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LA NARRATIVA DE POSGUERRA

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LA NARRATIVA DE POSGUERRA Powered By Docstoc
					LA NARRATIVA DE PREGUERRA: DESDE 1900 HASTA LA GUERRA CIVIL

1. LA NUEVA FORMA DE NOVELAR: RASGOS GENERALES
   En los autores de la Generación del 98, representativos de la estética de fin de siglo, la novela sufre
importantes cambios que la alejan de los moldes decimonónicos. Estos son los más relevantes:
   Cobra caracteres líricos, se hace más subjetiva e impresionista. Se interesa más por el mundo interior de
los personajes y sus sensaciones que por la realidad externa. El argumento y la trama ceden terreno a la
divagación intelectual y a la expresión de las emociones personales. La acción tiende a descomponerse en
escenas sueltas. El paisaje ya no es marco donde transcurre la acción, sino símbolo. Se reduce la
intervención del narrador omnisciente y desapasionado. A menudo, la voz de los protagonistas en largos
monólogos o monodiálogos pone en el relato el acento de lo teatral. Vemos, pues, que se desdibuja la
tradicional división de los géneros y la narrativa incorpora elementos propios del ensayo, la lírica y el
drama.
   En cuanto al estilo, cada creador busca su sello personal. Pero hay rasgos comunes, como la reducción
de la longitud de la frase, el predominio de la yuxtaposición, en contraste con la coordinación y
subordinación de épocas precedentes; la tendencia a la frase simple, a menudo a la oración nominal. En
algunos autores, como Azorín o Valle-Inclán, el ritmo de la prosa y la imagen lírica hacen de cada página
un poema.

1.1. REPRESENTANTES DE LA NUEVA NARRATIVA
   En 1902 surgen varias novelas noventayochistas que revelan esta nueva sensibilidad: Amor y pedagogía
de Unamuno, La voluntad de Azorín, Camino de perfección de Baroja; mención aparte merece Valle-Inclán,
con una personalísima trayectoria.

1.1.1. LA “NIVOLA” DE UNAMUNO
   Unamuno considera la novela como el cauce más adecuado para expresar su “sentimiento trágico de la
vida”, sus reflexiones sobre la vida y la muerte, porque le deja mayor libertad a su fantasía que el género
del ensayo.
   Para evitar que le reprochen que sus relatos no se atienen a las características propias del género,
Unamuno acuña el término caprichoso de “nivola”. Suele considerarse a Amor y pedagogía (1902) como el
punto de transición hacia la nueva estética, que se halla definitivamente madura en Niebla (1914).
   En Unamuno confluyen novela y filosofía. La obra narrativa adquiere trascendencia y pasa a ser una
forma de conocimiento e indagación en los resortes más íntimos del individuo. Rasgos de su novela son:
          - la acción está sumamente concentrada.
          - Se prescinde de la pintura del entorno, del paisaje y de las costumbres, de las descripciones.
          - Se prescinde de una precisa localización temporal y espacial, para ceñirse a los conflictos
          existenciales y de personalidad. El tiempo y el espacio son sustituidos por el tiempo íntimo que
          vive el personaje en el ámbito de su conciencia.
          - Más que la trama, interesa la acción interior, que se revela a través de la técnica del
          monodiálogo, por la que el individuo dialoga a solas consigo mismo.
          - Es una novela eminentemente subjetiva y lírica.
   Los problemas religiosos que tanto atormentaron a Unamuno se hallan relejados al final de su
trayectoria en San Manuel Bueno, mártir (1931), cuyo protagonista es un álter ego agónico, escindido en
una trágica contradicción entre la voluntad de creer y la imposibilidad de alcanzar la fe.

1.1.2. DOS VARIANTES DE LA NOVELA IMPRESIONISTA: BAROJA Y AZORÍN
   En una acepción general, impresionismo es la técnica pictórica que representa las figuras incompletas,
meramente sugeridas por sus rasgos más llamativos y las recrea con manchas de color, que al ser miradas
a distancia, reconstruyen la imagen en la retina del espectador.
   En las obras literarias, la técnica impresionista consiste en el interés por la percepción sensorial,
subjetiva e individual de los fenómenos. El escritor nos ofrece una descripción imprecisa, vaga, difuminada,
en la que sólo aparecen imágenes sueltas y aisladas. A partir de ellas, el lector recompone, también desde
su subjetividad, el mundo evocado.
   Son maestros de la técnica impresionista literaria dos grandes autores de la Generación del 98: Pío
Baroja y Azorín.
PÍO BAROJA
   El narrador por excelencia de su generación, rompe los moldes tradicionales y disgrega el relato en
escenas o cuadros sueltos que tienen como hilo conductor a un personaje que protagoniza acciones
diversas o que, simplemente, en su deambular va entrando en contacto con distintos ambientes e
individuos.
   Sus obras son fragmentos de vida en los que, con técnica impresionista, selecciona los detalles que
considera más significativos de la realidad. Carecen de argumento sólido porque lo más importante son las
sensaciones y reflexiones. En sus novelas proyecta sus vivencias y recuerdos, sus frustraciones íntimas, su
pensamiento e inquietudes intelectuales. Son muchas las obras protagonizadas por un álter ego, que es fiel
trasunto de su creador: el Fernando Ossorio de Camino de perfección (1902), el Andrés Hurtado de El árbol
de la ciencia (1911), el Luis Murguía de La sensualidad pervertida (1920).
   El héroe barojiano es antisocial: tiene las características románticas del desencanto ante el mundo y del
culto a la libertad. Se muestra inquieto, andariego, deambula de acá para allá, sin más justificación que el
desasosiego que le impide permanecer parado.
   En cuanto a su estilo, es directo y expresivo, que no desaliñado. Intenta liberar a la lengua literaria de la
tradición retórica decimonónica. Para él lo esencial no es el adorno ni la elocuencia, sino la claridad, la
precisión y la llaneza.
   La variedad de su narrativa es notable: el regeneracionismo en Camino de perfección y El árbol de la
ciencia, la picaresca y el mundo de los marginados en La busca (1904), la novela revolucionaria en Aurora
roja (1904), el relato de aventuras en Zalacaín el aventurero (1909), la novela política en César o nada
(1910).

