EL ÚLTIMO VERANO EN TÁNGER Juan Vega Montoya by ptq12475

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									EL ÚLTIMO VERANO EN TÁNGER
       Juan Vega Montoya




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    Título: El último Verano en Tánger
    Autor: Juan Vega Montoya
    ISBN 84-8454-045-6
    Depósito legal: A-899-2000

    Edita: Editorial Club Universitario
    web: www.editorial-club-universitario.es

    Printed in Spain
    Imprime: Imprenta Gamma. Telf.: 96 567 19 87
    C/ Cottolengo, 25 – San Vicente (Alicante)
    e-mail: gamma@1gamma.com
    web: www.1gamma.com

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        A Paquita, por animarme a
    enfrentarme a una tarea que yo
consideraba superior a mis fuerzas.




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               P R Ó L O G O.

Dicen que, en el curso de una vida, un hombre debe
tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Me
quedaba pendiente la última asignatura. Ya es cosa
hecha.
Desde que salí de Tánger en 1973, me llevé, oculta entre
los pliegues de mi memoria, una semilla de recuerdos.
Con los años, la simiente germinó, el frágil tallo creció,
se endureció y el poblado follaje que brotó, apretado,
comprimido, ocupó todo el espacio del que disponía,
buscando, exigiendo una salida. He tenido que dársela
sin más esperar. ¡Que alivio!
El resultado de la poda es el relato del corto paso de
unos meses en las vidas de unos amigos, durante el
verano que precedió a la abrogación de la Carta Real de
Tánger. Unos amigos a los que tengo mucho cariño y
que, a no dudar, se reconocerán en cuanto lean las
primeras líneas. Para los nostálgicos que somos todos he
salpicado mi historia de estampas, de instantáneas en
forma de flash-backs, que les permitirán rememorar los
años lejanos de aquella época.
Pido perdón al lector por no haber cruzado la frontera
del Zoco de Afuera y haber limitado mis incursiones a
la parte baja de la ciudad. Creo que el vivir mi infancia
y mi adolescencia en el antiguo Tánger ha influido
fuertemente en la elección de los lugares descritos. De
cualquier forma, estoy convencido de que el viejo casco
de una ciudad constituye el mejor espejo para reflejar su
carácter y su personalidad pues en él se encuentran y
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viven sus rincones más típicos y sus personajes más
sabrosos. Prueba de ello es que establecimientos como
"Elías el de los Pinchitos" o el "Bar Segovia", al
trasladarse al Tánger moderno, perdieron gran parte de
su sello, mientras que los cafés de la Plaza de Francia
jamás consiguieron competir en solera con los del Zoco
Chico.
Al recorrer las páginas, puede que alguien se percate de
que algunos de los acontecimientos no coinciden con las
fechas y que ciertos actores, en su tiempo, no
interpretaron parte de los hechos reseñados. Estos
cambios se deben esencialmente a la voluntad de
condensar, en un corto lapso de tiempo, una historia que
se forjó a lo largo de los años y a un deseo de reducir al
mínimo los participantes, para no distraer la atención
del lector, en un intento de mantener siempre vivo su
interés, evitándole ser devorado, como a menudo
sucede, por una multitud de personajes.
Por otra parte, para el lector poco conocedor de las
costumbres tangerinas, algunos de los términos
empleados, tales como "moro" o "judío", podrán parecer
peyorativos. Lejos de mí tal idea. No hay que olvidar
que el tangerino, criado en un crisol de razas,
nacionalidades y confesiones religiosas, salvo rarísimas
excepciones, jamás fue racista. Las apelaciones de
"moro", "judío", "cristiano", "francés" o "inglés", por no
citar más que algunas de las tantísimas utilizadas, no
sólo no conllevaban ningún sentimiento despectivo o
denigrante e intervenían en las conversaciones de todos
los días, en presencia de los interesados, sin jamás
provocar reacción alguna de molestia u ofensa por parte

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del aludido, sino que respondían a un cariñoso
sentimiento de amistad.
Una vez aclarados estos puntos, dejo al lector
enfrascado en la lectura, deseándole disfrute, al leer mis
recuerdos, del mismo placer que yo al relatarlos.




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Domingo, 26 de Abril de 1959.

El viento de levante había soplado furiosamente durante
toda la noche. Arrastrados por el vendaval, los papeles y
la basura se arremolinaban en las calles del Oued-el-
Hardan y la Fuente Nueva, golpeándose contra las
esquinas, como pájaros alocados buscando una salida al
laberinto de la Medina.
En la Avenida de España, las viejas palmeras plantaban
cara valientemente al temporal, azotadas duramente por
las ráfagas de arena robada a la playa cercana. El rugido
del mar embravecido viajaba a lomos del viento, hacia
el Bulevar, para sumarse al concierto de silbidos
arrancados al bosque de antenas de televisión que
florecían en las azoteas de los grandes inmuebles.
Eran las siete de la mañana y tan sólo hacía media hora
que la banda se había acostado. Como todos los sábados
por la noche, se habían reunido en el Hola Club sobre
las diez, después de cenar. Habían ido llegando de uno
en uno, salvo Manolo y Claudio, los inseparables, que
como de costumbre venían juntos.
Los primeros güisquis estaban ya servidos y el humo de
los cigarrillos empezaba a flotar hacia el techo. Pepillo,
el maricón que se ocupaba del bar, había montado las
mesas de juego y las barajas con las fichas esperaban las
primeras dadas de las partidas de póquer. No tenían
prisa. Disponían de toda la noche, hasta el amanecer,
para jugarse los cuartos, disfrutar, bromear y sufrir,
mientras las manos inquietas juguetearían sin cesar con

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las fichas o entremezclarían interminablemente las cinco
cartas que decidirían quien barrería el "pot".
José Luis acogió a Manolo y Claudio con su eterno
comentario.
- ¡Qué, pareja! ¿Traéis chavos calentitos? Porque como
os pase lo de la semana pasada los vais a necesitar…
- No les recuerdes momentos tristes, José Luis, porque
se van a poner a llorar- bromeó Mauricio, uno de los
dos judíos de la pandilla.
- Esta noche, mi bueno, te voy a pegar un palo que te
voy a doblar - le contestó Claudio.
- "Así quedes tú", no me espantes que luego me
"triemblan" las manos - se rió Mauricio, cometiendo
voluntariamente uno de sus habituales errores de
pronunciación.
- Lo que te va a "triemblar" es todo el cuerpo como me
chive a tu padre, por carta anónima, que todos los
sábados te juegas al póquer con los "      quistianos" los
beneficios de la tienda - lo amenazó Manolo
conteniendo la risa.
- ¡Por Dios, Manolo! Déjate de cachondeos que me vas
a amargar la noche. ¡No digas eso ni en broma! - suplicó
Mauricio.
El padre de Mauricio era propietario de un gran almacén
de tejidos y confecciones. El negocio marchaba sobre
ruedas y sus dos hijos atendían a la clientela, manejando
la caja. Como quiera que el señor Levy, que este era su
apellido, era muy aficionado al juego, perdiendo más de
una vez sumas importantes, sus hijos tenían
terminantemente prohibido el juego en general y las
cartas en particular.

