Walter Benjamin es una encrucijada
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DE CÓMO ARREBATAR LA TRADICIÓN AL CONFORMISMO: la utopía orientada hacia la redención. Alejandro Martínez Michael Löwy, Walter Benjamin. Aviso de Incendio, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2003, 187 págs. (Traducción de Horacio Pons) “No parece que sea posible una historia de la humanidad conforme a un plan” KANT, I., Ideas para una historia universal en clave cosmopolita y otros escritos sobre filosofía de la historia “El hombre hace la historia; a su vez, la historia lo deshace. Es el autor y el objeto, el agente y la víctima.” CIORAN, E. Contra la historia “La historia sólo es útil cuando sirve a la vida y a la acción” NIETZSCHE, F., Sobre la utilidad y los perjuicios de la historia para la vida Walter Benjamin es una encrucijada. En el camino de las fatalidades edípicas su pecho parece respirar acostumbrado a los humores de la desdicha. Sin embargo, la costumbre no adquiere en su caso la facies de la resignación. Benjamin fue un luchador verdaderamente infatigable pero, como todo ser tenaz, conoció finalmente la derrota. Cuando en su última noche en Port-Bou el suicidio se adueño de su esperanza, cuando su pesimismo se desorganizó, el mismo devenir del siglo XX quedó escenificado. [1] Sin embargo su historia es la de una derrota y no la de un fracaso. Su empresa filosófica era ardua y, en cierto modo, peligrosa. Arremetía contra una herencia secular que, a la sazón, era la dominante en su tiempo. Benjamin proponía un giro copernicano extremo. Su encrucijada principal, como nos recuerda Löwy, se atrevía a trenzar el romanticismo alemán, el mesianismo judío y el marxismo. Por ello, Benjamin es un autor inclasificable: «es un crítico revolucionario de la filosofía del progreso, un adversario marxista del “progresismo”, un nostálgico del pasado que sueña con el porvenir, un 1 romántico partidario del materialismo. Es, en todos los sentidos de la palabra, “inclasificable”» (p.12-13). El libro que nos ocupa supone el esclarecimiento –“talmúdico, palabra por palabra, frase por frase”, dice Löwy (p. 37)- de cada una de las Tesis sobre el concepto de historia redactadas por Walter Benjamin a principios de 1940. Acudiendo a las notas preparatorias de éste, encontramos aquí un análisis casi exegético del texto benjaminiano, confirmándose así lo señalado ya por B. Witte: que “Benjamin nos ofrece un texto que merecería la exégesis debida a un texto sagrado” (1990, p. 223). Considero con Löwy que la obra de Benjamin es hija de su tiempo y que sus Tesis constituyen un documento triplemente relevante: bien sea como texto histórico, fuente documental que testimonia el agotamiento europeo entre dos guerras; bien como texto filosófico puro, válido lo mismo para historiadores –por sus aportaciones metodológicas, casi deontológicas- como para filósofos; y, por último, como texto revolucionario –a la altura de Las tesis sobre Feuerbach, lo sitúa Löwy- [2] El texto con las Tesis sobre el concepto de historia –que Benjamin no destinaba a su publicación (p. 38-39) y que tituló tan sólo Sobre el concepto de historia- fue concebido como una aclaración a los Pasajes y un complemento al Baudelaire, pues durante el invierno y la primavera de 1940 Benjamin trabajaba ya con la vista puesta en un segundo ensayo sobre éste, al que habrían de servir de armazón teórica las tesis. Éstas suponen, pues, lo mismo el núcleo que la condensación más depurada de un pensamiento, el benjaminiano, fraguado desde su juventud. La historia de su publicación, que Löwy alude brevemente (p.37-40), ha sido numerosas veces referida [3]. En mayo de ese mismo 1940 en que se redactaron las Tesis, las tropas de Hitler marchaban ya sobre Holanda, Bélgica y Francia. Y a mediados de junio, justo antes de la invasión nazi de París, Benjamin huyó hacia el sur con su hermana. Llegó a Lourdes y de allí, tras el verano, se dirigió a Marsella. En los últimos días de agosto partió hacia los Pirineos. Su objetivo último era alcanzar los EE.UU., y para ello debía cruzar a España y alcanzar después Portugal. La historia y su vida se perseguían y acabaron encontrándose la noche del 25 al 26 del mes de septiembre de ese mismo año. Löwy no se detiene en consideraciones biográficas sobre Benjamin –pues ciertamente ya hay suficiente material al respecto- y hace de las Tesis el objeto principal y único de su libro. [4] Partiendo de la traducción de Gandillac (1971) -a la que propone numerosos retoques- Löwy ilustra el texto benjaminiano ofreciéndonos ejemplos de 2 desigual naturaleza, pues se antojan insuficientes en lo tocante a la historia antigua del pueblo judío y a la historia europea del XIX, pero son sin embargo –y no por azarprofusos por cuanto respecta a la historia de América Latina en los dos últimos siglos. Ello nos permite comprobar la presencia –explícita o no- de las Tesis de Benjamin en los procesos libertadores iberoamericanos. Pero a cambio nos