Liberalismo y ensayos políticos en el siglo XIX argentino

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					      Liberalismo y ensayos políticos en el siglo XIX argentino


Paula Alonso                         Marcela Ternavasio
George Washington University         Universidad Nacional de Rosario, CONICET




Prepared for delivery at the 2009 Congress of the Latin American Studies
Association, Río de Janeiro, Brazil, June 11-14, 2009.
                                                                                                               1


Introducción
No es original comenzar este ensayo afirmando que cualquier intento de narrativa histórica que tenga
por objeto el derrotero del liberalismo padece el problema de las definiciones. Un problema común
al tratamiento de muchos otros “ismos”, pero que en este caso asume especial relieve por los debates
que ha suscitado la cuestión liberal en los últimos años. 1 Las polémicas se han concentrado, entre
muchos otros aspectos, en una interrogación heurística clave: ¿es apropiado tomar como punto de
partida una definición? 2 El debate sigue abierto, como refleja muy bien el capítulo de José Antonio
Aguilar Rivera en este volumen. 3 Si bien su exposición nos exime de presentar aquí los argumentos
de dicho debate, no nos releva del dilema planteado. Reflexionar sobre el liberalismo en Argentina
durante el siglo XIX –o sobre cualquier otro país en el mismo período- implica tomar ciertas
decisiones respecto a cuáles aspectos consideramos pertinentes desarrollar en el marco de un
concepto que se presenta con cierta indeterminación y borrosidad para el período que nos ocupa. 4 Se
ha subrayado en muchas oportunidades que se trata de una ideología fácilmente permeable por
distintos lenguajes y escurridiza a definiciones precisas. La capacidad de absorción del liberalismo,
su tendencia a cobijar diversas tradiciones y, como consecuencia, su predisposición a generar
antagonismos entre sus propios sostenedores, es una característica común a casi todas las regiones
que fueron adoptando los así llamados principios liberales. Y el Río de la Plata no es una excepción a
la regla.
        No obstante, conviene subrayar desde el comienzo que, en el caso argentino, el liberalismo
no debió emprender con el mismo ahínco que en otras regiones la lucha por romper tradiciones
corporativas heredadas del pasado colonial ni fuertes disputas ideológicas que tuvieran por
contrincante a las instituciones eclesiásticas. Producto, en gran parte, de la condición marginal que
tuvo el Río de la Plata en ese pasado colonial, tales disputas –por cierto existentes durante el siglo
XIX- se mostraron mucho más atenuadas. De hecho, la tolerancia religiosa se impuso en 1825 y la                            Comment [FP1]: OK. Eliminamos la
                                                                                                                           nota.
Constitución de 1853 estableció la plena libertad de cultos, mientras la norma predominante en las
constituciones hispanoamericanas concedía sólo, a esa altura, la tolerancia para la práctica privada de
sus respectivos cultos. 5 Las políticas secularizadoras no contaron con la posibilidad de propiciar una
agitación de masas como sí ocurrió en ciertas regiones mexicanas y, avanzando en el siglo, el
liberalismo tampoco se vio amenazado por otras corrientes. La lucha partidaria no se desató entre
liberales y conservadores, y ni los grupos católicos ni eventualmente los socialistas representaron
temibles desafíos. Tales condiciones extremaron en el liberalismo local sus características inherentes,
haciendo menos necesario precisar sus principios y definir sus contornos. El liberalismo vernáculo se
presentó más poroso a ser atravesado por otras tradiciones y lenguajes y más templado frente a sus
1
  Una recopilación y reflexión sobre dichos debates puede verse en Alan Gibson, “Ancients. Moderns and Americans:
The Republicanism-Liberalism Debate revisited”, History of Political Thought, Vol. XXI, N.2, Summer, 2000. Para el
caso hispanoamericano véase: Antonio Annino, “El paradigma y la disputa. Notas para una genealogía de la cuestión
liberal en México y América hispánica”, Foro Iberoideas, http://foroiberoideas.cervantesvirtual.com.; José Antonio
Aguilar Rivera y Rafael Rojas, El republicanismo en Hispanoamérica. Ensayos de historia intelectual y política, México,
FCE-CIDE, 2002; Roberto Breña, El primer liberalismo español y los procesos de emancipación de América, 1808-1824.
Una revisión historiográfica del liberalismo hispánico, México, Colegio de México, 2006.
2
   Algunas de estas polémicas pueden consultarse en los recientes debates desarrollados en el Foro Iberoideas,
http://foroiberoideas.cervantesvirtual.com.
3
  José Antonio Aguilar Rivera, “Tres momentos liberales en México (1824-1890)”.
4
  Javier Fenández Sebastián, “Revolucionarios y liberales. Conceptos e identidades políticas en el mundo atlántico”, en
M.T. Calderón y C. Thibaud (coord), Las revoluciones en el mundo atlántico, Bogotá, Tuarus, 2006.
5
  Sobre la relación entre esfera eclesiástica y esfera política véase Roberto Di Stefano y Loris Zanatta, Historia de la
iglesia Argentina. Desde la conquista hasta fines del siglo XX. Buenos Aires, Grijalbo, 2000.
                                                                                                                 2


débiles adversarios; más maleable en manos de sus voceros y más propenso a generar conflictos
intrínsecos; más flexible a los deslices, desplazamientos y apropiaciones; y, eventualmente, más
fácilmente de ser socavado. 6
       Resulta problemático, entonces, cubrir el arco de todo un siglo si no se quiere caer en un
análisis esencialista que mida las experiencias según definiciones taxativas ni en un relato historicista
que escape a la naturaleza misma del problema sobre el cual se está reflexionando. El liberalismo,
por otro lado, ha sido objeto de estudios liminares en la historiografía argentina, cuyos fundamentales
aportes nos eximen de transitar sobre aspectos ya explorados y autores clásicos más conocidos. 7 En
una de las más recientes contribuciones sobre el tema, Darío Roldán proporciona un excelente estado
de la cuestión sobre los últimos estudios en torno al liberalismo argentino en el siglo XIX a los que
agrupa en cuatro grandes perspectivas de análisis. 8 La primera es aquella que engloba los trabajos
destinados a reflexionar en torno a los vínculos entre sociedad civil y Estado y donde se plantea la
problemática central de una sociedad civil débil frente a un Estado que exige fortaleza para “crear
una sociedad liberal”. La segunda perspectiva incluye autores que han analizado el liberalismo a
partir de los ensayos políticos desplegados en el siglo XIX y que comparten el rechazo de la imagen
canónica que delineó la historia del liberalismo argentino en términos de un camino inexorable en el
que los principios liberales (supuestamente consagrados por la revolución de mayo) habrían ido
venciendo los obstáculos presentados por una realidad resistente a su despliegue hasta triunfar,
finalmente, en 1912, al sancionarse la reforma electoral. El cuestionamiento de esta imagen está
presente también en los estudios que han abordado el tema desde otros ángulos, como los que –
siguiendo la clasificación de Roldán- han penetrado en los complejos vínculos entre tradición liberal
y tradición democrática, por un lado, y entre tradición liberal y tradición republicana, por el otro. Más
allá de la arbitrariedad que trae consigo toda clasificación y del dato obvio de que en tales
perspectivas los temas enunciados aparecen cruzados, es oportuno recordar que la reflexión en torno
a lo liberal y lo democrático se remonta a las primeras formulaciones de Bartolomé Mitre y
Domingo F. Sarmiento y que las mismas -pese a sus divergencias- han contribuido a consolidar la
imagen de que el desarrollo del liberalismo argentino tuvo la peculiaridad –frente a otros
liberalismos- de estar acompañado desde su origen por una aspiración igualitaria. Finalmente, los
trabajos que han explorado las tramas tejidas entre liberalismo y república proporcionan nuevas
distinciones analíticas que, hasta no hace mucho tiempo, aparecían confundidas en un discurso que
procuraba homogeneizar tradiciones y prácticas de naturaleza diferentes.
       En el presente ensayo nos proponemos recuperar los aportes recién señalados como asimismo
los resultados de nuestras investigaciones realizadas en los últimos años en el campo de la historia
política para trabajar sobre dos ejes que, además de articular el extenso período en estudio, presentan

6
  Elías Palti, “Las polémicas sobre el liberalismo argentino. Sobre virtud, republicanismo y lenguaje”, en Aguilar Rivera,
El republicanismo en Hispanoamérica; del mismo autor, “Orden político y ciudadanía. Problemas y debates en el
liberalismo argentino en el siglo XIX”, en Estudios Interdisciplinarios de América Latina y el Caribe, vol. 5, nº 2, 1994.
7
  Tulio Halperín Donghi, “Argentina: Liberalism in a country born liberal”, en J. Love y N. Jacobsen (eds.), Guiding the
Invisible hand. Economic liberalism and the State in Latin American History, New Cork, Praeger, 1988; Proyecto y
construcción de una Nación, Caracas, Ayacucho, 1980; “Liberalismo argentino y liberalismo mexicano: dos destinos
divergentes”, en Tulio Halperín Donghi, El Espejo de la Historia, Buenos Aires, Sudamericana, 1987; Natalio Botana, La
libertad política y su historia, Buenos Aires, Sudamericana, 1991; La tradición Republicana, Buenos Aires,
Sudamericana, 1984; El Orden Conservador. La política argentina entre 1880 y 1916, Buenos Aires, Sudamericana,
1985; Natalio Botana y Ezequiel Gallo, De la república posible a la república verdadera, Buenos Aires, Ariel, 1997;
Ezequiel Gallo, “Las ideas liberales en la Argentina”, en A. Iturrieta (ed.), El pensamiento político argentino
contemporáneo, Buenos Aires, GEL, 1994.
8
  Darío Roldán (coord.), La question libérale en Argentine au XIX siècle, Cahiers Alhim Amérique Latine, Histoire,
Mémoire), nº 11, Paris, Université Paris VIII, 2005.
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un amplio consenso -teórico e historiográfico- a lo hora de ser incluidos dentro de la tradición liberal.
Las siguientes páginas están destinadas, pues, a reflexionar sobre los principios de la representación
política y del gobierno limitado. Mientras que el primer eje retoma el tema del sufragio en sus
diversas manifestaciones, el segundo atiende a la discusión sobre distribución del poder tanto en
términos funcionales (a partir del concepto de división de poderes) como territoriales (a partir de la
antinomia centralización vs. autonomía/s). Nuestro objetivo consiste en reexaminar la naturaleza de
las disputas y tensiones que exhibieron los ensayos políticos sucedidos en el Río de la Plata durante
el siglo XIX al incorporar dos de los principios fundamentales del nuevo idioma liberal y, como
sabemos, de la también nueva gramática constitucional. 9 De hecho, después de 1810, los términos
liberal y constitucional se fueron convirtiendo en sinónimos o cuasisinónimos en todo el mundo
hispanoamericano 10 y, como ha puesto de relieve Tulio Halperín Donghi hace ya algunos años, a
diferencia del siglo XX, en el XIX “el liberalismo constitucional seguía, al cabo, siendo la única
ideología legitimante de la que disponían los Estados que debían su existencia misma a la ruptura con
el antiguo orden defendido en Europa por el legitimismo”. 11
        Estilizando al máximo los principales argumentos que pretendemos desarrollar aquí, podemos
afirmar que los conflictos políticos más virulentos sucedidos en el Río de la Plata durante el siglo
XIX no nacieron de antagonismos significativos sobre el carácter liberal de los principios que
postulaba el nuevo idioma constitucional sino de las prácticas políticas que se fueron configurando en
el más contingente escenario en el que se aplicaron tales principios. La representación política
canalizada a través de las elecciones fue modelando un espacio político en el que no se pudo
prescindir nunca de la legitimidad de origen fundada en el sufragio, pero cuya concreción dio lugar a
disputas que ponían en juego, básicamente, las divisiones internas de la propia elite gobernante. La
distribución del poder, por otro lado, en el nuevo contexto de competencia que abrían las elecciones,
exhibía sus propios dilemas. Tanto la dimensión territorial de esa distribución como la vinculada al
principio de división de poderes fueron focos de conflictos que, a lo largo del siglo, adoptaron
diversos formatos. No obstante, los intentos por resolver estas disputas no provinieron de proponer
modelos políticos alternativos de carácter conservador o reaccionario que postularan suprimir la
forma republicana de gobierno basada en un régimen representativo de base electoral muy amplia y
con división de poderes, sino de dotar a las prácticas en las que tales dispositivos se desplegaron de
diversos contenidos y significados.
        Como forma de organizar las páginas que siguen hemos dividido el siglo en dos grandes
arcos. El primero –al que hemos denominado “momento republicano”- se tensa desde la coyuntura
revolucionaria hasta la caída de Juan Manuel de Rosas en 1852, y el segundo –el “momento del
liberalismo constitucional”- retoma la coyuntura de 1850 para concentrarse en el período que se
extiende desde 1862, una vez alcanzada la unidad política, hasta el fin del siglo. Los subtítulos que
encabezan sendas partes proponen una clave de lectura para todo el período. Aún cuando los

9
  José Antonio Aguilar Rivera, En pos de la quimera. Reflexiones sobre el experimento constitucional atlántico. México,
FCE-CIDE, 2000.
10
   Javier Fernández Sebastián, “Liberalismos nacientes en el Atlántico iberoamericano. ‘Liberal’ como concepto y como
identidad política, 1750-1850” Ponencia presentada en el marco del Proyecto internacional de investigación “El mundo
atlántico como laboratorio conceptual (1750-1850)” en el Congreso "El lenguaje de la modernidad en Iberoamérica.
Conceptos en la era de las independencias", Madrid, 26 y 29 de septiembre de 2007. Sobre el derrotero del concepto
constitución en el Río de la Plata véase de Noemí Goldman “El concepto de ‘Constitución’ en el Río de la Plata (1750-
1850), en Javier Fernández Sebastián y Noemí Goldman (eds), Dossier El léxico de la política: el laboratorio conceptual
iberoamericano, 1750-1850, Araucaria, nº 17, 1º semestre de 2007.
11
   Tulio Halperín Donghi, “En el trasfondo de la novela de dictadores: la dictadura hispanoamericana como problema
histórico”, en Halperín Donghi, El Espejo de la Historia, p. 17.
                                                                                                                 4


desacuerdos abundan a la hora de definir qué era lo republicano y lo liberal en aquellos tormentosos
años, y admitiendo, además, que los idiomas políticos hablados por los actores aparecían combinados
–casi revueltos- en función de los problemas puntuales a los que se enfrentaban en cada coyuntura,
en la primera mitad del siglo XIX parece existir un predominio de la dimensión republicana sobre la
liberal mientras que en la segunda mitad lo republicano se fue haciendo más liberal. Esa dimensión
republicana abrevó en diversas tradiciones donde se cruzaron componentes del republicanismo
clásico, tópicos republicanos desplegados en el contexto de la monarquía católica y las más modernas
formulaciones procedentes de la república norteamericana. 12 Si bien en el tránsito del antiguo al
nuevo régimen, todas las nociones políticas se vieron sacudidas por la tormenta revolucionaria, es
preciso señalar que en las primeras décadas del XIX la más frecuente invocación a la república –en
cualquiera de sus modulaciones- no estuvo necesariamente articulada al conjunto de valores que se le
asignan al liberalismo. 13 Fue recién a mediados del siglo cuando el liberalismo apareció más
estrechamente vinculado a la dimensión republicana en la medida en que comenzó a considerarse
como un movimiento caracterizado por ideas, valores, principios, instituciones, prácticas y
tradiciones posible de ser opuesto como tal a otros que, aunque más débiles en el plano político,                            Comment [SU2]: Verificar que esta
                                                                                                                             es la palabra correcta.
reconocían raíces ideológicas diferentes. 14 Una deriva que se explica por la confluencia de diversos
                                                                                                                             Comment [FP3]:
factores pero que en gran parte devino del compromiso que las elites asumieron con el liberalismo –                          Cambiamos “pasible” por “possible”
también en sus diversas declinaciones- al hacer depender el progreso y desarrollo de la república,
ahora argentina, de aquel compromiso. 15
        Como veremos a continuación, durante la primera mitad del siglo el conflicto se desarrolló
básicamente en torno a la constitución misma del régimen político, en una coyuntura en la que tanto
los lenguajes como los Estados nacidos de la crisis imperial estaban en pleno proceso de formación.
Las querellas en torno a la definición del sujeto de imputación soberana -expresadas en el
antagonismo entre la vocación de autonomía de los pueblos versus la tendencia centralizadora que
invocaba el concepto de nación indivisible- estuvieron en la base de los conflictos que enfrentaron a
facciones políticas muy frágiles desde el punto de vista organizativo. La imposibilidad de alcanzar
en esas décadas un acuerdo constitucional no impidió que algunos de los dispositivos de organización
política postulados por el constitucionalismo liberal fueran gradualmente adoptados en algunos de los
ensayos republicanos sucedidos en esta etapa. En la segunda mitad del siglo, en cambio, el conflicto
se desplazó hacia los debates entre fuerzas políticas que, de manera más orgánica, disputaron en el
interior de poderes ya constituidos. Así, luego de cinco décadas de vida política sin la existencia de
un orden unificado ni de una constitución nacional, se alcanzó un acuerdo sobre la base de una
organización constitucional que establecía un régimen representativo, republicano y federal. El
consenso en torno a la constitución, sin embargo, coexistió con disensos respecto a los dos grandes
temas aquí desarrollados y que se expresaron en las luchas partidarias e incluso en el interior de los
partidos formados en esta etapa. Si el régimen representativo asumía nuevas valencias al instituirse

12
   Natalio Botana, en La Tradición Republicana, fue quien exploró más tempranamente la relación entre lo republicano y
lo liberal en el siglo XIX argentino, cuando el tema del republicanismo, en boga en otras latitudes, parecía una rareza en
nuestro medio historiográfico. Véase el más reciente aporte de Hilda Sabato, “La reacción de América: la construcción de
las repúblicas en el siglo XIX”, en Roger Chartier y Antonio Feros (comps.): Europa, América y el mundo: tiempos
históricos, Madrid, Marcial Pons, 2006.
13
   Sobre el concepto de república en la primera mitad del XIX véase el artículo de Gabriel Di Meglio, “República”, en
Noemí Goldman (coord), Lenguaje y Revolución. Conceptos políticos clave en el Río de la Plata, 1780-1850, Buenos
Aires, Prometeo, 2008.
14
   Fabio Wasserman, “Liberal-liberalismo”, en Noemí Goldman (coord), Lenguaje y Revolución.
15
   Tulio Halperín Donghi, “L’héritage problématique du libéralisme argentine’, en Darío Roldán (coord), La question
libérale en Argentine au XIX siècle.
                                                                                                         5


ahora a nivel nacional, la cuestión de limitar el poder volvía a plantearse en clave de su distribución
territorial. El término federal se llenó de nuevos contenidos afectando no solo al régimen político en
general sino también a la articulación partidaria alcanzada luego de la unificación.



