EL MITO DE LA EDAD DE ORO EN EL RENACIMIENTO ESPAÑOL 1. El escritor Pedro Mártir de Anglería explica por qué los indígenas americanos vivían en plena Edad de Oro: «Es cosa averiguada que aquellos indígenas poseen en común la tierra, como la luz del Sol y como el agua, y que desconocen las palabras tuyo y mío, semillero de todos los males. Hasta tal punto se contentan con poco, que en la comarca que viven antes sobran campos que faltan a nadie. Viven en plena Edad de Oro, y no rodean sus propiedades con fosos, muros, ni setos. Habitan en huertos abiertos, sin leyes, sin libros y sin jueces, y observan lo justo por instinto natural». (Pedro Mártir de Anglería, Décadas del Nuevo Mundo, 1493-1525.) 2. Fray Antonio de Guevara escribe sobre la armonía existente durante la Edad de Oro: «En aquella primera edad, y en aquel siglo dorado, todos vivían en paz, cada uno cultivaba sus tierras, plantaba sus olivos, cogía frutos, vendimiaba sus viñas, regaba sus panes, y criaba sus hijos: finalmente, como no comían sino de sudor propio, vivían sin perjuicio ajeno». (Fray Antonio de Guevara, Libro del Emperador Marco Aurelio, 1529, cap. XXXI.) 3. Antonio de Torquemada resalta la importancia de la ganadería en la Edad de Oro y explica el origen del dinero. «En aquella edad primera y dorada, los mejores bienes y mayores riquezas que los hombres tenían eran los ganados, de que se sustentaban, a sí y a sus hijos y familias, gozando de los despojos de la lana, leche, y queso y manteca, y aun haciendo vestidos de los pellejos déllos, porque entonces no procuraba la malicia humana las nuevas invenciones de los vestidos y atavíos que ahora se usan: ni conocían el oro, ni la plata, sino por unos metales muy buenos, de que se aprovechan en las cosas necesarias, y no para hacer moneda, que fue la mayor perdición que pudo venir al mundo, no por el dinero, que, por ser como un fiador de las cosas vendibles, excusa de muchos males que habría sin él, mas por la cobdicia que vino al mundo junto con el dinero». (Antonio de Torquemada, Coloquios satíricos, Mondoñedo, 1553). 4. Don Quijote (I, XI) alaba ante los cabreros la Edad de Oro: «Dichosa edad y siglos dichosos aquéllos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo».
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EL MITO DE LA EDAD DE ORO EN LOS CLÁSICOS GRECOLATINOS El poeta latino Horacio propone a sus conciudadanos huir de la guerra y dirigirse, cruzando el Océano, a los Campos Felices, donde se sigue viviendo en la Edad de Oro. Nos aguarda el Océano en torno al mundo: los Campos Felices, ricas islas, vamos a buscar; donde la tierra da sin arar cosecha cada año y viñas sin podar florecen por doquier y echa sus yemas de ramo que nunca engaña el olivo y a su árbol propio gala el cárdeno higo da, mieles de hueca encina remanan, de alto de montes delgada ondina brinca en murmullante pie, vienen allí, sin que nadie las llame, a ordeño las cabras y el hato amigo lleva henchida la ubre aún, ni atardecido lo ronda el redil el oso gañendo ni hinchando el hondo prado víboras se ven; y aún habrá más que, felices, nos pasme: que ni Levante aguanoso barra el campo de chubascos mil ni en terrones resecos se abrase gruesa simiente, templando lo uno y lo otro el gran rey celestial. No puso proa allí la nao de argivos remeros ni ardiente maga colca trajo allí su pie, no torcieron entena hacia allí marinos sidonios ni Ulises con su ajetreada tripulación. Peste ninguna azota al ganado; estrella ninguna sofoca allí al rebaño en estival furor. Júpiter esa orilla apartó para pueblo de justos, cuando la edad de oro en bronce amancilló, luego del bronce en hierro los siglos forjó; de los cuales se abre a los buenos llana huida por mi voz (Horacio, Epodos 16, trad. Agustín García Calvo)
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TAREA DEL PAGANO DESTERRADO
[Fernando Savater, en Papeles de Son Armadans 227 (1975): 95-7] En nuestra añoranza de la Edad de Oro, en nuestro destierro, nos la imaginamos como la época del dominio de los dioses en el mundo; en aquel entonces, el tiempo era cíclico y los momentos cumbre —epifanías de un dios terrible o enamorado— volvían sin cesar, traídos y conmemorados por el mito y el ritual, aún no disociados. A la comunidad perfecta de los dioses correspondía la impecable comunidad de los hombres, unidos en el mito y el ritual. Hubo una caída, cuyo motivo no podemos conjeturar más que muy malamente, pero que se puede describir así: los mitos se separaron de los ritos, la comunidad perdió su fundamento impecable, los dioses concretos comenzaron a borrar sus perfiles en