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El mayor, Moisés, obedecía al pie de la letra los deseos
del padre. Pero Mauricio, picado por el gusanillo del
juego y arrastrado por los amigos, jugaba todas las
semanas en el Club, tratando, con la mayor discreción
posible, de ocultar a su padre su afición.
Contaba por cierto una anécdota que siempre hacía reír
a la pandilla. Estando un sábado reunida toda la familia,
durante el almuerzo de tan señalado día para la colonia
judía, la madre empezó a servir. Cuando le llegó el
turno a Mauricio, éste, golpeando la mesa con las yemas
de los dedos, dijo "paso" como se acostumbra en las
partidas de póquer. El detalle no escapó al ojo experto
del padre que, hecho una furia, le increpó con el más
puro acento de " jakitia".
- ¡Mal logrado! ¿Que es este mal? ¿Donde "wo"
aprendiste eso?
Toda la familia, azorada, suspendió la charla y quedó
pendiente de la contestación de Mauricio. Éste, como de
costumbre, enrojeció hasta la raíz del cabello y
tartamudeó.
- ¿Donde aprendí qué, Papá?
- ¡El "paso" que acabas de hacer a tu madre! Eso no lo
hacen más que los "cammares" del póquer.
- Por favor, Papá, no te sulfures. ¿No viste en la tele la
última película de Frank Sinatra? "El Hombre del Brazo
de Oro" se llamaba. Allí lo aprendí. ¿Que hay de malo
en ello? ¿O es que crees que juego?
- Bueno, bueno está, Jacob. ¿Día de "shabbath" vas a
enfadarte con tu hijo?- intervino la madre.
Y así quedó la cosa. Pero Jacob Levy siempre sospechó
que Mauricio lo engañaba y por esta razón, de vez en

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cuando, controlaba la caja del negocio más seriamente
que de costumbre, como para recordar a su hijo que no
lo perdía de vista.
- ¡Bueno, señores! ¿Qué pasa aquí? ¿Empezamos? - se
impacientó Germinal.
- ¡Venga! Ya somos ocho y podemos montar dos
partidas. ¿Como nos sentamos? ¿Sorteamos? - preguntó
José Luis.
- Sí, sorteamos, que Manolo y Claudio en la misma
mesa juegan a medias y nos dejan en calzoncillos -
intervino Pedro.
- ¡Oye, tú! Como sigas así te denuncio por calumniador
y te pido daños y perjuicios - bromeó Claudio.
- No me extrañaría nada de ti. Además te saldría barato
pues tu patrón Raida te haría un buen precio. ¡Venga!
Los cuatro reyes juegan juntos. Y echando mano de la
baraja, Germinal empezó a distribuir las cartas
descubiertas, de una en una, delante de cada jugador.
- ¡Ay! Esos cuatro reyes, quién los ligara en una sola
mano…¡Que el Dios me ayude! - suspiró Mauricio.
- ¡Alberto el Negro! ¡Alberto el Negro! - le gritó Pedro,
mientras hacía ademan de arrancarse la oreja y
lanzársela a Mauricio. Aquella era su forma de
contrarrestar el mal de ojo y no dejaba de hacerlo cada
vez que se repartían las cartas con un buen "pot" sobre
el tapete.
Las dos mesas quedaron por fin constituidas y
empezaron las partidas. A medida que la noche
avanzaba el humo de los cigarrillos enrarecía cada vez
más el ambiente y al olor del tabaco se mezclaba el del
güisqui y el coñac que iba sirviendo Pepillo.

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De vez en cuando, el silencio se rompía con un "lo
sabía" de Germinal o un "me metí khlufi" de Mauricio y
con el eterno leit-motiv de los "Alberto el Negro"
proferidos por Pedro.
Sobre las tres de la mañana, Pepillo preparó unos
bocadillos y los sirvió a los jugadores. Los engulleron
casi sin darse cuenta, sin dejar de beber, fumar y jugar.
A las seis menos cuarto, Germinal anunció el cierre de
las partidas para un cuarto de hora más tarde. Aquello
era ya un ritual y todos estaban de acuerdo, antes de
sentarse a jugar, en respetar esa regla. Los que ganaban
"amarraban" como se dice y durante el último cuarto de
hora no arriesgaban nada. Al contrario, los que perdían
trataban de recuperar, en unas cuantas manos, a golpes
de faroles, las perdidas de toda la noche.
Después de la última partida se hicieron las cuentas.
Pedro, que a pesar de los "Alberto el Negro"
acostumbraba a perder, ganaba unas mil quinientas
pesetas y estaba más contento que unas pascuas. Con un
güisqui en una mano y un cigarrillo en la otra se
paseaba pavoneándose y cantando con música de "Only
You" de los Platters, un "Only Me" tan personal como
desafinado. De vez en cuando interrumpía la canción y
soltando una carcajada lanzaba :
- ¡Es que "Alberto el Negro" es mucho "Alberto el
Negro"!
Mauricio, que también había ganado, acabó por llamarle
la atención.
- Ah bueno está, "mal logrado". Por una vez que ganas
no nos "quebres" los oídos que son ya las seis de la
mañana.

