ISAK DINESEN - Cuentos Del Joven Marinero Y Otros Relatos

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					CUENTO DEL JOVEN
MARINERO Y OTROS
    RELATOS
     Isak Dinesen
Cuento Del Joven Marinero Y Otros Relatos                             Isak Dinesen



             Isak Dinesen, La Culminación De Un Destino


      En 1986 se exhibió en las pantallas de todo el mundo una película de
Sidney Pollack que se haría enormemente popular. El extraordinario exito
comercial de Memorias de África (Out of Africa), inspirada en un libro
autobiográfico, puso de actualidad en nuestro país a uno de los más
interesantes narradores daneses, que era prácticamente desconocido en España.
Lo que también ignoraban muchos españoles es que Isak Dinesen, autor de
Lejos de Africa (1937), era el seudónimo masculino de una fascinante mujer:
Karen Blixen.
      Isak Dinesen no fue el único nombre utilizado por Karen Christentze
Dinesen, nacida en Rungsted, Copenhague, en 1885, y fallecida en Copenhague
en 1962. Sus familiares la llamaban Tanne; era Tania y Jeri para sus íntimos;
Osceola fue su primer seudónimo y se convirtió en la baronesa Karen von
Blixen-Finecke por su matrimonio. Adoptó otros nombres en distintas etapas de
su vida —Pellegrina, Amiane, Schehrazade—, pero fueron los de Karen Blixen
y, sobre todo, Isak Dinesen los nombres con los que acabó identificándose.
      Karen Dinesen llevó una existencia intensa. Estudió arte en Copenhague,
París y Roma; dotada de aptitudes artísticas, practicó la pintura y mostró sus
talentos, pero la literatura era su fuerte. Al término de sus estudios contrajo
matrimonio con su primo el barón Bror von Blixen-Finecke, con el que se
trasladó a Kenia para administrar una granja de café. El matrimonio fue un
completo fracaso y terminó en 1921, pero su estancia en la granja le deparó las
dos grandes pasiones de su vida: África y su relación sentimental con el cazador
Denys Finch-Hatton, en el que se reunían el refinamiento intelectual y
romanticismo del aventurero.
      La nostalgia de este periodo de su vida no la abandonaría nunca e inspiró
excelentes libros, como el citado Lejos de Africa y Sombras en la hierba (1960).
En 1931, tras la muerte de Finch-Hatton y obligada por la caída del precio del
café en los mercados internacionales, Karen Blixen regresó a su país. Nunca más
volvió a Afríca.
      Durante los dos años siguientes se recluyó en una residencia familiar de
Rungstedlund y en 1933 terminó Siete cuentos góticos, libro de relatos escrito
en inglés que, tras ser inicialmente rechazado por los editores, se publicó un año
después en Estados Unidos. Este libro fue el principio de su éxito internacional
y, también, de Isak Dínesen, nombre con que lo firmó y que alternaría en
adelante con el de Karen Blixen.
      A Siete cuentos góticos siguieron otras obras que constituyen quizá lo
mejor de su producción. Entre los libros de esta etapa destacan: Siete



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Cuento Del Joven Marinero Y Otros Relatos                             Isak Dinesen


narraciones fantásticas (1935), Lejos de Africa (1937), Cuentos de invierno (1942)
y Últimos cuentos (1957).
      Cuentos de inverno, del que se reproducen tres relatos en el presente
volumen, fue escrito en los duros inviernos de la ocupación alemana de
Dinamarca. Al mismo tiempo que el libro se publicaba en su país, la autora
logró hacer llegar una versión en inglés a Inglaterra y Estados Unidos, que
acompañó, en el frente y en la retaguardia, a muchos soldados aliados. Cuentos
de invierno es el más danés de los libros de Isak Dinesen y los relatos están
impregnados de la claridad y la serenidad del paisaje escandinavo. Son
narraciones líricas, intensas, agridulces y trágicas, en las que los anhelos y
sueños que animan a los protagonistas son asumidos por éstos como una
llamada del destino.
      La vida de Karen Blixen fue también una lucha valerosa para realizar su
destino, para crearse un mundo espiritual que fuera suyo propio. El éxito de
este empeño queda refrendado por su obra.




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Cuento Del Joven Marinero Y Otros Relatos                                         Isak Dinesen



                            Cuento Del Joven Marinero


      El bricbarca1 Charlotte había zarpado de Marsella y navegaba rumbo a
Atenas, con tiempo gris y mar gruesa, después de tres días de fuerte temporal.
Un pequeño marinero llamado Simón, en la cubierta mojada y balanceante, se
sujetaba a un obenque2 y miraba hacia las nubes viajeras y la verga del
mastelerillo3 del palo mayor.
      Un ave, buscando refugio en el mástil, se había enredado las patas en una
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driza suelta de algún aparejo, y forcejeaba allá arriba tratando de liberarse. El
chico de la cubierta podía verla aletear y agitar la cabeza de un lado a otro.
      Por su propia experiencia en la vida, había llegado a la convicción de que
en este mundo cada cual debía cuidar de sí mismo, y no esperar ayuda de los
demás. Pero aquella lucha muda, mortal, le tenía fascinado desde hacía más de
una hora. Se preguntaba qué clase de ave sería. En los últimos días habían
venido a posarse numerosas aves en las jarcias5 del bricbarca: golondrinas,
codornices y un par de halcones peregrinos; le parecía que esta vez se trataba de
un halcón peregrino. Recordaba que hacía muchos años, en su país, cerca de la
casa, vio una vez un halcón peregrino posado en una piedra, a poca distancia, y
echar a volar. A lo mejor era la misma ave. Pensó: «Es como yo. Antes estaba
allá y ahora está aquí».
      Esto despertó en él un sentimiento de simpatía y de tragedia, siguió
mirando al ave con el corazón en un puño. No estaba presente ninguno de los
marineros para reírse de él, empezó a pensar cómo podía trepar por las jarcias
para ayudar al halcón. Se echó el pelo hacia atrás, se subió las mangas, miró por
toda la cubierta y empezó a trepar. Tuvo que detenerse un par de veces en el
aparejo oscilante.
      Al llegar a lo alto del mástil comprobó que era, efectivamente, un halcón
peregrino. Cuando su cabeza llegó a la altura del ave, ésta dejó de debatirse, y
le miró con ojos furiosos, desesperados, amarillos. Tuvo que sujetarla con una
mano mientras sacaba el cuchillo y cortaba la driza. Se asustó al mirar hacia
abajo; pero a la vez pensó que no se lo había ordenado nadie, que era su propia

1
    Bricbarca: Barco grande parecido al bergantín, que tiene a popa un tercer palo más pequeño
    para la vela cangreja.
2
    Obenque: Cabo grueso con que se sujeta el extremo de los mástiles de un barco a los costados
    o a la cofa del mismo.
3
    Verga del mastelerillo: La verga es el palo colocado horizontalmente en un mástil para
    sostener una vela; el mastelerillo es un palo menor que prolonga el mastelero, el cual, a su
    vez, es un pequeño mástil que se coloca sobre cada uno de los mástiles mayores.
4
    Driza: Cabo para izar y arriar una vela.
5
    Jarcias: Conjunto de aparejos y cabos de un barco.


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aventura, y esto le produjo una sensación orgullosa, tranquilizadora; como si el
mar y el cielo, el barco, el ave y él mismo fueran todo uno. Justo cuando la hubo
liberado, el ave le dio un picotazo en el pulgar, de manera que le hizo sangre, y
estuvo a punto de soltarla. Se enfadó con ella y le dio un cachete; a continuación
se la metió en el interior de la chaqueta y bajó.
      Cuando llegó a la cubierta, se encontraban allí el piloto y el cocinero
mirando; le preguntaron a voces a qué había subido al mástil. Él estaba tan
cansado que tenía lágrimas en los ojos. Sacó el halcón y lo enseñó, mientras éste
permanecía quieto en sus manos. El piloto y el cocinero se echaron a reír y se
fueron. Simón dejó el ave en el suelo, retrocedió, y se quedó mirándola. Al cabo
de un rato pensó que no sería capaz de levantarse de la resbaladiza cubierta, así
que la cogió otra vez y fue a colocarla sobre un rollo de lona. Poco después
empezó a ordenarse las plumas, dio dos o tres violentos aletazos y de repente
echó a volar. El chico pudo seguir su vuelo por encima de los surcos de agua
gris. Pensó: «Allá vuela mi halcón».
      Cuando regresó el Charlotte, Simón se enroló en otro barco; y dos años
más tarde era un avispado marinero de la goleta 6 Hebe, fondeada en Bodo, en la
costa norte de Noruega, donde había entrado a cargar arenque.
      A los grandes mercados de arenque de Bodo acudían barcos de todos los
rincones del mundo: había barcos suecos, finlandeses y rusos: un bosque de
mástiles; y en la playa, un tumultuoso y heterogéneo despliegue de vida, donde
se oían muchas lenguas y se suscitaban tremendas peleas. Se habían instalado
puestos de venta en la playa, y los lapones7, gente pequeña y amarilla, de
movimientos sigilosos y ojos vigilantes, a la que Simón no había visto en la
vida, bajaban a vender artículos de piel adornados de cuentas. En abril, el cielo
y el mar eran tan claros que resultaba difícil mantener la vista frente a ellos —
salados, infinitamente anchos y poblados de chillidos de ave—, como si alguien
estuviese afilando incesantemente cuchillos invisibles en todas partes, arriba en
el cielo.
      Simón estaba asombrado de la claridad de estas noches de abril. No sabía
geografía, y no lo atribuía a la latitud8, sino que lo consideraba un signo de
buena voluntad del Universo, un favor. Simón había sido toda su vida bajo de
estatura para su edad, pero este último invierno había dado un estirón y se
había hecho fuerte de miembros. Esta suerte, pensaba, debía de proceder de la
misma fuente que la bondad del tiempo, de una nueva benevolencia del
mundo. Había estado necesitado de este estímulo, dado que era tímido por


6
    Goleta: Velero ligero de dos o tres palos y bordas poco elevadas.
7
    Lapones: Pueblo de pastores de renos que habita en las regiones del norte de Europa por
    encima del círculo polar ártico.
8
    En las regiones polares, debido a la inclinación de la Tierra, hay luz solar la mayor parte del
    día en los meses de primavera y verano; de ahí la claridad de la noche.


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naturaleza; ahora no pedía mas. El resto consideraba que era cosa suya. Se
movía lentamente, orgullosamente.
      Una tarde bajó a tierra con permiso, y se acercó al puesto de un pequeño
comerciante ruso, un judío que vendía relojes de oro. Todos los marineros
sabían que eran de falso metal y que no funcionaban, aunque los compraban y
los exhibían con ostentación. Simón estuvo contemplando un buen rato estos
relojes, pero no compró ninguno. El viejo judío exhibía diversas mercancías en
su puesto; entre ellas, una caja de naranjas. Simón las había probado en sus
viajes; compró una y se la llevó. Quería subir a una colina desde donde poder
ver el mar, y comérsela allí.
      Siguió andando; y al llegar a las afueras del pueblo vio a una niña con un
vestido rojo, de pie al otro lado de una cerca, mirándole. Tendría trece o catorce
años; estaba delgada como una anguila, pero tenía una cara redonda, alegre,
pecosa y un par de trenzas largas. Se miraron mutuamente.
      —¿A quién esperas? —preguntó Simón, por decir algo.
      La cara de la niña esbozó una sonrisa extática, presuntuosa:
      —Al hombre con quien me voy a casar, naturalmente —dijo.
      Había algo en su semblante que hizo que el muchacho se sintiese confiado
y feliz; le sonrió un poco.
      —A lo mejor soy yo —dijo él.
      —¡Ja, ja! —rió la niña—; es unos años mayor que tú, para que te enteres.
      —¿Cómo es eso? —dijo Simón—; pues tú no eres tan mayor.
      La niña negó con la cabeza solemnemente.
      —No —dijo—; pero cuando lo sea, seré guapísima; y llevaré zapatos
marrones con tacones y un sombrero.
      —¿Quieres una naranja? —preguntó Simón, ya que no podía darle
ninguna de las cosas que ella había mencionado. La niña miró la naranja y
luego a él.
      —Están muy buenas —dijo él.
      —Entonces, ¿por qué no te la comes tú? —preguntó ella.
      —Yo he comido muchas ya —dijo él—, cuando estaba en Atenas. Aquí,
ésta me ha costado un marco.
      —¿Cómo te llamas? —preguntó ella.
      —Me llamo Simón —dijo él—. ¿Y tú?
      —Yo, Nora —dijo ella—. ¿Qué quieres a cambio de tu naranja, Simón?
      Cuando oyó su nombre en la boca de ella, Simón se volvió audaz.
      —¿Quieres darme un beso, a cambio de la naranja? —preguntó.
      Nora le miró seria un momento.
      —Sí —dijo—; no me importa darte un beso.
      Simón notó que le entraba un calor como si hubiese estado corriendo.
Cuando la niña extendió la mano para que le diese la naranja, se la cogió. En ese
instante la llamó alguien desde la casa.


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      —Es mi padre —dijo, y trató de devolverle la naranja; pero él no lo
consintió—. Pues vuelve mañana —dijo ella—; entonces te daré el beso —y
echó a correr. Él se quedó viéndola marcharse, y poco después regresó al barco.
      Simón no tenía costumbre de hacer planes para el futuro, y no sabía si
volvería para verla o no.
      La tarde siguiente tenía que quedarse a bordo, ya que los demás
marineros iban a bajar a tierra; pero no le importaba. Decidió sentarse en
cubierta con Balthazar, el perro del barco, y practicar con una concertina9 que se
había comprado hacía algún tiempo. El pálido atardecer le rodeaba por todas
partes; el cielo tenía un matiz débilmente rosáceo, la mar estaba completamente
llana, lechosa; sólo en la estela de los botes que iban a tierra se quebraba en
franjas de intenso índigo. Y se sentó a tocar; al cabo de un rato, su propia
música empezó a hablarle tan vehementemente que se detuvo, se levantó y
miró hacia arriba. Entonces descubrió la luna llena en lo alto del cielo.
      El cielo estaba tan claro que apenas hacía falta: era como si hubiese subido
allí por propio capricho. Era redonda, grave, presuntuosa. Y entonces
comprendió Simón que debía bajar a tierra, costara lo que costase. Pero no sabía
cómo ir, ya que los demás se habían llevado la yola10. Llevaba mucho rato de
pie en la cubierta, pequeña figura solitaria de joven marinero en su barco,
cuando vio que se acercaba la yola de un barco que estaba fondeado más afuera
y llamó. Averiguó que eran marineros rusos de un barco llamado Anna que
iban a tierra. Cuando consiguió hacerse entender, le llevaron con ellos; primero
le pidieron dinero por el viaje; luego, riendo, se lo devolvieron. Simón pensó:
«Éstos creen que voy al pueblo en busca de mujeres. Luego, con cierto orgullo,
pensó que tenían razón; aunque al mismo tiempo estaban infinitamente
equivocados, y no tenían idea de nada.
      Una vez en tierra, le invitaron a beber con ellos, y Simón no quiso decirles
que no porque le habían ayudado. Uno de los rusos era un gigantón, grande
como un oso; le dijo a Simón que se llamaba Iván. Se emborrachó enseguida, y
luego acometió al muchacho con afecto osuno, le manoseó, sonrió y se rió en su
cara, le regaló una cadena de reloj de oro y lo besó en ambas mejillas. Simón
pensó entonces que él también tenía que regalarle algo a Nora cuando la viese
otra vez; y en cuanto pudo dejar a los rusos, se dirigió a un puesto que conocía
y compró un pañuelito azul, del mismo color que los ojos de ella.
      Era sábado por la tarde, y circulaba mucha gente entre las casas: iban en
largas filas, algunos cantando, y todos deseosos de divertirse esa noche. Simón,
en medio de esta vida rica y bulliciosa bajo la luna clara, sentía la cabeza alegre
con su escapada del barco y la bebida fuerte. Se embutió el pañuelo en el
bolsillo; era de seda, cosa que nunca había tocado anteriormente, un regalo para
su amiga.
9
     Concertina: Acordeón de forma hexagonal u octogonal.
10
     Yola: Embarcación ligera y estrecha movida a remo o a vela.


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      No recordaba el camino a casa de Nora, se perdió, y volvió adonde había
empezado. Entonces le asaltó un miedo terrible de llegar demasiado tarde y
echó a correr. En un paso estrecho entre dos casas de madera chocó con un
hombre corpulento, y descubrió que era Iván otra vez. El ruso cerró los brazos
en torno suyo y le sujetó.
      —¡Bueno, bueno! —exclamó desbordante de alegría—; al fin te he
encontrado, mi pequeño pollito. Te he buscado por todas partes; y el pobre Iván
ha llorado porque había perdido a su amigo.
      —Suélteme, Iván —exclamó Simón.
      —Ah, ah —dijo Iván—; iré contigo y tendrás lo que quieras. Mi corazón y
mi dinero son tuyos, todo tuyos; yo también he tenido diecisiete años, también
he sido una pequeña ovejita de Dios, y quiero serlo otra vez esta noche.
      —¡Suélteme —exclamó Simón—, que tengo prisa!
      Iván le sujetaba de tal manera que le hacía daño, mientras le acariciaba con
la otra mano.
      —Lo siento, lo siento —decía—. Vamos, confía en mí, amiguito mío. Nada
nos va a separar. Oigo llegar a los otros: vamos a pasar una noche juntos que la
recordarás cuando seas abuelito.
      De repente estrujó al muchacho contra sí, como el oso que lleva a un
cordero. La odiosa sensación de calor masculino y el corpachón de un hombre
pegado a él enloqueció al flaco muchacho. Pensó en Nora, esperándole, como
una embarcación esbelta en el aire turbio, mientras él estaba aquí, sufriendo el
abrazo caluroso de un animal peludo. Golpeó a Iván con todas sus fuerzas.
      —Te mataré Iván —gritó—, si no me sueltas.
      —¡Bah, después me lo agradecerás! —dijo Iván, y empezó a cantar.
      Simón hurgó en su bolsillo buscando la navaja y consiguió abrirla. No
podía levantar la mano, pero hundió la navaja furiosamente por debajo del
brazo del gigantón.
      Casi instantáneamente, sintió brotar la sangre y correrle por la manga
hacia abajo. Iván dejó de cantar de repente, soltó al muchacho y profirió dos
largos y profundos gruñidos. Un segundo después cayó de rodillas.
      —Pobre Iván, pobre Iván —gimió.
      Cayó de bruces. En ese momento Simón oyó a los otros marineros que se
acercaban cantando por el callejón.
      Se quedó inmóvil un momento, limpió la navaja y observó que la sangre
derramada había formado un charco oscuro debajo del enorme corpachón.
Luego echó a correr. Al detenerse un segundo para elegir una dirección, oyó
gritar a los marineros sobre su compañero muerto. Y pensó: «Tengo que bajar a
la mar y lavarme las manos». Pero, al mismo tiempo, corría en dirección
opuesta. Al cabo de un rato dio con el camino por el que había pasado el día
anterior y le pareció familiar, como si lo hubiese recorrido centenares de veces
en su vida.