aleja un tanto de las conexiones existentes entre las Tesis y el mundo europeo del siglo XIX y comienzos del XX -conste que, a pesar de ello, se agradece en verdad la ruptura del eurocentrismo que Löwy de forma implícita sugiere-. Esta dedicación a ejemplificar las Tesis que comentábamos lleva incluso a incluir en la edición algunas ilustraciones: no sólo el retrato de Walter Benjamin o el cementerio de Port-Bou, también La barricada de Meissonnier, ilustraciones de Gustav Doré para la Divina Comedia de Dante, La toma de Caravaca de Diego Rivera, El ángel caído de Odilón Redón, El motín de Honoré Daumier…; y grabados de los siglos XVI, XVII y XVIII con temas del Antiguo Testamento o motivos como el arco de Tito. Ya puestos, quizá hubiera cabido la inclusión del Angelus Novus de Klee que inspira la novena tesis, a pesar de que, a decir de Löwy, “lo que describe [Benjamin] tiene muy poca relación con la pintura” (p.102) Anecdotario aparte, el libro comienza con una nutrida introducción fundada sobre los testimonios y correspondencias de Benjamin con amigos y compañeros como Adorno, Arendt o Horkheimer, en la que se repasan las consideraciones habituales sobre la obra y la biografía de Benjamin. [5] Más tarde abordaremos el contenido de las Tesis y el trabajo de Löwy en el que, como él mismo reconoce, se advierte “un tratamiento muy desigual de las Tesis” (p.45) –y que considero, sin embargo, natural, dado que las mismas Tesis tienen una desigual genialidad y potencialidad temáticas-. Para situar su trabajo en otra encrucijada benjaminiana, Löwy nos recuerda las tres grandes “escuelas” que desde 1950 han interpretado las Tesis y, añado yo, al mismo Benjamin (p. 41): a) la escuela materialista, que ve en Benjamin a un convencido marxista que acomoda sus convicciones teológicas –que usa como meras metáforas- al acertado corsé del materialismo histórico. Así lo ve Brecht en su Diario; b) la escuela teológica, que hace de Benjamin un teólogo y entiende que su mesianismo se impone a su materialismo. Su marxismo sería aquí una mera terminología. Es la perspectiva de G. Scholem; y c) la escuela de la contradicción, que atiende a la inviable conciliación entre materialismo y mesianismo, entre marxismo y teología judía. Es la perspectiva de J. Habermas o de R. Tiedemann. En contraposición a esta última, Löwy apuesta por conciliar las diversas fuentes de la filosofía de Benjamin. Propone un cuarto enfoque: 3 que Benjamin es marxista y teólogo a la vez. Entiende que se dan ciertas “afinidades electivas” en la relación compleja y sutil entre redención y revolución: que existe, en palabras del mismo Benjamin, una “paradójica reversibilidad recíproca” entre ambas fuentes (pp. 41-42). Para comprenderlo, repasa las tres fuentes –romántica, mesiánica y materialista- de su pensamiento y un largo etcétera de influencias determinantes que Löwy aborda de forma desigual –serían precisas muchas más páginas para ello-: Fourier, Blanqui, Baudelaire, Schmitt, Nietzsche, Hegel, Bachofen, Lukács, Rosenzweig, Kafka…; y también personajes más allegados como Adorno o Horkheimer, que están bien presentes. *** Vengo repitiendo desde más arriba que Benjamin es una encrucijada. Conviene ya aclarar por qué, pues en la encrucijada benjaminiana se dan cita un sinfín de elementos importantes. Y es que como si la historia decidiera condensarse en biografías singulares, el caso de Benjamin permite comprender no sólo el atolladero del devenir Occidental, sino las contradicciones internas y los riesgos que entrañaba el avance sin fin de una hipotética dialéctica contemporánea. La Europa que conoció Benjamin bien podría calificarse de enfermiza [6]. No hablo de una Europa esquizofrénica o neurótica –no, pues, en el sentido caro a Freud y a sus últimas trabajos El porvenir de una ilusión (1927) y El malestar de la cultura (1930)-. Habló de la enfermedad que traza Thomas Mann en La montaña mágica (1924) y que también expresaron Kakfa con El proceso (1925) y El Castillo (1926), Joyce con su Ulises (1922) o T. S. Eliot con La tierra baldía (1922): esa calamitosa impotencia de los individuos frente al devenir de su tiempo, orientado hacia el colapso occidental, que se sabía inminente. Y es que una voluntad ciega de exterminio comenzaba a instalarse en los intersticios más hondos del entramado occidental. Y ello bajo un aura de involuntariedad y desentendimiento que dejaba oculto un ciego optimismo. La inacción de los dirigentes, amparados en un devenir de necesaria mejoría, condujo a una situación en la que todos los resortes de Occidente estrangulaban ese hipotético fluido natural de la historia. Y mientras tanto, demasiada anestesia imponía el progresismo frente a la extensión creciente de las calamidades. A nadie escapa hoy como entonces que Europa misma se había devorado las entrañas sin cesar desde 1789 –y desde mucho antes, por supuesto-. Pero es que desde la revolución francesa esa horrible dialéctica occidental, empeñada en fagocitar a sus 4 