El amor justo. La verdad sobre el matrimonio

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                                                      10 febrero 2007




Pacs:
por ahora, la línea dura de la Cei no pasa


El amor justo. La “verdad” sobre el matrimonio
explicada a los jueces rotales por el papa


De Giussani a Juan Pablo II, vida y obras
del candidato número úno al post-Ruini


El cardenal Angelo Scola de Loreto a Benedicto XVI.
Un gran futuro a sus espaldas


Fuera del templo / 18 febrero 2007
La diferencia cristiana
Paolo Ricca
PACS: POR AHORA,
LA LÍNEA DURA DE LA CEI NO PASA
33738. ROMA-ADISTA. Parece que por esta vez la línea dura no pase. El portazo dado al presidente de la
República Giorgio Napolitano por parte de la jerarquía s cumbres de la CEI no influenció el trabajo
comenzado por la mayoría para encontrar una solución compartida sobre el problema de las parejas de hecho.
Por el momento se registra solamente la defección de partido UDEUR, dirigido por el Ministro de Justicia
Clemente Mastella. (UDEUR es una de las fuerzas de la galaxia post-democratacristiana ndt).
Pero vamos con orden. El pasado 29 de enero en Madrid – después de un coloquio con el primer ministro
español José Luis Rodríguez Zapatero – Napolitano concedió la siguiente declaración: “No tengo dudas de
que se pueda encontrar un síntesis sobre las uniones civiles también en el diálogo con la Iglesia católica,
tomando en cuenta las preocupaciones expresadas por el pontífice y las altas jerarquías de la Iglesia”.
Además, el presidente citó el artículo 7 de la Constitución, definiéndolo un “ejemplo de cómo,
históricamente, se ha logrado encontrar manera de conciliar distintas sensibilidades”.
Pero la apertura del presidente no fue bien recibida en la jerarquía de la CEI. Al día siguiente de las
declaraciones de Napolitano, durante la presentación del comunicado final del Consejo permanente de la
Conferencia episcopal italiana, el secretario general Giuseppe Betori juzgó “superflua” toda ley finalizada al
reconocimiento de las parejas de hecho: “si el fin es el de tutelar a las personas, se puede hacerlo sin crear un
sujeto jurídico nuevo. No puede haber una ‘familia ficticia’ al lado de la legítima”.
Por lo tanto, el camino que hay que recorrer sería el “del derecho común o el de modificaciones del código
civil, siempre y cuando permanezca en el ámbito de los derechos y deberes de la persona”.
Las palabras de Betori – impregnadas además de la misma salsa anti-homosexual (¡el reconocimiento de las
parejas homosexuales incluso constituiría “un daño grave a la formación de las nuevas generaciones”!) –
suscitaron vivaces polémicas y tal vez han producido el efecto contrario al que se esperaba. Es indicativo el
hecho de que hasta un laico notoriamente atento al diálogo con la Iglesia y a las relaciones con la jerarquía
como el ministro del interior Giuliano Amato se dijo “personalmente humillado” por la actitud asumida por
la CEI: “si se dice que más que una ley ad hoc es mejor que se modifique el código civil, entonces la enseñanza
de la Iglesia se limita al consejo modesto de un cultor del dicho civil”.
El director mismo de la Sala de Prensa vaticana, el padre Federico Lombardi, intervino pocas oras después
de la intervención de Betori para tratar de corregir las palabras de Betori, manifestando su propia
“apreciación” por las palabras del presidente de la República. Luego el diario Avvenire intentó cuestionar las
“interpretaciones malévolas” sobre la corrección de la ruta operada por el portavoz vaticano, dedicándole a
este último una página (1/2) bajo el título “Padre Lombardi: plena sintonía con la CEI”.
Por lo tanto, frente a la votación, la mayoría que apoya al gobierno Prodi no se dejó influenciar por el veto de
la CEI y se presentó compacta. Con la sola excepción del UDEUR, el 31/1 la Unión aprobó en la Cámara
una moción que compromete el gobierno en promulgar una ley sobre las parejas de hecho. Incluso el grupo
de los denominados teodems de la Margarita (post-democratacristianos en general ndt) se declaró a favor de la
moción, al punto de hacerle exclamar a Mauro Fabris, jefe de grupo en la Cámara del partido de Mastella:
los teodem son pura boca, ya que no tuvieron ni una pizca de sentido de identidad, ni siquiera ante la moción
(presentada por la UDEUR, ndr) que pedía al gobierno que adoptara iniciativas legislativas que equipararan las
convivencias homosexuales con las heterosexuales, por ejemplo en materia de adopción”.