un Dios abstracto. Fue el comienzo de la abstracción, del logos, del monoteísmo. Nació el Estado y los hombres adquirieron nombre propio; el tiempo comenzó a correr linealmente, hacia adelante: a la huída del paraíso se le llamó historia. El Señor dividió para vencer: y opuso el individuo a la sociedad, el trabajo al ocio, la teoría a la praxis, lo mío a lo tuyo, el hombre a la mujer, el alma al cuerpo, el amor al deseo, la muerte a la vida... Por fin, tras insinuarse durante largo tiempo, tras combatir el recuerdo de la Edad de Oro hasta trastocarlo y convertirlo en proyecto, el Dios abstracto se consideró lo suficientemente fuerte y se proclamó Dios Único; y los demás dioses, al oírle, murieron de risa. Se instauró la necesidad de *creer*, para fundamentar aún más el olvido de los otros dioses: nació la conciencia, el dentro y el fuera, la asediada ciudadela de la subjetividad. El Dios Único varió con hábil frecuencia de nombre: fue Naturaleza, fue Hombre, fue Espíritu Absoluto, Estado... Venerarle se llamó en ocasiones rezar, otras veces poesía, no infrecuentemente ciencia, como suele reiterarse en la modernidad. Pero a través de la duradera pesadilla de la historia siempre hubo réprobos que se negaron a unirse al coro de alabanzas, que se negaron a aceptar la disociación como necesaria e insistieron en el irreconciliable dolor de los contrarios; que añoraron, vagamente, la danzarina caterva de los dioses muchos. Así rechazaron toda reconciliación, el futuro, el progreso, el saber que acepta y aprueba lo que hay: su excesivamente buena memoria les dejó solos y acabó con ellos. Sólo nos quedan las briznas conmovidas de sus blasfemias y la inevitable biografía de su despedazamiento. Aquí y ahora, el pensamiento negativo no acata el monoteísmo, ni quiere superar sino mantener viva la contradicción de la cosa. Se niega a producir nuevas teorías positivas que colaboren a sustentar la positividad del espectáculo vigente. Si aventura algo que no sea puramente crítica, no lo hace a modo de saber al que hay que conceder fe, sino como simple cuento (mito) que basta con escuchar y que quizá se haga recordar por la fuerza de su propio estilo. No podemos ser, aquí y ahora, politeístas, porque el mito de los dioses exige realizarse en el rito y la comunidad, no como creencia individual. Pero renunciando a convencer, a predicar, a establecer sobre firme base teórica lo que hay; limitándose a recensionar los avatares de una desdicha, las fisuras en la pretendida solidez vigente, a cantar la fiebre demoledora de anhelos desconocidos, a dar voz a lo que por decreto u olvido no puede tener voz.... se conserva de algún modo la imagen viva de la perdida Edad de Oro, cuya recuperación no puede ser ni consecuencia ni proyecto ni superación del Estado presente, sino su despertar del sueño monoteísta.
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Agustín García Calvo, Canciones y soliloquios. El mundo que yo no viva lo pensé como cosa extraña, como arca de maravilla. Ay de mi vida. Allí ¿sonará la lluvia junto al fuego las noches frías? ¿Tendrá agosto en el río barcas? Y tú ¿la gentil sonrisa? ¿Durará en el papel que siembro la negra flor de la tinta? Ay de mi vida. ¿Será posible que vengan los amigos y que "Era" digan "un hombre, y te quiso mucho" y "Mucho" llorando digas? Es el mundo que no conozco, Atlántida sumergida. Ay de mi vida. Allí las palmeras echan esmeraldas. Allí las crías del delfín esmeraldas pacen. Allí no hay noche ni día: cuando ordeñan a los rebaños, de púrpura el mar se agría, Ay de mi vida. Más limpio que agua de oro es el mundo que yo no viva: no hay naves de arar espumas ni arado para las viñas; el gran árbol le da su fruto al que el nombre del fruto diga. Ay de mi vida. Ese mundo no es el mío: es el tuyo: el que en tus pupilas hundido está desde siempre y no lo alcanza mi vista. A ese mundo quisiera entrar, antes que suene la hora —ay— de mi vida.
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JURARÍA Juraría que he sido feliz una vez en la tierra. Pero tú no lo sepas, mi alma, pero tú no lo sepas. No sé el día, el año tampoco, ni el siglo siquiera, ni si fue de mañana o de tarde o noche serena. Pero yo juraría que un día fue la paz de la guerra. No sé quién estaba conmigo, si era blanca o morena, ni si era de amor o del solo temblor de la yerba. Pero yo juraría que fue verdad verdadera. Yo de cierto no sé si fui yo o fue otro cualquiera: sólo que era feliz y que toda la vida lo era. Pero tú no lo sepas, mi alma, pero tú no lo sepas. (Agustín García Calvo)
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