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Se quedó Pepillo ordenando el salón y preparándolo
para el baile de la tarde y se fueron, como todos los
sábados, a desayunar al Café París en la Plaza de
Francia. Subieron la cuesta de la calle Molière,
atravesaron parte del bulevar Anteo y recorriendo de
punta a punta el bulevar Pasteur, se dirigieron al Café
París.
El levante, en aquella hora temprana, se había calmado
y se anunciaba un día espléndido. Desde la murallita
frente a Casa Ros, se podía admirar la bahía, encendida
con los mil destellos del sol naciente. En el puerto
dormitaba el correo de Algeciras mientras que al fondo,
envuelto en un tenue velo de niebla matutina, emergía el
Cabo de Malabata. El Estrecho de Gibraltar, calmado el
vendaval, invitaba a la travesía hacia la costa española
que se dibujaba como una fina línea gris en el horizonte.
Entraron en el establecimiento recién abierto. Detrás de
la barra, Aurelio acababa de encender la plancha y se
disponía a conectar la maquina del café expreso.
- ¡Buenos días, señores! Muy madrugadores o muy
trasnochadores. Pero por las caras, más bien lo último.
¿Verdad? ¿Qué, lo de siempre?
- Lo de siempre, Aurelio. Y haz el favor de darme un
poco de bicarbonato que el güisqui me ha dado ardores -
le lanzó Pedro.
- No le hagas caso, Aurelio. Más que el güisqui es la
poca costumbre de ganar lo que le ha sentado mal -
bromeó Claudio.
- ¡Es que "Alberto el Negro" es mucho "Alberto el
Negro", amigo!- contestó Pedro marcándose unos pasos
por bulerías.

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- ¡Coño, Pedro! Primero los Platters y ahora Lola
Flores. Si llegas a ganar tres mil pesetas nos haces el
Caruso- se carcajeó Mauricio.
- ¿Qué quieres que te diga, mi bueno? Cuando uno es un
fenómeno lo es para toda la vida- concluyó Pedro,
ofreciéndoles un sonoro taconeo.
Aurelio empezó a servir los platos combinados del
desayuno. Huevos, bacon, patatas fritas, pollo frío y
ensalada, con una cerveza por barba. A continuación,
tarta de chocolate y un café. Durante la comida no
cesaron de comentar ruidosamente las incidencias de las
partidas. Al terminar, encendieron un cigarrillo y entre
los que habían ganado reunieron el total de la factura,
agregando una buena propina para Aurelio.
- ¡Hasta la semana que viene, Aurelio! - se despidieron
a coro.
- ¡Sin falta, señores! - les respondió Aurelio.
La mañana del domingo empezaba y se fueron a dormir.
Mauricio y Gerardo se marcharon juntos, bulevar
Pasteur y calle Goya abajo. Se conocían desde pequeños
y eran íntimos amigos. Juntos habían cursado todos sus
estudios desde la Escuela de la Alianza Israelita hasta el
Lycée Régnault donde obtuvieron el Diploma de
Estudios Comerciales.




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La Escuela de la Alianza Israelita.
La Escuela de la Alianza Israelita o la Alianza, como se
la conocía familiarmente en Tánger, estaba reservada
casi exclusivamente a la colonia israelita tangerina. La
de las niñas estaba en el Paseo Cenarro y la de los niños
al inicio de la Cuesta de la Alcazaba. Durante cinco
años se cursaban los estudios primarios que finalizaban
con el examen del Certificado Francés de Estudios
Primarios.
La escuela de los niños era un edificio importante pero
vetusto. Una gran cancela metálica daba paso al patio de
recreo, después de atravesar una entrada cubierta
cerrada por una altísima puerta de madera. En dicho
patio, los alumnos se alineaban en filas de a dos al toque
de la campana que solía tañer el inolvidable Naftalí.
Inolvidable porque este personaje marcó a toda una
generación de pequeños estudiantes tangerinos y se
merece dedicarle un corto paréntesis.
Naftalí, alrededor de los cincuenta años, era alto y
delgado. De facciones suaves, casi anónimas, lucía un
pelo muy corto y plateado. Su cabellera era un polo
magnético que atraía las miradas de toda la chiquillería
y permitía localizarlo inmediatamente cuando transitaba
por el patio de recreo atestado de niños.
Naftalí tocaba la campana, barría las clases y el patio,
llenaba los tinteros de los pupitres con una cafetera de
tinta violeta que él mismo preparaba y pasaba por todas
las clases, mañana y tarde, la lista donde se anotaban las
ausencias de los alumnos.

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A mediodía, la Alianza disponía de un servicio gratuito
de cantina destinado a los niños de familias necesitadas.
Antes de pasar al comedor, los niños se alineaban para
desfilar delante de la enfermera que controlaba la
limpieza de las manos y les administraba una cucharada
de aceite de bacalao destinada a compensar una posible
carencia de vitaminas. En aquella época, ese aceite no
estaba refinado y su desagradable olor se esparcía por
todo el patio. Es inútil recordar que el gusto no le iba a
la zaga. Afortunadamente, al lado de la enfermera, se
encontraba Naftalí sosteniendo una cestita para ofrecer a
cada mueca de asco un gajo de naranja con el que borrar
el inmundo sabor del aceite.
Otra de las atribuciones de Naftalí, probablemente la
más ingrata, era la de interceptar todos los niños que
llegaban a clase con más de un cuarto de hora de
retraso. Los iba reuniendo a la entrada, como a ovejas
descarriadas, y cuando consideraba suficiente el cupo de
culpables, cerraba con llave el acceso al patio y
conducía al grupito aterrorizado al despacho del
Director. Durante el corto trayecto les iba dando
indicaciones sobre el estado del humor del responsable
de la escuela.
- ¡"Wo"! ¡"Wo"! Me parece que algo le sentó mal y le
duele la tripa. Me vaya a "capparar" por vosotros - se
compadecía en tono plañidero.
Cuando Naftalí juzgaba que el Director estaba de mal
humor, los niños, ya de por sí asustados, lividecían y se
echaban a temblar.
- Esta mañana estuvo hablando por teléfono y rió una
"guezzerá". No "espantaibos".

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Este tipo de noticias era de los más apreciados por los
alumnos. Aunque algunos sospechasen que Naftalí, con
su bondad habitual, abusase de las informaciones
optimistas con el fin de tranquilizarlos.
Entrar en el despacho era como penetrar en la cueva del
dragón. Detrás de su escritorio, en una media penumbra,
se adivinaba la presencia de Monsieur Saguès. Era un
hombre de talla pequeña y bastante fornido que había
perdido un brazo combatiendo en el ejercito francés
durante la primera guerra mundial. Iba siempre vestido
de gris, luciendo en la solapa la roseta de La Legión de
Honor francesa. Los trajes eran de buen corte y la
manga del brazo ausente iba invariablemente
introducida cuidadosamente en el bolsillo de la
chaqueta. Ostentaba una cabellera ondulada canosa y
arboraba un espeso bigote del mismo color que otorgaba
al semblante una severidad, que por demasiado austera
quizás fuese fingida.
Para muchos de los culpables, el mero hecho de pisar el
despacho desencadenaba el llanto. Mientras que la
mayoría de los profesores se dirigía a los alumnos en
español, Monsieur Saguès no se expresaba más que en
francés que no era, ni mucho menos, la lengua materna
de aquellos niños. Aquello dificultaba enormemente las
relaciones con el Director y los de los primeros cursos,
muy lejos aún de dominar las sutilezas de la lengua, al
salir del despacho recurrían a los mayores, o en último
caso a Naftalí, para aclarar algún punto oscuro. De
cualquier forma, poco había que comprender en el caso
de llegar tarde a clase.


