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CENIZA SON MIS LABIOS Fundaci Caballero Bonald Portada

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CENIZA SON MIS LABIOS Fundaci Caballero Bonald Portada Powered By Docstoc
					               De Las adivinaciones

CENIZA SON MIS LABIOS

En su oscuro principio, desde
su vacilante estirpe, cifra inicial de Dios,
alguien, el hombre, espera.

Turbador sueño yergue
su noticia opresora ante la furia
original de la que el cuerpo es hecho, ante
su herencia de combate, dando vida
a secretos quemados,
a recónditos signos que aún callaban
y pugnan ya desde un deseo mísero
para emerger hacia canciones,
mudo dolor atónito de un labio,
                               el elegido,
que en cenizas transforma
la interior llama viva de lo humano.

Quizá sólo para luchar acecha,
permanece dormido o silencioso
buscando, besando el terso párpado rosa,
el pecho inextinguible de la muchacha amada,
quizá sólo aguarda combatir
contra esa mansa lágrima que es letra del amor,
contra
       aquella luz aniquiladora
que dentro de él ya duele con su nombre: belleza.

Allí en el torpe sueño todos
los simulacros de la fe consume,
difunde apenas con fugaz certeza,
unitivo rescoldo de sus vivientes brasas.

En tanto el hombre lucha: existe,
traduce la armonía furtiva del azar,
bebe en los borbotones de su tiempo,
se confina en la fiebre donde afloran
su linaje, su origen, su imposible
destino de buscador de Dios,
de elegido que espera,
ahora,
        todavía,
encender la ceniza de sus labios.
VERSÍCULO DEL GÉNESIS

Por las ventanas, por los ojos
de cerraduras y raíces,
por orificios y rendijas
y por debajo de las puertas,
entra la noche.

Entra la noche como un trueno
por las rompientes de la vida,
recorre salas de hospitales,
habitaciones de prostíbulos,
templos, alcobas, celdas, chozos,
y en los rincones de la boca
entra también la noche.

Entra la noche como un bulto
de mar vacío y de caverna,
se va esparciendo por los bordes
del alcohol y del insomnio,
lame las manos del enfermo
y el corazón de los cautivos,
y en la blancura de las páginas
entra también la noche.

Entra la noche como un vértigo
por la ciudad desprevenida,
rasga las sábanas más tristes,
repta detrás de los cobardes,
ciega la cal y los cuchillos
y en el fragor de las palabras
entra también la noche.

Entra la noche como un grito
entre el silencio de los muros,
propaga espantos y vigilias,
late en lo hondo de las piedras,
abre sus últimos boquetes
entre los cuerpos que se aman,
y en el papel emborronado
entra también la noche.
ESPERA

Y tú me dices
que tienes los pechos rendidos de esperarme,
que te duelen los ojos de estar siempre vacíos de mi cuerpo,
que has perdido hasta el tacto de tus manos
de palpar esta ausencia por el aire,
que olvidas el tamaño caliente de mi boca.

Y tú me lo dices que sabes
que me hice sangre en las palabras de repetir tu nombre,
de lastimar mis labios con la sed de tenerte,
de darle a mi memoria, registrándola a ciegas,
una nueva manera de rescatarte en vano
desde la soledad en la que tú me gritas
que sigues esperándome.

Y tú me lo dices que estás tan hecha
a esta deshabitada cerrazón de la carne
que apenas si tu sombra se delata,
que apenas si eres cierta
en la oscuridad que la distancia pone
entre tu cuerpo y el mío.
DOMINGO

La veis un día domingo.
Lleva un cuerpo cansado, lleva un traje cansado
(no lo podéis mirar),
un traje del que cuelgan trabajos, tristes hilos,
pespuntes de temor, esperanzas sobrantes
hechas verdad a fuerza de ir remendando sueños,
de ir gastando semanas, hambres de cada día,
en las estribaciones de un pan dominical.

La veis venir acaso de un afán desahuciado,
de una piedad con fábulas, la veis
venir y ya sabéis que está llamándose
lo mismo que la vida,
lo mismo que su traje hecho disfraz de olvido,
hecho carne de engaño comunal,
cortado a la medida de mensuales lágrimas,
de quebrantos tejidos con la última
hebra de la intemperie, con las trizas
de ese telar de amor donde entrevemos
la pobreza de todos que es un cuerpo sin nadie.

Sucede que es un día más bien canción que número,
más bien como una lluvia de inclementes pestañas,
de humilde mano abierta
que volverá a vestir de desnudez la vida.
Y entonces ya es mentira crecer sobre raíces,
ya es mentira ese sueño blandamente nocivo
que se nos va quedando arrendado en la piel,
que se consume hasta perderse
en un mísero rastro de caricia aterida,
hasta llegar a confundirse con un domingo anónimo,
con un tiempo de nadie hilvanado de lástima.

Y entonces ese día, el domingo,
ella viene llegando, corre, se nos acerca
(todos la conocemos),
nos mira igual que un charco
de amor recién secado, nos contagia
de todo cuanto es crédulo en su espera siguiente,
porque está consolándose con un jornal vacío,
porque está desviviéndose
en una vana sucesión de acopios para huir,
de ir contando los años por tránsitos de trajes,
por memorias zurcidas, por sueños arrancados
del retal de un domingo cegador e ilusorio.
              De Memorias de poco tiempo
UN CUERPO ESTÁ ESPERANDO

Detrás de la cortina un cuerpo espera.
Nada es verdad si no su encarnizada
inminencia, esa insaciable culpa
que a mí mismo me absuelvo
aborreciéndome. Nada es verdad:
un cuerpo está esperando
tras el sordo estertor de la cortina.

En la oquedad propicia del instante
que mientras más deseo más maldigo,
quiero amar ese cuerpo, que él perviva
hasta que su orfandad se haya cumplido.

Paredes jadeantes, sucio el suelo
de mercenaria obstinación, allí
nos conducimos mutuamente
al voraz simulacro de la vida.
(La amarra del amor nos hace libres.)
Sólo yo estoy suspenso del engaño:
reptante fiebre muda,
mi memoria confunde sus fronteras
entre las turbias órdenes del tiempo.
De todo cuanto amé, nada logró
sobrevivir al cuerpo en que persisto.
(La noche se agazapa entre las telas
que un falaz movimiento hace carnales.)

Una mentira sólo está esperando
detrás de la cortina. Soy
otra vez mi cómplice: consisto en mi deseo,
toco a ciegas la luz, me reconozco
después de extraviarme, despedazo
ese fúnebre espejo al que el placer
se asoma, expío
con mi turno de amor mi propia vida.

De un vértigo ritual pendiente el cuerpo,
ya no es posible conjurar su lastre.
MI PROPIA PROFECÍA ES MI MEMORIA

Vuelvo a la habitación donde estoy solo
cada noche, almacén de los días
caídos ya en su espejo irreparable.
Allí, entre testimonios maniatados,
yace inmóvil mi vida, sus tributos
de tornadizo empeño.
                        La madera,
el temblor de la lámpara, el cristal
visionario, los frágiles
oficios de los muebles, guardan
entre sus rudimentos el continuo
reflujo de los años, la espesura
carnal de la memoria, toda
la confluencia simultánea
de olvidos y deseos que me asedian.

Mundo recuperable, lo vivido
se congrega impregnando las paredes
donde de nuevo nace lo caduco.
Reconstruidas ráfagas de historia
juntan los desperfectos del amor.
(Oh habitación a oscuras, súbitamente diáfana
bajo el fanal del tiempo imprecatorio).

Suenan rastros de luz por dentro
de la noche. Estoy solo y mis manos
ya denegadas, ya ofrecidas,
tocan papeles (este amor, aquel
sueño), olvidadas siluetas, vaticinios
frustrados.
           Allí mi vida a golpes
la memoria me horada cada día.

Imagen ya de mi exterminio,
se realiza de nuevo cuanto ha muerto.
Mi propia profecía es mi memoria:
mi esperanza de ser lo que ya he sido.
ASPIRACIÓN A LA ALEGRÍA

En mi aposento, asaltado a veces
por el hosco lebrel
de la esperanza, palpando
entre mis manos su vaho turbador,
juzgo ahora
mi propia aspiración a la alegría.