El ‘momento republicano’.

En el transcurso de las cuatro décadas que siguieron a la revolución, los componentes republicanos y
liberales fueron adoptando diversas combinaciones y configuraciones. Centrándonos en los ejes aquí
bajo estudio , la primera mitad del siglo XIX puede ser periodizada en tres etapas: la primera, de
1810 a 1820, exhibió una situación republicana de hecho en la que confluyeron diferentes factores y
tradiciones; la segunda, de 1820 a 1835, se inició con la caída del poder central nacido en 1810 y con
la formación de las repúblicas provinciales; la tercera, de 1835 a 1852, presentó la consolidación de
un republicanismo unanimista bajo la hegemonía del régimen de Juan Manuel de Rosas.
       Durante la década de 1810, las transformaciones políticas derivadas de la crisis del orden                   Comment [SU4]: No podemos asumir
                                                                                                                    que los lectores saben.
colonial se desarrollaron en un contexto de guerra, que si bien comenzó como una guerra civil entre
                                                                                                                    Comment [FP5]:
los defensores y detractores del nuevo orden político impuesto en Buenos Aires, rápidamente                         Reemplazamos “década revolucionaria”
desembocó en una guerra de independencia contra la metrópoli. La paulatina desintegración del                       por 1810, pero no estamos seguras que el
                                                                                                                    comentario de ustedes se refería a una
antiguo régimen no implicó, sin embargo, su reemplazo inmediato por un nuevo ordenamiento                           cuestioón de periodización
político según las pautas del moderno constitucionalismo liberal. La coexistencia entre la antigua
legalidad hispánica y una nueva legalidad que hacía suyos los principios de la representación política
y de división de poderes fue el rasgo característico de esta etapa.
        Apenas producida la crisis de la monarquía, la cuestión de quién o quiénes eran los herederos
legítimos de la vacancia de la corona anudó inmediatamente el tema de la soberanía con el de la
representación política. Reemplazar provisoriamente la soberanía del rey implicó poner en marcha un
sistema de representación que pudiera legitimar la formación de los nuevos gobiernos que venían a
suplantar a los de la península. Las elecciones comenzaron, pues, a celebrarse, bajo diversos
reglamentos que recuperaban tanto la tradición política española como asimismo los nuevos
dispositivos que dejaban en disponibilidad las experiencias desplegadas en el mundo atlántico desde
fines del siglo XVIII. Pero ¿qué se representaba en esos ensayos electorales? La dimensión territorial
de la representación fue el tema prioritario en esos años, no sólo en el Río de la Plata sino en todo el
mundo hispanoamericano. 16 Las disputas nacidas en torno a quiénes debían estar representados se
dirimían, básicamente, entre cuerpos territoriales y tendencias que se definían alrededor del papel
que esos cuerpos debían asumir en el nuevo espacio político. Mientras las tendencias centralistas
otorgaban a la ciudad capital un rol rector, las autonomistas postulaban la representación de los
pueblos intentando mantener o redefinir las jerarquías heredadas del período colonial tardío, según
fueran las calidades de las jurisdicciones participantes de la disputa. Ciudades principales,
subalternas y pueblos de campaña reclamaban su ingreso al espacio de la representación política,
debatiéndose durante todo el período los criterios de dicha inclusión. Las nociones más tradicionales,
que postulaban distribuir el número de representantes según las jerarquías territoriales, se cruzaban
con pautas representativas de nuevo cuño que invocaban el principio de proporcionalidad entre
número de representantes y cantidad de población de cada jurisdicción. Estas últimas, aún cuando
comenzaron a predominar a partir de 1815 en el Río de la Plata, planteando una aritmética de la

16
  Sobre este tema véase Antonio Annino, “Soberanías en lucha”, en Antonio Annino, Luis Castro Leiva y François X.
Guerra, De los Imperios a las Naciones. Iberoamérica, Zaragoza, IberCaja, 1994.
                                                                                                                6


representación más vinculada a la variable demográfica que a la territorial, no lograron suprimir los
conflictos derivados de la segunda. 17
       La población representada no se percibía tanto en términos de los segmentos sociales que
participaban en el nuevo sistema a través del sufragio sino de los territorios que habitaban y debían
estar representados en el espacio político. A diferencia de las discusiones desarrolladas
acaloradamente en Europa, e incluso en algunas regiones hispanoamericanas durante el período aquí
tratado, el tema de quiénes quedaban respectivamente incluidos o excluidos del voto activo y pasivo
no preocupó sustancialmente a la elite rioplatense ni se elevó en un tópico generador de grandes
disputas. 18 El sufragio presentó desde un comienzo una base muy amplia y el voto pasivo no se vio
restringido por criterios demasiado taxativos de exclusión. Sin duda que esto no era ajeno a las
características de la sociedad rioplatense que, según afirmaba un publicista anónimo en 1820, no tenía
“un hábito de distinciones y de clases, y se observa una igualdad de fortunas: hay muy pocos ricos, pero
tampoco hay pobres” 19. Si bien esta definición estilizaba al máximo una situación más compleja y
exhibía una imagen más propia de la provincia de Buenos Aires y de las del litoral que de otras regiones
del ex virreinato, es cierto también que el derrotero de la representación política estuvo dominado por las
imágenes y pautas emanadas de la ciudad capital, aun cuando luego de 1820 dejara de tener tal calidad al
desmoronarse el poder central que, a duras penas, había sobrevivido a los avatares de la revolución y la
guerra de independencia durante la década revolucionaria. 20
       El protagonismo que durante esos años asumió la dimensión territorial de la representación era
en gran parte tributario del legado que dejaba por herencia la crisis de la monarquía. El componente
orgánico del contractualismo hispánico, que planteaba una noción de soberanía repartida entre
Corona y estados, no había sido erradicado por los intentos borbónicos de imponer una noción de
soberanía monista. En el contexto de crisis de la monarquía, las amplias autonomías territoriales y
corporativas desarrolladas en América tomaban el relevo. Soberanía y representación se anudaban,
pues, en un complejo juego de tensiones y dilemas que hacían difícil resolver el gran tema de cómo
organizar el nuevo orden político. Las opciones centralistas, federales o confederales fueronlas que
dividieron a los actores políticos del período con más virulencia. 21
       En el contexto de ese conflicto existía un problema directamente dependiente: los gobiernos
surgidos luego de 1810, con sede en Buenos Aires, asumieron desde el inicio una vocación de
supremacía, tanto con respecto a las jurisdicciones territoriales dependientes como a los cuerpos
heredados de la colonia. Una vocación que despertó de inmediato la preocupación por limitar el
poder nacido de la crisis imperial. Tal limitación provino en los primeros tramos revolucionarios de
la legalidad heredada. 22 En primer lugar, no es un dato menor el hecho de que los primeros gobiernos

17
   José Carlos Chiaramonte en colaboración con Marcela Ternavasio y Fabián Herrero, "Vieja y Nueva Representación.
Las elecciones en Buenos Aires 1810-1820", en Antonio Annino (Coord), Historia de las elecciones en Iberoamérica,
siglo XIX, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1995.
18
   Para contrastar con el caso mexicano véase Erika Pani, “¿La voz de la Nación? Los dilemas de la representación
política. México, 1808-1867”, Foro Iberoideas, http://foroiberoideas.cervantesvirtual.com.
19
   “Ilustración sobre las causas de nuestra anarquía y del modo de evitarla”, Don F.S dada a luz por un amigo suyo,
Buenos Aires, Imprenta de Phocion, 1820. En A.G.N, Sala 7, Colección Celesia, Impresos 1820, legajo 2472.
20
   Sobre representación política y procesos electorales en este período véase Marcela Ternavasio, La revolución del voto.
Política y elecciones en Buenos Aires, 1810-1852, Buenos Aires, Siglo XXI, 2002.
21
   El tema de la disputa en torno a la soberanía en el Río de la Plata durante este período ha sido desarrollado por José
Carlos Chiaramonte en “Acerca del origen del Estado en el Río de la Plata”, en Anuario IHES, Universidad Nacional del
Centro, Tandil, nº 10, 1995; Ciudades, provincias, estados: orígenes de la Nación Argentina (1800-1846), Buenos Aires,
Ariel, 1997.
22
   Sobre el gobierno limitado en el período revolucionario véase Marcela Ternavasio, Gobernar la revolución. Poderes en
disputa en el Río de la Plata, 1810-1816, Buenos Aires, Siglo XXI, 2007.
                                                                                                             7


autónomos sólo asumieron el depósito de la soberanía en nombre del rey cautivo y en tal calidad se
erigían en herederos provisionales del poder caído. 23 La condición de provisionalidad obligó a la elite
criolla a ser muy cautelosa y a moverse dentro de la legalidad heredada mientras tal situación
perdurara. Es por ello que los límites al nuevo poder no provinieron del principio de división de
poderes –aunque éste comenzaba a ser tímidamente enunciado por personajes como Mariano
Moreno- sino de la lógica jurisdiccionalista del antiguo orden colonial. Las juntas sucedidas luego de
1810 estuvieron limitadas en sus atribuciones por los cuerpos preexistentes más importantes –
especialmente por el cabildo de la capital- a la vez que invocaban como garantía contra el despotismo
el control mutuo entre sus miembros al hacer reposar la toma de decisiones en un gobierno de
muchos y no en una autoridad unipersonal. El ingreso del principio de división de poderes a fines de
1811 vino a complicar aún más la situación, puesto que el intento de aplicarlo en un contexto de
provisionalidad jurídica puso en juego el dilema de si una junta de ciudades tenía atribuciones para
modificar el orden vigente. La única vía legal y legítima para dar ese paso era convocar a un
congreso constituyente.
       De hecho, tal convocatoria se produjo a fines de 1812 y el congreso se reunió entre 1813 y
1815. Sin embargo, la asamblea no alcanzó los dos principales cometidos que se propuso: ni declaró
la independencia ni dictó constitución alguna. Los conflictos que tensionaron al congreso
constituyente hasta hacerlo caer por una revolución armada a comienzos de 1815 fueron los                                Comment [SU6]: Favor inclkuir
                                                                                                                         fecha: 1815?
derivados de la lucha entablada con aquellas regiones que se negaban a aceptar las tendencias
centralizadoras exhibidas por los grupos porteños que dominaban el congreso La cuestión de crear
un gobierno limitado según las pautas del nuevo idioma constitucional se mantenía atada a la
irresolución del problema de la soberanía en su doble dimensión: la que se refería al vínculo con la
metrópoli y la que derivaba de cuál debía ser el sujeto de imputación de tal soberanía en un contexto
de independencia. E l uso del plural los pueblos y del singular concepto de nación se articulaba, a su
vez, con la dimensión funcional de la distribución del poder. El principio de división de poderes fue
un tema que ocupó al congreso, entre otras cosas porque apenas comenzó a sesionar la asamblea
asumió el doble carácter de constituyente y legislativa mientras reglamentaba al nuevo poder
ejecutivo en manos primero de un triunvirato y luego de un Director supremo. Pero tal vez el dato
más relevante, en este sentido, fue el otorgamiento de facultades extraordinarias al ejecutivo por parte
del congreso a fines de 1813, en un contexto de guerra que daba todos los argumentos para
concentrar el poder en función de la amenaza externa.
       A partir de ese momento comenzaron a deslizarse dos tipos de equivalencias íntimamente
vinculadas: la que identificaba el gobierno constitucional con el gobierno limitado y la que
ensamblaba en el término concentración del poder la dimensión territorial y funcional. La primera
nacía de la experiencia constituyente de 1813-1815 y de la cada vez más clara conciencia de que
aplicar el principio de división de poderes como principal criterio para crear un gobierno limitado
requería de la garantía constitucional. Sólo un poder constituyente podía cambiar la legalidad del
orden vigente y reemplazar la lógica jurisidiccionalista imperante por una nueva razón
gubernamental basada en mecanismos uniformes de distribución del poder, internos al propio
gobierno. La segunda equivalencia también nacía de la experiencia constituyente al encontrarse
dominada por los grupos de tendencias centralistas con sede en la capital y al concentrarse el poder
en una autoridad ejecutiva unipersonal con atribuciones extraordinarias. Los diputados del interior se
vieron compelidos a abandonar su condición de representantes de sus pueblos al jurar en la asamblea

23
   Para un análisis de las derivaciones producidas en América en torno al problema del depósito de la soberanía en el
marco de la crisis monárquica puede consultarse José M. PortilloValdés, Crisis Atlántica. Autonomía e independencia en
la crisis de la monarquía hispana, Madrid, Marcial Pons, 2006.
                                                                                                            8


en nombre de la “nación” y se mostraron bastante reticentes frente al reemplazo del triunvirato por un
director supremo con amplias atribuciones.
       El segundo congreso constituyente reunido entre 1816 y 1820 logró despejar uno de los
principales escollos al declarar formalmente la independencia respecto de la metrópoli en 1816. Pero
no alcanzó a superar los dilemas políticos heredados. Sus sesiones se iniciaron con más cautela de la
que mostró tener el primer congreso respecto a la vocación de autonomía de los cuerpos territoriales,
al hacer jurar a los diputados en nombre de “los pueblos” a los que representaban y no de una
“nación” única e indivisible. No obstante, es preciso recordar que las jurisdicciones más conflictivas                  Comment [SU7]: Aquí estoy
                                                                                                                        sugeriendo cortar frases que encuentro
–las del litoral lideradas por el movimiento artiguista- no estaban representadas en la asamblea, y que                 muy largas y con las que corren el riesgo
a medida que transcurrían los debates sobre la futura organización del nuevo orden político, las                        de agotar a algunos lectores.
tendencias centralistas se hacían más evidentes. El centro de las discusiones en esos años pasó por la
futura forma de gobierno a adoptar. Más allá de las propuestas monárquicas constitucionales o
republicanas, el punto más conflictivo se planteó entre los que defendían un régimen centralista y los
que proponían un sistema de tipo confederal. 24
       Aunque a esa altura la cuestión de limitar el poder se identificaba cada vez más con el principio
de división de poderes, su formato dependía de la resolución de la forma de gobierno. De hecho,
cuando el congreso sancionó la Constitución de 1819 evitó definir la forma de gobierno pero no pudo
ocultar el carácter centralista de la organización resultante. En el Manifiesto de presentación se
advertía que la constitución organizaba de “un modo mixto los poderes legislativo, ejecutivo y
judicial” en la medida en que los “dividía” al mismo tiempo que los “equilibraba”. 25 Ese intento de
crear poderes equilibrados –en sintonía con los modelos anglosajones de gobierno mixto (en su
variante británica) o de pesos y contrapesos (en su variante norteamericana)- se frustró casi en el
mismo momento de nacer, en gran medida por reducirse al plano de la división de poderes y no
contemplar el equilibrio en la esfera más conflictiva: la que debía conciliar los intereses de los
pueblos con el poder central. Para las provincias no se contemplaba ni división de poderes en sus
jurisdicciones ni autoridades electivas. Esa sola disposición fue suficiente para disparar el conflicto
que terminó con la experiencia constitucional. Las fuerzas militares de los pueblos del Litoral, que
desde 1815 jaqueaban al gobierno directorial, dieron por tierra -en nombre de la autonomía de los
pueblos y del federalismo- con la constitución, el congreso y el gobierno. En 1820 desaparecía el
frágil poder central creado en 1810.
       La experiencia de aquella década de revolución y guerra exhibió, respecto al tema que nos
ocupa, ciertos rasgos que es oportuno destacar. El primero ha sido ya señalado: tanto la
representación política como la distribución del poder siguieron al comienzo los trazos de la antigua
legalidad hispánica a la vez que se fueron transformando según los criterios del liberalismo
constitucional. Estos desplazamientos en el plano de la representación se produjeron sin mayores
disputas. Tal vez el aspecto más conflictivo se produjo en torno a cómo distribuir y limitar el nuevo
poder surgido en 1810. En este punto, la antigua lógica jurisdiccionalista -jerárquica y heterogénea-
colisionaba con los nuevos principios liberales. Aquella potenciaba la pervivencia de antiguas
instituciones y cuerpos destinados a limitar y controlar al nuevo poder revolucionario sin que esto
significara una distribución de funciones de gobierno. Los nuevos principios liberales postulaban
instaurar regulaciones internas, con un trazado uniforme basado en la división de poderes,

