JUVENCIO VALLE Y EL VALOR DE LAS PALABRAS by rockman20

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									JUVENCIO VALLE Y EL VALOR DE LAS PALABRAS

Dentro del círculo de sus amistades son famosos los alegres juegos de palabra de
Pablo Neruda con el nombre de Juvencio Valle. Lo llamaba Silencio Valle. Porque
parece hablar a menudo el lenguaje del sueño. Está muy despierto, pero calla como
absorto en si mismo. La palabra es para él una iniciación particular y su uso debe
justificarse por una necesidad imperiosa. En rigor, está organizándola por dentro,
dando forma a su percepción y su expresión. Con sus ojos redondos, que son como
puntos de interrogación pintados en su cara redonda, siente la fruición del estado de
sueño diurno, aunque en verdad está en su puesto de centinela que no duerme, en
actitud de averiguar el mundo, buscando la forma de transmitir sus mensajes. Esa es
una tarea en apariencia nocturna y onírica; pero pocos poetas más cercanos a la luz y
abiertos a la claridad, que llega con un suplemento de significados recién salidos de la
sombra. Arriba cargado con una pluralidad de poesía que revela lo que se oculta
dentro de cada palabra. Vive las cosas, la naturaleza. Y las sueña. De allí que sería un
error pensar que Juvencio es silencio que va al silencio. Es de aquellos que callan
porque cultivan la palabra como un arte. No la desvalorizan por el empleo descuidado
o innecesario. Más bien son lacónicos porque la privilegian. Y hacen de la escritura
una fase extremada de la responsabilidad.


UN PELITO EN EL CUADERNO

Neruda supo del silencio infantil, adolescente y maduro de Juvencio. Hay cierto
misterio gozoso, un juego de azar deslumbrante en la historia de la poesía chilena que
sienta a ambos pequeños predestinados en un banco de la tercera preparatoria del
Liceo de Temuco. Dentro de la brusquedad del ambiente están un poco
desamparados. Ellos no se expresan a gritos. La imagen de esos dos niños
exteriormente indefensos gira dentro de una cadencia interior, es como un estado de
ánimo en que un chico solitario encuentra a otro chico solitario y se hacen amigos.
Comienzan a hacerse amigos a través de una broma de símbolos, donde atisbos del
arte se confunden con el humor y la vida. “Saca ese pelito del cuaderno” -le dice Pablo
a Juvencio. El pelito no sale -tratando de agarrarlo con dos uñas porque es una raya.
Y los chicos taciturnos de rostro ríen a carcajadas, porque entre otras cosas,
oscuramente, han entrevisto un vago misterio de la creación estética, cierta sustancia
espiritual, invisible, sutil, que no puede ser arrancada con dos uñas. No serán ellos
pequeños dioses que inventen de la nada...pero dirán lo visible y lo invisible, porque el
mundo, por medición del hombre, admite su representación. Acaban de descubrir algo
que después -cuando lo sepan- llamarán metáfora, la relación de los símbolos con la
realidad concreta.

Salían del Liceo de madera húmeda y vagaban por las calles cuadriculadas por casas
de tablas en una ciudad recién nacida: Temuco tenía entonces treinta años de
existencia y había muchos sitios eriazos donde se olía todavía la selva recién talada,
el pasto se veía alto, se acumulaban castillos de tablas y volaban mariposas en torno a
las topa-topas. Los dos niños se criaron en ese ambiente o rodeados por otros
paisajes de la zona.