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      Aflojó el paso para echar una mirada, y de pronto descubrió a Nora al otro
lado de la cerca; estaba a muy poca distancia de él, cuando la vio a la luz de la
luna. Tambaleante y sin aliento, cayó de rodillas. Durante un momento no pudo
hablar.
      —Buenas noches, Simón —dijo ella con su vocecita acariciadora—. Hace
rato que te estoy esperando —y tras una pausa añadió—: Me he comido la
naranja.
      —¡Ah, Nora —exclamó el muchacho—. He matado a un hombre.
      Nora se le quedó mirando, pero no se movió.
      —¿Por qué has matado a un hombre? —preguntó al cabo de un rato.
      —Para llegar aquí —dijo Simón—. Porque intentaba detenerme. Pero era
mi amigo —lentamente, Simón se puso en pie—. ¡Me quería! —exclamó; y
entonces estalló en lágrimas—. Sí —dijo despacio, pensativo—. Sí, porque tú
estarías aquí puntualmente. ¿Puedes esconderme? —preguntó—. Porque me
buscarán.
      —No —dijo Nora—; no te puedo esconder. Porque mi padre es el párroco
de aquí, de Bodo, y seguro que te entregaría, si se enterase de que has matado a
un hombre.
      —Entonces —dijo Simón—, dame algo para limpiarme las manos.
      —¿Qué tienes en las manos? —preguntó ella, y dio un pasito adelante.
      El extendió las manos.
      —¿Es tuya esa sangre? —preguntó ella.
      —No —dijo Simón—, es del hombre muerto.
      Nora retrocedió un paso otra vez.
      —¿Me odias ahora? —preguntó él.
      —No, no te odio —dijo ella—. Pero ponte las manos en la espalda.
      Al hacerlo, Nora se acercó mucho a él, en el otro lado de la cerca, y le echó
los brazos alrededor del cuello. Apretó su cuerpo joven contra el de Simón y le
besó tiernamente. Simón sintió la cara de ella, fría como la luz de la luna, sobre
la suya; y cuando le dejó, le flotaba la cabeza, y no sabía si el beso había durado
un segundo o una hora. Nora se enderezó con los ojos muy abiertos.
      —Ahora —dijo lenta, orgullosamente— te prometo que jamás me casaré
con nadie, en toda mi vida.
      El muchacho seguía en el mismo sitio, con las manos en la espalda como si
ella se las hubiese atado así.
      —Y ahora corre —dijo ella—, porque se acercan.
      Se miraron los dos al mismo tiempo.
      —No lo olvides, Nora —dijo. Se volvió y echó a correr. Saltó una cerca, y
cuando estuvo entre las casas siguió andando. No sabía adónde ir. Al llegar a
un portal del que salía música y ruido de voces, lo traspuso lentamente. El
recinto estaba lleno de gente: había baile. Una lámpara colgaba del techo, y
brillaba sobre los que estaban bailando; el aire era espeso y marrón a causa del


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polvo que se elevaba del suelo. Había algunas mujeres, pero muchos de los
hombres bailaban unos con otros; y pateaban el suelo serios o riendo. Al poco
de entrar Simón, la multitud se retiró hacia la pared para dejar espacio a dos
marineros que ejecutaban un baile de su propio país. Simón pensó: «No
tardarán en pasar por aquí los hombres del bote, en busca del que ha matado a
su compañero; y por mis manos sabrán que he sido yo». Los cinco minutos que
estuvo junto a la pared del local, en medio de los alegres y sudorosos bailarines,
fueron de gran importancia para el muchacho. Él mismo se daba cuenta; como
si madurase en ese tiempo, y se volviese como los demás. No suplicaba a su
destino; ni se quejaba. Aquí estaba él: había matado a un hombre y había
besado a una muchacha. No pedía nada más a la vida; ni la vida podía pedir
nada más de él. Era Simón, un hombre como los que le rodeaban, e iba a morir,
como van a morir todos los hombres.
       Sólo tuvo conciencia de lo que pasaba fuera de él cuando vio que había
entrado una mujer, y que estaba de pie en el centro de la sala despejada,
mirando en torno suyo. Era una vieja ancha y baja de estatura, con ropas
laponas, y miraba con dignidad y fiereza como si fuese la dueña de todo el
pueblo. Era evidente que la mayoría de los presentes la conocían y que le
temían un poco, aunque algunos se reían, el bullicio del baile se apagó al alzar
ella la voz:
       —¿Dónde está mi hijo? —preguntó con voz chillona, como la de un
pajarraco.
       Un instante después, sus ojos se clavaron en Simón; avanzó entre la
multitud, que se abrió a su paso, alargó una mano huesuda, oscura, vieja y le
cogió por el codo.
       —Vente a casa conmigo —dijo—. No te hace falta bailar aquí esta noche. Si
no, no tardarás en bailar más alto.
       Simón retrocedió, porque creía que estaba borracha. Pero al mirarle ella
directamente a la cara con sus ojos amarillos, le pareció que la había visto antes
y que quizá convenía escucharla. La vieja tiró de él, cruzó la estancia, y Simón la
siguió sin rechistar.
       —No te ensañes demasiado con el chico, Sunniva —le gritó uno de los
presentes—. No ha hecho nada malo; sólo quería ver bailar.
       En el mismo instante en que salían por la puerta se produjo una alarma en
la calle: una multitud bajaba corriendo; y uno de ellos, al dar la vuelta a la casa,
chocó con Simón. Le miró, miró a la vieja y siguió corriendo.
       Mientras iban los dos por la calle, la vieja se levantó la falda y le puso el
borde en la mano al muchacho.
       —Límpiate las manos en mi falda —dijo.
       No habían andado mucho, cuando llegaron a una casa de madera y se
detuvieron; la puerta era tan baja que tuvieron que inclinarse para pasar. Al
entrar la mujer lapona delante, sin soltarle el brazo, el muchacho alzó los ojos


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un momento. La noche se había vuelto brumosa, había un amplio halo
alrededor de la luna.
      La vivienda de la vieja era estrecha y oscura, con un único ventanuco; en
el suelo había un farol que alumbraba débilmente. Estaba toda llena de pieles
de reno y de lobo, y de cuernos de reno, con los que los lapones suelen hacer
botones tallados y mangos de cuchillo, y el aire aquí era rancio y sofocante. Tan
pronto como estuvieron dentro, la mujer se volvió hacia Simón, le cogió por la
cabeza, le hizo una raya en el pelo con sus dedos ganchudos y se lo peinó a la
manera de los lapones. Le ajustó un gorro de tapón y retrocedió para mirarle.
      —Ahora siéntate en mi taburete —dijo—. Pero primero saca la navaja.
      Su voz y su gesto fueron tan autoritarios que el muchacho no tuvo más
remedio que hacer lo que decía: se sentó en el taburete incapaz de apartar los
ojos de su rostro, que era plano y marrón, y como cubierto de suciedad en su
red de finas arrugas. Mientras estaba sentado oyó rumor de gente en el exterior,
y detenerse delante de la casa; luego, alguien llamó a la puerta, aguardó un
momento y volvió a llamar. La vieja, de pie, se quedó quieta como un ratón.
      —No —dijo el muchacho, y se levantó—. Es inútil; es a mí a quien buscan.
Será mejor para usted que me deje salir.
      —Dame tu navaja —dijo ella. Se la dio, y ella se la pasó por el pulgar; le
brotó sangre y dejó que goteara sobre su falda—. Bueno, entrad —gritó.
      Se abrió la puerta, entraron dos de los marineros rusos, y se quedaron de
pie en el vano; había más gente fuera.
      —¿Ha venido aquí alguien? —preguntaron—. Vamos detrás del que ha
matado a nuestro compañero, pero se nos ha escapado. ¿Has oído o visto pasar
a alguien por aquí?
      La vieja lapona se volvió hacia ellos, y sus ojos brillaron como el oro a la
luz de la lámpara.
      —¿Que si he oído o visto a alguien? —exclamó—. Os he oído a vosotros
gritar asesino por todo el pueblo. Nos habéis asustado a mí y a mi pobre
muchacho; hasta me he hecho sangre en el dedo cuando recortaba la alfombrilla
de piel que estoy cosiendo. El muchacho está demasiado asustado para
ayudarme, y se ha echado a perder la alfombrilla. Tendréis que pagármela. Si
andáis buscando a un asesino, pasad y registrad mi casa, que ya os conoceré yo
cuando volvamos a vernos.
      Estaba tan furiosa que bailoteaba y sacudía la cabeza como un ave de
presa furiosa.
      Entró el ruso, miró por la habitación, la observó a ella, y reparó en su
mano y su falda manchadas de sangre.
      —No nos eches ninguna maldición, Sunniva —dijo tímidamente—.
Sabemos que puedes hacer muchas cosas cuando quieres. Aquí tienes un marco
por la sangre que has derramado.



                                            11
Cuento Del Joven Marinero Y Otros Relatos                            Isak Dinesen


      Ella extendió la mano y él le puso una moneda en la palma. Sunniva la
escupió.
      —Ahora marchaos, y no habrá odio entre nosotros —dijo, y cerró la puerta
tras ellos. Se llevó el pulgar a la boca y se lo chupó.
      El muchacho se levantó del taburete; se detuvo delante de ella y se quedó
mirándola a la cara. Se sentía como si se balancease muy alto, con escasa
sujeción.
      —¿Por qué me has ayudado? —le preguntó.
      —¿No lo sabes? —contestó ella—. ¿Todavía no me has reconocido? Pero sí
te acordarás del halcón peregrino atrapado en una driza de tu barco, el
Charlotte, cuando navegaba por el Mediterráneo. Aquel día trepaste por las
jarcias hasta el mastelerillo para ayudar a aquella ave, en medio de un fuerte
ventarrón y con mar gruesa. Aquel halcón era yo. Las laponas volamos a veces
así para ver mundo. La primera vez que te vi fue cuando iba camino de Africa,
a ver a mi hermana menor y a sus hijos. Ella es halcón también, cuando quiere.
En aquel entonces vivía en Takaunga, en una vieja torre en ruinas que allá
llaman minarete.
      Se vendó el pulgar con una tira de su falda y se lo mordió.
      —Nosotras no olvidamos —dijo—. Te di un picotazo en el pulgar cuando
me cogiste; es justo que me diese un corte en el pulgar por ti esta noche.
      Se acercó a él, y le frotó suavemente sus dos dedos marrones, como garras,
en la frente.
      —Así que eres mi muchacho —dijo—, capaz de matar a un hombre antes
que llegar tarde a una cita de amor, ¿no? Las hembras de esta tierra estamos
muy unidas. Ahora te marcaré en la frente, para que las muchachas lo sepan
cuando te miren; y les gustes por eso.
      Jugó con el pelo del muchacho, y se lo enroscó en el dedo.
      —Ahora escucha, pajarillo mío —dijo ella—. El cuñado de mi bisnieto se
encuentra en su barca junto al embarcadero en este momento; va a llevar una
remesa de pieles a un barco danés. Él te devolverá a tu barco a tiempo, antes de
que llegue tu patrón. La Hebe saldrá mañana por la mañana, ¿no? Pero cuando
llegues a bordo, dale mi gorro para que me lo devuelva —sacó la navaja del
muchacho, la limpió en su falda y se la tendió—. Aquí tienes tu navaja —dijo—.
No se la volverás a clavar a ningún otro hombre; no tendrás necesidad, pues de
ahora en adelante navegarás por los mares como un auténtico marinero. Ya
tenemos bastantes preocupaciones con nuestros hijos.
      El perplejo muchacho empezó a tartamudear unas palabras de
agradecimiento.
      —Espera —dijo ella—; te haré una taza de café para que te reanime,
mientras te lavo la chaqueta.
      Puso una vieja olla de cobre en el hogar. Al cabo de un rato, le tendió una
bebida caliente, fuerte, negra, en un tazón sin asa.


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Cuento Del Joven Marinero Y Otros Relatos                            Isak Dinesen


     —Ahora has bebido con Sunniva —dijo—; has sorbido un poco de
sabiduría, de manera que en el futuro tus pensamientos no caerán como gotas
de agua en la mar salada.
     Cuando hubo terminado y dejado la taza, Sunniva le acompañó hasta la
puerta y se la abrió. El muchacho se sorprendió al ver que casi había
amanecido. La casa estaba tan arriba que podía verse el mar desde allí. Le dio la
mano a la vieja para despedirse.
     Ella le miró fijamente a los ojos.
     —Nosotras no olvidamos —dijo—. Tú me diste un golpe en la cabeza, allá,
en lo alto del mástil; así que te lo devolveré —y a continuación le dio una
bofetada con todas sus fuerzas, al punto de que la cabeza le daba vueltas—.
Ahora estamos en paz —dijo; le dirigió una mirada centelleante, larga, maligna,
le empujó suavemente para hacerle trasponer el umbral y le hizo un signo
afirmativo con la cabeza.
     Así, pues, el muchacho marinero regresó a su barco, que iba a zarpar a la
mañana siguiente, y vivió para contarlo.




                                            13
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                                        Las Perlas


      Hace unos ochenta años, un joven oficial de la guardia real, último hijo de
una vieja familia campesina, se casó en Copenhague con la hija de un rico
comerciante en lanas cuyo padre había sido vendedor ambulante y había
llegado de Jutlandia11 a la capital. En aquel tiempo, un matrimonio así era algo
insólito. Dio mucho que hablar, e hicieron una canción sobre él que se cantó en
las calles.
      La novia tenía veinte años y era una belleza, una muchacha alta, de cabello
negro y color encendido, con una distinción en su persona como si estuviese
toda tallada en madera. Tenía dos viejas tías solteronas, hermanas de su abuelo
el vendedor ambulante, a quien la creciente fortuna de la familia paró en seco
en una carrera de arduo trabajo y de ahorro, y le obligó a permanecer
lujosamente sentado en un salón. Cuando la mayor de las dos se enteró del
compromiso matrimonial de su sobrina, fue a hacerle una visita, y en el curso
de la conversación le contó una historia:
      —Cuando yo era niña, cariño —dijo—, el joven barón Rosenkrantz se
prometió con la hija de un rico orfebre. ¿Te lo han contado alguna vez? Tu
bisabuelo le conocía. El novio tenía una hermana gemela que era dama de la
corte. Un día, la hermana fue a casa del orfebre a visitar a la novia. Al
marcharse, ésta le dijo a su enamorado: «Tu hermana se ha reído de mi vestido,
y porque al hablarme en francés, no he sabido contestar. Tiene un corazón de
piedra, me he dado cuenta. Si queremos ser felices, no debes volver a verla
nunca más; no podría soportarlo». El joven, para consolarla, le prometió no
volver a ver más a su hermana. Poco después, un domingo, llevó a la joven a
comer con su madre. Cuando regresaban en el coche, le dijo a su prometido:
«Tu madre tenía lágrimas en los ojos al mirarme. Esperaba otra esposa para ti.
Si me amas, tienes que romper con ella». Otra vez prometió el joven enamorado
hacer lo que le pedía, aunque le costó mucho, pues su madre era viuda y él era
su único hijo. Esa misma semana, el joven mandó a su criado con un ramo para
su prometida. Al día siguiente le dijo ella: «No puedo soportar la expresión de
tu criado cuando me mira. Debes despedirle a primeros de mes».
«Mademoiselle», dijo el barón Rosenkrantz, «no puedo tener una esposa que se
deja impresionar por la expresión de un criado. Aquí tiene usted su anillo.
Adiós para siempre».
      La anciana, mientras hablaba, mantenía sus ojillos relucientes fijos en la
cara de su sobrina. Poseía un carácter enérgico, hacía mucho tiempo que había
decidido vivir para los demás y se había erigido en conciencia de la familia.
11
     Jutlandia: Península del norte de Europa, ocupada por la parte continental de Dinamarca.
     Copenhague, la capital del país, está en la isla de Sjaelland.


                                              14
Cuento Del Joven Marinero Y Otros Relatos                                      Isak Dinesen


Pero, carente de esperanza o de temores propios, era en realidad un viejo y
vigoroso parásito moral del clan entero, y en especial de los miembros más
jóvenes. Jensine,
      la prometida, era una criatura joven, llena de vitalidad y huésped
gratificante para su parasito. Además, la joven y la vieja solterona tenían
cualidades comunes. Ahora, la muchacha sirvió el café con el semblante sereno;
pero por dentro estaba furiosa y se decía a si misma: «Tía Maren me pagará
esto». No obstante, como solía ocurrir, la admonición de la tía caló hondamente
en ella, y la meditó en su corazón.
      Después de la boda en la catedral de Copenhague, un hermoso día de
junio, la pareja de recién casados se marchó a Noruega en viaje de novios. En
aquel entonces hacer un viaje a Noruega era una empresa romántica y las
amigas de Jensine le preguntaron por qué no iban a París; pero a ella le atraía la
idea de iniciar su vida de casada lejos de la civilización y a solas con su marido.
No necesitaba ni quería impresiones ni experiencias nuevas. Y añadió para sus
adentros: «Que Dios me ayude».
      Los cotilleos de Copenhague decían que el novio se había casado por
dinero y la novia por el apellido; pero todos se equivocaban. El matrimonio
tuvo una motivación amorosa y la luna de miel fue, técnicamente, un idilio.
Jensine jamás se habría casado con un hombre al que no amase; sentía un gran
respeto por el dios del amor y ya llevaba unos años elevándole diariamente una
pequeña oración: «¿Por qué tardas?» Ahora pensaba que quizá le había
concedido de veras lo que ella le pedía, y que los libros le habían facilitado muy
poca información sobre la verdadera naturaleza del amor.
      El paisaje de Noruega, en el que tuvo su primera experiencia de la pasión,
contribuyó a hacer más abrumadoras sus impresiones. La Naturaleza estaba en
su momento más glorioso. El cielo era azul, el cerezo silvestre florecía por todas
partes e impregnaba el aire de una fragancia dulce y amarga, y las noches eran
tan claras que se podía leer a media noche. Jensine, con crinolina 12 y un bastón
de montañero, subía por numerosos y empinados senderos del brazo de su
marido... o sola, ya que era fuerte y andariega. Se quedaba de pie, en lo alto de
las cimas, con las ropas azotadas a su alrededor, y pensaba y pensaba. Había
vivido siempre en Dinamarca, y un año en un internado en Lübeck13, y su
noción de la tierra era que debía de extenderse horizontalmente, plana y
ondulada, a sus pies. Pero en estas montañas, extrañamente, todo parecía
elevarse de manera vertical, como se levanta un gran animal sobre sus patas
traseras, no se sabe si para jugar o aplastarla a una. Estaba más arriba de lo que
había estado nunca y el aire se le subía a la cabeza como el vino. Y hacia donde
miraba, veía correr el agua, precipitarse desde las montañas inmensas a los
12
     Crinolina, Tipo de tejido empleado en el vestuario femenino. También, miriñaque, prenda
     rígida que llevaban las mujeres bajo la falda para darle vuelo.
13
     Lübeck Ciudad de Alemania, a orillas del mar del Norte.


