L AS LETRAS DE FRANCIA Y EL PERÚ APUNTACIONES

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					L AS LETRAS DE FRANCIA Y EL
PERÚ : APUNTACIONES DE
LITERATURA COMPARADA



                                                       Núñez, Estuardo




  Obra suministrada por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos del Perú
                                             INDICE


    INTRODUCCIÓN
             La atracción de Francia en las letras del Perú
    I.       El exotismo temprano: MONTAIGNE
    II.      El Perú de la Enciclopedia Francesa
    III.     Aliento de libertad e ingenio: VOLTAIRE
    IV.      El reformismo social: ROUSSEAU
    V.       La narrativa "moral": MARMONTEL
    VI.      El ilustrado cristiano: CHATEAUBRIAND
    VII.     El apasionado iluminista: PABLO DE OLAVIDE
    VIII.    La viajera inquieta: FLORA TRISTÁN
    IX.      El exotismo atávico: GAUGUIN
    X.       La conmoción romántica: VÍCTOR HUGO
    XI.      La efusión sentimental: LAMARTINE Y MUSSET
    XII.     La insólita reforma poética: ROCCA DE VERGALO
    XIII.    La aventura imaginaria: JULIO VERNE
    XIV.     La revolución poética: BAUDELAIRE
    XV.      El fundador de la narrativa moderna: FLAUBERT
    XVI.     La crisis llamada "DECADENTISMO"
    XVII.    "La France que nous aimons":
             1 VENTURA GARCÍA CALDERÓN
             2 JOSE DE LA RIVA AGUERO

    XVIII.   VANGUARDISMO Y SURREALISMO

    XIX.     Sobre el ensayo y la crítica




1
                                      Introducción




    La atracción de Francia en las letras del Perú
    Desde el siglo de las Luces, pudo advertirse en el Perú la atracción del prestigio
    intelectual e ideológico renovador de la cultura francesa. En las páginas del Mercurio
    Peruano (1791-1794), y en sus redactores era visible el decoro e inquietudes
    cartesianas de José Hipólito Unanue (1758-1833), quién rebasó el culto de las letras
    hacia el campo de la ciencia médica. Los índices de la revista registran multitud de
    autores franceses, como lo ha revelado el profesor Jean Pierre Clément de la
    Universidad de Poitiers. Años antes, Pedro Peralta y Barnuevo (1670-1748), sabio
    sedentario y barroco, logró dominar la lengua francesa y hasta verificar en ella y también
    su erudición severa abarcó las ciencias físicas, naturales y médicas, con acopio
    abundante de bibliografía enciclopédica. En el desarrollo del interés cultural semejante
    habían sido decisivos, desde comienzos del siglo XVIII, los viajeros Amedeé Frezier y
    Louis Feuillée, quienes así sembraron las semillas del cultivo de las letras y las ciencias
    de la Francia moderna1

    1 Véase los capítulos referentes a viajeros por el Perú desde el siglo XVIII, en mi libro
    Viajes y viajeros por el Perú, Lima, Concytec, 1989.

    Ese carácter renovador de la letras francesas en el XVIII, era paralelo al auge de las
    ciencias, debido al contacto de los libros, no siempre lícitamente autorizados por la
    censura. El control político-religioso prohibió con preferencia obras francesas,
    consideradas portadoras de fermentos peligrosos para la estabilidad social de las
    colonias españolas. Pero ediciones como las de la Enciclopedia francesa lograron ser
    difundidas clandestinamente.
    Pablo de Olavide (1725-1803), brillante intelectual peruano del siglo XVIII, llegó a poseer
    ya desde sus años juveniles ejemplares clandestinos de obras francesas y más tarde en
    España, tradujo buena parte del teatro clásico francés y sobre todo los nuevos aportes
    de la escena teatral moderna y asimismo escribió novelas "morales" al impulso de las
    nuevas tendencias de la narrativa francesa e inglesa coetáneas. Denunciado ante la
    Inquisición, fue condenado y apresado varios años. Logró huir a Francia, y allí recibido
    por los filósofos de la Ilustración, vivió los azarosos años de la Revolución que
    transformó la vida social y política de todo el mundo moderno2 .



2
    En América hispánica prosperaba el ideal de la independencia, había prendido y
    prosperaban las inquietudes por lograr el ideal democrático de la libertad difundidas por
    los ideólogos franceses en todo el campo de la cultura, incluyendo necesariamente el
    Derecho. Para ilustrar este fenómeno, basta señalar dos nombres de juristas: don
    Manuel Lorenzo de Vidaurre (1773-1841) y don José Palacios (1803(?)-1850(?)), de los
    cuales nos ocuparemos más adelante. Adelantaremos que Palacios trajo de Francia las
    inquietudes por implantar en el Perú, las ideas del pensador positivista francés Augusto
    Comte (1789-1857) y difundió sus obras desde 1830. En el Cuzco, cuando todavía vivía
    Comte en su país. Como ideología de avanzada esta corriente fue difundida hasta años
    posteriores del siglo XIX, en varios ambientes universitarios del Perú y al lado de otros
    notables juristas y filósofos franceses hasta fines del siglo XIX y aun más adelante.

    2 Pablo de Olavide, Obras selectas. Colección Clásicos del Perú, Banco de Crédito del
    Perú, 1989.

    La crítica de nuestras letras del siglo XIX, -incluyendo la generación de la Independencia
    y sobre todo la llamada "bohemia romántica", se ha mostrado acorde en reconocer el
    fuerte impacto de los escritores franceses sobre los lectores y creadores peruanos de la
    época y la imitación consecuente de modelos literarios galos. Parece no obstante un
    tanto fuera de comprobación la rotundidad de cierto juicio que pretendió sostener la vía
    indirecta del impacto, o sea la captación de la obra extranjera por el conducto de los
    escritores españoles. Así decía Riva Agüero:
                   "nuestro grupo de románticos aunque leyera y estudiara
                   asiduamente a Lamartine y Hugo, se inspiraba de
                   preferencia en el romanticismo español".3
    La atracción de los modelos franceses en su idioma original -Hugo, Lamartine, Béranger,
    etc., es innegable. Pero no le va muy a la zaga, la predilección por los ingleses -Byron y
    Thomas More- o por los alemanes (estos sí en versiones francesas o en directas
    castellanas), como lo hemos demostrado en otras páginas.

    3 José de la Riva Agüero, Carácter de la literatura del Perú independiente, Lima, 1905,
    p.136.

    Aquella preferencia por lo francés no se debió solamente a la lectura y a las versiones,
    sino también a la inclinación por el viaje a Francia, ideal realizado por casi todos los
    escritores peruanos del XIX, a lo largo de tres o cuatro generaciones sucesivas.
    Existe, sin embargo, otro aspecto que no deja de tener un interés complementario. No se
    refiere estrictamente a la producción intelectual sino a una situación colateral que atañe
    a la sociología de la literatura. Se trata de las ediciones y la impresión en Francia de
    nuestros libros literarios o de materias afines como historia y geografía. En tal forma, los
    autores de las generaciones románticas lograron el ideal, un tanto excéntrico, de editar
    sus libros en Francia, como signo de consagración.
    En París principalmente se editó buena parte, y tal vez lo más significativo, de las obras
    poéticas de Ricardo Palma (1864, 1865, 1870, 1875 y 1877), de Manuel Nicolás
    Corpancho (1854), de Carlos Augusto Salaverry (1871), de Juan de Arona (1863), de M.



3
    Adolfo García (1872), de Manuel Atanasio Fuentes (1866, 1867 y 1868), de Clemente
    Althaus (1862). También aparecieron por esa época ediciones tardías como las de
    Felipe Pardo y Aliaga (1869) y Mariano Melgar (1878). Faltan agregar los nombres de
    Ricardo Rossel, Manuel Castillo, Pedro Elera, Manuel Trinidad Fernández, José Mariano
    Llosa, Juan Vicente Camacho, que también editaron poesías en París.
    En prosa, salieron en prensas francesas los libros de Luis Benjamín Cisneros (1861,
    1864 y 1885), Mariano Felipe Paz Soldán (1868, 1870 y 1874), Fernando Casós (1874),
    Juan Bustamante (1849), Francisco García Calderón (1879), Sebastián Lorente (1870) y
    algunos más.
    Se escogió las imprentas de Francia para ediciones especiales como las del Mercurio
    Peruano (1861 a 1864), Las Memorias de los Virreyes, recopiladas por Manuel Atanasio
    Fuentes, el Atlas y la Geografía de Paz Soldán, la "crónica" de Miguel Cabello Balboa
    (1840) y la traducción de Ollanta al francés de Gavino Pacheco Zegarra (1878).
    Estas ediciones francesas del romanticismo peruanos -que exceden del 50% de la
    entonces producción literaria total del país- se hicieron no sólo en París, sino también
    algunas en El Havre y Nancy. No cabe duda que las prensas francesas fueron
    acogedoras para gran número de libros peruanos -y entre ellos los esenciales de la
    época- sino que pusieron esmero en utilizar bella tipografía, excelente papel y empaste
    y, en algunos casos, ilustraciones litográficas notables.
    ¿Cuál fue la causa de esta preferencia por las prensas de Francia? Se buscaba tal vez
    lograr el buen trabajo y diagrama de los libros, la excelente calidad del papel y la
    encuadernación atractiva y a veces lujosa. Pero no podemos ignorar que también era
    posible alcanzar estos objetivos en el propio Perú, pues aquí ya existía una antigua
    tradición tipográfica e imprentas aceptables y capaces de obtener buenos resultados.
    Sin duda había la razón económica de precios más bajos, aún abonado los fletes
    costosos por la lenta y larga travesía entre Europa y América en esa época. Pero aquella
    preferencia tenía también su causa profunda en una cuestión de rango y prestigio y
    también de efecto publicitario, pues una edición en Francia resultaba ya un tanto
    consagratoria -y mucho más que la retórica y vacua crítica literaria de la época- aunque
    el contenido del libro no lo mereciera tanto. Comunicaba lustre literario y prestigio
    singular poder ostentar una bibliografía con pie de imprenta foránea y sobre todo
    francesa. El escritor lograba así enrolarse en la órbita de lo selecto y destacado.
    La predilección por lo francés era dominante en toda la América hispánica durante los
    decenios del 50, del 60 y del 70, tanto en las costumbres, en arquitectura, en pintura
    como en todas las artes y hasta en la moda femenina y masculina de la indumentaria. El
    idioma francés era por esos años lengua obligatoria en la enseñanza secundaria y
    superior.
    Los estudios universitarios se nutrían también de bibliografía francesa en la filosofía, la
    medicina, el derecho y las ciencias políticas, a partir de la segunda mitad del XIX,
    gracias a la iniciativa y promoción de Manuel Atanasio Fuentes y a universitarios como
    Pradier-Foderé y sus respectivos textos. Por 1872, se editaba en Lima, en lengua
    francesa, un periódico que tuvo vida corta titulado Journal du Pérou. Hubo escritores
    que, como Nicanor de la Rocca de Vergalo, escribió casi todos sus libros en francés.
    Pero también es cierto que esa predilección empezó a amainar un tanto a raíz del
    resultado adverso para Francia en la guerra con Prusia en 1870-71 que puso en




4
    evidencia la existencia de una cultura alemana pujante que empezaba a llamar la
    atención de nuestros hombres de pensamiento y de los creadores.
    No obstante, en los primeros decenios del siglo XX, aún se mantiene el auge de las
    prensas francesas para escritores peruanos residentes en Europa, predilección
    explicable por razones de proximidad. Casi toda la producción de Francisco y de Ventura
    García Calderón, del sociólogo Mariano H. Cornejo, del poeta José Lora y Lora, se
    imprimió en Francia. El prestigio de la imprenta francesa parecía seguir ofreciendo un
    halo consagratorio.

    Recapitulando vemos ciertamente que la atracción cultural de Francia en el Perú y en
    toda la América Hispánica, había empezado ya desde comienzos del siglo XVIII y fue
    desenvolviéndose gracias a la mejor y más fluida comunicación y el libre comercio entre
    las colonias del Nuevo Mundo y Francia, gracias a un cambio de la política operado
    desde el advenimiento de la dinastía borbónica en España. El carácter renovador en las
    letras se hizo así evidente con el contacto de los libros y la acción de los viajeros. Según
    dijimos ya, un escritor sedentario como Pedro de Peralta, que nunca pisó más allá del
    suelo natal, aprendió en Lima el idioma galo y se permitió la libertad de escribir poesía
    en esa lengua. Viajeros como Amadeo Frezier y Luis Feuilée establecieron, alrededor de
    1715, contrastes y semejanzas e hicieron críticas constructivas de nuestra sociedad y
    sus costumbres, al mismo tiempo que señalaban las pautas de vida más acordes con los
    tiempos de la Ilustración. No hay duda que también el cambio monárquico operado en la
    Metrópoli introdujo módulos nuevos y ciertas liberalidades en la vida social.
    La acción de los hombres y la nueva ideología se asocia y complementa con los
    ingresos de los medios de comunicación, a raíz de la utilización del vapor y
    especialmente en la navegación marítima, cuya aceleración y desarrollo determina
    pronta y amplia recepción de noticias, de ideas, de libros y otros medios escritos aptos
    para difundirse entre la alta clase social y también en la clase media antes un tanto
    excluida de la vida cultural. Las ideas de la Ilustración penetran decisivamente en la vida
    de la Universidad, que desde entonces empieza a ser penetrada por nuevos conceptos
    como el de libertad, la elección y representación del pueblo en el gobierno y la división
    de los poderes del Estado en el mismo.



    * Considero más procedente disculpar algunas reiteraciones en diversos capítulos de
    este libro, pues fueron elaboradas en distintas épocas y oportunidades, a lo largo de un
    lapso prolongado de más de veinticinco años, durante los cuales fueron apareciendo los
    temas referentes a la literatura inglesa, italiana y alemana en sus relaciones con la
    literatura peruana.




5
    I




    El exotismo temprano MONTAIGNE
    Un célebre escritor francés, en cuya obra aflora el racionalismo renacentista de su
    época, y quien logra ya ahogar un tanto las expansiones imaginativas de la leyenda y el
    mito, Miguel de Montaigne (1533-1591), es uno de los primeros europeos cultos en
    quienes aflora la curiosidad por las cosas reales americanas. Apartándose un tanto de la
    imaginería desbordada de fantasía y de misterio, alimentada por la incógnita de lo
    desconocido, que hasta entonces prospera como rezago medioevalista, afirma su
    raciocinio humanista y trata de enfocar la realidad efectiva proveniente de América,
    dentro de un criterio más severo y agudo. La concepción americanista del siglo XVI
    miraba todavía las cosas de América como el producto de la barbarie y la impiedad, pero
    complementariamente, por la misma época, empieza a surgir en Europa un concepto
    humanista distinto que encuentra en las cosas americanas, el producto de la inocencia
    de las costumbres del hombre de antiguos tiempos, inocencia que ya se creía perdida al
    impulso del desarrollo de la civilización renacentista europea.

    De tal suerte, lo americano empieza a dejar de ser un concepto brumuso e impreciso tal
    como todavía aparece en el poema satírico Das Narrenschiff (1494) del alemán
    Sebastían Brant1 basado en los primeros relatos de Colón, y logra alcanzar, ya medio
    siglo después, los contornos de una realidad más precisa aunque todavía sin límites
    exactos. Relaciones posteriores como las del Padre Bartolomé de las Casas o el italiano
    Gerónimo Benzoni, presentan al hombre como «gente humana», como gente dócil a la
    religión, sufriente de explotación y expoliación por acción de los primeros conquistadores
    hispánicos.

    La crítica avisada de comienzos de nuestro siglo ha esclarecido, con buenas razones, la
    singular evolución de los conceptos que acerca del Nuevo Mundo tuvo Miguel de
    Montaigne en las dos etapas de la redacción de sus Ensayos. Hasta la edición de 1580,
    sus conceptos vertidos en el ensayo «Los caníbales»2 se basaron en las reflexiones que
    le procuran de un lado la lectura de los resultados de la expedición de Villegagnon a las
    costas del Brasil, a través de los relatos de André Thévet (1558) y Jean de Lery (1578).
    Este testimonio concuerda con la propia experiencia directa de Montaigne gracias al
    encuentro que tiene en Ruan, en donde funcionaba la corte de Carlos IX, ante quien
    fueron traídos tres indígenas (tupís) del Brasil, país al que los colonizadores franceses



6
    llamaban «la Nouvelle France». Este encuentro y aquellas lecturas estimulan el interés
    de un europeo despierto a la nueva inquietud por el conocimiento del mundo
    recientemente descubierto. Decía Thévet:

                   «Este país ha ganado el nombre de India por la similitud a
                   aquel país del Asia por ser conformes las costumbres,
                   ferocidad y barbarie de estos pueblos occidentales a
                   algunos de Levante».3
    Mostraba en tal forma toda la ignorancia o inconciencia reinante acerca de lo peculiar y
    típico de América. Montaigne recogía aun tal concepción en su despierta curiosidad 4 .
    Debe agregarse que, en esa coyuntura de escribir sobre los caníbales, ya Montaigne
    habría conocido también la obra de Gerónimo Benzoni La Historia del Nuevo Mundo (1a
    edición, Venecia, 1565) que pudo tal vez haber leído en el original italiano aparecido en
    dicho año o en la versión francesa de 1579, como se ha tratado de demostrar mediante
    el paralelismo de textos en el libro clásico de Gilbert Chinard. Pero no parece muy
    probable esta tesis pues ya el capítulo referido de Montaigne debió haberse escrito
    algunos años antes de su primera publicación en 1580.
    En una segunda etapa, cuando Montaigne amplía sus ensayos para la siguiente edición
    de 1588, su conocimiento se ha nutrido ya del contenido de otras fuentes más veraces
    sobre las características del Mundo Nuevo, de aquél «mundo niño» que en su
    imaginación se enriquecía con nuevos aspectos, un tanto más coherentes y completos.
    Entonces distingue con claridad en su ensayo acerca de «Los vehículos» (Ensayo, libro
    II, cap. 6), no solamente la realidad del Brasil sino también la del Perú y la de México. En
    esa segunda etapa, desde 1588, ya no lo motiva solamente la curiosidad o la inclinación
    a lo pintoresco, sino que «toma partido a favor de los antiguos habitantes de las Tierras
    Nuevas contra sus bárbaros conquistadores, en nombre del derecho y la humanidad» 5 .
    En su apología de esos habitantes no solamente lo informa su amor por la naturaleza
    humana sino además un inocultable y renacentista interés por el hombre en su «estado
    de inocencia».
    Montaigne dialoga con tres indígenas brasileños que encuentra en la ciudad de Ruan y
    recoge con devoción sus respuestas y esta coyuntura puede ser el primer diálogo de un
    escritor occidental, en tierra europea, con unos habitantes del Nuevo Mundo, como si
    dijéramos el primer reportaje a un personaje americano. Recoge la opinión de esos
    indígenas brasileños que consideran absurdo que la guardía del rey, formada por
    hombres mayores y bien armados, se encuentre al servicio de un mozo (que era
    entonces el rey) y que no obstante se sometan obedientemente a él. Ellos repudian
    también como injusta la sociedad europea, dividida entre ricos y pobres, y se admiran de
    que éstos últimos soporten sumisamente la injusticia, en vez de estrangular o poner
    fuego a las casas de los primeros. Así está reconocido por boca de unos americanos y
    por la pluma de Montaigne, el primer manifiesto contra la injusticia social que entraña el
    establecimiento europeo en tierras de América, acaso un primer fermento revolucionario.
    Hízoles Montaigne otras preguntas y nada de lo que contestaron «se semejaba a la
    insensatez o a la barbarie», de donde Montaigne, dando forma a su reflexión, enuncia la
    siguiente sabia sentencia: «Nada hay de bárbaro ni de salvaje en esas naciones; lo que
    ocurre es que cada cual llama barbarie a lo que es ajeno a sus costumbres»6 .




7
    Cuando Montaigne escribe su ensayo titulado «De los vehículos» parece ya muy
    verosímil que sus lecturas sobre cosas de América se hubieran enriquecido
    notablemente. Para entonces, con toda seguridad, había leído el libro de Gerónimo
    Benzoni, aparecido en Venecia en 1565 y cuya versión francesa se editó en Ginebra en
    1579. Este libro, la Historia del Nuevo Mundo pudo haber iluminado y encendido aún
    más su entusiasmo, por lo bien que describía las virtudes y crueldades del conquistador
    frente a las calidades humanas del conquistado. Benzoni formuló una crítica severa de la
    conquista española de México y el Perú y no ocultaba su indignación frente a los
    excesos de ella.
    Pero aparte del libro de Benzoni hubo otros testimonios que ilustraron el interés
    americanista de Montaigne y lo fue sin duda, el que escribió Francisco López de Gómara
    o sea la Historia General delas Indias, aparecida en Zaragoza en 1552, cuya traducción
    francesa se editó en 1584. Complementaba esa obra la Historia de don Hernán Cortés
    del mismo Gómara, cuya traducción italiana es de 1566. No quedaba allí la erudición
    americanista del autor de los Ensayos, pues también es presumible que hubiera
    conocido la obra de Bartolomé de las Casas, Brevísima relación de la destrucción de las
    Indias, que es de 1552, en sus múltiples versiones o extractos en francés. De tal suerte,
    Montaigne puede hablar con toda propiedad de lejanas regiones de la América como el
    Perú y México y ocuparse asimismo de la crueldad con que fueron tratados por los
    conquistadores españoles los indígenas caribeños, peruanos y mexicanos. Concibe a
    América como un «mundo niño», que todavía no tiene un siglo de vida, y al que se le
    está enseñando las cosas más elementales de la cultura, y afirma que «este otro mundo
    no hará sino entrar en la luz cuando el nuestro (Europa) la abandone» y expresa a
    continuación su temor de que se haya procurado su ruina o declinación por el contagio
    de los europeos: Apunta Montaigne:
    «Era un mundo niño y nosotros no le hemos azotado y sometido a nuestra disciplina por
    la supremacía de nuestra entereza y fuerzas naturales; ni le hemos ganado con nuestra
    justicia y bondad, ni subyugado con nuestra magnanimidad... nada nos debían en
    clarividencia de espíritu ni en sentido de oportunidad»7 .
    Habla Montaigne de la «sorprendente magnificencia de las ciudades de Cuzco y
    México», y también del Coricancha con sus plantas de oro y plata y otras muestras del
    primor de su arte y se duele (en cambio) de que los españoles conquistadores les hayan
    enseñado a los americanos las artes de la traición, la lujuria, la avaricia y la crueldad y
    que hayan abusado de esas gentes pacíficas. Condena la inícua condena a muerte de
    Atahualpa y el engaño de hacerle recolectar un enorme rescate en oro y plata para
    matarlo después, no obstante que el rescate era tan grande que sobrepasaba todo lo
    verosímil. Desaprueba la deslealtad, las falsas acusaciones, la insidia y el horror de la
    acción de matarlo en contraste con la actividad austera, digna y altiva del Inca
    condenado.
    Advierte finalmente que los monarcas de España, ante los atropellos y excesos de los
    conquistadores, castigaron con la muerte a varios de ellos mismos (se refiere sin duda a
    Gonzalo Pizarro y Hernández Girón y otros rebeldes a la Corona) justamente indignados
    por «el honor de su conducta», sin profundizar en el sentido real de esas condenas más
    dirigidas a consolidar la autoridad de los representantes del poder real y del dominio
    sobre las tierras conquistadas que a vindicar a los americanos. 8




8
    Es interesante anotar cómo el ensayista francés que extrajo de América Latina gran
    parte de sus concepciones sobre la cultura y sociedad moderna, suele distiguir
    claramente algunas características diferenciales entre México y Perú y se da cuenta de
    la unidad cosmológica del hombre del Nuevo Mundo, de sus crencias, de sus maneras
    de ser, de sus reacciones y de sus obras materiales, principalmente aquellas que como
    los «caminos del Inca» en el Perú, considera un portento de la acción coordinada del
    esfuerzo y del ingenio.
    En el Perú el conocimiento y difusión de los Ensayos de Montaigne fue bastante tardío.
    Lo puso en evidencia la actuación de los escritores románticos, a mediados del siglo
    XIX.
    Ignacio Noboa tradujo el ensayo «De las costumbres»en La Revista de Lima 9 (1861)
    precedido de un prólogo sobre su obra total. En ella afirma inexactamente que
    Montaigne no había merecido hasta entonces una versión en el mundo hispánico. En
    efecto, no se había tratado monográficamente del autor y su texto dentro de las letras
    peruanas, pero no escasean citas aisladas de la obra en periódicos y libros desde fines
    del siglo XVIII, como en el Mercurio Peruano. Tambien fue predilecto autor, varias veces
    citado, en los escritos de Manuel Lorenzo de Vidaurre y en otros textos desde
    comienzos del siglo XIX.



    1 Sebastián BRANT, Das Narrenschiff (La nave de los locos), Nürnberg y Augsburg,
    1494 y ediciones sucesivas de 1495 y 1499. Ed. moderna consultada: Tübingen,
    Niemeyer Verlag, 1969, 338 p.; y Stuttgart, Ed. Reclam, 1964,530 p.
    2 Montaigne, Miguel de; Ensayos, libro II, cap. 6, París, 1580.
    3 André THÉVET, La singularitez de la France Antartique nommé Amérique, París, 1558,
    muy citada por G. Chinard.
    4 En el ensayo sobre "Los caníbales" dice Montaigne:"Por que me parece lo que
    estamos viendo por experiencia en estas naciones del Nuevo Mundo, sobrepasa no sólo
    a todas las pinturas con que la Poesía ha embellecido la Edad de Oro y a todas las
    esperanzas e invenciones de la filosofía. No podemos imaginar un candor más puro del
    que encontramos en ellos... Aquella es una nación, podría yo decirle a Platón, en la cual
    no hay ninguna especie de tráfico, ni conocimiento de las letras, ni ciencias de los
    números, ni magistrados, ni jerarquía política, ni criados, ni ricos, ni pobres, ni contratos,
    ni juicios de sucesión, ni tierras divididas, ni ocupación que interfiera con el ocio, ni otro
    respeto que el del parentesco común, ni vestidos, ni agricultura, ni metales, ni vino. Las
    palabras mismas que significan mentira, traición, disimulo, avaricia, envidia, delación,
    perdón, se ignoran !Cuán lejos estaría de semejante perfección la república imaginada
    por Platón". (Ensayos , libro I, cap. 31.)
    5 MONTAIGNE, Miguel de, Ensayos, Libro II, cap. 6, París, 1588.
    6 Montaigne, Miguel de, obra cit.
    7 Ibid, Ensayos, Libro I, cap. 30.
    8 Ibid, Ensayos, Libro I, cap. 30.
    9 NOBOA, Ignacio, en: La Revista de Lima, tomo IV, Julio-Diciembre de 1861.




9
     II




     El Perú en la Enciclopedia Francesa
     La Enciclopedia Francesa, empezada a publicar en 1751, constituyó en su momento un
     extraordinario acontecimiento cultural. Se trataba de formular en ella1 una síntesis del
     saber moderno, de crear un "corpus" de la sabiduría erudita puesta al servicio de la
     sociedad, y, al mismo tiempo, el planteamiento de nuevas ideas flotantes en el ambiente
     de su época o un tanto disimuladas u ocultas en obras de poca difusión o de restringido
     tiraje.

     Por eso la Enciclopedia Francesa dio nombre a toda una generación, la de los famosos
     "enciclopedistas" como Voltaire, Rousseau, Montesquieu, Condillac, y Daubeton, el
     barón de Holbach, Turgot y Quesnay, Marmontel, quienes colaboraron en sus páginas.
     Reunió también a hombres de ciencia tan notables como Laplace, Herschell, Buffon,
     Lavoissier, Berthollet.

     La Enciclopedia que constituyó una gran empresa, ideada por Diderot (1713-1784), en
     gran parte realizada por D’Alembert (1717-1783), se convirtió en vehículo de divulgación
     de la cultura francesa, que era también la cultura europea dominante en el XVIII.
     Pretendía ofrecer, al mismo tiempo, una síntesis de los conocimientos humanos y
     exposición de los principios generales de toda ciencia y arte. Con el tiempo habría de
     convertirse, como ha dicho el gran crítico Francesco De Sanctis, en "la más formidable
     máquina de guerra" contra la opresión, el despotismo, y contra los privilegios de una
     clase enquistada en el poder.

     No fue sin embargo, el primer intento de condensar los conocimientos, pues ya en 1697
     había aparecido en Francia un Diccionario de la misma índole confeccionado por Bayle,
     y ya existían también antecedentes como el de Chambers (1728) en Inglaterra y el de
     Hoffmann (1677) en Suiza alemana.

     La publicación de la Enciclopedia Francesa demoró 22 años (de 1750 a 1772) y abarcó
     28 volúmenes, más 5 de Suplementos y 2 de cuadros y láminas. No fue fácil la tarea de
     editarlos ni en lo material ni en lo espiritual. El proceso de publicación sufrió dos
     interrupciones: una en 1771, después de aparecido el II tomo, y otra en 1757 después



10
     de salir el VII. Tales ceses se originaron por dificultades con la censura oficial, a la que
     hubo que burlar con el recurso de cambiar el pie de imprenta. De tal suerte, los primeros
     tomos señalaban París como lugar de edición y a partir del VIII figura Neuchatel (Suiza),
     aunque en verdad la sede seguía siendo París. Se explican esos reveses por la
     peligrosa y moderna influencia doctrinaria que ostentaba, intencionadamente orientada
     hacia una concepción liberal de las instituciones sociales.

     D’Alembert, a raíz de su polémica con Rousseau, sobre la naturaleza de los
     espectáculos, y para obviar más problemas, optó por retirarse de la empresa en 1758
     (después de aparecido el tomo VII). La continuó con gran perseverancia Diderot hasta
     su fin.

     La Enciclopedia Francesa de Diderot y D’Alembert mantuvo su vigencia y actualidad
     hasta muy entrado el XIX. Como obra de consulta fue perdiendo su importancia, hasta
     convertirse en mera obra de erudición del siglo XVIII. El desarrollo de las ciencias la
     superó prontamente, al punto que ya no cabe concebirla como una obra que resuma
     todo el saber. En nuestro tiempo se han multiplicado más bien los diccionarios
     especializados en cada rama del saber: el derecho, la filosofía, las ciencias sociales, las
     ciencias naturales, las matemáticas, etc.

     Los artículos que componían la Enciclopedia Francesa, fueron confeccionados en un
     comienzo para un público letrado y más tarde se inspiró en múltiples intentos hechos en
     diversas lenguas para popularizar los conocimientos de todo orden. La redacción de sus
     partes fue encargada por lo general a personas expertas de reconocida trayectoria
     intelectual, aunque la regla admitió excepciones, y se pudieron advertir algunos artículos
     mediocres.

     Juzgando la obra con una óptica peruanista, habría que plantear dos cuestiones: a) lo
     que significaron la Enciclopedia y los llamados enciclopedistas en el Perú de fines del
     XVIII y comienzos del XIX, incluyendo la etapa de la Independencia; y b) lo que significó
     el Perú y sus instituciones en el texto mismo de la Enciclopedia.

     Es indudable que la Enciclopedia constituyó un manual de consulta obligada en nuestros
     ilustrados varones desde antes de la aparición del Mercurio Peruano en 1791. Burlando
     la censura oficial e inquisitorial se filtraron ejemplares de la primera edición de 1751-72.
     Se encontraban ejemplares en las bibliotecas privadas de Unanue, Baquíjano,
     Rodríguez de Mendoza y Urquizo, y en otras de Lima y Cuzco.

     En el Convictorio de San Carlos, en 1785, Rodríguez de Mendoza introdujo las ideas de
     Descartes, la lógica de Condillac y el estudio de las ciencias naturales siguiendo las
     ideas de Buffon y sus discípulos. A partir de 1790 se lee y se cita a Montesquieu, a
     Rousseau, a Voltaire, a D’Alembert, a Diderot, el diccionario de Bayle y la propia
     Enciclopedia, glosando sus ideas reformistas, aunque como dice Raúl Porras, los
     hombres del Mercurio Peruano fueron "refractarios a la renovación política y filosófica
     que encarna la Enciclopedia".

     En el Mercurio Peruano se reprocha a los autores de la Enciclopedia por haber dudado
     de la existencia de antiguos caminos construidos por los Incas en el Perú. Se cita a los



11
     principales colaboradores de las misma, aunque se les agrega epítetos destinados a
     burlar el celo inquisitorial. Así se menciona el "elocuente y peligroso" Rousseau, el
     "abominable" Helvecio y al "impío" Voltaire. Pero sus ideas se filtran, se asimilan y se
     aplican a la realidad y los libros de aquellos "réprobos" se difunden clandestinamente. La
     Enciclopedia sirve de fuente para dos generaciones que preceden a la Independencia y
     aún a los que la realizaron y fundaron la república; su sistema ideológico se difunde
     ampliamente ya sea por la lectura directa o también indirectamente, adaptando las ideas
     de la Declaración de los Derechos del Hombre, consagrada por los ideólogos de la
     Revolución de 1789, herederos de los enciclopedistas.

     En su momento, la Enciclopedia constituyó una de los monumentos bibliográficos de
     mayor impacto en el mundo entero y por supuesto en los países de América que
     pugnaban por la independencia y con una condigna y concorde organización política y
     social.

     Una revisión de las entradas "peruanistas" de la Enciclopedia puede ser de interés. El
     artículo "PÉROU" consigna una descripción geográfica un tanto sumaria definiendo al
     país como una vasta región que "limita al norte con Popayán, al sur con Chile, al oriente
     con el país de Amasones (sic) y al oeste con el Mar del Sur y que mide alrededor de
     seiscientas lenguas de longitud de norte a sur y 50 de ancho". Agrega una breve historia
     de la conquista. Hay referencia a la "cordillera de los Andes", a las producciones
     naturales, a la organización colonial española en tres gobiernos (sic) o audiencias: las de
     Quito, Lima o Los Reyes y Charcas". Y dice una nota final: "Véase sobre esta gran
     región de América el comentario real de Perú del caballero Paul Ricaut, 2 volúmenes en
     folio, que es una bella obra (D.J)". La deficiencia de datos sobre el país es notoria pues
     no se refiere en nada a la producción minera, entonces la única valiosa, ni a los
     antecedentes y antigüedad de sus habitantes.

     Pero lo más significativo es la remisión a la citada obra de Ricaut. El autor del artículo
     parece haber trabajado sin las fuentes entonces accesibles. Sir Paul Ricaut no era autor
     digno de mención sino un mediocre traductor de los Comentarios Reales de Garcilaso
     de la Vega Inca al idioma inglés, versión que apareció en Londres, en 1688. Se ha
     tomado al traductor como autor de la obra, lo que indica que faltó la diligencia de leerla.
     De haberlo hecho, hubiera resultado el artículo más ajustado a la verdad y más
     completo. Además no es explicable por qué el autor del artículo "Pérou" tuvo que
     referirse y remitirse a un traductor de Garcilaso al inglés (de 1688) cuando desde 1633
     existían múltiples ediciones de la traducción francesa, bastante más aceptable que la de
     Ricaut, debida a la pluma de J. Baudoin, siendo la más reciente de esas versiones
     entonces la de 1744.

     Todo esto demuestra que algunos de los colaboradores de la Enciclopedia (como D.J.)
     no fueron suficientemente idóneos o responsables.

     En cambio, en la entrada "INCA" la información, aunque breve, resulta aceptable y la
     misma acusa procedencia de las versiones francesas de Garcilaso aparecidas entre
     1633 y 1744, tituladas "Histoire des Incas", lo que también sucede con el artículo




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     "AMAUTAS", calificado como "filósofos del Perú", creadores y poetas, según el
     colaborador que firma "G".

     La entrada "AMAZONES" muestra más amplitud. Hay referencia al mito, creado por
     algunos viajeros antiguos de un pueblo de mujeres guerreras que prosperó a la orilla del
     Mar Negro y que otros viajeros modernos lo sitúan en Etiopía. Y sobre todo, destaca la
     información valiosa del "río de las Amazonas" que atraviesa a la América Meridional, de
     oeste a este, considerado "el más grande río del mundo". Su descubrimiento por
     Orellana, la cita de la descripción del Padre Acuña que acompañó al explorador Texeira,
     y del relato y mapa del P. Samuel Fritz culmina con el relato de la hazaña entonces
     reciente de La Condamine. El colaborador "O" ha usado evidentemente los datos
     exactos aportados por La Condamine y consignados en su Relación abreviada
     aparecida en 1745, seis años antes de la publicación del tomo I de la Enciclopedia.

     Mucho más fue lo que irradió la Enciclopedia en influencia ideológica sobre los países
     latinoamericanos que lo que contuvo de ellos como información. América era para los
     europeos un tanto la comarca exótica, una realidad envuelta todavía con los cendales de
     la fantasía y lo ignoto. Hasta ese momento -mediados del XVIII-, no

     estaba todavía difundida en Europa una noción exacta de nuestras realidades. Téngase
     en cuenta que no se habían producido aún los grandes viajes de Bougainville (1778), de
     La Pérouse (1787) y de Humboldt (1799-1804) y que en Francia, aún en 1746, causaban
     enorme impacto las curiosas Cartas de una peruana de Madame de Graffigny y que en
     plena vigencia de la publicación de la Enciclopedia en 1777, Francois Marmontel había
     escrito y editado Los Incas, creación novelesca en la cual se mezclaban caracteres y
     situaciones propias de aztecas y de incas en un solo engendro unitario, que no
     distinguía zonas geográficas ni diferencias históricas dentro del vasto panorama
     americano.

     1 La obra se editó con el titulo: Encyclopédie ou Diccionaire raisonnié des Sciences, des
     arts et des métieres. París, 1751-1772, 28 tomos.




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     III




     Aliento de libertad e Ingenio: Voltaire
     1. Asuntos peruanos en su obra

     FRANÇOIS-MARIE AROUET, más conocido como Voltaire (1694-1778) ha sido
     considerado un genio universal en el más amplio sentido del vocablo: por la variedad de
     sus conocimientos que abarcaron extensamente el saber humanístico de la época, por la
     amplitud de su obra volcada en todos los géneros: la historia, la filosofía, la tragedia, la
     comedia, la narrativa, el ensayo y la poesía y también por la extensión de su temática
     desarrollada en todos los meridianos del globo terrestre: Europa, el cercano y el extremo
     Oriente, desde Turquía y Palestina hasta la China, el áfrica de moros y árabes, América
     del Norte y del Sur.

     Como creador, el más prolífico de su siglo, Voltaire dejó su huella impresa en el
     pensamiento europeo. Cuando aun la filosofía alemana no había ofrecido los aportes de
     Kant y de Hegel, ni habían surgido las luminarias del "Sturm und Drang", con la figura
     olímpica de Goethe, Voltaire pudo impactar la cultura del mundo con su varia y
     multifacética personalidad volcada en obras de inmediata acogida. Si bien logró asimilar
     durante su temprana estada en Inglaterra, las ideas de sus coetáneos ingleses Hume y
     Locke, los filósofos adelantados del racionalismo y la tolerancia, ninguno de ellos irradió
     las expresiones de su inteligencia iluminista, con tanta intensidad como Voltaire.

     Indudablemente, a pesar de que la obra de Voltaire no es uniformemente valiosa y en la
     cual la crítica en los últimos siglos ha podido señalar variables calidades,
     contradicciones insanables y diferente peso cultural, su vigencia fue decisiva mientras
     vivió e inmediatamente después de su muerte, para la transformación de las estructuras
     sociales operadas al impulso de la Revolución de 1789. Un decenio después de su
     deceso, su nombre era aclamado como uno de los pilares del triunfo del liberalismo en el
     mundo.

     La Revolución Francesa consagró su memoria al incorporar en sus declaraciones y
     documentos legislativos las ideas de libertad y tolerancia por las cuales bregó
     incansablemente, y valieron tanto como sus admoniciones contra la superstición y el



14
     fanatismo. El sentido crítico y la inquietud espiritual se advierten allí donde enfocaran su
     talento e ingenio múltiples.

     El género predilecto y constante de Voltaire fue, con toda evidencia, el teatro. Su carrera
     literaria empezó con una tragedia: Edipo y terminó con otra, Irene, estrenada en sus
     últimos días. Pero ni la una ni la otra -ni tampoco sus comedias- son consideradas
     representativas de su actividad como dramaturgo.

     Produjo -aparte de sus comedias- 27 tragedias, estrenadas con diferentes niveles de
     éxito popular. Entre ellas quedan señaladas como las más estimables: Zaire (nombre de
     la esclava cristiana prisionera del Sultán) y Alcira (otro tema cristiano y esta vez
     americano, en la que se asume la defensa de la libertad), Mérope (acción ambientada en
     Grecia), Mahoma (alegato contra el fanatismo musulmán) y Tancredo (en escenario
     itálico). Con ellas Voltaire alcanzó el reconocimiento de su calidad comparable a la de
     Corneille y Racine y en ciertos aspectos, a la de Shakespeare.

     El teatro de Voltaire ofrece la particularidad de que como el genial inglés, incorpora
     múltiples escenarios no nacionales. Así como Shakespeare ubicó su escena en
     ambientes italianos y Corneille incorporó el tema español en El Cid, y Racine desarrolló
     sus temas en el mundo bíblico y greco-romano, Voltaire es más amplio en sus textos
     dramáticos Grecia, Roma, Palestina, Turquía, la China y desde luego, América, y
     precisamente una en tierra peruana (Alcira). Al mundo antiguo se sumaba en su obra el
     mundo nuevo. En este último se ambientaron además sus novelas, El Huron o el
     Ingenuo (en Canadá) y Cándido (en Paraguay y el Perú de El Dorado).

     América es asunto histórico en su mayor obra de erudición, el Ensayo sobre las
     costumbres y el espíritu de las naciones (1758), un sugestivo compendio de historia
     universal. El continente americano es allí realidad tangible desde su descubrimiento por
     los europeos, con sus propias culturas y sus originales realizaciones. Admiraba sobre
     todo, la obra de la colonización y la organización social del Paraguay realizada por los
     Jesuitas, no obstante la desafección hacia éstos dadas sus concepciones deístas.

     No solamente ha de ser América ambiente propicio para desarrollar obras de teatro,
     pues también es motivo narrativo como realidad nueva o como tierra de utopía en sus
     novelas, principalmente El Huron o el ingenuo y Cándido o el optimismo (1759). Es
     también tópico de crítica cuando en su ensayo sobre la poesía épica analiza los
     caracteres de epopeya moderna que luce La Araucana de Alonso de Ercilla, reconocida
     expresión de un vibrante nativismo americano. Y prende también en su espíritu la ilusión
     dorada cuando sostiene que "el oro era en el Perú más corriente que entre nosotros (los
     europeos) el cobre", o cuando revive para Cándido los paisajes alucinantes de una edad
     fabulosa y mítica en el Dorado, calcado de los moldes imaginarios de la leyenda de
     Jauja.




15
     Alzire, la tragedia peruana

     Alzire au les Americains de Voltaire -estrenada en París en 1736- tiene un argumento
     algo similar a la anterior tragedia Zaire estrenada en 1732, con la variante de la época y
     la localización geográfica.

     En efecto, Zayda o Zaire, transcurre en el Cercano Oriente (con personajes turcos en
     Palestina) en tanto que Alcira desarrolla su acción en Lima en los primeros tiempos de la
     dominación española. Sus personajes principales (un caudillo popular Zamora, indígena
     como su novia Alcira) conspiran contra el régimen español. Zamora es dado por muerto
     y Alcira, obligada a convertirse al cristianismo es también forzada a aceptar la propuesta
     matrimonial del odioso gobernador Guzmán, sucesor de Alvarez, quien había sido
     gobernante prudente y sagaz. Pero Zamora reaparece, frustra la boda y hiere a
     Guzmán. Es apresado por Alvarez, a quien Zamora había, en anterior oportunidad,
     salvado la vida, ignorando que era padre de Guzmán. Este, moribundo, reconoce su mal
     proceder con Alvarez, perdona a Zamora y le encomienda el gobierno del país. Zamora
     conmovido se convierte al cristianismo y se une en matrimonio con Alcira y gobiernan
     juntos el Perú.

     Esta tragedia y la anterior, Alcira y Zayda, y alguna otra como Mahoma denuncian el
     efecto degradante del fanatismo, el inhumano régimen de la tiranía y exaltan la
     superioridad de la tolerancia y el culto de la religión bien entendida, así como la lucha
     por la libertad y la justicia.

     Eran estos ideales consagrados por la mentalidad de los hombres de la Ilustración. La
     obra Alcira confirmaba además la certeza de la tesis del noble y "buen salvaje" sostenido
     por los ideólogos revolucionarios de la época.

     Pero la crítica ha señalado sus debilidades como pieza teatral, un tanto inferior a otros
     buenos éxitos escénicos de Voltaire, y a veces también exagerando la nota denigratoria.
     No obstante, el público de su época la acogió calurosamente. El exotismo, el asunto
     peruano, constituyó un salvo-conducto convincente.

     Alcira o los americanos (1) es considerada por la crítica, como la única tragedia de
     Voltaire que recoge con relativa amplitud la concepción de lo americano dentro del
     conjunto de su obra. Tuvo ella inmensa fortuna dentro y fuera de Francia.

     Sus traducciones, al inglés (1736), al alemán (1739, 1766 y 1775), al holandés (1781), al
     húngaro (1790), al italiano (1797 y 1880), fueron múltiples hasta fines de siglo. En
     España pudo aparecer una primera y tardía traducción a cargo de Bernardo María de
     Calzada, con este título: El triunfo de la Moral Cristiana o los Americanos.Tragedia
     francesa (en Madrid, Imp. Real, 1788 120 p.). No se mencionaba ni el título original, ni el
     nombre del autor, como era usual en un país sujeto al control de la Inquisición. En el
     texto de la versión se introdujeron modificaciones. Omisiones y alteraciones eran
     explicables dado el rigor de la censura.

     Fueron también frecuentes en castellano las adaptaciones y las parodias de esta pieza
     dramática considerada como una de las más representativas de Voltaire.



16
     Alcira representaba la novedad tanto por la singularidad de los personajes y su exotismo
     como por la forma brillante en que eran éstos introducidos en la escena. Significaba una
     innovación el escoger, entre los habitantes americanos, los más civilizados de ellos,
     peruanos o mexicanos, en el momento de la conquista. Zamora su más distinguido
     personaje peruano, combate para asegurar la independencia política del aborigen y
     reivindicar los derechos de la naturaleza.

     Voltaire no hizo esfuerzo por documentarse y declaró en el prefacio que su tragedia era
     toda de su invención, lo cual es cierto en cuanto al color local, pues el único sitio que la
     refiere a la realidad americana, es "Los Reyes" o sea el antiguo nombre de Lima. Tanto
     Zamora como Alzira evocan mayormente lo árabe u oriental antes que lo peruano. El
     carácter de la heroína nada tiene de exótico. Su actitud es "raciniana" y tiene evidente
     parentesco con Andrómaca o Berenice. Los personajes son más importantes por las
     ideas que personifican que por sus caracteres. Como tragedia política o pieza de tesis,
     presenta el duelo entre dos hombres que significan ideas opuestas. Para los verdaderos
     "salvajes" americanos, no tiene Voltaire, ni simpatía ni admiración. Odia y menosprecia
     su simplicidad, su vida ruda y precaria, la ausencia de leyes, la falta de disciplina.
     Coincide con Montaigne en considerar el mundo americano como un mundo infantil.

     "Voltaire -dice Basadre-

                    "no admira ni evoca con nostalgia el hombre primitivo. No
                    quiere el regreso a una vida amortajada para siempre por
                    la niebla de la Historia. Voltaire, considerado generalmente
                    como escéptico y cínico, escribe en Alzira un mensaje de
                    tolerancia entre los errores humanos que no se extiende
                    sin embargo hasta la indiferencia cultural y moral.
                    Conviene -parece decir- que la cultura de Occidente llegue
                    al Perú. Lo que Alzira combate, y por eso ostenta valor
                    moderno, es la soberbia de quienes creen pertenecer a
                    una raza privilegiada. Alzira busca un puente para el
                    abismo que separa a ambas razas y cree hallarlo en la
                    armoniosa      convivencia       basada     en    la   mutua
                    comprensión"(2).
     Pero el público francés de 1736, vio en el cacique Zamora el héroe verdadero de la
     tragedia y aplaudió sus parlamentos contra europeos y cristianos conquistadores. En la
     concepción del autor el verdadero héroe fue el gobernador Alvarez, español y cristiano,
     empeñado en demostrar que las crueldades de los conquistadores no debían empañar
     sus glorias y de otro lado, admirador del coraje, inteligencia y virtudes de los indios y
     creyente en una armonía de razas, en que indios y blancos se unieran por el amor y
     llegaran a una convivencia social que fuera ejemplar y fecunda.
     El tema de Alcira es muy semejante al de Zaire. Sólo que en aquella el ambiente es
     americano con personajes peruanos y mejicanos y en ésta, el escenario es oriental,
     entre Turquía y Palestina en la época de las cruzadas.
     La simpatía por los temas orientales, como el de Zaire, había conducido también a
     Voltaire, a las lejanas comarcas americanas de los Incas. Así se aprecia en Alcira de la



17
     misma inspiración que Zaire. "Ella pertenece -dice César Miró, en un hermoso ensayo- a
     la raza de Zulema y de Zayda y se parece a ellas, por su espíritu y el contraste con el
     alma occidental. Por el camino de Arabia, por las rutas del Islam, Voltaire arribará al
     Perú".(3)
     En 1736 cuando Voltaire estrena Alcira, la moda de "lo peruano" no había invadido
     todavía la literatura francesa. No se habían publicado ni las Cartas peruanas de Madame
     de Graffigny ni Los Incas de Marmontel que son de 1747 y 1777 respectivamente.
     En su propósito de incorporar al teatro francés temas universales, de las más lejanas
     tierras y los pueblos más exóticos, Voltaire sitúa en el Perú, la acción de la tantas veces
     mencionada tragedia. Su talento universalista pretendía abrir el espíritu francés a todos
     los temas y ambientes y así anexo el Nuevo Mundo a las letras francesas.
     El Perú en la novela Cándido
     La erudición peruanista y americanista de Voltaire se volcó mayormente en una obra
     narrativa de extensa difusión, su novela Cándido o el optimismo, aparecida
     originalmente en París, 1759. Esta obra trata de las aventuras de un personaje alemán
     (Cándido) de sano juicio y alma sensible pero un tanto ingenuo y confiado, a quién
     acompaña su preceptor (Panglós), sapiente de una filosofía perogrullesca.
     El desarrollo de la trama aventurera recuerda un tanto el peregrinaje quijotesco,
     adornado con algunas muestras de la picaresca española. Voltaire había asimilado sin
     duda el Quijote cervantino y El buscón de Quevedo, aunque los adereza con amplia
     fortuna para eludir acechanzas y resolver dificultades. Tal como sucede con el personaje
     de Cervantes, el héroe de la novela se provee de un servidor, compañero dialogante
     como Sancho (primero Cacambo y después Martín), y deambula por el mundo en la
     búsqueda de una idealizada Dulcinea (Cunegunda). La acción, sin embargo, excede los
     límites de un país y aún del mundo antiguo y se expande donosamente por el nuevo
     mundo. De Westfalia -lugar de su nacimiento- Cándido se desplaza y vive sus primeras
     desventuras en Bulgaria. De allí continúa a Holanda, donde se embarca para Portugal.
     Establecido en Lisboa, después de liberarse de tormenta y naufragio, lo espera la terrible
     experiencia del terremoto, el de 1755. Panglés consuela a su discípulo instruyéndolo de
     la causa del sobrecogedor fenómeno:
                    "Este temblor de tierra -dice Panglós- no es cosa nueva; el
                    mismo azote sufrió Lima años pasados (se refiere al de
                    1746); las mismas causas producen los mismos efectos;
                    sin duda que hay una veta de azufre subterránea que va
                    desde Lisboa a Lima".(4)
     De Portugal pasa Cándido a España y se embarca en Cádiz con destino a la América
     Meridional,
     "Todo irá bien -piensa Cándido- siguiendo el hilo del discurso de su preceptor- ya que el
     mar de ese nuevo mundo vale más que nuestros mares de Europa; que es más
     bonancible y los vientos son más constantes; no cabe duda de que el Nuevo Mundo es
     el mejor de los Mundos posibles".(5)
     Después de larga navegación, Cándido arriba a Buenos Aires, donde el gobernador
     español "el más principal señor de América Meridional" le arrebata a su prometida. Para
     eludir las tretas amenazantes del gobernador, Cándido se traslada al Paraguay y busca
     refugio en las reducciones establecidas por jesuitas (mayormente alemanes) donde



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     descubre al hermano de Cunegunda convertido en sacerdote. Sucede una
     desafortunada ocurrencia y mata a éste y huye del Paraguay hacia el país de los
     "orejones" quienes capturan a los fugitivos y están a punto de devorar a Cándido y
     Cacambo como supuestos enemigos jesuitas. Aclarada su identidad, y puestos en
     libertad, prosiguen hacia Cayena y Surinam (Guayana). En el largo trayecto a través de
     selvas y montañas, les espera la sorpresa de arribar a un país insospechado: El Dorado,
     "la patria de los antiguos Incas, que cometieron el disparate de abandonarla por ir a
     sojuzgar parte del mundo y que al fin destruyeron los españoles", o sea "el país donde
     todo está bien". (6)
     La estada en "El Dorado" se prolonga por un mes, gracias a la gentileza y generosidad
     de sus habitantes, al atractivo de sus costumbres y a la abundancia de sus riquezas.
     "Quien ha vivido un mes en El Dorado -confesará Cándido- no se cura de ver cosa
     ninguna de este mundo". Todo el país estaba cultivado "no menos para recrear el gusto
     que para satisfacer las necesidades; en todas partes lo útil se maridaba con lo
     agradable".
     Los vestidos de las gentes son de tisú con hilo de oro. Los muchachos juegan a los tejos
     con piezas de oro, adornadas con esmeraldas y rubíes que dejan a disposición de los
     visitantes sin el menor aprecio. Los habitantes hablan una lengua materna "que es el
     peruano". Puede entenderla Cacambo por ser oriundo de Tucumán.
     Allí se comía sopa de papagayo, asado de cóndor y de mono. En platos de cristal de
     roca se servían guisos de colibrí. Se bebía en vasos de diamantes. Deslumbraba la
     abundancia del oro y la plata; de esos metales estaban hechas las puertas y los techos,
     con incrustaciones de piedras preciosas. La gente era longeva: un anciano de 162 años
     le contó a Cándido "las asombrosas revoluciones del Perú que había él presenciado".
     Rebosaban fuentes con licores de caña, cuyo líquido corría por plazas y calles
     pavimentadas con piedras preciosas que despedían "un olor parecido al del clavo y la
     canela".
     En El Dorado no existían cárceles, ni jueces, pues nadie delinquía. Tampoco eran
     necesarios ni curas ni monjas, pues todos eran felices y piadosos y libres. No existía el
     menor aprecio por el "barro amarillo" o sea el oro. De esta suerte, las tierras americanas
     recorridas por Cándido constituían el escenario de una nueva "Utopía".
     Tantas maravillas eran dignas de ser contadas, para asombro de gentes europeas,
     como también la riqueza que podía extraerse de este país fabuloso resultaría el medio
     de asegurar la felicidad en el viejo mundo. Colmados de obsequios en oro y piedras
     preciosas, ofrecidos a discreción y que cargan en grandes "carneros"; Cándido y su
     servidor abandonan El Dorado con destino a las Guayanas. Cacambo regresa desde allí
     a Buenos Aires y Cándido espera la oportunidad de partir al Viejo Mundo, con un nuevo
     servidor de nombre Martín.
     La trama un tanto convencional continúa en Europa y se desenvuelve en París, en
     Venecia y en Turquía, donde finalmente encuentra Cándido a Cunegunda envejecida
     pero dispuesta a recibir sus favores.
     Se pueden advertir en esas páginas frecuentes y ostentosos elementos peruanistas,
     aunque a veces un tanto distorsionados. Los "orejones" ya no son un estamento social
     de la nobleza incaica sino una tribu antropófaga. El Dorado ubicado en la Amazonía,
     resulta la patria de los antiguos Incas.




19
     La agricultura del país se encuentra en gran desarrollo. El oro abunda tanto en la
     indumentaria y en la construcción de casas de gran magnificiencia, y en otros
     menesteres banales, como el en entrenamiento de los niños. Se menciona el idioma
     "peruano", el "runa simi" que se habla en El Dorado. Si bien el asado de mono es plato
     usual en ciertas tribus amazónicas, no han sido nunca carnes comunes de mesa ni el
     cóndor, ni los colibríes, ni los pájaros moscas (papamoscas). Luego, los "carneros" de
     gran tamaño, de color rojizo serían sin duda, los auquénidos, animales de carga, que los
     primeros cronistas bautizaron como "carneros". Por último, el "licor de caña" habría de
     ser una volteriana concepción de "la chicha", tradicional bebida fermentada de maíz.
     Con inexactitudes y con caprichos interpretativos, Cándido tiene el gran mérito de haber
     ligado el nombre del Perú al de una obra notable y muy difundida de la literatura
     europea. Voltaire sintió en ella, la deslumbradora atracción del misterio americano.

