EN LA ZONA F
IDEAS PARA VIVIR CON PASIÓN E
INSPIRACIÓN LA EMPRESA DE TU VIDA
EDUARDO REMOLINS
Postales desde el hogar
Hay un momento en que no controlo más la situación. La
situación me controla a mí.
Y en ese instante, lejos de lo que podría parecer, la sensación es
muy agradable. Existe una seguridad interior muy real y una
alegría serena.
Sólo hay que dejarse llevar y entonces las palabras fluyen. O
mejor dicho, lo que fluyen son las ideas. Llegan a borbotones, en
tropel, y lo único que hay que hacer es asignarles una palabra o
un conjunto de palabras, las que mejor mejor transmitan su
significado.
El proceso es automático, sencillo y casi sin esfuerzo, y el
resultado es infinitamente superior a lo que uno podría lograr
haciendo un uso escrupuloso de sus facultades y de su
pensamiento.
De hecho, esa es la clave: no es pensamiento, es inspiración.
Sé que eso me pasa a mí, dando una conferencia o escribiendo,
por ejemplo, pero también que le pasa a millones de personas,
en esa o en miles de otras actividades.
Les pasa a muchos actores, músicos, artesanos, deportistas y
empresarios. Cuando uno encuentra ese lugar todo fluye, todo
se disfruta, y no querrías irte nunca.
El fluir se hace evidente en la dedicación gozosa con que el
orfebre trabaja el metal, completamente abstraído sobre el
objeto que está creando, en el aplomo y seguridad con que un
empresario conduce una negociación o en la concentración de
un tenista que sólo ve una pelotita viajando a 150 km por hora.
Es algo que alcanza el científico que experimenta
incansablemente en busca de una respuesta y también el
cocinero que mezcla y prueba hasta lograr el sabor, el color y la
consistencia que desea.
El tiempo parece no transcurrir y el resultado, inclusive, pasa a
un segundo plano. Porque uno no hace eso para lograr algo, lo
hace porque lo disfruta.
Lo placentero es el proceso, no el resultado.
Por supuesto, no pretendo decir que yo viva en ese estado
permanentemente. De hecho, como la mayoría de nosotros,
apenas logro atisbos de ese paisaje sublime.
Entro y salgo de esa zona como un turista que siempre quiere
volver.
Sin embargo, conozco el lugar y sé como llegar. Lo he recorrido
y puedo recomendarlo. Sé que vale la pena, sé que es real, y sé
que ese es el modo en que, paradójicamente, se alcanzan los
mejores resultados.
Este libro recopila artículos, escritos en diferentes medios y casi
siempre publicados en mi blog, que hablan sobre ese país
maravilloso. Ese que a veces se llama “momento blanco”, a veces
“estado de flujo”, “hack mode”, “estar en la zona” o “estado de
no-mente”.
Yo lo llamo en este libro “la Zona F”, pero sigue siendo lo mismo.
Cada artículo tiene alguna pista para acercarse a ese lugar.
Alguna indicación, a veces sutil, que ofrezco como esos autores
de guías de turismo que conocen el valor de algún destino
exótico y maravilloso, pero poco transitado, y que sugieren, casi
en voz baja, que lo visitemos.
Lo cierto es que estoy convencido de que, lejos de ser un
hermoso lugar de vacaciones, ese estado, esa zona, es nuestra
casa. Sólo que partimos hace mucho y lo hemos olvidado.
Ese es el hogar al que siempre estamos volviendo.
Y como esa ciudad amada en la que hemos nacido pero a la que
no hemos vuelto desde chicos, a veces necesitamos algunas
indicaciones para encontrarla… o para recordarla.
Para mi es un placer escribir estos recordatorios, estas postales
desde el hogar. Especialmente porque nuestro largo regreso a
casa está cambiando todo, el “mundo del trabajo” y la economía
también.
El mundo que conocimos se está transformando de un modo y a
una velocidad que pronto será irreconocible.
Pronto posiblemente nos unamos a esa minoría de privilegiados
que volvieron al hogar y vivieron legándonos las mejores obras
del arte, la ciencia, el deporte y la empresa. Vamos a estar, de
algún modo, más cerca de Mozart, de Edison, de Leonardo, de
Ford, de Dalí o de los Beatles.