Paola Binetti, en una entrevista concedida al diario Il Corriere Della Sera (1/2), replicó así: “Hemos votado sí a
la manifestación presentada por el Olivo en el Parlamento porque ésta hace que el gobierno se comprometa
con apoyar en los hechos lo que estaba escrito en el programa”. Además, añadió: “También nosotros
hubiéramos preferido que no hubiese una ley específica, una normativa ad hoc en las convivencias, sino una
intervención de las distintas leyes que regulan los diversos aspectos concretos de la vida de una persona. Pero
en democracia, al interior de una coalición tan multicolor, algunas veces hay que tomar caminos diferentes de
los que se elegirían si se hubiese estado solos”.
El proyecto de ley preparado por los ministros Bindi y Pollastrini llegará al Consejo de Ministros el próximo
9 de febrero. Tras la visión del borrador, Mastella declaró que el texto “no puede aprobarse” tal como está.
Pero el verdadero partido se juega entre los católicos de la Margarita, ya sea porque sin ellos Mastella se
ecnontrará totalmente en minoría en la Unión, ya sea porque todo este caso tendrá consecuencias importantes
en el futuro del naciente Partido democrático.
En efecto, la relación católicos/laicos sigue siendo el nudo principal que hay que desenredar en el proceso
constituyente del nuevo sujeto político, lo que se demuestra también en las tensiones presentes en el comité
de los “sabios” encargados de redactar el manifiesto del PD. (E.C.)

EL AMOR JUSTO. LA “VERDAD” SOBRE EL MATRIMONIO
EXPLICADA A LOS JUECES DE LA SACRA ROTA POR EL PAPA.
33742. CIUDAD DEL VATICANO-ADISTA. Por amor, pero sobre todo por deber. Es esta “la verdad
antropológica y salvadora del matrimonio” que Benedicto XVI ilustró al personal del Tribunal de la Rota
Romana – prelados auditores, oficiales y abogados – recibidos en audiencia en la Sala Clementina del Palacio
Apostólico Vaticano el pasado 27 de enero, en ocasión de la apertura del nuevo Año judicial.
La reafirmación de la “intrínseca dimensión jurídica” del matrimonio es el núcleo principal del discurso que el
papa le dirigió a los “rotales”, apuntando el dedo contra el principal imputado de la “crisis de sentido del
matrimonio”: el relativismo cultural y ético, alimentado también por una “hermenéutica de la discontinuidad y
de la ruptura con respecto a la enseñanza del Concilio Vaticano II”. Frente a la relativización subjetivista y
libertaria de la experiencia sexual – dice el pontífice – , la tradición de la Iglesia afirma con claridad la índole
naturalmente judicial del matrimonio, es decir su pertenencia por naturaleza al ámbito de la justicia en las
relaciones interpersonales. En esta óptica, el derecho se enlaza realmente con la vida y con el amor como un
propio intrínseco deber ser”. Por lo tanto, sigue, “amor y derecho así pueden unirse hasta tal punto, que
esposo y esposa se deban recíprocamente el amor que espontáneamente se quieren”.
Esta es la verdad que la Iglesia tiene que proclamar con gran determinación, mucho más en un tiempo donde
también entre los católicos se abre una amplia gama de posibilidades de interpretación del vínculo
matrimonial: “se difundió incluso en ciertos ámbitos eclesiales – explica Benedicto XVI – la convicción según
la cual el bien pastoral de las personas en situación matrimonial irregular exigiría una especie de propia
regularización canónica, independientemente de la validez o nulidad del matrimonio, es decir
independientemente de la “verdad” con respecto a su condición personal. El camino de declaración de
nulidad matrimonial es considerado de hecho un instrumento jurídico para alcanzar dicho objetivo, según una
lógica en la que el derecho se convierte en la formalización de las pretensiones sujetivas”.
Mientras la indisolubilidad, anunciada por la Sagrada Escritura (las palabras de Jesús a los fariseos quienes lo
interpelaban sobre lo lícito del repudio: “Lo que Dios ha unido, que el hombre no lo separe”), es “la verdad
antropológica y salvadora del matrimonio”: “a partir de esta unidad dual de la pareja humana se puede
elaborar una auténtica antropología jurídica del matrimonio”, argumenta Benedicto XVI. “Cada matrimonio
es, por cierto, fruto del libre consenso del hombre y de la mujer, pero su libertad traduce en acto la capacidad
natural inherente a su masculinidad y feminidad. La unión sucede en virtud del designio del mismo Dios, que
los ha creado hombre y mujer y les da el poder de unir para siempre esas dimensiones naturales y
complementares de sus personas”.
Por lo tanto, la indisolubilidad del matrimonio, según Benedicto XVI, no es sólo fruto del compromiso de los
cónyuges, “sino que es intrínseca a la naturaleza de la relación poderosa establecida por el Creador”.