Se observan mutuamente. “Sé cuán flaco era y cuán larga tenía la nariz”, dice
Juvencio de Neruda, evocando esa convivencia de la infancia lejana. A ninguno de los
dos los seleccionaban para los partidos de fútbol. Se intercambiaban cuentos en las
pequeñísimas ediciones Calleja. Miguelito Tarambana y Valentín de las Verrugas, por
ejemplo. Un día en el estante de Juvencio su compañero hizo un hallazgo. Un libro
que tenía ilustraciones de Gustavo Doré. Préstamelo. Así Neruda leyó el Quijote.
NI JUVENCIO NI VALLE

Juvencio no venía de lejos. Había nacido con el siglo -precisamente el 6 de Noviembre
de 1900- en una aldeíta llamada Villa Almagro. El río Cautín pasa por allí. Y le dio la
primera lección del agua torrentosa, hija de las lluvias diluviales. A una legua está
Imperial. El cinturón es indígena. Juvencio creció rodeado de mapuches, esos
aborígenes que resistieron al español, lanza en mano y montados a caballo, y a la
república de los caballeros chilenos durante más de tres siglos. Vió entonces y todavía
puede ver, cuando vuelve por esas comarcas, a las indias vestidas con su chamal
araucano.

Cada invierno las tormentas y las crecidas se llevaban el puente de madera. Cuando
estaba en servicio lo cruzaban las carretas de los indios, con ruedas de palo cortadas
a hachazos. Hoy son campos de trigo; entonces eran de porotos, papas y arvejas. Por
esas tierras se movió su niñez. Porque hubo desplazamientos hacia las proximidades.
La familia se cambió a Bolonto. El paisaje, igualmente familiar, se le metió adentro.

Juvencio o Silencio Valle no nació Juvencio ni Silencio ni Valle. Al llegar al mundo, en
la capilla de Villa Almagro, le impusieron el nombre de Gilberto Concha Riffo. Cuando
tuvo conciencia estética no le gustó llamarse así. Pero le correspondía por herencia.
Su padre, un agricultor, era don Juan Segundo Concha Hernández, y su madre doña
Rosalía Riffo Segura. Tuvieron un número bíblico de hijos según la cifra de la Cábala:
siete. Por orden: Eliodoro, Fernando, Teodoberto, Gilberto (nuestro héroe), Berta,
Clara y Estela.

Los padres acariciaban un sueño: que sus hijos tuvieran profesión universitaria.
Fernando fue médico. El debía -a juicio paterno- ser abogado. Pero el muchacho sabía
que no debía ni quería ni podía ser abogado...porque pajareaba en clase. En lugar de
atender, los ojos y el alma se le iban por la ventana como un jilguero inédito que
escapa de la jaula. Además, mientras el profesor hablaba solía escribir versos en el
cuaderno. Llegó hasta quinto año de humanidades y luego se transformó en un joven
molinero. La imagen del joven molinero enamorado se da en la otra punta del
mapamundi, en regiones septentrionales donde el invierno también es largo y el sol
asoma fugazmente cada verano como para recordar que existe. La literatura
escandinava registra al molinero en páginas melancólicas y románticas. La literatura
chilena tendrá en él su poeta molinero.



LA LAMPARA EN EL MOLINO

Es verdad que cuando tenía 18 años, así como otros jóvenes de sus lecturas nórdicas
deciden conquistar Estocolmo o Cristianía, el sureño Juvencio parte al encuentro de la
capital, a sugerencia de su hermano mayor, estudiante de Medicina. La Universidad es
un hervidero político y literario. Está surgiendo la generación del año 20. El joven
Silencio escucha a los muchachos elocuentes. Uno sobre todo le impresiona: Juan
Gandulfo, que electriza las asambleas estudiantiles de la époc a con un lenguaje
anarquista, de sustancia moral.
Cuando su amigo Neruda llega de Temuco a Santiago para estudiar Pedagogía en
Francés -como entonces se decía-, Juvencio parte de regreso. Volverá al molino. No
todo será allí moler trigo. La lámpara en el molino alumbrará en las noches silbantes
de lluvia la página blanca sobre la cual se inclina. Lee a mares. Devora libros. Acumula
una rica biblioteca, que después perderá en un incendio que prendió como yesca
llevándose años más tarde casa y molino. Pero antes del siniestro las veladas
invernales del molinero solitario serán dedicadas a confiar a la hoja en blanco, como
párrafos secretos, sus sueños, sus confusiones, el proceso formativo del aprendiz de
poeta. Está sumergido en la naturaleza que lo circunda de verde y de agua, pero
también en la historia que igualmente lo rodea por todas partes. En el bisemanario El
Ideal aparecen sus poemas de iniciación, glosas de libros, artículos. Pronto fue
reconocido como poeta consagrado, ganador infalible de todos los cantos a la Reina
de la Primavera en Imperial y en Temuco. Una pequeña gloria local. Don Apolinario
Riquelme, el propietario del periódico, edita su primer libro, La flauta del hombre pan.
Buen título para un poeta molinero. Pero él queda muy pronto descontento de si
mismo y de la obra. En implacable afán autocrítico, quiere que esos poemas de
alborada no aparezcan en sus Obras Completas.


