En la Zona F

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En la Zona F
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Ideas para vivir con pasion e inspiracion la empresa de tu vida.

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8/13/2010
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EN LA ZONA F

IDEAS PARA VIVIR CON PASIÓN E

INSPIRACIÓN LA EMPRESA DE TU VIDA









EDUARDO REMOLINS

Postales desde el hogar





Hay un momento en que no controlo más la situación. La

situación me controla a mí.

Y en ese instante, lejos de lo que podría parecer, la sensación es

muy agradable. Existe una seguridad interior muy real y una

alegría serena.

Sólo hay que dejarse llevar y entonces las palabras fluyen. O

mejor dicho, lo que fluyen son las ideas. Llegan a borbotones, en

tropel, y lo único que hay que hacer es asignarles una palabra o

un conjunto de palabras, las que mejor mejor transmitan su

significado.

El proceso es automático, sencillo y casi sin esfuerzo, y el

resultado es infinitamente superior a lo que uno podría lograr

haciendo un uso escrupuloso de sus facultades y de su

pensamiento.

De hecho, esa es la clave: no es pensamiento, es inspiración.

Sé que eso me pasa a mí, dando una conferencia o escribiendo,

por ejemplo, pero también que le pasa a millones de personas,

en esa o en miles de otras actividades.

Les pasa a muchos actores, músicos, artesanos, deportistas y

empresarios. Cuando uno encuentra ese lugar todo fluye, todo

se disfruta, y no querrías irte nunca.

El fluir se hace evidente en la dedicación gozosa con que el

orfebre trabaja el metal, completamente abstraído sobre el

objeto que está creando, en el aplomo y seguridad con que un

empresario conduce una negociación o en la concentración de

un tenista que sólo ve una pelotita viajando a 150 km por hora.

Es algo que alcanza el científico que experimenta

incansablemente en busca de una respuesta y también el

cocinero que mezcla y prueba hasta lograr el sabor, el color y la

consistencia que desea.

El tiempo parece no transcurrir y el resultado, inclusive, pasa a

un segundo plano. Porque uno no hace eso para lograr algo, lo

hace porque lo disfruta.

Lo placentero es el proceso, no el resultado.

Por supuesto, no pretendo decir que yo viva en ese estado

permanentemente. De hecho, como la mayoría de nosotros,

apenas logro atisbos de ese paisaje sublime.

Entro y salgo de esa zona como un turista que siempre quiere

volver.

Sin embargo, conozco el lugar y sé como llegar. Lo he recorrido

y puedo recomendarlo. Sé que vale la pena, sé que es real, y sé

que ese es el modo en que, paradójicamente, se alcanzan los

mejores resultados.

Este libro recopila artículos, escritos en diferentes medios y casi

siempre publicados en mi blog, que hablan sobre ese país

maravilloso. Ese que a veces se llama “momento blanco”, a veces

“estado de flujo”, “hack mode”, “estar en la zona” o “estado de

no-mente”.

Yo lo llamo en este libro “la Zona F”, pero sigue siendo lo mismo.

Cada artículo tiene alguna pista para acercarse a ese lugar.

Alguna indicación, a veces sutil, que ofrezco como esos autores

de guías de turismo que conocen el valor de algún destino

exótico y maravilloso, pero poco transitado, y que sugieren, casi

en voz baja, que lo visitemos.

Lo cierto es que estoy convencido de que, lejos de ser un

hermoso lugar de vacaciones, ese estado, esa zona, es nuestra

casa. Sólo que partimos hace mucho y lo hemos olvidado.

Ese es el hogar al que siempre estamos volviendo.

Y como esa ciudad amada en la que hemos nacido pero a la que

no hemos vuelto desde chicos, a veces necesitamos algunas

indicaciones para encontrarla… o para recordarla.

Para mi es un placer escribir estos recordatorios, estas postales

desde el hogar. Especialmente porque nuestro largo regreso a

casa está cambiando todo, el “mundo del trabajo” y la economía

también.

El mundo que conocimos se está transformando de un modo y a

una velocidad que pronto será irreconocible.

Pronto posiblemente nos unamos a esa minoría de privilegiados

que volvieron al hogar y vivieron legándonos las mejores obras

del arte, la ciencia, el deporte y la empresa. Vamos a estar, de

algún modo, más cerca de Mozart, de Edison, de Leonardo, de

Ford, de Dalí o de los Beatles.

