de la mía, dijo. Mike
entonces dijo Buenas y santas noches y las señoras respondieron Buenas noches
olorosas a perfume francés y del caro. ¿Y el homenajeado? Supo entonces que Brígido
no estaba: Fue a hacer algo que nadie puede hacer por él, explicó Yóni Samuelson
cayéndose de la risa. ¿Y Marcela? Bueno, cualquiera contaba con ella: se estaba
arreglando, así que él iba decidido llegar antes y tomarse media botella (por lo menos)
antes de que estuviera lista: luego mandaría al chofer a buscarla, si es que ella no cogía
el Fórmula 1 y se venía volando. Todos rieron la ocurrencia y a Miguel se le ocurrió
que no lo hacía para adularlo: es lo bueno de tener todos el mismo status
sociopolíticoeconómicosocial: el Señor Ministro de Razonamientos Económicos, don
Feliciano Lisardo, Fefo, economista, Gran Maestro de la Logia de la Cruzada del Santo
Sepulcro, no tenía nada que envidiarle; el Señor Ministro de Deportes, Educación
Física, Descanso y Antologías Gimnásticas, Profesor Geovanni Samuelson, Yóni,
catedrático ad honorem de la Universidad de Yókum, tampoco: y el Señor Ministro de
Asuntos Turísticos y Aguas Negras, doctor Rudescindo Ruiz Goytía—Ulibarriaga
Orándazu del Morral MD, alfa beta gamma por la Universidad Autónoma de Frenkel y
excampeón de halterofilia nucleoproteica, había sido siempre su compañero de batallas,
amén de cuñado alcahuete y pítcher de la filial beisbolística del Club Cañabrava. Por
eso sus chistes eran celebrados sólo si eran buenos: porque la simpatía o la amistad sólo
son viables cuando no entran en juego sentimientos de superioridad o inferioridad.
Bebió un trago groserísmo de güisqui, hipó eructando y levantó el vaso como quien
brinda




cincuenta y seis años.

       Brígido volvió abrochándose la bragueta con gesto adusto. Pidió disculpas
poniendo cara de reo condenado.

                                           que cumplas muchos más.

       Brígido (Brigitte, para los amigos más íntimos) celebraba su primer
cumplimiento de contrato desde que obtuvo el título de Ingeniero de Caminos. Sonrió
ampliamente por el golpe de ingenio: No era para tanto, la era para tanto, la verdad.
Sólo había sido poner una acera.


pillaron in fraganti en el fuácata. Entonces Chindo empezó a cantar con su voz cántabra
estruendosamente odínica esa de ―por ser muy buen ingeniero, por ser muy buen
ingeniero, por ser muy buen ingenieroooooo, nadie lo puede arrestar‖, y una carcajada
femenina remató el verso.
         Cuando Marcela hizo acto de presencia, majestuosamente, como la Cenicienta,
ya había llegado Tata y Tómi, y se hablaba animadamente sobre las relaciones
contractuales entre Noruega y Gambia. Noni decía aburridísima que los hombres no
saben hablar de otra cosa, ¿No creen?, si no es de sus propios ministerios es de los
ministerios ajenos. Tómi, sostenía, con más razón que vergüenza, que no se podía saber
a ciencia cierta la cantidad de enfermos de hepatitis que había en China, y aducía que un
japonés de ésos ultratecnificado había descubierto una vacuna, pero que la OMS no se
la aceptaba porque aunque la había probado con 100% de éxito en treinta mil japoneses
y dos millones de chinos, nunca se llegó a saber si padecían o no ictericia, y lo instaba a
probarla en Europa (siempre los europeos haciéndose los que saben más que nadie). El
japonés se negó porque sólo era efectiva en budistas (dicen las agencias europeas,
claro). Entonces, si la vacuna surtió efecto, concluyó Tómi, habrá menos hepatitis que
antes, pero todos los chinos seguirán siendo amarillos. El grupo de las mujeres lo
capitaneaba Tata, y lo integraban Nati (la de Chindo), Bobie (la de Yóni), Marcela (la
de Mike) y Débora (¿la de Brígido?). Tata decía que claro, que a quién se le ocurría ir
vestida así a una recepción, y menos al Salón Amarillo, que no se extrañaba de que le
aplicaran la Ley del Hielo por barata, retrechera y surrapastrosa: arrabalera era lo que
era. Mike levantó la vista al oír los adjetivos calificativos y la complicó con una mirada
de diagnóstico precoz (o sea, antes de que fuera tarde) al círculo estrogénico y consideró
que la que estaba más buena era la que no estaba: Noni: está bue—Noni, pensó: había
ido a empolvarse la nariz. Y no sabía si creía que estaba bue Noni por lo del fuácata,
consideración subjetiva, o si era que objetivamente estaba bue Noni. Las demás, a decir
verdad, no eran nada de otro mundo, pero tampoco podría decirse que eran feas: tenían
esa belleza estándar que dan las horas de peluquería y maquillaje: eran como
artificiales, sintéticas, pensó: bueno, sonrió para sí, Débora no era tan sintética: más
bien era contética: las tumoraciones edípicas resaltaban dentro de su traje verde—
esmeralda, ariscas e indomables.

       Noni volvió con la nariz brillante: conque a empolvarse la nariz, eh: el docto
Gómez se dijo que el pan líquido escocés le estaba haciendo efecto. Noni se sirvió otro
vaso de la cosa ésa rara que había sobre la mesa triangular para que bebieran las
señoras, y cuando tomó el primer trago entornó los ojitos grises. Fue entonces cuando
Bartola abrió la puerta de la Sala de Parrandas y le dijo al Señor Ministro de Sanidad
que por favor atendiera al teléfono, que era asunto de vida o muerte. Briggitte se quedó
como de piedra, con los ojos abiertos, estupefacto. ¡De vida o muerte!
Ffffuuuuuiiiiiiiuuuuuu. Le dijo a Bartola que no cerrara la puesta, Gracias. La mujer,
ondeando sus ampulosas caderas, desapareció por la puerta que decía Digestión,
dejando al doctor Miguel Gómez MD en medio de la Plaza de Armas, una estancia
amplia rodeada de puertas tituladas. Giró la vista y finalmente echó a andar
maldiciendo su hipo hasta la que decía Salón de Comunicaciones. Pensó que Brígido
no dejaba de ser un excéntrico. Hasta en escoger a una mujer contética.

       El teléfono en forma de hoja de parra estaba al fondo del cuarto, junto a un
tam—tam que trajo Brígido de uno de sus viajes de estudio por los países civilizados de
occidente. Cogió la hoja de parra por el tallo y no supo por dónde hablar.


auricular, amén de vestimenta transitoria.
                         aló, aló. Aquí el Señor Ministro de Sanidad.




lo llame a esta hora, ¿verdad?




                                              cólera y quería dar notificación.

                   Perdone, me parece que no he oído bien.

                   Es que como es enfermedad cuarentenable, yo pensé que




              ólera, verdad?




                   itzen MD no tuvo inconveniente en hacer los análisis pertinentes.


Comendador, pero dígale que vuela a hacerlos, que esta es una orden mía, y
manténgame informado, porque, que yo sepa, en este país no hay ni puede haber cólera.
                            Lo mantendré informado.

        La carcajada fue apoteósica, apocalíptica, aponeurótica. ¡Cólera! Con el agua
más pura del mundo. Sin comer mejillones crudos ni porquerías de ésas que comen los
europeos. Tómi dijo que había que enseñarle más a estos medicuchos de ahora, que con
cualquier cagadera ya estaban pensando en cólera, como si vivieran en Bangla Desh o
por esos lados. Nada, y el medicucho ése del carajo quería notificar a las Autoridades
internacionales, ni más ni menos. Yóni Samuelson dijo por enésima vez que los
profesionales de ahora son una mierda porque el puente ése más feo que el demonio que
está enfrente de la Universidad Nacional les quita la paz mental para estudiar. El Señor
Ministro de Sanidad, en su girar en la conversación, tropezó con los ojos grises de Noni
que, fuácata, se cerraron en un parpadeo incitante.



         y ellos son los que velan por nuestra salud, ¿no es así?

       Mike asintió con la cabeza, mirando al suelo, como avergonzado de que su cargo
pudiera parecer ficticio.




pero bien trabada. Lo serás tú, pensó Miguel Gómez, sintiendo ahora sobre su nuca
mulata y acholada los dardos grises de Noni. Yóni empezó a bostezar: ése tema del
cólera era interesante, qué duda cabía, pero él prefería otro tipo de conversación, y dejó
de bostezar. Mickey sintió que las miradas de Noni le hablaban al oído, grises,
aperceptibles: ―vales la pena, Mike, la vales‖. Tómi le dijo a Tata que mañana, a
vacunarse, que no estaban los tiempos para estar comprando papel higiénico por
docenas. ―Yo sería capaz de irme por ti a la India a pescar un colerita para nosotros
dos, Mike‖. Ahora habría que echarle cloro al agua más pura del mundo, pensó el
Señor Ministro de Sanidad, y tomar medidas innecesarias, se quejaba en su fuero
interno y la voz visual (VV), gris, en su oído: ―si a medir pos ponemos, Mike, prefiero
que me midas el aceite‖. Marcela torció la boca: si antes se cogía en serio lo del
ministerio, ahora era capaz de coger el cólera él mismo. ―Y estaríamos toda la noche
colerando y colerando, Mike te lo prometo‖. Brígido sentía que la reunión se hundía
irremisiblemente. Algo había que hacer para que la gente se olvidara del asunto, porque
la verdad era que el cólera no tenía, ni mucho menos, la importancia que se le quería
dar: un tranquilizante y ya. Fínich. Era absurdo que porque a un fulano le diera una
rabieta se movilizara a todo el país. ―Vales la pena, Mike, cuchiflito, la vales‖. Así que
Brígido propuso hacer un strip—tease divertido (Siempre invertido, pensó Débora,
contética), es decir, vestirse en lugar de desnudarse. ―Ahora lo verás, Mike, cuchiflito,
en cuanto empiece a hacer el estríquin‖. Fefo fue el primero que se opuso, con el
pretexto de que había primero que desnudarse.




                                                                            ―es que
como a él no pues le da vergüenza (¿otro?, pensó Tata). Marcela dejo que no, que ella
era muy decente y que no se ponía en esas cosas. Tata la secundó. ―Tu mujer es tonta,
Mike, cuchiflito, porque te está obligando, si quieres verme, a ir el sábado que viene a
las ocho en el malecón, frente a la embajada USA‖. Miguel Gómez terminó el trago de
un golpe. Se levantó y dijo Buenas noches, diciendo que sí con los ojos a Noni, que
parpadeó cómplice.

        El Señor Ministro de Sanidad, hipando acorde con las circunstancias, dejó pasar
a doña Marcela y entró tambaleante en su limousine negro sin mirar al chofer, que les
sostenía la portezuela.




        Y al atravesar las calles superiluminadas de la Vía España y semidesiertas de la
Urbanización El Congrio, pensó que era posible que alguna de las casas ésas que le
recordaban la infancia alguien hubiera cagado más de la cuenta y tomado elíxir
paregórico y maicena o agua de arroz para cortar la diarrea, confiados en la efectividad
de su ministerio y en la seriedad de los gringos a los que, como siempre, se les había
escapado otro enemigo. Tal vez en todos estos chalets algo parecido hubiera sucedido.
Marcela sintió que le dolía la cabeza y un asco repentino que tomaba cuerpo y la
invadía entera. Se recostó contra la ventanilla con una mano en la frente, en esa postura
tan estudiada que la hacia verse tan náis. Mike seguía con la vista al frente, aparentando
estar sobrio, contrayendo todos los músculos con esa prestancia suya tan característica.

        Los despertó Andrés para que se retiraran a dormir cuando ya había incluso
cerrado el garaje. Estaba cayendo el amanecer. El Señor Ministro de Sanidad se
maldijo en silencio y empezó a caminar indeciso, hípico, hacia su dormitorio. Detrás,
doña Marcela ejecutaba un ruidito burbujeante, conocido y lógico. Estará en cinta,
pensó Miguel Gómez traspasando el umbral de su recámara y cayendo redondo en la
cama doble. Chela, un rato después, se desplomó a su lado, agriperfumada. Recordó,
sin saber por qué, a la Negra, y extendió la mano mulata y acholada, tocándola
torpemente en la cintura, saltando y re—saltando en la hipada continua, que tanto
enervaba a Maribel.

                                             mpertinente, aumentado por la inmensa
dosis de güisqui que se había metido entre pecho y espada.


alrededor, durmiéndose con el asco ancestral enrollado en los poros, deslizado sobre su
carne cántabra y euskera.
         Mickey Gómez ingresó en la escuela a los ocho años, pese a la oposición de
Terencio Gómez, que insistía en que se tenía que poner a trabajar en los muelles, como
él, para hacerse hombre, porque estudiar es una forma más de perder el tiempo, no sirve
para nada y además es cosa de maricas. La señora Nacha le decía, cuando volvía del
puesto que tenía en el mercado, que la escuela la pagaba ella y que se callara. Porque
aunque la enseñanza primaria era (y es) gratuita y corría por cuenta del Estado, había
que pagar la matrícula y comprar los útiles y hacer colectas para pagar las tizas y a
veces invitar a comer a la maestra cuando se le atrasaba el cheque tres meses pues el
presupuesto más alto de América para Educación (33%) se había agotado a los ochenta
y seis días de iniciado el curso a causa de un poco de viajes pedagógicos y de embajadas
culturales e intercambios de estudiantes que nadie ha visto con Bombay y Katanga. Y
todo eso salía del bolsillo de los padres de familia (o acudientes). Así que mientras no
se demostrara lo contrario el padre de familia o acudiente era, sin lugar a dudas,
Eutanasia Quintero, para que lo supiera. Y Terencio Gómez tenía que callarse. Y
Mickey Gómez asistía estupefacto a clase, aprendiendo que hacía mucho tiempo (tanto
que a la maestra en ocasiones se le olvidaba la fecha y confundía el descubrimiento de
América con el mar del sur y la explosión del polvorín con la fundación de Acla o la
independencia de España con la Separación de Colombia o el natalicio de Simón
Bolívar con la muerte de Benny Moré o el día de la ONU con la toma de la Bastilla o la
fecha de la independencia de USA con el día del maestro o el aniversario del primer
congreso bolivariano con cualquiera de las tantas fechas que se celebran anualmente y
que son días feriados), que, como queda dicho, hace muchísimos años, unos señores
desembarcaron en una isla (que unas veces era Guananí, otras Catay, y otras Qüipo.
Cipango, Célebes, Canarias, Azores o Malvinas) y se fornicaron a todas las mujeres y
mataron a todos los indios. Triste destino éste de los indios, siempre muriendo, siempre
jodidos, hasta en las películas, hasta en las fantasías: daba la impresión de que los
carapálidas siempre tenían algo en contra de ellos, como si se las debieran desde antes
del Descubrimiento de América. Para John (o Gerald o Henry) Ford, el mejor indio es
el indio muerto, como diría el General Custer si pensara y el General Lee, que no lo
leía, y el señor Abbe Lincoln. Porque los blancos eran (son) buenos y bonitos y no se
despeinaban nunca ni se ensuciaban la ropa ni se hacían pupú en los calzoncillos ni
orinaban ni nada. Así salía en el cine. Por eso había que exterminar a los indios, para
que no contaminaran de incivilización a los puritanos del Mayflower, que rezaban día y
noche diciéndose no matarás y luego salían con su arcabuz a cazar indios y ahora
aparecen en las latas de Frescavena, como para re—insistir en que bebiendo ese
menjunje extraño puede uno ir a matar pieles rojas como los quákers de antes. Y los
negros: siempre sirvientes y miedosos y malos y se querían comer al bueno o matar a
Tarzán, que era blanco, con sus lanzas tercermundistas, pero menos mal que Tarzán
gritaba AUEUEUEUEUEUEEEEENA (el culo te suena, acotaban los chiquillos), y se
escapaba como una exhalación por los árboles empleando sólidos bejucos como
transporte porque era muy inteligente pese a vivir en los árboles y ser medio mono, y
tenía una choza chévere con elevador y todo porque era blanco y los negritos, brutos
ellos, subdesarrollados ellos, no tenían ni la más mínima comodidad, ni el más mínimo
confort. Y luego venía Jane, blanca y bonita y no la picaban los mosquitos, y se vestía
con un bañador de piel de leopardo, no como las negras guarras que andaban por ahí
enseñando los senos marchitos de tanto amamantar a los negritos. Y luego Boy (o
Bomba, que a veces se llamaba así, según la versión de Tarzán), que era también
blanquito y bonito pero no era hijo de Jane porque parir destroza la silouette y ella debía
ser bonita y no amamantar a Boy (o Bomba) porque cuando se lo encontraron ya comía
de todo y era fuerte y no le tenía miedo a los tigres. Ahora que pensándolo bien, la
mona Chita era la que sí que se parecía a la guacuca de al lado de la escalera. Exactita.
Mickey Gómez, por eso, cada vez que pasaba por su puerta se quedaba mirando con su
hipo cobarde para ver si levantaba el belfo o se rascaba la cabeza. Había quien decía
que Tarzán (o Jim de la Selva) tenía tratos con Chita (o Tampa, siempre la misma
mona), que por eso se buscaba una mona y no un mono y que por eso Jane no concebía
y Jim de la Selva (Jungle Jim) era un soltero empedernido, pero más bien parecía, según
los indicios, que era racismo en vez de bestialismo. Y los chinos. Búf. Los chinos.
Mickey pensaba en el chinito de la tienda, que nunca le daba el vuelto y siempre tenía
que pedírselo. Sí, los chinos eran malos, y feos, y querían matar al star—boy, que era
blanco y parecía un angelito y no meaba, y los chinos eran sucios y comían con la
mano, pero menos mal que luego llegaba la patrulla americana y los mataba a todos y
no dejaba ni uno vivo. Ni uno. Entonces sacaba conclusiones: si una patrulla de siete
hombres se ventilaba a quinientos y pico de chinos, qué no haría TODO el ejército USA
en Corea: la debacle: la masacre total; la matazón en pasta. Pero iba uno al cine al
domingo siguiente y, después del episodio de Fu—Man—Chú (otro oriental funesto), ya
estaban los chinos de nuevo jodiendo la paciencia y tratando de matar al bueno,
pobrecito, que no les había hecho nada, que sólo iba a defender a su querida Patria (que
no estaba en peligro pero por si las moscas). Los chinos no se acababan nunca, como la
cosecha de mujeres, y así un buen día supo (se lo dijo el maestro Rodoaldo, que era
brasileiro y maricón) que eran como quinientos millones y que para matarlos a todos
habría que llevar a (si quinientos por patrulla, quinientas patrullas de siete hombres, lo
que hace) tres mil seiscientos gringuitos rubios que se hacen la paja con fotos de
Marilyn Monroe, mastican chicle y coman coca—cola. Y los hombres ésos llegaron
hacía ya mucho tiempo, le contaba luego a sus hermanas Lucrecia y Leida, LL, como
Luisa Lane y Lina Luna, las hembras de Supermán. Y llegaron y vieron que América
era lo mejor del mundo y dijeron aquí nos quedamos y aquí se quedaron y de allí
venimos todos. Al parecer las indias del lado de acá del Río Grande era más bonitas
que las pieles rojas (además de llamarse, por ejemplo, Anayansi, que siempre suena más
tierno que Pocahontas), porque los españoles no perdieron el tiempo trepándoseles
encima mientras que los puritanos ingleses (Do not kill) les dieron plomo a tutiplén
hasta que no dejaron más que aquella que fue a buscar el Oscar que le dieron a Marlon
Brando y que no aceptó. Pero los indios debieron ser más feos, porque sólo alguna que
otra española se metió con ellos, aunque también es cierto que todas venían casadas,
comprometidas, aseguradas o amancebadas. Las españolas casi no aparecen en la
Historia de las Indias: cuando lo hacen es, como la mujer de Vasco Nuñez de Balboa,
para hacerle la vida imposible a su marido y para que éste la deje por una india llamada
Anayansi, que no es la misma Anayansi guananita a la que Colón le dijo venga acá mi
chomba porque ésta de Balboa vivía en el Darién (si hay que hacerle caso a Méndez
Pereira) y andaba por ahí enseñando las teticas nuevas y los corozos puntiagudos
mientras que la mujer del Adelantado del Mar del Sur, temiendo tal vez a los mosquitos,
no se quitaba las ropas ésas largas (de cuello a muñecas y tobillos) y, además debió ser
bien enfermiza y sudar mucho debajo de tanta enagua y tanto trapo y tanto refajo y
hasta debía oler mal, mientras que Anayansi era todo sol, aire, libertad, juventud, salud,
amor, etcétera etcétera, y entonces llegaba Randolph Scott vestido de azul marino deep
con la pañoleta amarilla y el clarín de la caballería azul tocando al ataque (Tát tarát tarát
tarít tarít tarát tarát tarát tarít tarít tarát tarááá) y los blancos limpios, bonitos, recién
afeitados, le caen a plomo limpio a los indios, sucios, pintorreteados, bulleros,
montando a pelo los caballos robados a los blancos y que quería cortarle la hermosa
cabellera rubia a la muchacha de rostro angelical, sano, harto en manzanas y quadrill, y
al valeroso soldado que arriesgó su preciada vida por ella y que va a quedarse con ella al
final de la película y se darán un beso divino junto a un tronco mientras cae el sol en un
dulce crepúsculo y entre rugidos de satisfacción de la concurrencia y llegue la palabra
THE END y los violines invadan toda la sala y empiece otra vez la de Audie Murphy
matando gente, que por eso es héroe nacional. Terencio Gómez, un día que se
enjuagaba las cuencas vacías, con agua sola, recordando que no debía usar jabón más
nunca, le dijo que sólo se logra el peldaño tan codiciado de Héroe Nacional (estatua
incluida) matando un pocotón de gente: nadie lucha por la paz y es reconocido:
recuerda que a Cristo lo Crucificaron y que a nuestro antepasado Federico II lo
excomulgaron por no arrasar con el territorio árabe: tal vez hoy lo culpen de la crisis
del petróleo. Y mientras se secaba con una esponja suspiró y dijo: ―cuando seas mayor
deberás tomar partido, pero ten siempre presente que mientras más muertes cargues
sobre tus espaldas, más rápido se reconocerá tu existencia.‖

       Ese día, después de estar un buen rato mirando las estrellas como un imbécil
cualquiera, y después de meditar concienzudamente las palabras de su padre, fue que
Mickey Gómez decidió que iba a ser médico.
          —rá, Chela, ¿quésdetuvida, mani?

                                 que te llamaba para invitarte a la fiesta que vamos a
tener pasado mañana, que es el cumpleaños de Mike.




                     Es que



                                       Con lo de la gota, ya sabes,



No, nadaeso, no vayas a pensar que lo que pasa es que una no quiere ir: es que a lo

mejor si voy y no lo llevo se pone a pensar tonterías y se cree que voy de




                     Y más vale un porsiacaso que un siyolohubiera sabido.




Alicia, cuando salió con eso de carreras de caballos sobre yeguas ajenas?


Tata es muy inclinada a esas cosas.
               Te decía, te digo, mija, que me sonó así como que lo del caballo venía
por el hipo de Mike. Y lo de yegua ajena, ni que decir tiene, con eso de que son
animales que se montan…




                                              caballos, acabo de meter un hipo en la
conversación.




                               tesis, puede ser que sea, afectivamente, una tesis sobre
caballos, o que la tesis sea inferior…



                  porque si algo es hipotético, digamos, una jeva, entonces puede ser que
sea inventada,

       ficticia
       Oquey, sigue.




                    Porque Débora es más bien hipertética.

                  Pero no creo que Tata haya dicho eso por nada malo, la verdad.


conmigo, que no porque yo esté como estoy voy a dejar que me tenga en su lengua de
víbora.



                   Es que Tata es lo más bochinchoso que hay en todo Panamá, y eso
que en este país los bochinchosos son de marca mayor.

       Hay algo que tienes que comprender.




                       A buen entendedor,

No, oye, porque chorrerana, chepana o costabajeña, lo que es a mí no hay quien me

venga con tonterías. Y es que, lo peor del asunto, es Tata, que se cree que se sabe todos

los chismorreos habidos y por haber, y no se anda con vainas para dejar a todo el mundo

mal parado: sacude la lengua y, fóck, un prestigio que se fue a la eme.
                        El otro día fue la vaina de Alicia, que dizque que había
quedado pipona de (ejem) y luego resultó que no había pasado nada y que era mensa
cábula.




                                Tata se quedó más que corta en sus informes.

                                         Si se le olvidó más de la mitad.



                          Si Tata no dice algo es porque le está guardando para mejor
ocasión.




                     qué mula soy.

                                 debe tener todo un repertorio de cosas para ir regando
por ahí.



                            yo sólo digo lo que supongo.



        Tútran, Noni, que mi conciencia está bien limpia y no hay tróbel salvo que pase
lo que tú sabes.




                              endo en un bochinche.

                 ¿Yo? No, mija, yo no soy de esa calaña. Además, tú siempre has sido
mi inch, desde hace la pila de tiempo.
hablarme.

                             ñañecada del tipo ése todo runcho. Sí, pero eran cosas de
chiquillas.

                Si yo lo comprendo, pero no te creas, la ley de hielo que me aplicaron
fue bien desagradable.

                                        Alicia empezó a vacilar con Charlie, ustedes
fueron las que se pusieron a

                 Eso de ―ustedes‖, ¿a quién se refiere?

                             A Tata, a Pikuki y a ti.

                                     no fuimos nosotras: está muy, pero muy equivocada.




época, ella menos que nadie, con todo el revulú de la vaina de Bebi y todo eso.

                                 vino un día con que tú le querías tumbar el macho a la
Alicia, pero nosotras no le hicimos ni caso.




Ja ja sinvergüenza, te agarré, ja ja ja ja ja




                      tú no creerás que yo pensaba que él iba a estarse todo el día
como un santito con los brazos cruzados. Y además, para que lo sepas, no nos unía
ningún vínculo más que un poco de promesas que yo sé que él rompió más de una vez.



                                         diga? Es que una tampoco es de piedra.
                                                                           a la distancia.




picazón: ―nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos‖.



                       d, mani. Fíjate nada más en toda la gente que conocimos de
pelás: todos miserables y destrozados.



                           forrados en plata y rellenos de mierda.

                                   ¿Te sientes bien?



                                                                               ¿De
verdad que no estás enferma?

                             me duele la espalda un poco.




                            Tal vez un médico te ayude en algo.


estar sembrando flores no hace falta tanta sicología.

                  jólit. Ya van dos veces que me vienes con el cuento de la jardinería,
¿cómo
               Tu fuiste la que dijiste que Tata no se equivoca nunca, ¿no?



                         mija, para santas, Tú y Rosa de Lima.




                      sigue.

           iba a buscar una sortija que se le cayó a Débora el

                        ¿la de?

                                  Sí, la gorda. Te digo que iba a buscarle una sortija que
al parecer el día, antes, ya sabes, la barbikiú aquella

            uando se jumó Yóni y Nati se quemó una pestaña con el cigarrillo.




                        Bueno, a lo que iba: parece ser que Débora y Bobie estaban
bochincheando sobre nóséqué de un anillo de fantasía que llevaba la mujer del
gerentillo ése



                      Bueno, la mujer del tipo ése parece como que llevaba un anillo de
fantasía y ellas se estaban burlando todo lo que les dio la gana: entonces, como para
que no se dijera, Débora se quitó la sortija



               ¿tú viste lo gorda que está? Ya hasta de asco.

              o te oigan los hombres, que para ellos está buenísima.
                                                     ?


agachar porque la faja




él dijo que después, que ahora fueran a bailar (no le digas a Tata, porque ya sabes que
ella es bien celosa).



                          un santo.



              o éste mío, que no sé bien de qué se trata, pero sí que es de algo con el
jardinero. Bueno, a la mañana siguiente, porque Débora se la tuvieron que llevar en
fuego,

Ah, sí, ja ja ja, se puso pesada.


                                                  ja, pero todos los hombres de la fiesta
se pusieron a sus órdenes, a lo mejor para ver si le veían el buco de carne.




                          ¿no? En realidad debe ser bien triste tener un marido que sea
voltiado.

                                                         ñorro, te digo.


un hombre.

                    pero atiende.




sortija, aunque yo creo, es mi humilde opinión, que se la robó la mujer del gerentillo ése
que está más bueno que el pan nuestro de cada día.
                           Y mientras andaba en las búsquedas, se me torció el tobillo y
me fui de nalga contra el suelo. Eso fue todo. No me pude levantar, aunque lo intenté:
pensé que me había partido una pata y empecé a llamar a Fefo para que me ayudara,
pero llegó primero el jardinero y me ayudó a levantarme.



                                          Si fuera con ya tú sabes a lo mejor, pero ¡con
el jardinero! Ni que tuviera el gusto de ella.




            Tata no tiene arreglo: de ti me dijo que




                                                   ¿tú tienes algo que hacer?

                  tengo que ir al colegio, que a Tito dizque que le pegó un compañero y
tengo que ir a decirle al cura que lo eche, que qués eso de estarle pegando a mi hijo,



                                       nte: ya sabes: la presencia y todas esas cosas.
Con eso de que una está buena, siempre se arregla mejor.




                      Entonces, ¿cuándo?

                          ta para pasado mañana?



                                         Voy a ver si cojo un tiempecito por la mañana
y caigo por tu chántin, ¿oquey?
                          Tengo que ir a Colón a hacer un poco de diligencias.

                   Pero si esa ciudad hiede.

                                son cosas urgentes.



                         Atiende:



                                              inco, voy a casa de Pikuki, que quedé
en que iba a enseñarle cómo se hacen los panqueiks. Si quieres, y si puedes, claro, caes
por ahí.



                                                            con la querida.

       Así, que nada en claro: lástima.




                         : digo: si a Fefo no se le ocurre nada.




                            e a Fefo, de mi parte, que no se imprevista ese día.




         quey, cháild.
        El doctor Miguel Gómez MD llegó al hospital a media mañana, harto en
piridoxina inyectada y con los ojos rojos como si estuvieran acatarrados. Llegó en el
Volkswagen de su mujer para evitar suspicacias inútiles y entró directamente a la Sala
de Urgencias, haciéndole una señal con la cabeza al policía de turno para que no
delatara su presencia con protocolos y demás reverencias.

                                                            al verlo entrar todo decidido
en la Sala de Curas. Se detuvo un instante y la miró sorprendido: ¿qué estaba haciendo
ella ahí con ese chiquillo y ese tipo que le recordaba al medio hermano de Big—Nose,
el que traficaba fichas de ajedrez?


flaquito de pelo castaño y con cara de lasallista. El muchacho empezó a temblar y al
hombre, que hasta entonces había conservado el rostro duro y adusto, pareció que se lo
tragaba una esquina. El chiquillo trató de incorporarse, pero Maribel, suavemente, lo
mantuvo acostado en la camilla.




alarmando… yo, por lo menos.

        Míchel miró a Maribel y ella medio que sonrió, tímida, con la boca seca, igual
que siempre que se ponía nerviosa, como justificándose: por el momento pensó que
había atropellado al pelao, pero menos mal que sólo fue el susto, gracias a Dios.


                                                      Pero que no ande más por ahí

pegados en sus pantalones de cuadros, deteniéndose la mirada del médico un segundo
en su pecho cubierto por la blusa transparente sin sujetado
quiere, puede irse.


quedara un momento.



        Y mientras Ribadeo Davia MD, que era de Ocú y tenía granos en la cara, lo
ponía sobre antecedentes, llegó el quinto caso: era oriundo (hijo de español nacido en
América) ( 1) que respondía por Manolito y que era de Soria. Lo trajo su progenitor, un
recio castellano que respondía por Manolo y que también era de Soria. Mientras el
policía tomaba los datos pertinentes, el doctor Ribadeo Davia MD se lució frente al
Señor Ministro de Sanidad y frente a una señora gorda vestida de flores que se había
cortado con una hoja de zinc y que estaba esperando el resultado de la prueba de
sensibilidad a la penicilina: Ribadeo Davia, flaquito, orejón y todo, indicó a una
enfermera, que estaba muy buena por cierto y que curiosamente respondía por Miss
Nightingale, que le pusiera un gotero a chorro en la yugular, como un vampiro, con 135
mEq/1 de Na (cientotreintaicinco miliequivalentes/litro de sodio), 100 mEq/1 de CI
(ídem de cloro), 40 mEq/1 de bicarbonatos y 15 mEq/1 de K (potasio) y que le avisara
en cuanto se percibiera el pulso radial. La señora gorda que se había cortado con una
hoja de zinc abrió un par de ojos como platos, enmarcados en dos ojeras extrañas, luego
parpadeó y finalmente habló, cuantitativa y cantarinamente impresionada:



       Ribadeo Davia MD, con su pragmatismo ocueño, le dijo al español que tendría
que ponerlo en cuarentena cinco días, ¿oquey?, Vale, dijo el soriano, que esto era
enfermedad grave y que no se podía dejar un cabo suelto. El policía sonrió y el doctor
Davia tuvo que decirle que lo de cabo no tenía nada que ver con ningún tipo de
graduación militar. Maribel se situó al lado de Manolito y se ofreció a ayudar a la
enfermera a tomar el pulso. La asistente técnica, que respondía al nombre curioso de
Miss Nightingale, la miró extrañada.



voluntarios de la Cruz Roja.

        Maribel lo miró admirada y se sintió tentada a contestar una estupidez: era la
primera vez que lo sentía tan autoritario. No le molestó en absoluto que le diera órdenes
y sintió que lo quería, que lo quiso más en ese momento que después de aquella
inolvidable sesión, en el hotel que fue del papá de Bebi Rodríguez, la primera vez que
se amaron (por decirlo de alguna manera). Y mientras Ribadeo Davia MD contaba por
decimoctava vez cómo había sido la noche y Mickey Gómez atendía, sólo por ver si era
posible contar la misma cosa mil veces sin contradecirse, ella lo miraba y lo miraba y lo
miraba: le parecía mentira ver a Míchel en su hábitat, en su salsa, actuando, porque en
un momento dado, cuando nadie se lo esperaba, llamó al Ministerio y dio órdenes, tal
vez a Carolina (dai dai), de que dieran notificación a la Oficina Panamericana de un
brote de 000.


una pregunta estúpida, creyendo que se trataba de algún espía de la CIA, del DENI o de
CIPOL.


por si alguien había oído algo.

                                                                           Como dice
la canción:


tarareando la cumbia. Maribel le dijo chao con los dedos en la boca, como enviándole
un beso, y empezó a caminar por los pasillos del hospital, arrastrando tras ella alguno
que otro piropo de mal gusto, atravesando columnas de seres humanos que parecían
todo menos humanos, menos gente: rostros famélicos, apergaminados, translúcidos,
atrofiados, bocas rígidas, suplicantes, bocachas, amargas, que en lugar de besos
suplicaban antibióticos, cuerpos avejentados prematuramente, encorvados de tanto peso
gratis, inflados de tan poca alimentación adecuada, pálidos dentro de su propia
oscuridad epidérmica, ojos sin brillo, mates, con esa expresión de resignación que no
soportaba, animales humanos con ropas moteadas, deflecadas, como banderas
panameñas ondeando en barcos piratas o en manos de mártires por cuenta ajena, niños
con la piel arrugada, dando la impresión de tener más de una piel, ¿por qué niños?, en
personas adultas era hasta cierto punto normal que estuvieran enfermas, al fin y al cabo
eran pobres, ¿no?, Papi decía que esa gente no hay quien la arregle: el que nace pobre
que siga pobre hasta que se muera, pero ¿por qué niños?, sin carne, sólo los huesos
debajo de la piel parasitada, gruesos, ¿por qué los huesos de los niños hambrientos son
más gruesos?, será para tener algo que les dé forma, peso y lugar en el espacio, todo el
mundo envidiando su pocotón de carne en el giro violento del final de la espalda, en los
flancos desplegados, en el porte arrogante, todo el mundo, las mujeres con los pechos
marchitos, péndulos, pegados a las costillas en un alarde de equilibrio macabro, los
hombres delgados, slénders, tal como quisiera estar papi y que por eso hace ejercicios,
con las camisas blancas y los pantalones azules recogidos de los grande que les
quedaban, papi decía que en Panamá el que no come es porque no quiere, ¿por qué no
querían comer estos personajes de carteles propagandísticos de Bangladesh?, ¿es que
acaso comían? porque papi decía que en Panamá nadie se muere de hambre, que no hay
miseria, que alguna que otra persona pobre habrá, pero nadie se muere de hambre,
¿entonces?, seguro que toda la plata se la gastaban en música sabrosa, salsa, en ropa,
¿ropa? En tragos, en mujeres, ¡cómo se podía tener mujeres con esa facha, Dios mío!,
ella mejor que no dijera nada, que bien que hacía sus incursiones a los barrios bajos,
¿era caridad? ¿qué era?

        Volvió sobre sus pasos, despertando olas de admiración, tanto entre los hombres
que de tan escuálidos tenían a la mujer caderona, tetona y culona como imagen ideal,
como entre las mujeres que veían caer la ropa por los hombros y resbalar hasta el suelo,
sin un poco de carne que lo impidiera. Volvió y se encaró con Míchel:

                                                        Yo no te voy a poder ayudar
mucho.


                                                                en eso me puedes
ayudar.

       El laboratorista, doctor Fritz Fritzen MD, apareció con los ojos sumamente
trasnochados, como los de una cabaretera. Sí, señor ministro, era morbo asiático, no
había duda. Tipo El Tor. Lo que no comprendía era cómo carajos, que perdonara el
señor ministro el exabrupto, se había colado el bicho ése.

                                                   El primer caso había muerto,
informó la enfermera ésa que estaba tan buena y que respondía por le nombre curioso de
Miss Nightingale. Maribel se sintió de pronto como arrecochinada en un remolino sin
poderse sujetar a nada, como soñando, como terca. Entonces Míchel la cogió por un
codo y la condujo a una esquina, junto al instrumental de curas. Entraba un intoxicado
por tomar más aguardiente de la cuenta.



                                                 ¿qué iba entonces a estar haciendo
                                                     Maribel sonrió:


ROCOSAS.



                                                    Con decirte que el título es lo más
decente, ya te puedes imaginar.




        Una ambulancia llegaba con diecinueve accidentados de carretera, apiñados
unos sobre otros, bañados en sangre. Según dijo el conductor, mientras desmontaban la
carga, todavía quedaban unos treinta más y tanto ir y venir iba a resultar en que se iba a
acabar la gasolina y no iba a poder seguir trabajando: había sido un accidente
multitudinario, porque una chiva gallinera quiso pasarse a un Mercury, un Dart y dos
panelcitos que venían soplados por la mano izquierda. Luego entraron dos casos más de
cólera:


lempesó larrojadera, lo traimo pa ve qués lo que le pasa, doc.




                         ¿se me va a morir?

        El excelentísimo Señor Ministro de Sanidad, doctor Miguel Gómez MD, ordenó
reforzar las guardias, congeló los permisos hasta nueva orden, y mando llamar a todos
los médicos en activo (para que no pasara lo del Fufo, que se negó atender a los heridos
del nueve de enero y después llamó a su partido El Partido Panameñista). La Oficina
Panamericana respondió a la media hora, diciendo que un tal Mr. Harrington MD,
experto consultor de la WHO (OMS) estaba preparando su maleta y su sombrero
jipijapa para partir en unos días hacia la capital del Matasnillo, en donde se habían
registrado dizque varios casos de cólera teniendo el agua más pura del mundo.


achinado, flaquito y que practicaba esgrima, que pasaba por ahí a Marcha Forzada.

        Maribel estuvo todo el día haciendo de lazarillo con Míchel, en el ministerio, en
el hospital, otra vez en el ministerio, otra vez en el hospital, y estaba con él cuando
recibió la llamada de Marcela:

               ¿No piensas regresar hoy tampoco a ca
a las bochinchosas de tus amigas que no anden por ahí regando nada de lo que oyeron
ayer. ¿Oquey?

       Chela cortó sin responder, audiblemente enfadada. Maribel quiso echarse a reír,
pero todo lo que acertó a decir fue que eran casi las seis y que no habían comido nada.




          a gente no hay quien la componga, dale la mano y se quieren coger el codo, y
como te aleles te piden ya tú sabes.

          Miguel Gómez la miró:

                                                       Es mi obligación, aparte de




parado.


respuesta tácita, pero Maribel puntualizó:

                                                         eso es meterse en camisa de
once varas, eso es chocar contra intereses particulares. Y nadie te va a dejar.



                                                         plo, Deflandre, por ejemplo.
Ellos tienen su guerra particular y de nada te va a servir meterte en medio de los tiros.

                 Pero esto es una emergencia.

                  ya verás como para nadie más.

                            eblo.

          Maribel hizo un mohín y sacudió la melena castaña:
                                                                                  por una
vez le oía hablar con razón: con la razón de su círculo social.


pareció sincera, pese a lo cursi del razonamiento, y lo vulgar de la racionalización.

        Miguel Gómez pensó en Terencio Gómez, mientras masticaba el sándwich que
le había traído Maribel y que lo estaba obligando a comerse. Nadie hace nada por los
demás, y menos gratis: las palabras coincidían, no en la letra pero sí en el espíritu, y eso
que venían de sexos opuestos, épocas opuestas y clases sociales opuestas: era algo,
pues, que no se ponía de moda: era algo, pues, que era eterno: era algo que algo de
verdad debía tener. El administrador del hospital entró en su oficina, agitado, hecho un
tembleque, fingiendo desesperación.




                                                   se le estuviera cayendo el mundo
encima, pero Maribel torció la boca, escéptica.


que colgaba de la pared) y encarándose con el administrador del hospital, que empezó a
sudar al comprobar que sus dos pezones medio rosados lo apuntaban como puñales de
carne.



       Gente muerta. Menos mal que no eran conocidos: los muertos anónimos no
dicen nada, pesan menos, son sólo cifras estadísticas. Por eso, por ejemplo, hay un
monumento al Soldado Desconocido, con lo fácil que sería preguntar a cuántas familias
no volvieron sus hijos y maridos para encontrar dónde se hacen monumentos al Soldado
Conocido. Seis muertos. 25%. Sonó el teléfono: la situación de urgencia (¿o es de
emergencia?) se suponía que estaba en marcha, incluso el cierre de Tocumen, confirmó
Carolina (dai dai). No habían localizado al Zonian Governor y su secretaria había dicho
que era raro que no estuviera en Contadora pero que era seguro que volviera para
monday in the morning.


asiento reclinable. El administrador del hospital, sacó, tiritando (por el aire
acondicionado, pensó Mike) una botella de güisqui de una gaveta, y sirvió en tres vasos
de cartón que sacó de la misma gaveta. Sólo faltaba un termo con hielo y ya, pero el air
conditioned made in—USA lo suplía a la perfección.




líquido de un golpe.
                                                no peques de contestataria.

        Todos rieron, pero el administrador del hospital lo hizo por cortesía, por agradar
al Señor Ministro, y Mickey Gómez se dio cuenta al paso. Las risas artificiales suenan
a discos en una revolución distinta. Eran los problemas de ser ministro, diría Terencio
Gómez, que había que aguantar tanta cepillería y tanta coba y tanta adulación. Volvió a
sonar el teléfono: era Chindo.

                                           luego como que se tragó los nervios, porque
deglutió y se quedó más tranquilo.

                         ¿Qué pasa?


                                              divertida.



                                          Sólo faltaba acompañar las siglas con el
sonido de la V de Victoria (…) de la Overtura 1812.



                      Veintitantos casos, seis occisos, como quien no quiere la cosa.



        Chindo Ruiz tardó en llegar doce minutos y medio, y lo hizo vertiginosamente,
incluso cagándose en los semáforos, como cuando iba a jugar beisból. En el momento
en que llegó había ingresado dos casos más de cólera, aparte de los eternos cólicos,
botellazos, navajazos, accidentes automovilísticos, objetos extraños en nariz y oídos,
intentos de aborto e intoxicación por insecticidas.




tal Mr. Harrington a decirnos lo que hay que hacer. Mientras tanto, tenemos que
ingeniárnosla nosotros. Yo, por lo menos, he dictado unas órdenes elementales.
                       ¿Para cólera? Esas normas deben andar por el Ministerio de
Aguas Negras.

                  Yo te las remití porque eso no nos pertenece a nosotros.




                                                                                   Si se
pudieran tropezar unos con otros se sentirían a gusto.

        El administrador del hospital sacó otro vaso de cartón para dárselo a Chindo.


sorna y el administrador del hospital agradeció el cumplido: no se lo merecía: eran
cosas de su secretaria.

       Maribel se fue a las nueve, quedándose con las ganas de darle un bembazo de
despedida a Míchel, pero inhibiéndose por la presencia de Chindo, del administrador del
hospital y del doctor Ribadeo Davia MD, que estaba contando la historia por enésima
vez. Con lo fácil que sería si la hubiera escrito o grabado en un disco, pensó cuando
montaba en el Chrysler y partía quemando tres dólares de llantas en el asfalto.

       Los dos ministros se fueron, por separado, como a las diez, dejando al
administrador del hospital sin güisqui. Miguel condujo sin rumbo definido cuarenta y
cinco minutos, lentamente, por las calles más desiertas que encontró, hasta que se
decidió y llamó a Noni desde un restaurante: quedó con ella para mañana. Desde ahí
mismo llamó a Maribel: estaba bañándose, respondió la criada, con voz
requetesoñolienta, pero si quería hablar con Herme…


rato.

        Una hora después le dijo a Maribel que mañana estaría ocupado dos o tres horas
(asuntos de alto nivel) pero que quisiera que ella estuviera con él el resto del día. No, a
Marcela no le importaría si no caía por casa en dos años. Cenó su habitual bistec con
cebolla y papas fritas, otra cosa no le gustaba, anotó la vaina a su cuenta y volvió a
conducir sin rumbo fijo, hasta que se encontró frente al Pacífico, en un camino que no
conocía, que tiempo después enseño a Maribel y que fue donde ella hizo el amor (por
decirle de la manera más fina) con el chango Sebastián.

        Bajó del Volkswagen de Marcela y caminó hasta la orilla del mar. ¿Por qué
cojones tenía que suceder cuando él era el responsable de la Cartera de Sanidad? A lo
mejor era que toda su vida había sido una experiencia—piloto o algo así, un preparativo
para este momento. Demasiadas experiencias: ¿qué rayos tenía que hacer llamando a
Noni? ¿No le bastaba con el menso fuás de Maribel? Es que, creyó, en cierto modo, no
sabía exactamente, Noni le recordaba a la Negra, a Hiata Perkins, la madre de su hijo:
que teatral sonaba eso. Bueno, tampoco era para ponerse sentimental: tal vez era que
tenía sueño: sólo había dormido unas tres o cuatro horas, quizá hasta menos. Noni
tenía eses mismo desplante y parecía igual de estupidilla que Hiata, que le decía que se
estaba tomando las pastillas y luego le salió con que estaba preñada. El pobre pelao se
quedó con la señora Nacha y él no cayó en el chantaje porque le confesó el asunto a
tiempo a Chela y reconoció a Pirvinio y quedó en que él lo mantenía. Jó, eso fue
cuando se estaba haciendo alergólogo, antes de que el Comité de Expertos en Ornitosis
y Psitacosis lo nombrara Miembro interino con carácter permanente, hacía buco de años
ya, que por estar produciendo afecciones alérgicas por contacto con Hiata, tuvo que ir a
caer en manos de Bebi Rodríguez, Ginecólogo Auténtico por la Universidad de Toledo,
que no creía en la placenta porque nunca la había viso. Bebi era algo fanfarrón, la
verdad, porque todavía contaba, cada vez que se enfuegaba, cómo hizo para romper a
Maribel, pero en el fondo, muy en el fondo, no era mala gente. A lo mejor incluso hasta
lo nombraba Director de Hospitales para darle un sueldo extra.

        Hacía fresco. La brisa le pegaba en la frente olímpica. Las olas iban y venían
como un columpio salado. Mañana sin falta tenía que llamar a la Sra. Nacha, ya se le
estaba pasando el tiempo, para decirle que moviera al pelao, que ya era hora que se
cogiera la vida en serio, pero como no se lo trajera para la capital o no lo mandara al
exterior, posiblemente no adelantaría nada. La señora Nacha, con toda justicia, estaba
viviendo de lo que había trabajado y era difícil que a Vinio le impusiera el carácter ese
recio que fue el motor de los tiempos jodidos. Lo mandaría a estudiar a Frenkel, pero
eso cuando se graduara de secundaria: esa vaina de estudiar bachillerato fuera le
parecía una majadería: se agüeva uno, pensó, mejor que se quede en Colón hasta que
tenga el diploma de sexto año. Y pobre Hiata, elaborando un diario para publicarlo
como Ana Frank: la pobre no sabía que El diario de Ana Frank no era de ninguna Ana
Frank. Llevaba en eso casi veinte años, escribiendo día tras día, como si a alguien le
fuera a interesar.

        Regresó al Volkswagen de Marcela, cerró las ventanas y encendió la radio, para
oír un programa para guachimanes y gasolineros que tanto escuchaba cuando sufría de
pulmonía, hacía ya tanto de eso. En cierto modo, lo bueno que tiene Panamá es que las
cosas no progresan, aunque las mentiras de cemento nos hagan creer que las cosas son
color de rosa y que ponerse en algo es lo último. Dos horas después, oyendo el mismo
programa que no había variado desde su infancia, y cuando tocaban un disco de la vieja
guardia, apagó el radio y se quedó dormido encima del timón.

        El sol lo despertó cuando convertía el Volkswagen de Marcela en un horno. El
día que la vio por primera vez ella dijo que no había nada mejor que bañarse en el
Pacífico al amanecer. Pero si ahora venía él y se metía en el agua a lo peor le robaban
la ropa y el carro y tendría que volver a la capital en paños menores (como mínimo) y
mejor no, suficiente con aquella vez que fue a ver a Don Saturnino por la vaina aquella
de las vacas contaminadas y que había quedado en nada: se había perdido el expediente
y casi hasta se podría decir que Don Saturnino no vendía alfombras de piel de eso
fabricados con vacas enfermas. Adelantó el Volkswagen de Marcela hasta ponerlo en la
arena. Entonces se bajó y lo dejó con las dos puertas abiertas, para que pasara la
corriente y si se metía un mosquito, que saliera por la otra. Descalzo, caminó hasta
meter los pies en el agua. Así estuvo un rato, hasta que decidió volver a la ciudad que
está a lo lejos, que tenía que ponerse presentable y caer otra vez de lleno en la rutina
nuestra de cada día.
        Bebi Rodríguez cumplió su promesa dos años después, cuando ya Maribel no lo
recordaba para nada en ningún momento. Eran días en que andaba pechiabierto por su
recién estrenada potencialidad fecundadora, cuando ya empleaba a veces la máquina de
afeitar y cuando su padrino lo empezaba a llevar a las casas de cita. Maribel estaba
floreciendo vertiginosamente, comprendiendo la magia que imprimía a su melena
cuando la hacía ondear y cuando golpeaba las pestañas, y estaba más buena que nunca,
aunque el uniforme del colegio de monjas hiciera lo imposible por ocultarlo.

        Habían organizado una fiesta en casa de Pikuki Fernández, la locona del salón,
que incluso llegaba hasta el extremo de fumas en los cines. Naturalmente, habían
invitado a todos los tipos que formaban la pandilla de los novios de las miembras del
Club. La presidenta (Chela) había repartido invitaciones con floripondios, letras
doradas y cursis de niña de pensionado, desde semana y media antes: todo tenía que
estar calculado al milímetro. Habían recolectado la cuota y Tata fue con Maribel a
comprar cervezas enlatadas a la Zona, así como chigüis, manises y cocacolas zonians,
que son más sabrosas y más chispas de la vida que las de Panamá. Alicia llevó discos
de cantantes melenudos con voz de vieja violada en el tren, sobre todo argentinos y
mejicanos, alguno que otro conjunto chileno o tico: nada de salsa, ni guarachas ni nada
que sonara a Caribe: era de mal gusto, le dijo Chela a Noni cuando trajo unos doce o
trece longpléis de El Gran Combo, de Cheo Feliciano, de la orquesta Harlow… y de
Pellín. La señora Fernández, con su peinado napoleónico y sus tres kilos de afeites y
potingues, colaboró en la factura del ponche y de los abrebocas, indicando cómo debe
cortarse el pan de molde Mary Jane (no Marijuana) para que tuviera una forma más
agradable a la vista y mejor sabor al paladar, te digo, y aconsejando con su experiencia
la colocación de las serpentinas y los globos y demás artilugios decorativos.

       En fin, una fiestecita bien chévere, bien náis, bien rareza.

        Maribel salió de su casa arregladísima, deliciosa, comible, del brazo auténtico de
Carlitos (ése muchacho alto y delgado, hijo de un señor que tiene plata en pila), que
aspiraba domar a la brava, a la esquiva pinolillera. Bajo la mirada complaciente de la
señora Vigil montaron en el Masseratti y llegaron como una exhalación a la casa del
señor Fernández, dos cuadras más abajo. Nada más llegar, Carlitos abrió la portezuela y
Maribel bajó de un salto, entrando a la casa seguida del muchacho, que dejó el portento
de carro estacionado en la mitad de la calle, entró y le pidió que plís bailaran ésa balada
tan náis que un cantante con voz extraña interpretaba acompañado de instrumentos
nórdicos. Juntaron sus mejillas y cuando ella sintió que la apretaba más y más y más se
dejó ir despacio, presionando sus senos novatos contra su pecho. Carlitos empezó a
sudar y reaccionó, sintió ella, debajo del cinturón, pero menos mal que se acabo la pieza
y fueron a saludar a la señora Fernández que, con su peinado napoleónico y sus cuatro
kilos de afeites y potingues, vigilaba que nadie se fuera de las manos, las bocas o las
caderas. Entonces fue que llegó Bebi Rodríguez, más borracho de Omar Kheyyam, con
todas las bajas pasiones reflejadas en los ojos inyectados. No lo habían invitado porque
le caía mal a Noni a cuenta de noséqué bochinche, así que su presencia allí era ni más ni
menos que un salto en paracaídas. No dijo ni hola el maleducado, contaría luego Tata,
sino que se dirigió, de frente y sin tembladera, a donde estaba Maribel, cogiéndola por
una muñeca como Dustin Hoffman cogió a la hija de la señora Robinson, y
arrastrándola hasta la calle, ante la mirada incrédula de Carlitos, que se sintió desmayar
de la vergüenza. Se enrolló la mano con la melena castaña y la introdujo en el
Mercedes, sin pronunciar una sola palabra. Arrancó y se la llevó antes que nadie
reaccionara, como Lancelot habría hecho con Guinevere.

        Maribel comprendió lo que pasaba cuando llegaron al hotel que era propiedad
del papá de Bebi, cuando la arrastró por los pelos y sólo la soltó en la habitación. Cayó
encima de la cama boca abajo. Bebi cerró la puerta y fue al baño. Maribel oyó la
cadena y el agua caer en la taza revolviéndose en sí misma. Bebi volvió a la cama: ella
estaba sentada, atónita, con los labios resecos, como cuando estaba nerviosa. Bebi la
miró a los ojos: ―¡Quítate la ropa!‖ ordenó sin tapujos.

        Lo sintió hacerse dueño y señor de sus caderas imponentes sin soltar una sílaba,
sobre todo porque sabía que iba a ser inútil, pero tampoco le dio el gusto de responder a
su frenesí maniático, como él le ordenaba guturalmente. Tan sólo se quedó ahí, quieta,
hasta que Bebi se desahogó rabiosos y cayó jadeando a su lado. Era absurdo, pensó,
todavía en la oscuridad, estar cuidando durante décadas un asunto que se pierde al
primer empuje en un acto que nada tiene de extraordinario. Bebi empezó a balbucear
estupideces, y entonces fue que ella comprendió la mecánica del diálogo amoroso,
ahora, cuando no le iba ni le venía nada, él era quien decía las tonterías; antes, él le
parecía un artista de cine, la que tartamudeaba chiquilladas era ella. Otra vez lo sintió,
explorándola como en un Sistema Braille, tembloroso, y sintió un desprecio enorme por
todo lo que esas manos sudorosas significaban (por eso no asistió a la Premier de Gala
del Ultimo Tango en París), contaminándola, infectándola, más bien. Pesaba. Estoica,
esperó soportando su galopar desesperado, como queriendo llegar primero a una meta
inexistente. Así que este era todo el misterio, pues, todo el cuento tenebroso, el borde
del abismo, el trampolín de la perdición. La verdad es que no era nada de otro mundo;
era más bien algo rabiosamente terrenal (terrícola, dirían los cómics gringos). Maribel
pensó que incluso las fieras eran más mansas en ese trance que el Homo economicus.
Otra vez el desplome brutal, las incongruencias liberadas, el despliegue de debilidad, y
Bebi otra vez tendido a su lado, semiyerto. El silencio se hacía más denso, más único,
como si no fuera. Y de nuevo sus carnes aprisionadas por esas manos y extrañas, que
no tenían nada en común con el chiquillo al que le daban diarreas cuando bebía chicha
de tamarindo y que se parecía a Marlon Brando. Menos mal que no encendía la luz:
sólo le faltaba, para sentirse alucinada, verle el rostro transfigurado, bestial, ―panting‖
como un perro cualquiera, como cualquier Rinti, quebrándose la cintura por un placer
momentáneo, reiterativo, eterno. La mujer es el reposo del guerrero, pensó: pues,
hermano, éste guerrero no reposaba, sino que se agitaba más de la cuenta, sobre todo
(más que nada) porque tenía que ejecutar por dos, sin esa conexión afectiva (o
económica) que impulsa la evolución de los coxales. Posiblemente éste fuera el milagro
del amor, esa conexión, ésa comunión, es querer satisfacer al otro. Y aquí estaban, lo
más íntimamente unidos que pueden estar un hombre y una mujer, pero fijo que no
estaban juntos. En otro plano imaginativo, no estaban siquiera en la misma habitación,
por lo menos ella. Por eso, pensó, podría mañana afrontar comentarios con esa misma
cara de palo, porque no había ―hecho‖ nada, no se había ―acostado‖ con Bebi
Rodríguez, ni se había ―dejado‖ hacer nada, aunque Bebi insistiera siempre en sus
portentosas dotes de amante.

        El se estuvo en la puerta viéndola ducharse, sonriendo socarronamente,
esperando que ella rompiera de pronto a llorar o se pusiera histérica o le diera catalepsia
o se volviera loca, pero Maribel Vigil no estaba construida de la madera de Delia,
Ofelia, Tatiana o Chris Miller: serena, con una serenidad sospechosa, embadurnó de
jabón TRUENO su cuerpo nuevo de mujer recién estrenado. No lo miró un momento
mientras disolvía la espesa crema espumosa seudobienoliente con la regadera del agua
más pura del mundo. Luego se encaró con él, a bocajarro, mirándolo despectivamente,
torciendo la boca, nadie diría que al empezar la noche había dejado de poder presumir
de barreras arcaicas. Tenía una seguridad, una pasmada seguridad, te digo, como un
equilibrista: la seguridad que nace del pánico. La barrera de hielo hizo que Bebi se
apartara y la dejara pasar, parpadeando. Estrelló las caderas imponentes contra el
colchón y lo miró. Ella pareció entonces escupir las palabras, echarlas por un WC:

                        ¿Satisfecho?

        El barril de agua fría: Bebi bajó la vista, le temblaba la barbilla, se veía incluso
ridículo, ahí, desnudo, flácido, como presto a desplomarse, desplomado, triste,
acogotado, cabizcaído, y alibajo. Y estuvo así un rato, mientras Maribel lo miraba con
una mirada lineal, límpida, transparente, pero de pronto sus músculos se tensaron
(Charles Atlas, pensó ella) y empezó a caminar, la respiración veloz, los ojos casi fuera
de las órbitas dirigidos a sus caderas imponentes, enajenado, erecto, pensó Maribel:
loco: poniéndose de pies, en jarras, con toda su espléndida anatomía recién nueva
desafiando y en alerta, los ojos duros, despectivos, seguros, serenos. Bebi tropezó con
ellos y quedó materialmente incrustado en el suelo.


era todo. Ella giró y recogió la braga negra del suelo, junto a la cama. Se la calzó
lentamente, de espaldas, mientras el muchacho se mordía el labio inferior, erguido,
tenso e imponente, luego se vistió (calzó, más bien) los eternos pantalones de cuadros y
finalmente la blusa roja (todavía no se atrevía a usarla transparente). Después de
ponerse los zapatos volvió al baño y se estuvo peinando un largo rato, concentrándose
concienzudamente, maquillándose someramente, comprobando si algún vestigio del
percance le quedaba en el rostro. Cuando salió, Bebi la observaba suplicante, lo miró
de arriba abajo y de abajo a arriba hasta llegar a sus ojos ebrios, rojizos, lúbricos,
húmedos, encelados. El la vio recoger la boca varias veces, como masticando o así,
algo más o menos, y fue cuando sintió el escupitazo entre las cejas. Cuando quiso
reaccionar la puerta se había cerrado y estaba solo, colgando, parado ahí como un
cretino.

        Mientras lloraba en silencio, Maribel no supo (no lo sabría nunca) que Bebi
también había llorado. Toda la noche, además. En la oscuridad de su cuarto (siempre la
oscuridad), recordaba sintiendo y experimentaba escalofríos. Lloraba, sí, no lo iba a
negar, pero más por la humillación de ser ¿poseída? Sin su consentimiento: era lo
primero en muchos años que se hacía en su contorno sin que dijera ―Yo Quiero‖. Y
esto daba rabia, la verdad. Tenía que dar. Mañana (tal vez esa misma noche, tal vez
antes de llegar al hotel) los comentarios estarían en la calle, pero eso la traía sin
cuidado: nadie se atrevería a hablar abiertamente de ella: el bolsillo de Don Clodo
pesaba mucho en los ánimos ajenos. Así que no había problemas de cara al público. El
problema era de fuero interno, de orgullo vejado. Escupir la cara era poco. Había que
destruir a Bebi Rodríguez, caparlo, violarlo, colgarlo de los dedos de los pies, echarle
aceite caliente por el oído, fuera lo que fuera, había que hacer sólo eso: destruirlo,
joderlo, en pocas palabras. Porque nadie se salía con la suya si estaba M.V. de por
medio. Nadie. Nadie. Nadie. Nadie. Y se durmió rabiosamente decidida,
desplegando sus caderas imponentes en la cama que todavía estaba adornada con
muñequitos y conejitos y ratoncitos de color rosa.
        Después de dejar que la puerta se cerrara sola, el doctor Miguel Gómez MD se
sentó a la mesa, sin mirar siquiera la comida, servida un rato antes. El comedor estaba
vacío, tranquilo, sobrio, señorial: así como él debían haberse sentido los señores
feudales europeos aquellos cuando no tenían huéspedes con que entretenerse: Miguel
comprendía en ese momento (y en momentos como ése) el por qué del afán de
hospitalidad tan prodigado en la Edad Media Cristiana, la razón de ser de ésos
supercastillos multihabitacionales. Hipando descaradamente, consciente de estar solo,
se dio cuenta de que estaba masticando, pero que lo hacía mecánicamente, sin
considerar, nada ni detenerse a calibrar el sabor del cóctel de camarones remojado en
vino blanco francés (el vino español, por el coraje, la furia, la raza y el pundonor que
desprendía, redoblaba el ímpetu de su eterno compañero el hipo). Y todo en penumbra,
dándole ese toque de intimidad al asunto, como si estuviera acompañado de otra
presencia, la suya propia, y pudiera asimismo conversar consigo mismo. La habitación
estaba en penumbras, pese a ser mediodía y estar pintada de un color luminoso, como
un patio andaluz.

