CARTA AL CIELO A JULIA VELAZQUEZ GUTIERREZ 070131
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Enero 30, 2007
Madre:
Hace un año, mañana 31 de enero a las 9:00 hrs. Me llamó por teléfono Lalo, tu sexto
hijo, el menor, mi hermano, para avisarme que te había encontrado muerta en tu cama.
Preparé mi ausencia de la imprenta y después de medio día, acompañado de Martha, mi
esposa, llegamos a tu casa. Te encontré dentro del féretro. Tu cara expresaba paz y
tranquilidad.
Cuando Esther, tu tercera hija, mi hermana, notó que no salías desde temprano de tu
casa, como acostumbrabas, te tocó, no contestaste y le llamó a Lalo, quien tiene llaves
de tu casa pero aún así para poder entrar tuvieron que romper el vidrio de la puerta,
porque pusiste seguro por dentro.
Después de levantarte, vestir y arreglar debes haberte sentido mal y te recostaste. Lalo te
encontró en una esquina de la cama, boca arriba y el brazo derecho colgando. En tu
regazo estaba Frida, la perrita de Erick, tu nieto, hijo de Jorge, tu segundo hijo, mi
hermano. Tu cuerpo aún estaba tibio.
Desde mi llegada a tu casa hasta el velorio tuve oportunidad de hablar de ti con varias
personas.
América, la médico que te estuvo atendiendo en el pasado más reciente me explicó que
habías muerto por un paro cardiaco.
Meche, la señora que te ayudaba en la limpieza, fue muy extensa en su plática. Ella
estuvo contigo la noche anterior a tu muerte. Estabas preocupada porque te sentías
cansada y adormilada. En misa te habías quedado dormida. La médico te dio un
medicamento que te provocó más sueño. Además estabas mortificada porque necesitabas
un electrocardiograma y no tenías dinero para pagarlo. Yo te había prometido depositarte
el dinero, cuando hablaste conmigo una noche antes.
Meche me dijo que te gustaba comer bueno, lo mejor y el precio no te importaba.
Agregó que te sentías muy orgullosa de tener un hijo como yo. También te quejaste del
abandono en que te tenían mis demás hermanos.
Areli, tu nieta, hija de Paty, tu quinta hija, mi hermana, me dio su versión. Llegó en
cuanto se enteró de tu muerte. Te encontró acompañada de Lidia, tu primer hija y Esther.
Quienes intentaban quitarte los anillos que tenías en tus dedos, cosa que impidió.
Areli habló contigo la noche anterior y te quejaste de que "alguien te estaba haciendo la
vida de cuadritos": las cobijas de uno de tus perros aparecía mojada cuando tu te
ausentabas. Hermino o Luis eran lo posibles sospechosos de la broma de mal gusto.
Luis, tu yerno, esposo de Esther, no te hablaba. Hermilo, esposo de Angélica, tu nieta,
hija de Esther te había ofendido días antes. Ni Angélica ni Esther se daban por enteradas
y no intercedieron para defenderte. Viviste tus últimos días en un calvario rodeada de
gente que te necesitaba pero también te odiaba.
Erick, tu nieto, manifestó que él iba a darte el dinero necesario para tu
electrocardiograma. Ahora que haz perdido la vida parece ser que muchos iban a salir en
tu auxilio.
Tu muerte fue rápida y sorpresiva, como si te hubieras sumergido en un largo y profundo
sueño. Si yo pudiera elegir la forma de morir escogería la tuya. Cuánta gente muere
violentamente o después de largas agonías. A tus más de 80 años, moriste íntegra. Fuerte
físicamente y mentalmente lúcida.
La noche en que te velamos dormí en tu cama. Es un lugar mullido y cálido. No sentí
frío. Entre muchas de mis mortificaciones, cuando pensaba en ti, estaba el imaginarte
sola en tu casa, en tu cama, pasando frío. Después de eso sentí un gran alivio.
Llegó mucha gente a tu velorio. No hubo espacio para tantas flores. Una buena parte la
llevaron al patio trasero. No me imaginé que te conociera tanta gente. Para la mayoría tu
muerte repentina fue una sorpreza.
Fuiste enterrada en la misma tumba de tu esposo Francisco Vega Pacheco, mi padre, en
Xochitepec. Me enteré de parte de Areli que tu no querías ser enterrada tan lejos de los
tuyos, pero nadie, excepto Esther hizo algo para elegir el lugar donde tus restos mortales
descansarán.
Al retornar a tu casa todos tus hijos, mis hermanos, hicimos un pacto: olvidaríamos todo
lo sucedido en la relación contigo y los demás, para bien o para mal, y haríamos todo lo
necesario para mantener una relación franca y cordial entre nosotros. Y así ha sido. Cada
mes nos reunimos para atender los asuntos que dejaste pendiente, tus deudas, tu falta de
testamento. En la última reunión Lalo, que es quien lleva el control de los ingresos y
gastos nos informó que se había terminado de pagar el último préstamo que pediste. Lo
que se recolecta por las rentas de Angélica, Luis y Javier se va a destinar en el futuro
para rehabilitar el aplanado de las paredes. Vamos a intentar rentar para oficinas tu casa.
¿Te imaginas que todo esto hubiera sucedido cuando vivías? Pero no, cada hijo se
encerró en su propia problemática y tu viviste sola y limitada económicamente los
últimos días de tu existencia. "Qué ironía".
En las reuniones de tus hijos, mis hermanos, también nos platicamos la forma como la
vida nos trata.
En las últimas visitas que te hice, acompañado de Martha, mi esposa, nos regalaste
platos, cucharas, ollas, cacerolas, adornos... Casi estoy seguro que tu ya presentías tu
muerte y quisiste dejar un recuerdo duradero. Lo lograste... Desde tu partida usamos la
vajilla que nos diste.
Todavía ahora, cuando el teléfono de la imprenta suena después de las 19:00 hrs., que es
la hora en que acostumbrabas llamarme, quisiera escuchar: "¿Ola Manolito... Cómo
estás?" y esa llamada ya nunca volverá a ser la tuya. Qué gran pesar oprime mi corazón
al no poder escucharte más.
Yo nunca pensé que tu ausencia definitiva me fuera a provocar tal pesar. La oportunidad
de convivir más contigo había terminado. No más contactos, no más comunicación. Que
lamentable. Creemos que vamos a vivir por siempre.
No tienes idea lo importante que fuiste en mi vida. Tus atenciones y cariño son parte
fundamental de la forma como enfrento la vida, soy un individuo seguro de mi mismo.
Es la mejor herencia que pude haber recibido.
Manuel Vega Velázquez, tu hijo consentido.