Ordené libros y discos. Discutí, charlé y discurrí con

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					                              Ordenando el archivo


Ordené libros y discos. Discutí, charlé y discurrí con escritores y músicos. “Sólo me falta el

archivo”, me dije, “para agregar a la trilogía cultural”. Y en eso anduve, como rata de archivo,

hurgando nuevamente entre mis papeles.

Cabe decir que el ordenar esas piezas arqueológicas que guardo allá arriba en lo alto del placard,

es la más trabajosa de mis tareas, ya que los cassettes y los libros mantienen una uniformidad de

tamaño y están en estantes a la alcance de la mano. En cambio, en mi archivo hay de todo y en

reducidos espacios de maniobra. Revistas, diarios, cajas. Cajas, diarios y revistas. Carpetas,

papeles y más papeles.

Luego de un año de encierro, lo primero que escucho son quejas. “Somos deportistas”, dicen, a

coro, “no podemos vivir en este encierro”, gritan desde las tapas de los casi 300 números de El

Gráfico que tengo apilados en un rincón. Aunque muchos ya no son deportistas, sino ex. No se

los digo, y sólo contestó: “ustedes por lo menos están ordenados”. “Yo no me quejo”, dice Mike

Tyson, “estoy acostumbrado a estar guardado”, explica. No les doy bola. Como casi no los toco,

permanecen desde hace años inalterables. Desde ese ejemplar del „75 -el más viejo que tengo-,

con el bigote de Leopoldo Jacinto Luque en portada, hasta los de las primeras apariciones del

Burrito Ortega. He agregado -estos sí desordenadamente-, nuevos ejemplares rescatados -nunca

comprados-, de distintos trabajos en los que los recibíamos cordialmente a modo de gentileza

editorial. Los aprecio y son una joya en mi archivo, pero casi no los consulto ni los vuelvo a leer.
Permanecerán allí hasta que, en una futura mudanza, tenga un lugar donde lucirlos y a algún hijo

-u o sobrino-, se le ocurra mirarlos. No lo creo, pero igual los guardo, ya que mucho me costó

sustraerlos -del kiosco cuando era canillita-, y de los puestos del Parque, donde hábilmente sabía

-esto dicho literalmente-, chorearlos.

Subo a una silla y haciendo equilibrio sigo moviendo trastos. Bajo cajas, bolsas y carpetas.

Pongo todo en el piso y emprendo la dura faena de ver qué carajo guardo. Luego -con lágrimas

en los ojos-, descarto. El volumen de cosas es tan grande que me impongo la obligación de tirar.

Siempre lo hago y nunca logro reducir los tamaños. Es que ordeno una vez por año y, mientras,

voy poniendo giladas, los 364 -o 365-, días restantes.

En una gran bolsa de “Calzados Jorge”, sucursal Villa Bosch, me encuentro a mí mismo. En

realidad encuentro cientos de crónicas firmadas por mí y que poco valen. Sólo a mi melancolía

pueden servirle. “Y a tú currículum”, dice mi lado formal del cerebro. Pero, ¿a quién puede

interesarle esa vulgar crónica sobre lo que hizo el plantel de San Lorenzo el martes 13 de

noviembre de 1999? A nadie. ¿Que sirve para que vean mi estilo, mi estirpe de periodista?

Tampoco, si están llenas de: en tanto, por otra parte y sin embargo. Esas frases que vivimos

usando -por lo menos los comunes-, para contar en 30 líneas una mañana completa de

entrenamiento en el Bajo Flores, con declaraciones del tipo: "pensamos en nosotros y en nadie

más. Seguimos trabajando", partes médicos, supuestos titulares, broncas suplentes, movimientos

de pisos y adeudamiento de primas y premios. ¿Tiro o no tiro? Me veo de perfil -que grande y

considerado el fotógrafo-, en una nota a Cambiasso y decido guardarlas. “Gracias”, me dice mi

otro yo.
Abro una carpeta -de esas marrones y de cartón-, y se me caen la mitad de las cosas. Vuela un

especial que salió en Página sobre el Gordo Soriano, planea una nota que el Juje rescató de la

jaula del loro de su abuela, y que le hicieron al cantante de La Polla Records. Pepo tiene escrito

en marcador verde y Pepo es -o era-, el loro de esa abuela. El Gordo me suplica que lo saque de

allí, que no puede convivir ahí guardado con las increíbles -las minas increíbles-, historietas de

Altuna y Manara. “Es un suplicio, viejo. Al principio me agradaba, están todas rebuenas, pero

ahora no doy abasto. Andan siempre en bolas y con ganas de trincar en cualquier lado”, explica.

