Había una vez en las profundidades del mar un by xyd32971

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									     CUANDO LA TINTA DEVOLVIÓ LA RESERVA
   Había una vez en las profundidades del mar un arrecife cerca de las costas de
Nueva Zelanda donde vivían todo tipo de animales marinos, infinidad de peces,
moluscos, crustáceos, lamelibranquios..., y muchos de ellos vivían en sus casas
hechas de coral.
   Todos vivían bien y no tenían muchas preocupaciones, si acaso de vez en
cuando merodeaba algún tiburón solitario por allí; por lo demás, vivían tranquilos
y felices.
   Si tuviéramos que presentar a nuestros amigos, diríamos que allí estaba la
gamba Rodolfa que siempre andaba de aquí para allá, cantando y haciendo amigos,
el pez globo Stuard que jugaba a asustar a los camarones inflándose y
desinflándose, el lenguado Nicolás siempre estaba tirado en el suelo y los demás
no se daban cuenta, el pulpo Jesús contaba historias a los peces payaso y la
estrella Marina enseñaba al resto de estrellas jóvenes a camuflarse.
   Todo el arrecife de coral estaba reinado por Luis, un langostino que llevaba
muchos años reinando y vivía en lo alto del arrecife junto a su sobrino Rafa que
era un joven langostino un poco inútil y olvidadizo.
   Un día, Luis se puso enfermo, cogió frío el día anterior al ir a una zona de
aguas gélidas y tuvo que dirigirse a la enfermería que estaba al otro lado de las
“ciudad”, por eso Rafa tuvo que asumir el poder. Él no sabía qué hacer, sólo era un
joven langostino que no sabía nada de la vida. A los pocos días se le acumulaban
los problemas: que si había que arreglar la calle central del arrecife, que si una
marea había destruido parte del coral, que si se habían divisado tiburones
desconocidos...
   A las dos semanas, ya era verano, el rey mejoró y pudo volver al trono y poder
seguir enseñando a Rafa. Pasado un tiempo, las casas de los habitantes del
arrecife, los corales, enfermaron y con los días algunos se fueron muriendo,
dejando sin casa a peces y crustáceos.
   Un día el rey reunió a todos los habitantes del arrecife para intentar
solucionar el problema de los canales.
- Estimados conciudadanos, durante estos últimos días, mucha gente ha quedado
sin un lugar donde vivir porque zonas del arrecife están muriendo, ¿alguno sabe el
porqué?- preguntó el rey Luis.
- A lo mejor es porque las aguas están contaminadas – dijo un bogavante.
- No, porque mandé revisar la contaminación del agua y está correcta – contestó
Luis.
- Escuchadme – dijo el cangrejo Marcos – ¿vosotros no estáis teniendo calor
estos días?
- Normal, estamos en verano – dijeron un grupo de almejas.
- Ya, pero más de lo normal. Yo creo que la temperatura del agua ha subido y eso
está matando el coral.
- Puede ser, ¿alguna idea de cómo solventar el problema? – preguntó el rey.
- Yo propongo que vayamos a explorar otras zonas de la costa y ver si hace más
frío. Empezaremos por la Reserva. Si es así, nos trasladaríamos – expuso Marcos.
- Bien, ¿algún voluntario para investigar?- pidió Luis.
- Yo no, porque nunca he salido de este lugar- dijo el lenguado Nicolás.
- Yo tampoco, porque a saber los peces que nos podemos encontrar o si nos
perdemos y no encontramos el camino de vuelta – explicó la almeja Roberta.
- Pues yo sí quiero ir, siempre he querido salir de este arrecife y ver mundo –
dijo el pulpo Jesús.
- Yo también iría – propuso el cangrejo Marcos.
Y así estuvieron debatiendo hasta que se completó una expedición de siete
decididos e intrépidos compañeros.
Pasadas dos semanas los siete peces volvieron heridos, sin fuerzas y desnutridos.
Al llegar al palacio el rey, estos le contaron lo ocurrido.
- Gracias a Poseidón, majestad, estamos vivos – contó el pulpo.
- Pero qué pinta es esa, parecéis llegados de la guerra – contestó el rey
- No majestad: es el disfraz de carnaval. Venimos encantados de la misioncita,
¿no veis nuestras caras de entusiasmo? – dijo con ironía Marcos.
- Me tomáis las barbas. Creéis que soy un estúpido. ¡Desembuchad de una vez! –
les apretó con impaciencia,
- Señor, ha sido horrible: nos apresaron, nos amenazaron, nos tuvieron
encerrados, nos golpearon, sin apenas dejar de interrogarnos – dijo con aires de
frustración una de las dos gambas de la misión.
- ¿Es qué me vais a decir que os han maltratado y torturado? ¡Menudos comandos
me he buscado! – expresó el rey con cierta indiferencia.
- No señor, nos han colmado de manjares y hospedado ja, ja,ja ... en un hotel
coralino de múltiples puntas – expresó entre risas Jesús el pulpo.
- Basta de monsergas y bromas. Quiero toda la verdad hasta el último detalle –
replicó el rey con autoridad.
Después de largo rato, todos los presentes supieron que el lejano coral de
reserva que siempre había estado deshabitado, ahora estaba en manos de un
grupo de tiburones y otras criaturas desconocidas que se habían establecido
huyendo al parecer de otro lugar en el que también tenían problemas,
El rey convocó a la Asamblea a todos los habitantes del arrecife a fin de tomar
medidas pues la intranquilidad y el desasosiego se extendía como la mala hierba.