     2. Las fuentes americanistas de Voltaire
     A través de las traducciones, más o menos completas, la cultura francesa había
     asimilado diversas fuentes americanistas desde el siglo XVI y en los siguientes.
     Ya Montaigne mostraba huellas de sus lecturas en los cronistas Gómara (traducido al
     francés desde 1569 y sucesivamente en 1577, 1578, 1584, 1587, 1606, etc.) y Benzoni
     (desde 1579, edición Lyon y Ginebra). Otros autores franceses se informaron más
     adelante en Garcilaso, traducido al francés desde 1633 (en no menos de 7 ediciones
     salidas hasta fines del XVIII), Las Casas (desde 1630), Acosta (desde 1598 y
     sucesivamente en 1598, 1600, 1606, etc.), Agustín de Zárate (traducido 7 veces al
     francés hasta 1774) y Mena (desde 1545).
     A todo este caudal se podría agregar el aporte de los viajeros, más recientes, aparecidos
     en el XVIII, como Frezier (con dos ediciones de su Voyage a la Mer du Sud, la de 1717 y
     la de 1734); como La Condamine (cuya Relation abreguée apareció en 1745); como
     Jorge Juan y Antonio Ulloa (traducidos al francés en 1752, apenas cuatro años después
     de la aparición en castellano de su Viaje a la América Meridional (Madrid, 1748), como el
     inglés George Anson (de 1746), cuyo relato se publicó vertido al francés poco tiempo
     después, citado por Voltaire en Précis du siécle de Louis XV, cap. XXVII, ed. París,
     1956.
     Cuando Voltaire compone Alcira (1736), su cultura americanística es todavía muy
     general. Han impactado su imaginación con efluvios de leyendas, los nombres de "los
     Reyes", "Potosí" y "México". Sus lecturas no han excedido de las citadas versiones
     francesas de los Comentarios de Garcilaso de la Vega, el Inca, de los cronistas Gómara,
     Las Casas y Zárate y Antonio de Solís (sobre Historia de la Conquista de México, trad. al
     francés en 1631), la Historia General de las Indias de A. de Herrera y la Historia general
     de Oviedo.
     Cuando Voltaire compone Candide (1757) esas lecturas se han multiplicado. A las
     anteriores se han agregado la de Benzoni, a más de La Araucana de Ercilla.
     Había leído también la obra muy difundida de John Dryden The Indian Emperor (de
     1670) durante su estada juvenil en Inglaterra y sobre todo la literatura en torno a las
     misiones de los jesuitas.
     Las Cartas edificantes y curiosas de la Cía. de Jesús (Lettres edificantes et curieuses)
     habían aparecido en París desde 1702 y a lo largo de todo el siglo en varios volúmenes
     y en sucesivas ediciones. Contienen algunas de ellas informaciones del Paraguay, que


20
     habrían sido aprovechadas por Voltaire, en la parte correspondiente de su Cándido. Hay
     que dejar en claro que Voltaire manejó casi exclusivamente las versiones francesas de
     los textos escritos en castellano, por no conocer sino muy superficialmente esta lengua.
     En cambio, leía perfectamente en inglés.
     Como es de advertirse, sus lecturas americanistas adolecieron de cierto desorden, lo
     cual es explicable en una época en que no había todavía una sistematización de
     estudios o investigaciones sobre América y por la circunstancia de que Voltaire fue en
     gran medida un autodidacto.
     De otro lado, Voltaire recogió también en su El Siglo de Luis XIV, (1752) el relato (de
     1746) del viaje alrededor del mundo del Comodoro inglés Anson y de su regreso triunfal
     a Londres con el producto de los botines tomados a naves españolas. En esa coyuntura,
     celebrada la acción de los "héroes del bandidaje" como Raveneau de Lussan (1687) y
     otros filibusteros, "de los cuales -según dice- no queda hoy sino el recuerdo de su valor y
     de su crueldad".
     Entre los escritores de relatos de viajes, hubo de asimilar también el célebre y ya citado
     Voyage a la mer du Sud de Fraçois Amadée Frezier, contemporáneo y conocido suyo, y
     también la Relation abregée de Carlos María de La Condamine, admirado científico
     amigo con quien mantuvo valiosa correspondencia.
     Entre las obras del exotismo francés inspiradas en América, se habría divertido con las
     Cartas peruanas de Madame de Graffigny (1747) quién había escrito una obra titulada
     La vida privada de Voltaire y de madame de Chatelet, donde le hizo poco honor, y en
     algunas piezas de teatro con tópico americano que fueron frecuentes en su época.
     No alcanzó a leer Les Incas de Marmontel (1777) ni el Suplemento de Diderot al célebre
     viaje de Boungainville (de 1771), fechas en que el interés de Voltaire -ya muy anciano-
     no estaba puesto en asuntos de América. No alcanzó tampoco a leer la Historia filosófica
     de Las Indias de Rainal (1770) ni los Recherches de De Pauw (1768).
     En realidad, Voltaire sintió con mayor intensidad la deslumbradora atracción del misterio
     americano sólo después de haber producido su Alzaire y en el lapso de 25 años que
     media entre ésta (1736) y Cándido (1759).
     Eso lo revelan las páginas de su Ensayo sobre las costumbres (un panorama de la
     historia universal desde Carlomagno al siglo XVI) publicado en 1756, cuyo capítulo sobre
     el Paraguay y además sus comentarios sobre Colón y las conquistas de México y Perú,
     el Brasil y Canadá, son bastante ilustrativas de su entusiasmo intelectual por las cosas
     del nuevo continente. (6 bis)
     Al mismo tiempo, el mencionado Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las
     naciones contribuye decididamente a ensanchar el criterio del historiador europeo hacia
     el ámbito universal, incorporando al proceso histórico el caudal de acontecimientos
     producidos en el Nuevo Mundo, antes y después del descubrimiento.
     Además del libro de Anson (cuya versión francesa apareció en 1749), otra obra inglesa
     que indudablemente impresionó a Voltaire habría sido el relato de Sir Walter Raleigh
     (The discovery of Guiana, London, 1596) quien con gran derroche imaginativo contribuyó
     poderosamente a difundir entre los europeos la imagen de El Dorado, al narrar su
     aventura en Manoa o Tierra firme, la cual aprovecha Voltaire con especial delectación en
     algunas páginas de Candide. Expresamente citada (p.55), es ésta una de las fuentes
     más probables.




21
     De los cronistas, de los Comentarios de Garcilaso El Inca, principalmente, habría
     tomado Voltaire el mito de Jauja, la cuidad de la abundancia y la realidad de Coricancha,
     con sus jardines con plantas de oro y de plata y con el gran sol esplendente y aúreo.
     A esos elementos unió el mito de El Dorado, ya difundido por Raleigh y otros autores. De
     esta amalgama de mitos habría de emerger la escenografía y la acción de buena parte
     de las escenas americanas de Candide. Proviene de allí su ilusión dorada de que "en el
     Perú era más corriente el oro que entre nosotros (los europeos) el cobre".(7)
     3. Impacto de Voltaire en los autores peruanos: Olavide, traductor de
     Voltaire
     El mayor y más conspicuo y temprano volteriano en la literatura peruana fue sin duda
     don Pablo de Olavide (1725-1803), nacido en Lima, gran escritor, brillante conversador,
     ideólogo liberal, ilustrado hombre de tertulias, poeta, dramaturgo y novelista, que vivió su
     madurez y ancianidad en Francia y España, realizando una múltiple y vasta tarea
     intelectual.
     Aunque en su apologética palinodia titulada El evangelio en triunfo, obra de gran
     resonancia europea y americana, abjuró de su larga y constante afición por Voltaire, su
     producción anterior de autor de teatro moderno, demuestra lo contrario. Olavide fue en
     España y en Hispanoamérica, uno de los más fecundos traductores de Voltaire, a más
     de introductor de sus ideas renovadoras sobre teatro en el ambiente hispánico. Por lo
     menos, difundió en un medio dominado por la rutina y por la represión inquisitorial y
     eludiendo la censura, las versiones propias de tres de sus más renombradas obras
     dramáticas. Voltaire fue su autor predilecto y más traducido.
     De la pluma de Olavide, salieron las versiones castellanas de las siguientes tragedias
     del gran escritor francés: La Zaira (en 1782), la titulada Casandro y Olimpia (en 1785)
     comúnmente llamada Olimpia, y la Merope (en 1708). Tuvimos la suerte de encontrar,
     identificar y revelar los textos de estas versiones, tenidos por perdidos no obstante que
     por razón de la censura habían aparecido las ediciones sin los nombres del autor ni del
     traductor. Dimos a conocer estos textos, después de dos siglos, en unos volúmenes
     editados por la Biblioteca Nacional del Perú, hace más de dos décadas.
     Entre las obras dramáticas de Voltaire traducidas por Olavide no está Alcira. Cabría
     preguntarse por qué. Se podría pensar tal vez que Olavide postergó injustamente en su
     selección la tragedia Alcira o los americanos, de ambiente peruano, obra que debió ser
     grata por tal motivo a un autor también peruano. Esta postergación cabría interpretarla
     ligeramente como una desdeñosa actitud del hombre desarraigado de su país de origen,
     a quién ya nada decían ni la evocación de la tierra natal ni la elección de un tema afín a
     su lugar de origen. Pero esta argumentación sentimental debe descartarse frente al
     hecho histórico de que Alcira había sido ya, en la época de Olavide, traducida por el
     español Bernardo María de Calzada.
     De otro lado, hay una razón estética que justifica la omisión o sea el superior valor
     artístico de Zaida sobre Alcira y la similitud de la temática, con simple cambio de
     ambiente. A mayor abundamiento, habría que considerar el buen dominio artístico de la
     escena y del lenguaje que luce Zaida, como obra del mejor momento de Voltaire, en
     tanto que Alcira es, con imperfecciones explicables, obra de menos vuelo.
     Un historiador fidedigno de la literatura francesa dice lo siguiente: "De las cincuenta y
     tantas obras de teatro que compuso (Voltaire) no se leen hoy más que dos: Merope y
     Zayda; Merope, estudio conmovedor del amor materno, la más clásica de sus tragedias,


22
     hábilmente conducida y escrita con pureza de estilo; Zayda, su obra maestra, imitación
     suavizada del Otelo de Shakespeare, pintura patética de los celos y del amor".(8)
     Esta apreciación confirma que el gusto y la selección de Olavide no andaban
     descaminados y es coincidente con los juicios de la crítica posterior en un siglo o más.
     Olavide supo entregarse a la tarea de traducir de Voltaire lo más representativo y
     propagó además en España el aliento libertario de sus ideas. Unía a los dos
     intelectuales, el europeo y el peruano, la comunión de los mismos ideales de reforma y
     progreso espiritual. Los enlazaba también una amistad fraternal. No solamente Olavide
     logró introducir las obras de Voltaire en España, destinadas a su famosa biblioteca
     privada (lo cual fue decisivo cargo para su condena por la Inquisición) sino que las
     difundía entre sus allegados y amigos además de traducirlas, hizo representar de su
     predilecto actor, sus creaciones dramáticas más notables.(9)
     De otro lado, el contacto personal fue notorio. En uno de sus viajes a Francia, en 1759,
     Olavide disfrutó de la hospitalidad de Voltaire en su finca "Les Délices", situada en las
     inmediaciones de Ginebra. Vivió en diálogo con el maestro de inquietudes y eximio
     creador, una semana intensa e histórica. El diálogo fue fecundo en esa casa donde
     Voltaire disfrutaba de un teatro para representar sus propias obras y hacía derroche de
     ingenio entre sus invitados, las más notables figuras de la ilustración francesa y europea.
     Olavide disfrutó de ese deslumbrante consorcio de la inteligencia europea y llegó a
     confrontar con Voltaire mismo experiencias, ideas y proyectos referentes a España y
     América. Los detalles de esos diálogos nunca fueron revelados, como tampoco se ha
     conservado la correspondencia epistolar que entre ambos debió existir. Posiblemente
     desapareció entre los papeles requisados por la Inquisición en 1780.
     Voltaire y los prohombres de la Independencia peruana.
     Mientras vivió (entre 1694 y 1778) y aún después de su muerte, el nombre de Voltaire,
     señalado por la Inquisición como la suma de impiedad y la herejía, sólo tuvo un eco
     asordinado tanto en España como en sus colonias. Sus libros llegaron a América
     clandestinamente, disfrazados con tapas de Biblia o de devocionarios y pudieron filtrarse
     sólo gracias a la acción de una minoría intelectual inquieta y un tanto estimulada por la
     misma prohibición.
     Esa inquietud se puede palpar en las páginas del Mercurio Peruano de 1791-94, donde
     es mencionado "el gran Voltaire" (IX, p.46), como "desgraciado optimista" (IV, p.125) y
     "mostruo de la impiedad" (IX, p.160) citas que ya revelan lecturas pero también reservas
     en nombre del dogma y bajo la condena de lo excomulgado y prohibido. Un poco antes,
     desde 1785, el P. Toribio Rodríguez de Mendoza, introducía en sus cursos universitarios
     de Lima, expresiones de la cultura francesa liberal y así al lado de Descartes, Condillac,
     Rousseau y los enciclopedistas, aparece el nombre de Voltaire, burlando las estrictez de
     la censura y el temor de las gentes.
     Lucien Goldmann ha señalado para el ámbito francés, cómo La Enciclopedia fue
     redactada en un tono moderado para no excitar a la censura oficial:
                    "Es por esto -dice- que muchos artículos hacen hincapié en
                    la verdad de la religión cristiana y en el carácter positivo de
                    la monarquía, sobre todo en su forma actual"




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     Pero agrega además que tal precaución:
                    "no impedía al lector prevenido descubrir en esos mismos
                    artículos un contenido contrario a estas afirmaciones y
                    capaz de despertar convicciones opuestas: Bayle lo había
                    utilizado ya en su Diccionario"(9-A)
     El mismo fenómeno se puede advertir en los redactores del Mercurio Peruano de 1791-
     94. Aunque se moteje de "impío" o de "monstruo" a Voltaire se le lee y comenta pese a
     la prohibición y no se disimula la admiración y el culto que se le profesa.
     No se oculta el deseo de que sus ideas se difundan y de que prospere el culto de su
     pensamiento. En la colección de esa revista debe leerse entre líneas cuando se trata de
     Voltaire, de Rousseau o de Montesquieu, o cuando se señalan y comentan los desastres
     que causa la Revolución en Francia.
     Voltaire se encuentra vivo y de pronta cita en los escritos y discursos de los hombres de
     la Independencia. Tiene eco en las discusiones de la Sociedad Patriótica de 1822 y en
     las deliberaciones del Congreso Constituyente de 1823. Por esa época se hace más
     común la lectura de sus escritos y la prensa empieza a anunciar el arribo de ejemplares
     de la Gran Enciclopedia francesa o versiones castellanas del Diccionario Filosófico de
     Voltaire y de otras obras suyas provenientes de las imprentas liberales de Londres y de
     Nueva York. El genio de Ferney empieza a ser reivindicado y sus obras más populares
     resultan sus poemas La Enriada y La doncella de Orleans, que intentan revivir el reinado
     de la poesía épica. Las tiene presentes Olmedo en sus estrofas y se encuentran en lugar
     preferente en las buenas bibliotecas peruanas de la época.(10)
     Cuando en 1813, las autoridades eclesiásticas de Lima recibieron parte de las
     pertenencias del extinguido Tribunal de la Inquisición, que se había caracterizado en los
     últimos años por su férrea represión de los lectores de obras francesas de la Ilustración,
     figuraron en los inventarios multitud de ejemplares de obras de Voltaire, Diderot,
     Montesquieu, Rousseau, Marmontel, Crébillon, que no habían alcanzado a ser
     incinerados. Se incluyeron también ejemplares de las Cartas de Eloísa a Abelardo, de
     los Ensayos de Montaigne y de las Cartas peruanas de Madame de Graffigny, o del
     Voyage del ilustre viajero Frézier, que hoy nos parecen la personificación de la inocencia
     moral o de la ingenuidad política(11). La requisa inquisitorial debió haber cosechado
     considerable cantidad de libros franceses de los citados autores provenientes de
     bibliotecas de personas procesadas o de simples lectores medrosos que las entregaban
     anónimamente para no ser inculpados de su clandestina posesión. El fuego debió
     consumir la mayor parte de esos volúmenes cuando ya habían dejado en la conciencia
     de sus lectores la semilla de las nuevas ideas de libertad, de independencia y
     democracia.
     La generación de Voltaire y de Rousseau, produjo en la inteligencia peruana, entre los
     finales del XVIII y comienzos del XIX, un impacto cuya importancia no ha sido tal vez
     igualada en la historia de la cultura peruana, por autor europeo no español alguno. Sólo
     la Biblia y algunos libros de autores hispánicos habían, hasta esa fecha, ejercido una
     mayor acogida, estando inscritos dentro de la cultura oficial, estatal o eclesiástica. Debe
     considerarse para juzgar este fenómeno, que los autores franceses de la Ilustración se
     encontraron siempre en el ámbito de lo prohibido y lo clandestino y esta misma




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     circunstancia pudo contribuir aun más a su difusión, aunque de otro lado, ese freno hizo
     difícil igualmente el acceso a las obras perseguidas.
     Consolidada la Independencia, el segundo Mercurio Peruano de 1828 (nº 289, 29 de
     agosto de 1828) anuncia un arreglo dramático para el gran público de Alcira con el título
     "La Elmira Americana o los peruanos".(12) Ya circulan también ejemplares de la Zaida,
     tragedia de Voltaire en la versión castellana de Olavide, que en sus varias ediciones,
     alcanzan a leer Palma y los primeros románticos. El panorama es entonces distinto,
     pues pese a la restricción eclesiástica se puede leer libremente a Voltaire. Ello hace
     contraste con lo que apunta Ricardo Palma en sus Anales de la Inquisición de Lima,
     sobre las condenas de este Tribunal contra lectores ilustrados de Lima (entre ellos la del
     poeta Olmedo) acusados de comprar, recibir, poseer, prestar o leer ejemplares de La
     Henriade y Zaire, entre los años 1800 y 1809, vigente todavía el régimen colonial.
     Contra esa nueva actitud frente a Voltaire, reaccionaba el clérigo José Ignacio Moreno,
     teólogo conservador y monarquista que se enfrentó a Sánchez Carrión en la Sociedad
     Patriótica y fue combativo autor de unas Cartas Peruanas editadas en Lima entre 1826 y
     1833, en las cuales señala "el veneno de los libros impíos y seductores que corren en el
     país". Entre los de Volney, Rainal, Hume, Rousseau y Montesquieu, está naturalmente
     en lugar destacado el nombre de Voltaire y sus más representativas obras.
     El limeño Vidaurre y el cuzqueño José Palacios
     En las cavilaciones de Manuel Lorenzo de Vidaurre (1773-1841), aparecía
     frecuentemente la imagen del autor francés, leído cuidadosamente tanto en sus artículos
     de la Enciclopedia como en su Diccionario filosófico y considerado por Vidaurre "el
     inmortal Voltaire". Las citas de Voltaire sirvieron para apuntalar sus pensamientos
     reformistas del autor peruano desde las páginas del Plan del Perú, obra escrita en
     Cádiz, en 1810. Alguna vez se refirió Vidaurre al "fuego de su inimitable entusiasmo"
     aludiendo al ardoroso poder polémico del autor del Diccionario Filosófico.
     Las Cartas Americanas (13) de Vidaurre contienen pensamientos asimilados de Voltaire,
     leído exhaustivamente. "¡Quién tuviera aquí -exclama- la pluma de un Voltaire!". En otros
     momentos dice: "Voltaire me dará su fuego". Vidaurre estaba penetrado de sus ideas y
     había leído sus obras en francés y conocía hasta su última tragedia: "Voltaire manifestó
     las arrugas de su cara en la tragedia de Irene", aludiendo a que ésta fue escrita en la
     senectud cuando ya declinaba la vida del autor. Pero su admiración queda lejos de ser
     incondicional. Cuando Voltaire se refiere a América con frase desdeñosa, Vidaurre se
     torna polémico frente a su maestro:
                   "Decía Voltaire que a los americanos les da Dios menos
                   industria que al resto de los hombres. Este es un insulto
                   mayor que cuantos contra nosotros imaginó el imbécil Pau.
                   El filósofo para hablar con propiedad debía haber viajado y
                   no escribir con ligereza por relaciones de personas poco
                   fieles o nada observadoras o muy ignorantes".(14)
     Otro gran volteriano de la literatura peruana (después de Olavide y Vidaurre) fue el
     insigne cusqueño José Palacios (1797-¿1850?), el editor de la revista Museo Erudito,
     abogado y jurista, introductor del positivismo en el Perú, hombre de vastas inquietudes
     intelectuales.




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     Palacios había formado parte del grupo de 15 jóvenes peruanos enviados por Bolívar a
     Europa, a fines de 1825, para estudiar la ciencia de la administración pública en Gran
     Bretaña y Francia. Casi tres años permaneció Palacios entregado intensivamente a los
     estudios de filosofía, literatura y derecho en el Viejo Mundo. A su regreso y establecido
     en el Cuzco, inició una campaña cultural memorable desde varios frentes: el de la
     cátedra de literatura y filosofía, el del periodismo y el del derecho.(15)
     En la citada revista Museo erudito que apareció entre los años 1837 y 1839, Palacios
     publicó el primer ensayo sobre Voltaire, escrito por un peruano, titulado "Noticia sobre la
     vida y los escritos de Voltaire".(16) La intención meramente expositiva y periodística de
     este trabajo revela información apreciable y cierta intención crítica. Se afirma en ella que
     Voltaire "es el genio más grande que la Francia ha producido jamás" y que "tal vez no ha
     habido un hombre cuyas obras han contribuido más a la gloria literaria de su patria como
     Voltaire; y tal vez no ha habido tampoco uno a quien le hayan hecho tanto mal sus
     mismas obras". Palacios escribe descuidadamente y el uso de constantes galicismos
     como el artículo delante de los nombres de naciones y de título de obras, la traducción
     defectuosa de "mademoiselle" por "madamisela", y de "pucelle" por "pucela", y otros
     giros idiomáticos impropios, revelan a un autor muy familiarizado con el idioma francés,
     aunque imperfectamente asimilado. La intención de Palacios era preparar la publicación
     en su revista de la versión castellana de la tragedia Alzire, calificada por él como "la obra
     más perfecta que ha salido de la pluma de Voltaire en el género dramático" y la de
     Mahoma, que no ha sido parece traducida hasta ahora al castellano. Seguramente
     ignoraba Palacios la existencia de más de una versión española de esa obra. Advertido
     de esta circunstancia, su traducción de Alcira no se publicó nunca y sí la de Mahoma.
     Este estudio de divulgación se complementa con un libro aparecido en 1839 titulado
     Discurso sobre la Literatura general y la Poesía, la Epopeya y la Tragedia en
     particular(17) y en el cual el mismo Palacios, luciendo su amplia cultura literaria europea,
     aborda el estudio de los géneros más importantes, sobre todo el teatro. Al tratar de la
     épica y de la dramática, resulta Voltaire su autor preferido y ejemplar, reflexivamente
     leído y comentado teniendo a la vista sus propios poemas y originales tragedias y sus
     estudios sobre la épica y el teatro.
     Es probable que Palacios estuviese al tanto de algunas versiones castellanas de obras
     de Voltaire, principalmente las traducidas por Olavide (Zaida, Olimpo, y Merope ), las
     que pudo conocerlas en Europa o en Lima, cuando escogió Mahoma, la menos
     divulgada en medios españoles, para traducirla. Mahoma o el Fanatismo(18) tuvo gran
     difusión en ese momento, pero al parecer no llegó a ser puesta en escena. No fue
     desafortunadamente la elección de Palacios para revelar el genio volteriano. Desde su
     estreno parisino en 1741, Mahoma fue considerada muy valiosa, al lado de las otras
     escogidas por Olavide, por ser obra que elevaba el arte de la tragedia, según el elogio
     de Condorcet.
     Palacios ofreció testimonio irrecusable de una admiración conciente del sector más
     representativo del genio de Ferney: su obra de creación literaria y su esfuerzo permitió
     que el conocimiento y difusión de ella no se limitase sólo a Lima, sino también a la
     capital del antiguo Imperio de los Incas, de cuyas grandezas se había hecho eco Voltaire
     en sus escritos, y de donde Palacios era oriundo.




26
     Voltaire en Ricardo Palma y en González Prada
     Olavide y José Palacios y acaso también otros ideólogos de la Independencia, tomaron
     de Voltaire las manifestaciones insistentes como defensor de la libertad de pensamiento,
     puestas en acción dentro de sus más significativas tragedias y en sus escritos en prosa
     y aún dentro de las muestras tempranas de su afección por la poesía épica. Mientras
     aquellos autores peruanos se sintieron identificados con Voltaire en su lucha contra la
     intolerancia y el fanatismo, Ricardo Palma, considerado como la cifra más alta del
     romanticismo peruano y tal vez la más genuina expresión de la narrativa
     hispanoamericana del siglo XIX, asimiló la otra faceta de Voltaire, la del agudo y mordaz
     crítico, de fase incisiva e irónica, la del demoledor de infundios y supersticiosos, la del
     fino analista de las costumbres y de la miseria humana. Llegó a escribir Palma una
     tradición titulada "Voltaire chiquito", mote aplicado a un alcalde innovador y define a un
     poeta loco con los siguientes versos:
     Ansiaba en heroico atrevimiento
     exceder a Voltaire en nombradía.(19)
     En Palma no era sólo volteriana la cita o la referencia misma, sino en mayor escala el
     tono irónico, el desenfado expresivo, la manera de ver el mundo, la mueca de
     incredulidad y el sarcasmo incisivo.
     Voltaire y el "libre pensamiento" eran sinónimos para los radicales de la segunda mitad
     del siglo XIX.- Un busto de Voltaire (el de Houdon) adornaba el escritorio de Ricardo
     Palma, aunque las páginas de su obra lo mencionen relativamente poco.
     De Voltaire tomó Manuel González Prada (1848-1918) la acritud de sus admoniciones
     anticlericales. En él encontró, al estudiar la figura y el significado de Víctor Hugo en
     1885, la oportunidad propicia para establecer un paralelo entre el autor de Hernani y Los
     Miserables, y el Voltaire de acerada pluma anticlerical e iconoclasta. Esa coyuntura le
     sirve para caracterizar a éste en uno de sus aspectos pero no en todas las facetas de su
     personalidad.
                    "Ingenio esencialmente satírico -dice González Prada-
                    aguzado por irresistible comezón de risa, Voltaire lo
                    sacrifica todo al placer de lanzar un chiste y descubrir la
                    parte vulnerable de sus adversarios. Víctor Hugo es un
                    carácter radicalmente grave: la chispa francesa no brota en
                    él espontánea sino estudiadamente. Lo que en Voltaire
                    concluye con una risotada rabesiana, en Víctor Hugo
                    termina por estupendos estallidos de cólera dantesca ...
                    Voltaire no causa respeto y como un viejo medio alegre y
                    medio libertino, hace que le llamemos "el papá Voltaire";
                    Víctor Hugo infunde cierto alejamiento, y como un patriarca
                    optimista y bondadoso, hace que le llamemos "el padre
                    Hugo". Sin embargo, el uno se complementa con el otro, y
                    algo habría faltado a la Humanidad, sino hubieran existido
                    Voltaire y Víctor Hugo. Ambos poseyeron la audacia en las
                    ideas, la universalidad de la inspiración, la constancia en el
                    trabajo, la combatividad infatigable, la vejez sin decrepitud,
                    y la fuerza tenaz de arraigarse a la vida". (20)



27
     Voltaire entre liberales y conservadores
     Aunque lo asimiló, no fue Palma quien escribió largamente sobre Voltaire, pero recibió
     su impacto, ciertamente, como liberal, como libre pensador, como agudo crítico de
     costumbres. Quién escribió algo más meditado sobre Voltaire, fue José Santos
     Chocano, en un corto y aislado ensayo, que sin embargo da nombre a todo un libro que,
     en lo demás, no es nada pertinente: El alma de Voltaire y otras prosas. (21) El ensayo
     podría haberse titulado "Voltaire en los Infiernos", pues Chocano se imagina al anciano
     escritor en diálogo y malquerencia con Satanás.
     El entredicho luciferiano volteriano hace crisis y termina con la expulsión de Voltaire de
     los Infiernos, yendo a dar con sus huesos a las puertas del cielo. Y allí el buen Dios, -
     según imagina Chocano- no pudiendo albergarlo en sus dominios, lo remite al
     Purgatorio, en donde Voltaire sienta imperio como el rey y gran señor de la Duda.
     Algunos escritores románticos peruanos -los menos hispanizantes- tuvieron felices
     contactos con la literatura europea, especialmente con la francesa. Entre ellos estuvo
     Constantino Carrasco, quien en sus Trabajos poéticos(22) incluyó versiones de poetas
     ingleses, franceses, italiano, portugueses y latinos. Allí estuvo representado Voltaire.
     A finales del siglo XIX, hubo otra expresión del culto volteriano, Manuel A. San Juan
     tradujo profusamente prosas críticas de Voltaire reunidos en una antología con el título
     de Opúsculos volterianos, provenientes de las Cartas inglesas de 1734, del Tratado
     sobre la tolerancia de 1763, del Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las
     naciones, del Diccionario Filosófico y de su nutrida Correspondencia.(23)
     El paso del siglo XIX al XX está marcado además, por una nota regresiva: el Discurso
     académico (dedicado a Voltaire) que en la inauguración de cursos de la Universidad de
     Arequipa, pronunció un joven doctor, Pedro José Rada y Gamio(24) escritor de línea
     cerradamente ultramontana. Pero en el siglo XX, se advierte la tendencia a la difusión
     popular de la obra de Voltaire mediante publicaciones locales de sus textos. En el
     segundo decenio, dentro de las ediciones populares del diario La Prensa, apareció en
     tres tomos el Diccionario Filosófico (Lima, 1919) y más recientemente se hizo otra
     edición popular peruana: la de Cándido (Lima, Editorial Universo, 1970 y 1977).
     Voltaire en la crítica peruana del siglo XX.
     A la difusión de la obra de Voltaire, a la traducción o comentario exagético, al culto
     irreflexivo, a la retórica exaltación de admiradores o denigradores, han seguido en
     tiempos recientes el comentario más analítico, la apreciación comparatista, el examen
     ponderado con nuevo sentido de la investigación de textos y de apreciación global de su
     influencia.
     Participan de esta nueva actitud frente a destacadas figuras de la literatura mundial,
     quienes vienen ocupándose del proceso cultural del Perú. Más específicamente han
     dedicado ensayos con referencia a la obra de Voltaire dos ensayistas contemporáneos:
     Basadre y Miró. Jorge Basadre al tratar de "América en la cultura Occidental", capítulo
     ya citado de su libro Meditaciones sobre el destino histórico del Perú, examina el
     verdadero significado de la Alcira y su moderno mensaje de integración de culturas, la
     europea y la americana.
     Según él, en Alcira, rechaza Voltaire la idea de la existencia de una raza privilegiada
     representada por el conquistador y de otra inferior de hombres conquistados, susceptible
     de regresar a su estado de naturaleza como medio de protección y de amparo. Voltaire
     propugna -con sentido moderno y adelantado a su época- la integración de las dos


28
     razas, en una síntesis histórica, de armoniosa convivencia y comprensión entre
     europeos y americanos.
     Voltaire estaría así -en contraposición a las ideas dominantes en su época- recusando
     tanto la superioridad de unas razas sobre otras como la hipótesis de la inmadurez del
     hombre americano y apoyando la idea de la transculturación. En los últimos años, un
     estudioso italiano que residió en el Perú, Antonello Gerbi, ha puesto de manifiesto una
     frase reveladora de Voltaire en su Diccionario filosófico, en la cual afirma con
     clarividencia y modernidad su oposición a la actitud eurocentrista y su simpatía por
     América: "Todo cambia en los cuerpos y en los espíritus con el tiempo. Quizá un día los
     americanos vendrán a enseñar las artes a los pueblos de Europa".(25)
     El pensamiento crítico peruano aplicado al examen de la obra de Voltaire, tiene notable
     exponente, en César Miró, autor del ensayo Alzire et Candide ou l’image du Pérou chez
     Voltaire. El examen comparatista alcanza en esta obra uno de los logros recientes más
     significativos.
     El mismo proceso advertido en el teatro de Voltaire, con relación al tema exótico
     americano, se puede observar también dentro del género narrativo, cultivado por él con
     igual maestría que el teatro. Esta vez a su obra Candide precede otro relato titulado
     Zadig, una historia oriental desenvuelta dentro de un marco árabe. Como dice César
     Miró:
                    "Existe un vínculo secreto entre la inspiración de Zadig y la
                    aventura americana de Candide. Es la misma
                    correspondencia que se halla entre Alzire y el teatro
                    orientalista de Voltaire".(26)
     Cándido (1757) acusa una feliz incorporación del tema americano y peruano,
     reafirmando la actitud adoptada por Voltaire 20 años antes, con Alcira (1736). Es otro el
     tema y el paisaje, pero la voluntad de reflejar el nuevo mundo se impone una vez más.
     Voltaire será uno de los primeros en afirmar la posibilidad de sustituir los mitos trillados y
     un tanto gastados de origen europeo o asiático o árabe-africano, por otros de origen
     americano. Mitos o temas de esta índole, han de encontrar además acogida pública
     favorable, como sucede también con una obra coetánea titulada Cartas de una peruana
     París, (1746) de madame de Graffigny. Y se incrementará entonces una corriente
     americanista o peruanista en Francia y en toda la literatura europea en la segunda mitad
     del siglo XVIII.
     Voltaire tal vez no sea el primero en lograrlo ni en uno ni en otro géneros, el teatral y el
     narrativo, pues como lo demuestra Miró, lo hubo alcanzado antes el francés Du Rocher
     en las escenas de L’indienne amoureuse (1735) y en otros autores ingleses.
     Pero en Cándida suplementa lo que no se había intentado aun en Alcira: incorporar el
     mito preexistente de la edad de oro. O sea, tratándose del Perú, la leyenda de Jauja,
     generalizada y definitivamente afirmada gracias a Voltaire y otros autores coetáneos en
     la literatura europea. Su personaje se desplaza cómoda y familiarmente de Buenos Aires
     a Asunción, y de esta comarca a El Dorado (o sea la Amazonia) y de allí a Surinam
     (Guayana). Ha recorrido la América Meridional de sur a norte en alas de la fantasía, pero
     con prudente acopio de elementos reales y documentales según hemos visto al tratar de
     las posibles fuentes que Voltaire utilizó.




29
     Se ha superado por los últimos comentaristas peruanos, utilizando el examen analítico la
     "óptica monumental" frente a las grandes figuras de la historia cultural. Desaparecen el
     tratamiento adjetival de "grande", "genial", "soberbio", "sublime" o los peyorativos de
     "abominable", "disolvente", "herético" o "iconoclasta" y se ingresa en la ponderada
     apreciación de características trascendentes en el mundo de la cultura y de su inserción
     positiva o negativa dentro de la literatura y la historia peruanas.
     Notas Bibliográficas
     (1) Alzire ou les américains se estrenó por primera vez en París, el 27 de enero de 1736,
     según la indicación que corre en la primera edición: París, J.B. Claude Bauche, 1736, 79
     p. El texto tuvo inmediatas ediciones en París, Amsterdam, Londres y poco después en
     Viena.
     (2) Jorge Basadre, Meditaciones sobre el destino histórico del Perú, cap. "América en la
     cultura occidental", Lima, Ed. Huascarán, 1947, p. 223.
     (3) César Miró, Alzire et Candide ou L’image du Pérou chez Voltaire, París, Centro de
     Recherches hispaniques, 1967, 104 p. Se han traducido recientemente con el título La
     imágen del Perú en Voltaire, Lima, INC, 1993.
     (4) Voltaire, Cándido o el optimismo, trad. castellana, Lima, Ed. Universo, 1970, 166 p.
     (5) Ibidem, p. 25.
     (6) Ibidem, p. 34.
     (6 bis) Ibidem, p. 40, passim. En el Ensayo sobre las costumbres, II, (1756), Voltaire
     afirma que los peruanos "eran la nación más civilizada e industriosa del Nuevo Mundo...
     que habían levantado prodigios arquitectónicos y tallado estatuas con arte
     sorprendente". La antropologa francesa M. Duchet, quien ha examinado el catálogo de la
     biblioteca de Voltaire, anotó en ella 133 volúmenes de literatura de viajes además de
     varias compilaciones de la misma índole. Estaba allí por supuesto Anson, Bougainville,
     Dampier, La Barbinais, Rogers, la historia de De Brosses, con sus relatos de
     circunnavegación del globo y América. También se encontraba Las Casas, La
     Condamine, Zárate, Solís, Ulloa, Raleigh y Garcilaso (en castellano y en francés, edición
     de 1741). Véase: Michéle DUCHET, Antropología e Historia en el siglo de las Luces.
     México, Edit. Siglo XXI, 1975, p.63.
     (7) Ibidem, p. 52.
     (8) A. Grenier, Historia de la literatura francesa, París, Garnier Hnos., s.f., p. 528.
     (9) Sobre la biblioteca de Olavide y su relación con Voltaire, véase: M. Defourneaux, P.
     de Olavide ou l’afrancesado, París, Presses Universitaires de la France, 1962. Sobre la
     difusión del teatro francés moderno en España, veáse también: Estuardo Núñez, El
     nuevo Olavide, Lima, Ed. P. Villanueva, 1972.
     (9-A) L. Goldmann, La Ilustración y la Sociedad actual, Caracas, Monte Avila Editores,
     1968, p. 57.
     (10) Sobre el impacto de Voltaire y los autores de La Ilustración sobre los precursores y
     próceres de la Independencia peruana, véase: Raúl Porras B., La culture française au
     Pérou, Lima, 1958, 48 p.
     (11) Véase: Carlos Daniel Valcárcel, "Un rol de libros de 1813" en: Fenix, Lima, Nº 7,
     1950; y Raúl Porras B., "La biblioteca de un revolucionario: Sánchez Carrión", en
     Mercurio Peruano, Nº. 193, Lima, 1950.
     (12) Voltaire, "La Elmira Americana o los Peruanos", versión castellana y arreglo de
     Alzire, en: Mercurio Peruano, Nº 289, Lima, 29 de agosto de 1828.


30
     (13) Manuel Lorenzo de Vidaurre, Cartas Americanas, Ed. de la Com. Nac. del Sesq. de
     la Indep., vol. 6º., tomo I.
     (14) Ibidem, Vidaurre, Cartas ... p. 362.
     (15) Veáse: Estuardo Núñez, Semblanza de José Palacios, jurista, abogado y hombre de
     letras, Lima, Edit. Jurídica, 1973.
     (16) Museo Erudito, Cuzco, Nºs 10, 11 y 12, julio-setiembre de 1837 y Nº 21, 1839.
     (17) J. Palacios, Discurso sobre la literatura general y la Poesía, la Epopeya y la
     Tragedia en particular, Cuzco, Imp. de la Beneficiencia por Evaristo González, 1839.
     (18) Mahoma o el Fanatismo, "tragedia en 5 actos escrita en francés por Mr. Voltaire y
     traducida al castellano por J.P.", Cuzco, Imprenta de la Libertad por J.B. Santa Cruz,
     1840.
     (19) Ricardo Palma, Tradiciones peruanas completas, Madrid, M. Aguilar, Ed. , 1964, p.
     923.
     (20) M.González Prada, Pájinas libres, París, Tip. P. Dupont, 1894, p. 165-175.
     (21) J. S. Chocano, El alma de Voltaire y otras prosas, Santiago, Ed. Nascimento, 1940.
     (22) Constantino Carrasco, Trabajos poéticos, Lima, Imp. del Estado, 1878.
     (23) Manuel A. San Juan, "Opúsculos volterianos", traducidos y publicados en varios
     números de la revista El Ateneo, Lima, 1900.
     (24) P.J. Rada y Gamio, Discurso Académico, Lima, Imp. del Estado, 1899, 35p.
     (25) A. Gerbi, La disputa del Nuevo Mundo, México, F.C.E., 1960, p. 40.
     (26) César Miró, obra cit. p.59., La obra de Miró acaba de ser editada en su original
     castellano, con algunas ampliaciones preliminares. Véase: C. Miró, La imagen del Perú
     en Voltaire, Lima, INC, 1995.




31
     IV




     El Reformismo Social: J.J. Rousseau

     Entre todos los escritores de la Ilustración, francesa, tuvo Juan Jacobo Rousseau (1712-
     1778) el más vasto influjo en la cultura peruana en particular y dentro del ámbito
     latinoamericano en general.

     Los tratadistas de la Ilustración apuntan que Rousseau murió el 2 de julio de 1778, un
     mes después que Voltaire, su compañero de generación, pero a causa de divergencias
     ideológicas, se habían distanciado, no obstante lo cual han seguido enmarcados dentro
     del espíritu reformista que informó a los hombres de su tiempo.

     Si para la mayoría de los ideólogos de la época, el espíritu de la Ilustración entrañaba la
     reforma del hombre por la vía de la razón, Rousseau perseguía esa misma reforma por
     la vía del sentimiento y de la práctica de la libertad y de la educación.

     Rousseau era un gran pensador pero no se consideraba un filósofo. Se esforzaba por
     acercar las ideas a la vida y ofrecer una fórmula concreta para lograr la felicidad de los
     hombres. Se aparta del racionalismo abstracto para traducir la experiencia concreta,
     pues según él, la razón pura puede llegar a corromper al hombre. En su exaltación del
     sentimiento como motor de la actividad humana, Rousseau resulta un precursor del
     romanticismo que había de imperar en la literatura, en la política y en la cultura y en la
     educación racional durante los años posteriores a su muerte.

     En sus obras quedan reveladas las inquietudes del pensador coherente que ofrece las
     fórmulas para orientar las relaciones humanas, la vida social, la organización política, la
     educación y la cultura al servicio del hombre. Las ideas rusonianas acerca de la reforma
     de las estructuras sociales imperantes, informaron la ideología de los hombres de
     nuestra emancipación política.




32
     1. América y el Perú en el pensamiento de Rousseau

     A mediados del siglo XVIII, se enseñorea un deseo e impulso hacia el viaje de estudio
     desinteresado, el viaje del filósofo. La afición al viaje se nota latente en Voltaire, en
     Marmontel, en Diderot y en Rousseau. Dionisio Diderot escribe con fervor y afán
     exotista, en 1772, un Suplément au voyage de Bougainville en el cual, con su
     sensibilidad de gran creador, reflejaba nítidamente un estado de espíritu que traducía el
     cansancio de las exigencias de la civilización europea y la nostalgia por haber perdido
     las formas simples y espontáneas del vivir. En el pensamiento de Juan Jacobo
     Rousseau, operó asimismo, con vigoroso impacto, la lectura de relaciones de viaje por el
     Nuevo Mundo. Su filosofía social fue sin duda inspirada por la condición del hombre en
     América latina.

     Así como América contribuye a insertar en la mente de los escritores europeos del
     Renacimiento, la concepción de la universalidad del hombre y su nuevo sentido de la
     vida del campo y de la naturaleza en estado primigenio, América inculcó también en los
     hombres de la Ilustración la idea de una sociedad centrada en el desenvolvimiento de la
     persona humana, que se volvió a la postre base o elemento importante de la doctrina de
     la democracia liberal.

     La inquietud americanista de Rousseau puede calificarse de temprana. Casi adolescente
     escribe una ópera sobre el descubrimiento de América. En sus cartas revela a menudo
     su deseo de viajar al nuevo continente. En su intervención en el Concurso de Dijon, en
     1753, sobre el problema del restablecimiento de las ciencias y las artes en la era
     moderna, se pronuncia sobre los beneficios universales del descubrimiento de América y
     afirma que contribuye a la mejora de las costumbres y refuta a quienes denigran a los
     indios. Al respecto dice un historiador:

                    «El discurso sobre los orígenes y el fundamento de la
                    desigualdad entre los hombres, expone Jorge Basadre,
                    tiene como epígrafe una de las frases de Montaigne sobre
                    su encuentro con los indios de la Amazonia. En la novela
                    La Nueva Eloísa el personaje realiza lo que el autor sólo
                    pudo desear: visita la América meridional y encuentra allí
                    una isla desierta y silenciosa, asilo de la inocencia y la
                    bondad.»(1)
     En una nota del mismo Discurso sobre la desigualdad, Juan Jacobo Rousseau, entre
     otras posibilidades del viaje por Asia y Africa, enuncia:
                    «México, Perú, Chile, las tierras magallánicas sin excluir a
                    los patagones verdaderos o falsos, Tucumán, Paraguay y,
                    si es posible, el Brasil y en fin, los caribes, la Florida y
                    todos los parajes salvajes, es el viaje más importante de
                    todos, aquél que podría hacer sin el mayor cuidado.»(2)
     Se advierte en este párrafo un tanto la reacción contra la fantasía y la creación literaria
     que había imperado en la primera mitad del XVIII, en que se tomaba el viaje como un
     medio, un simple pretexto. Y ahora, por primera vez, se empieza a tomar el viaje como



33
     un fin, que tiene como objeto de estudio y de reflexión al hombre en todas las latitudes
     del globo terrestre, y que a su vez contribuye a la propia formación intelectual del
     hombre, tomándolo como materia educativa, conforme lo propugna el mismo Rousseau
     en su Emilio. (1762).
     La imaginación de los utopistas y de los poetas y creadores de fantasías constituía una
     fuerza que actuaba sobre los ideólogos de la Ilustración inspirándoles sus concepciones
     y sistemas racionalistas. Pero de otro lado, incrementándose un debate intenso entre
     ideólogos europeos, entrado el siglo XVIII, habían empezado a plantearse
     polémicamente diversas proposiciones acerca del hombre y la naturaleza de América. A
     los enfoques parciales formulados hasta entonces y traducidos en visiones y
     observaciones fragmentarias de un inmenso continente, han de seguir en esa época de
     la Ilustración, generalizaciones un tanto prematuras que inducen a la falsedad y al error
     en los ideólogos europeos. El Conde de Buffon, a comienzos de ese siglo, había
     formulado teorías de gabinete y un tanto «literarias» a base de datos aislados y locales
     aportados por viajeros y visitantes que no abarcaron el conjunto de la realidad
     americana o que carecían de formación científica suficiente o sólida. Según ellos, el
     hombre de América era deficiente e incapaz de dominar a las fuerzas naturales y la
     naturaleza americana se presentaba como inmadura y degenerada. De igual jaez surgen
     otras teorías racionalistas que afirman o niegan lo mismo, como las formuladas por de
     Pauw, por Carli, por Hume, por Raynal, por Robertson.
     El espíritu polémico de los europeos, no satisfecho con esa literatura ejemplarizadora,
     que toma pie en el Nuevo Mundo, ha empezado así a denigrar por reacción todo lo
     americano. Cornelio De Pauw, un abate holandés, había publicado en 1769, sus
     reflexiones o investigaciones filosóficas, adversas a lo americano, de gran resonancia
     europea (3). Guillermo Thomas Raynal, ensayista francés, publica también una obra en
     1770, clásica entre los detractores de América. Estos europeos -que conocen a América
     sólo a través de los libros- extranjeros, elaboraban conclusiones antojadizas de las hasta
     entonces conocidas fuentes. (4)
     De otro lado, como ha señalado un investigador que ha estudiado los relatos de viajeros
     al Perú y América Meridional hasta mediados del XVIII, no existe en ellos el sentimiento
     del paisaje:
                   «No hallan en la naturaleza una correspondencia afectiva,
                   tonal de sus estados de ánimo. Tampoco suelen tener
                   frente a ella una actitud contemplativa .... La naturaleza no
                   es más que el escenario, a menudo hostil, de una
                   aventura, de un hecho». (5)
     Si ellos no tuvieron ese sentimiento de la naturaleza, tampoco pudieron trasmitirlo. Así
     vemos cómo hasta en los escritorios europeos como Marmontel, Dryden o Kotzebue, el
     paisaje americano no despierta resonancia alguna, y sólo campea el tema exótico. Pero
     Rousseau, adelantándose a su época, tuvo la intuición de la nueva actitud contraria a los
     excesos del racionalismo y más afirmada en la realidad. (5 bis)
     En los viajeros científicos de la segunda mitad del XVIII, y comienzos del siguiente, la
     actitud cambia y sobre todo con Amedée Frezier y Carlos María de La Condamine (6)
     que llegan a conocer de cerca la realidad de América y muestran viva simpatía por el
     habitante indígena del Nuevo Mundo, y por su rectitud de vida, sanas costumbres,



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     capacidad de trabajo, en contraste con las deficiencias y poca ejemplaridad de los
     colonizadores españoles.
     Carlos María de la Condamine (desde 1738) es el primer viajero europeo que se adentró
     en tierras americanas sobre cordilleras frígidas y a través de selvas inhóspitas del
     Amazonas y permanece unos diez años en el Virreynato del Perú, hazaña que comparte
     en la zona andina con los españoles Jorge Juan y Antonio de Ulloa. Su relación trata de
     excluir ya lo meramente pintoresco y anecdótico. En su actitud coincide con los
     misioneros esparcidos en la región amazónica que empezaron a difundir sus relatos por
     esa época. Rousseau debió conocer el relato de La Condamine, personalmente tan
     vinculado a todos los hombres de la Ilustración francesa, sobre todo a Voltaire. Pero
     hubo otro viajero de nacionalidad inglesa que con su temprana difusión en Francia, a
     raíz de la versión de su relato varias veces editado (7) impacto profundamente la
     mentalidad europea. El Comodoro inglés George Anson, comandando una escuadra
     numerosa que los vientos y tempestades desbarataron al pasar los estrechos de
     Magallanes, había cumplido la misión de hostilizar, entre 1740 y 1744 las costas de los
     dominios españoles en el Pacífico y tomar valiosas presas. Después de reparar averías
     en las islas Juan Fernández, desistió de atacar Callao y Lima, pero saqueó e incendió
     Paita, incursionó sobre la costa mejicana y finalmente capturó el galeón de Manila con
     un fabuloso botín que le dio fama a su regreso triunfal, no obstante las bajas humanas y
     la pérdida de toda la escuadra con excepción del buque insignia. El relato de sus
     hazañas, escrito por Richard Walter y publicado en 1748, obtuvo una difusión inusitada
     en toda Europa. Lo leyó Rousseau con entusiasmo que excede a todo lo imaginable, al
     punto que el personaje varón principal de la novela epistolar La Nueva Eloísa (aparecida
     en 1761) o sea Saint Preux, el amante de Julia, resulta embarcado en la expedición de
     Anson. La ficción lo incorpora a esa empresa real y comparte la enorme experiencia del
     viaje a América Meridional y el Mar del Sur. De ella habla Saint Preux en una de sus
     cartas:
                   «He visto sobre las costas de México y del Perú el mismo
                   espectáculo que en el Brasil: observé allí los raros e
                   infortunados habitantes, tristes restos de dos poderosos
                   pueblos, abatidos por la cautividad, el oprobio y la miseria,
                   en medio de su riqueza mineral, quienes reprochan al cielo
                   llorosos los tesoros que ellos habían prodigado. He visto el
                   incendio horrible de una ciudad entera (Paita) sin
                   resistencia y sin defensores. Tal es el derecho de la guerra
                   ejercido por pueblos sabios humanos y cultivados de
                   Europa; que no se limitan a procurar a su enemigo todo el
                   mal de que se pueda sacar provecho, sino todo el mal
                   posible que se pueda hacer a pura pérdida. He costeado
                   casi toda la parte occidental de América, pero sin ser
                   pasmado de admiración viendo mil quinientas leguas de
                   costa y el más grande océano del mundo bajo el imperio de
                   una sola potencia que tiene por así decirlo, en su mano, las
                   llaves de un hemisferio del globo». (8)




35
     Más adelante, en la misma novela, hay referencia a la vida natural en islas con Tinian y
     Juan Fernández, las que como «islas afortunadas» vuelven a ser citadas en las
     Confesiones del mismo Rousseau. Con ellas se evocaba sin duda la figura del Robinson
     de Defoe (1719), allí encontrado por el pirata Rogers, figura escogida como arquetipo de
     la educación práctica dentro del Emilio.
     2. Las ideas de Rousseau en un temprano precursor olvidado: Carrió de la
     Vandera
     En 1775 ya circulaba en Lima un libro titulado El Lazarillo de ciegos Caminantes escrito
     por un autor, que se ocultaba llamándose Concolorcorvo. Su contenido pretendía y
     puede ser considerado como un simple itinerario de viaje por tierra entre Lima y Buenos
     Aires, pero al mismo tiempo tenía la característica de un libro de viaje por las curiosas y
     pícaras observaciones que le sugería la ruta entre Lima y Buenos Aires.
     El autor ha resultado ser pasados dos siglos, un español, lenguaraz funcionario de la
     administración de correos del Virreynato del Perú, que se esconde bajo el sinónimo de
     "Concolorcorvo" (con color de cuervo, o sea de tez oscura) y que se esfuerza en ofrecer
     falsas pistas, entre ellas como llamarse Calixto Bustamante Carlos Inga, mestizo de
     español e India de conocida procedencia. Pero la verdadera identidad del autor tardó en
     conocerse y corresponde el mérito del hallazgo a un notable hispanista francés, Marcel
     Bataillon, quien demostró con toda certeza que el autor era en verdad un funcionario de
     correos, y además escritor culto y mordaz.
     El visitador Alonso Carrió escribió así un libro muy crítico acerca del funcionamiento de
     los caminos del Virreynato y como se trataba de denuncias a veces graves, optó por el
     recurso de las supercherías, primero escondiendo su nombre bajo seudónimo, también
     falseando lugar de la edición que en realidad fue Lima y no Gijón y también la fecha de
     ella que fue 1773 y no 1775. Alonso Carrió resultó así, un eximio maestro de tapujos y
     encubrimientos y logró de tal manera despistar a las autoridades afectadas por sus
     críticas y reparos.
     Alonso Carrió de la Vandera, peninsular americanizado, había nacido en Gijón (1715) y
     probablemente murió en 1780. A los 20 años arribó a México, iniciando su periplo de
     más de varios lustros en el Nuevo Mundo. Residió diez años en las ciudades de México,
     Durango y Sonora. En 1746 actuaba ya en el Perú y a poco contraía matrimonio.
     Fue Corregidor en Ayacucho y Apurímac y luego sirvió como oficial en las milicias del
     virrey Amat y en tal carácter, vigila y conduce a España a los jesuitas expulsos del Perú
     entre los que estaba el precursor Viscardo y Guzmán.
     Cumplida su misión, regresa a América en 1771, luego de haber gestionado su
     nombramiento de Corregidor en Arica, Huamanga y Huarochirí. Después de muchas
     gestiones sólo consiguió ser nombrado Visitador de Correos entre Buenos Aires y Lima.
     Se detiene un tiempo en Montevideo y Buenos Aires (1771).
     Describe su viaje a Lima, cuya ruta sigue el itinerario común de los viajeros de la época,
     pero con acotaciones técnicas, jocosas y costumbristas, las que atribuye a su personaje
     "Concolorcorvo".
     Como ha anotado Bataillon, no le interesa lo histórico (ruinas, antecedentes o
     cronología), pero si lo literario y, como hombre de buenas letras, el autor de El lazarillo
     de ciegos caminantes revela el gusto por los clásicos latinos o por modernos como
     Fénelon (Telémaco), y por escritores españoles como Cervantes, Gracián y Quevedo.



