El rostro de Cristo en el cine Javier García
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El rostro de Cristo en el cine
Javier García *
INTRODUCCIÓN
“J
esucristo, Hijo de Dios encarnado, salvador y reden-
tor de los hombres, ¿objeto de interés de los cineas-
tas? ¿Un teólogo, profesor de cristología, hablando
del cine?”.
Son las dos preguntas que saltan espontáneas ante el título de
este trabajo, que es el mismo propuesto por el Pontificio Consejo
para las Comunicaciones Sociales, junto con el Pontificio Consejo
de la Cultura, con motivo del Convenio de Estudios, dedicado a la
relación entre cine, cultura y espiritualidad1.
La respuesta a esas dos preguntas no deja de ser sugestiva: los
cineastas se interesan por Cristo porque Él se dirige a todas las
––––––––
*
Profesor de teología dogmática en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum.
1
El convenio internacional de estudios “Cristo nel cinema. Un canone
cinematografico”, se tuvo en la sede de la Pontificia Universidad Urbaniana de
Roma, el 2 de diciembre de 2003. Lo presidió el Cardenal Paul Poupard,
Presidente del Pontificio Consejo para la Cultura, y lo moderó Andrea
Piersanti, Presidente dell’Ente dello Spettacolo, de Italia. Por parte del
Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales intervino el Excmo. Sr.
John Foley; también intervino el Excmo. Sr. Enrique Planas, Director de la
Filmoteca Vaticana. Tomaron parte con sendas relaciones diversos profesores,
historiadores del cine, escritores, periodistas y directores de cine, como
Leandro Castellani y el gran director polaco, Krzystof Zanussi. Fuimos
invitados como ponentes varios profesores de cristología de los pontificios
ateneos romanos, como Dario Viganó, de la Pontificia Universidad
Lateranense, Javier García, del Ateneo Pontificio “Regina Apostolorum”,
Maurizio Gronchi, de la Pontificia Universidad Urbaniana, Vincenzo Battaglia,
del Pontificio Ateneo Antonianum, de Roma.
Ecclesia, XVIII, n. 2, 2004 - pp. 165-178
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personas, de toda condición social, de todo tiempo y latitud. Por
lo mismo, su persona, lo que hizo y lo que dijo interesa a todos
como cuestión de vida o muerte.
Por otro lado, quien se dedica a reflexionar como creyente so-
bre Cristo y a explicar a otros su doctrina, su persona y su obra de
salvación, ha de ir a donde quiera le lleve el corazón. Es justo que
también el teólogo hable de Cristo en el cine.
Me voy a fijar en tres aspectos de la múltiple relación que
Cristo puede y debe tener con el cine: el rostro de Cristo en el ci-
ne, el rostro de Cristo en el rostro del hermano y, a modo de con-
clusión, Cristo y el cine como desafío y riesgos para cineastas y
creyentes. Seguiré el hilo de una reflexión cristológica aplicada al
tratamiento que el cine puede dar y, de hecho ha dado, al presen-
tar a Cristo.
I. EL ROSTRO DE CRISTO EN EL CINE
Si imagináramos el cine como espejo de las personas y de sus
vicisitudes, ¿qué imagen de Cristo nos devolvería? Aunque uno
se sentiría tentado a responder de modo inmediato y facilón: “el
cine es un espejo deformante, como el de “la casa de la risa” –ora
te ves más delgado, ora más gordo, ora tu rostro se hace mons-
truoso, ora parece etéreo e ingrávido–, sin embargo, hay que decir
que el cine, por lo general, presenta visiones sugestivas, inéditas
de Cristo, a veces provocadoras, que nos invitan a reflexionar.
Vamos a seguir los contornos de este problema, fijándonos en el
rostro polifacético de Cristo proyectado por el cine y en las razo-
nes de esa pluralidad de imágenes. También nos preguntaremos si
puede el cine ser espejo para representar el rostro del Hijo de
Dios, y cuáles serían las condiciones para que el cine represente
adecuadamente a Cristo.