- Amigos coralinos, sabéis que mi valentía y sagacidad es conocida en todos los
mares del Sur, pero mi deber está aquí y es velar por todos mis queridos
súbditos, dirigiendo las operaciones y dando valor a mi pueblo. Sin embargo,
tenemos un gran problema: el coral enferma y nuestra Reserva de emergencia ha
sido ocupada por criaturas peligrosas y hostiles – expuso el rey.
- Señor, yo tengo la solución. Dejadme partir y si en dos semanas no estoy aquí,
piense en buscar otra alternativa – dijo con valentía un joven caballito de mar.
Al oír las decididas palabras del casi insignificante caballito, un murmullo de casi
todos los miembros de la Asamblea, dio lugar a un sin fin de risas burlonas que
despertaron alguna que otra carcajada; la más evidente, la del propio rey que
enseguida dijo:
- ¿Cómo vas a expulsar tú sólo, insignificante equino de agua, a tan reputados
enemigos? ¿No ves que es una insensatez? – gritó con energía el rey.
- Dejadle, ya sabéis que es un poco cortito de mollera el caballito. Es su vida y
poco podemos perder – gritó un cangrejo ermitaño.
- Esa minúscula cosa no va a poder ni acercarse a la Reserva. ¡Estáis locos! – gritó
un pez manta.
- Nada se pierde y lo pequeño y diminuto a veces es más difícil de detectar y
combatir por los enemigos. Yo confío en él – habló un viejo pulpo, cuyas expertas
palabras eran siempre tenidas en cuenta.
- Está bien, tienes dos semanas Jardel,- que así se llamaba-; piensa que la
Comunidad estará pendiente de ti, te necesita – concluyó el rey Luis.
- Si me lo permitís, desearía reunirme con los calamares y que algunos de ellos,
voluntarios, me acompañaran – pidió Jardel.
- Está bien, dispón de lo que necesites- otorgó el rey.
   El caballito de mar se reunió con la colonia de calamares y les explicó su plan,
pidiéndoles guardarlo en absoluto secreto. Al día siguiente, el grupo salió
dispuesto a salvar a los habitantes del arrecife.
   El día en el que se cumplían las dos semanas, todos los habitantes del arrecife
merodeaban inquietos y nerviosos por su parte central. No había noticias y el
que más y el que menos, ya se había hecho a la idea de no volver a ver a los
expedicionarios. Cuando la luz se hacía más intensa en el interior del agua y el Sol
debería estar en su punto más alto, Jardel apareció junto al grupo de calamares,
de manera triunfante, en la zona central del arrecife en la que se celebraban las
Asambleas.
   Se los veía contentos y tranquilos, demostrando con sus gestos y expresiones
el éxito de la misión.
- Queridos amigos, la Reserva está disponible. Podemos mudarnos, de momento se
solucionaron nuestros problemas. Mañana podemos partir – dijo con voz segura y
victoriosa el caballito de mar.
 - No es posible y estáis todos bien, sin el menor daño o rasguño. ¿Cómo pensáis
que vamos a creeros? – dijo el rey.
- Mienten. Es una disculpa. De aquí no nos moveremos. ¿Creéis que esa pandilla va
a haber acabado con los tiburones?´- se oyó entre el murmullo de los asistentes.
- Silencio – gritó con dureza Jardel -. Nos hemos jugado la vida, no para encima
ser despreciados y ridiculizados por muchos que no se hubieran atrevido a salir
del arrecife. La fe me hizo creer en mí, la fe me ayudó a presentarme, la fe en mi
plan convenció a vuestros amigos los clamares y la fe en salvar a la Comunidad nos
ha devuelto hasta aquí. ¿Tampoco los creen a ellos? – vociferó el caballito
indignado ante lo que veía- Mirad, conseguimos expulsar a los tiburones y al resto
de criaturas que se habían apoderado de la Reserva. Nuestro plan consistía en
llevarnos la tinta almacenada para peligros inminentes de nuestros compañeros
los calamares. Cuando nos acercamos de manera sigilosa, bajamos hacia las grutas
profundas en las que me contaron existían unas botellas metálicas de esos
hombres malvados a los que a veces hemos visto con ellas intentando cazar a
alguno de nuestros hermanos.
   Lo dispusimos todo para que la tinta se soltara a la vez que las burbujas de las
botellas a una señal mía y eso hicimos, no sin antes presentarme ante los
tiburones, haciéndoles creer que era un emisario del dios Poseidón.
   No me creyeron y se burlaron de un dios que para muchos era de leyenda. Pero
cuando todo se volvió negro, oscuro y burbujeante, salieron despavoridos como
mechas encendidas.
   Nos quedamos en la Reserva durante una semana y no tuvimos noticia alguna de
que ningún ser marino se acercara por allí. ¿Nos creéis ahora? – terminó de
relatar Jardel.
- Mañana dispondremos todo para el traslado. Perdonad. Habéis salvado a la
Comunidad y merecéis nuestro reconocimiento. ¡Viva Jardel! ¡Vivan nuestros
hermanos los calamares! - vitoreó el rey.
- ¡Viva! ¡Viva! – contestaron a coro todos los presentes.
   Y así fue. Al día siguiente, se trasladaron a la Reserva, que seguía deshabitada
y llena de vida como los recién nacidos. El problema de fondo seguía acechando,
pero todos estaban alerta para busca la solución y luchar por ella.
   ¿Nosotros podremos hacer lo mismo? La naturaleza nos está avisando.
               REDACCIÓN




“CUANDO LA TINTA DEVOLVIÓ LA RESERVA”




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