36
     El autor culto matiza su relato con rasgos de humor y fina captación de costumbres y
     parece discípulo o admirador de Benito Feijoo, siente repulsa por la erudición de Peralta
     y se inclina a la observación de la realidad americana y a la actualidad de sus
     problemas.
     Es un español americano con sus casi 40 años de residencia en México y América del
     Sur. Encontró dificultades a su regreso a España por causa de sus informaciones o de
     un Manifiesto que escribió sobre la administración de correos, y por ello fue encarcelado
     y liberado después de un tiempo.(9)
     Proyectaba otro itinerario de Cartagena a Buenos aires y al parecer se ha perdido su
     relato de viaje de España a Buenos Aires. Estudios últimos del padre Rubén Vargas
     Ugarte, de Marcel Bataillon y Augusto Tamayo Vargas descartan como autor al
     personaje ficticio que él creó y llamó Calixto Bustamante Carlos Inga.
     Concolorcorvo define su libro como "una guía de viajeros bisoños e inexpertos" y lo es
     sin duda, aunque también significa algo más. El pormenor de los detalles que debe
     atender el viajero, los lugares de tránsito, itinerarios, distancias, las características del
     camino y hasta la estructura de las carretas y naturaleza de los bueyes, caballos y mulas
     utilizados, las producciones, sus observaciones y consejos, se alternan con la
     descripción animada (en 1771) de las costumbres de cada lugar de la ruta (Montevideo,
     Buenos Aires, Córdova, Santiago del Estero, Tucumán, Salta, Jujuy, Humahuaca, La
     Quiaca, etc.).
     En otros capítulos de verdadero interés socioeconómico, incluye agudas acotaciones
     como las referentes a las mulas y a las abejas, y a otros asuntos de tipo etnológico y
     folklórico (canciones, fiestas e indumentarias típicas).
     Describe también la ruta de Buenos Aires a Santiago de Chile por el Río Cuarto, San
     Luis, Mendoza, y el cruce de los Andes. De La Quiaca sigue la ruta por la actual Bolivia
     a Suipacha, Potosí, Chuquisaca y la variante de Potosí Oruro y La Paz.
     Luego entra en territorio propiamente del Perú de hoy, Pomata, Juli, Chucuito, Puno,
     Juliaca, Pucará, Ayaviri, Sicuani, Oropesa y Cuzco, supuesto lugar de nacimiento del
     autor. Finalmente continúa la descripción de la ruta por Marcahuasi, Andahuaylas,
     Huamanga, Huancavelica, Lunahuana, Chilca, Lurín y Lima, o por Huancayo, Jauja,
     Huarochirí, Sisicaya y Lima.
     Es curioso observar cómo el genio zumbón, pintoresco y satírico del autor en el que se
     adivina un culto lector de Voltaire, se revela y acentúa más en la descripción de la parte
     peruana de la ruta y entonces empieza a adornar su descripción con anécdotas y relatos
     jocosos y amenos y es cuando escribe, a propósito de la deplorable condición de los
     indios, páginas de encendida acusación contra las autoridades españolas y de condena
     de los métodos de explotación del poblador aborigen. Estas catilinarias se ponen unas
     en boca del propio Carrió y otras las más encendidas en la del seudónimo
     "Concolorcorvo" que a no dudarlo es él mismo.
     Aunque no lo revelen sus biógrafos, alguna amarga experiencia de su vida en la
     península debió ensombrecer la existencia de Carrió anterior a su segunda estada en
     tierras americanas. Debió sufrir seguramente la persecución por actitudes personales
     derivadas de su postura crítica frente al orden social o administrativo o con la posición
     ideológica sospechosa de heterodoxia; no se explica de otro modo su afán casi obsesivo
     de disimulo y encubrimiento. Comenzando por el seudónimo adoptado Concolorcorvo en
     cada detalle se advierte el persistente propósito de despistar a la autoridad posible de


37
     ejercitar el control de sus datos. Simula el pie de imprenta, la fecha de la impresión, el
     lugar de la misma, el verdadero o el supuesto autor de la obra, su raza india o mestiza,
     las opiniones peligrosas que pone en boca de inventado autor, las expresiones
     ortodoxas que atribuye el Visitador interlocutor de aquél. Todo ello es sintomático en un
     escritor que traza una obra realista, de fino sentido crítico, quien lanza agudezas y
     acusaciones contra influyentes funcionarios del régimen español en América.
     CONCOLORCORVO, VIAJERO "ILUSTRADO".-
     Tratándose de Carrió de la Vandera, no se ha reparado en dos circunstancias
     importantes que atañen a su formación intelectual.
     En primer lugar, su contacto por largos meses de navegación a comienzos de 1768
     entre Callao y Cádiz con el grupo numeroso de jesuitas expulsos de América, en
     cumplimiento de la misión a él encomendada por el virrey Amat. Debe presumirse
     fundadamente que su inquietud intelectual fue sostenida e incrementada a bordo, en
     largos coloquios con aquellos jesuitas, conspicuos hombres de saber humanista,
     conocedores de las tierras ignotas del Continente, científicos, artistas y enterados de las
     nuevas ideas sobre los problemas sociales de la época.
     De otro lado, en segundo término, atañe también a su cultura personal el contacto con la
     España reformista de Carlos III y con el pensamiento francés de la época de donde
     resulta el precursor en la difusión de las ideas de Juan Jacobo Rousseau (1712-1778)
     en América del Sur, cuando aún vivía el filósofo ginebrino.
     Su concepción del sentido moderno de la literatura de viaje responde, por influencia o
     por coincidencia, al pensamiento de Rousseau, expuesto en su Emilio, aparecido en
     1762 y seguramente difundido en España, aunque en forma clandestina, pero que pudo
     conocer durante su permanencia en la Península entre 1768 y 1771 y en cuyo lapso
     pudo haber realizado el viaje a Francia. Por lo demás era aquélla una época llena de
     incitaciones reformistas y actuaba en Madrid y Sevilla como inspirador de ellas el limeño
     Pablo de Olavide, introductor de libros franceses y promotor de inquietudes liberales.
     Debía conocer, también Concolorcorvo las relaciones de viaje "ilustrado" que habían
     publicado Frézier en 1716 y La Condamine en 1745, a más de las relaciones de Antonio
     de Ulloa y Jorge Juan, conocidos desde 1746 y aun otras expresiones de la literatura
     europea de esa índole en relación con España y otros lugares del globo.
     El contacto con la cultura francesa se advierte ya en su estilo poblado de galicismo
     sintácticos y lexicológicos (como "clarivoyante"), en el uso de locuciones francesas sin
     traducir (fort bien, o también carnes "grillada"), pero es notorio que tal modalidad
     estilística no era "deliberada" como se ha insinuado por la crítica reciente, sino habitual
     en un hombre inficionado, por las ideas europeas de su época. La asimilación de
     Rousseau se advierte especí-ficamente en las ideas de Concolorcorvo sobre los viajes,
     calcadas del Emilio. Si bien Carrió se cuida mucho de mencionar el nombre de Juan
     Jacobo Rousseau y era en ello hombre cauto que evitaba dificultades con la Inquisición
     y si, además, tampoco su vena satírica y el punzante humorismo crítico carecían de
     directa relación con el estilo del escritor ginebrino, es indudable que Carrió había leído
     con fervor y provecho el Emilio y adoptaba en su obra, sin denunciarla, toda la teoría
     russoniana del viaje.
     En el capítulo "De los viajes" del Emilio, Rousseau apunta sentenciosamente como
     principio educativo que:




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                    "Para instruirse no basta recorrer países, se necesita saber
                    viajar. Para observar es preciso tener ojos y dirigirlos hacia
                    el objeto que se quiere conocer... Mucha diferencia hay de
                    viajar por ver países o por ver pueblos. Lo primero es
                    siempre el objeto de los curiosos, lo segundo sólo es para
                    ellos un accesorio".
     Sin duda, Concolorcorvo recoge "el tener ojos", el "saber dirigirlos" y el "ver los pueblos"
     y no sólo los países, y crea la entelequia literaria del "lazarillo" que no hace sino
     proporcionar esos ojos a quien no los tiene y específicamente los da a quienes se
     deciden por el viaje.(10)
     Decía Rousseau más adelante:
                    "Tengo por máxima indiscutible que aquel que sólo ha visto
                    un pueblo, en vez de conocer a los hombres, solamente
                    conoce las gentes entre quienes ha vivido...

                    Los viajes, mirados como parte de la educación, también
                    deben tener sus objetivos. Viajar por viajar es andar
                    errante, ser vagabundo, viajar por instruirse todavía es un
                    objeto muy vago: la instrucción que no tiene objeto
                    determinado, es nula".
     Podría ser aplicable al propio Carrió de la Vandera el juicio pintoresco de Rousseau
     respecto de los viajeros españoles:
                    "Como los pueblos menos cultivados son por lo general los
                    más cuerdos, los que menos viajan, viajan mejor: porque
                    como están menos adelantados que nosotros en nuestra
                    frívolas investigaciones y menos ocupados en los objetos
                    de nuestra vana curiosidad, ponen su atención en lo que
                    verdaderamente es útil. No conozco más que a los
                    españoles que de esta manera viajen".
     Rousseau finamente aconsejaba que el hombre debía viajar para conocer a sus
     semejantes, para estudiar en su Emilio y observar las relaciones físicas, morales y
     civiles del hombre con sus conciudadanos.
     Para Concolorcorvo la materia de viaje es así objeto de una teorización concordante con
     la de Rousseau desde las primeras páginas del Lazarillo. Según su criterio, la literatura
     de viajes es una fuente auxiliar de la historia y son éstas sus palabras:
                    "Los viajeros (aquí entro yo) respecto de los historiadores
                    son lo mismo que los lazarillo en comparación de los
                    ciegos". (p. 32, de V.G.C., 1938)
     Resultan los viajeros algo así como los ojos de la historia -el testimonio contemporáneo-
     y las memorias de viaje más veraces e informadas serían destinadas a enriquecer el
     caudal de los historiadores del futuro. En tal forma, esas memorias cumplen la función
     de "guías" para los viajeros y de "documentos" para los historiadores. Agrega
     Concolorcorvo:




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                   "Si fuera cierta la opinión común, o llámese vulgar, que
                   viajero o embustero son sinónimos, se debía preferir la
                   lectura de la ‘fabulá a la de la historia. No se puede dudar,
                   con razón, que la (historia) general extractó su principal
                   fondo de los viajeros, y que algunas particulares se han
                   escrito sobre la fe de sus relaciones".(p. 29, de V.G.C.
                   1938)
     Concolorcorvo es el gran propagandista del viaje, de ese "viaje ilustrado" cuya técnica él
     domina, y así reprocha a los peruanos -un siglo antes que lo hiciera con gran
     fundamento también el viajero alemán Middendorf, en 1890- el no tener afición por los
     viajes dentro de su país y el permanecer de espaldas a la realidad de su país y sin
     ninguna inquietud por conocerla.
                   "En este dilatado reino no hay verdaderamente hombres
                   curiosos, porque jamás he visto que un cuzqueño tome
                   postas para pasar a Lima con sólo el fin de ver las cuatro
                   prodigiosas PPPP, ni a comunicar ni oír las gracias del
                   insigne Juan de la Coba, como asimismo ningún limeño
                   pasa al Cuzco sólo por ver el Rodadero y la fortaleza del
                   Inca, y comunicar el coxo Nava, hombre en la realidad raro,
                   porque, según mis paisanos, mantienen una mula con una
                   aceituna"(p. 15, de V.G.C., 1938).
     En tal forma, corresponde a Concolorcorvo el título de ser la primera expresión del "viaje
     ilustrado" en América, a más de dos siglos de distancia, se leen hoy las páginas del
     Lazarillo como si fuera una obra contemporánea, dada su donosa pintura de la realidad
     de la vida social peruana y americana ágil e ingeniosamente expresada, con giros
     directos y con tan fino conocimiento del medio -incluso de las lenguas indígenas como el
     quechua y el aimara-, que llegó incluso a engañar a la posteridad, creída en la
     superchería de su condición de indio mestizo.
     Esa disposición por el estudio de las realidades vividas, su distanciamiento de los
     placeres retóricos, su racionalismo un tanto ácido, lo perfilan como un hombre de la
     Ilustración, dueño de una concepción del mundo un tanto extraña todavía a sus
     coetáneos. Por eso repudia Carrió la erudición y la retórica de autores como Peralta, a
     quienes acusa de haber actuado sin directo contacto con los problemas del país,
     propiciando Concolorcorvo un cambio de actitud, y anticipándose al nuevo enfoque de
     los problemas del Perú que él iniciaría. Así dice Carrió, quince años más tarde, la
     generación de criollo, editora y colaboradora del Mercurio Peruano.
                   "Si el tiempo y la erudición que gastó el gran Peralta en su
                   Lima Fundada y España Vindicada, lo hubiera aplicado a
                   escribir la historia civil y natural de este Reino, no dudo que
                   hubiera adquirido más fama, dando lustre y esplendor a
                   toda la monarquía, pero la mayor parte de los hombres se
                   inclinan a saber con antelación los sucesos de los países
                   más distantes descuidándose enteramente de los que
                   pasan en los suyos"(p. 26, edición V.G.C., 1938).



40
     Carrió recoge y pone en acción estos enunciados, como son «el tener ojos», el «ver los
     pueblos» y no sólo los países, y crea la ficción literaria del «lazarillo» que cumple la
     misión de proporcionar ejes a quienes no los tienen y ojos distintos al viajero que se
     propone escribir impresiones. Por lo demás, Carrió se preocupa de consignar sus
     observaciones acerca de los hombres y de las sociedades que recorre y de las
     características de la naturaleza que los rodea y de las instituciones creadas por la acción
     humana. La América Meridional resulta un conglomerado de virtudes y defectos
     señalados con ojos sagaces, curiosos y analíticos. Carrió se revela dominador de la
     técnica del «viaje ilustrado», en la segunda mitad del siglo XVIII y acaso inaugura la
     actitud de estudiar la realidad próxima antes que el carácter de países distantes; la patria
     americana, la «idea» del Perú, en vez de detenerse en elucubraciones abstractas o
     retóricas. Es el precursor en la lúcida recepción del impacto rusoniano en el Perú y en
     América Meridional.
     El Mercurio Peruano célebre revista de ideas (11)
     Aparecida en Lima entre 1791 y 1794, se registran las inquietudes de la época y se
     puede advertir, entre sus colaboradores, una inquieta y admirativa lectura de la obra de
     Rousseau, sobre todo de sus primeros trabajos. Una mención anónima remite al autor
     de Origen y fundamento de la desigualdad entre los hombres con estos términos: "al que
     Voltaire intituló nuevo libro contra el género humano». En una «Disertación (también
     anónima) sobre el Real Hospicio de Pobres», se agrega lo siguiente: «si bien este genio
     sublime e infeliz varió siempre, inconstante y ligero, aseguró en otra ocasión que el linaje
     humano permaneció largo tiempo en el estado de ferocidad» (MP, IV, p. 138). En una
     monografía sobre «Historia del descubrimiento del cerro de Potosí» (MP, VII, p.28) se
     cita el Discurso sobre el restablecimiento de las ciencias y las artes dicho por Rousseau
     en la «Academia de Dijon» se afirma que ha contribuido a «depurar las costumbres».
     Más adelante se sostiene que «Rousseau no ha perdido nada de sus glorias por haber
     confesado públicamente los defectos de su conducta». (Carta enviada al MP, VIII, p. 18).

     Estas referencias demuestran que a pesar de la censura inquisitorial, Rousseau era
     leído con detenimiento y fervor, y que sus ideas estaban muy presentes en el ánimo de
     quienes colaboraban en ese periódico, no obstante la naturaleza clandestina de la
     lectura y comentario de sus textos.
     III. Rousseau en el momento de la Independencia
     Más de cincuenta años después de la aparición del El Contrato social (1762), y cuatro y
     media décadas despúes de la aparición del libro de Carrió, (1776), la declaración de la
     Independencia del Perú, proclamada por José de San Martín, en Lima (1821), se
     sustentaba en «la voluntad general de los pueblos», postulado genuinamente rusoniano
     contrario al derecho de origen divino de las monarquías absolutas.
     Pero ya antes de ese acontecimiento, un precursor peruano de la emancipación
     americana, el jesuita expulso Juan Pablo Viscardo y Guzmán (1748-1798) muestra ya la
     asimilación del pensamiento de Rousseau en su célebre Carta a los españoles-
     americanos de 1792. Al respecto César Pacheco Vélez ha apuntado sagazmente:
                    «Aunque Rousseau no aparezca citado en la Carta, las
                    ideas del Contrato social, la soberanía y el «buen salvaje»
                    se encuentran en su texto mezcladas, yuxtapuestas o



41
                   revistiendo otras doctrinas políticas; el hecho es que la
                   adscripción de Viscardo principalmente al pensamiento del
                   ginebrino... fue también hecha al tiempo en que el célebre
                   panfleto empezaba a difundirse». (12)
     En el proceso seguido al prócer Toribio Rodríguez de Mendoza (1750-1825) por su
     gestión en el Convictorio de San Carlos, en 1817, se le acusaba de hacer familiares a
     sus alumnos
                   «el Febrero, el Pereyra, el Montesquieu, el Rousseau, etc.»
                   (13). En su cátedra estaban latentes las ideas de
                   Rousseau captadas en forma directa o a través de un
                   comentarista español como el benedictino Benito Feijoo,
                   curioso contradictor del Discurso sobre las Ciencias y las
                   Artes. (Cartas eruditas, tomo IV, 1752).
     Es evidente también que el pensamiento de Rousseau hizo impacto en Pablo de Olavide
     (1725-1803), el afrancesado y afortunado traductor de Voltaire y otros autores franceses.
     Tanto en sus novelas «morales», que recientemente hemos hallado, como en algunos
     párrafos de El Evangelio en triunfo, de 1796, y precisamente en los capítulos supresos
     por la censura eclesiástica, es notoria su asimilación de las ideas del Emilio. (14)
     En el Mercurio Peruano de 1791-94 se puede advertir el eco de algunas ideas de El
     Contrato social y del Discurso sobre la desigualdad, aunque prudentemente se
     silenciaba el nombre del autor, para evitar complicaciones con la censura oficial o la
     inquisitorial.
     Por esos años de fines del XVIII y comienzos del XIX, la Inquisición de Lima procesó
     algunos tenedores o lectores de las obras de Rousseau, Voltaire y otros autores
     franceses que figuraban en el índice Romano.
     La inquietud nacionalista de José Baquíjano y Carrillo (1751-1818) redactor del Mercurio
     Peruano y maestro de conspiradores en pro de la independencia, toma igualmente
     aliento en las páginas de El Contrato social, leídas subrepticiamente para burlar la
     censura inquisitorial.
     Es más explícito en su inspiración libertaria don José de la Riva Agüero y Sánchez
     Boquete (1783-1858), precursor ferviente de la independencia, cuyo famoso folleto
     Manifestación histórica y política de la Revolución de América (15) contiene la
     sustentación de las 28 causas justificatorias de la Independencia, reforzada con citas
     reiteradas y explícitas de Rousseau y Montesquieu, como autores básicos, invocados
     con toda entereza para afirmar los principios de reforma y revolución americana.
     Entrado el siglo XIX, el impacto de Rousseau se hace más general y visible. Los
     primeros periódicos republicanos incorporan pensamientos expresos de Rousseau como
     lema o epígrafe, al lado de sus titulares. En El Republicano de 1822, se puede advertir
     ostensible un pensamiento del Emilio: «No hay sujeción tan completa como la que
     conserva las apariencias de libertad, porque así está la misma cautiva».
     José Faustino Sánchez Carrión (1878-1825) el apologista de la república, como forma
     de gobierno, destaca la ideología rusoniana como base de sus campañas en la tribuna
     de la Constituyente de 1822, en las deliberaciones de la Sociedad Patriótica y en las
     páginas de La Abeja republicana, donde proclama «al célebre Rousseau» como "el
     oráculo de los filósofos que se titulan ilustrados", y glosa su frase admonitoria:


42
                    "Mientras un pueblo se ve forzado a obedecer y obedece,
                    hace bien en ello; pero si pudiendo sacudir el yugo no lo
                    sacude, hace mucho mejor, porque adquiriendo la libertad
                    por el mismo derecho que se le ha robado, no tiene tanto
                    fundamento para recobrarlo o no hubo ninguno para que se
                    lo quitaran". (16)
     En el mismo periódico y dentro de su "Carta primera del Solitario de Sayán", Sánchez
     Carrión señala el valor fundamental de la obra política de Rousseau:
                    "El Pacto Social, pequeño folleto a la verdad pero tan
                    prodigioso como la pedrezuela que derribó la gigantesca
                    estatua del rey de Asiria, gracias al venturoso ciudadano
                    de Ginebra que enseña a aplicar el arte de discurrir al de
                    obedecerse a sí mismo, dentro de las instituciones
                    sociales".(17)
     La penetración de Sánchez Carrión en la médula del pensamiento de Rousseau llega a
     su plenitud en la enorme tarea que se impuso para coronar la obra de construir
     ideológica y legislativamente la república, como Secretario General, Ministro y consejero
     de Bolívar.
     4. Manuel Lorenzo de Vidaurre en la onda de Rousseau
     Los autores que estructuran fundamentalmente el pensamiento de Manuel Lorenzo de
     Vidaurre (1773-1849) fueron franceses, cuya lengua Vidaurre había aprendido de niño y
     perfeccionado en el Convictorio de San Carlos.
     En esas aulas, Vidaurre había saciado su curiosidad en los tratados modernos de
     Montesquieu y Rousseau, en las cartas de Voltaire o en los ensayos de D’Alembert. Esa
     familiaridad con la lengua francesa se hubo de intensificar durante su primera estada en
     Europa, de 1810 a 1811, cuando adquiere el dominio de su expresión oral, que tan útil le
     será en su segundo y tercero viajes. Sus lecturas francesas las califica él como "mi
     locura por el estudio de los filósofos modernos"(Cartas, I, 251). (18) La excitación de su
     interés renovado por la lectura y la ebullición de sus ideas, a veces contradictorias y
     heréticas, harán decir a su confesor: "La continuada lectura de obras extranjeras a
     nuestro país y religión ha viciado un talento". Pero de tal inquietud intelectual justamente
     surgiría una obra intelectual gigantesca en la multiplicidad de sus proyecciones y
     aspectos en los campos diversos de la cultura, el derecho, la economía, la sociología y
     la literatura.
     Vidaurre parece haber asimilado también, a tenor de sus referencias o exactas citas, a
     los autores neo-clásicos franceses y otros anteriores desde Montaigne, Bossuet,
     Fontenelle, Fenelon, Racine, Voltaire, Raynal, Condillac, llegando hasta Montesquieu,
     D’Alembert, Rousseau y Bernardino de Saint-Pierre.
     Por ello, Vidaurre es tal vez, después de Olavide, o superándolo, el representativo más
     conspicuo del influjo de las letras francesas sobre la literatura peruana, durante la
     primera mitad del siglo XIX. El romanticismo habrá de acentuar la intensidad de ese
     influjo a partir de 1850, en una legión de nuevos escritores. Persistirá con latencia
     vivísima esa influencia en la última parte de dicho siglo y en los comienzos del veinte
     (XX) para ceder el paso al influjo sajón más acentuado en los últimos 50 años.




43
     El culto de Juan Jacobo Rousseau parece dominante y exclusivo en la formación de
     Vidaurre. Es el autor más recurrido en su pensamiento literario y político. Influye en su
     estilo y también en la secuencia de su ideología liberal, al lado de Montesquieu. Designa
     a Rousseau con los apelativos más diversos: "el filósofo de Ginebra", "el ciudadano de
     Ginebra", "el autor de la Nueva Eloísa". En efecto, la huella más profunda es dejada por
     la novela epistolar de Rousseau -aquella que abre caminos a la novela europea del
     romanticismo- La nueva Eloísa (1761), la que inaugura un nuevo estilo en la narrativa
     europea e imprime un rumbo nuevo a la sensibilidad del lector. (19) Vidaurre se identifica
     con el sentido de la obra de Rousseau, en medio de sus problemas sentimentales y dice
     exaltado:
                    "Yo renuevo al amante de La Nueva Eloísa.

                    Oye mi confesión: sincero es mi arrepentimiento,
                    perdóname y compadéceme: da a conocer al Universo que
                    el poema de Rousseau no peca contra la verosimilitud.
                    Nunca te amo tanto como hoy. Confieso que sólo tú me
                    puedes hacer feliz ... Mi dicha consiste en llegar a los
                    brazos de mi amada". (Cartas, I, p. 14).
     Y también lo toma como modelo para enrumbar su propia conducta:
                    "Rousseau, Rousseau, qué bien dijiste:

                    el que disimula no debe beber. Era la ocasión (durante un
                    banquete) de estar muy alerta, "todos tenían los ojos fijos
                    sobre mí". (Cartas, I, p. 443, tomo II, ed. CNSIP, 1972).

                    "Rousseau al llegar a los cantones suizos, besó la tierra de
                    un país libre; yo lo debía haber hecho al entrar en la
                    bellísima Nueva York el 13 de diciembre. El ejemplo de ese
                    filósofo me hace temer en todas partes a todos los
                    hombres". (Cartas, II, p. 342)

                    "La historia de mi vida se contiene perfectamente en mis
                    cartas. Yo deseaba como San Agustín y Rousseau, formar
                    mis confesiones". (Cartas, II, cit. p. 262)
     Sus propias Cartas Americanas, al asumir la forma epistolar, toman de Las Confesiones
     de Rousseau, el tono confidencial, en parte el motivo amatorio, con todos sus desbordes
     pasionales, y luego con carácter insistente, las disertaciones morales, las digresiones
     sobre religión, moral y política, las consideraciones sobre la naturaleza, el tópico
     subjetivista. Aunque no tengan sino en parte carácter novelesco, las Cartas Americanas
     de Vidaurre deben reconocer en La Nueva Eloísa y en Las Confesiones, su modelo más
     cercano e indiscutible. Pero agrega Vidaurre la nota fresca de tropicalismo americano, la
     desenvoltura y el descuido formal y la expresión de sus personales enunciaciones de
     actitud =y postura políticas, su circunstancia personal muy definida, su locuacidad
     ingobernable ...
     De "el filósofo de Ginebra" ha asimilado Vidaurre además la ideología política, la doctrina
     de la soberanía del pueblo y de la libertad del individuo. Desde las aulas de San Carlos


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     ha nacido su afición por El contrato Social, leído clandestinamente en las clases de
     Toribio Rodríguez de Mendoza, al igual que El espíritu de las leyes de Montesquieu.
     No solamente en sus Cartas, sino en los Discursos, en sus Manifiestos, en sus alegatos
     y en sus proyectos de legislación, resplandece la clara doctrina liberal del famoso
     ginebrino. Con él se siente identificado en cuerpo y espíritu cuando exclama: "Rousseau
     y Vidaurre son perseguidos porque tienen los mismos sentimientos ..." (Cartas, II, p. 63).
     Las ideas de Rousseau calan hondamente en su pensamiento social, desde mucho
     antes de su llegada a Francia. En carta escrita en Lima, alrededor de 1817, revela que:
                   "Al meditar sobre los objetos de las artes y las ciencias,
                   muchas veces estuve por decidirme por la opinión de Juan
                   Jacobo Rousseau. Creía al hombre virtuoso por naturaleza,
                   perverso por los estímulos de la sociedad". (Cartas, I, p.
                   154).
     Pero en 1820 ya no se aparta del pensamiento rusoniano. De Rousseau capta luego
     Vidaurre igualmente la actitud del autor de Las Confesiones, cuando en sus restantes
     cartas diserta sobre los mismos temas gratos al maestro: el matrimonio, el amor a los
     hijos, el arrepentimiento ante el error, la confesión pública de vicios y virtudes.
     Aunque antes, en El Plan del Perú de 1810, adhiere a la idea de la importancia del
     teatro, en desacuerdo con Rousseau:
                   "Conclúyanse las disputas (sobre teatro) entre D’Alembert
                   y Rousseau; los teatros son necesarios. No se representen
                   las comedias que critica el filósofo de Ginebra; pero sí
                   aquellas que el sabio admira y hacen el gusto del hombre
                   sensible; donde no hay teatros, hay muchos
                   lupanares".(20)
     Pero el influjo de Rousseau sobre Vidaurre tomará además otro camino, una ruta
     indirecta, la de su coetáneo, amigo y discípulo Saint-Pierre.
     Vidaurre puso tempranamente en relieve la obra Pablo y Virginia de Bernandino de
     Saint-Pierre (1737-1814), con quien compartió Rousseau las ideas de un precoz
     romanticismo, basado en el amor a la naturaleza en estado primitivo, lo cual desarrolla
     tanto en su idílica narración Pablo y Virginia (1787) como en sus Estudios de la
     naturaleza (1784) y Armonías de la naturaleza (1796). Vidaurre traduce con familiaridad
     el nombre del autor y escribe repetidamente Bernandino de San Pedro en sus Cartas
     Americanas.
     En Pablo y Virginia, novela sentimental e idílica, repara Vidaurre en sus momentos más
     angustiados y fatigado de los problemas de la vida dice:
                   "¡Quién me diera aquella chocica que describe Saint-Pierre
                   y limitara mis sentimientos a los de su dichoso dueño!"
                   (Cartas, II, p. 102).
     En el pensamiento de Vidaurre se vinculan los idilios célebres como los de Abelardo y
     Eloísa, La Nueva Eloísa y Pablo y Virginia, enlazadas a sus propios tormentos
     sentimentales:




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                    "Eloísa y Abelardo, esos héroes del amor, que supieron
                    sostener la actividad de la llama entre la nieve y el hielo de
                    la separación y la impotencia: esos maestros de fidelidad,
                    cuyas doctrinas prometimos seguir eternamente. Apenas
                    los reconozco cuando un frío intempestivo se extiende por
                    todo mi cuerpo. Aquellas dos estatuas -que perpetúan a los
                    amantes eternos en el cementerio parisino de Pére
                    Lachaise- tendidas e inmóviles me causaron un espanto en
                    que se reúnen el temor y el deseo". (Cartas, II, p. 181)
     En Saint-Pierre personifica Vidaurre la tragedia de los amantes sujetos a la tortura de la
     separación que hace preferir la solución de la muerte en donde puedan las almas
     juntarse eternamente. Pero del mismo autor deriva su exaltación del paisaje y la
     naturaleza como reflejo de los estados íntimos del alma, latente en otras páginas de las
     Cartas americanas.
     Otro hombre de la generación de Vidaurre, Hipólito Unanue (1755-1833) médico,
     científico y estadista, parece también asiduo lector de Saint-Pierre, pero de obra menos
     sentimental como los Estudios de la naturaleza, al tratar del elogio de una figura
     científica como Antonio de Pineda y entonces Unanue dice:
                    "Se lamentaba un filósofo digno de este título de que los
                    robustos pinos con que la naturaleza había proveído al
                    hombre, para que navegando en ellos del uno al otro
                    continente, se facilitase el comercio de entrambos, se
                    auxiliasen mutuamente con sus producciones y riquezas y
                    de todo el mundo se formase una sola sociedad de
                    hermanos; el europeo les había convertido en Etnas que
                    llevaban el estruendo, la desolación y la miseria a las
                    infelices costas del Asia y América. Pero las expediciones
                    científicas deben borrar las tristes memorias de las
                    expediciones de sangre". (21)
     Saint-Pierre fue lectura constante en el siglo XIX. Coincidía con las efusiones
     sentimentales del romanticismo. Que tuvo buen éxito popular lo prueba el hecho de que
     Pablo y Virginia todavía en 1898 y 1899 se reprodujo como folletín del diario El País
     (Lima, de noviembre 2 de 1898 a diciembre 12 de 1899).
     Por lo demás, Hipólito Unanue como lector asiduo de Rousseau, siguió, según Juan B.
     Lastres- (22) - su pensamiento en "la contemplación de la naturaleza con ojos de
     científico", revelado en su obra El clima de Lima (1806) y más tarde, en otros momentos,
     al actuar como político.
     En su discurso de 1822 dicho en la Constituyente, sostiene Unanue que "Rousseau se
     había explicado juiciosamente cuando escribió que el carácter primero de las leyes era
     su flexibilidad".
     Pero el pensamiento de Manuel Lorenzo de Vidaurre retorna y recae siempre sobre las
     ideas rusonianas, que a su vez informan toda la ideología literaria y política de la
     Ilustración y se mantiene latente en aquella concepción del "salvaje feliz" en la literatura
     francesa y europea desde la aparición del Robinson de Defoe y luego en las ficciones de
     Voltaire, de Madame de Graffigny y de Marmontel.


46
     Vidaurre fue el más apasionado lector de Rousseau desde sus años juveniles. Las
     huellas de esas lecturas se evidencian con sus citas explícitas e implícitas del Contrato
     social, de La Nueva Eloísa, de Las Confesiones y del Emilio, cuyo mensaje del párroco
     saboyano lo inflama de entusiasmo. Toda su obra aparece penetrada del espíritu del
     ginebrino insigne.
     La fervorosa recepción de Rousseau por los fundadores de la República se mantuvo a
     los largo del siglo XIX, tanto en el espíritu de la corriente romántica, cuyos adláteres
     admiraron las efusiones sentimentales de La Nueva Eloísa, como en los políticos más o
     menos fieles a las instituciones de El Contrato social, y como en la enseñanza
     universitaria dentro de las disciplinas de derecho, historia, literatura y pedagogía. Sobre
     todo, el Emilio adquiere una difusión amplísima hasta el siglo XX, en la inspiración y
     orientación de la enseñanza, como lo demuestra entre otras, la tesis doctoral de Enrique
     Maravoto (La obra pedagógica de Rousseau y del alemán J.F. Herbart, Lima, Imp. El
     progreso, 1916) y el Homenaje a los 250 años de su nacimiento (Homenaje a Rousseau,
     Lima, Imp. de la Univ. Nacional Mayor de San Marcos, 1963, separata de la Revista
     Educación, Nº 25) con trabajos de exégesis y difusión a cargo de Augusto Salazar
     Bondy, Emilio Barrantes y Alfredo Rebaza Acosta.
     Habría que agregar como síntesis útil el ya citado ensayo que en 1958 publicó un
     médico humanista, Juan B. Lastres, sobre el impacto social del pensamiento rusoniano.
     El interés por el contenido pedagógico del pensador de Ginebra se evidencia igualmente
     gracias a las sucesivas ediciones peruanas del Emilio y la educación (Lima, Edit.
     Universo 1970, 2 volúmenes, repetida en 1974 y 1977, además de otra impresión: Lima,
     Edit. Mercurio, 1971). Destaca en la primera el prólogo crítico de Roberto Koch.
     La lectura de las obras de Rousseau constituyó tal vez una aportación más positiva que
     la de la obra de Voltaire, tanto en lo político (con el mensaje de El Contrato Social )
     como en lo pedagógico (con el texto del Emilio). Voltaire constituyó más un impulso
     incitativo que constructivo. Rousseau fue más allá, sobre todo en sus fórmulas para la
     nueva organización política (la soberanía del pueblo) y además en el impulso hacia la
     formación del hombre libre, ya que la educación redime de la ignorancia y ésta
     entrañaba, según el ideólogo, la entronización de la dependencia y el despotismo. De los
     tres lemas de la Declaración de los derechos del hombre, correspondió a Voltaire haber
     incitado a conseguir la Libertad, en tanto que los ideales de Igualdad y Fraternidad
     fueron esencialmente fundamentados por el genio visionario de Rousseau.

     Notas Bibliográficas
     (1) Basadre, Jorge, Meditaciones sobre el destino histórico del Perú, Lima, Ed.
     Huascarán, 1947, p. 223.
     (2) Rousseau, J. J., Discurso sobre la desigualdad, en Oeuvres complétes, tome I, París,
     1861.
     (3) De Paw, Cornelio (1739-1799), Recherches philophiques sur les Américaines. Berlín,
     1768-69.
     (4) Raynal, Guillermo Thomas (1713-1796), Histoire philosophique et practique des
     establissements et du Commerce des Européens dans les deux Indes. París, 1770.
     (5) Rivera Martínez, Edgardo. El Perú en la literatura de viaje europea de los siglos XVI,
     XVII y XVIII, Lima, UNMSM, 1963, p.84.




47
     (5 bis) La historiografía americana empieza a fines del XVIII a tomar cuerpo con los
     textos ajustados a la realidad histórica y alejados de la fantasía y del elucubrar
     imaginario, en autores como William Robertson (1721-1793), Joachim Heinrich Campe
     (1746-1818) y Julius Soden (1754-1831), autores respectivamente de los primeros textos
     orgánicos de esa materia: History of America, Londres, 1777, Die Entdeckung von
     Amerika (Kolumbus-Cortes-Pizarro). Braunschweig, 1790, 3 vols. y Die Spanier in Peru
     und Mexiko, Berlín, Friedrich Maurer, 1794, 2 vols. La primera se tradujo muy pronto al
     francés y castellano y la segunda al inglés, francés y castellano, (1798).
     (6) Frezier, Amedée François, Relation du voyage a la Mer du Sud aux cotés du Chili et
     du Pérou. París, 1716.
     La Condamine, Carlos María de, Relation abregée d’un voyage fait dans l’interieur de
     l’Amerique Meridionale. París, 1745.
     (7) Anson, George. A voyage round the world in the years 1740-1744, published under
     the direction by Richard Walter, London, J. & P. Knapton, 1748, 548 p.
     (8) Rousseau, JJ., La nouvelle Heloise, en Oeuvres complétes, tome II, París, Firmin
     Didot et Cie., 1861.
     (9) Carrió de la Vandera, Alonso. El lazarillo de ciegos caminantes, Gijón, 1773. Cuarta
     edición, Barcelona, Ed. Labor S.A., 1973, 493 p. con prólogo de Marcel Bataillon. Dicho
     prólogo se incluye en la recopilación de emsayos de Bataillon referente al Perú colonial
     que recogió y prologó Alberto Tauro: M. Bataillon, La Colonia: ensayos peruanistas.
     Lima, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima, 1995.
     (10) Núñez, Estuardo. La imagen del mundo en la literatura peruana, México; F.C.E.,
     1972. Véase también la edición peruana del libro de Carrió, con prólogo y acotaciones
     de Ventura García Calderón, París,Editorial Brouwer, vol. 6, 1938. (Biblioteca de la
     Cultura Peruana)
     (11) Mercurio Peruano, edición facsimilar, Lima, Biblioteca Nacional del Perú, 1967, 12
     vols.
     (12) Pacheco Vélez, César, en prólogo al volumen Los ideólogos, vol. I, tomo I, de la
     Colección Documental de la Independencia del Perú, Lima, 1970.
     (13) Véase: Porras Barrenechea, Raúl. "La biblioteca de un revolucionario: Sánchez
     Carrión", en Mercurio Peruano, Nº 193, Lima, 1943.
     (14) Olavide, Pablo de. Obras narrativas desconocidas, ed. de Estuardo Núñez, Lima,
     Biblioteca Nacional del Perú, 1972. Véase también: Núñez, Estuardo, El Nuevo Olavide,
     Lima, Talleres Gráficos P.L. Villanueva, Lima 1972 y Pablo de Olavide, Obras selectas,
     Lima, Banco de Crédito del Perú, 1987, (prólogo de E.N.)
     (15) Riva Agüero y S.B., José. Manifestación histórica y política de la Revolución de
     América, Buenos Aires, Imp. de los Expósitos, 1818.
     (16) La Abeja Republicana, Lima, 24.10.1822.
     (17) La Abeja Republicana, Lima, 22.12.1822.
     (18) Vidaurre, Manuel Lorenzo. Cartas Americanas. Filadelfia, Imp. J. Francisco Hurtel,
     1823, 2 vols.
     (19) Vidaurre había leído La Nouvelle Héloise en alguna edición francesa, pues la
     primera versión castellana del abate José Marchena sólo apareció, abreviada y anónima,
     en Bayona, en 1814, con el título alterado Julia o la nueva Eloísa. Entre 1836 y 1837 se
     publicó completa por primera vez en España la mencionada novela, en traducción de
     José Mor de Fuentes (75 años después de la edición príncipe francesa). La primera


48
     versión castellana de El Contrato Social apareció también tardíamente en Filadelfia (Imp.
     de M. Carey e hijos) en 1821.
     (20) Vidaurre, M. L., Plan del Perú, ed. de la C.N.S.I.P., 1872, p. 181.
     (21) Unanue, Hipólito, "Elogio histórico de don Antonio de Pineda y Ramírez" en
     Mercurio Peruano, Lima, Diciembre de 1828, p. 25. Se trata del periódico del mismo
     nombre, dirigido por Felipe Pardo y Aliaga.
     (22) Lastres, Juan B. El pensamiento de Rousseau en el Perú, Guatemala, C.A., 1958.




49
     V




     La Narrativa "Moral": Marmontel
     Una nube sombría parece haber cubierto en buena parte de los siglos XIX y XX la figura
     y la obra de Jean François Marmontel (1723-1799) al punto que ya no existen ediciones
     modernas de sus obras ni en su mismo país de origen. Su nombre queda ahora en el
     archivo de los eruditos y sus obras casi olvidadas, en los anaqueles de las rarezas del
     siglo XVIII. Sin embargo, para los latinoamericanos, Marmontel sigue teniendo una
     significación latente en la historiografía literaria o ideológica vinculada al impacto de la
     cultura francesa en la formación de las nacionalidades, surgidas en el Nuevo Mundo a
     comienzos del siglo XIX. La literatura comparada registra su nombre entre los más
     preclaros receptores de la imagen latinoamericana en las letras francesas, de lo cual es
     testimonio fehaciente un libro suyo en dos volúmenes titulado Los Incas ou la destruction
     de l’empire du Pérou (París, chez Lacombe, 1777) el cual mereció en su momento cerca
     de 50 ediciones y una difusión universal gracias a su traducción al castellano (1822), al
     inglés (1777), al italiano (1778), al alemán (1783), a más de la adaptación al inglés, en
     forma de ópera.

     Podrían ser válidas para el caso de Marmontel en el Perú la que señaló M. Defourneaux
     sobre la suerte del mismo autor en España (1), quien afirma que sus tres obras más
     significativas y que le dieron fama: su novela Belisario, los Cuentos Morales y Los Incas
     fueron rigurosamente condenadas por la Inquisición, pero no obstante suscitaron los
     juicios más favorables y entusiastas en una minoría ilustrada de autores españoles.

     En efecto, rastreando en las bibliotecas peruanas inventariadas de la época y en las
     historias de la Inquisición de Lima, de Medina y de Palma (2) se puede hallar con cierta
     insistencia la mención de las obras de Marmontel en poder de los notables ilustrados
     limeños censurados por la Inquisición, como Santiago Urquizu, el Padre Diego de
     Cisneros, don José Baquíjano y Carrillo, Manuel Lorenzo de Vidaurre, José Faustino
     Sánchez Carrión, etc., ideólogos de fines del XVIII y comienzos de XIX.

     Vale anotar que si bien no es muy frecuente la referencia en los procesos a Los Incas o
     los Cuentos morales, en cambio aparece con especial énfasis la persecución inquisitorial
     de la novela Belisario, que parece la lectura clandestina predilecta, tanto como la



50
     Enciclopedia francesa, las Cartas de Abelardo y Eloísa, la Enriada, La doncella de
     Orleans y la Zaira de Voltaire, La religiosa de Diderot y Le sopha de Crébillon.

     No hay mención de los Contes moraux ni del Belisario ni de Les Incas, en el Mercurio
     Peruano de 1791-94. En cambio sí existen, desde fines del XVIII, sus rastros en algunas
     bibliotecas de los ilustrados limeños como el Marqués de Soto Florido (1732-1792) y a
     comienzos del XIX, en la de un prócer de la Independencia, como Sánchez Carrión.

     Belisaire (1767) es en verdad un cuento moral y político más extenso que los otros
     escritos por Marmontel. En menos de un año se editaron en toda Europa más de 40,000
     ejemplares de esa obra. Generó una polémica entre adversarios y defensores, una
     verdadera querella literaria e ideológica. Es curioso anotar que años después un autor
     suizo-alemán Heinrich Tschokke escribió una bibliografía novelesca de Olavide, en
     alemán, y le puso por título; Olavides (sic), der neue Belizar (Olavide, el nuevo Belisario)
     (3).

     No había concluido la polémica antedicha, cuando Marmontel dio comienzo a la
     composición de Les Incas (1777) obra destinada a combatir el fanatismo religioso. De tal
     suerte Les Incas son la continuación natural de Belisaire, pero en más alto nivel y
     situación más concreta, pues señala el fanatismo que inspiró a las huestes
     conquistadoras españolas en México y en el Perú.

     Marmontel tuvo el acierto de poner en acción el pensamiento de Montesquieu:

                    "La Religión proporciona a quienes la profesan, un derecho
                    de reducir a la servidumbre a aquellos que no la profesan.
                    Esta manera de pensar animó a los destructores de
                    América y a sus crímenes. Sobre esta idea ellos fundaron
                    el derecho de reducirlos a la condición de pueblos
                    esclavos; y así éstos que fueron absolutamente ladrones y
                    cristianos, eran muy devotos". (4)
     Voltaire había sostenido algo parecido o semejante, en su Cándido. Hubo en Los Incas y
     en Belisario, no sólo una admonición elocuente en favor de la tolerancia, sino también el
     planteo de la cuestión de los votos religiosos de los bienes eclesiásticos y de su empleo.
     De otro lado, Les Incas, según Lener, "es la mejor novela épica o poema en prosa que
     nuestra literatura (la francesa) ha producido desde el Telémaco de Fenelon hasta Los
     Mártires de Chateaubriand". (5)
     Marmontel demoró 10 años en escribir su obra y según él mismo dice:
                    "Tiene demasiada verdad para ser un poema y mucho de
                    poesía para ser una historia. No he tenido la pretención de
                    hacer un poema. Dentro de mi plan, la acción principal no
                    ocupa sino poco espacio" ... (prefacio de Les Incas).
     Para la confección de su "novela" Los Incas (6), Marmontel debió acopiar una
     información bastante amplia, para su época, acerca de las culturas inca y azteca,
     tomada al parecer de Garcilaso el Inca, Herrera y Las Casas, entre otros autores. Lo
     característico en Los Incas es la extraña mezcla de elementos aztecas e incaicos en una



51
     misma trama, con prescindencia no sólo de la noción del tiempo sino también de la
     noción de espacio. No importa nada que lo mexicano suceda en el Perú o que lo
     peruano suceda en México, ni significa nada, en la inspiración marmonteliana, la enorme
     distancia que media geográficamente entre un pueblo y el otro, ni las diferencias
     esenciales de sus circunstancias humanas e históricas. En esa actitud de
     desconocimiento de precisiones y de transmutación de las realidades espaciales y
     temporales, no es único Marmontel. Participan de la misma el propio Voltaire ya
     mencionado, quien mezcla elementos de diversas procedencias americanas tanto como
     otros autores que los habían precedido como Sieur du Rocher (L’indienne amoreuse) y
     Gomberville en Polexandre (1627) y también los artistas ilustradores y dibujantes que
     agregan a una realidad hipotética (según puede verse en las ilustraciones que
     acompañan el texto de Marmontel y otros libros de la época) elementos y arreglos
     caprichosos y deliciosamente ingenuos.
     No debe descartarse el criterio de que en esa obra (aparecida 12 años antes de la
     Revolución liberal en Francia y en el mismo año de la Revolución de las colonias
     inglesas de Norteamérica) Marmontel, al igual que Rousseau, Voltaire y Diderot, en la
     misma Francia, y antes que Defoe y Swift en Inglaterra, intentó realizar un texto de
     ataque a la situación social francesa, que ya era crítica en ese momento.
     Los Incas o la destrucción del imperio del Perú es obra de un género mixto y un tanto
     arbitrario. Tiene elementos de historia, bastante confusos y en desorden. Sobre todo el
     primer tomo, incorpora datos y noticias, a veces sin correlación y sin respeto por la
     cronología, del proceso de la conquista en las Antillas, Centro-américa, México y Tierra
     firme, a base de los testimonios de Bartolomé de las Casas y Antonio de Herrera. En el
     segundo tomo, la acción se desarrolla entre Panamá y el Perú; el retrato se hace más
     novelesco pero con personajes históricos, como Pizarro y Almagro y ficticios como
     Alonso de Molina y Cora, la virgen del sol, en distintos ambientes, predominando el
     Cuzco, con sus palacios y el templo del Sol. Alonso de Molina era homónimo de uno de
     los 13 compañeros de Pizarro en la isla del Gallo.
     El episodio novelesco principal, o sea el coloquio amoroso entre Molina y Cora, que tuvo
     gran resonancia literaria entre innumerables creadores europeos, con múltiples
     variantes, termina con la muerte de ambos protagonistas. La fuente principal es sin duda
     Garcilaso de la Vega Inca y también los cronistas Cieza, Agustín de Zárate, y en gran
     medida, Benzoni. Se agrega además un episodio en las islas del Mar del Sur,
     principalmente en Tahití, utilizando los relatos de Bougainville, de Leonel Wafer y Des
     Brosses. (7) En otros momentos, se menciona también como fuente geográfica a La
     Condamine. La cronología del relato abarca desde el descubrimiento (1492) hasta la
     muerte de Pizarro (1541).
     Los historiadores, como el contemporáneo Louis Baudin (8), han repudiado el relato de
     Marmontel como inverosímil y fantasioso. Entre los literatos la obra tuvo mayor fortuna,
     pues se convirtió en una fuente de inspiración a propósito de la figura de Cora, cuyo
     arquetipo se repitió hasta mediados del siglo XIX, (9) y en lo demás, parece haber
     impresionado en algunos aspectos a Chateaubriand. Su actitud general es anti-
     española, contra el conquistador y el fanatismo que trajo consigo y a favor de los
     indígenas americanos. Contribuyó a consolidar la "leyenda negra" contra España.
     No debe descartarse que Los Incas (1777) debe parte de su intención crítica a la lucha
     contra el fanatismo y la intolerancia ya promovida por Voltaire. Es reveladora dentro de


52
     su trama novelesca la huella de Alzire (1736) con el idilio entre un español y una india, y
     de Candide (1736), con el deslumbramiento de la riqueza del país incaico. Sin esos
     antecedentes y estímulos, confirmados por la amistad y la identificación ideológica que
     unía a ambos autores, tal vez hubiera sido distinta la concepción peruanista de
     Marmontel.
     Marmontel en Los Incas se basó también en algunos relatos de viajes por el Mar del Sur,
     como por ejemplo, la pintura voluptuosa de la estada de algunos españoles en la isla
     Christine, inspirados como hemos visto en Des Brosses, y en el Voyage autour du
     monde de Bougainville (10) con su descripción de Tahití, "Isla encantada" y sus relatos
     sobre la atracción y costumbres de sus mujeres y también de otros elementos tomados
     de Leonel Wafer. (10)
     Lo maravilloso domina en la descripción de una hambruna en el mar, la erupción de un
     volcán, una tempestad en las regiones ecuatoriales. Está presente lo pintoresco, el color
     local, un tanto exótico, que era ya usualmente utilizado entonces.
     Pero principalmente el asunto muestra ingredientes sin duda tomados de Garcilaso de la
     Vega el Inca (ya conocido por las versiones francesas de 1633 y 1658), de Bartolomé de
     las Casas (en traducción francesa desde 1687) y la Historia de la Conquista de México
     de Antonio de Solís (con traducción al francés en 1704). Se puso en boca de indios
     aztecas e incas peruanos parlamentos dignos de filósofos racionalistas y en realidad se
     utilizó a aquellos como voceros de las ideas de la Ilustración y también de las ideas
     políticas de progreso, reforma, libertad y tolerancia. Marmontel constituye la summa de
     las nuevas ideas imperantes (desde Buffon a Montesquieu y Rousseau) y las vuelca por
     boca de personajes de una sola pieza y de psicología convencional.
     No obstante que Marmontel reconocía que en Los Incas había escrito "una novela que
     tenía a la historia por fundamento y a la moral como propósito", y confesaba que habría
     de encontrarse en ella "poco de verdad", sus juicios encubren un propósito subversivo y
     acusatorio. Valen sin duda para Europa tanto su severidad para pronunciarse sobre los
     vicios de la colonización española cuyos actores son casi fieras ("tigres", "loups", "lions")
     y no es difícil deducir que esas calificaciones iban dirigidas cautelosamente también
     contra las clases dirigentes de su propio país.
     El impacto de los Cuentos Morales.
     Pero existe otro sector de la obra de Marmontel, que muestra también significación
     peruanista: la de sus Cuentos morales y Nuevos cuentos morales (11) y también la
     novela breve Belisario ( Belisaire ) a la cual se considera del mismo corte de los cuentos
     morales. Estas breves narraciones tuvieron en su época una gran acogida, a juzgar por
     sus sucesivas ediciones. Pero mayor buen suceso merecieron las mismas en el
     extranjero. Comenzaron a ser escritas desde la época en que Marmontel dirigía el
     Mercure de France (1758-1760) y a la raíz de la polémica que Marmontel sostuvo con
     Diderot, acerca del arte de novelar y a propósito de las novelas "morales" del inglés
     Samuel Richardson, Pamela, Clarissa y Grandisson, traducidas al francés por el abate
     Prévost. Marmontel estaba de acuerdo con la intención "ética" de aquellas, aunque no
     en su técnica un tanto engorrosa y fatigante. Ello le dio la posibilidad de ensayar una
     narrativa "moral" pero más breve, ágil y amena que las novelas inglesas de igual índole.
     Así surgieron sucesivamente sus "cuentos morales" a partir de 1760. Se estaba
     esperando en ese momento un nuevo rumbo en la narrativa francesa, que empezaba
     sus aciertos con el Cándido de Voltaire, El sofá y La noche y el momento de Crébillon y


53
     La religiosa de Diderot. Marmontel pretendía además superar definitivamente la etapa de
     la novela libertina y desenfadada y sustituirla por los relatos "morales". Asimismo
     reaccionaba contra la moda de los cuentos "orientales", fomentados por la lectura de Las
     mil y una noches, obra que había traducida y adaptada al francés por A. Galland.
     Los primeros "cuentos morales" de Marmontel, principalmente los de ambiente antiguo,
     habían ya aparecido en la revista Mercure de France desde 1755 a 1759, con gran éxito
     de público. La primera edición en libro reúne 15 relatos en 1761 y siguen nuevas
     ediciones con mayor número de cuentos en cada una. Se suceden exitosas traducciones
     al italiano, alemán, inglés y en otros idiomas. Un siguiente libro de Nuevos cuentos
     morales apareció en 1790 con semejante gran acogida.
     Olavide, lector fervoroso de Marmontel
     El impacto del Belisario y de los Cuentos morales fue notable en toda Europa y
     seguramente influyeron también en el ánimo innovador y reformista del limeño Pablo de
     Olavide, desde cuando éste ejercía las funciones de Intendente de Sevilla y Director de
     las nuevas colonias de Sierra Morena en las décadas de 1760 y 1770. No ignoró Olavide
     la nueva modalidad de crear narraciones cortas de tipo "moral" que todavía no eran
     comunes ni se habían generalizado en España, pero tampoco dejó de conocer la fuente
     común de esa narrativa "moral" que fue el inglés Samuel Richardson, (1698 - 1761)
     exaltado por Diderot, con sus extensas novelas también "morales" como Pamela,
     Clarissa Harlowe y Charles Grandisson, las que fueron inmediatamente traducidas al
     francés por el Abate Prévost en 1758.
     Por lo demás, hay cierto paralelismo entre las vidas de Marmontel y de Olavide.
     Participan ambos de las nuevas ideas y tanto el uno como el otro se honran con la
     amistad de Voltaire, de Diderot, de D’Alembert y de otros ilustrados franceses; sufren
     persecuciones por sus ideas: Marmontel encarcelado en la Bastilla y Olavide condenado
     a presidio por la Inquisición. En sus comienzos literarios cultivan el nuevo teatro.
     Finalmente, les tocó también la infausta suerte de sufrir las persecuciones de la época
     del terror en Francia y debieron buscar refugio en las provincias.
     Podría aplicarse a Olavide, el elogio que hace S. Lenel, el mejor biógrafo de Marmontel
     (12): "un gran espíritu abierto a las ideas nuevas en literatura, en filosofía y también en
     política y obstinadamente cerrado a las doctrinas y utopías que él creía peligrosas para
     el buen gusto, las buenas costumbres y la tranquilidad social".
     Los Cuentos morales de Marmontel, recogen diversos problemas individuales, sociales y
     educativos, como los deberes de los padres y madres en relación con sus hijos, la
     relación de los maridos y sus esposas, el delito de la seducción. Pintan las costumbres
     sociales, los sentimientos familiares mostrados tales como son o deberían ser. La
     invención es algo secundario y ante todo domina el propósito moralizante perseguido por
     el autor. Por lo tanto, el cuento siempre entraña una especie de tesis, a la cual se agrega
     un corolario. A fin de lograr el atractivo literario y la amenidad, se recurre a los finales
     felices y convencionales; el matrimonio alcanzado después de las dificultades, la
     reconciliación después del conflicto, el triunfo del amor filial o paternal.
     La fórmula es la misma en las novelas cortas y "morales" de Olavide, aunque con
     distintos pero semejantes asuntos. Ya hemos tenido oportunidad de estudiarlas con más
     amplitud en un libro que reveló su existencia (13). Señalamos ahora por eso meramente
     la coincidencia y el impacto que tuvo la lectura de Marmontel en Olavide, tanto como la
     fuente común inglesa en que sus cuentos o relatos se inspiraron.


54
     Finalmente existe otra coincidencia interesante que revela la relación entre Marmontel y
     Olavide. Es conocido que Olavide había acogido en Sevilla (y antes en Madrid) las
     representaciones de ciertas piezas teatrales (comedias musicales y óperas cómicas)
     debidas a Grétry y a Duni. -Estos dos músicos alcanzaron por los años de mediados del
     XVIII, notable acogida en Francia, como desde antes en Italia, y, tuvieron íntimo y
     permanente contacto con Marmontel, sobre todo Grétry, a quiénes aquel proporcionó los
     libretos de sus propias obras: El Huron (con asunto de Voltaire), Lucile Silvain, El amigo
     de la casa, Zemira y Azor, El falso mago, esto es, no sólo sus propias obras de teatro
     sino también algunos argumentos de los Cuentos morales del propio Marmontel.

