PRESENCIA DE LA MUJER EN LA SOCIEDAD Y EN

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PRESENCIA DE LA MUJER EN LA SOCIEDAD Y EN Powered By Docstoc
					PRESENCIA DE LA MUJER EN LA SOCIEDAD Y EN LA IGLESIA COMO DON Y DESAFÍO
Ángela Pérez Jijena aci

En el marco del foro panel: “la mujer hoy, un signo de los tiempos” por el lanzamiento del Centro Universitario Ignaciano el día 11 de agosto de 2008.
El tema que me han pedido desarrollar es “la mujer en el espacio público: un signo de los tiempos”. Me parece importante partir delimitando el tema y para eso quisiera comenzar señalando lo que estoy entendiendo por espacio público y el significado que asigno al concepto signo de los tiempos. Sobre lo primero. Espacio público correspondería al escenario de interacción social en el cual se resuelven las necesidades de la población que trascienden los intereses individuales. Es, por lo tanto, aquello que nos compromete más allá del ámbito de lo privado y desde lo cual contribuimos a la construcción de un lugar común que a todos nos afecta e interesa. A nivel de búsquedas humanas quisiera resaltar dos espacios de realización humana sobre los cuales quisiera reflexionar. En primer lugar el espacio público social, visto a la luz de dos ámbitos particularmente relevantes en lo que nos ocupa: el económico y el político. En segundo lugar la Iglesia en su dimensión social y visible. Aquí la pregunta es por el modo como se distribuye el poder en la Iglesia, por la real injerencia que tiene la mujer en la toma de decisiones que construyen la institución eclesial y por su aporte en el ámbito de la reflexión. Con respecto al concepto signo de los tiempos, es una categoría que responde a la conciencia que tenemos como Iglesia de que nos encontramos en medio del mundo, un mundo amado por Dios, donde el Espíritu está presente. Validar esta categoría exige prestar atención a los movimientos e inquietudes que se dan en el mundo para reconocer los signos de la presencia salvadora de Dios ahí donde Él quiere darse a conocer. Supone, a la vez, una valorización de la historia como lugar de Dios y reconocer que conocemos a Dios como salvador en la medida que se nos revela salvando en medio de la historia. A un reconocimiento de esta presencia salvadora de Dios en el mundo y en la historia se siguen decisiones creyentes que secundan la acción de la gracia y que contribuyen a conducir la historia y el mundo en la dirección que Dios en su Espíritu está queriendo darle. Si el fruto de este análisis es un reconocimiento de que la mujer en el espacio público es un signo de los tiempos, entonces habría una responsabilidad creyente ante la fuerza de Dios que

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impulsa la historia. Somos llamados a acoger activamente la gracia ofrecida en la historia como fuente de plenitud y vida para la humanidad.

La mujer en el espacio público social La irrupción de figuras femeninas en el espacio público hoy es un fenómeno imposible de negar, que trasciende nuestras fronteras nacionales y que, al parecer, se va estableciendo a nivel mundial de un modo permanente. A nivel nacional encontramos variados rostros de mujeres Las cifras hablan de un aumento de la ocupando cargos de responsabilidad: desde la Presidenta de la República pasando por Ministras de Estado, Senadoras, Parlamentarias, Intendentas. participación de la mujer en el mundo de la política. En el estudio realizado por PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) se evidencia el crecimiento en la participación de la mujer en cargos públicos. Entre el año 1990 y 1996 el número de mujeres en el parlamento aumentó de un 6.0% a un 9.5%, a su vez en cargos locales de elección popular, de una nula participación a un 17%. El liderazgo femenino también ha tenido un despliegue importante en el campo empresarial. De acuerdo con la misma encuesta de PNUD, hay un aumento en la presencia femenina en puestos de responsabilidad y/o decisión a nivel de empresa que va de una ausencia total a un 18%. En el ámbito político un factor decisivo es la confianza que la ciudadanía deposita en una determinada figura, masculina o femenina, que es vista como capaz de representar sus intereses y velar por ellos en el ejercicio de un determinado puesto de gobierno. Cabría preguntarse en qué se sostiene esta confianza de la ciudadanía y qué lleva a las personas a elegir a una mujer como representativa de sus intereses. De acuerdo con el estudio realizado por SUBDERE (Subsecretaría del Desarrollo Regional y Administrativo) en el año 2004, se valora la gestión de mujeres con responsabilidades políticas por su buena gestión en términos de aprovechamiento de recursos y de orden en las finanzas. A la vez se destaca su especial sensibilidad por el rubro educación y salud. Sin embargo, y es mi opinión personal, el tipo de liderazgo femenino que alcanza aprobación pública parece seguir aún patrones de valoración que responden a un estilo más bien masculino. Pareciera que la legitimación del liderazgo femenino tiene como condición de posibilidad la renuncia a ciertos estilos y modos de conducción, porque ellos no ofrecen la seguridad buscada y reducen la apuesta de confianza ciudadana. Sobre las características de un liderazgo propiamente femenino, en contraposición a un liderazgo masculino, valdría la pena un estudio más profundo. Sólo quisiera