         Desplazó la copa grande, extraña, y atrajo el plato del bistek con cebollas y las
papas fritas. Allá ella, la verdad, eso no era asunto que le correspondiera resolver a él:
las mujeres son expertas en preparar globos y en ahogarse en un vaso de agua, pensó:
cómo convencer a la gente de la conveniencia de vacunarse, ése era el problema. Le
parecía que debían quedarse esta vez, no fueran a sospechar y preparar un trepaquesube
a cuenta de esas nimiedades, pero ella insistía en que se fueran, sólo era un par de días,
un fin de semana, dijo. Pero él no podía, ¿cómo hacérselo entender?, había otras cosas
más importantes que irse de vacaciones, le había contestado y ella hizo un mohín. No
me quieres, dijo mirándolo triste y cariacontecida con sus ojos grises lejanos. Lo cierto
es que estaba quedando mal parado, porque ya estaban las televisoras, las emisoras de
radio, la prensa, atacándolo de frente, aunque Lepine le había dicho que no se
preocupara, que el asunto no trascendería, ¿cómo iba nadie a saberlo? Pero ahí estaba la
bola, el bulo, el rumor, en la calle, de boca en boca, transformándose y agitándose a
cada pase, como un alud, la gente acudiendo en masa a averiguar si era verdad y los
funcionarios con órdenes de no decir nada de nada. ¿Qué consejo le daría Terencio
Gómez si estuviera vivo?, pensó. Y ella reprochándole que se quisiera quedar. Pero es
sólo un fin de semana, insistía, se irían viernes por la tarde y volverían domingo por la
noche. Como cuando seguía a la UDS en sus desplazamientos, pensó nostálgico. Las
mujeres no entienden que hay cosas que sólo puede resolver un animal responsable,
Homo responsabilicus, decía Yóni Samuelson, y ésta era una de ellas. El informe fue
trágico, pero era una realidad: el cómo era el dilema. La cara de González también era
real, real y comiquísima cuando le dio la orden de levantar la Encuesta Epidemiológica:
González lo miró asombrado, con una expresión como la de ella, cuando le decía que no
le entendía, que a santo de qué tanto tomarse a pecho la pendejada ésa: lo mismo debió
pensar González con respecto a lo de la Encuesta: ¿Dónde se había visto? ¿Qué iba a
ganar con eso? Pero era el chif y González había dicho Sí, señor, saliendo de despacho
con la carpeta verde en la mano. Mañana estaba previsto, salvo secuestro, que llegara
Mr. Harrington, de quien se esperaba la resolución definitiva: el aislamiento, la
cuarentena, con todas sus consecuencias, o la luz verde. Ayer, momentos antes de ir a
verla, llegó Carolina (dai dai) toda histérica, y alborotada, con el cuento de que había
que ocultar la epidemia de todas, todas. Carolina (dai dai) se fue, con su aire de
maestra—cuarentona—que—lo—sabe—todo y con el cuento, a otro ministerio: era
como la pieza de enlace entre Don Saturnino (por ejemplo) y la gleba ministerial, pensó,
pero estaba buena: un punto a su favor. Por favor, casi le rogó, mi presencia es
totalmente necesaria en la Capital estos días; no me aumentes las preocupaciones. Pero
ella seguía en sus trece: no la quería, eso saltaba a la vista, así que era mejor que se
dejaran: ella se iría por su lado y él por el suyo. El Departamento de Bioestadística
Primaria tenía que ser ampliado, había manifestado en la ―cumbre‖ de Sanidad previa a
la llegada de Mr. Harrington y Chindo casi había abierto la boca para decir algo, pero
decidió mejor hacerse el alienígeno. Desde mañana, a más tardar, debía funcionar a las
24 horas del día a pleno rendimiento, miró a Sáez y Sáez apretó los labios casi sin que
se notara, lanzando una mirada contrariada, como la suya, dos horas después, cuando
vio que Noni intentaba salir casi sin despedirse: la había cogido por un brazo,
suavemente, le había dado la vuelta, suavemente, y con dos bofetones resolvió la
papeleta: ella se echó a llorar y se echó llorando en sus brazos, pidiéndole perdón,
jurándole no volverle a pedir nada de nada: así, así era como había que tratar a la gente
como Sáez, a garnatadas, para que aprendieran. Y así, como Sáez, lo miró Tiompkins
cuando ordenó que desde mañana debía divulgar la verdad, para evitar un pánico
colectivo: Tiompkins debería ir dando a conocer los pormenores del caso
paulatinamente, con vaselina, para que no se dolieran las hemorroides de la Opinión
Pública. La ambigüedad de Noni quedó patente cuando le rogó, entre espasmo y
suspiro/hipo y espasmo, que se fueran el fin de semana, sólo eran tres días. Piénsalo
bien, jadeándole cochinadas al oído y destorciéndose equívoca. ¿Qué diría Mr.
Harrington mañana cuando llegara y viera de cerca la vaina? Él tenía que estar ahí, en
su Ministerio, que de ellos, de él, dependía el atajar la tanda de vibriones que les caían
encima y que tenían al país sentado el día entero en la bacenilla, pero ella insistía en que
se fueran: ¿Qué vamos a hacer allá que no podamos hacer aquí?, le había preguntado:
Estar solos, había contestado ella, romántica hasta la náusea. ¿Y Fefo, qué? Ah, eso lo
arreglaba ella: la verdad es que, sí, (pensándolo bien), eso sólo lo podía resolver ella,
pero aquí se le necesitaba. Cada Pecho Una Trinchera, y tanto pesaban aquellas tardes,
cuando llegaba a su casa y veía a Terencio Gómez con los ex—ojos llenos de
cucarachas blancas (de marfil) y caspa en las encías, que no podía irse ahora que podía
hacer algo para remediarle a más de uno esa situación de asquerosidad. Pero ella no lo
entendía, como lo entendía Marcela ni Maribel ni ninguna de esas cotorras vespertinas
que no había pasado problemas en su vida. Estaba empezando a sentirse hasta
incómodo entre las sábanas con ellas, por separado pero con todas ellas, el mismo olor
estereotipado, los mismos lugares comunes, la misma forma estúpida de dividir las
personas, la misma razón de entregarse por espórt, rogando el orgasmo, despreciándolo
por ceder a sus ruegos, y luego la misma actitud, el mismo maquillaje, los mismos
gestos ante el espejo, la misma conversación, la misma holgazanería: de tanto repetir
las frases iba a terminar por creérselas él: iba a terminar como los que van al estadio y
se cagan en el árbitro cuando no gana su equipo: iba a caer en la más asquerosa rutina,
en el quiubo—mani—qués—detu—vida, el robotismo absoluto, la automatización (¿o
es automación?) más deprimente. Sáez le había dicho que eran máquinas para trabajar
fúl—táim, Señor Ministro, que lo que no había hecho en toda la Historia no podían
aprenderlo de la noche a la mañana e improvisar una organización inexistente sólo
porque viniera un tipo que dizque sabe de cólera porque vivió en la India. Paisano mío
panameño, pensó, ahí estás, anquilosado por la rutina, borró de su mente la frase, por
cursi, y replicó que el Departamento de Bioestadística iba a funcionar siempre, desde
ahora en adelante, a pleno rendimiento (fúl—táim) y Sáez dijo que eso era imposible,
que el presupuesto no alcanzaría: Tiene razón, corroboró Davies, el Encargado
Interministerial de Asuntos Financieros (enlace camuflado del Banco de América,
decían las malas lenguas): no había que olvidar que hacía tres meses (escasos) se había
eliminado dos tercios de la partida dedicada a Parasitosis por innecesaria (al parecer las
lombrices habían emigrado a países subdesarrollados), así que, ya se sabía, un aumento
permanente en una Sección traería como consecuencia una disminución permanente en
otra. Además había que organizar doce o trece eventos deportivos de prestigio
internacional: leyes de Compensación Simple, pero si el incremento en la planilla era
transitorio, sobre todo los sobresueldos, también lo sería la reducción de gastos en otros
departamentos, por ejemplo, en el Hospital Pediátrico, ¿Me explico? Tú pretendes un
país sano, le había dicho una vez Bebi Rodríguez mientras se bajaban una botella de
Carta Vieja. Y así los médicos nos morimos de hambre. El había casi saltado de su
asiento, indicando que era la Salud (así, con mayúscula) del pueblo la que se estaban
jugando y Davies encogió los hombros: el pueblo, dijo, está más contento viendo a
Matagente noquiar a un japonés que sabiendo que no podrán contar sus males a nadie.
Así que era preferible contratar a un tipo que se tire en el tercer round que comprar
vacunas y luego pagar al personal que la administre, pero como ésta era una situación
de emergencia (¿extrema urgencia?), pues se podía hacer una excepción, siempre y
cuando, claro, no se convirtiera en una mala costumbre. Maribel le decía más o menos
lo mismo: que se dejara de chiquilladas, que a esa gente no la compone nadie: Dale el
dedo y se cogen el codo, ya verás, y encima protestan porque no le das ya tú sabes, y
luego rebotaba esas caderas imponentes (que lo hacían tragar seco) sobre donde las
tuviera desplegadas y sacudía la melena castaña levantando el rostro y mirándolo
descaradamente pero de arriba abajo.

        El doctor Miguel Gómez MD se levantó de la mesa y se encerró en su
despacho. Sacó la pipa, cachimba, de la gaveta y la llenó con picadura de tabaco
made—in—AMSTERDAM, apisonándola levemente, para dejar rendijas entre las
hebras doradas. A la segunda cerilla sonó el teléfono. Miró su reloj: podía ser lo
mismo Noni que Maribel que Marcela que Hiata que el mismísimo señor presidente de
la república. Las horas después de las comidas son pródigas en telefonazos: Es que la
comunicación tiene que ver con la buena alimentación, se equivocaba Yóni Samuelson,
como siempre. La sirvienta (que nombre más feo) debería estar comiendo, no era
humano estarla molestando por pendejadas, pensó levantando el auricular.
        Colgó malhumorado: no sólo se veían en la mañana, en la tarde y en la noche,
sino que tenían todavía que seguirse llamando por teléfono. Estos correveidiles
cablegráficos eran terribles: indicaban una ociosidad sin límites. Encendió por fin la
pipa y se recostó sobre el sillón reclinable, girando hasta quedar frente al escritorio,
como los magnates en las películas gringas, uniendo las puntas de los dedos y trepando
los pies.

       Así estaba cuando llamó Don Saturnino. En realidad llamó MacCallister y Don
Saturnino lo que hizo fue hablar por el intercomunicador, sorbiendo su gintónic.




                                                                    MacCallister.

       ¿Qué Don Saturnino?

                                        ¡Don Saturnino! Espere un momento.

        Oyó el ruido de la conexión interior, el rumor de las olas estrellándose contra el
pedazo de playa, el chasqueo de lengua de Don Saturnino, y la voz gangosa,
internacional, semánticamente neutra:




                                            Es sobre este asunto del cólera y demás.




           debería haberlas.

                                Yo le pregunto si sabe que en nuestro país no existen
esas enfermedades.
                  computado mal, porque del Hospital me informaron que habían treinta
muertos, sí, pero por intoxicación alimenticia.

                                      Pero realmente es cólera, Don Saturnino.


que Deflandre fabrica conservas que no guardan las debidas condiciones higiénicas.




                 —gu—rí—si—mo de que son esas conservas las que están matando
gente, y no ningún cólera.


vibrión colérico.

                                                                                 —tal—
men—te convencido de esa circunstancia.




                            se trata de un hecho consumado.




pone coto, por ejemplo, esta tarde.




retractarse ahora de un error tan grande como el llamar cólera a una intoxicación
criminal, pero

                         agente causal y mañana vendrá un técnico enviado por la
Oficina Panameri
hay tal cólera.



                        como sabe usted, mi sobrino es algo, no recuerdo qué, tal vez
una botella, en nuestra Embajada en Washington y al parecer en la oficina ésa de salud
que usted dice no saben nada.



                             A mí en realidad me cuesta mucho tener que decirle que
su comunicado no ha sido tomado en serio.



             obrino me dijo, ya sabe usted que hablamos casi todos los días por teléfono,
cuando no está engomado, y me dijo que incluso había causado hilaridad y que él tuvo
que retirarse de una reunión porque lo pusieron en ridículo llamándolo cagón y demás.
Entonces yo llamé a Mr. Harrington a su casa, ya sabrá usted, creo, que él es medio
experto en esto del cólera y demás afecciones diarreicas.



                                dijo, y pongo la mano sobre le fuego para jurarlo, que


con una falsa alarma.




pobre sobrino, así que párele los pies a Deflandre y salve el país de morir envenenado.

              es que




exasperante de perdonavidas que Mickey Gómez no soportaba.



                                                   n: ¡click!

        Miguel se quedó con el auricular de la mano, apretando la boca con el hipo
exacerbado de rabia y desconsuelo. Lo depositó sobre la base con sospechosa
tranquilidad. Penso en llamar a Noni para irse el fin de semana, tal como ella quería.
Pero no. Mejor llamar a Washington y cerciorarse de que Mr. Harrington siempre
mañana. Tampoco era plan: si Mr. Harrington no venía al día siguiente ya se
entendería él de todas maneras. Ahora, que si lo decía Don Saturnino había que
creerle: este señor era capaz, no sólo de borrar el tiempo si—no de hacer llover cuando
le apetecía (¿es brujo? se preguntará el lector. No: es rico) o de, quién sabe, erradicar
una epidemia de cólera desde su pedazo de playa, donde no llovía nunca pese a los
chaparrones eternos del resto del país, sin inmutarse y sin dejar de saborear su gintónic,
que incluso parecía autorellenarse, fofo y con los dedos de los pies enjoyados. Miró el
reloj: las dos y media. Era la hora de acudir a la cita con el destino (qué frase más
cursi, pensó). Salió del despacho rumbo al garaje: ni agua se atrevía uno a beber.
Andrés tenía el motor en marcha desde que el reloj marcó las dos y veintinueve.

        Se fue arreglando la corbata mientras caminaba hipando, sacó un chicle de
menta (peppermint chewing gum)y entró en su limousine sin determinar al chofer, que
le sostenía la portezuela.

        Atravesó en silencio la capital del único país americano que tiene el Pacífico al
Sur, no atreviéndose siquiera a mirar por las ventanillas con temor, miedo de ver rostros
famélicos, de ojos hundidos, implorando vida como quien pide una limosna. Del
aparato de radio surgían las notas estridentes y redondas de La Parranda (segunda
parte), que Andrés seguía con la cabeza y los labios.

               ―el sancocho é pata tiene cólera, era mi amor
               y se lo comieron con la cólera, era mi amor‖

        Y se les erizaron los pelos dérmicos sin saber por qué, quiso pensar Miguel que,
a su lado, azulado, sentía un vaho que siempre, tampoco sabía por qué y desde cuándo,
le recordaba el aliento de Terencio Gómez, que se jugó el trabajo en los muelles por no
querer hablar inglés.
         Lo cierto es que nadie se lo creía. Pero lo cierto también es que era verdad: una
verdad tan grande como un templo: nada más cambiar de domicilio, a la señora Nacha
se le cayeron los pezones. Sin una gota de sangre, sólo se desprendieron y se quedaron
metidos en los recovecos del sostén. Y ya. Debió ser, pensó la señora Nacha, cuando le
despachaba a la yumeca aquella un nícul de plantín, in dáim de yuca y un ñap de
achiote, porque se sintió algo rara, incómoda, pegajosa. Pero nada más. Cuando llegó a
la casa, todavía venía extrañada, le contaría a la vecina, porque sentía como que algo le
saltaba en el sujetador, y cuál no sería su sorpresa cuando al irse a bañar (porque ahora
tenían un conato de baño en el seudoapartamiento) se encontró con que los dos pezones
(no uno, los dos: lo cual demuestra que la señora Nacha no se andaba con medias
tintas) se le cayeron al desalojarse el brasier. Se examinó con detalle los senos
supermarcados por la hiperparidad y no se encontró siquiera cicatriz. Pero no se alarmó
ni nada: Eutanasia Quintero estaba hecha de granito y pan francés: se baño, salió
olorosa a jabón perfumado barato y le depositó los trocitos de carne en las manos a
Terencio Gómez: ―Prueba‖, le dijo, y Terencio Gómez los cató con la boca llena de
caspa y comprobó que sí, que efectivamente eran pezones. Es más, que concretamente
eran los de su mujer. Y parpadeó incrédulo, sin hablar ni hacer otro gesto, pero como
Terencio Gómez no tenía ojos, ni se le notó.

         Semana y media antes (diez días, para ser más exactos) terminaron de meter el
último chunche en la nueva residencia, como la llamaba Mickey: una tamuga con ropa
sucia y que por poco se lleva un tipo que paso por ahí de chiripa. La idea de mudarse,
naturalmente, partió de la señora Nacha, y no porque se viviera mejor (las condiciones
de insalubridad eran, afortunadamente, más o menos las mismas), sino porque le
quedaba más cerca del mercado y porque temía que un día de éstos el caserón colonial
se viniera abajo y era mejor una casa de cemento, aunque tuviera un 75% de arena, que
una casa con 100% de madera. Terencio Gómez no dijo nada porque sabía que iba a ser
inútil, pero sospechaba que algo turbio bañaba la situación. Diez años hacía que la
señora Nacha decidió mudarse de la chocita aquella abandonada hasta por la ira de
Dios, y diez años hacía que estaba rumiando en silencio unos celos extraños, mezcla de
miedo y melancolía, pero se sentía incapaz de resolver nada a la luz del día, aunque
tampoco en la oscuridad de la noche lo intentaba, porque su puntería era formidable,
decía la señora Nacha aunque él, la verdad por delante, no se lo creía del todo. Y por
eso sus preferencias se volcaban casi totalmente hacia Mickey y en parte hacia Quecha,
de los que estaba seguro eran suyos. Pero su suspicacia era extrema, tanto que sería
capaz de achacar la paternidad de sus hijos al Sastrecillo Valiente, a poco que se le
estimulara una miaja, porque achacarle siempre la paternidad a Ogino es un atraso,
además de una mala idea, y encima vulgar. Así que, como es lógico, supuso que el
traslado de domicilio eran con fines extraños y quién sabe si pagado quién sabe si por
quién. En su esquiva reserva, la señora Nacha pudo intuir que algo le pasaba, pero no le
dio color: para qué, si iba a ser una pérdida de tiempo, así que, ni corta ni perezosa,
organizó la expedición, distribuyó responsabilidades, se buscó a un primo de una vecina
que pelaba guandú para que les llevara las cosas en su carretilla y un lunes en la
mañana, ni llovía ni nada, se pusieron en marcha.

        Los que los vieron pasar tuvieron que detenerse a contemplarlos: parecían
húngaros en esa procesión tan fuera de serie. Incluso hasta una señora vestida de índigo
que venía de misa se persignó y se encomendó a San Odonosio Mártir, porque el
batallón, la tropa, era tan original que parecía extraída de las mismísimas entrañas del
pantano en donde se solidifica la Isla de Manzanillo. El primer día llevaron la cama de
Terencio Gómez, Eutanasia Quintero y de Tóme, que no dormía con los otros hermanos
porque lo aplastaban. Y dejaron a Terencio Gómez mientras los demás volvían a buscar
el resto de los bártulos (que, aunque le parezca por el nombre, no es ninguna tribu
visigoda). Tardaron tres días en mudarse, pero eso fue porque el primo de la vecina que
pelaba guandú se cogió una mona la primera noche y estuvo todo el segundo día con el
hígado reventado (momento que emplearon los mudadores para trasladar enseres de
poca talla). Y diez días después de que metieran la tamuga que casi se roba el tipo que
pasaba de chiripón, se le cayeron los pezones a la señora Nacha.

        Lo cierto es que nadie se lo creía: Lucresia tuvo que andar por ahí repitiéndolo
una y otra vez, pero nadie le hacía caso, hasta que una pelá, que era querida de un pastor
alemán, dijo que sí podía ser posible, porque a ella le había pasado algo similar. Y
entonces la noticia se regó como los rumores de cambio de gobierno, de forma que
cuando la señora Nacha pasaba dizque para el mercado y cuento todo el mundo se
quedaba aguaitándole la pechuga dizque para ver si se le veían o no los corozos. Pero
como Eutanasia Quintero usaba leonisa (el brasier que SI modela), nadie lograba ver
nada, por más que campaniara, serpiaran y guachimaniaran. En todo el barrio se formó
tremendo revulú a cuenta de eso, y más todavía porque Quecha (apoyada por Leida, y
una pléyade de aprendices de bochinchosas) seguía prendiendo el fogón, caldeando la
curiosidad, encendiendo y alimentando la candela, achicharrando las ganas. Y fue a raíz
de ese incidente que la señora Nacha dejó de traer chiquillos al mundo: eso fue, al
menos, lo que le dijo una señora que dizque que lo sobaba a uno cuando uno dizque que
se torcía un hueso y que, por los informes, debía saber de esto por un tubo y siete
llaves. Naturalmente que ella podía hacer que le volvieran a salir, si ése era su deseo,
pero, pensándolo bien, para qué: no teniendo que amamantar a nadie los pezones
sobraban. Terencio Gómez no estuvo de acuerdo: suficiente ya que tuviera una raja
donde los animales racionales tenían otras cosas, así que si encima le faltaba algo más
(la señora Nacha había perdido ya una cantidad inverosímil de muelas), la imperfección
de su mujer, a fuer de ser mayor, la haría todavía más insoportable: no: Terencio
Gómez no accedió a dejar a su Nacha sin corozos: no: la señora Nacha se encogió de
hombros y dijo que oquey, que bueno, que estaba bien. Y la señora que sobaba le dijo
que tenía que dejar sus meaos en una lata toda la noche en la playa y que a la mañana
siguiente tenía que comprar (bueno, la señora Nacha vendía) tres reales de ají picante,
un poquito de jenjibre, pimienta en grano y nuez moscada, y machucarlo todo junto y
darse pinceladas por lo menos tres veces al día, preferiblemente después de cada
comida. Y cuando sintiera cosquilleos que la llamara, que ella hacía el resto.
Naturalmente, a Leida, que no olvidaba la palera que le dieron el día que la pillaron
haciendo cositas, le faltó tiempo para ir a contárselo a todo el vecindario, que empezó a
hacer conjeturas en cuanto al tiempo en que iba a tardar el remedio en surtir efecto. La
pelá esta que era amante del pastor alemán, le decían Estaniña porque nadie se acordaba
de su nombre, dijo que a ella la había tratado por algo similar un médico de piel
(blanca) que era muy bueno y se lo había quitado: mejor dicho: más bien se lo había
repuesto. Pero era indudable que la señora que sobaba debía traer esa receta magistral
en su herencia genética, desde antes de lo de la tajada de sandía (Uf, mucho antes,
comentaban los enterados de todo: Por lo menos desde antes de lo del nueve de enero).
Los más canallones decían que las hormigas que Terencio Gómez tenía entre los dientes
se los habían comido o que el mismo Terencio Gómez se los había arrancado en un
arrebato furibundo (y ciego) de pasión. Y aún otros todavía llegaban al extremo de
insinuar que la señora Nacha se los quitó ella misma para cocinarlo con arroz y que
quería la fórmula de la señora que sobaba para hacerlo los domingos y que le volvieran
a crecer los lunes: la velocidad la da la práctica, decían, como en las carreras de
Fórmula 1 o en mecanografía.

         Lo pero de todo el asunto era que vivían en un edificio multifamiliar, donde
metían más familias que en el caserón colonial, pero en mucho menos espacio
(Wenceslao Fernández Florez diría que los cuartos eran tan pequeños ―que cuando
entraba el sol ellos se tenían que salir‖). Así que los vecinos, de arriba, de abajo y de
los lados, oyeron cuando la señora Nacha llenaba la lata en cuestión; y cuando Mickey
partió para la playa con el emuntorio líquido varios chiquillos lo siguieron, a prudencial
distancia, para no perderse detalle de este acto de magia en medio de tantos viajes a la
luna. Y es que en las barriadas, llamadas populares porque vive mucha gente y no
porque nadie quiera vivir en ellas, la vida de cada uno pertenece a todos, como las hijas
de Marisol y los hijos de los artistas de cine. Así que no bien había puesto Mickey la
lata, a la zazón ya más famosa que el Frente Sandinista, todo el mundo sabía que la
Operación Corozos estaba en marcha, como la FEP ( 1): ―La FEP está en marcha; nada
ni nadie la detendrá‖. Pero los cosquilleos tardaron mucho en aparecer: tanto que
cuando hicieron acto de presencia la comidilla del día era que el pastor alemán había
dejado a Estaniña y se había ido con una gran danesa, que (dicen) que pasaba el canal y
el barco donde venía se detuvo en Cristóbal. Como tenía libres como dos días (no se
sabe bien) y era medio protestante, fue a la iglesia, porque era sábado, dizque a los
cultos. Dio la casualidad que oficiaba el servicio el pastor éste que era alemán y al
parecer (se comenta por ahí) surgió el flechazo: amor a primera vista, como en las
fotonovelas. El tipo como que hizo las maletas y mutis presto per il foro. Cuestiones de
desarrollo: el pastor alemán se fue con una gran danesa: estaría harto ya de chihuahuas
subdesarrolladas, porque Estaniña era bien retaca: y así como a USA se le quiso llamar
Big Society, así un oriundo de Dinamarca (después de Hamlet, claro) no es un danés a
secas: al ser de un país desarrollado, es un Gran Danés. Y entre todas las conjeturas
(llevadas magistralmente por Leida, que si se hubiera llamado Micaela muy bien se
hubiera podido apellidar Strogoff sin que nadie, ni Terencio Gómez, se sorprendiera), la
señora que sobaba se apersonó en casa de Terencio Gómez, y su tribu. Se apareció con
dos perritos cachorros y le dijo a la señora Nacha que tenía ahora que amamantarlos
hasta que los pezones tuvieran el tamaño que quisieran ella y su marido (―ése no
cuenta,‖ confidenció la señora Nacha‖), pero que luego debía sacrificar los cachorros y
comérselos, porque si no volvían a caer, y que si ella (la señora Nacha) quería, ella (la
señora que sobaba) los mataba y les preparaba la carne para que les supiera a ternera
japonesa, de ésas que alimentan con cerveza. La señora Nacha, aceptó pero cuando
estuvo todo consumado y ya se habían jamado todos los minibisteks, la señora que
sobaba les mandó la factura y Terencio Gómez se arrepintió de querer que a su mujer se
le repoblaran los pechos. No había derecho, era un abuso, eso se lo pagaba el alcalde,
etc etc etc. Pero la señora que sobaba, casi sin inmutarse, les dijo que les iba a poner un
abogado tan jébi que no perdía un caso porque era noséqué de un monogordo de ésos, y
todo quedó en el olvido: la señora Nacha le dio su pocotón de plata, ante la sospecha de
Terencio Gómez, que seguía creyendo en la negra procedencia de todo ese dinero.

        Se puede decir que Tomé no llegó a conocer el caserón colonial. Por lo menos
por dentro, porque se disparó toda su infancia (o gran parte de ella) en el multifamiliar,
que quedaba enfrente de una casa de dos plantas que tardó diecisiete años en construirse
porque todos los constructores se quedaban con la plata y había que abrir licitación casi
todas las semanas. Y cuando parecía que se iba adelantando algo, llegaban los pelaos
del barrio, como una marabunta, a jugar El Escondido y quien más quien menos se
llevaba algo para su casa, aunque fuera un ladrillo, dizque como recuerdo. Total, que a
la casa ésa la llamaban Eternidad y ahí fue donde Mickey Gómez empezó a adentrarse
en los misterios del amor, un día que se encontró un preservativo de goma, de ésos que
parecen globos y no lo son. Y fue en esa casa donde robó un beso y donde aprendió a
soñar, como Miró ( 1). Resultó que estaban jugando la lata: ya se sabe, uno,
generalmente el más pendejo, queda y le tiran una lata mientras los demás se esconden
y luego el de la lata tiene que buscarlos y decir uno—dos—tres—fulano y al primero
que cogen, generalmente otro pendejo, queda para la próxima ronda, cuando el primer
pendejo encuentre a todos los participantes. Bueno, decía que estaban jugando la lata y
Mickey se fue a esconder entre un poco de barras de hierro, de ésas que están tiradas en
todas las construcciones y parece que sobran. Y ahí estaba Mayra, la achinadita
hermana de Pigüi, el que se drogaba con Sal de Fruta, agachada, medio reída, diciéndole
Cuidao que te pillan. Y mientras estaban escondidos, el silencio relativo invitaba a algo
más productivo. Y le dio un beso (robado) en la mejilla, hipando como un descosido:
Mayra no se anduvo con vainas y le sonó menso puñete que lo dejó K.O. (en español se
dice Kao, en panameño se dice Keo). Después tuvieron su affaire, un affaire bien pirata
y bien runcho, pero affaire, al fin y al cabo, que duró dos mediodías, con besos robados
debajo de una escalera, junto a unos tinacos, hasta que Mickey la sonó en revancha y
ella le echó su perro (un bicho raro de raza indefinida: un perro panameño, en suma)
que respondía por regalo y que le enseñó los dientes mientras Mayra lloraba y se iba a
buscar a Pigüi, que se estaba drogando con Sal de Fruta y que, dicen las malas lenguas,
la mando pa la verga. Y, siempre las malas lenguas, dicen que ella le hizo caso y años
después siguió su consejo al pie de la letra. Naturalmente, son cuestiones pendientes de
confirmación por lo olvidadizo de la orden y lo subjetivo de su ejecución. Pero lo cierto
es que, como en la poesía (¿poema?), Mickey robó un beso y lo pusieron a soñar: según
cuenta la propia Mayra, que dice que ella estaba ahí, hasta roncaba y todo, pero a esto
hay que aplicar el mismo criterio anterior, toda vez que no existe otro testigo presencial
que avale el hecho y que el testificante es una de las partes interesadas. Mickey tendría
unos once años y pico, y ya empezaban a gustarle las faldas, sobre todo si la llevaba un
jeva (de lo que se infiere que no iría a Escocia en su vida) y más todavía si la jeva
estaba buena, porque también estaba aprendiendo a distinguir las mujeres a las que se le
podía hacer su favor de los fetos y bagres que circulan también por estos mundos de
Dios. Era la época en que todo el mundo se enamora se su vecina, de su profesora, de
su maestra y que anda por ahí desesperado por entrenarse en las lides del amor (por
decirlo de la manera más fina) y un buen día descubre, a media noche, que tiene que
levantarse furtivamente a lavar un calzoncillo para que no piensen que uno se estaba
rayando la yuca. Eran los días en que Mickey tuvo que hacerse fan de un flaco que
respondía por Bala y que jugaba basketból en la Mayor, porque emulando al tal Flaco
Bala quemaba las energías que le sobraban y que se estaban canalizando peligrosamente
hacia el satirismo, en el buen sentido de la palabra, es decir, en su acepción científica,
pues en Panamá un sátiro es el que se mete con menores, caso éste que lógicamente no
podía ser el de Mickey porque él, precisamente él, era todavía un menor. Era un
mocoso, lo que se dice un culicagao. Y por eso cuando se puso dizque a tocar a
Chabela, Chabela se lo dijo a la señora Nacha y ésta le restregó una zapatilla Keds por
la boca, luego le exprimió el jugo de un limón en la lengua y al final le pasó un ají
picante, y todo para que aprendiera a no pasarse de liso: porque para tener chance con
Chabela había que ser, por lo menos (y echando algo facilón), gerente de cualquier
vaina.
        Tomé, en cambio, se la pasaba sobando a cuanta visita llegara (un día llegó hasta
sobar a la señora que sobaba), sin que nadie dijera nada, porque dizque era chiquito,
pero Mickey le parecía que él lo era, era un aprovechón, un futuro manomuerta. Claro
que se guardaba de decir nada, porque el bebecito esto y el bebecito lo otro y al, él,
fóck, su garnatada por liso. Así que Tomé se llevaba su rasslách cada vez que la señora
Nacha no miraba, si no era de Mickey era de cualquiera de los demás hermanos, dizque
para que se hiciera hombre ya desde los 16 meses.




descargando su odio sólo en la entonación, nunca en las palabras. La señora Nacha lo
miró y supo que ya estaba llegando el día en que le iba a decir Chao, mijito, Dios te
acompañe. Pero ahora, tenía que preparar el bistekcito frito con cebolla y las papas
fritas, que había que acostarse temprano porque mañana había que madrugar.




                      ¡Guát a sorpráis! ¿Guáts goinón, dárlin?



               Esquiúsmi bot ai dónt anderstán.



       Ou, mai cháild, dáts bad, veri bad, mai diér.

                     ue lo que está en algo es estar contenta, aunque esté una bien
focopiada.

       ¿Du yu ríli tink so?


friquiada, ¿sabes cómo es?

       Ai dónt bilivit atál. Aim chur yór quídin.

                          ya sabes lo que dice el refrán: que sarna con gusto no pica,
                  lo que pasa es que andaba rondando Charlie, ya tú sabes, y yo quería
que se creyera que estaba hablando con alguna amiga gringa: con Bobie, para no ir más
lejos.




                           Es que como una a veces se la pasa bla bla bla más de la
cuenta,



                          ¿Y ese milagro?




                                    ridad ante todo‖: ol di láif.


garulilla que sólo se la pasan inflando globos,



                                         o serían globos, ¿estamos?

Pero es que si fuera verdad no habría que andar hablando bajo cuerda.


No te creas, que la mayor parte de las veces la verdad duele.


Tiene que doler: ¿no ves que las mentiras, al fin y al cabo, las puedes dejar que te

resbalen?


Pero dáte cuenta que la gente hace más caso cuando la que le dicen puede hacerle algún

daño a alguien.
Bueno, pero eso no es par alarmarse.


¿Tú crees?


Estoy segura.


¿Tú crees que si andan por ahí hablando de ti no te tiene que importar?


Depende de lo que se diga, ey.


No, no, déjate de tonterías: sólo el hecho de que te tengan en boca ajena ya es un

jándicap, fíjate.


Depende.


¿Depende de qué?


De lo que se diga, ¿de qué va a ser?


Atiende:


Atiendo.


Supónte que te arman un revulú por algo que es tremenda cábula.


A mí, personalmente,


Sinceridad por delante.


Sinceridad ante todo: a mí lo que diga la gente me importa un garbanzo, o como

vulgarmente se dice, un güevo.
Si yo no me refiero a la gente, mai diér. Yo me refiero a las personas que más fácil se

puede embromar.


Charlie, por ejemplo.


Por ejemplo. Tu imagínate que, por ejemplo, aparezca yo metida en un bochinche que

le afecte a él directamente: cuernos o así: entonces, a lo mejor, se cree un poco de

vainas y como mínimo pon que se estropea nuestro matrimonio.


Hombe, es que también depende de qué boca es que sale el cuento.


Nada de eso, porque los bochinches se riegan como cuando uno echa una bomba

lacrimógena, ¿entiendes?


¿Una qué? Explícate.


Bueno, serpea el asunto: la bomba lacrimógena la tiran en la calle, ¿no?


No siempre.


Oquey, pero supónte que la tiren en la Plaza Cinco de Mayo.


Bien, entonces el humo empieza a desparramarse a partir de la lata.


Bien, se desparrama.


En algunos lugares, calles, parques, etcétera, el humo se va tranquilamente, sin

obstáculos.


Oquey, con luz verde.


pero donde están las casas, no puede pasar,
ya, ahí se queda.


Entonces, bien, ahí se queda. Pero el resto del humo, el que se fue por las calles,

empieza a meterse por los callejones o las puertas que están abiertas, y cuando vienes a

ver, hay gente llorando en Punta Paitilla sin que nadie sepa de dónde fue que vino el

asunto.


En pocas palabras: que de mano en mano se perdió un elefante.


Ecolecuá. Y Charlie lo que quiere es evitar eso.


Porque el que trae lleva,


y el que no va no viene.


Yo no te llamo para bochinchar, que conste.


Ey, nadie dijo nada de eso.


A buen entendedor, con pocas palabras basta.


Oye, oye. Menos suspicacias, plís.


Tútran.


?????


Tú tranquila.


Ah.


¿Estabas haciendo algo?
Nada en especial: estaba vigilando a la sirvienta, que como te aleles te deja la casa a

medio limpiar.


Sí: dímelo a mí, que tuve una vez que cuando barría me echaba la basura debajo de la

alfombra de la sala.


Como en las películas de los hermanos Marx.


Sí, se creerán que una es tonta.


Por eso nosotros compramos una aspiradora.


¿Y qué hace la tuya para dejarte la cas asucia?


No, la verdad es que no me la deja sucia: es que me la deja a medio limpiar.


Cuestión de matices.


Exacto. El asunto es que a veces encuentras hasta huellas digitales en las persianas.


Ah, y encima tienes que pagarle el salario mínimo, asegurarlas como trabajador por

cuenta ajena y pagarles el décimotercer mes, además de vacaciones y un día a la semana

libre para que se vaya con el cholito a un pindín.


Nosotros le pagamos más de lo que estipula la ley y, como si fuera poco, la dejamos que

trajiera una hermana y una tipa toda rara que dice que es su prima, pero la verdad es que

yo no me termino de tragar esa parte del cuento.


Peor pá ellas porque trabajan las tres. ¿no?


Sí, eso por lo menos es una ventaja.
Súper. Así que trabajan tres y cobran por una.


Claro, pero tienes que andar detrás de ellas, y lo peor es que encima te ponen mala cara.


Elemental, mi querida Alicia: algún día, ya verás te van a reclamar porque no les pagas

lo suficiente.


Si yo no las contraté, qué diablo les voy a pagar.


Yo sólo te digo eso: recuérdalo: hoy es


Ai tínk tudei es güensdei.


¿El consorte?


Oh, yes, mai síster, bot as ai guás télin yu,


Está fregado el asunto.


Chur: of cors yu can sei so.


Ey, tienes que hacerte vales, tú.


Dónt gorri: ai tínk di seim as yu.


Oye mira manita, mejor te llamo lueguito, ¿oquey?


No, no hace falta. Se acaba de ir.


Menos mal: estas bilinguadas me cocinan el hígado.


Y a mí, pero que remedio: la necesidad es la madre de las grandes cosas.
Sobre todo de los grandes vicios.


O de las grandes virtudes.


No sé que te diría, pero en tu caso más bien parecen vicios que virtudes.


Depende del cristal con que los mires.


Es que vivimos en un universo einsteniano.


Ajó, qué enterada.


Bueno, bueno, te decía que


Así, sigue:


que te van a reclamar un día de éstos más sueldo


Ey, si ellas se meten en mi casa dizque a ayudar a la sirvienta, ¿qué culpa tengo yo? Y

dándoles casa y comida…


Uy, qué ingenua eres. Ya verás cómo te salen con que las estás explotando: cría

cuervos…


No creo. Ya hablé de eso con ellas.


Te va a pasar como con un tipo que nos vino a pintar la casa y le dijo a Fefo que con

una caja de ron bastaba, pero que como Fefo era dizque medio ministro, pues que fueran

dos cajas de Reserva Especial de a galón. Bueno, pues, pa no alargar el cuento: se

trajo un amigo, se chuparon las dos cajas y después salieron con que no pintaban un

carajo, si no se les pagaba, al menos, el salario mínimo.
¡Qué cara más dura!


Pa que veas: de roca pura: Gibraltar. Y Fefo les dijo que los iba a mandar a Coiba por

vivazos, pero ellos dijeron que oquey, que los mandara, ¿me sigues?


Ya. Seguro que en la Isla tienen amigos a tutiplén.


No sólo eso, ya verás.


Si, sigue.


Y entonces se puso Fefo a pensar y pensó que a lo mejor llegaba un hampa de ésos

amigos de ellos y le caía a puñaladas, como a Julio César.


Sí.


y les pagó su plata.


¿A los dos?


Sí, a los dos, pero lo fichó, no te creas. Y después, como a los cuatro meses o por ahí,

los pillaron en una travesura y ¡fuáp! como ya Fefo los tenia aguaitados, su viaje a la

Isla no se le salvó ni el médico chino.


Ni con acupuntura, ¿no?


Eso mismo, mija, ja ja ja ja.


Bien hecho. ¿Y cómo hizo Fefo con la pintura?


Cogió una cuadrilla del ministerio y nos pintaron la casa gratis, pero es para que veas,

pues.
Ya.


Así que ojo al parche, mija, que en este país el que menos corre cansa un venao.


Bueno es saberlo. No vaya a ser que luego me hagan la misma triquiñuela.


No, de que te la hacen, te la hacen. Así que ponte dura y no te coagules, para que no te

pillen fuera de base.


Ahora, que yo se los dije claro y pelao: aquí, en este lugar, casa y comida, porque yo no

las contraté, ¿no te parece que ya es suficiente?


Amanecerá y veremos.


Ojalá no haya que ver nada, mani.


Ojalá.


Otra cosa, tú:


Díme.


¿Y qué es de tu tribu?


Ahí: el otro día tuve a la chichi con paperas.


¡No me digas!


Sí, pero no fue nada, por suerte.


Gracias a Dios.
Pero menos mal que como a Tito ya le había dado hace dos años, no hubo que lamentar

más desgracias personales.


No lo sabía, mijita: hasta ahora me desayuno.


Fue mundial: imagínate que cuando se vio con la cara hecha una pelota se la pasó todo

el día llorando.


No es para menos.


Y me decía, dice, Mamá ¿y no se me va a arreglar ya más nunca?


¡Qué bella! Pobrecita!


De probrecita, nada: Fefo tuvo que traerle dos o tres docenas de muñecas para que se le

calmara la llantina.


Uy, eso me suena a chantaje.


¿Chantaje? Extorsión es lo que es.


Esa chiquilla tuya se las sabe todas.


Los niños son terribles.


No sabes tú lo que te envidio. Qué más quisiera una que poder tener un hijo, uno solo,

aunque fuera.


Este asunto tiene su lado malo y también su lado bueno, no te creas: no todo es

diversión.
Pero pónte en mi sitio, mani: imagínate que llegas a tu casa y siempre la cara toda seria

de Fefo y la sirvienta todo el día cotorriando, pero sientes que nada de eso es tuyo, que

se pasa el tiempo y que lo único que de verdad puedes decir que es tuyo no viene.


Ey, no te pongas ahora sentimental, Alis.


No es para menos, mijita. No sabes lo que es saber que nunca (o por lo menos en unos

diez años) no vas a poder organizar ninguna fiestecita de cumpleaños con su piñata y

todo ni vas a regañar a nadie ni te van a desordenar la casa para darle trabajo a la

sirvienta, y que, para colmo de males, tienes todo lo necesario para que tenga una vida

decente.


Es que Dios le da pan al que no tiene dientes.


Júralo, mani: seguro que hay por ahí el pocotón de gente que no quiere tener hijos y se

cargan de familia como quien suma: uno y otro y otro y otro y después otró más,


de postre.


Sí, de postre. Y por si fuera poco, encima queda preña la hija mayor, la buela, la tía y

hasta la perra.


Sí, eramos pocos y parió la abuela. Pero lo tuyo tiene, por lo menos, solución. Lo de

toda esa gente no.


¿Tú crees? ¿Y cuál es?


Adoptar un pelaíto.
¿Aquí? ¿ En Panamá? ¿Tú estás loca? ¿Tú quieres que el día de mañana ande la gente

hablando que si esto que si lo otro?


No seas pesimista.


Ah, y tú dices que la ingenua soy yo. ¿Tú crees que habrá una sola persona que crea

que el hijo no es mío? Lo primero que van a decir es que yo estaba quemando a Charlie

y el pelao es de estraperlo escondido y después se encargarán de buscarle padre por su

cuenta. No, mija adoptar un hijo es este país es una valentía enorme y más vale no

arriesgarse.


Te comprendo, aunque no comparto tu opinión, aunque la respeto. Y más vale un

porsiacaso que un siyolohubierasabido.


Tú estas en algo, ¿ves? Y una no tiene otro remedio que esperar que la cigüeña caiga

por aquí.


Y que diga Dios te salve Alicia el Señor te ha elegido.


?????


Porque para que venga la cigúeña tiene que haber un milagro, ¿no?


Ey, ¿qués lo que quieres decir?


Ajó, tú sí que eres. ¿Es qué tú todavía crees en cigüeñas y demás pajaritos preñados?


Of cors ai dónt.


Entonces tiene que ser un auténtico milagro que venga una cigüeña: con lo fácil que

sería que viniera una de las garzas de la presidencia.
Ya te estás saliendo por la bragueta, como siempre.


Es el carácter de una.


Ya, ya.


Ey, no te pongas brava, mani.


¿Por qué me iba a poner brava?


Por lo de la cigüeña.


Ah, por eso no, mani, no le des color. No tiene importancia.


Bueno, este,


¿Sí?




Ah, oye, Alis.


¿Qué?


Em, nada, que te iba a preguntar si mañana puedes caer por mi chántin. Quiero que

veas un figurín que me mandaron de París en estos días.


No sé. Yo te llamo, ¿oquey?


¿Cómo a qué hora?


Como a las diez y media, ¿oquey?
Mejor a las once.


Oquey.


Chao.


¡Click!


¡Click!
Todo el día se lo había pasado mirando el mar, con un redoble crítico e impetuosos del
hipo pertinaz y salvaje. Aunque todo lo explicaba, Miguel no pensó nunca que iba a
llegar ese día, y menos tan pronto: es más, creía que nunca iba a suceder. Pero había
pasado y Miguel se había pasado todo el bendito día mirando al mar, como esperando
que la Madre Agua le diera una solución, una respuesta, aunque fuera. Y mientras
miraba el Caribe, encendido y picado, sentía que algo por ahí dentro se le
resequebrajaba, aunque no podría precisar qúe ni dónde; una lágrima asomó sus
párpados, se abrió paso entre las pestañas y cayó al Atlántico, sin resbalar por su rostro.
La boca del estómago le pesaba, sintió, y se le amarraba, saltando con cada elevación
del diafragma. Pero aunque miraba hacia abajo y las olas iban y venían con
hinoptizante coqueteo, como para que siguiera su suave vaivén, Miguel tenía los ojos
quietos. La señora Nacha porfiaba que cuando lo conoció, Terencio Gómez poseía unos
ojos negros profundos, brillantes y extraños, como cocuyos. Eso fue lo que, según ella,
la hizo perder la cabeza: ese fulgor desusado y oscuro, como un brillo de antimateria,
como un pecado absuelto; bueno ella se entendía. A él lo que le gustó de la señora
Nacha fue su rostro ovalado y terso, como recién planchado, que no había sido ajado ni
siquiera por la adversidad. Terencio Gómez decía que se habían enamorado al primer
golpe de vista, cuando él entró a esa abarrotería a comprar fósforos. Ella estaba justo en
la puerta, pero por la parte de adentro, para resguardarse de la lluvia, y preguntándole a
cada cliente que entraba, sacudiéndose como un cachorro mojado, si sabía dónde podía
conseguir un trabajito, pero que fuera decente, ¿eh?, decoroso y que no fuera muy
esclavizado que digamos.

                                                                             —lover
que tanto enerva a las nórdicas rubias y desteñidas, como fideos rebañados en
mayonesa.

          ¿cómo? ¿dónde? ¿por qué?
señora Nacha, que en ese entonces era Nacha, a secas.

                                                                  , porque me caes bien y

el pelo negro fijado con brillantina Paramí.

Se arrejuntaron esa misma mañana. Ahora se habían separado: ahora se habían ido
cada cual por su lado. Y eso era lo que tenía a Mickey Gómez mirando al mar desde el
alba.

Por esos entonces, desde que empezó la guerra, Terencio Gómez estaba trabajando en
los muelles de Cristóbal y se decía por ahí por la calle que dizque que ganaba buena
plata. De modo que, una vez hecho el traslado de la señora Nacha, las vecinas sintieron
la imperiosa necesidad de odiarla y envidiarla porque iba al cine y al Copacabana, a ver
shows aptos para marines made—in—USA y conocía la agitada y emocionante vida
nocturna de la ciudad que duele y que se muere sola, rodeada de agua por todos lados,
hasta por encima, lejos de Dios.

Eran los días nuevos para Nacha, que había nacido sin cama, sin casa, sin padre e
incluso hasta sin madre: la primera noticia que se tuvo de su existencia fue una mole de
carne ruidosa y agitante metida en un cartucho, en una bolsa de papel de a real, un día
de lluvia. La recogió una familia bastante pudiente, al decir de sus conocidos, y vivió
en su seno, criada como criada, hasta que fue una moza altiva y de talle de junco y porte
desafiante. La bautizaron con el nombre de Eutanasia, que sonaba bien, mejor, sin lugar
a dudas, que Atanasia (que era como se llamaba la Señora) o Anastasia (que era como
se llamaba la Ilustre Señora Madre de la Señora), y le pusieron el apellido del cura,
Reverendo Padre Quintero, que le había dicho ―hija mía‖ acariciándole la cabecita
perfumada a Agua de Florida cuando recién entraron en la iglesia, por evitar
suspicacias, que surgirían inevitablemente si era apellidada como la familia. Y paso a
las dependencias seudopotreriles, en donde vegetaba la servidumbre, creciendo y
creciendo y creciendo. Hasta que un día, el Hijo Mayor, de semblante rubio y rasgos
europeos, sin previo aviso (pues el que avisa no es traidor y en guerra avisada no muere
soldado), cayó sobre ella con todo su peso, como un gallinazo, desgarrándola en su
honor (¿o es honra?), reventándola justo en el medio de sus sueños ingenuos,
sacudiéndola lapidariamente en sus laureles intocados. Le decían El Fulo y era un
criollo (¿o es oriundo?) alto, de cabellos casi amarillos, descendiente de aquellos
bandoleros extremeños y comegente que vinieron con Colón, don Cristóbal. El cabeza
de familia (Nacha lo conoció siempre como El Señor, aunque él a veces se dignaba
responder por don Remigio) había sido compinche de un pocotón de próceres de la
Patria, pero se había echado para atrás a la hora de la verdad, cuando los planes de
separación y venta estaban casi ultimados. Así que sorprendía la cantidad de plata de la
que se jactaba y nadie sabía cómo fue que hizo para amasar la fortuna que se le atribuía
si no había participado en la independencia ni como observador imparcial y, en
consecuencia, sus negocios turbios no tenían nada que ver ni con los gringos ni con el
canal: era, para decirlo en pocas palabras, un caso atípico de riqueza istmeña. Pero
como también era un señor respetable y además uno de los cerebros preclaros del país,
amén de escritor de fina pluma y pensador de primera línea, a nadie le interesaba: su
contribución a la Patria que nacía en el campo feliz de la Unión ( 1) podía ser muy
valiosa, toda vez que su estampa arrogante, cabalgando entre dos épocas, dos mundos e
incluso dos universos, su cuello blanco almidonado tieso hasta la oreja, y su bigote
selváticamente frondoso, testigo fiel de la Guerra de los Mil Días, y su frente, amplia
hasta la occiopucio por el incesante cómputo de las posibilidades de medra, eran una
muestra (para muestra, una mancuerna) de lo que podría ofrecer, en un futuro por suerte
no muy remoto, la Patria de Victoriano y del Ancón, el cerro aquel que ya no guarda las
huellas de los pasos de nadie. Y su hijo, el criollo alto de cabellos casi amarillos
llamado El Fulo, estaba destinado, ya desde la cuna, a ser sucesor de tanta solera,
tradición y abolengo, como cualquier Huxley (la familia inglesa que justifica con sus
genes la selección de las especies): así que Nacha, criada con y de él, jugando con él
cuando fueron niños (aunque luego sus caminos se bifurcaran y sólo contactaran,
aparentemente, en un punto: la hora de la comida, cuando ella iba a servir), creciendo
con él, haciéndose mujer con él, teniendo la osadía de pensar, abriendo su imaginación
aterciopelada, qu el Destino (culpable de tanta tragedia y tanto desvarío amoroso) los
había marcado para siempre. Pero estaba visto y comprobado que lo suyo no era el ser
la sucesora de doña Anastasia: eso sólo se ve en folletines de happy—end, lo cual no
sería, indiscutiblemente, su caso: dos meses después, El Fulo (estaba obligada a
llamarlo Señorito en público) trajo con gran pompa a su Novia Oficial, para presentarla
a sus amantísimos padres: una señoritinga pizpireta y requetebienhablada, blanquísima
como un cisne color de un copo de nieve, y delicada como el pétalo de un clavel, de
manos virginales que llenarían de júbilo inmarcesible el corazón de Gaspar Octavio
Hernández si lo cubrieran de mirtos y de palmas. La señoritinga en custión, núbil y
virgen en funciones, llegó un buen día vestida de blanco satén y con una sombrilla
enorme, a causa del sol, que da sarpullidos, escoltada por un criado negro, desdentado y
de pelo algodonoso por tanta caspa, que la esperó en el jardín, recostado contra un palo
de mango y que fue corretiado de ahí a rejo limpio por el Guardaespaldas del señor,
pues el palo era para el postre de los Señoritos y no para arrecostar chombos. Llegó y
destrozó con su sola presencia todas las ilusiones que pudo haberse forjado Eutanasia
Quintero mientras sentía jadear junto a sus sienes la boca regordeta, destetada con
melaza, del Fulo durante los dos meses que él se estuvo colando en su cuarto. ―No te
aleles‖, le dijo una vez Blanche, la cocinera Mayor, de ampulosas caderas, andar
ondulante y tres hijos supervivientes de la Fiebre Amarilla, ―tú sácale lo que puedas,
que si no, como pierdas tu tiempo, te lleva Moya‖. No se lo dijo con esas mismas
palabras pero más o menos eso fue lo que quiso decir, y naturalmente que Nacha no le
hizo ni pasajero caso: qué iba a saber una yumeca patuá de lo que eran los
sentimientos, si toda la historia habían sido esclavos y su herencia ancestral era el
servilismo. Así que la noche del día que El Fulo trajo a la Señoritinga a casa, cuando él
se fue deslizando bajo su sábana, le puso, clara y pelada, los puntos sobre las íes: que se
definiera, que ella no podía seguir así, que le dijera lo que fuera, para bien o para mal,
pero que no la torturara, que no soportaba la terrible soledad, que no la atormentara, y
que por Diosito por lo que más quisiera, que no jugara con sus sentimientos. El Fulo,
definitivamente atrapado entre la espada y la pared, tuvo entonces que confesar: el
noviazgo era para disimular, para distraer la atención, para que no dijera la gente nada
extraño en torno a su hábitos sentimentales, que todavía no era el momento de presentar
a Nacha como Su Gran Amor porque no tenía aún asegurada la Herencia y si su padre
se enteraba de que andaba con una chola le iba a dejar limpio y así, tan caras como
estaban las cosas, no iban a poder sobrevivir.

                                                   por esta vez te la paso, pero déjame
decirte que como se te ocurra dejarme, por mi madre que no la conocí que te mato.

Nacha puso tanta seriedad en la amenaza que El Fulo la poseyó esa noche tembloroso y
acojonado, sudando más de la cuenta, mientras ella se regodeaba en su fuero interno por
el triunfo. Era su victoria y no la dejaría escapar, se dijo, confiada (latina al fin y al
cabo) en sus propios encantos y en su capacidad de retener al macho, o por las buenas o
por las malas. Pero el latigazo de humillación llegó pronto, mucho antes de lo que creía
Blanche, que fue la que le vino con el cuento de que dentro de poco El Señorito iba a
contraer nupcias y a enlazar su vida con la Señoritinga cursi que no tomaba sol,
exponiéndose a tremendo raquitismo, porque era de mal gusto y sacaba urticarias. El
Fulo (latino al fin y al cabo) se lo estuvo negando durante dieciocho noches seguidas,
pero al decimonono día se destapó el tamal, cuando El Señora hizo de tripas corazón y
bajó al especie de potrero donde existía, vegetando, la servidumbre: y, como es lógico,
ni llovía ni nada por el estilo, porque era un Día Especial. La casa sólo tenía una planta,
por lo que la bajada de don Remigio fue más bien un acto algórico, de descenso en la
escala social, que de descenso real y verdadero. Y les dijo, con ese tono tan usual en él,
acostumbrado a dispararse discursos políticos en el Municipio ante los ediles y demás
padres de la Patria, que muy pronto el Cielo y la Tierra, Urano y Gea, iban a ponerse de
gala, que una conconmesurable alegría rebosaba los corazones de todos los convivientes
en esa Gran Familia (abrió los brazos y gesticuló, como aleteando) porque el Amor, ese
sentimiento noble, el más noble de todos, había hecho mella en el corazón del
Primogénito dilecto, amado y preferido, que junto a (el nombre de la Señoritinga, que
Nacha no retuvo) estaba en vías maravillosa para, entre los dos, buen cristiano él, casto
y puro, buena cristiana ella, casta y dulce, materializar el sacrificio insoslayable, de
enorme envergadura (risas ocultas de la concurrencia, por entender que se trataba de una
obscenidad enmascarada), de la comunión conjunta y formar, con el beneplácito de la
Corte Celestial, un Hogar cristiano que fuera modelo de amor y armonía, para dotar a
esta maravillosa Patria Tendida Sobre Tremendo Istmo, de hombres ilustres, honestos y
valientes, para el bien de los hombres de buena voluntad, amén. Los asistentes al
pequeño discurso (tres mayordomos, dos criados que tenían cara de palúdicos, doce
sirvientas que sobraban, ocho cocineras gordas, un chino con moño que nadie sabia que
hacía y cuatro yumecas), que nunca habían oído hablar al Ilustre Líder Político que era
su amo, se emocionaron visiblemente, aplaudieron calurosamente e incluso hubo alguno
que lloró, pasando por agua la breve charla, pero lo que fue Nacha, se quedó como de
piedra, incrustada en el suelo, plantada, sin terminar de creérselo, casi toda la tarde,
como se quedó Mickey cuando supo que tenía que escoger entre sus dos progenitores,
porque en ese momento le pareció que el infinito sólo tenía dos opciones. Era por eso
que no la entendía: si la señora Nacha lo había pasado, ¿por qué hacerlos pasar a ellos
ese suplicio? Porque Nacha las pasó canutas toda esa tarde, cuando vio venirse al suelo,
con gran estrépito, todo lo que para ella representaba el Porvenir. Porque Nacha era
bien optimista es ese entonces y no creía, bajo ningún aspecto, en que somos
contemporáneos del futuro, por lo que nos está siempre sucediendo lo que nos sucederá
más adelante. A la hora de la cena, la tuvo que sustituir Bishop, una barbadiense flaca
que olía a grajo, con la pobre excusa de que Nachá estando pa durmiendo pó que Nachá
estando pa un poquito de enfierma.

El Fulo entró esa noche más tarde que de costumbre, porque había estado discutiendo
hasta bien entrada la noche con don Remigio sobre unas disposiciones del Gobierno que
los malpensados insinuaban que dizque venían de Washington D.C., como si los
gobernantes fueran tan ineptos ( 1). Tales disposiciones vesaban acerca de un método
para evitar la inflación sin píldoras anticonceptivas y sobre como suprimir las huelgas
con el menor número de muertos posibles, según un método patentado por el genial Mr.
John Smith, inventor anónimo de un invento apócrifo (para dar sabor democrático y
liberal a las genialidades norteamericanas, aunque lo cierto es que el invento era de un
emigrante italiano llamado Giusseppe Muslotti, porque el tal Mr. John Smith era más
cretino que si lo hubiera parido la CIA). Y El Señor, con su preclara inteligencia,
insistía, de buen tono siempre y sin alzar la voz, que era absolutamente
necesariocuestión de vida o muerte, eliminar a todos los huelguistas, a todos, fuera por
la causa que fuera, porque impedían el progreso del país, desvirtuaban la imagen de
nuestro Paraíso Tropical frente al turista extranjero y, como si fuera poco, sumaban
bocas extra que alimentar. Y cada hijo que engendraban (por decirlo de la manera más
fina) era una carga más para los que, com Él, pagaban puntualmente sus impuestos: y
además, un hijo de huelguista tiene por lo menos un setenta porciento de probabilidades,
según la curva de Gauss, de ser también un huelguista, por lo que el número de
Alteradores del Orden Público se vería duplicado en un plazo de quince años, estimando
muy por lo bajo y de un modo muy optimista. El Fulo decía que no, siempre de buen
tono y sin alzar la voz, que mejor eliminar sólo la mitad, desnaturalizando al resto y
usarlos para trabajos forzados en los terrenitos de la gente de bien (lo que la gente de
mal fe llama despectivamente ―latifundios‖). Don Remigio condescendió pensativo:
era lógico no estarse deshaciendo de tanta gente pues llegaría el momento en que se
agotaría el stock de municiones y había que tener en cuenta que Panamá no es un país
prolijo demográficamente hablando como otros: faltaba todavía casi una generación
para que naciera en Ocú el Niño—Millón, de tanta propaganda antes y tanto olvido
después. Y así, de acuerdo en los principios y siempre de buen tono y sin alzar la voz,
se retiraron a descansar a sus aposentos. El Fulo, ni corto ni perezoso, entró, pero más
tarde que de costumbre, al cuartucho que ocupaban Nacha, Mísis Blóff, Bishop, Gantrí,
Miss Dropout y Blanche, ordenándole a Blanche que, como de costumbre, era la que
más cerca estaba, que saliera, como de costumbre, pero Blanche estaba dormida, como
de costumbre (fingiendo como de costumbre). Dio dos pasos silenciosos, como de
costumbre, y encontró a Nacha despierta como de costumbre, esperándolo como de
costumbre, y se acercó como de costumbre a hacerla suya, como era su costumbre.
Pero esa noche Eutanasia Quintero no estaba muy costumbrista que digamos, y nada
más sentirlo acercarse, oliendo a concejal barato, sacó de debajo del colchón una navaja
y voló un navajazo que no dio en el blanco porque estaba oscuro, como de costumbre.
El Fulo, al ir a depositar sus manos sobre a carne mestiza, tropezó con su brazo armado
y fácilmente se hizo con el arma, tras un leve forcejeo en el que llevaba ventaja, pues
Nacha, aunque se defendía como una gata panza arriba, tenía la mano del cuchillo
cruzada sobre el pecho y al Fulo sentado encima. Estuvo tentado por un momento a
clavarle una puñalada en el cuello, como a un chancho, pero decidió mejor hacerle un
par de perrerías de las que ella no le permitiría en condiciones normales, a la cual
procedió, con una maestría tal que ni Justine se hubiera quejado y que hubiera puesto
verde de impotencia y amarillo de envidia al mismísimo Marqués de Sade, pero siempre
con la navaja en el cuello de Nacha, que no respiraba casi por temor a irse al
subespacio. Y entonces fue que comprendió que nadie se mata por amor si no hay una
razón verdaderamente poderosa debajo (o detrás), pues le hubiera sido bien fácil dejarse
asestar un cuchillazo y quedar como una mártir ante sus compañeras d eoficio, con la
Honra incólume, como las once mil vírgenes, y liberada de tanto dolor, aparte de servir
luego de Bandera Inmortal, enarbolada por los posteriores Movimientos de
Reivindicación Social, pero se quedó quieta, llorando casi al borde de la epilepsia
después, el resto de la noche, al filo de la mañana, y fue despedida a la mañana
siguiente sin ninguna justificación, sin preaviso ni indemnización: se comenta que la
señora Atanasia, toda empiripollada, encopetada y con bucles, como si acabara de
confeccionar un rifle para los próceres y posara para la posteridad en cuadros ovalados,
lloraba a manta caída, y se cuenta que decía, gimiendo entre desmayos intrépidos y
analépticos amoniacales, ―Ay, don Remigio, y yo que la quería tanto: si le di lo que no
le di a mi, propia hija‖, pero también se dice que don Remigio no le prestó el más
mínimo caso, pués mañana tenía que hablar con noséquién del Gobierno, un Señor de
bigotes inmensos y superpoblados, chaleco y paraguas, sobre noséqué asunto
relacionado con noséqué cuestión de metafísica política. Así que se retiró a su despacho
a poner en orden sus Ideas y dejó a todas las mujeres de la Casa llorando por lo que le
había hecho la Nacha ésa al bueno del Señorito (ya iban a empezar a llamarlo señor),
que era tan puro, tan casto, tan noble y tan honrado.

Ella, por su parte, estuvo dos o tres días deambulando sola, con la mente un tanto
obnubilada, entre la rapiña de los trabajadores del canal, que veían en ella carne de
buitre, un posible desahogo para la tensión que suponía la lucha pantagruélica por
separar lo que Dios había unido. Vagaba entre tanto hombre sudado que venía de los
muelles y de los rieles del ferrocarril, como una sonámbula, con una verticalidad
increíble en una persona que en todo ese lapso no había probado bocado y con una
lucidez absurda en una situación tan onírica: más sencillo, desde luego, hubiera sido
desmayarse o derrumbarse en la ciénaga del comercio carnal, pero Eutanasia Quintero
tenía los dos cojones bien puestos, y no se iba a dejar amedrentar por la pérdida de todo
lo que hasta entonces definía su existencia. Y como la esperanza es lo último que se
pierde, Nacha empezó por echarla por la borda, pensando que así, cuando llegara el
momento de perder lo último, esto no iba a ser su esperanza. Lo hizo y una vez
desesperanzada, vacía, hastiada, sin poder esperar ya nada, decidió que tenía que
hacerlo ella todo, y se estacionó en la puerta de la tienda de abarrotes, pidiendo, no
limosna, sino trabajo: ―ni millones ni limosna, queremos justicia‖ era una leyenda que
muy bien pudo haberse inscrito en el pecho, siempre dispuesto a la lucha: ―en cada
Pecho una Trinchera‖, pudo pensar, no es seguro. Lo que sí es seguro es que los que la
rodeaban sí que deseaban ardientemente que el hambre la obligara a inscribirse en toda
la anatomía la leyenda: ―en tiempo de guerra, cualquier hueco es trinchera‖.