AZORÍN
    Como los demás miembros de su generación, se aparta de los esquemas narrativos convencionales.
Considera esencial la observación puntual de la realidad, pero no trata de plasmar un mundo completo,
sino sólo detalles y apuntes significativos. Por eso sus novelas, que él llama “antinovelas”, resultan
fragmentarias y discontinuas, como un proyecto de algo inacabado.
    Los temas dominantes son la meditación sobre la existencia, la muerte, el paso del tiempo, la antítesis
entre vida activa y contemplativa, la disolución de la voluntad, la descripción de los pueblos españoles.
    Sus novelas no presentan ninguno de los ingredientes característicos del género: la acción es escasa o
nula, interrumpida por constantes digresiones y descripciones; el diálogo rara vez puede considerarse como
tal, son en realidad largos monólogos dedicados a la exposición de ideas, en los que uno de los
interlocutores adopta una actitud pasiva. Son novelas poemáticas, tanto por su intenso lirismo como por los
recursos estilísticos que se emplean y la gran abundancia de elementos rítmicos propios de la prosa
impresionista, modelo de concisión y economía expresiva.
    Su obra alcanza su punto culminante en la autobiografía de su primera etapa formada por La voluntad
(1902), novela-ensayo puesta al servicio de sus concepciones filosóficas, Antonio Azorín (1903) y Las
confesiones de un pequeño filósofo (1904).
    También reflexiona sobre los mitos literarios: Don Juan (1922), Doña Inés (1925). Coincidiendo con el
triunfo de las Vanguardias, escribe algunas obras experimentales como El caballero inactual (1928), Pueblo
(1930). En la posguerra entra en un periodo de declive.

1.1.3. VALLE-INCLÁN: DEL DECADENTISMO AL EXPRESIONISMO
   Valle se inicia en el ámbito del decadentismo modernista, que llega a su plenitud en la impecable prosa
impresionista de las Sonatas (1902-1905). Son un alarde de esteticismo y sensualidad, un halago para los
sentidos, en las que el autor se esfuerza por transmitirnos la belleza de la forma, con un preciosismo en el
que hay ecos parnasianos.
   En la evolución hacia la novela histórico-esperpéntica ocupa un lugar fundamental la trilogía de La
guerra carlista (1908-1909). Aquí quedan lejos ya los escenarios aristocráticos y el esteticismo de las
Sonatas. Valle recurre a una prosa grave, a veces bronca y desgarrada para situarse en una perspectiva
intrahistórica: lo que le interesa no son los grandes sucesos externos entre carlistas y liberales, sino los
aconteceres de la vida diaria.
   El ciclo esperpéntico de Valle, que ya se había abierto en su teatro, culmina en el campo de la novela
con Tirano Banderas (1926), espeluznante retablo grotesco de una dictadura hispanoamericana. Con esta
obra se inaugura la “novela de dictador”, que será una constante en la narrativa hispanoamericana. Es una
novela que muestra una violencia cruel y despiadada, y en ella Valle emplea hipérboles macabras propias
del expresionismo e imágenes que descomponen la realidad con técnica cubista.
   Culmina esta evolución con la trilogía de El ruedo ibérico (1927- 1932). En esta grotesca parodia del
reinado de Isabel II, el fragmentarismo es extremo: cada libro es una cadena de brevísimos cuadros,
autosuficientes e independientes. Son escenas broncas y ridículas, con lenguaje que pone la técnica
impresionista al servicio de la sátira corrosiva. Aunque Valle se ceba en la fauna cortesana, su feroz
caricatura abarca a todos los grupos sociales y muestra los graves problemas que atravesaba la España de
la época.

2. LA NOVELA DEL NOVECENTISMO
   En el lapso que media entre la Generación de fin de siglo (Modernismo y Generación del 98) y el arte de
Vanguardia, nos encontramos con un movimiento intermedio al que se ha dado el nombre de
Novecentismo o Generación del 14. El término Novecentismo, acuñado en 1906 por Eugenio d´Ors, se usó
para definir el arte de su generación en la medida en que se oponía a los modos artísticos del XIX,
incluyendo entre ellos los finiseculares o modernistas. En esta actitud de ruptura ya habían participado
algunos representantes del fin de siglo como Azorín, Baroja o Valle.
   Díaz_Plaja lo explica así: “Novecentismo es lo que ya no es ni Modernismo ni noventayochismo, y
lo que todavía no es el Vanguardismo que desembocará en la llamada “Generación del 27”.

  Durante la época novecentista la novela cede el protagonismo al ensayo, pero no por eso deja de tener
una enorme importancia en sus dos vertientes fundamentales: intelectual y popular. En años posteriores,
con el influjo de la Vanguardia, derivará hacia la experimentación y, finalmente, el compromiso social.

2.1. NOVELA INTELECTUAL
    En la novela intelectual, en la que destacan Ramón Pérez de Ayala y Gabriel Miró, es fundamental el
magisterio de Ortega y Gasset. Sus ideas tienen como punto de partida la reacción contra lo decimonónico
y sus secuelas: así, el arte ha de tener un carácter minoritario y antipopular, ha de ser un arte puro,
concebido como pura creación, alejándose así de lo realista y lo romántico. Ello conduce a una
deshumanización, es decir, a un alejamiento de la realidad y a una eliminación de las emociones
humanas, porque la finalidad del arte es el puro placer estético. Es, por ello, un arte intelectual, autónomo,
hermético, desligado del mundo real y regido por sus propias leyes; lo que cuenta es su coherencia interna,
lingüística y estructural.
RAMÓN PÉREZ DE AYALA: Es el modelo más sólido de la llamada “novela intelectual”. Sus novelas se
caracterizan por fundir la acción novelesca con reflexiones ensayísticas de tipo filosófico o estético. Son
novelas culturalistas, destinadas a un público minoritario. En sus obras maestras Troteras y danzaderas
(1913) y Belarmino y Apolonio (1921) refleja su gusto por el perspectivismo, por el contraste y la doble
visión de la realidad junto a algunas audacias constructivas. Su estilo es fascinante, denso, con una difícil
mezcla de ironía y gravedad.
GABRIEL MIRÓ: Se esfuerza en superar el relato impresionista, intensificando sus rasgos, acentuando el
lirismo y las percepciones sensoriales subjetivas. Es asombrosa su capacidad para captar sensaciones: luz y
color, aromas, sonidos, sabores, llenan sus páginas con una riqueza pocas veces igualada. En esa línea se
mueven sus mejores obras: El humo dormido (1919), El obispo leproso (1926) y Nuestro padre San Daniel
(1921).
RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA: Otra figura importante en este tipo de novela. Ramón irá acentuando la
importancia del lenguaje y del juego de perspectivas sobre los elementos temáticos y argumentales. En sus
relatos cobran gran importancia las imágenes lírico-humorísticas que bautizó con el nombre de
“greguerías”. Los demás elementos ocupan un segundo plano y, a veces, parecen una mera excusa para
ensartar estos rasgos de ingenio. Obras destacadas son: El incongruente (1922), El novelista (1923).