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destacar que, a mi modo de ver, la mujer tiene un aporte que hacer en el ámbito público que es distinto y complementario con el aporte masculino. temas y un modo propio de abordarlos. En mi experiencia de mujeres liderando procesos me llama la atención la particular sensibilidad que encuentro en ellas por determinados Prima la preocupación por las personas por sobre la eficacia de las soluciones. Hay una inclinación a formar equipos de trabajo y la tendencia, muchas veces movida por el deseo de una búsqueda conjunta de soluciones que a primera vista no son evidentes, de abrir oportunidades de colaboración en las decisiones importantes. No sólo importa la solución del problema, sino que se busca por comprender los factores que están en juego, con el fin de ofrecer caminos de búsqueda que abren a una realización humana más profunda. Muchas veces el caminar se hace más lento, pero los frutos son significativos. No basta con tomar una buena decisión, se requiere el arte de comprometer a las personas en su ejecución, y ese pareciera ser un aporte femenino. De aquí se sigue un importante desafío. Es necesario atreverse a hacer un camino de despliegue de lo propio, con las dificultades que lo acompañan, de modo que se evidencie la fecundidad del aporte de la mujer en este espacio de construcción de la sociedad. Me parece oportuno delimitar los alcances del fenómeno de la presencia de la mujer en los espacios públicos. En mi opinión es un dinamismo que apunta a un más y que se está fraguando en el presente. En la medida que más mujeres se preparan adecuadamente para asumir La oportunidad de acceder a espacios responsabilidades en el campo de la política y en el ámbito empresarial, el aporte de la mujer en la construcción de la sociedad va a ser más significativo. públicos es aún privilegio sólo de algunas mujeres. A diario nos encontramos con mujeres capaces, que podrían asumir sin dificultad responsabilidades importantes, pero que no han recibido una formación que les permita postular a cargos públicos o que, porque han asumido desde muy temprano responsabilidades familiares, no han tenido ni siquiera la opción de preguntarse si hay o no en ellas una vocación de servicio público. Hay muchas mujeres que no tienen ni tendrán la oportunidad de postular a una participación en las decisiones que rigen al país, y esto no porque hayan elegido marginarse de ellos, sino porque simplemente nunca se les abrieron otros horizontes que les permitieran soñar con algo distinto. Lo siguiente que me pregunto es de qué manera la sociedad secunda este dinamismo que tiende a una realización de la mujer en los espacios públicos. Labor de la sociedad es favorecer el desarrollo integral de todas las personas y sus instituciones han de ser pensadas de tal manera que contribuyan a este fin. Para la mujer es esencial la construcción de la familia y la maternidad. Por las exigencias que comportan determinadas responsabilidades públicas muchas veces las personas se ven obligadas a elegir entre la familia y el trabajo y despliegue de su vocación de servicio público. Entre las mujeres líderes chilenas hay un número importante que opta por postergar el

