Nuevos retos y nuevas amenazas para las democracias en

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							        “Nuevos retos y nuevas amenazas para las
              democracias en el Siglo XXI”
                                                     escribe el Lic. De Aristegui


           El siglo XXI comienza condicionado por problemas que no fuimos
capaces de resolver en el siglo XX. Si no los resolvemos de forma integral, la
historia nos ha enseñado que acabarán reproduciéndose con mayor virulencia y
gravedad.

Los nuevos actores internacionales
            Para poder realizar un análisis mínimamente riguroso, es preciso
comprender que los lastres, desequilibrios, y problemas irresueltos del siglo
pasado, han provocado otros nuevos, han agravado no pocos de los viejos y todo
esto aderezado por un escenario internacional en el que han surgido con gran
fuerza nuevos actores no estatales. Las multinacionales y su protagonismo
económico, y en consecuencia político, el prestigio de algunos líderes religiosos, la
influencia social de algunas estrellas del deporte, la música y el cine, sin olvidar el
protagonismo social creciente de las ONG, han hecho variar tanto el panorama, que
si estos factores no fuesen tenidos en cuenta, las conclusiones serían
inevitablemente erróneas.

           El inicio del siglo XXI está siendo marcado por la globalización del
terrorismo, circunstancia que está condicionando el planteamiento, análisis y
solución de los otros muchos retos, desafíos y amenazas, a los que habrá de
enfrentarse la democracia y la libertad, en este siglo que comienza.

            La Guerra Fría instaló en las mentes de casi todos los hombres la idea
de que un conflicto entre los dos bloques era inevitable. Muchos políticos, analistas
y periodistas nacieron, se desarrollaron y produjeron intelectualmente bajo la
sombra de la tensión Este/Oeste. La confrontación entre bloques tiñó el análisis y
deformó los conflictos que, con independencia de sus verdaderas causas y
naturaleza, se convirtieron en meros apéndices del conflicto que dominó la Historia
de la Humanidad durante 44 años. En ese sentido, conflictos fronterizos, étnicos,
religiosos, coloniales o neocoloniales, históricos o económicos, se convirtieron en
una expresión más de la guerra fría. Otros, por el contrario, nacieron claramente
como consecuencia de la tensión Este/Oeste y de la fuerte confrontación ideológica
y estratégica que ésta llevaba aparejada. Así, el tablero geoestratégico mundial se
convirtió en una prolongación de la guerra fría, los grandes luchaban por conflictos
interpuestos.

           La caída del muro de Berlín en octubre de 1989 supuso un hito histórico
que sin embargo dio inicio a una etapa de exceso de confianza y de irresponsable
complacencia por parte de Occidente. El mundo libre, Europa, Estados Unidos y
otras democracias, pensaron de forma más bien frívola, que habían ganado la
Guerra Fría. Dormimos una plácida y, como se demostraría trágicamente,
temeraria siesta entre 1989 y septiembre de 2001.

            Este exceso de confianza nos llevó a ignorar factores esenciales que
estaban en la base del nacimiento o enquistamiento de graves problemas de la
humanidad. Occidente        hizo oídos sordos a señales muy claras de cambios
profundos que se estaban operando a lo largo y ancho del mundo. La evolución no
siempre producía efectos positivos, a la globalización de los mercados se unió la
del terrorismo, la inestabilidad y el alcance mundial de las ideologías fanáticas, que




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encontraron nuevas facilidades con el avance espectacular y abaratamiento de los
sistemas de comunicación y un mundo sin fronteras informativas.

           Los más viejos y feroces enemigos de la democracia se adaptaban para
ser más mortíferos. Algunos de los más graves problemas a los que se enfrenta el
mundo hoy se desarrollaron frente a todos sin que muchas veces nos diéramos
cuenta, y si alguno de éstos era detectado, no conseguíamos entenderlos en toda
su dimensión. Sólo algunas mentes muy lúcidas y algunas organizaciones como al
OTAN, a la que algunos han puesto en cuestión, se anticiparon a su tiempo. La
Cumbre de la Alianza Atlántica celebrada en Washington en abril de 1999 reflejó
con claridad en sus conclusiones, que el terrorismo, la proliferación o el crimen
organizado, estarían entre los mayores riegos a los que la democracia y la libertad
habrían de enfrentarse a lo largo de este Siglo XXI.

           Las circunstancias del mundo en el que vivimos se modifican de forma
constante por lo que la Política Exterior de Seguridad y Defensa de las democracias
más avanzadas, deben ser flexibles para evolucionar, y adaptarse a las nuevas
realidades estratégicas, sin que eso suponga la renuncia a los principios básicos,
sus prioridades históricas o de intereses, en los que se fundamentan sus ejes
fundamentales.

             Una de estas nuevas circunstancias es que, por medio de un análisis
riguroso de los conflictos de los últimos 60 años, nos revela una conclusión tan
sorprendente como inquietante. Hasta 1980 en más del 70% de los conflictos la
superioridad militar y la potencia de fuego garantizaban la victoria. Desde 1980 se
invierte la tendencia y en más del 50% de los casos estudiados, era el contendiente
más débil el que se imponía.

            Los nuevos riesgos son globales, pero no son omnicomprensivos,
de ahí que convenga guardar la cabeza fría ante las amenazas, para no permitir
que consigan uno de sus objetivos más importantes: la extensión del miedo a
través de la obsesión por el terrorismo. Existe un riesgo cierto de que se instale en
las opiniones públicas de las democracias más avanzadas, una suerte de psicosis
colectiva, que puede acabar minando las bases esenciales de nuestra convivencia.

