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Movimientos Sociales en el siglo XXI ¿Una realidad posible by variablepitch337

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									Revista Electrónica SinTesis La democracia en disputa: Trabajo Social y Movimientos Sociales

Movimientos Sociales en el siglo XXI: ¿Una realidad posible?

Carla Briones Vega 1 Cristina Valenzuela Barahona 2

S

i nos quedáramos con las páginas rojas de los noticieros televisivos o con las

estadísticas oficiales del crecimiento económico o más aún, con los discursos del señor Velasco, ministro de Hacienda, que augura riquezas cuando la mayor parte de la sociedad chilena se resiente por la inflación y el desempleo, entonces este artículo y la temática de esta revista carecerían de sustento.

Y es que gracias a la vida, como diría Eduardo Galeano 3 , el mundo no es uno solo, sino que dentro de él existe una diversidad infinita de mundos, pequeños y grandes, que expresan las distintas aristas, desde las cuales aquel mundo por excelencia puede ser comprendido o experimentado.
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Trabajadora Social Trabajadora Social 3 Planteamiento expuesto en entrevista para el programa televisivo “El Público Lee”, durante la Feria del libro de Sevilla, España 2008.

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Abrirse a esta oportunidad implica desafiar la oficialidad, aquellos discursos y concepciones que han llegado para instalarse en nuestra sociedad, como si aludieran a verdades irrefutables, obvias o naturales. Esta oficialidad produce hegemonía de ideas, que se traducen en acciones normadas y que son reproducidas desde los espacios de poder, como las entidades estatales o gubernamentales, las empresas o tratados trasnacionales o los medios de comunicación de masas, entre otros. Pero hay algo que sucede más allá de todo esto, que emerge como fuerza alternativa, posible de identificar con especial claridad en determinados contextos históricos y que adquiere actoría social a partir del propósito que persigue y de las estrategias que despliega. Ellos son los movimientos sociales, expresión para algunos un tanto caduca, que huele a romanticismo o a una visión idealizada de la época postmoderna, donde las concepciones de lucha y revolución popular parecen quedar atrapadas en un pasado desvaneciente. Éste el caso de Fernando Calderón (2005), quien postula el retraimiento que actualmente tendrían los movimientos sociales, donde los individuos vuelcan sus intereses, pensamientos y acciones hacia el espacio privado. Desde esta perspectiva, los vínculos sociales que serían imprescindibles para la conformación de un movimiento, estarían claramente debilitados. Lo anterior, se acompañaría por la fragmentación de los movimientos sociales clásicos, los que asumen un carácter eminentemente reactivo frente a la constante diversificación y especialización de las esferas de la sociedad (política, economía, justicia, ética, tecnología y ciencia). Aún cuando muchos podrán estar de acuerdo con este planteamiento, que por lo demás no se distancia tanto de los discursos oficiales acerca del individualismo y la indiferencia social, hay quienes se aventuran a decir lo contrario e incluso a fundamentarlo. La propuesta de un autor clásico como Alain Touraine (2001) es significativa a este respecto. Según él, desde la segunda mitad del siglo XX, habrían surgido nuevos movimientos sociales, que sin autodefinirse en su situación de clase, levantarían otras reivindicaciones de corte integracionista. Así, ellos se ubicarían en la frontera entre “los integrados” y “los marginados” en un mundo definido predominantemente por los flujos de comunicación en red. ~2~

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De este modo, Touraine destaca los derechos culturales como el frente principal de lucha de los actuales movimientos: “Los objetivos de los Movimientos Sociales se han ampliado mucho. Al principio se trataba de conseguir derechos políticos… Un siglo después, el problema era reconocer derechos sociales… Actualmente, el tema fundamental es la defensa de los derechos culturales” (Touraine, A; 2001:2)