Marido y mujer “tienen que comprometerse definitivamente justo porque el matrimonio es tal en el designio
de la creación y de la redención. Y la jurisdicción esencial del matrimonio reside precisamente en esta
relación, que para el hombre y la mujer representa una exigencia de justicia y amor a la que, por su bien y el de
todos, ellos no se pueden sustraer sin contradecir lo que Dios mismo hizo en ellos”.
El llamado a la “vigilancia” a los jueces rotales es neto: es necesario aplicar constantemente “la
hermenéutica de la renovación en la continuidad”, sin dejarse seducir “por vías interpretativas que implican
una ruptura con la tradición de la Iglesia” y que “se alejan de la verdadera esencia del matrimonio y también
de su intrínseca dimensión jurídica”, disimulando “una falsificación de la realidad conyugal”. “Así se llega a
sostener – sigue el papa – que nada sería justo o injusto en las relaciones de pareja, sino únicamente
respondiente o no a la realización de las aspiraciones sujetivas de cada una de las partes”. En cambio, la tarea
de los tribunales eclesiásticos es la defensa de las “verdades sobre el matrimonio”.

DE GIUSSANI A JUAN PABLO II,
VIDA Y OBRAS DEL CANDIDATO NÚMERO ÚNO AL POST-RUINI
33743. ROMA-ADISTA. Es el patriarca de Venecia, el cardenal Angelo Scola – dejada de lado
definitivamente la candidatura de Tettamanzi – uno de los posibles candidatos a la sucesión del cardenal
Camillo Ruini a la presidencia de la CEI. En efecto, al ser muy improbable que el papa le permita a la
asamblea de los obispos italianos el derecho – como sucede en los otros países – de elegir su propio
presidente, son varios quienes consideran que la opción de Benedicto XVI – cuyo plan restaurador se ha
hecho cada vez más claro con el pasar de los meses – pueda caer en un teólogo de Comunión y Liberación
(CL), que desde hace varios años ha abrazado con fervor la causa teocon. Si el cardenal Scola es uno entre los
obispos más conocidos de la Iglesia italiana, y sus cotizaciones aumentan, de todos modos no es imposible
que – especialmente en un periodo en el que en el Vaticano es alto el nivel de enfrentamiento entre facciones
curiales – alguien no pueda obstaculizarlo. Por ejemplo, el cardenal Ennio Antonelli, de 71 años, durante
cinco años secretario general de la CEI y nombrado en 2001 Arzobispo de Florencia (su nombre había
circulado – pero revelándose un ballon d’essay – incluso entre los candidatos a la sucesión de Juan Pablo II a
comienzos del Cónclave de 2005).
Scola nace en Malgrate (Lecco, en el norte de Italia ndt), el 7 de noviembre de 1941. Es el segundo hijo de un
camionero y de una ama de casa. De joven, participa en su parroquia en actividades de la Acción católica en
Lecco (de donde viene otro miembro doc de C.L., como Roberto Formigoni, actual gobernadrode
Lombardía ndr), donde asiste al Liceo Manzoni, se acerca a “Juventud Estudiantil” (GS), un ramo de la GIAC
(Gioventù di Azione Cattolica, Juventud de Acción Católica, ndt), que en la zona de milanesa en aquellos años
sufría la fuerte influencia del padre Luigi Giussani, que era profesor de religión en el instituto Berchet de
Milán desde 1954. Estudiante de filosofía en la Universidad Católica del Sagrado Corazón (en esa época –
antes de entrar en seminario – incluso es novio de una chica llamada Pinuccia), antes se convierte en vice-
presidente y luego presidente de la FUCI (Federacion de Universitarios católicos ndt) milanesa (1965-67). Su
ordenación presbiteral tiene lugar el 18 de julio de 1970, pero no es tan fácil. En su biografía oficial (la misma
que aparece también en el sitio del Vaticano, y que ha sido difundida en ocasión del último Cónclave), Scola
cuenta que fue ordenado sacerdote el 18 de julio de 1970, pero no dice dónde ni por quién. Si lo especificara,
muchos se preguntarían por qué, después de haber frecuentado el seminario mayor de Milán, el “Venegono”,
quien lo consagró fue el obispo de Taranto, monseñor Abele Conigli (cuyo secretario estaba, en la época,
cercano a C.L.). Una extrañeza que se explica con el hecho de que en la Iglesia milanesa, en los Sesenta, el
proselitismo de los de C.L. y su actitud polémica y desprejuiciada era mal tolerada por sacerdotes y obispos. A
mitad de los años 60, el cardenal Giovanni Colombo le había impuesto a G.S. que confluyera al interior de
la FUCI, intentando contrastar los empujes disgregadores del movimiento y reconducir al interior de un
proyecto unitario la pastoral universitaria. El proyecto del cardenal Colombo, al que en los años siguientes se
adecuaron casi todas las diócesis italianas, no dio resultado y los círculos FUCI milaneses seguían estando
divididos entre “miembros de G.S.” y “no miembros de G.S.” (las diócesis de Milán, Varese y Lecco
contaban en la época con una fuerte presencia de los secuaces de Giussani, que en cambio tenían una
presencia limitada en Bérgamo, Mantua, Cremona, y eran prácticamente ausentes en Pavía). En este contexto
de fuerte tensión, sucedía muy a menudo que seminaristas particularmente expuestos en el movimiento del
padre Giussani no fueran ordenados.
