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									                                 El Farmakós griego

Por J.M. Contreras Redondo

                           ¿Qué quiere decir?¿qué escribir?

A través del término fármacon se nos introduce la teoría griega del Logos, de la
aparición de la escritura misma. Como veremos mas adelante, se nos compara la
escritura con la pintura para ponernos en alerta sobre la acción de copia o
simulacro en que degenera tanto dicha escritura como la pintura. Estas dos artes
serán concebidas como artes menores debido a esta limitación.

Será Platón el que nos muestre esa constitución problemática de la palabra escrita.
Esta

situación se nos presenta por medio de la figura del Fármacos griego (brujo, mago,
envenenador), quién tiene un papel formidable en la cultura griega.

Se ha comparado al Fármacos con un chivo espiatorio. La enfermedad y el exterior,
la expulsión de la enfermedad fuera del cuerpo y de la ciudad; éstas son las
significaciones principales de dicho personaje y de la práctica ritual.

Como sabemos a través de los escritos que nos han llegado; en Atenas se
expulsaba a dos hombres con el fin de purificar la ciudad. Éstos eran denominados
Farmacoi y en general eran muertos, pero la mayoría de las veces esos muertos
habian encontrado su muerte por la fustigación que recibían. Los golpes se solían
producir en los genitales; estos golpes servían para atraer o expulsar al mal de sus
cuerpos y, despues, eran alejados de la ciudad y en algunos casos, se les quemaba
a modo de purificación.

Esta purificación se "necesitaba" debido a que la calamidad y la desgracia; a modo
de peste, hambre o cualquier otra desgracia, había caído sobre la ciudad. Así, el
cuerpo propio de la ciudad reconstituye su unidad, se encierra en la seguridad de
su fuero interno, se devuelve el habla que la vincula a sí misma dentro de los
límites del ágora excluyendo violentamente al representante de la amenaza o
agresión exterior. El mal externo viene a afectar e infectar al interior.

Los atenienses, conociendo ya el rito, mantenían a expensas de estado, cierto
número de individuos degradados e inútiles; que, cuando la peste, la sequía o el
hambre aparecía en la ciudad; usaban como chivo expiatorio.

El Fármacos representaba el mal, y tenía una doble vertiente; se veía como
benéfico en cuanto a curativo y maléfico en cuanto a encarnador de los males, era
angustioso y apaciguador, sagrado y maldito. de este modo, al ser expulsado el mal
se restauraba la "safrosine".

Ingredientes: el afeite, el fantasma, la fiesta.
El rito del Fármacos significaba la enfermedad y la muerte, la repetición y la
expulsión.

Sócrates une en un sistema todas las acusaciones contra el fármacon de la
escritura en provecho suyo para sostenerla, explicarla, interpretarla; al habla
divina, regia. Los peores efectos de la escritura, el habla los predecía y nos alertaba
de su problema.

Habla no demostrativa, no pronunciaba un saber. Ésta es una "manteia" según
Sócrates, que en su discurso, va a dedicarse a traducir esa manteia en filosofía; es
decir, a traducir el Mito en Logos.

Ineficacia, improductividad de la escritura, pues no es una buena "tejné",
entendamos un arte capaz de engendrar, de pro-ducir, de hacer aparecer; es decir,
la "aleceia" del "eidos", la verdad de ser en su figura, la verdad de lo que es. Así,
quien creyera que con un grafema había producido la verdad daría muestras de la
mayor estupidez. El Logos escrito es, para quien ya sabe, un medio para
rememorarse las cosas a propósito de las cuales hay escritura.

Sócrates retoma así la oposición principal y decisiva entre mneme/hipomnesis.
Oposición sutil entre un saber como memoria y un saber como rememoración,
entre dos formas y dos momentos de le repetición. Una repetición de verdad
(aleceia) que muestra y presenta el eidos; y otra de muerte y olvido (lece) que vela
y desvia porque no presenta el eidos, sino que re-presenta la presentación, repite
la repetición. La hipomnesis, a partir de la cual se hace pensar la escritura, no solo
coincide con la memoria, sino que no se construye más que como una dependencia
de la memoria, de la presentación de la verdad. La escritura se haya determinada
en el interior de una problemática del saber-memoria; desprovista de todos sus
atributos. Su fuerza de penetración no es cortada por la repetición, sino por la
enfermedad de la repetición, por lo que ésta se desdobla, redobla, repite la
repetición, pero la mala repetición. Por lo tanto la escritura es una pura repetición,
una repetición muerta.

Esta mala reedición seria una tautología. los logoi escritos, la repetición del
significante, repetición nula, etc; serian lo mismo. La escritura no es reedición del
ser vivo. Lo que la emparenta con la pintura; y lo mismo que Platón en la República
donde condena la pintura y la poesía, Aristóteles las denomina "mímesis".

