Enrique Krauze

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					      Dr. Enrique Krauze
México en el año del Bicentenario
                                   México, D.F., 24 de mayo de 2010.

Versión Estenográfica de la Ponencia “México en el año del
Bicentenario” que dictó el señor Enrique Krauze, Historiador y
Escritor, durante los trabajos del primer día de la Vigésima
Convención Nacional de Aseguradores, llevada a cabo en el
Salón Constelaciones del Hotel Nikko, en esta ciudad.

Presentador: A continuación el historiador y escritor doctor Enrique
Krauze, nos presentará el interesantísimo y muy apasionante tema
“México en el año del Bicentenario”, y me estaba comentando que él
principalmente va a hablar, obviamente de historia y de cómo
festejamos y cómo debemos festejar este Bicentenario.

Recibimos al doctor Enrique Krauze, con un caluroso aplauso, por
favor.

Dr. Enrique Krauze: Queridos amigos, muy buenas tardes. Les
agradezco mucho, en verdad, esta invitación tan honrosa.

Adelanto que no voy a hablar de política, tampoco voy a hablar del
presente ni voy a hablar del futuro; por una vez puedo ser historiador y
hablar del pasado.

Y mi tema es cómo deberíamos de celebrar, de festejar o de
conmemorar el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la
Revolución.

Estarán de acuerdo ustedes conmigo en que flota en el aire una
especie de perplejidad, porque no sabemos muy bien cómo vamos a
festejar, celebrar o conmemorar estas fechas.

Las tres palabras vienen del latín. Festejar es celebrar con vino y con
música, como hacían los romanos con sus césares y sus dioses.
Celebrar tiene una acepción más religiosa, por ejemplo, se celebra la
misa, es un acto más bien solemne y público de veneración.

En cambio, conmemorar es simplemente una acción neutra, hacer
memoria o recordación.
Hace exactamente cien años Porfirio Díaz no tuvo necesidad de
consultar el diccionario, sus partidarios conmemoraron, celebraron,
festejaron, todo al mismo tiempo. México cumplía cien años, Porfirio
Díaz 80 años y en homenaje a ambas historias el régimen decidió
echar la casa por la ventana invitando a los embajadores y enviados
de más de 20 países para dar cuenta del progreso, el orden y la paz
que había alcanzado nuestro país durante la primera mitad del Siglo
XIX; que durante la primera mitad del Siglo XIX había sido el teatro de
guerras, revoluciones y pronunciamientos.

En septiembre de 1910 nuestra ciudad y la provincia fueron escenario
de discursos, de velaciones, comidas, inauguraciones, obras públicas,
desfiles, veladas, conferencias, conciertos, concursos y más
discursos.

Nadie faltó, España devolvió las prendas de Morelos,   China y Turquía
regalaron relojes que aún se preservan, el famoso      Reloj Chino, de
Bucareli. Alemania develó una estatua de Humboldt      y el enviado de
Estados Unidos llamó a Porfirio Díaz “El héroe de      la Paz”. Fue la
apoteosis.

Sabemos lo que pasó después, la historia abrió su caja de sorpresas.
En México el tumultuoso Siglo XX llegó con todo estruendo dos meses
después de aquella celebración, cuando los fuegos de artificio de las
fiestas del centenario dieron paso a los fuegos de metralla de la
Revolución Mexicana. Fuegos que no se apagaron definitivamente
sino hasta 20 años después.