24
   Noemí Goldman, “Formas de gobierno y opinión pública, o la disputa por la acepción de las palabras, 1810-1827”, en
Hilda Sabato y Alberto Letieri (comp), La vida política en la Argentina del siglo XIX. Armas, votos y voces. Buenos
Aires, FCE, 2003.
25
    “Manifiesto del Soberano Congreso general Constituyente de las Provincias Unidas en Sud América al dar la
Constitución”, Asambleas Constituyentes, tomo 6, 2º parte, p. 725.
                                                                                                                   9


garantizado por una constitución escrita. El pasaje de una pluralidad de poderes en disputa –cabildos,                         Comment [SU8]: Favor vefoificar que
                                                                                                                               he interpretado correctivamente, aquello
audiencia, juntas- a la reunión de un congreso constituyente fue el punto más conflictivo. Pero el                             de “la primera” y la “segunda” –en este
problema no devenía de cuestionar la naturaleza de los principios que debían regir la nueva legalidad                          caso deberían ser “los segundos”.
                                                                                                                               Sugiero dividir la frase para su mejor
sino de la dificultad por aceptar la noción misma de poder constituyente. Un problema derivado de la                           lectura. Estamos de acuerdo con la
dimensión territorial de la soberanía y no del cuestionamiento al nuevo idioma constitucional.                                 modificación.
       El segundo rasgo a subrayar es el siguiente: que. en un contexto de esa naturaleza, se produjo
una situación republicana de hecho en la que confluyeron diversos componentes. Otros historiadores
han destacado ya la presencia de los tópicos del republicanismo clásico en los discursos exhibidos
durante esa coyuntura, tanto a escala hispanoamericana como rioplatense, actualizados en una
situación de guerra que exaltaba los valores de la libertad, el honor y la virtud. 26 Pero es oportuno
agregar que la situación republicana a la que hacemos referencia alude, además, a la demanda de las
comunidades locales para autogobernarse y a la invocación de que las acciones del cuerpo político
debían ser decididas por la voluntad de sus miembros como conjunto. Ambos elementos –la
exaltación de los valores de la comunidad territorial a nivel local y el ejercicio del autogobierno, que
por otro lado habían sido parte fundamental del patriotismo criollo desplegado desde el siglo XVII en
Hispanoamérica- se inscribían tanto en la tradición contractualista de la monarquía católica como en
la tradición del humanismo cívico. Tal como han destacado recientemente Antonio Annino y Carlos
Garriga en diferentes contribuciones, en América se advierte una confluencia de tales tradiciones en
la medida en que compartían lenguajes, motivos, ideas y prácticas. 27 En el marcode la peculiar crisis
a la que se vio sometido todo el imperio, donde la acefalía de la Corona –un hecho inédito e
inesperado- liberó las tendencias al autogobierno, las comunidades territoriales se comportaron como
pequeñas repúblicas en el sentido recién asignado. Tal comportamiento derivaba, en gran parte, de
esa tradición hispánica que compartía los mismos textos de autoridad y una matriz común con el
republicanismo clásico, pero enfrentada ahora a los intentos de imponer una nueva gramática del
poder por parte de los gobiernos revolucionarios.
        Con dicha gramática penetraban los componentes del constitucionalismo liberal en formato
republicano –aquí los debates se concentraron en las novedades que proveía la nueva ingeniería
institucional de la república norteamericana. La difusión en la prensa periódica de la constitución de
Filadelfia como asimismo de las constituciones estaduales norteamericanas mostraba –especialmente
después de 1815- la posibilidad de resolver la disputa por la soberanía en el marco de una república
representativa, federal y con un sistema de frenos y contrapesos para delinear el principio de división
de poderes. 28 Si bien el modelo norteamericano circulaba junto a otros procedentes de las monarquías
constitucionales –la experiencia gaditana y el gobierno mixto británico fueron sin dudas los más
transitados- los devaneos monárquico-constitucionales exhibidos por algunos periódicos y por el
segundo congreso constituyente reunido entre 1816 y 1820 -en el clima más conservador de la
Restauración monárquica en Europa- no fueron suficientes para que la monarquía constituyera una
alternativa viable, ni siquiera como ensayo efímero como ocurrió en México.



26
   Para el caso rioplatense véase de Natalio Botana, “Las transformaciones del credo constitucional”, en A. Annino, L.
Castro Leiva y François X. Guerra, De los Imperios a las Naciones; Fernando Aliata, La ciudad regular. Arquitectura,
programas e instituciones en el Buenos Aires posrevolucionario, 1821-1835. Buenos Aires, Universidad Nacional de
Quilmes, 2006; Gabriel Di Meglio, “República”.
27
   Antonio Annino, “1808. El ocaso del patriotismo criollo en México”, Historia y política, n° 19, 2008; Carlos Garriga,
“Patrias criollas, plazas militares: sobre la América de Carlos IV”, Revista de Estudios Histórico-juríridicos, n° 29, 2007.
28
   Marcela Ternavasio, Division of powers & divided sovereignty: the US experience in the River Plate periodical press
during independence, Working paper, Atlantic History: Soundings, Harvard University, 2005.
                                                                                                            10


     En un artículo reciente, Natalio Botana ofrece una clarividente interpretación sobre este período
que permite articular la cuestión republicana en sus dos vertientes con las disputas territoriales antes
mencionadas:

             Quebrado el vínculo monárquico, los cuerpos intermedios quedaron librados en América
             a su propia voluntad colectiva, pero debido a la memoria de aquel lazo perdido esa
             determinación soberana parecía también destinada a rehacer, con la ayuda de otros
             principios, las divisiones administrativas de aquel conjunto monárquico. Esta doble
             orientación dio origen, en una primera etapa, a dos conceptos de república. Por el
             primero, la república se confundía con la realidad de la ciudad y su expresión
             administrativa política, el cabildo; por el segundo, la república comenzaba a abrirse paso,
             en el plano de las ideas, por medio de proyectos de constitución que intentaban obtener el
             respaldo de algunas o de todas las ciudades (luego provincias, como se verá) involucradas
             en la trama de la ruptura con la Corona española. 29
                                                                                                                         Formatted: Justified, Line spacing:
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      La coexistencia de estos dos órdenes de repúblicas –la tradicional de la ciudad y la que remitía
a una nueva forma de gobierno- daría lugar, luego de la caída del poder central y de terminada la                        Formatted: Justified, Line spacing:
                                                                                                                         single, Don't adjust space between
guerra de independencia en el Río de la Plata en 1820, a la formación de nuevos cuerpos políticos –                      Latin and Asian text
las provincias- organizados según entramados institucionales que se asimilaban a la noción de
república representativa. Un entramado, sin embargo, en donde lo republicano aparecía reñido en
muchas experiencias con lo liberal. Según Botana había una peculiaridad en la forma republicana
que se iba desenvolviendo en estas soberanías independientes después de 1820: la de estar “mucho
más atentas al origen del poder que a su moderado ejercicio”. 30
 Las provincias rioplatenses se gobernaron de manera autónoma por más de tres décadas, y en todas                        Formatted: Justified, Line spacing:
                                                                                                                         single
ellas se sancionaron constituciones, reglamentos o un conjunto de leyes fundamentales. Todas
abrazaron el régimen representativo con una base electoral muy amplia (salvo algunas excepciones
como es el caso de Córdoba) y consagraron la división de poderes en sus normativas, con ejecutivos
unipersonales y legislaturas unicamerales. A diferencia de la década revolucionaria -donde las
comunidades políticas que demandaban el autogobierno tenían por base a las ciudades con cabildo, y
cuyos reclamos estaban más vinculados a las formas jurisdiccionalistas del antiguo régimen sin el
principio de diferenciación de funciones de gobierno-, las repúblicas provinciales formadas luego de
la caída del poder central asumían los principios del constitucionalismo liberal. Fue así como en
cada una de las provincias, comenzando por la de Buenos Aires, se fueron suprimiendo
paulatinamente los cabildos. Las repúblicas del antiguo orden colonial, con tradición de autonomía y
ejercicio colegiado del poder a través de un sistema de elección anual cooptativa, eran reemplazadas
por repúblicas de nuevo tipo.
      Este reemplazo significó una redefinición de los territorios. Ya no se trataba de un espacio                       Formatted: Justified, Line spacing:
                                                                                                                         single, Don't adjust space between
urbano capitular, con jurisdicción sobre una amplia campaña que sólo existía en su dependencia de la                     Latin and Asian text
ciudad, sino de un espacio político que representaba a ciudad y campaña, según principios que se
acercaban más a una aritmética de la representación basada en la variable demográfica. Significó
además una nueva concepción de distribución del poder. A la coexistencia, durante la década de                           Comment [SU9]: Estamos sugiriendo
                                                                                                                         en ocasiones recortar las frases para
1810, de un sistema que no reconocía la división de funciones entre autoridades y el derivado de una                     aligerarle la lectyra al lector, pues
                                                                                                                         sucesivas frases extensas pueden causar
                                                                                                                         fatiga
29
   Natalio Botana, “El primer republicanismo en el Río de la Plata, 1810-1826”, en Álvarez Cuartero, Izaskun y Sánchez
Gómez, Julio (eds.), Visiones y Revisiones de la Independencia Ibeoramericana. La Independencia de América: La
Constitución de Cádiz y las Constituciones Iberoamericanas, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2007.
30
   Natalio Botana, ibidem.
                                                                                                               11


distribución funcional en agencias y poderes distinguibles, le sucedió otro en que las provincias
tendieron a legalizar en la norma el principio de división de poderes haciendo desaparecer a la
institución capitular que en todos los casos competía jurisdiccionalmente con las nuevas autoridades
surgidas con la revolución. 31                                                                                               Comment [SU10]: Favor verificar
                                                                                                                             bien que los cambios sugeridos no
       Cabe destacar, sin embargo, que las tramas institucionales de las repúblicas provinciales                             desvirtúan lo que quieren decir. La frase,
resultaron ser más epidérmicas en algunos casos que en otros. Con esta afirmación no pretendemos                             de todas maneras, la encontramos algo
                                                                                                                             larga y confusa. Quizás sería mejor
medir el grado de acercamiento o desviación de las prácticas desarrolladas en cada provincia respecto                        revisar su redacción.
de las normas y leyes dictadas, sino destacar que en ellas convivieron de maneras diversas la
legalidad institucional -que recogía los principios del constitucionalismo liberal-, con situaciones
conflictivas que la historiografía tradicional había reducido a la imagen unívoca del caudillismo. 32 De
hecho, y a la luz de los nuevos estudios sobre casos provinciales, se registraron experiencias diversas.
Algunas fueron de mayor estabilidad institucional –cómo en Buenos Aires, Salta, Mendoza o
Corrientes durante la década de 1820. Hubo ensayos donde las legislaturas parecían ser meras juntas
consultivas y electoras de segundo grado para designar al gobernador –Santa Fe o Santiago del
Estero-, donde sus gobernadores permanecieron en el poder durante casi dos décadas bajo regímenes
que bien pueden asimilarse al del caudillo. Pero también se presentaroncasos en los que
prevalecieron la completa inestabilidad política – como el entrerriano donde se sucedieron más de
veinte gobernadores en el término de cinco años. 33                                                                          Comment [SU11]: Esta es otra frase
                                                                                                                             que sugerimos dividir por similares
       En el marco de esta heterogeneidad, queremos destacar dos datos: que las provincias surgidas                          razones. Favor verificar. Estam,os de
de la crisis de 1820 no se gobernaron en un vacío institucional, y que sus derroteros políticos                              acuerdo.
mostraron, al igual que en la década revolucionaria, la dificultad por establecer gobiernos limitados.                       Formatted: Justified, Line spacing:
La vocación de hegemonía y supremacía demostrada por algunos gobernadores o caudillos regionales                             single

aparecían reñidas con los principios invocados en sus entramados jurídicos, de los cuales, sin
embargo, no podían prescindir a la hora de legitimarse en el poder. Es más, tales principios fueron

31
   Marcela Ternavasio, “La supresión del Cabildo de Buenos Aires: ¿crónica de una muerte anunciada?”, en Boletín del
Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, 3º serie, nº 21, 2000; "Entre el cabildo colonial y el
municipio moderno: los Juzgados de Paz en el Estado de Buenos Aires, 1821-1854", en Marco Bellingieri (coord),
Dinámicas de antiguo régimen y orden constitucional. Representación, justicia y administración en Iberoamérica. Siglos
XVIII-XIX. Torino, Otto editore, 2000.
32
   Para una revisión del fenómeno del caudillismo en el Río de la Plata véase Noemí Goldman y Ricardo Salvatore,
Caudillismos rioplatenses. Nuevas miradas a un viejo problema. Buenos Aires, Eudeba/Facultad de Filosofía y Letras,
1998.
33
   En los últimos años, luego del pionero artículo de José Carlos Chiaramonte, “Legalidad constitucional o caudillismo: el
problema del orden social en el surgimiento de los estados autónomos del Litoral Argentino en la primera mitad del siglo
XIX” (en Desarrollo Económico, vol. 102, julio-setiembre, 1986), se han producido avances muy significativos en el
estudio de distintos casos provinciales para el período aquí trabajado. Entre muchos otros, caben destacar los siguientes:
Gustavo Paz, “Liderazgos étnicos, caudillismo y resistencia campesina en el norte argentino a mediados del siglo XIX”
en Goldman y Salvatore, Caudillismos latinoamericanos; Gabriela Tio Vallejo, Antiguo Régimen y liberalismo.
Tucumán, 1770-1830, Facultad de Filosofía y Letras de UNT, 2001; Irene García de Saltor, La construcción del espacio
político. Tucumán en la primera mitad del siglo XIX, Tucumán, Facultad de Filosofía y Letras, UNT, 2003; Silvia
Romano, "Poder y representación política en Córdoba (Argentina) a mediados del siglo XIX", S. Romano - V. Ayrolo,
Historia. UNISINOS, vol 5, Nº 4 Julio-diciembre, 2001; Sara Mata de López, Tierra y poder en Salta. El Noroeste
argentino en vísperas de la independencia, Salta, CEPIHA, 2005; Marcelo Marchionni, “La redefinición de los espacios
políticos en el proceso revolucionario. Salta en las primeras décadas del siglo XIX”, Historia Regional. Estudios de casos
y reflexiones teóricas, Salta, CEPIHA, EDUNSa, 2006; Ana Frega, Pueblos y soberanía en la revolución artiguista.
Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental; 2007; Sonia Tedeschi, Política e instituciones en el Río de la Plata. El caso
de Santa Fe entre 1819 y 1838, Tesis V Maestría en Historia Latinoamericana. Universidad Internacional de Andalucía,
2003; Inés Sanjurjo, La organización político-administrativa de la campaña mendocina en el tránsito del antiguo
régimen al orden liberal, Buenos Aires, Instituto de Investigaciones de Historia del Derecho, 2004; Beatriz Bragoni, Los
hijos de la revolución. Familia, negocios y poder en Mendoza en el siglo XIX, Buenos Aires, Taurus, 1999.
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apropiados en muchos casos para legitimar poderes casi dictatoriales. Así, el sufragio coexistía con
revoluciones armadas o la amenaza del uso de la fuerza, y el principio de división de poderes
convivía con el uso de instrumentos ad-hoc como la delegación de facultades extraordinarias en los
ejecutivos.
       Ahora bien, la llamada “feliz experiencia” por la que transitó la provincia de Buenos Aires a                           Formatted: Justified, Line spacing:
                                                                                                                               single, Don't adjust space between
comienzos de los años ’20, estuvo sin dudas caractrizada por un mayor grado de institucionalización                            Latin and Asian text
política. En un clima intelectual marcado por el eclecticismo -similar al descrito en este mismo
volumen por Eduardo Posada Carbó para la etapa “santanderista”, 34 donde confluyeron las corrientes
ilustradas, el doctrinarismo liberal, el utilitarismo, la Ideología y tópicos del republicanismo clásico-,
las reformas introducidas por el gobierno transformaron notablemente el espacio político. 35 Aunque
no se dictó en Buenos Aires una constitución provincial, sí se dictaron leyes fundamentales –como la
de sufragio amplio y directo, la que regulaba el funcionamiento del poder ejecutivo, el reglamento
interno de la Legislatura, la reforma religiosa, la libertad de imprenta. Tales leyes dotaron al régimen
político de un nuevo perfil. Las prácticas desplegadas en ese período consagraron a la división de
poderes como principio destinado a limitar el poder – especialmente al ejecutivo por parte de la
legislatura-, y afianzaron el ejercicio de la deliberación, tanto en el interior de la elite como en
sectores más amplios de la población. Dicha deliberación se desplegaba en las prácticas electorales –
tanto en la confección de las listas de candidatos como en la movilización de los votantes para la
elección de diputados a la Sala de Representantes-, en la prensa periódica –a través de la libertad de
imprenta vigente desde 1811 y reforzada luego de 1821- y en el interior de la legislatura como
órgano en el que se expresaba la soberanía popular. 36
         Durante aquellos años de le “feliz experiencia”, la prensa periódicahizo gala -más que nunca-
de los nuevos principios de organización política. El régimen representativo, la división de poderes,
la libre deliberación, el papel de la opinión pública, eran exaltados desde todos los rincones impresos.
Aquella deliberación no se vio perturbada en los primeros años de la década del ’20 por divisiones
facciosas pronunciadas, puesto que el consenso reunido por el Partido del Orden -liderado por el
grupo identificado con el ministro de gobierno, Bernardino Rivadavia-, no aparecía todavía
desafiado. No obstante, en 1822 comenzaron a advertirse algunas fisuras como resultado de la
reforma religiosa sancionada ese año. Dicha reforma, que seguía la tendencia ya presente en el
regalismo borbónico y en la política aplicada por los gobiernos de la revolución, consistió en la
supresión de algunas órdenes religiosas -cuyos bienes pasaron al Estado-, en la prescripción de normas
rígidas para el ingreso a la vida conventual, en la supresión de los diezmos -pasando el Estado a sostener
el culto- y en el sometimiento de todo el personal eclesiástico a las leyes de la magistratura civil. La