TRATADO DEL BOSQUE

A su juicio, su primer libro no es su primer libro sino el segundo, Tratado del Bosque.
Cuando lo leí tuve la sensación del acontecimiento literario. Venía del mismo sur de
Neruda; pero era una voz distinta, un reino, un imperio global del paisaje, un
revolucionario en la interpretación lírica de la naturaleza.
Yo había llegado recién a Santiago cuando la obra apareció. Procedía del centro
agrario del país, carente de grandes bosques. Este libro fue un libro de revelaciones
del bosque. Leonov, un novelista de la primera generación heroica soviética, escribió
una obra memorable: El Bosque Ruso. El bosque chileno es hermano de todos los
bosques del mundo. Pero cada país tiene sus particularidades y sus lenguajes
forestales Juvencio es el descifrador de las claves secretas del bosque chilensis.
Para Juvencio el bosque chileno no es el bosque ruso ni el tropical. Para Juvencio su
bosque está poblado desde la raíz hasta la copa por enigmas, símbolos e intimidad.
Todo en él es silencio y resonancia. Alegoría no sólo de pájaros que cantan en su
casa, libres y diferentes. También el poeta sabe escuchar como un experto el canto de
los árboles, su trémulo romance con el viento, los crujidos temblorosos de las ramas
cimbrantes, los rumores del follaje, que recorren la escala, tocando todas las notas.
“No hay otra cosa que tenga más seducción que esa”. Confiesa. Y pocas cosas le
resultan más tristes que los troncos aserrados. Mataron un lingue, lindo, perfumado,
murmura con pena y rabia.

Otras veces hay silencio y paz en el bosque como en una iglesia. Es como estar
dentro de una catedral, con música de órgano. De repente todo calla y uno se puede
dormir sobre la tierra, en la cama más hermosa. Por algo todos los poetas de todos los
tiempos y de todas las tierras boscosas lo han cantado.

Pagó de su bolsillo la edición de Tratado del Bosque, en Nascimento. La recuerdo. Me
pareció fragante como oliendo a flor silvestre, con gran tipografía distanciada, como si
las líneas fueran avenidas de aromas. No a todos les gustó ese estallido de pureza
natural en el aire enrarecido de la capital brumosa. Los runrunistas, para los cuales la
poesía era un alarde lúdico -con una tapa metálica de botella extendida a martillazos
en cuyo centro practicaban un agujero por donde pasaba un hilo que permitía hacerla
bailar- estimaron que el bosque debía ser expulsado de la gran ciudad que empezaba
a reconocer los encantos del smog. Entonces su antiguo compañero de banco, el de la
broma del pelo y la rayita, que bien conocía la selva austral -aunque su visión del
mismo bosque fuera diversa de la de Juvencio, porque se trataba de sensibilidades y
temperamentos bien distintos-, salió, en su defensa, al encuentro de los poetas
urbanos y juguetones, con una bella carta, rica en afirmaciones autorizadas, que envió
a los diarios en ese revuelto año 1932, entre golpes de Estado, “revoluciones
socialistas” y contrarrevoluciones davilistas. “Juvencio Valle no es vanguardista, -
decía- ni es, por suerte, runrunista. Es, sin embargo, por derecho de señorío lírico, por
tensión y aumento de vida verbal; por condiciones esenciales y secretas, visibles sin
embargo en su estructura; por lo arbitrario, lo profundo y lo dulce y lo perfumado de su
poesía es, digo, el poeta más fascinador y atrayente de la poesía actual de Chile.
Tratado del bosque es concisión, desnudez, poder, voluntad y libre arbitrio poéticos,
realizados con seguridad y vitalidad resistentes. Es un juego purísimo en mitad de la
selva. Una guitarra de cuerdas claras.