Ahí fue donde conoció a Terencio Gómez, como al tercer día de soportar proposiciones
guarras y del peor gusto imaginable, resistiéndose al asco con una entereza delirante.
Pero se arrejuntó con Terencio Gómez esa misma mañana, influída, siempre decía, por
el brillo ese extraño, como de antimateria, que despedían sus ojos negros profundos, de
descendiente de emperadores. Y fue entonces cuando Nacha dejó de ser Nacha y se
convirtió en la señora Nacha. Y fue por esos entonces que Terencio Gómez se daba el
lujo de prender los cigarrillos con un billete de veinte dólares, según las lenguas de
doble filo, aunque debe ser bien estúpido hacerlo si se puede hacer con una cerilla, cuya
función es precisamente esa: encender. Y además, para prender el cigarrillo hace falta
encender previamente el billete y eso ¿con qué se hace si no es con un fósforo? Y como
no creemos que Terencio Gómez fuera tan imbécil como para quemar un billete de
veinte dólares en vez de gastarse un real en fósforos, consideramos que la mejor pauta a
seguir es poner en cuarentena dicha afirmación, pero no cerrar expediente por una
posible comprobación de dicho informe. Aunque, si nos fijamos bien, cuando conoció a
la que fuera luego su mujer iba a comprar fósforos. Esto es un punto a favor de nuestra
tesis: lo que no se sabe es si los iba a buscar para encender los billetes o para quemar
Colón, que de todo hay en la viña del Señor. Colón tiene tantas casas de madera que si
se queman todas se le hace un favor a la ciudad, diría años después Terencio Gómez,
casi en vísperas de ser despedido de los muelles por resistirse a hablar inglés: así, por lo
menos, habría necesidad de volver a construir y levantar a la ciudad de entre sus
cenizas, como el Ave Fénix (Terencio Gómez decía que cómo el Gato Félix), y así, por
lo menos, la carga de insalubridad se vería disminuida. Pero sintió que se equivocó
cuando vivían en el multifamiliary las cosas eran más o menos las mismas, por no
variar. Y aunque siguieron viviendo en el edificio de cemento pese a que era más caro
que el cuartito en el caserón colonial y pese a que era igual de asqueroso, Terencio
Gómez seguía insistiendo en que la mejor solución para la ciudad que se muere sola, de
desidia, era la cremación.

Y ahora había cogido cada quien su rumbo. La señora Nacha llegó un buen día del
mercado, se quitó los zapatos porque le dolía un callo, y se estuvo hasta bien tarde dale
que dale con la lengua y Terencio Gómez oyendo, impávido, como si oyera llover,
desde su cajón de galletas Pascual. Sólo estuvo presente Tomé (y Mariana, pero ella,
por eso que tuvo de pequeña, no contaba). Los demás andaban por ahí, en lo suyo:
vagabundeando: Mickey viendo que rescabucheaba por ahí y Quecha viendo a ver qué
era lo que se podía plomiar. En fin lo normal. Así, que sólo los vecinos pudieron
enterarse de la discusión (más bien el monólogo) que sostuvo la señora Nacha con su
marido, pero como las cosas se precipitaron más rápido de lo que se presumía, Miguel
no tuvo tiempo material para que le dijeran qué era lo que en realidad había pasado: lo
único que supo fue que tenía que elegir: o la señora Nacha, o Terencio Gómez. Pidió un
día para pensarlo, como las novias recién pedidas, y la señora Nacha, muy magnánima,
se lo concedió: por eso se había estado frente al Caribe desde que amaneció. Lo mejor
era dar su respuesta de último, una vez que sus hermanos dijeran qué era lo que había
decidido, porque algo, no sabía qué, le decía que a Terencio Gómez lo iban a dejar solo,
sin ojos y que por eso no podía ver la televisión (que une a los hombres, y desintegra la
soledad). Leida decía que odiaba a la señora Nacha, por lo menos desde que la pillaron
haciendo cositas, lo cual era muy cierto, pero Leida también sentía repugnancia cuando
veía al viejo medio sonreír, con caspa en las encías y esas hormigas extrañas
recorriéndole los dientes, que no se le iban aunque se lavara con colgate mil veces al
día. Sí, estaba seguro de que lo iban a dejar solo con su suerte, a él, que jamás tuvo un
mal detalle y que, encima, era uno de los pocos panameños que se pueden jactar de
llavar a la espalda un linaje noble.

En efecto, Terencio Gómez descendía por línea directa de Federico II de Hohenstaufen
(Emperador de los Romanos, Rey de Jerusalén, tres veces excomulgado, pederasta,
mujeriego y místico). Esto, aunque pueda parecer difícil, no lo es en realidad: basta
pensar en que los hijos del susodicho Rex eran muchos, que muchos fueron los
carolingios que llegaron a América huyendo de la Peste Negra y que cada carolingio de
esos tuvo su derivación particular. Este razonamiento, por lo demás, es similar aquel
mediante el cual todos los esquimales, hotentotes, mau—mau, arios, indostanos,
celtibéricos, mongoles, bantúes, chicanos y caribes, descienden todos, sin excepción, de
Adán y Eva, y por tanto, no está sujeto a discusión bajo ningún punto, pues aunque no
lo apoyen la etnología, la antropomorfia, la cleidología y las pinturas rupestres, está
avalado sobradamente por la tradeción oral (Vox pópuli, vox Dei), generalmente más
veraz, locuaz, audaz, mordaz, eficaz y procaz que los mil y pico de tomos del Estudio
de la Historia del proyanqui doctor Toynbee. Naturalmente que la eugenesia tuvo que
ver lo suyo, porque Terencio Gómez era mulato: lo cual no quita consistencia a nuestra
tesis. Todo lo contrario: la refuerza, una vez conocida la tendencia casi compulsiva de
los normandos a aparearse con personas de piel oscura ( 1). Con sólo pensar que
Federico I fue apodado Barbarroja, parte del esquema queda resuelto: el resto hay que
achacárselo a los instintos, primarios y secundarios, al calor tropical, que altera la
sangre, a la humedad pegajosa, a la buena voluntad y, más que nada, a las
prostaglandinas. Pero, con todo, queda absolutamente demostrado que Terencio Gómez
descendía (cronológicamente, no en sentido vertical) del rey que organizó una cruzada a
espaldas del Papa, lo cual ya es mérito, y que fue excomulgado tres veces por ese
mismo delito, lo cual ya es reincidencia. Tanto es así que después de esta demostración,
resulta aún más difícil creer que el Hombre (animel bípedo que discute de política)
desciende del Mono (animal que se rasca la cabeza), como si éste estuviera,
efectivamente, situado encima (nueva teoría de la disolución antropocéntrica, de Alfred
PyongGyang García).

  La verdad es que Miguel no estaba (o por lo menos no parecía estar) muy convencido
de la veracidad de su árbol genealógico, aunque todos los indicios apuntaran en esa
dirección, pero eso en este momento era lo de menos, por lo menos de cara a un futuro
inmediato. La señora Nacha no es que se hubiera portado como una mala madre; no, no
se podía decir eso: es que cada cual tiene su manera de interpretar las cosas, su estilo
individual de ser, su estructura formal de pensamiento, cada cabeza es un mundo, cada
loco con su tema, cada uno con su propia idiosincrasia, a cada cual su propio infierno.
Tampoco era cuestión de estarse poniendo ahora a justificar sus excéntricos exabruptos
extemporáneos, no, pero de alguna manera había que criar a tanto ragazo empeñado en
joder la paciencia. Porque la tribu más bien era una horda, sí que daba cacao, más que
el chif—an—chíf de Terencio Gómez en los muelles, que llevaba diez años en Panamá
y no hablaba ni media palabra decente en español: por eso era que insistía en que todo
el mundo tenía que hablar en inglés: al principio Terencio Gómez decía que el
pridicaba con el ejemplo, un poco humorísticamente, hasta que se dio cuenta de que el
boss lo decía en serio. Era una estupidez, si se piensa bien: pero, por otro lado, si se
piensa bien, comprende uno que lo quepasaba es que el chíf—an—chíf era gringo. Pero
no le quitemos méritos: pese a ser gringo, no era tan estúpido como parece: conocía, es
verdad, una serie de palabras en castellano que harían rugir de placer delirante y
victorioso al mismísimo Camilo José Cela, expresiones que eran obra del propio vulgo
(Dios habla por la boca de los humildes), referidas a partes concretas de la anatomía y a
funciones fisiológicas desvirtuadas escatológicamente. Palabras, en fin, que harían
ruborizarse al más empedernido batelero bocasucia de ésos de tres por cuartillo, que se
encuentran por ahí a mantas. Pero como tales dichos la verdad es que no servían para
comunicarse, el chíf—an—chíf ordenó tajantemente, cogiendo la ley del menor
esfuerzo, que desde un buen día, un día cualquiera, everbody tenía que speak in
English. Y ésas eran las cosas que a Terencio Gómez le hinchaban los cojones (por
decirlo de la manera más académica posible). Es más explicaba, ya en casa, a la hora de
la cena, mientras la señora Nacha reverberaba en la cocina, los tenía bien cuadrados, y
bien rayados, como un pivá, de tanto avasallamiento gratis, oye, por gusto, así, por las
buenas. ¡Cómo había cambiado el viejo! Pero es que, claro, sería ilógico ponerse a
pensar que ciego y desplazado iba a intentar volver por sus fueros. No tenía otra
alternativa que soportar y soportar y soportar.

¿Y tú qué alternativa tenías, Mickey Gómez?

Para empezar, había que poner las cosas en su sitio, ¿no? En primer lugar, la postura
posible, nada concluyente aún, de sus hermanos: Cachimbo estaba agüevao, así que no
se podía contar con él para nada en serio. Igual, aunque en parte desigual, Mariana y
Tomé, dependientes por completo de la mamá, sobre todo el Tomé del carajo, que era
más vivo que el hambre y se estaba entrenando para pechugón. Mariana, pobrecita, al
fin y al cabo, por eso que tuvo de chiquita y que la dejó así, paticurva y verdecita,
¿verdad?, pues no era que se le pudiera pedir mucho, ¿no?, así que mejor no contar con
ella porque sería una malafesada. Pachulo seguro seguro que escogía a la señora Nacha,
porque era la que le alcahuetiaba sus cuecadas por aquello de que tenía un conflicto con
la autoridad paterna (?); así por lo menos decía el man ese con cara de vampiro cuando
descubrió (?), después de someterlo a más tests y más rollo, que Terencio Gómez era un
padre muy rígido, muy duro y muy castigador y qye por eso Pachulo buscaba en la
madre el refugio, la comprensión, el útero primitivo, por eso la imitaba, porque quería
identificarse con ella, porque era sumamente sensible, psicolábil, incomprendido,
inadaptado y, suás, veinte dólares por la consulta, como quien no quiere la cosa. Pero
todo el mundo sabía de sobra que lo que le pasaba a Pachulo es que iba par arriba, como
iba el maestro Rodoaldo, iba derechito a piloto de cualquier Air Compay de esas como
una flecha: era volador declarado, maricón perdido, y eso no tenía nada que ver con
Terencio Gómez: y es que con eso de buscarle explicaciones a todo lo que no tiene
explicación, los sicólogos de ahora agarran a cualquier ñorro y resulta que la culpa la
tiene su papá y un poco de traumas inexistentes de que ahora ande aflojando el esfínter
por ahí por la calle: eso era buscarle tres pies al gato. Y es que si por lo menos hubiera
sido verdad, pasaría, pero Terencio Gómez no movía un plato, no mataba una mosca, ni
respiraba casi para que no se notara su presencia, sentado en su caja de galletas
Pascual. Sólo movilizaba el cerebro, como una máquina cibernética, pero tampoco eso
le servía de nada. En todo caso, Terencio Gómez era el que debió haberse vuelto pato y
no su hijo, pués las relaciones traumatogenéticas eran a la inversa de lo que se sacó de
la manga el sicólogo que parecía un vampiro, quien, para redondear el asunto, nunca
había visto a Terencio Gómez. Pero Miguel se había pasado todo el día mirando el mar,
con su redoble crítico e impetuoso del hipo pertinaz y salvaje, y sin embargo no supo en
que momento era que se le hizo de noche. El manto negro había caído por fuera del
cascarón de sus elucubraciones sin avisar, como un ladrón, así que cuando levantó la
vista y lo vió todo oscuro, pensó que muy podía haber terminado la tarde, ¿por qué no?:
para efectuar la comprobación, miró al otro lado de la bahía y vio que Coco Solo estaba
iluminado: entonces sí era de noche: los gringos no encienden las luces así como así:
tiene que haber una causa de fuerza mayor (¿o se dice fuerza de causa mayor?): tiene,
por lo menos, que estar a oscuras.

Empezó a caminar por la orilla: todo el día ahí parado y no se le había ocurrido: las
orillas están para eso: rumbo al norte o donde sea que quede el Club Naútico. Pero
cuando los pensamientos anudan las neuronas, de nada sirven las aporías, sino es para
distraer de lo absulolutamente fundamental. Las parejas ya empezaban a llegar, cogidas
del talle como un vals de eso de las orillas del Paraná, a pasear, respirar salitre y hacer
el amor (por decirlo de la manera más fina) siempre y cuando no se les apareciera el
guardia manzanillo estropeapolvos que nunca manca (―negro, tú qué vas a ser cuando
salga el hombre con la lucecita al anochecer‖ cantaba Silvia Degrasse). Le pereció
reconocer a una tipa bien runcha que iba toda apercollada con un man que ostentaba una
visible cara de focóp, pero ella no debió ni darse cuenta, porque giró la cara para otro
lado como sino lo hubiera visto cuando lo cierto es que se habían chocado las miradas.
Tanto tiempo batallando juntos, los viejos. Tanto tiempo ganándole la carrera al
hambre y al tiempo mismo. Tanto tiempo compartiendo el mismo aire hasta partirlo en
dos, coger cada uno su pedazo de atmósfera y, sas, cada cual por su lado, como barcos
de vela sin vela, y otra cosa mariposa. Y todo para qué. La señora Nacha, al menos,
tenía su puestecito en el mercado y se iba defendiendo mejor que peor. Terencio
Gómez no: Terencio Gómez iba a quedarse solo; bueno, siempre había estado solo, no
era nueva la situación, los que tienen que pensar porque sus ojos no tienen la limitación
de los demás estan siempre solos, pero iba a necesitar alguien que le cocinara, por lo
menos eso. Quecha no quería saber de cocina: a ella, lo hecho, para robárselo: trabajo
por cuenta ajena, le dicen. Leida menos, uf, ésa se dejó quemar un huevo que estaba
friendo el otro día, y eso que no se movió de enfrente de la estufita de querosín.
Mariana, pobrecita, quería pero no podía, la pobre, pero si no llega a ser por eso que
tuvo de pequeña, a lo mejor, quién sabe, pobrecita. Así que sólo quedaba él, sí,
solamente: ahora que si se iba con Terencio Gómez se quedaba sin colegio, y eso era
muy grave, pero más grave aún era la situación de su viejo, pensó, que cada vez que
abría la boca seborreica era para dar en el clavo, como un martillo. No, no era justo lo
que iban a hacer con él, si se hacía, claro: ¿era hay es algo justo alguna vez?, porque a
lo mejor se equivocaba y venían los demás y se descolgaban por su parcela y la que se
quedaba entonces sola era la señora Nacha. Ese era el fallo de la democracia, pero a la
vez su virtud: el no saber si de verdad es verdad lo que se sabe y el saber que tal vez se
sepa algo de verdad o quizás no. Patió un cangrejo que salía de su agujero caminando
despistado para atrás y estuvo tentado, por un instante, a elaborar triquiñuelas mentales
la mar de ingeniosas pero no era momento de confundir la velocidad con el tocino. Se
concentró mejor en la pantaleta que alguien había dejado olvidada en un banco de
piedra, con lo difícil que era olvidar esas cosas, a menos que los pillara el tongo y se
tuvieran que ir huyendo, pisados, desbancados y sin panti.
Un martes por la tarde, a las cinco, después de trabajar, claro, aproximadamente dos o
tres días antes de que la señora Nacha empezara a intuir que estaba encinta porque se
introspectía más de la cuenta (―mujer ensimismada, mujer embarazada‖), Terencio
Gómez recibió su clearance: ahora, pues, gruñó, cuando las cosas parecían comenzar a
encarrilarse por las sendas de la normalidad, venía y pasaba esto: estaba visto: serían
toda la vida una familia de anormales. Por eso no es de extrañar que a Mickey lo
pariera en lugar tan sórdido. Años previniendo la prole, aún a costa de los propios
nervios, años preservándose a traer gente, y cuando escriben a París para que les envién
una cigüeña express equipada con todos los hierros, va el Terencio Gómez de la puñeta
y se niega rotundamente a hablar inglés, que si se quieren dirigir a él que sea en su
idioma. Y lo jodieron.

                                                                               alhumorada
el día que Terencio Gómez llegó a la casa con el despido. Pero no era nada, mujer:
Terencio Gómez era casi un pelao, cualquiera le daba un trabajo, Panamá estaba en vías
de desarrollo. Esto lo pensó al principio, porque después se fue dando cuenta que no,
que no querían gente joven en los trabajos porque siempre andaban metidos a
reinvindicadores, a pideaumentos y a preñachiquillas, y Panamá se seguía arrollando
más que desarrollando, y de un país en vías de desembrollo, decía, poco o nada se puede
esperar cuando nadie pone nada de su parte, con eso de que la Patria son los viejos
senderos retorcidos, las palmeras, el sol, el viejo tronco, la música sabida, las
conservaciones nostálgicas de cualquier tiempo pasado, torres vetustas, el huerto sin
flores, hecho un estropajo, sin hojas, sin verdor, sin frutos, sin comida: Terencio
Gómez decía que la Patria tenía que ser, no un padre para unos y un padrastro para otros
sino que tenía que ser una madre, una matriz kingsize, en donde todo el mundo pudiera
chupar de la teta y no sólo un pedazo de tierra y partida por la mitad. Y se iba
derrumbando, por más que la señora Nacha intentara darle fortaleza, como las heroínas
de las novelas, pero era incapaz de decir nada cada vez que Terencio Gómez llegaba
abatido a casa porque le habían dicho que era muy joven para trabajar, que viniera dos
años antes de la edad de jubilarse, que lo sentían mucho, pero que viviera del aire.

                                                                                    de la
desesperación, mientras subía detrás el casero, un señor gordo pelicolorao que le había
aguantado dos meses en paln moroso y que ya no soportaba más ese sablazo a su
bolsillo. La señora Nacha recogió unos cuantos enseres, pocos, confiada en que se iban
para los Estados Unidos y allá compraría lo demás, pero el rostro de Terencio Gómez,
hinchado y magullado como si le debiera un pocotón de dinero a medio mundo, la
desengaño como un balde de agua fría. Miguel pensó por eso que era raro que no
lloviera en Colón, cuando la lluvia siempre corrobora los acontecimientos más
sobresalientes de la Ciudad Estrangulada, pero era incluso hasta mejor, porque así podía
caminar por la playa, decidiendo su estrategia privada de cara a la situación familiar y
sentando las bases de esa costumbre muy suya de comentar sus problemas con el
océano, tan acostumbrado a recibir lágrimas ajenas, hasta del mismo cielo, desde que el
mundo es mundo. La señora Nacha dejó los chunches que había recogido y se sentó a
llorar en silencio, ese silencio milenario de solemnidad que desarrollan a la perfección
los que nada pueden balbucir porque todo resulta inútil, porque todo lo tienen perdido
(en la caso de la señora Nacha, hasta la esperanza), ante el asombro del casero, que
estaba esperando ya que le rogaran de rodillas o, por lo menos, que lo invitaran a
compartir con Terencio Gómez el porte desafiante y el talle altivo y juncal todavía de
Eutanasia Quintero.
Salieron a la noche sin decir nada, dejándole sus chécheres a una vecina que más nunca
se los devolvió. Ella no hacía más que mirarle la cara, tan semejante a las del tipo que
se volvió chino, y sentía como un apretujón debajo de las costillas, igual que Mickey,
que percibía también algo que se le descalabraba por ahí adentro, pero sin acertar a decir
qué es lo que era. Instintivamente, la señora Nacha le miró las manos, para ver si por si
acaso se le recogían los dedos como al buay que se volvió chino y que terminó
trabajando en el Circo Dumbar. Pero no decía nada, ni comentó nada cuando, llegando
a Fort Lesseps, junto al consulado de los Estados Unidos (USA), y subiendo a Bettery
Morgan, ese arsenal que parecía escondido en la colina, Terencio Gómez se desplomó
contra una palmera que nacía justo en la cima de la colina.


lágrimas que empezó a toser. La señora Nacha se sentó a su lado, estirándose la falda.
La luna era un pedazo de queso partido y apachurrado, lo menos romántico posible,
pero Terencio Gómez se reclinó sobre el regazo de su mujer, clavando los ojos negros
profundos en el infinito. Nacha le pasó la mano por el rostro hinchado, casi sin tocarlo,
y Terencio Gómez dio un leve respingo. Ella se dejó llevar por la inercia y se apoyó en
la palmera. Tragando saliva, él intentó recomponer la escena, dándole a su voz un
toque de frivolidad, que contribuyó más a denunciar su estado de ánimo que a
tranquilizar a su mujer:                                             desde hoy, yo—
tarzán—tu—yéin.


apagada. Terencio Gómez se mordió el labio superior bruscamente, como si acabara de
sentir un aguijonazo, y volvió a fijar la vista en el cielo, como un trance, inescrutable,
casi cruel. Era en esos momentos cuando ella lo quería más, cuando dejaba ir su mirada
en peregrinación hacia galaxias leporinas. Pero hoy ya no se querían siquiera, pensó
Mickey, buscando en el suelo cualquier cosa, lo que fuera, con tal de no levantar la
vista. Sus ojos adquirían toda su dimensión de antimateria en simbiosis con la
oscuridad, como una premonición, y ella tuvo que acercarse bien para ver que los tenía
abiertos y que estaba llorando. Porque Terencio Gómez tenía los ojos tan negros que no
se le veían de noche y ahora no tenía ni ojos y lo iban a dejar ciego y solo, inmerso en
su negrura perpetua, a la buena de Dios, como un bagazo.

                                                                                   La
señora Nacha trató de sonreír y no pudo: el rostro de Terencio Gómez se había
transfigurado tanto que se veía exactito al tipo que se volvió chino a los treita y seis
años, cuando sus únicas posibilidades eran las de volverse tísico y que luego se le
fueron haciendo los dedos cada vez más y más chiquitos hasta que sólo le quedaron diez
muñones articulados y lo mandaron para Palo—Seco, pero su familia le armó menso
pleito al médico, llegando incluso hasta el Ministerio de Obras Públicas, donde el tipo
que se volvió chino tenía un medio primo que trabajaba en la C.A.M.; aunque no
llegaron a nada, por lo menos le cantaron las verdades a más de cuatro. Volvió a
mirarle las manos las seguía teniendo normales, menos mal, pero siempre cabía dentro
de lo posible que Terencio Gómez tuviera que acabar en el Circo Dumbar, como el tipo
que se volvió chino y se le reabsorvieron los dedos, que se escapó de Palo Seco en un
camión de la D.A.C.A. y que se enroló en el circo un día en Charco Espíritu, cuando
todavía Judy, el elefante con cerebro humano, se atrevía a hacerle la competencia a
Gaby, Fofó y Miliki (con Fofito).
instante los incidentes que se habían venido prodigando desde hacía ya unos meses,
desde que lo despidieron de los muelles por resistirse a hablar inglés y que habían
conducido a la pareja hasta ese extremo de la ciudad, rompió a reír, un poco falsamente,
es cierto, pero rompió a reír, que es lo que cuenta:

Es que es la única que tengo.



tristeza que hubiera hecho estremecerse de ternura al mismísimo Cristopher Lee.

¿Y por qué no vamos a otra casa mejor?


¿Y por qué? En otra casa no nos abrirían siquiera la puerta. Date cuenta de qué

estamos aquí dentro sin permiso, y mejor que el cónsul, nadie, mijito.


Estar sin permiso dentro de mi propio país.


No es momento para ponerte a pensar en eso.


Bueno, pero yo no te digo ni pío en inglés, te lo advierto.


Déjame tú, a mí, que yo hablo.


La hija del cónsul abrió la puerta gritando Oh, Henry, en el colmo de la histeria
pasional, pero al ver la pareja de nativos, se quedó con la última sílaba colgando de los
labios, como una baba, congelando la sonrisa y mirándolos extrañadísima.


pelirroja y con pecas (le decían sus amigos ―Freckles‖), para no mirarla a los ojos
                                                 don.


señora Nacha por arrancar en inglés, pasado ya el susto incial: no, no se la iban a
comer, a no ser que fueran tropical cannibals educados.

Mai ósban níd tu guách is féis. ¿Quian yu guibós a som of guatá plís?



destilando frustración, con la cara cada vez más hinchada, sintió algo que no era ni asco
ni repugnancia, menos aún lástima, claro, así que para mayor tranquilidad llamó con
voz cantarina, Debbie Reynolds—style, a Daddy, casi cerrándoles la puerta en las
narices. El cónsul acudió presto, con sus andares de ejecutivo y su pinta de carnegiano
inconfundible. Al verlos, tuvo un ligero sobresalto, ¿ya empezaba la quemadera de
gringros?, pero compuso el rostro, al mal tiempo buena cara, How to win friends, y
sonrió:

¿May I help you?


Ai yos tol yu dóta mai ósban níd tu guách is féis an ai asquer tu guími a lícu bit of

guatá.



                                                        and please, you’ll better go
back home, you know, this is American place, O.K.? Thanks you, then.

Y mientras bajaban oyeron la explosión del cónsul: again los guards se habían
desaparecido, seguro que con alguna cholita sirvienta de por los alrededores que quería
pescar a un gringuito para desayunar con cocacola. Y por más que el guard le porfiara
que these panamenians no used to meterse en Fort Delesseps, el cónsul no se atenía a
razones. Salieron del barrio residencial cuando el guard le explicaba al iracundo cónsul
que no había necesidad ninguna de andar cuidando tan rigurosamente como en el
consulado de Suecia, que llamaba la atención porque tenía gacelas y jaguares y siempre
les andaban robando. Nadie, por otro lado, se atrevería a meterse con los gringos por
los siglos de los siglos, así que podía estar tranquilo. El cónsul volvió a sus
obligaciones en el sumidero y Miguel regresó a casa cabizbajo, silencioso y con las
manos en los bolsillos. Tampoco dijo nada, pero con sólo atravesar el umbral de la
puerta, la señora Nacha supo que había decidido quedarse con Terencio Gómez, que
estaba, como siempre, sentado en su caja de galletas Pascual, con la ex–vista dirigida a
la noche.

                                                Miguel sintió ganas de llorar, pero no
era momento adecuado, así que lo dejó para otra ocasión, que nunca habría de llegar.
Se había fragmentado una familia que no rezaba unida porque no encontraba a quién
rezar. Y tuvo una ataque de hipo que le duró hasta la salida del sol, como los bailes
anunciados con orquestas de ésas que maten más ruido que música, pensando y
pensando y pensando cómo era que se iba a desenvolver en esta nueva etapa de su vida,
que se le presentaba de improviso: como una deuda.
Los que la vieron arrancar el Chrysler afirman, incluso insisten, que iba rabiosa y que
no miró siquiera atrás, dejándolo ahí, de pie, parado igual se burlaba, quéséyó, de ella,
qué más daba. Giró en la primera esquina que vio, era la única que había, pero no por
necesidad sino porque quería perderlo de vista lo más rápido posible, a cien por hora.
No miró siquiera al hombre, cómo empezaba a caminar, desconcertado pero satisfecho,
con las manos en los bolsillos, entrando hacia el interior del barrio, adentro, metiéndose,
creo, limitando la calle de cemento.

Lloraba o algo de eso: inútil: sólo se te secan los labios, recuerda, y eso sólo cuando
estás nerviosa, se dijo. Otra vez toda la historia, repetida hasta la saciedad como una
rocola, sin que pudiera justificarlo siquiera. Otra vez el rumbo fijo, ida, yendo, todas las
veces. No había, no hubo, no hay que entender, ni antes ni durante, ninguna vez,
después menos en cada oportunidad. Encauzó el carro hacia el casco urbano, el casco
viejo, el casco anciano, el casco mío, sin dientes, no muerden a nadie aunque llevemos
vida de perro, atravesando casas de madera en aquel barrio tan extra: ―ño, que gente
más rara compadre‖: no parecía gente, no era gente, no podía ser gente. Y lentamente,
moviendo la boca como si masticara, desplazando la vista por ese infinito que iba de
acera en acera, se intenta tragarse el asco, ¿es de verdad asco?, que la invadía, tampoco
por qué se sabe o no. Y se detuvo frenando ahí en frente de aquellos, ésos que jugaban,
juegan al dominó, doble seis, paso, ¡carajo! No estaba, pensó, ¿quién? Los hombres lo
eran, la miraron asombrados, siempre te miran así, siempre la miran así, compadre,
mezclando, ¿cómo se dice?, digamos que curiosidad con desprecio a parte iguales y
luego aderezando con limón y hielo del frío, del que duele. Pero ellos no eran quiénes,
por qué, no tenían que sentir lástima por ella, ¿no era?: apretando los labios, emputada,
continuó lentamente, barajando calle arriba, con esa opresión en el pecho, la blusa
transparente sin sujetador, los corozos rosados, no lograban amortiguar el peso, no es
conciencia, no, y se paró cuando como que se le cruzó por delante, ¿quién?, del
Chrysler. Sonreír tristemente, su sino, ¿sí o no?, la sonrisa apagada, débil, y él se le
acercó a la ventanilla, mirándola just right to her black eyes y ella lo miró, mirándolo
descaradamente pero de arriba abajo, con desprecio, sin dejar la sonrisa gris, siempre lo
mismo, cónchole, siempre la misma vaina, cambiando la coreografía, la escena como
calcada, idéntica, por caso, a todas, en serie, las variantes insignificantes, ni
Yamtovanni la arreglaba, pero no es cuestión nuestra de cada día ir por ahí cantándole
nuestros pecados al mundo aunque, sí, de acuerdo, no se arregla nada, ni se intenta, que
es peor, pero sigue siendo de uno, el problema, no había que permitir adulteraciones
anímicas.

Abrió la portezuela estirándose un poco y el hombre rodeó el Chrysler por delante, justo
enfrente, y entró, charlando jovialmente, como una billetera de las que se pasan la mitad
de su vida bla bla que bla:

                                                     te hied
sacó de la glotis y el tipo parpadeó extrañado. Puso en marcha el automóvil y sintiendo
el impacto de sus ojos contra sus membrillos duros como senos, lo odio igual que
siempre, lo mismo siempre, comiéndosela con los ojos, analizándola desde la cascada
chocolate hasta los dedines escrupulosos encaramados en el acelerador y en el breque,
por sia caso, pero estacionándose siempre, oye: en sus caderas imponentes aplastadas,
desparramadas contra, sobre le asiento, asfixiándose, jadear entrecortadas, y luego,
siempre, la mano, entre, sobre sus muslos, contaminando, infectando los pantalones de
cuadros, y ella extendía su mano con las uñas, la mano larga y fina, las uñas pintadas de
un rosado hipócrita, como ensayando de antemano, como un ritual que se va repitiendo
cada vez como sobre rieles.

En cada ocasión era otro, uno, distinto siempre, ése era el problema, lo distinto, nada de
lo común, en sus aspectos, digo, tan dispares, nada en común, en sus expresiones para
que sepas ni en sus hábitos espirituales si es que esa (¿gente?) se daba, podía darse el
lujo de tener siquiera un real de alma. Lo único, quizá, que a lo mejor los identificaba
uniformándolos era quién sabe a lo mejor un trozo de carne que se rellena de sangre y la
llena a una, a golpes, bajos, los golpes: materia, así, como se siente, a lo mejor eso
buscaba: materia: carne: pero no, eso era bien simple para que fuera eso, no, no era la
razón, la verdadera, de ese deambular, golfear, sola por las calles en su sarcófago de
lujo, como una faraona sin pirámides puntiagudas sino romas, en busca de esfinges de
rostros de piel. Otra vez la carretera de la playa, el hombre no decía nada, no podía,
cerdo, creyó, lo invariable, como si su distanciamiento fuera óbice, manteniéndolo al
margen, respetuoso, con la mano entre, sobre los muslos. Detener entonces el Chrysler,
en la playa, sufriendo mosquitos, ordenando el traspaso al asiento trasero, Brevo no
tenía nada que ver, de verdad, por lo menos, no un gerentillo común y corriente, vulgar
corrientucho hasta en el vestir, no la podía haber marcado por mucho, aunque ella le
regaló la esclava que decía Maribel y se negó, él, a cambiar el mismo corvette con el
que jué al bautizo de julito, estúpido él por esta anatomía tan respetable delicia de
repelentes consumados, no era para cambiarse por un carro, ¿no crees?, y el hombre la
mira y asiente, otra vez desalojar en silencio, siempre en silencio, siempre la oscuridad,
los pantalones de cuadros, no esperar siquiera ya el primer reclamo, ordenar la
penetración como una operación estratégica, los besos, extensivos, que no quedara
esppacio sin babaer, silencio roto para exigir, guiar instintos machos por zonas
recónditas, naufragar en paz efervescente, ofrecer holocausto las colinas pétreas,
imponentes, obligando a desenrollar soliloquios obscenos, silencio roto para sugerir
guarradas inconcebibles, abrir la cartera, despectivamente, extender un billete de veinte,
mirando al frente, con los ojos apagados, negros, y la respiración averaguada:

Gracias, me has hecho muy feliz.


Cinco palabras sin sentido y luego arrancar rabiosa el Chrysler y girar por la primera
esquina que vea y volver a desandar el camino con el cerebro vacío, conduciendo con
los reflejos, recordando con, sobre la piel, dentro, debajo de la piel y sin saber, dónde ni
cómo ni por qué y a santo de qué tanto recuerdo ingrato y tanta pendejada a cuenta de la
incertidumbre que la echaba para alante impulsándola una y otra vez ¿y qué?, ya debían
conocerla (hasta) en eso sórdidos y espeluznantes sitios en donde la verdad se escribe
con madera y sudor y agua sucia. Miró al cielo: ni luna, fren, lo último, ni por asomo:
cuestión de tempo interno: qué lunática ni qué ocho cuartos: desgraciada periodicidad,
tan sólo. Antes era resultado de las, no qué iba a ser, no eran las discusiones con Brevo,
Brevo no discutía, era bien cretino, ¿digo bien?, y el olor a 8711 con la camisita
invariable azulita celestita y de nailón, pero eso se fue a freir espárragos, morcilla
cualquier cosa freíble: al garete como quien dice y no era excusa estúpida estupidez
quéséyó dentro de poco again en los bajos fondos, no: fondos no: fondillos: fundillos:
irrefrenables compulsiva incontenibles, era una idiotez pero en fin a cada cual su propia
muerte y nadie muere y nadie muere cuando, porque, si quiere sino cuando, porque, si
puede. Nos moriremos y antes no habremos vivido, así como suena.
Los escogía, ¿no?, no era motivo de duda (¿lo era?), qué más da, de verdad, ¿a quién va
a escogerse? ¿qué carne, no? Lo único que de verdad hacía era desechar desovando a
los que olían mal, como el tipo que le enseñó a manejar y que papi le dijo un poco de
cosas para no pagarle y no le pagó. Más nada. Y luego, la rabia que no se le quitaba
durante, en horas, como si, no no era por eso, ése era otro tipo de rabia, éste no era ni
siquiera frustración, ni (¿no?) nada de eso, casi siempre te abandonas en ese frenesí
loco, tortuoso, y se te llenan los tuétanos de electricidad mal entendida y le otorgaba el
valor de misa negra, a veces burbujeando: no: borbotenado: espuma: y deshaciéndose
en su mero subsuelo como hielo que se funde: carámbanos, caramba: y empapas la
materia que tienes prensada caliente de forma grosera: no: inaudita, creando vacío con
tu vientre espeso y rogando (ordenando, sería la palabra) la prolongación de un placer
que por efímero se nos hace eterno, ¿no?, y tenemos que multiplicar la carne encendida
propia, no importa tu, su mi rostro, tu, su, mi color, tu, su mi estatura, tu su mi
documento de identidad, dónde nos hemos encontrado ¿digo? dejado la existencia
porque la vida hay que trasfundirla directamente, vena—vena, vis a tergo, justo en
donde moría o intentaba morir su materia, la de ella, la tuya y luego agradeciéndo
estúpida por algo que has comprado y te corresponde por derecho propio, es decir,
divino, no entremos en detalles porque maribel, vigil, se entiende, no entrega sus
entrañas así como así y menos las vende alquila fía o presta: comprar: no entrañas:
extrañas: aprisionando lo que never had ¿oquey?, no, no, por Diosito, qué iba a ser, a
quién se le ocurría, no sería por eso, qué va, o tal vez sí, pero no, es una idiotez pensar
que por, no hombre, no era, no puede ser porque eso fue, juf, calcula, antes de lo del
hijueputa de Bebi, ¿no?, desgraciado Bebi, no, antes, uju, mucho antes, cuando eran,
tenía ¿once? o nosé, todavía papi andaba con el fotingo ése todo runcho de la cola de
pato, sí, ése de la foto en el álbum, cuando, no, qué coño iba a ser, ¿cómo podría pensar
qué?, pendejadas, nada se iba a resolver, ¿otra vez en el mismo plan?

Se detuvo en una esquina, fugazmente, para que pasaran dos chiquillas que venían de la
escuela, hablando güevazones como cuando Noni y ella salían del colegio los días que
se quedaban castigadas por darle quehacer a la monja hablando de los artistorros de cine
y perdían el bus y cuando, no, no podía ser, ¿qué vaina era ésa ahora que ya? Aunque
no se le metería, claro, si aquel día no le da por abrir la puerta del, no era por eso,
cuarto, no qué va, herme la miró asustado, pobrecito, qué pobrecito ni qué mierda, y él
que creía que estaba solo y ella lo, pero qué ganas tenía de quitar, recordar, sí, ésas
desagradables gotas perladas, pegajosas encima de la foto de mami nada menos y la
mano le temblaba, cerraste la puerta, era la prim, no sí, la primera, la segunda fue, no sé,
sí, no no fue la segunda, ya hasta se te olvida si fue o no la segunda o la tercera vez,
porque herme, lo que se dice herme, no trancaba la puerta, claro, y así fue que lo pilló
también mamiy se lo dijo a papi y papi dijo que eran cosas de muchachos pero cuando
lo pilló ya fue después de ¿o no? de la tercera vez, uju, mucho después, o antes, no se
acordaba, de lo de Bebi, malparido Bebi, ¡claro! por eso fue no que le sorprendió que se
lo vio, vérselo ahí, pero de ahí a pensar que, no coño, no era eso ¿era? No, qué va,
sencillamente imposible, cuando entró en el cuarto, iba a ¿qué?, debió ser la, pensó que
estaba loco, ese desaforamiento llamando a mami y ella fascinada ¿fascinada?: no:
horrorizada: sí, mejor horrorizada, ahí, en la puerta, él no se dio cuenta ni nada, con los
ojos en blanco, mirando atrás de su propia cabeza y jadeando mami mamita, tú
parpadeando como quién sabe qué y la impresión ¿por qué mami? ¿por qué no tú
misma?: uf: temió cualquier cosa, era después de lo de Bebi, toda la mano bañada ¿era
la segunda o la tercera?, la segunda, porque después la tercera, él no se hacía nada, qué
raro y estaba de espaldas o de medio lado qué más da si, ¿cómo pensaba qué?, él la dejó
que se acercara: ¿jaló o no jaló la cadena?, ni te acuerdas pero si se acercó ¿quién se
acercó a quién? brotante, vegetante, como una coliflor, uf, herme, toda la mano y parte
de la otra, un papiro o algo como eso, enrollado, temblequeante y se reía con ganas
cuando ella con sus dos trenzas recursilonas retrocedió espantada y él ¿cuál de los dos?
Ahí, enfrente, delante, sin asco, pero esto ya fue después de que Bebi le dijo, maldito
Bebi de mierda, que la iba a violar: la violó: es un decir: ¿fue entonces? claro, sí,
porque ya usaba el Chrysler y era por esos días cuando se desarrolló, ¡qué lío!, sí, que
tuvieron que quemar la sábana porque no se quitaba la sangre, ahora que lo pensaba, y
herme se estuvo riendo así de raro después de estarse un rato agonizando o algo por el
estilo y probó del dorso de la mano a ver qué era y olió creyó a almidón pensó el
uniforme goteado el teléfono sonando no no era el uniforme: era sábado ¿cómo
uniforme? qué más da, ah, sí una faldita azul encima por eso usaba pantalón bueno no
por eso sino porque se le notaba más el fundango ese grandote y gordote y carnudo,
pero ese día si usaba falda, qué demonio, para lo que importa y quedó toda salpicada
con las manos llenas no, eran manías suyas, como la de ir siempre, antes, se entiende, al
hotel que fue una vez del papá de Bebi, ¿era su papá o er uno de los siete de su mamá?
cada vez que, no, lo que a ella le pasaba no tenía nada que ver que se le, bueno, sí, lo
que a ella le pasaba no tenía nada que ver que se le, bueno, sí en cierto modo, se le quitó
la primera vez que echó su talco co Míchel, ¿por qué llamarlo Míchel si le llama
Miguel? y a lo mejor se le quitaba esa pendejada de andar buscando macho por las
barriadas de emergencia, satisfaciendo ansias urgentes, ciudadelas de madera y mala
uva ¿o no?, así, a la buena de dios, herme se lo puso ¿o fue ella la que lo cogió? qué
nube más verraca en la mano hasta que creyó que lo había asesinado pero sólo ese
maldito olor a almidón ¿qué otra cosa sabe a almidón que no sea el almidón? y después
el energúmeno muerto de la risa Brevo dice que hay en el mundo sólo dos cosas que
huelen a pescado y una de ellas es el pescado Brevo es un cretano, cretense, cretino, lo
que sea, y más nunca hasta que un día con Brevo que ella quería saber cómo y él
entonces pero fue sólo y antes no ni después sí, y Noni después, no una vez con Míchel
¿una? montones pero Míchel pasaba porque era Míchel y eso pero no, no era por, eso sí
que no lo tolero, porque entonces es que está perdiendo el juicio maribel y no te
conviene fíjate con dos pónchis en la familia no cuaja que herme cuando anda enyerbao
no cree en nada y si tú, bueno, era una tontería estar pensando paja pero era verdad ey:
¿a quién le servía la plata que le dejaba don clodo si no quedaba títere con cabeza y no
la aprovechaba ¿nadie? NADIE?

Sacó de la guantera un paquete de cigarrillos, conduciendo con una mano, muy experta,
coño, desde los catorce años detrás de un timón ¿cómo no iba a tener experiencia?, sólo
el pelao aquel aquella vez cuando aquello y ya, dejó el paquete en su sitio una vez
extraído el cilindro blanco y se lo puso en la boca como con ganas de cogerse tremendo
aparato de cáncer pero de algo hay que morir, ¿no? A Míchel le gustaba descenderla, a
ella elevarlo, se llevaban bien, ¿por qué chela? A Brevo no le gustaba nada, sólo lo
mismo, lo de tó el tiempo, el corvette y ya, vestirse irse y lucirse como cualquier divo
cuando más tengo yo que lucir, dice Tata que tengo fuás de chomba: igual uno nunca
sabe, lo cierto es que este culo reviente retinas, bueno, más moderación en el
vocabulario: total, nadie te oye, dí lo que quieras que para eso es mío, claro, cuántos,
pocos y suma, todos creen que las caderas sirven para llenar espacio, Míchel no lo cree
y les saca el jugo, como los tests de aptitud mental, la monja me la tenía velada (¿tenía?)
y me decía tanta cosa en yugoeslavo que era para mandarla a pisar mierda, de verdad,
¿qué hace ese carro ahí parado? la verdad es que no me importa, puf, qué mojada estoy
en el entreacto ¿que qué? no, no habría entreacto esta vez: a lo mejor otro día o noche
qué más da: eso de jalarse dos XY la misma noche no estaba en nada y aceleró el
Chrysler cuando estaba casi deteniéndose y el hombre del automóvil estacionado ya se
acercaba..


escuchar algo de salsa que le despejara el mazacote que tenía sabé en dónde. Las luces
de los fanales eran blancas y Maribel, contagiada, empezó a cantar en voz baja aquella
canción que dice así con su ritmo tropical: la—la—la la—la lalá lalááá la—la lala
lalááá que Dios te de mucha vida negra y mucha felicidad.
¿Dígame?

¿Quién habla?


Chela.


Ah, quiubo, mani, joguaryú.


¡Noni!, cielo, qués de tu vida


Ahí, pues, moliendo piedras con el pecho


¿los?


el


¿y no te raspas?


No, qué va. Es que una lo que pasa es que está bien dura, ¿sae cómo e?


Modestia aparte, claro,


náturali.


¿Y qué es de Fefo y la tribu?


Demasiado salvajes: con decirte que ya la chichi hasta se pinta y todo


En pocas palabras, que ya está en pie de guerra


Ecolocuá. Así que pilla como le sentará la vaina a Fefo,


Me imagino que hasta muerde las esquinas.
que está que mañana mismo le pone un vidajenas particular.


Díle que no lo haga.


¿por?


A mí me pusieron uno cuando empece a vacilar con Mike,


¿Ah sí?


y no sirve de nada. Además, ojos que no ven,


corazón que no siente.


Tú lo has dicho, como diría el evangelista.


Los.


Bueno, pues: los evangelistas. Pero es que ya sabes, con tantos retoques que le han

dado a la Biblia y tantos pases,


ya se quedó sin virulencia,


como los virus de la polio,


Jó, qué enterada.


Por algo mi marido fue ministro de Sanidad, arrecuérdate.


No, si ya se nota: no hace falta que lo jures.


Es pecado jurar en vano.
Oye: y hablando de temas escogidos, manita,


Sí, díme


Sabrás que Fefo se compró la Biblia de Nacar—Colunga, la última, la de después del

Concilio.


¿Qué Concilio? Porque hubo más de uno.


Ño, sabes de historia sagrada más que la querida de un obispo.


Una, que se educó en un colegio de monjas.


Y yo, ¿qué te crees?


Pero es que yo asimilé más y mejor.


Se te nota, mija: estás desconocida.


¿Y qué fue lo que pasó con la Biblia nacarada ésa?


Que ahora dizque cambiaron el sexto mandamiento, mani.


¡No me digas!


Sí, de verdad: parece ser que Moisés oyó mal en el Sinaí.


¿Y qué es lo que dice ahora?


¿Ahora? Ahora, en vez de ―no fornicarás‖ lo que dice es ―no cometerás adulterio‖


Eso se llama reducir las cosas a su mínima expesión.
¡Meto! ¿Y eso po qué?


Sí, porque si antes era ―No te acostarás antes de casada‖, ahora es ―no te acostarás

después de casada‖.


Ya: ahora, no te casas nunca y haces todos los desbarajustes que se te ocurran.


Ey,


porque al diferir el período del talco te dan más libertad.


o lo había pensado: o sea, que


que estando soltera, te puedes pasar por las entretelas a cuanto hombre se te ponga por

delante, que ya no es pecado.


O sea, que la gente de antes


Friquiada.


Sí.


Pa que veas.


Pues tú ten cuidado con la chichi.


Ya la estoy entrenando, ya.




Fúting y eso, ¿no?


¡Qué va, mani! Lo primero que le dije es no confiara en Ogino
Porque ya se murió.


Eso, en parte. Y después llamé a un visitador médico amigo de Fefo que me surtió de

anti—beibis como para parar un tren.




Tú me conoces y sabes que nunca lo he sido, pero me regaló no sé si cuatrocientos

cincuenta cajitas de ésas con pastillas rosadas y tal: muy bonita, eh.


       Preciosas, pero la chichi no andará en bisnis todavía, ¿no?

No creo: a lo mejor: ya sabes como va de adelantada esta generación.




       Y con lo del sexto mandamiento.

                así que el hombre precavido vale por dos, tú sabes.



       Exacto: one pill—a—day keeps the obstetrician away.

       O como se diría en castellano:

       Ah, sí, se me olvidaba el artículo séptimo de la Constitución.

       : una píldora diariamente mantiene al tocólogo ausente.



                                    Hablábamos del sexo mandamiento.

       Que digo yo que llegó muy tarde.

¿Y eso ahora?


        Se pudieron haber dado de cuanta antes que Moisés no entendía lo que oía, ¿no
crees?, o por lo menos reformar los mandamientos cuando una era soltera, así como
Maribel, por ejemplo.

       ¿Qué Maribel?
          ¿Cómo ―qué Maribel‖? Tu inch, la del fundillo de chomba.

Ah, claro, no había caído, ey, de verdad. Jó, pero eso de ―fundillo de chomba‖, ¿a quién

se le ocurrió? ¿a Tata? ¿me equivoco?


Qué jebi eres, Chela. Parece que tuvieras una bola de cristal enfrente o leyeras las

barajas


O así.


O así.


Sentido común.


Bueno, pero bien pudo haber sido Pikuki Fernándes, ¿no? Esa tampoco es manca

poniendo apodos y encontrando defectos.


No, pero el quiebre de la expresión es de Tata: oficial: Arrecuérdate de que Tata es

bien racista: ―fundillo de chomba‖.


Como su tocayo.


¿Qué tocayo?


Gimnasia mental, mái cháild:


No caigo.


¿quién va a ser pues?: el führer.


Ah, claro ja ja ja ja, mija, tú sí que eres: qué ocurrencia más olímpica ja ja ja


No es para tanto, mujer.
Pero es que a quién se le iba a ocurrir si no era a tí ja ja ja ja,


Ey, pero que no se sepa.


No, ja ja ja ja führer ja ja ja ja


Ey, pero cuidadito con la lengua, mamacita.


ja ja ja ja ¿qué lengua? ¿la de la führer? ja ja ja ja


No le vayas a decir nada, ey


No, ¿estás loca? Es capaz de matarme: o peor: enrollarme con la lengua suya


Así que ya sabes: téquit ísi andón bi fulích.


Oye, a propósito:


¿Qué fue?


¿En qué quedó lo de la Santurce, la mediana, ya sabes?


sí, la fulita,


Esa misma, ¿en qué quedó el asunto?


En nada: era menso bochinchón de los que sabe preparar Tata. La pelá parece que no

estuvo ni en Londres, fíjate.


Ño, pero para inventar un embuste hay por lo menos que tener media libra de

vergüenza, aparte de saberse bien el cuento.


Y eso que puso las SS en movimiento.
ja ja ya cálmate que ja ja ja ja ja me va a dar ja ja un noséqué ja ja ja ja y ja ja un ja

quéséyó ja ja ja


¡Cómo la gozas! Pareces un niño con zapatos nuevos


es que el jueguito de palabras es jébi: mundial, te digo.


No te burles del nombre de la tipa no seas mala


Caza el vacilón: desde que la conozco, desde que estábamos en tercer grado, nunca se

me ocurrió nada semejante


y eso que por ésa época se prestaba más


claro


pero no vayas muy lejos: a mí tampoco se me ocurrió.


Es para que veas la consideración que le teníamos


Ey, y ahora que lo pienso: con lo fácil que era tomarle el tiempo sólo por llamarse

Adolfa, ¿no?


Y te quedas ja ja ja ja corta, mani


?????


¿Pero tú no sabes el nombre completo?


Adolfa Raúla


¡Meto!
Así como lo oyes.


No seas cruel, mani, que no me lo creo.


Coño, con lo fácil que era ponerse un nombre árabe de ésos que tanto se estilan en

Panamá, tipo Zuleika, Zobeida, Zaida, Zoraida, Betsaida,


Aixa


Bueno, deja a las ex—reinas de Granada en paz.


O nombres rusos, tipo Olga, Vielka, Ivanna, Miljan,


Sonia


Bueno deja a las patinadoras en paz,


Pero Adolfa


Sus viejos serían arnulfistas,


Será ja ja ja ja jaaa


¿De qué te reís ahora?


Es que me imagino al cura el día que la bautizaron.


Si no lloró, por lo menos se le saltaron las lágrimas de l arisa, ¿no?


¿Y tú crees? ¿Tú crees de verdad que es tan fea porque la bautizaron con llanto de

cura?


Ey, no digas eso, tú, que es sacrilegio:
ah, claro, si Tata se cree Miss Universo.


No seas malafé, mija. Recuerda lo que le pasó a la Santurce por pasarse de lisa con

Tata.


Atiende: ja ja ja ja


¿qué pasó?


Tú sabes que cuando los niños nacen lo primero que hacen es llorar, ¿no?


¿Cómo no lo voy a saber, con tres pelaos?


pues ja ja ja ja me dijo (ejem) ya tú sabes, Ojodeáguila,


¿Unjú?


que ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja


no te rías y cuenta la vaina, que me matas de curiosidad


sí, espera un ratiro: ja ja ja ja ja ja ay ay je je je ay ji ji ji


¿Oquey?


sí, ya se me pasa ji ji ji


sigue entonces, pues


Bueno, que me dijo (ejem) Ojodeáguila que cuanod Tata nació el que lloró fue el

médico ja ja ja ja ja ja ja


ja ja ja tú sí que eres
Y me dijo Alicia, la de (ejem), que lo que pasó fue cuando nació ja/je/ji se cayó de la

cama y se estrelló en el suelo


por eso tiene la nariz tan ñata


Si ja ja ja ja parece una calavera


No seas tan mala, oye,


es que se lo merece: ¿tú sabes lo bochinchosa que es?


y después habla de Alicia


no, si ésa tampoco es manca


pero al lado de Tata es muda


ah, bueno, eso sí


los otros días anduvo por aquí dizque toda compungida y cuento por noséqué cotorreo

que le dijo no te imaginas quién


Pikuki Fernández


ojalá: Débora, fíjate.


¿Débora? ¿la de?


Sí, fíjate:


nada menos


Moby Dick, que no rompe un plato.
y estaba hecha un mar de lágrimas y todo


ésa tiene más cuento que la Loma


será novelera


ujú, si te contara: entre Alicia y Tata se dan la mano en lo que a telenovelas se refiere


pero Tata se la gana, estaniña, no compares


no estes muy segura: Alicia se la pasa todo el santo día pegada a la pantalla: no sé

cómo es que las diferencia unas de otras.


mente cibernética


Ajó, te jalas un vocabulario de lo más pulido últimamente


Ay, gracias, mani


No hay de qué


Y volviendo a ja ja ja ja ja


Ya: Adolfa bueno Tata


Sí, ey ¿tú te imaginas el odio que le debía de tener su mamá para ponerle ese nombre?


No no me lo imgaino, pero debía de ser criminal


Criminal de guerra ja ja ja ja ja


Ja ja ja ja tú no te compones ja ja ja
Y fea y todo: no se le escapó nada


No sé qué es lo que le vería Tómi pa empatarse con ella, la verdad


Móni, mija, plata, dinero, chimbilín, billilla: si no llega a ser por eso olvídate se queda

más sola que un hebreo en Kuwait.


Pero Tómi algo de plata tendría entonces, ¿no?


Sí algo: pero tanto como para ja ja ja ja


¿Y qué mosca te pico ahora?


estaba imaginando lo que gastará la führer, digo, Tata, ja ja ja en biuti—parlor


¡Meto! ya lo tuyo en crueldad mental, mani


no, nadaeso


es que eres bien, pero bien focóp


yo lo que soy es sincera: digo lo que pienso


       pero no piensas lo que dices




        Ay, pues, la académia de la Lengua, la Baltasara, dizque usando mis mismas

palabras para llevarme la contraria, como Moyolandio


Para Académia de la Lengua Tata: ésa sí que es catedrática moviendo la sinhueso.
Ah ¿y qué fue lo que dijo la Santurce del rollo aquel famosos que regó Tata por todo el

universo?


Nada ¿qué iba a decir? Si no lo sabe: ¿no ves que todavía anda por Europa?


Putiando, me imagino


Ah, yo no sé tú pregúntale a la führer


Ja ja ja ja y después hablas de mí ja ja ja




no, si todo lo malo se pega


así que no volvió todavía la fulita pendeja ésa


no, mija


¿entonces?


Es que parece ser que la hermanita, ya sabes, la que llaman el Alicate porque sólo se la

pasa aflojando la rosca,


sí, la del lío de


ésa mesma


sigue


pues nada, que le cantó las cuatro verdades a Tata y le calló la boca.


¿A Tata le cayó la boca? Eso ya es cuento tuyo
Como lo oyes: en el Escuért, el otro día, a las cinco y piquillo, ahí, enfrente de todo el

mundo.


¡Aya la peste! y con la boca que debe tener esa pelaíta


Es lo que te estoy diciendo: le pegó mensa trapiada y la puso de vuelta y media, que si

era una tal y una nosécuál y que encima era fea y la nariz le parecía un gancho, una

morronga, ¿tú sabes lo que es una morronga?


No, pero debe ser algo bien feo


Eso creo yo, pero así mismito, con puntos y comas, fue lo que le dijo. Entonces Tata

abrió su atarraya, soltó un par de carajos y se puso en unas rambulerías, te digo,


pero ¿no quedamos en que le había callado la boca?


sí, pero después pero déjame echarte el cuento


oquey


sí, ahí, enfrente de to el mundo, levatándose la falda y gesticulando como si estuviera

discutiendo con un chinito en una tienducha,


¡No me digas!


¿Pero en qué país tú vives, mijita? Si eso fue tema de mesa redonda y conferencias

previas al desarme durante burda de tiempo.


Es que yo vivo al margen de tanto bochinche.
¿Tú? Lo que pasa es que cada vez que la gente se encuentra contigo no pasa nada y no

se puede contrastar pareceres.


No, de verdad, y no es porque yo esté como estoy, que conste.


Nadie dice nada de como tú estás, te lo garantizo.


Menos mal.


Bueno, eso fue todo. Ah, no: serpea la vaina: entonces llegó no sabes quién: Bobie, ni

más ni menos, con su perrito estúpido


Su SPV


¿que qué?


¿que qué de qué?


que qué es eso


Ah Sucedáneo de Pasión Violenta. Es como le llaman a unas pastillas en una novela de

ésas chorras de anticipación que tanto le gustan al doctor Establos


¿Stavros?


Establos, mija: Mike, en pocas palabras.


¿y por qué el perro?


A buen entendedor, con menos palabras bastan.


Bueno, como te decía, vino con su je je SPV ji ji qué malafé eres,
sigue


bueno, vino con su je je SPV je je, jó qué mal me cae el hijo de perra ése: se cree, no

sé, la mamacita de Tarzán o quéséyó


Jockey


je je sí, ji ji, debe ser je je je


no te pierdas


no me pierdo. Y entonces entre las tres se pusieron a dar alaridos y a gritar y a hablar

como si estuvieran en el mercado y a insultarse como tremendas chancleteras.


¡No vaciles!


No te estoy vacilando, creéme: fue así mesmo como te lo estoy contando,


¿Y tú que hacías mientras tanto?


¿YO? si yo no estaba ahí a mí qué me cuentas


¿Y eres capaz de porfiar que eso es verdad?


Te lo juro por mi madre: me dijo Débora que


Ah, bueno: Débora nunca dice las cosas cambiadas


Además es gorda


Que sí: parece una llanta de tractor


Inflada.
¿Y qué jué lo que te dijo Débora?


a Débora le dijo


¿cómo que ―le dijo‖? ¿Quién le dijo qué?


Alicia


¿Alicia era la que estaba ahí?


¿Alicia? No, mija, Alis no va con Tata ni a la esquina


¿Y quién fue la de la vaina, pues?


¿Quién va a ser? Pikuki, que era la que estaba ahí porque desde que su marido anda con

la putona ésa no se le despega a Tata mi con agua caliente.


Uy, entonces ese bochinche viene revisado y aumentado, si es que no viene ya retocado.


Oye, no: eso sí que no: tú puedes creer en lo que yo te diga.


A tí sí te creo, Noni:


gracias


It was a pléchur


seim ai sei


a la que no le creo es a Pikuki. Arrecuérdate lo que se puso a decir de mí hace un poco

de años,


Mujer, un resbalón lo tiene cualquiera en la vida.
Ya así que se jalaron de lo pelos y todo, pues,


a lo mejor: ya te dije que yo no estaba ahí. Lo cierto es que al final tuvo que venir la

policía y todo.


¡Chuleta!


Te lo juro por lo que más quiero:


Fefo


oquey, Fefo.




Chela,


Espera un ratiro, diér.


oquey




Ey, Noni,


Cuenta


¿Vas a estar en tu casa ahora?


Sí, ¿por?
Voy para allá como dentro de una hora. Es que ahoritita mismo tengo que ir a hacer

algo urgentísimo.


Ir al Ginecólogo por si estás en estado de buena esperanza, ¿no?


No, mujer, hoy no toca: voy a hacer algo que nadie puede hacer por mí,


¿Y tanto tardas?


No, es que después me voy a pegar un baño.


Primero lo impuro y después la purificación


Santificar el tabernáculo


deja la taberna para otro día


vale: sólo santificaré el resto


Ah, bueno


y después voy derechito para tu chántin


Jébi: te espero


Ey,


Escupe


ténme por lo menos una taza de café, tú


¿Pero qué te has creído: ¿Qué yo trato a mis visitas como tu cuñada, la barata de Nati?
Ey , sí, pelá: esa guial es más pilinki que la cháchs


dímelo a mí, que fui los otros días a pedirle un favor y me tuvo como tres horas

hablándome hierba y con una coca—cola y de las chicas, para que sufras.


¡No me digas!


Ni una galletita, ni un sangüichito ni nada


Yo se lo dije a Chindo una vez: ésa pelá es bien ruñona, pero él estaba enculado y ya tú

sabes lo que es eso


tú lo sabes major que yo


y eso que soy sietemesina y por eso no podía tener novio.


¿así era la cosa?




así mismo.


¿Y quieres saber más?


Sí, cómo no.


Que a Pikuki fíjate a quién parece que un día estuvieron en el porche, me imagino que

poniéndose a parir, y ni siquiera un vaso de agua.


Eso es de familia: Mike me dijo que cuando fue ministro, aquella vez de las alfombras,

¿te arrecuerdas?
¿Y quién no? Si yo compré de esas alfombras casi tantas como los anovulatorios que

me regaló este visitador médico amigo de Fefo.


Pues que fue a casa de don Saturnino a decirle eso, que no estuviera haciendo más, y lo

tuvo con un vaso de agua.


De tal palo tal astilla


eso es genético


oficial


es que ahorrando se hace uno rico


Ya pero yo me quedo quedo pobre, te digo, pero te atiendo como se debe, ¿sae cómo e?


Sénkiu berimóch


Ne pa de cuá


Entonces en una hora


Oquey


Suave


Arrivederchi


¡Click!


¡Click!
       Le había pedido que no apagara la luz y él estuvo de acuerdo. Luego, ella

estuvo todo el rato con los ojos cerrados: así de extrañas son las mujeres, pensó,

recordando que Terencio Gómez siempre lo previno de divinizar nada que tuviera

solución de continuidad: todo lo que está rajado está incompleto, le decía, no es

perfecto. Y qué razón tenía el viejo, que aunque no viera por lo menos pensaba. Con lo

difícil que resultaba pensar en un país como Panamá, siempre rodeado de películas

pornográficas, música estridente y televisión de la mala, siempre cerrando posibilidades

intelectuales. Pero Terencio Gómez no veía porque no tenía ni ojos: por eso pensaba.


       Maribel quiso ir al hotel que fuera del papá de Bebi Rodríguez. Míchel había

propuesto irse a un cabaret y danciar toda la noche con ese conjunto chileno tan

cotizado antes y después de Pinochet. Pero ella dijo que no, que estaba cansada, que no

quería bailar, que no quería estar sentada ni estar de pie. Míchel entonces enfiló por la

transísmica, no creyéndoselo del todo, hipando inmisericorde, respirando a medias. Ella

preguntó que a dónde iban y él le dijo con firmeza artificial que a un push—button,

haciéndose el checoeslovaco, mirando hacia el frente como si hubiera dicho una

intrascendencia. Pero lo cierto es que intentaba captar por sus poros la reacción de la

muchacha. Y ella apretó los labios y dijo que no, que ella no iba a un push—button ni

loca, que si él quería hacerle el amor (sí, eso dijo: tan progre y usando eufemismos,

pensó él), que fueran a un hotel que ella conocía y que fue una vez del papá de Bebi

Rodríguez. Míchel aceptó extrañado, pero aceptó (no hay nada más convincente que la

solución de continuidad femenina), girando el Volkswagen hacia la derecha cuando

llegaron a la altura de la Universidad: todavía no existía ese puente horrible que

destroza el plácido paisaje y que quita la paz mental necesaria para estudiar (Yóni

Samuelson decía que por ese puente extraño era que los profesionales de ahora eran

todos una mierda). Un par de nombres falsos, diez dólares, la llave, y ahora ella le
había pedido que no apagara la luz. Mejor. Así se sumaba el estímulo visual al tactil y

al olfativo, hipo descontado, claro.