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1. Un rostro poliédrico
La revista americana semanal “Time” dedicó a Cristo su porta-
da del 15 de agosto de 1988, bajo la pregunta: “Who was Jesus? A
startling new movie raises an age-old question”. En ella aparece
el rostro de Cristo formado por treinta teselas de cuadros de di-
versa época. Es un modo eficaz de ofrecernos ya una primera ex-
plicación del rostro polifacético de Cristo. Lo que sucede en la
pintura, es análogo al modo como el cine representa a Cristo: no
es un rostro uniforme y plano, sino un perfil cambiante, diverso,
según sea la época en que se produzca, según sea la cultura de la
que nazca, según sea el autor o director, según sea la angulación
desde la que lo capte.
El cine nos transmite un rostro multiforme de Cristo, es decir,
formado por múltiples lados y caras. Vamos a ilustrar esta prime-
ra afirmación recordando brevemente algunos títulos.
El rostro religioso de Cristo: hay una imagen religiosa de Cris-
to, sobre la pauta de los relatos evangélicos, hecha con respeto,
con profunda sensibilidad religiosa e incluso con intención evan-
gelizadora, como el “Jesús de Nazaret”, de Franco Zefirelli. Con
otro planteamiento y otro estilo cinematográfico, podemos poner
también la obra de Pier Paolo Pasolini “Il Vangelo secondo Mat-
teo”. Y tenemos también la recentísima obra maestra de Mel Gib-
son “The Passion of Christ”, esfuerzo supremo de fidelidad al
texto evangélico de la pasión sobre todo física, aunque también
psíquica, de Cristo, reproducida con verdad histórica y aun ar-
queológica.
El rostro problemático de Cristo: alguna vez aparece un rostro
problemático de Cristo, proyección de los conflictos humanos,
sea por las crisis espirituales de quien está detrás del objetivo de
la filmadora, sea por situaciones sociales de injusticia elevadas a
categoría de dramas del hombre como tal. Así, Nazarín, de Bu-
ñuel, “La Ricotta”, de Pasolini, dentro de la serie RoGoPaG.
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El rostro patinado: tocar el tema del Hombre-Dios, cuya per-
sonalidad es de magnitud sobrehumana, cuyas palabras abren
abismos de luz, requiere un tacto extraordinario y un equilibro di-
fícil de alcanzar. Fácilmente se puede caer en lo melodramático o
en el mero espectáculo, con poco aliento religioso. Tal es el caso
de las imágenes patinadas y espectaculares de Cristo, al estilo
“hollywoodiano”, como Rey de Reyes, de Nicholas Ray, Jesus
Christ Super Star, de Norman Lewison, Barabba, de Richard
Fleischer.
El rostro demasiado humano: hay también las representacio-
nes humanas, demasiado humanas y, en ocasiones, irreverentes,
de Jesus, que a fuerza de hacerlo hombre real, olvidan el inciso de
la Carta a los Hebreos que marca la diferencia cualitativa, “hecho
semejante en todo a nosotros, menos en el pecado” (Hb 4,15). Es
el caso de “La última tentación”, de Martin Scorsese: aparte el
sueño o visión fugaz que el diablo provoca a Cristo en la cruz, de
otro final de su vida, más tranquilo y más “normal”, sin sufri-
mientos ni fracaso, renunciando a su “pretensión” de ser el Hijo
de Dios y el Salvador –“después de todo, el paraíso consiste en
reconciliar el corazón con la tierra”–, Scorsese nos presenta a un
Cristo perplejo ante su identidad y su misión.
El rostro entrevisto: en fin, está el rostro de Cristo presentado
en metáforas o parodias, de modo oblícuo, de los hombres que
buscan como a tientas. Se podrían dar diversos ejemplos, como
Ordet (la Palabra), de C.T.Dreyer, Brian de Nazarth, de T.Jones,
Jesús de Montreal, de Denis Arcand, Cercasi Gesù, de Luigi
Comencini, “Cammina cammina”, de Ermanno Olmi, y varias
más. En el fondo, son testimonio vivo de una búsqueda incesante
en torno a la figura del Señor.
Como vemos, el rostro de Cristo que nos transmite el cine no
es uniforme, sino polifacético. ¿A qué se debe esta pluralidad?
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2. El porqué de los muchos rostros de Cristo
Las razones de esta pluralidad y fecundidad de imágenes de
Cristo en el cine son de doble orden: teológico y antropológico.