Es interesante decir que en la historia los siglos, como experiencia
humana, no siempre coinciden con las fechas. El Siglo XIX empezó,
podría decirse, poco adelantado en 1810, y terminó en 1914 con la
Guerra Mundial. Porque en el mundo el periodo 1900 a 1910 fue muy
pacífico, tan pacífico como las últimas décadas del Siglo XIX. En
realidad todo cambió en Europa en 1914 y en México todo empezó a
cambiar en 1919; por eso dije que el Siglo XX, digamos, se atrasó en
México. En todo caso después de las fiestas del Centenario, como la
cruda, vamos a decir, de las fiestas del Centenario sobrevino la
Revolución Mexicana que duró la friolera de 10 años.
Han pasado cien años desde las fiestas, nuestra época tiene algunos
aspectos positivos, pero nadie podría calificarla como una belle época;
por el contrario, tenemos tantos problemas antiguos y nuevos, la
pobreza, la desigualdad, la criminalidad, el tráfico de drogas, que
celebrar o festejar se antoja casi inmoral.

En el fatalismo de algunos México ha esperado que en 2010 ocurra,
como cada cien años, una revolución, algunos piensan que ocurrirá.
Yo soy historiador y no soy profeta, pero prácticamente estoy seguro
de que no ocurrirá, porque la historia no obedece a un reloj ni a un
libreto preciso.

Sin embargo, casi estoy seguro también de que una apoteosis como la
de 1910 no la vamos a vivir.

¿Y debemos lamentarlo? Pregunto. Por el contrario, hemos perdido la
unanimidad que había en tiempos de Porfirio Díaz, incluso hemos
perdido la unanimidad de 1960, cuando el PRI festejó los 50 años de
revolución y era prácticamente el partido único o hegemónico.

Hemos perdido la unanimidad, pero hemos ganado la pluralidad. Y la
pluralidad es más propia de la democracia que es un sistema común
ya ahora a casi todos los países de América Latina, por eso habrá no
un Bicentenario, sino muchos Bicentenarios.

Y ahora viene la pregunta: ¿Cómo debemos conmemorar siendo una
democracia las grandes fechas históricas? Mi primera respuesta es la
siguiente: me parece que deberíamos empezar a bajar a los héroes
del pedestal, mostrándolos con respeto y con admiración, pero sobre
todo con objetividad, como hombres de carne y hueso.

La historia vista como la hazaña de los héroes, que un profesor mío
llamaba: “La historia de bronce o de mármol”, es tan antigua como la
humanidad, está en la Ilíada y la Biblia, está entre los griegos y los
romanos y, sin embargo, esa historia, la historia de bronce tuvo la gran
desventaja de hacer creer a quienes la leían de que la historia
únicamente la hacen los grandes hombres o los grandes héroes y por
lo general héroes violentos y no el pueblo o personas que no eran
guerreros, revolucionario o libertadores.
Puedo pensar en al menos un país Latinoamericano en donde el héroe
como encarnación de toda una nación y toda una historia está
tristemente vivo, me refiero a Venezuela, pero también podría
referirme a Cuba, porque más que un líder marxista Castro es un
caudillo, una especie de héroe histórico que opaca con su propia vida
y su trayectoria al pueblo que lo sigue.

Los héroes de la Independencia pueden bajar del pedestal, ojalá lo
hagan. Miguel Hidalgo, dio inicio a la guerra de Independencia, todos
lo sabemos, pero también fue el frenético líder de una guerra Santa,
cuyas atrocidades recuerdan a los fundamentalismos de nuestro
tiempo.

Ya es hora de recordar además del viejito de pelo blanco que a
caudillo a la Independencia de México, ese viejito, por cierto, era cinco
años menor que yo cuando acaudilló la Independencia, pero podemos
recordarlo así y siempre lo vamos a recordar así, pero es importante
recordar también la violencia de esa guerra.

El haber concentrado a la población española en la Alhóndiga de
Granaditas y haberla degollado absolutamente a toda.

Creo que después de vivir las cosas que esta época nos ha hecho vivir
a nosotros, no podemos dejar de leer esa historia con cierto horror.

Bolívar, el gran ilustrado, el pensador clarividente, el nuevo César, el
arquitecto de naciones, el gran libertador fue también protagonista de
una famosísima guerra a muerte en donde se llegaron a extremos de
violencia, ni siquiera comparables con los de México.

