reportaje LOURDES MARTÍ SOLER Periodista y redactora jefe de Cuadernos

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reportaje LOURDES MARTÍ SOLER ● Periodista y redactora jefe de Cuadernos de Pedagogía. ● Correo-e: lmarti@wke.es Fotografías de Montserrat Fontich Unos encuentros sociodeportivos entre futuros profesionales de Magisterio y de Educación Social e internos de un centro penitenciario constituyen una propuesta muy innovadora que abre un interesante proceso de reflexión y contribuye a establecer intensos lazos de colaboración entre ambas instituciones. El aula se aproxima a la realidad para afianzar tres aprendizajes con una fuerte carga social: superar prejuicios, descubrir qué supone vivir privado de libertad y marcar límites respecto a unas personas con las que se ha establecido una relación afectiva. 18 CUADERNOS DE PEDAGOGÍA. Nº372 OCTUBRE 2007 } Nº IDENTIFICADOR: 372.004 Cuando de lo desconocido crece el afecto Estudiantes e internos de prisiones comparten vivencias en la universidad y en la cárcel Un peculiar grupo, internos y universitarios, se dispone a empezar la gincana que se realiza en el campus. { Nº372 CUADERNOS DE PEDAGOGÍA. 19 Trece años de encuentros sociodeportivos La propuesta nació el curso 1994-95, cuando alumnos de Educación Social y de Maestro en Educación Física de la Universitat de Barcelona visitaron el centro penitenciario Quatre Camins, con el objetivo de compartir actividades deportivas y recreativas con sus internos. La promotora del programa fue Merche Ríos –profesora del Departamento de Didáctica de la Expresión Musical y Corporal de la Universitat de Barcelona–, que contó desde el inicio con el apoyo de las facultades de Formación del Profesorado y de Pedagogía, y con la interlocución y la colaboración de Celia Ávila, la profesora de Educación Física del centro penitenciario Quatre Camins. Al año siguiente del inicio, tanto Celia como Merche consideraron oportuno iniciar los encuentros con una salida programada de los internos, con el fin de que conocieran el ámbito universitario, entorno del que procedían sus compañeros y compañeras de juegos. Hoy, cuando se celebra la XIII edición, las dos siguen al pie del cañón. Más de 2.000 alumnos universitarios han participado en esta experiencia ligada al aprendizaje-servicio: “Es importante dejar claro que no se trata de una actividad asistencial, sino de un dar y recibir continuo”, explica Merche. Y añade: “Es difícil que el aprendizaje teórico, por sí mismo, pueda llegar a cambiar actitudes y valores. En cambio, la vivencia genera un proceso interno de reflexión muy significativo para estos futuros profesionales”. La experiencia, surgida de los contactos con Quatre Camins, se ha extendido a los centros penitenciarios de Can Brians, Trinitat (jóvenes) y Modelo, al centro Educativo L’Alzina (menores) y también al Complejo Asistencial en Salud Mental Benito Menni, de Sant Boi de Llogregat, en el que están internadas personas con trastorno mental severo. Y desde el año 2002, Merche ha exportado la propuesta a la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, donde dos profesoras del departamento de Psicopedagogía (Rosario Narváez y Silvia Durán) llevan a cabo una experiencia similar con internos del sistema penitenciario de hombres de la ciudad de Chinandega y con personas con trastorno mental severo del psiquiátrico de Managua. Empieza la gincana Tras un acto protocolario de bienvenida, al que han asistido los máximos representantes de las dos facultades anfitrionas (la Facultad de Pedagogía, por la diplomatura de Educación Social, y la de Formación del Profesorado) y del sistema penitenciario catalán, estudiantes e internos se congregan en el claustro del Edifici de Llevant para empezar la gincana. Se forman seis equipos, de diez personas cada uno: en general con una proporción de ocho estudiantes y dos internos en cada grupo. Las distintas pruebas están esparcidas por el campus, en un espacio que sortea desniveles, con muchos tramos de escaleras y por el que se mueven los equipos con total libertad. Las