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Del edificio Borde Río al edificio de Maipú

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									                   Del edificio Alto del Río de Concepción
                        al edificio Tristán de Maipú


       Hemos sido testigos de un terremoto físico que podríamos catalogarlo
de muchas maneras, sin embargo, deseo compartirles algunas reflexiones que
nacen a la luz de las imágenes, sensaciones y experiencias vividas.
 En pocas palabras podríamos decir que fue un movimiento telúrico fuerte,
intenso, ruidoso, con una consecuencia marítima que se tradujo en un tsunami.
Este acontecimiento tan intenso que hemos vivido, es probable que en algunos
años pasará a ser un hecho más que se incluirá en la ya larga y abultada
historia telúrica de nuestro país.

A nivel mas personal es natural que en algún tiempo más, los recuerdos que
tendremos sobre esta experiencia serán de aquellos hechos que han quedado
en nuestras retinas dando vueltas, que se han almacenado en nuestro disco
duro, y no es menos cierto que para algunos (los que no hemos sido afectados
de manera material por el movimiento) nos recordaremos de los dos edificios
emblemáticos, uno que se ubicaba en Concepción y que se cayó de espaldas y
otro que se ubicaba en la comuna de Maipú en la ciudad de Santiago que se
hundió, o tal vez nos acordaremos de la gente pidiendo ayuda, de los saqueos
realizados a las 24 horas del terremoto, de los robos a las grandes tiendas, etc,
y también nos acordaremos de las tesis que desarrollarán los especialistas, en
donde se analizarán e intentarán explicar las características que llevaron a las
personas a actuar de esta manera.

A estos datos duros del terremoto concreto deseo compartir una reflexión que
me nace a partir de “esos” terremotos que duran mas tiempo, son los
terremotos del alma, aquellos que dejan cicatrices emocionales, espirituales,
psíquicas, son aquellos que se enraízan en lo mas profundo de nuestro ser, son
los que se alimentan por medio de las imágenes, de los temores, de los
desconciertos, de los recuerdos, las rabias, etc. Algunas características de estos
movimientos más profundos es que ellos son de larga duración, profundos,
dejan cicatrices. El terremoto del 27 de febrero ha tocado todas las
dimensiones de la vida, la ha desmantelado y ha trastocado las raíces mas
profundas de nuestro ser hombre y nuestro ser mujer. Así mismo ha
cuestionado nuestra vida, nuestros valores, nuestras costumbres, ha demolido
nuestra identidad material sostenida sobre los cimientos del orgullo, de la
soberbia, de la omnipotencia, de la seguridad, consumismo, etc. Junto con esto
también se ha puesto en tela de juicio nuestra identidad personal-íntima, es


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decir, nos hace preguntarnos, ¿quién soy yo realmente?, ¿cómo estoy llevando
mi vida y la de mi familia?, ¿de qué manera re-construiré mi vida de aquí en
adelante?, entre otras.

El sismo ha puesto en evidencia que los cimientos sobre las cuales se ha
construido nuestra identidad material y nuestra identidad personal-íntima, no
eran más que una cubierta de material defectuosa que envolvía nuestros
miedos, fragilidades, vulnerabilidades e inseguridades. Nos cuesta mucho
aceptar que no controlamos la vida, que somos aprendices de una realidad que
no entendemos, que nos sobrepasa, y tenemos que renunciar a entenderla.

Un común denominador a nuestras distintas experiencias vividas es el Miedo
que sentimos, ya sea por nosotros, nuestros seres queridos y frente al cual
algunos nos hemos preguntado: ¿por qué a nosotros?, ¿porqué la vida es así?,
¿dónde estaba Dios en el terremoto o en el tsunami?, clamamos al Señor, ¿por
qué nos has abandonado?, junto con lo anterior me pregunto, ¿Qué podemos
hacer nosotros como cristianos, creyentes o simplemente como personas de
buen voluntad frente a lo que está pasando?, ¿cómo puedo enfrentar la vida de
ahora en adelante?.