propias criaturas, adquirió un ritmo trepidante. Así, precipitado el siglo XIX, la nueva centuria se abrió de golpe con el primer enfrentamiento mundial. La Gran Guerra tuvo unas consecuencias materiales que no procede aquí señalar, pero supuso sobre todo un impacto sin igual violencia para la conciencia colectiva. En Occidente, la Primera Guerra Mundial fue vivida con un horror penosamente singular por los hombres y mujeres nacidos entre 1875 y 1890. Fue la generación de Walter Benjamin, plagada de grandes nombres y marcada por la desdicha. Sus vidas iba a tener una huella imborrable, bien fuera por la experiencia personal, bien por la colectiva [7]. No demasiado erraba Stefan Zweig cuando señalaba en El mundo de ayer (1941) que los años 1924 a 1933 fueron la última oportunidad para el mundo. Era consciente, como Benjamin y toda su generación, de la terrible potencialidad de un horror mal sofocado tras la Gran Guerra. No es casual que en 1918, antes de terminar la Guerra, apareciese el primer volumen de La decadencia de Occidente de Oswald Spengler (1880-1936). Allí se proponía un diagnóstico del devenir occidental que, dejando a un lado los desaciertos de su proceder, entroncaba con las sensaciones sociales e intelectuales de los años de posguerra. Y paralelamente, entre las ruinas de la Guerra, se ensayaba de nuevo el teorema del progreso: “había que aprender de los errores pasados para rehacer un camino hacia el progreso”. Creciente el pesimismo frente a la decadencia, ascendió también la oportunidad del fraude: Benjamin vio como la socialdemocracia alemana ejemplificaba este peligroso proceso. Conforme crecía la crisis, aquella llenaba sus pulmones de un optimismo sin conciencia, llevada por un vigor infundado que fluía sin fin desde 1870. Las Tesis de Benjamin resaltan como el campaneo ideológico y casi los palpitos vitales de las gentes de su generación oscilaron entre el más desalentador pesimismo y el más desenfadado progresismo. Ambas posturas resultaban igualmente peligrosas, ya que tanto riesgo suponía la inacción como la acción a toda costa, la ausencia de medios como la consecución ciega de todos los fines. En la Europa de entreguerras se dio un fenómeno extraño pero perfectamente comprensible: marcada por una cultura del pesimismo, cundió con éxito en su seno una ideología del progreso. Esta es quizá la clave mayor para comprender la filosofía de la historia de Benjamin como hija de su tiempo: la decadencia de Occidente supuso un llamado desesperado a las ideologías del progreso que, confundidas con una solución, no hacían sino enmascarar la catástrofe bajo un rostro raramente angelical. La civilización burguesa en crisis era capaz de engendrar las más bajas calamidades. 5 Porque tan alto como había llegado en su ascenso secular, así de estruendoso podría ser su desvanecimiento. El 23 de agosto de 1939 se selló el pacto germano-soviético. Como nos recuerda Löwy, este fue el acontecimiento que desencadenó la conmoción en Benjamin. Para él, semejante coyuntura escenificaba la traición a la propia causa comunista y el desvanecimiento de toda esperanza: ya ni siquiera se podía confiar en los adversarios del fascismo. Pero las Tesis no son un documento generado in extremis, antes bien todo lo contrario: en ellas desemboca todo un torrente de pensamientos que, a decir del mismo Benjamin, había “preservado durante veinte años, sí, preservado y disimulándolos hasta a mí mismo” (GS, I, 1226, citado por B. Witte, p. 222). Löwy contribuye a situar las Tesis en la continuidad de la obra benjaminiana y nos recuerda que ya en textos tempranos como La vida de los estudiantes (1914), el Fragmento teológico-político (1921-1922) o Dirección única (1923-1926), se encuentran las bases fundamentales de las grandes ideas desarrolladas finalmente en las Tesis. Asimismo, nos indica con pertinencia la vinculación de éstas con textos ya últimos como el Baudelaire o los Pasajes y su relación directa con el ensayo sobre Eduard Fuchs. Los años que siguieron a la Gran Guerra fueron una prueba dantesca para sus contemporáneos. El panorama de estas décadas era apabullante: determinado por las consecuencias de la Gran Guerra y las condiciones y circunstancias de su paz, encontramos las subsiguientes dictaduras de los años veinte, la honda crisis de las democracias, el éxito y radicalización de los nacionalismos, la aparición de las masas, la Gran Depresión que se extendió desde Wall Street. Y, de forma paralela, el ascenso del fascismo italiano y el encumbramiento del nazismo en Alemania. Y, sumado a todo ello, prolongándose desde fines del siglo XIX, ejerciendo de telón de fondo, la era de la técnica y la industria, gran prólogo finisecular a la hecatombe [8]. El sinsentido dadaísta es quizá demasiado acertado para representar el estrangulamiento de la circulación sanguínea de occidente en aquel tiempo. Y es que cuando la recuperación parecía poder imponerse al recuerdo sobrevino otra guerra. Ciertamente, una crisis