Y eso porque en el futuro próximo quizás será impensable que
alguien trabaje en algo que no lo apasiona. Será extraño recordar
los días en que “trabajo” significaba algo opuesto al placer. Y ya
no estaremos abocados a “producir”, sino que todos estaremos
creando. Cómodos y a nuestras anchas. De vuelta en casa.
Eduardo Remolins
Diciembre de 2009.
El “momento blanco” (Agosto de 2007)
La cámara captó el instante justo en que Diego comenzaba a
enmudecer al estadio cuando, con un movimiento de increíble
plasticidad, se adelantó a la salida del arquero italiano y
“cacheteó” la pelota al fondo del arco.
La foto de ese gol del partido Argentina- Italia del Mundial de
1986 registra la cara de incredulidad de Scirea (el último
defensor), mientras miraba a la pelota perderse en la red, pero
también un gesto de Maradona, típico de esas definiciones
geniales: la boca entreabierta con la mandíbula totalmente
relajada, apenas sacando la lengua.
Los médicos explicarían más tarde que un gesto tan distendido
era infrecuente en acciones deportivas, plagadas de rostros
crispados y gestos de esfuerzo, pero común para genios como
Diego, en el momento en que consumaban sus obras maestras.
Un segundo antes de definir la jugada, el cuerpo del Pelusa se
relajaba completamente y sus movimientos adquirían una
precisión y seguridad fuera de lo común.
No sólo los grandes deportistas conocen ese momento sublime.
Los artistas también, de hecho los actores lo llaman “momento
blanco”. Los sicólogos prefieren denominarlo “estado de flujo”.
“Fluir” es estar inspirado, realizar con sencillez las tareas más
complicadas y ver con claridad meridiana lo que antes nos
parecía inabordable.
En el budismo Zen este estado sería descripto como el de “no
mente”, una situación en que la intuición y la guía para realizar
con maestría alguna actividad, nos llega cuando no estamos
pensando (conscientemente) en ella.
El “fluir” no se da cuando nuestra preparación es insuficiente.
Pero la preparación y formación previas suelen florecer, en
muchos casos, como intuición o inspiración.
Los mejores empresarios de todas las épocas han sabido valorar
esto. Jimmy Goldsmith, el multimillonario británico, solía reírse
de los banqueros que temblaban viéndolo arriesgar su imperio
comercial en operaciones que ellos consideraban locuras. El
confiaba en su intuición. Lo mismo hizo Claudio Bonomi, el
fundador de Kosiuko, cuando se endeudó con su tarjeta de
crédito más allá de lo recomendable, para abrir su primer local
en un shopping. Bonomi, como tantos otros, tuvo su “momento
blanco”.
La preparación es indispensable, pero la intuición existe.
Cualquier buen empresario lo sabe. Diego también.
El antídoto (Septiembre de 2007)
Me gano la vida hablando y escribiendo sobre empresas. En
realidad no la gano, la vivo, porque esto es lo que más me gusta
hacer.
Como se pueden imaginar, conozco muchas empresas. Soy
como un chico que colecciona figuritas y le encanta mirarlas y
mostrárselas a sus amigos. Me fascinan y puedo hablar de ellas
con más pasión que ninguna otra cosa.
Sin embargo, no me gusta cualquier figurita. Soy detallista y
exigente, y sólo me emociono con las más lindas, las que son
especiales. Atesoro las difíciles y cultivo el arte de encontrarlas.
Para mí las mejores figuritas son empresas humanas, antes que
mercantiles. Admiro a quienes hacen lo que aman y persiguen
sus sueños con la ingenuidad de un niño y esa tenacidad que
conmueve. Gente que elige la vida que quiere y se zambulle en la
aventura de hacer de eso un negocio, aunque tenga que remar
contracorriente.
Por eso cada tanto me hacen sentir un idiota. Cada tanto me
cruzo con alguien que me dice, de una u otra manera, que lo que
yo amo no existe. Que en los negocios se trata de hacer plata.
Punto. Y que la plata siempre es un poquito sucia. Que los
sueños y las pasiones los tenés que reservar para los hobbies y
que la vida se trata de ir resignándose a eso. Morirse de a
poquito, en cómodas cuotas.