Es muy importante que además de recordar a Hidalgo, a Morelos, y
miren que yo he escrito biografías de esos personajes, pero son
biografías que han querido más bien desmitificar a esos personajes,
bajarlos del pedestal, verlos con sus errores, con sus defectos, con
sus pasiones, con sus amores, con sus dudas, eran personas como
ustedes o como yo.

Sin embargo la historia de bronce, la historia oficial los ha vuelto eso,
pétreos de mármol, intocables y perfectos.
Un maestro mío decía que la Independencia de México no tuvo uno
sino 30 padres de la Patria. Y en efecto, en la Independencia hubo
muchísimos personajes importantes, pero lo más importante es
recordar que nuestros países no solamente nacieron de la lucha de
ciertos libertadores violentos, sino también como voy a decir un poco
más tarde, la labor de constructores, constructores como ustedes
mismos. Me voy a explicar sobre ese tema un poco después.

Primero entonces, concluyamos un primer tema y es, el modo
civilizado y democrático de celebrar, conmemorar o festejar la
Independencia sería, para empezar, bajar un poco, por un tiempo, a
los héroes de su pedestal. Ese es el primer mensaje.

El segundo mensaje tiene que ver con la Revolución, porque además
de corregir nuestra óptica sobre los héroes, también deberíamos
corregir nuestra idea de las revoluciones.

No creo que haya un país en el mundo que tenga más calles con la
palabra Revolución que México, adoramos la Revolución. Cuando
queremos decirle a alguien que hace las cosas bien decimos:
“hombre, caramba, es fantástico, estás haciendo una Revolución”.

No importa sobre qué tema. Alguien juega muy bien golf y le decimos
“tu golf está siendo revolucionario”.

Revolución, una palabra que nos maravilla. Deberíamos de ver con
mayor cuidado qué fue lo que verdaderamente pasó durante la
Revolución.

En los festejos del Bicentenario en Francia, por ejemplo, ese otro país
que también tiene el gran mito de la Revolución, en 1989, lo que
hicieron es criticar a la Revolución Francesa. Es decir sí, fue el gran
momento de la igualdad y de la fraternidad y de los derechos del
hombre y de la libertad al principio, pero luego fue también la
introducción del terror y del crimen.

En México deberíamos de revisar lo que fue la Revolución Mexicana y
para revisarla bastaría que nos empezáramos a hacer algunas
preguntas. Por ejemplo, “¿cuántas personas murieron por efecto de la
guerra, la peste, el hambre durante la Revolución Mexicana?”. Les
digo yo, un millón de personas.

Ya cuando empieza uno a ver, y sobre todo en estos tiempos en
donde nos tiene aterrados el hecho de que decenas de miles de
personas mueran con el narcotráfico, vale la pena preguntarse
cuántas personas murieron durante la Revolución, ¿cuántas
emigraron?, ¿cuántos participaron en los hechos de guerra y cuántos
fueron sus inocentes espectadores? Les puedo adelantar, en el
momento álgido de la Revolución Mexicana hubo 80 mil hombres en
armas, y el país tenía 15 millones de personas. Valdría la pena
preguntarse y qué pensaban los 14 millones 920 mil que no estaban
en armas.

La mitología está en creer que todos estamos de acuerdo de Porfirio
Díaz y contra Victoriano Huerta, les aseguro que no. La gran mayoría
seguramente, y por eso se les llamaba “los pacíficos”, así se les
llamaba “los pacíficos”. Nada más que “los pacíficos” eran 14 millones,
y nadie les preguntó: “oye, y a ti parece esta matazón”. No, nadie les
preguntó. ¿Y saben cómo se llama esa pregunta a los 14 millones? Se
llama democracia. Por eso la democracia es infinitamente preferible a
la revolución, y por eso la democracia de hoy por más imperfecta que
sea es la que nos obliga a revisar la historia.