actividades están pensadas para fomentar el intercambio, la distensión y la ayuda mutua entre los componentes del grupo. Empiezan los juegos. A la orden de “tres personas, dos piernas”, Juan se ofrece voluntario para que se suban a su espalda las dos estudiantes más delgaditas de su grupo, a fin de que el grupo de tres personas apoye sólo dos piernas en el suelo; más fácil resulta el “diez personas, nueve piernas”, porque ocho saltan a la pata coja y una chica viaja a lomos de Carlos, que se sostiene también sobre una sola pierna. En la zona de zancos, Raúl repite varias veces el recorrido establecido para ayudar a completar los diez viajes que debe hacer el grupo: él es quien domina mejor andar desde las alturas. Cerca de la biblioteca, un participante con los ojos vendados conduce una silla de ruedas en un trayecto plagado de obstáculos que el compañero que va sentado en ella le ayuda a sortear. Los internos han ido a la universidad acompañados por la profesora de Educación Física de Quatre Camins –Celia Ávila–, dos profesores de Educación Física del centro, Roger Estapé y David Ballester, y también el educador social Xavier Buscà. Celia es la interlocutora de Merche Ríos, en el centro penitenciario, para la organización de estos encuentros sociodeportivos, y valora así la experiencia: “Ya de por sí, las actividades deportivas resultan muy motivadoras para ellos. Pero, además, aquí convergen otros aspectos: es un día de condena, pero fuera del centro, en un entorno totalmente nuevo y normalizado. Quizás ninguno había pisado antes una universidad”. Roger añade: “Sobre todo NOTA Los nombres propios de las personas internas en la cárcel son todos ficticios. En las fotografías, sus rostros han sido desenfocados a propósito para preservar su anonimato. Sin embargo, sus declaraciones se recogen y citan con total exactitud. Montse, estudiante de la Universitat de Barcelona, sostiene en alto una caja anudada con un lazo rojo mientras informa: “Hemos escondido aquí un pequeño objeto; si adivináis lo que es, será vuestro. Al superar cada prueba de la gincana, obtendréis una pista”. Calla unos segundos y regala la primera: “Es la cosa más bonita del mundo”. Estamos a mediados de marzo y hace un día gris, frío y lluvioso en el campus universitario Mundet, de la Universitat de Barcelona, donde un grupo de 50 personas espera el pistoletazo de salida para participar en una gincana deportiva. Se trata de un grupo peculiar compuesto por unos 40 universitarios de Educación Social y de Formación del Profesorado –en las especialidades de Educación Física y de Educación Especial– y por doce internos del centro penitenciario Quatre Camins. Los internos participan en una de las salidas programadas a las que tienen derecho por encontrarse en segundo grado de tratamiento. Para los estudiantes, la actividad forma parte de una asignatura que plantea el uso de la Educación Física como instrumento de intervención socioeducativa, y que imparte la profesora Merche Ríos, coordinadora y artífice de estos encuentros sociodeportivos. 20 CUADERNOS DE PEDAGOGÍA. Nº372 } descubren una posibilidad de ocio alejada de la droga y de la delincuencia, y se olvidan de su propia realidad”. Además, se informa al juez sobre esta salida, y si todo va bien les consta como buen comportamiento. ¿Y si va mal?: “La posibilidad de huída es un riesgo que hay que correr, pero llevamos más de 100 salidas programadas y no ha ocurrido nunca”, explica Celia. Ella, Merche, David y Roger se pasean de grupo en grupo para observar cómo se desarrolla la actividad, pero sin demostrar un ánimo controlador. Cuando, al cabo de dos horas, los grupos se reencuentran en el claustro del que han partido, todos disponen ya de varias pistas para adivinar el contenido de la caja: “debes quererlo mucho”, “puede sorprenderte”, “tiene defectos y virtudes” y “nunca acabas de conocerlo”. Y sonríen cuando alguien deshace la lazada y descubre un pequeño espejo. Pero el verdadero afortunado de la mañana es Raúl, que en el paseo por el campus ha coincidido con su hermana, estudiante de esta