Discurso fúnebre para la muerte de mi padre A

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Discurso fúnebre para la muerte de mi padre A Powered By Docstoc
					Discurso fúnebre para la muerte de mi padre A la memoria de Hernán Monge González Cuando pienso en mi padre, pienso en un niño de piernas flacas viendo pasar a un grupo de prisioneros con las manos en la nuca por la Alameda, camino al Seguro Obrero. Cuando pienso en mi padre, pienso en un niño moreno y esmirriado sentado sobre las piernas de su padre, hijo de campesinos del Maule, en un retrato familiar en tono sepia. Cuando pienso en mi padre, pienso en un niño criado por mujeres en la Quinta Los Sauces, luego de que quien lo trajera al mundo pereciera en acto de servicio o a consecuencias del mismo tras tirotearse con un asaltante en un Santiago somnoliento y rural. Cuando pienso en mi padre, pienso en el niño formado por los Salesianos, en el colegio Don Bosco, merced a que el Estado, agradecido por los servicios prestados por mi abuelo, decidió becarlo. Cuando pienso en mi padre, pienso en el muchacho revoltoso que completó su educación en la Escuela de Artes y Oficios, y que nunca soportó con paciencia ser mirado en menos por ser pobre. Cuando pienso en mi padre, pienso en el joven anarquista que dividió su encendida pasión entre el príncipe Kropotkin y los tolstoyanos, y descubrió con Proudhon que cualquier forma de Estado es una forma de opresión y que la propiedad es una forma de robo organizado.

Cuando pienso en mi padre, pienso en el exaltado, en el romántico, en el amante de reinas de otras primaveras, en el rebelde contumaz ante las injusticias seculares o en el puntero izquierdo del Juventud Tricolor, el equipo de su querido barrio. Cuando pienso en mi padre, pienso en el obrero madrugador que salía muy temprano de la casa, enfundado en un viejo gabán gris, y volvía muy tarde por la noche con “El Siglo” asomando de su bolsillo. Cuando pienso en mi padre, pienso en una visita al Taller Modelos, su lugar de trabajo, y en cómo el niño que yo era se quedó alucinado ante una locomotora reproducida a escala; y pudo adivinar una pequeña catástrofe en ciernes porque al Flaco Monge se le pasaron los tragos y mi madre hubo de remolcarnos a él y a sus hijos hacia Santiago. Cuando pienso en mi padre, pienso en un copa involcable de color cereza que guardaba en el ropero y desafiaba a mi imaginación, y en paseos por canchas donde los jugadores levantaban nubes de polvo y vestían casaquillas satinadas como las de los jockey en los hipódromos. Cuando pienso en mi padre, pienso en la noche en que Frei le ganó a Allende y mi padre se encerró a llorar en el baño porque de nada había servido la campaña del FRAP ante la seductora propuesta de una Revolución en Libertad. Cuando pienso en mi padre, pienso en revistas soviéticas que hablaban de los éxitos en la construcción del socialismo y de cómo los koljosianos y stajanovistas estaban alumbrando un mundo nuevo, entre trigales rozagantes y ubérrimos, en la patria de Lenin. Cuando pienso en mi padre, pienso en el XX Congreso del PCUS y en un libro de Kruschev titulado “Viviremos en el comunismo”, y en la perrita Laika y en Yuri Gagarin. Pero también en el Diario del Che y en “Brasil: represión y tortura”, donde por primera vez oí hablar del “pau de arara” y el teléfono y el submarino seco. Cuando pienso en mi padre, pienso en los cuadrangulares en el Nacional, con el Santos y Checoslovaquia !un país que hoy no existe!, y la Universidad de Chile y el Colo Colo, y en un gol de media cancha de Leonel Sánchez que dejó estupefacto al futbolero que anidaba en mí y atesoraba con devoción su carnet de socio del Ferrobadminton. Cuando pienso en mi padre, pienso en los viajes de vacaciones en tren a Laraquete, con dos vagones agregados al Nocturno para el club Los Alegres Veraneantes; viajes que iluminaron mi niñez y mi vida con una luz que perdura desde entonces y que difícilmente podrá apagarse.

Cuando pienso en mi padre, pienso en la vez que me compró la “Fisonomía histórica de Chile” de Jaime Eyzaguirre, y se compró para sí uno de los tomos de las obras completas de Vladimir Ilich Ulianov, en una librería ubicada frente a los Juegos Diana; y en la ocasión en que me regaló “Así se templó el acero”, de Nicolai Ostrovski, cuando partí a estudiar a Concepción. Cuando pienso en mi padre, pienso en el aturdimiento tras el Golpe, que nos cayó como un sablazo atontador y letal, y en una chicha amarga compartida junto a sus compañeros en esos días de estado de excepción, procurando entender lo que apenas nos cabía en la cabeza. Cuando pienso en mi padre, pienso en su inmenso dolor por la muerte de sus once compañeros fusilados en el cerro Chena, a modo de escarmiento o provocación, el día en que debió reconocer sus cuerpos masacrados en una morgue colmada de cadáveres. Cuando pienso en mi padre, pienso en el padre del poeta Teillier, “honrado como una manta de Castilla...”, “defendiendo al partido y a la Revolución, sin esperar ninguna recompensa, así como Eddie Polo –su héroe de infancia- luchaba por Perla White”. Cuando pienso en mi padre, pienso en un hombre que puso sus principios tan altos como el sol, pero que al mismo tiempo siempre despreció el espíritu de pequeña secta o grupo iluminado que infligió tanto daño a la causa del pueblo como el ocasionado por el enemigo más feroz. Cuando pienso en mi padre, pienso en el flacuchento y en apariencia débil sujeto ! “un alfeñique de 55 kilos”, al decir de Charles Atlas, el musculito de nuestros años mozos! que resistió la tortura a pie firme y se vio el alma en la mesa de suplicio, dando pruebas de amor y lealtad a los suyos. Cuando pienso en mi padre, pienso, en definitiva, en aquel que, como quería su amado Neruda, con quien compartió la mejor botella de vino de su vida el día en que fue a invitarlo a leer su poesía en la maestranza de San Bernardo, “comió en cada cocina de su pueblo”. Y dejó una semilla o dos, o una docena, del tiempo venturoso en que “la tierra !como decía nuestro bendito Jorge Teillier! se multiplicará como los panes y los peces, y será de verdad para todos”.

Santiago de Chile , 27 de marzo de 2007