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Monsieur Saguès lanzaba dos o tres rugidos, vituperaba
contra las madres que preparaban a sus hijos un sombrío
porvenir por no saber respetar un horario y se levantaba
para atrapar una vara de bambú de dos dedos de gruesa
y cincuenta centímetros de larga. La tarifa habitual era
de dos golpes en la palma de cada mano. La ejecución
era rápida, precisa y puntuada por los "ays" de dolor de
los condenados. Una vez terminado el reparto, los niños,
soplándose las manos para aliviar el ardor, salían
disparados hacia sus clases, casi sonrientes, descargados
de un peso enorme, como aquél que sale de una visita al
dentista después de haber dudado mucho en ir a
consultarlo.
Las salas de clase estaban repartidas en forma de
herradura y en altura, alrededor del patio de recreo.
Conducía a ellas una empinada escalera que les daba
acceso por las dos extremidades y las rodeaba un
estrecho pasillo protegido por una barandilla metálica.
En aquella escuela se habían conocido Mauricio y
Gerardo y allí habían estudiado juntos durante cinco
años, antes de pasar al Lycée Régnault.
¿Porqué los padres de Gerardo, siendo españoles y
católicos, inscribieron a su hijo en la que se
acostumbraba a llamar en Tánger, la escuela de los
judíos? Por una razón bien sencilla. Huyendo de la
guerra civil española llegaron a Tánger en 1936. Como
el padre de Gerardo era de izquierda no consintió que su
hijo frecuentase la Casa Riera, "la escuela de los curas",
donde los niños, según él, se pasaban el día rezando en
vez de estudiar cosas de provecho. Como por otra parte
tenía un bar- tienda de comestibles en la Cuesta de la

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Alcazaba frente a la escuela, la cosa no se pensó mucho.
Las ideas políticas y la comodidad de la cercanía
influyeron pues, de forma decisiva, en la elección de los
estudios de Gerardo.
En una clase de treinta alumnos, Gerardo era el único
cristiano. Aquello no le importó en absoluto y se integró
de tal forma que sus compañeros lo admitían y lo
consideraban como uno más. Hablaba de las pascua
judías con toda naturalidad y se conocía al dedillo el
"Pessah", la "Hanucá", el "Sukkót" y los "Tefelimes",
así como las tradiciones que rodeaban todas estas
fiestas. Para redondear la cosa, sus amigos judíos
decidieron borrarle el nombre de Gerardo y lo
"bautizaron" con el de Mordejai.
El programa de estudios estaba calcado sobre el del
Certificado Francés de Estudios Primarios, salvo las tres
o cuatro horas semanales dedicadas a la lengua hebrea y
a la religión. Por supuesto, Gerardo estaba exento de
aquellas dos asignaturas y aprovechaba el tiempo libre
para repasar sus lecciones o terminar sus deberes.
El grupo de maestros era serio y eficaz y obligaba a los
alumnos a trabajar mucho más duro que en el Perrier y
el Berchet, las otras dos escuelas francesas de la ciudad.
Había que recuperar las horas destinadas al hebreo y la
Alianza presumía de sacar todos los años el mejor
porcentaje de éxitos en el examen del Certificado
Francés.
El equipo de maestros que ejercía al final de los treinta
y principio de los cuarenta, bajo la batuta de Monsieur
Saguès, se dividía en dos grupos. El uno encargado de la


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enseñanza en las primeras clases y el otro destinado
exclusivamente a los dos últimos niveles.
En el primer grupo figuraban :
- La Señora Maudy, una maestra gruesa muy risueña
que se ocupaba de las primeras clases.
- La Señora Bensimhon, muy dulce y amable que
tranquilizaba a los más pequeños.
- El Señor Bensimhon, esposo de la anterior, maestro de
religión al que jamás se veía sin sombrero.
- El Señor Toledano, maestro de francés con mucha
afición al bel canto. De vez en cuando, en pleno curso,
arrancaba con una sonora aria de cualquier ópera
conocida, sobresaltando a toda la clase. Claro que con el
tiempo, los alumnos, ya acostumbrados, se sorprendían
cada vez menos.
- El Señor Nezry, que era hermano de uno de los niños,
al que no dejaba ni a sol ni a sombra para que sirviese
de ejemplo a toda la escuela.
El segundo estaba compuesto por los Señores Gavizón y
Arditti de los que dependía el éxito en los exámenes.
Para completar la terna, quedaba el Señor Hach, maestro
de hebreo, más conocido por "      Piti". Aquel apodo le
venía porque al dirigirse a los alumnos siempre
empezaba sus frases diciendo "Mon petit" (en francés
"mi pequeño") lo que con su fuerte acento polaco daba
"Mon piti". Era severísimo y cuando montaba en cólera,
lo que le ocurría bastante a menudo, usaba la regla para
pegar a diestro y siniestro. El menor atentado a la
disciplina era inmediatamente sancionado con golpes en
la palma de la mano.


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Tenía aterrorizados a los niños, pues además amenazaba
a los más revoltosos con encerrarlos en lo que él
llamaba "el cuarto de la máquina". Nadie había visitado
jamás el famoso cuarto pero en la escuela corría el
rumor de que en su interior un artefacto eléctrico
diabólico transformaba a los seres humanos en
monstruos horribles.
Se murmuraba la leyenda de que un día, un tal Isaac, al
que por cierto nadie conocía, irritó de tal modo a "Piti"
que éste lo llevó a rastras hasta el cuarto y después de
poner en marcha la máquina lo dejó encerrado durante
una hora.
Se rumoreaba en voz baja y tono muy confidencial que
al salir, la cabeza del tal Isaac había doblado de
volumen y que el desgraciado se había transformado en
un ser monstruoso.
- ¡Gerardo, por Dios bendito! ¡Un monstruo! ¡Un
monstruo! ¡Como Frankenstein, "jai"!
- Pero, Mauricio ¿Tú lo viste?
- Yo no, "jai". ¡Dios me libre! Lo vio el hermano del
primo de un amigo de Bengio, que del espanto enfermó
más de un mes… - susurraba Mauricio con los ojos
dilatados por el terror.
- ¿Y los padres de Isaac que hicieron?
- ¿Qué iban a hacer? ¿Venir a ver a "Piti" para que los
metiese en el cuarto también? ¡Ah bueno está, Gerardo!
¿"Amá" la gente está loca? Encerraron a Isaac en una
habitación para que nadie lo viera y desde entonces no
ha vuelto a salir a la calle el "mesquín". - y Mauricio
bajaba la vista y sacudía la cabeza, como