universidad. Ha sido un encuentro casual, porque los internos que participan en salidas programadas no conocen el objeto de la visita hasta unas 24 horas antes, precisamente para evitar que se convierta en una concentración familiar. El diseño de las actividades ha corrido a cargo de una comisión organizadora de unos quince estudiantes, que se ha ido reuniendo al mediodía con Merche durante un mes y medio. Montse, Maria o Jessica son componentes de este equipo, en el que cada especialidad ha aportado su grano de arena: los de Educación Física, por ejemplo, dominaban bien el diseño de las actividades lúdico-motrices; los de Educación Social han trabajado los aspectos sociales y personales, y los de Educación Especial han velado por la integración de todos los participantes, más allá de los prejuicios que envuelven al mundo penitenciario. Aunque Montse precisa: “En realidad, todos hemos hecho de todo”. Llega la hora de la despedida La jornada continúa con una comida, tiempo para la charla y juegos motores cooperativos en el polideportivo. A las seis de la tarde, el día se ha levantado pero sólo queda tiempo para hacer balance de la jornada. Sentados en corro en el suelo, internos y estudiantes se agradecen mutuamente la oportunidad de compartir un día distinto. Raúl remarca la peculiaridad de la salida: “Es un encuentro distinto a otros. Aquí no te miran raro, hablas con gente joven sobre lo que habla todo el mundo: el trabajo, la vida. En otros lugares, ya saben de donde vienes y...” Él mismo se autocorrige: “Bueno, aquí también, pero ha sido distinto, como si nada”. José es más expansivo: “Sois cojonudos; seguid así y venid a visitarnos”. De pie, junto al corro, Merche conduce disimuladamente el coloquio, concediendo el turno de palabra e insertando alguna explicación: “Debéis saber que ahora los estudiantes están concienciados para reflexionar de verdad sobre la privación de libertad. Hoy era el día para romper posibles prejuicios”. Y esta mujer, que ha pasado totalmente desapercibida durante toda la jornada para hacer un papel de mera observadora, toma las riendas de la despedida. Estudiantes e internos se abrazan, mien- La prueba en la silla de ruedas, como todas las demás, persigue la cooperación de todos los participantes. { Nº372 CUADERNOS DE PEDAGOGÍA. 21 tras empiezan a llegar los taxis que llevaran a los segundos de regreso a prisión. Cuando éstos van entrando en los vehículos, Merche espolea a sus alumnos: “Venga, venga, una ola de despedida”. Celia nos cuenta en voz baja: “Éste es siempre el peor momento, hacemos el viaje hasta Quatre Camins casi en silencio total”. Y la hilera de universitarios inicia una ola que va y viene, porque Merche no les permite flaquear, hasta que los taxis han abandonado el campus universitario. Entonces se dirige a los futuros profesionales, para invitarles a hacer balance: “Al principio ellos estaban tensos y vosotros también. Los juegos motores han servido para romper el hielo, está bien. Y por la tarde, todos estabais más activos, costaba saber quién era interno y quién estudiante…” La interrumpe un chico algo mayor que sus compañeros: -Ni que lo digas, Merche, a mí un par de veces me han confundido con un interno. -Ah, interesante. Y, ¿cómo te has sentido? -Mal, la verdad. Muy observado… -Pues así se sienten ellos. ¿Comprendéis? Una estudiante introduce un elemento muy importante en el debate: -A mí lo que me ha ocurrido es que sentía curiosidad por saber qué delito habían cometido. Todos eran tan simpáticos… Merche les da un consejo: -Que cada uno se pregunte cuál es el peor delito que puede cometer una persona. Y ante un interno imaginad siempre lo peor, porque si con él dejáis de lado vuestros prejuicios esto ya será un primer paso para poder desarrollar en un futuro próximo una intervención reeducativa, y de esta forma podréis colaborar en su reinserción social, sea cual sea la razón de la condena. Ellos merecen otra oportunidad, y paralelamente no hemos de perder de vista que si conseguimos reeducarlos evitaremos que vuelvan a delinquir. Algunos jóvenes la escuchan cabizbajos. Una chica se sincera: -Creo que con un violador o con un descuartizador nunca podré… Responde Merche: -Pero estarás de acuerdo en que también él merece la oportunidad de rehacer su vida, ¿no? -¿Y la víctima? ¿Y la familia de la víctima? 