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LITERATURA ESPAÑOLA A LO LARGO DEL SIGLO XX

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                                        ÍNDICE
 1. CRISIS CULTURAL FIN DE SIGLO: 1890/1914
 1.1. Realismo

 1.2. La generación del 98

 1.3. El siglo XX

       1.3.1. Poesía

       1.3.2. La novela

       1.3.3. Teatro y ensayo

 2. MODERNISMO
 2.1. ORIGEN: PARNASIANISMO Y SIMBOLISMO

       2.1.1.Parnasianos

       2.1.2. Simbolismo:

 3. GENERACIÓN DEL 98
 3.1. Regeneracionismo

 4. NOVECENTISMO

 5. GENERACIÓN DEL 27
 5.1. Las vanguardias

       5.1.1. Futurismo

       5.1.2. Dadaísmo

       5.1.3. Surrealismo

 5.2. Los componentes

 6. LITERATURA DEL EXILIO

 7. LITERATURA HISPANOAMERICANA
 7.1. Poesía

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 7.2. Teatro

 7.3. Ensayo

 7.4. Narrativa


 1. CRISIS CULTURAL FIN DE SIGLO: 1890/1914

 1.1. Realismo

 La segunda mitad del siglo XIX fue la época de la prosa realista en España, al igual que en otros
 países. El realismo español alcanzó su máximo esplendor con la obra de Benito Pérez Galdós,
 quien figura entre los grandes novelistas europeos de todos los tiempos. En una serie de 46
 relatos históricos agrupados bajo el título de Episodios nacionales (1873-1879 y 1897-1913),
 Galdós interpreta la historia del siglo XIX de España en forma novelada. Por otra parte, Galdós
 escribió novelas de tesis, es decir, novelas que abordan los problemas religiosos, sociales o
 políticos. Su tesis principal —la maldad de la intolerancia religiosa— es desarrollada con vigor en
 su novela Doña Perfecta (1876), pero sus obras maestras son una serie de novelas realistas,
 entre las que destaca Fortunata y Jacinta (1880), que retratan la sociedad madrileña.

 Otros novelistas describieron la vida en diversas regiones españolas: José María de Pereda
 retrató la vida de Santander; Pedro Antonio de Alarcón y Juan Valera, la de Andalucía; y la
 condesa Emilia Pardo Bazán, la de Galicia. Pardo Bazán y Clarín (seudónimo del novelista
 Leopoldo Alas) adoptaron las técnicas del naturalismo. Valera, por el contrario, se distingue de
 los realistas por su afán de perseguir la belleza más que la exactitud. Los otros dos novelistas de
 este periodo que adquirieron renombre internacional son Armando Palacio Valdés y Vicente
 Blasco Ibáñez. Contemporáneo de los realistas fue el crítico e historiador de la literatura Marcelino
 Menéndez Pelayo.

 1.2. La generación del 98

 Durante la última década del siglo XIX España entró en una fase desacostumbrada de actividad
 creadora. El grupo de escritores conocido como la generación del 98 —que incluye a figuras tan
 dispares como Miguel de Unamuno, Ramón del Valle-Inclán, Antonio Machado, José Martínez
 Ruiz (Azorín), Pío Baroja, Ramiro de Maeztu y hasta Jacinto Benavente— llevó a cabo una
 profunda transformación del estilo y las técnicas literarias españolas. En la poética estuvieron
 influidos por el modernista nicaragüense Rubén Darío, que se caracterizó por la gran originalidad
 de sus imágenes, ritmos y rimas.

 Pese a que los miembros de la generación del 98 poseían estilos muy diferentes, tenían en común
 una actitud crítica e interrogativa, una conciencia de la necesidad de liberalizar y modernizar
 España, y una noción sentida y profunda de la idiosincrasia española. Los escritos de Unamuno,
 en concreto sus vigorosos ensayos y poemas, expresan una filosofía que tiene ciertas similitudes
 con el existencialismo. Las obras de Valle-Inclán expresan la actitud artística conocida como
 esteticismo, es decir, la concesión de importancia primordial a la belleza, anteponiéndola a los
 aspectos intelectuales, religiosos, morales o sociales. El paisaje, la historia, las gentes y el
 espíritu de Castilla reciben la expresión más auténtica de los últimos tiempos en los poemas de
 Antonio Machado y los artículos y ensayos de Azorín. Pío Baroja, autor de los 20 volúmenes que
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 componen las Memorias de un hombre de acción, es, para algunos, el mejor novelista español
 después de Pérez Galdós. Benavente —autor de Los intereses creados (1907)— recibió el
 Premio Nobel de Literatura en 1922 y fue el dramaturgo español más distinguido de su época.

 1.3. El siglo XX

 En el siglo XX la corriente literaria iniciada por la generación del 98 se apagó por un tiempo
 durante la guerra civil (1936-1939), cuando la mayoría de los intelectuales fueron silenciados u
 obligados a tomar el camino del exilio, pero recuperó su vigor después de la II Guerra Mundial.

 La sensibilidad y la absoluta pureza formal, en las obras de los escritores de comienzos del siglo
 XX, caracterizan la poesía de Juan Ramón Jiménez, quien obtuvo el Premio Nobel de Literatura
 en 1956. El filósofo y ensayista José Ortega y Gasset, maestro de la prosa, es muy conocido
 como uno de los principales intérpretes del espíritu de su época. Otros escritores destacados de
 este periodo son el novelista, poeta y crítico Ramón Pérez de Ayala; el novelista y ensayista
 Gabriel Miró; el novelista, dramaturgo y crítico Ramón Gómez de la Serna —autor de las
 greguerías—, que fue el máximo exponente del vanguardismo y el expresionismo literario en
 España; el crítico y ensayista Eugenio d’Ors; los ensayistas Salvador de Madariaga y Gregorio
 Marañón; y el crítico y catedrático Ramón Menéndez Pidal.

 1.3.1. Poesía

 Una brillante generación de poetas, conocida como la generación del 27, floreció a finales de los
 años veinte y durante toda la década de los treinta. El más conocido de estos poetas es Federico
 García Lorca, quien dio expresión al espíritu popular de España en sus poesías y obras teatrales.
 Otros poetas destacados de esta generación son Jorge Guillén, Rafael Alberti y Vicente
 Aleixandre. La obra de Guillén se agrupa, bajo el título de Aire nuestro, en tres libros: Cántico,
 Clamor y Homenaje. Guillén tuvo que exiliarse por motivos políticos en 1939, y sus versos reflejan
 un pesimismo creciente. Aleixandre, que obtuvo el Premio Nobel en 1977, ejerció una
 considerable influencia sobre otros poetas españoles. Su obra poética, que comienza con Ámbito
 (1928), adapta con inmensa creatividad la experiencia renovadora del surrealismo. Antología
 total (1975) es la más reciente colección completa de sus obras. La influencia de esta formación
 generacional se reflejó en poetas como César Vallejo, Pablo Neruda, Vicente Huidobro y Octavio
 Paz, entre otros. Al grupo al que en ocasiones se hace referencia como generación del 36
 pertenecen Germán Bleiberg, Carmen Conde, Luis Felipe Vivanco, Leopoldo Panero, Luis
 Rosales, Dionisio Ridruejo y, así también, Miguel Hernández, quien fue elogiado de forma
 unánime tras la publicación de El rayo que no cesa (1936). La generación de 1936 se caracteriza
 por la expresión de su fe religiosa y por un intimismo. Fueron poetas disconformes con la
 situación política y social creada tras la guerra civil pero que en vez de enfrentarse con el régimen
 establecido optaron por una poesía personal y sincera sobre la naturaleza, la fe religiosa y otros
 temas íntimos.

 Nueve poetas dominan la generación que sucede a la de 1936; se trata de Rafael Morales,
 Vicente Gaos, Carlos Bousoño, Blas de Otero, Gabriel Celaya, Victoriano Crémer, José Hierro,
 Eugenio de Nora y José María Valverde. El verso de Hierro representa el antiesteticismo, el
 compromiso social y la preocupación por España que caracteriza al grupo en su conjunto. Otras
 características del grupo son: 1) poesía subjetiva del individuo en conflicto con el mundo exterior,
 como en los poemas iniciales de Blas de Otero; 2) actitud realista —ni trágica ni exasperada,
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 sino serena y de religiosidad íntima—, como en la obra de Valverde y la poesía última de Blas de
 Otero; y 3) tendencias objetivas y poesía social, como en la obra de Gabriel Celaya, Victoriano
 Crémer y Eugenio de Nora. En la poesía actual española todavía hay dos generaciones
 encontradas, poetas que se iniciaron en los años sesenta y setenta aún dominados por los temas
 sociales pero que pronto se centran más en una poesía estética —con toques surrealistas,
 intuitivos y personales, como José María Caballero Bonald, Ángel Crespo, José Gil de Biedma,
 Claudio Rodríguez o Félix Grande; y las últimas generaciones— con obras consolidadas que
 aportan modernidad, intuición y estética, como Félix de Azúa, Pere Gimferrer, Antonio Rodríguez
 Sarrión, Leopoldo María Panero entre otros. Es difícil, por no decir imposible, fijar criterios de
 unidad estilística con criterios clásicos por falta de perspectiva histórica y por la convivencia en la
 actualidad de géneros y estilos.

 1.3.2. La novela

 La novela es el género más floreciente de la literatura española contemporánea. Max Aub es
 autor, entre otras obras, de El laberinto mágico —amplio panorama sobre la guerra civil— y La
 verdadera historia de la muerte de Francisco Franco (1960). Una de las mejores novelas de
 Francisco Ayala, crítico y sociólogo además de novelista, es Muertes de perro (1958), que
 describe el mundo esperpéntico de una dictadura americana. Las novelas La familia de Pascual
 Duarte (1942), de Camilo José Cela, y Nada (1944), de Carmen Laforet, figuran entre las más
 destacadas de un nuevo tipo de realismo conocido como tremendismo, que se caracteriza por la
 presencia del antihéroe y la insistencia en los aspectos más sórdidos y desagradables de la vida.
 Cela, galardonado con el Premio Nobel en 1989, ha escrito novelas de estilos muy diferentes y es
 también conocido por sus libros de viajes. La colmena (1951) es para algunos su mejor novela.

