FRENTE A LA MUERTE DE JUAN PABLO II ENTRE
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DOC-1610. ROMA-ADISTA. Sepultado en San Pedro Juan Pablo II, los periódicos dirigen su principal atención hacia el próximo pontífice. Difícil tarea desde cuando llegó el ‘stop’ a las entrevistas de los hombres del Cónclave. Cerrada la “caza abierta al cardenal”, en cambio, no se eliminó la búsqueda de “soplones” para comprender que aire tiraba en el Cónclave y cual sería la cabeza designada por el Espíritu Santo. Sin embargo, mucho espacio se dedicaba aun a la figura de Juan Pablo II. En este número, Adista no publicará una reseña de prensa de los comentarios más significativos que aparecieron, sino algunos artículos que han llegado a la redacción y que analizan, por una parte lo que hizo el papa y los problemas que siguen sin solución, y por la otra ese evento singular mediático y humano que representó el funeral en mundo-visión, ante una multitud de montones de gente que aplaudía. FRENTE A LA MUERTE DE JUAN PABLO II: ENTRE CONSENSO Y DISENSIÓN Giulio Girardi Pruebo mucha dificultad en analizar los sentimientos con los cuales yo mismo, y creo, muchos cristianos, vivimos este evento. Sentimientos contradictorios, entre consenso y disensión. Fue impresionante la evidencia de la fe robusta y serena, con la cual Juan Pablo II enfrentó la agonía y la muerte. Y entre la multitud que vino de todas las partes del mundo para su funeral, hay sin duda muchos cristianos inspirados por una sincera fe. Con esta me siento, por mi parte, en comunión. Pero no es posible hoy olvidar las profundas disensiones con las cuales tantos cristianos han vivido y sufrido estos veintiséis años de restauración eclesial. Una disensión que convive con el admiración por su rica personalidad de hombre y de creyente, y con el luto por su partida. Las discrepancia han sido numerosas: desde el papel del pontificado mismo hasta el del “pueblo de Dios”, desde la interpretación del Concilio al papel ejemplar atribuido a la Iglesia polaca, de la ética sexual a la eclesiología, desde la concepción del ecumenismo a la de la solidaridad, de la Teología de la Liberación a la teología india y a la feminista, desde la evaluación del capitalismo a la del marxismo, y de las revoluciones populares, etc. Me parece que sea necesario buscar una clave de lectura del pontificado y los problemas que deja abiertos, en la concepción de la Iglesia y su relación con los oprimidos de la tierra. Para Juan Pablo II la Iglesia es esencialmente la afirmación del poder de Dios en la sociedad y en la historia. Poder de Dios identificado con el poder de la Iglesia, en el cual asume hoy un papel central la presencia mediática. Ahora, para una Iglesia lugar de poder es inevitable la alianza con el poder político y económico; y es natural identificar el progreso del reino de Dios con la afirmación del poder eclesiástico. Este concepto de Iglesia mantiene una fidelidad substancial al pacto constantiniano; mantiene también una continuidad substancial con la Iglesia que legitimó la conquista y la sumisión de los pueblos indígenas, que se alió con los conquistadores y desarrolló la evangelización a partir del poder. Continuidad reafirmada solemnemente en 1992, en ocasión del V centenario de la “primera evangelización”. La consecuencia más inquietante de esta opción es que la preocupación central de Jesús, la liberación de los oprimidos, dejó de ser la preocupación central y caracterizadora de la Iglesia. Esto explica por que es difícil ver en la Iglesia de hoy el movimiento de Jesús; por que también es difícil reconocer la continuidad entre la impotencia de Jesús y la potencia de su “vicario”. Contrasto particularmente preocupante cuando se compara la soledad de la muerte de Jesús y la “mundialización” de la muerte del Papa; la condena a muerte de Jesús por los poderosos de la sociedad y de la religión y el homenaje al vicario, en su agonía y en su muerte, por todos los poderosos de la tierra, además de la masa de fieles. Se explica así también la dificultad de Juan Pablo II y de la Curia romana en comprender la Teología de la Liberación, que se caracteriza justamente por su decidida opción por los pobres y por su intento de construir una Iglesia “otra”, es decir una “Iglesia de los pobres.” De esta visión de la Iglesia como lugar de poder, derivaban otras características de la Iglesia. En primer lugar, el centralismo romano y el poder absoluto del pontífice. De aquí venía también el primado atribuido, en la Iglesia, a la jerarquía y al clero, y su caracterización machista. Así, el poder absoluto del pontífice conlleva el abandono de esenciales conquistas conciliares, como las de la Iglesia pueblo de Dios y de la colegialidad episcopal. Además, la centralidad que la Iglesia católica se atribuye, como única religión verdadera, impone fuertes limites a su compromiso ecuménico: esto se expresa sin duda en gestos significativos, pero (acordémonos del documento Dominus Iesus) no reconoce a las confesiones evangélicas el carácter de autenticas Iglesias, como tampoco a las religiones no cristianas la validez de autenticas religiones. Sobre dicho escenario doctrinal se comprenden las divergencias relacionadas con la sucesión a Juan Pablo II, que para muchos cristianos tendría que ubicarse en continuidad con este pontificado, mientras que para otros tendría que representar un cambio respecto a él. Por lo tanto, a quien pregunta “¿Quién será el sucesor?”, contestaría por mi parte que esta elección es importante, pero no la más importante para el futuro de la Iglesia. Más importante y decisiva será la capacidad de iniciativa y autonomía que sabrán lograr las Iglesias locales y las comunidades cristianas de base, a partir de la fidelidad a los pobres y de redescubrimiento incesante de Jesús Liberador.
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