En primer lugar, es preciso mencionar que no podemos participar en la
reconstrucción de caminos, casas, escuelas y hospitales pero si podemos
contribuir en el cuidado de la salud mental y de la salud espiritual de muchos.
Son muchos los especialistas en lo económico, pero son pocos los que pueden
ayudar en este campo socio-afectivo, que es algo tan central en la vida de
todos. Lo que más me interesa es contribuir en que ninguna persona pierda
grados de humanidad. Esto es un tesoro que tenemos en una vasija de barro
que tenemos que cuidar porque es un hermoso don de Dios. Para nosotros
como educadores es de vital importancia entregar luces para trabajar, asumir y
socializar esta experiencia traumática a nuestros estudiantes y sus familias
desde la perspectiva de la fe.

Sin embargo, para llevar a efecto este proceso necesitamos hablar de nuestras
experiencias de miedo que hemos vivido y hacerlo sin restricciones. Se ha
comprobado que narrar nuestros miedos es una experiencia sanadora. En las
experiencias traumáticas hay que hacerlo varias veces y cada vez se producen
cambios porque vamos digiriendo, elaborando, la experiencia.

Humildemente creo que desde nuestra experiencia de fe podemos postular
algunos derroteros para tomar en consideración a la hora de comenzar a


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asumir lo que hemos vivido. Las paso a mencionar a continuación (ellas no
tienen un orden de importancia, solo son un conjunto de reflexiones). A modo
de iluminación deseo compartirles una parte de un mail que envío un amigo
que dice lo siguiente:

      “Hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece”.
     ¡Creo que está creciendo un bosque de más solidaridad, de más
  responsabilidad, de mejores ciudades! ¡Creo que de todo esto saldrán
     hombres y mujeres más parecidos a como Dios nos soñó y amo!

                                Qué así sea

Somos seres que necesitamos aceptar que todos somos personas necesitadas y
podemos levantar los ojos y las manos al Dios de la vida. Rezamos desde la
pobreza, clamamos desde la necesidad.

Este tiempo de re-construcción lo debemos considerar como un tiempo nuevo
y tenemos que ajustarnos a una nueva realidad, es decir, tenemos la
oportunidad de re-formarnos. Hoy tenemos ante nosotros una posibilidad, un
momento privilegiado de invitar a construir un Chile novedoso, a desarrollar
una cultura solidaria, fraternal, más justa y más hermosa. El Señor nos da
posibilidades inmensas de evangelizar al acompañar en estos procesos.

El Dolor que ha producido el sismo nos acompañará por un largo tiempo, por
eso no tratemos de entenderlo, de buscar razones que lo expliquen. Lo
incomprensible en muchas personas produce rebeldía, rabia, desconcierto, los
descoloca.

Lo que necesita el que sufre es ser escuchado, ser acompañado, que respeten
el misterio del dolor tal como está presente en su vida.
          Salmo 88 “Señor Dios mío, de día y de noche grito hacia ti”.

No podemos pedirle a Dios que nos libre de pasar experiencias dolorosas, pero
sí podemos pedirle que nos acompañe y que de sabiduría para darle sentido a
esta experiencia. En esta reflexión les comparto algunas pistas que ha
desarrollado el Padre Álvaro González.

   a) Pasar del escándalo al misterio.
El dolor nos enseña el lugar nuestro en la creación y a vivir con humildad,
envueltos en el misterio. El dolor nos transforma y nos hace madurar. A veces