2.2. NOVELA POPULAR
   En la novela popular destaca Wenceslao Fernández Flórez, que frente al tipo de novela intelectual,
cultiva una corriente más apegada a las convenciones aunque original por sus rasgos de humor y
caricatura. Aunque no son novelas revolucionarias en la forma, sorprenden al lector por su juego irónico,
tierno y sarcástico con la realidad y el sentimiento. Obras destacadas son: Volvoreta (1917), El secreto de
Barba Azul (1923).
3. LA NOVELA DE LAS VANGUARDIAS
3.1. NOVELA EXPERIMENTAL
   La obra de los narradores de Vanguardia se enmarca dentro del periodo de la dictadura de Primo de
Rivera (1923-1931). Como en toda Europa, se respira un ambiente de vitalidad y optimismo; se origina un
cambio de sensibilidad, con un rechazo radical hacia las formas y el lenguaje de la tradición realista-
naturalista.
   Cultivan una novela experimental que, dentro de un espíritu cosmopolita, vuelve los ojos a la vida
urbana moderna y a las novedades científicas y técnicas de su tiempo.
   Esta narrativa intenta incorporar el estilo metafórico predominante en la poesía, la visión rápida
inspirada en el cine, y la construcción fragmentada descubierta en la pintura cubista y futurista. La imagen,
atrevida y sugerente, es uno de sus rasgos definidores.
   Su ideal de cultivar un arte puro, trivial, libre de todo compromiso, en el que domina el interés por los
aspectos formales, ha dado lugar a que se tache a estos novelistas de frívolos y deshumanizados,
sambenito del que no han podido liberarse.
   A la cabeza de la Vanguardia narrativa figura Benjamín Jarnés con Locura y muerte de Nadie (1929). A
su lado, otros nombres como Antonio Espina, Pájaro pinto (1927), Francisco Ayala, Cazador en el alba
(1930), Samuel Ros, El ventrílocuo y la muda (1930) y Mario Verdaguer, Un intelectual y su carcoma
(1934).
3.2. NOVELA COMPROMETIDA
    En los últimos tiempos de la dictadura de Primo de Rivera, como contrapartida al arte minoritario, surge
una corriente de narrativa comprometida. Sus representantes pretenden devolver la novela a la realidad
política y social de donde la ha sacado la Vanguardia. Les guía un ideal de solidaridad, progreso y justicia
social. La protagonista es la clase trabajadora, tanto en la ciudad como en el campo.
    Se suele considerar como inicio de esta tendencia el año de 1928, en que la editorial Nueva España
empieza a publicar La novela social; pero algunas obras se adelantan a esta fecha. Cuando se proclama la
Segunda República en 1931, el arte social ha triunfado definitivamente y se produce un cambio de
orientación.
    La mayor parte de los autores se sitúan en una ideología de lucha de clases y defienden el movimiento
revolucionario como único camino posible para transformar la sociedad. El grupo se consolida, pero con el
triunfo electoral de la derecha en 1933, se agravan las tensiones y la novela social sufre un retroceso. Su
trayectoria quedará definitivamente truncada al estallar la guerra, momento en que los escritores deben
pasar a la acción efectiva.
    Se les ha llamado a veces “la otra Generación del 27”, pero el rótulo que se ha impuesto es el de
“Realismo social de preguerra” o “Nuevo Romanticismo”.
    Los temas de esta narrativa serán, lógicamente, las huelgas y agitaciones que obreros y campesinos
protagonizan durante esos años, y, de forma especial, la represión de que son víctimas. Otro tema
importante es la toma de conciencia de los intelectuales y su lucha revolucionaria al lado de los
trabajadores. Sus obras están protagonizadas por personajes rebeldes que hacen frente a la adversidad, en
un tono idealista y exaltado.
    Desde el punto de vista artístico, no renuncian a los hallazgos del siglo; pero su deseo de llegar a un
público mayoritario les inclina hacia el realismo, con una prosa coloquial. Es la suya una novela-puente
entre la Vanguardia y el objetivismo de posguerra.
    Muchos de estos autores han caído en el olvido porque buena parte de su producción carece de valor
literario. A menudo, movidos por sus preocupaciones ideológicas, caen en el panfleto propagandístico. Sin
embargo, hay que tener en cuenta la calidad de algunas obras, su interés como documento de época y el
influjo que han ejercido en los narradores de posguerra. Entre los que merecen destacarse están Ramón J.
Sender con Imán (1930) y Siete domingos rojos (1932); César M. Arconada con La turbina (1930); Joaquín
Arderíus con Campesinos (1931).
LA NARRATIVA DE POSGUERRA
1. INTRODUCCIÓN - SÍNTESIS
   Dentro de la narrativa de posguerra se distinguen seis generaciones narrativas, tres que surgen en el
franquismo y tres que lo hacen después de 1975.