Y eso porque en el futuro próximo quizás será impensable que

alguien trabaje en algo que no lo apasiona. Será extraño recordar

los días en que “trabajo” significaba algo opuesto al placer. Y ya

no estaremos abocados a “producir”, sino que todos estaremos

creando. Cómodos y a nuestras anchas. De vuelta en casa.









Eduardo Remolins

Diciembre de 2009.

El “momento blanco” (Agosto de 2007)





La cámara captó el instante justo en que Diego comenzaba a

enmudecer al estadio cuando, con un movimiento de increíble

plasticidad, se adelantó a la salida del arquero italiano y

“cacheteó” la pelota al fondo del arco.

La foto de ese gol del partido Argentina- Italia del Mundial de

1986 registra la cara de incredulidad de Scirea (el último

defensor), mientras miraba a la pelota perderse en la red, pero

también un gesto de Maradona, típico de esas definiciones

geniales: la boca entreabierta con la mandíbula totalmente

relajada, apenas sacando la lengua.

Los médicos explicarían más tarde que un gesto tan distendido

era infrecuente en acciones deportivas, plagadas de rostros

crispados y gestos de esfuerzo, pero común para genios como

Diego, en el momento en que consumaban sus obras maestras.

Un segundo antes de definir la jugada, el cuerpo del Pelusa se

relajaba completamente y sus movimientos adquirían una

precisión y seguridad fuera de lo común.

No sólo los grandes deportistas conocen ese momento sublime.

Los artistas también, de hecho los actores lo llaman “momento

blanco”. Los sicólogos prefieren denominarlo “estado de flujo”.

“Fluir” es estar inspirado, realizar con sencillez las tareas más

complicadas y ver con claridad meridiana lo que antes nos

parecía inabordable.

En el budismo Zen este estado sería descripto como el de “no

mente”, una situación en que la intuición y la guía para realizar

con maestría alguna actividad, nos llega cuando no estamos

pensando (conscientemente) en ella.

El “fluir” no se da cuando nuestra preparación es insuficiente.

Pero la preparación y formación previas suelen florecer, en

muchos casos, como intuición o inspiración.

Los mejores empresarios de todas las épocas han sabido valorar

esto. Jimmy Goldsmith, el multimillonario británico, solía reírse

de los banqueros que temblaban viéndolo arriesgar su imperio

comercial en operaciones que ellos consideraban locuras. El

confiaba en su intuición. Lo mismo hizo Claudio Bonomi, el

fundador de Kosiuko, cuando se endeudó con su tarjeta de

crédito más allá de lo recomendable, para abrir su primer local

en un shopping. Bonomi, como tantos otros, tuvo su “momento

blanco”.

La preparación es indispensable, pero la intuición existe.

Cualquier buen empresario lo sabe. Diego también.

El antídoto (Septiembre de 2007)





Me gano la vida hablando y escribiendo sobre empresas. En

realidad no la gano, la vivo, porque esto es lo que más me gusta

hacer.

Como se pueden imaginar, conozco muchas empresas. Soy

como un chico que colecciona figuritas y le encanta mirarlas y

mostrárselas a sus amigos. Me fascinan y puedo hablar de ellas

con más pasión que ninguna otra cosa.

Sin embargo, no me gusta cualquier figurita. Soy detallista y

exigente, y sólo me emociono con las más lindas, las que son

especiales. Atesoro las difíciles y cultivo el arte de encontrarlas.

Para mí las mejores figuritas son empresas humanas, antes que

mercantiles. Admiro a quienes hacen lo que aman y persiguen

sus sueños con la ingenuidad de un niño y esa tenacidad que

conmueve. Gente que elige la vida que quiere y se zambulle en la

aventura de hacer de eso un negocio, aunque tenga que remar

contracorriente.

Por eso cada tanto me hacen sentir un idiota. Cada tanto me

cruzo con alguien que me dice, de una u otra manera, que lo que

yo amo no existe. Que en los negocios se trata de hacer plata.

Punto. Y que la plata siempre es un poquito sucia. Que los

sueños y las pasiones los tenés que reservar para los hobbies y

que la vida se trata de ir resignándose a eso. Morirse de a

poquito, en cómodas cuotas.