¿Podrá existir (digo en la noche)
una palabra, la única
sobreviviente, donde pueda
almacenar mis sueños, defenderlos
de toda vanidad, irlos
purificando en mi interior
tiranía callada, reagruparlos
en una misma fuente igualatoria?

Pero estoy solo frente
al llamamiento del mundo: amo
su fundación, vigilo
sus mudanzas, trabajo cada día
en las contestaciones
de mi propia experiencia, junto
mi vida en un papel.
                    Y las palabras,
al borde de ser dichas, próximas
ya a mi sueño, pretenden
suplantarme: soy el azar
que se traduce en vano. (Nadie
puede ser el espejo de sí mismo.)

Feliz aquel que nunca
puso nombre a su vida.
SIGNOS FAVORABLES

En medio de la noche oigo
la vigilia ritual de la naturaleza,
el fragor de los turnos vegetales.
Desde las nubes migratorias viene
fraguándose la costra del verano,
la rezumante oferta de la tierra.

Estoy solo en el tiempo.
(Mi porvenir no existe.)
Ornamentales aguas tejen
las cautelosas mallas de la noche.
Siento el furioso afán de haber vivido
sin saber que vivía y no me pertenecen
mis holocaustos vanos, ni las otras verdades,
ni la fugacidad de tantos sueños.
(Si pudiera volver cuanto yo soy
sólo al amor que fui, no a su impostura.)

De pronto hallo en mí mismo el instrumento
que irá remunerándome de todo lo perdido:
es la conflagración de la esperanza.
Oh pasajero vaticinio, arma ciega de nadie,
que en el nocturno estrago deposita
la imposible renuncia de los años.

(Alguien canta en lo oscuro y me parece
que es mi olvido quien canta, que algo existe
en esa voz que es mío y me desprecia.)
Como la lluvia en un espejo, inerte
ya la imagen del desertor que he sido,
la noche me circunda de acechanzas.

Mi memoria es la voz del campo junta
y otra vez la esperanza allí me tienta.
Bajo las ramas de voluble encanto,
miro mi soledad surgir de nuevo:
los signos favorables le dan vida.
ALQUIMIA DE LA CERÁMICA

En estas cavidades se amotina
la vida, bullen formas
naciendo. ¿No las sientes
pujar, surgir de súbito
entre volutas, ondas
concéntricas de asombro, rastros
de chorreantes combustiones?

Detente, caminante: asiste
a la transmutación sexual
de la materia, luciérnagas que fluyen
desde el caos al orden, sombras
que gesticulan, vociferan
por sus incandescentes rudimentos.

Objetos son de amor
estos reductos, diseminan
la luz y la reagrupan
mientras recobra el barro
la borrasca primaria de su fuego.
Ya está en vilo la vida: irrumpe
del fondo placentario de los hornos.
               De Anteo

HIJAS SERÁS DE NADIE

Me fui acercando hasta la lúgubre
frontera de la llama, todavía
reciente el maleficio. Dioses
en vez de hombres arrancaban
a la terrestre boca sus rescoldos
de mísera epopeya. Ebria
mejor que loca era la sed,
mientras las jadeantes llaves
del amor, la roja flor del vino,
el nudoso gemir de la madera,
recorrían la vida de un estéril
fragor de insurrección.
                        Nunca fue
la omnipotencia concebida
con más proscritos fueros
de humildad. Aquí moría el tiempo
retumbando entre las sometidas
deserciones, fugaz la orilla incrédula
del alma, inmortal su corriente.

Pero la mordedura de lo negro,
¿tú también?, repetía. Toca
mis azotados senos infecundos,
abre el furioso horno del relámpago,
ciega a tu casta en la lujuria
de la estación del hambre, en las sangrientas
volutas del recuerdo, por las roncas
angosturas de un grito. Allí verás
cómo se alza en errabunda cólera
tu propia sumisión. Bebe conmigo
el cuenco de la música, la líquida
maraña del lamento, pérfido
amor tendido en la harapienta
majestad de la noche, menguando el clamoroso
martirio de la luz.
                    Pero la mordedura
de lo negro, ¿tú también?, repetía.
Hija serás de nadie, laberinto
de infamantes asedios, tributaria
humillación del llanto, hija
serás de nadie, soleá tan libérrima
que su arma es su yugo, alimentada
de tierra, engendrada en la tierra,
tanto más alta cuanto más
caída, ¿tú también?, como Anteo.
                                                (La soleá)
              De Las horas muertas
DEFIÉNDAME DIOS DE MÍ

                                            Contra mí mismo peleo,
                                            defiéndame Dios de mí.

                                      CRISTÓBAL DE CASTILLEJO



Entre muros de vidrio
y de papel, sangrientas láminas
de tinta agraz y vino
intraducible, voy recogiendo
cada furtiva noche alguna
palabra, algún rescoldo
de humildad o de olvido
con que pueda perder
mi lucha contra mí.

Yo imploro al miedo,
a la locura, al delincuente
corazón, para que no mancillen
este piadoso vértigo de tierra
podrida, esta borrosa efigie
del desdén, y que me dejen
desoír los oráculos,
andar a tientas hasta
poder llegar a equivocarme
impunemente, mereciendo
mi propia perdición.

Usurpadores panes, sucios
oros coléricos,
vaso y libro malditos,
libradme del laurel
alevoso, de la paz enemiga.

¿Quién eres tú
que osas profanar este inviolable
cerco de esclavitud: la mesa vil,
la sábana cobarde, los oficios
degradados del tiempo? ¿Para qué
tanta propiciatoria rebelión?
                              Nunca
más, nunca más. Estoy solo
mirando las cenizas de la noche
indefensa, los rastros del azar
trunco en vida sin nadie.
Tumba y tesoro, duermo
conspirando conmigo, levantando
setenta veces siete
la bandera del miedo, la culpable
rapiña de los años.
                    Madre
primera, búscame entre los hijos
de la ira, ciégame el pecho
injusto, restáñame este vidrio
desolado, este papel
escrito para nunca. Aquí
se yergue la equidad de mi derrota.
Defiéndame Dios de mí.
NO TENGO NADA QUE PERDER

Aquel nocturno yerbazal, al borde
del declive de enebros, ciegamente
buscado entre la efímera
yacija de la luna, ciñe
con sus férvidos nudos toda
la historia de mi vida, el privilegio
de mi junta y profética memoria,
y allí estará mi libertad
entumeciéndose, cómplice cuerpo transitorio
fronterizo del mío para nunca.

La tierra genital, los estandartes
clandestinos del sueño, la prohibida
palabra, perseveran
junto al amor que escribo, tachan
con su verdad las otras más posibles.

Compartida codicia, ¿qué
haré con este cuerpo
sin el suyo?
              Subí desde la sombra
hasta la luz, puse mi mano
en el aire vacío: aquí me entrego, dije,
no tengo nada que perder. Cuántos
anhelantes resquicios del deseo
se iluminaron para mí, mientras anduve
tropezando.
              En las dunas aquellas,
cerca de la hondonada venturosa,
con el metal marítimo fundiéndose
debajo del amor, fui despojado
del lastre ritual de la memoria
y penetró mi vida en la del cuerpo
ofrecido. Aquí me entrego, dije,
preso estoy en mi propia libertad.
UN LIBRO, UN VASO, NADA

Todas las noches dejo
mi soledad entre los libros, abro
la puerta a los oráculos,
quemo mi alma con el fuego
del salmista.
              Qué contraria
voluntad de peligro me desvela,
quiebra la vigilante
sed de vivir de mi palabra.

Todas las noches junto inútilmente
los residuos del día, me distancio
del tiempo funeral del desamor,
consisto en lo que he sido.
(Una mano olvidada entre las sábanas
rompe papeles, incinera
los escombros del sueño).
                           Oh posesión
de nadie, ¿para qué
tantas páginas vanas, tantos
días vacíos? Mira
a tu alrededor, ¿qué queda? Solos
estamos: toda la ausencia cabe
entre lo verdadero y lo ilusorio. Aquí
mi obstinación es mi alegría:
un libro, un vaso, nada.
DIARIO REENCUENTRO

Desde donde me vuelvo
a la pared, en medio de la noche,
desde donde estoy solo
cada noche, cautivo
bajo mi propia vigilancia, allí
me hallo según la fe que me fabrico
cada día.
          Lavada está mi vida
en virtud de su asombro. Ayer, mañana,
viven juntos y fértiles, conforman
mi memoria conmigo.
                        Únicamente soy
mi libertad y mis palabras.
UNA PREGUNTA, A VECES

Una pregunta, a veces, casi
abolida mientras nace, sitúa
mi pensamiento al borde
del vacío, cuando en la taciturna
noche me despierto solo
y toco la tiniebla y me hablo
solo y se me van abriendo
los días que viví como las hojas
cegadas de una puerta.
                       ¿Adónde
he de mirar que no sea pregunta?