    En primer lugar, la GENERACIÓN DE POSGUERRA, la que en la década de 1940, en unos años
difíciles, asume el papel de iniciar, después de la guerra civil, los primeros intentos de renovación a partir
de un realismo caracterizado por el tono y la visión del mundo existencialistas.
    En segundo lugar, la GENERACIÓN DEL MEDIO SIGLO, la de los niños de la guerra civil, que en la
década de 1950, desde una óptica realista y una actitud objetivista y social, da testimonio de la realidad
coetánea, bien desde los recuerdos de la guerra, bien desde la observación de la vida colectiva española.
    En tercer lugar, la GENERACIÓN DE LOS 60, que protagoniza en esa década la llamada renovación
narrativa, estructural y experimentalista, basada en la utilización de variadas técnicas novelescas.
    En cuarto lugar, la GENERACIÓN DEL 75, cuyos integrantes, nacidos después de la guerra civil,
comienzan a publicar en torno a esa fecha y responden al experimentalismo con una contundente
normalización narrativa, unas actitudes más fabuladoras, una variedad de tendencias y la recuperación de
técnicas más tradicionales.
    En quinto lugar, la GENERACIÓN DE LOS 80, que por una parte continúa las líneas iniciadas por la
generación anterior y por otra, recupera tendencias del pasado reciente como la novela social o la
experimentalista.
    En sexto lugar, la GENERACIÓN DE LOS 90, la de los más jóvenes, que, en medio de las presiones
comerciales del mercado, se adscriben a las tendencias de sus antecesores.

  Aparte de las seis generaciones, hay que tener en cuenta a los novelistas del exilio que, de regreso a
España, aún continúan escribiendo y publicando en el fin de siglo.


2. LAS GENERACIONES DEL EXILIO
   Entre los novelistas que abandonan España y parten al exilio como consecuencia de la derrota
republicana en la guerra civil, suelen distinguirse tres grupos generacionales: el primero incluye a los
novelistas nacidos antes de 1900; el segundo, a los nacidos ya en el siglo XX que cuentan con obra
publicada antes de exiliarse; el tercero, a los que empiezan a publicar después de 1939. Conviene señalar,
por otra parte, que las obras –incluso las de los exiliados que siguen vivos en la actualidad- se ciñen, por lo
general, a la revisión personal o histórica de la guerra civil.
   Entre los novelistas del primer grupo figuran Benjamín Jarnés, Eduardo Zamascois, Manuel D. Benavides
y Arturo Barea (muertos todos antes de 1975).

   En el segundo grupo, son pocos los que superan con vida la época del franquismo. Max Aub, por citar al
autor más emblemático, muere en 1972 tras una importantísima obra a sus espaldas, sobre todo las seis
excelentes novelas del ciclo los “Campos”.
   El prolífico e irregular Ramón J. Sender presenta una dilatada producción, que se compone de títulos
relevantes, sociales y simbólicos (Mr. Witt en el cantón (35), Réquiem por un campesino español (53) o las
nueve novelas del ciclo Crónica del alba junto a otras obras demasiado comerciales como La tesis de Nancy
(62) o El superviviente (78).
   Rosa Chacel es tal vez la única excepción entre los novelistas del exilio que no centra su obra en la
guerra civil, con títulos de carácter intelectual como Memorias de Leticia Valle (46), o novelas evocadoras
de la infancia y adolescencia, y de aprendizaje vital, como Barrio de maravillas (76) y Acrópolis (84).
   La obra narrativa de Francisco Ayala puede darse por concluida antes de 1975. Vanguardista en sus
primeras obras, se sitúa después en el realismo crítico, e incluso social, en sus obras más conocidas
Muertes de perro (58) y El fondo del vaso (62).

   Los novelistas del tercer grupo, muchos de ellos ya fallecidos, abordan casi en exclusiva el tema de la
guerra civil. Entre ellos cabe citar a Manuel Andújar, con una obra en la que realiza una visión histórica de
la realidad española del siglo XX, como la espléndida trilogía Vísperas, y a otros como Paulino Masip, José
Ramón Arana y Segundo Serrano Poncela.
3. LA GENERACIÓN DE POSGUERRA: EL REALISMO EXISTENCIAL
   Tras la guerra, la novela conoció unos años de desorientación. Tendió primero a temas sobre la
contienda, vistos con los valores de los vencedores, como Retaguardia (37) de Conha Espina; Madrid de
corte a cheka (38) de Agustín de Foxá; o La fiel infantería (43) de Rafael García Serrano. Son novelas de
duro ataque a los vencidos o de enardecida exaltación católica y nacionalista.

    Pero se darán a conocer otros escritores que ven la guerra y sus consecuencias con dramatismo, y
entran en el fondo de la desolada sociedad española. La GENERACIÓN DE POSGUERRA, integrada por
novelistas nacidos antes de 1920, que viven la guerra en su juventud –incluso participando en ella-,
comienzan a publicar en la década de 1940 muy influidos por sus recuerdos recientes, aunque su actitud
no se ha distinguido precisamente por su solidaridad generacional o ideológica, sino por una errante
independencia.
 Su narrativa se inscribe en el Realismo existencial, que se limita a expresar la conciencia del personaje
o su peripecia individual, en conflicto con el destino o con las circunstancias cotidianas, desde su único
punto de vista, el del personaje protagonista que suele narrar su peripecia en primera persona. Su obra
constituye el primer intento de renovación frente al tipo de novela triunfalista que se fomentaba desde el
régimen, al presentar una realidad de tonos sombríos y grises en la que los personajes, desarraigados y
marginales, desorientados y angustiados, soportan a duras penas su desasosegado mundo interior y su
falta de esperanza.

   Sus temas podrían reducirse a dos: la incertidumbre de los destinos humanos y la ausencia o dificultad
de comunicación personal. Sus personajes, agrupables en la categoría de los violentos, en la de los
oprimidos, o en la de los indecisos, son presentados en situaciones de máxima tensión y extremo límite: en
el vacío, en la culpa, el sufrimiento y el combate, o ante la inminencia de la muerte.

   En cuanto a las técnicas, lo más característico sería: personajes individuales y negativos, reducción de
espacio y tiempo, predominio de la primera persona autobiográfica y empleo del monólogo.

  Hay varios representantes muy destacados de la Generación de Posguerra: Camilo José Cela, Miguel
Delibes, Gonzalo Torreste Ballester y Carmen Laforet.

CAMILO JOSÉ CELA: con La familia de Pascual Duarte, Cela inaugura, dentro del realismo existencial,
una corriente denominada “tremendismo”, que consistiría en una selección de los aspectos más duros y
sórdidos de la vida. El protagonista, condenado a muerte por asesinato, narra con aspereza su vida
violenta, arrepentido de ella y aceptada resignadamente hasta su ejecución. Tras estos inicios
existencialistas y tras la etapa realista testimonial de La colmena (51), continúa en Mazurca para dos
muertos (83) o Cristo versus Arizona (88) con el tipo de novela discursiva característica de la vanguardia
experimentalista de los años 60 y 70, que ya había practicado en San Camilo, 1936 (69) y Oficio de
tinieblas 5 (73).