En algunas ocasiones (cada vez menos frecuentes), comienzo a

dudar. ¿No tendrán razón los escépticos? ¿No estaré equivocado

yo? El cinismo es un veneno, de los más poderosos, y en esos

momentos necesito con urgencia un antídoto, antes de

resignarme y empezar a morirme de a poquito. Antes de perder

la capacidad de sorprenderme y emocionarme. Porque de eso se

trata la vida, ¿no? De sorprenderse y emocionarse.

El viernes pasado fuimos con unos amigos a escalar el cerro

Champaquí, en Córdoba, y volví emocionado y sorprendido. No

sólo porque subí una montaña y me encantó. Tampoco porque

vivimos tres días en medio de un paisaje de ensueño y pudimos

jugar a que éramos escaladores.

Eso nos emocionó a todos, pero creo que además me

conmoví por una de esas cosas que a mí me llegan tanto:

encontré dos tipos que me dieron un ejemplo, fresquito y vívido,

de lo que es vivir de un sueño. Vivir TU sueño. Perseguirlo… y

alcanzarlo. Cuidarlo, nutrirlo y desarrollarlo. Ponerle ganas a las

cosas y hacer de los detalles un culto y un placer.

Miguel y Mariano son los dueños de Alto Rumbo, la empresa que

contratamos para hacer la excursión. No podría estar más

satisfecho de haberlos elegido. Yo no me sentía mal ni me había

encontrado, en los días previos, con ningún escéptico que me

inoculara su veneno, pero de todas maneras esta gente me

ofreció, en esos tres días, la perfecta cura. La mezcla balanceada

de imaginación, amor, pasión, energía y coraje que hace falta

para vivir un sueño. Me dieron el antídoto contra el cinismo.

Dice Miguel que en Berrotarán, su pueblo, mucha gente ni

siquiera entiende de qué vive. No sabe qué es el turismo

aventura y no comprende por qué dejó su tranquilo y seguro

trabajo de profesor. Sé cómo se siente. El montañismo era su

hobby, su amor. Y le deben haber dicho que no se puede vivir

del amor.

Miguel hizo de todo hasta que descubrió que salía el último tren

para vivir su sueño, y no lo dejó pasar. Empezó tímidamente a

armar excursiones guiadas al cerro, que ofrecía desde su página

web, armada años antes por gusto, no por negocio.

A su socio lo encontró después, cuando ya era un guía

conocido. Mariano administraba un refugio de montaña que

había reparado con sus propias manos. Lo había descubierto

abandonado, en uno de sus viajes por la montaña en el camión

Unimog con que hacía fletes para la gente de esa región casi

inaccesible. La complementación les resultó evidente y el sueño

era compartido.

Esa es la historia corta. La larga consta de miles de detalles.

Supongo que de sufrimientos y de alegrías. Para mí se trató de

verlos despertarse a las 6, preparar el desayuno para 13

personas, guiarnos caminando 7 horas por la montaña, volver al

refugio a preparar la merienda, luego la cena y acostarse a la

una después de terminar de lavar el último plato. Para mí fue

verlos reparar el tanque de agua, dar las charlas de seguridad,

llevarte a los mejores rincones de la montaña (que conocen

como la palma de su mano) y esmerarse hasta en preparar los

postres.

Uno podría pensar que, de tanto ver empresas, se pierde la

capacidad de asombrarse con una nueva. Conmigo no es ese el

caso. Por lo menos no con empresas como Alto Rumbo.

El domingo a la noche volvíamos de Córdoba y en el colectivo

pasaban una película mala. Un hombre se despierta y descubre

que fue envenenado mientras dormía. El resto de la peli se lo

pasa buscando el antídoto, mientras se muere de a poquito.

Aunque me llamó la atención el argumento y era

extremadamente violenta, me quedé dormido rápido y muy

tranquilo. Después de todo, yo ya tenía mi antídoto.

¿Dónde está el filón? (Julio de 2007)



Es una escena que se repite con frecuencia. Una persona pide

una consulta y al entrar a mi oficina, después de los saludos de

rigor y de algún comentario sobre el clima, suelta la pregunta:

“estoy buscando independizarme y quiero saber qué cosas

pueden ser buen negocio”. Puedo adivinar lo que está pensando:

“¿Dónde está “el filón”, señor economista?”. Donde Ud. menos se

lo imagina, señor emprendedor.