En algunas ocasiones (cada vez menos frecuentes), comienzo a
dudar. ¿No tendrán razón los escépticos? ¿No estaré equivocado
yo? El cinismo es un veneno, de los más poderosos, y en esos
momentos necesito con urgencia un antídoto, antes de
resignarme y empezar a morirme de a poquito. Antes de perder
la capacidad de sorprenderme y emocionarme. Porque de eso se
trata la vida, ¿no? De sorprenderse y emocionarse.
El viernes pasado fuimos con unos amigos a escalar el cerro
Champaquí, en Córdoba, y volví emocionado y sorprendido. No
sólo porque subí una montaña y me encantó. Tampoco porque
vivimos tres días en medio de un paisaje de ensueño y pudimos
jugar a que éramos escaladores.
Eso nos emocionó a todos, pero creo que además me
conmoví por una de esas cosas que a mí me llegan tanto:
encontré dos tipos que me dieron un ejemplo, fresquito y vívido,
de lo que es vivir de un sueño. Vivir TU sueño. Perseguirlo… y
alcanzarlo. Cuidarlo, nutrirlo y desarrollarlo. Ponerle ganas a las
cosas y hacer de los detalles un culto y un placer.
Miguel y Mariano son los dueños de Alto Rumbo, la empresa que
contratamos para hacer la excursión. No podría estar más
satisfecho de haberlos elegido. Yo no me sentía mal ni me había
encontrado, en los días previos, con ningún escéptico que me
inoculara su veneno, pero de todas maneras esta gente me
ofreció, en esos tres días, la perfecta cura. La mezcla balanceada
de imaginación, amor, pasión, energía y coraje que hace falta
para vivir un sueño. Me dieron el antídoto contra el cinismo.
Dice Miguel que en Berrotarán, su pueblo, mucha gente ni
siquiera entiende de qué vive. No sabe qué es el turismo
aventura y no comprende por qué dejó su tranquilo y seguro
trabajo de profesor. Sé cómo se siente. El montañismo era su
hobby, su amor. Y le deben haber dicho que no se puede vivir
del amor.
Miguel hizo de todo hasta que descubrió que salía el último tren
para vivir su sueño, y no lo dejó pasar. Empezó tímidamente a
armar excursiones guiadas al cerro, que ofrecía desde su página
web, armada años antes por gusto, no por negocio.
A su socio lo encontró después, cuando ya era un guía
conocido. Mariano administraba un refugio de montaña que
había reparado con sus propias manos. Lo había descubierto
abandonado, en uno de sus viajes por la montaña en el camión
Unimog con que hacía fletes para la gente de esa región casi
inaccesible. La complementación les resultó evidente y el sueño
era compartido.
Esa es la historia corta. La larga consta de miles de detalles.
Supongo que de sufrimientos y de alegrías. Para mí se trató de
verlos despertarse a las 6, preparar el desayuno para 13
personas, guiarnos caminando 7 horas por la montaña, volver al
refugio a preparar la merienda, luego la cena y acostarse a la
una después de terminar de lavar el último plato. Para mí fue
verlos reparar el tanque de agua, dar las charlas de seguridad,
llevarte a los mejores rincones de la montaña (que conocen
como la palma de su mano) y esmerarse hasta en preparar los
postres.
Uno podría pensar que, de tanto ver empresas, se pierde la
capacidad de asombrarse con una nueva. Conmigo no es ese el
caso. Por lo menos no con empresas como Alto Rumbo.
El domingo a la noche volvíamos de Córdoba y en el colectivo
pasaban una película mala. Un hombre se despierta y descubre
que fue envenenado mientras dormía. El resto de la peli se lo
pasa buscando el antídoto, mientras se muere de a poquito.
Aunque me llamó la atención el argumento y era
extremadamente violenta, me quedé dormido rápido y muy
tranquilo. Después de todo, yo ya tenía mi antídoto.
¿Dónde está el filón? (Julio de 2007)
Es una escena que se repite con frecuencia. Una persona pide
una consulta y al entrar a mi oficina, después de los saludos de
rigor y de algún comentario sobre el clima, suelta la pregunta:
“estoy buscando independizarme y quiero saber qué cosas
pueden ser buen negocio”. Puedo adivinar lo que está pensando:
“¿Dónde está “el filón”, señor economista?”. Donde Ud. menos se
lo imagina, señor emprendedor.
