Los uglylizard
Había una vez unos animalitos inofensivos llamados uglylizard; su nombre
viene de la palabra ugly-feo y lizard-lagarto; ya que viven en las charcas
más próximas a los puentes rodeados de todo tipo de animales salvajes y
plantas.
Los uglylizard suelen tener el cuerpo blanco con rayas verdes, aunque por
vivir en las charcas terminaban teniendo el cuerpo marrón, sus patas son
enormes como su rabo y de su boca sobresalen dos dientes muy afilados
que son capaces de devorar cualquier fruto o animal que se interponga en
su camino. Son muy temidos por los conejos y las liebres porque son su
comida favorita junto a todos los frutos de los árboles.
Todos los animales de la familia de los uglylizard pueden correr, volar,
nadar, bucear y hablar un lenguaje que para nosotros los humanos es muy
raro; es un lenguaje indefinido ya que son capaces de ladrar, de piar o
incluso de graznar o relinchar; son unos animales muy especiales y se
parecen a los humanos cuando lloran, porque lo hacen de la misma forma,
lo único que los diferencia en su llanto es que sus lágrimas son rojas por el
calor que tienen en su interior para soportar el duro y frío invierno.
Estos animales de patas grandes son amistosos y simpáticos, pero cuando
alguien les tira rabo; aunque solo sea para jugar, se dan la vuelta y
empiezan a chillar como hace un niño cuando le quitas su caramelo; es una
reacción extraña de los uglylizard a la cual todavía no se le ha encontrado
respuesta.
Durante el día se dedican a recoger comida, menos en los días de verano
que lo único que hacen es ir de charca en charca o de río en río a bañarse
con sus amigas las ranas, los sapos, las lagartijas y todos los demás reptiles
que viven allí.
Y por las noches, se dedican a ir de casa en casa buscando a perros y gatos
para quitarles su comida y los pobres perros y gatos no se pueden acercar a
los uglylizard para defenderse, porque como son muy sucios huelen muy
mal y ese olor produce muchas enfermedades en la piel y en las vías
respiratorias; así que los pequeños y sucios animalitos se dan muy buenos
festines por las noches a costa de todos los perros y gatos del barrio.
Ellos piensan que nosotros, los humanos, somos seres muy raros porque no
hablamos su mismo idioma y también porque somos mucho más altos y
grandes que ellos; pero nos respetan como nosotros les respetamos a ellos
porque al fin y al cabo somos nosotros los dueños de los perros y los gatos,
quienes les alimentamos; y sin nosotros se morirían de hambre y se
extinguiría esta especie tan rara de reptiles.
Cristina González Morales