MACONDO_ HISTORIA URBANA NARRADA

Document Sample
MACONDO_ HISTORIA URBANA NARRADA Powered By Docstoc
					                  MACONDO, HISTORIA URBANA NARRADA

                           "La imaginación imagina sin cesar y se enriquece con nuevas imágenes. Pero las
                           imágenes no se acomodan a las ideas tranquilas, no sobre todo a las ideas
                           definitivas. La imaginación, en sus acciones vivas, nos desprende a la vez del
                           pasado y de la realidad. Se abre en el porvenir... Imaginar será siempre más grande
                           que vivir."
                           Gastón Bachelard. "La poética del espacio"




FABIO H. AVENDAÑO T1.


Con intenciones pedagógicas, antes que poéticas, dentro del aula de arquitectura, algún
remoto día nos propusimos entender, a partir de la lectura de una obra literaria, lo que
era la ciudad narrada, que a pesar de ser imaginaria, nos podría ensanchar las
experiencias vividas en ciudades contenedoras de nuestro diario existir. Iniciamos con
una lectura orientada a identificar las referencias de un escenario físico insinuado y los
eventos que en él acontecen. Luego, tratamos de comprender lo que significa un
escenario de civilidad interpretado a partir de los sucesos de vida de sus habitantes. Este
proceso nos posibilitó reconstruir imágenes de una ciudad, no desde la apreciación de lo
físico, sino desde la creativa comprensión de esos aconteceres de vida significados a
través de su fugaz encuentro con un tiempo y un espacio, e imaginados a partir de las
palabras. El reto era entonces un ejercicio del libre imaginar, que buscaba condensar la
emoción que puede provocar la vivencia de una ciudad de palabras. Esta ambiciosa
intención, hoy, ya lejos del aula, por fin se ha podido compendiar en un escrito.


El proceso explora las bondades del texto, y aprovecha la riqueza de ese universo de las
palabras, que ofrece múltiples posibilidades de interpretación para colmar diferentes
anhelos. Así, la lectura por medio de la cual el texto vive, se presenta como una
experiencia abierta que no está regida por una única posibilidad de comprensión, sino que

1
  Arquitecto. Ph.D. en arquitectura. Profesor de teoría e historia de la arquitectura y estética urbana en varias
universidades. Beca en Investigación del Ministerio de Cultura 1998 (en coautoría con Hernando Carvajalino). Su
reflexión la ha enfocado al campo urbano, para pensar la ciudad desde la intersección del tiempo, el espacio y la vida.
Ha publicado ensayos y artículos sobre la interpretación de la ciudad y sus diversos escenarios.
permite diferentes niveles de recepción – interpretación de los episodios leídos. La lectura
intencional nos permitió valorar y extractar aquellos elementos narrativos que concordaban
con una estructura hipotética preestablecida, dentro de un campo de estudio ajeno al
literario, para tratar de “reconocer las huellas” de ciudad presentes en el texto2. Nuestro
interés se centró en seleccionar, de los múltiples episodios narrados en la obra literaria, la
información que nos posibilitara imaginar un escenario urbano, no descrito explícitamente
pero sí caracterizado implícitamente en los diferentes fragmentos episódicos del relato.


La lectura intencional encuentra su punto de apoyo en el análisis semiótico que hace
Umberto Eco sobre el texto estético, considerado como una obra abierta. Esto le da al
lector la responsabilidad de recrear la obra: "La obra de arte, -dice Eco-, es un texto que
sus destinatarios adaptan, para satisfacer varios tipos de actos comunicativos en
diferentes circunstancias históricas y psicológicas, sin perder de vista nunca la regla
idiolectal que la rige."3.


La justificación de partir de un texto literario para comprender un escenario urbano, la
podemos encontrar en la riqueza que ofrece el lenguaje escrito para encerrar dentro de la
palabra un universo no ajeno al lector sino, por el contrario, reflejo y contenedor de su
existencia. Un universo condensado, que, como el Aleph de Borges, permite a través de lo
sucesivo del lenguaje ver lo simultáneo e inconmensurable del infinito. Bari Laterza, citado
por Eco, define, a partir de la doctrina de Croce, esa magnífica posibilidad que ofrece la
verdadera realización artística, cuando afirma que: "cualquier representación artística
auténtica es en sí misma el universo, el universo en esa forma individual, esa forma
individual como el universo. En cualquier acento de poeta, en cualquier criatura de la
fantasía, está todo el destino humano, todas las esperanzas, todas las ilusiones, los
dolores, los gozos, las grandezas y las miserias humanas; el drama entero de lo real, que
evoluciona y crece perpetuamente sobre sí mismo, sufriendo y gozando"4.

2
  “El verbo “leer” –precisa Julia Kristeva- tenía, para los antiguos, un significado que merece que
recordemos [...] “Leer” era también “recoger”, “recolectar”, “espiar”, “reconocer las huellas”, “coger”, “robar”.
“leer” denota, pues, una participación agresiva, una activa apropiación del otro” Julia Kristeva. Semiótica 1.
p. 236
3
  Tesis expuesta por Humberto Eco en la “Obra abierta” (1962) y reafirmada semióticamente en el Tratado
de Semiótica General (1977), p. 385
4
  Posición que define Eco sólo como una sensación que hemos tenido todos frente a las obras de arte. Ibíd.
El texto, cuando se refiere a lo urbano, abre posibilidades de concatenación para que la
imaginación del lector una algunas piezas de un incierto escenario, pues el escritor en
cada episodio va presentando diferentes fichas de un prodigioso rompecabezas, que tiene
la particularidad de no tener una sola figura final sino que puede variar según la
experiencia, percepción, interpretación e intención del lector. Así, al llegar a una figura
resultado, acoplando las múltiples fichas fantásticas, insólitas, dramáticas, que
proporciona la lectura, el lector se convierte en un re-creador de la obra y con ella del
escenario urbano narrado.


El escenario que imaginamos a partir del texto es ágil; simultáneamente lo visualizamos en
múltiples planos -temporales, espaciales, culturales-, nos conmueve y nos obliga a tomar
una posición frente a lo que vamos elucidando. El escenario escrito es dinámico, cada día
lo "vemos" con otros ojos, pero de él conservamos siempre una “esencia-sensación” que
nos permite recordarlo. Una calle recorrida por el estudiante Raskólnikov, de Dostoievski,
reflexionando acerca del crimen de Aliona Ivánovna; o las sendas que camina el señor K
en busca del castillo de Kafka; o los laberínticos senderos por los que se desplaza Marco
Flaminio Rufo, tratando de llegar a la Ciudad de los Inmortales de Borges; o las calles
vacías por las que indiferente avanza Aureliano Babilonia hacia la librería del sabio catalán,
son ambientes re-creados de manera diferente por un mismo lector, según la profundidad
e intención de la lectura que de ellos haga. Sin embargo, de esas calles conservamos la
“esencia-sensación” que nos recuerda la soledad, el frío, la penumbra, el pensamiento
ensimismado deambulando, lo que al repetir la lectura nos sirve de punto de partida para
la re-creación de nuevas y más complejas imágenes. Por el contrario, el escenario que nos
circunda, limita nuestra imaginación a la percepción de vivencias inmediatas, que
oscurecidas por nuestro actuar cotidiano, nos impiden ver lo múltiple de la realidad y nos
llevan a conformarnos con una sola figura que la costumbre y la rutina nos presentan como
normal.


La experiencia de remitirnos a la literatura como apoyo al estudio de la arquitectura y
comprensión de la ciudad, no es una evasión de la realidad sino una herramienta útil para

p. 368
su apreciación. Sensibilizarnos frente a nuestro entorno permite que la calle, el barrio, la
ciudad, la gente, los eventos, los sentidos, los otros, no nos resulten ajenos y
desconocidos, y por ende sus problemas, sentidos, historias, no nos sean indiferentes.
Afianzar un proceso de sensibilización urbana nos permitirá compenetrarnos con el lugar
que habitamos, nos estimulará para sentirnos herederos de una memoria y partícipes en la
construcción de un destino común y al mismo tiempo será un bálsamo contra la apatía, el
desinterés, la misantropía y el espíritu devastador que caracterizan nuestro actuar urbano.




                                      VIAJE A MACONDO
                        "Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que
                        se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque
                        penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que
                        tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara"
                        Jorge Luis Borges. "Las ruinas circulares".

                        "...Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el
                        lenguaje lo es."
                        Jorge Luis Borges. "El Aleph".


El texto que nos permitió imaginar un escenario urbano narrado, es aquel que registra la
inverosímil existencia de Macondo 5 . El relato que nació de este imaginar pretende
condensar la experiencia obtenida durante un viaje a través de la palabra escrita, y por
medio de ella a través del espacio-tiempo de la imaginación. Viaje que hace algunos años,
con rumbo norte, emprendimos en la búsqueda de una ciudad de fantasía: Macondo; el
espejismo que nació en un sueño de José Arcadio Buendía, como "una ciudad ruidosa con
casas de paredes de espejo"6; la ciudad de los sueños, un estado de ánimo, según su
creador; la ciudad en donde el pasar del éxtasis a la tragedia es inherente a su vivir; la
ciudad que encierra la magia y el enigma de la fantasía y que nos permite reconocernos
a nosotros mismos y reconocer nuestra angustiosa y dramática realidad. Macondo no
aparece en ningún atlas, pero en el mapa del recuerdo de cada uno de nosotros, que a

5
  La obra estudiada fue “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez, pero más que en la obra, el
estudio se concentró en la ciudad creada: Macondo.
6
  Gabriel García Márquez. Cien años de soledad. p. 26. Las siguientes citas que apoyan el escrito
pertenecen a este texto, por lo abundantes y constantes, sólo se presentan en comillas y letra cursiva sin
través de la palabra la hemos podido visitar, resalta en medio de las imágenes y nombres
de las ciudades que conocemos.