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Cuento Del Joven Marinero Y Otros Relatos                                         Isak Dinesen


lagos, en plateados arroyos o en rugientes cascadas nimbadas por el arco iris.
Era como si la Naturaleza misma llorase, o riese, en voz alta.
      Al principio, todo esto resultaba tan nuevo para ella que sentía que sus
viejas nociones del mundo se henchían en todas direcciones, como se henchían
su falda o su chal. Pero no tardaron en converger sus impresiones en una
sensación de la más profunda alarma, en un pánico como jamás había
experimentado.
      Se había educado en un ambiente de prudencia y previsión. Su padre era
un honrado comerciante a quien le asustaba perder dinero y perder clientes.
Algunas veces, este doble riesgo le había sumido en la melancolía. Su madre
había sido una joven temerosa de Dios, miembro de una secta pietista 14; sus dos
viejas tías eran personas de principios morales estrictos, atentas a las opiniones
del mundo. En casa, Jensine se había considerado a veces un espíritu atrevido y
había anhelado la aventura. Pero en este paisaje impresionantemente
romántico, cogida por sorpresa y abrumada por las fuerzas violentas,
desconocidas y formidables que se agitaban en su corazón, miraba en torno
suyo en busca de apoyo. ¿Dónde debía buscarlo? Su joven marido, que la había
traído aquí, y con el que estaba a solas, no la podía ayudar. Muy al contrario,
era la causa de la turbulencia que se agitaba en su interior y se encontraba
también, a los ojos de ella, particularmente expuesto a los peligros del mundo
exterior. Pues muy poco después de la boda, Jensine se dio cuenta —como sin
duda sabía ya, vagamente, desde que se conocieron— de que era un ser
humano totalmente carente, e incapaz, de temor.
      Había leído historias sobre héroes en los libros y los había admirado de
todo corazón. Pero Alexander no era como los héroes de los libros. No
desafiaba o vencía los peligros de este mundo, sino que ignoraba su existencia.
Para él, las montañas eran un patio de recreo y todos los fenómenos de la vida,
el amor incluido, eran sus compañeros de juego en él. «Dentro de cien años,
cariño», le decía a Jensine, «todo dará igual». No podía imaginar cómo se las
había arreglado para vivir hasta ahora; pero sabía que su vida había sido, en
todos los sentidos, distinta de la de ella. Ahora se daba cuenta con horror de
que aquí, en un mundo de alturas y profundidades insospechadas, estaba en
manos de una persona totalmente ignorante de la ley de la gravedad. En tal
situación, sus sentimientos respecto a él se intensificaron, transformándose a la
vez en una profunda indignación moral, como si la hubiese traicionado
deliberadamente, y en una extrema ternura, como la que habría sentido por un
niño desamparado y abandonado. Éstas eran las dos pasiones más fuertes de
que su naturaleza era capaz; se aceleraron en su interior y se convirtieron en
una posesión. Recordó el cuento del niño que es enviado al mundo para que
14
     Secta pietista: El pietismo es un movimiento religioso protestante surgido del luteranismo
     alemán en el siglo XVII. Contrario a los dogmas e instituciones eclesiásticas, da suma
     importancia a la piedad personal.


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aprenda a tener miedo y decidió que, por ella misma y por él, para su
autodefensa, y para protegerle y salvarle a él también, debía enseñar a su
marido a tener miedo.
       Alexander no sabía nada de lo que ocurría en el interior de su mujer.
Estaba enamorado de ella y la admiraba y la respetaba. Era inocente y pura;
provenía de una estirpe de personas capaces de hacer fortuna con su ingenio;
hablaba francés y alemán y sabía geografía e historia. Y sentía por todas estas
cualidades una veneración religiosa. Estaba preparado para descubrir sorpresas
en ella, ya que no se conocían a fondo, y no habían estado a solas en una
habitación más que tres o cuatro veces antes de la boda. Además, él no
pretendía comprender a las mujeres, y consideraba más bien que su
imprevisibilidad formaba parte de su gracia. El malhumor y los caprichos de su
joven esposa le confirmaban su convicción, que ella le había inspirado al
conocerse, de que era lo que él necesitaba en la vida. Pero quería hacerla su
amiga, porque pensaba que no había tenido un amigo de verdad. No le hablaba
de sus aventuras amorosas del pasado —en realidad, no habría podido hablarle
de ellas aunque hubiese querido—, pero en otros terrenos le contaba cuanto
podía recordar de sí mismo y de su vida. Un día le confesó cómo había jugado
en Baden-Baden15, arriesgando hasta el último céntimo, y había ganado.
Ignoraba que ella pensó para sus adentros: «En realidad, es un ladrón; o si no,
ha recibido bienes robados, así que no es mejor que un ladrón». Otras veces se
reía de las deudas que había tenido y de sus apuros para evitar encontrarse con
su sastre. Todo esto sonaba realmente extraño a los oídos de Jensine. Porque
para ella las deudas eran una abominación; y que él hubiera vivido entrampado
sin angustiarse, confiando en que la fortuna pagase sus deudas, le parecía
contra natura. Sin embargo, ella, la muchacha rica con la que él se había casado,
pensaba, había llegado a tiempo, como servicial instrumento de la fortuna, para
justificar su confianza a los ojos de su mismo sastre. Le habló de un duelo que
había tenido con un oficial alemán y le enseñó la cicatriz que le había dejado.
Cuando finalmente la tomó en sus brazos, arriba en la cumbre, con el cielo
como testigo, Jensine exclamó en su interior: «Si es posible, aparta de mí este
cáliz».16
       Cuando Jensine se dispuso a enseñar a su marido a tener miedo, tuvo
presente el cuento de tía Maren y se prometió a sí misma no pedir tregua nunca,
y dejar que lo hiciera él. Como la relación entre los dos era para ella el factor
central de la existencia, era natural que tratase primero de asustarle con la
posibilidad de perderla. Era una muchacha sencilla y recurría a procedimientos
sencillos.


15
     Baden-Baden: Ciudad alemana, situada al pie de la Selva Negra, famosa por sus balnearios.
16
     Palabras dichas por Jesús mientras oraba en el huerto de Gethsernaní, ante la inminencia de
     su muerte en la cruz.


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      A partir de entonces se volvió más imprudente que él en las ascensiones.
Se colocaba en el borde de un precipicio, apoyada en su sombrilla, y le
preguntaba cómo era de profundo. Se balanceaba en estrechos y frágiles
puentes, por encima de torrentes espumeantes, sin parar de parlotear. Salió a
remar al lago, en una pequeña barquichuela, un día de tormenta. Por la noche
soñaba con los peligros del día y se despertaba gritando, de manera que él la
cogía en sus brazos para tranquilizarla. Pero de nada servían estas temeridades.
Su marido estaba encantado y sorprendido ante su transformación de modesta
doncella en valquiria17. Lo atribuyó a la influencia de la vida de casada y se
sintió no poco orgulloso. Ella misma, al final, se preguntó si no la empujaban a
estas hazañas el orgullo y las alabanzas de él, tanto como su propia decisión de
conquistarle. Entonces se irritó consigo misma y con todas las mujeres, y se
compadeció de él y de todos los hombres.
      A veces, Alexander salía a pescar. Estas ocasiones las aprovechaba Jensine
para estar sola y ordenar sus pensamientos. Entonces la joven esposa vagaba
solitaria, figura minúscula en los montes, con su vestido de tela escocesa. Una o
dos veces, durante estos paseos, pensó en su padre y el recuerdo de su ansiosa
preocupación por ella hizo que le asomasen lágrimas a los ojos. Pero las
reprimió: debía estar sola para aclarar cuestiones de las que él no podía saber
nada.
      Un día que estaba sentada en una piedra, descansando, se acercaron unos
niños que cuidaban ganado y se la quedaron mirando. Les llamó y les dio unos
caramelos que llevaba en su pequeño bolso. A Jensine le habían entusiasmado
sus muñecos y, hasta donde una jovencita pudorosa de la época se atrevía,
había deseado tener hijos propios. Ahora pensó con súbito terror: «¡Jamás
tendré hijos! ¡Mientras tenga que mostrarme fuerte frente a él de esta manera,
jamás tendré un hijo!» Este pensamiento la afligió tan profundamente que se
levantó y se fue.
      En otro de sus paseos solitarios le vino a la cabeza el recuerdo de un joven
de la oficina de su padre que había estado enamorado de ella. Se llamaba Peter
Skov. Era un brillante joven de negocios y le conocía de toda la vida. Ahora
recordó cómo, cuando tenía el sarampión, se sentaba a leerle todos los días, y
cómo la acompañaba cuando salía a patinar y le preocupaba que ella pudiese
resfriarse, o caerse, o chocar con el hielo. Desde donde se había detenido podía
ver la minúscula figura de su marido a lo lejos. «Sí», pensó, «es lo mejor que
puedo hacer. Cuando vuelva a Copenhague, entonces, por mi honor, que aún es
mío», aunque le asaltaron dudas sobre este particular, «Peter Skov será mi
amante».


17
     Valquiria: Divinidad de la mitología escandinava. Las valquirias eran mujeres guerreras que
     decidían quiénes debían morir en los combates y los conducían al Valhala, el paraíso de los
     guerreros.


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Cuento Del Joven Marinero Y Otros Relatos                                  Isak Dinesen


      El día de la boda Alexander le había regalado a su esposa un collar de
perlas. Pertenecieron a su abuela, que había llegado de Alemania, y fue una
belleza y un bel esprit18. Se lo había legado a él para que se lo regalase a su
futura esposa. Alexander le había hablado mucho a Jensine de su abuela. Se
había enamorado de ella, le dijo, porque se parecía un poco a su abuela. Le
pidió que llevase siempre este collar. Jensine nunca había tenido un collar de
perlas y estaba orgullosa del suyo. Últimamente, en que tan a menudo había
tenido necesidad de apoyo, había adquirido la costumbre de retorcer el collar y
tirar de él con los labios.
      —Si sigues haciendo eso —dijo un día Alexander—, romperás el hilo.
      Ella le miró. Fue la primera vez que le vio presagiar el desastre. «Quería a
su abuela», pensó ella; «¿o es que ha de estar muerta una para tener peso para
este hombre?» Desde entonces pensaba a menudo en la anciana. Ella también
procedía de un medio propio y había sido una extraña en la familia y el círculo
de amistades de su marido. Se las había arreglado para conseguir del abuelo de
Alexander este collar de perlas y que la recordasen por él durante generaciones.
¿Eran las perlas, se preguntó, un símbolo de victoria o de sumisión? Jensine
llegó a considerar a la abuela como su mejor amiga en la familia. Le habría
gustado hacerle una visita como nieta y confiarle sus tribulaciones.
      La luna de miel estaba llegando a su fin y esta guerra extraña, cuya
existencia sólo conocía uno de los beligerantes, no había llegado a ninguna
conclusión. Los dos jóvenes estaban tristes de tener que marcharse. Sólo ahora
se daba cuenta plenamente Jensine de la belleza del paisaje que la rodeaba,
porque al final lo había convertido en su aliado. Aquí, pensaba, los peligros del
mundo eran evidentes, estaban siempre a la vista. En Copenhague, la vida
parecía segura, pero podía revelarse aún más temible. Pensó en su preciosa
casa, esperándola allí,. con cortinas de encaje, arañas y armarios de ropa blanca.
No tenía ni idea de cómo sería la vida en ella.
      La víspera del día en que debían embarcar estaban en un pueblecito de
donde quedaban seis horas de viaje en carruaje hasta el embarcadero donde
atracaba el vapor.
      Habían salido antes del desayuno. Al sentarse Jensine y desatarse el
sombrero, se le enganchó la pulsera en el collar y se le desparramaron todas las
perlas por el suelo como si hubiese estallado en una explosión de lágrimas, Se
agachó Alexander y, a medida que las recogía una a una, se las iba poniendo a
ella en el regazo.
      Jensine sintió una especie de dulce pánico. Había roto lo único en el
mundo que le había dado miedo romper. ¿Qué presagio anunciaba para ellos?
      —¿Sabes cuántas eran? —preguntó a Alexander.
      —Sí —dijo él desde el suelo; mi abuelo le regaló el collar a mi abuela al
celebrar sus bodas de oro, con una perla por cada uno de sus cincuenta años.
18
     Bel esprit: Expresión francesa, «espíritu bello», persona refinada.


                                                  19
Cuento Del Joven Marinero Y Otros Relatos                                         Isak Dinesen


Pero después fue añadiendo una cada año, por el cumpleaños de ella. Hay
cincuenta y dos. Es fácil de recordar: es el número de cartas de la baraja.
      Por último las tuvieron todas, y las envolvieron en el pañuelo de seda de
él.
      —Ahora no me las podré poner hasta que estemos en Copenhague —dijo
Jensine.
      En aquel momento entró la patrona con el café. Observó la catástrofe, e
inmediatamente se ofreció a ayudarles. El zapatero del pueblo, dijo, podía
arreglarles el collar. Hacía dos años, un señor inglés y su esposa habían visitado
las montañas con un grupo; y cuando a la joven señora se le rompió su collar de
perlas de la misma manera, él se las había ensartado a su completa satisfacción.
Era un honrado viejecito, aunque muy pobre y tullido. De joven se había
perdido en los montes, en medio de una tormenta de nieve; lo encontraron dos
días después y le tuvieron que cortar los pies. Jensine dijo que le llevaría las
perlas al zapatero y la patrona le indicó la dirección de su casa.
      Fue sola, mientras su marido ataba con correas el equipaje, y encontró al
zapatero en su pequeño y oscuro taller. Era un viejecito flaco, con delantal de
cuero, y una sonrisa tímida y astuta en su rostro agobiado por largos
sufrimientos. Jensine contó las perlas y las depositó gravemente en sus manos.
Él las miró y prometió tener arreglado el collar para el día siguiente a mediodía.
Después de acordar el precio, siguió sentada en una silla pequeña con las
manos en el regazo. Por decir algo, le preguntó cómo se llamaba la señora
inglesa a la que se le había roto el collar también; pero el zapatero no se
acordaba.
      Jensine paseó la mirada por la habitación. Era pobre; carecía de muebles y
tenía un par de estampas religiosas clavadas en la pared. Extrañamente, tuvo la
impresión de haber vuelto a casa. Un hombre honrado, tratado con dureza por
el destino, había pasado largos años en este cuchitril. Era un sitio donde se
trabajaba, se soportaban con paciencia las preocupaciones y se afanaba uno por
el pan de cada día. Jensine estaba tan cerca todavía de sus libros de colegio que
los recordaba todos; y ahora empezó a pensar en lo que había leído sobre los
peces de las profundidades, tan acostumbrados a soportar el peso de miles de
brazas19 de agua que si saliesen a la superficie reventarían. ¿Era ella, se
preguntó, un pez de las profundidades que sólo se sentía a gusto bajo la presión
de la existencia? ¿Y su padre, su abuelo, y sus antecesores, lo habían sido
también? ¿Qué debía hacer un pez de las profundidades, siguió pensando, si se
casaba con uno de esos salmones que había visto saltar en las cascadas? ¿O con
un pez volador? Se despidió del zapatero y se fue.
      Cuando regresaba divisó a un hombre bajo y corpulento, con sombrero
negro y abrigo, que caminaba con paso vivo. Recordó haberle visto
19
     Braza: Medida de longitud con diferentes equivalencias según los países; hoy sólo se usa en
     náutica y equivale a 1,67 m o bien a 1,83 m (braza inglesa).