Teológicamente, la densidad del sujeto, Cristo, no puede ser cap-
tada ni representada por una sola respuesta, ni siquiera de un es-
critor inspirado, como Juan o como Pablo. De hecho, tenemos
cuatro evangelistas, que nos dan cuatro rostros diversos de Cristo,
y tenemos también los diversos rostros de los demás escritos neo-
testamentarios. La razón es la infinita riqueza de la persona de
Cristo, como un diamante de cien caras que necesita muchas mi-
radas, desde distintas angulaciones para revelarnos si no toda, sí
la mayor parte de su belleza.
Juan evangelista, al concluir su evangelio, lo expresó con una
frase aparentemente ingenua y exagerada, que nos dice lo que
acabamos de expresar: “Hay además otras muchas cosas que hizo
Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo
bastaría para contener los libros que se escribieran” (Jn 21,25).
Quería decir no que habría habido problema de espacio físico pa-
ra contener los libros que se podrían haber escrito sobre Jesús, si-
no que era imposible escribirlos todos, porque el Verbo encarna-
do es simplemente inabarcable, como persona divina su horizonte
es la infinitud. Aplicado al cine, podemos concluir que no basta
una sóla película para darnos el rostro completo de Cristo ni serían
suficientes todas las películas del mundo.
La segunda razón de la multiplicidad de rostros es antropoló-
gica: el hombre, interlocutor de Cristo, es, a su vez, fuente de
multiplicidad. Nace en una época, en un pueblo que lo marca,
crece en un contexto cultural del que se nutre, tiene unas peripe-
cias personales únicas, es sujeto, creyente o no creyente, puede
haber llevado una vida de pecado o una vida recta y honesta. Es-
tas y otras tantas circunstancias hacen que cuanto ve, piensa, haga
creativamente, esté marcado y coloreado de modo único y origi-
nalísimo. Sencillamente, no hay dos individuos humanos total-
mente iguales. Con esto ya estamos diciendo que no puede haber
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dos películas sobre Jesús iguales, más aún, ni siquiera aproxima-
das. Cada autor nos presenta su propia visión de Cristo,
Estos dos factores son fuente de enriquecimiento y variedad;
ellos nos explican por qué la imagen de Cristo que el cine nos ha
dado en estos primeros cien años de su existencia sea multiforme,
diversa, cuando no opuesta una a la otra.
Por otro lado, aunque parezca una paradoja, no hay tema ni
hay personaje más frecuentemente tratado en el cine que Cristo:
lo puede comprobar quien repase la historia del cine y haga un re-
cuento, no ya de los títulos del cine religioso, sino tan sólo de los
que se refieran a Cristo2. ¿Cuál es la razón de este interés por
Cristo en un mundo y en un medio que nos parecería tan hostil o
indiferente a lo religioso como es el cine?
3. “¿Quién dicen los hombres que soy yo?”
¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? ...
¿Quién decís vosotros que soy yo? (Mt 16,13), es una pregunta
que Cristo hace a todos los hombres, de cada época y lugar, de
cada cultura. Todo mundo está emplazado a responder; nadie
puede “pasar” de esta pregunta, puesto que, lo sepa o no, lo quiera
o no, en su respuesta va su suerte y su destino definitivo. La uni-
versalidad de la pregunta abarca ya la pluralidad de las respuestas:
tantas cuantos sujetos vayan respondiendo; cada época, cada
hombre y cada mujer van dando su respuesta sobre Cristo, desde
la propia historia y experiencia, desde las propias expectativas y
anhelos, desde la propia sensibilidad. He aquí otra fuente de la di-
versidad de rostros de Cristo, que nos da el cine.
––––––––
2
Se podrían consultar diversas obras. Por ejemplo Leandro Castellani “Cristo
nel cinema. Temi e figure del film religioso”, Elle Di Ci, 1996. Ernesto G.
Laura, Gesù nel cinema, Aucci, n.7, 1997 (Centro Studi Cinematografia).
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4. ¿Puede el cine ser espejo que represente el rostro del Hijo
de Dios?