De todas las entrevistas a empresarios y emprendedores que he
hecho una de las cosas que me han quedado más claras es que
la pasión es lo que lleva al éxito, en cualquier negocio o sector y
en cualquier tiempo. El filón es la pasión, y lo bueno es que
todos tenemos una pasión. Aunque la ansiedad nos traicione,
eso es lo que hay que buscar primero. De cualquier pasión se
puede hacer luego un buen negocio.
¿Qué tienen en común Steve Jobs (el fundador de Apple),
Madonna, Manu Ginóbili y Páez Vilaró (el célebre pintor
uruguayo)? Dos cosas: hacen lo que aman y ganan muy buen
dinero haciéndolo. Pero las dos están relacionadas: les va muy
bien, precisamente, porque hacen lo que aman. De acuerdo, el
talento cuenta, y mucho. Pero no lo es todo. ¿Es acaso Madonna
la mejor cantante?
Más allá de los casos glamorosos, la pasión es una razón
práctica y concreta que explica el éxito económico. ¿Por qué?
Porque cuando se está enamorado de lo que se hace uno tiene
varias ventajas:
1- No se rinde nunca, ni siquiera considera esa posibilidad.
Aunque los objetivos tarden en conseguirse, se disfruta el
proceso, no sólo la llegada a la meta. Uno es feliz “mientras
tanto” y sigue intentando.
2- La mente trabaja 24 horas para alcanzar el objetivo. Uno es
más creativo y está más enfocado, dado que tendemos a
pensar más en las cosas que más nos gustan o interesan.
3- Los golpes y desilusiones (inevitables), se absorben más
facilmente. El empresario apasionado es como esos
boxeadores que cuando les toca “cobrar” ni siquiera
trastabillan.
Pero, si no me creen a mí, escuchen a Jobs: “A veces la vida te
pega con un ladrillo. No pierdan la fe. Estoy convencido de que
la única cosa que me mantuvo en marcha fue mi amor por lo que
hacía. Tienen que encontrar qué es lo que aman.
“El trabajo va a llenar gran parte de su vida, y la única forma de
estar realmente satisfecho es hacer lo que consideran un trabajo
genial. Y la única forma de tener un trabajo genial es amar lo
que hacen. Si aún no lo han encontrado, sigan buscando. No se
conformen.”
Busquen el filón, pero no afuera. Búsquenlo adentro.
Lo que me enseñó Paul Potts (Enero de 2008)
Paul Potts era un tímido vendedor de teléfonos celulares del sur
de Gales. Un hombre sencillo e inseguro que amaba la música.
De hecho, su sueño era vivir haciendo eso que él creía que había
nacido para hacer: cantar ópera.
En Febrero de 2007 ingresó a la versión británica del reality show
American Idol (llamadoBritain´s Got Talent), y apenas salió a
escena en su primera presentación en Cardiff le preguntaron
para qué estaba allí. “Para cantar ópera”, fue su respuesta.
Dos de los tres jurados intercambiaron miradas cómplices y
escépticas mientras el tercero, el famosamente cruel Simon
Cowell, se cruzaba de brazos reclinándose en la silla, a la espera
de su momento para maltratar al participante.
No pudo darse el gusto. En los primeros diez segundos de su
interpretación de Nessun Dorma, Paul ya había despertado
ovaciones de pie en el público, lágrimas en el jurado y una
expresión de asombro inolvidable en Cowell.
“La confianza siempre ha sido un problema para mi”, había
declarado Potts antes de salir a escena, “siempre me ha
resultado difícil confiar en mi mismo”. Quizás por eso vendía
celulares en lugar de discos. Quizás lo mismo pensó Simon, que
le dijo sorprendido: “¿Vendés celulares y sabés hacer esto?”.
Pocas veces he visto una escena tan conmovedora e inspiradora
como el video de la presentación de Paul, que puede encontrarse
en You Tube (si no lo vieron, por favor háganlo). Y he decidido
que lo voy a usar como caso en mi trabajo, por la simple razón
de que emprender es ni más ni menos que lo que hizo
Paul: buscar todo el tiempo cómo vivir haciendo lo que creemos
que nacimos para hacer. Se trata de buscar y, eventualmente, de
encontrar.