que se abre y se cierra con dos guerras no es una crisis, es un desastre. Por ello, el mundo de entreguerras es la escenificación más próxima a un hipotético Apocalipsis: quizá no tanto por sus evidencias materiales, sino precisamente por sus desastres intestinos, por sus secuelas imborrables sobre la conciencia de Occidente. Si me detengo a retratar esta situación histórica es porque considero con Löwy ya lo he dicho más arriba- que la filosofía de la historia de Walter Benjamin es hija de 6 su tiempo: consciente del atolladero, el filósofo alemán no quería esperar un desenlace. Llamaba a la interrupción de ese devenir hipotético que conducía, también hipotéticamente, hasta una infinita utopía de progreso: “Corresponde al género humano que viaja en el tren de la historia mundial hacer el movimiento de lanzarse sobre el freno de urgencia”, dar “el salto dialéctico bajo el cielo de la historia” (GS, I, 1232, 701, Poesía y revolución, pág. 285, citado por B. Witte, p. 223). Por todo ello, la perspectiva histórica de Benjamin corría en contra de las tendencias de su época: observando un horror que fermentaba al calor de las masas, Benjamin comprendió el fascismo como un fenómeno moderno que, al cobijo del progreso, amenazaba el devenir de la humanidad. Al amparo de una tradición desfigurada y enarbolada como legitimizante, las pretensiones incendiarias del fascismo eran una urgencia sin precedente. Löwy subtitula su libro “Aviso de incendio”. Como él mismo nos dice (p. 35) es “Alarma de incendio” (Feuermelder) el título de uno de los capítulos de Dirección única - obra de 1928 donde también se hallan ya ideas fundamentales que pasarían a formar las Tesis-. El incendio que teme Benjamin se produciría, nos dice Löwy –citando al propio Benjamin en Dirección única- porque “si el derrocamiento de la burguesía por el proletariado «no se cumple antes de un momento casi calculable de evolución técnica y científica (indicado por la inflación y la guerra química), todo se habrá perdido. Es preciso cortar la mecha que arde antes de que la chispa alcance la dinamita»” (p. 23). Una profunda inquietud, verdaderamente un miedo al horror, determina el filosofar benjaminiano. Pero no hay que llevarse a engaño: Benjamin no filosofaba bajo los efectos de la desesperación, tampoco se dejó llevar por una crispación irritante. Benjamin elaboró sus reflexiones con la esperanza de atizar las conciencias de sus contemporáneos. Quería llevarles a romper con la impotencia de los vencidos ante la injusticia: no quería que los débiles acabaran siendo más débiles. Rechazaba que la irritante y casi obscena reiteración de las derrotas siguiese cayendo del mismo lado. En sus Tesis formula la quiebra con el devenir acostumbrado, porque entendía que sólo el Mesías (la revolución) podría cumplir lo que el Ángel de la Historia era incapaz de realizar: detener el progreso, la tempestad que fluye desde el Paraíso. Ciertamente, pues, “las tesis de 1940 son la expresión densa y condensada de ese rumbo y esa inquietud” (p. 36). Pero, ¿qué contienen esas Tesis para significar tanto? Sin ánimo alguno de enmendar o reparar el trabajo de Löwy –que pasaré más tarde a ponderar-, querría 7 proponer un breve itinerario temático por las Tesis. Precisamente porque un análisis frase por frase se halla ya en el libro que nos ocupa, quizá lo que humildemente ofrezco sea útil –y forzosamente reduccionista, lo adelanto- a modo de introducción a los temas contenidos en el texto [9]. Las Tesis polemizan abiertamente contra las teorías del progreso y el historicismo. Ambas ideologías –como tales las entiende Benjamin- se cimentaban en las ideas de causalidad, continuidad y progreso, las cuales constituyen el objeto directo de la crítica anamnética practicada por Benjamin. Como señala Mosès –citando a Benjamin- «la creencia ingenua en el carácter inevitable del progreso histórico da testimonio de un desconocimiento absoluto de la verdadera naturaleza de la historia (de la que el fascismo y el nazismo son mucho más conscientes: “no es en absoluto filosófico el asombro acerca de que las cosas que estamos viendo sean todavía posibles en el siglo XX”» (Mosès, 1991, citando la tesis VIII, p. 139) Benjamin no es crítico con la idea misma de progreso, sino con su ideología: el “progresismo”, esa especie de confianza ciega en las oscilaciones naturales del devenir, ese optimismo descabalgado de la realidad. Por cuanto respecta al historicismo, hay que matizar mucho la crítica de Benjamin. Primero, porque el fenómeno del historicismo ha sido ya retratado demasiadas veces, de manera que entre lo escrito por Ranke o Meinecke y lo señalado tiempo después por Popper, hay serios abismos. [10] El historicismo que critica Benjamin es aquel que procediendo a una lectura objetiva y científica del pasado estaba permitiendo, en la Alemania de los años 20, la legitimación del nacionalismo. Si Benjamin arremete contra el historicismo es porque éste ejemplifica como ningún otro