El papel de los Rasgos Psicosociales

Description

Texto de Michael Rutter que analiza las características de los niños resistentes, las características que influyen en la vulnerabilidad o resistencia de los niños y la intervención de la familia y el entorno, entre otros tenas.

Reviews
Shared by: Cecilia Chablé
Stats
views:
1723
rating:
not rated
reviews:
0
posted:
2/20/2008
language:
Spanish
pages:
0
BLOQUE I: Las situaciones de riesgo y el desarrollo infantil VI Sem. Bloque I. Las situaciones de riesgo y el desarrollo infantil Lecturas de estudio: El papel de los rasgos psicosociales (primera parte) Kay Nicté Toshiba VI Sem. 1 BLOQUE I: Las situaciones de riesgo y el desarrollo infantil EL PAPEL DE LOS RASGOS INDIVIDUALES Michael Rutter, Henri Giller, Ann Hagel EFECTOS PERSONALES SOBRE EL ENTORNO Hasta los años sesenta, las relaciones estadísticas entre circunstancias psicosociales (como privación materna o malos tratos en la crianza) y la conducta de los niños se interpretaban casi siempre como un efecto causal del entorno de estos. De este modo, el descubrimiento de que el rechazo paterno o materno iba asociado a la delincuencia se interpretó en el sentido de que el rechazo conducía a la delincuencia como parte de un proceso causal. Actualmente está claro que el hallazgo podía significar, al menos en parte, que los niños que se comportaban de maneras difíciles, perturbadoras o socialmente desaprobadas podían motivar que otras personas sintiesen un rechazo hacia ellos. El estudio longitudinal de Nueva York (Thomas, Chess y Birch, 1968) suscitó interrogantes acerca de la base de estos testimonios relativos al papel de las características temperamentales de los niños; el trabajo crítico de Bell (1968) ponía directamente en duda la idea cuestionando la medida en que la flecha causal iba en dirección contraria. Desde entonces, los testimonios de la realidad de las influencias ejercidas por los niños sobre la conducta de otras personas se han acumulado (Bell y Chapman, 1986; Lytton, 1990; Rutter et al., 1997a; Scarr y McCartney, 1983). Además, no obstante, se ha podido ver que las consecuencias se extienden mucho más que el impacto sobre las interacciones <> (Rutter et al., 1995); véase también Capítulo 10). Los testimonios de estos efectos de la conducta de los niños sobre la manera en que los demás reaccionan a ellos se derivan en estudios tanto experimentales como naturalistas. Por ejemplo, Brunk y Henggeler (1984) instruyeron a niños de 10 años para que se comportaran de una manera dócil u hostil. Cuando se les situaba con un adulto que no los conocía y que tenía instrucciones de hacerlos participar en una tarea, los que se comportaban de manera hostil suscitaban más la conducta negativa del adulto y, además, lo hacían también cuando eran dóciles. ¡Dio la impresión de que se pueden crear expectativas y reputaciones en media hora! Anderson, Lytton y Romney (1986) demostraron algo muy semejante con un ingenioso paradigma que comparaba las interacciones de niños normales y niños con trastornos de conducta cuando se les sitúa con su propio progenitor, con el progenitor de un niño normal y con el de un niño con trastornos de la conducta. Los niños con trastornos de la conducta despertaban más conductas negativas en los adultos tanto en sus propios padres como en los de otros niños. Pero había también efectos en los progenitores; las madres de niños con trastornos de la conducta eran más negativas que las de niños normales. Este efecto en los progenitores pudo derivarse de sus propias características personales o de sus BLOQUE I: Las situaciones de riesgo y el desarrollo infantil experiencias anteriores en la crianza de un hijo difícil. De cualquiera de las dos maneras, sin embargo, la conducta de los padres no era ocasionada por los efectos inmediatos del hijo con trastornos de conducta. Otra estrategia investigadora encaminada a indagar en los efectos producidos por el niño ha sido utilizar el efecto de drogas para alterar la conducta de este. Schachar et al. (1987) hallaron que los efectos benéficos de la medicación estimulante sobre la conducta del niño llevaba a paralelos cambios de adaptación en el comportamiento de los padres (Lee y Bates, 1985). Aunque ha habido relativamente