El cine es un lenguaje hecho de imágenes. Puesto que el Hijo
de Dios se encarnó, se ha hecho “imagen”, es decir, cuerpo, mate-
ria plástica con volumen, tamaño, peso, densidad, color y calor;
se ha situado en unas coordenadas de tiempo y lugar, con una his-
toria y una cultura. Por lo mismo, el lenguaje cinematográfico
puede representar al Hijo de Dios en imágenes. Frente a cualquier
fuga “espiritualista” y falsamente “angelical”, que intentara negar
la imagen –como los iconoclastas de los siglos VII y VIII–, el
Concilio de Nicea II, del año 787, afirma la verdadera y no fanta-
siosa encarnación. Realismo contra pseudoespiritualismo.
El Verbo de Dios, revestido de una naturaleza humana com-
pleta, igual a la nuestra, pertenece al mundo de la imagen sensi-
ble. Juan escribía gozosamente al iniciar su primer carta: “Lo que
existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto
con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras ma-
nos acerca de la Palabra de vida –pues la Vida se manifestó–, y
nosotros la hemos visto y damos testimonio..., lo que hemos visto
y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en
comunión con nosotros” (1Jn 1,1-3).
Por otro lado, el Hijo de Dios, al encarnarse, como hemos di-
cho, tiene al hombre como destinatario e interlocutor, trae un
mensaje para el hombre. El hombre es un eterno “buscador” de
verdad, de paz, de justicia, de felicidad, de sentido, de amor, de
belleza. Cuando el hombre busca seriamente, se encuentra con
Cristo. Allí donde está el hombre con su aventura humana, está el
cine; y allí donde está el hombre, también está Cristo, hermano y
redentor del hombre. Por lo mismo, puede el cine ser un buen
espejo que refleje el rostro de Cristo. Todo depende del modo
como lo haga.
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5. Condiciones para una representación adecuada del rostro
de Cristo en el cine
Entre otras posibles, nosotros subrayamos dos condiciones in-
dispensables para que una película sobre Cristo pueda decirse
aceptable. La primera, que tenga en cuenta el sujeto sobre el que
trabaja; la segunda, los destinatarios, que normalmente son el
pueblo creyente o el pueblo llano y sencillo.
El sujeto es Jesús, Hijo de Dios hecho hombre. Alguien, por
tanto, que es hombre como nosotros y, al mismo tiempo, más que
un hombre, pues es persona divina. Por lo mismo, una obra cine-
matográfica jamás podría pretender “agotar” al personaje Jesús,
sino que ha de quedar abierta a lo que la sobrepasa, a lo que exis-
te, denso y profundo, pero que no somos capaces de expresar. Los
cristianos lo llamamos misterio.
Ante el misterio, es mejor no decir nada a pretender decirlo to-
do, banalizando el misterio. Quien no tiene fe y trata el tema de
Cristo, se supone que tiene sensibilidad ética y estética, y como
tal de algún modo podrá percibir el misterio, aquel “algo más” de
la persona de Cristo que no puede ser captado. Y lo expresará en
un tratamiento respetuoso, parándose en el umbral del misterio,
sin cruzarlo jamás.
Contraria a este tratamiento sobrio del tema de Cristo, de quien
ha percibido la complejidad y trascendencia del personaje, es la
“espectacularización” de su rostro en imágenes que buscan im-
presionar de modo superficial la sensibilidad y la emotividad.
Aquí entran en escena actores “estelares”, escenografías teatrales
que reproducen ambientes y vestimenta de la época, grandes ma-
sas, músicas triunfales, etc. Ya hemos aludido a King of Kings, de
Nicholas Ray, a Jesus Christ Superstar, de Norman Lewison, a
Barabba, de Richard Fleischer. Predomina el espectáculo sobre la
intimidad, las imágenes visuales sobre el drama que se vive, es
decir, estamos ante la banalización del drama y del misterio.
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Asimismo es contrario a la verdad histórica la presentación de
un personaje perplejo acerca de su misión y dubitante sobre su
propia identidad de Hijo de Dios, mesías y redentor, como en la
“La última tentación”, ya citada, de M. Scorsese. El resultado en
una y otra forma de presentación es la superficialidad y empobre-
cimiento de un gran tema y de una gran personalidad.