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Cuento Del Joven Marinero Y Otros Relatos                             Isak Dinesen


anteriormente, incluso creía que se alojaba en la misma casa que ella. Había un
banco en el sendero desde el que se dominaba una vista magnífica. El hombre
de negro se sentó en el y Jensine, para quien era su último día en las montañas,
se sentó también en el otro extremo. El desconocido se levantó un poco el
sombrero a modo de saludo. Jensine le había tomado por una persona de edad,
pero ahora vio que no tenía mucho más de treinta años. Su rostro era enérgico y
sus ojos claros y penetrantes. Un momento después se dirigió a ella con una
leve sonrisa:
      —La he visto salir del taller del zapatero —dijo—. ¿No habrá perdido una
suela en las montañas?
      —No; le he llevado unas perlas —dijo Jensine.
      —¿Le ha llevado perlas? —dijo el desconocido jocosamente—. Eso es lo
que voy a recoger de él.
      Jensine se preguntó si no estaría un poco chiflado.
      —Ese viejo —dijo el desconocido— tiene en su casa gran cantidad de
nuestros viejos tesoros nacionales, perlas concretamente, cosa que ando yo
recogiendo ahora casualmente. En caso de que necesite usted cuentos infantiles,
no hay nadie en todo Noruega que pueda facilitarle mejor surtido que nuestro
zapatero. Una vez soñó con ser estudiante y poeta, ¿sabe?; pero el destino le
asestó un duro golpe y tuvo que dedicarse al oficio de zapatero.
      Tras una pausa comentó:
      —Me han dicho que usted y su marido han venido de Dinamarca en viaje
de novios. No es corriente eso: estas montañas son muy altas y peligrosas.
¿Quién de los dos sugirió venir aquí? ¿Usted?
      —Sí —dijo ella.
      —Claro —dijo el desconocido—. Me lo figuraba: que quizá fuera él el
pájaro que se remonta hacia arriba y usted la brisa que lo lleva. ¿Conoce la cita?
¿Le dice algo?
      —Sí —dijo ella, algo desconcertada.
      —Hacia arriba —dijo él, y se echó hacia atrás, en silencio, con las manos
sobre el bastón. Al cabo de un rato prosiguió—: ¡Las cumbres! ¿Quién sabe?
Compadecemos al zapatero por la desgracia que le obligó a renunciar a sus
sueños de poeta, a la fama y al nombre. ¿Cómo sabemos que no ha sido eso lo
mejor? ¡La grandeza, el aplauso de las masas! En efecto, mi joven señora, quizá
sea lo mejor que haya renunciado a ellos. Quizá no hubiera podido comprar con
ellos, en el mercado corriente, un anuncio de zapatero y el arte de poner suelas.
Puede que uno haga bien en deshacerse de ellos a precio de costo. ¿Qué opina
usted, señora?
      —Creo que tiene razón —dijo ella despacio.
      El desconocido le dirigió una mirada penetrante con sus ojos azules como
el hielo.



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Cuento Del Joven Marinero Y Otros Relatos                                         Isak Dinesen


      —¿Es ésa su opinión —dijo— en este hermoso día de verano? Zapatero, a
tus zapatos. ¿Cree usted que haría mejor uno en dedicarse a confeccionar
pociones y píldoras para las personas enfermas y el ganado de este mundo? —
rió brevemente—. Es un chiste muy bueno. Dentro de cien años se escribirá en
un libro: «Una pequeña señora de Dinamarca le aconsejó que siguiera siendo
zapatero. Por desgracia, él no siguió aquel consejo. Adiós, señora, adiós —y tras
estas palabras, se levantó y reanudó su paseo.
      Jensine observó cómo se perdía su figura entre las colinas. La patrona
había salido a ver si había encontrado al zapatero. Jensine seguía mirando al
desconocido.
      —¿Quién es aquel señor? —preguntó.
      La mujer se protegió los ojos con la mano.
      —¡Ah, ya! —dijo—. Es un señor muy culto; un hombre importante. Ha
venido a recoger historias y canciones antiguas. En otro tiempo era boticario.
Pero tenía un teatro en Bergen y escribía obras para representarlas en él
también. Se llama herr Ibsen20.
      Por la mañana llegó noticia del embarcadero de que el barco iba a llegar
antes de lo previsto, y hubo que ponerse en marcha a toda prisa; la patrona
mandó a su hijo pequeño a casa del zapatero a recoger las perlas de Jensine.
Cuando los viajeros estaban ya sentados en el coche, llegó el chico con las
perlas, envueltas en una hoja de libro y ensartadas en un cordón encerado.
Jensine las desenvolvió y se dispuso a contarlas, pero lo pensó mejor y se
abrochó el collar, sin hacerlo, alrededor del cuello.
      —¿No debías contarlas? —le preguntó Alexander
      Ella le dirigió una mirada larga.
      —No —dijo.
      Fue callada durante el trayecto. Aún resonaban las palabras de él en sus
oídos: «¿No debías contarlas?» Iba sentada a su lado, triunfal. Ahora sabía lo
que sentía un triunfador.
      Alexander y Jensine estuvieron de vuelta en Copenhague en una época en
que la mayoría de la gente estaba fuera de la ciudad y no había grandes
acontecimientos sociales. Pero Jensine recibía visita de muchas esposas de
jóvenes militares amigos de él e iban todos juntos al Tívoli21 de Copenhague en
las noches veraniegas. Todos hacían elogios de Jensine.
      Su casa se hallaba al lado de uno de los viejos canales de la ciudad y daba
fachada al Museo Thorvaldsen22. A veces, de pie junto a la ventana,


20
     Herr Ibsen: Henrik Ibsen (1828-1906), el más célebre dramaturgo noruego. Entre 1851 y
     1857 fue instructor del teatro nacional de la ciudad de Bergen, para el que escribió dramas
     históricos.
21
     Tívoli: Famoso parque de atracciones de la capital danesa, cuyo origen se remonta a
     mediados del siglo XIX.


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Cuento Del Joven Marinero Y Otros Relatos                                         Isak Dinesen


contemplaba las embarca ciones; y pensaba en Hardanger23. En todo este tiempo
no se había quitado las perlas ni las había contado. Estaba convencida de que al
menos faltaría una. Imaginaba que el peso que notaba en el cuello era distinto
del de antes. ¿Cuánto sería, pensaba, lo que había sacrificado por la victoria
sobre su marido? ¿Un año, o dos, de su vida de casados, antes de sus bodas de
oro? Esas bodas de oro parecían muy lejanas; sin embargo, cada año era
precioso; ¿cómo iba a poder desprenderse de uno de esos años?
       En los últimos meses de ese verano la gente empezó a hablar de la
posibilidad de una guerra. La cuestión Schleswig-Holstein24 se había vuelto
inminente. Una proclama real danesa, en marzo, había rechazado todas las
pretensiones alemanas sobre Schleswig. Ahora, en julio, una nota alemana
exigía, so pena de ejecución federal, la retirada de dicha proclama.
       Jensine era una patriota apasionada y leal al rey25, que había dado al
pueblo una constitución libre. Estos rumores la pusieron en un estado de gran
nerviosismo. Consideraba frívolos a los jóvenes oficiales, amigos de Alexander,
por su manera frívola y jactanciosa de hablar sobre el peligro que corría el país.
Si quería hablar en serio de la crisis tenía que recurrir a su propia familia. Con
su marido era imposible; pero en su fuero interno sabía que él estaba tan
convencido de la invencibilidad de Dinamarca como de su propia inmortalidad.
       Jensine se leía los periódicos de cabo a rabo. Un día, en el Berlingske
Tidente se tropezó con la siguiente frase: «El momento es grave para la nación.
Pero confíamos en la justicia de nuestra causa, y no tenemos miedo». Fueron,
quizá, las palabras «no tenemos miedo» las que la animaron. Se sentó en una
silla junto a la ventana, se quitó las perlas y se las puso en el regazo. Permaneció
un momento con las manos entrelazadas sobre ellas, como en oración. Luego las
contó. Había cincuenta y tres perlas en el collar. No dio crédito a sus ojos y
volvió a contarlas; pero no había error: eran cincuenta y tres y la de en medio
era la más gruesa.
       Jensine siguió largo rato sentada en la silla, completamente confundida.
Sabía que su madre había creído en el Diablo. En este instante, a la hija le
ocurrió lo mismo. No la habría sorprendido oír una carcajada detrás del sofá.


22
     Museo Thorvaldsen: Museo dedicado a la obra del escultor danés Bertel Thorvaldsen (1770-
     1884), uno de los máximos representantes de la escultura neoclásica.
23
     Hardanger. Hardanger Fjord o Hardangerfjord, extenso fiordo de la costa occidental de
     Noruega, dominado por impresionantes acantilados. Este debió de ser el escenario de la luna
     de miel.
24
     La cuestión Schleswig-Holstein: La disputa por los ducados de Schleswig, Holstein y
     Lauenburg dio lugar a dos guerras germano-danesas, tras la derrota danesa en la segunda de
     ellas («Guerra de los Ducados», 1864), estos territorios pasaron finalmente a Prusia.
25
     Alude el rey Federico VII de Dinamarca (1808-1863), que dio al país una constitución
     democrática.


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¿Se habían confabulado las potencias del universo, pensó, para reírse de una
pobre chica?
      Cuando consiguió ordenar otra vez sus pensamientos, recordó que antes
de que Alexander le regalase el collar el viejo joyero de la familia de su marido
le había arreglado el cierre. Así que sin duda conocía las perlas y podía decirle
algo al respecto. Pero estaba tan asustada que no se atrevía a ir a verle. Sólo
unos días más tarde le pidió a Peter Skov, que había ido a visitarla, que le
llevase el collar.
      Volvió Peter y le contó que el joyero se había puesto las lentes para
examinar las perlas; y luego, asombrado, declaró que había una más desde la
última vez que lo había visto.
      —Sí, la que me dio Alexander —comentó Jensine, ruborizándose
intensamente ante su propia mentira.
      Peter pensó, lo mismo que el joyero, que era una generosidad barata en un
teniente, hacerle un regalo costoso a la rica heredera con la que se había casado.
Pero le repitió las palabras del anciano. «El señor Alexander», había declarado,
«ha demostrado ser un extraordinario entendido de perlas. No vacilaré en
declarar que esta sola perla vale tanto como todas las demás juntas. Jensine,
aterrada aunque sonriente, le dio las gracias a Peter; aunque éste se marchó con
cierta desazón, ya que tenía el convencimiento de que la había molestado o
asustado.
      Hacía algún tiempo que Jensine no se sentía bien; y cuando, en
septiembre, hubo unos días de tiempo bochornoso y pesado en Copenhague,
Jensine palideció y perdió el sueño. Su padre y sus dos viejas tías estaban
preocupados por ella y trataron de convencerla para que fuese a pasar una
temporada en la residencia que su padre tenía en Strandvej, en las afueras de la
ciudad. Pero Jensine no quiso dejar su casa ni a su marido; ni quería tampoco
ponerse bien, pensó, hasta haber llegado al fondo del misterio de las perlas.
Una semana después decidió escribir al zapatero de Odda26. Si, como herr Ibsen
había dicho, había sido estudiante y poeta, sabría leer y contestaría a su carta.
Le pareció que, en su actual situación, no tenía ningún amigo en el mundo más
que a este anciano tullido.
      Deseó poder volver a su taller, a las paredes desnudas y a la silla de tres
patas. Por las noches soñaba que estaba allí. El viejo le había sonreído con
dulzura: sabía muchos cuentos infantiles. Quizá sabría consolarla. Sólo durante
un momento tembló al pensar que quizá había muerto y entonces no lo
averiguaría nunca.
      Durante las semanas siguientes la sombra de la guerra se hizo más densa.
Su padre estaba preocupado por las perspectivas y por la salud del rey
Federico. En esta nueva situación, el viejo comerciante empezó a enorgullecerse
26
     Odda: Ciudad del sudoeste de Noruega, centro turistico situado en un fiordo afluente del
     Hardangerfjord.


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Cuento Del Joven Marinero Y Otros Relatos                                      Isak Dinesen


de que su hija se hubiese casado con un soldado, cosa que antes no podía haber
estado más lejos de su pensamiento. Él y las viejas tías mostraron gran respeto
por Alexander y Jensine.
      Un día, medio en contra de su voluntad, Jensine le preguntó a Alexander
sin rodeos si creía que habría guerra.
      —Sí —contestó él con convencimiento—, habrá guerra. No puede evitarse.
      Siguió silbando una canción de soldados. La visión de la cara de ella le
hizo detenerse.
      —¿Te da miedo? —preguntó.
      A Jensine le pareció inútil, incluso indecoroso, explicarle sus sentimientos
respecto a la guerra.
      —¿Tienes miedo por mí? —preguntó él otra vez.
      Ella desvió la cabeza.
      —Ser la viuda de un héroe —dijo él— sería el papel más apropiado para ti,
cariño.
      A Jensine se le llenaron los ojos de lágrimas, tanto de ira como de dolor.
Alexander se acercó y le cogió la mano.
      —Si caigo —dijo—, será un consuelo para mí recordar que te he besado
todas las veces que me has dejado —la volvió a besar ahora, y añadió—: ¿Será
un consuelo para ti?
      Jensine era una joven sincera. Cuando le preguntaban, trataba de
encontrar respuesta veraz. Ahora pensó: «¿Sería un consuelo para mí?» Pero no
pudo encontrar la respuesta en su corazón.
      Todo esto dio a Jensine mucho que pensar, así que medio se olvidó del
zapatero; y cuando, una mañana, encontró su carta en la mesa del desayuno,
por un momento creyó que era de un mendigo, de los que recibía muchas. Un
instante después palideció intensamente. Su marido, enfrente de ella, le
preguntó qué le pasaba. No le contestó, sino que se levantó, se retiró a su propio
cuartito de estar y abrió la carta junto a la chimenea. Los caracteres
cuidadosamente trazados le recordaron el rostro del anciano como si le hubiese
enviado un retrato.

            «Estimada señora danesa», decía la carta: «Sí; yo le puse la perla en el
     collar. Quería darle una pequeña sorpresa. Concedía usted demasiada importancia
     a sus perlas cuando me las trajo, como si temiese que fuera yo a robarle alguna.
     Los viejos, igual que los jóvenes, tienen que divertirse a veces. Si la he asustado, le
     ruego, por favor, que me perdone. La perla esa vino a mis manos hace dos años,
     cuando le arreglé el collar a la señora inglesa. Se me quedó olvidada y la encontré
     después. La he tenido dos años, pero no la necesito para nada. Es mejor que la
     tenga una joven señora. La recuerdo a usted sentada en mi silla, muy joven y
     bonita. Le deseo suerte y que le ocurra algo agradable el mismo día que llegue esta
     carta. Y que pueda llevar la perla mucho tiempo, con corazón humilde, firme


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Cuento Del Joven Marinero Y Otros Relatos                             Isak Dinesen


     confianza en Dios y un pensamiento amable para este viejo de aquí, de Odda.
     Adiós.
           »Su amigo,
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      Jensine había leído la carta acodada en la repisa de la chimenea, para
sostenerse. Al levantar la vista, se encontró con los ojos graves de su propia
imagen en el espejo que había encima. Eran severos; como si le estuvieran
diciendo: «Eres una verdadera ladrona; o si no, has recibido objetos robados; así
que no eres mejor que un ladrón». Permaneció de pie largo rato, inmóvil. Por
último pensó: «Todo ha terminado. Ahora sé que jamás conquistaré a los que no
conocen las preocupaciones ni el temor. Es como la Biblia; yo les heriré en el
talón, pero ellos me herirán en la cabeza. En cuanto a Alexander, debía haberse
casado con la señora inglesa».
      Para su enorme sorpresa, descubrió que no le importaba. Alexander se
había convertido en una pequeña figura en el fondo de su vida; no importaba lo
más mínimo lo que hiciera o pensara. No importaba que la hubiesen
ridiculizado. «Dentro de cien años», pensó, «todo dará igual». ¿Qué importaba
entonces? Trató de pensar en la guerra, pero encontró que la guerra tampoco le
importaba. Sentía un extraño vértigo, como si la habitación se hundiese a su
alrededor, aunque no de manera desagradable. «¿No quedaba nada notable»
pensó, «bajo la luna visitante?» Ante las palabras «la luna visitante» los ojos de
la imagen del espejo se abrieron como asombrados; las dos jóvenes se miraron
mutuamente. Algo de suma importancia, concluyó, había surgido en el mundo
ahora y seguiría en él cien años. Las perlas. Durante cien años, un joven se las
regalaría a su mujer y le contaría su propia historia sobre ellas, igual que
Alexander se las había regalado a ella, y le había contado la historia de su
abuela.
      El pensar en estos dos jóvenes dentro de cien años le produjo tal ternura
que se le llenaron los ojos de lágrimas, y se sintió feliz, como si fuesen viejos
amigos suyos con los que se hubiese reencontrado. «¿No pedir tregua?», pensó.
«¿Por qué no? Sí, la pediré; gritaré lo más fuerte que pueda. Ahora no consigo
recordar por qué razón no debía pedir tregua».
      La figura minúscula de Alexander, en la ventana de la otra habitación, le
dijo:
      —Por ahí viene tu tía mayor, con un gran ramo de flores.
      Lenta, muy lentamente, Jensine apartó los ojos del espejo y volvió al
mundo del presente. Fue a la ventana.
      —Sí —dijo—, son de Bella Vísta —que era como se llamaba la residencia
de su padre. Desde la ventana, marido y mujer miraban hacia la calle.




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                                      Peter Y Rosa


      Un año, hace un siglo, la primavera llegó con retraso a Dinamarca.
Durante los últimos días de marzo, el Sound27 estuvo bloqueado por el hielo, y
cegado, desde la costa danesa a la sueca. La nieve de los campos y los caminos
se derretía un poco por el día, sólo para volverse a helar durante la noche; la
tierra y el aire carecían igualmente de esperanza o de piedad.
      Hasta que una noche, después de una semana de fría y húmeda niebla,
empezó a llover. El cielo estalló sobre el paisaje muerto, se disolvió en torrentes
de vida y se fundió con el suelo. En todas partes resonaba el incesante rumor
del agua que caía; y aumentó y se convirtió en canción. El mundo se agitó
inquieto debajo; los seres respiraron en la oscuridad. Otra vez les fue anunciado
a las colinas y los valles, a los bosques y los arroyos aprisionados: «Tenéis que
vivir».
      En casa del párroco de Sollerod, Peter Kobke, hijo de su hermana, de
quince años de edad, estaba sentado junto a una vela de sebo leyendo a los
Padres de la Iglesia28, cuando en medio del susurro de la lluvia su oído captó un
sonido nuevo; dejó el libro, se levantó y abrió la ventana. ¡Cómo creció entonces
el rumor de la lluvia! Pero oyó otras voces mágicas en la oscuridad de la noche.
Venían de arriba, del éter mismo; y Peter alzó el rostro hacia ellos. La noche era
oscura, aunque no tenía ya la negrura del invierno: estaba preñada de claridad;
y al interrogarla, le contestó. Y por encima de su cabeza, proclamó la música de
la vida errabunda de los cielos. Allí cantaban las alas, tañían purísimas flautas;
había intercambio de gritos chillones muy arriba, por encima de él. Eran las
aves migratorias en su vuelo hacia el norte.
      Se quedó largo rato pensando en ellas; las hizo pasar ante los ojos de su
imaginación una por una. Aquí volaron largas formaciones de gansos salvajes,
patos y cercetas, a cuyo acecho se aposta uno durante los cálidos atardeceres de
agosto. Todos los placeres del verano llevaban el mismo curso que ellas en el
cielo: una migración de esperanza y de gozo viajaba esta noche; una poderosa
promesa, expresada en innumerables voces.
      Peter era un cazador y su vieja escopeta era su más preciada posesión: su
alma ascendió al cielo para reunirse con el alma de las aves silvestres. Sabía
muy bien lo que sentían sus corazones. Ahora gritaban: «¡Al norte! ¡Al norte!»
Perforaban la lluvia danesa con sus cuellos estirados y la notaban en sus
limpios ojillos. Volaban presurosas hacia el verano nórdico de juego y de
cambio, donde el sol y la lluvia compartían la bóveda infinita del cielo; se
27
     Sound: Dresund o Sund, estrecho que separa Suecia de la isla danesa de Sjaelland.
28
     Padres de la Iglesia: Doctores de las Iglesias griega y latina cuyas obras han sido muy
     importantes para el cristianismo.