22 CUADERNOS DE PEDAGOGÍA. Nº372 } Tras unos minutos de discusión, Merche concluye: -Ya lo veis, la actividad de hoy os provoca un centrifugado intenso. Es hora de sacar vuestro cuaderno de campo y tomar notas. Anotad cómo os sentís, qué pensáis… Y recordad: dentro de un mes, los visitamos allí, en Quatre Camins. Entre rejas El centro penitenciario Quatre Camins es un complejo inmenso que alberga a casi 1.900 internos y a unos 800 trabajadores, de los cuales 140 integran el Equipo de Tratamiento. Se agota la última semana de abril con un día de calor primaveral intenso, tan soleado que los campos del entorno parecen más verdes, pero los edificios cercados con alambradas también se ven más grises. Cuando se han cruzado la decena de puertas enrejadas que separan la entrada del polideportivo, la primavera ha quedado atrás. El polideportivo es una sala cerrada, casi sin luz natural, con algunas paredes pintadas de color verde oscuro y una sonoridad pésima. Anexa a este espacio hay una sala de musculación, con varias máquinas, que hoy no usarán. Antes, Quatre Camins disponía también de un campo de fútbol al aire libre, pero hace unos años construyeron en él los edificios de cuatro módulos con las celdas de varios centenares de internos. Nos esperan allí unos 40 internos, junto a Celia y Roger. También este encuentro ha contado con una comisión organizadora –en este caso compuesta por una decena de estudiantes, por un grupo de internos y por Celia y Merche– que se reunió hace unas semanas en Quatre Camins para diseñar las actividades de la mañana. El primer juego previsto se debilita a causa de la sonoridad y cambian de estrategia para iniciar el juego. A la voz de “siete internos, siete estudiantes”, quedan constituidos los grupos y empieza a romperse el hielo. Hoy todas las actividades tendrán lugar en el polideportivo, que ha sido dividido por zonas. En la zona de conocimiento, un grupo sentado en corro en el suelo forma una gran telaraña mientras se pasan de uno a otro el extremo de un ovillo de lana a la vez que dicen el nombre de pila de quien recibe el extremo. En la zona de juegos populares, tiene lugar una carrera de sacos, un pica pared y el juego del pañuelo. En la zona de velocidad y resistencia, el ritmo se incrementa mientras juegan al gato y al ratón o a la cadena, y en la zona de juegos codificados, las tareas motrices son más complejas, siendo la pelota el instrumento de contacto. El polideportivo es un espacio común para los internos de los ocho módulos que componen Quatre Camins. Para participar en la actividad de hoy, así como para asistir con regularidad al polideportivo, cada interno ha debido solicitar el permiso a su junta personal de tratamiento, pues cualquier salida del módulo debe estar supervisada por este organismo. La mayoría de los internos que ahora están en el polideportivo son usuarios habituales del espacio, y su estado físico es óptimo. Roger explica que tienen un equipo de fútbol sala federado y están acostumbrados a las visitas, en sábados alternos, así como a visitar otros campos, en el caso de que su nivel de tratamiento lo permita: “Pero lo de hoy es distinto, porque es el deporte sin competición, algo inaudito para ellos”. Estudiantes e internos se esfuerzan en cada juego, pero no todos comparten el mismo entusiasmo. Raúl, por ejemplo, confiesa: “¿Estas actividades? Pues, no sé, dependen un poco del humor que tengas, para qué te voy a engañar”. Raúl participó en la salida a la universidad y él es, quizás, uno de los que advierte mejor el peso del entorno: “Me lo pasé mucho mejor allí. Hablábamos de cualquier cosa; en cambio, hoy no nos dejan ni respirar, y cuando quieren charlar es para que les cuentes cómo vives aquí”. Entre estas cuatro paredes, las dos horas de actividades han pasado muy rápido. A la una del mediodía, en