            Los ideólogos del terrorismo llaman eufemísticamente a sus delitos,
guerra asimétrica, que no es otra cosa que la justificación de la barbarie para la
consecución de objetivos supuestamente lícitos, contra enemigos mucho más
poderosos. Pero centrarnos exclusivamente en los riesgos más visibles, ignorando
sus causas, olvidando los derechos humanos, la democracia y la libertad como
objetivos esenciales, sin proponer soluciones ni alternativas, es una receta segura
para el fracaso. Hay que analizar, y en consecuencia actuar siempre de acuerdo con
una planificación flexible, con perspectiva, con profundidad y largo alcance
estratégico, pero siempre desde de la coherencia con los principios democráticos
básicos del Estado de Derecho.

            El más obvio de esos nuevos riesgos es el del nuevo terrorismo que
más que nuevo es el resultado de una mutación constante de uno de los más viejos
enemigos de la democracia y la libertad. El terrorismo clásico era ideológico, estaba
organizado piramidalmente, tenía un liderazgo paramilitar, intentaba provocar la
desestabilización ideológica y en no pocas ocasiones estaba vinculado a la guerra
fría. Sin embargo, también el terrorismo clásico ha tratado de adaptarse a los
nuevos tiempos para sobrevivir. El terrorismo busca los resquicios del Estado de
Derecho y se aprovecha de las oportunidades de la globalización para ser más
eficaz y mortífero.




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            Por otra parte el nuevo terrorismo es ideológico-religioso, o si se quiere,
de inestabilidad y dominio geoestratégico con cobertura o excusa religiosa. El
fundamento de su liderazgo es “espiritual”, goza de fuentes más diversificadas de
financiación, tiene mayor flexibilidad operativa, fomenta formas temerarias de
actuación, incluidos los ataques suicidas, y ha adquirido como pocas veces antes en
la historia de la humanidad,         una profunda y preocupante capacidad de
desestabilización.

           La proliferación de armas no convencionales (eso que casi nadie se
atreve a llamar ya, armas de destrucción masiva) es un riesgo real al que nos
enfrentamos, puesto que la desaparición de la guerra fría, una vez más, convirtió
en obsoleta la doctrina de la disuasión por la destrucción mutua asegurada (MAD).
Y esto es así ya que a escala regional y en conflictos limitados, el uso de armas
químicas, bacteriológicas o de armamento nuclear táctico hace asumible el riesgo
de un primer ataque por parte de algunos de los estados más agresivos. La
disuasión armada es imposible en los muchos focos de tensión que hay hoy en el
mundo, pero muy especialmente en Oriente Medio.

            Sin embargo el mayor riesgo real es la posible combinación entre el
terrorismo y las armas no convencionales. Un ataque químico, bacteriológico o
nuclear táctico, en un puerto, aeropuerto o en el centro urbano de alguna ciudad,
tendría implicaciones catastróficas para nuestra civilización. Afectaría de forma
grave al comercio mundial, a los viajes, al turismo, y a un principio fundamental de
la economía como es la confianza. Algunos estados criminales pueden haberse
convertido en los nuevos supermercados de armas de alto poder destructivo para
grupos terroristas. Nada de esto es ciencia-ficción: bajo la autoridad del comité
militar de Al-Q’aeda existe un grupo de expertos dedicados a intentar procurarse de
armas no convencionales.

            Mucho se ha hablado de los estados fallidos y de los estados
criminales, que son realidades bien distintas a las que con demasiada frecuencia
se confunde. Ambos son amenazas para la paz y la estabilidad del mundo, pero
por razones bien distintas. Los estados fallidos carecen de cohesión interna, de
solidez institucional, y generalmente son dictaduras o gobiernos débiles, todo lo
cual les convierte en víctimas perfectas para los señores de la guerra sin
escrúpulos, grupos terroristas, de vecinos ambiciosos o de todo a la vez.

            Los estados criminales son terribles dictaduras, estados policiales que
ejercen un feroz y férreo control y represión sobre su población. Son regímenes
agresivos y expansivos, que muestran una preocupante y constante propensión al
armamentismo y que suponen un riesgo para su población, sus vecinos, la
estabilidad de sus regiones y puesto que suelen estar en las zonas más delicadas y
convulsas del Planeta, suponen también un serio riesgo para el Mundo entero.

            El estado criminal acaba convirtiéndose en un estado terrorista y el
estado fallido en un instrumento en las manos de los terroristas, el caso más claro
de esto último, lo constituye el depuesto régimen talibán de Afganistán.

            Cuando se habla de crimen organizado, pocas veces se entiende las
profundas implicaciones políticas que su actividad criminal estructurada puede
llegar a tener. Éste es un fenómeno que ha evolucionado de forma espeluznante en
los últimos 50 años. Los sindicatos del crimen se han sofisticado, recurren a los
mejores servicios jurídicos y contables que el dinero puede pagar, así como a la
ingeniería financiera de última generación. Algunos son pequeños y eficientes,
otros son grandes y organizados en red, muy al estilo de las más peligrosas
organizaciones terroristas.




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            El blanqueo de dinero, las fuentes de financiación alternativas, o el
camuflaje crecientemente eficaz de sus actividades ilícitas,        hacen que los
sindicatos del crimen sean cada vez más peligrosos. Tanto el crimen organizado
como el terrorismo necesitan de ingentes cantidades de dinero para poder seguir
existiendo. En este sentido, tanto los unos como los otros se dedican al tráfico de
drogas, al tráfico de armas, convencionales o no, al tráfico de seres humanos y la
explotación sexual, al fraude y estafa a gran escala, al blanqueo de capitales a
través de la ingeniería financiera de última generación, y al robo y extorsión
organizadas.

            La interrelación entre uno o varios de estos elementos es y seguirá
siendo durante mucho tiempo, una auténtica pesadilla para los gobiernos
democráticos. El acercamiento y el acuerdo táctico, que en ocasiones llega a ser
incluso estratégico, entre estados criminales y fallidos, de una parte y grupos
terroristas y organizaciones criminales de otra, es uno de los desafíos más graves a
los que se puede enfrentar nuestra civilización en los próximos 50 años.