La segunda condición es presentar el rostro de Jesús para que
pueda ser contemplado por el pueblo creyente. Jesús, además de
ser todo un personaje de la historia, cuya vida encierra una carga
dramática que es campo abonado para un buen artista –dramaturgo,
novelista o director de cine–, es ante todo el objeto de fe de dos
mil millones de creyentes. Por lo mismo, no puede ser tratado ar-
bitraria e irrespetuosamente. Aquí lo mínimo que se pide al direc-
tor es que haga una presentación, todo lo libre que quiera, según
estilos diversísismos, pero que no sea contraria a la verdad histó-
rica y hermenéutica de los evangelios, a la verdad del personaje
mismo, Jesús de Nazareth y a la verdad que la tradición ha hecho
llegar al pueblo creyente.
Un ejemplo positivo de presentación de Cristo es “Jesús de
Nazaret”, de Zeffirelli. No se nos oculta que algunos críticos han
tachado esta obra como “oleográfica” (es decir, hecha como con
imágenes de calendario pío). Nosotros creemos que hay espacio
para buen cine según diversos estilos y planteamientos de la vida
de Cristo. En la obra de Zeffirelli –gran director de cine y de es-
pectáculos operísticos o teatrales de mucha calidad, sincero cre-
yente–, con la perspectiva de los veinticinco años que han trans-
currido desde su estreno, hay aciertos notables: la reconstrucción
de ambientes, la fluidez del ritmo narrativo siguiendo el hilo
evangélico, la intervención de grandes actores, las imágenes de
gran belleza clásica, la música adecuada y, sobre todo, el halo re-
ligioso que rodea siempre las escenas; todo ello provocó en el
pueblo creyente una respuesta multitudinaria; la obra, dentro de
una representación de la tradición cristiana y eclesial, ha ayudado
a refrescar y robustecer la fe del pueblo sencillo. Y lo sigue ayu-
dando: no hay oratorio, sala parroquial, seminario, casa religiosa
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o cine juvenil que no tenga una copia y no la proyecte de tiempo
en tiempo. Cuando una cinta, al presentar un tema religioso, pro-
voca esta repuesta masiva del pueblo llano, ¿no tenemos un crite-
rio válido de la calidad de la obra? ¿O se ha de valorar sólo dentro
del espacio reducido de un cenáculo de críticos cinematográficos
sofisticados?
En esta línea habría que poner la película “The Passion of
Christ”, de Mel Gibson –que ha suscitado tanta expectativa por
razones extracinematográficas–. Como es lógico, detrás de la fil-
madora está el director: su fe o su increencia, su cultura y su sen-
sibilidad. Estamos aquí ante un gran acto de fe de Mel Gibson,
fruto sin duda de una profunda experiencia religiosa. “It is at it
was” (“Así debio de ser”), dicen que comentó Juan Pablo II des-
pués de verla.
En otro estilo, tenemos la película de Pier Paolo Pasolini “Il
Vangelo secondo Matteo”: hecha después de una experiencia reli-
giosa personal; ambientada en la ciudad de Mattera, que recuerda
ciertas poblaciones de la que debio de ser la Palestina de los tiem-
pos de Jesús, en blanco y negro y con actores no profesionales.
Los críticos la han alabado y elevado a las estrellas. Desde luego,
es notable que una persona de gran sensibilidad artística, pero de
vida angustiada, que perdió la fe cristiana de su infancia, que
abrazó la ideología comunista y cuya muerte fue tristemente trá-
gica, se haya atrevido a representar la vida de Cristo (ya en “Ri-
cotta” había intentado una parodia de la crucifixión); y que lo
haya hecho con calidad y ateniéndose fielmente al texto del pri-
mer evangelio. Personalmente, la película me produce desazón, la
ambientación, el ritmo, los personajes –Cristo y los apóstoles– no
irradian serenidad y paz, sino cierta rabia social, cierta angustia y
mucha tristeza. La vida de Cristo, aun presentada con todo el
dramatismo que se quiera, debería producir en quien se acerca a
ella por lo menos reflexión y esperanza.