     Notas Bibliográficas
     (1) Marcelin Defourneaux, Marmontel en Espagne, sobretiro de Marmontel, De la
     Enciclopedie a la Contre-Revolución, Univ. de Clermont-Ferrand, 1970.
     (2) Ricardo Palma, Anales de la Inquisición de Lima, en Tradiciones peruanas
     completas, Madrid, Aguilar, 1964, José Toribio Medina, Historia del Tribunal de la
     Inquisición de Lima, Santiago, Fondo Medina, 1956, 2 vols.
     (3) Véase: Estuardo Núñez, El Nuevo Olavide, Lima, Talleres Gráficos P. Villanueva,
     1970.
     (4) Montesquieu, L’esprit des lois, tomo XV, cap. IV.
     (5) S. Lenel, Un homme de lettres au XVIII siecle: Marmontel, París, Lib. Hachette, 1902,
     572 p.
     (6) J.F. Marmontel, Les Incas, ou la destruction de l’empire du Pérou, 2 vols. París,
     Lacombe, 1777. La primera versión castellana apareció sólo en 1822 y en París, por
     Francisco de Cabello o Jaime Bausate y Mesa (París, Masson e hijo, 1822, 2
     vols.).Ultimamente ha aparecido una nueva edición castellana (bilingüe): Lima, Instituto
     Francés de Estudios Andinos y Universidad de San Marcos de Lima, 1991, 416 pp. Esta
     nueva edición ha sido a tiempo muy zarandeada, con razón, por Enrique Carrión O., de
     la PUCP, en Histórica, vol. XVI, N° 2, diciembre de 1992.
     (7) Marmontel probablemente utilizó las versiones francesas de Garcilaso de la Vega
     Inca de 1633 y 1658, P. Cieza, A. Zárate y G. Benzoni.
     (8) Louis Baudin, L’empire socialiste des Incas, París, 1928.
     (9) Como muestra de la fortuna del asunto de Cora, La virgen del Sol, se anota que
     apareció en Inglaterra una ópera titulada La virgen del Perú, en 1792, y otra Cora en
     París; inspiró también a Kotzebue, La sacerdotisa del sol; Cora y Alonso de Méhul
     (1790) y a Sheridan, Pizarro o la conquista del Perú, drama. Dio lugar también a una
     pieza inglesa de Thomas Morton, Columbus: or, a World discovered, historical play,
     London, W. Miller, 1792, en 5 actos: el segundo transcurre en Cajamarca y el primero y
     los demás en el Templo del Sol, en Cuzco; se trata de una adaptación de Les Incas y
     sobre todo, de la historia de Cora y Alonso.
     (10) Charles Des Brosses, Histoire de navegations aux terres australes, París, 1756, 2
     vols.; Louis A. de Bougainville, Voyage autour du monde, París, 1771; Leonel Wafer, A
     new voyage and description of the isthmus of America, London, 1699.
     (11) J. F. Marmontel, Contes moraux, Amsterdam, 1761; París, 1765; Nouveaux contes
     moraux, París, 1790; Belisaire, Vienne, J. Thomas, 1767.
     (12) S. Lenel, obra cit.
     (13) E. Núñez, obra cit.


55
     VI




     El Ilustrado Cristiano: Chateaubriand

     La obra inicial de François René de Chateaubriand (1768-1848) mereció notable acogida
     en todo Hispanoamérica, en los albores del siglo XIX, con títulos significativos como
     René (1802 y 1805), Atala (1801) y El genio del Cristianismo (1802), libros difundidos en
     plena vigencia del imperio napoleónico.

     Hubo razones para ello: de un lado no se contaba a Chateaubriand entre los réprobos,
     entre aquellas víctimas de la censura inquisitorial (como Voltaire y Rousseau), y de otro
     lado dejaba impreso en su Atala y sus demás creaciones de juventud, el paisaje
     americano de las inmensas y soledosas regiones del Canadá y del Medioeste de los
     EE.UU., en las márgenes del Missouri y el Missisipi, donde había vivido varios años.

     Para los hispanoamericanos, la naturaleza, el hombre y los sentimientos descritos en
     Atala eran familiares por afinidad continental, aunque para los europeos los escenarios y
     los temas se consideraban tan exóticos, tan extraños y lejanos como las escenas y
     decorados asiáticos. El tema del hombre ligado a la naturaleza, del "buen salvaje"
     alejado de la civilización, empieza así a tener resonancia y eco en los países
     hispanoamericanos. El peruano José Joaquín de Olmedo (1780-1847) nacido en
     Guayaquil y educado en Lima, escribe una "Canción Indiana" alrededor de 1826, cuando
     residía en París, inspirada en un paisaje de Atala. Por lo demás, la novela citada de
     Chateaubriand había sido profusamente traducida a todos los idiomas, apenas salida de
     las prensas francesas, y existe el dato revelador de que hasta hubo traducción al ruso en
     1802. (1) Es probablemente la novela francesa más difundida en toda Europa y en la
     misma América, "Escrita en el mismo lugar en que moran los salvajes", según decía el
     autor, y publicada originalmente en 1801, Atala ya tenía tercera edición el mismo año y
     una inmediata traducción castellana (París, 1801), suscrita con el seudónimo S.
     Robinson, quién no era otro que el venezolano Simón Rodríguez, el futuro maestro del
     Libertador Simón Bolívar. Dos años más tarde, apareció otra edición castellana en
     Valencia (España) [Imp. de J. de Orga, 1803] cuyo autor fue D. Pascual Genaro


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     Ródenas. Tanto la una como la otra merecieron varias impresiones y se difundieron por
     toda América. (2)

     Otro autor peruano que alcanzó a leer a Chateaubriand, mayor que él aunque en parte
     coetáneo, fue el ilustre limeño Pablo de Olavide(1725-1803).

     Si consideramos que Pablo de Olavide hubo de morir en Baeza, en 1803, y que como
     hemos demostrado tuvo una ancianidad activa (3), pudo conocer el René y sobre todo
     Atala, (de 1801) después incluidos en El genio del Cristianismo (1802) de
     Chateaubriand. El gran reformista peruano estaba siempre al tanto de lo que se producía
     en Francia y en toda Europa, y su información cultural provenía mayormente de fuentes
     francesas. Es fácil deducir que no pudo dejar de conocer Atala en medio de ese impacto
     múltiple de la novela de Chateaubriand, por las colindancias que presentan sus
     respectivas obras.

     Pero lo interesante resulta el impacto probable de la obra de Olavide sobre la de
     Chateaubriand, que podría ser una de las primeras muestras de impacto de un autor
     americano sobre uno europeo. Vale la pena rastrear un poco en la huella de Olavide
     (1725-1803), dentro de la obra de Chateaubriand (1768-1848).

     Según Ricardo Palma (4), El Evangelio en Triunfo de Pablo de Olavide, (1725-1803), "es
     el libro americano que mayor resonancia alcanzara en el mundo desde los albores del
     siglo XIX y fueron 11 ediciones de ese libro publicadas hasta 1837".

     Es acertada la afirmación de Palma respecto de la difusión de la obra, aunque se quede
     corto en señalar el número de sus ediciones y la amplitud del influjo del escritor, no
     limitado sólo a un libro sino al complejo cuadro de su actitud vital, a veces contradictoria,
     y a la acción del luchador por las nuevas ideas, fluctuante entre el librepensamiento y el
     cristianismo ascendrado pero no ultramontano.

     La obra más difundida de Olavide El Evangelio en Triunfo (Valencia, 1797) llegó en
     varias lenguas, en sus 30 ediciones castellanas y 20 ediciones francesas, la portuguesa,
     la italiana y la rusa, a todos los públicos dentro y fuera de Europa. No es descartable que
     dejó huella en autores de tanta nombradía como François René de Chateaubriand,
     notable escritor y autor de El genio del Cristianismo, obra aparecida en 1802, cinco años
     después de la edición de El Evangelio en Triunfo en castellano.

     Existen notables coincidencias entre una y otra obra. El genio del Cristianismo se
     concibió y publicó dentro de una atmósfera de irreligiosidad creada por la Revolución -de
     "liberalismo en acción" y "entre las ruinas de los templos"- y Chateaubriand se propuso
     imponer o restablecer el concepto civilizador de la religión y el contenido estético del
     cristianismo.

     Semejantes circunstancias se observan en Olavide. Su Evangelio en Triunfo fue
     destinado igualmente a probar las verdades y la acción del cristianismo en una sociedad
     descreída e intentaba también la conciliación entre la Ilustración y el Cristianismo.

     El Evangelio en Triunfo, de Olavide, obra tenida como muestra de la retractación de sus
     ideas racionalistas, como la pretendida palinodia del filósofo liberal desengañado, es


57
     acaso un documento trunco. La censura eclesiástica española -según hemos probado
     en un reciente libro (5)-, le arrebató cuatro de sus últimos capítulos, en los cuales
     estaban insertadas las conclusiones de reforma social derivadas de su concepción
     renovadora y ecléctica del Cristianismo Ilustrado y además, consigna en ellos el
     recuento de sus experiencias de aspectos positivos y excesos de la Revolución
     Francesa de la cual fue testigo presencial durante el prolongado lapso de 1781 a 1797
     en que le tocó vivir los difíciles y laboriosos años de su forzada expatriación.

     Pero además, a propósito de esa intención ideológica, de El genio del Cristianismo
     incluía dos novelas sentimentales y éticas o sea Atala, o los amores de dos salvajes en
     el desierto, publicada por separado desde 1801, y René o los efectos de la pasión,
     incorporada en El Genio del Cristianismo en 1802, y que después se desprende
     ampliada de esta obra, en 1805. Estas novelas perseguían demostrar patéticamente las
     ideas antes expuestas en el ensayo apologético, desarrollándolas dentro de una obra
     narrativa de creación imaginaria. Tanto Atala como René intentan presentar las pasiones
     exacerbadas y sus funestas consecuencias.

     De El Evangelio en Triunfo de Olavide destinado igualmente a probar verdades morales
     y señalar normas de conducta, surgen también una serie de novelas, algunas como los
     relatos de Mariano y Teodoro, ya incorporados en el Evangelio, y otras que escribe
     coetánea o posteriormente como El incógnito o el fruto de la ambición, Paulina o el amor
     desinteresado, Sabina o los grandes sin disfraz, Marcelo o los peligros de la corte, Lucía
     o la aldeana virtuosa, Laura o el sol de Sevilla y El estudiante o el fruto de la honradez,
     (6) en las que se presenta de un lado, el efecto perturbador de las pasiones -el juego, la
     ambición, los celos, la doblez espiritual, etc.,- y de otro lado, la belleza y los atractivos
     del campo, y el efecto benéfico de los nobles sentimientos: la prudencia, la honradez, la
     fidelidad, etc.

     De tal suerte, tanto Chateaubriand como Olavide resultan autores de novelas que
     persiguen ilustrar en sus textos de entretenimiento y solaz, pero de intención didáctica,
     las propias ideas de filiación cristiana que habían desarrollado en El Genio del
     Cristianismo y en El Evangelio en Triunfo respectivamente. En ambos libros y en las
     respectivas novelas ancilares o colaterales, se exalta el encanto y atractivo de las
     costumbres sencillas de la vida del campo, de la pureza de sentimientos, de la nobleza
     de alma y señalan los peligros de las grandes urbes con su secuela de incentivos al vicio
     y a la inmoralidad. Una apreciación crítica de esas novelas, nacidas de la reflexión sobre
     condiciones sociales y con objetivo ético perfectamente definido, inclina a establecer que
     las de Chateaubriand fueron narraciones de más alto contenido literario que las de
     Olavide, pues las de aquél realizaron valores nuevos en la literatura europea. Ellas
     abrieron el cauce para la nueva corriente romántica, con el ascendrado tratamiento de la
     naturaleza (captado durante el largo viaje de Chateaubriand a la América del Norte), un
     delicado sentimentalismo que neutraliza la intención intelectual de las obras y el lenguaje
     nuevo que inaugura a su vez nuevas posibilidades estéticas.

     Estas observaciones ponen en evidencia no sólo una curiosa coincidencia entre la obra
     de uno y de otro autor, sino también un antecedente evidente para la obra del autor de




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     Atala y René, tanto más que el antecesor fue un autor americano de singular renombre
     como Olavide, nacido en el Perú, cuya fama tuvo por lo demás, validez europea.

     Pero si Olavide (muerto en febrero de 1803) no alcanzó -de acuerdo con la cronología
     de la aparición; a conocer la obra de Chateaubriand, éste sí pudo conocer la del primero,
     editada en España y traducida al francés, cinco años antes. Si bien las similitudes o
     coincidencias son evidentes, no debe descartarse que ambos autores bebieron en las
     mismas fuentes y recibieron, entre otros estímulos, el de las novelas inglesas de
     Richardson, el de los "cuentos morales" de Marmontel y el de las teorías pedagógicas de
     Rousseau, grandes maestros del relato y gestores de la difusión de las nuevas ideas
     liberales.

     Notas Bibliográficas

     (1) La edición rusa de El Evangelio en Triunfo se tituló Torzhestvo Evangeliia, 2 vols.,
     Moscú, 1821-1822.

     (2) Veáse: Pedro Grases, Prólogo a Escritos de Simón Rodríguez, vol. III, que incluye la
     versión de Atala, Caracas, Imp. Nacional, 1958, pp. XI-XLI.

     (3) Estuardo Núñez, El nuevo Olavide, Lima, Talls. Gráfs. P.L. Villanueva, 1971, 158 pp.

     (4) Ricardo Palma, Memoria de la Biblioteca Nacional, Lima, 1908.

     (5) Estuardo Nuñez, El Nuevo Olavide, obra cit.

     (6) Los títulos completos de esas novelas editadas en New York, 1828, son los
     siguientes:

     El estudiante o el fruto de la honradez,

     El incógnito; o el fruto de la ambición,

     Laura o El Sol de Sevilla,

     Lucía o La aldeana virtuosa,

     Marcelo, o Los peligros de la corte,

     Paulina o el amor desinteresado,

     Sabina, o los grandes sin disfraz.

     A ellas debe agregarse el posterior hallazgo de: Teresa o el terremoto de Lima.

     Véase: Olavide, Pablo de, Obras narrativas desconocidas, edición de Estuardo Núnez,
     Lima, Biblioteca Nacional del Perú, 1970.




59
     VII




     El Pasionado Iluminista: Pablo de Olavide

     Pablo Antonio de Olavide Jauregui (1725-1803), es tal vez al lado de Pedro de Peralta,
     el más conspicuo representante de la cultura peruana del siglo XVI. Pero, además, el
     impulso universalista y su aliento renovador no tiene parangón en el contexto
     hispanoamericano de su momento, como puede advertirse en su culto por Voltaire. En
     las páginas que siguen, pondremos en evidencia tanto la adicción por los clásicos como
     Jean Racine, cuanto su adhesión renovadora a una pléyade moderna de comediantes y
     dramaturgos coetáneos franceses. Olavide se propuso con sus versiones alcanzar la
     renovación del ambiente teatral de España durante los últimos decenios del siglo XVIII.

     Hubo de comenzar con representaciones privadas en los reales sitios madrileños, de
     algunos clásicos como Jean Racine, para seguir luego su representación pública en
     Madrid y Sevilla con autores franceses, de mucha popularidad en su país. Trataba al
     mismo tiempo, de erradicar ramplonas piezas del teatro español calcadas de obras de
     siglos anteriores y sin espíritu moderno, sin correspondencia ni coincidencia con las
     costumbres e inquietudes de los nuevos tiempos.

     Olavide, traductor de Racine

     Algún impacto notable en la formación integral y literaria de Olavide debió ejercer la
     figura de Jean Racine (1639-1699), representante con Moliere y con Corneille de la
     dramaturgia francesa del XVII. Era Racine un autor del siglo anterior al suyo y en él veía
     seguramente Olavide, como muchos de los españoles de su época, las positivas
     perspectivas de desenvolvimiento del teatro universal. Fue signo de esa generación a
     que pertenecía Olavide el reaccionar contra la exclusividad de la tradición del gran teatro
     español del Siglo de Oro (Lope, Tirso, Calderón, etc.) y contra los autos sacramentales
     de un poco antes, prohibidos de ser representados por Real Cédula de 1765.

     Fueron dos las obras de Racine traducidas por Olavide: Mitrídates (representada por
     primera vez, en París, en 1673) y Fedra (estrenada en la capital de Francia, en 1677).
     Los textos traducidos por Olavide responden a un criterio de selección acertado, pues la


60
     mejor y más informada crítica francesa está de acuerdo en reconocer que dichas obras
     son las dos más importantes tragedias de Racine.

     Con anterioridad a Olavide, se habían hecho en España algunas adaptaciones y
     arreglos racinianos no muy fieles ni ortodoxos. Esto justificó que Olavide asumiera el
     compromiso de hacer una versión ajustada al original, sin desmayos ni modificaciones,
     sin recortes ni restricciones. Así lo hemos podido advertir y comprobar en los textos
     suyos que descubrimos y publicamos hace algunos años.

     La comparación del texto de la versión de Fedra al castellano, hecha por Olavide, con el
     texto original (citamos por J. Racine, Théatre complet, París Joseph Gibert, Collection
     des Chefs-d’oeuvre, 1948) demuestra que se trata de una traducción fiel, ni recortada ni
     ampliada sino en lo estrictamente necesario para respetar el genio de la lengua
     castellana o la exigencia de la versificación. Los versos alejandrinos del original -o sea
     de catorce sílabas- se transforman en endecasílabos en el traslado, lo que explica que al
     traducirse se requieran más versos para lograr la expresión del contenido. La misma
     observación es válida para la traducción de Mitrídates.

     El texto de Fedra de Racine, adaptación a la escena francesa de Hipólito de Eurípides,
     en la versión de Olavide, proviene de una edición facticia, en pliego suelto, que
     encontramos en la Biblioteca Sedó de Barcelona, cuya carátula dice:

                    Fedra / Tragedia en cinco actos / por Jean Racine /
                    Barcelona / en la imprenta de Caros Gibert y Tutó,
                    Impresor y librero, (32pp, sin data de impresión)
     Hemos hallado otra edición, también de Barcelona, pero en la Imprenta de la viuda
     Piferrer, s.d. 32pp. Esta lleva, a pluma, con caligrafía de la época el sobreescrito
     siguiente: "traducida por don Pablo Antonio José de Olavide". Se conserva en la
     Biblioteca Nacional de Madrid. Calculamos que, como Mitrídates, se escribió y publicó
     poco después que el traductor tuviera intervención activa en la vida pública.
     El nombre del traductor no figura ni en la carátula ni en el texto. Pero los testimonios de
     los contemporáneos y de los críticos posteriores (como Cotarelo y Mori, Iriarte y su
     época, Madrid, Rivadeneyra, 1897) son coincidentes en señalar que la versión es
     realmente de Olavide.
     El texto de Mitrídates (tragedia 5 actos) proviene de un manuscrito que hemos
     encontrado en la Biblioteca Nacional de Madrid, bajo la signatura MS-18255. Sobre este
     manuscrito llamó la atención de la crítica el P. Rubén Vargas Ugarte (en su art. "Nuevos
     datos sobre Olavide", publicado en Mercurio Peruano, Lima, mayo-junio de 1930, Nos.
     141-143. pp 296-315, y en Biblioteca Peruana, Manuscritos Peruanos en las Bibliotecas
     extranjeras, tomo I, Lima 1935, p.281.)
     La carátula del MS dice:
                    Mitrídates / Tragedia / su autor Juan Racine / Traducida/
                    Por don Pablo de Olavide / Para el uso del Teatro Español
                    de los Sitios Reales.




61
     Debe agregarse el dato de que el texto fue impreso, según hemos podido comprobar en
     la biblioteca de Juan Sedó en Barcelona, en edición facticia cuyos datos son los
     siguientes:
                    Mitrídates / Tragedia / En cinco actos / de Juan de Racine/
                    traducida por don Pablo de Olavide / Barcelona, Imp. de
                    Gilbert y Tutó s.d.
     A pesar de que Menéndez y Pelayo (en su Historia de las ideas estéticas) asevera que
     la tragedia francesa no llegó a aclimatarse y constituyó un ensayo de gabinete que no
     pasó de los lindes de un teatro privado y aristocrático, la existencia de las ediciones
     facticias y los testimonios menos ortodoxos y más recientes e informados que el juicio de
     Menéndez y Pelayo, llevan a la convicción de que el público respondía a esas tentativas
     de modernizar la escena española, y de romper los moldes tradicionales en buen
     acuerdo con las nuevas inquietudes.
     "Las traducciones (del teatro francés) de Iriarte, de Olavide, de Clavijo se hicieron -dice
     Menéndez Pelayo- no para los teatros populares, sino para el de los Sitios Reales o para
     domésticos saraos" (1) Pero el crítico no repara en la acogida brindada a las ediciones
     clandestinas, y populares, casi proletarias, y al buen éxito de público que la acción de
     Olavide logró en favor de los modernos autores dramáticos franceses y de españoles
     como Jovellanos, Clavijo, Moratín e Iriarte, en Madrid, después de 1766 y también en
     Sevilla, en Cádiz y en otras ciudades españolas, donde se crearon especialmente
     escuelas de nuevos actores y nuevos establecimientos teatrales que acogieron las obras
     creadas con espíritu liberal y renovador.
     Para las versiones de Racine no tuvieron la acogida que tuvieron las de Voltaire y otros
     autores más modernos. No quedó en Voltaire y en Racine el interés y el empeño de
     traducir a otros coetáneos. En sus viajes por Europa y especialmente en sus visitas a
     Francia, Olavide captó el fervor popular por las representaciones de autores nuevos. En
     otras páginas, hemos tratado de presentar un repertorio de las obras recientes por las
     que se había aficionado y cuya versión llevó a cabo en verso castellano. Con sus
     versiones del francés logró Olavide imponer en el teatro español "la moda francesa",
     según los atestiguan Jovellanos, Iriarte y otros críticos españoles del momento.
     Los principales autores y obras por él traducidos fueron los siguientes:
            - Dormont Du Belloy (Celmira, comedia en 5 actos); Antoine Marin
            Lemierre (1733-1793) (Hipomenestra, tragedia en 5 actos); Louis
            Sebastian Mercier (1740-1814) Lina, (comedia), El Desertor, (comedia en
            5 actos); Jean François Regnard (1655-1709) El jugador, (comedia en 5
            actos); Michel Jean Sedaine (1719-1797) El desertor francés, etc.
     Olavide, Testigo Excepcional de la Revolución Francesa
     Entre muchas otras y extraordinarias ofrendas, el destino brindó a Pablo de Olavide el
     privilegio de haber sido testigo y actor en las diversas fases de la Revolución Francesa.
     Educado en su ciudad natal, Lima, y precozmente graduado de doctor en "ambos
     derechos" (el civil y el canónico) en la Universidad de San Marcos, la más antigua del
     continente americano, actuó seguidamente como el más joven oidor de la Audiencia de
     la capital del Virreinato del Perú.




62
     En octubre de 1746 acaeció en Lima y Callao un catastrófico sismo, registrado como
     pavoroso en la historia colonial de la América Meridional. Para levantar la ciudad de sus
     ruinas y reconstruirla, la autoridad virreinal escogió a Olavide como hombre de acción e
     iniciativa. Pero en el desempeño de su misión, su diligencia y su celo provocaron
     reacciones adversas y críticas severas de mala administración.
     Agobiado por los cargos en su contra, Olavide viajó a España para explicar su conducta.
     Al cabo de un lento proceso, obtuvo sentencia real de perdón y olvido. Pudo entonces,
     gracias a su capacidad, rehacer su vida pública cerca del rey Carlos III y obtener
     mercedes importantes y cargos de confianza. Para rehabilitar su desmedrada hacienda
     personal, hubo de casarse con una rica viuda e influyente. Viajó a Francia y trajo de allí
     libros, aficiones e ideales reformistas. Abrió en Madrid un salón literario, especialmente
     dirigidos a renovar la orientación del teatro español. Tradujo al efecto piezas francesas
     del teatro clásico y otras modernas (Mercier, Sedaine). Atendió por encargo real, obras
     en beneficio del pueblo y en favor del orden ciudadano. Más adelante, su influencia fue
     ganando terreno con nombramientos significativos e importantes como los de Asistente
     de Sevilla y Superintendente de las nuevas poblaciones de Andalucía para el efecto de
     realizar la ley agraria y la colonización. En Sevilla puso celo reformista en la
     modernización de la ciudad, en las distracciones públicas, en la construcción de nuevos
     edificios y vías de comunicación y en la erradicación de hábitos nocivos y costumbres
     vetustas e impropias. Elaboró los proyectos de reforma de la Universidad y reforma
     agraria, mientras creaba en Andalucía las nuevas poblaciones para albergar colonias de
     nacionales y extranjeros encargados de implantar sembradíos en zonas antes
     desérticas. Tales planes y realizaciones, elogiadas por los liberales europeos, crearon
     resistencia de grupos conservadores afectados, quienes lograron con sus denuncias que
     el Tribunal de la Santa Inquisición le abriese proceso por leer libros prohibidos y llevar
     conducta contraria a la fe cristiana y a las buenas costumbres. El proceso cobró
     proporciones impresionantes, sobre todo en medios europeos progresistas que
     proclamaron a Olavide mártir de la libertad de pensamiento. Una sentencia írrita lo
     condenó a ocho años de prisión que debió cumplir en monasterios aislados e insalubres.
     Ayudado por amigos poderosos, Olavide logró huir a Francia en 1780.
     Desde entonces reside por segunda vez entre Toulouse, Ginebra y París, ocultando su
     verdadera identidad para evitar su extradición, bajo el nombre de Conde de Pilos.
     Frecuenta amigos de la nobleza ilustrada y de autores notables como los enciclopedistas
     Diderot, D’Alembert, Condorcet, Marmontel. Vive con fausto pues goza de holgada
     situación económica. La fortuna de su esposa y algunos prósperos negocios, le permiten
     alternar con influyentes aristócratas. Da muestras de su afición a la lectura, a la tertulia
     intelectual y al juego de cartas, frecuentando los salones del Conde Dufort de Cheverny,
     del señor de Moley y de Madame du Barry, la ex-amante de Luis XV. Una aureola de
     pensador y hombre culto e ingenioso lo hace atractivo, al punto que se interesan por él
     Catalina II de Rusia, artistas y sabios como el explorador La Pérouse y Francisco
     Mesmer, el autor de la teoría del magnetismo animal y de otros hallazgos de gran
     resonancia en su época. Olavide participa de sus experimentos en el castillo de
     Cheverny, centro de reunión de aristócratas "realistas". También organiza
     representaciones de marionetas, de pequeñas piezas teatrales al estilo italiano y
     adaptaciones de obras célebres como El mágico prodigioso de Calderón de la Barca.
     Alterna esas tertulias con vivitas al castillo de la Malmaison, adquirido por el conde de


63
     Moley, donde se reúnen aristócratas de otro sector, los "patriotas", esto es, reformistas,
     donde pudo alternar con el famoso abate Delille y el norteamericano Morris.
     Algunos de esos contertulios llegarían a ser actores o testigos de la gran revolución que
     se incubaba y que estallaría en julio de 1789. Olavide fue consciente de que le tocaría
     asistir a un trascendental acontecimiento histórico. Vivía en París, durante los primeros
     meses. Luego para apreciar más de cerca los acontecimientos se trasladó a Versalles.
     Pero cuando Luis XVI fue confinado en las Tullerías, se trasladó de nuevo a París,
     donde permaneció entre 1789 y 1791, siendo así testigo excepcional de todo el proceso
     inicial de la Revolución y de los excesos de la desenfrenada radicalización y de las
     ejecuciones de enemigos y sospechosos. La violencia lo horrorizó. Pero participó en un
     comienzo como adherente al ideal reformista en la Delegación de los proscritos que
     asistió a la Asamblea Constituyente, como "un español". También lo hizo en la solemne
     fiesta de la Federación. pero al recibir y comprobar "funestas" noticias acerca de la
     violencia en todo el país, acerca de devastaciones, ejecuciones, y reacciones contra la
     religión, su actitud fue cambiando, sobre todo cuando se produjo la ejecución del rey y la
     familia real y miembros destacados de la nobleza. Olavide se refugia en el castillo de
     Meung desde 1791. Aun muestra cierta "adhesión exterior a los nuevos principios", dada
     su afición al bien común. Así colabora con las autoridades locales de su refugio, en
     obras de caridad, en organización de casa de socorro y talleres de manufactura de
     paños para los pobres.
     No obstante, en razón de sus antiguos vínculos con la nobleza y su actitud un tanto
     vacilante entre el nuevo y el antiguo régimen, empezó a sufrir la acción vigilante de las
     autoridades y hasta el embargo de sus rentas. Esto último lo llevó a reclamar a la
     Convención, alegando sus títulos de antiguo proscrito, de haber sido declarado por la
     misma "hijo adoptivo de la república". Pero lo sigue afectando en 1793 la ley que
     estableció comités de vigilancia contra extranjeros sospechosos con la amenaza de
     expulsión viable sobre aquellos súbditos de países que, como España, estaban en
     guerra contra Francia. Según expone su más ilustrado y notable biógrafo Marcelin
     Defourneaux, (2) su defensa es respaldada en su condición de "nacido en América
     Meridional", su condición de "colonizador" en España, perseguido por la Inquisición,
     naturalizado en Francia y en haber jurado la Constitución de 1791. A pesar de esos
     argumentos, fue objeto en 1794 de una orden de prisión, considerada antesala de la
     guillotina. Gravitaban, a pesar de todo, los antecedentes de amigos suyos como
     Madame du Barry, el poeta Plonché, el barón de Frenck, y algunos más vinculados con
     la monarquía abolida. Era el momento de auge de Robespierre y el desencadenamiento
     de una corriente radical. Olavide no desmayó y elevó una nueva petición de amparo con
     abundantes firmas de los habitantes de Meung favorables a su conducta.
     Afortunadamente, hubo de caer pronto Robespierre y la apelación de Olavide obtuvo
     acogida positiva. Se anula la orden de prisión y se levanta la confiscación de sus bienes
     en octubre de 1794, acogiéndose la Confiscación al hecho probado de que Olavide era
     "nacido en Lima, ciudad del Perú y ciudadano francés desde 1780".(2A) Es indudable
     que contribuyó a esta decisión la simpatía que en la provincia francesa había despertado
     su conducta generosa y la cordial filantropía en beneficio de los necesitados en época
     de crisis nacional. En 1795 se traslada de Meung al castillo de Cheverny, donde reside
     hasta 1798. Serán estos años de creación más intensos. Escribe entonces los cuatro
     volúmenes de El Evangelio en Triunfo (publicado en 1797) y gran parte de sus diecisiete


64
     novelas cortas, además de El testamento del filósofo. Parece que entre 1797 y 1798
     estuvo vinculado a las tratativas mantenidas por el venezolano Francisco de Miranda,
     con el norteamericano John Q. Adams, el inglés William Pitt y el ex-jesuita peruano Juan
     Pablo Viscardo y Guzmán, para elaborar un plan destinado a lograr la independencia de
     Hispanoamérica.(3)
     A raíz de la edición de El Evangelio en Triunfo inició gestiones para regresar a España,
     un tanto desilusionado de sus fervores francófilos. El rey Carlos IV permitió su retorno y
     le concedió una pensión para resarcirlo de la pérdida de su patrimonio en su forzado
     retiro en Francia. Olavide volvió a España y se estableció en Baeza desde 1798, donde
     falleció muy activo todavía a comienzos de 1803 a los 78 años.
     La vida de Pablo de Olavide mostró una intensidad y una sugestión extraordinaria. Su
     trayectoria conoció grandes triunfos y otras tantas desventuras. Su vida no se
     desenvolvió con un ritmo parejo. A sus momentos triunfales de Lima, en plena juventud,
     siguió después de 1748 el proceso de malversación que lo llevó a Madrid. A sus
     extraordinarios y grandes éxitos durante el gobierno de Carlos III en España entre 1767
     y 1776 como Asistente de Sevilla y Superintendente de la colonización de Sierra
     Morena, siguió el proceso inquisitorial y la prisión. A su proclamación como mártir de la
     libertad de pensamiento y su reconocimiento en Francia como ciudadano de honor en
     los tiempos revolucionarios, adviene su persecución como sospechoso y su refugio en
     las provincias, donde al fin, empobrecido, pudo vivir un tiempo antes del regreso discreto
     a España.
     En el último volumen de El Evangelio en Triunfo dedica cinco capítulos o "cartas" a
     explicar su propia experiencia como testigo y en parte como actor pasivo de "la moderna
     Revolución de Francia". Esas cartas fueron cuestionadas por la celosa censura española
     , no obstante que en ellas consta su desencanto de las ideas de Voltaire y Rousseau,
     que habían alimentado sus arrestos reformistas de juventud. Analiza las causas, agentes
     y efectos del proceso revolucionario y el "gradualismo" de las reformas por la Asamblea
     Constituyente, por la Asamblea Legislativa, por la Convención y por la Comuna,
     presenta cómo va extremando cada vez más en el transcurso de ocho años (1789-1797)
     sus mandatos y decisiones de orden político, social y religioso. Hace un análisis
     racionalista del fenómeno social y reprueba los excesos, la anarquía, el caos y la orgía
     revolucionaria, que llegó a ocasionar tremendas injusticias, crímenes nefandos,
     profanaciones y persecuciones implacables. El desenfreno llevaba a límites
     inconcebibles. Olavide reacciona con indignación y clama contra la violencia. Aboga por
     un orden y la vuelta al imperio del cristianismo tan maltratado por la Revolución en el
     vano empeño de exterminar las creencias tradicionales. El texto de las "cartas"
     censuradas se ha descubierto hace apenas unos años y sirve para justificar muchas
     páginas de su obra que parecían incoherentes o retóricas. Pero ya en el prólogo de El
     Evangelio en triunfo, Olavide explica su actitud frente al hecho histórico de tanto relieve
     en la historia posterior y puntualiza: "Un destino tan triste como inestable, me condujo a
     Francia, mejor hubiera dicho me arrastró. Yo me hallaba en París el año de 1789; y ví
     nacer la espantosa revolución que en poco tiempo ha devorado uno de los más
     hermosos y opulentos reynos de la Europa. Yo fuí testigo de sus primeros y trágicos
     sucesos y viendo que cada día se encrespaban más las pasiones y anunciaban
     desgracias más funestas , me retiré a un lugar de corta población (4). Mas ya la
     discordia, el desorden y las angustias se habían apoderado de los rincones más


65
     ocultos". Y agrega más adelante: "Cuanto más pienso en este inesperado suceso de
     Francia, tanto más me sorprendo y me confundo. Nada podrá anunciar tan repentino y
     absoluto trastorno (5). Porque, señores no nos engañemos, esta revolución no ha sido
     como ninguna de las otras (pues) ataca al mismo tiempo el trono y el altar".
     El Evangelio en Triunfo se editó a partir de 1797, sin los capítulos o "cartas" claves que
     explican el propósito final del libro. Aun así mutilado e incompleto, el libro tuvo un éxito
     editorial extraordinario. Menudearon las ediciones españolas y las traducciones al inglés,
     al alemán, al italiano, al portugués y al ruso. En un lapso de casi medio siglo fue uno de
     los libros más difundidos en Europa y en América. Puede advertirse en él un claro
     parentesco con otro libro notable de la época, El genio del cristianismo de François René
     de Chateaubriand (1768-1848) aparecido por primera vez en 1802 y antecedido por
     Atala (1801). Dada la difusión alcanzada por la obra de Olavide desde 1797, se
     sospecha que pudo haber conocido el escritor francés el texto del peruano y tomado
     algunas ideas o planeamientos para la elaboración de su obra destinada a exponer tesis
     similar. De no haber mediado tal acontecimiento serían explicables las coincidencias en
     razón de la semejante intención y finalidad propuestas por ambos autores: la reacción
     contra el ateísmo.
     El impacto de la gran Revolución fue decisivo en el desenvolvimiento intelectual de
     Olavide y constituyó estímulo importante para orientar ideológicamente el último tramo
     de su trayectoria espiritual. La Revolución Francesa fue para él experiencia sugestiva y
     única, campo experimental para llevar a la práctica ideas de reforma, motivo de
     reconocimiento para lograr su propia acción y también oportunidad de rectificación y de
     meditación acerca del serio compromiso de lograr la paz, la justicia, la libertad y el
     bienestar entre los hombres, y también para variar el sentido y contenido de su obra
     posterior. Entonces surge un afortunado y original narrador de novelas cortas y
     "morales" que pasaron inadvertidas para la crítica de su época. Transcurridos casi dos
     siglos, se han descubierto y publicado, resultando así Olavide el primer novelista de
     América ya que en su novela Teresa o el terremoto de Lima, desenvolvió una narración
     de ficción, en la cual se mezcla una trama ficiticia dentro de un marco histórico real.

     Notas Bibliográficas
     (1) M. Menéndez y Pelayo, Historia de las ideas estéticas en España, tomo III, Madrid,
     C.S.I.C., 1940, p. 312.
     (2) Cfr. Marcelin Defourneaux, Olavide ou le "afrancesado", París, Presses Universitaries
     de France, 1959.
     (2A) Estuardo Núñez, Estudio preliminar a Pablo de Olavide, Obras Selectas, Lima,
     Banco de Crédito, 1987 (Biblioteca Clásicos del Perú, 3).
     (3) Veáse Obras selectas de Olavide, edición dirigida por Estuardo Nuñez, Lima, Banco
     de Crédito del Perú, 1987, dentro de las cuales se incluye la novela corta Teresa o el
     terrremoto de Lima, con edición póstuma en París, 1808.
     (4) P. de Olavide, El Evangelio en Triunfo, Tomo IV, Madrid, 1797.
     (5) P. de Olavide, obra cit.




66
     VIII




     La Viajera Inquieta: Flora Tristán

     Flora (Celestina Teresa Enriqueta) Tristán (1803-1844) era hija de padre peruano
     (Mariano Tristán y Moscoso) y de madre francesa (Teresa Laisney). Casi autodidacta,
     había adquirido desde joven una apreciable cultura que la indujo a escribir y alternar con
     ilustres representantes de la intelectualidad parisina de su época. En ese ambiente afinó
     su sentido crítico, más tarde dirigido a manifestar su inquietud social, latente en libros
     como Promenades dans Londres (París, 1840) que contiene impresiones de viaje por
     Inglaterra en el decenio del 30, y en el titulado Peregrinationes d’une paria1 el cual nos
     interesa más directamente, pues registra su paso por el Perú entre setiembre de 1833 y
     julio de 1834 y sus observaciones punzantes, a veces esclarecedoras, otras veces
     envueltas en el juicio apasionado. Este libro obtuvo en Francia un éxito literario poco
     común pues mereció comentarios de varia índole en la Revue de París (en 1838 y
     1839), incluso una crítica adversa de Balzac, todo lo cual promovió hasta tres ediciones
     en un lapso de dos años.

     Fue, en efecto, peregrina en Francia o viajera por tierras extrañas, en el naciente Perú
     republicano, país de sus familiares paternos, en pos de una renta que le correspondía
     proveniente de la herencia de su padre y resultó paria porque aquella le fue negada en
     razón de su condición no esclarecida de hija, desprovista de todo apoyo material a raíz
     de la desaparición de sus progenitores y de su fracaso matrimonial.

     Era extraño para ella el país que recorrió en parte -entre Arequipa, Islay y Lima- y que
     vio con ojos franceses en un momento difícil de conmociones políticas violentas y en una
     disposición espiritual desfavorable penetrada por el despecho y la desilusión. Su sentido
     crítico se volcó en el enjuiciamiento de una sociedad provinciana retrógrada, en la que
     dominaban los políticos corrompidos, padecían las mujeres abrumadas por los prejuicios
     sociales y regían aun ciertas formas de la esclavitud vigentes en el trabajo agrícola.

     El paisaje de la costa peruana le resulta extraño e inesperado. A sus preocupaciones
     íntimas se agrega la impresión de la costa desolada de Islay, puerto destartalado y
     pobre. "No tiene árboles ni vegetación de ninguna especie", dice con desconsuelo. A ello
     se agregan la molestia que le causan en su precario alojamiento "millares de pulgas que



67
     subían a mi cama". Prosiguiendo su ruta hacia Arequipa, le impresiona el imponente
     desierto que separa el puerto de Islay de la ciudad de Arequipa. En esta ciudad,
     hospedada en casa de sus parientes, observa las costumbres y hábitos de quienes
     acuden a visitar a la recién llegada. Le preocupan la situación de las mujeres, sus varios
     casos de infortunio y su condición dependiente de prejuicios y de restricciones
     dolorosas.

     El vínculo con la vida social arequipeña resulta bastante intenso desde los primeros días
     de su llegada. Ello le da oportunidad para juzgar las características del medio y de
     admirar su paisaje espléndido. Atraen su atención las particularidades de la vida
     provinciana con la frecuencia de actos en los que participa activamente la población: las
     procesiones religiosas, la representación de un "misterio" al aire libre, la celebración del
     carnaval. Por supuesto que sufre la experiencia de los temblores de tierra. En todo el
     relato se advierte la mezcla de impresiones llanas con los toques de una narración un
     tanto novelesca en la que entrelaza la trayectoria de personajes típicos con las intrigas
     urdidas en torno de personalidades visibles. Resulta difícil escindir entre lo real y lo
     ficticio, entre la observación directa y la fantasía tan vinculada a sus preocupaciones y
     problemas personales. Las impresiones arequipeñas dejan traslucir, por lo demás, su
     vocación intelectual, tempranamente despierta a los azares de sus tropiezos con la
     incomprensión y los pequeños y grandes defectos de los lugareños, implacablemente
     juzgados por ella.

     Otras experiencias menos novelescas le esperan en su visita a Lima ciudad "femenina y
     felina, infantil y cruel", donde su relato se hace más objetivo y puede revelar su papel de
     viajera inteligente. Alcanza a presenciar a fines de junio de 1834, la fiesta de los
     Amancaes. La primera impresión de Lima fue favorable y hasta elogiosa. "La ciudad
     (Lima) con sus numerosos campanarios, tenía una aspecto de cuento de hadas",
     apunta. Años más tarde, el diario inédito de Flora, estando ella bajo los rigores del
     verano en Marsella, el 20 de julio de 1844, poco antes de morir, consigna con cierta
     nostalgia unos elogios: "Decididamente sólo hay un buen clima en un rincón de este
     planeta: en Lima. Si en esta ciudad hubiera algún tipo de vida intelectual sería el paraíso
     terrenal"2 . Debe advertirse que esta impresión tan seductora del clima limeño es
     captada durante su residencia en la capital peruana entre los meses de mayo y junio
     (1834) antes de que la niebla húmeda haga anualmente poco atractivo el ambiente de la
     ciudad.

     En pocas semanas de estada en Lima, logra trazar una semblanza del carácter y
     costumbres de los limeños y de la vida social y política de la capital. Asiste a las
     sesiones del congreso, a una corrida de toros, al teatro. Sus impresiones de las mujeres
     que frecuenta en la capital, la lleva a formular la afirmación de que "no hay ningún lugar
     sobre la tierra en que las mujeres sean más libres y ejerzan más imperio", y a la de que
     las mujeres son más habilidosas que los hombres. Relata además una excursión a los
     balnearios del sur y su paso por Miraflores, sitio placentero, por Barranco "pequeña
     aldea situada entre abundante follaje, grandes árboles y mucha agua" y Chorrillos, aldea
     de pescadores con rústicas casas para veraneantes, lugar de "far niente", placer e
     intrigas amorosas y políticas". El recorrido se amplía a la hacienda "Villa" con la visita a
     un ingenio azucarero de propiedad de la familia Lavalle, en donde trabajan más de 400


68
     esclavos negros con sus mujeres e hijos. Entabla con el propietario de "Villa" un violento
     diálogo sobre la vigencia de la esclavitud y la injusticia que ella entraña. Asoma
     entonces la inquietud social que fermenta en su espíritu y que ha de manifestarse
     inmediatamente después de su regreso a Europa en campañas memorables en favor de
     los desposeídos y humillados y que relata apasionadamente en posteriores anotaciones
     de su diario Le tour de France3 .

     Sus reflexiones fluctúan, pues unas veces las dictan el pesimismo y otras el optimismo
     de que vendrán tiempos mejores en los que la educación pueda cambiar la mentalidad
     de las gentes.

     "Cree en el progreso, dice Basadre y profetiza que el porvenir es para América".

     El estilo de Flora muestra por lo general un tono de reforma ética, matizado de
     anécdotas y con digresiones de fina crítica social.

     La estada en Lima fue breve. Se prolonga sólo hasta comienzos de julio de 1834 en que
     parte del Callao con destino a Liverpool. Separada de sus amigos de Lima, apunta la
     viajera, mientras el barco se alejaba de la costa, esta frase de honda melancolía
     romántica: "Me quedé sola, completamente sola, entre dos inmensidades: el agua y el
     cielo".

     Peregrinaciones de una paria es un libro múltiple. Pertenece, como dice Basadre4 , su
     más oportuno comentarista,

                   "un género nuevo de memorias audaces, verídicas. En
                   realidad es una mezcla de diario íntimo, de novela de
                   aventuras, de cuadros de costumbres, de diario de viajes,
                   de panfleto viril. Diario íntimo que recoge también
                   pintorescas inquietudes ajenas: novela vivida: apuntes de
                   viajera con rigideces de profesora; panfleto que suele
                   degenerar en femenina chismografía. Allí se analiza y se
                   describe, se narra y se demuestra. De valor anecdótico y
                   documental este libro no puede ser guía estrictamente
                   histórico"5.
     Pero no sólo hay en este libro un diario de impresiones de viaje y en este aspecto es uno
     de los aportes más sugestivos entre los viajeros que escribieron sobre el Perú de la
     primera mitad del XIX. Ensaya además en estas y otras páginas un texto de crítica social
     sobre la primera etapa republicana (1833 - 34) en un momento en que era usual la
     preocupación sobre las condiciones del trabajo humano y sobre los derechos
     respectivos. Sólo 20 años después de su estada en el Perú, la esclavitud fue abolida en
     este país y sólo 30 años más tarde lo era también proscrita en los Estados Unidos. Cabe
     advertir que la jornada legal de trabajo duraba de 12 a 14 horas y así se mantuvo en
     Europa hasta 1920, en que la de 8 horas tuvo carácter obligatorio en el mundo civilizado.
     Flora Tristán propició también la regulación del trabajo de la mujer y el niño ante el
     espectáculo que presenció durante su visita a Londres en 1826. Esas ideas conjugaban
     también con lo que ella llamó "la emancipación de la mujer" adelantándose a su tiempo.



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     En el Perú reafirmó sus concepto sociales antes de escribir memorables panfletos sobre
     todo lo que era todavía utopía que parecía inalcanzable en la propia Europa. Como
     ensayista social, precediendo a los postulados de la revolución europea de 1848, que no
     alcanzó a presenciar a causa de su prematura muerte, ocurrida en Burdeos, en 1844, en
     plena tarea de propagandista social6 .
     En el Perú su obra y especialmente Las Peregrinaciones, sólo merecieron el silencio por
     casi un siglo. Se ha dicho que tal libro fue quemado públicamente en la plaza principal
     de Arequipa. Tal vez ello no pasó de la intención de algunas personas o familiares
     mencionados en dicha obra, pues ningún diario o periódico de esa ciudad o de Lima
     recoge la versión del suceso. Flora Tristán aprendió mucho del Perú, criticó sus vicios,
     señaló también virtudes y atractivos. Hizo justicia a las mujeres y también señaló sus
     debilidades y miserias, abogó por la extirpación de la esclavitud, admiró la naturaleza de
     su país, elogió su cultura nativa y el clima de Arequipa y Lima. Fue un testigo fehaciente
     de un país en formación y todavía sin identidad propia.
     Flora hablaba un español afrancesado, advertido en su ensayo sobre "Cartas de
     Bolívar", a quien de muy niña conoció en París. Es un caso distinto al de Rocca de
     Vergalo o al de los hermanos García Calderón en cuanto al arraigo indígena y cuanto a
     la lengua.
     En Lima y en el Perú puso su pensamiento Alina, la hija de Flora, cuando casi una
     década después de la muerte de su madre, le tocó emigrar al destierro en compañía de
     su marido Clovis Gauguin y de su hijos. En la, travesía de cuatro meses en un moroso
     velero, el republicano periodista Gauguin murió en Magallanes de una violenta
     congestión cardíaca, pero Alina continuó el viaje con sus pequeños hijos. En Lima
     encontró refugio por más de cinco años en casa de la familia Tristán. Paul, el menor de
     esos niños, sería más tarde como marino ocasional visitante de Lima antes de
     convertirse en famoso artista pintor. Autoexiliado de Francia, escogió Tahití como el
     lugar de sus sueños de fama o de creación genial.


     1 Flora Tristán, Peregrinationes d’ une paria (París, 1838)

     2 Flora Tristán, Le tour de France, Journal inédit 1843-1844, París, Ed. Téte de Feuillée,
     1973, p. 180.

     3 Flora Tristán, obra citada.

     4 Jorge Basadre, Prólogo a la segunda edición de Peregrinaciones de una paria. Lima,
     Editorial Cultura Antártida, 1946.

     5 Jorge Basadre,

     6 Flora Tristán, Le tour de France, cit.




70
     IX




     El Exotismo Atávico: Paul Gaugin
     En la vida y obra pictórica de Paul Gauguin son muchos, decisivos y notorios sus
     vínculos con América. Arraiga en su ser la misma emoción artística del habitante o
     aborigen de regiones vírgenes, la predilección por temas indígenas, volcados en la
     plenitud de su vida, no sólo en América sino al otro lado del Pacífico, en Tahití o en las
     Marquesas, a donde tal vez milenios atrás llegaron como primeros pobladores
     aborígenes de América, navegantes afortunados y audaces desde la costa occidental de
     este continente a las islas orientales de la Oceanía.

     Entre las esenciales notas que distinguen a Gauguin, se ha mencionado su exotismo y
     su simplicidad primitiva que, sin mucho madurar, deriva de sus vinculaciones profundas
     con América, con el Nuevo Mundo volcado en las realidades, en las posibilidades y en
     las esperanzas. No es ninguna revelación original el referirse a la ascendencia peruana
     de Gauguin que, nacido en 1848, en París, a que tuvo por padres a Clovis Gauguin,
     oriundo de Orleáns, periodista liberal de alguna significación y a Alina María Chazal y
     Tristán, hija de Flora Tristán Laisney. Esta abuela materna de Gauguin comparte con el
     nieto la misma insobornable rebeldía y el afán creador. Una obra de Flora Tristán tuvo
     especial importancia para las letras y la historia del Perú y de América. Titulada,
     Peregrinaciones de una paria, se identifica en el plano creador con obra del pintor. Sin
     tocar los pinceles, Flora Tristán pintó con acerada pluma una atapa de la vida peruana
     (1834) y lanzó sobre ella la más despiadada crítica dentro del cuadro literario más
     vibrante de su historia social. Combatía los convencionalismos rancios y provincianos de
     su país y de su tierra ancestral, Arequipa, y señaló los errores de los hombres y de los
     políticos, sin descuidar el trazo de un ameno e intencionado cuadro de costumbres.
     Nacida en Francia, de una unión tal vez ilegítima de padre peruano y madre española,
     Flora reclamaba en el Perú su participación en una cuantiosa fortuna familiar. Años
     después, en 1851, arribó también al Perú su propia hija Alina María Chazal de Gauguin,
     madre del que sería después el célebre pintor Paul Gauguin.

     El bisabuelo de Paul, el coronel don Mariano Tristán, vivió en Europa gran parte de su
     vida, en cuya casa de París, Flora conoció por 1805, al joven venezolano Simón Bolívar,
     más tarde libertador preclaro en la América del Sur, y también conoció entre otros
     personajes al barón de Humboldt, viajero y científico insigne, de regreso de su



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     memorable viaje en que descubrió para la ciencia el poco conocido Nuevo Mundo. Se
     consideraba Gauguin, y lo era en efecto, descendiente por la línea paterna de los Borgía
     de Aragón, de San Francisco de Borja y de un virrey del Perú.

     Clovis Gauguin, el padre del pintor, desterrado por republicano después del golpe de
     Estado de Luis Napoleón en 1851, no pensó en tierra más acogedora que el Perú, en
     donde su esposa Alina mantenía vínculos familiares. En compañía de los suyos
     emprende la todavía difícil travesía de Europa a la costa occidental de la América del
     Sur. Un desenlace trágico le esperaba al cruzar el estrecho de Magallanes. Una
     enfermedad violentísima hacía crisis en su cuerpo ya debilitado por las privaciones. Del
     destierro. Clovis fallece, a bordo, y sus familiares presencian su inhumación en Puerto
     del Hambre. Alina María, la joven viuda y sus hijos entre ellos Paul, de apenas 5 años de
     edad, prosiguen el viaje hasta el Callao. Así al futuro pintor le toca residir en Lima, por
     más de cuatro años, correspondientes a su primera infancia. Se alojan en la casa de Pío
     Tristán desde 1851 a 1855, donde residía el General José Rufino Echenique, casado
     con una hija de don Pío Tristán, que desempeñaba esos años la Presidencia de la
     República y residía en una casona en la calle de los Gallos. El pequeño Paul fue
     atendido en esa temprana edad por alguna niñera criolla negra y arrullado con las
     canciones populares, en esa prematura y triste primera experiencia americana, que le
     brinda las primeras impresiones del mar y el espectáculo de una naturaleza distinta y
     extraña. Es probable que en el espíritu de Alina María, la madre de Paul, alentara
     también la misma inconformidad que su propia madre, respecto del medio o de su
     situación familiar en el seno de sus parientes limeños. Por último, las circunstancias de
     su estada en Lima hubieron de variar en el seno de la familia, pues una revolución
     cruenta puso fin al gobierno del general Echenique en 1855, quién viajó al destierro con
     sus familiares.

     Se explica así que la viuda de Clovis Gauguin dejara el Perú en 1855 para establecerse
     precariamente en Francia, en donde el pequeño Gauguin comenzó a educarse.

     A los 17 años, antes de concluir el liceo, Paul sintió imperiosamente el llamado de las
     tierras exóticas. Embarcado por más de 6 años, como aprendiz de piloto mercante y
     luego como oficial de la armada francesa, navegó por aguas del Nuevo Mundo y recaló
     en playas tropicales, incluso otra vez en el Perú, país de sus antepasados.

     La vida de Paul Gauguin cambió luego en forma radical. Abandonó el servicio en la
     armada e ingresó de lleno en los negocios de bolsa. Fue afortunado comerciante en
     poco tiempo, establecido en Francia. Por más de 10 años hace la vida de un burgués
     adinerado. Se había casado con una danesa hermosa y hogareña y de esa unión llega a
     tener 5 hijos. Pero siempre fermentaba en su ánimo inquieto la aventura y el arte. No
     fueron trabas suficientes ni los negocios ni el dinero ni el matrimonio feliz, para liberarse
     un día de 1883 de sus compromisos con el mundo burgués y convertirse pronto de mero
     aficionado y coleccionista de arte, en rebelde y revolucionario artista creador, acosado
     por la pobreza y por la incomprensión. Así como su abuela Flora, había alternado con
     Lamartine, Jorge Sand, Luisa Michel y tal vez Carlos Marx, Paul Gauguin, su nieto,
     aparece rodeado y estimado por las mayores figuras de su tiempo: los pintores Pisarro y
     Manet, el poeta Mallarmé, el novelista Huysman, el literato Jean Moréas, y toda la



72
     generación de los jóvenes impresionistas, entre ellos los famosos Vincent Van Gogh y
     Edgar Degas.

     Pero Gauguin persigue siempre la experiencia de América habida en su infancia y en la
     adolescencia. Ahora en la madurez pone la mirada en esas tierras desconocidas en que
     podrá vivir libremente y realizar lo que su espíritu anhela. Esta tercera vez el destino lo
     conduce con un amigo a Panamá y huyendo del tifus, el paludismo y la fiebre amarilla
     que precipitan en el fracaso los proyectos del constructor Lesseps, se establece en la
     isla Martinica, en Las Antillas (1887), por más de un año. Allí puede realizar su ideal de
     vivir "a lo salvaje", dedicado intensamente a la producción artística. Su estilo se
     transforma y su personalidad se afirma frente al paisaje claro y diáfano, recogiendo las
     impresiones de una navegación tropical y una fauna exótica, estudiando a los
     pobladores de otras razas, sus costumbres y sus actitudes. Todo aquello queda impreso
     en sus nuevos cuadros, en los cuales por primera vez Gaugin descubre un estilo propio.
     Cabe así la afirmación de que en tierras de América se encontró a sí mismo, en medio
     de ese paisaje ancestral, con el que su sangre se identificaba.

