Texto publicado en la Revista Plebella [poesía actual] nro 14, sección Sembradores de fósforos, por Emiliano Bustos, agosto2008
Escribir sobre la creación de un poema o de un libro. Elijo un libro, Sopa de ajo y mezcal. En lo primero que pienso es en el tiempo. Busco notas viejas, trato de recordar como si fuera la primera vez que pongo la mirada en eso. Me pregunto si pensar o escribir sobre la gestación de un texto puede traer el intento de hacer visible algo que sólo es posible saber luego. Como si uno intentase traducir o retratar algo que está en el texto pero que también, de algún modo, lo excede. Hay circunstancias evidentes: estaba de viaje, en Oaxaca (México), era 1997. Tenía una intensión de escritura, eso lo sé con claridad. Lo encuentro en el hecho de que en Oaxaca, que es una ciudad hermosa y pequeña, rodeada de cerros, donde las distancias todavía son –o eran- muy humanas, yo caminaba hasta un mirador que tiene una vista panorámica, y me sentaba a escribir ahí. Como si hubiese necesitado trasladar lo inasible a formas contundentes y unívocas: siempre que iba a escribir hacía ese rito y el rito garantizaba la escritura. Ese vaivén de ascenso y descenso se repitió por seis meses. Tenía algunas ideas, o más bien, temas y cierta recurrente -casi obsesiva- inquietud formal. Pero, veo ahora, lo que estaba en juego vitalmente, antes y más que ninguna otra cosa, era la escritura misma: el acto, lo que hace posible que lo que tiene que ser dicho ocurra. Escribo por aproximación. Quiero decir: sin ver. Y encuentro esta relación con la escritura: una necesidad de la que no puedo librarme, más que un gesto voluntario. La voluntad, en todo caso, está puesta en ese corrimiento, en ese vaciarse del yo: deshacerme de ella para que un texto se abra paso e instale su verdad en tanto ficción. Una ficción por cuya intensidad soy liberada de esa necesidad que se me impone. Como si se tratase sólo de hacer espacio: el proceso es quien instala su palabra, quien me permite finalmente ver, y hasta cierto punto, y sólo en muchas lecturas posteriores. Cuando volví a Buenos Aires, organicé los textos según lo que entonces reconocí como su forma más orgánica; luego los olvidé por siete años. Lo que el libro es podría decirse que nació de las fisuras de esas ideas iniciales. O de su supuesto “fracaso”. De textos “tangenciales”, de escritos que nacieron de la necesidad de develarme o de un corpus más amplio que aquello que lo que ese momento era capaz de reconocer como lo que estaba siendo escrito. En el 2004 me reuní con esa primera versión y le di la forma que ahora tiene, modificando más que nada algunas cosas de estructura. Gracias a esa forma última del libro regresé a México; hubo otro viaje real y un reencuentro con lugares y personas que habían sido fundantes para mí. Además de eso, Sopa... es mi primer – y hasta ahora único – libro publicado. Significaciones todas, que fueron cobrando cuerpo más tarde y que seguirán su transformación. Creo que un recorrido es único e irrepetible y que intentar nombrarlo sirva quizás para estar más despierto o atento a la hora de vislumbrar el próximo. La única constante que encuentro desde hace muchos años es esta dimensión de proceso. Algo que sé cuándo arranca pero no cuándo termina, que se introduce en una variable más o menos continua de tiempo –meses digamos, años en otro plano – y que trabaja aún cuando no esté escribiendo. Eso quizás porque hace años que mis textos se me presentan como una totalidad: son un todo que cobra forma en ese devenir. Volviendo al tiempo, repasar el camino de Sopa... siempre me conecta con este transcurrir tan distinto: encuentro el tiempo de la escritura y de lo escrito, muy diferente a otros. Y a la vez tan cercano al transcurrir de la vida, tan condensador de fuerzas profundamente humanas. En medio de esta época devota de lo urgente, de esta tiranía de la inmediatez que pretende atravesar todas las cosas, arrasar todas las relaciones, y abarcar casi todas las miradas, palpar ese tiempo posible, quieto, que trabaja en silencio a través de nosotros y donde, finalmente, podemos extrañamente reconocernos, dejó una huella a la que agradezco poder volver.