proceder historiográfico la apropiación del pasado por los vencedores para perpetuar su dominación. Su crítica se dirige hacia el historicista que busca la legitimación de su identidad arguyendo una falsa empatía con un pasado inerte que le espera. Ello no es, a ojos de Benjamin, sino una identificación falsada con un pasado que legitima así un hipotético porvenir de progreso. Benjamin denuncia que historicismo hace una historia de y para los vencedores que reitera la injusticia real como injusticia memorística. Cuando Hegel dice en La ciencia de la lógica que “la esencia es lo que ha sido”, la distancia que le separa de Benjamin es el sujeto que ejecuta esa recuperación de lo que ha sido: los vencedores para Hegel, las víctimas para Benjamin. (Mate, R., 1991, pp. 196-200). Esa es la clave para entender su frontal crítica al historicismo. Critica que sean los dominantes el sujeto de esa acción aprehensiva, que sean los verdugos los que 8 vuelvan a adueñarse de esa terrible guillotina que es en sus manos la gestión de la memoria. Esta es otra encrucijada benjaminiana: en esta se encuentran una crítica de la razón histórica –cimentada en las ideas de causalidad, continuidad y progreso- y una reformulación anamnética de ésta, en la misma línea que Franz Rosenzweig y Gershom Scholem. Como señala el lucidísimo análisis de S. Mosès, en la Alemania del primer tercio de siglo se dieron cita tres pensadores judíos que, marcados por la Primera Guerra Mundial, y cada uno a su manera, se propusieron resaltar la esperanza de entre las ruinas (Mosès, 1997). En el caso de Benjamin, la propuesta es construir una historia vista “a contrapelo”, cuyo auténtico sujeto es aquel que conoce el pasado y lo aprehende (Mate, 1993, p. 276-277). Siendo perfectamente consciente de que la única universalidad es la de la marginalidad y no la del progreso, el giro copernicano extremo de Benjamin, más allá de su proyección sobre el materialismo, venía a reivindicar la necesidad de una contrahistoria y una contramemoria opuestas al ocultamiento de la historia oficial [11]. Por otro lado, en un tiempo en el que la cultura del pesimismo buscaba sus paliativos en la ilusión necesaria del progreso su pensamiento determinó oportuna la “organización del pesimismo”. El pesimismo de la generación de Benjamin se había transmutado en acedía, en un pasividad tan descarada que perdió el hilo de los acontecimientos que precipitaban el rasgado final del lienzo de Occidente. Lejos de ello, y como bien dice Löwy –aunque quizá con cierto exceso-, el pesimismo de Benjamin fue un “pesimismo revolucionario, que no tiene nada que ver con la resignación fatalista y menos aún con el Kulturpessimismus alemán, conservador, reaccionario y prefascista de Carl Schmitt Oswald Spengler o Moeller van der Bruck: en él, el pesimismo está al servicio de las clases oprimidas (p.24) Frente a estos problemas su respuesta adquiere la forma de un planteamiento heterodoxo, ya que aplica categorías teológicas al materialismo. Benjamin recurre a la tradición religiosa para avisar de la debilidad quebradiza del pensamiento ilustrado (Mate, R., 1991, pp. 202 y ss.). En su particular alquimia Benjamin adoptó del materialismo, por encima de todo, la idea de la lucha de clases, que interpretada como enfrentamiento desigual entre vencedores y vencidos, era un llamado a conquistar la justicia por el pasado. Para Benjamin la memoria irredenta activa los resortes de la acción, entendida ésta como interrupción. La revolución comprendida como ruptura de la linealidad temporal es el freno de urgencia a un progreso ciego que se extiende perpetuando la injusticia: la revolución es lo mesiánico que surge como lo posible frente 9 a la linealidad de lo necesario. Lo cierto, pues, es que Benjamin invierte los términos revolucionarios del marxismo: “Marx dijo que las revoluciones son la locomotora de la historia mundial. Pero tal vez las cosas se presenten de muy distinta manera. Puede ser que las revoluciones sean el acto por el cual la humanidad que viaja en ese tren aplica los frenos de emergencia.”(GS, I, 3, p. 1232, citado por Löwy en p. 108, n. 79). Para Benjamin el Mesías es la revolución, pero como freno, no como impulso: el imperativo para él es la detención urgente, no la progresión ingente. La revolución es en Benjamin la irrupción mesiánica en la expansión del progreso, la mirada atrás por la que se realiza la redención. El marxismo de Benjamin tiene sentido por su horizonte mesiánico, por la existencia de un pasado abierto que reclama justicia. Es en este singular horizonte donde su filosofía de la historia se transforma en una filosofía política de la historia (Mate, 1993, pp. 280 y ss.) *** La intención de Löwy, dijimos más arriba, era conciliar en Benjamin al teólogo con el marxista. Ahora, repasado brevemente su trabajo, ya podemos preguntarnos cuán cerca o lejos queda de su propósito. Y es que en cierto modo se podría decir que consigue conciliar las dos posturas, pero no