Aquí la sombra mide la distancia
que separa mi cuerpo de tu cuerpo:
juntas están mentiras y verdades
en la contestación de cada día.
MAÑANA, ME DECÍAN

No podía ser niño en el pupitre
inhóspito, llamaban a alguien,
me miraba las manos, iba
parpadeantemente emborronando
las letras y los números, hendía
el sustantivo mapa carcelario.

Mañana, me decían. Pero
la deserción del tiempo, aquel estrado
limítrofe del mundo, aquella
disciplinaria división del odio,
me trababan la infancia para nunca.

Cuerpo sin ojos, ¿dónde
estaré mañana, con qué nudos
de sábados en sombra amarrarán
mi sueño, entre qué cuatro
indómitas paredes
irá mi libertad entumeciéndose?

Los cautelosos plátanos, la inmóvil
vendedora de estampas, el guardián
de los jueves, la flora combativa
como emblema, ¿siguen siendo mañana?

Oh injusto ayer entre inocentes
veredictos, fervor
de lo temprano junto al miedo
tardío de vivir, chorro de sed
de las aceñas clandestinas, calle
del Láudano que abría
sus ululantes puertas de prostíbulos
contra el mundo primero.
                            ¿Qué
me querías tú, luna
lluviosa, airada piedra
de la tarde, descoyuntado círculo
del tiempo? ¿Qué me querías,
dime, mísera prefectura
de los libros desérticos, tapial
de coros y de láminas,
vespertinas maderas
de vigilancia y de oración?

No podía ser niño en los escaños
hostiles, entre el terco
desdén de las empalizadas, junto
al silbo imperioso, bajo el látigo
del estupor y de las letanías.

Mañana, me gritaban. Pero
¿dónde estaré mañana, qué será
de mi tiempo, de qué van a servirme
tantos días sin mí? ¿Es necesario
el mundo, soy necesario yo,
me hago falta a mí mismo?

Crédula infancia sola entre respuestas
sin preguntas, déjame ser
equivocadamente el responsable
de mi quieta impaciencia de vivir.
TODO, NADA ESTÁ ESCRITO

Quise buscar palabras, gritos
en estado de alerta, la materia
prima del sueño.
                 ¿Adónde ir,
llamar? Quemar mi historia,
¿en qué papel?
                Todo está lleno
de luz: nada está escrito.

Quise contar los días
malgastados, restablecer
lo venidero en la espesura
febril de lo vivido. ¿Cómo
poder buscarme, merecerme,
a mi sueño un alfabeto
puro?
      Nada se salva
de las sombras: todo está escrito.

Mi palabra no es mía, vive
nutriéndose, manchándose
de ajena vanidad. El tiempo
es quien lleva mi mano,
quien conduce las aguas
remotas que me asedian. Estandarte
de todo lo que escribo, van
los años guiándome, perdiéndome
por los puentes del sueño.
                           ¿Qué
soy yo: furia callada
contra la fortaleza del vacío,
violado espejo en cuya niebla
bebe la boca de la fe? Libre,
jamás lo fui. Tiempo, costumbre,
horaria soledad, estáis aquí
escribiendo lo que yo no sabría.
               De Pliegos de cordel

EL REGISTRO

No podía dormirme, oía
como un fragor de manos tanteando
en los cristales, como un advenimiento
furtivo de peligro. Al fondo
de la casa, en los arcones
que nadie registró, crujían
los papeles prohibidos, delataban
su oculta furia al borde
de la noche infantil, entrechocando
con las trémulas sábanas.
                           ¿Todavía
vendrán, irán golpeando
con el fusil los muebles, la ceniza
de las últimas letras desterradas?
¿Vendrán ahora, cuando
ya no podemos encender
más que una sola luz
entre tanta invasión de andar a tientas?

Altas banderas, himnos
de victoriosos fraudes, confundían
sus odios con mi miedo, me marcaban
con no sé qué inminencia
de huérfana verdad.

¿Quién llamaba a las puertas, desatando
iras azules contra las reliquias
clandestinas del sueño,
contra el vituperable
delito de ser libre? (María,
Rafael, ¿estáis dormidos?)

Pero ya resonaban las pisadas
cerca del corredor, ya se sentían
llegar entre una fétida
bocanada de vino
fermentado y subrepticia pólvora.

Oh qué voraces grietas de madera
familiar destruida, qué iracundos
papeles borbotando a chorros
desde el brocal de los arcones.
(María, Rafael, que ya es la hora:
ya todo terminó, ya somos tiempo.)
CONTRAHISTORIA

                                            ..._Y así serás el victorioso porque
                                                          has sido el derrocado.
                                                                    IBN´ARABI



Lo que un día perdieran, nunca
volvieron ya a recuperarlo, o sólo
en los menguados términos
que algún furtivo transgresor
de códigos restara al exterminio.

Una lenta depredación con cruces
asoló las orillas
del gran río materno y hasta
la mar por donde otrora
trajeran la sabiduría
los fueron expulsando
en sucesivas hordas de barbarie.

Y allí quedó la historia
mereciendo ser sólo
reliquia degradada, pasto
de soldadescas, botín de clerecías.
Con piedras sepultaron
las piedras y con otra cultura la cultura
feraz y tolerante que opusiera
su rango al fanatismo.

Desde entonces resurge en algún tramo
de la memoria del superviviente
una atávica mezcla
de estupor y bochorno, cuyo origen
en otro nuevo origen
de la depredación se perpetúa.
HASTA QUE EL TIEMPO FUE RECONSTRUIDO

Hasta que el tiempo fue reconstruido
bajo tu propia vigilancia, cuántas
residuales versiones de los hechos
fueron depositando su carroña
en papeles, en bocas, en conciencias.

Hombres e ideas tenebrosamente
instalados en la mitología, textos
que suplantaron con abyecta máscara
el rostro de la historia, allí
se conjuraban para hacerte cómplice
de la maquinación contra el fantasma
que recorrió tu juventud
hasta que el tiempo fue reconstruido.

¿Cómo escapar a ciegas, desandar
el camino? ¿Quién que no tú
lo haría, con qué trámites
de acotadas lecciones, testimonios
apócrifos, tenaces simulacros?

Arduo oficio fue el tuyo e inhumanas
las trampas de la vida. ¿Con qué suerte
de antídotos, argucias, imposturas
te preservaste del contagio, mientras
a solas compartías las ruinas
hasta que el tiempo fue reconstruido?

Elegir no pudiste una verdad
distinta de la única, algún medio
de subvertir el orden del pasado,
dirimir lo proscrito, rechazar
el asedio.
          Pero tú mismo fuiste
tu testigo: primero un libro,
una mano después, más tarde
una palabra, luego un hombre
y luego otro y otro más, y un año
y otro año, una premonitoria
concurrencia de hombres y de años,
y media vida que concurriría
para que al fin y con tu propia mano
otros nombres pusieras a la historia
mientras que el tiempo fue reconstruido.
DOCUMENTAL

Un decorado basta
para manchar la vida. Puede
ser que las cosas no sucedan
así, que las veamos ajenas a su propio
poder de persuasión desde el precario
ardid que como espectadores
nos exigen y que no sea
más que un espejo deformante
quien realza hasta el asco la copia
de la fe. Pero aquello que el ojo testifica
frente a la representación
del genocidio, las inmundas
referencias graduales
de los hechos, la lóbrega escombrera
de algo terrible que ocurrió
una vez, van socavando
la personal capacidad
de crédito, la atroz
reconstrucción de lo inhumano,
y nunca ya dejamos de ser parte
de aquella repulsiva iniquidad
que resquebraja el fondo
de la historia.
                Así, sin más
comprobación que la que suministran
los cómplices valores, la insufrible
frontera del dolor, en la butaca
del cine, frente al libro
implacable, mientras las nóminas
de los torturadores, los decretos
del exterminio de una raza, trazan
sus mandamientos y hacen turno
para activar la ejecutoria
del espanto, entonces,
la crédula conciencia del testigo
araña la madera y el papel,
se encarniza en el pecho como un ácido
y salta ya del otro lado
de las infectas leyes, rompe
la luz, la letra, escupe
en la cara del mundo, entra a saco
en la vida, maldice la virtud.

