Tendencias recientes de la migración internacional en América Latina y el Caribe
Tendencias y rasgos salientes de la migración internacional en América Latina y el Caribe
Jorge Martínez Pizarro Comisión Económica para América Latina y el Caribe Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía
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omo parte del mandato de los países de América Latina y el Caribe, la a través del CELADE, está elaborando un estudio sobre la migración internacional, los derechos humanos y el desarrollo, para ser presentado a la reunión del Comité Especial sobre Población y Desarrollo que tendrá lugar en Uruguay con ocasión del XXXI Período de Sesiones de la Comisión en marzo de 2006. En él se busca ofrecer orientaciones a los gobiernos de la región para hacer frente a los más importantes desafíos y oportunidades de la migración para el desarrollo, con una mirada transversal de los derechos humanos de los migrantes y sus familias.
CEPAL,
Como un adelanto del estudio, esta presentación resume algunos de los temas tratados.
Hechos estilizados
La migración internacional ha tenido una presencia constante en la historia de América Latina y el Caribe. Después de varias décadas de ser receptores de inmigrantes de ultramar, la gran mayoría de los países se ha convertido (velozmente algunos) en exportadores de fuerza de trabajo y capital social. De acuerdo a nuestras estimaciones, se registra un total cercano a los 25 millones de migrantes. Los emigrados representan cerca de 4 por ciento de la población regional (como estimación mínima), pero se puede observar que, después de la cuantiosa cifra de emigrados de México (diez millones de personas), los países de la Comunidad del Caribe y Colombia exceden el millón de emigrantes, y otros nueve países de América Latina superan el medio millón. Estas cifras hablan de una vigorosa presencia de latinoamericanos y caribeños fuera de sus países, a pesar de que en términos relativos los impactos sobre las poblaciones nacionales de los países de origen son variados. Muchas naciones caribeñas tienen más de un 20 por ciento de sus poblaciones en el exterior; en América Latina, la incidencia es menor.
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Por su parte, los inmigrantes (1% de la población regional) equivalen a cerca de una cuarta parte de los emigrantes regionales. Con todo, hay excepciones importantes, los casos de Argentina, Costa Rica y Venezuela. La proporción de inmigrantes sobre las poblaciones nacionales alcanza los más altos valores en esos mismos países (si bien por debajo de 10%), y con mayores guarismos en Belice y algunos Estados del Caribe. Cerca de la mitad de los emigrantes regionales emigró durante el decenio de 1990, en especial a los Estados Unidos. El stock de población latinoamericana y caribeña en ese país se acerca a los 18 millones hacia el 2004 (más de la mitad del total de inmigrantes en él) y ellos, junto con sus descendientes, constituyen el grupo de “latinos”, la primera minoría de los Estados Unidos. Pero la comunidad latina no es un grupo homogéneo social y económicamente y mantiene rasgos diferenciados según su origen nacional y étnico, su distribución territorial, grados de indocumentación, integración social e inserción laboral y niveles de organización, entre otros aspectos. De acuerdo con nuestros análisis, la acepción de latinos debe entenderse solamente como una agrupación estadística. Algunos analistas, como Massey y Bartley (2005), alertan sobre las visiones que sugieren que, en contraste con la inmigración del pasado, los Estados Unidos estaría recibiendo una inmigración claramente menos calificada, lo que alienta restricciones a la inmigración. El supuesto es que los inmigrantes latinoamericanos y caribeños serían un grupo homogéneo, desconociéndose la heterogeneidad en las categorías legales de la población nacida en el exterior, que no solamente establecen distintas formas de integración social, sino que muchas veces involucran a poblaciones cuya composición no es comparable con la de los inmigrantes de otras décadas. En los Estados Unidos se contabilizan cerca de 7 millones de inmigrantes indocumentados provenientes de la región; si a esa cifra se añaden los inmigrantes antiguos que no han recibido la nacionalidad norteamericana, se tiene un total superior a los 10 millones de personas que viven en este país en desventajas sociales frente a sus derechos, tanto laborales, como sociales y económicos. La participación laboral de las mujeres es alta entre las caribeñas y sudamericanas, aunque no llegan a superar el porcentaje de las nativas estadounidenses. Es también más alta que en sus países de origen, lo que refuerza la idea de las oportunidades y motivaciones laborales para la migración femenina a los Estados Unidos en un contexto de flexibilización.
