LA POLICIA MUNICIPAL DE PORTUGALETE EN EL SIGLO XIX

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LA POLICIA MUNICIPAL DE PORTUGALETE EN EL SIGLO XIX Powered By Docstoc
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  LA POLICIA MUNICIPAL DE
PORTUGALETE EN EL SIGLO XIX


  ROBERTO HERNÁNDEZ GALLEJONES

     Archivero Municipal de Portugalete




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A               partir del comienzo de la centuria ochocentista, las fuerzas de seguridad
               al servicio de la Corporación van a sufrir un largo proceso de evolución,
hasta prácticamente hacerlas desembocar en lo que nosotros entendemos como la
Policía Municipal de nuestros días.
        A principios del siglo pasado, Portugalete contaba tan sólo con un alguacil o
policía municipal. La labor del alguacil era muy breve, en ocasiones duraba un año o
incluso menos. Únicamente había uno, y estaba en posesión de muy reducido sueldo. El
que nos ocupa, un tal Vélez, sucesor del señor Echalecu en el empleo, había trabajado
para el Consistorio desde el 9 de Agosto de 1.819, al 24 de Enero de 1.820, como
perceptor de los derechos de escala, de aguardientes, velas de sebo, bacalao y grasas.
Cobraba por dicha labor un montante de 450 reales anuales. Estas contribuciones, lo
eran sobre las mercaderías que se desembarcaban en nuestro puerto.
        No obstante, hasta tal punto debía llegar la primacía de lo musical en la
designación, que en otro papel del 1 de Enero de 1.826, José Vélez, solicita la plaza de
ministro alguacil y tamborilero. Alega nuestro peticionario que sabía tocar el tambor y
el “silbo” (el txistu). Su padre le había enseñado dichas habilidades, siendo él niño en
Balmaseda. Por si fuera poco, había perfeccionado sus conocimientos musicales bajo la
dirección de Pantaleón de Aguina, un compositor vecino de la ciudad de Orduña.
        A lo largo del siglo XIX, al aumentar la población de Portugalete,
configurándose nuestra Villa como ciudad –dormitorio y reputada estación de baños de
mar, va a acrecentarse el número y tiempo de servicio de los agentes. A partir de ahora,
y cada vez más, recibirán indistintamente la denominación de policías o guardias
municipales. Pasan de ser magistraturas anuales, a ejercer sus labores durante 3, 5 o más
años. También es muy significativa la abundancia de quejas por la escasez de sus
emolumentos, en relación con la carestía de la vida. Estas tendencias se verán
agudizadas por el establecimiento de la plutocracia mercantil y financiera de Bilbao y
de Vizcaya en Portugalete, eligiendo el villazgo como zona de descanso estival, tal
hecho provocó un alza del coste de la vida durante la temporada de baños. Al mismo
tiempo, se produce una radicación de los obreros de las industrias siderometalúrgicas y
mineras circunvecinas en los barrios periféricos de Portugalete. Esta concentración se
localizó con preferencia en Azeta, en las proximidades de Sestao, en la cercanía de la