Cayeron las sangrientas imágenes encima
del estertor de la pantalla,
gangrenando hasta el último muñón
de la verdad, hurgando con sus garfios
en lo más irredento de mi propia
vergüenza de vivir. El espeluzno
de la abyección sin nombre: trozos
de piel humana con tatuajes
decorando cuarteles, fetos
amontonados como latas vacías, rostros
informes fermentando en medio
de gases nauseabundos. Auschwitz,
Treblinka, Brunswick, Bergen-Belsen,
muros de Dite, ciénagas de Estigia,
la toponimia del terror: huesos abriendo
fosas, mutilados despojos, ojos
de niños, ojos de niños
ya sin muerte siquiera, grumos
de ojos con el vidrio en vilo,
inhibidos, horribles, espasmódicos,
sin órbitas de humano, desorbitadamente
abiertos, ya reos de estar vivos,
apiñados en zanjas, en boquetes,
asomados a cuencas
sin pupilas. Y en el seco cristal
de cada ojo, el gueto,
el horrendo almacén de tantos
ojos, de tres generaciones de ojos,
de dieciséis millones
de ojos.
         ¿A quién le pediremos
cuentas, qué tribunal podría
purgar la podredumbre de la historia?
¿Para qué tantos símbolos
de fraudulentas crónicas de fe?
Nadie tan inhumano que represe
su pensamiento y juzgue
distribuyendo la justicia en códigos
frente a tantas fatídicas culturas,
repugnantes banderas.
                        Inmortales
los crímenes, ¿clamamos todavía
a los falaces dioses
para que miserablemente
restituyan al tiempo su ignominia,
diriman el horror? ¿Somos los mismos
que en la asamblea de los fraticidas
erigieron los yugos de la paz
e inicuamente promulgaron
la capitulación de la venganza?
¿Merezco yo gritar mientras escribo
sin saber hacia quién, cómplice
de mi propio atestado, y se me llena
de impune virulencia la razón?
               De Descrédito del héroe
HILO DE ARIADNA

Posiblemente es tarde, pero ¿cómo
poder atestiguarlo
mientras Hortensia canta y no se oye
más que su grito de musgosa
lascivia y alguien
habla con alguien de la conveniencia
de acostarse borracho?
                        De repente
se desató la cinta, hurgando
bajo el embozo de la lámpara
por su anhelante cuerpo,
y en lo tenso del vientre vi
la cicatriz, no producida
sino por el rencor contra ella misma
con algún instrumento
preferentemente cortante.

Vaho de alcohólica música te empaña
el esmalte del rostro, Hortensia, dime,
¿hacemos algo aquí que nos impida
quedarnos juntos
hasta que no sea tarde?
                         En vano
hubiese preferido desasirme, cegarme
en la borrasca, no mirar. Cuerpo feroz
y sin embargo exangüe, desplazaba
sus ya finales contorsiones
al borde de la pista. En vano
hubiese sido huir y no
por reencontrarnos. Pechos
como luciérnagas, tenues, vibrantes
por las cumbres no lácteas, ¿quién
iba a atreverse a interrumpir
su equidistante enemistad, desnudos
como estarían luego en el sopor
del trópico?
             Hortensia, amor mío,
nadie te va a arrastrar si tú no quieres
desesperadamente que lo haga.

Playa de Naxos, la mayor
de la Cícladas, ya a lo lejos
reverberando entre los barrancones
del batey y el bullicioso verde
del manglar, difusa ahora
entre otros raudos turnos litorales
donde ni tú ni yo nos conocíamos.
Abandonada por Teseo, ¿ibas
a despeñarte tú, rebelde por instinto
como tu padre negro apaleado
en Key West, Florida?
                         Si pudiera
reconstruir un solo
rincón de aquella playa
sin salida posible, si pudiera
volver al sitio aquél, reconocer
la cerrazón de la cabaña, andar
a tientas hasta el último
recodo del silencio, ¿oiría
algo distinto a la fricción
de unas piernas con otras, al barrunto
de alguien aproximándose
en lo oscuro? ¿Vería
aún desde allí, ya en el terrado
de Sanlúcar, asiéndome
al parteluz de la ventana, el bulto
azul de los faluchos y, más cerca,
la agitación de las fogatas
que encendían los sigilosos areneros?

Imágenes sin ojos pasan
con más tenacidad que el giro
extenuante del recuerdo. Hortensia,
hija de Minos, no
es tarde todavía, ven, veloces
son las noches que hemos vivido ya:
aún estamos a tiempo
de no querer salir del laberinto.
A BATALLAS DE AMOR CAMPO DE PLUMA

Ningún vestigio tan inconsolable
como el que deja un cuerpo
entre las sábanas
                  y más
cuando la lasitud de la memoria
ocupa un espacio mayor
del que razonablemente le corresponde.

Linda el amanecer con la almohada
y algo jadea cerca, acaso un último
estertor adherido
a la carne, la otra vez adversaria
emanación del tedio estacionándose
entre los utensilios volubles
de la noche.

            Despierta, ya es de día,
mira los restos del naufragio
bruscamente esparcidos
en la vidriosa linde del insomnio.

Sólo es un pacto a veces, una tregua
ungida de sudor, la extenuante
reconstrucción del sitio
donde estuvo asediando el taciturno
material del deseo.
                    Rastros
hostiles reptan entre un cúmulo
de trofeos y escorias, amortiguan
la inerme acometida de los cuerpos.

A batallas de amor campo de pluma.
PREFIGURACIONES

Unas palabras son inútiles y otras
acabarán por serlo mientras
elijo para amarte más metódicamente
aquellas zonas de tu cuerpo aisladas
por algún obstinado depósito
de abulia, los recodos
quizá donde mejor se expande
ese rastro de tedio
que circula de pronto por tu vientre,

y allí pongo mi boca y hasta
la intempestiva cama acuden
las sombras venideras, se interponen
entre nosotros, dejan
un barrunto de fiebre y como un vaho
de exudación de sueño
y otras esponjas vespertinas,

y ya en lo ambiguo de la noche escucho
la predicción de la memoria: dentro
de ti me aferro igual
que recordándote, subsisto
como la espuma al borde de la espuma,
mientras se activa entre los cuerpos
la carcoma voraz de estar a solas.
RENUEVO DE UN CICLO ALEJANDRINO

Por los feudos del río
Guadalete, ya en las cercas
de espinos del cañaveral
del Charco, aún subsisten
los ruinosos porches de una casa
de postas convertida
hoy en mesón, equívoco refugio
de yunteros y gente
trashumante. Todos buscan
allí lo que no falta nunca: el mal
vino del pago de Aznalcóllar
y la inerte muchacha
que vende al transeúnte su miseria.

En el pino terrado alquilan
unas sucias yacijas, separadas
por trémulos tabiques de latón
y arpillera. Y entre un denso
vaho de mazorcas y un hedor
inconsolable a cama, yace
la mercancía repartida
en dos bultos iguales de letargo
esperando que suba el comprador.

Desde el cubil se oyen
pasar a los que vuelven de la tala
o van de anochecida a rebuscar
espárragos. Llegan las voces
de Joaquín, el de los pies
ligeros, y de Onofre, hábil
en el manejo de la hoz, y de Ana,
la de ojos de novilla, y de Miguel,
domador de caballos. Todos
acuden al señuelo de los porches
antes de vadear las aguas
del Escamandro azul, del Guadalete
de envinados reflejos, fijos
los ojos en las cóncavas
manos, como abrumados todavía
por la insaciable cólera
del investido de poderes.

Y aquella única vez
hasta el sórdido cuarto descendió,
semejante a la noche, Constantino
Cavafis, el secreto hijo
de Calímaco, repitiendo
desde un lúbrico fondo de algodón
y sangre, estas aladas palabras:
en todo el universo destruiste
cuanto has destruido
en esta angosta esquina de la tierra.