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matrimonio o que se ha separado de su pareja. De acuerdo con las encuestas realizadas por la Fundación Chile 21 sobre la filiación política, características actuales y origen social de las mujeres líderes, un 80 % de las mujeres líderes menores de 30 años y un 38% de las mujeres entre 30 y 40 años no se han casado. De las que han optado por el matrimonio, un 10,2% son anuladas o separadas. A la par con esto está la tendencia a postergar la maternidad. Un 84% de las líderes menores de 30 años y un 20% de las mujeres líderes entre 30 y 44 años no tienen hijos. Un factor decisivo en esto es la dificultad que encuentra una mujer que elige hacer carrera política, ocupando cargos públicos, para compatibilizar la responsabilidad que significa ocupar altos cargos con las exigencias que impone la vida familiar. De hecho, de acuerdo con los estudios realizados por UNIACC (Centro de estudios estratégicos y mediáticos) en el año 2005 sobre los factores del stress, las mujeres casadas que buscan la integración de la vida privada con la pública perciben que deben hacer un gran esfuerzo para no descuidar a sus hijos y señalan entre los principales factores de stress la dificultad por encontrar tiempo para estar con su pareja y para alcanzar una buena comunicación con ella. El costo personal que significa una vocación de servicio público es muy alto y ello plantea desafíos importantes a la sociedad. Si el servicio público en lugar de integrar a las personas las disocia, entonces el modo de ejercer este servicio público no es el adecuado. A la par con esto, la institución familiar tendrá que ser capaz de integrar el rol de la mujer en el hogar con esta vocación de servicio público que se ha ido despertando en el presente, de modo que ella permita una realización humana integral de la persona. Es el desafío de compatibilizar el rol de esposa y madre con un compromiso social responsable para quienes han recibido una vocación de servicio público. En esta línea, es fundamental revisar los contornos que asume el servicio público en la sociedad chilena para favorecer dicha integración personal. De igual manera puede ser enriquecedor buscar modos de participación de la familia en los espacios públicos, de modo que el trabajo contribuya a la construcción del hogar y favorezca un compromiso social responsable de todos los miembros de la familia. Con respecto al valor de la presencia de la mujer en los espacios públicos, cabría destacar que la presencia femenina en la política permite una fiel representación de una parte importante de la población en la toma de decisiones que rigen a la ciudadanía. Lo que afecta y preocupa a la mujer tiene matices particulares que guardan relación con los lugares vitales que la constituyen más hondamente, con lo que hace y aquello a lo que ella aspira más hondamente. Y esto se hace palabra autorizada en la medida que es pronunciada por quienes comparten este mismo lugar vital.

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Junto con este aporte cabría señalar que, en la medida que la mujer desarrolle un liderazgo propiamente femenino, los modos de participación en las esferas públicas se verán enriquecidos por una sensibilidad distinta. Desde una perspectiva creyente es posible sostener que la historia social cuenta con un impulso de vida que nos viene de Dios y que tiende a la construcción de una sociedad en la que brilla el rostro de una humanidad plena y total, que se despliega desde su esencia profunda y va construyendo vínculos que enriquecen a cada uno de sus miembros. Es una fuerza de vida que se hace visible en el hecho concreto de una mayor participación de la mujer en el espacio público, y que, a mi modo de ver, es portadora de un más de vida para nuestra sociedad. En ese sentido puede ser leída como acción salvadora de Dios en la historia y ha de ser acogida como signo de los tiempos. Para la construcción de la sociedad hombres y mujeres Es un mismo Dios que se participamos de una misma fuerza de vida que nos viene de Dios.

manifiesta en nosotros de modos diversos porque somos diferentes. Cuando pienso en un Dios que se hace presente a través el compromiso de la mujer en la construcción de la sociedad asumiendo un mayor protagonismo en los espacios públicos espero ver presente en las decisiones políticas que rigen a nuestro país el vínculo entrañable con la vida, el rostro de la sencillez y la ternura, el valor de lo cotidiano como lugar de gracia… Hay una mirada de mujer que permite rescatar dimensiones de lo humano que nos construyen, y que peligran de ser olvidadas en medio de los dinamismos del mundo presente. En el diálogo e integración de lo femenino y masculino se alcanza la totalidad de lo humano. Es por eso que la inclusión de la mujer en los espacios que definen el ritmo de la sociedad no es un simple gesto de caridad, sino una obligación de todos y todas. En el encuentro con lo distinto se afirma la propia identidad. Y en la recepción de lo distinto se alcanza la unidad. La complementariedad nos enriquece mutuamente porque nos revela quiénes somos y quiénes estamos llamados a ser. Dar el paso de la dicotomía a la integración, de la lucha a la inclusión de lo diferente, le exige a la mujer hacer el camino de descubrimiento y afirmación de la propia identidad femenina. A la vez supone un proceso de descubrimiento y valoración de la mujer por parte de la sociedad. La integración de lo masculino y femenino sólo posible desde una vida en el Espíritu, porque es la fuerza divina la que realiza en nosotros su obra integradora e incluyente. De ahí el valor e importancia de abrir espacios de búsqueda que abran a la gracia, muevan al discernimiento y conduzcan a un compromiso que secunde creativamente la acción divina en nuestra historia. En cuanto al ámbito empresarial, un aspecto que vale la pena considerar y que señala un desafío para la sociedad, es la igualdad de oportunidades para los hombres y las mujeres. De