Estos derechos buscarían evitar la estandarización u homologación social, como pérdida de la diversidad identitaria. Aunque ésta es una argumentación compartida por Mario Garcés (2003), principalmente en cuanto a la vinculación de los nuevos movimientos sociales con temáticas ligadas a la referencia territorial, a la reafirmación de sus culturas e identidades, así como a la preocupación por la organización del trabajo, a la autonomía con el Estado y los partidos políticos o a la relación con la naturaleza, entre otros, este autor avanza un paso más en su análisis. Al revisar el carácter incipiente que, según Touraine, tendrían estos movimientos, Garcés contrapone la posibilidad concreta de que estos movimientos no sean nuevos, sino que hayan existido previamente, sin que la Ciencia hubiese develado esta presencia. Bajo esa lógica, serían los discursos oficiales, los que al posicionarse como tales, oscurecerían las actorías sociales, por medio de procesos de negación. “Estamos frente a un conjunto diverso de sujetos colectivos, tanto en su origen, composición, así como con relación a sus objetivos, formas de organización y sentidos de su acción” (Garcés, M; 2003:2)

En palabras del autor, el carácter novedoso de los movimientos sociales actuales no se debería tanto a su inexistencia pasada, sino a su reconfiguración histórica, que presenta constantes transformaciones. Si bien no se puede negar que los movimientos clásicos, como el obrero, no son factibles de visualizar en la contemporaneidad de la manera tradicional en la que ellos fueron ~3~

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entendidos, tampoco corresponde omitir o rehusar la vigencia de los movimientos sociales, en su expresión mediata. Al remirar el panorama actual en América Latina, al visualizar las acciones llevadas a cabo por el pueblo argentino durante la crisis de 2001, al reconocer el trabajo constante y organizado de las comunidades guaraníes de Paraguay, o al recordar una vez más la labor “pingüino” en Chile durante 2006, que generó importantes debates y cambios a nivel educativo, entre otros ejemplos, es posible constatar que la historia no es cíclica pero tampoco lineal, sino que en ella convergen y se contraponen los procesos sociales que emergen desde el accionar popular. Desde esta perspectiva, es necesario considerar a los movimientos sociales como espacios de resistencia, que detentan sobre sí mismos la historicidad de quienes los han precedido, de quienes los protagonizan y de quienes los recibirán como herencia. En este sentido, el planteamiento de Manuel Castells resulta especialmente decidor cuando señala que: “Los movimientos sociales han de comprenderse en sus propios términos: a saber, son lo que dicen ser…”, es necesario definirlos desde “sus prácticas, valores y discursos, en relación a los procesos sociales a los que parecen estar asociados…” (Castells, M; 2001:93)

Por tanto, hablar hoy de movimientos sociales es posible, en la medida en que no se les situé desde un componente teórico intrínseco, sino más bien y sobretodo desde su vinculación con el contexto histórico particular del que son parte. Ellos son producto de los procesos sociales, al mismo tiempo que el germen de las transformaciones que dichos procesos protagonizan. A partir de lo expuesto es posible deducir que es la relación establecida entre contexto histórico y movimiento social, la que lleva a que éste último se fortalezca o debilite. Ello es destacado por Castells al constatar cómo en los procesos sociales actuales, la sociedad sufre los embates del capitalismo, al mismo tiempo que la globalización genera posibilidades de una oposición y resistencia cada vez más amplia. Por ello, quien desee remitirse a los movimientos sociales, con el fin de comprenderlos integralmente, no puede ni debe dejar de considerar en ese análisis la profundidad

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compleja de su configuración. En otras palabras, lejos de idealizarlo, es necesario tener presente que un movimiento de este tipo no es homogéneo ni anacrónico, sino que muy por lo contrario, está siempre referido a su contexto, haciendo suyas las mismas contradicciones a las que puede enfrentarse.