MIGUEL DELIBES: la evolución de Delibes es coherente. Existencialista primero en la década de los 40
con La sombra del ciprés es alargada (48), social en la década de los 50 con El camino (50), La hora roja
(59) o Las ratas (62), y renovador en la década de los 60 con Cinco horas con Mario (66), cierra el
paréntesis de su tímida contribución experimentalista en Parábola del náufrago (69) con la vuelta, a partir
de la Transición, a sus temas de siempre y al estilo realista que ha caracterizado lo mejor de su obra, con
excelentes novelas como Los santos inocentes (81) o 377A, madera de héroe (87).

GONZALO TORRENTE BALLESTER: presenta una trayectoria similar a la de Delibes hasta 1975; el
existencialismo y realismo de su primera época (Los gozos y las sombras, Off-side) dejan paso a la etapa
de renovación estructural cercana al experimentalismo de La saga/fuga de J.B. (72). Con la Transición, la
novelística de Torrente se inclina más por el juego imaginativo y el humor, en especial cuando se adentra
en el territorio de la novela histórica con su tratamiento culturalista y paródico ( La isla de los Jacintos
Cortados (80) o Crónica del rey pasmado (89) ) o en el costumbrismo con La novela de Pepe Ansúrez (94).
CARMEN LAFORET: Aunque sus obras posteriores no han logrado el éxito obtenido con su primera
novela, ésta Nada (54) obtuvo el premio Nadal en su primera convocatoria y produjo verdadero asombro.
Se considera, junto con La familia de Pascual Duarte, las iniciadoras del realismo existencial de la década
de los 40. Laforet nos presenta en ella – sin el menor tremendismo- a una muchacha que había ido a
estudiar a Barcelona, donde vive con unos familiares en un ambiente sórdido de mezquindad, de histeria,
de ilusiones fracasadas, de vacío. En esta obra se recoge implacablemente la irrespirable realidad cotidiana
tras la guerra, con un estilo desnudo, de trazo firme, y con un tono desesperadamente triste.

   Otros novelistas que pertenecen a la GENERACIÓN DE LOS 40, como Ignacio Agustí o Juan Antonio de
Zunzunegui proponen en sus obras un realismo de corte tradicional; otros, como Elena Quiroga o Castillo
Puche plantean situaciones conflictivas (incertidumbre, urgencia de decidirse, pugna entre ideal y conducta,
choque de conciencia, desgarramientos íntimos); o bien dan expresión a la inercia de la vida cotidiana y a
la distancia entre la aspiración y la realidad que tiene por resultado el fracaso, como Luis Romero o Dolores
Medio. Fuera de España, Ramón J. Sender, Max Aub y Francisco Ayala también buscan el pueblo perdido a
causa de la guerra y lo encuentran en una angustiosa situación de incertidumbre, soledad, locura e
incomunicación.

4. LA GENERACIÓN REALISTA DEL MEDIO SIGLO: EL REALISMO SOCIAL
   Suele identificarse la Generación del medio siglo con el grupo de novelistas que en la década de
1950 protagonizan la segunda renovación narrativa de la posguerra a través del realismo objetivista y de la
llamada “novela social”. Sus representantes, nacidos la mayoría entre 1925 y 1935 y llamados “los niños de
la guerra” se revelan más solidarios entre sí y ante el problema de su pueblo que sus antecesores, y basan
su escritura en los recuerdos de la infancia y, sobre todo, en la creación de ambientes coetáneos
verosímiles, localizados en el mundo del trabajo, tanto urbano como rural, para dar testimonio de los
problemas de la sociedad.

   Caracteriza a los novelistas del realismo social su preocupación por acercarse a la verdad para reflejarla
lo más fielmente posible. Se sienten comprometidos en la tarea de mostrar la realidad española sin tapujos
para que los lectores tomen conciencia de ella. Los mueve un deseo de transformación social.

    Se considera novela precursora de esta corriente social a La colmena (1951) de Cela, novela de
personaje colectivo, con su visión despiadada del Madrid de la época, y se añaden, igualmente como
iniciadoras, dos novelas de Delibes, El camino (1950) y Mi idolatrado hijo Sissí (1953); la primera refleja el
ambiente de un pueblo castellano de forma testimonial, aunque sin crítica explícita, la segunda, con crítica
abierta, a una familia burguesa.

   La plenitud de la etapa abarca desde 1954 a 1962. En el 54 se dan a conocer cinco novelas que ponen
de manifiesto la consolidación de la tendencia: El fulgor y la sangre de Ignacio Aldecoa, Los bravos de
Jesús Fernández Santos, El trapecio de Dios de Jorge Ferrer-Vidal, Juegos de manos de Juan Goytisolo y
Pequeño teatro de Ana Mª Matute. La fecha del 62 remite a la aparición de Tiempo de silencio de Luis
Martín Santos, que cierra el ciclo de la novela social y abre el camino hacia la novela experimental de la
década siguiente.

   Dentro de la novela social es habitual distinguir dos grandes tendencias: el objetivismo, que algunos
prefieren llamar neorrealismo y el realismo crítico.

          a) El objetivismo se limita a ofrecer el simple testimonio de los hechos, sin emitir juicios de valor,
          pero aunque la crítica social no se plantea de forma directa, suele ir implícita.

          b) En el realismo crítico el novelista toma partido por una literatura comprometida para agitar
             las conciencias y denunciar las desigualdades e injusticias sociales. Su interés se centra en
             los colectivos más castigados: obreros, campesinos, mineros, habitantes de los suburbios o
             bien critica a la burguesía, poniendo de manifiesto su amoralidad y su inmovilismo.

  Desde el punto de vista técnico, aun situándose en la tradición realista española y recogiendo aspectos
de la generación anterior, los novelistas del medio siglo se dejan influir por las técnicas contemporáneas
del cine neorrealista italiano, del conductismo de la novela americana y, en menor medida, del “nouveau
roman” francés.