            Pero el mundo se enfrenta a problemas y amenazas quizá más
sutiles, menos visibles en los titulares de la prensa y de consecuencias que
pueden ser igualmente desastrosas. La inestabilidad geopolítica y
geoestratégica del mundo no sólo es uno de los objetivos de estados criminales y
grupos terroristas, es la consecuencia directa de la pobreza y las desigualdades, del
auge de las ideologías totalitarias, opresivas, fanáticas, tiránicas, violentas y
radicales. Las enormes diferencias de renta entre países fronterizos, son un factor
capaz de generar fortísimas tensiones. EN España desde la oposición se habla de la
necesidad de abordar ese problema a través de la creación de un Tratado de Libre
Comercio en el Mediterráneo. Es cierto que las diferencias de renta entre México y
los Estados Unidos se redujeron sustancialmente como consecuencia del ALCA y las
“maquilas” de 10 a 1 hasta 4 a 1. En nuestro ámbito, el Mediterráneo, las
diferencias de renta oscilan entre 10 a 1 y 15 a 1. Sin embargo, para lograr atajar
ese problema es indispensable consolidar el Estado de Derecho, y crear un
ambiente favorable a la inversión y aunque se han producido avances notables en
el Magreb, aún queda un trecho que recorrer para lograr que se consolide el ciclo
de la prosperidad en esa región. El Estado de Derecho, el imperio de la ley, el Poder
Judicial independiente y una Legislación que proteja las inversiones, son elementos
esenciales para atraerlas.

           Todo esto tiene un alto precio económico. Los atentados del 11 de
Septiembre afectaron gravemente al transporte aéreo y a la industria del turismo,
pero muy especialmente la de los países de Oriente Medio y del Mediterráneo, para
los que los ingresos por ese concepto representan una proporción vital de sus
Productos Interiores Brutos (PIB). En ocasiones son el turismo y la economía el
principal objetivo de los grupos terroristas, como ocurrió en Egipto, cuando
Gama’a Islamiya y la Yihad Islámica egipcia emprendieron una brutal campaña
contra los turistas extranjeros en ese país. En otras, son consecuencias indirectas
pero que acaban teniendo un impacto mayor que ningún otro tipo de crisis
económica conocida. El ejemplo más claro de esto es la economía israelí que tras el
recrudecimiento de la campaña de atentados suicidas por parte de Hamas y Yihad
Islámica Palestina y Las Brigadas de los Mártires de Al-Aqsa, pasó de un
crecimiento económico cercano al 7% a un crecimiento negativo cercano al 7%. Es
decir una pérdida del 15% real del PIB de un año para otro.

             Hemos mencionado el riesgo que corren el comercio, el turismo y en
definitiva la economía mundial, si llega a producirse un atentado con armamento no
convencional en Puertos o Aeropuertos. Correríamos el riesgo cierto de volver a
instaurar rígidos requisitos para viajar, y las restricciones sobre el comercio
internacional y tráfico de contenedores ahogarían a la economía mundial. Sería un



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paso atrás, una vuelta a la autarquía y una regresión en el progreso de la
humanidad.

           Una de las novedades más preocupantes de este panorama, es el
riesgo existencial que estas nuevas amenazas y desafíos suponen para las
democracias y para nuestros sistemas de convivencia en libertad. El aumento
exponencial del potencial destructivo, ha provocado también un incremento igual
en la capacidad de desestabilización que aún no ha sido calibrada y que si no es
abordada de forma multidimensional podría provocar el agravamiento de tensiones
existentes, la profundización de ciertos conflictos e incluso la caída de algún
gobierno en manos de regímenes radicales.

             Autores como Ian Lesser o Bruce Hofman, definieron en 1998 el
concepto de riesgo existencial. Ambos autores advertían que la percepción
colectiva de ese riesgo era distinta en función de los países. Esta circunstancia se
ha puesto dramáticamente de manifiesto en la reciente crisis y Guerra de Iraq.
Paradójicamente antes del 11 de Septiembre éramos los europeos los que
teníamos una sensación más intensa de riesgo terrorista. Hoy son los
estadounidenses los que señalan que los europeos no comprendemos la verdadera
dimensión de estos riesgos. Antonio Muñoz Molina, lo dijo muy lúcidamente en la
presentación del último y excelente libro de J. Mª. Calleja “Héroes a su pesar”, y
parafraseo: “el terrorismo es una cuestión de perspectiva, si está lejos, lo llaman
guerrilla, violencia o conflicto, si se ve cerca, es terrorismo”. El riesgo existencial
era evidente y visible para unos pocos países antes del 11 de Septiembre.
Lamentablemente otros muchos tardamos demasiado tiempo en darnos cuenta que
ese no era un problema privativo o exclusivo de unos pocos países. Hoy debemos
aceptar que afecta a todas las democracias. A medida que nuestra eficacia
aumente,       también disiparemos el riesgo existencial, siempre que se haga
exclusivamente por medios democráticos.

            El crimen organizado desea notoriedad sin fama, porque sólo
haciendo sentir su amenaza es económicamente rentable en sus empresas
delictivas. El terrorismo necesita, además,        de la exposición pública, de la
propaganda, estar presente en los medios de comunicación. La amenaza del uso de
la violencia, la comisión de atentados selectivos o indiscriminados, tienen como fin
extender el terror, y forzar el desistimiento y la claudicación de las sociedades
democráticas y de sus gobiernos. Se trata de sojuzgar y someter a la mayoría
democrática por medio del terror.

           La cooperación entre democracias para crear las condiciones más
favorables para el fomento y consolidación de la democracia y del más escrupuloso
respeto a los derechos humanos, no es, en modo alguno imposible, y por difícil que
parezca a priori, es un objetivo esencial para lograr que la estabilidad política
arraigue en las regiones más problemáticas, contribuyendo, así, a cerrar las espitas
de la incertidumbre, la pobreza, la desesperación y del odio que alimentan al
terrorismo y a la inestabilidad.