cuenta a su favor la escasa atención que dedica a problematizar las Tesis. Ejemplifica, ilustra, contextualiza, pero no problematiza. Las Tesis quedan en el libro de Löwy como un documento perfectamente inserto en el contexto histórico y en el devenir biográfico de Benjamin, pero no son debatidas. El texto de Löwy constituye por ello una obra tremendamente didáctica, que permite a casi cualquier lector conocer la hondura de las Tesis benjaminianas. Pero, en contrapartida, es una obra poco “problemática” para lectores ya avisados, en quienes prima la inquietud por las fricciones y debilidades del pensamiento benjaminiano. Y es que cabría, por ejemplo, un desvelamiento más amplio de su crítica al historicismo, o, por qué no, una atención historiográfica mayor a la realidad socialdemócrata alemana, tan determinante para las formulaciones benjaminianas. También hubiera cabido un análisis más profundo de la relación de Benjamin con Brecht y Scholem, absolutamente fundamentales ambos para comprender ese particular materialismo y el también singular mesianismo, raramente imbricado con la revolución. Hubiera sido deseable problematizar del mismo modo la propuesta benjaminiana, el horizonte al que nos precipita. ¿Qué utopía es la benjaminiana?¿Cuáles son sus singularidades?¿Existe verdaderamente una propuesta más allá de tanta crítica? Igualmente deseable sería, por 10 ejemplo, una sana confrontación, desde perspectivas más historiográficas que estrictamente filosóficas, de los conceptos de tiempo e historia propuestos por Benjamin con el tiempo heideggeriano –la relación entre ambas filosofías merecería capítulo aparte y queda fuera del estudio de Löwy; pero aun así considero que es despachada en la introducción con escasa hondura (p. 14-15)-. Y, por citar un último, otro asunto que cabría abordar es la función que concede Benjamin al historiador, qué labor puede desempeñar éste en su utopía de la redención posible. Ahora bien, no olvidemos que la obra de Löwy es, dicho en un reduccionismo, un comentario de texto sobre las Tesis de Benjamin. Magnífico por impecable, por despejado y por preciso, pero un comentario de texto al fin y al cabo. El mismo Löwy declara que su «objetivo […] no es tanto “juzgar” las tesis de Benjamin como intentar comprenderlas» (p.43). Por ello mismo, pienso que no cabe quizá demandarle nada más que lo ya presente en el texto: contextualización y ejemplificación. Visto así, pues, un libro bien recomendable. *** Pero llegado este punto, y más allá de Löwy, cabe preguntarse: ¿actualidad de Walter Benjamin? Sin duda, y no sólo por que así lo puedan sugerir los vectores editoriales. Si bien la obra de Benjamin es hija de su tiempo y se dirige a sus contemporáneos, también nosotros escuchamos sus ecos porque el texto con las Tesis “supera con mucho la constelación trágica que lo vio nacer” (p. 39). En nuestro país, sin ir más lejos, nos inundan los discursos de todo cariz sobre las víctimas –bien sean del terrorismo etarra, bien de la contienda civil del 36…-. Y si ojeamos cualquier anuario de los muchos que se nos proponen al despedir el 2005 nos asalta el protagonismo –no exclusivo, claro- de los vencidos y los dominados –no sólo en el tercer mundo, también en Nueva Orleáns, París, Nueva York, Londres, el sureste asiático…-. Benjamin, que “veía el mundo desde la perspectiva de los muertos, como si yaciera ante él una penumbra solar” (Adorno, 1995, p. 71), elaboró un discurso histórico para las víctimas, dislocando el esquema secular que encontró exaltado en la ensenada de su tiempo. Su perspectiva serena y lúcida queda inserta en la historia de la filosofía de la historia como una mirada atrás que es un paso hacia delante. Primo Levi nos recuerda en Hundidos y Salvados que más conscientes eran de la importancia del recuerdo los verdugos que sus víctimas: la educación de la memoria, la creación de una conciencia crítica, son las únicas armas útiles para luchar contra el 11 horror. Benjamin nos propone, sin saberlo –se hubiera aterrado en tal caso-, una filosofía para después de Auschwitz, una detención definitiva de la historia como barbarie. (Traverso, E., La historia desgarrada. Ensayo sobre Auschwitz y los intelectuales, Barcelona, Herder, 2000; Mayer, H., 1992, pp. 81 y ss.). Su propuesta es la de reconocer la memoria de los vencidos, no la de cobrarse sus deudas. Reclamaba una historia fundada en una suerte de razón anamnética. Apostaba por la redención por el recuerdo con la mirada fija en la utopía entendida, precisamente, como posibilidad de la justicia para los derrotados. No sé si cabe imaginar a un triste Benjamin desquiciándose entre la vigilia y el sueño en su última noche, en mitad de una habitación cargada de vacío que parece dibujada por Hopper, pero sí se me antoja viable –necesario incluso- releer sus Tesis desde la distancia que sólo el tiempo consumido nos otorga. Juguemos a ser Benjamin, y con sus textos, pongamos por una vez la esperanza en el pasado. Bibliografía