       Ella estuvo todo el rato con los ojos cerrados, comprobó Míchel. Al principio,

cuando era el Verbo, se quedó tranquila, respondiéndo sólo a los besos asépticos,

entreabriendo los labios pero así, apenas. La halló hermética, cerrada, creyó, alejada,

pero hacía hervir la sangre con ese distanciamiento casi irreal. Por eso sintió que su

fuero interno ganaba tremenda batalla cuando le arrancó los primeros suspiros, y ella

empujó su cabeza más abajo, elevando las caderas imponentes y formando un arco, un

puente que iba directo al paraíso, creyó, hipando desaforadamente, sintiéndo su mano

despectiva buscándolo tímida, envolviéndolo, en una espiral creciente y decreciente,

como un universo cualquiera, disolviéndolo, se disolvían, se desvanecían, y Míchel no

llegó a saber en qué momento intentó besarla en la boca y ella retiró la cara pidiendo

aire, amor, aire, atenazándolo, hundiéndose, comprendiendo, acercándose, estallando,

rogando, llorando, gimiendo, Míchel amor amor, intercambiando sudores, sudando por

él, sudando por ella, crepitando el silencio, envolviéndose en cada uno, negando,

afirmando, volviendo a negar, volviendo a afirmar, volviendo lentamente a ser ambos,

mientras Maribel se enroscaba en el pecho hípico de Míchel, tu hipo me excita,

abriendo por primera vez los ojos desde el primer beso. Respiró hondo:


No es justo, ¿no crees?


       Míchel la miró inconstante: ella contaba, sumaba los pelos del pecho,

estirándolos y dejándolos enrollarse de nuevo.


¿Por qué?
         Tanta fel

                                                                                  No, no es

justo.




descubierto




pertenecido a Elliot Ness y su cohorte de reaccionarios.


                                                    electrificando a la muchacha otra vez

con un beso hípico en el oído.


La has hecho bien.


¿Tú crees?


         Sí.                                                ―shh, ya vienes con una frase

hecha‖. Ella rió sobre la base, rodeando sus caderas con los brazos, mordisqueándolo

hasta hacerlo saltar rehípico, hasta hacerlo girar, hasta hacerlo rodar, rodear, ir, llegar,

unir sus ansias, desbordarle, rebasarla, despertarla enloquecida, delirante, reduciéndose

hasta quedar como un obelisco, elevando su clamor a donde hiciera falta, a Ich, a Baal,

a Seth, a Marduk, y él se despepitaba hacía su todo, tratando de asirla, alcanzarla,

detenerla un instante, sólo un instante, sujetar su dolor que ya no era dolor, buscando su

encontronazo rebelde allá, en lo profundo de sus entrañas huidizas, rotorcidas, inermes,

quietas, imponentes, descuartizando entre sus tranquilas colinas, deslizándose resacado

y yaciendo junto a ella, acariciando su cintura elástica, sintiendo su sonrisa desde aquí

mismo, debajo de su propia piel.
¿Tú crees en todo ese cuento de las fijaciones?


Algo, ¿por?




Maribel sonrió tenuemente, con la mente en blanco, no era momento para hablar de

Froid, pero Míchel debía tener algo de razón. Era deliciosa la serenidad extraña, ese

conocer ahora que se era. Se enconchó, enroscándose como una gatita, runruneando

frases inconexas que hablaban de amor y felicidad y todas unas vidas para siempre.

Míchel hipaba feliz, como cuando se llevan dos toneladas de lo que sea a la espalda y se

descargan en un muelle desconocido. Cuando lo de la Negra, Terencio Gómez lo había

puesto sobre aviso: ojo, le había dicho, cuando te guste demasiado una mujer

imagínatela cagando. Pero es que había momentos, como éstos de dulce melancolía

infinita, en que se llegaba a amarlas a todas por una, icluso perdonarlas a todas por una,

cordero de amor que quitas los pecados del mundo. Menos mal que sólo duraba un

instante ese despliegue de debilidad. Así, estando así, en estos momentos, era que las

concubinas illustres lograban cambiar el curso de la Historia. Pero luego un gesto

banal, cotidiano, un eructo involuntario, y toda la magía se venía al suelo, se iba al

traste, eran de nuevo un hombre y una mujer, lejos el uno de la otra, sin posibilidad de

retorno: Brígido decía que el acto carnal es una masturbación en compañía.


                                                                                    Echó

pensativa el humo hacía arriba, delicadamente, como valorando su alcance.




las uñas pintadas de azul—cielo.
       Mi viejo solía decir que el corazón hay que tenerlo en e

el pelo negro lacio chorreando deseo sobre la frente olímpica.




lunar junto al ombligo, la vegetación chocolate desordenada.


       Dos cuerpos que, lóg

silencio, la boca silabeando, el cuello encogiéndose por el hipo cobarde.




botón castaño, elevándose en punta y descendiendo incitantes.




el diafragma haciendo virguerías.


       Y yo. Pero si no hay satisfacción mutua es que la atracción fue unilateral o

                                              a ordenar y ser obedecida, las aletas de la

nariz aleteando, los ojos cerrados, las pestañas curvas.




piernas separadas, las manos tranquilas.


       Digamos mejor incapacidad labor

cigarrillo aplastado contra el cenicero de la mesita de noche, los ojos mirándose de

frente, las manos explorando territorios conocidos (―la palma rumorosa, la música

sabida‖), la búsqueda, el encuentro, la separación parcial, el reencuentro, las espirales,

las letanías, el canto general, el epitalamio del prieto trinidad, el mundo ancho y ajeno,

¿quién de nosotros?, los dedos, las uvas de la ira, el desierto del amor, el rito, los de

abajo, la presencia lejana, rayuela furiosa, dejando atrás al hombre de celofán, marcha
forzada en busca del tiempo perdido, las corrupciones, infierno, paradiso, los premios,

la tregua, la triste tarea de aprender a morir, el siglo de las luces, la traición de Rita

Hayworth, ha estallado la paz.


       Cuando salieron al obsceno pájaro de la noche el plenilunio en su oficio de

tinieblas derramaba la sangre fría todas las sangres sobre sus cabezas cortadas, suenan a

lo lejos ¿por quién doblan esas campanas?, y ellos, como los pasajeros del jardín, se

duplicaron como el Aleph por los senderos que se bifurcan, la luna verde frente a ellos,

como canciones retorcidas, como el buhó que dejó de latir, lanzas coloradas que se

dirigen al astillero por el túnel de un oficio del siglo veinte, surgen Conversaciones en la

Catedral: ¿de dónde son los cantantes?, son de la Loma Ardiente y vestida de sol, como

las juventudes exhaustas, cayendo de pronto bajo las ruedas, aplastándolos de pronto

cien años de soledad donde lo que hace sólo un momento era el llano en llamas:

entonces, atravesando la calle presuroso, mirando el reloj, el doctor Miguel Gómez MD

montó en el bólido de su mujer y arrancó, sin mirar atrás, con esa expresión adusta que

todos le conocíamos.


       Maribel estuvo un rato como indecisa, como desarbolada, descentrada,

desconectada: al menos eso parecía, de pie en la puerta del hotel, moviendo los ojos

para un lado y para otro, sin mover otro músculo, seria. Luego, parece que se decidió a

dar una vuelta por ahí, por hoy sola, a rescatar de la naturaleza lo que creía que había

entregado esa noche, a buscar esa sensación de libertad que había dejado chocando

contra un hipo excitante.


       Tres o cuatro cuadras más allá del hotel que fuera del papá de Beby Rodríguez,

como si estuviera oficiando una especie de ritual pagano y privado, la vimos subir el

Chrysler con calma, encender con calma un cigarrillo cuya marca no divisamos y salir
despacio en dirección, suponemos, del Puente de las Américas, con el corazón bronco y

los ojos negros brillando en la noche como los de una gata montesa.
        No          no me digas que no             porque yo sé que es bien cierto Mickey no

me vengas ahora con el rollo de siempre                que ustedes los doctores creen que se

las saben todas pero conmigo te fregaste             ¿me oíste?      Porque si yo tengo algo

que tú no tienes es la vida:                yo estoy vivo    aunque tú no lo creas ¿sabes?

        y estoy vivo porque no estoy muerto          no no es ninguna babosada porque hay

tanta gente que está muerta estando viva.


        sí sé que te ríes      lo respiro        pero creéme porque es verdad y yo nunca te

dije una mentira     ¿noerá?           entonces atiende lo que te dice mi voz que no clama

en el desierto ni ara en el mar:   (ejem)


        yo llevo toda mi vida colgada en la espalda               a cuestas     amarrada en

sudor     y nunca se me ha ocurrido echarle el muerto a nada ni a nadie nunca porque tú

solo puedes hacerte a ti     nadie te construye         nadie te crea tú solo


        y así es que yo sólo me ví desde siempre           creo que desde antes de que todo
lo que es fuera y esa vida que llevo encaramada pesa mucho ¿oíste?                  dí: ¿me
oíste?:          ah bueno porque son huellas que se quedan ahí enrolladas           en los
poros              y que no salen así como así yo quisiera poder hablar como ustedes
los que fueron a la escuela pero ¿te acuerdas que yo mismo no quería que tú
fueras?      pero gracias a dios que sí fuiste ya te digo me sería bien fácil decir lo que
tengo o quiero decir pero no puedo y lo que digo lo digo de sopetón            porque sale de
ahí     del corazón y no del cerebro ¿tá bueno? y házme caso a mí que antes de
que tú estuviera ni siquiera pensado ya yo sabía lo que es andar batallando en la
brecha       en la lucha por la vida     así que no vayas a pensar que lo que pasa es que
me está patinando el coco y que me estoy poniendo insoportble porque me estoy
poniendo chocho hay gente así           no te lo niego pero yo no porque            sé muy
bien lo que digo

        y tú sabes mejor que nadie que yo sólo hablo de lo que me sé bien y entonces no

hace falta ni siquiera de que me pregunten


        tú sabes más que yo de las cosas que están escritas en papel y tinta sobre todo

porque yo no puedo leer         y si pudiera no podría en realidad porque se me hubiera
olvidado       pero yo sí sé lo que significa para ti un minuto cosa que tú no puedes hacer

conmigo        porque para tí un minuto son sesenta segundos y ya por ejemplo                  que

pueden o no perderse pero para mí un minuto es un camino largo             largo   largo del que

puede saltar la sorpresa como quien no quiere la cosa a poco que me descuide                     el

valor del tiempo es cosa que no dan los relojes y de lo que te podría hablar horas y horas

y horas y horas porque es algo que no se puede ver           como se ven los relojes         y que

entra de lleno en el espacio que yo tengo entre los sesos            tú hablas de frases raras

largas y malas         porque siempre      se trata de enfermedades que nunca son cosa

buena      pero no me vengas con que tú sabes lo que vale la vida porque para ti una vida

es como un zapato para un zapatero o un motor para un mecánico:                               pura

mercancía           tú crees dar la vida porque cuando a alguien se le para la máquina le

pones una inyección y echa a andar de nuevo              pero ya te digo que no siempre pasa

porque aunque están que parecen vivos no lo están          son como muñecos de palo o como

espejos animados o como bombillos que dan luz porque les pasa la corriente                   así le

pasa a esa gente Mickey que estan menos vivos que un bombillo                como plantas        la

vida es otra cosa eso es lo que no les enseñan a ustedes lo matasanos                  perdona

comerciantes de salud        a ustedes les enseñan que vivir es lo más fácil y también es lo

más difícil     no me vengas ahora con que es un jueguito de palabras que no lo es ¿por

qué crees tú        entonces que nadie se pone de acuerdo en que si el suicidio es malo o

bueno?      ¿ves?     unos dicen que cuando la vida es un martirio el suicidio es un deber

y otros afirman que hay que ser muy cobarde para huirle de esa manera a todo lo que

nos rodea      que la vida es bella que hay tantas cosas que vivir     o     que ver    tú     que

ves : mírame a mí


         ¿con quiénes me quedo?          te lo voy a decir:      con ninguno       porque ellos

hablan por boca de otro       no saben lo que es vivir    que si lo supieran ya sabrían cuál es
el mejor camino      ¿oíste?     porque ellos también son plantas están muertos        aunque se

crean muy vivos       si     ya sé por dónde me vienes:


         y no me vengas a engañar:            me vas a venir con que las plantas también están

vivas      pero ya tú sabes que eso a ti te lo dijeron pero no te lo probaron y si te digo que

me lo pruebes a mí         que no veo nada de nada       no vas a poder hacerlo      ¿no?     y es

más fácil siempre que le den a uno las cosas hechas            la comida cocinada       casi casi

digerida     y eso es lo que yo te digo oye bien porque a mí              lo que es a mí     nadie

nunca me dio nada          lo que tuve     cuando lo tuve y si lo tuve    que yo mismo ya ni lo

sé      fue por mi propio sudor:         por eso era que te decía que yo llevo la vida amarrada

al sudor      yo siempre tiré palante


         hasta que tuve y tuve que aguantar            ¿y tú qué alternativa tienes Mickey

Gómez?        tú no sabes lo que es no saber ni cómo eres ni estás ni qué tienes ni qué no

tienes ni cómo ni quiénes son los que están contigo o sin tí o contra tí ni cuando estás

solo     y no quisiera que lo supieras nunca así que no te laves nunca la cara con jabón

germicida            dicen que vivir para ver eso      lo dicen cuando sucede algo a lo que no

están acostumbrados          pero   cuando uno vive a oscuras te acostumbras a lo que sea y

nada te sorprende porque nada te saca de esa noche continua              eterna   que no se acaba

nunca y que pasa a la muerte sin qu tú mismo sepas si te moriste o no


         el temor de la gente a morirse es eso        ni más   ni menos: miedo a dejar de ver

lo que cree      o le hacen creer        que forma parte de uno     de su ambiente por eso es

que partir es morir un poco porque te haces manso despegue de tus cosas cotidianas

no tampoco       nadie lucha contra la muerte todos luchan por seguir viviendo             que son

cosas muy distintas y mantener la vida             para que lo sepas de una vez por todas       es

tener onde caer muerto        no no te rías     que no es vacilón   niningún juego de palabras
ésa esa la frase que se emplea para definirnos a los pobres          ¿no?    no tiene ni dónde

caerse muerto      y esta gente     que no tiene dónde caerse muerto         ¿no es la que más

anda pensando en morirse?         porque su sitio no está en este mundo como Jesucristo

te lo digo yo que andé bajo la lluvia un pocotón de tiempo esperando nomás que me

cogíera una pulmonía pa morirme de una vez por todas           pero entonces no estaba vivo

y estaba amarrado a las cosas que cree uno que existen porque se pueden dizque vivir

celos    amor odio      pasión                 soledad    incomunicación     incomprensión

amistad      y díme: ¿estoy más o menos vivo que antes?              en esos entonces no me

atrevía a matarme yo solo          porque estabas tú       porque estaba ella    no me vengas

con el mismo cuento de siempre           ¿tá bueno?       ahora sé que no me importa morir

hoy     o mañana     o ayer       qué más da     pero eso no se me concede es como          si la

naturaleza no digo dios       porque él no interviene generalmente en estas cosas           fuera

bien terca y se empeñara en llevarme la contraria           pero tú no estás aquí por eso      lo

sé    tú viniste por algo muy distinto a oír jueguecitos de palabras y menos para defender

causas perdidas     ésa es la excusa     eso lo sé porque te conozco aunque nunca jamás te

haya visto     pero tu voz te delata       lo bueno que tienes tú es que no te traicionas

nunca       a los demás no sé        a lo mejor      sí    pero a ti no     eso seguro     y me

alegro porque así es como debe de ser


        tú sabes hasta dónde debes o quieres llegar y eso es una ventaja        no creas     y si

ves que tú puedes encaramarte          o alargarte o bajarte más          según te convenga

entonces lo haces si no no y ahí es donde radica la valía de un hombre                   no es el

dinero que cargo en el bolsillo no te creas que sabes mucho porque las medicinas no

tienen casi secretos para tí pero y porque el día que sepas deleitarte oyendo el silencio

entonces verás que todo lo que sabes ahora te sabe a mierda                  yo sé que tú me

entiendes     siempre me entendiste por eso te hablo así anoche estuvo por aquí Leida
olía a puta te digo      y le hablé de esas mismas cosas con más o menos las mismas

palabras y me dijo ella a mí imagínate     que yo era un grosero         y se fue


       por eso me gusta poder hablar contigo       porque así hablo como me salga y tú me

entiendes    por algo somos de la misma sangre          y también me gusta que sepas lo que

eres y lo que vales    porque por ahí anda regada gente que se cree una cosa              aparenta

otra   y en realidad es algo muy más distinto       tú no tú eres el mismo siempre           pero

el asunto es que te estás volviendo vertical y en horizontal así que a cada rato tu imagen

es distinta porque se ve desde distinta ¿cómose dice?           panorámica          eso es pela el

ojo que a lo mejor no te lo perdona nadie:         las cosas no se ven de la misma manera

arriba abajo derecha izquierda     tú parece que estás arriba crees eso los haces creer

eso pero también sabes estar abajo       estás abajo     crees eso los haces creer eso       pero

en todos los sitios eres tú   y eso no pasa con toda la gente           creéme cada cual tiene

marcado su puesto y si el de arriba mira hacia abajo con desprecio y vértigo                 el de

abajo mira hacia arriba con odio y envidia       pero todos están conformes            y eso es lo

malo     uno que no esté conforme            ¿cómo se llama esa gente?                   eso un

inconformista    un disconforme lo único que hace es comportarse como un espejo                   y

a nadie le gusta mirarse cara a cara con su cara       y es más fácil justificarse diciendo que

el ¿comosellama? disconforme       eso es está loco y crucificarlo         porque aunque no se

remedie nada     por lo menos no los obliga a pensar y deja de hacer que la gente siga su

vida como robots       no dejes que te crucifiquen         que eso es bien desgradable ahí

colgado de los sobacos y lo que es peor:      no tiene pago:         si estás arriba mira como el

de arriba    si estás abajo    mira como el de abajo           así     si estás arriba     eres un

hombre chévere       náis y si estás abajo eres un men legal rareza          sé que esto está de

más decírtelo a ti    que te pasaste el veinticinco por ciento de tu vida solo en un país

extranjero   lo mejor de tu juventud     por no decir toda tu juventud        pero me llegó a la
punta de la lengua y lo escupí      tú perdona     ¿tá bien?     Gracias    ah     y ya que estoy

en ello:     anoche soñe contigo ¿sabes?         tenía años que no soñaba         y te ví hasta la

cara y todo     fíjate cómo sería    que cuando tú naciste ya estaba ciego           pero te ví y

toda la cara estabas sentado en una silla            en la mitad de una carretera sobre las

junturas     ya sabes    ésas líneas de alquitrán mal puesto que separan los carriles         pero

estabas serio muy serio         Mickey   demasiado serio me pareció como que te pasaba

algo   aunque no sabría ahora mismo decirte qué aunque me mataran por ello                estabas

mirando fijamente algo que quedaba al parecer muy lejos y que tú sabías que

caminando podías llegar pero no te movías           por los dos lados iban y venían carros de

toda clase de colores     de toda clase de clases de toda clase de gente         pero lo que más

me llamó la atención fue que tú no te movías y no sólo no te movías                  sino que no

hacías siquiera el intento       o sea   que no estabas inválido       sino que no te querías

mover yo sé que tú sabías que lo que tú mirabas no era el final de nada porque no estaba

sobre la carretera      sino a un lado    y detrás por fuerza algo tendría que haber:              el

mundo       en la transversal    no se acaba así nomás     pero tú sólo mirabas y mirabas

hasta que     en un momento dado se abrió la tierra      con gran estruendo        y te hundiste

sin inmutarte mirando y sin moverte        creo que me estremecí cuando te ví desaparecer

por aquel hueco que se cerró encima de tu cabeza          sin que tú protestaras siquieras


        no sé si me desperté      creo que sí pero ya tú sabes que mi vida es sólo sombras

y nada más que sombras y que lo mismo me da estar dormido que despierto                  lo cierto

es que cuando te ví otra vez estaba por allá lejos             por los lados por donde habías

mirado antes pero entonces ibas caminando y mirabas para atrás             sí    para atrás   para

la carretera sí te ibas alejando de la carretera       lo que no sé es si mirabas la carretera

o mirabas ya alejado lo mismo que cuando estabas sentado sin moverte                     y no te

tropezabas      y eso que cada vez te ibas más y más lejos            tanto que del hueco por
donde te habías metido no quedaba ni la cicatriz y después miraste otra vez para

adelante y fue cuando me desperté        creo     porque no te ví más y comenzé a oír la bulla

de la calle y eso     estuve un buen rato tratando de descifrarlo ya sabes tú que los

sueños te dicen el número de la lotería          y si me compraba un pedacito y me tocaba

algo   siempre seria bien recibido        aunque me quitaran luego el cinco por ciento de

impuestos      pensé en el número del día de tu cumpleaños          en tu edad     tu peso   tu

estatura    el número de tus zapatos      la hora en que naciste    pero después carburando

ya más despacio     tú sabes que no tengo otra cosa que hacer       una vez pasada la euforia

de verte aunque fuera en un sueño          me dije digo:       ¿sabes una vaina?     ése sueño

dice más de lo que yo me figuro        y me puse a descifrarlo en serio    ¿a qué no sabes lo

que he sacado en claro?      te lo voy a decir pero antes déjame recordarte lo que te dije

hace tiempo, cuando aquella vez de esa pelaíta que preñaste:              ojo con lo que está

agujereado     incompleto:    nada que está rajado es bueno        y se te parte en menos que

canta un gallo    como Simón Pedro        y sé que tú estás aquí porque quieres hablarme de

un hueco por el que te caíste sin inmutarte y que te puede llevar bien lejos          como un

túnel ¿me equivoco?


       vienes a hablarme de Marcela             ¿no?
       Marcela era sietemesina, así que no podía tener novio porque no estaba bien

formada, decía la señora Arancha, guiñándole cómplice un ojo a su marido. Eran cosas

que había que preguntarle a los médicos, que sabían de eso mejor que ella, ¿no crees?

El señor Ruiz asentía, con la boca torcida por un balazo en la batalla del Ebro, y grunía

en euskera algo que no entendía ni el más pintado.


       Miguel comprendió la indirecta desde el primer día, cuando llegó con Chindo

dizque a buscar los implementos necesarios para ir a jugar beisbol. Se habían conocido

una semana antes, en una cantina que quedaba casi en la entrada de su barrio; se habían

pegado una juma monstruosa y habían quedado en verse al día siguiente para comprobar

que la amistad reciente no era sólo por la borrachera que cargaban a hombros como una

mochila. Y se habían hecho bastante amigos, tanto que incluso se habían intercambiado

las hembras una noche entre las ruinas del Puente del Rey y la Catedral de Panamá la

Vieja. Así que el sábado siguiente, después de comprobar que efectivamente se iba a

celebrar el match, Chindo se llegó en la moto hasta la casa de Miguel dizque a buscarlo

para que defendiera la segunda base de su equipo, que tenía que ganarle a los Devils de

Cambuto de todas maneras. Minutos después llegaron como un hálito al chalet de los

Ruiz Goytía—Ulibarriaga y mientras Chindo buscaba las manillas y las gorras Miguel

estaba sentado en la sala, sobre un sillón comodísimo, anatómico, con las manos sobre

las rodillas, hipando y contestando lo más cortés posible a las preguntas y comentarios

del señor Ruiz, y exponiendo, dentro de lo que cabía, su opinión acerca de la situación

mundial, siempre en crisis y siempre al borde de la guerra total. Marcela había entrado

jadeante cuando el tema era la inflación, con el calor del trópico agostado en la

garganta, con el cabello seminegro pegado a la cara, mojado, y diciendo que no había

nada mejor que bañarse en el Pacífico al amanecer. El señor Ruiz, alto y con las sienes

de platino, de mandíbula cuadrada y la boca torcida por el balazo, dijo, como ladrando,
que ya iba siendo hora de que volviera. Marcela no respondió y cruzó la sala medio

tarareando una canción de moda, al momento en que la señora Ruiz llegaba buscando

unos aretes que había dejado por ahí la noche antes: parecían actores de una compañía

de teatro que interpreta obras multitudinarias, en las que siempre que un personaje sale,

otro entra. La señora Ruiz se llamaba Aránzazu, le decían Arancha y era una vasca

fornida y rubia, henchida de ría y txirimiri, que al instante captó la mirada de

admiración del muchacho chocando contra la estela de juventud que dejaba su hija,

como secuela de su paso a través de la estancia. Lo miró sonriendo con ternura,

fingiendo tristeza y sintiendo lástima:


Es guapa, ¿no?


       Miguel asintió perplejo, desenmascarado, iba a decir Está muy buena, pero el

sonido no le salió. Entonces fue que ella le dijo que Marcela era sietemesina y por eso

no podía tener novio y era una lástima, ¿no creía Miguel así?, porque el hijo de Fulano,

Zutano, Mengano y Perenganejo, que tenían plata en pila, andaban detrás de ella como

perros perdidos sin collar, pero ésas eran cosas que había que preguntarle a los médicos,

¿no te parece?


       Chindo volvió casi corriendo y le dejó la gorra en la cabeza y la manilla en la

mano al paso, y Miguel se levantó, se despidió más respetuosamente de la cuenta y salió

y se montó en la moto y en el partido Chindo le preguntó que le había pasado y no supo

que contestar. Chindo, que al parecer tenía la perspicacia de su vieja, le dijo que ojo al

parche, que Marcela estaba loca, que era mensa agüevá, que sólo andaba pensando en

trapitos y pendejadas, que no valía la pena, y que lo perdonara, porque era su propio

hermano y además era amigo de Miguel.
       Por esos entonces, Miguel andaba por quinto año de bachiller y se mantenía con

lo que ganaba trabajando en la bodega del chinito Chong Wong Chang, que era más

pirata que un turco. Terencio Gómez estaba ansiando volver a Colón, aunque reconocía

que no era ciudad donde nadie quisiera vivir voluntariamente. Además, Nacha debería

todavía vivir allí, pero qué más daba. Y es que para estar solo en la casa, le daba igual

estar en Panamá que en Colón que en Pekín. Porque Mickey, (que no quería que le

dijera Mickey, como el ratón ése de las cómicas) trabajaba todo el día y se iba a la

nocturna después de cenar. Así que le daba absolutamente igual. Pondría un quiosquito

para vender sáus y seviche y tranquilo. Pero Miguel no quería volver a Colón, dizque

porque en Colón siempre llueve, dizque porque es la ciudad que se muere sola, dizque

porque se la pasa uno nadando cuando se encharcan las calles y ahora era peor, desde

que se había hecho amigo del rabi ése fulo (cagaleche, jamón guindao): las vecinas

decían que el fulito negreaba a Miguel y que lo tenía para hacerle los mandados y para

limpiarle el carro y quién sabe cuántas cosas más, pero él no se lo creía: conocía

demasiado bien a su hijo, aunque nunca lo hubiera visto, y estaba seguro de que no se

iba a dejar negrear por nadie. De eso estaba seguro y podía hasta apostarse el cuello.


       La segunda vez que Miguel vio a Marcela fue en un partido de basketbol entre el

IJA y La Salle en el Neco de la Guardia que terminó a puñete limpio. Ella estaba ahí,

con su uniforme de colegio de monjas, animando a los lasallistas, pero cuando

empezaron a volar los cuadernos fue una de las pioneras en gritar histéricamente y en

saltar y patalear berreando. Miguel atravesó la pista hiposo y llegó, no sin esquivar

puñetes y sortear noquiados, hasta donde estaba Chela pataleando. La tomó por la

muñeca y la llevó, amarrando la cara para asustar a alguien, hasta la entrada sin que ella

acertara a decir nada, pensando Este tipo me va hacer algo Dios Mío. Indudablemente

no reconoció a Miguel y se pensaba lo peor, un marihuanero o así; la mataría después de
perjudicarla o así y la dejaría descuartizada junto a la Aduana; empezó a vociferar otra

vez hasta quedar afónica, llorando residualmente, en silencio, con los ojos abiertos

mirando hacia la cancha, la batalla había degenerado en un lanzamiento de dientes y

tinteros, y sintiendo su corazón cabalgar desbocado. En la puerta estaban dos tipos

grandes y agarrados, que no pertenecían a ningún colegio, que tenían un palillo de

dientes detrás de la oreja y masticaban chicle. Miguel dejó a Marcela contra la pared,

no se fuera a desmayar, por la impresión, y le hizo una señal al que le quedaba más

cerca, como diciéndole que tenía un levante o que era su madre o así y que lo dejara

pasar. El tipo miró a Chela con ojo inquisidor, de arriba abajo y de abajo arriba, y les

señaló la calle con la barbilla, separando las mandíbulas sin abrir la boca, como

diciendo Eres tieso, pelao.


       Cuando llegaron a la acera, dos lasallistas traían a Yóni Samuelson casi sin cara,

sólo una mole de sangre irreconocible colgaba de los brazos. Entraban tres policías

desenvainando el tolete y Marcela temblaba y le sonaban las rodillas y los dientes.

Quiso entrar en el carro del lasallista en el que se iba (o se llevaban a) Yóni, pero el otro

lasallista se lo impidió dándole un leve pero firme empujón, y Miguel la sujetó en el

borde de la cera (y del breakdown nervioso: antes de que se friquiara) por los hombros

convulsionados.




lentamente hasta encararse con él.


                                                                                 o sus ojos

verdes como el liquen. Entonces él le contó que era amigo de su hermano (omitió lo de

las borracheras y los girl—sweapping, que ya se venían repitiendo con angustiosa

frecuencia), que fue una vez a su casa, que la había visto ese día, que por eso era que
sabía quién era y no quería que le pasara nada porque, aclaró casi sudando, estimaba

bastante a Chindo.


       Ahora, si lo dejaba, quería invitarla a tomarse una soda, un café o algo, lo que

fuera. Ella como que pensó que si no llega a ser po él, a lo mejor le parten un brazo,

como a la chiquilla del IJA que salía ahora sujetándose una muñeca y llorando. Dijo

entonces que sí, acomodándose el cabello negro con una mano vítrea.


       Hablaron toda la tarde y fue ese día cuando Miguel pensó que se había

enamorado de ella: mejor: fue ese día cuando Miguel se enamoró de Marcela: ahora

ya no la deseaba con ese impulso animal tan común, ahora no veía detrás de ella una

montaña de monedas, ahora ya no veía a la hija de un exilado chapeto que estaba

buena: ahora veía Marcela, Chela, Marcela. Le dijo temblando, una vez que tomó

conciencia de que la amaba, que le gustaría volver a verla y ella dijo que no lo sabía,

seria, calibrando quizá las repercusiones que en su esfera social podría tener ese tipo de

relaciones. Miguel volvía a sentir que se estrellaba contra una muralla extraña, invisible

pero certeramente eficaz, insorteable. ¿Adónde irían? El ni lo había pensado. Ella dijo

que, dado que era sietemesina y no podía tener novio, su papá no debería saber nada,

¿oquey? Miguel parpadeó: ¿entonces aceptada?




pasado mañana, que la esperara en el parque Anayansi a las siete y media.


       El romance fue tórrido y clandestino, exuberante y húmedo. Por lo menos eso

pensaron ellos, pero la señora Arancha se empezó a oler algo un día que sorprendió las

miradas que se disparaban cuando Miguel caía por casa, dizque a buscar a Chindo o

dizque a hacerles la visita. Le caía bien Miguel, cierto, pero no era el apropiado para
asegurarle el futuro a su hija, máxime teniendo mejores partidos entre los muchachos

que la rondaban. Miguel trabajaba, vivía en casa de alquiler, no era blanco, tenía

demasiados ideales, bebía cerveza, no fumaba (por lo menos no cigarillos caros), no

vestía de poliéster, no tenía carro, no tenía tocadiscos cuadrafónicos (pensó ella y

acertó), no se iba de compras a Miami ni era socio del Club de Yates y Pesca: en suma:

no estaba en nada. Así que, lógicamente, se sentía inquieta, tan inquieta que consultó

con su marido un día que el señor Ruiz estaba de buen humor por algo que había

pasado en España. El le dijo que lo dejara en sus manos y llamó al día siguiente a un

vidajena particular que se autodenominaba Detective Privado: le confió la misión,

desagradable pero bien remunerada, de vigilar a su hija (le enseñó una foto) cada vez

que saliera de casa o del colegio y le hiciera una relación detallada de sus contactos

sociales, sin emitir ni uno solo. El detective empezó sus pesquisas esa misma tarde, y

así don Cresindo Ruiz Goytía—Ulibarriaga se enteró de que la intuición de su mujer no

fallaba y que los contactos de su hija iban más allá de los meramente sociales. El

investigador secreto fue informado sobre los paseos a la orilla del mar, los susurros en

la oscuridad de un cine, el uso subversivo de los garajes ajenos, los suspiros

inequívocos en un cuartucho de cualquier pensión barata o en el propio cuarto de

Miguel, la visita furtiva en una ocación a un ginecólogo y las escapadas de clase (los

paveos) que culminaban en cuestiones muy lejos de las académicas, en el tiempo, en el

espacio y en la intención. Entonces el señor Ruiz y su dilecta esposa llamaron a

capítulo a Marcela: ya esto se pasaba de castaño oscuro y se metía en negro. O se

acababa… o él se vería obligado a tomar cartas en el asunto e intervenir de una manera

drástica, determinante y decisiva. Naturalmente, y por lo pronto, Miguel no debería

pisar más nunca esa casa, que había estado mancillando y deshonrando tanto tiempo.

Le daba una semana.
       Miguel quiso dejarlo, alegando que la diferencia de bolsillo era enorme y que

estaba visto que eso sólo se veía en películas, que nunca un pobre llegaba a nada con

una rica (a la inversa sí era posible). Pero Marcela, encorajinada, dijo que no, que si se

lo había dicho era por tenerlo enterado, no para que rompieran, que ella sabía que lo

quería (con alma, corazón y vida) y desafiaría al mundo entero por ganarse su amor a

pulso. Miguel se hizo el convencido (o se convenció, por lo menos él mismo no lo supo

en ese momento) y decidió que, oquey, no volvía m´s por su casa, pero que seguiría en

la brecha: ella rió pícara con la tenue alusión y se apretó más a él. Entraron abrazados

en una refresquería y él puso ese disco de Con mi corazón te espero (tú tan alta y yo tan

bajo, tú tan rica y yo tan pobre, etc.), mientras ella pedía una chicha de tamarindo. Lo

escucharon embelesados, cogidos de la mano, ante la mirada lastimosa del vidajena

particular, contratado expresamente para destrozarle las ilusiones.


       En principio, el señor Ruiz pensó mandarlo a la Isla Penal de Coiba, acusado de

cualquier cosa, pero la señora Arancha, más cerebral, le medio cantó ésa de Dicen que

la distancia es el olvido y el señor Ruiz cayó en cuenta. Mandó llamar a Miguel que se

presentó nervioso y más hipotímido que nunca. Se encerraron en el despacho decorado

con muebles de Talavera de la Reina (―los muebles de Talavera todo Madrid los

pondera‖) y hablaron, largo y tendido, durante casi cuatro horas. Nadie supo a ciencia

cierta lo que se discutió, pero de lo que se pudo escapar (cuando la señora Arancha

entró a llevarles unas ginger ale, cuando Chela fue a decirle al señor Ruiz buenas

noches, cuando Chindo fue a pedirle la llave del carro y veinte dólares para gasolina)

algo se sacó en claro: el señor Ruiz propuso un consulado, una embajada, un viaje al

extranjero, Hong Kong, Dahomey, Wladivostok, a donde quisiera, a Sebastopol incluso,

con todos los gastos pagos, incluyendo burdeles, por un año. Miguel no aceptó, ni

pensarlo: él no aceptaba chantajes. El señor Ruiz le dijo, con calma y con la boca
torcida por el balazo famoso en la batalla del Ebro, que era mucho más saludable que él

cambiara de aire. Miguel tragó saliva. El señor Ruiz respondía por todo. Entonces

Miguel lo miró seriamente y le dijo que si eso era de verdad lo que quería, que entonces

le pagara los estudios de Medicina en cualquier lugar del mundo. El señor Ruiz lo miro

admirado: eran seis años, no uno, y eso costaba mucho dinero.


                                                                               eso era lo

que le molestaba: que en el curso de la misma conversación se apocara y se creciera,

desconcertando, no sólo a su interloculor, sino a sí mismo.


       Lo pensaré. Vu

Miguel salió, despidiéndose de la señora Arancha con una leve inclinación de cabeza.


       Marcela no pudo contener la rabia cuando, a la mañana siguiente, su mamá le

contó el remate de la conversación, más lo que el señor Ruiz le había dicho,

naturalmente que distorcionándolo a su favor. No quiso desayunar ni tampoco ir al

colegio, por lo que la señora Arancha tuvo que llamar al colegio para decirles que Chela

estaba idispuesa. La monja comprendió, era normal, no se preocupe, a todas las

mujeres les pasa, ¿sabe usted? La señora Arancha asintió, sí, a ella alguna vez le había

pasado. La monja, con un claro acento italiano (las monjas son internacionales, no

tienen patria, como los judíos, los gallegos y los cubanos exilados), le dijo que bueno,

quei non fuera nada. Y colgaron. Marcela, por su parte, se encerró en su habitación y

lloró toda la mañana, hasta que se cansó: almorzó y siguió llorando toda la tarde. Cenó

y con permiso del señor Ruiz, que se lo otorgó sin gruñir en euskera, salió llorando a

reunirse con su novio. Miguel no se enteró de que Marcela había estado llorando

porque ella no se lo dijo y porque cuando ella llegó a su casa estaba lloviéndo a cántaros

y estaba empapada. Chindo, divertido, sólo comentó: ―ése sabe lo que quiere y cómo
conseguirlo‖. El señor Ruiz levantó la vista del Newsweek que tenía en la mano y se

dijo que probablemente tuviera razón, pero no era cuestión de echarle un asesino a

sueldo por un romance de chiquillos. Total, que lo había comprado y podría luego

manejarlo a su antojo, so pena de destruirlo:




                               que rueda y plasta, como las llantas.


       Miguel le dijo que no le había entendido bien NO QUERIA SU PLATA, que lo

que podía hacer era conseguirle una beca y/o un préstamo para que pudiera realizar sus

estudios. Eso era todo. El señor Ruiz, un poco aliviado en su carga monetaria,

consintió, pero con una condición: que no volviera hasta que terminara la carrera.

Miguel estuvo de acuerdo, y al lunes siguiente tenía en su haber la beca, el préstamo y

una cantidad considerable que, al parecer se había ganado en la lotería. Marcela, por su

parte, no dejaba de llorar, mojándole las sábanas, llamándolo prostituto, vendido,

desalmado, pero él se limitaba a sonreír y a decirle, como la canción de Basilio, que El

tiempo vuela, que cuando volviera ya todo se iba a rreglar, que serían mayores de edad

y libres para hacer lo que les diera la gana, que la quería y que se quería casar con ella.


       El estado de Marcela procuparía a cualquier padre, porque estaba perdiendo ya

tantas libras que se contaban mejor por kilos. Y eso que cuando una muchacha tiene en

estado que preocupa a sus padres es porque aumenta de peso. Pero ver a Marcela y

alrmarse era una sola cosa: había adornado su rostro cantábrico con dos ojeras

patéticas, no comía, no estudiaba, no dormía, no hablaba con nadie, fumaba a

escondidas, sus ojos verdes se estaban agrisando, las blusas se le caían por los pies, la

mirada se le iba, y dos semanas antes del viaje inició su colección de cáscaras de pipa,

que guardaba debajo de su cama. Y su angustia se estendió por casi seis meses,
creyendo que no iba a resultar, que no iba a haber separación, mientras Miguel concluía

la secundaria, se graduaba, ayudaba a Terencio Gómez a mudarse a Colón y poner su

quiosquito de sáus y seviche, preparaba sus maletas, se despedía, la amaba con

desesperación incruenta y un día luminoso de julio, entra las lágrimas de Marcela, ya en

el punto álgido de la deshidratación, y la satisfacción del señor Ruiz, el trasatlántico

italiano bautizado con nombre de pintor, partió rumbo a Europa.


       Meses le había costado decidirse a cruzar el charco. En un principio pensó en

irse a USA, pero luego recapacitó y consideró que sería una especie de traición a

Terencio Gómez, que perdió su trabajo en la zona por haberse resistido a hablar inglés.

México quedaba muy cerca de los United States y además tenía exceso de machos y

charros con pistolas y caballos y, para colmo de males, el llano estaba en llamas. En

Argentina, entre el justicialismo, los montoneros y el estigma de Evita Perón, todavía

estaban viviendo sobre héroes y tumbas. En Chile todo era vía libre, elecciones

democráticas, etc., y le parecía que todo ese asunto iría a desembocar como en la fiesta

del rey Acab. En Uruguay los colorados, los blancos y la celeste no daban a los

montevideanos su tan esperada tregua. En Perú, ni pensarlo, salvo el Leoncio Prado, la

ciudad, los perros y el mundo de Julius, el panorama estaba poco claro. Brasil no había

terminsado de limitar el grande sertao: veredas, y a Venezuela, portátil, se la llevaban

para otro lado y la mandaban siempre a donde uno se imagina. Colombia tenía su

copla, qué duda cabe, pero desde el bogotazo flotaba en el aire el espectro del Coronel

Aureliano Buendía y a lo mejor le tocaba la mala hora y estar sentado sobre ascuas

nunca es agradable.


          Quedaba, pues, Europa: si había que gastar dinero, que fuera donde se

pudiera: los países gemánicos: no, porque esa gente no saben hablar y se la pasan
ladrando. Italia menos, porque se pone en huelga todo el mundo por cada estornudo del

Papa y no hay forma de hacer nada. Portugal, tampoco, porque el portugués es un

español mal hablado y para eso se quedaba en Panamá. Así que caería en España, la

Madre Patria, la tierra de hombres donde cada hombre es un soberano aunque sea

holandés. No estaba mal: la puerta de Europa, la patria de Cervantes, el águila bicéfala,

el Real Madrid, Joselito, Sara Montiel, el Cordobés, Raphael (con pH 7), el aceite de

oliva barato, el vino: olé.


       El gallego de la mueblería, Pepiño las Muleiras, con su cara de sifilítico verinés,

le dijo que fuera a Santiago de Compostela, que es la Ciudad Santa, como La Meca,

Medina y Jerusalém, y además tiene lluvia (como Colón), chispa, duende y meigas,

botafumeiros y la estatura del Matamoros bebiendo ribeiro. El director de la nocturna,

un baturro de mandíbulas azulada (de tanta barba abortiva) le dijo que mejor Zaragoza,

que tenía la Virgen del Pilar, el pirineo aragonés, los Reyes de Aragón, el Ebro, donde

se apareció la Virgen María, la Dolores ésa por la que hay que preguntar si se va a

Calatayud, la jotica maja y las aragonesas. El catalan Puig, de negocios turbios y hablar

pausado, le recomendaba Barcelona (Visca cataluña, Visca el Barsa) porque tenía

Montjuich y la Plaza de Cataluña, que es una poesía, porque es la única ciudad

verdaderamente europea de España y porque para tetas, culo y pezuña, la mujer de

cataluña. El señor Alvarez, exilado por razones políticas, decía que mejor Granada, que

tenía el oro y el moro, sol y nieve, la Alhambra y el Generalife, la Sierra Nevada,

residuo del último glaciar, la tumba de los Reyes Católicos (tanto monta, monta tanto,

Isabel como Fernando: qué frase más pronográfica para ser tan católicos), las palabras

de Aixa a Boabdil II (a) el chico (―llora como mujer lo que no supiste defender como

hombre‖), el cuarto donde Washington Irving se dedicó a escribir sobre Granada, el

pueblo donde era alcalde el Doctor Reverte, ése que tanto sabía sobre los indios kuna.
Er zeñó Fernández, siempre de cachondeo, le dijo que mejor Sevilla, por aquello de la

Giralda (dijo Girarda), la Torre del Oro (donde los estudiantes juegan al corro), el

Guadalquivir (dijo Guadarquiví), el archivo de Indias, Biri—Biri, Er Betis (viva er Beti

manque pierda) y todo el mes de abril sin clases porque entre la Semana Santa y la Feria

de abril se pasaban cuatro semanas y, sobre todo, luz, calor, Macarena, vino,

sentimiento, guitarra y poesía (hacen los cantares de la patria mía): Cantares, quien dijo

cantares, dijo Andalucía: y si no le apetecía la tierra de María Santísima y la Virgen de

Triana (gitana y morena), estaba también Cádiz (dijo Cái), la ciudad más vieja de

Occidente, donde el África es hermana y la gente bebe en la Semana Santa, frente a

Gibrartá y junto a Jerez de la Frontera, donde se elabora el famoso vino de Jerez (los

angloxason dicen Sherry).


       Un abogado recién egresado de la Universidad Autónoma (con autonomía

virtual) de Madrid le dijo que mejor era irse a la capital, a la Villa et corte, la cuna del

requiebro y del chotis, con sesenta y cuatro museos (compara con Panamá, le dijo, que

tiene uno y de a vaina), tiempo siempre de primavera y chiquillas que se dan bien (se

ponen en algo) sentadas banco con banco en la misma aula, en la misma Universidad, y

por un precio módico, al alcance de cualquier bolsillo, como España, un lujo a su

alcance. Oviedo y Valladolid no tuvieron defensores, tal vez porque la recindumbre

castellana y el verdor húmedo asturiano abrumaban en exceso.


       Pero al final, contra pronóstico, se decidió por Salamanca (arte, saber y toros)

después de pasarse una noche bebiendo como cosaco con el doctor Lotario, un

gigantesco mulato de apellido vasco que le presentó Chindo Ruiz y que venía de la

orilla del Tormes con su flamante título de Licenciado en Medicina y Cirugía.
       Le estuvo hablando de la zona monumental, de El Helmántico, de la fachada

plateresca de la Universidad, la más vieja de España, del refrán famoso: ―lo que natura

no da, Salamanca no lo presta‖, lo del licenciado Vidriera (―Salamanca, que enhechiza

la voluntad de volver a ella a los que apacibilidad de su vivienda han gustado‖). A

aprender a Salamanca, aquello de que ―en Salamanca, la que no es puta es manca‖, de

las juergas entre panameños, de la Covachuela (―París siempre será París, pero le falta

La Covachuela‖), del American bar (que entonces todavía existía), del México, Quijote,

Candilejas y el bar de Paco y el Dover 21 y el bar de las empanadillas y el Sebas y el

Toscano y la clara y la jota charra y la chanfaina y el mesón de Arapiles y el farinato y

el Ruiseñor Murciano y la caldereta y el cocido de garbanzos y el solomilllo a la brasa y

la fuente de ejérctio y La Latina y el Puente Romano, la iglesia redonda, las dos

catedrales, el sereno campo charro, el brazo de Santa Teresa en Alba y las almendras

garrapiñadas, la ermita de Valdejimena (otra aparición de la Virgen) en la mera entrada

de Horcajo Medianero (que tenía un caño en plaza de un torreón que daba las horas pero

los cuartos no), el chorizo de Guijuelo, los telares de Béjar, La Garganta, las murallas de

Ciudad Rodrigo (en idioma godo sería Roderick City), las encinas del tío Faíco, la Peña

de Francia, los coros de Lumbrales, la sopa de ajos, las rosas que se le pueden robar al

alcalde de Santa Marta, el porcentaje de abortos entre las chavalas del barrio de la Vega,

las gacelas de la Alamedilla, el Paseo de los Carmelitas, la esquina de los tres coños, la

casa de las conchas, las Tinajas de Pinzones, el comedor universitario, en el centro del

barrio de tolerancia, ―el otoño gris lleno de sombras‖, como diría M. Alejandro, la

librería donde se empeñaban los libros de Medicina, la sastrería Cele, el Plus Ultra, el

Jockey Club, el bar de la estación de tren a media madrugada, la Aldehuela en verano y

la chopera en invierno, el flaco que vendía libros de medicina y de El Puñalero, cónsul

en funciones, sin título, de la colonia panameña en la helmántica.
       A la mañana siguiente, entre la goma y la resaca, pegajoso y adolorido, se fue

caminando hasta el chalet de los Ruiz, a decirle al señor Ruiz que había ya tomado la

decisión de su vida y que se iba a la campiña castellado—leonesa a neurotizarse entre

piedras doradas y rodeadas de historia (―como decíamos ayer…‖).


       Y Marcela empezó a odiar a España, más incluso que los seguidores del

Barcelona C.F. Y no dejó de odiarla en seis años, aunque la señora Arancha le hablara

maravillas del txirimiri y de Archanda y del Puente Colgante de Portugalete. Y dejó de

odiarla cuando volvió Miguel, graduado y curtido, y el señor Ruiz la mando a Bilbao

con sus parientes, durante dos años, para ver si de verdad se olvidaba del hiposo mulato

acholado de una vez por todas.


                                     Cuentan que un ministro de Sanidad de cierto país

                                     americano decidió visitar una casa de salud. Lo

                                     hizo sin avisar y preguntó por el director:


                                                                     soy el ministro de

                                     Sanidad.




                                     Entonces, haciendo un gesto hacia los enfermeros,

                                     indicó:


                                                     Llévenle con los otros cinco…
       Los martes a la primera hora era un calvario, consideraba no sólo Miguel, sino

que era una opinión generalizada en su grupo de consejería. El problema radicaba en la

forma de aguantar al profesor de historia a las siete y media de la mañana contando a su

manera lo que creía que a lo mejor había pasado en los tiempos de antes. Y es que el

profesor de Historia hablaba escupiendo: Yerrí decía que para ir a esa clase no había

que lavarse la cara, que de eso se encargaba Lino (contracción piadosa de su nombre

auténtico: Ortolino). Y sentados ahí, con el uniforme ridículo que los medio

socializaba de una manera absurda, oían a Lino salpicar las palabras en gotas

hediondas: Miguel pensaba que su profesor era históricamente guarro, pero tenía a su

favor el que por lo menos intentaba dar una versión, más esotérica todavía, de la

Historia Patria, que no tiene muchos asideros que digamos. Y Lino se movía

peligrosamente en el límite que separa la leyenda negra de la leyenda idílica, entre la

compra del país por los gringos y la entonces cuestionada herocidad de los Padres de la

Patria, sembrando el confusionismo entre las muchachas recién nuevas y enardeciendo

de furor ciego a los futuros líderes estudiantiles.


       Porque Miguel Gómez, como es de suponer, se educó en un colegio público, es

decir, medio del Estado y medio de nadie, por lo menos hasta que terminó el primer

ciclo y tuvo que ponerse a trabajar porque la señora Nacha no siguió siendo su madre en

funciones. Y, como es de suponer también, los dirigentes estudiantiles salen (casi)

todos de los colegios públicos medio que del Estado, donde se crea de verdad la

Conciencia Nacional y donde los oportunistas reclutan la carne de cañon indispensable

para sus luchas interfamiliares. Porque en los colegios privados (entiéndase curas y

demás elementos por el estilo) es de mal gusto luchar por ningún tipo de reinvidicación

ya que (casi) todos son más o menos hijos de ésos mismos oportunistas, y entre bueyes

no hay cornadas aunque buey solo bien se lame. Las muchachas, siempre con sus
güevazones, decían que Lino olía mal, pero los varones, futuros hombres de pelo en

pecho y remolino en el culo, respondían poco menos que indignados, que lo que olía era

a hombre: sudor, tabaco, ron: olor a humanidad, a naturaleza, a libertad, pero las

chiquillas no parecían creérselo del todo: lo cortés no quita lo valiente, refrendan,

corriendo por ahí por el patio o por el pasillo, siempre corriendo, corriendo y riéndose

como unas bobas. Pero con todo y eso, la clase de Historia les tocaba los martes a las

siete y media de la mañana y Lino les lavaba la cara son su saliva etílica.


       Luego tocaba inglés, la materia no apta para latinos, al parecer, pues todo el

mundo andaba viendo cómo hacía para escaparse sin que Patrulla 33, el inspector, los

pillara y los mandara al terrífico salón de estudios. A Míster Highwayson le decían

Lumumba, no por lo revolucionario sino porque era tan negro que se veía azul cuando

la luz le pegaba de lado. Lumumba era bien, pero bien, cabrón y no tenía uno ni que

decir ni pío para que lo pusiera más rápido que enseguida de florero en un rincón. Y si

uno protestaba lo mandaba a traer su acudiente: de esta forma su aula era la más

concurrida por los padres de familia. Pero Miguel, una vez que lo mandó a buscar su

acudiente porque tuvo un redoble de hipo, le dio su cura de humildad, trayéndole a

Terencio Gómez, avejentado, con los dientes llenos de hormigas, medio loco, sin ojos y

con las cuencas babeantes de una cosa rara, como mocos. Lumumba quedó tan

impresionado que eximió a Miguel de los exámenes finales y encima le permitió que

faltara a clase las veces que le saliera de ahí, de donde se sabe. Y es que, por otro lado,

Lumumba no tenía tiempo de enseñar inglés porque siempre se la pasaba regañando en

español, hasta que el timbre sonaba y llegaba el recreo como amnistía, todo el mundo

por los pasillos haciendo de las suyas, el amok, la libertad total, el correr y saltar y

bailar y hacer acrobacias sobre los pupitres y escribir palabras sucias (como si las

palabras se pudieran ensuciar) en los tableros y en las paredes y los cepillos
preguntándole pendejadas a los profesores y la gente peliando para comprar empanadas

antes de que se acabaran y la escondedera de cuadernos y la meadera increíble en los

lavabos y luego otra vez el timbre y todo el mundo corriendo a su salón para llegar antes

de que el profesor, cuando no faltaba, pasara lista y les pusiera tardanza, tres equivalían

a una ausencia y además deslucía el boletín de calificaciones.


       Después del recreo de la mañana, Miguel tenía matemáticas todos los santos

días. Llegaba el man con su librón raro y grandote, lo ponía encima del pupitre,

mandaba a un güevon de los que se sentaban en la primera fila a que borrara el pizarrón

de obscenidades y dibujos pornográficos y soltaba un rollo escalofriante que nadie

entendía pero que había que saberse para el exámen bimestral. Si a es igual a b (?),

entonces c es igual a equis: ¿qué diría de esto la profesora de Español, siempre

diciéndole a uno que pusiera las letras en su sitio? El man de matemáticas, mátex, era

bien cabezón, de tanta fórmula, decían por ahí las malas lenguas: lo apodaban Cabeza.

Pero con todo y su big—jéd era otro cabrón, aunque de distinta escuela con respecto a

Lumumba: con éste men sí que no se podía jugar, porque llegaba el fin de bimestre y,

chás, te clavaba un uno de apreciación y te jodiste. Eso fue lo que le pasó a la hermana

de Yerrí, que era ―alumna especial‖ (por no decir ―repetidora‖:               eufemismos

pedagógicos para evitar traumas en el estudiantado) y no daba pie con bola de ninguna

manera. Y es que las mátex son una vaina muy peluda y sólo le gusta a ésos tipos que

el día de mañana quieren ser ingenieros o así. Y si encima el prof es como Cabeza, que

no daba tregua ni cuartel, el asunto es de huelga por imperiosa necesidad. La hermana

de Yerrí se llamaba Patsí y tenía el pelo bien duro y bien amarrado, por lo que no

precisaba ni peinarse porque no se despeinaba: incluso el mismo Yerrí, que era bien

focóp, decía que el pelo de su hermana parecía un nido de comején o un real de

pimienta en grano. Y así como el pelo tenía de dura la cabeza, porque no le entraba el
álgebra ni con destornillador: la invitaban a los círculos de estudio que se organizaban

alrededor del Cutcho (di ríl fóquin cutcho), que dizque tenía un amigo que sabía mátex

por un tubo y cuatro llaves, pero nada: su vieja le consiguió por ahí un novio que estaba

en Comercio y todo para ver si así, pero nada: el prof incluso se quedó varios

mediodías tratando de enseñarle que los números y las letras son una sola carne, pero la

pelá ahí, bruta como ella sola: la profesora de Orientación Vocacional, bonitita y

buenona, después de un poco de tests y conversaciones y pendejadas con cuadritos y

bulchíts, llegó a la penosa conclusión de que Patsí serviría para oficios más propios de

su sexo pero no para andar hasta la mecha con productos notables y binomios cuadrados

perfectos. Ante esta situación problemática, Cabeza estaba en un dilema: o la pasaba

(no que se la pasaba, ojo) o la dejaba como alumna especial toda su vida. Si hacía lo

primero, sentaría un precedente bien peligroso, porque luego cualquier maloso (moto,

hampa o maliantón) le diría que lo pasara (no que se lo pasara) so pena de partirle la

cara. Y si hacía lo segundo a lo mejor los líderes estudiantiles le preparaban un huelgón

y lo echaban de su trabajo. Pero afortunadamente, por intervención de Miguel, el

asunto se resolvió favorablemente el tercer bimestre, para beneplácito de Patsí y de

Cabeza y de la mamá de Patsí, la madama que olía a meaos, que ya le había sacado un

boleto para que se fuera para los Estados Unidos a agringarse un poco y que luego

volviera mandando buco piquete y buco estilo y hablando más inglés que la írga.


       La última hora de la mañana, entre el hambre y el sopor, les tocaba música

(Educación Musical), con una señora más vieja que el tiempo, que había estudiado en

Alberta por correspondencia y tenía tamaño letrerón en su puerta y que, además, era

viuda de un tipo que dizque que tocaba en la Banda Republicana con el maestro

Carpentier. El Cutcho, por ejemplo, ya se había interesado rápidamente en el piano

carcomido que tenía la consabida profesora en su salón y se aseguró la materia desde el
primer día de clases. Pero los demás, incluyendo a Miguel, que no tuvieron esa vista

(visión de gol, dirían en lenguaje deportivo), las pasaban canutas al final de bimestre,

cuando la buena señora, que más que la vista había perdido la memoria, al no recordar

la cara de nadie echaba a un dado para poner su apreciación sobre el trabajo de cada

estudiante. Miguel tuvo suerte pues dos bimestres (el primero y el cuarto) le salió un

seis, lo cual, considerando que la nota máxima posible es cinco, hizo que al fin de

cuentas se eximiera del examen final. Pero es que además daba la circunstancia de que

el segundo bimestre lo pilló copiándose en el Examen Bimestral y se lo anuló, pero

luego, a la hora de pasar las notas en la libreta ésa que se manda a la Dirección del

Plantel, como vio la casilla en blanco le puso un tres porque pensó que a lo mejor había

perdido ella el examen y pobrecito muchacho cómo le voy a hacer eso.


         Por la tarde era que la cosa se ponía pesada: a la primera hora, con la comida

(el que comía, claro) todavía atragantada y el sol picando como una urticaria, Español.

Y la profesora pasaba lista tan pronto sonaba el timbre para empezar las clases, lloviera,

tronara o relampaguiara. Le decían La Pequeña Lulú porque siempre llevaba un lazo

enorme en la cabeza, como un melopea. Había estudiado en Madrid como todos los

profesres de Español pero no se perdía novela latinoamericana que salía al mercado.

Total, que no sabía a qué español atenerse, si al de allá o a el de acá, pero por si las

moscas hablaba en un castellano de Toledo del siglo quince, para deleite de las

inspectoras que venían del ministerio con su cara de maestras menopáusicas a oirla

hablar en buen castellano. La Pequeña Lulú había hecho su tesis de graduación, y su

tesina, acerca de las Jarchas ésas que son dizque anteriores al Mío Cid y que son medio

árabe y medio cualquier cosa menos español, pero le dieron su doctorado y ella tan

tranquila pasaba lista a la una en punto y daba discursos el doce de octubre. La verdad

es que la querían mucho, y todo se lo hubieran perdonado si no los llega a obligar a
leerse el Quijote. Aunque lo hiciera por capítulos y que luego cada cual contara su

parte. Porque a veces faltaba el que se leyó (o debió leerse, vaya usted a saber) el

capítulo 9 y tenía que saltar, en el mejor de los casos, del ocho al diez, porque otras

veces faltaban tres o cuatro capítulos salteados y era todo un solo debarajuste, ni

Cabrera Infante lo arreglaba, pues al día siguiente tenían que referirlo y a lo mejor un

día se narraba el 23—38—57 y al día siguiente el 51—45—39—26 y así. Y por eso

llegaron, al final del curso, a odiarla: por obligarlos a leerse el Quijote: ¡con lo fácil

que hubiera sido proyectar la película de Cantinflas donde hace de Sancho SinPanza!

Pero ésas eran las cosas de la vida, les decía el Cutcho, que tuvo la suerte de que le

tocara el capítulo de los molinos, ése que no hay ni que leer porque todo el mundo se lo

sabe.


        Sin lugar a dudas, lo peor de la tarde era dar Educación Física la segunda y

tercera hora, recreo incluido, y luego ir a Geografía. Sentaba como un tiro el ponerse el

pantaloncito y la camiseta y hablar de Flaco Bala y sudar hipando para luego tener que

sentarse a oír a la Tártara, con su voluminosa humanidad (los alumnos de cursos

siguientes la llamaron La Mamá Grande) diciendo que si tal o cual río o tal cual

montaña y hablando de capitales recién inventadas de países recién nuevos y quién

recolecta cocos y quién bananos y quién disentería. Pero había que hacerlo, a no ser

que todo el grupo se cogiera la hora libre y la Tártara, ya acostumbrada desde hacía lo

menos doce años, lo aceptara como una huelga de facto (se habían ―paviado‖ y ya) y se

fuera también para su casa.


        Y así bimestre tras bimestre, todos los martes igual, hasta el tercer bimestre,

cuando sucedió algo que varió el panorama casi rutinario y que dejó a Miguel el buen

sabor de boca por haber ayudado a un desamparado.
       Corría raudo el mes de septiembre como alma que lleva el diablo cuando Patsí,

con todo y su pelo duro, le dijo llorando que como no sacara un cuadra por lo menos, la

embarcaran para los esteits a que se agringara un poco. La decisión la había tomado su

vieja cuando trajo uno con tres el segundo bimestre. Y ella no tenía ganas de irse, de

verdad, Mickey, porque a lo mejor la violaban en la Quinta Avenida a mediodía y nadie

se daría por enterado. Miguel hipaba intermitente, ya no le gustaba que le dijeran

Mickey, como el ratón ése de las cómicas, y pensaba que sería una tragedia ver que

Patsí, con todo y su pelo duro, volviera pipona del frío norte. Se la imaginó barrigona y

no le convenció la imagen. Yerrí, que estaba absorto leyendo los scores de las Grandes

Ligas (sólo las gringas son Grandes), dijo entonces que lo que había que hacer, así, por

las buenas, era plomiarse el examen y ya, ¿qué cómo? Era fácil: Cabeza dejaba los

exámenes a mediodía en su salón, ¿no?, y luego por la tarde es que los repartía a los

profesores en cuya aula correspondía hacerlos, ¿no? Pues ahí estaba la vaina, aseveró

heroico: era sólo cuestión de meterse en el salón de Cabeza, sustraer una copia del

examen, desarrollarlo en la casa, aprendérselo de memoria y sacar un cinco, bueno, un

cuatro con seis o cuatro con siete para no levantar sospechas. Patsí dejó de llorar en el

acto, como si se le acabara de presentar la Virgen de Lourdes y puso un disco de salsa.

Miguel dijo que oquey, que bueno, que de acuerdo. Entonces, como si estuviera

planeado, Quecha le pegó menso silbido desde arriba, del segundo piso, para que

subiera dizque a cenar. Yerrí le dijo camarada y siguió haciendo sus pronósticos para la

nueva serie mundial, es decir, el nuevo campeonato nacional de USA, que no sólo

quiere ser Estados Unidos sino que también, como dice el Perich, quiere ser Naciones

Unidas: tal es el sentido de ponerle el nombre de World Series al campeonato nacional

y no la estupidez norteamericana, de verdad, lo juro.
       El día del robo del salón de Cabeza, dos semanas después, amaneció lluvioso y

terco. Y no dejó de llover en toda la mañana, con una lluvia de ésas que sólo caen en

Colón, que parece una cortina gris y que golpea como si en vez de agua cayeran

piedras. La gente, por tanto, se quedó un buen rato esperando que escampara y los

buses se agolpaban frente a las entradas del colegio, dejando sin circulación el resto de

la ciudad. Lo único bueno era que, como el colegio estaba a nivel del mar, el agua no

subía hasta niveles angustiosos sino que drenaba de paso en el Caribe, pues Colón está

por debajo del nivel del mar y por eso es que tiene el rompeolas ése. Y ya. Los

profesores cogían su carro y los maridos de las profesoras venían a buscarlas. Yerrí se

metió en un servicio y Miguel se metió en otro, esperando que terminara de irse todo el

mundo. Pero la lluvia apretaba en lugar de amainar y ya empezaba a ponerse nervioso y

a desear que mandaran a Patsí a la mismísima mierda. Entonces tomó la Gran

Decisión: se iba para su casa. Pero cuando salió las puertas estaban bien cerradas.