   De esta manera, frente a la narración tradicional, en la que los acontecimientos se ordenan
temporalmente hacia un desenlace cerrado, surge la obra de estructura abierta, la antinovela; la figura del
héroe individual se diluye en un protagonismo colectivo; su realismo es objetivista ya que se inclinan por el
narrador oculto que no interviene en el mundo interior de los personajes, dejan que estos se vayan
formando y caracterizando mediante los diálogos, presentan los acontecimientos casi documentalmente,
como una cámara cinematográfica y estructuran la trama por medio no de capítulos, sino de secuencias
narrativas semejantes a las utilizadas en el cine.
    Este objetivismo se percibe en Los bravos (54) de Jesús Fernández Santos y llega a su punto
culminante en El Jarama (56) de Rafael Sánchez Ferlosio, una obra maestra en la que el diálogo sustituye a
la intriga. A través del diálogo de los personajes queda reflejado el vacío de una sociedad que se aburre,
que sólo busca la forma de matar el tiempo. A ellas pueden añadirse las obras de Ignacio Aldecoa, Con el
viento solano (56), Ana Mª Matute, Fiesta del noroeste (53), Los hijos muertos (58), Carmen Martín Gaite,
Entre visillos (58).
   Por otra parte, los cultivadores del realismo crítico intensificarán las inquietudes que ya afloraban en las
novelas objetivistas. Relegan a un segundo plano los aspectos formales, y su voluntad por acercarse al
pueblo los lleva a simplificar el estilo y la técnica narrativa, huyendo de todo artificio. Algunos ejemplos de
esta tendencia son: Jesús López Pacheco, Central eléctrica (58), Antonio Ferres, La piqueta (59), Juan
García Hortelano, Nuevas amistades (59), Armando López Salinas, La mina (60), José Manuel Caballero
Bonald, Dos días de septiembre (61) y Alfonso Grosso, La zanja (61). Miguel Delibes, perteneciente a la
generación de posguerra, tenderá cada vez más a los planteamientos críticos. Así tras haber censurado el
comportamiento de los círculos burgueses en La hora roja (59), pasa al espeluznante cuadro de miseria de
Las ratas (62).

5. LA GENERACIÓN DE LOS 60: LA RENOVACIÓN NARRATIVA
   A partir de 1960 comienzan a manifestarse signos de cansancio del realismo imperante en la novela
española y una necesidad de renovación formal y de enfoques más complejos.

   Suele entenderse como renovación formal en la novela española contemporánea la transformación
narrativa que se desarrolló entre 1961, año en que se publicó Tiempo de silencio de Luis Martín Santos, y
1975, año en que se publicó La verdad sobre el caso Savolta de Eduardo Mendoza. Esta generación recibe
las influencias de los grandes novelistas europeos como Proust, Kafka, Joyce, de los cultivadores del
“nouveau roman” francés, de escritores norteamericanos como Faulkner, John Dos Passos, Ernest
Hemingway, John Steinbeck, y, sobre todo, de la literatura hispanoamericana que conoce su auge o
“boom” en la década de los 60, con autores como Vargas Llosa, García Márquez y Cortázar.

   La renovación fue intensa y se caracterizó por los fuertes cambios formales y técnicos que se sumaron a
los iniciados por el realismo social de la década anterior, y que en muchas ocasiones reaccionaron contra
sus presupuestos objetivistas.
   Así, frente al punto de vista objetivista del medio siglo se pasó a la omnisciencia subjetiva del narrador y
a la alternancia de los puntos de vista múltiples (perspectivismo); frente a la ocultación del narrador, el
novelista incorporó una postura dialéctica y crítica con el entorno y la realidad novelesca; frente al discurso
narrativo anterior que había potenciado la historia y el argumento, se pasó a un lenguaje discursivo,
poemático, que casi llega a eliminarlos o los coloca en un plano secundario; frente a la casi transparente
linealidad de la trama, sólo cuestionada por la fragmentación de las secuencias narrativas, se buscó la
complejidad estructural, la heterogeneidad de las secuencias, el desorden cronológico y el contrapunto de
varias anécdotas; frente a la claridad en la organización del contenido anterior, se intercalaron alternadas
todo tipo de formas discursivas como diálogos, monólogos interiores, digresiones por parte del narrador,
etc.; frente a la exclusividad de las tradicionales personas narrativas, se mezclaron en la misma novela,
según los puntos de vista, las tres personas, incluida la segunda.

    La renovación formal desembocó hacia 1967 en el llamado período experimentalista, que llevó a sus
últimas consecuencias los presupuestos de renovación apuntados y propició ante todo la participación del
lector en la recreación del sentido de las novelas, caracterizadas por una escritura opaca y compleja, y por
unos contenidos polivalentes y ambiguos.
   Sin embargo, a pesar de la calidad indiscutible de unas cuantas obras como las novelas de Juan Benet y
Juan Goytisolo, de Parábola del náufrago de Delibes, San Camilo, 1936 de Cela, La saga/fuga de J.B. de
Torrente, Florido mayo de Alfonso Grosso, Si te dicen que caí de Juan Marsé o Escuela de mandarines de
Miguel Espinosa, la narrativa pareció encerrarse en un aparente callejón sin salida: ya no se trató de
explicar la realidad y sus transformaciones sociales, ni de testimoniar la problemática del ser humano y la
colectividad, ni de ofrecer su lucha dialéctica con el medio, como había propuesto el realismo anterior; lo
único importante, en la mayoría de los casos, fue la vanguardia lingüística, la experimentación en las
formas y en las estructuras, y la conversión del lenguaje en un mundo autónomo, en un fin, no en un
medio, de la comunicación.
   Estos excesos experimentalistas llevaron a una pérdida paulatina de lectores, recuperados luego durante
la Transición, que se alejaron a causa de las dificultades de comprensión que planteaba la lectura de estas
obras.

REPRESENTANTES
   Esta generación está formada por autores nacidos, salvo excepciones, entre 1935 y 1940. Sin embargo,
su trascendencia y prestigio quedan ensombrecidos por el enorme crédito de los novelistas anteriores que
por esos años publican títulos muy significativos en la nueva tendencia. Entre ellos están, Cela con San
Camilo, 1936, Delibes con Cinco horas con Mario y Parábola del náufrago; y Torrente Ballester con La
saga/fuga de J.B.