pocos estudios rigurosos de los efectos producidos por los niños, los testimonios son suficientes para concluir que la conducta perturbadora en el niño sí que tiene realmente consecuencias en el comportamiento de los demás hacia ellos. La conducta de las personas influye en sus propias experiencias de otras maneras que van más allá de los efectos evocados en las interacciones personales (Rutter, 1997c; Rutter et al., 1997a; Scarr, 1992; Scarr y McCartney, 1983). Así, desde el clásico estudio de seguimiento realizado por Robins (1966) sobre orientación infantil entre pacientes clínicos, ha llegado a ser evidente que los niños antisociales tienen un probabilidad mucho más elevada de ruptura de relaciones, acontecimientos vitales estresantes, graves adversidades psicosociales y desempleo, por no mencionar más que unos cuantos índices de riesgo ambiental (véase Rutter et al., 1995). Está claro que toda investigación de los efectos de estos factores de riesgo en la conducta antisocial tiene que tener en cuenta el propio papel del individuo en la producción de estos riesgos. Hay que destacar, sin embargo, otros tres puntos. En primer lugar, hay testimonios igualmente válidos acerca de la realidad de los efectos de los progenitores en la conducta de los hijos. Para empezar, hay abundantes pruebas de que las características de la crianza pueden derivarse de las pasadas experiencias de los padres mucho antes de que nacieran los niños. Esto se puso de manifiesto, por ejemplo, en los estudios de Harlow sobre los efectos del temprano aislamiento social en las posteriores características de la crianza entre los monos Rhesus (Ruppenthal et al., 1976). En lo tocante a los humanos, también, los estudios de seguimiento de niñas educadas en instituciones han mostrado que tenían un índice muy superior de dificultades graves para la crianza cuando alcanzaban la edad adulta (Quinton y Rutter, 1988). Las conclusiones de las investigaciones han documentado también el alto índice de ruptura familiar y de dificultades para la crianza que mostraban individuos que habían manifestado conducta antisocial en la infancia (Quinton et al., 1993; Robins, 1966) y personas que padecían trastornos mentales en la vida adulta (Rutter y Quinton, 1984). En una medida significativa (pero modesta), los problemas graves de crianza son previsibles sobre la base del conocimiento de los padres antes del nacimiento de los hijos (Altemeier et al., 1984; Quinton y Rutter, 1988). Está claro que en estos ejemplos los problemas con la crianza no pudieron ser provocados por la conducta del vástago. Además, estas y otras características adversas de la crianza tienen consecuencias en el desarrollo psicológico de los niños. Esto es visible en la 3 BLOQUE I: Las situaciones de riesgo y el desarrollo infantil capacidad predictiva de dichas características en los estudios longitudinales (Henry et al., 1993; Kolvin et al., 1988; Richman et al., 1982). La cuestión que se plantea, sin embargo, es si alguno de estos efectos podría ser mediado genéticamente (un aspecto que examinaremos en la siguiente sección de este capítulo). En segundo lugar, en la mayoría de los ejemplos es altamente probable que los efectos sean bidireccionales. Es decir, los padres influyen a los hijos y son influidos por ellos. Esto ha quedado demostrado en el aquí y ahora de las interacciones familiares por Patterson y sus colegas (Patterson et al., 1980, 1982, 1995). El comportamiento hostil de un miembro de la familia tiende a suscitar reacciones hostiles en los demás, y por ello se inician unos ciclos coercitivos de intercambio. Los efectos a largo plazo se han dejado ver en estudios longitudinales (Caspi, Elder y Bem, 1987). Por ejemplo, Martin, Maccoby y Jacklin (1981) vieron que la conducta hostil de los niños pequeños tendía a inducir a las madres a retraerse, lo cual a su vez hacía más probable la persistencia de la conducta hostil. En tercer lugar, está claro que las experiencias que las personas producen por su propio comportamiento pueden tener importantes consecuencias para ellas (Rutter et al., 1993). Es evidente que los orígenes de un factor de riesgo y el modo de mediación del riesgo no guardan necesariamente relación entre sí. De este modo, las personas