           Los instrumentos para articular estas alianzas ya existen, son
plenamente operativos y han dado excelentes resultados a lo largo de las últimas
cinco décadas. En nuestro continente la Unión Europea ha sido y lo será más aún
en el futuro, un elemento central para reforzar la estrecha cooperación entre
nuestras democracias en la lucha contra estos riesgos y para diferir, disipar y
prevenir nuestras consecuencias. El Espacio de Libertad, Seguridad y Justicia
que estamos construyendo entre todos los estados miembros, será, como ya
hemos dicho, uno de los elementos centrales de nuestra estrategia contra el terror.
La coordinación de nuestras políticas de seguridad nacional, es un paso positivo
hacia delante pero insuficiente. España entiende, quizá como nadie, la peligrosidad



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de estas lacras, y por ello se empeñó y logró que EUROPOL tuviese competencias
en materia de lucha contra el terrorismo.

            La OTAN es un símbolo e instrumento de la voluntad de dotarnos de un
sistema de defensa colectivo cuyas bases no podían ser otras que la defensa de los
principios democráticos sobre los que se asientan sus estados miembros. La Alianza
Atlántica es también una expresión de la fortaleza del vínculo trasatlántico, que
ni ha sido, ni es, ni será incompatible con nuestra vocación europea. El objetivo ha
de ser hacer de Europa un actor muy relevante de la escena mundial. Pero
corremos el riesgo de convertir a un elemento de estabilidad en otro de
inestabilidad e incertidumbre, si vencen los que pretenden convertir a Europa en el
principal contrapeso de los Estados Unidos, puesto que eso acabaría provocando un
mundo mini-multipolar, en el que lejos de lograr una mayor estabilidad,
generaríamos nuevas y graves tensiones, y lo que es más triste es que éstas se
producirían entre democracias.

            El multilateralismo, y la cooperación deben presidir todas nuestras
acciones en este terreno, pero desde la generosidad, la altura de miras y un sentido
de perspectiva histórica. La obsesión por la multipolaridad no nos puede hacer
caer en la ingenuidad de pensar que todos los males del planeta se deben la
existencia de una sola hiperpotencia, y a la ausencia de elementos de equilibrio en
las relaciones internacionales. No conviene olvidar que existen varios actores en la
escena internacional que por su importancia y peso en diferentes ámbitos, han sido
y siguen siendo, factores esenciales de equilibrio y estabilidad. China y Rusia siguen
siendo importantes potencias militares. China y la India son las primeras potencias
demográficas. Europa es la primera potencia económica y comercial del mundo y
Japón la segunda. Nuestro continente es, además, un referente cultural mundial. Y
a mayor abundamiento es preciso subrayar que existe un número creciente de
actores regionales cuya importancia subirá muchos enteros a lo largo de los
próximos 50 años. En este sentido Australia, Sudáfrica, Brasil o México, estarán
llamados a ocupar un papel de creciente importancia en el futuro.

           Algunos gobiernos se han empeñado en hacer análisis puramente
operativos o centrarlos exclusivamente en el ámbito de la seguridad, cuando en
realidad muchos de los problemas a los que nos enfrentamos son
multidimensionales y están profundamente influidos por ideologías radicales y
fanáticas que alimentan la violencia y el terrorismo inundando los ánimos y
promoviendo el odio. Ignorar que estas ideologías son las que sirven de
combustible a buena parte de estas inestabilidades, es tanto como atacar las
consecuencias y no sus causas o tratar de combatir enfermedades crónicas con
analgésicos. Las convulsiones políticas, sociales o económicas, son realidades
interdependientes, lo que significa que si se produce una crisis suficientemente
profunda en cualquiera de esos ámbitos, se reflejará necesariamente en los otros
dos. El análisis de las causas del terrorismo, la violencia, la inestabilidad, deben
tener muy en cuenta estas fracturas.

           Todo análisis político, especialmente si lo hace un político, tiene que
proponer soluciones, debe comprometerse, desde la prudencia y desde el rigor,
pero debe proponer recetas y sus fórmulas de aplicación.

            Las amenazas que se ciernen sobre nosotros, son realidades complejas
y poliédricas por lo que requieren, necesariamente, de una aproximación analítica
minuciosa y de una estrategia multidimensional,              que actúe de forma
simultánea sobre el foco de riesgo, y no de forma lineal y sucesiva. Muchas veces
la simplificación del mensaje puede llevar a la simplificación del diagnóstico y en
consecuencia, a la elección de una estrategia y de unos medios insuficientes o
inadecuados al fin que perseguimos.



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            La dimensión de seguridad no puede ser olvidada en una lucha de
esta naturaleza desde el punto de vista reactivo. Las Fuerzas de Seguridad deben
poder anticiparse a la actuación de células y comandos y evitar así muchos
muertos. Es imposible concebir el éxito en la estrategia multidimensional si su
dimensión de seguridad no está bien diseñada. La ejemplar labor que desempeñan
La Guardia Civil y el Cuerpo Nacional de Policía, ponen de manifiesto que unas
Fuerzas de Seguridad democráticas pueden poner contra las cuerdas a una
organización terrorista como ETA. Sin la dimensión de seguridad no hay derrota
posible del terrorismo.

            Esta estrategia tiene además una dimensión Judicial, puesto que en
un Estado de Derecho la Independencia del Poder Judicial y su protagonismo en la
lucha contra las nuevas amenazas no puede ser minimizado. El compromiso del
Poder Judicial independiente en la lucha contra el terrorismo y otras formas graves
de violencia es insustituible.