De todas las entrevistas a empresarios y emprendedores que he

hecho una de las cosas que me han quedado más claras es que

la pasión es lo que lleva al éxito, en cualquier negocio o sector y

en cualquier tiempo. El filón es la pasión, y lo bueno es que

todos tenemos una pasión. Aunque la ansiedad nos traicione,

eso es lo que hay que buscar primero. De cualquier pasión se

puede hacer luego un buen negocio.

¿Qué tienen en común Steve Jobs (el fundador de Apple),

Madonna, Manu Ginóbili y Páez Vilaró (el célebre pintor

uruguayo)? Dos cosas: hacen lo que aman y ganan muy buen

dinero haciéndolo. Pero las dos están relacionadas: les va muy

bien, precisamente, porque hacen lo que aman. De acuerdo, el

talento cuenta, y mucho. Pero no lo es todo. ¿Es acaso Madonna

la mejor cantante?



Más allá de los casos glamorosos, la pasión es una razón

práctica y concreta que explica el éxito económico. ¿Por qué?

Porque cuando se está enamorado de lo que se hace uno tiene

varias ventajas:

1- No se rinde nunca, ni siquiera considera esa posibilidad.

Aunque los objetivos tarden en conseguirse, se disfruta el

proceso, no sólo la llegada a la meta. Uno es feliz “mientras

tanto” y sigue intentando.





2- La mente trabaja 24 horas para alcanzar el objetivo. Uno es

más creativo y está más enfocado, dado que tendemos a

pensar más en las cosas que más nos gustan o interesan.





3- Los golpes y desilusiones (inevitables), se absorben más

facilmente. El empresario apasionado es como esos

boxeadores que cuando les toca “cobrar” ni siquiera

trastabillan.

Pero, si no me creen a mí, escuchen a Jobs: “A veces la vida te

pega con un ladrillo. No pierdan la fe. Estoy convencido de que

la única cosa que me mantuvo en marcha fue mi amor por lo que

hacía. Tienen que encontrar qué es lo que aman.



“El trabajo va a llenar gran parte de su vida, y la única forma de

estar realmente satisfecho es hacer lo que consideran un trabajo

genial. Y la única forma de tener un trabajo genial es amar lo

que hacen. Si aún no lo han encontrado, sigan buscando. No se

conformen.”



Busquen el filón, pero no afuera. Búsquenlo adentro.

Lo que me enseñó Paul Potts (Enero de 2008)



Paul Potts era un tímido vendedor de teléfonos celulares del sur

de Gales. Un hombre sencillo e inseguro que amaba la música.

De hecho, su sueño era vivir haciendo eso que él creía que había

nacido para hacer: cantar ópera.

En Febrero de 2007 ingresó a la versión británica del reality show

American Idol (llamadoBritain´s Got Talent), y apenas salió a

escena en su primera presentación en Cardiff le preguntaron

para qué estaba allí. “Para cantar ópera”, fue su respuesta.

Dos de los tres jurados intercambiaron miradas cómplices y

escépticas mientras el tercero, el famosamente cruel Simon

Cowell, se cruzaba de brazos reclinándose en la silla, a la espera

de su momento para maltratar al participante.

No pudo darse el gusto. En los primeros diez segundos de su

interpretación de Nessun Dorma, Paul ya había despertado

ovaciones de pie en el público, lágrimas en el jurado y una

expresión de asombro inolvidable en Cowell.

“La confianza siempre ha sido un problema para mi”, había

declarado Potts antes de salir a escena, “siempre me ha

resultado difícil confiar en mi mismo”. Quizás por eso vendía

celulares en lugar de discos. Quizás lo mismo pensó Simon, que

le dijo sorprendido: “¿Vendés celulares y sabés hacer esto?”.

Pocas veces he visto una escena tan conmovedora e inspiradora

como el video de la presentación de Paul, que puede encontrarse

en You Tube (si no lo vieron, por favor háganlo). Y he decidido

que lo voy a usar como caso en mi trabajo, por la simple razón

de que emprender es ni más ni menos que lo que hizo

Paul: buscar todo el tiempo cómo vivir haciendo lo que creemos

que nacimos para hacer. Se trata de buscar y, eventualmente, de

encontrar.