     La intensidad de sus esfuerzos lo enferman gravemente y el retorno a Francia se
     impone. Mas ya no soporta las nieblas y rigores del clima del norte y busca en la
     Provenza y en la Bretaña un adecuado medio para pintar nuevos cuadros. Pero la
     emoción de América lo embarga siempre y al poco tiempo determina establecerse en un
     paisaje exótico. Vendiendo sus cuadros y colecciones, se allega algún dinero para
     emprender un viaje trascendente, más allá de América, a una tierra que le habían
     descrito marinos amigos: Tahití, las Islas Marquesas, en la Oceanía. Entre esos amigos
     probablemente estuvo el escritor y dibujante Max Radiguet, colaborador de la revista Le
     tour du monde. Por dos años vive allí, apartado del mundo occidental y en un lugar sin
     trabas de civilización. Sólo por una corta temporada vuelve a Francia. Pero después de
     1895, hasta su muerte en 1903, permanece en la Oceanía, entre Tahití y las Marquesas,
     entregado a su arte angustiado y rebelde, en una efusión creadora genial y atormentada,
     produciendo las obras definitivas que le alcanzan la celebridad.Sus recuerdos de viaje
     los recoge en su breve libro de recuerdos tiulado Avant et aprés que apareció póstumo
     (París, 1903).

     No se había dado hasta hace poco una explicación adecuada sobre aquella evasión de
     la vida civilizada. La ha ofrecido Maurice Malingue, en su obra Gauguin (París Les
     Presses de la Cité, 1948). "Su instalación en los trópicos -dice- no fue acto de demencia
     sino decisión reflexiva, inspirada por las fuerzas ancestrales del artista, deseoso de
     perfeccionar su arte, retornando en las antiguas razas polinesias y en los países
     grandiosos bañados por el Océano Pacífico, a la violencia contenida de sus orígenes
     indianos". Lo reconoce también así David Sweetman en su reciente biografía P.
     Gauguin, a complete life, London, 1995. Agregaremos aún más, que en los parajes de la
     Oceanía quiso encontrar su América ya irrealizable, ya lontana e inasible, ya puesta en
     el trance de volverse civilizada. Sin duda, Gauguin buscaba un clima propicio para su
     liberación moral y psíquica-, afán creador y exigencia del arte que explica su renuncia,
     perdonable en el genio, a comodidades burguesas, al amor de su esposa hogareña y a
     la ternura y el mimo de sus hijos.




73
     X




     La Conmoción Romántica: Víctor Hugo

     De los poetas franceses modernos, Víctor Hugo sentó la raigambre más firme en nuestra
     cultura literaria del XIX. No es momento ni la coyuntura para formular ponderables juicios
     acerca de su obra, muy lejana ya de nuestra predilección. Pero de todos modos, su
     rastro es inconfundible en la poesía peruana del siglo anterior y aun en los primeros
     decenios del presente. Nadie podría discutir la profícua fuente de imitaciones que
     promovió la poesía de Hugo en nuestros poetas románticos de la segunda mitad del
     siglo pasado y la medida considerable como inficionó o impactó favorablemente en la
     poesía de muchos "modernistas" y en grado muy notable la de José Santos Chocano.
     Desafortunadamente, la imitación o la influencia de Hugo exacerbó una natural
     inclinación hacia la grandilocuencia, la pompa verbal y el circunstancialismo poético,
     defectos y males que debieron curarse con agresiva y dolorosa distorsión en los
     comienzos de la nueva poesía, emergida a raíz de las creaciones de José María Eguren
     y de Manuel González Prada.

     La resonancia de la celebridad de Hugo proviene tanto de la inspiración de sus poemas
     característicos de una escuela literaria, como de sus novelas inflamadas de fe en el
     destino feliz de los hombres, de intensa inquietud social y de esperanzada invocación en
     favor de la justicia y de la libertad. Su vida inspirada en los altos ideales de mejoramiento
     social y consecuente con los principios de respeto a la ley y libre determinación de los
     pueblos, constituyó un admirable ejemplo de desinterés y de sacrificio. Su obra ingente
     de poeta, de dramaturgo y de novelista irradió pasando las fronteras de Francia hacia
     todas las latitudes. En el Perú de mediados del siglo XIX, Víctor Hugo constituyó un
     paradigma de renovación y un hito de modernidad. El impulso creador de varias
     generaciones peruanas se nutrió de su poesía cargada de secuencias líricas y de
     vibraciones sentimentales y aunque muchas veces fue imitado sin fortuna, no puede
     desconocerse la honda huella romántica que imprimió a nuestras letras.

     Sobre la poesía

     Las notas de sonora calidad que pueden caracterizar el sector lírico de la obra del gran
     poeta francés, fueron sin duda primeramente entrevistas por Felipe Pardo y Aliaga y por



74
     Ricardo Palma. Pardo realiza, el primero entre los peruanos, una traducción de Hugo, ya
     desde 1827, aunque sólo publicada más de 30 años después ("Oda a la Columna de
     Vendôme", en Revista de Lima , tomo IV, 1862). Palma publica en la misma Revista de
     Lima, su primera versión de "La Conciencia" (tomo V, 1860), fragmento de La Leyenda
     de los siglos. Es interesante anotar asimismo que dicho poema, previo a otras versiones
     de Palma, y por él calificado como "lo mejor que en verso castellano ha salido de mi
     pluma"1, apareció dedicado a Pedro Ignacio Noboa, un buen conocedor de la literatura
     francesa y muy devoto de Hugo. La dedicatoria fue promisoria de un estudio crítico y de
     múltiples versiones que Noboa publicó a continuación en la citada Revista de Lima (tomo
     I, 1860). Palma y Noboa podrían haber editado con sus variaciones un florilegio muy
     estimable de la poesía más reciente entonces del renombrado poeta francés.

     Hugo tuvo así una fervorosa e inmediata acogida entre los poetas románticos peruanos.
     Apenas apareció su libro Odas et ballades en 1826, Felipe Pardo trasladaba al año
     siguiente la Oda antes citada.

     Recién publicada La leyenda de los siglos (en 1859), ya Ricardo Palma traducía
     fragmentos de la misma el año siguiente. Pedro Ignacio Noboa, desde 1858, trasladaba
     al castellano originalmente en 1855, apenas 3 años antes.2

     En 1888, Palma recogió, muy revisadas, después de su viaje a Francia en 1864, en su
     tomo Traducciones (Lima, 1888) gran parte de sus versiones de poemas tomados de La
     leyenda de los siglos (1859), de Las Contemplaciones (1855) y de Los Castigos (1853)
     de Hugo que figuran en Armonías (París 1865) y posteriormente en las Poesías
     completas de Palma (Barcelona, Editorial. Maucci, 1911) los siguientes poemas de
     Hugo: "La Conciencia", "Confrontaciones", "Esperanza en Dios", "Nomen, numen,
     lumen", "Dios es amor", "Sedan", "Desdén", "A mi hija", "Fragmento", "El estanque", y
     "Necedad de la guerra".- Omitió insertar en aquella recolección algunas otras versiones
     fragmentarias.

     Pedro Ignacio Noboa había publicado en Revista de Lima (1860) los siguientes poemas
     vertidos de Las Contemplaciones : "Elegía a la muerte de una joven", "En el borde del
     infinito", "La vida", "Dios", "La infancia", "La aparición", "Siempre guerra", "La vi al pie de
     un arroyo", "El hombre y su destino", "El hombre de genio", "La niña del cabello de Oro".
     Adicionó a esa serie una paráfrasis de Hugo titulada muy singularmente "El Cóndor de
     los Andes". Dos años antes habían visto la luz en El Constitucional, diario político y
     literario de Arequipa, en abril y mayo de 1858, las siguientes versiones del mismo libro:
     "Epitafio", "A una niña", "La vida", "La infancia" y "La Aparición".

     Otro poeta de la misma generación de Palma, Manuel Adolfo García3 , en 1872, dio a la
     publicidad las traducciones suyas de "Los rayos y las sombras", "El estatuario de David",
     "La Historia", "Las dos islas", "La nube de tempestad", "La Mañana", "Su nombre",
     "Sombras", "El cielo de fulgores lleno", "Al Arco del triunfo", "Dios está siempre allí",
     "Décima" y "Balada". Por esa misma época, Manuel González Prada tradujo en hermosa
     realización, "La espera",4 inserta después en su libro póstumo Baladas (París, L.
     Bellenend, 1939), poema perteneciente a Las Orientales (1829).




75
     Son igualmente dignas de mención las versiones de Juan Vicente Camacho, poeta
     venezolano radicado en Lima, sobre todo el poema "Juana la granadina" (aparecida en
     El Heraldo de Lima, N°136, 5 de agosto de 1854) después inserto con variantes en sus
     Poesías, (París, Rouge, Dunon y Fresné, 1872); la de Manuel Nicolás Corpancho del
     poema "En la muerte de una niña" (en R. Palma, antología Lira Americana, París, 1865);
     las de Belisario Calle (en El Correo del Perú, 1876); Samuel Velarde (en Lira
     arequipeña, Arequipa 1889 y en su libro Propio y ajeno, Arequipa, 1899); Aniceto
     Valdivia (en El Oasis, Lima, 1885 y en la Revista Social, Lima, 1887); Federico Barreto
     (en El Perú Ilustrado, Lima, 1888); Juan José Calle (en El Progreso, 1885); Nicolás
     Augusto González (en El Perú Ilustrado, Lima, 1889) y Juan Tassara (en Balnearios,
     Lima, 1913 y 1914).

     Sería un tanto fatigoso enumerar todos los múltiples traductores de Hugo que se
     cuentan por decenas en las revistas y periódicos aparecidos entre 1850 y 1900, época
     que corresponde al esplendor de la fama huguesca en el Perú. Destacamos, por eso,
     únicamente al primer traductor Felipe Pardo y a los que dedicaron espacio considerable
     a sus versiones, como Pedro Ignacio Noboa, Ricardo Palma y Manuel Adolfo García.

     Durante cerca de media centuria, la poesía de Víctor Hugo invadió las revistas y
     periódicos peruanos. Una verdadera cascada de versiones, de comentarios, de
     reproducciones, de noticias acerca de sus actividades políticas y de sus éxitos literarios,
     de paráfrasis e imitaciones, de inserciones de exaltada admiración, contiene la prensa
     diaria peruana, llámense El Heraldo, La Patria, La Época, El Nacional, El Comercio, El
     Constitucional, El Diario, o las revistas culturales como Revista de Lima, El Correo del
     Perú, El Cosmos, La Revista Social, El Perú , El Perú Ilustrado, Lima Ilustrado, Revista
     Americana, Lima Ilustrada, El Progreso.

     Entre los traductores mencionados, débese señalar no sólo el caudal de los escritores
     de Lima, sino también el de los de provincias, como el cuzqueño José Palacios, los
     arequipeños Pedro Ignacio Noboa, Aniceto Valdivia, Belisario Calle, y Samuel Velarde, y
     también los tacneños Manuel A. Mansilla, Víctor Mantilla, Modesto Molina, Federico
     Barreto y el puneño Juan José Calle.

     La importancia de la poesía huguesca estuvo latente en casi todos los poetas peruanos
     de las generaciones románticas, o sea en la de los nacidos en la década del 30 (como
     Palma, Corpancho, Mansilla, García) y la de los nacidos en la década del 40 (como
     Flores Galindo, Carrasco, Juan de Arona, Numa Pompilio Llona, Luis Benjamín Cisneros
     y González Prada).

     El poeta Carlos Augusto Salaverry antepuso a un poema de sus Cartas a un ángel
     (1871) un epígrafe de Hugo: "Cette femme a passé: je suis fou: c’est l’histoire". Y escribe
     Salaverry uno de sus últimos poemas en homenaje a Hugo, con motivo de su muerte
     (1885). Por la misma época, Luis Benjamín Cisneros compone su extenso poema Aurora
     Amor, con fuerte impacto de Los castigos.

     Nuestros poetas románticos habían asimilado todas las facetas de Hugo: La Odas, las
     Baladas, las Hojas de Otoño, Las Contemplaciones, las Orientales. Estas últimas
     estrofas contribuyeron, con las de Lamartine, a fomentar el culto "orientalista" que


76
     muestran los autores Clemente Althaus, en sus poemas y en el drama Antioco, y Manuel
     Nicolás Corpancho en su drama El poeta cruzado (Lima, 1851). Esa misma sugestión
     orientalista la recibe Juan de Arona (1839-1895) quien plasma en la prosa de sus
     Memorias de su viajero peruano, sus impresiones vividas del Cercano Oriente.

     Sobre el Teatro de Hugo

     Pero no solamente impactó la poesía del autor de La Leyenda de los siglos. Los
     escenarios peruanos acogieron obras teatrales suyas como Cromwell, Hernani, Marion
     Delorme, que acogieron en sus repertorios compañías de actores nacionales y
     extranjeras. El poeta José Toribio Mansilla (1823-1889) que se había educado en
     Francia, hizo una adaptación dramática de Nuestra Señora de París, prohibida por la
     censura en 1854, "por obscena" y por considerarla "superior a las luces de Lima", según
     consigna Ricardo Palma5. El mismo Mansilla insistió en su empeño y tradujo en verso el
     drama Marion Delorme, estrenado en Lima, según datos de Manuel Moncloa y C; en su
     Diccionario Teatral del Perú.

     Sobre Hugo, Novelista

     La otra faceta de Hugo, la de autor de novelas y ensayos, encontró eco más tardío y
     sosegado. Simón Martínez Izquierdo, escritor colombiano radicado en Lima por muchos
     años, integrante de la bohemia de 1886, publicó una versión afortunada de la novela
     Noventa y tres de Hugo, en fecha inmediata a su aparición en francés, primeramente en
     folletín del diario El Nacional (entre 1873-1874) y luego en volumen (Lima, Imprenta de
     El Nacional, 1874) y los artículos en el mismo periódico "Esquilo y la pérdida de sus
     obras" (en 1876) y "El derrumbamiento" (en 1878).

     En octubre de 1880, La Opinión Nacional de Lima, publicó una vez más, en versión esta
     vez de Esteban Amador, el Prefacio del Cromwell (1827), lo cual indica que todavía no
     había perdido actualidad en 50 años de transcurso y que aún seguía vigente entonces el
     impulso romántico despertado por Hugo.

     Así como las primeras producciones literarias de Hugo tuvieron en el Perú un
     comentarista devoto en Pedro Ignacio Noboa, en 1858, también la desaparición del
     escritor francés en 1885 mereció la inmediata exégesis crítica de Manuel González
     Prada, escrita y publicada al poco tiempo de haberse difundido la noticia de su muerte,
     dentro del mismo año de su fallecimiento6. Se trata sin duda de un agudo y elogioso
     comentario en torno a la figura de Hugo. González Prada parece influido por el aparato
     crítico de Sainte-Beuve y otros contemporáneos tratadistas franceses que se ocuparon
     entonces de Hugo, como E. Fournier y E. Biré, Teóphile Gautier y Asselineau. Pero más
     que una exégesis crítica, el ensayo resulta un escrito de exaltación y loa de "quien
     sublevó el espíritu nuevo contra el espíritu viejo". El ditirambo de González Prada llega a
     su culminación con esta frase: "la figura ideal de Víctor Hugo irá creciendo en proporción
     a la distancia que la separe de nosotros", la cual no vendrá a ser sino la variante del
     conocido elogio de Bolívar por el puneño Choquehuanca. A González Prada parece
     interesarle menos el poeta y más el pensador, menos el creador y más el hombre de
     acción y el político, el hombre de la prédica democrática antes que la figura literaria. Si
     bien se detiene en la biografía del poeta, sólo roza epidérmicamente la médula de su


77
     producción poética y tampoco analiza otras facetas del caudaloso creador. Es un
     discurso retórico en gran medida, antes que un ensayo de estricto análisis literario. Es el
     comentario de un fervoroso y romántico admirador de "el poeta del siglo", no exento de
     comparaciones inusitadas con Voltaire y Napoleón, con toda la espontánea y desmedida
     facundia del romántico que hubo en la primera etapa de González Prada, distante de la
     última faceta de su obra, tan afín a las nuevas corrientes del parnasianismo y del
     simbolismo.

     El trabajo sobre Hugo que acotamos es muy inferior a otros ensayos de González Prada
     como los dedicados a Renan y a Heine. Sin embargo, refleja la devoción con que fue
     acogido por los románticos peruanos, tanto como la influencia espiritual y estilística del
     poeta francés en el Perú. "Tú eres el guía, el señor y el maestro" llegó a decir González
     Prada en elogio de Hugo, como otrora el Dante de Virgilio, en rendida devoción que no
     hizo reservas ni reparó en los aspectos negativos o los impactos desproporcionados y
     tardíos de su literaria influencia.

     El interés por Víctor Hugo fue decreciendo desde los primeros años del presente siglo.
     Sin embargo, vale la pena mencionar por su alta calidad las versiones poéticas de
     Alberto Ureta (en Contemporáneos, 1909) y las de Juan Tassara (en Balnearios, 1913).
     Pero a finales del XIX y comienzos del XX, cabe señalar el más desbordado impacto de
     Víctor Hugo producido en el Perú: el ejercido sobre la poesía de José Santos Chocano,
     desde sus mismos comienzos.

     Repercusiones de la obra de Hugo

     Chocano agotó las posibilidades de adaptación de características huguescas en la
     poesía hispánica y constituye la suma y síntesis de la absorción de las cualidades
     menos estimables del poeta francés: un exceso de objetivismo que a veces raya en el
     prosaísmo, un exagerado dramatismo en las asociaciones de la inspiración subjetiva con
     el mundo físico, una plasticidad por demás exacta y materialista, descripcionismo
     exagerado, plétora de palabras y elocuencia poco acorde con la auténtica poesía,
     imágenes y comparaciones por demás frecuentes y demasiado concretas, imaginación
     truculenta y escenográfica. Por lo demás, lo que fueron defectos atemperados y
     compensados con otras grandes virtudes poéticas en Hugo, resultaron en Chocano
     defectos mucho más notorios e hipertrofiados, sin hallar un balance equilibrado con otras
     cualidades estimables que tuvo sin duda el poeta peruano de Alma América. Podemos
     advertir que a partir de Chocano, el auge de Hugo decrece en el Perú y en
     Hispanoamérica. Apenas se advierte alguna reminiscencia en algunos versos
     altisonantes de Carlos Germán Amézaga de Parra del Riego y definitivamente cesa su
     señorío entre los poetas más recientes. Sólo Palma y González Prada entrevieron en
     medio de la elocuencia y el tropel de imágenes, a mediados del XIX, las finas notas
     líricas del autor de Las Contemplaciones, su agudo sentido de la naturaleza, la humana
     comprensión de la vida; pero siempre dentro de lo poético. En prosa, en la novela, Hugo
     no fue sopesado en toda su grandeza. Fue notoria una pálida y tardía apreciación de
     Hugo como novelista. El sentido social de su narrativa fue escasamente considerado
     hasta muy entrado el siglo XX, en que las generaciones nuevas descubren la emoción
     social de sus novelas, antes que el efecto retórico de sus discursos7.



78
     Ante Víctor Hugo novelista, se han perfilado dos posiciones críticas extremas, opuestas,
     formuladas en el Perú dentro del siglo XX. La una, debida a José de la Riva Agüero,
     crítico precoz y fundador de nuestra historia literaria republicana expuesta en un ligero
     discurso pronunciado en 1935, sobre la influencia de la literatura francesa, y la otra, en
     muchos de los conceptos contenidos en su recopilación de estudios sobre literatura
     francesa. (Lima 1943).

     Aquella disertación mantiene vigencia cuando trata de autores clásicos y tradicionales
     consagrados, pero pierde validez a medida que enfoca figuras literarias modernas que
     requieren nuevos parámetros de crítica más comprensivos y más afines a una
     sensibilidad desarrollada en tiempos más recientes.

     Entre los varios comentarios que registran las prensas peruanas sobre el autor de Las
     Orientales o El Conde de Montecristo hallamos una violenta e insólita apreciación
     seudocrítica de José de la Riva Agüero8 quien califica a Hugo como "retórico,
     estrepitoso" y le reprocha "su fondo paupérrimo", haciéndose eco de opiniones hoy poco
     confiables, provenientes de Claude Farrere, y otros, la innovación literaria, ha merecido
     la respuesta alturada de Aurelio Miro Quesada9 quien atribuye los excesos de Riva
     Agüero a ciertas debilidades de concepto advertidos en sus últimos años.

                   "Generalmente por razones extraliterarias y por una
                   firmeza respetable doctrinaria en los campos ético o
                   político pero perturbadora en el campo literario, su
                   valoración de los escritores se oscurece y los reparos en
                   esencia acertados, se exageran con una acumulación de
                   adjetivos contrarios. Así sucede con Víctor Hugo, a quién
                   ya había llamado "retórico estrepitoso" y al que ahora
                   reprocha "su fondo paupérrimo, sus perogrullescas
                   sentencias y vulgar filosofía política. La única explicación
                   se halla según MiroQuesada en su beligerancia política
                   creciente (en 1943) y en su concepto formalista de la
                   literatura ...." 9
     La otra posición crítica frente a la obra de Víctor Hugo formulada hace pocos años, se
     debe a la pluma de Mario Vargas Llosa, tan notable novelista como original crítico. En un
     ensayo dedicado a calar en la prosa de Los Miserables10 Vargas Llosa pone en
     evidencia la magia verbal, la opulencia retórica, la maestría poética de este ídolo
     romántico, al lado de su vigor creador de personajes. No le faltan a Hugo los recursos
     del novelista más sagaz, gracias a sus estratagemas para encandilar al lector, para
     sugerir situaciones, para hacer hablar a sus personajes en forma cautivadora, para
     esgrimir su dominio del estilo y apelar a recursos sicológicos poco usados antes, para
     lograr efectos de suspenso y usar tácticas para escamotear, esconder o retardar ciertas
     situaciones, recursos todos, en suma, para lograr que la ficción se parezca a la verdad y
     a la vida.
     El ensayo de Vargas Llosa está cargado de observaciones sugestivas, reveladoras de la
     pasión con que leyó por primera vez, el libro, y luego como adolescente apasionado y




79
     más tarde, como investigador y como narrador tanto o más notable que el propio
     maestro.

     1 Ricardo Palma, "La bohemia de mi tiempo" en : Tradiciones peruanas completas,
     Madrid, Aguilar, 1964.
     2 Pedro Ignacio Noboa, desde 1857, puso en castellano gran parte de Las
     Contemplaciones, libro aparecido en 1855. En El Constitucional, N°s. 21, 23, 26, 29 y 31,
     Arequipa, abril y mayo de 1858; y en La Revista de Lima, tomo I , 1851, en varias
     entregas se publicaron sus traducciones y su ensayo "Estudios sobre Víctor Hugo y sus
     últimas poesías."
     3 Manuel Adolfo García, Composiciones poéticas, Havre, 1872.
     4 Manuel Gonzalez Prada, Baladas, París, L. Bellenand, 1939.
     5 R. Palma, "La bohemia ... ", cit.
     6 Manuel Gonzalez Prada, Pájinas Libres, París, Tip. P. Dupont, 1894, pp. 165-175, art.
     "Víctor Hugo", fechado en 1885.
     7 Nuevas versiones de poesía de Hugo no se han hecho recientemente.
     Algunos comentarios o críticas conmemorativas nos traen periódicos de 1902, de 1935-
     1936 y de 1952. Deben destacarse un informado y medular comentario de Oscar Miro
     Quesada (Racso) en El Comercio de Lima (N° 48734, del 1° de enero de 1936), sobre
     "Víctor Hugo, poeta", que recuerda el medio siglo de la muerte. Racso se revela
     admirador comprensivo y entusiasta del poeta francés y el trabajo reivindica su memoria
     preclara.
     Luis Humberto Delgado publicó más tarde, una selección infeliz, El pensamiento vivo de
     Víctor Hugo, Lima, LatinoAmérica Editores, 1944, 201p.
     Más adelante, con ocasión del sesquicentenario de su nacimiento, ofrecimos nosotros
     un ensayo ligero acerca de "Víctor Hugo en el Perú", en Mar del Sur, N° * Lima, 1952.
     8 José de la Riva Agüero. Obras completas, Vol. III, pp. 297 passim, Lima, PUCP 1933.
     El otro texto aludido está contenido en su libro Estudios sobre literatura francesa, (Lima,
     Ed. Lumen, 1943).
     9 Aurelio Miro Quesada S., Prólogo al Vol. III de O.C. de Riva Agüero, cit.
     10 Mario Vargas Llosa, "Los Miserables el último clásico", en Cielo Abierto, Vol. II, p:3,
     Lima, 1983.




80
     XI




     La Efusión Sentimental: Lamartine y Musset
     Alfonso de Lamartine (1790-1869) produjo una verdadera conmoción entre sus primeros
     lectores peruanos y mantuvo su impacto poético hasta muy entrado el siglo XIX. Lo
     testimonia Ricardo Palma en sus recuerdos:

                   "Allá por los años 1848 a1850, ... Lamartine, Musset y
                   Victor Hugo, entre los franceses, eran manjar delicioso
                   para la juventud latinoamericana ... Márquez (José
                   Arnaldo) se sabía de coro a Lamartine".1
     Desde años anteriores se difundían en todo el Perú las versiones castellanas de
     Lamartine. Según aviso inserto en un periódico, en 1834, se vendía en el "Baratillo" de la
     Plaza de Regocijo del Cuzco, una edición de las Poesías del poeta, al lado de otras
     obras de Madame Stael y Chateaubriand2. Luis Benjamín Cisneros consideraba un
     ejemplar de las Oeuvres (de 1838) de Lamartine "el más querido de mis libros"3 . En una
     carta personal de 1858, el mismo Cisneros decía, desde París, a su amigo José
     Casimiro Ulloa: "Estudio el francés ... leo a Lamartine y a Víctor Hugo"4. Manuel
     Amunátegui, quien dirigía El Comercio de Lima traduce para ese diario poesías de
     Lamartine desde 1855.
     En 1840, el peruano Juan Manuel de Berriozábal, Marqués de Casa Jara, (1814 - 1892)
     editaba en París, una selección de Poesías de A. Lamartine5 de amplia difusión en el
     Perú e Hispanoamérica. Las versiones se siguen publicando no sólo en periódicos
     literarios, sino en las ediciones comunes de los diarios. En La época que dirigió por
     breve tiempo, J. Arnaldo Márquez dio a publicidad en 1862, algunas versiones
     trabajadas los años anteriores como el famoso poema de Lamartine "A la muerte de su
     hija"6 y algo más tarde, en 1865, reveló su traducción del prólogo de "Jocelín" en el
     diario El Nacional 7 y más tarde también "El delirio de Jocelín". Un poeta de la misma
     generación, Carlos Augusto Salaverry, registra el impacto de Lamartine en su propia
     expresión de la lírica romántica peruana, según el consenso del criterio posterior más
     exigente.
     La publicación de versiones lamartinianas se hace más frecuente en los años 60 y 70.
     Destacan nuevos traductores como Arturo Morales Toledo, Federico Flores Galindo



81
     (bajo su seudónimo "Dalmiro"), Ricardo Rossel, quienes publican en un semanario
     notable El correo del Perú 8 . Allí aparece también un estudio de Felipe G. Cazeneuve
     titulado "Realidad y Ficción"9 , cuya médula son las lecturas de Lamartine, Musset y
     Jorge Sand.
     Ese fervor lamartiniano se esparció por todo el Perú. Es notable el aporte de los poetas
     de Arequipa como Samuel Velarde, Eduardo F. Forga y José María de la Jara a quienes
     se deben nuevas versiones de "Jocelín", "Recuerdo" y "Tristeza".10 y otras más. El
     ambiente arequipeño favorable a Lamartine indujo a Mariano H. Cornejo (más tarde
     sociólogo orador y político de nota) a escribir un estudio sobre Lamartine en su libro
     Artículos literarios.11
     Es muy revelador que el entusiasmo inicial por la poesía de Lamartine va decreciendo
     en los poetas peruanos a medida que pasan los años. En Ricardo Palma sobre todo, el
     ídolo de su juventud se derrumbó ante la impresión desfavorable que le produjo el
     conocimiento personal del poeta francés, durante su viaje a Francia en 1865:
                   "Cuando en mi primer viaje a Europa,

                   cediendo a petulante empeño mío,

                   mi amigo el poeta argentino Hilario

                   Ascasubi me llevó en París, a casa

                   de Lamartine, a pesar de que estaba

                   yo aún en plena mocedad, no

                   experimenté emoción igual a la que ante

                   Zorrilla sentía. En Lamartine el

                   hombre me desencantó a los cinco minutos.

                   Me pareció un simple mortal, con

                   levita negra y corbatín de cerda, uno

                   de tantos que pasean el bulevar de la

                   Magdalena. No correspondió a mi ideal,

                   lo confieso".




82
     XII




     La Insólita Reforma de la Poética Francesa: Rocca
     de Vergalo
     Se publicó en Lima un libro de versos en francés titulado Les Méridionales - Poesies
     péruviennes de Nicanor della Rocca de Vergalo (impreso en Lima, Imprenta de El
     Comercio, administrado por J. R. Sánchez, 1871, 62 págs.) Este pequeño libro es
     probablemente una de las primeras ediciones peruanas en lengua francesa, y apareció
     casí simultáneamente con otra obra del mismo autor, La Mort d’Atahualpa, tragedia en 3
     actos, también impresa en Lima, el mismo año, en francés. Ambos volúmenes
     constituyen las obras primigenias de Rocca de Vergalo, discutido autor peruano-francés.
     (Lima, 1846- Oran, Argelia 1919).

     Su obra singular y extraña, enriquece la bibliografía del romanticismo peruano y
     latinoamericano. Cabe agregar que el autor fue casi desconocido o ignorado por sus
     compañeros de generación.

     Para fijar la importancia de las referidas ediciones de Rocca de Vergalo, conviene
     ubicarlas dentro del contexto de su restante producción y en relación con las
     circunstancias de la vida atormentada y azarosa del autor.

     Nicanor della Rocca de Vergalo sólo vivió en el Perú en dos etapas: la primera desde su
     nacimiento en Lima el 10 de enero de 1846 hasta 1856 cuando viajó para seguir
     estudios en un liceo de París y la segunda, desde su regreso de Francia, entre 1864
     hasta 1873 cuando volvió a París. En este segundo lapso en el extranjero vive
     alternadamente como exiliado, como diplomático, y finalmente sin cargo oficial; en
     precarias condiciones, en París y en Argelia hasta su muerte ocurrida en Oran, en 1919.

     En 1864, al final de sus estudios, trajo de Francia al Perú el amor por todo lo francés y el
     deslumbramiento por la poesía. Escribe y publica sus primeras poesías de clara filiación
     romántica, en lengua francesa, Sus autores preferidos son Hugo y Lamartine. A los 18
     años se casa en Lima, pero el matrimonio dura poco y las inquietudes juveniles se
     desbordan en su reclutamiento en las milicias movilizadas durante la guerra con España
     entre 1865 a 1866. Finalmente se entrega a las luchas de política interna y al periodismo
     en un diario de importancia como El Nacional de Lima, donde publica poesías. El cambio
     de gobierno en 1872, lo afecta personalmente hasta que logra ser nombrado como



83
     secretario de legación del Perú en París, en 1973. La holgura económica que le depara
     el cargo le permite publicar sus libros de poesía en 1877, 1879, 1880, pero el estado de
     guerra en el Perú, impone la supresión del cargo diplomático y el comienzo de la crisis
     económica que lo agobia en sus últimos años, en que sobrevive a costa de eventuales
     ingresos como colaborador de periódicos y profesor particular.

     Son evidentes sus vinculaciones que sostuvo con los autores más notables de la
     literatura francesa de la época. Frecuenta los cafés de la bohemia literaria y algunas
     tertulias. Empieza a exponer sus ideas de innovador de la poética y de la ortografía de la
     lengua francesa.

     De otro lado, se aproxima espiritualmente al país natal y ensaya una temática peruana
     en sus versos franceses. Identificado a su manera, con el sentimiento indígena, escribe
     en 1878, "yaravíes" a lo Mariano Melgar, en francés. Amigos literarios franceses elevan
     entonces al Congreso Peruano el pedido de una pensión acorde con sus antecedentes,
     u otro subsidio cualquiera, basados en la situación precaria del poeta, la falta de trabajo
     remunerativo y las exigencias impostergables de un hijo de corta edad. Firmaban el
     pedido, entre otros, Edmundo About, Teodoro de Banville, José María de Heredia,
     Alejandro Dumas, hijo, Cátulo Mendés, Alfonso Daudet, Sully Prudhomme, Stéphane
     Mallarmé, Leconte de Lisle, Francisco Coppée, Jules Claretie, A. Lemerre y Víctor Hugo.
     Meses antes, en diciembre de 1878, había dedicado al mismo Congreso, las estrofas de
     su nueva obra Le livre des Incas (París, Alphonse Lemerre, Ed., 1879). La petición
     habría llegado en la peor época posible: pues acababa de estallar la guerra entre el Perú
     y Chile y el momento era crítico. La solicitud al Congreso de 1879 hubo de ser reiterada
     casi con las mismas ilustres firmas a los gobiernos de Cáceres (1886) y de Piérola
     (1896), lo cual señala que ninguna petición tuvo el esperado buen éxito.

     El romanticismo tramontaba en Francia. Desde 1866 se habían reunido en torno del
     editor Lemerre, el mismo que publica las obras de della Rocca, un grupo de poetas
     franceses que escriben la revista-antología El Parnaso contemporáneo. El grupo deviene
     una escuela literaria nueva, "la parnasiana", seguidora de los románticos aunque
     aparentemente contrapuesta. Los ‘parnasianos" admiraban en Hugo y en Vigny la fuerza
     vital, el vigor de la inspiración, pero detestaban a Musset y Lamartine por su
     confidencialismo y exceso de fronda sentimental. Los "parnasianos" acentúan la faz
     intelectualista y erudita de la poesía. Inciden en el realismo valiéndose de la observación
     y el análisis. Los distiguen el culto de la forma, el respeto de la prosodia tradicional y el
     amor a la belleza plástica. Proclamen un anhelo de selección y de apartamiento de lo
     vulgar. Constituyen el puente de tránsito entre el idealismo romántico y el
     abstraccionismo simbolista, la vía que conduce de Lamartine a Verlaine.

     Por esa época, conoce a Rocca de Vergalo, un poeta simbolista, Gustave Kahn, notable
     exponente de la nueva escuela, quien ha dejado una semblanza vivida y valiosa del
     poeta peruano:

                    "Pequeño, muy delgado, nervioso, de cabellos negros
                    brillantes, escasos en la coronilla, aguileño, tostado,
                    parecía encarnar la miseria estoicamente soportada ...



84
                    Parecía hundirse en la mayor miseria. La copa de su
                    sombrero que era su tocado permanente, tomaba unos
                    tonos de acero, el sobretodo se deterioraba ... El aspecto
                    donquijotesco de Vergalo, una dulzura singular de los ojos,
                    un carácter muy notorio de modestia dolorosa, me
                    impresionaron".
     (G. Kahn, "R. de V. y su ambiente"
     En Fénix, Lima, Nº 20, pp. 187-188)
     En aquel medio y con ese círculo, actúa Rocca de Vergalo cuando publica Le livre des
     Incas a fines de 1878. Más él no se detuvo solamente en desdeñar la efusión romántica
     a lo Musset o Lamartine, pues perfila entonces su afán renovador. El apasionado
     innovador no vacila en comprometer su posición personal consistente en lograr un
     anhelo de gloria y perduración. Se explica así su reacción contra aquellos parnasianos, a
     raíz de la publicación de su libro La poetique nouvelle, en 1880. Despojado de la
     sensiblería pretérita, escribe un libro revolucionario que significa la innovación radical de
     la poética francesa. El nuevo libro constituye una proclama encendida:
                    "Yo soy un poeta innovador -dice- ¿Por qué? Porque no
                    voy a imitar a persona alguna. Soy un temperamento y
                    aportó un método ... Yo realizo una poética nueva, una
                    prosodia nueva, un coup d’art, una reforma, una
                    revolución".
     No se conforma con anunciar sus planes. Pretende atraer a la juventud, educar una
     generación e inculcarle sus principios atrevidos. "A mi, los jóvenes -A mi, los fuertes. -A
     mi, los bravos", exclama en el paroxismo del entusiasmo y acaso algunos jóvenes oyen
     el llamamiento.
     Contra él, contra el exótico extranjero que se atreve a innovar la poética francesa, estalla
     la indignación conservadora. Sus reformas no significan -bueno es advertirlo- algo
     trascendental. La inquietud que Rocca contribuye a despertar, dará luego frutos, al cabo
     de algunos años, con Verlaine, más atrevidos y audaces. Sus innovaciones no son
     desquisiadoras, mas provienen de un extranjero. Y eso es bastante para justificar la
     reacción. Las saetas empiezan a herirlo no por aventurado sino por no ser francés. Y
     surge el vituperio: "es un comunista que debe ser repatriado". Hay una voz más procaz
     aún que exclama "¡ Peruano salvaje!". El escándalo literario adquiere entonces
     resonancia. Pero al cabo, cubre al innovador el silencio premeditado. El mismo se aleja
     de las lides y de los círculos intelectuales. La mente del hombre abrumado por la
     injusticia empieza a flaquear. La "poesía vergaliana" vendrá a ser en él una monomanía.
     La miseria que lo acosa ahora más que antes, agrava su estado. Busca el alejamiento
     del medio hostil o incomprensivo. Emprende como Rimbaud, la ruta del Africa, que es la
     ruta de los desilusionados de la literatura. Antes ha recorrido las provincias francesas y
     ahora lo acogen tierras extrañas como las Canarias (1896), luego El Cairo y Alejandría
     (1905). Desde 1898 a 1908 ha residido con intermitencias en Marsella, al sur de Francia,
     y en Argelia, en el norte del África. Hasta corre la falsa noticia de su muerte. Jean
     Moréas intenta hacer justicia póstuma, ignorando que el presunto muerto vive todavía.
     En pleno hervor simbolista, cuando las innovaciones de Vergalo estaban ya superadas,
     Moréas escribe:


85
                    "primero que nadie concibió ciertas innovaciones".
     Pero aunque no ha muerto el hombre; ya la mente no sigue el hilo de las cosas del
     mundo. El colapso se avecina y el tiempo trascurre. Un día de diciembre de 1919, el
     parte diario del hospital de Orán, en Argelia, informa que ha muerto "le commandant
     N.A. de Vergalo". Esta vez el dato es auténtico. El cónsul del Perú certifica la noticia ...
     Estimativa de su obra
     Requiere algunas apreciaciones la estimativa de su obra. Sus primeros versos, como ya
     hemos dicho, fueron recogidos en Les méridionales (poésies péruviennes par Nicanor
     della Rocca. Lima, Imprimerie du "Comerce", 1871.) Corresponden a la etapa en que el
     espíritu de Rocca de Vergalo gravita entre dos pasiones: la amorosa y la patriótica.
     Escribe en francés y en castellano. Su dominio de la versificación gala es completo.
     Sigue a Hugo, a Musset y a Lamartine, a Delavigne, a Arnault, en la inspiración. Admira
     desorbitadamente a Espronceda, al igual todos los románticos hispanoamericanos.
     Todavía anda ligado a la temática extraña, aunque ya consigna poesías alusivas al país
     natal como la titulada "A la ville d’ Arequipa":
     Toi qui sais tot ou tord punir le vil tyran
     Qui donne á l’étranger le sol de la Patrie;
     Admirable cité de mille Cids remplie
     Qui savent expirer pour remplir un serment!
     (Les meridionales)
     Libro desigual y confuso, los tópicos que registra acusan disimilitud extrema: inserta sus
     esperanzas y amores, canta las glorias nacionales y el dolor personal.
     El tenebrismo y lo macabro invaden también la mayor parte de sus poemas: la muerte
     del padre y otros parientes y amigos (como el pintor Francisco Laso), víctimas de la
     fiebre amarilla en Lima, la meditación en el cementerio de esta ciudad, un poco para
     sentirse el poeta desdichado. Otra peculiaridad es la exaltación patriótica, incrementada
     y estímulada por las circunstancias del momento político tenso que vive el país entre
     1865 y 1866, ante la aproximación de una escuadra española que intenta restablecer el
     dominio español en las naciones libres del Pacífico sudamericano. Como miembro del
     ejército nacional, Rocca de Vergalo escribe desde "la fortaleza del Callao". Pero también
     mueve su sensibilidad poética más íntima la caída de Francia frente al invasor prusiano
     y la capitulación de París en junio de 1871. Otro aspecto de su poesía de esa época, lo
     constituye su abominación de los tiranos ejemplificados en García Moreno y por
     extensión, la exaltación del tiranicidio, en el mismo plano en que también exalta al
     réprobo, al marginado, al hombre que desafía la ley, ejemplificado en "el
     contrabandista", un poco a la manera de Espronceda cuando cantaba "al pirata".
     En cuanto al título del libro, Los meridionales, parece un calco sudamericano de Las
     Orientales de Víctor Hugo, sobre todo por la insistencia de los temas tomados de la
     historia y la leyenda y los juegos métricos en que se advierte la intención renovadora.
     Resulta así, este libro, tal vez el más "huguesco" y "esproncediano" de la producción
     poética del romanticismo peruano.
     Precede a la parte poética, una advertencia a los lectores, fechada en 28 de julio de
     1871, en la cual afirma que:
                    "el lector debe comprender que mi porvenir está en
                    Francia, porque yo escribo en francés; e bien, yo desearía



86
                   retornar a Francia ... porque ... deseo terminar mis estudios
                   y completar mis conocimientos literarios".
     De 1864 data también el ensayo de tragedia ya mencionado La muerte de Atahualpa. El
     episodio de Cajamarca sugestionó su espíritu ansioso de trama y ambiente peruanista,
     asimilable al medioevalismo de los románticos franceses. Forjó un curioso
     desenvolvimiento del tema; explota su imaginación adolescente el conflicto surgido entre
     los juzgadores del Inca y así, unas veces guardando fidelidad a la historia y otras veces
     apartándose de ella, logra su ensayo de tragedia con la medianía del principiante. Si los
     valores dramáticos son escasos, acaso podamos anotar las huellas de la fantasía
     exuberante de Hugo y Walter Scott, de fina estirpe romántica, para trastocar la historia y
     hacerla casi creación personal.
     Ya en Francia, en la relativa y fugaz holgura económica que le depara el cargo
     diplomático, pule las estrofas maduras y discretas de Feuilles du coeur (París Ed. D.
     Jouaust, 1877). Se advierte en este libro el tránsito del romanticismo al parnasianismo.
     Va abandonando las efusiones de intensa subjetividad en pos de la hegemonía de la
     forma. Algunos poetas nuevos, de los que se agrupan en torno de El Parnaso
     Contemporáneo, editado por Alfonso Lemerre, lo acogen y lo elogian privadamente,
     entre ellos Teodoro de Banville y Joséphin Soulary. Su poesía significa poco, mas las
     dedicatorias dan sus frutos y acaso conmueve a algunos el caso heroico de un
     extranjero que tal vez no domina el francés a la perfección y se esfuerza por descorrer
     los velos que ocultan los misterios de la poética francesa.
     Su obra más considerable es, sin duda, Le livre des Incas (París, Alphonse Lemerre,
     Editeur, 1879). Lo constituyen partes o secciones deferentes: "Les grandes
     miséres"(1877), luego "Les révolutionnaires et le chansons de l’exil. Yaravis. Les
     Estivales"(1878). Los temas, sin embargo son nuevos. Sus experiencias pasadas y sus
     recuerdos acaparan los asuntos y desplazan otros nuevos. Constituye el conjunto de los
     poemas una suerte de diario poético en que van registradas en desorden, impresiones
     de amores, de campañas patrióticas, de su labor política, del destierro, del retorno a
     Francia, de sus tiempos de infortunio y necesidad. A pesar de que la perfección de la
     forma y las innovaciones métricas empiezan a preocupar al autor, haciéndolo utilizar ya
     su "onda nicarina" y otras estrofas "vergalianas", como él mismo las titula evocando su
     nombre de pila y su patronímico, domina todavía su confesionalismo peculiar.
     La mayoría de los poemas están escritos en francés, con excepción de dos. En francés
     están versificados también sus ensayos de "yaravíes" que constituyen al parecer, lo más
     característico y significativo del tomo. Del "yaraví", que por su caprichosa definición
     resulta sólo un "canto triste", había realizado ya laudables logros y adaptaciones
     Mariano Melgar a principios del siglo (hasta 1814) y, posteriormente, algunos románticos
     peruanos como Manuel Castillo, Clemente Althaus, Constantino Carrasco, aunque sin
     compenetrarse como el primero, con la verdadera esencia de la poesía indígena o
     mestiza. Más asimilables a los de éstos últimos que a los de Melgar, los "yaravíes" de
     Rocca de Vergalo delatan, no obstante, su vínculo latente y válido con el terruño, pese a
     los años de ausencia, a su corta residencia en el país de origen, a su ascendencia
     extranjera (italiana) y a otras causas más íntimas. La nostalgia no lo abandona nunca y
     sin duda promueve en él este acercamiento a la poesía popular o indígena.




87
     Su peruanismo, sin embargo, no sólo lo induce a esta adaptación de forma poéticas
     indígenas o mestizas peruanas a la métrica francesa, sino también a escribir poemas de
     contenido histórico indianista como "Cahuide" y "Pachacamac".
     "Cahuide" concluye así:
     Alors, comme il avait lá réuni ses femmes
     ses llamas, ses trésors, toutes ses oriflammes.
     Fidéle a sa croyance et fier de son échec,
     il se précipita dans le ravins avec.
     (Le livre des Incas)
     Causa extrañeza este intento de crear poesía peruanista o indianista en francés.
     Insólitas parecen muchas otras actitudes de Rocca de Vergalo. Pero sus valores no se
     hallan precisamente en estos ensayos de exotismo literario a veces incoherentes, sino
     en las innovaciones contenidas y sostenidas en su libro-panfleto La poetique nouvelle
     (París, Alphonse Lemerre Editeur, 1880), libro que lo envolverá en la controversia
     intelectual y hará a su autor blanco de ataques e insidias de los retrógrados y
     tradicionalistas. De otro lado, con su jactancia característica, pretendía fundar una
     "escuela vergaliana". La reforma consistía, en primer término, en inaugurar un quinto o
     nuevo género literario: "la poesía espiritual". Una definición exacta de lo que entendía
     por ello, no la formuló nunca.
     Su pensamiento era vago y poco sustancial. Por el contrario, están claramente
     expuestas sus innovaciones en la versificación, tales como la legitimidad del hiato, la
     sustitución del verso alejandrino por la estrofa "nicarina", con la acentuación después de
     la tercera o quinta sílaba en los versos de ocho o después de la sexta en los de once.
     Especial importancia reviste además, la supresión de las mayúsculas al principio de
     cada verso, pero manteniéndolas siempre al comienzo de cada estrofa, después de
     punto o tratándose de sustantivo propio. Su "escuela del progreso y del sentido
     común"de la cual vivía ufano, mereció ser mencionada y comentaba en la obra de
     Catulle Mendés Le mouvement poétique francaise de 1867 a 1900 (París, 1903) y
     constituyó un precedente inevitable de las tendencias versolibristas que empezaban a
     proliferar.
                   "Como quiera que sea dicen sus modernos comentaristas
                   G.L. van Roosbroek y Rafael A. Soto, de la Universidad de
                   Columbia, su mérito principal consiste en haber sabido
                   dirigir la atención de los poetas franceses hacia una teoría
                   libreversista que no sólo había tenido poco adeptos sino
                   que por entonces encontraba su mejor enemigo en la
                   escuela parnasiana, cuyos cánones eran la norma de la
                   poesía francesa".
     (Van Roosbroeck, O.C.)
     Pensaba della Rocca:
                   "la poesía contemporánea o la del siglo XX, será
                   vergaliana-ecléctica o ella morirá".
     Y agregan sus recientes críticos ya citados:




88
                    "Si salió un tanto defraudado en sus cálculos, no se debe a
                    que sus reformas fuesen demasiado revolucionarias, antes
                    al contrario, a que eran demasiado conservadoras".
     El ímpetu innovador, su pasión por las reformas que lo obsesionaban no se redujeron a
     la tentativa de modificar la poética francesa y a convertirse como él decía en "adalid del
     verso libre, de todas las escuelas poéticas contemporáneas". En los últimos años de su
     vida della Rocca de Vergalo invadió otro terreno, el gramatical y el lingüístico, al crear
     neologismos franceses y al propugnar también una reforma general de la ortografía
     francesa. Se ignora qué suerte corrió este intento de 1873, en libro que fue el último
     publicado dentro de su copiosa bibliografía. Se tituló La reforme generale de l’orthografe,
     (París, Alphonse Lemerre Editeur, 1909). Sobre él se pronunciaba en una carta Víctor
     Hugo quién conoció la obra en sus originales, poco antes de su muerte:
                    "J’ai lu des principaux chapitres de la Réforme de
                    l’orthografe francaise que tu m’as confiée; elle sera le plus
                    grand évenement de la Literature contemporane. Je te la
                    retourne telle quelle, que trouvant rien á redire.
                    Compliments affectueux de V.H."
     Reparos graves pueden formularse contra sus presuntuosas autovaloraciones; contra el
     "complejo mesiánico" que lo atormentaba mientras arengaba a la juventud para una
     reforma literaria y le brindaba insulsos "consejos fraternales"; contra su actitud de
     compromiso para obligar a los hombres utilizando como medio la obra literaria.
     Dedicatorias lucen los libros, decicatorias las partes que los componen, dedicatorias
     llevan en último término, los poemas que forman las partes. Si acaso hubiera podido
     dedicar los versos y las sílabas y las letras, también lo habría hecho. Quien mereciera
     una dedicatoria suya, no sabría a buen seguro calcular qué mínima parte de aprecio,
     estima o admiración del poeta pudiera corresponderle y en qué grado de participación
     concurriría con los demás asociados en gozar de la ingenua prodigalidad del poeta.
     Una sagaz ubicación de José Gálvez, un ácido párrafo de José de la Riva Agüero, una
     apreciación alada de Valdelomar, un juicio sereno de Alberto Ulloa, una crónica de
     Gómez Carrillo, un artículo de Rómulo Cúneo Vidal, un capítulo de Luis Alberto Sánchez
     y los comentarios de Moréas, Mendés, Marius André y Gustavo Kahn formaban en
     conjunto, hasta ayer, los más importantes aportes al esclarecimiento de la figura y la
     obra de Rocca de Vergalo. Con todo, hasta hace poco, la trascendencia de su labor era
     casi ignorada en América Latina. El imperfecto conocimiento de su figura se debía en
     parte, al escollo idiomático, pues Rocca de Vergalo escribió mayormente en francés,
     aunque en sus temas evocaba frecuentemente ambientes peruanos. Sin embargo, su
     caso no es equiparable con el de otros poetas latino-americanos que escribieron
     también en francés. José María de Heredia (Cuba), Jules Laforgue, e Isidore Ducasse
     (Conde de Lautréamont) (Uruguay) Armando Godoy (Perú) han hecho a veces poesía
     de altísimo valor, pero de escasa emoción americana. Rocca de Vergalo, por el
     contrario, no acalló nunca los latidos de esta emoción, aunque constituyera la suya una
     manifestación epidérmica y poco afirmada en la auténtica afinidad con el terruño. Su
     aproximación a la realidad peruana y no la consustanciación con ella, supone una
     característica tanto más estimable cuanto que la mayoría de los románticos de Lima
     solieron incorporar a sus poemas, temas medioevales de estirpe española y francesa.


89
     Su afición a la tierra natal significaba, empero, más un acercamiento intelectivo y
     racional que un fenómeno de auténtica afinidad. La actitud era acorde con su
     sensibilidad romántica. El romántico se postula hoy denota por lo general un agudo
     cerebralismo en su concepción del mundo. Las puras floraciones del sentimiento están
     desplazadas por sus prejuicios de escuela y sus categorías mentales anteriores a toda
     experiencia. El romántico no vivió para poetizar sino poetizó para vivir. Sus pasiones,
     sus hipérboles, sus excesos se alimentan en gran medida, de fibra intelectual y no vital.
     Dejando a un lado actitud personal de Rocca de Vergalo, hay además básicos reparos
     para dudar de su verdadero temperamento poético. La sensibilidad artística y el criterio
     de selección lo abandonan muy a menudo. Eduard Spranger al examinar el "homo
     oestheticus" en sus Labensformen, ha precisado:
                    "El destino y el mundo en torno suministran impresiones, y
                    el propio yo suministra un matiz del sentimiento
                    peculiarmente captador. Al ceñir éste a las impresiones,
                    son éstas transformadas en una expresión de síquica
                    emotividad y, al mismo tiempo, asimiladas en una actitud
                    de posesión".
     No sucedía así lamentablemente en el caso del artista que había en Rocca de Vergalo.
     Su aptitud aprehensiva y captadora acusaba deficiencia en transformar esas
     impresiones que poblaron su juventud y que él seguía reproduciendo textualmente en
     los años de madurez. La personalidad que imprimió a sus actos vitales no la logró en su
     poesía. El tipo especulativo no pudo traicionarse a sí mismo.
     La crítica ha fluctuado generalmente, en el caso de Rocca de Vergalo, entre la
     exaltación un tanto indiscriminada y sin criterio analítico, la incondicional laudatoria y el
     híspido gesto de desdén e incomprensión. En esta última actitud se coloca José de la
     Riva Agüero.
                    "Sus versos franceses son pésimos y ridículos, y algunos
                    castellanos que escribió peores si cabe que los franceses.
                    En punto a ridiculez, entre todas sus obras se llevan la
                    palma un yaraví, y las quejas y lamentaciones por la
                    infidelidad de su mujer Benita. Los literatos parisienses se
                    han reído mucho de este pobre loco grafómano. Lo que
                    asombra es que en la temporada simbolista, cuando bastó
                    hablar incoherente y disparatadamente para sentar plaza
                    de genio, algunos lo tomaron a lo serio y llegaron a
                    declararlo precursor del decadentismo. Stéphane Mallarmé
                    le dirigió, con motivo de la publicación de Le livre des
                    Incas, una entusiasta y laudatoria carta. Arcades ambo".

                                   (Carácter de la literatura del
                                   Perú independiente, Lima,
                                   1905: Obras completas, tomo
                                   I, Lima, 1964, p. 140).
     Mas lo significativo en este párrafo es el limitado criterio del comentarista que lo enjuicia
     no sólo en función de su propia obra sino en la aproximación que advierte hacia los


90
     nuevos aportes del simbolismo (para él sinónimo de incoherencia y disparate) y el
     desdén por la actitud de Mallarmé, a quien Riva Agüero no caló en su conducta gentil y
     creyó fuese sólo uno de tantos poetas representantes de una simple "temporada",
     efímera que se apartaba del lógico, racional y formal clasicismo, en cuyo nombre Riva
     Agüero condenaba y excecraba las corrientes de renovación poética. Sin duda, fue
     Rocca un poeta desafortunado y mediocre, pero su pasión innovadora -que devino a la
     postre en manía morbosa- ejerció algún influjo positivo en un momento determinado y
     fue acogida y evaluada por la crítica francesa, como se demuestra en estas páginas, que
     le concedió, sin vacilación, el título de "precursor" del simbolismo francés y de algunas
     de sus innovaciones fundamentales. Jean Moréas, a quien no podemos reprochar ni
     parcialidad ni ligereza de criterio, afirma el consagratorio juicio:
                   "Es necesario reconocer que primero que nadie, della
                   Rocca de Vergalo concibió ciertas innovaciones, sobre las
                   cuales se pusieron siempre de acuerdo algunos
                   representantes considerables de la joven generación".
                   (citado por E. Gómez Carrillo, en Treinta años de mi vida,
                   Madrid, El Mundo Latino, 1920, tomo II, p. 241.)
     No cabe duda que los valores de Rocca de Vergalo radican más en sus innovaciones
     formales que en sus realizaciones poéticas. José Gálvez se encargó de insistir con
     preferencia en las condiciones excepcionales de reformador que moraban en el autor de
     La poetique novelle.
     ¿Necesita el innovador ser poeta? Si pensamos en Rubén Darío, acaso responderíamos
     afirmativamente. Remontándonos en el tiempo tropezamos, empero, con el caso
     elocuente de Juan Boscán, mal poeta y genial innovador. Cabe la equiparación con la
     salvedad de que a della Rocca le faltó la comprensión inmediata y devota de un
     Garcilaso, selecta sensibilidad de artista.
     La crítica erudita de nuestro tiempo reconoce el valor de su obra como antecedente del
     simbolismo francés, como "parnasiano hugólatra" según Marius André. Después de un
     detenido estudio técnico de sus aportes reformistas, también los profesores el Prof. G.L.
     Van Roosbroeck y Rafael A. Soto, en una monografía que titulan Un olvidado precursor
     del Modernismo francés: della Rocca de Vergalo (Columbia University, New York, 1928)
     y que forma parte de la serie de trabajos del "Institut des Etudes Franccaises" de dicha
     Universidad, llegan a la siguiente conclusión:
                   "Della Rocca de Vergalo, en su celo de reformador novel,
                   aspiró a la gloria de ver sus versos erigidos en modelo que
                   sirviese de pauta a los jóvenes poetas que bien pronto iban
                   a abrir nuevo camino a las musas. Y no era ésta una
                   aspiración totalmente desprovista de fundamento, toda vez
                   que sus versos "nicarinos" ofrecían formas mucho más
                   libres que las usadas por los parnasianos. Pero si salió un
                   tanto defraudado en sus cálculos, no se debe a que sus
                   reformas fuesen demasiado revolucionarias, antes al
                   contrario, a que eran demasiado conservadoras... En la
                   historia literaria como en la historia de todo progreso
                   humano, lo revolucionario de hoy es lo conservador de


91
                   mañana, y el verso libre de della Rocca de Vergalo fue muy
                   pronto sobrepujado por las audacias de un Jules Laforgue,
                   de un Gustavo Kahn, de un René Ghil y della Rocca
                   representa, pues un papel momentáneo en la historia de la
                   poesía francesa. Su obra marca un primer paso inmediato
                   en la revolución contra el verso tradicional. Fue un
                   precursor cuyas teorías y ejemplo aunque insuficientes,
                   sirvieron de inspiración a los poetas que vinieron más
                   tarde". (18-19)
     Es interesante glosar también el propio testimonio de Gustavo Kahn, quien compartió su
     amistad, lo conoció íntimamente y discutió con della Rocca acerca de cuestiones
     estéticas y literarias.:
                   "Un poco más tarde, él me llevó las Hojas del Corazón . No
                   había hablado de ellas y con vivo sentimiento, pero era
                   necesario ser franco, yo le había confesado no estar
                   conquistado por sus estrofas "nicarinas". Estaba, en suma,
                   reunido en la estrofa, en lugar de estar aplicado a todo el
                   poema, simplemente el procedimiento de Djinns, de Víctor
                   Hugo.