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compadeciéndose del triste destino del desgraciado
Isaac.
Todo el equipo de maestros trabajaba respetando al pie
de la letra el programa del Ministerio Francés de
Enseñanza. Pero no hay que olvidar que, a pesar de que
los libros en los que se apoyaban los cursos eran
idénticos a los de las escuelas de Francia, en Tánger la
mentalidad, el carácter, las costumbres y el clima
diferían notablemente de los del país galo.
¿Como asimilar, por ejemplo, la primera lectura del año
escolar : "La Rentrée" (El primer día de clase") por los
afortunados niños tangerinos? Estos, que cuando salían
a la calle con una temperatura de 20 grados, oían a sus
madres gritarles por la ventana :
- ¡Niño, abrígate que ha refrescado!
Por regla general, el texto venía precedido de un
grabado. En él, un calendario indicaba que era el
primero de octubre, mientras que un estudiante,
protegido por un impermeable con capucha, con la
cartera bajo el brazo, luchaba contra un vendaval de
lluvia y hojas muertas, recorriendo una campiña triste e
inhóspita a través de un sendero embarrado sembrado de
charcos.
Mientras que Pascal o Alain, el alumno francés, para
asistir a clase, afrontaba unos elementos desatados,
Amram o Jacob, el alumno de la Alianza, salía de su
casa en mangas de camisa, atravesaba la Fuente Nueva
sorteando una multitud de tenderetes, compradores,
paseantes y aguadores, respirando el aire tibio del otoño
tangerino cargado de los perfumes de las especias y de
las aceitunas aliñadas y se compraba un paquete de

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pipas o de "taharichas" que le duraba hasta la escuela.
Con un andar despreocupado, pasaba delante de la
entrada de general del Cine Capitol donde se instalaban
los vendedores de "calentita", "chaam", habas y
garbanzos hervidos y manzanas bañadas en brillante
caramelo rojo. Se paraba para echar un vistazo a los
carteles de la última película de Tom Mix o Ken
Maynard y cruzaba después la calle para admirar los del
Cine Alcázar con Tarzán o Boris Karloff. Volvía a
pararse en el "bakalito" que hacía esquina, frente al Café
Colón, para ver ondear colgados los tebeos del "Hombre
Enmascarado", "Merlín", "Flash Gordon", "Roberto
Alcázar y Pedrín", "Juan Centella" y tantísimos otros.
¿Podían compararse unas trayectorias tan dispares como
las de Pascal y Amram?
¿Cómo resolver esos malditos problemas de insaciables
bañeras que se vacían mientras unos grifos de chorro
inagotable luchan por llenarlas, cuando Jacob se lavotea
en una palangana con el agua que su hermano mayor
David ha acarreado en un cubo desde la fuente pública y
que el único cuarto de baño que ha visto ha sido en una
película?
¿Cómo son esas blancas montañas nevadas? ¿Y la nieve
inmaculada que las cubre tendrá el mismo sabor que los
helados de vainilla que vende Coloma en el Zoco de
Afuera?
De todo aquel folklore Gerardo guardaba una huella
imborrable de risas, juegos, sustos y amistades.
Desgraciadamente todos esos recuerdos felices quedan,
en muchos momentos, ocultos por la sombra de la
guerra y los crímenes nazis. No hay que olvidar que de

24
1939 a 1945, Tánger, a pesar de quedar, debido a su
estatuto de ciudad internacional, al margen de los
horrores del conflicto bélico que azotó a Europa, vivió
siempre atento a través de la prensa y la radio las
peripecias de la contienda y sufrió las dudas del incierto
resultado final.
La colonia judía tangerina, a la que vinieron a sumarse
numerosos judíos huidos de Europa, vivió años difíciles
de miedo, incertidumbre y a veces de rebelión ante la
impotencia a la que se veía sometida.
Ese malvivir se reflejaba a menudo en las reacciones y
los juegos de los alumnos de la Alianza. Quede, como
nota de humor, para cerrar estas líneas tristes sobre la
guerra, la letra de la canción que voceaban
desaforadamente todos los niños en el patio de recreo,
cuando se recibió la noticia de la muerte de Hitler :
- ¡Ya vino el verano, ya llegó la fruta,
- Ya se murió Hitler, el hijo la gran puta!




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Domingo, 26 de abril de 1959.

A las once de la mañana se encontraron, como todos los
domingos, en la playa a la altura del Balneario Neptuno,
para jugar el acostumbrado partido de fútbol. Las caras
pálidas y los ojos apagados reflejaban el cansancio de
toda una noche sin dormir que las escasas horas de
sueño matinal no habían conseguido borrar.
La marea estaba muy baja y podrían jugar sobre una
arena húmeda pero dura, terreno mucho más
descansado. Se jugaba descalzo y al cabo de las dos
horas largas que duraba la contienda, los pies, a fuerza
de golpear el balón rebozado en arena húmeda,
quedaban al rojo vivo y casi desollados.
No faltaba ninguno de los habituados. Allí estaban los
dos hermanos Sánchez, Tavío, Moñino, Otero, Paterna,
Duarte, Antonio, Pedro, Gerardo, Germinal, Mauricio,
Claudio, Manolo y tantísimos otros que harían la lista
interminable.
Se jugaba hasta que faltaban las fuerzas y los
participantes se iban retirando a medida que el
agotamiento los iba venciendo. La última carrera era en
dirección al mar donde, sin dudarlo mucho, los
jugadores se zambullían buscando en el agua salada y a
menudo fría recuperar la tonicidad de los músculos
cansados.
Los gritos, las discusiones sobre las posibles faltas, las
bromas y las risas salpicaban aquellos partidos que
terminaban con tanteos de escándalo. Las
preocupaciones defensivas no estaban por aquel
26
entonces a la orden del día y en cuanto uno de los
contendientes se apoderaba del balón, todo su afán era
llevarlo hacia adelante para tratar de introducirlo en la
portería adversa.
Aquella forma de concebir el fútbol daba lugar a
muchas quejas por parte de los amantes del juego
colectivo que pensaban que había que ser más solidarios
y soltar la pelota más rápido. Pero allí se iba a disfrutar
y nadie quería privarse del placer de driblar a un
contrario o de intentar un tiro a puerta aunque la
distancia fuese excesiva.
- ¡Coño! ¡Si es que parecéis chavales en el patio de un
colegio! ¡Pasad la pelota, puñeta!- gritaba Tavío que era
el que más en serio se tomaba aquello.
Y ante las protestas de Tavío, todo los jugadores, de un
común acuerdo, dejaban de jugar y levantando los
brazos gritaban :
- ¡Coño! ¡Pasad la pelota! ¡Pasad la pelota!
Tavío, enfurecido, se sentaba en la arena y les asentaba
un estentóreo :
- ¡Iros a tomar por culo, maricones! ¡A ver quién
defiende ahora!
Pero en cuanto el juego se reanudaba y el balón llegaba
a sus dominios, Tavío se levantaba como una
exhalación y le entraba al atacante con su legendaria
contundencia.
Después del chapuzón en el mar, la ducha con agua
caliente y jabón era de rigor. La mayoría alquilaba una
cabina en el Balneario Neptuno y la primera cerveza de
la tarde caía en aquel establecimiento. El encargado que
era catalán, se llamaba Pepe y su mujer, siempre muy