un pequeño espacio al aire libre han servido un aperitivo. Aquí sí se cuela la primavera. Hace mucho calor y el momento sirve para intercambiar impresiones y para hacerse regalos. Los estudiantes traen una camiseta conmemorativa del encuentro para cada interno. Gerard Rius –alumno de Educación Social– ha sido el encargado del diseño y explica en voz alta el sentido de los sucesivos círculos que se entrelazan mientras sostiene la camiseta en alto. Después, a solas, Gerard reconoce que el inicio de la actividad ha sido duro: “Pero nos hemos puesto las pilas y hemos superado esa sensación de ‘vete a saber por qué están aquí”. Y añade, categórico: “Es una oportunidad tan increíble, que yo repetiría la asignatura a propósito para participar en estos encuentros”. Como el día de la universidad, la actividad se cierra con un coloquio, entre el alumnado y los internos, que conduce Merche. Juan expresa un deseo: “Espero que seáis nuestro espejo para contar fuera lo que somos. Y que nos echéis una mano cuando volvamos a la vida normal”. Ni siquiera de regreso a la calle, los ánimos dan para contar todas las veces que esas pesadas rejas se cierran a tu espalda. Y hoy, a la puerta de entrada de Quatre Camins, Merche no espolea ningún debate y da un solo consejo a sus alumnos: “Anotad vuestras sensaciones en el cuaderno de campo, porque ya veréis que el centrifugado de esta mañana os removerá muchas cosas. Hoy habéis comprendido cómo es la privación de libertad”. Otra vez el centrifugado. Una burbuja en prisión “Hoy aprenderéis a poner límites. No olvidéis en ningún momento dónde estamos y, por favor, leed entre líneas”, dice Merche a sus alumnos. Ha pasado un mes desde la última visita a Quatre Camins y un nuevo grupo de estudiantes se dispone a entrar en el centro penitenciario, pero a un espacio distinto: el Departamento de Atención Especializada (DAE). Ricardo Sanchís es el máximo responsable de este pequeño módulo que alberga a unos 40 internos, todos ellos en proceso de deshabituación de la drogodependencia. “El programa es de carácter conductivo-conductual, y dura entre nueve meses y un año. Durante este tiempo, el interno, que tiene que haber cumplido tres cuartas partes de la condena, está aislado por completo del resto Deporte sin competición, una práctica distinta a las habituales en el polideportivo de Quatre Camins. { Nº372 CUADERNOS DE PEDAGOGÍA. 23 De izquierda a derecha, Celia Ávila y Merche Ríos, las artífices de esta experiencia. de los módulos del centro. Aquí tienen su propia escuela, talleres específicos y, sobre todo, una mayor dotación de personal de tratamiento. El objetivo es crear una burbuja para reforzar la abstinencia”, explica Sanchís. El DAE practica analíticas periódicas a todos sus internos: “Su compromiso aquí es no consumir. A cambio, a partir del tercer mes, la abstinencia es gratificada en forma de salidas programadas y permisos más cortos y frecuentes que en el régimen general. Si mediante las analíticas detectamos consumo de droga en el interior del DAE, son expulsados directamente y regresan a los módulos normales. En cambio, si se detecta consumo al regresar de uno de los permisos, no sancionamos penitenciariamente porque creemos que forma parte del proceso de desintoxicación, pero se quedan sin permisos un par de meses más”. Al final del tratamiento, se reincorporan a la vida exterior a través del régimen abierto, con pisos terapéuticos supervisados, en los que continúan siendo atendidos para afianzar la desintoxicación. 