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nos endurece, nos rebela, pero a la larga nos acerca a la verdad de la vida y de
nosotros mismos.
Tenemos que cambiar nuestra pregunta a Dios ¿Por qué nos haces esto? a “Tu
conoces nuestra debilidad, ayúdanos”. No es resignación sino complicidad

    b) Pasar de la imagen de Dios poderoso al Dios amoroso.
Necesitamos replantear la imagen que tenemos de Dios. El es un misterio, el
gran desconocido, el imprevisible. Creer en un Dios poderoso no significa que
es capaz de cualquier cosa. El poder de Dios dice relación a la vida, al bien, no
lo emplea para dañar. Normalmente esperamos en un Dios que salva desde el
poder, que nos evite el dolor, la muerte. Este no es el Dios de Jesucristo.
Dios no salva a su Hijo del dolor sino desde el dolor. El Padre no salva a su
Hijo Amado de la cruz sino aceptando esta realidad y con-padeciendo con El.
Is. 53,13-43.

   c) Pasar del dolor sufrido al dolor ofrecido.
Siempre el dolor es un absurdo. Para los cristianos el dolor no es algo bueno
pero tampoco es malo.
Solo adquiere sentido por el amor y lo ofrecemos poniéndonos en las manos
de Dios para el bien de otros.
Solo hay una manera de soportar nuestro dolor, necesitamos comprender y
adherirnos al dolor de Cristo

    d) Pasar de la indiferencia a la compasión.
Estamos llamados a evitar, aliviar y compadecer el dolor de los demás y esto
le da sentido a nuestra vida. No podemos quedar indiferentes ante el dolor. Es
el enemigo común de todos los hombres y por tanto en vez de evitar las
situaciones de dolor, salgamos al encuentro con un corazón acogedor

Una tercera idea que apoya este escrito que también es ayuda del padre Álvaro
es el Consuelo, para ello el profeta Isaías (40,1-8) ilumina nuestro quehacer
creyente, cristiano, o al ser una persona de buena voluntad con la frase:
“Consuelen, consuelen a mi Pueblo… Aquí está nuestro Dios, aquí está el
Señor que apacienta su rebaño y amorosamente los reúne”

El apóstol Pablo en 2 Cor (1,3-12) nos recuerda que: “El Dios de todo
consuelo. El nos conforta en nuestras tribulaciones para que gracias al
consuelo que recibimos de Dios podamos nosotros consolar a todos los que se
encuentran atribulados”.



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Bajo estas ideas entendemos que Consolar es un arte y un ministerio. Es una
tarea indispensable que no podemos descuidar. Es dejarnos alcanzar por el
dolor de los demás para que despierte en nosotros la misericordia y el calor
humano que habita en nuestra profundidad. Desgraciadamente son muchos los
que tienen temor de dejarse alcanzar emocionalmente por temor a confundirse,
a perder objetividad.

No podemos aceptar que el dolor y la pena se enquisten en el alma de una
persona, en el trasfondo de la vida de muchos. Ellos necesitan y tienen
derecho a ser acompañados por un corazón compasivo que entra en comunión
con el dolor de ellos.

Necesitamos creer que un oído atento o un abrazo apretado curan mucho más
que los consejos que podemos dar. Cuando queremos consolar siendo fuertes
los otros se van a sentir disminuidos. En la situación actual nosotros no somos
ajenos, estamos también afectados.

      - Cinco actitudes que facilitan el consolar:

   a) Escucha activa que es la capacidad de recibir sentimientos sin juicios y
      comentarios de manera que el otro se sienta respetado y digno de ser
      escuchado.
   b) Empatizar que es reconocer y seguir los sentimientos y la manera que
      el otro percibe la realidad. No basta seguir las ideas, lo que otro dice, ya
      que el dolor altera la lógica del discurso.
   c) Mostrar afecto que son pequeños gestos que expresen el cariño y la
      aceptación, la cercanía y la delicadeza de alma.
   d) Contener que es tener un espacio y brazos resistentes para albergar la
      pena, el desgano, sin tener que justificar porque siente eso.
   e) Formular una palabra comprometida que no brota de la razón sino
      desde todo nuestro ser.
      El silencio tiene un valor sanador al permitir que otro se exprese como
      sabe y como puede.

