Erik el Rojo- primer capitulo

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Erik el Rojo- primer capitulo Powered By Docstoc
					Primer parte SUBE A BORDO Mira a los hombres que esperan. Observa el brillo de sus miradas. Llevan demasiado tiempo en tierra envueltos en las mezquindades cotidianas. Sólo el mar les hace sentir libres. El pelo revuelto por el viento y el picor de la sal en los labios. Ya no hay otro anhelo en su vida que ver el horizonte unido al cielo y el destino abriéndose a cada golpe de mar. Sube a bordo. Mil aventuras aguardan más allá del arco iris. ¿Acaso somos árboles para echar raíces? Nuestra casa está allá donde el sol, la luna y las estrellas nos iluminan y guían. Sube a bordo. Seguiremos la ruta de los cisnes. En el fiordo de Ulfstan, al sudoeste de Noruega, muchos pensaron que aquello no era sino el comienzo del Ragnarok, la gran batalla del fin de los tiempos que, según las leyendas, sería precedida de un terrible invierno. Y aquel lo fue. El más espantoso de todos. La nieve hizo su aparición mucho antes de lo normal y desde entonces el cielo se convirtió en una perenne capa plomiza de espesas nubes que no cejaron en su empeño de mantener la tierra blanca. A las grandes nevadas sucedieron ventiscas interminables y, cuando llegó lo que debería haber sido el comienzo normal del invierno, el fiordo y los caminos de las montañas ya llevaban muchas lunas intransitables. Se perdieron las cosechas y el heno, y gran parte del MALOS TIEMPOS PARA NACER

El mundo es demasiado grande para quedarnos parados viendo crecer la hierba. Mira la cabeza del dragón. Ella nos precede y protege en nuestras incursiones. Su sóla presencia atemoriza a nuestros enemigos. Mira la vela rojiblanca pronto estará hinchada por el viento. Las maderas crujirán con alegría y todos sentiremos que la vida vuelve a fluir en nuestro interior. Sube a bordo y tu vida cambiará. Bien cierto es que no todos vuelven, pero, ¿quien te asegura aquí una buena muerte?

ganado, enloquecido por el hambre y el frío, intentó una huida hacia el sur, como si en algún rincón de su memoria de especie recordasen algo similar ocurrido en un remoto pasado. Se sacrificaron todos los animales que no escaparon, tanto para ser comidos como para que no muriesen ante la escasez de forraje. El olor de la sangre atrajo a osos solitarios y manadas de lobos hambrientos; algunos hombres, tan

desesperados como ellos, salieron a cazarlos. Ninguno volvió. Otro signo del Ragnarok fue la actitud de la gente. Las escasas provisiones mermaron rápidamente y en más de una granja se hicieron cosas que más tarde nadie querría recordar. Se olvidaron demasiadas normas que hasta entonces habían supuesto la forma normal de vida en aquellas tierras; normas perfiladas a lo largo de

Los huesos del héroe Le vimos llegar con la mirada perdida, sin la más mínima alegría por estar vivo. ¿De qué sirve ser el único superviviente cuando todos los tuyos han muerto? En nuestra casa fue tratado con las buenas maneras que exige el sagrado deber de la hospitalidad. Pero ninguno envidió su destino; nadie quiso estar en su lugar. Ojalá hubiese caído defendiendo a los míos, se lamentaba a menudo, seguramente imaginando su casa calcinada y los cadáveres de sus parientes picoteados por los cuervos. Ojalá fueras capaz de caer sobre tu espada, pensábamos los demás. Cuando las primeras nieves anunciaban el fin del año

generaciones para hacer la existencia posible en un lugar bastante aislado donde era muy fácil cruzar los límites y caer en la barbarie más absoluta. Pero aquel largo y siniestro invierno, cuando el hambre se superpuso a cualquier voluntad, la vida mostró su rostro más cruel y hubo que seguir adelante de cualquier manera. No eran buenos tiempos para nacer, pero bajo esas circunstancias llegó al mundo, en aquel apartado lugar de Noruega, el que sería llamado Erik, hijo de Thorvald, aunque pasaría a la historia como Erik el Rojo. Fue durante una madrugada de ventisca

ensordecedora. Tras sacar el pequeño cuerpo con brusquedad del vientre de la madre, Thorvald, sin disimular la repugnancia que le causaba aquella actividad impropia de un hombre, lo observó a la mortecina luz de una lámpara y le encontró todo tipo de defectos, aunque realmente sólo tenía uno:

le vimos tomar el camino de vuelta. Sin duda quería echar una última ojeada a lo que fue su tierra para pedir perdón a los espíritus que aun vagasen por allí. No regresó de aquel viaje, ni nadie le echó de menos. Tal vez un día alguien encuentre sus huesos con la mano aun aferrada al pomo de la espada, y tal vez imagine la historia de un héroe.

estaba muy delgado. Pero un padre tenía derecho a rechazar a un hijo que naciese con alguna deficiencia o que considerase que no fuera a crecer sano y fuerte para llenar de orgullo a su familia. Al fin y al cabo, un bebé no se consideraba un ser humano hasta que se le había puesto nombre, al noveno día del nacimiento. Asdis, agotada por el cansancio y el dolor, lloriqueaba en la cama mientras veía cómo su marido meneaba negativamente la cabeza. La expresión no dejaba lugar a dudas. Pero, ¿cómo hacerle comprender que tantos meses de sufrimientos no podían terminar de aquella manera?

LOS MENDIGOS DE MIKLAGARD Cuando Svein llegó a Miklagard y vio por primera vez a un mendigo harapiento, se preguntó: ¿Qué clase de animal es este que se arrastra entre los hombres con un brazo extendido? Cuando vio que alguien depositaba unas monedas en su mano huesuda, se preguntó: ¿Qué clase de gente es esta que paga por evitar que ese extraño ser les toque? Y cuando se enteró de que aquellas insólitas acciones eran un precepto religioso, se preguntó: ¿Qué clase de dioses castigan a los suyos con semejante plaga?

Así, según la costumbre, el recién nacido fue declarado úborin börn y, por lo tanto, expuesto a la intemperie. Thorvald colocó el pequeño cuerpo sobre el hielo, detrás de la casa, cubierto con los trapos manchados de sangre aun caliente, pensando que eso atraería más rápidamente a los lobos y no quedaría ni rastro del que lamentarse más tarde. Pero, poco después, la madre salió de su inconsciencia y, medio desnuda como estaba, desafió el intenso frío y corrió al exterior atraída por un llanto que únicamente ella pudo escuchar. El bebé estaba vivo y reclamaba con unas fuerzas que sólo podían calificarse de sobrehumanas el derecho a seguir estándolo. Asdis lo apretó contra su pecho y ya nadie pudo quitárselo. Thorvald, con los ojos húmedos, tuvo que reconocer su equivocación. Un bebé con aquella capacidad de supervivencia no merecía ser expuesto. Prometió hacer sacrificios a los dioses cuando eso fuera posible, tanto para

ERIK EL ROJO © Manuel Velasco

agradecerles aquel hijo como para hacerse perdonar su grave error.


				
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posted:11/19/2008
language:Spanish
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Description: Primer cap�tulo y algunos poemas de la novela hist�rica Erik el Rojo, de Manuel Velasco. (con permiso del autor)