Puesto que es una ciudad que pocos saben dónde está, nos fue difícil encontrar un guía,
alguien que nos ayudara a llegar a ella. Acudimos entonces a un mago y alquimista, y
como la ciudad estaba emplazada en la dimensión desconocida de la fantasía, quién mejor
que él nos podría guiar hasta ella y narrarnos mediante el lenguaje escrito lo que sabía en
torno a la ciudad buscada. Nosotros, a través de la narración, nos aventuramos por entre
manglares, ciénagas y selva tropical, hasta que una mañana de sol radiante encontramos
aquel río de "aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas
y enormes como huevos prehistóricos". Y en su ribera estaba la ciudad buscada, la "ciudad
de los espejismos".


Penetramos en ella, infringimos el vector implacable del transcurrir del tiempo y lo
convertimos en elástico y cíclico; esto nos permitió ir y venir por entre las páginas de la
historia de este pueblo, pasar de su fundación a su esplendor, o devolvernos a la
exploración prefundacional; conocer a un mismo tiempo a varias generaciones y conversar
con vivos y muertos; penetrar en la mente de sus personajes o mantenernos expectantes
ante sus actos; participar del jolgorio de sus celebraciones o conversar con los fantasmas
que los perseguían y amedrentaban. Estábamos allí descubriendo palmo a palmo la
ciudad y su cultura, como invisibles visitantes que todo lo veíamos, sabíamos lo que ellos
no sabían, pero no podíamos cambiar ni alterar el desarrollo de la vida del pueblo. Así,
pudimos vivir con sus habitantes sus alegrías, presentimientos, tristezas, sueños, ilusiones
y nostalgias; fuimos ayudantes de alquimistas, hicimos adelantos en sánscrito para tratar
de descifrar los enigmáticos pergaminos, perdimos por un tiempo la memoria y casi la vida
durante un fusilamiento colectivo y nos enmohecimos durante el diluvio. Nuestra estadía
fue prolongada, tal vez más de un siglo. Fuimos testigos del nacimiento, el esplendor y la
inevitable destrucción de la ciudad.


Del viaje sólo trajimos los recuerdos de una experiencia urbana que desborda la realidad


referenciar la página de la cual fueron tomadas.
de lo cotidiano. Nunca nos preocupamos por hacer, desde nuestra óptica de arquitectos,
levantamientos, bocetos, planos, pues la vivencia era tan densa que cualquier medio
gráfico nos resultaba insuficiente para representarla; disfrutamos los acontecimientos sin
prevenciones, el espíritu se satisfizo con esquemas mentales para complementar los
recuerdos y se colmó con el registro de algunas notas para alimentar la imaginación.
Pudimos entonces habitar la ciudad y estar presentes con lúcida conciencia en el
acontecer de un hecho urbano desde su génesis hasta el fin de su tiempo, y tener una
vivencia, no solo del escenario material, sino de lo que es en esencia la ciudad, una
multiplicidad de relatos concatenados por el tiempo del recuerdo.




                               HISTORIA URBANA NARRADA
                           "Las formas nos hablan del significado de la ciudad, pero acceder al sentido es ir
                          más allá de las significaciones, pasar el límite de las formas y mirar desde las
                          tensiones emocionales que anudan la red de acontecimientos que son la vida
                          urbana. Más allá de la descripción, el contexto urbano surge del juego de fuerzas
                          entre las emociones, para las cuales el marco urbano es el escenario".
                          Juan Carlos Pérgolis. "Las otras ciudades".

                          "...Ocurre con las ciudades lo que en los sueños: todo lo imaginable puede ser
                          soñado, pero hasta el sueño más inesperado es un acertijo que esconde un deseo,
                          o bien su inversa, un temor. Las ciudades, como los sueños, están construidas de
                          deseos y de temores, aunque el hilo de su discurrir sea secreto, sus normas
                          absurdas, sus perspectivas engañosas y cada cosa esconda otra."
                          Italo Calvino. "Las ciudades Invisibles".


El imaginario viaje a Macondo a través de la palabra, nos permitió extractar fragmentos
episódicos urbanos y mediante una articulación discursiva organizar una peculiar historia
urbana. Ésta, en sentido amplio, se puede referir a tres momentos trascendentales de la
ciudad: la fundación, el esplendor, y el ocaso, que según Spengler, citado por Zarone,
corresponden al desarrollo de un vitalismo-naturalismo: "El ritmo histórico del tiempo de las
ciudades se despliega sin relaciones deterministas, pero siempre en sintonía con el ritmo
de los «estadios» biológicos y, sobre todo, con los del nacimiento-vida-muerte"7. Estos
momentos, en Cien años de soledad, simbolizan el transcurrir de la humanidad dentro de
una tradición bíblica, desde el Génesis hasta el Apocalipsis.

7
    Giuseppe Zarone. Metafísica de la ciudad. P. 14
                                        FUNDACIÓN

                     “Los mortales habitan en la medida en que reciben el cielo como cielo. Dejan al sol
                     y a la luna seguir su viaje; a las estrellas su ruta; a las estaciones del año, su
                     bendición y su injuria; no hacen de la noche día ni del día una carrera sin reposo”
                     Martin Heiddeger :“Construir, Habitar, Pensar”

                     “Implantar significa fundar, establecer, instituir, empezar a poner en práctica algo
                     nuevo. La ciudad no se sitúa sobre el terreno sin más; se funda sobre la tierra
                     propicia que han señalado los dioses”
                     Chueca Goitia: “Breve historia del urbanismo”


El nacimiento de Macondo, hermeneuticamente, se ajusta al surgimiento de la ciudad
mítica, lo que nos permite hacerle un seguimiento a partir de los testimonios que, sobre la
ciudad antigua y lo mitológico, algunos tratadistas registran y analizan. Inicialmente
podemos acudir, como fuente de interpretación, al legendario rito fundacional, aquel que
simboliza el acto de posesión, que a su vez es una remembranza simbólica del inicio. Este
acontecimiento iniciático se inscribe, por una parte, dentro de la interpretación metafísica
de Zarone, como el asentamiento que encubre de una culpa; por la otra, dentro del mito
del “eterno retorno” de Eliade, como la fundación que hace el hombre para la vida, al
transformar para ello el “caos” en “cosmos”.


José Arcadio Buendía daría cumplimiento al mito genesiaco, en el que la aparición de la
ciudad, como la fundada por Caín, sería un refugio para su conciencia atormentada. José
Arcadio Buendía infringió el precepto exogámico de su grupo y contrajo un matrimonio
endogámico, con Úrsula Iguarán, su parienta lejana. Esta trasgresión de la tradición grupal
le permitió acceder a lo prohibido, hecho que, como el pecado original de la tradición
judeo-cristiana, debía ser castigado. Primero nace el sentimiento de culpa y con él el temor
al castigo, la posibilidad de engendrar un hijo con cola de cerdo, sentimiento y presagio que
perseguirá a su prole hasta el fin del tiempo. Después, la desobediencia deviene en un
acto de sangre, que convierte a José Arcadio Buendía en el asesino de Prudencio Aguilar.
Con ello emerge el fantasma que se convierte en asiduo visitante de la conciencia de José
Arcadio Buendía y de Úrsula, lo que los obliga a abandonar el pueblo natal y a iniciar un
éxodo errante, en busca de “la tierra que nadie les había prometido”. José Arcadio
Buendía, al igual que el Caín bíblico, tratando de esconderse de las visitas de Aguilar,
emprende la huída en compañía de su mujer y de un grupo de jóvenes fortalecidos por el
espíritu de la aventura y sin un itinerario definido.


Tras largos meses de travesía, nace el primogénito de los Buendía, José Arcadio, sin la
anormalidad presagiada y unos meses más tarde, en medio de una geografía de llanura
acuática y a la orilla de un río pedregoso de aguas cristalinas, se le revela a José Arcadio
Buendía una visión onírica: "en aquel lugar se levantaba una ciudad ruidosa con casas de
paredes de espejo", ciudad que respondía a un nombre sin significado alguno pero con
resonancia sobrenatural: "Macondo".


Este primer episodio prefundacional sigue los pasos del mito de la muerte que antecede
a la fundación. En el Génesis, Caín mata a Abel y luego funda una ciudad con el nombre
de su hijo, nacido en la huida, Enoc. En la leyenda de la fundación de Roma, que relata
Plutarco, Rómulo da muerte a Remo, cuando al infringir un precepto sagrado, osa saltar
sobre el círculo sagrado por donde se edificaría la muralla8. Quien comete el asesinato
hace una fundación. Se repite el mito del “eterno retorno”, del cual dice Eliade: “...nada
puede durar si no está “animado”, si no está dotado, por un sacrificio, de un “alma”; el
prototipo del rito de construcción es el sacrificio que se hizo al fundar el mundo”9.