24 CUADERNOS DE PEDAGOGÍA. Nº372 } Ricardo Sanchís tiene razón: el DAE es una burbuja. Sumergido en el corazón de Quatre Camins, en este módulo especial se respira otro ambiente. La sala de día central –decorada con colores vivos y luminosos y con numerosas fotos colgadas en sus paredes– da paso, a mano derecha, a una pista polideportiva al aire libre y, a mano izquierda, a un oasis. Ésta es la primera impresión que ofrece el jardín del DAE. En una extensión parecida a la de la pista polideportiva, el patio está divido en dos partes: una zona de huerto en el extremo más alejado de la puerta, y otra de jardín con césped, árboles poblados por varios pájaros, bancos y una fuente que mana ininterrumpidamente. Yolanda Calzada –educadora social del DAE– admite que en prisión este jardín es un tesoro, pero advierte: “A este entorno privilegiado, le corresponden mayores compromisos. No sólo no pueden consumir, sino que deben participar en todas las actividades que se diseñen para su programa de tratamiento. Aquí no pueden pasar las horas sin más, como en el resto de los módulos, aquí deben implicarse. Se trata de que les entre el gusanillo por actividades normalizadas para que cuando salgan a la calle tengan referencias distintas de las de siempre”. Y añade: “Además, no hay que olvidar que, en la desintoxicación, el gran problema es el tiempo de ocio”. Una vez más, la actividad arranca con el juego de los paquetes para formar equipos en los se mezclan estudiantes e internos. Los distintos juegos se reparten por la planta baja del DAE: en la sala de día se inflan globos a contrarreloj, para más tarde hacerlos estallar también a contrarreloj; en la biblioteca intentan adivinar por el olor el nombre de varias especias, con los ojos vendados, y en la pista polideportiva las actividades más complejas comparten espacio con otros juegos bajo la gran tela de un paracaídas. Sobre las doce y media se cambia de tercio. Concluyen los juegos y empiezan tres talleres simultáneos: risoterapia, relajación y juegos malabares. En el de risoterapia, la conductora da las primeras instrucciones: -Debéis decir vuestro nombre y apellido como si fuerais un camello. -¿Un camello? –preguntan sorprendidos algunos internos. -Bueno, quiero decir un camello animal: abriendo mucho la boca y moviendo la mandíbula inferior. El taller de relajación tiene lugar en el patio, cerca de la fuente y bajo la sombra de los árboles: tumbados en el césped, internos y estudiantes se hacen masajes unos a otros, practican algunos estiramientos e inician un ejercicio de meditación guiado por dos alumnas. Se crea un clima apacible y tranquilo en el que algunos caen rendidos en un estado de duermevela. Justo lo contrario de lo que ocurre con los juegos malabares, en los que hacen los primeros pinitos para sostener en el aire tres pelotas en movimiento o jugar con el diábolo. A las dos del mediodía hay apetito: entran todos al comedor y los estudiantes se muestran vacilantes porque no saben dónde sentarse. A un disimulado aviso de Merche, se colocan repartidos por las seis o siete mesas, de forma que todos los grupos de comensales son mixtos. El menú festivo se combina con conversaciones que en algunas mesas son muy banales (¿las mujeres se fijan en el estado físico de su pareja?) y en otras son más serias (poco deportista hay en esta sala) o incluso muy significativas (¿por qué la sociedad no hace nada para vencer el problema de las drogas?). A esta sobremesa, le sigue un tiempo espléndido de casi siesta: tiene lugar en el patio, de nuevo a la sombra de los árboles y con el murmullo del agua como melodía de fondo, mientras dos internos tocan la guitarra, otro un cajón de percusión y muchos de los asistentes arrancan por bulerías. Avanza la tarde y a las cinco se abre un controvertido debate con el título “La prisión: ¿castiga o rehabilita?”. En la comisión de organización, los estudiantes habían sugerido que la charla fuera conducida por un experto del exterior, pero los internos desestimaron la idea y propusieron moderarla ellos mismos. Quizás por primera vez en todo el día, los internos llevan la voz cantante y desgranan una tras otra múltiples quejas y denuncias contra el sistema penitenciario. Los estudiantes escuchan atentamente e intervienen poco, quizás para no interrumpir la vehemencia con que se expresan. Merche pide a los internos sugerencias para arreglar el sistema: “Una carta a los reyes, vaya”. Sus propuestas van desde informar mejor a la sociedad (“¡Si la gente supiera en qué se invierte su dinero!”), hasta organizar campañas de prevención o habilitar más y mejores centros de desintoxicación. El