Gestión de simulacros
es la verdad vivida: breve
como la fraudulenta desnudez
de la carne, centellea en lo oscuro
el tálamo de Itaca, ya lejos
la taciturna orilla de Aznalcóllar.
Mas no por rehacer impunemente
la infracción de una historia, impuso
al maltratado cuerpo su sentencia
el implacable oráculo, sino
por rescatar el heroísmo
de una epopeya oculta en un tugurio,
pérfido rastro de sustituciones
que ahora acude
y permanece en el poema.
MEDITACIÓN EN ADA-KALEH

Vana interrogación la del que llega
al Danubio a deshora y busca
la memorable isla donde
otro exilio más cruel que el del oprobio
purgara Garcilaso.
                   Allí las aguas
con un manso ruido, en derredor
ni sola una pisada, fingen
aceros entre sordas
escaramuzas de la nieve y una rama
de marchito laurel navega
inconmovible hacia ningún destino,
mientras la noche es cárcel
y duro campo de batalla el lecho.

La seducción que la memoria adeuda
a una lectura justa
en tiempos de desorden, torna
a recobrar su apego
frente a esta orilla de arrasadas
églogas donde,
preso y forzado y solo,
el poeta a la vida imputara
la recompensa hostil de su heroísmo.

Mas la isla no es ya
sino un rastro ilusorio en medio
del furtivo Danubio. Cómplice
de sí misma y antes de tiempo dada
a los agudos filos de la muerte,
sólo el agua discurre
diversa entre contrarios y atestigua
que otro nuevo destierro reservó
la erosión de la historia
al refugio infeliz del desterrado.
GUÁRDATE DE LETEO

Defenderé el recuerdo que me queda
de aquella calle inhóspita
detrás de la estación de Copenhague.
Defenderé contra mí mismo
ese recuerdo, cuando
gastado ya el valor de una experiencia
que la literatura prestigiara,
en frágiles nociones se estaciona
la prefiguración de un mundo torvo
que es del placer la copia menos nítida.

No volver ya sino reconstruir
de lejos, por inercia, el anhelante
derredor de la noche: los difusos
cuerpos estacionados
en la acera, la luz de las vitrinas
vibrando entre la bruma y el grasiento
vaho adherido a los zaguanes
donde la identidad del sexo se abolía.

Pero aquella emoción en parte desglosada
de una historia banal, actúa
como la remuneración de un vicio solitario
en la distancia: ese recuerdo que defenderé,
que me defenderá
contra la sordidez de la virtud.
DEL DIARIO DE KAFKA

Si ahora de pronto optase
por no escribir (o no pudiera) y diera
el día por perdido, posponiendo
para quién sabe cuándo, y además
qué importa, la metódica
copia de mi agresividad
contra mí mismo, ¿pensaría
como Kafka (conocido empleado
de seguros) que esa dudosa obligación
no cumplida, se me iba a convertir
de alguna burocrática manera
en la razón de una desdicha irreparable?
APÓCRIFO DE LA ANTOLOGÍA PALATINA

Súbita boca que hasta mí llegó
en el lento transcurso de la noche,
dócil de pronto y de improviso
rezumante de furia,
                     ¿quién
activó su olímpica
ansiedad, esparciendo
un delicado zumo de estupor
entre las ingles de los semidioses?

Oh derredor opaco
del recuerdo que suple lo vivido,
cuando quien esto escribe
amaba impunemente no en el templo
de Afrodita en Corinto,
sino en la clandestina alcoba bética
donde oficiaba de suprema hetaira
la gran madre de héroes, fugitiva
del Hades y ayer mismo
vendida como esclava
en el impío puerto de Algeciras.
ANAMORFOSIS

Este olor a achicoria y a orujo
y a crines de caballos y a verdín
con salitre y a yerba de mi infancia
frente a África, acaso
contribuya también a perpetuar
en no sé qué recodo del recuerdo
un equívoco lastre
de amor dilapidado y de injusticia
que en contra de mí mismo cometí,
y es como si de pronto
todo el furtivo flujo del pretérito
convirtiera en rutina
la memoria que tengo de mañana.
SOBRE LA PERIÓDICA NECESIDAD DE LA INCERTIDUMBRE

Anterior a tu cuerpo es esta historia
que hemos vivido juntos
en la noche inconstante.
                         Tercas
simulaciones desocupan
el espacio en que a tientas nos buscamos,
dejan en las proximidades
de la luz un barrunto
de sombras de preguntas nunca hechas.

En vano recorremos
la distancia que queda entre las últimas
sospechas de estar solos,
ya convictos acaso
de esa interina realidad
que avala siempre el trámite del sueño.
             De Laberinto de Fortuna
UNA PARTE DE LA VERDAD

En Siracusa conocí a Almaunía, hija de hijos de relapsos y afamada lobezna.
Desdeñosa de pronto en su enfermiza etapa de reclusa y siempre disponible
cuando el alba encendía las charcas del Anaso, su desnudez era más bien un
modo de ir mostrando las úlceras que dejara en su vientre el vasallaje. Tan
despacio la amé y tan quejumbrosamente, que no conservo de ella otro recuerdo
que el ladino estupor con que decía: no es nada grave, estoy muriéndome.
LA BOTELLA VACÍA SE PARECE A MI ALMA

Solícito el silencio se desliza por la mesa nocturna, rebasa el irrisorio contenido
del vaso. No beberé ya más hasta tan tarde: otra vez soy el tiempo que me queda.
Detrás de la penumbra yace un cuerpo desnudo y hay un chorro de música
hedionda dilatando las burbujas del vidrio. Tan distante como mi juventud,
pernocta entre los muebles el amorfo, el tenaz y oxidado material del deseo. Qué
aviso más penúltimo amagando en las puertas, los grifos, las cortinas. Qué terror
de repente de los timbres. La botella vacía se parece a mi alma.
SERIAS DIFICULTADES PARA MIRAR DE LEJOS

Seducción de ese remoto espacio de nuestra juventud que decanta, retiene todo
el tiempo del mundo. Y toda la pasión de seguir cotejando impunemente
constancias con olvidos. Criaturas matutinas reincidiendo en sus cuerpos con
una voluptuosa actividad de levadura, desplazándose en auras suavemente
perversas, tratando de ser sólo una acepción magnánima de su propio
hedonismo. ¿Vuelvo acaso con ellas al sitio en que gasté una insensible duración
de la vida? Despoblada heredad, mustio collado, allí sigue rehaciéndose el
placer, hermoso y transitable, entre los desperfectos del deseo. Con qué fervor
persecutorio me atenaza esa pérdida, ese modo indulgente de haber dilapidado lo
que adeuda el recuerdo. ¿Qué fue entonces de aquellas pertenencias? ¿Es aún la
vida?
BARAKA

Alguien, yo mismo, creyó encontrar inusitadamente el rastro que conduce a la
piscina probática del paraíso. Se acercaba la hora del crepúsculo y el agua lamía
los adarves como una lengua el espléndido vientre de Samara la Única. Palabras
que ya no oía empezaron a ser las más creíbles, en tanto que el silencio mojaba
en alcohol sus algodones. Extrajo entonces el maestro de una funda de cordobán
el viejo mapa donde aún podían distinguirse los espacios de magnetismo de la
Segunda Fundación. Pero no explicó nada: sólo lo indudable debe ser explicado.
Ya sin fondo la noche, circulaba entre los cipreses el canto reverencial del
autillo, ese acuciante péndulo que mide los ingredientes de error de la sabiduría.
Así que me desaté las sandalias y anduve descalzo por donde fluía el esperma
ritual que precede al otro sensitivo usufructo de la plenitud. Nada podía ya
disuadirme de nada: me parezco a quien yo más deseo. Bullía en la memoria una
emanación orgánica semejante a la que exhalan los cuerpos juveniles anudados
por la felicidad. Olvidar lo aprendido ¿no consiste en volverlo a saber de otro
imposible modo? Ay de mi Alhama.
PENÚLTIMA CUMBRE