Soledad, sueños, amores, hojas, el agua silvestre sonando como un metal, corriendo
todo el sur vive en los versos del nuevo poeta con magnificencia y dignidad de
corazón. Todo se ha convertido en él en substrato vivo, en humus abandonado, de
donde surge, para bienestar de mi alma, su delicioso canto”.


A LA CAÍDA DE LA NOCHE

Fue entonces cuando lo conocí. Sus amigos se reclutaban entre la generación del año
20 y la que sería llamada más tarde generación del 38. Andábamos a la caída de la
noche de café en café, y nos plantábamos en la Fuente Iris, el Pombo santiaguino. Era
nuestra peña literaria... y política. Mi entusiasmo participante desmayaba ante la
puerta de los bares El Hércules y El Jote, herencias borrascosas de la época de
bohemia nerudiana. Con Juvencio y otro muchacho también de Temuco -Helio
Rodríguez- lector de toda la poesía, una especie de Lord Byron, ligeramente cojeante,
sin título nobiliario, sin dinero y poeta inédito, formábamos un trío, más bien un
cuarteto, diferente pero unido por una profunda fraternidad, porque éramos afines en
nuestro amor por la literatura y en nuestra posición ante la sociedad.
Tenía también niñas cercanas. Salíamos entonces con dos muchachas que vivían en
una misma casa. Ardientes amores de juventud, que no duraron mucho. Juvencio -
supongo- era silencioso, afectivo y efectivo.

Después, allá por el año 38, en tiempos de la guerra civil, Juvencio partió a España.
Estuve en una de las varias despedidas que le dieron. En la nocturna sobremesa el
mudo sacaba la voz delgada y lenta y hacía unos discursos substanciosos y literarios
que demostraban que no sólo era capaz de escribir...No era un inocentón. Se asomó a
conciencia y con sentido histórico a una Europa que vivía vísperas de tragedia y a una
España que ya estaba destrozada por ella. París, los Pirineos, Barcelona. Trasladó el
café de Santiago a Madrid. Las caras eran distintas y los poetas, diferentes.
Muchachos del grupo de 1927, que por su revalorización del cordobés culterano se
autocalificaban nietos de Góngora, fueron sus amigos.

Están allí. Conversan largo y tendido varios poetas incluidos en una antología que nos
influyó, la de Gerardo Diego. Invocan otros precursores que Juvencio conoce y ama,
Garcilaso, Bécquer. García Lorca ya ha sido asesinado. Los poetas sobrevivientes que
frecuenta están radicalizados. Cantan a la Defensa de Madrid y al Quinto Regimiento.
Su pasión por la metáfora, la actitud clasicista, ambas inclinaciones especialmente
vivibles en su idolatría gongorina, su contacto con el surrealismo están ahora
marcados por el signo de la sangre que mana por los cuatro costados de España.
Lo acoge Manuel Altolaguirre, el poeta malagueño, que ya ha publicado Las Islas
Invitadas, Ejemplo, Poesía, Soledades Juntas, La lenta libertad, cuyo dolor era “tan
alto, que la puerta de la casa-de donde salí llorando- le llegaba a la cintura”.
Allí está, con la barba entonces ligeramente cana, el irreductible y casi Nazareno o
casi Quijote León Felipe.

Y, por supuesto, un poeta que lo llena todo, Rafael Alberti, contemporáneo suyo, del
Puerto de Santa María (Cádiz), que es el más político. Dirigió la revista Octubre. Y
publica mucha, mucha gran poesía de la gracia. En la Biblioteca Nacional de Chile,
donde Juvencio empieza a trabajar, habíamos leído con deleite su Marinero en tierra,
que Anguita imitaba soberbiamente. Y luego La amante, El alba del alhelí, Cal y Canto;
su precioso y misterioso Sobre los Ángeles y su intencionada Cantata de los héroes y
la fraternidad de los pueblos. Alberti le entrega su obra más reciente, “Capital de la
gloria”. Lee: Allí los soldados se duermen. “Contémplalos dormidos, con un aire de
aldea...”. El poeta gaditano es también un soldado, un activista de la República y está
escribiendo “Entre el clavel y la espada”, porque tal es la definición de su vida.