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Por otro lado, la geografía de destinos de los flujos se ha ido ampliando y diversificando de manera progresiva. Los factores de expulsión, la demanda de trabajadores especializados y la aparición de redes sociales (que se unen a los vínculos históricos en algunos casos), explican que durante la década de los noventa y la primera mitad de la actual, hayan crecido los flujos de latinoamericanos hacia Europa, en particular a España, los que se dirigen a Japón y los que se registran en Canadá. Los migrantes también tienen una presencia importante en otros países de Europa y en Australia e Israel. Así, un total estimado de cerca de 3 millones de latinoamericanos y caribeños se encuentra fuera de la región residiendo en países distintos a los Estados Unidos. España (con cerca de un millón de inmigrantes de la región) y Canadá (con 600 mil), constituyen los dos destinos que siguen a los Estados Unidos, en particular el primero, con una gran dinámica reciente y una fuerte participación de sudamericanos, principalmente mujeres con calificaciones relativamente elevadas. Es importante señalar que la experiencia migratoria, la exposición a riesgos y el grado de integración de estos inmigrantes son diferentes en cada país de destino, de acuerdo con las iniciativas de acogida, redes sociales, movilidad ocupacional y segmentación laboral. La migración intrarregional latinoamericana ha sido una constante en la región y ha oscilado según las coyunturas económicas y políticas. En muchos casos, los movimientos fueron la extensión de la migración interna, como en los países de América Central, en las fronteras de Colombia y Venezuela, y en las fronteras de Argentina con sus países limítrofes. La migración intrarregional está plenamente vigente y con dinámica propia, con lo cual sigue acompañando a las distintas etapas del desarrollo de los países. Se mantienen algunos rasgos tradicionales, pues los principales países de destino siguen siendo Argentina, Costa Rica y Venezuela, pero hay también signos de cambio, al observarse que hay países que combinan su condición de receptores con la de emisores, de tránsito y retorno (a los ejemplos de varios Estados insulares en el Caribe, se suman los países del Istmo Centroamericano y algunos del Cono Sur). En contraste con la década de los ochenta, durante los noventa hubo una recuperación de la movilidad intrarregional. Los migrantes intrarregionales totalizan una cifra cercana a los 3 millones de personas y se desplazan fundamentalmente entre países fronterizos o geográficamente cercanos, coincidentemente con los espacios de integración subregional que han intentado abordar la progresiva liberalización de la movilidad.
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En 2000, en los principales países de inmigración el número de inmigrantes regionales se estabilizó (los casos de Argentina y Venezuela); aumentó significativamente en Costa Rica, y un país que experimentó un aumento destacable fue Chile.
Otras características de la migración
La migración internacional en América Latina y el Caribe se distingue por la creciente participación de mujeres y su mayoría porcentual en numerosos flujos, especialmente los más recientes. Esta tendencia se identifica en varias corrientes intrarregionales, en los flujos de sudamericanos a los Estados Unidos y Canadá y, especialmente, en la emigración hacia Europa. La feminización cuantitativa trae alteraciones de género en la migración internacional y guarda estrecha relación con el grado de complementariedad entre los mercados de trabajo de los países, la demanda laboral en actividades de servicios, los efectos de las redes y las modalidades de la reunificación familiar. El servicio doméstico es una de las oportunidades más frecuentes de empleo para las migrantes. Pero se trata de oportunidades restringidas, pues la vulneralibilidad de las empleadas domésticas es de sobra conocida. En el caso de las migrantes es particularmente sensible debido a la dependencia del empleador para obtener permiso y permanecer trabajando legalmente con visa de trabajo. La combinación de factores de origen nacional, etnia, calificaciones y ocupación distingue a las trabajadoras extranjeras de las nacionales, exponiéndolas, no en todos los casos, a discriminaciones entrecruzadas. En el caso de la migración intrarregional, más de una cuarta parte de las mujeres migrantes (27%) están ocupadas en el servicio doméstico. Varios flujos tienen una fracción mayor a este promedio, destacando las mujeres peruanas, las nicaragüenses, las paraguayas, las guatemaltecas y las colombianas, con más de 30 por ciento de las migrantes económicamente activas. Argentina, con un stock de 81 mil mujeres inmigrantes en el servicio doméstico, Venezuela con 50 mil, Costa Rica, con 16 mil y Chile, con 13 mil, son los principales receptores de estas mujeres. El trabajo doméstico transfronterizo está fuertemente vinculado con una preocupación de la comunidad internacional sobre la situación de vulnerabilidad de las mujeres migrantes. Otra aproximación al goce de derechos entre los inmigrantes la hemos realizado con un análisis del acceso a la satisfacción de necesidades básicas.
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En promedio, más de un tercio de los inmigrantes latinoamericanos en la región tienen al menos una necesidad básica insatisfecha. Los países de destino que presentan los mayores porcentajes son República Dominicana, Guatemala y Costa Rica (con más de 50% de sus inmigrantes). Respecto a la relación entre la población nativa y los inmigrantes regionales con necesidades básicas insatisfechas, en su conjunto los inmigrantes presentan menores valores que los nativos, aunque la situación no es homogénea entre los países y hay importantes desviaciones. Así, en cuanto a carencias de vivienda, en algunos países llegan a representar más del doble entre los inmigrantes. En cada caso nacional, esto obligaría a un análisis pormenorizado que distinga a los grupos involucrados y sus características sociodemográficas y territoriales.
