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					28/02/2010                                         garciamarquez



      ESPANTOS DE AGOSTO
      GABRIEL GARCIA MARQUEZ

      Llegamos a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos más de dos horas buscando el castillo
      renacencista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico de
      la campina toscana. Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil
      encontrar a alguien que supiera algo en las calles abarrotadas de turistas. Al cabo de muchas
      tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por un sendero de cipreses sin
      indicaciones viales, y una vieja pastora de gansos nos indicó con precisión dónde estaba el castillo.
      Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos
      previsto, que sólo íbamos a almorzar.

      – Menos mal – dijo ella – porque en esa casa espantan.

      Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos del medio día, nos burlamos de su credulidad. Pero
      nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron dichosos con la idea de conocer un fantasma de
      cuerpo presente.

      Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era un anfitrión espléndido y un comedor refinado,
      nos esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como se nos había hecho tarde no tuvimos tiempo
      de conocer el interior del castillo antes de sentarnos a la mesa, pero su

      aspecto desde fuera no tenía nada de pavoroso, y cualquier inquietud se disipaba con la visión
      completa de la ciudad desde la terraza florida donde estábamos almorzando. Era difícil creer que en
      aquella colina de casas encaramadas, donde apenas cabían noventa mil personas, hubieran nacido
      tantos hombres de genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos dijo con su humor caribe
      que ninguno de tantos era el más insigne de Arezzo.

      – El más grande – sentenció – fue Ludovico.

      Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las artes y de la guerra, que había construido aquel
      castillo de su desgracia, y de quien Miguel nos habló durante todo el almuerzo. Nos habló de su
      poder inmenso, de su amor contrariado y de su muerte espantosa. Nos contó

      cómo fue que en un instante de locura del corazón había apuñalado a su dama en el lecho donde
      acababan de amarse, y luego azuzó contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que lo
      despedazaron a dentelladas. Nos aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche el espectro de
      Ludovico deambulaba por la casa en tinieblas tratando de conseguir el sosiego en su purgatorio de
      amor.

      El castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero a pleno día, con el estómago lleno y el corazón
      contento, el relato de Miguel no podía parecer sino una broma como tantas otras suyas para
      entretener a sus invitados. Los ochenta y dos cuartos que recorrimos sin asombro después de la
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      siesta, habían padecido toda clase de mudanzas de sus dueños sucesivos. Miguel había restaurado
      por completo la planta baja y se había hecho construir un dormitorio moderno con suelos de mármol e
      instalaciones para sauna y cultura física, y la terraza de flores intensas donde habíamos almorzado. La
      segunda planta, que había sido la más usada en el curso de los siglos, era una sucesión de cuartos sin
      ningún carácter, con muebles de diferentes épocas abandonados a su suerte. Pero en la última se
      conservaba una habitación intacta por donde el tiempo se había olvidado de pasar. Era el dormitorio
      de Ludovico.

      Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas bordadas con hilos de oro, y el sobrecama de
      prodigios de pasamanería todavía acartonado por la sangre seca de la amante sacrificada. Estaba la
      chimenea con las cenizas heladas y el último leño convertido en piedra,

      el armario con sus armas bien cebadas, y el retrato al óleo del caballero pensativo en un marco de
      oro, pintado por alguno de los maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de sobrevivir a su
      tiempo. Sin embargo, lo que más me impresionó fue el olor de fresas recientes que permanecía
      estancado sin explicación posible en el ámbito del dormitorio.

      Los días del verano son largos y parsimoniosos en la Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio
      hasta las nueve de la noche. Cuando terminamos de conocer el castillo eran más de las cinco, pero
      Miguel insistió en llevarnos a ver los frescos de Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco,
      luego nos tomamos un café bien conversado bajo las pérgolas de la plaza, y cuando regresamos para
      recoger las maletas encontramos la cena servida. De modo que nos quedamos a cenar.

      Mientras lo hacíamos, bajo un cielo malva con una sola estrella, los niños prendieron unas antorchas
      en la cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los pisos altos. Desde la mesa oíamos sus galopes
      de caballos cerreros por las escaleras, los lamentos de las puertas, los

      gritos felices llamando a Ludovico en los cuartos tenebrosos. Fue a ellos a quienes se les ocurrió la
      mala idea de quedarnos a dormir. Miguel Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros no tuvimos el
      valor civil de decirles que no.

      Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la planta
      baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos habían sido modernizados y no tenían nada de
      tenebrosos. Mientras trataba de conseguir el sueño conté los doce toques insomnes

      del reloj de péndulo de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa de la pastora de gansos. Pero
      estábamos tan cansados que nos dormimos muy pronto, en un sueño denso y continuo, y desperté
      después de las siete con un sol espléndido entre las enredaderas de la

      ventana. A mi lado, mi esposa navegaba en el mas apacible de los inocentes. «Qué tontería – me dije
      –, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos tiempos». Sólo entonces me estremeció el olor de
      fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las cenizas frías y el

      último leño convertido en piedra, y el retrato del caballero triste que nos miraba desde tres siglos antes
      en el marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba de la planta baja donde nos habíamos acostado
      la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las cortinas polvorientas y las
      sábanas empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita.

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      Octubre 1980




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