Entonces ¿cuál fue el monto de la riqueza destruida y de la que dejó
de crearse en México? ¿Eran en verdad necesaria tanta destrucción?
Y popular poeta de los zapatistas, llamado Margarito Ledezma
cantaba esa canción: “Se han visto cosas muy duras en estas
revoluciones, estropicios, quemazones, golpizas, colgaduras”.

¿Es preciso seguir renovando el mito? Me pregunto: no. Los murales
de Rivera y de Siqueiros son muy hermosos, pero son una idealización
revolucionaria de la verdadera historia de México, que en realidad vivió
y sufrió la mayoría durante la Revolución.

En suma, segunda conclusión, es importante ejercer la crítica de la
Revolución. No vamos a poder deshacer el mito de Pancho Villa y de
Zapata, pero para mí es mucho más admirable la figura de Madero,
que hizo la Revolución en contra de su voluntad. Y que cuando ganó
en las urnas dijo: estoy infinitamente más orgulloso de mi triunfo en las
urnas que del triunfo de la revolución violenta.

Ni modo, los mitos no se combaten de la noche a la mañana. Los
mitos de un país son mitos, no necesariamente verdad, pero creo que
para ustedes, para el público ilustrado sí es importante darse cuenta
de que los héroes no fueron tan héroes y la Revolución no fue un
movimiento que debemos sacralizar. Yo diría más bien que es un
movimiento que tenemos que estudiar, porque nadie les preguntó a los
bisabuelos, abuelos, tatarabuelos de ustedes, a los míos no, porque
estaban sufriendo otra persecución, pero en Europa; pero a muchos
de ustedes, no se les preguntó si estaban de acuerdo con lo que
ocurría.

Yo sí creo que los agravios de Zapata eran genuinos, quizá no había
otra forma más que la violencia para ponerlos en la mesa de
negociaciones.

También creo que el país tenía que, digamos, ir de una dictadura
como la de Porfirio Díaz a un tránsito hacia la democracia. En la época
de Porfirio Díaz no había sindicatos, por ejemplo; no había libertad
sindical.

Era importante que hubiera libertad sindical. Era importante que la
Constitución del 17 tuviera los artículos 123, 27 y Tercero
Constitucional.

La gran pregunta es ¿era necesaria tanta violencia para eso? Y mi
respuesta es: no, no era necesaria tanta violencia.

Tercera propuesta. La he llamado “Una historia de constructores”.
¿Por qué en vez de festejar en el 2010 dos fechas violentas? 1810, el
inicio de la Independencia; 1910, el inicio de la Revolución, no
festejamos 200 años de construcción de una nación. No dos fechas
destructivas, sino 200 años de construcción.

Pensemos en todo lo que el siglo XIX construyó. A raíz del triunfo de
los liberales en el siglo XIX, este país empezó a ser un puerto de
abrigo para los perseguidos, refugiados de otras tierras.
Desde entonces comenzaron a llegar a México franceses, alemanes,
italianos, polacos, libaneses, judíos, japoneses. Esta diversidad yo la
llamo una construcción nacional.

Otro logro del Siglo XIX fue la libertad de creencias y la convivencia
religiosa, es un rasgo que ha arraigado mucho en México y que nos
honra como país. Es una construcción, alguien construyó eso, es un
hecho de convivencia, en México no se persigue a nadie por su
religión, ni por su raza, ni por su color. ¿No les parece eso un logro
importante en un país, sobre todo, si lo comparamos con tantos
países, por ejemplo, actuales en el Medio Oriente?

Nuestro Siglo XIX edificó instituciones y leyes, estableció garantías y
libertades cívicas, creó escuelas, tendió ferrocarriles, domó a la
naturaleza, fundó ciudades y puertos.

También el Siglo XX edificó, y edificó en la esfera pública y en la
esfera privada.

Dejando a un lado la política, hay en nuestros países una muy buena
historia que contar sobre las construcciones que hizo la sociedad. En
México, por ejemplo, podemos recordar la historia de los médicos, de
los hospitales, de las campañas sanitarias, de las labores de
asistencia pública, los avances de la investigación, las escuelas de
medicina.