                   Por otra parte, Vergalo, en esta época, no era un
                   reformador, no admitía el verso libre, del cual bosquejó
                   vagamente la fórmula que no es necesario detallar aquí. El
                   pensaba simplemente enriquecer la fórmula parnasiana,
                   hacerla más ágil y más flexible, ajustándose siempre al
                   alejandrino y a sus sucedáneos binarios, aún en las
                   estrofas en rombo que él llamaba nicarinas. No creo que él
                   conociera los modelos del siglo XVI. Algunas variaciones
                   sobre la cesura, ciertas libertades con los sonidos mudos le
                   satisfacían, y eso era mucho entonces. El interesante
                   artículo en el que Marius André habla de él en calidad de
                   poeta, es una buena imagen; y las bien escogidas citas
                   limitan las novedades de técnica presentando
                   correctamente el color de su inspiración. La carta de
                   Mallarmé, que cita Marius André, es característica. Bajo su
                   forma cortés ella resume la objeción que encontraba
                   Vergalo frente al número muy pequeño de sus lectores. Es
                   verdad que Mallarmé, innovador en el fondo, era entonces,
                   técnicamente, un parnasiano exaltado, rehusando toda
                   licencia, aun admitida. Otros reprochaban a Vergalo el
                   exotismo de su lenguaje tanto como sus parciales
                   libertades prosódicas. En lo que a mí toca, su gusto por la
                   inversión, considerada como un recurso, contrastaba con
                   mi horror ante la inversión. Pero entre las raras personas
                   que conocían sus poemas, jóvenes o veteranos, ninguno



92
                   desconocía que él tuvo ciertos dones de verdadero poeta.
                   Hubiera podido entrar en pequeña estatura, en muy
                   pequeña estatura, en la serie de poetas malditos". (G.
                   Kahn, Nicanor della Rocca de Vergalo y su ambiente", en
                   Fénix , N° 20, Lima, 1970. pp.89-90).
     De tal suerte, si bien el simbolismo francés influyó con muchos elementos sobre la
     nueva tendencia poética americana inaugurada por Rubén Darío, el modernismo, a
     pesar de todos los argumentos críticos que en contra se han expuesto; de América salió
     antes -con Rocca de Vergalo, el trashumante y bohemio peruano, -algo del impulso
     renovador que informó el movimiento simbolista francés. En esa forma, un mensaje de
     innovación formal que salió de América fresco y primitivo, como una semilla sin
     germinar, pudo volver perfeccionado y maduro inserto en poemas de Darío, Lugones o
     Chocano, como sazonado fruto.




93
     XIII




     La Aventura Imaginaria: Julio Verne
     Julio Verne no se apartó nunca físicamente del ámbito europeo. En verdad fue un viajero
     frustrado, pues desde sus años mozos, su padre cortó los proyectos aventureros del
     adolescente, impidiéndole un embarque clandestino para las Indias, es decir, al
     continente americano. La vida sólo le brindó después la oportunidad de viajar por el
     Mediterráneo y algo más en la zona nórdica de Europa, en una embarcación adquirida
     en los años en que su fama le permitió esa expansión. En lo demás, tuvo que
     contentarse con viajes imaginarios, leyendo un inmenso caudal de obras de este jaez,
     que le fue útil para lanzarse a escribir la serie de textos que tituló "Viajes
     extraordinarios". De tal suerte, Julio Verne hubo estudiado la materia de viajes de modo
     sistemático, desde su época de formación, la que como es sabido se prolongó hasta la
     edad de 35 años. Esos conocimientos generales sobre el viajar y los viajeros,
     adquirieron forma en cuatro copiosas obras, Los descubrimientos del Globo (hasta el
     siglo XVII), Los grandes navegantes del siglo XVIII, Los grandes viajes y los grandes
     viajeros, y Los grandes exploradores del siglo XIX, en donde todavía no se expande la
     fantasía que iba a ser habitual posteriormente en este autor y antes bien, campea en
     ellos un propósito didáctico, ameno y concreto de resumir en un cuerpo orgánico el
     proceso de los diversos esfuerzos humanos por completar el conocimiento de los más
     lejanos parajes del globo, tanto en el tiempo (antes y después de la era cristiana), como
     en el espacio, incluyendo regiones desconocidas, e incluso América y las zonas polares.
     Así es como Verne describió el proceso de la conquista española en América Central, en
     México y en América Meridional. Para la conquista de México contó con la ayuda de tres
     fuentes importantes: Bernal Díaz de Castillo, el jesuita Francisco Clavijero y el
     norteamericano William Prescott. Para la conquista del Perú sus informadores fueron sin
     duda (y las citas que hace así lo revelan), Garcilaso de la Vega Inca y Agustín de Zárate
     y, por añadidura, los modernos Robertson y Prescott, conspicuos historiadores. De los
     viajeros del siglo XVIII que llegaron al Perú, Verne conoció al detalle (lo que también se
     evidencia en las citas) la obra del explorador francés La Condamine y sus
     acompañantes, incluyendo desde luego a Jorge Juan y Antonio Ulloa y, de tiempos
     anteriores, los relatos de algunos corsarios como Dampier, Drake, Cavendish, Rodgers y
     Anson, que habían incursionado en la costa peruana, aunque no es muy seguro que los
     conociera de primera mano. Entre las obras generales cita Verne la Historia General de
     los Viajes del abate A.R. Prévost (París, 1746-89) y había asimilado además, los datos e


94
     informes científicos contenidos en algunas publicaciones descriptivas de Alejandro de
     Humbolt, y además múltiples relatos leídos en una famoso revista La tour du monde, de
     mediados del XIX.

     Para viajar imaginariamente debió nutrirse de esos relatos de periplos verdaderos que le
     fueron útiles para armar y construir sus grandes cuadros de lejanos países, situados
     dentro y fuera de su fantasía, por encima o por debajo de las entelequias tecnológicas
     por él creadas. A veces tales elementos no le fueron suficientes y para ilustrarlo está el
     caso de los falsos paisajes y cuadros de vida peruanos que imaginó Verne.

     Hay dos facetas en la obra novelística de Verne. La del "novelista de anticipación" y la
     del "novelista de aventuras". De la primera tenemos muestras valiosas en sus Veinte mil
     leguas de viaje submarino y De la tierra a la luna, que tanta actualidad han cobrado
     recientemente con el desarrollo de la ciencia moderna y el progreso tecnológico. Verne
     era el gran adelantado de las invenciones de nuestros días.

     De la segunda faceta son buena muestra Matías Sandorf y Miguel Strogoff. Lo son
     también La Jangada y Martín Paz, ambas novelas de aventuras en ambiente peruano.
     Mostró en ellas un interés sostenido por el ambiente americano en parte considerable de
     su voluminosa obra.

     Vacilante al comienzo y más seguro en sus posteriores años de madurez, Julio Verne (al
     igual que otros escritores de literatura trivial), contribuyó a afianzar una imagen más
     aproximada de lo que era el resto del mundo -incluso el latinoamericano- para los
     lectores europeos ávidos de completar el conocimiento de las distintas regiones del
     globo, entonces todavía en la segunda mitad del XIX no del todo transitadas.

     En ese siglo XIX, en que le toca vivir a Verne, lo "latinoamericano" empieza a tener
     vigencia diferenciada de lo que es América del Norte. A raíz de la independencia de las
     colonias españolas, los lectores europeos se interesan por las características y la suerte
     de las repúblicas recién emancipadas.

     Así se explica algo que llamaríamos "el boom" de la novela de aventuras y de viajes que
     corresponde a la época del advenimiento del interés del hombre por ilustrarse acerca de
     regiones lejanas o desconocidas, ya advertido desde la época del Iluminismo y del
     interés romántico por lo lejano en el espacio y lo perdido en la profundidad del tiempo.
     Se incrementan los grandes tirajes de libros de viajes y aventuras para la lectura del
     hombre común. El alemán Charles Sealsfield (seudónimo de Karl Postl, 1790-1864)
     toma el modelo del norteamericano Fenimore Cooper (1789-1851) y sigue la línea
     iniciada por éste en sus "leather-stockings tales", que difunde por toda Europa. En
     actitud semejante, otro alemán Federico Gerstaecker (1798-1870) radicado primero en la
     región del medioeste norteamericano (Arkansas), recorre la América Latina en varias
     oportunidades y escribe libros de viajes y aventuras y también novelas realistas (por lo
     menos 5 copiosas novelas) sobre la vida contemporánea de los nuevos países
     latinoamericanos (Brasil, Chile, Perú, Ecuador, Venezuela). Con sus limitados recursos
     artísticos, tanto Verne como Postl y Gerstaecker, gracias a su ingenio y fecundidad,
     llevaron a los grandes públicos europeos imágenes de lo americano, no obstante la
     ligereza e inexactitud de que a veces adolecen.


95
     Julio Verne era, por esa parte, representativo de una doble apertura: hacia al espacio
     exterior, con sus novelas de aventuras en el mundo desconocido: el Asia, África y
     América, y hacia el tiempo que vendría, hacia el preocupante futuro, con sus novelas de
     anticipación, dictadas al ritmo de los programas acelerados de la ciencia en los años
     cruciales del siglo XIX. Dentro del espacio americano, el Perú había de ocupar, según
     veremos, algún lugar de importancia dentro de la exuberante obre del incansable y trivial
     narrador.

     El enorme éxito popular de sus ficciones novelescas, editados por el famoso editor
     Hetzel en Francia, desde mediados del XIX, irradiaba su vigencia fuera de las fronteras
     de su patria natal. En España, gracias a las ediciones múltiples de Saenz de Jubera, con
     atractivos grabados tomados de la publicación francesa o similares a ellas. A partir de la
     década de 1870 empezaron a difundirse en el Perú esas primeras versiones españolas
     de las novelas "científicas" de Julio Verne, acogidas sobre todo, debido a su alucinante
     sugestión, por jóvenes lectores. En nuestros días ese interés ha decrecido un tanto,
     dado que la ciencia y la teoría han superado ya en la realidad, y con creces, las
     creaciones imaginarias de Julio Verne. Su obra es hoy un cuerpo documental que puede
     enjuiciarse desde diversas perspectivas.

     La Novela Limeña

     Hacia América convergieron las más vivas inquietudes vernianas a todo lo largo de su
     producción y de su vida. Basta la enumeración de algunos de sus títulos para darse
     cuenta de su contenido: El soberbio Orinoco o Las fuentes del Orinoco, 1898, basada en
     la lectura del famoso relato del jesuita José Gumilla, titulado El Orinoco Ilustrado, y
     también al parecer en la Relation Historique del viaje de Alejandro de Humbolt, por el
     Nuevo Mundo, de donde provienen noticias y datos acerca del Orinoco y sus selvas,
     (como por ejemplo, la descripción de las anguilas eléctricas). En esta obra sobre el
     "soberbio" o "el orgulloso" gran río, presenta Verne, parte esencial del paisaje y la
     realidad socio-geográfica de Venezuela. El faro del fin del mundo se desenvuelve en los
     helados parajes argentinos de Tierra del Fuego; en Los hijos del capitán Grant gran
     parte de la acción incluye Chile y las pampas argentinas. En Un drama en México se
     ofrece una impresión del país entre Acapulco y la capital, en pleno siglo XIX. Finalmente,
     En el país de las pieles se desenvuelve la acción en tierras de Alaska.

     En lo que respecta al Perú, hay obras de Verne en las que se intenta la reconstrucción
     paisajística y sociológica del XIX, esto es, Martín Paz (1852), ingenua y banal historia de
     amor, en donde aparece Lima, la ciudad de los Reyes, y su leyenda de ciudad sugestiva
     y evocadora, y La Jangada (1890), en la que se suman por igual impulsos propios y
     ajenas experiencias en la región amazónica, que abarca el Perú y también el Brasil.

     Martín Paz es una novela corta de Verne que corresponde a la época de su iniciación
     literaria producida antes de ganar el prestigio que le dieron más tarde sus relatos de
     imaginación planetaria y futurista.

     A pesar de que Verne fue un impenitente lector de obras de geografía y aventura, da la
     impresión de que, por la época de su concepción de Martín Paz (1852), no era todavía
     muy firme la información de la cual disponía sobre el Perú y zonas aledañas de América.


96
     Parece que sus datos se complementaron sobre todo con alguna importante
     observación visual sobre dibujos y acuarelas costumbristas de un excelente dibujante y
     pintor peruano -Ignacio Merino-, reproducidas en la Revista Musée des familles entre
     julio y agosto de 1852. También en el parisience periódico le tour du monde, se habían
     estampado unos bocetos a pluma de Max Radiguet, anteriores a sus propios relatos de
     viaje, relatos que sólo aparecieron separadamente en Revue des Deux Mondes, dentro
     de la década del 40. Los dibujos de Merino reproducían notas típicas como siluetas
     femeninas de "tapadas", escenas del baile limeño "la zamacueca" (que pasó a Chile
     como "cueca" y a la Argentina como "zamba") y la fiesta popular de "los Amancaes", en
     un suburbio de Lima.

     Martín Paz enlaza una intriga amorosa en la Lima de 1830, gobernada por Gamarra
     (Gambarra en la ortografía de Verne) con una sublevación de "indios" que estalla el día
     de la fiesta de los Amancaes. Lima es una ciudad del trópico con jardines exuberantes.
     En sus cercanías, Chorrillos es un lugar de veraneo con una casa de juego, propiedad
     de un judío todopoderoso; y un mar tibio y tranquilo. En la imaginación del autor, el sol
     se pone a otro lado de la cordillera de los Andes, en tanto que el mar de Chorrillos está
     infestado de tiburones. El argumento concluye con una fuga espectacular del
     protagonista a través de los Andes "donde crecían los cocoteros y los pinos", hacia las
     selvas vírgenes del río Madeira, poblado de caimanes, en medio de los cuales logra
     localizar a su prometida en poder de los "indios". Los amantes se encuentran para
     afrontar de inmediato la muerte enlazados, envueltos en los torbellinos de una catarata.
     Todo es inverosímil en la trama, muy elemental e ingenuo por lo demás. Unos pocos
     datos o noticias, tomados apresuradamente de relatos de viajeros, sirven para urdir un
     imaginario escenario elaborado mirando alegremente los mapas, sin noción de las
     escalas, con desconocimiento de las condiciones de la naturaleza, de las circunstancias
     sociales imperantes y de la verdad histórica.

     Así fue de feble y candoroso el estreno de Verne en la literatura, antes de encontrar la
     veta que lo conduciría a la fama coetánea y también póstuma con sus obras
     memorables posteriores.

     Se ha intentado ya establecer el cuadro de las fuentes que sirvieron a Verne para crear
     sus novelas de anticipación, destinadas al gran público, dentro de la abundante
     bibliografía existente desde el siglo XVII y XVIII, cuando prosperó el auge del tema de
     las utopías y del exotismo racionalista.

     Pero en la otra faceta de su producción, o sea en la de viajes de aventura en tierras
     desconocidas y remotas, poco se ha rastreado, sobre todo en lo que a fuentes
     americanas se refiere. Es innegable que Verne, como lector impenitente, extrajo
     estímulos para su febril imaginación de un caudal de relatos de viaje, aunque pocas
     veces hizo cita puntual dentro de las narraciones utilizadas con más o menos fortuna.

     Esos relatos de viaje alcanzaron extraordinaria difusión precisamente en los días de
     Verne, en volúmenes diversos y asimismo en revistas francesas de gran difusión, como
     Le tour du monde y Musée des familles, en las cuales Verne se inició como autor de
     "nouvelles", novelas cortas de folletín.



97
     Las fuentes utilizadas en Martín Paz se pueden fácilmente identificar, dejando aparte el
     material gráfico, apesar de que los datos o noticias se han tomado e interpretado en
     forma ligera o superficial. El nombre del protagonista es el mismo que correspondía a
     uno de los conquistadores que pasaron la raya al lado de Francisco Pizarro en la isla del
     Gallo. Lo sugirió probablemente algún relato de la conquista del Perú, utilizado para su
     libro Los descubrimientos del globo, en donde narra los pormenores de ese memorable
     episodio.

     Más clara resulta la identificación de unos relatos contemporáneos que Verne había de
     leer con especial interés en la Revue des deux Mondes a partir de 1846, escritos por un
     marino y dibujante francés, Max Radiguet que años antes había residido durante
     muchos meses en Lima y otras ciudades del litoral del Perú, cuando formaba parte de la
     tripulación de "La reine Blanche", barco de la armada de su país destacado en Pacífico.
     Tiempo después, en 1856, esos relatos se incorporarían a un libro titulado Souvenirs de
     L’Amérique Espagnole (París, M. Levy, 1856) en donde recoge impresiones de Brasil,
     Chile y Perú, o más estrictamente, Río de Janeiro, Valparaíso y Santiago y luego Callao
     y Lima.

     Sus impresiones corresponden a la Lima de 1843, muy próxima a los años de mando del
     General Agustín Gamarra, cuyo gobierno terminó en 1841. También allí, en Souvenirs...
     , están trazados apuntes literarios sobre costumbres populares, las fiestas como la de
     Amancaes, la imagen de la mujer limeña, símbolo del atractivo y del eterno femenino, los
     altibajos de la política reinante, la descripción de la arquitectura de la ciudad y algunas
     semblanzas humanas representativas.

     Aquel complejo humano captado a medias por Verne, iba a desenvolverse en un espacio
     geográfico imaginado por él con cierta arbitrariedad, en un nivel elemental de
     generalidades uniformes, sin noción exacta del papel que cumplen la cordillera andina,
     los vientos alisios y las corrientes marinas sobre el clima de estas regiones.

     La Novela Amazónica

     Después de unos desafortunados intentos de fungir como autor teatral, Verne inició su
     actividad como narrador, con dos novelas de folletín, dedicadas una al Perú y la otra a
     México. Se titulaba Martín Paz y Un drama en México. Apuntaremos suplemen-
     tariamente que dichos relatos mencionados no tienen nada de anticipación ni de tema
     científico. Son narraciones de pluma aún inexperta, sin mayor originalidad, al modo
     romántico-aventurero que se estilaba por los novelistas de la época, Eugenio Sué y
     Alejandro Dumas.

     Verne vivía en pleno auge de la novela folletinesca o por "entregas", que satisfacía la
     sed de lectura recreativa de los suscriptores de los grandes diarios franceses.

     Las mencionadas obras señalan la etapa inicial de Verne, cuando todavía no había
     encontrado el filón de su buen suceso o sea la aplicación de los descubrimientos
     científicos de la época positivista en que le tocó vivir, a situaciones imaginarias ubicadas
     en lo futuro. En Martín Paz y en Un drama en México se mantenía todavía el autor en la
     línea de las aventuras de intensa acción y con el episodio romántico. Pero ya se podía



98
     advertir el impacto de las lecturas que entonces lo obsedían: los relatos de viajes a
     regiones remotas, las hazañas de los grandes exploradores tanto en el pasado como en
     recientes tiempos.

     Pasados esos años de previo acopio de lecturas, habían de surgir novelas más
     logradas, que le darían la nombradía por su original concepción y el ancho vuelo de su
     rica imaginación. Surgen así, en el curso de la segunda mitad del siglo XIX, las novelas
     que lo llevarían a la fama como De la tierra a la Luna y 20 mil leguas de viaje submarino
     y tantas otras más que sería ocioso enumerar.

     Entre ellas se encuentra su novela "amazónica" La Jangada, narración subtitulada "800
     leguas por el río de las Amazonas", la cual corresponde a la época de madurez del
     autor. Publicada alrededor de 1890, es uno de los últimos relatos salidos de la pluma de
     Verne. La separa un lapso de casi 40 años de la obra inicial Martín Paz. Se advierte en
     ella superior destreza narrativa y una información más estricta. Verne ha ido ganando en
     versación geográfica y costumbrista, al parecer, a fines de siglo, sus lecturas de viajeros
     y de literatura extranjera, alcanzaron niveles más significativos.

     La trama es simple: el viaje de un afortunado comerciante de Iquitos en compañía de
     toda su familia y allegados y algún amigo sincero y otro desleal, hasta Manaos y Pará.
     La Jangada - 800 leguas por el río de las Amazonas relata , en detalle, la travesía de la
     parte más importante del gran río, entre Iquitos y Belem do Pará, a bordo de la enorme
     balsa o "jangada", que era un "aparato maravilloso" según el decir de Verne, casa o tren
     flotante o "almadía con las dimensiones de un islote", construida a todo "confort" y que
     hasta lucía capilla con campanario, en la que embarcó el numeroso conjunto formado
     por los protagonistas de la acción. Estos personajes alternan la contemplación de los
     paisajes que van recorriendo con el hilo del asunto consistente en demostrar la
     inocencia de un acusado de asesinato, mediante el desciframiento de un documento en
     clave. Simultáneamente se generan abordo dos idilios románticos.

     La gran embarcación o "jangada" había sido construida en una playa extensa, en la
     misma confluencia del Amazonas y el Nanay, a inmediaciones de Iquitos, constituye en
     la novela una estructura de dos niveles: o sea la acción que desenvuelven los
     personajes al mismo tiempo que las estaciones de un viaje pintoresco. Las escalas,
     después de salir de Iquitos (el 5 de junio de 1852), río abajo, con destino a Belem, Pará,
     "a ochocientas leguas de aquella pequeña aldea peruana", fueron Nuevo Orán, la isla
     Mango, en la desembocadura del río Napo, Bellavista y alternando el rumbo por las
     orillas derecha e izquierda de tal suerte, los protagonistas arribaron a Pebas (el 11 de
     junio). Cinco días más tarde tocaron en la aldea de Moromoros. el 17 de junio pasaron
     por Caballo-cocha y el 20 del mismo mes, se tomó contacto con el pueblo de Loreto, "la
     última población peruana en la orilla izquierda". Encuentran y bordean innumerables
     islas como la de Jahuma y pasan frente a varias desembocaduras de afluentes como el
     Cajaru. Avistan la isla de Ronda, que marcaba la frontera entre Perú y Brasil. El 25 de
     junio, los viajeros se detienen en Tabatinga, primera ciudad brasileña, pasan el Yavary,
     San Pablo, el Putumayo (el 8 de julio), Fonteboa (el 18), el Juruá (el 19), Teffé (el 25),
     Yapurá (el 27), el Purús (el 14 de agosto), el Río Negro (el 23), y arriban a Manaos (el
     25), ciudad en que se desenvuelve el nudo principal de la acción durante varias



99
      semanas. Prosiguen la navegación el 22 de setiembre, pasan la desembocadura del
      Madeira, Tapajós, Xingú, isla y barra da Marajú, Tocatins y por fin Santa María de Belem
      (el 15 de octubre), "cuatro meses y medio después de haber abandonado "la hacienda
      de Iquitos".... ¿El gran río era "como un lazo de comunicación, que no debía romperse,
      entre Iquitos y Belem, o en otras palabras, entre Perú y Brasil?

      Hay un recurso especial de suspenso: la existencia de un documento escrito en clave.
      Verne confiesa que este recurso es tomado de "El escarabajo de oro" célebre cuento
      enigmático de Edgar Allan Poe, que el autor conocía probablemente a través de la
      versión francesa de Charles Baudelaire. De su desciframiento oportuno dependerá la
      vida del principal protagonista: Juan Garral o Juan Dacosta, el rico mercader de Iquitos,
      erróneamente acusado de un asesinato.

      Llegados los viajeros a Pará, la gran balsa debe ser desintegrada y vendida su
      estructura y su carga. Su enorme peso no permitiría el viaje "de surcado". La familia
      Garral encontrará a sus parientes portugueses y uno de los compañeros de viaje, el
      médico peruano Manuel Valdés, casado ya con la hija preferida de Garral, volverá a
      Iquitos con su esposa.

      El "Happy end" es enternecedor, como correspondía a una novela destinada al gran
      público. Su valor característico se encuentra en la descripción bastante lograda del
      paisaje -aunque no libre de errores- y el ambiente marginal de gran río, trazado con lujo
      de detalles y precisiones botánicas y ecológicas de inusitada presencia. Una necesaria
      indagación de las fuentes utilizadas que más adelante intentaremos, nos dará la clave
      para juzgar la real o dudosa originalidad del autor.

      La Jangada fue obra de madurez que demuestra habilidad narrativa, ingenio y lucidez
      para engarzar la acción romántica con el relato de aventuras. Corresponde al sector de
      las novelas de Verne mejor logradas, con pleno conocimiento de las particularidades de
      la región elegida como escenario, y buen acopio de datos referentes a las costumbres,
      usos, fauna y flora características. ¿De dónde extrajo Verne estos datos y elementos tan
      varios? ¿Cuáles fueron sus fuentes geográficas, antropológicas y naturalistas, e
      histórico-sociales? él mismo se encarga de revelarlas en un párrafo significativo que
      debemos transcribir por su proyección bibliográfica:

                    "Desde aquella época ( la de La Condamine, 1743) no ha
                    dejado de ser recorrido el Amazonas, y lo mismo sus
                    principales afluentes. En 1827, Lister-Maw; en 1834 y 35,
                    el inglés Smyth; en 1844 el teniente francés comandante
                    de los Boulonnales; el brasileñoValdés, en 1840; el francés
                    Pablo Marcoy de 1848 a 1860; el fantástico pintor Blard, en
                    1858; el profesor Agassiz, de 1865 a 1866; en 1867, el
                    ingeniero brasileño Franz Keller-Linzenger; en fin, en 1879,
                    el doctor Crevaux, quien ha explorado el curso del río,
                    subió por varios de sus afluentes y reconoció lo navegable
                    de sus principales tributarios.




100
      (La Jangada, 1a. parte, p. 27; citamos por la edición española de Jubera, Hnos, Madrid,
      1890 (?)).
      Las citas de autores a lo largo de las páginas de La Jangada demuestran un bagaje
      informativo considerable en materia amazónica según se evidencia en los mapas que
      acompañan el texto, así como en la extensa enumeración de antecedentes consignada
      en el capítulo V de la obra. Allí se señalan, a partir de Orellana en el XVI, a los
      navegantes de su curso, Texeira, La Condamine y Humboldt, hasta Lister Maw (1827),
      Smyth y Lowe en 1835, "el brasileño Valdés" en 1840, el francés Paul Marcoy en 1848-
      1860, Blard, (1858), Agassiz en 1865-66 y el médico Julex Crevaux (1879) pero no hay
      cita expresa de Castelnau.
      Estas serían simples referencias pero no evidencias concretas de lecturas de los
      respectivos relatos. No obstante el texto pondrá en claro como fuentes principales, las
      obras de La Condamine, la de Valdés y la de Paul Marcoy.
      Podemos así establecer, haciendo una atenta apreciación de las citas en el texto, que
      las fuentes de Verne para confeccionar La Jangada fueron fundamentalmente tres, a
      saber:
             a) la Relation abregée d’un voyage fail l’interieur de l’Amerique
             Meridionale de Charles Marie de la Condamine, (París, Veuve Pissot,
             1745);

             b) el Voyage a travers l’Amérque du Sud, de l’Ocean Pacifique a l’Ocean
             Atlantique de Paul Marcoy (seudónimo de Lorenzo Saint-Criq), (París,
             Corbeil, Lib. Hachette et Cie., 1869, 2 vols.);

             c) el Viagem da cidade do Cuzco a de Belen de Grao Pará peles ríos
             Vilcamayo, Ucayali e Amazonas por José Manuel Valdés y Palacios (Río
             de Janeiro, Tip. de Bintot, 1846.)
      Verne no podía haber ignorado el relato de La Condamine no sólo por tratar del mismo
      asunto que su novela, sino por haber tenido una resonancia editorial enorme en la
      segunda mitad del siglo XVIII y aún a comienzos del XIX, gracias al perfil romántico de
      las tribulaciones, sufrimientos e incidencias trágicas de los expedicionarios que
      acompañaron a La Condamine en su misión científica, encomendada por la Academia
      de Ciencias de Francia para medir el arco del meridiano terrestre a la altura de la línea
      ecuatorial, en las vecindades de Quito.
      Sabido es que uno de ellos murió en el curso del viaje, otro fue linchado en Cuenca, otro
      enfermó gravemente y el jefe padeció toda su vida restante los estragos del viaje en su
      salud. Las ediciones del relato de La Condamine traen adicionada una carta de su
      compañero Jean Godin des Odonais, en que narra con tono conmovedor la extraña
      aventura de su esposa, Madame Isabel Godin, en un fabuloso y trágico viaje que duró
      20 años, desde Quito, por el Napo y el Amazonas, hasta Guayana, para encontrar el
      paradero de su esposo.
      Por supuesto, alguien en la novela de Verne (y nada menos que el personaje peruano
      Manuel Valdés) comenzó el relato de la emocionante aventura:
                    "En 1741, cuando la expedición española de las sabios
                    franceses Bouguer y la Condamine, enviados para medir



101
                    un grado terrestre bajo el Ecuador, se les agregó un
                    astrónomo muy distinguido, llamado Godin des Odonais". 1
      Y cuenta la triste y sentimental historia romántica de madame Godin, quien perdida en
      las selvas del Pastaza, después de haber presenciado la muerte de sus hijos y
      acompañantes, se empeñó de reunirse con su esposo Jean Godin, de quien estaba
      incomunicada por un lapso de 20 años. Esa fantasiosa historia que exaltaba la entrega
      de una mujer heroica, digna de la pluma emotiva de Chateaubriand, tuvo en Francia
      resonancia extraordinaria a raíz de su primera publicación en el Magazin pittoresque, en
      1854.
      La otra descripción directa utilizada parece ser la obra de Paul Marcoy (seudónimo de
      Saint Criq), extenso relato de viaje de un océano a otro, desde Islay, por Arequipa,
      Cuzco y luego el Urubamba, el Ucayali, hasta desembocar en el Amazonas y seguir sus
      aguas a través de territorio peruano y brasileño hasta Pará. Hermosa descripción en dos
      volúmenes que hasta hoy por desgracia no ha merecido versión al castellano.
      Raúl Porras Barrenechea dijo alguna vez que Marcoy tiene "el tono romancesco de las
      novelas de Verne"2), pero no puede dejarse de anotar que Marcoy escribió muchos años
      antes que Verne y que más bien éste recibió la influencia o el impacto de los relatos de
      aquél. Marcoy impresionó además al gran público con sus asiduas colaboraciones de
      textos e ilustraciones aparecidas en revistas francesas, como Le tour du monde, desde
      la década del 50, las cuales no habría dejado de captar Verne y muchos
      contemporáneos, entre ellos Alejandro Dumas, autor de Un Pays inconnu. (1865) En
      tanto que La Jangada data de 1890, el relato completo de viaje de Marcoy se publicó en
      1869. Si se atiende a las características de trazos y de sensibilidad, Verne pudo
      encontrar al parecer la fuente más afín a sus propósitos en la obra de Marcoy. Poniendo
      al revés la frase de Porras, podríamos afirmar que la novela de Verne tiene el aire o tono
      romancesco de los relatos de Marcoy. De él provienen, las apuntaciones, más
      sugestivas que exactas, de flora y fauna amazónica que adornan el trayecto, de él
      también proceden la impresión del paisaje total con el abigarramiento del trópico y la
      atmósfera tropical.
      En 1890 es de suponer que Marcoy ya había muerto, pues había nacido probablemente
      antes de 1820. Sabemos que vivía ya en el Perú cuando Castelnau lo encontró
      alrededor de 1843 en la selva del Cuzco.
      Verne resulta en muchos pasajes un diligente transcriptor de Marcoy, no obstante, que
      sólo lo cita en un par de pasajes, que transcribimos:
                    "Años después un viajero francés, Paul Marcoy, debía
                    reconocer el color de las aguas de este afluente( el Napo)
                    que con mucha propiedad compara el matiz espacial del
                    ópalo verde parecido al ajenjo."

                    "A la altura de Caballo-Cocha, La Jangada pasa por el
                    territorio de los indios marahuas, de largos cabellos, cuyas
                    bocas se abren en medio de una especie de abanicos de
                    espinas o palmera, largas de seis pulgadas, que les da un
                    aspecto felino y esto, según la observación de Paul




102
                      Marcoy, lo hacen con la idea de parecerse al tigre, del cual
                      admiran, sobre todo, la audacia, la fuerza y la astucia."
      ("La Jangada", ed. cit., II, p. 10).

      Pero Verne debe a Marcoy, sin tomarse la molestia de seguir citándolo, gran parte de la
      información restante acerca del curso del Amazonas que éste registra ordenada y
      minuciosamente. Una confrontación detenida del texto revela que el novelista debe al
      valioso viajero casi todo lo que describe de paisaje y de costumbres nativas.
      El viaje del Cuzco a Perú, de José Manuel Valdés y Palacios, era un libro ignorado hasta
      hace 30 años. Lo descubrió gracias a una vaga referencia de Mariano Felipe Paz Soldán
      en su Biblioteca Peruana, Raúl Porras Barrenechea, quien logró ubicar un ejemplar en la
      Biblioteca Nacional de Río de Janeiro.
      El relato estaba escrito en portugués (y en ese idioma debió leerlo Verne) Porras lo
      comentó en un admirable trabajo de síntesis y apreciación crítica originalmente
      publicado en El Comercio, de Lima, en 1950.
      Posteriormente en el estudio preliminar a los Paisajes peruanos de José de la Riva
      Agüero (Lima, 1955) Porras proclama a Valdés "el primer viajero romántico peruano" y
      "el descubridor del paisaje de la selva," casi ignorado en la literatura peruana hasta ese
      momento.
      Años después, en 1971, pudimos nosotros hacerlo traducir contando con la entusiasta
      colaboración de Raúl María Pereira y editarlo dentro de la serie de viajeros que
      iniciamos en la Biblioteca Nacional del Perú (en la cual llegaron a publicarse también
      entre otros libros, las relaciones de viajes de Radiguet, Gerstaecker, Flora Tristán, Juan
      de Ahona, etc.)3
      Porras en su estudio se detiene en perfilar la personalidad de Valdés y Palacios, como
      cuzqueño vinculado familiarmente al autor del Ollantay, don Antonio Valdés, y a don
      José Palacios, el editor del periódico Museo Erudito del Cuzco y a explicar las causas de
      viaje o sea su salida del Cuzco, en su condición de vivanquista, huyendo de la
      persecución del general San Román en 1843. La soldadesca había asaltado y saqueado
      su casa y confiscado sus bienes y la persecución lo alcanza en sus posesiones de
      Urubamba en donde no encuentra refugio seguro. No le queda al perseguido otra
      solución que emprender la ruta del interior del país, en pos de la frontera con el Brasil.
      Atraviesa las estribaciones de los Andes orientales y por Santa Ana y Cocabambilla, se
      interna en la jungla y navega por el Vilcamayo, el Ene y el Ucayali en balsa y llega
      finalmente a la confluencia del Amazonas. Baja por este río en largas jornadas, en las
      que la nostalgia y la tristeza del desterrado sólo encuentran sosiego y consolación en la
      contemplación de la naturaleza virgen o en la meditación sobre las condiciones de vida
      del habitante de esas regiones, "el hombre de la creación", evocando sus lecturas de
      Chateaubriand o de Rousseau, "cuyas costumbres en vano se esforzarán en indagar los
      filósofos en el silencio de sus gabinetes".
      José Manuel Valdés y Palacios que no olvida de anteponer a su nombre el "doctor" que
      acredita su formación universitaria, habría hecho sus años de aprendizaje en París, en la
      década de 1830, como tantos otros románticos por ejemplo Noboa, o después Luis B.
      Cisneros, José Casimiro Ulloa, Clemente Althaus, Pedro y José Gálvez, su estilo




103
      demencial estirpe lamartiniana y huguesca, salpicado de galicismo y giros extraños a la
      lengua castellana, y las comparaciones del paisaje europeo con el americano.
      Julio Verne se refiere a este relato de aliento romántico cuando cita en La Jangada, el
      viaje "del brasileño Valdés en 1840". Lo tomaba por brasileño por el hecho de haber
      hallado su relato en portugués o por alguna confusión inexplicable. Que el itinerario de
      Valdés impactó fuertemente al escritor francés, lo prueba el hecho de haber incorporado
      como personaje principal de su novela a Manuel Valdés "joven médico de fisonomía
      distinguida y de cierta arrogancia natural". Así resultó Valdés jugando el papel de galeno
      en una obra de ficción.
      De otro lado, el mencionado relato amazónico enriqueció al parecer la información
      obtenida por Verne para sus descripciones de paisajes y habitantes del gran río, a lo
      largo de la novela.
      De la obra de Valdés y Palacios no se conoce hasta hoy sino la relación de la primera
      etapa del viaje, o sea hasta "el último lugar civilizado del Cuzco por el este", la región de
      Cocabambilla antes de encontrar el Ucayali. Hay sospecha de que la relación abarcaba
      el viaje completo ‘desde el Cuzco a Belén en el Gran Pará, por los ríos Vilcomayo,
      Ucayali y Amazonas", como reza el título de la obra.
      Además, en el prólogo de su libro, de personajé Valdés afirma "yo viajé por toda la
      región de las diferentes tribus de salvajes que habitaban a lo largo del Vilcomayo y
      Ucayali, siendo el primero en visitarlos".
      En consecuencia, el relato conocido de Valdes, publicado en fascículos, estaría trunco,
      pues existe la presunción fundada al texto de que continuaba hasta Pará.
      Se puede colegir por la referencia de Julio Verne que éste pudo conocer el relato
      completo, tan acertadamente aprovechado en su novela. Lástima que todavía no haya
      podido ser encontrado en su integridad, por los investigadores que han rastreado en
      bibliotecas americanas o europeas. Verne sería el dueño del secreto y así resultaría el
      más afortunado lector del escritor peruano José Manuel Valdés y Palacios.



      1 Parte II, de La Jangada, edición española de Madrid, Saenz de Jubera, Hermanos,
      s.f., p.14.
      2 R. Porras B., El paisaje peruano, Lima, 1955, p. 46.
      3 José Manuel Valdés y Palacios, Viaje del Cuzco a Belén en el Gran Para por los ríos
      amazónicos, con prólogo de Estuardo Nuñez, Lima, Biblioteca Nacional del Perú, 1971,
      106 pp.




104
      XIV




      La Revolución Poética: Charles Baudelaire
      Desde mediados del XIX, prosperaba en Francia, a raíz de la aparición de Las Flores del
      Mal (1857) de Charles Baudelaire, un nuevo concepto y sentido de la poesía, la
      reivindicación lírica de la palabra, una técnica depurada en la elaboración de las
      imágenes y el rigor estético de la composición que habría de tener proyección futura
      incalculable. Se extinguía una concepción del arte poético desprestigiada por la
      degeneración del romanticismo, advertible en el desborde confidencial y sentimental, o
      en la poesía descriptiva y penetrada de la elocuencia bastarda, con ausencia de rigor
      formal y de selección estética.

      Un contenido de nueva creación y de angustiosa originalidad emergía de los poemas de
      Baudelaire, palpitantes de tragedia íntima y de nuevos acercamientos de la naturaleza.
      Esos poemas, entre ellos "Correspondencias", contenían un mensaje de estética
      renovadora que habrían de asimilar por igual sus congéneres "parnasianos" y
      "simbolistas". El soneto "Correspondencias" porta en potencia toda la teoría sinestésica
      que, aunque inconscientemente practicada por los grandes exponentes de la poesía
      universal (desde el Renacimiento -como Góngora y Camoens- y luego por algunos del
      romanticismo como el propio Hugo y Heine), resulta conscientemente desarrollada por
      parnasianos y simbolistas de la segunda mitad del XIX.

      El famoso soneto de "Las vocales" de Arthur Rimbaud y las formulaciones estéticas y
      técnicas de Mallarmé, el inconmensurable y siempre admirable promotor de toda la
      nueva poesía hasta nuestro tiempo, tomaron su raíz en la teoría de la imagen poética
      esbozada por Baudelaire. Un nuevo universo de realizaciones tenía a su disposición el
      poeta, nuevo taumaturgo, para combinar en sus imágenes sensaciones desajustadas de
      su normal producción en la naturaleza real. La audición coloreada o la visualidad audible
      o multitud de otras combinaciones de sensaciones provenientes de todos los sentidos,
      se reunían, como diría el propio Baudelaire, en "una metamorfosis mística de todos mis
      sentidos fundidos en uno solo".

      Una nueva concepción de la palabra se inaugura entonces. Si para el lenguaje común la
      palabra sigue siendo expresión de la cosa o de la idea, ese valor de significación -en el



105
      poeta- se transforma o se adiciona de un valor sugerencial, gracias al juego de
      combinaciones que el arte hace posibles con sonidos y sensaciones inesperadas que
      brotan de las palabras. Todo ello pudo ser vislumbrado por los grandes exponentes de la
      poesía anterior, pero sólo empieza a adquirir una sugestiva formulación y un culto
      intensivo a partir de Baudelaire. Por ello podría afirmarse que hemos llegado a la
      apertura de una nueva compuerta de realizaciones artísticas que significarán a la larga
      la transformación del arte de la poesía. Su obra es un esfuerzo genial para
      desembarazar la poesía de todo ornamento vano y una proyección para alcanzar, al
      cabo de los años, el ideal de la pureza poética.

      Baudelaire no tuvo eco inmediato en América, ese eco fue tardío pero sustantivo.
      Buscando sus huellas en el Perú, hemos hallado sus primeras resonancias a partir de
      1890. Los románticos que viajaron a Europa por la época de la publicación de Las flores
      del Mal o después, no llegaron a captarla. Ni Palma, ni Althaus, ni Salaverry, ni Numa
      Pompilio Llona, ni Arnaldo Márquez, acogen nada de él y se explica el fenómeno por el
      deslumbramiento que opera sobre ellos, la exaltación de los valores consagrados del
      Romanticismo europeo: Hugo, Byron, Heine o Leopardi, para no mencionar sino a los
      poetas representativos que ejercieron influjo dominante.

      A pesar de cuanto se ha dicho acerca del posible impacto de Baudelaire sobre la poesía
      de Nicanor de la Rocca de Vergalo -singular exponente de un romanticismo anárquico,
      un tanto al margen del movimiento generacional peruano-, no hemos encontrado rastro
      alguno positivo de tal influjo. Rocca de Vergalo luchó por una reforma poética todavía
      bajo la tónica de un concepto preceptivo, esto es, que su impulso perseguía sustituir una
      preceptiva por otra. Su aliento revolucionario era esencialmente formalista y para nada
      incidió en la reforma de la idea poética, de la concepción de la imagen y de la metáfora o
      del sentido profundo de la poesía. Era la suya, una reforma, si se quiere, retórica, y por
      lo tanto, referida únicamente a la preceptiva. La estructura y la esencia de la poesía
      estaban completamente al margen de su pensamiento. Por más que la obra de Rocca
      de Vergalo se produjo después de la publicación de Las flores del Mal, o sea, en los
      decenios del 60 al 80, sus predicciones siguieron siendo lasa grandes penates del
      romanticismo, como Víctor Hugo, o algunos representantes del parnasianismo más
      conservador, como Teodoro de Banville, J. Soulary y Armand Silvestre. En nada
      entraron en sus concepciones las tendencias que inauguraba Baudelaire, que puede
      resumirse en el criterio de la "depuración" del sentido poético, en el misterio de los
      conflictos íntimos o en la angustia de la búsqueda de combinaciones de fenómenos
      sicológicos que desembocan en una expresión poética cargada de significaciones
      múltiples y llena de infinitas sugerencias. Rocca de Vergalo, en su poesía sentimental,
      ingenua, simple y muchas veces de dudoso gusto y de gastados efectos, estuvo siempre
      a una distancia sideral de aquellas aportaciones del maestro de Las flores del mal.

      La primera huella de Baudelaire en el Perú la hemos hallado en la versión del poema "La
      musa enferma", publicada en Arequipa en 1892 y que tradujo Edilberto Zegarra Ballón1 .
      De 1893 es un Grafito de Manuel González Prada, escrito durante su residencia en
      París2 y en donde está reflejada la admiración por su obra y la impresión de una lectura
      detenida de Las flores del Mal:




106
      En la extraña poesía

      de su cerebro macabro

      !Que florescencia de ritmos!

      !Que precisión de vocablos!

      Se revuelca en la carroña

      y se sumerge en el fango

      más surge oliendo a mirra

      Con una perla en la mano.

      Pero una huella más delicada de su fervor por Baudelaire, se encuentra en el poema En
      país extraño", incorporado a su libro Exóticas (Lima, 1911), aunque escrito seguramente
      años atrás. En dicho poema se insertan como epígrafe estos versos de Baudelaire:

      O métamorphose mystique

      de tous mes sens fondus en un!

      que Prada traduce y desarrolla en su poema:

      Yo camino bajo un cielo,

      No esplendor ni oscuridad;

      En un país muy remoto,

      No vivido ni real.

      Donde se oye con los ojos

      Donde se ve con palpar

      y se funden los sentidos

      en misteriosa unidad.

      ........................................

      Saboreo luz, y gozo

      La exquisita voluntad

      de las músicas azules

      y del olor musical.

      ......................................




107
      Soy la parte o soy el todo?

      No consigo deslindar

      Si yo respiro en las cosas

      O en mí las cosas están.

      Estas estrofas3 se impregnan profundamente de la concepción "baudelairiana" de la
      poesía y no sólo se inspiran y en parte traducen al poema del epígrafe, sino que denotan
      la asimilación perfecta del soneto "Correspondencias".

      En los dos primeros decenios del presente siglo es síntoma de culto por Baudelaire la
      constante y frecuente publicación de traducciones de sus poemas en revistas y
      periódicos de gran difusión pública. Prisma, Actualidades, Contemporáneos, Balnearios,
      Colónida, Cultura, El Perú, Variedades, etc.,4 recogen comentarios e informaciones
      sobre el poeta a la vez que versiones de sus estrofas.

      El ambiente espiritual era en esos años propicio a Baudelaire. No compartimos sin
      embargo el juicio de Riva Agüero que cree advertir un influjo decisivo del poeta francés
      sobre Enrique Bustamante y Ballivián, más próximo sin duda a Theophile Gautier u otros
      parnasianos proclives a las notas de cortesanía, ni tampoco participamos del parecer de
      Luis Monguió cuando señala "baudelairismos" en la poesía de Alberto Ureta,
      principalmente en su libro Rumor de Almas (1911)5 . En Ureta, la predilección parece
      estar más bien en Samain, si se supiera hablar en su obra de alguna influencia francesa
      aparte de su lastre oriental de Khayam y de ciertos motivos bíblicos.

      Si hablamos de traductores tenemos que referirnos en este lapso a Domingo del Prado
      que publica en 1900 la versión del prólogo de Las Flores del Mal6 y a Juan Tassara,
      inquieta vocación literaria desaparecida en agraz, y autor de profusas versiones de
      Baudelaire aparecidas por varios años en el importante y revelador semanario
      Balnearios7 . A Tassara debemos lo que podría ser una pequeña antología de versiones
      de Baudelaire, si alguna vez recogemos sus dispersas versiones, hechas con devoción y
      talento interpretativo. Podrían recopilarse de Tassara los poemas "Elevación", "Modesta
      et errabunda", "Tristeza de la luna", "El Albatros".

      Pero la más cabal asimilación de Baudelaire se operó sin duda en la obra de José María
      Eguren, el más original de nuestros poetas anteriores a Vallejo. No cabe hablar aquí
      propiamente de una influencia directa sino de una asimilación consciente que extrae el
      más puro e íntimo mensaje estético. Eguren lo amaba en verdad y lo había leído asidua
      y fervorosamente. De él había extraído el secreto de las palabras evocadoras, el sistema
      de la transposición de las sensaciones, la prescindencia de lo prosaico, la instauración
      de un orden poético distinto del orden real. Esto significaba asimilar a Baudelaire en sus
      esencias. Pero hay algo más que Eguren heredó del francés. El critico Ferdinand
      Brunetiére ha precisado una fuerte afinidad artística entre Baudelaire y Richard Wagner,
      el gran músico y escritor romántico alemán. Tanto el autor de Las Flores del Mal como el
      de El anillo de los Nibelungos pertenecieron a una época similar: las postrimerías del
      romanticismo. Baudelaire refuerza su concepción del símbolo artístico en Wagner. Pues



108
      bien, a través de Baudelaire se incuba en el peruano Eguren esa curiosidad por lo que
      actualiza Wagner de la mitología nórdica. El misterio y el enigma unió almas
      contemporáneas como las de Baudelaire y Wagner. Eso mismo captó de ambos
      seguramente Eguren. De Baudelaire le vino no el satanismo pero si seguramente el
      sentido de la imagen original y sobria y el uso poético de las palabras, tan acendrado en
      Eguren.

      Si Eguren llegó a la asimilación de Wagner por la lectura de Baudelaire, seguramente
      por tan digno intermediario pudo también operarse la fervorosa admiración por Edgar
      Allan Poe, en quien Eguren encuentra correlato para su fantasía y misterio. De Poe y de
      Baudelaire procede asimismo el culto de la noche y del último, sin duda alguna, la
      nostalgia de países lejanos y quiméricos como la Germania, la Escandinavia, y el vasto
      Oriente.

      En esta época, o sea en los primeros decenios del siglo XX, el temperamento poético
      más afín a Baudelaire fue Manuel Beltroy, inspirado poeta en su juventud y lector devoto
      de los poemas provenzales y franceses. Sus múltiples sonetos, publicados sobre todo
      en el semanario Balnearios, denotan la impronta "baudelairiana", en forma depurada de
      prosaísmos y en los temas de sensual fantasía, aunque exentos de la amargura y de la
      angustia. Si en Eguren se produjo la asimilación de ciertas facetas típicas incorporadas a
      una elaboración original, en Beltroy se anotaba la entusiasta adhesión juvenil a los
      mismos temas y al impulso formal, en un intento interpretativo derivado después a la
      propia versión de los poemas de Las flores del Mal en la que el esfuerzo de Beltroy,
      como hemos de ver más adelante, encontró el mejor resultado.

      Otro autor peruano de ese momento, Abraham Valdelomar, no fue "baudelairiano" en su
      obra, pero sí en su actitud personal. Gustaba practicar las excentricidades más
      detonantes frente a burgueses y provincianos burdos, y sin duda había leído en alguna
      biografía aquellas frases dichas en comedor lleno de gente y a voz en cuello: "Después
      de haber asesinado a mi pobre padre..." Y seguía contando. O esta interrogación: "No
      ha comido Ud. nunca sesos de niño?" Siguiendo el estilo del maestro, Valdelomar
      practicó esta suerte de divertidos recursos de notoriedad en las situaciones más
      inesperadas.

      El impacto mayor de Baudelaire se operó de esta suerte sobre la generación reunida en
      torno de la revista Colónida (Lima, 1916), que dirigía Abraham Valdelomar. La revista
      insertó varias traducciones de sus poemas. Después de ese fecha han mantenido el
      culto de Baudelaire, entre otros, Manuel Beltroy y últimamente Raúl Deustua. Pero las
      versiones de Beltroy que se han venido publicando en los últimos treinta años revelan
      una identificación ejemplar con el espíritu y la letra del gran poeta francés y no vacilamos
      en calificarlas como las más acertadas en el mundo americano de habla hispana. Vibra
      en ellas la intensidad del acento desgarrado, el enigma lírico y el tono musical particular
      de la poesía de Baudelaire. Los poemas conservan su intensidad y la idea poética
      mantiene toda su vigencia. Las versiones muestran, así, cualidades poco comunes que
      no se dan con frecuencia en otros traductores americanos o españoles, quienes no
      tienen, como tuvo Beltroy, el conocimiento ilustrado y vívido de la lengua francesa8 .




109
      La admiración por Baudelaire ha fluctuado entre los extremos, que marcas las dos
      características sobresalientes de la obra del poeta francés: el satanismo, o sea el
      desafío de los convencionalismos e idealismos vacíos de una sociedad adocenada y
      obsoleta y de una concepción caduca del arte; y de otro lado, el esencialismo poético, la
      concepción de un arte literario depurado de prosaísmos y estímulos de circunstancias
      extrañas a la función creadora. A ello se sumaron sus creaciones de técnica y la rigidez
      gramatical. Desde Baudelaire el arte de la poesía empezó a liberarse de las ataduras
      tradicionales y surgen nuevos conceptos de creación que inician una nueva época, que
      llega hasta nuestros días, en la producción poética.

      El satanismo sedujo a algunos; el esencialismo cautivó a los más. En una u otra forma,
      Baudelaire brindó un legado invalorable a la posteridad.

      La perdurable obra de Baudelaire ha dejado un aporte positivo en estas latitudes de
      América, donde su nombre es paradigma de verdad poética, de selección estética, de
      culto de la expresión simbólica, y de rigurosa elaboración de la palabra en cuanto
      vehículo depurado de la expresión literaria, que equivale a superación de la dicción
      elocuente y retórica.




      1 E. Zegarra Ballón, traducción de "La musa enferma", publicada en El Cosmos,
      Arequipa, Perú, N°1, junio de 1892.

      2 M. González Prada, Grafitos, París, Tip. L. Bellenard et fils, 1937.

      3 M. González Prada, Exóticas, Lima, Tip. El Lucero, 1911.

      4 Véase Prisma, de Lima, N°20 y N°24, enero de 1907; Balnearios, Barranco, Lima,
      N°221, 29 de agosto de 1915; Colónida, N°3 y 4, Lima, 1916; El Perú, de Lima, N°227,
      18 de marzo de 1917; Variedades, Lima, N°760, 23 de setiembre de 1922.

      5 Alberto Ureta, Rumor de almas, Lima, 1911.

      6 Véase El Modernismo, Lima, N° 4 , diciembrede 1900.

      7 Véase Balnearios, N° 174, 8 de febrero de 1914; N° 175, 15 de febrero de 1914; N°
      185, 26 de abril de 1914.

      8 Estas versiones se reunieron en un folleto de Homenaje a Baudelaire, Departamento
      de Extensión Cultural de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima, 1957. Es
      una edición bilingüe de 14 poemas, en versiones de M. Beltroy. Las mismas se
      recopilaron más tarde en: Manuel Beltroy, Florilegio occidental, Lima, Imprenta de la
      UNMSM, 1963, pp. 27-46.




110
      XV




      El Fundador de la Narrativa Moderna: Gustavo
      Flaubert

      Con esta obra (sobre Flaubert) y con su libro sobre García Márquez, Mario Vargas Llosa
      se ha revelado como un escritor muy calificado de literatura de reflexión, aparte de su
      extensa producción de literatura creativa en el género narrativo.

      Si bien Baudelaire ha producido un apreciable impacto sobre gran parte de la más
      calificada poesía lírica peruana, principalmente en los comienzos del presente siglo,
      Gustavo Flaubert y su obra novelística, sólo tuvo inicialmente alguna débil asimilación en
      nuestra narrativa, esto es, sobre la novela y el cuento, y ya desde fines del siglo anterior.
      Es preciso reconocer que nuestro romanticismo no tuvo una floración novelística
      importante, haciendo excepción de Luis Benjamín Cisneros. La novela peruana surge
      más próspera con las generaciones realistas o naturalistas después de 1885. La
      preponderancia del impacto europeo está sin duda en Emilio Zola, pero lateralmente se
      acogieron también las enseñanzas de Flaubert, sobre todo en ciertos perfiles
      psicológicos de personajes comunes que se vislumbran en las obras de Clorinda Matto
      de Turner o de Mercedes Cabello. El culto flaubertiano ha de insinuarse más nítidamente
      en el presente siglo, aunque un tanto mezclado con otros elementos europeos. Acaso
      Flaubert llegó tal vez algo tarde al Perú. La primera exposición de su técnica y estilo la
      encontramos en tres artículos que le dedicó a comienzos del presente siglo, un notable
      creador de cuentos que fue Manuel Beingolea1.