             Los consensos políticos son esenciales en democracia para lograr el
máximo apoyo de todos los sectores democráticos, y que todos los ciudadanos y
sus representantes políticos, no sólo se sientan implicados en esta trascendental
tarea, sino que además, se sientan protagonistas. En este sentido el Pacto por las
Libertades y contra el terrorismo, puede ser calificado sin rubor de victoria
democrática de una sociedad amante de la libertad. El terreno del consenso y del
acuerdo político en esta materia, sigue siendo una asignatura pendiente en algunas
sociedades, y en algunos países que no han sido capaces de ponerse de acuerdo
sobre qué debe ser calificado de terrorismo y a quiénes se puede definir como
terroristas.
La dimensión legal, es decir promover las necesarias reformas legales, es uno de
los puntos más importantes en un Estado de Derecho, puesto que las leyes son una
de las armas más importantes de un sistema democrático. España ha sabido ser
pionera en el mundo de la lucha democrática contra el terrorismo, y como el Ex
Secretario General de Naciones Unidas, Koffi Anan, reconoció no hace mucho
tiempo, nuestro país es ejemplar en ese terreno. El Gobierno de España ha venido
realizando trascendentales reformas legales que han dotado a las Fuerzas de
Seguridad y al Poder Judicial independiente, de los instrumentos y armas
democráticas que les permiten luchar eficazmente contra el terrorismo y el crimen
organizado desde el pleno respeto de los derechos y libertades fundamentales de
todos los ciudadanos, incluido los terroristas.

            La Cooperación Internacional en la lucha contra el terrorismo ha sido
calificada de prioritaria por este Gobierno. Conviene subrayar que la diplomacia de
la seguridad, aunque no sea nueva, recibió un impulso fundamental a partir de
1996. Todos los Ministros del Interior del Gobierno del PP, Jaime Mayor Oreja,
Mariano Rajoy y Ángel Acebes, han hecho de esta Diplomacia de la Seguridad una
de sus máximas prioridades políticas.

            Pero es importante diferenciar los tres ámbitos fundamentales de
actuación en la cooperación internacional. El bilateral, que ha demostrado ser
insustituible, y que ha permitido que las relaciones de seguridad de España se
avanzasen y se consolidasen extraordinariamente con países fundamentales para
nosotros como Francia – cuya ejemplar cooperación con España es preciso
agradecer y destacar - Italia, Bélgica, Portugal el Reino Unido, Alemania, México,
Argentina, Uruguay o, entre otros, los Estados Unidos.

           En el ámbito Europeo, algunas de las inspiraciones de políticos
españoles como la necesidad de que los terroristas que fuesen capturados en
cualquier país europeo, fuesen puestos a disposición de la justicia del país en el



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que se hubiese cometido el delito más grave, se han convertido en realidades
tangibles que supusieron un hito en la construcción del Espacio de Libertad,
Seguridad y Justicia. El espacio de libertad, seguridad y justicia que estamos
construyendo los europeos entre todos, será sin duda uno de los instrumentos más
eficaces para garantizar la libertad y la seguridad de todos los europeos.

            En el ámbito multilateral que es, muchas veces, el gran olvidado en
la cooperación internacional en la lucha contra el terrorismo, requiere de un
renovado impulso para que los países que no forman parte de organizaciones
supranacionales regionales, como la UE, tengan también instrumentos
internacionales adecuados con los que defenderse de estas lacras. Durante
décadas, los estados miembros de las Naciones Unidas fueron incapaces de aprobar
Convenciones que definiesen el terrorismo y regulasen la lucha contra ese
fenómeno. Las interminables discusiones de Convenciones sobre el terrorismo no
solían pasar del artículo primero, es decir la definición de terrorismo y de acto
terrorista. Después de los terribles atentados del 11 de Septiembre el Consejo de
Seguridad de Naciones Unidas aprobó las Resoluciones 1368 y 1373 de septiembre
de ese mismo año. El Comité antiterrorista del Consejo de Seguridad, que preside
en la actualidad España, es un instrumento al que sólo recientemente se ha dotado
del protagonismo político deseable.

           Una especial mención merece el capítulo de la financiación del
terrorismo y del crimen organizado. Ambos fenómenos, además de cometer los
delitos más lucrativos para financiarse, han contado, y es más que probable que
sigan contando en el futuro, con el apoyo y la financiación de estados fallidos y
criminales. La ingeniería financiera de última generación consigue borrar
eficazmente las huellas que el blanqueo de dinero y el dinero de procedencia ilícita,
puedan dejar en el sistema financiero.

            A lo largo de estos años, estas organizaciones han ido descubriendo
fuentes alternativas de financiación. Las más novedosas son las donaciones por
Internet a través de páginas web aparentemente inocentes, pero vinculadas a
organizaciones criminales. Han establecido bazares cibernéticos de venta de
objetos religiosos y de otra naturaleza. Sin embargo, la fuente más preocupante es
el aumento exponencial de donaciones privadas, Algunas de las cuales son de
buena fe y otras, por el contrario, se hacen con pleno conocimiento de causa sobre
el destinatario real de su dinero.

            Especial mención merece el capítulo de ciertas organizaciones no
gubernamentales, que han sido creadas o colonizadas por grupos terroristas o
sindicatos del crimen, para blanquear dinero y canalizar fondos. Informes de
Inteligencia citados por autores de relevancia como el titular de la Cátedra St.
Andrews de Terrorismo y Violencia, Rohan Gunaratna advierten que en torno al
20% de las ONG del mundo islámico, pudieran estar controladas por organizaciones
terroristas de corte islamista radical.

            Para luchar con eficacia contra la financiación ilegal de las peores formas
delictivas, hay que dotar a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, a los Bancos
centrales, a las autoridades financieras, de los medios materiales, legales y
humanos necesarios.

