Desaparición del Imperio Romano de Occidente. Las Invasiones by zwk61917

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									Desaparición del Imperio Romano de Occidente. Las Invasiones bárbaras

Introducción

Recordemos que desde finales del s. III la decadencia de Roma era imparable. Aunque las fronteras del
Imperio aún se extendían por la mayor parte de Europa Occidental, el norte de África y el Mediterráneo
oriental, el esfuerzo requerido para administrar y defender tan vasto territorio supuso un fuerte desgaste que
desembocó en una profunda crisis de todas las instituciones imperiales.

El emperador Teodosio, en 395, con objeto de aliviar la maquinaria administrativa y de defender mejor los
territorios de Roma, dividió el Imperio entre sus dos hijos. A Honorio le correspondió el Imperio de Occidente
y a Arcadio el de Oriente. La suerte de dichos imperios fue muy distinta, y mientras el de Occidente continuó
su decadencia hasta caer definitivamente en el s. V, el de Oriente se prolongó hasta mediados del s. XV,
llegando a conocer momentos de gran esplendor.

Los bárbaros y el Imperio

Uno de los mayores problemas con que se enfrentaba el Imperio era la presión de los pueblos bárbaros sobre
sus fronteras. ¿Quiénes eran estos bárbaros?

Los romanos dieron el nombre de bárbaros a todos los pueblos extranjeros más allá de sus fronteras. En el
norte y este de Europa, al otro lado del Rhin y del Danubio, en zonas frías e inhóspitas, vivían los pueblos
germánicos. Eran seminómadas que vivían principalmente de la ganadería, que completaban con la
agricultura de cereales y la explotación forestal. En las fronteras asiáticas había pueblos nómadas que
pastoreaban en las estepas de la región, y eran muy agresivos, como los hunos. Hostigaban a otros pueblos
que tenían que desplazarse, refugiándose en muchos casos dentro de los límites del Imperio.

Desde el s. II ya era frecuente el desplazamiento de pueblos germanos hacia el sur. Además del atractivo de
Roma, buscaban mejores tierras y climas. Algunos se instalaron como colonos trabajando en los campos, y
otros se integraron en el ejército. Otros recibieron tierras bajo pactos de alianza.

Las grandes invasiones

Hacia finales del s. IV, la presión de los hunos provocó importantes desplazamientos de pueblos germánicos
como los ostrogodos que fueron obligados a dejar Ucrania, y en su huida empujaron a los visigodos, que
atravesaron el Danubio en el 357 y se establecieron dentro de los límites del Imperio Romano. Otro tanto
sucedió a los alanos.

Pero estos pueblos que al principio entraron de forma pacífica, pronto se enfrentaron a Roma. En 378 los
visigodos y ostrogodos vencieron al Emperador en Adrianópolis. Los primeros se establecieron en los
Balcanes, mientras que los segundos se extendieron por la Dacia.

En 395 se produjo la división del Imperio y, mientras que el Imperio de Oriente fue capaz de resistir los
ataques de los pueblos bárbaros, el de Occidente no pudo detenerlos. En 406 los suevos, vándalos y alanos
cruzaron el Rhin y, después de saquear las Galias se establecieron en Hispania.

En 410 los visigodos, que habían pasado de Grecia a Italia, saquearon Roma, y pasaron a instalarse en el sur
de la Galia.

Los hunos se convirtieron en la mayor potencia bárbara bajo el mando de Atila,. Sus incursiones eran tan


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despiadadas que se le conocía como el azote de Dios. Sin embargo, no llegaron a establecer un reino duradero,
y terminaron volviendo a las estepas asiáticas.

Los burgundios poblaron la cuenca del Ródano

En una segunda oleada de invasiones los jutos, anglos y sajones se establecieron en Britania, los francos en el
norte de Francia y los alamanes en torno al Rhin.

En una tercera oleada los lombardos invadieron Italia.

Los reinos germánicos

En 476, con la autoridad imperial reducida a su mínima expresión, un jefe bárbaro, Odoacro, depuso a
Rómulo Augústulo, último emperador del Imperio Romano de Occidente, que se dividió en múltiples reinos
independientes. Los principales fueron:

Los visigodos, que establecieron su reino en Hispania.

Los vándalos, que tras su paso por Hispania, establecieron su reino en el Norte de África.

Los ostrogodos, que reinaron en Italia.

Estos reinos duraron poco. En la segunda mitad del s.VI sólo subsistía el reino visigodo, que sobreviviría
hasta el 711.