34
   Eduardo Posada Carbó, “El liberalismo colombiano del siglo XIX: de Francisco de Paula Santander a Carlos A.
Torres”.
35
   Sobre el clima intelectual rioplatense en los años ’20 véase: Jorge Myers, “La cultura literaria del período rivadaviano:
saber ilustrado y discurso republicano”, en Aliata, F. Y Munilla Lacasa, M.L. (Comp). Carlo Zucchi y el neoclasicismo
en el Río de la Plata, Buenos Aires, Eudeba, 1998; Klaus Gallo, “¿Reformismo radical o liberal?: la política rivadaviana
en una era de conservadurismo europeo, 1815-1830”, en Investigaciones y Ensayos, nº 49, 1999; “Un escenario para la
feliz experiencia. Teatro, Política y vida pública en Buenos Aires 1820-1827”, en G. Batticuore, K. Gallo y J. Myers
(comp.), Buenos Aires, Eudeba, 2005. Resonancias románticas. Ensayos sobre historia de la cultura argentina (1820-
1890); Beatriz Dávilo, Los derechos, las pasiones, la utilidad. Debate intelectual y lenguajes políticos en el Río de la
Plata, 1810-1827. Tesis Doctoral, Universidad de Buenos Aires, 2007.
36
   Marcela Ternavasio, “Construir poder y dividir poderes. Buenos Aires durante la “feliz experiencia” rivadaviana”, En
Boletín del Instituto de Historia Americana y Argentina "Dr. Emilio Ravignani”, tercera serie, nº 26, 2º semestre de 2004.
El tema de la opinión pública ha sido analizado por Noemí Goldman en “Libertad de imprenta, opinión pública y debate
constitucional en el Río de la Plata (1810-1827)”, en Prismas. Revista de historia intelectual, Universidad Nacional de
Quilmes, nº 4, 2000.
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reforma buscó atenuar la progresiva relajación de la vida conventual -acentuada con la politización que
impuso la Revolución en el interior del clero-, y centralizar el poder político ejerciendo un mayor control
sobre los diversos grupos y estamentos de la sociedad. 37
        Pero fue en el nuevo intento de organizar constitucionalmente el país cuando el consenso                              Formatted: Justified, Line spacing:
                                                                                                                              single
comenzó a agrietarse. En el congreso constituyente reunido en 1824 en la ciudad de Buenos Aires,
los grupos enfrentados se dividieron, por primera vez, de manera más nítida y con nombre propio,
según la oposición ya planteada en la década revolucionaria entre centralistas y defensores del
autonomismo de los pueblos. Los primeros, ahora denominados unitarios, evocaban un régimen de
unidad, mientras que los segundos asumían el nombre de federales, un término que circulaba desde la
década revolucionaria para designar propuestas de cuño tanto confederal como federal. Ambos
partidos presentaban una estructura muy laxa. No se trataba de grupos con cierta organicidad que
encarnaran proyectos políticos que fueran más allá de la definición de un régimen de gobierno
centralizado o descentralizado. Sus miembros podían acordar en este punto y tener posiciones
enfrentadas respecto a otras cuestiones. No obstante, en ninguno de los debates del congreso se
exhibieron desacuerdos respecto a la naturaleza de los principios del constitucionalismo liberal en
molde republicano. Las discusiones devenían, en todo caso, de los formatos propuestos para los
nuevos dispositivos de organización política, como por ejemplo si el sufragio debía restringirse según
ciertos criterios asociados a la dependencia social o mantener el sufragio universal ya implementado
en muchas provincias, o si el principio de división de poderes debía adaptarse a la noción de
separación o equilibrio de poderes, o si debía aplicarse de igual manera en el ámbito nacional y
provincial. En esas discusiones, los miembros de los partidos no se alineaban de manera uniforme,
siguiendo en parte el comportamiento típico de un sistema notabiliar.
      Pero el fracaso del congreso constituyente de 1824 se debió, fundamentalmente, a la                                     Formatted: Justified, Line spacing:
                                                                                                                              single, Don't adjust space between
imposibilidad de llegar a acuerdos sobre el sujeto de imputación soberana, tal como han demostrado                            Latin and Asian text
Noemí Goldman y Nora Souto. Todos los debates revelaron el enfrentamiento entre dos principios muy
diversos de definir la soberanía: el de la soberanía nacional y el de la soberanía de las provincias.38 .Las
primeras dificultades se exhibieron en sus primeras sesiones, cuando se dictó la Ley Fundamental con la
que se procuró conciliar los intereses enfrentados. En su enunciación se negaba la esencia misma del                          Comment [SU12]: En la enunciacion
                                                                                                                              de la Ley Fundamental?
poder constituyente al establecer que la futura constitución nacional, una vez promulgada, debía
someterse a la aprobación de los gobiernos provinciales, los cuales gozaban de la alternativa de
rechazarla y permanecer al margen de la unión perseguida. El corolario de esta experiencia fue la
crónica de una muerte anunciada: la constitución de carácter centralista dictada en 1826 por un
congreso dominado por el partido unitario fue rechazada por casi todas las provincias. El congreso se
auto disolvió en 1827, regresándose a la situación anterior de autonomías provinciales.
      La solución provisoria al dilema heredado del fracaso del tercer congreso, que derivó en
guerras civiles entre bloques regionales identificados, ahora, con los partidos unitario y federal
respectivamente, provino del régimen rosista. 39 La figura de Juan Manuel de Rosas fue central hasta                          Comment [SU13]: Esta frase necesita
                                                                                                                              alguna revision: cuales son los bloques
                                                                                                                              regionales que respectivamente se
                                                                                                                              identifican con unitarios y federales. Esto
                                                                                                                              es algo confuso para e lector no
37
   Sobre la reforma eclesiástica pueden consultarse Nancy Calvo, “Cuando se trata de la civilización del clero. Principio y   argentino.
motivaciones del debate sobre la reforma eclesiástica porteña de 1822”, en Boletín del Instituto de Historia Argentina y      Comment [FP14]: Lo aclaramos en
Americana “Dr. Emilio Ravignani”, 3º serie, nº 24, 2001; Roberto Di Stefano, El púlpito y la plaza. Clero, sociedad y         nota a pie.
política de la monarquía católica a la república rosista. Buenos Aires, Siglo XXI, 2004.
38
   Noemí Goldman y Nora Souto, “De los usos a los conceptos de 'nación' y la formación del espacio político en el Río de la
Plata (1810-1827)”, en Secuencia, nº 37, 1º cuatrimestre de 1997.
 39
    Los bloques regionales que se formaron a fines de la década del ’20 fueron muy cambiantes. Por un lado, existían
 situaciones provinciales dominadas por el partido federal y lideradas, básicamente, por Facundo Quiroga, oriundo de La
 Rioja. Por otro lado, el general Paz comandó una liga unitaria que hacia 1830 parecía dominar gran parte de las
                                                                                                                  14


1852, cuando fue derrocado por una coalición liderada por Justo José de Urquiza. Tal centralidad fue
el resultado de su dominio sobre Buenos Aires y la política interprovincial. Rosas se negó a
convocar explícitamente a un nuevo congreso constituyente y ejerció su poder sobre las provincias
en virtud del Pacto Federal, que le daba, en su calidad de gobernador de Buenos Aires, el manejo de
las relaciones exteriores de todas ellas. Esta herramienta estuvo acompañada por el uso -o la amenaza
del uso- de sus ejércitos y por una política negociadora con los gobernadores basada en redes
epistolares, dádivas materiales y concertación de pactos.
       Rosas ocupó al cargo de gobernador de Buenos Aires entre 1829 y 1832 y entre 1835 y 1852.
Durante ese prolongado período se fue construyendo un tipo de régimen que, utilizando los
instrumentos institucionales heredados de la etapa rivadaviana, resignificó su uso en pos de imponer
un sistema de tipo plebiscitario y unanimista. 40 Apenas asumió el ejecutivo de la provincia, Rosas se
arrogó el título de Restaurador de las Leyes. Con el término restaurar buscaba elevarse en el
continuador de las leyes fundamentales dictadas en Buenos Aires a comienzos de la década del ’20 y
suspendidas con el golpe de signo unitario perpetrado en la provincia por el general Lavalle en 1828.
La división partidaria consagrada en el Congreso constituyente de 1824-1827 fue utilizada por Rosas,
apenas asumió la primera gobernación, para extremar al máximo el faccionalismo y con ello cancelar
cualquier tipo de oposición. El partido unitario fue literalmente anulado a través de una retórica que
lo ubicaba fuera de la legalidad, mientras se imponía el sistema de lista única para las elecciones, de
signo federal, y elaborada por el propio Rosas. El unanimismo electoral se trasladó también al
unanimismo de la opinión pública. La libertad de prensa fue cercenada al máximo por leyes dictadas
por la legislatura a la vez que ésta legalizaba el otorgamiento de facultades extraordinarias al poder
ejecutivo en nombre de una situación de excepción que se hizo extender por más de dos décadas. En
1835 se redobló la apuesta: las facultades extraordinarias, cedidas en la primera gobernación por
tiempo limitado y bajo la condición de que el gobernador rindiera cuentas de su uso a la legislatura ,
fueron reemplazadas por el otorgamiento de la “suma del poder público”, sin límites de tiempo ni
control.
        Desde esta perspectiva, el rosismo exhibía una extraña confluencia entre algunos
componentes del republicanismo clásico y de la república moderna, para dar lugar a un orden político
absolutamente reñido con la noción de gobierno limitado. Jorge Myers fue quien puso de relieve los
componentes de la primera tradición en el régimen rosista.41 La invocación a la dictadura romana
para justificar los poderes extraordinarios-o el “catilinarismo” que impregnó los discursos públicos
para imponer la idea de conspiración permanente y legitimar así la supresión de las instancias
deliberativas ensayadas durante la década de 1820-, figuran entre los tópicos que Myers analiza
magistralmente. Por otro lado, los componentes de la república moderna fueron utilizados para
consolidar el poder supremo del ejecutivo. En sintonía con lo que ocurría en otros países -como fue
el caso peruano durante la llamada república militarizada según la denominación utilizada por
Carmen Mc. Evoy-, el manto simbólico de la república fue un gran proveedor de conceptos y
categorías para el ejercicio de la gobernabilidad. 42 La representación política y las elecciones venían,

 provincias rioplatenses, excepto el litoral La derrota de la liga unitaria en 1831 dejó expedito el camino para la creciente
 hegemonía del federalismo.
40
   Marcela Ternavasio, “La visibilidad del consenso. Representaciones en torno al sufragio en la primera mitad del siglo
XIX”. En Hilda Sabato y Alberto Lettieri (Comp), La vida política en la Argentina del siglo XIX. Armas votos y voces.,
Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2003.
41
   Jorge Myers, Orden y Virtud. El discurso republicano en el régimen rosista, Universidad Nacional de Quilmes, 1995.
42
   Carmen Mc. Evoy, “De la república militarizada a la república práctica. Los dilemas del liberalismo en el Perú, 1822-
1872”, en este mismo volumen. Puede consultarse para el caso mexicano, José Antonio Aguilar Rivera, El manto liberal.
Los poderes de emergencia en México 1821-1876. México, UNAM, 2001.
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entonces, a plebiscitar tanto la designación de Rosas en la primera magistratura como la legitimidad
del otorgamiento de la suma del poder público. Y todo ello se producía en el marco jurídico de la
república instaurada en 1821. El sufragio siguió siendo la vía practicada anualmente para legitimar el
poder político, la Sala de Representantes siguió sesionando para legalizar las acciones del ejecutivo y
la prensa se convirtió en un instrumento de propaganda del régimen.
        En este sentido, la experiencia del rosismo es la que parece exhibir -durante el período
estudiado- el mayor divorcio entre la dimensión republicana y la liberal. 43.La identificación del orden
rosista con el imperio de las leyes no equivalía a su identificación con un orden liberal articulado a la
noción de derechos individuales imprescriptibles. Por el contrario, se trató más bien de un orden
republicano que convirtió al principio de la representación política en un instrumento formidable para
abolir el principio de limitación del poder. De hecho, las acusaciones de sus opositores en el exilio –
se basaron en el reclamo de libertades individuales, gobierno limitado a través de la vigencia de la
división de poderes y elecciones libres.                                                                                      Comment [FP15]: Para evitar
                                                                                                                              confusions eliminamos el párrafo
       Así, pues, la Joven Generación romántica, fuertemente crítica tanto del republicanismo de los
rivadavianos como del rosista, si bien no se identificó en sus primeros tramos con el ideario liberal –
más allá de las diferencias que distinguían a cada uno de sus miembros- sí hizo suya la defensa de las
libertades individuales ante el progresivo cercenamiento de las mismas por parte de un gobierno que
los había condenado al ostracismo. La Joven Generación adoptó en un comienzo la propuesta de un                               Comment [SU16]: La alusion
                                                                                                                              anterior tenia el nombre en mayúsculas.
tipo de republicanismo según los criterios del socialismo humanitarista de Pierre Leroux. Tras las
revoluciones europeas de 1848, tal postura fue repudiada por sus propios impulsores, produciéndose
un virajehacia el camino liberal – tales los casos de Alberdi y López - o hacia un republicanismo que
procuraba atenuar las consecuencias de un ideario liberal en estado puro –como en los casos de
Sarmiento y Mitre. 44 Este viraje coincidía con la caída del rosismo y con los primeros intentos de
organización nacional en los años ’50. 45 A partir de ese momento, según afirmamos en las páginas
introductorias, la república hacía depender su progreso y desarrollo del compromiso asumido con el
liberalismo. Como señaló Tulio Halperín Donghi, no se trata de medir cuánta audacia o timidez
pusieron los padres fundadores de la Argentina moderna con ese compromiso, sino de constatar que
uno de los rasgos del nuevo orden debía ser su adecuación a las exigencias liberales y que “era esa
confianza en el éxito de un proyecto que avanzaba en el sentido de la historia la que inspiraba la
seguridad de que quienes se veían a sí mismos como identificados con proyectos alternativos podían
sin embargo ser utilizados como auxiliares del liberal”. 46
                                                                                                                              Formatted: Justified, Line spacing:
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El ‘momento’ del liberalismo constitucional                                                                                   Formatted: Justified, Line spacing:
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La euforia y el optimismo que colmó a los opositores de Rosas luego de su caída no sería duradera.
El período que se iniciaba mostró la firme convicción de que las constituciones escritas eran el                              Comment [SU17]: Sugerimos aqui
                                                                                                                              dividir la frase y no comenzar con la
43
                                                                                                                              expresion “Si bien…”, utilizada en el
  Sobre este tema véase también de Ricardo Salvatore, Wandering Paysanos, State Order and Subaltern Experience in             parrafo anterior. Creemos que hace muy
Buenos Aires during the Rosas Era, Duke University Press, 2003.                                                               engorrosa la lectura. ACCEPT CHANGE
44
   Jorge Myers, “La revolución en las ideas: la generación romántica de 1837 en la cultura y en la política argentinas”, en
Noemí Goldman (Dir), Revolución, República, Confederación (1806-1852), Tomo 3 de la colección Nueva Historia
Argentina, Buenos Aires, Sudamericana, 1998.
45
   Vale la pena contrastar el viraje producido en la misma coyuntura en Colombia, cuando, según demuestra el artículo ya
citado de Eduardo Posada Carbó en este mismo volumen, tal viraje implicó transitar de un liberalismo moderado a uno de
tinte más revolucionario.
46
   Halperín Donghi, “L’héritage problématique du libéralisme argentin”.
                                                                                                               16