 Una variante más tradicional de realismo es el que representan las obras de escritores como
 Ignacio Agustí, a quien se debe el ciclo La ceniza fue árbol, centrado en la burguesía de Cataluña,
 y José María Gironella, autor de Los cipreses creen en Dios (1953), que inauguró una saga de
 conflictos familiares que simbolizan las disputas políticas que condujeron a la Guerra Civil
 española. Miguel Delibes destaca por sus libros de viajes y novelas realistas, entre las que
 sobresalen La sombra del ciprés es alargada (1947) y Cinco horas con Mario (1966). Ana María
 Matute que ingresó en la Real Academia Española en 1996, y que suele emplear un realismo
 exagerado pese a sus arranques líricos, encuentra en la infancia uno de sus temas habituales y es
 autora de libros como Los niños tontos (1956) y Primera memoria (1959). El Jarama, de Rafael
 Sánchez Ferlosio, es una novela objetiva en extremo, de estilo innovador en su época que su
 autor no tardaría en abandonar. Las novelas de Juan Goytisolo abordan problemas existenciales y
 son un alegato contra el vacío histórico de la sociedad española; entre sus obras más famosas se
 encuentran Reivindicación del conde don Julián (1970) y Paisajes después de la batalla (1982).
 Entre las novelas de Ramón J. Sender, considerado por algunos como el novelista más
 importante de esta generación, se incluyen Mr. Witt en el cantón (1935), Crónica del alba (1942)
 y Réquiem por un campesino español (1962). El mismo proceso que llevó la poesía postbélica
 se dio en la narrativa. Pero en este caso las influencias foráneas desde James Joyce a Willliam
 Faulkner, John Dos Passos, Franz Kafka o André Gide supusieron innovaciones temáticas y
 estilistas cuyo resultado es una rica diversidad de obras y autores, de tal manera que se puede
 afirmar que de "los cinco millones de procedimientos que hay para contar una historia" —según
 Henry James— se están empleando todos. Entre los autores importantes de la narrativa actual,
 sin que ello suponga detrimento para los no nombrados, cabe citar a Alfonso Grosso, Juan Marsé,
 Juan García Hortelano, Mercedes Salisachs, Eduardo Mendoza, Aquilino Duque, Lourdes Ortiz,
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 Luis Mateo Díez, Julián Ríos, Adelaida García Morales, Arturo Pérez-Reverte, Almudena Grandes,
 Quim Monzó, Rafael Chirbes.

 Hacia mediados de siglo XIX arranca el desarrollo del género realista, que conduce al esplendor
 narrativo de finales de la centuria. Entre los más destacados representantes del género cabe
 mencionar a Juan Valera (Pepita Jiménez, 1874), Alarcón (El sombrero de tres picos, 1874) y
 José María de Pereda (Sotileza, 1885), educados en el romanticismo, y Emilia Pardo Bazán (Los
 pazos de Ulloa, 1886), Leopoldo Alas (La regenta, 1884-1885) y Blasco Ibáñez (Cañas y barro,
 1902), que abordan cuestiones como las trabas sociales a la libertad individual, la virtud y la
 condena del vicio e introducen temas de carácter regionalista. Hacia finales de la centuria esta
 fértil corriente confluye en la obra de Benito Pérez Galdós. Autor de casi un centenar de novelas,
 Galdós se convierte en testigo excepcional de la historia de España y logra calar profundamente
 en el espíritu de la época. Entre su cuantiosa obra cabe destacar los Episodios nacionales
 (1873-1879), Fortunata y Jacinta (1886-1887), Tristana (1892) o Misericordia (1897).

 La novela hispanoamericana en el siglo XIX se planteó desde sus inicios como expresión de una
 conciencia nacional, cargada de elementos sociales y morales, que pretendía asumir el carácter
 de documento histórico. Después de dos siglos de literatura esta línea sigue viva en las obras
 actuales, cuyos temas siguen siendo el nacionalismo, la intensificación de lo autóctono, la lucha
 por la libertad frente a los dictadores y tiranos, y una permanente denuncia social y moral.

 El romanticismo duró mucho en América e intensificó los temas políticos y sociales, de carácter
 histórico o problemática inmediata. Los argentinos Esteban Echeverría, con El matadero (1871),
 un relato sentimental y José Marmol con Amalia (1851-55), inician el romanticismo social en
 obras que son al mismo tiempo crónica de una época. Guatimozín (1846), de la cubana Gertrudis
 Gómez de Avellaneda, relato de la conquista de México, y Enriquillo (1877), del dominicano
 Manuel de Jesús Galván, que cuenta las experiencias de los conquistadores, son también mezcla
 de historia y romanticismo.

 Simultáneamente, se desarrolló una línea de novelas, en clave lírico-sentimental, cuyo máximo
 exponente puede ser María (1876) del colombiano Jorge Isaacs, la mejor novela romántica
 hispanoamericana de todos los tiempos.

 El movimiento de Reforma en México influyó en el desarrollo de la novela histórica y de contenido
 moralizante, en un periodo de transición al realismo costumbrista. Juan Díaz Covarrubias había
 publicado Gil Gómez el insurgente (1858), pero poco más tarde las obras más conocidas fueron
 Los bandidos de Río Frío (1889), folletín costumbrista, y El Zarco (1886), de Ignacio Manuel
 Altamirano, de intención reformadora y enseñanza moral.

 El colombiano Eugenio Díaz Castro escribió Manuela (1878), novela criolla y costumbrista, que
 tuvo amplia aceptación. Al filo de ambos siglos, el mexicano Rafael Delgado escribió muchas
 obras de inclinación naturalista, entre las que destacan La Calandria (1890), Angelina (1893) y
 Los parientes ricos (1903).

 En la misma línea están el argentino Eduardo Gutiérrez, con Juan Moreira (1880), en la que
 resuena el Martín Fierro y la interesante novela indigenista Aves sin nido (1889) de la peruana
 Clorinda Matto de Turner, que plantea los problemas de los indios y su proyección social.


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 El realismo europeo influyó enormemente en los escritores hispanoamericanos, que vieron las
 huellas de Zola y Balzac. A caballo entre dos siglos, el realismo latinoamericano continúa el
 costumbrismo y el naturalismo para dar paso, con los nuevos autores, a un modernismo múltiple
 que derivará hacia distintas expresiones inicialmente regionalistas, pero que se propondría
 enseguida temáticas específicas, hasta llegar a la década de 1960 con el 'boom' de la novela
 hispanoamericana.

 En el curso del presente siglo la novela ha sufrido importantes transformaciones temáticas y
 estilísticas. Los temas psicológicos y filosóficos cultivados por los novelistas de finales del siglo
 XIX alcanzan la cima de su desarrollo con las tres principales figuras literarias del primer tercio
 del siglo XX: Marcel Proust, Thomas Mann y James Joyce. En busca del tiempo perdido, uno de
 los proyectos literarios más ambiciosos de todos los tiempos, supone por parte de Proust un
 análisis minucioso de la memoria y el amor obsesivo, en un complejo contexto de cambio social.
 Este grandioso fresco de la sociedad francesa de comienzos de siglo introduce un modo de
 narrar y escribir profundamente nuevo y provocará una auténtica revolución expresiva en toda la
 literatura posterior. La obra de Mann, de la que cabe destacar Los Buddenbrook y La montaña
 mágica, analiza con inigualable lucidez y virtuosismo literario los grandes problemas de nuestro
 tiempo, fundamentalmente la guerra y la crisis espiritual en Europa. Ulises de Joyce es uno de los
 libros fundamentales de la literatura moderna y su repercusión ha sido tal que se habla de
 literatura pre y post-joyciana. Inspirada en la epopeya homérica, la novela narra un sólo día en la
 vida de Leopold Bloom. La obra de Joyce se propone compendiar todos los aspectos del hombre
 moderno y su relación con la sociedad. Para ello se sirve del monólogo interior, técnica que
 permite al lector introducirse en la mente de los personajes y habitar en su inconsciente. La
 complejidad de esta novela, que revela una vasta erudición y ha llevado el realismo hasta
 extremos desconocidos, se refleja en el lenguaje a través de la invención de nuevas palabras y
 sintagmas.

 Otros grandes novelistas europeos del siglo XX comparten con Mann la preocupación por
 transmitir sus ideas filosóficas a través de sus personajes. Los más destacados son el alemán
 Hermann Hesse (El lobo estepario, 1927), cuyo interés por los componentes irracionales del
 pensamiento y ciertas formas del misticismo oriental anticipó en cierto sentido las posturas de las
 vanguardias europeas; los españoles Pío Baroja (El árbol de la ciencia, 1911) y Miguel de
 Unamuno (Niebla, 1914; Abel Sánchez, 1917); los escritores y filósofos franceses Albert Camus
 (La peste, 1947) y Jean-Paul Sartre (La náusea, 1938) —principales exponentes de la corriente
 existencialista—, que abordan en sus obras temas como el absurdo, el dolor y la soledad de la
 existencia; el novelista checo Franz Kakfa (El proceso, 1925; El castillo, 1926), creador de una
 singular obra de carácter alegórico y difícil interpretación que gira en torno al tema fundamental de
 la culpa y la condena; el irlandés Samuel Beckett (Molloy, 1951), muy próximo a Kafka en sus
 parábolas de la futilidad humana y a Joyce en su afición a los juegos de palabras; o el
 estadounidense William Faulkner, heredero de Joyce y Proust y autor de novelas sumamente
 complejas sobre la derrota y el desmoronamiento existencial.