Después de veintiséis largos e infructuosos meses de buscar una salida al mar, José
Arcadio Buendía, para no tener que regresar, funda Macondo. El sueño es la guía que le
revela el sitio de la ciudad, como a los fundadores de la antigüedad; es el sueño el que
contiene la decisión perteneciente, según la tradición mítica, únicamente a una divinidad
providencial, que, en este caso, se pone de manifiesto por medio de la vía onírica. Este tipo
de apoyo en la toma de decisión fundacional fue diverso en la antigüedad; Coulanges
describe, por ejemplo, la consulta del oráculo, el seguimiento del animal sagrado, la
interpretación augural 10 . Según Rykwert: "Los autores modernos enfocan siempre la

8
  “...Rómulo cavaba un surco allí donde iba a levantarse en círculo la muralla, [Remo], se mofaba de
algunos de sus trabajos y procuraba estorbar otros. Finalmente él mismo lo traspasó y, según unos, allí
cayó, hiriéndolo el propio Rómulo...” Plutarco. Vidas paralelas. p. 224
9
  Mircea Eliade. El mito del eterno retorno. p. 27
10
   Fustel de Coulanges. La ciudad antigua. p. 97
elección de un terreno para la fundación de una ciudad desde la perspectiva de la
economía, la higiene, los problemas del tráfico y los servicios. El fundador de la ciudad
antigua, cuando tenía que abordar estos mismos problemas, no podía hacerlo sin antes
haberlos traducido a términos míticos.[...] las ventajas de un emplazamiento concreto eran
reveladas a los colonizadores como un don directo y arbitrario de los dioses, no como un
logro calculado que conseguía el fundador para su colonia"11.


Después del sueño revelatorio viene el acto fundacional de Macondo que es pobre
ritualmente y no sigue ninguna tradición. No está amparado por ningún dios y se hace en
nombre propio, en nombre del grupo de aventureros que lo único que buscan es erigir el
lugar que les impida un divagar eterno. Sólo se derrumban algunos árboles "para hacer un
claro junto al río, en el lugar más fresco de la orilla, y allí fundaron la aldea". De esta forma
el grupo abre sólo "un claro" en medio de la naturaleza, sin devastarla ni someterla, pues
de manera orgánica buscan asir las raíces de una segunda naturaleza, la creada por ellos.
“Habitar –afirma Zarone- quiere decir tener raíces en un lugar, y por ello tener asiento en
un sitio, y esto a su vez existir, superarse manteniéndose ligado a aquel fundo en que se
ha tomado plaza para siempre”12. Con este acto se comienza a implantar un orden dentro
del caos, “todo territorio que se ocupa con el fin de habitarlo o de utilizarlo como “espacio
vital” es previamente transformado de “caos” en “cosmos”; es decir, que por efecto del
ritual, se le confiere una “forma” que lo convierte en real”13


Se podría interpretar la fundación de Macondo como la fundación de la ciudad del mito, el
refugio evasivo de la culpa, la protección para una conciencia intranquila, como el exilio de
Caín quien se esconde de la mirada acusadora de Jahvé. "La ciudad del mito es, ya antes
de su historia, signo ambiguo y contradictorio, doble en suma, de aquella forma de
existencia, originada por una muerte violenta, que se hunde [y se funda] en ese lugar
donde se elude conquistar la salvación a través de la fuga"14. Ha quedado fundada la
aldea, y, según el sentido mítico y expiatorio del pecado, por ser refugio de una culpa ha
de llevar impreso un destino tormentoso y catastrófico.


11
   Joseph Rykwert. La idea de ciudad. p. 16-17
12
   Zarone. Op. Cit. p. 11
13
   M. Eliade. Op. Cit. p. 20
El fundador, José Arcadio Buendía, adquiere un status que se asemeja al del héroe
antiguo, ya que es autoridad, consejero y sabio dentro de la comunidad. "Al principio, José
Arcadio Buendía, era una especie de patriarca juvenil, que daba instrucciones para la
siembra y consejos para la crianza de niños y animales, y colaboraba con todos, aun en el
trabajo físico, para la buena marcha de la comunidad". Hace la prohibición sagrada para
todo el poblado: no se podían tener gallos de pelea. También es el sabio soñador que hace
predicciones y se dedica al trabajo con imanes y lupas, a los cálculos astronómicos, y al
misterioso oficio de la alquimia. Estas características corresponden a las que Rykwert
atribuye al héroe fundador: "Los héroes son presentados con suma frecuencia como
guerreros, pero éste es únicamente un aspecto de la vida heroica; sus conexiones más
fuertes nos remiten a la muerte, la caza, los juegos, la adivinación, las curaciones y los
cultos mistéricos. Los fundadores de ciudades, por consiguiente, al alcanzar la categoría
de héroes, tendían a asumir conexiones con todas las materias dichas."15.




                                             ESPLENDOR

                          “...en el espacio urbano siempre ocurre algo. El vacío, la nulidad de la acción, sólo
                          pueden ser aparentes; la neutralidad es un caso límite; el vacío (una plaza) atrae;
                          éste es su sentido y su fin. Virtualmente, cualquier cosa puede ocurrir en cualquier
                          parte. Aquí o allí, una multitud puede congregarse, los objetos amontonarse, una
                          fiesta desplegarse, un acontecimiento ocurrir, terrible o desagradable. El carácter
                          fascinante del espacio urbano proviene de esa característica: la centralidad
                          siempre posible”
                          Henri Lefebvre: “La revolución urbana”

Desde un principio los fundadores manifiestan un respeto sacro por elementos naturales
primarios, elementos adorados por casi todos los pueblos, desde que el hombre tiene
conciencia de su existir. Agua, tierra y sol. El agua, la mâtritamâh de los vedas, irriga la
vida; la tierra, Paradesha del sánscrito, Mama Pacha inca, reproduce la vida; el sol, el Helio
griego, Amon Ra egipcio, es generador de la vida. Estos elementos, rituales para muchos,

14
     Giuseppe Zarone. Op. Cit. p. 11
15
     Joseph Rykwert. Op. Cit. p. 19
en Macondo determinan la improvisada estructura urbana primigenia y obligan a que su
fundador, José Arcadio Buendía, abra un claro en el bosque para ubicar las viviendas,
sobre el substrato tierra, equidistantes del elemento agua y del cálido sol.


El trazado del núcleo urbano básico es una labor que el fundador, como cualquier versado
agrimensor, desempeña con sabiduría: "...había dispuesto de tal modo la posición de las
casas, que desde todas podía llegarse al río y abastecerse de agua con igual esfuerzo, y
trazó las calles con tan buen sentido que ninguna casa recibía más sol que otra a la hora
del calor". Esta organización reafirma los fines prácticos e igualitarios que persigue José
Arcadio Buendía. Podemos suponer que el asentamiento presenta un desarrollo sin un
pensamiento idealista que materializar. El esquema formal inicialmente descarta el trazado
hipodámico, el cual no brindaría las equitativas ventajas que brinda el de José Arcadio
Buendía. El trazado primigenio de Macondo se puede definir como una colocación lineal
de casas, que siguiendo la trayectoria del río, ofrecen iguales oportunidades de
emplazamiento a sus habitantes. Esta forma práctica de asentamiento responde a la
necesidad inmediata de construir un abrigo. No contemplan, inicialmente, lo que significa
el hecho comunal de urbanizar, no se define un espacio de encuentro comunal, ni un sitio
de reunión ritual; la vivienda era lo necesario. Dentro del pragmatismo primitivo del
fundador, no viciado por ideales utópicos, cada cosa brotará espontáneamente como
respuesta a necesidades concretas, una vez éstas se manifiesten.


La pequeña aldea campesina ya enraizada, bañada por un río cristalino y calentada por un
sol tropical, mantiene una economía agraria y sigue una tipología de vivienda definida por
la casa del fundador. Ésta, la mejor de la aldea, tenía: "una salita amplia y bien iluminada,
un comedor en forma de terraza con flores de colores alegres, dos dormitorios, un patio
con un castaño gigantesco, un huerto bien plantado [sembrado con plátano y malanga,
yuca y ñame, auyama y berenjena] y un corral donde vivían en comunidad pacífica los
chivos, los cerdos y las gallinas". La precariedad y sentido práctico se reflejan en la
construcción, los pisos eran de tierra golpeada, los muros de barro sin encalar, y los
muebles de madera rústica hechos por ellos mismos. En poco tiempo la ordenada aldea
era un feliz hábitat colectivo para sus trescientos habitantes.
El tiempo en Macondo, evocado a través de sucesos, es cíclico, por ello no se marca en
calendarios sino en el recuerdo que dejan los hechos trascendentes, “...las ciudades
–afirma Chueca Goitia- más que ligadas a la historia son historia ellas mismas...”16 Cada
acontecimiento importante era recordado como ese hito referencial que permitía medir el
avance o regreso del tiempo del suceder. La evocación de los hechos significativos, por
parte de los actores, va acompañada de la narración del escenario urbano en donde
sucedieron. Así, con las remembranzas de José Arcadio Buendía o de su hijo Aureliano,
regresamos a los primeros años de vida de Macondo y a través de las asociaciones de
Úrsula comprobamos el regreso del tiempo.