Paul nos enseñó dos cosas:

1- Que la falta de confianza puede hacer que vendamos

celulares, cuando lo que queremos es cantar (o viceversa, da

lo mismo).

2- Que si la pasión es lo suficientemente fuerte y genuina,

logra superar cualquier falta de confianza. Logra que un

hombre tímido se enfrente a 2000 personas, cámaras de

televisión e inclusive a Simon.

Paul ganó el concurso. En Julio lanzó su CD One Chance, que

alcanzó el primer lugar en ventas en el Reino Unido.

Ya no vende celulares.

Cómo hablar con Dios en el trabajo

(Noviembre de 2009)



Durante 24 segundos todos vuelan en un ascenso con quiebres a

un lado y a otro, izquierda-derecha-izquierda, mientras siguen

avanzando, ciegos. “Desde el cockpit no se puede ver la salida y

conforme vas subiendo no sabes donde vas a aterrizar”, dijo una

vez el asturiano Fernando Alonso.

Ayrton Senna da Silva decía que hablaba con Dios precisamente

ahí, en Eau Rouge, esa curva del circuito de F1 SPA-

Francorchamps de Bélgica, que le pone los pelos de punta a

todos y que sin embargo, dicen, representa “la más preciada

gota del maravilloso elixir de la F1.”

Aunque era una persona de una religiosidad franca y abierta (que

hasta era motivo de burlas), esta y otras experiencias del piloto

brasileño parecían, sin embargo, ir más allá de lo que

tradicionalmente conocemos como Fe. Una de sus experiencias

místicas más importantes no ocurrió en Bélgica, sino en

Montecarlo, durante las pruebas de clasificación para el Gran

Premio de 1988.“Recuerdo que corría más y más deprisa en cada

vuelta. Ya había conseguido la pole por unas décimas de

segundo, y luego por medio segundo, y después por casi un

segundo, y después por más de un segundo. Y más y más. Llegó

un momento en que yo era dos segundos más rápido que

cualquier otro, incluyendo a mi compañero de equipo, que

conducía un coche igual. En aquel momento me di cuenta, de

repente, que estaba pasando los límites de la consciencia.

Mónaco es corto y estrecho, y, entonces, tuve la sensación de

que estaba en un túnel, el circuito, para mí, era sólo un túnel.”

Lo que Senna describía es lo que el sicólogo ruso Mihály

Csíkszentmihályi llama “estar en estado de flujo”. Según él,

cuando se está en flujo “el ego desaparece. El tiempo vuela. Cada

acción, movimiento y pensamiento sigue inevitablemente al

anterior, como cuando se toca jazz. Todo tu ser está involucrado

y usas tus habilidades al máximo.”

Csikszentmihályi reporta a través de los numerosos estudios y

experimentos que ha desarrollado, 9 factores presentes en el

estado de flujo, algunos de los cuáles son: distorsión del sentido

del tiempo, acción sin esfuerzo y desapego del resultado. Lo que

describe es, indudablemente, una alteración de la conciencia y la

percepción, no debida al uso de psicoactivos o de prácticas

medidativas o de inducción, si no al hecho de entregarse por

completo a la actividad que más nos apasiona.

No es el primero ni será el último en reportar este fenómeno. De

hecho, es un tema recurrente en las distintas tradiciones

espirituales y místicas, aún en sus exponentes modernos. En las

antiguas religiones orientales (Hinduismo, Budismo, Taoismo), el

estado de flujo es lo que se alcanza cuando se supera la

dualidad. “Ser uno con las cosas” es, posiblemente, otra forma

de referirse al estado de flujo.

Eckhart Tolle, un moderno maestro espiritual, dice que la

concentración absorbente que requiere una actividad peligrosa

(como las carreras de Fórmula 1), produce frecuentemente que la

mente se detenga y se alcance un estado superior de conciencia

donde obtenemos también una claridad y enfoque superiores.

“Cuando la vida está en riesgo, la mente no tiene tiempo de

tontear”.

El hecho es que el desarrollo de una actividad (de un “trabajo”),

en estado de flujo, se ha convertido en un Santo Grial para todos

aquellos que han probado no sólo el extraordinario rendimiento

que se alcanza, sino la profunda paz y alegría interior que se

experimenta. Hay desapego del resultado porque la actividad es

satisfactoria en sí misma. Se experimenta la unidad y la

sensación de amor es sobrecogedora. Es “hablar con Dios” en el

trabajo.