  POBLADORES: MIEMBROS DE UN MOVIMIENTO SOCIAL NO  EXENTO DE CONTRADICCIONES 

Una forma de afrontar esta disyuntiva anteriormente expuesta, refiere a que al hablar de movimientos sociales se requiere trascender lo meramente declarativo o discursivo, haciendo un esfuerzo por otorgarle contenido a esta conceptualización. Así, en base al material investigativo desde donde emana este artículo, es posible situar el análisis desde sujetos concretos, como son los pobladores, quienes a lo largo de la historia nacional han tenido un protagonismo central en el curso que ella ha tomado y que permiten ejemplificar y dar contenido empírico a nuestra reflexión. El ser poblador se constituye, de esta manera, en una categoría históricamente configurada, que se ha perfilado particularmente en la historia nacional reciente. Mirar retrospectivamente nuestra sociedad de hace medio siglo atrás, implica descubrir en ella, innegablemente, el protagonismo de estos actores urbanos. El origen conceptual del “poblador” se vincula con la denominación otorgada a aquellos grupos de personas, que producto de las masivas emigraciones del campo a la ciudad 4 , se ubicaron en las periferias urbanas, como diría Garcés (2006) buscando un sitio en la ciudad y en la sociedad. Allí conformarían las poblaciones, en torno a las cuales confluirían condiciones materiales (vinculadas por ejemplo, al tipo de vivienda) e ideales (por ejemplo, aquellas relacionadas con los barrios reconocidos como “marginales”) de su existencia. La aparición de este nuevo actor, que era distinto de aquéllos pertenecientes a movimientos sociales clásicos, como el obrero, conllevó al surgimiento de nuevas
Se estima que en 1959, más de la tercera parte (36%) de la población capitalina habría nacido fuera de ella (aprox. 630 000 personas), superando el 32% existente en 1952. Ella representa aquella parte de la población que, por distintos motivos, abandonaron su tierra de origen para buscar mejores expectativas de vida en la metrópolis. (Instituto de Economía. Universidad de Chile, 1959, en Garcés, M; 2002:89, “Tomando su Sitio”, LOM ediciones)
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contradicciones, no sólo enlazadas con las disputas de poder y de sus campos de acción, sino también con los debates teóricos que han tenido lugar luego de su surgimiento. Uno de ellos, remite a una temática tradicionalmente en conflicto, como es la de las clases sociales. Al emerger el poblador como una categoría social, que se refería menos a su condición obrera, entendida en el espacio de la fábrica, que a su ligazón con el territorio y la vivienda, como señala Garcés (2002), se le quería identificar, desde las Ciencias Sociales, como una especie de “sub-proletariado”. Esta definición se debería a que el poblador no alcanzaba la condición de obrero, acercándose más bien a la del “trabajador informal” o “independiente”. Comprender al poblador como un agente extraño, que en términos prácticos no es más que la superposición teórica de una categoría por otra, indica la fragilidad de las concepciones teóricas ante una realidad que se repliega constantemente y que distancia de sí las concepciones taxativas y doctrinarias. Concluir que el poblador no pertenecería a la clase trabajadora, posee una contradicción en sí misma, que es la de negar que el trabajo es constitutiva de toda sociedad y es transversal a ella. El poblador es al mismo tiempo trabajador y viceversa. Ante el oscurecimiento oficial de estas ideas serían las acciones populares, coordinadas, audaces y rebeldes, las que permitirían al poblador constituirse en potenciales y paulatinos actores de cambio. La época acontecida entre 1957 – 1972, principalmente en Santiago, fue testigo del importante florecimiento del poblador, a propósito de su demanda legítima por el acceso a una vivienda. Más allá de este bien material, el derecho a tener un lugar donde habitar, se vinculaba directamente con la dignidad y respeto por la persona y por su desarrollo igualitario e integral. Tanto ayer como hoy, la expresión de una toma de terrenos, más allá de quien la juzgue, es fuente de poder popular, símbolo de la superación de las convenciones sociales, cuando ellas no hacen otra cosa que cultivar la desigualdad e injusticia social. Y aunque conlleva riesgos, hay quienes están dispuestos a correrlos, entendiendo que si no son ellos mismos, no habrá quien asuma el compromiso con ellos y con sus familias. Siendo los actuales pobladores de Santiago, Valparaíso, Arica, Lota y de todo el país, herederos de las fuerzas impugnadoras que protagonizaron sus antepasados en contextos ~6~