Al hacerle un seguimiento a los aconteceres de vida de los Buendía podemos ir
restituyendo la memoria urbana de Macondo. Macondo es un relato, la ciudad es un relato,
el relato hace palpable la ciudad, pues concatena la fragilidad de los instantes en que se
desarrolla la vida y permite que emerja el sentido. El sentido hace visible los escenarios
que posibilitan la fusión del tiempo, el espacio y la vida en “la frágil consistencia de un
instante” (Maillard).


Cada año por el mes de marzo llegan y se instalan en carpas, cerca de la aldea, los
gitanos. Estos emisarios de la civilización llevan los grandes inventos que desafían la
desaforada imaginación de José Arcadio Buendía, la cual “iba siempre más lejos que el
ingenio de la naturaleza, y aun más allá del milagro de la magia”. Los inventos reflejan el
pasar lejano y remoto de la historia de la humanidad en su afán por descubrir las
"máquinas del bienestar", y le brindan la oportunidad al fundador de experimentar y
encontrar una utilidad fantástica al legado de lejanos parajes. Cada visita marca un suceso
extraordinario que se ha de recordar. Con los gitanos viene Melquíades, el semidios a
quien se le permitió ayudar a los mortales, el sabio legendario que como Bochica, Manco
Cápac o Mama Ocllo, enseña técnicas, da consejos y revela secretos que ayudan a
impulsar la vida en la aldea. Los gitanos llevan el imán; al año siguiente, la lupa y el
catalejo; al siguiente, el sextante, la brújula y el astrolabio. Luego el laboratorio de alquimia,
obsequio que le hace Melquíades al patriarca Buendía para que complemente sus


16
     Fernando Chueca Goitia. Breve historia del urbanismo. p. 36
experimentos. Han pasado ya cuatro años en la historia de la aldea, cuatro años de
asombro, experimento y sueños.


En la siguiente visita Melquíades trae el secreto de la juventud restaurada: la prótesis
dental, invento que le lleva a pensar a José Arcadio Buendía: "que los conocimientos de
Melquíades habían llegado a extremos intolerables". Esta cadena de vestigios
asombrosos de un mundo desconocido para José Arcadio Buendía, lo induce a reflexionar
que "En el mundo están ocurriendo cosas increíbles [...] Ahí mismo, al otro lado del río, hay
toda clase de aparatos mágicos, mientras nosotros seguimos viviendo como los burros".
Melquíades, a través de los inventos que poco a poco le revela a Macondo, le hace sentir
a José Arcadio Buendía el aislamiento en que se encontraba su aldea.


Son entonces los inventos, llegados de mundos lejanos, los que llevan al pueblo a pasar
del soñar a la conciencia de ser. Aparece una necesidad cognoscitiva que requiere
respuesta. Cuando esta realidad indagante se manifiesta en el pensamiento de su
fundador no se acude a lo astral, sino a lo terrenal, a lo práctico; él busca su posición en
el mundo por medio de la exploración de su entorno. Inicialmente había hecho un
descubrimiento trascendental: “la tierra es redonda como una naranja”. Después nacería la
obstinación por descubrir los alrededores de Macondo, para buscar una salida que los
llevara a los pueblos que ya disfrutaban de los "máquinas del bienestar". Convoca, en su
calidad de patriarca, a los hombres de la aldea y pide su ayuda "para abrir una trocha que
pusiera a Macondo en contacto con los grandes inventos". Inicia entonces una exploración
de los alrededores, apoyándose en los aparatos que había heredado de Melquíades. Su
sentido de orientación era equivocado y la geografía de la región le era desconocida, así
que las rutas que exploraba, en una zona de jungla encantada, siempre terminaban frente
a lo indescifrable. Lo único que encontraron en medio de helechos y palmeras fue un viejo
galeón español, lo que significó para José Arcadio Buendía la proximidad del mar, y, tras
una jornada de cuatro días más, llegó hasta la ciénaga, que él tomó por el mar. Al fracasar
la búsqueda, concluye que Macondo es un pueblo aislado y rodeado por el agua. Queda
entonces completa la imagen del Macondo naciente, un pueblo en medio de manglares,
ciénagas y selva tropical; un pueblo pacífico que no necesita autoridades, que puede vivir
sin los prejuicios de infraestructuras complejas y sin comportamientos convencionales.
Así como la flecha del tiempo no detiene su infalible avance, así los acontecimientos que
ocurren en Macondo, tampoco se interrumpen. Pasan pocos años y llega a la aldea un
grupo de nuevos gitanos, con ellos ya no viene Melquíades, traen tantas invenciones en
una sola vez "que José Arcadio Buendía hubiera querido inventar la máquina de la
memoria para poder acordarse de todas". La novedad más importante era la que se
anunciaba como el último descubrimiento de los sabios de Memphis, "el hielo". El hielo que
simbolizaba ese "estrato rígido que separa la conciencia del inconsciente..."17. Este era un
elemento extraño para los pobladores y desconcertante para José Arcadio Buendía, quien
lo confundió con el diamante más grande del mundo, y su segundo hijo, Aureliano, al
tocarlo tuvo una experiencia sensitiva conocida, aunque contraria: "Está hirviendo". Al ver
el hielo José Arcadio Buendía comprendió el significado de las casas con paredes de
espejo reveladas en el sueño prefundacional; pensó entonces que algún día podrían
construir casas con grandes bloques de hielo para apaciguar el calor que a diario los
acompañaba.


Para entonces, la aldea sólo tenía "veinte casas de barro y cañabrava construidas a la
orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas,
blancas y enormes como huevos prehistóricos". Habían pasado cerca de trece años, y aún
para sus habitantes "el mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y
para mencionarlas había que señalarlas con el dedo".


El nuevo grupo de gitanos, regresó al año siguiente, a los cuarenta días de haber nacido
Amaranta, hija menor de los Buendía; traían sólo distracciones, los verdaderos inventos,
los que desafiaban la imaginación de José Arcadio Buendía, habían cesado. Cuando se
marcharon, se fue con ellos José Arcadio hijo; esta huída se convirtió en un acontecimiento
trascendental para la vida de Macondo. Úrsula partió en busca del hijo y tras cinco meses
regresó sin él, pero en compañía de un grupo de forasteros. Úrsula, sin proponérselo,
había encontrado el camino que unía a Macondo con otros pueblos que ya tenían
"máquinas del bienestar"; abrió con ello una senda que les permitiría salir del aislamiento.


17
 Juan Eduardo Cirlot. Diccionario de símbolos. p. 240
La llegada de los forasteros representa el paso de la aldea a la ciudad, el surgimiento de la
civilización, pues se posibilita el entrecruzamiento de culturas y el ensanchamiento del
saber colectivo. Este contacto les permite a los macondianos ser partícipes de un mundo
más amplio y diverso. Se produce el “choque de culturas”18, que ha permitido a través de
la historia hacer avanzar a los grupos humanos, diversificar las ocupaciones y generar
riqueza (Gondon Childe).“El crecimiento mismo de la ciudad –afirma Mumford- dependía
de trasladar, por conquista o intercambio, alimentos, materias primas, técnicas y hombres
de otras comunidades. Al llevar a cabo esta faena, la ciudad multiplicó las oportunidades
                                            19
de conmoción y estímulo psicológicos” . Así: "la escueta aldea de otro tiempo se convirtió
muy pronto en un pueblo activo, con tiendas y talleres de artesanía, y una ruta de comercio
permanente por donde llegaron los primeros árabes de pantuflas y argollas en las orejas,
cambiando collares de vidrio por guacamayas.".


El proceso de crecimiento revitaliza el ánimo del fundador, que deja los experimentos y
proyectos fantásticos para trasladarse a la desafiante realidad de la aldea. José Arcadio
Buendía, como en los días de fundación, se ocupa de los asuntos urbanos desde el
embellecimiento del espacio público por medio de la siembra de almendros en las calles,
hasta controlar los nuevos desarrollos, y "Adquirió tanta autoridad entre los recién llegados
que no se echaron cimientos ni se pararon cercas sin consultárselo, y se determinó que
fuera él quien dirigiera la repartición de la tierra". José Arcadio Buendía se gana así la
autoridad que ejerce, una autoridad no impuesta sino concertada.


En pleno apogeo llega a la casa de los Buendía Rebeca, una extraña parienta que trae
consigo un virus contagioso; es la peste del insomnio. Esta fantástica enfermedad
evoluciona hasta su estado más crítico, el olvido. El insomnio y el olvido son los elementos
que cambian la cotidianidad de Macondo. Nadie duerme, nadie recuerda. El insomnio lleva
a que los macondianos sueñen despiertos, “En este estado de alucinada lucidez no sólo
veían las imágenes de sus propios sueños, sino que los unos veían las imágenes soñadas


18
  “Se considera que el “choque de culturas”, provocado por las invasiones y las migraciones, facilita la
propagación de las nuevas ideas, quebrantando la rigidez de las sociedades establecidas”. Gordon Childe.
Los orígenes de la civilización. p. 160
por los otros”. En medio de esta nueva situación emerge la respuesta creativa a las
circunstancias adversas. Aureliano encuentra un remedio transitorio: acudir al registro
escrito para detener el olvido, y marca las cosas con su nombre y uso. Esta fórmula refleja
"la realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de
fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita". A pesar de lo
avanzado del olvido, el ingenio nativo no se opaca, Pilar Ternera, la pitonisa del pueblo,
concibe el artificio de devolverle, a quien la consultase, fragmentados indicios de su
pasado, ella se especializa en "leer el pasado en las barajas como antes había leído el
futuro". Sólo el regreso del protector, Melquíades, los salva de la condena de vivir sin saber
y les permite reconquistar los recuerdos.