También Sócrates las acusa en el Protágoras. Si la escritura y la pintura fueran
llamadas a comparecer ante el tribunal del Logos como representantes del habla,
como capaces de discurso, se mostrarían impotentes para representar dignamente
a un habla viva, para ser portavoz, para sostener una conversación. Son estatuillas,
máscaras, simulacros.

Igual que el modelo de la pintura o de la escritura es la fidelidad del modelo. Son
las dos artes aprehendidas mediante la técnica mimética; arte como mímesis.

Sin embargo entre ambas, el caso de la escritura es más grave. La pintura o
escultura son artes del silencio; pero la escritura es pura imagen del habla.
Desnaturaliza más gravemente lo que pretende imitar, desplaza a su modelo, no da
ninguna imagen de él, se aleja de la verdad del habla.

Hablando de la poesía, en la República nos dice Platón que debemos expulsarla de
la ciudad por su naturaleza mimética. Los poetas trágicos dañan el entendimiento
de los que les escuchan si estos últimos no disponen del antídoto (farmacón), y ese
contraveneno es el conocimiento de lo que las cosas son realmente; el elemento del
farmacon es el lugar ed combate entre la filosofía y su otro. Elemento en si mismo
indecidible. Pero para definir la poesía hay que saber que es la imitación en
general. Y es el ejemplo del origen del lecho; y el Dios es el verdadero padre del
lecho, del "eidos cíclico". El carpintero es el demiurgo y el pintor no es ni el
generador ni el demiurgo; solo es el imitador, así se aleja de la verdad original, del
la fisis del lecho.

El poeta trágico también está entre los imitadores, tres puestos detrás del rey y de
la verdad. El poeta esta a una distancia infinita de dicha verdad, pues a diferencia
de la pintura, la escritura no crea ni siquiera un fantasma (simulacro). La pintura,
bien es sabido, que crea la apariencia, el fantasma, es decir simula la copia; pero el
que escribe el alfabeto no llega ni a la simulación. Sin embargo tiene mas
posibilidades de imitar la voz, de esta manera la des-compone. Esta des-
composición de la voz es aquí a la vez lo que la conserva y la que la corrompe más.
Su esencia es su no esencia, y ninguna dialéctica puede resumir esa inadecuación
consigo. Una imitación perfecta no es ya una imitación. Suprimiendo la pequeña
diferencia que, separándole de lo imitado, se hace a lo imitante absolutamente
diferente. La imitación no responde a su esencia; es mala por esencia. No es buena
mas que siendo mala; esta inscrita en ella el fracaso, no tiene naturaleza, no tiene
nada propio. Indeciblemente la mímesis se emparenta con el fármacon. Ninguna
lógica o dialéctica puede consumir su reserva en tanto elle debe sin tregua extraer
de ella y asegurase con ella.

Y de hecho, la técnica de la imitación, igual que la producción del simulacro, ha sido
siempre, en opinión de Platón, manifestación mágica, taumatúrgica.

El antídoto debe ser una "episteme". Y como la hibris no es en el fondo más que
ese arrebato desmesurado que lleva al ser al simulacro. La máscara y la fiesta, no
habra otro antídoto que el que permite guardar la medida. El "alexi-fármacon" será
la ciencia de la medida de esa palabra.

El encantamiento es siempre efecto de una representación, pictórica o escultórica,
que captura, cautiva la forma del otro. La palabra fármacon designa también el
color pictórica, la materia en que se inscribe el "zoografema". Sócrates examinará
la hipótesis segun la cual los nombres imitan a la esencia de las cosas.

La República llama también "fármaca" a los colores del pintor. La magia de la
escritura y de la pintura, es, pues, la de un afeite que disimula la muerte bajo la
apariencia de la vivo. El "fármacon" presenta y oculta la muerte. Da buen aspecto
al cadáver, lo enmascara y pinta; lo perfuma con su esencia. este vocablo designa
de igual manera al perfume; perfume sin esencia, droga sin sustancia. Transforma
el orden en atavío. La muerte, la máscara es la fiesta que subvierte el orden de la
ciudad. Platón no tardará en identificar la escritura y la fiesta. Y el juego.




La herencia del fármacon: la escena de familia

Hablaremos aquí de otra profundidad de la reserva platónica. Esta farmacia es
tambien un teatro. Un teatro no se deja resumir en ella en un habla; existen
fuerzas, existe un espacio, existe la ley, un parentesco; lo humano y lo divino, el
juego, la muerte, la fiesta. Así la profundidad que se nos descubre será
necesariamente otra escena, o más bien otro cuadro en la pieza de la escritura.
Después de la presentación del fármacon al padre, de la humillación de Zeus,
Sócrates retoma el habla por su cuenta. Parece sustituir el Mito por el Logos, el
teatro por el discurso, la ilustración por la demostración. Sin embargo, mediante las
demostraciones, otra escena se adelanta lentamente hacia la luz, componiendo con
ella, en el recinto farmacéutico, una organización sabia y viva de figuras, de
desplazamientos y de repeticiones.