Todas. Empezó a caminar contrariado hacia el salón de Cabeza, que, para colmo de

males, estaba cerrado. Sus pasos resonaban en los pasillos con acústica perfecta como

en las películas de misterio (entonces no se decía ―suspence‖). Se fue andando con el

hipo criminal hacia el otro pabellón, desde cuyo pasillo comprobó que la ventana del

salón de Cabeza estaba abierta. La vaina era atravesar el patiecito que los separaba,

sobre todo en las toneladas de agua que estaban cayendo. Pero como las cosas que se

piensan dos veces salen mal, se lanzó como un bólido a través de la lluvia,

encaramándose por la pared, dejando marcada en la pared la figura de su cuerpo hiposo

y trepó por la ventana.


       Ahí estaban los exámenes, los del tercero A, los del tercero B, los del tercero C y

los del tercero D. Cogió uno del montón que decía III C y lo ojeó someramente: era un

examen bien fácil. Si ahora lo llegaban a pillar, el asunto se ponía color de hormiga. La
Patsí ésa sí que era bruta, cónchole, pero ahora la vaina era salir de ahí, con el examen y

sin que se mojara. Intentó otra vez abrir la puerta y otra vez no pudo. Se volvió a la

ventana, pero en ese momento pasaba por el pasillo el Charro, profesor de ciencias que

cantaba rancheras: iba al salón ése que tenía grifos porque andaba medio corrigiendo

exámenes. ¡Mala leche! El salón de ciencias quedaba enfrente de la ventana del de

mátex. Pero el Charro cerró su puerta y Miguel hipó suspirando aliviado. Estaba

empapado y había empezado a sudar, pero menos mal que no se notaba. Fíjate tú, pues

le contaría a Maribel tiempo después, jugándome el primer ciclo por una pelá bruta

como ella sola. ¡Manda güevo! Trepó la ventana después de haber doblado las hojas

mimeografiadas y se las metió en el calzoncillo: por lo menos tendrían que tocarle los

cojones si querían sacarle el examen: echó a correr otra vez bajo la lluvia, subió el

pasillo de ciencias y corrió estornuhipando hacia el servicio donde se había refugiado

Yerrí: no estaba. Lo que debió hacer, le contaría a Chela el día que se lo contó, cuando

salió de su escondite, en vez de irse de una vez al Salón de Cabeza, era ir a ver si

estaba. Bueno, le diría a Noni cuando se lo contó, pero eso lo pensaba ahora, después

de consumado el hecho delictivo. El asunto era salir del colegio, pero esto ya no tenía

ciencia, toda vez que el profesor de ciencias, con su cara de cantar rancheras y su

bigotito a lo Pedro Infante—Jorge Negrete—Javier Solís, acababa de entrar, lo cual

indicaba que el portal estaba desierto. Pero ésas son cosas que siempre dan culillo,

sobre todo cuando se tiene la conciencia culpable. Pero que iba a hacer, ya no podía

echarse para atrás, así que salió del servicio, abrochándose la bragueta por si acaso.

Miró a todos lados: nadie. Entonces se persignó, se encomendó quién sabe a quién

(para ayuda celestial da lo mismo chicha que limonada, solía decir Terencio Gómez), y

echó a correr como un impala y no paró hasta que llegó a su casa, si es que así se podía

llamar al multifamiliar, más mojado que un tamboril. Y mientras se daba frotes con
menticol y se tomaba un desenfriol fue que subió Patsí, bruta ella y con aspecto

angustiado. Le explicó en pocas palabras y concretando lo más posible qué era lo que

había que poner en el examen y la tipa sacó su cuadra, que le salvó la ida a la USA, pero

Yerrí sacó un uno por pendejo y fracasó y tuvo que ser alumno especial en mátex el año

siguiente. Y todo por no atreverse a robar un simple examen, concluía hipando Miguel,

Míchel, Mike, según los casos, siempre muerto de la risa.
       Miguel conoció a Carmela debajo de un palo de mango, en el cementerio, un

viernes que había ido con Rubén en sendas bicicletas. Y se enamoró de ella al instante,

cuando la vio subir desde la tumba de su mamá, que se le había muerto hacia cinco años

de un grano que le salió en la nariz. La estuvo mirando mientras ella se acercaba,

bordeando la carretera, con cara de circunstancias, y le ofreció afectado un mango tan

pronto se puso a tiro. Carmela levantó los ojitos castaños y aceptó diciendo sí con esa

boquita chiquirritita que parecía querer besar a todo el mundo. Él le dijo yo soy Miguel

y tú y ella dijo encantada yo soy Carmela para servirte. Entonces él sintió que el

corazón le latía más de lo que debía y comprendió, cuando sintió encenderse su rostro

de sangre impelida, que se había enamorado (flechazo=amor a primera vista, como el

título de cualquier fotonovela). Pero en eso, oportunísimo, llegó Rubén y soltó dos

groserías de la más baja factura y extracción, que ya estaba bueno, ¿no?, que venían a

buscar mangos, ¿no? Miguel contestó empalagoso que ya había encontrado uno y

Rubén gruñó otra grosería (que se le perdonaba porque era blanquito y tenía plata en

pila porque su papá vendía hielo) mientras Carmela se ruborizaba y bajaba la vista y

achurraba la boquita chiquirritita medio sonriendo. Rubén montó en su bicicleta y se

fue refunfuñando, hablando entre dientes, renegando, dejando ahí a Miguel, que sí se

enteró de su ausencia. Y es que cuando maduran las cerezas el aire se carga de un

extraño efluvio, como el de los jazmines robados de la señora Lutecia, que tenía un hijo

que había empeñado una oreja para irse con una argentina en un burdel. Carmela rió

abriendo apenas la boquita chiquirritita cuando Miguel, Miguelín, decía ella, embalado,

le contó las idioteces del hijo de la señora Lutecia, que se sujetaba los espejuelos con

tachuelas.


       Carmela era hija nada menos que del gerente de una distribuidora de papel

higiéncio (DIPAHISA, Inc.) y Miguel hipo exaltado mientras retenía la lengua para no
hacer un chiste de mal talante a costa de su (hipotético) futuro suegro. Pero el aire le

entraba tan, tan fresco, que hasta se había olvidado que sufría de ese hipo connatal que

lo traía por la calle de la amargura. Esto no quiere decir que se le quitara (¡ojo!), sino

que sencillamente se olvidó de el. Y cuando uno se olvida de algo que lo trae frito

desde que nació, mucho amor (o cualquier cosa que se le parezca) tiene que haber de

por medio. Y ella, para más felicidad, si era posible aún, no lo había percibido (o por lo

menos no pareció, Miguel no lo supo en ese momento): Mickey Gómez estaba en las

puertas de aprender a calibrar la afinidad sentimental con las mujeres basándose en el

método bastante efectivo (e indudablemente individual) de graduar la percepción de sus

contracciones involuntarias: Percepción Hípica, la llamaría, a falta de otro nombre más

específico (el extremo sería Maribel, a quien esas contracciones espasmódicas excitaban

en exceso, pero también hubo, como la tipita aquella que valía sebo y que le decía Piel

por lo puta, que sintiera asco por su ligero defectillo). Y Carmela, ¡oh, Cupido!, no se

había ni enterado (o, por lo menos lo disimulaba bien), aunque él moviera la cabeza así,

tan rarito, porque por esos días estaba en su, digamos, Tercera Etapa Reaccional de

Hipo.


        Mickey siempre había sentido una especie de complejo por el hipo (hay quien no

está de acuerdo en la causa primera, si fue el hipo o fue el complejo). Y como toda

causa tiene su efecto, Míchel, como le decía Maribel, trató, en un principio, de esconder

el defecto más escondible de los tres que lo marginaban (o lo hacían automarginarse):

ser mulato, acholado y sufrir de hipo. Entonces, era bien chiquitito entonces, dejó de

hablar para que no se le notara, moviendo la cabeza hacia un lado o hacia otro,

alternativamente, para disimular sus sobresaltos inconscientes. La señora Nacha decía

(no sin razón) que sólo hipaba cuando se emocionaba y la gente la refutaba diciendo que

para una madre no hay hijo feo ni malo ni bobo. Y decíamos que algo de razón tenía
porque si bien todos los factores que lo rodeaban lo obligaban a superarse (llegó incluso

a saber de Ornitosis y Psitacosis como nadie en Panamá), también representaban un

stress continuo: por eso nadie sabe si fue primero el complejo de ser mulato y acholado

en un país tan racista pese a tener tanta mescolanza racial y secundariamente el hipo o si

fue a la inversa. Así que dejó de hablar y movía la cabeza hacia los lados,

rítmicamente, pero, claro, para acompañar el movimiento de la cabeza tuvo que

parpadear y levantar las cejas para así desviar la atención de sus evoluciones cefálicas, y

mover los labios como si sonriera para que el parpadeo no estuviera solitario y su

interloculor, cada vez menos, una vez acostumbrado, no se percatara de que movía la

cabeza porque tenía ese hipo criminal. Naturalmente, escribía a saltos lo que quería

decir, con esa letra infantil insegura y temblorosa, para lo cual se veía forzado a llevar

una libretita en el bolsillo de atrás del pantalón. Y estuvo así como un año, más o

menos, hasta que comprobó que era peor el remedio que la enfermedad: sus saltitos se

contagiaban y todo el que se encontrara con él de frente incluido el maestro Rodoaldo,

que era hembra del carnicero que mataron en el cine por una razón bien estúpida,

terminaba moviendo la cabeza y parpadeando y levantando las cejas y sonriendo a

espasmos, a diestra y siniestra, aunque hubo uno, no distinguimos en estos momentos si

se trataba de Bertó o de Borrelio, que terminó sacudiendo las manos y sacando la lengua

entre los accesos de sonrisa. Todos no alegramos sinceramente cuando Mickey dejó esa

mala costumbre y empezó a hablar como una persona normal que sufre de hipo. Parecía

que iba a ser imposible romper el cículo vicioso


                     COMPLEJO HIPO HIPO COMPLEJO

Desde que Etienne Sealy lo remitió, dicen, a un brujo amigo suyo para que lo

desviciara. La señora Nacha solía responder a la pregunta clásica (¿cuál fue primero?)

que eso era como preguntarle qué había sido primero, el huevo o la gallina. Pero al
final parece que se salió con la suya, porque Miguel Gómez MD sólo hipaba cuando

estaba contrariado o emocionado o excitado o emputado: no se le quitaba el hipo, en

esos momentos, ni con diazepám, que entonces era el non—plus—ultra de los

tranquilizantes. Todo el mundo tenía que ver con su bendito hipo, menos Carmela, que

luego comprobó que tenía las mismas letras que Marcela, sólo que cambiando las que

forman la palabra CAMA, asunto decisivo en cuestiones de mujeres.


       Miguel y Carmela caminaron mordisqueando mangos hasta la ciudad

estrangulada, rodeándose de un mundo borroso en el que sólo era divisable, sentible y

palpable el otro, sin darse cuenta de la hedionda podredumbre, real y simbólica, que se

aspiraba en la entrada de la ciudad que se muere sola, lejos de la misericordia de Dios.

A su paso florecían las amapolas, los rododendros emitían un ruidito extraño, como

arrullándose (era una verdadera lástima que no se hubieran astromelias ni alcaravanes),

las palmeras, dulzainas, se inclinaban deliciosamente para absorver el aroma tenue,

leve, delicado, que insuflaban al ambiente: hasta los automóviles parecían sonreír

cuando pasaban ensaimados, mirándose tiernamente a los ojos y mordiendo con los

incesivos la fruta inmadura. La escena, si hemos de ser fierles a la verdad, era

realmente conmovedora: la boquita chiquirritita se encogía en una púdica y tímida

sonrisa, desapareciendo casi en el cutis nacarado, terso, juvenil, lozano, cuidado con el

jabón ése que anuncian en la televisión, y los ojos, saltando alegres, enviando

telegramas que solo descifraban los ojitos color avellana que parpadeaban recatados en

tácita aceptación, sí, iría el domingo al cine, sí, a la una, sí lo esperaría si tardaba, no, no

llevaría a ninguna amiguita manzanilla, que no se preocupara, y encogía la boquita

chiquirritita y Miguel respiró hondo, tragándose el efluvio de los jazmines de la señora

Lutecia, que pasó a su lado y le dijo Adiós pero se quedó sin respuesta. Porque Miguel

oía música de harpa y violines en el aire hediondo a desperdicio y gasolina como en las
películas de amor y en las fotonovelas. ¡Oh, era demasiado bello para ser cierto!

(Nervo lo dijo más poéticamente, pensó Mickey, hipando de alegría, pero no debió ni

sentir la mitad de lo que él sentía): sus ojitos parecían dos avellanitas cruditas y su

naricita respingadita desafiaba todos los designios humanos, oh, y sus orejitas

enrolladitas como un laberinto de pasiones vírgenes, ah, y su boquita, tan chiquirritita,

que destilaba miel (no era baba, querido lector, era miel), y su pelito, así, recortadito a

lo garcon, como las francesas, pero en versión espiritual (no podía parecerse a la salvaje

BB), oh, y su frente curva, acholada, que se pierde en su varonil pelo negro como un

dedo de mar, como una ría, que refresca la áspera tierra, y sus ojos montunos, robustos,

negros como la depravación, como los que vende Nat King Cole, con furia,

inquietantes, y su nariz maciza, de príncipe, y su boca cruel y dura, enclavada en su

mandíbula recia, de antepasados recios, regios, ilustres. Y cruzaron un semáforo que

estaba en rojo y los autos pasaron a su lado, riendo estruendosamente y cantando un

himno de alabanza, pitando felicidad en honor a estos dos tórtolos que acababan de

descubrir la vida, la felicidad, el amor.


¡Oh, el efluvio de la señora Lutecia, la mamá de Sinoreja!


¡Oh, el aire oloroso a pólvora dormida!


¡Oh, el aire oloroso a querubines estériles!


¡Oh, la mágica flecha de Cupido!


¡Oh, el armisticio de los pesares!


        Pero el encanto duró poco, como diría el Nervo ése: hasta una coca—cola

grande no puede durar eternamente su ilusión duró poco: hasta el límite entre la zona
heavey y la zona focóp de la ciudad. Se despidieron con lágrimas hiposas, oportunas, y

la boquita chiquirritita diciendo El domingo en el cine, ¿oquey?. Sí, no faltaré, como en

las novelas, pierde cuidado, Chao, y las piernitas delgaditas: slenders: perdiéndose en

la lejanía y las caderitas leves, como un hálito, evolucionando tercas, alejándose,

dejándolo como solo, con una soledad extraña a cuestas, como cuando uno va al

inododro, y la espaldita aterciopelada, náis, volando como lo efluvios del hijo de la

señora Lutecia, que empeñó una oreja y robaba jazmines.


       Miguel estuvo viendo hasta en la sopa la boquita chiquirritita y los ojitos

avellanaditos a lo largo de toda la cena. La señora Nacha torcía la boca, como diciendo

La jodimos, y Terencio Gómez, en un rincón, espulgándose las cuencas vacías, olía

también los efluvios de la oreja que le faltaba al hijo de la señora Lutecia y que traía

Mickey amarrado en las papilas dérmicas. Todo era un solo efluvio y una sola vaina

aquella noche mientras Miguel masticaba el caldo entre suspiro y suspiro, hipando

inmisericorde y creando una atmósfera incómoda y enrarecida con la alternancia

suspiro/hipo/suspiro/hipo: cuando no suspiraba, hipaba y cuando no hipaba, suspiraba:

viceversa. Su hermana Quecha, ladroncita y amarillenta, como una Biblia medieval, le

preguntaba a la señora Nacha que qué le pasaba a Mickey, si tenía ahogos o asma o

quién sabe. ―No, mijita‖, contestó medio sonriendo la señora Nacha, ―a tu hermano lo

que le pasa es que está bien cogido en el moño‖. Quecha y Leida se echaron a reír

histéricas, como todas las hermanitas que se quieren burlar de los romances de un

hermano mayor, riendo como agujas, a chillidos entrecortados, infiltradas. Terencio

Gómez, cuando por fin despanzurró entro los dedos la última pulga dirigió las cavernas

oscuras hacia la mesa y dijo que eso de enamorarse a los trece años es un jándicap.
como de antimateria, como antes fueron los ojos de Terencio Gómez, que ya no tenía,

pero si los llega a tener y hubiera podido ver, le hubiera echado una mirada fulminante.

Pero sólo las dos cuercas vacías le plantaron cara a la señora Nacha, aunque ella no se

nteró porque ahora apagaba la estufita de querosín y se quitaba el delantal de

mantasucia para dejárselo a Quecha, que era la que tenía que medio fregar los chunches

con el agua más pura del mundo.


       El domingo, tal y como estaba previsto, apareció Carmela, toda vestidita de

rosado, después de haber hecho que Miguel la esperara diez minutos con el corazón en

la mano. La encontró guapísima, con los ojitos avellanaditos límpidos y la boquita

chiquirritita masticando (¿mascando?) chicle dentyne. Le encontró hermosote, con el

pelo lacio brillando por la brillantina y el color amoratado mate por los polvos de talco.

Se sentaron en el medio, pues hacerlo en la última fila en su primera cita era algo

prematuro, algo que no cuajaba. Y comentaron al oído la película, que era de Víctor

Mature y muy bien podía haberse llamado Tyconderoga, aunque no se llamara así.

Unos pelaítos, en las butacas de la fila de atrás, bromeaban entre ellos pegándose

cacotazos en la cabeza y tirándose vasitos de cartón hechos pelotitas y diciendo

palabrotas, a lo que Miguel y Carmela respondían mirándose a los ojos/ojitos y

encogiendo la boca/boquita, haciéndolas todavía más chiquirrititas como queriéndose

dar un beso y no atreviéndose. Miguel puso su mano sobre la de Carmela y ella la retiró

al instante, coqueta: Uy, qué mano más fría. Sonrió disminuyendo la boquita

chiquirritita hasta que sólo quedó un puntito entre sus mejillas nacaradas. Era el

momento, pensó Miguel, acercándose, de frente y sin tembladera, ahora o nunca, la

suerte está echada, o me ahogo o cruzo el charco. Y cuando ya estaban casi boca sobre

boca, Carmela estornudó, salpicándole la cara con gotitas apasionadas. Parpadeó con
esos ojitos avellanaditos tan divinos y quiso decir perdón con la boquita chiquirrita pero

el le puso un dedito, Shhh, no había nada que perdonar. Y ella acarameladita, ofreció

ya de lleno la boquita chiquirritita y Miguel la vió cerrar los ojitos avellanaditos y

también cerró los suyos y fue a besar esos labios chiquirrititos que destilaban miel (no

era baba, querido lector, era miel), concentrándose para que la sensación fuera, por lo

menos, eterna, imborrable, traumatizante, y topó con una mata de pelo crespo, áspero y

seco, abriendo los ojos: el chiquillo salió corriendo y se reía a mandíbula batiente y

Carmela, perpleja, sin abrir los ojitos avellanaditos, quiso adivinar cómo había hecho

Miguel para besarla con los labios atravesados de ese modo. Y esperó tranquilita el

próximo bembazo para abrir los ojitos avellanaditos y cogerlo con los labios en la masa,

atravesadito, besando tan raro: a veces pasaba eso: a veces pasaba eso: a veces los

enamorados se elevan cuando besan y a lo mejor esto le había pasado: había levitado de

emoción al sentir sus labios chiquirrititos que destilaban miel (no baba, querido lector,

miel) y luego no había sabido calcular el descenso, cayendo atravesado hacia el lado

contrario, porque ello creyó haberlo visto inclinarse hacia su izquierda y la nariz

robusta, de antepasados interdichos, la tocó por su derecha. Miguel escrutaba la

oscuridad para dar con el rostro del infeliz, escupidendo redondelitos pilosos y viendo

allá a lo lejos, sólo los dientes enormes sobre un fondo mimético con la oscuridad y se

acercó a besar a Carmela (que, a todo eso, seguía con los ojitos avellanaditos bien

cerraditos) por segunda (?) vez, con los ojos negros como los que vende Nat King Cole

bien abiertos y bien alertas (Be prepared) para descubrir cualquier intento de intrusismo

y sabotaje. Y tropezó con la naricita respingadita que desafiaba la gavedad y demás

designios humanos, incluso el de besarla a gusto. Entonces ella abrió sorprendidita los

ojitos avellanaditos y sonrió levemente, como un hálito, desfalleciente, con la boquita

chiquirritita y preguntó encantadoramente cuántas novias había tenido. Miguel encajó
la pregunta con frialdad exterior, sintiendo que el estómago le daba un vuelco de 180° y

se le ponía patas pa arriba. Empezó a hacer como que contaba y repasaba mentalmente,

pero la verdad es que sólo pensaba en Mayra, la chaparrita medio achinada que era

hermana de Pigüí, el que se drogaba con Bufferin y que tenía un perro llamado Regalo y

en la chombita que vio una vez en el servicio comunal, cuando vivían en el viejo

caserón comunal, y que iba bajándose los pantis, y en Chabela, que la fue un día

sobando y lo sapió más rápido que enseguida. Oh, había tenido alguna otra, no muchas,

no creas, y ella parpadeó tímida cuando un poco de apaches asaltaban el fuerte de los

soldados de Víctor Mature. ¿Y ella? La pregunta era casi inevitable: como la

respuesta: ninguno: él era el primero, de verdad que no la mirara así, que no le estaba

diciendo ninguna mentira. Miguel tragó saliva, una saliva espesa que le costo trabajo

deglutir a fondo. Ella se había quedado atenta y deliciosa mirando la película, ¡qué

ricura!, con el pelito así, a lo garcon, olorosa a efluvios, como los de los jazmines del

hijo de la señora Lutecia, que lo llamaban Sinoreja porque había empeñado un pabellón

auricular para irse con una extranjera en un burdel, como si las extranjeras no tuvieran

lo mismo que las panameñas. Esta vez Carmela sonrió sin encoger la boquita

chiquirritita, en silencio, mostrando unos dientecitos tan parejitos que parecían tabletas

de chicle: me gustas cuando callas porque estás más inteligente, diría Neruda. Miguel,

como todo un hombre de mundo, echó el brazo por encima del respaldo del asiento,

aplastando ruidosamente dos cucarachas blancas y un chinche. Carmela se recogió el

pelito a lo garcon que le caía sobre la frentecita con un ademán náis y Miguel se acercó

respirando profundamente, para darle a entender que suspiraba y se excitaba por su

boquita chiquirritita que destilaba miel (no bab, bueno, ya el lector sabe a qué me

refiero). Carmela movió un poco la cabecita redondita hacia su lado, en espera del beso

que se acercaba a sus mejillas nacaraditas y que, por obra y gracia del hipo indiscreto,
recibió en la orejita, enviando una corriente como medio eléctrica a todo su cuerpecito

cristalino, estremeciéndose bonitita, linda, bella, y sitiendo, acto seguido, la mano

mulata y acholada sobre su hombrito blanquito como la nieve, como la Santidad.

Entonces le dijo a Miguel Miguelín tengo la boquita chiquirritita sequita, con una voz

débilmente suplicante, más desfalleciente, si se puede, moribunda, mejor dicho. No

bien lo dijo cerró los ojitos avellanaditos esperando el beso extraño y atravesado, que

volvió a sentir y elevó la manita virginal y acarició el cabello crespo, áspero y seco,

extrañada, pero no abrió los ojitos avellanaditos porque haría esfumarse el encanto y

además empezaba a sentirse jáig, en las nubes, y la mano áspera (¡qué metamorfosis

más extraña!), callosa, varonil, bajó por su cuellito de cisne elástico, rumbo a sus

senitos débiles, distinta a hace un rato, más gruesa y menos pulida: tal vez era el

afloramiento de los instintos, pensó cuando la mano se retiraba velozmente desde el

interior de su sujetadorcito, raspándole la clavícula con los callos, igual que los labios,

que se le había atravesado y ahora se le desatravesaban, que la bajaron de las nubes con

su retirada imprevista. Abrió los ojitos avellanaditosy vio a Miguel que entraba en la

fila de butacas desde el pasillo central con dos vasos de cartón en la mano: había ido a

comprar sodas para humedecer su boquita chiquirritita, porque como ella tenía los

labios sequitos…


       Lo miró parpadeando un buen rato, incluso mientras bebía del vaso que le había

entregado.


       Al empezar la clásica y consabida del eternamente joven Audie Murphy, héroe

de guerra porque había matado un pocotón de gente, Miguel, a la vista de los resultados,

decidió cambiar de táctica: ahora era él el que iba a hacerse el duro, que fuera ella la

que tomara la iniciativa y se lo romanceara a él. Se quedó, pues, mirando la pantalla
fijamente, levantando una ceja para verse más sexy. En una de ésas en que Audie

Murphy estaba volando plomo como un descosido volvió a mirar a Carmela y ésta

estaba dormidita, la pobrecita, de tantas noches en vela pensando en él, roncando

tenuemente, como sollozando: un ronquido bien extraño, si hemos de ser fieles a la

verdad. Entonces vió su gargantita elástica, tersa, y acercó su boca, como un vampiro,

hipando sigilosamente, para hacer saltar la agradable sorpresa. Y Carmela sintió el beso

en su boquita chiquirritita y en su cuellito de cisne, simultáneamente, y llevó las

manitos blanquitas como las de la bella Isolda (o Isoud o Iseo, según los autores) y tocó

el cabello crespo, áspero y seco, y tocó el cabello lacio brillando brillante con la

brillantina, como un estéreo.


¿Qué era lo que estaba pasando?


               ¿Estaba soñando?


¿no sería, por casualidad, una sensación múltiple?


¿no serían, por ejemplo?


¿Dr. Jekyll & Mr. Hyde?


¿Abbott & Costello?


¿Cafrune y Marito?


¿René & René?


¿Jerry Lewis y Dean Martin?


¿FBI & CIA?
¿Celia Cruz y la Sonora Matancera?


¿Supermán y Jimmy Olsen?


¿Laurel y Hardy?


¿Simón & Garfunkel?


¿Sherlock Holmes y el doctor Watson?


¿Viruta y Capulina?


¿Ike &Tina Turner?


¿Fred Astaire y Ginger Rogers?


¿Red Ryder y Castorcito?


¿Vitola y Borolas?


¿Ricardo y Joaquín Alvarez Quintero?


¿Elkin y Nelson?


¿Batman y Robin?


¿Ferrante & Teicher?


¿Tip & Coll?


¿Duplicaciones de Jaramillo Levi?


¿Juan y Junior?
¿Sergio y Estíbaliz?


¿Pototo y Filomeno?


¿Ortega und Gasset?


¿Augusto Algueró y Carmen Sevilla?


¿Plinio y don Lotario?


¿Flash Gordon y Dale Arden?


¿Bárbara y Dick?


¿Balduino y Fabiola?


¿Marisol y Antonio Gades?


¿Arinna y Varinna?


¿El llanero solitario y Tonto?


¿Cisco Kid y Pancho?


¿Cástor y Pólux?


¿Sodoma y Gomorra?


¿Don Quijote y Sancho?


¿Juan y Luis Goytisolo?


¿Cruyff y Pelé?
¿Mortadelo y Filemón?


¿Lassie y Rin tin tin?


¿AP & UPI?


¿Esaú y Jacob?


¿Bonn y Berlín?


¿WBA & WBC?


¿Hanoi y Saigón?


¿Sansón y Dalila?


¿Pekín y Taiwán?


¿Seul y Pyongyang?


¿Hunahpú e Ixbalanqué?


¿Romeo y Julieta?


¿Peter Cushing y Cristopher Lee?


¿Terence Hill y Bud Spencer?


        ¿Qué polaridad ésa? Abrió los ojitos avellanaditos y quedó aterrorizada,

desplomándose marchita y lanzando un gritillo agónico.


       Miguel estuvo pensando qué era lo que había fallado, si había mordido tanto que

la había dejado sin conocimiento o si era tan, tan sensible y delicada como el pétalo de
una rosa en primavera que, al sólo roce de labios sacrílegos, pierde su tersura y se

marchita inconteniblemente. La llevó al hospital y tuvo que esperar a que llegara el

señor Sixto, su papito, el gerente de DIPAHISA, Inc. Y lo peor del asunto es que ni vio

FROM HELL TO ETERNITY ni romanceó ni nada de nada. Se quedó mirando la

playa un largo rato, hasta que el policía que cuida que no se roben los algodones del

hospital, lo fue a buscar.


        El señor Sixto le preguntó, con la voz autorizada para los que venden papel

toilet, que por qué había drogado a Melina, Miguel no entendió, parecía que le hababan

en chino. El médico dijo que era una lipotimia común y corriente: había hecho un tacto

vaginal y se encontró que la matriz estaba desocupada, le tomó la presión y estaba

normal, no presentando signos de intoxicación por ninguna droga ni transtornos

cardiovasculares de ninguna especie: daba por bueno, pues, el diagnóstico de

lipotimia. El señor Sixto, con su voz escatológica, mandó llamar al director del

hospital: no estaba (claro) porque era domingo. El señor Sixto ordenó entonces que lo

localizaran sea como fuera, que de parte de Sixto, que viniera ipso facto. Y a los diez

minutos escasos llegó el director del hospital. Sí, calro, cómo no, indicó al médico que

le pusieran gotero, que esa niña estaba drogada hasta la zapatilla y había que salvarle la

vida a como diera lugar, que no rechistara si no quería perder su empleo, ¿es que no

veía que estaba bien, pero bien dopiada? ¿qué le había dado? ¿una coca—cola? ¿no lo

decía? ¡drogada con cocaína! Había que levantarle expediente a Miguel, perdona,

pelao, pero es de Declaración Obligatoria Nacional, lo siento, pero te has metido en

tremendo lío, ¡ajo!, y nada menos que con la hija del señor Sixto, que le regala el papel

de excusado a los ejecutivos, tienes todas las de perder. El médico seguía en sus trece,

que era una lipotimia común y corriente, un desmayo, pues, y el director le dijo que se

callara ya, que si no lo hacía, se vería en la sumamente penosa necesidad de echarlo a la
calle: el señor Sixto sabía lo que decía, ¿no ve que por algo vende papel higiéncio?, así

que si él decía que su hija (que, además, era hija suya) estaba drogada, ningún médico

podía decir lo contrario porque él la conocía desde que nació (casi) y sabía cuándo

estaba drogada y cuándo no, ¿entendido?


       Carmela despertó cuando ya el guardia tenía a Miguel colgado por la relinga y

cargaba con él para la yeya. ¿Dónde estaba? Papito, Miguel había querido abusar de

ella en el cine. El al miró a los ojos castaños, ahora duros y crueles, pensó. Luego ella

extendió la boca pequeña en una sonrisa que pareció sádica, pero no iba a poner

ninguna denuncia contra este chiquillo de mierda.


       Miguel bajó los ojos y salió del hospital llorando mientras el señor Sixto

convencía a su Melina de la conveniencia de demandar al chiquillo de mierda ése, como

ella decía, por daños y perjuicios, pero ella seguía negando con un altivo desdén:

déjalo, papito, que se vaya con viento fresco. Miguel llevaba el corazón reventado en

seis pedazos (más o menos), cada uno de los cuales llevaba en un bolsillo: ése es el

lugar donde debe estar el corazón, decía Terencio Gómez, donde está la plata. Pero ésto

sí que no se quedaba así. Hizo una cruz donde nunca se borrara y juró por su mamacita

que nunca se muera que Carmela se las pagaba, hipó corroborando la vaina, por su

madre que se las pagaba. Y el juramento quedó grabado en una madera de una casa que

se quemó con el fuego ése que no apagaron las lluvias y que dejó media ciudad frita por

la pila de años: para Miguel esto fue un presagio: sólo las llamas borrarían su promesa,

matándolo a él o matando a Carmela. La seguiría por las cuatro esquinas del mundo,

pero ésta se las pagaba, hoy, mañana, pasado mañana, dentro de algún tiempo, pero se

las pagaba. Eso lo podía jurar, porque el que ríe de último ríe mejor y él guardaba en su

archivo interno la tenebrosa, fatídica lista negra, con la que habría de hacer una purga
un día de éstos, en cuanto pudiera. Y Carmela, desde hoy, formaba parte importante de

la lista, junto con el señor Sixto, que era gerente de una distribuidora de papel higiénico.


       Terencio Gómez se estaba cepillando las cavernas oftálmicas (que últimamente

se le llenaban de polvo con una asombrosa facilidad) cuando entró Miguel. Levantó la

cabeza: ―hueles a tragedia‖, le dijo, y Miguel no contestó. Terencio Gómez le dijo

entonces que el mundo es un carrusel que gira y gira y gira y embriaga de tanto dar

vueltas: ―estáte tranquilo, que siempre se pasa dos veces por el mismo sitio. Lo peor es

que te jodan a la segunda, cuando no hay posibilidad de retorno‖. Miguel Gómez lo

miró serio, ―gracias, papá‖, y Terencio Gómez reanudó su labor con el cepillo de

dientes, canturreando con la boca cerrada una melodía extraña que sonaba a amor y

muerte.
vio la caricatura en el periódico, dejando el tabloide a un lado, empezando a hipar

progresivamente y apretando los dientes con un gesto de contrariedad. Chindo no dijo

nada: sólo sonrió. Nati hizo una mueca extraña, como haciendo pucheritos, como

mordisqueando con los labios, como un tanto nerviosa. Chela ni se inmutó (por lo

menos eso creyó en ese momento).


       La caricatura era bien simple: se trataba de un barco en forma de taza de

inodoro cruzando el canal, con una chimenea en forma de papel higiénico y un

individuo que a todas luces se parecía (ostensiblemente, además) al Excelentísimo señor

ministro de Sanidad, doctor Miguel Gómez Quintero MD, ataviado con un sombrero

pintao y una camisilla de mantasucia, manifestando con expresión de orgullo que nos

estábamos poniendo a nivel europeo en materia de epidemias (de USA no se dijo nada

pues es sabido que todas las epidemias que se producen allí son ocultadas con celo y

además son producidas por pulgas, chinches y piojos, que tanto deslucen a su Big

Society). Al fondo, una banda (parecía) de tela, llevaba, se supone que en letras

doradas, la leyenda PRO WC BENEFICIO. Chindo fue quien se la mostró, mientras

esperaban que la sirvienta les avisara que el almuerzo estaba listo.




todavía hay gente ocurrente en este país.




una grave falta de respeto para con la autoridad.


                                                                         se dirigía al

cuadráfónico.
       Chindo se levantó y fue hasta el mueble—bar, abrió la coctelera y se sirvió otro

martini:




para decir lo que se quiera o no se es. Finich.


       Miguel redobló el hipo, desagradablemente. Terminó el martini de un solo trago

y extendió la copita hacia Chindo, que la captó raudo y casi voló al mueble—bar.

Seguro que dentro de un momento empezaría a llamar los cepillos de siempre para

ofrecer su apoyo moral (Chindo pensó en Tenebrió Mólitor, que era tan lacayo que

hasta tenía nombre de gusano) y los curiosos de siempre, incluyendo los periodistas

sensacionalistas, para enterarse de cómo había digerido el excelentísimo señor ministro

esa afrenta a su competencia. Rellenó la copa y se la devolvió a su cuñado, Marcela

buscaba entre los discos algún bolerazo de último grito, interpretado por algún

cayanccero desnaturalizado o algún mejicano despechado, ebrio y trasnochado.




comentó Nati, dispuesta a causar sensación con su léxico de licenciada en Humanidades

                                             para empezar, sólo hay que pensar en las

comparaciones que siempre hemos hecho con respecto a los países atrasados.


       Chindo sonrió despacio, como captando en las palabras de su mujer alguna sutil

ironía, pero el comentario no causó mella ni en su hermana ni en su cuñado, que

tamborileaba sobre el brazo del sillón con los dedos y Chela ponía en el tocadiscos una

melodía empalagosa de ésas que se pretenden sentimentales, interpretada por unos tipos
con voz voluntariamente afeminada y guitarras en punteo, contrapunteo y arpegios

escatológicos: notas dulces hasta la epilepsia.


       Sonó el teléfono y Nati, como toda ama de casa que se precie, levantó el

auricular:


       ¿Hello? ¿Diga?                                                               es

Tenebrio Mólitor, señor ministro                                       Chindo sonrió,

satisfecho de haber acertado, pero es que T.M. tenía un noventa por ciento de

posibilidades de ser el pionero de la llamadera cobista. Míchel cogió el teléfono de

mala gana: este Mólitor (que tenía nombre de botriocéfalo) era encargado de un poco

de equipos de beisból (entre ellos, por desgracia, los Devils de Cambuto) que se la

pasaba haciéndole la pelota a cuanto funcionario del gobierno fuese y existiese: una de

las desventajas de ser ministro, diría Terencio Gómez.


¿Sí?         ¿Dígame?


¿Habla el señor ministro de Sanidad?


Lo que queda de él, señor Mólitor.


¿Vio el Opinión de hoy?


Sí, señor Mólitor, lo vi ¿por?


¿Qué le pareció el dibujito de la primera página?


Muy ingenioso: el que lo hizo tiene buena imaginación.


Pero es un poquitito liso, ¿no cree?
No es muy diplomático que digamos no, no lo es.


Pues, yo que usted,


Siga: ¿usted, que yo qué?


       Nati y Marcela se perdieron por la puerta de la cocina, rumbo al prado. Chindo

miró hacia allá abajo, hacia al final de la colina, donde el río como que formaba un codo

girando noventa grados, cortando la tranquila sabana, con una agua sucia, pero de lo

más potable hoy por hoy en todo el territorio nacional. Ni aquí en la finca los dejaban

tranquilos, con todo y que no habían dejado dicho dónde era que iban. Vistas así las

cosas, era normal y lógico que Mike no quisiera llegarse hasta acá porque sabía que los

ecos de la cagadera gigantesca en la que se hallaba sumido el país no dejarían de

salpicarlo así se escondiera en Thule, en Varna o en Ho—Chi—Min.


Bueno, que yo que usted impediría que la gente se anduviera burlando de mí.


Gracias por el consejo, señor Mólitor.


No es consejo, señor ministro, yo no soy quién para dárselos a usted.


       De todas for

                        ¡ya voy!   Este        señor Mólitor mire


No se preocupe, señor ministro, comprendo que esté muy ocupado.


                                                                miró a Nati allá afuera,



no le gusta que la hagamos esperar cuando se ha esmerado tanto en hacer una comida

tan especial como el Vuluvé â la Protêgue, ¿lo ha probado?
No, señor ministro, no he tenido el gusto.


Pues pruébelo, se lo recomiendo: es delicioso.


¡Cómo no, señor ministro! A la primera ocasión que




manifiesta.


                               ontestó guturalmente Tenebrio Mólitor, con una voz que

parecía salirle del penúltimo anillo de su cadena de gusano.


       Miguel colgó ahogando la risa. Chindo le preguntó interesado qué era un

Vuluvé â la Protêgue, que tan maravillosamente hacía su mujer y que él no había

probado, quizá por la sencilla razón de que Nati, hija y heredera de multimillonarios, no

sabía ni freir un huevo.




la cabeza, divertido, como haciendo patente la ignorancia de su cuñado en materia de

comestibles, abarrotes y demás ultramarinos.




the rocks?


On the ice.


                                                                          do un hombre
                                                                        ote cualquiera, tan

magistralmente cantado por Agustín Lara.


Pues no tienes más que decirle a Nati que te lo haga un día es éstos.


¿A ti te lo hizo ya?


         El doctor Gómez se acercó al mueble—bar, dejando la copa sobre el mostrador.

Cogió una aceituna californiana y dijo, antes de engullirla ávidamente, como una hostia:


El que me invitó al vuluvé en cuestión fue tu suegro, don Saturnino, el día que fui por lo

de las pieles infectadas.


         Chindo se echó a reír con una carcajada tan franca, tan contagiosa y tan sonora,

que las dos mujeres entraron presas de la más femenina de las curiosidades.




extrañada de su mujer, que seguía haciendo pucheritos con los labios. Marcela, en

cambio, miró a Mike sonriendo, como en los buenos tiempos. Miguel pensó que a lo

mejor las cosas algún día se podrían arreglar.


                                                 que trataba infructuosamente de descifrar

                                Mike, cada vez que quiere deshacerse de alguien, le dice

que yo le estoy preparando un plato exótico de ésos europeos que él solo conoce.




no en balde era Licenciada en Humanidades por la Universidad de Reggio Calabria.




Chela.
                                                                       la última vez que

pisó la cocina en plan chêf fue un día (hacía ya años de eso) que la cocinera se retrasó y

tuvo que hacerle el desayuno a Chindo, con tan mala fortuna que no sólo se le quemó el

café y se le consumió el huevo pasado por agua, sino que desde entonces Chindo

prefería quedarse sin desayunar hasta llegar al ministerio, por pura expropiación de su

salud.




Pato a la Torquemada, el Fuagrás en salsa tártara, el pollo en jugo de piñon pilongo, el

filét quordán au exupéry y otros que no recuerdo.




desdentada que respondía por Coriza, anunciaba que la comida estaba lista, si los

señores deseaban pasar al comedor al ai




fritas.


          Sentados a la mesa, Nati volvió a la carga, apretando la boca como un conejito,

en pucheritos intermitentes:




exista una verdadera democracia es indispensable la crítica constructiva, esto es,

libertad de expresión, porque como dijo nuestro entrañable Abbe Lincoln.
memoria Chindo, como su hubiera sido enviado especial de la UPI a Gettysbourg.


                                            rvilleta en la mesa cogió el vaso con vino

fránces (el vino español, por la furia, la raza y el pundonor que desplegaba, no hacía

más que irritarle el hipo con excesiva facilidad).




Univer

caricatura.




abogados (entre ellos cincuenta o sesenta ex—ministros) que le cayeron encima a un

periodista por manifestaciones que no era una medida óptima la de cerrar la facultad de

Derecho en David, porque un país en expansión precisa de todos los profesionales que

hagan falta y que no por el lucro de los menos se iba a fastidiar la formación integral de

los más. Naturalmente, ganaron el pleito los abogados (entre ellos cincuenta o sesenta

ex—ministros) porque para eso se metió el periodista en el agua a pelear con los

tiburones.


         Así que un

respuesta de manera más que directa: es de imperiosa necesidad.




momento es parar la epidemia de cólera. Lo demás puede esperar.
       Marcela bajó la vista contrariada, pero no dijo nada: en verdad, en verdad os

digo que su marido se estaba poniendo pesado con eso de estar ayudando a gente que

luego no se lo iba a agradecer y que después iba a pedir su cabeza a la primera que

hiciera y, mientras tanto, quedaba en evidencia, como un pelele, ante quienes de verdad

lo podían ayudar a quedarse en el cargo. Daba la impresión de que Miguel Gómez MD

promovía un choque frontal con las fuerzas vivas del país, no sabía por qué, pero es lo

que le parecía. Y eso no era nada: lo peor es que se la tenían velada desde la restricción

de importación de medicamentos (Miguel había prohibido terminantemente vender en

Panamá medicinas que no se hubieran probado previamente en el público

norteamericano durante diez años sin ser retirados del mercado), cosa que se vio patente

en el Plan Sistemático de Desinsectación de la FEP, porque atentaba constra la

viabilidad de los veleidosos insectos de la Patria tan Pequeña Tendida Sobre un Istmo.

A Mike esto parecía tenerlo sin cuidado, pero lo cierto es que un buen día se iba a

encontrar con que lo habían puesto de patitas en la calle y con carta negra como a Santo

el taxero por actuar en contra de los Intereses Nacionales. Porque ya no era solamente

las grandes industrias yanquis, que lo dejaban actuar para que él mismo se labrara su

epitafio (como Salvador Allende, q.e.p.d.) sino que la Opinión Pública se estaba

reverberando en su sitio abstracto, como con candelillas en las posaderas, empezando a

desconfiar de un ministro que se atrevía a retar a los Estados Unidos en cuestiones

fundamentales: ya no se trataba de discutir conceptos metafísicos tipo Soberanía o

Patria y demás: la cosa era más seria: era meterse de lleno con la plata gringa, y si ellos

nos dan el derecho al pataleo, dijo el editorial de El Minuto, en cuestiones que no

afectan a su bolsillo (como es el caso de la Soberanía o de la Patria y demás) no iban a

hacer lo mismo si se le negaban esos ingresos descomunales y escalofriantes que

representaba el vender en América Latina productos que para los norteamericanos
estaban prohibidos por ser nocivos para la salud. Parecía que Mike se metía

voluntariamente en camisa de once varas, en empresas suicidas, en barcos sin vela, en

avionetas sin brújula.




cortar un carajo porque te relevan del cargo.


¿Quién?


        ¿Quién?

la mayúscula.


        Date cuent



Nati hablaba de don Saturnino, del señor Vigil, de Deflandre y de algunos otros más por

el estilo.




        Y ya sabes que esas personas tienen más influencia en el gobierno que tú, con



Después de una pausa, que cada cual aprovechó para rematar lo que le quedaba en el




praderas, cabalgando como dos cow—girls. Chindo lo miró serio:


                                       ose más güisqui.


Porque tengo la impresión de que mi cargo es más bien ficticio.
Eso lo sabías antes de aceptarlo.


Si lo hubiera sabido, ten por seguro que no lo acepto.


       Chindo lo miró pensativo. Revolvió el vaso y los cubitos de hielo repicaron

cantarinamente. Miguel miraba al vacío, porque si antes pensó su cuñado que estaba

viendo a las dos mujeres, ya éstas habían salido de su campo visual y sin embargo el

doctor Gómez seguía con la vista fija en el infinito, hipando tenuemente, tan levemente

que Chindo se sorprendió por la tranquilidad de la que Mickey hacía gala, cuando

estaba fraguando la aceptación de su propio fracaso, él, que se sentía llamado

mesiánicamente a la elevación del nivel sanitario del país. Chindo pensó, sin saber por

qué, que el desenlace de este drama (si se podía llamar así) iba a ser otra crucifixión.


       La de Miguel Gómez Quintero MD.
¿Yes?


Jái, Alis.


¿Jú, plis?


Guél, mai sister, ¿dón yú nou mí?


Oh, Tata, esquiús mi, no te reconocía.


¿Tan fea soy?


No, mija, es que como disfrazaste así la voz, pues


No distinguiste mi declinación entonatriz.


Exacto. ¿Sabes que ahora mismito te iba a llamar?


No me digas.


Sí, estaba pensando en tí, fíjate.


Para que veas cómo son las cosas.


Oye sí: hay veces que una piensa en alguien y de pronto va y se te aparece.


O te llama


te llama, sí


¿Y para qué te soy útil?


Nonada, era por saludarte
Vaya, se agradece el detalle


No hay de qué


Y yo te llame también sólo por darte el chóut


Ah bueno        así que quedamos en paz, ¿no?


Algo.


¿Y qué haces pues


Ahí, que ando de chequeo general.


¿Y eso? ¿Estás enferma?


Nada, que con eso de hombre precavido vale por dos, pues a Tómi se le metió en la

cabeza que todo el mundo tenía que ir a revisarse, como los carros.


¿Y eso?


Aburrido: se la pasa una de mano en mano, peor que una bailarina de ballet.


Ah, ¿es que las bailarinas


¿Tú no has visto nunca un ballet?


¿Cómo que no? ¿no te acuerdas tú aquella vez que


Aaaahhhhh, sí: ya. Cuando fulanita, ya sabes, la del fuácata, eructó en pleno

espectáculo.


Sí, entonces.
¡Qué pena debió pasar Mr. Cuernos ese día!


¿Míster qué?


Cuernos         Fefo, vaya.


Ah    jó, sí, ahí enfrente de todo el cuerpo diplomático y todo.


¿Te arrecuerdas del yapanís?


Ah, sí, ése del nombre chistoso, ¿cómo es que era?


Pero ¿tú no te acuerdas cómo es que se llamaba?


A mí me lo presentaron, sí, pero ahora mismo no caigo


Pero si es que eso fue sonado en los cuatro ríos de la capital.


Lo siento, pero no me arrecuerdo: sé que era algo raro, como Yodora o algo así.


Mitzobako Metsuda.


Ese, sí,       jó, con lo buena gente que era, el pobre.


¿Y qué culpa tiene él de llamarse así?


Hombre, pudo habérselo cambiado por otro menos alarmante, ¿no te parece


Y con lo limpio y pulcro y todo, sutzobako letsuda.


Es que estos yapanises tienen unos nombres mundiales


A lo mejor en su idioma no quiere decir lo mismo.
¡Oficial!       ¿Tú crees que si significara lo mismo él dejaría que lo llamaran así?


Es que viniendo a un país en donde se habla castellano,


Ya, claro, no lo había pensado.


Podía haberse llamado Yamajá o Canon o Jitachi o


Náchonal


No, tanto como eso           no.


¿Y no te arrecuerdas tú de la Encargada de Asuntos Consulares? La que nunca decía su

nombre.


Deja a ver       no, no me acuerdo, ¿quién era?


La señorita Keputa Kesuna.


Ah, ya. Me hablaron de ella, pero no la conocí personalmente.


Con decirte que cada vez que se la presentaron a un hombre, venía y sacaba la chequera.


¿Tan buena estaba?


¡Qué va, mani! Era menso feto, pero como no todo el tiempo le cae a uno una yapanís.


Ah, ya: ¿y quién fue que tuvo su chance?


Que yo sepa          deja a ver    : nadie. Pero era un vacilón verla que no sabía ni

dónde meter la cara.


Se pondría hasta colorada.
No, fíjate.


¿no?


No. Ya sabes que los yapanises dizque que tienen cara de palo. Además, parece que las

jevas por allá por el lejano oriente se ponen el buco de harina en la cara, así que no se le

notaba si se ponía colorada o no, por lo menos.


No me digas.


Sí, sería una gueicha, creo.


Será gueija.


Oye, yo no sé cómo es que se pronuncia, yo sólo lo digo como me sale, tú ves.


No, si yo te corrijo es por tu bien.


A, bueno.


No vayas algún otro día a quedar en feo por una tontería como ésa.


Gracias, entonces.


¿Y a qué vino lo de la yapanís, después de todo?


Ah, te que contaba yo que estoy en pleno chequeo.


Pasando Revisado, como los carros.


Ecolocuá. Y te decía que me tienen de mano en mano


como las bailarinas de ballet
y ahí fue donde se metió el que letzuda eltzobako


Eso es, ahí era,       y sigue con los de las bailarinas.


¿Tú no has visto cuando está la bedét de turno ahí en puntillas en el escenario y cae en

los brazos de un bailarín


Que tienen una pinta de cualquier cosa, ¿no?


Sí, pero no te fíes.


¿Yo? A mí ni me va ni me viene


Ni a mí


Bueno, sigue


Y luego la bailarina levanta una pata


enseñándole los pantis a tó el mundo


oficial y luego levanta los brazos y sás           cae encima de otro estilizado de ésos


Ya te entiendo


Y al final sale más manosiada que una masilla en un recreo.


¿Y quién es que te soba tanto?


¡Jólit, pelá!          No empecemos con suspicacias.


No es que lo malo no es lo que se dice sino cómo es que se dice.
También, me retracto de lo dicho.


Ya te dije que estoy en chequeo,


Oquey


y, naturalmente, te tienen que explorar a ver si


si tienes cáncer de mama, por ejemplo.


Ey, sí: menos mal que tienes una enfermera, que si no


¿qué?


¿pero tú sabes qué manos más suaves tiene el doctorcito que me palpó?


no.


Uju, mani, si te contara


Cuenta.


Suvecitas, suavecitas. Ya te digo que menos mal que tienen ahí la enfermera.


Será por eso


No lo dudes ni un segundo: si no, se deshace una, te digo


¿Y te empelotó y todo?


No me empelotó, oye. Sólo me pidió, muy educado él, que me despojara de la blusa   y

luego del brasier
¿Y no te dio pena?


¿Por qué? Yo no soy penosa y además era un médico, que debe estar acostumbrado a

eso.


¿Acostumbrado a qué? ¿A sobar a las mujeres ajenas?


Te estoy diciendo que no me sobó.


Pues no tiene nada de particular.


¿Qué no tiene nada de particular?


No


Pues lo que es esta pelá que está aquí, nadie me toca los senos si no es mi marido.


Ey, ojo, que una cosa es que exploren y otra que te anden tocando los senos.


Ah, ¿y cómo te exploró? ¿de lejos? ¿con telescopio?


No, qué va.


¿Te tocó o no te tocó?        Vamos a ver


Para encontrar un tumor hay que tocar, ¿no?


Ajajá, ¿ves?         y seguro que no encontró nada


¿mejor?


Claro, es por si acaso, para prevenir, vaya.
Déjate de cuentos, qué por si acaso ni qué ocho cuartos: tú fuiste a que te manosiaran y

encima pagaste.


Oye, eso sí que no te lo consiento.


Perdona, me extralimité


Oquey: no te extralimites más


De acuerdo, pero es que yo me muero de cáncer antes que morirme de la vergüenza.

¿Qué me estén sobando así? No, mija. Si fuera una doctora, todavía pasa, aunque ten

cuidado, que puede ser machorra y fíjate el panorama.


Pues yo, la verdad, no lo veo así.


Date cuenta que después empieza con que si los tienes grandes o chiquitos o bizcos o

quéséyó         no, micielo, a mí no me cogen en ésa.


No creo que se le ocurra


¿que se le ocurra qué?


Andar por ahí regando eso            aunque no tenga de qué avergonzarme


Uy, dárlin, peores cosas se han dicho


pero existe el secreto profesional


Eso se ve en las películas, pero no en la realidad.


Hombe, la ley los obliga
La lay se hizo para romperla; es más: ¿quién en este país cumple la ley?

¿Quieres que te lo diga?        NADIE.


Pero aún así,


Aún así         ¡nada!


Oye, pensándolo bien


Uju Mañana cae onde los frenes y empieza a decir que le tocó las tetas a la mujer de

un exministro. Porque,


¿tú crees que no lo dice?


¿Y tú que sabes?


No, y a lo mejor aumenta lo que te hizo y resulta después que lo que pasó es que se

estuvo refocilando contigo


¿Y la enfermera, qué? ¿de adorno?


A esa también la mete en el baile, dizque menách a truá, no te creas.


No te creo.


Allá tú, mija, cada quién con su conciencia, después no digas que no te avisé.


Estás muy equivocada


Yo sólo te digo que a mí no me toca ni el ginecólogo.


¿Tampoco?
No, mani, ni pensarlo.


¿Y por qué?


¿Es que tú crees que yo voy a ir onde esos lagarlos para que se metan en mis

interioridades? ni que estuviera loca


          Me tienes sorprendida.


Es más          tú sabes que yo tengo almorramas, ¿no?


No    no lo sabía


Pues sí, desde hace mucho ya.


¿Y?


Que fui al médico por         en fin         ya sabes


Problemas conyugales


Digamos así, más o menos.


Sigue.


Y el muy malandrín quería que se las enseñara


Lógico.


¿Lógico? ¿Y que se fuera poniendo el guante también es lógico?


Tenía que cerciorarse.
¿QUIÉN tenía que cerciorarse? ¿De qué?


El médico, para saber qué tratamiento ponerte.


Yo no me quejo por gusto, ¿tú sí?


Tampoco.


Y yo le dije que me dolía, ¿qué más quería?


Eso es algo que siempre se hace.


mira: yo se lo dije bien clarito: a mí es que me duele, ¿no? así que la que tiene las

hemorroides soy yo, ¿no?           qué más quiere? ¿diguiarme?


No, a lo mejor había que operar.


¿Operar?         Ven acá,


¿Qué pasó?


Me quedó con las almorramas, ¿me oíste?


Bueno, a tí es que te duelen.


Claro, y así mismito se lo dije, no te creas: ¿usted qué se ha creído? ¿qué yo soy un

timbre? Que vaya a tocar a su madre, oye.


Me tienes sorprendida, chachi.


allá tú si te dejas, pero yo no. Charlie puede decir, a mucha honra, qué él es el único

que conoce mis intimidades.
Ey, ¿qué quieres decir con eso?


Yo nada. Sólo que a mí no me toca más nadie.


No es cuestión de tocar


¿Ah, no?


No.


Pues tú me acabas de decir que te tocan, te apretujan y te meten el dedo y todo   no, no,

eso sí que no, mijita: hasta ahí llegó mi amor.


Jó, contigo no se puede hablar.


Ah, ¿es que tú quieres que yo ande por ahí buscando a ver quién me manosea?


Nadie te ha dicho nada de eso


Pues yo no sé, pero eso fue lo que entendí, que fuera a que me sobaran los médicos,

como Chela


Ey, Alicia       solón           ¿sabes?


Es que la verdad duele, ¿no?      Porque una es muy decente y no la soba ni la manosea

ni la diguea nadie, ¿me oíste?


Adiós:        ¡Click!


Ah, ¿no te gusta que te digan la verdad en tu cara?


¡Click!
          El caso fue que se lo contó a las tres y ninguna se lo creyó. Es más pensó, si a

más gente se lo llega contar, menos gente le hubiera hecho caso. Yamtovani había

dicho que Josephine Walker era una farsante, con tono escéptico. Y eso que Yamtovani

era lo suficiente amplio de mente como para aceptar cualquier hecho sin negarlo a

priori.


Miguel había llegado solo, porque Terencio Gómez había preferido quedarse en casa,

aunque, pensándolo bien, de nada le hubiera valido ir con el viejo a la consulta. La

señora Nacha era la idónea, pero ya había perdido esa fiera agresividad que la

caracterizaba. No era que tuviera miedo, no. No temía la entrevista, la verdad sea

dicha, pero sentía como que caminaba sobre hueco, sobre corcho, quién sabe, mientras

la secretaria—enfermera le indicaba con el índice y sin dejar de mascar (¿o masticar?)

chicle, el despacho del doctor Walker, un tipajo rubio hasta la epilepsia, de manos

delicadamente femeninas y ademanes excesivamente fino, si es que considera la

patanería innata, congénita y hereditaria del panameño como patrón de normalidad.

Vestido todito de blanco y con una sonrisa de ésas de anunciar dentríficos, el doctor

Walker transpiraba amabilidad y sosiego, una serena ambigüedad, como pusilánime,

pero Miguel no lograba sintonizar del todo ambas afectividades. Le pidió, casi le rogó

(por lo menos no lo supo en ese momento) que se sentara en una taburete precioso,

como de discoteca, y mientas ocupaba el asiento pensaba que habría sido mejor no

haber venido solo. Tragó saliva, indeciso aún frente a la abierta y cordial sonrisa, como

de venvedor de diccionarios, que le llegaba desde el otro lado del escritorio. Le contó a

duras penas, trabándosele las palabras, que pugnaban por salir atropelladamente,

hipando como si se le hubiera roto la cremallera del pantalón, que lo mandaba el doctor

Sealy, con instrucciones concretras.
habló de tu caso. ¿Y qué se cuenta el vivazo ése?




académico. Dando un rodeo, explicó por qué era que se encontraba ahí, hablando a

saltos, intentando esconder el hipo, atorándose como un motor de cuerda. El doctor

Walker lo escuchó en silencio, siempre sonriendo, como un vendedor de lavadoras,

prestándole una exquisita atención y luego le dijo que oquey, que pasara a la habitación

de al lado (dijo en realidad ―contigua‖ y Miguel pensó que decía ―contigo‖, por lo que

medio que se escamó: luego comprendería que sin fundamento), por una puerta

empotrada cuyo picaporte estaba detrás de la orla de Fin de Carrera, miró la fecha, era

por ahí por los años del Duce, todos los alumnos de la promoción posaban junto a los

profesores en la fachada de la Facultad de Medicina de Padova, destacando, ¡como no!,

la sonrisa abierta y de ejecutivo que ostentaba el ahora doctor Walker.


El cambio brusco de decoración hizo que Miguel se sobresaltara un poco, y entonces

pensó que, la verdad, habría sido mejor no venir solo: la habitación, si es que se podía

llamar así, era un cuarto semioscuro situado en una semipenumbra propicia a las

confesiones de amor y otras soledades, las paredes eran de madera (posiblemente con

cemento por fuera, como forro, para disimular), con velas retorcidas y calaveras

colgando de las paredes, adornadas por águilas bicéfalas disecadas y telarañas tan

antiguas que hasta estaban llenas de telarañas ellas mismas. Por las esquinas

derrapaban gotas de un líquido raro y de un olor más raro todavía, no clasificable entre

la gama de percepciones olfativas que obraban en poder de su archivo nasal. Pero lo

que más le llamó la atención fue una media nube, que había entrado no sabía por dónde

que ocupaba la parte inferior de la estancia, una nube medio verdosa que provocaba la
ilusión de hacer pensar que los muebles (una mesa alegórica, y una especie de altar

anodino) flotaban o, por lo menos, que carecían de soporte en el suelo de madera.




nube y desapareciendo como por experiencias de parapsicología, arte de magia y otras

susceptibilidades sensoriales. Miguel, ya solo, empezó, a hipar más desaforadamente

todavía, si cabe, pensando que a lo mejor había dejado por una escalera, cuyo comienzo,

naturalmente, no distinguía, en busca de la sabiduría subterránea (¿o pensó

underground?, por lo menos no lo supo en ese momento), que partía de alguno de los

Nueve Desconocidos, cuestión que definitivamente zanjaría Yamtovani al negarlo

rotundamente, pero ahora ¿qué alternativa tenías, Mickey Gómez, si no esperar?


La culpa, si es que había que echársela a alguien, era de la vecina del cuarto de la

derecha, la del número cuatro, la mamá de Zcherezaida, la guialcita ésa que porque iba

al Abel Bravo se la tiraba de mucho y mandaba más piquete que el carajo y lo miraba a

uno por encima del hombro, porque en tierra de analfabetos el bachiller es rey. La

vecina del cuatro le recomendó al doctor Sealy, con el cuento de que dizque que era el

mejor hipólogo de todo Panamá (contando la Zona) y de parte de Centroamérica

(Panamá pertenece a América Central pero no a Centroamérica), graduado en Medellín,

posgraduado en Cali y de un palmarés extraordinariamente asombroso, como los rivales

de Guantedehierro. El doctor Etiênne Sealy, con un aire triunfalista de play—boy

consumado, lo atendió muy bien y le cobró mejor, remitiéndolo entonces al doctor

Josephine Walker (al que Yamtovani llamaba Neosinefrine Walker), de especialidad

indescifrable, filiación desconocida, amabilidad infinita y que ahora lo había dejado en

medio de quel cuartucho (?) que contrastaba de manera casi escandalosa con su

despacho pintado de blanco satén, como el marfil de los huesos de un mamut. Sólo
había que dejar que pillara a la vecina del cuarto, que la iba a pelar viva, como las

gallinas, a ella y a su hija, la abelista flintosa, pensó, sin sustraerse a las contracciones

del diagfragma y sin atreverse casi a pestañear por temor a que apareciera algo más

rápido que la vista, como las manos de los prestidigitadores, y hombre prevenido vale

más que el carajo. Miró a todos lados, descubriendo en cada ojeada (¿hojeada?) algun

objeto nuevo: un ídolo maya de cartón y masilla, dos colibrís de plata clavados por el

pico en flores de cera compradas en almacén Fong, e incluso vio, sobre una repisa del

altar anodino, una ristra de ajos, que le hizo pensar que el doctor Walker era brujo

(―mírale los ojos, color café‖) por los menos no pertenecía a la secta de los vampiros del

planeta Astro—57( 1). Pero era una diarrea mental ponerse a pensar en esas estupideces

cuando se estaba acabando, con más pena que gloria, el siglo veinte y, además, un

hombre de ciencia no podía andarse con patrañas y menos con esa sonrisa de cantante

de revista. ¿Y si era un prestidigitador dental que mostraba los dientes (nada por aquí,

nada por allá) y de pronto, Zás, se aparecía con mensos colmillos así de grandes?

Bueno, para eso era que estaban los ajos, ¿no?


El doctor Walder regresó (reapareció, más bien) con un individuo de escasa estatura,

más bien un enano, que se frotaba unas manos verduzcas, como las de su hermana

Mariana, pobrecita, y que caminaba balanceándose como si andara en un barco. No

sonreía siquiera, como el doctor Walker, siempre insistiendo en mostrar la dentadura,

que ya empezaba a parecer postiza.