PRESO EN ESPAÑA

Si Alberti es todo dinamismo físico y político, otro poeta muy amigo y muy querido
yace postrado, Vicente Aleixandre. Compone poesía mayor. Juvencio había leído junto
con nosotros Espadas como labios, La destrucción o el amor, Pasión de la tierra. Le
habla de temas cercanos para ambos, de la Selva y el Mar. “Metal, música, labio,
silencio, mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo”. Le dedica su libro con cierta
melancolía.

Pero con Vicente no puede salir a campo traviesa, de aventuras. En cambio con
Miguel Hernández organiza expediciones rurales a comerse las sandías y los tomates
que quedan en las matas de Castilla.

El pastor de Orihuela y el molinero de Bolonto se tendían al sol. Miguel se trepaba a
los árboles a cantar. Muerto de la risa, le enseñaba su pasaporte anticonvencional
extendido por soldados que llevaban en la mochila un improvisado mando, donde se
registraba la informal profesión del portador: Miguel Hernández, profesor de poesía.
Cuando Franco entró a Madrid Juvencio llevó a su compañero de correrías
campestres a la Embajada de Chile. No lo recibieron. Verdad o pretexto (creo lo
último): tenían 18 refugiados. Uno más y todo correría peligro, después cayeron
presos Miguel... y Juvencio, separadamente. Nuestro poeta vivió tres meses y medio
en la prisión de Porlier. “Calor sofocante, nada de aire, piojos, miseria; los jueves,
fusilamientos”. Consiguió regresar a Chile.

Treinta y dos años más tarde otro lírico de la Frontera, de una generación más joven -
poeta de los lares se le ha llamado-, Jorge Teillier, le entrega en la Biblioteca Nacional
un ejemplar de Viento del Pueblo. Ediciones Socorro Rojo. Leyó la dedicatoria con
tinta descolorida:
“Juvencio: aquí tienes este libro escrito con el entusiasmo, la pasión y la precipitación,
que el clima dramático en que España empuja sus cuerpos, me han exigido
fatalmente.
Nuestra labor está tremendamente arraigada a cuanto sucede en relación con
nosotros sobre la tierra y ya veremos cómo la hacemos con más proeza
Salud por Delia y por Pablo, Salud y abrazos.
Miguel, Madrid 4 de Septiembre de 1938.”


CON LA PUERTA ABIERTA

En 1941 Juvencio publica su sólido y delicado Nimbo de Piedra. Concibe la función
poética como una parte de la tarea literaria y ésta resulta siempre, en el fondo, una
actividad social. Revolucionario tranquilo y firme, con su dulzura es bien capaz de dar
las más recias y sostenidas batallas. Se declara partidario de una necesaria
unificación civil de los escritores de diversas escuelas y tendencias. Actúa en la
Alianza de Intelectuales. No cree en el blasón de moda, en el pretencioso
aristocratismo del poeta encerrado en su jardín o en su castillo en el aire.
No es Juvencio persona de devorantes incertidumbres. El poeta necesita mirar en
lontananza, tener la puerta abierta, emprender todos los días la caminata de hombre y
llegar hasta los confines. No está al reparo de la lluvia. Cuando llueve el poeta también
se moja. Él participa en todas las luchas de la pequeña república de las letras. Durante
tres años fue Presidente del Sindicato de Escritores. No acepta el exclusivismo de los
cenáculos. Compartirá todos los combates de su pueblo. Y lo hace humildemente, sin
considerarse un director de la conciencia colectiva.