principal resguardo tanto para evitar experiencias como la cerrada en 1852 como para garantizar el
progreso al que se pensaba como destino seguro. Sin embargo, u implementación resultó ser más
conflictiva que lo anticipado. Las fuentes de dichas dificultades fueron variando con el correr de los
años y la nueva era, que arrancó con la derrota de Rosas y que cerramos al final del siglo, puede
pensarse en tres diferentes etapas. La primera transcurrió entre 1853 y 1860, cuando la
Confederación y el Estado de la provincia de Buenos Aires coexistieron conflictivamente como dos
unidades separadas luego de que esta última se negó a someterse a la Constitución de 1853. Durante
esos años los conflictos giraron, una vez más, en torno a la división territorial del poder y a la
distribución de atribuciones entre la nación y las provincias. La segunda etapa recorrió              el
período1860-1880 -desde el momento en que Buenos Aires se incorporó a la Confederación hasta la
crisis desatada en la lucha por la sucesión presidencial que resultó en la elección de Julio A. Roca
(1880-1886). Mientras que la distribución territorial del poder entre nación y provincias quedó
constitucionalmente demarcada luego de la reforma constitucional de 1860, los intentos de
construcción de partidos nacionales volvieron a poner en evidencia las disputas sobre diversas
interpretaciones del federalismo. Al mismo tiempo, el debate sobre la naturaleza del sufragio
retornaba al escenario nacional. La tercera y última etapa de esta sección está destinada a analizar los
últimos veinte años del siglo. 1880 marcó, como veremos, una particular encrucijada en la que se
conjuraron los temas del federalismo y de la representación, dirimidos –finalmente- a través de las
armas. A partir de entonces ambos temas continuaron constituyendo los ejes del debate desplegado
entre partidos más articulados y dentro de ángulos ideológicos más estrechos -aunque no por ello
menos significativos al momento de legitimar las posturas partidarias. De lo que antecede ya puede
anticiparse una de las características del liberalismo en la etapa pos-rosista, también presente en la
etapa anterior: antes y ahora el tema de la división funcional del poder ocupó un papel secundario en
relación al de su división territorial y al tema de la representación, adquiriendo en esta etapa apenas
un lugar meramente subsidiario de estos últimos.
       La primera etapa del momento del liberalismo constitucional fue dominada, como anunciamos,                           Formatted: Justified, Line spacing:
                                                                                                                            single, Don't adjust space between
por el tema de la división de poderes entre el Estado por construir y las provincias. El que la                             Latin and Asian text
república fuese federal no estuvo ya bajo disputa. Lo que resultó fuente de conflictos, en forma
escasamente original, fue el grado de centralización. Las discusiones teóricas entre quienes -como
Domingo F. Sarmiento- promovían un transplante constitucional desde los Estados Unidos y los que,
como Juan Bautista Alberdi, aconsejaban adaptar el modelo original a las vicisitudes locales, fueron
paralelas a los sucesos que desembocaron en la secesión de la provincia de Buenos Aires por casi una
década. 47 La visión alberdiana triunfante ofrecía importantes modificaciones del modelo
norteamericano al investir al gobierno nacional de mayores poderes. Las objeciones de la provincia
de Buenos Aires para oponerse a la propuesta constitucional se centraron en dos aspectos: la
intervención federal y la federalización de Buenos Aires. 48 El primero le daba potestad al gobierno
nacional de intervenir en las provincias para “reestablecer el orden perturbado por la sedición”, o

47
   Véase, Botana, La tradición repubicana, y su “El federalismo liberal en la Argentina: 1852-1930” en Marcello
Carmagnani (Coord.), Federalismos latinoamericanos: Mexico/Brasil/Argentina, Mexico, El Colegio de Mexico/Fondo
de Cultura Económica, 1993; Botana y Gallo, De la República posible.;Gabriel L. Negretto, “Repensando el
republicanismo liberal en América Latina. Alberdi y la Constitución argentina de 1853¨, en Aguilar Rivera, El
Republicanismo en Hispanoamérica; y Halperín Donghi, “Liberalismo argentino”.
48
   Otros aspectos más “centralizadores” de la Constitución del ’53 en relación al modelo norteamericano incluían la
posibilidad de que los gobernadores provinciales fuesen sometidos a juicio político por el Congreso Nacional, y la
jurisdicción dada a la Corte Suprema para juzgar los conflictos suscitaddos entre los podees públicos provinciales. Véase
Carlos Melo, “La ideología federal en las provincias argentinas entre 1853 y 1880”, Boletín de la Academia Nacional de
la Historia, Año XXXV, Nº XXIX, Buenos Aires, 1953.
                                                                                                              17


“atender a la seguridad nacional amenazada por un ataque o peligro exterior” con requisición de los
gobiernos provinciales o sin ella. Fue esta última prerrogativa la que, se insistió, se prestaba a todo
tipo de excesos por parte del gobierno nacional y violaba la autonomía provincial. El tema de la
federalización de Buenos Aires, establecida en el proyecto original como capital de la república,
despertó las objeciones de una provincia que, además de convertirse en el principal sostén económico
de la nación, debía “entregar” la ciudad-puerto sin haber sido previamente consultada. Separada de la
Confederación, Buenos Aires dictó su propia constitución en 1854 y continuó como Estado
autónomo hasta que, en 1859, una Confederación con fuertes penurias económicas y sin acceso al
principal puerto internacional, derrotó por las armas a Buenos Aires obligándola a incorporársele. No
obstante, Buenos Aires pudo imponer una serie de reformas al texto del ’53 con el objeto de asegurar
la defensa de las autonomías provinciales. Así, por ejemplo, las provincias no podrían ser
intervenidas por el gobierno nacional sino a requisición de las mismas provincias, y la capital de la
nación sería establecida por una ley del Congreso. Por el momento, las autoridades nacionales serían
“huéspedes” de la provincia de Buenos Aires.
      Mientras que los conflictos desatados en torno a la secesión de Buenos Aires tuvieron como
fuente principal las disputas en torno a la división territorial del poder, las transformaciones en la
vida política experimentadas por la ciudad de Buenos Aires en esos años se articularon sobre otros
ejes. Buenos Aires vio renacer su vida política con una singular efervescencia durante las dos
décadas siguientes. Tal entusiasmo tuvo diversas manifestaciones. Una de las principales fue la
creación de un partido político: el Partido de la Libertad, nacido en 1852 y liderado por Bartolomé
Mitre, uno de los exiliados que ahora conquistaban un lugar de privilegio en el espacio público local.
El nuevo partido constituyó la única experiencia en la historia Argentina en la que una agrupación
partidaria llevaría el nombre de “Liberal”. Su título, sin embargo, no exhibía el propósito de marcar
algún rasgo distintivo por parte de sus miembros sino que representaba lo que ya veníamos
insinuando: que el liberalismo en el Río de la Pata, y ahora particularmente en Buenos Aires, se
caracterizó por ser un credo englobador. Como tal, el Partido de la Libertad aspiraba a representar, no
a un grupo, sino a la sociedad toda. Para ello, tanto su fundador como el partido mismo absorbieron
generosamente tendencias pertenecientes a otros campos ideológicos. Fue innovador y conservador a
la vez y, a diferencia de otras latitudes, no izó el anticlericalismo como bandera. Por el contrario, el
Partido de la Libertad representó ese liberalismo vernáculo: un liberalismo indefinido que albergaba
en su seno la aspiración de crear un Estado Nacional (y en menor medida de limitarlo) y una retórica
republicana con acento en el ciudadano activo. Esta segunda aspiración, ya presente desde la
revolución misma pero especialmente afianzada durante la experiencia rivadaviana, incluía ahora una
nota democrática que no solo investía al pueblo en forma amplia como autoridad soberana, sino que,
en la reconstrucción histórica que realizaba su fundador, identificaba los orígenes de la democracia
en el Río de la Plata con las guerras de independencia. 49 Así, el Partido de la Libertad, lejos de
levantar un programa detallado como bandera, encarnó una problemática común a otras latitudes que,                         Comment [SU18]: Esto no lo
                                                                                                                           encuentramos muy claro. Como partido,
como lo subrayó Hilda Sabato, resultaba de la tensión entre el concepto de la nación política y una                        imagino que el Liberal tenía un programa.
lucha partidaria que dividía a las partes de esa misma comunidad política. 50 Para el Partido de la                        Y así lo dicen en la siguiente frase. Que
                                                                                                                           el programa se identificara con un
Libertad, el partido representaba al pueblo, no a sus partes, y por lo tanto, lejos de ser detallado y                     propósito “nacional” es otra cosa.
                                                                                                                           Podrían, por favor, revisar la redacción de
49                                                                                                                         la frase?
   Sobre estos puntos véase los trabajos de Tulio Halperín Donghi, Proyecto y construcción de una Nación; “Liberalismo
argentino y liberalismo mexicano: dos destinos divergentes"; en El Espejo de la Historia; “Mitre y la formulación de una
historia nacional para la Argentina”, Anuario IEHS, núm.11, 1996, 57-70; Elías Palti, “La Historia de Belgrano de Mitre
y la problemática concepción de un pasado nacional”, Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana ¨Dr.
Emilio Ravignani¨, Tercera serie, n° 21, 1er semestre de 2000, pp. 75-98; y “Las polémicas en el liberalismo argentino¨.
50
   Sabato, “Le pueple”, y su “El experimento republicano en Hispanoamérica. Un ejercicio de síntesis”, en Foro:
Iberoideas, http://foroiberoideas.cervantesvirtual.com.
                                                                                                              18


doctrinario, su programa se caracterizó por agrupar una constelación de ideales vagamente
definidos. 51 El pueblo no debía fragmentarse en disputas, y de hacerlo, éstas debían ser eliminadas
por el accionar político y sus diversos dispositivos. El adversario no debía ser derrotado sino
convencido de abrazar la causa nacional, o desaparecer. El Partido de la Libertad rechazó así la idea                      Comment [SU19]: Convencido de
                                                                                                                           que? Por favor revisar la revisión de esta
de la lucha partidaria y la creciente exigencia de la política moderna de delimitar objetivos y                            frase.
programas, contribuyendo con ello a nutrir dos aspectos idiosincráticos del liberalismo local que
tendrían larga vida: su indefinición (traducida en programas partidarios de lenguaje críptico), y su
intolerancia hacia el adversario (traducida en la aspiración de representar a la nación en su conjunto).
      El Partido de la Libertad, emergía dentro de una vida política que reencontraba ahora el vigor
experimentado en Buenos Aires durante “la feliz experiencia” rivadaviana. Proliferaron asociaciones                        Comment [SU20]: Este cuadro que
                                                                                                                           ofrecen de Buenos Aires, conducente al
de todo tipo y tamaño y una fiebre periodística caracterizó a la ciudad por muchos años. La                                pluralismo, contradice la caracteristica
movilización del ciudadano armado -en una provincia que vivía sitiada por la Confederación- y la                           del partido liberal que acaban de indicar:
                                                                                                                           su intolerancia hacia el adversario. O no?
movilización para el comicio -dentro de una reglamentación que respetó los lineamientos de la ley                          Es decir, el “marco liberal” que observan
electoral de 1821 al garantizar la participación de todos los argentinos mayores de 16 años-,                              al final del párrafo chocaría con los
                                                                                                                           propósitos “unanimistas” del Partido
constituyeron las bases de una cultura política que no encontró eco similar en las demás provincias,                       Liberal. Si ello es así, habría que
donde el sistema de patronazgo basado en redes clientelares y familiares conspiraba contra el                              advertirlo de manera más explícita en el
                                                                                                                           texto. BUEN COMENTARIO! AGREGE
potencial accionar de una vida política más autónoma. 52 En Buenos Aires, en cambio, esa experiencia                       FRASE AL FINAL DEL PARRAFO.
republicana, con acento en las asociaciones y la proliferación de la prensa, se asentaba ahora dentro
de un marco liberal, celoso de los derechos individuales para agruparse y manifestarse alrededor de
diversas causas y de una libertad de prensa defendida a rajatabla. Pronto, la idiosincracia del Partido
de la Libertad vería enfrentar su tendencia unanimista con dicho marco político, sufriendo escisiones
y debiendo enfrentar la competencia de otras agrupaciones partidarias.
                                                                                                                           Formatted: Justified, Line spacing:
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       Luego de que la Constitución fue modificada en 1860, un nuevo enfrentamiento militar entre
Buenos Aires y el gobierno nacional resultó en la derrota de este último en la batalla de Pavón                            Formatted: Justified, Line spacing:
                                                                                                                           single, Don't adjust space between
(1861). Bartolomé Mitre, por entonces gobernador de la provincia de Buenos Aires, asumió                                   Latin and Asian text
provisionalmente la presidencia, llamó a elecciones, y fue elegido primer presidente constitucional. 53
La inauguración de su administración en 1862 abre la segunda etapa de nuestro análisis. Durante
estos años, el federalismo continuó siendo uno de los principales nudos conflictivos entre la nación y
las provincias, al que se sumó el principio de la representación, opacado en la etapa anterior por los
sucesivos conflictos entre las provincias (principalmente Buenos Aires) y el Estado nacional en
gestación. Las disputas se fueron articulando alrededor de los intentos de formación de partidos
políticos de alcance nacional, procesos en los que se perfilaron algunas de las tendencias de la
política argentina.
       Las particularidades de la Constitución argentina, en especial su mayor grado de centralización
en relación al modelo norteamericano, han dado lugar a la discusión de diversas hipótesis en torno a
sus implicancias tanto para el liberalismo en general como para la política vernácula. La mayoría de
los estudios señalan la consolidación de un sistema autoritario/progresista y encuentran en la
Constitución el obstáculo primordial para la conjugación exitosa del liberalismo y la democracia en