      En una primera instancia , hizo escuela, sobre todo en ciertos intentos de reconstrucción
      histórica del pasado, con aliento parnasiano más que romántico, como podría serlo
      alguna novela de Angélica Palma como Tiempos de la patria vieja, o alguna de las
      novelas de Francisco Vegas Seminario, El pueblo del sol de Augusto Aguirre Morales,
      en las que encontramos la asimilación del doble aspecto de Flaubert, el del análisis
      psicológico y el de la reconstrucción de escenas del pasado. Podríamos concluir que
      entre nosotros inicialmente prosperó más el magisterio de Flaubert autor de "Salambó",
      que el creador de "Madame Bovary". Su genio resultó siempre un tanto exótico en el
      ambiente americano. Esa angustiosa búsqueda de forma bella (en parnasiano y
      atormentado anhelo de encontrar la perfección del estilo) se contradice con los rumbos


111
      que elige la nueva narrativa hispanoamericana, insistente en atender en esa primera
      mitad del siglo XX, la exigencia de la denuncia de los problemas sociales, por encima de
      la preocupación del lenguaje formal. La novela hispanoamericana supone entonces la
      negación del torturado y perfeccionista formalismo que significó Flaubert. Pero en otro
      sentido Flaubert hacía escuela en América, esto es, en cuanto fue un rebelde, capaz de
      enfrentarse a los prejuicios sociales, arrancando el velo de la hipocresía y denunciando
      los males de una sociedad en crisis.

      Existía pues para los hispanoamericanos un Flaubert bivalente, de un lado el novelista
      de los grandes recursos técnicos, y de otro lado, el creador de la novela de
      reconstrucción histórica. En señalar esos valores de Flaubert fue fecunda la celebración
      del centenario de la aparición de Madame Bovary, (en 1957), que organizó, en la
      Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos, un espíritu abierto a la inquietud
      literaria y buen traductor del francés que fue Manuel Beltoy, autor de la primera versión
      castellana de La leyenda de San Julián Hospitalario2. En esa ocasión, el profesor
      francés André Coyne ofreció una conferencia sobre "Flaubert y la ilusión del realismo"3 ,
      en la cual señala como propia de Flaubert una:

                    "extraordinaria personalidad oculta tras la aparente
                    impersonalidad, generadora de un estilo que nadie ha
                    podido superar ni igualar, como sucede con todos los
                    estilos auténticos para siempre cubiertos de la imitación o
                    de la vejez.
      Más adelante, extremando su elogio de la capacidad creadora del autor tratado,
      endereza un requisitoria contra la opinión de cierta crítica pesimista en cuanto a la
      permanencia artística de Madame Bovary, y proclama su vigencia y un interés duradero.
      Señala los verdaderos límites del realismo de Flaubert y asevera lo siguiente:
                    "La novela no produce una supuesta realidad sino que el
                    autor proyecta sobre los seres y las cosas una luz especial
                    que marca las sombras y destaca arbitrariamente ciertas
                    formas..."
      Finalmente, adelantándose a la nueva crítica esclarecedora de las virtudes artísticas de
      Flaubert, lo define como:
                    "el primer novelista en presentar una atención detenida al
                    problema de la traducción temporal y en resolverlo de
                    modo decididamente "temporal", consignando además que
                    en ello se adelantó a Proust y Joyce".4
      Veinte años después del homenaje de la Universidad de San Marcos, habría de
      producirse un libro crítico, definitivo, acerca de la obra de Flaubert, escrito por un
      novelista peruano quien revela su vínculo -y el de los creadores contemporáneos- con el
      autor de Madame Bovary5 , Mario Vargas Llosa ha trazado el cuadro analítico más
      completo, dentro de las letras castellanas, de la creación flaubertiana. Utilizando una
      óptica crítica tridimensional, ha examinado sus características desde diferentes
      perspectivas. En esos términos, traza la visión personal y subjetivista del crítico, su
      propia experiencia frente a la obra tratada, en una suerte de comentario que podría


112
      denominarse "ëxhaustivo". Está allí formulada la propia experiencia de Vargas Llosa en
      la lectura apasionada de Flaubert y el impacto de su obra en los comienzos de una
      carrera novelística del joven escritor peruano, quien asiste a la revelación, recién llegado
      a Francia, de muchos secretos del narrador y relata los pormenores de un
      descubrimiento novedoso de los recursos del maestro. (De ellos no participaron las
      novelas románticas, de las cuales, sin embargo, procede Madame Bovary, aunque
      luciendo otros nuevos atributos de que carecían aquellas). La devoción del escritor
      peruano por la figura de Flaubert lo lleva inexorablemente a la información exhaustiva de
      sus exégetas pasados y presentes -los miopes y los lúcidos- y a la indagación detenida
      en los trece volúmenes de su Correspondencia, fuente preciosa para estudiar su teoría
      personal del arte de narrar.
      En una segunda parte del libro de Vargas Llosa, la parte más valiosa de su examen,
      éste ingresa al terreno de la evaluación estilística de Madame Bovary. En diferentes
      acápites estudia la génesis de la obra, la elaboración de las anécdotas reales, la
      superación de gustos juveniles, para llegar a establecer los orígenes y el progreso
      penoso y torturado de la confección de la obra de Flaubert. En este punto, se analiza el
      método de trabajo y se revelan las fuentes utilizadas por el novelista, a saber, la
      correspondencia con amigos, las experiencias personales, lecturas, documentación
      anexa, viajes, consultas, captación de ingredientes reales identificables o no. Entra luego
      en el análisis del "elemento añadido" a esos otros elementos tomados de la realidad y de
      las fuentes, o sea las transfiguraciones operadas en la concepción del autor, que
      conformarán "lo original" y característico de su obra. Así abarca el comentarista el
      examen de los fenómenos que observa en el texto: la humanización de las cosas, la
      cosificación de los hombres, el contrapunto dinero-amor, el mundo binario en que se
      mueve la acción, el problema de la utilización del tiempo heterogéneo y múltiple o lo que
      llama el tiempo singular, el tiempo circular o repetitivo, el tiempo inmóvil y el tiempo
      imaginario. Ha de coronar esta laboriosa y ejemplar tarea estilística y estructuralista, la
      observación del lenguaje dentro de las formas variadas del narrar, el personaje plural, el
      narrador invisible, el narrador que filosofa, el narrador normal. Termina esta parte con el
      estudio del nivel retórico, las imágenes obstructoras y el estilo indirecto libre, el
      monólogo silencioso, en lo cual resulta Flaubert el precursor en el empleo de la técnica
      que consagró, en posteriores años, James Joyce.
      El meollo del libro de Vargas Llosa se encuentra es este análisis sistemático del estilo y
      de la estructura de la obra de creación, realizado con la ayuda de amplia documentación
      y severa disección de la obra.
      Finalmente, en una tercera parte, se estudia el significado de la novela de Flaubert en
      relación con obras similares que la antecedieron o con las que aparecieron después o
      sea la trayectoria histórica de su fama. Madame Bovary, "primera novela moderna" y
      fundadora, significó una apertura de nuevas perspectivas narrativas que escasamente
      fueron vislumbradas por sus contemporáneos. Sólo a raíz del primer centenario de la
      aparición de la obra, la crítica contemporánea, con nuevos métodos e impulsos, con
      instrumental y perspectivas distintas, parece inclinada a aceptar la validez de la "novela
      total" que planteó Flaubert. Según su estética, los personajes son escogidos entre los
      hombres vulgares y mediocres, dejando un tanto al margen a las figuras epónimas.
      Todos los temas, los malos y los buenos y aun los triviales y anodinos, son posibles de
      ser incorporados a su narrativa. Todo depende de la forma en que fueren elaborados. Y


113
      así entran en juego las originales concepciones suyas del tiempo y del lenguaje, de la
      vida y del arte, de lo que es realidad y de lo que es ficción.
      Vargas Llosa ha escrito así un libro medular, buen ejemplo de las corrientes nuevas de
      la crítica, y resulta tal vez el único ensayo de este jaez escrito en el mundo hispánico,
      dotado de una información de primera mano, exhaustivo en sus referencias a otros
      trabajos sobre Flaubert escritos en los últimos tiempos. En su desarrollo sugerente e
      iluminado, exhibe las altas dotes de un escritor que, tanto en la novela como en la prosa
      virtuosista, se ha mostrado una de las más altas figuras de la literatura actual.
      Con el libro de Vargas Llosa se ha robustecido el conocimiento, dentro del acontecer
      literario del Perú y de América Latina, de la obra de Flaubert, en los años siguientes a su
      aparición y apogeo.
      El rigor, y la fortuna hacen de este libro de análisis tal vez una de las pocas aportaciones
      validas de la crítica peruana a las letras francesas .
      Así lo ha reconocido el comentario bibliográfico francés, en los años posteriores a 1975,
      cuando ya se creía agotada la posibilidad de nuevas aportaciones interpretativas.



      1 En El Comercio, Lima, 1°, 5 y 7 de noviembre de 1902.
      2 G. Flaubert, La leyenda de San Julián Hospitalario, traducción de Manuel Beltroy,
      Lima, UNMSM, 1957, 24 p.
      3 Publicada en Letras, órgano de la Facultad de Letras de la UNMSM, Lima, 2° semestre
      de 1958, N° 61, p. 5-19.
      4 Coyné, A., Conferencia citada.
      5 Mario Vargas Llosa, La orgía perpetua-Flaubert y Madame Bovary, Barcelona, De.
      Seix Barral S. A., 1975, 281 p.




114
      XVI




      La Crisis llamada "Decadentismo"

      El "Decadentismo" empezó a abrir el camino para alcanzar una nueva etapa en la
      evolución del proceso literario. Se rompieron entonces algunos cauces tradicionales y
      fue posible la apertura de nuevas perspectivas en varias direcciones. Pero todo esto fue
      sólo el antecedente de lo que vino después con los radicalismos de las primeras
      décadas del siglo XX.

      Hacia finales del ochocientos, el romanticismo había perdido sus posibilidades de
      alcanzar una mayor vigencia. La poesía se había agotado dentro de sus gastados
      motivos. La tendencia imitativa de la lírica francesa y española se había agotado.
      Empezaban a degenerar los temas sentimentales y las rimas gastadas.

      Se habría producido un descenso de intensidad en los distintos géneros, que ya
      señalaban la presencia de unas corrientes más acordes con los nuevos tiempos. Esas
      corrientes eran el simbolismo y el parnasianismo, en poesía, y el naturalismo en prosa.
      Frente al ritmo y la rima, ya gastados, se empezaba a reivindicar, el nuevo juego del
      polirritmo. Frente a los trucos de la novela romántica, se presentaba la modernidad de
      los cuadros del suceder realista. Las nuevas formulaciones estéticas llegaban también
      de Francia, como antes se habían filtrado las efusiones románticas. Así prosperaban
      nombres de prosadores como Balzac, Flaubert y Zola y casi inmediatamente Baudelaire,
      los simbolistas, los parnasianos.

      A través de Francia se introdujeron también, en ese momento las formulaciones
      estéticas de los países europeos restantes que abrían nuevos surcos a la inquietud
      reinante, tales como Ricardo Wagner, llamado "el patriarca de la decadencia", como las
      de Enrique Ibsen, representativo del nuevo teatro de ideas, como las de León Tolstoy, el
      apóstol y novelista de una distinta actitud mental. Pero el meollo de todas esas
      modalidades convergentes estaba en Francia y en las múltiples expresiones que
      entonces afloraban en todos los terrenos de la creación literaria y artística.




115
      Bajo el nombre de "decadentismo" o "literatura fin de siglo" (XIX) empezó a conocerse
      en el Perú, alrededor de 1890, todo un complejo de nuevas tendencias o direcciones
      diversas del fenómeno literario francés. De un lado, el legado de los "poetas malditos",
      luego el mensaje de los parnasianos, los impulsos del realismo, la arrolladora virtualidad
      del naturalismo, las formulaciones de "la escuela de Mcdan", también el versolibrismo de
      unos poetas y el simbolismo de otros. De otro lado, hacían impacto los ingenios
      exotistas con fuerte impulso de convencionales orientalismos (Omar Khayam) mezclado
      con "los paraísos artificiales" alimentados con drogas ("hachis" y opio), estimulantes de
      la creación insólita.

      Todo ello ofrece un cuadro un tanto abigarrado y confuso hasta el absurdo, juzgado a la
      luz del criterio formalista que solía dominar en la crítica, un cuadro aberrante de
      morbosidades y desviaciones, atribuidas a la crisis espiritual emergente ante la
      proximidad del nuevo siglo. Esta producción "finisecular" (del XIX) adquiría, así,
      contornos de realidad enfermiza, de crisis de crecimiento o de cambio, que un
      comentarista llegó a denominar "literaturas malsanas" y que un seudo crítico, de origen
      alemán , definió como "degeneración". Este personaje se llamaba Max Nordau,
      desconocido en Alemania y aplaudido en Francia, en España y América Latina como
      "genio alemán", rotundo y oportunista que acudía a explicar esa complicada
      convergencia de fenómenos nunca antes sucedidos, en un libro difuso originalmente
      titulado Entartung (traducido al castellano como Degeneración (Madrid, V. Suarez. 1894)
      y al francés con el título exprofesamente buscado de Degenerescence en vez de
      Degeneration). Sin duda, hacían sus primeros ingresos en la literatura bajo un empiricó
      vocabulario médico, un distinto concepto de la realidad artística, las primeras
      expresiones de la psicología profunda, el lenguaje emotivo, el esfumado en vez de la
      claridad en la pintura, la sustitución de lo normal por lo anormal como motivo literario y
      como expresiva actitud creadora.

      De tal suerte "la decadencia" o "el decadentismo" se consideraba un estado enfermizo y
      transitorio, en medio del cual se pretendía entrever la posibilidad de recobrar la salud
      intelectual para ingresar a una nueva etapa de floraciones saludables y normales. No se
      sospechaba que el fenómeno del "decadentismo" era una crisis que desembocaría en
      una nueva etapa literaria que pudiese asentar la creación sobre criterios estéticos
      totalmente renovados, verdaderamente revolucionarios y que no solamente se trataba
      de un fenómeno producto de la perturbación temporal o de la fatiga.

      Se estaba lejos de considerar la aparición de un nuevo credo estético, de un nuevo
      enfoque artístico, del nacimiento de una nueva actitud espiritual y en vez de eso, se
      creía en un retroceso a la barbarie, en el dominio del culto esotérico de lo morboso o en
      el olvido pasajero de lo razonable, lo consciente, lo lógico, lo regular, lo sujeto a los
      límites de la estética tradicional. La crítica nueva europea, empezó entonces a deslindar
      los múltiples aspectos y divergentes contenidos de las tendencias y formuló algunos
      análisis esclarecedores de los fenómenos advertidos.

      La primera acción fue abolir por superación la denominación "decadentismo" para
      adoptar otras más estimables, entre ellas la de "simbolismo" y "poesía pura" para
      aquellos poetas que traían el sello de las "correspondencias" de Baudelaire, las



116
      "sinestesias" de Rimbaud, las metáforas de Mallarmé, las combinaciones sonoras de
      Verlaine, y el título de "naturalismo" y el "psicologismo" o el "sociologismo" para la
      tendencia dominante en la narrativa.

      Ese contenido diverso, multiforme, y un tanto contradictorio del "decadentismo" francés y
      su variada gama de inquietudes fue asimilado, a partir de 1885, por dos generaciones
      posrománticas peruanas. Ingresó por varios conductos: por la propia acción de algunos
      exponentes peruanos del comentario y la crítica, como González Prada, quien introdujo
      innovaciones importantes en la métrica del verso y difundió aspectos relevantes del
      pensamiento francés de la época al modo de Mercedes Cabello de Carbonera, novelista
      estimable y autora de ensayos sobre La novela moderna (donde inserta apreciaciones
      casi exclusivamente desde Hugo, Balzac y Flaubert y Zola, sobre el positivismo, y
      también por la acción de autores españoles como Pompeyo Gener y Emilia Pardo
      Bazán, de quien glosa la señora Cabello esta frase:

                    "España misma no es hoy más que imitadora de la
                    literatura de Francia o como dice Emilia Pardo Bazán, la
                    literatura española es un reflejo de la francesa".1
      Otra novelista del momento, la cuzqueña Clorinda Matto de Turner, practicante del
      naturalismo, usaba metáforas y comparaciones científicas un tanto prosaicas para definir
      las actitudes espirituales de sus personajes.
      La misma inquietud se advierte asimismo hasta en los títulos de periódicos de ese
      momento: La Luz eléctrica y Germinal, que recuerdan los avances de la física o el
      nombre de una novela de crudo realismo escrito por Emilio Zola, respectivamente.
      Las Dos Generaciones del "Fin de Siglo"
      Los posrománticos del Perú integran dos generaciones calificadas en distintos
      momentos, una y otra, de "decadentistas". La guerra del Pacífico (1879-1883) pareció
      haber debilitado el romanticismo en forma definitiva. Nicolás Augusto González
      comentando las Armonias de Ricardo Palma, abomina la fase sentimental de nuestras
      letras y, puesto a elegir entre Palma romántico y el Palma satírico, se decidía por el
      autor de Verbos y Gerundios. (La revista social), 1887). En consecuencia, propugnaba
      aparentemente una tendencia anti-romántica y anti-retórica.
      La primera concentración posromántica giró en torno de Manuel González Prada y de La
      Revista social (1885-1888), vocero del "Círculo Literario". Sobre el papel de su
      generación, decía (discurso del Olimpo, 1888): "Cultivamos una literatura de transición,
      vacilaciones, tanteos y luces crepusculares".
      La segunda concentración posromántica se agrupó alrededor de José Santos Chocano
      desde 1896, en El Perú Ilustrado (segunda época, 1893-1896) y luego en La Neblina
      (1896-1897), y La Gran Revista (1897-1898). De ella decía el mismo Chocano:
      "Cantamos lo que podemos ver con nuestros propios ojos, cantamos lo que podemos
      tocar con nuestras propias manos .... Creemos y esperaremos en manifestaciones
      genuinamente nacionales ... (La Neblina, n° 2, abril 5 de 1896, art. "Poesía Nacional").2
      Todo quedó, como había pronosticado González Prada, en "vacilaciones, tanteos y luces
      crepusculares".
      El impacto del "decadentismo" francés de un lado y de otro lado, la falta de aliento
      creador y de una esencial asimilación de los elementos foráneos, hizo que un positivo



117
      impulso de creación telúrica quedara aplazado para ser programado meramente por las
      generaciones de las primeras décadas del siglo XX.
      Toda esa motivación literaria, desembocó en la revelación de un gran poeta del nuevo
      siglo, José María Eguren (1874-1942) y quien asimilaba las nuevas tendencias a partir
      del simbolismo francés. En la temática variada de sus originales imágenes -pasado el
      vendabal de los "decadentismos"- consiguió Eguren pintar notas típicas de lo propio, de
      lo hispánico, lo oriental, lo germánico, lo itálico, y desde luego lo francés. En conjunto,
      son las notas del universalismo cultural de un autor que nunca salió de su ciudad natal y
      alrededores. Lo extranjero es siempre una interpretación personal. En algunos poemas
      se combinan elementos franceses de fácil procedencia en sus lecturas de lo provenzal y
      también en algunas reminiscencias de la lectura de Verlaine y en conjunto la teorética de
      los maestros Mallarmé, Baudelaire y Rimbaud.
      Pero Eguren, a diferencia de los románticos no imitó pero sí asimiló, y lo hizo dotado de
      una originalidad que, como en el caso de Rubén Darío, significó aprehender las esencias
      anímicas de lo francés y desenvolver lo propio, al amparo de las culturas del universo.



      1 Mercedes Cabello de Carbonera, La novela moderna, Lima, Tipografía Bacigalupo y
      Cia., 1892, p. 31
      2 En torno de González Prada se agruparon la Sra. Cabello de Carbonera, la Sra. Matto
      de Turner, Carlos Germán Amézaga, Ricardo Rossel, Abelardo Gamarra, Germán
      Leguía, Arturo Villalba, Ernesto Rivas, Nicolás Augusto González (ecuatoriano), Manuel
      Moncloa, Numa P. Llona, Modesto Molina, Manuel Mansilla, Víctor G. Mantilla, E.
      Zegarra Ballón, Domingo de Vivero, Martínez Izquierdo, Paulino Fuentes Castro, Félix
      Mora y Abel de la E. Delgado.
      Después del 80, aparecen nuevos nombres a raíz de la salida del semanario Fin de siglo
      ellos son José Santos Chocano, Domingo Martínez Luján, José Fianzón, Enrique López
      Albújar, José Antonio Román, Federico Barreto, Enrique Carrillo, a quienes se agregó
      después Clemente Palma y A. Salomón. Se incorporan más adelante, cuando ya el
      grupo ha perdido beligerancia, Aurelio Arnao y Manuel Beingolea. Se constituye así el
      segundo grupo posromántico, al cual se agrega, definiéndose más el del 98, alrededor
      de La Neblina que dirigió Chocano.
      Véase complementariamente nuestro estudio "Las generaciones posrománticas
      peruanas: crisis de imitación en el proceso literario: inquietud y frustración", presentado
      en el Primer Coloquio de CERPA, Universidad de Grenoble, Francia, diciembre de 1973.




118
      XVII




      "La France que nous aimons"
      1. El caso paradojal de Ventura García Calderón

      Desde comienzos del siglo XX, la literatura francesa fue cediendo en América del Sur el
      lugar preeminente mantenido anteriormente sobre otras literaturas europeas. Sin
      embargo, el "modernismo", movimiento principalmente poético de los epígonos peruanos
      del poeta nicaragüense Rubén Darío, sostuvo su validez hasta muy entrado el nuevo
      siglo. Pero la vigencia de esa corriente, ya débil en los llamados "post modernistas",
      debió ser superada bruscamente por el cambio de sensibilidad operado a causa de la
      conmoción espiritual y social producida por la Primera Guerra Mundial. Se impuso la
      aparición de un impulso innovador -y renovador- de los llamados ísmos de vanguardia,
      cuya vigencia comprendió todos los ámbitos de Europa y América y dentro de todas las
      artes. Un nuevo y efervescente ímpetu creador estremeció el mundo de la postguerra
      mientras que con resonancia universal se debilitaron las hegemonías artísticas
      anteriores.

      Este estado de espíritu proclive al cambio lo recoge en sus crónicas Ventura García
      Calderón, a pesar de que su iniciación literaria coincide todavía con la llamada "belle
      époque". Perteneciente Ventura García Calderón, a la generación de 1905 (con José de
      la Riva Agüero y con su hermano Francisco y con algunas figuras literarias que
      mencionaremos más adelante) lo revelan cabalmente las primeras muestras de su arte
      exquisito y con estilo de inconfundible brillo modernista. Fue la suya una generación
      privilegiada en la lectura de páginas de escritores franceses de la preguerra y derivada
      más adelante en esfuerzos tendientes a modificar su formación inicial. La literatura
      francesa era el modelo elegido, cuando aún no habían aparecido en Francia y en Europa
      otras manifestaciones atentas a los cambios espirituales y sociales que se operaban en
      el mundo. La Francia "que ellos amaban" también cambiaba como el resto de Europa y
      del mundo. Por eso sus crónicas juveniles dieron paso más adelante a otro tipo de
      literatura menos frívola y más realista.

      Para ponerse a tono con la época y el gusto literario, los "cuentos peruanos" se
      incluyeron prontamente en La venganza del cóndor (Madrid, 1924). Luego de ser



119
      traducidos profusamente al francés por diversos traductores o por el propio autor,
      conformaron en realidad la expresión de una suerte de "exotismo curioso" un tanto a la
      manera de los autores franceses del siglo XVIII, como Madame de Graffigny, Voltaire y
      Marmontel, entre muchos otros mayores y menores, quienes representaban, en
      conjunto, una corriente renovadora de la vida europea y una obsesiva búsqueda de
      nuevas formas de vida, de maneras distintas, simples e inocentes. América resultaba
      entonces en el siglo XX, el germen de un nuevo exotismo, practicado por un
      hispanoamericano. Lo curioso era que provenía de un peruano al que explotaba su
      propia realidad en un país extranjero.

      El caso de Ventura García Calderón es singular. Nacido en Francia, educado a la
      francesa y radicado casi toda su vida en ese país, intentó con amplio dominio del
      castellano y de la lengua gala, hacer literatura ‘indigenista’ a la distancia, con temas no
      vívidos, con elaboración a base de ingeniosos recursos y de afanosa búsqueda de
      sucesos pintorescos y escenas episódicas pero sin el sabor de la autenticidad , o por lo
      menos, de lo captado en forma directa. Su libro La venganza del cóndor (1924) que
      contenía la mayor parte de estos relatos, obtuvo buena recepción europea como texto
      representativo de la vida indígena de la sierra andina o de las selvas amazónicas. Ese
      libro suyo y otros de igual naturaleza sirvieron en un momento para avalar una
      candidatura de Ventura García Calderón al premio Nobel, y para ese efecto hubo activa
      gestión para la traducción de esos relatos a las principales lenguas europeas. Se trataba
      de hacerlo representativo de una corriente típica, de un ‘indigenismo’ andino o peruano y
      para ello se apeló a lanzar una edición antedatada pues apareció una nueva impresión
      fechada en 1918, a fin de que apareciese como anterior a 1920, fecha en la cual habían
      salido a luz unos Cuentos Andinos del peruano Enrique López Albújar, auténtico
      especimen de esa tendencia en la literatura peruana1 Ventura García Calderón ofreció
      su versión del indigenismo literario pero ésta resultó -dentro de su elegante estilo- débil y
      fría frente a las auténticas y realistas narraciones de López Albújar.

      Hasta los años iniciales del siglo XX, tuvo efímera vigencia esa generación de Ventura
      García Calderón, poco numerosa pero bastante representativa de un estado de espíritu
      que pretendía afrontar los embates de la modernidad. Poco afortunada en lo poético, se
      permitió dejar de lado la apreciación de creadores de buena estirpe como Enrique A.
      Carrillo y Alberto Ureta. Esa generación, según José de la Riva Agüero, se había
      educado en el "culto de los grandes clásicos franceses", tanto en sus giros ideológicos
      como en sus gustos literarios pero quedó ajena y distante de las nuevas figuras de la
      literatura. Por ejemplo, Riva Agüero veía a Verlaine "nieto bastardo, plebeyo encanallado
      del ... aristócrata y seráfico Lamartine". Los prejuicios sociales primaban como es de
      apreciarse en los juicios literarios y eso mismo la privó de entender a grandes figuras
      contemporáneas como Proust, Gide y algunos otros notables representantes de las
      letras francesas contemporáneas.

      Autor consistente y estimable literariamente fue sin duda Ventura García Calderón
      (1886-1959), como ágil e ilustrado cronista, reputado antólogo y crítico y fogoso
      polemista. Escribió con igual perfección las lenguas francesas y castellana. Como buen
      divulgador escribió por primera vez visiones panorámicas de la literatura peruana de
      1870 a 1912 y de 1535 a 1914, sin considerar la parte referente a la literatura


120
      prehispánica y omitiendo, en lo demás, algunos autores como el entonces ya maduro
      José María Eguren y mostrando escaso rigor crítico y equívocos juicios en la
      consideración de otros autores. Fue una visión rápida y personal de la cual, sin
      embargo, recogieron sus aciertos de investigación otros futuros historiadores de la
      literatura peruana. No hay duda que dominó con excepciones, el conocimiento del
      caudal de la creación literaria peruana y así lo puso en evidencia al seleccionar y
      comentarla nuevamente, más de dos décadas después, cuando aparece su extensa
      antología Biblioteca de la Cultura Peruana en trece volúmenes (París, 1938). Esta obra,
      sin duda valiosa en su disposición y acopio material, contiene también notorias
      omisiones como los discursos y ensayos de Manuel González Prada, la prosa polémica
      de José Carlos Mariátegui y la poesía de Eguren y Vallejo.

      Regularmente escribía narraciones cortas, cuentos tradicionales y sobre todo lo que
      mejor hacía, esto es, crónicas, en las que desenvolvía un espíritu alado, sutil, frívolo, en
      un castellano delicado y profesional. Como se había educado en Francia, donde
      transcurrieron gran parte de sus años de infancia y mocedad y toda su madurez,
      dominaba también un idioma francés alado, elegante y sutil al igual que su castellano
      materno. En ambas lenguas aparecieron la mayor parte de sus obras, dentro de un alto
      ritmo de producción poco común.

      Desde el punto de vista comparatista, o sea como poseedor de una expresión literaria
      extraña, debe considerarse a Ventura García Calderón como un caso especial. No es
      propiamente el receptor sino el donante o dador del aliento francés, de la frase justa y
      elegante. Ha enriquecido con ello la prosa castellana y al mismo tiempo ha escrito en un
      impecable francés, tan excelente como su castellano materno. Pero en el mundo
      hispánico se le sentía extraño y aún más en el Perú, su tierra natural. Su capacidad y
      tenacidad creadoras eran indiscutibles pero siempre, en uno y otro lado -el francés o el
      castellano- se le sentía distante de uno y otro mundo lingüístico. No era, sin duda, el
      caso del ‘galicismo mental’ del nicaragüense Rubén Darío en cuya obra hubo asimilación
      más que entrega, en quien la lengua castellana y los temas y asuntos permanecieron
      fieles a la índole de esa lengua con lo cual el idioma castellano se enriquecía con el
      aliento creador y las posibilidades formales de la lengua adquirida.

      Alguna vez André Malraux -que bien sabía lo que era escribir lejos del país natal- al
      ocuparse de la obra de Ventura, expresó lo siguiente:

                     "Este arte no se inserta en la historia. Las primeras obras
                     de Kipling no se inscriben en la literatura inglesa al modo
                     de las de Meredith, ni aun las de Conrad; ... las de Ventura
                     García Calderón no se inscriben en la literatura española,
                     ni tampoco en la literatura francesa, como las de uno de
                     nuestros escritores. Su tono, pero no el ritmo de su relato,
                     está a menudo más cerca de Barbey que nuestros
                     contemporáneos. Un homenaje no es una crítica literaria y
                     aquí hablo sólo de lo que amo. Pero creo que el
                     romanticismo de García Calderón está mucho menos en el
                     tiempo que en el espacio y en el alma". 2



121
      Sin duda Ventura idolatraba a Francia pero no llegaba a su médula, y también amaba al
      Perú entrañablemente pero sin entenderlo del todo, en su realidad contemporánea.
      Recordamos con gratitud las páginas henchidas del deseo de mostrar la devoción por su
      país natal, como aquel ensayo escrito en sus maduros años, Vale un Perú (París, 1939)
      y como esas páginas de los trece volúmenes de su Biblioteca de la Cultura Peruana
      (París, 1938). También señalamos el hecho de que su último libro, dado a la imprenta
      meses antes de morir, se titulaba La vie est elle un songe? (París, Ed. Garnier Fréres,
      1958), escrito en impecable francés, lucía con orgullo, en la contracarátula, la relación de
      todos sus libros escritos en lengua francesa que sumaban diecisiete títulos.
      En estos dos extremos de sus predilecciones estaba siempre viviente la innegable
      vocación literaria de un escritor que, pese al talento y la voluntad, no logró ser
      representativo de las dos literaturas en las que volcó el dúplice fervor de su inquietud
      creadora.
      2. José de la Riva Agüero
      Es un deber de todo estudioso de nuestra historia reconocer la tarea inicial de José de la
      Riva Agüero como crítico y analista de la historiografía peruana, con obras capitales
      como La historia en el Perú y las hermosas estampas de sus Paisajes peruanos, escritos
      entre 1912 y 1915 y sólo publicados póstumamente en 1955. Es acto de justicia también
      detenerse en señalar su hazaña fundadora del examen de las letras peruanas del siglo
      XIX en una precoz tesis presentada en 1905, a los veinte años de edad, titulada
      Carácter de la literatura del Perú independiente y de otras exhaustivas monografías
      sobre grandes autores de la etapa virreinal. Su aptitud para trabajos de erudición ya nos
      dio su magistral discurso sobre Garcilaso Inca de la Vega, en la fecha memorable del
      tercer aniversario de su fallecimiento en 1616.
      Pero su inicial ímpetu creador sufrió un transtorno radical a partir de su largo auto-exilio
      en Europa, entre 1920 y 1930 (durante el régimen político del Presidente Augusto B.
      Leguía), que marca algunas desafecciones y lagunas (debido a la actitud personal
      política), que alteraron los rumbos discordantes del criterio y de la sensibilidad, muy
      notorios en su fragmentaria obra posterior.
      En el lapso de vida que siguió desde 1930 a 1944; cuando ocurrió su prematuro
      fallecimiento, a los 59 años, se apartó de sus iniciales impulsos formativos y de la
      ponderación inicial de los primeros trabajos. Fueron 14 años finales del resto de su vida,
      en los cuales alternó discursos de circunstancia con pronunciamientos políticos, que
      desmedraron el alto nivel de su obra anterior.
      En esa etapa pretendió manifestar su predilección por la literatura de Francia al esbozar
      en 1935, un cuadro de la influencia francesa en el Perú (inserto en sus O.C., Tomo II) y
      luego al publicar un infortunado libro de crítica del fenómeno literario de Francia, titulado
      Estudios sobre literatura francesa (Lima, Editorial Lumen S.A., 1944. 164 pp.).
      En aquel discurso de 1935, José de la Riva Agüero, trazó un esbozo del influjo de la
      literatura francesa sobre las letras peruanas desde el siglo XVII. Se refirió entonces a
      Pedro de Peralta, traductor del catecismo histórico del abate Claudio Fleury y de la
      tragedia La Rodoguna de Corneille. Menciona entre los viajeros, al geógrafo Feuilleé y el
      ingeniero Frézier. Menciona también al limeño Pablo de Olavide y sus traducciones de
      Racine, Voltaire y Sedaine y trata de sus relaciones con autores franceses de la época,
      al igual que José Baquíjano, lector acucioso de Montesquieu y Rousseau y cuyos
      ensayos salen a relucir escondidos en las páginas del Mercurio Peruano de 1791. Hace


122
      referencia como lecturas comunes a las de Fontenelle, Volney y Guizot y Chateaubriand
      y dentro del XIX, menciona el magisterio universitario de Pradier Foderé, en lo jurídico y
      económico de la realidad peruana. Vuelve a las tiendas de las ciencias sociales y
      menciona a Augusto Comte y a Le Bon, Renan y Taine. Así llega al siglo XX y termina
      con una breve y benévola referencia a Bergson y a Maritain.
      Los Estudios sobre la literatura francesa (Lima, Ed. Lumen, 1943) adoptan al final otra
      orientación, pues el autor pretende al parecer expresar su admiración por los grandes
      autores de la literatura francesa desde sus orígenes hasta el primer tercio del siglo XX.
      Es en este último sector donde el juicio en sus exposiciones de épocas y autores, resulta
      insuficiente, pues se basan en críticas muy propias del siglo XIX, como las de Sainte-
      Beuve, Taine, Brunetiére y E. Faguet.
      En los doce capítulos del libro mencionado domina un criterio historicista, ya superado
      dentro de la literatura de reflexión pertinente y se atiene a reproducir, sin mayor
      originalidad, las fuentes más conservadoras de la crítica francesa del XIX, pretendiendo
      hacer válidas esas fuentes en la primera mitad del siglo XX. Para entonces ya estaba en
      desuso tal forma de juzgar un panorama literario tan extenso y complejo.
      En los capítulos anteriores no intenta Riva Agüero innovar alguna forma de análisis pues
      se satisface con repetir lo que dicen los comentaristas franceses más conservadores. En
      algunos capítulos recurre a apreciaciones acerca del uso de la versificación utilizada por
      Ronsard y Malherbe principalmente. No sale del método historicista y preceptista y sin
      mayor contenido vital se solaza en consideraciones de la historia externa galante y
      cortesana, en lo anecdótico y banal, sin profundizar en el análisis del estilo literario; ni en
      el estudio profundo y trascendente de esa poesía. De otro lado, no le interesan en lo
      menor figuras como Rabelais y Moliére, ni tampoco Voltaire como dramaturgo y
      narrador, que contemporáneamente son más atractivos y susceptibles de análisis dadas
      sus raíces universales y populares. La elección de obras y autores resulta deficiente y
      superficial sin especial enfoque estético.
      Más adelante, en un desinformado y dogmático párrafo, llega a decir Riva Agüero:
                     "El simbolismo se cifró en el eco o repetición degenerada
                     del movimiento romántico... desconoció la sintaxis y
                     renunció a la significación y composición de la frase, en
                     obsequio a la metáfora y al vano rumor de la palabra
                     aislada. Termina destruyendo hasta la palabra, para no
                     quedarse sino con la sílaba o el diptongo, en la idiota
                     balbucencia del dadaísmo. No es posible caer más abajo.
                     La locura furiosa se abate a ras del estupor cretino. Ni
                     siquiera resta el incentivo de la dificultad vencida; no hay
                     tarea más fácil que amontonar vocablos sin ilación, o que
                     susciten imágenes fortuitas y deformes, como devaneos de
                     indigenista pesadilla. No descubren sino la cobarde
                     dimisión del juicio y la voluntad y la completa perturbación
                     de la mente... Los más de los vanguardistas han prostituido
                     el arte rebajándolo a insulsas bufonadas, a necias muecas
                     de payaso."




123
      En esta admonición quedan comprendidos Mallarmé y Valéry y todos los renovadores
      memorables de la actual lírica francesa, en el desesperado empeño de justificar una
      "reacción purificadora" cifrada en los superados esfuerzos de Samain, Moréas, Maurras,
      Regnier y Paul Fort, hasta cuyos límites llegaba, en 1944, la comprensión y la tolerancia
      de Riva Agüero, impermeable a toda la evolución literaria operada en el siglo XX. La
      fuerza del estilo decae inconteniblemente. Aquella prosa sustantiva y reposada de sus
      libros anteriores, se torna aglutinante y sin fuerza vital, reiterativa y yerta. El estilo se
      hace adjetival y pintoresco. En la persecución de los epítetos hirientes, las ideas
      fundamentales se debilitan y hasta desaparecen en la fronda de lo formal y arcaizante.
      Llegando a los siglos XIX y XX con estas carencias y con criterio tan peculiar, sus puntos
      de vista se hacen más estrechos, pues denuncian claramente que sus lecturas no
      alcanzan ni en extensión ni en sensibilidad a autores ya consagrados hasta por lo más
      exigentes y retrógrados comentaristas.
      Un informado y agudo crítico peruano de nuestros días, Aurelio Miro Quesada Sosa ha
      visto con claro y equilibrado juicio este flanco tan vulnerable y débil de Riva Agüero
      como comentarista del fenómeno literario contemporáneo:
                     "Al avanzar el siglo XX empieza a debilitarse, hay que
                     decirlo, la seguridad crítica que hasta allí demostraba Riva
                     Agüero. Generalmente por razones extraliterarias y por una
                     firmeza doctrinaria respetabilísima en los campos ético o
                     político pero perturbadora en el campo literario; su
                     valoración de los escritores se oscurece o los reparos en
                     esencia acertados se exageran con una acumulación de
                     adjetivos contrarios".
      Así sucede con Víctor Hugo, a quien ya había llamado "retórico estrepitoso" y al que
      ahora reprocha:
                     "su fondo.... paupérrimo, sus perogrullescas sentencias,
                     sus antítesis maníacas, su cándida y vulgar filosofía
                     política... su tan trasnochado anticlericalismo". Así ocurre
                     también con Anatole France, al que tacha de
                     "delicuescente" de "verduras de viejo", de "voluptuosidad
                     lánguida y "mandarinismo". Entre los más notables
                     representantes de las letras francesas del siglo XX, Riva
                     Agüero critica a Marcel Proust, a André Gide, a Romain
                     Rolland, llama a Paul Valéry "abstruso vate", como había
                     encontrado "exorbitancias caliginosas y laberínticas" en el
                     simbolismo mallarmeano; tacha a la rumano-francesa
                     Condesa de Noailles por su "desenfreno pagano y báquico,
                     el lirismo "estrambótico" de Jean Cocteau y de la "idiota
                     balbucencia del dadaísmo." Nos conturba lo recargada y
                     hasta lo denostador de los reproches, sobre todo cuando le
                     escuchamos elogiar con exceso no sólo a escritores
                     derechistas como Barres, Maurras o Massis, sino a
                     quienes él llama, extrañamente, "las voces magistrales de
                     los grandes ancianos Benoit y Bourget".*


124
      El acierto crítico de Aurelio Miró Quesada S. ha puesto los debidos límites a los párrafos
      tan desafortunados de Riva Agüero deformadores de la realidad literaria francesa del
      siglo XX por quien se jactaba de "amar a Francia" sin respetar sus valores culturales
      auténticos.
      En los últimos años se empeño Riva Agüero, en un pintoresco combate contra los
      molinos de la modernidad y no cejó en ese inútil esfuerzo, salvo que se tratase de algún
      autor identificado -como conservador (Claudel)- pretendiendo así promover un
      proselitismo reaccionario. El cuadro que nos ofreció entonces respondía a una visión
      distorsionada de la cultura comtemporánea.

      1 Véase el contenido de Tomás G. Escajadillo en Narradores peruanos del siglo XX,
      Lima, Edit. Lumen, 1994. Además, Raúl Estuardo Cornejo, López Albújar, narrador de
      América, Lima, 1968.
      2 André Malraux, Homenaje a Ventura García Calderón, en la Revista Cielo Abierto,
      Lima, vol. VII. N° 20, 1962.
      * A. Miro Quesada S., prólogo a O.C. de Riva Agüero, tomo III, Lima, Talleres Gráficos
      Villanueva, 1964. pp. XXIX y XXX.




125
      XVIII




      Vanguardismo y Surrealismo
      El Ingenioso Guillaume Apollinaire

      Empezaremos por el ingenio y la vanguardia "épatant". Guillaume Apollinaire rodeó su
      vida de leyendas. Llegó a decir que era el hijo de un cardenal italiano. La verdad fue
      otra: era nieto de un noble polaco funcionario del Vaticano, y nacido en Roma, en 1880.
      Su padre era francés, apellidado Aspermont. Llevado por sus progenitores a Montecarlo,
      siguió allí estudios primarios y secundarios. Muy joven se trasladó a París en 1900,
      donde se inicia en las letras escribiendo poemas eróticos y comentarios de arte. En 1910
      publica un libro de cuentos El heresiarca y Cía. y más tarde otro de relatos
      desenfadados: El poeta asesinado (1916), novela "rabelesiana", y dos textos de teatro,
      en los que pasa de una primera efusión futurista a concepciones surrealistas mucho
      antes de que Breton desarrollara la fundamentos de su movimiento. Era un adelantado a
      su época y a su propia vida, tal vez con el presentimiento de su muerte temprana.

      En menos de un decenio de actividad creó todo lo enumerado y algo más que fue
      significativo: en poesía y en critica de arte. Se ha considerado sobresalientes y decisivos
      para su fama: Meditaciones estéticas, Los pintores cubistas (París, 1913), un libro
      fundamental para explicar a Picasso y su pléyade. Al lado, dos libros de poesía: Alcools
      (1913) y Calligrammes (1918), publicado el año de su muerte, marcan su visión genial y
      su raíz renovadora.

      Vinculado tempranamente al futurismo italiano de Marinetti, comparte alguno de sus
      postulados estéticos. Al estallar la Guerra Mundial I, en 1914, arrastrado por su
      activismo y vitalidad se enrola como voluntario en el ejército francés y así transcurren
      cuatro años de su corta vida en el frente de batalla. Allí se debilita la influencia futurista y
      se afirma su personalidad creadora. Escribe en las trincheras muchas páginas de
      confidencias, de poesía, y de relatos, urgido por su irrefrenable capacidad creadora e
      innovadora. Ensaya recursos de su obra de vanguardia: la enumeración caótica, el
      ilogicismo, la escritura automática, la revelación literaria de estados subconscientes, la
      neotipografía y lo que él llama "calligrammes". Resulta así, hasta 1918, año de su




126
      muerte prematura, el verdadero precursor del movimiento "Dadá", que estalló en 1920, y
      de la revolución "surrealista" que define y desenvuelve André Breton en 1924.

      La más impactante contribución artística de Apollinaire es el "calligramme", o sea el
      poema visual, que se dibuja con letras o tipos, a más de un contenido significante. Para
      desconcierto y furor de los tipógrafos, el autor compone los poemas distribuidos en
      líneas verticales u oblicuas, disociando y mezclando tipos de varias clases y con
      desplazamientos de espacios. Otras veces, juega con los tipos o reproduce dibujos
      trazados a mano con la propias palabras del poema. Propugna la libertad más absoluta
      para crear la poesía integral, visual, objetiva, al mismo tiempo que mental.

      Se dice que ya en la antigüedad Demócrito había escrito un poema en forma de flauta
      ("La Siringá") y que Rabelais intentó también trazar el contorno de una botella. Se habla
      de otros precursores como Mallarmé o Dujardín, pero lo cierto es que esos novedosos
      recursos los impuso Apollinaire con su audaz sentido innovador y en la oportunidad de
      un cambio trascendental para las letras y el arte que se opera al final de la primera
      guerra mundial, con los varios grupos y escuelas del vanguardismo.

      La poesía peruana de las últimos años heredó del genio creador de Apollinaire algunos
      de sus recursos y logros. Los juegos y disociaciones tipográficos, el poema visual, el
      verso dibujado provienen directa o indirectamente de Apollinaire. Le son deudores
      suyos, en el Perú en más de un aspecto, Carlos Oquendo de Amat, los poetas
      revolucionarios de las revistas Poliedro y Jarana, los indigenistas como Alejandro
      Peralta, y posteriores poetas como Jorge Eduardo Eielson (recuérdese su hermoso
      "poema en forma de pájaro"), Adalberto Vasallanes hasta César Toro Montalvo y
      Heinrich Helberg y algunos más del grupo "Hora Zero", en los años 50.

      Apollinaire es el artista de la transición entre dos épocas: la pre-guerra, antes de 1914, y
      la post-guerra. Las armas que esgrimió fueron la ironía, el entusiasmo y el enorme
      ingenio que puso su obra y acción al servicio del cambio de las cánones del arte, sobre
      todo en la pintura y la literatura.

      Una de sus obras de más impacto en la poesía de ese momento fue El poeta asesinado
      (1916) en cuyas páginas puso en juego el caudal de sus innovaciones y audacias, la
      obra cumbre de un poeta renovador y matinal,maestro temerario de los "dadaístas".

      En noviembre de 1918, salvado de los peligros de vivir en el frente de batalla y
      precisamente el día que se acordaba el armisticio, lo asesinó la tremenda epidemia de
      "grippe española" que rubricó en Francia y todo Europa, la terrible matanza de esa gran
      conflagración mundial.

      Recepción del Surrealismo en el Perú

      Desde esos primeros años de la segunda década del siglo XX, empezaron a difundirse,
      como trastornadoras del orden cultural, una serie de corrientes del arte y de la literatura
      europea. Se empezó a difundir tendencias identificadas como futurismo, expresionismo,
      vanguardismo, creacionismo y otros "ismos" que, como productos de un cambio radical
      en los criterios, implicaban la necesidad de un cambio coincidente con el desarrollo de la



127
      Primera Guerra Mundial. Como territorio neutral, Zurich (Suiza), representó el centro de
      expansión de esas corrientes que una vez concluido el conflicto, abarcó buena parte del
      mundo. Se manifestó con inusitada resonancia desde los países de Europa con eco
      inmediato en América Latina. La explosión mayor ocurrió en Francia y con especial vigor
      en París. Allí, apenas firmada la paz, estalló el "dadaísmo".

      Desde 1923, con la publicación de Trilce, libro del poeta César Vallejo, radicado después
      en París, el testigo-poeta advierte el impacto de esos cambios del criterio estético para
      concebir la nueva poesía. Pero Vallejo siguió produciendo una obra de profunda raíz
      telúrica, utilizando una técnica de creación libérrima, sin participar con las tendencias
      imperantes sobre todo en Francia. Dejaba atrás el modernismo y postmodernismo que
      habrían influido en sus primeros poemas. Trilce abría una nueva etapa poética en el
      Perú, que permitió su emancipación de tendencias imperantes, aunque se mostraba
      informado de toda esa efervescencia dominante en el París de la segunda y tercera
      décadas del siglo XX. Era el creador original que marcaba la "vuelta al orden", mientras
      otras creaciones se debatían en campañas que buscaban nuevos horizontes. Vallejo
      pudo avizorar el rumbo futuro de la poesía, de la cual fue un promotor inicial animado
      por su contacto con corrientes dominantes en París que consideró circunstanciales.

      La temprana recepción del surrealismo en el Perú se debió a la manifiesta simpatía
      despertada por ese movimiento en la Revista Amauta (1926-1930) dirigida por José
      Carlos Mariátegui y también a la acción excitadora de las inquietudes de jóvenes poetas
      de ese momento. En una fecunda estada de más de tres años en el viejo mundo, entre
      1919 y 1923, Mariátegui tuvo oportunidad de asistir al surgimiento de los movimientos de
      vanguardia europeos, durante esos años de la postguerra, el dadaísmo, el cubismo, el
      ultraísmo, el creacionismo y los nuevos arrestos del futurismo, antes del surgimiento del
      surrealismo. A su regreso al Perú, en 1923, lejos de perder contacto con sus vivencias
      anteriores, las incrementó con formación de primera mano. Por eso se mantuvo atento,
      desde Lima, y estuvo alerta ante los primeros brotes del surrealismo y, penetrado de sus
      valores, de sus implicancias políticas, de su significado social, fue registrando su
      desenvolvimiento posterior hasta 1930.

      La Revista Amauta mantuvo una constante y vigilante atención sobre el fenómeno
      literario contemporáneo y sobre múltiples aspectos sociales y políticos de la actualidad,
      entre los que no fueron de menor importancia los cambios que se operaban en el campo
      de la literatura.

      Amauta acogió con franca simpatía el movimiento surrealista y a lo largo de su fecunda
      trayectoria hasta 1930, fue siguiendo puntualmente el desenvolvimiento de la acción y la
      doctrina surrealista. Se registran sus pasos significativos entre 1926 y 1930; los orígenes
      en la entraña del movimiento "dadá", la fundación del surrealismo, el primer manifiesto
      de André Breton, la aparición de La Revolution Surrealiste, las crisis con ocasión de su
      acercamiento político y cultural al grupo Clarté de Henri Barbusse, la fusión efímera de
      los dos grupos, el intercambio de colaboradores entre Clarté y La Revolution Surrealiste,
      la nueva crisis de 1929 y finalmente, la aparición del Segundo manifiesto de Breton y sus
      contradicciones y contradictores.




128
      Mariátegui concedió natural y especial atención a la aproximación del surrealismo a la
      actividad política y así expone el problema:

                    "El acercamiento de Clarté y el suprarrealismo empezó
                    cuando simultáneamente denunciaron y repudiaron la obra
                    de Anatole France, en dos documentos espiritualmente
                    afines. Los redactores de Clarté -entre ellos Jean Bernier-
                    discutieron y acordaron entonces con los redactores de La
                    Revolution     Surrealiste  una     fórmula    de   acción
                    mancomunada... En Clarté colaboran desde hace varios
                    números los líderes suprarrealistas. Y así André Breton, el
                    autor de las admirables páginas de Le pas perdus, como
                    Louis Aragon, el poeta que André Gide admira tanto,
                    suscriben la concepción marxista de la revolución".
                    (Amauta, N° 2, octubre, 1926).
      Más adelante, se da cabida, en la misma revista, a la encuesta de la revista Monde que
      con el título, ¿Existe una literatura proletaria?" albergó la respuesta de André Breton
      (Amauta, N° 15, mayo-junio 1928); y también como artículo editorial, en primera plana, al
      ensayo de Louis Aragon "El proletariado del Espíritu", con el cual, según anota
      Mariátegui, "Amauta inicia la vulgarización del movimiento suprarrrealista, que tan poco
      eco ha encontrado en las vanguardias de América, más atentas a los histrionismos de
      cualquier Cocteau" (Amauta, N° 15, mayo-junio 1928).
      En una acción colateral, al mismo tiempo que seguía el proceso del surrealismo francés
      y de la obra de sus principales adláteres, Mariátegui alentaba y estimulaba el
      surgimiento de una generación peruana de surrealistas. Concurre a la revelación de
      César Moro por primera vez en el Perú, con la publicación de tres de sus poemas
      primigenios, de muy personal corte surrealista, "Infancia", "Oráculo" y "Following you
      around", fechados en París en 1928 (Amauta, N° 14, abril de 1928). Publica también de
      Carlos Oquendo de Amat , un casi inédito poeta joven, su "poema surrealista del
      elefante y del canto", una de las primeras expresiones del surrealismo peruano:
                    Los elefantes ortopédicos al comienzo se volverán

                    manzanas constantemente

                    Porque los aviadores aman las ciudades encendidas

                    como flores

                    Música entretejida en los abrigos de invierno

                    Tu boca surtidor de ademanes ascendentes

                    Palmeras cálidas alrededor de tu palabra itinerario

                    de viajes fáciles

                    Tómame como las violetas abiertas al sol
      (Amauta, N° 20, enero 1929)


129
      Una nota semejante se da también en otro poeta que, surgido del post-modernismo, ha
      adoptado los alados esguinces surrealistas, Enrique Peña Barrenechea, de quien se
      publican hasta tres poemas que están en la misma línea, y de los cuales son estos
      versos finales:
      por mi espina dorsal sube y baja una estrella
      y cruza un tren enano con carros de colores
      por mi frente
      señor elefante qué bien y qué gracioso con
      los colmillos más albos
      que la carne de la chirimoya
      de repente agita sus banderas el guardavías
      y se vuelan
      las letras de tu libro como cien
      golondrinas a decorar el
      biombo de la brisa
      ¿Te acuerdas?
      Si te acuerdas y estás triste
      yo estoy alegre como un árbol
      de improviso en mi sueño cocodrilos
      y peces brillando una esmeralda en cada escama
      (Amauta, N° 19, nov. dic. 1928)
      Estos tres nombres (el de Moro, el de Oquendo y el de Peña) alternaron en esas
      páginas con el de Martín Adán y sobre todo, con el de Xavier Abril, el más asiduo
      colaborador poético de la revista y el más declaradamente surrealista, y también el más
      temprano en aparecer dentro de ella.
      A comienzos de 1927, Xavier Abril había iniciado la revelación de poemas de su
      proyectado libro Guía del sueño, que incorporó años después a Difícil trabajo (Madrid
      1935). De ella es muestra "Boulevard", versos con aire novedoso y con todo el juego de
      humor vanguardista aunque todavía un tanto lejos del surrealismo (Amauta N° 7, marzo,
      1927). Pero a finales de ese año, Abril publica "Taquicardia -del sueño a la creación",
      prosa impregnada de misterio, de incógnitas y de onírico terror abismal.
                    (...) "Las manos que abrían las puertas. No había cosa más
                    terrible! Sabía miedosamente que eran las que habían
                    perdido los obreros en los accidentes de la fábrica. Y me
                    quedaba pegado contra la pared. No servían para nada los
                    brazos ni las piernas. Sólo los ojos atormentados y el
                    cerebro apuntaba las vueltas en el carroussel de las
                    tragedias. Había necesidad de irse por uno mismo.
                    Treparse por la carne y asesinar los ojos (...).
      (Amauta, N° 10, diciembre,1927)
      Alterna Abril la publicación de poemas y de prosa ensayística, como las tituladas
      "Defensa de la vida" (N° 14, abril de 1928) y "Apunte para la comprensión espiritual de
      España" que empieza así:
             "Aquí me paro puro. Digo mi voz política. Quemaría nubes




130
             hasta pararme de belleza en torres árabes de deseo.

             Cuidado, gran cuidado todavía con lo que ya ha pasado.

             Estoy en España. Comprendo su religión. El bien y el mal.

             Amo Castilla y a los segovianos enlutados de tremenda vida.

             De sus vidas, de sus muertes.

             Oigo a Falla y me camela España. El canto hondo.