En México ha habido inventores, ha habido una excelencia en la
ingeniería civil y sísmica. Ciertas modestas hazañas de infraestructura
física, buena tradición diplomática, ha habido muy buenos ministros,
por ejemplo, de Relaciones Exteriores y buena tradición en la
hacienda pública, -claro, en algunas décadas no muy buena-.

Muy buenas instituciones de educación superior públicas y privadas,
organismos públicos que han perdurado. ¿Sabían ustedes, por
ejemplo, que hay decenas de empresas privadas que vienen desde el
Siglo XIX y siguen existiendo? Gabriel Zaid las llamó el “club
centenario”, y hay muchísimas empresas.

¿No les parece a ustedes que todo este recuento es mucho más
festejable, conmemorable y celebrable que la Alhóndiga de Granaditas
o la Batalla de Zacatecas? Bueno, está bien, festejemos la Batalla de
Zacatecas, festejemos la Alhóndiga de Granaditas, pero no dejemos
de recordar lo que los mexicanos han construido y no destruido.

Lo curioso es que para todo esto que estoy diciendo no hay calles ni
avenidas, nadie recuerda a los constructores nacionales. Como decía
Vasconcelos, el día que México honré hombre que enseña y no al
hombre que mata.

Porque mucho más heroicos, me parece a mí, galería de héroes que
yo me he encargado de biografiar, y espero que bajar un poco del
pedestal, me parecen personajes como Justo Sierra, Melchor
Ocampo, José Vasconcelos u Octavio Paz, o médicos o arquitectos o
artistas, ésos son los mexicanos que construyeron por 200 años a este
país.

Pero quiero decir que la mayor hazaña de construcción es la que ha
hecho en México la mayoría silenciosa, el pueblo anónimo en nuestros
pueblos. La suya es una construcción de convivencia y esfuerzo hecha
menuda no gracias, sino a pesar de los gobernantes, es una
construcción multitudinaria, colectiva y anónima que deberíamos de
conmemorar también.

Alfonso Reyes, nuestro gran escritor y humanista, dijo alguna vez que
México había llegado tarde al banquete de la cultura universal.

Bueno, yo creo que en el Siglo XX muchos mexicanos eminentes se
han sentado en el banquete de la cultura universal, he mencionado a
Alfonso Reyes, puedo mencionar o mencioné a Vasconcelos y a
Octavio Paz, pero piensen en nuestros pintores, no sólo los muralistas,
los pintores en cada generación hasta llegar a Orozco, aquel Orozco y
Gabriel Orozco, o los cantantes que están triunfando ahora o los
directores musicales o los cineastas.

En el ámbito del arte México no es un país del tercer mundo, en el
ámbito del arte y de la cultura México es un país de vanguardia, lo ha
sido desde 1921, por eso cuando escuchaba yo a los organizadores
de algunos eventos o actos del Bicentenario hablar de nuestro Padre
Hidalgo y de nuestro Padre Morelos y nuestro Padre Matamoros, yo
levanté la mano, estaba presente el Presidente y dije: con todo
respeto, señor Presidente, yo creo que nuestro Padre Hidalgo y
nuestro Padre Morelos están muy bien, pero ningún niño, ningún joven
de la época del Twitter y del Facebook y del 2010 realmente va a llorar
hasta las lágrimas por lo que los ideales abstracto del Padre Hidalgo o
del Padre Morelos, respetémoslos por supuesto, festejemos el grito de
la Independencia el 15, que por cierto el levantamiento de Hidalgo fue
la madrugada del 16, pero Porfirio Díaz cumplió año el 15 de
septiembre. Entonces, hizo ese pequeño movimiento, se adelantó al
horario de verano y puso una especie de horario porfiriano y ya nos
tocó y ya ahora festejamos a las once de la noche el grito que ocurrió
a las seis de la mañana y que tuvo éxito porque fue un domingo y tuvo
éxito porque era día de tianguis en Dolores, y eso lo sabía Hidalgo y
entonces de ahí empezó la lucha.