51
   Halperín Donghi, “ Una nación”.
52
   Pilar González Bernaldo de Quiróz, Civilidad y política en los orígenes de la Nación Argentina. Las sociabilidades en
Buenos Aires, 1829-1862, Buenos Aires, 2001; Hilda Sabato, La política en las calles. Entre el voto y la movilización,
Buenos Aires, 1860-1880, Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 1998; “El ciudadano en armas: violencia política en Buenos
Aires (1852-1890)”, Entrepasados, n° 23, 2003, pp. 149-169; “Le peuple’. Sobre la naturaleza de la política en las
provincias en estos años véase Marta Bonaudo y Élida Sonzogni, ‘Los grupos dominantes entre la legitimidad y el
control’, en Marta Bonaudo (dir.), Liberalismo, Estado y orden burgués (1852-1880), Buenos Aires, 1999, pp. 58-61.
53
   Melo, “La ideología federal”.
                                                                                                            19


la Argentina de fines de siglo. 54 Lo que nos interesa resaltar aquí, sin embargo, es que no fue la
Constitución en sí misma la que despertó los principales conflictos partidarios en la Argentina
durante ese período. Ninguno de los principales actores insinuó la posibilidad de realizar
modificación alguna al texto constitucional. Los partidos de oposición, aún en los momentos más
virulentos en los que incitaban a los ciudadanos a alzarse contra el gobierno, nunca levantaron la
bandera de cambio de la Constitución, sino la de su defensa. Tampoco el partido en el gobierno
amenazó con realizar modificación alguna. Ni siquiera los dos presidentes que gozaron de suficiente
poder para lograrlo (Julio A. Roca y Miguel Juárez Celman), insinuaron la posibilidad de modificarla
para permitirles su reelección consecutiva. 55 Mientras que la articulación partidaria en base a la
defensa de la constitución es común a la región en general, la inmutabilidad de la carta constitucional
del caso argentino la separa de muchas otras experiencias en la región. 56 Dicha inmutabilidad y la
articulación política en base a su defensa fueron indicativas de ciertos consensos acordados en
relación a la etapa que se dejaba atrás. Pero el liberalismo no alcanzaba por ello mayores
definiciones, lo cual incentivaba la existencia de una política partidaria dentro de un manto
ideológico sobre el que los partidos decían acordar, pero disputaban los términos de su definición.
        Mientras que el texto constitucional permaneció inmutable, los conflictos en la nueva etapa
tuvieron como fuente la articulación partidaria que se fue desplegando a partir de una nación
institucionalmente unificada. Lo que se hallaba en la base de las disputas era la inherente tensión
entre la tendencia partidaria hacia la construcción de poderes hegemónicos y una constitución liberal
destinada, justamente, a limitar tal tendencia. Dicha tensión estuvo presente en muchos de los países                    Comment [SU21]: Esto para evitar
                                                                                                                         comenzar dos frases nuy seguidas con el
que adoptaron constituciones liberales, pero en el caso argentino la misma quedaba exacerbada por                        mismo giro:.. “Mintras que..” ACEPTAR
las características propias desplegadas por el liberalismo local ya delineadas; es decir, por el hecho de
que el liberalismo argentino consistía en una apuesta a crear el Estado nacional más que a limitarlo. 57
Así, varios actores defendían la creación de partidos hegemónicos capaces de dar sustento al
incipiente Estado nacional. Otros, en cambio, denunciaban dichas creaciones como violatorias del
principio de división de poderes y atentatorias tanto de los derechos individuales como de las
autonomías provinciales. Y no era excepcional, sino todo lo contrario, que ambas voces fueran
encarnadas por los mismos actores, dependiendo de si se encontraban en el gobierno o en la
oposición. El liberalismo argentino permitía fundamentar ambas visiones.
        Los conflictos en esta etapa que recorrió las primeras tres presidencias giraron en torno al
funcionamiento del sistema representativo y del régimen federal -dispositivos clave para la
producción del sufragio como para la formación de coaliciones gubernamentales entre las catorce
provincias. Frente a ellos, el tema de la división funcional del poder quedó nuevamente desplazado.
El primer escenario de los incipientes intentos de construcción de un partido nacional tuvo como
protagonista al Liberal. 58 El Partido de la Libertad de la provincia de Buenos Aires fue el instrumento
con el que Mitre intentó consolidar la unidad política de la nación. Dicha construcción se pretendió

54
   Véase la introducción de Oscar Terán en Escritos de Juan Bautista Alberdi: el redactor de la ley, Buenos Aires,
Universidad Nacional de Quilmes, 1996. Para una reseña de las interpretaciones sobre los fracasos constitucionales
latinoamericanos, y una propuesta sobre las dificultades en el caso argentino para combinar liberalismo y democracia
véase Gabriel Negretto and José Antonio Aguilar Rivera, “Rethinking the Legacy of the Liberal State in Latin America:
The cases of Argentina (1853-1916) and Mexico (1857-1910), Journal of Latin American Studies, Vol. 32, Part 2, May
2000, 361-398.
55
   La Constitución establecía períodos presidenciales de seis años sin posibilidad de re-elección consecutiva.
56
   La constitución experimentó mutaciones menores en cuanto a atribuciones impositivas y derechos de exportación, pero
hasta 1949, no tuvieron lugar cambios de embergadura que requisieran una convención constituyente.
57
   Botana, “El federalismo liberal”.
58
   Véase Halperín Donghi, Proyecto y construcción de una Nación.
                                                                                                              20


llevar a cabo por diversos medios (principalmente coercitivos) con el objeto de construir un poder
nacional hegemónico que desterrara los resabios rosistas y produjera un pueblo unificado sobre el
que se asentara el Estado nacional. 59 Así, Mitre intentaba unificar políticamente a la nación bajo una
bandera liberal anodina, de rasgos borrosos, y que corporizaba un liberalismo unanimista más que
pluralista. El proyecto mitrista pronto enfrentó insuperables obstáculos. Su base geográfica de poder
quedó fracturada cuando un sector de su partido, denominándose “autonomista”, se rehusó a pagar el
precio de la federalización de Buenos Aires a cambio de la unidad partidaria ambicionada por el
presidente. Nuevamente, el principio de la autonomía de la provincia se enfrentaba con el de la
construcción de la nación. A su vez, los métodos empleados por el presidente fueron percibidos por
varios dirigentes provinciales como una renovada provocación del unitarismo porteño contra sus
autonomías. 60
        La Guerra del Paraguay (1865-1870) les otorgó a los opositores la posibilidad de resistir el
proyecto de Mitre y, eventualmente, de derrotarlo. Además de los esfuerzos de la guerra, Mitre
enfrentó la exhaustiva exigencia de reprimir los levantamientos armados de un Interior que se
percibía amenazado por el gobierno nacional y no encontraba razón para desmovilizarse. 61 Mitre
tampoco pudo controlar la sucesión presidencial y el cargo pasó a manos de Domingo F. Sarmiento,
quien, sin partido propio al momento de la elección en 1868, utilizó los recursos de ese Estado
incipiente y apeló a un sistema de alianzas para construir su poder durante su administración. Así,
mientras el Partido de la Libertad fracasaba en sus intentos de construcción hegemónica y comenzaba
a transitar su ruta agónica, durante la segunda mitad de la década de 1870 fue gestándose una nueva
forma de relación a nivel nacional que eventualmente alcanzaría el éxito que eludió a los mitristas.
        Sarmiento heredó de su antecesor una situación conflictiva en el plano internacional y en el
interior del país. Tanto su persona como su gestión presidencial ejemplificaron la naturaleza del
liberalismo de fin de siglo XIX. Un liberalismo, como analizó Natalio Botana, que se nutría de
distintas fuentes. 62 Dicho liberalismo resultó ser elástico y tolerante, fácilmente moldeado por los
lenguajes de sus interlocutores en un momento histórico en el que se tensaba la necesidad de crear un
poder lo suficientemente fuerte para generar orden y hacer efectiva la Constitución nacional, pero no
tan fuerte como para infligir una herida mortal a los derechos individuales, a la participación
ciudadana y a las autonomías provinciales. Un liberalismo, en fin, capaz de movilizar y desmovilizar
a la vez, de crear un poder y de limitarlo, de construir un estado nacional sin socavar los poderes de
las provincias, de unir y a la vez dividir; de legitimar y armonizar, de tolerar a los adversarios pero

59
    Sobre la campaña de Mitre para imponer al Partido Liberal en las provincias véase Halperín Donghi, Proyecto y
construcción de una Nación; David Rock, State Building and Political Movements in Argentina, 1860-1916, Standford
University Press, Standford California, 2002, pp. 11-55.
60
   Véase, por ejemplo, Ariel de la Fuente, Children of Facundo. Caudillo and Gaucho Insurgency during the Argentine
State-Formation Process (La Rioja, 1853-1870), Duke University Press, 2000; Beatriz Bragoni, “Consenso, rebelión y
orden político en Cuyo (1861-1874)”, y Roberto Schmit, “El poder político entrerriano y la nación, 1862-1870”, ambos
presentados en el taller “La formación del sistema político nacional, 1852-1880”, 19 y 20 de abril de 2007, IEHS-
UNCPBA, Tandil, Buenos Aires; y los trabajos presentados en: Jornadas de Historia Política: De la periferia al centro.
La formación del sistema político nacional, 1850-1880, Mendoza 4, 5, 6 de julio de 2008, en particular los de Beatriz
Bragoni, “Cuyo después de Pavón: consenso, rebelión y orden político 1861-1874; y María Fernanda Justiniano, “Tramas
familiares, identidades y grupos políticos en los orígenes del éxito del PAN en Salta (1852-1880).
 61
    No debiera intrepretarse, sin embargo, que Mitre no encontró partidarios en las provincias. Por el contrario, muchos
 lideres provinciales veían en el gobierno nacional, un aliado para resolver disputas locales. Véase Bragoni, “Cuyo
 después de Pavón”.
 62
     Natalio Botana, La tradición republicana; “Sarmiento and Political Orer: Liberty, Power, and Virtue” en Tulio
 Halperín Donghi, Iván Jaksic, Gwen Kirkpatrick y Francine Masiello, Sarmiento. Author of a Nation, Univerisity of
 California Press, Berkeley, 1994. Los trabajos en esta copilación versan sobre diversas facetas de Sarmiento.
                                                                                                              21


también de justificar su eliminación, de conservar pero también de innovar. Sarmiento fue, en este
sentido, una figura bisagra. Su largo y fervoroso recorrido por la vida pública mostró sin igual las
tensiones entre las diversas tendencias que el liberalismo vernáculo albergaba. Pero, además, su
gestión en el poder ejecutivo tendiente a crear un partido nacional desde la presidencia comenzó a
mostrar que el fracaso de Mitre en utilizar los recursos estatales, principalmente el ejército, podía ser
revertido y que una construcción partidaria desde el Estado podía ser sumamente efectiva para
derrotar al adversario y convertir al gobierno en elector.
        El paulatino éxito en la construcción de un partido nacional sobre las bases del viejo partido
federal de Urquiza, no solamente continuó riñéndose con el principio federal cada vez que el
presidente intentó volcar las situaciones provinciales adversas a su favor, sino también con el sistema
representativo. Las tensiones se crispaban en las cercanías de las elecciones presidenciales y, en
1874, luego de que el Partido de la Libertad fue electoralmente derrotado, Mitre se alzó contra el                          Comment [SU22]: Fue un alzamiento
                                                                                                                            fructuoso o infructuoso? Esta narración
gobierno nacional acusándolo de ejercer el fraude izando la bandera de la defensa de la soberanía                           que sigue es algo confusa para el lector
popular. Aunque militarmente derrotado, tema de la representación irrumpía en sus manos con fuerza                          no experto en política argentina.
                                                                                                                            REESCRITA
para mantenerse como estandarte del Partido Liberal, ahora denominado Partido Nacionalista. La
elección de 1874, por otra parte, había coronado la exitosa construcción de una coalición de líderes
provinciales en cuyas manos la Constitución Nacional había depositado la elección presidencial al
establecer la elección indirecta través de juntas electorales. En la práctica, los gobernadores
utilizaban una serie de herramientas de control de la elección, pudiendo disponer de los votos de sus
provincias. Estos líderes provinciales, mayormente provenientes del viejo partido federal de Urquiza,
ahora llamado Partido Nacional, se unieron al autonomismo porteño formando el Partido
Autonomista Nacional (PAN), sellando una alianza que dejaba afuera a los mitristas. 63 La denuncia
de sus opositores, principalmente del mitrismo, contra estos gobiernos electores y las ligas de                             Comment [SU23]: Mitrre entre ellos?
gobernadores para imponer candidatos contrarios a la opinión pública, se hizo sentir cada vez con
mayor fuerza. Ante las mismas, el presidente Nicolás Avellaneda (1874-1880) intentó una política de
conciliación invitando a los mitristas a formar parte de su gobierno. La política de “conciliación” ,
como fue denominada, resultó en un fracaso ya que no logró sino recrudecer viejas tensiones entre
Buenos Aires y el Interior, encrespando a los grupos políticos en las provincias. Mientras que
muchos de dichos grupos habían sido hostigados por el mitrismo, desde el gobierno nacional, se les
pedía ahora a las elites provinciales una política de fusión y acercamiento con viejos enemigos que
siempre era difícil de complacer en la práctica. En nombre del principio de la representación se
tensaba el principio federal de autonomía política provincial.
        Ambos principios hicieron eclosión durante la elección presidencial de 1880. La carrera por la
presidencia y sus consecuencias –que abren la última etapa de nuestro análisis- fueron
paradigmáticas en varios sentidos ya que en una misma encrucijada se enfrentaron distintas variables
delineadas en las décadas anteriores. Un primer aspecto fue el enfrentamiento electoral, y luego
militar, entre Buenos Aires y las demás provincias. Dada la distribución de las fuerzas en pugna en la
que quedó plasmada la disputa, se vieron recrudecer las viejas tensiones. Los conflictos se habían
acentuado por el hecho de que se enfrentaban las candidaturas del gobernador de Buenos Aires,
Carlos Tejedor -apoyado por los nacionalistas y que solo contaba con los electores de Buenos Aires y
Corrientes-, 64 contra la de Julio A. Roca -auspiciada por las restantes provincias y el autonomismo

63
    El acuerdo entre autonomistas y nacionales implicaba que Avellaneda sería elegido para este período y Alsina para el
 siguiente. Su repentina muerte en 1878 reabrió la competencia y aceleró las espectaticas para la elección de 1880. Véase
 Roberto Cortés Conde y Ezequiel Gallo, Argentina: La República Conservadora, Buenos Aires, Ed. Paidós,1972.
64
   Un acuerdo entre una de las facciones correntinas que en esos momentos accedió al gobierno con Mitre anudó los
destinos de Corrientes y Buenos Aires durante estos conflictos.
                                                                                                                22


porteño agrupados bajo el PAN. Adicionalmente, se acentuaron también por la forma en que Tejedor,
durante su corto mandato, había demostrado hostilidad hacia el gobierno nacional cuyo creciente
poder, decía, lo desviaba cada vez más del modelo norteamericano. 65 En nombre de la defensa de la
autonomía bonaerense, la resolución del gobernador de Buenos Aires fue realizar un despliegue
público del poder de su provincia y recordarle al Estado nacional su condición de “huésped” para
demostrar que la misma estaba en condiciones económicas, políticas y militares de ponerle límites a
dicha centralización del poder. El presidente Avellaneda decidió resolver la “cuestión capital” antes
de terminar su mandato para poner fin, se argumentó, a una situación en la que el gobierno nacional
se encontraba constantemente desafiado por la provincia de Buenos Aires. 66
         Un segundo tema relevante durante el conflicto de 1880, relacionado con el primero, fue el de
la libertad del sufragio. Esta vez, a diferencia de 1874, la justificación esgrimida por el mitrismo para
alzarse nuevamente en armas en junio de 1880 (luego de la derrota electoral en abril), no fue la de la
violación de la soberanía del pueblo por medio del fraude, sino la de su violación por la imposición
desde el gobierno de un candidato a quién el pueblo rechazaba. Para quienes habían apoyado la
candidatura de Roca, dicha lectura no hacía más que enervar lo que interpretaban como la tendencia
de un porteñismo que pretendía adueñarse de la representación de la nación sin apreciar que sus
fronteras estaban trazadas por los límites geográficos de su provincia. 67
         Un tercer aspecto de la contienda de 1880 se manifestó en la consolidación del Estado que la
misma demarcó. La victoria militar del gobierno nacional fue coronada por la federalización de
Buenos Aires que tuvo lugar antes del traspaso presidencial y en la que la voz aislada de Leandro
Alem izó la bandera federal para oponerse a ceder, decía, el poder de la única provincia en
condiciones de limitar y controlar al gobierno nacional. 68 La derrota militar de la provincia de
Buenos Aires significó, además, el canto del cisne de la visión republicana del ciudadano en armas
dispuesto a defender su comunidad, y el triunfo de un ejército nacional -relativamente
profesionalizado después de la Guerra del Paraguay y de la conquista del Desierto- al servicio de un
Estado cada vez más robusto, incluso listo para hacer frente a la provincia más poderosa. 69 A la
federalización le siguieron importantes medidas en la construcción estatal como la disolución de las
milicias provinciales y la creación de la moneda nacional.
         Un cuarto aspecto de la contienda de 1880 fue la articulación partidaria que se desprendió de
los sucesos y que marcó la dinámica política de las décadas siguientes. El PAN que llevó a Julio A.
Roca a la presidencia inauguró treinta y seis años de hegemonía política. El partido se consolidó
durante la década del ochenta cuando la oposición prácticamente se abstuvo de concurrir a las
elecciones. El PAN consistió en un juego permanente de alianzas entre coaliciones de líderes
provinciales que se disputaron la supremacía sobre la política nacional y, principalmente, el control