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visiblemente más adversos y coartantes, hoy se enfrentan a nuevas y grandes disyuntivas, frente a las cuales resulta difícil mantener un control. En la época presente, luego del término de la dictadura militar, comenzaron a emerger lógicas de poder y dominación, que de modo sutil, buscaban y buscan filtrarse e instalarse en los hábitos, sentimientos y conciencias de las personas. La “cultura del simulacro”, propuesta por María Angélica Illanes (2005) logra reflejar cómo el sistema capitalista vigente no sólo tiene implicancias en el ámbito meramente económico, sino que también, de manera más o menos explícita, las tiene en la esfera cultural, determinando formas de ser y relacionarse, en los distintos espacios de la sociedad. La ciudadanía y el consumismo aparecen como elementos significativos al respecto, donde la primera, desde su concepción hegemónica, se define únicamente por el acto de votar y por la posibilidad de formar parte de una sociedad “civilizada”, respetuosa de sus normas y creadora de sujetos homólogos; mientras que el segundo, sería la puerta abierta para el ascenso, para suplir ese ego a veces incontrolable, que busca ser más de lo que somos, como si saturar el closet de ropa o cambiar tres veces al año el celular, fuesen a reemplazar nuestras falencias afectivas o relacionales. En este contexto, las tarjetas de crédito proliferan tanto como las cuentas de quienes las poseen. Y es que ya la deuda no sólo se contrae para darse “gustitos”, sino que también se convierte en una estrategia de sobrevivencia, que permite acceder a mercaderías y alimentos de necesidad básica. Sin embargo, estas necesidades parecieran no ser reconocidas como tales por quienes las vivencian, al menos en términos aparentes. Aunque no es posible generalizar al respecto, tampoco se puede negar que los conceptos de “pobre”, de “sujeto popular” y más aún el de “clase obrera o trabajadora” provocan una especie de alergia, que nadie quiere contraer. La afirmación de un conocido dirigente porteño, poblador y trabajador, Manuel Cortés, es esclarecedora: “…ya no hay “pueblo”, no, ahora es “ciudadanía”… el “somos pueblo”, los “trabajadores”, la “clase obrera” es discurso añejo… aquí ya no hay “clase trabajadora explotada”, no, son “clase

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media”. El aseador, que vive de lo que le pagan, de la migaja que le dan y que le dan a su compañero, son clase media.”

La “clase media” surge como un concepto abstracto, poco asible empíricamente, detrás de la cual, como señala Manuel, se esconden todos aquellos que no se han entendido a sí mismos como trabajadores o que comprendiéndose como tales, han negado serlo. De esta manera, ante el deterioro de un sentido colectivo, que vincule a los distintos actores por un objetivo compartido, las fuerzas tienden a individualizarse y con ello también a debilitarse. Una lectura amplia de la realidad actual nos muestra la predominancia de contextos parcelados, en los que las personas deben transitar de manera individual. El retraimiento a la esfera privada, la segmentación de las políticas sociales, la especialización de los servicios públicos o las lógicas utilitaristas, entre otros fenómenos, son ejemplos significativos de lo anterior. En la actualidad, a pesar de que el Estado pareciera replegarse del campo tradicionalmente ocupado, éste no deja ni ha dejado de incidir en la conformación del orden social. La utilización de las políticas sociales, como destaca Carlos Montaño (2001), aun siendo una conquista de la clase trabajadora, resultan ser instrumentos privilegiados de legitimación y consolidación del orden hegemónico. Por ello, las políticas sociales carecerían de continuidad, evaluación y participación popular, limitándose al otorgamiento de beneficios, sin que ello implique, necesariamente, el mejoramiento de las condiciones de existencia que poseen los sectores más desprotegidos de la sociedad chilena. Cuando estos contextos son adversos para el resurgimiento de los movimientos sociales, en general, y poblacionales, en particular, las posibilidades de cambio parecieran alejarse, mientras que el consentimiento 5 y la indiferencia se vendrían a alojar en las conciencias de sus miembros.