             Canto de muertos. De tierra (...).
      (Amauta, N° 15, mayo-junio 1928)
      La afirmación de su tendencia es muy visible y perceptible en un poema (que ya titula
      "poema surrealista"), bastante reveladora de su definida filiación literaria.
                    "Hay otro lejano, verde cielo País, que no tiene nombre,
                    pero en el que pienso siempre en el día, en la media
                    noche; cuando duermo, cuando no duermo en ese País,
                    que tiene el color de tus manos cuando ellas están salidas
                    y blancas de tu sueño, ese País. Lo siento en el Rosal de
                    Acero. Y siempre en mi alucinación, en mi esqueleto de
                    miedo, en el mar, en mi sueño".
      (Amauta N° 18, setiembre 1928)
      En 1928, Xavier Abril estaba ya de vuelta de un viaje a Europa, según lo declara en unas
      páginas autobiográficas:
                    "Yo he traído a la poesía sudamericana el surmenage, la
                    taquicardia (1926), el temblor, el pathos, el "terror al
                    espacio" (1927). Después de mis primeros ensayos y
                    experimentos literarios (1923-25), hice un viaje a Europa.
                    Asistí al debate del Surrealisme; pero a mi vuelta al Perú
                    (1928) me ganó la revolución, el marxismo, en la prédica
                    de Mariátegui...".
      (Hollywood Madrid, Ediciones Ulises, 1931, p. 21)
      Por esta época quedaba ya atrás su intento anterior de conciliar una admiración
      irrestricta por Jean Cocteau con su adhesión al surrealismo; ya plena entonces.
      En las mismas páginas de Amauta, Mariátegui acoge a fines de 1928, un testimonio del
      propio André Breton acerca de Xavier Abril y a propósito de una "Exposición de poemas
      surrealistas", organizada por Abril, el año anterior en París, en compañía de Juan
      Devéscovi, dibujante de la misma tendencia. El juicio de Breton es bastante significativo
      de su aprecio por el poeta peruano y de que lo consideraba afín a su grupo:
                    Nuestro amigo Xavier Abril ha dado un salto al arte puro
                    con los arrebatos de mar que tiene su adolescencia

                    Recuerda la manera de los iluminados: Rimbaud, A. Jarry,
                    Lautreamont.



131
                     El viene desde el Perú, país que nos asombrara en el
                     Liceum, con el canto de pájaros, selvas y cordilleras de su
                     historia. Yo pienso que nos trae ese misterio de Jauja en
                     sus poemas...

                     La exposición fue una declaratoria de guerra y además una
                     enseñanza de pureza creadora en contra del "pastiche"
                     que deliciosamente presentan algunas cándidas galerías
                     de Montparnasse.

                     Paul Eluard -sigue diciendo Breton- se llevó de la
                     Exposición una emoción de valentía americana. Ya en la
                     calle de la Madelaine, me decía Eluard: Oh, esos
                     americanos son terribles! Con razón Apollinaire amaba
                     México y gozaba del sudor y nuevo latido (como el de
                     Taquicardia, libro de poemas de X. Abril, en que el poeta
                     realiza el deseo lírico de Apollinaire) traído a Europa por
                     los americanos".
      (Amauta, N°18, setiembre, 1928)
      Ya para entonces la actividad de Abril era intensa, publicando poemas y ensayos que
      aparecieron en Transition, la revista que dirigía en París Eugene Jolas, en la Gaceta
      Literaria y en Bolívar (dirigida por Pablo Abril) ambas de Madrid, y en Front, revista
      multilingüe que aparecía en Holanda. No cejaba tampoco en publicar sus ensayos y
      elaborar proyectos de libros, muchos de los cuales no alcanzaron realización. Preparaba
      en 1929 un "Documento de Arte Nuevo del Perú", para el cual solicitó colaboraciones,
      pero nunca encontró editor. Por su intercesión llegó a publicarse en Transition , su
      versión inglesa, el cuento de Adalberto Varallanos :"La muerte de los 21 años", y
      también por su gestión llegaron a colaborar en Front, Emilio Adolfo Westphalen y Martín
      Adán. Alcanzó a anunciar también otro proyecto no realizado, un libro de crítica
      impresionista sobre "El Surrealismo" (Amauta, N°24, junio de 1929). del cual sin
      embargo alcanzó a publicar algunos fragmentos, como éste en que intenta una
      definición de Breton:
                     "Con su poesía, este suscitador de La Revolution
                     Surrealiste, me sugiere la química, así como Blaise
                     Cendrars la astronomía, el átomo... Es mineral su poesía y
                     su garganta de puro platino de la postguerra".
      (Amauta, N° 24, junio de 1929)
      Comentando una nota de Transition (N°18), firmada entre otros por E. Jolas y Stuart
      Gilbert, en la cual se llega a sostener que "la novela ha muerto", aclara Abril con certeza
      que "lo que ha muerto en la novela es la técnica, debido al choque con el nuevo estilo de
      la vida", y agregaba ya distante del fácil impresionismo:
                     "La novela del futuro expresará la realidad mágica en un
                     lenguaje revolucionario y que no es imitable".
      (Amauta N° 27, nov-diciembre, 1929)




132
      Este juicio clarividente se ha cumplido en nuestros días con la difusión de los novelistas
      del "boom" hispanoamericano.
      A comienzos de 1930, Xavier Abril viajó a España para integrarse a la redacción de
      Bolívar que su hermano Pablo Abril dirigía en Madrid. Allí intentó Xavier una definición
      de su poética con el título "Palabras para asegurar una posición dudosa", las cuales
      debieron ser dichas en Lima como prólogo a una lectura de poemas que frustró la
      censura del ya vacilante régimen político vigente en el Perú de entonces. En el párrafo
      que sigue, Xavier Abril aparece identificado con la actitud política de los surrealistas en
      ese momento, más cerca tal vez de Aragon que de Breton:
                     "Cuando en la naturaleza principien a precisarse los
                     nuevos paisajes surréalistes -como los hubo clásicos y
                     románticos- va a ser terrible por la falta del hombre
                     subconsciente en el paisaje. Esa vez va a ser el paisaje
                     anterior del hombre. Lo que hay ahora son autómatas de la
                     realidad burguesa... Donde se pone el ojo se da uno con
                     estos autómatas. Ya en la organización capitalista: en los
                     bancos, clubs, hoteles, teatros, asilos o prostíbulos. La
                     burguesía y sus vicios han tornado a sus seres en
                     autómatas de la especie. El orden maquinístico está
                     también en manos de autómatas. Y éstos son santos o
                     criminales. El verdadero panorama de la cultura burguesa -
                     agónica- es terrible. De esta agonía ha nacido y se ha
                     salvado una clase, que es el surréalisme; una clase, y no
                     simple y solamente una escuela literaria como creen
                     algunos confusionistas anárquicos. Yo creo que al realismo
                     burgués tendrá que sobrevenir al mundo, la cultura del
                     subconsciente, lo que ya es ahora una anunciación con el
                     surréalisme. Así como el idealismo místico y medieval,
                     sobrevino el realismo burgués, a la lógica de la cultura
                     burguesa y cartesiana, ha sucedido el disparate, el caos:
                     de este caos -hoy surréalisme- está naciendo un nuevo
                     cuerpo humano y maravilloso. Le está naciendo al mundo
                     su verdadero cuerpo. La burguesía trajo el esqueleto con
                     su psicología espiritista; el psicoanálisis revolucionario ha
                     revelado la libido. La revolución materialista de nuestra
                     época -es bueno que lo sepan los idealistas- va más allá
                     del cuerpo en lo que éste puede significar de realidad
                     pútrida como en el naturalismo burgués de Zola, que no
                     excede -ya lo hemos visto en los veintiocho años de su
                     muerte- a las carnes descompuestas de las carnicerías. La
                     realidad burguesa, más que en el nacimiento, está
                     inspirada en la muerte, en la descomposición, en lo fatal
                     del misterio. Es necesaria una sociedad comunista que
                     reivindique el alba, el nacimiento y la alegría."
      (Bolívar N° 12, Madrid, 15 de julio de 1930)



133
      Fenecida Amauta en 1930, cumplida su mesiánica trayectoria y muerto Mariátegui en
      abril de ese año, y también concluida la publicación de Bolívar en febrero de 1931,
      Xavier Abril continuó su trabajo su "difícil trabajo" surrealista, en sus libros Hollywood
      (Madrid, De. Ulises, 1931) y Difícil Trabajo (Madrid, De. Plutarco, 1935).
      Es indudable que Abril, como más tarde César Moro, trabajaban en el camino de lograr
      una versión americana del surrealismo, en la búsqueda de una expresión personal y no
      gregraria ni imitativa, dentro de la tendencia general, y a ese ideal parece arribar Abril en
      su siguiente y definitivo libro Descubrimiento del alba (Lima, Ediciones Front, 1937),
      retornando a un nuevo "orden poético" -de formas clásicas y contenido original- a que
      aspiraba su predilecto amor de juventud, Jean Cocteau, y en cierta manera también
      César Vallejo.
      En 1931, Emilio Adolfo Westphalen enumeraba y elogiaba a sus compañeros de ruta:
      Xavier Abril, Martín Adán, Enrique Peña y Carlos Oquendo de Amat y decía de ellos:
                     "...fieros cazadores, con el arco tendido y la flecha segura
                     hacia la selva peruana de incultura y estupidez y la
                     monstruosa fauna poética, quienes afirman plenos de fe, la
                     nueva poesía verdadera , salvaje y sin nombre".
      (Carta del Perú" , en Front, N°4, junio de 1931)
      La expresión "sin nombre" era un síntoma de que los nuevos poetas no adscribían
      incondicionalmente a un credo o escuela determinados y buscaban nuevas rutas sin
      encuadres de capilla. Ni Abril ni Oquendo de Amat ni Westphalen fueron surrealistas
      ortodoxos, pero tampoco lo fueron heréticos. Se iniciaron como poetas para emprender
      la búsqueda de un lenguaje personal y una imaginística singular, que fuesen la
      expresión de su destino literario.
      Mariátegui se multiplicaba (dentro de esos años finales de su vida) en una inmensa tarea
      intelectual. No solamente dirigía Amauta y redactaba muchas de sus páginas, cumplía
      iguales empeños en un periódico de orientación sindical con Labor, escribía los capítulos
      de sus libros Defensa del marxismo, y Siete ensayos, así como los que conforman El
      alma matinal, sino que colabora asiduamente en periódicos y revistas del Perú y del
      extranjero y sobre todo, en forma permanente, en dos semanarios limeños Mundial y
      Variedades y aún en otro de efímera vida: Perricholi (1926). En estos últimos y en
      reiterados artículos, Mariátegui expuso el mensaje revelador y la apreciación crítica del
      fenómeno surrealista. Estos artículos se han recogido después en el volumen El artista y
      la época (tomo 6 de sus Obras completas, Lima, 1957-1969).
      Realmente asombra la penetración con que juzgó Mariátegui la aparición y la proyección
      del movimiento surrealista, tanto como el acierto con que captó el desenvolvimiento de
      este fenómeno literario, al cual juzga como crítico aunque no lo siguiera como creador.
      Lo que a primera vista resalta es su esfuerzo por demostrar que el surrealismo no era
      una más de las escuelas literarias de vanguardia y que excedía el terreno de acción de
      un grupo intelectual y aún el de la literatura. En su estudio "La realidad y la ficción"
      afirma que "sólo podemos encontrar la realidad por los caminos de la fantasía" y que el
      surrealismo "no es sólo una escuela o un movimiento de la literatura francesa, sino una
      tendencia, una vía de la literatura mundial" y que son "surrealistas" a su manera:
      Pirandello, Waldo Frank, Boris Pilniak y Panait Istrati. "Nada importa, agrega, que




134
      trabajen fuera y lejos del manipulo suprarrealista que acaudillan, en París, Aragón,
      Breton, Eluard y Soupault" (Perricholi, Lima, 23.3.1926).
      Meses más tarde esclarece aun más su juicio respectivo:
                    "La insurrección suprarrealista entra en una fase que
                    prueba que este movimiento no es un simple fenómeno
                    literario, sino un complejo fenómeno espiritual. No una
                    moda artística sino una protesta del espíritu. Los
                    suprarrealistas pasan del campo artístico al campo político.
                    Denuncian y condenan no sólo las transacciones del arte
                    con el decadente pensamiento burgués. Denuncian y
                    condenan, en bloque, la civilización capitalista".
      (Variedades, Lima, 24-7-1926)
                    "El suprarrealismo como tendencia artística es un
                    fenómeno mundial que se manifiesta en muchos escritores
                    y poetas no calificados como suprarrealistas".
      (Variedades, Lima, 24-7-1926)

      Apreciando la trascendencia futura del surrealismo, mejor dicho intuyéndola, y en
      discordancia con la crítica europea coetánea que por lo general pecó de negativa,
      Mariátegui expresó su pensamiento al respecto, con singular penetración:
                    "Ninguno de los movimientos literarios y artísticos de
                    vanguardia de Europa Occidental ha tenido, contra lo que
                    baratas apariencias pueden sugerir, la significación no el
                    contenido histórico del suprarrealismo (...).          Es
                    verdaderamente un movimiento y una experiencia".
      (Variedades, Lima, 5-3-1930)
      Ninguna de las etapas del proceso que siguió el surrealismo fue ajena a la preocupación
      de Mariátegui a pesar de su entrega a las tareas de líder social y el agobio determinado
      por su precaria salud y las persecuciones políticas. El interés que le mereció el
      desenvolvimiento del movimiento, no decayó ni aun en las vísperas de su muerte.
      En publicaciones fragmentarias, y coetáneamente, Mariátegui hizo desde el Perú la
      misma tarea que Maurice Nadeau, el historiador del movimiento, a cuarenta y tantos
      años de distancia (1964). No son pocas las coincidencias en el criterio de apreciación
      entre ambos comentaristas, con el mérito para Mariátegui de haber vislumbrado con
      claridad el valor social de tal tendencia y de haber acertado en apreciaciones que
      posteriormente ha hecho el crítico francés.
      Mariátegui leyó con gran provecho y creciente devoción los números de La Revolution
      Surrealiste (hasta el N° 12 del año V) y por supuesto el primer y segundo Manifiestos de
      Breton, tanto como los escritos de Aragon y Eluard. Alcanzó a comentar aquel Segundo
      manifiesto y, aunque se lo propuso, y lo anunció así, la muerte le impidió escribir el
      comentario que había planeado sobre la Introducción a 1930 de Louis de Aragon.
      En cambio, alcanzó a comentar Nadja, un libro memorable de André Breton, y en esa
      coyuntura expone más claramente su pensamiento acerca del realismo de actualidad:




135
                    "La benemerencia más cierta del movimiento que
                    representan André Breton, Louis Aragon y Paul Eluard es
                    la de haber preparado una etapa realista en la literatura,
                    con la reivindicación de lo suprarreal. Las reivindicaciones
                    de una revolución literaria como política, son siempre
                    outranciéres (...) Proponiendo a la literatura -como en
                    Nadja- los caminos de la imaginación y del sueño, los
                    suprarrealistas no la invitan verdaderamente sino al
                    descubrimiento, a la recreación de la realidad".
      (Variedades, Lima 15.1.1930)
      Mariátegui juzgaba el hecho literario con ejemplar amplitud de criterio con la tolerancia
      del hombre que está de vuelta de las estrecheces del dogmatismo y de los rígidos
      esquemas. En una apostilla que puso a nota intransigente de Xavier Abril, dijo por
      ejemplo que podían disculparse ciertas discordancias puesto que "un poeta surrealista
      tiene que decir siempre cosas excesivas, en desacuerdo con él mismo". (Amauta N°17,
      setiembre 1928).
      Su criterio de que no debían tomarse muy a la letra ciertas exageraciones o disonancias
      literarias, lo llevó sin duda a explicar intolerancias o explosiones temperamentales o
      intransigencias propias de los artistas que abren caminos nuevos. Procuraba prescindir
      de lo anecdótico en la búsqueda de lo fundamental que para él era encontrar y seguir la
      línea esencial de un sistema de pensamiento, en pos de la categoría ideológica y la
      consecuencia dialéctica.
      Cuando más se acercaba a la muerte, más lúcido se hacía el pensamiento de
      Mariátegui. Las transitorias directivas de partido no llegaron a enturbiar su pensamiento
      comprensivo de todos los fenómenos concomitantes con el hecho social. Nunca hubiera
      incurrido por ejemplo en el planteamiento precipitado y dogmático contenido en un
      ensayo escrito por César Vallejo, titulado "Autopsia del surrealismo" y aparecido a las
      pocas semanas de la muerte de Mariátegui (Amauta , N°30) y en que calificaba al
      movimiento surrealista como un producto del "vicio (capitalista) del cenáculo". Vallejo
      afirmaba que el surrealismo como escuela literaria "no representaba ningún aporte
      constructivo" y que era "una receta más de hacer poemas" como lo habían sido el
      dadaísmo, el cubismo y el unanimismo. Se hacía eco Vallejo de la diatriba de los
      enemigos de Breton o sea en ese momento, Ribemont, Dessaignes, Vitrac, Letrid,
      Prévert entre otros firmantes del panfleto Un cadáver, respuesta al Segundo Manifiesto
      de Breton. No discriminaba Vallejo entonces entre los excesos panfletarios y la lucha de
      facciones y la vigencia de ciertos valores perdurables. Perdía la brújula de la línea
      esencial del movimiento y negaba su destino dentro del devenir literario. Y concluía
      Vallejo con la glosa del siguiente párrafo de Jaques Rigaut:
                    "Sólo que estas mismas apreciaciones sobre Breton,
                    pueden ser aplicadas a todos los suprarrealistas sin
                    excepción y a la propia escuela difunta. Se dirá que éste es
                    el lado clownesco y circunstancial de los hombres y no el
                    fondo histórico del superrealismo es casi nulo, desde
                    cualquier aspecto que se le examine".
      (Amauta N°30, abril-mayo,1930)


136
      Este repudio del surrealismo como movimiento de trascendencia literaria y cultural lo
      expresó en un etapa de crisis -1929- en que bullían en el espíritu y la mente de Vallejo
      las más extremas inquietudes político-ideológicas y en que no había aún asimilado del
      todo una concepción raigal de marxismo. Tal vez vio en Breton y en sus arrestos un
      trotszkismo superado por la línea férrea e intransigente de Stalin (que Vallejo había
      vivido en toda su intensidad durante sus dos entonces recientes viajes a la Unión
      Soviética, en octubre-noviembre de 1928 y en setiembre-noviembre de 1929). De tal
      suerte, Vallejo arremetía contra Breton y su movimiento creyendo ubicarse así en una
      posición ortodoxa de buen militante, actitud que por lo demás lo llevó coincidentemente
      a corregir los originales de algunas páginas de su libro El arte y la Revolución (como lo
      ha señalado Patricio Rickets, tratando de "El trotszkismo silenciado de Vallejo" en
      Correo, Lima, 25.7.1974). Transcurrida esa etapa formativa de su pensamiento
      revolucionario, probablemente habría Vallejo modificado su dogmática y un tanto
      excesiva admonición contra el surrealismo.
      Careció el enfoque de Vallejo de una perspectiva histórica más amplia de la capacidad
      de captación del sentido profundo del movimiento, de la posibilidad de prescindencia de
      adventicias explosiones es la pasión humana, del equilibrio imprescindible en la
      apreciación crítica, que le hubieran permitido distinguir entre el surrealismo como
      escuela sujeta a exclusiones y renuncias, discusiones y anatemas personalistas y el
      surrealismo como tendencia o categoría permanente, o sea lo que sobrevive y queda en
      la historia del arte y de la literatura. Acaso Vallejo no percibía racionalmente que su
      propia poesía ya empezaba entonces a estar penetrada de esas esencias
      imponderables permanentes y primordiales del surrealismo y que en el futuro de su obra
      las habría de asimilar con más intensidad pero hasta el límite de permitir la apreciación
      cabal de su personal genio creador. La poesía de Poemas humanos y de España aparta
      de mi este cáliz habría de mostrar sus máximas potencias creadoras y asimiladoras de
      esas larvas surrealistas que se incorporan en todas las corrientes de la nueva poesía.
      El surrealismo fue más que Breton; existió ya como actitud antes de él, en los
      precursores como Sade, Mallarmé, Rimbaud, Lewis Carrol, Jarry, Lautréaumont,
      Raymond Roussel, James Joyce, etc. Y sigue existiendo, después de la desaparición de
      su líder, con la conquista de nuevos territorios en los confines del espíritu humano aptos
      para ser incorporados, con nuevas técnicas, al mundo de la creación artística. Con la
      muerte de Breton en 1966, termina el movimiento y el grupo, pero sobrevive la
      renovación literaria que promovió, sobreviven los descubrimientos que realizó para
      enriquecer la materia y las perspectivas de la literatura contemporánea. A la difusión de
      este surrealismo categorial (que más que escuela o capilla literaria, fue movimiento
      espiritual y revolución en contenidos y medios expresivos), contribuyó, en el Perú, José
      Carlos Mariátegui, con raigal interpretación socio-literaria y cabal oportunidad de
      recepción.
      El surrealismo dio pie en el Perú y en toda Hispanoamerica a la revelación de nuevos
      impulsos y posibilidades de la poesía y de la narrativa, sin que se tratara de una simple
      secuencia ortodoxa e imitativa del movimiento europeo. Contribuyó a revelar nuevas
      potencias de la creación literaria original, señaló y abrió insospechados horizontes a los
      creadores y mostró las posibilidades de una literatura a la par vinculada a los estratos
      más profundos del alma humana y a la vigencia lacerante del hecho social.


137
      XIX




      Sobre el Ensayo y la Crítica

      Los clásicos de nuestra literatura del siglo XIX, Ricardo Palma (1833-1919) y Manuel
      González Prada (1848-1918), viajaron en su momento a la república francesa, el modelo
      cultural de ese siglo. Palma lo hizo ya en 1864, restando meses a su programado viaje al
      Brasil. Encontró París en pleno hervor del romanticismo, para ver de cerca a Hugo, a
      Lamartine, a Jorge Sand, a tantos otros que leyó y tradujo apasionadamente. Alfredo de
      Musset, que ya había muerto en 1857, cumplió Palma con rendirle tributo en su tumba
      del cementerio de Pére Lachaise, situado no lejos del mausoleo de Abelardo y Eloísa.
      En su homenaje escribió después una octava que empieza: "Poeta del dolor …". Pero su
      predilección no estaba en esta poesía dolorida sino en las estrofas arrogantes de Víctor
      Hugo, entonces en el destierro, desde donde arrojaba dardos poéticos contra el tirano
      Napoleón III. La impresión que le produjo Lamartine fue deplorable, viéndolo convertido
      en un burgués frío, taciturno, sin ningún atractivo especial. Palma regresó al Perú
      exaltando y divulgando la lírica del alemán Enrique Heine, pero desencantado de los
      otros poetas franceses que no superaron a Víctor Hugo, tanto poeta como novelista. Su
      afición por Baudelaire se encuentra en algún epígrafe. Había leído detenidamente a
      Théodore de Banville y tradujo extensamente a Hugo, convertido en símbolo de
      capacidad creadora.

      Mucho más tarde, en 1891, le tocó a González Prada vivir la experiencia de la visita
      personal a París y algunas provincias francesas, durante varios meses. No iba en pos de
      los románticos a quienes había traducido en sus años juveniles. Pero ya en plena
      madurez a los 44 de su edad, lo atraían otros intereses poéticos más trascendentes, los
      parnasianos y simbolistas, como Baudelaire, Verlaine y Camille Mauclair. En su
      poemario Exóticas (Lima, 1911) González Prada propone nuevas formas de
      versificación, y además desarrolla una extensa tarea de ensayista de buenas letras y de
      combate. Mantiene el culto por Víctor Hugo, seducido por su actitud de luchador
      empedernido en favor de la democracia y en pro de la renovación de las ideas. Alcanzó
      en París a conocer a Paul Verlaine en sus críticos últimos años de bohemia.




138
      Antes de viajar a Francia González Prada ya había escrito su ensayo sobre "La
      Revolución Francesa", uniéndose a la celebración del primer centenario de ese hecho
      social, político y cultural. También había dedicado otro ensayo en los días de la muerte
      de Víctor Hugo en 1888. Recién llegado a París, pudo sentir de cerca tanto la
      desaparición de Verlaine como la de Ernesto Renán, su maestro en el culto de libre
      pensamiento. Pero el estudio sobre Víctor Hugo revivió su predilección por la grandeza
      del genio de Hugo que supo sobrepasar las limitaciones del romanticismo, movimiento
      por él creado, pero también superarlo y juzgarlo en toda la amplitud de su capacidad
      creadora.

      Hasta donde alcanza nuestros datos, que no son completos ni menos definitivos,
      podemos seguir apuntando algunos nombres y obras de este siglo XX terminal.
      Nombres múltiples han seguido mostrando su interés y su personal inclinación hacia el
      culto de la lengua y la cultura francesa, en diversas formas de comentario y de exégesis.
      Las valiosas aportaciones de sus lecturas y aptitudes deben destacarse.

      ***

      Un recuento final informativo de la reflexión peruana aplicada a la literatura francesa,
      debe empezar, en justicia, con la referencia a Mario Vargas Llosa (n. 1936), en sus
      contribuciones especiales referentes a Flaubert y Rimbaud. En cuanto al primero, el
      capítulo de este libro dedicado a Flaubert ya incluye la exégesis crítica contenida en un
      estudio memorable en el Perú y en Francia, titulado La orgía perpetua - Flaubert y
      ‘Madame Bovary’ (Barcelona, Editorial Seix Barral, 1975, 280 p.) Con él se ha
      enriquecido la asimilación original de fuentes universales acerca del gran novelista.
      Agotando esas fuentes y aplicando el criterio subjetivista y asociado a la investigación
      analítica y metódica de recientes tiempos, Vargas Llosa logra una apreciación orgánica y
      reveladora de los secretos técnicos del gran novelista francés. Ha logrado de tal suerte
      una semblanza ejemplar del personaje novelado.

      En el primer sector de su libro incluye el relato del surgimiento de la idea primaria de un
      ensayo sobre Flaubert, las distintas fases de su redacción, la mención de los libros y
      artículos existentes sobre Flaubert, la lectura de la correspondencia del autor con
      distintas personas a propósito del tema, la pormenorizada presentación del debate entre
      censuras y alabanzas, los cambios de criterio a través del tiempo y finalmente los
      planteamientos adversos y favorables del más difundido y trascendente crítico: Jean
      Paul Sartre, así como los comentarios que impresionan a lo largo de un siglo
      transcurrido desde la aparición del personaje Emma Bovary. El debate centenario fue
      siempre contradictorio, discutible y fogoso, y a veces con largos lapsos de silencio.
      Parecía agotada toda posibilidad de nuevas interpretaciones y planteamientos, cuando
      surgió la voz de Vargas Llosa, para animar el aparentemente casi clausurado problema y
      para descubrir nuevos aspectos y facetas. Pero al margen de su considerable obra de
      narrador, debe reconocerse en Vargas Llosa su capacidad crítica, aptitudes disímiles
      que no suelen darse juntas, con magnitud similar en los grandes autores. Como
      ensayista y cultivador de la crítica, Vargas Llosa ha publicado al lado de las novelas que
      le han dado nombradía universal, valiosas contribuciones exegéticas y analíticas sobre




139
      la obra magna de Flaubert, la novelística de García Márquez, la técnica y el arte de
      novelar, la reivindicación literaria de Víctor Hugo y otros autores de valor secular.

      Debe agregarse su revelación y traducción de un desconocido texto juvenil del poeta
      Arturo Rimbaud, una revelación precoz, titulada Un corazón bajo la sotana - Un coeur
      sous une soutane (Lima, Prólogo y traducción de Mario Vargas Llosa, J. Campodónico,
      Editor, 1989.)

      ***

      La visión crítica peruana de la literatura de la Francia reciente, la de los años que siguen
      a las dos grandes guerras, la del 1914-1918 y la del 1939-1944, la ofrecieron algunos
      escritores nacidos en el siglo anterior, como José María Eguren (1874-1942), Alberto
      Ureta (1885-1966), Enrique A. Carrillo (1871-1936), además del ya mencionado Ventura
      García Calderón. Quienes inmunes al influjo del gastado romanticismo francés, captaron
      las nuevas posibilidades de la poesía y la prosa postromántica existentes en las páginas
      de Baudelaire, de Rimbaud, de Verlaine, o sean los originales impulsos del simbolismo.

      En sus comienzos, Alberto Ureta había estudiado a Alfredo de Vigny al lado del peruano
      Salaverry, sobre quien versó su tesis de grado. Posteriormente estudió y tradujo a Albert
      Samaín y a Paul Valery.

      De acuerdo con su formación francesa, Alberto Ureta se mantuvo dentro de su propia
      obra, a una discreta distancia de Carlos Augusto Salaverry, y también de José Santos
      Chocano, muy atados a la tradición romántica. Como maestro de Humanidades en la
      Universidad de San Marcos, Ureta conducía su investigación aplicada en la enseñanza
      de la literatura francesa, según acreditan un texto de Literatura Moderna y algunos
      ensayos como La desolación romántica de Alfredo de Vigny (Lima y Buenos Aires,
      1925), así como otros comentarios bien informados acerca de Julien Benda, Paul Valery,
      Francis Jammes y sobre todo, Georges Duhamel.

      Otro traductor y cronista de esa generación fue Enrique A. Carrillo, de muy fina
      formación francesa que luce en sus crónicas dedicadas principalmente a cosas y
      sucesos limeños.

      Asimismo el nuevo impulso literario modernista le debe el haber revelado la índole
      propia de José María Eguren, considerado el poeta por excelencia de la nueva poesía
      peruana. Eguren fue artífice de una amplia recepción de motivos antes intocados de los
      antiguos mitos germánicos y de la delicada presencia de imágenes originales y de otros
      ambientes europeos, al lado de sus contemporáneos.

      ***

      Manuel Beltroy (1893-1965) mantuvo en la revista Mercurio Peruano, de Lima, entre
      1919 y 1920, una sección de traducciones poéticas modernas titulada "Mieses de
      Francia".

      Persistió en esta tarea de promotor y traductor durante muchos años, publicando al final
      de su vida un volumen Florilegio Occidental (Lima, UNMSM, Fac. de Letras 1963), cuya



140
      mayor extensión está dedicada a la poesía de Flaubert, Baudelaire y otros autores
      franceses y mediante sus informadas lecciones en la Universidad de San Marcos sobre
      literatura medioeval.

      ***

      Por esa misma época, en la década de 1920 a 1930, aparece con otro tono de
      expresión, un crítico de aguda estimativa social como José Carlos Mariátegui (1894-
      1930), al revelar autores franceses en su revista Amauta (1926-1930) y en otros
      periódicos (Mundial y Variedades) tales como Romain Rolland, Henri Barbusse, Jean
      Cassou, André Breton, así como algunos adláteres de los movimientos de vanguardia,
      conforme ya se ha expuesto en el capítulo dedicado a la recepción del surrealismo, en
      cuya revelación jugó papel preponderante.

      ***

      En esta reseña, abreviada y deshilvanada, los peruanos que han vivido la cultura
      francesa en sus letras, en su arte y en su genio, no puede dejar de figurar el nombre de
      un artista cabal como Fernando de Szyszlo pintor de producción universalmente
      reconocida.

      En un reciente libro Miradas furtivas, (México-Perú, F.C.E., 1996) recoge su delicado
      registro de experiencias vividas en la acogedora tierra francesa durante los años de la
      postguerra II, cuando alcanzo la fórmula universal para adentrarse en los secretos del
      arte.

      Desde entonces ha logrado la visión del arte desde dentro y desde fuera del Perú,
      siguiendo la perspectiva de una plenitud creadora.

      ***

      Pablo Macera (n. 1928), uno de los discípulos más destacados de Raúl Porras
      Barrenechea, ha escrito un libro que gravita entre la historia y la literatura, titulado La
      imagen francesa del Perú (Lima, INC, 1978). Ha utilizado el caudal de datos que registra
      la literatura francesa de viajes y otros volúmenes afines, en un libro cuyo contenido
      resulta la otra cara de los ensayos de Porras y persiguen, en contraste, presentar la
      fisonomía del impacto francés en la historia peruana. Una y otra empresas, resultan así
      complementarias aunque no siempre rigurosamente congruentes.

      ***

      Luis Alberto Sánchez (1900-1994) historiador de nuestra literatura, es el autor más
      caudaloso de la bibliografía nacional y cultivador de todos los géneros literarios e
      históricos.

      Mostró su afinidad a la cultura francesa a través de varias traducciones de libros (A.
      Maurois, A. Malraux, H. de Montherlant, R. Rolland, F. Mauriac, J. Benda, J. Mariatain),
      actividad que no corresponde tratar en este volumen. En cuanto a estudios críticos de
      figuras literarias francesas, mencionaremos su ensayo sobre Madame de Graffigny



141
      ("Una iluminista olvidada, sus cartas peruanas", en Cuadernos Americanos, México, vol.
      XCIII, N°. 3, pp. 185-195) y además un comentario prologal acerca de Aspectos de la
      biografía de André Maurois y una semblanza de Marcel Proust, en su Panorama de la
      literatura actual, ( Ed . Ercilla, Santiago de Chile, 1934).

      ***

      Ocupa destacado lugar en este recuento de escritores peruanos volcados a la exégesis
      de la obra de creadores franceses, el nombre de Emilio Adolfo Westphalen (n. 1911).
      Desde sus comienzos literarios y durante varios años en el extranjero, produjo una obra
      de creación y crítica de calidad excepcional. Poeta en parte adicto al vanguardismo y al
      surrealismo, ha producido libros memorables y dirigido en el Perú revistas de alta calidad
      como Las Moradas (1947-1949) y Amaru (1967-1971) en las cuales acogió
      colaboraciones peruanas de todas las artes y de gran selección, con preferente índole
      francesa. En la primera, figura un ensayo de Jorge Eduardo Eielson (n. 1924) titulado
      "Rimbaud y la conducta fundamental" y un "Homenaje a Bonnard" de César Moro y
      además poemas de Benjamín Péret, traducidos por el mismo Moro. También el
      revelador ensayo de un notable siquiatra y humanista, Honorio Delgado, titulado "Marcel
      Proust y la penumbra anímica", después ampliado e inserto en su libro De la cultura y
      sus artífices (Madrid, Ed. Aguilar, 1961). Este trabajo formó parte de todo un homenaje a
      Marcel Proust, en el que intervinieron César Moro, Aurelio Miro Quesada y el mexicano
      Francisco M. Zendejas.

      Westphalen recuerda la muerte de Antonín Artaud, traduciendo su texto "Escenificación
      y Metafísica". A su vez, César Moro tradujo textos de Leonora Carrington; además de
      una reveladora "Pequeña antología de Pierre Reverdy".

      ***

      Tanto en Las Moradas como en Amaru, revistas ejemplares, Westphalen difundió con su
      autoridad a Jules Supervielle, André Breton, Gerard de Nerval, Jean Paul Sartre y
      también a Lautréamont y Antonín Artaud. Por esos años sesenta ya se iniciaban como
      eximios traductores de poesía francesa Javier Sologuren, Enrique Ballón Aguirre y
      Armando Rojas. En su misma atmósfera, aunque fuera de las citadas revistas, en
      diversos momentos ha demostrado Carlos Rodríguez Saavedra una original captación
      del fenómeno francés y especial penetración estética en los caracteres de Marcel
      Proust, (en Palabras, Lima, Ed. Apoyo S.A., 1987).

      ***

      La vocación literaria de César Moro (1903-1956) dio muestras tempranas coincidiendo
      con el fervor del vanguardismo de los años veinte. Viajó a Francia y se familiarizó con la
      corriente surrealista desde 1924. Conoció a André Breton, a Benjamín Péret, a Paul
      Eluard, a Pierre Reverdy y a Louis Aragon, a pintores y poetas de esa escuela. El mismo
      era un artista temperamental que alternaba la expresión de su capacidad en poemas y
      dibujos con los cuales ilustró diversas ediciones. Volvió al Perú. Admiró y tradujo a
      poetas como Breton, Reverdy, pero sobre todo lo anterior, volcó su interés y su
      comentario en una célebre conferencia sobre "Imagen de Proust" (en 1953) dicha en la



142
      Universidad de San Marcos de Lima, Comentó en varias oportunidades la poesía y la
      actitud intelectual de Charles Baudelaire.

      Moro fue un poeta bilingüe y lo mejor de su poesía la escribió en francés como consta en
      sus libros Le chateau de Grisou (Lima, Ed . Tigrondine, 1943) y Lettre d’amour (México,
      1944) y en castellano La tortuga ecuestre (Lima, edición póstuma de André Coyné,
      1958) y Los anteojos de azufre (1958) y Obra poética (Lima, 1980) también bajo el
      cuidado de André Coyné . Vivió largos años en México, colaborando en las revistas
      Letras de México y El hijo pródigo, publicaciones de gran calidad.

      ***

      El alto nivel de la investigación literaria se mantiene gracias a la vocación humanista de
      Luis Jaime Cisneros (n. 1921). Formado al lado de Amado Alonso, empezó desde la
      Universidad de Buenos Aires, una constante exigencia en la investigación de grandes
      figuras de las literaturas de España y Francia. Poco afecto a revelar sus trabajos,
      mantiene créditos en parte, rompiendo esa modestia intelectual, ha publicado sin
      embargo "Una relectura de Le Cid de Corneille" (en Letras, UNMSM, N° 44), un ensayo
      sobre Rimbaud (Revista de la PUC, N° XVI) y unos "Procedimientos lingüísticos en el
      teatro de Giraudoux" (en Anuario de Letras, México, II, N°. 11, pp. 251-258). Igualmente
      ha estudiado con singular originalidad a "Rilke y la lengua francesa" (publicado en
      Sphinx, N°. 16, pp. 114-116). Mantiene tercamente inéditos "Mise en relief en el teatro de
      Giraudoux" (1979) y "Rabelais: una fe y un estilo" (1995).

      ***

      Dominando con gran aplicación y empeño los secretos del idioma francés, Edgardo
      Rivera Martínez (n. 1933) ha ofrecido felices versiones de notables peruanistas, como el
      escritor y dibujante Leonce Angrand y el viajero Charles Wiener. Ha traducido además
      poemas de Mallarmé.

      Sus publicaciones abarcan otros temas afines como su ensayo "La literatura geográfica
      francesa del siglo XVI como antecedente de lo ‘real maravilloso" (en Revista Crítica
      Literaria Latinoamericana, Lima, N°. 9, 1979) y también "Diana de Castro, una olvidada
      novela (francesa) del siglo XVII", en la revista San Marcos, Lima N°. 12, 1975.

      ***

      Un caso especial de rigurosa exigencia intelectual y de seria investigación literaria,
      revelan los trabajos de Ricardo Silva Santisteban (n. 1949) Las tareas del recopilador
      han ido parejas con las de traductor, reveladoras de una auténtica vocación cultural. No
      trataremos ahora de sus versiones tan sensibles a los más disímiles testimonios
      poéticos. Pero sí resultan pertinentes sus trabajos críticos sobre Rimbaud (en Poetas y
      místicos (Lima, PUC, 1992), sobre André Breton ("Leyendo un poema de André Breton"),
      sobre Guy de Maupassant ("La magia narrativa de Guy de Maupassant" en Homenaje:
      El hechizo Guy de Maupassant, Lima, Ed. Los Olivos, 1993) y sobre Mallarmé
      ("Mallarmé y la poesía de lo absoluto", en Escrito en el agua, Lima, Ed. Colmillo Blanco,
      1989). Este último trabajo es la primera muestra de un libro mayor, todavía inédito, que



143
      se titulará Mallarmé en castellano, el cual contiene el proceso de la recepción
      hispanoamericana del genial poeta francés, visto desde la perspectiva peruana pero
      relacionada con todo el mundo lector de América de habla castellana, con el de un
      crítico que agota la bibliografía de la materia.

      ***

      Hizo mucho por tender coordenadas y vínculos de relación entre las dos literaturas,
      Víctor M. Llona (1886-1953), escritor trilingüe, nacido en el Perú, educado en Francia
      pero muy vinculado a la nueva literatura peruana. Compartía personalmente la amistad
      con André Gide en Francia, tradujo novelas norteamericanas al francés y al castellano y
      participaba en las tertulias de la bohemia francesa y norteamericana después de los
      años 20 y alternaba con Herny Poulaille, el editor de la bella revista Le Crapouillot, con
      Paul Morand, Roger Martín du Gard y aun con Proust, Valéry Larbaud, Paul Valery y con
      miembros de las generaciones posteriores como Malraux, Aragon, Breton e Ivan Goll.

      Escribió en francés unas Memorias sobre la vida literaria en París, después de la
      Primera Guerra Mundial. Ha sido el único peruano e hispanoamericano que ha publicado
      en francés, dos novelas cortas en las páginas de la Nouvelle Revue Francaise (1913).
      Hemos recogido parte de su obra en Víctor M. Llona, Obras Narrativas y Ensayos, Lima,
      Ed. Biblioteca Nacional del Perú, 1971.

      ***

      Su residencia prolongada de unos 4 años, en Francia, no perjudicó las raíces peruanas
      de los relatos de Julio Ramón Ribeyro y al contrario diversificó sus temas, aguzó su
      ingenio literario, ennobleció su prosa tan original y afirmó sus recursos de gran narrador.
      Intentó algunas versiones de cuentistas franceses como Maupassant que dio a conocer
      en edición limeña.

      ***

      Bajo el signo de Vallejo

      Cesar Vallejo (1992-1938) vivió en Francia los últimos 15 años de su vida. Antes de
      viajar a París en 1923, había ya publicado en Lima, el libro clave de su original poesía:
      Trilce, (Lima 1923). Ningún otro libro de poesía apareció en vida del autor.

      Libros póstumos fueron: España aparta de mi este cáliz y Poemas humanos, este último
      publicado en París en 1939.

      En su obra poética no se dan por lo tanto impactos directos o indirectos de la cultura o el
      ambiente francés, salvo algunas páginas no poéticas.

      Siguiendo las crónicas y artículos de la recopilación de Jorge Puccinelli, tampoco
      encontramos en ellos identificación precisa con la vida francesa. Vallejo se limita al papel
      de expectador que sigue de cerca los hechos, figuras, ambientes, acontecimientos,
      espisodios del suceder latinoamericano en la vida cultural, literaria, artística de París,
      sobre todo en lo que acontece a personajes latinoamericanos que llegan, viven o se van



144
      de París. Cuenta tambien lo que les ocurre a los propios franceses. Pero Vallejo
      permanece espacialmente distante y reemplaza la exactitud con la ironía, la cual le sirve
      para no contaminarse. Vivía placente-ramente dentro del ambiente pero no se vinculaba
      personalmente a él. Actuaba de observador certero y agudo, pero no se sentía nunca
      parte del mismo acontecer. Esta objetividad del cronista era su característica actitud de
      mero e inteligente espectador.

      Escribió crónicas valiosas por la información que contenían, por el escenario singular en
      que se desenvolvían los sucesos narrados y los libros comentados. Pero su ser y su
      existir no estuvieron nunca vínculados estrechamente con el ser y el existir de los
      parisienses. Su poesía y su alma, sus angustias y sus demonios interiores estuvieron
      siempre al margen del medio en el cual vivió casi tres lustros, en un país al que siempre
      trató con simpatía y comprensión, a pesar de ciertos episodios de represión policial que
      sufrió. Pero es otra la conducta observada, en las crónicas que versan sobre España o
      Rusia, países a cuya existencia vinculó sus campañas, sus inquietudes y sus
      experiencias existenciales más intímas. En contraste, había escogido Francia para
      proteger su espíritu creador, para subsistir en ella, para disfrutarla, y para morir en París,
      y para que en tierra francesa reposasen sus restos. También su libro agónico Poemas
      Humanos apareció póstumo en prensas francesas.

      De Vallejo no podría decirse nunca que fue un "afrancesado" a pesar de que vivió -los
      mejores años de su existencia- en tierra francesa. Fue tal véz un francófilo receptor de la
      escena cultural francesa de su momento.

      Su poesía quedó indemne a toda, extraña influencia, al igual que José María Eguren
      (que nunca puso un pie fuera del Perú) o Martín Adám que escribió unos "sonetos a
      Chopin", (en Travesía de Extramares) con epígrafes en francés , desafiando en las citas
      a su germanofilia y anglofilia formativas características. Tanto como Vallejo quedaron los
      tres indemnes a todo influjo dominante europeísta que fuese extraño a su ser peruanista
      y a su genial inspiración.


      Coda para la memoria Francófila de Raúl Porras Barrenechea (1897-1997)

      Queremos dejar para el final el recuerdo y la cita de la figura -inolvidable- de Raúl Porras
      Barrenechea, brillante historiador y hombre de letras, formado en los mismos claustros
      francófilos donde desenvolvieron vocaciones precoces Riva Agüero, Ventura y Francisco
      García Calderón. Pero en Porras anidaba, aparte del culto de la historia peruana, una
      auténtica vocación literaria, estudiada, con ocasión de su jubileo al cumplirse cien años
      de su nacimiento.

      En en su temprana vocación literaria va implícito un efecto decisivo sobre su prosa
      recientemente estudiada por Luis Loaysa, sagaz crítico, en La Marca del Escritor,
      (Fondo de Cultura Económica, México, Lima 1994). En su juventud se había
      desarrollado con gran vigor, el movimiento modernista cultivado con fervor continental.
      El penate era el nicaraguence Rubén Darío y su influencia gravitó en todo el mundo
      hispánico incluida España. El modernismo significaba la incorporación de moldes y




145
      módulos de estilo francés asimilables al castellano que a pesar de críticas, enriquecieron
      con fuerza decisiva en el lenguaje y, el arte de la poesía y la prosa castellana.

      Porras asimiló esos avances modernistas de útil y vital francofilia, pero quedó indemne
      al cabo de años, para valorar las figuras de Valdelomar y las de Eguren y Vallejo que
      Ventura García Calderón no logró entender en su exacta dimensión. Porras fue un
      prosador modernista, pero no obstante, entendió el sentido de la modernidad.

      A Francia ofrendó Porras páginas memorables en torno a los viajeros franceses que
      visitaron el país desde Amedeé Frezier en el siglo XVIII hasta los de comienzos del XX.
      Este panorama fue ya esbozado en un prólogo del libro dedicado a dos viajeros por
      primera vez traducidos. Le faltó tiempo para el estudio total, (pues murió
      prematuramente a los 63 años) para madurar sus conclusiones sobre todos esos
      viajeros franceses. Ese libro hubiera hecho pareja con el que dejó escrito y publicado
      sobre los visitantes y exploradores italianos. Sus estudios sobre viajeros franceses, se
      encuentran en los volúmenes que contienen sus prólogos al hermozo relato de Sartiges
      (E.S. de Lavandais 1834) y al A. De Botrniliau (1848), y dejó además proyectada la
      versión de Max Radignet que nosotros acogimos diez años después de la desaparición
      del maestro Porras.*

      Para otro de sus libros (Antología de Lima, Madrid, 1935, Lima 1965) Porras seleccionó
      textos franceses alusivos y señaló los fragmentos que debían traducirse, encomendando
      esa tarea discípulos y colaboradores como Manuel Solari Swayne y Juan Ríos quienes
      no suscribieron esas traducciones de fragmentos de Frézier, Bachelier, Radiguet,
      Cotteau, Monnier, textos que adornan dicha antología preparada para conmemorar el
      cuarto centenario de la Fundación de Lima.

      El mencionado prólogo a los dos viajeros que editó Porras y otros útiles textos
      circunstanciales se recogieron, traducidos el francés, en un folleto titulado La Culture
      Francaise au Pérou (discours et écrits). (Lima, 1958, 48 pp.) en cuyas páginas, Porras
      alcanzó a señalar lúcidamente los vínculos culturales que legan a los dos pueblos, ante
      la historia. Evaluó Porras cuáles fueron los agentes de esta obra cutural. Han coincidido
      en esa fusión no sólo en lo literario sino tambien vinculan a lo económico, lo social, lo
      juridico, ya que las instituciones peruanas del XIX descansaron sobre ideologías y
      estructuras mentales que fueron comunes. Porras estudió la comprensión demostrada
      por los viajeros franceses de épocas posteriores a la conquista española del Perú, desde
      los testimonios de los marinos franceses aventureros que practicaban el comercio ilícito
      hasta el fortalecimiento de las relaciones comerciales regulares y la acción civilizadora
      de hombres de ciencia de Francia como Frezier, Feuilléc y Las Condamine y luego, en el
      siglo XIX, Castelnau, Radiguet, de Sartiges (o Lavandais), portadores de las nuevas
      ideas y la contribución de científicos etnógrafos, naturalistas, exploradores y
      especialistas como D’Orbigny, Crevaux y Flornoy, Vellard y Paul Rivet. De todo ello se
      concluye que la acción de Francia en el Perú y en toda la América Latina, tuvo una
      intención y una directiva civilizadora y enriquecedora que en tiempos recientes, se
      condensa en la creación del IFEA, Instituto Francés de Estudios Andinos.




146
      * Debemos hacer mención de honor a dos mujeres intelectuales que tradujeron con
      dominio y precisión formal importantes textos franceses mencionados en este libro:
      Emilia Romero de Valle y Catalina Recavarren Ulloa.

      De la primera es la versión de los Peregrinaciones de una paria de Flora Tristán y de los
      textos de los viajeros Lavandais y Botrniliau publicados por Porras y citados en este
      libro.

      A la segunda pertenece la delicada versión francesa de la parte peruana de los
      Souvenirs de Max Radiguet, editada bajo nuestro cuidado en la Biblioteca Nacional del
      Perú, entonces a nuestro cargo.

      Esta nota es un adelanto mínimo del contenido de nuestro libro La traducciones
      Literarias en el Perú, de próxima publicación.




147
                        NOTAS A PIE DE PAGINA POR CAPITULO


    Introducción: La atracción de Francia en las letras del Perú

    1 Véase los capítulos referentes a viajeros por el Perú desde el siglo XVIII, en mi libro
    Viajes y viajeros por el Perú, Lima, Concytec, 1989.
    2 Pablo de Olavide, Obras selectas. Colección Clásicos del Perú, Banco de Crédito del
    Perú, 1989.
    3 José de la Riva Agüero, Carácter de la literatura del Perú independiente, Lima, 1905,
    p.136.



    I      El exotismo temprano MONTAIGNE
    1 Sebastián BRANT, Das Narrenschiff (La nave de los locos), Nürnberg y Augsburg,
    1494 y ediciones sucesivas de 1495 y 1499. Ed. moderna consultada: Tübingen,
    Niemeyer Verlag, 1969, 338 p.; y Stuttgart, Ed. Reclam, 1964,530 p.
    2 Montaigne, Miguel de; Ensayos, libro II, cap. 6, París, 1580.
    3 André THÉVET, La singularitez de la France Antartique nommé Amérique, París, 1558,
    muy citada por G. Chinard.
    4 En el ensayo sobre "Los caníbales" dice Montaigne:"Por que me parece lo que
    estamos viendo por experiencia en estas naciones del Nuevo Mundo, sobrepasa no sólo
    a todas las pinturas con que la Poesía ha embellecido la Edad de Oro y a todas las
    esperanzas e invenciones de la filosofía. No podemos imaginar un candor más puro del
    que encontramos en ellos... Aquella es una nación, podría yo decirle a Platón, en la cual
    no hay ninguna especie de tráfico, ni conocimiento de las letras, ni ciencias de los
    números, ni magistrados, ni jerarquía política, ni criados, ni ricos, ni pobres, ni contratos,
    ni juicios de sucesión, ni tierras divididas, ni ocupación que interfiera con el ocio, ni otro
    respeto que el del parentesco común, ni vestidos, ni agricultura, ni metales, ni vino. Las
    palabras mismas que significan mentira, traición, disimulo, avaricia, envidia, delación,
    perdón, se ignoran !Cuán lejos estaría de semejante perfección la república imaginada
    por Platón". (Ensayos , libro I, cap. 31.)
    5 MONTAIGNE, Miguel de, Ensayos, Libro II, cap. 6, París, 1588.
    6 Montaigne, Miguel de, obra cit.
    7 Ibid, Ensayos, Libro I, cap. 30.
    8 Ibid, Ensayos, Libro I, cap. 30.
    9 NOBOA, Ignacio, en: La Revista de Lima, tomo IV, Julio-Diciembre de 1861.




1
    II     El Perú en la Enciclopedia Francesa

    1 La obra se editó con el titulo: Encyclopédie ou Diccionaire raisonnié des Sciences, des
    arts et des métieres. París, 1751-1772, 28 tomos.



    VIII   La Viajera Inquieta: Flora Tristán

    1 Flora Tristán, Peregrinationes d’ une paria (París, 1838)
    2 Flora Tristán, Le tour de France, Journal inédit 1843-1844, París, Ed. Téte de Feuillée,
    1973, p. 180.
    3 Flora Tristán, obra citada.
    4 Jorge Basadre, Prólogo a la segunda edición de Peregrinaciones de una paria. Lima,
    Editorial Cultura Antártida, 1946.
    5 Jorge Basadre,
    6 Flora Tristán, Le tour de France, cit.



    X      La Conmoción Romántica: Víctor Hugo
    1 Ricardo Palma, "La bohemia de mi tiempo" en : Tradiciones peruanas completas,
    Madrid, Aguilar, 1964.
    2 Pedro Ignacio Noboa, desde 1857, puso en castellano gran parte de Las
    Contemplaciones, libro aparecido en 1855. En El Constitucional, N°s. 21, 23, 26, 29 y 31,
    Arequipa, abril y mayo de 1858; y en La Revista de Lima, tomo I , 1851, en varias
    entregas se publicaron sus traducciones y su ensayo "Estudios sobre Víctor Hugo y sus
    últimas poesías."
    3 Manuel Adolfo García, Composiciones poéticas, Havre, 1872.
    4 Manuel Gonzalez Prada, Baladas, París, L. Bellenand, 1939.
    5 R. Palma, "La bohemia ... ", cit.
    6 Manuel Gonzalez Prada, Pájinas Libres, París, Tip. P. Dupont, 1894, pp. 165-175, art.
    "Víctor Hugo", fechado en 1885.
    7 Nuevas versiones de poesía de Hugo no se han hecho recientemente.




2
    XIII   La Aventura Imaginaria: Julio Verne
    (La Jangada, 1a. parte, p. 27; citamos por la edición española de Jubera, Hnos, Madrid,
    1890 (?)).
    ("La Jangada", ed. cit., II, p. 10).
    1 Parte II, de La Jangada, edición española de Madrid, Saenz de Jubera, Hermanos,
    s.f., p.14.
    2 R. Porras B., El paisaje peruano, Lima, 1955, p. 46.
    3 José Manuel Valdés y Palacios, Viaje del Cuzco a Belén en el Gran Para por los ríos
    amazónicos, con prólogo de Estuardo Nuñez, Lima, Biblioteca Nacional del Perú, 1971,
    106 pp.


    XVI    La Crisis llamada "Decadentismo"
    1 Mercedes Cabello de Carbonera, La novela moderna, Lima, Tipografía Bacigalupo y
    Cia., 1892, p. 31
    2 En torno de González Prada se agruparon la Sra. Cabello de Carbonera, la Sra. Matto
    de Turner, Carlos Germán Amézaga, Ricardo Rossel, Abelardo Gamarra, Germán
    Leguía, Arturo Villalba, Ernesto Rivas, Nicolás Augusto González (ecuatoriano), Manuel
    Moncloa, Numa P. Llona, Modesto Molina, Manuel Mansilla, Víctor G. Mantilla, E.
    Zegarra Ballón, Domingo de Vivero, Martínez Izquierdo, Paulino Fuentes Castro, Félix
    Mora y Abel de la E. Delgado.
    Después del 80, aparecen nuevos nombres a raíz de la salida del semanario Fin de siglo
    ellos son José Santos Chocano, Domingo Martínez Luján, José Fianzón, Enrique López
    Albújar, José Antonio Román, Federico Barreto, Enrique Carrillo, a quienes se agregó
    después Clemente Palma y A. Salomón. Se incorporan más adelante, cuando ya el
    grupo ha perdido beligerancia, Aurelio Arnao y Manuel Beingolea. Se constituye así el
    segundo grupo posromántico, al cual se agrega, definiéndose más el del 98, alrededor
    de La Neblina que dirigió Chocano.
    Véase complementariamente nuestro estudio "Las generaciones posrománticas
    peruanas: crisis de imitación en el proceso literario: inquietud y frustración", presentado
    en el Primer Coloquio de CERPA, Universidad de Grenoble, Francia, diciembre de 1973.


    XVII   "La France que nous aimons"
    1 Véase el contenido de Tomás G. Escajadillo en Narradores peruanos del siglo XX,
    Lima, Edit. Lumen, 1994. Además, Raúl Estuardo Cornejo, López Albújar, narrador de
    América, Lima, 1968.
    2 André Malraux, Homenaje a Ventura García Calderón, en la Revista Cielo Abierto,
    Lima, vol. VII. N° 20, 1962.
    * A. Miro Quesada S., prólogo a O.C. de Riva Agüero, tomo III, Lima, Talleres Gráficos
    Villanueva, 1964. pp. XXIX y XXX.




3
    XVIII Vanguardismo y Surrealismo

    (Amauta, N° 20, enero 1929)
    (Amauta, N° 10, diciembre,1927)
    (Amauta, N° 15, mayo-junio 1928)
    (Amauta N° 18, setiembre 1928)
    (Hollywood Madrid, Ediciones Ulises, 1931, p. 21)
    (Amauta, N°18, setiembre, 1928)
    (Amauta, N° 24, junio de 1929)
    (Amauta N° 27, nov-diciembre, 1929)
    (Bolívar N° 12, Madrid, 15 de julio de 1930)
    (Variedades, Lima, 24-7-1926)
    (Variedades, Lima, 24-7-1926)
    (Variedades, Lima, 5-3-1930)
    (Variedades, Lima 15.1.1930)
    (Amauta N°30, abril-mayo,1930)




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