Melquíades trae el nuevo invento, la daguerrotipia, testimonio de que en otros lugares ya
se había dado la revolución industrial, mientras Macondo tan solo había alcanzado la
revolución urbana; este hecho impacta nuevamente al Patriarca. Armado del nuevo
invento, José Arcadio Buendía vuelve al laboratorio. Allí trabaja junto con el gitano
aprendiendo el arte de la daguerrotipia y tratando de descifrar las predicciones de
Nostradamus, mientras en el mismo sitio Aureliano se dedicaba a fabricar pescaditos de
oro. El pragmático patriarca José Arcadio Buendía, muy pronto encuentra utilidad para
aquel invento, que le permitiría hacer estática la fugaz realidad y desmitificar creencias;
busca, entonces, probar la existencia de Dios: "Mediante un complicado proceso de
exposiciones superpuestas tomadas en distintos lugares de la casa, estaba seguro de
hacer tarde o temprano el daguerrotipo de Dios, si existía, o poner término de una vez por
todas a la suposición de su existencia". El gitano profundizando en las predicciones de
Nostradamus advierte, con antelación de cien años, el destino de Macondo: "Sería una
ciudad luminosa, con grandes casas de vidrio, donde no quedaba ningún rastro de la
estirpe de los Buendía". Nefasta predicción que José Arcadio Buendía no podía creer,
pues estaba seguro de que la ciudad sería de hielo y los Buendía permanecerían "por los
siglos de los siglos".


Pasados los años Macondo presenta una imagen más consolidada. La familia patriarcal


19
     Lewis Mumford. La ciudad en la historia. p. 123
de los Buendía había crecido y las tradiciones aldeanas daban paso a maneras
aristocráticas. Úrsula introduce modificaciones en la casa, para que se ajusten al tamaño
de la familia y a las nuevas prácticas: "dispuso que se construyera una sala formal para las
visitas, otra más cómoda y fresca para el uso diario, un comedor para una mesa de doce
puestos donde se sentara la familia con todos sus invitados; nueve dormitorios con
ventanas hacia el patio y un largo corredor protegido del resplandor del mediodía por un
jardín de rosas, con un pasamanos para poner macetas de helechos y tiestos de begonias.
Dispuso ensanchar la cocina para construir dos hornos, destruir el viejo granero [...] y
construir otro dos veces más grande para que nunca faltaran los alimentos en la casa.
Dispuso construir en el patio, a la sombra del castaño, un baño para las mujeres y otro para
los hombres, y al fondo una caballeriza grande, un gallinero alambrado, un establo de
ordeña y una pajarera abierta a los cuatro vientos...".


El amplio programa de construcción emprendido por Úrsula, evidencia la llegada de
nuevas costumbres, comodidades y riqueza a la que fue una aldea rural. Las salas y el
comedor para invitados nos hablan de la vida social que comienza a desarrollarse en el
pueblo. Las obras son ejecutadas por especialistas: albañiles y carpinteros. Tenemos
entonces un Macondo que progresa y consolida su vida urbana desde una posición rural
y relativamente aislada. Terminadas las obras de ampliación, la casa exhibe una peculiar
blancura y se le rinde el ritual de la nueva sociedad, se estrena con un baile, lo cual permite
mostrar ante vecinos y allegados el nivel que ha alcanzado la familia.


Los cambios que sufre la casa de los Buendía reflejan la dinámica que caracteriza la vida
del pueblo. Se entra en una nueva etapa de desarrollo, llega el representante del gobierno
nacional, el corregidor Apolinar Moscote, quien disputa el poder al patriarca Buendía. El
lejano gobierno nacional busca usurpar la autoridad que ha ganado el patriarca fundador,
e integrar el pueblo a su legislación, hecho que no es aceptado por José Arcadio Buendía:
"En este pueblo no mandamos con papeles... Y para que lo sepa de una vez, no
necesitamos corregidor porque aquí no hay nada que corregir".


Por esta época el pueblo ya tiene un hotel, el de Jacob y un sitio de esparcimiento, la tienda
de Catarino. Aparecen en el comercio los variados frutos de una industria y una cultura
lejanas: artículos suntuarios de producción en serie, importados para la decoración y uso
doméstico, utilizados especialmente en la remodelación de la casa de los Buendía.
Irrumpen las manifestaciones de la moda, reflejadas en el vestir, en la música y en los
bailes aristocráticos. La mula del correo llega cada quince días.


El júbilo y desaforo modernizador de los Buendía es interrumpido por la muerte del
benefactor, el enigmático sabio Melquíades, primer muerto de Macondo, que obliga a que
se lleve a cabo el primer entierro en el pueblo y a que aparezca el cementerio.


La calle donde se habían instalado los comerciantes árabes es la "Calle de los turcos". La
estructura urbana se va modificando para responder a nuevas actividades. La antigua
estructura lineal da paso a una más compleja, capaz de contener varias calles, una plaza
y un cementerio.


Inspirado en los principios del péndulo, el patriarca José Arcadio Buendía inicia nuevas
búsquedas, entre ellas la del movimiento continuo de juguetes de cuerda, para aplicarlo a
lo que fuera útil en el diario vivir. Muy pronto entra en un estado de demencia senil, por lo
que su familia lo amarra al castaño del patio. En la casa, la vida sigue su ritmo. Se celebra
el primer matrimonio de la familia, el del hijo del fundador, Aureliano Buendía y Remedios
la hija del corregidor Moscote. Para celebrar esta unión, traen al pueblo a un sacerdote, el
padre Nicanor Reyna, primer sacerdote que pisa estas tierras, quien al notar la falta de un
representante de los asuntos del cielo y la falta de atención de los pobladores a los
misterios celestiales, decide quedarse y gestionar la construcción de un templo, obra que
se agiganta con las alucinaciones propias del pueblo y que lo llevan a imaginar "...un
templo, el más grande del mundo, con santos de tamaño natural y vidrios de colores en las
paredes, para que fuera gente desde Roma a honrar a Dios en el centro de la impiedad".
Desde entonces tienen residencia en Macondo las autoridades que oficializan la existencia
de la sociedad: la autoridad civil-militar, en manos del corregidor Apolinar Moscote, y la
autoridad religiosa, en manos del padre Nicanor Reyna.


La autoridad civil-militar manifiesta su poder mediante disposiciones que alteran la imagen
del pueblo. En Macondo tradicionalmente las casas estaban pintadas de blanco, ahora el
corregidor ordena pintarlas de azul, como unificación emblemática de sectarismo político,
para la celebración de la fiesta de independencia nacional. Por esta época, el corregidor
gestiona la construcción de la escuela y con la colaboración del padre Nicanor, logra que
la tienda de Catarino, hasta ahora foco de actividad en el centro del pueblo, se traslade a
las afueras; nace la zona de tolerancia.


Por estos tiempos regresa José Arcadio, el hijo aventurero que se había marchado con los
gitanos. Se casa con Rebeca y se van a vivir frente al cementerio, en un casa alquilada.
Este evento es un nuevo testimonio del crecimiento constante de Macondo, los
alrededores de lo que había sido tierra abierta, en donde fundaron el cementerio al morir
Melquíades, ya se han urbanizado.


A través del corregidor llegan, desde el interior del país, las intrigas e ideas políticas
desfiguradas a conveniencia de quien las presenta. Se infiltra la división partidista. El
pueblo se polariza, surge el bando oficial gobernante, el grupo clandestino de los
conspiradores, y finalmente, el ejército de los subversivos. Este tipo de división del pueblo,
era un fiel reflejo de lo que sucedía en el país desconocido. Las consecuencias no
esperan, aparecen la violencia, la insurrección y la guerra. En el tranquilo Macondo, en
donde sus gentes eran tan pacíficas que no morían ni siquiera de muerte natural, hacen su
aparición la zozobra, el miedo, la represión, y la muerte. “Así, la más preciosa invención
colectiva de la civilización, la ciudad, a la que sólo precede el lenguaje en la trasmisión de
cultura, se convirtió desde el principio en el receptáculo de destructoras fuerzas internas,
orientadas hacia el constante exterminio”20


Producto de estas circunstancias nacionales, de las luchas civiles, de la disputa por el
efímero poder, es la aparición del nuevo héroe de Macondo, el héroe militar. El segundo
hijo del Patriarca, Aureliano Buendía, viudo desde hace algún tiempo, se alza en armas y
con el grado de coronel inicia su lucha. Comienza la leyenda del personaje disidente, del
personaje militar de origen popular que pelea no por ideas sino por orgullo. El coronel
Aureliano Buendía somete al corregidor, deja el gobierno de la ciudad en manos de su
sobrino, Arcadio, y se marcha a unirse a los rebeldes. A pesar de la guerra que se
desarrolla más allá de Macondo, dentro del pueblo reina una calma temporal. El almacén
de instrumentos musicales del italiano Crespi, había crecido hasta ocupar casi una cuadra
que se inunda con melódicos sonidos.