Es curioso que sea el amor y la entrega en lo que se hace lo que

utilizan tanto los arqueros Zen para ser extremadamente

precisos en sus disparos, como los mayores magnates del

mundo para ser extremadamente exitosos. ¿Será porque las

reglas del universo aplican tanto en los monasterios como en los

recintos de la bolsa?

Alguien, a primera vista, poco interesado en lo espiritual es

Donald Trump, el magnate inmobiliario estadounidense. Sin

embargo, para él la clave del éxito es el amor. “Tienes que amar

lo que haces”. Steve Jobs el fundador de Apple lo dice de un

modo similar: “Tienen que encontrar qué es lo que aman”.

¿Y cómo se hace para encontrar lo que amamos? La clave la

podría dar un viejo maestro griego: “conócete a ti mismo”.

Aunque, si vamos a hablar de experiencias místicas, la mejor cita

debería ser la de Buda: “Tu trabajo es encontrar tu trabajo. Y una

vez que lo encuentres, entregarte a él de todo corazón.”

Ayrton Senna lo había encontrado y estaba entregado a él de

todo corazón. Quizás sólo una vez en su carrera su mente se

interpuso entre él y su riesgosa profesión. En abril de 1994

estaba atribulado por el accidente de un amigo y la muerte de

otro en apenas dos días (el 29 y el 30), presionado por intereses

comerciales, conflictuado en su vida sentimental, demostrando

nerviosismo y desconcentración y comentiendo un error tras otro

en las pruebas de clasificación. Su médico le recomendó no

correr el Gran Premio de ese domingo. “¿Qué otra cosa puedo

hacer?”, le contestó.

Ese domingo, a los 12 segundos y ocho décimas de comenzar la

séptima vuelta del Premio de San Marino de 1994, mientras

entraba a 300 km por hora en la curva de Tamburello, su auto

tuvo un gravísimo desperfecto y quizás la mente de Ayrton se

permitió esta vez “tontear” y separarlo de su coche, volverlo a la

dualidad, quitarle una décima de segundo de reacción que le

hubiese salvado la vida. A diferencia de Eau Rouge, en esta otra

curva Ayrton ya no hablaba con Dios. El joven arquero zen

fallaba un disparo por primera y última vez en su vida.

Lo único valioso que tengo para decirte

(Septiembre de 2008)





En los últimos años (diez años posiblemente), me lo he pasado

recomendando y animando a la gente a que haga su camino

emprendedor. A que inicie su nuevo negocio, a que se anime a

vivir haciendo lo que le gusta.

Sin embargo, aunque he iniciado varios proyectos

independientes, casi siempre estuve ligado a algún “empleador”,

sea una universidad, un organismo o un ministerio. Siempre me

pregunté si no estaba, en realidad, recomendando un estilo de

vida que yo mismo no terminaba de “comprar”. “¿Y que tan

emprendedor soy yo?” me preguntaba, implacable conmigo

mismo, como de costumbre.

La semana pasada, una llamada inesperada, de una persona que

no conozco, me dio la respuesta.

Mariano apareció en el messenger diciendo algo así como: “llamó

recién un norteamericano, no le entendí muy lo que decía pero

quería hablar con vos, le pasé tu mail”. Mariano me escribía

desde la oficina de Buenos Aires, adonde había llamado esta

persona, sin haber dejado indicado, cómo me conocía ni porqué

me llamaba. De manera que decidí esperar el mail

Llegó cinco minutos después del llamado y su contenido me

sorprendió un poco. Era un mail muy amable en que esta

persona se presentaba como socio de una consultora americana,

de Chicago, y me preguntaba si tenía interés en trabajar para

ellos, desde Argentina, como una especie de consultor senior y

representante regional.

Me tomó por sorpresa. Confieso que cinco años atrás hubiera

saltado en una pata y me hubiera dispuesto a explorar lo que me

ofrecían y embarcarme en otra aventura más. Uno o dos años

atrás, posiblemente no me hubiera embarcado, pero me

hubieran torturado los remordimientos, “Cómo le voy a decir que

no a semejante ofrecimiento?”.