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sonriente, Rosa, a pesar de que la temporada de verano
no arrancaba hasta mediados de junio, acostumbraba a
preparar algunas tapas que eran siempre bienvenidas
entre los hambrientos jugadores.
Acto seguido se iniciaba la retirada a lo largo de la
Avenida de España. En el camino de vuelta se formaban
grupos según afinidades y grado de amistad. Los socios
del "Hola Club" componían uno de los grupos mientras
que los del "Club 23", otra asociación un poco más
antigua, se reunían entre ellos.
La última parada, antes de marcharse cada uno a su casa
a almorzar y a dormir un poco de siesta reponiendo
fuerzas para el baile de la tarde, tenía lugar en la Puerta
del Sol o en la tienda - bar de Robles. Ambos
establecimientos estaban instalados, frente por frente, al
pie de la Cuesta de la Playa.
El primero era un bar restaurante, decorado con estilo
andaluz y taurino, y en la barra se servían raciones
calientes de cocina. El segundo, hacía vieja tienda de
comestibles y con sus toneles de vino se daba aires de
antiguo bodegón. Allí se bebía más bien tinto, y las
tapas, magníficos embutidos, excelente jamón y buenos
quesos, se compraban al peso.
Los tintos, las cañas y las tapas ponían alas a los pies y
hacían más corto el trayecto hasta la casa, que se
recorría pensando en las chicas que acudirían al baile
del "Hola Club".




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El "Hola Club".
En 1959 el "Hola Club" tenía unos nueve años de
existencia y merece la pena narrar las diferentes etapas
por las que atravesó antes de conocer su apogeo y ganar,
entre la juventud tangerina, cierta popularidad.
En el verano de 1950, el grupito formado por Germinal,
Mauricio, Gerardo y Pedro, conocieron en la playa a
cuatro chicas. Julia y Marisa que eran hermanas, Beatriz
y Elena.
Las chicas estudiaban todavía en el Lycée Régnault,
mientras que los cuatro amigos ya trabajaban.
Simpatizaron y sin saber quién eligió a quién, se
formaron cuatro parejas. Julia con Pedro, Marisa con
Germinal, Elena con Mauricio y Beatriz con Gerardo.
Salían todos juntos bastante a menudo y al cabo de
cierto tiempo empezaron a echar en falta un lugar
tranquilo donde reunirse para charlar y a ser posible
bailar.
Verdad es que en Tánger, para la juventud sin muchos
medios, los lugares donde reunirse eran más bien
escasos. El grupo se paseaba por las tardes a lo largo del
bulevar Pasteur, alguna que otra vez iba al cine y muy
de vez en cuando los chicos conseguían arrastrar a las
chicas a las tardes del "Franky and Johnny".
El "Franky and Johnny" estaba en la calle Fernando de
Portugal, frente el cine Roxy. Se bajaban unas escaleras
y se tenía acceso a una sala de fiestas de reducidas
dimensiones. Las mesitas, pequeñas para no ocupar
mucho espacio, estaban dispuestas alrededor de la pista

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de baile y la orquesta, sobre un entarimado, tocaba sin
cesar de las seis a las nueve de la tarde.
Los músicos, un grupo de amigos aficionados, ejercían
durante el día profesiones diversas. Franky era "llanito"
y trabajaba en el Consulado de los Estados Unidos y
Johnny, que era español y se llamaba Juan, trabajaba en
uno de los numerosos bancos instalados en Tánger.
La música era muy variada pero la mayoría de las
parejas esperaba con impaciencia las series de boleros
para bailar, con luz tamizada, los repertorios completos
de Lorenzo González, Sepúlveda y Sampedro.
El "Franky and Johnny" sufría el inconveniente de no
disponer de licencia para servir bebidas alcohólicas.
Pero los habituados acostumbraban a pedir un "té de la
casa" y les servían un buen güisqui escocés en una taza
de té del más puro estilo inglés, como en los mejores
episodios de la serie televisiva "Los Intocables" del
famoso Elliot Ness.
Desgraciadamente, en 1950, los chicos, a pesar de estar
trabajando, no manejaban mucho dinero y las visitas al
"Franky and Johnny" no eran el pan nuestro de cada día.
Por otra parte, las chicas, todas menores de edad,
disponían de una libertad de movimiento más bien
reducida. Frecuentar aquel tipo de lugares no era nada
aconsejable a pesar de que las parejas más atrevidas tan
solo osaban un corto intercambio de besos.
Por lo tanto, la necesidad de disponer de un lugar de
reunión se hacía cada vez más acuciante. La chispa
brotó una tarde en la que ya habían medido más de diez
veces el bulevar, desde la esquina de la calle Goya,
frente a la Banque Commerciale du Maroc, hasta la