      - Es importante mencionar que hay algunas maneras de consolar que
        son inadecuadas:

   a) El consuelo de tontos: “Esto ya va a pasar”, “Hay gente que sufre
      mucho más”, “A ustedes no les pasó tanto”



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   b) El consuelo que invita a evitar: “Hagamos un asado para pasar la
      pena”, “Vamos a vitrinear al Mall”, “No hay mal que por bien no
      venga”.
   c) El consuelo arrogante: “La fe me hace fuerte, invulnerable”.

Finalmente deseo compartir mi visión sobre un concepto que nos puede
ayudar a intentar trabajar de manera mas socializada nuestra experiencia de
Miedo, que ha provocado Dolor y que necesita ser Consolado. Desde esta
perspectiva el Auxilio (en su comprensión entendida como ayuda, socorro,
amparo) se entronca a modo de complemento con los anteriores y nos da la
doble dimensión de fraternidad y filiación, situación que cambia la perspectiva
de asimetría (entre quien ayuda y quien es ayudado), visión que normalmente
es la que mas utilizamos. Al entender el auxilio desde la óptica de la
Fraternidad corresponde a aquel auxilio referido al hermano, es lo que
podríamos denominar una perspectiva de horizontalidad; la óptica de la
Filiación corresponde a aquel auxilio al Padre, es lo que podríamos denominar
una perspectiva de verticalidad. Sin embargo, esta doble dimensión se
establece en relación con la corresponsabilidad a la cual estamos todos
llamados, es la búsqueda del bien común, de la justicia, de la Solidaridad.

El Auxilio es también pedir y dar otra oportunidad, es comenzar de nuevo, es
ponerse de pie, asumir nuestros miedos, nuestros dolores, buscar consuelo y
pedir auxilio, es precisamente esta perspectiva que deseo destacar de todo
cuanto he escrito. Este terremoto lo debemos mirar como una oportunidad que
nos da el Padre para darle un sentido a nuestra vida, no tan solo de re-
construir, sino que de re-formular (en mi visión esta perspectiva es más
importante y esencial). En clave telúrica implica descubrir las fallas
estructurales que tenemos en nuestras formas de vida y que hemos ido tapando
con estucos constituidos por materiales de mala calidad como lo son los
antivalores del individualismo, el consumismo, la apariencia, la
autosuficiencia, el egoísmo, etc.

Es una oportunidad para aprender a vivir con el dolor de esta experiencia. El
dolor no se elimina, el dolor se asume cuando se le da un sentido, en clave
cristiana corresponde a un dolor que sana, que da vida, que nace de la muerte.
Dios no elimina nuestro dolor, sino que nos ayuda a darle un sentido de
plenitud. El dolor es propio de los seres vivos, pero solo el hombre es quien
tiene la capacidad de darle nombre y sentido a lo que sentimos, y es en la
medida que se logre esto la resurrección adquiere un rostro cercano, un rostro
humano, un rostro hermano.


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Cuando tenemos un dolor es cuando pedimos auxilio, y es precisamente esta
comprensión del Miedo que hemos sentido después del terremoto, que para
algunos se tradujo en Dolor (que ha dejado cicatrices), es que necesitamos
compartir esta experiencia con nuestros hermanos para que podamos ser
Consolados y poder darle un sentido de esperanza a esta experiencia y pedir
Auxilio cuando es necesario. No se trata de eliminar el dolor (quita de mi este
cáliz) sino que muy por el contrario el desafío consiste en que desde el dolor
de sentirnos débiles, frágiles, vulnerables, preocupados, asustados,
desprotegidos, inseguros, podamos con la ayuda del Dios amoroso
misericordioso que conoció el dolor humano en la cruz, junto a María con la
Advocación de la Auxiliadora, abandonarnos a poder sanar y re-construir los
cimientos de nuestros templos físicos, psíquicos, espirituales, con los valores
del evangelio, sobre los cuales comenzar a re-descubrir lo esencial para tener
vida nueva.




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