ADORNO, T. W., Sobre Walter Benjamin, Madrid, 1995 BENJAMIN, W., Gesammelte Schriften, R. Tiedermann y H. Schweppenhäuser (eds.), Frankfurt a. M., 1972 BENJAMIN, W., Discursos interrumpidos, v. e. J. Aguirre, Taurus, Madrid, 1973 CABRERA, M., JULIÁ, S., MARTÍN, P., (comps.), Europa en crisis, Editorial Pablo Iglesias, Madrid, 1991 EAGLETON, T., Walter Benjamín. Hacia una crítica revolucionaria, Cátedra, Madrid, 1998 LEVI, P., Hundidos y salvados, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004 MAYER, H., Walter Benjamin. El contemporáneo, Valencia, 1992 MATE, R., “La historia como interrupción del tiempo” en MATE, R.. (ed.), Filosofía de la Historia, Madrid, 1993 MATE, R., La razón de los vencidos, Barcelona, 1991 MATE, R., Memoria de Occidente. Actualidad de pensadores judíos olvidados, Barcelona, 1997 MISSAC, P., Walter Benjamin, de un siglo a otro, Gedisa, Barcelona, 1988 MOSÈS, S., El ángel de la historia, Cátedra, Madrid, 1997 12 TRAVERSO, E., La historia desgarrada. Ensayo sobre Auschwitz y los intelectuales, Herder, Barcelona, 2000 WITTE, B., Walter Benjamin. Una biografía, Barcelona, 1990 Notas [1] Se ha manejado siempre la hipótesis del suicidio de Benjamin, pero recientemente -se presentó en Barcelona en octubre de 2005- David Mauas ha filmado un documental en Port-Bou donde reconstruye el escenario y las circunstancias de su muerte. El título del mismo es “¿Quién mató a Walter Benjamin?” y, plantea, como digo, la posibilidad de que Benjamin no se sucidara, puesto que el parte médico tipifica su defunción como muerte natural y su cuerpo fue inhumado bajo el rito católico y con un nombre erróneo. Para más información, http://www.whokilledwalterbenjamin.com/. Pero sea como fuere lo cierto es que la muerte de Benjamin escenifica el estadio de ofuscación e inclemencia alcanzado por Europa hasta 1940. Walter Benjamin murió fugitivo y apátrida. Da ciertamente lo mismo que fuera asesinado o que se suicidase, porque existe un mismo sujeto detrás de ambas acciones: “el horror, el horror”, como decía el Marlow de Conrad. Benjamin huía de la muerte y se encontró con ella. No fracasó en su huída; simplemente fue derrotado. Su “éxito” estaba en otra parte. Ni siquiera en ese manuscrito que al parecer llevaba consigo al llegar a Port-Bou y al que se refería diciendo “lo principal es salvar el manuscrito. Es más importante que mi propia persona.” Su “éxito” estaba en su obra, en su legado. Para comprobarlo, bástenos con comprender la hondura de sus Tesis, constataremos en ellas como su muerte ilustra el careo de la cultura europea con la esperanza escatológica. [2] Michael Lowy (1938): Sociólogo brasileño, ocupa actualmente el cargo de Director de Investigaciones del Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS) de París. Entre sus obras principales se cuentan: El pensamiento del Che Guevara, La guerra de los dioses. Religión y Política en América Latina, ¿Qué es la sociología del conocimiento?, Redención y Utopía. Puede consultarse aquí la lista de sus publicaciones: http://www.ehess.fr/centres/ceifr/pages/images/MLowy-publications.pdf [3] Según las notas de la edición de las Obras Completas de Benjamin, el texto con las Tesis llegó a los Estados Unidos en 1941 y fue depositado en el Archivo del Instituto de Investigaciones Sociales. Pero el documento no vio la luz hasta 1942, cuando Adorno y Horkheimer las publicaron en Los Ángeles en un volumen multicopiado de tirada limitad y titulado “Walter Benjamin zum Gedächtins” [“A la memoria de Walter Benjamin”]. Ya en 1947, Pierre Missac acometió la traducción al francés de las Tesis, editadas en el nº. 25 de Les Temps Modernes. Y en 1950, Adorno hizo públicas las Tesis en alemán en el nº. 4 de la revista Neue Runschau. En ambos casos, sin apenas ecos y reacciones. Para eso habría que esperar hasta 1955, cuando el mismo Adorno las reeditó en una compilación de textos de Benjamin y, sobre todo, a 1974, cuando apareció la edición crítica y comentada de las Tesis, con sus variantes y notas, a cargo de R. Tiedemann y H. Schweppenhäuser. Löwy se hace eco asimismo del “Handexemplar” encontrado por Giorgio Agamben, que hace de una nota preparatoria la tesis XVIII, que en este caso Löwy numera como XVIIA (Mayer, 1992, p. 71 y ss.; Löwy, pp. 40 y 44). [4] La aparición del texto de Löwy brinda, desde luego, una oportunidad excelente para hacerse con una edición comentada de las Tesis. En nuestro país, además de entresacar las susodichas tesis de diversos ensayos y trabajos consagrados a Benjamin, era posible disponer de ellas en Angelus Novus, un volumen editado por Edhasa en 1971 y agotado hace tiempo, y en el Volumen I de los Discursos Interrumpidos que editó Taurus en 1973 y del que existen varias reediciones. Asimismo consta en el registro del ISBN una edición recentísima (2005) de la Obra Completa de Benjamin a cargo de Ediciones Abada, que lamentablemente desconozco. También en 2005 se han editado los Pasajes (Akal), y un volumen titulado Historias