 La influencia de Tolstoi en escritores posteriores se ve reforzada en Rusia por la estética
 marxista. Máximo Gorki (La madre, 1907) y Borís Pasternak (Doctor Zhivago, 1956) siguen
 abordando la relación entre los problemas personales y los acontecimientos políticos. El exiliado
 Vladimir Nabokov (Lolita, 1955; Pálido fuego, 1962), que escribió en alemán y en inglés,
 desprecia las preocupaciones morales y filosóficas de Tolstoi y opta por el esteticismo de Proust.

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 Tras la II Guerra Mundial se produce una auténtica explosión literaria en el ámbito hispánico,
 popularmente conocida como 'boom latinoamericano'. Entre los principales representantes de
 esta corriente destacan el argentino Julio Cortázar (Rayuela, 1963), el colombiano Gabriel García
 Márquez (Cien años de soledad, 1968), el mexicano Carlos Fuentes y el peruano Mario Vargas
 Llosa.

 1.3.3. Teatro y ensayo

 Dejando a un lado las tragedias lírica y simbólicas de García Lorca, el teatro moderno español no
 ha estado a la altura de los otros géneros. Cabe citar entre los dramaturgos a Alejandro Casona,
 de cuyo simbolismo es muestra la Dama del alba (1944), y a Antonio Buero Vallejo, cuya Historia
 de una escalera es un buen ejemplo de su teatro realista con alusiones existencialistas. También
 son dignos de mención Alfonso Sastre, autor de Escuadra hacia la muerte (1953) y Fernando
 Arrabal, polémico autor, cuyas primeras obras que él denominó ‘pánicas’ revolvieron la escena
 española.

 En el terreno del ensayo Julián Marías, discípulo de Ortega y Gasset, hizo algunas contribuciones
 importantes al género durante la posguerra. Américo Castro, Dámaso Alonso y Joaquín
 Casalduero son algunos de los críticos literarios más destacados. Entre la multitud de eminentes
 ensayistas contemporáneos se encuentran José Gaos, Pedro Laín Entralgo, José Ferrater Mora,
 María Zambrano, José Luis L. Aranguren, Francisco Ayala, Guillermo Díaz Plaja, Ricardo Gullón y
 Guillermo de Torre.

 A finales del siglo XIX y comienzos del XX no se produce en España la renovación del arte
 dramático que sucede en otros países gracias a la obra de directores y autores como
 Stanislavsky, Gordon Craig, Appia, Chéjov o Pirandello. Aquí el teatro es, sobre todo, un
 entretenimiento para el público burgués que acude con asiduidad a las representaciones. Las
 compañías teatrales formadas por las grandes actrices y actores del momento, que son además
 empresarios, están dedicadas a complacer los gustos de este público conservador y
 convencional. Los casos de Gabriel Martínez Sierra o de la compañía de Margarita Xirgu,
 dispuestos a jugarse el dinero y el prestigio en el descubrimiento de nuevos autores y en
 innovaciones estéticas, son excepcionales. También resultan excepcionales las aportaciones de
 Adrià Gual, creador del Teatre Intim que realizaba una programación de corte europeo. Lo
 corriente fue el éxito de aquellos autores que como José Echegaray, premio Nobel de Literatura
 en 1904, complacían las expectativas del público teatral burgués. Benito Pérez Galdós, otro autor
 de reconocido prestigio, es un caso diferente. Galdós se atrevió a crear unos personajes
 femeninos que, como la protagonista de su drama Electra (1901), se enfrentan al fanatismo y al
 oscurantismo. Las obras de Jacinto Benavente señalan el final del tono melodramático,
 grandilocuente y declamatorio en el teatro. Benavente inicia con Los intereses creados (1907) o
 La malquerida (1913) el realismo moderno.

 La otra tendencia del teatro español de comienzos de siglo es un teatro de carácter popular: el
 drama social de corte costumbrista que termina derivando en una forma estilística original: el
 sainete. Su mayor representante será Arniches (1866-1943), autor que creó la "tragedia
 grotesca", un tipo de obras que caricaturizaban a la clase media. Aunque no se debe olvidar que
 el tipo de crítica que planteaba este teatro estaba siempre mitigada por los intereses
 comerciales. El caso de Valle Inclán es, en cambio, el de un autor totalmente al margen de
 cualquier planteamiento comercial en la creación de sus obras. Esto le permitió una libertad
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 creativa que sitúa su teatro muy por encima del de sus contemporáneos. El de Valle es un teatro
 innovador, crítico, profundamente original. Sus novedosos planteamientos escénicos recibieron el
 nombre de esperpentos por presentar desde el escenario una deformación estética y sistemática
 de la realidad. Para Valle Inclán, como para Shakespeare, el teatro es un espejo de la realidad,
 pero en este caso un espejo deformante. El teatro de Valle Inclán no recibió en su momento la
 consideración que merecía, como tampoco la recibieron el resto de los autores de la generación
 del 98: Azorín, Pío Baroja o Unamuno. Son una excepción los hermanos Machado, que obtuvieron
 un gran éxito de público con dramas como La Lola se va a los puertos (1929) o La duquesa de
 Benamejí (1932).

 Pronto los autores con planteamientos no comerciales buscaron otras formas de poner en escena
 sus obras al margen de los grandes teatros. Entre estos intentos de crear un teatro vanguardista
 destaca la labor de los teatros universitarios: El Búho de Max Aub y La Barraca de Eduardo
 Ugarte y García Lorca. Este último, uno de los grandes poetas del siglo, fue de los pocos
 miembros de la generación del 27 que se interesaron por el teatro. Lorca utilizó en sus obras gran
 diversidad de fuentes de inspiración: lo popular en Bodas de sangre (1933) o Mariana Pineda
 (1927), el guiñol con un matiz valleinclanesco en sus Títeres de cachiporra, Amor de don
 Perlimpín con Belisa en su jardín (1933), La zapatera prodigiosa (1930) y los movimientos de
 vanguardia como el surrealismo en El público (1930) o Así que pasen cinco años (1930). La
 colaboración de García Lorca con Margarita Xirgu permitió que la obra del dramaturgo poeta
 llegase a ser vista en los escenarios de los principales teatros españoles. Entre las puestas en
 escena que la actriz y empresaria llevó a cabo cabe destacar el estreno en Barcelona de Mariana
 Pineda con decorados de Salvador Dalí. El estallido de la Guerra Civil en 1936 y el asesinato de
 Lorca vinieron a frustrar la carrera de un autor que aunaba un talento extraordinario y vanguardista
 con la difícil cualidad de gustar al público tradicional del teatro.

 Después del trauma de la guerra, los dramaturgos de la posguerra se enfrentaron a una férrea
 censura que hacía difícil, sino imposible, ofrecer una visión crítica de la realidad. Dos son las
 figuras que emergen en esta sociedad cerrada desenmascarando, aunque desde perspectivas
 diferentes, la realidad de la que nadie quería hablar públicamente: Buero Vallejo y Alfonso Sastre.
 El teatro de Buero investiga en la condición trágica y ambigua de la libertad humana, mientras
 que la obra de Sastre, inseparable de su trayectoria comunista, concibe el teatro como un
 instrumento de acción revolucionaria. A fines de la década de 1950 surge una nueva promoción,
 la de los autores llamados de la generación perdida. Autores como Lauro Olmo, Martín Recuerda
 o Luis Matilla adquieren pronto, por su marginación sistemática de los escenarios públicos y
 comerciales, conciencia de grupo. Coinciden igualmente en sus planteamientos y temáticas:
 siguiendo con la línea del realismo crítico, hablan de la explotación del hombre por el hombre y de
 la injusticia social. A lo largo de la década de 1960 aparece un nuevo grupo de autores, tan
 castigados por la censura como los anteriores. Se caracterizan, en términos generales, por su
 rechazo del realismo y por su interés experimentalista. Su estilo teatral se integra en las nuevas
 formas del teatro de vanguardia, desde las del teatro del absurdo a Artaud, Brecht o Grotowsky.
 Entre estos autores destacan José Ruibal, Francisco Nieva o Fernando Arrabal. Este último es el
 autor de alguna de las piezas más representativas del teatro europeo de este siglo. Es también
 en la década de los sesenta y en los setenta cuando se produce la efervescencia de los
 denominados grupos independientes, vinculados a la figura de un director o autor o
 experimentando con fórmulas de creación colectiva. Estos grupos surgen con una decidida
 vocación de resistencia antifranquista y una actitud de búsqueda en cuanto a concepciones
 escénicas y técnicas interpretativas. Apartados de los círculos del teatro oficial, su labor se fue
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 introduciendo en universidades, centros culturales y colegios mayores. Grupos como Tábano, el
 TEI (Teatro Estable Independiente), Goliardos, Cómicos de la Legua, Esperpento o muchos otros
 contribuyeron a dinamizar la vida teatral española en las postrimerías del franquismo.

 Con la vuelta de la democracia se produjo una renovación del teatro oficial. Directores, hombres y
 mujeres de teatro ya con larga experiencia —Miguel Narros, Nuria Espert— y otros nombres
 nuevos, como Lluis Pascual, acceden a la dirección de los Teatros Nacionales, centrando sus
 programaciones en los grandes dramaturgos clásicos y contemporáneos y recuperando a los
 autores españoles del 98 y principios de siglo, como Lorca o Valle Inclán.

 El énfasis en la revitalización de textos considerados clásicos se ha asociado a una crisis de
 producción de textos dramáticos originales. Sin embargo, los grupos independientes van
 perdiendo vigor y presencia en la escena española. Tan sólo unos pocos han subsistido y han
 podido mantener una continuidad: Els Joglars, dirigido por Albert Boadella, cuyos montajes
 siempre polémicos y provocadores cuentan con el apoyo incondicional del público; Els
 comediants, que reivindica un teatro festivo, de grandes máscaras, de gigantes y cabezudos, un
 teatro que entronca con el folclore y las fiestas populares, un teatro de espacios abiertos; o La
 fura dels Baus, grupo que se autodefine como "organización delictiva dentro del panorama actual
 del arte", y en cuyos montajes se subvierten todos los supuestos de la representación teatral,
 empezando por el espacio del público, constantemente violentado por la acción. En consonancia
 con las tendencias internacionales, estos grupos tienen una visión del teatro como espectáculo
 total, no exclusivamente textual, incluyendo en sus montajes otras formas de expresión artística
 como fotografía, vídeo, pintura o arquitectura.