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acuerdo con los datos aportados por INE (Instituto Nacional de Estadística) el año 2002, hay marcadas diferencias entre hombres y mujeres en cuanto a las ocupaciones, la actividad económica que realizan y la categoría de ocupación en que se insertan las mujeres. Las mujeres que trabajan percibiendo un ingreso, en general, asumen funciones de menor jerarquía y remuneración con respecto a los hombres. Aún cuando las mujeres tengan un mismo nivel educacional que los Y, aún con hombres, no tienen las mismas oportunidades de acceder a todos los trabajos.

responsabilidades y carga laboral similar a la de los varones, las mujeres perciben ingresos inferiores a éstos. Y a mayor cantidad de años de escolaridad la brecha de ingresos entre hombre y mujer aumenta. Este dato obliga a una revisión de las responsabilidades asignadas a hombres y mujeres, buscando que ellas respondan a las capacidades de los interesados, y a una revisión de los salarios de hombres y mujeres, fijando escalas de remuneración que estén de acuerdo con el servicio que se presta y no según el género de quien presta el servicio. Detrás de esto se juega la justicia. Es cierto que la remuneración no es el único criterio ni el más importante de valorización del trabajo. Lo central es la autorrealización del ser humano, tanto del hombre como de la mujer. Una realización de la persona que se alcanza en el despliegue de los dones y talentos recibidos, que al ser puestos al servicio de los demás alcanzan su mayor fecundidad. Por medio del trabajo las personas vamos sellando la historia con una acción creativa y creadora, que nos asocia con el Dios que conduce su creación hacia la plenitud prometida y esperada. Dios se revela como salvador de la humanidad y de la entera creación, y lo hace en el tiempo y en el mundo desde dentro del ser humano, desde el ejercicio responsable de la libertad que se ejerce, entre otros, por medio del trabajo. El trabajo es importante y las posibilidades de realización laboral las define la sociedad, y uno de los modos concretos de valorización del aporte que cada uno hace en este ámbito de realización personal es precisamente la remuneración. Si las personas no se creen que lo que hacen es importante, difícilmente van a poner lo mejor de sí en ello, y si haciendo lo mismo perciben ingresos diferentes, entonces se les está diciendo, aún sin palabras, que en sí mismos son de menor monta. Por eso es preocupante. Por otra parte, si por un tema de género se opta por marginar a la mujer de determinadas responsabilidades, nos privamos del aporte que ellas pueden hacer. Una vez más hay que subrayar la riqueza que comporta la integración de lo diferente. Para una recta valorización del aporte de la mujer es importante tener a la vista el bien posible que se sigue al ejercicio laboral. Un bien que no se reduce a un producto que entra en el mercado como bien de consumo, sino que alcanza a las personas que ejercen una determinada profesión y a quienes reciben el fruto de su labor.