Los fundados en la segunda oleada de invasiones fueron más duraderos. La germanización de la sociedad fue
más profunda, pues los desplazamientos de población fueron mayores.

Los francos dominaron la Galia, conquistando los territorios de burgundios y visigodos.

Los jutos, anglos y sajones poblaron Britania, donde crearon siete reinos.

Los alamanes se establecieron a ambas orillas del Rhin

Tras la tercera oleada de invasiones los lombardos establecieron su reino en Italia

Cambios sociales, políticos y económicos

Las instituciones políticas y los sistemas sociales y económicos de los pueblos germánicos eran mucho más
simples que los del Imperio Romano. Su idea no era de destruir la organización romana que, por lo demás,
admiraban, sino conservar muchos de sus aspectos. No obstante, la introducción de sus propias tradiciones y
la inseguridad creada por los continuos ataques y saqueos tuvieron como consecuencia importantes
modificaciones.

En cuanto a la organización política, los reinos germánicos empezaron respetando las instituciones
imperiales. El rey era elegido por los nobles, pero la inestabilidad resultante (muchos eran depuestos o
asesinados en frecuentes conjuras) provocó que poco a poco las monarquías se hicieran hereditarias. Los reyes
gobernaban y administraban justicia ayudados por un consejo de nobles.

Los jefes militares eran los duques, y el ejército estaba integrado por esclavos. Los obispos, condes y
mayordomos de palacio también ayudaban al rey en sus tareas, y su relación con respecto al monarca fue poco
a poco pasando a ser una relación de fidelidad, como ocurrió también entre los nobles y los campesinos, con


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lo que el concepto de ciudadanía se perdió.

Por otra parte, economía y sociedad también sufrieron importantes cambios. Los germanos suponían la
minoría de la población, aunque ostentaban el poder. Al principio, tras las invasiones, la población germana y
la romana vivían de forma distinta, regidos por una doble legislación y con distintas costumbres y creencias.
Con el tiempo, sin embargo, las diferencias entre los grupos se fueron diluyendo y surgió una sociedad
diferente.

Una de las más importantes consecuencias de las invasiones fue la desaparición de las grandes ciudades, que
quedaron reducidas a centros administrativos sin apenas actividad económica. La población prefería
trasladarse a las grandes propiedades rurales de los señores germanos que les ofrecían protección a cambio de
su fidelidad. El comercio también desapareció casi por completo, reducido a los mercados locales, las vías
romanas fueron cayendo en desuso y la industria decayó. La economía era de autoconsumo, y la población se
dedicaba mayoritariamente a la agricultura y a la ganadería. El gran comercio quedó en manos de los
bizantinos.

En las zonas donde los germanos eran minoría con respecto a la población local, la influencia romana era
mucho mayor, y las lenguas que surgieron estaban basadas en el latín. Esta lenguas fueron el origen del
español, el francés, el italiano, el catalán, el gallego

En las zonas menos romanizadas, como las islas británicas o el área dominada por los alamanes, las lenguas
germanas predominaron, aunque adoptando términos latinos, y son el origen, por ejemplo, del inglés o del
alemán.

Los sistemas legislativos también cambiaron. El sistema germano era oral, y con la responsabilidad de
grandes dominios territoriales que legislar se necesitaban leyes escritas.

Por lo que respecta a la religión, los germanos eran paganos o, como los visigodos, seguidores de la herejía
arriana (una creencia según la cual no hay tres personas en Dios sino solamente una, el Padre, y que no admite
la divinidad de Jesucristo). La población romana, muy superior en número, era cristiana católica, por lo que en
algunos reinos las minorías germanas terminaron adoptando esta fe.

Otro importante aspecto en cuanto a la religión fue la creación de los primeros monasterios. En ellos vivía una
comunidad monacal que seguía una regla determinada. Muy pronto se convirtieron en centros culturales, pues,
además de a orar, los monjes se dedicaban a copiar manuscritos, y de las escuelas eclesiásticas salieron los
grandes intelectuales de la época, como es el caso, por ejemplo, de San Isidoro de Sevilla.

Los visigodos en la Península Ibérica

Como vimos antes, los visigodos eran un pueblo germánico que ya en el s. III habían invadido la Dacia. El
emperador Aureliano les concedió esos territorios. Fue entonces cuando se convirtieron al arrianismo.