 2. MODERNISMO
 Se denomina así al movimiento literario encabezado por Rubén Darío y cuyo texto inicial es
 Azul…, miscelánea de verso y prosa, publicada en 1888 en Chile.

 Se reconocen antecedentes y concordancias en otras figuras del mismo periodo, como los
 cubanos José Martí y Julián del Casal, el colombiano José Asunción Silva, el mexicano Manuel
 Gutiérrez Nájera y el español Salvador Rueda. El modernismo coincide con un rápido y pujante
 desarrollo de ciertas ciudades hispanoamericanas, que se tornan cosmopolitas y generan un
 comercio intenso con Europa, se comparan con las urbes estadounidenses y producen un
 movimiento de ideas favorables a la modernización de las viejas estructuras heredadas de la
 colonia y las guerras civiles. A la vez, estos años son los de la confrontación entre España y
 Estados Unidos por la hegemonía en el Caribe, que terminó con el desastre colonial de 1898,
 hecho que dará nombre a la generación del 98, que tuvo importantes relaciones con el
 modernismo.

 En América, la definitiva salida de los españoles planteaba el dilema de norteamericanizarse o
 reafirmarse en su carácter hispánico o, más en general, latino, para lo cual se remontan las
 fuentes a los clásicos de Grecia y Roma, cribados por los modelos franceses. Las ciudades
 copian a París y los escritores se refieren a la contemporánea poesía francesa: Charles
 Baudelaire y su descubrimiento de la "horrenda belleza", sucia y efímera, de la moderna ciudad
 industrial; Arthur Rimbaud, el cual, lo mismo que el estadounidense Walt Whitman, hallará que la
 vida industrial es un nuevo género de hermosura; Paul Verlaine y su culto al Parnaso, como el
 lugar donde viven y escriben los aristócratas de las letras; Stéphane Mallarmé, quien proclama la
 nueva poética del símbolo, es decir de las combinaciones que el lenguaje formula a partir de su
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 propia musicalidad y su estricta matemática, a la manera del antiguo pitagorismo.

 Frente a lo moderno de la América anglosajona, Rubén plantea lo modernista de la América
 latina, convirtiendo lo moderno en un manierismo, en una manera de decir, que convulsiona las
 costumbres poéticas, renovando el léxico, las metáforas, la versificación y las cadencias del
 verso, en buena parte por la revalorización de antiguas fuentes hispánicas olvidadas: Gonzalo de
 Berceo y su mester de clerecía, y, sobre todo, los barrocos Luis de Góngora y Francisco de
 Quevedo. El preciosismo, el exotismo, la alusión a nobles mundos desaparecidos (la edad media
 caballeresca, las cortes de los Luises en Francia, los emperadores incas y aztecas, las
 monarquías china y japonesa), la mención de objetos preciosos, crean el paisaje modernista que
 se consolida con los viajes de Rubén a España (desde 1892) y su instalación en Buenos Aires en
 1893. El modernismo será seguido en América Latina por figuras como el argentino Leopoldo
 Lugones, el uruguayo Julio Herrera y Reissig, el boliviano Ricardo Jaimes Freyre y el mexicano
 Salvador Díaz Mirón, al tiempo que en España lo adoptan Ramón del Valle-Inclán, Manuel
 Machado, Francisco Villaespesa, Eduardo Marquina y ciertos aspectos del teatro "idealista" de
 Jacinto Benavente. En cualquier caso, es un parteaguas entre lo anticuado y lo actualizado, y
 quienes reaccionen contra él lo tendrán de obligada referencia. Políticamente, el modernismo
 deriva hacia destinos variables, pero siempre dentro del planteamiento inicial, que opone lo latino
 a lo anglosajón: el argentino Lugones será socialista, conservador y fascista; el uruguayo José
 Enrique Rodó, democrático y progresista; el argentino Alberto Ghiraldo, anarquista; el
 guatemalteco Salomón de la Selva y el hondureño Froylán Turcios se adherirán al sandinismo. En
 filosofía, el modernismo reacciona contra el positivismo, interesándose por la teosofía de Annie
 Besant y Helena Blavatsky, así como por los estudios de Max Nordau sobre la degeneración, y las
 nuevas filosofías de la vida de Henri Bergson y Arthur Blondel. En narrativa, se opone al realismo,
 optando por la novela histórica o la crónica de experiencias de alucinación y locura, y la
 descripción de ambientes de refinada bohemia, a menudo idealizados líricamente. Asimismo,
 introduce un elemento erótico con la aparición del personaje de la mujer fatal, que lleva a los
 hombres hacia el placer y la muerte. Cierto modernismo secundario popularizó estas actitudes en
 las obras del guatemalteco Enrique Gómez Carrillo y el colombiano José María Vargas Vila.

 2.1. ORIGEN: PARNASIANISMO Y SIMBOLISMO

 2.1.1.Parnasianos

 Grupo de poetas del siglo XIX liderados por el poeta Leconte de Lisle. El movimiento poético de
 los parnasianos invitaba a la experimentación con el verso y las formas métricas y convivió con la
 tendencia hacia el realismo en el teatro y la novela que comenzó a perfilarse a finales del siglo
 XIX. Estos poetas tomaron su nombre de su periódico Le Parnasse Contemporain (1866-1876).
 En respuesta al romanticismo, los poetas parnasianos defendían el arte por el arte, la poesía
 basada en temas exóticos y elaborada con minuciosidad. Sus principios habían sido formulados
 anteriormente por Théophile Gautier en su prefacio a Mademoiselle de Maupin. Sus poemas,
 Esmaltes y camafeos, también influyeron en la obra de los principales poetas parnasianos, como
 José María Heredia. El movimiento influyó en toda Europa y dio paso posteriormente al
 simbolismo, una nueva generación de poetas seguidores de Mallarmé y Verlaine, que también
 fueron parnasianos en su primera época.

 2.1.2. Simbolismo

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 Movimiento literario y de las artes plásticas que se originó en Francia a finales del siglo XIX.

 El simbolismo literario fue un movimiento estético que animó a los escritores a expresar sus
 ideas, sentimientos y valores mediante símbolos o de manera implícita, más que a través de
 afirmaciones directas. Los escritores simbolistas, que rechazaron las tendencias anteriores del
 siglo (el romanticismo de Victor Hugo, el realismo de Gustave Flaubert o el naturalismo de Émile
 Zola), proclamaron que la imaginación era el modo más auténtico de interpretar la realidad. Al
 mismo tiempo se alejaron de las rígidas normas de la versificación y de las imágenes poéticas
 empleadas por sus predecesores, los poetas parnasianos. Entre los principales precursores de la
 poesía simbolista figuran el escritor estadounidense Edgar Allan Poe, el poeta francés Gérard de
 Nerval y los poetas alemanes Novalis y Hölderlin.

 El simbolismo nace en la poesía de Charles Baudelaire. Algunas de sus obras, como Las flores
 del mal (1857) y El spleen de París (1869) fueron tachadas de decadentes por sus
 contemporáneos. Stéphane Mallarmé se encargó de difundir el movimiento a través de su salón
 literario y su poesía, como se pone de manifiesto en La siesta de un fauno (1876). Sus ensayos
 en prosa, Divagaciones (1897) constituyen una de las principales aportaciones teóricas a la
 estética simbolista. Otras obras fundamentales de este movimiento fueron las Romanzas sin
 palabras (1874) de Paul Verlaine y El barco ebrio (1871) y Una temporada en los infiernos
 (1873) de Arthur Rimbaud.

 El simbolismo sobrevivió hasta bien entrada la década de 1890 en las obras de poetas franceses
 como Jules Laforgue y Paul Valéry, así como en la obra del escritor y crítico Rémy de Gourmont.
 Peleas y Melisanda, del dramaturgo belga Maurice Maeterlinck, es una de las pocas obras de
 teatro simbolistas. El simbolismo se difundió por todo el mundo; su influencia fue especialmente
 notable en Rusia, donde cabe destacar la obra del poeta Alexander Blok, y tuvo un gran impacto
 en la literatura del siglo XX. En el área española influyó en la poesía de Ruben Darío, Antonio
 Machado y Juan Ramón Jiménez.

 El movimiento simbolista tuvo un significado especial en las artes plásticas. La preocupación por
 los aspectos subjetivos y el empleo alusivo del color y las formas característicos del simbolismo
 se refleja en movimientos artísticos posteriores como el fauvismo, el expresionismo y el
 surrealismo.

 3. GENERACIÓN DEL 98
 También llamada generación del desastre en alusión a la pérdida de Cuba por España.

 Habrá que esperar hasta 1934, con la conferencia de Pedro Salinas sobre "El concepto de
 generación literaria aplicado a la del 98", para que se fije definitivamente esta manera de
 identificar a una generación que representó un fenómeno importante por cuestionarse la tarea
 intelectual frente a España y la política española, y plantearse el dilema de una literatura acorde
 con esas inquietudes. Muchos de sus representantes estaban ligados a la Institución Libre de
 Enseñanza, que dirigía Francisco Giner de los Ríos. Sobresalen autores como Ángel Ganivet
 (1862-1898), autor de Idearium español (1897); Joaquín Costa (1846-1911); Miguel de Unamuno
 (1864-1937), con obras como En torno al casticismo (1895), Vida de Don Quijote y Sancho
 (1905) y Del sentimiento trágico de la vida (1913); Ramiro de Maetzu, quien enumeraba los
 engaños que dominaban a España en el campo de la prensa, la política, la oligarquía y el

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 caciquismo, la literatura y la ciencia, las supuestas glorias históricas, y, como otros jóvenes
 rebeldes de su tiempo (el mismo Unamuno o Martínez Ruiz, Azorín), rechazaba la guerra colonial
 en todas sus manifestaciones; José Ortega y Gasset, que, en realidad, trascendió el marco de
 esta generación. Debe mencionarse también la obra de Azorín (El alma castellana (1900); La
 ruta de don Quijote (1905), Antonio Machado (Soledades y Campos de Castilla, sobre todo), Pío
 Baroja (La raza; La lucha por la vida, 1904), Ramón María del Valle-Inclán, Vicente Blasco Ibáñez,
 Gabriel Miró.