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Cuento Del Joven Marinero Y Otros Relatos                                            Isak Dinesen


marchaban a los innumerables, incontables lagos transparentes y blancas
noches del verano del norte. Corrían a luchar y a hacer el amor. Más arriba, en
los desvanes del mundo, quizá se habían puesto en movimiento grandes
multitudes de codornices, tordos y agachadizas. Tan tremendo torrente de
anhelo pasaba, camino de su meta, por encima de su cabeza, que Peter, abajo en
la tierra, sintió que le dolían los miembros. Voló un largo trecho con los gansos.
       Peter quería ser marinero, pero el párroco le tenía atado a los libros. Esta
noche, en la ventana abierta, pensó lenta y solemnemente en su pasado y su
futuro y se prometió a sí mismo escaparse y embarcar. En este momento
perdonó a sus libros y dejó de proyectar quemarlos todos. Que almacenasen
polvo, pensó, o fuesen a manos de gente polvorienta hecha para ellos. Él viviría
bajo las velas en una cubierta balanceante y vería surgir un horizonte nuevo con
el sol de cada mañana Tan pronto como tomó esta resolución, se sintió
inundado de una gratitud tan profunda que entrelazó las manos sobre el
alféizar de la ventana. Había sido educado piadosamente: elevó gracias a Dios;
pero éstas volaron un poco por sí mismas, como desviadas de su curso por la
lluvia. Se las dio a la primavera, a los pájaros y a la lluvia misma
       En casa del párroco se tenía la muerte celosamente presente y se
sermoneaba sobre ella; y Peter, en su examen del futuro, tomó también en
consideración el fin del marinero. Su pensamiento se demoró en su último
lecho: el fondo del mar. Sobriamente, con el ceño arrugado, contempló, por así
decir, sus propios huesos en la arena. Las corrientes marinas le atravesarían sus
ojos como una fila de sueños claros y verdes: grandes peces, ballenas incluso,
pasarían flotando por encima de él como nubes y un banco de pececillos
cruzaría de repente, como una cinta interminable, igual que los pájaros de esta
noche. Sería apacible, pensó; y mejor que un funeral en Sollerod con su tío en el
púlpito.
       Las aves sobrevolaban el Sound, a través de franjas de lluvia gris. Las
luces de Elsinor29 brillaban allá abajo como un fragmento de Vía Láctea. Un
viento salado las recibiría cuando saliesen mar abierto en el Kattegat30. Largas
extensiones de mar y de tierra, de bosques, de tierra yerma y de marjales,
quedarían al sur, por debajo de ellas, en el curso de la noche.
       Al amanecer se sumergieron en el aire plateado y descendieron sobre una
larga fila de isletas bajas y desnudas. Las rocas brillaban rosáceas al salir el sol;
sobre las pequeñas ondulaciones reverberaban minúsculos centelleos de luz.
Los rayos matinales se refractaban en las alas y cuellos finos de los patos.
Graznaron, alborotaron, se pisotearon, se ordenaron las plumas, y se
dispusieron a dormir con la cabeza debajo del ala.


29
     Elsinor Ciudad y puerto de Dinamarca, en la isla de Sjaelland, junto al estrecho de Sund.
30
     Kattegat: Estrecho del Atlántico norte, situado entre los estrechos de Skagerrak al noroeste y
     de Sund y Gran Belt al sur. Separa Suecia de la península danesa de Jutlandia.


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      Unos días después, por la tarde, Rosa, la hija del párroco, estaba de pie
junto a su telar, en el que acababa de tejer una pieza de algodón rojo y azul. No
trabajaba en él, sino que miraba por la ventana. Su espíritu oscilaba sobre una
delgada cresta de la que podía caer en cualquier momento, bien en el éxtasis
ante la sensación nueva de la primavera en el aire, y de su propia belleza
lozana... bien al otro lado, en la amarga irritación contra todo el mundo.
      Rosa era la más joven de las tres hermanas; las otras dos se habían casado
y se habían ido, una a Moen31 y la otra a Holstein32. Era un niña mimada en la
casa y podía decir y hacer lo que le apeteciera; pero no era exactamente feliz.
Estaba sola y en el fondo de su corazón abrigaba el convencimiento de que un
día le ocurriría algo horrible.
      Rosa era alta para su edad; tenía la cara redonda, una tez clara y una boca
como el arco de Cupido33. Su cabello se ondulaba y rizaba con tal obstinación
que a duras penas podía alisárselo y sus largas pestañas le daban un aire de
acechar a la gente desde una emboscada. Llevaba puesto un vestido viejo y
descolorido de invierno, demasiado corto de mangas, y unos zapatos bastos y
remendados. Pero la soltura y la gracia de su cuerpo joven daba a la tosca
indumentaria una majestuosidad clásica y patética.
      La madre de Rosa había muerto al nacer ella y el espíritu del párroco
quedó anclado en la sepultura. Incluso la vida diaria de la casa parroquial
discurría con la mirada fija en el más allá, la idea de mortalidad llenaba las
habitaciones. Crecer en la casa era para los chicos un problema y una lucha,
como si una influencia fatal les arrastrase en el otro sentido, hacia dentro de la
tierra, y les exhortase a abandonar la vana y peligrosa empresa de vivir. A su
manera, Rosa meditaba sobre la muerte tanto como Peter. Aunque le
desagradaba la sola idea. Ni siquiera le seducía la imagen del paraíso, con su
madre, y confiaba en vivir cien años más.
      No obstante, durante este último invierno se había sentido tan harta, tan
irritada con su entorno, que a fin de escapar y de castigarles había deseado
morirse. Pero al cambiar el tiempo, cambió también su estado de ánimo.
      Prefería, pensó, que se muriesen los demás. Libre de ellos y sola,
caminaría por la hierba verde, cogería violetas y observaría el revolotear de los
chorlitos por encima de los campos; haría saltar guijarros sobre el agua y se
bañaría en los ríos y en el mar sin que nadie la molestase. La visión de este
mundo feliz fue tan vívida en ella que se sobresaltó al oír a su padre regañar a
Peter en la habitación contigua y darse cuenta de que aún les tenía a su lado.

31
     Moen: Món, isla del sudeste del archipiélago danés.
32
     Holstein: Antiguo ducado, actualmente integrado en el Land («Estado») alemán de
     Schleswig-Holstein. Entre 1460 y 1864 perteneció a Dinamarca, junto con los ducados de
     Schleswig y Lauenburg.
33
     Como e! arco de Cupido: Los labios eran sinuosos, con las formas onduladas con que se suele
     representar el arco del dios romano del amor.


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      Esta primavera Rosa tenía un resentimiento especial contra el destino. Lo
notaba intensamente, aunque no le gustaba admitirlo ante sí misma.
      Peter, su primo huérfano, había sido acogido en casa hacía nueve años,
cuando él y Rosa tenían seis. Todavía podía evocar, si quería, la época en que
no estaba él y recordar las muñecas que, con la llegada del niño, habían
desaparecido de su existencia. Se llevaron bien, dado que Peter era un ser
bondadoso y fácil de dominar, y corrieron entonces muchas aventuras juntos.
      Pero hacía dos años, Rosa se había hecho más alta que el chico. Y al mismo
tiempo había entrado en posesión de un mundo propio, inaccesible a los demás,
a la manera como el mundo de la música es inaccesible para los que carecen de
oído. Nadie sabía dónde se encontraba su mundo; ni si se prestaba su sustancia
a ser plasmada en palabras. No la entenderían si dijese que era a la vez infinito
y aislado, divertido y serio, seguro y peligroso. No podía explicar tampoco
cómo se confundía con él, hasta el punto de que merced al encanto y poder de
su mundo de ensueño era ahora muy probablemente, con su vestido viejo y sus
zapatancos, la persona más encantadora y extraordinaria del mundo. A veces,
se daba cuenta, expresaba la naturaleza de ese mundo de ensueño con sus
movimientos y su voz; pero se trataba de un lenguaje que los demás
desconocían. En este místico jardín de su propiedad estaba fuera del alcance de
un muchacho rústico de manos sucias y rodillas arañadas; casi se había
olvidado de su viejo compañero de juegos.
      Después, este invierno, Peter la había alcanzado de repente, por así decir.
Le había sacado media cabeza en estatura; y esta vez Rosa pensó con amargura
que se quedarían así. Hasta tal punto lo veía más fuerte que ella que se alarmó y
se ofendió. Peter empezó a aprender a tocar la flauta por su cuenta. Tenía un
temperamento filosófico y, siete u ocho años antes, le había hablado a Rosa a
menudo sobre los elementos y el orden del universo y sobre el hecho curioso de
que, cuando la luna era aún muy joven y tierna, la dejaban jugar a la hora en
que mandaban a los demás niños a dormir, pero que cuando se hizo vieja y
decrépita, tenían que echarla de madrugada, cuando a los demás viejos les
gustaba permanecer en la cama. Pero Peter no hablaba mucho en presencia de
los mayores; y al perder Rosa interés por sus empresas y reflexiones, se había
recluido en sí mismo. Sin embargo, últimamente, sin que nadie le diese pie a
ello, y delante de toda la casa, se atrevía a dar rienda suelta a sus propias
fantasías sobre el mundo, muchas de las cuales resonaban de manera extraña en
el espíritu de Rosa como ecos de sí misma. En estos momentos le miraba
fijamente, dominada por un profundo temor. Se daba cuenta de que ya no
estaba segura en su mundo de ensueño; Peter podía encontrar el «Sésamo»34
que lo abriera e invadirlo; y puede que la sorprendiera algún día allí.
34
     «Sésamo»: Referencia a un cuento de Las mil y una noches; «Ábrete, Sésamo» eran las
     palabras mágicas con las que Alí Babá podía entrar en la cueva donde los Cuarenta Ladrones
     escondían su botín.


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      Para ella era como si hubiese sido traicionada por este chico al que había
tratado con dulzura cuando era niño. Su figura empezó a obstruirle la vista y a
privarle de aire en su propio hogar; cosa a la que en verdad no tenía derecho.
Por unas palabras de los mayores, Rosa había llegado a la conclusión de que
Peter debía de ser hijo ilegítimo. De haber sido una niña, este hecho la habría
llenado de compasión; habría visto a su compañera de juegos a la luz de la
aventura y la tragedia. En cambio, como muchacho, participaba de la perfidia
de aquel desconocido seductor que era su padre. Durante los meses del largo
invierno se había sorprendido a sí misma deseando que se fuese a la mar y
encontrase la muerte antes de que, por mediación suya, le ocurriese a ella algo
peor. Peter era un muchacho alocado y temerario, así que podía esperarse
cualquier cosa.
      Peter ignoraba por completo todas las emociones que agitaban el pecho de
la muchacha. A su manera, amaba a Rosa desde el momento en que llegó por
primera vez a la casa del párroco; de todos los moradores, ella era la única
persona en quien tenía confianza. Había sufrido a causa de sus caprichos y, sin
embargo, en cierto modo le gustaba; como le gustaba todo en ella. Últimamente
se sentía decepcionado cuando veía que era imposible despertar su simpatía
por aquello que tenía importancia para él, por lo que la consideraba un poco
superficial y tonta. Pero en general, los seres humanos, su naturaleza y
actitudes respecto a él, desempeñaban un papel pequeño en el espíritu de Peter,
donde apenas estaban por encima de los libros. El tiempo, las aves y los barcos,
los peces y las estrellas, eran para él fenómenos de mucha más trascendencia.
En un estante de la habitación tenía un bricbarca que había tallado y aparejado
con mucha precisión y paciencia. Significaba más para él que el beneplácito o la
reprobación de nadie de la casa. Desde el principio, es cierto, el bricbarca había
sido bautizado Rosa; pero era difícil determinar si debía considerarse un
cumplido para la embarcación o para la muchacha.
      Rosa no tejía, sino que miraba por la ventana. El jardín estaba todavía
invernalmente pelado y desolado, pero había una luz débil, plateada, en el
cielo; el agua goteaba de los tejados y de las ramas de todos los árboles; y la
tierra negra asomaba en los senderos de los jardines donde la nieve se había
derretido. Rosa lo contemplaba todo, grave y pensativa como una sibila35; pero
no pensaba en nada en realidad.
      Eline, la mujer del párroco, entró en la habitación con su hijito de la mano.
Eline había sido ama de llaves del párroco hasta que éste se casó con ella hacía
cuatro años, y los rumores de la parroquia decían que había sido algo más.
Tenía sólo la mitad de edad que su marido, pero había trabajado mucho toda su
vida y parecía más vieja de lo que era en realidad. Tenía una cara morena,
huesuda, paciente y era ligera de pies y de movimientos, con una voz suave. A
menudo se le hacía penosa su vida con el párroco, dado que éste no había
35
     Sibila: Pitonisa, mujer capaz de predecir el futuro.


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tardado en arrepentirse de su infidelidad a la memoria de su primera mujer,
prima suya, hija de deán, y virgen cuando se casó con ella. En su fuero interno,
tampoco colocaba al hijo de la campesina en el mismo plano que a sus propias
hijas. Pero Eline era un ser simple, anclado en la resignada filosofía de los
campesinos; no aspiraba a disfrutar en la casa de un puesto más alto que el que
había ocupado al principio. Dejaba a su marido en paz cuando él no la llamaba
y era una criada para su preciosa hijastra.
      Rosa, en todas las disensiones de la casa, adoptaba el bando de la mujer.
Le tenía cariño a su hermano pequeño y le consideraba la única persona de la
casa parroquial, aparte de ella misma, con derecho a salirse con la suya en todo,
a la manera como un monarca aclama a otro: «Hermano, majestad» Pero el niño
no se prestaba al mimo. En esta casa, oscurecida por la sombra de la tumba, los
otros dos jóvenes luchaban por seguir vivos; sólo que el de menos edad, el
precioso pequeñín, parecía hundirse calladamente en su destino, resistirse a la
vida, y acoger la extinción como si hubiese entrado de mala gana en el mundo.
      La mujer del párroco se sentó modestamente en el borde de una silla y
descansó sus hacendosas manos en el regazo, sobre su delantal azul.
      —Tu padre no quiere comprar esa vaca berrenda36 de Christiansmindé —
dijo, y suspiró—. Piden por ella treinta rixdales37. Es una vaca preciosa que
parirá dentro de seis semanas. Pero tu padre se ha enfadado conmigo cuando se
la he pedido. Pues ¿quién sabe, dice, si el día del juicio y la venida de Cristo no
está más cerca de lo que nadie se imagina No debemos almacenar tesoros de
este mundo, dice. Sin embargo —añadió, suspirando otra vez—, podríamos
mantener la vaca hasta después del verano, en todo caso.
      Rosa arrugó el ceño, pero no podía ordenar sus pensamientos lo bastante
como para enfadarse con su padre.
      —Al final, la comprará —dijo fríamente.
      Una mariposa que se había mantenido viva durante el invierno y había
despertado con los primeros rayos de la primavera quería volar hacia la luz y
chocaba con sus alas en el cristal de la ventana, produciendo una sucesión de
pequeños y suaves golpecitos como dados con el dedo. El pequeño estuvo un
rato observándola fijamente; luego, con una mirada elocuente, firme, transmitió
su descubrimiento a Rosa.
      —Mi hermano —dijo Eline— ha ido a echarle una ojeada. Es una vaca
buena y mansa. Yo misma podría ordeñarla.
      —Es una mariposa —dijo Rosa al niño—. Es bonita. Te la cogeré.
      Al intentar atraparla, la mariposa se elevó de repente a la parte superior
de la ventana. Rosa se quitó los zapatos y se subió al alféizar. Pero allí, en lo alto
del mundo, se dio cuenta de que la mariposa quería salir y volar. Se acordó de
36
     Berrenda: Con manchas de otro color.
37
     Rixdale: Moneda de plata utilizada, con distintos valores, en diversos países nórdicos y de
     Europa central hasta 1878.


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las mariposas blancas del verano anterior, revoloteando por los bordes de
lavanda del jardín; se le ensanchó y animó el corazón y se apiadó de la cautiva.
        —Bueno, vamos a dejarla salir —le dijo al niño—. Así echará a volar —
empujó la ventana y ahuyentó a la mariposa. El aire del exterior era fresco como
un baño; lo aspiró profundamente.
      En ese momento salía Peter del establo al sendero del jardín. Al ver a Rosa
en la ventana, se quedó parado.
      Desde la noche de la lluvia en que había decidido escaparse para embarcar
tenía el corazón lleno de barcos: goletas, bricbarcas, fragatas38. Ahora Rosa, con
los pies enfundados en calcetines, la falda de su vestido azul enganchada detrás
en el travesaño de la ventana, era tan parecida al mascarón de un barco grande
y precioso que por un instante vio su propia alma, por así decir, cara a cara. La
vida y la muerte, las aventuras del navegante, el destino mismo, se alzaban aquí
en forma de muchacha. Le vino a la memoria que, hacía mucho tiempo, cuando
era niño, le había ocurrido algo parecido y que el mundo tuvo entonces mucha
dulzura. Es a menudo el adolescente, que acaba de salir de la niñez, el que más
profunda y dolorosamente siente la pérdida de ese mundo místico y sencillo; no
dijo nada; no estaba seguro de cómo hablarle a un mascarón; pero al verle
mirándola, Rosa le miró a su vez, cándida y amablemente, con el pensamiento
puesto en la mariposa. A él le pareció entonces como si le estuviese
prometiendo algo, una gran dicha; y movido por un impulso poderoso y
repentino, decidió confiar en ella y contárselo todo.
      Rosa bajó de la ventana y se puso los zapatos, en paz con el mundo. Había
hecho feliz a una mariposa, a un niño y a un chico —aunque sólo se tratase del
tonto de Peter— a la vez y con una mirada. Ahora sabían que ella era buena,
benefactora de todos, los seres vivientes. Deseó haber podido quedarse allí.
Pero como no podía ser y veía a Peter inmóvil en el mismo sitio delante de la
ventana, salió de la casa y se detuvo en la puerta del jardín.
      El chico se ruborizó al verla. Se acercó a ella y la cogió de la muñeca, por
debajo de la manga escasa.
      —Rosa —dijo—, tengo un gran secreto que nadie en el mundo debe saber.
Quiero contártelo a ti.
      —¿Qué es? —preguntó Rosa.
      —No te lo puedo decir ahora —dijo él—. Podrían oírnos. Mi vida entera
depende de él.
      Se miraron gravemente.
      —Subiré a hablar contigo esta noche —dijo Peter—, cuando estén todos
dormidos.