Por supuesto que nos emocionamos con esos recuerdos, pero es
importante empezar a introducir en el lector, en el radioescucha, en el
televidente mexicano la noción de que México no es obra de seis
personas, es obra de cientos de miles y de millones de personas.

Entonces, llevamos tres mensajes, bajar a los héroes del pedestal,
¡hombre!, aunque sea por un rato; segundo, criticar la violencia
revolucionaria, preguntarnos cuando menos si era necesaria o tan
necesaria; tercero, pensar en la historia no como festejar dos fechas,
sino dos siglos.

Y viene el cuarto punto y es éste, bueno, recordar que México no
nació hace 200 años, México nació probablemente como cultura,
como herencia cultural hace tres mil años, ese es otro dato muy
importante, porque quienes construyeron la historia patria, los liberales
del Siglo XIX tan admirables, dijeron: nosotros nacimos de Hidalgo, ni
los españoles, ni los indígenas tienen nada que ver, habría que ver la
cara de Ignacio Ramírez para darse cuenta que no estaban muy en lo
justo, porque era una especie de indígena casi puro y desde luego su
gran alumno Ignacio Manuel Altamirano, fundador de la cultura
nacional mexicana, era un indígena puro de Tixtla, Guerrero.

Claro que no es cierto que eran hijos de Hidalgo, solamente desde un
punto de vista de la patria o de la nación independiente puede decirse
eso, pero México es muy anterior a 1810.
En el caso mexicano hay que introducir la corrección óptica y ver como
una especie de corrección óptica, repito, pensar en nuestra historia
como una historia de milenios no de doscientos años.

Se acuerdan ustedes del mural de Diego Rivera, me refiero a un
domingo en la alameda, si lo recorremos hoy como ayer, ¿qué vemos?
Vemos un crisol de pasados y de presentes, no les parece un milagro
eso de México.

Todos los Méxicos convergen un domingo en la Alameda, hoy mismo.
Si van ustedes a la Alameda el próximo domingo van a darse cuenta
que ahí están milenios de México todos juntos.

Una danza azteca premoderna, una exposición moderna de arte, un
estruendoso concierto postmoderno y una manifestación contra el
neoliberalismo antimoderna, todo junto, todo el mismo día.

Pero si uno afina la vista ve poca gente sola, haciendo ejercicio o
escuchando su walkman, o mirando en el horizonte como en tantas
ciudades de Estados Unidos.

¿Qué ve uno? Ve uno familias itinerantes. Hasta en las guerras de
Independencia y Revolución ocurría así. Los mexicanos seguimos
viviendo como “un nosotros”, no como individuos aislados.

Aún ahora, en la migración y en la inseguridad, las familias mexicanas
perduran porque comparten, todavía comparten una ancestral tabla de
valores y esos valores sobre la comida o la fiesta, la muerte y la vida,
el amor, el juego, vienen de tiempos indígenas.

Entonces, un don, un extraordinario don para México es el no haber
nacido hace 200 años, más que en sentido político, en términos
culturales México nació hace 3 mil años, es el producto milagroso,
pienso yo, y mucho más logrado por ejemplo que el Perú, o que
Bolivia, o que Ecuador, de una fusión del componente indígena con el
componente español al que luego se agregaron muchas otras
inmigraciones más.

Ese crisol es México, plural. Muchos países envidiarían esa
circunstancias, muchos. Argentina y Estados Unidos no tuvieron ese
problema porque simplemente exterminaron o pusieron en
reservaciones a los indígenas. Bolivia, Perú no pudieron integrar a los
indígenas en una zona, y los españoles y blancos en otra, y todavía a
la fecha están viviendo las consecuencias de esa separación.