Macondo se transforma, se inicia el período de acciones militares y la escuela se convierte
en cuartel. Aureliano Buendía salva batallas, tiene diecisiete hijos, y rechaza todo tipo de
pacto con el gobierno nacional. La guerra partidista, después de varios cercos y tomas de
uno y de otro bando, deja a Macondo semidestruido.


De esta época se conoce que la iglesia había sido terminada y existía la casa cural,
construcciones que sufrieron tras los diferentes cercos y cañoneos a los que se sometió la
ciudad. Arcadio fue fusilado contra el muro del cementerio; José Arcadio y Rebeca se
fueron a vivir a la casa que Arcadio había hecho para él y Santa Sofía de la Piedad. La
casa, construida durante el tiránico gobierno de Arcadio, era una manifestación de los
beneficios que brinda el poder absoluto; por ello su ubicación en un sector privilegiado:
"situada en el mejor rincón de la plaza, a la sombra de un almendro [...] con una puerta
grande para las visitas y cuatro ventanas para la luz". Dentro de una estratificación a partir
de la plaza, ahora centro de importancia del pueblo, la ubicación de la casa de Arcadio
gozaba de mejor estrato que la del fundador. Esta relación la obtenemos siguiendo la
huella que va dejando una mensajera que lleva la noticia de la muerte enigmática de José
Arcadio. De la alcoba en donde muere José Arcadio "un hilo de sangre salió por debajo de
la puerta, atravesó la sala, salió a la calle, siguió directo por los andenes disparejos,
descendió escalinatas y subió pretiles, pasó de largo por la Calle de los Turcos, dobló una
esquina a la derecha y otra a la izquierda, volteó en ángulo recto frente a la casa de los
Buendía, pasó por debajo de la puerta cerrada...". Ante este signo de tragedia, Úrsula
"Siguió el hilo de sangre en sentido contrario, y en busca de su origen atravesó el granero,
pasó por el corredor de las begonias .. y atravesó el comedor y las salas y siguió en línea
recta por la calle, y dobló luego a la derecha y después a la izquierda hasta la Calle de los
Turcos, ...y salió a la plaza y se metió por la puerta de una casa donde no había estado
nunca...". Nuevamente los acontecimientos ayudan a consolidar la cambiante imagen


20
     Lewis Mumford. Op. Cit., p. 70
urbana de Macondo. Podemos, a partir de este nuevo hecho, suponer que ya hay varias
manzanas, indicio de un malla urbana consolidada y creciente; la plaza ha adquirido una
importancia representativa; la casa del fundador, a pesar de ser la primera construida, no
se encuentra en la plaza; la calle del comercio, "Calle de los Turcos", estaba sobre uno de
los ejes que sale de la plaza.


Hay tranquilidad dentro de la guerra, muere José Arcadio Buendía. Comienza a cumplirse
el presagio de Melquíades sobre el olvido de los Buendía. El Patriarca fallece sin que lo
adviertan sus coterráneos, sólo la naturaleza le rinde el panegírico ritual que merece el
héroe fundador. En la noche de su muerte cae sobre el pueblo una llovizna de minúsculas
flores amarillas que tapiza las calles. Aparece, con este evento, un color representativo y
emblemático de varios acontecimientos en Macondo, el amarillo.


Dentro de un ambiente de paz relativa llega un nuevo representante del gobierno central,
el corregidor José Raquel Moncada, quien logra que Macondo sea promovido a la
categoría de municipio y se convierte en su primer alcalde. Se construye en el pueblo un
teatro a donde llegan compañías españolas; este nuevo edificio refleja la influencia y
contacto con el extranjero: "era un vasto salón al aire libre, con escaños de madera, un
telón de terciopelo con máscaras griegas, y tres taquillas en forma de cabezas de león por
cuyas bocas abiertas se vendían los boletos". Se restaura el edificio de la escuela.


El coronel Aureliano Buendía, con su ejército, regresa a Macondo, se toma la ciudad, fusila
al alcalde Moncada y designa como nuevo jefe civil y militar a Gerineldo Márquez, hijo de
uno de los fundadores. Después, el coronel Aureliano Buendía, tras casi veinte años de
guerra, pacta la paz con el gobierno y se retira a fabricar pescaditos de oro. El pueblo
vuelve a la normalidad y Ursula, a restaurar la casa de los Buendía.


La familia patriarcal de los Buendía continúa creciendo. Los gemelos, hijos de Arcadio y
Santa Sofia, José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo, reemplazan al abuelo y al tío en
la vida de Macondo. José Arcadio Segundo se dedica a criar gallos de pelea, pues por este
tiempo ya se había olvidado la prohibición del patriarca Buendía; Aureliano Segundo,
comienza a tocar el acordeón y sigue el camino del libertino. Organiza, en compañía de su
amante Petra Cotes, una próspera sociedad de rifas y cría prodigiosa de animales y llega
a tener tanto dinero que empapela
la casa con billetes. Este hecho es el indicio de una nueva prosperidad en Macondo, la
época de la danza de los millones, que cambia la imagen de la ciudad: "Macondo
naufragaba en una prosperidad de milagro. Las casas de barro y cañabrava de los
fundadores habían sido reemplazadas por construcciones de ladrillo, con persianas de
madera y pisos de cemento, que hacían más llevadero el calor sofocante de las dos de la
tarde.".


José Arcadio Segundo hereda de su abuelo el ingenio y la inclinación por emprender
proyectos fantásticos. Concibe establecer un servicio de navegación por el río. Úrsula, al
relacionar las ideas del nieto con las de su esposo califica al tiempo como un dar vueltas
en redondo para siempre volver al principio. La historia de los proyectos fantásticos vuelve
a empezar. El proyecto de navegación fluvial lo financia Aureliano Segundo. Pero el
titánico proyecto terminó sólo con la limpieza del cauce del río y la llegada de una balsa de
troncos, único vehículo que por primera y última vez llegó por agua a Macondo. El esfuerzo
de José Arcadio Segundo no fue del todo perdido, en la balsa llegan las matronas de
Francia, viento de renovación disoluta para el pueblo. Ellas "cambiaron los métodos
tradicionales del amor" y transformaron la calle de la tienda de Catarino en "un bazar de
farolitos japoneses y organillos nostálgicos". También promovieron el primer carnaval que
se celebró en Macondo, hecho trágico recordado como un desbordamiento emocional y
frenético que intempestivamente, al revivir rivalidades partidistas, pasó del paroxismo a la
masacre. Del reinado y carnaval se recordarían sólo los muertos y heridos que quedaron
tendidos en la plaza.


Después de la nefasta celebración Aureliano Segundo se casa con Fernanda del Carpio,
mujer que había llegado desde el interior del país, de una ciudad lúgubre en donde “treinta
y dos campanarios tocaban a muerto a las seis de la tarde”; formada dentro de una cultura
de cohibición y severidad, ya dentro de la casa de los Buendía, cambia las costumbres de
la familia, introduciendo un tono de rigidez e introversión en aquella casa que siempre
había sido de puertas abiertas.
Aparecen en el panorama de Macondo los diecisiete hijos que el coronel Aureliano
Buendía había engendrado en medio de sus batallas y dos de ellos se quedan en la
ciudad: Aureliano Triste y Aureliano Centeno. Aureliano Triste instala la fábrica de hielo y
la perfecciona Aureliano Centeno al inventar los helados. Aureliano Triste gesta el nuevo
proyecto fantástico que cambiaría a Macondo: el tren. Este proyecto le confirma a Úrsula
que "el tiempo estaba dando vueltas en redondo". Pero la fantasía del nuevo gestor sí se
cumple. Llega así a Macondo el tren amarillo en medio de la sorpresa e incredulidad de los
habitantes, quienes no se dieron cuenta del momento en que tendieron los rieles y cómo
un nuevo camino modificó la faz del pueblo. La ciudad cambia sin que los habitantes
alcancen a darse cuenta; “la forma de una ciudad –afirma Baudelaire- cambia más pronto,
¡ay!, que el corazón de un mortal”. Macondo se acercaba cada día más a las máquinas del
bienestar, con las que había soñado el patriarca Buendía, pero éstas, antes que traer
bienestar sólo estaban acercando el infortunio.


Para el tren que llegaba los miércoles a las once de la mañana se construyó una estación
de madera y se abrió una plazoleta frente a ella. Por el nuevo medio de transporte llegaron
la bombilla eléctrica, el cine, el gramófono, el teléfono, y los vendedores de baratijas y de
promesas para salvar el alma; con ellos vinieron mister Herbert y la compañía bananera,
que generó una fatídica prosperidad en Macondo.


La compañía trajo una gran cantidad de personal, transformó la estructura urbana, e
instaló a sus trabajadores foráneos en casas de madera con techos de zinc. Los directivos
extranjeros construyeron "un pueblo aparte al otro lado de la línea del tren con calles
bordeadas de palmeras, casas con ventanas de redes metálicas, mesitas blancas en las
terrazas y ventiladores de aspas colgados en el cielorraso, y extensos prados azules con
pavorreales y codornices. El sector estaba cercado por una malla metálica, como gallinero
electrificado que en los frescos meses del verano amanecía negro de golondrinas
achicharradas”.