 La generación del 98, a veces asociada con el modernismo literario, reflejó en gran medida las
 oscilaciones ideológicas de algunos de sus integrantes, según lo ha estudiado Carlos Blanco
 Aguinaga en su Juventud del 98 (de las posturas socialistas y anarquistas a cierto énfasis
 nacional de corto alcance) y en no conseguir siempre resolver el ajuste entre su preocupación por
 el casticismo y el problema español, y las preguntas estrictamente ligadas al ejercicio de la
 literatura. Este ejercicio sólo fue posible a través de búsquedas más individuales y en el tránsito
 hacia propuestas estéticas de las generaciones próximas en el tiempo: la del 14 y la del 27.

 3.1. Regeneracionismo

 Corriente reformadora que se puso en marcha en España tras la gran crisis de 1898 (pérdida del
 territorio ultramarino: Cuba, Puerto Rico y Filipinas). Cronológicamente el movimiento
 regenerador abarcó hasta el inicio de la dictadura de Miguel Primo de Rivera (1923), aun cuando
 éste se considerara a sí mismo y fuera considerado incluso por otros como un regeneracionista.

 La pérdida de las últimas colonias ultramarinas y la inseguridad acerca de la misma integridad
 territorial de España desencadenó un proceso de profunda y agria crítica. Sólo una minoría trató
 de buscar soluciones que consiguieran la modernización de España. Entre estos grupos
 destacaron algunos intelectuales (Joaquín Costa, principalmente) y políticos (Francisco Silvela,
 Antonio Maura, José Canalejas), pero también personas pertenecientes a otros sectores
 sociales.

 Fue un movimiento que pretendía conseguir la transformación interna de la persona para
 proyectarse luego sobre el resto de las actividades humanas. El eslogan de Costa puede ser
 representativo de este tipo de movimiento: "Escuela, despensa y siete llaves al sepulcro del Cid".
 La escuela como el instrumento básico de transformación de la persona, tanto individual como
 colectivamente; pragmatismo en lo económico y un giro radical en la tradicional política
 ‘quijotesca’ española hacia terrenos e intereses más cercanos y directos. En el campo cultural, se
 consiguieron logros notables en casi todos los aspectos hasta el punto de que se puede hablar de
 ‘una edad de plata’; distintas generaciones (la del 98, la del 13 o la del 27) contribuyeron a ello.

 En el terreno económico, las iniciativas fueron también interesantes, desde la política hidráulica a
 la forestal, pasando por otra serie de actividades que sirvieron para impulsar la economía,
 favorecida por la I Guerra Mundial, en la que España no combatió.

 En lo político, el acierto no resultó tan evidente. Pasado un quinquenio de crisis, donde la Corona
 hubo de arbitrar ante la inestabilidad de los partidos gobernantes, se entró en otro (1907-1912),
 de la mano de Maura y Canalejas, en el que los logros positivos fueron apreciables, para
 desembocar en el último (1917-1923), en el que se produjo la definitiva descomposición del
 sistema de la Restauración.

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 4. NOVECENTISMO
 Conocemos como novecentismo un movimiento literario de transición hacia las vanguardias que
 se dio alrededor de la fecha simbólica de 1914. Fue un movimiento mayoritariamente de
 intelectuales y liberales que apoyaban el reformismo burgués, es decir, el cambio paulatino hacia
 una sociedad burguesa. Esta literatura, concebida como literatura para minorías por el escaso
 público al que estaba dirigida, tenía el ideal del arte puro. Esta concepción del arte es la llamada
 "el arte por el arte", se trata de buscar la perfección estética. Entre sus principales autores se
 cuentan, entre otros, E. D’Ors, G. Miró, R.P. de Ayala, Ortega y Gasset y W. Fernández Flores.

 5. GENERACIÓN DEL 27
 Nombre con el que se identifica al grupo de escritores españoles ligados históricamente por el
 homenaje a Luis de Góngora, al cumplirse, en 1927, el tricentenario de su muerte.

 La recuperación del poeta barroco plantea una diferencia sustancial con el movimiento ultraísta:
 mientras éste proponía una búsqueda constante de lo nuevo, en la generación del 27 se produce
 un encuentro entre ciertos principios de las vanguardias literarias y la poesía española clásica,
 desde la lírica popular, Gonzalo de Berceo o Gil Vicente, hasta poetas barrocos, además de
 Góngora, como el conde de Villamediana, Pedro Soto de Rojas, Bocángel, Polo de Medina y,
 entre otros, Gustavo Adolfo Bécquer y fray Luis de León, a quien la revista Carmen, dirigida por
 Gerardo Diego, rindió homenaje en 1928, con ocasión del cuarto centenario de su nacimiento. En
 efecto, como muy bien definiera al grupo del 27 uno de sus poetas representativos, Rafael Alberti,
 ellos eran "vanguardistas de la tradición". Tienen incluso una actitud de reconocimiento hacia la
 generación del 98 aunque, más interesados por una literatura de alcance universal, no se
 ocuparon tanto de asuntos relacionados con las debilidades de la estructura social española. No
 obstante, un escritor joven del 98, el filósofo José Ortega y Gasset, aporta con La
 deshumanización del arte (1925) una visión crítica y en cierto modo descriptiva de la estética del
 27.

 5.1. Las vanguardias

 Movimientos literarios renovados que se desarrollaron en la primera mitad del siglo XX. La
 acepción primera de la palabra vanguardia pertenece al lenguaje militar. En Francia comienza a
 usarse aplicada a la política entre los socialistas utópicos hasta que adquiere, con Marx y Engels,
 el sentido de minoría esclarecida encargada de conducir la revolución. Posteriormente se
 desarrolla el concepto entre los movimientos artísticos que se proponen romper con las
 convenciones estéticas vigentes. La política y las artes compartirán, unidas o relativamente
 separadas, el uso de la palabra vanguardia. Tanto España como los países americanos se harán
 eco —y reelaborarán— las vanguardias surgidas sobre todo en Francia, en Alemania y en Italia.
 El 20 de febrero de 1909 Marinetti difunde su Manifiesto futurista. En la década siguiente, y
 debido al impacto que produce el estallido de la I Guerra Mundial, surgen el expresionismo en
 Alemania, el dadaísmo y el cubismo. De la redacción de los principios estéticos de este último
 tanto en pintura como en literatura se encargan Pablo Picasso y Guillaume Apollinaire (1880-
 1918), autor de Alcoholes, de Caligramas y de Las tetas de Tiresias, obra en cual utiliza por
 primera vez (1917) el término surrealista, movimiento que tendrá su primer manifiesto en 1924.

 Un año después de lanzado el Manifiesto Futurista, Rubén Darío, máximo representante del
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 modernismo literario, replica a Marinetti diciendo que la palabra "futurismo" ya había sido
 empleada por el poeta catalán Gabriel Alomar en 1904 y preguntándose si ciertos principios,
 como el culto de la velocidad, de la energía y de los deportes no estaban ya en Homero y Píndaro;
 si no habría que releer el manifiesto romántico de Víctor Hugo, incluido como prólogo del
 Cromwell, sobre todo cuando reivindica el "grotesco" y la mezcla de géneros; si, como dice
 Marinetti, la "guerra" es la única "higiene del mundo", ¿qué pasa con la peste? Punto de vista el
 de Darío sumamente lúcido, aún más si se piensa en cómo el fascismo supo absorber de la
 proclama de Marinetti el culto del valor, de la energía y de la temeridad a toda costa. Tanto el
 chileno Vicente Huidobro, como el argentino Jorge Luis Borges y el brasileño Mario Andrade
 verán con reparos las veleidades futuristas, sin negar algunos de sus aspectos estimulantes.