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entonces mayor industria vizcaína. Se trataba del tejido siderúrgico integrado por las
factorías de la “La Iberia”, “La Vizcaya”, y “Altos Hornos de Bilbao”, fusionadas en
1.902 con el nombre de “Altos Hornos de Vizcaya”, merced a la iniciativa de Víctor
Chávarri, que falleció dos años antes.
         Los fenómenos aquí apuntados comienzan a gestarse en el decenio de los 60,
asentándose fuertemente en los años 70 del siglo pasado. Incidieron especialmente
finalizada la contienda Carlista, y particularmente, tras el fuerte asedio al solar jarrillero,
perpetrado entre 1.873 y 1.874 por los partidarios de Don Carlos. Portugalete se
aburguesa, y en cierto modo se enriquece. Por tal razón, se hace cada vez más necesaria
una fuerza pública numerosa y de calidad.
         En un expediente fechado el 7 de Diciembre de 1.866, insertando un estadillo,
remitido por el alcalde a la Secretaría de Estadística del Señorío, aparece un alguacil
municipal dotado con 255,50 escudos de sueldo anual y un policía urbano con 292
escudos. Junto a ellos, y también incluidos en el epígrafe de fuerza pública, y con
derechos a llevar armas están un “resguardo de consumos y ventas estancadas” (una
especie de celador de arbitrios), un peón caminero, un guardia–almacén, el ayudante de
telégrafos, y su auxiliar.
         En otro escrito del 23 de Diciembre de 1.886, aparecen los siguientes miembros
de policía: el jefe de municipales, Don Niceto Pardo Pozo, con 273,75 ptas. de haberes
anuales, 3 alguaciles, percibiendo a razón de 228,12 ptas. cada uno, y por último, 1
alguacil–barrendero con el mismo sueldo. El cuerpo de veladores nocturnos o serenos,
poseía 7 integrantes, con 228,12 ptas. al año. A su cabeza se encontraba un cabo, con
250,94 ptas.
         Los alguaciles poseían revólveres para poder usarlos en ocasiones específicas.
La licencia de armas de fuego estaba concedida por el Gobernador Civil. Los veladores
nocturnos, usaban lanza y revólver, con la pertinente autorización del Gobierno Civil.
         Las edades oscilaban entre los 43 y 54 años, en los 2 jefes, y los 28 y 36, entre
los componentes de la policía. Los serenos iban de los 28 a 45 años. En cuanto el estado
civil, son casados en su totalidad.
         Los sueldos de policías diurnos y nocturnos (veladores), eran los mismos, y sus
funciones parejas. Lo único que les diferenciaba mayormente, era el marco horario de
actuación, y su indumentaria.
         El 26 de Noviembre de 1.877, es la primera fecha en la que surgen los guardias
de noche. Los ediles deciden la creación de los mismos, “…en vista de los sucesos tan
desagradables que estaban ocurriendo en las inmediaciones de esta población…”, para
conseguir la necesaria tranquilidad y sosiego para el vecindario.
         El 3 de Octubre de 1.883, las autoridades del villazgo acuerdan aumentar la
plantilla de veladores en 2 más, por la poca seguridad que hay en la población durante la
noche, “…por la gran afluencia de gente que en ella se cobija…”.
         Existía también el guarda o guardia de la Playa del Salto. Este era en realidad un
policía municipal dedicado a tales menesteres. Su nombramiento se registra en el acta
de 1.883 arriba citada. Por el interés y gracejo del texto lo transcribo seguidamente:
“…con motivo de las justas quejas dadas por las personas, ya forasteras como vecinas,
que durante la época del estío concurren a la Playa llamada del Salto, con el fin de
solazarse, ya tomando el fresco ambiente que en ella se respira o bien bañándose,
fundándose en que gentes, que sin religión, educación ni pudor, se bañan en dicha playa
sin llevar cubierto su cuerpo con ninguna clase de vestido, y en vista de que los 3
alguaciles, con que cuenta el municipio no pueden atender a todas partes, pues si acuden
aquel sitio tienen por necesidad que abandonar otros puntos, acaso tanto o más


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necesarios de vigilancia, como son las fuentes públicas,…”, se adoptó que el alguacil
barrendero, se encargase de custodiar la playa en la etapa veraniega.
        Siempre se va a tratar de un único agente, con su suplente para los casos
necesarios. Lo de la suplencia era práctica habitual para los empleados policiales de la
municipalidad. Constan también en los fondos documentales, guardias de primera,
segunda, etc., según el tiempo que llevasen ejerciendo.
        Al vigilante de la playa, se le demandaban los siguientes requisitos, tal como
aparecen en un documento del 20 de Junio de 1.892: (1) saber nadar; (2) leer y escribir;
(3) llevar nota diaria de las casetas que se coloquen y retiren en la playa practicando la
recaudación; (4) custodiar las cuerdas y útiles de la playa, conservándolos bien
colocados y en buen estado para el servicio; (5) hacer observar y cumplir las
disposiciones de los bandos, y (6) prestar auxilio a las personas que lo precisaran. El
sueldo de tal policía alcanzaba las 100 ptas. mensuales. Su período de trabajo
principiaba el 1 de Julio, acabando con el fin de la temporada de verano.
        Con respecto a los uniformes que vestían los guardias municipales, un
documento de Archivo de 1.885, nos lo refiere. Los trajes de los 4 empleados se
componían de pantalón, chaleco, americana y gorra. En la solapa de la chaqueta o
americana se colocaban las iniciales “G.M.” (Guardia Municipal). El paño de los trajes
era de color azul, con forro de tartán de lana oscuro. El coste de esta vestimenta iba de
70 a 85 ptas. la pieza. Entre 1.890 y 1.893), debieron de añadir a su indumentaria un
capote y un impermeable.
        Sabemos también como iban vestidos los veladores nocturnos: un capote, una
gorra de piel, un cinto y una badana, “para resguardar el pecho del calor de la linterna”.
Portaban además una lanza, una carraca, dos silbatos y un farol inglés. Así se describía
su equipo por lo menos en los años 70 del siglo.
        En cuanto al origen, la mayoría venían de las provincias de Castilla–León, y algo
menos de Castilla–La Mancha. En algunos casos procedían del País Vasco, de Bilbao,
de Portugalete y de sus aledaños. Sin embargo, esto no era la norma. A finales de la
centuria aparece algún gallego, pero raramente.
        Los solicitantes procedían casi siempre del ejército de tierra, de la marina de
guerra, de las secciones de carabineros de mar o de tierra, de la guardia civil, de los
miñones, etc. Algunos habían sido alguaciles o serenos en otras localidades. El resto se
repartía entre guardias de seguridad del ferrocarril de Galdames, zapateros y jornaleros.
Entre los que habían servido varios años en la milicia se localizaban veteranos de la
Guerra de Africa o Cuba.
        Parece ser que hasta la década de los 70 por lo menos, las autoridades valoraron
en cierta medida el hecho de hablar euskera. Esto se debía, a que desde la segunda mitad
del Setecientos, y primera parte del siglo XIX, habían arribado a la Villa muchos
euskaldunes de Vizcaya y Guipuzcoa. Para confirmar nuestro aserto tenemos un dato
aportado por cierto documento. En él, el solicitante de una plaza de guardia, Francisco
de Aguirre, ̶en su petición fechada el 15 de Noviembre de 1.869-, dice que desea el
puesto de ministro alguacil (a la sazón dotado con 288 escudos anuales, y vacante desde
el día 8 de idéntico mes), “teniendo además la ventaja de ser natural del País
Vascongado, en donde según su código fundamental, tienen la preferencia los hijos del
mismo a obtener tales destinos,…”. Para ello alega incluso la ventaja, “de poseer el
idioma del país, “euskera”, que es indispensable en esta localidad, para desempeñar con
el debido acierto tal destino”.
        Así mismo, se registran reclamaciones y quejas de parte de estos trabajadores,
por lo exiguo de su sueldo, en comparación con el fuerte ascenso de los precios de los