Y así le sucedió también a Scola, que en el año 1970 fue obligado a “emigrar” a la diócesis de Teramo. Un
pequeño lunar en el prestigioso currículo del cardenal de Venecia, que los biógrafos oficiales decidieron
remover.
Mientras tanto, en 1969, Giussani concluía la experiencia de “Juventud Estudiantil” y daba vida a un nuevo
movimiento, “Comunión y Liberación”, al interior del cual Scola pronto destacó: está presente en la
Universidad, en la escuela, predica ejercicios espirituales para los jóvenes y las familias, tiene cursos de
actualización teológico-cultural, en Italia y en el extranjero, y participa en los retiros. Colabora también a la
fundación de la Revista Internacional Communio, nacida por una escisión “a la derecha” de la más prestigiosa
Concilium. Pero su carrera en el movimiento no lograba despegar. En esos años Scola se señala por el espíritu
anticonformista, por un carácter más bien áspero e irascible. Le gusta vestir casual (blue-jeans y felpa) y
ostentar indiferencia por la formalidad y el conformismo eclesiásticos (actitudes por lo demás muy difundidas
al interior de CL). Pero al padre Angelo le cuesta entrar en las simpatías del padre Luigi Giussani, que tal vez
temía su excesiva ambición, prefiriéndole un sacerdote un poco más joven que él, Massimo Camisasca. Es
precisamente Camisasca convertido en histórico “oficial” de CL, quien cuenta un episodio significativo en la
difícil relación de esos años entre el fundador de C.L. y su joven discípulo. En efecto, en 1975, Giussani con
firmeza les llamó la atención a los universitarios de C.L. (CLU) encabezados por Scola. Parece que Scola
dirigiese el CLU en modo demasiado autónoma respecto al resto del movimiento. Y Giussani volvió a
controlar todo con decisión: “El CLU es una gran germinación – escribió el fundador de CL – cuyas raíces se
han secado”. Con el tiempo las relaciones se descongelaron, pero la desconfianza de Giussani permaneció, si
es verdad que para la sucesión a la guía del movimiento, “Gius” ignoró a los discípulos italianos – de todos
modos más nobles – prefiriéndoun sacerdote español, el padre Juan Carrón.
Después de la tormenta del año 1975, Scola se escabulló y tuvo un perfil más bien bajo. Pero a finales de los
Setenta está en Roma, en la sede de Via Pagliano, responsable de la Oficina de Relaciones Exteriores de C.L.
A partir del año 1979 es profesor en la Universidad de Freiburg. En 1982 ya se ha asentado en Roma el
régimen wojtyliano y Scola es nombrado profesor de Antropología Teológica en el Pontificio Instituto Juan
Pablo II para Estudios sobre Matrimonio y Familia en la Pontificia Universidad Lateranense. Más tarde, es
encargado también de una enseñanza de Cristología contemporánea en la Facultad de Teología de la
Pontificia Universidad Lateranense. Es en el Instituto Juan Pablo II – tanto para tener una idea del perfil que
había asumido el recién nacido instituto – que en 1983 tiene lugar el primer coloquio internacional del
pensamiento cristiano titulado “Karol Wojtyla filósofo, teólogo, poeta”.
En la II Convención de la Iglesia italiana en Loreto, el exponente del C.L. forma parte del think tank que
intenta conferir una legitimación teológica y pastoral al vuelco que Juan Pablo II impone a la Iglesia italiana.