 En 1916 Juan Ramón Jiménez había escrito Diario de un poeta recién casado, texto que señala
 un cambio en su evolución posterior y en la de la poesía española. Pero es el año 1918 el que
 marca un hito importante en el desarrollo de las vanguardias en España y, además, en América.
 Viaja a Madrid Vicente Huidobro, poeta chileno que defendía el creacionismo, según sus propias
 palabras desde 1912, comparándolo con el imagismo inglés-americano de Ezra Pound, dando
 ejemplos del dadaísta Tristan Tzara y Francis Picabia, entre otros. El conflicto entre naturaleza y
 arte (ya Oscar Wilde había dicho "la naturaleza imita al arte") se resuelve en Huidobro diciendo
 que el poeta ha de crear su poema como la naturaleza crea un árbol. En los últimos meses de
 1918 comienzan las tertulias de Rafael Cansinos-Asséns, rodeado de jóvenes (poetas y
 aspirantes a poetas) en el Café Colonial de Madrid. Son los gérmenes del ultraísmo, movimiento
 ultrarromántico (Cansinos dixit) que reniega de lo viejo (el modernismo), de la oratoria y la
 retórica, de los prejuicios moralistas o académicos, y defiende, proclamando que la guerra no ha
 servido para nada, un estar "adelante siempre en arte y en política, aunque vayamos al abismo",
 construyendo la fraternidad universal a través de las nuevas estéticas, siempre "subversivas y
 heréticas" porque "atacan al régimen y a la religión". Lo nuevo se reveló en una mezcla de
 influencias: desde el dadaísmo y el expresionismo, hasta el futurismo y el cubismo. El ultraísmo se
 expresó sobre todo a través de revistas, en las que publicaban poetas del círculo de Cansinos-
 Asséns. Estuvieron ligados al ultraísmo Jorge Luis Borges, quien más tarde se arrepentiría de sus
 devaneos; Ramón Gómez de la Serna, cuyas greguerías estaban muy próximas al culto de la
 imagen sorprendente e ingeniosa, quien escribió, bajo el seudónimo de Tristán, una "proclama
 futurista a los españoles"; Guillermo de Torre, en quien abundan los neologismos, las imágenes
 cinemáticas, el abandono de los signos de puntuación, los juegos con la disposición tipográfica;
 Gerardo Diego; César Vallejo y Juan Larrea. El ultraísmo, a través de Borges, se difundió en
 Argentina, y a él estuvo ligado Oliverio Girondo, quien escribió el manifiesto de la revista Martín
 Fierro, que comenzaba diciendo "Contra la impermeabilidad hipopotámica del honorable público"
 y afirmaba la importancia de lo propio sin perder de vista la influencia de otras culturas,
 razonamiento muy semejante a los modernistas brasileños del Manifiesto Antropofágico —hay
 que absorber al otro, al "enemigo sacro"—, desde Oswald de Andrade al "reino del mestizaje" de
 Paulo Prado. También en México hubo una versión peculiar del ultraísmo: el estridentismo de
 Manuel Maples Arce, Germán List Arzubide y Salvador Gallardo, cuyo primer manifiesto incluía los
 nombres de Cansinos-Asséns, Borges, Gómez de la Serna, Guillermo de Torre y otros, proponía
 un sincretismo de todos los movimientos y mandaba a "Chopin a la silla eléctrica". Ya el poeta
 mexicano Enrique González Martínez escribía en 1911 su soneto antimodernista ‘Tuércele el
 cuello al cisne’. En Puerto Rico, hubo manifiestos euforistas (Vicente Palés Matos y Tomás L.
 Batista) y uno atalayista (C. Soto Vélez). Las relaciones entre arte y política se desenvolvieron a
 través del conflicto entre nacionalismo y cosmopolitismo (Boedo y Florida en Argentina o el
 negrismo en Cuba).
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 En 1927, al cumplirse el tricentenario de la muerte de Góngora, Gerardo Diego y Rafael Alberti
 convocan el acto conmemorativo. Estuvieron presentes Salvador Dalí y José María Hinojosa, en
 sustitución de Dámaso Alonso, entre otros. Nace la generación del 27, en la que coexisten
 diversas tendencias, desde los que recuperan los hallazgos más interesantes del ultraísmo y del
 surrealismo hasta los que crean una poesía más pura (dado el influjo de Góngora y ciertos
 principios de Juan Ramón Jiménez) o buscan un contacto con la lírica tradicional y popular. En
 1945 nace en Madrid el postismo, representado sobre todo por Eduardo Chicharro y Carlos
 Edmundo de Ory, que se encuentran en el Café Pombo. Su intento, muy próximo al surrealismo,
 es, no obstante, revisar la estética de todas las vanguardias de las primeras décadas del siglo.
 Declaran que en poesía pisan "directamente sobre las pálidas cenizas de Lorca y Alberti" y que
 son "hijos adulterinos de Max Ernst, de Perico de los Palotes y de Tal y de Cual y de mucho
 semen que anda por ahí perdido". Otros autores postistas fueron Ángel Crespo, Francisco Nieva
 y Silvano Sernesi. Tuvieron contactos episódicos con el postismo Fernando Arrabal y José
 Ignacio Aldecoa. Se advierten influencias postistas en Gloria Fuertes.

 Además de la recuperación de Góngora y de la influencia del pensamiento de Ortega y Gasset, la
 generación del 27 tuvo especial admiración por Juan Ramón Jiménez, sobre todo por su idea de
 la poesía pura, que implicaba, en su afán de superar las formas del realismo, un culto de la
 imagen (que también realizó, a su manera, el ultraísmo) y una elaboración del sentimiento ajeno al
 desborde y a la emoción fácil. Al mismo tiempo proponían la pluralidad de estilos y de lenguajes,
 sin renunciar a las formas clásicas. Pero también se hizo visible la presencia del surrealismo, que
 permitió incorporar nuevos temas e imágenes a la poesía, desde el mundo de los sueños hasta
 otros lenguajes (las hipérboles numéricas en el poeta Federico García Lorca o los juegos
 matemáticos en Alberti), sin desdeñar impurezas tales como la denuncia y la burla dirigidas
 contra las instituciones. Destacan, por su clara filiación surrealista, obras como La flor de
 California (1926) y La sangre en libertad (1931) de José María Hinojosa (1904-1936); Sobre los
 ángeles (1929) de Rafael Alberti (1902); Los placeres prohibidos (1931) de Luis Cernuda (1902-
 1963); Poeta en Nueva York de Federico García Lorca (1898-1936). Esta obra de Lorca, así
 como sus piezas teatrales El público y Comedia sin título, y el guión cinematográfico Viaje a la
 luna, fueron el resultado del viaje del poeta a Nueva York en 1929 y revelan una afinidad con las
 búsquedas estéticas de Luis Buñuel y de Salvador Dalí, cuyo cortometraje Un chien andalou (Un
 perro andaluz) se había estrenado ese mismo año en París, al que siguió L´âge d´or (La edad de
 oro), con guión sólo de Buñuel.

 5.1.1. Futurismo

 Movimiento artístico de comienzos del siglo XX que rechazó la estética tradicional e intentó
 ensalzar la vida contemporánea, basándose en sus dos temas dominantes: la máquina y el
 movimiento. El poeta italiano Filippo Tommaso Marinetti recopiló y publicó los principios del
 futurismo en el manifiesto de 1909. Al año siguiente los artistas italianos Giacomo Balla, Umberto
 Boccioni, Carlo Carrà, Luigi Russolo y Gino Severini firmaron el Manifiesto técnico de la pintura
 futurista.

 El futurismo se caracterizó por el intento de captar la sensación de movimiento. Para ello
 superpuso las acciones consecutivas, una especie de fotografía estroboscópica o una serie de
 fotografías tomadas a gran velocidad e impresas en un solo plano. Ejemplos destacados son el
 Jeroglífico dinámico de Bal Tabarín (1912, Museo de Arte Moderno, Nueva York) y el Tren
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 blindado (1915, Colección Richard S. Zeisler, Nueva York), ambos de Gino Severini. Aunque el
 futurismo tuvo una corta existencia, aproximadamente hasta 1914, su influencia se aprecia en las
 obras de Marcel Duchamp, Fernand Léger y Robert Delaunay en París, así como en el
 constructivismo ruso.

 5.1.2. Dadaísmo

 Movimiento que abarca todos los géneros artísticos y es la expresión de una protesta nihilista
 contra la totalidad de los aspectos de la cultura occidental, en especial contra el militarismo
 existente durante la I Guerra Mundial e inmediatamente después. Se dice que el nombre de dadá
 (palabra francesa que significa caballito de juguete) fue elegido por el editor, ensayista y poeta
 rumano Tristan Tzara, al abrir al azar un diccionario en una de las reuniones que el grupo
 celebraba en el cabaret Voltaire de Zurich. El movimiento dadá fue fundado en 1916 por Tzara, el
 escritor alemán Hugo Ball, el artista alsaciano Jean Arp y otros intelectuales que vivían en Zurich
 (Suiza), al mismo tiempo que se producía en Nueva York una revolución contra el arte
 convencional liderada por Man Ray, Marcel Duchamp y Francis Picabia. En París inspiraría más
 tarde el surrealismo. Tras la I Guerra Mundial el movimiento se extendió hacia Alemania y muchos
 de los integrantes del grupo de Zurich se unieron a los dadaístas franceses de París. En 1922 el
 grupo de París se desintegró.

 Con el fin de expresar el rechazo de todos los valores sociales y estéticos del momento, y todo
 tipo de codificación, los dadaístas recurrían con frecuencia a la utilización de métodos artísticos y
 literarios deliberadamente incomprensibles, que se apoyaban en lo absurdo e irracional. Sus
 representaciones teatrales y sus manifiestos buscaban impactar o dejar perplejo al público con el
 objetivo de que éste reconsiderara los valores estéticos establecidos. Para ello utilizaban nuevos
 materiales, como los de desecho encontrados en la calle, y nuevos métodos, como la inclusión del
 azar para determinar los elementos de las obras. El pintor y escritor alemán Kurt Schwitters
 destacó por sus collages realizados con papel usado y otros materiales similares. El artista
 francés Marcel Duchamp expuso como obras de arte productos comerciales corrientes —un
 secador de botellas y un urinario— a los que denominó ready-mades. Aunque los dadaístas
 utilizaron técnicas revolucionarias, sus ideas contra las normas se basaban en una profunda
 creencia, derivada de la tradición romántica, en la bondad intrínseca de la humanidad cuando no
 ha sido corrompida por la sociedad.

 Como movimiento, el dadá decayó en la década de 1920 y algunos de sus miembros se
 convirtieron en figuras destacadas de otros movimientos artísticos modernos, especialmente del
 surrealismo. A mitad de la década de 1950 volvió a surgir en Nueva York cierto interés por el
 dadá entre los compositores, escritores y artistas, que produjeron obras de características
 similares.