Durante los ss. IV y V fueron recorriendo Grecia e Italia. Se instalaron en las llanuras del suroeste de Francia,
desde donde fueron descendiendo por el Mediterráneo, asentándose en el valle del Ebro. Con la caída del
Imperio Romano de Occidente se convirtieron en reino independiente. En 507 fueron derrotados por los
francos, y pasaron definitivamente a Hispania.

En la Península ya se habían establecido algunos pueblos bárbaros desde principios del s. IV, los suevos,
vándalos y alanos. Vándalos y alanos se vieron empujados hacia el norte de África, donde fundaron un reino
que tuvo corta vida. Los suevos quedaron limitados a Galicia.

Los primeros monarcas propiciaron la colaboración con la aristocracia hispanorromana, dando un importante


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papel a los obispos católicos y a los concilios. El afianzamiento del poder era necesario debido a la amenaza
que suponía la política de reconquista del emperador bizantino Justiniano. La colaboración con la nobleza se
consideró necesaria para lograr un avance en el control de la Península, sobre todo en el sur y el sureste,
amenazadas por Bizancio, que terminaría logrando la cesión de una amplia franja costera, desde Denia a
Gibraltar, provincia bizantina de España desde 555 a 625.

El Reino de Toledo, que coincide con el último siglo y medio de historia visigoda, supuso su período de
mayor esplendor. Esta época se caracteriza por el esfuerzo de la monarquía por crear un Estado centralizado,
con una administración pública al estilo bizantino, que no estuviese completamente en manos de la nobleza
hispanovisigoda, muy poderosa al ser dueña de grandes latifundios. Para ello se intentó lograr la unidad
jurídica e ideológica de la sociedad, dando más importancia al vínculo de súbdito frente a los lazos de
dependencia personal protofeudales (clientela). Esto provocó constantes luchas internas y conjuras de los
nobles contra los reyes. El rey Leovigildo, verdadero fundador del Reino de Toledo, logró la máxima unidad
territorial. Anexionó el reino suevo y solo quedaron fuera de su alcance la zona de costa en manos bizantinas
y algunas áreas marginales en la cordillera Cantábrica y País Vasco−Navarro. Intentó también unificar las
leyes y fortificar el poder real, pero su intento de unificación religiosa sobre una base arriana provocó la
oposición de la mayoría católica. Su hijo Recaredo logró alcanzarla convirtiéndose al catolicismo y junto a él
la nobleza visigoda.

Recesvinto unificó las leyes en el Liber Iudiciorum o Fuero Juzgo. Pero su reinado vio la más completa
protofeudalización en el mundo occidental. El enfrentamiento entre la monarquía y la nobleza continuó, con
luchas constantes entre diversas facciones y crisis sucesorias continuas. Los intentos de los sucesivos
monarcas por afianzar su poder chocaban con una realidad social que se estructuraba sobre la base de una
clase dominante en cuyas manos estaban la mayor parte de las tierras y de la que dependían numerosos
campesinos fuertemente vinculados a ellos por lazos económicos y extraeconómicos. Además, el propio grupo
dominante se apoyaba en múltiples vínculos de dependencia y fidelidad. La ruralización era cada vez mayor,
con la consecuente crisis de las ciudades y del comercio (aunque éste sigue siendo importante en la zona
mediterránea). Una serie de catástrofes naturales, como sequías, pestes y hambrunas se añadieron a
debilitamiento de la sociedad.

Todo esto facilitó el éxito de la invasión musulmana de 711 que, en poco tiempo, acabó con el reino visigodo.

Continuidad del Imperio Bizantino. Arte Bizantino.

Ver libro página 8. Bizancio, Imperio Romano de Occidente (Introducción) Justiniano, reconstructor del
Imperio.

La política bizantina

El Imperio bizantino se basaba en una sólida organización política y administrativa, una de las razones por las
que sobrevivió durante tan largo tiempo. Su cabeza era el Emperador, que también recibía el nombre griego
de basileus. En él se unificaban todos los poderes: político, administrativo, militar y religioso. Una extensa
red de funcionarios reales se hacían cargo de que se cumplieran sus órdenes. Estos funcionarios tenían una
sólida formación y se especializaban en las distintas funciones: jueces, diplomáticos, militares

El ejército era poderoso, y se encargaba de la defensa de las fronteras. Los bizantinos crearon un ingenioso
sistema de defensa de los límites del imperio, el sistema de themas. Consistía en conceder a los soldados
tierras fronterizas. Así la defensa era mucho más eficaz pues los soldados luchaban por tierras que eran
verdaderamente suyas.