                                  ctor Walker, extendiendo una mano hacia Miguel, y



homúnculo hizo una grave reverencia, sumamente extraña, que Miguel no llegó a

descifrar, pero que comprendió era una reverencia. El hombrecito tiritaba, como si
sintiera frío o como cuando a uno le dan esos ataques sorpresivos de pulmonía, y

Miguel pensó que este sujeto debió haber venido de algún lugar más caliente que

Panamá y que dicho lugar debía quedar en las mismas entrañas de la tierra o por ahí

cerquita. El pensamiento lo sobresaltó, y un ligero escalofrío (¿yo también?, pensó)

recorrió sus tuétanos en un abrir y cerrar de ojos. Luego se dio cuenta de que no iba

vestido o, por lo menos, no llevaba ropa visible, quedando cubierto su ―pudor‖? con la

espesa neblina medio mohosa que le llegaba hasta el ombligo, más o menos,

despreciando centímetros que no aportaban ningún dato de valor. El asunto se ponía del

color de hormigas, pensó Miguel, porque no le distinguió la cicatriz onfálica: si era

verdad que iba desnudo, el tipejo no había nacido de madre humana, o generación

espontánea o, como diría cualquier panameño, lo habían cagado. ―Te estas dejando

llevar por las emociones‖, se dijo, mientras el doctor Walker explicaba en pocas

palabras y una sonrisa que Miguel sufría de hipo incoercible, irrefrenable, continuo,

criminal, y el homúnculo, hombrezuelo o lo que fuera, levantó las ¿cejas? Como única

respuesta. Luego, sin que se sintiera su respirar callado, se acercó al altar anodino que

pendía del techo (Por eso fue que no le vi las patas, pensó Miguel, que cayó en esta

observación cuando Rastrin Kramashirshnan se detuvo frente al mueble que hasta

entonces parecía decorativo) e hizo una leve reverencia, distinta pero igual que la

anterior de extraña, que Miguel, nuevamente, se confesó incapaz de descifrar. Pensó

que a lo mejor era una nueva religión, de corte oriental como todas las nuevas

religiones, le dijo a Chela cuando se lo contó o, por el contrario, residuos de una

religión tan antigua que había descendido por tres días a los infiernos, le confesó a

Maribel el día que se lo estuvo contando, o una secta de ésas de magia negra tan de

moda ahora, cuando el Hombre (entiéndase, por esta vez, Ser Humano) se topa de

narices con un Universo de cuatro dimensiones y tan sólo tiene la capacidad intelectual
para amoldarse a uno de tres, le dijo a Noni entre espasmo y espasmo, mientras le

contaba el incidente. Las tres, otra de la maldita uniformidad que las caracterizaba, lo

dejaron continuar, divertidas, pero sin llegar a creerse nada de lo que decía.


Rastrin Kramashirshnan descolgó algo así como un vaso, que a Miguel le pareció que

no tenía fondo, semejante a la botella de Klein, y lo bajó hasta más allá de la medio

nube que lo tenía todo (incluyéndolo a él, pensó) medio flotando. Oyó entonces un

ruido conosidísimo y observó que el hombrezuelo se llevaba una mano a la cintura

(¿cadera?) y volteaba a mirar para arriba, como escrutando el techo. El doctor Walker

le dirigía incongruencias amables, y él continuaba hipando sin remisión posible. La

espalda del homúnculo tenía un lunar de pelos la mar de respugnante, porque tenía

hebras de todos los colores, como el pelo teñido de esas diablesas putitas de a tres por

un real, o eso parecía al menos, barnizado por la luz ambarina que cubría la estancia

(por lo menos eso fue lo que creyó en ese momento). Tenía ganas de salir de ahí, pero

no acertaba a distinguir la puerta por ningún lado. Lo que sí sentía era la sonrisa

envolvente del doctor Walker, que le pareció, de buenas a primeras, similar a la del gato

aquel del País de las maravillas (L. Carrol, versión W. Disney). Lo miró a ver si tenía

dientes largos y puntiagudos, pero nada: la dentadura del doctor Walker era tan perfecta

que parecía falsa. Además, para eso estaban los ajos, para inhibir cualquier conato de

vampirismo, ¿no?, y cualquier otro tipo de beso en el cuello podía sofocarlo de un

bofetón. En eso pensaba cuando el sujeto diminuto de facciones y manos verdosas,

como Mariana, Pobrecita, le extendió el especie de vaso conteniendo un líquido también

verduzco, caliente, con una espuma familiar que se iba disoviendo y exhalando un olor

penetrante, ácido, cotiadiano.
                                                r Walker, sin dejar de sonreír. Miguel lo

miró, luego miró al especie de tipejo pequeñajo y después volvió a mirar al médico.

―Me quieren austar para que se me quite el hipo de una vez por todas, pero ese

mecanismo no cuaja‖, pensó, moviendo negativamente la cabeza y sin que le

desapareciera ni un gramo del hipo, su eterno compañero.




convencer de la beldad de la vida a un suicida que hace dos segundos se ha lanzado del

Empire State Building, hastiado de la vida.




                                                                       son simplemente

emuntorios: si quieres quitarte el hipo debes tomártelo de un solo trago.


No me da la gana, dóctor.


El hemúnculo se encogió de hombros y desapareció por donde había venido, sin

pronunciar una sola palabra. El doctor Walker lo hizo salir del recinto con una sonrisa

inmensa y lo despidió amablemente en la puerta:


Ha sido un placer charlar contigo. Vuelve cuando quieras.


A las tres se lo contó y el caso es que ninguna le dio crédito a sus palabras. Tenía

cuatro días y un par de horas de haber regresado de Salamanca con su título de Médico

en el bolsillo y todavía no había empezado a trabajar cuando Bebi Rodríguez fue con él

a buscar al doctor Walker para aclarar conceptos, pero resultó que el lugar donde tuvo

instalado el consultorio ya no existía y en aquel sitio había levantado un cabaret: el

doctor Josephine Walker no aparecía en los anales de la Medicina, le explicó una
encargada del Ministerio que masticaba (¿mascaba?) chicle y no tenía ninguna puñetera

gana de andar buscando pendejadas para satisfacer la curiosidad de este tipo que venía a

sacarla de su inactividad rutinaria. Por otro lado, el doctor Sealy había muerto de una

enfermedad rara que al parecer sólo se daba en Asia y África pero que en Panamá no

existía ni nunca existirá. Miguel, no obstante, prosiguió con tesón de cazamicrobios sus

pesquisas, hasta que un viejo médico, con bastas arrugas, que era de la promoción del

doctor Walker, de por ahí por los tiempos del Duce, le mostró la orla, pero no aparecía

el doctor Walker: era igualita a la de su despacho color marfil, le explicó a Chela, que

lo miraba divertida, pero faltaba su sonrisa abierta, como un buzón de correos, le contó

a Maribel, hundiéndose en sus caderas imponentes, pero, con todo, Noni fue la más

explícita:


                                                             .


A él maldita la gracia que le hacía. No era para ponerse a reír ni a tomarle el pelo: era

verdad y él lo sabía porque a él le había pasado. Maribel le comentó que a lo mejor lo

habría soñado de forma tan palpable que creyó haberlo vivido. Chela sólo pensó que su

marido era bien ocurrente, porque habían cosas que en realidad tenían que ser producto

de su imaginación acelerada. Como aquello del Capaperro. El decía que era verdad y

Chindo lo apoyaba, pero ella sabía de sobra que era, tenía que ser, tremenda cábula,

tremendo embuste, un embuste tan bien hecho que era fama en todo Panamá.


Capaperro era un tipo de esos que cambian mangos por botellas y que recorren las calles

con una carretilla ofreciendo su extraño trueque. Se decía por ahí que traficaba con un

chino que hacía empanadas. De ahí su nombre: la gente decía que separaba al perro en

dos y se los vendía al chino para que hiciera las empanadillas (pattis) y los perros

calientes (frankfurters) que lo habían hecho tan famoso. Claro que esto no podía ser
verdad, razonaba muy sesuda Marcela, porque hace tiempo que la gente se hubiera dado

cuenta, como cuando aquella jamaicana que hacía carimañolas con carne de gato. Y

que salió hasta en el diario Opinión y todo. Capaperro era bien grosero y bien patán,

como todo buen panameño que se precie. Era de los que iban al cine a poner las

pecuecas en el asiento de adelante y se ventoseaba en misa. Y fue precisamente en la

iglesia, concretamente en una misa, donde dice Mike que había pasado, pero ella no

podía creérselo, no podía, con todo y que Chindo, con su seriedad habitual, lo

corroboraba. Eso era algo monstruoso, más sacrílego que Godspell. Había que estar

loco y poco le quedaba al tal Capaperro para estarlo si de verdad hizo lo que ya se sabe

toda la Capital de memoria y que le ha dado una popularidad increíble al tal Capaperro.


Resultó que la mujer de Capaperro, una surrapastrosa que respondía por el nombre

sonoro de Watermelon—ass, después de que se recuperó de una enfermedad de la que

pensó que no salía y en la que rogó la intercesión del Cristo Negro de Portobelo, se vió

en la obligación de pagar la manda que había hecho y que consistía en andar vestida con

una túnica morada atada con una soga de cabuya, descalza, no parrandear en los

carnavales y, sobre todo, llevar a su macho a la iglesia por lo menos dos veces al mes

por espacio de seis meses. Todo lo demás era fácil, porque con comprarse una tela ya

se hacía la túnica y como los carnavales habían pasado hacía como dos o tres meses, no

tenía problemas. Pero el arrastrar a Capaperro a la iglesia era un suplicio: era como

pagar una manda. Ella decía que si no llega a ser porque pensó que se iba a morir, no

hace esa promesa. Sólo logró llevarlo a cuatro misas, una de las cuales era de corpore

insepulto y gracias, porque la primera vez se ventoseó con tal intensidad, timbre y

sonoridad, que el resinto semisagrado quedó convertido en un desierto (y se cuenta que

hasta las estatuas de los santos tuvieron que taparse la nariz). La segunda vez fue una

misa de capilla ardiente y Capaperro, que se acercó a ver al difunto, por mera
curiosidad, soltó una expresión soez delante de la viuda y demás ancianas deudoras,

porque dio la casualidad de que él conocía al occiso y le debía dos dólares de una vez

que le pidió prestado para comprar un billete de lotería y ya más nunca se lo pagaría.

La otra vez, la tercera, también hizo su gracia aromática, con lo cual su popularidad

aumentaba por momentos, de forma que más iba la gente a la iglesia por ver qué hacía

que por oír la misa, que los conducía a ―aquel tiempo‖ siempre de igual manera. Pero

fue la última la más sonora, la que promovió la anécdota que Chela no se creía porque

era imposible que lo dejaran, pero que era ya leyenda, como la de la Saqueadora de

amantes en Colón, que hacía sonreír a la señora Nacha cuando la oía y que llenaba de

inquietud a Miguel, sin que él supiera a ciencia cierta por qué.


Al parecer, el cura estaba soltando su descarga desde el púlpito, comentando un pasaje

del Evangelio de Hoy, salpicándolo con sabrosos condimentos cotidianos y mezclando

ejemplos con parábolas para meter a presión las Sagradas Enseñanzas. Capaperro

escuchaba aburrido el sermón (y si no lo estaba al menos lo disimulaba a la perfección),

añorando un buen mítin en Santa Ana con intervención de la policía y todo. Pero el

sacerdote seguía mencionando virtudes y condenando defectos con tan reiterada

obstinación, que Capaperro se levantó, atrayéndose todas las miradas que, por un

momento, salieron del sopor, y caminó decidido hacia el púlpito, mientras

Watermelon—ass (que en realidad se llamaba María Eugenia pero el apodo le vino

parece ser que por jugosa) lo intentaba retener por la camisa, temiéndose lo peor. El

cura como que supendió el discurso en la palabra ―diluvio‖ (nadie sabía a cuento de qué

entraba el diluvio en el sermón, pero en fin, qué más daba) y entonces Capaperro se

llegó hasta la pila bautismal. Giró y se acercó con los feligreses, comprobando, no sin

cierto disgusto, que Watermelon—ass había desaparecido por una de las puertas

laterales y se perdía por la acera de enfrente, como un gamo perseguido por un ocelote.
Los miró a todos con una mirada circular, serio, amenazadoramente, miró entonces al

cura, que venía ya dispuesto a interpelarlo por su insolencia: con una dicción

impecable, inmejorable, y en un tono rotundo, manifestó escuetamente:


Después de mí, el Diluvio.


Y se puso a mear en la pila.


No se sabe a ciencia cierta si lo que indignó a la parroquia fue la frase (que,

indiscutiblemente, era un plagio) o el gesto tan poco ortodoxo. Lo que sí es verdad,

comentaba Mike, con el apoyo de Chindo, es que la gente tardó en reaccionar un largo

rato, sacudidos de estupor, y lo que hizo fue empezar a vociferar por la capaperrada,

más que intentar rehabilitar el sacrilegio.




flagrantemente.




Algo de verdad había de tener la historia, porque todo el mundo, quien más quien

menos, decía haber estado ahí, en la iglesia y haber visto la vaina. La palabra

―capaperrada‖ se convirtió en sinónimo de ―guarrada‖ así como Panamá llegó a ser

sinónimo de peculado cuando lo del Canal Francés. Pero era imposible, como éste

cuento, también con emuntorios líquidos, que decía Mike que le había pasado cuando

pelao. Y es que Mike, los días que no andaba por ahí pescando plasmodios, se pasaba

de rosca con sus anécdotas estrafalarias y, la verdad sea dicha, se ponía más pesado que

un kilo de plomo. Cuando no era Sinoreja, que empeñó una oreja en un burdel para irse

con una argentina, era Estaniña, que era querida de un pastor alemán o el carnicero que
mataron a la puerta de un cine por una razón bien estúpida y que era cachero del

Maestro Rodoaldo, culto, brasileiro y maricón. Y si no era la señora que era carterista,

era el checo que fabricaba aceite de coco. Naturalmente que todo era invención suya y

para un rato estaba bien, pero que quisiera hacerle creer a una que todo ese pocotón de

disparates era tomado de la vida real, eran ya ganas de coger el toro por los cuernos. Y

si no insistiera, pasaba, pero Mike se ponía hecho una fiera si no le creía y empezaba a

meterse con el origen de una, como si ella tuviera la culpa de que él hubiera nacido en

una ratonera, como insistía, y se hubiera criado con seres tan poco comunes como para

que le calentaran los sesos.


Maribel también creía que todo eso era mentira, porque las veces que tuvo contacto y

oportunidad de calibrar a la gleba (una vez en una tómbola de la Acción Católica, y

cada vez que bajaba a buscar hombre) siempre los había visto graves, provistos de una

conciencia histórica de clase, sin caer en el excentricismo absurdo que, por otra parte, es

privativo de las clases superiores. Ella sabía que Míchel se extraía de la manga esos

cuentos como para darle a la gente del pueblo ese tinte de vida que no tenía nada que

ver con un desheredado de la fortuna y como venganza por haberle creado ese carácter

desteñido y descentrado y desarbolado. Porque esas extravagancias que él contaba no

eran, no podían ser, propias de gente que no tiene donde caerse muerta. Y es que ese

cuento del tipo, que lo despreciaban en el barrio porque era blanquito y que tenía plata

empila (sic) porque su papá vendía hielo era de una crueldad indecible. ¿Quién era el

bravo que se lo creía? ¿Cómo se podía pensar siquiera en un pobre que no hiciera nada

más en todo el año que esperar que llegara la época de aguacates para ir a cogerlos? Y

lo mejor del asunto era la sensación de fidelidad que Míchel imprimía en su relato, de

forma que una podía quedarse tan convencida de que las clases inferiores se
comportaban igual que la gente, si no fuera porque había tenido trepado a más de uno y

se podía jactar de conocerlos, si no a fondo, por lo menos de manera bastante regular.


A Noni le hacían gracia las anécdotas que contaba Mike, sobre todo aquella de la pelá

que era bruta como ella sola y que él se tuvo que robar el examen para que no la

mandaran a los esteits. No les encontraba otra razón más que diversión, ganas de

sorprender la noticia en el momento en que se produjera, intención de no dejar laguna

sin rellenar ni explicar en este mundo caótico en el que tiemblan hasta las estructuras.

A Mike, sin duda, le agradaba recordar pasajes de su infancia, y los aderezaba con

exageraciones del tipo de aquel que empeño una oreja, ni más ni menos, para irse con

una puta extranjera. ¿Y qué iba a hacer el tipo del burdel con la oreja ajena? Porque

para oír hay que tener un agujero, pero una oreja sola se pudre y no sirve de nada. Por

eso no creía nada de los que Mike le dijera, para decir las cosas en serio estaba Fefo, y

sabía que él tampoco se creía nada de lo que contaba, aunque lo disimulara bien y

pusiera cara de enojo cuando intuía que una se reía sin creerle del todo.


Por eso, cuando se lo contó a las tres, ninguna se lo creyó. Y si se lo hubiera contado a

más gente, menos gente le hubiera creído. Porque el que no tiene plata no se puede

hacer el pendejo, tiene que ser pendejo, y el que no tiene plata no puede divertirse,

porque para divertirse hay que tener plata y el que no tiene plata tiene que consumir su

vida amargado, para que así se pueda decir que tiene conciencia de clase, porque el

pobre existe para que el menos pobre le tenga lástima y el rico lo desprecie. Es una

misión en la vida como otra cualquiera, pensó Miguel cuando comprobó que ninguna de

las tres daba crédito a sus palabras y pensaban que todo había sido una invención suya

para matar el rato.
¿Y eso? ¿Qué cuento de qué? ¿A santo de qué tanta reclamadera? Si no fuera porque

se conocían desde hace tanto, la hubiera mandado a freír espárragos como dos y dos son

cuatro. Pero una amistad tan antigua se supone que pese lo suyo, ¿no es verdad? Así

que se tragó la lengua, más por dejar las cosas como estaban que por no responderle,

porque lo cierto es que se quedó con ganas de cantarle cuatro verdades bien dichas.

¿Quién era ella para venir a decirle lo que tenía que hacer?


Encendió un cigarrillo apretando los dientes, con los labios secos. Echó el humo por las

ventanas de la nariz y se retiró una hebras castañas que le caían rebeldes por delante de

los ojos, como lluvia de barro. Había bajado la vista, como con cierta culpabilidad (de

la que no estaba exenta, es cierto) mientras Chela gesticulaba como una rambulera de a

dos por medio, cacareándole reproches y sacando a relucir su amistad a cada rato,

llamándola de todo, hartándola de cuanta cosa se le pasara por la mente, todo en nombre

de la amistad que las unía desde años atrás. La dejó acabar y le dio la espalda, saliendo

con toda la dignidad que pudo recopilar de entre tanto escombro verbal, estrellando las

caderas imponentes sobre el asiento del Chrysler y arrancando con la vista al frente, de

perfil, como las efiges de Julio César. Chela se había quedado poniéndola verde,

empleando su razón relativa ante el asentimiento de los demás concurrentes, corriendo

el riesgo de quedar en ridículo, plantando las cartas boca arriba, golpeándola con el

guante blanco en el rostro, pormenorizando su apología sin la clásica pepita entre las

papilas gustativas, reafirmando enfrente de todo el mundo su derecho de propiedad

sobre ese diafrágma espasmódico. Se detuvo en un semáforo mirando por la ventanilla,

Chela sabía lo que se jugaba: algún as debería tener en la manga para mostrar su juego

así tan a la brava, apretó el acelerador y el Chrysler, se movió despacio, Marcela no era

de la clase de gente propensa a echarse faroles, sobre todo si su propia reputación está

en juego, la sombra de los edificios se dibujaba a su lado, pero si ella hubiera rebajado a
su nivel y le hubiera dicho lo que tenía que decirle, lo más probable es que se hubieran

puesto a regatear y mejor era dejar las cosas como estaban: tiempo hay para remediar

los males, para eso es que existe la acología y no sólo para enarbolar eupareunias

isquiadelfas, pero lo cierto es que había quedado con ganas de decirle a Chela que ojo

con ver la paja en el ojo ajeno y la anécdota del burro que le dijo al conejo orejón

estando en la misma condición, aunque era mejor así. Frenó cuando se le cruzaron unos

chiquillos que jugaban ringalillo (corre corre que te pillo) y siguió lentamente, las calles

empezaban a hacerse más oscuras, siempre la oscuridad, siempre la compulsión, medio

detuvo el carro frente al parao, no estaba ¿quién tenía que estar? ¿a santo de qué?

Chela era la que menos se podía poner en ese plan, ella precisamente, pero había

ganado la batalla, ésta por lo menos, detrás sonaba el claxón de un galaxie del año de la

pera, apretó un poco el acelerador, qué prisa podía tener, la noche es larga, giró en la

primera esquina que encontró, para desembarazarse de esa sensación de abocamiento al

vacío que supone la prisa, pero contestarle a Chela hubiera sido una chabacanería: era

su aciesis lo que la tenía así de neurástenica, eso lo comprendía, pero que no le viniera a

ella con malandrinadas, gracias a Dios que no la encontró con el aceite hirviendo,

porque entonces sí que se iba a buscar su trapiada de lengua, que a Maribel Vigil pocas

eras las personas que le alzaban la voz, cuidado, esquivó magistralmente a la señora

ciega sin bastón que nadie quiso ayudar a cruzar la calle y miró por el espejo retrovisor

cómo el galaxie se detenía así que la estaba siguiendo, y dejaba pasar a la invidente,

pero ella tenía poco de arrabalera, así que mejor dejar pasar el balón que lesionarse un

menisco por tirar un patadón al aire. A Míchel no le diría nada, eso por descontado, no

era asunto suyo, pero observaría en detalle el comportamiento, no fuera a inhibirse

ahora que estaban las adargas en alto y las lanzas en ristre, como un duelo en las landas

de Westminster. Mal se la estaba buscando Chela, que Maribel Vigil no arroja la toalla
así como así, ni con ella ni con nadie, ¿a cuenta de qué tanta reclamadera y tanto orgullo

fingido? El galaxie seguía detrás, despacio, no le veía el rostro al tipo porque las luces

le daban en el espejo, pero ¿no dizque estaba apurado? pensó que sólo con que quisiera

lo dejaba regado pero para qué, le daba exactamente igual que la siguiera que no, pero a

Chela algo iba a tener que hacerle, la había puesto en evidencia y eso se paga, claro, así

de paso se cogía su revenge de Bebi y mataba dos pájaros con el mismo tiro, preparando

el sancocho en la misma paila y frenando a los dos que no contaron con ella y que ahora

iban a tener que hacerlo de Güebos a pelotas, el bendito galaxie, jugándose ahora el

físico: se situó a su lado, como en las citas espaciales, y el tipo empezó a hacerle

muecas, parecía que hablara, pero ella intentaba mantener la dirección para arrancar

luego, y dejarlo ahí, ¿es que no veía que podía atropellar a alguien? adelante, por fin, se

abría la carretera, bordeada de casas brujas, pero ya no el agobio de las casas de madera

cuyos balcones llegan a nivel de la acera, el galaxie ahí, firme a la causa, no iba a tener

miedo ahora, ¿verdad? sólo un aceleroncito y, sás, el galaxie quedó perdido en un

momento, quizá no creyéndoselo del todo, así era ella, cuando menos te lo esperas salta

el peo, la incertidumbre en lata, concentrada todo para ella, por eso la que le espera a

Chela va a ser histórica, aunque ahora no hay siquiera probabilidad de vislumbrar el

cómo, por lo menos existe la voluntad, que pone la mitad de los ingredientes, levantó el

pie del acelerador y tiró la colilla por la ventana, sin rumbo fijo, lista para saltar la

sorpresa, que se cuidara Chela, que el asunto le iba a venir feo, ¿qué iba a pensar

Míchel? Nada, tan pronto se enterara de que tenía la frente adornada le florecería el

machismo y se pondría de su parte: eso creía al menos: ningún panameño va a aceptar

de buenas a primeras que la mujer lo queme, aunque él le esté quemando de la manera

más descarada posible, así que Míchel se tendría que sentir ofendido en su honor y batir

por bajo a Chela, pero también podría volverse contra Maribel por aquello de estarlo
poniendo en candelero, y se larga y la deja a una añorando su resaltar desconcertante,

hombres no me faltan, con eso de tener fundillo de chomba, como me dijo Chela, la

envidiosa, los machos a montones, como caídos de un árbol, pero no es esa la

circunstacia: el asunto es que una está hasta los moños con el cholo que perderse eso es

un jándicap imperdonable, y no es que una lo quiera, es que la piel lo llama porque lo

necesita, estás pensando bobadas, Maribel Vigil, si de verdad fuera una necesidad

carnal, material, no andarías por ahí buscando semen desconocido cada vez que te viene

la vaina, mentira, ¿mentira? ¿a dónde? ¿a cuento de qué entonces tanta dignidad hoy

cuando Chela te llemó puta barata? No sería porque estaba tanta gente conocida que me

aculillé, me cohibí, es una tontería, fue por no rebajarme: ahora estas sola contigo, nada

hay cerca, el galaxie fue lo último: te falta sinceridad: ¿fue? o no, bueno, quizás no, a

lo mejor fue que Marcela tenía razón y yo ando detrás de los hombres porque no puedo

resistir y no porque me enamore, entonces el andar con Míchel no es más que un intento

de amolar a Chela, otra cosa no puede ser si no es él será otro ¿no? pero me excita su

hipo ¿será por lo raro? no sé, a lo mejor, es el único que conozco bíblicamente que

tiene hipo y parece dos personas galopando a la vez sin cansarse, Chela es bien

miserable porque a todo el mundo le consta que lo suyo es andar con el maldito Bebi

ensuciando manchando contaminando cuanta sábana se le pone por delante qué le habrá

visto a lo mejor es que como Bebi anda por ahí regando cada vez que se enfuega lo de

aquella vez en el hotel no se cansa y ella se cree que es que yo lo marqué y a lo mejor es

por eso que me quiere fastidiar a mí pero eso es una tontería mayúscula ¿no? Bebi es

demasiado hombre como para confesar que si abusó de mí fue porque yo era una

chiquilla y no no sirve la excusa pues yo fui con él aunque no quería y bien pude

haberme puesto a armar un dramón en la calle y no lo hice pero de ahí abandonarme en

ese maratón como con Míchel no y Míchel me arrancó lo que nadie hasta ahora
entonces suspiros y esa es la parte que me amarra a él aunque lo niegue y aunque luego

me vaya a andar alquilando amantes ocasionales y en ocasiones hasta disfrute pero sólo

el momentito ese porque otra vez el asco metido entre la piel y saber que tarde o

temprano volveré a caer en lo mismo aunque ese mismo día Míchel me haya dejado

exhausta moribunda rendida Míchel me dijo que Chela no quería ya con él desde hace

meses pero a lo mejor lo dijo para que yo no me pusiera celosa cuando yo no tengo nada

que ver sino su mujer y yo no soy la que tiene que celarlo porque al fin y al cabo

conmigo no tiene ningún compromiso formal sino tácito y Chela es que debe peliar por

él pero si ella no quiere estar con él en plan pornográfico ¿a santo de qué tanta

reclamadera? es estúpido pero si no le saqué la mano y le crucé la cara fue porque ahí

estaba ese poco de gente entre ellas las bochinchosas de siempre y ese elemento lo

menos que tiene que ver es una pelea entre dos amigas porque Chela y yo somos amigas

y eso es lo fregado del asunto y hoy estaré como siempre en boca de todo el mundo que

si esto que si lo otro que si pudiendo arrastrar con cualquiera por el fundillo de chomba

me meto a quitar los maridos ajenos y van a echarle la culpa a Bebi y Bebi se estará

divirtiendo contándoles como fue aquella sesión que ninguno de los dos va a olvidar

que quién sabe si yo lo deseaba y quería sentirlo agigantarse disminuírse ahí en mí pero

no porque si fuera así nada me habría costado acceder de buena gana y venirme con

toda propiedad porque para eso es tanto enredo: para disfrutar gozar mojar empapar

gritar retorcerse y luego caer extenuada hablando gimiendo mascullando tonterías y yo

no quise no me dejé ir hasta Míchel no fui capaz de ser de nadie sólo de mí eso que lo

intenté ya tantas veces en el mismo hotel y no porque recordara a Bebi lo cierto es que

después de Míchel no volví más prefiero el carro cuando no es Míchel y con Míchel

vamos donde sea que lo mismo da chicha que limonada cuando de apagar la luz se trata

Chela es bien pero bien barata yo nunca creí que se pusiera así máxime cuando sabe que
en cualquier momento la cazan en travesuras con Bebi y adiós reputeichon y adiós

cuento chino porque que no se crea ella que está tan bien parada pues la gente sólo está

esperando que caiga en una sóla una para destrozarla y yo me voy a encargar de darle el

puntillazo por arrabalera y perequera porque venirme a mí así de gratis sin que yo le

dijera nada no se hace es una malafesada y por mi madre que me las paga condenada

chapeta sietemesina adúltera sinvergüenza que me viene a mí a mí a mí con la

reclamadera y la vaina y si no fuera porque somos amigas desde bien pelás cuando

todavía el señor Ruiz estaba vivo y no podía ir a España por estafador contrabandista de

aceite de oliva familia pa tracalera si y fuera como dice Chela que soy hace tiempo me

hubiera ventilado a su hermano Chindo pero no y eso que está más bueno que el pan

nuestro de cada día no me atrae aunque yo sé que con sólo insinuarle lo que sea no se

niega yo no quiero y por eso guardo las respectivas distancias pero ella no puede hacer

otra cosa porque si Bebi que es ginecólogo no la pone a parir menos Míchel que según

dice él ya no la toca en plan amoroso porque él si marcó y ella lo sabe pero no le dice

nada creo a la Negra esa que escribe día a día en su diario religiosamente dice Míchel

aunque yo no le creo es tan difícil estar contabilizando día a día lo que pasa sobre todo

cuando lo que pasa es tan obsceno como mis correrías por ahí por la calle pero no creo

que la loca de Hiata ande en perrerías uf menos mal que venía a menos velocidad de la

exigida sino me cargo atrás al radiopatrulla y no quiero tener que decirles quién es mi

papi y qué hace para que me pidan perdón y apaguen las luces para que yo no les vea el

número y los denuncie mejor así voy más tranquila adiós chao míster polisman, el

radiopatrulla ni se movió, y Maribel encendió la radio, el reloj decía las doce, se acercó

hacía el borde del puente, sobre el histórico Chagres y detuvo el Chrysler. Se bajó sin

miedo, para eso estaba ahí el radiopatrulla en el otro extremo del puente, para que no le

pasara nada Velamos por tu seguridad, decían los letreros, ¿no? Encendió un cigarrillo
recostada a la baranda. Refrescaba, subía neblina desde las aguas, oscuras como la boca

de jaiba, siempre la oscuridad, la bendita oscuridad. La música llenaba parte del aire,

no había estrellas, de un momento a otro rompería a llover: ella daría la vuelta y

marcharía rumbo al sur, al Pacífico, lentamente, nadie la estaría esperando en casa, sólo

la cama, todo el mundo empilatrado desde hacía por lo menos un siglo, la cena servida,

todo muy en orden, tenía casi una semana que no veía a la señora Vigil, y eso que su

amá no era muy amante que digamos de salir por ahí dizque a visitar a nadie. Lo tenía

todo menos gente, pensó, tirando la colilla al río, que se fuera al mar, allá, junto al

fuerte que pasó, con Panamá, de manos de España a Colombia a USA, que se perdiera,

que más daba. Un policía se le acercó, no, no pensaba tirarse, no, no necesitaba ayuda,

no, no se sentía mal, no, gracias. El guardia regresó al rediopatrulla y ella encendió otro

blanco mientras Mon Rivera cantaba un trabalenguas viejísimo, de cuando todavía era

soñorita y dormía rodeada de muñecas y perritos de peluche y conejito de color rosado.

Una camioneta se pasó al radiopatrulla, frenó ruidosamente junto al Chrysler, los tipos

que estaban dentro, en visible estado de embriaguez, le espetaron tres o cuatro groserías

muy panameñas alusivas al culo de guacuca y arrancaron violentamente, seguidos por el

carro de la policía.


Cuando giraba el Chrysler para infilar rumbo a la capital, oyó el ruido metálico que

produce el despanzurramiento de dos automóviles y la sirena del radiopatrulla que

llegaba al lugar de los hechos. Pensó volver a ver qué era lo que pasaba, pero decidió

que mejor no, que no quería estarse toda la noche en el juzgado prestando declaración y

que mejor se iba a dormir a casita, que demasiado ya había hecho Chela como para que

ella siguiera complicando las cosas.
El galaxie estaba estacionado en la entrada de una cantina de la carretera. ¿Qué más

daba? Total, un par de minutos más no la iban a hacer más vieja.


Detuvo el Chrysler y entró en la cantina, preguntando por el dueño del galaxie y

deteniendo incluso el tiempo clavado en sus pantalones de cuadros y en la blusa

transparente sin sujetador.


Docenas de veces había pasado frente a esa casa y jamás había reparado en la placa que

estaba pegada en la puerta, teñida de salitre y manchada de décadas fructíferas. Pero

aquel día, mientras llevaba los periódicos enrollados en la canastilla, Miguel miró por

casualidad y la vio,


Asociando el nombre con el que varias veces había leído en el diario mientras los

enrollaba para que parecieran (y) posiblemente hicieran de leña de esa de encender y

mantener barbacoas. Grabó el número (69) en la memoria y no le fue difícil hallar

alguna regla mnemotécnica para retenerlo, mientras seguía pedaleando calle abajo por la

cuesta, verde de césped y árboles que no tenían otra función que dar sombra. ¡Qué

distinto era todo esto a su barrio! Los únicos sonidos que percibía eran los susurros

monótonos y monocordes de los insectos aristócratas y el zumbido ininterrumpido del

silencio. A lo mejor, de cuando en cuando, un ruidito de origen desconocido, un carro

gringo de último modelo con ventanas cerradas y alguna hembra lindísima

conduciendo. Otras veces eran pandillas de chiquillas y muchachos con cara de gringos

sanos que subían en bicicletas americanas la cuesta y que se notaba que estudiaban en

USA, se les veía en la cara, en la forma de montar y en la manera de masticar (¿o

mascar?) chicle y hablar con la boca torcida. Otras veces eran cholos que caminaban

por las aceras con su camisa blanca y el periódico de crónica roja y chismorreos en el

bolsillo trasero del pantalón azul marino, que subían, con toda seguridad, a ver a la
cholita que estaba de sirvienta en un chalet de esos y con la que esperaba estarse un

ratiro hablando, por lo menos, manteniendo la llama del amor hasta el jueves, cuando

podría llevarla a un cine de barrio y después a un pindín por ahí por la avenida central.

O aparecían unos tipos que desentonaban por completo con el ambiente: malandrines,

maleantes, ladrones y motos, que andaban en su móvil o como ejecutores a sueldo de

alguna justicia privada. Estos venían jugando siempre, gastándose bromas pesadas,

nadie pensaría que andaban en alguna tracalería, pero Miguel los conocía bien, los olía,

y sabía, con sólo mirarles la cara, la especialidad de cada cual, desde el finísimo

carterista del diente de oro hasta al habilidoso violador a sueldo del palillo en el pelo,

pasando por el desvalijador de Casas y el traficante de marihuana que se hacía pasar por

vendedor de raspado. Frenó la bicicleta frente al 114 y sacó un taco periodístico, silbó

metiéndose los índices en la boca para avisar su presencia, y lanzó a lo Warren Spahn el

periódico, que cayó justo en la alfombra que decía WELLCOME junto a la puerta.

Volvió a montar para repetir la operación dos casas más abajo. Esta cuesta era

interminable. Cualquiera que solo viera esta parte de la ciudad diría que en este país

todo el mundo vive a cuerpo de rey y que por algo se justifica la renta per cápita más

alta de Américalatina (después de la petrolífera Venezuela, claro). El periódico lo

decía. Ahora, que tampoco hay que hacerle mucho caso a los periodistas, pues casi

ninguno ha estudiado periodismo (y el que lo ha hecho prefirió emigrar a otro país

donde les paguen mejor a los profesionales). Pero algo de razón, aunque fuera, deberían

tener: no se puede estar llenando páginas enteras de hierba todos los días, inventando

soluciones y fórmulas triunfalistas y atacando despiadadamente a quienes no piensen

como uno, sólo por espórt. Luego había que llevarle el periódico al número 117. En

esta bendita cuesta, con doscientos números por cada lado, se vendían muy pocos

ejemplares: menos, proporcionalmente, que en la Loma, poniendo por ejemplo. Podría
ser que compraran otro diario o que lo leyeran en inglés, pero lo más probable es que

nadie leyera el periódico por estar viendo la televisión, donde las noticias se ajustaban a

los intereses del dueño de la televisora y, por ende, a los intereses de todo este barrio.

Algo así también debería pasar con los periódicos: tal vez lo que pasaba es que las

noticias más importantes se daban por teléfono, sin que la AP o la UPI las

distorcionaran a su manera. Era terrible, ¿no? no poder enterarse de lo que pasa en el

mundo sin que la información pase antes por un pocotón de tamices. Y tanto peor si

son gringos. Y lo mismo pasaba con los libros, sobre todo si el texto es una traducción,

que donde dice sonofabitch se traduce por hijodeperra cuando en buen español se dice

hijodeputa, así que donde pudieran aparecer cosas realmente trascendentales había que

echarle más detergente para que dijera de todo menos lo que dice y para que uno

termine leyéndose lo que a determinada(s) persona(s) le(s) interese. Habría que hacer

como Unamuno, que aprendió danés sólo para leer a Kierkegaard, porque entonces los

daneses no hacían pornografía. Para lo que le valió, aunque llamara Juan a Papini y

dijera que en Américalatina no había literatura, que era una burda copia de la española.

Como si alguien se le hubiera ocurrido copiar sus ideas geniales. El próximo periódico

quedó en el 125. Y luego exigen que uno haga como Unamuno: mucha palabrerría y a

la hora de la verdad, nada, irse con el mejor postor para mantener el puesto. No todos

seremos rectores de Salamanca, pensó, pero la postura mental es la misma: prostituirse,

ni más ni menos. Es lo que siempre le ha pasado a los grandes escritores (en

Américalatina los grandes escritores son los europeos, se entienden), que todos han sido

bien prostituidos bien putos, pongo por caso, adulando a los gobernantes desde sus

libros para perder sus favores. El único país que se escapa es Rusia, donde no necesitas

adular porque el Estado te impone por narices lo que tiene que escribir, así que para ser

Gran Escritor tienes que oponerte al sistema, caer preso, irte a occidente y prostituirte
de ese lado de la cortina, escribiendo Archipiélagos GULAGs y cobrando millones, los

millones que estando en Rusia no conseguirías jamás. Así que adulando a los

occidentales te haces rico. Comprobado, pensó. O mostrando las maravillas de la

India, Patria del Hambre. O hablando de amapolas tristes y nenúfares cretinos, como la

poesía oriental. El próximo periódico quedaba en el 128, donde vivía la chiquilla esa

que se quemó los muslos con gasolina. Sí, el asunto es ese, ni más ni menos: hablar

mal de los rusos paga, pero hablar mal de los gringos es ser snob, vendido al

comunismo, es ser mal escritor, es tener ni puñetera idea de la literatura. Pobre

Américalatina, pensó, echando ahora otro ejemplar en el número 133, donde vivía el

crío éste que era tranvertista declarado, pero nadie le decía nada (―es un pobre

enfermo‖) mientras que el colombiano ese que vivía en la planta baja de su casa lo

metieron preso por disfrazarse de mujer en unos carnavales. La Ley del Embudo, diría

Neruda, pero la gente seguía prefiriendo a Darío, con sus princesitas y castillos de oro y

elefantes hastos de diamantes y reyes de lejanas tierras y tiendas de malaquita, porque

Neruda habla vulgaridades, habla de gente que se muere de hambre y siempre

reconforta más saber que la princesa está triste ¿qué tiene la princesa? (Miguel hubiera

alegado tranquilamente que la princesa está encinta de un lacayo y no sabe cómo

demonios decírselo al ¿buen? rey). Dobló a la derecha y salió a la Avenida Balboa,

pedaleando y pedaleando por el malecón, la bahía oliendo a putrefacción y el sol

cayendo de plano sobre la isla de los hoteles, allá en el horizonte, el que se aleja con

cada mirada. ¿Cuándo llegaré al bohío? se quejaba el goajiro y ahora se lo repite

Miguel Gómez, que debe llegar a la oficina del periódico (el decano de la prensa

nacional, fundado en 1749) para dejar el excedente, muchos periódicos, entregar el

bonchao de reales, salir pitando para su casa, ducharse, cambiarse la ropa de

periodiquero por la de estudiante, y salir en brisa para la nocturna, que hoy no se puede
faltar porque hay que oir la conferencia que va a dar dizque el profesor de la

Universidad sobre Marcel Proust y él, aunque sin ganas y cansado, va a tener que

tragársela porque es tema fijo de examen. La semana pasada fue un show: la semana

pasada le tocó a un tipo de la Universidad Católica disertar sobre la existencia o no

existencia de los ángeles como manifestaciones del Espíritu Santo. Yamtovani, un tipo

que tiene fama de astrólogo y demás artilugios sapienciales le rebatió (o, por lo menos,

intentó rebatir) el argumento basándose en ciclos del eterno retorno y el Teólogo (como

le dicen a todos los que estudian en la Universidad Católica aunque estudien

Administración Pública, la menos teológica de todas las carreras) se encerró en su

concha, insistiendo casi histéricamente en la existencia del Ángel de la Guarda (dulce

compañía, no me desampares ni de noche ni de día) y que sí, que todos teníamos Ángel

de la Guarda y que no, que no se chocaban unos con otros en las aglomeraciones y que

no, que tampoco se partían en pedazos cuando caía una bomba y despedazaba al montón

de gente. Pero la discusión se tornó más acalorada si cabe cuando entró en escena el

Ángel Caído y las batallas místicas esas de antes de todos los tiempos (hubo más de

uno, entonces) y que cómo hacían para herirse y tal si eran vulnerables y cómo

redujeron a Lúcifer y sus Diablos si eran bien poderosos y el teólogo dijo que era

poderosos sólo ahora, en estos tiempos (entonces son varios), a los mil años de

encadenada la Bestia (¿o no la habían encadenado aún?). Entonces Yamtovani, que

tenía fama de astrólogo, le preguntó que cómo hacía la Bestia para desencadenarse y por

qué justo en el momento en que (decía y él debería saber de eso) el punto vernal se

desplazaba hacia la constelación de Acuario. El Teólogo soltó una carcajada nerviosa y

dijo que no creyera en patrañas de constelaciones y gaitas, que el punto vernal estaba en

Aries y no lo quitaba ni Dios (hubo murmullos irreverentes por parte de unos ateos de

pacotilla que ocupaban una esquina), que no, que la Tierra no se desplazaba por ningún
espacio porque no tenía a dónde llegar ya que el Universo es plano e infinito. El

ambiente tomó color de pupú de elefante porque el Teológo dijo que Einstein era un

medioanticrsito (el otro era Marx, claro) y que por judío lo que quería era despistar a los

cristianos pero que no, que descuidaran, que eso no tenía importancia, que la Madre

Iglesia velaba. Y, volviendo con el tema de los ángeles, manifestó que no tenían alas,

no, que eso eran inventos de los antiguos, que quisieron oponerlos a los demonios (que

sí tenían alas, como los maricones) y la gente respiró aliviada. El tipo éste de perilla a

lo Froid que tenía fama de astrólogo y demás sabiduría esotérica preguntó suspicaz que

si no era posible que los ángeles representaran a los gemelos en el sincretismo Piscis—

Virgo—Gémini que caracterizaba al culto cristiano y el Teólogo le dijo que el culto

cristiano, como lo llamaba Yamtovani, el tipo con fama de astrólogo, carecía por

completo de sincretismos, que era la Verdad, sólo la Verdad y nada más que la Verdad,

como en las novelas de Perry Mason, que la Virgen ascendió a los cielos (entonces son

varios) en cuerpo y alma, tal como demostró el dulce Padre Pío, que bendecía las armas

que iban para el arcenal del Duce y luego pregonaba No matarás, que los doce apóstoles

no tenían nada que ver con los Signos del Zodíaco, así como las doce tribus de Israel,

que el Dios sanguinario de Moisés y Jardiel Poncela no era el mismo Dios amoroso de

los evangelios pero que sí era el mismo, que el ángel que peleó con Jacob era masculino

aunque llevara el pelo largo (esta observación provocó un murmullo de desaprobación

por parte de unos melenudos que el Teólogo ignoró olímpicamente), que la

resurrección del Cristo no tenía nada que ver, no, con las mudas temporales de los

dioses, que sí, que Él era de Nazareth aunque no era nazareno, que no se llamaba ni

Jesús ni Cristo, sino Inmanuel y que ―Jesucristo‖ era más bien un cargo jerárquico

(potenciando por el apelativo Superstar, de los últimos tiempos) que nombre propio, que

San Agustín (y menos todavía Santo Tomás, por Dios) jamás había leído a Aristóteles,
que eso era mentira, que no, que nada tenía que ver (¿no lo había dicho ya?) con el

signo Piscis del Zodíaco ni lo de Jonás, ni lo del bautizo con agua, ni el signo del Pez de

los primeros cristianos, ni el hecho de que fueran pescadores, ni el milagro de andar

sobre las aguas, ni el convertir el agua en vino (esto sería más propio de un borracho

tipo Omar Kheyyam), ni la multiplicaión de los peces, menos, menos todavía la

fantástica leyenda del rey—pescador que guardaba el Santo Grial (que nunca existió), ni

que se deba comer pescado los viernes de cuaresma (el viernes está dedicado a Venus,

planeta acuático), no, todo eso era meramente accidental, afirmó, sudando y mirando de

frente al tipo con fama de astrólogo, que no, que aunque pareciera que precesionalmente

(es decir, al revés) venga primero Aries que Piscis, no por eso el Dios de los cristianos

es un Dios—Pez que sigue a un Dios—Carnero (y si Zaratrustra mató a Dios no era por

Eras Cosmológicas sino por soberbia), que también lo del sacrificio famoso de Abraham

(que se trocó luego en sacrificio de un cordero), que no del vellocino de oro, también

por esas fechas, que lo del Dios Belin de los antiguos irlandeses, que todo eso con

fuego, belicoso, el Dios de los ejércitos, que todo eso era circunstancial, que no, que el

Toro no precedió, aunque parezca, al Cordero, que lo del Minotauro de Creta era menso

mentirón, que el buey Apis era un capado y nada más, que Baal y Marduk eran tan sólo

dioses paganos, que lo del becerro de oro cuando lo de Moisés no era un retorno a un

dios anterior, que a Salomón se le castigo por su lujuria y no por poner en pleno Templo

unos toros alados (therafims), que los cuernos de Satanás no eran de Toro sino de

Diablo y lo de ―más sabe el diablo por viejo que por diablo‖ no viene del hecho de que

el culto al Toro (Satán es medio toro, medio escorpión y medio serpiente) sea más

antiguo que el culto al Cordero—Ihavé, no, no había que complicarse la vida. Entonces

una chiquilla, que estaba más buena que el pan nuestro de cada día, preguntó si en la

Biblia no había (después de lo dicho) un Dios—Creador (Él), un Dios—Guerrero
(Iahvé, Yahvé o bien el anglicismo Jehová) y un Dios del Amor (Jesús o El Cristo) y el

Teólogo dijo que no, que Dios era uno solo y que todo eso eran etapas de la evolución

humana: Creación—Conquista—Paz. No había más: después, se acabaría el mundo.

Así de sencillo. Y se fue. No todos quedaron convencidos, la verdad sea dicha, pero el

tiempo se acabó y hoy tocaba oír si Marcel Proust era o no era homosexual, si escribía

en la cama y si era o no era rico y otras cosas que no tenían nada que ver con la obra de

Proust (que nadie, ni el conferenciante, había leído) y sí sobre su vida y las costumbre

de la época, acabando (como aquella vez de la conferencia sobre Stevenson), en Oscar

Wilde y su clavel verde.


Miguel llegó a la oficina del periódico dos minutos más tarde y perdió, pues, dos reales

de su comisión. Y todo por estar pensando pendejadas: mejor era hacer como todo el

mundo: usar la cabeza para llevar sombrero o un buen peinado el día del estreno de una

película pornográfica precedida de millones de dólares en propaganda. No pudo coger

el bus para irse a casa porque ya no tenía el real destinado a transporte, así que caminó,

corrió, maratoneó, esquivó gente, se tropezó con otros (pidiendo perdón y exponiéndose

por ello a que creyeran que era del gremio de Proust y Wilde) hasta llegar a su casa. La

verdad es que era triste ver ahí a Terencio Gómez, rascándose las cuencas de los ojos,

sin hablar casi, sentado sobre una silla y sólo repitiendo como un disco rayado ¿Eres tú,

Mickey?, arrecuérdate que no debes lavarte los ojos con jabón germicida. El viejo

estaba loco; ciego, solo y loco, mirando a ninguna parte, ni al futuro, ni al pasado, ni al

presente: jodido.


Algo le decía que Cresindo Ruiz Goytía—Ulibarriaga iba pronto a influir en su propia

vida, aunque no sabía cómo ni por qué tipo de eventualidad. Era una corazonada como

esas que le dan a uno de vez en cuando, que piensa que va a llegar el cobrador de la luz
y de pronto, ¡flóp!, se presenta el cobrador del seguro de enfermedad. Más o menos es

una aproximación y no siempre se va a acertar del todo, ¿no? Subió las escaleras de dos

en dos escalones, tropesándose con el Baboso, un tipejo pequeñajo, macrogloso y

frentudo, que bañaba media escalera con la baba que le manaba por las comisuras

labiales y que se la pasaba sentado en el tercer peldaño (contando de arriba para abajo),

sonriendo bobalicón y soportando bromas demasiado fuertes, con la mente vacía y los

brazos largos colgando a los lados de las piernas. El Baboso estaba a cargo de Teresa la

pechugona, que trabajaba todo el día y llegaba a casa justo para cenar y ponerse a ver la

novela en casa de una vecina que vendía lotería clandestina. Miguel sentía la verdadera

lástima por el Baboso, pero Terencio Gómez insistía en que no dejara que los

sentimientos le dirigieran las manos, que usara las manos para caminar, que dejara las

aguas quietas, porque después venía y se ponía dizque a ayudar al Baboso y le parecía

mal a la pechugona Teresa y ya venía el peo armado, si ella lo dejaba abandonado sus

razones tendría, que no se metiera en donde no lo llamaban. Ahí estaba Teresa,

resaltando entre las penumbras intermitentes del televisor, con sus mamelones edípicos

llenando todo el campo visual e impidiendo la normal captación de las imágenes

alienantes por las retinas cansadas de todos los vecinos que se agolpaban frente a la

puerta y la ventana, obstaculizando el paso por el corredor, como un émbolo sociológico

de pronóstico reservado. Pensó que era verdad: si ella no se preocupaba por él, qué

más le daba darle su empujón para que lo dejara pasar. Porque estaba comprobado: el

que se mete a redentor sale crucificado.


Terencio Gómez monologaba interminablemente: no era ese buen día para exponerle lo

sucedido. Miguel se cambió la ropa de periodiquero en silencio, y mientras se peinaba

puso a freir unas salchichas. Comió callado, tropezó con el Baboso cuando bajaba la

escalera y llegó tarde a la nocturna, caminando lentamente, con las manos en los
bolsillos, por entre las luces de neón y escaparates que anunciaban las rebajas más

asombrosas desde que el mundo es mundo y los muertos hieden.


Mike…


¿Unjú?


¿Por qué es que antes no era como hoy?


¿Por qué es que hoy fue distinto que antes?


No lo sé.


Ni yo.
Terencio Gómez se murió un jueves por la noche y él mismo ni se enteró. Con la

misma pasividad (pasmosa y pusilánime pasividad) en la que había vivido, se fue al otro

mundo, sin dejar a su paso por este universo más que un vaho de color azul junto al aura

de Mickey Gómez MD los días que tenía problemas. Nadie supo de su muerte, ni él

mismo, hasta que Marcela llegó a su cuarto, para poner en orden las camas, mientras

esperaba que Mike volviera del turno de noche, y lo encontró inmóvil, como una

estatua, frío, como un busto de yeso manipulado en forma de gente sobre la loza de un

sepulcro: envuelto en su sábana amarillenta, se veía más o menos como se debió haber

visto Tutankamón el día que lo inhumaron. Por un momento no se percató: es difícil

saber si un hombre sin ojos está dormido o muerto, pero ante la insistencia de los perros

que aullaban en las cercanías con ese llanto lastimero y quejumbroso, ante la ausencia

de gritos histéricos por los alrededores, y Terencio Gómez sin moverse ni quejarse ni

murmurar las frases inconexas esas suyas, se acercó, temblando, y le puso la mano en la

frente.


Miguel lo supo tan pronto entró en el cuarto, todo vestidito de punta en blanco, como el

fondo del balde de un ordeñador, y vio a Chela regada por el suelo, con los pantis

ondeando al aire y los muslos cántabros desparramados, cerúleos, K.O., fuera de

combate: entonces levantó la vista lentamente, sin prisas, sabiendo ya con qué se iba a

encontrar, acercándose al cadáver, sentándose en la cama y rompiendo a llorar como

Mario de Magdala, como Boabdil el chico, como el caballo que acompañó al Presidente

Kennedy al cementerio de Arlingron. Después de un rato, recogió empapada a Marcela,

como en una escena de cine mudo, y la depositó suavente en la otra cama: ella despertó

al contacto con la almohada y se incorporó como por un resorte, como la primera vez

que, bueno, se levantó presta a consolar al macho, tan aparatosamente dolorido, entre

las convulsiones típicas de todo llanto y las contracciones inescrupulosas y anárquicas
de su diafragma celómico. En una cajeta estaban esas medicinas que regalan los

laboratorios para que los médicos se acuerden de ellos, y de esa cajeta sacó un

tranquilizante, que le quitó la llantina en un santiamén, pero que no pudo, ni aún con

una ligera sobredosis, arrancarle ese hipo dehiscente y arrebatador.


Él me lo dijo, Chela: como me vuelvas a llevar a la capital me muero de cabanga. Él

me lo dijo, Chela, él mismo me lo dijo.


No hubo forma de convencerlo: no quería o no podía convencerse, de acuerdo, pero no

hubo manera de hacerlo, que es lo que cuenta. Los remordimientos lo atacaban por

todos los flancos (eso al menos fue lo que creyó), entremezclándose con sentimientos

encontrados, de forma que su cerebro era un maremágnum de situaciones oníricas, una

amalgama absurda de vivencias extrañas. Nadie se muere cuando quiere, decía

Terencio Gómez, todos nos morimos cuando buenamente podemos: a veces, ni

siquiera cuando debemos. No me lleves de nuevo a la capital, Mickey, nadie se mue no

me lle nadie se mue no lle nadie se mue no me lle nadie se muere: lo mueren: no lo

matan siquiera: lo mueren.


Marcela había palidecido de pronto, se veía rara, extraña, ahí, pálida, con sus ojeras

cantábricas que ya más nunca se le habían quitado del todo, ahí, pálida, dándole un té de

yerbaelimón, ahí, con sus ojos verdes euskeras, agrisándose, pálida, recostando su

cabeza contra la almohada, ahí, sin hablar para no meter la pata, pálida, sin darle el

pésame, que es la mejor manera de darlo, mientras que fue llegando la gente a joderle la

paciencia y a poner a prueba su entereza, reforzado ya por otra ligera sobredosis de

tranquilizantes y el mundo girando, dicen, en el espacio infinito, cada vez más rápido,

frenando de pronto, subiendo a tu boca, las caras no se conocen, no te dicen nada, ahí,

pálida, te llevó al servicio, permiso, para que, permiso, echaras tu dolor agrio, ahí, te
devolvió a la sala, apoyándote en ella, por primera vez, la gente apelotonada,

atreviéndose (casi) a mirar derecho a los ojos de Terencio Gómez, esos ojos que no

existían y que, sin embargo, nadie osaba mirar de frente, pálida, callada,

estremeciéndose de rabia a cuenta del horror que le producía ese líquido babeante,

quieto al fin, en el fondo de las cuencas ulceradas, ahí, los ojos verdes descollando

sobre su palidez mate, cobarde, tanquila (―y tu rostro tan sereno, con su blanca

palidez‖), todos esos rostros pueden ser de unos, de otros, deben ser de otros, son de

otros, el tuyo se refleja en los ojos verdes ebrios de txirimiri, pálida, como un espejo de

esperanza, y todo el mundo comentando lo decente y lo bueno que era, y todo el mundo

rogando a Dios por su alma, pero ninguno de ellos fue capaz, en vida, de acercársele por

(tragó saliva, reteniendo sus emociones) asco, eso era, repugancia, ese moqueo estúpido

que le salía en lugar de lágrimas, la caspa en las encías, las hormigas en los dientes, los

gorgojos en los huesos, asco, y ahora todo el mundo beatificándolo, ¡Gran Dios!, ahí su

mano vítrea sujetando la tuya, seca, pálida, dándote aplomo, pero la telenovela no la

quitó nadie en señal de duelo y el cuadrafónico de la vecina seguía sonando en el piso

de abajo, para qué, así estabas menos solo, autorizó la autopsia, autorizó a Bebi para que

comprara el cajón y el hueco, autorizó el amortajamiento, impidió que le pusieran

canicas en las órbitas, como ojos de vidrio, pensando que todo se volvía autorizaciones

y delegación de responsabilidades, el día que pudiera se metía a ministro, servía para

eso: para darle trabajo a los demás, ahí, leyendo tus pensamientos, sabiendo que ella

era tu túnel, que tus manos, al recorrerla, caminaban derecho a donde nunca se te

ocurrió soñar, tus caricias aplanan la carretera que puede conducirte a donde tú quieres

ir, ¿carretera? hueco, sólo un agujero, pálida, hasta el señor Ruiz Goytía—Ulibarriaga,

con su boca virada por el balazo aquel de la famosa batalla del Ebro, mandó una corona

de rosas blancas, para que comprendiera que era de espinas y él se hizo el que captó la
onda (o la captó de veras, por lo menos no lo supo en ese momento), ahí, velando su

sueño inducido, junto a él toda la noche, junto a él en el carro, de pie junto a él en la

misa de capilla ardiente, pálida, con una dignidad de noble arruinada, nunca dejándote

solo, cumpliendo tus deseos antes de que los formularas siquiera, tus compañeros de

hospital, las enfermeras, los enfermos, todo el mundo mandando condolencias, le

pareció reconocer a Tomé entre tanta cara curiosa, pero no debió ser (por lo menos no

respondió a su saludo), el cura soltando el rollo en quéchua, en chocó, en latín, en

ucraniano, no le entendía nadie, todo el mundo pendiente de la valentía de Miguel, de su

firmeza suficiente para echar el primer puñado de tierra sobre el féretro, demasiado

lujoso para ir a parar a dos metros (seis pies) bajo tierra, nadie creyendo que enterrar a

Terencio Gómez valiera la pena, todos pensando en que su entereza era lógica por

quitarse de encima al viejo tan raro, todos pendientes de Marcela, ahí, pálida, que había

tenido el estómago de aguantar día a día esa visión esperpéntica y ahora, ahí, con la

suficiente serenidad para echar el segundo puñado de tierra y volver a tu lado, digna,

como una diosa sin culto, pálida, llorando por dentro, por ti, no por Terencio Gómez,

claro, poco podía importarle, por tu dolor, pero no exteriorizándolo con lágrimas ni con

tarjetas de reborde negro ni con lazos negros ni lutos negros ni intenciones negras

(―nigths in white satin never meaning to end‖) cerúlea, con su blanca palidez, como una

virgen de porcelana (―and her face, at first just ghostly, turned a whiter shade of pale‖),

ahí, pero tú sabes que si pudiera arrancarte un pedacito de dolor y tragármelo lo haría

(―qué bonito sería amor…amar‖), pálida, junto a ti en el carro, despacio, Miguel no

quería hacer novenas ni nada grandioso por el estilo, la señora Nacha no dio señales de

vida, ahí, explicando, no lo sabría, juntos, por la playa, caminaron despacio, agarrados

por la mano, en silencio, sin importarles los chupinazos de flebotomos cúlex aedes

hemagogos anófeles, pálida, como Simón Cirineo, collevando la cruz de Defunción,
soportando su empuje desesperado, rabioso, imponente, nadie se muere cuando quiere

ni cuando debe, a veces se muere, sencillamente, porque puede, no había que buscarle

tres patas a un banco que no se cae, no me lleves otra vez a la capital que me muero,

cabanga, la cabanga no son gorgojos en los huesos (―Parasitación metaxénica

intramedular‖ dictaminó el forense), la cabanga sólo es nostalgia, morriña, y eso no

mata a nadie, Terencio Gómez, te equivocaste una vez en tu vida (o por lo menos en la

vida de Mickey Gómez) y fue con tu propia muerte, ahí, susurrándole estupideces,

dulces incoherencias al oído para calmarte, en plan cariñoso, para que Mike supiera que

la tenía al lado, ahí, pálida, se mudó a los dos días, días después de autorizar (otra vez

autorizando) a Chindo para que le consiguiera un buen apartamento, se reintegró a su

trabajo, entre miradas lastimeras el primer día y las prisas y las urgencias el segundo,

ahí, casi estoica, Chela le tenía a punto su comida, siempre caliente, un bistekcito con

cebolla y papas fritas y la lechuguita semilavada con el agua que dice la propaganda que

es la más pura del mundo, pálida, siempre le hizo caso a Terencio Gómez, no sabía por

qué, y Terencio Gómez le había dicho que los médicos no saben de anatomía y creen

que al corazón se llega por las venas, que le preguntara a las norsas (dijo ―enfermeras‖),

que por mujeres sabían más que ellos de eso y ellas le dirían que al corazón se llega por

el estómago (―anastomosis gastrocardíaca‖, dirían, o ―by—pass cardioduodenal‖, quién

sabe), ahí, pálida, firme a la causa, recobrando el brillo de líquen en sus ojos verdes, en

el momento oportuno, desalojando el rostro de las ojeras cantábricas, regresando

paulatinamente desde su palidez de magnolia infame, retrotrayendo la tranquilidad a sus

labios hervidos de txacolí y ungidos de txirimiri, ahí, joven, lozana, con el calor del

trópico agostado en su garganta, con el cabello más negro si cabe, empezó tu escalada,

cuando el señor Ruiz Goytía—Ulibarriaga te llamó un día dizque para hacer las paces,

no sabía ni por qué, cuando empezó a conocer gente de la que no se pone en nada
porque está en todo, al fin como intentando sonreirte, pero de una manera grotezca, por

el balazo de la famosa batalla del Ebro, que le viraba la cara para un lado, ahí,

deliciosamente atenta, Marcela convenció a la señora Arancha de la solvencia de Mike,

ella insinuó la posibilidad de una boda, antes de que se arrejunten, dijo, y el señor Ruiz

Goytía—Ulibarriga, gruñendo en euskerra, negándose en redondo, comprendiendo

ahora que el mulato acholado éste era harto (¿alto?) habilidoso, que le había metido la

pieza, que lo había tenido vacilado todo el tiempo, cayendo al suelo de un ataque

cardíaco fulminante, ahí, firme, como un muro de contención, soportó los arrebatos

primeros de Chela, acariciándole el cabello otra vez seminegro, diciéndole al oído

dulces pendejadas, ahí, mulato, acholado, llegó a la casa. No. 69, estacionando el

chevrolet y bajando casi corriendo, ahí, como un valladar inexpugnable, aguantó la

primera embestida, los cabezasos contra su pecho, dándole tranquilizantes a todos,

incluyendo a Chindo, y ahora, todo el mundo llamando por teléfono, todo el mundo

lamentando la pérdida irreparable, el Club de las Vidajenas, como llamaba Chindo al

lote de su hermana (Tata decía que era pura envidia, porque en ese entonces tenian

marginada a Nati por perequera), empezó a llegar por elementas aisladas, Noni (¡qué

bueNoni está, men!), Maribel (¡qué fundillón, hermano!), Tata (¡qué bicho más feo, ¿de

dónde lo sacaron? ¿del dompe?), Alicia (¡qué cara de cascarrabias más clavada, fren!),

Débora (¡qué tetas, compadre!), todas preguntando Cómo era posible, menos Maribel,

que preguntó Cómo iba a ser, todas cayendo abatidas, una por una, a medida que iban

llegando, sobre el mismo sillón (el sillón de las lamentaciones), la gente viniendo a dar

el pésame y de paso coincidiendo con alguien a quien pedirle un favor o aprovechando

la ocasión para plantear un negocio, ahí, con el hipo y todo, rodeado con el brazo los

hombros convulsos de Marcela, que se enconchaba así, y se encogía así, y se encarnaba

así, como si se perdiera en él, ahí, en frente de todo el mundo, los novios de las pelás del
Club de las Vidajenas vinieron a buscarlas con el pretexto de darle su condolencia a la

señora Aránzazu pero la verdad es que venían a llevárselas para irse a rochar por ahí;

Maribel se quedó, no porque le faltaran hombres (con ese fuás, seguro que no), sino

porque era bien amigaza de Chela y quería estar con ella en esta hora de dolor, pero si

se quedó fue por eso, porque no tenía macho y si estaba compungida era por eso y no

por la desgracia familiar de los Ruiz ni mucho menos; Nati fue la última en saberlo

porque estaba en la peluquería de un gris—tiza que era una verdadera delicia, era raro

que no viniera Deflandre, pensó la señor Arancha, después de lo que su difunto esposo

había hecho por él cuando llegó sin papeles y hecho un surripio arrastrado, ahí, de frente

y sin tembladera, Miguel conoció a toda la gente del reino de Billilla, y re—conoció a

muchos otros que no le prestaron mucha atención es su día y que ahora lo empezaban a

tomar en cuenta porque lo vieron abrazando todo acaramelado a Chelita, a Chela, a

Marcela, a doña Marcela, que estallaba en berridos a cada momento, la Madre Superiora

del colegio de monjas donde era ex—alumna de honor llegó rezando un suevio o lo que

fuera y repartiendo besos a diestra y siniestra, con esa cara de sanbernardo a la que

obligan las circunstancias, un delegado de la Universidad Católica (el Rector,

desgraciadamente, no se encontraba en Panamá porque había ido a Castelgandolfo en

visita personal al Papa) hablando en nombre de todos los profesores de Marcela, tan

ejemplar alumna, ahora padeciendo una pérdida a todas luces irreversible, dando el

pésame mientras la sirvienta repartía café y sodas con galletitas, Chindo empezando a

comprender el distanciamiento de Miguel, autorizándolo para un poco de cosas, no con

el fin de cobrarse los encargos que le dio cuando lo de Terencio Gómez, sino porque era

necesario y de paso se ejercitaba para cuando quisiera meterse a ministro, ahí, como un

soldado moro, recibiendo condolencias que bien podrían ser felicitaciones por la

herencia, había que repartirlo todo entre los dos, las miradas suspicaces iban directas
hacia Mike como las miradas lúdicas hacia Maribel y las miradas complacientes a Chela

y las miradas compasivas a la señora Aranzázu, así que Miguel Gómez tuvo que salir al

paso, antes que el alud de rumores empezara a rodar, tuvo que intervenir, siempre tenía

que andar interviniendo, como un cirujano, diciendo A mi mujer la mantengo yo, ahí,

firme, serio, y la señora Arancha rompió en un largo sollozo agradecido, mientras Chela

lo miraba, ahí, pálida, sintiendo que el corazón o lo que fuera se le salía por la boca de

lo puro desbocado, y tuvo que tragar fuerte para devolverlo a su sitio, ahí, como un

baluarte medieval, Miguel había dado el paso definitivo, ya no podría retractarse, al fin

reafirmaba la promesa que no había vuelto a formular desde antes de irse a España, para

qué, su promesa era tácita, después, pero ahora ya era explícita, ahí, mulato, Chindo le

dijo Cuñado, más emocionado que sorprendido, a Maribel se le aguaron los ojos, detalle

que no se le escapó a Chela (a Chela generalmente no se le escapan detalles), quien

creyó que era de la emoción (o entonces, a lo mejor, sí era de la emoción, quién sabe),

recordaba los discos que le mandó, sobre todo ese de ―sigamos pecando‖, porque ella

sabía que él no se iba a estar quietecito en casa cruzado de brazos y ella tampoco era de

piedra, pero eso ya había pasado, toda la Capital lo supo esa noche, la incertidumbre

llegaba a su fin, se acababan las entregas apasionadas para obligarlo a seguir las ideas

de Esther Vilar, todo el país lo supo a la mañana siguiente, la alegría neutralizaba el

dolor, todo venía así, tan de repente, el mundo lo supo a los dos días y Dios fue el

último en enterarse, porque las cosas están en boca de los bochinchosos includo antes de

que él las disponga, el luto era riguroso, no había lugar para ninguna autopsia, nadie

descuartizaba al señor Ruiz Goytía—Ulibarriaga, vestir de negro por fuera, las ventanas

cerrradas, nueve días de rezos por la paz de su alma, aunque poca falta hacía porque el

señor Ruiz Goytía—Ulibarriaga, justamente el mes pasado, había comprado su

indulgencia cuando regaló un santo de madera, feo y barato, a una iglesia del interior,
nueve noches a base de café y sangüichitos para las mujeres y güisqui y chistes

obscenos para los hombres, ahí, sin dormir en casi dos semanas, trasegando anfetminas

como en sus tiempos de estudiante, Mike se convertía, minuto a minuto, en Fuerza Viva

de la Nación, del hospital a tu casa y de tu casa al hospital, nunca dejándote sola, para

que no te desmoronaras, junto a ti, de día, de noche, en todas partes, la señora Arancha,

en ese despiste brutal que representó el shock de la muerte del señor Ruiz Goytía—

Ulibarriaga, ni se percataba de que dormían juntos cuando no estaban despiertos y

hacían otras cosas, juntos, en todas partes, menos en el inodoro (santuario de la soledad,

donde el hombre se encuentra a sí mismo), su brazo llegó casi a formar parte de tu

hombro, ahí, donde se le necesitaba, en tu hombro, en tu cintura, donde fuera, Marcela

rumiaba algún puesto ficticio de esos en el gobierno, ella no iba a ser la señora Marcela

a secas, ella iba a ser Doña Marcela, cuidadito, de agregado cultural en cualquier lugar,

ahora las cosas se podían arreglar, incluso se podía crear un puesto para él, algo que

nadie pudiera entender, algo a lo que no se pudiera objetar, algo como, como, como

Cibernética Termorreguladora, para controlar la temperatura ambiente del país, con

tanta preocupación ecológica, ahí acholado, con el rostro carolingio amoratado mate, en

cuanto terminara la Universidad y fuera toda una máster en Sánscrito infinitesimal, era

cuando había que casarse, antes no, que después no estudiaba, Miguel se negó en el

auto—cine, era mucho tiempo, estaba harto de esperar, que no quería vivir amancebado

(lo estaba, de facto) por esa inseguridad estúpida, quería el contrato (de jure), y aceptó,

en la iglesia, entre el redoble de las miles de campanas que sonaron en todo el país, ahí,

ella de blanco, pálida, él de negro, amoratado, el hipo no le impidió decir Sí quiero y el

órgano no eclipsó sus palabras, sólo dos: Sí quiero, y miles de regalos les decoraron la

casa, cientos de regalos repetidos (para otros matrimonios, siempre los iban a estar

invitando), recepción en el CRO—club (Chindo decía que era el Club de Ricos
Ociosos), ahí flamante, de pie, todo el mundo felicitándolos, Bebi emborrachándose

como un vikingo y Noni compadeciéndolo desde lejos y Maribel torciendo la boca y

nadie sabiendo si es porque se casaba su inch o porque Bebi iba a ponerse en plan

energúmeno como siempre y se iba a poner a hablar de la noche que llevó su cantarito a

la fuente (―Muchacha, dí quien te ha roto tu mucurita de barro‖) o porque no le gustaba

el novio o porque le gustaba demasiado, ahí, con su rostro de emperador ese llega a

cualquier lado, al hotel, y ese hipo excitante, al hotel, aire acondicionado, música

ambiental, suspiros inequívocos, victoria, aleluya, cada uno con la suya, ahí, pálida, con

sueño, hermosa, de felina belleza, desperezándose con el calor del trópico agostado en

el cuello, Marcela pensó que si no llega a morirse Terencio Gómez no llega a prensar a

Mike, debía tener algún complejo de Electra masculinizado o así, con sus ojos negros

no era posible, ahí, dormido, voltiado hacía allá, parecía un angelito, un ángel

depravado, un diablillo, pero un diablillo simpático, de los que no han pisado el infierno

en su vida, nadie se mue no me lle nadie se mue no me lle nadie se mue no me lleves

otra vez a la capital que me muero de cabanga, Mickey, enamorarse a los trece años es

mal asunto, si te gusta de verdad una mujer imagínatela en el servicio, vienes a

hablarme de Marcela ¿no? lo que está agujereado está incompleto, no es perfecto, tienes

que hacerlos que te tomen en cuenta se mue no me lle nadie se mue no me lle nadie se

mue no me lle




se despertó. Año y medio antes, (o menos, vaya usted a saber) Terencio Gómez se

murió un jueves por la noche y él mismo ni se enteró. Con la misma pasmosa y

pusilánime pasividad que había tenido en vida se acostó a dormir y no se levantó más

nunca, y se fue al otro barrio sin dejar a su paso por este universo más que un vahó de

color azul, porque él mismo no supo ni que se había muerto y si lo hubiera sabido de
nada le hubiera valido porque se hubiera muerto igual, nadie se mue no me lle nadie se

mue no me lle nadie se mue no me lle nadie se mue no me. Lléname de besos, le dijo,

enroscándose en él, y Mike echó los remordimientos por debajo de la cama y los dejó en

el hotel cuando se fueron, estrujándose en su boca, andando, firme y seguro, el camino

que se estaba labrando a pulso, con las manos, como los alfareros, los escritores y los

pugilistas.




donde se concentra toda la sabiduría del mundo, desde el Libro de los Muertos hasta la

colección completa de Zolar, pasando por Nostradamus e incluso G. Sánchez.