En cambio México sí logró en una medida muy importante esa fusión
mestiza. ¿Por qué en México no usamos, nadie dice, mira ahí va un
mestizo? En cambio en Perú todavía la palabra “cholo”, y todavía la
palabra “pardo” en Venezuela, palabras cargadas de contenido racial
se utiliza, ¿por qué en México nadie dice, viste ese mestizo a qué
pasó? Bueno, por el hecho de que el 98 por ciento de la gente es
mestiza.

En este país el mestizaje es otro milagro construido no en 200 años,
pero sí a través de los siglos. Me parece que es otra razón para
conmemorar, para festejar y para celebrar.

Finalmente quiero hablar de, hacer primero un resumen y recordar que
no debemos perder el sentido de las proporciones.

En la cuenta larga de la historia los festejos, las celebraciones, las
conmemoraciones son, digamos la verdad, lo de menos. La vida
seguirá después del 2010 y la revisión del pasado seguirá
incesantemente.

Me parece, como les he dicho queridos amigas, amigos, que es muy
bueno apartarse de la veneración ciega a los héroes. Es también muy
sano dejar de ver al pasado como una lucha entre galanes y villanos,
es prudente también desconfiar de los líderes carismáticos. ¡Qué
bueno que en México no tenemos líderes carismáticos! Y el único que
se había apuntado para ese papel, en la telenovela mexicana salió del
elenco en el 2006.

Es bueno desconfiar de los líderes carismáticos. Me parece que
también es humano revisar el culto a la violencia, porque ahora como
les he dicho que somos testigos de una situación de inseguridad y
violencia, vale la pena preguntarnos qué sintieron nuestros
antepasados cuando vivieron guerras, guerras civiles y revoluciones.
No estoy predicando una especie de pacifismo tonto. Yo creo que hay
situaciones en la vida de las naciones en donde la violencia es el
último recurso y es necesario.

Sin embargo, hay que preguntarse cuáles son los grados de violencia
y si era absolutamente necesario. Imaginen, por ejemplo, ustedes que
el asesinato de Madero no hubiera ocurrido como ocurrió. Que Madero
hubiera sobrevivido al 4 de marzo del año 1913. Murió el 23 de
febrero.

Ese día tomo posición Woodrow Wilson en la Casa Blanca. Nuevo
Presidente, absolutamente democrático y liberal. Hubiera cambiado a
su embajador instantáneamente, hubiera actuado de inmediato para
evitar el Pacto de la Embajada. Quizá Madero no hubiera muerto o
hubiera ido asilado a Cuba, en donde el embajador le ofrecía asilo, y
hubiera regresado.

¿Y qué hubiera pasado? A lo mejor hubiéramos tenido las mismas
reformas de 1917: la Constitución, los artículos obreros, campesinos,
la educación. Sí, pero nos hubiéramos ahorrado la violencia que entre
1913 y 1915 le costó al país en muerte violenta directa, cuando menos
250 mil hombres.

Dirán ustedes es ocioso preguntarse por esas cosas, porque la verdad
es que la historia ocurrió como ocurrió. Bueno, es verdad, la historia
ocurrió como ocurrió. Pero aquí estamos hablando de cómo debemos,
de qué actitud debemos de tener a la historia. Yo lo único que digo es
que no debemos venerar ciegamente eso, sino que debemos
comprenderlo incluso para evitar que en nuestro tiempo ocurran cosas
así.

Entonces bajar a los héroes del pedestal, rechazar el culto a la
violencia. Rechazar la mitología de las revoluciones. Valorar a los
constructores, artísticos, empresariales, religiosos, políticos, cívicos de
México, y recordar que culturalmente nuestro país nació mucho antes
que 1810, y que el legado milenario de la época indígena purépechas,
de los mexicas, de los mayas.

Igual que el legado milenario de España, la España monárquica y
católica, y la obra de Sor Juana y la obra de Juan Ruíz de Alarcón y la
obra de Sigüenza y Góngora, y todas las maravillosas iglesias y el arte
colonial. Todo eso hace la riqueza de México.