38
     Goletas, bricbarcas, fragatas: Tipos de embarcaciones; la goleta es un velero ligero de dos o
     tres palos y bordas poco elevadas; la antigua fragata era un navío de tres palos, generalmente
     de guerra. Para bricbarca, ver la nota 1.


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      —No, entonces te oirán —dijo ella, porque su habitación estaba arriba, en
el hastial39 de la casa, debajo de la de Peter.
      —No. Escucha —dijo—; pondré la escala del jardinero hasta tu ventana.
Déjala abierta. Entraré por ahí.
      —No sé si lo haré —dijo Rosa.
      —Venga; no seas tonta, Rosa —exclamó el chico—. Déjame entrar. Eres la
única persona en el mundo en quien puedo confiar.
      Cuando eran pequeños y planeaban una gran empresa, Peter iba a veces a
la habitación de Rosa por la noche. Rosa se acordó de eso y por un momento
sintió en el corazón, como él en el suyo, nostalgia del mundo perdido de la
niñez.
      —Puede que lo haga —dijo, librando sus brazos de la mano de él.
      La noche era brumosa; pero era la primera después del equinoccio40 en
que se notaba el suave alargamiento del día. Peter se estuvo sentado hasta que
vio apagarse la lámpara de la habitación del párroco: entonces salió. Llevó la
escala a la pared del hastial, la levantó hasta la ventana de Rosa y se arañó la
mano en el esfuerzo. Al probar a abrir la ventana encontró sin echar el pestillo y
el corazón empezó a latirle con violencia. Saltó al interior de la habitación y,
lenta, sigilosamente, cruzó el piso. Deslizó la mano a oscuras por encima de la
cama para asegurarse de que la muchacha estaba allí, ya que no se había
movido ni había pronunciado una palabra. A continuación se sentó en la cama
y durante un rato permaneció tan callado como ella.
      La perspectiva de abrirle el corazón a una amiga que no le interrumpiría
ni se reiría de él le volvió tan pensativo y agradecido como cuando oyó las aves
migratorias. Recordó que hacía mucho tiempo, años quizá, que no hablaba así
con Rosa. No sabía si por culpa de ella o de él; en cualquier caso era una
lástima. Ahora, pensó, le sería difícil expresarse. Cuando habló por fin, las
palabras le salieron lentamente, una por una.
      —Rosa —dijo—, tienes que tratar de comprenderme, aunque me exprese
mal —aspiró profundamente.
      »He estado equivocado toda mi vida, Rosa —dijo—; pero no lo he visto
claro hasta ahora. ¿Sabes que hay gentes en el mundo llamadas ateas,
terriblemente blasfemas, que niegan que exista Dios? Pues yo soy peor que
ellas. He ofendido a Dios y le he hecho daño: le he aniquilado.
      Hablaba en voz baja, ahogado, con largas pausas entre las frases,
dificultado por su propia emoción y por su temor a despertar al resto de la casa.


39
     Hastial: Parte superior triangular de la fachada de un edificio, sobre la que descansan las dos
     vertientes del tejado.
40
     Equinoccio: Época en que, por encontrarse el Sol sobre el ecuador, los días y las noches
     tienen la misma duración en toda la Tierra. Esto ocurre del 20 al 21 de marzo y del 22 al 23
     de septiembre.


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      —Como sabes, Rosa —dijo—, un hombre no es más que lo que hace; tanto
si construye barcos como si hace relojes o armas o incluso libros. No puede
llamarse bueno o excelente a un hombre, a menos que lo que haga sea grande.
Lo mismo pasa con Dios, Rosa. Si la obra de Dios no le glorifica, ¿cómo va a ser
glorioso? Y yo soy obra de Dios.
      »He contemplado las estrellas —prosiguió—, el mar y los árboles, y
también los animales y los pájaros. He visto lo bien que se ajustan a las ideas de
Dios y llegan a ser lo que él quiere que sean. El verlos debe resultar satisfactorio
y alentador a Dios. De la misma manera que cuando el calafate41 hace una barca,
y le sale una barca bonita y marinera. Así que he pensado que cuando Dios me
mire a mí, se debe de entristecer.
      Al detenerse para ordenar sus pensamientos oyó a Rosa suavemente. Se
sintió agradecido de que no hablase.
      —El otro día vi un zorro —reanudó su monólogo, tras un largo silencio—
junto al arroyo del bosque de abedules. Me miró y movió un poco la cola. Al
mirarlo yo, pensé que cumplía extraordinariamente bien como zorro, según ha
dispuesto Dios. Todo lo que hace y piensa es zorruno; no hay nada en él, de las
orejas al rabo, que no querría Dios que no existiese o que estorbe los planes de
Dios. Si el zorro no fuese así, un ser hermoso y perfecto, Dios no sería tampoco,
hermoso y perfecto. Pero aquí estoy yo, Peter Kobke —dijo—. Me ha hecho Dios
y puede que le haya costado un poco de trabajo; así que yo debería honrarle
como le honra el zorro. Pero en vez de eso, he frustrado sus planes; he obrado
contra él, precisamente porque la gente de mi alrededor, gente a la que
llamamos nuestros vecinos, han querido que lo haga así. He estado sentado en
una habitación años y años, leyendo libros, porque tu viejo padre quiere que sea
sacerdote. Si Dios hubiese querido que yo fuera sacerdote, sin duda me habría
hecho como ellos; habría sido cuestión de poca monta para él, que es
todopoderoso. Puede hacerlo cuando quiera, como sabes. Ha hecho a muchos
clérigos. Pero a mí no me ha hecho así. Me cuesta aprender; tú misma sabes que
soy torpe. Me he vuelto tan rancio y obtuso que siento en los huesos que haría
un papel lamentable en el mundo leyendo a esos Padres de la Iglesia. Y en este
sentido, he hecho a Dios rancio y feo también.
      »¿Por qué tenemos que procurar complacer a nuestro vecino? —prosiguió
pensativo, tras una pausa—. Él no sabe lo que es grande; como nosotros, no
puede inventar las cosas bonitas del mundo. Si el zorro hubiese preguntado a la
gente qué quería que fuese, aun si se lo hubiese preguntado al rey, se habría
convertido en un pobre diablo. Si el mar hubiese preguntado a la gente qué
quería que fuese, la gente lo habría convertido en lodazal, te lo aseguro. ¿Y qué
bien puede hacerle uno a su vecino, en definitiva, aunque quiera? Es a Dios a
quien debemos servir y agradar, Rosa. Sí, aunque sólo pudiésemos alegrar a
Dios un momento, sería una gran proeza.
41
     Calafate: Aquí, carpintero de ribera, oficial que trabaja en la construcción de embarcaciones.


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      »Aunque hable mal —dijo tras un silencio—, debes creerme. Llevo
pensando estas cosas mucho tiempo y sé que tengo razón. Si yo no soy bueno,
Dios no es bueno.
      Rosa estaba de acuerdo en casi todo lo que él decía. Para ella, la prueba
más evidente de la grandiosidad de la Providencia estaba en el hecho de que
ella, Rosa, era, por gracia de Dios, encantadora y perfecta. En cuanto a la
opinión de Peter sobre su vecino, no estaba segura. Pensaba que ella podía
hacer mucho por su vecino. No se enciende una vela (Rosa) para ponerla debajo
de una artesa, sino encima de la palmatoria para que alumbre a toda la casa.
      Sin embargo, aunque Peter hablaba así, era un compañero y quizá podía
serle de ayuda alguna vez. Rosa esbozó una leve sonrisa sobre la almohada.
      —Y sin embargo —dijo Peter con tal arrebato de apasionamiento que, en
contra de su voluntad, alzó la voz y exclamó—, amo a Dios por encima de todo.
Pienso en la gloria de Dios antes que en ninguna otra cosa.
      Y, temeroso de haber hablado demasiado alto, se quedó completamente
callado e inmóvil unos minutos.
      —Córrete un poco, ¿quieres? —le dijo a la muchacha—, para acostarme yo
también. Hay sitio de sobra para los dos.
      Sin decir palabra, Rosa se corrió hacia la pared y Peter se acostó junto a
ella. El chico no se lavaba nunca más de lo esctrictamente necesario y olía a
tierra y a sudor; aunque su aliento era fresco y dulce en la oscuridad, junto a la
cara de Rosa.
      Una vez en posición horizontal, le llegó la calma y habló con menos
violencia:
      —Y todo esto —dijo muy despacio— me pasa por no escapar.
      —¿Por no escapar? —dijo Rosa, hablando por primera vez.
      —Sí —dijo él—. Escucha. Voy a escaparme para embarcar, para hacerme
marinero. Dios quiere que sea marinero: para eso me ha hecho. Llegaré a ser un
gran marinero, el mejor que haya hecho nunca. ¡Imaginate Rosa! Haber hecho
Dios estos grandes mares, con las tormentas y la luna que brilla sobre ellos... ¡y
haberlos tenido yo olvidados sin ir a verlos jamás! Y yo sentado en la habitación
de abajo, mirando cosas a seis pulgadas de mi nariz. Dios debe de estar
disgustado de verme así.
      »Más aún; imagina Rosa —dijo al cabo de un rato—, sólo para
comprender lo que digo, que un artesano hubiera hecho una flauta, pero que
nadie la tocara. ¿No sería una pena, una verdadera pena? Luego, de repente,
que alguien la coge y se pone a tocarla. El artesano al oírla diría: «Esa es mi
flauta —aquí volvió a aspirar Peter profundamente y reinó un prolongado
silencio en la cama.
      —Pero —dijo Rosa con una vocecita clara— yo he deseado muchas veces
que te fueras a la mar.



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      Ante tan inesperada y sorprendente manifestación de simpatía, Peter se
quedó mudo. Entonces tenía una amiga en el mundo, una aliada. Había estado
mucho tiempo sin apreciar a su amiga debidamente; incluso la había
considerado una frívola y una casquivana. .Y entretanto, ella le había sido fiel,
había pensado en él y había adivinado sus necesidades y sus esperanzas. En
esta hora fresca y tranquila de la noche primaveral, se le reveló por primera vez,
misteriosamente, la dulzura de la auténtica comunicación humana. Por fin,
preguntó a la muchacha con timidez:
      —¿Cómo es que has pensado eso?
      —No lo sé —dijo Rosa; y era verdad, en ese momento no recordaba por
qué había querido que Peter se fuese a la mar.
      —¿Me ayudarás a escapar, entonces? —preguntó él en voz baja, con una
sensación de vértigo.
      —Sí —dijo ella, y al cabo de un rato—: ¿Cómo puedo ayudarte?
      —Escucha —dijo, y se corrió ansiosamente un poco más hacia ella—. Voy
a ir a embarcar a Elsinor. Sé de un barco, el Esperance, mandado por el capitán
Svend Bagge, que se encuentra fondeado allí ahora. Podría llevarme ese barco.
¡Pero no puedo ir a Elsinor! Tu padre no me dejaría. Pero tú podrías decirle que
quieres ir allí a ver a tu madrina y que prefieres no ir sola; así, tal vez me deje ir
contigo. Y cuando estemos allí, Rosa, cuando estemos en Elsinor, me meteré en
el Esperance sin que nadie se dé cuenta. Y estaré en el Mar del Norte antes de
que nadie se lo huela, y cerca de Dover 42, Inglaterra; Rosa. Y un día doblaré el
Cabo de Hornos43. —Tuvo que detenerse; tenía demasiadas cosas que contarle,
ahora que al fin se hallaba navegando. «Pero puedo quedarme aquí toda la
noche», pensó. «Puedo estar aquí fácilmente hasta mañana por la mañana».
      Rosa no contestó enseguida; no estaba mal retenerle un poco en la
incertidumbre y enseñarle a apreciar su ayuda.
      —Lo has pensado todo muy cuidadosamente —dijo ella por fin, con un
asomo de ironía.
      Peter meditó su comentario.
      —No —dijo—. No lo he pensado con cuidado. Se me ha ocurrido sin más,
de repente. ¿Y sabes cuándo? Cuando te he visto de pie en la ventana.
      Le dio apuro decirle que le había parecido el mascarón del propio
Esperance; pero había tanta triunfal alegría en su susurro que Rosa lo
comprendió sin palabras.
      Un minuto después dijo ella:


42
     Dover Ciudad del sudeste del Reino Unido. Es el principal puerto de acceso a las Islas
     Británicas desde el continente.
43
     Cabo de Hornos: Extremo meridional de Sudamérica, en la isla de Hornos (Chile).
     Constituye un reto para los marineros, pues sus numerosos escollos, los fuertes vientos y las
     comentes costeras hacen muy peligrosa la navegación.


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      —Se hunden muchos barcos, Peter La mayoría de los marineros acaban
ahogándose.
      Peter tuvo que volver de la imagen de ella en la ventana, antes de poder
hablar.
      —Sí, lo sé —dijo—. Pero todos tienen que morir alguna vez. Y yo creo que
ahogarse es la clase de muerte más grandiosa de todas.
      —¿Por qué piensas eso? —preguntó Rosa, que le tenía miedo al agua.
      —Pues no lo sé —dijo él, y a continuación añadió—: Será, a lo mejor, por
la cantidad tan inmensa de agua. Porque si te paras a pensar, no hay en realidad
nada que separe un océano de otro. Son uno solo. Cuando te ahogas en el mar,
son todos los mares del mundo los que te acogen. A mí eso me parece
grandioso.
      —Sí, puede ser —dijo Rosa.
      Hablando de los océanos, Peter había hecho un gesto amplio y le había
dado a Rosa en la cabeza. Notó su pelo suave y rizado en su palma, y debajo, su
cráneo duro, pequeño, redondo. Volvió a quedarse muy quieto. En contra de su
propia voluntad, sus dedos le palparon la cabeza, jugaron con su pelo y se lo
acariciaron. Retiró la mano y al cabo de un minuto dijo:
      —Ahora debo irme.
      —Sí —dijo Rosa.
      Peter salió de la cama y se quedó de pie, a oscuras.
      —Buenas noches —dijo
      —Buenas noches —dijo ella.
      —Que duermas bien —dijo Peter, que jamás en su vida había deseado a
nadie que durmiese bien.
      —Que duermas bien, Peter —dijo Rosa.
      Peter bajó por la escala en tal estado de arrobamiento y felicidad que bien
podía haber ido en la otra dirección, hacia los cielos, hacia aquellas estrellas
conocidas que ahora ocultaba la bruma. Las causas de su agitación eran, por un
lado, su huida y su porvenir en el mar, y por otro: Rosa. En circunstancias
normales, los dos éxtasis habrían parecido incompatibles. Pero esta noche todos
los elementos y fuerzas de su ser corrían a la par en una armonía insuperable.
El mar se había transformado en una deidad femenina y Rosa misma se había
vuelto tan poderosa, espumeante, salada y universal como el mar. Por un
momento pensó en trepar otra vez por la escala. Su alma, efectivamente, subió y
abrazó a Rosa, transportada de gloria y de amistad. Y la habría seguido su
cuerpo, de no haberse dado cuenta, perplejo, de que no sabría qué hacer con él
en cuanto llegase arriba. Así que se sentó en el travesaño de más abajo y se
cogió la cabeza con las manos en mística concordia con el mundo.
      Al cabo de un rato empezaron a aclararse sus pensamientos. Había, en
definitiva, una diferencia entre su actitud para con el universo que le rodeaba y
para con la muchacha de arriba.


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      Con respecto al mundo, a la humanidad en general y a su propio destino,
sería en adelante el retador y el conquistador. Tendrían que entregarse a el; si le
golpeaban, les devolvería el golpe y los despojaría de lo que quisiera. Las tres
cosas las veía claras como la luz del día, brillantes como el metal o la superficie
del mar, y resplandecientes de peligro, de aventura y de victoria.
      Pero con respecto a Rosa, todo su ser se desbordaba en un incontenible
movimiento de generosidad y magnanimidad, en un deseo de dar. No tenía
riquezas terrenales con qué recompensarla; y aun cuando poseyese todos los
tesoros del mundo, los habría olvidado ahora. Era algo más absoluto lo que él
pretendía entregarle: era él mismo, la esencia de su naturaleza, y al mismo
tiempo la eternidad. Su ofrenda, pensaba, sería el triunfo más alto y el sacrificio
más excelso de que era capaz. No podía marcharse mientras no la hubiese
consumado.
      ¿Le comprendería Rosa, le recibiría y aceptaría su ofrenda? Al desplazarse
lentamente su pensamiento de las aventuras y hazañas marineras a la
muchacha, vio que del lado de ella todo estaba sumido en una solemne y
sagrada negrura, como si se encontrase, pensó, en las aguas profundas de los
océanos, imposibles de sondar. Parecía que no la conocía como ella le conocía a
él. Ni siquiera con el pensamiento podía acercársele, sino que era rechazado,
cada vez que lo intentaba, como por una desconocida ley de la gravedad. Su
deseo intenso, irresistible, de beatificarla y la nueva y extraña inaccesibilidad
que su figura había adquirido a los ojos de su imaginación, le tuvieron
despierto en la cama hasta la madrugada. Se acordó de Jacob, que había
luchado toda la noche con el ángel del Señor. Sólo que aquí tomó él el papel del
ángel e invirtió el grito del corazón del patriarca. Su alma dijo a Rosa: «No me
dejarás a menos que yo te bendiga».44
      Arriba en su habitación, Rosa, poco después de marcharse Peter, voly¡ó a
su sitio, con la mejilla sobre sus manos entrelazadas y su larga trenza sobre el
pecho, como solía hacer por las noches cuando se disponía a dormir. Pero se
daba cuenta, sorprendentemente, de que esta noche no iba a pegar ojo. Había
leído historias en las que alguien se pasaba una noche desvelado; pero por lo
general se trataba de un malvado o un amante rechazado; y era curioso, pensó,
que una pudiese desvelarse de contento y de alegría también. Se puso a pensar
en la hora que Peter había pasado en su cama. Aún duraba un vago olor a su
pelo en la almohada. Por nada del mundo se habría acercado al sitio que él
había ocupado; así que se apretujó contra la pared, como había hecho cuando
estaba él.
      Todo se le había ocurrido sin más, de repente, al verla a ella de pie en la
ventana, se repitió Rosa para sus adentros. Recordó vagamente que, no hacía
44
     Según las escrituras, Jacob luchó toda la noche en el vado de Yabboq con un ángel del Señor,
     el cual desapareció después de haberle cambiado su nombre por el de Israel, «el que lucha con
     Dios». De este patriarca descienden las doce tribus de Israel.