eligen fumar por razones que se derivan tanto de su personalidad como del contexto social, pero los riesgos de enfermedades relacionadas con el tabaco tienen origen en os alquitranes carcinogénicos, el monóxido 4 de carbono, los efectos de la nicotina en los vasos sanguíneos y los irritantes del humo; ninguna de estas cosas tiene nada que ver con las influencias que llevan a una persona a fumar en un principio. Lo mismo se aplica a las influencias psicosociales. Así, Sampson y Laub (1993) encontraron que, a pesar del hecho de que los delincuentes eran encarcelados como consecuencia de su propia conducta antisocial, la experiencia del encarcelamiento hacía más probable que su conducta antisocial fuese recurrente (en buena medida porque el haber estado en prisión hacía más difícil que obtuviesen un empleo). Las estrategias investigadoras que se pueden utilizar para comprobar la mediación ambiental de los riesgos se examinan a continuación. LA RESISTENCIA Un descubrimiento omnipresente en toda la bibliografía sobre adversidades psicosociales de todos los tipos ha sido que, incluso con prolongadas experiencias gravemente negativas, hay una enorme variación entre los niños en sus reacciones (Garmezy y Rutter, 1983; Hetherington y Blechman, 1996; Rutter, 1981a, 1990; Wang y Gordon, 1994). Esto se ha visto en términos del desarrollo de los trastornos en el tiempo y también en la posterior recuperación. Ha habido una creciente conciencia de que el entendimiento de las razones de esta heterogeneidad aportaría una luz muy necesaria sobre los procesos causales que intervienen en la mediación del riesgo psicosocial y proporcionaría asimismo unas inapreciables pistas sobre la manera en que se pueden desarrollar más medios eficaces de prevención. En consecuencia, se ha acometido un número cada vez mayor de estudios cuyo objetivo principal es la BLOQUE I: Las situaciones de riesgo y el desarrollo infantil elucidación de las razones de la resistencia (véase Rutter, en prensa). Un enfoque que resulta útil para generar ideas es estudiar a los individuos que se describen como personas que han luchado a pesar de haber padecido extremas tensiones en las etapas tempranas de su vida (Watt et.al., 1995). Sin embargo, el modelo de investigación habitual –y en muchos aspectos el más potente- ha consistido en centrarse en niños que han sufrido graves experiencias de alto riesgo y comparar, dentro de este grupo, a los que han salido adelante bien y a los que han tenido resultados adversos; Fergusson y Lynskey (1996) lo hicieron con los datos del estudio longitudinal de Christchurch. Utilizaron un índice de adversidad familiar (basado en 39 mediciones) que había resultado fuertemente pronosticador de conducta antisocial. Se evaluaron los resultados a los 15 y 16 añs usando una serie de mediciones entre las que estaban la delincuencia autoinformada, el contacto con la policía, los informes de padres y jóvenes sobre problemas de comportamiento u hostilidad, el abuso del alcohol y el abandono prematuro de la escuela. Un poco más de la mitad del muestreo tenía bajas puntuaciones en el índice de adversidad familiar; su tasa de problemas antisociales múltiples era solo del 0,2%. Tres décimas partes con puntuaciones modernas) tenían una tasa del 2,5%; una décima parte (con puntuaciones altas), una tasa del 8,3%, y una vigésima parte (con las puntuaciones más elevadas), una tasa del 21,6%. Está claro que el índice era un potente predictor, con una diferencia que se centuplicaba entre los grupos de riesgo superior e inferior. Era de notar también que un índice muy elevado de conducta con 5 problemas múltiples requería una puntuación muy elevada de adversidad familiar; además, incluso en este grupo de muy alto riesgo, había muchos niños que no mostraban conducta antisocial con problemas múltiples. El 20% superior del índice de adversidad familiar se utilizó como grupo de más alto riesgo, y el 37% sin problemas antisociales se tomó como el subgrupo resistente a comparar con el resto. La resistencia se trató también como variable dimensional. El primer hallazgo fue que los chicos resistentes tenían puntuaciones de adversidad significativamente más bajas. En cierto sentido, esto no resulta sorprendente, dada la abrupta