 5.1.3. Surrealismo

 El surrealismo (superrealismo o suprarrealismo, para quienes prefieren una versión más precisa
 del francés sur-réalisme) lanzó su primer manifiesto en 1924, firmado por André Breton, Louis
 Aragon, Paul Éluard, Benjamin Péret, entre otros. Allí es definido como "automatismo psíquico
 puro" que intenta expresar "el funcionamiento real del pensamiento". La importancia del mundo
 del inconsciente y el poder revelador y transformador de los sueños conectan al surrealismo con
 los principios del psicoanálisis. En una primera etapa, el movimiento buscó conciliar psicoanálisis

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 y marxismo, y se propuso romper con todo convencionalismo mental y artístico. En España no
 llegó a constituir una escuela aunque muchos escritores, aun los que han negado su adscripción
 al movimiento, reflejan la influencia de la estética surrealista. Según Luis Cernuda, pueden
 considerarse surrealistas obras como Poeta en Nueva York (a la que habría que agregar obras
 teatrales como Así que pasen cinco años, El público y Comedia sin título) de Federico García
 Lorca; Sobre los ángeles de Rafael Alberti; y, sobre todo, Espadas como labios, Pasión de la
 tierra y La destrucción o el amor de Vicente Aleixandre. El surrealismo tuvo gran difusión en las
 islas Canarias, donde sobresalen Pedro García Cabrera (1906-1981), autor de Transparencias
 fugadas y Entre la guerra y tú, y Agustín Espinosa (1897-1939), quien, en Crimen (1934 fue el
 año de su publicación definitiva), transita géneros literarios diversos: novela, poema, relato breve,
 diario. En Cataluña, cabe mencionar a J.V. Foix y Juan Eduardo Cirlot. En los países
 hispanoamericanos también tuvo eco el movimiento surrealista: Pablo Neruda en Chile, quien
 pasó por Madrid en 1935 y lanzó su manifiesto "Sobre una poesía sin pureza"; Olga Orozco y
 Enrique Molina en Argentina; César Vallejo en Perú, a pesar de su condena de Breton por el
 abandono del marxismo; en Cuba Alejo Carpentier, quien elogia la aparición del surrealismo
 como una victoria sobre el supuesto escepticismo de las nuevas generaciones; en México
 Octavio Paz, quien ha sabido incorporar en sus reflexiones sobre la imagen y la creación literaria
 los hallazgos del surrealismo. Tanto en España como en la mayor parte de los países
 hispanoamericanos, florecieron movimientos literarios que reflejaron o recrearon las vanguardias
 literarias de las primeras décadas del siglo XX. En mayo de 1968, en Francia, se recuperaron
 como consignas y guías para la acción muchas frases surrealistas, especialmente las que
 destacan el poder revolucionario del sueño. Julio Cortázar las ha recogido en Último Round: "El
 sueño es realidad"; "Sean realistas: pidan lo imposible"; "¡Abajo el realismo socialista! ¡Viva el
 surrealismo!; "Hay que explorar sistemáticamente el azar"; "Durmiendo se trabaja mejor: formen
 comités de sueños".

 5.2. Los componentes

 La diversidad de la generación del 27 queda suficientemente probada porque en ella se incluyen
 autores como Pedro Salinas (1891-1951), traductor de Paul Valéry y Marcel Proust, autor de
 Presagios (1924), Fábula y signo (1931), La voz a ti debida (1933), Razón de amor (1939), entre
 otras obras; Jorge Guillén (1893-1984), premio Cervantes 1976, ejemplo de poesía casi pura, en
 la que abunda el "esprit géometrique" de que hablaba Valéry y una visión afirmativa de los seres
 a través de una emoción que depura y condensa en libros como Cántico (1928) y Clamor (1957-
 1963), obra esta última donde se detiene en ciertas personalidades históricas y en algunos
 horrores contemporáneos, sin renunciar a un ‘Resumen’ alentador:

             "Amé, gocé, sufrí, compuse. Más no pido
             En suma: que me quiten lo vivido".

 Vicente Aleixandre (1898-1984), premio Nacional de Literatura en 1934, premio Nobel en 1977,
 autor de Ámbito (1928), Espadas como labios (1932), Pasión de la tierra y La destrucción o el
 amor (1935), Sombra del paraíso (1944), Historia del corazón (1954), Diálogos del
 conocimiento (1974); Dámaso Alonso (1898-1990), premio Cervantes en 1978, estudioso de
 Góngora, especialmente de la Fábula de Polifemo y Galatea y las Soledades, de quien cabe
 mencionar El viento y el verso (1923-1924), Hijos de la ira (1944), Duda y amor sobre el Ser
 Supremo (1985); Luis Cernuda (1902-1963), entre cuyas obras sobresalen La realidad y el
 deseo (1936-1964) y sus estudios críticos sobre poesía en general, poesía española y poesía
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 inglesa del siglo XIX; Rafael Alberti (1902), premio Nacional de Literatura en 1925 por Marinero
 en tierra, premio Cervantes en 1983, autor, entre otros, de un poemario como Yo era un tonto y lo
 que he visto me ha hecho dos tontos (1929), en el que rinde homenaje a actores del cine mudo
 (Buster Keaton, Charles Chaplin, Harold Lloyd); Gerardo Diego (1896-1987), partícipe junto con
 Juan Larrea del ultraísmo, realizó en 1932 una antología de la Poesía española contemporánea
 1915-1931 y escribió Versos humanos (1925), canciones, sonetos, odas y una Fábula de Equis
 y Zeda (1932), homenaje paródico al gusto barroco por las fábulas mitológicas. Mención aparte
 merecen escritores como Emilio Prados (1899-1962) y Manuel Altolaguirre (1905-1959),
 fundadores de la revista Litoral. Muchos de los escritores del 27 debieron exiliarse al estallar la
 Guerra Civil española: Salinas en Puerto Rico, Emilio Prados y Luis Cernuda en México, Rafael
 Alberti en Argentina e Italia, Manuel Altolaguirre en Cuba y México.

 Aunque siempre se habla de poesía al hacer referencia a la generación del 27, cabe recordar que
 algunos de los poetas ya citados también escribieron en prosa narrativa y no sólo poética. Es el
 caso de Pedro Salinas (Víspera del gozo, La bomba increíble), Luis Cernuda, Rafael Alberti,
 Dámaso Alonso, José María Hinojosa. Hubo dos vertientes principales: la novela lírico-intelectual y
 la humorística. En la primera destacan Benjamín Jarnés (Paula y Paulita y Locura y muerte de
 Nadie, de 1929; Teoría del zumbel, de 1930); Antonio Espina (Pájaro pinto, 1927, y Luna de
 copas, 1929); Mauricio Becarisse (Las tinieblas floridas, 1927, y Los terribles amores de
 Agliberto y Celedonia, 1931), entre otros. Dentro de la novela de humor, un buen ejemplo es el de
 Enrique Jardiel Poncela, sobre todo con Amor se escribe sin hache, ¡Espérame en Siberia, vida
 mía! y Pero… ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?, escritas entre 1928 y 1931, muy próximas a
 la obra de Gómez de la Serna y Fernández-Flórez.

 6. LITERATURA DEL EXILIO
 La escrita por los españoles que marcharon al exilio después de la derrota en la Guerra Civil
 española (1936-1939) y que, regresados o no a España, vivieron con ese carácter hasta la
 muerte de Francisco Franco (1975). La mayor parte de ellos se afincaron en países
 hispanoamericanos, aunque también en Estados Unidos (Jorge Guillén, Federico de Onís,
 Américo Castro, Pedro Salinas), en París (Jorge Semprún), en la Unión Soviética y en otros
 países.

 La actividad de estos exiliados fue múltiple: creación literaria, fundación de revistas y editoriales,
 cátedras universitarias, periodismo, orientación de grupos y renovación de tendencias. Su ámbito
 lingüístico fue mayoritariamente español, pero hubo también escritores en gallego (Eduardo
 Blanco Amor, Rafael Dieste, Alfonso Rodríguez Castelao) o en catalán (Josep Carner, Joaquín
 Xirau).

 Entre las revistas literarias y de pensamiento fundadas por exilados cabe recordar: en México,
 Nuestra España, La España peregrina, Taller (dirigida por el mexicano Octavio Paz), Romance,
 Ultramar, Cuadernos Americanos; en Argentina, Pensamiento español, Correo literario,
 Realidad, Galeuzca; en Cuba, Atentamente; en Colombia, Espiral; en Venezuela, España; en
 Chile, España libre; en Uruguay, Temas; en París, Libre, Cuadernos de Ruedo Ibérico.

 En materia de editoriales, en México, aparece Séneca y en cierta medida, el Fondo de Cultura
 Económica; en Cuba, La Verónica; en Argentina, Losada, Sudamericana, Emecé, Santiago
 Rueda y Bajel.
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 La lista de escritores emigrados sería interminable, y se han publicado algunos censos y obras de
 carácter bibliográfico, que recogen algunas listas, casi todas ellas incompletas.

 Notable, por el trabajo previo realizado, y la fecha de su publicación es la obra impresa de Los
 intelectuales españoles en América (1936-1945) de Julián Amo y Charmion Shelby, con prólogo
 de Alfonso Reyes, elaborada en la Biblioteca del Congreso, de Washington, editada por la
 Standford University Press (1950) y reimpresa en Madrid (1994).

 En el exilio republicano estuvieron representantes de todas las formas literarias, corrientes y
 estilos, de todas las escuelas y tendencias. En poesía, se exiliaron la mayor parte de los
 componentes de la generación del 27. También se exiliaron algunos que, sin tomar decidido
 partido por algún bando en pugna, se alejaron de la España en conflicto: José Ortega y Gasset,
 Ramón Pérez de Ayala, Gregorio Marañón, Azorín, Pío Baroja. Caso especial es el de Antonio
 Machado, que permaneció fiel a la República hasta el último momento y encerrado en un campo
 de concentración, murió en Francia al poco de llegar.

 Algunos de estos escritores, aparte de seguir cultivando su memoria personal y colectiva y el
 recuerdo, intelectivo o apasionado de la patria lejana, produjeron obras de tema americano como
 Max Aub, Francisco Ayala o Ramón Sender.

 7. LITERATURA HISPANOAMERICANA
 La revolución mexicana, iniciada en 1910, coincidió con un rebrote del interés de los escritores
 latinoamericanos por sus características distintivas y sus propios problemas sociales. A partir de
 esa fecha, y cada vez en mayor medida, los autores latinoamericanos comenzaron a tratar temas
 universales y, a lo largo de los años, han llegado a producir un impresionante cuerpo literario que
 ha despertado la admiración internacional.