   Autores que se destacan netamente de entre los que se revelaron en la década de los 60 son: Luis
Martín Santos con Tiempo de silencio, considerada la obra inaugural de las nuevas corrientes; Juan Marsé
con Ultimas tardes con Teresa; Juan Benet con Volverás a Región y Una meditación; Juan Goytisolo con
Señas de identidad. Cabe citar también a autores como Miguel Espinosa, Javier Tomeo, Francisco Umbral y
José Mª Vaz de Soto.

LUIS MARTÍN SANTOS: Su obra Tiempo de silencio (61) cierra el período de la novela social y da
comienza a la narrativa renovadora e intelectual de la década de los 60. Destaca a un protagonista
individual, pero tan confuso e impotente que su destino le obliga a un recorrido general de la sociedad que
concluye en el más irritante fracaso. En esta obra el autor lleva adelante sus innovaciones técnicas:
sucesión de secuencias (no de capítulos) agrupadas en diversos episodios, tendencia a la concentración
temporal, diálogos muy novedosos, uso sistemático del monólogo interior, digresiones o reflexiones del
propio autor al hilo del relato, barroquismo del lenguaje.

JUAN MARSÉ: Comienza su trayectoria con novelas de realismo social y crítico, pero en 1966 publica
Ultimas tardes con Teresa, recibida con asombro por la crítica. Aunque por su contenido sigue siendo una
obra de denuncia social (cuenta las andanzas de un joven “chorizo” barcelonés que se hace pasar por
militante político clandestino para intentar conquistar a una estudiante de familia burguesa que juega a ser
“progre”) el enfoque es complejo y son notorias sus novedades técnicas: superación del objetivismo y
retorno al narrador omnisciente, uso abundante del monólogo interior, incorporación de originales
elementos paródicos, etc. En la misma línea se sitúa La oscura historia de la prima Montse (70), y Si te
dicen que caí (73) significa la plena madurez de Marsé en el manejo de las nuevas formas narrativas.

JUAN BENET: Aunque, por edad, pertenece a la Generación del medio siglo (década de los 50), por sus
orientaciones estéticas se adscribe a la novela experimental, con Volverás a Región (67), novela
experimental contada fragmentariamente, con saltos temporales, largos monólogos de diversas voces que
no se identifican fácilmente, frases inacabables de andadura monótona o musical; y con Una meditación
(70), novela experimental todavía más audaz que la anterior.

JUAN GOYTISOLO: En Señas de identidad (66) se dan cita casi todos los recursos que caracterizan a la
novela experimental: cambios del punto de vista, saltos temporales, uso de distintas personas narrativas,
monólogos interiores, digresiones, textos periodísticos, informes policiales y folletos turísticos intercalados;
páginas enteras sin signos de puntuación, o en letra cursiva, etc., todo subordinado a su desgarrada
búsqueda de identidad personal y de una revisión del pasado nacional. El camino emprendido con esta
obra continúa en Reivindicación del conde don Julián (70) y Juan sin tierra (75), en las que multiplica las
renovaciones formales.
    6. LA GENERACIÓN DEL 75
       La generación del 75 está integrada por aquellos novelistas que, salvo excepciones, nacen entre 1939 y
    1949, viven su infancia en la posguerra, comienzan a publicar en la década de 1970, la mayoría después de
    la muerte de Franco, protagonizan el cambio narrativo de la Transición y llegan a su madurez en la década
    de 1980. Son escritores que se educan, por tanto, en el realismo social y, sobre todo, en la renovación
    narrativa de los 60, tendencia que sin duda les seduce en un principio. Sin embargo, poco duran sus
    adhesiones a la experimentación, ya que pronto reaccionan contra ella en un intento de moderar sus
    excesos y clarificar sus estructuras narrativas.

        Su renovación se basa fundamentalmente en la defensa de la narratividad, después de la escritura
    discursiva del experimentalismo, en la recuperación de las técnicas tradicionales, mezcladas con las
    renovadoras anteriores que siguen siéndoles útiles, y en la eliminación de tabúes ideológicos y formales, lo
    cual les permite ampliar los horizontes en los géneros (novela negra, policíaca, de aventuras, novela
    reportaje, etc.) y en las tendencias narrativas que, impulsadas por la Transición, fructificarán en las dos
    décadas siguientes.
        Al eliminarse de forma progresiva la complejidad textual, el ritmo discontinuo de las tramas, las rupturas
    temporales y los puntos de vista múltiples, y al proponer el firme retorno al argumento y a la creación de
    personajes, a la narración de una historia cerrada y continua, a la utilización de las personas narrativas
    tradicionales y a la presencia de los diálogos, la consecuencia inmediata es que, desde 1975, la novela vive
    un período de satisfacción creciente, como creciente es también el número de lectores.
        Los novelistas se ponen como meta ante todo “contar” una historia, con una finalidad específicamente
    literaria, bien mediante la actualización del realismo, renovado con la introducción de elementos oníricos,
    subjetivos, imaginativos o fantásticos que también forman parte de la realidad, bien a través de la fantasía
    y la imaginación, e incluso, el humor.
        La novela que marcó el inicio del cambio narrativo de estos años fue La verdad sobre el caso Savolta, de
    Eduardo Mendoza, emblemática además por haber sido publicada en 1975, cuando desaparecía el régimen
    de la dictadura.
        Las dos partes en que se estructura la novela presentan fuertes contrastes. Así, la primera parte podría
    considerarse aún como experimentalista: contrapunto de líneas argumentales, diferentes puntos de vista y
    secuencias articuladas en diálogos, monólogos y textos variados como cartas, documentos policiales o
    artículos periodísticos. En la segunda parte, sin embargo, se recupera el arte tradicional de contar la
    historia, desarrollar la intriga y esclarecer la trama, mediante la presencia constante de los diálogos. Esta
    vuelta a la fabulación se desarrolla dentro de un contexto de novela histórica y una escritura realista que
    no descarta el relato de intrigas, de aventuras y de acción. Por todos estos ingredientes, la novela recibió
    una acogida muy favorable.
    TENDENCIAS NARRATIVAS Y REPRESENTANTES
        Los principales autores del 75 se adscriben al realismo, aunque con diversas vertientes: novela
    psicológica, novela expresionista, novela mítica y fantástica y novela de género; dentro de esta última
    cobran un notable auge en la Transición la novela histórica y la novela policíaca.