Había llegado a Macondo una compañía multinacional; con ella la presencia de una
sectorización excluyente y amenazadora, algo desconocido en la ciudad igualitaria y de
puertas abiertas. Estos nuevos personajes transformaban a su imagen y semejanza la
configuración del pueblo y sus características climáticas, pues estaban "Dotados de
recursos que en otra época estuvieron reservados a la Divina Providencia, modificaron el
régimen de lluvias, apresuraron el ciclo de las cosechas, y quitaron el río de donde estuvo
siempre y lo pusieron con sus piedras blancas y sus corrientes heladas en el otro extremo
de la población, detrás del cementerio". Ampliaron el sector del esparcimiento, en la calle
de las matronas de Francia, y convirtieron la zona en "un pueblo más extenso que el otro...
para los forasteros que llegaban sin amor". La Calle de los Turcos se activó con la
aparición de almacenes de ultramarinos que "desplazaron a los viejos bazares de
colorines". La gran avalancha de cambios se dio en un período de menos de ocho meses
y eran tantos y tan rápidos que "los antiguos habitantes de Macondo se levantaban
temprano a conocer su propio pueblo". Dentro de este marco utilitario, se comienza a
cumplir una de las sentencias de Mumford: “Los nuevos amos de la sociedad volvieron
despectivamente sus espaldas al pasado y a todas las acumulaciones de la historia y se
dedicaron a crear un futuro que, conforme con su propia teoría del progreso, sería
igualmente despreciable una vez que, a su turno, pasara, y fuera entonces descartado con
la misma falta de piedad”21


Mientras la obsesión del banano se tomaba la población, la casa de los Buendía se
convertía en el sitio que daba la bienvenida a los forasteros, pero esta nueva y agitada
actividad no desplazaba los fenómenos extraordinarios y prodigiosos que allí sucedían.
Por ese tiempo, Remedios la bella asciende al cielo y el coronel Aureliano Buendia, el
luchador en treinta y dos levantamientos, muere sin que nadie lo note. Con su muerte se
da fin a la segunda generación de los Buendía, mientras la cuarta continúa creciendo en la
casa de los ancestros. La hija de Aureliano Segundo, “Meme”, entabla amores secretos
con Mauricio Babilonia; de esta unión nacerá el hijo de la vergüenza, Aureliano, a quien
mantendrán oculto en la casa patriarcal.


Mientras tantas y prodigiosas cosas pasaban en la casa de los Buendía, en el pueblo se
manifestaban las inconformidades originadas por las pésimas condiciones laborales de los
trabajadores de las bananeras; los síntomas de una huelga se evidenciaban. José Arcadio


21
     Lewis Mumford. Op. Cit., p. 598
Segundo, que trabajaba como capataz en la compañía, se convierte en líder sindical y
encabeza las protestas. Los altos mandos de la compañía desaparecen, queda la
situación en manos de la fuerza pública. Al poco tiempo estalla la huelga. La actividad
cotidiana de Macondo se trastorna, los trabajadores en espera de soluciones se trasladan
a La Calle de los Turcos y el salón de billar del Hotel de Jacob se congestiona. Macondo
termina militarizado.


Por parte de los mandos militares se anuncia una intermediación, para lo cual convocan
a la muchedumbre para que se reúna en la estación del ferrocarril a esperar al Jefe Civil
y Militar, que les traería soluciones. El día en que éste debía llegar, un viernes, los
huelguistas se reúnen, y convierten el lugar de espera en una feria pletórica de jubilo, a
donde trasladan los puestos de ventas de bebidas y fritanga. La espera se prolonga desde
las doce del día hasta las tres de la tarde, el Jefe Militar no llega. Cuando los huelguistas
se preparan para retirarse, un teniente lee un decreto, firmado por el general Carlos Cortés
Vargas, que los declara como malhechores y faculta al ejército a dispararles. El capitán a
cargo da cinco minutos para que se retiren bajo amenaza de disparar. Pasado el tiempo
comienzan las descargas contra más de tres mil personas, trabajadores, mujeres y niños,
que se habían reunido. Los muertos son cargados en un tren que sale de Macondo en la
noche, “iban a ser arrojados al mar como el banano de rechazo”


El único sobreviviente y fiel testigo de tan siniestro acto, José Arcadio Segundo, escapa del
vagón en que viajaba la muerte y regresa a Macondo en medio de un aguacero torrencial.
Encuentra un pueblo apacible y desolado, sin rastro de lo sucedido: “en tres cocinas donde
se detuvo José Arcadio Segundo antes de llegar a la casa le dijeron lo mismo: “No hubo
muertos”. Pasó por la plazoleta de la estación, y vio las mesas de fritangas amontonadas
una encima de otra, y tampoco allí encontró rastro alguno de la masacre. Las calles
estaban desiertas bajo la lluvia tenaz y las casas cerradas, sin vestigio de vida interior. La
única noticia humana era el primer toque para misa”. Nadie creía lo vivido por José Arcadio
Segundo, todos repetían la versión oficial: la huelga se había solucionado pacíficamente
y los trabajadores se habían marchado a sus casas.
                                            OCASO

                             “Recuerda que el Tiempo es un ávido jugador
                             que gana sin hacer trampas, ¡en todo lance!, es la ley.
                             Declina el día; aumenta la noche; ¡acuérdate!
                             El abismo siempre tiene sed; la clepsidra se vacía”
                             Charles Baudelaire: El Reloj


La masacre, hasta ahora ignorada por los habitantes del pueblo en donde oficialmente no
había pasado nada, se hace aún más siniestra por una torrencial lluvia que desde esa
noche azota a Macondo. Este fenómeno natural benefició a la compañía bananera que
justificó su cierre mientras pasaba la lluvia.


El tormentoso aguacero se prolonga por cuatro años once meses y dos días, hasta que por
fin un viernes a las dos de la tarde comienza a salir el sol sobre Macondo. El diluvio había
terminado y, como en el mito genesiaco, todo lo que estaba en la tierra había expirado.
Macondo quedó en ruinas: "En los pantanos de las calles quedaban muebles
despedazados, esqueletos de animales cubiertos de lirios colorados, [...] Las casas
paradas con tanta urgencia durante la fiebre del banano, habían sido abandonadas. La
compañía bananera desmanteló sus instalaciones. De la antigua ciudad alambrada sólo
quedaban los escombros.... Los sobrevivientes de la catástrofe, los mismos que ya vivían
en Macondo antes de que fuera sacudida por el huracán de la compañía bananera,
estaban sentados en la mitad de la calle gozando de los primeros soles. Todavía
conservaban en la piel el verde de alga y el olor de rincón que les imprimió la lluvia,... La
mercancía de los bazares estaba cayéndose a pedazos, los géneros abiertos en la puerta
estaban veteados de musgo, los mostradores socavados por el comején y las paredes
carcomidas por la humedad,...".


José Arcadio Segundo que no había encontrado eco a su verdad se aísla del mundo y, en
el cuarto de Melquíades, se ocupa nuevamente de los pergaminos indescifrables. En el
pueblo desde el diluvio "la desidia de la gente contrastaba con la voracidad del olvido, que
poco a poco iba carcomiendo sin piedad los recuerdos...". El olvido, que muchos años
atrás había llegado como enfermedad, ahora formaba parte de la idiosincrasia de los
habitantes de Macondo. Es por ello que muy rápido olvidaron quién había sido el coronel
Aureliano Buendía y a la llegada de los nuevos gitanos, volvieron a sentir deslumbramiento
ante los repetidos inventos que les trajeron: el imán y la lupa. El tren amarillo envejecido
no llevaba ni traía a nadie y los Buendía hacían esfuerzos por seguir las pautas de una
moda nacional, enviar a los hijos al extranjero. La última hija de Aureliano Segundo,
Amaranta Úrsula, viajaba a Europa.


Mientras el pueblo se sumía en la miseria, el abandono y el olvido, Aureliano Babilonia, el
hijo de la vergüenza de Meme, había crecido y se ocupaba de la tradición familiar recibida
de José Arcadio Segundo: intentar la traducción de los pergaminos de Melquíades; pronto
descubre que estaban escritos en sánscrito y con la ayuda de Melquíades, quien se
presentaba mediante apariciones, encuentra las claves para traducirlos. Las primeras
revelaciones advertían que descifrar el texto de los pergaminos sería posible sólo cuando
se cumpliera un siglo a partir del momento en que se escribieron. Pero ese plazo se estaba
terminando y Aureliano sería el exegeta que abriría cada uno de los sellos apocalípticos.


Aureliano Babilonia es un personaje sin memoria urbana, pues había permanecido oculto
toda la vida en la casa. Por eso, cuando necesitó salir a buscar libros que le ayudarían en
su traducción "no le interesó nada de lo que vio en el trayecto, acaso porque carecía de
recuerdos para comparar, y las calles desiertas y las casas desoladas eran iguales a como
las había imaginado en un tiempo en que hubiera dado el alma por conocerlas". Así, de
forma insensible recorrió las once cuadras que lo separaban del callejón en donde en otra
época se interpretaron los sueños y ahora se encontraba la librería de un sabio catalán.