Paul nos enseñó dos cosas:
1- Que la falta de confianza puede hacer que vendamos
celulares, cuando lo que queremos es cantar (o viceversa, da
lo mismo).
2- Que si la pasión es lo suficientemente fuerte y genuina,
logra superar cualquier falta de confianza. Logra que un
hombre tímido se enfrente a 2000 personas, cámaras de
televisión e inclusive a Simon.
Paul ganó el concurso. En Julio lanzó su CD One Chance, que
alcanzó el primer lugar en ventas en el Reino Unido.
Ya no vende celulares.
Cómo hablar con Dios en el trabajo
(Noviembre de 2009)
Durante 24 segundos todos vuelan en un ascenso con quiebres a
un lado y a otro, izquierda-derecha-izquierda, mientras siguen
avanzando, ciegos. “Desde el cockpit no se puede ver la salida y
conforme vas subiendo no sabes donde vas a aterrizar”, dijo una
vez el asturiano Fernando Alonso.
Ayrton Senna da Silva decía que hablaba con Dios precisamente
ahí, en Eau Rouge, esa curva del circuito de F1 SPA-
Francorchamps de Bélgica, que le pone los pelos de punta a
todos y que sin embargo, dicen, representa “la más preciada
gota del maravilloso elixir de la F1.”
Aunque era una persona de una religiosidad franca y abierta (que
hasta era motivo de burlas), esta y otras experiencias del piloto
brasileño parecían, sin embargo, ir más allá de lo que
tradicionalmente conocemos como Fe. Una de sus experiencias
místicas más importantes no ocurrió en Bélgica, sino en
Montecarlo, durante las pruebas de clasificación para el Gran
Premio de 1988.“Recuerdo que corría más y más deprisa en cada
vuelta. Ya había conseguido la pole por unas décimas de
segundo, y luego por medio segundo, y después por casi un
segundo, y después por más de un segundo. Y más y más. Llegó
un momento en que yo era dos segundos más rápido que
cualquier otro, incluyendo a mi compañero de equipo, que
conducía un coche igual. En aquel momento me di cuenta, de
repente, que estaba pasando los límites de la consciencia.
Mónaco es corto y estrecho, y, entonces, tuve la sensación de
que estaba en un túnel, el circuito, para mí, era sólo un túnel.”
Lo que Senna describía es lo que el sicólogo ruso Mihály
Csíkszentmihályi llama “estar en estado de flujo”. Según él,
cuando se está en flujo “el ego desaparece. El tiempo vuela. Cada
acción, movimiento y pensamiento sigue inevitablemente al
anterior, como cuando se toca jazz. Todo tu ser está involucrado
y usas tus habilidades al máximo.”
Csikszentmihályi reporta a través de los numerosos estudios y
experimentos que ha desarrollado, 9 factores presentes en el
estado de flujo, algunos de los cuáles son: distorsión del sentido
del tiempo, acción sin esfuerzo y desapego del resultado. Lo que
describe es, indudablemente, una alteración de la conciencia y la
percepción, no debida al uso de psicoactivos o de prácticas
medidativas o de inducción, si no al hecho de entregarse por
completo a la actividad que más nos apasiona.
No es el primero ni será el último en reportar este fenómeno. De
hecho, es un tema recurrente en las distintas tradiciones
espirituales y místicas, aún en sus exponentes modernos. En las
antiguas religiones orientales (Hinduismo, Budismo, Taoismo), el
estado de flujo es lo que se alcanza cuando se supera la
dualidad. “Ser uno con las cosas” es, posiblemente, otra forma
de referirse al estado de flujo.
Eckhart Tolle, un moderno maestro espiritual, dice que la
concentración absorbente que requiere una actividad peligrosa
(como las carreras de Fórmula 1), produce frecuentemente que la
mente se detenga y se alcance un estado superior de conciencia
donde obtenemos también una claridad y enfoque superiores.
“Cuando la vida está en riesgo, la mente no tiene tiempo de
tontear”.
El hecho es que el desarrollo de una actividad (de un “trabajo”),
en estado de flujo, se ha convertido en un Santo Grial para todos
aquellos que han probado no sólo el extraordinario rendimiento
que se alcanza, sino la profunda paz y alegría interior que se
experimenta. Hay desapego del resultado porque la actividad es
satisfactoria en sí misma. Se experimenta la unidad y la
sensación de amor es sobrecogedora. Es “hablar con Dios” en el
trabajo.