Está en efecto entre los curadores de “Reconciliación cristiana y comunidad de los hombres”, un volumen
con el mismo título de la Asamblea de Loreto, que recoge ensayos elaborados por una serie de personajes
vinculados al movimiento de Comunión y Liberación. Al padre Angelo Scola se le encarga la tarea de analizar
las líneas pastorales de la Conferencia Episcopal Italiana de 1973 a 1984. La nueva evangelización – escribe
Scola – no pasa por la parroquia, como dicen muchos obispos que aún la consideran centro y motor de la
vida eclesial. Esta estrecha identificación entre Iglesia e Iglesia local, según Scola, parece no permitir coger lo
específico “de lo que por muchos ha sido definido como el fenómeno más significativo de las últimas décadas
de vida eclesial: el nacimiento de los movimientos”, los cuales siempre son vistos como subordinados “a la
diócesis o hasta a la parroquia”. En esta perspectiva, escribía Scola, la Convención de 1985 tendrá que
enfrentar sobre todo dos nudos: el primero es respetar la autonomía y la riqueza de las diversas realidades
eclesiales y favorecer su diálogo. El segundo es reconocer que, aunque la Iglesia en Italia es culturalmente
minoritaria, “los temas de la autonomía de las realidades terrenales, del pluralismo, del diálogo” tienen que ser
subordinados “con franqueza a los contenidos constitutivos y generativos de la comunidad cristiana”.
Profético: en efecto en Loreto Juan Pablo II celebrará el de profiundis de la Iglesia montiniana y dará el golpe
final al fermento de la estación post-conciliar imponiendo la “presencia” fuerte y directa de la Iglesia italiana
en la vida civil y política del país, concediendo espacio y libertad de acción a los movimientos (C.L.,
Neocatecumenales, Focolarini, carismáticos) para contrastar el asociacionismo católico tradicional
(especialmente la Acción Católica) en las diócesis y en las parroquias, devolviéndole a la jerarquía su rol
tradicional en desmedro de los laicos. Justo en este sentido el papa, ya en una carta a la Asamblea General de
la CEI en mayo de 1984, le había pedido a los obispos que controlaran la Convención y volvieran a ocupar
“ese puesto que les toca por derecho divino”.
Un “primado” – el del clero sobre los laicos – que el papa quiso se estableciera incluso a nivel simbólico.
Así, cuando el pontífice llegó a Loreto para pronunciar su discurso en la Asamblea, la organización hizo
mover a quien estaba sentado en las primeras filas para hacerle sitio a las birretas violetas y rojas de obispos y
cardenales. Entre quienes – a pesar ellos – estuvieron obligados a abandonar de prisa los primeros puestos
estaba también el padre Angelo Scola, que con mal disimulado resentimiento subrayó que la Iglesia estaba
representada por una jerarquía vieja y tenazmente atrincherada en defensa de sus propios privilegios.
Después de Loreto, Scola por fin estaba por recibir la recompensa por el fervor con el que se había puesto al
servicio de la batalla eclesial conducida por Juan Pablo II. Un periodo en el que Scola se distingue en
particular en la lucha a todo lo que en la Iglesia le parecía, incluso desde lejos, signos de “comunismo”. In
primis la Teología de la Liberación. En junio de 1986, la revista mensual de C.L. “30 días” entrevista a 5
teólogos de la liberación en mérito a la reciente, segunda instrucción sobre la TdL emanada por la
Congregación para la Doctrina de la Fe. La redacción tal vez se esperaba de los teólogos respuestas fácilmente
atacables. En cambio, los entrevistados responden de manera pertinente, subrayan en el interior de la
Instrucción lo que comparten – la opción por los pobres, la valorización de las comunidades de base, la
descripción de la tarea de la Iglesia como tarea de liberación – y manifiestan perplejidad en lo que en el
documento no les convence totalmente – la visión teológica “europea” de la Instrucción, la opción de no
partir del examen de la situación sino de los principios. Y entonces “30 Días” piensa bien en “enriquecer” el
servicio añadiendo un artículo del padre Angelo Scola, que da juicios muy duros sobre los teólogos y su
teología. Sin posibilidad de replicar. (Valerio Gigante)

EL CARDENAL ANGELO SCOLA DE LORETO A BENEDICTO XVI.
UN GRAN FUTURO A SUS ESPALDAS
33744. ROMA-ADISTA. Después de la Convención de Loreto (ver noticia anterior), las componentes
conciliares de la Iglesia italiana (la opción de la Acción Católica de alejarse de la influencia de la Demcoracia
Cristiana, los cardenales Ballestrero, Martini, etc.) sufren una lenta, pero inexorable, marginalización, a favor
del nuevo curso impuesto por Juan Pablo II, cuya realización se le encarga a monseñor Camillo Ruini. En
este nuevo contexto, las cotizaciones de Angelo Scola comienzan a subir rápidamente. De 1986 a 1991 Scola
es consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe. En 1987 participa como perito en la VII Asamblea
ordinaria del Sínodo de los obispos sobre la “Vocación y misión de los laicos”, en 1991 es nombrado
consultor del Pontificio Consejo para los Operadores Sanitarios, pero sobre todo en aquel año llega la muy
anhelada designación como obispo. En efecto, el 20 de julio de 1991 es elegido obispo de Grosseto y el 21 de
septiembre recibe la ordenación episcopal de las manos del cardenal Bernardin Gantin en la basílica de
Santa María la Mayor. No es poco para un seminarista al que le costó hacerse ordenar sacerdote y que miraba
con resentimiento a los obispos sentados en primera fila en Loreto.