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La mujer en la Iglesia Al hacerme la pregunta por el lugar de la mujer en la Iglesia me mueve el deseo de ver enriquecido el rostro eclesial con el aporte real de la mujer en las decisiones que nos rigen como creyentes católicos. En este ámbito la presencia de la mujer es aún muy reducida y eso, de cara a los dinamismos del mundo presente y al descubrimiento y valoración del aporte femenino que complementa el masculino, es algo que me cuestiona. La mujer no tiene lugar en la estructura jerárquica de la Iglesia ni tiene una participación real en muchos espacios de búsqueda eclesial. La estructura de gobierno eclesial es marcadamente masculina y las decisiones que nos rigen, en la mayoría de los casos, sólo contemplan una voz. Esto significa que las orientaciones que definen el modo de proceder de la Iglesia y el modo de situarse en el mundo no cuentan con el aporte de la mujer. En mi opinión prima muchas veces una valoración poco discernida de la tradición y un esfuerzo por conservar las estructuras heredadas sin preguntar siquiera si ellas son o no las que mejor responden a cada tiempo y lugar. Por siglos han sido varones los que han asumido la conducción de la comunidad eclesial y eso difícilmente va a cambiar de un día para otro, aún cuando existan mujeres capaces de dar un aporte significativo en esta línea. No tengo del todo claro si la solución se alcanza por medio de la modificación de las estructuras eclesiales, pero creo que vale la pena hacerse la pregunta. Si la respuesta no es la flexibilización de las actuales estructuras, entonces habrá que buscar el modo de ampliarlas de tal manera que se vean enriquecidas por el aporte de la mujer. Me parece importante subrayar, en el campo de las motivaciones que mueven a esta búsqueda, que para mí el problema no está en “quien la lleva”. No me genera ninguna dificultad seguir las orientaciones de un varón si ellas conducen a buen término. El problema está, por ejemplo, cuando, al confiar responsabilidades de conducción se opta por un varón ordenado, independiente de las aptitudes que tenga para este ministerio, y esto va en desmedro del buen acompañamiento de las comunidades cristianas. Ahí me brota, con dolor de Iglesia, la pregunta por hasta dónde lo primero es ser fieles a las estructuras heredadas y no a las personas que hacen camino sostenidas en esas estructuras. Al mismo tiempo me mueve a la búsqueda la valoración de la riqueza que significa una mirada de mujer que complementa la propia del varón. Esto despierta en mí el deseo de ver abrirse más espacios de participación para la mujer. Tal vez el desafío para la mujer está en descubrir los espacios de compromiso que ya se están abriendo para ella y comprometerse generosamente en ellos. Mi esperanza es que, si hay un impulso de Dios que mueve a ofrecer la palabra a la mujer en la conducción de espacios que nos involucran a todos, entonces también este impulso se hará

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sentir dentro de la Iglesia, o tal vez ya se está haciendo sentir y hay que escucharlo con más atención para potenciarlo con renovada fuerza. En un rostro de Iglesia que de un lugar importante a la acogida y escucha, al diálogo y la búsqueda común, a la integración de lo diferente en todos los niveles, al respeto por los procesos y el acompañamiento de la vida, la mujer tiene un aporte importante que hacer. La misión de la Iglesia es enorme y en ella hay lugar para todos. Mi convicción es que, en la medida que pongamos la mirada en el horizonte de realización humana que estamos llamados a facilitar y en una Iglesia que se sitúa en el mundo al modo de Jesús, vamos a dejar de lado las luchas de poder para abrir espacios de colaboración que permitan a cada persona, independiente de su género y condición, aportar los dones y talentos que ha recibido de Dios. Finalmente quisiera decir una palabra en torno a la presencia de la mujer en el mundo de la reflexión. Es lo que, en lo personal, me involucra de un modo más directo. En el campo de la teología repetidas veces me he preguntado por el aporte que se me invita a hacer en la comprensión del mundo, de la historia, del ser humano y de la presencia de Dios en nuestra vida, desde una mirada de mujer. Valoro las palabras que han sido dichas en torno a quienes somos y quienes estamos llamados a ser, pero a la vez me pregunto por el aporte que nos cabe a nosotras las mujeres en todo esto y que podría enriquecer la comprensión del misterio de lo humano y de lo divino. En esta línea uno de los desafíos que se nos plantean es integrar un mundo de significados que tienen que ver con una sensibilidad femenina y que se transmiten en un lenguaje común. Con las mismas palabras decimos cosas distintas. Enriquecer el significado que asignamos a esas palabras con el aporte femenino complementará nuestra comprensión del ser humano, del mundo y de la historia. La experiencia espiritual formulada en conceptos se enriquece cuando en ella se unen las dos voces complementarias del ser humano. En cuanto a la percepción de la realidad también hay diferencias entre varón y mujer. Cuando tomamos la realidad juntos, desde perspectivas diversas y complementarias, aprehendemos el mundo de un modo más acabado. La natural inclinación de la mujer por el más débil y el cariño por lo pequeño que habla del misterio de la Encarnación puede contribuir a la comprensión del misterio de un Dios que nos salva desde el lugar del pobre. El vínculo con la vida desde una mirada capaz de verla nacer y de acompañar su crecimiento, respetando procesos y comprometiéndose vitalmente con ellos, abre a una comprensión del sentido del mundo y de la historia, creados en orden a la vida.

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En lo personal me sitúo frente a este desafío con una enorme deuda de gratitud por la formación recibida y llevo conmigo la inquietud por buscar caminos para desplegar una reflexión teológica desde mi ser de mujer.

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