Intersecciones con el desarrollo
Como en muchas regiones en desarrollo, América Latina y el Caribe experimenta pérdidas de población de elevada calificación desde hace décadas, cuyo potencial beneficio a través del retorno no parece materializarse de manera visible, si bien existen iniciativas en varios países por establecer vínculos con sus comunidades de emigrados y apoyar redes científicas asociadas a las diásporas. De particular interés es la situación de los países de economías más pequeñas, que suelen verse más afectados por la emigración de sus profesionales hacia países desarrollados, como es el caso de la emigración de enfermeras y profesoras de muchas naciones caribeñas. No obstante, los países más poblados de la región experimentan pérdidas igualmente sensibles al tratarse de profesionales de áreas muy especializadas y presentar un flujo constante que amenaza las masas críticas de conocimiento. Por lo tanto, la emigración de capital humano sigue siendo un problema a escala agregada, pues las características individuales de los migrantes (alta selectividad) y sus rasgos de movilidad (escasa circulación y vinculación con sus países de origen) tienden a restringir las disponibilidades nacionales necesarias para el aumento de la competitividad. Una consecuencia muy visible de la emigración en la región es el flujo de remesas, cuyo impacto macroeconómico es elevado en varios países, ya que alcanzaron una magnitud regional estimada en 2004 de más de 40 mil millones de dólares. En varios países representan una cuantía varias veces mayor que otras fuentes de ingreso de divisas, demostrando que las estrategias individuales de los trabajadores migrantes tienen un potencial simbólico de vin-
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culación y representan un sustrato material de apoyos a la economía nacional que desafía a las políticas públicas. La utilización de las remesas en la escala doméstica (como fuente salarial y de eventual ahorro), su medición (en las balanzas de pago y encuestas), los costos de transferencia (y la transparencia del mercado), el potencial productivo y sobre el bienestar, son temas en plena discusión en los países de la región, algunos de los cuales ya cuentan con un acervo de importantes experiencias, como El Salvador, México y Colombia. No puede dejar de mencionarse que, a nivel intrarregional, aunque también en algunos países extracontinentales de destino, uno de los cuellos de botella para el conocimiento de las tendencias y patrones migratorios es el de la disponibilidad de datos. El CELADE ha destacado reiteradamente que la falta de información apropiada, oportuna y relevante conspira en contra de la posibilidad del diseño de políticas y acuerdos encaminados a la gobernabilidad migratoria, lo que ha ido enfrentándose parcialmente a través de iniciativas de creación de sistemas de información sobre flujos y stocks en Centroamérica y en los países andinos. Pero las dificultades de información prevalecen y se hacen más notorias ante la demanda de datos sobre nuevas dimensiones del fenómeno, como el retorno, la circulación, la trata y el tráfico, las remesas y la movilidad temporal.
Potencialidades y desafíos
La región es una de las más activas en la preocupación por los migrantes, si nos atenemos a la ratificación que han hecho muchos países de los instrumentos internacionales de protección y si se consigna la inclusión de estos asuntos en múltiples foros, en los acuerdos de integración subregional, en el seno de la Organización de Estados Americanos y en el proceso de la Cumbre de las Américas. Las cada vez más frecuentes alusiones a la elevada incidencia de la migración irregular, al crecimiento de la trata de personas y el tráfico de migrantes, son señales de la visibilidad de los problemas, al tiempo que muestran que aún falta mucho para avanzar en la región. Según estudios de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, los países reconocen que sus emigrados son discriminados y son objeto de explotación, lo que es una prueba contundente de la vulnerabilidad de los migrantes en su conjunto y de la necesidad de mayor cooperación regional.
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Ante la escala de la migración, la contrastante realidad que encaran muchos migrantes y los riesgos de vulneración de sus derechos, es primordial ratificar los instrumentos internacionales, erradicar los prejuicios que se suelen esgrimir para su aprobación, capacitar al personal responsable de ponerlos en práctica y mostrar la validez de ellos como parte de la historia del derecho internacional. La tarea de la gobernabilidad exige el concurso activo de los países y representa un desafío que comienza a nivel nacional. Diversas iniciativas promueven la responsabilidad compartida. Se ha avanzado en la identificación de prioridades, se han diseñado terminologías y procedimientos comunes en la administración migratoria y se han establecido intersecciones con áreas de migración y desarrollo. El balance se inclina hacia una apreciación positiva, aunque no exenta de incertidumbres, tensiones y omisiones que pudieran menoscabar los intereses de los países en desarrollo, entre ellos, los de la región. En el trabajo que estamos desarrollando procuramos ofrecer una visión de conjunto de la migración internacional. Esperamos elaborar propuestas para una agenda, en el entendido que existen principios generales de diálogo y cooperación multilateral, que la migración es multifacética, que los derechos humanos están en el centro de toda propuesta y que cabe identificar especificidades regionales y subregionales.
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