Scola despeja el camino, tras las resistencias del pontificado montiniano, serán diversos los sacerdotes de C.L.
que suben en la escala jerárquica. Como monseñor Luigi Negri – pupilo de Giussani y ex alumno del
instituto Berchet – que en 2005 se convirtió en arzobispo de Montefeltro-Urbino; o monseñor Giancarlo
Vecerrica, obispo de Fabriano-Matelica desde 2002; o monseñor Gianni Danzi, obispo desde 1996 y titular
de la prelatura de Loreto desde 2005.
Pero todavía su camino no se había detenido: en 1994 Scola es nombrado miembro de la Congregación para
el Clero, cargo que actualmente mantiene. En julio de 1995 es nombrado por el papa Juan Pablo II rector de
la Pontificia Universidad Lateranense y dos meses después director del Pontificio Instituto Juan Pablo II para
Estudios sobre Matrimonio y Familia. Es una nominación importante porque testimonia que Scola ya se ha
convertido en un férvido sostenedor y propagador de las tesis wojtylianas en materia de matrimonio, familia,
moral sexual.
En Roma los religiosos redentoristas dirigen el “Alphonsianum”, un Instituto de teología moral ligado a la
Pontificia Universidad Lateranense. Era este el centro de elaboración más importante de teología sobre la
familia y la moral sexual. Pero enntre los años Sesenta-Ochenta también había sido un centro de la
renovación conciliar. Aquí había enseñado el padre Bernhard Häring, uno de los más grandes teólogos
moralistas del siglo XX (“procesado” por su estrenua oposición a la Humanae vitae de la Cdf). Algunos dicen
que justo porque descontento del “Alphonsianum”, Juan Pablo II había fundado en 1982, al interior de la
Lateranense (pero manteniendo una cierta autonomía) el Pontificio Instituto para los Estudios sobre
Matrimonio y Familia, haciéndolo titular a si mismo.
La irresistible ascensión de monseñor Scola no se detiene aquí. Desde junio de 1995 es miembro de la
Comisión Episcopal para la Educación Católica, la Escuela y la Universidad de la Conferencia Episcopal
Italiana y desde enero de 1996 es presidente del Comité para los Institutos de Ciencias Religiosas. De 1996 a
2001 es miembro del Pontificio Consejo para los Operadores Sanitarios. En 1996 es nombrado consultor del
Pontificio Consejo para la Familia. El último y definitivo salto en el gotha de la jerarquía importante tiene lugar
el 5 de enero de 2002, cuando Juan Pablo II lo nombra patriarca de Venecia, en la cátedra que por muchos
años había sido del cardenal Angelo Giuseppe Roncalli, quien luego se convirtió en el papa Juan XXIII y –
últimamente – del cardenal Marco Cè, ex asistente nacional de la Acción Católica, obispo de formación
montiniana y por lo tanto con una visión teológica y pastoral totalmente opuesta al arribismo de Scola.
La púrpura cardenalicia llega con el Concistorio del 21 de octubre de 2003.
En la nueva sede, el patriarca de C.L. deja ya su signo. En septiembre de 2003, Scola da vida a un ambicioso
proyecto cultural, el Studium Generale Marcianum (lo inaugurará a todo lujo el 24 de abril de 2004, en
presencia del secretario de Estado vaticano, el cardenal Angelo Sodano). Más que de universidad, se trata
de “un polo pedagógico académico”, un sistema de “educación cristiana integral” dirigido a creyentes y no
creyentes. Resumiendo, un instrumento de “presencia” cristiana en la sociedad (por lo tanto, en perfecta línea
con la filosofía de C.L. y el proyecto cultural de Ruini) que va de la Escuela de la infancia hasta las
especializaciones post-lauream. En su interior, el Marcianum comprende una facultad de derecho canónico
creada y dirigida por el Opus Dei. Al promover el nuevo polo, Scola intenta crear lazos con el mundo
académico veneciano. Por ejemplo, propone a la Universidad estatal de Ca’ Foscari de organizar un Master
universitario en “Gestión y Ética de Empresa”, un curso de estudios de 18 meses dirigido a 15 estudiantes,
finalizado a exaltar “la teología social como referencia para una ética de empresa”. Organiza y dirige el Master,
una asociación nacida ad hoc, en la que participan como socios fundadores (al 50%) la Universidad y el
Instituto de Derecho Canónico “San Pío X”. Pero algo va mal: el master – aunque apoyado por el rector Pier
Francesco Ghetti – es rechazado por el Senado académico de Ca’ Foscari.