Mi otro yo, el “serio”, me hubiera castigado sin piedad: “es un

ofrecimiento para trabajar en una consultora americana, desde

Argentina y sin que lo hayas buscado. Es tu sueño, tarado!”.

Pero esta vez no. Esta vez sabía que no era mi sueño. No sentí

ningún remordimiento y la duda duró apenas un minuto. Mi otro

yo no tuvo ni siquiera una pequeña oportunidad de susurrarme

al oído: “estás seguro?”, como esos cartelitos del sistema

operativo que aparecen en la pantalla.

“Está seguro que quiere dejar pasar una oportunidad que cinco

años atrás hubiera hecho cualquier cosa por conseguir?”

Cuando contesté el mail, indicando (amablemente también) a

qué me dedicaba, que no estaba buscando una carrera

corporativa (o sea que no quería trabajar en ninguna empresa)

pero que estaba abierto a cualquier otra oportunidad dentro de

ese esquema (léase: un trabajo puntual, me encantaría, relación

de dependencia, no gracias), me sentí mucho mejor. Más

liviano. No porque hubiera tomado una decisión importante (la

decisión la había tomado antes, obviamente), sino porque me di

cuenta, súbitamente, que por una vez en la vida tenía claro a

dónde quería ir y qué quería hacer. Tan claro como para

rechazar una oportunidad que, en principio, sonaba muy

atractiva.

No sé que hubiese pasado de decir: “sí, me interesa. Sigamos

hablando”. Quizás llegábamos a un acuerdo o quizás no. Quizás

la oferta no era tan atractiva. No lo sé. Pero ese es el punto: que

no lo sé y no me importa. No me interesa saberlo, porque lo que

me interesa es lo que estoy haciendo ahora.

La virtud más importante que puede tener un emprendedor,

creo, es la capacidad de focalizarse. Es decir, de no distraerse de

hacer lo que en verdad quiere hacer. A veces hacer bien más de

una cosa, puede ser una maldición. Si no sabés qué es lo que

verdaderamente amás hacer, si no te permitís escucharte a vos

mismo, a tu voz profunda, la verdadera, te la pasás haciendo

muchas cosas a la vez. O cambiás rápidamente de una a otra,

dentro de todo ese grupo de cosas que podés hacer bien.

Hace un tiempo, un ex compañero de trabajo en la universidad,

viendo los giros súbitos que tomaba en mi carrera, me

preguntó (con mucha malicia y mucha envidia, pero simulando

genuina curiosidad): “¿algún día me vas a explicar de qué se

trata tu carrera?”

En ese momento yo me había transformado en una pequeña

celebridad local como “gurú” que opinaba en los medios de

macroeconomía y daba cursos de posgrado a empresarios sobre

ese tema. “Hay gente -continuaba mi compañero- que ha

trabajado toda una vida para llegar al lugar en el que estás, vos

lo lograste en dos años ¿y ahora te querés retirar?”

El comentario malicioso venía a cuento porque yo comenzaba a

retirarme de la macroeconomía para comenzar a ingresar en un

terreno mucho más cercano a la especialidad de este “colega”,

que no deseaba a nadie más en su coto privado.

Uno o dos años más tarde volvía a cambiar, esta vez debutando

como conductor de un programa de radio de noticias, sin

ninguna experiencia en el medio, pero con un entusiasmo a

prueba de balas.

En esos días, otra compañera de la misma universidad (yo seguía

part time ahí), con idéntica malicia, pero también una gran dosis

de desconcierto le preguntó a mi asistente: “qué quiere hacer

Eduardo con su carrera?”. En gran medida tenía razón en estar

desconcertada. Yo lo único que sabía era que tenía que probar,

seguir mis instintos, mis impulsos.

También me fue bien en la radio y también dejé rápidamente,

porque me había metido en muchas cosas a la vez (dormía

cuatro o cinco horas, como Neustadt), y estábamos a punto de

fundirnos en una empresa que habíamos fundado con mi

hermano, pero, más que nada, porque sabía que eso no era para

mi.