¿Y quién es G. Sánchez?


Gilgamesh. Lo que pasa es que la traducción es mejicana y ya sabes tú cómo son de

nacionalistas los charros.


El Excelentísimo Señor Ministro de Sanidad, doctor Miguel Gómez MD, sonrió

ampliamente, ya más relax (porque estar ―relajado‖ da la impresión de poca seriedad).

Yamtovani recorrió con el índice el lomo de una serie increíble de libros con títulos que

(pensó Miguel) debían estar en sánscrito, en arameo o en esperanto, por poner idiomas

facilones, y mencionaba nombres que se atravesaban en la lengua, pronunciaba ―cábala‖

con K, lo cual ya es per se bastate difícil y se sabía más nombres árabes que un notario

de Bagdad. Hablaba de cosmología esotérica y de ciclomancia como si estuviera

disertando soba la influencia que pueden ejercer mutuamente dos gemelos que sufren

complejos de Edipo y de Electra respectivamente. La Historia de las Religiones,

embrollada como toda Historia Particular, no tenía secretos para él y había superado la
metaparapsicología hacía años, cuando demostró la existencia del fenómeno PIS en

hotentotes impúberes, junto con el japonés Kóhito( 1), en el celebérrimo XXIX Congreso

de Vienna, que le valió, nada menos, la Orden de Vasco Nuñez de Balboa en grado de

Comendador. Se comenta en el mudillo científico internacional que más de uno de los

conceptos de Eliade, de Dumézil (y del propio Chardin, para qué ocultarlo) salieron de

su cerebro que, como el de todo científico, estaba fuera de lugar, porque más le hubiera

valido haberse metido a boxiador, que esos son los que realmente llevan el nombre de la

Patria por todos lados y no un tipo descarnado, que usa chaleco con el calor que hace en

Panamá, usa una perilla a lo Froid y que, por si fuera poco, tiene concentrada en su casa

toda la sabiduría del mundo. Conocía a la perfección (decía él) el Ciclo del Eterno

Retorno y se sabía de memoria El Evangelio Eterno; ademas, insistía (cuando estaba

borracho, claro, que si lo hace sobrio lo llaman loco) en que Jeremías se había

equivocado con la profecía aquella de los 70 años y que si resultó fue de chiripón, que

el número de Kepler adolecía de una ligera distorsión porque Johan, como lo llamaba,

desconocía el fenómeno de aceleración de la Historia. Incluso teólogos consumados

venían desde incluso Roma a consultarle pasajes biblicos, como aquella visita famosa

(es un decir: en Panamá, más famosa que la visita de la protagonista de Simplemente

María) del Cardenal Dànielou para decifrar ciertos versículos del Apocalipsis que no

estaban del todo claro. Yamtovani tildaba, cómo no, al doctor Josephine Walker de

farsante (lo llamaba Neosinefrine Walker) y que todo eso del homúnculo verdoso y

demás gaitas era una ilusión, porque él conocía personalmente (y nadie lo ponía en

duda) a varios de los Nueve Desconocidos: Había recorrido, no se sabe con qué plata ni

con qué medios, los siete continentes buscando el simbolismo de la Roca y el Árbol, ya

entre los alsacianos, ya entre los dogones. Y cuando estalló la epidemia de cólera que

tenía a Panamá hecha una bacinilla estaba trabajando en una teoría sobre el
mantenimiento del equilibrio ecológico según la precesión de los equinoccios y el

desplazamiento del punto vernal, teoría que pensaba exponer en breve pero en el

extranjero, fuera de Panamá, porque quería tener una audiencia de (por lo menos) diez

personas. Su actividad mental era tan febril que más de una la CIA lo intentó asesinar

por medio de uno limpiabotas que eran espías eventuales, porque fue el primero en

denunciar que USA (Paladín de la Democracia) tendría un presidente no elegido por el

pueblo y que era un paso previo para que surgiera otro César en el Imperio de

Occidente. Pero, como siempre, y por fortuna para las Ciencias Ocultas, los planes del

Servicio Secreto gringo dejaron de ser decretos y al caer Nixon los medios adivinatorios

del orbe dirigieron su atención a este Psiquiatra que sin ser mago se atrevía a predecir el

futuro, basándose, según él, en cálculos científicos al 100% con ayuda de una

computadora de bolsillo que le había costado diez dólares. Pero como dice el

Evangelista, ―nadie era profeta en su tierra‖ menos los boxiadores: nadie supo en

Panamá que entre ellos vivía una persona de esas facultades (lo hubieran atosigado para

que dijera el número que salía el domingo en la lotería), comparable, aunque las

comparaciones son odiosas, a Sir Julian Huxley, por ejemplo, profeta de la Religión sin

Revelación (o sin imaginación, vaya usted a saber) que dio origen al movimiento hippie

y el caso Manson. Pero como los discos de salsa made—in—USA, cantado por

mariguaneros portorros estaban dando el palo y reafirmando nuestra identidad, y

Guantedehierro, le destrozaba la cara a cuanto japonés se le ponía por delante, toda la

sabriduría del mundo, concentrada en su biblioteca, no sólo pasaba desapercibida sino

que sobraba en la Patria de Victoriano, tendida (y dormida) sobre un istmo.


Miguel Gómez conoció a Yamtovani en España, hacía ya tiempo de eso, cuando la

convención aquella en Madrid, porque el Gobierno quería asegurarse la anexión de los

profesionales, actuales y en potencia, para su lucha por descolonizar el país. Un
barbudo progre, que no se bañaba porque era vicio burgués, de esos que leían a Erich

Frömm y se creían saberlo todo (cosa que hacía reir de buena gana a Yamtovani), tuvo

la osadía de preguntar una vez en una discoteca que por qué no se empleaba ese dinero

(porque tenía que costar dinero traer a todos los panameños de ambas Europas hasta la

capital de España) en construir Universidades, carreteras, hospitales, promover

industrias, etc. y un tipo extaño, de modales escandalosos (por aquello de conservar la

idiosincrasia) contestó que si el Gobierno se molestaba en pagarle un veraneo a todos

los panameños, que bienvenido fuera, porque de todas maneras nos íbamos a quedar sin

Universidades, carreteras, hospitales, industrias y, lo que era peor, sin el largo etcétera,

y para que se gastaran la plata de los impuestos en promover eventos deportivos, que

mejor le pagaran el turismo a los futuros profesionales, forjadores de la Patria de Hoy,

porque viajando es como en verdad se aprende. El barbudo progre, que era catalán y

cazurro, produjo una conmoción que casi destroza la discoteca si no llega a andar por

ahí Yamtovani, con su perilla a lo Froid y su chalequito de punto. Resultó que había un

poco de latino (ibero) (hispano) americanos ahí metidos, emborrachándose, y cuando el

barbudo progre, que no se duchaba porque era un vicio burgués, insinuó (sólo insinuó)

la posibilidad de que Panamá fuera un Estado Libre asociado a USA.




Estados Libres y asociados a USA somos los demás del continente y Europa: Panamá

es, sencilla y llanamente una colonia.




no se daba por vencido.


                                             con su perilla a lo Froid, que hizo trastabillar

al barbudo progre que no se lavaba porque eso era un vicio burgués porque
inconscientemente (ese nivel psíquico donde ocurren más cosas de las que uno se

imagina) chocó con un conocimiento ancestral, más antiguo que ancestral todavía (para

cuya designación habría que inventar una palabra especial): se encontró con el Maestro

en versión híbrida, palideció y se quedó callado. Así era Yamtovani: su presencia

imponía respeto aunque fuera flaco, canijo y descarnado, pero lo que pasaba es que

poseía un aura fuera de serie, que le había comprado baratísima a un monje budista que

se iba a incinerar en Saigón y que con el dinero que le pagó Yamtovani fue que se

compró la gasolina. Otras de las cosas que destacaban en Lionel Yamtovani eran sus

excentricidades, que una vez llegaron a escandalizar a Salvado Dalí: no contento con

vestirse de vampiro y posar tres días en el museo de cera, no contento con disfrazarse

una mañana de tupamaro y sembrar el pánico en el ―metro‖ de Argüelles, un día tuvo la

feliz idea de mearse (fenómeno PIS) en la Plaza de la Cibeles a las dos de la tarde, dicen

que emulando quién sabe si a algún diplomático ibero (latino) (hispano) americano en la

Capital de Manzanares. Pero como no tenía pasaporte diplomático, tuvo que pasarse

una buena temporada en Carabanchel, época que aprovechó para poner al día unas

anotaciones sobre astronomía que luego fueron de gran utilidad para Radiotelevisión

Española. Porque, por muy panameño que uno sea, cuando se atenta contra un

monumento nacional, la policía española es inflexible (otra cosa hubiersa sido si se

hubiera meado en la estatua del Ángel Caído que, como acierta Jardiel, es el único

monumento al Diablo en el mundo, clavado en pleno corazón del centro del país que

más lejos llevó el cristianismo). De nada valió la gestión bajo cuerda del Embajador

(uno de tantos políticos sin mácula que pululan por esas embajadas de Dios) para que lo

soltaran, así que Yamtovani, a la sazón en último curso de Medicina, permaneció

guardado a la sombra durante varios años y un día. Y eso que tuvo la buena vista de no

hablar de política ni de Marruecos ni de nada parecido. Su puesta en libertad, dicen que
por intercesión personal de Alfonso Sastre (que quería su celda) coincidió casi (años

más, años menos) con dos cierres casi consecutivos de la Universidad y con la

convención famosa aquellla organizada por la FEP y el dinero de los impuestos con el

fin de adoctrinar a los que conocían de sobra la política exterior panameña pero

desconocían por completo la política interior (al revés de todos los que vivían en el

país). Yamtovani no quería asistir (tenía, dicen, miedo a posibles represalias tipo Mario

Soares) pero casi fue obligado, insinuándole un seudoestudiante de Valencia que muy

bien se podría airear ciertas relaciones con un virtuoso del cante flamenco, de los que se

extasiaban oyendo a Manolo Caracol y hacían pucheritos oyendo a Peret. Yamtovani

asistió, pues, escuchando aburrido las conferencias que no aportaban nada nuevo para él

y que se debatían peligrosamente entre la demagogia (influencia rusa), propaganda

(influencia gringa) y culto a la personalidad (influencia china): o sea, que Yamtovani

pensó que no afincaron en lo verdaderamente fundamental: la elevación del nivel

intelectual medio del panameño medio. En un periódico propagandístico de la FEP ( 1)

de cuyo nombre, por mucho esfuerzo que hizo, fue incapaz de acordarse, había leído

que, previo curso teórico—político (?) los universitarios se lanzaron como un solo

hombre a llevar las letras a los lugares más atrazados del país. Preocupado, buscó en

los diez diccionarios que tenía y todos decían atrasados. Por aquellos días, aunque

pensaba en elaborar una tabla de efemérides más exacta para que la labor de los

astrólogos auténticos fuera más llevadera, cayó en una profunda melancolía. Pensó

primero en un error de imprenta (la imprenta es una máquina y, por tanto, susceptible a

equivocarse), pero también debía (sí, debía) haber un corrector de pruebas que fuera

universitario, de la FEP y que quisiera alfabetizar al país. ¿Cómo habría dejado pasar

ese error? y en los primeros párrafos: por eso no siguio siquiera leyendo, para no

terminar suicidándose a cuenta de quienes se toman responsabilidades que no saben
cumplir. Tal vez porque como no pronunciamos la Z, pensó, nos tiene sin cuidado

saber cuándo usarla y cuándo no. Entonces desistió de crear la tabla de efemérides y

empezó el NUEVO DICSIONARIO DEA LENGUA LATINAMERICANA ( 2), en la

que invirtió tres o cuatro años de trabajo intensivo, además de rellenar con más

obscenidades todavía (reclutadas del vulgo) el Tomo I del DICCIONARIO SECRETO,

que fueron rechazadas por su autor que consideraba haber agotado el tema. La mente de

Yamtovani era comparable, salvando las distancias culturales, claro, a la de Terencio

Gómez, y allí, en una chupata gigantesca, en aquel conciliábulo panameño, entre

chuchamadres y vaisanos, en aquel maremágnum de paisanos de toda clase de credo

político, bebiendo como cosacos con el dinero de los impuestos, fue que conoció a

Miguel Gómez. Desde entonces mantenían una amistad bastante aceptable, como la de

Oliver & Hardy, que debieron ser muy amigos, en vista de la putadas que se hacían en

cada película. Bebi Rodríguez, en cambio, por aquello del contraste de pareceres, decía

que Yamtovani estaba más pónchi que el tipo ese que vino de la Helmántica y que

respondía por el enyerbao nombre de Panamá Red, que despertaba al edificio donde

vivía a las cuatro de la mañana para que oyeran salsa procedente del otro lado del

charco, que cogía con su radio de onda corta.


Yamtovani regresó a su tierra natal ese mismo año, a comprobar la veracidad de todo lo

asegurado en la Reunión Multitudinaria del verano en la villa del Oso y del Madroño,

pero dispuesto a no emitir opinión alguna, por lo que pudiera pasar. De lo que se

desprende que, efectivamente, estaba en camino de concentrar en su casa toda la

sabiduría del mundo. Cuando Miguel Gómez volvió, ya hecho un MD, cagándose,

como es justo y necesario (por cumplir a rajatabla el Juramento Hipocrático) en la

madre del catedrático de Ginecología (Morrocoy decía que en lugar de Jesús debió

haberse llamado Lucifer, Yamtovani ya era Psiquiatra Consumado, como Jimmy
Armijo: en la capital ya se le decía, incluso El Psiquiatra, como si no hubiera otro, pero

la verdad es que sólo acudían a él los locos—locos, es decir, los que no están. Era el

desneurotizador por excelencia, el despsicotizador, el médico preventivo del shock del

futuro, curandero oficial de la Rosca, higienista mental de los inadaptados, se decía Río

Arriba, porque Río Abajo era dominio de los curros, curritos y demás elementos con

apellidos electrodomésticos, que si no daban el visto bueno, nadie decía nada. Dicen las

malas lenguas que si Currito de la Cruz hubiera sido panameño, habría nacido en Río

Abajo y que las palabras ―currar‖ y ―currelar‖ se inventaron por esos predios. Esto es

discutible, pero no debe negarse nada a priori sólo por el hecho de no conocerlo a fondo

ni de entender por entero su etiopatogenia, insistía Yamtovani, con su perilla a lo Froid

y su chaleco de punto jaspeado, poniendo ahora en el tocadiscos octofónico (un

cuadrafónico más un decodificador acoplado para que suenen ocho bocinas en vez de

cuatro) un disco de Ray Bradbury, porque los de salsa tenían la rara habilidad de

estropearle el aparato.


                                        se me ocurrió poner una aguja de einstenio en

vez de la común de zafiro o diamante, ahora sólo toca discos de ciencia—ficción.


Miguel se reía a madíbula batiente: ahora entendía por qué era que Yamtovani cobraba

lo que cobraba. Dicen que una vez, por ahí por el pirineo catalán, el propio Dalí se

escandalizó de las excentriciades de Lionel Yamtovani. Tal vez esta actitud sea la

mejor tarjeta de presentación del tipo con fama de astrólogo y demás artilugios

sapienciales. Y aunque Miguel no entendía por qué era que lo había citado esa tarde

(―se decide tu destino‖, le dijo), después de comer, cuando todo el país era un solo

excusado, la razón era bien sencilla: considerando que Panamá tiene una de los pocos

(y extraños) regímenes militares con (casi) absoluta libertad de expresión y se exhortaba
al país a ser lo más revolucionario posible, Yamtovani estaba dispuesto a aportar su

granito de arena, ser también Revolucionario y cambiar nada menos que el Escudo

Nacional por un Escudo Revolucionario y quería la opinión de Miguel antes de

someterlo a la Asamblea Nacional de Representantes de Corregimientos y demás

entidades legislativas. Su idea era bien sencilla: había que empezar por cambiar todo lo

que significaba Imperialismo (barras, estrellas, águilas, etc.) y transformarlo en algo

autóctono. Abrió una gaveta y sacó un pliego escrito a máquina en el que constaba lo

siguiente:


ESCUDO REVOLUCIONARIO

DE LA REPÚBLICA SOCIALISTA

DE PANAMÁ

―Descansa sobre campo verde, símbolo de la vegetación exuberante y tropical; es de
forma ojival y terciado en cuanto a la división. El centro o punta de honor del escudo
de armas muestra al Istmo con sus mares (dos) y su cielo siempre más claro y en el cual
destaca la luna que comienza a elevarse sobre las ondas del apacible mar y el sol que
recién comienza a esconderse tras el monte, marcando así solemnemente la hora del
crepúsculo de los imperios capitalistas, representados por una taza de inodoro como
símbolo del canal y de la opinión que tenemos de ellos. El jefe está dividido en dos
cuarteles: en el de la diestra, en campo de plata, se ven colgados dos guantes de boxeo
para significar que, una vez dicho adiós a las armas, los campeonatos mundiales serán
nuestra primera fuente de ingreso; en la siniestra y sobre campo de gules (o campo
socialista), se contempla reluciente un disco de música ―sabrosa‖ (preferiblemente
―salsa‖) para simbolizar el trabajo.

―La punta del escudo también se subdivide en dos cantones: el diestro, en campo
reaccionarios (azul) muestra un rolllo de papel higiéncio con la leyenda TEN
DOLLARS, emblema de la riqueza; y el de la siniestra, en campo de plata, una bomba
de gasolina con caracteres árabes y al fondo, cubriéndolo todo, el hongo de la explosión
de la bomba termonuclear, como símbolo del progreso. Detrás del escudo, y
cubriéndolo con sus alas abiertas, un gallinazo (el águila es símbolo imperial desde
antes de César), ave común por estos predios (omitir en todo momento la palabra
―buitre‖), mirando hacia la izquierda, como símbolo de la descomposición del
Imperialismo en sus mismas entrañas, y lleva en el pico una cinta de plata, cuyos cantos
cuelgan de derecha a izquierda. Sobre la cinta va estampado el siguiente lema:
APERIRE TERRAM GENTIBUS‖.

―Sobre el gallinazo, en forma de arco, van nueve machetes de oro en representación de
las provincias en que está dividida la República; entre ellas, tres plumas de plata para
simbolizar las tres comarcas indias, olvidadas en los escudos anteriores. Como
accesorios decorativos, a cada lado del escudo van dos pabellones nacionales recogidos
por su parte inferior‖.

Responsable directo:

       Lionel

       Yamtovani.

Panamá.



                                            un tipo titular un libro Puta vida, ya se debe



Cela en la Televisión Española (―aquí, en este país, no se puede decir, por ejemplo, ni

coño, ni cojones ni carajos‖), a escuchar lo que fuera, máxime siendo panameño, toda

vez que el gallego balear parecía no poder hablar sin soltar una guarrada (Yamtovani

decía que a Cela lo que le pasaba es que sufría de una serie de impulsos reprimidos o

que fue castigado cuando niño por decir malas palabras y que hoy, desde el sillón que

ocupaba en la Academia de la Lengua represora por antonomasia del idioma, intenta

justificar su memoria y satisfacer una frsutración infantil y su fijación con la excusa de

llevar al pueblo lo que sale del pueblo, cosa innecesaria, pero que era su obsesión) y de

pronto, cogiendo a toda la Reserva Espiritual de Occidente por sorpresa, despreciando

olímpicamente la tradición de Agustina de Aragón y Joselito, el Gobierno del Presidente

Arias Navarro (el apellido Arias parece ser muy presidencial) había autorizado la

proyección en España (que por definición es más papista que el Papa) de Jesucrsito

Superstar, entre los golpes de pecho de más de cuatro beatas y, como si fuera poco, se

había permitido verle las cachas a Ana Belén (que, por cierto, está más buena que

Ornella Mutti y Blanca Estrada juntas).
disertación acalorada defendiendo el Revolucionario símbolo de la Patria, y

encendiendo una pipa que tenía mas visos de botafumeiro que de cachimba.




       Miguel agarró el lenguaje nostálgico de su juventud por las alas (¡por eso fue

que Yamtovani había hablado de España: para tender ese hilo con el pasado que hiciera

posible esto!): la Salamanca capera, toro—torito—fiero, afloró presta a sus labios:


                               que no.


                                                          en la conexión anímica: la

comunicaicón justa en el momento apropiado: un lugar para cada cosa y cada cosa en

su lugar.




capaz de burlarse del mismísimo Ulises (no el de Joyce). En la expresión del Psiquiatra

(neutra, como la de Don Saturnino, cosa que lo inquietó) recordó aquella soberbia

conferencia de Vallejo—Nájera y por la que no asistió a clases de Dermatología y de

allí le salió una pregunta del examen (de la clase, no de la conferencia).




escritos por Merlin Ambrosius, y levantó la vista.
su sitio y sacó un crucigrama elaborado por el propio Ibn Arabí.


                                                                              tengo dos

queridas oficiales y cuatro amantes eventuales.




inútiles.




Yamtovani, sin levantar la vista.




recostado como si estuviera en un triclinium, y se abalanzó violentamente sobre el

médico, como un supermán cualquiera.




Yamtovani se parecía más que nunca a la de Froid.


                                        alturas ya le había destrozado de dos tirones el

cuello de la camisa.
                                           palabra de treinta letras que interviene en la

líbido.


                                                         o me dices quién es el de la

vaina o te


                                         cuando la CIA te ha mandado a matar más de

una vez y ha fallado siemrpe, eres poco más que el Ben Richards ese de la televisión:

eres poco más que inmortal. Miró con tristeza a Mickey Gómez, como lo miró a él

Fulcanelli una vez que se puso a hablar güevazones de la iglesia de Natá. Miguel volvió




                      el iba a volver a saltar pero, de verda, qué más daba: su mujer no

iba a dejar de quemarlo ahora por eso, y si dejaba de hacerlo, ya lo había hecho.




mano por la habitación.




ni los Reyes Magos.
                     ¿por qué crees que te llamé ahora que estás tan ocupado? Bueno,

                                                                   Chela quiere al

kómbak ( 1)




supo en ese momento.




que ver con una gran industria japonesa.




estatua de un dios hindú de esos que tiene como doscientos brazos, que sostenía en un

                                    Ella dice que hace como diez meses que no        y

que se tuvo que buscar otro ejemplar.




                                                                e tres letras que

representa el órgano de la vista.




                                                   Un Homo economicus, que al parecer

tiene lo mismo que tú, pero que sí lo usa. Además, tu lo estimas mucho.
                                            ro soy amante de Psique.




Abstracto, lo que no muere ni se pudre ni envejece ni se envilece,




        i quieres seguir rimando, no te lo impido.


                             quién?




                                                                     fue Zoroastro.




amenazado : no me vas a sacar nada, ¿oquey? ni con tu cargo de ministro de pacotilla:
eso es Secretus profesionalis, Deontología. ¿de acuerdo? Lo que si te puedo decir es la

etiología del proceso. Pero más nada.




        Yamtovani escupió en un cenicero danés que le había regalado Bobby Charlton

el día que fueron a ver Midnight cowboy. Se encogió de hombros:




                       Andrè Brèton no lo pudo haber hecho mejor.




                                                                  la culpa de todo la

tiene tú.




                  estamos tú y yo solos aquí y ahora, ¿no?




        Yamtovani sonrió. Mike debía estar bien emputado como para dudar de él, que

si decía que no había nadie más es porque no había nadie más: para eso tenía

concentrada ahí toda la sabiduría del mundo.
de una vez por todas.


                              hecho un pingaloca por ahí.


       Miguel Gómez miró a Yamtovani con una mirada penetrante, serio, como todo

un señor ministro. Siguió (estaba) revolotendo por la habitaicón. Se revolvió como un

toro de lidia (nunca mejor dicho) en un palmo de terreno. Quiso decir algo, hipó y

siguió caminando. En todas las novelas, el marido engañado se pregunta por qué tuvo

que pasarle a él y no al secretario de la Sociedad Protectora de Animales, por ejemplo:

en la vida real pasa más o menos lo mismo, así que Mike Gómez optó por emplear otra

estategia, pensando coger al Psiquiatra, fuera de juego, en jaque, con todo y sus libros

en los que se hallaba concentrada toda la sabiduría del mundo:




       Mickey Gómez bajó la vista, destruido, como cuando la UDS perdía en su

propia cancha. Buscó con los ojos un asidero, lo que fuera, y se topó con un mapa de

Panamá forma de S acostada y demás) pintado por un bohemio surrealista parisino y

que a primera vista, por el realce que se daba al canal, parecía una lección de

Ginecología.
improcedente que aterrizar en mar, pero comprendió que eso era algo que le importaba

quizá más que los adornos que Chela le había puesto en la frente.




escondió la mano, como recordando el congreso aquel en el que se conocieron. Tal era

la consigna y bien valía la pena hacerse el mentalizado, aunque buena cosa le hubiera

importado vivir en cualquier otro país. Lo que le gustaba de Panamá es que como a

nadie le importaba nada con la cultura, pues podía trabajar a gusto.


                                                                         ―, que tienes

concentrada toda la sabiduría del mundo‖. Torció la boca, escéptico:




       Ni eso, pensó Miguel Gómez MD: ni familia: ni mujer: ni siquiera Patria:

nada por lo que un panameño pueda vibrar. Bueno, había salsa made—in—USA y

campeones mundiales de boxeo, que bien hacen vibrar, pero no el mismo. Yamtovani,

supo que había llegado el momento y dejó el botafumeiro que parecía una pipa junto a

un elefantito de marfil que había traído de Alto Volta (je) mientras investigaba las

relaciones sincréticas entre las religiones lunares y la serpiente cananea que sedujo a

Varona (incomprensiblemente, decía Yamtovani, le decían Eva). Se levantó, caminó

hasta el mapa de Panamá, cuyas fronteras (al este con Colombia y al oeste con Costa

Rica, al norte con el mar Caribe y al sur con el oceáno Pacífico) parecían surcos

génitocrurales, montes de Venus y perinés. Le puso una mano en el hombro al

Excelentísimo Señor Ministro de Sanidad, doctor Miguel Gómez Quintero MD, y le

dijo, con tranquilizadora fraternalidad:
                                                                                   ez

hizo que Yamtovani sintiera un nudo en la garganta, sensación extraña que no sentía

desde que conoció a Lobsang Rampa y descubrió que era tan tibetano como Ian Smith.




       Miguel se volvió con los ojos húmedos y lo miró como a un goalkeeper que




       Miguel miró a su alrededor, esperando que Yamtovani mencionara la

concentración sapiencial de su habitación. Pero el Psiquiatra había acertado justo en ese

momento una fórmula infalible para predecir el comportamiento agresivo de los

cardúmenes de tamboriles en los próximos veinte decenios.




a lo mejor Bébi tenía razón y Yamtovani estaba más loco que la verga. Por pasar el

rato, fue hojeando libros esotéricos hindúes tachados de


FARSANTE


       por la propia letra de Lionel Yamtovani, igual que los libros ciclománticos de

falsa sabiduría oriental que se vendían en ediciones de bolsillo (pocket books). Otros

libros, uno de Christian Rosenkreutzen y otro de Paracelso, en edición original, decían


FRAGIL
       también con letra de puño y estaban fechados antes de Gutemberg y del

huecograbado. Yamtovani se incorporó radiante. Metió las hojas en un folder (carpeta,

cartapacios, portafolio) y se frotó las manos, satisfecho.




mañana le preparo el informe al IBM.




descubrimientos, porque después resulta que son ellos los que lo hacen todo.


       Mike sonrió: se estaba contagiando del buen humor de Psiquiatra. Y eso que el

acababa de dar menso latigazo en su virilidad. Por eso Yamtovani era Psiquiatra:

porque de las piedras sacaba panes (pese a no ser catalán, como un viejo librero amigo

de García Márquez), te preparaba un tifón y te hacía ir a la playa a bañarte creyendo que

hacía un día cojonudo. El doctor Gómez hojeaba un libro sobre ectoplasmas gravídicos

y psicocinésis progresiva cuando habló Yamtovani:




leyenda, perteneció a Billy el niño (el lector sabrá, de sobra, que se trata de Billy the

kid, íntimo amigo del sheriff Pat Garret y que sirvió a Sender para escirbir un libro y

cobrar derechos de autor). El doctor Gómez, moviéndose a saltos, como preso por un



Yamtovani con toda la autoridad que le confería el ser El Psiquiatra por antonomasia,
cogiendo unas tijeritas de plata especiales para necromicrones y se las introdujo en la

oreja.




experiencias de parapsicología, por arte de magia o por cualquier otro tipo de

prestidigitación, incluyendo la inhibición sensorial (por lo menos no lo supo en ese

            ¿qué fue lo que tú me acabas de hacer?




          o sí que no me lo creo.




mundo, fíjate.


¿De verdad?


Te lo juro por Asclepios, por Hermes Trigemisto y por la Múcheres, en cuya cueva te

exhorto a ir a peregrinar.




                                                                                 escribió


CONFORME


, puso la fecha, su firma, su rúbrica y lo guardó en un bolsillo.




concentrada toda la sabiduría del mundo. Entonces, volviendo a la conversación, hizo
                      se cree que porque rompió a Maribel es la mamá de Tarzán, sin

pensar que hubo uno que rompió a Cleopatra y nada, se quedó tan tranquilo.


¿A ti también te lo contó?


¿Y a quién no?


¿Y esto          no es secreto profesional?


¡Qué va!          Eso me lo dijo en Madrid aquella vez que nos quisieron lavar el

cerebro, ¿te acuerdas?


¿a quién se le olvida?


Creo que a los que organizaron el cotarro. Sí, me lo dijo un día que andábamos por ahí

chupando con The Real Fuckeing Horse.


Ah, Papito: ¿y por qué es que le dicen así?


He has a big fucking cock.


¿Y tú cómo sabes?


Yamtovani giró la mano por la estancia:


Aquí está concentrada toda la sabiduría del mundo.


El Excelentísimo Señor Ministro de Sanidad, doctor Miguel Gómez Quintero, MD, sin

hacer caso del protocolo adecuado e indispensable al caso, subió a su limousine sin

determinar al chofer, que le sostenía deferente la portezuela. Entró y se espatilló en el

asiento de atrás. Miró el reloj y le ordenó a Andrés que partiera rumbo al Departamento
de Aguas Potables y demás dependencias ficticias, que si no cortaban de raíz la

epidemia para cuando llegara Mr. Harrington, ni existiría ni país, toda vez que sólo

existía la Patria, y eso como entelequia.


Y mientras recorría las callles bordeadas por chalets que competían entre sí para ver

cuál era el más semejante al modelo gringo, sintió agujetas diafragmáticas que

quedaban como secuelas temporales del tratamiento de Lionel Yamtovani, sonriendo a

su pesar cuando pasó por la casa de Chindo Ruiz (No. 69) y vio en el garaje parquiado

el Volkswagen de Chela y a través de la ventana la sombra de su mujer frente a Nati,

chismorreando sobre la vida ajena.


Acelera, Andrés.


Zi, zeñor.


Y allí, repatingando en el asiento trasero, vio desdibujarse la ciudad, progresivamente,

agrisándose, convirtiéndose en Panambá, la Ciudad que está a lo lejos.
Mike…


¿Unjú?


¿Te acuerdas que una vez te dije que no te quería?


Sí, me acuerdo.


Estaba borracha.


¿Y?


Perdona.


¿Unjú?
Le dio una beso en la frente, despacito, casi imperceptible, y se incorporó con sumo

cuidado, para no hacer notar que se iba. Cuando él abrió los ojos, después de digerir la

especie de ternura que le entraba por encima de las cejas, la vio que ponía la mano en el

pestillo de la puerta, con visible intención de abrirla. Entonces saltó, como si hubiera

un incendio debajo del colchón, y en dos zancadas increíblemente largas llegó hasta

ella, sujetándole la mano, con una violencia casi fuera de lugar. Se iba, de acuerdo,

pero es que había que retenerla, ¿no?


¿A dónde vas?


Lloraba. En silencio, de acuerdo, pero lloraba, que es lo que realmente importa.

Parecía tragarse a sorbos las lágrimas, lentamente, de acuerdo, pero parecía tragarse las

lágrimas, que fue lo que lo impresionó, y eso es lo que vale.


¿Qué te pasa?


No contestó. No se puede llorar como ella lloraba y hablar a la vez, de acuerdo: por

eso no contestó, de acuerdo; pero no contestó, que es lo que cuenta. Entonces él la hizo

girar en redondo, como un carrusel, y la encaminó hacia la cama, todavía desecha,

todavía caliente, todavía húmeda a tórridos albores eróticos. Se dejó conducir

dócilmente, en silencio, como montada sobre rieles, con la cabeza gacha; bueno, no

tanto: sólo inclinada un poquito, y se sentó sobre el colchón mientras sentía sus manos

mantenerla en el sitio por los hombros, mirándolo sin mirarlo siquiera. Cuando la soltó

para incorporarse, se dejó caer hacia atrás, en silencio, con los ojos bien abiertos

clavados en el techo. Las lágrimas resbalaban hacia sus orejas diminutas,

subdesarrolladas, latinas, y se perdían en la maraña de su cabello color barniz, como una

cascada de barro. Estaba lejos, pensó, acercándose a ella y notando por primera vez que
no parpadeaba siquiera: Está en trance, pensó, imaginándose algun sortilegio

posthipnótico o algo de eso: tragó saliva con el corazón constreñido y el sexo mulato

enviando hacia ella digitaciones borboteantes, lógicas, como tanteando el terreno.


¿A dónde era que ibas?


No contestó. Sencillamente no estaba, para qué ponerse a buscarle tres o cinco o cien o

pil pies al gato: no estaba y ya, se acabó. No podía contestarle, de acuerdo, porque no

se puede estar y no estar a la vez, así que la recorrió con la vista, desde la melena

castaña hasta las uñas de los pies, pintadas hoy de malva –sorpresa, y la besó; de

acuerdo: rozó apenas sus labios secos, fríos, lejanos, recorriendo, como en un

concierto, sus dientes parejos, como teclas de piano. Seguían cayendole los hilillos de

¿sufrimiento? Hacia la orejita latina, subdesarrollada, adaptada quién sabe por qué

clase de mecanismo a su lengua, adaptada a su gusto, adaptada a él.


¿Qué te pasa?


Sintió el corazón (o lo que fuera) tropezar consigo mismo. Progresivamente, como

cogiendo impulso, como acelerando, la fue besando con más y más intensidad (lo que

sea: ansias, hambre, desesperación), hasta que cayó en la cuenta:


                                                              la estaba violando,


                                                                                        de


acuerdo, pero ahora no era momento para detenerse, no iba a detenerse: no podía: ese

vacío estático lo llamaba y él se sumergía (¿inmergía?) en su silencio como un

batisferio, dirigiendo toda su furia sobre ese cuerpo inerte, ya no aterciopelado y suave:

áspero: no podía evitarlo. Ella seguía mirando el cielo raso sin parpadear, respirando
casi sin respirar, con los ojos negros brillando de tanto llorar: secos, de acuerdo, pero

brillantes de tanto llorar, quietos, ahí, pero lejos: quiso retroceder, aterrado, ponerse de

rodillas y pedirle perdón de rodillas, pero ese vacío seco, ese vacío quieto, como una

catedral, lo llamaba y no podía detenerse ahora, no podía, por más que quisiera, y le fue

soltando uno a uno sus anhelos casi sin saberlo, ocultándose en su cascada de lodo,

vidrioso, no pudo retroceder y ponerse de rodillas o como fuera para pedirle perdón,

quiso detenerse pero no pudo detenerse,


     no


           p


            u


               d


               o




       Se había sentado en la cama, mirando en el suelo sus pantalones de cuadros sin

moverse, casi inmóvil. Le recorrió la espalda, metiendo la mano por debajo de la blusa

transparente, y ella no dio el menor signo de vida: estaba fría y maciza, como un

carámbano en la orilla de un ojo de agua. Entonces se levantó, todavía como alucinada,

con ese comportamiento tan desusado que lo hacía treparse por las paredes, que lo hizo

abrazarse a sus muslos tersos, a sus caderas imponentes, mordiendo desesperado el

pedazo de tela negra hasta arrancarlo, sin llegar a comprender del todo con qué material

estaba fabricado, mientras ella seguía caminando, hierática, sorteando colinas en

cataclismo, aspirando su aroma de sierra nevada, respirando a pleno pulmón en su valle
deslizante, sorbiendo los vientos profundos, gélidos, de su mediodía inquietante. Ella se

detuvo cuando ya estaba junto a la puerta, apoyando los antebrazos y depositando su

frente en la madera, resbalando hasta quedar de rodillas, como una escultura cláisca.

Desentonaba la blusa, de acuerdo, pero no por eso su actitud iba a dejar de ser de una

plasticidad registrabla, ¿no? los ojos fijos, murmurando casi por debajo de cualqueir




aferrándose a s




                                      —




                                                                                   staba
existenc




       no
           p


           u


            d


            o


                                   pasaba los labios sobre las líneas carmíneas, calientes.


                                   con la cabeza colgando fuera de la cama, detenía a

                                                   a veces me pasa.




los dientes, casi acariciándola,. Y ella se contrajo; a medias, de acuerdo, pero se

contrajo, que es lo que importa.


                                                                    la primera vez, ¿no te

acuerdas? en el hotel, ¿te arrecuerdas? el que fue del papá de Bebi.


                                   e de las sorpresas continuas, de los cataclismos




                                                       clack: las uñas como garfios, pinzas

separadoras, porteros solícitos.


                                                  en ella.




pero estando sola: creo que otro cualquiera se hubiera asustado.
                                                                      tengo miedo de

que me dé otra vez así de fuerte como hoy. ¿Vas a estar conmigo entonces?




                                                                                     —

guachi no lo entiendo.




pero como membrillos, que es lo que importa, sobresaliendo a medias por un costado.

Se despertó cuando él se desencaramaba de sus colinas salvajes, descendía de sus

colinas vejadas, se descolgaba de sus colinas marcadas, descabalgaba de sus colinas

yertas, y caía a su lado, jadeando. Sonrió, serena, y apoyó su rostro entumecido,

eurignato, casi desfigurado, sobre el pecho robusto, de antepasados interdichos, ilustres

y regios.
ombligo, como arañando.




                                                    como un vergel en otoño, se

estremeció con el recuerdo.


¿Y ahora?




convencida de que empezaba el fin de su libertad.


Lo único que te pido,


                                    s: Míchel no le iba a pedir nada que realmente

precisara su voluntad:




se le había pasado.


            ¿no fuiste feliz?                                               a, sentía la

imperiosa necesidad de preguntar estupideces.


Es que así no se va a poder en cada cita        todos los días




tocar primero el tema.
cierta por qué: a nivel subconsciente, intuía que le estaba haciendo el juego.




                                                        blando: antes, hubiera empezado

a hipar y seguramente hubieran terminado acoplándose nuevamente.




impresión de ser sincera.


                                         ahora no tenía ni ese recurso. Tragó saliva,

fuertemente, ruidosamente, para percatarse de que aún, todavía, estaba ahí.




que tenía la balanza inclinada hacia su ascua.


Que si me mato, como tú dizque me has estado rogando todo el rato, ya no te voy a

tener más nunca.


                                                 me vas a tener más siempre.


¿A dónde? ¿en el cementerio? ¿en la nostalgia? ¿en un rincón de mi pensamiento?




cerrando los ojos.


Eres una morbosa.




por lo menos eso fue lo que pensó en ese momento.
¿Qué cosa?




acurrucarse felinamente, runruneando casi. Míchel la miró, sin saber qué pensar, un

rato largo.


Lo tuyo ya es patológico.


              es patológico: estoy loca, ñame, pónchi, cranqui, ñampiá: pero bien que

                                                                          por lo menos

Míchel no descifró su acento, envuelto en laberintos ataxímicos.


No te lo voy a negar.


                  Digo: hacerme el amor cuando ya esté muerta de verdad, así como

                                                                          la Precencia

bien valía una caricia.


                                                                             rpo



arañando.




bisagras de hueso, restregando sus membrillos contra su pecho, ofreciendo la boca en

holocausto.




la abrazó con fuerza.
final, mientras permanecieron apretados, desparramándose sobre los labios, vertiendo

vida caliente, húmeda, roja y blanca, como la bandera japonesa, sobre el cada uno que

era el otro, desesperados, como si fuera la última cita y hubiera que agotar todas

existencias.


Maribel permaneció quieta un rato, callada, con ese silencio que lo dice todo por no

decir nada. Lo dejó dormirse y se levantó furtivamente, recogiendo del suelo sus

pantalones de cuadros y la blusa transparente, encaminándose al cuarto de baño.


Cuando volvió, ya vestida, recogió del suelo la pantaleta negra, hecha trizas por los

dientes recios, descendientes de emperadores. Sonrió casi sin quererlo y la depositó en

la almohada, junto a la boca de Míchel, como una especie de ritual mágico, le dio un

beso en la frente, despacito, casi imperceptible, y se incorporó con sumo cuidado, para

no hacer notar que se iba. Cuando él abrió los ojos, a la hora y media, supo que algo

irremediable se desencadenaba, como la furia de los elementos. Estaba solo en la cama

ya fría, en el cuarto del hotel, la ropa descolgaba y una presencia que creía conocer de

tanto tratar con ella. Recogió la tela negra olorosa a estrógenos exprimidos y la besó

largamente, como si quisiera extraer de ella el recuerdo de su olor, a madera fresca y a

mujer (sobre todo, mujer), antes de que se evaporara del todo.


Se vistió despacio, todavía mirando la mancha negra en la sábana rojiblanca. Cuando

salió a la calle, estaba lloviendo, y la lluvia, no supo por qué, le pareció triste, sin ese

ímpetu propio de la lluvia tropical. Todo está triste hoy, se dijo, montando en el

Wolswagen de su mujer y arrancando lentamente. Todo esta demasiado triste hoy,

demasiado triste.
Para que veas cómo es que son las cosas.


       La primera vez que le pegaron una enfermedad secreta lo supo todo el mundo,

porque Leida no se andaba con pepitas en la lengua para ir por ahí sacando trapos sucios

de toda la familia. Y ella lo supo porque al entrar Miguel en la casa, con una cara de

asustado increíble, la señora Nacha se sobresaltó también, creyendo que había visto a la

tulivieja, a la llorona, al cucumán o, poniendo algo ya más terrenal, al Resbaloso, un

pónchi que salía por las noches en cueros y untado en manteca, creando el pánico en los

internados de señoritas e induciendo una curiosidad morbosa entre todas la pelaítas de

los alrededores. En un principio, haciendo alarde de una ociosidad tradicional, se

barajeaban varios nombres para identificar al Resbaloso. Entre ellos (con fuertes dosis

de preferencia) figuraba Pigüí, el hermano de Mayra que se drogaba con Sal de Frutas.

Pero como ninguna de las que lo veía tenía tiempo material para reconocerlo, él seguía

siento el azote del pudor de las guialcitas sin senos que se ponían a jugar uno—dos—

tres—coronita en los patios de los multifamiliares o en los callejones del barrio. Nadie

se había tomado la molestia de seguirlo para ver dónde era que iba a vuscar la ropa

hasta que un día le salió a un par de chiquillas que estaban esperando al hermano de una

de ellas y que fue el que lo pilló, obligándolo a cruzar la calle así, en pelotas, de la

corretiada que le dio, por lo que no pudo volverse a buscar la ropa y se supo que era un

mecánico mariguanero que respondía por Clampsí y jugaba caballos los fines de

semana. Pero cuando pillaron a Clampsí, ya Miguel se había curado de la picadura

violenta que le pego Piel, una tipeja triste de la que no se podía decir si era o no era, que

tenía una expresión presta a difuminarse, como un sanbernardo y que ofrecía esa

especie de deontología propia de los confesores profesionales.
de guerra cualquier hueco es trinchera, chumbulúm, le cayó encima como un buitre.




tomaba el trabajo de intentar retenerlo: Piel era más fácil.


        ¿A qué

la playa, sentados en el Wolkswagen de Chela.


                                 yo siempre la conocí por PIel, pero a lo mejor tenía un

nombre tan común como Olga y la gente lo que tenía era ganas de molestar.


O tal vez es que fuera Skinny y de ahí derivara Skin y luego, por derivación lingüística,

Piel.


        Piel había sido mujer de Tumbamono de Asís, el que llegó a campeón mundial

de los ligeros porque le salía sangre en la nariz, pero por aquellos entonces vivía con

Vitá, el tipo ese que era un poco chivero, un poco garañón y un poco hampa, que se iba

a veces a chupar por dos o tres semanas y cuando volvía quería que le hiciera una sopita

de pescado para digerir la goma que se había cogido por estarse bebiendo lo que (decía

él que) se ganaba trabajando. Y Mickey se metió con ella un día que supo, por boca de

Leida, que Vitá andaba por la capital con la chiva dizque llevando a lo pelaítos de una

escuela a un paseo por Panamá Viejo, el arco chato de Santo Domingo y el museo. Ese

día tenía que ir a birriar básket en el gimnasio del colegio, donde también birriaba (no se

podía decir que estrenara) el equipo de Cañabrava, con su estrella Flaco Bala. Romilar

y él se iban al colegio a ver a Flaco Bala hacer sus genialidades debajo y enfrente de la
canasta, pero también querían que el coach los serpiara bien y a lo mejor, uno nunca

sabe, terminaban jugando en la Liga Mayor con Bala y su combo. Pero no había suerte,

porque cuando no llovía y se tenía que meter a la cancha del gimnasio, llegaban los

tipos de Industrial y los chifiaban de la cancha afuera.




Por eso le dí poste a Romilar ese día.


       Dio la casualidad que ese día, precisamente, no llegaron los de Industrial, no

llovío y mientras que él se cogió un bleno monumental, Romilar encestó casi cien

balones y lo cogieron para un equipo con nombre de tintorería que era la filiar junior del

Cañabrava. Romilar, hoy en día, andaba por el mundo del baloncesto, hecho una

estrella, codeándose con Earl Monroe y Clifford Luyk, y todo por que aquel día, aquel

nefasto día, Mickey decidió irse con una mujer en vez de practicar deporte. MENS

SANA IN CORPORE SANO, decía el letrerito en el gimnasio, de lado donde ponen las

anotaciones. Así que después de esa enfermedad tan grave de índole sexual, su mente

quedaría hecha un desastre, sexualmente hablando.


                                                                                  Cuando

llegó a su casa, la pelá se acababa de levantar, no se había ni lavado la cara y tenía los

ojos llenos de lagañas y el pelo todo alborotado y los párpados hinchados, pero estaba

en camisón. No es que fuera un camisón sexy, no pero al menos estaba roído en los

sitios más estratégicos y se veía excitante, todo lo excitante que se puede ver un mujer

despelucada a las ocho de la mañana con un camisón hecho pedazos. Ella casi no se

sorprendió al ver a Mickey ahí, hipando nervioso como si le hubieran dado cuerda:

sabía que el pelaíto Gómez éste la andaba rondando (por decirlo de la manera más fina)
y estaba segura de que eso iba a pasar tarde o temprano. Le dijo que entrara y que se

sentara mientras ella se arreglaba y él quedó trepado en una silla antes de que Piel

pudiera parpadear, por si se arrependía. Cerró la ventana y la puerta, encendiendo una

luz ictérica, que dejó el cuartito más triste todavía y con una sensación de suciedad

inimaginable. Porque el cuartito era una mansión comprimida a los límites de cuatro

paredes: ahí estaba la mesa, redonda, con su mantel de plástico; la cama, todavía

deshecha y con una sábana amarillenta y estropajosa, de los tiempos en que

Tumbamono de Asís era un muerto de hambre que echaba sangre por la nariz, peor que

la suya los días que le tocaba lavar a Quecha; un ropero ladeado, una cómoda y una

alacena completaban el mobiliario, aparte de las seis sillas; la estufita de querorín y una

especie de sumidero sin agua, además de la bacinilla enorme, hacían las veces de

servicio y cocina; y la tierra y el polvo, amén de líquenes y macetas, podían muy bien

representar el papel de patio. Todo metido en un cuartito que le recordaba el caserón

colonial donde había pasado su primera infancia. Piel cogió una jarra estampada en

flores que tenía algo de agua y la hechó en el sumidero, lavándose la cara a

continuación, mientras Mickey redoblaba en hipo al verle los pelitos descuidados en los

sobacos. Cuando levantó la cara y descubrió que ella tenía una ojeras sumamente raras,

no como las de Chela, que eran cántabras, sino unas ojeras translúcidas, que no

recordaba habérselas visto nunca y que debía taparse por el día con maquillaje.


O con lodo, uno nunca sabe.


       Cogió de encima de la cómoda, tristemente, un frasquito que en principio le

pareció de polvos del doctor Scholl, pero que cuando lo destapó hizo que Mickey

pegara un casi salto, sólo con sentir la primera oleada del venteconmigo que contenía el

susodicho frasco. Piel, que no tenía un poro de tonta, se bañó casi con el perfume hecho
a base de aceite de oliva que no se quitaba en todo el día, toda la noche y que a la

mañana siguiente todavía dejaba residuos. Miguel empezó a toser y se levantó: iba a

salir de ahí cuando la muchacha lo cogió por un codo y lo hizo volverse, encarándose

con él, sonriendo lánguida e indicándole la cama.


                              tó Chela, asqueada.




había empezado. Lo curioso es que ese mismo día pudo haberse decidido su destino

como basketbolero, porque él se comía a Romilar encestando, pero en ese momento

estaba ahí, con esa tipa destrampada, toda golpeada por la vida y por Tumbamono de

Asís antes de que fuera campeón del mundo de los ligeros, tan distinta a cuando era más

pelá y estaba siempre a la moda, tan distinta a cuando vacilaba con Chón, el boai ese

que motilaba a un cuara. Y se metió con ella casi por inercia, por compromiso, por que

cuando empezaron a sudar el grajo fuerte se le mezclo con el venteconmigo y le

destaponó la nariz de lo puro penetrante, mientrar él seguía hipando y ella lo alentaba

con groserías de las más baja extracción. Noni por lo menos decía obscenidades, pero

Piel soltaba unas groserías increíbles, casi imposibles de fijar en la memoria y menos de

entender su significado profundo.


       Yo hasta entonces siempre había pensad

las tres se echaron a reír cuando se lo dijo, por lo que Miguel supuso que ellas también

lo pensaron alguna vez, cuando se aprendían de memoria las novelas de Corín Tellado y

no se perdían película de Marga López, antes de Mike, antes de Bebi, antes de Fefo.

Cierta vez, cuando Terencio Gómez y la señora Nacha andaban en una mano a mano en

plan amoroso (por decirlo de la manera más fina), Leida fue a llamar a Quecha para

ponerla sobre aviso de lo que pasaba en la otra cama y tocó a Mickey, que se despertó y
no pudo después pegar el ojo en toda la noche. Pero no era así, no eran palabras, sólo

suspiros y ya. Otra vez, él estaba despierto pensando en que Chabela estaba buena, oyó

un ruido a su lado y era Leida haciendo cositas con Cachimbo (por lo menos eso pensó

entonces). Maribel se puso seria cuando se lo estuvo contando y él la miró extrañado:


¿Qué te pasa?




que se ponía nerviosa. Pero si se lo contó, como a Noni y a Marcela, que pensaron que

era jueguitos de muchachos (siempre y cuando fuera verdad), fue por ambientar su

encuentro con Piel y crear el clima en el que se desarrolló la adquisición de su primera

enfermedad vergonzosa. Él se vistió en silencio, mirando el suelo por no tropezar con

los ojos de desprecio con que lo miraba ella, todavía con el camisón hasta la cintura y

un rictus de dolorido en la boca. La verdad es que le hubiera gustado hacerle el favor

completo, como ella lo había dejado desahogarse, pero tenía el ánimo tan decaído con el

cóctel aromático que se batía en el cuarto, que fue incapaz de emprender un nuevo

ataque. Y eso que, según dicen las viejas, el venteconmigo es afrodisíaco, pensó ella

(que no pensó ―afrodisíaco‖ exactamente): por eso se llama Venteconmigo. Mickey no

estaba seguro de si la palabra era una ironía por no llamarlo Noteacerques, o realmente

era una expresión acuñada por la experiencia (consultaría con Yamtovani al respecto) y

ese venteconmigo podría provenir de ―venir‖, de ―venirse‖, con la compañera o por la

compañera: entonces significaba que su erotismo no era como el de las demás personas,

porque lo cierto es que le resultaba bien repelente, como esa vaina que se pone uno para

espantar a los mosquitos.




día que se lo contó.
                                                          ble intención Maribel. Míchel

no le hizo caso a ninguna de las tres, que se estaban tomando a broma la etimología del

nombre del perfume popular y les dijo que cuando sintió la quemazón, como un

aguijonazo, fue cuando fue a hacer sus necesidades menores en la playa, un día que

estaba pescando con Bertó, un medio primo de Romilar que se sabía todas las canciones

de la Sonora Matancera. Bertó pescó dos o tres sardinas, contaminadas por los

deshechos del hospital y que olían a Penicilina, pero él lo que se cogió fue un susto

como una catedral de grande, y regresó a la casa más rápido que enseguida, a ver qué le

daba Terencio Gómez, que algo debía saber de eso. Él había oído hablar de esas

enfermedades, pero nadie le decía de qué se trataba, ni Bertó, ni Romilar, ni Borrelio,

que eran los que por esos entonces inseparables: tres mosqueteros y medio (el medio

era Romilar, que casi no andaba con ellos por andar birriando básket): todos para una y

una para todos, menos Romilar, que por andar birriando básket no le pegó Piel su

respectiva gono: mens sana in corpore sano, les repitió cuando ellos le contaron los

pormenores de su patología sentimental.