La mortandad no es negociable, salvo en casos de extremo desequilibrio
gestionario. A más muertos remotos, más vivos adyacentes. En ningún caso
deben computarse indigencias y estragos subalternos: el hambre, la ignorancia,
la lenta enfermedad, el terror de estar solo, las torturas endémicas y algunas otras
muertes interinas. La fundación de la barbarie devora así sus propios dividendos.
En la sala de juntas del piso 32 hay un mapa del mundo donde un pulcro edecán
ha ido marcando líneas isobélicas, órbitas combustibles, zonas utilitarias de
exterminio. Acólitos conectan con acólitos que asimismo conectan con acólitos
que se vigilan mutuamente y no atenderán nunca la llamada de ese maldito
muerto que desea saber qué horrible cosa está pasando. Un rutinario síntoma de
alarma cunde discretamente por gerencias, polígonos, factorías, cuarteles. Pero
es sólo un instante. El Justicia Mayor acaba de dictar su veredicto: hay que
acallar definitivamente al muerto.
SUPER FLUMINA BABYLONIS

Aquella impávida, bellísima harapienta que merodeaba por el mercado de
Sanlúcar, tenía que ser sin duda la última portadora aborigen del talismán. Pues
nunca podría ser aherrojada quien tan humildemente iba ofreciendo la
irreductible magnificencia de su vida. Fermentaban despacio los zumos tórridos
de las frutas y un dulce amago de miseria envolvía los ambulantes puestos de la
plaza. Pero ella atravesaba incólume la densidad de los desperdicios: nada la
hacía tan sobreviviente como el contacto con lo perecedero. Junto a la edénica
antigüedad del gran río, era la más joven desterrada del mundo. Tenía la piel
como superpuesta a las acongojantes marcas de la manumisa y llevaba en la
boca el surco predatorio de quien naciera extramuros de la justicia. Parecía
escapar hacia ninguna parte, como buscando esa otra forma de extravío que la
conduciría al punto de partida. También junto al gran río, lloraba la harapienta
por un perdido reino.
MEDBORGARPLATSEN

Dejaban los harapos encima de los bancos como a veces se dejan los consejos en
el borde herrumbroso de la noche. Todos pertenecían a una tribu ya extinta de
anónimos arcángeles y se iban reuniendo en la sólita plaza después de algún
errático suplicatorio de inocencia . Allí habitaban juntos y pretéritos, amorfos y
silentes, con sus medallas de mendigo colgándoles del sueño a manera de
lágrimas y el hedor de los años repartido en maternales bolsas de papel. Todo el
tiempo del mundo era de ellos y se lo intercambiaban a escondidas con decoro
magnánimo. Ofrecían su vida a cambio de absolutamente nada, pues morir era
sólo una indigencia algo más perdurable que las otras. Ni siquiera su sangre de
hiperbóreos los hizo conciliarse con el subsidio ártico del frío. Mas no olvidaban
nunca que aquellas dosis de alcohol ganado en justas lides, daban rango de gloria
a su miseria. Y allí permanecían en situación de pródigos, mientras las horas
como trapos caían despacito en los dulces rincones de la plaza. ¿Quién entre
todos ellos creyó por un momento perdido el paraíso?
LIMA DE PIEDRA

Aposentada en un distrito cárdeno de la lluvia, no se movió siquiera cuando
sintió en su cuerpo la araña combustible de un relámpago andino. Expelía un
tibio olor animal y tenía algo de sacerdotisa purgando en las mazmorras de la
noche un delito que nunca cometiera. A su lado yacían las totumas, las piedras,
los exvotos que iba ofreciendo a nadie igual que si ofreciera una ignorancia
laboriosamente adquirida. Impregnaba su rostro una tintura glandular y
dinástica, como de coca y frailejón, de saliva de enferma y maíz fermentado. Era
la arrodillada después de haber vivido genuflexa, la criatura más única que podía
mirar a ningún sitio diciéndole al viandante: en su estado selvático la piedra es
un jalón de fuego negro, mas después de haber sido mansamente limada le sale
de lo hondo esa veta de sol ceremonial que sólo comparece en el borde limeño
del océano. Y allí estaba el tesoro envileciéndose entre culturas residuales, tal
vez incorporado para siempre a aquel mugriento cuero que alfombraba los
charcos del terrizo. El viandante cogió entonces la piedra con una inmemorial
misericordia, como si aún convaleciera de algún remoto síndrome de
culpabilidad. Y ya la mano se encontró propiamente con la mano: una sacrílega
permuta, una moneda a cambio del secreto solar de Coricancha.
FEMME NUE

                                                                        (Picasso)

La transgresión de la lógica conduce al predominio de la maravilla. Nada es ya
subalterno: todo regresa a su veracidad más ilusoria. Es como si cada signo
extraviado en el silencio reencontrara de pronto la palabra que significa todas
las palabras. Vociferan las líneas, gesticulan las formas. Tan imposible como la
verdad, esa mujer desnuda pertenece al terror, mitifica una historia que se
engendra a sí misma. La mutación del cuerpo fluctuando en lo absorto, la carne
que vulnera su norma de hermosura hasta el gustoso límite del vértigo, ¿no
perpetúan la cartesiana proporción de la anarquía, esa otra estirpe sexual de la
cultura cuya razón de ser consiste en su vivificante sinrazón? Nada es ya
subalterno: todo retorna una vez más a su matriz. No sin ser deformada puede la
realidad exhibir sus enigmas.
SELECCIÓN

Con lo poco que ya me va quedando de aquel fervor, de aquella benemérita
jactancia en cotejar lo que vivía, hago ahora un fogoso, un contumaz, un
subprecario racimo de papeles. Son por fortuna exiguos y ni siquiera invocan su
condición de subalternos. Remiten casi siempre a una imposible equivalencia
con mi tenacidad en desmentirme. Pero ya son en parte irreparables: los voy
distribuyendo según su decorosa graduación de artimañas, aparto los más
dóciles, ato con suma delicadeza una arrogante cinta alrededor. Los devuelvo
por fin a la basura.
DESPUÉS

La sensación de haber sido arrastrado aguas abajo de aquel río donde iba con ella
a tramitar la vida: un fúnebre amasijo de estupor y congoja cayendo en el
silencio como un chorro de vómito en la calle desierta: las venas de la historia
reducidas a un miserable montoncito de estiércol: esa veraz y hospitalaria
jurisdicción de su alegría, tan siempre disponible, tan de niña que no llegó a
crecer más que a ratos perdidos, empozándose ya por las aterradoras catacumbas
del tiempo: el cuerpo que se junta con los otros que poseerán la tierra, póstumo y
vulnerable, el más necesitado de un sustento contiguo al que tenía: esos pechos
tan pródigos igual que ojos enfermos que registran a ciegas a saber qué vacío: la
nada que se aloja en las muchas arrugas que fueron concordando con la
prolongación de su indulgencia: pulsos que ya no voy a oír desde muy lejos,
mientras iba acercándome hasta la casa aquella donde siempre me estabas
esperando, madre.
TEATRO PRIVADO

Vengo de muchos libros y de muchos apremios que la imaginación
dejó inconclusos. Vengo también de un viaje absolutamente
maravilloso que no hice nunca a Samarcanda. Y de un temor
consecutivo vengo igual que de una madre. Soy esos hombres juntos
que mutuamente se enemistan y ando a tientas buscando el rastro de
una historia donde no comparezco todavía. ¿Seré por fin ese
protagonista que desde siempre ronda entre mis libros y que también
está aquí ahora sustituyendo a quien no sé? Sólo el presente puede
modificar el curso del pasado.
CAPVESPRE A LLUCH-ALCARI

Esa fracción de vida que he perdido por ignorancia o negligencia,
¿podía haber supuesto la felicidad? Y ese libro en rigor nunca leído,
¿qué me ha negado? Derivan las sospechas hacia el turbio confín de la
ensenada y busco el rumbo aquel tan libertario donde cada respuesta
irradia un nuevo cerco de preguntas. Taciturna gestión de las balizas
que me avisan ya tarde del peligro: sólo podrá escapar quien logre ir
acogiéndose a una platónica ignorancia. Al borde de la cala, por la
mar de Deià, brota la flor versátil de la anfetamina. Qué palabra
inhumana la palabra certeza: lo que aún desconozco constituye el
único argumento de esta historia. Amaina la resaca igual que la
demencia, mientras inútilmente me rehuye el falso instigador de la
sabiduría tratando de impedir que lo desenmascare. Mi oficio es esta
forma de imponerle al recuerdo una distinta ambigüedad, ese soberbio
modo de hacer más seductora una experiencia que habrá quien
considere deleznable: cuanto aquí dejo escrito legitima eso otro que
nunca escribiré.
               De Diario de Argónida
BIBLIOTECA PARTICULAR

Comparecen los libros en lugares
anómalos, se juntan
con indolente asimetría:
                       un tropel
de vestigios locuaces,
pendencieros, irresolutos, lerdos.