“¿Te guardo con mis crónicas?”, le pregunto. “No, poneme con los Gráficos, que me encanta el

fobal, tengo al Negro Fontanarrosa en los chistes, a Basurto en el Jugo de Fútbol y los culos de

las minas en las fotos del Turismo Carretera”. Acepto.

En esa carpeta encuentro además unos excelentes dibujos que obviamente no hice yo. Los hizo

un amigo -con epígrafes míos-, y representan distintas competencias deportivas. Los hicimos

para una revista que nunca salió, riéndonos de la chance de que Buenos Aires fuera sede de los

Juegos Olímpicos. Los dibujos toman vida y un lanzador de disco me espeta: “¿Y viejo, para

cuándo la tan mentada publicación, el éxito?” Cierro raudamente la carpeta sin contestarle. No se

que decirle. O sí, pero no quiero herir susceptibilidades. Seguirán allí Dios sabe hasta cuando.

Al apoyar unos paquetes con diarios en el piso se levanta polvo y emergen, picándome las

manos, unas cuantas de esas conocidas y molestas pulgas del papel. Son viejos suplementos

deportivos de los mundiales „86, „90 y „94, de Clarín y Página 12. Están todos recortados porque

en alguna oportunidad rescate los anecdotarios. Además, la humedad los ha carcomido y huelen a

rata vieja. Decido tirarlos, salvo aquellos que precedieron a alguno de los 18 partidos que jugó la

Selección contando esos tres mundiales. Así conservo a un narigón Bilardo bastante joven, a un
Diego flaco y sin tatuajes, a un Batista dinámico y a un Caniggia no tan mal teñido. El golpe es

igualmente duro. Tan guardados que los tuve y para qué. Para un día tirarlos a la basura.

También marchan a la basura viejas trabajos escritos en mis tiempos de estudiante, entradas a

recitales varios -desde Ziggy Marley hasta Motorhead-, revistas totalmente desactualizadas y sin

nada rescatable, marquillas de cigarrillos, recibos de sueldo y un DNI que fue el duplicado del

que ahora es cuadriplicado. Mi mujer me pide la foto y se la doy. Tengo 16 años y la cara lavada

por el tiempo y el lavarropas de mi vieja.

Llega la hora de volver a acomodar lo que quedó de mi archivo nuevamente arriba. Echo a la

perra, que se acomodó sobre una pila de diarios, agarro una caja, tomo impulso y zac, allá arriba,

al ladito de los Gráficos. Mi vieja colección de marquillas de cigarrillos emerge. Se me vienen

todas juntas al suelo. La carpeta había quedado mal cerrada y ellas respetan a rajatabla la ley de

Newton. Se desparraman, cual seda, todas por el piso. Mi hija entusiasmada dice: "qué lindas" y

me pregunta: "¿y todos te los fumaste vos?". "No nena, no. Muchas eran de una tía de un amigo",

le cuento e imploro que me ayude a levantarlas y no entorpezca aún más la dura batalla que llevo

interna y externamente. Junto todo y de nuevo me impulso. Ciento que la cintura me dice basta y

mi boca traga polvo cada vez que mi cara ingresa casi completamente al placard. "Un día le

prendo fuego a todo", pienso al cerrar con el mejor de mis golpes la corrediza puerta del mueble.

"¿Terminaste?", pregunta mi mujer. Y agrega: “¿cuándo vas a tirar todas, pero todas, esas

porquerías?". Resoplo, junto aire y contesto: "Nunca, mi archivo no se toca".



                                                            Evaristo Mado

                                                                12/01