           Cooperación entre servicios de inteligencia. Una de las críticas mas
repetidas después del 11 S, fue justamente que los servicios de inteligencia fueran
incapaces de detectar los movimientos que desembocaron en tan terribles
atentados. Como consecuencia del exceso de confianza, producto del
derrumbamiento del bloque soviético, algunos países empezaron a reformar y
reestructurar a la baja sus servicios de inteligencia. En la opinión pública de



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algunos países, se llegó a reclamar la reducción drástica de los ejércitos o, incluso,
la sustitución o transformación en fuerza policial de los servicios de inteligencia. Es
obligado reivindicar que los servicios de inteligencia de una nación democrática,
son uno de los instrumentos más importantes para la defensa de la seguridad y de
los derechos y libertades fundamentales de sus ciudadanos. En el actual escenario
de seguridad es aconsejable intensificar la cooperación entre servicios, pero no sólo
el intercambio de información, sino que, sobre todo, el análisis e incluso coordinar
acciones operativas.

            En los momentos más difíciles y de mayor incertidumbre es más
importante que nunca un sólido, serio y equilibrado liderazgo político. Éste es
uno de los elementos centrales en la defensa de los sistemas democráticos, el que
una sociedad sienta que su gobierno y sus líderes políticos dan confianza, se
enfrentan a los problemas desde la serenidad y combinan la imaginación y la
responsabilidad para combatir las más graves amenazas. Los españoles no hemos
sido ajenos a este fenómeno, el liderazgo político, ha sido clave para que entre
todos, gobierno, oposición, medios de comunicación y ciudadanía, nos hayamos
enfrentado con decisión y con firmeza democrática a quienes pretendían arrebatar
nuestra libertad y destruir nuestro sistema de convivencia. En estos momentos, en
los que el horizonte de la escena internacional, está llena de incertidumbres, es
cuando los líderes políticos y de opinión deben hacer gala de mayor
responsabilidad y altura de miras. Esta es la hora de los hombres de estado,
de la visión de futuro, de la responsabilidad y sobre todo de la serenidad.

            En pocos países como en España se habrá producido un fenómeno más
claro de compromiso inequívoco de los medios de comunicación en la lucha
contra el terrorismo u otras amenazas a la democracia. No es fácil, encontrar otro
ejemplo de mayor coraje, valor cívico, responsabilidad, sentido de estado y de
trascendencia histórica por parte, tanto de los líderes de opinión como también de
periodistas de base. El papel esencial que juegan los medios de comunicación como
formadores de opinión, además de encarnar el derecho a la información y la
libertad de expresión, es un instrumento de vital importancia en manos de una
sociedad democrática para derrotar al fanatismo, el radicalismo y el odio que
alimentan a la violencia. Creo sinceramente que la sociedad española puede
sentirse legítimamente orgullosa de sus medios de comunicación, y de sus
profesionales, puesto que uno de los derechos fundamentales más amenazados
por el terrorismo es el de la libertad de expresión.

            La movilización social y la toma de conciencia por parte de la
opinión pública de la gravedad de los problemas a los que nos enfrentamos, y las
expresiones de su voluntad inequívoca de oponerse a estos retos y desafíos, no son
una pérdida de tiempo, ni una “muesca mas en el revólver” de la vanidad de
terroristas y criminales. Las manifestaciones y expresiones públicas de dolor y de
rechazo, son un acto de reafirmación democrática, por medio del cual los amantes
de la libertad nos reconocemos y nos apoyamos, con independencia de nuestra
ideología, de nuestra procedencia o de nuestras convicciones. España es un país
que ha sufrido durante décadas el azote de esta lacra, por eso, más quizás que
ninguna otra sociedad democrática, ha demostrado una extraordinaria madurez al
enfrentarse al terrorismo desde, la serenidad y el compromiso con los valores
democráticos, sin caer en la histeria colectiva, en los excesos o abusos que sirven
de macabro pero eficaz combustible a los fanáticos.

           Un aspecto esencial, es el de la atención y reconocimiento de las
víctimas del terrorismo, a quienes las sociedades democráticas deben prestar su
máximo apoyo. Es de justicia señalar que España es, en este ámbito también, un
referente.




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            La educación es un factor esencial en la lucha a medio y largo plazo
contra la violencia, el fanatismo, las tiranías, el radicalismo, la intolerancia, y su
hijo predilecto, el terrorismo. Educar a las generaciones futuras en el respeto
mutuo, en el pluralismo, en el respeto al diferente, en la tolerancia y el amor a la
libertad, es la mejor de las garantías para asegurarnos un futuro en paz, estable y
democrático. Los libros de texto, el ambiente en ciertas aulas y las inclinaciones de
profesores, incitan a la violencia, enseñan odio y hacen arraigar profundamente la
intolerancia. Todas las ramas del radicalismo, sea ideológico o de excusa religiosa,
tienen el mismo fin, aunque sus circunstancias sociales, económicas o geográficas
sean distintas. La conquista de las mentes y corazones de las generaciones futuras
es una obsesión común de todos los fanáticos.

           Dimensión estratégica. No se puede negar que la lucha contra el
terrorismo, la violencia, el fanatismo y el crimen organizado tienen, en algunos
casos, una dimensión claramente estratégica, negarlo sería, además de
irresponsable, ciertamente peligroso. Algunos focos de tensión y de violencia tienen
una componente geoestratégica que debe ser tenida en cuenta.

            Los problemas de inestabilidad, violencia y proliferación, se
producen en un contexto, en un ambiente político, social y económico que
sirve de terreno abonado para que crezca con criminal tenacidad la ideología
fanática, el espíritu del odio y el ánimo violento que los inspiran. Muchos especulan
sobre cuáles son las verdaderas causas que provocan la aparición, expansión del
terrorismo, la violencia y la inestabilidad. Un análisis inadecuado podría
transformar estos problemas en males crónicos.