       El día que se le declaró la enfermedad, venían de la piscina de Rainbow City, él

y Bertó, y fue el día en que la señora Nacha le soltó el repertorio enterito: Rebelde sin

causa era lo que era, le gritaba la vieja, amenazándolo con el rabo de la escoba. Y

encima la miraba divertido desde el primer peldaño de la escalera, con el maletín de

deportes guindando de la mano. La señora Nacha seguía vociferando que era un mal

nacido, que no servía para nada, que en vez de estarse yendo a la piscina cada dos por

tres que mejor haría estándose quietecito en casa, trabajar, estudiar, algo, aunque fuera,

que para eso le había quedado Geografía. La distancia por el balcón desde el cuarto
hasta la escalera enorme, sobre todo después de venir de trabajar, como ella, y de ser,

además, artrítica, pero por lo menos le cantaba cuatro verdades a este hijo descarriado

enfrente de todos los vecinos, como para hacer de revulsivo, como para picarlo,

aruñarlo en su fuero interno. Pero él hasta parecía burlarse de ella, cosa que no podía

soportar. Ah, y que no pensara en seguir jugando con su paciencia, eso sí que no, gritó

ya medio afónica, porque entonces él se iba a dar de cuenta de quién era Eutanasia

Quintero, la misma que viste y calza. Mickey se hubiera asustado si no la conociera,

pero después de estar viviendo bajo el mismo techo toda la vida se sabía de memoria

todas sus mañas, triquiñuelas y puntos flacos: la señora Nacha siempre diciéndole a la

gente lo que tenía que hacer pero ella nunca haciendo nada: la señora Nacha siempre

contando al revés lo que nunca había pasado: la señora Nacha siempre comentando la

vida ajena en el lavadero, junto a los tinacos, y volviendo con la ropa sucia, sin lavar, y

con un cuento nuevo: y así todos los días que no tenía que ir al mercado. A veces tenía

la enorme tentación de no tomarla en serio, desde hacía ya varios años, desde cuando se

cayó de la escalera y la tuvieron que tener enyesada casi cuatro meses, para suplicio de

unas vecinas que venían siempre a echarle una mano porque Quecha y Leida se hacían

las suecas y Mariana quería, pobrecita, pero no podía, por eso que le dio cuando era

chiquita, y las pasaban canutas bajo la avalancha de órdenes, contraórdenes, mandatos y

deseos de la señora Nacha. Era un desgraciado, confesaba ahora en voz alta la señora

Nacha, apuntándolo con el dedo de señalar pecadores, era un malandrín, un zángano,

más le valía no haber nacido nunca, de verdad, y que la oyera Terencio Gómez si

quería, mejor que se ahogara de una vez por todas en la dichosa piscina y la dejara en

paz de una vez por todas, mal rayo lo partiera, inútil, a él y a su generación entera, lo

que debía hacer era ponerse a trabajar ya que no quería estudiar, y traer algo de plata,

mantenido, chulo, sinvergüenza, y dejarse de tanto deporte y tanto mens sana in corpore
insepulto, enquencle, flojón, cobarde, vago, eso era lo que era, vago, pérfido, pechugón,

salsero, chupahuesos, vividor, marañista, hijo de mala madere (se detuvo un rato, pero

arrancó de nuevo), aprovechado, hombre sin conciencia, qué hombre ni qué ocho

cuartos, rectificó, cangaceiro, eso era lo que era, tracalero, bocasucia, atrevido, gorrón,

caradura, bandolero, ah, y encima te ríes, desgraciado, perverso, fuerte e cara,

malhablado, cargamuerto, jípi, pachanguero, cobardón, metepiezas, sinvergüenzón,

truhán, vacunado contra la decencia, pícaro, antídoto de los escrúpulos, hampón,

malhechor, maleante, rebelde sin causa: eso era lo que era, terminó sin voz la señora

Nacha.




piscina de Rainbow City, llamada así porque allí dizque vive gente ―de color‖. Antes,

contaba Terencio Gómez, cuando sólo había dos razas, los gringos y los otros, se

llamaba Silver City. Ahora, como la gente puede lo mismo ser blanca que negra que

mulata que metiza que zamba que china que achinada que acholada y demás mezclas

por el estilo, pues se llama Rainbow City: Ciudad Arco Iris. Y estaría de más recalcar

que ningún gringo vive en ella, le contaba Terencio Gómez, cuando todavía Mickey no

había ido nunca a la Zona del Canal, porque le quedaba muy lejos: antes, todo eso que

veía ahí eran barracas, casas de maderas como las que hay en Colón, sí, no estaba

relajiando, todos esos chalets de colores estridentes (Ciudad Arco Iris, al fin y al cabo),

idénticos, habitados por gentes de color, eran casas comunales, de madera y techos de

zinc, pero ahora eran comodas viviendas, prestadas por la Panamá Canal Co., hasta que

todos esos trabajadores se jubilaran y los devolvieran a las ciudades de Panamá y Colón,

cuando ya no pudieran trabajar más. Terencio Gómez, que se había quedado ciego por

lavarse la cara con jabón germicida, sabía de eso y podía referir la historia porque la

había vivido, porque había estado allí, en el ajo, en el meollo de la vaina, en el mero
centro del asunto. Y eso que el color negro, por definición, decía es ausencia de color:

por lo menos en el Arco Iris: por eso a Terencio Gómez, desde sus cuencas desiertas y

ulceradas, el eufemismo ese de gentes de color le parecía una broma grotesca y de mal

gusto, como los bochinches de Leida. Bertó, de pie agarrado a su asiento, lo escuchaba

divertido. El autobús dio un chillido y se detuvo frente a la entrada del College, porque

en Rainbow City hay escuela y todo, y se dan clases en español y todo, con un terreno

bien grande para jugar softball y todo. Y, naturalmente, cómo podía faltar un

radiopatrol de la Canal Zone Police, que corría a 500 MPH por si acaso. Se bajaron,

Bertó no cargaba móni y pagó Mickey: uno para todos y todos para uno: empezaron a

caminar saltando, con ese swing tan peculiar del panameño que quiere que la gente crea

que está en algo. Y el césped, la hierba, pues, de la escuela, porque tiene Zona Verde y

todo, está bien conrtadito y todo, pensaron: daba ganas de comérselo. Terencio Gómez

diría que bien se podría hacer, pero era peligroso ponerse a comer hierba en un país

extranjero. Si por lo menos estuviera uno en Panamá, pero ¿no aparece la Zona siempre

en los mapas como formando parte de USA? Así que ojo al parche, mi socio, después

no digas que no te avisé. Giraron a la derecha y enfilaron, hablando de las salidas de la

señora Nacha, el esprínt final hasta la swimming pool. Es que si llegan a enfilar hacia la

izquierda vuelven a Colón, porque Colón queda a la izquieda del Canal, como

teóricamente Panamá queda a la izquieda de los Estados Unidos, decía Terencio

Gómez, siempre esotérico, con sus cavernas brillantes que hacían pensar que de tanto no

ver ya hasta veía, siempre según se mire, claro, porque algún derechista todavía

quedará: las derechas en Panamá no son tradicionalistas ni monárquicos sino pro—

yanquis: las derechas en Panamá son forzosamente pagadas por dólares, de acuerdo,

pero todavía quedaba alguno, decía Terencio Gómez, y eso es lo que importa. Había

que ducharse antes de entrar en la piscina: higiene: no había toallas: ni de papel:
existía un secador eléctrico: asepsia: la piscina era transparente: un gringo no se vería

en ella: por eso sólo iban negros y latinos: y gracias. Bertó saltó mal y cayó de plano,

despanzurrado. Mickey se echó a reír y empezó a burlarse hasta que llegó un hampa

por atrás y, flóp, lo empujó, sin venir a cuento tanta lisura. No supo ni quién era,

porque se imponía el buscarlo y entrarle a nudo, formar un peleón y terminar en la

Police Station, pero cuando Miguel quiso sacar la cabeza del agua, no distingió a nadie

que pudiera ser el causante del chapuzón. Alguna que otra chombita culona se movía a

ritmo de soul cuando estaba fuera del agua. Difícilmente se mueve a ritmo de guaracha

o de cumbia, pensó: Es que no sabe, diría Terencio Gómez, y tampoco puede: la

condicionaron desde pequeña a pensar en inglés que todo lo que suene a español le

suena chino. Miguel resopló fuertemente, para despejarse los oídos. Eso es peligroso:

se puede contaminar el agua. Menos mal que los gringos son precavidos y llenaron el

agua de cloro: Public Health: el idioma oficial de Panamá es el español, pensó,

sumergiéndose para tocarle una nalga a la chombita culona que se movía a ritmo de soul

cuando estaba fuera del agua: lo dice el artículo séptimo de la Constitución y lo ponen

todos los letreros en todas las oficinas públicas. Lo cual indica que no es tan obvio. Lo

cual indica que hay gente que no habla español, ni siquiera hablan un poquito de

panameño, aunque la enseñanza sea en castellano a todos los niveles menos en los

colegios exclusivos para gringuitos que el día de mañana tendrán que participar (o no)

en alguna guerra imperialista de esas: en esos colegios se habla gringo. No inglés,

insistía Terencio Gómez: ojo: hablar en inglés de Inglaterra está mal visto: te pueden

catalogar de Yumeca, lo cual es muy feo y de mal gusto. Porque no es lo mismo decir

Jáu du yu dú que decir Guáts goinón dóc. Y luego hay que volverse a duchar al salir de

la piscina: higiene: así no te huelen los sobacos y todo el mundo sabe que vienes de la

Zona.
a la Avenida Central y se bajaron. Bertó todavía estaba gozando la rethaíla que le había

echado al cuerpo la señora Nacha.


Yo no sabía que se pudiera decir tanta cosa seguida, buai.


                                           el día que empieza con las palabras sucias lo

deja a uno sordo.


       Lo malo es que nadie sabía que después de tanta regla de higiene él había dejado

un poco de pus trabado debajo del agua. A lo mejor el microbio se moría con tanto

cloro, le dijo a Maribel, pero el asunto es que lo había dejado ahí, y sin saberlo, que es

lo gracioso, le contó a Chela, que hizo una ligera mueca. A Noni no le comentó el

pasaje porque ella se echó a reír cuando él concluyó lo de la piscina.


Me tienes que contar las palabras sucias que decía tu vieja.


Un día de éstos.


       Después fue que se fueron a pescar, pero esta vez la señora Nacha no le dijo

nada: ni lo determinó siquiera, pero cuando él volvió sí que se sintió sobresaltada,

pensando en que su hijo se había encontrado por ahí con la tulivieja, con la llorona, con

el cucumán o, poniendo algo ya más terrenal, con el Resbaloso, que la gente creía que

era Pigüí, el hermano de Mayra que se drogaba con Sal de Frutas y terminó siendo un

mecánico pónchi y canyaccero que le llamaban Clampsí y que era medio cachero de

Patsi, la hermana de Yerrí, que era bruta como ella sola y tenía el pelo duro. Bertó,

siempre que estaba limpio, era que se le ocurría que tenía hambre. Ya Borrelio lo había
parado en seco una vez pero el tipo seguía haciéndose el habilidoso y siempre dizque

teniendo hambre cuando estaba limpio.




ser comprensiva, pero más por darle cuerda a su marido que por algún sentimiento

específico.


                                   El día que no andaba limpio se compraba un paquete

de chicle para todos y va que chuta.


       Bertó le dijo que no sabía qué era lo que le pasaba que cuando iba a la piscina se

ponía hambriento, tuvé, y Miguel pensó que ya era hora de pararle los pies, porque

siempre andaba dizque tumbándole una sodita, que si una maltiada, que si un sangüich

de combinación, que si un banana—splít, así que lo hizo entrar a la panadería del

español que quedaba a una vuelta, para comprar un real de pan micha y que se

aguantara con su bollito, que entonces estaba a tres por un real.




socarronamente, buscando el doble sentido. Míchel sonrió en tácita complicidad:

Maribel a veces, tenía algo más que fundillo.


Por lo menos la gente iba ahí: era la única que había.


       Tuvieron que esperar mientras er zeñó Fernánde, que era andalú po lo cuatro

costao, despachaba al poco de gente que quería que la atendieran antes que los demás

aunque hubiera llegado después. Eso fue lo que pasó con un pelaíto al que le daban

ataques de lombrices cuando iba a llover, que llegó todo desesperado, queriendo que lo

atendieran antes porque en Colón siempre llueve y como la gente sabía lo que pasaba lo
dejaron porque a lo mejor la lluvia era inminente y no querían que le fuera a dar su

ataque de lombrices ahí, por el posible contagio que pudiera acarrear tal acción. El

pelaíto pidió una barra de pan francés y salió disparado sin pagarlo, ante los gritos

desesperados del gachupín, pero nadie hizo nada por detenerlo ya que el miedo a que le

diera su respectivo ataque es de los que atenazan a cualquiera, hasta que llegó a la

puerta y lo pescó un tipo que decían que era medio detective del DENI. El pelaíto que

sufría de ataques de lombrices empezó a llorar y a patalear y a implorar que no tenía

plata, que su mamá estaba en el hospital y que no tenía con qué comer, por favor, que lo

dejara, ¿no? y se formó la algarabía porque el andaluz quería que le pagara, la gente

quería que lo dejaran irse porque mientras más tiempo se quedara más posiblidades

había que empezara a llover de pronto, y el deni quería, según los indicios, llevarse al

chiquillo para la yeya, por ladrón. Mickey, ablandado, iba a embolsarle al panadero el

importe de la barra pero Bertó lo detuvo: Te van a coger de pendejo, le dijo y Miguel

devolvió la moneda al bolsilllo del pantalón, esperando a ver el desenlace del drama. Al

final, parece ser que el deni también como que se conmovió un poco y dijo que oquey,

que no se lo iba a llevar nada, pero que se fuera enseguida, antes de que escupiera y el

gargajo llegara al suelo. El pelaíto que sufría de ataques de lombrices, despavorido, se

perdió por la esquina como alma que lleva el diablo y el deni se metió la barra de pan en

el sobaco, con la más clara intención de irse. Er zeñó Fernánde le dijo que a dónde iba,

con la consternación del negocio perdido en la voz y el tipo, que todavía no se sabe si es

o no del Departamento Nacional de Investigaciones, le dijo que no interfiriera la acción

de la justicia, que el pan era el cuerpo del delito y se lo tenía que llevar como prueba.


                                                             .
carcajada, diáfana y sinvergüenza.


       Miguel y Bertó se fueron comiendo las michas hasta la playa y se sentaron en la

orilla a ver si picaba algo. Bertó todavía recordaba en voz alta la retreta de insultos que

la señora Nacha le había soltado a su hijo y sostenía, no sin lógica, que si llega a oír la

del español seguro seguro que aumenta el repertorio. Las sardinas que pescó Bertó

olían a penicilina y tuvo que reintegrarlas al mar, de mal humor y refunfuñando en

contra de la Sanidad, que permitía que tuvieran un hospital tan cerca de la playa.




pregunta estúpida.




imperiosa de preguntar estupideces.


       La señora Nacha le dijo que se echara jugo de limón a ver si le quemaba eso que

le estaba echando pus y mientras Mickey se metía en el conato de baño con el limón,

Terencio Gómez dijo que mejor llevarlo al hospital para que lo vieran, que lo más

probable era que tuviese una gono por andar por cosas de hombres. Leida, que estaba

ojeando una novela de amor en inglés que se había robado Quecha por ahí por la calle,

aguzó el oído, mandando a callar a Marianita, pobrecita, que estaba hablando a

borbotones, porque Marianita, pobrecita hablaba como burbujeando y siempre diciendo
un montón de incongruencias. Marianita, pobrecita, se quedó callada, paticurva y

verdecita, oyendo asustada, pobrecita, los alaridos que daba su hermano en el baño.




No se lo deseo a nadie.


        La señora Nacha esperó a que saliera, con el corazón en la mano, temiendo lo

peor. Le preguntó que dónde había estado, todavía afónica, y Miguel le dijo la verdad:

que había ido a la piscina y luego a la playa a pescar sardinas con Bertó.


                                                         eso te pasa por esta yendo a la

dichosa piscina: después no vengas con que no te lo dije.


        Terencio Gómez le dijo que eso pasaba por andar con mujeres y la señora Nacha

le gritó que él no veía porque no tenía ni ojos así que no metiera la cuchara, que él no

tenía vela en ese entierro, que a Cachimbo le dio fiebre amarilla por estarse bañando en

el mar y ahora Mickey se le iba a caer la masculinidad a pedazos por bañarse en una

piscina, ella qué habría hecho para merecer ese castigo, encima teniendo a Mariana,

pobrecita, así ¿verdad? y a Pachulo que era débil de carácter y a Terencio Gómez que

era un inútil.




                                                                  spués de un período de

zozobra, tratando de imaginarse las sensaciones de un hombre al que le pasa eso por

bañarse en una piscina. Lo cierto es que Mickey estuvo temblando e hipando toda la

noche, mientras Mariana trataba de consolarlo, pobrecita, borboteando vainas,

pobrecita, con esa voz tan rara, como de marciana, que le quedó después de eso que le
dio cuando era chiquita. Nadie sabía que le había dado a Marianita, pobrecita, que

pudiera haberla dejado paticurva y verdecita, como una marcianita, pero algo que debía

tener su vacuna, de verdad, porque era buena—buena la pobre y lo estuvo consolando

hasta que logró dormirse.


       Aquella noche soñó que peleaba montado en una alfombra contra dos dragones

que echaban algo así como arenilla por la nariz en lugar de fuego.




parpadeó: no lo había pensado: a veces Maribel tenía algo más que fundillo. Ahora

comprendía que su subconsciente le estaba dando la clave y no la supo interpretar.

Claro: cuando el médico le preguntó, a la mañana siguiente, si había hecho el amor (por

decirlo de la manera más fina) con alguna mujer en esa semana, se acordó de Piel, que

nadie la llamaba por su nombre y que fue la primera que le pegó una enfermedad

secreta. Pero es que no sólo era eso: es que ella fue la primera mujer que conoció

Mickey Gómez en sentido bíblico y encima le picó la víbora.




odiando a todas las mujeres.


Para que veas cómo es que son las cosas.
       Davis entró al despacho con un gesto entre sorprendido, disgustado y extrañado.

Se podría decir, siempre dentro del margen a que forzosamente está limitado un

observador indirecto, que casi no tuvo siempre material para saber si el Señor Minisitro

estaba solo cuando ya se abalanzaba sobre la puerta y, sin llamar o esperar a que lo

invitaran a pasar, penetró en la oficina, recobrando la compostura al encontrarse frente a

la mirada del doctor Gómez, que levantó en ese momento la vista de un montón de

papeles que tenía que firmar y que repasaba someramente, por encimita, para comprobar

que no estaban cambiados.         Davies avanzó, orgullosamente, como una mujer

embarazada, pensó Mike, tiró la carpeta azul, con desprecio, dedujo Míchel, encima del

escritorio y se apoyó sobre ella con los puños, con un aire de capacerdos que se le

antojó demasiado arbitrario.




de Jesucristo, en los ojos sorprendidos, disgustados, extrañados del Encargado

Interministerial para Asuntos Financieros (Yóni Samuelson, siempre haciéndose el

graciososo, le decía el Ordenanza).




carácter firme y de voluntad indiscutible, cerró la madíbula, haciendo prominencia con

los maseteros.


       No

hacia la derecha, hacia el mapa epidemiológico, lleno de tachuelas de colores como una

feria de enfermedades transmisibles, cánceres, alcoholismo, cardiopatías y trastornos

metabólicos. Sólo fue una fracción de momento: volvió a mirar al Señor Ministro, que

ahora arqueaba las cejas en tácita interrogación.
                                                          Davies a su despacho, cuando

no era su costumbre: Davies prefería pararlo a uno en el pasillo, decir lo que tenía que

decir y largarse antes de que uno dijera Esta boca es mía, dejándolo en la vergüenza

atragantada: y Davies sabía de sobra que el doctor Gómez lo sabía. La respuesta tajante

era para no perder esa autoridad, superior a casi todos los poderes burocráticos, que a

su cargo le confería.




diagonal, de refilón, manteniendo a Davies dentro de su campo visual por el rabillo del

ojo. El Ordenanza (como decía Yóni Samuelson) se incorporó y se ajustó la corbata,

como si de pronto se le hubiera aparecido Miss Universo en bragas de poliéster,

carraspeó para perder tiempo y concentrar la atención, pero Mike pasaba la vista por

encima de los papeles que tenía que firmar, para cerciorarse si de verdad eran los que

tenía que firmar y no otros.




atónito, quizá recordando que cuando empezó a trabajar andaba apoyado en muletas

vestidas de blanco, que se hacían las obedientes y eran las que le enseñaron más de la

mitad de las cosas que sabía, icluyendo algo tan raro como Ornitosis y Psitacosis.




comentó una vez Yóni Samuelson, cuando le negó dinero para construir unos gimnasios
externa gigantesca? Descom

muy buenos ojos que digamos el Anteproyecto.


       Eramos pocos y parió la abuela: esta vez fue el doctor Gómez el que apretó las

mandíbulas. ―Arriba‖, como en el espacio sideral, podía estar en cualquier sitio, no

necesariamente en la parte superior del esquema jerárquico, esquemático al fin de

cuentas. ―Arriba‖ podía ser incluso un subalterno o alguien que no perteneciera a la

escala burocrática, un limpiabotas, un sarnoso, quienfuera, con tal que tuviera en su

haber el secreto del control anímico de los funcionarios de las altas esferas. Como

siempre, volvía a chocar contra la benditapared invisible, como destellos de antimateria,

como los ojos de Terencio Gómez, contra la gente que no da la cara. Si Arriba no se

veía con agrado el Anteproyecto, que se olvidara, que no se llevaba a cabo, por más que

él quisiera, con todo y su cargo de Miembro de Número del Poder Ejecutivo: un

Ejecutivo que no ejecuta porque como lo haga se lo lleva Puta, rimaba Yóni Samuelson,

teniendo razón por una vez en su vida. Oficial. Y es que Arriba, como todo término

ambiguo, podría estar compuesto por una sola persona (Mike pensó que Davies no se

habría tomado el trabajo de mostrarle el Anteproyecto a nadie, por ejemplo) o por todo

el país, con todas las graduaciones intermedias y necesarias: si no la totalidad de la

población, por lo menos una muestra de la misma, es decir, una serie de personas que

representaran a la población total y que tomaran las decisiones por ella: democracia

representativa: muestreo aleatorio: sondeo: marketing.




años atrás, cuando todo era color de rosa.

                                                                                   estoy

ocupado:
femeninamente metálica asintió, con la dulzura de una telefonista que da la hora.

Davies se arremangó un poco los pantalones grises para que no se le ajaran y se sentó en

una silla acolchada, desabrochándose el saco gris spórt. Miguel giró el sillón hacia la



la creación de los Centros Aglutinados?


                                             allá arriba dicen que con los dispensarios

está bien, opinión que comparto, y si me permite…


                                                    para eso era que estaba, ¿no?


          me parece que sería un tant

complicado             eso es, la creación de Centros Aglutinados, sobre todo en lugares

tan poco rentables como los que usted propone. Mantener un Centro de esos costaría

infinitamente más que mantener los dispensarios: además, tendrían que trabajar todo el

día y toda la noche, ¿no?




¿Ve usted? En los dispensarios los médicos llegan cuando les da la real gana y así,

aunque se pague el mismo sueldo, por lo menos se gasta menos en medicinas y demás

teatro.




había opción: Fefo no se iba a poner a estarle negando razón así por así, sobre todo

porque comprendía que a Mike no le gustaba hacer gastos superfluos.


La verdad es que el ministerio de Razonamientos Económicos no se ha pronunciado al

respecto. Ni tiene por qué: esto es asunto de Finanzas, no de Economía Racional.
                                                                                endida y

sintió unas ganas momentáneas, incoercibles, de sacarlo de ahí a patadas, pero se

contuvo, poniendo en marcha todo el engranaje de su sistema neurovegetativo en

custiones de represión de impulsos. En otra ocación hubiera reventado a hipar, pero no

había tu tía desde la operación de Yamtovani con la tijerita especial para

necromicrones.    ¡Y    eso   que   hasta   había   intentado   hipar   voluntariamente!

Definitivamente, no viajaría en torno al orbe por cuenta del Psiquiatra, no.


       No podemos pedir más préstam



funcionan a la perfección.


       Pero para organizar la pelea entre Guantedehierro y Kid Kachuléi si se puede,

                   ncor como que asomó a su boca, pensó, volviéndose a poner bajo

control neurovegetativo: no le iba a volver a pasar como cuando fue a ver a Don

Saturnino, que rompió a sudar como si tuviera malaria.




La entonación hizo que Míchel pensara que la había inventado él. Pero es que hay

gente capaz de sentirse orgullosa por las ideas de otro, hubiera dicho Terencio Gómez.


                                                                  allá abajo caminaba la



Aglutinados.


                                                                               ¿Y tú que

alternativa tenías, Mickey Gómez? Así, de súbito, te parecía que el mundo ahora se te

hubiera puesto patas arriba y que tuvieras que sostenerlo con las palmas abiertas, para
que no se te cayera encima o para no caerse él, por lo menos no lo supo en ese

momento. Se miró las manos, con un gesto de impotencia que no pasó desapercibido a

Davies. Este cambió entonces el tono autosuficiente por otro más bajo, más cordial y



arreglar.


                                                            a no sabía ni qué pensar, con




                                                                        pensó que crear un

Centro Internacional de Trasplantes, una especie de Banco Mundial de Órganos, era una

idea genial. Además, sería el primero de Américalatina y tendríamos clientes por

montones, ¡no cree que es muy buena idea?


                                   y Gómez: allá abajo seguía moviéndose la gente,




                                                                  La idea es aumentar la

entrada de divisas, con vista a un futuro próximo.


                                                                          Eso era lo que le

molestaba siempre, esa dichosa anbigüedad reaccional.


                                                               n pie.


Que si va a haber plata para combatir la Fiebre Amarilla.
                            si en Panamá no hay Fiebre Amarilla desde cuando la

construcción del canal.


                 o Miguel tranquilamente, extrayendo un folder de debajo del pocotón

de papeles que tenía que firmar, recordando quizá que su hermano Cachimbo tuvo

fiebre amarilla y eso fue mucho después de cuando lo del canal. Abrió la carpeta y

mostró los partes de Declaración de Estado Sanitario: un bloque más grueso que lo que

va de la novela, que no había sido enviado a la Oficina Panamericana por órdenes

estrictas que venían de Arriba y que habían sido devueltos del correo con el sello de NO

                             ra poco, los mosquitos no sólo resisten a los insecticidas

usuales sino que incluso engordan con ellos.


       Davies sonrió casi infantil, tristemente, volviéndose a sentar:


                                                                         usted mismo lo

sabe: una partida para eso sería sospechoso, ¿no le parece? ¿Qué iban a pensar? : que

nos estamos robando la plata, ni más ni menos.




Davies terminara de reír moviendo la cabeza como                                   Aquí




unos checoeslovacos de un insecticida más eficaz todavía.


¿Y si los mosquitos son resistentes también éste?


No lo son: está comprobado.
traía bien aprendida la lección.


Hasta ahora no lo han hecho.


Pero potencialmente, pueden crearla, ¿no?




charco:                            lo que no quiero es darles el chance de que se hagan

resistentes.


          Davies pareció pensar. Empezó a morderse la uña del pulgar izquierdo con el

entrecejo fruncido. Luego pareció quemar el último cartucho, con aire triunfal, como si

diera un jaque mate:




                                                Porque no vamos a andar matando aquí en

Panamá todos los mosquitos del mundo.


          Miguel no se volvió: lo que hizo, más bien, fue girar sobre sus talones y quedar

mirando hacia la calle: las hormigas seguían alllí, moviéndose, atropellándose, como

gente.




mosquitos? Vamos a ver,




                                           Mickey Gómez levantó la vis        tres cuartas

                                                                                hormigas
                           Entonces resulta que para la cantidad de gente que vive en el

monte no vale la pena estarse gastando tanta plata. Adem

lejos (por lo menos eso fue lo que creyó): estaba empezando a llover, y las arrieras se



ese insecticida es tan bueno como dice, a lo

                                                              Davies se traía la lección



Arancelaria, a lo mejor esta vez hasta nos deja sin cocorrones y no habrá forma de



los talones al poco de hormigas que se movían como gente, atropellándose: el doctor

Gómez estaba ya definitivamente más cerca de la lluvia que de las palabras



nuestra verde campiña interiorana, perderá por lo menos la mitad de su encanto, ¿no le



olvidaba que usted es de Colón, así se entiende.


       Zumbó el intercomunicador, y antes de que el Excelentísimo señor Ministro de

Sanidad, doctor Miguel Gómez MD, llegara a tocarlo siquiera, entró Carolina (dai dai)

con su aire de maestra—cuarentona—que—lo—sabe—todo y el eterno cartapacio

aplastado contra la pechuga de espuma, carnosa y palpitante. Entró repiqueteando los

tacones y jadeando con la boca abierta, dejando traslucir un dintecito de oro y la

oquedad de una muela evanescente.
realmente malhumorado: es más: se cargaba una emputazón mayúscula. Davies se

encogió de hombros, como explicando que no sabía en realidad qué era lo que pasaba.




como si acabara de liberarse de los ligamentos cardinales de Mackenrodt.


                                              más o menos vagamente, intuía de qué se

trataba, pero algo había que preguntar, ¿no? Carolina (dai dai) era bien histérica, de

acuerdo, pero estaba buena, ¿no? y eso es lo que cuenta: era, por lo menos, un

atenuante.


Que míster Járrinton, el de la


         Sí,

          que no puede venir.




marco de carey en forma de ojos de gato.


Es parte de mi oficio.


         Ac

jadeando y mirando de reojo a Davies, buscando su aprobación, a lo mejor y hasta le

subían el sueldo por eficiente y tal, uno nunca sabe. Hizo una pausa para tragar saliva y

de pas

jefe le prescribió reposo en cama por diez días y parece ser que entonces va a venir,

pero no es seguro porque a lo mejor lo que tiene es una fiebre de las trincheras que al

parecer se cogió en Saigón cuando lo de la evacuación aquella famosa así que tratemos
que lo dijo todo.


                                             Tenía razón Maribel, a nadie le importaba un

pepino atajar una epidemia de cólera mientras no se metiera con sus intereses. Y en eso

caía hasta la Oficina Panamericana. En USA tenía que estar. ¡Qué intereses por encima

de la salud podía tener una organizaión sanitaria? A lo mejor era verdad y           no,

¿cómo iba a enterarse Don Saturnino de que a Mr. Harrington MD le iba a dar faringitis

al día siguiente? Fiebre de las trincheras          cuando lo de Saigón. Desde que se

inventaron las excusas todo el mundo queda bien o por lo menos lo intenta: si queda

mal no es por falta de ganas no. Davies miró a Carolina (dai dai) de arriba abajo y de

abajo arriba cuando salió contoneándose más de la cuenta y haciendo sonar los tacones

con excesivo repiqueteo. Hizo con la cabeza un gesto de aprobación.


Está buena la gordita.


                                                      ¿Le pegaba o no le pegaba su

telefonazo a Noni? Allá ella después con Fefo, Marcela estaría contenta de que no

estuviera en la Capital: así se la pasaría en grande con            ¿quién sería? todo el

fin de semana.


         Entonces

hacer.


                                                      or separado (na—da—de—na—da)

                                                                                      Lo

de los trasplantes,      a lo mejor se puede hacer algo.
                                                                    Magdalena miró al

doctor Gómez con lástima, cuando fue a cerrar la puerta, ahí, mirándose las manos,

¿qué podría andar buscando?




representación de las mil y una noches, con sus días, con sus horas, con sus segundos de

terrorífico cataclismo erótico.




algo, por hacerla hablar para oirle la voz, para saber que no estaba solo, que había

alguien ahí, alguien que pudiera divertirse un fin de semana sin preocupaciones sobre

cómo atajar la cagadera monumental en la que se hallaba sumida la Patria Tan Pequeña

Tendida Sobre Un Istmo.


                                                                     Ella torció la boca,

enrollando l           no, no tengo nada que hacer, ¿por?




una isla turística, por ejemplo) en cualquier momento: todo era cuestión de que el señor

ministro (¿podría ya empezar a llamarlo Miguelito?) ordenara sus asuntos, hiciera un

hueco entre tanto compromiso, la llamara y ella cogiera sus enseres más personales

(bikinis, píldoras antibeibi, cepillo de dientes, kótex, ¡oh, no!), pero volvió sobre sus

pasos y abrió azorada: el doctor Gómez hojeaba sin ganas los papeles que tenía que

firmar.                    ¿Sí?
viene un tío mío del interior, ¿sabe? Y como sólo viene una vez al mes.


El aire de libidinosa humildad, de chiquilla de puebLo, que envolvió a sus palabras,

arrancó una franca carcajada de Miguel Gómez.


Pierda cuidado.


Si no le molesta la semana de más arriba…




que no tenía por qué molestarle algo tan abstracto como es una semana, con sus días,

sus horas, sus minutos, sus segundos de terrible tiempo doliente. Había que aprender a

oír el silencio, como Terencio Gómez, para calibrar el tiempo en su justa medida. Y la

pelá ésta, pobrecita, estaba buena, de acuerdo, todas las secretarias están buenas, se

había creído que    y como venía un tío suyo del interior pues     bendito tío, que hace

suspirar de alivio a más de cuatro mujeres que andan por ahí en travesuras, que lo

sacaba a él del lío en que se estaba metiendo y que le daba a ella una semana más para

que soñara con ser la querida de un ministro. Empezó a firmar los papeles, uno a uno,

despacio, con rabia, ¿llamaba o no llamaba a la estupidilla obscena de Noni? ¿o a la

fundillona, esquiva y despectiva Maribel? ¿o intentaba resolver con la indiferencia de

Chela un problema que ya se prolongaba por demasiado tiempo? ¿qué alternativa tenías

Mickey Gómez? Así, de sopetón, te parece que todo se ha puesto al revés, patas pa

arriba, y que tienes que sostenerlo con las palmas abiertas. Todo te lo ponían (hoy por

lo menos) peor que caminar con las manos sobre un monte recién quemado ¿qué hago

yo aquí? te preguntas y te levantas de un polpe, miras los papeles, quedaba uno: lo

firmó con desgana y cogiendo su maletín de ejecutvio salió de la oficina. Magdalena lo
vio irse cuando volvía del baño, de empolvarse la nariz, ansiando ya en lo profundo de

su endometrio que Miguelito le dictara los comunicados, las cartas y los decretos—

leyes sobre las rodillas, como en las películas gringas.


Le hicieron campo entre murmullos cuando cogió el ascensor, con la mirada fija

clavada en el vacío, encogiendo los ojos para no parecer bobalicón entre las hormigas

que se estaban moviendo, pululando como gente en la calle y que lo dejaron pasar

cuando se dirigía a la limousine sin determinar al chofer, que le sostenía deferente la

portezuela.


A casa, Andrés.


Zí, zeñor.


Y después te coges el resto del día para ti.


Grazia, zeñor.


       El policía detuvo el tráfico un instante para dejar pasar el automóvil ministerial.

Dos manzanas más atrás, un bus tuvo que frenar bruscamente, era un palmo de terreno,

tragándose a un pelao que venía en una moto hablando con dos fulitas que iban en un

convertible celeste y que murió en le acto. Andrés maniobró hábilmente (Miguel

recordó a Chucunaque, desaparecido en circunstancias extrañas) y el policía saludó

marcialmente cuando la limousine pasó frente a él. Un momento más tarde, no quedaba

ni rastro del automóvil y la gente seguía insistiendo en moverse como hormigas (y

viceversa), con una prisa absurda, como si fuera la ciudad la que se estuviera alejando a

cada paso. El aparato de radio seguía prendido con su salsa del caribe y sus timbales y
sus maracas y sus güiros a diestra y siniestra, como ratificando la analogía política entre

Panamá y Puerto Rico.




de Andrés ya sonaba a portorriqueño.


¿De mí?


Sí, zeñol, dusté.


¿Y qué dijeron, pues?


Que ujté ej el jébi e tó etos pledios, que glazia a ujté y su labol po la Patlia, que ya no

tenemoj ni fieble amajilla ni la cólera éza de anatej.


       Miguel parpadeó, incrédulo, pensando en que Tiompkins ya se estaba pasando

de la raya con la propaganda: no era eso lo que le había ordenado, pero qué más daba:

las órdenes en este país no las dá quien parece ni quien debe, sino quien puede.


¿Y tú qué opinas?


De la cólera no zé, pero jay argo maj claro quel agua.


¿Qué, pues?


Qué Guanteyerro le va a dal una nudera a Kij Kachucléi pa enzeñale quién ej en ehte

mundo de Diój.


       Y mientras el sol tropical secaba los pocos vestigios de una nube de lluvia, la

salsa continuaba prendida en yerba a través del receptor de radio. Los mariguaneros

desnaturalizados poltojiqueños metían ritmo a tutiplén, a marcha forzada, como un
émbolo. Un día de éstos, Guantedehierro le caería a guantazos a Kid Kachuckléi entre

rugidos de la multitud alucinada: entre hámsters que habrían sido sacrificados sin

saberlo para que este combate se llevara a cabo. Elemental, mi querido Gómez, se dijo

un ministro que, haciendo caso omiso del protocolo adecuado al momento, empezó a

llevar el compás de la música con un pie y a tamborilear con los dedos (percusión)

sobre el maletín negro ejecutivo.
      ―la viste crecer


       y siempre lo hacía


      parece que cuando


      cesó su crecimiento


      dejaste de ver‖


(R. Fernández Iglesias: Canciones Retorcidas)
¿Jelou?

¿Alis?


¿Yes?


Aquí Tata


¡Guau! Lon táim dont si yu, mai dier


Sí, desde aquella vez


Oh, esquiús mi, Al guás auo of mai máin dát dei mai children             its a náis ting to

jier yur vois


No te pongas tan eufórica, mija, que lo que traigo son malas noticias,


¿Yes?


Supiste que Maribel se mató, ¿no?


¡¿Qué Maribel?!


La del fundillo de chomba, ¿quién va a ser?


¡No!


Si, mija, como lo oyes


Pero si yo la ví ayer y andaba tan campante por ahí


La vaina fue anoche


¿Y cómo hizo?
Se tiró del puende te las Américas


¡No!


Que sí, mija


Bot dáts térribil ¿y por qué?


Y yo que sé. Lo cierto es que andaba como tú dices, tan campante por ahí con su

nalgón y de pronto, de una manera harto extraña, va y Chumbulún, al canal.


¡Pobrecita!           Tan buena que era


Después de muerto todo el mundo es bueno


El papá de Chela no


Bueno          eso también es verdad


Pero Maribel siempre me pareció un pelá cuerda, equilibrada, náis, ¡pobrecita!


No te me pongas ahora trágica


¿Pero por qué?      Tan jovencita y tan simpática y con tanta plata…


Es que el dinero no da la felicidad


¿Qué no?           Lo que le pasaría a Maribel es algo que no tiene nada que ver con

plata. Algo, este, jóu yu cálit, sicológico.


Por eso te digo,


No. Ai sei que si fuera algo que se pudiera curar, ella ya se habría curado.
¿Y tú qué sabes lo que le pasaba?


Yo por lo menos sé que cuando alguien se pincha es porque tiene algún problema.


Ah         ¿Maribel se pinchaba?


A lo mejor por eso era que andaba con un médico, la pobre.


No solo con un médico, sino con todo un señor ministro de sanidad


Bueno lo mismo da chicha que limonada, ¿no?


Claro         claro


¿Y cuándo es el entierro?


¿Qué entierro?


¿Qué entierro va a ser?


Ah, ¿es que tú te crees que alguien la va a a encontrar en el fondo del mar?


¿Entonces cómo sabes que fue que fue ella la que se tiró?


Unos testigos que venían de San Carlos la vieron cuando salió del carro, se subió en la

baranda y se tiró. Dicen que trataron de pararla pero no les dio tiempo.


Sigo sin saber si era ella.


Uno de los tipos dijo que tenía un pantalón de cuadros y que tenía menso baksáid. Otro

dijo que sólo sabe que era una guial medio fulita con tremendo fuás y el otro fue más

gráfico, si se puede,
¿Qué fue lo que dijo?


Qué tenía un fundillo del tamaño de una pirámide.


Entonces sí era Maribel, pobrecita, Dios la tenga en su gloria.


Oquey, pues: sólo te llamaba para eso


Sénquiu Tata, ha sido un buen detalle.


Adiós, pues


Ah      oye:


Díme


¿Seguimos siendo amigas después de lo del otro día?


Naturalmente, mani,


Adiós, entonces


Adiós


Gúdbai


¡Click!


¡Click!


          Con la voz descarnada, Marcela se sentó en un sillón, recostándose, como

cansada:
¿Para qué es que me llamas?


       Supe que tiene un                                        no le aparecía el hipo ni

en los momentos más difíciles.


       Marcela ni se inmutó. Al verla así, tan indiferente, uno pensaría que estaba

esperando la llamada a capítulo. Se inclinó hacia delante y extrajo un cigarrillo del

paquete que estaba sobre la mesita de cristal.


Estamos en paz, ¿no?


       Mike estaba sentado en otro sillón, también transparente, lleno de aire, con un

vaso en la mano conteniendo un líquido ambarino. Marcela encendió el cigarrillo,

tranquilamente, aspiró, echó el humo en horizontal y se encaró con su marido,

arrastrando un brillo apagado, opaco, en sus ojos verdes. Mike torció la boca, como

escarbándose los dientes con la lengua.


Me interesa saber quién es.




por cierto de aquella estela de juventud que exhalaba cuando la conoció, hacía ya la pila

de años, encaramados uno tras otro hasta convertirse en una pirámide de siglos.


Sólo quiero saber quién es?


                                                                  spiró una bocanada de

                                                 Dáte cuenta que nosotros es como si no

viviéramos juntos.
       Mike bebió un sorbo del vaso: más bien se humedeció los labios, por hacer

algo. Ahí la atenía enfrente: tanto que iba a hacer y a decir se había quedado en nada,

tropezando con la frialdad de Marcela Ruíz Goytía—Ulibarriaga Orándazu del Morral,

su mujer.


Tú sabes que no es culpa mía.




sillón lleno




venía de su media naranja.


Una cerveza, si no te molesta.


No me molesta.


Bien fría, gracias.


       Mike se levantó y caminó hasta la barra que ocupaba una esquina. Buscó un

instante en la nevera y se incorporó.




Dame una soda, entonces.




se jodió y no sabemos qué es.
originalmente.


Si tú no hubieras comenzado a andar con otras mujeres las cosas a lo mejor hubieran

sido de otra manera.


¿Por qué?




                                                                      iente, que tu erotismo

precisaba más variedad, y preñaste a la tipa loca esa del diario,


Ey,




ese momento) por la autoridad que imprimió Chela a la orden, ahí, pálida: no le

recordaba ese aplomo: a lo mejor es que nunca había reparado en ello: a lo mejor

Terencio Gómez hasta tenía razón y Marcela fue sólo un hueco que lo llevó a un

                            déjame seguir.


Sigue, pues.


Después, vas y te enrollas con Maribel,


Ey,




escuchar todo lo que su mujer tuviera que decirle. Sólo escuchar, de acuerdo, no era

                                                                    comprendo que estuviese
                                                                                        ó un



hizo un gesto como de romper a hablar, pero Marcela le dijo que esperara extendiendo




juntas, porque entonces todavía había noches en las que

decirlo de la manera más fina, Chela pensó que había dicho una ob                    Ahora,

bien, a partir de este asunto del cólera, en que sé positivamente que te la pasaste casi



                                                                 equivoco, regularmente has

tenido tres mujeres, como un árabe. A lo mejor yo no era capaz de satisfacerte o sólo

era un medio para que tú consiguieras lo que andabas buscando: plata, respeto, fama,

quéséyó.                                               extender la palma, como pidiendo



hacerse más descarnada todavía y Miguel sintió hasta ternura en el coctel de

sentimientos que lo ataban al sillón transparente lleno              y eso fue lo que pasó.

Después de diez meses de no saber lo que era un hombre, porque tú llegaste hasta el

extremo de ser hombre por todos los sitios menos en tu cama, me cayó la primera

proposición y la acepté.                                la colilla del cigarrillo en el fondo

               ¿qué querías que hiciera? ¿qué me estuviera bien cerradita de piernas

mientras tú andabas por ahí regando lo que era fundamentalmente mío? Y por derecho



porque si tú eres algo, me lo debes a mí, que no se te olvide.
Y a mí.


         De acuerdo, no te voy a negar que el médico eres tú, a costa de la terquedad de

mi viejo, ni te voy a negar que el ministro eres tú, casi por tus propias virtudes: un tipo

con tanto título algún puesto tenía que obtener, por lo menos.



aquel día, ¿te acuerdas? no llego a decirte que sí salía cont—igo. Y si me apuras ,



                                                                      caminando con las

manos, si es que no andarías gatiando por ahí, esperando la patada en el culo. Pero

aparecí yo y ¿tú qué alternativa tenías, Mickey Gómez? Una de dos y aprovechaste la

mejor. ¿Y para qué? ¿para que luego me salgas hecho un semental mientras que yo me

quedo aquí, pudriéndome en vida? ¿tú crees que eso es plan? ¿tú crees que eso es

justo?


         A Miguel le temblaba la barbilla: para que no lo volviera a interrumpir, empezó

a hablar atropelladamente. Chela no se quedó atrás y replicaba con la misma agilidad

verbal, de forma que si en ese momento tuviéramos una grabadora, la conversación se

nos hubiera planteado más o menos en estos términos:


MIKE: Date cuenta que yo soy un varón.


CHELA: ¿y?


MIKE: Si una mujer se me brinda yo no voy a desperdiciar la ocasión.

CHELA: Exacto. Lo comprendo perfectamente. Pero yo soy una mujer y si un hombre

se me brinda tampoco voy a desperdiciar la ocasión.
MIKE: Es diferente.


CHELA: ¿En qué?


MIKE: Yo soy un hombre.


CHELA: ¿Y?


MIKE: Las mujeres siempre tienen quien les caiga, sobre todo si están buenas,


CHELA: gracias


MIKE: pero nosotros tenemos que ir tras el ganado. Como ves, el asunto es distinto.


CHELA: Oquey, pero por tres mujeres tú, yo sólo he tenido un hombre y esporádico.

Creo que así se equilibra la balanza, ¿no?


MIKE: pero una de esas tres mujeres eres tú.


CHELA: Rectifico entonces, dos por uno, ¿estamos?


MIKE: ¿Quién es?

CHELA: ¿de verdad quieres saberlo?


MIKE: Sí.


CHELA: Te garantizo que no te va a gustar.


MIKE: Ah encima eso

CHELA: Oye, no me vendrás ahora conque te tienen que gustar mis amantes, ¿no?


MIKE: ¿Quién es?
CHELA: Bebi.


Miguel volvió a sentarse en el sillón transparente lleno de aire abatido:

Me lo suponía.


¿Ya? ¿Contento?


Y eso que durante todo este tiempo hemos andado como uña y carne. Incluso hasta le

iba a dar un puestazo y todo.


No te preocupes.


No: no me preocupo.


Te digo esto porque, no sé si mañana o pasado, lo van a nombrar en tu puesto.


¡¿QUÉ!?


Idea de Yamtovani          ya sabes la sabiduría en pasta.


                                                         hay que fastidiarse.




                                                         ba, no sé, hacer qué, en fin, que

volvieras a ser mi marido. Sé que es una chiquillada, pero eso fue lo que hice.




terminó el trago y se levantó.


Tú eres médico, ¿o es que se te olvidó la profesión de la noche a la mañana?
sirviéndose más güisqui. Marcela soltó una carcajada: falsa, de acuerdo, pero la soltó,

que es lo que cuenta:


No, mijito, qué va. Es pura coincidencia, porque la verdad es que yo le tengo alergia a

ese puesto.


O sea,


Que en cuanto Bebi lo acepte,         adiós.


Y a buscarte otro           amante


Todo depende.


¿De qué?


                                                            a lo mejor depende de si tengo
o no marido.

¿Y si no lo tienes?


Te aseguro que el próximo no será médico, pero a ti te quitan la licencia para ejercer y

te levantan expediente        carta negra y todo, fíjate.


¿Chantaje?


Alternativa.


Supón que Bebi no acepta.


¿Qué cosa? ¿el cargo?
Sí.


De que lo acepta, lo acepta: te lo garantizo yo.


Eres una víbora.


                                                                             Ahora, que en

cuanto suba Bebi y caigas tú, veremos qué es lo que haces.


Supón que no quiera retirarme la licencia.




                                  ya tengo la carta firmada por Bebi en donde se te

destituye hasta la camiseta.




entretener su desconcierto. Pero Yamtovani, la sabiduría en pasta, le había estropeado

hasta ese mecanismo reflejo de autoprotección.


A máquina, con un papel de los tuyos, un día de esos que andabas perdido con tus

hetairas.




externo de que algo se le resquebrajaba por ahí dentro, pero no podría precisar qué ni

dónde.


Para que veas lo que hacen un par de caricias en su momento justo.


¿Y por qué no lo hiciste antes?
Marcela lo miró divertida. Dejó el cigarrillo en un cenicero y avanzó hasta plantarse

frente a él, desafiante.


                                        cuando una mujer quiere algo, lo consigue.

Antes, por aquello de la novedad, Bebi me caía bien, hasta me gustaba, fíjate, pero

luego me aburrí de él: te sigo prefiriendo a ti, para que veas.


                                                                          ro lo cierto es

que tenía unas ganas escalofriantes de romperle la vida a su mujer.




Bebi, el pobre, es un santo, dentro de lo que cabe, claro: es de los que sólo siguen la

ruta ya trazada, ¿me explico?


Te entiendo.


                                                  Tú me acostumbraste a todas esas

cosas. Ahora, que si tú no quieres seguir conmigo, nada me cuesta buscarme otros,

como tu amada inmóvil como Maribel.




                           ya más nunca va a poder hacer nada.




                                                                       ció la expresión de

                                  Creí que lo sabías.
              ?                                                 Marcela le puso las

manos en los hombros, exactamente igual a como él se las había puesto aquella vez del

partido de basketból que terminó a puñete limpio.


Déjate de chiquilladas y sientáte.




                                                                    Por cierto, casi la

matas tú de la palera que le diste.


Ella quería que la matara yo…




especial en la voz de Marcela: la frase le salió tan llana que uno pensaría que no

                              Total, para una persona con sus aficiones, poco se pierde,

la verdad.




penetrara en el negro de sus abismos, sólo conocía a Maribel de una manera superficial,

como petróleo en un charco de agua oxigenada.


                                        y eso que eres harto habilidoso.


¿Qué era lo que hacía?




                                                              en el carro, le hacían el
                            No era una frase muy ingeniosa, de acuerdo, pero ¿qué más

podría decir si iba de sorpresa en sorpresa como un mono de rama en rama?




                                 Pero no te me pongas así ahora, que no vas a resucitarla.


¿Cómo


Se tiró del Puente de las Américas, para que veas lo patriota que era: al canal, ni más ni

menos.




flotar en el aire una especie de sonido azul, como el vaho de Terencio Gómez.


                                       Te decía eso: o vuelves conmigo o tendrás que

buscar otra cosa, meterte a contrabandista o soplador de vidrio o irte del país, en la

Medicina no levantas cabeza más nunca.                                               lo

peor es que tendré que andar por ahí viendo a ver quién me levanto. La verdad es que

es un poco ¿cómo se dice? un poco pendejo            ¿no te parece?




Es la vida, hijo, ¿qué tú quieres que yo haga, beibi?


                                etrás de su sonrisa: esa no era su Marcela, se la habían

cambiado, pensó.


                                           Miguel bajó la vista:
                                                              Marcela rodeó el cuello

con los blancos brazos, ahí, pálida, y se enroscó a él como una serpiente:


Amorcito, tengo unas ganas locas de hacer el amor contigo, aquí, en la sala, ven, apaga

la luz, ven, cariño, verás como nadie te quiere igual que yo, acércate más, bésame,

apaga la luz, acaríciame, aquí, sí, ahí, oh, cómo me gustas, ay, no me hagas cosquillas,

espera, deja que me quite esto que estorba, ven, soy tuya, amorcito, toda tuya, cariño,

mi cuhci—cuchi, no sabes lo feliz que te voy a hacer, ¿ves? un golpe, dos golpes, tres

golpes, todo lo que quieras, mi amor, mi rey, soy tuya, de nadie más, a nadie he querido

más que a ti, siempre te querré, no me engañes nunca amor, te seré fiel toda la vida,

abrázame, quiéreme, ámame, bésame, bésame,

bésame………………………………………..
………………………………………..

                    ―también es seguro que todo habría


                    andado mejor si en aquel tiempo


                    Alicia y yo nos hubiéramos visto,


                    si Miguel no hubiera tomado la


                    única decisión de su vida. Pero,


                    ¿quién de nosostros juzga a quién?‖

                    (Mario Benedetti: Quién de nosotros)
          ¿Qué tontería era esa de pensar que cada año que moría era como una vida que

se iba?


          Maribel hizo moverse al Chrysler, esta vez sin gastarse los tres dólares de ruedas

que la caracterizaban en el arranque, despacio, como no queriendo hacerlo, ante la

expresión atónita del señor Vigil, que, desde su despacho, oyó sólo un leve runruneo del

motor, no el chillido de las llantas al girar sobre sí mismas antes de salir despepitadas

hacia quién sabe dónde. Total, qué mas, daba, mejor aún sino gastaba los cauchos. En

eso sólo pensaba, se dijo al coger la primera curva: papi no podía dejar de pensar en

plata: papi era un marxista capitalista, un socialista defensor de la propiedad privada,

un comunista agringado: papi era un Revolucionario Auténtico en versión panameña.

Eso se notaba a la legua: nadie se había preocupado (?) de nacionalizar la fábrica de

pinolillo: nadie tocaba para nada el bolsillo de Clodoveo Vigil Ansola: a nadie le

importaba la vida privada de Maribel, siempre con pantalones a cuadros y blusa

transparente sin sujetador, mirando descaradamente pero de arriba abajo, desafiando al

mundo con sus corozos rosados erguidos como obeliscos: eso era lo bueno, que nadie

se atreviera a decir nada de tus hábitos morales sin ser tachado de contrarevolucionario:

eso era lo malo: que pudieras hacer lo que te apeteciera sin que nadie se ocupara (ya no

―pre—ocupara‖ ni siquiera ―post—ocupara‖, sino simplemente ―ocupara‖) de tus

correrías. Podías hacerlo todo y todo estaba en su sitio, incluso lo que a otros no se les

permitiría. Y no sólo por el hecho de jalarte tremendas caderas, casi increíbles, sino

porque más que tus exuberancias pélvicas pesaban los bolsillos y la cuenta no tan

corriente de Don Clodo, dueño de una fábrica de pinolillo y una de las fuerzas

realmente vivas del país. Tu vida fue esa siempre: abrir la mano y tener: decir Yo

quiero y tener: pestañear, mover la melena castaña como cascada de caoba y tener:
desparramar donde fuera el trasero disneizante y tener: abrir la portezuela del Chrysler

y tener: otra cosa que no podías hacer: sólo tener.


       ¿Qué otra alternativa tenías, Maribel Vigil?


       El año iba a morir al cabo de un año de vida: mortinatalidad elevada a nivel

cosmológico. Era un buen momento, ¿no? El día de los Santos Inocentes la vimos

coger la ruta de la playa, como siempre, pero esta vez sola, extrañamente sola, con ese

aire de soledad idescifrable, de distanciamiento irreal, con esa expresión que no se

podría catalogar de alucinada pero que era algo por el estilo. La noche se le venía

encima y encendió los fanales. Era muy temprano todavía, pero en cualquier momento

su acción sería ya tempestiva, todo, todo era cuestión de esperar ¿qué? ¿Qué más

daba? ¿Qué tontería era esa de pensar que cada año que se iba era como una vida que

moría? Solo cambia el calendario, ¿no es verdad? Detuvo el Chrysler porque adelantar

dos metros más era meterse en el Pacífico, que hoy estaba bajo. Estúpido Pacífico.

Encendió un cigarrillo y bajo un par de centímetros la ventanilla para que se escapara el

humo: ¿para qué fumar, entonces? Era una estupidez como cualquier otra rutina, ir al

baño, por ejemplo, pero con menos posibilidades de elevación espiritual. En el baño se

encuentra uno consigo mismo, son su propio cuerpo, con su propia desnudez, con su

propia soledad, puede pensar de sí mismo lo que le plazca, no hay barreras impuestas

por la moda que enmascaren tu personalidad: incluso cuando te echas el agua estás

despojándote hasta del ambiente, que corre hacia el desagüe y se pierde mezclándose

con los humores mugrientos de otro pocotón de gente: eres nueva, Maribel, estás nueva

cuando sales del baño: te contaminas con tu ropa y entonces dejas de ser Maribel Vigil,

la que tú conoces, para ser Maribel Vigil, la que conoce todo el mundo. Y cuando estás

sobre la madera agujereada, presionando el vientre plano con el lunar junto al ombligo
sobre las caderas imponentes, estás más contigo que nunca, porque nadie se encuentra a

sí mismo mejor que cuando está en el inodoro, te dijo Míchel que decía su viejo, a quien

te hubiera gustado conocer, tal ves por ese placer morboso que te impele hacia abajo,

hacia lo grotesco, lo desagradable, lo inconcebible. No lo niegues, en el fondo el mismo

Míchel te atrae porque encuentras en él todavía algo de lo que siempre te llama:

vulgaridad, desparpajo, rambulería popular, aunque sólo sea cuando te adueñas de él, lo

conviertes en parte tuya, lo asimilas, aunque sólo sea entonces.


       Tres días y Yóni Samuelson empezaría a decir El Año Pasado refiriéndose a

sucesos de hacía un par de minutos. Echó la colilla por la ventanilla y retrocedió el

Chrysler hasta la trocha, giró y enfiló por la carretera. Y después, otra vez lo mismo,

nada nuevo, salvo el Año Feliz añonuevo a todo el mundo, un par de días y ya nadie se

acordaría de que estaban en otro año: todo el mundo de vuelta a sus propios problemas

a sus propias frustraciones, que venían a ser lo mismo.


       ¿Y tú que alternativa tenías, Maribel Vigil? Ninguna, lo sabes de sobra. Hoy,

girar, mañana, girar, pasado, girar, tal vez la ligera chupata, el beber más de la cuenta, el

coquetear con unos y con otros para mantener la reputación de frívola, ante la mirada

dura de Míchel y la expresión burlesca de Chela, sólo por guardar las apariencias: debe

ser frívola, que para eso eres soltera, aunque tus ¿galanes? te persigan no sólo para

apoderarse de tus caderas imponentes sino para picar a sus respectivas costillas con

relación a su pretendida virilidad. Y tú sabes que no va a pasar nada, pero al día

siguiente mil mujeres te maldecirán, porque si tienes que hacer el amor (por decirlo de

la manera más fina) vas a irte a los barrios bajos a buscar un macho, que no huela a

grajo, que eso no lo toleras, y encima le vas a pagar para que se encarame en tus andes

tórridos, con todo y que Míchel se enfade, pero si no es él siempre que deje el chance a
otros, ¿no? Sabes que si pudieras le serías fiel pero no puedes, aunque no estás segura

si es porque él te engaña acostándose con su mujer (aunque él diga que no) o si es

porque no puedes pertenecer a ningún cuerpo cavarnoso en particular. Lo cierto es que,

bueno, para qué estarse metiendo en metafísicas eróticas, ¿verdad? Maribel conoció a

Miguel Gómez MD antes de que se casara con Chela, aunque ya ella lo tenía amarrado

con la energía de sus coxales. Por lo menos en ese entonces. Lo conoció en un

quinceaños, cuando él estaba recién graduado y recién llegado, en el quinceaños de una

prima cursi de Pikuki Fernández y él, como medio novio oficial de Marcela, no podía

faltar y no faltó.


        A primera vista, Don Clodoveo Vigil Ansola, que ocupaba una mesa contigua

con un poco de gente de plata, le pareció conocido, pero no recordó de qué: sólo le

resultó conocido: le sonaba su cara. Era una de esas sensaciones tan comunes con el

carnicero o con un barténder cualquiera, que lo ve uno en la calle y tarda en asociar su

imagen con el oficio. El señor Ruiz lo presentaba como su futuro yerno, pero en su

fuero interno estaba viendo cómo era que podía deshacerse de ese muchacho que tenía

medio loca a Chelita y que, como si fuera poco, le daba guate a tutiplén. Pero como la

cortesía exige más de una sonrisa fingida, el señor Ruiz Goytía—Ulibarriaga tenía a

veces que gastarle bromas y todo. Mike supuso que no tardaría en morirse del corazón,

como Chiang—Kai—Sheik, y acertó: el señor Ruiz murió mes y medio después del

quinceaños de la prima cursi de Pikuki Fernández. Don Clodo, al entablar con él una de

esas conversaciones triviales e impersonales a que obliga el saber estar, le preguntó de

dónde era y cuando supo que era de la ciudad que se pudre sola, Don Clodo le contó

que, en sus años valientes, fue casero precisamente en Colón.


        Mickey Gómez asoció de pronto:
Usted no sería el Computador, ¿verdad?


                                                              tió otra vez el pocotón de

bofetones a cuenta del maestro Rodoaldo, que era brasileiro, culto y mujer del carnicero

que mataron a la salida de un cine por una razón bien estúpida el día que Mickey

                                                             pués me preguntan por qué

es que me decían así.




encogió de hombros, cómplice:


¿Sí?         La verdad es que


       Yo fui aquel pelaíto que casi le da su palazo por pasarse de liso con la mano:

                                                                                   Don

Clodoveo Vigil Ansola, el Computador, dueño de una fábrica de pinolillo, se quedó de

una pieza: cómo se le iba a olvidar ese incidente, que le había costado una úlcera de

estómago. Pero eso ya era harina de otro costal: en pocas palabras, le contó al doctor

Miguel Gómez MD que si aquella vez no los echó de la casa, junto con la vecina que

era carterista, fue porque la culpa no fue de Mickey sino de la vecina, que se había

aprovechado de su ofuscamiento lógico para pasarle el palo aquel.


       Porque se imponía, según la ley, que a tus viejos también los pusiera de patitas



MacCallister y de José Donoso cuando afirmaba no haber leído jamás un libro español.

Miguel le agradeció el gesto, y Don Clodoveo presintió en aquel Gracias una especie de

rencor atenuado por las normas de convivencia. En pocas palabras, que Mike le hubiera

partido la cara si en vez del Club de Oficiales llegan a estar en la Loma. Don Clodo se
tomó tres o cuatro güisquis con Míchel y después se despidió cortésmente, que lo

reclamaban quién sabe dónde, y llamó a Maribel, que en ese instante bailaba con un tipo

cuya máxima aspiración en la vida hubiera sido morir en Viet Nam. Hablaron una serie

larguísima de tonterías y Míchel pensó que Maribel sólo tenía fundillo, hasta que Chela,

con toda la diplomacia del mundo, se lo llevó, antes de que se percatara de lo imponente

que resultaba Maribel Vigil de sobacos para abajo. Tú no estuviste dispuesta a olvidar a

éste recién médico que te resultaba (pensaste) interesante. Bailaste tres piezas más con

el tipo que amaba a USA más que un exilado de país socialista y luego te fuiste a un

rincón dizque a hablar paja con la mamá de la quinceañera. Buena falta te hacía, pero te

situaste tan estratégicamente que quedaste al frente de Míchel y a espaldas de Chela

cuando estaban sentados, de manera que (quisiera él o no) cuando abandonaron la fiesta

para irse (decían) a un cabaret a ver ese cantante mejicano tan famoso, ya había notado

con un sobresalto hípico que tú tenías tremendas hips y que le hablabas con los ojos

(VV): Miguel Gómez Quintero MD se dijo esa noche que algo debería tener él que no

tuvieran los demás hombres y, después de pensarlo mucho, terminó concluyendo que

era su hipo lo que lo hacía más interesante, cuestión ésta que comprobó cuando

Yamtovani le hizo aquella trascendental operación con la tijerita de plata especial para

necromicrones y que lo dejó con las queridas oficiales pero sin las amantes eventuales.


       Y ya se estaba acabando el año. Gota a gota. Esas nubes, que antes no eran

siquiera las mismas, ahora tal vez fueran las últimas.


       Maribel no es que se enamorara de Miguel, sería una imbecilidad afirmarlo,

sobre todo después que había probado el trago amargo del amor (bueno, en realidad no

fue trago, pero sí fue amargo), y había jurado que, aparte de destruir a Bebi, no volvería

a creer en ninguna de esas patrañas. Y aquellos que la conocieron bien afirman que si
ella se interesó, en principio, por Míchel, fue porque no se parecía en nada a los que

frecuentaban su círculo, y pese a que Miguel andaba ya rondándolo. Y que si ella, año

después, cuando ya se había casado con Chela y tenía un hijo con Hiata Perkins, accedió

a dejarlo hundirse en su silencio, fue porque lo veía fiel a sí mismo, sin la sonrisa

aduladora ni las manos blandas del que asciende con los ojos de lacayo puestos en las

botas de los de Arriba. Y eso fue lo que la perdió, por lo menos eso es lo que dicen las

personas que la conocieron bien. Y estas personas, dignas de todo crédito, también

afirman que una de las razones por las cuales se suicidó fue la frustración de no poder

llegar a hundir a Bebi (nadie, hasta el sol de hoy, sabe que hizo al respecto) y porque su

sentido de caída en el vacío se acrecentaba cada vez que se separaba de Míchel,

sabiendo que traicionaba la confianza de su mejor amiga aunque Marcela, también, todo

hay que decirlo, la traicionaba a ella siendo amante de Bebi Rodríguez y encima se

había permitido la rambulería de ningunearla delante de un poco de gente, ¿no?


       Nadie, naturalmente, sabe con certeza qué fue lo que sucedió para que Maribel,

con esa anatomía espléndida, optara por desligarse de estos problemas cotidianos

nuestros de cada día. Tampoco nadie sabe qué la conducía a recorrer los barrios bajos

en busca de hombres a los que les pagaba por hacerle el amor (por decirlo de la manera

más fina), cuando podía tener (y de hecho, tenía) un número incontable de admiradores.

Algunos dicen que se volvió loca. Otros dicen que padecía una enfermedad incurable.

Pero nadie está de acuerdo, porque los motivos son completamente personales. Aú hoy

se barajan conjeturas, pero aún hoy se sabe que es inútil: sólo quien se ha intentado

matar sabe por qué lo hace, así como quien se ¿prostituye? sin necesidad.


       Nosotros la vimos el día que se mató y no parecía que fueran esas las

intenciones. Incluso cantaba, manejaba cantando, y sólo al día siguiente nos enteramos
de que se había tirado al mar desde del Puente de las Américas. Y nos fuimos

caminando por los lugares donde siempre la vimos sola, donde siempre la vimos

acompañada, y nos pareció que todavía quedaba por borrar su huella, pero nos

equivocamos: de Maribel Vigil sólo queda este testimonio vivo que es Miguel Gómez

Quintero MD y que posiblemente la conozca hoy mejor que nadie, porque cuantas veces

necesitó apoyarse en algo se apoyó en mí, pero las cosas que me dijo, que quiso decirme

o que pudo decirme, mientras intentaba dormir en mi sino estéril, son cosas que también

yo, haciendo uso de mis prerrogativas sentimentales, me llevaré a la tumba el día en que

también me suicide.
Salamanca.


14 de agosto de 1974 11 de junio de 1975.

				
DOCUMENT INFO
Shared By:
Categories:
Stats:
views:135
posted:5/14/2011
language:Spanish
pages:376