debate sube de tono cuando un interno propone legalizar las drogas con el argumento de evitar la delincuencia que se comete para conseguirlas. “Pero cuando fueras colocado delinquirías”, le rebaten sus propios compañeros. “Creo que os habéis ido del tema”: Eli, una de las educadoras del DAE, que ha asistido silenciosamente a la discusión, corta el rifirrafe de forma disimulada y devuelve la palabra a Merche. Y la profesora de la Universitat de Barcelona aprovecha el turno para cerrar la actividad: “Quiero agradecer el trabajo a los coordinadores de este debate porque, sin lugar a dudas, ha sido el mejor de los últimos años; el más respetuoso y el más participativo. ¡Chapeau!” Tras una copiosa merienda y el intercambio de camisetas conmemorativas de la ocasión, llega el momento de la despedida. Son las siete y cuarto y Seguridad avisa de que los visitantes deben abandonar el interior de la prisión. Merche empieza un recorrido por la planta baja del DAE, avisando a los alumnos más remolones que aún no han cumplido con el proceso de besos, abrazos, firmas de camiseta y deseos de buena suerte. Al fin, los estudiantes salen y los internos se aglomeran al otro lado de la puerta enrejada, sosteniendo una hoja de papel en la que han escrito “VOLVER”. Algunos alumnos sonríen ante el error en la conjugación y hacen ademán de corregirlo, pero los internos no les oyen. Esta vez, urge hacer balance, y Merche inicia el consabido coloquio en pleno pasillo, antes de cruzar la puerta de la calle: -Marcad límites. ¿Recordáis lo que os dije? He tenido que arrancaros de allí dentro. ¿Qué acaba de ocurrir? -Los hemos visto y tratado como personas, no como internos de una cárcel. Eso es lo que ha ocurrido –declara, solemne, una alumna. Y lo que parecía una bronca se convierte en felicitación: -Éste es el éxito: habéis establecido una relación afectiva, pero también habéis marcado límites, a pesar de ser un grupo de hombres junto a un grupo de, mayoritariamente, chicas. También habéis sabido fluir bien con su ritmo, sin obsesionaros por la planificación. Y estos jóvenes estudiantes se dejan acariciar por las palabras de Merche, cuando le oyen decir: -Habéis estado geniales, os aplaudo. Desde luego, tenéis madera de educadores. La prisión: ¿castiga o rehabilita? “Castiga, castiga, castiga”, responden de forma vehemente muchos internos a la pregunta del moderador. Los participantes en el debate de la tarde necesitan pocos segundos para desperezarse, después de un tiempo de relax en el patio. Y entonces el cansancio y el descontento de varios años en prisión se van desmenuzando en una cascada de reproches y de denuncias: –La sociedad cree que rehabilita, pero nos castiga. Y no saben ni castigarnos, porque aquí nos queman y salimos peor. –Las redenciones se reducen y se está produciendo un embudo en las cárceles: entramos muchos y salen pocos. Es que nos estamos chupando las penas enteritas, porque los primerizos no se enteran del proceso para pedir una redención y la junta no se moja nunca. Además, hay promesas de permisos que no se cumplen. –Nadie está exento de ir un día a prisión, pero nadie quiere conocerla. –¿Quién ha visto a su abogado de oficio cuando ya ha sido condenado? Desaparece, por sistema. –Y eso por no hablar de los errores en casos de prisión preventiva: deberían pagarte los años que has echado aquí. –No pueden pagarse en dinero tres años de tu vida o una familia destrozada. –¿Y las familias? Reciben un trato vejatorio, sin ninguna ayuda, por ejemplo, para llegar hasta aquí o con muchos inconvenientes a la hora de pasarnos paquetes. En una ocasión no pudieron entrar un chándal de color naranja porque había peligro de que nos escapáramos como si fuéramos de Repsol. Risas. –No es ninguna broma, es cierto. Los estudiantes callan y un interno detiene la cascada de quejas: –Me asombra que penséis así: no debemos olvidar que la ley está para cumplirla. Además, cuando robaste o hiciste algo, no miraste si esa persona tenía familia, ¿no? { Nº372 CUADERNOS DE PEDAGOGÍA. 25

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