Más allá de la muerte

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					  Sección Familia Matrimonio

 

Más allá de la muerte
Fuente: P. Pascual, F. (10 de noviembre de 2002). Más allá de la muerte. Recuperado el 5 de noviembre de 2009 de http://es.catholic.net/aprendeaorar/32/400/articulo.php?id=8219 Fotografía: Schreiber, Z. (20 de enero de 2007). Falling light. Stock.xchng VI. Recuperada el 4 de noviembre de 2009 en http://www.sxc.hu/photo/702799

Con lo que yo hago ahora, decido lo que va a ser mi existencia en la eternidad. Decido mi infierno o mi cielo. ¿Y después de la muerte, qué? Las respuestas pueden ser muchas; si se intenta reducirlas a lo esencial, se encuentran tres respuestas fundamentales: La primera: después de la muerte no hay nada. Todos se van a desintegrar y desaparecer. Las partículas del cuerpo humano, olvidadas de lo que fueron, irán a parar a mil lugares distintos. Algunos serán recordados por sus grandes obras, pero –con esta creencia– no podrán disfrutar ni un minuto de alegría después de atravesar la frontera del “no retorno”. Tampoco habrá justicia: el criminal, el ladrón, el traidor, se habrán ido, quizá sin haber sido castigados por la justicia humana. Una vez muertos, nadie podrá pedirles cuentas de sus fechorías... La segunda: después de la muerte empieza una nueva vida terrena, o incluso sigue una serie de vidas (dos, tres, cinco, ¿mil?). Es decir, quizá exista la reencarnación. El alma de las personas volará y tomará otro cuerpo, tendrá una nueva existencia. Acaso el de una mariposa, o un cangrejo, o un perro que persigue conejos en praderas interminables. Se inicia así una “segunda oportunidad”. Y esto ofrece cierto alivio: si se hizo todo mal en la vida anterior, quizá en la nueva se pueda reivindicar y merecer, en la siguiente reencarnación, un cuerpo un poco mejor del que le correspondió la última vez. La teoría de la reencarnación presenta muchas variantes según la respuesta que se dé a estas preguntas: ¿Cada persona escoge su nuevo tipo de vida? ¿Cuántas veces se puede reencarnar? ¿Y después? ¿Existe alguien que juzga y decide el cuerpo que le va a tocar? Lo extraño es que nadie, de manera fehaciente, recuerda que tuvo una vida anterior a la que ahora tiene. Tampoco se ha visto a un perro o a un gato contar lo que hizo cuando estaba al lado de Napoleón en la batalla de Waterloo... Pero la idea de una segunda oportunidad tienta de un modo extraño y, tal vez, induce a menospreciar la existencia actual. Y esto, puede ser muy peligroso.

  La tercera respuesta: después de la muerte hay un juicio, unos van al cielo y otros van al infierno. Sin más: no existe una “segunda oportunidad” en una eventual futura reencarnación. Cristianos, musulmanes y bastantes autores del judaísmo aceptan esta afirmación, si bien difieren en lo que es el cielo o el infierno o, en el modo en el cual procederá el juicio. Desde este último punto de vista, la vida actual, la única antes del juicio, adquiere un enorme valor. “Lo que hago ahora no se perderá en el universo”, como se piensa en la primera respuesta, ni se tendrá una nueva ocasión de actuar mejor gracias a una reencarnación, segunda respuesta. “Ahora, determino y decido lo que va a ser, eternamente, mi existencia en la otra vida. Decido mi cielo o mi infierno.” Delante de la frontera de la muerte, la ciencia se detiene. Ella dice cuando se dejó de vivir. Explica la descomposición del cuerpo, la destrucción total del cerebro, pero no lo que le pasa al espíritu. Lo que hay al otro lado escapa al microscopio más perfecto. El mundo del espíritu es invisible y, la ciencia, menos mal, no puede tocarlo. Lo triste es vivir con un corazón eterno, como un pedazo de materia orgánica obtenida por la casualidad evolutiva, sin esperanza ni amor. Al ser humano le entusiasma poder amar y vivir en esta tierra; le llena de alegría acariciar a un niño o contemplar una estrella; le conmueve la ternura de un anciano y la mirada serena y tranquila de algunos “locos” que penetran con sus ojos entre compasivos y alegres. Pero, no se puede intuir aquello que espera más allá de la muerte. Esta vida vale tanto que Dios quiso vivirla junto al hombre. Cristo, el Hijo de Dios, dejó abierto el camino hacia el cielo. Él reveló que hay un juicio, que el amor es todo, que el peligro del infierno acecha tras la muerte, que la vida de cada uno vale mucho, al igual que todas sus acciones. Pero no le dejó solo. Desde una Cruz Jesús, el Resucitado, acompaña al hombre en sus dolores y fatigas y, espera que todos entren en la casa del Padre para siempre.