El Código de Justiniano



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Uno de los grandes logros del emperador Justiniano fue el de recopilar y actualizar las leyes romanas. Reunió
en el Código de Justiniano todas las leyes romanas desde el s. II. Dicho código fue modelo de las
compilaciones de leyes medievales e influyó en la formación del derecho moderno.

La economía

La agricultura latifundista, ligada a la aristocracia y a los monasterios, era la principal fuente de riqueza de la
economía bizantina. Los pequeños propietarios fueron desapareciendo y convirtiéndose en colonos debido a la
gran presión fiscal.

También el comercio fue una actividad vital para Bizancio, que dominó dicha actividad en todo el
Mediterráneo. Sus monedas fueron durante mucho tiempo el medio de pago principal en las transacciones
comerciales europeas. Constantinopla era la ciudad mercantil por excelencia, y su situación entre Europa y
Asia propició el comercio de lujo: especias, seda, joyas

A pesar de la importancia económica de la tierra, Bizancio heredó de Roma una organización básicamente
urbana. Las ciudades continuaron siendo centros importantes, conservando sus funciones: eran sedes de
instituciones políticas y militares, de los obispados y centro de actividades económicas (comercio, artesanía).
Las ciudades bizantinas eran extensas y muy pobladas, con ricas construcciones civiles y eclesiásticas e
importantes mercados. Ver Libro página 9: La capital del Imperio Constantinopla−Bizancio.

La cultura bizantina

Bizancio sintetizó en su civilización elementos romanos, helenísticos y cristianos. Heredera del Imperio
Romano, conservó sus instituciones y formas de vida, pero fue progresivamente adoptando elementos griegos:
el emperador tomó el título de basileus. Las relaciones comerciales propiciaron influencias asiáticas. Ver
Libro página 10 Un imperio cristiano.

Los bizantinos recopilaron las grandes obras de la cultura grecorromana en escuelas, universidades y
monasterios.

Un importante legado de la iglesia bizantina es el alfabeto cirílico. Los monjes bizantinos fueron los
encargados de la evangelización de los pueblos eslavos. En el s. IX dos de estos monjes, Cirilo y Metodio,
durante su labor en el este de Europa, inventaron un alfabeto para poder trasmitir las Escrituras a la lengua
eslava, adaptando el alfabeto griego (el griego había sustituido al latín como lengua oficial y religiosa). Este
alfabeto es el que aún se utiliza en Rusia y en otros países del este de Europa.

El arte bizantino

Una de las principales manifestaciones de la cultura bizantina fue el arte, que destacó por su brillantez y lujo.
Ver libro páginas 10 y 11: Un arte profundamente religioso.

Tras la desaparición del Imperio Romano de Occidente en 476, el de Oriente alcanzó un gran esplendor, que
se ha dado en llamar Primera Edad de Oro, durante el reinado del emperador Justiniano (527−565). Este
emperador tuvo gran empeño en transformar la capital del imperio, Constantinopla. La construcción más
importante que se llevó a cabo fue sin duda la iglesia de Hagia Sofía. Junto al palacio imperial, compartió la
fastuosidad de éste. Tiene una planta de tres naves con ábside y un patio porticado o nártex, una disposición
longitudinal, pero al estar inscrita en una cruz griega, y gracias a su gran cúpula sobre pechinas, el espacio
queda centralizado.

Esta cúpula, desde el interior, da la impresión de estar suspendida en el aire gracias a las numerosas ventanas.
Estas inundan el espacio de luz, que se refleja en las paredes cubiertas por relucientes mosaicos y más vanos.


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Hay arquerías sobre columnas de capiteles compuestos con relieves profundos que acentúan el claroscuro.

En el Imperio de Occidente los ostrogodos habían establecido su capital en Rávena. Justiniano conquistó su
reino, y Rávena pasó a ser capital de un exarcado. Se dotó a la ciudad de edificaciones civiles y religiosa entre
las que destacan dos iglesias de planta basilical, San Apolinar in Classe y San Apolinar Nuevo, y una de
planta centralizada, San Vital, y cuya construcción, funcionalidad y programas decorativos son
fundamentales en la evolución de la arquitectura religiosa bizantina.

San Apolinar in Classe sigue la tradición paleocristiana de una basílica cuyos puntos de fuga se dirigen al
ábside, con cubierta plana, pero tanto en ella como en San Apolinar Nuevo destaca la decoración de las
paredes del interior con mosaicos que, junto al mármol usado en columnas y suelos dan a los edificios una
sensación de majestuosidad sacra, y que tienen, además programas iconográficos de importante significación
simbólica.