inclinación de la asociación de riesgo, pero es un importante recordatorio de que es posible que una cierta resistencia aparente no representa más que variaciones en el nivel de riesgo. Sin embargo, cuando se tuvo esto en cuenta estadísticamente se pusieron de relieve tres rasgos. Los chicos resistentes (i) tendían a tener un alto CI a los 8 años (una diferencia de 14 puntos entre los quintiles superior e inferior de resistencia), (ii) tendían tasas inferiores de búsqueda de la novedad a los 16 años, y (iii) tenían menos probabilidades por los informes tanto de las madres como suyos propios de relacionarse con coetáneos delincuentes. Es interesante que estos factores protectores abarcaran características cognitivas individuales y de conducta y al grupo de coetáneos, y que el principal efecto sobre la resistencia tenía su origen en su combinación. Al igual que son pocos los factores de riesgo individuales que conllevan un gran riesgo cuando aparecen aislados (dado que el riesgo principal viene de las adversidades múltiples), también son BLOQUE I: Las situaciones de riesgo y el desarrollo infantil pocos los factores que ejercen una gran protección por sí solos. Hay que observar también que hubo algunos descubrimientos posiblemente sorprendentes: las mujeres no eran más resistentes que los hombres; las relaciones con los padres establecían pocas diferencias y los rasgos individuales (aparte del CI y búsqueda de novedades) no estaban asociados con variaciones en la resistencia una vez que se había tenido en cuenta las tres variables que indicaban resistencia. Se ha examinado este estudio concreto con algún detalle porque ilustra bien el enfoque analítico que se necesita y algunas de las cuestiones metodológicas clave. Considerado en conjunto con una bibliografía más amplia (Engeland, Carlson y Sroufe,1993; Fonagy et al, 1994¸Luthar, 1993; Masten, Best y Garmezy, 1990; Rolf et al., 1990¸ Seifer, 1995; Stattin et al., 1997), esta última puede resumirse de la siguiente manera. En primer lugar, a menos que se tenga cuidado para medir las experiencias de riesgo tanto de manera general como a fondo, una cierta resistencia aparente no representará nada más que variaciones del grado de riesgo experimentado. El problema será mucho peor si se evalúa el riesgo por medio de indicadores (como la pobreza) que tienen solo asociaciones muy indirectas con los mecanismos de riesgo cercanos. Expresado de manera más positiva, los hallazgos muestran que, en conjunto, los riesgos de conducta antisocial asociados a una sola experiencia de riesgo son muy bajos. Los riesgos principales se derivan de la influencia acumulada de muchos (y a menudo variados) riesgos psicológicos. Se aplican al resultado unas cuestiones algo parecidas. Hay varios ejemplos en los que la resistencia aparente refleja que se ha centrado la atención 6 excesivamente en una esfera concreta de funcionamiento. Como dijeron Luthar, Doernberger y Zingler (1993), la resistencia no es un constructo unidimensional; los individuos pueden estar protegidos de un tipo de resultado adverso mientras siguen siendo vulnerables a otros. Luthar et al. (1993) demostraron esto en relación con la angustia emocional en niños que eran resistentes con respecto a la competencia en el comportamiento; Farrington et al. (1988) demostraron lo mismo en referencia al funcionamiento social en jóvenes procedentes de un medio de alto riesgo que no se convirtieron en delincuentes. En tercer lugar, es preciso considerar la resistencia a lo largo del tiempo y no solo en cuanto a la situación que sigue inmediatamente a la experiencia de riesgo. Los estudios de seguimiento a largo plazo (que se revisan en el Capítulo 10) dejan claro que las experiencias, incluso de la vida adulta, pueden establecer una sustancial diferencia en cuanto a si la actividad antisocial continúa o no. Los mismos estudios destacan también la necesidad de considerar los procesos de riesgo y protección en su actuación en el transcurso del tiempo y no solamente como algo que se puede evaluar en términos de la química del momento. Así, Quinton et al. (1993; véase también Quinton y Rutter, 1988; Rutter et al., 1990b) vieron que las experiencias positivas en la escuela hacían más probable que los muchachos