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II. EL ROSTRO DE CRISTO EN EL ROSTRO DEL HOMBRE
Como hemos dicho, la dificultad máxima para representar a
Jesús, es su trascendencia y su misterio. Jesús es, ciertamente, una
persona con una propia historia concreta, cuya vida se desarrolló
en la Palestina del siglo I de nuestra era, siendo emperadores de
Roma César Augusto y Tiberio, bajo el gobierno de Poncio Pila-
to. Sin embargo, Jesús es también el Hijo de Dios encarnado, per-
sona divina, Salvador y Redentor de todos los hombres de todo
tiempo y lugar. De esta complejidad y misterio nace la dificultad.
Y sin embargo, siempre habrá por parte de los directores de ci-
ne, una voluntad de representarlo en el celuloide o en las imáge-
nes digitales, y, por parte del público, un anhelo y una necesidad
de verlo representado. ¿Qué hacer?
1. Un rostro de Cristo para entrever su misterio
Ya los Santos Padres y los teólogos del medioevo habían per-
cibido la misma dificultad en el campo de la teología: de Cristo,
como de Dios, no se puede hablar adecuadamente con lenguaje
humano, pues siempre será insuficiente. Y cuando lo hacemos,
más es lo que callamos, que lo que decimos; y cuando lo decimos,
lo decimos por vía de analogía –un lenguaje aproximado, que en
parte coincide, pero en parte difiere–. Escribe Santo Tomás:
“Puesto que de Dios no podemos saber qué sea, sino qué no sea,
no podemos considerar de Dios cómo sea, sino más bien cómo no
sea”3.
Por eso hablan de un lenguaje “catafático” sobre Dios –por el
que nos expresamos con lenguaje humano imperfecto, pero ver-
dadero, sobre Dios, sobre Cristo, sobre los misterios de la Trini-
dad y de la vida íntima de Dios–, y de un lenguaje “apofático” –
por el que expresamos más con el silencio que con las palabra o
lo expresamos de modo oblicuo y alusivo–. Dice el Concilio La-
––––––––
3
Summa Theologiae, I, q 3 prol.
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teranense IV (año 1215) “que entre el Creador y la creatura no se
puede notar semejanza sin que entre ellos se advierta desemejan-
za mayor”4. Y Santo Tomás de Aquino, comentando el libro “De
Divinis Nominibus”, del Pseudodionisio el Areopagita, escribe:
“A Dios, que es causa de todo, aunque trascendiéndolo todo,
conviene el ser innombrable, en cuanto que existe sobre todo, y
no menos le convienen los nombres de todas las cosas existentes,
en cuanto que es causa de todas”5. Por lo mismo, hemos de que-
darnos en el umbral del misterio y nunca pretender descorrer el
velo que nos lo oculta.
Hablar con este sigilo y sobriedad, solo lo realiza quien cree
que Jesús es el Hijo de Dios encarnado, el Salvador de todos los
hombres, que se identifica místicamente con cada hombre, sobre
todo con los más abandonados y menesterosos (Mt 25,31ss).
Hablar del hombre, de sus sueños y sus luchas, de sus luces y sus
sombras, es otro modo de hablar de Jesús.
2. El rostro de Cristo en el rostro del hombre
Aquí veo un panorama amplio y fecundo para el cine: repre-
sentar el drama de Cristo, su mensaje, la entrega de la vida por
sus hermanos, en el drama del hombre y de la mujer, en el drama
mismo de la condición humana. Es el camino que han recorrido
muchos grandes maestros del cine. Los ejemplos podrían ser nu-
merosos: “Fresas salvajes”, o “El Séptimo sello”, ambas de Ing-
mar Bergmann, “La Strada”, de Federico Fellini, diversas obras
de Robert Bresson, Jean Delannoy, Rene Clair,Vittorio de Sica,
Frank Capra, etc.
Hay también diversos ejemplos más recientes, como “John Q”,
de Nick Cassavetes: John Q, obrero negro en los EE.UU., tiene
un hijo simpático de 9 años y una esposa encantadora. El hijo tie-
ne una malformación cardíaca y morirá en pocos días si no se le
––––––––
4
Dz 806.
5
De Divinis Nom., c.I, lc3, n.96-97. La traducción es mía.