Es curioso que sea el amor y la entrega en lo que se hace lo que
utilizan tanto los arqueros Zen para ser extremadamente
precisos en sus disparos, como los mayores magnates del
mundo para ser extremadamente exitosos. ¿Será porque las
reglas del universo aplican tanto en los monasterios como en los
recintos de la bolsa?
Alguien, a primera vista, poco interesado en lo espiritual es
Donald Trump, el magnate inmobiliario estadounidense. Sin
embargo, para él la clave del éxito es el amor. “Tienes que amar
lo que haces”. Steve Jobs el fundador de Apple lo dice de un
modo similar: “Tienen que encontrar qué es lo que aman”.
¿Y cómo se hace para encontrar lo que amamos? La clave la
podría dar un viejo maestro griego: “conócete a ti mismo”.
Aunque, si vamos a hablar de experiencias místicas, la mejor cita
debería ser la de Buda: “Tu trabajo es encontrar tu trabajo. Y una
vez que lo encuentres, entregarte a él de todo corazón.”
Ayrton Senna lo había encontrado y estaba entregado a él de
todo corazón. Quizás sólo una vez en su carrera su mente se
interpuso entre él y su riesgosa profesión. En abril de 1994
estaba atribulado por el accidente de un amigo y la muerte de
otro en apenas dos días (el 29 y el 30), presionado por intereses
comerciales, conflictuado en su vida sentimental, demostrando
nerviosismo y desconcentración y comentiendo un error tras otro
en las pruebas de clasificación. Su médico le recomendó no
correr el Gran Premio de ese domingo. “¿Qué otra cosa puedo
hacer?”, le contestó.
Ese domingo, a los 12 segundos y ocho décimas de comenzar la
séptima vuelta del Premio de San Marino de 1994, mientras
entraba a 300 km por hora en la curva de Tamburello, su auto
tuvo un gravísimo desperfecto y quizás la mente de Ayrton se
permitió esta vez “tontear” y separarlo de su coche, volverlo a la
dualidad, quitarle una décima de segundo de reacción que le
hubiese salvado la vida. A diferencia de Eau Rouge, en esta otra
curva Ayrton ya no hablaba con Dios. El joven arquero zen
fallaba un disparo por primera y última vez en su vida.
Lo único valioso que tengo para decirte
(Septiembre de 2008)
En los últimos años (diez años posiblemente), me lo he pasado
recomendando y animando a la gente a que haga su camino
emprendedor. A que inicie su nuevo negocio, a que se anime a
vivir haciendo lo que le gusta.
Sin embargo, aunque he iniciado varios proyectos
independientes, casi siempre estuve ligado a algún “empleador”,
sea una universidad, un organismo o un ministerio. Siempre me
pregunté si no estaba, en realidad, recomendando un estilo de
vida que yo mismo no terminaba de “comprar”. “¿Y que tan
emprendedor soy yo?” me preguntaba, implacable conmigo
mismo, como de costumbre.
La semana pasada, una llamada inesperada, de una persona que
no conozco, me dio la respuesta.
Mariano apareció en el messenger diciendo algo así como: “llamó
recién un norteamericano, no le entendí muy lo que decía pero
quería hablar con vos, le pasé tu mail”. Mariano me escribía
desde la oficina de Buenos Aires, adonde había llamado esta
persona, sin haber dejado indicado, cómo me conocía ni porqué
me llamaba. De manera que decidí esperar el mail
Llegó cinco minutos después del llamado y su contenido me
sorprendió un poco. Era un mail muy amable en que esta
persona se presentaba como socio de una consultora americana,
de Chicago, y me preguntaba si tenía interés en trabajar para
ellos, desde Argentina, como una especie de consultor senior y
representante regional.
Me tomó por sorpresa. Confieso que cinco años atrás hubiera
saltado en una pata y me hubiera dispuesto a explorar lo que me
ofrecían y embarcarme en otra aventura más. Uno o dos años
atrás, posiblemente no me hubiera embarcado, pero me
hubieran torturado los remordimientos, “Cómo le voy a decir que
no a semejante ofrecimiento?”.