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mucho, había desconfiado de su antiguo compañero de juegos y se había
propuesto negarle acceso a su propio mundo secreto. «Eres tonta, Rosa»,
susurró, como cuando regañaba a sus muñecas. Ahora le agradó pensar en la
fuerza de Peter, cosa que antes la había alarmado. Recordó un incidente en el
que no había pensado hacía muchos años. Poco después de llegar Peter a casa
habían tenido una pelea. Ella le había tirado del pelo con todas sus fuerzas al
tiempo que él, rodeándola con su brazo, había tratado de derribarla. Se rió al
recordarlo, con los ojos cerrados. Peter, al bajar de la escala, había dejado la
ventana sin cerrar. El aire de la noche era frío en la habitación. Media hora
después de haberse ido Peter, Rosa se sumió en un sueño dulce y apacible.
      Pero hacia el amanecer tuvo un sueño terrible, y se despertó con la cara
bañada en lágrimas. Se incorporó en la cama, con el pelo pegado a sus mejillas
mojadas. No podía recordar el sueño del todo, sólo sabía que en él alguien la
abandonaba, y se quedaba en un mundo frío del que había desaparecido toda
vida y color. Trató de ahuyentar el sueño volviendo su atención hacia el mundo
de las realidades y hacia la vida diaria. Pero al hacerlo se acordó de Peter, y de
que iba a huir para embarcar. Entonces palideció intensamente.
      Sí, iba a huir: ése era su agradecimiento por dejarle meterse en su cama y
por quererle, desde anoche, más que a nadie. Pensó en la conversación de por la
noche frase por frase. Había tratado de ser amable con él —¿acaso, antes de
quedarse dormida, no le había acariciado, en su imaginación, el pelo espeso y
lustroso, del que le había tirado en otro tiempo, y se lo había enroscado entre
los dedos? Sin embargo, él iba a marcharse a lugares lejanos adonde ella no
podría seguirle. No le importaba lo que le pasase a ella; al contrario, la dejaba
aquí, abandonada, como en el sueño.
      Dentro de dos o tres días se habría ido. No volvería a ver más la casa, ni el
jardín, ni la iglesia. Ni siquiera oiría hablar en danés, sino en alguna lengua
extraña, incomprensible para ella. Y no pensaría en ella; desaparecería de su
pensamiento. Desaparecería, desaparecería, pensó; y se mordió su pelo
empapado de lágrimas saladas.
      Ahora, de acuerdo con su promesa, iba a hablar con su padre y pedirle
permiso para ir con Peter a Elsinor Un rato después, una idea afloró a la
superficie de su mente. ¡Qué fácil le resultaría desbaratar todos sus grandes
planes! Si le contaba a su padre aquellos proyectos, no habría barcos en la vida
de Peter, ni doblaría el Cabo de Hornos, ni se ahogaría en el agua de todos los
océanos. Permaneció sentada en la cama, acurrucada sobre aquel pensamiento
como una gallina sobre sus huevos. Hasta ahora, le parecía, se las había
arreglado para mantener los acontecimientos a cierta distancia; hoy se le
estaban echando encima, la estaban tocando, cosa que le desagradaba y le
oprimía el pecho. Por último, se levantó y se puso su vestido viejo.
      Muy rara vez le pedía Rosa nada a su padre. Éste era capaz de darle lo que
le pidiera porque, le había dicho a ella, se parecía muchísimo a su madre, cuyo


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nombre llevaba. Pero a ella no le gustaba asumir, a este respecto, el papel de la
difunta; quería ser ella misma, la joven Rosa. Así que a veces acudía a él en
nombre de Eline o de su hijo, pero no quería hacerlo en el suyo propio. Sin
embargo, hoy tenía necesidad del apoyo de su padre y de su madre. Hacía
algún tiempo, por divertirse, se había hecho el peinado que llevaba su madre en
el pequeño retrato que ella conservaba. Ahora, delante del espejito borroso,
volvió a peinarse de la misma manera. A continuación bajó al despacho de su
padre.
      Salió de él con el semblante vacío, como el de una muñeca, y se quedó un
rato inmóvil fuera de la habitación. Tenía el pañuelo en la mano con un puñado
de monedas atadas en él, el precio de la vaca, que el párroco le había encargado
que entregase a Eline. Se había sentido tan conmovido durante la conversación,
que incluso se había ocultado el rostro al pensar en la ingratitud del sobrino; y
seguidamente, lo había vuelto a levantar marcado por las lágrimas. Cuando
Rosa iba a retirarse, su padre le cogió la mano y la miró.
      Para el párroco, era constante motivo de aflicción y pesar no poder creer
del todo en el dogma de la resurrección de la carne —sobre el que, no obstante,
debía predicar desde el púlpito—, ya que desconfiaba de ella y le tenía miedo.
La niña, pensó, no se sentía atormentada por estas dudas. Y en efecto, la carne
que él tocaba era fresca y limpia; era evidente que sería admitida en el paraíso.
El párroco había suspirado profundamente, había contado el dinero y se lo
había depositado en su mano fresca y serena. Para Rosa, toda noción de
comprar o de vender era, por alguna razón, desagradable. Lo cogió de mala
gana y con tanta indiferencia que el viejo pastor le aconsejó que se lo atase en el
pañuelo. Ahora, delante de la puerta, se metió el pequeño bulto en el bolsillo de
la falda.
      Quería afirmarse en la convicción de que se estaba comportando de
manera normal y razonable, y decidió bajar a la cocina a desayunar. Por la
escalera oyó voces animadas y, al llegar a la cocina, encontró a toda la casa
reunida alrededor de una pescadera de la costa que había traído pescado para
vender, con una nasa45 a la espalda.
      Estas pescaderas pertenecían a una raza vigorosa y activa: recorrían veinte
millas, cargadas como mulas, hiciera el tiempo que hiciese, y regresaban a casa
a guisar para el marido y una docena de críos. Eran listas y chismosas, se
sentían a sus anchas en todas las casas y preferían su profesión ambulante a la
de la campesina, atada al establo o a la mantequera, y a la de la mujer del
párroco. Emma, la pescadera, había dejado la nasa en el suelo y se había
sentado en el tajo de cortar la carne. Estaba tomando café en un cazo, al tiempo
que daba noticias sobre la vecindad y se reía de sus propias historias. El trozo
de azúcar cande en la boca, la escasez de dientes y el cerrado dialecto que
empleaba —con mezcla de sueco, ya que, como muchas mujeres de pescadores
45
     Nasa: Arte de pesca que consiste en una especie de cesta donde quedan atrapados los peces.


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a lo largo del Sound, era sueca de nacimiento—, hacían difícil seguir sus
historias. Pero los niños de la casa parroquial sabían también hablar en dialecto
cuando querían. Interrumpió su narración para saludar ,con la cabeza a la
preciosa hija del párroco y Rosa se acercó al tajo con su tazón de café a escuchar
las novedades.
      Peter se dio cuenta de la presencia de la muchacha y ya no vio ni oyó nada
más. Un momento después se acercó y se puso junto a ella, pero no dijo nada.
Cuando se generalizaron las charlas y risas en la cocina, Rosa dijo sin mirarle:
      —He hablado con mi padre. Me ha dado permiso para ir a Elsinor, y tú
puedes venir conmigo. Ahora que la nieve se está deshaciendo podemos ir con
los carreteros. Podemos ir incluso hoy.
      Al oír este anuncio, el chico palideció; igual que ella cuando, de
madrugada en la cama, había pensado en él. Al cabo de mucho rato dijo:
      —No. No podemos ir hoy. Esta noche subiré otra vez a tu habitación: hay
algo mas que tengo que decirte. Puedo, ¿verdad? —preguntó.
      —Sí —dijo Rosa.
      Peter se apartó, fue al otro extremo de la cocina y luego regresó.
      —El hielo se está rompiendo —dijo—. Emma lo ha visto esta mañana. El
Sound está libre.
      Emma, en atención a la muchacha, repitió su información. Durante todo el
invierno, los pescadores habían tenido que hacer largos recorridos por encima
del hielo para pescar bacalao con cebo de hojalata. Ahora se estaba rompiendo
el hielo; se veían aguas libres. Dentro de unos días sus barcas navegarían otra
vez.
      —Iré a verlo —dijo Peter. Rosa le miró a la cara y ya no pudo apartar los
ojos de él (estaba singularmente solemne y radiante); y pensó que no sabía nada
de lo que sabía ella—. Ven conmigo, Rosa —exclamó movido por un impulso
incontenible y feliz, como si no pudiese dejarla al margen de su visión.
      —Sí —dijo Rosa.
      El niño pequeño, al oír que se iban a ver romperse el hielo, quiso ir con
ellos. Rosa lo cogió en brazos.
      —No; tú no puedes venir —le dijo—. Es demasiado lejos para ti. Ya te lo
contaré cuando vuelva.
      El niño le puso las manos sobre la cara.
      —No; no me lo contarás —dijo.
      Eline trató de disuadir a la muchacha diciendo que era demasiado lejos
para ella también.
      —No, quiero ir —dijo Rosa. Se puso una vieja capa, un par de guantes
roñosos que habían pertenecido a su padre y salió con Peter.
      Al salir vieron que la nieve había desaparecido de los campos; sin
embargo, el mundo era mas luminoso que antes, ya que el aire estaba lleno de
una claridad borrosa, resplandeciente. Casi les cegaba. Les costaba trabajo


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levantar los párpados. En todas partes oían gotear y correr el agua. La marcha
era trabajosa: la nieve medio derretida hacía el camino resbaladizo. Peter echó a
andar de prisa y luego tuvo que esperar impaciente a la muchacha, que, con sus
zapatos viejos, resbalaba y daba traspiés por el sendero. Le alcanzó, acalorada
por el esfuerzo, y mareada como él a causa del aire y de la luz.
      Peter se detuvo.
      —Escucha —dijo—; es la alondra.
      Se quedaron inmóviles, el uno cerca del otro, y, en efecto, oyeron muy
alto, por encima de sus cabezas, el trinar incesante y triunfal de una alondra,
una lluvia de éxtasis.
      Un poco más lejos, en el bosque, se encontraron con un par de leñadores y
Peter se paró a hablar con ellos mientras elegía y cortaba un bastón largo para él
y otro para Rosa, de dos hayas jóvenes. Un viejo se quedó mirando a Rosa, le
preguntó si era la hija del párroco de Sollerod y comentó lo mucho que había
crecido. Era raro que los chicos de la casa parroquial hablasen con
desconocidos. Ahora, después de hablar con Emma y con el viejo leñador, Rosa
sintió que se le ensanchaba el mundo.
      Peter caminaba en un estado de bienaventurada embriaguez, con el mar
delante, que le atraía como un imán, y la muchacha detrás. Después de
conversar con los leñadores, tenía necesidad de seguir hablando; pero no podía
encontrar palabras para su propio curso de pensamientos, así que empezó a
contarle a Rosa una historia.
      —He oído contar una historia, Rosa —dijo—, sobre un capitán que puso a
su barco el nombre de su mujer. Encargó un hermoso mascarón que
reprodujera su imagen, con el cabello dorado. Pero su mujer concibió celos del
barco. «Piensas más en ese mascarón que en mí», le dijo. «No», contestó su
marido; «pienso tanto en él porque es igual que tú, porque eres tú misma. ¿No
es airoso, de pechos llenos, y no baila en las olas como bailabas tú en nuestra
boda? La verdad es que, en cierto modo, es más cariñoso que tú. Galopa cuando
le digo que ande, deja en libertad su larga cabellera, mientras que tú embutes tu
cabello debajo de un sombrero. Pero me vuelve la espalda; de manera que
cuando quiero un beso tengo que regresar a Elsinor». Y ocurrió que, hallándose
comerciando una vez este capitán en Trankebar46, ayudó a un viejo rey nativo a
huir de manos de unos traidores de su propio país. Al despedirse, el rey le
regaló dos grandes piedras preciosas de color azul y él las mandó incrustar en
la cara del mascarón, para que hiciesen de ojos. Cuando regresó a casa le contó
a su mujer la aventura, y dijo: «Ahora tiene también los ojos azules como tú».
«Mejor sería que me dieses a mí esas piedras para hacerme unos pendientes»,
dijo ella. «No», replicó él, «no puedo, y si comprendieses, no me las pedirías».
Sin embargo, la mujer no paraba de atormentarle a propósito de las piedras
azules y un día que su marido había ido a la corporación de capitanes, encargó
46
     Trankebar Ciudad del sudeste de la india, en las costas de Coromandel.


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a un vidriero que las quitase y pusiese dos trozos de vidrio azul en su lugar; de
manera que el capitán no descubrió el cambio y zarpó rumbo a Portugal.
Conque, al cabo de un tiempo, la mujer del capitán empezó a notar que le
disminuía la vista y que no podía enhebrar la aguja. Fue a una curandera y ésta
le dio ciertos ungüentos y aguas, pero no la aliviaron; y al final la vieja meneó la
cabeza y dijo que era una enfermedad rara e incurable y que se estaba
quedando ciega. «¡Ay, Dios mío», exclamó entonces la mujer del capitán, «por
qué no estará ya el barco de regreso, en el puerto de Elsinor! Así mandaría que
le quitasen los vidrios y le pusiesen las joyas otra vez. Pues ¿acaso no dijo él que
eran mis ojos?» Pero el barco no regresó. En vez de eso, la mujer del capitán
recibió una carta del cónsul de Portugal en la que le informaba que había
naufragado y se había ido a pique con toda su tripulación. Y era muy extraño,
explicaba el cónsul, que en plena luz del día hubiera navegado directamente
hacia una roca alta que emergía del mar.
      Mientras Peter contaba esta historia, bajaban una colina del bosque, y al
andar notó Rosa que algo le golpeaba suavemente en la rodilla. Se metió la
mano en el bolsillo y tocó el pañuelo con el dinero que había olvidado darle a
Eline. Lo exploró con los dedos: había unas treinta monedas. La cifra resultó
familiar a su conciencia. Treinta piezas de plata; el precio de una vida. Había
vendido una vida, pensó, igual que había hecho en otro tiempo Judas
Iscariote47.
      Quizá le rondaba vagamente esta idea por la cabeza hacía rato, desde que
había visto a Peter en la cocina. Al decírselo ahora a sí misma con palabras, le
produjo tan tremenda impresión que creyó que iba a caer de cabeza cuesta
abajo. Se tambaleó, y Peter, en medio de su narración, le dijo que se cogiese a él.
Ella oyó lo que decía, pero no pudo contestar y le pareció que las palabras de
Peter eran seguidas de un silencio mortal. Aunque caminaba tras los talones del
muchacho, no oía ni las pisadas ni los ruidos del bosque, sino que avanzaba
como una persona sorda.
      Así que lo que había temido y esperado toda su vida, pensó, había
sucedido. Aquí, por fin, estaba el horror que iba a matarla.
      No consideraba exactamente que la catástrofe, o la ruina, le hubiese
sobrevenido por su culpa; no era propio de ella pensar tal cosa, sino que en
todas las calamidades estaba dispuesta siempre a echarle la culpa a cualquier
otra persona. Pero la aceptó plenamente como su suerte y su destino. Era su fin.
      Se le quedó el nombre de Judas en el oído y siguió resonándole con fuerza
terrible. Sí, Judas era igual que ella, y el único ser humano al que podía acudir
en busca de comprensión y consejo; él le enseñaría el camino. Tanto la dominó
esta idea, que un minuto después miró a su alrededor, perpleja, buscando un
árbol, como Judas lo había buscado para sí. Cruzaron un claro del bosque en
47
     Uno de los doce apóstoles, Judas Iscariote, entregó a Jesucristo a sus verdugos a cambio de
     treinta monedas de plata.