San Vital es, sin embargo de planta octogonal centralizada, con nártex que da acceso a la planta alta. En el
interior se genera un espacio lleno de misterio que, junto a la verticalidad y la compartimentación del espacio
se asocia a lo espiritual. Su programa de mosaicos también es importante. En el presbiterio aparecen tres
escenas: Cristo entronizado en el centro entre los Santos Vital y Eclesio, y en los laterales los emperadores y
su séquito llevando ofrendas, siguiendo la tradición romana. Se subraya así, por una parte, la naturaleza divina
de Cristo, y por otra la conexión del poder temporal con la divinidad, su dimensión religiosa.

En el mosaico en que aparece Justiniano con miembros de su corte, distinguimos algunas figuras como el
arzobispo de Rávena Maximiano o el general Belisario, responsable de muchas de las grandes conquistas de la
época. No se relata un hecho real (Justiniano nunca estuvo allí), sino que es un retrato simbólico del papel del
emperador o basileus, con una dimensión espiritual alejada de la realidad, con convenciones en la
representación como el alineamiento de las figuras a la misma altura (isocefalia), la frontalidad, los pies
abiertos, los movimientos y gestos iguales, los colores planos La perspectiva se abandona como sistema de
representación, y el arte se pone al servicio del pensamiento religioso

En el mosaico de la emperatriz o basilissa Teodora y su séquito, el simbolismo es el mismo.

Desde el s. V se suceden numerosos debates sobre el dogma religioso, pero hubo uno que tuvo enormes
consecuencias en el desarrollo artístico: la iconoclastia. En el año 726 el emperador prohibió la veneración de
imágenes. El icono es la representación de una imagen sagrada, en cualquier material, aunque ahora
identifiquemos este término con las representaciones en tabla, y para muchos la adoración de estas imágenes
rayaba la idolatría. Aunque el Papa restauró su culto en el 843, esta crisis supuso la ruptura definitiva con la
antigüedad clásica. El arte bizantino adquirió formas distintas de las occidentales. Se codificaron
rigurosamente los temas (la Virgen Madre o Theótokos, el Cristo en Majestad o Pantocrátor) y la
representación de las imágenes que se idealizaron y estilizaron, esquematizándose los detalles anatómicos y
del vestido. Junto con el hieratismo y rigidez de las expresiones y posturas, querían ser una representación
más de lo espiritual que de lo material.

Entre el 843 y el 1204 (los cruzados toman Constantinopla) se da lo que se llama la Segunda Edad de Oro
del arte bizantino. Dos dinastías, los macedonios y los comnenos, rigen el imperio, y se produce el Gran
Cisma de la Iglesia Oriental con Roma en 1054. Se construyeron numerosas iglesias cuyas particularidades
tenían que ver con el ritual. Los ábsides se cubren y quedan fuera de la vista de los fieles. La barrera que los
separa y que se cubre con iconos se llama iconostasio.

La Nea Ekklesia, construida en 880, desaparecida y que conocemos por descripciones, se convirtió en el
modelo de las iglesias bizantinas, con planta de cruz griega inscrita en un cuadrado, con cúpula central y
bóvedas de cañón sobre los brazos de la cruz. Por otra parte, el monasterio bizantino configura otra
organización arquitectónica, con una iglesia pequeña para uso exclusivo de los monjes respetándose la vida


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individual de estos, lo que conduce a una compartimentación del espacio. Destacan las construcciones del
Monte Athos.

En cuanto a la decoración, cobra un nuevo impulso tras la crisis iconoclasta. La iconografía busca representar
el dogma ortodoxo. Cristo aparece en la bóveda, con la Theótokos en el ábside. Temas favoritos son la
redención por la muerte de Cristo y el papel de la Iglesia a través de la representación de santos, apóstoles,
arcángeles y mártires. Novedosa es la reaparición de la Crucifixión, que deja de ser un acto infame para
convertirse en el acto de amor fundamento de la religión.

Crisis, decadencia y fin del Imperio

Justiniano dejó un gran Imperio, pero tras su reinado su política fracasó por diversas razones. Por una parte,
los pueblos ocupados se resistían y causaban problemas, y nacía una civilización que terminaría conquistando
gran parte de su territorio: el Islam. Por otro, los nobles dueños de grandes latifundios adquirían cada vez más
poder, minando el del Emperador. La política dinástica fracasó, con períodos de gran inestabilidad política y
luchas internas.

Ver libro, página 8: La crisis del Imperio Bizantino y Decadencia y fin del Imperio.




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