65
   Carlos Tejedor justificará su proceder publicando luego de los sucesos La defensa de Buenos Aires (1878-1880), Buenos
Aires. M. Biedma, 1881.
66
   Véase Ezequiel Gallo, “Las ideas liberales en la Argentina”, en Aníbal Iturrieta (comp.), El pensamiento político
argentino contemporáneo, Buenos Aires, Grupo Latinoamericano, 1994, pp. 151-176.
67
   Naturalmente, estas apreciaciones no eran tajantes. Así como algunos sectores en las provincias habían abrazado la
causa mitrista en los ‘70, volvían a hacerlo en el ‘80. Para el momento de la elección presidencial, sin embargo, todas las
provincias con la excepción de Corrientes y Buenos Aires volcaron los votos de las juntas electorales por Roca.
68
   Sobre estos debates véase Ezequiel Gallo, “Liberalismo, centralismo y federalismo. Alberdi y Alem en el 80”,
Investigaciones y Ensayos, N. 45, enero-diciembre 1995; Botana y Gallo (comp.) De la República posible a la República
verdadera; Natalio R. Botana, “1880. La federalización de Buenos Aires”, en Gustavo Ferrari y Ezequiel Gallo (comp.),
La Argentina del ochenta al Centenario, Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 1980, pp. 107-122.
69
   Hilda Sabato, “Milicias, ciudadanía y revolución: el ocaso de una tradición política. Argentina 1880”, ponencia
presentada en Jornadas de Historia Política: De la periferia al centro. La formación del sistema político nacional, 1850-
1880, Mendoza 4, 5, 6 de julio de 2008.
                                                                                                                23


sobre la sucesión presidencial. En dicha dinámica las provincias tenían un rol fundamental ya quela
Constitución había depositado en ellas la llave de la elección presidencial. 70 Y en una república
federal, con sistema de elección presidencial indirecta, en la que cada provincia constituía un distrito
único y el gobernador podía, con mayor o menor dificultad, disponer de los votos de su provincia, la
política nacional era necesariamente una política de coaliciones, albergadas dentro del partido
hegemónico. 71
        La dinámica generada dentro del PAN adquirió diversas formas, las cuales dependieron,
principalmente, de los instrumentos para hacer política privilegiados por el presidente de turno. Los
esfuerzos invertidos por los dos presidentes de la década de 1880, Julio A. Roca (1880-1886) y
Miguel Juárez Celman (1886-1890) no fueron menores y estuvieron destinados, no hacia una
oposición desarticulada que había adoptado una política de abstención electoral, sino hacia sus
propias filas dadas las dificultades para mantener el liderazgo y el control de la sucesión presidencial
dentro de la competencia que regularmente se desata dentro de un partido hegemónico. Con tal fin,
Roca desplegó un arsenal de recursos privilegiando los acuerdos privados con gobernadores o figuras
claves de la política provincial, la distribución de créditos y recursos estatales, evitando la
implementación de métodos coercitivos -ejercidos con mayor frecuencia en las presidencias
anteriores- como la intervención federal o la instigación desde la presidencia a grupos
revolucionarios locales para desplazar a los disidentes. Roca optó por una acción personal, informal
y directa en los asuntos provinciales que resultó sumamente eficaz llegado el momento de la
contienda electoral en 1886. Las tácticas de su sucesor, Miguel Juárez Celman, para asegurarse el
control sobre el partido y, por lo tanto, sobre la política nacional, fueron algo distintas. A cambio de
una garantía de lealtad por parte de las provincias, Juárez optó por dejarlas en total autonomía para
dirigir sus asuntos políticos y económicos. Mientras Roca insistía en que sus indicaciones sobre
candidaturas nacionales (y en muchos casos provinciales) fuesen ejecutadas, Juárez dejaba en
libertad a los grupos en control de los gobiernos provinciales para disponer de sus propios asuntos,
siempre y cuando profesaran lealtad al presidente. 72
        El éxito del PAN en montar un sistema político hegemónico extendido por las catorce                                   Formatted: Justified, Line spacing:
                                                                                                                              single
provincias -y las formas distintas en que los dos primeros presidentes ejercieron el poder durante la
década fundacional del partido- tuvieron repercusiones significativas en los debates generados entre
el PAN y sus opositores. Nuevamente, los principales ejes de dichos debates se forjaron en torno a la
representación y el federalismo y, en menor medida sobre la división funcional del poder. Se trataba
de los temas que venían tensionando la política desde siempre, solo que ahora se expresaban en las
voces de los distintos partidos a través de sus respectivos periódicos. Antes de avanzar sobre la
naturaleza de dichos debates, sin embargo, resulta pertinente reparar en dos aspectos: el primero se

70
   Veáse Botana, El orden conservador.
71
   Mientras que la historiografía tradicional ha interpretado la construcción del PAN como un sistema de imposición del
presidente a las provincias para hacer elegir al candidato de su elección, o como un acuerdo sobre la repartición de cargos
consensuado entre la elite, la presente interpretación sostiene que la hegemonía del partido tenía como sustento una
constante y trabajosa construcción y reedición de coaliciones internas, competitivas entre sí, cuya base geográfica se
encontraba en las provincias. Para una reciente reiteración de la versiones tradicionales véase Rock, State Building y
David Rock y Fernando López Alvez, “State-Building and political systems in nineteenth-century Argentina and
Uruguay”, Past and Present, número 167, mayo 2000; Negretto, “Rethinking the Legacy”. La interpretación en estas
páginas se basa en Paula Alonso, Jardines privados, legitimaciones públicas. El Partido Autonomista Nacional y la
política Argentina de fin de siglo XIX, Buenos Aires, Edhasa, en prensa, abril 2009.; Paula Alonso, “La política y sus
laberintos: el Partido Autonomista Nacional entre 1880 y 1886”, en Sabato, La vida política en la Argentina.
72
   Alonso, Jardines privados; Lucas Llach, “The Wealth of the Provinces. The Rise and Fall of the Interior in the Political
Economy of Argentina, 1880-1910”, Ph.D. dissertation, Harvard University, 2007; Pablo Gerchunoff, Fernando Rocchi,
Gastón Rossi, Desorden y Progreso. Las crisis económicas argentinas, 1870-1905”, Buenos Aires, Edhasa, 2008.
                                                                                                                 24


refiere a la naturaleza de los partidos políticos en estos años, y el segundo al carácter con el que el
liberalismo se fue perfilando.
        Hasta la emergencia de la Unión Cívica Radical y del Partido Socialista en la década de 1890,                          Formatted: Justified, Line spacing:
                                                                                                                               single, Don't adjust space between
los partidos políticos en la Argentina distaron de ser organizaciones con institucionalización interna,                        Latin and Asian text
programas o mecanismos informales acordados para definir candidaturas a los puestos electivos. Los
partidos políticos constituyeron, más bien, constelaciones de hombres detrás de un líder que tomaba
las decisiones de la agrupación. Llegado el momento electoral, clubs políticos encargados de
producir la elección se organizaban en las ciudades desplegando batallas de demostración de fuerzas
en elecciones cuya naturaleza incluía la violencia, la presión y el fraude. 73 Una vez concluida la
elección, los clubs se desarticulaban y la constelación partidaria se disolvía. Cuando los elegidos
ocupaban sus bancas en el Congreso no se esperaba que votaran en forma acordada o exhibieran
disciplina partidaria. Dada la naturaleza de los partidos en esta etapa, los líderes tenían una
preponderancia absoluta y la cara pública de la agrupación la constituía el diario partidario, una
especie de panfleto que informaba a miembros y simpatizantes sobre la posición del partido en la
lucha cotidiana y en el que los acontecimientos se difundían, explícitamente, a través del prisma
partidario. 74
         Dentro de la articulación partidaria que sinuosamente se fue desplegando y reeditando en los
últimos años del siglo, el liberalismo no se convirtió en el elemento distintivo entre unos y otros, sino
en la ideología legitimadora dentro de una cultura política que esquivaba definir programas. Como
vimos, dichas características ya habían sido desplegadas desde el inicio del período constitucional,
particularmente por el Partido Liberal. La ausencia de programas fijos y la apelación a un liberalismo
escasamente definido como bandera continuaron caracterizando la política partidaria hasta fin de
siglo (con la excepción del Partido Socialista). Incluso, cuando las reformas laicas que tuvieron lugar
durante la primera presidencia de Roca agitaron a grupos católicos, el clivaje partidario a nivel
nacional no fue substancialmente modificado. Los conflictos se suscitaron con motivo del traspaso
de una serie de jurisdicciones en manos eclesiásticas hacia el Estado nacional (como el registro civil),
resultando muy controvertida la ley 1420 que eliminaba la enseñanza religiosa de las escuelas
públicas. Cabe aclarar, sin embargo, que aunque los debates fueron ardientes, y la cuestión terminó
con la ruptura de relaciones con la Santa Sede, la cuestión religiosa no se tradujo en los clásicos
clivajes entre liberales y conservadores que tuvieron lugar en otras regiones. Liberal y conservador
eran términos intercambiables en la retórica argentina de la época. Figuras públicas que militaban en
otros partidos hicieron causa común para luchar contra las medidas laicas, fundando periódicos y un
partido político en la Capital Federal, la Unión Católica. Sin embargo, nunca lograron obtener
muchos adeptos a su causa. 75 Al momento de presentarse a la lucha electoral, sus dirigentes
conformaron alianzas con el mitrismo y el autonomismo porteño, liderados por masones o
anticatólicos, o indiferentes ante la cuestión religiosa. Lo que tenían estos grupos en común eran sus
objeciones al sistema político montado por el PAN que, según ellos, se apartaba de la constitución


73
   Los trabajos sobre elecciones en el siglo XIX argentino son ya muy extensos. Un relevo de los mismos, aunque no
actualizado, puede verse en Paula Alonso, “La reciente historia política de la Argentina del ochenta al centenario”,
Anuario IEHS, 13, l, 1998.
74
   Una caracterización de la prensa política puede verse en Alonso, “ ‘En la primavera de la historia’. El discurso político
del roquismo de los años ocehnta a través de su prensa”, Boletín del Instituto de Historia Argentina y America Dr. Emilio
Ravignani”, 3ra serie, número 15, 1er semestre de 1997, pp. 35-70.
         75
           Sobre estos sucesos véase Lee B. Kress, “Argentine Liberalism and the Church under Julio Roca, 1880-
         1886”, The Americas, Vol. 30, No. 3 (Jan., 1974), pp. 319-340.
                                                                                                               25


nacional, violando tanto el principio de la representación como el sistema federal Fue en base a estas
denuncias que los opositores decidieron hacer causa común.
        El liberalismo, en las diversas definiciones que los distintos grupos le adjudicaron, era por lo
tanto una ideología que abrigaba a todos los partidos políticos por igual, los cuales reducían su
programa a la defensa de la Constitución. 76 Así, en las últimas décadas del siglo, en las filiaciones
republicanas y democráticas ya tradicionalmente cobijadas por el liberalismo local, se infiltraron
también mansamente lenguajes del positivismo y del darwinismo social. 77 Esto, sin embargo, no
debiera interpretarse como que las disputas partidarias se redujeron a luchas personalistas en las que
la dimensión ideológica no tuvo lugar alguno. 78 Es indudable que la Argentina se adaptó a las
transformaciones de fines del siglo XIX y se incorporó con éxito y (en un marco comparativo con
América Latina) sin mayores dislocaciones al mundo transatlántico, y que la elite política no
cuestionó dicha incorporación, aunque sí algunas de sus consecuencias. El proyecto inmigratorio, el
modelo agroexportador o la inversión extranjera no provocaron los clivajes partidarios en una
situación cuya geografía despejaba dudas sobre los caminos posibles a seguir. Y tampoco el
liberalismo, el catolicismo o el conservadorismo despertaron grandes pasiones. Pero también es
cierto, como enseña la experiencia estadounidense, que la ausencia de grandes tensiones ideológicas
no debe confundirse con la ausencia de conflictos. 79 A veces, incluso, la lucha por las definiciones
dentro de un manto ideológico abarcador, despierta disputas tan acaloradas como las que tienen lugar
entre ideologías antitéticas entre sí.
        De este modo, cuando el PAN comenzó a construir su hegemonía durante la década del
ochenta, los debates entre el partido en el gobierno y sus opositores se articularon sobre los ejes ya
señalados del gobierno federal y el sufragio. Desde un plano ideológico, ambos temas estaban
íntimamente vinculados ya que el sistema partidario montado por el PAN, tanto en su variante
roquista como juarista, repercutía en ambos. El tipo de intromisión informal en los asuntos
provinciales ejercido por Roca se reñía con el principio de autonomía, mientras que el tipo de sistema
montado por Juárez era contradictorio con la otra base del principio federal: el del control de los
estados sobre el gobierno nacional. Juárez no construyó un sistema donde la autonomía provincial
tuviera como contrapartida un mayor ejercicio de contralor por parte de las provincias sino,
justamente, un mecanismo para garantizar que dicho control se desvaneciera por completo ya que la
autonomía provincial, es decir, la ausencia de intromisión institucional o informal del presidente en
los asuntos locales, se concedía a expensas de una declaración pública de lealtad al presidente. Al
mismo tiempo, el sistema de partido hegemónico se encontraba en tensión directa con el principio de
la representación, contribuyendo a su burla. Para erguirse a sí mismos como los árbitros de sus
respectivas provincias y demostrar que podían disponer de sus votos para las elecciones nacionales,
los gobernadores se aseguraban de mantener, por todos los medios a su alcance, la exclusión de los

76
   Incluyendo a los católicos. Mientras que muchos de sus dirigente se opusieron abiertamente a las medidas laicas,
militaban en partidos que habían promocionado dichas medidas o, como dijimos, se unían políticamente a grupos
opositores cuyo anticlericalismo era conocido.
77
   De esta forma, el positivismo tampoco alcanzaría en la Argentina la coherencia que logró en otros países de América
Latina, como fue sugerido en Paula Alonso, “Liberalism in the Foundational Decade of ‘Modern Argentina’. The
Political Debates of the 1880s", The Hispanic American Historical Review, Vol. 87, N.1, Febrero 2007. Sobre el
positivismo véase Oscar Terán, Para un reciente aporte sobre el positivismo a fin de siglo véase Oscar Terán, Vida
intelectual en el Buenos Aires fin-de-siglo (1880-1910): derivas de la "cultura científica, Buenos Aires, Fondo de Cultura
Económica, 2000.
78
   Halperín Donghi, “Una nación”.
79
   James P. Young, Reconsidering American Liberalism. The troubled odyssey of the Liberal Idea, Colorado, Westview
Press, 1996, p. 5.
                                                                                                              26


opositores y el dominio sobre el comicio, contribuyendo a la consolidación de gobiernos electores.
La hegemonía del PAN también tensionaba la división funcional del poder ya que entre las
constantes negociaciones entre los gobiernos provinciales y el presidente, la representación en el
Congreso Nacional encabezaba la lista de prioridades. El envío de representantes afines para lograr
una aceitada relación entre el poder legislativo y el ejecutivo era una variable fundamental de su
sistema, cada vez más denunciado por los opositores a medida que el PAN se fue afianzando. 80
        Aunque ideológicamente conectados, los dos principales partidos opositores -los mitristas
(ahora llamados nacionalistas) y los autonomistas porteños- optaron por imponer distintos énfasis en
sus discursos: mientras que el mitrismo decidió concentrar su prédica opositora en la violación del
derecho soberano a elegir libremente a los representantes, el autonomismo ahondó en las
implicancias del PAN sobre el principio federal. 81 Para el mitrismo, la fuente del mal que aquejaba a
la república era la violación del principio de la representación y tal violación justificaba la revolución
como remedio a los males institucionales de la república, en particular, para restaurar el régimen
representativo. 82 El autonomismo, por otro lado, si bien coincidía con el mitrismo en que el principio
de representación se encontraba violado en la república y que tal principio debía ser la base del orden
y del progreso, escogió centrar su prédica en el negativo impacto que un partido hegemónico tenía
sobre el principio federal. El autonomismo porteño, que en alianza con el Partido Nacional había
contribuíodo a la formación del PAN, se distanció del partido en el gobierno a partir de 1883 hasta
romper con él dos años después, producto de la competencia desatada por la elección presidencial de
1886. Tras retomar sus viejas banderas, los autonomistas denunciaron durante los años ochenta el
rápido proceso de centralización en el gobierno nacional y el concomitante debilitamiento de Buenos
Aires, único centro político capaz de limitar y controlar al poder central. 83
          El PAN desplegó diversas estrategias discursivas en sus debates con los opositores. 84 La
principal fue apuntalar el crecimiento del país durante esos años, haciendo del progreso su principal
bandera legitimadora, uniendo las retóricas del “liberalismo constitucional” con las del “liberalismo