Su obra, que le vale en 1966 el Premio Nacional de Literatura, es un prodigio singular.
Su imaginación en libertad descubre el canto agreste de la naturaleza. No se trata, sin
embargo, de un talento pánico. Es un ojo fresco y puro, que mira desde el fino fondo
de los mitos populares y de la sabiduría campesina, traspasados por las resonancias
del Siglo de Oro, que ha leído con deslumbrada devoción. Una obra muy individual,
muy nacional y, al fin de cuentas, muy universal, porque el tema es de todo el mundo,
pero trasvasado en otro lenguaje, llevado a una expresión musical, al mundo de la
magia.

El poeta en el otoño mira su vida y traza el arqueo de su obra. El libro primero de
Margarita, 1937, muestra que Juvencio tiene también el don del aura dorada de la
prosa poética. El hijo del guardabosques, 1951, reconoce su filiación selvática, su
identidad austral intransferible, pero no como una hoja seca, sino como el cultivo
fresco de un alma, a la vez solitaria y multitudinaria.

Nuestra tierra se mueve, 1960, responde al inevitable tributo que muchos escritores
chilenos pagan a la condición endiabladamente sísmica de su territorio, que de
repente comienza el Baile de San Vito del terremoto. Lo ve desde la región de la
intimidad absoluta y del pánico colectivo.

Del monte a la ladera, 1960, restablece su origen clásico y es un retorno a la matriz de
los campos originarios.

En 1971 su Estación al atardecer está llena con los trenes que surcaron la selva de su
infancia, con los pitazos que se perdían en medio de los temporales deshechos.
El gobierno de Salvador Allende lo designó Director de Bibliotecas, Archivos y Museos.
No fue allí un simple Conservador de Museos. Al día siguiente del golpe de Pinochet,
cuando había cumplido 33 años de trabajo en esa repartición, llegó la policía con su
reemplazante.

La poesía no es para él una doncella indefensa ni el ángel tonto que nunca vio la
tierra. Para Juvencio, como lo estampa en su libro “Estación al atardecer”.


La poesía es libre como el rayo,
incorruptible como el oro,
hace llorar a veces como una cebolla abierta
o es difícil de mascar como el pan duro...


No traten de domesticarla con elementos de tortura,
coronándola de espinas
o haciéndola sudar sangre;
la poesía es como el diamante,
no la pulverizan con palabras gruesas...
Esa es su poesía. Y fiel a ella es este poeta. Fidelidad a la Poesía es fidelidad al
Hombre. Por eso Juvencio Valle trabaja y se arriesga en la Comisión de Derechos
Humanos y en el Comité de Artistas y Escritores por la recuperación de la democracia.
Hay un mundo que lucha en el subsuelo. Él combate en la superficie, a cara
descubierta. Su comportamiento es el más alto.

En Canto general su condiscípulo publicó un Juvencio Valle, donde dice:

Juvencio nadie sabe como tú y yo el secreto
del bosque de Boroa: nadie
conoce ciertos senderos de tierra enrojecida
sobre los que despierta la luz del avellano.
Cuando la gente no nos oye no sabe
que escuchamos llover sobre árboles y techos
de zinc, y que aún amamos a la telegrafista.
Aquella, aquella muchacha que como nosotros
conoce el grito hundido de las locomotoras
de invierno, en las comarcas.
Solo tú, silencioso,
entraste en el aroma que la lluvia derriba,
incitaste el aumento dorado de la flora
recogiste el jazmín antes de que naciera.
El barro triste, frente a los almacenes,
el barro triturado por las graves carretas
como la negra arcilla de ciertos sufrimientos,
está, quién como tú lo sabe, derramado
detrás de la profunda primavera.
También
tenemos en secreto otros tesoros:
hojas que como Lenguas escarlata
cubren la tierra y piedras suavizadas
por la corriente, piedras de los ríos.


Aquel compañero suyo de banca escolar que lo rebautizó Silencio Valle estaría hoy
maravillado de su palabra tan clara y valerosa y del papel que el poeta juega como
ciudadano, no del olvido ni de la desesperanza. Un día descubrió que el sol venía en
un caballo. Hoy sabe que la libertad vendrá a pie, por todos los caminos.



Valentín

								
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