En efecto, muchos “senadores” evidenciaron preocupación por el riesgo de excesiva “confesionalidad” de la
iniciativa, pero también por el hecho de que en la relación entre la Universidad pública y el Marcianum, era
éste último quien hacía el papel principal; además, en el acuerdo preliminar entre ambos ateneos, había sido
puesta una cláusula que preveía el recíproco placet de Universidad y Patriarcado sobre la nominación de los
docentes del master, concediéndole así de hecho a la Curia la más amplia facultad de vetar a docentes que no
le gustaban.
A pesar de esta pequeña débacle, en los últimos años el compromiso de Scola se caracteriza sobre todo por la
enérgica reivindicación del principio de subsidiariedad, palabra “mágica” del vocabulario de la derecha eclesial
que quiere reivindicar la prevalencia de la “sociedad” en el Estado y, por lo tanto, legitimar la presencia de la
Iglesia y de lo que se denomina “privado social” (donde las cooperativas católicas tienen una fuerte presencia)
en los delicados sectores de la asistencia, de la educación, de la animación social.
Pero el compromiso del patriarca se dirige también a consolidar los signos de aquel poder temporal que tanto
desaprobara cuando era joven. En efecto, en 2006 completa los trabajos de reestructuración del Patriarcado,
haciéndose aprobar la reestructuración en julio de 2005 por el Consejo comunal, en deroga al Plan regulador
que no permitía modificaciones a los edificios vinculantes y haciéndose financiar los trabajos por la Región
Véneto por un total de alrededor de 50 millones de euros, con dinero – por la mayoría – que viene de los
fondos especiales destinados a la descontaminación. En la quinta planta del palacio, donde estaba el archivo
patriarcal, Sola hace construir un nuevo, amplio departamento con gimnasio y sauna con un cuarto para los
huéspedes y uno para su hermana.
Pero las polémicas se concentran sobre todo en los trabajos efectuados en el techo del Palacio patriarcal de
Venecia, a pocos metros de la cúpula de San Marcos. Algunos habitantes de las zonas aledañas al Palacio
presentan un informe a la procura para protestar contra los ocho enormes “motocondensadores” para el aire
acondicionado instalados donde antes estaba un antiguo mirador de madera, completamente derrumbado y
reconstruido ex novo.
Pero Scola no olvida sus tareas de defensor fidei. En el Sínodo de los Obispos de 2005 le toca la tarea de
pronunciar la Relatio post disceptationem. En esta, el patriarca de Venecia resume los argumentos y las relativas
posiciones expresadas por los obispos en asamblea, pero haciendo pesar más las finalizadas a mantener el
estatus quo: como en la cuestión de la escasez de los sacerdotes y sobre la eventual admisión al sacerdocio de
hombres casados (los llamados “viri probati”) como instrumento para una mayor provisión sacerdotal. Scola
extingue inmediatamente la hipótesis: “es un camino que no hay que recorrer”, dice claramente en su informe
de “síntesis”.
El resto es historia reciente: en el Cónclave de 2005 está en el “partido” conservador que apoya la candidatura
de Ratzinger (es su discípulo intelectual desde los tiempos de la fundación de Communio), de quien es, hoy
día, entre los más entusiastas sostenedores.
En enero de este año, tal vez también en la perspectiva de dar a su candidatura un respiro internacional,
además de una cobertura mediática, el cardenal Scola estuvo en EE.UU. para presentar la revista “Oasis”,
elegante semestral del Centro Internacional Estudios e Investigaciones “Oasis” (promovido por Scola mismo)
publicado en cuatro ediciones (inglés-árabe, inglés-urdu, francés-árabe, italiano-árabe), es distribuida en
Europa y en la mayoría de países de África y Asia. El 16 de enero Scola estaba en Washington. Al día
siguiente hasta ante la sede ONU de Nueva York, en un encuentro, titulado “Pueblos y religiones”,
promovido – entre otros – también por el Observador Permanente de la Santa Sede ante las Naciones
Unidas. (Valerio Gigante)
FUERA DEL TEMPLO
HOMILÍAS

En la nave en penumbra,
Pasos en punta de pié.
Buscan Cosas escondidas
A los doctos y a los sabios
Pero vacío está el Sepulcro
de lo sacro.
Y allá afuera, más allá de lo sagrado,
sopla una brisa leve
sobre la vida y le da la palabra.
Palabras de mujer, palabras de hombre.
Palabra de Dios.
