La globalizacion financiera y el impuesto Tobin
Ricardo García Zaldívar, Esteban Hernández y Lourdes Lucía, de ATTAC-Madrid Publicado en Cambio 16 el 15/10/2001 No es casual el eco que está teniendo la idea de este impuesto. La “globalización” financiera que se ha ido produciendo en las dos últimas décadas es en realidad el reflejo de una notable liberalización internacional del movimiento de capitales que ha favorecido un aumento considerable del intercambio de divisas de carácter fundamentalmente especulativo (se calcula que un 80 % de las transacciones corresponden a idas y vueltas de duración inferior a una semana laboral), el cual, como denuncia el Llamamiento mundial de más de 600 parlamentarios de más de 30 países a favor del impuesto Tobin, “alcanza hoy día un nivel sin precedentes en la historia”. La influencia negativa de esa actividad especulativa, ajena a la economía productiva y a la satisfacción de las necesidades básicas de la mayoría de la población mundial, se ha podido comprobar ya en las sucesivas crisis que han ido afectando a distintos países, como México, el Sudeste asiático, Rusia, Brasil, Turquía o, ahora, Argentina. Urge, por tanto, poner un freno a ese capital especulativo mediante medidas como el impuesto que propugnamos. Supongamos que se aplicara un impuesto del 0,1% sobre toda operación de cambio y que el agente de la transacción que especula tenga un horizonte mensual: como cada transacción destinada a obtener una ganancia de cambio implica una ida y vuelta entre dos monedas, para que la inversión sea ventajosa, el especulador debe esperar un rendimiento superior a un 0,2% durante ese mes; si no, la ganancia quedaría absorbida por ese impuesto. Así se penalizaría la especulación y se podría empezar a controlar los movimientos de capitales a corto plazo. Partiendo de cálculos establecidos con cierto grado de fiabilidad, si ese impuesto se aplicara a escala internacional, se podría recaudar, como mínimo, más de 150.000 millones de dólares anuales, teniendo en cuenta que alrededor de 1 billón de dólares circula libremente en un día laborable, según estimaciones del Banco Internacional de Pagos para el año 2000. Los defensores de la libertad absoluta de los mercados financieros cada vez encuentran menos aliados para oponerse a este impuesto, ya que son muy visibles los efectos negativos crecientes que tiene la ausencia de regulación y control del movimiento internacional de capitales. Por eso suelen refugiarse en argumentos
“técnicos” para intentar demostrar su inviabilidad. Sin embargo, los mismos avances tecnológicos están facilitando la centralización informática de las liquidaciones de operaciones de cambios a través de las agencias llamadas de “clearing”, por lo que una identificación de los movimientos de capital que se produzcan por medio de ellas, de sus motivos, origen y destino, sería factible. Otros razonamientos “técnicos” tienen que ver con la posibilidad de fraudes que permitirían evadir ese impuesto, pero éstos siempre existen ante cualquier tipo de impuestos y ello no puede ser un pretexto para dejar de aplicarlos; en todo caso, el impuesto que propugnamos no es una panacea y exigiría otras medidas complementarias, como la supresión de los paraísos fiscales y financieros. Si hay voluntad política, podrán encontrarse los medios de hacerlo viable. También se nos dice que la puesta en pie de ese impuesto exigiría un acuerdo mundial. Ese es el horizonte al que hay que llegar. Pero para avanzar bastaría que los principales países ricos adoptaran ese impuesto o que el conjunto de la Unión Europea iniciara su aplicación. Se podría estudiar incluso un mecanismo que estimulara la integración en ese proceso: para todas las transacciones de cambio entre las monedas pertenecientes a la “zona Tobin” el nivel del impuesto podría ser más bajo que el aplicable entre una moneda de la zona y otra de fuera de la zona. Por eso ATTAC defiende la creación de una “eurozona Tobin” y ha celebrado recientemente un Congreso Europeo Ciudadano en Lieja paralelamente a la “cumbre” de la UE. Nos parece necesario que lo recaudado sirva para responder a una plétora de necesidades no satisfechas, como el acceso a una alimentación adecuada, agua potable, a una infraestructura sanitaria y educativa de calidad, o la reconciliación con un medio ambiente cada vez más deteriorado. Más complejo es el debate sobre qué organismo internacional debería encargarse de este impuesto: en nuestra opinión, ni el FMI ni el BM ofrecen credibilidad, por lo que debería proponerse a organizaciones como el PNUD u otras que se crearan, bajo el control de la Asamblea General de la ONU, u organismos mixtos formados por instituciones representativas de la sociedad. ATTAC aspira con esta propuesta a promover un movimiento dispuesto a reconquistar los espacios perdidos por la democracia en beneficio de las finanzas dentro de un conjunto de medidas que permitan cambiar el rumbo actual de la globalización financiera: entre ellas. Su progresiva adopción demostraría que, como ya se proclamó en el Foro Social Mundial de Porto Alegre, “otro mundo es posible”: un mundo justo, democrático, solidario y habitable.