procedentes de un medio de alto riesgo planificaran su vida (se evaluó en relación con el trabajo y el matrimonio); que los que llevaban a cabo dicha planificación tenían menos probabilidades de entrar a formar parte de un grupo de coetáneos delincuentes; que esto a su vez BLOQUE I: Las situaciones de riesgo y el desarrollo infantil hacía menos probable que se casaran y tuvieran hijos con alguien que tuviese problemas antisociales o de droga y alcohol; que a causa de esto era menos probable que la convivencia de la pareja fuese discordante y se deshiciera; y que la experiencia de un matrimonio armonioso y que supusiese un gran apoyo hacía mucho más probable que se casaran y tuvieran hijos con alguien que tuviese problemas antisociales o de droga y alcohol; que a causa de esto era menos probable que la convivencia de la pareja fuese discordante y se deshiciera; y que la experiencia de un matrimonio armonioso y que supiese un gran apoyo hacía mucho más probable la discontinuidad en la conducta antisocial. Los testimonios de este proceso se consideran en el Capítulo 10, pero lo que hay que resaltar aquí es que la resistencia radica en un proceso que actúa a lo largo del tiempo, con frecuencia un tiempo muy largo. Sin embargo, la necesidad de considerar los procesos en el tiempo suscita una serie de nuevas interrogantes metodológicas. Tres de ellas son especialmente importantes. La primera es que ni siquiera los individuos con una conducta antisocial muy persistente están siempre cometiendo actos delictivos. Son de esperar fluctuaciones con el tiempo porque lo cierto es que el comportamiento de las personas varía según las circunstancias y también porque el error de medición conducirá a variaciones se suponen una deducción equivocada. Se necesitan mediciones múltiples y métodos adecuados de análisis estadísticos para evitar confundir las fluctuaciones en el comportamiento con un cambio permanente (Fergusson et al. 1996a, b) La segunda es que cuando los procesos de riesgo y protección actúan en el tiempo de unas maneras que son 7 contingentes en una cadena de múltiples eslabones, centrarse en una sola variable en un punto subestimaría irremediablemente los efectos acumulativos (Quinton et al., 1993). Esto se demostró de manera espectacular en un estudio de jugadores de béisbol (Abelson, 1985). Las diferencias entre las más grandes estrellas y los jugadores mediocres eran asombrosamente pequeñas si se consideraban sobre la base de un solo golpe, pero en el curso de un partido completo estas diferencias triviales constituían toda la diferencia entre ganar y perder. Otra consideración es que la proporción de población que explicaba la varianza siempre dará una subestimación extremadamente engañosa de cómo actúan los efectos a nivel individual si los factores protectores relevante afectan solo a un pequeño segmento de la población (Rutter, 1987a). Esta será la situación habitual al tratar con conductas multifactoriales sometidas a influencias muy diferentes, como sucede claramente con la conducta antisocial. La situación, sin embargo, se aplica de manera muy general; por ejemplo, en las enfermedades más comunes. Una tercera cuestión metodológica es que las cadenas de eslabones múltiples o procesos causales multifase implican sinergia entre riesgo y factores protectores (Pickles, 1993). Hay una lamentable y obstinada tendencia a suponer que los procesos de interacción tendrán necesariamente como resultado de relaciones de interacción estadísticamente importantes en análisis multivariados (Raine et al. 1997a). Totalmente al margen de los formidables problemas de la capacidad estadística que se requiere para producir relaciones de interacción importantes (McClelland y judo, BLOQUE I: Las situaciones de riesgo y el desarrollo infantil 1993), hay muchas circunstancias en las que se necesitan otros enfoques estadísticos (Rutter, 1983a; Rutter y Pickles, 1991). No hay ningún futuro en contar interacciones importantes; antes bien debemos prestar atención a hipótesis sobre cómo podrían actuar los mecanismos protectores y después utilizar cualesquiera instrumentos estadísticos que sean los más adecuados para comprobar las hipótesis presentadas. CONTINUARÁ 8

Shared by: Cecilia Chablé
Related docs