                Novela psicológica: sus principales representantes son Alvaro Pombo con El parecido (79);
    José Mª Guelbenzu con La mirada (87); Juan José Millás, Visión del ahogado (77)
                Novela expresionista: con Juan Pedro Aparicio, El año del francés (86); Manuel de Lope, El
    otoño del siglo (81)
                Novela mítica y fantástica: con Luis Mateo Díez, La fuente de la edad (86) y José maría
    Merino, Novela de Andrés Choz (76) y La orilla oscura (85)
                Novela histórica: con Jesús Fernández Santos, La que no tiene nombre (77), Lourdes Ortiz,
    Urraca (82) y Eduardo Alonso, Flor de Jacarandá (91)
                Novela policíaca: con Manuel Vázquez Montalbán y su serie de novelas protagonizadas por el
    detective Pepe Carvalho.

    7. LA GENERACIÓN DE LOS 80
       En la década de los 80 se produce la entrada de España en la Unión Europea y con ella la ocasión más
    notoria para consolidar su modernización política, económica y social: se trata de alcanzar la “sociedad del
    bienestar”.
       La democracia se afianza y normaliza y los ciudadanos descubren el prestigio de la cultura a través de
    las masivas celebraciones organizadas por las instituciones públicas. En este contexto, la novela comienza a
    coquetear con el mercado, y al final de la década, hay autores, incluidos los nuevos, que pueden vivir de la
    literatura.

       Una nueva generación de novelistas, la de los 80, comienza a publicar inmersa en estas circunstancias
    sociopolíticas. Son autores nacidos casi en su totalidad entre 1949 y 1960, que no conocen ya la inmediata
    posguerra, pero viven su infancia y adolescencia durante el anterior intento de modernización económica
    de España, es decir, durante la primera apertura cultural al exterior y el desarrollismo industrial del
    franquismo de los años 60, y su primera juventud en los años de mayor compromiso ideológico y de
    movilización obrera y estudiantil contra la dictadura.

       Por esa razón, la libertad creativa hacia formas más realistas, pero también más fabuladoras, y hacia un
    abanico más amplio de tendencias novelescas, puesta en marcha por la ya consolidada generación del 75,
    se intensifica con la nueva generación, de modo que se puede hablar de continuidad en la configuración
    narrativa, en el discurso transparente, en la estructura tradicional, en la linealidad de argumentos y tramas,
    etc.
       En consecuencia, los novelistas de los 80 intensifican la tendencia realista, en sus variadas vertientes:
                 Novela social: con Rafael Chirbes, Mimoum (88); Miguel Sánchez-Ostiz, Las pirañas (92);
    Mercedes Soriano, Historia de no (89)
                 Novela psicológica: con Javier García Sánchez, La dama del viento sur (85); Francisco Solano,
    La noche mineral (95); Javier Marías, Todas las almas (89); Soledad Puértolas, Burdeos (86)
                 Novela expresionista: con Antonio Soler, Los héroes de la frontera (95) y Las bailarinas
    muertas (96)
                 Novela mítica y fantástica: con Julio Llamazares, Luna de lobos (85) y La lluvia amarilla (88);
    Luis Landero, Juegos de la edad tardía (89), Antonio Muñoz Molina, Beatus ille (86)

       Otras tendencias que adquieren importancia son:
                Novela experimentalista y discursiva: Alejandro Gándara, La sombra del arquero (90).
                Metanovela: con José Mª Merino, La orilla oscura (85); Juan José Millás, El desorden de tu
    nombre (88) y Javier García Sánchez, El mecanógrafo (89)
                Novela histórica: con Paloma Díaz-Mas, El sueño de Venecia (92) y La tierra fértil (99)
                Novela de acción: con Jesús Ferrero, Belver Yin (81); Antonio Muñoz Molina, El invierno en
    Lisboa (87) y Manuel Vázquez Montalbán con su serie protagonizada por Carvalho.

    8. LA GENERACIÓN DE LOS 90
       Los novelistas que empiezan a publicar en la década de los 90 pertenecen por edad a la generación de
    españoles nacidos a partir de 1960. Un dato importante es que son aún niños o adolescentes cuando
    muere Franco y sólo conocen la dictadura en sus postrimerías, de manera que cuando empiezan a escribir,
    y eso se nota en sus novelas, no soportan las presiones ideológicas de las generaciones anteriores y hacen
    un tipo de novela mucho más abierto a la fabulación, incluso cuando evocan su propia memoria.

        La década de 1990 se caracteriza en España por su bonanza económica y su espejismo de bienestar, y
    de esa estabilidad y prosperidad no queda al margen el mundo editorial que, por añadidura, convierte a la
    novela en un objeto de consumo dispuesto a mantenerse sólo en el caso de ser rentable. La consecuencia
    es, salvo las excepciones de rigor, una mayor consolidación de la novela normalizada, comercial y
    políticamente correcta en sus planteamientos ideológicos y en sus estructuras.
       Su valoración, no obstante, puede ser temeraria, sobre todo teniendo en cuenta la corta perspectiva
    literaria y temporal que aportan sus obras, a un tiempo tan reciente y tan poco asentado

       Aun así, se pueden aventurar los siguientes nombres como notables representantes de las distintas
    tendencias:
                Novela social: con Belén Gopegui, La conquista del aire (98) y Lo real (2001); Luis Magrinyá,
    Los dos Luises (2000)
                Novela psicológica: con Javier Marías, Corazón tan blanco (92)
                Novela expresionista: con Antonio Soler
                Novela mítica y fantástica: además de José Mª Merino y Luis Mateo Díez, que siguen
    publicando novelas de este tipo, cabe destacar a Andrés Ibáñez, La música del mundo (95) y a Gustavo
    Martín Garzo, Marea oculta (94)
             Novela histórica: destacan Juana Salabert, Varadero (96); Antonio Orejudo, Fabulosas
  narraciones por historias (96); Juan Manuel de Prada, Las máscaras del héroe (96)
             Novela de acción: con Manuel de Lope, Bella en las tinieblas (97) y Gregorio Morales, El
  pecado del adivino (92)