80
   Aunque, como veremos, los radicales fueron quienes mas denunciaron la sumisión del Congreso ante el Presidente, el
 Poder Judicial no recibió la misma atención en los discursos opositores. En parte la razón puede encontrarse en la mas
 lenta construcción de dicho poder, en parte porque los miembros de los mas altos tribunales, incluyendo la Corte
 Suprema, gozaban de alta reputación. Únicamente en momentos electorales se denunciaba la politzación de los jueces
 encargados de fizcalizarlas, aunque las denuncias eran esgrimidas tanto por miembros del partido oficial como de los
 opositores. Véase Eduardo Zimmermann, “El Poder Judicial, la construcción de estado, y el federalismo: Argentina,
 1860-1880”, en Eduardo Posda Carbó (ed), In Search of a New Order: Essays on the Poliics of Nineteenth-Century
 Latin America, Londres, ILAS, 1998; “Centralización, justicia federal y construcción del estado en la organización
 nacional”, RIIM, Revista de Instituciones, Ideas y Mercados, N. 46, Mayo 2007, Año XXIV, pp. 265-292.
81
   Estos temas han sido desarrollados en Paula Alonso, “Los lenguajes de oposición en la Argentina de 1880: La Nación
 y El Nacional”, en RIIM, Revista de Instituciones, Ideas y Mercados, N. 46, Mayo 2007, Año XXIV, pp. 33-62.
82
   “Criterio de los partidos”, La Nación, 6 de octubre de 1880.
83
   Sobre la problemática de la federalización de Buenos Aires y el sistema federal véase Natalio Botana, “1880. La
federalización de Buenos Aires”, en Gustavo Ferrari y Ezequiel Gallo, La Argentina del ochenta al centenario, Buenos
Aires, Sudamericana, 1980, pp. 107-122; Botana y Gallo, “Estudio Preliminar”, De la república posible a la república
verdadera.
84
   Esta sección ofrece fragmentos de mis siguientes trabajos: “En la primavera de la historia”; “El discurso político del
roquismo de la década del ochenta a través de su prensa”, Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr.
Emilio Ravignani”, Tercera serie, núm.15, 35-70, 1er semestre 1997; “La Tribuna Nacional y Sud-América: tensiones
ideológicas en la construcción de la Argentina Moderna en la década de 1880”, en Paula Alonso (compiladora)
Construcciones impresas. Panfletos, diarios y revistas en la construcción de los estados nacionales en América Latina,
1820-1920, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2004; "Tribuna Nacional, Sud-América y la legitimación del
poder (1880-1890)”, Entrepasados, Año XII, N. 24/25, Año 2003; "Liberalism”; y “Los lenguajes de oposición”.
                                                                                                               27


desarrollista”. 85 Siguiendo la línea de reflexión alberdiana, sus voceros insistieron en que fue a través
del progreso económico que finalmente se consiguió la paz y se terminó con el cortejo de males que
había aquejado al país hasta la fecha. Junto con un discurso basado en los beneficios del progreso, el
gobierno roquista también basó su legitimación en una invocación a la carta constitucional. Frente a
las objeciones del mitrismo sobre la violación del sufragio, el gobierno argumentó que los vicios
electorales no sólo no eran nuevos sino que, lejos de representar una situación exclusiva de la
Argentina contemporánea, era un mal que hostigaba incluso a las naciones mas desarrolladas. El
progreso, insistía, se encargaría de mejorar gradualmente su práctica a través de la erradicación de la
pobreza y de la ignorancia. El roquismo también respondió a las objeciones “federales” de los
autonomistas argumentando que, a diferencia de sus antecesores, el presidente se había contenido de
utilizar el mecanismo de la intervención federal. Asimismo, el roquismo elevó la influencia personal,
informal y directa que el poder ejecutivo podía ejercer sobre las provincias al rango de doctrina
constitucional, subrayando el mayor respeto que confería a las autonomías provinciales que los
métodos coercitivos utilizados por sus antecesores. 86
           Llegado su turno, el juarismo modificó los argumentos del roquismo con algunos giros                              Formatted: Justified, Line spacing:
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propios. Para los opositores, todos los males de la primera administración del PAN se habían visto
exacerbados y potenciados durante la administración de Juárez. A la violación del sistema
representativo y del principio federal, decían, había que agregarle ahora una corrupción en la
administración pública, inusitada hasta entonces. Frente a las críticas, el juarismo optó por ignorar el
tema del gobierno representativo y propuso una idiosincrática doctrina del principio federal en la que
los gobernadores eran definidos como agentes del progreso en sus respectivas provincias. Así, el
principio federal de la constitución quedaba trocado por una doctrina oficial que públicamente
sostenía que, en la prosecución del progreso, el rol de los gobernadores era el de meros ejecutores de
la política nacional y en la que el principio de control, central en la doctrina federal, quedaba
anulado. El juarismo vaciaba al federalismo de sus contenidos para reemplazarlo, bajo el mismo
rótulo, por una concepción unitaria de gobierno.
           El sistema político montado por el juarismo colapsó durante los meses transcurridos entre la                      Formatted: Justified, Line spacing:
                                                                                                                             single, Don't adjust space between
revolución de julio de 1890 y las elecciones presidenciales de 1892. 87 La revolución de julio fue                           Latin and Asian text
llevada a cabo por los grupos opositores porteños -el mitrismo, el autonomismo y los católicos
agrupados bajo la Unión Cívica– y condujo a las circunstancias en las que Juárez renunció a la
presidencia. La Unión Cívica pronto se fragmentó en el medio del frenesí de negociaciones que
tuvieron lugar en vistas a las elecciones presidenciales de abril de 1892: la Unión Cívica Nacional
(UCN) agrupó a los mitristas, y la Unión Cívica Radical (UCR), liderada por Leandro Alem y
Bernardo de Irigoyen, incluyó a varios autonomistas porteños. Dentro del PAN, las batallas internas
desatadas entre juaristas y roquistas en los cuatro años precedentes continuaron una vez que, luego de

85
   Como Alan Knight denominó a ambas corrientes al analizar el caso de México en esta etapa, véase su: “ “El
liberalismo mexicano desde la reforma hasta la revolución (una interpretación), en Historia Mexicana, Vol XXXV, julio-
septiembre, 1985, N.1, pp. 59-91.
86
   Durante el período 1862-1880 tuvieron lugar 15 intervenciones federales, 8 de ellas por decreto y 7 por ley. En el
período siguiente (1880-1916), hubo 40 intervenciones, 25 por ley y 15 por decreto. Mientras que el número de
intervenciones en su segunda presidencia trepará a 6, Roca mantuvo en su primera presidencia el record, junto con Juárez,
de menor cantidad de intervenciones federales por administración en lo que resta del siglo XIX. Véase, Natalio Botana,
“El federalismo”; Botana, El orden conservador; p.128-129. Las intervenciones federales durante la primera presidencia
de Roca han sido analizadas en Alonso, “La política y sus laberintos”.
87
   Estos eventos y el siguiente análisis pueden verse en Paula Alonso, Entre la revolución y las urnas. Los orígenes de la
Unión Cívica Radical y la política argentina en los años noventa, Buenos Aires, Sudamericana/Universidad de San
Andrés, 2000.
                                                                                                              28


la revolución, Roca retornó al gobierno nacional y desde su nuevo puesto se aprestó a reconstruir las
bases de su poder.
          El reagrupamiento de fuerzas políticas tuvo consecuencias significativas en las doctrinas y
lenguajes reproducidos por sus respectivos protagonistas. Uno de los aspectos más destacados fue la
forma en que la UCR unió en una sola voz los discursos opositores que habían caracterizado al
mitrismo y al autonomismo porteño en los años precedentes. El partido enraizó la bandera del
sufragio (y el concomitante derecho a la revolución) y la defensa de las autonomías provinciales
como base ideológica y programa partidario, y continuó con la retórica moralizante contra la
corrupción administrativa que la oposición había desplegado durante el gobierno de Juárez. Pero
además, dentro de su retórica opositora, la UCR también incluyó sus objeciones contra el impacto
que la hegemonía del PAN había experimentado en la división funcional del poder, convirtiendo al
Congreso Nacional en una institución sumisa del Poder Ejecutivo, revitalizando así un aspecto
escencial del liberalismo que solo había gozado de un espacio secundario hasta entonces. 88
          Como proyecto partidario la UCR decimonónica resultó en un fracaso. A nivel partidario, la
tradicional oposición porteña (con la excepción del emergente Partido Socialista) languidecía durante
el cambio de siglo. No obstante, muchas de las preocupaciones esgrimidas por la oposición porteña
en los últimos años del siglo XIX sobre el gobierno representativo, el sistema federal y, en menor
medida, la división funcional del poder se trasladaron a discusiones internas y proyectos alternativos
dentro del PAN durante los primeros años del siglo XX. 89 El Partido Socialsta, por su parte, creado
en 1896 con el propósito explícito de representar a la clase trabajadora, se vio beneficiado por el
colapso del Partido Radical ya que compartía con él su base geográfica en la ciudad de Buenos Aires.
El socialismo también se diferenció de la cultura política en la que se inscribía al sostener una rígida
organización partidaria y un detallado programa. Pero no representó una gran amenaza para el PAN.
En primer lugar, porque fue un partido cuya base quedó limitada a las zonas urbanas (principalmente
a la ciudad de Buenos Aires y Rosario); en segundo lugar, porque su programa, si bien
explícitamente destinado a beneficiar a la clase trabajadora, también se embebía de un lenguaje
constitucional y de un apego a los principios liberales de representación política. Su estrategia,
mientras le valió discordias con el anarquismo y el sindicalismo de fin de siglo, los encontró más
cercanos a los grupos en el gobierno, quienes pronto abrazarían un liberalismo reformador que
incluiría muchos de los propósitos enunciados por el Partido Socialista. 90 El liberalismo argentino de
cambio de siglo, sin definiciones claras, sin grandes desafíos y exhibiendo una gran flexibilidad y
adaptabilidad, continuó incorporando una serie de reformas –traducidas en proyectos sociales y
políticos de envergadura como el código laboral y la reforma electoral- que aunque procedentes de
otros legados ideológicos, las hacía propias. Solo en la segunda década de siglo XX el liberalismo
encontrará un serio rival en el nacionalismo emergente, perdiendo finalmente su condición de
ideología hegemónica.
                                                                                                                            Formatted: Justified, Line spacing:
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Reflexión final

88
   Sobre el radicalismo en los años noventa véase Paula Alonso, Entre la revolución y las urnas. La formación de la
Unión Cívica Radical y la política Argentina en los años noventa, Buenos Aires, 2000.
89
   Sobre algunas de las preocupaciones del centenario véase la recopilación de Darío Roldán, Crear la democracia. La
Revista Argentina de Ciencias Políticas y el debate en torno de la República Verdadera, Buenos Aires, Fondo de Cultura
Económica, 2006. Sobre el faccionalismo dentro del PAN en la primera década del siglo XX véase Martín Castro,
¨Faccional Struggle. Political Elites and Electoral Reform in Argentina, 1892-1912¨, D. Phil, University of Oxford, 2004.
90
   Véase Eduardo Zimmermann, Los liberales reformistas. La cuestión social en la Argentina, 1890-1916, Buenos Aires,
Ed. Sudamericana/Universidad de San Andrés,1995.
                                                                                                             29



El dominio que el liberalismo ejerció sobre el campo ideológico argentino durante gran parte del                          Formatted: Justified, Line spacing:
                                                                                                                          single, Don't adjust space between
siglo XIX puede interpretarse, según enunciamos al comienzo, como derivado de su naturaleza                               Latin and Asian text
inherente y de las condiciones propias de la región. Un dominio que presentó, sin embargo, vaivenes
a lo largo del siglo. Si regresamos a los dos ejes centrales de este ensayo, tales vaivenes se
expresaron en la compleja articulación entre representación y limitación del poder. Sobre este nudo
problemático, Darío Roldán ha propuesto una interpretación muy eficaz para entender el peculiar
derrotero que asumió el liberalismo en Argentina. Su argumento retoma las características que
asumió la crisis de la monarquía hispánica - y los efectos que tuvo en América al actualizar la
tradicional invocación de la retroversión de la soberanía a los pueblos- para demostrar que en el caso
rioplatense la discusión en torno a la representación expresó prioritariamente la necesidad de
reconstruir el poder soberano y la unidad legítima de la república. Este intento de convertir al sistema
representativo en una suerte de dispositivo “constructivista” de la desmembrada soberanía no estuvo
acompañado – según la reflexión de Roldán - por una “una crítica liberal a la política” en la
coyuntura posrevolucionaria. La debilidad de los argumentos liberales habría moldeado una visión
unanimista, no pluralista, de la política en el Río de la Plata. 91
        En esta línea de reflexión - que sostiene que la unidad del Estado intentó ser construida                         Formatted: Justified, Line spacing:
                                                                                                                          single
utilizando el principio de la representación - vuelve a poner de relieve la cuestión territorial. Si en la
primera mitad del siglo el debate giró en torno a la definición del sujeto de imputación de la                            Comment [SU24]: Pueden por favor
                                                                                                                          devisar la redacción de esta frase? Cuál
soberanía –nación o pueblos- y a la distribución del poder territorial –centralismo o federalismo-, en                    es el sujeto de “reconstruir”? Quién
la segunda mitad se desplazó hacia el significado de “lo federal” y al ejercicio del sufragio. Mientras                   específicamente hace esos intentos de
                                                                                                                          reconstrucción? SE REFIERE A LA
que en las décadas siguientes a la revolución el vocablo federal se identificaba claramente con los                       RELFEXION DE ROLDAN. CREO
proyectos autonómicos de tipo confederal, después de 1860 se llenó de nuevos contenidos en la                             QUE AHORA QUEDA MAS CLARA.

medida en que el federalismo se definió como la defensa de la autonomía provincial contra el poder
central. El protagonismo de la dimensión territorial en los conflictos políticos de todo el siglo se
expresó después de 1810 a través de cuerpos territoriales (ciudades o provincias) que disputaron en
torno a la constitución de un régimen político capaz de recrear una unidad soberana pero limitada en
su ejercicio por dichos cuerpos.Al fracasar la construcción de esa unidad, le sucedió la sanción de la
constitución nacional y el desplazamiento del conflicto al interior de las luchas partidarias. Como
intentamos demostrar en este ensayo, la consolidación política de la nación unida institucionalemtne
comenzó a construirse a partir de una articulación partidaria que procuró vincular las provincias al
poder central a través de diversos mecanismos. El hecho de que la división funcional del poder no
adquiriera una gran predominancia, y quedara opacada por los debates alrededor de la legitimación
de origen de los gobernantes y de la distribución de poderes entre las provincias y la nación,
contribuyó a justificar la construcción de partidos hegemónicos que no veían su exitencia reñida con
el liberalismo en que decían insribirse.
        La noción de gobierno limitado, por lo tanto, no aparecía tan asociada al principio liberal de
división de poderes como a la capacidad de las provincias de limitar al poder central en el ejercicio
de sus funciones. Por esta razón, la representación ocupó siempre a lo largo del siglo el papel
constructivista ya señalado. Y los partidos, una vez constituidos, se perfilaron como proyectos para
amalgamar esa desmembrada soberanía. Aunque con rasgos muy diversos según la coyuntura, la
vocación hegemónica de los grupos gobernantes se expresó tanto en el “momento republicano” del
siglo (cuando desde los gobiernos revolucionarios hasta el rosismo se apeló a la supremacía e
incluso a la unanimidad), como en el “momento constitucional” (cuando desde el Partido de la

91
  Darío Roldán, “La cuestión de la representación en el origen de la política moderna. Una perspectiva comparada (1770-
1830)”, en Sabato La vida política en la Argentina, pp. 41-43.
                                                                                              30


Libertad, y más exitosamente desde el PAN se intentó asumir la representación de toda la sociedad y
no sólo de una parte de ella). A lo largo de dicho arco histórico se vislumbra la obsesión por alcanzar
una unidad política siempre percibida como frágil y amenazada.
        Sin duda que esa obsesión no fue ajena al derrotero del ex–virreinato del Río de la Plata una
vez terminadas las guerras de independencia, perdiéndose territorios y más de la mitad de sus
poblaciones, y fragmentándose en unidades políticas autónomas por más de cinco décadas. En este
sentido, si el liberalismo argentino fue una apuesta a crear el Estado nacional. Las aspiraciones a
construir poderes hegemónicos fueron muchas veces justificadas a partir de la necesidad de dotar a
dicho Estado de una base efectiva. La apelación a una constitución escrita a partir de 1860 dentro de
un liberalismo modelado acorde a las tradiciones locales sugiere que, si bien los acuerdos fueron lo
suficientemente consensuados como para no amenazar ya la unidad territorial y no alterar la carta
fundacional de la república, no fueron lo suficientemente fuertes como para minimizar las discordias.
Sus protagonistas habían llegado a acuerdos significativos en lo referente a derechos civiles y
políticos (como el de la libertad de prensa). Sin embargo, aunque todos apelaran al credo liberal
para justificar su accionar, el federalismo y la representación se convirtieron en los ejes principales
de los conflictos y de los debates. Los mismos se esgrimieron en un lenguaje institucional donde si
bien la constitución no estaba en disputa, sí lo estaban sus significados. Lo que resulta sugestivo en
este caso, es que las disputas se cercenaban, principalmente, sobre la fidelidad a una constitución
liberal, pero no sobre la naturaleza del liberalismo. El hecho de que el liberalismo fuera un manto
ideológico destinado a producir la unidad y concentración de la soberanía sobre el cual los partidos
disputaban el significado de algunos de sus aspectos, sin oponentes que lo desafiaran desde fuera de
él, conspiró contra la estimulación de un debate profundo y mayor sobre su naturaleza, al menos
hasta entrado el siglo XX.