Comentarios al Evangelio
De quien se ha “desvestido”:
sin paramentos,
doctrina y jerarquías,
pero no por ello
‘sin Dios’


Año C
18 de febrero de 2007
VII Domingo del Tiempo Ordinario
1Sam 26,7.7-9.12-
13.22-23
Sal 102
1Cor 15,45-49
Lc 6,27-38

LA DIFERENCIA CRISTIANA
Paolo Ricca *

Un fragmento como este es, al mismo tiempo, seductor y frustrante. Es seductor porque nos deja vislumbrar
otro mundo, es decir siempre este mundo pero completamente otro, justo como lo desearíamos y lo soñamos
– un mundo tan distinto del mundo en que vivimos y del que somos hijos que, si sucediera realmente lo que
Jesús dice en estos versículos, se convertiría en una especie de paraíso. Por otra parte, el fragmento es
frustrante porque lo que aquí se nos pide a nosotros, que no somos ángeles ni pretendemos serlo y tampoco
vivimos entre ellos, es – es mejor decirlo ahora – absolutamente por encima de nuestras fuerzas, pero hasta
de nuestra imaginación, más allá no solamente de nuestras capacidades, sino que también de nuestra
disponibilidad. Lo que Jesús nos pide es, francamente, demasiado. Si Jesús nos pidiese que no odiáramos a
nuestros enemigos, y lo lográramos, para nosotros ya sería un buen objetivo. Pero no nos pide sólo que no
los odiemos, ¡sino que también los amemos! Hay una buena diferencia entre no odiar y amar. Es justamente la
diferencia cristiana, que Jesús ilustra con mucha eficacia, en los versículos 32-34 y que nos propone. Pero
¿quién logra hacerlo? Si Jesús nos pidiera que no le hiciéramos daño a los que nos odian, y lo lográramos,
para nosotros ya sería un buen objetivo. Pero no nos pide sólo que no le hagamos daño, sino que les hagamos
del bien. Es la diferencia cristiana que Jesús nos propone. Pero ¿quién logra hacerlo?
Si Jesús nos pidiera no tener resentimiento u odio para quien nos maldice, y lo lográramos, para nosotros ya
sería un buen objetivo. Pero no sólo nos pide que no tengamos resentimiento hacia quien nos maldice, ¡sino
que también le bendigamos! Hay una buena diferencia entre no probar odio hacia una persona y bendecirla.
Es la diferencia cristiana que Jesús nos propone. Pero ¿quién logra hacerlo? ¿Quién logra ser cristiano? “De
cristianos en este mundo sólo ha habido uno – dijo Nietzche – y a ese lo han crucificado”. Efectivamente, el
único que haya practicado las cosas dichas en este fragmento es precisamente él, Jesús. Pero que ahora las
dirige hacia nosotros: “A vosotros que escuchad, yo digo” (v. 27). Evidentemente, Jesús piensa que podemos
lograrlo. Piensa que su Palabra y su Espíritu pueden penetrar tan profundamente en nuestra alma para poder
transformar no sólo nuestros pensamientos, nuestra manera de razonar, sino que también nuestros
sentimientos, nuestra vida interior y, con esta, nuestra manera de actuar y reaccionar...
Jesús piensa que podemos convertirnos, ya en este mundo y en esta vida, en “hijos del Altísimo” (v. 35), es
decir ser aquí y ahora hombres y mujeres en cuya vida se refleja, como en un espejo, algún rayo de lo que es
Dios: “es benigno hacia los ingratos y los malvados” (v. 35). En esta pequeña frase está todo el Evangelio. La
clave de todo es, por lo tanto, Dios y nuestra relación con él. Si la relación es viva, intensa y profunda, es
posible que se note en nuestra vida la diferencia cristiana, es decir que es posible ser “hijos del Altísimo”.
Sino, somos sólo parientes lejanos. Mucho cristianismo actual es sólo pariente lejano de Dios. De todos
modos, una cosa – elemental pero decisiva – surge claramente de este fragmento: la diferencia cristiana es
esta, que para ser cristianos no es suficiente no hacer el mal, hay que hacer el bien.

* Paolo Ricca. Nació en 1936 en Torre Pellice (Turín), Paolo Ricca es pastor y teólogo de la Iglesia Valdense.
Ha enseñado Historia de la Iglesia en la Facultad Valdense de teología de Roma. Ha sido Presidente de la
Sociedad Bíblica en Italia y dirige para la Editorial Claudiana la colección Obras elegidas de Martin Lujtero.
En el 2000 recibe por su opera omnia el Premio de literatura espiritual. Entre sus obras: Il cristiano davanti alla
morte, (Claudiana, Turín 1978); Le Chiese evangeliche e la pace (ECP, S. Domenico di Fiesole, 1989); Lutero e le 95
tesi (Claudiana, Turín, 1998).