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cafetería Savoy, saludando invariablemente en cada
cruce a los numerosos conocidos. Aquella tarde se
habían sumado al grupo Paco y su amiga Teresa.
- ¡Oid! ¿Sabéis lo que se me ocurre para este domingo?-
preguntó Paco.
- Cualquier chuminada, como de costumbre.- comentó
Pedro.
- ¡Que no, hombre! ¡Que no! Veréis como la idea os va
a parecer de perlas. ¿Qué diríais de organizar un
guateque en los salones del Hotel Roma?
Por aquel entonces, el Hotel Roma, instalado en la calle
Bélgica, con otra entrada por la calle Méjico, había
cesado su actividad. Los jardines y el edificio, vacío de
todo mueble, estaban bajo la custodia de la madre de
Paco. Aquella señora, viuda, vivía con el hermano
menor de Paco, alojada en parte de las dependencias del
hotel, a cambio de mantener limpios los locales y evitar
que se instalasen indeseables.
- Pero, oye- se inquietó Mauricio- ¿Tu madre va a
dejarnos ocupar un salón y poner música?
- Hombre, así como así, pues no. Pero si le damos una
propinilla yo creo que no nos pondrá muchas pegas-
contestó Paco.
- Pues nada, Paco, en tus manos está el éxito de la
operación. Te dejamos negociar y mañana nos das el
resultado. ¿De acuerdo?- concluyó Gerardo.
Y el domingo siguiente, previa colecta de la propina
para la madre de Paco, se organizó el primer guateque
en un gran salón del Hotel Roma. Mauricio le pidió
"prestado" el tocadiscos a su hermana mayor. Los
demás llevaron unos cuantos discos y las chicas se

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encargaron de la intendencia. Fue tal el éxito que en vez
de limitarse a un baile por semana, decidieron hablar
con la madre de Paco para obtener el acceso al salón
cuando les apeteciera. Con el pretexto de los gastos de
limpieza se convino ofrecerle cierta cantidad mensual y
se llegó a un acuerdo sin grandes dificultades.
Lo primero fue buscarle un nombre al Club, como
pomposamente ya lo llamaban. Sentados en corro sobre
el parqué del salón, empezaron a cavilar. Los nombres
sugeridos, lanzados al vuelo todos al mismo tiempo,
rebotaban contra las paredes, despertando el eco en al
amplio local vacío, sin llegar ninguno de ellos a
convencer al grupo.
- ¡Brasil!
- ¡No, que ya hay un tostadero de café!
- ¡Malabata!
- ¡No, que suena a mala pata!
- ¡Los Amigos!
- ¡No, que suena cateto!
- ¡Los Dandys!
- ¡No, que suena cursi!
- Hay que encontrar algo sencillo y pegadizo.
- Pues más sencillo y pegadizo que "¡Hola!" no vamos a
encontrar - lanzó Paco.
El grupo quedó en silencio y sorprendidos se miraron
los unos a los otros.
- Oye, Paco. ¿Sabes que me parece que has dado en el
clavo?- le dijo admirativo Gerardo.
- ¡Cómo que es carpintero!- bromeó Mauricio.
De esta forma tan sencilla quedó bautizado el "Hola
Club". Todo club que se respete necesita un presidente y

32
acto seguido se procedió a su elección. Menos un voto
en blanco y otro en favor de Julia, probablemente el de
Pedro, todas las papeletas fueron a favor de Gerardo.
Era el más diplomático y se llevaba muy bien con todos,
lo que seguramente favoreció su elección.
Se fijó una cuota mensual de cien pesetas, a cargo de los
socios masculinos, destinada en parte a agradecer a la
madre de Paco el gran favor que les hacía y en parte a
pagar el tocadiscos que Gerardo se encargaría de
comprar.
Éste, aprovechando haber sido condiscípulo de Moisés
Pinto en el Lycée Régnault, lo visitó en su tienda de la
calle Libertad y se llevó un magnifico aparato de tres
velocidades por dos mil quinientas pesetas, pagaderas
en cinco letras. Para cubrirse, convino con los demás
socios que, en caso de disolución anticipada del Club, se
quedaría con el tocadiscos a cambio de cargar con la
deuda restante.
Cada uno aportó lo que pudo para intentar amueblar
aquel inmenso salón. Mauricio obtuvo de su padre una
vieja mesa de ping pong que arrastraba en la trastienda
desde hacía tiempo. Para alegrar un poco el ambiente,
Pedro, que dibujaba y pintaba muy bien, emprendió a
marchas forzadas la decoración de un gran panel del
salón, plasmando una escena de danza clásica aprobada
por todos como una muestra del más exquisito y
refinado gusto. Sobre fondo campestre y bajo un cielo
celeste, un musculoso bailarín lucía, aprisionado en un
ajustadísimo "collant" rojo, un impresionante paquete.
El pincel del artista lo había inmovilizado en los aires,
en un salto inverosímil, mientras que tres pulposas

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bailarinas, exhibiendo abundantes carnes, admiraban
con ojos desencajados, no se sabe si el atlético vuelo o
los voluminosos atributos masculinos de su héroe.
Así arrancaron los primeros bailes del "Hola Club".




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Domingo, 26 de Abril de 1959.

A las seis, Pepillo abrió el Club, encendió los apliques
murales y puso el tocadiscos en marcha con una canción
de Paul Anka. Los apliques murales los habían
confeccionado los mismos socios y por las dificultades
que entrañaron su realización y la suma de trabajo que
exigió su fabricación, bien merecen un párrafo aparte.
Aunque a escala reducida, eran la copia fiel de aquellos
que lucía en su sala de fiestas "Les Indes Galantes" el
Casino Municipal de Tánger. Eran negros, en forma de
antifaz con los ojos dejando filtrar la luz a través de una
multitud de pequeños cristales multicolores. Se necesitó
un molde de arcilla que un alfarero se encargó de cocer
en su horno. En el fondo de la matriz se colocaban los
trozos de cristal y después, a fuerza de tela de saco y
escayola se iba moldeando el aplique. Ya seco, se
raspaban y limpiaban cuidadosamente los cristales y
para terminar se pintaba la escayola de negro.
El espíritu inventivo y el sentido del humor de los
socios no tardaron en bautizar a los apliques. Se
llamarían "los niños". El objeto se fabricaba con mimo y
amor, se extraía difícil y delicadamente de una matriz y
exigía una manipulación muy cuidadosa debido a su
fragilidad, parecida a la de un recién nacido.
Una vez colocados daban al salón de baile un aire que a
los socios se les antojaba de lo más artístico y la escasa
luz tamizada que dispensaban permitía bailar los slows
en la más discreta inmovilidad.
Como decía Pedro :
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- Total, para la luz que dan, igual nos podíamos haber
evitado poner los dichosos cristalitos de los cojones y
ese trabajo nos hubiésemos ahorrado.
- Hombre, Pedro - intervenía Gerardo, siempre
diplomático - por lo menos, así se cubren las apariencias
y la moral queda a salvo.
- Sí, sí, tú siempre tan santurrón. Pero el domingo
pasado, después de los slows, lo que no había forma de
cubrir era el empalme que llevabas, que no podías ni
andar. ¡Coño, Gerardito! ¡Que si no es por los cristalitos
de colores te la tiras en la misma pista! - clamaba Pedro
marchándose hacia el bar, muerto de risa.
A las seis y media empezaron a llegar los socios. Los
unos con sus novias, los otros con sus flirts y el resto
solo, pero dispuesto a cazar la primera chica interesante
que se pusiese a tiro. Las chicas tenían todas entrada
libre, pero los chicos no socios necesitaban una
invitación.
Para evitar manipulaciones de dinero, ya que el Club no
disponía de licencia de bebidas alcohólicas, se
expendían discretamente unos carnés de vales para
consumiciones. Con aquella astucia se trataba de
suprimir el aspecto comercial de la venta y darle al
negocio un aire de guateque.
En su apogeo, sobre las ocho de la tarde, el Club solía
reunir de cincuenta a sesenta personas, bailando,
bebiendo en el bar o simplemente charlando en el
saloncito de juegos que comunicaba con la pista de
baile.
La tarde había estado animadísima y Pepillo servía
bebidas sin descanso. José Luis se acercó al mostrador.

