Presentación del libro Memorias de la vieja dama
ANTONIO BURGOS | Sevilla, 6 de marzo de 2007 Mac Luhan se equivocó. O si no se equivocó, se quedó corto. Dijo que el medio es el mensaje. Frío, frío, como la esquina de Matacanónigos en invierno. El mensaje son los lectores de un medio. Al menos si ese medio es ABC y si estos lectores son los de ABC. ABC obviamente de Sevilla. Los sevillanos somos tan nacionalistas, sin saberlo y sin chantajear por ello a nadie, que al que le concedemos los honores de las tres letras es al ABC propiamente dicho, que es el nuestro, el de aquí, los demás son advocaciones. Como por ejemplo: el ABC de Madrid. Los compañeros de ABC de Madrid comprueban cuando vienen a Sevilla que han dejado de ser lo que allí son, de ABC, para ser lo que aquí siempre fueron: de ABC de Madrid. No reúno estos artículos en un libro porque sean, ni mucho menos, de antología, que rima con tontería, y de tonterías, ni las precisas. Los recopilo como homenaje a los lectores. Si el mensaje son los lectores de un medio, los artículos que en él aparecen no son de quienes los escriben, sino de quienes los leen. Si yo, gracias a la generosidad y estímulo de directores como Nicolás Salas primero y Alvaro Ybarra ahora, no hubiera escrito nunca en ABC, ni hubiera tenido nunca los lectores de ABC, estos artículos no habrían existido. No podría haberme permitido el lujo de hacer literatura en el periódico, e incluso poesía, escribiendo algún artículo que otro en verso: en octosílabos, en endacasílabos, en alejandrinos. Me habría cansado, porque no hay nada más desolador que no escribir para nadie, o escribir donde no te lee nadie, en el papel del pescao frito. El mérito de estos artículos no es, por tanto, de su autor, sino de sus lectores. Y como no creo en más Machado que en Machado el estupendo, o sea, en Manuel, en el que nació en la calle San Pedro Mártir, no estoy en absoluto de acuerdo con lo que dijo el otro, el prosaico, el Mienmano de Manuel Machado: Y al cabo, nada os debo; me debéis cuanto escribo...
Adiós, cobrador del frac... Yo digo todo lo contrario, y trato de demostrarlo con esta recopilación de artículos, que le está diciendo a mis lectores: Y al cabo, todo os debo: os debo cuanto escribo... Escribir para unos lectores que se adivinan y presienten en la soledad del teclado no es un trabajo. En todo caso es un juanramoniano trabajo gustoso. Nada más alejado de la maldición bíblica del trabajo que la bendición divina de poder dedicarse a lo que le gusta a uno y vivir honestamente de esa vocación realizada. No diré, por tanto, el presuntuoso y vanidoso "me debéis cuanto escribo" del hermano de Manuel Machado, sino que ya que están ustedes aquí presentes, mis mejores, mis más fieles, mis más leales lectores y amigos, me atrevo a preguntarles lo mismo que le dije al concejal de Fiestas de Cádiz al bajarme del tablao de la Plaza de San Antonio tras haber dado el pregón del Carnaval. Le dije al concejal socialista don Carlos Mariscal: -- Usted me dirá qué se debe aquí. Ahora digo lo mismo: ustedes me dirán qué se debe aquí, por haber sido los fieles lectores que cimentaron e hicieron posible la continuidad de la sección personalísima de un bien actualmente tan escaso como el articulo periodístico. Estamos en un mundo periodístico donde hay muchas columnas, más columnas que en las Gradas de la Catedral o más columnas que en las gradas de la Plaza de los Toros, pero muy pocos artículos, muy poca literatura de periódico. Ustedes, los lectores, amigos ciertos de las horas inciertas, en tiempos difíciles me buscaron y siguieron "in partibus infidelium", como se va a los chirlos mirlos a ver a esa cofradía que tiene su templo en obras y que sale de otro donde está refugiada. Ustedes los lectores, con el boca-oído del "¿has leído el recuadro?", hicieron clásica una sección de ABC. Considero a los lectores como padrinos de mis artículos.
A mis artículos los bautizaron ustedes, sus lectores. Los textos aparecían la vieja sección "Sevilla al día", que tenía los mismos años que ABC en la ciudad. Por las características de la tipografía en que aparecían, ustedes los lectores empezaron a llamar a aquel texto diario sevillano "el recuadro", "el recuadro de Burgos". Y como pasa con todos los motes, "el recuadro" se le quedó y "el recuadro" será hasta que me muera. Honroso mote, para mí más que un título de nobleza literaria, pues le funcionó a los lectores de ABC la memoria, no la memoria histórica, en la que los rojos nunca quemaron San Julian, sino que San Julián ardió por culpa de un cortocircuito, porque estaban los cables pelaos... No la manipuladora memoria histórica, digo, sino la memoria de la verdad y la belleza, pues así, "el recuadro" se llamaba una sección que mantuvo en ABC el maestro Azorín. Doble honor, por tanto, que los lectores me hicieron, al bautizar la sección y al hacerlo con un recuerdo tan ilustre y clásico de esta querida Casa de ABC. Cada día, cuando termino de escribir el artículo cotidiano, doy las gracias al Que Está en San Lorenzo por haberme concedido la dicha del trabajo gustoso. Y después se las doy a los lectores, que son los que de verdad mantienen la sección. No, contra lo que muchos lectores piensan, escribir un artículo todos los días no tiene mérito. Mérito, mérito, lo que se dice mérito, lo que tiene mérito de verdad es lo de ustedes; leer todos los días el artículo de este Fulano, aguantar lo que escribe este tío desde hace más de treinta años. Y mérito también recordar y seguir buscando esos artículos mucho tiempo después de publicados. Por eso este libro es también un homenaje a los lectores y un alivio para las fotocopiadoras y las descargas por Internet. Este libro reúne los artículos por los que más me preguntan los lectores que dónde pueden encontrarlos, que los tenían recortados del día que se publicaron, pero que prestaron esa hoja del periódico a un amigo o que se les perdió en una mudanza. Este libro es, pues, también un seguro contra los hemerográficos
daños colaterales de Amando de Miguel y de Gil Stauffer. Los lectores fieles pueden encontrar aquí todos los artículos sevillanos cuyos recortes se les perdieron en la última mudanza y pueden irse, si tal es su deseo, a un adosado del Aljarafe sin riesgo de que pierdan aquel texto que tanto emocionó el día en que fue publicado a aquel ser querido que ya no está entre nosotros.