Mi otro yo, el “serio”, me hubiera castigado sin piedad: “es un
ofrecimiento para trabajar en una consultora americana, desde
Argentina y sin que lo hayas buscado. Es tu sueño, tarado!”.
Pero esta vez no. Esta vez sabía que no era mi sueño. No sentí
ningún remordimiento y la duda duró apenas un minuto. Mi otro
yo no tuvo ni siquiera una pequeña oportunidad de susurrarme
al oído: “estás seguro?”, como esos cartelitos del sistema
operativo que aparecen en la pantalla.
“Está seguro que quiere dejar pasar una oportunidad que cinco
años atrás hubiera hecho cualquier cosa por conseguir?”
Cuando contesté el mail, indicando (amablemente también) a
qué me dedicaba, que no estaba buscando una carrera
corporativa (o sea que no quería trabajar en ninguna empresa)
pero que estaba abierto a cualquier otra oportunidad dentro de
ese esquema (léase: un trabajo puntual, me encantaría, relación
de dependencia, no gracias), me sentí mucho mejor. Más
liviano. No porque hubiera tomado una decisión importante (la
decisión la había tomado antes, obviamente), sino porque me di
cuenta, súbitamente, que por una vez en la vida tenía claro a
dónde quería ir y qué quería hacer. Tan claro como para
rechazar una oportunidad que, en principio, sonaba muy
atractiva.
No sé que hubiese pasado de decir: “sí, me interesa. Sigamos
hablando”. Quizás llegábamos a un acuerdo o quizás no. Quizás
la oferta no era tan atractiva. No lo sé. Pero ese es el punto: que
no lo sé y no me importa. No me interesa saberlo, porque lo que
me interesa es lo que estoy haciendo ahora.
La virtud más importante que puede tener un emprendedor,
creo, es la capacidad de focalizarse. Es decir, de no distraerse de
hacer lo que en verdad quiere hacer. A veces hacer bien más de
una cosa, puede ser una maldición. Si no sabés qué es lo que
verdaderamente amás hacer, si no te permitís escucharte a vos
mismo, a tu voz profunda, la verdadera, te la pasás haciendo
muchas cosas a la vez. O cambiás rápidamente de una a otra,
dentro de todo ese grupo de cosas que podés hacer bien.
Hace un tiempo, un ex compañero de trabajo en la universidad,
viendo los giros súbitos que tomaba en mi carrera, me
preguntó (con mucha malicia y mucha envidia, pero simulando
genuina curiosidad): “¿algún día me vas a explicar de qué se
trata tu carrera?”
En ese momento yo me había transformado en una pequeña
celebridad local como “gurú” que opinaba en los medios de
macroeconomía y daba cursos de posgrado a empresarios sobre
ese tema. “Hay gente -continuaba mi compañero- que ha
trabajado toda una vida para llegar al lugar en el que estás, vos
lo lograste en dos años ¿y ahora te querés retirar?”
El comentario malicioso venía a cuento porque yo comenzaba a
retirarme de la macroeconomía para comenzar a ingresar en un
terreno mucho más cercano a la especialidad de este “colega”,
que no deseaba a nadie más en su coto privado.
Uno o dos años más tarde volvía a cambiar, esta vez debutando
como conductor de un programa de radio de noticias, sin
ninguna experiencia en el medio, pero con un entusiasmo a
prueba de balas.
En esos días, otra compañera de la misma universidad (yo seguía
part time ahí), con idéntica malicia, pero también una gran dosis
de desconcierto le preguntó a mi asistente: “qué quiere hacer
Eduardo con su carrera?”. En gran medida tenía razón en estar
desconcertada. Yo lo único que sabía era que tenía que probar,
seguir mis instintos, mis impulsos.
También me fue bien en la radio y también dejé rápidamente,
porque me había metido en muchas cosas a la vez (dormía
cuatro o cinco horas, como Neustadt), y estábamos a punto de
fundirnos en una empresa que habíamos fundado con mi
hermano, pero, más que nada, porque sabía que eso no era para
mi.