           La Escuela de Frankfurt y el neomarxismo en general, se empeña en
señalar a los factores socioeconómicos, como la causa principal de la aparición del
terrorismo y de la ideología que lo alimenta. No se trata de minimizar el peso que
la falta de perspectivas económicas, el paro estructural, la pobreza y la
marginación, tienen en una sociedad. Sin embargo, hay otros factores que tienen la
misma o mayor importancia que éstos.

             La inmensa mayoría de los Estados miembros de las Naciones Unidas
han sido territorios colonizados por potencias europeas o dominados por otras
potencias hegemónicas en algún momento de su historia. Las heridas que dejó el
colonialismo tardaron mucho tiempo en sanar y hoy sus cicatrices siguen siendo
visibles a no pocos ciudadanos de esas nuevas naciones. El rechazo al colonialismo
y la crítica que se sigue haciendo en sus círculos intelectuales y políticos al proceso
de descolonización, tienen continuidad en el presente a través de un profundo
rechazo a lo que ellos consideran la continuación del colonialismo a través del
imperialismo, económico, político o militar. Poco importa que el análisis que ellos
hacen tenga o no bases sólidas, puesto que los sentimientos subjetivos inspiran y
marcan el comportamiento de esos pueblos, que se sienten pisoteados, olvidados,
menospreciados o agredidos, aunque ésa no sea la realidad.

            En el mundo árabe es conocido el impacto negativo que sigue teniendo
hoy el Pacto Sykes-Picot firmado entre británicos y franceses en 1916 para
repartirse los despojos del Imperio Otomano. El rechazo a ese acuerdo llega hasta
tal punto que sirve de excusa a los más intransigentes líderes islamistas y jefes de
grupos terroristas, como de hecho se puso de manifiesto al ser mencionado por
Osama Bin Laden en el comunicado que hizo público tras los atentados del 11-S.
No son pocos los intelectuales árabes que siguen diciendo en la actualidad que
dicho pacto constituye “la traición histórica más grave que el mundo árabe jamás
ha sufrido”.




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            Uno de los factores de mayor peso en la inestabilidad política de amplias
regiones del planeta, ha sido el fracaso de los sucesivos sistemas políticos
ensayados por las naciones que accedían por vez primera o que recuperaban la
independencia. Las dictaduras personalistas, de izquierdas o de derechas, los
regímenes de partido único, nacionalistas, islamistas radicales o nacionalista árabe-
socialista. También han fracasado las democracias formales importadas a esos
países, sin ninguna adaptación o transformación a sus realidades. Esta
inestabilidad institucional ha generado el grado de incertidumbre y de convulsión
que ha favorecido, también la aparición de la violencia, el odio y el terrorismo.

           Hay escépticos que aseguran que es imposible impulsar reformas
democráticas en países que han sufrido largas dictaduras o que, en su opinión,
carecen de las condiciones objetivas para consolidarla. Sin embargo, no parece
haber otro camino para lograr una creciente estabilidad, que el de fomentar una
paulatina evolución política, lo más pacífica posible hacia la democracia, siempre
que se respeten las particularidades y especificidades de esas sociedades.

            Todo esto tiene que hacerse sin caer en el paternalismo, el
eurocentrismo, o la imposición. Es una tarea muy difícil, llena de complejidades
pero no imposible. Los avances más importantes que se han logrado en materia de
institucionalización democrática en los países que hoy son los más estables en las
regiones más convulsas del mundo, se han logrado por el propio impulso interno de
dirigentes políticos moderados que han demostrado un profundo sentido de la
responsabilidad política e histórica.

           Uno de los temas esenciales que han de centrar este debate es que
debemos poner el acento en que ésta es una lucha por la libertad y por la
democracia, éste es el fin, no el medio. Debemos fortalecer la democracia, sus
principios y valores, y el Estado de Derecho, como casa común de todos los
demócratas. Y no podemos caer en la tentación de convertir nuestras democracias
en estados policiales. El binomio libertad-seguridad, dentro y fuera de las
fronteras de cualquier nación democrática, no es un punto de equilibrio lineal, es el
vértice de una pirámide, punto donde se encuentra el máximo grado de libertad
y seguridad. De hecho, si se desciende hacia la base se tendrá menos libertad y
menos seguridad, sea cual sea el eje en el que se ponga el acento.

           Muchos analistas son los que piensan que nuestras sociedades están
llenas de debilidades, y sin embargo hay que estar convencidos que éstas, que en
apariencia podrían serlo, son nuestros puntos de fortaleza más claros, son la fuerza
dinámica que impulsa al espíritu de superación de los humanos, cuyo combustible
alimento inagotable es la libertad.

            Al terrorismo lo vamos a derrotar. Sin la derrota del terrorismo no
podemos construir el mundo del siglo XXI con los niveles de desarrollo y bienestar,
a los que los ciudadanos y la sociedad pueden aspirar legítimamente.

           La obligación de un político, es anticiparse y preparar al mundo para
abordar los otros retos que las democracias en el siglo XXI tienen y que han sido
eclipsadas por la amenaza terrorista.

Permítanme que de forma muy breve enuncie cuáles son esos otros retos:

Primero: La reforma de la ONU
            El nuevo siglo requiere de una arquitectura multilateral más flexible y
eficaz, para ello es indispensable proceder a su reforma y muy especialmente la de
su Consejo de Seguridad. A mi juicio se hace cada vez más evidente la necesidad
de ponderar el derecho de veto de los cinco miembros permanentes. De tal manera



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que fuese imprescindible la concurrencia de por lo menos dos de sus miembros
permanentes para poder vetar cualquier resolución que se adopte bajo el Capítulo
VII de la Carta de las Naciones Unidas, que se refiere a de los asuntos que se
consideran de especial trascendencia para la paz y la seguridad mundial. En cuanto
a su composición sería interesante la posibilidad de dar cabida a nuevos actores,
una vez superado el criterio de pertenencia al club nuclear de las potencias
victoriosas de la Segunda Guerra Mundial. Ello significaría dar entrada a países
como Japón, segunda economía del mundo, La India, la democracia más poblada
del planeta, un representante del Continente Africano, (La República Sudafricana),
y un país líder de América Latina, (entre los que podrían estar Brasil o México), así
como algún otro país europeo. No podemos permitirnos el lujo de relegar al olvido
el multilateralismo por el simple hecho de que la ONU carezca de las estructuras
necesarias para el eficaz cumplimiento de las tareas que le encomienda la Carta.