Pasados unos años vuelve Amaranta Úrsula, con su esposo extranjero, que después de
algunos meses regresa a Europa y ella entabla relaciones con su desconocido sobrino
Aureliano. Este acontecimiento, dentro de la historia decadente de Macondo, abre uno de
los sellos apocalípticos y anuncia el cercano fin de los tiempos. Los amores florecen tras
el velo de una atracción inconsciente y el desconocimiento de su vínculo familiar. Se vuelve
a repetir la trasgresión al código exogámico, la misma que algún día presintieron que
habían cometido los parientes lejanos José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán, pero esta
vez la relación sí era entre familiares cercanos. La contravención a las leyes míticas, con la
consumación del temido incesto, sería castigada por la naturaleza con el nacimiento de la
criatura con cola de cerdo.


Para esta época, la edad de Macondo no estaría lejos de la de la pitonisa y tatarabuela de
Aureliano, Pilar Ternera, única sobreviviente de las generaciones anteriores, aquella que
muy joven había llegado con los fundadores: "Años antes, cuando cumplió los ciento
cuarenta y cinco, había renunciado a la perniciosa costumbre de llevar las cuentas de su
edad, y continuaba viviendo en el tiempo estático y marginal de los recuerdos, en un futuro
perfectamente revelado y establecido, más allá de los futuros perturbados por las
asechanzas y las suposiciones insidiosas de las barajas".


El pueblo había entrado en un estado de decrepitud e inactividad total; para que se
detuviera el tren era necesario hacerle señas al maquinista. "La antigua Calle de los Turcos
era entonces un rincón de abandono, donde los últimos árabes se dejaban llevar hacia la
muerte por la costumbre milenaria de sentarse en la puerta, aunque hacía muchos años
que habían vendido la última yarda de diagonal, y en las vitrinas sombrías solamente
quedaban los maniquíes decapitados. La ciudad de la compañía bananera ... era una
llanura de hierba silvestre".


De la desaforada relación entre Amaranta y Aureliano nace la criatura con cola de cerdo.
Se abre otro sello apocalíptico y se cumple el presagio anunciado más de cien años atrás,
a José Arcadio Buendía y a Úrsula Iguarán. Amaranta muere después del parto y al día
siguiente víctima de voraces hormigas muere el crío. Aureliano observa la escena y en
aquel instante se le revelan las claves contenidas en el epígrafe de los pergaminos de
Melquíades, lo que le permitió ordenarlos "en el tiempo y el espacio de los hombres: El
primero de la estirpe está amarrado en un árbol y al último se lo están comiendo las
hormigas". Olvidando a los muertos vuelve a concentrarse en los pergaminos. El fin se
acerca, Aureliano puede descifrar la historia de la familia escrita con cien años de
anticipación. Descubre que "Melquíades no había ordenado los hechos en el tiempo
convencional de los hombres, sino que concentró un siglo de episodios cotidianos, de
modo que todos coexistieran en un instante". Su interés se centra en descubrir su origen,
por lo cual salta párrafos y no advierte el viento que comienza a soplar lleno de las voces
del pasado. Así, encuentra que era sobrino de Amaranta y la condena de esa relación era
la de concebir el animal mitológico que pondría fin a la estirpe. Macondo, como la Babilonia
bíblica, es destruido por "un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la
cólera del huracán bíblico...". Aureliano continúa saltando páginas y va descifrando el
momento que vivía, quiere saltar al final pero comprende que "no saldría jamás de ese
cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada
por el viento y desterrada de la memoria de los hombres... y que todo lo escrito en ellos [en
los pergaminos] era irrepetible desde siempre y para siempre.."




                                       EPILOGO

Macondo ha desaparecido. Los mitos bíblicos marcan su nacimiento y destrucción, lo
genesiaco y lo apocalíptico concentran más de un siglo de vivencias, fantasías, glorias, e
ilusiones. La estructura física de la ciudad desaparece pero de ella queda su memoria
grabada en la palabra escrita, que nos permite múltiples reconstrucciones imaginarias.


La destrucción de Macondo es la más patética lección que ejemplariza la consecuencia
inefable de la pérdida de la memoria urbana, la pérdida de ideales, la pérdida de la acción:
"la desidia de la gente contrastaba con la voracidad del olvido, que poco a poco iba
carcomiendo sin piedad los recuerdos...”; la pérdida de la cultura que es memoria. La
destrucción de la ciudad es entonces el castigo manifiesto para toda sociedad que
padezca de amnesia frente a su historia, que carezca de proyectos comunes y que
detenga su actuar. "No hay ciudad sin historia, -afirma Pérgolis- pero tampoco habría
historia sin ciudad, ya que ésta es como una memoria edificada que conserva y narra la
trayectoria de la sociedad humana desde el primer impulso gregario hasta el hombre en
comunidad. La destrucción de la ciudad, de sus espacios y sus signos es consecuencia,
entonces, de una sociedad amnésica que se destruye a sí misma, ya que la ciudad de hoy
resulta de la que fue ayer, tanto como la sociedad actual refleja lo que los hombre
fueron"22.


A través de la lectura de la novela penetramos en el contexto macondiano y, gracias a lo
fantástico de la narración garciamarquiana, pudimos vivir, como experiencia propia, la
realidad imaginada de una ciudad que nace, progresa y se extingue, cumpliendo el ciclo
inevitable por el que debemos pasar los mortales. Al dejarnos llevar por las páginas de la
historia de Macondo, vamos descubriendo poco a poco la conformación urbana de un
asentamiento espontáneo, la aparición de sus construcciones, la estructuración social de
sus habitantes, y el origen de sus tradiciones, supersticiones y creencias. Cada dato, cada
información, cada acontecimiento se convierte en una pieza de ese rompecabezas que
cada lector intenta armar, de acuerdo con sus vivencias, nostalgias y recuerdos, fruto de
su vivir dentro de la otra realidad.


El haber restituido en la realidad, a partir de páginas fantásticas, la memoria urbana de
Macondo, nos permite comprobar que de la fantasía a la realidad sólo hay un estado de
ánimo, que la realidad no existe sin la fantasía, y que examinar la ciudad es una magnífica
excusa para explorar esa dimensión enigmática de lo fantástico. El vivir avanza dejando
una huella llena de acontecimientos, personajes, relatos, significados, historia; seguir esa
huella, desde la fantasía o la realidad, es lo que nos permite comprender un actuar
humano, social, dentro de un espacio y tiempo determinados.


Seguir la huella del vivir en Macondo es lo que nos ha permitido aproximarnos a la
comprensión de la ciudad. Por ello, al recorrer en el tiempo esa ciudad de la fantasía,
obtuvimos de ella una lección de vida e historia urbanas. La vida e historia del hombre que
hace la ciudad, de los acontecimientos que le dan significado al vivir, del escenario que
construye una sociedad para simbolizar su común unión, y de la inevitable acción del
tiempo sobre todo ello. Esta lección la captamos por ser más profunda y duradera que la
que a diario evitamos en nuestra cruda realidad, donde estamos inmersos y que nuestra
indiferencia nos impide observar. Acudir a la ciudad invisible no es una evasión sino una
forma de aproximarnos a lo que dejamos de percibir en la ciudad visible que habitamos.
Como lo define Calvino, "las ciudades invisibles son un sueño que nace del corazón de las

22
     Juan Carlos Pérgolis. Las otras ciudades. P. 18
ciudades invivibles"23. Y para nosotros al igual que para el Marco Polo de Calvino, lo
importante no es tanto la forma de aproximación al estudio de la ciudad, sino el tratar de
entender "las razones secretas que han llevado a los hombres a vivir en las ciudades,
razones que pueden valer más allá de todas las crisis"24.




REFERENCIAS


BORGES, José Luis. El Aleph. Ed. Emecé, Buenos Aires, 1995
BORGES, José Luis. Ficciones. Ed. Oveja Negra, Bogotá, 1984
CALVINO, Italo. Las ciudades invisibles. Ed. Siruela, Madrid, 1994
CIRLOT, Juan Eduardo. Diccionario de símbolos. Ed. Labor, Colombia, 1994
COULANGES, Fustel de. La ciudad antigua. Ed. Porrúa, México, 1978
CHILDE, Gordon V. Los orígenes de la civilización. Ed. Fondo de cultura económica,
       Bogotá, 1997 (primera reimpresión)
CHUECA GOITIA, Fernando. Breve historia del urbanismo. Ed. Alianza, 1994
ECO, Umberto. Tratado de semiótica general. Ed. Lumen, Barcelona, 1991
ELIADE, Mircea. El mito del eterno retorno. Ed. Altaya, Barcelona, 1995
GARCIA MARQUEZ, Gabriel. Cien años de soledad. Ed. Círculo de lectores, Barcelona,
        1975
MUMFORD, Lewis. La ciudad en la historia. Ed. Infinito, Buenos Aires, 1979
PERGOLIS, Juan Carlos. Las otras ciudades. Ed. Universidad Nacional, Bogotá, 1995
PLUTARCO. Vidas paralelas. Ed. Gredos, Madrid, 1985
RYKWERT, Joseph. La idea de ciudad. Ed. Blume, Madrid, 1985
ZARONE, Giuseppe. Metafísica de la ciudad. Ed. Pre-textos, Universidad de Murcia,
       Valencia, 1993




23
     Italo Calvino. Las ciudades invisibles. P. 15
24
     Ibíd.. p. 15

				
DOCUMENT INFO
Shared By:
Categories:
Tags:
Stats:
views:123
posted:5/28/2010
language:Spanish
pages:31