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donde sólo crecían algunas hayas aquí y allá; y al mirar en torno suyo, un
águila ratonera, la primera que veía en el año, se soltó de una rama alta y se
alejó majestuosamente, adentrándose en el bosque, con un centelleo de plata en
sus alas leonadas. Judas, pensó Rosa, había besado a Cristo en el momento de
traicionarle; debían de ser tan buenos amigos que era natural que se besasen.
Ella no había besado a Peter; y ahora jamás se besarían: ésa era la única
diferencia entre ella y el apóstol maldito.
      No veía el bosque a su alrededor, ni el cielo pálido por encima de su
cabeza. Estaba otra vez en el despacho de su padre, en el momento de
denunciar a Peter ante él. El párroco le había hablado entonces de su juventud,
y le había contado cómo en Copenhague había sido ayudante del capellán de
una cárcel. Allí había aprendido, dijo, que la cárcel es un lugar bueno y seguro
para los seres humanos; él mismo pensaba a menudo que podía dormir más a
gusto en una cárcel que en ningún otro lugar. Algunos de los malhechores, le
contó, habían intentado escaparse; él se había compadecido de su miopía y
juzgaba que habían salido ganando al ser capturados y devueltos a la cárcel.
Cuando, un rato antes, cogió el dinero con un suspiro y se lo entregó, había
fijado sus ojos en ella y le había dicho: Pero tú, Rosa, no huirás; tú te quedarás a
mi lado. Rosa había mirado la habitación; le había parecido que repetía las
mismas palabras. Era una habitación pobre, casi sin muebles, con suelo
enarenado; sabía que la gente se reía ante la idea de que aquello fuese el
despacho de un clérigo. Sin embargo, esta habitación le pertenecía a ella. La
conocía de toda la vida. ¿Cómo podía nadie repudiarla y abandonarla más que
ella? Ahora había abrazado el bando de ese despacho, de esa prisión, de esa
tumba, y había cerrado sus puertas sobre ella. No sospechaba entonces que su
destino era que, si Peter permanecía prisionero, tampoco ella sería libre.
Recordó la ventana abierta de la noche anterior, después de haberse marchado
Peter, y la fresca oscuridad alrededor de su almohada. Había cerrado esa
habitación también. Había cerrado todas las ventanas del mundo y nunca más
volvería a ponerse de pie en una ventana abierta y dejar que se le ocurriese todo
a Peter de repente al verla.
      Poco a poco volvió al mundo de la realidad que la rodeaba, al bosque
húmedo y marrón, a las curvas del camino y a la figura de Peter caminando
delante, con la cabeza descubierta y una bufanda vieja y grande alrededor del
cuello. No acababa de gustarle Peter porque por él le había llegado la
infelicidad; si no estuviese allí, aún se pasearía por el bosque hermosa y
contenta y satisfecha. Pero le era imposible pensar en nada de este mundo más
que en él. Peter caminaba ligero, como un chico fuerte y ágil, y con la cabeza
llena de ensueños. Era como si la tuviese atada con una cuerda y la arrastrase,
hecha una vieja encorvada y decrépita, mucho más vieja que él, para que
lamentase, para que llorase la juventud y la sencillez de él.



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      Llegaron a lo alto de otra colina desde donde se dominaba una
panorámica de las partes más bajas del bosque azulenco por la bruma
primaveral. Peter se detuvo y permaneció un minuto en silencio.
      —¿Te acuerdas, Rosa —dijo—, de cuando éramos pequeños y veníamos
aquí a coger frambuesas? Dentro de muchos años, cuando seamos viejos,
vendremos otra vez. Puede que entonces todo haya cambiado, que hayan
talado el bosque y no reconozcamos el lugar. Entonces hablaremos de este día.
      Fue, otra vez, la mística melancolía de la adolescencia que quiere abarcar,
en la misma cumbre de su vitalidad y con una grave sabiduría que se disipa
muy pronto, el pasado y el futuro: el tiempo mismo en abstracto. Rosa le
escuchaba, pero no podía comprenderle. Había destruido el pasado y retrocedía
ante el futuro con horror. Cuanto había conseguido en el mundo, pensó, estaba
en esta única hora y en el paseo de ambos hasta el mar.
      Al poco rato llegaron a un borde brusco cubierto de abetos, dispersos, y
descubrieron el estrecho del Sound ante sí.
      Era un espectáculo maravilloso y singular. Se estaba rompiendo el hielo; a
cierta distancia de la costa aún se veía, sólido, un plano de color gris blancuzco.
Pero cerca de tierra se separaba de la orilla y se dispersaba en témpanos y
placas, se mecía y se balanceaba y giraba lentamente, movido por la corriente
de debajo. Y a lo lejos, la raya blanca, quebrada, irregular, era el mar abierto,
azul pálido, casi tan liviano como el aire, un elemento poderoso, soñoliento aún
tras su letargo invernal, aunque libre, vagando a impulsos de su corazón
lujurioso y abrazando a toda la tierra.
      Apenas había viento; pero se oía en el aire un susurro débil, como de una
animada conversación en voz baja, producido por las placas de hielo al
restregarse unas con otras y amontonarse para salir a flote.
      Peter no había tocado a Rosa desde que había jugado con su pelo en la
cama; ahora, durante un segundo, le cogió la mano y ella sintió en su cálida
palma una corriente de energía y de gozo. Luego, con unas cuantas zancadas,
bajó la pendiente y saltó sobre el hielo, con ella detrás.
      Si Rosa hubiese tenido diez o veinte años más, quizá se habría muerto o
vuelto loca de aflicción. Pero era tan joven que la desesperación misma le
infundía vigor y la sostenía. Ya que sólo le quedaba esta única hora de vida,
debía disfrutar, experimentar y sufrir en este tiempo lo más que podía. Saltó al
hielo veloz como el chico.
      Para Rosa, la máxima maravilla y placer del paisaje residía en el hecho de
que todo estaba mojado. Hasta hacía muy poco, las cosas habían estado secas,
duras, inflexibles al tacto, insensibles al grito del corazón. Pero aquí todo se
mecía y manaba, el mundo entero era fluido. Cerca de la orilla había láminas de
delgado hielo blanco que se quebraban al pisarlas, de manera que tenía que
vadear los charcos de agua clara. Se le empaparon los zapatos en seguida; al
correr, el agua le salpicaba la falda y la sensación de humedad universal la


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embriagaba. Era como si, en espacio de un minuto o dos, ella misma, y Peter
también, fuesen a derretirse y disolverse en una oleada desconocida y salada de
placer y a ser absorbidos por el mundo infinito, oscilante, mojado. Le parecía
ver sus dos figuras muy pequeñas sobre el plano blanco. No sabía que su cara
pálida estaba radiante de correr.
      Aquí, sobre el hielo, la esperó Peter pacientemente, más tranquilo y
sosegado que cuando corría por el camino impulsado por el intenso anhelo de
su alma. Andaban o corrían el uno junto al otro. Rosa pensó: «He venido al mar
con Peter, al final». Pidió a Peter que esperase un momento.
      —Mira, Peter —dijo—. Estamos yendo en dirección a Elsinor. Aquel
montón de hielo que se ve allá es la casa de mi madrina. Y aquel otro es el
puerto.
      Siguieron directamente hacia la casa de la madrina. Por el camino dijo
Peter:
      —¿No es extraño el mar, Rosa? Puedes mirar por encima de él como si
fuese un prado, en todo el horizonte a la redonda. Y después, al volver los ojos,
puedes mirar en él como si fuese un pozo, hasta el fondo; no te oculta nada. La
gente dice a veces que el mar es traicionero y que la tierra es fiel. Pero la tierra
se cierra completamente a nuestra mirada. Puede haber algo a poca distancia de
tus pies (un tesoro enterrado, el tesoro de un antiguo pirata), y no tener tú la
menor idea. En cuanto al aire... podemos mirar a través de él, pero nunca
sabremos cómo es desde el exterior. El mar es un amigo.
      Se detuvieron en casa de la madrina de Rosa; se sentaron y trataron de
localizar lugares a lo largo de la costa ancha y brumosa. Dos árboles hacían de
mojones del pueblecito pesquero de Sletten; eran palmeras sobre una isla de
coral. Un destello en el aire, producido por el tejado de cobre del castillo de
Kronborg48, hacia el norte, era él primer resplandor de los blancos acantilados
de Dover. Hacia el sur, a una milla, había gente sobre el hielo, como ellos; serían
salvajes, caníbales, a los que había que evitar. «¿Por qué no se contentará con
viajes como éste?», pensó Rosa. «Así podríamos ser felices.Siguieron andando;
de vez en cuando tenían que cruzar grandes grietas de hielo que brillaban como
el cristal; el hielo tenía más de dos pies49 de espesor. Una de las veces le pareció
a Rosa que el suelo se movía débilmente debajo de ella y tuvo la extraña
sensación de que algo, o alguien, un tercer grupo, se había unido a esta
aventura en el mar; pero no le dijo nada a Peter Siguieron corriendo y saltando,
siempre al lado el uno del otro.
      —¡Ahora estamos ya en el puerto de Elsinor! – gritó Rosa.
      Aquí el aliento del mar les llegó derechamente a sus caras ardientes y
encendidas. Se notaba una corriente del sur en el día apacible: las placas de
48
     Castillo de Kronborg: Castillo del siglo XVI de la ciudad de Elsinor.
     Shakespeare situó en él su trama Hamlet
49
     Pie: Unidad anglosajona de medida de longitud; equivale a 30,48 cm.


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hielo, delante de ellos, se desplazaban lentamente hacia el norte junto a la costa
de Sealand50, el viento rara vez rola51 al norte desde el este o al oeste; por lo
general, sopla con bastante persistencia del este cuando hay lluvia y mal
tiempo; luego cambia a sudeste y sur, para terminar de oeste y dejar la
atmósfera limpia. A veces sigue la calma; y mientras el viento dormita, el Sound
se llena poco a poco de velas fláccidas de muchos países, como gansos
desperdigados que el viento reúne en el rincón de un estanque... Peter y Rosa
pensaron en los barcos que habían visto aquí durante el verano.
      Ahora había patos nadando en el agua pálida, de color tan parecido a ella
que sólo se distinguían por sus alas y cuellos negros; eran un grupo irregular,
movedizo, de motitas oscuras sobre las olas.
      —Sí —dijo Peter despacio—, ahora estamos en el puerto de Elsinor. Y éste
—añadió, señalando hacia adelante— es el Esperance. Está fondeado, aunque
listo para zarpar —el Esperance era un gran témpano de cincuenta pies de largo
y separado del hielo sobre el que se encontraban por una grieta larga—.
¿Embarco en él ahora, Rosa?
      Rosa cruzó los brazos sobre su pecho:
      —Sí, subamos a bordo ahora —dijo—. Estaremos en el Mar del Norte
antes de que nadie se lo huela, y cerca de Inglaterra. Después, un día,
doblaremos el Cabo de Hornos.
      Peter exclamó:
      —¿Vas a embarcar conmigo?
      —Sí —dijo Rosa.
      —¿...Y a navegar conmigo —preguntó él— todo el trayecto hasta el Polo
Sur?
      —Sí —dijo ella.
      —¡Ah, Rosa! —dijo Peter tras una pausa.
      Siguieron dando zancadas hasta el témpano y Peter cogió a Rosa de la
mano y se la retuvo. Los dos estaban cansados de la carrera por el hielo y
contentos de detenerse en cubierta.
      Peter miró ante sí con la cara levantada. Pero la muchacha, al cabo de un
rato, volvió la cabeza para ver cómo era su costa natal de Sealand desde tan
lejos. Entonces se dio cuenta de que la grieta entre el témpano y el hielo de
tierra se había agrandado. Una clara comente de agua, de unos seis pies de
anchura, circulaba ahora por donde ellos habían cruzado. Efectivamente, el
Esperance había zarpado. Esta visión aterró a Rosa: le dieron ganas de gritar y
echar a correr.
      Pero no gritó. Se quedó inmóvil y ni siquiera le tembló la mano que le
tenía cogida Peter. Un momento después la invadió una gran calma. El destino
50
     Sealand:: Sjaelland, isla de Dinamarca, frente a la costa sueca, cuyas ciudades más
     importantes son Copenhague y Elsinor.
51
     Rola: Cambia de dirección (el viento).


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que la había asustado toda la vida y del que hoy no podía escapar... ese destino,
veía ahora, era la muerte. No era otro que la muerte. Durante unos minutos, fue
la única en conocer la situación. No lo pensó demasiado: siguió de pie, erguida,
grave, aceptando su destino. Sí: ella y Peter iban a morir aquí, a ahogarse.
Ahora Peter no sabría nunca que ella le había fallado. Ya no importaba
tampoco; podía incluso contárselo. Era Rosa otra vez, un regalo para el mundo
y para Peter. En el momento en que recobró el dominio de todo su ser para
afrontar la muerte, no se afligió por sí misma. Sino que lo sintió,
profundamente, por el mundo que la iba a perder. Por toda la belleza, toda la
inspiración, toda la gracia de que se iba a ver privado ahora.
      Peter notó el leve balanceo de la placa de hielo, se volvió y vio que iban a
la deriva. El corazón le dio dos o tres latidos tremendos; subió la mano por el
brazo de la muchacha, la agarró por el codo y la hizo avanzar hasta el borde del
témpano. Entonces vio que quizá podía saltar él aquel canal; pero que Rosa no
podría. Entonces la hizo retroceder y miró a su alrededor. Había agua por todas
partes. La gente a la que habían visto en el hielo no estaba ya a la vista. Se
hallaban solos los dos con el cielo y el mar.
      Perplejo y tembloroso, el muchacho se tiró de los pelos con una mano,
mientras con la otra sujetaba todavía a la muchacha por el codo.
      —¡Y te he pedido yo que vinieses conmigo! —exclamó. Un instante
después, se volvió hacia ella y ésta fue la primera vez, desde que habían salido
de casa, que la miraba. La cara redonda de Rosa estaba serena: observó a Peter
por debajo de sus largas pestañas como desde una emboscada.
      —Ahora navegamos directamente hacia Elsinor —dijo ella—. Es mejor así,
que no volver primero a casa; ¿no te parece?
      Peter se quedó mirándola y le subió lentamente la sangre a la cara, hasta
que se le puso ardiendo. El peligro que corrían, y su culpa al traerla aquí, se
disipó, se redujo a la nada ante el hecho de que una muchacha pudiese ser tan
sublime. Mientras la miraba, su vida entera y sus sueños de futuro, desfilaron
ante él. Recordó, también, que debía subir a su habitación esa noche; y al pensar
en ello, sintió un dolor intenso y fugaz. Sin embargo, esto era más maravilloso
que ninguna otra cosa.
      —Cuando lleguemos a Elsinor —dijo Rosa—, donde se estrecha el Sound,
el capitán del Esperance nos verá y nos subirá a su barco, ¿no crees?
      El corazón del muchacho rebosaba de adoración. Sintió el viento suave y
el olor a mar en las ventanas de la nariz; y el movimiento del agua que aterraba
a Rosa le embriagó. Era imposible que no tuviese esperanza; no podía ser que
no tuviese fe en su estrella. Le parecía, en este momento, que durante mucho
tiempo, quizá durante toda su vida, se había ido elevando de un éxtasis a otro y
que tal vez era éste el milagro supremo que los coronaba todos. Nunca había
tenido miedo a morir, pero ahora no podía aceptar la idea de la muerte, porque
no había concebido antes que la vida fuese tan poderosa. Al mismo tiempo,


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igual que la realidad y el sueño, en el témpano, parecían haberse fundido en
una sola cosa, la distinción entre la vida y la muerte pareció desvanecerse.
Intuía vagamente que era este estado el que se designaba con la palabra
inmortalidad. Así que no miró ya adelante ni atrás: el instante le contenía.
      Soltó el brazo de Rosa y volvió a mirar en torno suyo. Fue a recoger los
bastones que había dejado al subir al Esperance. Estuvo un rato ocupado en
hacer un agujero en el hielo con el cuchillo, a fin de clavar un bastón en él, y
atar su pañuelo rojo en la punta. Ahora les serviría de señal de socorro, y podría
verse de lejos. Ató el cuchillo al bastón de Rosa con un trozo de cordel que
llevaba en el bolsillo y lo transformó en bichero52: si la corriente les arrimaba
por casualidad al hielo de tierra, podría sujetarse con él. Rosa lo observaba
todo.
      Con la bandera en alto, el témpano en el que iban se convirtió en algo
distinto de los que les rodeaban, en un barco, en un hogar en el agua, para ella y
él. No hacía frío: una luz plateada había invadido el cielo. A Peter le pasó por la
cabeza una idea singular: le habría gustado tener su flauta, tocar para ella
mientras navegaban, ya que hasta ahora nunca se había dignado escucharle.
      Llevaba en el bolsillo una botella de ginebra. La sacó y le dijo a Rosa que
bebiese. Le haría bien, dijo, y él bebería un poco después. A Rosa le
desagradaba el olor de la ginebra y se había enfadado con Peter por beber.
Ahora, tras dudar un poco, accedió a probarla e incluso a beber de la botella, ya
que no tenían vasos. Las pocas gotas que tragó le hicieron toser y le asomaron
lágrimas a los ojos; pero cuando recobró el aliento dijo:
      —No es tan mala la ginebra, después de todo.
      Tomó incluso otro sorbo, por Peter, que le dio calor a todo su ser y le
iluminó el mundo. Luego Peter echó un trago y dejó la botella en el hielo.
      Peter se quitó la chaqueta y la bufanda, envolvió a Rosa con ellas y le
cruzó la bufanda sobre el pecho; Rosa le dejó hacer sin decir nada.
      —¿Por qué te has peinado para arriba hoy? —le preguntó.
      Rosa se limitó a menear la cabeza por toda respuesta; sería muy largo de
explicar.
      —Suéltatelo —dijo él—. Así el viento te lo agitará.
      —No, no puedo levantar los brazos, con tu bufanda enrollada —dijo Rosa.
      —¿Puedo soltártelo yo? —preguntó él.
      —Sí —dijo ella.
      Peter, con dedos hábiles, adiestrados en el aparejo del bricbarca Rosa,
desató la cinta que le sujetaba el pelo en lo alto mientras ella permanecía quieta,
pacientemente, con la cabeza un poco inclinada hacia él. La masa suave y
reluciente de cabello se soltó y se desmoronó, cubriéndole las mejillas, el cuello

52
     Bichero: Palo largo, con una punta y uno o dos ganchos en el extremo, que usan los
     marineros para mover embarcaciones pequeñas.


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y el pecho; y, tal como él había pronosticado, el viento agitó los mechones y
azotó suavemente con ellos la cara de Peter.
      En ese momento, de repente, inesperadamente, el hielo se quebró bajo los
pies de los dos como si hubiesen pisado una grieta oculta y hubiese cedido bajo
su peso. La rotura les hizo caer de rodillas, el uno sobre el otro. Durante un
minuto, el hielo les sostuvo aún, un pie por debajo de la superficie del agua.
Podían haberse salvado entonces, si se hubiesen separado a uno y otro lado de
la grieta; pero a ninguno de los dos se le ocurrió tal posibilidad.
      Peter, al notar que perdía el equilibrio y el agua helada en los pies, cerró
los brazos con un gran movimiento en torno a Rosa y la atrajo hacia sí. Y en este
último instante la impresión fantástica, desconocida, de no pisar nada firme
debajo de él, se mezcló en su conciencia con una sensación de dulzura, del
cuerpo de ella contra el suyo. Rosa apretó su rostro contra la clavícula de Peter
y cerró los ojos.
      La corriente era fuerte; les arrastró hacia el fondo, el uno en brazos del
otro, en pocos segundos.




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