El rostro de Cristo en el cine 177
transplanta un corazón nuevo; pero cuesta 250.000 dolares la ope-
ración. John no los tiene: en el trabajo, en la compañía de seguros,
en el hospital le cierran las puertas. Él secuestra a algunos médi-
cos y enfermeras y se encierra con ellos en la sección de emer-
gencias del hospital. Ofrece su corazón a su hijo para que viva;
para ello tendrá que dispararse. Firma su libre decisión. Antes,
habla un minuto con su hijo moribundo, y le deja su testamento
espiritual: “obedece a tu mamá, trata a la mujer, cuando llegues a
la edad, como a una princesa; sé fiel a la palabra dada; no te me-
tas en cosas malas”. Cuando se va a disparar, llega el corazón
nuevo para su hijo.
Descubrimos el rostro de Cristo en el rostro de John, que ofre-
ce su vida para salvar la de su hijo. Alguien que lea la Biblia con
fe también lo podría asociar a Abraham sacrificando a su Hijo
Isaac; o a Dios Padre que, para salvar a los hombres, sacrifica a su
Hijo.
Otro ejemplo es “El octavo día”, de Jaco van Dormael. Esta
vez el rostro de Cristo nos sale al paso en el rostro de George, jo-
ven con el síndrome down, que necesita y busca amor: de su ma-
dre, de su amigo Harry, de su novia Nathalie. Lo entiende su ami-
go Harry, lo acepta y lo sostiene; aprende de él la lección. “El oc-
tavo día Dios creó a George”, dice el joven down, como si dijera,
“el octavo día se hizo carne y habitó entre nosotros”.
En este horizonte de la condición humana hay una cantera in-
agotable para representar el rostro de Cristo en el rostro del hom-
bre. Solo se requiere sensibilidad, respeto por el hombre, una mi-
rada al hombre-Dios de Nazaret o, por lo menos, apertura al mis-
terio, y, por supuesto creatividad y dominio del oficio para que la
obra maestra esté servida.
CONCLUYENDO
Juan Pablo II llama a los medios de comunicación social –y el
cine es uno de ellos– “areópagos modernos” para la evangeliza-
178 Javier García
ción6, es decir, foro, plaza pública en la que se ventilan los asun-
tos que interesan a la sociedad, lugar donde confluye la gente y
del que parten, explícita o implícitamente, modos y modas nuevas
de cultura que influyen decisivamente en la gente. Por lo mismo,
también hemos de llevar a Cristo al areópago del cine y de la pe-
queña pantalla televisiva para que llegue a ser areópago y foco de
la nueva evangelización.
Sabemos que el tema de Cristo en el cine no carece de riesgos:
puede el cine presentar no al Cristo canónico, de la fe de la Iglesia
y del pueblo de Dios; puede también deformar el rostro de Cristo,
banalizarlo, desfigurarlo blasfemamente; pueden prevalecer facto-
res humanos no esenciales y secundarios como ideología,
materialismo consumista, erotismo. A pesar de ello, vale la pena
arriesgar: el cine, junto con la Tv, es uno de los areópagos más
importantes para la comunicación entre los hombres. Quizá Cristo
hoy nos diría a los creyentes: “el que no está contra vosotros, está
con vosotros” (Mc 9,40). Y ante las representaciones de su perso-
na o de su mensaje parciales y no del todo fieles, quizá añadiría:
“no apaguéis la mecha que humea ni quebréis la caña cascada”.
Y a los cristianos nos recordaría el programa de vida: “habéis de
ser sal de la tierra para que la comida no se vuelva insípida,
habeís de ser luz del mundo que luzca en la oscuridad, y ciudad
puesta sobre el monte, donde todos puedan verla. Brille vuestra
luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glo-
rifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,23-15 ad
sensum). De hecho, antes de subir al cielo, nos dio la gran misión:
“Id por todo el mundo y anunciad a los hombres la Buena Nueva
del Reino de Dios” (Mc 16,15; 1,15).
El Evangelio es la Buena Nueva que hay que comunicar a los
hombres y mujeres de nuestro tiempo; por lo mismo, tiene que es-
tar presente en ese potente altavoz que es el cine. En nuestro
tiempo cine y nueva evangelización han de ir junto.
––––––––
6
Juan Pablo II, Redemptoris missio, 7-XII-90, n.37.
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