y relatos (El Aleph). Su Correspondencia (1928-1940) se halla editada por Trotta desde 1998. Además, en el panorama editorial español del último quinquenio años se han dedicado varias obras a comprender la filosofía política de la historia de Benjamin: Mayorga J., Revolución conservadora y conservación revolucionaria: política y memoria en Walter Benjamin, Anthropos, Barcelona, 2003; Cuesta, J. M., Juegos de duelo: la historia según Walter Benjmain, Abada Editores, Madrid, 2004; Pessarrodona, M., Berlín Suite; Homenaje a Walter Benjamin, Nuevas Ediciones de Bolsillo, 2002. Asimismo Gedisa reeditó en 2002 la biografía escrita por Bernd Witte. Desde Buenos Aires, Ricardo Forster nos ha ofrecido Walter Benjamin y el problema del mal, Altamira, 2003; y Mesianismo, nihilismo 13 y redención. De Abraham a Spinoza, de Marx a Benjamin, en la misma editorial y en colaboración con Diego Tatián. [5] La mayor parte de los materiales que emplea Löwy se encuentran convenientemente editados en castellano. Por ejemplo: ADORNO, T., Sobre Walter Benjamin, Cátedra, Madrid, 1995; ARENDT, H., Hombres en tiempos de oscuridad, Gedisa, Barcelona, 2001; BENJAMIN, W. y ADORNO, T., Correspondencia (1928-1940), Trotta, Madrid, 1998; SCHOLEM, G., Walter Benjamin y su ángel, FCE, Buenos Aires; etc. [6] Para un análisis tan ligero como preciso de la Europa de entreguerras véase Cabrera, M., Julià, S., Martín, P., (comps.), Europa en crisis, Editorial Pablo Iglesias, Madrid, 1991. Asimismo, pero con otra perspectiva, Kitchen, M., El período de entreguerras en Europa, Alianza, Madrid, 1992 [7] Permítaseme el exceso de enumerar a algunos –se podrían enumerar decenas- de los nacidos entre 1875 y 1900. Los hombres y mujeres que acompañaron generacionalmente a Benjamin constituyeron una generación que, sacudida por los horrores de la Primera Guerra Mundial, habría de ser recordada por cultivar la gloria intelectual y artística en mitad del desierto existencial: Brecht, B. (1898-1956), Broch. H. (1886-1951), Buber, M. (1878-1965), Heidegger, M. (1889-1976), Hesse, H. (1877-1962), Jaspers, K. (1883-1969), Joyce, J. (1882-1941), Kafka, F. (1883-1924), Lukács, G. (1885-1971), Mann, T. (18751955), Musil, R. (1880-1942), Rilke, R. M. (1875-1926), Rosenzweig, F. (1886-1929), Schmitt, C. (18881985), Scholem, G. (1897-1982), Spengler, O. (1880-1936), Toynbee, A. J. (1889-1975), Wittgenstein, L. (1889-1951), Zweig, S. (1881-1942). E insisto en que son sólo algunos. [8] No hay que perder de vista la perspectiva que sobre este devenir secular trazó Benjamin en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, publicado en Benjamin, W., Discursos Interrumpidos I, Taurus, Buenos Aires, 1989. Asimismo, para comprobar como es la de Benjamin “una mirada diferente sobre ese extraño mosaico denominado Modernidad” véase Missac, P., Walter Benjamin, de un siglo a otro, Gedisa, Barcelona, 1988. [9] Con brevedad, señalo a continuación la distribución aproximada de los temas que aludo en esta breve exposición de las Tesis: - en torno a la complementariedad dialéctica entre teología y marxismo hallamos referencias en las tesis I, IV, IX, XVI, XVII, XVIII - en torno a la ideas de redención y rememoración entendidas como tareas de la revolución cabría citar las tesis II, III, VII, VIII, IX, XII, XVII, XVIII - contra el historicismo, las tesis V, VI, VII, IX, XVI, XVII - contra el progreso, sobre el optimismo ciego y el pesimismo desaforado de su época –alusiones a la socialdemocracia, al fascismo o al comunismo-, las tesis VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII, - acerca de la idea de tiempo actual, del ahora –Jeztzeit-, y, en general, sobre su concepto de historia, las tesis XIV, XV, XVII, XVIII - sobre la historia de los vencidos, la historia vista a contrapelo, de modo especial las tesis VII, VIII, XII - la metáfora del Ángel de la Historia con la referencia a Klee se halla en la tesis IX [10] Como señala Julián Casanova, “convendría deshacer una importante confusión que se escurre a menudo irreflexivamente por las páginas de algunos manuales muy difundidos en nuestras universidades: la identificación absoluta entre Ranke y la tradición historiográfica alemana, el historicismo y la historia positivista. Por historicismo debe entenderse, en un sentido muy distinto al utilizado por Karl R. Popper para designar esas interpretaciones que pretenden mostrar la existencia de leyes fijas de desarrollo histórico un paradigma de pensamiento y práctica históricas que ha puesto especial énfasis en la singularidad e individualidad de los fenómenos históricos.” (Casanova, J., La historia social y los historiadores, Crítica, Madrid, 2003, p.40; Véase también Carreras, J. J., “El historicismo alemán” en Estudios sobre Historia de España. Homenaje a Tuñón de Lara, UIMP, Madrid, 1981, tomo II, pp. 627 – 641) [11] En la misma línea, véase Focault, M. Genealogía del racismo, Endymion, Madrid, 1992 14
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