Segundo reto, la sanidad en un mundo globalizado.
            Otro de los retos más inquietantes a los que se enfrenta la Comunidad
Internacional es el de las nuevas epidemias, provocadas por la mutación de virus
hasta ahora desconocidos. Entre ellas cabe destacar el Síndrome Agudo
Respiratorio Severo, más conocido por sus siglas inglesas SARS, o la reciente
aparición de la gripe de las aves. El impacto del SIDA en las zonas menos
desarrollados, en especial África, donde hay países en los que se produce una alta
incidencia de la enfermedad entre funcionarios, policías o militares. A las
consecuencias derivadas de tal tragedia humanitaria se une en estos casos la
parálisis administrativa, insuficiencias en la gestión o la incapacidad de mantener
niveles mínimos de seguridad ciudadana por la desaparición de una parte
importante de sus militares y funcionarios. Y Todo ello sin olvidar la catástrofe
económica que supondrá para los países más afectados en especial Kenia, Uganda,
Ruanda, Burundi, República del Congo, entre otros. La desaparición de personas
económicamente productivas y muchas de ellas educadas y formadas suponen un
gran coste para unos países de economías tan débiles.

          Todo ello tiene repercusiones económicas de extraordinario calado,
como se pudo comprobar en el primer brote del SARS, en los países más
avanzados de Asia y incluso Canadá. El nivel de desarrollo económico no nos
inmuniza de las graves repercusiones provocadas por tan nefastas pandemias.

Tercero, la inmigración.
            En un mundo crecientemente globalizado con fronteras cada vez menos
definidas, se está produciendo un crecimiento sin precedentes de los flujos
migratorios. La correcta gestión de los mismos es otra de las tareas pendientes de
la Comunidad Internacional. Deben primar criterios de eficacia e integración. Las
políticas migratorias del siglo XXI deberán ser flexibles, eficientes y con una
profunda vocación de integración, que es lo contrario de la asimilación. El control
riguroso de nuestras fronteras exteriores, las ya mencionadas políticas de
integración, la lucha contra el abyecto tráfico de seres humanos, y la gestión eficaz
de los flujos migratorios, en consonancia con lo ya realizado en países como
Australia, Canadá, Los Estados Unidos, Nueva Zelanda y Alemania. Tales premisas
deben ser los pilares básicos de actuación en este terreno.

            Al calor de esta realidad, es imprescindible crear un marco jurídico-
político que permita establecer reglas de convivencia claras, justas y flexibles,
que a su vez hagan posible una plena integración de las minorías. En definitiva, el
respetar las normas de convivencia democráticas evitando, así, cualquier brote de
conflicto de carácter religioso, identitario y sectario.

        Para los europeos el reto de la aprobación de una Constitución
Europea que nace con la vocación de articular la nueva Europa, deberá



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necesariamente tener en cuenta los retos de convivencia que se nos van a
presentar entre todas nuestras distintas comunidades, así como entre europeos y
nuestros nuevos socios. Esta cuestión, deberá ser objetivo prioritario de todos los
esfuerzos necesarios para que el proceso concluya de la forma más beneficiosa
para todos los estados miembros de la UE, evitando así que el proceso se cierre
en falso.

Cuarto: Desarrollo sostenible y medio ambiente.
            El gran reto económico de este siglo que comienza, es lograr que el
desarrollo económico, el crecimiento y la búsqueda de la prosperidad, sean
plenamente compatibles con los graves problemas medioambientales de nuestro
planeta, tratando de respetar los frágiles equilibrios del ecosistema.
No es ni razonable ni responsable que acuerdos tan necesarios como insuficientes,
como los Protocolos de Kioto, sean sistemáticamente ignorados por algunos actores
internacionales, como tampoco lo es centrar las culpas en un solo actor.

Quinto: desequilibrios económicos.
            Los desequilibrios económicos no se producen exclusivamente entre
individuos y países, se dan también, y de manera creciente, entre regiones. Se
empieza a vislumbrar una nueva división del mundo en dos bloques antagónicos;
el de los países que producen barato, y el de los que consumen caro. Esta realidad
puede acabar convirtiéndose en uno de los factores más profundamente
desestabilizadores de la nueva geoestrategia internacional. A esto hay que sumar la
necesaria humanización de los mercados globalizados y, sin caer en el
intervencionismo, poner coto a los abusos y malas prácticas empresariales que se
han descubierto en la última década.

Sexto: La corrupción política y económica.
           Ha sido un grave lastre al desarrollo de muchísimos países en el siglo
XX. A las cláusulas, democrática y de derechos humanos, existentes en tratados y
acuerdos comerciales      y de cooperación,     habría que articular instrumentos
jurídicos que impidieran la corrupción con el dinero de la cooperación y de los
créditos FAD, e incluso comerciales.

           Todos estos retos pueden ser abordados, con buena parte de los
instrumentos que he enumerado en la estrategia multidimensional. La cooperación
internacional, el multilateralismo, la educación, y la solidaridad son, entre otros
muchos, los recursos que las democracias tienen a su disposición para lograr que
la herencia que le dejemos a las generaciones futuras sea un mundo en paz, más
justo, más equilibrado, más estable, más seguro, más solidario y más libre.




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