Esta escena no ha sido leída nunca por lo que es en primer lugar, ocultándose y
manifestándose a la vez en sus metáforas: de familia. Es cuestión de padre e hijo.
La madre queda relegada al silencio, pero no presentará ninguna objeción.

Sócrates acaba de comparar los retoños de la pintura y los de la escritura. Ha
ridiculizado su suficiente insuficiencia, la monótona y solemne tautología de las
respuestas que nos significan cada vez que les interrogamos.

La metáfora antropomórfica, e incluso animista, se explica sin duda por el hecho de
que lo escrito es un discurso escrito. en tanto que vivo, el Logos ha surgido de un
padre. No existe para Platón cosa escrita. Existe un Logos más o menos vivo. La
escritura no es un orden de significación independiente, es un habla debilitada, no
en absoluto una cosa muerta: un muerto-vivo, un muerto en receso, una vida
diferida; el fantasma, el simulacro del discurso vivo no es inanimado, no es
insignificante, simplemente significa poco y siempre idénticamente. Rueda aquí y
allá, no sabe dónde va, ha perdido la buena dirección, el camino correcto, la norma
como un fuera de la ley. No sabe ni siquiera quién es, su identidad, no sabe quién
es su padre.

Se podrá comparar el proceso de la escritura al de la democracia, tal como es
instruido en la República. El demócrata errante como un deseo o como un
significante exento de logos, ese individuo no es ni siquiera perverso, que esta
dispuesto a todo, que se presta a todos, que se entrega por igual a todos los
placeres, a todas las actividades, incluso a la política y a la filosofía simula todo al
azar y no es verdaderamente nada. Entregado a todas las corrientes, esta en la
masa, no tiene esencia, ni verdad ni constitución propia.

La democracia es la orgía, el libertinaje, la feria de las constituciones donde se
puede ir a elegir el modelo que se quiere reproducir.
Se considere como gráfica o política, semejante degradación puede explicarse
siempre a partir de una mala relación padre-hijo. Los deseos deben educarse como
a hijos.

La escritura es el hijo miserable. El tono de Sócrates es ahora acusador y
categórico, denunciando a un hijo desviado y rebelde; un hijo abandonado por su
padre; un hijo perdido. Cuya impotencia es la del huérfano, tanto como parricida.
Así, la muerte del padre; a manos de su hijo; abre el reino de la violencia, la
violencia contra el padre; el hijo-o la escritura parricida-no puede dejar de
exponerse. Todo se hace para que el padre no esté más allí. El padre es el hijo
perdido; y éste a su vez la escritura que no responde a la pregunta de qué es el
padre.

Sócrates será en los diálogos el padre, representa al padre. Recuerda a los
atenienses, como un padre a sus hijos, que matándole, es a ellos mismos a quienes
perjudicarán. Sócrates, portador del Logos a través de su "daimon", es el padre; y
Platón escribe a partir de su muerte, es reparación del padre contra el grafé que
decidió su muerte. La escritura no tenía otro estatuto que el del huérfano o de
parricida moribundo .

De esta manera la escritura se inferirá como simulacro, un infiel un traidor al padre.
Por tanto nos encontramos ante una condena de la escritura en nombre del habla.
La entrada en escena del "fármacon", la evolución de los poderes mágicos, la
comparación con la pintura, la violencia y la perversión político-familiar, alusión a
los afeites, a la máscara, a los simulacros, todo eso no podía dejar de introducir al
juego y a la fiesta, que no tienen lugar nunca sin ningún apremio o despliegue de
esperma.

La relación de la escritura-simulacro, es relación análoga a la relación de las
simientes fuertes, fértiles, que engendran productos necesarios con las simientes
débiles, pronto agotadas que dan productos efímeros o innecesarios.

Debemos mencionar que el primer Fármacos como figura parricida fue Edipo, que
termino expulsado a modo de chivo expiatorio para que la ciudad se librase de los
males que había atraído; es el ritual del Farmacon en toda su extensión,
representando el simulacro en que deviene la escritura.

Sócrates fue también la figura del Fármacos que significaba la liberación de los
males de Atenas, y a modo de rito, fue condenado a muerte para que el mal fuera
abolido, y como ya hemos expuesto antes este hecho era el parricidio por parte de
Atenas, por lo que la ciudad quedaba huérfana y por lo tanto, defensora del
simulacro y de la mala copia, del discurso malo, débil, carente de esencia,
representante de la mísera mímesis como la escritura.

								
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