 7.1. Poesía

 En el terreno de la poesía, numerosos autores reflejaron en su obra las corrientes que clamaban
 por una renovación radical del arte, tanto europeas —cubismo, expresionismo, surrealismo—
 como españolas, entre la cuales se contaba el ultraísmo, denominación que recibió un grupo de
 movimientos literarios de carácter experimental que se desarrollaron en España a comienzos del
 siglo. En ese ambiente de experimentación, el chileno Vicente Huidobro fundó el creacionismo,
 que concebía el poema como una creación autónoma, independiente de la realidad cotidiana
 exterior, el también chileno Pablo Neruda, que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1971,
 trató, a lo largo de su producción, un gran número de temas, cultivó varios estilos poéticos
 diferentes e incluso pasó por una fase de comprometida militancia política, y el poeta colombiano
 Germán Pardó García alcanzó un alto grado de humanidad en su poesía, que tuvo su punto
 culminante en Akróteras (1968), un poema escrito con ocasión de los Juegos Olímpicos de
 México. Por otro lado, surgió en el Caribe un importante grupo de poetas, entre los que se
 encontraba el cubano Nicolás Guillén, que se inspiraron en los ritmos y el folclore de los pueblos
 negros de la zona.

 La chilena Gabriela Mistral, premio Nobel de Literatura (1945) otorgado por primera vez a las
 letras latinoamericanas, creó una poesía especialmente interesante por su calidez y emotividad,
 mientras que en México el grupo de los 'contemporáneos', que reunía a poetas como Jaime
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 Torres Bodet, José Gorostiza y Carlos Pellicer, se centró esencialmente en la introspección y en
 temas como el amor, la soledad y la muerte. Otro mexicano, el premio Nobel de Literatura de
 1990 Octavio Paz, cuyos poemas metafísicos y eróticos reflejan una clara influencia de la poesía
 surrealista francesa, está considerado como uno de los más destacados escritores
 latinoamericanos de posguerra, y ha cultivado también la crítica literaria y política.

 7.2. Teatro

 El teatro continuó su proceso de maduración en gran cantidad de ciudades latinoamericanas, en
 especial Ciudad de México y Buenos Aires, en las que se convirtió en un importante vehículo
 cultural, y vivió un periodo de afianzamiento en otros países, como Chile, Puerto Rico y Perú. En
 México pasó por una completa renovación experimental, representada por el Teatro de Ulises
 (que comenzó en 1928) y el Teatro de orientación (en 1932), activados por Xavier Villaurrutia,
 Salvador Novo y Celestino Gorostiza, y que culminaría con la obra de Rodolfo Usigli y continuaría
 con la de un nuevo grupo de dramaturgos, con Emilio Carballido a la cabeza. Por otro lado, entre
 los más destacados autores de teatro argentinos se encuentra Conrado Nalé Roxlo.

 7.3. Ensayo

 Los ensayistas posteriores al modernismo han sido muy activos, han adoptado una dirección
 nacionalista y más universal, y han ofrecido una gran variedad de puntos de vista intelectuales. La
 generación del Centenario de la Independencia de 1910 tuvo representantes como José
 Vasconcelos, conocido por su sueño utópico de una "raza cósmica" (La raza cósmica, 1925), el
 erudito dominicano Pedro Henríquez Ureña, autor de Ensayos en busca de nuestra expresión
 (1928) y Alfonso Reyes, supremo mexicano universal, humanista completo y autor de Visión de
 Anáhuac (1917). Por otro lado, el ensayista colombiano Germán Arciniegas sobresale como un
 cualificado intérprete de la historia en El continente de siete colores (1965) y el argentino
 Eduardo Mallea, autor de Historia de una pasión argentina (1935), destaca entre los novelistas
 de ese país.

 7.4. Narrativa

 A partir de comienzos de siglo, la novela latinoamericana en español ha experimentado un
 enorme desarrollo que ha pasado por tres fases: la primera, dominada por una gran
 concentración en temas, paisajes y personajes locales se vio seguida por otra en la que se
 produjo una extensa obra narrativa de carácter psicológico e imaginativo ambientada en
 escenarios urbanos y cosmopolitas, para llegar finalmente a una tercera en la que los escritores
 adoptaron técnicas literarias contemporáneas, que condujeron a un inmediato reconocimiento
 internacional y a un continuo y creciente interés por parte del mundo literario.

 La narrativa de carácter regional tuvo en el argentino Ricardo Güiraldes, autor de Don Segundo
 Sombra (1926), la culminación de la novela de gauchos; al colombiano José Eustasio Rivera
 creador de La vorágine (1924), de la novela de la jungla y al venezolano Rómulo Gallegos Freire,
 autor de Doña Bárbara (1929), de la novela de las planicies. La revolución mexicana inspiró a
 novelistas como Mariano Azuela, autor de Los de abajo (1915), y a Gregorio López, que escribió
 El indio (1935). La situación de los indígenas atrajo el interés de numerosos escritores
 mexicanos, guatemaltecos y andinos, como el boliviano Alcides Arguedas, que trató el problema
 en Raza de bronce (1919), y el peruano Ciro Alegría, autor de El mundo es ancho y ajeno
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 (1941), mientras que el diplomático guatemalteco Miguel Ángel Asturias, que recibió en 1966 el
 Premio Lenin de la Paz y en 1967 el Premio Nobel de Literatura, se reveló como un excelente
 autor de sátiras políticas en su obra El señor presidente (1946).

 En Chile, Eduardo Barrios se especializó en novelas psicológicas como El hermano asno
 (1922), y Manuel Rojas se alejó de la novela urbana y cultivó una especie de existencialismo en
 Hijo de ladrón (1951). Otros escritores, entre los que se cuenta María Luisa Bombal, autora de la
 novela La última niebla (1934), cultivaron el género fantástico.

 En Argentina, Manuel Gálvez escribió una novela psicológica moderna acerca de la vida urbana,
 Hombres en soledad (1938). En este país, así como en Uruguay, se desarrolló una rica corriente
 narrativa donde se hacía gran énfasis tanto en los aspectos psicológicos como fantásticos de la
 realidad. Así, el argentino Macedonio Fernández abordó el absurdo en Continuación de la nada
 (1944), mientras que Leopoldo Marechal escribió una novela simbolista, Adán Buenosayres
 (1948), y Ernesto Sábato una novela existencial, El túnel (1948). Jorge Luis Borges, por otro lado,
 fue en sus comienzos un poeta ultraísta y, más tarde, se convirtió en el escritor más importante de
 la Argentina moderna, especializado en la creación de cuentos (Ficciones, 1945), traducidos a
 numerosos idiomas. Colaboró en varias ocasiones con Adolfo Bioy Casares y despertó el interés
 por la novela policiaca complicada y por la literatura fantástica. Bioy Casares fue pionero en el
 terreno de la novela de ciencia-ficción con La invención de Morel (1940), y el uruguayo Enrique
 Amorim inauguró la novela policiaca larga con El asesino desvelado (1944). Otro de los
 escritores que obtuvieron inmediato reconocimiento internacional por su brillantez y originalidad
 fue el argentino Julio Cortázar, en especial debido a su antinovela experimental Rayuela (1963).
 Entre los autores uruguayos centrados en la novela psicológica urbana se encuentran Juan Carlos
 Onetti con El astillero (1961) y Mario Benedetti con La tregua (1960).

 La nueva novela mexicana evolucionó a partir del crudo realismo como consecuencia de la
 influencia de escritores como James Joyce, Virginia Woolf, Aldous Huxley y, especialmente, John
 Dos Passos y William Faulkner. Con un escenario y una trama de carácter local, a la que
 añadieron nuevas dimensiones psicológicas y mágicas, José Revueltas escribió El luto humano
 (1943) y Agustín Yáñez Al filo del agua (1947). Juan Rulfo escribió en un estilo similar su Pedro
 Páramo (1955), mientras que Carlos Fuentes, en La región más transparente (1958), alterna lo
 puramente fantástico y psicológico con lo regional, y Juan José Arreola, autor de Confabulario
 (1952), destaca por sus fantasías breves, de carácter alegórico y simbólico. Otros novelistas han
 experimentado con técnicas multidimensionales, como, por ejemplo, Vicente Leñero, creador de
 Los albañiles (1964), y Salvador Elizondo, que escribió Farabeuf (1965).

 Entre los restantes novelistas latinoamericanos que han escrito en español y que han conseguido
 reconocimiento internacional, el antiguo regionalismo ha sido superado por nuevas técnicas,
 estilos y perspectivas extremadamente variadas. La etiqueta estilística 'realismo mágico' se
 puede aplicar a muchos de los más destacados narradores —aquellos capaces de descubrir el
 misterio que se esconde tras los acontecimientos de la vida cotidiana. El novelista cubano Alejo
 Carpentier añadió una nueva dimensión mitológica a la novela ambientada en la jungla en Los
 pasos perdidos (1953), al tiempo que su compatriota José Lezama Lima consiguió crear en
 Paradiso (1966) un denso mundo mitológico de complejidad neobarroca. Por otro lado, el
 peruano Mario Vargas Llosa descubrió a sus lectores variadas perspectivas escondidas en el
 aparentemente cerrado mundo de una academia militar en La ciudad y los perros (1962),

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 mientras que el colombiano Gabriel García Márquez, galardonado con el Premio Nobel en 1982,
 se dio a conocer internacionalmente con su novela Cien años de soledad (1967), en la que, a
 través de una mágica e intemporal unidad, logró transcender el ámbito puramente local en el que
 se desarrolla la trama narrativa. Con la obra de estos escritores, la novela latinoamericana escrita
 en español no sólo alcanzó su mayoría de edad, sino que parece estar atrayendo la atención de
 un público internacional cada vez más numeroso.



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                          Última actualización: 13 de marzo de 2003




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