Un año después, cuando terminaba mi (¡también breve!)

incursión como funcionario público, aunque sabía que habíamos

hecho un buen trabajo en el corto tiempo que estuvimos y que

las causas que me hicieron renunciar eran suficiente justificativo

para hacerlo, también reconocía íntimamente que, de haber sido

aquella mi verdadera vocación, hubiese echo de tripas corazón

para quedarme en ese lugar. Si mi vocación hubiese sido la

política (aunque siempre avisé que no lo era), me la hubiese

aguantado para permanecer, para seguir mi sueño, si hubiese

sido ese.

Hace poco un amigo, muy amigo, me dijo: “sé cuánto te gusta lo

que hacés, pero también es cierto que si te ofreciesen un

ministerio, por ejemplo, dejarías todo para hacer eso”. Mi amigo

me conoce bastante, pero en este tema no mucho.

Yo no tenía entonces, ni tengo ahora, ninguna duda que en el

hipotético, remoto, casi totalmente imposible caso de que me

ofrecieran un cargo público yo no dudaría más que un

nanosegundo en decir no. No tengo dudas, es maravilloso. Y

pensaba eso mientras mi amigo me miraba con cara de: “dale, sé

sincero”. Lo soy, aunque nadie me crea.

Eso sólo ya era bastante bueno para mí, aunque la vida me

reservaba una alegría y una certeza aún mayores. La mayor

alegría, la mayor certidumbre de estos años, ha sido descubrir

que, al menos en este momento, no me interesa NADA que no

sea lo que estoy haciendo. Por fín tengo foco. Por fin estoy

dejando las distracciones de lado. Por fin pueden caerme con

una tentadora oferta de trabajo en una consultora americana y

puedo decir, lo más pancho: “gracias, pero me gusta lo que estoy

haciendo”.

En esos momentos es cuando siento, realmente, que no te estoy

mintiendo. Que no te vendo algo que yo no me animo a comprar

primero. Que no predico lo que no vivo. Que no tiro la piedra

para esconder la mano. Y que estoy, al fin, por una maldita vez,

de acuerdo conmigo mismo en qué es lo que quiero hacer. El

año que viene cumplo 40. Era hora, ¿no?

Por eso lo único realmente valioso que podría decirte (más allá

de los datos y los casos y los negocios), lo único que vale,

porque nace de mi propia experiencia es: tomate el tiempo para

escucharte a vos mismo. Te va a ahorrar tiempo… y energía… y

problemas… y sufrimiento.

No escuches a nadie. Ni a tus viejos, ni a tus hermanos, ni a tus

amigos, ni a los millones de bienintencionadas personas que

quieren lo mejor para vos, pero no saben un cuerno sobre qué es

lo mejor para vos. No saben lo que querés. Porque, si a vos te

cuesta descubrirlo, ¿cómo podrían saberlo ellos?

No escuches a nadie, o mejor, escuchalos a todos, pero hacé lo

que vos quieras. Escuchate primero vos. Escuchá esa tenue

vocecita que primero susurra, tímida y atemorizada porque hace

años que la hacés callar a los gritos o que la ignorás

olímpicamente. Dejala que crezca y se transforme en una voz

firme y clara. Dejala que te guíe. Dejala que te cuide y le conteste

ella a los que te pregunten: “qué querés hacer con tu carrera?”.

Observá como les contesta: “es asunto nuestro, flaco, vos

ocupate de lo tuyo”.

Y cuando esa voz haya tomado confianza y la escuches sin

problema y se hagan amigos, la vida se te va a ir volviendo más

sencilla, te lo juro, las decisiones van a volverse más fáciles y te

va a parecer que todo empieza a fluir. Al pricipio no te vas a dar

cuenta. Es muy sutil. Pero va a llegar un día en que la vida te va a

poner otra vez en la situación de elegir entre dos caminos. Te va

a poner otra oportunidad enfrente, una bien atractiva, aunque te

aleje otra vez de tus sueños. Y esta vez, la vas a dejar pasar. Sin

dudas, sin complejos, sin remordimientos. En ese momento te

vas a dar cuenta de lo que lograste.

Y cuando tomes la decisión (y contestes el mail, la carta o a la

persona que te está ofreciendo esa oportunidad atractiva) y le

digas que no, en tu cabeza va a aparecer otra vez ese cartelito de

tu sistema operativo: “¿Está seguro?”. Pero esta vez, por primera

vez, no vas a dudar. Vas a mover el mouse y hacer click en SI.


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