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- ¿Cómo anda la cosa, Pepillo?
- Hijo, ni tiempo para rascarme. ¡Y hoy no ha venido
nadie a darme una manita! - se lamentó.
- Bueno, no te quejes, macho. ¡Huy! Perdona, se me ha
escapado lo de macho- bromeó José Luis - Venga, voy a
ayudarte un rato que hoy estoy más solo que la una.
Pasando detrás del mostrador empezó a servir.
Poco antes de cerrar el baile, Germinal se puso de
acuerdo con los de costumbre para reunirse en "Elías" y
comer unos pinchitos al mismo tiempo que se trataría de
organizar la salida al campo del primero de mayo.




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Elías, "El de los Pinchitos".
Para los que recibían a un recién llegado a Tánger, era
un deber, una tradición, el llevarlo una noche a cenar al
restaurante de Elías.
Elías, cuyo apellido la mayoría de los tangerinos
ignoraban, era más conocido por su nombre de pila,
aunque por ser judío, poca relación se podía decir que
tuviese con la pila bautismal.
Haciendo honor a su ilustre homónimo y antecesor,
Elías había sido profeta en su tierra.
Su restaurante, por llamar de alguna manera el infame
cuchitril donde ejercía sus artes culinarias, se situaba,
viniendo del Zoco Chico, a la izquierda de la entrada de
la calle Comercio, frente al bar de Segovia.
Este último era otro de los clásicos tangerinos. Allí,
comentando el partido del domingo de la Unión
Deportiva España o las corridas de la Feria de Sevilla,
los clientes de Elías esperaban que se fuesen liberando
mesas.
Segovia, que al revés de Elías, era más conocido por su
apellido, oficiaba luciendo su legendaria camisa blanca
adornada con botones dorados y su clásica corbata de
palomita anudada al cuello, sirviendo el güisqui o los
chatos de fino a sus clientes, sin cesar de morder su
eterno puro habano apagado.
El restaurante consistía en un largo pasillo. A la entrada,
lindando con la calle, un mostradorcito - vitrina exponía
la mercancía: los filetes, los pinchitos ya ensartados de
carne, de hígado o de queftá, las pulpetas de carne

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picada y las salchichas o más bien las chorizas como las
llamaba Elías.
Dado el ancho del dintel y las dimensiones de la vitrina,
el acceso al comedor debía ejecutarse de perfil.
Inmediatamente después de la entrada se situaba la
cocina, a la vista de la clientela que esperaba turno en la
calle y que se veía obligada a atravesarla para poder
ocupar una mesa.
En un reducido espacio ejercían sus talentos culinarios,
el hijo de Elías, un pinche y un friegaplatos sordomudo.
El dueño, Elías, el que le había dado nombre y fama al
establecimiento, trabajaba únicamente por las mañanas.
Con la cabeza siempre cubierta con su sombrero de
fieltro, picaba y aliñaba la carne, cortaba y adobaba los
pinchitos y confeccionaba las chorizas que gozaban de
una reputación merecidísima.
Comparar aquel equipo de tres personas en acción a un
trío de músicos ejecutando sin la menor nota falsa una
obra exclusivamente reservada a escogidos virtuosos
sería quedarse corto. Para situarse más cerca de la
verdad, habría que exigirle a los músicos, además de
tocar sus instrumentos a la perfección, mantenerse en
equilibrio sobre un hilo haciendo al mismo tiempo
juegos malabares. Los que acudían a comer y esperaban
mesa en la calle sin frecuentar el bar de Segovia,
distraían su impaciencia admirando aquel magnífico
ballet.
Los pinchitos salían de la vitrina al fuego, de la brasa a
los platos que a su vez volaban hacia las mesas. Las
manos, como mariposas nerviosas, revoloteaban
regando especias, abanicando la llama, tomando nota de

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los pedidos, flotando en el agua jabonosa del fregadero,
redactando facturas, revolviendo las pulpetas en las
sartenes y dando vueltas a las parrillas donde se asaban
los filetes.
Y a cada sacudida de los pinchitos sobre las brasas, a
cada puñado de especias esparcido sobre las carnes, una
humareda densa y olorosa invadía el local y se escapaba
hacia la calle, envolviendo en su manto perfumado a los
hambrientos parroquianos que esperaban pacientemente.
Una vez atravesada la cocina, se entraba en el comedor.
Era un estrecho pasillo que disponía de diez mesas
cuadradas, repartidas en dos filas de cinco a cada lado,
pegadas a la pared. En cada mesa se sentaban cuatro
comensales, lo que daba una ocupación permanente de
cuarenta personas.
Entre las filas de mesas quedaba libre un espacio de un
metro de anchura por el que se deslizaba, imperturbable
y siempre sonriente, el hijo de Elías, sirviendo, tomando
nota de los pedidos, cobrando, limpiando las mesas de
los que habían terminado, extendiendo los manteles de
papel para los que llegaban y gastando bromas a los más
conocidos.
Como único decorado, las paredes ofrecían un tapiz sin
fin de fotografías enmarcadas. En ellas se exhibía a la
curiosidad de la clientela todo lo conocido y famoso que
había vivido o pasado por Tánger. Las imágenes
expuestas reunían siempre las mismas características
técnicas pues las reducidas dimensiones del local
dejaban al fotógrafo poquísimas variedades de ángulo y
composición. Casi todas eran obra de Dfuf que tenía su
tienda a pocos metros, en el callejón de los betuneros,

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