EL LIBRO ILIMITADO Babelia Antonio Muñoz Molina Voy en by TonyParker

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									EL LIBRO ILIMITADO. Babelia 15/12/07
Antonio Muñoz Molina 15/12/2007


Voy en el metro a media mañana camino de una de mis librerías más queridas de Madrid y
aunque llevo abierto el periódico miro de soslayo con un gesto reflejo cada vez que entra en
el vagón alguien con un libro en las manos. No siempre es fácil identificar su título, y hay que
tener mucho cuidado para que la curiosidad no se confunda con la metijonería. Es como ser
un mirón digno que por nada del mundo quiere verse metido en un trance embarazoso. El
libro está a veces en una posición casi horizontal, para que reciba mejor la luz del techo, y no
es cuestión de adelantar la cabeza y torcer el cuello queriendo mirar la cubierta desde abajo.
¿Cuál será ese libro de bolsillo tan grueso del que no ha apartado los ojos ni siquiera al dar una
zancada desde el andén ese lector que acaba de sentarse frente a mí? Lo ha doblado por la
mitad, con riesgo de descuadernarlo, lo aprieta como estrujándolo entre las dos manos. Es un
joven de veintitantos años con el pelo encrespado de rizos casi africanos, sin afeitar, con una
mochila pequeña a la espalda. Da la impresión de que se levantó de la cama con el libro en la
mano y que pasó así con él delante del espejo del baño.

Mantengo la vigilancia mientras leo el periódico. El titular de la primera página es el desastre
de los índices escolares de lectura en España. Sólo hace unos días la enigmática ministra de
Educación aseguró que ella no ve ningún problema en que los chicos usen el teléfono móvil
mientras están en clase. La enseñanza pública se deteriora irreparablemente en España gracias
a una conspiración de ignorancia tramada desde hace años por la chusma política y la secta
pedagógica y las autoridades ya tienen un culpable: el franquismo. Quién si no. Como mi tierra
natal está incluso a la cola del desastre leo que la consejera de Educación de la Junta de
Andalucía ha descubierto una causa todavía más lejana: nuestro atraso histórico. A ellos, los
socialistas que llevan gobernando en Andalucía un cuarto de siglo, que los registren. Pienso
en mis maestros, los que me enseñaron contra viento y marea a leer y a escribir y a amar el
conocimiento en años de oscurantismo y pobreza; pienso en tantos profesores vocacionales
y derrotados que conozco, en las cartas despectivas o perdonavidas o del todo insultantes de
pedagogos y expertos, de enchufados de diverso pelaje, que he recibido sin falta cada vez que
he escrito sobre las quejas amargas de mis amigos profesores y sobre lo que yo estaba
descubriendo con mis propios ojos con sólo hojear los libros de texto de mis hijos y escuchar
las historias que me contaban al volver de la escuela.

A los expertos, a los gurús de la jerga psicopedagógica y a los enchufados no les cabía la menor
duda: los que alertábamos sobre la degradación de la enseñanza nos habíamos vuelto de
derechas y no sabíamos nada, no entendíamos de nada. Ellos sí que entendían: a la vista están
los resultados. Cierro el periódico con asco y el hombre joven que leía frente a mí levanta los
ojos de su libro. A mi atención de espía le basta un segundo para descubrir el título: es el Viaje
al fin de la noche. Ahora parece evidente que el aire de ligero trastorno que tenía ese hombre
desde que entró en el vagón procedía de la lectura de Céline. Vamos en el mismo tren de la
línea 4 pero su viaje es mucho más hondo y más terrible, un descenso de fiebre por los
espantos del mundo. Yo voy por los túneles del metro de Madrid y por el presente inmediato
y más bien desolado del periódico: él por las trincheras de la guerra, por la miseria de los
suburbios proletarios de París, por el Nueva York futurista de los años veinte, por las tinieblas
coloniales del Congo que ya había roturado para la literatura Joseph Conrad.

Ahí lo dejo, sumergido en el libro, continuando su viaje, con su barba de varios días y su
mochila de vagabundo celineano. ¿Cuántos lectores como él no llegarán a existir gracias a la
gran conjura de los necios y de los comisarios políticos que ha asolado la educación española?
Pero no se trata sólo de esa embriaguez, del dulce vicio que le acompaña a uno en la soledad
y le hace gratos los minutos de un viaje en el metro: mucho más grave es que la escuela esté
fracasando en su tarea de despertar en cada uno sus mejores facultades, de actuar como
palanca de progreso social. ¿Qué porvenir laboral tiene un hijo de trabajador o de inmigrante
que a los quince años no es capaz de comprender un párrafo de tres líneas? ¿Qué podrá
aprender sobre la complejidad del mundo y la de su propia alma quien no cuenta con la luz de
las palabras escritas? El nivel cultural y académico de los padres es factor decisivo, asegura el
periódico. Subiendo por las escaleras del metro me pregunto con ira y dolor qué habría sido
de mí, de tantos de nosotros, si no hubiera sido por la escuela y por el instituto. Nuestros
padres, niños en la guerra, escribían y leían con dificultad. En nuestras casas, donde había tan
poco, mal podía haber libros. La escuela nos hizo lo que somos.

Soy lo que he leído. Me gano la vida gracias a que existen lectores. En el escaparate de la
librería distingo con expectación impaciente el libro que vengo buscando. Verlo me da tanta
felicidad como descubrir en un escaparate de la infancia la cubierta en colores de una novela
de Julio Verne. Son Los ensayos de Montaigne que acaba de publicar Acantilado, editados y
traducidos admirablemente por Jordi Bayod Brau. Muy pronto el gozo de las manos se añade
al de la mirada: sopeso el volumen, paso los dedos por su tapa tan sólida, lo abro y rozo las
páginas con las yemas de los dedos, y al hacerlo percibo un olor exquisito de papel y de tinta.


Por cualquier página que se abra este libro ilimitado se reconocerá la voz sabia y serena, la
inteligencia irónica y voluble, la curiosidad entre erudita y chismosa de aquel hombre feliz que
se retiró hace más cuatro siglos a escribir y a leer en la biblioteca circular de su torre. Como
Cervantes o Shakespeare si empezamos a leerlo nos acompañará a lo largo de toda nuestra
vida, y a medida que pase el tiempo y sigamos leyendo nos enseñará cosas que ni siquiera
habíamos sospechado en las primeras lecturas. Como el señor don Quijote de la letanía de
Rubén el señor de Montaigne nos asistirá en nuestra diatriba contra los fanáticos y los
propagadores de la ignorancia, contra los sinvergüenzas, contra los estafadores de la jerga
psicopedagógica, contra los políticos que sólo pueden eternizarse en su parasitismo gracias a
una ciudadanía analfabeta y embotada. En el viaje de vuelta soy yo quien entra en el vagón del
metro con la nariz hundida en el libro, quien se queda tan absorto leyendo a Montaigne que
cuando levanta los ojos descubre que se ha pasado de estación. -

								
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