He pugnado con ellos
durante muchos años: los he visto nacer,
durar, languidecer. Han resistido
intemperies, saqueos, turbamultas.

Algunos llevan dentro
la ponderada prueba de mi envidia,
los más el distintivo
incorregible de la decepción.

Mi error fue abrir un día un libro.


                                           (JACK LONDON, The Sea Wolf)
MEMORIA PERDIDA

Hay un fondo borroso de papeles
quemados, como una repentina
combustión de residuos que se han ido
esparciendo en las habitaciones.

Casa sin nadie, ¿estuve alguna vez
aquí, cuando la inercia consistía
en un vago remedo de la felicidad,
y los incinerados
restos de la memoria se aventaban
por esos intramuros donde ya hasta la música
era una estratagema del silencio?

Se me ha olvidado todo lo que no dejé escrito.
PRESENTE HISTÓRICO

Vuelven
los días cada vez más raudos
a su casa nativa.
Ya no saldrán nunca de allí.

Traen
su osamenta, su escoria, su doblez,
su equipaje superfluo
y una mancha de sangre alrededor.
Viene
de lugares remotos, con frecuencia
improbables, de tiempos
con boquetes
equivocados de fugacidad.

Días veloces, inconstantes, híbridos,
juntos ya en el presente como un ascua.

Vigencias del recuerdo: olvidos aplazados.
COTEJO DE FUENTES

La verdinegra tapia que ceñía
el jardín del prostíbulo, en parte decorado
de rótulos obscenos, todavía conserva
los mismos desconchones inclementes,
las mismas mordeduras de musgo y de salitre
que se veían cuando yo era joven
y me asomé a la vida por allí.

Teresa Lavinagre, vieja puta
que ya andaba de adolescente en sus comercios
por los desmontes de Matafalúa,
se hospedó andando el tiempo en esa casa
cuyos muros devora el desamparo,
antes de que el hipócrita de turno la expulsase
de la miseria libre de su reino.
Era una mujer hospitalaria y jubilosa,
dotada de una magnánima variedad
de benevolencias, y ahora se extingue
al borde de la playa, cerca
de ese antiguo burdel, igual que un bulto
devuelto por la marea.
                        Vida dilapidada,
corazón decrépito, qué hermosura
saber que nunca hizo absolutamente nada
para evitar su propio descalabro,
                                  Dios mío.
UN PARADIGMA

Dejó escrito Virgilio, ofuscado quizá
por los pronósticos adversos del cielo de Brindisi,
que los doce libros de la Eneida, a cuya gestación
dedicó los últimos once años de su vida,
debían ser quemados tras su muerte.

No consintió Augusto, sin embargo,
que semejante designio se cumpliera, y así
se perpetuó en la historia la historia portentosa
del príncipe troyano, que aún incumbe al periplo
de nuestras más honrosas usanzas culturales.

Mediante las palabras ascendió Virgilio
al círculo glorioso
de los inextinguibles conductores de hombres
y el hecho de que un día quisiera destruir
el cardinal linaje de su memoria escrita
nos llega hasta ahora mismo
como un supremo ejemplo de horror a la impotencia.
NOCTURNO CON BARCOS

Siento pasar los barcos por dentro
de la noche. Vienen de un transitorio
distrito del invierno y van a otra interina
estación de argonautas,
                        esas rutas
quiméricas que rondan
los fascinantes puertos de la imaginación.

Invisibles a veces, surcan
las cóncavas comarcas de la niebla,
pertenecen a un mundo despoblado,
a alguna procelosa tradición
de vidrieras marchitas, se parecen
a la emoción que queda detrás de algunos sueños.

Llega hasta aquí el empuje
respiratorio de las máquinas, el empellón
del agua en las amuras,
                       y a veces
una sirena desenrosca
la disonante cinta de su melancolía
por los opacos círculos del aire.

La cifra de esos barcos es la mía.
Con ellos cada noche se va también mi alma.
A MODO DE RECOMPENSA

Oigo a veces, en sigilosas noches
otoñales, una oblicua graduación de bramidos
provenientes de Argónida.
                          Es como un rastro
agreste de hermosura y pavor, como una súbita
concentración de alimañas que bullen
en sus madrigueras y surcan cada día
los áureos aposentos litorales.

No sé a qué confidencias remiten esas voces
pero, juntas, atañen a mi vida.
                              Llegan
hasta el vértice neto de los sueños
y allí transmite sus informaciones
a quien procede del insomnio y sabe
que siempre y sin remedio
oirá hablar a la noche en medio de la noche.
MESTIZAJE

Reluce el mármol veteado
entre la pomarrosa y el laurel
y algo como una suave gasa malva
deja sobre los mates barnices de la tarde
un voluptuoso amago de siesta femenina.

Una mujer de grandes ojos dulces
destaca entre los tórridos difuminos del patio
con un lánguido gesto de intimidada
por la inminencia de la fotografía.
Erguido junto a ella hay un niño
en cuyos tenues brazos zozobra una fragata
y a su lado una negra de pechos presurosos
sostiene una cesta de frutas
que parece ofrecer a algún oculto rondador.

Es utensilio extraño la memoria.
Evoco ahora lo que no he vivido:
una estirpe de nombres lentamente criollos
resonando en las ramas prenatales.
Ésa es la abuela Obdulia y ése es mi padre
y ésa es la casa familiar de Camagüey,
adonde yo llegué una tarde crédula
en busca de un ramal de mi autobiografía
y sólo hallé la cerrazón, el vestigio remoto
de un apellido apenas registrado
en la municipales actas de la infidelidad.

También yo estoy allí, huelo a melaza
rancia y a sudor de machetes,
oigo las pulsaciones grasientas del trapiche,
los encrespados filos de la zafra,
siento la floración de un mestizaje
que a mí también me alía con mi propio decoro.

Cuánto pasado hay
en esa omnipresente estampa familiar.
Mientras más envejezco más me queda de vida.


                                                 (Ingenio de La Ceiba Grande, 1892-1968)
De Manual de infractores
Summa vitae

De todo lo que amé en días inconstantes
ya sólo van quedando
rastros,
         marañas,
                   conjeturas,
pistas dudosas, vagas informaciones:
por ejemplo, la lluvia en la lucerna
de un cuarto triste de París,
la sombra rosa de los flamboyanes
engalanando a franjas la casa familiar de Camagüey,
aquellos taciturnos rastros de Babilonia
junto a los barrizales suntuosos del Éufrates,
un arcaico crepúsculo en las Islas Galápagos,
los prolijos fantasmas
de un memorable lupanar de Cádiz,
una mañana sin errores
ante la tumba de Ibn`Arabi en un suburbio de Damasco,
el cuerpo de Manuela tendido entre los juncos de Doñana,
aquél café de Bogotá
donde iba a menudo con amigos que han muerto,
la gimiente tirantez del velamen
en la bordada previa a aquel primer naufragio...

Cosas así de simples y soberbias.

Pero de todo eso
                 ¿qué me importa
evocar, preservar después de tan volubles
comparecencias del olvido?

Nada sino una sombra
Cruzándose en la noche con mi sombra.
INTROSPECCIÓN

Una luz vespertina de prostíbulo,
de resto de alcohol, de inconsolable
cantina ferroviaria, irrumpe
y persevera en esos intramuros
fugaces de la desmemoria.

Se oye el paso decrépito del tiempo
entre las inconstantes dádivas
de la felicidad,
               mientras fluyen
los cuerpos juveniles y el olvido
otra vez se delata y lame
con su liviana lengua
un penúltimo rastro de deseo.

Rostro ficticio de vacías
cuencas, madre
de los espejos, ¿en qué me he equivocado?