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Entendido como plantea Maurice Godelier: “… las dos fuerzas que fundamentan el poder en la sociedad, la más fuerte, la que asegura a largo plazo el mantenimiento y el desarrollo de tal poder, no es la violencia en ninguna de las formas que la ejercen los dominantes sobre los dominados, sino el consentimiento en todas sus formas que prestan los dominados a su dominación, consentimiento que, hasta cierto punto, los hace cooperar a la reproducción de dicha dominación”. (1989:31)

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Haciendo una revisión de este tipo, ¿no es acaso esperable pensar que el individualismo nos ha superado, que los movimientos sociales son parte de un pasado mejor y que pensar en ellos hoy, no es más que una pérdida de tiempo? A quienes han seguido este artículo y han llegado a una conclusión afirmativa de lo anterior, sólo podemos señalar lo siguiente: no hay transformación sin esfuerzo, ni derrota capaz de matar el sueño y el hambre por una sociedad más justa y humana. Potenciar y promover la actoría social, para que ella sea capaz de superponerse a las lógicas de dominación hegemónica, reconociéndose a sí mismas sin prejuicios ni apariencias, superando la inmediatez y la pasividad social, es un desafío preponderante, que no puede ser postergado ni reemplazado. A partir de allí, será posible descubrir a individuos poseedores de una historicidad, que trasciende su propia época generacional para instalarse en su devenir histórico, llevándolos a hacerse cargo de su condición de sujetos populares propulsores de cambio.

  HACIA UNA PROFESIÓN QUE ASUME SU HISTORICIDAD 
Aunque excusas puedan sobrar, no se puede dejar de pensar al trabajo social crítico sin vinculación directa con el desarrollo de los movimientos sociales. Y es que en ellos recae la historia de lucha de la que nuestra profesión también es parte. Así, es posible concebir al trabajo social como una profesión que se encuentra encarda en los contextos históricos que la configuran, al mismo tiempo que, dialécticamente, éstos son transformados por aquél. Por este motivo, su praxis no puede estar ajena a las contradicciones que tienen lugar en la realidad social, exigiéndole ser adoptado por profesionales capaces de observar e interrogar la historia, haciéndose cargo de ella para constituirla en un objeto asible de conocer y transformar. Este planteamiento se vincula con la idea de Illanes (2006), cuando señala que: “Somos hoy lo que hemos sido... hay que ver lo que hemos sido, para saber quiénes somos…” Para generar esta praxis es necesario que nosotros como profesionales, nos reconozcamos partícipes de las relaciones laborales vigentes, donde el vínculo entre capital y trabajo nos ~9~

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lleva a situarnos en la división social de éste último, constituyéndonos en trabajadores asalariados. Por ello, nuestro quehacer profesional se liga necesariamente con la oposición de clases, donde los fundamentos de la profesión adquieren sentido en los intereses de las clases subalternas. De esta manera, entonces, los trabajadores sociales debemos comprendernos como poseedores de una opción particular dentro de la estructura social, definiéndonos con ello en complementariedad y/o antagonismo con una determinada clase social. En palabras de Iamamoto, se requiere: “…romper los muros de lo “estrictamente profesional”, para aprehender la profesión como un producto histórico, como una especialización de trabajo colectivo, que adquiere inteligibilidad en la historia social de que es parte y expresión.” (Iamamoto, M; 1996:251) Esta praxis incorpora innegablemente el componente ético-político, que lleva a tomar opciones, como en este caso puede ser la búsqueda por la superación del anonimato y el refortalecimiento de los actores populares, que son constitutivos de los movimientos sociales. Permitirnos este desafío implica superar el estigma clásico que nos define como un trabajo vinculado con sujetos carentes, para comprenderlo en relación a las potencialidades y habilidades que ellos también poseen. Podrá ser en este develamiento que la pseudo-dicotomía entre su quehacer asistencialista y aquel dirigido a la transformación social, se encamine a generar procesos metodológicos de complementariedad, materializando acciones que, aún remitiéndose a objetivos de corto plazo, se enmarquen en proyectos de largo alcance. En otras palabras, se propone un trabajo social que entienda los problemas sociales desde su concatenación y profundidad, distinguiendo las expresiones parciales que ellos pueden adoptar y, por ende, que defienda la creación e implementación de políticas públicas que, concretamente, respondan a esta necesidad. Ello involucra también apostar por un trabajo social que establezca relaciones con otros profesionales, no sólo implementando propuestas externas, sino que también creando y