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artículos de primera necesidad. Entre ellas, destaca la petición cursada por el ministro
alguacil Jacinto Sasía en 1.864. Afirma ganar 6 reales diarios, no alcanzándole para
vivir, fundamentalmente por motivo de la subida de los precios en la temporada estival,
a causa de la gran afluencia de bañistas. En 1.867, el mismo individuo nos informa de
que llevaba 5 años prestando sus servicios. Los 2 primeros, ganaba 2.190 reales al año.
En 1.864, cobraba 7 reales diarios, con lo que ahora sus honorarios llegaban a 2.555
reales anuales. No le bastaba para sufragar sus necesidades, ya que pagaba 1 real al día
por el alquiler de su casa, no llegándole ni para el combustible de la vivienda con los 6
reales restantes.
         En un escrito de 1.893 el solicitante nos cuenta que es el alguacil especial o
guardia municipal de la calle Mier (barrio de Azeta), desde Septiembre de 1.890, con
unos emolumentos anuales de 912 ptas. Entró como interino. En ese momento era ya
titular, y pedía la equiparación de jornal con sus compañeros. Se trataba de un empleado
publico que prestaba sus servicios en la barriada obrera de Azeta.
         Lo pequeño de la retribución, los altos precios de los alimentos básicos, y las
labores extraordinarias que se les obligaba a hacer impulsaba a los guardias y serenos a
abandonar frecuentemente sus cargos. Por otra parte, solían estar poco tiempo en los
mismos. Era queja común la utilización de tales agentes como operarios de limpieza.
         Así, en 1.890 el sereno de Azeta, tenía ordenes de su alcalde de barrio para
efectuar tareas durante el día. Entre otras cosas, tenía que encontrarse disponible, “…en
caso de que hubiese alguna riña, como bastante a menudo suele haber en este barrio”.
Lo que ocurría, era el desarrollo de abundantes peleas con arma blanca por parte de los
obreros allí residentes, y trabajadores de los talleres colindantes. Igualmente, nuestro
sufrido funcionario, debía de estar de guardia por la noche, hasta el cierre de las
tabernas. Sucedía que dichos establecimientos tenían que ejecutarlo a las nueve y media,
pero la mayoría lo realizaban a las diez y media y once. El arreglo de las farolas le
forzaba a coger la escalera al hombro 3 veces al día, e ir a por petróleo, perdiéndose
mucho tiempo en tal cometido. Era también su obligación el vigilar que pasadas las
ocho de la mañana, no se sacudiese ropa en los balcones, o se barriese hacia la calle. Su
servicio normal iba de la una y media de la madrugada hasta las cinco y media.
Solamente en calzado gastaba 20 reales al mes.
         En un segundo texto, firmado en Julio de 1.890, y suscrito por los 5 veladores, se
dice que desde 1.885, (fecha en que se montó la máquina para sofocar incendios y
limpieza de cloacas), venían ejerciendo los servicios de limpieza del alcantarillado y
otras tareas de carácter extraordinario. Todo ello se producía fuera del horario
reglamentario. Por esta razón, solicitan una gratificación, ya que en el pasado, dichas
actividades las hacían unos empleados específicos.
         En 1.895, los 6 serenos piden un aumento en sus honorarios, ya que
consideraban su trabajo demasiado penoso, y de bastante responsabilidad. Encima
tenían que pagar de su bolsillo el aceite para las farolas.
         Esperamos que merced a las modestas líneas que anteceden el lector haya
podido conocer mejor la Historia de la Policía Municipal de aquel brillante Portugalete
decimonónico.

       En Portugalete, a 11 de junio de 2003




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