Esa es, me parece a mí, la mejor forma de ver a la historia con una
mirada más generosa, más amplia y más civilizada.

Ese legado, el legado mejor que podemos celebrar en el 2010, debe
incluir el valorar a nuestra democracia. Uso la palabra en su sentido
más amplio como un régimen de libertad en un marco de
institucionalidad y legalidad.

Por supuesto que es imperfecto, cómo no va a serlo. En México
democráticamente hemos tenido sólo estos 10 años ó 15 meses en la
época de Madero y 10 años en la época de Juárez y Lerdo de Tejada
en el siglo XIX. Esa es nuestra única experiencia en la democracia.

Bueno, no puede decirse que somos muy experimentados. Tampoco
vamos a esperar tres generaciones para poderla perfeccionar.
Necesitamos caminar y caminar rápido.

Sin embargo, la conquistamos, y la conquistamos en orden y en paz.
Debemos valorarla, no sólo en México, sino en América Latina, porque
en 200 años de historia independiente América Latina nunca ha tenido
esta veintena de años, en donde casi todos los países, salvo los que
conocemos y otros que van rumbo hacia allá, han tenido continuidad
democrática.

Nuestra historia ha sido escenario de caudillos y caciques, de
estallidos y revoluciones, todos rodeados de color y leyenda, pero la
democracia, la modesta democracia no ha tenido quien la escriba
como la novela de García Márquez.

Ahora hemos vuelto a donde empezamos, al principio de nuestras
repúblicas que se fundaron sobre la idea de la democracia.

Llegamos sin falsas ilusiones, sin inocencia, con zozobra y con
temores, pero llegamos con mayor madurez. La mejor manera de vivir
estas fechas, les sugiero a ustedes, es pensar y debatir sobre nuestra
democracia, hacer un balance claro y honrado de lo que nuestros
países padecieron para conquistarla, de lo que los mexicanos
padecimos para conquistarla y discurrir formas nuevas y creativas de
preservar a la democracia.

Concluyo invitándolos a ver a la historia y a transmitir en sus familias
la idea de la historia, como he venido repitiendo, no como una galería
de estatuas, tampoco como una telenovela de balazos y violencia, sino
como una hazaña de muchísimas personas que construyeron el país
haciendo lo que ustedes hacen todos los días, trabajar los que
trabajaron. Ésa debería haber sido la consigna del México del 2010.

Pero claro, uno es solamente un historiador o un intelectual y los
políticos son los que mandan. Y en este gobierno o en el PRI o en el
PRD, de cualquier manera la orientación, me parece, va a ser más o
menos convencional, revoluciones, balazos, personajes, estatuas.

Pero uno tiene la ventura de estar frente a un público así de generoso
y atento y poder transmitir el mensaje de que la historia no es como la
pintan, no es como la declaman, no es como las esculpen, la historia,
¿hay caudillos? Cómo no, pero la historia, ¿hay revoluciones? Cómo
no, pero la historia es la historia, para frasear finalmente a Emiliano
Zapata de otro modo, “la historia es de quienes la trabajan”.

Muchas gracias, muchas gracias.

Presentador: Agradecemos todos profundamente la intervención del
doctor Enrique Krauze, creo que es muy ilustrativa, creo que nos deja
una buena tarea, creo que nos hace reflexionar en otros aspectos que
generalmente no consideramos porque no somos historiadores.

Creo que todos estamos emocionados de lo que va a ocurrir, porque
son 200 años, pero viéndolo bajo esta perspectiva, creo que se
enriquece mucho más la visión que tenemos y la tarea que debemos
de hacer.

Le quisiera pedir al ingeniero Tomás Ruiz, ex Presidente de AMIS, que
por favor le entregue un reconocimiento al doctor Enrique Krauze, por
esta brillante intervención.

                               --oo0oo--

				
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