Emigra la verdad como las aves.
LA CLAVE VENTUROSA DE LA VIDA

Recuerdo paso a paso aquel camino
de tierra oscurecida por la lluvia, con charcos
despiadados, alambradas hirsutas
en las lindes y unos chopos sin hojas
afligiendo al paisaje.
                    Un lugar anodino,
difuso, apenas predecible, y sin embargo
dotado de una nítida hermosura,
no por ningún expreso ornato natural
sino porque precisamente allí, hace ya tiempo,
percibí de improviso una presencia
parecida a la plenitud, ese raudo bosquejo
que irrumpe en la memoria y se incorpora
ya para siempre a los indubitables
rudimentos de la felicidad.
                          Sólo eso:
unos ojos pendientes de los míos,
y en ellos, descifrándose,
la clave venturosa de la vida.
ATAJO DEL TIEMPO

Sedienta luz calcárea
que repta entre Damasco y Almalula
la miel solar vertiéndose
por la junturas del adobe
y el brusco ardor del aire
arrastrando rastrojos entre ruinas,
mientras llegas
                no llegas
                          a un chamizo
de polvorientos anaqueles, restos
de guarnicionerías y divanes
de ajada piel de cabra, dulces
andrajos de un linaje de príncipes,
y oyes de pronto el torrencial acorde
del arameo, único aduar del mundo
(te dijeron)
donde gentes de venerables rostros
y túnicas hendidas como llagas
hablan aún la lengua que habló Cristo,
en tanto que la trama del aire predecía
ese atajo del tiempo en que se aloja
la palabra matriz de las palabras.
DE REPENTE LA MÚSICA

De repente, la música.
                         Fulgor
inmemorial, emerge de lo absorto
y se estaciona
en estas anhelantes adyacencias
del silencio.
             En derredor la luz
ocupa los audibles tonos fértiles
de un inmanente gozo sin segundo
y el veredicto de la plenitud
se filtra entre la furia voluptuosa
del saxo.
           El mundo cabe en esa súbita
constancia musical de haber vivido.
BARCOS

He navegado en barcos
desiguales
           -dóciles, neutros,
belicosos-
           tratando de llegar
lo antes posible a ningún sitio
o acaso rezagándome en las últimas
demarcaciones de la soledad.

Algunos de esos barcos eran míos,
otros pertenecían a los prolijos puertos
de la imaginación.
                   Dignificados
por la literatura, he ido amándolos
como si fueran cuerpos,
como si fueran árboles,
como si fueran músicas.

Ahora ya permanecen inertes, abolidos,
pudriéndose en los varaderos
de no sé qué recodo
de la postergación,
                  surcando a la deriva
las aguas insurrectas del recuerdo.

A lo lejos los mástiles
sugieren cotas de felicidad,
indistintos trasuntos de aventuras
que viví ansiosamente
cuando yo menos las necesitaba
y que se han ido disipando
igual que cicatrices en la cara del mar.
LA TRANSPARENCIA

Como el cautivo que escucha desde su celda el paso de los trenes,
como quien busca cada noche empecinadamente algún rastro
perdido que no conduce a ningún sitio,
como el que se pasa media vida intentando atravesar la frontera
entre dos zonas igualmente prohibidas,
como el acróbata que piensa en sus últimos descalabros mientras
se esfuerza por mantener el equilibrio,
como el navegante que altera deliberadamente el rumbo
para poder naufragar sin temor a equivocarse,
así pretendo ahora ordenar los olvidos, elegir únicamente aquellos
que no afecten apenas a los turbios litigios del pasado.

La transparencia, Dios, la transparencia.
PASIÓN DE CLANDESTINO

De aquellas arduas clandestinidades
tenazmente debidas
a causas nobles y amorosos lances,
sólo te queda un sedimento
entre feliz y melancólico, la sensación
de haber perdido algo inencontrable,
un decoro, una fe y algún temor:
eso que fue sin duda
el rango más preciado de tu vida.

Vertiginosos días de lecciones
difíciles, de secretos quehaceres y nocturnidades,
de coartadas sensibles a la luz que te valieron
cárcel, exilio, represalias
y algo como un empecinado acopio de certezas
que afloró andando el tiempo en lastres varios.

De grado compartías encomiendas
que la pasión hacía más audaces,
aquella candorosa convicción
de estar fogosamente prestigiando
las noches, los sigilos, los empeños
heroicos, los prohibitivos usos del amor,
mientras la dignidad gestaba su literatura
y en dulces aficiones te acogías.

No has vivido emoción igual que aquélla.
Nada ha sido lo mismo desde entonces
y aún eres el recuerdo de ese hermoso
oficio pasional de clandestino.

Nunca fue en vano tan magnánimo
aprendizaje de la vida.
La historia de después te importa menos.
TERROR PREVENTIVO

Ventana borrascosa abierta al borde
de las ruinas,
             ven y asómate, hermano,
¿no ves en esa trama
preconcebida de la iniquidad
como un tajo feroz mutilando el futuro?

Y allí mismo, detrás de la estrategia
irrevocable del terror, ¿no escuchas
el sanguinario paso de la secta,
la marca repulsiva
del investido de poderes,
sus rapiñas, sus mañas, sus patrañas?

Atroz historia venidera,
¿en qué manos estamos, cuántas trampas
tendrá que urdir la vida para seguir viviendo?
ARRABAL DE SENECTUD

Tránsito monocorde de los días
de otoño,
          cuando
la tez del mar vira hacia el malva
y los exhaustos árboles
diseminan sus últimos despojos
por los rezumaderos del jardín.

Los estragos del tiempo desdibujan
a rachas los confines
benevolentes del paisaje,
                          mientras
borran las nubes el verdor del día
y en algún sitio reaparecen
las acérrimas cifras del recuerdo.

Cada vez más las noches
tienen ya algo de preámbulos.
VASTAS SON LAS VARIANTES DEL OLVIDO

Vastas son las variantes del olvido:
el óxido, la sangre coagulada,
los cementerios de automóviles, el musgo
suturando las llagas de las piedras,
el resplandor de las farolas
en los charcos, las botellas vacías.

Pero ninguna tan veraz como esa página
escrita por error en la amenazadora
coyunda del vacío de la noche,
justo cuando desploma la impotencia
su pesadumbre sobre la escritura.

Allí el olvido sella su pacto con los libros.
NÚMERO IMAGINARIO

Lector que estás leyéndome en algún interino
declive de la noche, ¿qué sabes tú de mí?
¿En qué despeñadero de qué historia
podemos encontrarnos?
                       Quienquiera que tú seas
te exhorto a que me oigas, a que acudas
hasta estos rudimentos del recuerdo
donde me he convocado a duras penas
para poder al fin reconocerme.
Ven tú también si me oyes hasta aquí.

Lector, número imaginario, azar
copulativo, sustitúyeme
                       y busca
por esos vericuetos
de la complicidad cuándo, en qué sitio
se hizo veraz la vida que a medias inventamos.
VIAJERO DE PASO

En las habitaciones de los broncos, obtusos
hoteles estivales
hay siempre un remanente de amenazas
enmascarado entre los utensilios
de la noche.
            Implacables
ocurren los ruidos por dentro de los muros:
unos pasos erráticos que atruenan
en los techos tan fúnebres,
una voz de guarida trabada en el armario,
un estruendo de aguas desplomándose
por las acongojantes cañerías,
                              mientras
la oscuridad imprime
como un brillo de tea en la almohada.

¿Con qué sombras pernocto, quién
me defenderá de esos intrusos
que transfieren su inquina al hospedado?

Más que nunca la vida
se vuelve aquí provisional y huraña.
MADINAT AL-ZAHRA

Los que un día fundaran la suma fastuosa
de estos palacios y jardines,
¿vislumbraron acaso su efímera grandeza,
fueron conscientes de su fugacidad?

Y los que ahora mismo tratan de sustraer
de incurias y saqueos
tantas magnificencias devastadas,
¿saben que sólo unos vestigios les sobrevivirán?

Los hijos de los hijos
de quienes desentierran los despojos,
¿sospecharán también que nunca
alcanzarán a preservar
los pavimentos y artesones, las columnas y frisos,
baños, salones, acueductos, patios,
ese esplendor inmensurable
que hace mil años deslumbrara al mundo?

Quien ahora pasea entre escombros y atisbos
inusitados de belleza, musita de repente
una plegaria justiciera:
                      dejad
que las ruinas perpetúen su rango de ruinas,
que las piedras repelan a otras piedras innobles,
dejad piadosamente
que los muertos entierren a sus muertos.


                                                         (Marguerite Yourcenar,
                                                     Andalucía o las Hespérides)

				
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