Un año después, cuando terminaba mi (¡también breve!)
incursión como funcionario público, aunque sabía que habíamos
hecho un buen trabajo en el corto tiempo que estuvimos y que
las causas que me hicieron renunciar eran suficiente justificativo
para hacerlo, también reconocía íntimamente que, de haber sido
aquella mi verdadera vocación, hubiese echo de tripas corazón
para quedarme en ese lugar. Si mi vocación hubiese sido la
política (aunque siempre avisé que no lo era), me la hubiese
aguantado para permanecer, para seguir mi sueño, si hubiese
sido ese.
Hace poco un amigo, muy amigo, me dijo: “sé cuánto te gusta lo
que hacés, pero también es cierto que si te ofreciesen un
ministerio, por ejemplo, dejarías todo para hacer eso”. Mi amigo
me conoce bastante, pero en este tema no mucho.
Yo no tenía entonces, ni tengo ahora, ninguna duda que en el
hipotético, remoto, casi totalmente imposible caso de que me
ofrecieran un cargo público yo no dudaría más que un
nanosegundo en decir no. No tengo dudas, es maravilloso. Y
pensaba eso mientras mi amigo me miraba con cara de: “dale, sé
sincero”. Lo soy, aunque nadie me crea.
Eso sólo ya era bastante bueno para mí, aunque la vida me
reservaba una alegría y una certeza aún mayores. La mayor
alegría, la mayor certidumbre de estos años, ha sido descubrir
que, al menos en este momento, no me interesa NADA que no
sea lo que estoy haciendo. Por fín tengo foco. Por fin estoy
dejando las distracciones de lado. Por fin pueden caerme con
una tentadora oferta de trabajo en una consultora americana y
puedo decir, lo más pancho: “gracias, pero me gusta lo que estoy
haciendo”.
En esos momentos es cuando siento, realmente, que no te estoy
mintiendo. Que no te vendo algo que yo no me animo a comprar
primero. Que no predico lo que no vivo. Que no tiro la piedra
para esconder la mano. Y que estoy, al fin, por una maldita vez,
de acuerdo conmigo mismo en qué es lo que quiero hacer. El
año que viene cumplo 40. Era hora, ¿no?
Por eso lo único realmente valioso que podría decirte (más allá
de los datos y los casos y los negocios), lo único que vale,
porque nace de mi propia experiencia es: tomate el tiempo para
escucharte a vos mismo. Te va a ahorrar tiempo… y energía… y
problemas… y sufrimiento.
No escuches a nadie. Ni a tus viejos, ni a tus hermanos, ni a tus
amigos, ni a los millones de bienintencionadas personas que
quieren lo mejor para vos, pero no saben un cuerno sobre qué es
lo mejor para vos. No saben lo que querés. Porque, si a vos te
cuesta descubrirlo, ¿cómo podrían saberlo ellos?
No escuches a nadie, o mejor, escuchalos a todos, pero hacé lo
que vos quieras. Escuchate primero vos. Escuchá esa tenue
vocecita que primero susurra, tímida y atemorizada porque hace
años que la hacés callar a los gritos o que la ignorás
olímpicamente. Dejala que crezca y se transforme en una voz
firme y clara. Dejala que te guíe. Dejala que te cuide y le conteste
ella a los que te pregunten: “qué querés hacer con tu carrera?”.
Observá como les contesta: “es asunto nuestro, flaco, vos
ocupate de lo tuyo”.
Y cuando esa voz haya tomado confianza y la escuches sin
problema y se hagan amigos, la vida se te va a ir volviendo más
sencilla, te lo juro, las decisiones van a volverse más fáciles y te
va a parecer que todo empieza a fluir. Al pricipio no te vas a dar
cuenta. Es muy sutil. Pero va a llegar un día en que la vida te va a
poner otra vez en la situación de elegir entre dos caminos. Te va
a poner otra oportunidad enfrente, una bien atractiva, aunque te
aleje otra vez de tus sueños. Y esta vez, la vas a dejar pasar. Sin
dudas, sin complejos, sin remordimientos. En ese momento te
vas a dar cuenta de lo que lograste.
Y cuando tomes la decisión (y contestes el mail, la carta o a la
persona que te está ofreciendo esa oportunidad atractiva) y le
digas que no, en tu cabeza va a aparecer otra vez ese cartelito de
tu sistema operativo: “¿Está seguro?”. Pero esta vez, por primera
vez, no vas a dudar. Vas a mover el mouse y hacer click en SI.