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proporcionando conocimientos teórico-metodológicos, que se desprendan de su praxis profesional. Un campo fructífero para este propósito es precisamente aquél vinculado con los movimientos sociales y su historia. Ésta sin ser una materia exclusiva de la historiografía, resulta ser prioritaria al pensar en el fortalecimiento de estas expresiones populares. Considerando todo lo anterior, si hemos dicho que los movimientos sociales se deben comprender en su contexto particular, nos hemos arriesgado en afirmar que hoy en día ellos existen, aún siendo distintos que en su pasado como distintos serán en el futuro. Ellos no están exentos de contradicciones, sino muy por lo contrario, éstas los configuran y definen como tales. Las demandas pueden ser menores, intermitentes o de corte alcance aparente, pero si nos detenemos en los antecedentes implícitos de esa demanda, descubriremos que ella es fruto de procesos heredados históricamente. Creemos que son los movimientos sociales los protagonistas prioritarios de un sistema social más representativo de los intereses mayoritarios, donde la democracia, más allá del mero sufragio o de ser concebida como un propósito ya logrado, de una vez y para siempre, se constituya en un objetivo común, que aún sin ser obtenido plenamente, integre como parte de sí, las distintas expresiones y demandas populares. Para ello, apostemos por una práctica profesional y política, que, como plantea Iamamoto (1996), tenga por horizonte, necesariamente, la producción de sujetos políticos colectivos, que considerando las consecuencias provocadas por el neoliberalismo, sean promovedores de la materialización de nuevas y profundas relaciones sociales.

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BIBLIOGRAFIA 1. BORGIANNI, Elisabete; GUERRA, Yolanda; MONTAÑO, Carlos (2003) “Servicio Social Crítico”, Cortez Editora, Sao Pablo, Brasil: 1.1. MONTAÑO, C (2001), “De las lógicas del Estado a las lógicas de la sociedad Civil y del Mercado: Crítica al “tercer sector” y el nuevo trato a la “cuestión social” 1.2. IAMAMOTO, Vilela Marilda (1996), “El debate contemporáneo del Servicio Social y la ética profesional” 2. CALDERON, Fernando (2005), Articulo: “Cultura de igualdad, deliberación y desarrollo humano”, Santiago, Chile. 3. CASTELLS, Manuel (2001), “La era de la información: Economía, sociedad y cultura”, Volumen II, siglo XXI, Santiago, Chile. 4. GARCÉS, Mario (2002), “Tomando su sitio”, LOM ediciones, Santiago, Chile. 5. GARCÉS, Mario (2003), “Los movimientos sociales en América Latina en el actual contexto”, Escuela de Trabajo Social, Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. 6. GODELIER, Maurice (1989), “Lo ideal y lo material”, Taurus, Madrid, España. 7. ILLANES, María Angélica (2005), Entrevista: “La resistencia popular al capitalismo y la construcción del Chile republicano”, Santiago, Chile. 8. TOURAINE, Alain (2001), Entrevista: “La lucha social es hoy por los derechos culturales”.

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